León Trotsky: «El sentido común»

La democracia y la moral «universal» no son las únicas víctimas del imperialismo. La tercera es el sentido común, «innato en todos los hombres». Esta forma inferior de la inteligencia, es necesaria en cualquier condición, y bajo ciertas circunstancias es también la adecuada. El capital fundamental del sentido común se ha forjado con las conclusiones elementales extraídas de la experiencia humana: no metas el dedo al fuego, segui de preferencia la línea recta, no molestes a los perros bravos… etc., etc.. En un medio social estable, el sentido común resulta suficiente para practicar el comercio, cuidar a los enfermos, escribir artículos, dirigir un sindicato, votar en el parlamento, fundar una familia y multiplicarse. Pero cuando el sentido común trata de escapar a sus límites naturales, para intervenir en el terreno de generalizaciones más complejas, se revéla que sólo es el conglomerado de los prejuicios de una clase social y de una época determinada. Ya la simple crisis del capitalismo lo demuestra; mas ante catástrofes como la revolución, la contrarrevolución y la guerra, el sentido común sólo es un imbécil a secas. Para conocer las conmociones catastróficas del curso «normal» de las cosas, se precisan facultades más altas de la inteligencia, cuya expresión filosófica ha sido dada, hasta ahora, por el materialismo dialéctico.

El escritor y publicista Max Eastman, que se esfuerza con buen éxito por dar al «sentido común» la más seductora apariencia literaria, ha heho de su lucha contra la dialéctica una especie de profesión. Eastman toma en serio las banalidades conservadoras del sentido común, mezcladas con un estilo florido, como si fueran la «ciencia de la revolución». Viniendo en refuerzo de los reaccionarios, con una seguridad inimitable enseña a la humanidad que si Trotsky se hubiese guiado, no por la doctrina marxista, sino por el sentido común, no hubiera perdido el poder. La dialéctica interna que se ha manifestado hasta ahora en la sucesión de las etapas de todas las revoluciones, para Eastman no existe. La sucesión de la revolución por la reacción se determina -según él- por la falta de respeto para con el sentido común. Eastman no comprende que precisamente, en el sentido histórico, Stalin resulta ser una víctima del sentido común, es decir, de la insuficiencia del sentido común, puesto que el poder de que dispone sirve a fines hostiles al socialismo. Por el contrario, a nosotros, la doctrina marxista nos ha permitido romper oportunamente con la burocracia que liquidó a los soviets y continuar sirviendo a los fines del socialismo internacional.

Toda ciencia, inclusive la «ciencia de la revolución», está sujeta a verificación experimental. Puesto que Eastman sabe cómo mantener un poder revolucionario dentro de las condiciones de una contrarrevolución mundial, hay que esperar que también sepa cómo conquistar el poder. Sería muy de desearse que revelase, al fin, ese secreto. Lo mejor sería que lo hiciese en forma de proyecto de programa de partido revolucionario, y bajo el título de «cómo conquistar y cómo conservar el poder». Tememos, sin embargo, que precisamente el sentido común detenga a Eastman, antes de lanzarse a empresa tan arriesgada. Y esta vez, el sentido común tendrá razón.
La doctrina marxista que Eastman jamás ha entendido, nos ha permitido prever lo inevitable, en ciertas condiciones históricas, del liquidador soviético, con todo su cortejo de crímenes. La misma doctrina había predicho, con mucho tiempo de anticipación, el inevitable hundimiento de la democracia burguesa y de su moral. Por el contrario, los doctrinarios del «sentido común» se han visto tomados de imprevisto por el fascismo y su complemento simétrico, el stalinismo. El sentido común procede a base de magnitudes invariables en un mundo en el que sólo la variabilidad es invariable. La dialéctica, en cambio, considera los fenómenos, las instituciones y las normas en su formación, su desarrollo y su decadencia. La actitud dialéctica frente a la moral, producto accesorio y transitorio de la lucha de clases, parece «inmoral» a los ojos del sentido común. Sin embargo, ¡nada hay más petrificado y más limitado, más insuficiente y más cínico que la moral del sentido común!

Su moral y la nuestra – El «sentido común» (1938)

Ir al contenido