No todos los opositores a Piñera quieren echar abajo el régimen

por Gustavo Burgos

«El problema es la unidad» parece escucharse en todos los sectores de la izquierda. Un rumor a veces ensordecedor. Tal cuestión —junto al asunto de los métodos— consume buena parte de las discusiones y asume un carácter que a veces parece estratégico. Sí, efectivamente, en lugar de la tareas del movimiento, la forma de organización política que propugnamos, el Gobierno por el que luchamos, el debate sobre la propiedad de los medios de producción, la huelga general, en su lugar todo se reduce a una cuestión nominal: la unidad contra el Gobierno. Si nos juntamos todos contra el Gobierno asesino y hambreador de Piñera —con un solo candidato o una sola lista de candidatos— todos los problemas deberían estar resueltos. A veces se añade: «hay que hacer como la Derecha que finalmente siempre se une». Estas afirmaciones, todas racionales, en un mundo de ideas serían válidas. Sin embargo no vivimos en un mundo de ideas, sino que en medio de la prosaica y convulsionada lucha de clases.

La interminable transición post-Pinochet tuvo como base programática la idea de convocar a luchar contra el pinochetismo, hoy la Derecha. Eso fue en definitiva la Concertación. Contra esos 30 años se levantó el pueblo a partir del 18 de Octubre de 2019 y —objetivamente— contra la idea de seguir alineados con esta política de la Concertación. Esto no es una especulación afiebrada, es lo que millones corearon en plazas y avenidas mientras propinaban una paliza histórica al régimen capitalista. Eso y tres huelgas generales que terminaron por derrumbar todo el entramado que los «demócratas» de la Concertación habían construido al servicio del gran capital y el imperialismo. Políticamente la quiebra del régimen en Chile consiste en que las masas actuaron objetivamente en contra de las premisas ideológicas sobre las que se asentó todo el proceso de transición democrática.

Es el momento de devolverle el argumento a los posmodernos, ciudadanistas y renovados: quienes plantean hoy que la tarea es solamente unirse en contra de la Derecha, para «correr el cerco», «destrabar enclaves pinochetistas» y otras maravillas, están haciendo política del pasado. Están levantando concepciones que han sido barridas por el proceso histórico. Desde la Concertación y por supuesto desde sus juventudes, el Frente Amplio, nos proponen «reencantrar la política» y «ciudadanizar el proceso constituyente», en definitiva nos invitan a participar de la democracia burguesa, a mejorarla con la explícita finalidad de legitimar el orden burgués al cual llaman eufemísticamente «democracia».

En el mismo sentido, las recientes reformas de paridad de género y las en curso de cupos para pueblos originarios y personas con capacidades diferentes, son una respuesta a impostergables reclamos democráticos, pero una respuesta orientada a fortalecer el régimen, no a echarlo abajo. Bajo estas premisas se encolumnan el frente que va de la ex Nueva Mayoría (PC incluido) hasta el Frente Amplio. Con esta perspectiva de reformismo burgués, los firmantes y sometidos al Acuerdo por la Paz reducen la gigantesca crisis del capitalismo chileno a la circunstancia de que en La Moneda haya un Presidente de Derecha. Para estas concepciones, aún en sus variantes de izquierda del tipo Foro de Sao Paulo, todo se reduce a la formulación de una adecuada y competitiva arquitectura electoral. Todo se resuelve con un buen candidato, así fue efectivamente con Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet, los campeones mundiales del «no se puede». La razón de este fenómeno se ha demostrado en las calles, no alcanza con arrinconar a la Derecha, porque los trabajadores no se levantaron sólo en contra de Piñera, sino que en contra del régimen capitalista en su conjunto.

Pero no todo se acaba con el «no se puede». Si el Partido Comunista se hubiese dedicado a vender poleras con la frase «no están dadas las condiciones, compañero», a estas alturas serían una multinacional. Para el PC nunca están dadas las condiciones. No estaban en los años 30 cuando propugnaban el sectarismo de clase contra clase del llamado tercer período. No estaban tampoco a partir de 1938 con el largo idilio de los frentes populares que terminaron con la proscripción del PC. Tampoco estaban las condiciones en octubre del 72 cuando respondieron al paro patronal con la consigna «No a la Guerra Civil» mientras los obreros construían los Cordones Industriales. No estaban las condiciones para echar a Pinochet luego del gigantesco Paro Nacional de octubre de 1984, por supuesto que no, porque luego de frustrado el año decisivo de 1986, desde la Asamblea de la Civilidad motorizaron decisivamente la salida pactada que se impuso contra el movimiento de masas. Y así hasta hoy, aunque millones hayan barrido con Piñera, tampoco están dadas las condiciones para acabar con el régimen. Estamos en presencia no de una conducta de mero estoicismo, sino que de una concepción política impotente cuya finalidad estratégica es llevar a los trabajadores al molino de la democracia patronal.

Y sí compañeras, compañeros, el movimiento que se levantó el 18 de Octubre requiere de unidad. Requiere con urgencia de una unidad de clase que se proponga no cambiar un Presidente por otro, sino que acabar con el régimen capitalista. Cualquier otra formulación nos hará repetir invariablemente la experiencia de los últimos 30 años de transición. En todos los escenarios, en la calle, en los sindicatos, en las asambleas populares y en el espacio electoral, los trabajadores requieren absolutamente la unidad, una unidad para la lucha con una clara vocación de poder, por un Gobierno de Trabajadores. Para ello es imprescindible la construcción de un frente de trabajadores, de una genuina y nueva dirección política que salga a enfrentar el arco patronal que se cierne en torno al Acuerdo por la Paz.

Las nuevas generaciones son la respuesta a este problema, porque son aquellas que se han levantado en contra del régimen de forma unánime. Son las que discuten cómo ganarle la calle a las FFEE y se las ganan. Aquellas que debaten sus reivindicaciones en múltiples espacios políticos y le asestan feroces golpes políticos al régimen recuperando un 20% de los fondos previsionales. Son aquellas que intervienen electoralmente y arrasan con un 80% en el plebiscito. Es este el movimiento del que hablamos, un poderoso movimiento de trabajadores que ha resultado imbatible en todos los escenarios y cuya única limitación es la falta de una dirección unificada y de clase.

Desde Unidad de Trabajadores, un espacio plural y clasista, reivindicamos esta necesidad política de primer orden. Agrupados contra el Acuerdo por la Paz y levantando las banderas de la Asamblea Constituyente libre y soberana y por un Gobierno de los Trabajadores, le damos un sentido de clase al reclamo de la Unidad. Desde esta perspectiva aspiramos a conformar una lista unitaria, de trabajadores, para enfrentar las próximas elecciones a la Convención Constitucional. Llamamos a la intervención electoral con la precisa voluntad de ayudar a superar las ilusiones democráticas y afirmar la voluntad movilizadora y revolucionaria de los explotados. Esa voluntad que día a día se expresa en las calles, avenidas y asambleas, las mismas en que se ha ido formando un movimiento que tiene como protagonista a la inmensa mayoría trabajadora.

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