A 3 años del «Estallido Social» en Chile: resultados y perspectivas

por Julio Cortés

Espontaneidad “Espontáneo, a Del lat. spontaneus. 1. adj. Voluntario o de propio impulso. 2. adj. Que se produce sin cultivo o sin cuidados del ser humano. 3. adj. Que se produce aparentemente sin causa” (Diccionario de la Real Academia de la lengua española).

Estos son fragmentos de un análisis más amplio que parcialmente sirvió de presentación a una publicación de la que se avisará prontamente su lanzamiento. Estas son algunas de las partes que quedaron fuera de la versión más ajustada del texto.

Tal vez ninguna otra palabra describe mejor la forma en que el acontecimiento desplegado a partir de unos pocos días antes del 18 de octubre se presentó en sociedad: como un “estallido”, es decir, una explosión súbita, imprevista, y dispersa. Espontánea. Es decir, todo lo contrario de una acción colectiva, planificada, orquestada, dirigida o centralizada. Como recuerda el historiador Sergio Grez, el movimiento “surgió y se desarrolló de manera absolutamente espontánea, pues no fue el resultado de una preparación previa ni de una convocatoria de una suerte de ‘estado mayor’ que, operando desde las sombras, ejecutara con eximia maestría un plan destinado a provocar el levantamiento popular”. Por el contrario, y como todos sabemos, las evasiones masivas iniciadas por estudiantes del Instituto Nacional se extendieron “como reguero de pólvora” concitando un apoyo masivo el 18-O: “La respuesta torpe y puramente represiva del gobierno hizo el resto. En cuestión de horas todo el país estaba involucrado” (1).

Cuando algunos políticos y periodistas/policías hacían un checklist para determinar si era o no “desobediencia civil”, lo que se tomaba las calles no era ni la ciudadanía (2) ni tampoco el poder constituyente con que luego la socialdemocracia se intentaba explicar el acontecimiento. La revuelta que estallaba desde los liceos y los subterráneos del Metro hacia las calles y plazas era un poder destituyente: una multiplicidad de cuerpos, de formas de vida que se entrelazaban para desafiar al Estado y a sus “hombres armados” en las calles y que en el acto de hacerlo interrumpían el tiempo histórico de la dominación desbordando cualquier encuadramiento partidista y/o posible recuperación institucional. Eso fue el inicio mismo de la revuelta de octubre: la reconstitución tan largamente esperada del pueblo anárquico, sujeto histórico por excelencia de los momentos de rebelión.  Ese pueblo que hace posible las revueltas y revoluciones, y que luego es enviado de vuelta a su lugar tras las bambalinas de la historia, cuando la burguesía finalmente consigue el retorno a la normalidad.

Hablo de pueblo anárquico para realzar a la vez su carácter de sujeto colectivo y la espontaneidad de la acción que lo constituye y las formas en que se expresa: anarquía en un sentido práctico, no ideológico. Y hablo de pueblo pues no coincidía totalmente con la categoría proletariado, más bien la excedía, puesto que se trataba de un movimiento popular más amplio y multiclasista, pero sin duda que el elemento proletario juvenil era parte de su núcleo esencial -aunque aparecieran como “estudiantes”, “jóvenes”, “marginales”- al menos al inicio, antes de que la pequeña burguesía ciudadanista y democrática terminara cooptando la iniciativa, contaminando las ideas y articulando las demandas del estallido llevándolas al plano institucional, electoral y constituyente (3).  

Ese pueblo anárquico en acción fue lo que asustó a la burguesía al punto de quitarle por semanas la cordura y el habla, y asustó también a la totalidad del sistema de representación política (de la extrema derecha a la izquierda del capital), que demoró un mes completo en poder salir de su estado de pánico para articular entre el 12 y el 15 de noviembre una “salida” a la crisis que mientras más pasa el tiempo más se confirma como una gran contrarrevolución democrático/institucional, digna de un Manual que complemente las viejas enseñanzas de Joseph De Maistre acerca de cómo se hacen las contrarrevoluciones (4).

Decimos que el movimiento fue espontáneo no sólo porque no tuvo jefes ni un Estado Mayor que decidiera el momento y las modalidades del ataque. “Espontáneo” no significa sólo “salvaje”, como en una huelga salvaje, sino que, tal como caracterizó Marx al bando o partido proletario de su tiempo, designa a un movimiento que “nace espontáneamente del suelo de la sociedad moderna”. Como señala Emilio Madrid a propósito del concepto de espontaneidad, “estos movimientos del proletariado están totalmente determinados por la situación que esta clase ocupa en el conjunto de las relaciones sociales fundamentales de la sociedad moderna, y por una coyuntura particular que, durante un período dado, le proporciona la ocasión de intervenir en escena”  (5).

Los días previos al 18 de octubre fueron días de agitación y combates en las calles del centro de Santiago y varias estaciones de metro. La sensación en el ambiente era la certeza de que el conflicto se iba a profundizar. Como dijeron los comunistas esotéricos, “sabíamos que existía una tensión que rugía subterráneamente en nuestra ciudad. Sabíamos que la cuerda podía romperse en cualquier momento. Sabíamos que algo pasaba: eran numerosos los indicios de que algo estaba pasando. Nos atrapó, pero no desprevenidos” (6). Las “condiciones objetivas” estaban ahí hace rato, y a la combatividad y creatividad que laman “estudiantil” (cuando en verdad se trata del proletariado juvenil de los Liceos) se unió la aberrante desconexión con la vida del pueblo e impresionantes niveles de estupidez demostrada por varios voceros del gobierno, que antes las alzas de pasajes llamaban a levantarse más temprano y comprar flores, además de sus explicaciones acerca de que “a los estudiantes no les subimos el pasaje”, razón por la cual señalaban que no se entendía el porqué de sus protestas… 

El resultado de esta mezcla explosiva fue tan impactante que reverbera hasta hoy: entre el lunes 14 y el viernes 18 de octubre el sujeto colectivo despertó, se levantó, y se vivió como casi nunca antes el fuego de las barricadas en toda la ciudad, como en las viejas, abundantes y trágicas revueltas proletarias que han acontecido en estas mismas calles y sobre las cuales ni en la Escuela ni en la televisión ni en los partidos políticos te cuentan casi nada. 

Precedentes: 1957 y 1888

“Hechos sintomáticos se produjeron durante la asonada de ayer. Las turbas, en su afán sedicioso, no respetaron ninguno de los poderes constituidos del Estado. Pretendieron asaltar La Moneda y atacaron de hecho los edificios en que funcionan el Congreso Nacional y los superiores Tribunales de Justicia. La prensa no escapó, tampoco, a este afán destructor…” (La Nación, 3 de abril de 1957).

La historia no se repite, pero rima. Dentro de la historia de las revueltas y rebeliones nos encontraremos con una gran variedad de ejemplos, muy diferentes unas a otras, pero también hallaremos similitudes asombrosas, al punto que varios reaccionarios y también los revolucionarios que miran la historia por el espejo retrovisor analizan las revoluciones a la luz de unos cuantos arquetipos: de Robespierre a Napoleón, de Lenin a Stalin, revolución de febrero y revolución de octubre, etc.  

Algunas rebeliones que fueron anticipando el octubre chileno del 2019 fueron las que protagonizaron los estudiantes secundarios de Santiago en el mochilazo del 2001, la revolución pingüina del 2006, y las protestas estudiantiles del 2011. Además, se produjo la “explosión feminista” el 2018, y hubo fuertes rebeliones locales en Magallanes (2011), Aysén (2012), Freirina (2012), y Chiloé (2016). Además, ese año 2019 hubo rebeliones en Hong Kong, Francia, Ecuador, Colombia, Haití, Bolivia e Irak, entre otras. Pero en tanto revuelta nacional motivada por aumento de precios del transporte, apenas empezó octubre siempre tuve en mente los acontecimientos de marzo y abril de 1957.

Tal como cuento en el Prólogo al libro de Katerina Nasioka Ciudades en insurrección. Oaxaca 2006, Atenas 2008 (7), antes del 18 de octubre habíamos especulado y estudiado junto con amigos y compañeros esa revuelta chilena ocurrida a finales del segundo gobierno de Ibañez (1952-1958). En esa ocasión los disturbios comenzaron los últimos días de marzo en Valparaíso, y se extendieron a Concepción y Santiago, llegando a su punto más alto en la capital el martes 2 de abril, cuando en respuesta al asesinato policial de una estudiante la multitud expulsó a Carabineros del centro, el que fue tomado horas más tarde por los militares. 

Ibañez decretó el Estado de Sitio señalando que era “indispensable para evitar que el vandalismo que ha sufrido la capital se extienda a otras ciudades”, y advirtiendo que la fuerza pública tiene “las armas que necesitan para ello: fusiles, ametralladoras y cañones”, los que “se emplearán para poner fin a la obra vandálica de los malvados que pretenden producir el caos y la anarquía”.  Con harta mejor retórica que Piñera, la declaración de Ibañez termina afirmando que: “El Gobierno no ataca. Defiende el orden social y a la violencia ilegítima e irresponsable, opondrá la violencia legítima y restauradora”.  

El saldo fueron decenas de muertos (ninguno en el bando policial/militar), cientos de presos, y un descrédito creciente del gobierno, que poco antes de expirar indultó a varios presos políticos, derogó la Ley de Defensa de la Democracia -conocida como “Ley Maldita”, dictada por el presidente radical González Videla cuando en 1948 se subió al carro de la Guerra Fría, expulsando de su gobierno y proscribiendo al Partido Comunista- y en su reemplazo hizo aprobar la Ley 12.927 de Seguridad del Estado, vigente y de esporádica aplicación por todos los gobiernos hasta el día de hoy. Lentamente el pueblo siguió madurando su conciencia y experiencia organizativa, que se desplegarían con fuerza en la década siguiente, en crecientes movilizaciones y en el reagrupamiento de las fuerzas revolucionarias, disipadas las ilusiones en el PS (que apoyó a Ibañez en las elecciones de 1952), en el PC y en el “frentepopulismo” en que se había empantanado la izquierda desde 1936 y que finalmente subsistió, renovando desde 1970 la colaboración de clases bajo la forma de la Unidad Popular y hoy en día bajo la forma de Apruebo Dignidad. 

La revuelta de 1957 nos obsesionaba bastante, pues sentíamos que a través de alzas del transporte podía volver a desatarse una insurrección, pero ya en pleno siglo XXI.  Así había ocurrido varias veces en Chile, no sólo en la recordada “revolución de la chaucha” de 1949 -a la cual se refirió Albert Camus que estaba casualmente de paso en Santiago y que anotó en su diario: “Día de disturbios y revueltas. Ya ayer hubo manifestaciones. Pero hoy esto parece un temblor de tierra” (8)- sino que desde mucho antes, en asonadas como la “huelga de los tranvías” del 29 de abril de 1888 (9).

Esa jornada, como señala Sergio Grez, “provocó un fuerte impacto en la opinión pública y en las autoridades. El ‘bajo pueblo’ santiaguino, convocado por la representación política del movimiento popular organizado, había irrumpido en el centro de la capital para apoyar una reivindicación que concernía a la defensa de su nivel de vida. La flamante vanguardia política, el Partido Democrático, constituida esencialmente por artesanos, obreros calificados y algunos jóvenes intelectuales escindidos del Partido Radical, había sido sobrepasada por la acción de las ‘turbas’ de desheredados que impusieron su sello a la manifestación, transformando un meeting pacífico, respetuoso del orden y de las leyes, en una explosión de violencia popular que se extendió desde el centro a los barrios periféricos, produciendo cuantiosos daños a la propiedad pública y privada”. Mientras una delegación trataba de entregar un petitorio en la Moneda, un grupo de seis mil personas “entre los cuales habían muchos individuos bebidos y que pertenecían casi en su totalidad a los revoltosos y desocupados que no desean trabajar, se quedó frente al palacio de la Moneda y trató de forzar la entrada” (según informa el expediente judicial (10)). A partir de ahí, “se desató el espiral de violencia que asolaría a la capital durante tres días, dejando un elevado número de víctimas y cuantiosos daños materiales” (11).

La evidencia de que los tarifazos pueden generar brotes insurreccionales nos hizo estar alertas en febrero de 2016 ante un tímido pero contundente brote de protestas espontáneas ante el alza de pasajes del Metro de Santiago, que generó una pronta y desmedida respuesta policial. Parecía claro que el desajuste al interior del sistema de transporte de mercancía humana no sería tolerado. 

Ya antes, el 2010, habíamos podido apreciar cómo en Concepción luego del terremoto/maremoto del 27 de febrero el Estado pareció disolverse brevemente en medio de saqueos masivos y desórdenes públicos que hicieron declarar estado de excepción y sacar tropas militares a controlar el orden. Estuvimos alertas a esos signos, pues sabíamos que en esos momentos se puede vislumbrar lo que hay por debajo de la fachada del “orden público”, y porque habíamos estudiado atentamente el magnífico libro de Pedro Milos, Historia y memoria. 2 de abril de 1957 (LOM, 2007), redactando incluso una breve síntesis sobre dicho acontecimiento en el segundo y último número de la revista Comunismo Difuso (2011) (12).

Precedentes: 1968, o ¿acaso es esto revolución?

“La historia presenta pocos ejemplos de un movimiento social de la profundidad del que estalló en Francia en la primavera de 1968; al menos no ha habido ninguno en el que tantos cronistas se han puesto de acuerdo para decir que era imprevisible. Esta explosión ha sido una de las menos imprevisibles de todas. Resulta, sencillamente, que jamás el conocimiento y la conciencia histórica habían sido tan mistificados” (René Vienet, Enragés y situacionistas en el movimiento de las ocupaciones). 

Las similitudes entre el 1968 francés y el estallido chileno fueron señaladas por no pocas personas. En parte porque en ambos eventos saltaba a la vista la explosión de creatividad, la imaginación popular expresada en las paredes, que para muchos es lo más destacable de mayo del 68, un movimiento que a pesar de su profundidad tras décadas de tergiversaciones es visto como una mera “rebelión estudiantil”, y no como la más grande huelga salvaje de la historia.  Por eso es que, desde el vórtice de dicho torbellino, los situacionistas encargaron a Vienet redactar rápidamente un libro sobre lo que ellos llamaron el “movimiento de las ocupaciones”, seguros como estaban no sólo de su relevancia global que marcaba “el comienzo de una época”, sino también de que muy rápidamente se iban a verter toneladas de tinta y saliva sociológica tergiversando y ocultando aspectos clave de ese gran estallido, para presentarlo como un superficial fenómeno juvenil y no como “el regreso de la revolución social” (13).

En efecto, había más de una similitud entre ambas revueltas, y entre ellas merece destacarse lo que señala la cita de Vienet que pusimos arriba: acá en Chile, salvo un par de “intelectuales” como Atria o Mayol que pretendieron haber “profetizado” el evento, lo cierto es que los políticos profesionales, periodistas, policías y cronistas en general “no vieron venir” algo que evidentemente estaba en el aire desde hace mucho tiempo, y que no tomó por sorpresa a los escasos grupos revolucionarios que aún existían en ese momento. 

Los situacionistas declararon no haber profetizado nada, sino que solamente señalaron lo que ya estaba allí: “Sencillamente, después de treinta años de miseria que en la historia de las revoluciones no han contado más que un mes, llegó ese mes de mayo que resume treinta años” (14).

Otra similitud que me parece necesario destacar es que luego del acontecimiento de mayo/junio del 68, los izquierdistas en general se turnaban para señalar que “no fue una revolución”. Este aspecto es clave, puesto que en Chile se habló de “estallido social”, “revuelta” o de “rebelión popular”, sobre todo desde la izquierda, mientras la derecha más extrema tendió a diagnosticarla de inmediato como una “insurrección”, e incluso como una revolución de nuevo tipo, a la que algunos llamaron “molecular” (15).

La comparación del octubre chileno con el mayo francés ha sido tomada por el ya aludido Carlos Peña en La revolución inhallable para denostar ambas como “seudorevoluciones” o meras “revoluciones culturales”, motivadas según él y Alain Touraine por el “éxito” del sistema capitalista, y que por ende no lo impugnan seriamente (16).  

Más cerca nuestro, Igor Goicovic ha dicho que el estallido chileno empezó como revuelta y se transformó en rebelión, pero que “en ningún caso llegó a ser una revolución” (17), mientras Budrovich y Cuevas señalan que “la única transformación revolucionaria que puede preciarse de ser tal es aquella en la cual se supera el modo de producción basado en el trabajo asalariado y la valorización del valor” (18). Pero el mismo Goicovic señala que el modelo de revolución que tuvo a la vista es el francés y el ruso (19) y, por otra parte, la revolución anticapitalista radical o comunizadora que refieren Budrovich y Cuevas no es la única forma de revolución posible, y de hecho no ha “triunfado” hasta ahora en ninguna parte, lo cual no significa que no hayan existido y sigan existiendo otras muy diversas formas de revoluciones.

Paradójicamente, el concepto de “revolución” proviene de la denominación que se le da al movimiento de un astro alrededor de otro, retornando siempre al mismo punto inicial. A partir de ahí, adoptando un sentido bastante diferente, pasó a designar “una transformación que hace que no exista retorno al mismo punto”. En ese sentido el concepto revolución designa lo mismo que la re-vuelta: un movimiento de retorno a un punto de partida que permite un re-comienzo, una transformación. Como señala Guattari, la revolución es “un proceso que produce historia, que acaba con la repetición de las mismas actitudes y de las mismas significaciones”, “una repetición que cambia algo, una repetición que produce lo irreversible”. La revolución es siempre imprevisible e imposible de programar. No es un evento, sino un proceso: “la revolución es procesual o no es revolución” (20). Por eso, cuando se empezaron a instalar placas conmemorativas por todas partes y a los niños en la escuela se les obligaba a recitar de memoria la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, “se trataba de una revolución que ya no tenía un carácter procesual”.  A eso podríamos sumar otro ejemplo notable: cuando el cadáver de Lenin fue momificado y exhibido en la Plaza Roja era una señal clara de que la revolución rusa finalmente había dado paso a la contrarrevolución.

Por esto es interesante tener en cuenta que, en 1969, al publicar el análisis detallado de los hechos del año anterior, sus propios “resultados y perspectivas”, la Internacional Situacionista señalaba: “Tras la derrota del movimiento de las ocupaciones, tanto los que participaron como los que tuvieron que padecerlo se han planteado a menudo la pregunta: ‘¿Fue una revolución?’. El empleo extendido, en la prensa y en la vida cotidiana, de un término cobardemente neutral –‘los acontecimientos’- señala precisamente el retroceso ante la respuesta, ante la formulación siquiera de la cuestión”  (21).

Echando mano a varios ejemplos históricos para recordar que una revolución que no consigue triunfar sigue siendo pese a ello una revolución, citando como referencia las revoluciones de 1848, la revolución rusa de 1905, la española de 1936 y la húngara de 1956, la IS sostiene que:  “Todas estas crisis, inacabadas en sus realizaciones prácticas e incluso en sus contenidos, aportaron sin embargo muchas novedades radicales y pusieron seriamente en jaque a las sociedades a las que afectaron, por lo que pueden ser calificadas legítimamente como revoluciones”. Las revoluciones que no triunfan pueden de todos modos “producir historia”, y no necesariamente deben ser medidas por la magnitud de la matanza: “Revoluciones incontestables se han afirmado con choques poco sangrientos, incluso la Comuna de París que acabaría en masacre, y muchos enfrentamientos civiles han acumulado miles de muertos sin ser en absoluto revoluciones”. 

Revueltas e insurrecciones, revoluciones y contrarrevoluciones

Las revueltas son siempre el polo negativo de una revolución: su momento insurreccional. En este sentido, como destaca Villalobos-Ruminott (22), no existe una verdadera oposición o dicotomía entre revueltas y revoluciones, a pesar de lo que señala Furio Jesi en su libro Spartakus. Simbología de la revuelta (23), cuando refiere que “de acuerdo con el significado habitual de ambas palabras, la revuelta es un repentino foco de insurrección que puede insertarse dentro de un diseño estratégico pero que de por sí no implica una estrategia a largo plazo, y la revolución por el contrario es un complejo estratégico de movimientos insurreccionales coordinados y orientados relativamente a largo plazo hacia los objetivos finales”. Visto así, “la revuelta suspende el tiempo histórico e instaura de golpe un tiempo en el cual todo lo que se cumple vale por sí mismo, independientemente de sus consecuencias y de sus relaciones con el complejo de transitoriedad o de perennidad en el que consiste la historia”, y “la revolución estaría, al contrario, entera y deliberadamente inmersa en el tiempo histórico” (24).  

Pero el mismo Jesi, al referirse al martirio de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en 1919 durante el aplastamiento de la revolución alemana señala que ese desenlace escogido conscientemente demostraba la imposibilidad de separar revuelta y revolución. Si bien Rosa juzgó inoportuno el momento en que estalló la revuelta, no se disoció del comportamiento de sus compañeros de clase porque hacerlo “significaba reconocer la fractura entre revolución y revuelta”, y “por más hostil que fuera la revuelta, Rosa Luxemburgo no aceptaba y no aceptó considerarla totalmente distinta de la revolución” (25).

Lo que ocurre es que las revoluciones que son exitosas en establecer un nuevo orden social, son monumentalizadas en su función de mito fundacional del nuevo sistema de dominación. En ese punto el momento insurreccional es fetichizado y finalmente escondido y olvidado, pues si el nuevo orden pretende basarse en el Derecho no querrá que se le recuerde su origen violento. La violencia fundadora de derecho se consolida en violencia conservadora de derecho, y la antigua clase revolucionaria para a ser contrarrevolucionaria.

La concepción monumentalizada de la revolución parece neutralizar mitologizando su polo negativo, para concentrarse exclusivamente en la exitosa transformación del régimen político o del orden social. Esto explica que por una parte se niegue el carácter de revolución a las revueltas o insurrecciones que por poderosas que sean no logran hacer caer el antiguo régimen para iniciar uno nuevo, y que por otra parte se considere como revoluciones a simples golpes de Estado como las revoluciones militares chilenas de 1924 o 1932, o incluso al 18 de septiembre de 1810, evento en que no hubo sublevación popular alguna sino sólo maniobras propias de la afirmación política autónoma de la oligarquía criolla (26).

La monumentalización del concepto de revolución acarrea un efecto social y político importante, que consiste en castrar la imaginación radical y el deseo de transformaciones profundas, propiciando un modelo de sacrificio militante calcado de las grandes figuras masculinas/patriarcales de los héroes de la revolución. En comparación a los “grandes hombres” de la Revolución con mayúscula la importancia de la acción individual y colectiva de todos nosotros se diluye,  pues nunca nuestras revueltas van a saciar la tremenda ansia de heroicidad que se desprende de la concepción normativa de los revolucionarios profesionales, que al despreciar todos los procesos que no se realizan a imagen y semejanza de su propio mito fundacional son los primeros en olvidar el testamento político de Rosa Luxemburgo, que culmina diciéndole a los esbirros estúpidos(entre los cuales además de los defensores del viejo orden yo incluiría a fascistas y estalinistas) que “La revolución, mañana ya ‘se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto’ y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas: ¡Fui, soy y seré!” (27).

Muy por el contrario: para ellos las revoluciones sólo se ubican en el tiempo mítico del pasado distante de la vieja lucha de clases y en el futuro también mitológico del “hombre nuevo” y los “nietos liberados”. En el intertanto, dicen que octubre no pudo ser ni de cerca una revolución porque no tomamos el poder, no hubo soviets, tampoco lucha armada, y no tuvimos ni de cerca a un  Lenin ni a un Che Guevara ni nada que se parezca a la clásica figura revolucionaria del Gran Timonel (28). En el mejor de los casos, estos sujetos reconocen de forma despectiva a las revueltas más recientes en el mundo como “revoluciones de color”. Lo cual suministra un gran dato: su revolución es gris, en blanco y negro.

Pero afortunadamente existen otras voces y miradas más frescas. Así, en base a la experiencia palestina de la Intifada, Rodrigo Karmy señala que ese concepto, que literalmente significa “revuelta”, se usa indistintamente con el de thawra, que designa la “revolución”. Y agrega que, a diferencia de la revolución rusa que se basó sobre el modelo de la francesa, las revoluciones de nuestro tiempo serían “revoluciones de final abierto”, como teorizara Hamid Dabashi en relación a la Primavera árabe: “no se trata de una simple revuelta, pero tampoco de una revolución consumada, sino de un híbrido que excedió tanto la noción de revuelta como la de revolución”. En este sentido Karmy responde a mediados de noviembre de 2019 la interrogante sobre si nuestro octubre se trataba de una revolución diciendo que “seguramente sí, pero de una revolución exenta de filosofía de la historia, que sabe que no hay garantías de nada porque todo arde en el vestíbulo de una historicidad siempre abierta” (29). 

Poniendo en cuestión el concepto progresista-lineal de la revolución, Walter Benjamin dijo que, si para Marx “las revoluciones son la locomotora de la historia universal”, tal vez ocurre en realidad algo completamente distinto, y “las revoluciones son el gesto de agarrar el freno de emergencia que hace el género humano que viaja en ese tren”. Interrupción y no aceleración del tiempo histórico del capital: la revolución proletaria y humana no nada a favor de la corriente, sino que a contracorriente del progreso como catástrofe. Esto nos hace pensar en la necesidad de revolucionar permanentemente nuestra teoría de la revolución, pues a fin de cuentas, como señala en otra parte Sergio Villalobos-Ruminott al referir los aportes de Furio Jesi a la teoría de la revuelta, todas esas nociones emparentadas (revuelta, insurrección, levantamiento, huelga general, rebelión, protesta, motín, asonada, etc.) “constituyen un marco conceptual amplio, y no necesariamente ajeno a contradicciones, en el que es posible atisbar una relación no convencional con el tiempo histórico. Es como si cada una de estas nociones quisiera nombrar un momento de alteración de la concepción lineal y espacializada del tiempo, favoreciendo una experiencia no convencional de la historia y del ser en común” (30).

Esto es lo que importa tener en cuenta, superando la noción historicista y monumentalizada de las revoluciones modernas, que en nuestro tiempo aún pesan como una presencia fantasmal que nos hace ningunear las revueltas actuales por no ajustarse a la concepción normativa del modelo burgués de revolución. No se trata de “revuelta o revolución”, sino de profundizar y conectar todas las revueltas transformándolas en una gran revolución. 

NOTAS:


1.- Grez, Sergio, Contribuciones en torno la revuelta popular (Chile 2019-2020) en Ignacio Abarca Lizama (compilador), Editorial Kurü Trewa/Instituto de Estudios Críticos, 2020, p. 121. 

2.- Articulada siempre como categoría de exclusión, pues si existen ciudadanos es porque también existen los no-ciudadanos, la ciudadanía opera siempre en concomitancia con el poder de un Estado/Nación, respecto al cual el ciudadano dialoga y a la vez participa como parte del Estado: al votar, una persona “se hace parte” directamente del aparato de dominación política. Por eso es absurdo hablar de una “revuelta ciudadana”: los ciudadanos no se revuelven en contra de nada, pues se entregan voluntariamente dejándose moler en el molino mítico de la democracia.

3.- Un colega que trabaja en instituciones de derechos humanos me decía que con su pareja estaban ideando un “instrumento” que consistía en una tabla para poder recoger las distintas demandas de las consignas y paredes, clasificándolas luego en base a con qué derecho humano específico enlazaba. Yo me preguntaba: ¿y en qué tipo de Declaración o Tratado caben consignas como “Hasta que todo caiga”, “Cuicxs culiaxs, ¡que arda Providencia!”, “Deja el fuego ser poema”, “Fui a dejar mi opinión con una piedra” o “Acompáñame a pasar por el caos a ver si algo en nosotrxs también se enciende”. ¿Derecho de rebelión? No: era la an/arché como comunismo de la inteligencia y anarquía de los sentidos, lo que Benjamin llamaba “el verdadero estado de excepción”: In girum imus nocte et consumimur igni.

4.- De Maistre proclama al cerrar sus “Consideraciones sobre Francia” (1796) que “el restablecimiento de la Monarquía, que llaman contrarrevolución, no será una revolución contraria, sino lo contrario de la revolución”, y agrega: “se acostumbra dar el nombre de contrarrevolución al movimiento, cualquiera que sea, que ha de dar muerte a la Revolución; y, puesto que este movimiento será contrario al otro, habrá que esperar consecuencias opuestas”.

5.- Prefacio del traductor a León Trotsky, Informe de la delegación siberiana, Ediciones Espartaco Internacional, 2002.

6.- Círculo de Comunistas Esotéricos, Tiempos mejores. Tesis provisionales sobre la revuelta de octubre de 2019, Santiago, Noviembre de 2019. Disponible en: https://comunistasesotericos.noblogs.org/files/2020/03/Tiempos-Mejores-1.pdf

7.- Editado en Chile por Pensamiento y Batalla (2021).

8.- https://www.theclinic.cl/2013/05/24/albert-camus-y-la-chaucha/

9.- A esa movilización y a la “huelga de la carne en 1905 se ha referido el historiador Sergio Grez en Una mirada al movimiento popular desde dos asonadas callejeras (Santiago, 1888-1905), disponible en: https://web.uchile.cl/vignette/cyberhumanitatis/CDA/texto_simple2/0,1255,SCID%253D21042%2526ISID%253D730,00.html

10.- Causa Criminal de Oficio contra Rosamel Salas y otros. Materia: desórdenes públicos contra la autoridad, Policía de Santiago, 1º Juzgado, Nº1337. Citado por Sergio Grez, op. cit.

11.- Ibid. 

12.- Existe una versión que nuestro amigo y camarada Cristóbal Cornejo subió a El Ciudadano: https://www.elciudadano.com/organizacion-social/2-de-abril-de-1957-valparaiso-concepcion-y-santiago-insurrectos-por-el-alza-del-transporte/04/02/ Cristóbal vivió intensamente la revuelta chilena del 2011, pero se quitó la vida en marzo del 2015. De todas formas, en octubre uno podía sentir su presencia danzante en medio del fuego.  

13.- El libro se encuentra disponible en el Archivo Situacionista Hispano: https://sindominio.net/ash/enrages.html

14.- Ibid. 

15.- Ver el texto de Daniela Carrasco, “18 de octubre: el inicio de una revolución molecular”, El Líbero, 6 de noviembre de 2019. Incluida en: La insurrección chilena desde la mirada de la Fundación Jaime Guzmán (2020), pág. 12. En Félix Guattari lo “molecular” equivale a la dimensión micropolítica, a diferencia de lo “molar”. El antiguo nazi devenido ideólogo de la nueva derecha posfascista Alexis López Tapia también “teorizó” acerca de lo que llamó “revolución molecular disipada”, llegando incluso a hacer clases sobre el tema ante las fuerzas armadas de Colombia justo antes del estallido social ocurrido en ese país desde abril del 2021. Y no sólo suministró argumentos a los represores para no dudar en aplastar la revuelta implacablemente, sino que su teoría fue referida en un polémico tuit por el ex presidente Álvaro Uribe. En brevísimos cinco puntos el derechista Uribe resumía la situación y terminaba señalando: “Resistir Revolución Molecular Disipada: impide normalidad, escala y copa”, y pedía fortalecer a las Fuerzas Armadas cuando ya habían asesinado a más de 24 manifestantes.

16.- Se trata de un opúsculo encargado a Peña por el think tank derechista Centro de Estudios Públicoshttps://www.cepchile.cl/cep/estudios-publicos/n-151-a-la-180/estudios-publicos-n-158/la-revolucion-inhallable

17.- https://elporteno.cl/igor-goicovic-el-18-de-octubre-y-el-ejercicio-de-la-violencia-politica-popular/

18.- Jorge Budrovich y Hernán Cuevas, “Lo que esconde el ‘estallido social’: un evento en busca de un nombre y un protagonista”. Pléyade. Revista de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, Especial Revueltas en Chile, octubre 2020, pág. 35-43.

19.- “Estoy utilizando el concepto de ‘revolución’ como lo han utilizado, entre otros, George Rudé, por ejemplo, para caracterizar la Revolución Francesa de fines del siglo XVIII, o Eric Hobsbawm, al momento de caracterizar la Revolución Bolchevique de 1917”.

20.- ¿Revolución?, en: Félix Guattari y Suely Rolnik. Micropolítica. Cartografías del deseo. Madrid, Traficantes de sueños 2006, pág. 211.

21.- “El comienzo de una época”, Internacional Situacionista N° 12, septiembre de 1969. Disponible en: https://sindominio.net/ash/is1201.html

22.- “Teoría de la revuelta y revuelta de la teoría”, en: https://www.youtube.com/watch?v=W39xKvVVxrc&ab_channel=SergioVillalobosRuminott

23.- Editado en Argentina por Adriana Hidalgo, 2014.

24.- Furio Jesi, op. cit., pág. 63.

25.- Ibid., pág. 109. Recomiendo leer el comentario de Karmy en el capítulo de Intifada titulado “Mitología de la revuelta” (Metales Pesados, 2021, págs. 73-96).

26.- El historiador marxista libertario Luis Vitale decía que el 1810 chileno, que se caracterizó por una escasa participación del pueblo (sólo 350 personas acompañaron a la primera Junta de Gobierno el 18 de septiembre en el salón del Consulado), fue solamente una revolución política separatista, que no perseguía un cambio social estructural y no realizó ninguna de las tareas de las revoluciones burguesas en Europa, en las que supuestamente los dirigentes criollos se habrían inspirado. Sólo en la segunda etapa de esta revolución, luego de la Reconquista española, hubo mayor participación popular. Ver: https://elporteno.cl/luis-vitale-la-interpretacion-marxista-de-la-independencia-de-chile/

27.- Rosa Luxemburgo, “El orden reina en Berlín”, 14 de enero de 1919. En: https://www.marxists.org/espanol/luxem/01_19.htm

28.- Los compañeros de Théorie Communiste han profundizado en la crítica de la concepción normativa del comunismo y la revolución: “el comunismo no es una norma que permita juzgar cada fase revolucionaria según el grado en que se haya aproximado a dicha norma ni que permita explicar su fracaso por el hecho de que no lo haya logrado”, es una “producción histórica de cada uno de los ciclos que ha marcado la historia de este modo de producción y de la lucha de clases”. Ver: Théorie Communiste. De la ultraizquierda a la teoría de la comunicación. Más allá del programatismo.  Traducción de Federico Corriente. Rosario, Lazo, 2022.

29.- Dabashi (2014), citado por Rodrigo Karmy, “El pueblo quiere iniciar un nuevo régimen”, en: El porvenir se hereda. Fragmentos de un Chile sublevado, Sangría, 2019, pág. 99-105, disponible como columna en: https://www.eldesconcierto.cl/2019/11/19/el-pueblo-quiere-un-nuevo-regimen/.

30.- Sergio Villalobos-Ruminott, Mito, destrucción y revuelta. Notas sobre Furio Jesi (2021). En: https://ficciondelarazon.org/2021/01/06/sergio-villalobos-ruminott-mito-destruccion-y-revuelta-notas-sobre-furio-jesi/

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