La Revolución Rusa vive

por Gustavo Burgos

El primer paso en la emancipación de clase trabajadora tuvo lugar en Rusia, San Petersburgo hace 104 años. El hecho conocido como «la toma del poder» por los soviets conmovió a los trabajadores en todo el mundo. Desde Chile, Luis Emilio Recabarren inició una recolección de fondos en las pampas salitreras para viajar al epicentro de aquello que los marxistas entendían era el primer paso de la revolución socialista mundial.

La inmadurez de la Internacional Comunista, la derrota de la revolución alemana y el enorme esfuerzo que supuso la guerra civil posterior en la naciente URSS, echaron las bases para el proceso de restauración capitalista perpetrado por la camarilla burocrática de Stalin. Esta derrota política de los trabajadores es la base material de las concepciones reaccionarias e idealistas del socialismo en un solo país, la revolución por etapas y el frentepopulismo. Así se confirmó en España el 39 y en Chile el 73 del siglo pasado.

Salvo Lenin —que murió como consecuencia de las afecciones originadas en un atentado a su persona— la totalidad del Comité Central bolchevique que dirigió la toma del poder fue asesinada por el propio Stalin. El último de ellos sería Trotsky, junto a Lenin, la cabeza de ese Comité Central.

Pero el horror estalinista, los vergonzosos crímenes de la burocracia en la URSS y en todo el mundo quedarán inscritos en la historia como la mayor de las infamias. Una burocracia, un simple aparato organizativo, primitivo, semianalfabeto, monstruosamente atrasado, salido de las letrinas medievales del zarismo, emergió a la historia a ocupar el espacio de poder que la clase obrera no se encontraba en condiciones de sostener. Usurpando la iconografía de la revolución se dispuso a la autopreservación, abriendo con ello el camino a la contrarrevolución. Para los explotados no hay enemigo más despreciable que tal burocracia.

Sus representantes en Chile, el Partido Comunista de Elías Lafferte, Galo González, Luis Corvalán y hoy Guillermo Teillier, han construido metódicamente una tradición política de impostura y colaboración de clases. Probablemente la principal organización obrera del país, construido en la mejor de las tradiciones revolucionarias con Recabarren, fue igualmente usurpada por la misma camarilla burocrática de la Comitern que transformó a ese partido en un apéndice de las necesidades de la burocracia soviética.

No se trata de simples alusiones, es la experiencia histórica —de la que ellos se jactan como sobresalientes demócratas— la que pone al estalinismo como el responsable de las principales derrotas políticas de la clase trabajadora chilena. La política de frentes populares que condujo a la Dictadura de González Videla, a la ilegalización del propio PC bajo la «Ley Maldita» y los primeros campos de concentración en los que se formó el mismísimo Pinochet. En los sesenta la llamada Vía Chilena al Socialismo que desembocó en el Golpe del 73 que sorprendió al PC con la infame política de «No a la guerra civil». Durante la dictadura pinochetista el centro de la política del PC estuvo marcada obsesivamente por la unidad con la Democracia Cristiana, que sirvió de base a la interminable transición de los 30 años que preservó el régimen pinochetista sin Pinochet. Hoy día se esconden en las polleras de la burguesía liberal frenteamplista en el referente Apruebo Dignidad y sostienen desde allí el Acuerdo por la Paz.

La lección que nos lega el Octubre ruso a los revolucionarios de todas las latitudes conforma el paradigma de la revolución socialista: que los trabajadores no accederán al poder sino mediante un gobierno propio, una auténtica dictadura del proletariado que se llevará adelante en contra de la minoría explotadora burguesa, un gobierno que se proponga la expropiación del gran capital, la destrucción del Estado capitalista y el impulso de la revolución mundial. Para iniciar este camino, para consumar las necesidades históricas en aspiraciones políticas de clase, resulta ineludible la construcción de una nueva dirección política de los trabajadores, una estructura política centralizada y de combate capaz de materializar tan descomunales tareas. Sin partido no hay revolución obrera y sin tal revolución el capitalismo arrastrará al conjunto de la humanidad a la barbarie, cuyos inconfundibles signos se observan como resultado de la pandemia que ha acabado con la vida de millones en todo el orbe.

Sobre los escombros de la canalla estalinista y la de todas aquellas corrientes políticas que pretenden abordar la crisis social que tortura a la humanidad preservando el capitalismo, ha de construirse esa nueva dirección, ese nuevo partido. Es nuestra obligación ir al encuentro de la clase, de los trabajadores, de los amplios sectores explotados. Es imprescindible romper la tradición de los círculos y las sectas que en algún momento ayudaron a cautelar la llama de la revolución. Hoy día, en Chile, la crisis no nos da tregua. El próximo gobierno, aquel que salga de las elecciones del próximo 21 de noviembre, será necesariamente un gobierno patronal cuyo primer objetivo será el desmontar la capacidad movilizada y de lucha que se expresó el 18 de Octubre de 2019. Porque aplastar el levantamiento popular de Octubre del 19 es la principal tarea de aquél que venga: Boric, Provoste, Kast, el que sea. Para esa lucha hemos de prepararnos y esa lucha comienza en ese esfuerzo organizativo, partidario, frentista y que busque ocupar todos los espacios que la legalidad burguesa nos ofrezca, para luchar.

La toma del Palacio de Invierno, sede del Gobierno Provisional, no es un hecho del pasado. Es una señal que proviene de futuro socialista de la humanidad. ¡¡Honor y gloria a la Revolución Rusa!!

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