Hal Draper, sobre Marx y las formas democráticas de gobierno

por Rolando Astarita

En varias ocasiones me encontré con marxistas que menosprecian la lucha por las libertades democráticas. Por ejemplo, son varias las organizaciones de izquierda que descalifican las luchas por libertades democráticas en Venezuela o Nicaragua con el argumento de “son funcionales al imperialismo y a la ultraderecha”. Un discurso que se combina con la idea de que los socialistas deberíamos apoyar un “Estado fuerte”, o un Ejecutivo que concentre mucho poder, para enfrentar a la derecha y transformar en un sentido “progresista” a la sociedad. 

En notas anteriores sostuve que estas posiciones constituyen una negación de las tradiciones revolucionarias del socialismo (véase, por ejemplo, aquí). Con el propósito de ofrecer más elementos para el análisis, en esta entrada presento las principales ideas del trabajo clásico de Hal Draper, “Marx on Democratic Forms of Government”, de 1974 (aquí).    

Combate por el socialismo y su relación con el combate por la democracia

Draper plantea que el socialismo de Marx y Engels, en tanto programa político, puede ser definido de manera rápida como la completa democratización de la sociedad, no solo de sus formas políticas. Por eso, según este enfoque, la lucha por las formas democráticas de gobierno, por la democratización del Estado, es parte integrante del esfuerzo socialista. Agrega Draper que en la historia de los movimientos socialistas y comunistas uno de los principales problemas ha sido establecer la relación, teórica y práctica, entre el combate por el socialismo y por la democracia; o entre los objetivos socialistas y los democráticos. Es que en un extremo están los que colocan en el primer plano la lucha por las libertades democráticas por sí mismas, y consideran la defensa de las ideas socialistas como un mero accesorio. Y en el otro extremo están los que defienden una ideología radical, según la cual existiría una contraposición entre las ideas socialistas –en el sentido de un enfoque anticapitalista- y las luchas democráticas, a las que consideran irrelevantes o hasta perniciosas para el movimiento socialista. Entre ambos extremos encontramos una infinidad de mezclas. Sin embargo, precisa Draper, la posición de Marx es que la teoría debe integrar los dos enfoques, de manera de definir la democracia consistente en términos socialistas, y el socialismo consistente en términos democráticos.  

Hal Draper

En los orígenes del radicalismo izquierdista

Draper recuerda que si bien el rechazo de todo lo que conecta con la democracia burguesa quedaría asociado, con el paso del tiempo, al ultra-izquierdismo radical, en sus orígenes esa postura tuvo un contenido anti-burgués reaccionario. Un ejemplo fue K. L. Bernays, editor del Vorwärts, quien escribía artículos anti-burgueses, pero con un enfoque no proletario. Como señalaba Engels, Bernays no defendía una teoría sobre un movimiento de clase, sino simplemente expresaba su preferencia por una cierta reorganización social. En su visión, el control popular sobre el gobierno constituía un peligro, dado que las “masas estúpidas” podrían ser hostiles a sus esquemas.

El enfoque de Marx y Engels en relación a los derechos, libertades e instituciones era muy diferente. Su idea central era que la democracia pasaba por el establecimiento de un pleno control popular sobre el gobierno. Por eso defendían el control popular sin límites, y la eliminación de todas las restricciones socioeconómicas, estructurales y jurídicas para desplegarlo desde abajo, sin distorsiones. Por esta razón, en opinión de Marx y Engels, el control popular apuntaba al socialismo. Aunque en un país como Alemania, que no había tenido su 1789, la extensión del control popular todavía debía atravesar su fase burguesa. De ahí que el problema planteado para los comunistas era cómo atravesar esa fase de manera que el poder pasara a los trabajadores. Es lo que definirá el problema de la “revolución permanente”: la lucha por la democratización plena de la sociedad llevaría a un proceso de revolución ininterrumpida, y hacia el socialismo (perspectiva que sería desarrollada por Marx y Engels en la “Circular del Comité Central a la Liga de los Comunistas”, de marzo de 1850).  

Las revoluciones de 1848-9

Las revoluciones de 1848-9 establecieron gobiernos democrático-burgueses en Alemania y Francia. La política desarrollada por Marx y Engels frente a esos nuevos regímenes tuvo como eje la cuestión de qué podía maximizar la influencia ejercida “desde abajo” por las masas en movimiento, sobre las fuerzas políticas “de arriba”. Las fuerzas políticas “de arriba” eran el régimen monárquico y su gobierno, el Ejecutivo; y los representantes del pueblo en las asambleas surgidas al calor del levantamiento revolucionario. Esas asambleas representaban la potencialidad de la “soberanía popular”, o sea, del control democrático por el pueblo. Sin embargo, cuando la Asamblea Nacional, elegida en los estados alemanes, se reunió en Frankfurt (18 de mayo de 1848), se evidenció que los delegados democrático-burgueses evitaban el conflicto con la monarquía.

En el primer número de Neue Rheinische Zeitung (NGR sus siglas en español) Engels denunció esa situación. El pueblo había ganado su soberanía en las calles y la había ejercido en las elecciones a la Asamblea Nacional. Por lo tanto, decía Engels, el primer acto de la Asamblea debía haber sido proclamar esa soberanía del pueblo. Su segundo acto debía haber sido elaborar una constitución sobre la base de la soberanía del pueblo; y acabar con todo lo que la contradijera. Por sobre todas las cosas, había que tomar medidas contra la reacción. Pero la Asamblea Nacional no hacía nada de esto.

En notas posteriores Engels también criticó el discurso vacío de la izquierda liberal en la Asamblea. Es que la diferencia entre la retórica acerca de la “libertad” y la lucha revolucionaria real solo podía ser expresada en términos concretos. En primer lugar, en la defensa de la libertad de prensa. Marx y Engels consideraban que la misma era un barómetro de la arbitrariedad del gobierno, y que difícilmente podía ser separada de la libertad de expresión en todas sus formas. Es que el gobierno, denunció Marx en la NGR, trataba de aplicar artículos del Código Penal contra la calumnia para impedir las críticas. Más aún, la existencia de la misma NGR fue una batalla contra la represión gubernamental. Y cuando la contrarrevolución cobró fuerza, la NGR fue suprimida por decreto. En paralelo con la defensa de la libertad de prensa, Marx y Engels abogaron por la libertad de organización, contra los ataques gubernamentales a los clubes políticos. También criticaron un proyecto de ley de la milicia que reducía a nada los derechos de los ciudadanos. Y denunciaron a los representantes liberales en la Asamblea por ser demasiado vagos en la cuestión del sufragio directo, frente al sufragio indirecto.

Por otra parte, Marx y Engels consideraban que el derecho de la Asamblea incluía el derecho de la gente de ejercer presión sobre sus representantes. Pero la derecha se quejaba por la presencia de miles de personas en las deliberaciones de la Asamblea de Berlín. Marx respondía: “El derecho de la masa democrática del pueblo de ejercer una influencia moral sobre la actitud de la Asamblea Constituyente es un viejo derecho democrático del pueblo, el cual, desde las revoluciones inglesa y francesa, no puede ser dejado de lado en ningún período de acción tormentosa. Es a este derecho que la historia debe casi todos los pasos enérgicos tomados por tales asambleas”. Los liberales pedían “libertad de deliberación”, pero esta era infringida, decía Marx, por la presión del Estado, el Ejército, las Cortes y otras instituciones. Pero además, la “libertad de deliberación” era infringida por la libertad de prensa, por la libertad de reunirse y hablar, por el derecho de la gente de portar armas. Marx concluía que entre esas dos formas de “intimidación”, los representantes solo tenían una elección: Intimidación por el pueblo desarmado o intimidación por la soldadesca armada. La Asamblea debía elegir.

Maximizar el control democrático

Una queja recurrente de la derecha, en los años revolucionarios, era que el ejercicio de los derechos del pueblo ponía en peligro al gobierno. La respuesta de Marx fue que, si ese era el caso, tanto peor para el gobierno. El pueblo no debía sacrificar sus derechos para aliviar las dificultades del gobierno. Por otra parte, y frente a los intentos de muchos diputados de suprimir la agitación política, Engels explicaba que la agitación no era otra cosa que la aplicación de la inmunidad de los representantes, la libertad de prensa, el derecho a organizarse, esto es, las libertades que jurídicamente estaban vigentes en ese momento en Prusia. Si las mismas llevaban a la guerra civil “no es nuestra preocupación; es suficiente que ellas existan, y veremos dónde lleva si continúa el ataque sobre ellas”. Poco después, cuando el gobierno suprimió Asociaciones Democráticas Locales, Engels escribió: “La condición básica del derecho de organización es que ninguna asociación o sociedad puede ser disuelta o prohibida por la policía; que esto solo pueda ser el resultado de un veredicto judicial que establezca la ilegalidad de la asociación o de sus actos y propósitos y castigue a los autores por esos actos”. Contra los que sostenían que el Estado no podía ser debilitado por el poder de las Asociaciones, replicaba que “si el poder de las asociaciones es mayor que el poder del Estado, pues tanto peor para el Estado”.

Todo el poder a la Asamblea

Otro de los asuntos claves que plantearon Marx y Engels entre 1848 y 1849 fue el poder de la Asamblea. La revolución había dado lugar a dos líneas de poder: de un lado, el armamento del pueblo, el derecho de organización, el logro de facto de la soberanía popular. Del otro lado, el mantenimiento de la monarquía y el gobierno de los representantes de la gran burguesía. El pueblo había conquistado libertades democráticas, pero el poder gobernante había pasado a la gran burguesía. Por eso Marx y Engels plantearon que el poder pasara a manos de la Asamblea Nacional. Una demanda que apuntaba contra el objetivo de la mayoría de la Asamblea, que era arribar a un acuerdo con la monarquía. Además, la NGR realizó campaña contra la presión del gobierno, incluyendo la defensa del programa de la izquierda de Frankfurt por el inmediato establecimiento, proclamación y garantía de los derechos fundamentales del pueblo, contra todo posible ataque de los gobiernos de los estados germanos.

En ese marco, Marx sostuvo que el Poder Ejecutivo debía ser elegido entre los miembros de la Asamblea, tal como lo pedían los radicales del ala izquierda. Dado que la Asamblea era un cuerpo constituyente, no podía haber otro gobierno que la misma Asamblea; esta debía asumir un rol activista y revolucionario. Sin embargo, la Asamblea dejaba que el gobierno actuara, y renunciaba a tomar todos los poderes del Estado, lo cual equivalía a renunciar a la soberanía del pueblo. La inmunidad de los diputados era un aspecto concreto de esa soberanía. La NGR hacía campaña por una inmunidad plena y sin fisuras. Pero la Asamblea no defendió la inmunidad, y permitió que el poder gubernamental se fortaleció. También con respecto a la milicia: Marx ponía el ejemplo de cómo la idea de una milicia popular se había convertido en un plan para establecer una fuerza burocrática. Más en general, el leitmotiv de Marx y Engels era minimizar el poder del ejecutivo y la burocracia estatal; y maximizar el peso del sistema representativo en la estructura gubernamental.

Análisis de Constituciones

En la década que siguió a la derrota de las revoluciones de 1848-9 Marx escribió sobre problemas específicos de las formas democrático-constitucionales. En esos trabajos planteó que uno de los principales rasgos de una constitución democrática es el grado en que es limitado y restringido el alcance independiente del poder ejecutivo. Es que la democracia es genuina en la medida en que significa control desde abajo. Con este enfoque, Marx criticó constituciones particulares.

Así, en un escrito de 1851, dedicado a la Constitución de la República Francesa de noviembre de 1848, sostuvo que el principal fraude que encerraba ese texto era que las garantías democráticas que se proclamaban eran anuladas por leyes subsecuentes, establecidas por el poder gubernamental. Por ejemplo, la Constitución aseguraba la libertad de asociación, opinión, prensa, pero agregaba que el disfrute de esos derechos “no tiene otro límite que los derechos iguales de otros y la seguridad pública”. Otro ejemplo: se afirmaba que el voto era “directo y universal”, pero se exceptuaban los casos “que determinará la ley”. La fórmula repetida, señalaba Marx, es que esta o aquella libertad será determinada por “una ley orgánica” a ser adoptada, y esas “leyes orgánicas” destrozaban la libertad prometida. Estas consideraciones fueron luego incorporadas por Marx en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte; escribe: “Cada párrafo de la Constitución contiene su propia antítesis, su propia Cámara alta y baja, libertad en la frase general, abrogación de la libertad en la nota marginal. Por lo tanto, en la medida en que el nombre de la libertad era respetado y solo su realización efectiva impedida, por supuesto de manera legal, la existencia constitucional de la libertad permanecía intacta, inviolada, cualesquiera fueran los golpes mortales asestados a su existencia en la vida real”.

En otro artículo Marx denunció otro mecanismo por el cual la burocracia gubernamental ejercía el control de hecho de las libertades individuales: los pasaportes internos y el “libro del trabajo”, que establecían el control de la población por parte del gobierno.

Minimizar el Poder Ejecutivo

En 1853 Marx analizó los borradores de constituciones para Schleswig y Holstein, y criticó su carácter no democrático. Señaló que se privaba a los tribunales de Justicia del viejo derecho de cancelar decretos administrativos, lo que era una disposición perniciosa porque “es el poder de la burocracia” el que debe mantenerse bajo. Expresó la misma idea cuando analizó, en 1858, la constitución prusiana de 1850. Una vez más consideró que los derechos constitucionales eran anulados por la libertad de acción concedida al Poder Ejecutivo. Y precisó que la responsabilidad ministerial tenía en Prusia, igual que la tuvo en Francia, “una importancia excepcional ya que significa, de hecho, la responsabilidad de la burocracia”. Denunció pues que los ministros eran los jefes de un cuerpo parasitario, omnipotente, entrometido, y “solo a ellos… deben mirar los miembros subalternos de la administración, sin tomarse el trabajo de averiguar acerca de la legalidad de sus ordenanzas, o de tomar alguna responsabilidad por ejecutarlas”. De esta manera el poder de la burocracia, y de la burocracia del ejecutivo, se había mantenido intacto mientras que los derechos de los prusianos habían sido reducidos a letra muerta.

Sobre las libertades en Prusia Marx escribía: “Usted no puede vivir o morir, casarse, escribir cartas, pensar, publicar, realizar negocios, enseñar o ser enseñado, levantar una reunión, ni construir una fábrica, o emigrar, ni hacer cosa alguna sin… el permiso de parte de las autoridades. En cuanto a la libertad de ciencia o religión, o la abolición de la jurisdicción patrimonial, o supresión de privilegios de casta, o el abolir la vinculación o primogenitura [las leyes de primogenitura y vinculación disponían que la posesión de la tierra se debía legar intacta al hijo mayor], es simple tontería”. En el mismo sentido que se había referido a la Constitución francesa, explica que existía un antagonismo mortal entre la ley de la Constitución y la constitución de la ley, y que la última reducía, de hecho, a la primera a una quimera. Todas las libertades eran garantizadas solo en los límites de la ley. Las leyes orgánicas, denuncia Marx, han acabado con las garantías que incluso existían en los peores tiempos de la monarquía absoluta; por ejemplo, con la independencia del Poder Ejecutivo con respecto a los tribunales.         

Como puede observarse, Marx defendía la independencia de los tribunales frente al poder ejecutivo. Draper señala que este era solo un aspecto del apoyo a todo lo que minimizara el poder autónomo del Ejecutivo. Por eso, en 1859 Marx elogió la Constitución de Hesse, ya que hacía al Ejecutivo más dependiente de la Legislatura, y confiaba el control supremo a los bancos judiciales. Los tribunales, con poder para decidir acerca de todos los actos del Ejecutivo, tenían la última palabra “en todas las cuestiones de disciplina burocrática”. Además, la Cámara de Representantes seleccionaba entre sus miembros un comité permanente que controlaba y vigilaba al gobierno, y acusaba a los funcionarios por violación de la Constitución.

Marx también menciona que la revolución de 1848-9 había democratizado las formas de elección e introducido dos mejoras importantes dirigidas contra el poder del Ejecutivo. Por un lado, puso la nominación de los miembros de la Corte Suprema en manos de la Legislatura; por otra parte, transfirió el control supremo del Ejército al Ministro de Guerra, quien era responsable ante los representantes del pueblo. Otro rasgo democrático de esa Constitución, señalado por Marx, eran los concejales comunales, nominados por elección popular, que tenían que administrar la policía local y general. Una década más tarde Marx destacaba como un logro democrático el sistema de control comunitario de la policía, durante la Comuna de París. Draper señala que el enfoque de Marx sobre la minimización, o subordinación del poder Ejecutivo, alcanzó su más completa expresión en esos escritos sobre la Comuna.

Otras cuestiones relacionadas a los derechos democráticos

En escritos tardíos de Marx y Engels también se encuentran dispersas diversas consideraciones sobre los derechos democráticos. Entre ellas, la crítica a las restricciones al derecho a votar, establecidas por la ley francesa de 1850. Por ejemplo, la exclusión de los que no podían leer y escribir; o los que no podían votar por restricciones domiciliarias. En su artículo sobre las constituciones de Schleswig y Holstein Marx también criticó que el derecho de elección dependiera de la propiedad de la tierra. También criticó el complicado sistema prusiano de agrupación de los votantes según el monto de los impuestos pagados, lo que daba lugar a maniobras burocráticas, como asociar en un mismo distrito una ciudad liberal con un condado rural reaccionario, de manera de anular a la primera.

Otros aspectos que registra Draper: a) Marx era partidario de una única asamblea representativa. Rechazaba el sistema bicameral, diseñado para poner freno a la soberanía popular; b) apoyó el derecho a manifestarse y rechazó las regulaciones establecidas por el Parlamento inglés a la organización de manifestaciones; c) denunció los sistemas de espías, informantes y soplones de la policía, metidos en los movimientos radicales y sindicatos; d) reclamó la libertad en tiempos de guerra. Cuando estalló la guerra entre Francia y Prusia, Bebel y Liebknecht fueron arrestados por el gobierno de Bismark con el cargo de alta traición. Ambos habían protestado por la anexión de Alsacia y Lorena, y manifestado sus simpatías para con la República francesa. Marx se manifestó fuertemente a favor de la libertad de los socialistas.

La “estafa democrática”

Draper sostiene que Marx y Engels también denunciaron “la estafa democrática”. Por “estafa democrática” entendían la utilización, por parte de la burguesía, de formas democráticas con el objetivo de estabilizar su gobierno socio-económico e impedir todo control democrático “desde abajo”. Como ejemplo de esta estafa, Marx señalaba a EEUU, que tenía la forma constitucional más democrática de su tiempo. Dada esa forma democrática, la burguesía había desarrollado el arte de mantener a la opinión popular dentro de canales acordes con sus intereses de clase. Ese arte pasaba por convencer a la mayor cantidad de gente posible de que estaban participando del poder estatal, por medio de un mínimo de concesiones a las formas democráticas. La utilización de esas formas democráticas era una manera barata (frente a los gastos que insumía una monarquía) y versátil de impedir que las masas sacudieran al sistema. Les daba la ilusión de participar en el Estado, en tanto el predominio económico de la clase gobernante aseguraba a esta los centros reales de poder. En este respecto, una forma de hacerlo, propuesta por Lamartine para Francia, consistía en poner el gobierno en manos de la burguesía inferior, o la clase media, pero con la apariencia de que se daba el poder a todo el pueblo. En crítica a Lamartine, Engels planteó que ese era el significado del sufragio universal. Draper señala que a lo largo del siglo XIX hubo una plétora de sistemas electorales diseñados para insertar un factor manipulativo en las formas de un sufragio más o menos universal, comenzando con la Constitución de EEUU.                    

  Hacia la socialización de la democracia

En la crítica a Lamartine, citada por Draper, Engels planteó que el sufragio universal, la elección directa y la representación pagada eran las condiciones esenciales para la soberanía política. Sin embargo, lo que buscaban los socialistas no era la conveniencia de la clase media inglesa sino “un nuevo sistema de economía social para realizar los derechos y satisfacer las necesidades de todos”. Esta nota de Engels fue publicada en un periódico cartista. Debe tenerse presente que los elementos más radicales del movimiento cartista no se limitaban a exigir la Carta (el derecho al voto universal) sino extendían la idea democrática a un programa social. Era lo que pedía Engels: ir más allá de la mera democracia política, a una transformación social más básica.

En otro artículo, escrito para un periódico alemán en París, Engels analizó las formas constitucionales de la democracia británica en este espíritu. Admitió que Inglaterra era el país más libre del mundo, y describió los métodos y formas del sistema político para mostrar que la estructura estaba diseñada de manera de otorgar concesiones solo con el fin de preservar esa estructura tanto como fuera posible, manteniendo el gobierno de la clase media en asociación con la aristocracia de pensamiento progresista. La democracia inglesa, explicaba Engels, no era la democracia de la Revolución Francesa, cuya antítesis eran la monarquía y el feudalismo, sino la democracia cuya antítesis eran la clase media y la propiedad, que estaban en el poder. El pobre estaba desprovisto de derechos, oprimido y explotado. La Constitución lo desconocía, la ley lo maltrataba. La lucha contra la aristocracia en Inglaterra era la lucha del pobre contra el rico. Inglaterra se dirigía hacia una democracia que era la democracia social. Pero la mera democracia no podía remediar los males sociales. La igualdad democrática era una quimera, la lucha del pobre contra el rico no podía ser librada en el terreno de la democracia o de la política en general. La mera democracia era solo democracia política, una democracia que no se extendía “a la cuestión social”, a la democratización de la vida socio-económica.

Para finalizar: Marx y Engels siempre contemplaron los dos lados del complejo de instituciones democráticas y derechos que se generaron bajo la democracia burguesa. Por un lado, la “estafa democrática”. Por otro lado, la lucha para dar a las formas democráticas un nuevo contenido social, de clase, empujándolas al extremo democrático del control desde abajo. Lo que a su vez implicaba extender las formas democráticas más allá de la esfera meramente política, hacia la organización de toda la sociedad. La clave era el control desde abajo. Draper señala que esta idea también es presentada por Marx en su comentario sobre la consigna de un “Estado libre”, en la Crítica del Programa de Gotha:

“¿Qué es el Estado libre? De ningún modo es propósito de los obreros, que se han librado de la estrecha mentalidad del humilde súbdito, hacer libre al Estado. En el imperio alemán, el «Estado» es casi tan «libre» como en Rusia. La libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad en un órgano completamente subordinado a ella, y las formas de Estado siguen siendo hoy más o menos libres en la medida en que limitan la «libertad del Estado».

Lo central: no queremos un Estado que sea libre, sino un Estado completamente subordinado a la sociedad.  Draper comenta que este criterio propone un test básico, y una medida de la libertad en el sentido de control popular desde abajo; y se aplica igualmente al período anterior como posterior de la revolución social.

(Tomado del Blog de Rolando Astarita)

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