Vida y muerte de la «Crítica científica desde el marxismo»

por José J. Moro

Hace poco topé, en El Porteño, con un artículo (https://elporteno.cl/2020/02/07/clase-o-pueblo-una-critica-cientifica-desde-el-marxismo/) que resume mucho de la bella miseria teórica de nuestra izquierda revolucionaria. Bella, porque constituye un modo apasionado y sistemático de afrontar el estudio del momento presente. Es cierto que el marxismo es un verdadero puente, teórico y a la vez práctico, entre las luchas cotidianas y el horizonte histórico de la rebelión obrera. No les discutimos la belleza de esa concepción. Pero sí la mísera repulsa al curso vivo de la experiencia histórica, que intenta, a martillazos, cuadrarlo en un pobre círculo lexemático. Para decirlo con palabras de Althusser, esta miseria teórica que surge del disgusto con los conceptos en “estado práctico” que la propia marea proletaria construye para señalar sus radicales quiebres con la ideología burguesa.

A Salgado no le gusta la categoría “pueblo”, “revuelta” o “rebelión”, porque no señalan claramente a la fuerza social revolucionaria de nuestro tiempo, la clase obrera. Aduce, haciendo gala de una erudición casi patológica [¿Manuel leerá a Plejanov, Mehring y Bernstein en sus respectivas lenguas maternas, o sólo nos quiso comunicar la fuente primaria? ¿Es norma de cultura agregar todo lo que uno leyó para escribir un artículo, o es mejor guardárselo si no se comparten los enlaces?], una serie de pruebas verbales, en que decenas de organizaciones y publicistas muestran su traición a la teoría revolucionaria, o su desviación centrista, al abrazar categorías que, por muy coloridas que sean, no reflejan la verdadera comprensión marxista de la lucha de clases. ¿Cómo va a surgir una consciencia de clase proletaria, nos dice Manuel, entre un cúmulo de nombres y siglas, si no se llaman las cosas por su nombre? ¿Si no se le dice pan al pan, y al vino, vino? ¿No es la clase obrera, por su posición frente a los medios de producción social, el grupo social capaz de la cohesión y disciplina necesaria para abolir las relaciones sociales capitalistas? ¿Qué otro grupo o movimiento social puede disputarle su papel de conducción en la lucha revolucionaria? ¿Cómo ha de llamarse, entonces, la revolución social contra el capital y el Estado sino revolución proletaria?

Quizás porque era la única referencia que mi pobre erudición permitía reconocer, retuve su mención a la crítica de la “revolución popular” de Trotsky, de sus escritos sobre Alemania. Según recordé, se burlaba de la consigna porque, en su contenido explícito –luego verifiqué: cita a Thaelmann— incluye a la burguesía como fracción social y política activa de la alianza revolucionaria, aquello que los miristas llamamos “fuerza social revolucionaria”, el contenido de la revolución, lo que le da su carácter. Siguiendo a Trotsky, cuando los adjetivos de la revolución encubren el fantasma de la burguesía, estamos en presencia de un semejante “error teórico”. La misma regla aplicó al POUM, pocos años después. Pero según demuestra Trotsky, la “revolución popular” de los kominternistas era, en estricto rigor, un llamado a gobernar con los industriales y financieros alemanes, no sólo con los socialdemócratas. Quien crea condenables los conceptos de “revuelta”, “rebelión” o simplemente de “movimiento popular”, para denominar la crisis abierta en Octubre de 2019, se confunde ante la viscosidad de estas categorías en “estado práctico”. Y para alguien que se ocupa de la lucha de clases como un proceso vivo, y no sólo como un referente trascendental de la razón, es claro que esas categorías, en el Chile de 2020, no significan una alianza con la patronal y los funcionarios del régimen burgués. Y también, muy importante, que ninguna organización o persona individual, salvo la Mesa de Unidad Social, lo plantea. Eso lo puede encontrar, nuestro semántico, en la “Asamblea Constituyente Libre y Soberana”, en el “Sí, Apruebo”, pero no en la “revuelta popular de Octubre”. ¿Qué error tan grave se comete entonces, si esta etapa de la lucha de clases adopta para los sectores explotados por el capital y oprimidos por el Estado el nombre de “revuelta”? ¿Por qué los hace merecedores de reprimendas teóricas el que no se llamen a sí mismos “proletarios” sino “pueblo”? ¿Eso influirá decisivamente, querido teórico, en su capacidad de lucha revolucionaria o en la estrategia de poder que se plantea?

“Usted habla en el fondo de disputar el sentido común de la clase obrera, por medio de malabarismos de palabras, como lo hacía la Zurda y el Frente Amplio en sus tiernos años universitarios, siguiendo a Laclau. Sólo para citar a algunos. Hipoteca la revolución obrera haciendo concesiones semánticas a la ideología pequeño-burguesa y revisa el método marxista, la única ciencia, herramienta, arma, guía, teoría, práctica, verdadera, verdaderamente revolucionaria”, nos advierte ya nuestra propia consciencia patriarcal. Y sigue: “Te equivocaste. Haces mal dudando del marxismo, que es todopoderoso porque es exacto, como decía Lenin”.

El artículo de Salgado es bello y mísero, insisto. Tiene la belleza de lo posible; adolece la miseria de lo necesario. Si en vez de corregir la semántica profunda de la voz “proletariado” en tan larga lista de documentos, se hubiera interesado en analizar la visión que allí se da sobre la dinámica interna de los acontecimientos de Octubre (para arribar, como decía Marx, a un concepto concreto, síntesis de múltiples determinaciones), tendríamos un magnífico aporte al marxismo, lleno de referencias a los choques de fuerzas de clase desarrollados durante el primer mes del “estallido”. Y, claro está, una categoría “teórica” propia, “positiva”. Pero no la encontramos. Nos ofrece la trayectoria de un contenido en “estado práctico” y la gramaticalidad de las colocaciones de un vocablo ausente, tan falto de sentido como el define su voz en el diccionario. A partir de tu trabajo bibliográfico, Manuel, se puede hacer un análisis marxista, sin duda. Pero para eso habríamos que abandonar el falso ethos de gramático latino y emanciparnos de la tiranía patriarcal del concepto. Del concepto muerto, claro está. Porque en el vivo, como el espíritu santo, vive el marxismo.