por Gustavo Burgos
La reciente declaración triunfalista de Donald Trump —como informa El País de España— en orden a que existiría una negociación avanzada con Irán y que los bombardeos habrían producido un supuesto “cambio de régimen”, constituye menos una señal de victoria que una manifestación descarnada de la debilidad estratégica del imperialismo norteamericano. En efecto, el propio gobierno estadounidense ha presentado, a través de mediadores, un plan de “paz” que exige la renuncia de Irán a su programa nuclear militar, el abandono de su política regional y la apertura de sus recursos energéticos, mientras simultáneamente despliega miles de soldados de élite y refuerza su presencia militar en el Golfo.
Esta coexistencia de negociación y escalada militar no es una paradoja táctica, sino la expresión de un impasse: si Washington estuviera en condiciones de imponer por la fuerza sus objetivos, no necesitaría recubrir su ofensiva con la ficción de una negociación ni presentar como “regalo” lo que no es sino el resultado incierto de una guerra sin resolución. El propio Trump insiste en que Irán desea cerrar un acuerdo, mientras desde Teherán se relativizan esos contactos y se elevan nuevas exigencias, incluyendo reparaciones por los daños infligidos.
Más aún, la apelación a un supuesto “cambio de régimen” aparece completamente desprovista de contenido material. No se trata del resultado de una ocupación efectiva ni de un colapso interno del Estado iraní, sino de una construcción discursiva destinada a encubrir la incapacidad de traducir la superioridad militar en dominio político real. La propia exploración de figuras funcionales que administren un eventual orden subordinado —al modo de intermediarios semicoloniales— revela que el imperialismo ya no se plantea reorganizar integralmente un Estado, sino apenas estabilizar formas precarias de control indirecto.
Es desde este punto que debe comprenderse el significado más profundo de esta declaración: la guerra en Medio Oriente no es la expresión de hegemonía y fortaleza, sino el intento de compensar por vía militar una debilidad estructural acumulada. La base material de esta decadencia debemos encontontrarla en la incapacidad norteamericana de revertir su ciclo de desindustrialización. En efecto, desde la crisis de 2008, Estados Unidos ha experimentado una desindustrialización relativa persistente, que ha erosionado su capacidad de sostener una supremacía productiva incontestable. La propia guerra, lejos de revertir esta tendencia, la agrava: eleva los costos energéticos, tensiona el crédito y expone la vulnerabilidad de su economía.
Como ha señalado Michael Roberts, la guerra tiende a beneficiar a fracciones específicas del capital —en particular las ligadas al petróleo—, mientras debilita al conjunto de la economía al acentuar las presiones inflacionarias y el riesgo de estancamiento. La ofensiva militar aparece así como un mecanismo de desplazamiento de la crisis, no como su resolución.
Como hemos venido sosteniendo desde el inicio de esta agresión imperialista: el choque con Irán revela algo más que una dificultad táctica, pone en evidencia que Estados Unidos conserva una capacidad destructiva formidable, pero carece de la base industrial y de la autoridad política necesarias para convertir esa fuerza en hegemonía estable. Frente a un país capitalista atrasado y oprimido como Irán, el imperialismo exhibe límites en la reposición de armamento, dependencia de cadenas globales de suministro y dificultades para sostener una guerra prolongada de desgaste.
De esta constatación se desprende una conclusión estratégica: incluso en el caso de una victoria militar estadounidense, o de la eventual transformación de Irán en un protectorado semicolonial, ello no resolvería la incapacidad orgánica de Estados Unidos para disputar el mercado mundial. A diferencia de las guerras del siglo XX, donde la destrucción abría paso a nuevas hegemonías productivas, el conflicto actual se desarrolla en un escenario en que el centro de gravedad industrial se ha desplazado, y en que la guerra no puede restituir lo que la acumulación capitalista ya ha erosionado.
Al mismo tiempo, esta oscilación entre ofensiva militar y negociación improvisada tensiona el sistema de alianzas de Washington, evidenciando fisuras que no se resolverán mediante una ocupación militar. La incapacidad de imponer una estrategia coherente debilita su posición tanto frente a sus adversarios como ante sus propios aliados.
Desde una perspectiva de clase, la base material de esta guerra sigue siendo el conflicto interimperialista entre Estados Unidos y China como potencia emergente del capital mundial. Pero precisamente por ello, la tarea de la clase trabajadora no es alinearse con ninguna fracción burguesa, sino construir un frente de clase independiente. En el caso de Irán, ello supone la defensa de la nación oprimida frente a la agresión imperialista, es decir, la lucha por la derrota militar del imperialismo norteamericano y su adlátere sionista, sin depositar confianza alguna en la burguesía iraní.
En Chile, vivimos bajo el «efecto Trump». La ferocidad misma del programa de Kast —expresada en anuncios deliberadamente atemorizadores, en planes explícitos de regresión sobre derechos laborales conquistados y en la escenificación casi ritual de un orden represivo— no está produciendo el efecto político que su arquitectura supone. Por el contrario, esa sobreactuación coercitiva, ese monocorde sainete de autoridad, revela una debilidad de origen: la incapacidad de construir hegemonía más allá del miedo. La amenaza permanente, cuando no se traduce en una expectativa material de recomposición social o estabilidad económica, deja de operar como mecanismo de cohesión y comienza a funcionar como factor de incertidumbre incluso para sus propias bases.
Ni siquiera el disciplinado respaldo de la prensa del régimen ni la colaboración explícita de la oposición burguesa logran revertir este cuadro. Cuando figuras como Jeannette Jara se limitan a exhortar a Kast a “recapacitar”, lo que se pone en evidencia no es una oposición real, sino una variante de contención que acepta los marcos estratégicos del adversario. Más aún, cuando desde la dirección de la CUT, en voz de José Manuel Díaz, se valora la supuesta “buena disposición” del Ministro del Trabajo, se consagra una forma de desarme político del movimiento obrero, que termina legitimando —aunque sea por omisión— una ofensiva que apunta directamente contra sus propias condiciones de existencia.
Sin embargo, ni siquiera este cerco de contención política y mediática alcanza para producir el efecto clásico de toda transición gubernamental: la llamada “luna de miel”. La ausencia de ese breve período de legitimidad inicial no es un dato menor, sino el síntoma de una crisis más profunda. Kast no logra estabilizar expectativas, ni hacia arriba —en los sectores dominantes, que comienzan a inquietarse por la torpeza de ciertas señales económicas— ni hacia abajo, donde el temor no se transforma en adhesión sino en rechazo latente.
Así, la paradoja se vuelve evidente: cuanto más se intensifica la retórica de fuerza, más se expone la falta de base política real. La coerción, en ausencia de consenso, no inaugura un ciclo de estabilidad, sino que acelera las contradicciones. Es el «efecto Trump» que será objeto de estudio en las próximas décadas. En ese movimiento, no emerge una fuerza nueva, sino un orden político que se desmorona sitiado por sus propias limitaciones. Por ello la lucha contra el imperialismo tiene su primer momento en Chile en la lucha contra el régimen contrainsurgente. La crisis que se despliega en el Chile de Kast no es sino la manifestación de la crisis histórica y general del gran capital imperialista, que descarga su peso sobre los trabajadores del mundo. Y por eso mismo, en medio de la incertidumbre, el agobio y la miseria crecientes, el combate ya ha comenzado. Cada vez que Trump anuncia victorias improbables, caba su propia tumba.
