Homero Expósito, la desilusión del mundo en un cartel

por Mauro Salazar

Cualquier fracaso es posible. Ninguno ante ellos. Entre una vida de mudanzas, de abandonos tempranos, de amores perdidos, nos acostumbramos a desheredarnos. Carlos Ossa

No hay dioses hegelianos en la sintomatología poética que abraza Homero Aldo Expósito. En la época de los afiches solo hay devenir. Un mundo de ideologías sexuales y mercancías mediáticas donde el fetiche viene a conjurar la penosa ausencia del sujeto. La prosa distópica de Afiches (1955) desnuda la representación concebida como velo y “pantallazo”.Aquí las cualidades físicas de un cartel imperial -objeto publicitario- ocultan su disposición patológica cuando el exhibicionismo adquiere una autonomía libidinal. Aquí el “gran otro” -Lacan- se torna una incógnita infinita.  La patología empieza cuando el amor a un detalle se convierte en preponderante al punto de borrar todo lo demás. (Binet, 2002). Todo abunda en develar aquel frenesí donde las artes plebeyas son diluidas en los consumos culturales de la indistinción, como así mismo, en desgastar los compromisos ontológicos mediante la reificación de las mercancías. Guy Debord y los epígonos ónticos de nuestra parroquia que abundan en silogismos explicativos y antropologías fugaces. 

En Maquillaje el poeta de zárate diagrama desde un soneto barroco (siglo XVI) una zona abismante cuyo eco es el juego de las máscaras. En un viaje de ida y vuelta, somos transportados al barroco, “Porque ese cielo azul que todos vemos, ni es cielo, ni es azul. Lástima grande que no sea verdad tanta belleza” (1559-1663). Con ello, alude “a una mujer que se afeitaba y estaba hermosa”. Un fragmento atribuido a Bartolomé Leonardo de Argensola, y su hermano, Lupercio Leonardo de Argensola, cronista del reino de Aragón. La trampa que ausculta la belleza, en connivencia con los ministerios del amor, desnuda la relación entre copia y simulacro. Expósito imputa un mundo de consuelos psiquiátricos mediante figuras de prosopopeya, antítesis y, discretamente, oxímoron.  En medio de las luces, Homero no intenta rehabilitar un modernismo para volver a un reconocimiento transparente. En la voluptuosidas del cartel, como fetiche de epoca, solo hay resignación y persistencia. 

En 1955 Atilio Stampone cumplía con un pedido, mientras escuchaba a Homero cantar “Cruel en el cartel/la propaganda manda cruel en el cartel/y en el fetiche de un afiche de papel/se vende la ilusión, se rifa el corazón”.  Y qué decir sobre este término pregnante, a saber, “fetiche”. Del español “hechizo” migra al portugués como “feitiço” y al francés como “Fetiche”. Más tarde fue introducido en la etnología por De Brosses, pero a poco andar fue desechado por su sesgo etnocentrista. En el campo de la teoría del valor, Karl Marx aborda el término en un capítulo titulado “El fetichismo de la mercancías y su secreto” (Das Kapital). Aquí se consuma el divorcio entre los productores directos y las mercancías, así el trabajo no constituye una prolongación de la personalidad, sino una humanidad objetivada. Recordemos que “la mesa se convierte en un objeto físicamente metafísico (…) y de su cabeza salen antojos más peregrinos que si de pronto la mesa rompiese a bailar por su propio impulso” -sentencia Marx. En suma, lo que impera son las “relaciones entre cosas”. Todo está del lado del mundo objetual. 

Freud recupera el término en su trabajo “Tres ensayos para una teoría sexual”. En textos ulteriores el “Fetichismo” se sitúa como paradigma de la perversión. Cruel en el cartel, quiere decir fetiche, travestismo, voyerismo y exhibicionismo de las prácticas y las formas en el pantallazo del cartel que rompe la unicidad del sujeto. El fetichismo se presenta como un territorio minado -psicoanálisis- por su locus de borde entre una homilía para neuróticos y perversos que cultivan goces sádicos. La fenomenología del fetiche nos ayuda a interrogarnos sobre la necesidad del velo como una condición constitutiva, donde prima la relación ilusoria como momento constituyente y esencial, en la relación con el objeto (cartel, que no solo campea, sino que lo hace cruelmente). La función del velo suspende el estatuto ontológico del sujeto deseante, y es capturado en la identificación fálica, como un objeto cautivante que sirve al goce sexual. Para Lacan la producción de este objeto implica una pérdida irreductible al significante. Un corte sobre un trozo del cuerpo que comprende una pérdida irreparable para el sujeto. Pérdida que permitirá el advenimiento del ser hablante y la articulación de su relación al deseo mediatizada por el fantasma. En medio de goces y perversiones. Homero declara sus “ganas de balearse en un rincón”. 

El papel que contiene la fotografía es una expresión que ridiculiza y desvaloriza el vitriól de los carteles. Aquí la propaganda no solo manda, sino que lo hace de un modo “cruel”, pues “…se vende una ilusión/ se rifa el corazón…[…] Cruel en el cartel te ríes, corazón, /¡Dan ganas de balearse en un rincón!”. La fotografía publicitaria se sitúa en contraste con lo real, lo auténtico y los sentimientos genuinos del hablante. 

La despersonalización producto de la publicidad –pathos espectacularizante- se expresa a través de la frase “se rifa el corazón”. La tiranía del cartel es un soporte de la industria cultural y la proyección de imágenes -las series del catálogo- que produce la “propaganda” industrial, han corroído las intimidades de la subjetividad. Un recurso de las pantallas, donde el cine y la televisión se han multiplicado hasta el punto que es ineludible no ser “fijados” y devenir en “fetiches de un cartel”. Los dispositivos de difusión como aparatos emotivos y diseños de publicidad: catálogos, tarjetas, recordatorios y gráficas en diarios y revistas de interés general.  De allí Afiches declara la aceptación de la partida, aludiendo a una dialéctica paroxística que convive con “abismos temporales”. Otra estrofa atemporal devela la orfandad de los cuerpos pobres en una profunda tormenta emocional, “Yo te di un hogar/siempre fui pobre/ pero yo te di un hogar/se me gastaron las sonrisas de luchar/luchando para ti/sangrando para ti”. Todo fue en vano. 

La penetrante disyunción del cartel de Homero nos revela que devenimos en equivalentes abstractos -objetos de intercambio- y podemos ser puestos en circulación dentro del mercado junto con otros artefactos, cuestión que encierra las plásticas salvajes del progreso. Entonces ¿cómo transitar entre goce y deseo cuando toda subjetividad ha sido liberada al desborde propagandístico? Bajo la castración del mundo ¿cuál será el reparto de lo común en su sumisión al comercio cognitivo de las mercancías?

En fin, impudicias del Cartel…

Mauro Salazar J.                                                                                                                                              

Doctorado en Comunicación UFRO-UACh. 

Universidad de la Frontera.

Omar Mollo – Afiches (Official Video) (youtube.com)


[1] Homero Expósito (1918-1987) fue un reconocido autor de letras de tango, creador de 98 letras registradas en SADAIC (Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música) desde la década de 1940 hasta 1987.

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