Discusiones sobre Marx e imposturas intelectuales

por Rolando Astarita

En esta breve nota presento algunas precisiones y reflexiones a propósito de los debates que estoy teniendo en torno a la teoría del valor y de la plusvalía de Marx.

En primer lugar, afirmo, una vez más, que no es ningún “pecado burgués” no acordar con Marx, sea en aspectos particulares, sea con el conjunto de su teoría. Marx no tiene razón “a priori”. La teoría del valor y de la plusvalía, y de la acumulación y crisis, deben tener lógica, y deben poder ser registradas –aunque a veces lo sea indirectamente- en datos empíricos. Si Marx dice que las crisis se producen por sobreproducción, es necesario demostrar su posibilidad, o necesidad lógica, pero también comprobar hasta qué punto se verifica. Lo mismo si hablamos de la tendencia a la concentración del capital, o a la formación del mercado mundial, etcétera. Es en este sentido, por ejemplo, que he discutido la aplicabilidad de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Subrayo, nada de lo que haya escrito Marx, o cualquier otro gran pensador que nos precedió, debe estar libre de escrutinio, tanto en lo que hace a la coherencia teórica, como a evidencia empírica.

En este contexto entonces, enfatizo que las categorías teóricas sirven en tanto son útiles para explicar la sociedad capitalista y ayudar a la liberación social de los explotados. Por eso también es necesario avanzar en cuestiones que no fueron contempladas en la obra de Marx; que quedaron incompletas en su tratamiento; o no se planteaban en el siglo XIX. Para dar algunos ejemplos, que he tratado en el blog o en libros, las discusiones sobre intercambio desigual entre países; sobre la hipótesis Prebisch Singer de deterioro de los términos de intercambio; sobre tipo de cambio; sobre derivados financieros, todos referidos a cuestiones económicas. Pero también en política, ideología, prácticas y luchas de clases, etcétera, trabajos que encaran muchos estudiosos y militantes socialistas.

Discusiones “por las nubes” con consecuencias políticas

En segundo lugar, debates que parecen estar “en las nubes” tienen consecuencias en lo político bastante directas. Es el caso de la discusión sobre trabajo potenciado. Para expresarlo de la forma más clara posible: el cruce sobre si el valor es individual o social no es meramente “teórico”. En él subyacen posiciones políticas encontradas. Así, aquellos que sostienen que el valor es individual, y que 8 horas de trabajo siempre generan 8 horas de valor, tienden a defender las tesis del intercambio desigual, y a explicar la renta de la tierra por “precio de monopolio” y plusvalía producida “por la burguesía industrial”. Hay matices, pero las líneas gruesas son nítidas: la tesis del intercambio desigual alimenta posiciones tercermundistas y nacionalistas. La tesis de renta por precio de monopolio alienta la idea de que los precios se establecen por “relación de fuerzas”, y que, de alguna manera, la burguesía industrial es oprimida “por la oligarquía terrateniente”.

En contraposición, el enfoque que pone el acento en el carácter social del valor, y en la centralidad de la explotación de clase, lleva a conclusiones políticas opuestas a las anteriores. En otros términos, no hay “inocentes”. Todos sabemos las derivaciones “prácticas” que tienen estos debates “en las nubes” de la teoría.

Desnudando imposturas

En tercer lugar, señalo un método de trabajo que considero particularmente dañino. Básicamente, el asunto es así: ante todo, se adopta un lenguaje artificialmente abstruso, bordeando lo incomprensible. El objetivo es enturbiar el agua para que nadie advierta la escasa profundidad del conocimiento. La mejor manera de hacerlo es con profusión de términos hegelianos; aunque no se entienda ni pepa de Hegel. Total, ¿quién entiende a ese alemán?

En un segundo paso, se sostiene que, de acuerdo a la teoría de Marx, sucede X, Y o Z. Por ejemplo, se puede decir que la renta, según Marx, surge por precio de monopolio; o que, aplicando las categorías de Marx, todo estudiante universitario pertenece a la clase obrera. No importa la magnitud del disparate. La maña del asunto pasa por envolverlo en la confusión del lenguaje, y dar la impresión de que el dicente posee un altísimo nivel. Accesoriamente, una buena caraculis (los intelectuales somos así, estamos sumergidos en profundas disquisiciones) ayuda a la mise en scène.

El tercer paso es de cubrimiento de las huellas, y defensa de la operación. Ojo, esta parte es clave, no vaya a ser que peligren prestigios de altísimos doctores y sesudos profesores. Para esto, hay que acusar de dogmático al que se atreva a desnudar la impostura. O sea, si alguien demuestra que Marx no dijo lo que la eminencia dijo que dijo Marx, lo acusamos de “dogmático”, y de “confundir la realidad con el texto de Marx”. El discurso es: “¿Usted afirma que es un desatino sostener que, de acuerdo a las categorías de Marx, todo estudiante universitario pertenece a la clase obrera? Pues entonces usted es un dogmático, que se cree el dueño de la interpretación de Marx”. Punto. Amén. Lo importante es el absurdo. Cuanto más absurdo el planteo, mejor. Todo realza la distancia entre la lumbrera y los comunes.

¿Qué tiene esto que ver con ciencia, con espíritu crítico? Respuesta: nada. Pero no se trata solo de desnudar estas imposturas intelectuales, en curso -al menos en Argentina- desde hace muchos años. Necesitamos marcar su naturaleza reaccionaria, y funcional al discurso establecido en la izquierda “políticamente correcta” (que es nacionalista y estatista burguesa). Por eso, termino con la cita de Satanislav Andreski con que Alan Sokal  y Jean Bricomont abren Impostures intellectuelles. Dice:

“En tanto que la autoridad inspira un miedo respetuoso, la confusión y el absurdo refuerzan las tendencias conservadoras de la sociedad. En primer lugar, porque el pensamiento claro y lógico lleva a un aumento de los conocimientos… y tarde o temprano el avance del saber socava el orden tradicional. La confusión del pensamiento… no lleva a ningún lado en particular, y puede ser mantenido indefinidamente sin tener impacto en el mundo”.

(Tomado del Blog de Rolando Astarita)