Homero Expósito[1]*. «Esto es dialéctica pura»

por Mauro Salazar

La  vida sostiene el espejo del arte. 
Oscar Wilde. La decadencia de la mentira.

T. S. Eliot sostenía que “no hay verso libre o no libre, hay verso bien o mal medido”. El momento acontecimental de Roberto Goyeneche no se consuma con Aníbal Troilo, ni en las mercancías mitológicas de los años 80’, sino en la poesía evolutiva de Homero Expósito y su hermano Virgilio. La prosa distópica de Maquillaje (años 70’) desnuda la representación concebida como vitrina, parodia y espejismo. El poeta rediagrama desde un soneto barroco del siglo XVI un lugar abismante cuyo eco es el juego de las máscaras. Todo abunda en “sociedad del espectáculo” (1956). En un viaje de ida y vuelta, nos transporta al barroco, “Porque ese cielo azul que todos vemos, ni es cielo, ni es azul. Lástima grande que no sea verdad tanta belleza” (1559-1663). Con ello, alude “a una mujer que se afeitaba y estaba hermosa”. Un fragmento  atribuido a Bartolomé Leonardo de Argensola, y su hermano, Lupercio Leonardo de Argensola, cronista del Reino de Aragón. La trampa que ausculta la belleza, en connivencia con los ministerios del amor, desnuda la relación entre copia y simulacro. Un efecto de la cosmética que, al mismo tiempo, retoca y trastoca lo real. Un cauteloso engaño del sentido, nos lleva a pensar en la pulsión de simulación, ya que crea una ilusión que aparenta una presencia verosímil (“lo real”). Comparecemos a la decadencia de la mentira. Tras la muerte completamente inesperada de un amigo, Homero Expósito exclamaba: “No hay derecho a morirse a los 21 años!”

Entonces, ¿cómo constituye el mundo Homero Expósito? Un cúmulo de imágenes constituyentes que se transforman en un universo axiológico sobre la finitud del sujeto. Mimetismo animal, tatuaje, travestismo, metamorfosis, anamorfosis, sexual y humano. En la develación del mundo solo hay maquillaje. Todo concluye en una tragicidad donde la evolución poética evocativa y semántica alcanza una potencia mayor, “ya sin fe, ni maquillaje todo es afiche y simulacro irrebasable en parajes existenciales”. Dice la letra, “tú/que tímida y fatal/te arreglas el dolor/después de sollozar/sabrás como te amé/un día al despertar/sin fe ni maquillaje/ya lista para el viaje/que desciende hasta el color final”. Luego la tonalidad del hablante lírico va in crescendo y una mezcla de furia y desazón, “Mentiras…/son mentiras tu virtud,/tu amor y tu bondad/y al fin tu juventud./Mentiras…/ ¡te maquillaste el corazón!/ ¡Mentiras sin piedad!/Qué lástima de amor!”. “Porque ese cielo azul que todos vemos,/ ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande/ que no sea verdad tanta belleza!” (Argensola), el tango le responde en su primer verso: “No../ ni es cielo ni es azul”. En materia de formas, los dos textos son totalmente distintos.

Maquillaje se alista fónicamente para el viaje -transitorio o temporal- pero no hay maquillaje para el viaje final. Entonces, “quedémonos aquí” porque en la elegía lírica de Expósito, asistimos a la disolución del tiempo en la temporalidad. Cualquier trascendencia puede ser otro “maquillaje” en el desenmascaramiento del mundo. Habrá tránsito, pero no el viaje final de la fe. Los gravámenes metafísicos de la lírica, en su momento de autoconsciencia, desean ser parte del mundo y de su historia, pero esta pulsión de trascendencia (totalidad) resulta fallida. Lo único real es el dolor, y por ello la necesidad del desprendimiento. En 1955 Atilio Stampone cumplía con el pedido que escuchaba, mientras Homero Expósito cantaba “Cruel en el cartel. La propaganda manda cruel en el cartel, y en el fetiche de un afiche de papel, se vende la ilusión, se rifa el corazón”. De allí Afiches declara la aceptación de la partida, y en ¡Chau no va más¡ “dale paso al progreso que es fatal…Pero nadie vivió sin matar/sin cortar una flor” como una dialéctica vital que convive con un “imaginario paroxístico”.

Y agrega,         

Tomálo con calma, esto es dialéctica pura

¡Te volverá a pasar tantas veces en la vida!

Y yo decía, ¿te acordás?

Empezar a pintar todos los días

Sobre el paisaje muerto del pasado

Y lograr cada vez que necesite

Nueva música, nueva en nuevo piano

En otra letra cual rapsoda,

Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento… Perfume de naranjo en flor, promesas vanas de un amor que se escaparon con el viento. (Naranjo en Flor)  

La “máscara de arcilla”, máscara inerradicable. Materia prima o tierra, es la transitoriedad y el descenso donde no se goza de ningún desmaquillaje, cual teatro de los ídolos (Bacón). Lejos de las cosméticas de la traducción, su declamación, el fraseo especular de Goyeneche captó la metáfora existencial –pathos- y pudo comunicar la invención de Expósito. “No…/ni es cielo, ni es azul”, se desprende de un soneto barroco donde la modernidad queda develada como un tiempo agónico. Nadie puede escribir un tango si no sabe escribir un soneto, decía Homero Expósito. Invocar un soneto peninsular es otra posibilidad ejemplar que ofrece el género en sus interacciones entre poesía culta y poesía tradicional. Una sutil evocación donde el núcleo semántico es el maquillaje femenino como artificio. De ahí derivan “universales” como la falsedad, la traición, la máscara, la belleza como mistificación, el dinero como comprador de engaños. 

¡Chau, no va más!

Mauro Salazar J.                                                                                                                                              

Doctorado en Comunicación UFRO-UACh. 

Universidad de la Frontera.

En la voz de Virgilio Expósito:

Chau, No Va Más (youtube.com)

En la Voz de Roberto Goyeneche

CHAU NO VA MAS – GOYENECHE STAMPONE (youtube.com)


[1]* * Homero Expósito (1918-1987) fue un reconocido autor de letras de tango, creador de 98 letras registradas en SADAIC (Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música) desde la década de 1940 y hasta sus últimos años de vida. Es el mentor de una obra ineludible en la historia del tango, destacándose entre sus textos: “Maquillaje”, “Margo”, “Naranjo en flor”, “Óyeme”, “Percal”, “Pigmalión”, “Quedémonos aquí”, “¡Qué me van a hablar de amor!”, “Siempre París”, “Te llaman malevo”, “Trenzas”, “Tristezas de la calle Corrientes”, etc. Existen numerosas antologías sobre el tema, por ejemplo, la cuidadosa de José Gobello. (1995)

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