Ciudad: trastornos urbanos y migración

por Mauro Salazar

Las metáforas pueden motivar esa lúcida perplejidad, que es el único honor de la metafísica, su remuneración y su fuente. 

J.L. Borges. 1951

La fenomenología existencial de Roberto Arlt nos describe una ciudad empapada de rufianes melancólicos. Una poética de la disonancia, donde el dolor de la prosa nos ayuda a castigar biografías fallidas. El mundo es captado en la escena de su aparecer puro. En medio de chorros, prostitutas, cafichos, proxenetas y marginales, la ciudad exuda espasmos que ponen en riesgo la integridad de la “voz nacional”. El año 1913, el Diario Crítica, publicó una denuncia ante el Congreso Nacional que develó la existencia de seis mil proxenetas, tres mil prostitutas en casas autorizadas y “50.000 o 60.000 mujeres que pululan por todas partes” (Varela, 2016). 

La pregunta apremiante fue ¿Quiénes somos? La “densidad ontológica” de tal interrogante derivó en una angustia existencial para oligarquías que profesaban votos parisinos. Una reacción iniciática que no podía descifrar Buenos Aires desde “los pueblos del prostíbulo”, ni menos aceptar su desborde de arrabales. En medio del desarraigo, no era tolerable atender a las discordancias visuales,engranajes urbanos y producciones de género. Pensar la inmigración, con su densidad plural-discordante, conminaba a organizar el Estado, apelando a un texto civilizatorio que impartiera técnicas disciplinarias sobre territorios, cuerpos y hábitos dionisíacos. Luego arribaría la “hora de la espada”, como sostendría Leopoldo Lugones a la llegada del dictador José F. Uriburu. Pero no llegó la pureza, sino narrativas empapadas de experiencias descentradas, psicopatologías y dialectos itinerantes. Bajo tal entramado, la disputa por el sentido ha sido ampliamente retratada bajo la tensión que describe Ana Lilia Bertoni (2001) entre Cosmopolitas y Nacionalistas. El dilema en las últimas dos décadas del XIX, nos dice la autora, se resume en una interrogante muy similar, ¿Es la nación una entidad claramente definida y preexistente que anclaba sus raíces en el pasado, o bien, una comunidad plural proyectada hacia el futuro? Décadas antes, bajo la Dictadura de Juan Manuel de Rosas (1835-1852), un conjunto de escritores de la llamada “generación del 37” (Sarmiento, Mitre, Alberdi, Echeverría) se habían centrado -con diversos expedientes- en la necesidad de construir una identidad nacional estableciendo diversos juicios sobre el mundo hispánico y los riesgos de un “Estado dentro del Estado”, especialmente, por el «aluvión» de las colectividades italianas que ya contaban con  escuelas y periódicos (Lojo, 2007). En suma, la babélica fisonomía que adopta capital federal, ciudades y pueblos del área litoral pampeana,  “absorbía” la vida cotidiana e institucional. Y así “el espacio público constituía una arena en la que confluyen nativos e inmigrantes. Fiestas patrias, conmemoraciones, lenguajes y símbolos múltiples competían con la semántica nacional en construcción” (María Bjerg e Iván Cherjovsky).

Tales imágenes pueden rastrearse en funcionarios del gobierno argentino, como el inspector de Colonias Guillermo Wilcken, preocupado por contraponer la laboriosidad, pulcritud y buenos hábitos de los colonos piamonteses y lombardos con los defectos del inmigrante urbanos napolitano, o “como el Comisario de Inmigración Carlos Calvo, quien sugería la existencia de una estrecha correlación entre inmigración meridional y criminalidad en Argentina Intentando precisar los orígenes de esta Itifalofobia argentina cuyo rasgo más original en términos comparativos, es su especialización regional deberán. rastrearse tanto sus raíces locales como aquellas universales”. Entre las primeras, las imágenes de las “múltiples Italias” que surgían de los relatos de viaje de argentinos célebres como Domingo F. Sarmiento o Juan B. Alberdi, empeñados en comprobar las diferencias de civilización existentes entre las distintas partes de Italia. En medio de la cadena migratoria y la heterogeneidad de voces, la lengua que existía en un modo local (el lunfardo o el “cocoliche”) era hablada por los eriazos hacia el 1900. Borges sostenía que, en realidad, esa lengua era una «invención» de poetas e intelectuales y que los compadritos de las orillas de la ciudad no sólo se hubieran sentido extraños al diccionario del “lunfardo”, sino que difícilmente lo hubieran comprendido. El autor de «El Aleph» solía recordar una expresión de un gran novelista de Buenos Aires, Roberto Arlt, procedente de un “bajo fondo” muy distinto, quien sostenía irónicamente, haber nacido en un barrio popular -entre gente muy pobre-, y por tanto debió trabajar desde joven para ganarse el sustento y, por ello, nunca había tenido tiempo para estudiar el lunfardo. 

En tal escenario aparecía una problemática común: la “nación”. Tal cuestión, típicamente romántica, en un país nuevo como la Argentina, se agravó por la indefinición propia de un Estado de reciente creación. Toda vez que Argentina se ubicaba como un laboratorio de las políticas migratorias, el conocido jurista Estanislao Zeballos exclamaba sus náuseas contra el “manicomio lingüístico” ¡Nuestra lengua madre está contaminada, decía¡ aludiendo a los efectos del “mestizaje dialectal” sobre la inestable soberanía trasandina (Piglia, 1993, 30). Por aquellos años, el político y escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento, en tanto “héroe cultural”, había proclamado sus afanes de colonización, «¿Somos nación? ¿Nación sin amalgama de materiales acumulados, sin ajuste ni cimiento? ¿argentinos? Hasta dónde y desde cuándo, bueno es darse cuenta de ello” (1833, 14). 

Las relaciones del campo intelectual argentino del Centenario, hacen de la actividad literaria y propagandística de la Generación del 900 (José Martí, Manuel Ugarte, Pedro Henríquez Ureña, Oliveira Lima, José Vasconcelos, et al) un programa de «latinidad», contra la América Sajona y los imperialismos (“Sociedad de las Águilas”). La unidad cultural, y las vías posibles de su porvenir emplazaban la necesidad del proyecto civilizatorio para superar la “cólera era la de las fieras” (Facundo y la “pregunta por el yo”). Con pluma beligerante, Faustino Sarmiento, durante su destierro en Chile, conminaba a asumir la gesta ilustrada de construir el futuro mediante el faro galo. Una especie de “panteísmo de todas las civilizaciones” (iluminismo dieciochesco) empeñado en superar el síntoma de la barbarie: “Nosotros, sin embargo, queríamos la unidad en la civilización y en la libertad, y se nos ha dado unidad en la barbarie y esa es la esclavitud” (Sarmiento, 1845, 24). Quienes emplazan “…la cita orientalista de Sarmiento, propia de quién no es un europeo, [que] revela un deseo de inscribirse en el interior de la cultura occidental, y sería lugar de enunciación —ficticio— fuera de la ‘barbarie’ (lo no europeo), enfáticamente civilizado” (Sarlo y Altamirano, 1997, 22). El Oriente del Facundo, entre Llanura y Despotismo, más que aludir a un campo de conocimientos, fue un discurso de significantes fantasmáticos y colonialistas, que abrazaron las luces europeizantes del XIX. 

Cualquier genealogía del tano alienado -luego devenido tango- no puede omitir dimensiones histórico-demográficas y debe textualizar el ciclo de las llamadas “presidencias liberales” (Mitre, Sarmiento y Avellaneda), tildadas bajo la “generación del 80”. Tal intervalo se abre en 1862, y se torna expansivo hacia la década de 1880, hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial (1914). Luego del torrente inmigratorio y la debacle del Centenario, vino la ralea nacionalista, donde los regímenes positivistas y los darwinismos de turno (Spencer[1]) alcanzaron credenciales modernizantes dentro de los constructores rioplatenses (Lascar, 2016). Entonces, la mitad de los inmigrantes provenían del sur de Italia, contrariando las pretensiones parisinas de clases dominantes ensombrecidas. Según Fernando Devoto (2003), es posible consignar tres momentos en los flujos migratorios: a) inmigraciones (tempranas) que van desde el siglo XVIII hasta 1880, b) las inmigraciones aluvionales, de 1881 a la primera guerra mundial, y c) las contemporáneas, desde el fin de la primera guerra mundial en adelante. En este caleidoscopio de hibridaciones semánticas y «comercios cognitivos», tuvo lugar una proliferación de dialectos, lenguas y folklores de la plata que  trascendieron el destino de la lengua. Tal nomenclatura de origen, centrada en la protección a los extranjeros y los derechos civiles -fomentada por el constitucionalismo argentino de 1853- refrendaba la inmigración europea como acceso a modernidades nómades. La elaboración del texto constitucional no estuvo exenta de un sinfín de polémicas, acalorados debates, en los cuales Alberdi, Sarmiento (Sarlo, 1997), entre otros tantos, deliberaron apasionadamente acerca del papel de los extranjeros en la sociedad argentina (Halperín Donghi, 1998). En este contexto la europeización masiva comprendió diversos dialectos, a saber, italianos, españoles, franceses, alemanes, polacos, el idisch, el árabe y muchas otras lenguas -entre ellas el lunfardo- tuvieron una presencia fuerte en Capital federal, gracias a sendos procesos de transculturaciónPor fin, la inmigración será la pulsión que abrirá pliegues y recovecos en la enigmática morfología del tango y su incompletud identitaria –sin pudores del yo– será esencial en los entramados urbanos. Un género indomiciliado que absorbió pluralidad e infinita tragedia, exacerbando litigios estéticos e ideológicos (dada su naturaleza contestaria, pasión primaria o tendencia fálico-totalizante). En suma,  por varias décadas, ni el tango prostibulario -o el tano Laura- encontrarán abrigo alguno, en las agendas letradas de las oligarquías argentinas, más allá de los acentos de la versión liberal. Entonces, el género abrirá una brecha de denuncia y rencor, entre la burguesía acomodada y la pobreza. La fricción será entre la pulsión de occidentalización de la Argentinidad y el tango epidemiológico. El racionalismo de Facundo pretende exhumar el contacto de los cuerpos y erradicar la fobia que el tango provoca. Escisión entre civilización y barbarie. El domicilio del folklor no será el meridional, los tanos, la gauchesca, ni el río de la plata, salvo la producción de subjetividades anónimas en permanente desplazamiento discursivo. En pleno laboratorio del clandestinaje, Sarmiento le enseña al tango aquella nota lacerante de Roberto de Arlt, “a veces tenemos la necesidad de ser canallas…de ensuciar para siempre la vida de un hombre…de hacer alguna infamia y poder volver a caminar tranquilos” (1926, 61).  

El tango con sus estéticas de la multiplicidad, obsesividad semiótica, devino en un contrapunto de voces no “dialectizables”, interlenguas o “cocoliche”[2], que se trenzaron para formar una narrativa polifónica que resiente y gestiona el núcleo traumático del fenómeno migratorio y sus diásporas sin trenes. 

Por fin, el tano alienado -psicótico- y privado de palabra, donó al tango “un sufrimiento que no tiene voz”. Tal fue la base de sus letras, visualidades, sonoridades y composiciones. De allí que lo “grotesco” en la escritura de Armando Discépolo (especie de Pasolini de la Plata), más allá del bricolaje, recoge la polifonía de una sociedad metalingüística, cincelada en “periferias textuales”, derogando el mito de la inmigración exitosa. Según Ricardo Piglia, en la historia de la lengua literaria, se encuentra la contracara guardiana de Leopoldo Lugones, junto a la gauchesca y la novelística anti-aristocrática de Roberto Arlt. Para David Viñas, “El grotesco es la caricatura de la propuesta oligárquico-liberal”. El proceso de nacionalización cultural sacrificó las lenguas del inmigrante porque trasluce que, en la Argentina, existe una aporía, que difícilmente se podría gestionar mediante los gobiernos de turno. En el caso de Roberto Arlt (Sarlo, 2000) su “economía literaria” resulta urticante, pero empalma con el clima cultural de los hermanos Discépolo (“teatralidad y lírica popular”). En su pluma Arlt, mezcla de simpatías y canallas, supo valorar el fondo bufonesco como el quid trágico del hermano mayor de Armando Discépolo y, especialmente, de su obra Babilonia. “Lo bufo”la vacuidad de la existencia en comunidad, la economía de la orgía, es la tragedia que Arlt -escritor malditos entre malditos- cultivó en sus Aguafuertes porteños (1928-1933). La intervención de Armando Discépolo, en Mustafá (1921) devela dramáticamente los problemas de integración y, esencialmente, la lengua desgarrada, fragmentada, herida, que acompaña este fracaso y muestra las rupturas identitarias. El teatro de “lo grotesco” devela el sujeto extraviado, demencial, desquiciado, fuera de sí, atrapado por la esclavitud de lo cotidiano, entre máquinas y paredes. Un mundo-inmundo, una vivencia consumiendo vida. En suma, movimiento circular que no implica un regreso a la misma tierra. La confusión de lugares y tiempos no se debe solamente a la sensibilidad de los personajes, sino fundamentalmente a la alienación provocada por el extrañamiento a toda raíz.

En suma, las frustraciones y las dificultades de estar en el mundo, de haber emigrado. La migración convoca al “infinito errante”, como si fuéramos rehenes de la destinación. La lengua deviene sinónimo de destierro porque la comunicación  nunca fue un proceso fácil. Un lugar transfronterizo de la no pertenencia, donde solo se pudo pulular en desposesiones y desarraigos, sin ninguna mediación hermenéutica.

Luego Santos Discépolo se alzó como el Schopenhauer del género. Más tarde, ya menos distópico, fue el dispositivo estético de la máquina Peronista. 

Mauro Salazar J.

Doctorado en Comunicación. UFRO-UACh.

(2) «Se Juega» Rubén Juárez (1983) Videoclip – YouTube

Rubén Juárez. 

Bibliografía de referencia. 

Devoto, F. (2003) Historia de la inmigración en la Argentina, Sudamericana, Buenos Aires.

Varela, G. (2005) Mal de Tango. Historia y genealogía moral de la música ciudadana. Historia y genealogía moral de la música ciudadana. Paidós. Buenos Aires

Varela, G. (2016) Tango y política. Sexo, moral burguesa y revolución en Argentina. Ariel. 
Sarlo, B. Altamirano, C. (1997), Oralidad y lenguas extranjeras. Ensayos argentinos. De Sarmiento a la vanguardia, Ariel, Buenos Aires, pp. 269-287.

______ (1998) Una modernidad periférica: Buenos Aires: 1920 y 1930. Buenos Aires: Nueva Visión.

_______  (2000) Roberto Arlt: Un extremista de la literatura” en Ñ, Revista Cultural del diario Clarín.

_______.(2007). Escritos sobre literatura argentina. Siglo XXI. Edición a cargo de Saíttan

Viñas, D. (1997). Grotesco, inmigración, y fracaso: Armando Discépolo. Buenos Aires: Corregidor.

Viñas, D. (1996). Armando Discépolo: grotesco, inmigración y fracaso, en Literatura argentina y política II, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, pp. 99-143


* El texto es parte del proyecto Fondecyt N° 1220324. ANID

[1]  En suma, los positivistas argentinos encontraron en Comte y en Spencer la posibilidad de llevar al terreno social y político las ideas evolucionistas de Darwin. Los tres estados de Comte y el organicismo Spenceriano nutrieron una concepción de la historia cuyo motor fue el progreso. Sarmiento, por ejemplo, dirá “con Spencer me entiendo bien porque andamos por el mismo camino”. El mismo camino” fue ante todo y en primer lugar el de la educación.

[2] El cocoliche es una variedad surgida a partir del contacto entre el español y el italiano en determinadas condiciones históricas y geográficas: el contexto inmigratorio rioplatense queda acotado por las dos grandes oleadas de 1880–1914 y 1945–1955, sobre todo en la zona del Litoral argentino.

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