por Ariel Petruccelli
Para continuar la conversación con Rolando Astarita. El 22 de abril, junto a Juan Pablo Casiello, Aldo Casas y Eduardo Lucita, quien suscribe dio a conocer una Carta Abierta titulada “La izquierda ante un gran desafío”. De manera sorprendente, ese breve texto ha generado una gran cantidad de repercusiones, lo cual creo que sólo puede ser interpretado en el sentido de que tocó un asunto políticamente sensible: la posibilidad de que la izquierda revolucionaria se proponga asaltar el poder. Dicho de otro modo: que deje de ser una fuerza política anclada en la resistencia y en muchos sentidos “testimonial”, para pasar a ser una alternativa de gobierno. En un texto publicado el 7 de mayo –“Sobre algunas repercusiones de la Carta Abierta”- reseñé las polémicas y los entusiasmos que la misma había despertado, y respondí a las críticas formuladas por Rolando Astarita y por Eduardo Sartelli. Astarita ha tenido la gentileza de responder a mis réplicas. En lo que sigue me propongo continuar el debate.
Pienso que una manera de evitar que este intercambio devenga un diálogo de sordos completamente improductivo es colocarlo en perspectiva histórica. Voy a ello.
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Creo que Astarita estará de acuerdo conmigo en que el socialismo revolucionario es una perspectiva política que ha estado desterrada del imaginario social desde hace al menos cinco o seis décadas. Esto fue en gran medida el resultado de una larga serie de derrotas y de fracasos. Ahora bien, yo pienso que los ideales de esta tradición son perfectamente defendibles. La sociedad de los productores libremente asociados me sigue pareciendo un objetivo absolutamente legítimo y al menos teóricamente posible. Y entiendo que en esto estamos mayormente de acuerdo. Puede que una diferencia de cierta relevancia aparezca a la hora de decidir si la consecución de esos objetivos consiste en un regreso a algún modelo del pasado, o implica una fuerte dosis de inventiva. Yo soy de este último parecer. Y no tengo ninguna duda que las derrotas de las izquierdas revolucionarias en los setentas, el derrumbe del “socialismo real” en la URSS y sus satélites, la conversión de la economía china a formas abiertamente capitalistas y el auge del neoliberalismo sobre todo durante los años noventa han colocado desde hace décadas a todas las fuerzas de izquierda (tanto las revolucionarias como las reformistas) ante una situación de aguda crisis, que obligó repensar casi todo. La crisis del ideario de izquierdas llevó a algunos a pasarse con armas y bagajes, de buena o mala gana, al campo del enemigo. Otros se alejaron de la política, dedicándose a sobrevivir como proletarios. O prefirieron hacer carreras académicas, quienes pudieron. O desarrollaron un pensamiento teórico con muchos elementos abiertamente políticos, en los márgenes tanto del mundo académico como de la militancia política organizada (este es el lugar en el que yo mismo me ubicaría). Hubo quienes pensaron que la salida sería entregarse a alguna forma de “populismo”, o limitarse a una eterna elección del “mal menor” o exploraron la vía de “cambiar el mundo sin tomar el poder”. Hubo quienes persistieron en la construcción de partidos de cuadros. Otros apostaron por partidos amplios de un tipo u otro. No fue infrecuente, sino más bien lo contrario, el enfocarse en movimientos sociales (sindicales o de otro tipo) concentrados en demandas puntuales, más que en la construcción de movimientos políticos que se propongan un enfrentamiento con el capitalismo como sistema social erigiendo una alternativa global. Se puede comprender las razones de todas estas elecciones. Todas tuvieron sus puntos defendibles y sus costados negativos, sus luces y sus sombras. Pero el resultado general es que la alternativa revolucionaria al capitalismo tendió a eclipsarse más que a renacer.
Y sin embargo el mundo se mueve. Las tendencias a la crisis se agudizan en todos los terrenos, las posibilidades de reformas progresistas redistributivas en los marcos del capitalismo se han reducido a un mínimo, como muestran los fracasos de todo el neo-reformismo de los años recientes. Las democracias liberales, que por décadas sirvieron como un amortiguador de los conflictos y como un grandioso mecanismo de cooptación y de creación de identidades políticas que obturaban los bruscos virajes políticos, en los últimos años parecen haberse convertido en usinas de levantamientos populares y de cambios electorales vertiginosos. Todo es crisis bajo el sol, y el descontento popular de manifiesta de mil maneras diferentes y contradictorias. En ese contexto, la necesidad de una alternativa socialista revolucionaria se vuelve una cuestión imperiosa. Es la necesidad de un nuevo horizonte que señale un futuro posible en sus rasgos más generales, por muy difusos que sean: una nueva esperanza, para decirlo Blochianamente. Pero es concomitantemente la necesidad de construir una cultura proletaria y socialista con grados importantes de autonomía. Es también la necesidad de imaginar un nuevo orden social de manera más concreta, con beneficio de inventario de las frustradas experiencias del pasado y abandonando la idea de que la espontaneidad histórica resolverá por sí sola los problemas. Es además la necesidad de pensamiento estratégico, pero también de adecuaciones tácticas y de elecciones discursivas. Es, por último, la necesidad de organización política, desde luego. En todos estos terrenos tenemos que actuar. Y, en todos, el partido está difícil.
Pero hay momentos y momentos, circunstancias y circunstancias. En la Argentina actual se da la situación, absolutamente infrecuente, de una figura política abiertamente socialista y revolucionaria que goza de grandes simpatías populares, y de la existencia de un frente electoral asentado en la izquierda revolucionaria que se halla ante la posibilidad de un salto político, que puede ser electoral pero que no tendría por qué limitarse a ello. Esta es la coyuntura en que escribimos la CA. Dicho esto, creo que podemos pasar a los asuntos sustantivos.
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El primer punto que quisiera considerar tiene que ver con las formas de lucha política revolucionaria en los marcos de una democracia burguesa. Astarita sostiene en su respuesta que mi afirmación de que él [Astarita] “parece asumir una dicotomía entre acceso al gobierno por medios electorales y cambios revolucionarios genuinos”, es una formulación confusa de lo que sostiene. Y precisa: “sostengo que los revolucionarios no deben asumir ninguna responsabilidad por la conducción del Estado burgués”. Si esto significa que los revolucionarios no deben gestionar el Estado tal cual lo reciben, yo no dudaría en suscribir su posición. ¿Pero no pueden los revolucionarios acceder al gobierno para desmantelar el Estado burgués a la vez desde dentro y desde fuera del mismo? Si la respuesta a este interrogante es negativa, entonces mi propia formulación del pensamiento de Astarita, lejos de ser confusa, sería correcta: él ve una dicotomía. Si la respuesta es positiva entonces tenemos el terreno servido para explorar mancomunadamente cómo podría un gobierno revolucionario de trabajadores acometer esta tarea, sin excluir ninguna de las preguntas capitales que formula en su texto. Ahora bien, el debate sobre los Estados capitalistas avanzados y cómo luchar dentro y contra los mismos está relativamente estancado en el pensamiento de izquierdas desde hace lustros, y allí donde se ha avanzado, por lo general fue en textos muy poco frecuentados por la militancia revolucionaria. Profundizar esos estudios y difundirlos más masivamente me resulta una tarea intelectual y política de enorme importancia en la actualidad. Pero tiendo a pensar que en este campo todas las experiencias pasadas son insuficientes, y que en el futuro presenciaremos articulaciones novedosas, incluso imprevisibles.
Desde luego que los firmantes de la CA no ignoramos los riesgos de llegar al poder por medios electorales. Cuando escribimos que “Milei no tenía ninguna estructura ni experiencia de gobierno… ¿la izquierda no puede hacer lo mismo?”, estábamos reproduciendo un sentido común establecido. Pero para nosotros es clara la diferencia, y lo dijimos creo que claramente. Sin embargo, en el momento en que mucha gente comienza a ver en la izquierda una alternativa de gobierno, no nos parece un buen posicionamiento discursivo iniciar el abordaje público del tema diciendo que no están dadas las condiciones. Guste o no, la izquierda carga con el estigma de no ser una alternativa real; y a ese estigma debemos combatirlo. Por consiguiente, pensamos que hay que afirmar la disposición a gobernar para transformar el país y el mundo; luego explicar las dificultades. Y esto es así con independencia de las reales posibilidades (que están por verse) de que se pueda disputar seriamente una candidatura presidencial. Esta fue la crítica que fraternalmente hicimos a Bregman y Castillo. Y si no me equivoco, en las últimas intervenciones públicas se observan cambios positivos en este sentido.
Comparadas con las grandes controversias teóricas o estratégicas, incluso tácticas, las elecciones discursivas parecen asunto menor. Y en cierto modo lo son. Pero tienen su importancia, que a mi juicio se ha acrecentado en las últimas décadas al calor del ascenso de la cultura audiovisual. Aunque para quienes abrevamos de la cultura ilustrada y tipográfica los argumentos son lo central; hoy en día la gran mayoría de la población se mueve más por los titulares que por los extensos entramados argumentativos, por las imágenes más que por las palabras, por los gestos más que por las razones. Por eso es muy importante que las compañeras y compañeros que tiene la posibilidad de hablar en los medios masivos, sean lo más claros y contundentes que se pueda. ¿Me gusta esta situación? No, no me gusta. Pero se hace política en las condiciones de la realidad, y estas son parte de las condiciones. Es el suelo cultural sobre el que nos movemos. Nos guste o no nos guste.
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Ni en la CA ni en “Sobre algunas repercusiones…”, se puede leer un llamado a gestionar el Estado burgués tal cual es. Y en ningún caso se rechaza de plano una perspectiva insurreccional. Pero se contempla la posibilidad teórica de que un gobierno de trabajadores llegue al poder electoralmente, y hay una apelación a la imaginación revolucionaria para, en tal caso, avanzar en una senda revolucionaria. Lo que hicimos, además, fue un llamado a estudiar y debatir más profundamente todas las cuestiones involucradas. Y en tal sentido afirmamos que muchas generalidades debían ser precisadas, que se necesitan propuestas más concretas.
Astarita parece interpretar que creemos que la izquierda ha tenido poca influencia por carecer de esas propuestas más precisas. Ha escrito: “¿piensa CA que las dificultades para ganar a las masas se deben a que algunas demandas no estén del todo bien detalladas, o deban ser formuladas de manera más “concreta”? ¿En serio piensan eso?”. No, no es eso lo que pensamos ni es eso lo que afirmamos. Quizá no hayamos sido suficientemente claros. Trataré de explicarme. Para obtener un apoyo masivo las imágenes simples, las consignas elementales y muy generales, los “significantes vacíos” suelen ser lo más adecuado (“paz, pan y tierra” es un buen ejemplo clásico, al igual que “libertad, igualdad, fraternidad”). Para ganar unas elecciones en las presentes circunstancias no hace falta un programa detallado, ni siquiera hace falta un programa. Pero para transformar la sociedad hace falta no sólo un programa genérico: son indispensables propuestas mucho más precisas, capaces de traducir una demanda general en una serie de medidas específicas adaptadas a contextos particulares. E incluso evaluando un verdadero abanico de diferentes posibilidades ante cada problema. Necesitamos, pues, tanto imágenes y consignas movilizadoras, cuanto propuestas muy detalladas (mucho más detalladas, en todo caso, que el programa del FIT-U; que es de todos modos un punto de partida) tanto para lo inmediato como para la futura sociedad que aspiramos a construir. Lo que se halla en el fondo de todo esto es si pensamos seriamente en el ejercicio del poder, o si meramente lanzamos consignas genéricas bajo la presunción de que no tendremos la posibilidad o la responsabilidad de aplicarlas.
Astarita pregunta: “¿Acaso el programa del FIT-U, o de los otros grupos trotskistas, no se “expone al debate público”?”. Quizá formalmente se pueda decir que sí. Pero la verdad es que las intervenciones políticas principales de las fuerzas de izquierda, de cara a las masas, están más centradas en tácticas sindicales o electorales que en discusiones programáticas; en tanto que las elaboraciones más teóricas de la intelectualidad de izquierdas han tenido, en los últimos años, un creciente carácter academicista. En la CA proponemos conformar organizaciones de base unidas por la perspectiva de un “gobierno de trabajadores”, en las que junto con las acciones de difusión y de acción, se abran espacios de deliberación sobre todas estas cuestiones. Hasta ahora, el FIT-U nunca motorizó espacios de este tipo. Por lo general, en las campañas electorales cada partido hace su propia campaña; y en las instancias sindicales a veces se forman frentes comunes y a veces no (pero muy excepcionalmente se crean espacios asamblearios compartidos). En este sentido la CA está proponiendo algo relativamente novedoso. Y señalaba que en las presentes circunstancias, con la creciente simpatía hacia Miriam Bregman, se dan condiciones especialmente favorables para hacerlo, que pueden ser empleadas, para emplear una expresión de la compañera Myriam, como una forma de “organizar la simpatía” [1].
Cuando Astarita se pregunta sobre qué base queremos desenvolver la “acción unitaria de base” que pregonamos, entiendo que la CA fue muy explícita. Desde el punto de vista de los objetivos, del “programa” si se quiere, la idea fuerza es la de un “gobierno de trabajadores” (en el buen entendido que el mismo se propondrá ir más allá del capitalismos). Desde el punto de vista organizativo lo que propusimos son comités de base abiertos a todas las personas y todas las fuerzas políticas que acuerden con esta perspectiva y con la candidatura de Myriam Bregman. Sin embargo, según Astarita: “la fórmula “acción unitaria de base” es una abstracción con respecto a ´las bases´ del FIT-U. Recuerda un poco a la consigna de ´frente único por la base´. Como si las bases no reconocieran direcciones políticas, como si estuvieran en el aire”. Habría que ver qué entiende por las “bases del FIT-U”. No está claro si las mismas se reducen al conjunto de militantes de las organizaciones que lo integran, o si está pensando en el segmento infinitamente mayor de quienes lo votan o simpatizan con la coalición. Nosotros pensamos en esto último. Y ante estas bases en sentido amplio, no entiendo a cuenta de qué viene la afirmación de que las bases “reconocen direcciones”. Esto puede ser cierto, pero no siempre ni de la misma manera. E incluso cuando lo es, las bases pueden criticar a sus direcciones, desaprobarlas total o parcialmente e incluso cambiarlas. ¿O es que Astarita considera a las bases como meras correas de transmisión de las direcciones? Cualquiera que tenga contacto cotidiano con personas que simpatizan o votan al FIT-U sabrá que la mayor parte de estas “bases” anhelan acciones más unitarias y menos rencillas intestinas.
¿Es posible crear espacios amplios comunes? Me parece que sí. No dudo que mucha gente se sentiría convocada. En esos espacios, además de organizar acciones de lucha y campañas de difusión de ideas, se podrían discutir los mil y un problemas de una revolución en nuestro tiempo. Podrían ser un excelente laboratorio político. Pensemos por ejemplo en el crucial tema de qué organización política necesita la clase trabajadora. Allí se lo podría debatir amplia y serenamente. Analizar los pro y los contra de cada una de las opciones conocidas, e incluso imaginar posibilidades nuevas.
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Me parece innecesario discutir los balances de los socialismos burocráticos o de los pequeñoburgueses nacionalistas. Pienso que en este terreno estaremos mayormente de acuerdo Astarita y yo. Y, por lo demás, las fuerzas más importantes que integran o apoyan al FIT-U no añoran a la URSS ni han sido entusiastas del “socialismo del Siglo XXI”, aunque algunas de ellas han sido menos críticas de esta experiencia que mi actual interlocutor.
Las críticas que Astarita formula al trotskismo y al Programa de Transición tienen muchos puntos atendibles y las comparto en buena medida. Pero son críticas que tiene una base común con lo criticado, y que en el caso de Astarita adopta formas incluso más exacerbadas: el fetichismo del programa. Astarita piensa que la política es básicamente elaboración programática hiper-detallada y diferenciación a taxativa con quienes no acepten los análisis y las conclusiones extraídas de los mismos. Aunque ahora parece haber desistido, durante muchos años procuró construir una organización política fundada ante todo en sus propias elaboraciones. En mi caso, aunque contemplé esa posibilidad, siempre preferí rechazarla. Habiendo tantos partidos autoproclamados revolucionarios, me parecía que no tenía demasiado sentido crear uno nuevo, el cual quedaría necesariamente preso de las disputas de diferenciación con todos los demás. Me pareció más productivo desarrollar análisis, estudios, propuestas y disquisiciones intelectuales de diferente tipo, en diálogo y colaboración con todas las organizaciones revolucionarias. Dicho de otro modo: tratar de influir un poco en ellas, mientras cultivaba en muy diversas instancias (como la editorial El Fracaso; las revistas El Rodaballo o Herramienta, entre otras; en su momento la Comisión de Formación Permanente de ATEN Capital; la página web Kalewche; la Asamblea de Intelectuales Socialistas) una amplia cultura socialista. ¿Era esta la mejor opción? Quién sabe. A lo largo del tiempo, en todo caso, ese diálogo y esa colaboración con las fuerzas partidarias pasó por diferentes instancias, de mucha proximidad a bastante lejanía. Sin ir más lejos, durante la pandemia mis análisis fueron sumamente diferentes a los de grueso de las organizaciones de izquierda, de Argentina y del mundo. Pero siempre traté de exponer mis pareceres de manera positiva, constructiva, buscando tender puentes. Proponiendo más que denunciando. Dejemos que el tiempo y las generaciones futuras nos juzguen.
No menosprecio las discusiones programáticas partidarias (que suelen crispar o aburrir a la mayor parte de los mortales). Soy muy consciente que este tipo de disputas sectarias se hallan en el inicio de todo movimiento revolucionario, que debe crecer en un contexto cultural, ideológica y políticamente hostil. Pero un movimiento o un partido revolucionario con real capacidad para desafiar al sistema capitalista, logra desarrollarse, en buena medida, cuando consigue poner límite a estas controversias, asumirlas de manera más amplia y flexible.
Afincado en lo que a mi juicio es una concepción fetichista del programa, Astarita parece no percibir cambios significativos que han tenido lugar y que van más allá de las (mucho menores) modificaciones programáticas explícitas. Pongamos el caso del PTS, la fuerza más importante dentro del FIT-U y la organización trotskista de la que, personalmente, he estado más próximo en los últimos años. Cualquiera que compare la vieja La Verdad Obrera con la actual Izquierda Diario y no note diferencias tiene que estar ciego. Dar un vistazo a sus libros y publicaciones más recientes, y contrastarlas con las de hace dos décadas, permite ver una amplitud que por entonces parecía impensable. En lo personal, en los años noventa me resultaba casi imposible hacer cosas en común con los militantes del PTS en Neuquén. En los años recientes hemos hecho innumerables actividades, juntos. Incluyendo la escritura de un extenso libro con Juan Dal Maso. Seguramente todos hemos cambiado un poco. Pero mi mirada general es positiva.
Los programas y las organizaciones políticas son importantes. Pero no lo son todo. La construcción de una cultura socialista en el sentido más amplio de la palabra es una tarea tan fundamental como potencialmente compartida. La investigación de la realidad y el desarrollo teórico tiene su importancia, pero se articula de manera compleja y muchas veces indirecta con las organizaciones políticas, pudiendo desarrollarse tanto dentro como fuera de las mismas. Al igual que las partituras musicales o los sistemas de juego en el fútbol, los programas son importantes pero en gran medida dependen de los ejecutores. La realidad social y política evoluciona de manera compleja, ambigua, contradictoria. La historia de la clase trabajadora y de las revoluciones está llena de ironías y paradojas. Ningún programa redactado de antemano puede ser garantía de nada.
A mi parecer, hay un pasaje que revela el núcleo de las diferencias que tenemos. Dice Astarita: “Examinemos ahora el mérito que Petruccelli atribuye al trotskismo: haberse mantenido como una tradición revolucionaria. Admitamos que es un logro. Pero hay que preguntarse a qué costo en materias de elaboración teórica y análisis se mantuvo esa tradición revolucionaria. Mi respuesta: al costo de una dogmatización a prueba de cualquier crítica e inmune a la evidencia empírica”. Yo acepto gustoso que la tradición trotskista ha tenido enormes rasgos dogmáticos (y por consiguiente sectarios). Pero donde Astarita ve un defecto congénito absoluto, yo veo un problema grande pero relativo; y que emana de una virtud no menos importante. No siempre han aceptado las críticas, pero a veces sí. No siempre han registrado atinadamente los datos empíricos de la realidad; pero en ocasiones sí lo han hecho. Mi impresión, en todo caso, es que han avanzado mucho y positivamente en ambos terrenos. En particular el PTS.
En cualquier caso, la misma vara crítica que aplicamos al trotskismo debemos aplicarla a otras corrientes teóricas o políticas. ¿Qué resulta de ello? El costo de quienes pretendieron construir partidos amplios fue casi siempre la dilución de las perspectivas revolucionarias, la absorción por parte de organizaciones que incluso con mucho esfuerzo podemos considerar reformistas. Los intelectuales que procuramos desarrollar la teoría marxista y abordar rigurosamente y con mentalidad abierta nuevos problemas pagamos el costo de la impotencia política. Quienes se concentraron en el desarrollo de “movimientos sociales” pagaron en algunos casos el precio de la cooptación y, en todos, el de la carencia de una alternativa global a un sistema que es efectivamente global. Quién esté libre de pecados, ¡que arroje la primera piedra!
El desafío es poder construir, en altamar y soportando las tempestades, a partir de los restos de tantos naufragios, un barco común que nos permita atravesar el océano de la revolución y nos conduzca a las costas de una nueva sociedad.
NOTAS AL PIE
[1] Cuando luego de reproducir una serie de preguntas retóricas de Astarita que trasuntaban que no podía ver nada mínimamente novedoso en la CA, afirmé que “es difícil saber cómo responder a estas preguntas” La dificultad residía en qué es difícil exponer de manera más clara todo esto, que es algo distinto a lo que el FIT-U ha estado haciendo, y me cuesta creer que Astarita no lo entienda.
