Por un congreso de la izquierda revolucionaria

por José Moro

Hace unos días, decíamos que si se construye la unidad política de los revolucionarios, no habrá enemigo capaz de impedir la revolución en Chile. Queríamos convencer a los lectores de la necesidad de un esfuerzo unitario de todas las organizaciones revolucionarias, capaz de generar una plataforma de estrategia y táctica común para el triunfo de la revuelta de Octubre. Ahora, para profundizar esa idea, trataremos de defender la necesidad de un congreso del movimiento de izquierda revolucionaria. ¿Refundar el MIR? No, convocar un Congreso de Izquierda Revolucionaria.

La mayoría de las organizaciones que se oponen a esta idea –y que no sean parte de los repugnantes esperpentos del electoralismo— nos oponen la siguiente convicción: “La constitución del partido (leninista, trotskista, maoísta, etc.) en vanguardia y dirección de la revolución (proletaria, socialista, democrático-burguesa, etc.), no obtiene por medio de atajos asamblearios. Supone la conformación de una organización de combate que, en base a los firmes principios del programa marxista y su estrategia revolucionaria, consiga ponerse a la cabeza de los explotados y conducir las transformaciones revolucionarias. Nosotros fuimos/somos/seremos ese partido”.

Muchos de sus partidarios tienen vergüenza de decirlo públicamente. Pero en privado, o entre sus camarades, lo celebran con sentida convicción. No dudamos de la veracidad de sus sentimientos. Lo hacemos de la exactitud de su concepción. Porque la única razón loable para explicar la actual división del campo revolucionario, y que la enorme variedad de organizaciones revolucionarias se mantenga, es esa convicción, que anida en cada grupo, círculo o secta.

Pues, si analizamos sus concepciones, las diferencias son pírricas. Porque, por si el debate teórico no hubiese sido suficiente después de la caída de 1989, si el minúsculo crecimiento que tuvieron por décadas estas organizaciones no fuese ya incontestable, la revuelta de Octubre vino a demostrarlo en la cruda realidad de la lucha de clases. Si alguna de las múltiples orgánicas que se reclamaron de la vía armada, por años, se hubiese asentado firmemente en las masas, la primera línea tendría hoy una mayor capacidad táctica. Si se hubiere enraizado una corriente revolucionaria en el movimiento sindical, reconstruyendo su centralidad y unidad más allá de la oficina sindical llamada CUT, el 9 de marzo hubiésemos tenido una huelga productiva efectiva, que hubiese multiplicado la millonaria huelga reproductiva del feminismo. En fin, podríamos hacerlo así con cada una de esas “convicciones”.

Un Congreso de Izquierda Revolucionaria supone hoy una organización asamblearia, en base a la coordinación de núcleos territoriales autónomos. Delegados surgidos de las bases, constituida por compañeres de las más diversas corrientes revolucionarias, confluyendo en una democrática coordinadora nacional. Allí, a partir de la experiencia concreta de organización de la lucha y resistencia popular, se definiría un curso de acción común. Las orgánicas territoriales desplegarían entonces las acciones que estimen pertinentes, en base al sistema de demandas y al plan de lucha general. Lo renovarían con su experiencia. Lo acercarían directamente al pueblo.

Los núcleos desarrollarían sus acciones haciendo dialogar la propia herencia revolucionaria. Como en 1965 se hizo con la revuelta inconclusa de 1957. Lo que es hoy la izquierda revolucionaria está profundamente marcado por los acontecimientos de Octubre; ya no existe posibilidad de retorno al sectarismo o mesianismo del pasado. Sabe tiene que generar un programa que transforme esta revuelta en revolución. Y debe hacerlo contra la misma institución de Ibáñez y Alessandri. Contra carabina y Constitución.

Hoy muchas organizaciones coinciden, por ejemplo, en la necesidad de levantar comités, incluyendo los de emergencia. Otras, ven también la urgencia de un Congreso Sindical. Como la organización ilegal y semilegal será fundamental en el periodo, tanto en las organizaciones de masas como en las ramas obreras, en las redes populares, feministas o en el movimiento estudiantil; las medidas de autodefensa, autocuidado y clandestinidad también son apremiantes. Vienen siéndolo desde Octubre. Serán cien veces mayores para su aniversario. La lucha de clases se acelera sin tregua.

La única condición para la existencia de estos núcleos es la fusión de las bases de la mayoría de las organizaciones revolucionaria, en torno a los rudimentos de una plataforma programática y táctica común. Serán pocos acuerdos, pero los necesarios para mantener esos niveles de unidad. Transitoriamente, podrían existir las organizaciones como fracciones; pero sería un gran gesto de confianza en el proceso revolucionario, una fusión directa de todas sus organizaciones.

¿Unirnos en base a “rudimentos de una plataforma programática y táctica”? Nos preguntará indignado un compañero de firmes convicciones. ¿Dejar nuestro desarrollo político, orgánico y de masas, en manos de una bolsa de gatos sin sólidos principios programáticos? ¿Ceder en nuestra concepción revolución y nuestra independencia de acción? ¿Organizarnos junto a anarquistas, populistas y centristas? ¿No es acaso eso aventurerismo revolucionario? ¿No es acaso la capitulación del marxismo revolucionario ante el altar del oportunismo?

Todo lo que nuestros herederos del bolchevismo reclaman como “partido revolucionario”, fue una organización de variadas fracciones y grupos que unificaban la inmensa red de organizaciones del pueblo y la clase obrera rusa. La ruptura con el menchevismo y otras corrientes intermedias, que se expresaba en las filosas palabras del exilio, era menos notoria en las organizaciones de base del partido socialdemócrata ruso. Tanto así que, una vez aceptada la estrategia de toma del poder por los soviets, impulsada por los bolcheviques, esos mencheviques pasaron progresivamente a integrar el partido bolchevique, que recién en abril de 1917, se convierte en una organización plenamente independiente. Pero, los partidos bolcheviques ab ovo, no se conocen en la historia. Al menos, no como partidos revolucionarios, sino como tristes experiencias burocráticas. Para no hablar de la burocratización de la revolución que introdujeron esos partidos “únicos”, después de algunos años o meses en el poder.

Si se quiere vivir el tiempo presente sin fantasías, ídolos y ni mitos, hay que reconocer que esa “convicción” centenaria no aporta nada al proceso revolucionario actual. Lo contradice, lo aplasta en la meticulosa garantía de una revolución “pura” y “perfecta”. Con su panteón de machos y pistoleros. Con su ética del deber partidario aunque éste contradiga el curso de la lucha de clases. Si se quiere hacer la revolución en Chile, ya no basta la mitología bolchevique o el martirologio de la izquierda latinoamericana. La realidad ya no resiste esa mirada de autoengaño. A pesar de las convicciones. A pesar de la experiencia de la “primera revolución triunfante” o del “estuvimos a punto de hacer la revolución en 1973”.

Hay que hacerla ahora. En esta vida. No queda otra opción para quienes sienten la firme convicción de la necesidad de un cambio absoluto, revolucionario, de la vida humana bajo el capitalismo, en miras al bienestar general y también absoluto, de la población trabajadora, y en la eliminación definitiva de toda forma de dominación y explotación, patriarcal, colonial y capitalista.

Cualquier militante honesto reconocerá que una organización así, surgida de un Congreso tal, sería un agente de cambio revolucionario mil veces más significativo que la suma de todas las organizaciones que componen actualmente el campo obrero y popular. La policía y los patrones, tendrían su merecido. La clase obrera y el pueblo, una organización en la que confiar. La resistencia y su vanguardia social, una línea de acción política común, capaz de multiplicar las fuerzas del movimiento obrero, poblador, estudiantil, mapuche y feminista. En la realidad, y no en la fantasía.

Un paso real del movimiento vale más que cientos de programas, decía el viejo Marx. Un paso real en la unidad de las fuerzas revolucionarias del pueblo, vale más que cientos de organizaciones autónomas dispersas. Más vale un Congreso de Izquierda Revolucionaria, que las convicciones infundadas con las que decenas de partidos luchan aisladamente por la revolución.