El genocida Kissinger llama a restaurar la autoridad del capitalismo

por Gustavo Burgos

Protagonista de los mayores crímenes perpetrados por el imperialismo norteamericano en los 60-70 y uno de los autores intelectuales de la restauración capitalista en China y la URSS, Kissinger, ha sobrevivido como íncubo de cuanta pesadilla conspirativa se trame en las altas esferas del poder mundial. Lo recordamos llamando a despedazar a Allende y la Unidad Popular, lo imaginamos organizando a los Grupos de Tareas en Argentina, la Operación Cóndor en el Cono Sur, como un carnicero responsable de la muerte de miles en Camboya y hoy día encabezando el polémico grupo plutocrático de Bilderberg. Coronado como Nobel de la Paz tres meses después del Golpe en Chile, su opinión sigue influyendo y marcando una línea central en la política imperialista. Su voz es la voz de un pasado ominoso que se resiste a desaparecer.

La nota publicada en The Wall Street Journal el 3 de abril -cuando ya era visible que EEUU ingresaba en una catástrofe sanitaria- en un medio cuyo público empresarial tiene su caricatura chilena en Estrategia o Diario Financiero, apunta al corazón del dilema. En la misma señala que el imperio se edificó en “la creencia de que sus instituciones pueden prever calamidades, detener su impacto y restaurar la estabilidad. «Cuando termine la pandemia de Covid-19, se percibirá que las instituciones de muchos países han fallado”, escribió. “La prueba final será si se mantiene la confianza pública en la capacidad de los estadounidenses para gobernarse a sí mismos.”

Parte señalanado que “La atmósfera surrealista que ofrece la pandemia de la COVID-19 me recuerda a cómo me sentí cuando era joven en la 84a División de Infantería durante la Batalla de las Ardenas. Ahora, como a fines de 1944, existe una sensación de peligro incipiente, dirigido a ninguna persona en particular y que golpea al azar y devastadoramente”. Sin embargo, advirtió, hay una diferencia importante entre ese tiempo lejano y el nuestro: “La resistencia estadounidense fue entonces fortificada por un propósito nacional. Ahora, en un país dividido, es necesario un Gobierno eficiente y con visión de futuro para superar los obstáculos sin precedentes en magnitud y alcance global. Mantener la confianza pública es crucial para la solidaridad social, para la relación de las sociedades entre sí y para la paz y la estabilidad internacionales”.

El ex secretario de Estado norteamericano las naciones son coherentes y prosperan con la creencia de que sus instituciones pueden prever calamidades, detener su impacto y restaurar la estabilidad. “Cuando termine la pandemia de COVID-19, se percibirá que las instituciones de muchos países han fallado”, pronosticó. “La realidad es que el mundo nunca será el mismo después del coronavirus. Discutir ahora sobre el pasado solo hace que sea más difícil hacer lo que hay que hacer”, agregó.

El número de personas contagiadas por el coronavirus en Estados Unidos superó este sábado los 500.00, con más de 21.000 muertos en todo el país, según los últimos datos de la Universidad de Johns Hopkin. Además, el número de muertos en el estado de Nueva York, epicentro de la pandemia de coronavirus en Estados Unidos, ha trepado a sobre los 2.000 muertos diarios. EEUU a esta fecha es la nación más golpeada por la pandemia -supera a Italia en número de muertos- sin considerar que en el gigante norteamericano la pandemia recién comienza a desarrollarse.

Kissinger soba el lomo de Trump, afirmando que “La administración de los Estados Unidos ha hecho un trabajo sólido para evitar una catástrofe inmediata. La prueba final será si la propagación del virus puede ser detenida y luego revertida de una manera y en una escala que mantenga la confianza del público en la capacidad de los estadounidenses para gobernarse a sí mismos. El esfuerzo de crisis, por extenso y necesario que sea, no debe desplazar la urgente tarea de lanzar una empresa paralela para la transición al orden posterior al coronavirus”, aseguró.

Por lo mismo, advirtió que la agitación política y económica que ha desatado podría durar por generaciones. “Ningún país, ni siquiera Estados Unidos, puede en un esfuerzo puramente nacional superar el virus. Abordar las necesidades del momento debe, en última instancia, combinarse con visión y programas de colaboración global. Si no podemos hacer ambas cosas a la vez, enfrentaremos lo peor de cada una”.

Extrayendo lecciones del desarrollo del Plan Marshall y el Proyecto Manhattan, afirma Kissinger, Estados Unidos está obligado a realizar un gran esfuerzo en tres dominios. Primero, apuntalar la resiliencia global a las enfermedades infecciosas. “Los triunfos de la ciencia médica, como la vacuna contra la poliomielitis y la erradicación de la viruela, o la emergente maravilla estadística-técnica del diagnóstico médico a través de la inteligencia artificial, nos han llevado a una complacencia peligrosa. Necesitamos desarrollar nuevas técnicas y tecnologías para el control de infecciones y programas de vacunación a escala de grandes poblaciones”.

En segundo lugar, apunta a que hay que esforzarse por sanar las heridas de la economía mundial. “Los líderes mundiales han aprendido importantes lecciones de la crisis financiera de 2008. La actual crisis económica es más compleja: la contracción desatada por el coronavirus es, en su velocidad y escala global, diferente a todo lo que se haya conocido en la historia. Y las medidas necesarias de salud pública, como el distanciamiento social y el cierre de escuelas y negocios, están contribuyendo al dolor económico. Los programas también deberían tratar de mejorar los efectos del caos inminente en las poblaciones más vulnerables del mundo”.

Tercero, finaliza, deben salvaguardarse los principios del orden mundial liberal. “La leyenda fundadora del Gobierno moderno es una ciudad amurallada protegida por poderosos gobernantes, a veces despóticos, otras veces benevolentes, pero siempre lo suficientemente fuertes como para proteger a las personas de un enemigo externo. Los pensadores de la Ilustración reformularon este concepto, argumentando que el propósito del Estado legítimo es satisfacer las necesidades fundamentales de las personas: seguridad, orden, bienestar económico y justicia. Las personas no pueden asegurarse esos beneficios por sí mismas. La pandemia ha provocado un anacronismo, un renacimiento de la ciudad amurallada en una época en que la prosperidad depende del comercio mundial y el movimiento de personas. Las democracias del mundo necesitan defender y sostener los valores de la Ilustración. Un retiro global del equilibrio del poder con legitimidad hará que el contrato social se desintegre tanto a nivel nacional como internacional. Sin embargo, esta cuestión milenaria de legitimidad y poder no puede resolverse en simultáneo con el esfuerzo por superar la pandemia. Todas las partes deben hacer un ejercicio de contención, tanto en la política nacional como en la diplomacia internacional. Se deben establecer prioridades”.

“El desafío para los líderes es manejar la crisis mientras se construye el futuro. El fracaso podría incendiar el mundo”, advirtió. Tal expresión no es simple altisonancia periodística, por el contrario es un severo y racional llamado imperialista a restaurar un orden que visible e indefectiblemente aparece quebrado. El gobierno burgués no sólo requiere tener la capacidad física, militar, de imponer sus determinaciones. La minoría explotadora -lo subraya Kissinger- requiere «legitimidad», contrato social, grandes acuerdos sociales que garanticen no sólo la fluidez de los negocios, sino que de forma prioritaria la proyección política de la misma.

El imperialismo norteamericano logró establecer un gobierno mundial apoyado primero en la crisis europea de las guerras interimperialistas del 14 y 39 y-en un segundo lugar- apoyándose en el estalinismo y su concepción de «socialismo en un solo país» y «coexistencia pacífica». Cuando Roosevelt afirma -en una frase erróneamente atribuida a Kissinger- que el nicaragüense Somoza es «nuestro hijo de puta», está dando cuenta de la cabal conciencia del imperialismo norteamericano de que sus intereses, y sólo ellos, son los que se han de expresar en la política mundial. El Príncipe es yankee o no lo es.

Por lo mismo, buena parte de la política marxista revolucionaria posterior a los pactos de Yalta y Postdam, ha estado marcada por el antiimperialismo y la lucha en contra del dominio yankee. En efecto, tal cuestión es y seguirá siendo determinante para resolver la contradicción de nación oprimida/imperialismo propia del carácter del proceso revolucionario en países de capitalismo atrasado y semicolonial. Tal concepción marxista resultó bastardeada abriendo paso a concepciones frentepopulistas y de colaboración de clases, de la forma como se expresa en el llamado Socialismo del Siglo XXI y el Foro de Sao Paulo. Tal antiimperialismo de cartón opera como vehículo para el electoralismo y democratismo en plena descomposición al iniciarse la crisis mundial de la pandemia.

Que el imperialismo norteamericano decline no indica de modo alguno que sea algo pacífico y fatal. Ninguna clase social, ni potencia imperialista, ha salido de la escena histórica sin dar batalla para perpetuarse. Tal cuestión es la que debe leerse en la nota de Kissinger que comentamos. Lo que dice el casi centenario dirigente imperialista es muy sencillo: los EEUU ven ya no amenazados sus intereses en esta pandemia, sino que directamente comprometidos y de tal abismo sólo podrán salir restableciendo su autoridad mundial, alineando a las potencias imperialista en su rededor. Cuando apuesta por una salida global y al mismo tiempo reconoce la decadencia norteamericana, no está haciendo un llamado a la fraternidad y concordias universales. El llamado de Kissinger -no podría ser efe otra forma- es un llamado de guerra.

Dicho de otra forma si desde Trump los EEUU perdieron toda autoridad política internacional y debieron atrincherarse en un neurótico proteccionismo de KKK, lo que plantea Kissinger es pasar a la ofensiva. Que se olviden los defensores del Estado de Bienestar, los keynesianos y promotores de la sociedad de derechos. Aún herido, el imperio norteamericano saldrá a buscar lo que cree propio. En este escenario el reformismo sólo podrá sobrevivir a condición de ponerse de rodillas frente al imperialismo invocando problemas de «unidad nacional», algo de eso hay en la tragicómica oposición chilena plegada en torno a Piñera.

Que la lucha antiimperialista está en manos de los trabajadores y sólo en sus manos, es precisamente aquello que nos obliga en esta hora aciaga a levantar la bandera revolucionaria del Socialismo. La agitación planetaria de la lucha de clases, como nunca antes se había observado en la historia, es el terreno de la emancipación de los explotados y de su liberación.