Robert Havemann: la dialéctica materialista, superadora de la contradicción entre ciencia y filosofía

INTERVENCIÓN EN EL CONGRESO SOBRE «LAS TRADICIONES PROGRESISTAS DE LA CIENCIA NATURAL ALEMANA DE LOS SIGLOS XIX Y XX»

Leipzig, septiembre de 1962.

Hacia fines del siglo pasado y en el curso del nuestro aparecen en las ciencias de la naturaleza unos cuantos problemas extraordinariamente difíciles, muchos de los cuales no están hoy día resueltos sino parcialmente, y algunos no lo están en absoluto. Mi pregunta es de tenor muy general: ¿Ha sido útil la filosofía para la resolución de esos problemas? Y pienso, al plantearla, en cualquier tipo de filosofía, no en una determinada, sino en el filosofar en general y en cualquier atención a ideas filosóficas del pasado y del presente.

Quiero citar ante todo una sentencia de Friedrich Engels, de la Diálektik der Natur, aunque no me gustaría que ello me hiciera suspecto de tomar citas por pruebas. En ese lugar de su libro se interesa Engels por la relación entre la filosofía y los científicos naturales: “Los investigadores de la naturaleza creen liberarse de la filosofía por el procedimiento de ignorarla o denostarla. Pero como no pueden trabajar sin pensar, y como para pensar necesitan determinaciones del pensamiento, y toman esas determinaciones o categorías de la consciencia común de las personas llamadas cultas, dominada por los restos de filosofías hace mucho tiempo caducadas, o de la pizca de filosofía obligatoriamente oída en la universidad, o de la lectura acrítica y asistemática de toda clase de escritores filosóficos, los investigadores siguen estando sometidos a la filosofía, generalmente a las peores, y los que más gritan contra la filosofía son precisamente esclavos de los peores restos vulgarizados de las peores filosofías”.[1]

¿Cuáles eran esos peores restos vulgarizados de las peores filosofías, en cuya esclavitud se encontraban los científicos de la naturaleza al llegar ante grandes problemas nuevos y difíciles? Esos pésimos restos vulgarizados eran las ideas y el sesgo mental del materialismo mecanicista. Se trata de una filosofía que tiene aún un pie en la teología, según expresión de Engels. Sólo se la puede honrar con la calificación de materialismo durante el lapso histórico en el cual obró materialísticamente. En realidad, lo que llamamos materialismo mecanicista no es un materialismo. Es una concepción filosófica resultante ante todo de la física clásica. Pero su carácter idealista objetivo se manifiesta ya en el hecho de que en ella materia y leyes se conciban separadamente. Según esta doctrina, un sistema de inmutables leyes generales de la naturaleza se encuentra, como principio dominante, por encima de la materia dominada. Por eso el idealismo objetivo es una filosofía que sienten como muy afín los científicos de la naturaleza que se sostienen en el suelo del materialismo mecanicista. Pues a primera vista todo en esta filosofía coincide del modo más armonioso con la metódica de la ciencia de la naturaleza. Uno tiene ante sí la realidad objetiva, nunca puesta en duda por el idealismo objetivo; uno tiene, además, imágenes más o menos claras de los fenómenos, sospecha tras ellos la existencia de las Ideas que los rigen, a saber, las leyes y legalidades universales. Así entra uno en contacto con la superior esencia espiritual del mundo. El investigador de la naturaleza, tan frecuentemente denostado por los representantes del Espíritu porque se ocupa de la ruin materia, debe incluso sentir una satisfacción pacificadora cuando consigue de este modo, y a pesar de todo, vincularse con lo “Superior”. Por eso el materialismo mecanicista le resulta una actitud mental muy agradable, que acoge generosamente todas las perversas peculiaridades de su carácter, y por eso también ese materialismo mecanicista ha llegado a ser, en el período que se encuentra a nuestras espaldas sin que aún hayamos alcanzado del todo su conclusión, el mayor obstáculo filosófico puesto a la resolución de los nuevos problemas. Se trata de la forma de idealismo objetivo más trivial y, al mismo tiempo, más deshonesta intelectualmente. Y es, en el sentido de Engels, la peor y la más vulgar de todas las filosofías por lo que hace a las cuestiones cuya decisión madura hoy en la ciencia.

Surge ahora la pregunta: ¿cuál fue la filosofía, o cuáles fueron las concepciones filosóficas que ayudaron a los científicos de la naturaleza a superar esas concepciones materialistas mecanicistas? ¿Fueron las ideas de Kant, Hegel y Mach? Kant debe sin duda citarse, porque con su actitud escéptica ha exhortado a los científicos a no tomarlo todo tal como se les ofrece a la vista en la naturaleza, y ha contribuido a hacerlos críticos respecto de su propio pensar. Con Kant y con sus precursores —Hume, Berkeley, Locke, etc.— llegó al espíritu de los científicos algo muy favorable a la problemática científica, una cierta reflexividad, una prudencia en la interpretación de resultados, la duda sobre lo simple y materialmente real. Es verdad que filosóficamente esto tampoco basta para alcanzar la meta. Pero, a pesar de eso, Kant y los empiriocriticistas obraron como factores de flexibilización. La gran influencia más tarde ejercida por Mach en muchos científicos de la naturaleza se basó también en ese efecto. No se trata de que Einstein y otros que apelaron a Mach recogieran real y consecuentemente sus opiniones filosóficas; pero de ellas les gustaba la disposición a eliminar las ideas recibidas y a abandonar la ingenuidad espontánea, que es inútil cuando se trata de resolver grandes problemas.

Hegel, el filósofo que ha expuesto y elaborado de un modo único la dialéctica, habría podido sin duda ser del mayor valor para los científicos en varias ocasiones durante este siglo. Pero el que haya leído a Hegel y haya estudiado las obras suyas que son relevantes para el científico natural, principalmente la Wissenschaft der Logik [Ciencia de la lógica] entenderá sin más por qué los científicos no han sabido en última instancia aprovechar nada de Hegel. Hoy, a posteriori, puede sin duda afirmarse que algunas concepciones teoréticas a que ha llegado, por ejemplo, la mecánica cuántica se encuentran como profetizadas en la lógica de Hegel. Hegel ha expuesto como un vidente muchas categorías dialécticas de gran importancia para determinados problemas modernos, de tal modo que ahora, ahora que existe ya la teoría científica, al leer sus análisis se tiene la sensación de asistir a una anticipación de conocimiento futuro. Pero el hecho es que el único filósofo burgués auténticamente dialéctico no ha ejercido casi la menor influencia sobre científicos de la naturaleza. Éstos lo recusaron. Sus ideas se consignaron ad acta como juegos intelectuales e ideas caprichosas y desorientadas.

Pasando de la filosofía burguesa de aquella época a la filosofía materialista dialéctica, hay que decir que hay poquísimas obras capaces de influir en la evolución de las ciencias de la naturaleza y de ayudar a los científicos a dominar sus problemas teoréticos: el Anti-Dühring y la Dialéctica de la naturaleza de Engels y Materialismo y empiriocriticismo de Lenin. Pero, por motivos históricos, estas tres obras no han tenido consecuencias. La Dialéctica de la naturaleza no se publicó. En el año 1925 apareció en la Unión Soviética una primera y malísima edición alemana, y hasta 1952 no apareció la obra en Alemania, en la editorial Dietz, ni se hizo accesible a un número apreciable de lectores. Además, la Dialektik der Natur es un mero fragmento, rechazado por los especialistas; es hasta penoso de leer para el científico; hay largos párrafos que, desde el punto de vista del físico, discuten cosas parcialmente ingenuas, y en todo caso antiguallas. Tal como lo poseemos, no es un libro legible para una persona que haya que empezar por acercar a la filosofía marxista y que se enfrente aún con ella escéptica, desconfiada y recusatoriamente. Por eso ese libro sigue siendo prácticamente desconocido entre los científicos de la naturaleza. En la República Democrática Alemana habrá alguno que le haya echado un vistazo; pero en el resto del mundo, incluida la Unión Soviética, me he encontrado muy pocos científicos que conocieran la Dialektik der Natur de Engels.

El Anti-Dühring es un escrito polémico cuyo tema en discusión, Eugen Dühring, no ha suscitado jamás atracción alguna fuera del movimiento obrero. Por eso el libro ha sido siempre insoportable para gentes no interesadas por la historia de dicho movimiento. Y no menos difícil es la situación por lo que hace a Materialismo y empiriocriticismo. Tampoco este libro fue accesible en Alemania sino muy tardíamente, y siguió siendo poco conocido fuera del movimiento obrero ruso. Tampoco se dirigía, por lo demás, a teóricos de la ciencia natural, a físicos, biólogos, etc.

Ninguno de los tres libros se proponía ejercer una influencia en la ciencia natural moderna. Estaban destinados a aclarar importantes cuestiones ideológicas en el seno del movimiento obrero. Pero tal vez habrían podido influir, con el tiempo, en la ciencia de la naturaleza, en la medida en que se desarrollaba la Unión Soviética y la eficacia filosófica del materialismo dialéctico en ella. Pero el hecho es que en aquella época empezó una progresiva decadencia de las doctrinas del materialismo dialéctico. Las ideas originarias fueron empobreciéndose y palideciendo, y debilitándose la fuerza de la filosofía marxista. Los caballeros que enseñaban materialismo dialéctico desde las cátedras de la Unión Soviética volvieron a posiciones del materialismo vulgar y del materialismo mecanicista. La palabra “dialéctica” en sus labios y sus escritos debe estimarse como mera coartada vergonzante ante los clásicos. A más de uno esta afirmación le parecerá inaceptable, pero ¿cómo explicar en otro caso todo lo que en el curso de esos años han dicho sobre los más diversos problemas nuevos de la ciencia natural y sobre su solución los representantes oficiales del materialismo dialéctico en la Unión Soviética, y también los cultivadores comunistas de la filosofía en todos los países del mundo? Tal vez no de un modo organizado, pero sí con considerable apoyo del estado y del partido, se condenaron proposiciones decisivas y consecuencias importantes de la teoría de la relatividad, de la mecánica cuántica, de la genética, de la cosmología: propiamente, de casi todos los nuevos sistemas teoréticos y casi todas las nuevas ideas. Así fue posible que escritos tan acientíficos y tan insuficientes desde el punto de vista filosófico como los de Viktor Stern aquí en la DDR[2] se discutieran seriamente como trabajos de materialismo dialéctico. El que no sea un científico natural no podrá apenas apreciar la monstruosidad de este hecho. Daba ya vergüenza tener que enterarse de la existencia de escritos así. Nuestra Zeitschrift für Philosophie [Revista de filosofía] organizó una infinita discusión sobre el libro de Stern. Yo también intervine en ella, considerándolo un deber de cortesía. Pero fue un error, y lo correcto habría sido negarse a intervenir. La ignorancia científica y la insuficiencia filosófica caracterizan muchos trabajos filosóficos publicados estos últimos años aquí en la DDR sobre problemas de las ciencias naturales. Es cosa de preguntarse si puede disculpar a esos autores el haberse orientado ingenuamente según modelos soviéticos. Desde luego, es difícil que esté tomado de algún autor soviético lo que dice R. Gropp sobre el segundo principio de la termodinámica en su librito sobre materialismo dialéctico.[3] La apelación a autores soviéticos sirvió, en efecto, entre nosotros para legalizar científicamente cosas que nadie se habría permitido soñar en la Unión Soviética. Cosa análoga ocurrió con el libro de Stern. Su publicación en la DDR era inevitable una vez que Voprossi filosofii[4] publicó un artículo suyo que contenía en forma concentrada toda la insensatez luego difusamente expandida por su libro. Aún hoy día aparecen en la DDR libros que la mayoría de los físicos soviéticos rechaza desde mucho tiempo por inútiles e ignorantes, como la obra de Omelianovski sobre mecánica cuántica, cuya traducción alemana ha aparecido precisamente estos días. Este libro no tiene la menor relevancia ni da razón seria del problema. Muchos filósofos soviéticos son de esta misma opinión, así como todos los físicos que han leído el libro.

Imposible hacer la lista de las cosas difamadas apelando a las doctrinas del materialismo dialéctico. ¡Qué lucha contra Linus Pauling por la introducción de la teoría de la resonancia en química! La publicación de la traducción de un libro del fotoquímico de Leningrado, Terenin, una celebridad mundial, con las galeradas ya preparadas en la editorial Technik de Berlín, se suspendió en el último momento porque Terenin se apoyaba en algunos puntos en la teoría de Pauling. Hace pocos meses oí la siguiente historia: La revista Voprossi filosofa invitó a Linus Pauling a una conversación. Pauling estaba en Moscú. Los camaradas de Voprossi filosofa le dijeron más o menos: “Querido señor Pauling, es usted un hombre admirable, etc., etc., no le tomaremos ya nunca a mal todas las cosas raras que ha defendido usted hasta ahora”, Pauling les contestó más o menos: “Creo que se equivocan ustedes; la verdad es que durante todo este tiempo me he abstenido de tomarles a mal sus cosas por el gran respeto que tengo a la Unión Soviética”. Puedo perfectamente suscribir palabra por palabra esa declaración de Pauling, con respecto a los resultados enormes de la ciencia natural y la técnica soviéticas.

Si quieren ustedes otro ejemplo, piensen en la cibernética. ¡Qué despiadados ataques contra la cibernética y contra Norbert Wiener! ¡Y cuánta estupidez se ha escrito sobre ella! Todavía hoy tenemos gente que, apelando al materialismo dialéctico, se resiste a reconocer en la cibernética una disciplina científica. Si las cosas hubieran discurrido a gusto de estos representantes del materialismo dialéctico, la Unión Soviética no tendría aún un sputnik. Los tiene, afortunadamente, pero sólo gracias a que los científicos naturales y los físicos siguieron trabajando a pesar de todas las interferencias de los filósofos. Y a pesar de que algunos, como Landau y Lifschitz, perdieron la cátedra en esas escaramuzas.

Me acuerdo de una conversación que tuve hace cuatro años con el entonces titular de la cátedra de materialismo dialéctico en la sección de ciencias naturales de la Universidad Lomonosov de Moscú, Fataliev. Se trataba la cuestión de si el mundo puede tener un volumen finito, y de si esa concepción es compatible con el materialismo dialéctico. Fataliev sostenía que la idea de que el cosmos pueda tener un volumen de magnitud finita es incompatible con el materialismo dialéctico y con la simple lógica. Y me dijo: “Usted mismo reconoce que en esas teorías se habla de un radio del mundo”. “Naturalmente”, le dije. “Es posible indicar la dimensión con ayuda de un radio”. Y entonces él preguntó: “Y ¿qué hay fuera de ese radio?” Es obvio que con eso la discusión había llegado a un punto después del cual no se podía continuar, sino sólo avergonzarse por el otro y desesperarse como científico de la naturaleza y conocedor de la materia. Pues debe recordarse que ese hombre (muy honrado personalmente, simpático y alegre) representaba realmente al materialismo dialéctico desde una cátedra y frente y ante científicos que estudian su especialidad y están además dispuestos a respetar la filosofía. Probablemente han iniciado un cambio en la Unión Soviética las numerosas discusiones organizadas entre filósofos y científicos de la naturaleza. Pero el titular de la cátedra de filosofía de la Universidad Karl Marx de Leipzig, Zweiling, sigue sosteniendo hoy aquel punto de vista de Fataliev, y el titular de filosofía de la ciencia de la naturaleza en la Universidad Humboldt de Berlín, Ley, acaba de declarar que las teorías en las cuales el tiempo tiene un comienzo = 0, caso de ser verdaderas, probarían la creación del mundo por Dios, son por tanto incompatibles con el materialismo dialéctico.

La quintaesencia de todo lo que acabo de decir es lo siguiente: en una larga y decisiva época que puede delimitarse, muy vagamente, con la calificación de época estalinista, el materialismo dialéctico, dentro y fuera de la Unión Soviética, no sólo no ha ayudado a los científicos naturales en la resolución de sus problemas, sino que se la ha dificultado; y al decir esto tengo presente no un auténtico materialismo dialéctico, sino eso que se proclamó y enseñó como tal. Eso que se enseñaba en las cátedras filosóficas oficiales se había reconvertido, a lo largo de un proceso histórico, en materialismo vulgar y mecanicista, en cosa, pues, muy distinta de un materialismo a la real altura de los tiempos. Un físico tan inteligente como Blojinzev se vio así tan desorientado como para afirmar que la mecánica cuántica es una teoría de conjuntos de partículas. Yo le conozco y estimo, y sospecho fundadamente que dejó caer esa afirmación con buena voluntad y con la esperanza de que sus colegas, los físicos, no se lo tomarían a mal, porque la cosa no podía tener malas consecuencias en el trabajo científico real. Pero de hecho ha perdido su considerable reputación ante los físicos serios por haber hecho a esos caballeros de las cátedras filosóficas, para salvarles su teoría de la determinación absoluta de todos los fenómenos, el favor de inventarse la historieta de los conjuntos de partículas y hasta de meterla en un manual. De ese manual copian aún hoy diligentemente gentes que, desde luego, no entienden una palabra de los otros capítulos del libro.

Ha ocurrido una cosa terrible: el materialismo dialéctico ha sido progresivamente desacreditado por sus representantes oficiales ante todos los científicos naturales del mundo, incluidos los principales científicos soviéticos. Max Born dice que se trata de una pura escolástica; Einstein se ha expresado análogamente. Como resultado de todo esto nos encontramos hoy con una resuelta recusación de toda filosofía por parte de los científicos naturales, excepción hecha de aquellos que profesan doctrinas filosóficas de la clase burguesa. Este tipo de científico natural se siente a veces incluso muy a gusto en esos difusos terrenos que permiten moverse sin plan en todas las direcciones; desgraciadamente, nuestra filosofía no ha ofrecido ni ofrece a esos caballeros una tal comodidad. He tenido en Moscú una conversación a este respecto con Landau y Lifschitz. Landau me dijo sarcásticamente que él carece de sentido de la filosofía, igual que otros carecen de sentido musical. Lifschitz dijo que en el cielo de la filosofía soviética no había más que un astro visible, Kolman, y que los demás no son más que soles negros invisibles. Pero Kolman enseña ahora… en Praga. La historia de las dificultades de su vida es una prueba inacabable de lo que estoy diciendo.

Werner Heisenberg me ofreció una vez una interesante explicación de la recaída de nuestros filósofos en el pensamiento metafísico y adialéctico. Me dijo más o menos: “La naturaleza nos revela cada vez más su carácter dialéctico, precisamente en el ámbito de las partículas elementales. Pero la mayoría de los hombres no pueden soportar la dialéctica, y tampoco lo pueden los gobernantes. La dialéctica produce intranquilidad y desorden. Los hombres prefieren disponer de ideas inequívocas, de confección. En Nueva York todo el mundo aparece un día determinado con sombrero de paja. Entre nosotros todo el mundo desea recibir instrucciones claras acerca de lo que debe pensar”. Cuando se tiene en cuenta lo dialécticamente que piensa Heisenberg y lo cerca que en el fondo están hoy muchos grandes científicos de nuestra concepción del mundo, se aprecia la inmensidad, del daño causado por los filósofos a que me refiero. Será difícil compensar ese daño.

No se puede ni se debe disimular amablemente la situación en que nos encontramos si no se quiere seguir acumulando daños. El que no quiera capitular tiene que dar una respuesta a la pregunta: ¿cómo puede ayudar realmente a la ciencia de la naturaleza la filosofía del materialismo dialéctico?

Recordemos una vez más lo que los clásicos han dicho al respecto. Ellos han subrayado siempre que el problema capital de las ciencias naturales, como de todas las ciencias por lo demás, consiste en pasar del pensamiento mecanicista, metafísico, a un pensamiento dialéctico cada vez más consciente. Con este fin es útil ocuparse de filosofía, de historia de la filosofía, de toda la filosofía del pasado, de filosofía idealista y filosofía materialista, de filosofía adialéctica y filosofía dialéctica, de los presocráticos, de Laotsé y de Hegel, de Spinoza y de Kant, y de Marx, y especialmente de Engels. La cultura general de nuestros principales científicos de la naturaleza debería incluir profundos conocimientos filosóficos. Conseguido eso, el pensamiento dialéctico no se desplegaría ya de un modo espontáneo y esporádico, siempre oscilante y vacilante, sino que se convertiría progresivamente en el método explícito con el cual resolver los grandes problemas de la ciencia de nuestro tiempo. Pero la solución no puede consistir de ningún modo en que alguien escriba un tratado titulado “El materialismo dialéctico” en el que se encuentre todo lo que dice “el” materialismo dialéctico, con la receta de leer simplemente ese libro, a fondo, eso sí, aprendiendo aplicadamente todas las categorías de la dialéctica contenidas en él —y que compondrán una especie de Lógica de Hegel reelaborada materialísticamente —, con lo que todos los problemas científico-naturales se resolverán por sí mismos. No; las cosas no son así. Los problemas científico-naturales no pueden resolverse empuñando tesis filosóficas generales, cualesquiera que ellas sean, y declarando por ejemplo: “Vamos a ver cómo se aplica a mi problema el principio del paso de la cantidad a la cualidad, o cualquier otra categoría dialéctica”. Ésta es una idea ingenua y estúpida del papel de la filosofía en la resolución de problemas científicos.

Hay que partir de la cosa misma, hay que estudiar la naturaleza misma, hay que descubrir concretamente su dialéctica en su particularidad, y no en seguida en su universalidad. Ésta no puede comprenderse sino una vez apresada la particularidad. Hay que haber penetrado directamente en el problema por el planteamiento científico, y no procediendo desde la filosofía. Sólo partiendo de la ciencia empírica puede llegarse a la dialéctica ínsita en las cosas mismas y reflejable en la teoría. No se puede uno acercar a la resolución de cuestiones científicas esgrimiendo un compendio de dialéctica. Si ello fuera posible, si ese fuera un método correcto, eficaz y bueno, los científicos habrían aprovechado hace mucho tiempo tanta comodidad. He ahí, por ejemplo, el problema de la teoría de las partículas elementales, que absorbe del modo más intenso a físicos de todos los países. Ningún filósofo del mundo entero puede decir cómo debe plantearse dialécticamente la teoría de las partículas elementales. Pero esta teoría no podrá desarrollarse sin pensamiento dialéctico, ni se entenderán en toda su profundidad los conocimientos ya adquiridos en ellas sin asimilarse el pensamiento dialéctico. La situación es, en efecto, tal como la describe Engels a continuación de la cita antes aducida: “Los investigadores de la naturaleza, aunque se resistan y revuelvan, están dominados por la filosofía. La cuestión es si quieren estarlo por una mala filosofía de moda o por una forma de pensamiento teorético que se base en el conocimiento de la historia del pensamiento y de sus logros. Los investigadores de la naturaleza están facilitando aún una vida vegetativa a la filosofía al servirse de desperdicios sueltos de la vieja metafísica. Sólo una vez asimilada la dialéctica por las ciencias de la naturaleza y de la historia se hace superflua la vieja baratija filosófica —salvo la teoría pura del pensamiento— y desaparece absorbida por la ciencia positiva”.[5]

Tampoco esta vez aduzco la cita para que Engels me sirva de testigo principal y medio de prueba de mis opiniones, sino para ilustrar e interpretar mis ideas. Engels ha dicho sin duda también cosas que pueden aducir en su favor gentes de muy otras convicciones. Yo lo cito porque ha sabido decir con claridad magnífica y una lengua de mucha vida algo que hoy puede recabar la aprobación de un científico de la naturaleza, que es lo que yo soy. También en el Anti-Dühring se encuentra un texto que aclara perfectamente lo que pienso sobre esta cuestión: “Si no queremos deducir el esquematismo universal partiendo de nuestra propia cabeza, sino sólo mediante la cabeza, a partir del mundo real, y los principios del ser a partir de lo que es, entonces no necesitamos filosofía alguna, sino conocimientos positivos del mundo y de lo que ocurre en él; y lo que así obtenemos no es tampoco filosofía, sino ciencia positiva. Además: si ya no es necesaria filosofía alguna, entonces tampoco lo es sistema alguno, ni siquiera el sistema natural de filosofía.[6] La comprensión de que la totalidad de los procesos naturales se encuentra en una conexión sistemática mueve a la ciencia a mostrar esa conexión sistemática en todas partes, en el detalle y en su totalidad. Pero la correspondiente exposición científica exhaustiva de dicha conexión, la confección de una exacta reproducción mental del sistema del mundo en que vivimos, es para nosotros y será por todos los tiempos una imposibilidad. Si en algún momento de la evolución de la humanidad se produjera un tal sistema definitivo y concluso de las conexiones del mundo, físicas, espirituales e históricas, se cerraría con ello el reino del conocimiento y se interrumpiría el ulterior desarrollo histórico a partir del momento en que la sociedad se organizara según aquel sistema: lo cual es un absurdo y un puro contrasentido. Los hombres se encuentran pues ante la contradicción siguiente: conocer, por una parte, el sistema del mundo exhaustivamente en su conexión total y, por otra parte, tanto por su naturaleza propia cuanto por la del sistema del mundo, no poder jamás cumplir plenamente esa tarea. Pero no sólo yace esa contradicción en la naturaleza de los dos factores, el hombre y el mundo, sino que es, además, el principal motor de todo el progreso intelectual, y se resuelve cotidiana y constantemente en el infinito desarrollo progresivo de la humanidad”.[7]

Dice Engels más adelante: “La filosofía antigua fue materialismo originario y espontáneo. Como tal, fue incapaz de aclararse la relación del pensamiento a la materia. Pero la necesidad de comprender ese punto dio lugar a la doctrina de un alma separable del cuerpo, y al final llevó al monoteísmo. Así el viejo materialismo fue negado por el idealismo. Pero en la ulterior evolución de la filosofía también el idealismo resultó insostenible, y fue negado por el moderno materialismo. Éste, la negación de la negación, no es la mera reinstauración de lo viejo, sino que inserta en los permanentes fundamentos del viejo materialismo todo el contenido ideal de una evolución bimilenaria de la filosofía y de la ciencia natural, así como el de esa misma historia bimilenaria. Este materialismo nuevo no es ya una filosofía, sino una mera concepción del mundo, que tiene que confirmarse y obrar no como una ciencia de la ciencia puesta aparte y por encima de ésta, sino en el interior de las ciencias reales. La filosofía está aquí, pues, “superada”, esto es, tanto rebasada cuanto preservada: rebasada según su forma, y preservada según su contenido real”.[8]

Con todo eso queda claro que el materialismo dialéctico no es una filosofía en el sentido de los anteriores sistemas y doctrinas filosóficas. Es una concepción del mundo, una básica actitud del espíritu y un modo de pensar que concibe el mundo como unidad pese a verlo en su indisoluble contradictoriedad. Pero no es un catecismo filosófico zurcido con tesis y afirmaciones generales acerca de la conexión del mundo y presentadas como inmutables, eternas y vinculatorias. Cuando se dice que la materia y su movimiento son eternos e indestructibles, eso no significa que desde el punto de vista de nuestra filosofía tengan que ser falsas teorías físicas en las que el tiempo tenga un comienzo t = 0. Esas teorías pueden desarrollarse, probarse, ejemplificarse, refutarse o confirmarse; pero la filosofía materialista dialéctica no es una instancia que pueda tomar una decisión sobre esas cuestiones antes de que estén decididas científicamente. El mundo puede perfectamente tener un volumen finito, y nuestra concepción dialéctica y materialista del mundo no se encontrará por ello sin fundamento, sino al contrario: todo conocimiento nuevo y más profundo del mundo nos revela algo más de la dialéctica de todo ser. Los que sostienen que las teorías en las cuales el mundo tiene un volumen finito y una duración finita son incompatibles con la dialéctica materialista, falsean el materialismo dialéctico y nos desacreditan en el mundo entero.

En términos generales, no hay que sobrestimar la importancia de tesis que sean muy generales; siempre se comprobará que su contenido, o lo que los hombres entienden al pronunciarlas, se determina por lo que saben, y no por lo que no saben. El contenido veritativo de las generalizaciones muy amplias es siempre relativo. Como resultado final de un largo proceso de abstracción, esas generalizaciones son siempre retrospectivas; un nuevo progreso del conocimiento no las anula, pero descubre su limitación y su unilateralidad y asegura su real contenido veritativo precisamente al suprimir su validez universal. Ahora bien: nuestra filosofía no debe estar fijada por lo que ya sabemos, sino que tiene que ser la clave para obtener nuevo conocimiento.

Con la dialéctica materialista se supera la relación de servidumbre entre la ciencia y la filosofía. Ni la ciencia tiene la tarea de confirmar las tesis de la filosofía, ni la filosofía es el guardián intelectual e ideológico puesto para preservar a la ciencia de errores y confusiones.

Superaremos la estrechez y la esterilidad en la filosofía en cuanto nuestros filósofos sientan la mayor satisfacción cada vez que en el mundo se descubra algo incompatible con sus anteriores opiniones.

Fuente: Texto de la conferencia incluido en Robert Havemann. Dialéctica sin dogma. Ciencia natural y concepción del mundo. 1971. Traducción de Manuel Sacristán.