Perry Anderson: las antinomias de Antonio Gramsci

Hoy, ningún pensador marxista posterior a la época clásica es tan universalmente respetado en Occidente como Antonio Gramsci. Tampoco existe ningún término tan libre o diversamente invocado en la izquierda como el de hegemonía, acuñado por él. La reputación de Gramsci, aún local y marginal al principio de los años sesenta fuera de su Italia natal, se ha convertido, una década más tarde, en fama mundial. El homenaje debido a su empresa en la cárcel se rinde ahora por fin, plenamente, treinta años después de la primera publicación de sus cuadernos…La falta de conocimiento o la escasez de discusión han dejado de ser obstáculos a la difusión de su pensamiento. En principio, todos los socialistas revolucionarios, no sólo en Occidente –aunque especialmente en Occidente-, pueden en adelante beneficiarse del patrimonio de Gramsci. Pero, al mismo tiempo, la expansión de la fama de Gramsci no ha venido acompañada hasta ahora por una profundización correspondiente en la investigación de su obra. La misma extensión de las invocaciones que ahora se hacen a su autoridad, desde los sectores más contrapuestos de la izquierda, indican los límites del estudio o la comprensión atenta de sus ideas. El precio de una admiración tan ecuménica es necesariamente la ambigüedad: interpretaciones múltiples e incompatibles de los temas de los Cuadernos de la cárcel.

Existen, por supuesto, buenas razones para ello. Ningún trabajo marxista es tan difícil de leer precisa y sistemáticamente, a causa de las particulares condiciones de su composición. Para empezar, Gramsci sufrió la suerte normal de los teóricos originales, de la cual ni Marx ni Lenin estuvieron exentos: la necesidad de trabajar en dirección a conceptos radicalmente nuevos con un vocabulario viejo, ideado para otros propósitos y tiempos, que oscurecía y desviaba su significado. Así como Marx tuvo que pensar muchas de sus innovaciones en el lenguaje de Hegel o Smith, y Lenin en el de Plejanov y Kautsky, Gramsci tuvo a menudo que producir sus conceptos dentro del arcaico e inadecuado aparato de Croce o Maquiavelo. Este conocido problema se mezcló, sin embargo, con el hecho de que Gramsci escribió en la cárcel, en condiciones atroces, con un censor fascista que escudriñaba en todo lo eme producía. Al disfraz involuntario que el lenguaje heredado impone tan a menudo a un pionero, se le sobrepuso de este modo un disfraz voluntario que Gramsci asumió para eludir a sus carceleros. El resultado fue un trabajo censurado dos veces: sus espacios, elipsis, contradicciones, desórdenes, alusiones, repeticiones, son el resultado de este proceso de composición excepcionalmente adverso. La reconstrucción del orden oculto de estos jeroglíficos está por hacer. Esta difícil empresa apenas se ha iniciado. Es necesario un trabajo sistemático de recuperación para averiguar qué escribió Gramsci en el texto verdadero, borrado, de su pensamiento. Es necesario decir esto como advertencia contra todas las lecturas fáciles o complacientes de Gramsci: todavía es, en gran medida, un autor desconocido para nosotros.

Una herencia disputada

Ahora, sin embargo, se ha hecho urgente reexaminar serena y comparativamente los textos que han hecho famoso a Gramsci. Pues los grandes partidos comunistas de masas de Europa occidental –en Italia, Francia, España– están ahora en el umbral de una experiencia histórica sin precedentes para ellos: la imperativa asunción de funciones gubernamentales dentro del marco de los estados democrático-burgueses, sin la fidelidad a un horizonte de «dictadura del proletariado» ante ellos, que fue una vez la piedra de toque de la Tercera Internacional. Si hay un linaje político más amplia e insistentemente invocado que cualquier otro para las nuevas perspectivas del «eurocomunismo», éste es el de Gramsci. No es necesario acreditar ninguna visión apocalíptica del futuro inmediato para comprender la solemnidad de las pruebas que se acercan para la historia de la clase obrera en toda Europa occidental. La actual coyuntura política exige una clarificación seria y responsable de los temas de la obra de Gramsci, ahora comúnmente asociados al nuevo designio del comunismo latino.

Por supuesto, al mismo tiempo, la influencia de Gramsci no está confinada de ninguna manera a esos países donde existen grandes partidos comunistas que se preparan para entrar en el gobierno. La adopción de conceptos de los Cuadernos de la cárcel ha sido, de hecho, especialmente marcada en el trabajo teórico e histórico de la izquierda inglesa en los años recientes, y en menor medida de la izquierda americana. El fenómeno repentino de la amplísima apropiación de Gramsci en la cultura política anglosajona proporciona un segundo incentivo, más casero, para reexaminar su legado en estas páginas. «New Left Review» fue la primera revista socialista en Gran Bretaña –posiblemente la primera en cualquier lugar fuera de Italia– en hacer uso, deliberada y sistemáticamente, de los cánones teóricos de Gramsci «para analizar la propia sociedad nacional y para debatir una estrategia política capaz de transformarla. Los ensayos que trataron de llevar a cabo este proyecto fueron publicados en 1964-65 (1). Entonces la obra de Gramsci era poco familiar en Inglaterra: los artículos en cuestión fueron generalmente disputados (2). En 1973-75, los temas y nociones gramscianos de un tenor similar eran omnipresentes. En particular, el concepto central de «hegemonía», utilizado por primera vez como leitmotiv de las tesis de la NLR a principios de los sesenta, ha gozado ulteriormente de una fortuna extraordinaria. Historiadores, críticos literarios, filósofos, economistas y científicos políticos lo han utilizado con una frecuencia siempre creciente (3). Sin embargo, en medio de la profusión de empleos y alusiones, se ha dado una investigación relativamente escasa de los textos mismos en los que Gramsci desarrolló su teoría de la hegemonía. Ahora está pendiente una reflexión más directa y exacta sobre ellos. La revista que en primer lugar introdujo su vocabulario en Inglaterra es un foro apropiado para reconsiderarlos.

Cuadernos de la cárcel, y establecer su coherencia interna como discurso unificado; examinar su validez como consideración de las estructuras típicas del poder de clase en las democracias burguesas de Occidente; y, finalmente, sopesar sus consecuencias estratégicas para la lucha de la clase obrera por conseguir la emancipación y el socialismo. Su procedimiento será, necesariamente, ante todo filológico: un intento de establecer con mayor precisión qué dijo y qué quiso decir Cramsci en su cautiverio; localizar las fuentes de las que derivó los términos de su discurso; y reconstruir la red de oposiciones y correspondencias en el pensamiento de sus contemporáneos en la que se insertaron sus escritos –en otras palabras, el verdadero contexto teórico de su obra. Estas investigaciones formales son la condición indispensable, como se argumentará, de cualquier juicio sustantivo sobre la teoría de la hegemonía de Gramsci.

(116)LA METAMORFOSIS DE LA HEGEMONÍA

Empecemos recordando los pasajes más célebres de los Cuadernos de la cárcel: los fragmentos legendarios en los que Gramsci contrastó las estructuras políticas de «Oriente» y «Occidente», y las estrategias revolucionarias pertinentes a cada una de ellas. Estos textos representan la síntesis más convincente de los términos esenciales del universo teórico de Gramsci, que, por otra parte, están dispersos y desperdigados por todos los cuadernos. Estos no introducen inmediatamente el problema de la hegemonía. Sin embargo, reúnen todos los elementos necesarios para su surgimiento en una posición dominante en su discurso. Las dos notas centrales se concentran en la relación entre estado y sociedad civil, en Rusia y en Europa occidental respectivamente (4). En cada caso, lo hacen por medio de la misma analogía militar

Posición y maniobra

En el primero, Gramsci discute las estrategias rivales de los altos mandos en la Primera Guerra Mundial, y concluye que sugieren una excelente lección para la política de clase tras la guerra. «El general Krasnov afirma (en su novela) que la Entente no quería la victoria de la Rusia imperial por miedo a que la cuestión oriental quedara resuelta definitivamente en favor del zarismo, y por tanto obligó al Estado Mayor ruso a adoptar la guerra de trincheras (absurda, a la vista de la enorme longitud del (rente desde el Báltico hasta el mar Negro, con vastas zonas pantanosas y bosques), mientras que la única estrategia posible era una guerra de maniobra. Esta afirmación es, sencillamente, disparatada. En realidad, el ejército ruso intentó una guerra de maniobra y de incursiones imprevistas, especialmente en el sector austríaco (aunque también en Prusia oriental), y obtuvo éxitos tan brillantes como efímeros. La verdad es que no se puede elegir la forma de guerra que uno quiere, a menos que desde el principio se tenga una superioridad aplastante sobre el enemigo. Es bien sabido cuántas pérdidas se sufrieron a causa del terco rechazo de los estados mayores a reconocer que la guerra de posiciones se «imponía» por el conjunto de la relación de fuerzas en conflicto. Una guerra de posición no está, en realidad, constituida simplemente por trincheras propiamente dichas sino por lodo el sistema organizativo e industrial del territorio situado tras el ejército en campaña. Está impuesta, ame ludo, por la rápida potencia de tiro de los cañones, ametralladoras y fusiles, por la fuerza armada que puede ser concentrada en un punto determinado, así como por la abundancia de suministros que hacen posible la rápida sustitución del material perdido tras una penetración enemiga o una retirada. Otro factor es la gran masa de hombres en armas; tienen aptitudes muy desiguales, y precisamente tan solo pueden actuar como una fuerza de masas. Puede verse como, en el frente oriental, una cosa era hacer una incursión en el sector austríaco, y otra en el sector alemán; y como, incluso en el sector austríaco reforzado por tropas alemanas escogidas y bajo el mando de alemanes, las tácticas de incursión acababan en desastre. Lo mismo pasó en la campaña polaca de 1920; el avance aparentemente irresistible fue detenido ante Varsovia por el general Weygand, en la línea comandada por oficiales franceses. Los mismos expertos militares que creen en las guerras de posición, igual que antes creían en la guerra de maniobra, no mantienen, naturalmente, que esta última deba ser suprimida de la ciencia militar. Simplemente mantienen que en guerras entre los estados más avanzados, industrial y socialmente, la guerra de maniobra debe considerarse reducida a una función táctica, más que estratégica, ocupando el mismo lugar que la guerra de asedio tuvo anteriormente en relación a ella. La misma reducción debe hacerse en el arte v la ciencia de la política, al menos en el caso de los estados avanzados, donde la «sociedad civil» se ha convertido en una estructura muy compleja y que resiste las «incursiones» catastróficas del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, etc.). Las superestructuras de la sociedad civil son como el sistema de trincheras de la guerra moderna. En la guerra, puede tener lugar a veces un feroz ataque de artillería que parece haber destruido lodo el sistema de defensa enemigo y sólo ha destruido de hecho la superficie externa del mismo; y, en el momento de su avance y ataque, los asaltantes se encuentran frente a una línea de defensa todavía efectiva. Lo mismo ocurre en política, durante las grandes crisis económicas. Una crisis no puede dar a las fuerzas atacantes la capacidad de organizarse con fulgurante rapidez, en el tiempo y el espacio; aún menos puede dotarlas de espíritu de lucha. Similarmente, los, defensores no están desmoralizados, ni abandonan sus posiciones, ni siquiera entre escombros, ni pierden la fe en sus, propias fuerzas o en su futuro. Las cosas, por supuesto, no permanecen como estaban; pero desde luego que no se encontrará el elemento de rapidez, de ritmo acelerado, de definitiva marcha hacia adelante, esperada por los estrategas del cadornismo político. El último acontecimiento de este tipo en la historia de la política fueron los acontecimientos de 1917. Estos marcaron un punto de inflexión en la historia del arte y la ciencia de la política» (5).

Oriente y Occidente

En el segundo texto, Gramsci procede a una contraposición directa entre el curso de la revolución rusa y el carácter de una estrategia correcta para el socialismo en Occidente, por medio del contraste entre la relación del estado y la sociedad civil en uno y otro de los teatros geopolíticos. «Está por ver si la famosa teoría de Trotsky sobre el carácter permanente del movimiento no es el reflejo político de… las condiciones económico- cultural-sociales generales en un país en el que las estructuras de la vida nacional son embrionarias y laxas, e incapaces de convertirse en «trincheras» o «fortalezas». En estecaso se puede decir que Trotsky, aparentemente «occidental», fue de hecho un cosmopolita –esto es, superficialmente occidental o europeo. Lenin, por su parte, fue profundamente nacional y profundamente europeo. Me parece que Lenin comprendió que era necesario un cambio de la guerra de maniobra, aplicada victoriosamente en Oriente en 1917, a la guerra de posición, que era la única forma posible en Occidente donde, como observó Krasnov, los ejércitos podían acumular rápidamente cantidades infinitas de municiones, y donde las estructuras sociales eran todavía capaces por sí mismas de transformarse en fortificaciones con armamento pesado. Esto es lo que me parece que ‘significa la fórmula del «frente único», y se corresponde a la concepción de un solo frente para la Entente bajo el mando único de Foch. Lenin, sin embargo, no tuvo tiempo de desarrollar su fórmula –aunque debe recordarse que él sólo podía haberla desarrollado teóricamente, por cuanto la tarea fundamental era nacional; es decir, exigía un reconocimiento del terreno y la identificación de los elementos de trinchera y fortaleza representados por los elementos de la sociedad civil, etc. En Oriente, el estado lo era todo, la sociedad civil era primitiva y gelatinosa; en Occidente existía una relación apropiada entre estado y sociedad civil, y cuando el estado temblaba, la robusta estructura de la sociedad civil se manifestaba en el acto. El estado sólo era una trinchera avanzada, tras de la cual había un poderoso sistema de fortalezas y casamatas; más o menos numerosas de un estado al otro, no hace falta decirlo –pero precisamente esto exigía un reconocimiento exacto de cada país individual (6).

Hay una serie de temas memorables en estos dos pasajes, extremadamente comprimidos y densos, que encuentran eco en otros fragmentos de los Cuadernos. Por el momento, nuestra intención no es reconstruir ni explorar ninguno de ellos, ni relacionarlos con el pensamiento de Gramsci en su conjunto. Bastará simplemente con exponer los principales elementos visibles de los que se componen en una serie de oposiciones:

Sociedad civil Estado Estrategia Ritmo

Oriente

Primitiva/Gelatinosa Preponderante Maniobra
Rapidez

Occidente

Desarrollada/Robusta Equilibrado
Posición
Demora

A pesar de que los términos de cada oposición no tengan una definición precisa en los textos, las relaciones entre los dos grupos aparecen inicialmente lo bastante claras y coherentes. Sin embargo, una observación más ajustada revela inmediatamente ciertas discrepancias. En primer lugar, se describe la economía como realizando «incursiones» en la sociedad civil occidental como una fuerza elemental; la implicación es, evidentemente, que está situada fuera de ella. Pero el uso normal del término «sociedad civil» siempre ha incluido preeminentemente, desde Hegel, la esfera de la economía como la de las necesidades materiales; en este sentido la emplearon siempre Marx y Engels. Aquí, por el contrario, parece excluir las relaciones económicas. Al mismo tiempo, la segunda nota contrapone Oriente, donde el estado lo es «todo», y Occidente, donde el estado y la sociedad civil están en relaciones «adecuadas». Puede presumirse, sin forzar el texto, que Gramsci quería decir con esto algo parecido a una relación «equilibrada»; en una carta escrita algo así como un año antes, se refiere a «un equilibrio de la sociedad política y la sociedad civil», donde por sociedad política quería decir el estado (7). Pero el texto continúa diciendo que en la guerra de posición, en Occidente, el estado constituye tan sólo la «trinchera avanzada» de la sociedad civil, que puede resistir su demolición. La sociedad civil se convierte por lo tanto en un núcleo central o en un reducto interno, del cual el estado es meramente una superficie externa y prescindible. ¿Es esto compatible con la imagen de una «relación equilibrada» entre los dos? El contraste en las dos relaciones entre el estado y la sociedad civil en Oriente y Occidente se transforma aquí en una simple inversión: no es ya preponderancia versus equilibrio, sino una preponderancia contra otra preponderancia.

Una lectura científica de estos fragmentos se hace todavía más compleja cuando se comprende que mientras que sus objetos formales de crítica son Trotsky y Luxemburg, su verdadero blanco puede haber sido el tercer período de la Comintern. Podemos suponerlo por la fecha de su composición –aproximadamente entre 1930 y 1932 en los Cuadernos– y por la referencia clara a la gran depresión de 1929, en la que se fundamentan muchas de las concepciones sectarias del «socialfascismo» durante el tercer período. Gramsci combatió resueltamente estas ideas desde la cárcel, y, haciéndolo, se vio llevado a reapropiarse de las prescripciones políticas de la Comintern de 1921, cuando Lenin todavía vivía, sobre la unidad táctica con todos los otros partidos obreros en la lucha contra el capital, las cuales él mismo, junto con casi todos los otros dirigentes importantes del partido comunista italiano, había rechazado en aquel momento. De aquí la «dislocada» referencia al frente único en un texto que parece hablar de un debate muy diferente.

«Revolución permanente»

Una comparación de estos fragmentos con otro texto crucial de los Cuadernos revela aún más dificultades. Gramsci hace alusión al tema de la «revolución permanente» varias veces. El otro pasaje principal en el cual se refiere a ella es éste: «El concepto político de la llamada «revolución permanente», que surgió antes de 1848 como expresión científicamente desarrollada de la experiencia jacobina desde 1789 hasta Thermidor, pertenece a un período histórico en el que los grandes partidos políticos de masas y los sindicatos económicos no existían todavía, y en el que la sociedad estaba aún, por así decirlo, en un estado de fluidez desde muchos puntos de vista. Había un mayor retraso del campo y un monopolio prácticamente total de la política y el poder estatal por unas pocas ciudades, o incluso por una sola (París en el caso de Francia); un aparato de estado relativamente rudimentario, y una mayor autonomía de la sociedad civil respecto de la actividad estatal; un sistema específico de fuerzas militares y de servicios armados nacionales; mayor autonomía de las economías nacionales respecto a las relaciones económicas del mercado mundial, etc. En el período posterior a 1870, con la expansión colonial de Europa, todos estos elementos cambiaron. Las relaciones organizativas internas e internacionales del estado se hicieron más complejas y sólidas, y la fórmula cuarentaiochesca de la «revolución permanente» es desarrollada y superada en la ciencia de la política por la fórmula de «hegemonía civil». En el arte de la política pasa lo mismo que en el arte militar: la guerra de movimiento se transforma crecientemente en guerra de posición, y puede decirse que un estado ganará una guerra en la medida en que se prepare minuciosa y técnicamente para ello en tiempo de paz. La sólida estructura de las democracias modernas, tanto como organizaciones del estado como en cuanto complejos de asociaciones en la sociedad civil, son para el arte de la política lo que las «trincheras» y las fortificaciones permanentes del frente son para la guerra de posición. Convierten el elemento de movimiento, que solía ser el «todo» de la guerra, en algo meramente «parcial». Esta cuestión se plantea para los estados modernos, pero no para los países atrasados o para las colonias, donde todavía siguen en vigor formas que en todas partes han sido superadas y se han transformado en anacrónicas» (8).

Aquí, los términos de los dos primeros fragmentos están recombinados en un nuevo orden y, por lo tanto, su significado parece cambiar. La revolución permanente se refiere ahora claramente al Llamamiento de Marx a la Liga Comunista en 1850, cuando aquel defendía un ascenso de la revolución burguesa, que había acabado de barrer Europa, a la revolución proletaria. La Comuna marca el final de esta esperanza. Por lo tanto, la guerra de posición reemplaza a la revolución permanente. La distinción entre Oriente/Occidente reaparece en forma de demarcación entre «democracias modernas» y «sociedades atrasadas y coloniales», donde la guerra de movimiento prevalece todavía. Este cambio de contexto corresponde a un cambio en las relaciones entre «estado» y «sociedad civil». En 1848, el estado es «rudimentario» y la sociedad civil es «autónoma» respecto a él. Después de 1870, la organización interna e internacional de los estados se hace «compleja y sólida», mientras que la sociedad civil, de forma similar, también se vuelve desarrollada. Es en este momento cuando aparece el concepto de hegemonía, puesto que la nueva estrategia necesaria es precisamente la de «hegemonía civil». El significado de esta última no está explicado aquí; sin embargo, está claramente relacionado con el de «guerra de posición». Lo que llama la atención, pues, en este tercer fragmento, es su énfasis en la sólida expansión del estado occidental desde finales del siglo diecinueve en adelante, con una alusión secundaria a un desarrollo paralelo de la sociedad civil. No hay una reversión explícita de los términos, pero el contexto y peso del pasaje implican virtualmente una nueva prepotencia del estado.

No es difícil, en efecto, discernir en el texto de Gramsci el eco de la famosa denuncia de Marx sobre la «monstruosa máquina parasitaria» del estado bonapartista en Francia. Su periodización es algo diferente de la de Marx, en la medida en que él fecha el cambio en la victoria de Thiers, y no en la de Luis Napoleón, pero el tema es el de El 18 brumario y La guerra civil en Francia. En el primero, como se recordará, Marx escribió: «Sólo bajo el segundo Bonaparte parece haber alcanzado el estado una posición completamente autónoma. La máquina del estado se ha asentado tan firmemente vis á vis de la sociedad civil, que el único dirigente que necesita es el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre… El estado atrapa en la red, controla, regula, supervisa y organiza a la sociedad civil, desde las expresiones más amplias de su vida hasta sus movimientos más insignificantes, desde sus formas más generales de existencia hasta la vida privada de los individuos» (9). Gramsci no hace una exposición tan extrema. Pero, dejando de lado lo retórico de la narración de Marx, la lógica del texto de Gramsci va en la misma dirección, hasta el punto que implica claramente que la sociedad civil ha perdido la «autonomía» respecto al estado que una vez poseyó.

Tres posiciones del estado

Hay así una oscilación entre por lo menos tres «posiciones» diferentes del estado en Occidente sólo en estos textos iniciales. Está en una «relación equilibrada» con la sociedad civil, es únicamente una «cara externa» de la sociedad civil. Además, estas oscilaciones sólo conciernen a la relación entre los términos. Sin embargo, los términos mismos están sujetos a idénticos cambios imprevistos de limites y posición. Así, en todas las citas anteriores, la oposición es entre «estado» y «sociedad civil». Pero, por otra parte, Gramsci habla del estado mismo como si incluyera a la sociedad civil, definiéndolo así: «La noción general del estado incluye elementos que necesitan ser referidos a la noción de sociedad civil (en el sentido en que se puede decir que el estado = sociedad política + sociedad civil, en otras palabras, hegemonía revestida de coerción)»(10). Aquí la distinción entre «sociedad política» y «sociedad civil» se mantiene, mientras que el término «estado» abarca a las dos. Sin embargo, en otros pasajes, Gramsci va más allá y rechaza directamente cualquier oposición entre sociedad política y civil, como una confusión de la ideología liberal. «Las ideas del movimiento de libre comercio se basan en un error teórico cuyo origen práctico no es difícil de identificar; se basan en una diferenciación entre sociedad política y sociedad civil, que es interpretada y presentada como distinción orgánica, cuando de hecho es simplemente metodológica. Así, se afirma que la actividad económica pertenece a la sociedad civil, y que el estado no debe intervenir para regularla. Pero en la medida en que, en la realidad actual, la sociedad civil y el estado son uno y lo mismo, debe quedar claro que el laissez faire también es una forma de «regulación» del estado, introducida y mantenida por medios legislativos y coercitivos» (11). Aquí, la sociedad política es un sinónimo explícito del estado, y se descarta cualquier separación sustancial entre los dos. Es evidente que se ha dado otro cambio semántico. En otras palabras, el estado mismo oscila entre tres definiciones:

estado estado estado

en contraposión a abarca a
es idéntico a

sociedad civil sociedad civil sociedad civil

Así, tanto los términos como las relaciones entre ellos están sujetos a repentinas variaciones o mutaciones. Está por ver si estos cambios no son arbitrarios o accidentales. Tienen un significado determinado dentro de la arquitectura de la obra de Gramsci. Sin embargo, por ahora se puede posponer su dilucidación.

Porque queda otro concepto del discurso de Gramsci que está relacionado de manera central con la problemática de estos textos. Es, por supuesto, la hegemonía. El término, recuérdese, aparece en el tercer pasaje como una estrategia de «guerra de posición» para reemplazar a la «guerra de maniobra» de una época anterior. Esta guerra de maniobra se identifica con la «revolución permanente» de Marx en 1848. En el segundo texto, la identificación vuelve a aparecer, pero aquí la referencia es a Trotsky en los años veinte. La «guerra de posición» se atribuye ahora a Lenin y se equipara a la idea del trente único. Por lo tanto, existe una ligazón:

hegemonía civil = guerra de posición = frente único

La siguiente pregunta, pues, es, naturalmente, qué quería decir exactamente Gramsci con guerra de posición o hegemonía civil. Hasta ahora nos hemos ocupado de términos cuyos antecedentes son conocidos. Las nociones de «estado» y «sociedad civil», que datan del Renacimiento y del Siglo de las Luces respectivamente, no presentan problemas especiales. A pesar de su diversa utilización, durante mucho tiempo han formado parte del lenguaje político común en la izquierda. El término «hegemonía» no es de uso inmediato tan corriente. De hecho, el concepto de Gramsci en los Cuadernos de la cárcel se considera comúnmente como una acuñación completamente original –en efecto, su propia invención (12). A menudo se sugiere que la palabra tal vez pueda hallarse en frases perdidas de escritores anteriores a él, pero que el concepto como unidad teórica es creación suya.

«Hegemonía»: la historia del concepto

Nada revela tanto la falta de un estudio normal, sufrida por la herencia de Gramsci, como este difundido espejismo. Porque de hecho la noción de hegemonía, antes de que Gramsci la adoptara, tenía una larga historia anterior, que es de gran importancia para entender su posterior función en su obra. El término gegemoniya (hegemonía) fue una de las consignas políticas más centrales en el movimiento socialdemócrata ruso desde finales de 1908 hasta 1917. La idea que codificaba empezó a aparecer en primer lugar en los escritos de Plejanov en 1883-84, donde insistía en la imperativa necesidad para la clase obrera rusa de emprender una lucha política contra el zarismo, y no solamente una lucha económica contra sus patrones. En su programa fundacional del Grupo de Emancipación del Trabajo en 1884, argumentaba que la burguesía en Rusia era todavía demasiado débil para tomar la iniciativa en la lucha contra el absolutismo: la clase obrera organizada debía tomar las consignas de la revolución democrático-burguesa (13). Plejanov utilizó en estos textos el vago término de «dominación» (gospodstvo) para el poder político como tal, y continuaba suponiendo que el proletariado apoyaría a la burguesía en una revolución en la que esta última surgiría necesariamente al fin como clase dirigente (14). En 1889, su énfasis había cambiado algo: la «libertad política» sería ahora «conquistada por la clase obrera o no sería» –pero sin poner en duda al mismo tiempo la dominación esencial del capital en Rusia (15). En la siguiente década, su colega Avelrod fue más lejos. En dos importantes folletos de 1898, polemizando contra el economicismo, manifestó que la clase obrera rusa podía y debía jugar un «papel independiente y dirigente en la lucha contra el absolutismo», puesto que «la impotencia política de todas las otras clases» daba una «importancia preeminente, central» al proletariado (16). «La vanguardia de la clase obrera debe actuar sistemáticamente como el destacamento dirigente de la democracia en general» (17). Axelrod oscilaba aún entre atribuir un papel «independiente» y un papel «dirigente» al proletariado, y otorgaba una importancia exagerada a la oposición acomodada al zarismo, dentro de lo que él reafirmaba que sería una revolución burguesa. Sin embargo, su hincapié cada vez mayor en el «significado revolucionario totalmente nacional» (18) de la clase obrera rusa, cristalizó pronto en un cambio teórico cualitativo. Por ello, en adelante, lo que debía manifestarse claramente era la primacía del proletariado en la revolución burguesa en Rusia.

En una carta a Struve en 1901, separando las perspectivas socialdemócratas en Rusia de las liberales, Axelrod estableció entonces como axioma: «En función de la posición histórica de nuestro proletariado, la socialdemocracia rusa puede conseguir la hegemonía (gegemoniya) en la lucha contra el absolutismo» (19). La joven generación de teóricos marxistas adoptó el concepto inmediatamente. En el mismo año, Martov escribió en un artículo polémico: «La lucha entre los marxistas «críticos» y «ortodoxos» es verdaderamente el primer capitulo de una lucha por la hegemonía política entre el proletariado y la democracia burguesa» (20). Lenin, entretanto, pudo, sin más, referirse en una carta escrita a Plejanov a la «conocida «hegemonía» de la socialdemocracia» y argumentar en favor de un periódico político como el único medio eficaz de preparar una «verdadera hegemonía» de la clase obrera en Rusia (21). En cualquier caso, el énfasis introducido por Plejanov y Axelrod en la vocación de la clase obrera a adoptar una orientación «totalmente nacional» hacia la política y a luchar por la liberación de todas las clases y grupos oprimidos de la sociedad, iba a ser desarrollado con una elocuencia y un punto de vista completamente nuevos por Lenin en el ¿Qué Hacer? en 1902 –texto previamente leído y aprobado por Plejanov, Axelrod y Potresov, que acababa precisamente con un alegato urgente por la creación del periódico revolucionario que iba a ser «Iskra».

La consigna de la hegemonía del proletariado en la revolución burguesa fue pues un patrimonio político común a bolcheviques y mencheviques en el Segundo Congreso del POSDR en 1903. Tras la escisión, Potresov escribió un extenso articulo en «Iskra» reprochándole a Lenin su interpretación «primitiva» de la idea de hegemonía, sintetizada en el famoso llamamiento en el ¿Qué hacer? a los socialdemócratas para «introducirse entre todas las clases de la población» y organizar entre ellas «destacamentos auxiliares especiales» para la clase obrera (22). Potresov se quejaba de que la gama de clases sociales contemplada por Lenin era demasiado amplia, mientras que al mismo tiempo el tipo de relaciones que él planteaba entre estas últimas y el proletariado era demasiado perentorio –al implicar una «asimilación» imposible, en vez de una alianza con ellas. Una estrategia correcta para conquistar la hegemonía para la clase obrera plantearía una orientación externa, no hacia elementos inestables como los disidentes acomodados o los estudiantes, sino hacia los liberales demócratas, y no negar, sino respetar, su autonomía organizativa. Lenin, por su parte, acusó pronto a los mencheviques de abandonar el concepto, por su aceptación tácita de la dirección del capital ruso en la revolución burguesa contra el zarismo. Su llamamiento a una «dictadura democrática del proletariado y el campesinado» en la revolución de 1905 estaba precisamente destinado a dotar de una fórmula gubernamental a la estrategia tradicional, a la que seguía siendo fiel.

Tras la derrota de la revolución, Lenin denunció apasionadamente a los mencheviques por su abandono del axioma de la hegemonía en toda una serie de importantes artículos en los que reafirmó una y otra vez su indispensabilidad política para todo marxista revolucionario en Rusia. «Porque las tareas democrático-burguesas no han sido cumplidas, sigue siendo inevitable una crisis revolucionaria», escribió. «Las tareas del proletariado que se desprenden de esta situación están completa e inequívocamente definidas. Como única clase consistentemente revolucionaria de la sociedad contemporánea, debe ser la dirigente en la lucha de todo el pueblo por una revolución totalmente democrática, en la lucha de todo el pueblo trabajador y explotado contra los opresores y explotadores. El proletariado es revolucionario sólo en la medida en que es consciente y hace efectiva la idea de la hegemonía del proletariado» (23). Los escritores mencheviques, alegando que el zarismo, desde 1905, había efectuado una transición del estado feudal al capitalista, afirmaron inmediatamente con ello que la hegemonía del proletariado era obsoleta, en la medida en que la revolución burguesa ya se había realizado en Rusia (24). La respuesta de Lenin fue fulminante: «Predicar a los obreros que lo que necesitan ««o es la hegemonía, sino un partido de clase» significa traicionar la causa del proletariado en favor de los liberales; significa predicar que la política obrera socialdemócrata debe ser reemplazada por una política obrera liberal. Renunciar a la idea de hegemonía es la forma más cruda de reformismo en el movimiento socialdemócrata ruso» (25). Fue también en estas polémicas donde Lenin contrapuso repetidamente una fase «hegemónica» a otra «gremial» o «corporativista» dentro de la política proletaria.

«Desde el punto de vista del marxismo, la clase, en la medida en que renuncia a la idea de hegemonía o no la toma en consideración, no es una clase, o no es todavía una clase, sino un gremio, o la suma total de varios gremios… Es la consciencia de la idea de hegemonía y su aplicación a través de sus propias actividades lo que convierte a los gremios (tsekhi) en su conjunto en una clase» (26).

«Hegemonía» y la Comintern

El término hegemonía fue, pues, uno de los más ampliamente utilizados y una de las nociones más familiares en los debates del movimiento obrero ruso antes de la Revolución de Octubre. Tras la revolución, cayó en un relativo desuso en el partido bolchevique –por una buena razón. Forjado para teorizar el papel de la clase obrera en una revolución burguesa, se hizo inoperante con el advenimiento de la revolución socialista. El marco de una «dictadura democrática de los obreros y campesinos» que permaneciese dentro de los límites del capitalismo nunca se materializó, como es bien sabido. Trotsky, que nunca había creído en la coherencia o posibilidad del programa de Lenin para 1905, y cuya predicción contraria de una revolución socialista fue justificada rápidamente en 1917, escribió más tarde en su Historia de la revolución rusa: «La popular y oficialmente aceptada idea de la hegemonía del proletariado en la revolución democrática… no significaba en absoluto que el proletariado debiera utilizar un alzamiento campesino para, con su apoyo, poner a la orden del día su propia tarea histórica, esto es, la transición directa a una sociedad socialista. La hegemonía del proletariado en la revolución democrática fue tajantemente diferenciada de la dictadura del proletariado, y contrapuesta polémicamente a ella. El partido bolchevique ha sido educado en estas ideas desde 1905» (27). Trotsky no podía saber que, en otra época, una «contraposición polémica» entre «hegemonía» y «dictadura» del proletariado volvería a resurgir en un contexto transformado.

En aquel tiempo, tras octubre, el término hegemonía dejó de tener mucha actualidad interna en la URSS. Sobrevivió, sin embargo, en los documentos externos de la Internacional Comunista. En los dos primeros congresos de la Tercera Internacional, la Comintern adoptó una serie de tesis que por primera vez internacionalizaron la utilización rusa de la consigna de hegemonía. El deber del proletariado era ejercer la hegemonía sobre los otros grupos explotados que eran sus aliados de clase en la lucha contra el capitalismo dentro de sus propias instituciones soviéticas; así, «su hegemonía posibilitará la elevación progresiva del semiproletariado y el campesino pobre» (28). Si no lograba dirigir a las masas trabajadoras en todos los terrenos de la actividad social, confinándose él mismo en sus propios objetivos económicos particulares, caería en el corporativismo. «El proletariado se convierte en clase revolucionaria sólo en la medida en que no se restringe al marco de un corporativismo estrecho, y actúa en cada dominio y manifestación de la vida social como el guía del conjunto de la población trabajadora y explotada… El proletariado industrial no puede resolver su misión histórica mundial, que es la emancipación de la humanidad del yugo del capitalismo y la guerra, si se limita a sus propios intereses corporativos particulares y a esfuerzos por mejorar su situación –a veces muy satisfactoria– dentro de la sociedad burguesa» (29). En el Cuarto Congreso, en 1922, el término hegemonía se extendió –según parece por primera vez– a la dominación de la burguesía sobre el proletariado, si aquélla lograra confinar a este último a un papel corporativo, induciéndolo a aceptar una división entre luchas políticas y económicas en su práctica de clase. «La burguesía siempre trata de separar lo político de lo económico, porque comprende muy bien que si consigue mantener a la clase obrera dentro del marco corporativo, ningún peligro serio puede amenazar su hegemonía» (30).

La transmisión de la noción de hegemonía a Gramsci, de los escenarios del movimiento socialista de Rusia al de Italia, puede situarse con razonable certeza en estos documentos sucesivos de la Comintern. Los debates del POSDR en preguerra fueron archivados tras la Revolución de Octubre; aunque Gramsci pasó un año en Moscú en 1922-23 y aprendió ruso, es extremadamente improbable que hubiera tenido conocimiento directo de los textos de Axelrod, Martov, Potresov o Lenin, que debatieron la consigna de la hegemonía. Por otra parte, él tuvo naturalmente un conocimiento íntimo de las resoluciones de la Comintern de la época: participó además en el mismo Cuarto Congreso mundial. Las consecuencias pueden verse en los Cuadernos de la cárcel: por cuanto que el tratamiento propio de Gramsci de la idea de hegemonía viene directamente de las definiciones de la Tercera Internacional.

«Hegemonía» en los Cuadernos de la Cárcel

Podemos ahora volver a los textos mismos de Gramsci. A lo largo de los Cuadernos de la cárcel, el término «hegemonía» se repite en una multitud de contextos diferentes. Pero no hay duda de que Gramsci partió de ciertas connotaciones constantes del concepto que dedujo de la tradición de la Comintern. Porque en el primer ejemplo, el término se refiere en sus escritos a la alianza de clase del proletariado con otros grupos explotados, el campesinado sobre todo, en lucha común contra la opresión del capital. Reflejando la experiencia de la NEP. puso un énfasis algo mayor en la necesidad de «concesiones» y «sacrificios» del proletariado a sus aliados para conquistar la hegemonía sobre ellos, extendiendo con ello la noción de «corporativismo» de una mera limitación a horizontes gremiales o luchas económicas, a todo tipo de aislacionismo obrerista respecto a las otras masas explotadas. «El hecho de la hegemonía presupone que se tienen en cuenta los intereses y tendencias de los grupos sobre los cuales se va a ejercer la hegemonía, y que debe darse un cierto equilibrio de compromiso –en otras palabras, que el grupo dirigente debe hacer sacrificios de tipo económico-corporativos. Pero no hay duda de que aunque la hegemonía es ético-política, también debe ser económica, debe basarse necesariamente en la función decisiva ejercida por el grupo dirigente en el núcleo decisivo de la actividad económica» (31). Al mismo tiempo, Gramsci también subrayó, más elocuentemente que cualquier marxista ruso anterior a 1917, la ascendencia cultural que debía demostrar la hegemonía del proletariado sobre las clases aliadas. «Las ideologías previamente desarrolladas se transforman en «partido», entran en conflicto y confrontación, hasta que sólo una de ellas, o al menos una sola combinación, tiende a prevalecer, imponiéndose y propagándose a través de la sociedad. De este modo, consigue no sólo una unificación de los objetivos económico y político, sino también la unidad intelectual y moral, planteando todas las cuestiones sobre las que surge la lucha no en un plano corporativista, sino universal. Crea así la hegemonía de un grupo social fundamental sobre una serie de grupos subordinados» (32).

En un desarrollo posterior en la misma dirección teórica, Gramsci prosiguió contraponiendo expresamente el uso necesario por el proletariado de la violencia contra el enemigo común de las clases explotadas, y el recurso al compromiso en el seno de esas clases. AI hacerlo, volvía a plantear la oposición tradicional entre «dictadura del proletariado» (sobre la burguesía) y la «hegemonía del proletariado» (sobre el campesinado), tan agudamente recordada por Trotsky. «Si la unión de dos fuerzas es necesaria para derrotar a una tercera, el recurso a las armas y a la coerción (suponiendo

incluso que éstas estén disponibles) no puede ser más que una hipótesis metodológica. La única posibilidad concreta es el compromiso. La fuerza puede .ser empleada contra los enemigos, pero no contra una parte del propio bando que se desea asimilar rápidamente, y cuya «buena fe» y entusiasmo se necesitan» (33). La «unión» de la que aquí habla Gramsci toma una inflexión mucho más pronunciada en sus textos que en el vocabulario bolchevique: la mecánica imagen rusa de la smychka –o «acoyuntamiento»– de la clase obrera y el campesinado, popularizada durante la NEP, se transforma en la fusión orgánica de un «nuevo bloque histórico» en los Cuadernos. Así, en el mismo pasaje, Gramsci se refiere a la necesidad de «absorber» fuerzas sociales aliadas, para «crear un nuevo bloque histórico político-económico, homogéneo, sin contradicciones internas» (34). El registro perfeccionado de la fórmula corresponde al nuevo peso dado a la irradiación moral y cultural de la hegemonía, en la utilización que Gramsci hace de ella.

Hasta aquí el constante recurro en los Cuadernos de la cárcel al término hegemonía no representa un mayor aleja miento del canon revolucionario ruso del cual fue tomado. Sin embargo, la misma forma de los escritos de la cárcel iba a cambiar insensiblemente el significado y la función del concepto, en todo su contexto. Porque el medio característico en el que Gramsci expuso sus ideas era el de un protocolo de axiomas generales de sociología política con referencias «fluctuantes» –a veces especificadas alusivamente como clase o régimen o época, pero que con la misma frecuencia evocan ambiguamente varios ejemplos posibles. Este procedimiento, ajeno a cualquier otro marxista, le vino desde luego impuesto a Gramsci por la exigencia dé mitigar la vigilancia del censor. Su resultado fue, sin embargo, una indeterminación constante del foco, en el cual la burguesía y el proletariado a menudo pueden alternarse simultáneamente como los sujetos hipotéticos del mismo pasaje –de hecho, cada vez que Gramsci escribe en abstracto de una «clase dominante». La máscara de generalización a la que Gramsci fue, así, frecuentemente conducido, tuvo serias consecuencias para su pensamiento: porque fue la que indujo la premisa no analizada de que las posiciones estructurales de la burguesía y el proletariado, en sus respectivas revoluciones y sus estados sucesivos, eran históricamente equivalentes. Los peligros de tal comparación tácita se verán en su debido momento. Ahora, lo que importa es observar la forma en que el modo ‘no situado’ de discurso, peculiar a muchos de los textos del encarcelamiento de Gramsci, permitió una transición imperceptible a una teoría mucho más amplia de hegemonía que la que nunca había sido imaginada en Rusia, que creó un concepto teórico de investigación marxista completamente nuevo en la obra de Gramsci.

La extensión del concepto

Porque Gramsci, en efecto, extendió la noción de hegemonía desde su aplicación original a las perspectivas de la clase obrera en una revolución burguesa contra un orden feudal, a los mecanismos de la dominación burguesa sobre la clase obrera en una sociedad capitalista estabilizada. Como se recordará hubo un precedente de esto en las tesis de la Comintern. Pero el pasaje en cuestión era breve y aislado: no aportó ninguna descripción más desarrollada sobre la preponderancia del capital. Gramsci, por el contrario, emplea ahora el concepto de hegemonía para un análisis diferenciado de las estructuras del poder burgués en Occidente. Esto fue un paso nuevo y decisivo. El paso de una utilización a otra estuvo mediatizado por una serie de máximas genéricas

aplicables en principio a cualquiera de ellas. El resultado fue una serie aparentemente formal de proposiciones sobre la naturaleza del poder en la historia. Simbólicamente, Gramsci tomó la obra de Maquiavelo como su punto de partida para esta nueva extensión de la teoría. Argumentando la necesidad de una «perspectiva dual» en toda acción política, escribió que, en sus «niveles fundamentales», las dos perspectivas correspondían a la «naturaleza dual del Centauro de Maquiavelo –medio animal y medio humano». Para Gramsci éstos eran «los niveles de fuerza y consentimiento, dominación y hegemonía, violencia y civilización» (35). El campo del discurso es aquí manifiestamente universal, en imitación del estilo del mismo Maquiavelo. Presenta una serie explícita de oposiciones, válidas para cualquier época histórica:

Fuerza Dominación Violencia

Consentimiento Hegemonía Civilización

El término «dominación», que es la antítesis de «hegemonía», aparece de nuevo en otra pareja de términos que se encuentra en otros textos, en oposición a «dirección». En el más importante de éstos, Gramsci escribió: «La supremacía de un grupo social asume dos formas: «dominación»» y «dirección moral e intelectual». Un grupo social es dominante sobre grupos enemigos a los que tiende a «liquidar» o someter con la fuerza armada, y es dirigente sobre grupos afines y aliados» (36). Aquí, la distinción rusa clásica entre «dicta dura» y «hegemonía» se vuelve a plantear de manera particularmente clara, con una terminología ligeramente nueva. Sin embargo, la significación crítica del pasaje está en que se refiere sin duda alguna, no al proletariado, sino a la burguesía –puesto que su tema es el papel de los moderados en el Risorgimento italiano, y su influencia sobre el Partido de Acción. En otras palabras, Gramsci cambió el alcance del concepto de hegemonía hacia un estudio cié la dominación capitalista, aunque todavía dentro del contexto de una revolución burguesa (el marco original de la noción en Rusia). La elisión de «dirección» con «hegemonía» se hace más tarde en el mismo párrafo sobre el Risorgimento (37). Las dos se equiparan frente a frente en una carta del mismo tiempo escrita por Gramsci, cuando subraya que «Croce enfatiza únicamente aquel momento de la actividad histórico-política que en política se llama «hegemonía», el momento del consentimiento, de la dirección cultural, para distinguirlo del momento de la fuerza, de la coacción, de la intervención legislativa estatal, o policíaca» (38).

Al mismo tiempo, el potente énfasis cultural que la idea de hegemonía adquirió en la obra de Gramsci, combinado con su aplicación teórica a las clases dominantes tradicionales, produjo una nueva teoría marxista de los intelectuales. Porque una de las funciones clásicas de estos últimos, argumentaba Gramsci, era terciar en la hegemonía de las clases explotadoras sobre las clases explotadas, a través de sistemas ideológicos, de los que ellos eran los agentes organizadores. El mismo Croce representó para Gramsci uno de estos «grandes intelectuales que ejerce una hegemonía que presupone una cierta colaboración, o un consentimiento voluntario y activo» (39) de las clases subordinadas.

La siguiente cuestión que Gramsci se planteó fue específicamente suya. ¿Dónde se ejercen las dos funciones de «dominación» y «dirección/hegemonía»? En particular ¿cuál es el lugar de la «hegemonía»? La primera y más firme respuesta de Gramsci es que la hegemonía (dirección) pertenece a la sociedad civil, y la coacción (dominación) al estado. «Podemos establecer ahora dos niveles superestructurales principales –uno que se puede llamar «sociedad civil», esto es, el conjunto de organismos llamados comúnmente «privados», y el otro el de la «sociedad política» o estado. Estos dos niveles corresponden, por una parte, a la función de la «hegemonía» que ejerce el grupo dominante a través de la sociedad, y, por otra, a la de la «dominación directa»» o mando ejercido a través del estado y del gobierno «jurídico»» (40). No existió precedente a tal teorización en los debates rusos. La razón es evidente. Gramsci ahora estaba inequívocamente más interesado en la constelación del poder político burgués en un orden social capitalista ortodoxo. La alusión a las instituciones «privadas» de la sociedad civil Dominación Coerción –inapropiadas para cualquier formación social en que la clase obrera ejerce el poder colectivo– indica aquí el objeto real de su pensamiento. En una carta contemporánea, Gramsci se refirió incluso más directamente al contraste, dentro del contexto del capitalismo, escribiendo sobre la oposición entre sociedad política y sociedad civil como los lugares respectivos de dos modos de poder de clase: «la sociedad política (o dictadura, o aparato coercitivo para garantizar que las masas populares se amoldan al tipo de producción y economía de un momento dado)», se contraponía a la «sociedad civil (o hegemonía de un grupo social sobre el conjunto de la sociedad nacional, ejercida a través de las llamadas organizaciones privadas, como la iglesia, los sindicatos, las escuelas, etc.) (41). Aquí, la inclusión de la iglesia y las escuelas como instrumentos de hegemonía dentro de las asociaciones privadas de la sociedad civil, pone fuera de toda duda la aplicación del concepto a las sociedades capitalistas del Occidente. El resultado da de sí estas inequívocas series de oposiciones

Hegemonía Dominación ==

Consentimiento Coerción ==

Sociedad Civil Estado

Sin embargo, ya se ha visto que Gramsci no utilizaba unívocamente los antónimos de estado y sociedad civil. Tanto los términos como las relaciones entre ellos sufrieron diferentes cambios en sus escritos. Exactamente lo mismo es aplicable al término «hegemonía». Porque los textos arriba citados contrastan con otros en los que Gramsci habla de hegemonía no como de un polo de «consentimiento» en contraposición a otro de «coerción», sino como de una síntesis en sí misma de consentimiento y coerción. Así, en una nota sobre historia política francesa, comentó: «El ejercicio normal de la hegemonía en el ahora clásico terreno del régimen parlamentario se caracteriza por una combinación de fuerza y consentimiento, los cuales forman un equilibrio variable sin que incluso la fuerza prevalezca demasiado sobre el consentimiento» (42). Aquí, la reorientación de Gramsci del concepto de hegemonía hacia los países capitalistas avanzados de Europa occidental, y las estructuras del poder burgués dentro de ellos, toma un mayor acento temático. Ahora la noción está directamente conectada con el fenómeno de la democracia parlamentaria, peculiar de Occidente. Al mismo tiempo, paralelo al giro en la función de la hegemonía desde el consentimiento al consentimiento-coerción, se da una resituación de su posición topográfica. Pues en otro pasaje, Gramsci escribe sobre el ejecutivo, legislativo y judicial del estado liberal como «órganos de hegemonía política» (43). Aquí la hegemonía se sitúa firmemente dentro del estado –ya no circunscrita a la sociedad civil. El matiz de «hegemonía política» en contraste con «hegemonía civil» subraya la oposición residual entre sociedad política y sociedad civil, la cual, como sabemos, es una de las variantes de Gramsci en la pareja estado y sociedad civil. En otras palabras, la hegemonía se sitúa aquí no en uno de los dos términos, sino en ambos:

Estado Sociedad Civil ==

Hegemonía Política Hegemonía civil

Esta versión no puede reconciliarse con la precedente, que sigue siendo la predominante en los Cuadernos. Porque en la primera, Gramsci contrapone hegemonía a sociedad política o estado, mientras que, en la segunda, el estado mismo se convierte en un aparato de hegemonía. Aún en otra versión, la distinción entre sociedad política y civil desaparece totalmente: consentimiento y coerción se transforman juntos en coextensivos del estado. Gramsci escribe: «El estado (en su significado integral) es dictadura + hegemonía» (44). Las oscilaciones en la connotación y situación de la hegemonía amplían aquellas oscilaciones de los dos términos originales mismos. Así en el enigmático mosaico que Gramsci reunió laboriosamente en la cárcel, las palabras «estado», «sociedad civil», «sociedad política», «hegemonía», «dominación» o «dirección», sufrieron un deslizamiento persistente. Trataremos ahora de demostrar que este deslizamiento no es ni accidental ni arbitrario.

Conceptos y problemas

En efecto, tres versiones diferentes de las relaciones entre los conceptos clave de Gramsci se disciernen simultáneamente en sus Cuadernos de la cárcel, una vez desplazada la problemática de la hegemonía desde las alianzas del proletariado en Oriente hacia las estructuras del poder burgués en Occidente. Se verá como cada una de ellas corresponde a un problema fundamental para el análisis marxista del estado burgués, sin suministrar una respuesta adecuada a ello: la variación entre las versiones es precisamente el síntoma descifrable del propio conocimiento por Gramsci de la aporía de sus soluciones. Por supuesto, para indicar los limites de los axiomas de Gramsci se necesita algo más que una demostración filológica de su falta de coherencia interna. Por breves que sean, se sugerirán algunas valoraciones políticas de su correspondencia externa con la naturaleza de los estados contemporáneos burgueses en Occidente.

Al mismo tiempo, sin embargo, éstas permanecerán dentro de los límites del propio sistema de categorías de Gramsci. La cuestión de si este último proporciona de hecho el mejor punto de partida para un análisis científico de las estructuras del poder capitalista hoy, no va a ser prejuzgada. En particular, las oposiciones binarias de «estado y sociedad civil» y «coerción y consentimiento» se respetarán como los elementos centrales del discurso de Gramsci; es su aplicación en su marxismo, más que su función, la que debe ser revisada. No se examinarán aquí las dificultades de cualquier teoría demasiado dualista del poder de clase burgués. Es evidente, en efecto, que todo el terreno de necesidades económicas directas, a que están sometidas las clases explotadas dentro del capitalismo, no pueden ser clasificadas inmediatamente dentro de cualquiera de las categorías políticas de coerción o consentimiento –fuerza armada o persuasión cultural. De manera similar, una dicotomía formal entre estado y sociedad civil, por más necesaria que sea como instrumento preliminar, no puede por sí misma dar un conocimiento especifico de las complejas relaciones entre las diferentes instituciones de una formación social capitalista (algunas de las cuales ocupan típicamente posiciones inmediatas en los límites entre las dos). Es posible que las alternativas analíticas con que «Gramsci estuvo más implicado necesiten, de hecho, ser reconceptualizadas dentro de un nuevo orden de categorías, fuera de sus confines duales. Sin embargo, estos problemas caen fuera del terreno de un comentario textual. Para nuestros propósitos aquí, bastará permanecer en el campo de la propia investigación de Gramsci –todavía hoy la de un pionero.

El primer modelo de Gramsci

Tal vez, podemos empezar examinando la primera y más sorprendente configuración de los términos de Gramsci, la más importante para el destino ulterior de su trabajo. Su texto central es el pasaje inicial, citado en este ensayo, en el que Gramsci escribe sobre la diferencia entre Oriente y Occidente, y dice que en el Oriente el «estado lo es todo», mientras que en el Occidente el estado es una «trinchera avanzada» de la fortaleza interior de la sociedad civil, la cual puede sobrevivir a los peores temblores del estado, porque no es «primitiva y gelatinosa» como en el Oriente, sino robusta y estructurada. Por lo tanto, una «guerra de maniobra» es apropiada en el Oriente, y una «guerra de posición» en el Occidente. Esta tesis puede, pues, vincularse al argumento que la acompaña, reiterado en muchos otros textos, de que el estado es el lugar de la dominación armada o coerción de la burguesía sobre las clases explotadas, mientras que la sociedad civil es el terreno de su dirección cultural o hegemonía consentida sobre ellas –la oposición entre «fuerza y consenso, coerción y persuasión, estado e iglesia, sociedad política y sociedad civil» (45). El resultado es agregar una serie combinada de oposiciones para la distinción entre Oriente/Occidente:

Oriente

Estado Sociedad civil Coerción Dominación Maniobra

Occidente

Sociedad Civil Estado Consenso Hegemonía Posición

En otras palabras, la preponderancia de la sociedad civil sobre el estado en Occidente puede ser equiparada al predominio de la «hegemonía» sobre la «coerción» como la forma fundamental del poder burgués en el capitalismo avanzado. En la medida en que la hegemonía pertenece a la sociedad civil, y la sociedad civil prevalece sobre el estado, es la ascendencia cultural de la clase dominante la que garantiza esencialmente la estabilidad del orden capitalista. En la utilización de Gramsci, aquí, hegemonía significa la subordinación ideológica de la clase obrera por la burguesía, la cual la capacita para dominar mediante consenso.

Ahora bien, el objetivo preliminar de esta fórmula es evidente. Se trata de establecer una diferencia obvia y fundamental entre la Rusia zarista y la Europa occidental –la existencia de democracia política representativa. Como tal, es análoga a la fórmula lapidaria de Lenin de que los zares rusos dominaban por la Tuerza, y la burguesía anglofrancesa por la concesión y el engaño (46). El gran mérito teórico de Gramsci fue el de haber planteado el problema de esta diferencia mucho más persistente y coherentemente que cualquier otro revolucionario antes o después que él. En ninguna parte de los escritos de Lenin, Trotsky, o de otros teóricos bolcheviques, puede encontrarse ninguna reflexión sostenida o sistemática sobre la enorme línea divisoria histórica dentro de Europa, trazada por la presencia –aun cuando en su tiempo fuera todavía incompleta y vacilante– de la democracia parlamentaria en Occidente, y su ausencia en Oriente. Un problema, inscrito a lo sumo en apartes marginales de la tradición bolchevique, fue desarrollado por primera vez, como tema dominante para la teoría marxista, por Gramsci.

Ilusiones de la socialdemocracia de izquierda

Al mismo tiempo, la primera solución que esboza para ello en los Cuadernos de la cárcel es radicalmente inviable: la simple ubicación de la «hegemonía» dentro de la sociedad civil, y la atribución de primacía a la sociedad civil sobre el estado. Esta ecuación corresponde, en efecto, muy exactamente a lo que puede llamarse en la izquierda una visión de sentido común de la democracia burguesa en Occidente –una visión ampliamente difundida en los círculos militantes de la socialdemocracia desde la Segunda Guerra Mundial (47). Para esta concepción, el estado en Occidente no es una maquinaria violenta de represión policíaca como lo fue en la Rusia zarista: las masas tienen acceso a él a través de elecciones democráticas regulares que permiten formalmente la posibilidad de un gobierno socialista. Pero la experiencia muestra que estas elecciones nunca producen un gobierno dedicado a la expropiación del capital y a la realización del socialismo. Tras cincuenta años desde la llegada del sufragio universal, tal fenómeno parece mucho más lejano que nunca. ¿Cuál es la razón para esta paradoja? Reside en el condicionamiento ideológico previo del proletariado antes del momento electoral como tal. El lugar central del poder debe buscarse, por lo tanto, dentro de la sociedad civil –sobre todo, en el control capitalista de los medios de comunicación (prensa, radio, televisión, cine, ediciones), basado en el control de losmedios de producción (propiedad privada). En una variante más sofisticada, la verdadera inculcación de la aceptación voluntaria del capitalismo se da, no tanto a través del adoctrinamiento ideológico de los medios de comunicación, como de la difusión invisible del fetichismo de la mercancía a través del mercado o las costumbres instintivas de sumisión inducidas por el trabajo rutinario de las fábricas y oficinas –en otras palabras, directamente dentro del ámbito de los mismos medios de producción. Pero aunque se dé el énfasis principal al efecto de los aparatos cultural y económico, la conclusión analítica es la misma. Es el nexo estratégico de la sociedad civil el que se piensa que mantiene la hegemonía capitalista dentro de una democracia política, cuyas instituciones estatales no excluyen o reprimen directamente a las masas (48). El sistema se mantiene por consentimiento, no por coerción. Por lo tanto, la principal tarea de los militantes socialistas no es combatir contra un estado armado, sino la conversión ideológica de la clase obrera para liberarla de la sumisión a los engaños capitalistas.

Este síndrome característico de la socialdemocracia de izquierda contiene numerosas ilusiones. El primero y más inmediato de sus errores es precisamente creer que el poder ideológico de la burguesía en las formaciones sociales occidentales se ejerce, ante todo, en la esfera de la sociedad civil, cuya hegemonía sobre aquélla neutraliza posteriormente el potencial democrático del estado representativo. La clase obrera tiene acceso al estado (elecciones al parlamento), pero no lo emplea para alcanzar el socialismo a causa de su adoctrinamiento a través de los medios de comunicación. De hecho, puede decirse que la verdad es precisamente la inversa: la forma general del estado representativo –democracia burguesa– es en si misma el principal cerrojo ideológico del capitalismo occidental, cuya existencia misma despoja a la clase obrera de la idea del socialismo como un tipo diferente de estado, y, con posterioridad, los medios de comunicación y otros mecanismos de control cultural afianzan este «efecto» ideológico central. Las relaciones capitalistas de producción colocan a hombres y mujeres en diferentes clases sociales, definidas por su acceso diferencial a los medios de producción. Estas divisiones de clase son la realidad esencial del contrato salarial entre personas jurídicamente iguales y libres, que es la señal distintiva de este modo de producción. Los órdenes político y económico están, de este modo, formalmenteseparados bajo el capitalismo. Así pues, el estado burgués «representa» por definición a la totalidad de la población, abstraída de su distribución en clases sociales, como ciudadanos individuales e iguales. En otras palabras, presenta a hombres y mujeres sus posiciones desiguales en la sociedad civil como si fuesen iguales en el estado. El parlamento, elegido cada cuatro o cinco años como la expresión soberana de la voluntad popular, refleja ante las masas la unidad ficticia de la nación como si fuera su propio autogobierno. Las divisiones económicas en el seno de la «ciudadanía» se enmascaran mediante la igualdad jurídica entre explotadores y explotados, y, con ella, la completa separación y no participación de las masas en la labor del parlamento. Esta separación es, pues, constantemente presentada y representada ante las masas como la encarnación última de la libertad: la «democracia» como el punto final de la historia. La existencia del estado parlamentario constituye así el marco formal de todos los demás mecanismos ideológicos de la clase dominante. Proporciona el código general en que se transmite todo mensaje específico a cualquier lugar. El código es tanto más poderoso cuanto que los derechos jurídicos de los ciudadanos no son un simple espejismo: por el contrario, las libertades cívicas y los sufragios de la democracia burguesa son una realidad tangible, cuya consecución fue históricamente, en parte, obra del movimiento obrero mismo, y cuya pérdida sería una derrota momentánea para la clase obrera (49).

En comparación, las mejoras económicas conquistadas mediante reformas dentro del marco del estado representativo –aparentemente más materiales– han dejado de modo característico menos huella ideológica en las masas de Occidente. El ascenso constante del nivel de vida de la clase obrera durante veinticinco años, tras la Segunda Guerra Mundial, en los principales países imperialistas, ha sido un elemento crítico en la estabilidad política del capitalismo metropolitano. Pero el componente material del consentimiento popular hacia él, tema de polémicas tradicionales sobre las consecuencias del reformismo, es intrínsecamente inestable y pasajero, puesto que tiende a crear una progresión constante de expectativas que ninguna economía capitalista nacional puede asegurar en su totalidad, incluso durante largas oleadas de boom internacional, y menos aún en las fases de recesión; su verdadero «dinamismo» es, de este modo, potencialmente desestabilizador y puede provocar crisis cuando el crecimiento fluctúa o se estanca. Por contraste, el componente jurídico-político del consenso inducido por el estado parlamentario es mucho más estable; la constitución política capitalista no está sometida a las mismas vicisitudes coyunturales. Las ocasiones históricas en que ha sido activamente cuestionado por las luchas de la clase obrera han sido infinitamente menores en Occidente. En otras palabras, la ideología de la democracia burguesa es mucho más potente que la de cualquier reformismo del bienestar, y constituye la sintaxis permanente del consenso inculcado por el estado capitalista.

Puede verse ahora por qué la fórmula primitiva de Gramsci taba equivocada. Es imposible separar las funciones ideológicas del poder de clase burgués entre la sociedad civil y el estado, en la forma en que inicialmente pretendió hacerlo. La forma fundamental «del estado parlamentario Occidental –la suma jurídica de sus ciudadanos– es ella misma el eje de los aparatos ideológicos del capitalismo. Los complejos ramificados de los sistemas de control cultural en el seno de la sociedad civil –radio, televisión, cine, iglesias, periódicos, partidos políticos– juegan, indudablemente un papel complementario decisivo en garantizar la estabilidad del régimen clasista del capital. También juegan el mismo papel, por supuesto, el prisma deformador de las relaciones de mercado y la estructura obnubiladora del proceso de trabajo dentro de la economía. La importancia de estos sistemas no debe ser ciertamente subestimada. Pero tampoco se debe exagerar ni, sobre todo, contraponer al papel cultural-ideológico del estado mismo.

El error de Poulantzas y Mandel

Un cierto izquierdismo vulgar ha aislado tradicionalmente el problema del consenso de su contexto estructural y lo ha hipostasiado como el rasgo único y distintivo de la dominación capitalista en Occidente, que queda reducido al apodo de «parlamentarismo». Para refutar este error, diversos marxistas han señalado que todas las clases dominantes en la historia han obtenido normalmente el consentimiento de las clases explotadas a su propia explotación –los señores feudales o los latifundistas propietarios de esclavos no menos que los empresarios industriales. La objeción es, desde luego, Correcta. Pero no es una respuesta adecuada, a menos que vaya acompañada de una definición precisa de la differentia specifica del consenso obtenido de la clase obrera a la acumulación de capital en el Occidente actual –en otras palabras, de la forma y el contenido de la ideología burguesa que aquélla se ve inducida a aceptar. Nicos Poulantzas, cuya obra Poder político y clases sociales contiene numerosos comentarios críticamente penetrantes sobre los Cuadernos de la cárcel, deja de lado de hecho la dedicación de Gramsci sobre el tema, observando que la única innovación de este consenso es su pretensión de racionalidad –es decir, su carácter no religioso. «La característica específica de las ideologías (capitalistas) no es de ninguna manera, como creía Gramsci, que obtengan un «consenso» más o menos activo de las clases dominadas hacia la dominación política, puesto que ésta es una característica general de toda ideología dominante. Lo que define específicamente las ideologías en cuestión es que no pretenden ser aceptadas por las clases dominadas según el principio de participación en lo sagrado: se proclaman explícitamente y son aceptadas como técnicas científicas» (50). De modo similar, Ernest Mandel ha escrito en su Capitalismo tardío que la forma contemporánea más importante de la ideología capitalista en Occidente es un recurso a la racionalidad tecnológica y un culto a los especialistas: «Creer en la omnipotencia de la tecnología es la forma específica de la ideología burguesa en el capitalismo tardío» (51). Estas pretensiones implican una grave equivocación.

La particularidad del consentimiento histórico conseguido de las masas en las modernas formaciones sociales capitalistas no se puede encontrar de ningún modo en su simple referencia secular o en su temor técnico. La novedad de este consenso es que adopta la forma fundamental de una creencia por las masas de que ellas ejercen una autodeterminación definitiva en el interior del orden social existente. No es, pues, la aceptación de la superioridad de una clase dirigente reconocida (ideología feudal), sino la creencia en la igualdad democrática de todos los ciudadanos en el gobierno de la nación –en otras palabras, incredulidad en la existencia de cualquier clase dominante. El consentimiento de los explotados en una formación social capitalista es, en este caso, de un tipo cualitativamente nuevo que ha dado lugar sugestivamente a su propia extensión etimológica: consenso o acuerdo mutuo. Naturalmente, la ideología activa de la ideología burguesa coexiste y se combina, en un gran número de formas mixtas, con costumbres y tradiciones ideológicas mucho más antiguas y menos articuladas –en particular, las de resignación pasiva ante el estado del mundo y la desconfianza en cualquier posibilidad de cambiarlo, engendradas por la confianza y conocimiento diferenciales característicos de toda sociedad clasista (52). La herencia de estas tradiciones imperecederas, en realidad, adopta frecuentemente la apariencia de respeto hacia la necesidad técnica. Sin embargo, no representan ningún avance respecto a anteriores modelos de dominación de clase; la condición de su prolongada eficacia actual es su inserción en una ideología de democracia representativa que les sirve de bóveda. Porque Solamente la libertad de una democracia burguesa parece establecer los límites de lo socialmente posible para la voluntad colectiva de un pueblo, y, por tanto, puede hacer tolerables los topes de su impotencia (53).

Gramsci mismo era, en realidad, muy consciente de la necesidad de una distinción cuidadosa de las sucesivas formas históricas del «consentimiento» de los explotados a su explotación, y de una diferenciación analítica de sus componentes en cada momento de su época. El reprochaba a Croce precisamente el que diese por sentado en su Historia de la libertad que todas las ideologías anteriores al liberalismo eran del «mismo color marchito y vago, carentes de desarrollo de antagonismo» –insistiendo en la especificidad de la influencia de la religión sobre las masas del Nápoles borbónico, la fuerza del llamamiento a la nación que lo sucedió en Italia y, al mismo tiempo, la posibilidad de combinaciones populares de los dos (54). En otro lugar, contrastó las épocas de la Revolución Francesa y de la Restauración en Europa justamente en términos, de los diferentes tipos de consentimiento –»directo» e «indirecto»– que obtuvieron de los oprimidos, y las formas de sufragio –universal y censitario– que les correspondieron (55). Paradójicamente, no obstante, Gramsci nunca produjo ninguna relación comprensiva de la historia o estructura de la democracia burguesa en sus Cuadernos de la cárcel. El problema que confiere su significado más profundo a su trabajo teórico central sigue siendo el horizonte más que el objeto de sus textos. Parte de la razón por la que las ecuaciones iniciales de su discurso sobre la hegemonía fueron mal calculadas se debió a esta ausencia. Gramsci no estaba equivocado en su reversión constante al problema del consenso en Occidente: hasta que no se comprenda toda la naturaleza y el papel de la democracia burguesa, no se puede entender nada del poder capitalista en los países industriales avanzados en la actualidad. Al mismo tiempo, se debe aclarar por qué Gramsci estaba equivocado en su primera ubicación del «consenso» en el seno de la sociedad civil. En realidad, la misma naturaleza de este consentimiento excluye semejante colocación, puesto que es precisamente el estado parlamentario representativo el que primero y principalmente lo induce.

La segunda solución

Consideremos ahora la segunda versión de Gramsci de la relación entre sus términos. En ésta, ya no atribuye a la sociedad civil una preponderancia sobre el estado, ni una localización unilateral de la hegemonía. Por el contrario, la sociedad civil se presenta como contrapesada o equilibrada con el estado, y la hegemonía se reparte entre el estado –o «sociedad política»– y la sociedad civil, al mismo tiempo que ésta se vuelve a definir para combinar coerción y consenso. Estas formulaciones manifiestan la incomodidad de Gramsci con su primera versión, y su viva conciencia –a pesar y contra ella– del papel ideológico central del estado capitalista occidental. Gramsci no solamente indica este papel en general. No obstante, puede señalarse que sus comentarios sobre las dimensiones particulares del estado que se especializan en la ejecución de la hegemonía son selectivos, concentrándose más en sus instituciones subordinadas que en las superiores. Puesto que las referencias específicas de Gramsci a las funciones ideológicas del estado se refieren no tanto al parlamento como a la educación y a la ley –el sistema educativo y el sistema judicial. «Todo estado es ético en la medida en que una de sus funciones más importantes es elevar a la gran masa de la población a un nivel cultural y moral dado, nivel o medida que corresponde a las necesidades de desarrollo de las fuerzas de producción y. por lo tanto, a los intereses de las clases dominantes. La escuela como función educacional positiva y los tribunales como función educacional negativa y represiva son las más importantes actividades del estado. Pero, en realidad, un sinnúmero de otras iniciativas y actividades llamadas privadas tienden hacia el mismo fin, las cuales constituyen el aparato de la hegemonía política y cultural de la clase dominante» (56).

Este énfasis es sumamente importante. Subraya toda la distancia entre Gramsci y varios de sus comentaristas posteriores, cualesquiera que sean los limites del desarrollo de Gramsci sobre el tema. Pero, al mismo tiempo, no se puede interpretar como una verdadera corrección de la primera versión. Gramsci comprende en ese momento la copresencia de controles ideológicos en el seno de la sociedad civil y del estado. Mas este logro en un plano se contrapesa con una pérdida de claridad en otro. La hegemonía, que antes fue asignada solamente a la sociedad civil, también es ejercida ahora por el estado. Simultáneamente, sin embargo, su significado tiende a cambiar: ya no designa tan sólo la hegemonía cultural, porque también incluye la coerción. «El ejercicio normal de la hegemonía» ahora «se caracteriza por una combinación de fuerza y consenso». El resultado es que, después de esto, Gramsci comete un error de otro orden. Puesto que la coerción es precisamente un monopolio legal del estado capitalista. En la célebre definición de Weber, el estado es la institución que disfruta un monopolio de legítima violencia sobre un territorio determinado (57). Sólo él tiene un ejército y una policía – »grupos de hombres especializados en el empleo de la represión» (Engels). Así pues, no es cierto que la hegemonía como coerción + consenso estén copresentes por igual en la sociedad civil y el estado. El ejercicio de la represión está ausente jurídicamente de la sociedad civil. El estado se lo reserva como terreno exclusivo (58). Esto nos lleva a un primer axioma fundamental que rige la naturaleza del poder en una formación social capitalista desarrollada. Siempre existe una asimetría estructural en la distribución de las funciones consensual y coercitiva de este poder. La ideología se reparte entre la sociedad civil y el estado: la violencia pertenece al estado solo. En otras palabras, el estado forma parte dos veces de cualquier ecuación entre ambos.

Es posible que una de las razones por las que Gramsci tuvo dificultad en aislar esta asimetría fuera el que Italia hubiese presenciado en 1920-22 la aparición excepcional de pandillas militares organizadas por los fascistas, las cuales operaban libremente al margen del propio aparato del estado. El monopolio estructural de la violencia del estado capitalista era pues, en cierta medida, enmascarado por coyunturales operaciones comando (el término de Gramsci) dentro de la sociedad civil. Pero de hecho, obviamente, los squadristi sólo podían asaltar y saquear impunemente las instituciones

de la clase obrera, puesto que tenían la protección tácita de la policía y el ejército. Gramsci con su lucidez habitual, era naturalmente muy consciente de esto: «En las luchas actuales, ocurre con frecuencia que una máquina estatal debilitada es como un ejército que vacila: los comandos, o las organizaciones armadas privadas, entran en el campo de batalla para realizar dos tareas –utilizar la ilegalidad mientras el estado parece permanecer dentro de la legalidad, y de este modo, reorganizar el estado mismo» (59). Comentando la marcha sobre Roma, escribió: «No podía haber «guerra civil alguna entre el estado y el movimiento fascista, solamente una acción violenta esporádica para modificar la dirección del estado y reformar su aparato administrativo. En la lucha de guerrillas civil, el movimiento fascista no estaba contra el estado, sino aliado con él» (60). El episodio relativamente atípico de las pandillas fascistas –cuyas expediciones sólo podían ser «esporádicas»– no parece haber tenido realmente ningún efecto notable en el equilibrio del pensamiento de Gramsci.

A este respecto, la propensión recurrente de su teoría hacia una sobreextensión de sus conceptos fue más importante para la ambigüedad de su descripción de la relación entre estado y sociedad civil. Su disolución de la policía en un fenómeno social más amplio y vago no deja de ser un ejemplo típico. «¿Qué es la policía? Sin duda, no es tan sólo la organización oficial, reconocida y destinada jurídicamente a la función de la seguridad pública, lo que se entiende habitualmente por el término. Esta última es el núcleo central que tiene la responsabilidad formal para la «policía», que es en realidad una organización mucho más vasta, en la que una gran parte de la población de un estado participa directa o indirectamente, con vínculos más o menos precisos y definidos, permanente u ocasionalmente» (61). En realidad, es sorprendente que precisamente en el terreno de la ley, que le interesó especialmente como función del estado, Gramsci pudiera advertir simultáneamente la ausencia de cualquier equivalente coercitivo a sus sanciones en el seno de la sociedad civil, pero defendiese que la legalidad debe considerarse, no obstante, como un sistema más omnipresente de presiones y compulsiones que actúa tanto en la sociedad civil como en el estado para producir pautas morales y culturales específicas. «El concepto de «ley» debe ampliarse para incluir aquellas actividades que en la actualidad se califican de «jurídicamente neutrales» y están dentro del dominio de la sociedad civil, que funcionan sin sanciones ni obligaciones taxativas, pero que, a pesar de ello, ejercen una presión colectiva y obtienen resultados objetivos en la determinación de costumbres, de formas de pensamiento y de conducta, de normas morales, etc.» (62). El resultado es una falta de claridad estructural entre ley y costumbre, reglas jurídicas y normas convencionales, la cual impide toda demarcación precisa de las competencias respectivas de la sociedad civil o del estado en una formación social capitalista. Gramsci nunca pudo precisar del todo la asimetría entre los dos: sus formulaciones sucesivas andan constantemente a tientas hacia ella, sin alcanzarla nunca cabalmente.

Un tercer intento

La tercera versión de Gramsci de la relación entre sus términos representa un intento final por agarrar a su evasivo objeto. En esta versión, el estado incluye ahora por igual a Ja «sociedad política» y a la «sociedad civil». En efecto, hay una radicalización de la fusión de categorías incipiente en la segunda versión. Ahora ya no existe simplemente una distribución de la hegemonía, como síntesis de coerción y consenso, entre estado y sociedad civil. El estado y la sociedad civil mismos están fundidos en una más amplia

unidad soberana. «Por estado debe entenderse no sólo el aparato gubernamental, sino también el aparato «privado» de la hegemonía o sociedad civil» (63). La conclusión de este argumento es la imprevista sentencia: «En realidad, sociedad civil y estado son una y la misma cosa» (64). En otras palabras, el estado se vuelve coextensivo con la formación social, como en el tratamiento internacional. El concepto de sociedad civil como entidad diferente desaparece. «La sociedad civil es también parte del «estado», en realidad es el estado mismo» (65). Puede decirse que estas formulaciones revelan la frecuente consciencia de Gramsci de que el papel del estado «excede», en cierto sentido, al de la sociedad civil en Occidente. Así pues, constituyen una importante corrección de su segunda versión. Pero, una vez más, el logro en el nuevo terreno va acompañado por una pérdida en el anterior. Puesto que en esta versión última, la distinción misma entre estado y sociedad civil es eliminada. Esta solución tiene graves consecuencias que socavan todo esfuerzo científico por definir la especificidad de la democracia burguesa en Occidente.

Althusser y Gramsci

Los resultados son patentes en la adopción de esta versión por Louis Althusscr y sus colegas. Porque, así como la primera versión de las ecuaciones de Gramsci fue apropiada sobre todo por corrientes de izquierda de la socialdemocracia europea después de la guerra, la tercera versión ha sido más recientemente utilizada por corrientes de izquierda del comunismo europeo. Los orígenes de esta adopción pueden hallarse en un conocido pasaje de La revolución teórica de Marx, en el cual Althusser, equiparando la noción de «sociedad civil» a la de «comportamiento económico individual» y atribuyendo su ascendencia a Hegel, la rechaza como extraña al materialismo histórico (66). De hecho, por supuesto, si bien el joven Marx utilizó originalmente el término para referirse a la esfera de las necesidades y actividades económicas, está lejos de desaparecer en sus escritos de madurez. Aunque el primer significado desaparece de El capital (con la aparición de los conceptos fuerzas/relaciones de producción) el término mismo no desaparece –porque tuvo otro sentido para Marx, que no era sinónimo de necesidades económicas individuales, sino una designación genérica para todas las instituciones no estatales en una formación social capitalista. No sólo Marx no abandonó nunca esta función del concepto de «sociedad civil», sino que sus últimos escritos políticos se mueven repetidamente alrededor de un uso central de éste. Así pues, todo El 18 de Brumario está construido sobre un análisis del bonapartismo que empieza con esta aseveración: «El estado retícula, controla, regula, supervisa y organiza la sociedad civil desde las más completas expresiones de su vida hasta sus más insignificantes movimientos, desde sus modos de existencia más generales hasta la vida privada de los individuos» (67).

Este fue el uso que Gramsci adoptó en sus escritos de la cárcel. Sin embargo, al hacerlo delimitó de forma mucho más precisa el concepto de «sociedad civil». En Gramsci, la sociedad civil no se refiere a la esfera de las relaciones económicas, sino que precisamente se contrapone a ella como un sistema de instituciones superestructurales intermedio entre la economía y el estado. «Entre la estructura económica y el estado, con su legislación y su coerción, se halla la sociedad civil» (68). Esta es la razón por la que, en la lista de Gramsci de las instituciones de hegemonía de la sociedad civil, raramente aparecen las fábricas o las plantas industriales –precisamente los aparatos económicos que muchos de sus discípulos actuales creen de primera importancia en la inculcación de la subordinación ideológica entre las masas. (En todo casó, en sus escritos de Turín, si no en sus notas de la cárcel sobre americanismo, Gramsci tendía a menudo a considerar la disciplina de éstas como escuelas de socialismo más que de capitalismo.) La definición de Gramsci del término «sociedad civil» puede, pues, ser descrito como un refinamiento de su uso en el último Marx, disociándolo explícitamente de sus orígenes económicos. Al mismo tiempo, acabamos de ver que en su última versión del binomio estado y sociedad civil abandona por completo la distinción entre los dos para proclamar su identidad. Sin embargo, ¿puede rechazarse pura y simplemente el término incluso en su uso no económico? No hay duda de que su variopinto viaje a través de Locke, Ferguson, Rousseau, Kant, Hegel y Marx ha cargado el término de múltiples ambigüedades y confusiones (69). Indudablemente será necesario forjar un nuevo e inequívoco concepto en el futuro, en el marco de una teoría científica desarrollada de la articulación total de las formaciones sociales capitalistas. Pero hasta que esto sea posible, el término «sociedad civil» queda como un concepto práctico-indicativo necesario para designar todas las instituciones y mecanismos fuera de las fronteras del estricto sistema estatal. En otras palabras, su función es trazar una línea de demarcación indispensable entre las superestructuras político-ideológicas del capitalismo.

«Aparatos ideológicos del estado»

Una vez rechazada la noción de sociedad civil, Althusser se vio lógicamente conducido hacia una asimilación drástica de la fórmula final de Gramsci, que abole efectivamente la distinción entre estado y sociedad civil. El resultado fue la tesis de que «las iglesias, los partidos, los sindicatos, las familias, las escuelas, los periódicos, las empresas culturales» constituían de hecho «los aparatos ideológicos del estado» (70). Explicando esta noción, Althusser declaró: «Carece de importancia el que las instituciones en las cuales se realizan [las ideologías] sean «públicas» o «privadas», porque todas ellas forman indiferentemente sectores de un único estado dominador, lo cual es «la condición previa para cualquier distinción entre lo público y lo privado»» (71). Las razones políticas para esta repentina y arbitraria decisión teórica no están del todo claras. Sin embargo, parece probable que fueran en gran medida producto de la atracción ejercida por la Revolución Cultural China a finales de los años sesenta en sectores semioposicionales de los partidos comunistas europeos. El carácter revolucionario oficialmente proclamado del proceso en China sólo podía, en efecto, encuadrarse en las definiciones marxistas clásicas de la revolución –el derrocamiento y destrucción de una máquina de estado– decretando que todas las manifestaciones culturales son aparatos del estado (72). En la prensa china de entonces, tales manifestaciones fueron, realmente, típicamente discernidas en los rasgos sicológicos mostrados por los individuos. Para proveer a esta «revolución de los espíritus» que se llevaba a cabo en China de credenciales marxistas era necesaria una radical redefinición del estado. Actualmente, no hay ninguna necesidad de insistir en la inadecuación de este procedimiento para cualquier explicación racional de la Revolución Cultural, que ya no es más que un capítulo archivado de la historia del PCCH. Mucho más serias eran sus consecuencias potenciales para una política socialista responsable en Occidente.

Porque una vez adoptada la posición de que todas las superestructuras políticas e ideológicas –incluyendo la familia, los sindicatos y partidos reformistas y los medios de comunicación privados– son, por definición, aparatos del estado, en estricta lógica se hace imposible e innecesario distinguir entre democracias burguesas y fascismo. Porque el hecho de que en este el control total del estado sobre los sindicatos o los medios de comunicación de masas estuviera institucionalizado carecería, según este razonamiento –utilizando la frase de Althusser– «de importancia». Semejante fusión de estado y sociedad civil pudo conducir a los discípulos más jóvenes de la Escuela de Frankfurt a argüir que la «democracia liberal» en la Alemania de la posguerra era funcionalmente equivalente al fascismo en la Alemania de la preguerra, ya que la familia representaba ahora la autoridad que anteriormente había ocupado la policía como parte del sistema estatal. El carácter no científico de tales tesis es obvio; la clase obrera europea pagó muy caras las anticipaciones de las mismas en los años veinte y primeros de la década de los treinta. Los limites del estado no son objeto de indiferencia para la teoría marxista o la práctica revolucionaria. Es esencial poder clasificarlos adecuadamente. Confundirlos significa no comprender el papel y la eficacia específicos de las superestructuras fuera del estado en la democracia burguesa. Ralph Miliband, en una presciente crítica a toda la noción de aparatos ideológicos del estado», lo puso de relieve correctamente: «Sugerir que las instituciones relevantes, son precisamente parte de un sistema estatal no me parece estar en consonancia con la realidad, y tiende a ocultar la diferencia a este respecto entre estos sistemas políticos y los sistemas en que las instituciones ideológicas son en realidad parte de un sistema monopolista de poder estatal. En los primeros sistemas, las instituciones ideológicas conservan un alto grado de autonomía y están, por lo tanto, mejor capacitadas para enmascarar el grado en que pertenecen al sistema capitalista de poder» (73).

En lo que concierne a Althusser, hubiera sido injusto atribuirle cualquier identificación de las estructuras del fascismo con las de la democracia burguesa: no existen indicios jeque se viera tentado por errores tan ultraizquierdistas o, en todo caso, por las consecuencias reformistas que se podrían deducir formalmente de la idea de que los locales de los sindicatos o los estudios de cine formasen parte de los apáralos del estado en Occidente (en cuyo caso la victoria de una candidatura comunista o la realización de una película militante contarían putativamente como conquistas graduales de «partes» de un aparato estatal divisible –oponiéndose así al principio marxista fundamental de la unidad política del estado burgués, que necesita precisamente de una revolución para ponerle fin). La razón de la inocuidad real de una teoría que era potencialmente tan peligrosa se basa en su inspiración. Concebida por una arcana complacencia con los acontecimientos en el Lejano Oriente, sus aplicaciones esotéricas en Occidente carecieron de ímpetu local. El rasgo auténtico de la tesis no fue tanto su gravedad política para la clase obrera como su veleidad.

La influencia de Croce

El caso de Gramsci era, por supuesto, muy diferente. En sus teorizaciones sobre la relación entre estado y sociedad civil no había en funcionamiento ningún determinante político distante. Las dificultades y contradicciones de sus textos eran más que nada un reflejo de los impedimentos de su encarcelamiento. Sin embargo, había un determinante filosófico en su tendencia a distender las fronteras del estado. Porque Gramsci no sacó de la nada su idea de una extensión indefinida del estado como superestructura política. La tomó, bastante directamente, de Benedetto Croce. No menos de cuatro veces cita Gramsci, en sus Cuadernos de la cárcel, el punto de vista de Croce de que el «estado» era una entidad superior que no debía identificarse con el mero gobierno empírico y que, a veces, podía encontrar su verdadera expresión en lo que pueden parecer instituciones o terrenos de la sociedad civil. «Croce llega a afirmar que el verdadero «estado», que es la fuerza dirigente en el proceso histórico, puede hallarse a veces no donde realmente se cree que debe estar, en el estado jurídicamente definido sino, con frecuencia, en las fuerzas «privadas» y, algunas veces, en las llamadas revolucionarias. Esta proposición de Croce es muy importante para comprender su concepción de la historia y de la política» (74). El carácter metafísico de la concepción de Croce es, desde luego, manifiesto: la idea de una esencia nouménica del estado, flotando mayestáticamente sobre las meras apariencias jurídicas o institucionales, era una herencia típica de Hegel. Su inocente reproducción por una escuela tan tenazmente antihegeliana del marxismo de Occidente tiene una ironía peculiar.

El legado especulativo y anticientífico del pensamiento de Croce tuvo sin duda sus efectos en la obra de Gramsci. Un ejemplo de las extravagancias de las que aquel legado fue responsable es un texto de los Cuadernos en el que Gramsci defiende la idea de que el parlamento puede, en ciertos casos, no formar en absoluto parte del estado (75). La dirección equivocada a la que le condujeron las ideas de Croce es evidente en todos aquellos pasajes de los escritos de Gramsci que afirman o sugieren una disolución de las fronteras entre estado y sociedad civil. Al mismo tiempo, sin embargo, es evidente que siempre que Gramsci tuvo que hablar directamente de la experiencia del fascismo en Italia, nunca interpretó erróneamente la importancia de la delimitación entre los dos. Puesto que el fascismo tendía precisamente a eliminar esta frontera en la práctica, y, siempre que lo referente a la política era lo principal, Gramsci no encontró ninguna dificultad en registrar las realidades históricas. «Con los acontecimientos de 1924-26, cuando fueron suprimidos todos los partidos políticos», escribió, «la coincidencia entre pays réel y pays legal fue proclamada en Italia, a partir de ese momento, porque la sociedad civil en todas sus formas estaba ahora integrada en un único partido político organizador del estado» (76). Gramsci no se hacía ilusiones sobre la importancia de las innovaciones impuestas por la dictadura contrarrevolucionaria de la cual era víctima. «Las dictaduras contemporáneas abolen jurídicamente incluso las formas modernas de autonomía» de las clases subordinadas, escribió, tales como «partidos, sindicatos, asociaciones culturales», e «intentan incorporarlas a la actividad del estado: la centralización legal de toda la vida nacional en manos de un grupo dirigente que es ahora «totalitario»» (77). Así pues, por muchos errores analíticos debidos a la influencia de Croce que se encuentren en los escritos de Gramsci, la aberración de equiparar las formas fascista y parlamentaria del estado capitalista no se contaba entre ellos.

Las oscilaciones en el uso de. Gramsci de sus términos centrales ha sido ya analizada: nunca se comprometió sin ambigüedad con ninguno de ellos. Puede decirse, sin embargo, que esta tercera versión de la relación entre estado y sociedad civil – identificación– es una señal de que en sus escritos de la cárcel no hay una comparación comprensiva de la democracia burguesa y el fascismo. El problema de la diferencia específica entre los dos no queda resuelto en ellos, por lo que Gramsci –víctima de la dictadura policíaca en un país europeo relativamente atrasado– puede aparecer paradójicamente, después de la Segunda Guerra Mundial, como el teórico par excellence del estado parlamentario de los países capitalistas avanzados. Un análisis comparativo plantea con particular urgencia, como hemos visto, la importancia de una distinción operativa entre estado y sociedad civil. La tercera versión de Gramsci tiende finalmente a eliminar el problema teórico central de sus dos versiones anteriores. El nudo gordiano de la relación entre estado y sociedad civil en las formaciones sociales de Occidente, distintas de la Rusia zarista, se corta al decretar terminantemente que el estado es, en cualquier caso, coextensivo con la formación social.

Sin embargo, el problema sigue así, y el gran número de textos de Gramsci dedicados a investigar sus primeras ecuaciones testifican su no decrecida conciencia de ello.

La asimetría clave

Atendiéndonos por el momento a los términos de los Cuadernos de la cárcel (78), se ha visto que la distribución clave que eluden cada una de las sucesivas versiones de Gramsci, a pesar de que lo hacen desde direcciones distintas, es una asimetría entre la sociedad civil y el estado en Occidente: la coerción se localiza en uno de los términos, el consentimiento en ambos. Esta respuesta «topológica» plantea, no obstante, un problema más profundo. Más allá de esta distribución ¿cuál es la relación o conexión entre consenso y coerción en la estructura del poder de clase burgués en el capitalismo metropolitano? El funcionamiento de la democracia burguesa parece justificar la idea de que el capitalismo avanzado descansa fundamentalmente en el consentimiento de la clase obrera. De hecho, la aceptación de esta idea es la piedra angular de la estrategia de la «vía parlamentaria al socialismo», en la cual el progreso puede medirse por la conversión del proletariado al proyecto del socialismo hasta que se alcanza una mayoría aritmética, con lo cual el régimen del sistema parlamentario hace que la instauración del socialismo sea posible sin dolor alguno. La idea de que el poder del capital adopta en Occidente la forma, esencial o exclusivamente, de hegemonía cultural es, en efecto, un principio clásico del reformismo Esta es la tentación involuntaria que acecha en algunas de las notas de Gramsci. ¿Queda ésta realmente alejada por su afirmación alternativa de que la hegemonía de la burguesía de Occidente es una combinación de consenso y coerción? No hay duda de que esto es un paso adelante, pero la relación entre los dos términos no puede apreciarse por su simple conjunción o adición. Y a pesar de todo, en el marco de referencia de Gramsci, todo depende precisamente de una calibración justa de esta relación. ¿Cómo debería ser concebida teóricamente?

No podemos ofrecer aquí ninguna respuesta adecuada. Porque una solución científica sólo es posible mediante una investigación histórica. Ningún comentario filológico, o mandato teórico, puede resolver los difíciles problemas del poder de clase burgués en Occidente. Sólo una investigación directa, sustantiva y comparativa de los sistemas políticos actuales de la mayoría de los países imperialistas en el siglo XX puede establecer las estructuras reales del poder del capital. El materialismo histórico no permite utilizar otro procedimiento. En este ensayo no puede abarcarse. Todo lo que puede intentarse aquí es avanzar ciertas sugerencias críticas dentro de los límites textuales del discurso de Gramsci. Su verificación queda necesariamente sujeta a las disciplinas ordinarias del estudio científico.

La naturaleza del dominio de clase burgués

Para formular una respuesta preliminar, podemos utilizar una frase del mismo Gramsci. En el primer cuaderno que elaboró en la cárcel se refirió a las «formas mixtas de lucha» cuyo carácter era «fundamentalmente militar y preponderantemente político», observando al mismo tiempo que «toda lucha política tiene siempre un sustrato militar» (79). La yuxtaposición y distinción paradójicas de «fundamental» y «preponderante» para describir la relación entre dos formas de lucha ofrece una fórmula que puede ser adaptada a una explicación más adecuada de las disposiciones del. poder de clase burgués en el capitalismo avanzado. La tradición althusseriana codificó, más tarde, la misma dualidad con su distinción entre ««determinante» y «dominante», tomada no de Gramsci, sino de Marx. Al analizar las formaciones sociales contemporáneas en Occidente, podemos sustituir «coerción» o «represión» por el término «lucha militar» de Gramsci –como el modo de dominio de clase reforzado por la violencia; «cultura» o «ideología» podrían sustituirse por «lucha política» –como el modo de dominio de clase establecido por el consenso. Entonces es posible captar la verdadera naturaleza de la relación entre las dos variables que obsesionaban a Gramsci. Si volvemos a la problemática original de Gramsci, la estructura normal del poder político capitalista en los estados democrático-burgueses, está, en electo, simultánea e indivisiblemente dominada por la cultura y determinada por la coerción. Negar el papel «preponderante» o dominante de la cultura en el sistema de poder burgués contemporáneo significa liquidar la diferencia inmediata más notable entre el parlamentarismo de Occidente y el absolutismo ruso, y reducir el primero a un mito. El hecho es que la dominación cultural está corporalizada en ciertas instituciones concretas irrefutables: elecciones regulares, libertades civiles, derechos de reunión –todas existentes en Occidente y ninguna de las cuales amenaza directamente el poder de clase del capital (80). El sistema actual del dominio de la burguesía está, por lo tanto, basado en el consenso de las masas, que toma forma en la creencia ideológica de que ellas ejercen su propio gobierno en el estado representativo. Sin embargo, olvidar, al mismo tiempo, el papel «fundamental» o determinante de la violencia dentro de la estructura de poder del capitalismo contemporáneo es, en última instancia, regresar al reformismo con la ilusión de que una mayoría electoral puede legislar el socialismo pacíficamente desde un parlamento.

Una analogía puede servir para ilustrar la relación en cuestión, siempre que tengamos presentes sus limitaciones (las propias de una analogía). En el modo de producción capitalista un sistema monetario está constituido por dos medios distintos de intercambio: papel y oro (81). No es una turna de estas dos formas, porque el valor de la emisión fiduciaria que circula cada día y que, por lo tanto, mantiene al sistema en condiciones normales, depende de la cantidad de metal existente en las reservas bancadas en cualquier momento dado, a pesar del hecho de que este metal está completamente ausente del sistema como medio de intercambio. Sólo el papel, no el oro, está en circulación, pero el papel está, en última instancia, determinado por el oro, sin el cual dejaría de ser moneda corriente. Además, las condiciones de crisis desencadenan necesariamente una reversión repentina de todo el sistema hacia el metal que yace invisiblemente tras él: un colapso en el crédito produce infaliblemente la carrera hacia el oro (82). En el sistema político también prevalece una relación estructural similar (no aditiva y no transitiva) entre ideología v represión, consenso y coerción. Las condiciones normales de subordinación ideológica de las masas –las rutinas diarias de la democracia parlamentaria– están constituidas por una fuerza silenciosa y ausente que les confiere su valor corriente: el monopolio del estado sobre la violencia legítima. Desprovisto de éste, el sistema de control cultural se volvería frágil instantáneamente, puesto que los límites de las posibles acciones contra él desaparecerían (83). Con él, es inmensamente poderoso –tan poderoso que puede, paradójicamente, «pasar sin» él: en efecto, la violencia raramente aparece dentro de los límites de este sistema.

En las más tranquilas democracias actuales, el ejército puede permanecer invisible en sus cuarteles y la policía tranquila en sus distritos de vigilancia. La analogía es aplicable también en otro aspecto. Del mismo modo que el oro como sustrato material del papel es en sí una convención que necesita ser aceptada para servir como medio de intercambio, la represión como garantizador de la ideología depende del asentimiento de aquellos que están entrenados para ejercerla. Dada esta estipulación decisiva, sin embargo, el resorte «fundamental» del poder de clase burgués, por debajo del papel «preponderante» de la cultura en un sistema parlamentario, sigue siendo la coerción.

Porque históricamente –y ese es el punto más esencial– el desarrollo de cualquier crisis revolucionaria desplaza necesariamente la dominación dentro de la estructura del poder burgués de la ideología a la violencia. La coerción se convierte en determinante v dominante en la crisis suprema, y el ejército ocupa inevitablemente la vanguardia en cualquier tipo de lucha contra el proyecto de inauguración real. El poder capitalista puede considerarse, en ese sentido, como un sistema topológico con un centro «móvil»: en cualquier crisis se produce un redespliegue y el capital va a concentrarse de sus aparatos representativos a los represivos. El hecho de que la subjetividad de los cuadros dirigentes de estos aparatos pueda aparecer como inocente en los países de Occidente no es prueba de su neutralidad constitucional, sino meramente de que la posibilidad es muy remota. De hecho, cualquier crisis revolucionaria en un país capitalista avanzado tiene que producir inevitablemente una reversión hacia el último determinante del sistema de poder: la fuerza. Esta es una ley del capitalismo que éste no puede violar so pena de muerte. Es la regla de la situación de final de juego.

II. EL EQUILIBRIO ENTRE COERCIÓN Y CONSENSO

A estas alturas debe haber quedado claro por qué el concepto de hegemonía de Gramsci, pese a todos sus inmensos méritos como primera «varita mágica» teórica de la especificidad inclasificada de las formaciones sociales de Occidente (84), contiene un peligro político potencial. Hemos visto como el término, nacido en Rusia para definir la relación entre el proletariado y el campesinado en una revolución burguesa, fue adoptado por Gramsci para describir la relación entre la burguesía y el proletariado en un orden capitalista consolidado en Europa occidental El hilo conductor que permitió esta extensión fue el tenor consensual de la idea de hegemonía. Utilizada en Rusia para denotar la naturaleza persuasiva de la influencia que la clase obrera debía intentar ejercer sobre el campesinado, opuesta a la naturaleza coercitiva de la lucha para derrocar al zarismo, fue aplicada por Gramsci a las formas de consentimiento a su poder obtenidas por la burguesía de la clase obrera en Occidente. El servicio que prestó al marxismo al enfocar tan centralmente el problema –hasta entonces evadido– de la legitimidad consensual de las instituciones parlamentarias en Europa occidental, fue solitario e insigne. Al mismo tiempo, sin embargo, los riesgos ligados a la nueva extensión del concepto de hegemonía se hicieron pronto evidentes en sus escritos. Porque si bien en Rusia el término podía abarcar la relación entre proletariado y campesinado, ya que era una alianza entre clases no antagónicas, esto nunca podía ser cierto en, digamos, Italia o Francia sobre la relación entre burguesía y proletariado –que era inherentemente un conflicto entre clases antagónicas, basadas en dos modos de producción adversos. En otras palabras, el poder capitalista en Occidente implicaba necesariamente la coerción y el consenso. El que Gramsci tenía conciencia de esto queda expresado en las numerosas formulaciones de sus cuadernos que se refieren a las combinaciones entre los dos. Pero, como ya hemos visto, estas combinaciones no lograron localizar definitiva o precisamente ni la posición ni la interrelación de la represión y la ideología dentro de la estructura de poder del capitalismo avanzado. Además, en la medida en que Gramsci sugería a veces que el consentimiento pertenecía principalmente a la sociedad civil, y la sociedad civil poseía la primacía sobre el estado, permitía extraer la conclusión de que el poder de clase burgués era ante todo consensual. De esta forma, la idea de hegemonía tiende a dar crédito a la noción de que el modo de poder burgués dominante en Occidente –»cultura»– es también el modo determinante, bien sea eliminando esta última, bien sea uniéndolos. De ahí que omita el papel en última instancia inapelable de la fuerza.

Sin embargo, el uso de Gramsci del término hegemonía no quedó, desde luego, limitado a la burguesía como clase social. También lo empleó para trazar las vías de ascenso del proletariado en Occidente Ello implicaba un paso más en la evolución del concepto. La relación prescriptiva proletariado/campesinado se había equiparado plausiblemente al ascendiente cultural; en realidad, la relación efectiva burguesía/proletariado incluía ciertamente un ascendiente cultural, aunque no podía ser igualada o reducida a ella; pero ¿podía decirse en algún sentido que la relación proletariado/burguesía presupone un ascendiente cultural? Muchos admiradores de Gramsci han creído que sí. En realidad, se ha sostenido con frecuencia que su tesis más original y poderosa fue precisamente la idea de que la clase obrera puede ser hegemónica culturalmente antes de convertirse en la clase políticamente dirigente en una formación social capitalista. Las interpretaciones oficiales de Gramsci se han basado, particularmente, en esta propuesta. Sin embargo, el texto de los Cuadernos de la cárcel al cual se hace referencia habitualmente no afirma esto. En él, Gramsci escribió: «Un grupo social es dominante sobre los grupos enemigos a los que tiende a «liquidar» o a someter mediante la fuerza armada, y es dirigente respecto a los grupos afines o aliados. Un grupo social puede, y de hecho debe, ser dirigente antes de conquistar el poder gubernamental (esta es una de las principales condiciones para la conquista del poder mismo); después, cuando ejerce el poder y lo mantiene firmemente en su puño, se convierte en dominante, pero también sigue siendo «dirigente»» (85). Aquí Gramsci distingue cuidadosamente entre la necesidad de coerción de las clases enemigas y la dirección consensual de las clases aliadas. La «actividad hegemónica» que «puede y debe ser ejercida antes de la toma del poder» sólo se relaciona en este contexto con el problema de las alianzas de la clase obrera con otros grupos explotados y oprimidos; no es una pretensión de hegemonía sobre la sociedad en su conjunto, o sobre la clase dominante misma, imposible por definición en esta etapa. Es cierto, sin embargo, que un lector incauto puede ser llevado a malinterpretar este pasaje, donde Gramsci se mueve de hecho en terreno seguro, debido a las ambigüedades en su empleo del término hegemonía en otros lugares. En seguida veremos porqué. Por el momento, lo que importa recordar es el conocido principio marxista de que la clase obrera bajo el capitalismo es inherentemente incapaz de ser la clase culturalmente dominante, porque está estructuralmente expropiada, por su posición de clase, de algunos de los medios esenciales de producción cultural (educación, tradición, ocio) –en contraste con la burguesía del Siglo de las Luces, que podía generar su propia cultura superior dentro del marco del Ancien Régime. Y no sólo esto, sino que incluso después de la revolución socialista –la conquista del poder político por el proletariado– la clase culturalmente dominante sigue siendo la burguesía en ciertos aspectos (no en todos –en costumbres, más que en ideas) y durante cierto tiempo (en principio, más corto con cada revolución), como Lenin y Trotsky enfatizaron en contextos distintos (86). Gramsci también fue, intermitentemente, consciente de esto (87). Sin embargo, en tanto no se indicaba constantemente la falta de correspondencia estructural entre las posiciones de la clase burguesa dentro de la sociedad feudal y de la clase obrera dentro de la sociedad capitalista, el riesgo de un resbalón teórico de la una a la otra estaba siempre potencialmente presente para ellos en el uso común del término hegemonía. La asimilación más que ocasional de las revoluciones burguesa y proletaria en sus escritos sobre el jacobinismo demuestra que Gramsci no era inmune a esta confusión. El resultado fue permitir que posteriores codificaciones de su pensamiento establecieran una unión directa de sus dos extensiones del concepto de hegemonía en un silogismo clásicamente reformista. Porque una vez que el poder burgués en Occidente se atribuye principalmente a la hegemonía cultural, la adquisición de esta hegemonía significaría una apropiación efectiva por la clase obrera de la «dirección de la sociedad» sin la toma y transformación del poder del estado, en una transición indolora al socialismo: en otras palabras, una idea típica del fabianismo. Por supuesto, el mismo Gramsci nunca sacó esta conclusión. Pero en la dispersa lectura de sus textos, tampoco era una interpolación enteramente arbitraria.

El marco de referencia de la Comintern

¿Cómo le fue posible a Gramsci, un militante comunista con un pasado de resuelta – verdaderamente desmedida– hostilidad política al reformismo, dejar una herencia de tal ambigüedad? La respuesta debe buscarse en el marco de referencia en el que escribió. La teoría y la práctica de la Tercera Internacional, desde el comienzo de su historia con Lenin hasta el encarcelamiento de Gramsci, había estado saturada de advertencias sobre la necesidad histórica de la violencia en la destrucción y construcción de los estados. La dictadura del proletariado, tras el derrocamiento armado del aparato de estado burgués, fue la piedra de toque –proclamada hasta la saciedad en todos los documentos oficiales– del marxismo de la Comintern. Gramsci nunca puso en duda estos principios. Por el contrario, cuando empezó sus exploraciones teóricas en la cárcel parece que los dio tan por sobrentendidos, que apenas figurar directamente en su discurso. Forman como la adquisición familiar, que ya no necesitaba reiteración, en una empresa intelectual cuyas energías se concentraban en otra parte –en el descubrimiento de lo desconocido. Pero en ausencia de cualquier posibilidad de composición integrada, que se le había negado en la cárcel, el intento de Gramsci de búsqueda de nuevos temas e ideas le expusieron al riesgo permanente de perder de vista temporalmente las viejas verdades y, por lo tanto, de negligir o confundir la relación entre los dos. El problema del consenso, que constituye el fulcro real de su obra, es el punto crítico de este proceso. Gramsci era vivamente consciente de la novedad y la dificultad para la teoría marxista del fenómeno del consenso popular institucionalizado al capital en Occidente –hasta este momento regularmente eludido o sofocado en la tradición de la Comintern. Por lo tanto, concentró todo el poder de su inteligencia en ello. Al hacerlo, nunca intentó negar o rescindir los axiomas clásicos de esa tradición sobre el papel inevitable de la coerción social en cualquier gran transformación histórica mientras subsistieran las clases. Su objetivo era, en una de sus frases, «complementar» el tratamiento de la una con la exploración de la otra.

Las premisas y objetivos que produjo la lente selectiva de su obra pueden verse particularmente en sus comentarios sobre Croce. La importancia de Croce para todo el programa de Gramsci en la cárcel es de sobra conocida. Sus comentarios sobre les estudios históricos de Croce son, por lo tanto, especialmente reveladores. Gramsci criticó repetida y expresamente a Croce por su exaltación unilateral de los momentos consensuales y morales, y la evasión concomitante de los militares y coercitivos, en la historia europea. «En sus dos libros recientes, Historia de Italia e Historia de Europa, se omiten precisamente los momentos de fuerza, de lucha, de miseria… ¿Es por accidente o es de forma tendenciosa que Croce empieza sus narraciones desde 18)5 y 1871 respectivamente? En otras palabras ¿que excluye el momento de lucha, el momento en que las tuerzas conflictivas se forman, se reúnen y se desarrollan, el momento en que un sistema de relaciones sociales se disuelve y otro se forja a sangre y fuego, el momento en que un sistema de relaciones sociales se desintegra y decae mientras otro emerge y se afirma –y en cambio considera plácidamente como toda la historia el momento de expansión cultural o ético-política ?(88).

Los breves términos del sumario de Gramsci de la tendencia política de la historiografía idealista croceana muestran cuan naturalmente asumió los cánones clásicos del marxismo revolucionario. «La historia ético-política es una hipóstasis arbitraria y mecánica del momento de hegemonía, de la dirección política, del consentimiento, en la vida y en el desarrollo de la sociedad civil y del estado» (89). Pero, al mismo tiempo, Gramsci consideraba a Croce como un pensador superior a Gentile, que cometía la hipóstasis opuesta –un fetichismo de la fuerza y del estado– en su filosofía del actualismo. «Para Gentile, la historia es exclusivamente la historia del estado. Para Croce es más bien ético-política», esto es, Croce quiere preservar una distinción entre sociedad civil y sociedad política, entre hegemonía y dictadura; los grandes intelectuales ejercen la hegemonía, que presupone una cierta colaboración, en otras palabras, un consentimiento activo y voluntario (libre) en un orden democrático-liberal. Gentile plantea la fase económico-corporativa como la fase ética en el acto histórico: hegemonía y dictadura son indistinguibles, la fuerza es consentimiento sin más añadidura: la sociedad política no puede diferenciarse de la sociedad civil: sólo existe el estado, v, naturalmente, como estado gobernante (90).

Croce y el materialismo histórico

Porque de hecho, con toda su exageración, fue precisamente el énfasis de Croce sobre el papel de la cultura y la importancia del consentimiento la razón por la que Gramsci le atribuyó una posición teórica preeminente. Para Gramsci aquéllos representaban un preámbulo filosófico o un equivalente de la doctrina do la hegemonía dentro del materialismo histórico. «El pensamiento de Croce, por lo tanto, debería ser apreciado como mínimo como valor instrumental, porque puede decirse que ha llamado vigorosamente la atención sobre la importancia de los fenómenos de cultura y de pensamiento en el desarrollo de la historia, de la función de los grandes intelectuales en la vida orgánica de la sociedad civil y del estado, del momento de hegemonía y consentimiento en la forma necesaria de todo bloque histórico concreto» (91). Así pues, Gramsci pudo incluso comparar a Croce con Lenin, como autores conjuntos de la noción de hegemonía: «Contemporáneamente con Croce, el más grande teórico moderno del marxismo ha revalorizado, en el terreno de la organización política y de la lucha, y en la terminología política –en oposición a diversas tendencias «economistas»– la doctrina de la hegemonía como el complemento a la teoría del estado como coerción» (92).

En su valoración final, Gramsci estaba tan impresionado por la importancia de la «historia ético-política» de Croce que pudo argüir que el marxismo como filosofía solamente podía lograr una renovación moderna a través de la crítica. Y la integración de Croce, comparable a la asimilación y supervisión de Hegel por Marx. Según su famosa frase: «Necesitamos repetir hoy la misma reducción de la filosofía de Croce que los primeros teóricos del marxismo llevaron a cabo con la filosofía de Hegel. Este es el único camino históricamente fecundo de alcanzar una renovación adecuada del marxismo, de elevar sus concepciones –por fuerza «vulgarizadas» en la vida práctica inmediata– a la altura necesaria para que puedan resolver las tareas más complejas del desarrollo actual de la lucha –esto es, la creación de una nueva cultura integral que tendría las características populares de la Reforma Protestante y del Siglo de las Luces francés, y los rasgos clásicos de la cultura griega y del Renacimiento Italiano, una cultura que sintetizaría –en frase de Carducci– a Maximilien Robespierre y a Emmanuel Kant, política y filosofía en una única unidad dialéctica, que pertenece a un grupo social que no es sólo francés o alemán. sino europeo y universal. La herencia de la filosofía clásica alemana no debe ser simplemente inventariada, sino que debe revivir activamente de nuevo. Para eso es necesario arreglar cuentas con la filosofía de Croce» (93). La curvatura de los comentarios de Gramsci sobre Croce traza, pues, muy acertadamente, la forma en que dio por sentados los logros de la tradición de la Comintern; prefirió explotar lo que había negligido relativamente; y terminó por aplicar la hipótesis a una tradición burguesa que no lo había hecho así, cuya debilidad, precisamente, había empezado por criticar.

El movimiento inadvertido de pensamiento, visible en estos textos sobre Croce, fue responsable de las paradojas de la teorización de la hegemonía de Gramsci. Para entenderlas es necesario separar la lógica objetiva de los términos de Gramsci de su posición política subjetiva en su conjunto. Porque la concatenación involuntaria de la una dio resultados en profunda contradicción con la más íntima intención de la otra. La disyuntiva que se desarrolló tácitamente en los cuadernos de Gramsci se debió, desde luego, a su incapacidad para escribir cualquier exposición ordinaria de sus puntos de vista generales. En ese sentido, la censura fascista, aunque no le impidió su investigación, ejerció un innegable control sobre ella. Gramsci peleo durante todo su encarcelamiento con las relaciones entre coerción y consentimiento en las sociedades capitalistas de Occidente. Pero como nunca pudo producir una teoría unitaria de las dos –lo que hubiera tenido que adoptar necesariamente la forma de un examen directo y amplio de los intrincados modelos institucionales del poder burgués en sus variantes parlamentaria o fascista– una inconsciente inclinación impulsó sus textos gradualmente hacia el polo del consentimiento a expensas del de la coerción.

El deslizamiento conceptual que resulto en la obra de Gramsci puede compararse al que caracteriza el pensamiento de su célebre antecesor e inspirador en la cárcel. Porque Maquiavelo, del que Gramsci tomó tantos temas, también había empezado a analizar formas duales del centauro –mitad hombre, mitad bestia– símbolo del híbrido de coacción y consentimiento por la que el hombre estuvo siempre gobernado. En la obra de Maquiavelo, sin embargo, el deslizamiento tuvo lugar exactamente en dirección opuesta. Ostensiblemente interesado por las «armas» y las «leyes», coerción y consentimiento, su discurso real se deslizaba irremediablemente hacia la «fuerza» y el «fraude» –en otras palabras, sólo el componente animal del poder (94). El resultado fue la retórica de la represión que generaciones posteriores iban a llamar maquiavelismo. Gramsci adoptó el mito del centauro de Maquiavelo como leyenda emblemática de su investigación: pero mientras que Maquiavelo había desvanecido efectivamente el consentimiento dentro de la coerción, en Gramsci la coerción fue progresivamente eclipsada por el consentimiento. En este sentido. El Príncipe y El Príncipe moderno son espejos mutuamente distorsionados. Hay una oculta correspondencia inversa entre los defectos de los dos.

III. LA COMPARACIÓN ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE

Podemos volver ahora a la famosa comparación entre Oriente y Occidente de los Cuadernos de la cárcel, con la que empezamos. Gramsci definió el contraste entre los dos en términos de la posición relativa ocupada por el estado y la sociedad civil en cada uno de ellos. En Rusia, el estado lo era «todo» mientras, que la sociedad civil era «primitiva y gelatinosa». Por el contrario, en Europa occidental el estado era simplemente una «trinchera avanzada», mientras que la sociedad civil era un «poderoso sistema de fortalezas v casamatas», cuyas complejas estructuras podían resistir las sísmicas crisis económicas y políticas del estado. Estos textos de Gramsci, que tratan de comprender las diferencias estratégicas entre Rusia y Occidente para una revolución socialista, lo apartan de sus contemporáneos Inmediatamente después de la Revolución de Octubre, hubo muchos socialistas en Europa central v occidental que sintieron que las condiciones locales en las que tenían que luchar estaban lejos de las que se habían obtenido en Rusia, y así lo dijeron desde el principio (95). Sin embargo, ninguno proporcionó un análisis coherente o una explicación seria de la fatal divergencia en la experiencia histórica de la clase obrera europea de la época. Hacia finales de los años veinte, el problema del contraste entre Rusia y Occidente había desaparecido efectivamente del debate marxista. Con la stalinización de la Comintern y la institucionalización de lo que se presentó como un leninismo oficial en su seno, el ejemplo de la URSS se convirtió en el paradigma obligatorio e incuestionable para todos los asuntos de teoría y práctica revolucionaria para los militantes en Europa. Gramsci fue el único entre los comunistas que persistió, en el nadir de las derrotas de los años treinta, en considerar que la experiencia rusa no podía simplemente repetirse en Occidente y en intentar entender por qué. Ningún otro pensador del movimiento de la clase obrera europea se ha encarado hasta hoy tan profunda o centralmente al problema de la especificidad de la revolución socialista en Occidente.

Pero, a pesar de toda la intensidad y originalidad de su investigación, Gramsci nunca logro llegar finalmente a una explicación marxista adecuada de la distinción entre Oriente y Occidente. La imagen cardinal misma demostró ser, a fin de cuentas, una trampa Porque una simple oposición geográfica incluía por definición una comparabilidad no problemática de los dos términos. Transferida a las formaciones sociales implica, sin embargo, algo que no puede darse nunca por sobrentendido: que hay una íntegra comparabilidad histórica entre ellos. En otras palabras, los términos Oriente y Occidente suponen que las formaciones sociales de cada uno de los lados de la línea divisoria existen en la misma temporalidad y pueden interpretarse, por tanto, uno contra otro como variaciones de una categoría común. Es esta presuposición no dicha la que yace tras los textos centrales de los cuadernos de Gramsci. Todo su contraste entre Rusia y Europa occidental gira sobre la diferencia de la relación entre estado y sociedad civil en las dos zonas: su premisa no analizada es que el estado es el mismo tipo de objeto en ambas. Pero era esta suposición «natural» la que necesitaba precisamente ser puesta en cuestión.

Porque, de hecho, no había ninguna unidad inicial para establecer una distinción simple entre Oriente y Occidente del tipo que Gramsci buscaba. En su naturaleza y estructura, el zarismo de Nicolás II era una variante específicamente «oriental» de un estado feudal, cuyas contrapartidas occidentales –las monarquías absolutas de Francia o Inglaterra, España u Suecia– habían muerto hacía siglos (96). En otras palabras, la comparación constante entre Rusia y los estados occidentales era un paralogismo, a menos que se especificara la época histórica diferencial de cada uno. Una comprensión previa del desarrollo desigual del feudalismo europeo era pues un preámbulo necesario para una definición marxista del estado zarista, que fue finalmente destruido por la primera revolución socialista. Porque sólo ello podía producir un concepto teórico del absolutismo que permitiese a los militantes socialistas ver el enorme abismo entre la autocracia rusa y los estados capitalistas con los cuales se veían confrontados en Occidente (y cuyos conceptos teóricos tenían que ser construidos por separado).

El poder burgués en Occidente

El estado representativo que había surgido gradualmente en Europa occidental, Norteamérica y Japón, después de la compleja cadena de revoluciones burguesas cuyos episodios finales databan solamente de finales del siglo XIX, era todavía un objeto político bastante desconocido para los marxistas cuando tuvo lugar la revolución bolchevique. En los primeros años de la Tercera Internacional, la luz de octubre cegó por completo a muchos revolucionarios fuera de Rusia sobre la naturaleza de su enemigo nacional. Aquellos que conservaron la lucidez trataron inicialmente de adaptarse a sus realidades nativas, sin abandonar su fidelidad a la causa de la revolución rusa, invocando la diferencia entre Oriente y Occidente. Pronto desistieron. Solamente Gramsci, aislado de la Comintern, tomó ese camino de nuevo y continuó por el, con ánimo incomparable, en la cárcel. Pero en tanto diera por supuesta la simultaneidad de sus términos, el rompecabezas de la diferencia era, en último término, irresoluble. El fracaso en producir un análisis científico comparativo de los respectivos tipos de estado y estructuras de poder en Rusia y en Occidente no fue de ningún modo privativo de Gramsci. Desde el otro lado de la línea divisoria continental, ningún líder bolchevique logró tampoco desarrollar una teoría coherente de ello. El verdadero contraste entre el zarismo y los estados occidentales les escapaba desde extremos opuestos. Así, Lenin nunca se equivocó sobre el carácter de clase del zarismo: siempre insistió expresamente, contra sus oponentes mencheviques, en que el absolutismo ruso era un aparato estatal feudal (97). Pero tampoco contrastó nunca sistemática o adecuadamente los estados parlamentarios de Occidente con el estado autocrático en Oriente. En ninguna parte de sus escritos hay una teoría directa de la democracia burguesa. Por otro lado, Gramsci era intensamente consciente de la novedad del estado capitalista en Occidente, como un objeto para el análisis marxista y un enemigo para la estrategia marxista, y de la integridad de las instituciones representativas en su funcionamiento normal. Sin embargo, nunca percibió que el absolutismo en Rusia, con el cual lo contrastaba, era un estado feudal –un edificio político de un orden enteramente diferente. En la tierra de nadie entre el pensamiento de los dos, el socialismo revolucionario perdió un empalme teórico vital para su futuro en Europa.

En el caso de Gramsci, su incapacidad para captar la disyuntiva histórica oculta tras la forma geográfica de su unidad-distinción dejó sus determinados efectos en su teoría del poder burgués en Occidente. Como hemos visto, Gramsci fue constantemente consciente del carácter gemelo de este poder, pero nunca logró darle una formulación estable. Por lo tanto, todos sus pasajes sobre la distinción entre Oriente y Occidente adolecen del mismo defecto; su lógica última es siempre tender a retroceder al simple esquema de una oposición entre «hegemonía» (consentimiento) en Occidente y «dictadura» (coerción) en Oriente: parlamentarismo versus zarismo. En la Rusia zarista «no había ninguna libertad política legal, y tampoco ninguna libertad religiosa» (98), dentro de un estado que no dejaba ninguna autonomía a la sociedad civil. En contraste, en la Francia republicana «el régimen parlamentario realizaba la hegemonía permanente de la clase urbana sobre toda la población» mediante «el gobierno por un consentimiento permanentemente organizado», en el que «la organización del consenso se deja a las iniciativas privadas, y su carácter es, por lo tanto, moral y ético, porque, de una manera u otra, se da «voluntariamente»» (99). La debilidad de la contraposición de Gramsci no era tanto su sobrestimación de las pretensiones ideológicas del estado zarista dentro de la formación social rusa –que eran ciertamente bastante más extensas que las de cualquier estado occidental contemporáneo, aunque no tan absolutas como creía Gramsci para ejercer el dominio sobre «todo». Era su subestimación de la especificidad y estabilidad del aparato represivo del ejército y la policía, y su relación funcional con el aparato representativo de sufragio y parlamento dentro del estado occidental.

La formulación de Bordiga

Extrañamente, en la atormentada década de los años veinte, no fue Gramsci sino su camarada y antagonista Amadeo Bordiga quien iba a formular la verdadera naturaleza de la distinción entre Oriente y Occidente, aunque nunca la teorizó dentro de una práctica política convincente. En el funesto sexto pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, en febrero-marzo de 1926, Bordiga –por entonces aislado y sospechoso dentro de su propio partido– se enfrentó a Stalin y Bujarin por última vez. En un magnífico discurso ante el pleno dijo: «En la Internacional sólo tenemos un partido que haya conseguido la victoria revolucionaria: el partido bolchevique. Ellos dicen que, por lo tanto, debemos tomar el camino que llevó al partido ruso al éxito. Esto es completamente cierto, pero sigue siendo insuficiente. El hecho es que el partido ruso luchó bajo condiciones especiales en un país en que la revolución burguesa liberal aún no se había llevado a cabo y la aristocracia feudal todavía no había sido derrotada por la burguesía capitalista. Entre la caída de la autocracia feudal y la toma del poder por la clase obrera hay un período demasiado corto para que pueda compararse con el desarrollo que el proletariado tendrá que llevar a cabo en otros países. Porque no hubo tiempo para construir un aparato de estado burgués sobre las ruinas del aparato feudal zarista. El desarrollo ruso no nos proporciona una experiencia de cómo el proletariado puede derrocar un estado capitalista liberal-parlamentario que ha existido durante muchos años y posee la capacidad para autodefenderse. Sin embargo, nosotros debemos saber cómo atacar un estado democrático-burgués moderno que, por un lado, tiene sus propios medios para movilizar y corromper ideológicamente al proletariado, y, por el otro, puede defenderse a sí mismo en el terreno de la lucha armada con mayor eficacia que la autocracia zarista. Este problema nunca surgió en la historia del partido comunista ruso» (100). Aquí aparece claramente y sin ambigüedad la verdadera oposición entre Rusia y Occidente: autocracia feudal contra democracia burguesa. La precisión de la formulación de Bordiga le permitió captar el doble carácter esencial del estado capitalista: era más fuerte que el estado zarista, porque descansaba no sólo en el consenso de las masas, sino también en un aparato represivo superior. En otras palabras, no es la simple «extensión» del estado lo que define su localización en la estructura de poder (lo que Gramsci llamó «estadolatría»), sino también su eficacia. El aparato represivo de cualquier estado capitalista moderno es superior al del zarismo por dos razones. En primer lugar, porque las formaciones sociales de Occidente están mucho más avanzadas industrialmente, y esta tecnología se refleja en el mismo aparato de violencia. En segundo lugar, porque las masas consienten típicamente este estado con la creencia de que ellas lo gobiernan. Posee, por lo tanto, una legitimidad popular de carácter mucho más fiable para el ejercicio de la represión que el que tenia el zarismo en su decadencia, reflejado en la mayor lealtad y disciplina de sus tropas y policía, servidores, jurídicamente, no de un autócrata irresponsable sino de una asamblea elegida. Las claves para el poder del estado capitalista en Occidente se basan en esta superioridad conjunta.

IV. LA ESTRATEGIA DE LA GUERRA DE POSICIÓN

Ahora podemos, en conclusión, revisar la doctrina estratégica de Gramsci –en otras palabras, las perspectivas políticas que dedujo de su análisis teórico de la naturaleza de la dominación en Occidente. ¿Cuáles eran las lecciones de la morfología de la hegemonía capitalista, cómo intentó reconstruirla en la cárcel, para el movimiento de la clase obrera? ¿Cuál era el punto político esencial de todo el problema del estado burgués para una estrategia occidental de la revolución proletaria? Gramsci, como teórico y militante, nunca separó las dos. Su solución para la clave del éxito en Occidente era, como hemos visto, la «guerra de posición». ¿Cuál era el verdadero significado y efecto de esta fórmula?

Para comprender la teoría estratégica de Gramsci es necesario repasar la decisiva polémica original en el seno del movimiento obrero europeo a la que era una respuesta ulterior, oculta. Con la victoria de la revolución rusa, y el hundimiento de los imperios Hohenzollern y Habsburgo en Europa central, los teóricos clave del comunismo alemán llegaron a creer que en las secuelas de la Primera Guerra Mundial la toma del poder por el proletariado estaba en el orden del día inmediato de todo país imperialista, puesto que el mundo había entrado ahora definitivamente en la época histórica de la revolución socialista. Esta creencia fue plena y enérgicamente expresada por Georg Lukács, entonces miembro dirigente del partido comunista húngaro en el exilio, en sus escritos en la revista teórica de lengua alemana Kommunismus en Viena. Para Lukács existía en aquel momento «una actualidad universal de la revolución proletaria», determinada por la fase general de desarrollo del capitalismo que se encontraba, a partir de entonces, en crisis mortal. «Esto quiere decir que la actualidad de la revolución ya no es sólo un horizonte histórico mundial tendido por encima de la clase obrera que lucha por liberarse, sino que la revolución está ya en su orden del día La actualidad de la revolución proporciona el principio fundamental de toda la época» (101). Esta ilusión – confusión– entre los conceptos teóricos de época histórica y coyuntura histórica permitió a Lukács y a eminentes compañeros del KPD, como Thalheimer y Frohlich, ignorar lodo el problema de las precondiciones concretas para una situación revolucionaria al afirmar abstractamente el carácter revolucionario del periodo mismo. Sobre esta premisa, avanzaron arguyendo una nueva táctica práctica: la Teilaktion o acción armada «parcial» contra el estado capitalista.

«Teilaktionen»

En las filas de la Segunda Internacional, Bernstein y otros copensadores habían defendido la posibilidad de mejoras «parciales» del capitalismo por medio de reformas parlamentarias, que en un proceso gradual de evolución conducirían eventualmente a la consumación pacífica del socialismo. La ilusión de que la unidad inherente del estado capitalista podía dividirse o lograrse mediante sucesivas medidas parciales que transformasen lentamente su carácter de clase, había sido una prerrogativa tradicional del reformismo. Sin embargo, ahora aparecía una versión aventurista del mismo error fundamental en la Tercera Internacional. En 1920-21, Thalheimer, Frohlich, Lukács y otros teorizaron «las acciones parciales» putschistas como una serie de ataques armados contra el estado burgués, limitadas en alcance, aunque constantes en tiempo. En palabras de Kommunismus: «La característica principal del actual periodo de la revolución reside en que estamos obligados a llevar a cabo incluso batallas parciales, incluyendo las económicas, con las mediaciones de la batalla final», sobre todo, «la insurrección armada» (102).

Así fue creada la famosa teoría de la «ofensiva revolucionaria». Puesto que la época era revolucionaria, la única estrategia correcta era la ofensiva, que debía ser preparada en una serie de golpes armados repetidos contra el estado capitalista. Estos tenían que ser emprendidos incluso si la clase obrera no tenía un estado de ánimo inmediatamente preparado para la revolución: servirían, pues, precisamente para «despertar» al proletariado de su sopor reformista. Lukács dio la justificación más sofisticada de estas aventuras. Arguyó que las acciones parciales no eran tanto «medidas organizativas mediante las que el partido comunista podía tomar el poder del estado» como «iniciativas autónomas y activas del KPD para superar la crisis ideológica y el letargo menchevique del proletariado y la pausa del desarrollo revolucionario» (103). Para Lukács las razones de las Teilaktionen no eran, pues, sus fines objetivos, sino su impacto subjetivo en la conciencia de la clase obrera. «Si el desarrollo revolucionario no quiere correr el riesgo de estancamiento, debe encontrarse otra salida: la acción del KPD en una ofensiva. Una ofensiva significa: la acción independiente del partido en el momento justo con la consigna justa, despertar a las masas proletarias de su inercia, liberarlas de su dirección menchevique mediante la acción (en otras palabras, organizativamente, y no sólo ideológicamente), y de este modo cortar el nudo de la crisis ideológica del proletariado con la espada de los hechos» (104).

El destino de estos pronunciamientos fue determinado rápidamente por la lección de los acontecimientos mismos. La incomprensión radical de la unidad integral del poder del estado capitalista, y el carácter necesariamente de todo o nada de cualquier insurrección contra él, condujo naturalmente al desastre en Alemania central. En marzo de 1921, el KPD lanzó su ostentosa ofensiva contra el gobierno del estado prusiano, cayendo en la trampa de un levantamiento mal preparado contra una ocupación policial preventiva de la zona Mansfeld Merseburg. En ausencia de cualquier resistencia espontánea de la clase trabajadora, el KPD recurrió desesperadamente a acciones dinamiteras destinadas a comprobar los bombardeos de la policía; siguió la ocupación de fábricas y los enfrentamientos callejeros; bandas guerrilleras errantes ahogaron toda disciplina en pillajes anárquicos por todo el campo. Durante una semana, se desencadenó una dura lucha en Alemania central entre los militantes del KPD y la policía y las unidades de la Reichswehr movilizadas para eliminarlos. El resultado fue un desenlace decidido de antemano. Aislado del resto del proletariado alemán, aturdida y dislocada por el carácter arbitrario de la acción, desesperadamente sobrepasada en número por la concentración de tropas de la Reichswehr en la región MerseburgHalle, la vanguardia, lanzada a esta confrontación con toda la fuerza del ejército, fue destrozada. Una drástica oleada de represión siguió a la acción de marzo. Unos 4.000 militantes fueron condenados a la cárcel y el KPD recibió su golpe decisivo en la Sajonia prusiana. No sólo no llegó a alcanzarse el objetivo del poder del estado, sino que el impacto subjetivo en la clase obrera alemana y en el mismo KPD fue desastroso. Lejos de despertar al proletariado de su «letargo menchevique», la acción de marzo lo desmoralizó y desilusionó. La zona de vanguardia de las minas de Merseburg recayó en un desierto de atraso apolítico. Peor aún, a partir de entonces el KPD nunca volvió a ganarse enteramente la confianza de amplios sectores del proletariado alemán. Sus miembros habían alcanzado el numero de 350.000 antes de la ofensiva de marzo: en pocas semanas descendió verticalmente a la mitad a raíz del desastre. En la República de Weimar nunca volvió a alcanzar niveles comparables de fuerza.

El aventurismo del KPD en 1921 fue condenado por el Tercer Congreso Mundial de la Comintern. Lenin escribió una famosa carta al partido alemán, demoliendo sus justificaciones. Trotsky denunció viva y severamente toda la teoría de la Teilaktion: «Una concepción puramente mecánica de la revolución proletaria –que procede únicamente del hecho de que la economía capitalista continúa deteriorándose– ha llevado a ciertos grupos de camaradas a construir teorías que son esencialmente falsas: la falsa teoría de una minoría iniciada que mediante su heroísmo destroza «la muralla de la pasividad universal» entre el proletariado la falsa teoría de ofensivas ininterrumpidas dirigidas por la vanguardia proletaria como un «nuevo método» de lucha la falsa teoría de las batallas parciales que se emprenden aplicando los métodos de la insurrección armada, etc. El exponente más claro de esto es el periódico «Kommunismus» de Viena. Es absolutamente evidente que teorías tácticas de este tipo no tienen nada en común con el marxismo. Aplicarlas en la práctica es hacer el caldo gordo directamente a los líderes político-militares de la burguesía y a su estrategia» (105). Lenin y Trotsky, juntos, sostuvieron un resuelto combate contra la teoría de la Teilaktion en el Tercer Congreso mundial de la Internacional Comunista y, a pesar de la oposición alemana, fue formalmente repudiada por la Comintern.

La corrección de Gramsci

Junto a este antecedente, es posible ahora reconsiderar el postrer intento de Gramsci para definir la especificidad de una estrategia revolucionaria occidental como una «guerra de posición». Porque el axioma de Gramsci fue proyectado precisamente para representar la corrección política que creía necesaria tras el fracaso de la acción de marzo –que el consideraba como la expresión de una «guerra de maniobra». La fecha que pone a las dos es precisa e inequívoca: «En la época actual, la guerra de movimiento aconteció políticamente entre marzo de 1917 y marzo de 1921, y fue seguida después por la guerra de posición» (106). Como se recordará, el contraste entre guerra de posición y guerra de maniobra derivó, por analogía, de la Primera Guerra Mundial. Mientras que en Rusia, escribió Gramsci, la revolución pudo efectuar salidas rápidas y móviles contra el estado y derrocarlo a gran velocidad, en el Occidente industrializado tal táctica insurreccional llevaría a la derrota, como había sucedido con la campaña del ejército zarista en Galitzia. «Me parece que Lenin comprendió que era necesario un cambio de la guerra de maniobra aplicada victoriosamente en Oriente en 1917 a una guerra de posición, que era la única forma posible en Occidente –donde, como observa Krasnov, los ejércitos podían acumular rápidamente interminables cantidades de municiones y donde las estructuras sociales, de por sí, eran aún capaces de convertirse en fortificaciones muy bien armadas. Esto es lo que me parece que quiere decir la formula del «frente único»» (107).

La explícita equiparación de Gramsci de «frente único» con «guerra de posición» que de otro modo podría parecer confusa, ahora se hace inmediatamente clara Porque el frente único fue precisamente la línea política adoptada por la Comintern después de que el Tercer Congreso mundial hubiese condenado la «teoría de la ofensiva» defendida

por el KPD –una guerra de maniobra. El objetivo estratégico del frente único era ganar a las masas en Occidente para el marxismo revolucionario, mediante la organización paciente y la agitación hábil a favor de la unidad de acción de la clase obrera. Lenin. que acuñó la consigna «A las masas» con la que se clausuro el congreso de la Comintern de 1921, enfatizó expresamente su importancia para una estrategia diferencial adaptada a los países de Europa occidental, en contraste con la de Rusia. En su discurso del 1 de julio, respondiendo a Terracini –el representante del propio partido de Gramsci, el PCI– dedico su alocución precisamente a este tema. «Vencimos en Rusia no solo porque la indiscutible mayoría de la clase obrera (durante las elecciones de 1917 la mayoría abrumadora de los obreros estuvo con nosotros contra los mencheviques) estaba de nuestro lado, sino porque la mitad del ejército inmediatamente después de que tomamos el poder, y las nueve décimas partes de los campesinos, en el curso de algunas semanas, vino a nuestro lado; vencimos porque adoptamos no nuestro programa agrario, sino el de los socialistas revolucionarios y lo pusimos en práctica. Nuestra victoria se debe al hecho de que llevamos a cabo el programa socialista revolucionario; por eso esta victoria fue tan fácil. ¿Es posible que en Occidente tengáis semejantes ilusiones [sobre la repetibilidad de este proceso]? Es ridículo. ¡Comparad las condiciones económicas! En Rusia éramos un pequeño partido pero teníamos con nosotros la mayoría de los soviets de diputados obreros y campesinos de todo el país. ¿Dónde tenéis vosotros eso? Teníamos con nosotros casi a la mitad del ejército, que tenía al menos diez millones de hombres. ¿Tenéis realmente tras vosotros a la mayoría del ejército? ¡Mostradme un país así! ¿Podéis indicarme un país en Europa donde podáis ganar a la mayoría del campesinado en unas pocas semanas? ¿Quizás Italia? (Risas)» (108).

Lenin prosiguió insistiendo en la absoluta necesidad de ganarse a las masas en Occidente antes de que cualquier intento para alcanzar el poder pudiera tener éxito. Esta necesidad no implicaba siempre la creación de un vasto partido político: significaba que la revolución sólo podía hacerse con y por las masas mismas, a las que su vanguardia tenía que convencer de este objetivo en una fase preparatoria de lucha extremadamente ardua. «No niego, sin duda, que la revolución pueda ser iniciada por un partido muy pequeño y conducida a un final victorioso. Pero debemos conocer los métodos por los que se puede ganar a las masas a nuestro lado. No siempre es esencial una mayoría absoluta; pero para el triunfo y para mantener el poder, lo esencial no es sólo la mayoría de la clase obrera –uso el término clase obrera en el sentido que tiene en el Occidente europeo, es decir, en el sentido de proletariado industrial– sino también la mayoría de la población trabajadora y explotada. ¿Habéis pensado en esto?» (109).

Gramsci, pues, estaba en lo cierto al pensar que Lenin había formulado la política de frente único en 1921 para responder a los problemas específicos de la estrategia revolucionaria en Europa occidental. En aquel momento, desde luego, el mismo Gramsci –junto con casi toda la dirección, del PCI– había rechazado obstinadamente el frente único en Italia, y de este modo había facilitado materialmente la victoria del fascismo, que pudo triunfar sobre una clase obrera completamente dividida. Desde 1921 hasta 1924, los años en que la Comintern trató seriamente de asegurar la realización de la táctica de frente único con los maximalistas del PSI en Italia, tanto Bordiga como Gramsci la rechazaron y se resistieron a la línea de la Internacional. Para cuando Gramsci había asumido la dirección del partido en 1924, y había reanimado una política de fidelidad a la Internacional, el fascismo ya estaba aposentado y la Comintern –ahora con un carácter radicalmente distinto– había abandonado en gran medida la táctica de frente único. Así pues, la insistencia de Gramsci en el concepto de «frente único» en sus Cuadernos de la cárcel en los años treinta no representa una renovación de su pasado político: por el contrario, marca una ruptura retrospectiva consciente con él.

Frente único versus tercer período

Porque fue la situación contemporánea en la Internacional Comunista la que determinó esencialmente la naturaleza y dirección de los textos estratégicos escritos durante el encarcelamiento de Gramsci. En 1929, el famoso tercer periodo de la Comintern había empezado. Su premisa era la predicción de una crisis inmediata y catastrófica del capitalismo mundial –aparentemente justificada poco después por la Gran Depresión. Sus axiomas incluían la identidad de fascismo y socialdemocracia, la equivalencia de dictaduras policíacas y democracias burguesas, la necesidad de escindir los sindicatos, el deber del combate físico contra los obreros recalcitrantes y los funcionarios sindicales. Esta fue la época del «socialfascismo», «los sindicatos independientes» y los «asaltos callejeros», cuando los socialdemócratas de izquierda fueron declarados los peores enemigos de la clase obrera y la llegada de los nazis al poder fue saludada por adelantado como una bienvenida clarificación de la lucha de clases. En estos años, la Internacional Comunista cayó en un furor ultraizquierdista que hizo que los participantes en la acción de marzo pareciesen, en comparación, responsables y moderados. En la misma Italia, en la cumbre del poder de Mussolini, el PCI en el exilio declaró que se estaba ante una situación revolucionaria, v que la dictadura del proletariado era el único objetivo inmediato permisible de la lucha. Los socialistas en el exilio común –ya maximalistas, ya reformistas– fueron denunciados como agentes del fascismo. Oleada tras oleada de cuadros fueron enviadas al país, sólo para que fueran arrestados o encarcelados por la policía secreta, mientras sus éxitos eran anunciados por la propaganda oficial en el extranjero.

Frente a esta precipitación general hacia el desastre, en la que su propio partido estaba implicado, Gramsci rechazó sus posturas oficiales y, en su búsqueda de otra línea estratégica, recordó el frente único. Ahora es fácil ver la razón: una década antes, éste había sido precisamente la respuesta a las aberraciones aventuristas que anticipaban –en una forma menos extrema– las del tercer período. Así pues, el frente único adquiría para Gramsci una nueva relevancia en la terrible coyuntura de los primeros años treinta. En realidad puede decirse que fue la locura del tercer período la que le ayudó finalmente a entenderlo. Su énfasis sobre el frente único en sus Cuadernos, de la cárcel tiene así un significado inequívoco. Es una negación de que las masas italianas hubieran abandonado las ilusiones socialdemócratas o democrático-burguesas, de que estuvieran en una agitación revolucionaria contra el fascismo o de que pudieran ponerse en pie inmediatamente para movilizarse por la dictadura del proletariado en Italia; y una insistencia en que estas mismas masas debían ser ganadas para la lucha contra el fascismo; en que la unidad de la clase obrera podía y debía lograrse mediante pactos de acción entre comunistas y socialdemócratas, y en que la caída del fascismo no significaría automáticamente la victoria del socialismo porque siempre existía la posibilidad de una restauración del parlamentarismo. El frente único, en otras palabras, representaba la necesidad de un trabajo político-ideológico profundo y serio entre las masas, desprovisto de sectarismo, antes de que la toma del poder pudiera incluirse en el orden del día.

Al mismo tiempo, la reorientación estratégica de Gramsci en la cárcel iba más allá de los imperativos coyunturales de la resistencia peninsular al fascismo. El horizonte espacial de su pensamiento político durante esos años era Europa occidental en su conjunto, no simplemente Italia. Del mismo modo, su referencia temporal era toda la época de la posguerra después de 1921, y no meramente la oscuridad de los primeros años treinta. Para aclarar el alcance del cambio en la perspectiva política que intentó teorizar, Gramsci construyó el precepto de la «guerra de posición». Válida para toda una época y una zona entera de lucha socialista, la idea de una «guerra de posición» tuvo pues una resonancia mucho más amplia que la de la táctica del frente único defendida en otro tiempo por la Comintern. Pero fue en este delicado punto de transición en el pensamiento de Gramsci, donde buscaba una solución estratégica superior, cuando se metió de cabeza en el peligro.

Kautsky y la «estrategia de desgaste»

Porque, desconocido para él, Gramsci tenía un ilustre predecesor. Karl Kautsky, en una famosa polémica con Rosa Luxemburg, había argumentado en 1910 que la clase obrera alemana, en su lucha contra el capital, debía adoptar una Ermattungstrategie –una «estrategia de desgaste». Había contrapuesto explícitamente este concepto a lo que llamaba una Niederwerfungstrategie –una «estrategia de derrocamiento». No fue Kautsky quien acuñó estos términos. Los tomó de la terminología del mayor debate sobre historia militar entonces en curso entre académicos y militares en la Alemania de Guillermo. El inventor de la antítesis entre Ermattungstrategie y Niederwerfungstrategie fue Hans Delbrück, el historiador militar más original de su tiempo. Delbrück había dado a conocer por primera vez su teoría de los dos tipos de guerra en 1881, en una lección inaugural para la Universidad de Berlín, en la que contrastaba las campañas de Federico II y Napoleón –las primeras como un ejemplo de la estrategia prolongada de desgaste característica de los anciens régimes europeos, las segundas como el prototipo de la estrategia rápida de derrocamiento inaugurada por los ejércitos populares de masas de la época moderna (110). Contestado vehemente en los círculos académicos prusianos, para quienes la narración de Delbrück de las guerras de Federico rayaba en el ultraje, la teoría de las dos estrategias fue desarrollada por Delbrück en una serie de escritos que culminaron en su monumental Geschichte der Kriengskunst im Rahmen der Politischen Geschichte, que abarca la evolución de la teoría y la práctica militar desde la antigüedad hasta el siglo XX (111). Los sucesivos volúmenes de esta obra fueron estudiados ansiosamente en las filas del alto mando alemán y, del mismo modo, en las de la socialdemocracia alemana. Schlieffen, jefe del estado mayor, fraguó meticulosamente sus ejercicios de guerra contra las categorías de Delbrück (optando eventualmente por una estrategia de derrocamiento, no de desgaste, en su plan contra Francia). Mehring, en «Die Neue Zeit», recomendó entusiásticamente las historias de Delbrück a los lectores de la clase obrera en 1908 como «la obra más significativa producida en los escritos históricos de la Alemania burguesa en el nuevo siglo» (112). En un ensayo sobre ella de unas cien páginas, Mehring insistió en la validez perenne de la oposición entre desgaste y derrocamiento para el arte de la guerra. Terminaba señalando categóricamente que Delbrück había escrito una obra de «investigación científica en un terreno en el que el movimiento obrero moderno tenia un interés más que meramente científico» (113).

Fue Kautsky quien dio después el siguiente paso al incluir los conceptos militares de Delbrück –sin reconocerlo– en un debate político sobre las perspectivas estratégicas de la lucha proletaria contra el capitalismo. La ocasión de su intervención era trascendental. Porque fue con el fin de rebatir la exigencia de Luxemburg de adoptar las huelgas generales combativas, durante la campaña del SPD por la democratización del sistema electoral neofeudal prusiano, cuando Kautsky contrapuso la necesidad de una mas prudente «guerra de desgaste» del proletariado alemán contra su clase enemiga, sin los riesgos que implicaban las huelgas de masas. La introducción de la teoría de las dos estrategias –desgaste y derrocamiento– fue, pues, el verdadero precipitado do la funesta escisión dentro del marxismo ortodoxo alemán antes de la Primera Guerra Mundial (114).

La similitud formal de la oposición «estrategia de derrocamiento-estrategia de desgaste» y «guerra de maniobra-guerra de posición» es, por supuesto, sorprendente (115). Sin embargo, las analogías esenciales entre los dos pares de conceptos, en los textos de Kautsky y de Gramsci, son incluso más desconcertantes. Porque para apoyar su argumento a favor de la superioridad de una estrategia de desgaste: sobre una estrategia de derrocamiento, Kautsky evocó precisamente los mismos contrastes históricos v geográficos que Gramsci iba a utilizar en su discusión de la guerra de posición y la guerra de maniobra. La coincidencia es impresionante. De este modo Kautsky también señaló el predominio de una «estrategia de derrocamiento» (Gramsci: «guerra de maniobra») desde 1789 hasta 1870, y su sustitución por una «estrategia de desgaste» (Gramsci: «guerra de posición» desde la caída de la Comuna. «A través de una coincidencia de circunstancias favorables, los revolucionarios en Francia durante los años 178993, consiguieron hundir el régimen dominante en un intrépido ataque de varios golpes decisivos. Esta estrategia de derrocamiento era entonces la única utilizable para una clase revolucionaria, en un estado policiaco absolutista que excluía cualquier posibilidad de construir partidos, o el ejercicio por las masas populares de cualquier influencia constitucional sobre el gobierno. Toda estrategia de desgaste hubiera fracasado, porque el gobierno, enfrentado con unos adversarios que querían unirse para una resistencia duradera, siempre podía interceptar sus posibilidades de organización o coordinación. Esta estrategia de derrocamiento estaba aún en pleno auge cuando se fundó nuestro partido en Alemania. El éxito de Garibaldi en Italia y las brillantes, aunque eventualmente derrotadas, luchas de la insurrección polaca, precedieron inmediatamente la agitación de Lassalle y la fundación de la Internacional. La Comuna de París siguió poco después. Pero fue precisamente la Comuna la que demostró que los días de una táctica de derrocamiento ya habían pasado. Estaba adaptada a circunstancias políticas caracterizadas por una capital dominante y un inadecuado sistema de comunicaciones que hacía imposible concentrar rápidamente grandes masas de tropas desde el campo; y a un nivel de técnica urbanística y de equipo militar que daba numerosas oportunidades a la lucha callejera. Fue entonces cuando se sentaron las bases de una nueva estrategia de la clase revolucionaria, que Engels finalmente contrapuso con tanta agudeza a la vieja estrategia revolucionaria en su introducción a La lucha de clases en Francia, y que puede muy bien calificarse como una estrategia de desgaste. Esta estrategia nos ha permitido, desde entonces, los más brillantes éxitos, ha dotado, de año en año, al proletariado de mayor fuerza y lo ha colocado más que nunca en el centro de la política europea» (116).

El meollo de esta estrategia de desgaste fueron sucesivas campañas electorales que, según Kautsky afirmaba esperanzadamente, debían dar al SPD una mayoría numérica en el Reichstag al año siguiente. Al negar que las huelgas agresivas de masas tuvieran alguna relevancia en la coyuntura alemana del momento, Kautsky avanzó la idea de una separación geopolítica entre Oriente y Occidente. En la Rusia zarista, escribió Kautsky, no había sufragio universal, ni derechos legales de reunión, ni libertad de prensa. En 1906, el gobierno estaba aislado en el interior, el ejército derrotado en el extranjero y el campesinado sublevado por todo el vasto e incoordinado territorio imperial. En estas circunstancias todavía era posible una estrategia de derrocamiento. Porque el proletariado ruso, que carecía de los derechos políticos y económicos elementales, podía lanzar una huelga general revolucionaria «amorfa y primitiva», dirigida indiferentemente contra el gobierno y los patronos (117). La explosión acumulada de huelgas de masas en Rusia ascendió después espontáneamente hasta convertirse en una lucha con el estado. En consecuencia, la «política de violencia» seguida por la clase obrera rusa encontró su derrota final. Pero su estrategia de derrocamiento fue el producto natural del atraso histórico de la sociedad rusa

«Las condiciones para una huelga en Europa occidental, y especialmente en Alemania, son, sin embargo, muy distintas de las de la Rusia prerrevolucionaria y revolucionaria» (118). En Europa occidental los obreros eran más numerosos y estaban mejor organizados, y habían disfrutado libertades cívicas desde hacía tiempo. También se enfrentaban con un enemigo de clase más fuerte, provisto –sobre todo en Alemania– con un ejército y una burocracia disciplinados. El aparato estatal prusiano, de hecho, era en aquel momento el más poderoso de Europa. La clase obrera estaba también más aislada de las otras clases que en Rusia. De aquí que tumultuosas huelgas de masas como las que se produjeron en Rusia durante 1905 fuesen inapropiadas en Occidente. «Manifestaciones de esta clase todavía no han tenido nunca lugar en Europa occidental. Tampoco es probable que se produzcan así –no a pesar de, sino a causa de medio siglo de movimiento socialista, organización socialdemócrata y libertad política» (119). En estas circunstancias, impulsar huelgas de masas para asegurar la reforma de los derechos políticos prusianos, como exigía Luxemburg, sólo comprometería las posibilidades del SPD en las próximas elecciones al Reichstag. Formalmente, Kautsky no negaba que en «la batalla final» de la lucha de clases, también en Occidente sería necesaria una transición a una estrategia de derrocamiento. Pero el arma de la huelga de masas debía reservarse exclusivamente para este compromiso decisivo, cuando la victoria o la derrota serían totales. De momento, «las escaramuzas preliminares no deben librarse con artillería pesada» (120). El único camino correcto en Occidente era una estrategia de desgaste, recordando la de Fabius Cunctator en la antigua Roma (121).

La respuesta de Luxemburg

Luxemburg, a la que Gramsci reprochó su «misticismo» en su texto central sobre Oriente y Occidente (122), captó con inmediata lucidez la lógica del contraste de Kautsky entre las dos zonas. La polémica entre ellos justamente sobre esta cuestión en 1910 fue precisamente la ocasión de su histórica ruptura política con Kautsky, cuatro años antes que Lenin, que sólo lo comprendió cuando llegó la guerra de 1914. Luxemburg denunció «toda la teoría de las dos estrategias» y su «crudo contraste entre la Rusia revolucionaria y la Europa occidental parlamentaria» (123), como una racionalización del rechazo de Kautsky de las huelgas de masas y su capitulación ante el electoralismo. Repudió la descripción de Kautsky de la revolución rusa de 1905: «La imagen de una huelga caótica, amorfa y primitiva» de los obreros rusos… es una fantasía floreada» (124). No era el atraso político sino su adelanto lo que distinguía al proletariado ruso dentro de la clase obrera europea. «Las huelgas y huelgas de masas rusas, que dieron forma a una creación tan audaz como el famoso soviet de diputados obreros de Petersburgo para la dirección unitaria de todo el movimiento en el enorme imperio, eran tan poco «amorfas y primitivas» que, en valentía, fuerza, solidaridad, persistencia, logros materiales, objetivos progresivos y éxitos organizativos, pueden ponerse tranquilamente junto a cualquier movimiento sindical «europeo occidental»» (125).

Luxemburg rechazó despectivamente la circunspecta valoración de Kautsky sobre el estado prusiano, replicando que había confundido su crueldad y brutalidad policíacas con la fuerza política, con el propósito de justificar la timidez para con él. La declaración de Kautsky de reservar el uso de una huelga de masas para la única contingencia apocalíptica de una «batalla final» en el futuro lejano era una cláusula simbólica inventada para absolver al SPD de cualquier compromiso ante las serias luchas del presente concreto, y permitirle acomodarse al oportunismo más mundano. El instinto político de Luxemburg la llevó a aislar infaliblemente el móvil esencial de los argumentos de Kautsky: «En la práctica, el camarada Kautsky nos dirige insistentemente hacia las próximas elecciones al Reichstag Estas son el pilar básico de su estrategia de desgaste. La salvación debe venir de las elecciones al Reichstag. Seguramente, nos traerán una victoria abrumadora, crearán una situación completamente nueva, «pondrán inmediatamente en nuestro bolsillo la llave para esta formidable situación histórica». En suma, hay tantos violines en el cielo de las próximas elecciones al Reichstag que seríamos criminalmente necios si pensáramos en una huelga de masas cuando tenemos ante nosotros una victoria tan segura, puesta «en nuestro bolsillo»» por la papeleta de voto» (126).

La propia posición de Luxemburg en estos debates no carecía de defectos. No dio una adecuada réplica a la caracterización de Kautsky del estado ruso, como contrapuesto a la clase obrera rusa, eludiendo el verdadero problema de su diferencia estructural respecto a los estados occidentales de la época, que Kautsky había puesto de relieve con razón. Tampoco tenía, ni aquí ni en otra parte, una teoría firme de la conquista del poder por el proletariado –su concepción de las huelgas de masas como continuos ejercicios de combatividad y autonomía de la clase obrera empañaba la ruptura inevitablemente discontinua de un levantamiento revolucionario contra el estado capitalista mismo, al trascender necesariamente el nivel de una huelga (127). Sin embargo, estas limitaciones eran secundarias cuando las comparamos con la agudeza de su visión de la dinámica de la teoría de Kautsky. Su presciencia acerca de su evolución es todavía más impresionante cuando se compara con la complacencia de Lenin hacia Kautsky.

El debate se extiende a Rusia

Pues el debate en el seno de la socialdemocracia alemana tuvo una continuación pública en la socialdemocracia rusa. Unas semanas después, Martov escribió un artículo en «Die Neue Zeit» sobre «El debate prusiano y la experiencia rusa» (128). Aprobando calurosamente las tesis generales de Kautsky, Martov argumentaba que Rusia no estaba de ninguna forma exenta de sus lecciones. No debía permitirse que Luxemburg utilizara la revolución rusa de 1905 como su «carta de triunfo» contra la política oficial del SPD en Alemania. Su descripción de la revolución no debiera ser admitida por los socialistas occidentales en nombre del privilegium udiosum del excepcionalismo ruso. La experiencia rusa era en ese momento esencialmente similar en cualquier aspecto a la experiencia de toda Europa. Cuando se había desviado, en 1905, había terminado en un desastre. La combinación de huelgas económicas y políticas, de las que Luxemburg se vanagloriaba, fue más una debilidad que una fortaleza del proletariado ruso. El levantamiento de Moscú fue el resultado calamitoso de un impulso «artificial» del movimiento hacia un «choque decisivo» con el estado. Porque en Rusia la sagacidad de Kautsky era entonces desconocida: «La idea de una «estrategia de desgaste» no se le había ocurrido a nadie». Ahora, sin embargo, tras el fracaso del extremismo de 1905, era responsabilidad del movimiento obrero ruso el adoptarla. «El proletariado debe esforzarse, no solamente para luchar, sino para vencer» (129).

La pronta utilización por Martov de las tesis de Kautsky para justificar la política menchevique en Rusia provocó puntualmente una respuesta del bolchevique polaco Marchlewski en «Die Neue Zeit». La réplica de Marchlewski parece haberse anticipado a la propia respuesta de Lenin –este último desistió de un proyecto después de que Kautsky hubiese aceptado un artículo anterior de Marchlewski sobre el mismo tema. Sin embargo, Lenin escribió a Marchlewski con algunas sugerencias para incluir en su respuesta a Martov, la mayoría de las cuales fueron incluidas en el texto publicado. Los dos documentos son de gran interés. El grueso del argumento de Marchlewski era que los bolcheviques en Rusia –contrariamente a las distorsiones de Martov– nunca se habían desviado de la lógica de los preceptos de Kautsky. Por el contrario, escribió Marchlewski, «las recomendaciones de Lenin fueron –si se quiere– las mismas que las de Kautsky: aplicación oportuna de una «estrategia de derrocamiento» y de una «estrategia de desgaste» en el momento apropiado para cada una» (130). Ahora, en la larga reacción zarista después de la revolución de 1905, era el momento para una estrategia de desgaste. La socialdemocracia rusa debe ahora «aprender a hablar alemán».

El propio Lenin, entretanto, en su carta a Marchlewski, apoyó expresamente la validez de las reclamaciones de Kautsky de una intransigencia esencial en su polémica con Luxemburg –en realidad, las reiteró enfáticamente a pesar de la presteza de Martov en apropiarse de los argumentos de Kautsky para reivindicar el menchevismo en Rusia. «Rosa Luxemburg discutió con Kautsky sobre si en Alemania había llegado el momento para una Niederwerfungstrategie, y Kautsky afirmó lisa y llanamente que consideraba que este momento era inevitable e inminente, pero que aún no había llegado… Todos los mencheviques se aprovecharon de la discusión de Rosa Luxemburg con Kautsky para asegurar que Kautsky era «menchevique». Martov está haciendo todo lo posible, empleando una diplomacia nimia y despreciable, para profundizar la brecha entre Rosa Luxemburg y Karl Kautsky. Estos trucos mezquinos no pueden tener éxito. Los socialdemócratas revolucionarios pueden discutir sobre el momento para la Niederwerfungstrategie, en Alemania pero no sobre su oportunidad en Rusia en 1905» (131)

El contraste con Luxemburg es sorprendente. Luxemburg percibió en seguida que el efecto real de los argumentos de Kautsky era una sofisticada apología del reformismo. Sus vigorosas denuncias de aquéllos recibieron su justificación al final de la polémica entre los dos. Porque la caracterización de Luxemburg de la teoría de Kautsky, que ella llamó Nichtsalsparliainentarismus –nada más que parlamentarismo–, fue finalmente confirmada ni más ni menos que por el propio Kautsky en una de sus respuestas finales, en una formulación que resume su posición en una expresión clásica de lo que puede llamarse «la cláusula de defensa» socialdemócrata: «Cuanto más democrática es la constitución de un país, menos condiciones existen para una huelga de masas, menos necesaria se vuelve dicha huelga para las masas y por lo tanto se da con menos frecuencia. Allí donde el proletariado goza de suficientes derechos electorales, una huelga de masas sólo puede esperarse como medida defensiva –como medio para proteger los derechos de voto o un parlamento con fuerte representación socialdemócrata, contra un gobierno que se niega a obedecer la voluntad de los representantes del pueblo» (132).

La fórmula de Gramsci

Gramsci, aislado en la cárcel del mundo exterior durante los años treinta, no se percató de este precedente ominoso mientras luchaba por forjar conceptos para resistir la renovación del aventurismo en el seno de la Comintern. Fue en este contexto que pudo producir un pensamiento formalmente análogo al de Kautsky (estrategia de desgaste/guerra de posición), sin ver sus peligros. La «guerra de posición» de Gramsci fue pensada, como ya hemos visto, como una réplica a la «guerra de maniobra» de Thalheimer y Lukács.

–siguiendo el espíritu, creía él, del congreso de la Comintern que los había condenado. Ya se han discutido los errores de la teoría de la Teilaktion. ¿Los corregía completamente, sin embargo, la fórmula de Gramsci? Se observará que lo que realmente hizo fue invertir su forma de plantear el problema. La estrategia revolucionaria en el caso de Gramsci se convierte en una larga e inmóvil guerra de trincheras entre dos campos en posiciones fijas, en lo que cada uno intenta socavar al otro cultural y politicamente. «El cerco es reciproco –escribió Gramsci–, concentrando, difícil, y exige cualidades excepcionales de paciencia e ingenio» (133). No hay ninguna duda de que el peligro de aventurismo desaparece en esta perspectiva, con su énfasis preponderante en la sumisión ideológica de las masas como objeto central de la lucha, que solamente se ganará mediante la búsqueda de un frente único en el seno de la clase obrera. Pero ¿qué ocurre con la fase de insurrección –la toma por asalto y la destrucción del aparato estatal que para Marx y Lenin era inseparable de la revolución proletaria? Gramsci nunca abandonó los principios fundamentales del marxismo clásico sobre la necesidad final de una toma violenta del poder del estado, pero al mismo tiempo su formula estratégica para Occidente no logra integrarlos. La mera contraposición entre «guerra de posición» y «guerra de maniobra» se convierte al final, en cualquier estrategia marxista, en una oposición entre aventurismo y reformismo.

A semejante juicio debe hacérsele una objeción inmediatamente. ¿Por qué no hubiera podido Gramsci concebir precisamente la estrategia de la «guerra de posición» como preparación para una «guerra de maniobra» decisiva contra la clase enemiga? En otras palabras, ¿no defendía de hecho una tesis que Lenin había adscrito erróneamente a Kautsky –la necesidad de «una transición de la «estrategia de desgaste» a la «estrategia de derrocamiento», transición que era «inevitable» en el período de crisis política en que «la revolución alcanza su mayor intensidad»? (134). En este esquema, la guerra de posición de Gramsci correspondería a la fase en que un partido revolucionario intenta ganar ideológicamente (consensualmente) a las masas para la causa del socialismo, antes de la fase en que las conducirá políticamente a la revuelta final (coercitiva) contra el estado burgués. Entonces, la «hegemonía» sería ejercida verdaderamente en el seno de la sociedad civil, en la formación de un bloque de clase de los explotados, mientras que se mantendría la «dictadura» sobre y contra los explotadores, en una destrucción violenta del aparato estatal que aseguraba su dominio.

Tal interpretación estaría incontestablemente de acuerdo con los principios clásicos del materialismo histórico. Pero en las 2.000 páginas de los Cuadernos de la cárcel sólo hay una frase que de refilón parece estar en concordancia con ella. Incluso ésta es oblicua y ambigua. Al final mismo del largo pasaje en que se compara Oriente y Occidente, que hemos citado tan a menudo, Gramsci escribió una breve reflexión posterior –gratuitamente suprimida por sus editores después de la guerra. «Un esfuerzo por iniciar una revisión de los métodos tácticos actuales fue quizás el esbozado por Trotsky en el Cuarto Congreso mundial, cuando hizo una comparación entre los frentes oriental y occidental. El primero había caído en seguida, pero después habían seguido luchas sin precedente; en el caso del último, las luchas tendrían lugar con antelación. La cuestión, por tanto. era si la sociedad civil resiste antes o después el intento de tomar el poder; dónde tiene lugar la última, etc. Sin embargo, la cuestión fue esbozada solamente de forma brillante y literaria, sin directrices de carácter práctico» (135).

Tan sólo en este pasaje puede hallarse un ejemplo único y pasajero del orden teórico y temporal correcto en que los conceptos de Gramsci hubieran tenido que ser desplegados para producir una estrategia política revolucionaria para el capitalismo avanzado. Porque en Occidente la resistencia de la «sociedad civil» tendría que ser superada precisamente antes que la del estado, mediante la labor del frente único –aunque la victoria en este campo hubiera tenido que ser seguida, después, por lo que Gramsci llama aquí directamente un «asalto» armado (assalto) sobre el estado. Desafortunadamente la visión contenida en esta alusión a otro pensador fue momentánea. Todo el peso de la propia imaginación de Gramsci –ideada verdaderamente en una «forma brillante y literaria»– en sus textos estratégicos centrales recae exactamente en la dirección contraria. Existe el estado que es meramente «el foso exterior» y la sociedad civil que es el «poderoso sistema de fortificaciones y terraplenes» que yace tras él. En otras palabras, es la sociedad civil del capitalismo – descrita repetidamente como el terreno del consentimiento– la que se convierte en la última barrera para la victoria del movimiento socialista. La guerra de posición es, pues, la lucha de la clase obrera organizada para ganar la hegemonía sobre ella –una hegemonía que, por definición tácita, se funde inmediatamente en una preeminencia política sobre la formación social en su conjunto. «En política, la guerra de posición es hegemonía», escribió Gramsci, mientras que «la hegemonía es el gobierno mediante el consenso permanentemente organizado» (136).

Una solución falsa

El deslizamiento teórico señalado antes se presenta así de nuevo en el pensamiento estratégico de Gramsci con consecuencias todavía más graves. Porque al invertir directamente el orden de batalla de Lenin, Gramsci relegó expresamente la «guerra de movimiento» a un papel simplemente preliminar o subsidiario en Occidente y elevó la «guerra de posición» a un papel concluyente y decisivo en la lucha entre trabajo y capital. Al hacerlo, se vio finalmente atrapado por la lógica de sus propios conceptos. El pasaje fatal dice: «La guerra de posición exige enormes sacrificios de masas inmensas de población. Por eso es necesaria una concentración sin precedentes de hegemonía, y por lo tanto un gobierno más «intervencionista», que tome la ofensiva más directamente contra los oposicionistas y organice permanentemente la «imposibilidad» de disgregación interna –con controles de todo tipo, políticos, administrativos, y otros, reforzamiento de las «posiciones» hegemónicas del grupo dominante, etc. Todo esto indica que hemos entrado en una fase culminante de la situación histórico-política, ya que en política la «guerra de posición», una vez ganada, es definitivamente decisiva. En otras palabras, en política la guerra de maniobra subsiste en tanto que se trate de una cuestión de conquistar posiciones no decisivas» (137).

Los errores inherentes a este texto tienen su sintonía sospechoso: las inquietantes reclamaciones a favor de la necesidad de un mando más autoritario en las filas de la clase obrera, capaz de suprimir toda disidencia. La asociación de la estrategia de guerra de posición con una uniformidad centralizada de la expresión política, en homenaje a la peor herencia de la Comintern, no es tranquilizadora. De hecho, la revolución socialista sólo triunfará en Occidente mediante un máximo de expansión –no de constricción– de la democracia proletaria: porque tan sólo su experiencia, en partidos o consejos, puede permitir a la clase obrera aprender los verdaderos limites de la democracia burguesa y equiparla históricamente para superarlos. Porque establecer una estrategia marxista en el capitalismo avanzado sobre una guerra de posición y una ética de mando para alcanzar la emancipción final del trabajo es garantizar su propia derrota. Cuando llega la hora de ajustar las cuentas en la lucha de clases, la libertad proletaria y la insurrección van juntas. Es su combinación, y ninguna otra, la que puede constituir una verdadera guerra social de movimiento capaz de derrotar al capital en sus más fuertes bastiones.

La solución política para el futuro de la clase obrera occidental que Gramsci buscó en la cárcel, la eludió al final. La perspectiva de una guerra de posición era un punto muerto. En último análisis, la función de esta idea en el pensamiento de Gramsci parece haber sido la de una especie de metáfora moral: representaba un sentimiento de justificación estoica a la pérdida de cualquier esperanza inmediata de victoria en Occidente. Por una de aquellas misteriosas coincidencias que son la rúbrica de la época, el pensador marxista de Europa occidental cuyo destino fue el más cercano al de Gramsci en los años treinta reprodujo la misma idea en su muy diferente obra. Walter Benjamin, su compañero, víctima del fascismo, expresó su pesimismo político en el lema de una Ermattungstaktik –por el que su amigo Brecht le conmemoró, ignorando toda historia anterior, en su muerte (138). El registro poético del pensamiento de Benjamín nos dice algo sobre la posición científica de la fórmula de Gramsci. La deuda que todo marxista contemporáneo tiene con Gramsci sólo puede ser saldada justamente si se toman sus escritos con la seriedad de un verdadero espíritu crítico. En el laberinto de sus cuadernos, Gramsci se perdió. Contra su propia intención, de su trabajo pueden extraerse conclusiones formales que conducen lejos del socialismo revolucionario.

¿Es necesario añadir que Gramsci fue él mismo una prueba contra cualquier clase de reformismo? Las conclusiones parlamentaristas de la teoría estratégica de Kautsky le eran absolutamente extrañas: su obra está salpicada en cualquier otra parte de aseveraciones sobre la necesidad imperativa del derrocamiento revolucionario del estado capitalista. Ni siquiera tenemos que remontarnos a sus incontables afirmaciones antes de la cárcel y a la censura. En el documento que puede ser considerado como el testamento político real de Gramsci, su último consejo directo a los militantes de la clase obrera italiana, recogido por el «Athos Lisa Report», en el cual insistía, desafiando las doctrinas del tercer período, en la necesidad de objetivos populares intermedios – sobre todo, una asamblea constituyente– en la lucha contra el fascismo, tampoco dejó ninguna duda acerca de su compromiso con los objetivos últimos, como Marx y Lenin los hubieran considerado: «La conquista violenta del poder necesita la creación por é1 partido de la clase obrera de una organización de tipo militar, profundamente implantada en todas las ramas del aparato estatal burgués, y capaz de herirlo e infligirle fuertes golpes en el momento decisivo de la lucha» (139).

Gramsci no afirmó simplemente la necesidad de una revolución proletaria en términos clásicos; muchos lo han hecho verbalmente después de él. Luchó y sufrió una larga agonía por ello. No sólo su trabajo, sino su vida es incomprensible sin esta vocación. Sólo el mismo Gramsci era demasiado consciente de las condiciones de su lucha contra la enfermedad, el aislamiento y la muerte. Los pasajes centrales de sus cuadernos sobre la distinción entre Oriente y Occidente están moldeados en la forma de una analogía militar: «artillería», «trincheras», «jefes», «maniobra» y «posición». Lacónicamente, el mismo hombre nos advierte contra cualquier lectura fácil de su propio vocabulario. «Al decir todo esto, debe recordarse el criterio general de que las comparaciones entre el arte militar y la política deben ser tomadas siempre como un grano de sal –en otras palabras, como ayudas para pensar en términos de una reductio ad absurdum» (140).

Trotsky y la «guerra de maniobra»

Las condiciones de la composición de Gramsci en la cárcel produjeron una teoría no unitaria, fragmentaria, que permitió inherentemente discrepancias e incoherencias en ella. Nada revela esto de forma más clara que las referencias a Trotsky en los pasajes centrales discutidos en este ensayo. Puesto que en ellos el concepto de «revolución permanente» es repetidamente el objeto formal de la crítica de Gramsci como supuesta expresión de una «guerra de maniobra». Sin embargo, fue Trotsky, naturalmente, quien dirigió junto con Lenin el ataque contra la generalizada teoría de la «ofensiva revolucionaria» en el Tercer Congreso de la Comintern. Fue Trotsky, de nuevo con Lenin, el principal arquitecto del frente único que Gramsci equiparó con su «guerra de posición». Por último, fue Trotsky, no Lenin. quien escribió el documento que fue la teorización clásica del frente único en los años veinte (141). La confusión de Gramsci es aquí virtualmente total. La prueba política de ello iba a ser muy concreta. Durante el apogeo del tercer período, en 1932, Gramsci en la cárcel de Turi di Bari y Trotsky en la isla de Prinkipo desarrollaron efectivamente posiciones idénticas sobre la situación política en Italia, en diametral contraste con la línea oficial del PCI y de la Comintern. Preso y exilado llamaban por igual a un frente único para resistencia de la clase obrera al fascismo, incluyendo a los partidos socialdemócratas, y una perspectiva transitoria que abarcase la posibilidad de una restauración de la democracia burguesa en Italia tras la caída del fascismo (142). Ninguno de ellos, por supuesto, sabía del otro en esta convergencia en la noche de los tiempos política.

Hay aún una ironía mayor en la confusión de Gramsci. Porque, en realidad, fue sobre todo Trotsky quien proporcionó al movimiento de la clase obrera, oriental u occidental, una crítica científica de las ideas de «guerra de maniobra» y «guerra de posición», en el terreno en que verdaderamente prevalecieron –justamente en la estrategia militar. Puesto que las doctrinas políticas que surgieron en el movimiento revolucionario de Europa central en 192021 tuvieron su equivalente militar preciso en Rusia; Allí, Frunze y Tujachevski hicieron el papel de Lukács y Thalheimer. En los grandes debates militares en la URSS después de la guerra civil, Frunze, Tujachevski, Gusev y otros habían sostenido que la esencia de la guerra revolucionaria era el ataque permanente o guerra de maniobra. Tujachevski declaró: «Las reservas estratégicas, cuya utilidad fue siempre dudosa, no son en absoluto necesarias en nuestra guerra. Ahora sólo hay un problema: cómo usar el número para ganar el máximo de fuerza en el ataque. Hay una respuesta: lanzar todas las tropas en el ataque, no mantener en reserva ni una sola bayoneta» (143). Frunze pretendía que las lecciones de la guerra civil demostraban que la primacía de la ofensiva para una estrategia revolucionaria coincidía con la naturaleza social del proletariado mismo. «La táctica del Ejército Rojo se inspiró y se inspirará por la actividad en un espíritu de operaciones ofensivas dirigidas audaz y enérgicamente. Esto procede de la naturaleza de clase del ejército obrero y campesino y, al mismo tiempo, coincide con las exigencias del arte militar» (144). La guerra de posición, característica de la Primera Guerra Mundial y de la burguesía, fue a partir de entonces un anacronismo. «La maniobra es el único medio de garantizar la victoria», escribió Tujachevski (145).

Trotsky, como hemos visto, luchó resueltamente contra la teoría de la ofensiva como estrategia en el seno de la Comintern. Ahora llevaba una batalla paralela contra ella como doctrina militar en el seno del Ejército Rojo. Replicando a Frunze y a otros, Trotsky mismo hizo expresamente la comparación: «Desafortunadamente, no son pocos los mentecatos de la ofensiva entre nuestros nuevos doctrinarios de moda que, bajo la bandera de una teoría militar, intentan introducir en nuestra propaganda militar las mismas tendencias unilaterales «izquierdistas» que en el Tercer Congreso mundial de la Comintern alcanzaron su fruición a modo de la teoría de la ofensiva: en la medida (!) en que vivimos en una época revolucionaria, el partido comunista debe poner en ejecuciónpor tanto (!) la política de la ofensiva. Traducir el «izquierdismo» al lenguaje de la doctrina militar es multiplicar este error muchas más veces» (146).

Combatiendo estas ideas, Trotsky desenmascaró la falacia que representaba generalizar a partir de la experiencia de la guerra civil, en la cual ambos bandos (no sólo el Ejército Rojo) habían utilizado principalmente la maniobra a causa del atraso de la organización social y de la técnica militar del país. «Permitidme señalar que nosotros no somos los inventores del principio de maniobra. Nuestros enemigos también lo han utilizado extensamente, debido al hecho de que cantidades relativamente pequeñas de tropas se desplegaban en enormes distancias y a causa de los calamitosos medios de comunicación» (147). Pero, sobre todo, Trotsky criticó una y otra vez cualquier teoría estratégica que fetichizara ya fuera la maniobra o la posición como principio inmutable o absoluto. Todas las guerras deberían combinar la posición y la maniobra, y cualquier estrategia que excluyese unilateralmente una u otra sería suicida. «Podemos afirmar con certeza que incluso en nuestra estrategia supermaniobrista durante la guerra civil existió el elemento de posicionalismo y en algunos casos jugó un papel importante» (148). Por lo tanto, concluía Trotsky: «La defensa y la ofensiva se insertan como momentos variables en el combate. Sin la ofensiva no se puede conseguir la victoria. Pero la victoria la consigue quien ataca cuando es necesario atacar, y no quien ataca primero» (149). En otras palabras, posición y maniobra tenían una relación necesariamente complementaria en toda estrategia militar. Descartar una u otra era instar a la derrota y a la capitulación.

Habiéndose deshecho de falsas analogías o extrapolaciones tanto en el Ejército Rojo como en la Comintern, Trotsky continuó pronosticando que en un conflicto genuinamente militar entre las clases –en otras palabras, una guerra civil real y no metafórica– habría probablemente un mayor posicionalismo en Occidente del que había habido en Oriente. Todas las guerras internas eran naturalmente más maniobristas, debido a la escisión que producían en el seno de la nación y del estado, comparadas con las guerras externas entre naciones. A este respecto «la maniobrabilidad no es privativa de un ejército revolucionario, sino de la guerra civil como tal» (150). Sin embargo, la mayor complejidad histórica de las estructuras económicas y sociales en el Occidente avanzado haría que allí las futuras guerras civiles fuesen de un carácter más posicional que en Rusia. «En los países altamente desarrollados, con sus enormes centros vitales, con sus cuadros de guardias blancos preparados de antemano, la guerra civil puede tomar –y en muchos casos indudablemente tomará– un carácter menos móvil y mucho más compacto, es decir, próximo a una guerra posicional» (151). En los momentos finales y consumidos de la vida de Gramsci, Europa fue visitada precisamente por un conflicto así. La guerra civil española iba a justificar impresionantemente la opinión de Trotsky. Librado en el Manzanares y en el Ebro, el combate por la República resultó una larga y dura prueba posicional –perdido al final porque la clase obrera no pudo retomar nunca la iniciativa de maniobra esencial para la victoria. La presciencia y el matiz del análisis de Trotsky iba a confirmarse sorprendentemente en España. La razón estuvo en la pertinencia a su propósito. Fue una teoría técnica, no metafórica, de la guerra.

La precisión militar de Trotsky, producto de su experiencia inigualable en la guerra civil rusa, no confería un privilegio equivalente a su estrategia política. Su conocimiento de Alemania, Inglaterra y Francia era en realidad mayor que el de Gramsci. Sus escritos sobre las tres formaciones sociales más importantes de Europa occidental en el período de entre guerras son inconmensurablemente superiores a los de los Cuadernos de la cárcel. Contienen ciertamente la única teoría desarrollada del estado capitalista moderno en el marxismo clásico en sus textos sobre la Alemania nazi. Pero si bien el dominio histórico de Trotsky sobre las estructuras sociopolíticas específicas del capitalismo en los países centrales de Europa occidental no tuvo igual en su propia época, nunca planteó el problema de una estrategia diferencial para hacer la revolución socialista en ellos, no incluida por la estrategia de Rusia, con la misma ansiedad o lucidez que Gramsci. En este aspecto esencial sus problemas fueron menos inquietantes.

CONCLUSIONES

Como hemos visto, las respuestas de Gramsci a sus problemas no los resolvieron. Sin embargo, las lecciones de la polémica entre Kautsky y Luxemburg, el contraste entre Lukács y Gramsci, pueden dar de si, hoy al menos, dos proposiciones simples y concretas. Formular una estrategia proletaria en el capitalismo metropolitano esencialmente como una guerra de maniobra es olvidar la unidad y eficacia del estado burgués y lanzar a la clase obrera contra él en una serie de aventuras mortales. Formular una estrategia proletaria esencialmente como una guerra de posición es olvidar el carácter necesariamente repentino y volcánico de las situaciones revolucionarias, que, por la naturaleza de estas formaciones sociales, no se pueden estabilizar por largo tiempo y precisan por lo tanto de la mayor rapidez y movilidad en el ataque si no se quiere perder la oportunidad de conquistar el poder. La insurrección, como siempre enfatizaron Marx y Engels, depende del arte de la audacia.

En el caso de Gramsci, las insuficiencias de la fórmula de una «guerra de posición» tenían una clara relación con las ambigüedades de su análisis del poder de clase burgués. Gramsci equiparó «guerra de posición» con «hegemonía civil», como se recordará. Del mismo modo precisamente que su empleo de la hegemonía tendía a menudo a implicar que la estructura del poder capitalista en Occidente descansaba esencialmente en la cultura y el consenso, así la idea de una guerra de posición tendía a implicar que la labor revolucionaria de un partido marxista era esencialmente la de conversión ideológica de la clase obrera –de ahí su identificación con el frente único, cuyo objetivo era ganar a la mayoría del proletariado occidental para la Tercera Internacional. En ambos casos, el papel de la coerción –represión por el estado burgués, insurrección por la clase obrera– tiende a desaparecer. La debilidad de la estrategia de Gramsci es simétrica a la de su sociología.

¿Cuál es la importancia contemporánea de estas polémicas pasadas sobre estrategia marxista? Cualquier discusión real de los problemas actuales implicaría muchas cuestiones a las que aquí no se ha hecho ninguna alusión. Los límites de una revisión filológica han dictado estas restricciones inevitables. Temas tan centrales como la interconexión de las luchas económicas y políticas en el movimiento obrero, las alianzas de la clase obrera en las sociedades poscampesinas, la naturaleza contemporánea de las crisis capitalistas, los posibles catalizadores y formas del doble poder, el desarrollo de las instituciones más avanzadas de la democracia proletaria –más amplias y libres que cualquier precedente pasado– se omiten aquí. Pero reflexionar al margen de ellos sobre las estructuras del estado burgués y las estrategias necesarias a la clase obrera para derrocarlo, puede conducir a una abstracción irresponsable –a menos que siempre estén presentes estos otros elementos necesarios de toda teoría marxista de la revolución socialista en Occidente. Si aceptamos esta limitación ¿qué se puede deducir de la herencia reconstruida en este ensayo? Aquí solo tenemos espacio, y razón, para dos comentarios limitados estrictamente a los temas de su discusión.

La lógica de la teoría marxista indica que está en la naturaleza del estado burgués que, en cualquier lucha final, el aparato armado de la represión desplace inexorablemente a los aparatos ideológicos de la representación parlamentaria, para volver a ocupar la posición dominante en la estructura del poder de clase capitalista. Esta máquina estatal coercitiva es la última barrera para una revolución obrera, y solamente puede ser destruida mediante una contra-coerción anticipada. En el siglo XIX; las barricadas fueron el símbolo tradicional de esta última. Pero Lenin señaló hace tiempo que estas defensas tenían a menudo una función más moral que militar: clásicamente su finalidad consistía tanto en una fraternización con los soldados como en un arma contra ellos. Porque en toda revolución, la tarea de una vanguardia proletaria, en palabras de Lenin, no es meramente luchar contra las tropas, sino por las tropas. Esto no significa, resaltaba, una simple persuasión verbal para que se unan al campo del proletariado, sino una «lucha física» de las masas para ganarlas al lado de la revolución (152).

Una insurrección solamente puede tener éxito si el aparato represivo del estado mismo se divide o se desintegra –como ocurrió en Rusia, en China o en Cuba. La «convención» consensual que mantiene unidas las fuerzas de la coerción debe, en otras palabras, ser quebrantada. Los ejércitos imperialistas de Europa occidental, Norteamérica y Japón están hoy día esencialmente compuestos de quintos y reclutas de las clases explotadas, quienes poseen una capacidad potencial para paralizar una movilización contrarrevolucionaria en una crisis general. Un objetivo clave de la lucha política proletaria es, pues, actuar siempre sobre los hombres alistados mediante un combate y una audacia de clase, de manera que rompa la unidad del aparato represivo del estado. En otras palabras, un levantamiento revolucionario es siempre una operación política, cuyo objetivo fundamental no es infligir bajas al enemigo, sino unir a todas las masas explotadas, ya en zahones, ya en uniforme, tanto hombres como mujeres, para la creación de un nuevo poder popular. Pero, sin embargo, también es necesariamente una operación militar. Porque no importa cuan grande sea el éxito de la clase obrera en dividir el aparato coercitivo del estado (ejército o policía), en desgajar importantes fragmentos de él, y en ganarlos para la causa de la revolución, siempre existe todavía un núcleo irreductible de fuerzas contrarrevolucionarias, especialmente templadas y entrenadas para sus funciones represivas, que no pueden ser convertidas; que sólo pueden ser derrotadas. La guarnición de Petrogrado se pasó al Comité Militar Revolucionario: los junkers y los cosacos aún resistieron en el Palacio de Invierno. La infantería y la artillería podían haberse unido a la causa del socialismo en Portugal: los comandos y las fuerzas aéreas se mantuvieron intactas para eliminarlo.

Si las instituciones nacionales de represión se desintegran demasiado repentina o drásticamente, se desplegará la intervención exterior de aparatos militares más fuertes desde el extranjero, controlados por estados burgueses más poderosos –la «moneda extranjera» de la coerción hacia la que el capital local vuela cuando sus propias reservas caen demasiado bajo. Los ejemplos, de Rusia a España, de Cuba a Vietnam, son de sobra conocidos. La dualidad –interna o internacional– del aparato armado del enemigo es un elemento invariable en toda revolución. Trotsky lo captó con exactitud: «Los obreros deben tomar por adelantado todas las medidas para atraer a los soldados al lado del pueblo por medio de la agitación preliminar; pero, al mismo tiempo, deben prever que el gobierno se quedará siempre con un número suficiente de soldados fieles o semifieles a quienes llamar para sofocar una insurrección y, consecuentemente, en último recurso la cuestión tendrá que decidirse en un conflicto armado» (153). En última instancia la decisión del estado capitalista mediante la coerción sigue siendo verdadera para el aparato coercitivo mismo. La lucha política e ideológica puede minar la máquina militar burguesa en una crisis revolucionaria por medio de una conquista consensual de los hombres alistados en ella. Pero el núcleo fuerte de las unidades profesionales contrarrevolucionarias –marines, tropas de choque, brigadas antidisturbios o policía paramilitar– sólo puede ser arrastrada por el ataque coercitivo de las masas. Desde el principio hasta el final, las leyes del estado capitalista se reflejan y se niegan en las reglas de una revolución socialista.

Tal revolución sólo se producirá en Occidente cuando las masas hayan hecho la experiencia de una democracia proletaria que sea tangiblemente superior a la democracia burguesa. La única forma de garantizar la victoria del socialismo en estas sociedades es representar incontestablemente más libertad, no menos, para la gran mayoría de la población. El depósito intacto de energías populares que cualquier comienzo de una verdadera democracia obrera liberaría con ello proporcionará la fuerza explosiva capaz de terminar con el dominio del capital. La manifestación de una libertad nueva y sin privilegios debe empezar antes de que el viejo orden sea eliminado estructuralmente mediante la conquista del estado. El nombre de este lapso necesario es doble poder. Las formas y los medios de su aparición –con o sin la presencia de un gobierno obrero en el poder– constituyen el problema crítico intermedio de toda revolución socialista. Sin embargo, por el momento, el movimiento de la clase obrera en la mayoría de los países de Occidente está lejos de este umbral. Probablemente sea porque la mayoría de la población explotada en todas las más importantes formaciones sociales capitalistas siga estando sometida, de una forma o de otra, a la ideología reformista o capitalista. Es aquí donde el tema político más duradero de los cuadernos de Gramsci adquiere sentido. Porque la tarea que debía realizar el frente único está aún, cincuenta años después, sin resolver. Las masas de Norteamérica, Europa occidental y Japón aún tienen que ser ganadas para el socialismo revolucionario en su pluralidad. Por lo tanto, la problemática central del frente único –el último consejo estratégico de Lenin al movimiento de la clase obrera occidental antes de su muerte, el interés principal de Gramsci en la cárcel– conserva hoy toda su validez. Históricamente, no ha sido nunca superado. La necesidad imperiosa sigue siendo ganarse a la clase obrera, antes de que se pueda hablar de ganar el poder. La forma para lograr esta conquista –no de las instituciones del estado, sino de las convicciones de los obreros, a pesar de que al final no habrá separación entre las dos– son, en la realidad, el primer punto del orden del día en cualquier estrategia socialista real.

Las discusiones internacionales que unieron y dividieron a Luxemburg, Lenin, Lukács, Gramsci, Bordiga o Trotsky sobre estos temas representan la última gran polémica estratégica en el movimiento obrero europeo. Desde entonces, ha habido muy poco desarrollo teórico significativo sobre los problemas políticos de estrategia revolucionaria en el capitalismo metropolitano que haya tenido un contacto directo con las masas. El divorcio estructural entre la teoría marxista original y las principales organizaciones de la clase obrera en Europa aún tiene que resolverse históricamente. La revuelta de mayo-junio en Francia, el levantamiento de Portugal, el próximo desenlace en España presagian el final de este largo divorcio, pero todavía no lo han concluido. Por tanto, las polémicas clásicas aún siguen siendo en muchos aspectos el más avanzado límite de referencia que poseemos hoy. Así pues, no es un mero arcaísmo recordar las confrontaciones estratégicas que tuvieron lugar hace cuatro o cinco décadas. Por el contrario, reapropiárnoslas es dar un paso hacia la discusión marxista que tiene la esperanza –necesariamente modesta– de asumir en la actualidad una «forma inicial» de teoría correcta. En un famoso párrafo, Régis Debray ha hablado de la constante dificultad de ser contemporáneos con nuestro presente. En Europa por lo menos tenemos que ser todavía suficientemente contemporáneos con nuestro pasado.

(Tomado de Anticapitalistas)