Ha muerto Mario Llancaqueo, ¡Viva Mario Llancaqueo!

por Gustavo Burgos

Hoy 23 de junio, culminado el we tripantu y en un excepcional día de lluvia en el puerto, hemos recibido la noticia de la muerte de Mario Llancaqueo. Un hombre excepcional, mereció el marco de un día de lluvia igualmente excepcional para partir. Sus restos están siendo velados en la sede del Partido Comunista de Valparaíso, organización en la que militó toda su vida, una existencia consumida por el papel, por los ácaros del papel, por sus ideas y por una lucha que sostuvo impenitente —los últimos 30 años— desde la legendaria librería «Crisis».

Valparaíso tiene pocas librerías y la de Mario transitó siempre por el camino de la acción de resistencia política. La Crisis, al fondo a la derecha paradojalmente, tenía el estante de marxismo, a un costado historia y al otro «pueblos originarios». En la góndola central una generosa oferta de poesía, que era otra de las especialidades de la librería. Conversando hace mucho recuerdo me indicó que su ubicación frente al Congreso Nacional fue determinada como una decisión política de enfrentar con las ideas al enemigo.

Es necesario apuntar que toda librería es una crisis perpetua, supeditada al conflicto entre novedad y fondo, y justamente por ello se sitúa en el centro del debate sobre los cánones culturales. El diálogo entre las colecciones privadas y las colecciones públicas, entre la librería y la biblioteca, es por tanto tan viejo como la civilización; pero la balanza de la historia siempre se inclina por la segunda. La librería es ligera, la biblioteca pesada: no hay nada más ajeno a la idea de librerías que la de patrimonio.

Mientras el bibliotecario acumula, atesora, a lo sumo presta temporalmente la mercancía —que deja de serlo o congela su valor—, el librero adquiere para liberarse de lo adquirido, lo suyo es el tráfico, el pasaje, la liberación. Por eso mientras la biblioteca mira siempre al pasado, la librería está atada al nervio del presente y al cambio. Sin librería no hay acumulación cultural posible y no sólo por el tránsito de libros, sino porque toda librería es esencialmente un lugar de encuentro.

Esta tensión estuvo siempre presente en la Crisis de Llancaqueo, porque en ella transitaban —en un caos virtuoso— y en igualdad de condiciones, libros usados y nuevos pero todos condicionados editorialmente por la naturaleza del lugar. La Crisis, voy a utilizar el pretérito con dolor, fue una librería y quizá la librería porteña de la posdictadura, no sólo porque junto a la caja se acumulaban volantes y periódicos de organizaciones de extrema izquierda, sino porque Llancaqueo era capaz de sostener un discusión política y al mismo tiempo de sostener su posición —de viejo comunista— apoyar la misma en una prodigiosa memoria fotográfica en la que se zambullían autores, portadas y fotografías.

Bolaño, creo que en Estrella Distante, refiere que la librería puede ser un lugar espléndido y sofisticado, un puente a la belleza, con restorán y música en vivo; puede también ser un espacio para el voyeur moral donde uno puede sorprenderse e inclusive coger con las manos publicaciones repugnantes, escritas por canallas; pero —aquí se encuentra la Crisis— puede ser también una trinchera de lucha política, una trinchera comandada por un cabo feroz que recordaba y sonreía.

Guillermo Correa me cuenta que : «en una ocasión estaba en la librería y llegó Floridor Pérez a conversar con Mario. De pronto llega una señora con su hija y pregunta por un libro de Floridor que necesitaba para el colegio y que ella también quería leer porque le habían recomendado mucho al autor. Pidió un libro usado porque no tenía mucho dinero. Mario trajo un libro y asintiendo le dijo ¿no le gustaría llevarlo autografiado por el autor?, porque porque está aquí al lado suyo. Floridor Pérez le mostró su carnet y le autografió el libro».

Algunas de estas fotos son de Guillermo, otras de David Castro quien trabajó años en la Crisis.

Es tarde y ha dejado de llover: ¡Viva Mario Llancaqueo!

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