Stefan Zweig: el rapto de Europa

por Antonio García Vila //

La editorial Acantilado continúa, infatigable, su tarea de recuperación de uno de los europeos modélicos que contribuyó, en buena medida, a forjar la idea, un tanto romántica, bastante ingenua, de un mundo pasado si no ideal, al menos brillante, cultivado, sensible y lujosamente decadente: el mundo de ayer.

Era, no lo olvidemos, un mundo despótico e imperialista, un mundo marcado por unas jerarquías inapelables y una miseria sin cuento. Era el mundo que relucía en los dorados vieneses, en su pintura novedosa, en su música rupturista, en su literatura  crítica y su filosofía de vanguardia, y que se ocultaba en los suburbios, en la doble moral, en la prostitución y el desempleo. Un mundo mítico, es cierto, pero que ha ejercido sobre las generaciones siguientes un efecto deslumbrante que inducía a sortear la realidad y confiar en un sueño.

Friderike y Stefan Zweig

Stefan y Friderike Zweig fueron dos personajes aquilatados en ese sueño, dos escritores de su época, dos representantes de esa alta burguesía letraherida condenada a la extinción. Friderike publicó varios libros con moderado éxito, y siempre mantuvo una vida culturalmente activa, aunque fue Stefan Zweig el autor que, en verdad, logró una extraordinaria fama y devino arquetipo del hombre de letras del momento, del intelectual culto, sensible, civilizado, dialogante; un arquetipo que con él prácticamente desapareció, suplantado por  los intelectuales comprometidos, por los escritores políticamente activos, por los artistas furiosos empeñados en hacer saltar la tradición por los aires. El mundo de ayer se convirtió, sin que Zweig ni muchos otros como él siquiera lo atisbaran, en el mundo de las dos guerras mundiales, en el de los fascismos y la revolución soviética, en el de las ideologías radicales, extremistas, y los medios de masas; en el de las democracias, la propaganda y el consumo. Y Zweig parecía seguir mirando al pasado, a los momentos estelares de la humanidad, a los antiguos maestros, a las luchas espirituales… Y, sin ver salida para el presente, se suicidaría sin asistir al fin de la Segunda Gran Guerra: el nuevo mundo no era su mundo.

Fue un escritor de best sellers de calidad –en Alemania, hasta 1933, se habían publicado más de un millón trescientos mil ejemplares de sus obras, y sus libros se habían traducido a más de veinte idiomas-, de novelas breves muy populares en su época, y de ensayos soberbios y arrebatados, así como de biografías muy personales, de corte psicológico y existencial, a menudo deliciosas, que poco tienen que ver con los exhaustivos tratados a los que nos hemos, ahora, acostumbrado. Es cierto que no todas sus obras han envejecido igual. Sus novelas largas pueden resultarnos un tanto afectadas, ya caducas, restos de ese mundo de memorias que quedó, irremisiblemente, atrás. Y en ciertas biografías y ensayos hay que acordar, de antemano, que se está de parte del autor. Que se le concede el beneficio de la complicidad y la indulgencia del que observa desde la distancia. Pero cuando Zweig acierta, cuando asume el tono adecuado, el ritmo preciso, la idea afortunada, tiene pocos rivales: es espléndido. Sensible, inteligente, discreto, sensato… Un escritor de raza, un pensador informado, un humanista digno, revestido de la autoridad que su obra respalda.

Fue buen amigo de sus amigos, y Joseph Roth, el maravilloso cronista de ese mismo fin del imperio, sin la impagable ayuda de Zweig, tanto económica como anímica y afectuosa, como muestra su correspondencia con él, probablemente hubiera sucumbido aún antes a su compleja personalidad autodestructiva, aunque en las cartas entre los esposos sea ella la que, en alguna ocasión, solicita ayuda para Roth y es Stefan el que, rotundo, se niega.  Friderike, una vez muerto su marido, publicó una biografía suya que da buena cuenta de todos esos años y de sus relaciones, convenientemente edulcorada. Él, en sus célebres memorias de un europeo, ni siquiera la mencionó a ella, a pesar de lo mucho que se había esforzado en contribuir al triunfo del escritor. Stefan Zweig fue un marido respetuoso siempre, y atento en la mayoría de las ocasiones, aunque las diferencias entre ambos, insalvables a la postre,  llegarían a romper la pareja. Fino psicólogo de sus personajes femeninos, la vida resultaba aún más complicada que la ficción. Y Zweig lo comprendió demasiado tarde.

Stefan Zweig: el rapto de Europa

Zweig y Lotte Altmann

Ahora, ofrecida por la editorial Acantilado, podemos revisar una amplia selección, ejemplarmente editada, de la correspondencia de la pareja, desde el comienzo mismo de su relación, cuando ella se incorpora como parte de un triángulo amoroso, pues Zweig tenía en ese momento una amante, hasta esa última carta que el escritor dedica a su antigua compañera antes de su suicidio, en Petróplis, junto a su nueva pareja, su joven secretaria Lotte. En ella encontramos muchos datos anodinos, las preocupaciones económicas, su desprecio a la clase media, los apelativos cariñosos y cursis, y sus desencuentros, sus fricciones en cuanto a la educación de las hijas que Fridrike aportaba de su anterior matrimonio, sus quejas y sus reproches. El día a día de un escritor de gran éxito, de una pareja culta, relativamente acaudalada. Asistimos, igualmente, a ese, quizá inevitable, cinismo del que no escapa Zweig. En su estancia en Marsella queda patente: acaba de comer opíparamente, disfruta de un estupendo hotel… y admira lo bien que viven los meridionales, mientras él ha de volver al brumoso norte. Pero a continuación señala que lo más “bonito” (las comillas son suyas) es ver la suciedad, a los niños jugando con sus excrementos,  a los mendigos… El “hedor de Oriente” que se impone. Y al lector le queda la duda de si, cuando entrecomilla “bonito” Zweig es irónico, lo cual parece lo lógico, o es que no encuentra, de verdad, un adjetivo que precise esa atracción, ese cínico placer que descubre.

La primera página del manuscrito a María Antonieta

Sea como sea ,el escritor es tratado como un embajador, de reunión en reunión, de conferencia en conferencia; admirado y leído por Einstein, por colegas y políticos, pero él no se muestra satisfecho: no por vanidad, al contrario, sino porque entiende las deficiencias de su propia obra, los límites que, ahora, desde la distancia, distinguimos pronto. Sea una ironía cruel, sea una verdadera atracción, muy propia de los intelectuales occidentales, fascinados a menudo por un oriente que ignoran e idolatran, lo que el comentario de Zweig muestra, lo que ratifican sus cartas, a pesar de la ingenua ilusión con que llega a Brasil, y sus memorias, es su absoluta entrega a una Europa que le dio a luz, le amamantó, le mimó y, al final, le abandonó. Una Europa, en verdad, que desapareció delante de sus empavorecidos  ojos: una Europa raptada.

Y esa Europa, el escritor no podía hallarla en Suramérica. No buscaba una nueva vida, un nuevo mundo. Quería su viejo continente, sus antiguas relaciones, sus libros, sus reliquias de grandes hombres, que coleccionaba con devoción adolescente. Quería a Beethoven, a Goethe; añoraba el aire frío de Suiza, la luz de París, la exquisita cortesía de los bien educados, los libros, muchos libros, y gente “de su nivel” para conversar. En Brasil encontraba jóvenes de colores hermosos, un patriarcado primitivo, niños negros que parecían animalitos: el paraíso. Pero no le bastaba: en seguida se cansa. Quería, al fin y al cabo, habitar en sus memorias. Y, por ello, ya solo pudo morir: suicidarse. Gracias a él nosotros, hoy, podemos habitar, aunque sea como turistas curiosos, admirados, el mundo de ayer. Asomarnos a esa hermosa, legendaria, Europa raptada. Antes, claro, de la llegada de los bárbaros… Friderike, en sus memorias, pide al lector que comparta su estupor al conocer la noticia de la muerte. No es posible. Compartimos la pena, por Stefan y por la tristemente olvidada Lotte, una mujer joven y quebradiza, que se envenenaría con el desesperado Zweig, y comprendemos su derrota. Compartimos, también, la nostalgia. No puede, sin embargo, sorprendernos.

Stefan Zweig, Friderike Zweig. Correspondencia (1912-1942).
Edición de Jeffrey B. Berlin y Gert Kerschbaumer. Barcelona, Acantilado, 2018.
Trad. Joan Fontcuberta. 520 pp.