Michel Lequenne (1921-2020): un trotskista particular

por Michael Löwy 

Michel Lequenne falleció el 13 de febrero a la edad de 99 años. Fue un trotskista especial, atípico, un personaje sin par: por su fuerza de convicción, su verbo polémico, su extraordinaria cultura política, literaria, artística e histórica -¡autodidacta!-, su tendencia a la disidencia y su fidelidad a la herencia del Octubre rojo.

Conocí a Michel en 1962, como dirigente de la tendencia socialista revolucionaria del PSU. Catherine Samary, que también le conoció en ese período, le describe así: «era impresionante, con una risa divertida y un gran sombrero de poeta con ala ancha». Coincidimos a menudo en los debates de tendencias en los años 1970-1980 y en el movimiento… surrealista; y aún cuando nuestros puntos de vista sobre determinados acontecimientos históricos -¡Kronstadt 1921¡- eran contradictorios, nunca perdimos la amistad.

De origen humilde, el joven Michel Lequenne (Havre, 1921), comenzó a politizarse en los Albergues juveniles: refractario al Servicio de Trabajo obligatorio del régimen de Vichy [servicio de reclutamiento obligatorio implantado por Alemania en la Francia ocupada], en 1943 se une al grupo trotskista Octubre (Henri Molinier) que formará parte de los grupos que impulsan el Partido Comunista Internacionalista, la sección francesa de la IV Internacional. En 1946 fue elegido al Comité Central del PCI como representante de la denominada tendencia de «izquierda», con Pierre Frank, Marcel Bleibtreu y Marcel Gibelin. Entre 1948-1950 fue uno de los principales organizadores de las brigadas de solidaridad con Yugoslavia impulsadas por la IV Internacional.

Lequenne y Bleibtreu fueron los primeros a oponerse a la orientación propuesta por Michel Pablo, el secretario de la IV Internacional, quien veía inminente una guerra mundial en la que se confrontarían de dos campos –el imperialismo y la Unión Soviética- y que obligaba a practicar el entrismo en los partidos comunistas, particularmente en Francia.

Por oponerse a esta línea campista, fue excluido de la IV internacional junto a la mayoría del PCI. Como es conocido, fue el inicio de un desastroso proceso de escisiones en la Internacional que conllevará a la marginalización del trotskismo a lo largo de toda la década. Apenas tres años más tarde, 1955, opuestos al deslizamiento oportunista de Pierre Lambert, Lequenne y Bleibtreu fueron excluidos de PCI (futura OCI). Tras participar en diferentes iniciativas de recomposición de la izquierda socialista, en 1960 contribuyeron a la fundación del PSU, en el que Lequenne organizó la tendencia socialista revolucionaria. Finalmente, en 1961, Michel decide volver al PCI y a la IV Internacional, en la que fue elegido miembro de su Comité Ejecutivo Internacional (CEI) en 1965.

Su relato de estos años de crisis en «Le trotskisme, une histoire sans fard» (Syllepse, 2005) constituye un notable contribución, desde un punto de vista disidente, a la historia de la IV Internacional y de su sección francesa. Mi única reserva tiene que ver con su análisis de la Resistencia (sobre todo comunista), que me parece demasiado negativa, reduciendo ese combate, a menudo heroico (pensemos a Manouchian y a sus camaradas de Affiche Rouge) a la consigna, de carácter nacionalista lanzada por el PCF en 1944: «chacun son boche» [que cada francés mate a un alemán]…

Durante esos difíciles años, Michel, que ganaba su vida como lector-corrector, desempeña actividades culturales: la traducción, con su mujer Soledad Estorach (ex CNT-FAI), de los escritos de Cristóbal Colón -una pasión que no abandonará a lo largo de toda su vida- y se acerca al surrealismo. En 1966 llegó incluso a proponer a André Breton y a sus amigos del grupo surrealista de Paris, en nombre del PCI, la reconstrucción de la Federación Internacional por un Arte Revolucionario Independiente (FIARI), aunque sin éxito. Unos años después, adhirió el grupo surrealista reconstituido en 1970 a iniciativa de Vincent Bounoure.

En 1968, Lequenne logró que el Sindicato de Correctores de la CGT aprobara una resolución de apoyo al movimiento estudiantil. A lo largo de los años 1970 participó en la actividad de la Liga Comunista (LCR a partir de 1974) como miembro de una tendencia disidente, la T. Considerando (a partir de los trabajos de Ernest Mandel) que la clase trabajadora integraba tanto el trabajo manual como intelectual y el de la industria y servicios, rechazó el «giro a la industria» adoptado por la mayoría de la LCR. Y a finales de esos años también se opuso a la mayoría en otras cuestiones: la (desastrosa) propuesta sobre la «unificación de los trotskistas» (es decir, con la OCI lambertista), o el apoyo a la URSS en la invasión de Afganistán.Por el contrario, y también como posición minoritaria, defendió la invasión vietnamita de Camboya, que salvó al pueblo camboyano del genocidio de Pol Pot. Es verdad, Michel Lequenne no era infalible, pero es obligado reconocer que sobre estos temas, y muchos otros, su único error fue de tener razón… demasiado pronto.

Su reflexión se dirigió también hacia los viejos debates trotskistas sobre la naturaleza de la URSS de Stalin: junto a su amigo argentino exilado en Paris, Heredia (Angel Fanjul), Hoffmann (Lequenne) , en los congresos de la IV Internacional de los años 1980, propuso abandonar la viejas tesis de Estado obrero degenerado y reemplazarlo por el de Estado burocrático, que ya no tiene nada de obrero. Finalmente, en 1988, en plena crisis provocada por la campaña presidencial de Pierre Juquin (apoyado por la LCR), decide abandonar la LCR y la Internacional. No se trata, como él mismo lo explica, de una ruptura con el trotskismo, o con los militantes de ese movimiento, a los que guarda en estima y amistad, sino con los fatigosos debates internos, así como con el deseo de tomar cierta distancia para dedicarse a sus escritos.

En efecto, a partir de esa fecha va a escribir y publicar algunas de sus más importantes obras: además de la historia del trotskismo que hemos citado más arriba, una sorprendente autobiografía en forma de catálogo de libros leídos («Le catalogue-pour memoires», Syllepse, 2009), el primer volumen de «Grandes Dames des Lettres. De Sappho à Ann Radcliffe» (Syllepse, 2011) y «Contre-revolution dans la revolution» (Syllepse, 2018).

Se puede no compartir su visión a veces poco crítica de los años leninistas de la Revolución rusa (1917-1923) que propone en este libro –que, en cierto modo, es su testamento político-, pero su análisis de la contrarrevolución estalinista es admirable.

Vamos a echar de menos a este infatigable azote contra la pereza mental y la repetición de los dogmas. Toda nuestra solidaridad a sus hijas y a su compañera Martine Roux.