Cuento de Juan García Brun: «Necesitamos un barco más grande»

Estas calles de piedra habían tomado un color distinto, gris en realidad, y las linternas no funcionaban, la lluvia parecía haberlas echado a perder. Nos habíamos perdido tratando de llegar al barco y uno de nuestros hombres estaba herido de gravedad. La ciudad estaba sin suministro eléctrico y la refriega continuaba en las afueras, bastaba que amaneciera para que acaben con nosotros. No tuvimos otro camino que ocultarnos en los subterráneos del muelle antiguo, un antiguo refugio anterior al período romano.

La extensión de esos subterráneos era difícil de calcular, a nuestra izquierda el agua marina se filtraba en esas horas en silencio, luego un área de piedras rectangulares y algo parecido a una playa se extendía profundamente entre columnas.

La salinidad del lugar hería la vista, deshidratando y ahogándonos. Bocanadas de aire que se filtraban desde la entrada, nos permitían internarnos y encontrar un lugar de abrigo. Más allá de los primeros 10 o 15 metros, la altura del lugar bajaba hasta un metro y medio, más allá avanzamos de cuclillas. Roberto había perdido el conocimiento y cada tanto se quejaba sordamente. Usábamos la última linterna que nos quedaba operativa.

En algo parecido a una caverna logramos ubicarnos para reponer nuestras fuerzas. Por una cuestión de mando dispuse el orden para guarecerse, indicando que habríamos de esperar a que transcurra el día para volver a intentar la huida. El clamor de la artillería, un profundo temblor, era nuestra única percepción del mundo. Habíamos avanzado quizá medio kilómetro y nos quedamos dormidos.

Roberto, el herido afiebrado, me empezó a contar una historia, con un hilo de voz. Me dijo que había vivido en Australia, en el centro de esa isla, en una zona desértica en cuyas noches se escuchaba de lejos una carretera y el viento. Había llegado allí después de estar en el sur de Guatemala. Lo habían contratado para reparar una casa, en el lugar había comida para un mes, un equipo de vendas y antídotos para la mordedura de la Eastern Brown.

Roberto me decía que escuchaba voces en el lugar. Voces y sombras que se desplazaban por la planta alta de la casa, que imaginaba que esas voces y sombras vendrían con el desierto que se extendía después la cerca del patio trasero. Tras su jornada solía ir a beber al único bar del lugar, el Claxon, un lugar de estética Heavy Metal.

Mientras me hablaba su fiebre seguía ascendiendo y me contó una historia que era común en esos tiempos, me refiero antes de la guerra, es lo que logré entender de sus murmullos: en ese pueblo los tribunales estaban instalados en caballerizas. En lugar de caballos había jueces, jueces levíticos muy pequeños que estaban allí los lunes para llevar adelante ejecuciones sumarias. Mientras esto transcurría Roberto seguía pintando esa casa, reparándola, acompañado por voces y presencias que habían financiado toda la operación.