Engels sobre el boulangismo

por Rolando Astarita

En la entrada anterior (aquí) presentamos un texto de Hal Draper acerca de la política de Marx y Engels con respecto a las libertades democráticas. En esta entrada ampliamos el tema con la posición de Engels frente al ascenso, en Francia, del boulangismo. Igual que con el texto de Draper, nuestra intención es mostrar que la tradición del socialismo revolucionario está muy alejada de los discursos favorables al “Estado burgués fuerte” o al “Poder Ejecutivo que concentre el poder”. Y, fundamentalmente, mostrar cómo la crítica marxista al bonapartismo, y el combate por la ampliación de las libertades democráticas, favorecen la lucha por la liberación de la clase obrera. Comenzamos describiendo qué fue el boulangismo.     

Boulanger y el boulangismo

El boulangismo fue un movimiento reaccionario, que adquirió fuerza en los 1880, en Francia (nos basamos en David Lerer, “The Retoric of Revolution and Reality: Boulangism and Mass Politics in France”, Tufts University, 2011, aquí). Fue encabezado y promovido por el general Georges Ernest Boulanger, un militar que había peleado en Italia, China y en la guerra franco prusiana; y había participado en la represión a la Comuna de París. En 1886 Boulanger fue nombrado ministro de Guerra por el gobierno radical (demócrata burgueses moderados) de Clemenceau. El Parlamento estaba dominado por los Oportunistas, que habían tejido alianzas con los radicales, ubicados más a la izquierda, a expensas de los monárquicos y otros conservadores [“Oportunistas” fue el nombre que se dio al partido de los republicanos moderados franceses, hasta la formación, en 1881, de un partido de radicales de izquierda, bajo dirección de Georges Clemenceau].

La popularidad de Boulanger creció en base a un discurso patriótico y chauvinista, que hizo eje en la recuperación de Alsacia (tomada por Alemania en la guerra de 1870-1), con el telón de fondo de la crisis económica iniciada en 1882. En alianza con los monárquicos, el boulangismo buscó capitalizar el descontento de las masas. Además de la agitación chauvinista, centrada en exigir una guerra revanchista contra Alemania, los boulangistas pedían la disolución del Parlamento y la revisión de la Constitución de 1875, que debería ser seguida de un referéndum para determinar el contenido de una nueva Constitución; aunque nadie sabía que implicaba esa “revisión”.

Boulanger desplegaba un discurso populista, mezclado con referencias religiosas; llamaba a la colaboración de clases; exaltaba el rol del líder; cultivaba una imagen anti-establishment y salpicaba su propaganda con pinceladas antisemitas y vagas referencias socialistas. Para reforzar su chauvinismo apelaba a las tradiciones nacionalistas de los jacobinos y los republicanos de izquierda. Un mensaje que tuvo eco en sectores amplios de la clase obrera y en los estratos bajos del Ejército. En poco tiempo Boulanger pasó a ser conocido como el “General revancha”. Monárquicos, bonapartistas, nacionalistas, antisemitas, izquierdistas y hasta socialistas se acercaron al nuevo movimiento.

 El boulangismo se transformó pues en una organización nacional. Sin embargo, el Gobierno radical era consciente de que Francia no podía resistir una nueva guerra con Alemania. Por eso, y frente al aumento de su popularidad, Boulanger fue dejado sin cargo (marzo de 1887) y se lo destinó lejos de París. Pero el día en que debía viajar hubo una concentración de 10.000 personas en su defensa. Fue el inicio del movimiento boulangista. Este se fortaleció a lo largo de 1888 mediante campañas plebiscitarias desplegadas en las áreas rurales. Su táctica consistía en presentarse como candidato en el distrito en que se produjera alguna vacante parlamentaria. Si se imponía en esa elección, se presentaba en el Parlamento con sus demandas, que eran rechazadas. En protesta, renunciaba a la banca, para continuar con su campaña en otro distrito. Su intención era demostrar que el pueblo estaba con él, y no con el gobierno. Como explicaba el periodista Thiébaud, que jugó un rol clave en el ascenso del boulangismo, “lo importante no es ser elegido, sino tener votos en todos lados”. Una manera de construir poder que, en última instancia, podía desembocar en un golpe de Estado.

Lerer señala que Thiébaud y Boulanger combinaron la táctica del plebiscito con las nuevas posibilidades que ofrecía la propaganda masiva, financiada por acaudalados monárquicos y conservadores. Hubo una explosión de la industria de la publicidad. Por caso, en 1889, en París, estaban en circulación cinco millones de afiches boulangistas y siete millones de boletas electorales; millones más lo hacían en las zonas rurales. Boulanger también aprovechó los avances en la fotografía para difundir su imagen. Y apareció incluso una industria de chucherías y souvenirs boulangistas.       

El punto máximo de la influencia del boulangismo se alcanzó en enero de 1989, cuando la muerte de un legislador por París brindó la oportunidad de competir por el puesto vacante. Hubo elecciones y Boulanger se impuso por un amplio margen contra el candidato republicano Édouard Jacques. Dado su poder, se esperaba un golpe de Estado que acabaría con el régimen republicano. Pero Boulanger confió en que en las elecciones de septiembre de ese año se impondría definitiva y legalmente contra el gobierno. El gobierno, sin embargo, reaccionó e hizo aprobar una ley que prohibía que un candidato se presentara en más de un distrito por vez. Además, elevó cargos contra Boulanger por complot contra el Estado; lo que lo llevó a escapar a Londres (abril de 1889). La Justicia francesa lo juzgó en ausencia y lo condenó. Los festejos por el centenario de la Gran Revolución, y la inauguración de la Exposición Universal, contribuyeron a poner al boulangismo en segundo plano. En las elecciones de ese otoño el movimiento fue derrotado, marcando su fin. Boulanger no volvió a Francia y en 1891 se suicidó.

La posición de Engels

La posición de Engels frente al ascenso y caída del boulangismo quedó registrada en su correspondencia con otros líderes socialistas. En esas cartas plantea, esencialmente:  

  1. El boulangismo es la tercera ola de bonapartismo, luego de Napoleón Bonaparte y Napoleón Tercero (o Luis Napoleón Bonaparte).
  2. El rasgo más característico del boulangismo es el chauvinismo. El ascenso al poder de Boulanger sería la guerra europea, el enfrentamiento con Alemania y la alianza de Francia con Rusia, la imposibilidad de la revolución.
  3. El crecimiento del boulangismo abría la posibilidad de una dictadura en Francia. De triunfar acabaría con el Parlamento; atacaría a la Justicia; aplastaría a los marxistas, blanquistas, posibilistas.
  4. El boulangismo expresaba el descontento de las masas, castigadas por la crisis económica de los 1880. Pero había que reconocer que ese descontento había tomado la forma reaccionaria del bonapartismo y del chauvisnismo.
  5. Los socialistas no debían apoyar, bajo ningún concepto, a Boulanger. Tampoco debían obtener bancas parlamentarias al costo de integrar listas electorales con el boulangismo.
  6. Los socialistas no debían callar su crítica al chauvinismo y el nacionalismo.
  7. El triunfo de Boulanger, en enero de 1889, ponía en evidencia que la conciencia de clase y socialista de los obreros de París “se encontraba en un estado lamentable” (Bebel, citado por Engels). La votación representaba un giro reaccionario.
  8. La caída o derrota del boulangismo, ocurrida poco después de su triunfo electoral de enero, era progresiva: los socialistas mejoraban su posición para luchar su programa; y se despejaba el camino para un desarrollo de la lucha de clases más abierto y franco entre las tres grandes clases sociales, la burguesía, la pequeño burguesía y los obreros.
  9. La muerte gradual de los partidos anti-republicanos es un progreso. Significa la participación de todas las secciones de la burguesía en el gobierno, con un partido oficialista y otro en la oposición. De nuevo, esto hará la lucha de clases más abierta y franca.          

Cartas de Engels, boulangismo

En lo que sigue citamos o resumimos pasajes, referidos al boulangismo, de las cartas de Engels (fte: Marx & Engels Collected Works, vol. 47 – 48).

Carta a Paul Lafargue, 25-26 de octubre de 1886: Engels alerta a Lafargue (que tuvo una inclinación hacia el boulangismo) del contenido de ese movimiento. “¿Es cierto que el general Boulanger está diciendo a quien lo quiera escuchar que la guerra para Francia es una necesidad, ya que es la única manera de matar a la revolución social? Si esto es así, que sea una advertencia para ti”. Si Boulanger tuviera que elegir entre los socialistas y la casa de Orleans, llegaría, si lo necesitara, a un trato con la última, especialmente si eso le asegurara la alianza rusa para él” (esta carta se transformó en una nota publicada poco después, “The Political Situation in Europe”).   

Carta a Laura Lafargue, 10-11 de abril 1888: el boulangismo es el castigo justo y merecido por la cobardía de todos los partidos frente al chauvinismo burgués que piensa que puede detener el reloj de la historia universal hasta que Francia haya reconquistado Alsacia. El gran progreso de la opinión pública francesa es que la República es reconocida como el único gobierno posible; y hay acuerdo en que la monarquía equivale a guerra civil y guerra en el extranjero. 

Carta a Laura Lafargue, 3 de junio de 1888: el movimiento de Boulanger es esencialmente chauvinista. Su reclamo central es la recuperación de Alsacia por Francia.

Carta a Laura Lafargue, 15 de julio de 1888: “Si las masas en Francia requieren un dios personal, mejor hubieran buscado un hombre diferente… es claro que este deseo de un salvador de la sociedad, si realmente existe en las masas, es solo otra forma de bonapartismo”.

Carta a Sorge, 10 de octubre de 1888: Boulanger, como persona, no es particularmente peligroso, pero su popularidad entre las masas lleva al conjunto del Ejército de su lado “y esto constituye un grave peligro, el ascenso temporario de este aventurero y a modo de escape de su situación, la guerra”.

Carta a Laura Lafargue, 24 de noviembre de 1888: Boulanger tiene de su parte los rangos inferiores del Ejército “y ese es un poder que no debe ser desdeñado”. También busca el apoyo de los monárquicos, “lo que lo hace más despreciable a mis ojos que los radicales”. El ascenso al poder de Boulanger “sería la guerra europea, la verdadera cosa que debe ser temida”. Engels usa el término boulangismo plesbicitario: consiste en obtener mandato de diputado de muchos departamentos de Francia.

Carta a Paul Lafargue, 4 de diciembre de 1888: Engels recuerda a Lafargue que este ha coqueteado con los boulangistas por su odio a los radicales, cuando habría podido atacar a ambos, sin ambigüedades, dada la posición independiente que tenía hacia los dos partidos. “Nada lo obligaba a usted a elegir entre estos dos conjuntos de tontos”. Pero Lafargue había tenido una actitud de acercamiento a los boulangistas; incluso había mencionado la posibilidad de compartir una lista electoral con ellos. Engels también critica a Lafargue porque este sostenía que Boulanger no quería la guerra. Insiste en que Boulanger significa guerra. Es que una vez en el poder sería esclavo de su programa chauvinista y desataría la guerra, en la que Francia estaría aliada con Rusia, “y por lo tanto sin posibilidad de revolución”. Habría acuerdo con Bismark para “ahogar el ardor revolucionario” y peor todavía, una vez embarcados en la guerra el Zar se convertiría en el jefe absoluto de Francia.

Carta a Laura Lafargue, 2 de enero 1889: “Nunca dudé del carácter realmente anti chauvinista de los marxistas, pero esa fue la razón por la cual no pude concebir cómo pudieron pensar en una alianza, abierta o disimulada, con un partido que solo vive del chauvinismo”. (…) “Si existió la idea de conseguir que algunos de los nuestros entren en la Cámara por integrar la lista de los boulangistas, eso sería mucho peor que no entrar en la Cámara”.

Carta a Bebel, 5 de enero de 1889: los posibilistas [socialistas reformistas] se han vendido al gobierno (sus tarifas, gastos de congreso y periódicos se pagan con fondos secretos) con el pretexto de combatir a Boulanger y defender la República, o sea, también a los explotadores oportunistas (oportunistas, los burgueses republicanos moderados) de Francia, los Ferrys, etcétera, sus actuales aliados. Defienden al gobierno radical, que es profundamente anti-socialista, y realiza el trabajo sucio para los oportunistas.

Carta a Kautsky, 28 de enero de 1889: París estaba renunciando “a su tradicional misión revolucionaria”. Lo peor es que “la guerra se vislumbra cada vez más grande” y con el triunfo de Boulanger Bismark podía tener la guerra cuando quisiera.

Carta a Laura Lafargue, 4 de febrero de 1889: la elección [de enero] de Boulanger constituye un claro renacimiento del elemento bonapartista en el carácter parisino. “En 1798, 1848 y 1889 ese renacimiento surgió también del descontento con la república burguesa, pero tomó esta dirección especial –el llamado a un salvador de la sociedad- enteramente a consecuencia de una corriente chauvinista. Y lo que es peor: en 1798 Napoleón tuvo que dar un golpe de Estado para conquistar a esos parisinos que él había abatido en Vendimiario; en 1889 los mismos parisinos eligen al carnicero de la Comuna. Para decirlo de manera suave, París ha, al menos temporariamente, abdicado como ciudad revolucionaria. Abdicado no ante un golpe de Estado victorioso y en el medio de una guerra, como en 1798; no seis meses después de una derrota devastadora, como en diciembre de 1848, sino en el medio de la paz, 18 años después de la Comuna y en la víspera de una probable revolución”. Engels cita un artículo de Bebel (“El triunfo de Boulanger en París”) en el periódico vienés Gleichheit, donde dice que la mayoría de los obreros de París se comportó de manera francamente despreciable, y su conciencia de clase y socialista debía estar en un estado lamentable si el candidato socialista había logrado solo 17.000 votos y un payaso y demagogo como Boulanger conseguido 244.000 votos. Engels caracteriza la votación como un giro reaccionario: “dejemos que los parisinos se vuelvan reaccionarios si no pueden ser felices de otra manera, la revolución irá a pesar de ellos…”.

Carta a Paul Lafargue, del 25 de marzo de 1889: “De vez en cuando los franceses atraviesan una fase bonapartista y la actual es aún más vergonzosa que la última [se refiere a Luis Bonaparte]. Pagarán por las consecuencias de sus propias acciones –esa es la ley de la historia- y el día del reconocimiento probablemente será el centenario de la gran revolución. Esa es la ironía de la historia. Qué bonito espectáculo presentará al mundo – Francia celebrando su jubileo revolucionario con el homenaje a un aventurero como este”. Para pagar las deudas contraídas en su campaña dictatorial Boulanger deberá sangrar a los financistas y robar a Francia. Pero la más terrible de las eventualidades es la guerra. Los radicales están locos porque es la mayor estupidez tratar de destruir a Boulanger por medio de una demanda judicial y suponer que la marea del sufragio universal (necia como lo es) pueda ser revertida por un veredicto político.

Carta a Laura Lafargue, 7 de mayo de 1889: Boulanger podía llegar a ser el dictador de Francia; acabaría con el parlamentarismo; depuraría los juzgados con el pretexto de corrupción; establecería un gobierno duro y una cámara simulada; y aplastaría a los marxistas, blanquistas y posibilistas. Seis meses después de esto, podríamos tener la guerra.                  

Carta a Laura Lafargue, 27 de agosto de 1889: El dilema Boulanger o Ferry (líder de los republicanos moderados) es aparente, ya que solo vitalizaría a uno de los dos sinvergüenzas. Si en las elecciones de septiembre Boulanger fuera derrotado y sus seguidores reducidos a los bonapartistas, quedaría probado que esta vena bonapartista de Francia –explicable por la herencia de la Gran Revolución- está muriendo gradualmente. Y con la eliminación de este incidente el desarrollo regular de la evolución republicana francesa retomaría su curso; los radicales, en su nueva encarnación Millerand, gradualmente se desacreditarían tanto como en la encarnación Clemenceau y los mejores elementos de ellos pasarían a nuestras filas. Los oportunistas perderían su pretexto para su existencia política, la de ser defensores de la República; las libertades conquistadas por los socialistas no solo se mantendrían sino gradualmente se extenderían, de manera que nuestro partido estaría en una mejor posición para luchar por su camino que en cualquier otro lugar en el continente; y se eliminaría el mayor peligro, la guerra. Creer, como los blanquistas boulangistas, que por defender a Boulanger pueden conseguir unas pocas bancas en el Parlamento es propio de estos fanáticos ignorantes que incendiarían una aldea para cocinar una chuleta.   

Carta a Paul Lafargue, 3 de octubre 1889: el boulangismo está en las últimas, y este hecho es de la mayor significación. Ha sido el tercer ataque de fiebre bonapartista. El primero, con el gran y genuino Bonaparte. El segundo, un ídem falso (Luis Bonaparte). El tercero, un hombre que ni siquiera es un falso Bonaparte, sino simplemente un falso héroe, un falso general, todo falso… Sin embargo la fase aguda del ataque, la crisis, se ha pasado y podemos esperar que el pueblo francés ahora dejará de sufrir tales fiebres cesaristas. El gran peligro sigue siendo que estalle una guerra europea.

Carta a Laura Lafargue, 8 de octubre de 1889: Guesde [candidato socialista] sufrió una derrota en las elecciones, pero es una ventaja mayor para los socialistas haberse deshecho de Boulanger. Boulanger en Francia y la cuestión irlandesa en Inglaterra son los dos grandes obstáculos en el camino de los socialistas, los dos problemas secundarios que impiden la formación de un partido obrero independiente. Boulanger está destrozado y ha fracasado el ataque monárquico a la República; han sido derrotadas las formas anticuadas de la reacción. Por eso el panorama político tiende a despejarse. Todo lo que podemos pedir es que se despeje el campo para la lucha de las tres grandes secciones de la sociedad francesa: la burguesía, la pequeña burguesía y los campesinos, los obreros. Por supuesto, para empezar habría un gobierno conservador, pero no lo que había, el gobierno de un grupo distinto de la burguesía. Ahora, por primera vez, habrá un gobierno de toda la burguesía. En 1848-51, bajo Thiers, también se había formado un gobierno de toda la clase burguesa, pero eso ocurrió por la tregua entre dos partidos monárquicos opuestos, y por su misma naturaleza, fue pasajero.

La división de la burguesía francesa en tantas secciones, fracciones y facciones había engañado al pueblo. Si se desplaza una sección, por ejemplo, la alta finanza, se piensa que se ha desplazado a toda la burguesía. Pero solo se ha llevado al poder otra sección de la burguesía. Ahora, todas estas facciones actuarán por primera vez como una burguesía “una e indivisible”. Esta concentración burguesa será el significado real de todas las concentraciones republicanas y de las otras, de las que se habla tanto, y será un gran progreso, que llevará a una dispersión de los radicales y a una concentración de los socialistas.

Carta a Laura Lafargue, 29 de octubre de 1889: La tropa de realistas y bonapartistas pasará, gradualmente, a las filas de los republicanos moderados. Esto fortalecerá a los republicanos moderados, pero al mismo tiempo será el cese del poder del viejo grito “la República está en peligro”. Entonces, y solo entonces, los radicales pasarán al frente como la oposición más confiable de la República y existirán las condiciones reales para el gobierno del conjunto de la clase burguesa, del parlamentarismo en plena flor: dos partidos luchando por la mayoría y alternándose en el gobierno y la oposición. El progreso consiste en la gradual muerte de los partidos anti-republicanos, lo que significa la participación de todas las secciones de la burguesía en el gobierno, los que entran (los moderados, en el presente) y los que están afuera (los radicales).          

Carta a Paul Lafargue, 16 de noviembre de 1889: Detrás del ascenso del boulangismo está el descontento, que es justificado. Pero la forma asumida por ese descontento muestra que los trabajadores están tan poco conscientes de la situación como lo estaban en 1848 y 1851. Entonces también estaba justificado el descontento, pero la forma que asumió, el bonapartismo, “nos costó 18 años de Imperio, y qué Imperio”.

Carta a Bebel, 23 de enero de 1890: es progresiva la derrota de Boulanger. “Gracias a los franceses y la forma en que hicieron caer a Boulanger, eliminando por lo tanto toda perspectiva de restauración de la monarquía”.

Carta a Laura Lafargue, 16 de abril de 1890: está muy bien que Paul Lafargue repita una y otra vez que los obreros parisinos son boulangistas por pura oposición a la burguesía, pero eso también ocurría con los que votaban a Luis Bonaparte. Los parisinos tienen mucho del viejo espíritu y todavía pueden apoyar la peor de las causas posibles por la mejor de las razones posibles. Pero la razón del empacho de boulangismo es más honda. Es el chauvinismo. Los chauvinistas franceses decidieron que después de 1871 la historia debía detenerse hasta que Alsacia fuera recuperada. Y muchos socialistas nunca tuvieron el coraje de levantase contra este absurdo. Las consecuencias están a la vista. La única excusa del boulangismo es la revancha, la reconquista de Alsacia. Un objetivo al que ningún partido de París se atrevió a oponerse. Una consecuencia de esta aberración patriótica francesa es que los obreros franceses ahora son aliados del zar, no solo contra Alemania, sino también contra los obreros y revolucionarios rusos. El lado negativo del carácter revolucionario parisino –bonapartismo chauvinista- es tan esencial como su lado positivo. Luego de cada gran esfuerzo revolucionario hay un recrudecimiento del bonapartismo, un llamado a un salvador que ha de destrozar a la vil burguesía que ha escamoteado la revolución y la república, y en cuyas trampas han caído los ingenuos obreros. 

Para terminar, destaco el criterio desde el que Engels caracteriza la progresividad de la lucha contra regímenes autoritarios bonapartistas, y por las libertades: pasa por todo aquello que “despeje los obstáculos secundarios” de manera de desarrollar la independencia de la clase obrera con respecto al capital y sus instituciones; y con respecto a la pequeña burguesía.

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