Necesitamos la unidad del movimiento de resistencia

por José Moro

Existe hoy un problema muy importante para las organizaciones obreras, populares, estudiantes, feministas, mapuche, que levantan las banderas de la revolución. Con la revuelta quedó demostrado de esta diversidad de fuerzas políticas podían actuar coordinadas. Obviamente, esta unidad la brindó el pueblo, con su movimiento gigantesco.

De manera espontánea, innegablemente, se impuso una disposición de lucha contra el gobierno y las fuerzas represivas, que permitió articular acciones coordinadas en casi la totalidad de territorios, movilizando a casi todos los sectores del pueblo. Las semanas de Noviembre vieron emerger una dirección espontánea del movimiento.

Es cierto que no pudo sobreponerse al repliegue forzado que impulsó el reformismo y la socialdemocracia, luego de mendigar el fraudulento proceso constituyente. Pero permitió que la resistencia se hiciera sostenida, durante enero y febrero, hasta la importante movilización de la primera semana de Marzo, que estuvo a punto de retomar los ritmos de actividad registrados en Octubre.

Sin embargo, la pandemia, congeló esa correlación de fuerzas y, ante el confinamiento obligado de la población obrera, permitió al gobierno extender su ofensiva, ya no sólo al pertrecho de sus aparatos de represión policial y criminalización de la protesta, sino de golpear directamente a los trabajadores.

Frente a la pandemia, el gobierno vio la oportunidad de atacar directamente las condiciones de trabajo de la población obrera, con la finalidad de amortiguar o encubrir, no lo sabemos todavía bien, su profunda crisis de acumulación. Un aumento general del desempleo y la suspensión de remuneraciones, son los elementos más notorios de esta nueva ofensiva del capital sobre el trabajo.

La crisis ya no sólo es institucional y social, sino también sanitaria y, abiertamente, económica. Frente a esta crisis es que surge el problema de la organización del movimiento de resistencia. Existe, fragmentariamente, con múltiples conexiones, pero sin posibilidad de una acción política unitaria.

Este conflicto se hace más agudo porque el gobierno y la patronal han recuperado mucho terreno, desde marzo. Sigue el Estado de excepción, los militares cuidan el sueño de los patrones y, junto a la policía, enfrentan los focos de resistencia. Sin una coordinación política, esa lucha corre el riesgo de ser sofocada por el enemigo de clase.

Esta idea general, sobre la necesidad de un reagrupamiento de fuerzas revolucionarias para construir procesos superiores de lucha de masas, debería concitar un apoyo transversal de las organizaciones que componen el movimiento de resistencia popular. Por primera vez, en décadas, se cuenta con una visión común sobre los objetivos revolucionarios. La Nueva Constitución no es más que una metáfora de la sociedad que soñamos. Los objetivos de la revuelta de Octubre la superan con creces. El Juicio y Castigo a los asesinos, la Libertad de los Presos Políticos, el fin de las instituciones sociales y estatales del modelo neoliberal, como las ISAPRES, las AFP, el Código del Trabajo, el Transporte o las escuelas, la transformación de las condiciones brutales de explotación del trabajo y pauperización de la vida, la abolición del patriarcado y la dominación colonial sobre Wallmapu, forman parte de un plan de lucha, surgido espontáneamente, que ya decanta como programa de acción revolucionaria.

Antes de cualquier consideración mezquina o autoritaria, de cualquiera de esas organizaciones, por imponer su ideario, o peor aún, negarse a la acción unitaria en virtud de altas diferencias “de principio”, se debe defender esta necesidad elemental: la coordinación de una respuesta masiva a la política criminal del gobierno neofascista, de empresarios, policías y militares, hasta la conquista de las reivindicaciones de la revuelta de Octubre.

Existe la unidad táctica necesaria para conformar esa unidad. La estrategia es una cuestión a definir mediante aproximaciones sucesivas, analizando el propio curso de la lucha de clases. Tenemos ahora, a todas luces, objetivos comunes para la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista.

Hoy, en un gesto de profundo compromiso con la causa de la emancipación económica y liberación política de las clases explotadas y oprimidas por la barbarie capitalista, las organizaciones revolucionarias en Chile debieran abrirse a un debate para forjar la unidad del movimiento revolucionario. Sin afanes sectarios, sin delirios mesiánicos. Con la única finalidad de brindar al pueblo y la clase obrera, la posibilidad de un camino independiente, alternativo al pantano reformista, para acabar con el régimen de Pinochet y Piñera, por la vía revolucionaria.

Si se avanza el camino de la unidad, la revuelta de Octubre puede triunfar. Si se construye la unidad política de los revolucionarios, no habrá enemigo capaz de impedir la revolución en Chile.