Acerca de la enfermedad

por Juan García Brun

El melancólico, expresa Robert Burton (La historia de la Melancolía, 1621) preferirá un suelo seco, una región accidentada, salpicada de colinas. Con ello, el especialista aconseja a la aristocracia británica habitar paisajes elevados para combatir el mal.

A la persona que padezca la melancolía se le sugiere vivir en un terreno elevado, desde el cual se domine el extenso horizonte. El misántropo sueña con la colina, el ascenso, la llegada acompañada de un cuerno sonoro que predice cada mañana el comienzo del día.

Sin embargo, el melancólico haciendo caso omiso a estas indicaciones, preferirá siempre el mar como el último refugio para acompañar su enfermedad. Representan la enfermedad de la melancolía y el mar un paisaje completo imposible de entender desde el exterior.

Una parte del paisaje alberga el azul. El relato divino de la catástrofe, el diluvio y las penas sobre el hombre: el mar convirtiéndose en victimario. El miedo iniciático a ser engullido, luego el silencio y su quieto repliegue sobre el horizonte, o bajo él. Este terror de no tocar jamás el fondo, el azul que inunda y la compleja inspiración que acompaña al cuerpo desde la fundación de la memoria, todos ellos conviven con la necesidad de perder la vista en el horizonte para llegar al camino por donde se extraviaron las naves. Todo ello es parte de la enfermedad, la melancolía que comienza.

A pesar de esto, el sueño con Ulises se mantiene: el hombre observa el mar, necesita comenzar otras guerras, atravesar nuevas tierras y sueña con la con la ribera que lo incita a partir, aunque ese valle se extienda como una secuencia de cuarentenas y lo espere una mañana un paredón.

(imagen, Hospital Regional Valdivia, junio 1960)