Cuento de Juan García Brun: «Berlín»

Vivía en una pensión. En la mañana de una de sus habitaciones, la  mitad estaba iluminada por el sol, como en verano. En la otra mitad, una cama con somier de alambre me permitía tenderme de bruces, vestido con una camisa azul y calzoncillos blancos. Frente a ella, un imponente televisor de los años 50 exhibía una película en tonalidades cepia, puede haber sido “Lo que el Viento se Llevó”. Fijé en mi memoria una secuencia aérea de tumbas vacías.

La tecnología del artefacto era muy moderna, su pantalla se proyectaba hacia adelante y se quebraba en dos ángulos rectos, semejando un foco. Alguien, una voz que no logro identificar, me presenta el aparato diciéndome que era un televisor de tercera dimensión. Efectivamente el plano central era el habitual, sin embargo los dos laterales proyectaban otra imagen, otra toma del mismo objeto hecho a 90 grados, a la izquierda y a la derecha. 

Yo concluía que tal avance tecnológico obligaba a los productores de cine a tomar todas las imágenes con tres cámaras: una de frente y dos laterales opuestas. Este gigantesco esfuerzo cinematográfico con la finalidad de permitir que ese vetusto aparato pudiese presentarse en esa pensión del mundo de los sueños, como un prodigio del ingenio humano.

Sin embargo, los vértices del televisor carecían de imagen y proyectaban una luz que extendía la tonalidad dominante de la imagen adyacente. Esto me permitía concluir que el aparato era en realidad un televisor de tres pantallas. Quedaba, al menos eso me inquietaba, por verificarse si las cámaras enfrentadas podrían eludirse en las tomas más sencillas. Por ejemplo, cuando se hiciese un «close-up». Dije esto y la voz sin cuerpo me interrumpió y me dijo que no era necesario que hiciera gala de tan precarios conocimientos de cinematografía y que, en lo sucesivo, tratara de explicar las ideas con un lenguaje que nos fuera propio. Al hacer esta última afirmación, «nos fuera propio», me di cuenta que yo formaba parte de una familia, la familia dueña de esa pensión destinada a viajeros que huían hacia el norte. 

Traté de incorporarme y mirar hacia atrás y pude ver que el resto de la habitación estaba cubierta por sábanas blancas, las que evidenciaban bultos de sillones, roperos, vidrieras y una pequeña biblioteca. La voz provenía de esos bultos y me esperaba entre ellas. Éramos nosotros el cerebro de esa dimensión y tal plural me parecía una lúgubre resurrección. Habíamos comenzado a hacer algo distinto y esa precisa mutación cambiaba nuestras convicciones.