Ante la coronación del nuevo pacto de dominación burgués

de Organización Comunista Revolucionaria

Desde hace meses vivimos tiempos de una particular intensidad en la lucha de clases. Como proceso de continuidad y profundización del periodo abierto allá por el año 2006. El nuevo ciclo en la lucha de clases, que venía a dar por cerrado aquel de derrota estratégica, repliegue del movimiento popular y prácticamente desintegración del campo revolucionario, se inauguraba con masivas y combativas movilizaciones y huelgas en el movimiento de trabajadoras y trabajadores que desde las minas y predios forestales exigía el fin subcontrato. Estas jornadas de protesta nos sorprendieron por la decisión y combatividad expresada por este movimiento de lucha, que se prolongaron con otras expresiones de lucha de masas de diversa intensidad, profundidad y extensión. Se inauguraba entonces,  un ciclo de onda larga, se retomaba de manera creciente la iniciativa popular, las ideas de la revolución comenzaron a germinar, se volvía a valorar la organización popular y los métodos históricos de la lucha de masas retomaban el lugar que nunca deben dejar.

El régimen en su totalidad comenzó, así mismo, a entrar en una profunda crisis de carácter crecientemente integral. El pacto de dominación, que expresa el actual bloque en el poder, comenzó a presentar fisuras. Estas no constituyeron grietas profundas capaces de destruir este bloque, al menos no por el momento. Diferentes esferas de la dominación y sus dispositivos se han visto cuestionados, criticados, desenmascarados. La dominación no se logra desplegar con la facilidad y holgura como lo hizo en los años de la derrota y repliegue de las fuerzas revolucionarias y de masas.

El alzamiento popular de octubre del año pasado representa, hasta el momento, la más alta cima de esta montaña de luchas y combates de las masas oprimidas y explotadas. Sin aviso y sin permiso, irrumpió lo nuevo acumulado desde hace años, con irreverente juventud y heredando una memoria antigua de experiencias, ideas y sueños de victoria popular. Esta irrupción adquirió formas preinsurreccionales y se desplegó por gran parte del país, demostrando tanto la fortaleza y energía inmensa de las masas arrojadas a la lucha frontal, como las debilidades organizacionales, técnicas e ideológicas que mantenemos en el movimiento popular, por entre otras cosas, la ausencia de un verdadero Bloque Popular y Revolucionario, al seno del cual las y los comunistas debemos luchar por lograr la conducción política.

Esta marea de masas en lucha se instaló, expresando las reivindicaciones y exigencias básicas para la dignidad. Estas reivindicaciones y derechos, aun cuando son democráticos y no expresan necesariamente un programa revolucionario, chocan de manera frontal con el actual patrón de acumulación y la expresión política institucional de este. El mismo pueblo en lucha, y las y los comunistas (de diversas organizaciones) hemos aportado en esta dirección, ha avanzado en la articulación de estas exigencias, construyendo un pliego que enfrenta a los privilegios de la clase dominante y sus lacayos. Este pliego debe ir profundizándose, creciendo, desarrollando al calor de las masas organizadas, haciendo de esta manera surgir el programa de la revolución.

Estos avances, insuficientes por supuesto, y la prolongación de la crisis de las y los privilegiados y explotadores, instaló un escenario inédito desde quizás los años 83/86. Este escenario fue de un acorralamiento y acoso contra el Gobierno de la patronal. La llama de la rebeldía creció hasta poner a la orden del día la derrota y salida del gobierno, con la perspectiva de abrir una crisis de mayor alcance y de un salto de calidad en el enfrentamiento de clases. Es decir, estuvimos en posición de hacer renunciar al gobierno. La consigna de “Fuera Piñera” se hizo voz en la garganta de las masas y tiño las murallas de dicha exigencia.

El Bloque en el Poder evaluó la situación con un profundo instinto de clase y se decidió a lanzar un plan para retomar la iniciativa. Este plan se concretó, luego del llamado de Piñera el 12 de noviembre, en el pacto por la paz y una nueva constitución[1]. El punto central de este plan es trasladar el desarrollo del conflicto de clases desde el escenario de la lucha de masas, organizadas y combativas, hacia aquel de la institucionalización y discusión constituyente. No debemos olvidar que el cambio de la Constitución no sonaba como parte de las demandas emanadas del alzamiento popular, sino de la reivindicación de sectores del reformismo. Que buena jugada de su parte, nos convocan, ahora, a decidir quiénes de ellas y ellos[2] van a cambiar la constitución que les ha amparado[3] y que han legitimado[4].

Decíamos que este plan es audaz. Necesariamente audaz como para intentar detener el alzamiento popular y evitar que se vaya transformando en una verdadera Rebelión Popular. El Bloque en el Poder juega una carta mayor para sus intereses, aunque lo más significativo reside en lo simbólico. Efectivamente, pues de aprobarse el cambio de la constitución esto significa una derrota política a un sector del Bloque en el Poder, mas no una derrota del conjunto de éste. Al contrario, de conseguir que este acuerdo por la paz y la nueva constitución se imponga habrán cerrado de manera exitosa el escenario de acorralamiento y cerco al que estaba sometido el gobierno de las y los privilegiados y explotadores. En el fondo, los Van Ryselberghe, Desbordes, Larraín, Chahín, Boric, Jackson, etc. (si también algunas figuras de segundo orden que acudieron al llamado del patrón) se la juegan por la mantención del Estado de derecho, por el actual estado de cosas, en definitiva, por el orden de la explotación y la opresión. Aun considerando, en el mejor de los casos, un hipotético interés en transformar este capitalismo realmente existente, la idea de humanizar el capitalismo, ha verificado históricamente su imposibilidad.

De manera inteligente y confiados que esta maniobra contará con el apoyo de una mayoría de la población, presentan el cambio constitucional como el gran logro “probable y realista”, lo que podamos alcanzar “en la medida de lo posible”, del profundo proceso de lucha de masas que irrumpió en octubre. Evitan decir que este cambio ya estaba asumido por la mayoría del Bloque en el Poder y era cuestión de ponerse de acuerdo en los tiempos y formas. De manera gradual y combinada ya estaba en marcha este cambio constitucional. Impulsado con mayor fuerza (aunque sin mucha decisión) por el sector del Bloque en el Poder bacheletista desde hace años. Si bien, desde el sector de la ultraderecha más recalcitrante, se ha instalado el llamado al Rechazo, de todas formas, este sector también fue parte del pacto por la paz para retomar la iniciativa, en ese sentido, aunque llamen al rechazo, no significa que no sean parte del acuerdo del Bloque en el Poder para retomar el control por medio del proceso constituyente. Asimismo, parece favorable que haya una tendencia por el rechazo, permitiendo que la discusión pública y la agenda se concentren en este debate y no en las otras demandas y necesidades de la clase trabajadora y el pueblo, sirviendo de calmante y de contención al movimiento de masas.

También y nos parece lo más importante, quieren que no consideremos que las Constituciones expresan una cierta correlación de fuerzas dadas, en un periodo dado. No transforman la realidad, más bien la van reflejando. Tampoco son la pretendida Ley Suprema inviolable o la Casa De Todos, como lo dicen, la poesía simplona. Las constituciones, todas, sirven a los intereses de la clase dominante en toda sociedad y las clases reaccionarias no dudan ni un momento en violarlas y darlas por terminadas cuando a su interés les parece. Son letra muerta si esta letra impide a la burguesía continuar imponiendo su orden, depredación y explotación. Nada les detiene, menos lo escrito en la constitución. 

La pandemia del COVID ha venido a interrumpir de manera transitoria e inestable el escenario de lucha abierto en octubre. La protesta popular, se mantiene latente y activa, pero no a los niveles de octubre a diciembre del 2019. La maniobra del pacto social perdió así mismo el impulso inicial (reconociendo que, si bien logró entusiasmar a importantes sectores de las masas movilizadas, no logró en ese momento el objetivo principal que buscaba, la desmovilización popular y dar el paso a los partidos del régimen).

Octubre se vuelve a instalar y réplica desde ya los desafíos de fondo. Por un lado, la posibilidad de fortalecer la protesta popular; la organización autónoma del pueblo y las masas en la perspectiva del poder popular; la construcción de un programa para la revolución, nacido desde las organizaciones populares; el salto a una acumulación y despliegue de fuerza popular de carácter integral. Por el otro lado de la barricada, una ofensiva represiva, que ya no sólo va en la línea de la reacción ante la protesta, sino el desarrollo de una línea de trabajo de inteligencia mucho más sofisticada, consagrando aún más la política contrainsurgente por parte del Bloque en el Poder. Asimismo, el plan de desmovilización, vía institucionalización del conflicto, derivarlo a los salones pulcros y satinados del congreso u otro palacio republicano; por este camino buscan relegitimar el orden burgués explotador y opresivo. Requieren de una gran participación para alcanzar esta relegitimación[5](transitoria, por lo demás, si es que lo logran) y de esta manera escondido en un relato de transformaciones estructurales, mantener el pacto de estabilidad de la dominación[6]

Todo esto no nos puede hacer no observar (críticamente), que nuevamente importantes sectores del pueblo se ven entusiasmado por la vía de cambios a través de la participación electorera. Con variados matices y hasta contradicciones en los argumentos o razones para este “entusiasmo” llegando hasta la participación por desencanto. Sin duda los hay quienes acuden con convencimiento “republicano” seguros que los cambios se consiguen luchando solo con un lápiz.  Hay también quienes pretenden “aprovechar” el plebiscito y el proceso constituyente, para impulsar una ruptura institucional e imponer una verdadera asamblea constituyente. Aquellos que piensan que no hay otros caminos pues se sienten cansados de recorrer los senderos de la resistencia prolongada y se manifiestan desencantados de la lucha revolucionaria. O también aquellos que creen que esto no es excluyente a los procesos de protesta y organización popular y que más bien representa de igual manera un avance para las condiciones de vida de la clase. Evidentemente los bomberos del reformismo, pretenden de esta manera apagar la llama del alzamiento, evitando que se transite hacia un periodo de rebelión popular.

La falta de una alternativa popular, de una fuerza revolucionaria de masas, de carácter integral, la ausencia de un programa revolucionario y de la fuerza material y organizativa que pueda sostenerlo y conquistar el poder de la transformación revolucionaria, son factores fundamentales que allanan el camino de la desesperanza. La mayoría popular, explotada, oprimida, está en contradicción y lucha contra el patrón de acumulación y opresión, desencantada y defraudada de esta “democracia”, sin embargo, no está constituida como fuerza alternativa y antagónica. No podemos, no debemos criticar al reformismo por esto, a sus partidos de “izquierda” y frentes amplios liberales y ciudadanos, quienes siguen coherentemente su línea de atacar la contradicción que para ellos es la más relevante: democracia/neoliberalismo. Ellos no pueden representar los intereses de los y las explotadas y oprimidas. Este desafío es de las organizaciones comunistas y revolucionarias, quienes seguimos considerando que la principal contradicción es entre capital y trabajo. Es por ello que el levantamiento de una alternativa popular es el desafío por el cual debemos trabajar hoy, transformándose en el eje principal de nuestro despliegue político en la actual coyuntura, sin dejar de vincular dicho reto con las tareas del período.

Nosotras y nosotros, comunistas revolucionarios y militantes del campo anticapitalista, debemos actuar con convencimiento, agitando y educando, con la seguridad de desarrollar una línea de masas hacia la revolución. Como organización ya lo hemos dicho con claridad, la nueva constitución no trae nada bueno a la clase trabajadora en su lucha por la nueva sociedad, sin embargo, debemos develar este problema entre las masas superando las manifestaciones de sectarismo o mesianismo

Debemos poner en práctica la unidad desde la base, con las diferencias y hasta contradicciones que existen al interior del campo clasista y popular. La unidad, con las dificultades que esta tiene y siendo un camino con altibajos, no podemos dejarla para mañanas que nunca llegan, para situaciones ideales que sólo ocurren en las mentes químicamente puras. Debemos forjarla con lucha y tesón. Debemos desarrollar los esfuerzos necesarios para la construcción de un frente político, que sea capaz de proponer y atraer. Debemos ir sentando, a través de la articulación, coordinación y unidad de las organizaciones sociales y de masas populares, un movimiento político y social en la perspectiva del Bloque Popular Revolucionario, construcción histórica que tampoco es automática ni espontánea, no es fruto de los deseos, sino producto del desarrollo de la fuerza popular y de la decisión de sumar para la victoria y el poder popular.

Contra los pactos de la dominación y sus colaboradores

A levantar, con unidad y decisión: organización, conciencia, programa y fuerza clasista para la revolución


[1] Pacto que contempla un compromiso, del conjunto de las fuerzas parlamentarias que lo firmaron para terminar con la violencia de las masas (por la paz), expresadas en el alzamiento popular, por el respeto de la institucionalidad (las leyes y sus instituciones) y la constitución que surja de este pacto (la del 80 o una eventualmente nueva)

[2] Cualquiera de las dos fórmulas institucionalmente propuestas deja en manos de los de siempre la redacción de una nueva constitución, ya sea directamente con los congresistas del régimen y una mitad de convencionales elegidos bajo su sistema electoral y de partidos, o de una totalidad de “elegidos” bajo este mismo sistema.

[3] Casi la totalidad de las representaciones (partidos) políticas del bloque en el poder han participado directamente de la administración del estado en todos estos años, gobernando en diferentes coaliciones unidas por el respeto a esta constitución claro está, pero también al evangelio económico tecnócrata y elitista, que defienden.

[4] El año 1989 pactaron un plebiscito (si uno más) en el cual impusieron una larga lista de reformas a la constitución, las que presentaron como democráticas y que posibilitaban una reforma aún más profunda. El año 2005 el gobierno encabezado por Ricardo Lagos realizó una “profunda reforma democrática” a la constitución.

[5] Ya vamos constatando que ante el temor manifiesto de no lograr un participación realmente mayoritaria, capaz de legitimar el acuerdo interburgués, van mutando su discurso, hablando ya sea de participación significativa, concepto subjetivo y moldeable al antojo de los interesados, participación igual a la paupérrima alcanzada en la última presidencial, incluso ahora, al contrario de lo anteriormente manifestado, nos dicen que no es importante la participación y por tanto ya no es criterio de validación.

[6] No podemos olvidar que el primer programa de gobierno de la concertación, con el cual logró un impactante triunfo electoral en 1989, contenía medidas para la transformación profunda del régimen legado por la dictadura cívico militar, derogación de la constitución del 80, recursos naturales nacionalizados, asamblea constituyente, democratización de las FF.AA, juicio y castigo a los violadores de los DD:HH, renacionalización de las empresas del estado.4 archivos adjuntos

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