Fascismo tardío

por Alberto Toscano[1]

El presidente de Estados Unidos Joe Biden cataloga a los partidarios republicanos de su predecesor como ‘semi-fascistas’; su contraparte brasilera fustigó como ‘vándalos y fascistas’ a las hordas pro-Bolsonaro que invadieron el Congreso en Brasilia el 8 de enero de 2022; el alcalde de Tel Aviv advierte que Israel se está deslizando hacia una “teocracia fascista”; la Ley de Ciudadanía supremacista de Modi en la India es considerada como resabio de una “visión fascista”; mientras la invasión de Ucrania por Rusia -grotescamente anunciada como un programa de ‘desnazificación’- es vista como una señal de la acelerada fascistización del régimen.

Enfrentados con la proliferación, consolidación y ascenso a nivel mundial de movimientos políticos, regímenes y mentalidades de extrema derecha, muchos izquierdistas, liberales e incluso algunos conservadores han acudido a la etiqueta fascista.  El término es ahora utilizado con una facilidad rayana en el abandono, particularmente en Estados Unidos, pero su resurgimiento habla del desafío urgente de diagnosticar los síntomas mórbidos que pueblan nuestro presente. Este libro es un intento por contribuir a una discusión colectiva sobre nuestro ciclo político reaccionario. Para escribirlo, acudí a un archivo compuesto por las teorías del fascismo producidas en el siglo pasado, probando su capacidad de aportar luz a nuestro momento. Lo que encontré desafía muchas de las rutinas, actos reflejos y lugares comunes a los que el debate sobre esta noción extremadamente cargada nos devuelve.

Este libro es un registro de mi propia ruta a través de materiales provenientes de pasadas coyunturas y lugares dispares, para rescatar los componentes de una brújula con la cual poder orientarme. ¿Están los nuevos rostros de la reacción siendo útilmente caracterizados como ‘fascistas’? De las numerosas y conflictivas teorías del fascismo producidas durante el siglo pasado, ¿cuáles pueden proveer alguna iluminación para nuestros tiempos sombríos? ¿Cuál es la conexión entre la teorización y denominación del fascismo y las estrategias anti-fascistas? Mis respuestas a estas preguntas se basan ampliamente en los bastante difamados debates de los 70 sobre los ‘nuevos fascismos’, que estoy convencido -dejando de lado polémicas histriónicas- siguen siendo más instructivos para nuestro momento que las deliberaciones de la Internacional Comunista, o, dios nos libre, las disquisiciones de la Guerra Fría sobre el totalitarismo. Lo que ofrezco en estas páginas, entonces, no es tanto una teoría desarrollada, sino una especie de metacomentario sobre el fascismo de nuestro tiempo, ‘no una solución o resolución frontal o directa, sino un comentario sobre las condiciones mismas de existencia del problema mismo’ – uno que debe atravesar la densa y recargada historia de otras interpretaciones, a menudo militantes. Debido a la ‘naturaleza intrínsecamente no-teórica’ del fascismo diagnosticada por Adorno, este enfoque contiene múltiples desafíos.

La principal tentación para cualquier pensamiento contemporáneo sobre el fascismo es la analogía histórica. Enfrentados a una tóxica fermentación de crisis social, violencia política e ideología autoritaria, el reflejo del sentido común consiste en identificar similitudes entre nuestro presente y la catástrofe europea de los años 30 y 40, con la idea de prevenir su repetición (usualmente mediante la reanimación del liberalismo como el único antídoto contra el iliberalismo). El fascismo en efecto tiene que ver con retornos y repeticiones, pero no resulta bien enfocado mediante pasos y checklists dictados por una lectura selectiva del ventennio italiano o el Tercer Reich.  

En vez de tratar al fascismo como un evento singular o identificarlo con la particular configuración de los partidos, regímenes e ideologías europeas, para el propósito de pensarlo y oponernos a él en nuestro propio tiempo necesitamos ‘ver el fascismo dentro de la totalidad de su “proceso”’. Esto también implica abordar el fascismo en la larga duración, para percibirlo como una dinámica que es anterior a su denominación. Significa comprender al fascismo íntimamente ligado a los pre-requisitos de la dominación capitalista -que, a pesar de ser mutable y contradictoria, tiene una cierta consistencia en su núcleo. W.E.B. Du Bois le dio a este núcleo un nombre, todavía utilizable: ‘la contra-revolución de la propiedad’. A pesar de todas sus profundas diferencias y disparidades, el terrorismo del Klu Klux Klan contra la Reconstrucción Negra, el auge del escuadrismo contra la organización de los trabajadores en Italia, o la codificación asesina del neoliberalismo en la constitución chilena pueden ser todos comprendidos bajo esa misma etiqueta.

No pretendo que ‘fascismo tardío’ opere como una marca académica, en competencia con otras denominaciones para nuestro calamitoso presente. Es el nombre para un problema. En lo más básico, tal como ‘capitalismo tardío’ o ‘marxismo tardío’, apunta al hecho de que el fascismo, al igual que otros fenómenos políticos, varía de acuerdo a su contexto socioeconómico. O dicho en forma más provocativa quizás, subraya cómo los rasgos ‘clásicos’ del fascismo -tan íntimamente ligados a la crisis capitalista de su tiempo, pero también a una era de trabajo manual de masas, reclutamiento universal masculino y proyectos raciales imperialistas- están ‘pasados de moda’. Irónicamente, muchos intelectuales y agitadores inclinados al fascismo hoy en día están profundamente involucrados en fantasías de una modernidad blanca, industrial y patriarcal que tiene al período post-fascista de post-guerra como semillero. Reconocer el anacronismo del fascismo es un triste consuelo, especialmente cuando las soluciones liberales y neoliberales a la crisis planetaria -especialmente al antropogénico desastre del cambio climático- son en sí mismas tardías e inadecuadas, dejando mucho espacio de maniobra a la derecha radical, que es capaz de reinventar sus fantasías de dominación dirigida contra ‘la mujer, la naturaleza y las colonias’ en formas profundamente destructivas.

Una lucha irreflexiva contra el fascismo conlleva el riesgo de volverse esclerótica, auto-indulgente o cómplice con los procesos mismos que dan cuerpo a la reacción, el mal menor tendiéndole la mano al mal mayor. Cuando no cuestiona su propio marco teórico, sus propios hábitos de denominación o incluso los placeres de la inocencia, el heroísmo y la ‘rectitud’ que puede resultar de esto, el anti-fascismo puede ser su propio cebo.       

Espero que este libro sirva como una ocasión para redescubrir a algunos innovadores pensadores anti-fascistas, arraigados a su vez en prácticas colectivos principalmente anónimas de construcción de mundos contra la dominación, tradiciones de los oprimidos que permanecen como un recurso para aquellos que se dedican a desmantelar las jerarquías que los partisanos del Orden y la Tradición quieren revivir y reimponer. 


[1] Prefacio a “Late Fascism. Race, capitalism and the politics of crisis”, Alberto Toscano (Verso, 2023). Traducido por Julio Cortés Morales. El autor, italiano, dedica su libro “en memoria de Lumi Videla (1948-1974) y de todos los que combatieron al fascismo en Chile hace 50 años”. 

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