La trilogía de Auschwitz, de Primo Levi

por Juan García Brun

Este texto es una de las mejores formas de visitar este campo de exterminio. La narración es poderosa y racional, va punto y codo en tierra quemada.

El pasado 27 de enero se cumplieron 75 años de la liberación de los campos del complejo Auschwitz-Birkenau, aunque «liberación» no parece ser un término adecuado a la naturaleza de esa singularidad puesto que lo que se libera sigue existiendo, ya libre, cambiando su estado, pero no su condición.

Auschwitz no existió después como no había existido antes. No fue una atrocidad más, una matanza más, algo conocido y con precedentes en la historia de la infamia humana, ni siquiera fue el lugar de una tiranía desencadenada o la mazmorra en la que el fascismo podía desplegar su corpus doctrinae donde la vesania se volvía y se vuelve acción política.

Para los nazis, para Stalin, para Mao y para todos los demás que averiguaron que la humanidad podía ser tratada como una materia plástica, el asesinato, la tortura, la matanza y el exterminio no eran fines en sí mismos. Esos hombres no pretendían un final apoteósico de la especie, aunque quizás lo contemplaran como una posibilidad no del todo indeseable. Su propósito era crear una forma política constituida por seres dúctiles, a partir de la cual, todo fuera posible. Eso les convirtió, inevitablemente, en criminales e hizo que su delito se dirigiera contra un objeto nuevo, inalcanzable e inimaginable hasta que el mundo industrial proporcionó los medios: la condición humana del homo sapiens. Ciertamente, para alcanzar ese nuevo objeto, el delito tenía que desplegarse sobre seres humanos, golpearlos en su individualidad mediante la administración de un terror frío e imprevisible, hasta hacer que su voluntad, su raciocinio o, incluso , su instinto animal de supervivencia, dejaran de tener influencia en su comportamiento.

Nadie, como los Nazis, llegó a perfeccionar la manera de suprimir la condición humana. Auschwitz fue una inmensa ciudad de doscientos cincuenta mil habitantes, casi del tamaño de Viña del Mar, la forma política más acabada, concentrada y administrada del totalitarismo (y léase el término en su sentido estricto, no en la banal acepción de la propaganda liberal). Allí el «hombre plástico», el hombre sin voluntad, la máquina de carne, el hombre fungible, el ser sin metáforas, fue creada. Le llamaron «el musulmán». El único problema es que cuando se llegaba al estado de «musulmán», también se llegaba, rápidamente, al estado de cadáver.

No podemos entender Auschwitz sin llegar a comprender la inmensidad de esta destrucción de todo lo humano y de todo lo animal que se contiene en un hombre y, quizás, jamás podamos entender esta Cità Dolente, el Infierno, sin haber estado allí y aún habiendo estado allí, es harto probable que careciéramos de lengua, de palabras y de experiencia común con nuestros congéneres, para hablar de eso, para hacer comprender eso. Estaríamos condenados a lo «inefable», a lo inexpresable y, por ello, como le ocurrió a Primo Levi, a un silencio imposible que sólo podía intentar decir algo de lo vivido, mediante la muerte, mediante el suicidio.

Levi no dejó nota suicida y siendo un químico se habría lanzado por las escaleras interiores del edificio en que vivía, desde un tercer piso. También es posible que haya sido un accidente, aunque como sabemos desde Freud, nada es accidental. 

Tampoco hay víctimas en esta historia.