En defensa de la violencia de los explotados

por Gustavo Burgos

La contundente demostración de vitalidad del movimiento popular en nuestro país —con motivo de la conmemoración de un segundo aniversario del 18 de Octubre— abrió espacio a una rabiosa e histérica condena de la violencia de parte de todos los sectores del régimen, tanto del Gobierno como de la oposición. La cohorte es interminable: el Gobierno, todos los candidatos presidenciales (hasta Artés), dirigentes de los partidos del régimen (desde la UDI al PC), parodias de intelectuales como Cristián Warnken, hasta el ilustre convencional Fernando Atria, o el propio Squella se han apartado de sus rutinas para recordarnos que la violencia política debe ser extirpada de nuestro ser social y reemplazada por los procedimientos normados por las instituciones patronales, para resolver los conflictos sociales. No agotaremos con citas, las cartas han circulado en El Mercurio, el mismo medio que sólo ayer rindiera homenaje al segundo hombre del Tercer Reich, Hermann Göring.

Se atribuye a Orwell, aunque Orwell dijo muchísimas cosas y no tenemos cómo corroborarlo, la idea de que a menudo «hablan en contra de la violencia aquellos quienes disponen de otros para que la ejerzan en su lugar». La cita no puede resultar más pertinente. El reclamo contra la violencia política se ejerce invariablemente por aquellos que disponiendo del poder simulan no tenerlo para aplacar el ánimo de los insurrectos. Ayer eran los sacerdotes católicos, hoy son los políticos laicos de la misma clase social, quienes pretenden erguir sobre el antagonismo social los sacrosantos principios de la moral burguesa, como si la misma alguna vez en la historia hubiese servido para algo distinto que preservar los intereses de los propietarios de los grandes medios de producción. Sólo por vía anecdótica cumplimos con recordar que la Derecha, entusiasmada por los efectos del Acuerdo por la Paz —que erróneamente ellos creían haber suscrito con los dirigentes del movimiento— corrió presurosa a la Plaza Dignidad, epicentro físico del movimiento, a plastificarla con lonas blancas que en letras azules proclamaban su victoria de clase que ellos llamaron «Paz».

La violencia que condenan no es la del Estado burgués, a la que llaman fuerza pública y que día a día cae como un látigo inclemente sobre la inmensa mayoría de los explotados. Esa violencia institucionalizada y armada hasta los dientes no merece ningún reparo de parte de estos pacifistas de opereta. Alguno de ellos hará algún reclamo a los excesos, pero esa violencia de clase es defendida y preservada como si se tratase de un principio democrático. Esa violencia de clase es la que el día de hoy dejó libre —condenado a tres años que se tienen por cumplidos— al Mayor de Carabineros Marco Treuer Heysen por el asesinato del comunero mapuche Alex Lemun el 7 de noviembre de 2002, hace 20 años. La misma violencia de clase que preserva en la impunidad a Piñera y a su Gobierno de criminales que asesinaron a más de 50 compañeros, mutilaron a más de 400 y apalearon y gasearon a miles de miles. La misma violencia de clase que mantiene encarcelados a los presos políticos.

No, por supuesto que esa violencia —la normada y habitual— no la condenan ni la condenarán jamás porque con su cobarde perorata pacifista y contra la «delincuencia» lo que se pretende demonizar es la violencia de los explotados, de los trabajadores, de la mayoría nacional que padece los efectos de la crisis, la represión, la cesantía y el hambre. Por eso es que creemos que resulta necesario hacer una explícita reivindicación de la violencia de los explotados, que es lo mismo que reivindicar su vitalidad para alzarse movilizados en contra del gran capital. Porque es esa violencia, esa acción directa el único camino que tenemos para acabar con el orden capitalista. No hay vías pacíficas ni institucionales. El Golpe del 73 y los miles de ejecutados y desparecidos son un testimonio indesmentible de la completa inviabilidad de las acumulaciones de fuerza electoral, los cercos contra la Derecha y la renuncia a levantar las banderas propias de los trabajadores.

A la violencia capitalista del Estado patronal hemos de oponerle la organizada y unitaria movilización de la clase. Sin mediaciones, porque el proceso revolucionario abierto el 18 de Octubre sigue vivo como quedó demostrado el pasado 18 en plazas, calles y avenidas de todo el país. Quieren dividirnos y anestesiarnos con los procesos electorales e institucionales, nada podremos sacar en limpio de tales vías. Debemos prepararnos para enfrentar al Gobierno que salga de las elecciones del 21 de noviembre próximo, sea Boric, Provoste o el que sea, será siempre un representante de los intereses generales de la burguesía y el empresariado. Desde la trinchera del Frente por la Unidad de la Clase Trabajadora batallamos hoy día por tal perspectiva, la de la revolución, la de unir las fuerza de nuestra clase rumbo al poder.

Ir al contenido