El color del tiempo

por Gonzalo León

A finales del siglo XVI, cuando la poesía inglesa recién comenzaba de la mano de Petrarca, hubo poetas que decían que escribían con la memoria que, como se sabe, es un instrumento para retener la experiencia. Con el tiempo, el sueño también pasó a ser importante, incluso para algunos autores con mayor relevancia que la memoria: William Blake, un siglo más tarde, fue uno de los primeros. Y con el psicoanálisis el sueño pasó a tener más relevancia, cosa que atestiguó el surrealismo tanto en el arte como en la literatura.

William Wordsworth, el poeta quietista que introdujo en la poesía inglesa el concepto de tradición, escribió que “Un sueño y un olvido es nuestro nacimiento”; sin embargo, su poesía demuestra la importancia de la memoria como experiencia poética. De ahí en adelante han sido varios los que han preferido la memoria a los sueños: Mario Levrero, en El alma de Gardel, muestra un interesante ejercicio sobre la superposición de imágenes y cómo eso influye eso en el recuerdo exacto de uno o varios hechos. Marcel Proust, en su célebre saga de En busca del tiempo perdido, patenta lo que Samuel Beckett denominó la memoria involuntaria, que es “quien escoge la hora y el lugar en que sucederá el milagro”. No se trata entonces que Proust haya ido en busca de los recuerdos, sino de haber estado receptivo para cuando los recuerdos decidieran ir tras él. Por eso el material, en palabras de Beckett, no contiene “nada del pasado, no es más que una proyección borrosa y uniforme, en su día extirpada, de nuestra angustia y oportunismo, es decir: nada”. 

A diferencia del sueño, la memoria trabaja con el tiempo, de ahí la importancia para Proust y para muchos poetas, como por ejemplo en los sonetos de William Shakespeare. Allí, como escribe el crítico español Ángel Rupérez, “el devastador efecto del paso del tiempo, una de sus principales claves temáticas –si no la principal–, tiene como objeto y destinatario a un joven cuyo esplendor pasado puede ser suficiente para contrarrestar esos efectos corrosivos del paso de las horas imparables”. El soneto ‘XXX’ basta u sobra para ilustrarnos esto: “Cuando con pensamiento silencioso y dulce /llamo a los recuerdos de la vida pasada, /lloro por la ausencia de lo que quise mío, /y con viejo dolor lamento el tiempo ido”. 

Antes de seguir hay que aclarar que en una edición anotada del Quijote se consigna que a fines del siglo XVI los sentidos eran siete, a los ya conocidos se les sumaban el sentido común y la memoria. Sin embargo, pese a esta desaparición, su presencia en la literatura ha permanecido. Así surgieron los libros de memorias, de ellos hay muchos a partir del siglo XVI, pero sin duda es Chateaubriand con Memorias de ultratumba, quien le dio una vuelta al género, estableciendo, como señaló el crítico mexicano Christopher Domínguez Michael, una “tensión entre la espiral de la historia y el derrotero del individuo”. Es precisamente esto lo que lo vuelve modelo para Proust. 

Años después que Proust y ya en Latinoamérica, Felisberto Hernández publica en 1942 una muy linda nouvelle (Por los tiempos de Clemente Colling), en donde hay un extraordinario trabajo de evocación: cada esquina, cada parte de la ciudad pareciera evocar al pianista Clemente Colling y también a la infancia del narrador. Colling, además de ser ciego, tiene una excelente memoria, pero lo importante a consignar es el modo en que el narrador percibía sus recuerdos: “En este tiempo presente en que ahora vivo aquellos recuerdos, todas las mañanas son imprevisibles en su manera de ser distintas. Sin embargo, lo que es más distinto, el ánimo con que las vivo, la especial manera de sentir la vida de cada mañana, la luz diferente con que el sol da sobre las cosas…, todo eso se olvida”. O sea lo distintivo de un día no puede ser recordado porque se está viviendo. Quizá por eso Levrero dijo que el sueño estaba sobrevalorado y optó por la memoria, porque precisamente quería trazar una tradición dentro de la literatura uruguaya con Felisberto Hernández. 

Julieta Venegas

Unos años después, en 1951, Vladimir Nabokov también ensayaba su versión de este trabajo de evocación con Habla, memoria. En el prólogo, el autor ruso advertía que esa memoria jamás debió haber tratado de convertirse en una autobiografía. La distinción que hace es sutil, pero apela a los errores que cometió al tratar de “identificar en el recuerdo mis años con los del siglo. Esto produjo una serie de bastante coherentes meteduras de pata cronológicas en la primera versión del libro”. Y es que para Nabokov la matemática nunca fue su fuerte y su memoria tampoco fue excelente, cosa que verificó después de veinte años cuando regresó a Europa y sus familiares le hicieron ver los errores. Pero si el recuerdo literal no es exhaustivo, la creación de este recuerdo sí lo es. En otras palabras el recuerdo es el residuo de la memoria, y eso el autor ruso lo tenía claro. 


No recuerdo si fue Piglia u otro autor quien dijo que cuando la memoria fallaba se colaba la ficción. Al igual que Nabokov, Piglia enseñó en la academia norteamericana y su concepto de memoria fue lábil. Como hubiera pretendido Chateaubriand, la idea era que la publicación del último tomo de Los diarios de Emilio Renzi fuera póstuma, pero a diferencia del autor francés, Piglia lo logró. En este tomo se ve a un Piglia sin miedo a morir, entero, con mucho por escribir. Si bien el formato que usa es el diario, el material que usa es la memoria; sin embargo, la reconstrucción no es detallada ni perfecta, porque ya tiene otra idea en mente: la “novela verdadera”, es decir pasar del formato diario a un tipo de novela, una que fuera a la vez “un testimonio real y un documento histórico” de alguien que enferma y que está muriendo: el que muere es Renzi, pero quien narra su vida es Piglia, alternando de este modo los roles. 

Hay varios autores argentinos contemporáneos que han abordado la memoria desde la ficción. Uno es Juan José Becerra, quien en ¡Felicidades! parece haber aprovechado esta experiencia para la construcción de una novela que no deja indiferente a nadie, sobre todo si el lector tenía una idea preconcebida sobre Julio Cortázar, porque ese es, a grandes trazos, el tema de la novela. Becerra, en una entrevista a propósito de ¡Felicidades!, se refería al uso de la memoria que hace el narrador de esta manera: “Hay una memoria de la juventud, que es la que más presente tenemos, de hecho por alguna razón las personas que entran en la etapa decreciente de su vida evocan constantemente los fenómenos crecientes. ¿Cuál es la razón? La razón es que se impone la juventud como asunto, como asunto del lenguaje, y lo que hace este personaje, este narrador, es tratar experimentar lo que ya está viviendo en su cabeza”. 

Aquí es válido señalar que si la memoria trabaja con el tiempo, es obvio incluir a Borges en esta línea, ya que también se valió de la memoria para sus cuentos. De hecho “El sur” fue escrito después de la experiencia que casi lo mata de septicemia, por una herida que se provocó durante la cena de Nochebuena en la casa de la escritora chilena María Luisa Bombal. José Bianco agregó otro cuento más a esa experiencia, “Pierre Menard, autor del Quijote”, ya que, según él, Borges se sumió en una depresión tal que sólo lo sacó la escritura. Aunque claro, Borges es mucho más que memoria. 

Pero quizá en el último tiempo no haya mejor libro que le haya dado una vuelta al tratamiento de la memoria en la literatura que la última novela de Siri Hustvedt, Recuerdos del futuro. Allí la escritora estadounidense señala que el pasado al ser evocado en el presente está permanentemente ocurriendo, por lo que esa separación que hay entre pasado/presente e incluso futuro no sería tan radical o precisa. Por ejemplo, un hecho traumático, como una casi violación de la que fue víctima la autora cuando era joven, lejos de estar sucediendo en un pasado remoto, está sucediendo en el momento en que escribe ese hecho y también después. O como ella misma escribe: “No olvidemos que un recuerdo siempre está en el presente. No olvidemos que cada vez que evocamos un recuerdo, éste está sujeto a cambios, pero tampoco olvidemos que esos cambios pueden traer consigo verdades”. 

Jordan

Recuerdos del futuro se mueve a lo largo del eje temporal y desafía la cronología clásica en la que algunos esperan que estén escritas las novelas. Todo arranca con el descubrimiento de un manuscrito que ella escribió cuando recién se había mudado a Nueva York, para estudiar en Columbia. Pero antes de entrar a estudiar decidió darse un tiempo para conocer la ciudad y no parecer tan provinciana (al igual que otra gran autora, Kate Millett, era de Minnesota), y en ese tiempo le pasaron cosas: buenas y malas. Hustvedt dialoga con la escritora que es ella en el futuro o, mejor dicho, el presente, con casi 65 años, que en verdad los cumplió el 19 de febrero recién pasado. Y por eso escribe: “¿Puede el pasado servir para esconderse del presente? ¿El libro que estás leyendo en estos momentos representa mi búsqueda de un destino llamado Entonces? Dime dónde termina el recuerdo y dónde la imaginación”. 


Pero el descubrimiento de Hustvedt en el sentido de que la memoria lleva implícito un trabajo con el tiempo no es nuevo, viene de Shakespeare pasa por Borges y Nabokov y llega hasta Piglia y ella. Quizá Hustvedt lo pone en evidencia, lo señala con peras y manzanas. La memoria es tiempo y el tiempo es uno solo. No hay pasado/presente/futuro, todo ocurre a la vez. Y es que en la casi violación que ella sufre hace cuarenta años y donde permanece paralizada “obedece su propia ley, y es una ley que destruye la cronología. En otro registro temporal, el tiempo fluye, como le gustaba decir a William James”. Es decir cuando uno está fuera del tiempo y no en el tiempo donde le suceden las cosas puede distinguir en pasado/presente/futuro, si no es muy difícil y a veces imposible. 

Por último, siempre quise leer Un experimento con el tiempo, de John William Dunne, el libro que el mismo día que muere Borges compra Bioy como ejemplar de reserva. Hay algo de misterioso en ese título que me sigue llamando la atención desde que leí el Borges, de Bioy, y el episodio donde se narra eso. Quizá algún día lo compre, si el tiempo y las ganas me lo permiten.

(Tomado de La Agenda)