Nuestro Marxismo

por Miguel Silva

A modo de introducción.

Esta discusión sobre el marxismo, es decir sobre nuestro marxismo. Integra períodos de auge de las organizaciones de base, como lo fue durante la UP y también épocas de debilidad, como la que hemos sufrido bajo el neoliberalismo. Pero nuestro marxismo entiende que lo que existe hoy es solo un “momento” que se desvanece en el flujo de la historia.

¿Qué es el marxismo?

Claro, para discutir el marxismo en Chile, es preciso estar de acuerdo sobre lo que es esa forma de pensar y actuar. Carlos Marx, al hablar de sus seguidores y sus versiones del marxismo dijo: «todo lo que sé es que no soy marxista». Entonces, ocupemos mejor SU visión del marxismo… es decir, que el marxismo es la ciencia de la revolución de la clase trabajadora.

Miguel Silva

Es la ciencia de la revolución hecha por la clase trabajadora, una ciencia que nos enseña cómo hacer esa revolución y nos aclara por qué esa revolución es necesaria para el futuro de la humanidad, sin olvidar que la mitad de la clase trabajadora son mujeres, y la mayoría de diversas etnias. Comencemos sobre esa base de acuerdos…

Claro, tenemos que ver qué es una revolución y también qué es (o quiénes son) la clase trabajadora. Ese debate es parte de la ciencia del marxismo aquí en Chile y en el mundo.

En estas páginas veremos cómo nació la explotación de clases en el país, cómo se expandió y entraremos de pleno en el debate sobre cómo vamos a poner fin a esa explotación. La creación y desarrollo de la clase trabajadora en este país, es central para esta discusión y también para nuestras ideas sobre el socialismo y revolución. 

Pero no basta con postular esas ideas, esta ciencia. Tenemos que explicar por qué el pasado ha seguido el camino que siguió y, por ende, enfrentados por las crisis climáticas, económicas e imperialistas hoy, por qué no hay futuro sin revolución socialista, desde abajo.

Lo que sigue, por lo tanto, es un desarrollo de la historia y también de ideas que nos van a servir en las luchas del futuro.

Somos agentes y productos de la historia.

La historia del ser humano es la historia de la lucha de clases, dijo una vez Carlitos Marx. Bien dicho, ¿pero por qué hay luchas entre las clases sociales… y qué son las clases?

Marx tenía su película clara. Las clases son grupos de personas que extraen los frutos del trabajo de otros grupos, o son los que entregan los frutos de su trabajo a otros grupos. Hay explotadores y explotados y en el capitalismo, los que explotan tienen en sus manos los medios de producción y los trabajadores asalariados, los explotados, venden su fuerza de trabajo a ellos (y ellas) porque no tienen medios propios donde puedan laborar. La fuerza de trabajo es la fuerza viva, la capacidad de crear que tienen los humanos.

Puedes decir que los onas, los kawésqares, los mapuches o los aimaras no estaban divididos entre sí y lograban vivir bastante bien, sin mayor «lucha de clases».

Pero la comunidad de sus familias era su gran «fuerza de producción» y la tierra era propiedad compartida y controlada por la misma comunidad. Los frutos de la tierra se dividían entre las familias de la comunidad. Unos individuos (hombres o mujeres) se designaban como organizadores de la comunidad con el propósito de la distribución de los frutos de la tierra o del mar, pero eran «voceros» sin derecho a su propia propiedad como beneficio de su vocería.

En las comunidades mapuche, un lonko encabezaba cada agrupación familiar, administraba las tierras del grupo y asignaba los campos a las familias o matrimonios, quienes utilizaban estas tierras hasta que se agotaban. Sucedido esto, el jefe reasignaba nuevos terrenos para la familia necesitada, a la espera de la recuperación de la tierra agotada. Así también, existía una tierra de reserva comunitaria, a la cual cualquier familia tenía acceso si era preciso.   

Mientras el lonko era “representante” de los recursos naturales de su comunidad, enormes familias polígamas permitían que se relacionaran todos con todos y que la sociedad mapuche fuera una red entrelazada de parientes.  Pero los lonkos no se convirtieron en una jerarquía que explotaba el trabajo de los demás. Según un relato de siglo 17, los  lonkos eran «dignidades, y personas de respeto, a quienes reconocen, pero sin superioridad ni dominio […] cada uno se sirve a sí mismo y se sustenta con el trabajo de sus manos, y si el Cacique no trabaja, no come […]”.   

Así eran las sociedades de los pueblos originarios en Chile. Eran comunidades de familias que vivían de la recolección, caza, pesca y siembra a pequeña escala, hasta la invasión por las fuerzas españolas que impusieron la relación «explotadores» y «explotados».

Claro, en otras regiones de América, en Perú por ejemplo, los “voceros” se encargaban de controlar las obras de regadío de la comunidad y de su producción agrícola a gran escala, y como consecuencia, paso a paso asumieron el rol de explotadores.

Pero en Chile, no fue el uso de la agricultura a mayor escala, ni nuevas herramientas de trabajo y el consecuente aumento en la productividad lo que rompió las comunidades solidarias, sino la invasión española.   

La explotación en Chile

Mientras en Perú, una aristocracia militar-religiosa se convirtió en una clase de personas que extraía los frutos de la fuerza de trabajo de los ayllus de campesinos, en Chile fueron los invasores españoles los que se encargaron de usar las fuerzas de los pueblos indígenas para extraer el oro y la plata de la tierra.

Es decir, que desde el principio las relaciones entre Chile y el mundo han sido importantes para el desarrollo de la explotación de unas clases por otras. La explotación y su supresión es el tema de estas páginas.

Al fracasar su intento de instalar una institución jerárquica dentro de las comunidades mapuche con el propósito de recaudar los tributos que exigía la monarquía española, los agentes del Rey de España encargaron a los «encomenderos» recaudar de ellos los tributos a cambio de «proteger y evangelizar» a los indios con la religión católica.  Las encomiendas eran repartimientos de «indios», es decir, una población indígena organizada a través de sus lonkos donde los encomenderos explotaban el trabajo del mapuche, predominantemente en los lavaderos de oro y plata, y al agotar el metal, en faenas agropecuarias.  

El campesino encomendado no era un siervo que trabajaba la tierra del encomendero a cambio de recibir el derecho de laborar en una pequeña parcela, como era el siervo feudal europeo. Tampoco estaba apegado a la tierra, sino constituía una fuerza de trabajo que se trasladaba de un lavadero a otro o de un fundo a otro. Inclusive, algunos encomenderos llegaron a alquilar sus indios como fuerza de trabajo.  

El “pago” lo recibían en herramientas, en alimentación y en la “doctrina católica” que les proporcionaban los encomenderos, todo lo cual se cargaba a sus salarios o «comunidades», por lo que los indígenas no recibían ningún tipo de remuneración.

En fin, fue la encomienda la que separó a los hombres, o una parte de los hombres, de las mujeres mapuche quienes quedaban encargadas de los niños mientras los hombres eran obligados a laborar en los lavaderos de oro o plata.  Y las comunidades fueron integradas de a poco a las encomiendas, los lonkos actuaban como capataces de sus hombres enviados a los lavaderos y de a poco, la “propiedad privada” de la colonia ejercía su presión a la tierra comunitaria indígena.

Como consecuencia, sus comunidades que antes eran asentamientos dispersos, se veían obligadas a realizar muchas tareas en conjunto para cumplir con su encomendero.

En otras palabras, la economía comunitaria indigena logró sobrevivir, suplir los bienes que los encomenderos no les proporcionaban  y conservar algunas de sus antiguas formas de ocupación y uso de la tierra, aunque ahora los “hueques” (camélidos) habían sido reemplazadas por vacunos y ovinos. 

Pero ya en el siglo 18, los españoles no disponían de tanta mano de obra, porque se agotaba el oro, gran cantidad de mapuche habían muerto en condiciones terribles en los lavaderos, por la semi-esclavitud de las encomiendas, las enfermedades como el tifus y la viruela y la guerra de Arauco.  O habían migrado más hacia el Sur de Chile

De lavaderos de plata a haciendas.  

A principios de ese siglo 18, los indios encomendados ya eran una minoría comparados con los trabajadores mestizos quienes no podían estar bajo el sistema de la encomienda. Entonces, los hacendados entregaban tierra a los mestizos «en préstamo», a cambio de la realización de trabajos en el fundo. Al valorizarse las tierras y al aumentar la demanda para el trigo y los cueros dentro y fuera del país, los hacendados comenzaron a arrendar aquellas tierras a los ya nombrados «inquilinos».   

Así, los inquilinos cayeron bajo la presión de los hacendados para cumplir con la exportación de cueros, metales o trigo en grandes cantidades. En otras palabras, las fuerzas económicas sociales fuera del país habían impulsado un nuevo tipo de relaciones sociales de producción dentro del país.  

En fin, fueron los invasores los que rompieron las comunidades de mapuche, separaron el trabajo de los hombres de sus comunidades dejando a las mujeres encargadas de los niños, y todo con el propósito de enviar el oro y plata de los lavaderos a su monarca. Y acto seguido, fueron los hacendados, los terratenientes, que necesitaban más trabajo ajeno para cumplir con la demanda de trigo y cuero fuera del país, creando así el inquilinaje, un nuevo tipo de relación social de producción en Chile.  

En otras palabras, España, ya un país con un mercado comercial que ocupaba el dinero en vez de los bienes mismos como pilar central de su sociedad, exigía el oro y plata de los lavaderos chilenos, cambiando las relaciones entre los nuevos mineros y las encomiendas y por ende las relaciones en toda la sociedad mapuche. Luego exigió trigo y cuero y creó el inquilinaje. Las fuerzas productivas en España crearon nuevas relaciones sociales en Chile.  

Producción a gran escala y la explotación.

La escala de producción aumentaba, crecían las aldeas y las ciudades, las exportaciones y sus puertos, los ferrocarriles y las comunicaciones. En verdad, Chile desde hace siglos ha sido parte integral del sistema mundial de comercio, desde la invasión española hasta las inversiones de capital IED (Inversión Extranjera Directa) de China, Europa, Australia y Norteamérica hoy. 

Por un lado, esa inversión ha hecho crecer al capitalismo y por ende la clase trabajadora en Chile. Por el otro, ha sacado del país gran parte de las ganancias que los trabajadores acá han generado, pero hoy día, esas inversiones de la IED de ayer ya generan tantas ganancias, que se reinvierten en el país y también se envían afuera.

Durante aquellos siglos antes y después de la independencia, crecía una nueva forma de explotación de la fuerza de trabajo ajena. Es decir, en vez de obligar por la fuerza a los pueblos indígenas y luego a los inquilinos mestizos de trabajar para sus patrones hacendados y encomenderos, paso por paso se comenzó a pagar un sueldo al trabajador que, con las primeras horas de trabajo, pagaba su sueldo, pero con las otras horas generó las ganancias del patrón. En otras palabras, con su trabajo diario, más allá de lo que gastaba para comer, dormir y vestirse y así poder volver a laborar el día siguiente, también financiaba ganancias. Esa nueva clase de productores cada vez más “asalariados”, llegó a ser pilar central para la economía del país.

La producción para la exportación y la importación de bienes desde fuera integró a Chile a la crisis económica global de fines del siglo 19.

La depresión económica mundial repercutió en 1876 en Chile. Intensificó la escasez del circulante metálico a causa de la exportación de la moneda de oro y plata que los empresarios se vieron obligados a hacer para pagar sus compromisos en Europa.   

Por su lado, los bancos veían depreciar sus acciones, ya que no contaban con reservas metálicas para convertir el papel moneda que habían impreso, y para paliar esta situación, el gobierno decidió emitir vales de tesorería o bonos de deuda interna por hasta 3.000.000 de pesos. Sin embargo, esta decisión obligó al año siguiente, 1877, a que el gobierno contratara un préstamo por 5.000.000 de pesos para poder pagar los bonos emitidos. Esto llevó a que el Estado de Chile decretara la inconvertibilidad de los billetes en oro en 1878, generándose una crisis del peso chileno y como consecuencia, la pérdida de confianza en el país. 

Mientras tanto, ese mismo año, 1878, al negarse la compañía salitrera chilena CSFA a pagar los impuestos solicitados por el gobierno boliviano, La Paz decretó el embargo y remate de la salitrera, lo que gatilló la Guerra del Pacífico. 

Esa guerra iba servir para reposicionar a las empresas con capitales chilenos como las primeras en la exportación del salitre tanto en Tarapacá (que era parte de Perú) como en Antofagasta (que era parte de Bolivia) y también de restaurar la confianza internacional en la economía y el país chileno. Pero, en la realidad, fue el capital inglés el que tomó control de los campos del salitre del norte y aumentó la producción para satisfacer las necesidades de la agricultura europea. Ya en el año 1914, casi 47 mil trabajadores laboraban en las 118 oficinas del campo salitrero del norte.

Y la industrialización de la producción exigió el crecimiento de los puertos, los ferrocarriles, los talleres, en fin, aglomeraciones urbanas de trabajadores en una u otra manera vinculados con las exportaciones del oro blanco. Fue este crecimiento explosivo de la escala de la producción el que llamó la atención de Marx, y luego de Lenín, como una fuerza elemental del sistema “capitalista”.

En fin, podemos ver como la explotación, la lucha de clases y la formación de una clase asalariada han sido fundamentales en nuestra historia.

Marxismo y Luis Emilio Recabarren.

A principios del nuevo siglo veinte, nacieron nuevas agrupaciones locales de trabajadores asalariados con el propósito de mejorar la organización de los gremios en su territorio:  las Mancomunales.  En un comienzo, los mancomunados eran trabajadores de los puertos y de la pampa nortina. En buena parte eran chilenos provenientes del sur, con un porcentaje menor de peruanos y bolivianos, varones en su mayoría, pero también mujeres, trabajadores de los gremios marítimos, mineros, artesanos, costureras, lavanderas. 

En la pampa, los poblados donde vivían los trabajadores y sus familias consistían en unas largas filas de casitas de, con suerte, dos o tres piezas. Se entregaban las casas gratuitamente para el uso del obrero mientras durara su trabajo en la oficina. Digo “gratuitamente”, aunque el arriendo se restaba de las utilidades que el trabajador reportaba al industrial.  

El problema de la salud también era bastante grande porque en los puertos como en la pampa, la falta de higiene, de servicios de alcantarillado y de medicina preventiva, permitía y daba origen a toda suerte de enfermedades y pestes. Es más, la falta de legislación del trabajo hacía de las condiciones de la faena algo en extremo peligroso. En los puertos, el problema de accidentes fue de más fácil solución debido a la existencia de hospitales y personal médico, pero en la pampa no había instalaciones de hospitales y el obrero tenía la obligación de entregar un peso mensual para el médico. No sobra mencionar que parte importante de los obreros veían debilitada su salud por la cantidad de alcohol que tomaban. 

Los obreros, por lo general, eran alfabetizados por lo menos en términos básicos, pero no había escuelas en las oficinas salitreras. 

Recabarren, obrero tipógrafo de Valparaíso, fue invitado a organizar el diario de la Mancomunal de Tocopilla. La primera edición de «El Trabajo» salió a la calle el 18 de octubre de 1903. 

Muy luego empezó a trabajar en la directiva de la Mancomunal y organizó un centro social en la pampa salitrera, pero los patrones obstaculizaron la construcción. Entonces un grupo de la Mancomunal subió a la pampa con materiales y junto a 200 trabajadores del salitre, construyeron su centro. La celebración por la colocación de los tijerales atrajo a tres o cuatro mil trabajadores. En ese centro, esperaban construir la libertad. Tenía un almacén, un servicio médico, una escuela y una imprenta. 

El crecimiento de las mancomunales trajo la necesidad de coordinación nacional y también de relacionarse con el gobierno. El día 15 de mayo de 1904 por ejemplo, se dio inicio a la Primera Convención Mancomunal[i] en Santiago con 15 de ellas representadas y se le presentó a S.E. Germán Riesco un manifiesto, firmado por diez mil obreros, en que se entregaba una detallada cuenta de la difícil vida del obrero del norte. No sobra decir que Germán Riesco fue la candidatura presidencial apoyada por la mayoría del Partido Demócrata (PD) y muchos dirigentes de las mancomunales eran «demócratas».

Por otro lado, Recabarren encontró que un trabajo de “limpieza social” en los municipios era muy útil para mejorar la vida de las familias de trabajadores: 

«La actual administración (de la municipalidad) lleva un año trabajando y Tocopilla está completamente transformada, de un basural que era en poder de los correligionarios del muy amado don Víctor, en un pequeño Edén, que promete mejorar mucho más en los años que le restan a la actual mayoría. Ahora tenemos: ¡veredas, ornato, aseo, carritos urbanos, servicio de higiene, comestibles bien atendidos para la salud pública, las calles arregladas en su mayor parte, etc.…!»[ii]

Pero luego, Recabarren viajó a Argentina y después a Europa, para evitar su encarcelamiento y bajo el impacto de su encuentro con las ideas del socialismo, se le provocó un “repensamiento” de sus ideas. A fines de 1907, por ejemplo, escribió la serie de artículos «Democracia-Socialismo»: 

«La democracia proclama reformar instituciones, democratizándolas. 

El socialismo proclama la desaparición de las instituciones inútiles y el reemplazo de algunas por otras completamente distintas, socializándolas. 

Democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. 

Socialismo es la socialización común de la propiedad de la tierra y de los medios de la producción». [iii]

¡Es como poder escuchar la “reorganización” de sus ideas dentro de su cabeza! 

Pero tenemos que cuidarnos cuando usamos palabras como “socialismo” y “socialización”, porque han asumido sentidos muy distintos en épocas diferentes. El socialismo que describe Recabarren, que “socializa” las instituciones del país, ha asumido la forma de un gobierno parlamentario, por un lado, hasta describir un estado constituido por las mismas organizaciones base, por el otro lado. Cada interpretación ha sido consecuencia de tal o cual manera de plantear la supresión de la explotación, en la práctica.

En marzo de 1908, se embarcó rumbo a España y luego a Francia y otros países de Europa donde se encontró con el mundo de la Segunda Internacional y su partido más importante, el de Alemania, que controlaba cientos de periódicos, sindicatos, organizaciones sociales y clubes y ganó los votos de millones de personas. 

Ese partido creció en una época de estabilidad y auge del capitalismo internacional, estabilidad que provocó la formación de corrientes con diversas y contradictorias ideas en su seno: unos socialistas plantearon que la revolución ya no era necesaria, otros que el capitalismo mismo se convertiría en socialismo y otros que seguían en las huellas de Marx, postularon la organización de un partido para la emancipación del trabajador. 

Recabarren aprendió que, en Bruselas, 

“La Casa del Pueblo tiene también establecida carnicerías, carbonería, una tienda de confecciones con toda clase de artículos de vestir para la familia, un despacho de cerveza, vinos y cigarros. Tiene también establecido un magnífico servicio farmacéutico, para sus asociados y para el público……La sección de servicio médico y botica se desarrolla extraordinariamente, extendiéndose a diversas poblaciones… Hay cooperativas agrícolas en las que compran 20 y 30 comunas enteras de campesinos. Las carretas repartidoras de artículos que cruzan ciudades y pueblos llevan en grandes carteles las frases «Casa del Pueblo», «Cooperativa Obrera» cuando acarrean por todas partes los artículos de consumo”. [iv]

Ahora bien, ya vimos que “el socialismo” puede asumir sentidos muy distintos en condiciones diferentes. Para Recabarren en Bruselas, era una palabra que describía el cooperativismo.

Al volver a Chile, la decisión del PD de apoyar a un gobierno conservador, en canje por algunos puestos, convenció a Recabarren que había llegado la hora de separarse del partido. Rápidamente trasladó la imprenta de la Cooperativa de la Sociedad de Tipógrafos a otro lugar y fundó otro periódico «El Despertar de los Trabajadores», que sería el diario del nuevo Partido Obrero Socialista que se formaría varios meses después. 

Recabarren propuso la formación de ese nuevo partido con este programa político: 

«El Partido Socialista declara que tiene por aspiración. 

1° La posesión de los Poderes Públicos por la clase trabajadora (los poderes legislativo, ejecutivo, judicial, comunal). 

2° La transformación de la propiedad individual o corporativa de los instrumentos de trabajo, en propiedad colectiva, social o común, entendiéndose por instrumento de trabajo: la tierra, las minas, las fábricas, los transportes, las máquinas, capital moneda, etc., todo bajo la administración comercial o sindical. 

3° La organización de la sociedad sobre la base de la federación económica, el usufructo de los instrumentos de trabajo por las colectividades obreras, garantizando a todos sus miembros el producto total de su trabajo, y la enseñanza general científica y especial de cada profesión a los individuos de uno u otro sexo. 

4 ° La satisfacción por la sociedad de las necesidades de los impedidos por edad o padecimiento. 

En suma: el ideal del Partido Socialista Obrero es la completa emancipación de la clase trabajadora, es decir, la abolición de todas las clases sociales y su conversión en una sola, de trabajadores dueños del fruto de su trabajo, libres, iguales, honrados e inteligentes». [v]

Se hizo un resumen de lo realizado en sólo tres años de existencia del POS: 

“En 1912 hemos realizado 60 conferencias con 107 temas y 20 oradores (hombres, mujeres y niños); en 1913 realizamos 76 conferencias con 193 temas y 39 oradores y en 1914, hemos realizado 117 conferencias y mítines con 613 temas y 132 oradores. Como se ve la labor ha ido prosperando año en año y nada detendrá su gigantesco progreso. “ 

Una “velada socialista” típica, como la realizada a mediados de febrero de 1915 podía incluir valses, polkas y mazurcas interpretadas por la estudiantina, una conferencia del socialista argentino radicado en Iquique Mariano Rivas sobre “el valor cultural de la música…una intervención de Teresa Flores sobre “la participación de la mujer en la lucha socialista” …para concluir con “la sentimental dramita de Palmiro de Lidia, titulado “Fin de Fiesta”.  [vi]

En resumen, la obra de los socialistas integraba la propaganda, la construcción de cooperativas y organización de uniones obreras, “de ambos sexos”.

Según Recabarren, las cooperativas podrían ser una gran fuerza para la emancipación, es decir, una forma de HACER el socialismo: 

Algunos años atrás los socialistas han gastado mucho tiempo en teorizar acerca de la forma en que se llegaría al colectivismo y cómo se realizaría la expropiación sin o con indemnización. 

Hoy se presenta a nuestra inteligencia un problema más sencillo: El desarrollo de la acción cooperativa. 

La multiplicación de las cooperativas socialistas es la disminución de los negocios de la burguesía. 

La multiplicación de la cooperativa industrial es el reemplazo de la industria burguesa que explota a la comunidad productora en beneficio de unos cuantos individuos y mientras más campo de acción desarrolle la cooperativa socialista, más reducido irá siendo el campo de explotación que le vaya quedando a la clase capitalista y por consiguiente el régimen de explotación irá extinguiéndose a medida del ímpetu con que progrese la cooperativa.

Esa es la evolución ideal del socialismo: 

Las tres fuerzas: Cooperativa, gremio y acción política…  Tarde o temprano toda la acción socialista del mundo entrará a luchar desde ese punto de vista, orientando, así, precisamente, el nuevo rumbo por donde se llegará rápidamente a la total emancipación de la especie humana. 

¡Hermoso momento histórico de la vida, te saludamos desde ya!».[vii]

Recabarren plantea que la emancipación es una obra práctica… mejor olvidar la palabrería y HACER el socialismo. Es el desarrollo de esta idea, de sus fuerzas y debilidades, lo que vamos a ver tras los años de su obra. Y sobre el fomento de organizaciones base, de uniones obreras, Recabarren formó ideas muy fuertes, consecuencia de su experiencia en el norte: 

«Vimos, pues, por experiencia propia, que aun cuando quisimos y cooperamos a formar organizaciones gremiales, independientes del POS, no pudimos obtener el éxito deseado porque la fuerza desorganizadora que pagaba y alimentaba la clase capitalista actuando en un campo de ignorancia fue superior a nuestras fuerzas. 

Corresponde ahora a los socialistas militantes dar la forma a su organización. 

Opinamos a este respecto que todos los socialistas de un oficio determinado, por ejemplo: zapateros, o mecánicos, que sean más de diez formen una sección socialista de oficio, dentro del mismo partido, tan sólo aumentando la cuota para atender al nuevo servicio o administración y nombrando un comité seccional administrativo que cobraría una cuota…». [viii]

Recabarren, los gremios y el partido. 

Recabarren explica aquí que los sindicatos a veces son débiles y a veces fuertes. Para evitar que los sindicatos desaparezcan en los períodos difíciles, necesitan todo el apoyo de los socialistas, tanto, que los sindicatos deben ser secciones de ese partido… ¿pero integrar las organizaciones base en el mismo partido era correcto? 

Los militantes de un “partido” o “movimiento” político forman y trabajan dentro de los sindicatos para organizar a otros trabajadores con menos conciencia, para luchar por mejorar sus condiciones de vida. Si los otros trabajadores dejan su sindicato atrás, entonces los militantes socialistas deben intentar asegurar que el sindicato siga activo, aunque sean los únicos sindicalistas, deben intentar hacer todo lo posible en el sindicato bajo condiciones difíciles. 

Pero la obra de dedicarse a la construcción de organización sindical en condiciones difíciles claramente es distinta a incorporar al sindicato como parte integral de un partido. Para nosotros, sería un error garrafal. Pero Recabarren podía plantear esa idea porque la lucha por la emancipación era un proceso de auto-educación y tanto los sindicatos como los partidos de trabajadores eran, nada más ni nada menos, que elementos en ese proceso.

Y Recabarren no creía que un “partido” de trabajadores debería cumplir una obra distinta, “revolucionaria”, a la de las organizaciones base por la simple razón que no creía, en esa época de su vida, en la “revolución” y la “emancipación” como un acto, sino como un proceso continuo.

Luego, Recabarren salió de Chile por segunda vez en octubre de 1916 y volvió al fin del verano de 1918. Podemos ver que discutía la emancipación y la revolución desde Argentina… más allá de los municipios y las cooperativas.

En «Proyecciones de la Acción Sindical» (1917):  

«¿Cómo el sindicato va a apoderarse de la producción y distribución? 

Los sindicatos presentarán a las actuales industrias las siguientes conclusiones: «A partir de tal fecha el sindicato intervendrá en la administración de la producción de la industria, asimismo de la colocación de los productos para que sean adquiridos por los consumidores»

(Nota: a través de almacenes libres al público, el perfeccionamiento de la producción, construcción de casas bajo la dirección de los sindicatos de la construcción, cocinas en hoteles para economizar en gastos superfluos, etc.). 

«Los integrantes de los ejércitos y otras comunidades que resultarán innecesarias sólo se encaminarán a buscar un sitio donde cooperar, a su gusto, al movimiento de ese nuevo mecanismo de la sociedad». 

… «La clase obrera, no pudiendo ni debiendo pensar seriamente en organizar una revolución armada para derribar del poder al capitalismo, no debiendo hacernos la ilusión de que, por poderosa que fuera la acción del sindicato en combinación con la cooperativa, si la clase capitalista está en dominio del poder político, usará la metralla despiadadamente para vencernos… (Entonces) es juicioso y serio, y también inteligente que la clase obrera a la vez que fortificar el sindicato y la cooperativa -sus dos armas económicas más precisas- debe avanzar sus posiciones, cuanto más sea posible en el terreno político, porque esta tercera arma es decisiva en esta contienda cuyo primer aspecto es la lucha de intereses de clases». [ix]

En fin, Recabarren plantea que los trabajadores, una vez educados, solidarios y conscientes, pueden controlar sus fábricas y fomentar sus cooperativas. Por otro lado, una vez alcanzada la mayoría parlamentaria, los trabajadores controlarán el Estado y en particular a las FF.AA.  

Y afirma que, si la clase obrera cuenta con la mayoría en el Parlamento, el gobierno político del país estará en sus manos y cuando el sindicato vaya a la huelga general para reclamar la socialización, la clase capitalista no podrá disponer del ejército ni de policías. 

Esa afirmación, como ya bien sabemos después de haber sufrido a manos del golpe y la dictadura, es falsa. Es falsa porque el Parlamento, las FF.AA., la justicia, la burocracia estatal, son todos sectores del estado y si la clase capitalista pierde control de un sector, puede usar los otros para volver a controlar todo el país.  Y veremos más adelante que el capitalismo tiene la capacidad de seguir funcionando (y muy bien, gracias) bajo condiciones políticas muy distintas, desde el capitalismo del Estado de los gobiernos del Frente Popular hasta el neoliberalismo globalizado de la dictadura.

 Pero luego vamos a discutir la forma en que Recabarren imagina que los trabajadores pueden crear su nueva sociedad para eliminar la explotación y ver si cabe dentro del marxismo (nuestro).

Grandes cambios en el mundo sindical 

La presión de las huelgas en 1918-19 y la actividad de los nuevos sindicatos base dirigidos por socialistas o demócrata-socialistas, dio a Recabarren la posibilidad de transformar la organización sindical más grande, la FOCH, en una central de agitación y de oposición al sistema capitalista. Recabarren fue elegido presidente en su 2° Congreso en Concepción al finalizar el año 1919.

Esta es parte la declaración de principios de la Convención de Concepción de la FOCH del 25 de diciembre de 1919: 

“La Federación Obrera de Chile se ha fundado para realizar los siguientes propósitos: 

– Defender la vida, la salud y los intereses morales y materiales de toda la clase trabajadora de ambos sexos. 

– Defender a los trabajadores de ambos sexos de la explotación patronal y comercial, de los abusos de jefes y autoridades y de toda forma de explotación y opresión. 

– Fomentar el progreso de la instrucción y cultura de la clase trabajadora por medio de conferencias, escuelas, bibliotecas, prensa y toda actividad cultural y conquistar la libertad efectiva, económica y moral, política y social de la clase trabajadora (obreros y empleados) de ambos sexos, aboliendo el régimen capitalista, con su inaceptable sistema de organización industrial y comercial, que reduce a la esclavitud a la mayoría de la población. 

Abolido el sistema capitalista, será reemplazado por la Federación Obrera, que se hará cargo de la administración de la producción industrial y de sus consecuencias.” [x]

Queda claro que los principios de la FOCH repiten las concepciones que ya difundía Recabarren en sus actividades. Plantean la emancipación cultural y económica del trabajador a través de mejoras en su estándar de vida y conciencia y la liberación de los vicios del capitalismo. Esas ideas eran comunes entre los activistas del movimiento socialista desde hacía quince años,antes de la Segunda Convención, y reproducían los principios de las Mancomunales. 

Pero también plantean la idea de que no fuese el “capitalismo” sino la FOCH, la que organizara el país, idea que es una réplica de lo planteado por Recabarren en Argentina e incluso mucho antes en el sentido que la clase trabajadora tomara el control de su vida a través de los municipios y cooperativas.

Al generalizar sus pensamientos, un par de años después de intervenir en la central sindical, Recabarren publicó su Proyecto de Constitución para la República Federal Socialista de Chile como folleto (“¿Qué queremos los federados y Socialistas y para qué?”) en mayo de 1921… 

“-Queremos vivir bien; eso es todo. La organización industrial capitalista no nos permite poder vivir bien, porque nos obliga a soportar un régimen de esclavitud, de explotación y de opresión. 

Al mantener el régimen del salario, nos mantiene esclavizados a ese régimen. Nosotros sabemos que los pobres somos la mayoría del mundo, la mayoría de cada pueblo y sabemos que tenemos derecho a disponer, a ordenar, a organizar el mundo en cada pueblo, como sea nuestro deseo de vivir mejor la vida. 

Entonces eso es lo que queremos; organizar la vida industrial, a nuestro gusto, quieran o no quieran los capitalistas y gobernantes, para darnos el bienestar que queremos y que necesitamos. 

Pedir aumento de salarios y conseguirlos no es obtener el bienestar y la tranquilidad que deseamos…no hay sino un SOLO REMEDIO, que consiste en lo siguiente: 

Abolir toda propiedad particular o privada, de la misma manera que una ley anula otra ley, de dejar “propiedad nacional” todo lo que hay dentro del territorio nacional. 

Entendemos por ley: la voluntad que se manifieste por el Congreso legislador, como la voluntad que se resuelva hacer efectiva por la mayoría del pueblo organizado cuyo poder y soberanía es superior al Congreso, puesto que el Congreso no existiera si el pueblo no lo eligiera. 

Si las cámaras no quieren hacer esa ley que el pueblo necesita y reclama, porque las cámaras están compuestas de burgueses que viven de la explotación, es entonces el pueblo organizado el que hará esta nueva ley y obligará a todos a observarla, imponiendo su observancia por medio de la dictadura proletaria establecida por la organización. 

De la misma manera que con una huelga se impone una ley a una industria, una huelga general obligará a todos los industriales a someterse a lo que quieren los trabajadores organizados. 

… 

En cada industria, faena u ocupación donde haya más de diez personas mayores de 18 años ocupadas, estas mismas reunidas en asambleas, elegirán a sus jefes administradores y encargados o capataces para la dirección y administración de cada sección de trabajo y de toda una industria. 

Los administradores o capataces estarán bajo el control de sus respectivas asambleas y le deben cuentas de sus actos. 

Las asambleas fijarán salarios, honorarios, condiciones de trabajo, precios de venta de los productos y todo lo que fuere necesario determinar, oyendo los consejos de los técnicos cuyos informes pidiere. 

… 

Las municipalidades se compondrán de los delegados que cada industria o faena envíen, debiendo determinar la ley hasta qué número de obreros tendrá el derecho a enviar un delegado o más. 

Los delegados a las municipalidades, los administradores capataces y toda persona que recibiera nombramientos por una asamblea desempeñarán sus funciones mientras cuenten con la confianza de la asamblea y su nombramiento no sea modificado. 

…Constituyen la Asamblea Nacional, un delegado por cada territorio municipal que tenga 10.000 habitantes… 

La Asamblea Nacional legisla sobre los asuntos de interés general a todo el territorio de la República…» [xi]

Recabarren publicó este tremendo folleto en el mes de mayo de 1921, al año de ser elegido como diputado por Antofagasta, de comenzar a editar un nuevo diario nacional de la FOCH y también de dirigir la transición del POS en un partido comunista. Es una obra teórica-práctico, escrita en un período cuando cuestionaba unas de las ideas que había aceptado desde hacía un largo tiempo. Por ejemplo, la política expresada en este párrafo del Folleto “Qué queremos…”: 

“Si las cámaras no quieren hacer esa ley que el pueblo necesita y reclama, porque las cámaras están compuestas de burgueses que viven de la explotación, es entonces el pueblo organizado el que hará esta nueva ley y obligará a todos a observarla, imponiendo su observancia por medio de la dictadura proletaria establecida por la organización” .

Es distinta a lo que creía antes, en julio de 1920, es decir: 

“Si como asalariados explotados, nos hemos unido, para obligar al capitalista a cesar en su explotación, usemos el voto político para poder hacer la LEY QUE JUNTO CON NUESTRA UNION obligará al capitalista a ser honrado y cesar en su obra de explotación.” [xii]

Vemos que en la primera formulación (es decir hecha después de julio 1920), Recabarren comienza a ver que la revolución es algo más que un proceso de capacitación, formación y aprendizaje de la clase trabajadora. Ya comienza a ver la revolución como un acto.

Recabarren tuvo la suerte de probar sus varias formulaciones de la utilidad (o no) de la política parlamentaria y la naturaleza de la revolución, dos años después, en 1924, cuando algunos militares intervinieron en aquella.

La crisis del Estado en 1924.

Los enfrentamientos de 1924 eran consecuencia de una larga lucha económica y política entre los conservadores “oligárquicos” y los liberales “modernos”.   

El sector más conservador pensó que había perdido la guerra cuando Alessandri fue elegido presidente en 1920 como representante de la clase media, de algunos industriales, de la gran masa de la clase trabajadora, de los campesinos y de los empleados del Estado. Por lo tanto, como controlaban el Congreso hasta 1924, obstaculizaron el camino de las leyes propuestas por Alessandri y la gente que le apoyaba. El enfrentamiento entre alessandristas y conservadores en el Congreso duró poco menos de cuatro años, años llenos de acusaciones y de corrupción por ambos lados.   

El día 2 de septiembre de 1924, el Congreso aprobó una ley para darle más dinero a sus miembros luego de rechazar una ley que asignaba más recursos al ejército. Algunos oficiales llegaron al Congreso, gritaron, pifiaron y después organizaron una reunión permanente en el Club Militar. Hicieron un pliego de demandas que enviaron a Alessandri, formaron un Comité Militar Revolucionario (CMR) el que nombró una Junta Militar Ejecutiva.  Y dijeron que iban a llamar a una Asamblea Constituyente.

Recabarren respondió a los acontecimientos con estas palabras:

«El momento actual es totalmente revolucionario, revolución serena y tranquila, como muchas veces la hemos soñado, como la entreviera Emilio Zola en «Trabajo». 

¿Quiénes van a dirigir esta revolución? 

¿Quiénes lograrán dirigir las finalidades de la gran Asamblea Constituyente en perspectiva? 

Si el proletariado divide sus finalidades y sus doctrinas en dogmatismos estrechos perderemos la oportunidad de ganar esta jornada, que ganada significaría un gran paso en el camino de la Revolución Social. 

No habremos de hacernos la ilusión que de esta Asamblea Constituyente vaya a surgir una República comunista ni anarquista, pero debemos trabajar para que surjan por lo menos los elementos con qué hacerla un poco más adelante. 

Por lo tanto, el momento presente es el más culminante de nuestra historia. 

Si la Asamblea Constituyente va a ser una libre asamblea, es el proletariado quien tendrá mayoría en esa Asamblea, y si el proletariado en mayoría no sabe guiarse, será la clase capitalista en minoría en esa asamblea quien gane la partida. 

Esta es, pues, nuestra advertencia y nuestra voz de orden es: ¡Unirse y trabajar! Es decir, trabajar creando y dando formas a las ideas que deben llevarse a la Asamblea Constituyente. 

Una de las ideas fundamentales que debe cristalizarse en la Constituyente es la descentralización administradora y legislativa. Por lo tanto, la abolición del parlamentarismo debe ser un ideal unánime. 

¿Sería necesario reemplazar el parlamentarismo por otra organización? ¿Cuál sería ella y en qué forma funcionaría? 

Un sistema federal se impondría. 

Un sistema federal que entregue a los ciudadanos de las distintas regiones el derecho a trabajar por la grandeza de cada región…»[xiii]

Pocos días después, agregó que

«Pues, si el actual gobierno militar no puede realizar los propósitos que ha anunciado, si una vez más vamos a presenciar el fracaso de todo buen propósito, ¿debemos quedarnos con los brazos cruzados?, ¿debemos dejar deshacerse estas ilusiones, debemos conformarnos una vez más con quedar burlados en nuestras aspiraciones? 

Los militares nos han dado el ejemplo: tomar por la fuerza el poder para realizar el programa de bienestar social, que dicen quiere todo el país. 

¡Tomar por la fuerza el poder si los militares no pueden realizar el programa que nos han ofrecido, imitar su ejemplo eso es lo que debemos hacer!».  [xiv]

Ahora bien, ni Recabarren ni el PC, su partido, tenían la capacidad de intervenir con fuerza en los acontecimientos. Mejor dicho, no hacían trabajo político dentro de las fuerzas armadas, como propuso la Tercera Internacional cuando el POS decidió afiliarse a fines de 1921. Por lo tanto, las acciones de los comunistas estaban limitadas a la propaganda para una Asamblea Constituyente como alternativa a la política parlamentaria, pero no tenía cómo comenzar a «disolver» las fuerzas y la jerarquía del Estado con comités de democracia directa de base.

En ese sentido, Recabarren todavía hablaba de la revolución como un evento en el futuro y no un acto que define sus acciones y las del PC, en el presente. 

Veremos cuando hablemos de la UP y del MIR, cómo se relaciona “la revolución” como acto, con las actividades sociales de base cada día.

Recabarren después de Recabarren. 

Antes y después del suicidio de Recabarren a fines de septiembre de 1924, el impacto del golpe de septiembre 1924 fue grande porque abrió las puertas para la obra de preparación para la Asamblea Constituyente. 

La oficialidad joven que había sido el alma y el motor del movimiento de septiembre volvió a organizar un golpe el día 23 de enero, que desplazó a las más altas jerarquías militares del gobierno de la República. El llamado al autoexiliado Alessandri Palma para que volviera al país a terminar su mandato presidencial, junto a su declaración a favor de la convocatoria a una Asamblea Constituyente, generó nuevas esperanzas y un clima de febril actividad de las dirigencias del movimiento popular. 

Un par de días después del nuevo golpe, la directiva de la FOCH llamó a una reunión de un sin número de uniones y federaciones sindicales, con el propósito de organizar su trabajo constitucional, formando un “Comité Nacional Obrero”, pero cuando sesionó la «Constituyente de Asalariados e Intelectuales» que resultó, no hubo acuerdos sobre el camino que había que tomar entre los mutualistas, sindicalistas de todos tipos, profesores y otros sectores presentes.

Al final, un sector de los militares bajo el mando de Carlos Ibáñez del Campo tomó control del Estado.

Es decir, pasó lo advertido por Recabarren….”si el proletariado en mayoría no sabe guiarse, será la clase capitalista en minoría en esa asamblea quien gane la partida “.[xv]

Vamos a discutir más abajo esta guía de revolución, porque formó parte (o NO formó parte) de la obra de Clotario Blest, Salvador Allende y el MIR.

Marxismo y Recabarren: Algunas conclusiones para nosotros.

Hemos visto que los temas centrales para Recabarren durante toda su vida como activista eran el perfeccionamiento de los trabajadores y la forma que tomaría el control de su nuevo país. Al principio, planteaba que el trabajo parlamentario podría ayudar en ese proceso de perfeccionamiento a través de las leyes “inteligentes”. 

¿Por qué planteaba tal cosa? – porque al trabajador le faltaba el perfeccionamiento. Sin experiencia no podía crear el nuevo país y necesitaba la “política” parlamentaria como apoyo. Pero una vez perfeccionado podría construir un nuevo mundo, un nuevo Chile, como aquello descrito en su folleto “¿Qué queremos los federados…?”, el país de las Asambleas democráticas. 

Y para Recabarren, como para nuestro Marx, la clase trabajadora tiene que aprender cómo ejercer su poder a través de la práctica misma. Lo que Luis Emilio logró hacer, fue desarrollar ideas respecto a la autogestión en los municipios y cooperativas para llegar a tener una visión del socialismo como una tarea práctica. Su propia travesía de “demócrata” a “comunista” y el desarrollo de su diseño del país nuevo formaban parte del viaje hacia el perfeccionamiento del trabajador y del país. 

Su forma de ver las interacciones entre su partido (el PD, el POS, el PC) y las bases, esa óptica cambiaba. Sin embargo, solamente en sus últimos años veía el partido como una organización explícitamente “distinta” a la mayoría de la clase trabajadora, pero integrada con las bases, algo como “un organismo revolucionario de vanguardia, con propósitos claros, directivas precisas”. 

En otras palabras, solamente en los últimos años de su vida tomó el camino del “leninismo”.

Sin embargo, mientras Recabarren durante casi toda su vida ponía énfasis en el parlamentarismo como herramienta “útil” en las manos de trabajadores “inteligentes”,  Carlitos Marx ponía el énfasis en el Estado como un aparato represivo (aunque ya sabemos que también interviene en muchas formas en la vida, desde la educación y la comunicación hasta la salud y la economía), aparato que los poderosos pueden usar para reprimir otras clases con el propósito de seguir disfrutando los frutos de la explotación. 

Para nuestro Marx, y tenía razón, la clase capitalista es capaz de controlar a las FF.AA. y las otras partes del Estado porque los hombres y mujeres de ese Estado, los generales, jueces, altos burócratas, son de la misma clase o se identifican con ellos. 

Los generales, además de ser militares, algunos son ricos y muchos tienen parientes y amigos entre los poderosos. Mirando la situación desde otro punto de vista, son los “árbitros” de la sociedad y como tales, su futuro depende de la continuación del sistema que protegen. 

El gran “árbitro”, General Carlos Ibáñez del Campo, se instaló como presidente luego de un período de “caos” político que siguió los golpes de 1924-5, pero se fue del país durante el colapso económico de 1930 en adelante.

El Estado y los gobiernos del Frente Popular.

La intervención estatal instalada por Ibáñez no protegió al país de la catastrófica crisis económica internacional de los años 30’, esa crisis, repercutió fuertemente en Chile: el número de trabajadores en la pampa bajó de 60.000 en 1928 a 8.000 en 1932. Lo mismo sucedió en el cobre: de 16.000 a 5.000. Esta crisis dio luz a la caída de Ibáñez en julio de 1931, al sublevamiento de la flota en septiembre del mismo año, a la “República Socialista” en junio de 1932 y luego al nacimiento del Partido Socialista. 

La sublevación de la armada fue reprimida, sin embargo, esa represión no puso fin a los innumerables complots que la siguieron en 1932. Al huir Ibáñez del gobierno, los masones dirigidos por Eugenio Matte, algunos grupos de “socialistas”, ibañistas  y oficiales de las FF.AA. dirigidos por Marmaduque Grove (quien también era del grupo de jóvenes oficiales militares que hicieron el golpe de enero 1925), decidieron formar la “Primera República Socialista en América Latina”.

Aquí una parte de la Proclamación de la República Socialista: 

El nuevo régimen (de la República Socialista del 4 de junio) al cual damos toda nuestra adhesión, poniéndonos al servicio de un irresistible anhelo popular, asegurará la organización de la Economía Nacional bajo el control del Estado, disciplinará las fuerzas productoras y hará surgir, mediante una acción enérgica, las riquezas chilenas, no para satisfacer la codicia egoísta de una oligarquía corrompida, sino para el bienestar y salud del pueblo.” [xvi]

El día 6 de junio se realizó en los bancos de las principales ciudades una gran corrida de fondos para provocar la catástrofe económica mediante el pánico. Sin embargo, el Consejo de Estado (del nuevo gobierno de la República Socialista), decretó de inmediato un feriado bancario de tres días y ordenó limitar los giros a una cifra proporcional al dinero depositado. El Decreto dictado el día 8 de julio transformó el Banco Central en Banco del Estado, el que se encargaría de regular el crédito. 

Pero después de unos pocos días murió la República Socialista, sin embargo, los militantes “socialistas”, los masones y los oficiales “progresistas” habían saboreado el poder que trajo, y traen, los puestos y cargos en el aparato estatal. Fue una experiencia muy importante para la formación del Partido Socialista pocos meses después.  

A la creación del PS, se unieron varias fuentes… una exigió que el partido se “declare inmediatamente marxista”, otros no querían que saliera un partido socialdemócrata del estilo del partido radical, ni querían un partido que partiera siendo inmediatamente marxista, aunque muchos mantenían las ideas del marxismo. 

Bajo esas condiciones, la Declaración de Principios del PS adoptó al marxismo “informalmente” como suyo.

Pero ¿qué significa “declararse marxista”? 

Significa que ese partido y sus militantes se dedican a tomar parte – y por ende organizar- la lucha de clases y ver cómo la clase trabajadora puede “tomar el lugar del capitalismo”.

En ese sentido, en “El Silabario”, editado por el regional de Copiapó del nuevo PS, se encontraban algunas definiciones importantes para los socialistas… este llama la atención sobre el peligro de un “Socialismo del Estado”: 

¿Qué se llama socialismo de Estado? 

Socialismo de Estado es aquella tendencia puesta en práctica por los Estados capitalistas para tratar de contener el avance del movimiento obrero que lucha por sus reivindicaciones mediante la concesión de garantías que favorecen mínimamente a las clases proletarias…Este socialismo del Estado se manifiesta también por la adopción de ciertas medidas de carácter económico, transformando en cierto modo la economía liberal en una economía dirigida. Es así como en la actualidad, los Estados mantienen un cierto control sobre las grandes industrias y permiten o deniegan la autorización para establecer otras que pueden ser perjudiciales a la marcha de las ya existentes o que son simplemente innecesarias.” 

Surge el Frente Popular (FP) 

El Estado ya había comenzado a intervenir en la economía antes de la Depresión…  Ya bajo la dictadura de Ibáñez se subieron las tarifas a las importaciones en un promedio de 71% entre 1928 y 1930.  En el mismo sentido, cuando Arturo Alessandri fue electo presidente (otra vez) en 1932, se elevaron las tarifas, esta vez en un 50% parejo. 

Y mientras las exportaciones crecieron en la mitad entre 1932 y 1935, los trabajadores en la manufactura aumentaron de 72.000 en 1925 a 146.000 en 1937. Por lo tanto, la intervención estatal ya había mostrado su capacidad de ser eficaz en la reestructuración de la economía y abrió el camino para reformas estatales basadas en el parlamentarismo del Frente Popular. 

Ese Frente fue constituido el día 9 de marzo de 1936, en una Asamblea en el Congreso Nacional.  Participaron de este acto los partidos Socialista, Radical, Radical Socialista, Democrático, Comunista y la Izquierda Comunista.  Su programa presidencial contemplaba las siguientes promesas (entre otras): 

«En lo político, el Mantenimiento y defensa del régimen democrático, restaurando las garantías individuales y respetando todos los derechos, además de la Supresión de las leyes represivas de carácter político. 

En lo económico, la Planificación de la economía nacional para incrementar la producción minera, industrial y agrícola, regulándola y procediendo a la distribución más equitativa y justa. La Legislación sobre las empresas imperialistas con el propósito fundamental de defender el patrimonio nacional y los intereses del Estado, de los empleados y obreros y la supresión de los monopolios.»

La forma de lograr estos cambios fue a través de un acuerdo entre los partidos populares y la burguesía liberal representada por el Partido Radical. 

Vale la pena recordar que este tipo de política parlamentaria es muy distinta a lo que proponía Recabarren. A los ojos de Luis Emilio, la obra parlamentaria servía para mejorar las capacidades y conciencia de los trabajadores, con el propósito de llegar al punto en que podrían tomar control de sus empresas y el país. Iban, con sus organizaciones, a “tomar el lugar” del capitalismo. 

Pero el Frente Popular quería regular el capitalismo y no abolirlo. En ese sentido, fue la base sobre la cual se levantaron largas décadas de la política parlamentaria y transformó la palabra “socialismo” en una manera de decir “gobierno mío”. Y tradujo la frase “fin de la explotación” en una serie de negociaciones parlamentarias.

La sustitución de las importaciones. 

La regulación del capitalismo durante los gobiernos del Frente Popular tomó la forma de la protección de la industria manufacturera, es decir, de la “sustitución de importaciones”. Esto fue más ostensible en el área textil, donde ya se registraban 166.209 obreros en toda el área de la manufactura en 1950.  

Al alero de la CORFO surgieron grandes empresas en el país. Se impulsó la hidroelectricidad, el combustible y la siderúrgica. Se creó la industria agro-azucarera, se buscó mecanizar las faenas en el campo e incentivar la fruticultura. 

Sin embargo, las empresas nuevas no eran cooperativas ni filantrópicas…la empresa textil Yarur, por ejemplo, con un capital de 80 millones de pesos, registró ganancias superiores a los 230 millones entre 1941-6. 

Y en el intento de alcanzar y sobrepasar a la competencia internacional, la estrategia económica del Frente Popular trajo una tendencia a la concentración monopólica. En 1950, por ejemplo, más del 65% de la producción textil estaba controlada por dos empresas – Yarur y Caupolicán Chiguayante. 

Pero la participación obrera en el ingreso nacional durante los gobiernos del acuerdo entre trabajadores y capitalistas progresistas se mantuvo a niveles muy bajos. De un índice de 100 en 1941 se pasó a sólo 103 en 1948, mientras lo de los empleados subieron 9 puntos y los empresarios 25 puntos. O sea, contra lo que mucha gente piensa, los capitalistas fueron los GRANDES beneficiarios de la política económica del acuerdo. 

En otras palabras, la integración entre un sector económico con apoyo estatal a la economía privada estaba lejos de la creación de cooperativas a gran escala que imaginaba Recabarren. 

En fin, el Frente Popular fue un buen ejemplo del “Socialismo del Estado” descrito en el Silabario, y la integración de los partidos PC y PS en este tipo de “socialismo” consolidó su participación en la política parlamentaria con los acuerdos entre cuatro paredes, la burocracia y la corrupción que la conllevó.  Hoy en día, ese tipo de capitalismo se llama el «capitalismo de estado».

Puedes decir que, por lo menos, esta forma de producción nacional estatizada no quedó en manos de multinacionales monopólicas extranjeras. Muchos políticos parlamentarios opinan lo mismo hoy, es decir que una economía nacional controlada por el gobierno es mejor que un país controlado por multinacionales. 

Nuestro marxismo y el Estado.

Carlos Marx habría respondido que el sistema económico capitalista crece porque las acumulaciones de capital explotan la fuerza de trabajo de sus trabajadores, independientes de su país de origen. Por lo tanto, los trabajadores del salitre que laboraban en oficinas de empresas inglesas eran explotados, pero también los que laboraban en las oficinas de empresas chilenas. También es el caso de los mineros de planta y subcontratistas hoy que laboran en Codelco y los que laboran en Los Pelambres de los Luksic o la Escondida de BHP Billiton. Sus patrones nacionales o multinacionales, estatales o privados, explotan sus fuerzas de trabajo.

Puedes decir que una economía estatizada comparte las ganancias entre las empresas y el pueblo a través de los impuestos e inversiones, entonces eso es mejor que cuando las multinacionales llevan sus ganancias afuera. 

Pero las ganancias de las empresas son el trabajo no-pagado de sus trabajadores, entonces el Estado reparte una fracción de esas ganancias a otros trabajadores y empresas. Es decir, a fin de cuentas, son los trabajadores los que hacen las ganancias. Hoy día, en promedio, el trabajador labora 3 horas para financiar su sueldo y 5 horas para financiar las ganancias de su patrón. Así es.

¿No es muy extremista hablar en esta forma?

Sí, es muy extremista si piensas que el futuro nuestro depende del éxito de los negocios y gobiernos nacionales. Pero si tú piensas que solamente la fuerza mancomunada de la clase trabajadora es la única fuerza capaz de poner fin a la explotación, las guerras y la crisis climática, entonces transmites a cada rato que el trabajador y la trabajadora deben estar independientes de sus explotadores y conscientes de sus capacidades y del futuro que puede forjar.

No es ninguna sorpresa que los funcionarios y políticos del Estado se opongan a esa independencia, porque son ellos y ellas los que llevan sus buenos sueldos como encargados de la economía nacional. En otras palabras, son patrones estatales. Como decía Carlitos: «el gobierno del Estado no es más que el grupo que administra los negocios comunes de la clase burguesa»

Ahora bien, esa administración se comparte entre el gobierno y otros aparatos comunes de la clase dominante, como la CPC y la Cámara de la Construcción, por ejemplo. A veces el gobierno, como parte del Estado, se independiza de los otros sectores que son responsables para ordenar la explotación y actúa como un árbitro sobre las luchas entre las clases. Pero esa independencia puede durar un tiempo limitado, como bien sabemos.

Pero igual, ¿no sería mejor vivir en un país dónde las empresas son chilenas y las multinacionales también?

Pero vuelvo a responder que depende de quién manda en ese país. Porque si mandan los mismos políticos y funcionarios del estado de siempre, el cambio en nuestras vidas es poco. Pero si los que producen están encargados de esas empresas nacionales y multinacionales, los cambios van a ser grandes. La vida fue mejor durante los gobiernos del acuerdo Frente Populista, cierto. Pero habría sido mucho mejor si los y las trabajadores de Yarur y Caupolicán Chiguayante hubieran tomado control de esas empresas para hacer llegar textiles de buena calidad y barato a los hogares del país.

Por ende, es nuestra responsabilidad entender la función del Estado y organizar lo que Marx llamaba de «destrucción» y lo que Recabarren describió como “cuando los trabajadores toman el lugar del capitalismo”.

El sentido de la palabra “socialismo” para nuestro marxismo, entonces, es la organización y control democrático, directo, de todo el país (desde los lugares de trabajo hasta las comisarías, tribunales y cuarteles) y en ese sentido comenzar con la destrucción del Estado que organiza la explotación. 

A Volver a los gobiernos del Frente Popular.

Pero volvamos a los años del Frente Popular y las escisiones dentro del PS provocadas por la política del «Socialismo de Estado».

El acuerdo entre la clase trabajadora y los capitalistas progresistas radicales dentro de los gobiernos del Frente Popular (y después también con los liberales, en la Alianza Democrática), trajo consecuencias nefastas para la clase trabajadora. 

Porque sus partidos (y por ende, ellos y ellas mismos) comenzaron a pensar que ese acuerdo era más importante que la solidaridad en sus luchas. Por ejemplo, durante la huelga del carbón en 1947, en el penúltimo gobierno de la Alianza Democrática, Raúl Ampuero e Isidoro Godoy, en representación de «su» sector del PS, se reunieron con el presidente para informarle de las acciones que podían realizar los militantes de ese partido para la “normalización de las faenas” en las minas.

Su PS declaró que, a pesar de que la solución definitiva al problema del carbón seguía en espera, la respuesta del gobierno al pliego era satisfactoria y no justificó la prolongación del conflicto.  Acto seguido, enviaron rompehuelgas, militantes o simpatizantes suyos, a trabajar en las minas y alojarse en las casas de los mineros en huelga. La consecuencia fue el desalojo de sus casas de los obreros que se habían negado a trabajar y las de aquellos que estaban detenidos.

Varios vagones de carga de ferrocarriles se llenaron con los desalojados, quedando estacionados cerca de una semana en tres desvíos de líneas de la estación Chepe, a poca distancia de la estación Central de Concepción.  Ese fue el costo de un acuerdo con representantes de capitalistas “progresistas”.

Nuestro marxismo y la política parlamentaria

 Fue durante los gobiernos del Frente Popular que se concretó de verdad la política parlamentaria popular. Los partidos PS y PC nunca antes habían tenido la posibilidad de ser gobierno. Se consolidó ese gobierno usando el estado, creando la CORFO para formar empresas y dirigir la economía. Los nuevos funcionarios estatales de CORFO y los parlamentarios del PS y PC se solidificaban en un grupo poderoso que dirigía también a los dirigentes nacionales del sindicalismo. Así se consolidó el trabajo parlamentario cuando los sindicatos eran relativamente débiles, y, por ende, no había control externo sobre la obra de los parlamentarios. 

Es cierto que, en condiciones de debilidad, tener “amigos con ventaja” en el congreso fue útil en la obra de levantar nuevas organizaciones sociales ya que sus leyes lograrían hacer el trabajo de base más fácil. Amigos útiles en el sentido de avanzar y organizar más gente usando las leyes, pero los aliados parlamentarios muy a menudo cobraban un precio por la ayudita cuando ellos necesitaban calmar las aguas sociales con el fin de lograr una negociación entre cuatro paredes. Los “humildes parlamentarios” se convertían en funcionarios estatales poderosos.  

Claro, tener «buenas relaciones políticas» con las directivas de las instituciones relacionadas con el estado ha sido condición esencial en los gobiernos para tener acceso a sus recursos. Por ejemplo, en esa época, las Cajas de Ahorros. Eso, por un lado. Por el otro, los partidos parlamentarios peleaban entre sí para conseguir esos puestos que ofrecían la capacidad de presionar dentro del gobierno.

En el mismo sentido, hoy día los partidos de los gobiernos se organizan para tener puestos en los directorios de las AFP, las Isapres, la Cámara de Construcción y otras empresas grandes.

Puestos altos en los sindicatos también ofrecen la posibilidad a dirigentes de negociar «políticamente» en nombre de sus partidos y por lo tanto provocan rivalidades.   Los “altos” dirigentes que dirigen sus «socios», «colegas» o «afiliados» –en el mejor de los casos con honestidad y en forma democrática–, son negociadores con representantes del gobierno, con presidentes, ministros o voceros y en ese sentido pueden transmitir o rechazar públicamente los dichos o hechos de esos personajes.  

Pero no son ni «trabajadores (o empleados) de base» ni son patrones o altos burócratas estatales. Es decir, son una «capa intermedia» y por ende es muy importante que estén bajo control democrático, porque fácilmente pueden convertirse en voceros del gobierno o de partidos “ajenos” a los intereses del trabajador. 

En ese sentido, es central el rol del control democrático sobre los “dirigentes” que tienen intereses dentro de sus partidos, sus instituciones o empresas estatales. 

Y de verdad, el ejercicio del control democrático es parte del proceso de aprendizaje que podría terminar en la creación de un país controlado por las organizaciones base de millones de personas. Así es el socialismo y la relación entre la lucha hoy y el futro de mañana.

No hay socialismo sin control desde abajo. O, mejor dicho, socialismo ES el control desde abajo de la acumulación de la fuerza humana de trabajo. NO ES la planificación estatal desde arriba de la producción de bienes, producción que ocupa la acumulación de la fuerza humana de trabajo.

Ahora bien, el mero hecho que los trabajadores “de base» ejercen control democrático en sus organizaciones no significa que son “radicales», «revolucionarios» ni siquiera” de izquierda”.  

Algunos van a querer que sus dirigentes negocien “honestamente” con el gobierno y quizás tomen parte en aquél o en tal o cual pacto social. Y otros van a exigir que su organización sea parte de un movimiento populista, movimiento evangélico o hasta movimiento racista. Y algunos van a pasar a creer que están capacitados para “tomar el lugar del capitalismo”, como solía decir Recabarren.

Sobre la dirección que van a tomar, no hay nada escrito, porque todo depende de lo que está pasando en el país y el accionar de trabajadores (como partidos, como movimientos o como individuos) que obran en pro de cada una de esas alternativas. 

Bueno, la época de los gobiernos de la alianza parlamentaria PF/AD terminó en la ilegalización del PC (a manos de un presidente de esa misma alianza) y en la escisión del PS en varios sectores antagónicos. 

Esos partidos conocían bien las costumbres de los patrones del campo de maltratar a sus inquilinos, por lo tanto, hicieron el acuerdo con los patrones más progresistas.  Bien conocían la costumbre en los latifundios de abusar de las esposas o hijas de las familias campesinas que laboraban en sus tierras, pero igual cayeron en la trampa de los acuerdos parlamentarios.

La explotación y la opresión.

Muchos dirigentes de los campesinos conocían de primera mano la venenosa mezcla de explotación económica y opresión psicológica, sexual, moral y racista que era parte integral de vivir y trabajar en las haciendas. Sabían que el abuso que sufrían las mujeres campesinas mestizas o indígenas era parte de su posición de inferioridad social, su posición de clase explotada. Claro, ¿por qué el patrón tiene que tratar a las mujeres como iguales cuando eran, como sus hombres, una clase inferior de personas?

Puedes escuchar algo parecido hoy, de las bocas de los patrones (y otros hombres) que están convencidos que las mujeres trabajadoras pasan sus horas laborando en supermercados, fábricas, casas u oficinas, porque no sirven para más, no sirven para otras cosas. Igual a sus hombres, son una clase trabajadora, no una clase inteligente.

Así es la integración de la explotación y la opresión de una clase por otra. Se trata de dinero y de superioridad, plata y poder. 

Contra la opresión.

Ya hablamos de cuando los encomenderos llevaron los mapuche hombres para trabajar en los lavaderos de oro, separaron las familias entre los hombres (ya mineros) y las mujeres (encargadas de sustentar las familias y sus dependientes en las comunidades).

Es decir, las familias quedaron sin su fuerza de trabajo en las comunidades cuando los hombres fueron llevados a trabajar en los lavaderos. Y, con el paso del tiempo, la colonia no solamente separó a ellos de sus tierras comunales y los obligó a trabajar como mineros, inquilinos y después como trabajadores del campo por un sueldo, sino también obligó a la mujer a garantizar que los hombres y crías, aquella fuerza de trabajo madura e inmadura de la familia, fuera protegida en sus hogares de las enfermedades y del hambre con el fin de que esa fuerza de trabajo fuera inteligente, flexible y sobre todo productiva.    

En otras palabras, la fuerza del trabajo es la fuerza humana de crear.

El producto de la obra de la mujer en el lugar de trabajo que se llama “hogar”, fue – y todavía es-  la fuerza de trabajo casi perfecta. Pero las encargadas de la “producción” de esos nuevos trabajadores (crianza de hijos y cuidados de los hombres) eran las mujeres, que por definición habían sido nombradas «inferiores» por los encomenderos y hacendados. Y no se pagaba el trabajo de personas que son, por definición, «inferiores». Es decir, no se pagaba y no se paga, esa obra de producción de nuevos trabajadores.

Y el sistema capitalista es tan nefasto, que manos ajenas hacen uso y abuso de esa fuerza de trabajo que se creó en la familia, para vender lo que produce en el mercado. Y estos trabajadores que venden esa fuerza de trabajo por un sueldo, tienen que comprar los productos en ese mismo mercado, a pesar del   hecho que son productos de su propia fuerza de trabajo.  

¡Lo que es mío es suyo, y lo que es suyo es suyo!

Por algo es que a menudo los trabajadores no creen en sus propias fuerzas, porque los productos de sus fuerzas no son suyas, no están bajo su control. Otra razón para insistir que, si un país no está bajo el control directo de las organizaciones sociales de base, NO ES SOCIALISTA.

 Claro, en las comunidades indígenas antes de la invasión española, también se educaba a las fuerzas de trabajo de los niños, pero con el propósito de mejorar la comunidad y no para generar riqueza para algunos pocos.

Es una tragedia histórica que las comunidades de iguales se han convertido en una sociedad de desiguales, porque el sistema de producción fuera y dentro del país lo exige.     

Una alternativa a la Política Parlamentaria: Clotario Blest y el sindicalismo de clase.

 Luego del colapso del Frente Popular-Alianza Democrática, las escisiones dentro del PS y la ilegalización del PC, el exdictador Ibáñez lanzó una campaña electoral populista contra los políticos. Iba a “barrer a todos” y ganó las elecciones de 1952 sobre esa base política. 

Vale la pena repetir que Carlos Ibáñez, quien iba a «barrer con los políticos», ganó lejos, con 47% del total. Su base de apoyo eran las mujeres y los nuevos obreros recién llegados del campo, que vivían en las “callampas” que rodeaban las ciudades de Santiago y Valparaíso que crecían rápidamente.

La fuerza de ese movimiento populista se realizaba en la votación contra los políticos, pero también en el apoyo que ganaba la campaña por un nuevo sindicalismo anti-sectario  que terminó con la formación de la CUT un año después de la elección presidencial. Otro ejemplo que los y las trabajadores casi siempre tienen una “conciencia contradictoria”. Es decir, que tienen ideas distintas y contradictorias en sus cabezas, algunas más bien relacionadas con su situación de clase explotada, y otras instaladas por los medios de comunicación y su vida diaria y que entran en sus cabezas tan fácilmente porque los productores no tienen control de lo que producen. Recabarren solía decir que, durante la lucha, crece la “inteligencia” del trabajador y comienza a entender lo que realmente es.

El nuevo sindicalismo de la CUT integraba los trabajadores recién llegados del campo, pero también a los “empleados” de cuello y corbata. Una de las consecuencias de la creciente intervención estatal en la economía había sido la creación de una gran masa de empleados estatales y luego nacieron sus primeras organizaciones en forma de clubes deportivos.  

Clotario Blest – que trabajaba en la Tesorería — tomó parte activa en el nuevo sindicalismo y logró aglutinar las dispersas federaciones sindicales en una única central sindical, la CUT, en 1953.

Había un debate sobre los empleados, si eran parte de la clase trabajadora o no, porque no tomaban parte directa en la producción de plusvalía. Podemos hacernos la misma pregunta sobre los profesores o las enfermeras del Cesfam o de los hospitales estatales. ¿Son parte de la clase trabajadora?

La respuesta “obvia” es que, por supuesto. Trabajan por un sueldo como los trabajadores de los supermercados o de las fábricas. ¿Pero toman parte en la generación de las ganancias, de la plusvalía?

Podemos ver que las enfermeras toman su parte en la “mantención” de la fuerza de trabajo. Y los profesores se encargan de gran parte de la creación de la “inteligencia” de esa fuerza de trabajo. Mientras los trabajadores de impuestos internos o de la tesorería, por ejemplo, son parte de la administración del conjunto de la economía. El proceso capitalista necesita fuerza de trabajo sana e inteligente y una economía bien organizada, entonces las enfermeras, los profesores y los trabajadores de cuello y corbata de oficina son indispensables. 

Es decir, el sistema capitalista integra numerosos tipos de fuerza de trabajo en un “gran trabajador multifacético”, por así decirlo, que hace girar la producción y distribución de los bienes de la economía y en ese gran trabajador colectivo encontramos las enfermeras, los profesores y los trabajadores de cuello y corbata. En otras palabras, la combinación de las fuerzas de trabajo de este trabajador colectivo produce los bienes que se venden en el mercado. Algunos de estos trabajadores son fuentes de las ganancias (y por ende los capitalistas intentan a aumentar aquellas ganancias), mientras otros son parte de los costos de la producción (y por ende los capitalistas intentan esos costos al mínimo).

Claro, podemos decir que las enfermeras, las profesoras y las secretarias de la Tesorería forman un grupo que no toman parte directa en la generación de la plusvalía, pero sí forman parte del gran proceso de producción de la economía, entonces, están “al mismo lado” que la clase trabajadora.

Bueno, al volver a la época de Clotario Blest, como alternativa práctica a las alianzas parlamentarias, la CUT basó su organización en la huelga y se opuso al tipo de vínculo político-parlamentario que tenía la central CTCH de los años 30’-40’ con los Gobiernos del Frente Popular. Sin embargo, la CUT no era apolítica, sino opuesta a la subordinación de la organización independiente o “autónoma” de la clase trabajadora a tal o cual Gobierno o alianza parlamentaria. 

Sin embargo, no debemos olvidar que los “altos” dirigentes sindicales de las Federaciones integradas en la CUT, estaban vinculados con mil cadenas a las instituciones fiscales, semifiscales y empresas que formaban la economía capitalista de estado de la época. Y para contrarrestar esos vínculos pegajosos, para organizar la acción directa efectiva, la CUT iba a necesitar un funcionamiento muy democrático.

Sin embargo, la CUT no integraba los sindicatos de base sino funcionaba por Federaciones. Entonces, la vida sindical de la CUT se trasladaba a una directiva Central, muy representativa tendencialmente, que daba un cierto grado de democracia. Existía al lado de ese Consejo del Ejecutivo Nacional de 15 miembros, un Consejo Nacional de Federaciones de alrededor de 60 miembros. Ese Consejo de Federaciones era una especie de consultivo permanente y frente a cualquier problema importante en el que la CUT debía pronunciarse, tenía que llamar al Consejo de Federaciones. 

Bueno, a pesar de esta falta de democracia directa, Clotario creía que la organización sindical era de «clase», mientras los partidos parlamentarios eran organizaciones con sus propios intereses.

En su artículo “La CUT y los partidos políticos”, de 1957, por ejemplo, Clotario insistió que: 

“Somos demasiado “políticos” y muy poco “sindicalistas”. Tenemos la falsa idea de que sólo “políticamente” se solucionan los problemas de un país y no tenemos fe en las fuerzas y posibilidades de la clase trabajadora en cuanto a tal. Olvidamos muy a menudo de que la única vanguardia de la clase trabajadora en sus luchas reivindicativas son sus fuerzas sindicales y su frente mancomunado de ‘clase’.”… 

“El juicio del gremio es un juicio de clase y no de partido, goza de la amplitud de aquél y repudia la estrechez de éste. La realidad de los problemas económicos modernos debe superar a las concepciones metafísicas partidistas.” [xvii]

Sin embargo, en la práctica, tomando en cuenta que la gran mayoría de los dirigentes de la CUT también eran dirigentes dentro de sus partidos, se mezclaba la «política» con el «sindicalismo clasista» en la central y en sus federaciones. Por ejemplo, durante la huelga de junio de 1955.

El paro de junio 1955 

Bueno, a pesar de su burocratización vertical interna, la Central decidió organizar una campaña a principios del año de 1955 en pro de una bonificación a todos los trabajadores como medio de paliar los efectos de la inflación sobre el poder adquisitivo de sueldos y salarios. Este llamado constituyó el eje central en torno al cual se agruparon todos los sindicatos que participaron en el movimiento que desembocó en el paro del 7 de julio de1955.  La campaña fue discutida democráticamente en las asambleas sindicales, entonces el terreno ya estaba preparado para un paro de corte “acción directa”, poco burocrático. 

Sin embargo, no todos los dirigentes de la CUT estaban de acuerdo con ese elemento de “acción directa” propuesto en los Principios de la CUT y como consecuencia se discutieron en la Directiva dos alternativas distintas para ganar las demandas de la campaña – la huelga general de “advertencia” por días determinados y la huelga general indefinida.  

La opción de una huelga de advertencia ganó la mayoría, pero una minoría, los socialistas populares del PSP, decidieron iniciar por su cuenta un paro indefinido. De este modo, el primero de julio se inició la paralización de casi todas las actividades ligadas al transporte. La mayoría de la clase trabajadora siguió su ejemplo.

El 90% de las actividades del país no funcionaban. Chile parecía un país fantasma y el Gobierno, encerrado en la Moneda, decretó acuartelamiento en primer grado, las tropas y tanques salieron a las calles y tomaron posición en lugares estratégicos.

Finalmente, Ibáñez decidió recibir a la directiva de la CUT. Clotario propuso nombrar comisiones con mayoría de la CUT, para que, en un plazo máximo de un mes, elaboraran proyectos que pudieran dar solución a la situación y que no necesitaran pasar por el Congreso. Ibáñez estaba de acuerdo, sin embargo, al suspender el Paro definitivo, varios sectores de trabajadores salieron en huelga por cuenta propia, la CUT intervino en apoyo de ellos y el Gobierno se negó a dialogar mientras se mantuvieran las huelgas.  La CUT anuló el Paro de solidaridad en apoyo de los sectores en huelga dos días antes de la fecha de inicio, el Gobierno pasó a la ofensiva declarando el Estado de Sitio y ganó la batalla. 

En fin, Clotario tuvo que trabajar con varios sectores de dirigentes dentro de la CUT, cada uno con su “política”. La solución de las «comisiones técnicas» parecía la mejor opción para formar un acuerdo entre los varios sectores dentro de la CUT y también con Ibáñez. Sin embargo, sectores de las bases de la CUT no estaban de acuerdo, el gobierno se aprovechó de la situación, rompió el acuerdo sobre las Comisiones y ganó la batalla.

Nuestro marxismo y sindicalismo.

La explotación de una clase por otra bajo el capitalismo toma la forma del pago al productor solamente de una parte del valor que produce. La “plusvalía” no pagada puede ser pequeña parte o gran parte de ese valor que se produce… depende de la fuerza del productor y la fuerza del explotador. Hoy día, en Chile, de una jornada de 8 horas, el trabajador financia su sueldo con 3 horas de trabajo y financia las ganancias del capitalista con 5 horas.  Lo que Marx nombra la “tasa de explotación”, es decir el trabajo no-pagado comparado con el trabajo pagado, es 5/3.

Son los sindicatos los que en Chile han organizado la lucha para aumentar la fracción del producto laboral que el productor mismo lleva a su casa. Han intentado subir las horas que financia su sueldo de 3 a 4, por ejemplo. La mejor forma de ganar esa lucha es fuente de muchas divisiones dentro de la clase trabajadora.

En otras palabras, las divisiones que existen tanto dentro del mundo sindical, como dentro de los movimientos sociales en general, se generan porque como organizaciones de masas, masivas, integran sectores que enfrentan condiciones de vida diversas y están convencidos por tal o cual ideología y forma de luchar. Es algo natural, porque cada sector tiene todo el derecho de formar sus propias ideas y así (como solía decir Recabarren) “perfeccionarse”. 

¿En qué dirección van las bases de cada sector?… eso depende de la situación local, internacional y global. Han tomado el camino del populismo civil o militar, bajo Alessandri, Ibáñez y Perón. Han tomado el camino de los radicales/ social-democracia, bajo los gobiernos del Frente Popular y la Alianza Democrática. Han tomado el camino de la Unidad Popular. 

Y en cada uno de estos y muy diversos caminos, sectores de sindicalistas y de otros movimientos sociales se han organizado para difundir su política, en pro o en contra de tal o cual política o gobierno, y tienen todo el derecho de hacer esa obra de “perfeccionamiento”. 

Es decir, la ideología del “sindicalismo puro” que sostenía Clotario, era una entre las varias ideologías en competencia dentro de la CUT y cualquiera de los proponentes de las otras políticas – ideologías podían acusarlo a él de haber metido SU propia “metafísica” en el mundo sindical, porque no reconocía las diversas vertientes en ese movimiento. 

Para responder bien a esa crítica, lo que sí le faltaba a Clotario era una fuerte crítica, pública, de la falta de democracia de base dentro de las Federaciones y dentro de la misma CUT. La posición como “capa intermedia” de los altos dirigentes de las Federaciones era un impedimento en la obra de Clotario para crear un sindicalismo puro “de clase”, a pesar de su política antipartidista. Es decir, dirigentes comunistas, socialistas (de todos los sectores), falangistas, radicales e independientes compartían esa situación de “capa intermedia”, que era la posición social sobre la cual la política partidista ejercía su presión.

En resumen, partidos o movimientos (que actúan como partidos, pero que rechazan ese título) sirven para organizar las alternativas revolucionarias, reformistas, religiosas, militares-populares, corporativas y otras dentro de un gran movimiento de cambios y lucha.  Es el debate democrático, abierto y honesto, entre estas vertientes el que puede “perfeccionar” a los y las trabajadores. Los dirigentes de los movimientos deben estar bajo el control democrático de sus bases y, por ende, deben compartir sus ideologías con sus bases, quienes deben tener la opción de apoyar – o rechazar – esas ideas. No deben discutir un tipo de temas en las directivas y otros temas muy distintos en las bases.

Nuestro marxismo está basado en la lucha de clases, la importancia de la clase trabajadora, la centralidad de la organización base y su capacidad de disolver el Estado capitalista. Pero esa capacidad es nada más que su potencial hecho realidad bajo el impacto de la lucha y las organizaciones “políticas”.  Sobre los diversos caminos que un gran movimiento de base pueda tomar, se va a aclarar cuando conversemos sobre la obra de Salvador Allende y la UP.

La UP: los límites de la política parlamentaria.

Bajo el impacto de la política parlamentaria del PS / PC, la UP nació y creció creyendo que el Estado capitalista era «neutral» en la lucha de clases y en una forma u otra podría servir para crear un país socialista. Pero ya sabemos que el parlamento es solamente una parte del estado y no puede derrotar sólo a las fuerzas de los militares, los jueces y los patrones.  

Luego de las elecciones de 1964 cuando Frei Montalva ganó con su “Revolución en libertad”, tocó a Salvador Allende ganar la votación para la UP en 1970. Durante los seis años del gobierno de la DC, tomaron vuelo los movimientos sindicales en el campo y la ciudad, crecieron las tomas poblacionales y la DC se escindió bajo la presión social. Acto seguido, en 1970, la votación de la derecha se dividió y la UP logró la mayoría, en condiciones en que mucha gente esperaba una vida mejor y quería luchar para lograrla.

Salvador Allende había vivido el crecimiento del PS en los años ’30, su maduración como partido parlamentario, el éxito de la CORFO – y luego el fracaso del Frente Popular-, la obra parlamentaria mancomunada del FRAP y la DC, el crecimiento vertiginoso de la misma DC y el éxito de la UP en las elecciones presidenciales de 1970. 

Su política para la UP nació de esa experiencia y sobre dos pilares centrales: que el Estado sirve para mejorar la forma de producción, y que una Unidad popular es necesaria para derrotar a la derecha.

Sacó estas conclusiones de su propia experiencia: fue la CORFO que creó los cimientos de la industria nacional luego del colapso del salitre; fueron las peleas internas que ayudaron a poner fin al Frente Popular y rompieron el PS; fue la obra parlamentaria compartida entre el FRAP y la DC que logró a derrocar la Ley Maldita. 

En otras palabras, la combinación de la intervención estatal y negociaciones políticas respaldadas por la movilización social iba a habilitar la creación del socialismo.

Salvador Allende y el Estado capitalista

El Estado bajo la UP iba a crear un sector social de la economía, una especie de «CORFO 2.0», y la nueva economía iba a cubrir las necesidades del pueblo. En su Primer mensaje del presidente ante el Congreso pleno (21/5/1971), Allende dijo que…

“El establecimiento del área de propiedad social no significa crear un capitalismo de Estado, sino el verdadero comienzo de una estructura socialista. El área de propiedad social será dirigida conjuntamente por los trabajadores y los representantes del Estado, nexo de unión entre cada empresa y el conjunto de la economía nacional. No serán empresas burocráticas e ineficaces sino unidades altamente productivas que encabezarán el desarrollo del país y conferirán una nueva dimensión a las relaciones laborales.” 

¿Este proyecto político es reforma, es revolución…o es reforma y revolución?

Al hablar antes del Frente Popular, hemos conversado sobre la historia de la política parlamentaria y del uso del Estado como herramienta en esa política. Pero no hemos hablado sobre la revolución misma, porque el proyecto del Frente Popular fue un proyecto de desarrollo nacional que ocupaba el Estado como herramienta de desarrollo. Es decir, no quería destruir el capitalismo… mejor dicho, entendía que un país desarrollado no sería “capitalista” como antes porque se compartirían los beneficios del desarrollo.

¿Por qué hablar de “reforma y revolución, entonces?

Porque tres décadas de crecimiento económico desde los años ’30 establecieron una economía mucho más grande que antes y una intervención sobre esa economía tendría que sacar las nuevas empresas, el poder, de las manos de los dueños de esa economía – ya fuesen chilenos o extranjeros. Es decir, el Frente Popular creó los cimientos de una economía nacional, pero el proyecto de la UP tuvo que enfrentar a los dueños de esa economía.

De hecho, el Área Social de la economía sacó el control de las manos de gente rica y poderosa de las grandes empresas de los sectores centrales del país.

Sin embargo, para nosotros hoy parece obvio que esa gente poderosa no iba a aceptar este “abuso de poder”, sino oponerse. Pero Allende pensaba que el Estado era una herramienta que podía usar para frenar y controlar la rebeldía de los ricos y de los que les apoyaban. Pero bajo una condición: que su propia gente no provocara la ira y unidad de esos rebeldes poderosos.

Así, el Gobierno, los ministros, los dirigentes nacionales del PS y PC transmitían que su gente de base tenía que acatar la disciplina y tener paciencia. El gran debate de la UP en Lo Curro en mayo de 1972 decidió apoyar esa política y “consolidar para avanzar”.

Sin embargo, el Paro de los camioneros, los abusos de los empresarios y el colapso de sus negocios de producción y distribución abrieron las puertas – o mejor dicho hicieron necesarias – nuevas formas de organización social. Mientras ese poder popular brotaba fuera de las manos del gobierno, la disciplina llegó a ser una herramienta aún más indispensable para Allende y el Gobierno.

El Gobierno tenía dos grandes herramientas en sus manos, entonces… el Estado – que podía abrir camino para formar un nuevo país – …y la disciplina de las bases, que servía para habilitar el uso de ese Estado. Sin embargo, sus bases necesitaban su propio “Poder Popular» para solucionar los problemas de una economía que colapsaba.

¿Cómo producir cuando los patrones no querían seguir con sus negocios?

¿Cómo mover los bienes cuando los camioneros y los supermercados no querían distribuir?

¿Cómo fijar los precios cuando había mucha inflación?

Bajo estas condiciones, exigir disciplina a las bases era lo mismo que dispararse en el pie, pero toda la experiencia en la política parlamentaria, desde los años ‘1930 en adelante, dejó ciego a Salvador Allende y su gobierno frente a este simple hecho. No podían ver que exigir tanta disciplina hacía daño a sus propias bases y abría la puerta al Estado que realmente existía…. al Estado capitalista de las FF. AA., los jueces y burócratas.

¡¡Tragedia que debemos evitar la próxima vez que tengamos la capacidad de crear un país nuevo en manos de nuestras propias organizaciones base!!

Pero volvamos otra vez más a nuestro marxismo. Este reconoce que vivimos en una sociedad donde una clase capitalista explota a los productores y oprime a mujeres y pueblos indígenas porque piensa que son inferiores, que la clase trabajadora es central en la lucha de clases que puede poner fin a esa explotación una vez que sus organizaciones sociales base crezcan y “disuelvan” al estado capitalista.

Ese proceso de disolución comenzó con el poder popular de los Cordones Industriales y otras organizaciones base que intentaban a dar soluciones prácticas a los problemas que enfrentaban. Pero el gobierno frenó a ese proceso porque insistía que los representantes parlamentarios del movimiento tenían el deber y el derecho de guiarlo hacia un camino más seguro y confiable.

Es por esa razón que hablar de la “reforma y la revolución” no es una opción, sino una necesidad.

El marxismo y los funcionarios del Estado

Ya hemos conversado sobre la posición social de los altos «voceros» o «representantes» parlamentarios o sindicales de los millones de personas que forman la clase trabajadora. Ellos y ellas ven que su obra es esencial en la tarea de crear una vida digna, es decir, que ellos y ellas como representantes y voceras son parte indispensable de la lucha y en su debido momento pueden y deben exigir disciplina en la lucha.

Ellos y ellas habían pasado largas décadas en el proceso de aprendizaje de las reglas y costumbres que se usan donde se practica la política parlamentaria y en su opinión, su obra es esencial porque las organizaciones sociales necesitan buenos y buenas dirigentes capacitados en las artes de las negociaciones.

Algo tienen de razón en lo que piensan, porque es cierto que los millones de trabajadores, pobladores, estudiantes, mapuches, necesitan organizarse y parte de esa obra es la elección de sus buenos dirigentes. Pero se equivocan en la opinión que tienen sobre su propio rol, porque ellos y ellas son buenos y buenas dirigentes cuando sus bases son activas. Los dirigentes buenos y buenas pueden representar y organizar fuerzas de miles y cientos de miles de hombres y mujeres cuando esa gente está tomando parte activa en la lucha. 

En otras palabras, dirigir es interactuar con otros que también están activos en la lucha. Dirigir NO es tomar el lugarde miles y cientos de miles de personas que se quedan en sus casas mirando la tele.

Es decir, dirigir es formar parte de una lucha activa, pero no es hablar en nombre de los que no tienen las ganas o la conciencia o la confianza de luchar. Claro, puedes decir que, en la realidad, las luchas siempre integran movimientos desde abajo y movidas desde arriba. Cierto. 

Sin embargo, algunas organizaciones gastan sus recursos en organizar las vocerías «desde arriba«, mientras otras se concentran en el desarrollo de la confianza, la conciencia y las ganas de lucha «desde abajo«.

Las primeras forman parte de la política parlamentaria y las segundas son de la línea del socialismo revolucionario. En ese sentido, ¿la obra de Salvador Allende fortalecía a la conciencia revolucionaria de millones de familias o era un vocero más de los que dirigen desde arriba?

Creo que la respuesta tiene dos «patas»…

Primero, que la obra de un dirigente que habla en nombre de los y las de abajo, les da más ganas de luchar y les aumenta el orgullo y conciencia. En ese sentido, la obra de Allende como ministro de salud durante el gobierno de Pedro Aguirre Cerda fue positiva, por ejemplo. 

Sin embargo, Salvador Allende jugó su rol en las escisiones dentro del PS durante los gobiernos del FP/AD, entonces era un «político» más de los que con gran apoyo popular quería barrer Ibáñez. 

 Primero, que Allende fue candidato “en nombre de” millones de familias trabajadoras en las elecciones de 1958 (contra Jorge Alessandri, quien formó el «gobierno de los gerentes»). Luego, fue su candidato en 1964 (contra Eduardo Frei, quien formó el gobierno de la «Revolución en Libertad»). Y fue presidente del senado y luego presidente electo en su nombre para la UP en 1970.

Sin embargo, firmó un «acuerdo» como presidente con la oposición y también en nombre de su base popular, donde daba una garantía de no intervenir en el buen funcionamiento del Estado. 

Primero, propuso una economía controlada por un Área Social estatizada, que tomaría el lugar de los monopolios multinacionales y así ayudaría a crear el “buen vivir”. 

Sin embargo, el Área social dejó fuera a los trabajadores de las empresas menos grandes, que también tomaban parte en la lucha de clases y que eran centrales en la creación del poder popular. 

Y apoyó la creación de las JAP, pero no estaba en contra de la toma de control del sistema de distribución de bienes.

En otras palabras, la obra de Allende ayudaba en dar ganas a millones de familias en su lucha por una vida digna. Sin embargo, sin embargo, hemos discutido largo sobre la capacidad del estado capitalista de ser un «árbitro» en la lucha de clases, y de ser, en última instancia, el aparato que garantiza la continuación de ese sistema. La difusión de la teoría que sostenía Allende sobre la «neutralidad» de ese Estado y por ende de las posibilidades de hacer uso de ese estado en la lucha, NO ayudó en la formación de la conciencia clara que la clase trabajadora necesitaba para tomar control del país y formar su propio futuro.

En la realidad, los vacíos que creó la pasividad o paralización del gobierno frente el Paro de los camioneros o la oposición de los capitalistas del sistema de distribución en general, hacía necesario otro tipo de poder… el poder popular desde abajo.

Es decir, en la realidad, la aplicación de la política parlamentaria hacía necesario otro tipo de poder “desde abajo”. En otras palabras, la política parlamentaria imaginaba un tipo de “socialismo”, mientras el poder popular era el comienzo de otro tipo. 

Para nuestro marxismo, el socialismo “parlamentario” no es socialismo, mientras el socialismo de democracia de base hacia arriba, sí lo es.

Es decir, lo que Allende entendía por «socialismo» no era una sociedad controlada directamente y totalmente desde abajo hacia arriba por las organizaciones base de la gran mayoría de la gente, sino un país controlado por un sistema parlamentario con ayuda — y en nombre de — las organizaciones populares.

Marxismo, trabajadores, campesinos, vendedores ambulantes y la precariedad.

Lo que comparten Recabarren, Allende, Clotario y los socialistas revolucionarios de hoy, es que creemos que los trabajadores asalariados deben tomar parte central en la lucha y la construcción de nuestro nuevo país. Mientras Recabarren imaginaba que los trabajadores iban a tomar el lugar del capitalismo, Allende planteaba que sus voceros parlamentarios podrían llevar adelante ese «proyecto» y Clotario, por su parte, no hablaba de los detalles de ese tipo de cambios, sino de su necesidad. No hablaba tanto del «cómo», sino del «por qué».

Sin embargo, se ha criticado el marxismo (nuestro, de Marx) de dejar otras clases productoras fuera de la película y, por ende, ser una ciencia de la revolución de los trabajadores, pero no de los campesinos, los vendedores ambulantes y los millones que sobreviven en América en el mercado negro. En fin, que el marxismo (nuestro) sirve en Europa, donde nació, pero no nos sirve acá.

De verdad, las poblaciones de los países de América no son puro familias campesinas y vendedores ambulantes. Lo que es más cerca a la verdad es que son una mezcolanza de trabajadores asalariados de planta, trabajadores subcontratados o en otras condiciones precarias, de campesinos, vendedores en el mercado negro, cesantes y pueblos indígenas.

El tema, entonces, es si el marxismo (nuestro) nos ayuda a ver cómo actuar para avanzar en la revolución social bajo estas condiciones. ¿Nos ayuda a ver cómo interactúan los trabajadores urbanos con contratos con los otros en condiciones precarias y con los campesinos, los vendedores y los pueblos indígenas?

Nuestro Carlitos Marx describió a los campesinos, por ejemplo, en estas palabras:

“En la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas que separan su modo de vida, sus intereses y su cultura de los de otras clases y los colocan en oposición hostil con estas otras clases, forman una clase… Por cuanto sólo hay una interconexión local entre estos campesinos, pequeños propietarios y la identidad de sus intereses no induce una comunidad, un lazo nacional o una organización política entre ellos, no forman una clase”.[xviii]

Es decir, no formaban una clase que lucha por sus condiciones de vida.

En Chile hoy, la mayoría de los campesinos laboran por lo menos parte de su horario laboral por un sueldo.  Es decir, no son peones que trabajan todo el año, aislados en el fundo, parte de la tierra del patrón como si fuera propia y llevan los productos de esa tierra a sus casas a cambio del trabajo que hacen en las tierras del fundo. Trabajan por un sueldo, también a veces comparten la cosecha del dueño de otras tierras donde laboran y a veces tienen sus propias huertas o animales. Y en épocas de cosecha y siembre, trabajan en forma mancomunada, en grupos mayores.

Y en algunas zonas, en Wallmapu por ejemplo, familias y comunidades todavía sobreviven de sus propias chacras, como vivían antes de la invasión española.

Pero sí es cierto que las familias de trabajadores del campo a menudo no viven en ciudades cercanas a grandes multitudes de otros trabajadores, por lo tanto, se sienten algo marginados del trabajador “industrial”. Se pueden comparar sus condiciones sociales a las de una trabajadora que labora como empleada doméstica, por ejemplo.

Por su parte, los y las temporeros laboran en grandes grupos en la cosecha de la cerezas, tomates, cebollas o verduras, su trabajo dura poco en cada faena y luego… se van. Igual que los subcontratistas o los maestros de la construcción. 

No laboran bajo el ojo permanente del capital industrial, es decir de gran escala, ya sea en una fábrica, supermercado, oficina o mina. Pero sí laboran por un sueldo y no sobreviven solamente de las cosechas de SUS propias huertas, de su propiedad privada a pequeña escala.

¿Forman una clase que lucha por sus condiciones de vida, entonces?

A veces sí, a veces no. Durante la época del Frente Popular, de la Revolución de Frei o de la UP, los campesinos se organizaron en huelgas y tomas de terreno. Por el otro lado, los cientos de miles de temporeros y temporeras no se habían sindicalizado en su mayoría.

Podemos hablar en estos mismos términos de los millones de familias que compran y venden en el mercado negro, sobreviven en la precariedad de la cesantía y de repente trabajan por un sueldo en la construcción. A veces luchan, a veces no.

Es la integración de las luchas del trabajador asalariado con las luchas de las familias marginadas que crea la posibilidad de revolución. Por ejemplo, en la gran revuelta de “la chaucha” de abril 1957, o en la revuelta de octubre de 2019. En ambas situaciones, gran cantidad de “los de abajo” se unieron con trabajadores organizados en protestas que abrieron la posibilidad de “pasar a otro nivel”.

Las alternativas “políticas”.

Detrás de tal o cual análisis de clase de los millones de familias “sin nombre”, creo que hay para algunos, un afán de decir que la mejor solución de la crisis del capitalismo fallido en los países del Sur, de la precariedad, es un proyecto de desarrollo nacional. A través de aquella óptica, no es una revolución de la clase trabajadora la que abre las puertas al bienvivir, sino otro tipo de revolución, bajo el mando de expertos, técnicos, funcionarios del estado, de los que saben. 

Es decir, bajo el mando de ellos mismos o de países “amigos”. 

Y, de hecho, la gran mayoría de las economías con solo algunos pocos recursos NO puede saltar el cerco económico levantado alrededor de sus fronteras por las grandes economías del mundo. NO puede desarrollarse solo y SÍ necesita desarrollo económico. O necesitan la ayuda de trabajadores que se han levantado en otros países.

En fin, es por no encontrar factible una revolución de los trabajadores que muchos “políticos, expertos, técnicos y funcionarios” encuentran tan importante el desarrollo nacional.

En verdad, las economías en que sobreviven aquellos millones de familias en los capitalismos del Sur son combinaciones de centros de acumulación de capital tales como los puertos, los sistemas eléctricos, de agua y petróleo, los supermercados, bancos, salud y extracción de materias primas o la agroindustria. Al lado de esos centros de acumulación sobreviven millones de familias que compran o roban y venden, laboran con la artesanía o el turismo y sobreviven con pocos meses de trabajo entre largos meses de cesantía, aislados de las fuentes de trabajo estables del capitalismo de gran escala.

En verdad, vivimos en países divididos en dos o tres grandes economías: la de la exportación, de la producción y distribución nacional a gran escala, y todo lo demás.

¿Cómo nuestro marxismo puede guiarnos para ver el camino para solucionar los problemas económicos, y por ende sociales, que enfrentamos y así crear un futuro propio? 

En otras palabras, corresponde al marxismo (nuestro), probar el por qué y el cómo del rol central de la clase trabajadora.

Trabajadores y el buenvivir.

En ese sentido, creo necesario (aunque es sentido común) recordar que hasta las familias que sobreviven en la cesantía y el mercado negro, compran la mayoría de sus bienes como los tallarines, pasta de dientes, zapatillas, toallas higiénicas y confort en “el mercado”, pero son bienes de producción masiva, industrial. Por lo tanto, aquellas familias están estrechamente vinculadas al capitalismo a gran escala. Eso, por un lado. 

Por el otro, están desvinculadas del sistema de producción misma. No son, por lo general, trabajadores en la producción y distribución a gran escala, entonces no viven y trabajan bajo la disciplina del capital (en el mismo sentido que discutimos en el caso de los campesinos).

En otras palabras, difícilmente pueden sentir esa capacidad de tomar control de ese aparato productivo, capacidad que nace del mero hecho de ser la gente que lo hacer girar todos los días. No tienen cómo sentir esa capacidad de hacerlo funcionar por el bien de todos. Los productores pueden sentir esa fuerza porque ya están en condiciones de ejercer ese control. Obvio, generalmente no están convencidos de la necesidad ni la posibilidad de hacer tal cosa, pero ese es otro tema.

Se abren dos caminos frente nosotros, entonces. Un camino depende del manejo de expertos, técnicos y funcionarios del estado en temas económicos y sociales, para integrar más de la población en una economía nacional más amplia y “democrática”. Es el camino que han tomado los peronistas en Argentina, los partidos PS/PC en Chile y los nuevos gobiernos progresistas de Bolivia, Ecuador, Venezuela y ahora Colombia.

El otro camino es la toma de control de la producción y distribución, en nombre de la gran mayoría de la población por parte de los productores concentrados en el “gran capital”. Y eso no ha pasado en ningún país desde hace mucho, mucho tiempo. Pero no es imposible, simplemente difícil. Con ganas, con la teoría adecuada y con experiencia, todo es posible.

Es el camino que comenzamos a tomar al iniciar una huelga o una toma, al apoyar una familia de migrantes enfrentada por el racismo, al dar nuestro apoyo a un grupo de mujeres que lucha contra la violencia o al hacer lo que podemos para dar nuestra solidaridad a un grupo de trabajadores y comunidades mapuche en el sur del país en sus intentos de crear un centro de producción de leche bajo su control.

Es tan difícil creer en este futuro, porque hemos vivido cuarenta años de la austeridad neoliberal y hemos olvidado como es vivir la lucha mancomunada. Pero ese período está terminando bajo el impacto de las tres crisis: de la guerra, la crisis económica y el calentamiento global.

Marxismo, el Poder popular y Estado: ópticas del socialismo

Hablando de la solidaridad y las luchas, lo que proponía Recabarren, que las organizaciones de los trabajadores iban a «tomar el lugar del capitalismo», se parece a la opinión del mismo Carlos Marx sobre el socialismo y el futuro cuando describió la Comuna de París.

Marx describió como la Comuna comenzó a «destruir» el Estado capitalista a través de la elección y revocación de funcionarios del nuevo estado, el pago del sueldo promedio a ellos y la formación de fuerzas armadas populares.

Por su parte, Recabarren describió un nuevo sistema social controlado por Asambleas de trabajadores, quienes envían sus delegados a los municipios que son gobiernos locales. Esa visión del poder popular es muy distinta a la «vía chilena hacia el socialismo» propuesta por Salvador Allende y los partidos socialista y comunista durante la UP, cuando no se imaginaba que las organizaciones base, es decir el poder popular, podían ni debían tomar el lugar del Estado parlamentario.

Cuando Marx discutía la «destrucción» del Estado, hablaba precisamente de cómo nuevas organizaciones base, nuevas organizaciones «de trabajo», comienzan a controlar la producción y distribución de bienes entre los millones de familias de trabajadores que son la nueva clase dominante. Y cómo sus organizaciones democráticas disuelven los aparatos burocráticos y jerarquías de la justicia, las fuerzas armadas y las funciones del Estado. Lenín también hablaba de esa organización desde abajo en “El Estado y la Revolución”.

Nuestro recorrido por la historia de la organización desde abajo (y desde arriba) en Chile nos ha dejado claro, entonces, que nuestro marxismo integra claridad sobre los funcionarios del aparato estatal y el uso del estado para avanzar con la revolución. Y que esa claridad está estrechamente relacionada con nuestra visión sobre la naturaleza del socialismo y de la revolución misma.

Ahora bien, estar convencidos que tenemos la capacidad de hacer funcionar la economía como «la nuestra», es consecuencia de luchas, crisis, intervenciones de revolucionarios. Es obvio que no es algo «automático» ni «natural». Es una posibilidad entre otras. Y por esa simple razón, organizaciones de revolucionarios son esenciales.

Ahora bien, la visión del socialismo y la visión de la revolución fueron también importantes en el desarrollo de otra organización que floreció fuera de la corriente de la política parlamentaria durante los años 60’… el MIR.

 Cuba, el MIR, Clotario Blest y Luis Vitale.

Lo que existe hoy es solo un “momento” que se desvanece en el flujo de la historia. Por lo tanto, las ideas y críticas sobre las obras de Recabarren, Clotario, Allende y el MIR, todas, son parte de la óptica que forma nuestro marxismo.

En el mes de marzo 1959, tres meses después de la revolución, llegó a Chile una delegación cubana encabezada por Violeta Casal, voz de “Radio Rebelde” y luego, como agradecimiento por su obra solidaria con Cuba, Clotario Blest fue invitado de honor al primer Congreso Latinoamericano de la Juventud en La Habana en junio 1960, donde lo saludó Che Guevara. 

Después conversaron largo y, según Luis Vitale, Che habría orientado a Clotario en la formación de un movimiento político de izquierda revolucionaria que separara aguas y levantara una alternativa al “reformismo”. 

Acto seguido, en agosto, Clotario planteó que había que “permanecer con el arma al brazo y formar las milicias del pueblo para defender la revolución cubana y a nuestra propia revolución cuya llegada es inevitable…”. En ese mismo año, un grupo de jóvenes estudiantes en Concepción entraron a la Juventud Socialista. 

Pocos meses después, en abril 1961, fuerzas cubanas vencieron la invasión organizada por la CIA en Playa Girón. Los debates en esos años en Chile eran intensos, porque la lucha geo-política mundial también lo era.

Bajo el impacto de la revolución cubana, ideas sobre el socialismo y la revolución se debatían día y noche, pero lo que unió a la nueva generación fue un rechazo a la política parlamentaria y una cierta impaciencia con el ritmo de la lucha tradicional muy cerca del corazón de los planteamientos que había hecho Che Guevara.

En ese mismo sentido, al haber renunciado como presidente de la CUT frente a la férrea oposición a su política anti-política-parlamentaria por parte de los partidos PS y PC, Clotario Blest  y el dirigente sindical anarquista Enrique Miranda llamaron a una reunión a fines de octubre de 1961 para formar un Movimiento de Fuerza Revolucionaria (MFR) con el propósito de “defender las proyecciones históricas de la revolución cubana para la emancipación de los pueblos…”

En agosto 1962, la MFR logró tener un 13% de los delegados al Tercer Congreso Nacional de la CUT en plena crisis de los misiles en Cuba. Mientras tanto, en 1961-2, se formó y creció la Vanguardia Revolucionaria Marxista (VRM), liderada por el Dr. Enrique Sepúlveda, trotskista veterano, fundador del POR y con contactos con ex-militantes comunistas cercanos a Luis Reinoso que había propuesto (y organizado) actos de defensa armada durante el último gobierno del acuerdo Frente Popular / Alianza Democrática.

 Luego de integrar los ya 140 jóvenes estudiantes del PS de Concepción en 1964, la VRM se dividió entre ex-comunistas que usaron sus relaciones con Cuba para apoyar su política y los de Sepúlveda que basaron su política en la revolución cubana, trayendo así los debates internacionales al centro del proceso de unificación de la “izquierda revolucionaria” en Chile. 

Es decir, por un lado, se debatió el pacto de acuerdo ruso-norteamericano de coexistencia pacífica luego de la muerte de Stalin y las denuncias que hizo Kruschev contra su régimen. Por el otro lado, se discutió las denuncias que hizo Mao a este acuerdo y su acusación a la URSS de haber “traicionado la lucha ideológica”. No fue una sorpresa cuando, en 1960, se retiraron los recursos técnicos y militares rusos de China. 

Ahora bien, en su momento Che también pensaba que las denuncias de Kruschev a Stalin fueron una capitulación al imperialismo norteamericano y las reformas para tomar en cuenta los precios del mercado, peor todavía. Pero estas críticas estaban muy lejos de ver lo que hoy día sabemos, que los países de los “socialismos reales” no tenían nada que ver con el socialismo, sino eran otra forma que ha tomado el capitalismo de estado.

Pero bueno, parecía a algunos de la nueva generación de revolucionarios chilenos que los chinos querían el “socialismo” mientras los rusos se habían vendido al imperialismo. Idea reforzada cuando Fidel Castro declaró que la revolución cubana era “socialista” después de vencer la invasión norteamericana en la playa Girón.

Mao también tuvo un impacto ideológico dentro de los jóvenes (y viejos) revolucionarios chilenos cuando advirtió que la experiencia del PC chino había resultado exitosa y puso mucho énfasis al campesinado como “agente revolucionario” en vez de otorgar ese rol al proletariado urbano que era minoría en los países del Sur.

En fin, parecía que, mientras los rusos querían un acuerdo de coexistencia pacífica, los gringos instalaban sudoctrina de Seguridad Nacional, la que cambió la naturaleza de las FF.AA. nacionales en los países de América y los chinos acusaron a los rusos de traidores.

El significado del “Neo-trotskismo”

Ahora bien, estas discusiones y debates no se hacían sin “conocimiento de causa”. Varios de los jóvenes estudiantes habían leído, mejor dicho, habían estudiado, algo de las obras de Marx, Lenín, Luxemburgo y Trotsky, del Che, y debatían con viejos militantes como Humberto Valenzuela, Luis Vitale, Oscar Waiss, Ernesto Miranda, con el grupo de ex-comunistas del VRM etc. 

Bautista von Schouwen, por ejemplo, en un debate con un senador del PC en Concepción, respondió a sus dichos con “soy neo-trotskista … ¿y qué?… me falta repetirle lo que dijo Che sobre su teoría etapista: ‘O revolución socialista o caricatura de revolución’ “.

¿Pero qué se entendía por “teoría etapista” y “neo-trotskista”?

Parece claro que, para ver con algo de claridad ese escenario, algo hay que saber de la historia, el desarrollo del trotskismo en Chile. O, mejor dicho, ¿qué es el trotskismo?

Bueno, comencemos con la historia del movimiento trotskista.

 Este movimiento comenzó como la mayoría en el PC durante los primeros años de la década de los 30’, se fueron (o fueron expulsados) de ese partido y formaron la Izquierda Comunista que, acto seguido, entró al flamante PS en 1936 y constituyó su sector de dirigentes sindicales. 

De hecho, los “trotskistas” de la Izquierda Comunista dentro del PS, tenían tanta influencia que uno de sus dirigentes máximos, Manuel Hidalgo, pasó a ser embajador del Frente Popular en México y otro, Mendoza, pasó a ser ministro. Y esto, a pesar de que el movimiento trotskista internacional denunciaba a los Frentes Populares como una forma de colaboración de clases con la burguesía. 

Otro grupo de trotskistas, (los trotskistas trotskistas) — El Partido Obrero Revolucionario (POR), creció fuera del PS, incluso cuando la mayoría de su Juventud Socialista (la JS) fue expulsada del partido porque no estaba de acuerdo con la formación de un Frente Popular con partidos burgueses. Esos jóvenes socialistas formaron el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) en 1940. El PST se dividió en 1944, un sector entró al PC y otro sector formó el Partido Socialista Popular (PSP) en 1947.

Mientras tanto, el POR creció como partido independiente, captó algunos de los jóvenes socialistas y llevó como candidato presidencial en las elecciones de 1946, al dirigente sindical Humberto Valenzuela, quien sacó casi 6 mil votos (frente a 12 mil del PS).

El POR tomó parte activa en el proceso de unificación sindical, que terminó con la creación de la CUT en 1953. Sin embargo, acató la decisión de la IV Internacional en 1954, de “entrar” al PSP y “desapareció del mapa” dentro de esa organización, la que se unificó con el PS de Allende en 1957.

Un pequeño sector del POR decidió quedarse afuera del PSP y creció para tener 140 militantes en 1957, cuando entró en las discusiones para formar lo que sería el MIR en el futuro.

¿Y cuál era la columna central teórica del “trotskismo” en esos años?… que la revolución socialista es algo que podemos realizar HOY, en vez de en un futuro lejano y después de haber cumplido otras etapas en el proceso de cambios sociales.

Bueno, a diferencia, la teoría de etapas rechazada por los trotskistas planteaba que el éxito de la revolución depende del desarrollo de las fuerzas productivas en un país, que una vez disponibles sirven para cumplir las necesidades de las clases explotadas. Sin la acumulación de esas fuerzas, sin esa fuerza de trabajo acumulada, los trabajadores del país van a caer en la hambruna y se perderá la revolución.

Por ende, es el derecho y el deber de un partido de los trabajadores, hacer un pacto con los capitalistas progresistas para avanzar con esa acumulación de recursos. Una vez creada la base del futuro, el partido tiene todo el derecho y deber de dirigir la revolución y sacar los medios de producción de las manos del capital. Pero esa etapa, por necesidad, viene después de un período de acumulación de capital.

Esa teoría formaba parte elemental de la política del PC, tanto chileno como cubano (antes de la revolución), y había sido rechazada tajantemente y públicamente por Che Guevara, quien propuso que los revolucionarios tenían el derecho y deber de avanzar con la revolución a pesar del subdesarrollo económico nacional.

Y de verdad, esa teoría daba más importancia al desarrollo de la fuerza humana “muerta” acumulada en los medios de producción, que la fuerza humana “viva”, es decir los y las trabajadores y campesinos.

A esa crítica a la política de “etapas” en los debates en Chile, se sumó las críticas que hacía Mao contra la “traición” de los dirigentes rusos que habían negociado una “coexistencia pacífica” con el imperialismo norteamericano. 

Es decir, tanto los trotskistas mismos como muchos jóvenes revolucionarios, entendían que el enfrentamiento entre los chinos y los rusos era, de verdad, un choque entre los que ya habían tomado el camino hacia el socialismo y los que habían abandonado ese camino.

Pero dentro de esa óptica, algunos aceptaban que tanto Mao (quien, por si acaso, también creía en la revolución por etapas), como Che tenían la razón cuando insistían que los campesinos eran la columna vertebral de la revolución, mientras otros, los “trotskistas trotskistas” más bien ligados al mundo sindical, estaban muy convencidos que la columna vertebral era la clase trabajadora urbana.

Ahora bien, mirando a esos debates con los ojos de hoy, y sabiendo cómo se desarrolló Cuba como China y otros países del Sur, queda claro que la falta de acumulación de medios de producción en esos países los arrinconaba en un mundo donde sus opciones eran el estancamiento social (y la ausencia de democracia de base que trae), o la acumulación de capital bajo el mando de una nueva clase social capitalista, esta vez basada en el estado. O una combinación de las dos opciones.

La opción bolchevique a esta situación, es decir, que fue necesaria una revolución internacional de la misma clase trabajadora para romper el cerco del capital, no entró a la estrategia de los que mandaban las revoluciones del Sur. Pero bueno, volveremos a estos debates cuando hablemos del marxismo hoy, más abajo.

Al seguir el proceso de unificación de los pequeños grupos de revolucionarios en Chile, se acercaron las elecciones presidenciales. En agosto 1964, Frei rompió relaciones con Cuba y ganó las elecciones en septiembre con el apoyo de un sector importante de los trabajadores y campesinos.

¡Para los jóvenes y revolucionarios parecía que el camino electoral y parlamentario había llegado a su fin con la derrota electoral de Allende a manos de Frei!

Acto seguido, el VRM, el Partido Socialista Popular (PSP), Ernesto Miranda, dirigente anarquista de la Federación del Cuero y Calzado, Clotario Blest, un sector de la Juventud Radical, los grupos trotskistas POR y PRT, algunos sectores de varios Comités Regionales del PS, el dirigente sindical trotskista Humberto Valenzuela y varios otros grupos y sectores se unificaron en el congreso de fundación del MIR en agosto 1965.

Las 500 y tantas personas que se unieron al MIR provenían de varias tendencias, pero todos sentían el impacto de la revolución cubana, la obra de Che Guevara y el fracaso de la campaña electoral de Salvador Allende. Algunos ya tenían años de experiencia en los movimientos sociales.  Por ejemplo, 15 días después de su fundación, el MIR llevó 25 delegados al cuarto Congreso de la CUT.

Otros militantes recién habían comenzado a tomar el camino de activismo social.

Una nota: El POR en el segundo congreso de la CUT, en 1958, logró 32 delegados obreros, mientras el MIR en formación en 1965 llevó 25 delegados al cuarto congreso en ese mismo año y el MIR/FTR en 1972 sacó 28, una cantidad muy similar. Es decir, había un sector de dirigentes sindicales revolucionarios que siguió más o menos organizado durante varios años.

Bueno, Enrique Sepúlveda fue elegido secretario general del MIR y el Comité Central integró a Clotario Blest, también a Humberto Valenzuela, Luis Vitale, Oscar Waiss (ex dirigente PS y parte del gobierno de Ibáñez), Jorge Cereceda y Pelao Zapata (todos trotskistas), Mario Lobos de Coquimbo y Dantón Chelén (los dos ex PS), Gabriel Smirnow (ex JJCC) y Martin Salas (ex-PC), Miguel Enriquez, Bautista von Schouwen, Edgardo Condeza  y Luciano Cruz (todos estudiantes de Concepción).

 Es decir, tanto la dirección como la militancia misma del MIR estaba compuesta por dirigentes y militantes de varias trayectorias distintas. 

El   marxismo nuestro y el MIR.

Hemos conversado largo sobre las ideas sostenidas por Recabarren, Clotario y Salvador Allende sobre el socialismo y la revolución, y veremos cómo el MIR enfrentó estos desafíos en su Declaración de Principios de septiembre 1965[xix] …aquí abajo unos párrafos que nos sirven en nuestra discusión…

EL MIR organiza los explotados y su vanguardia, la clase trabajadora…

“El MIR fundamenta su acción revolucionaria en el hecho histórico de la lucha de clases. Los explotadores, por un lado, asentados en la propiedad privada de los medios de producción y de cambio; y por otro, los explotados, mayoría aplastante de la población, que sólo cuenta con la fuerza de trabajo, de los cuales la clase burguesa extrae la plusvalía. El MIR reconoce al proletariado como la clase de vanguardia revolucionaria que deberá ganar para su causa a los campesinos, intelectuales, técnicos y clase media empobrecida.”

Nuestra nueva sociedad estaría controlada por los “órganos de poder del proletariado” …

“La finalidad del MIR es el derrocamiento del sistema capitalista y su reemplazo por un gobierno de obreros y campesinos, dirigido por los órganos del poder proletario, cuya tarea será construir el socialismo y extinguir gradualmente el Estado hasta llegar a la sociedad sin clases. La destrucción del capitalismo implica un enfrentamiento revolucionario de las clases antagónicas.”

El sistema capitalista va hacia la represión, el fascismo y la guerra..

“El sistema capitalista en su etapa superior, el imperialista, no puede ofrecer a la humanidad otra perspectiva que no sea el régimen dictatorial y la guerra como un intento último para salir de su crisis crónica de estructuras. Pretende ocultar en determinados períodos, su régimen de dictadura burguesa, ejercido a través del Estado opresor, hablando en abstracto de la libertad, pero sus contradicciones lo llevan inevitablemente al fascismo.”

Sin embargo…

“Todos los continentes han sido sacudidos por la historia y la relación de fuerzas entre las clases ha cambiado en un sentido desfavorable al imperialismo. Un tercio de la humanidad –más de mil millones de personas- ha salido de la órbita del capitalismo y está construyendo el socialismo.

Además, las revoluciones de numerosos países del Sur han probado que la lucha por la democracia es parte de una revolución, no burguesa sino socialista…

“El triunfo de la revolución en numerosos países atrasados ha demostrado que todas las naciones tienen condiciones objetivas suficientes para realizar la revolución socialista; que no hay proletariados “maduros e inmaduros”. Las luchas por la liberación nacional y la reforma agraria se han transformado, a través de un proceso de revolución permanente e ininterrumpida, en revoluciones sociales, demostrándose así que, sin el derrocamiento de la burguesía, no hay posibilidades efectivas de liberación nacional y reforma agraria integral, tareas democráticas que se combinan con medidas socialistas.”

Pero los partidos PS y PC son un obstáculo en ese camino porque creen que tenemos que cumplir una etapa en nuestra revolución antes de comenzar la próxima.

“A pesar de ello, el reformismo y revisionismo siguen traicionando los intereses del proletariado. De ahí que la crisis de la humanidad se concretiza en la crisis de dirección mundial del proletariado….

La trayectoria de las clases dominantes desde la declaración de nuestra independencia en el siglo pasado hasta el presente ha demostrado la incapacidad de la burguesía criolla y sus partidos para resolver las tareas democrático-burguesas que son, fundamentalmente, la liberación nacional, la reforma agraria, la liquidación de los vestigios semi feudales. 

Rechazamos, por consiguiente, la “teoría de las etapas” que establece equivocadamente, que primero hay que esperar una etapa democrático-burguesa dirigida por la burguesía industrial, antes de que el proletariado tome el poder.

Mientras, nosotros no creemos en las etapas de la revolución y tampoco en la vía pacífica…

El MIR rechaza la teoría de la “vía pacífica” porque desarma políticamente al proletariado y por resultar inaplicable ya que la propia burguesía es la que resistirá, incluso con la dictadura totalitaria y la guerra civil, antes de entregar pacíficamente el poder. 

Reafirmamos el principio marxista-leninista de que el único camino para derrocar al régimen capitalista es la insurrección popular armada.”

Hemos discutido los pilares centrales de nuestro marxismo, que son la lucha de clases entre explotados y explotadores, la importancia de la clase trabajadora, la “destrucción” del estado capitalista bajo las fuerzas de nuevas organizaciones base y por ende la naturaleza del socialismo.

Y hemos leído arriba las respuestas de la primera Declaración del MIR a estos temas centrales.

¿Esa Declaración tiene los mismos pilares que hemos discutido cuando hablamos de la obra de Recabarren, Clotario y Allende?

En palabras, claro que sí, sin embargo, el papel puede llevar muchas y varias verdades.

La Declaración transmite que la revolución se hace HOY, sin esperar condiciones creadas por el desarrollo económico. Y esa revolución va a ganar la democracia y la reforma agraria para la población del campo y la democracia directa sobre los medios de producción para los trabajadores urbanos.

Esta revolución no va a ser “pacífica”, porque la clase dominante no es pacífica, sino una insurrección popular armada.

 Todo bien. Hay un claro avance desde las ópticas poco claras de Recabarren, Clotario y Allende sobre la resistencia por parte de la clase capitalista a un proceso vivo de reformas desde abajo, y por ende sobre la necesidad de un acto de revolución.

Y hay un avance en el sentido que se rechazó la teoría de etapas que consideraba la existencia de una burguesía no proimperialista, progresista, con la cual se podía hacer una alianza para la primera etapa de la revolución. Es un avance porque reconoce las consecuencias terribles que trajeron los gobiernos del acuerdo Frente Popular / Alianza Democrática.

Y sobre el significado de las frases “propiedad privada” o “apropiación de plusvalía en manos privadas» que se usaron en la Declaración de Principios, “Privada” significa que la fuerza humana acumulada, los medios de producción, no están en las manos y bajo el control de los mismos productores. 

Más claro… significa que esos medios, ese trabajo humano acumulado, están en manos y bajo el control de unos capitalistas “privados”, o en manos y bajo el control del estado capitalista.

 ¿Ejemplos? En ese sentido, Codelco es una empresa tan capitalista como los negocios de la minería de la familia Luksic. O que Foxconn, multinacional taiwanesa que tiene ese enorme complejo de producción de celulares en China, es tan capitalista como los centros de la producción de acero del estado chino. Y que los nuevos hoteles de turismo en Varadero Cuba son tan capitalistas cuando sus dueños son las multinacionales del turismo o cuando son empresas estatales-privadas.

Mirando a nuestra historia con nuestro marxismo, entendemos el significado de la “propiedad privada” cuando las comunidades indígenas perdieron parte de su fuerza de trabajo cuando las encomiendas los llevaron a los lavaderos de oro. Con el paso del tiempo, la fuerza de trabajo de los indígenas y los mestizos se vendía por un sueldo en las haciendas y luego en los campos del salitre del norte, en los puertos, ferrocarriles y minas de cobre. Esa fuerza — y los bienes que producía — ya no era “suyo”, sino algo que se vendía en el mercado. Ya no son los productores que intercambian sus productos, sino es en el mercado donde se hacen los intercambios. Y así, las relaciones entre personas dan paso al intercambio entre productos.

Y ese mercado, a nivel nacional o internacional, integra empresas tanto privadas como estatales que compran fuerza de trabajo ajena y llevan su plusvalía. Para recapitular, la propiedad privada son los medios y bienes que ya no están en manos y bajo el control de los productores.

Sin embargo, llama la atención que, en un tema importante, la Declaración contradice la realidad misma y esa contradicción abre las puertas para una multitud de interpretaciones contradictorias de la naturaleza del MIR.

Es una contradicción que nace de la falsedad de los siguientes artículos de fe, artículos rechazados por el mismo Che Guevara…

“La revolución será la obra de los obreros o no habrá revolución”.

«La clase obrera es, o debe ser, el actor principal de la revolución social”.

Esta contradicción con la realidad comienza cuando la Declaración insiste que las revoluciones del Sur (es decir, las revoluciones anti-coloniales del Tercer Mundo en África, Asia y América) pasaron de ser movimientos contra los poderes imperialistas/coloniales a ser, por necesidad, movimientos socialistas porque la burguesía criolla era demasiado débil o vendida para organizar esa lucha.

Bueno, la realidad es que, en múltiples casos, no fueron los trabajadores los que llevaron la batuta de esos movimientos o revoluciones, sino una clase media de intelectuales criollos o funcionarios con raíces en el estado nacional la que organizó la revolución y tomó control del país después de vencer las fuerzas coloniales.

Es cierto que, a menudo, los nuevos mandamases hablaban en el lenguaje del marxismo, cuando decían que eran los mismos trabajadores y campesinos los que construían el nuevo país cuando lucharon contra el colonialismo con o sin las armas. Y también es cierto que se mejoró el estándar de vida de la población de esos países.

Pero la descripción que hicieron esos mandamases de ellos mismos fue puro humo, lo que nuestro Marx llamaba una “ideología falsa”, porque decía una cosa cuando la verdad era otra.

En esos países, millones de campesinos y trabajadores no salieron “de la órbita del capitalismo y están construyendo el socialismo” (Planteado en la Declaración del Mir) sino comenzaron a vivir bajo el mando de una nueva clase capitalista, encargada de su propia fase de acumulación del capital “en nombre de” los campesinos y trabajadores de su país, una clase capitalista que hablaba en el lenguaje de marxismo.

Eso no es decir que estas clases medias revolucionadas, desde India, África, Asia y América, eran traidoras. Lucharon con fuerza y a menudo con armas en mano contra de los poderes coloniales. Pero fueron ellos y ellas los que tomaron el control de sus países y no los trabajadores y los campesinos.

Ahora bien, puedes decir que no importa quién manda en los países revolucionados, si los trabajadores y campesinos reciben los beneficios de los cambios.

Puedes decir tal cosa, pero al decirlo saltas del marxismo a otra teoría y práctica, por razones que vamos a discutir…

Cincuenta y tanto años después de esas revoluciones y mirando a lo que ha pasado en el continente de África, bajo los nuevos gobiernos del continente de Asia y en América bajo varios gobiernos que se dicen “socialistas”, podemos hablar con “conocimiento de causa”.

En esos países, podemos ver que no son los trabajadores los que mandan, sino una nueva clase capitalista criolla que tomó el lugar de la antigua burguesía débil que ya se había integrado con los poderes coloniales o imperialistas. Ellos, muy a menudo, reformularon el Estado nacional para intervenir en la economía y la sociedad y se creó un capitalismo híbrido que integraba el capitalismo de estado con el capitalismo privado, bajo su mando.

En fin, la teoría de la declaración del MIR imagina situaciones que, en la realidad, no existían. No existían, pero, según la teoría, deben existir…

Debe existir una tercera parte del mundo que ya había comenzado el camino del socialismo.

Debe ser el caso que las revoluciones anti-coloniales eran socialistas y no burguesas.

Debe haber sido la clase trabajadora la que dirigiera esas revoluciones. (O por lo menos los campesinos).

Pero las cosas no pasaron así.

Ahora bien, sobre la centralidad (o no) de la clase trabajadora en las revoluciones de hoy, será un tema importante cuando volvamos al presente y conversemos sobre la lucha HOY.

Al volver a los primeros años del MIR, en el año 1967, el MIR creció a 1.500 militantes, la mayoría estudiantes, pero también militantes con algunas raíces en las organizaciones sindicales y poblacionales. 

Miguel Enríquez viajó a Cuba y en el congreso del MIR en ese año, fue elegido secretario general.  Por un lado, el círculo de miristas alrededor de Miguel criticaron a los “tradicionalistas” por no empujar el desarrollo de las tareas insurgentes, y por el otro, los tradicionalistas insistían que había que esperar a que las masas se levantaran para organizar acciones armadas. Como consecuencia, en ese Congreso, al no aceptar una política “militarista” que – a sus ojos –, iba a aislar el MIR de las luchas de masas, Clotario, Oscar Waiss, Mario Lobos y la mayoría de los dirigentes sindicales de Santiago, se retiraron de la organización. 

Pero parecía que la revolución se estaba tomando el mundo. Desde el mes de mayo ‘68 en Francia, la invasión rusa de Praga tres meses después, el Cordobazo en mayo 1969, la lucha contra el racismo y la guerra de Vietnam en Norteamérica parecía a los flamantes revolucionarios que les había tocado el momento de revolución.

En ese sentido, un comando mirista secuestró un periodista reaccionario del diario penquista “Ultimas noticias de la Tarde” en mayo 1969, pero esa “Operación Osses” terminó con varios dirigentes miristas presos y la dirección fondeada en la clandestinidad. 

Pero era el acercamiento de las elecciones y el tema de apoyar (o no) la campaña de Salvador Allende, lo que generaba fuertes tensiones dentro del MIR. Recordemos que uno de los factores que gatilló la unidad de los miristas fue el fracaso de la campaña electoral de Allende en 1964.

A fines de julio 1969, muy luego después de la Operación Osses, Miguel Enríquez anunció en una reunión del Comité Central que el MIR se tendría que dividir porque las diferencias que separaban a los militantes respecto a las elecciones eran demasiado grandes. Y así fue, el MIR decidió no apoyar la candidatura de Allende y perdió la oportunidad de interactuar con los quince o veinte mil comités independientes allendistas que florecieron.

Volvemos, entonces y otra vez, a los pilares centrales de nuestro marxismo que son la lucha de clases entre explotados y explotadores, la importancia de la clase trabajadora, la “destrucción” del estado capitalista bajo las manos de nuevas organizaciones base y por ende la naturaleza del socialismo.

Ahora bien, puedes decir que estamos sobre ideologizando los principios del MIR, porque en la práctica, ellos y ellas apoyaron la construcción de las organizaciones base del poder popular durante la UP, a pesar de no haber apoyado a Salvador Allende en su campaña en 1970.

Para responder, vamos a leer unas secciones de una entrevista con Victor Toro, dirigente social Mirista bastante conocido, publicada en Punto Final en 1972, sobre el poder popular y el MIR…

El Estado chileno es un aparato represivo-burocrático …

“El viejo Estado cuenta con el aparato Ejecutivo, las Fuerzas Armadas, verdadero esqueleto del Estado, la burocracia estatal, el Parlamento, las cárceles, la policía y el poder judicial, todos los cuales cumplen distintas funciones de opresión y explotación.”

Pero el poder popular son las organizaciones sociales base de los trabajadores, pobladores etc. …

“El poder popular no se crea por gusto de nadie. Nace y se fortalece al calor de la lucha. Por el control obrero en la pequeña y mediana industria, por la dirección obrera en las empresas del área social, por el control popular del abastecimiento para responder al mercado negro de la burguesía, por la formación de los comités de autodefensa para hacer frente a la sedición fascista. Se crea incorporando a todos los organismos de base a los Comandos Comunales de Trabajadores, sean estos Comandos de Abastecimiento, JAP, ¡Cordones Industriales etc.!

…Un ejemplo reciente es el caso de Constitución, donde el Comando Comunal de Trabajadores mantuvo bajo su control la ciudad, gobernándola sin problemas, en una clara demostración de poder popular.”

Son independientes del gobierno de la UP, pero si el gobierno quiere trabajar para darles más fuerza, bienvenido sea…

“Concebimos el poder popular como un poder independiente del gobierno actual, como un poder autónomo que unifica al conjunto de los sectores sociales (obreros, estudiantes, campesinos, empleados, pequeños comerciantes) de una determinada comuna, tomando a ésta como la organización celular de toda ciudad o región…Pero si … el gobierno se apoya en las luchas del pueblo, se encontrará una importante unidad, donde el instrumento gobierno podría servir como palanca de apoyo a la lucha por el poder.”

Todo bien, ¿pero ¿cómo estas organizaciones base se integran con la revolución dirigida por el aparato político-militar del MIR?

Guillermo Rodríguez, mirista relacionado con el Cordón Industrial Cerrillos-Maipú, explicó su visión de la situación…

“La discusión respecto a lo militar tenía también diversas aristas: es sintomático que la primera consigna del MIR fuera “Insurrección o Morir” denotando el peso de una visión en donde predominaba desde su fundación hasta 1967 la línea trotskista (visión insurreccional).

Entre el 67 y 69 se va desarrollando la visión Guerra Irregular y Prolongada, con una estimación de un papel relevante del campesinado y sectores populares (“pobres del campo y la ciudad”, influencia de la revolución cubana, de los chinos, y en contradicción a la visión insurreccionalista).

En esta época surge las Acciones Directas de Masas (desarrollo de niveles de violencia política en la lucha reivindicativa, social y política), combinadas con acciones de Propaganda Armada menor (recuperaciones financieras). Las Acciones de masas van a desembocar en tomas de terreno, de industrias, de fundos y escuelas que son los antecedentes previos del poder popular posterior.

En esta etapa, se comienza a vislumbrar la concepción estratégica más parecida a Vietnam (Insurrecciones dan paso a una estrategia de Guerra del Pueblo y combinación del trabajo político y de masas con la creación de un Ejército de masas).

La visión es casi como el General Giap: Armar a las masas, construir el Ejército Revolucionario (entendido como articulación de diversos tipos de fuerzas de base de las cuales estaban la masa armada y las brigadas de fundos, fábricas, escuelas, etc., más el ingrediente de un fuerte trabajo en las FFAA (marinería, aviación y carabineros y en menor grado Ejército).” [xx]

La toma del poder mediante los medios insurreccionales que debió ser modificada de la siguiente forma “que para iniciar la insurrección armada debía haber un ascenso relevante del movimiento popular y que los grupos armados tenían que asentarse en fuertes bases sociales, para no caer en una desviación foquista, como había sucedido en varios países latinoamericanos”. Esto fue una de las constantes discusiones y análisis al interior de la organización, la estrategia foquista y la insurreccional.

En otras palabras, ¿Cómo se instala la democracia directa desde abajo cuando la clase dominante se opone tajantemente a ese tipo de cambios?

Es decir, cómo traducir el eslogan “revolución o morir” … o sea, la traducción chilensis del “patria o muerte” pronunciado por Fidel Castro en 1960, en una política sobre cómo armar los trabajadores, pobladores y campesinos.

Para el MIR, se rechazaba la posibilidad de una insurrección tipo bolchevique por imposible en América porque las FF.AA. estaban muy capacitadas en las artes contra-insurrecionales. Y se planteaba una guerra que integrara fuerzas militares populares con las organizaciones social base. Lo que Andrés Pascal llamaba la “Acumulación de fuerza social, política y militar”.

¿Pero cómo se puede acumular fuerza militar al lado de fuerza social de base?

¿Un sindicato industrial, organización campesina o poblacional va a tener una comisión militar?

¿O es el “partido” de tipo militar que va a ser el brazo armado de la lucha y actuar “en nombre de” las organizaciones base?

Esta traducción de lo que lleva el papel donde se escribió la Declaración, a la vida real de la lucha de clases, dirigía a los integrantes originales del MIR en direcciones distintas. Algunos desarrollaron un aparato político-militar, mientras otros rechazaron esa política para trabajar más directamente con el poder popular.

No es un detalle lo que uno de los ex-miristas de la época, Carlos Torres, al leer esta discusión sobre el MIR, observó que los militantes jóvenes querían enfrentar el sistema y por ende necesitaban un instrumento que pudiera responder con fuerza, rapidez y disciplina al Estado. Es decir, necesitaban una organización con la misma fuerza que tenía el Estado. Por lo tanto, no hubo mucha referencia a la democracia de base y parecía que no había tiempo para pensar y debatir, había que actuar.

En el caso del Complejo Maderero Panguipulli, en esa filial de la Corfo de unas 400 mil hectáreas, los cuatro mil trabajadores de los predios y de la planta “industrial” pusieron a funcionar un proyecto de co- gestión entre los trabajadores, los campesinos y las comunidades indígenas mapuches de la zona.

Un consejo administrativo, compuesto por el interventor (éste, un coronel), dos funcionarios asignados por el gobierno y cinco delegados de los trabajadores, tomó control de la producción y distribución. Seguían exportando la madera a Argentina y Cuba, pero el proyecto también integraba la diversificación de la producción a la carne, leche y colmenas de abejas, un intento de edificar una maestranza y una planta procesadora de celulosa.

Y si fuera poco, planificaron elaborar muebles baratos y de buena calidad para el pueblo, replantar bosques nativos y regenerar los suelos, mano a mano con las comunidades mapuche.

Este gran trabajo fue discutido dentro de la Asamblea, dónde se elegían los capataces y el jefe de predio, y donde también se podían revocar.

Bueno, en este ambiente, el MIR proponía la “dirección obrera” con mucha fuerza como su política y acto seguido sus militantes, que eran en su gran mayoría hijos de familias del complejo, muy jóvenes y activistas, fueron expulsados de la Asamblea de los trabajadores “industriales” por los aparatos del PS y del PC. 

Frente a esto, el secretariado regional Valdivia, encargado del trabajo en el complejo, aprendió de lo que había pasado y decidió volver “humildemente” a la Asamblea para entrar en el proceso de formación de su base de militantes. Sus militantes tenían claro sus prioridades, es decir, la lucha sindical y territorial, la formación y también el trabajo militar. 

Sin embargo, en la realidad, fueron los pocos integrantes locales de la “Fuerza Central” — es decir la organización de formación militar profesional que tenía el MIR –, los que se encargaban de la política militar y esa organización tenía una estructura independiente, separada, del trabajo de base de la militancia dentro del complejo. Sin embargo, todos los sectores estuvieron involucrados en la toma de accesos al complejo durante el tanquetazo, por ejemplo, y esas acciones se puede llamar actos “militares”.

Volvemos a plantear nuestra pregunta, entonces… ¿cómo se integran fuerzas militares populares con las organizaciones social base?

Otro militante mirista de la época sostiene que la Fuerza Central formó solamente una parte de la política del MIR. Más importante fue la organización “militar” muy necesaria para proteger tomas de vivienda y de fábricas de los ataques violentos y armados de Patria y Libertad. La defensa contra ataques de la derecha armada, por necesidad, necesitaba organización y experiencia “militar”, por así decirlo. Y en la gran mayoría de los casos, los pobladores o trabajadores no sabían cómo organizarse “militarmente”, como una “milicia”.  No sabían cómo construir un portón de entrada seguro y cómo defenderlo, por ejemplo. En ese sentido, se integraba la organización social de base con la autodefensa o “militar”.

Y sobre el tema de la posibilidad de organizar “trabajo de fuerza” dentro de las fuerzas armadas, el MIR, el PS y el MAPU, todos tenían trabajo con los soldados de clase. Por ejemplo, cuando los soldados salían para asistir a sus clases de educación vespertina, se hacía trabajo con ellos mientras, por algunas horas, estaban fuera de las manos del mando vertical jerárquico. Otro ejemplo de la integración del trabajo social con lo militar.

Bueno este compañero reclamó que esperamos demasiado del MIR, porque era una organización de jóvenes, con poca experiencia y tuvo que enfrentar un desenlace político rápido.

Cierto, pero por eso tenemos que aprender y reaccionar mejor la próxima vez.

Pero escuchemos otra vez a Guillermo Rodríguez…

“El programa del MIR era luchar por una revolución proletaria, planteándose la toma del poder y la transformación revolucionaria del Estado. La base de nuestra estrategia era la concepción de Guerra Revolucionaria entendida como enfrentamientos irregulares de fuerzas, tanto en el campo como en la ciudad, con construcción de fuerza militar propia y el desarrollo de “masa armada”, combinando formas de lucha insurreccionales, de masa, guerrilleras desde una fase de propaganda armada, guerra de movimientos para llegar finalmente a guerra de posiciones o por el control de territorios.

En esta concepción, la construcción del Partido Revolucionario debía ser acorde con esta concepción estratégica y así se construyeron desde 1979 los GPM o Grupos Político-Militares que operaban territorialmente. 

En cuanto se abre el período de la UP, y para trabajar en los frentes de masas, se presentó la contradicción de políticas globales (nacionales o regionales) por frente de masa, por lo cual se acudió a soluciones intermedias: el trabajo de Comisiones….

Lo que ocurre, es que el trabajo abierto de masa se “dispara” en crecimiento en relación a la construcción orgánica. Es un crecimiento vertiginoso, en el cual el ritmo de funcionamiento no va a la par de las necesidades, lo que se traduce en crisis de funcionamiento. 

De manera paralela a Nivel Nacional, se producen también soluciones de parche para enfrentar el trabajo de los frentes de masas, entrando también en crisis la idea original de una construcción basada en los GPM. Así, si ya en 1970 los Comités Regionales eran sumatorias de GPM y el Comité Central era sumatoria de Comités Regionales (obviamente ningún dirigente del CC elegido en Congreso Nacional, salvo los de la Comisión Política), se debió construir “Comisiones” de coordinación de Trabajo Sindical, Comisión de Campesinos, Comisión de Pobladores, Comisión Militar, existiendo en la práctica un doble funcionamiento, una doble conducción política. 

Por un lado, hay una conducción del escuadro político del Frente, por el otro una conducción de la dirección de volantes del CC en las comisiones regionales sindicales específicas (metalúrgica, construcción, servicio, etc.)

Por la acumulación de contradicciones que este sistema generaba recién a principio de junio 1973, se comienza un debate de mayor profundidad que implicaba lo político, lo orgánico, lo estratégico, debate que comienza a ser preparado en términos de Congreso del MIR que no alcanzó a ser desarrollado…” [xxi]

Bueno, puedes decir que este debate queda tan lejos de la realidad del movimiento hoy, que ni vale la pena discutirlo. 

Pero ya entramos al tema al discutir cómo Recabarren enfrentó el lanzamiento militar en 1924, cómo se organizó la República Socialista en 1932, cómo el PC podría haber enfrentado la represión de los mineros del carbón en 1947, cómo Clotario reaccionó a la paralización del gobierno de Ibáñez en 1955, cómo los cordones industriales enfrentaron el Paro de los Camioneros en 1972.

En otras palabras, el tema de la disolución del Estado nunca está tan lejos de las grandes luchas, porque el Estado ES el gran árbitro que los capitalistas tienen para garantizar el futuro de su riqueza y poder.

Pero creo que debemos volver a los pilares centrales de nuestro marxismo. Es decir… la lucha de clases entre explotados y explotadores, la importancia de la clase trabajadora, la “destrucción” del estado capitalista bajo las fuerzas de nuevas organizaciones base y por ende la naturaleza del socialismo.

Y debemos agregar un pilar más… que las nuevas organizaciones base deben construirse dentro de las fuerzas armadas y de orden, romper su orden jerárquico y así quitar esos aparatos de las manos de la clase dominante.

Ahora bien, en el futuro cuando enfrentemos cara a cara a las tres crisis del sistema, tampoco vamos a tener mucho tiempo para pensar y debatir. Por lo tanto, formar nuestros principios hoy, nuestro marxismo, es tan importante.

Llegando al Marxismo de HOY.

Luego de las décadas de austeridad neoliberal y desorganización popular y llegando a las décadas post-dictadura,  nacieron una serie de nuevas organizaciones de lucha. Tanto esas organizaciones como los partidos de la Concertación enfrentaron un país cambiado. Ya no existían la gran mayoría de las empresas del Estado y en su lugar se habían integrado las grandes empresas más estrechamente con el mercado globalizado y sus cadenas internacionales de producción y distribución. Tanto el capital como la misma clase trabajadora estaban más internacionalizados que nunca, pero también divididos, porque en el país había tres economías: de las exportaciones (por ejemplo, de la minería de cobre), de la producción y distribución nacional a gran escala (los supermercados, AFP y Isapres) y lo demás (pymes).

Y la clase trabajadores estaba dividida entre los de planta, los subcontratados, los que laboran en condiciones de precariedad, los de la artesanía y el mercado negro.

Pero para decir algo útil sobre aquella situación, tenemos que repasar uno de los debates de los años y décadas anteriores…

Ya vimos que los países coloniales habían intentado independizarse de los países “mandamases” durante el crecimiento global de la segunda parte del siglo veinte, pero no se escuchaba dentro de esos países ex coloniales a los que insistían que el desarrollo de una nueva economía independiente, igual se basaba en la explotación de los trabajadores de la minería, de la industria textil, de la electrónica, de la construcción o industria pesada de la ciudad y del campo. 

No se escuchaba esa crítica porque parecía que las economías nuevas estaban en buen estado, crecían y tampoco se escuchaba esa crítica durante el crecimiento de los países menores a principios de nuestro nuevo siglo, porque con la bonanza de las exportaciones de materias primas parecía que todo andaba bien con las economías menores. Desde China y Vietnam a Brasil y Bolivia, parecía que todo andaba bien. Y, por ende, que “el socialismo” del Tercer Mundo funcionaba.

Pero nuestro marxismo nos ayuda para ver bien la explotación que existe detrás de cualquier cambio en la dinámica del sistema. Hay explotación del trabajador detrás de la exportación del capital imperial al Sur, detrás de la inversión de enormes cantidades de capital entre los países desarrollados, detrás de la intervención estatal en las economías del Sur y del mundo entero, detrás de la globalización de las cadenas de producción y luego detrás del renacimiento de la competencia imperial y la formación de grupos de países menores que intentan integrar su producción para independizarse de las grandes economías. 

Sin embargo, hay tres cosas que no han cambiado durante este largo periodo de desarrollo entre los países grandes y menores… la primera es que los países grandes se aprovechan de los menores. Aunque dirigen solamente una pequeña fracción de sus inversiones a aquellos países menos importantes económicamente, los recursos invertidos son muy grandes e importantes a los ojos de las autoridades de esos países menores. Por ejemplo, en Chile la compra de Walmart al grupo Líder, las inversiones de multinacionales de varios países en la generación de electricidad o en la minería, o la llegada de capital de China que ha tomado control de la minería y de la pesca en Perú.  Frente al poder de estas nuevas inversiones, las autoridades locales intentan tener buenas relaciones con las economías que son fuentes de los recursos y así integrarse al mundo “moderno”.

La segunda cosa que no ha cambiado es el crecimiento de la clase trabajadora a nivel global. Ya son más de dos billones de trabajadores asalariados que hacen girar la producción en países grandes y chicos. La clase trabajadora asalariada constituye, por primera vez en la historia humana, la mayoría de la fuerza productiva global. Y esta gran cantidad de productores está integrada. El cobre que producen los mineros en Antofagasta se ocupa en las fábricas de Foxconn en China. Y los granos y aceite que se producen en Ucrania y Rusia lo ocupan los trabajadores de la industria alimenticia de Argentina y Chile. La revolución de los trabajadores, por razones prácticas productivas, es internacional.

Y la tercera cosa es el impacto de períodos de crecimiento y de crisis económica. Nos han impactado las crisis de 1998, 2008, el largo período de estancamiento desde 2014 y la recesión que se nos viene encima hoy. 

Y hay una cuarta cosa que no ha cambiado, y son las estrategias sobre qué hay que hacer para crear un mundo de gente que vive bien. Primera opción: que los países menores tienen que independizarse de los países y poderes grandes. Segunda opción: que los países menores tienen que integrarse al sistema global para compartir su crecimiento. Y Tercera opción: que el sistema capitalista mundial controla tanto a los poderes económicos grandes como los poderes económicos menores, entonces la única solución realista es una revolución de los trabajadores de todos los países.

Nuestra opción es la tercera, por la importancia que pone en la organización desde abajo hacia arriba, que necesitamos para hacer esa revolución y nos deja en buen pie para luchar para las reformas hoy.

Sin embargo, las organizaciones que florecieron después de la dictadura no comparten nuestras ideas “marxistas”, o por lo menos entienden la explotación y la emancipación en otra manera.

El movimiento SurDa, por ejemplo, grupo de activistas autonomistas que se organizaba con el propósito de dar forma a una alternativa «popular» tanto a la Concertación como a los grupúsculos de la época, no entendía que la explotación bajo el capitalismo se basa en el abuso de la fuerza de trabajo asalariado por una clase de capitalistas que pagan un sueldo.

Más bien, entendía la explotación como el abuso de las fuerzas de la población en general por los poderosos. La importancia de la clase trabajadora asalariada era mucho menor, según la Surda, porque los trabajadores asalariados eran menos y los que laboraban en la industria aún menos, mientras la mayoría del pueblo laboraba en condiciones de precariedad. ¿Por qué, entonces, hablar de la explotación de una clase asalariada si los salarios eran tan frágiles?

Como consecuencia, la Surda tenía bien instalado la costumbre de NO discutir temas «antiguos» como el socialismo, la revolución, reforma o revolución… porque pertenecían al socialismo del siglo 20.  En otras palabras, la SurDa era un movimiento de militantes unidos por su identificación con la democracia de base, con la honestidad de los dirigentes y de sus ganas de luchar — sin imponer fronteras entre una lucha y otra. 

¿Formaba parte de la tradición marxista en Chile? No, porque no veía la clase trabajadora como la clase central de la explotación de la fuerza de trabajo ajena, ni el capitalismo como un sistema social de explotación económica del productor asalariado.

Porque, si no existe una clase trabajadora como pilar central del capitalismo, desaparece la posibilidad del socialismo y el mismo marxismo deja de existir porque es la “expresión” práctica y teórica de la existencia de la clase trabajadora.

Desde esa fuente dentro de la Surda, han crecido la mayoría de los grupos de militantes de partidos que forman el Frente Amplio, que se ha integrado a la política parlamentaria como representante o vocero de esa población explotada que tomó parte en la gran revuelta de octubre 2019 y que luego eligió a Gabriel Boríc como presidente.

Al aceptar la necesidad de entrar al campo, las negociaciones y límites de la política parlamentaria, las organizaciones del Frente Amplio establecieron cómo sería su futuro. En 2023, ya están viviendo ese futuro.

Solamente una durísima crítica de toda la política parlamentaria podría haber establecido la posibilidad de un futuro distinto.

Algunas Conclusiones

Comenzamos estas páginas con el propósito de hablar de nuestro marxismo como una ciencia de la revolución de la clase trabajadora. Hemos conversado cómo esa clase de productores nació, creció, cambió, cómo ha luchado contra el capitalismo y cómo puede “destruir” ese sistema y su estado.

Por lo tanto, hemos aprendido de la obra de Recabarren, Clotario, Allende, del trotskismo y del MIR, Pero hemos encontrado que a sus planteamientos le han faltado elementos.

Recabarren insistía que los trabajadores pueden y deben tomar el lugar del capitalismo, pero no tenía claro cómo enfrentar la oposición de los mismos capitalistas a ese desafío.

Clotario rechazaba la política partidista parlamentaria, pero no tenía claro cómo llegar al socialismo “integral” frente a la integración de muchos dirigentes sociales en esos mismos partidos parlamentarios.

Salvador Allende fue gran vocero o representante de millones de familias trabajadoras durante décadas, pero su formación política lo dejó ciego frente al hecho que el estado no es un aparato neutral, sino un árbitro en la lucha de clases, que — en última instancia — garantiza la continuación de ese sistema.

Y la tradición trotskista/mirista durante los primeros años de MIR, planteó la necesidad de una revolución HOY y disolución del Estado capitalista, pero sus raíces en la obra del Che y la revolución cubana formaron un obstáculo en crear raíces profundas en las luchas de base.

Nuestro marxismo nos ayuda a ver que las organizaciones base de los trabajadores de ambos sexos y de los pueblos indígenas tienen que crecer, tienen que tomar el lugar del estado, las ONG y los altos funcionarios del aparato estatal. Y que su democracia directa tiene que disolver las fuerzas armadas, las empresas capitalistas y la justicia para así tener cómo seguir en su obra de la construcción de un nuevo futuro.

En ese sentido, lo que durante la UP se llamaba el “enemigo principal” son las empresas capitalistas privadas y estatales y la estrategia para ganar a ese enemigo es la autocapacitación en la lucha de millones de trabajadores que comienzan a aprender y comprender que tienen la capacidad de controlarlas. Sin lucha desde abajo no hay socialismo.

Con teoría y acción, combinada, hay marxismo y revolución.

El racismo, el patriarcado, todas esas formas de opresión que los capitalistas usan para asegurar su futuro como ricos y poderosos, van a perder su base cuando usemos la fuerza humana acumulada para crear el buen vivir en vez de crear más acumulación y riqueza para unos pocos. La opresión va a perder a sus organizadores

¿Nuestra conversación nos ha convencido para que creamos en la revolución?


[i]

[ii] L.E. Recabarren, «Vea el Pueblo», El Proletario, Tocopilla, 05/06/1904, Prensa ibid., Vol.1, Pág. 121-22

[iii] L.E. Recabarren, Serie «Democracia -Socialismo», La Reforma, Santiago, 22/12/1907, Prensa ibid., Vol.2, Pág. 97-99

[iv] L.E. Recabarren, «La Casa del Pueblo Bruselas-Bélgica», La Reforma, Santiago, 19/09/07, Prensa op.cit., Vol.2, Pág. 86-89

[v] L.E. Recabarren, «A los Demócratas de Toda la República Chilena», El Pueblo Obrero, Iquique, 05/10/1907, Prensa ibid., Vol.2, Pág. 123-24

[vi] Julio Pinto V. y Verónica Valdivia O,”¿Revolución proletaria o querida chusma?“ , Pág 43-45

[vii] L.E. Recabarren. «La Evolución de la Cooperativa», DTIQ, 30/04/1914, Prensa ibid., Vol.3, Pág. 29

[viii] L.E. Recabarren, «1° Congreso Socialista», DTIQ, 25/03/15, Prensa op. cit., Vol.3, Pág. 86-87; A. Barnard, op. cit., Pág. 26

[ix] “El Pensamiento de Luis Emilio Recabarren”, op.cit., Tomo 2, Pág. 7-130

[x] J.Barría, “El movimiento Obrero en Chile”., Pág. 272

[xi] “El Pensamiento de Luis Emilio Recabarren”, Tomo 1, Pág. 133-163;

[xii] L.E.Recabarren, “La Federación Obrera de Chile”, La Jornada, Schwager, 11/07/1920, Prensa op.cit., Vol.4, Pág. 128

[xiii] L.E.Recabarren, “Un Juicio Sobre el Manifiesto de la Junta Militar”, La Federación Obrera, Santiago, 13/09/1924, Prensa op.cit., Vol.4, Pág. 193-194

[xiv] La Justicia 27/9/1924

[xv] L.E.Recabarren, “Un Juicio Sobre el Manifiesto de la Junta Militar”, La Federación Obrera, Santiago, 13/09/1924, Prensa op.cit., Vol.4, Pág. 193-194

[xvi] Lucha de Clases…, ¨Pág. 83.

[xvii] Salinas, .; Pág. 198-211.

[xviii] https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum7.htm

[xix] Carlos Sandoval, MIR Tomo 1

[xx] Conversaciones con Guillermo Rodríguez , Santiago 1997

[xxi] Conversaciones con Guillermo Rodríguez , Santiago 1997

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