El judío Franz Kafka

Martha Robert, autora de varios libros sobre Kafka y Freud, algunos de los cuales están traducidos al castellano (Acerca de Kafka, acerca de Freud. Orígenes de la novela y Novela de los orígenes. La revolución psicoanalítica, etc.) acaba de publicar en la Colección Diaspora de la editorial francesa Celman Levy, un nuevo ensayo sobre el escritor judío (Seul comme Franz Kafka) centrado esta vez especialmente en la cuestión del judaísmo. Sobre este libro versa la entrevista que le hizo Jean Claude Eslin y que fue originariamente publicada en un número especial de la revista Esprit dedicado a “Les Juifs dans la modernité”.

***

–Entre todos los judíos que han jugado un papel eminente en nuestro siglo, Kafka ocupa, a mi modo de ver, un lugar de excepción. ¿Acaso se debe a que conoció, en mayor medida que los demás, la moderna experiencia del desarraigo, y a que supo rodearse de discreción? A mí me parece, en todo caso, una figura típica. Imagino que es a ese carácter único a lo que alude el título de su reciente libro sobre Kafka: Seul comme Franz Kafka.

–En efecto, Kafka es un ejemplo. Si he escrito este libro, que en el fondo es un estudio de las relaciones de Kafka con el judaísmo, o más exactamente de las relaciones de Kafka consigo mismo en tanto que judío, que no es lo mismo, es porque me daba la impresión de que su caso, como dice usted, es único, de que Kafka es representativo para toda una generación sin confundirse con ninguno de los demás casos que se podrían citar y que a menudo se citan de esta época que fue la suya: finales del siglo XIX y primer cuarto del siglo XX, un período extraordinariamente fecundo, pero también un período de crisis para el judaísmo moderno. Tenía esta impresión desde hacía tiempo, pero se me acrecentó cuando cayeron en mis manos unos documentos que antes no conocíamos. Ahora disponemos de toda su correspondencia, lo que en el caso de Kafka es más importante que en cualquier otro escritor, porque Kafka, dado su modo de escribir, su actitud categórica, provocadoramente neutral literariamente hablando, nunca dijo nada directamente acerca de este tema (ni acerca de ningún otro, por otra parte), de modo que, para hacernos una idea de quién era, de qué pensaba, de cómo sufría, sólo tenemos los documentos póstumos que nos dejó: su diario, sus apuntes y su correspondencia.

Pero ni siquiera en el caso de usted que llevaba veinte años trabajando sobre Kafka, se había hecho evidente en ningún momento el deseo de abordar el caso de Kafka desde el punto de vista de sus relaciones con el judaísmo.

–No, es cierto, y no deja de ser sorprendente. Me di cuenta de que “ni siquiera” yo, como dice usted, había pensado en enfocar la obra de Kafka (pues se trata de su obra, insisto en ello) desde este punto de vista. Se podría pensar que las relaciones de Kafka con el judaísmo han sido abundantemente estudiadas. Hay algunos artículos y ensayos sobre este tema, en efecto, pero que yo sepa ninguno de ellos subraya la enorme importancia que tenía el mismo para Kafka, el papel que jugó en su vida; ninguno de ellos permite seguir las increíbles contradicciones que suscitaba en él este problema ni entender hasta qué punto su situación influyó en su precisamente, cuando consta de la ausencia de ensayos publicados en este sentido fue cuando sentí el deseo de enfocar el problema de otro modo, y dejar de lado para empezar todas las ideas recibidas. Los trabajos que conozco sobre el tema no hacen si no recordar tal o cual aspecto de su interés por el judaísmo, sus relaciones con los actores yiddish que fueron a Praga en 1911 y que efectivamente jugaron un papel importante en su vida: sus relaciones complejas con el sionismo o sus afinidades con la Cábala y el misticismo judío, cosas todas ellas que, cuánto generalidades, disimulan el verdadero conflicto.

–En su ensayo, usted ha querido partir de la base misma del problema.

–He intentado comprender y reconstruir lo que representaba, interiormente para él y exteriormente en su vida cotidiana, esta situación que, por una parte, les venía impuesta y que, por otra, quiso vivir íntegramente. Kafka no era el único en Praga que se encontraba en esta situación. Pero sólo él se tomó absolutamente en serio, incluso trágicamente en serio, lo que para los demás no era más que una causa de malestar, un leve enojo.

–¿Qué método ha seguido usted para localizar todos estos motivos dispersos por su obra?

–En su obra no dice nada de esto; sobre este punto decisivo, calla, pero su silencio es elocuente, pues en realidad no hace más que referirse a esta situación imposible que se prolonga en todos los sectores de su vida (sentimental, literario, social, profesional). Y para presentar esta situación de una forma total, no he encontrado mejor medio que el de servirme, del modo más discreto pero más seguro posible, de todos los medios de investigación de que disponemos, es decir, de los documentos históricos que están a nuestra disposición (sin analizarlos exhaustivamente, por supuesto), de los documentos psicológicos que el propio Kafka nos suministra en su diario y su correspondencia, y de lo que su obra nos muestra a contrario, por su ausencia, por el vacío que en ella produce la inexistencia de la palabra “judío”.

He procurado no afirmar nada que los propios textos de Kafka no confirmen, porque es éste un tema que fácilmente te lleva hacer especulaciones. He mencionado, y discutido siempre que ha sido posible, todas las hipótesis denunciadas. Se ha dicho que Kafka era el representante más auténtico del judaísmo moderno; eso es lo que dijo, por ejemplo, su amigo íntimo Max Brod el artículo escrito en 1913. “aunque la palabra “judío” no figura en su obra –escribe–sus textos son uno de los documentos más judíos de nuestro tiempo”. Es esta una opinión muy extendida, que yo misma habría suscrito, una opinión indiscutible por banal. Los textos de Kafka se nos presenta como la expresión de una forma moderna de ser judío, es decir de no serlo o de serlo a medias sin poder ser otra cosa. Este es precisamente el objetivo que persigue libro: discernir en qué medida el ser y el no se están mezclados. Para unos, la cuestión ni siquiera se plantea: Kafka  es judío Y su literatura también. Para otros –Y aprende a vista es absolutamente imposible de distinguirlos de los primeros– es la encarnación de la conciencia desgraciada del Judío integrado que en realidad reniega de sus orígenes y forma parte de esa clase de intelectuales (porque es, naturalmente, entre los intelectuales donde se encuentra) que llevan su vergüenza de ser judíos hasta el antisemitismo. Este dolor por ser judío sin poder dejar de serlo, según ciertos autores (citaré por ejemplo al más conocido de ellos, a Heinz Politzer) sería la causa de esta especie de suicidio que es efectivamente su enfermedad. Kafka se habría destruido a sí mismo al interiorizar el odio del antisemitismo ambiente. Estas dos formas de ver las cosas sólo están parcialmente fundadas, es decir, ambas son igualmente erróneas.

He tenido que arbitrar un método que me permitiese firmar nada, no alegar nada que no estuviese absolutamente fundamentado, que no pudiese probarse por medio de documentos. Todo el mundo habla en función de lo que desea, de lo que cree, de la imagen de Kafka Y del judaísmo que se forma en cada época; la interpretación es fácilmente tendenciosa Y no se preocupa en demasía de los hechos. Pero casi todas las interpretaciones parecen fundadas porque, dadas las increíbles contradicciones en las que se debatirá, Kafka llego a pensarlo todo, a considerarlo todo, a prever todas las posibilidades. Todas las ideas, todas las tendencias que se le atribuyen, las tuvo, las examinó a fondo, pero precisamente para descubrir que ninguna de ellas le ofrecía una salida. Supo extraer lo mejor de su inspiración de esa imposibilidad de decidirse. Quiso vivir el conflicto íntegramente y hasta el final. Por ello, todas las etiquetas que le atribuyen son, en el mejor de los casos, verdades a medias y, en el peor, errores verdaderos.

El tabú del nombre

“Uno de los documentos más judíos de nuestro tiempo”: estaríamos dispuestos a darle la razón Max Brod en este punto, pero ¿no es curioso que precisamente la palabra “judío” no aparezca jamás en toda su obra? En principio, cualquiera que se presenta como ”escritor comprometido”, se compromete ante todo a decir qué es lo que hace, en qué sentido está comprometido. Pero Kafka no lo dice. La palabra ”judío” se oculta en su obra como en la trama de mujer mi fijo: se siente en cada ángulo, pero no está escrito en ninguno, lo que revela una intención que merece ser profundizada. He partido de este hecho literario indiscutible que convierte el nombre oculto, dopado sin embargo de una presencia invisible, es un verdadero enigma (los dos o tres patronímicos judíos que aparecen en su obra son aún más notables en la medida en que aparecen en obras póstumas e inacabadas).

La primera razón de esta censura deliberada del nombre la evoca el propio Kafka en la pregunta que le hizo un día a su novia, Felice Bauer; “¿Puedes decirme quién soy yo en realidad?” No sabe quién es; ahí esta su mal, un mal que los intérpretes de su obra conocen muy bien, pero que niegan enseguida al tratar de etiquetarlo. Por lo que a mí respecta, no he querido darle al “¿Quién soy yo?” de Kafka, la respuesta de una fe o de una filosofía. Al contrario, lo he puesto en el centro mismo de mi obra, como aquello que, en la vida y en la obra del escritor, constituye lo innombrable, lo imposible de curar.

¿Es ésta la razón que en el primer capítulo analice usted la censura de esos nombres?

–Lo primero que he querido dejar claro es que bajo la envoltura de la impersonalidad, es de sí mismo de quien habla Kafka en sus libros. Pero si su obra no es, a fin de cuentas, más que una biografía encubierta, como él mismo da entender determinados pasajes de su Diario, el nombre que deja en blanco puede ser el suyo, el de su familia, su nombre judío. Ahora bien, con el tabú el nombre entramos en un mundo interior ambiguo, dominado por las contradicciones y las ambivalencias del sentimiento. Al callar su nombre, Kafka, que se demora contando en las cartas a sus amigos los ultrajes que sufre en los lugares públicos cuando su condición de judío es reconocida, no hace sino ilustrar lo que en su día le escribió a su hermana Ottla: “¡Qué que pena que nunca podamos mostrarnos totalmente!”. El hecho es que en las condiciones en que su nacimiento le colocó, nunca pudo mostrarse enteramente como realmente era: Franz Kafka, Doctor en derecho, Judío de Praga. No podía hacerlo sin ver fruncirse los ceños, sin crear turbación y escándalo. Por ello contornea la verdad, no lo dice todo, miente, en suma, por omisión –por pudor, por orgullo o simplemente para que le dejen en paz–, y esta omisión se convierte a la larga en una autorrenuncia, en una negación de sí.

–Suprime incluso el nombre de su ciudad natal.

– Kafka ”quema” Praga literariamente, como en su juventud había soñadp hacer en realidad. Pero sería un error ver en este anonimato un principio fundado en razones estéticas o motivado por una decisión vanguardista. Los numerosos esbozos que Kafka consigna en sus apuntes bastan para probarlos: hay cantidad de nombres propios en ellos; evidentemente, siente placer en inventarlos. Sólo se priva de este placer para enmascarar la discriminación que sufre su héroe, en medio de los “otros”, de los no judíos, que están provistos de una identidad incuestionable. Así, los personajes de El Proceso están debidamente nombrados: se llaman señora Grubach, Señorita Huld, Leni, Hastererm Titorelli; tan sólo José K. no tiene nombre, porque en la sociedad en la que se siente acusado, no es totalmente o no es en absoluto presentable. El anonimato aquí no es una cláusula de estilo: es la transcripción justa y cruel de la realidad.

Pero hay otro aspecto en esta omisión del nombre: Kafka imita en el tabú judía que afectaba antaño al nombre de Dios. La prohibición que antaño caía sobre le nombre del Dios judío, cae ahora sobre el hombre judío, lo que representa, por una parte, la perennidad del precepto religioso y, por otra, los enormes cambios acaecidos entre tanto en las relaciones entre lo profano y lo sagrado.  También aquí vemos cómo el silencio de Kafka expresa todas las ambigüedades de su sentimiento judío que el lenguaje común no le permite nombrar.

Checo, alemán, judío

De acuerdo con su método, usted sólo evoca la infancia de Kafka citando los recuerdos incluidos en la Carta al padre.

–Sí, porque de eéstos no se puede dudar, pero no he querido reconstruir su situación familiar entre el padre formidable, a quien conocemos por sus relatos, y la madre aparentemente difura, que aparece siempre como la sombra y el auxiliar del tirano. La pareja parece haber sido una madre muy amante de sus hijos, el amor conyugal fue, al parecer, mucho más intenso que el filial. No he querido trabajar con un esquema como éste, de modo similar a como se ha hecho con Flaubert; me he limitado a utilizar las informaciones que nos da el mismo Kafka respecto a este tema en su célebre Carta al padre.

–Uno de los pasajes más sorprendentes de esta Carta es el que hace referencia al cinismo de Harmann Kafka y, particularmente, a su brutal comportamiento con sus empleados.

–Esta actitud de su padre, compartida seguramente por muchos comerciantes judíos de Praga, escandalizaba a Kafka cuando era niño. A los 36 años, cuando revive estas escenas y los griteríos de los que fue testigo, sigue escandalizado. Desde muy joven, tomó partido por aquellos a quienes su padre llamaba “sus enemigos declarados”, y de ahí le viene, según dice, su predilección por los humildes, por los humillados. De un modo general, puede decirse que sólo experimenta aversión por este judaísmo pragués  del que su padre es uno de los representantes más típicos. Es cierto que, bajo la presión de unas condiciones históricas que sí me ha parecido necesario reconstruir, el judaísmo de Praga presentaba entonces síntomas de decadencia. Indiferente en materia religiosa, aunque pretendiendo mantener las tradiciones, de caracterizaba por el cinismo político y por el oportunismo, cosas por las que Kafka sentía horror y que en muchos sentidos determinaron su propia actitud ante la vida.

–Es lo que Kafka explica por el traslado de los judíos desde el campo a la ciudad.

–Sí, pero creo que la decadencia tiene otra causa: la flagrante contradicción entre la relativa prosperidad económica de esta clase media judía y la precariedad de su existencia social. Ricos o simplemente acomodados, los judíos de Praga podían ser advenedizos, pero no por ello dejaban de ser parias en su sociedad.

–En suma, Franz Kafka se vio obligado a enfrentarse con sus semejantes, en la medida en que se rebeló contra su forma de ver y de pensar.

–Exacto, pero entre Kafka y su padre, el banal conflicto generacional estaba agravado por el cambio total en las condicione de vida que había determinado el desplazamiento de la familia a Praga. Nacido en un pueblo de Moravía, de lengua originariamente checa t sin duda incluso relativamente piadoso, Hermann Kafka había conocido desde su infancia la más espantosa de las miserias. Y no dejaba de recordárselo a sus hijos creyendo que el suyo era un ejemplo edificante. Es fácil conjeturar que la trasladarse a Praga se hizo a sí mismo la promesa de no conocer nunca más la miseria y de evitar que los suyos la conocieran. Para ellos, tenía que desembarazarse de todo lo que representaba su pasado, de lo checo, de lo yiddish, de las prácticas judías, de todo lo que obstaculizaba su asimilación. En pocas palabras, trató de germanizarse y de hacer fortuna a base de trabajar encarnizadamente. En este sentido, dio naturalmente a sus hijos, y pos supuesto a su hijo mayor, la educación alemana que mejor garantizaba, a su modo de ver, el éxito, sin darse cuenta de que esta pertenencia a una cultura y a una lengua prestadas hundiría a su hijo en el desagarramiento. Con gran pesar, Hermann Kafka debió constatar enseguida que lo que había hecho por su hijo se volvía contra él: Franz le reprochaba la dureza que le había permitido enriquecerse, su oportunismo político, la incapacidad de transmitirle un judaísmo auténtico y vivo. Se puede afirmar que Kafka se formó contra este padre robusto, enérgico, vividor, dispuesto a conseguir lo que quería al precio que fuera. Allí donde su padre no mostraba demasiado escrupuloso, por ejemplo en materia de fe, o de opinión, Kafka llevaba el escrúpulo hasta caer en la patología. Y siempre rechazó la más mínima muestra de compromiso.

Sin ideas

–Hay una cosa que me ha sorprendido mucho en su libro: el hecho de que Kafka se negase a creer que las ideas, las ideologías podían salvarle.

–He remitido esta negativa a opinar que determina en gran parte el estilo de su obra precisamente a esta inconstancia del juicio que caracterizaba a su padre y al medio pragués en que vivió. Como su padre despotricaba “contra los checos, contra los judíos, contra los alemanes”, él no opina sobre nada. Me refiero a su obra, naturalmente; en su vida, por el contrario, mantuvo opiniones muy firmes, por ejemplo sobre la medicina, el régimen alimenticio, la higiene, etc. opiniones que defendía fanáticamente, incluso poniendo en peligro su salud. En Kafka, el hombre y el escritor están cuidadosamente separados. El hombre, como todo hombre, puede equivocarse, tiene ideas absurdas, prevenciones, prejuicios; el escritor, en cambio, es infalible, porque en su obra no deja que asome nada que se parezca a una opinión o que contenga un juicio. Creo que es esta paradójica separación lo que dota precisamente a su arte de esa transparencia, de esa incorruptible verdad.

–Dice usted que Kafka era muy tolerante con las ideas de los demás, pero lo que a él le interesaba sobre todo era la disciplina. 

–Esto me parece decisivo. Insisto en esta distinción que parece artificial y arbitraria pero que es absolutamente importante: en Kafka el escritor no tiene ideas. No deja de ser una ironía de la historia literaria que ningún otro escritor haya visto atribuirse tantas ideas, precisamente porque no expresó ninguna.

–Por eso nos resulta tan fácil proyectarnos en Kafka. 

Por supuesto, ya que en él nada está determinado. No se sabe en qué época transcurre El Proceso o El Castillo. En estas novelas no hay alusiones a los acontecimientos de la época, ni siquiera «y eso es muy importante» ideas generales sobre la condición humana. Nada. Nada que no se desprenda directamente de la situación descrita en la novela. En El Castillo, por ejemplo, K. trata de averiguar quiénes son los señores y las gentes del pueblo, y qué relaciones mantienen entre sí: son éstos los únicos puntos que se detiene a pensar.

Ante la ley

–Según usted, a Kafka le importan menos las ideas que las reglas destinadas a codificar la vida. 

–Sí, Kafka es incapaz de vivir al día, en el puro transcurrir del tiempo. Le hace falta un código práctico que, en cierto modo, legalice su vida. Ni una idea, ni una creencia, ni siquiera una metafísica, pero sí una Ley que substituya a la Ley judía perdida y que, en cuanto judío emancipado, trata en vano de reventar.

–Aunque emancipado de las creencias tradicionales, Kafka estaba impregnado de la convicción de que el matrimonio, tener hijos y educarlos era lo mejor que un hombre podía hacer en este mundo, y en este sentido la ley judía seguía determinándole. 

–Kafka conserva residuos automáticamente judíos en todos los aspectos esenciales, por ejemplo en lo concerniente a la alimentación. No puede comer cualquier cosa. No tuvo ni siquiera que abandonar las obligaciones alimenticias, ya que en su familia no se observaban, pero a pesar de eso no podía comer como todo el mundo. Tampoco pudo conocer a las mujeres y vivir con ellas. Necesitaba casarse, y necesitaba hacerlo exactamente de la forma que lo prescribe la tradición judía. En muchos otros aspectos de su vida, se podría encontrar también esta necesidad de una ley que rija  sus acciones, no lo que piensa o cree, sino lo que hace, lo que come, lo que bebe, el modo de vestirse, cosas concretas. Lo que le importa a Kafka no es en absoluto tomar partido en relación a tal o cual problema religioso, filosófico. Este tipo de cuestiones no le interesaban en absoluto. En cambio, saber si hay que tomar aspirina cuando se tiene dolor de cabeza, saber si una mujer tiene un abrigo de pieles o no, es absolutamente decisivo. ¡Llegó incluso a diseñar los zapatos que le hubiese gustado que llevasen sus sobrinos y sus nietos! Para él, la forma de un zapato era absolutamente esencial.

–Esta prioridad de los actos está profundamente inscrita en la tradición judaica. 

–Es la esencia misma del judaísmo. Pero Kafka traiciona la Ley: se da reglas y este simple hecho constituye ya una traición, pues la verdadera regla procede del fondo de la historia, del fondo del pueblo, el individuo no puede crearla: Kafka la falsea también de otro modo, al exagerar su severidad, y ello porque de la Ley sólo se conoce el aspecto represivo, lo que ella prohíbe y no lo que permite. Al no haber recibido la Ley, Kafka no puede distinguir entre lo prohibido y lo permitido, y por ello aumenta incesantemente las medidas disciplinarias de la misma hasta llegar a arruinar su propia salud.

–En cuanto a la forma literaria de sus escritos, ¿puede decirse que Kafka sufre de algún modo la influencia de los narradores judíos?

–Recibe la influencia del arte de contar, que es un talento innato del judío tradicional, pero no olvide que Kafka escribe en alemán, y que se inspira directamente en el arte de los Hermanos Grimm, en la perfección y pureza de este alemán popular que supieron recrear los dos sabios. En cierto sentido, se puede decir que Kafka escribe los verdaderos Marchen de su época atormentada, anunciadora de una nueva era de Terror.

–Otra cosa que me ha impresionado mucho en su libro es la forma en que Kafka utilizaba las leyendas griegas por ejemplo.

–La gran mistificación de Kafka es que, sin parecerlo, imita todos los géneros de la literatura universal. Los imita, por supuesto, no para reproducirlos, sino para poner en entredicho, a través de sus supuestas verdades, la complicidad secreta entre la literatura y el mundo establecido,  todo aquello que permite a las palabras consolidar el orden de las cosas. El individuo de Kafka, nacido en un mundo ya hecho, ya hablado, ya escrito, tiene precisamente la misión de denunciar la connivencia entre el lenguaje y la sociedad que produce la tiranía. En un universo cuyo descentramiento está disimulado por el orden y la razón, lo que él quiere es simplemente pensar solo, y por ello está de entrada condenado.

Entrevista de Jean Claude Eslin a Marthe Robert, publicada en el nº 34 de El Viejo Topo, julio 1979. Traducción de Josep Sarret.

(Visited 40 times, 1 visits today)