Biden, sus asesores y la derrota afgana

por Michael Hudson

El presidente Biden ha querido envolver en un popular tremolar de banderas la retirada forzada de Estados Unidos de Afganistán en su discurso de las 4:00 pm del lunes. Era como si todo sucediera según las propias intenciones de Biden, no una demostración de la total incompetencia de la CIA y el Departamento de Estado que hasta el el viernes pasado aseguraban que los talibanes tardarían más de un mes en poder entrar en Kabul. En lugar de decir que el apoyo público masivo para que los talibanes reemplacen a Estados Unidos mostraba la arrogancia incompetente de las agencias de inteligencia estadounidenses, lo que en sí mismo habría justificado la decisión de Biden de completar la retirada a toda prisa, redobló su defensa del Estado Profundo y su mitología.

El efecto fue mostrar hasta que punto sus propios conceptos son erróneos y cómo continuará defendiendo el aventurerismo neoconservador. Lo que durante más o menos una hora pareció una operación de relaciones públicas y recuperación de la confianza se está convirtiendo en un escenario de cómo la fantasía estadounidense todavía intenta amenazar a Asia y el Cercano Oriente.

Al poner todo su peso detrás de la propaganda que ha guiado la política estadounidense desde que George W. Bush decidió invadir Afganistán después del 11 de septiembre de 2001, Biden desperdició su mayor oportunidad de romper los mitos que lo han arrastrado a adoptar su decisión equivocada de confiar en los funcionarios militares y públicos de EEUU ( y sus colaboradores de campaña). 

Su primera pretensión fue que invadimos Afganistán como represalia contra “su” ataque a Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. Ésta es la mentira en la que se fundamenta la presencia estadounidense en el Cercano Oriente. Afganistán no nos atacó. Fue Arabia Saudí la que lo hizo.

Biden trató de confundir el tema diciendo que «nosotros» fuimos a Afganistán para lidiar (asesinar) con Osama Bin Laden, y después de esa «victoria», decidimos quedarnos y «construir una democracia», un eufemismo para crear un estado cliente de EEUU. (Cualquier estado de este tipo se califica de «democracia», lo que significa simplemente pro-estadounidense en el vocabulario diplomático actual).

Casi nadie pregunta cómo se vió envuelto Estados Unidos en primer lugar. Jimmy Carter fue engañado por Brzezinski, que odiaba a Rusia, y creó Al Qaeda para actuar como la legión extranjera de Estados Unidos, que posteriormente se expandió para incluir al ISIS y otros ejércitos terroristas contra países en los que la diplomacia estadounidense busca un cambio de régimen. La alternativa de Carter al comunismo soviético fue el fanatismo wahabí, que solidificó la alianza de Estados Unidos con Arabia Saudí. Carter dijo memorablemente que al menos estos musulmanes creían en Dios, al igual que los cristianos. Pero el ejército del fundamentalismo wahabí fue patrocinado por Arabia Saudí, que financió armar a Al Qaeda para luchar contra los musulmanes sunitas y, desde el principio, contra el gobierno afgano respaldado por Rusia.

Lo que es tan típico de la agresiva mentalidad de la Guerra Fría de Estados Unidos es que podría haber ganado Afganistán mucho más fácilmente (y a un coste mucho menor) mediante la seducción, al tener mucho más que ofrecer económicamente que Rusia. Los documentos publicados de los archivos soviéticos muestran que:

«Ninguno de los documentos soviéticos cita a los terroristas que entraron en la URSS como una preocupación en 1979. La preocupación soviética era la incompetencia y cosas peores de sus clientes comunistas afganos, la influencia soviética en declive (por no hablar del control) en el país y la posibilidad de que Afganistán se acabará posicionando a favor de los estadounidenses.

Los documentos del Politburó soviético que estuvieron disponibles por primera vez en la década de 1990 muestran que el verdadero temor soviético era que el jefe del régimen comunista afgano, Hafizullah Amin, estuviera a punto de pasarse a los estadounidenses. (El presidente egipcio Anwar Sadat cambió de bando en 1972, expulsó a miles de asesores soviéticos y se convirtió en el segundo mayor receptor, después de Israel, de ayuda exterior estadounidense)». [1] 

Esta política precede al presidente Carter, por supuesto. Fue endémica en la estrategia estadounidense para imponerse en la Guerra Fría desde la década de 1950. Hace más de 60 años, por ejemplo, asistí a una reunión con los representantes de Fidel Castro que trataban de obtener el apoyo del Partido Demócrata y de Kennedy para derrocar el régimen de Batista. Creyendo que los republicanos y los hermanos Dulles eran los halcones, esperaban que la nueva diplomacia del Partido Demócrata encontraría en su propio interés brindarles apoyo económico para ayudar a la economía de Cuba a recuperarse de la dictadura corrupta. Mi padre les advirtió que los demócratas eran igual de halcones o peores.

En mis visitas a Cuba, era obvio que la población e incluso muchos funcionarios del gobierno habrían acogido con agrado un acuerdo que hubiera flexibilizado la política económica castrista a cambio de ayuda estadounidense. Estados Unidos nunca ha intentado utilizar esta táctica en el Caribe o América Latina, como tampoco lo ha hecho en Afganistán. Esa es la mentalidad neoconservadora: «Hazlo por la fuerza, no le des a ningún otro país otra opción».

El trueque «basada en el mercado» de ayuda por flexibilización de la orientación económica no es la política de Estados Unidos. Ofrecer una zanahoria todavía deja opciones al adversario designado de Estados Unidos. La única forma de asegurarse de que un país obedecerá es someterlo a la fuerza bruta. Esa es la mentalidad detrás del apoyo de Estados Unidos a Maidan y los bandaristas neonazis que se oponen a Rusia en lugar de simplemente tratar de ayudar a reformar Ucrania.

Y así ha sucedido en Afganistán. Después de Carter, George W. Bush y Barack Obama financiaron a Al Qaeda (en gran parte con el oro saqueado de la destrucción de Libia) para luchar por los objetivos geopolíticos y el petróleo de Estados Unidos en Irak y Siria. Los talibanes, por su parte, lucharon contra Al Quaeda. Por lo tanto, el verdadero temor de Estados Unidos no es que puedan respaldar a la legión extranjera wahabí, sino que negocien con Rusia, China y Siria para servir como un enlace comercial desde Irán hacia el oeste.

El segundo mito de Biden era culpar a la víctima al afirmar que el ejército afgano no lucharía por «su país», a pesar de las garantías de los gobernantes instalados por Estados Unidos, de que usarían el dinero estadounidense para construir la economía. También dijo que el ejército afgano no luchaba, lo que se hizo evidente durante el fin de semana.

La fuerza policial tampoco luchó. Nadie luchó contra los talibanes para «defender su país», porque el régimen de ocupación estadounidense no era «su país». Una y otra vez, Biden repitió que Estados Unidos no podía salvar a un país que no se «defendía el mismo». Pero el «mismo» era el régimen corrupto que simplemente se estaba embolsando el dinero de la «ayuda» estadounidense.

La situación era muy parecida a la que refleja el viejo chiste del Llanero solitario y Tonto rodeados de indios. “¿Qué vamos a hacer, Tonto?” Pregunta el Llanero solitario.

«¿Qué quieres decir con ‘nosotros’ hombre blanco?» responde Tonto. Esa fue la respuesta del ejército afgano a las exigencias de Estados Unidos de que lucharan por el corrupto régimen que habían instalado. Su objetivo es sobrevivir en un nuevo país, mientras que en Doha el liderazgo talibán negocia con China, Rusia e incluso Estados Unidos para lograr un modus vivendi.

Por lo tanto, lo que el mensaje de Biden significa para la mayoría de los estadounidenses es que no desperdiciemos más vidas y dinero en guerras por una población ingrata que quería que Estados Unidos luchara por ello.

El presidente Biden podría haber salido y haberse librado de las críticas diciendo: “Justo antes del fin de semana, mis generales del ejército y mis asesores de seguridad nacional me dijeron que los talibanes tardarían meses en conquistar Afganistán y, sin duda, tomar el control de Kabul, que supuestamente sería una lucha sangrienta». Podría haber anunciado que está sustituyendo al incompetente grupo de asesores que llevan muchos años y creando un grupo más basado en la realidad.

Pero, por supuesto, no pudo hacer eso, porque el grupo es el Estado Pfrofundo neoconservador basado en la irrealidad. No estaba dispuesto a explicar que «es obvio que el Congreso y yo hemos estado mal informados, y que las agencias de inteligencia no tenían ni idea del país sobre el que informaban durante las últimas dos décadas».

Podría haber reconocido que los afganos dieron la bienvenida a los talibanes a Kabul sin luchar. El ejército se hizo a un lado y la policía a otro. Parecía una fiesta que celebraba la retirada estadounidense. Los restaurantes y los mercados estaban abiertos, y Kabul parecía gozar de vida normal, excepto por la confusión en el aeropuerto.

Supongamos que Biden hubiera dicho lo siguiente: “Dada esta aquiescencia en apoyo a los talibanes, obviamente tenía razón al retirar las fuerzas de ocupación estadounidenses. Al contrario de lo que se dijo al Congreso y al Poder Ejecutivo, los afganos no apoyaban a los estadounidenses. Ahora me doy cuenta de que para la población afgana, los funcionarios del gobierno que Estados Unidos instaló simplemente se quedaron con el dinero que les dimos y lo pusieron en sus propias cuentas bancarias en lugar de pagarle al ejército, la policía y otros sectores de la sociedad civil».

En cambio, el presidente Biden contó que había realizado cuatro viajes a Afganistán y cuánto sabía y confiaba en los poderes que las agencias estadounidenses habían instalado. Una ingenuidad. Incluso Donald Trump dijo públicamente que no confiaba en los informes que le dieron y que quería gastar el dinero en casa, en manos de sus propios contribuyentes de campaña en lugar de en el extranjero.

Biden podría haberse marcado un punto diciendo: “Al menos hay un lado positivo: no gastaremos más después de los $ 3 billones que ya hemos invertido allí. En su lugar, ahora podemos permitirnos usar el dinero para construir la infraestructura nacional de EEUU».

Pero en cambio, el presidente Biden repitió lo que le habían dicho sus asesores neoconservadores y lo que estaban repitiendo en los canales de noticias de televisión todo el día: el ejército afgano se había negado a luchar «por su país», es decir, la fuerza de ocupación apoyada por Estados Unidos, como si esto fuera realmente el autogobierno afgano. 

Los medios de comunicación están mostrando fotografías del palacio afgano y de una de las oficinas de un señor de la guerra. Las miré dos veces, porque los lujosos y ostentosos muebles se parecían a los muebles McMansion de $ 12 millones de Obama en Martha’s Vineyard.

Los comentaristas de televisión están sacando a relucir a los funcionarios de Obama. En MSNBC, John Brennan advirtió a Andrea Mitchell al mediodía que los talibanes podrían ahora respaldar a Al Qaeda en una nueva campaña de desestabilización e incluso utilizar Afganistán para organizar nuevos ataques contra Estados Unidos. El mensaje fue casi palabra por palabra lo que se les dijo a los estadounidenses en 1964: «Si no luchamos contra el Vietcong en su país, tendremos que luchar contra ellos aquí». Como si cualquier país tuviera una fuerza armada lo suficientemente grande como para conquistar ninguna nación industrializada del mundo actual.

Todo el elenco del escuadrón de «bombardeo humanitario» de Estados Unidos estaba allí, incluido su brazo de hostigamiento, las organizaciones correa del Partido Demócrata creadas para cooptar a las feministas para instar a que se bombardee Afganistán hasta que trate mejor a las mujeres. Uno solo puede imaginar cómo la imagen de Samantha Power, Madeline Albright, Hillary Clinton, Susan y Condoleezza Rice, sin mencionar a Indira Gandhi y Golda Maier, hará que los talibanes quieran crear su propia generación de mujeres ambiciosas y educadas como estas.

El presidente Biden podría haberse protegido de las críticas republicanas recordando a su audiencia televisiva que Donald Trump había instado a retirarse de Afganistán ya la primavera pasada, y ahora, en retrospectiva, que el Estado Profundo se equivocó al desaconsejarlo, pero que Donald tenía razón. Después de todo, eso es lo que reconocía su orden de retirada. Esto podría haber eliminado al menos algunas críticas de Trump.

En cambio, Brennan y los generales que trotaban frente a las cámaras de televisión criticaron a Biden por no prolongar la ocupación hasta el otoño, cuando el clima frío disuadiría supuestamente a los talibanes de luchar. Brennan declaró en el noticiero de Andrea Mitchell que Biden debería haber utilizado una estratagema de «El arte de romper un trato» de Trump y romper la promesa del ex presidente de retirarse la primavera pasada.

Aplazar, aplazar, aplazar. Esa es siempre la postura de los aprovechados que se niegan a ver como la resistencia se acumula, con la esperanza de acaparar lo que puedan conseguir durante el mayor tiempo posible, siendo «ellos» el complejo militar-industrial, los proveedores de fuerzas mercenarias y otros destinatarios del dinero que, curiosamente, dice Biden que gastamos «en Afganistán».

La realidad es que no se gastó mucho de estos $3 billones allí. Se gastó en Raytheon, Boeing y otros proveedores de hardware militar, en las fuerzas mercenarias y se colocó en las cuentas de los representantes afganos para que Estados Unidos maniobrara para usar Afganistán para desestabilizar Asia Central en el flanco sur de Rusia y China occidental.

Parece que la mayor parte del mundo reconocerá rápidamente al gobierno afgano, dejando a Estados Unidos, Israel, Gran Bretaña, India y quizás Samoa aislados como un bloque recalcitrante que vive como las familias reales posteriores a la Primera Guerra Mundial que aún se aferran a sus títulos de duques, príncipes y otros vestigios de un mundo que ha pasado.

El error político de Biden fue culpar a las víctimas y describir la victoria de los talibanes como una derrota de un ejército cobarde que no esta dispuesto a luchar por quién le paga. Parece creer que en los últimos meses se le pagó al ejército, se le proporcionó comida, ropa y armas simplemente porque los funcionarios estadounidenses dieron dinero en efectivo a sus procónsules y simpatizantes locales para este propósito. Entiendo que no hay una contabilidad real de en qué se gastaron realmente los $ 3 mil millones de dólares estadounidenses, quién consiguió los paquetes de billetes de cien dólares envueltos en plástico que pasaron a través de la burocracia de la ocupación estadounidense. (Apuesto a que los números de serie no se registraron. ¡Imagínese si eso se hiciera y los EEUU pudieran anunciar la desmonetización de esos billetes!)

Estados Unidos está ahora (20 años después de la época en que debería haber empezado) tratando de formular un Plan B. Sus estrategas probablemente esperan lograr en Afganistán lo que ocurrió después de que los estadounidenses abandonaron Saigón: una economía libre para todos que las empresas estadounidenses puedan cooptar ofreciendo oportunidades de negocio.

Por otro lado, hay informes de que Afganistán puede demandar a los Estados Unidos y exigir reparaciones por la ocupación ilegal y la destrucción que aún continúa mientras el país está siendo bombardeado por los B-52 en la ráfaga de ira de Biden. Esa acción legal, por supuesto, abriría las compuertas para demandas similares de Irak y Siria, y el Tribunal de la Haya en Holanda ha demostrado ser un tribunal canguro de la OTAN. Pero es posible que los nuevos amigos de Afganistán en la Organización de Cooperación de Shanghai respalden tal demanda en un nuevo tribunal internacional, aunque solo sea para bloquear cualquier esperanza de las empresas estadounidenses de lograr mediante el apalancamiento financiero lo que el Departamento de Estado, la CIA y el Pentágono no pudieron lograr militarmente.

En cualquier caso, el regalo de despedida de Biden del desagradable bombardeo de los centros talibanes solo puede convencer al nuevo liderazgo de solidificar sus negociaciones con sus vecinos regionales más cercanos con su promesa de ayudar a salvar a Afganistán de cualquier intento estadounidense, británico o de la OTAN de regresar y «restaurar la democracia». El mundo ha visto suficiente del “orden basado en reglas” del secretario de Estado Antony Blinken y de la pretendida historia del presidente Biden en cuya mitología se seguirá basando la política estadounidense.

Nota

[1] Archivo de Seguridad Nacional, 29 de enero de 2019. Documentos desclasificados muestran el miedo de Moscú a un cambio de bando afgano, https://nsarchive.gwu.edu/briefing-book/afghanistan-russia-programs/2019… invasion-afghanistan-1979-not-trumps-terrorists-ni-zbigs-warm-water-ports, Lista de Johnson de Rusia, 17 de agosto de 2021, # 14.

(Tomado del blog de Michael Hudson)

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