La magnífica y adictiva narrativa de Thomas Bernhard

por Juan García Brun

Los volúmenes de “Relatos Autobiográficos” de Thomas Bernhard, Anagrama, noviembre 2013, se leen casi insensiblemente, incrédulamente, uno tras otros en sus secos títulos: El Origen, El Sótano, El Aliento, El Frío y Un Niño. Las páginas compactas de la traducción de Miguel Sáenz, corren sin intervalos de puntos y aparte ni división de capítulos. 

Su lectura deja absorto en esa inmersión inmediata hacia las profundidades de uno mismo y de la experiencia de leer que sólo nos deparan los grandes. No los grandes canónicos, desde luego, no siempre, sino aquellos, mayores o menores en las antipáticas jerarquías de la literatura, que se nos vuelven adictivos al despertar en nosotros una resonancia que tiene algo de estremecimiento, al ofrecernos mundos cerrados y completos que son exclusivamente suyos y que nos llegan contados por una voz que en seguida se nos vuelve tan familiar como la pulsación de nuestro pianista favorito, como la respiración que hay en el saxo de Coleman Hawkins o de John Coltrane, no un artificio de estilo sino un particular aliento humano.

Hasta hace unas semanas yo no había leído nada de Thomas Bernhard. Ahora no paro de leerlo. Me doy cuenta de que la comparación musical puede ser provechosa. Bernhard pertenece al club restringido de los escritores completamente empapados de música: Mann, Proust, García Lorca, Cortázar, Faulkner cuando escribía como dejándose llevar por una cadencia de blues, Michel Schneider, el autor de un libro sobre las Variaciones Goldberg, que repite por escrito meticulosamente la forma de esa composición incomparable. Un amigo suyo contaba que Bernhard corregía sus poemas leyéndolos en voz alta delante de una grabadora para escuchar su efecto y descubrir sus debilidades y errores. Estudió canto y probablemente habría sido cantante profesional si la enfermedad no se lo hubiera impedido. Estudió seriamente violín. 

Al leer a Bernhard vienen a la mente esas composiciones para violín o violoncello solo de Bach en las que se exploran metódicamente, maniáticamente, todas las variaciones posibles de un tema sencillo o complicado, pero siempre inagotable, y en las que el instrumento, al no estar acompañado, adquiere una pureza expresiva máxima, como la de una voz que no para de hablar, la voz de un monólogo hablado o la de una conciencia obsesiva. 

A lo que más recuerdan las tiradas que se prolongan páginas y páginas sin apariencia de esfuerzo o necesidad de interrupción en los libros de Bernhard es a las partitas y sonatas para violín solo de Bach, y es a él a quien me imagino tocándolas, no delante del público sino a solas en una habitación, sin más pausa que la que se necesita para tomar aliento, la que viene indicada como punto y seguido en la página como en un pentagrama. 

Cada volumen de la autobiografía sucede de la primera página a la última con la misma unidad y la misma precisión de comienzo y final que hay en la interpretación de una larga pieza de música, o uno de esos monólogos errabundos y meditativos en las óperas tardías de Wagner. Una vez comenzada la música, saltado el intervalo del silencio al sonido, no cabe más actitud que la atención entregada. Cada frase se encabalga sobre la anterior en un progreso temporal que no admite vueltas atrás. Si hay breves pausas de silencio servirán para el recogimiento, para la espera de lo que va a venir, no para la respuesta impaciente, ni siquiera, idealmente, para toser, ni para distraerse en nada. 

Estos libros tienen una extensión tan breve, y tan parecida siempre, porque es el máximo a lo que puede dilatarse ese grado de intensidad. Cada uno habría que leerlo sin interrupción, como se escucha sin interrupción una sinfonía o una suite. Habría que leerlo en voz alta, para apreciar toda su calidad musical. Y para que la lectura fuera plena habría que leerlo, me imagino, en alemán, porque uno intuye que Bernhard es uno de esos escritores que fuerzan al máximo las cualidades específicas del idioma que usan.

Con furia característica, que tiene algo de exhibición de virtuosismo, Bernhard dice que un libro traducido es “como un cadáver mutilado por un coche hasta quedar irreconocible”. Lo dice, desde luego, como lo dice todo para nosotros, en traducción de Miguel Sáenz, que fue su traductor mientras vivía y lo ha seguido siendo después de su muerte, en los libros póstumos que se han seguido publicando, y que yo ahora busco con vehemencia de converso. Lo que ha hecho Miguel Sáenz parece algo más que traducir textos literarios: ha inventado una lengua que siendo plenamente español es un español raro traspasado por la música del alemán, como los humanistas inventaban una lengua castellana dotada de la dicción solemne del latín que traducían, o Cipriano de Valera inventaba la suya empapada de las cadencias de la Biblia. 

Si la simple lectura de Bernhard es adictiva y contagiosa, no quiero imaginarme cómo será esa lectura amplificada y extrema que es una traducción, cómo será dejarse llevar por esa música que no se detiene nunca y por esa voz que parece que está sonando en el interior de la conciencia, diciéndonos exactamente todo aquello que preferiríamos no saber ni decir, observando la crueldad, el deterioro, la enfermedad, la ruina, la muerte, con el lujo macabro Joel-Peter Witkin, con toda la ira de una imputación y el sarcasmo de una caricatura de Grosz o de un número de cabaret de Kurt Weill.

Qué manera tan rara tienen a veces los libros de llegar a nosotros. Parece que nos esperan sin prisa, como concediéndonos el tiempo que nosotros mismos no sabemos que necesitamos. En otros momentos parecen el encuentro con los hermanos de la niñez, la fascinante distancia que hace del tiempo un accidente.

No sé si lamentar o agradecer que una influencia tan poderosa no me afectara cuando era joven. Pero a veces da la impresión de que un azar benévolo nos impone los libros en el momento justo en que necesitábamos leerlos.