Archivo de la etiqueta: Trotskismo

Nahuel Moreno: nuestro partido y su política frente a la Guerra de las Malvinas

Nuestro partido tuvo una política correcta durante todos los años previos a la Guerra de las Malvinas, que era consecuencia de sus análisis correctos. La base del análisis del partido era que éste era un régimen que a corto plazo iba inevitablemente a una crisis total y también revolucionaria. Para nosotros la clase obrera estaba derrotada, pero no había sufrido una derrota histórica: a los pocos años la clase obrera iba a volver a iniciar su contraofensiva. La consigna esencial de toda esta etapa es ¡Abajo el gobierno militar!; esa es la base de la agitación central de nuestro partido y ligamos todas las consignas a esta tarea histórica. Seguir leyendo Nahuel Moreno: nuestro partido y su política frente a la Guerra de las Malvinas

Marxismo: el humanismo revolucionario de Ernest Mandel

por  Michael Lowy  //

A Ernest Mandel se le conocía no sólo como al principal teórico de la IV Internacional, sino también como a uno de los mayores economistas marxistas de la segunda mitad del siglo XX. No obstante, el eco de su obra llegaba bastante más allá de las filas del movimiento fundado por León Trostsky o del círculo de estudiantes de economía Seguir leyendo Marxismo: el humanismo revolucionario de Ernest Mandel

Aporte hacia un reagrupamiento socialista revolucionario en América Latina

por Fernando Gustavo Armas //

I-SOMERA MIRADA HISTÓRICA SOBRE LA “GRAN PATRIA GRANDE” EN EL CONTEXTO DE LA SITUACIÓN MUNDIAL

A dos siglos largos del proceso emancipador de las metrópolis originarias (España, Portugal, Francia, Holanda), y de las que posteriormente aprovecharon y dirigieron la independencia (Inglaterra, Estados Unidos), el sueño de la gran patria grande latinoamericana (una suerte de “Estados Unidos de América Latina” que abarcara desde el Río Grande límite norte de México hasta Tierra del Fuego), aparece más lejano que nunca. Dicho “sueño”, colocado como posibilidad de un desarrollo capitalista unificado, como tarea democrático burguesa de “unidad nacional”, fue expresado de diferentes ángulos y con diferente intensidad por los próceres de aquellas revoluciones políticas (que no fueron sociales justamente porque mantuvieron intactas las relaciones de producción de la colonia). Seguir leyendo Aporte hacia un reagrupamiento socialista revolucionario en América Latina

Ernest Mandel: de la pequeña producción mercantil al modo de producción capitalista

1. Producción para la satisfacción de las necesidades y producción para el cambio

En la sociedad primitiva primero, y después en el seno de la comunidad aldeana nacida de la revolución neolítica, la producción estaba esencialmente basada en la satisfacción de las necesidades de las colectividades productivas. El cambio era algo accidental. No intervenía nada más que sobre una pequeña parte de los bienes de los que disponía la comunidad. Seguir leyendo Ernest Mandel: de la pequeña producción mercantil al modo de producción capitalista

Ted Grant: democracia o bonapartismo en Europa (respuesta a Pierre Frank)

El aforismo de Lenin de que vivimos en una época de guerras y revoluciones, a lo que Trotsky añadió, “y contrarrevoluciones”, se ha visto ampliamente demostrado por la historia de las últimas tres décadas. Pocos períodos en la historia han estado llenos de convulsiones y enfrentamientos tan fantásticos entre las naciones y las clases, de cambios tan calidoscópicos y manipulaciones de regímenes políticos mediante los cuales el capital financiero mantiene su dominio sobre los pueblos. Así, es doblemente importante para aquellos que siguen las enseñanzas científicas del marxismo, que pretenden hacer un análisis teórico de los acontecimientos, hacer un examen cuidadoso y escrupuloso de los cambios que se están produciendo si quieren orientarse correctamente hacia la vanguardia y proporcionar una dirección a las masas. Seguir leyendo Ted Grant: democracia o bonapartismo en Europa (respuesta a Pierre Frank)

Muertes luminosas, vidas en la oscuridad. Heroísmo y traición en la militancia revolucionaria de los setenta en la Argentina y Chile

por María Olga Ruiz*

Introducción

Este artículo se aproxima a la experiencia de tres organizaciones políticas que en la década de los sesenta y setenta de la segunda mitad del siglo XX adoptaron la lucha armada como principal estrategia para conquistar el socialismo: Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile (en adelante MIR) y el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (en adelante PRT-ERP) y Montoneros de la Argentina. Seguir leyendo Muertes luminosas, vidas en la oscuridad. Heroísmo y traición en la militancia revolucionaria de los setenta en la Argentina y Chile

La derecha chilena gana las elecciones mientras el Frente Amplio de “izquierda” se incorpora a la élite política

por Andrea Lobo //

Desde que el expresidente multimillonario de Chile, Sebastián Piñera (2010-2014) , consiguió su segundo mandato el 17 de diciembre, la prensa burguesa internacional ha aplaudido su victoria contra Alejandro Guillier de la coalición socialdemócrata y estalinista, Nueva Mayoría, como si fuese una necesaria señal de estabilidad del dominio burgués. Seguir leyendo La derecha chilena gana las elecciones mientras el Frente Amplio de “izquierda” se incorpora a la élite política

El silencio de una generación (tras las huellas de la corriente trotskista de Nahuel Moreno en Chile, 1979-1993)

por Mariano Vega Jara //

Tal como en  la novela de Laura Restrepo, Demasiados Héroes, la investigación-memoria sobre el pasado de una ex militante trotskista colombiana en la última dictadura militar de Argentina –su historia personal—, los orígenes de la tradición fundada por Nahuel Moreno (Hugo Bressano) en Chile han permanecidos velados por los años de la transición pactada con la dictadura militar de Pinochet, mas, fundamentalmente, por la crisis y posterior ruptura con el el trotskismo como una corriente marxista revolucionaria luego de la caída de los Estados obreros y la URSS. El silencio de una generación sobre su experiencia militante se disolvió hacia una fase de subsidencia en sus vidas personales, cotidianas. El pasado militante quedó en ello. Pasado. Seguir leyendo El silencio de una generación (tras las huellas de la corriente trotskista de Nahuel Moreno en Chile, 1979-1993)

Del trotskismo peruano: contribución a un balance del Morenismo

por Sergio Bravo // 
El morenismo es una de las principales corrientes centristas tradicionales que se reivindican trotskistas. Aparecida durante los años ‘50, se sumó a la creación oportunista del llamado Secretariado Unificado de la IV Internacional en 1963. Este es un texto acerca del morenismo en los años ’80 Seguir leyendo Del trotskismo peruano: contribución a un balance del Morenismo

Tony Cliff: la clase trabajadora y los oprimidos

¿Por qué Carlos Marx daba tanta importancia al papel de la clase trabajadora? No fue por la cantidad de personas que la componían. De hecho, cuando Marx escribió el Manifiesto Comunista, los únicos dos países donde se había completado la Revolución Industrial eran Inglaterra y Bélgica. Seguir leyendo Tony Cliff: la clase trabajadora y los oprimidos

Bolivia: Tesis Política de la XLIV Conferencia de la Federación Departamental de Fabriles La Paz – 2017

Después de más tres décadas los trabajadores fabriles volvemos al escenario político nacional recuperando nuestras banderas de lucha revolucionaria socialista. Retornamos a ocupar nuestro lugar en la lucha de la nación oprimida contra la nación opresora. La clase obrera tiene la capacidad de aglutinar la lucha de toda la nación oprimida en un solo puño y darle al país una perspectiva revolucionaria para superar el atraso económico y la miseria. La lucha de clases sociales no se ha extinguido sino que se agudiza por la profundización de la crisis capitalista, por lo que la ideología revolucionaria del proletariado tiene plena actualidad, haciéndose impostergable la tarea de volver a ser asimilada y materializada por la clase obrera boliviana. Seguir leyendo Bolivia: Tesis Política de la XLIV Conferencia de la Federación Departamental de Fabriles La Paz – 2017

Socialismo, marxismo y poder popular en Chile hoy

por Felipe Lagos //

Autonomismo y poder popular [PP] no son sinónimos. El autonomismo es un ideario que no sigue los criterios táctico-estratégicos del socialismo ni del marxismo. Puede haber proyectos autonomistas anarquistas, liberales e incluso conservadores; el desarrollo del PP es socialista y marxista. Seguir leyendo Socialismo, marxismo y poder popular en Chile hoy

De las Jornadas de Julio al golpe de Estado de Kornílov: el Estado y la revolución de Lenin

por Barry Grey //

Estamos publicando aquí el texto de la conferencia pronunciada el 14 de octubre por Barry Grey, editor nacional de Estados Unidos del World Socialist Web Site. Esta es la primera conferencia en línea de la segunda parte de la serie presentada por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional para marcar el centenario de la Revolución Rusa de 1917. Seguir leyendo De las Jornadas de Julio al golpe de Estado de Kornílov: el Estado y la revolución de Lenin

Centenario de la Revolución Rusa:”Se atrevieron”

 

por David Mandel //

Cien años después, la cuestión del legado histórico de la Revolución de Octubre sigue sin ser sencilla para los socialistas: el estalinismo pudo echar raíces menos de una década después de la Revolución y la restauración del capitalismo encontró poca resistencia popular setenta años después Seguir leyendo Centenario de la Revolución Rusa:”Se atrevieron”

El movimiento trotskista internacional y las revoluciones de posguerra: un análisis de sus (re) lecturas teóricas y programáticas (1944-63)

por Marcio Lauria Monteiro

La Cuarta Internacional fue fundada en 1938 por León Trotsky, luego del abandono de la condición de la fracción externa que la Oposición de Izquierda Internacional mantuvo ante la Comintern hasta 1933 y su opción de tornarse un nuevo partido internacional. Mas, desde su fundación, ella se encontraba bastante frágil, una vez que prácticamente toda la dirección de la antigua Oposición fuera asesinada por los stalinistas a lo largo de la década de 1930, teniendo León Trotski el mismo destino en 1940. Así, sumando un frágil liderazgo a las duras condiciones impuestas por la Segunda Guerra Mundial, la nueva internacional, en la práctica, dejó de existir durante el comienzo de los años 1940, viniendo a ser reorganizada entre los años 1944-48, a partir de la suma de los esfuerzos de una nueva generación de jóvenes militantes europeos con los del liderazgo del Socialist Workers Party (SWP) de los EEUU y otros veteranos. Seguir leyendo El movimiento trotskista internacional y las revoluciones de posguerra: un análisis de sus (re) lecturas teóricas y programáticas (1944-63)

Entrevista a Juan Dal Maso: “Gramsci es un autor que es de todo el mundo”

 

por Brais Fernández y Victor de la Fuente

Juan Dal Maso es autor de un libro titulado El marxismo de Gramsci, públicado originalmente en Argentina y recién publicado en España. Lo entrevistamos a raíz de la presentación de su libro en Madrid Seguir leyendo Entrevista a Juan Dal Maso: “Gramsci es un autor que es de todo el mundo”

Fulgor y muerte de la revolución

por Manuel Gari //

Pocas veces un triunfo político tan deslumbrante y esperanzador como la toma del poder por los soviets en la Rusia zarista tuvo un desenlace tan dramático y devastador para la conciencia del movimiento popular en todo el mundo. Este es el meollo de la cuestión que intentan explicar buena parte de los artículos de Espacio Público del debate titulado “Hablemos de la Revolución de Octubre”. Pero es pertinente hacerse algunas preguntas. ¿Tiene algún interés reflexionar sobre acontecimientos ocurridos en Rusia hace un siglo? ¿Por qué se han publicado más de 11.000 artículos en el mundo durante los meses de setiembre y octubre de 2017 y se han realizado centenares de seminarios y conferencias sobre la “revolución bolchevique”? ¿Podemos rescatar algo de aquel legado? ¿Acaso cabe aprender algo de la experiencia Seguir leyendo Fulgor y muerte de la revolución

La Revolución de Octubre y la guerra de las interpretaciones

por Pepe Gutiérrez-Álvarez //

1. Introducción

Estas notas se inscriben en el espacio de la “gran derrota” del “desafío soviético”, pero también en el inicio de una nueva coyuntura en la que el “pensamiento único” sobre Octubre del 17 está siendo contestado, de una réplica que se está manifestando en la propia amplitud que el centenario está logrando en muchas partes. De alguna manera, este combate por la historia está resultando como una reedición de otras “resurrecciones”, solamente que esta vez el pozo de la derrota ha sido infinitamente mayor. También sucede que después de todo lo que ha caído, la explicación del siglo ha perdido en homogeneidad y ha ganado, si acaso, en matiz, ahora ya no solamente hay debate entre las escuelas, es que cada escuela representa puntos de mira bastante diversificados Seguir leyendo La Revolución de Octubre y la guerra de las interpretaciones

León Trotsky: las tácticas del Frente Único

I. 

CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL FRENTE ÚNICO

 

1.- La tarea del Partido Comunista es la de dirigir la revolución proletaria. A fin de orientar al proletariado hacia la conquista directa del poder, el Partido Comunista debe basarse en la predominante mayoría de la clase trabajadora.

En tanto el Partido no cuente con esa mayoría, debe luchar para lograrla.

El Partido solo puede alcanzar este objetivo si es una organización absolutamente independiente, con un programa claro y una estricta disciplina interna. He aquí por qué el Partido tuvo que romper ideológica y organizativamente con los reformistas y los centristas que no luchan por la revolución proletaria, que no tienen el deseo de preparar a las masas para la revolución y que, con su conducta, coartan esta tarea. Los miembros del Partido Comunista que se aliaron en la escisión con los centristas en nombre de “las masas proletarias” o de la “unidad de frente”, están demostrando su incomprensión del ABC del Comunismo, y que están en las filas del Partido Comunista solo por accidente.

2.- Luego de asegurarse una completa independencia y homogeneidad ideológica de sus cuadros, el Partido Comunista lucha por influenciar a la mayoría de la clase obrera. Esta lucha puede asumir un carácter rápido o lento, que depende de las condiciones objetivas y la eficacia de la táctica seguida.

Pero es bien evidente que, la vida de clase del proletariado no se detiene en ese periodo preparatorio para la revolución. Los choques con los industriales, con la burguesía, con el aparato del Estado, ya respondan a la iniciativa de un sector o del otro, siguen su curso.

En estos choques, que envuelven ya sea a los intereses del conjunto del proletariado, o de su mayoría, o a este u otro sector, las masas obreras sienten la necesidad de la unidad de acción: de unidad para resistir el ataque del capitalismo, o de unidad para tomar la ofensiva en su contra. Todo Partido que se oponga mecánicamente a esta necesidad del proletariado de unidad en la acción, será condenado infaliblemente por los obreros.

Por otra parte, la cuestión del Frente Único no es, ni en su origen ni en su esencia, una cuestión de relaciones mutuas entre la fracción parlamentaria comunista y la socialista, o entre los Comités Centrales de ambos Partidos, o entre “L’ Humanité” y “Le Populaire”. El problema del Frente Único -a pesar del hecho de que es inevitable una escisión en esta época entre las organizaciones políticas que se basan en el voto- surge de la urgente necesidad de asegurarle a la clase obrera la posibilidad de un Frente Único en la lucha contra el capitalismo.

Para aquellos que no comprenden que todo Partido solo es una sociedad propagandística y no una organización para la acción de masas.

3.- En los casos en que el Partido Comunista aún permanece corno una organización compuesta por una minoría numéricamente insignificante, la cuestión de su conducta en el frente de la lucha de masas no asume un significado político y organizativo decisivo. En tales condiciones las acciones de masas permanecen bajo la dirección de las viejas organizaciones que continúan jugando un rol decisivo en virtud de su tradición aún poderosa.

Por otro lado, el problema del Frente Único no surge en los países donde -Bulgaria por ejemplo- el Partido Comunista es el único dirigente de las masas explotadas.

Pero donde quiera que el Partido Comunista constituya una fuerza política poderosa y organizada, pero no una magnitud decisiva -allí donde el Partido abarque organizativamente digamos una cuarta parte, una tercera y aún una proporción mayor de la vanguardia proletaria organizada— se halla ante el problema del Frente Único en toda su agudeza.

Si el Partido cuenta con una tercera parte o la mitad de la vanguardia proletaria, luego, el resto se hallará organizado por los reformistas o los centristas. Es bien evidente que los obreros que aun apoyan a los reformistas y centristas se interesan vivamente por mantener los niveles de vida más elevados y la mayor libertad de acción que sea posible. En consecuencia, debemos proyectar nuestra táctica a evitar que el Partido Comunista que en el futuro próximo abarcará los tres tercios del proletariado, se convierta en un obstáculo organizativo en el camino de la lucha proletaria actual.

Aun más, el Partido debe asumir la iniciativa en asegurar la unidad en la lucha presente. Solo así el Partido se acercará a esos dos tercios que aún no siguen su dirección, que aun no confían en él porque no lo comprenden. Solo de esta manera puede el Partido ganarlos.

Si el Partido Comunista no hubiese roto drásticamente y en forma irrevocable con los socialdemócratas, si no se hubiese convertido en el Partido de la revolución proletaria. No hubiese podido dar los primeros pasos serios en el camino de la revolución. Hubiese permanecido como una válvula parlamentaria de seguridad bajo el Estado burgués.

Quién no comprende esto, no conoce la primera letra del ABC del Comunismo.

4.- Si el Partido comunista no procurase construir un camino organizativo, al final del cual fuesen posibles en cualquier momento acciones coordinadas conjuntas entre las masas comunistas y las no-comunistas (incluyendo a las que apoyan a la socialdemocracia), pondría al descubierto su incapacidad para ganar -sobre la base de acciones de masas- a la mayoría del proletariado. Degeneraría en una Sociedad de propaganda comunista, nunca se desarrollaría como un Partido que lucha por la conquista del poder.

No es suficiente contar con una espada, tiene que tener filo; no es suficiente el filo: hay que saber usarla.

Luego de separar a los comunistas de los reformistas, no es suficiente fusionar a los comunistas entre sí por medio de la disciplina organizativa; es necesario que esa organización aprenda a guiar todas las actividades colectivas del proletariado en todas las esferas de la lucha de clases.

Esta es la segunda letra del ABC del Comunismo.

 

DIRIGENTES REFORMISTAS EN EL FRENTE UNICO

5.- El Frente Único, ¿comprende solo a las masas trabajadoras o incluye también a sus dirigentes oportunistas?

El solo hecho de hacer esta pregunta demuestra incomprensión del problema.

Si pudiésemos simplemente unir al proletariado en torno a nuestra bandera o alrededor de nuestras consignas prácticas, y saltar por encima de las organizaciones reformistas, ya fuesen partidos o sindicatos, lógicamente, esto seria lo mejor del mundo. En este caso, el problema del Frente Único no existiría en su forma actual.

La cuestión surge de que algunos sectores muy importantes del proletariado pertenecen a organizaciones reformistas o las apoyan. Su experiencia actual es demasiado insuficiente para permitirles abandonarlas y unirse a nosotros. Es precisamente luego de intervenir en aquellas actividades de masas que están a la orden del día, que se producirá un gran cambio en la situación.

He aquí lo que perseguimos. Pero los hechos aun no tienen esas características: actualmente, el sector organizado del proletariado esta dividido en tres agrupamientos.

Uno de ellos, los comunistas, tiene como objetivo la revolución social y precisamente por eso apoya todo movimiento de los explotados contra sus explotadores y contra el Estado burgués.

Otra agrupación, de los reformistas, persigue la conciliación con la burguesía, pero a fin de no perder su influencia sobre los obreros, es empujada, contra los propios deseos de sus dirigentes, a apoyar los movimientos parciales del proletariado contra la burguesía.

Finalmente, existe un tercer agrupamiento: los centristas, quienes vacilan constantemente entre los dos, y no tienen una actuación independiente.

Las circunstancias, por lo tanto, tornan completamente posibles las acciones conjuntas respecto a una serie de cuestiones vitales entre los obreros unidos en torno a esas tres organizaciones respectivamente, y las masas organizadas que las apoyan.

Los Comunistas, como ya hemos dicho, no solo no deben oponerse a tales acciones sino que, por el contrario, deben asumir la iniciativa, precisamente por la razón de que cuánto más sean impulsadas las masas hacia el movimiento mayor será su confianza en si mismas, el movimiento de masas tendrá más confianza en sí mismo y será más capaz de marchar resueltamente hacia delante, no importa cuan modesta sea la consigna inicial de lucha. Y esto significa que el crecimiento del contenido de masas del movimiento lo hace revolucionario y crea condiciones mucho más favorables para las consignas, métodos de lucha y, en general, para el rol dirigente del Partido Comunista.

Los reformistas temen al potente espíritu revolucionario de las masas; su arena más preciada es la tribuna parlamentaria; las oficinas de los sindicatos, las cortes de justicia, las antesalas de los ministerios.

Por el contrario, lo que a nosotros nos interesa, aparte de toda otra consideración, es arrancar a los reformistas de su paraíso y ponerlos al lado nuestro ante las masas. Usando una táctica correcta, solo podemos ganar. El comunista que duda o teme esto, parece aquel nadador que aprobó las tesis sobre el mejor modo de nadar, pero que no quiere arriesgarse a zambullirse.

6.- La unidad de frente presupone asimismo, dentro de ciertos limites y en torno a cuestiones especificas, correlacionar en la práctica nuestras acciones con las de las organizaciones reformistas, frente a aquello en que éstas aun hoy expresen la voluntad de importantes sectores del proletariado combativo.

Pero, después de todo, ¿no nos separamos ayer de ellos? Si, porque no estábamos de acuerdo en cuestiones fundamentales del movimiento obrero; ¿a pesar de eso buscamos acuerdos con ellos? Sí, en todos aquellos casos en que las masas que los siguen a ellos están dispuestas a ligarse en una lucha conjunta con las masas que nos siguen a nosotros, y cuando los reformistas en un mayor o menor grado, son empujados a transformarse en un órgano de esa lucha.

Pero, ¿no dirán que luego de separarnos de ellos aun los necesitamos? Si, sus charlatanes podrán decir eso. Aquí y allá algunos elementos de nuestro Partido pueden asustarse con ello. Pero en lo que respecta al conjunto de las masas proletarias -aun aquellas que no nos siguen y que aun no comprenden el objetivo que perseguimos, pero que ven dos o tres organizaciones obreras conduciendo en una existencia paralela- dichas masas sacarán la siguiente conclusión de nuestra conducta: que a pesar de la escisión, estamos haciendo todo lo posible para facilitar la unidad de la acción a las masas.

7.- La política tendiente a asegurar el Frente Único, por supuesto no incluye garantías de que la unidad de acción será alcanzada en todos sus puntos. Por el contrario, en muchos casos, y quizá en la mayoría de ellos, los acuerdos organizativos serán alcanzados a medias o no lo serán del todo. Pero es necesario que las masas en lucha tengan siempre la posibilidad de convencerse de que la imposibilidad de lograr la unidad de acción no se debió a nuestra política irreconciliable sino a la falta de una real voluntad de lucha por parte de los reformistas.

Al entrar en acuerdos con otras organizaciones, naturalmente asumimos una cierta disciplina en la acción. Pero esta disciplina no puede ser absoluta. En el momento en que los reformistas empiecen a poner freno a la lucha, en detrimento del movimiento, y a actuar en contra de la situación y la voluntad de las masas, nosotros, como organización independiente siempre nos reservaremos el derecho a dirigir la lucha hasta el fin, y esto sin nuestros semialiados temporarios.

Esto puede dar pie a una nueva agudización de la lucha entre nosotros y los reformistas. Pero esta ya no implicara una simple repetición de un conjunto de ideas dentro de un circulo cerrado, sino que significara -si nuestra táctica es correcta- la extensión de nuestra influencia sobre sectores nuevos y frescos del proletariado.

8.- Es posible ver en nuestra táctica una reconciliación con los reformistas solo desde el punto de vista del periodista que piensa que se aleja del reformismo criticándolo ritualmente, sin siquiera abandonar su oficina de redacción, que teme chocar con el reformismo ante las masas, y teme darles a estas ultimas la oportunidad para colocar a comunistas y reformistas en un mismo plano de la lucha dé clases. En esta apariencia del temor revolucionario a la “reconciliación” acecha en esencia una pasividad política que busca perpetuar un orden de cosas en que los comunistas y los reformistas tienen cada uno sus esferas de influencia rígidamente demarcadas, su propio público en los mítines, su propia prensa, y que todo esto cree la ilusión de una seria lucha política.

9.- Rompimos con los reformistas y centristas a fin de obtener una completa libertad de criticar la perfidia, la traición, la indecisión y el espíritu pasivo en el movimiento obrero. Por esta razón, toda clase de acuerdo organizativo que coarte nuestra libertad de crítica y de agitación, es completamente inaceptable para nosotros. Participamos en un Frente Único, pero en ningún instante nos diluimos en él. Actuamos en el Frente Único como un grupo independiente. Es precisamente en el curso de la lucha que el conjunto de las masas debe aprender por experiencia que nosotros luchamos mejor que los demás, que vemos mejor, que somos más audaces y resueltos. De esta forma, nos acercamos cada vez más a la conquista del Frente Único revolucionario, bajo la indiscutida dirección comunista.

 

II. SECTORES EN EL MOVIMIENTO OBRERO FRANCES

 

10.- Si nos Proponemos analizar el problema del Frente Único en su aplicación a Francia, sin abandonar el terreno de estas tesis, que surgen del conjunto de la línea política de la Internacional Comunista, debemos entonces preguntarnos: ¿nos enfrentamos en Francia con una situación en que los comunistas representan, desde el punto de vista de la acción práctica, una magnitud insignificante? O por el contrario, ¿abarcan la gran mayoría de los obreros organizados? ¿O acaso ocupan una posición intermedia? ¿Son lo suficientemente fuertes para que su participación en el movimiento de masas revista la mayor importancia, pero no lo bastante fuertes para concentrar en sus manos la dirección?

Es bien evidente que nos hallamos frente al tercer caso.

11.- En la esfera partidaria, el predominio de los comunistas sobre los reformistas es enorme. La organización y la prensa comunistas superan en mucho a la prensa de los llamados socialistas, tanto en tiraje como en riqueza y vitalidad.

Esta manifiesta preponderancia, sin embargo, lejos de asegurar al Partido Comunista Francés la dirección indiscutida del proletariado francés, no lo ha logrado hasta ahora, debido principalmente a que el proletariado está influenciado poderosamente por tendencias y prejuicios antipolíticos y antipartidarios, alimentados principalmente por los sindicatos.

12.- La particularidad sobresaliente del movimiento obrero francés estriba en eso, en que los sindicatos han servido por mucho tiempo como una cubierta para un Partido político particularismo, anti-parlamentario que lleva este nombre: sindicalismo. Si bien los sindicalistas revolucionarios pueden tratar de delimitar su actuación de la política o de un Partido, no pueden refutar el hecho de que ellos mismos constituyen un Partido político, que busca basarse en las organizaciones sindicales del proletariado. Este Partido tiene sus propias tendencias revolucionarias positivas, pero también sus propios aspectos sumamente negativos: la falta de un programa genuino y definitivo y de una organización constituida. La organización de los sindicatos no corresponde en absoluto a la organización del sindicalismo. En el sentido organizativo, los sindicalistas representan un núcleo político amorfo injertado en los sindicatos.

El problema se complica aun más por el hecho de que los sindicalistas, como todos los otros grupos en el proletariado, se han dividido desde la guerra en dos partes: los reformistas, que apoyan a la burguesía y por lo tanto se inclinan a la colaboración estrecha con los reformistas parlamentarios, y el sector revolucionario, que está buscando el camino para aplastar a su adversario y se está moviendo, en la persona de sus mejores elementos, hacia el comunismo.

Es precisamente esta urgencia de preservar la unidad (de clase) de frente, la que inspiro no solo a los comunistas sino también a los sindicalistas revolucionarios, la táctica absolutamente correcta de la lucha por la unidad de la organización sindical del proletariado francés. Por el otro lado, con el instinto de traidores que hace que sepan que frente a las masas no pueden -en la acción, en la lucha- enfrentarse con el ala revolucionaria, Jouhaux, Merrhaim y Cía. han tomado el camino de la escisión. La lucha colosalmente importante que envuelve actualmente al conjunto del movimiento sindical francés, la lucha entre reformistas y revolucionarios, constituye para nosotros al mismo tiempo una lucha por la unidad de la organización de los sindicatos y del Frente Único Sindical.

 

III. EL MOVIMIENTO SINDICAL Y EL FRENTE UNICO

 

13.- El comunismo francés enfrenta una situación sumamente importante en cuanto a la idea del Frente Único. En la estructura de la organización política, el comunismo francés ha triunfado al conquistar a la mayoría del viejo Partido Socialista, con lo cual los oportunistas añadieron a toda su lista anterior de calificativos, el de “disidentes” es decir, divisionistas. Nuestro Partido se ha servido de esta expresión en el sentido de que ha implantado la designación de divisionistas a las organizaciones social-reformistas francesas, dando así a la vanguardia la certeza de que los reformistas son destructores de la unidad de acción y de la unidad de organización.

14.- En el campo del movimiento sindical, el ala revolucionaria y sobre todo los comunistas, no pueden ocultar, ni tampoco sus adversarios, cuán profundas son las diferencias entre Moscú y Ámsterdam. -diferencias que de ningún modo son simples sombras que oscurecen el panorama del movimiento obrero sino un reflejo del profundo conflicto que conmueve a la sociedad moderna, aparte, especialmente, del conflicto entre la burguesía y el proletariado. Pero al mismo tiempo, el ala revolucionaria, es decir ante todo y principalmente los concientes elementos comunistas, nunca han propugnado la táctica de abandonar los sindicatos o de dividir las organizaciones sindicales. Tales consignas son características de grupos sectarios, de “localistas”, KAPD , ciertos “libertarios” grupitos anarquistas en Francia, que nunca han tenido influencia en el seno del proletariado, que no intentan ni aspiran a conquistar esa influencia sino que se contentan con pequeñas sectas propias y con congregaciones rígidamente demarcadas. Los elementos verdaderamente revolucionarios entre los sindicalistas franceses, han sentido instintivamente que la clase obrera francesa puede ser ganada en la arena del movimiento sindical solo si se enfrentan el punto de vista y los métodos revolucionarios con los de los reformistas en el terreno de la acción de masas, preservando al mismo tiempo él más alto grado posible de unidad en la acción.

15.- El sistema de fracciones en las organizaciones sindicales, adoptado por el ala revolucionaria, significa la forma de lucha más natural para la influencia ideológica para la unidad del frente sin perturbar la unidad de la organización.

16.- Tal como los reformistas del Partido Socialista, los reformistas del movimiento sindical tomaron la iniciativa para la escisión. Pero se debe ante todo a la experiencia del Partido Socialista, que les hizo ver claramente que el tiempo avanzaba a favor de los comunistas, y que la única forma de contraatacar esa influencia era forzando una escisión. Por parte de la camarilla dirigente de la CGT, podemos ver todo un sistema de medidas a fin de desorganizar al ala izquierda, de privarla de aquellos derechos que los sindicatos le dan, y finalmente, a través de la expulsión abierta -en contra de todo estatuto y reglamento de colocarla formalmente fuera de los sindicatos-.

Por otro lado, tenemos al ala revolucionaria luchando para defender sus derechos en el terreno de las normas democráticas de las organizaciones obreras, y resistiendo con toda su fuerza la escisión implantada desde arriba, convocando a la base a la unidad de la organización sindical.

17.-Todo obrero francés consciente debe saber que cuando los comunistas eran una sexta parte, o una tercera parte del Partido Socialista, no intentaron escindirse, pues tenían absoluta certeza de que la mayoría del Partido los seguirían en un futuro cercano. Cuando los reformistas se vieron reducidos a una tercera parte se separaron, carentes de esperanzas en ganar la mayoría de la vanguardia proletaria.

Todo obrero francés consciente debe saber que cuando los elementos revolucionarios tuvieron que enfrentar el problema sindical, a pesar de ser en ese momento una minoría insignificante, le dieron salida en la forma del trabajo en organizaciones de base, pues estaban convencidos que la experiencia de la lucha en las condiciones de una época revolucionaria empujaría enseguida a la mayoría de los obreros organizados hacia el programa revolucionario. Cuando los reformistas, en cambio, percibieron el crecimiento del ala revolucionaria en los sindicatos, acudieron inmediatamente al método de la expulsión y la división.

De aquí podemos sacar conclusiones de la mayor importancia:

Primero, la enorme profundidad de las diferencias que reflejan, como ya hemos dicho, la contradicción entre la burguesía y el proletariado, ha sido clarificada.

Segundo, el “democratismo” hipócrita de los opositores de la dictadura queda al desnudo hasta las raíces, máxime cuando estos caballeros no se inclinan a tolerar, no solo en la estructura del Estado sino también en la estructura de las organizaciones obreras, los métodos democráticos. Allí donde estas organizaciones obreras se vuelven contra ellos, las abandonan, tal como los disidentes en el Partido, o expulsan a los demás como hace la camarilla de Johuax Desmoulins. Es monstruoso suponer que la burguesía podría permitir que la lucha contra el proletariado llegara a una decisión dentro de una estructura democrática, cuando hasta los agentes de la burguesía en los sindicatos y en las organizaciones políticas se oponen a resolver las cuestiones del movimiento obrero sobre la base de las normas de la democracia proletaria adoptadas voluntariamente por ellos.

18.- La lucha por la unidad de la organización obrera y de la acción sindical seguirá siendo, en un futuro, una de las tareas más importantes del Partido Comunista, no solo una lucha en el sentido de empujar constantemente hacia la unidad de grandes sectores de obreros en torno al programa y tácticas de los comunistas, sino también en el sentido de que el Partido Comunista -en marcha hacia la realización de este objetivo- tanto en forma directa como a través de los comunistas en los sindicatos, se esfuerza por medio de la acción, por reducir a un mínimo los obstáculos que son las divisiones para el movimiento obrero.

Si a pesar de todos nuestros esfuerzos por restablecer la unidad, la división en la CGT se afirma sin remedio en un futuro inmediato, esto no significa en absoluto que la “CGT Unitaire” , sin tener en cuenta si una mitad o más de la mitad de los obreros organizados se le unirán en el próximo periodo, debe llevar adelante su tarea ignorando simplemente la existencia de la CGT reformista. Una política de esta naturaleza significaría dificultades al extremo, y hasta excluiría la posibilidad de realizar acciones coordinadas del proletariado, y al mismo tiempo facilitaría al máximo la posibilidad de que la CGT reformista jugara, en beneficio de la burguesía, el rol de “Ligue Civique” frente a huelgas, manifestaciones, etc.; y al mismo tiempo daría a la CGT reformista una especie de justificación, al argumentar que la CGT Unitaire provoca acciones publicas inoportunas, y que debe cargar con toda la responsabilidad por ellas. Es bien evidente que en todos los casos donde las circunstancias lo permitan a la CGTU revolucionaria, ésta iniciará una campaña cuando lo considere necesaria, dirigiéndose abiertamente a la CGT reformista con propuestas y demandas para un plan concreto de acciones coordinadas, y obligarla a sufrir la presión de la opinión publica proletaria, exponiendo ante dicha opinión publica cada uno de los pasos inciertos y evasivos de los reformistas.

Aun en el caso de que la división en la organización sindical sea un hecho, los métodos de lucha por el Frente Único conservaran todo su significado.

19.- Podemos, por lo tanto, establecer que en relación con el sector más importante del movimiento obrero —los sindicatos- la táctica del Frente Único exige que los métodos con que llevamos adelante la lucha contra Jouhaux y Cía., sean aplicados en forma más consistente, y con más persistencia y resolución que nunca

 

IV. LA LUCHA POLITICA Y EL FRENTE UNICO

 

20.- En el plano del Partido, hay una gran diferencia con los sindicatos; la preponderancia del Partido Comunista sobre el Partido Socialista es enorme. Por lo tanto, es posible suponer que el Partido Comunista como tal es capaz de asegurar la unidad del frente político, y que por consiguiente no hay razones que lo empujen a dirigirse a la organización de los disidentes con propuestas para acciones concretas. Esta cuestión, de ser planteada en una estricta forma legista, basada en relación de fuerzas y no en un radicalismo verbal, debe ser apreciada coma merece.

21.- Cuando consideramos que el Partido Comunista cuenta con 130.000 miembros mientras que los socialistas tienen 30.000. Los éxitos enormes de la idea comunista en Francia se hacen evidentes. En cambio, sí tomamos en cuenta la relación entre esas cifras y la fuerza numérica del proletariado en su conjunto y la existencia de sindicatos reformistas, amén de la existencia de tendencias anti-comunistas en los sindicatos revolucionarios, entonces la cuestión de la hegemonía del Partido Comunista en el movimiento obrero se nos presentara como una tarea muy difícil, aun lejos de resolverse con nuestra preponderancia numérica frente a los disidentes. Estos últimos pueden, bajo ciertas condiciones, constituir un factor contrarrevolucionario mucho más importante dentro del proletariado de lo que podría parecer si uno juzga solamente a través de la debilidad de su organización y la insignificancia del tiraje y del contenido ideológico de su órgano, “Le Populaire”.

22.- A fin de apreciar la situación, es preciso dar una síntesis clara de su desarrollo. La transformación de la mayoría del viejo Partido Socialista en Partido Comunista se produjo como resultado de una ola de insatisfacción y resulta engendrada por la guerra en todos los países de Europa. El ejemplo de la Revolución Rusa y las consignas de la Tercera Internacional, indicaron el camino para salir de esta situación. Sin embargo, la burguesía pudo sostenerse en el periodo 1919-20 y pudo, a través de medidas combinadas, establecer un cierto equilibrio basado sobre los cimientos de la posguerra, equilibrio que fue socavado por las más terribles contradicciones y conduce a grandes catástrofes, pero que provee de cierta estabilidad por el momento, y para un periodo muy inmediato. La Revolución Rusa, superando las mayores dificultades creadas por el capitalismo mundial, ha sido capaz de llevar a cabo sus tareas socialistas solo en forma gradual, a costa de un extraordinario drenaje de todas sus fuerzas. Como resultado de esto, el flujo inicial de las tendencias revolucionarias ha dado lugar a un reflujo. Solamente los sectores más resueltos, audaces y jóvenes del proletariado mundial han permanecido bajo la bandera del comunismo.

Esto naturalmente no significa que los amplios sectores del proletariado que se han desilusionado en sus esperanzas de una revolución inmediata, de rápidas transformaciones radicales, etc., hayan vuelto en conjunto a sus antiguas posiciones de preguerra. No, su insatisfacción es más profunda que nunca, su odio a los explotadores más agudo. Pero al mismo tiempo, se hallan políticamente desorientados, no ven el camino de la lucha y por ende permanecen pasivamente a la expectativa, dando pie a la posibilidad de agudas oscilaciones hacia uno u otro lado, según como se presenta la situación.

Esta gran reserva de elementos pasivos y desorientados puede, bajo determinadas circunstancias, ser utilizada por los divisionistas en contra nuestro.

23.- Para apoyar al Partido Comunista, es necesario tener fe en la causa revolucionaria, ser leal y activo. Para apoyar a los disidentes, son necesarias y suficientes la desorientación y la pasividad. Es absolutamente natural que el sector revolucionario y activo del proletariado reclute de sus filas una proporción mucho mayor de miembros para el Partido Comunista, de lo que es capaz de proveer el sector pasivo y desorientado al Partido de los divisionistas.

Lo mismo puede decirse de la prensa. Los elementos indiferentes leen poco. La insignificancia de la circulación y contenido de “Le Populaire” refleja las condiciones de un sector del proletariado. El hecho de que haya un completo ascendiente de los intelectuales profesionales sobre los obreros en el Partido de los divisionistas, no contradice en absoluto nuestro análisis; que el proletariado pasivo y parcialmente desilusionado, parcialmente desorientado, sirve, especialmente en Francia, de fuente de alimento para las camarillas políticas formadas por abogados y periodistas, curanderos reformistas y charlatanes parlamentarios.

24.- Si contemplamos la organización del Partido como un ejército activo y a las masas proletarias desorganizadas como las reservas; y si garantizamos que nuestro ejercito activo es tres o cuatro veces más poderoso que el ejército activo de los divisionistas, entonces, bajo una combinación de circunstancias dada, las reservas pueden dividirse entre nosotros y los social-reformistas, en una proporción mucho menos favorable para nosotros.

PELIGRO DE UN NUEVO PERIODO “PACIFISTA”

25.- La idea de un “bloque de izquierda” está penetrando en la atmósfera política francesa. Luego de un nuevo periodo de Poncareismo, que constituye un intento de la burguesía de servir un plato recalentado -hecho con las ilusiones del pueblo de lograr la victoria- es bien probable una reacción pacifista en amplios círculos de la sociedad burguesa, especialmente entre la pequeño burguesía. Las esperanzas de una pacificación universal, de un acuerdo con la URSS, de obtener de ésta, bajo condiciones ventajosas, materias primas y el pago de sus deudas, disminuyen aplastadas por el militarismo; y de esta manera, el programa ilusorio del pacifismo democrático puede durante un cierto periodo transformarse en programa de un bloque dé izquierda, que reemplazará al bloque nacional.

Desde el punto de vista del desarrollo de la revolución en Francia, tal cambio de régimen será un paso adelante solo en el caso que el proletariado haya sido alcanzado muy poco por las ilusiones del pacifismo pequeño burgués.

26.- Los divisionistas reformistas son la agencia del “bloque de izquierda” en la clase obrera. Sus éxitos serán mayores cuando menos el proletariado sea alcanzado por la idea y practica del Frente Único contra la burguesía. Un sector de los obreros, desorientado por la guerra y la demora en el advenimiento de la revolución puede aventurarse a apoyar el bloque de izquierda como un mal menor, en la creencia de que no arriesgara nada, y a causa de que no ve otro camino.

27.- Uno de los medios más efectivos para contrarrestar en el proletariado las formas y las ideas del bloque de izquierda, es decir, un bloque formado por los obreros y cierto sector de la burguesía contra otro sector de la burguesía es insistir resuelta y persistentemente en la idea de un bloque formado por todos los sectores del proletariado contra el conjunto de la burguesía.

28.- En relación con los divisionistas, esto significa que no debemos permitirles ocupar impunemente una posición temporalmente evasiva respecto al movimiento obrero, y usar platónicas declaraciones de simpatía por los obreros, como una cubierta para aplicar al trasero de los opresores burgueses. En otras palabras, podemos y debemos, en todas las circunstancias adecuadas, proponer a los divisionistas una forma especifica de ayuda conjunta a los huelguistas, obreros bajo lock-out, desocupados, inválidos de guerra, etc. informando a las masas de su respuesta a nuestras propuestas, y en esta forma, oponerlos a ciertos sectores del proletariado políticamente indiferentes o semi-indiferentes, entre los cuales los reformistas esperan encontrar pronto apoyo en ciertas condiciones propicias.

29.- Este tipo de táctica es tanto más importante cuanto que los divisionistas están íntimamente ligados a la CGT reformista, y constituyen con esta ultima las dos alas de la agencia burguesa en el movimiento obrero. Debemos tomar la ofensiva simultáneamente en el campo sindical y político contra esta agenda de doble faz, aplicando los mismos métodos tácticos.

30.- La lógica de nuestra conducta impecable y sumamente persuasiva en la agitación es la siguiente: “Ustedes, los reformistas del sindicalismo y socialismo”, les decimos ante las masas, “han dividido a los sindicatos y al Partido mediante ideas y métodos que consideramos equivocados y criminales. Les exigimos que por lo menos se abstengan de poner obstáculos a las tareas del proletariado, y que hagan posible la unidad de acción. En la situación concreta dada, proponemos tal y tal programa de lucha”.

31.- En forma similar, el método indicado podría ser empleado con éxito en actividades municipales y parlamentarias. Decimos a las masas: “los disidentes, debido a que no quieren la revolución, han dividido a los obreros. Estaríamos locos si confiáramos con su ayuda a la revolución proletaria. Pero estamos dispuestos, dentro y fuera del parlamento, a entrar en ciertos acuerdos prácticos con ellos, teniendo en cuenta que estos acuerdos sean sobre cuestiones que los obliguen a elegir entre los intereses conocidos de la burguesía y las reivindicaciones definitivas del proletariado; para apoyar a este ultimo en la acción, los divisionistas solo pueden ser capaces de tales acciones si renuncian a sus ligazones con los partidos de la burguesía, o sea, el bloque de izquierda y la disciplina burguesa”.

Si los divisionistas fueran capaces de aceptar estas condiciones, entonces los obreros que los siguen serian rápidamente absorbidos por el Partido Comunista. Pero precisamente debido a esto, los divisionistas no aceptarán estas condiciones. En otras palabras, ante la clara y precisa cuestión de sí eligen un bloque con la burguesía o un bloque con el proletariado —en las condiciones concretas y específicas de la lucha de clases— se verán obligados a declarar que prefieren un bloque con la burguesía. Una respuesta tal no pasara de largo ante las reservas proletarias con las cuales cuentan los reformistas.

 

V. TAREAS INTERNAS DEL PARTIDO COMUNISTA

 

32.- La política esbozada más arriba presupone, naturalmente, una completa independencia organizativa, claridad ideológica y firmeza revolucionaria por parte del Partido Comunista.

Por ende, ejemplarizando, es imposible llevar adelante con éxito una línea política que intente desacreditar ante las masas la idea de un bloque de izquierda, si en las filas de nuestro mismo Partido hay partidarios de este bloque en cantidad suficiente como para defender abiertamente esta línea de la burguesía. La expulsión incondicional y sin piedad de quienes estén a favor de la idea de un bloque de izquierda, es una tarea sobreentendida del Partido Comunista. Esto limpiará nuestra línea política de elementos que siembren el error y la falta de claridad; atraerá la atención de los obreros de vanguardia hacia la importancia del problema del bloque de izquierdas, y demostrará que el Partido Comunista no juega con las cuestiones que amenazan la unidad revolucionaria en la acción del proletariado contra la burguesía.

33.- Aquellos que tratan de utilizar la idea del Frente Único para agitar a favor de la unificación con los reformistas y los disidentes, deben ser arrojados sin piedad de nuestro Partido, pues sirven de agencia de los divisionistas en nuestras filas, y confunden a los obreros sobre los motivos de la división y sobre quiénes son los responsables de ella. En vez de plantear correctamente la posibilidad de tal o cual acción práctica coordinada con los disidentes, a pesar de su carácter pequeño burgués y esencialmente contrarrevolucionario, piden que nuestro Partido renuncie a su programa comunista y a sus métodos revolucionarios. La expulsión irrevocable de estos elementos, demostrara en forma excelente que la táctica del Frente Único proletario en modo alguno representa una capitulación o reconciliación con los reformistas. La táctica del Frente Único exige del Partido una completa libertad de maniobra, flexibilidad y resolución. Para hacer esto posible, el Partido debe declarar en forma clara y específica en todo momento, cuáles son sus deseos, qué objetivo de lucha se da, y debe plantear con autoridad, ante las masas, sus pasos y propuestas.

34.- De aquí surge la completa imposibilidad de admitir a los miembros del Partido que publiquen individualmente, bajo su propia responsabilidad y riesgo, cuestiones políticas en las que oponen sus propias consignas, métodos de acción y propuestas a las que representan al Partido.

Bajo la cubierta del Partido Comunista y en consecuencia, también en el medio influenciado por una cobertura comunistas, es decir; el medio obrero, estos elementos siembran día a día ideas hostiles al Partido o siembran la confusión o el escepticismo, lo que resulta más dañino que las ideologías abiertamente hostiles.

Los órganos de esta clase, junto con sus editores, deben ser expulsados del Partido y la Francia proletaria por entero debe enterarse de esta acción por medio de artículos que expongan sin piedad a los contrabandistas pequeñoburgueses que actúan bajo la bandera comunista.

35.- De lo dicho hasta aquí surge también la completa inadmisibilidad de que en las publicaciones fundamentales del Partido aparezcan, junto a artículos que defienden los conceptos básicos del comunismo, otros trabajos que los combatan o los nieguen. Es absolutamente inadmisible la continuación, en la prensa del Partido, de un régimen bajo el cual los lectores proletarios hallen, bajo la cubierta de los editoriales de las principales publicaciones del Partido, artículos que traten de retrotraerlos a posiciones de un pacifismo lacrimoso, y que propaguen entre los obreros una hostilidad que debilita, hacia la violencia revolucionaria, ante la violencia triunfante de la burguesía. Bajo la mascara de una lucha contra el militarismo, se conduce una lucha contra las ideas de la revolución y del levantamiento de las masas.

Si luego de la experiencia de la guerra y de todos los acontecimientos posteriores, especialmente en la URSS y en Alemania, los prejuicios del pacifismo humanitario aun sobreviven en el Partido Comunista, y si el Partido considera necesario -en interés de la completa liquidación do estos prejuicios- abrir una discusión al respecto, los pacifistas y sus prejuicios en ningún caso pueden intervenir en la discusión como una fuerza igual, sino que deben ser condenados severamente por la dirección del Partido, en nombre de su Comité Central. Luego que el Comité Central haya decidido que la discusión está agotada, todo intento de desparramar las ideas del tolstoismo o cualquier otra variante del pacifismo, debe provocar irrevocablemente la expulsión de las filas del Partido.

36.- Se podría afirmar, sin embargo, que mientras no se complete la tarea de limpiar al Partido de los prejuicios del pasado y de completar su cohesión interna, seria peligroso colocar al Partido en situaciones en que se aproximara estrechamente a los reformistas y nacionalistas. Pero este punto de vista es falso, naturalmente, no puede negarse que la transición de una amplia actividad propagandística a la participación directa en el movimiento de masas, entraña nuevas dificultades y – por lo tanto, peligros para el Partido Comunista-. Pero seria totalmente erróneo suponer que el Partido puede prepararse para todas estas pruebas sin participar directamente en la lucha, sin entrar directamente en contacto con enemigos y adversarios. Por el contrario, solo así puede alcanzarse una limpieza y cohesión interna del Partido real, no ficticia. Puede que algunos elementos en el Partido y en la burocracia obrera se sientan más inclinados hacia los reformistas, de los cuales se han separado accidentalmente, que hacia nosotros. Perder a esas aves de paso no será un peligro sino una ventaja, y será compensado cien veces por la inyección al Partido de los obreros y obreras que hoy siguen todavía a los reformistas. El Partido se hará entonces más homogéneo, más resuelto y más proletario.

 

VI. LAS TAREAS DEL PARTIDO EN EL MOVIMIENTO SINDICAL

 

37.- Una de las tareas más fundamentales, es la de adquirir una absoluta claridad frente al problema sindical, tarea que sobrepasa en mucho a las otras que enfrenta el Partido Comunista en Francia.

Naturalmente, la leyenda difundida por los reformistas de que se están haciendo planes para subordinar los sindicatos organizativamente al Partido, debe ser denunciada y expuesta enérgicamente. Los sindicatos cuentan con obreros de tendencias políticas distintas, así como con hombres sin Partido, ateos o creyentes, en cambio, el Partido une en sus filas a hombres que piensa igual políticamente, sobre la base de un programa definido. El Partido no tiene ni puede tener instrumentos ni métodos para atar a los sindicatos desde fuera.

El Partido puede ganar influencia en la vida de los sindicatos si sus militantes trabajan en los sindicatos y llevan ahí el punto de vista del Partido. La influencia de los miembros del Partido en los sindicatos depende naturalmente de su fuerza numérica; y especialmente en el grado en que sean capaces de aplicar correctamente y en forma consistente y rápida, los principios del Partido a las necesidades del movimiento sindical.

El Partido tiene el derecho y él deber de proponerse conquistar, según la línea trazada más arriba, una influencia decisiva en las organizaciones sindicales. Solo alcanzará su objetivo si el trabajo de los comunistas en los sindicatos se armoniza completa y exclusivamente con los principios del Partido, y si es conducido invariablemente bajo su control.

38.- Las mentes de todos los comunistas deben ser por lo tanto purgadas de todo prejuicio reformista, que haga aparecer al Partido como una organización política parlamentaria del proletariado y nada más. El Partido Comunista es la organización de la vanguardia proletaria para la fructificación ideológica del movimiento obrero, y para asumir su dirección en todas las esferas, principalmente en los sindicatos. Si los sindicatos no están subordinados a un Partido, sino que son organizaciones completamente autónomas, los comunistas dentro de los sindicatos no por ello deben pretender realizar una tarea sindical autónoma, sino que deben actuar como los transmisores del programa y la táctica de su Partido. Condenamos severamente la conducta de aquellos comunistas que no solo no luchan en los sindicatos por la influencia de las ideas del Partido, sino que contraatacan esta lucha en nombre de un principio de “autonomía” aplicado por ellos en forma absolutamente falsa. En realidad, preparan el camino para la influencia decisiva en el campo sindical de individuos, grupos y camarillas que no tienen ni un programa definido ni se agrupan en torno a una organización, y que utilizan lo amorfo de los sectores y relaciones ideológicos para mantener el aparato organizativo en sus manos y asegurar la independencia de su camarilla de todo control por parte de la vanguardia proletaria.

Si el Partido, en su actividad en los sindicatos, debe mostrar la mayor atención y cuidados hacia las masas sin Partido y hacia sus representantes concientes y honestos; si el Partido debe, sobre la base de su tarea conjunta, acercarse estrechamente á los mejores elementos del movimiento sindical -incluso los anarquistas revolucionarios que sean capaces de aprender- el Partido en cambio, no debe tolerar a los seudo-comunistas que utilizan los Estatutos del Partido solo para ejercer una influencia anti-partidaria en los sindicatos.

39.- El Partido, a través de su prensa, de sus propagandistas y sus miembros en los sindicatos, debe someter a una crítica constante y sistemática los defectos del sindicalismo revolucionario, a fin de resolver las tareas básicas del proletariado. El Partido debe criticar sin cansancio y con persistencia, los aspectos teóricos y prácticos débiles del sindicalismo, explicando al mismo tiempo a sus mejores elementos que el único camino correcto para asegurar la influencia revolucionaria en los sindicatos y en el movimiento obrero en su conjunto, es el ingreso en el Partido Comunista, es su participación en la solución de todas las cuestiones básicas del movimiento, en sacar conclusiones de las experiencias, en fijar nuevas tareas, en limpiar al mismo Partido y en fortalecer sus ligazones con el proletariado.

40.- Es absolutamente indispensable hacer un censo de todos los miembros del Partido Comunista francés, a fin de determinar su estado social (obreros, empleados públicos, campesinos, intelectuales, etc.), sus relaciones con el movimiento sindical (¿Pertenecen a sindicatos? ¿Participan en mítines comunistas? ¿En mítines de los sindicatos revolucionarios? ¿Aplican en los sindicatos las resoluciones del Partido?, etc.); su actitud hacia la prensa del Partido, (¿Qué publicaciones del Partido leen?), y así sucesivamente.

Este censo debe ser llevado a cabo de forma que sus principales aspectos puedan considerarse antes del advenimiento del Cuarto Congreso Mundial de la Internacional Comunista.

Marzo de 1922

 


Escrito: En Moscú en marzo de 1922 para el Pleno del Comité Ejécutivo de la Internacional Comunista que entro en sesión en febrero del mismo año como material para un informe sobre la cuestión de los comunistas franceses.
Primera Edición: En 1924 como parte de la recopilacion Pyat Let Kominterna por la Editorial del Estado, Moscú.
Fuente del Presente Texto: Las Tácticas del Frente Único. Editorial CEPE, Buenos Aires, 1973.
Digitalizaión: Ramiro Alvarez, 2009.
Esta edición: Marxists Internet Archive, mayo de 2010.
Formato alternativo: PDF


 

En el centenario de la Revolución de Octubre

por David North//

Hace cien años, en la mañana del 7 de noviembre de 1917, el Comité Militar Revolucionario del Sóviet de Petrogrado, encabezado por León Trotsky, proclamó lo siguiente a los ciudadanos de Rusia.

El Gobierno Provisional ha sido derrocado. El poder estatal ha pasado a manos del órgano del Sóviet de Petrogrado de los Diputados de Obreros y Soldados, el Comité Militar Revolucionario, el cual dirige al proletariado y a la guarnición de Petrogrado.

¡La causa por la que ha luchado el pueblo —la oferta inmediata de una paz democrática, la abolición de la propiedad de tierra de los terratenientes, el control obrero de la industria y la creación de un Gobierno de los sóviets— ha quedado asegurada!

¡Viva la revolución de los trabajadores, soldados y campesinos!

Vladimir Lenin

Esa misma tarde, Lenin, quien tres meses antes había sido denunciado por el Gobierno Provisional burgués como un criminal, recibió una ovación estruendosa cuando salió de su escondite y entró en el salón donde se encontraban congregados los delegados soviéticos. Siendo testigo de los extraordinarios eventos de ese día, el periodista socialista estadounidense, John Reed, dejó una memorable descripción del líder bolchevique, “amado y reverenciado como quizás pocos líderes en la historia”. Escribe que Lenin fue un “líder extrañamente popular, un líder en virtud puramente de su intelecto”, que poseía “el poder de explicar ideas profundas en términos simples, de analizar una situación concreta. En combinación con su perspicacia, la máxima audacia intelectual”.

Al llegar al podio, Lenin comenzó su discurso ante los delegados presentes: “Camaradas, la revolución de los trabajadores y campesinos, sobre cuya necesidad han hablado siempre los bolcheviques, ha sido alcanzada”.

Ya que Rusia todavía utilizaba el viejo calendario juliano, el derrocamiento del Gobierno Provisional entró en la historia como la Revolución de Octubre. Sin embargo, a pesar de que Rusia iba trece días atrás de Europa Occidental y América del Norte, la toma de poder por los bolcheviques catapultó a Rusia, en términos políticos al frente de la historia mundial. La insurrección liderada por los bolcheviques fue la culminación de una lucha política que había comenzado ocho meses antes, en febrero de 1917, con la deposición de la autocracia zarista que había gobernado Rusia por más de trescientos años.

Marcha de las mujeres durante la Revolución de Febrero

El levantamiento de febrero-marzo 1917 desencadenó una batalla prolongada por la perspectiva política y el significado histórico de la revolución que se había desatado en Rusia. Los kadetes burgueses (Partido Democrático Constitucional), los reformistas mencheviques y los socialrevolucionarios que se basaban en el campesinado vieron la revolución en términos principalmente nacionales. El derrocamiento del régimen zarista, insistían, no había sido nada más que una revolución democrática nacional. Las tareas de la revolución se confinaban al reemplazo del régimen zarista por algún tipo de república parlamentaria, basada en la de Francia o de Reino Unido y dedicada a promover el desarrollo de la economía rusa sobre fundamentos capitalistas.

En la práctica, los kadetes, temiendo un levantamiento revolucionario y aborreciendo a las masas, se opusieron a cualquier cambio en las estructuras sociales que amenazara sus riquezas. En lo que corresponde a los mencheviques y socialrevolucionarios, sus programas reformistas excluyeron cualquier avance significativo contra la propiedad capitalista. Para ellos, tomarían décadas de desarrollo capitalista antes de incluso considerar una transición al socialismo como una posibilidad.

Dentro del marco de esta perspectiva, rechazaron inequívocamente el derrocamiento político de la clase capitalista y la toma del poder por parte de la clase trabajadora. La subordinación política de la clase trabajadora al dominio burgués significó un apoyo a la continuación de la participación rusa en el baño de sangre de la guerra mundial imperialista que había comenzado en 1914.

Antes del regreso de Lenin del exilio en abril de 1917, los principales dirigentes bolcheviques en Petrogrado, Lev Kámenev y Iósif Stalin, habían consentido a la subordinación del sóviet (consejo) obrero, bajo una dirección menchevique, al Gobierno Provisional. A raíz de esto, Kámenev y Stalin aceptaron el argumento que, tras traerse abajo el régimen zarista, la participación de Rusia en la guerra imperialista se había convertido en un combate democrático contra la autocracia alemana que debía contar con el apoyo de la clase obrera. Por consiguiente, los patentes intereses imperialistas de la burguesía rusa fueron maquillados con frases hipócritas sobre una “paz democrática”.

El regreso de Lenin a Rusia el 16 de abril conllevó a un cambio dramático de orientación en el Partido Bolchevique. En oposición a los aliados del Gobierno Provisional en el Sóviet de Petrogrado, incluyendo a una facción substancial de la dirigencia bolchevique, Lenin hizo el llamamiento de transferir el poder a los sóviets. Los fundamentos de esta demanda revolucionaria, que sorprendió tanto a los mencheviques como a los camaradas de Lenin en la cúpula bolchevique, consistían en una concepción profundamente diferente del significado histórico de la Revolución Rusa.

Una manifestación de soldados en febrero de 1917

Desde que comenzó la guerra mundial imperialista en agosto de 1914, Lenin había insistido en que ésta marcaba el comienzo de una nueva etapa en la historia mundial. La masacre desatada por la guerra surgió de las contradicciones globales del imperialismo capitalista. Las contradicciones del sistema imperialista, las cuales buscaban resolver los regímenes capitalistas mediante la guerra, iban a incitar una respuesta revolucionaria por parte de la clase trabajadora internacional.

Esta comprensión del contexto histórico y mundial de la Revolución Rusa formó la base de las políticas que iban a guiar al Partido Bolchevique después del regreso de Lenin, quien insistió en que esta Revolución tenía que ser entendida como el comienzo de la revolución socialista mundial. En el Séptimo Congreso del Partido Bolchevique en abril de 1917, aseveró:

El gran honor de comenzar la revolución le ha tocado al proletariado ruso. Pero, el proletariado ruso no puede olvidar que su movimiento y su revolución son sólo una parte del movimiento revolucionario del proletariado mundial que, por ejemplo, en Alemania está tomando más ímpetu con cada día que pasa. Sólo desde este ángulo podremos definir nuestras taras.

En los meses de abril a octubre, Lenin escribió cuantiosos artículos con los que empapó y elevó la conciencia de los miembros del partido y decenas de miles de obreros que leían los panfletos, periódicos y folletos bolcheviques con un entendimiento del carácter internacional de la revolución. Aquellos que afirman que la revolución bolchevique fue un “golpe de Estado” orquestado en secreto están simplemente ignorando el hecho de que las apelaciones de Lenin por una revolución socialista estaban siendo leídas, estudiadas y debatidas en las fábricas, los cuarteles y en las calles de todas las principales ciudades de Rusia.

En setiembre, sólo un mes antes de la toma del poder, el Partido Bolchevique publicó el panfleto de Lenin titulado Las tareas del proletariado en la presente revolución. No había nada ambiguo, mucho menos subrepticio, en la presentación de Lenin del programa y las intenciones del Partido Bolchevique. Con un nivel extraordinario de consciencia histórica, Lenin explicó la necesidad objetiva expresada en las políticas bolcheviques:

La guerra no ha sido engendrada por la voluntad maligna de los bandidos capitalistas, aunque es indudable que se hace sólo en interés suyo y sólo a ellos enriquece. La guerra es el producto de medio siglo de desarrollo del capital mundial, de sus miles de millones de hilos y vínculos. Es imposible salir de la guerra imperialista, es imposibleconseguir una paz democrática, una paz no impuesta por la violencia, sin derribar el Poder del capital y sin que el Poder del Estado pase a manos de otra clase, del proletariado.

Con la revolución rusa de febrero—marzo de 1917— la guerra imperialista comenzó a transformarse en guerra civil. Esta revolución ha dado el primer paso hacia el cese de la guerra. Pero sólo un segundopaso puede asegurar ese cese, a saber, el paso del Poder del Estado a manos del proletariado. Eso será el comienzo de la “ruptura del frente” en todo el mundo, del frente de los intereses del capital; y sólo rompiendo ese frente puede el proletariado redimir a la humanidad de los horrores de la guerra y asegurarle el bien de la paz de forma duradera.

Durante el periodo que siguió a las “Jornadas de julio” —marcadas por una brutal represión de la clase obrera a manos del Gobierno Provisional—, Lenin se vio obligado a ocultarse. León Trotsky, quien había regresado a Rusia en mayo y se unió rápidamente a la dirección del Partido Bolchevique, fue encarcelado. No obstante, fue dejado libre en setiembre, como consecuencia del fallido golpe de Estado contrarrevolucionario del general Kornílov. Luego, fue electo presidente del Sóviet de Petrogrado. En las semanas próximas, Trotsky emergió como el principal líder de las masas y orador de la revolución. Desempeñó el papel decisivo en la planificación estratégica y organización de la insurrección bolchevique.

León Trotsky

Sin lugar a dudas, hubo un elemento de genio en el liderazgo de Trotsky de la insurrección bolchevique. Sin embargo, el rol de Trotsky en la Revolución de Octubre surgió, al igual que el de Lenin, a raíz de un análisis sobre el lugar que ocupaba la Revolución Rusa en la historia mundial. De hecho, Trotsky, en la elaboración de su Teoría de la Revolución Permanente, fue el primero en prever, tan temprano como 1905, que la revolución democrática contra la autocracia zarista en Rusia evolucionaría necesariamente a una revolución socialista que conduciría a la transferencia del poder a la clase obrera.

El análisis de Trotsky desafiaba las afirmaciones de que las tareas políticas de la clase obrera eran determinadas por el atraso económico de Rusia, y que por ende “no estaba lista” para una revolución socialista. “En un país atrasado económicamente —escribió en 1905— el proletariado puede llegar al poder antes de que en un país con el capitalismo más avanzado”.

No obstante, ¿cómo iba a poder sostener su revolución la clase obrera? Trotsky, un largo tiempo antes de los eventos de 1917, escribió que la clase trabajadora,

“no tendrá ninguna alternativa más que conectar el destino de su control político, y, por ende, el destino de la revolución rusa en su conjunto, con el destino de la revolución socialista en Europa. Ese enorme poder estatal y político otorgado por un conjunto de circunstancias temporales en la revolución burguesa en Rusia se fundirá en las escalas de la lucha de clases de todo el mundo capitalista. Con el poder estatal en sus manos, la contrarrevolución detrás de sí y la reacción europea adelante, clamará hacia sus camaradas del mundo entero el viejo llamamiento para un último ataque: ¡Proletariados de todos los países, uníos!”.

*****

Para el mes de octubre de 1917, la pesadilla de la Primera Guerra Mundial ya había cobrado la vida de millones de soldados. Las noticias acerca de la insurrección bolchevique recorrieron la conciencia de las masas como una gran descarga eléctrica. La Revolución de Febrero fue un evento ruso, pero la Revolución de Octubre fue un acontecimiento que cambió el mundo. Lo que era meramente un “espectro” en 1847, existía ahora como un Gobierno revolucionario que tomó el poder con base en una insurrección de la clase obrera.

Rosa Luxemburgo, cuando escuchó acerca de la Revolución estando en prisión, le relató a una amiga en una carta que buscaba impacientemente en los periódicos para saber más de lo que acontecía en Rusia. Expresó dudas acerca de si la revolución iba a poder sobrevivir ante la oposición armada del imperialismo mundial; sin embargo, no dudó la enormidad del evento revolucionario, expresando admiración hacia lo que habían logrado Lenin y Trotsky, camaradas que había conocido muchos años antes. La insurrección encabezada por los bolcheviques, escribió, “es un acto mundial e histórico, cuyo ejemplo vivirá por eones”.

Rosa Luxemburgo

Muchos años después, celebrando el vigésimo quinto aniversario de la Revolución de Octubre, el líder trotskista estadounidense, James P. Cannon, rememoró el impacto de 1917 en los socialistas alrededor del mundo:

Por primera vez, concentrada en una acción revolucionaria, tuvimos una demonstración acerca del verdadero significado del marxismo. Por primera vez, aprendimos del ejemplo y las enseñanzas de Lenin y Trotsky y los líderes de la revolución rusa el significado verdadero de un partido revolucionario. Aquellos que recuerdan ese momento, cuyas vidas fueron soldadas a la revolución rusa, deben contemplarla hoy como la fuerza más inspiradora y aleccionadora que la clase oprimida mundial haya conocido.

La Revolución de Octubre figura entre los eventos más importantes y progresistas de la historia mundial. Forma parte de una cadena de eventos históricos-mundiales, como la Reforma protestante, la Revolución Estadounidense, la Revolución Francesa, que fueron grandes hitos en el desarrollo de la civilización humana.

El impacto global de la Revolución de Octubre es incalculable. Fue un acontecimiento que prendió la chispa de un movimiento de la clase obrera y de todas las masas oprimidas contra la explotación imperialista y la opresión imperialista. Es imposible pensar en alguna conquista política o social significativa de la clase obrera en el siglo XX, en cualquier parte del mundo, que no le deba una parte substancial de su realización a la Revolución Bolchevique. El establecimiento del Estado soviético fue el primer gran logro de la Revolución de Octubre. La victoria de los bolcheviques demostró en la práctica la posibilidad de una conquista del poder estatal por parte de la clase obrera, poniendo fin al dominio de la clase capitalista y organizando a la sociedad sobre una base no capitalista, sino socialista.

Mientras que la formación de la Unión Soviética fue el producto inmediato de la insurrección encabezada por los bolcheviques, no cubre por sí sola el significado histórico completo de la Revolución de Octubre. El establecimiento del Estado soviético en octubre de 1917 fue tan sólo el primer episodio de una nueva época de la Revolución Socialista Mundial.

Esta distinción histórica entre un episodio y una época es crítica para poder entender el destino tanto de la Unión Soviética como del mundo contemporáneo. La disolución de la URSS en 1991 marcó el final del Estado fundado en 1917, pero no marcó la conclusión de la época de la revolución socialista mundial. Esta disolución fue el resultado del abandono que inició a principios de la década de 1920 de la perspectiva socialista internacional sobre la cual se basó la Revolución de Octubre. El programa estalinista de socialismo en un solo país, promulgada por Stalin y Bujarin en 1924 fue un punto de quiebre en la degeneración nacionalista de la Unión Soviética. Como advirtió Trotsky, el nacionalismo estalinista, el cual encontró un apoyo político en la cada vez más grande élite burocrática, separó el destino de la Unión Soviética de la lucha por el socialismo mundial. La Internacional Comunista, la cual fue fundada en 1919 como un instrumento de la revolución socialista mundial, fue degradada y convertida en un brazo para la política exterior contrarrevolucionaria de la URSS. Las políticas embaucadoras y desorientadores de Stalin conllevaron a derrotas devastadoras para la clase obrera en Alemania, Francia, España y muchos otros países.

En 1936, Stalin comenzó su Gran Purga, que al cabo de cuatro años ya había exterminado físicamente a prácticamente todos los dirigentes del internacionalismo revolucionario dentro de la clase obrera y de la intelectualidad socialista. Trotsky fue asesinado en México en 1940.

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La disolución de la URSS en 1991 fue celebrada como una victoria trascendental del capitalismo global. Por fin, el espectro del comunismo y el socialismo había sido erradicado. ¡La historia había llegado a su fin! ¡La Revolución de Octubre estaba en ruinas! Por supuesto, tales proclamas no se basaban en un análisis detenido de los últimos 74 años. No se le prestó ninguna consideración a los enormes logros de la Unión Soviética, los cuales fueron más allá de su papel central en la derrota de la Alemania Nazi en la Segunda Guerra Mundial, incluyendo inmensos avances en las condiciones sociales y culturales del pueblo soviético. Aparte de los esfuerzos para borrar de la memoria colectiva todos los logros soviéticos, la falsificación principal de la historia del siglo XX ha sido definir el futuro del socialismo con una narrativa nacionalista de la Revolución de Octubre, en la cual se presenta la toma de poder bolchevique como un evento aberrante, ilegítimo e, incluso, criminal en la historia de Rusia. Por ende, la concepción original bolchevique acerca de lo acontecido en octubre tiene que ser ridiculizada o ignorada. No se le puede atribuir ninguna relevancia histórica ni política a la Revolución de Octubre.

Una unidad de la Guardia Roja en la fábrica Vulcán de Petrogrado durante la revolución

La vigencia de esta versión reaccionaria de los hechos, la cual tiene como objeto restarle a la Revolución toda legitimidad, importancia y honor, depende de una pequeña cosa: que el sistema capitalista mundial haya podido resolver y trascender las contradicciones que dieron origen a las guerras y revoluciones de siglo XX.

Es precisamente en este punto que colapsan todos los esfuerzos para desacreditar la Revolución de Octubre y todas las luchas futuras por alcanzar el socialismo. El cuarto de siglo desde la disolución de la URSS se ha caracterizado por una serie continua y cada vez más profunda de crisis sociales, políticas y económicas. Vivimos en tiempos de guerras perpetuas. Desde la invasión inicial estadounidense de Irak en 1991, el número de vidas acabadas por bombas y misiles estadounidenses en dicho país supera el millón. Ante el recrudecimiento de los conflictos geopolíticos, el estallido de una tercera guerra mundial es percibido como algo cada vez más inevitable.

La crisis económica del 2008 expuso la fragilidad del sistema capitalista mundial. Las tensiones sociales aumentan contra el trasfondo de los niveles de desigualdad más altos en un siglo. A medida que las instituciones tradicionales de la democracia burguesa no puedan aguantar el peso de los conflictos sociales, las élites gobernantes recurrirán cada vez más abiertamente a formas autoritarias de gobierno. La administración Trump es meramente una manifestación repugnante del colapso universal de la democracia burguesa. El papel que desempeñan las agencias militares, policiales y de inteligencia en la gestión del Estado capitalista se ha vuelto cada vez más explícito.

A lo largo de este año marcando el centenario, innumerables artículos y libros han sido publicados a fin de desacreditar la Revolución de Octubre. No obstante, el mismo tono histérico que predomina en estas denuncias desmiente sus afirmaciones de la supuesta “irrelevancia” de octubre, 1917. La Revolución de Octubre no es abarcada como un evento histórico, sino como una amenaza perdurable y contemporánea.

El temor que subyace estos ataques fue evidenciado por un libro publicado recientemente por el líder especialista en las falsificaciones históricas, el profesor Sean McMeekin, quien escribe:

Al igual que con las armas nucleares que tuvieron su origen en la época ideológica iniciada en 1917, el triste hecho acerca del leninismo es que, una vez que fue inventado no se puede deshacer. La desigualdad social siempre estará con nosotros, junto con el impulso bien intencionado de los socialistas para erradicarla… Si debemos aprender algo de los últimos cien años es que debemos fortalecer nuestras defensas y resistir a los profetas armados que prometen la perfección social.

En un ensayo publicado en el diario New York Times en octubre, el columnista Bret Stephens advierte:

Los esfuerzos para criminalizar el capitalismo y los servicios financieros también tienen resultados predecibles… Un siglo después, el bacilo [del socialismo] no ha sido erradicado y nuestra inmunidad hacia él todavía sigue siendo dudosa.

La ansiedad expresada en estas declaraciones no es infundada. Una nueva encuesta publicada muestra que, en la generación de “Millenials” (menores de 28 años de edad), un porcentaje mayor de porcentaje de jóvenes prefiere vivir en una sociedad socialista o comunista que en una capitalista.

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Durante este centenario, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional ha celebrado el aniversario de la Revolución de Octubre estudiando y explicando sus orígenes y significado. Realizó un trabajo histórico importante, siendo la única tendencia política en el mundo que representa el programa del socialismo internacional en el que se basó la Revolución de Octubre. La defensa de este programa está enraizada históricamente en la lucha librada por Trotsky —primero como líder de la Oposición de Izquierda y luego como fundador de la Cuarta Internacional— contra la traición y perversión nacionalista del programa y los principios de la Revolución de Octubre a manos de la burocracia estalinista. Al mismo tiempo de la lucha por defender todo lo alcanzado dentro de la Unión Soviética como resultado de la Revolución de Octubre, nunca asumió la forma de una adaptación, mucho menos de una capitulación, a las políticas reaccionarias del régimen burocrático.

Consecuentemente, la Cuarta Internacional es la expresión contemporánea del programa de la Revolución Socialista Mundial. En el periodo actual, marcado por la irresoluble crisis capitalista, este programa vuelve a adquirir una vigencia sumamente intensa. La Revolución de Octubre no vive en la historia, sino en el presente.

Llamamos a los trabajadores y jóvenes alrededor del mundo a construir la lucha por el socialismo mundial.

¡Viva el ejemplo de la Revolución de Octubre!
¡Construyamos el Comité Internacional de la Cuarta Internacional!
¡Avancemos hacia la Revolución Socialista Mundial!

Retrato de mi asesino

por Bernardo Marín//

“Stalin se divertía en su casa de campo degollando ovejas o vertiendo queroseno en los hormigueros y prendiéndoles fuego. Kámenev me dijo que, en sus visitas de ocio sabatinas a Zubalovka, Stalin caminaba por el bosque y continuamente se divertía disparando a los animales salvajes y asustando a la población local. Tales historias sobre él, procedentes de observadores independientes, son numerosas. Y, sin embargo, no faltan personas con este tipo de tendencias sádicas en el mundo. Fueron necesarias condiciones históricas especiales antes de que estos instintos oscuros encontraran una expresión tan monstruosa”.

Estas palabras forman parte de una biografía singular. Por la relevancia de sus protagonistas, dos de las figuras prominentes de la Revolución Rusa, enfrentadas por una de las rivalidades más encarnizadas del siglo XX. Y porque el perfil quedó inconcluso después de que el retratado ordenara la muerte de su biógrafo. Stalin, la obra que León Trotski escribía cuando fue asesinado por Ramón Mercader en México en agosto de 1940, ha permanecido dormida durante más de siete décadas. Y después de muchas peripecias, mutilaciones y añadidos, vuelve a ver la luz en un volumen de casi mil páginas, en gran parte inédito, coincidiendo con el centenario de la llegada al poder de los bolcheviques.

La historia de este libro merecería la publicación de otro que la contara. Trotski, exiliado en México tras serle denegado el asilo en varios países, se sabía sentenciado por el líder de la Unión Soviética Josif Stalin. Pero no tenía particular interés en escribir la vida de su antiguo camarada. “No fue una venganza. Escribir esta biografía no entraba en los planes del abuelo. Estaba centrado en acabar otra sobre Lenin”, explica Esteban Volkov, nieto del revolucionario, en conversación telefónica desde Ciudad de México, donde reside. “Pero necesitaba dinero y la editorial Harper & Brothers de Nueva York le hizo una oferta generosa”.

Volkov, a punto de cumplir 92 años, ha sido durante décadas el guardián de la memoria de su abuelo. También es director de la Casa Museo León Trotski, entre cuyos muros fue asesinado el revolucionario en agosto de 1940 por un golpe de piolet del agente estalinista Ramón Mercader. El mismo escenario donde se presentará la versión en español del libro, publicada por la editorial mexicana Fontamara, el día 11, coincidiendo con el aniversario de una Revolución de Octubre que por diferencias entre los calendarios gregoriano y juliano, sucedió en noviembre para el resto del mundo. La obra se publicó hace un año en inglés en una editorial marxista de Londres y fue traducida después al italiano y al portugués, pero la noticia no tuvo repercusión en los grandes medios.

Harper & Brothers publicó una versión incompleta del libro en inglés en 1946. Antes no era posible, porque EE UU y la Unión Soviética eran aliados contra Alemania. Pero la viuda de Trotski, Natalia Sedova, pleiteó en los tribunales sin éxito para que fuera retirada. Sus objeciones se dirigían, sobre todo, contra el editor y traductor de la obra. “Hizo una deficiente edición del libro, con mutilaciones y múltiples añadidos de su cosecha muy alejados del pensamiento político del abuelo”, explica Volkov. El propio Trotski nunca tuvo demasiada confianza en su traductor, y había montado en cólera cuando supo que había enseñado algunos originales a terceras personas. “Parece tener al menos tres cualidades: que no sabe ruso, que no sabe inglés y que es tremendamente pretencioso”, escribió en una carta al periodista estadounidense Joseph Hansen.

Pero una parte de la obra no llegó nunca a manos de la editorial. Cuando se supo sentenciado, Trotski envió a la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, muchos de sus documentos para su custodia. “Los archivos salen esta mañana en tren”, había escrito el revolucionario el 17 de julio de 1940, un mes y tres días antes de su asesinato. Y allí se acumularon 20.000 documentos que ocupaban 172 cajas de artículos, fotografías y papeles manuscritos, mecanografiados, traducidos y sin traducir, con gran cantidad de correcciones que demostraban lo extraordinariamente meticuloso que era con su trabajo.

Capítulos enteros del libro sobre Stalin permanecieron así dormidos hasta que en 2003 el historiador galés Alan Woods comenzó a indagar en la montaña de documentos para rescatar la versión más amplia e íntegra posible del libro. Y después de más de diez años de trabajo el resultado fue una obra un tercio más extensa que el libro publicado en los años 40, sin los añadidos del primer traductor y, ahora sí, con las bendiciones de la familia de Trotski.

Woods coincide con Volkov en que Trotski no quería escribir este libro. “Pero una vez que se puso a ello, lo hizo concienzudamente, con mucha documentación y detalles incluso del periodo más desconocido de la vida de Stalin, su infancia. Para cualquier lector es un estudio psicológico fascinante”, explica desde Londres, donde reside. El historiador es un activo miembro de la Corriente Marxista Internacional. Participó en la lucha contra el Franquismo en España y fue firme defensor de la revolución bolivariana y amigo personal de Hugo Chávez, aunque en los últimos tiempos se ha distanciado de la deriva del Gobierno venezolano.

Los dirigentes del Partido Bolchevique eran en general gente muy capacitada, y entre ellos brillaba Trotski, que dominaba cinco idiomas y escribía varios libros a la vez. Stalin aparece en cambio retratado por su gran rival político como un hombre de horizontes limitados. Ese perfil mediocre coincide con el que hicieron otros observadores, como el periodista estadounidense John Reed, que en su crónica Diez días que estremecieron al mundo menciona a El hombre de acero solo dos veces y a Trotski nada menos que 67.

Pero, por lo que se cuenta en el libro que ahora se presenta, las cualidades de Stalin eran otras:  la astucia y el arte de la manipulación. “La técnica de Stalin consistía en avanzar gradualmente paso a paso hacia la posición de dictador, mientras que representaba el papel de un defensor modesto del Comité Central y de la dirección colectiva. Utilizó a fondo el período de enfermedad de Lenin para colocar a individuos que le eran devotos. Se aprovechó de cada situación, de cada circunstancia política, de cualquier combinación de personas para promover su propio avance que le ayudara en su lucha por el poder y lograr su deseo de dominar a los demás. Si no podía elevarse a su altura intelectual, podía provocar un conflicto entre dos competidores más fuertes. Elevó el arte de manipular los antagonismos personales o de grupo a nuevas alturas. En este campo desarrolló un instinto casi infalible”.

Sin embargo, Woods no atribuye la llegada al poder de Stalin a su carácter. “Era un niño maltratado por su padre, rencoroso y con tendencias sádicas. Pero no todos los maltratados se vuelven monstruos. Como no todos los artistas fracasados se vuelven Hitler”. Y propone un argumento marxista para explicar su ascenso. “En todas las revoluciones hay un periodo que necesita héroes, gigantes. Cuando llega a un periodo de declive, necesitan mediocres. La degeneración burocrática hubiera tenido lugar sin o con Stalin, porque Rusia era un país aislado y atrasado. Pero en este caso la burocracia se encarnó en un personaje sanguinario”.

¿Pudo acelerar el libro el asesinato? Stalin estaba muy bien informado de lo que hacía su rival. Cada mañana tenía los últimos artículos de Trotski sobre su mesa. Y Volkov recuerda cómo Robert Sheldon Harte, guardaespaldas de su abuelo a quien se atribuye la traición que facilitó un primer atentado contra él en mayo de 1940, le preguntaba siempre por la marcha de la obra. “Como cualquier criminal tenía que eliminar los testigos”, coincide Woods.

 

Imagen de la edición del libro que, en España, publicará Lucha de Clases.

 

A 44 años del Golpe, a 100 de la Revolución Rusa

Recuperar el programa internacionalista

Nuevamente el imperialismo yanqui en busca de una nueva orientación que lo fortalezca como imperialismo dominante en medio de la crisis capitalista, vuelve a agitar su puño guerrerista sobre la región con amenazas de salidas militares como lo hizo recientemente contra Venezuela. Y es que pese a que todos los disciplinados gobierno latinoamericanos al imperialismo, incluido el gobierno de Maduro, pretenden posar de democráticos, saben que el desarrollo de las crisis regionales y de la lucha de clases llevará a la confrontación violenta y para ello necesitarán echar mano de las salidas golpistas.

La crisis en la región está lejos, al menos coyunturalmente, de grandes conflagraciones entre el proletariado y la burguesía imperialista que haga necesaria al empresariado ir a golpear directamente la puerta de los cuarteles. Sin embargo, el desarrollo de la misma crisis alienta la disputa entre las distintas fracciones de las burguesías locales que se alinean según su relación con el imperialismo y este es el fondo de las oscilaciones de los distintos gobiernos que negocian con el capital financiero su tajada de explotación de los trabajadores y el pueblo. La fachada “democrática” de los países semicoloniales sólo es una linda cobertura para encubrir la dictadura abierta de la burguesía imperialista sobre los trabajadores y el control de los recursos naturales y productivos.

Hace 44 años que la burguesía nacional conspiró con el imperialismo norteamericano para imponer un golpe contrarrevolucionario que sería un ensayo para aplastar al proletariado del subcontinente. Las tendencias pegueñaburguesas ya sea socialistas o estalinistas en su momento influyeron al proletariado llevándolo a la ilusión de la “vía pacífica al socialismo”. Levantaron un impotente programa reformista de desarrollo nacional del socialismo. El gobierno frentepopulista de la UP, ejecutó un programa que estatizó la gran industria minera con indemnización a los monopolios extranjeros, en acuerdo con la derecha política, como sinónimo de socialismo, dándole tiempo a la burguesía a preparar junto a la CIA el

golpe contrarrevolucionario ante la efervescencia de la clase obrera. Es decir, no colocó en el orden del día la destrucción del “aparato burocrático militar ” de los patrones y por el contrario se dispuso a blindarlo con matices de legalidad socialista. A su vez las tendencias a la izquierda como el MIR, veía en esta orientación de cambios “legales” una expresión del “pueblo organizado” lo que lo dejó durante todo el periodo como pata izquierda del frente popular pese a pregonar junto a Fidel Castro “la vía armada” y el poder popular como estrategia. Sus acciones putchistas en fábricas, fundos, escuelas, etc, presentadas como una suerte de un “poder paralelo del pueblo”, abandonaron las pelea en la producción para diluir al activismo en difusas luchas poblacionales sin dar la pelea en el seno de la clase obrera para disputar el poder de la burguesía el cual reside en la producción.

La izquierda populista hoy

Diversos grupos que reivindican la tradición filomirista como asimismo grupos escindidos del PC reivindican a gobiernos como el de Maduro o Evo Morales. Reivindican el modelo del Chavismo como símbolo de lucha contra el imperialismo “yanqui”. Pese a toda esta verborrea, no sólo se manifiesta el carácter pro-imperialista del gobierno “bolivariano” en los sendos contratos de PDVSA, en la mantención de la pauperismo y miseria que atraviesa a la clase obrera Venezolana, sino también en el control y mantención del aparato del Estado de la “burguesía bolivariana” y los generales que regentean las fábricas bajo su control y al servicio del imperialismo, independiente de que hoy otra facción burguesa busque una salida golpista a la crisis del propio capitalismo.

Hoy podemos ver como los distintos gobiernos bonapartistas sui generis como en Brasil, Argentina, Chile o Perú intentan apoyarse cada vez más sobre el imperialismo para descargar la crisis sobre las espaldas de los trabajadores y el pueblo. Planes de ajuste, desocupación, suspensiones, reducciones salariales,

reformas laborales etc, etc. También en el gobierno de Maduro que vemos como se refuerza la tendencia a regimentar la vida de los sindicatos, donde la intervención del Estado burgués busca sujecionarlos a este, evitando cualquier intento de estos de llevar a cabo una lucha independiente de la burocracia y del oficialismo, ante la carestía que provoca la inflación y el desabastecimiento. El laberíntico proceso de la lucha de clases, ya sea se manifieste en una lucha más abierta como en los 70 ́s o en un proceso lleno de experiencias con direcciones y gobiernos capitalista, ha demostrado que los programas nacionales, el apoyo a las facciones burguesas locales y la defensa del aparato estatal, no ha hecho más que preparar la derrota del proletariado, el que deberá asimilar la experiencia histórica e internacional de su clase para unificar sus filas y barrer con sus enemigos de clase.

A 100 años de la Revolución Rusa
Pelear por un programa internacionalista
En breve se cumplirá el centenario de la Revolución Rusa, aquella que llevó por primera vez al proletariado al poder e inauguró la era de la revolución proletaria, y en su desarrollo, hacia la revolución mundial. No queremos reivindicar este acontecimiento como un modelo digno de estudio o como hace un sector importante de la izquierda que lo reivindica como una revolución de tipo nacional a la que puede compararse con tal o cual proceso fronteras adentro. Muy por el contrario, el acervo teórico político de esta gesta revolucionaria encuentra su continuidad en la arena internacional, con la extensión de la dictadura proletaria y la construcción de la Internacional Comunista. La riqueza contenida en los cuatro primeros congresos de la Internacional así como en la síntesis y elaboraciones de la Cuarta Internacional constituyen una piedra fundamental para recuperar el método marxista, trazar las tareas históricas del proletariado y dirigir el rumbo a desarrollar en nuestra clase las distintas etapas de la revolución socialista.
Las tendencias que históricamente dirigieron al movimiento obrero, como fueron la socialdemocracia y el estalinismo se encuentran en descomposición y se transformaron, no ya en solapados sino, en abiertos representantes de la burguesía sosteniendo el cadáver insepulto del capitalismo imperialista, al que socorrieron durante todo el siglo XX. Estos verdaderos escollos para el movimiento obrero deben ser superados con un

programa de independencia de clases, que lamentablemente la izquierda revolucionaria no desarrollo porque se adaptó o a los Estados de bienestar europeos, a los movimientos pequeñoburgueses como las guerrillas o a las direcciones de los Estados obreros degenerados o burocratizados.

Hoy la crisis capitalista está haciendo entrar en contradicción los programas y esquemas adoptados por las corrientes del centrismo de post-guerra. No puede volver a poner sobre sus cimientos el máximo desarrollo histórico del proletariado, su Partido Internacional, lo que vale decir reanudar la tarea de la fundación de la Cuarta Internacional sino es con una ruptura abierta con estas tradiciones.

Apostamos a forjar una nueva generación de revolucionarios que rompa con las tradiciones del reformismo y del centrismo para poder colocar sobre sus pies los cimientos del futuro partido mundial de la revolución socialista.

El próximo periodo trae como desafío para los revolucionarios la necesidad de intervenir activamente en las organizaciones obreras, en particular en los sindicatos. Es allí donde debe levantarse un programa de independencia de clase de todas las variantes patronales y de la pequeñoburguesía.

Contra una clase parasitaria que descarga la crisis capitalista sobre las espaldas de los trabajadores, debemos derrotar la ofensiva de la burguesía mediante el desarrollo de la lucha de clases y armarnos con un programa internacionalista. Y este programa deberá ser una guía para la acción, una senda para que los trabajadores se dirijan hacia la toma del poder. Que coloque como bandera entre otros puntos la lucha por conquistar los Estados Unidos Socialistas de América.

(documento de la Corriente Obrera Revolucionaria (COR/TRCI) de Santiago)

(Fotografía, Marcelo Montecino)

Revolución Rusa: Paz, Pan y Tierra

por Fernando Armas//

Es en general conocido que estas tres consignas configuraron el “programa de acción” que motorizó la revolución rusa. Una primera consideración al respecto es que las tres consignas no podían ser concebidas por separado, sino como una unidad. Esto porque las causas que determinaban su razón de ser, es decir, la guerra, el hambre y la propiedad feudal de la tierra, tenían su origen en una crisis del sistema capitalista en su fase imperialista.

Bien miradas, ninguna de las tres consignas planteaban el socialismo, es decir, la colectivización de los medios de producción expropiación revolucionaria mediante. Se trata, pues, de consignas que, teóricamente, son reformistas, compatibles con la sobrevivencia del sistema capitalista. ¿Cómo se explica, entonces, que hayan generado una revolución gigantesca? ¿Cómo se explica que el partido que las enarboló y las llevó a la victoria fuera la fracción bolchevique de la Socialdemocracia rusa, y no las diversas corrientes liberales burguesas o pequeñoburguesas? Para responde a estas preguntas corresponde tirar varias líneas de investigación:

  • ¿Estaba “preparada” Rusia para una revolución social? Desde una mirada marxista ¿qué se entiende por revolución social?

Proponemos partir de este texto clásico para relacionarlo luego con la dinámica de la revolución de octubre y con las posibilidades revolucionarias en estos cien años hasta nuestros días:

“Prefacio a la crítica de la economía política” (extracto)
Karl Marx, 1859

En la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad; estas  relaciones de producción corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus  fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden formas sociales determinadas de conciencia El  modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual en general.  No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia.  

Durante el curso de su desarrollo, las  fuerzas productoras de la sociedad  entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una era de  revolución social. 

Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones hayan sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad. Por eso la humanidad no se propone nunca más que los problemas que puede resolver, pues, mirando de más cerca, se verá siempre que el problema mismo no se presenta más que cuando las condiciones materiales para resolverlo existen o se encuentran en estado de existir.

 

Una lectura literal y dogmática de este texto nos habilitaría a la siguiente interpretación: el capitalismo no ha desaparecido porque no se han desarrollado aún todas las fuerzas productoras que puede contener. Esto explicaría el “retraso” de la revolución socialista a escala mundial, y en el tema que nos ocupa en esta ponencia, la inmadurez objetiva para que la revolución rusa pudiera sostenerse en el tiempo. Así, su degeneración burocrática stalinista primero, y la restauración capitalista posterior pueden ser interpretados como fenómenos inevitables, condicionados por la vitalidad del capitalismo como sistema planetario.

Partiendo de la base que este célebre prefacio explica desde un alto nivel de abstracción (como es inevitable en cualquier generalización científica), es muy importante para su interpretación llevar esa categoría abstracta al nivel concreto de la historia, de la lucha de clases. Usemos este método para la revolución rusa:

  1. Se verifica que las viejas relaciones de producción (la incipiente y creciente relación capital/trabajo asalariado inserta en la dominante feudal) trababan el desarrollo de las fuerzas productivas. El zarismo intenta resolver esta contradicción en términos imperialistas, formando parte de uno de los bloques de la 1ª Guerra Mundial. Rusia se convierte así, por su atraso, y por su desarrollo desigual y combinado, en el eslabón más débil de la cadena imperialista.
  2. La revolución, portadora de las posibilidades de la planificación colectivista-estatista, demuestra la potencialidad de desarrollo de las fuerzas productivas. A pesar de las deformaciones burocráticas, Rusia pasa de ser el país más atrasado de Europa a conformarse como potencia mundial. (ver primeros capítulos de La Revolución Traicionada, de León Trotsky).
  3. Tal desarrollo “nacional” encuentra su límite, su techo, en el propio mercado mundial. La revolución paga el precio del atraso desde el cual se parte. El mundo capitalista desarrollado (Europa occidental, EEUU, Japón) siguen muy por encima de la URSS en su nivel de desarrollo de las fuerzas productivas.
  4. Esto demuestra que no se puede llegar al socialismo (sociedad sin explotación de clase), en un solo país. Lo que sí es posible es que se obtengan victorias parciales contra el capitalismo como sistema, incluidas revoluciones triunfantes que toman el poder y expropian al capital. Por eso hablamos de Estados Obreros y no de “países socialistas”.
  5. El prefacio, a pesar de su abstracción, contempla claramente que la revolución no es un “momento” sino un largo proceso: nos habla de una “ERA” de revolución social, y también explica que las nuevas relaciones de producción “SE INCUBAN EN EL SENO DE LA VIEJA SOCIEDAD”.
  6. Finalmente, cabe agregar que en esta “ERA” que estamos atravesando todavía, la lucha anticapitalista en general, y socialista revolucionaria en particular, ha tenido, tiene y seguirá teniendo avances y retrocesos, victorias y derrotas. Esos avatares deben ser considerados seriamente para ajustar la caracterización del tiempo histórico y las tareas que se desprenden de la misma. No hacerlo, minimizarlo, o peor aún, definir como método el exitismo a partir de un pronóstico de inevitabilidad de la victoria (como lo hace la mayor parte de los partidos de la izquierda tradicional) es un camino de confusión ideológica y política que desarma a la militancia. Los signos de barbarie del capitalismo existen, y es una tarea de los socialistas desnudarlos y combatirlos, sin presumir que para los trabajadores ya son evidentes.

 

  • El concepto metodológico de las consignas y del programa de transición

Como ya explicáramos en la breve introducción sobre el programa de acción motorizador de la revolución rusa (paz, pan y tierra), las consignas y el programa no deben ser formulados como categorías estáticas y abstractas, sino como planteamientos concretos que se deben entender en relación con toda la dinámica de la situación política, de la lucha de clases. Así, el mencionado programa de acción podía ser genéricamente suscripto hasta por fracciones del viejo régimen autocrático. ¿Quién puede estar, en general, a favor de la guerra, del hambre o de que millones de hectáreas se mantengan improductivas por el carácter feudal de la propiedad de la tierra? Sería como decir hoy “salarios dignos, pleno empleo, educación, salud, vivienda”. Es la propia lógica del proceso capitalista mundial (en esos tiempos, en una fase imperialista clásica según la descripción científica y detallada de Lenin) el que OBJETIVAMENTE niega a las grandes masas esos derechos elementales. Como los trabajadores y los campesinos no se movilizan por una finalidad estratégica, socialista revolucionaria, sino por sus reclamos inmediatos, hay que partir de esas reivindicaciones elementales para orientar el movimiento de lucha. Todo el programa de intervención de los bolcheviques en el proceso de la revolución rusa está marcado por este método de consignas transicionales: “TODO EL PODER A LOS SOVIETS DE OBREROS, CAMPESINOS Y SOLDADOS”, “ABAJO EL ZAR, ASAMBLEA CONSTITUYENTE”, “FUERA LOS MINISTROS CAPITALISTAS DEL GOBIERNO PROVISIONAL” (por nombrar sólo algunas relacionadas con la cuestión del poder político) siempre fueron formuladas concatenadas con las revindicaciones básicas, con “paz, pan y tierra”. Esto no significa que las consignas transicionales, por sí mismas, tengan un carácter “mágico”, y que de lo que se trata es de “acertar” en las mismas. De hecho, en el propio proceso de la revolución rusa hay revisiones permanentes respecto al programa y a las consignas. Pero en todos los casos lo que es fundamental es cómo presentar el programa como transicional: a partir de la lucha por las reivindicaciones mínimas progresar hacia la lucha por el poder. En la “era revolucionaria” (al decir de Marx), consideramos equivocado el concepto de separación entre “programa mínimo de reclamos reivindicativos bajo el capitalismo” y “programa socialista máximo” como eje de la propaganda. El concepto transicional no se desprende sino de una REALIDAD TRANSICIONAL, dinámica, entre la vieja sociedad que no termina de morir y la nueva sociedad que no acaba de nacer.

  • El protagonismo activo de las masas como sujeto social y como actor irreemplazable de los cambios históricos. Democracia obrera, los concejos obreros (soviets) y la acción directa de masas

En dos de sus “obras cumbre” (Historia de la Revolución Rusa y Mi Vida), León Trotsky refuta la especie de que la toma del poder por los bolcheviques en 1917 fue una suerte de “golpe de estado”. Con la fuerza argumental de lo vivencial, expone con claridad la magnitud de la participación activa de las grandes masas en los acontecimientos revolucionarios. La creación de los soviets (concejos obreros, asambleas populares), que ya habían surgido en la revolución de 1905, fueron tan sólo el canal oportuno, posible y adecuado para un potente torrente multitudinario. La característica esencial de esos soviets (que por otra parte se reproducían hacia las bases en cada territorio o barrio, en cada fábrica) era su más amplia democracia de bases. El principio de “unidad en la diversidad” se verificaba tanto políticamente (en la lucha de partidos en el seno mismo de esas asambleas) como socialmente (en la composición de obreros, intelectuales, campesinos y soldados).

Pero además, y esencialmente, los soviets marcaron una clara diferenciación con los métodos de la democracia burguesa. En esta última, las masas tienen un rol pasivo, mediante el mecanismo del sufragio universal. Votan por representantes en los cuales delegan la ejecución de los actos de gobierno, delegan el poder del estado. Tanto en el plano ejecutivo como legislativo. En cambio, el método de la democracia obrera, directa, concentra en el organismo colectivo del que se trate (en este caso, los soviets) todas las funciones: deliberación, resolución y ejecución. Prestemos atención que este método de construcción exige, por su propia naturaleza, una participación muy activa de sus protagonistas, y por lo tanto, un crecimiento cuantitativo y cualitativo en la conciencia.

En la propia revolución rusa este contraste entre democracia burguesa y democracia obrera se expresó políticamente en los debates sobre la Asamblea Constituyente (institución máxima de la primera) y su relación con los soviets, como expresión primero del doble poder, y luego de la propia dictadura del proletariado, del gobierno obrero naciente.

Los bolcheviques tomaron el poder con su mayoría en los soviets de las grandes ciudades (Moscú, Petrogrado) cuando todavía eran minoría en una Asamblea Constituyente, cuya relación de fuerzas se medía por el sufragio universal en todo el país. 

Obviamente, también es importante recordar que en un país con una estructura económica y social con amplio predominio poblacional campesino (vigencia aún del feudalismo), este contraste entre lo urbano y lo agrario profundizó el contraste entre democracia obrera y democracia burguesa.

El protagonismo de las masas también puso su impronta a la cuestión de la violencia, del armamento, de la propia insurrección. El Comité Militar Revolucionario era uno de los sub-organismos de los soviets. Más allá de que la acción militar, por su propia naturaleza, requiere especialistas y manejos específicos clandestinos, secretos, lo cierto es que se trató de una forma organizada de violencia de masas, opuesta por el vértice con el terrorismo individual, que tenía en Rusia una fuerte tradición.

Esta verificación histórica nos permite una enseñanza fundamental para nuestra militancia actual: tanto en un período de luchas defensivas (como la actual) como en una fase de ascenso de masas (como podemos caracterizar, por ejemplo, la Argentina del 2001/2002), la premisa básica para las posibilidades de éxito de cualquier movimiento es el grado de participación activa de las bases y el pleno funcionamiento de democracia directa en su seno. Y esto debe ser impulsado por los socialistas revolucionarios, más allá de las limitaciones de clase y/o políticas que tengan formas incipientes de esta democracia de bases, como el ejemplo citado más arriba.

Asimismo, en tanto la dictadura de clase de la burguesía sobre los explotados se realiza hoy por el método de la democracia basada en el sufragio universal (los trabajadores son llevados a votar por sus propios verdugos) tiene una enorme importancia, especialmente si intervenimos con listas y candidatos propios en las elecciones, desarrollar la agitación y propaganda tendiente a desenmascarar esta forma de dictadura, contrastándola con los métodos de la democracia obrera.

Algunas observaciones sobre el proceso de restauración capitalista en la URSS y otros estados emergentes de procesos revolucionarios

Para los socialistas que estamos convencidos que es necesaria una revolución que expropie al capital y organice la sociedad bajo un plan colectivista, el proceso de restauración capitalista que se ha consumado en la URSS, pero también en China, el sudeste asiático y Europa del Este, configura una derrota histórica para los objetivos estratégicos de la clase obrera mundial, tal como los concibieron Marx y Engels, y como comenzaron a llevarlos a la práctica Lenin y Trotsky.

La esencia de esta derrota consiste en que el sistema capitalista ha logrado sobrevivirse naturalizando su existencia, no sólo en los hechos, sino además en la conciencia de la abrumadora mayoría de los trabajadores del mundo. Reina la sensación que el capitalismo es la estación terminal de la evolución humana, y que a lo que más podemos aspirar los luchadores es a morigerar sus manifestaciones de barbarie.

Son conocidas las razones del proceso que culminó con la restauración capitalista: degeneración burocrática-stalinista de por medio, la teoría del “socialismo en un solo país” se demostró como inviable, en tanto el capitalismo es un sistema cada vez más globalizado. La presión del mercado mundial superó y aplastó al limitado desarrollo de las fuerzas productivas de países atrasados. La revolución proletaria nunca triunfó en los centros económicos fundamentales del sistema capitalista.

La burocracia stalinista, como correa de transmisión deformada entre ese mercado mundial globalizado, entre el Imperialismo y las masas, operó como opresora, y como beneficiaria directa, primero gozando de privilegios en la administración del Estado Obrero, y luego travestiéndose en flamante burguesía en el proceso de restauración capitalista. La caída del stalinismo no fue, pues, el resultado de una Revolución Política en la que las masas se re-apropiaran del poder, sino que fue un fenómeno absolutamente reaccionario. El potencial aspecto progresivo de la caída del stalinismo, que forma parte del exitismo de la mayor parte de la corrientes trotskistas, se ve negado por el peso del cambio de contenido de clase del Estado, y por la aceptación de las grandes masas rusas de la restauración capitalista, sin que mediara un aplastamiento a sangre y fuego, en términos fascistas, como lo pensaba Trotsky antes de su muerte, y como lo repetían las corrientes trotskistas en los 80/90.

Lejos de significar esta dura realidad un desmerecimiento de la revolución rusa, así como de los demás procesos revolucionarios del siglo XX, no sólo los reivindicamos como gestas heroicas, sino que además, desde el punto de vista estrictamente económico social, significaron saltos importantes en cuanto a conquistas de los explotados, no sólo en los países donde hubo revoluciones, sino en los propios países capitalistas más desarrollados, en tanto se crearon mejores condiciones para la lucha, incluso una relación de fuerzas potencialmente revolucionaria.

Las posibilidades revolucionarias, como las ocasiones para la lucha contra el capital, no pueden ser objeto de una programación a la medida de la perspectiva estratégica de los explotados. Es absurdo, por lo tanto, hablar de la “inoportunidad” de la revolución rusa, a partir de, con el diario del lunes, describir su proceso de degeneración posterior.

Preferimos pensar esta compleja cuestión como un proceso histórico, que como tal, no se puede medir con el calendario de las vidas biológicas de los militantes. Hablamos, pues, de marchas y contramarchas, de un proceso contradictorio, que se debe medir en décadas, o incluso, en siglos.

Hemos desarrollado hasta aquí lo que se da en llamar “factores objetivos”, tanto del proceso revolucionario, como de la reacción, de la restauración capitalista. Dejamos para el último capítulo de esta ponencia el llamado factor subjetivo.

La cuestión de la dirección revolucionaria, la cuestión del Partido

El bolchevismo leninista, y muy especialmente, su continuidad histórica, el trotskismo, atribuyó un papel decisivo a la voluntad militante (organizada en partido) como factor revolucionario. Cabe recordar esa definición trotskista clásica: “LA CRISIS DE LA HUMANIDAD SE REDUCE A LA CRISIS DE DIRECCIÓN REVOLUCIONARIA DEL PROLETARIADO”. No nos parece que esta premisa sea correcta, en tanto las propias masas no demuestren su voluntad de lucha. Hemos señalado en esta ponencia nuestra crítica a la unilateralidad con la que se aborda la supuesta “madurez objetiva” para las posibilidades revolucionarias. Negar a esta altura las posibilidades de revitalización del capitalismo (a caballo de las derrotas infringidas al movimiento obrero) es negar simplemente la realidad.

Pero también es cierto, volviendo a la Revolución Rusa, que con todas las “condiciones objetivas” dadas, no hubiera habido revolución proletaria triunfante sin partido bolchevique, sin dirección revolucionaria.

Y también es cierto que esa dirección, ese partido, no fue el resultado ocasional de acontecimientos excepcionales, sino que se forjó en un proceso largo, trabajoso, contradictorio, que se puede medir en varias décadas.

No nos referimos sólo ni restringidamente a los bolcheviques, sino en todo  caso a éstos como fracción del movimiento marxista internacional.

Es que desde mediados del siglo XIX, tomando como documento liminar el Manifiesto Comunista, hasta la victoria revolucionaria de Octubre de 1917, el marxismo conquistó la conciencia de millones de obreros e intelectuales en Europa, extendiéndose hacia todo el mundo.

Tomando como referencia organizada a la 2ª Internacional, la lucha de tendencias y fracciones tenía como caja de resonancia a partidos de masas, lo que hacía que el debate interno se abriera camino hacia las bases, no se limitara a las cúpulas.

Se trata entonces de un período histórico en el que asistimos a una elevación general de la conciencia de clase entre los trabajadores, de su politización, y de su participación activa en las distintas formas de lucha.

La selección de una vanguardia es inconcebible, a nuestro modo de ver, sin un proceso de esa característica. Aún en las derrotas políticas (por ejemplo, el apoyo a la guerra imperialista de la mayoría del Partido Socialdemócrata alemán) se produjo un aprendizaje y una selección política (los internacionalistas) que configuró una corriente histórica con incidencia real a partir de la magnitud de la 2ª Internacional, y esto a pesar de lo pequeña que era numéricamente esa fracción revolucionaria.

La Tercera Internacional Comunista intentó una superación de la Segunda a partir del impulso de la Revolución Rusa, y de hecho logró ser una referencia importante (aunque aún minoritaria) en el seno del movimiento obrero mundial. Quizás movida al principio de su construcción por una expectativa desmesurada sobre las posibilidades revolucionarias, y seguramente después como parte del papel burocrático contrarrevolucionario del stalinismo, se acuñaron las famosas 21 condiciones para que cualquier grupo o partido de los distintos rincones del mundo pudieran adherir a ella.

Hoy, a casi 100 años vista, nos parece que existió en la concepción general de ese método una deformación burocrática en nombre del centralismo democrático.

El urgentismo revolucionario primero y las necesidades del aparato stalinista después, operaron como factor liquidacionista de los procesos de maduración política (y de los debates necesarios para que ellos se produzcan) en todas las secciones de la Tercera Internacional.

Creemos que las distintas corrientes que reivindican y que se sienten herederas de la Revolución Rusa no han revisado este aspecto fundamental. Por eso (y nos referimos también y especialmente a las corrientes autoproclamadas trotskistas más importantes del planeta) reproducen al interior de sus organizaciones ese liquidacionismo, que ahoga el debate, que expulsa disidentes, y que viola sistemáticamente el centralismo democrático.

Como aprendizaje y puesta en plan de acción, creemos que es necesario recuperar los anclajes que alojen al marxismo y sus militantes en el seno de las masas, y que los innumerables grupos y partidos existentes se consideren a sí mismos como fracciones de un movimiento o gran partido (obrero, revolucionario y socialista) con amplia libertad de tendencias.

Para avanzar por ese camino habrá que superar el aislamiento de las masas, y el sectarismo, especialmente aquel que se basa en la pertenencia a un aparato del cual se depende económicamente.

Recrear el clima de confianza, de fraternidad, de debate y de espíritu crítico es la gran tarea. Creemos que es el mejor homenaje a los revolucionarios rusos de hace 100 años. A los líderes que no deben ser sacralizados, y a los militantes anónimos que hicieron posible la victoria socialista de octubre.

(el autor de este texto milita en la agrupación Socialismo Revolucionario de Argentina)

 

 

¡La Línea de Colaboración de Clases Fue un Desastre!

por Nahuel Moreno//

En diciembre de 1973 se realizó el Primer Congreso Nacional del PST (Partido Socialista de los Trabajadores). En su intervención final, reproducida en Avanzada Socialista, decía Nahuel Moreno*:

“La tremenda derrota del proletariado chileno estuvo presente; de hecho, presidió el Congreso. Estuvo presente en tres sentidos: Seguir leyendo ¡La Línea de Colaboración de Clases Fue un Desastre!

La Revolución Rusa y el movimiento negro estadounidense

por James P. Cannon//

Durante todo el período de los primeros diez años del comunismo estadounidense, el partido estaba preocupado por la cuestión negra y gradualmente llegó a una política que era diferente y superior a la del radicalismo estadounidense tradicional. Sin embargo, en mis memorias publicadas concernientes a ese período, la cuestión negra no aparece en ninguna parte como tema de controversia interna entre las fracciones principales. La explicación era que ninguno de los dirigentes estadounidenses planteó alguna nueva idea sobre esta cuestión explosiva por cuenta propia; y ninguna de las fracciones como tal propuso ninguno de los cambios de política, actitud y forma de abordar la cuestión que se habían realizado gradualmente cuando el partido llegó al fin de su primera década.

Las principales discusiones sobre la cuestión negra ocurrieron en Moscú, y la nueva forma de abordar la cuestión fue elaborada allá. Ya en el Segundo Congreso de la Comintern en 1920, “Los negros en América” fue un punto en el orden del día y se realizó una discusión preliminar sobre esta cuestión. Las investigaciones históricas comprobarán decisivamente que la política del PC sobre la cuestión negra recibió su primer impulso de Moscú, y también que todas las siguientes elaboraciones de esta política, hasta incluir la adopción de la consigna de “autodeterminación” en 1928, vinieron de Moscú.

Bajo los constantes empujes y la presión de los rusos en la Comintern, el partido comenzó con el trabajo entre los negros durante sus primeros diez años; pero reclutó a muy pocos negros y su influencia dentro de la comunidad negra no llegó a mucho. De esto sería fácil sacar la conclusión pragmática de que toda la discusión y preocupación sobre la política en esa década, desde Nueva York hasta Moscú, era mucha preocupación sobre nada, y que los resultados de la intervención rusa fueron completamente negativos.

Esta es, quizás, la evaluación convencional en estos días de la Guerra Fría, cuando la aversión a todo lo ruso es el substituto convencional de la opinión considerada. Sin embargo, no es la verdad histórica ni mucho menos. Los primeros diez años del comunismo estadounidense son un período demasiado corto para permitir una evaluación definitiva de los resultados de la nueva forma de abordar la cuestión negra impuesta al partido estadounidense por la Comintern.

La discusión histórica de la política y la acción del Partido Comunista sobre la cuestión negra -y de la influencia rusa en la formación de éstas durante los primeros diez años de la existencia del partido- por exhaustiva y detallada que sea, no puede ser suficiente si la investigación no se proyecta hasta la década siguiente. El joven partido tomó los primeros diez años para lograr un buen comienzo en este terreno hasta ese entonces inexplorado. Los logros espectaculares de la década de los 30 no pueden ser entendidos sin referencia a esta década anterior de cambios y reorientación. Las posteriores acciones vinieran de esto.

  

* * *

  

Un análisis serio de todo el proceso complejo tiene que empezar con el reconocimiento de que los comunistas estadounidenses a principios de los años 20, tal como todas las otras organizaciones radicales de ese período y períodos anteriores, no tenían nada con qué empezar en cuanto a la cuestión negra sino una teoría inadecuada, una actitud falsa o indiferente y la adherencia de unos individuos negros con tendencias radicales o revolucionarias.

El movimiento socialista anterior, del cual surgió el Partido Comunista, jamás reconoció ninguna necesidad de un programa especial sobre la cuestión negra. Esta fue considerada pura y sencillamente como un problema económico, una parte de la lucha entre los obreros y los capitalistas; no se podía hacer nada sobre los problemas especiales de la discriminación y la desigualdad antes de la llegada del socialismo.

Los mejores de los socialistas del período anterior fueron representados por Debs, quien era amistoso a todas las razas y completamente libre de prejuicio. Sin embargo, lo limitado del punto de vista del gran agitador sobre esta compleja cuestión fue expresado en su declaración: “Nosotros no tenemos nada especial que ofrecer al negro, y no podemos hacer llamamientos separados a todas las razas. El Partido Socialista es el partido de toda la clase obrera, sea cual sea el color, de toda la clase obrera de todo el mundo” (Ray Ginger, The Bending Cross). Esta fue considerada una posición muy avanzada en ese entonces, pero no planteó el apoyo activo a la reivindicación especial del negro por un poco de igualdad aquí y ahora, o en el futuro previsible, en el camino hacia el socialismo.

Incluso Debs, con su fórmula general que hizo caso omiso del punto principal -la cuestión candente de la constante discriminación contra los negros en todo aspecto- fue muy superior en esta cuestión, tal como en todas las otras, a Víctor Berger, quien fue un racista abierto. He aquí un pronunciamiento sumario de una editorial de Berger en su periódico de Milwaukee, el Social Democratic Herald: “No cabe duda de que los negros y mulatos constituyen una raza inferior.” Este era el “socialismo de Milwaukee” sobre la cuestión negra, como fue expresado por su ignorante e insolente líder-jefe. Un negro perseguido y atacado no podría mezclar eso muy bien con su cerveza, inclusive si tuviera cinco centavos y pudiera encontrar una cantina de blancos donde pudiera tomar un vaso de cerveza, en la parte trasera del bar.

El chauvinismo abierto de Berger jamás fue la posición oficial del partido. Había otros socialistas, tales como William English Walling quien fue un defensor de la igualdad de derechos para los negros y uno de los fundadores de la National Association for the Advancement of Colored People [Asociación Nacional para el Avanzo de las Personas de Color] en 1909. Pero tales individuos fueron una pequeña minoría entre los socialistas y radicales antes de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa.

La insuficiencia de la política socialista tradicional sobre la cuestión negra ha sido ampliamente documentada por los historiadores del movimiento, Ira Kipnis y David Shannon. Shannon resume la actitud general y prevaleciente del Partido Socialista hacia los negros de la siguiente forma:

“No eran importantes en el partido, el partido no hizo ningún esfuerzo especial para atraer a militantes negros, y el partido no estaba generalmente interesado en el esfuerzo de los negros por mejorar su posición dentro de la sociedad capitalista estadounidense, cuando no era en realidad hostil al mismo.” Y más adelante: “El partido mantenía que la única salvación del negro era la misma que la única salvación del blanco: el ‘socialismo’.”

Mientras tanto, no se podía hacer nada sobre la cuestión negra como tal, y mientras menos se dijera sobre esta cuestión, mejor; es decir, se la mantenía escondida bajo la alfombra.

Esta fue la posición tradicional que el joven Partido Comunista heredó del movimiento socialista anterior, del cual había surgido. La política y práctica del movimiento sindical fue aún peor. El IWW [Obreros Industriales del Mundo] no excluyó a nadie de la militancia por su “raza, color, o credo”. Pero los sindicatos predominantes de la AFL [Federación Estadounidense del Trabajo], con sólo unas pocas excepciones, fueron exclusivamente para los blancos de la aristocracia obrera. Estos tampoco tenían nada especial que ofrecer a los negros; de hecho, no tenían absolutamente nada que ofrecerles.

  

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La diferencia -y fue una diferencia profunda– entre el Partido Comunista de los años 20 y sus antecesores socialistas y radicales fue mostrada por la ruptura de los primeros con esta tradición. Los comunistas estadounidenses de los primeros días, bajo la influencia y presión de los rusos en la Comintern, estaban aprendiendo lenta y dolorosamente a cambiar suactitud; a asimilar la nueva teoría de la cuestión negra como una cuestión especial de gente doblemente explotada y relegada a ser ciudadanos de segunda clase, que requería un programa de demandas especiales como parte del programa general; y a empezar a hacer algo sobre esta cuestión.

La verdadera importancia de este cambio profundo, en todas sus dimensiones, no puede ser medida adecuadamente por los resultados que ocurrieron durante la década de los 20. Hay que considerar a los primeros diez años principalmente como el período preliminar de reconsideración y discusión, y de cambio en la actitud y la política sobre la cuestión negra; como preparación para la actividad futura en este terreno.

Los efectos de este cambio y esta preparación en los años 20, producidos por la intervención rusa, se manifestarían explosivamente en la década posterior. Las maduras condiciones favorables para la agitación y organización radicales entre los negros, producidas por la Gran Depresión, encontraron al Partido Comunista preparado para actuar en este terreno como ninguna otra organización radical en este país había hecho anteriormente.

 

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Todo de nuevo y progresista sobre la cuestión negra vino de Moscú, después de la Revolución de 1917 -y como resultado de la Revolución- no sólo para los comunistas estadounidenses, quienes respondieron directamente, sino para todos los demás que se interesaban en la cuestión. Por sí mismos, los comunistas estadounidenses nunca inventaron nada nuevo ni diferente de la posición tradicional del radicalismo estadounidense sobre la cuestión negra.

Esta, como muestran las citas ya dadas de las historias de Kipnis y Shannon, fue bastante débil en cuanto a la teoría y aun más débil en la práctica. La fórmula simplista de que la cuestión negra era meramente económica, una parte de la cuestión de capital contra trabajo, jamás inspiró a los negros, quienes sabían que no era cierto, aunque no lo decían abiertamente; ellos tenían que vivir con la discriminación brutal cada hora de cada día.

Esta discriminación no tenía nada de sutil ni disfrazada. Todo el mundo sabía que al negro le tocaba lo peor en todo momento, pero a casi nadie le importaba y casi nadie quería hacer algo para intentar moderarlo o cambiarlo. La mayoría blanca de la sociedad estadounidense, el 90 por ciento de la población, incluyendo su sector obrero, tanto en el norte como en el sur, estaba saturada con el prejuicio contra el negro; y a un grado considerable el movimiento socialista reflejaba este prejuicio, aunque -por deferencia hacia el ideal de la hermandad humana- la actitud socialista fue callada y tomó la forma de evasión. La vieja teoría del radicalismo estadounidense mostró en la práctica ser una fórmula para la falta de acción sobre la cuestión de los negros e -incidentalmente- una cobertura conveniente para los latentes prejuicios raciales de los mismos radicales blancos.

La intervención rusa cambió todo esto, y lo cambió de una manera drástica y benéfica. Aun antes de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa, Lenin y los bolcheviques se distinguían de todas las otras tendencias en el movimiento socialista y obrero internacional por su preocupación por los problemas de las naciones y minorías nacionales oprimidas, y su apoyo firme a las luchas por la libertad, la independencia y el derecho a la autodeterminación. Los bolcheviques daban este apoyo a toda la “gente sin igualdad de derechos” de una forma sincera y honesta, pero no había nada “filantrópico” en esta posición. Reconocían también el gran potencial revolucionario en la situación de los pueblos y naciones oprimidos, y los veían como aliados importantes de la clase obrera en la lucha revolucionaria contra el capitalismo.

Después de noviembre de 1917 esta nueva doctrina -con un énfasis especial en los negros- empezó a ser transmitida al movimiento comunista estadounidense respaldada por la autoridad de la Revolución Rusa. Los rusos en la Comintern empezaron a enfrentar a los comunistas estadounidenses con la exigencia brusca e insistente de que se deshicieran de sus propios prejuicios no declarados, que prestaran atención a los problemas y quejas especiales de los negros estadounidenses, que trabajaran entre ellos y que se convirtieran en paladines de su causa dentro de la comunidad blanca.

A los estadounidenses, que habían sido educados en una tradición distinta, les tomó tiempo asimilar la nueva doctrina leninista. Pero los rusos seguían año tras año, apilando los argumentos e incrementando la presión sobre los comunistas estadounidenses hasta que éstos finalmente aprendieron, cambiaron, y empezaron a trabajar en serio. Este cambio en la actitud de los comunistas estadounidenses, que se efectuó gradualmente en los años 20, iba a ejercer una influencia profunda en círculos mucho más amplios durante los años posteriores.

  

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La ruptura del Partido Comunista con la posición tradicional del radicalismo estadounidense sobre la cuestión negra coincidió con cambios profundos que estaban ocurriendo entre la misma población negra. La migración en gran escala desde las regiones agrícolas del sur hacia los centros industriales del norte se aceleró mucho durante la Primera Guerra Mundial, y continuó en los años posteriores. Esto produjo algunas mejorías en sus condiciones de vida en comparación con lo que habían conocido en el Sur Profundo, pero no fueron suficientes como para compensar el desencanto de encontrarse relegados a los guetos y sometidos todavía a la discriminación por todos lados.

El movimiento negro, tal como era en ese entonces, apoyó patrióticamente a la Primera Guerra Mundial “para hacer el mundo seguro para la democracia”; y 400 mil negros sirvieron en las fuerzas armadas. Regresaron a casa buscando un poquito de democracia para sí mismos como recompensa, pero no encontraron gran cosa en ningún lado. Su nuevo espíritu de autoafirmación fue respondido con cada vez más linchamientos y una serie de disturbios raciales a lo largo del país, tanto en el norte como en el sur.

Todo esto en conjunto -las esperanzas y las decepciones, el nuevo espíritu de autoafirmación y las represalias bestiales- contribuyó al surgimiento de un nuevo movimiento negro en vías de formación. Rompiendo así tajantemente con la tradición de Booker T. Washington de acomodación a una posición de inferioridad en el mundo del hombre blanco, una nueva generación de negros empezó a impulsar su reclamo por la igualdad.

  

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Lo que el nuevo movimiento emergente de los negros estadounidenses -una minoría de diez por ciento [de la población de Estados Unidos]- más necesitaba, y de lo que carecía casi por completo, era apoyo efectivo dentro de la comunidad blanca en general y dentro del movimiento obrero, su aliado necesario, en particular. El Partido Comunista, defendiendo agresivamente la causa de los negros llamando por una alianza del pueblo negro y el movimiento obrero combativo, entró en la nueva situación como un agente catalizador en el momento preciso.

Fue el Partido Comunista, y ningún otro, el que convirtió a los casos de Herndon y Scottsboro en cuestiones de resonancia nacional y mundial y que puso a las turbas de linchamiento legal de los “Dixiecrats” [políticos racistas del Partido Demócrata en el Sur de los EE.UU.] a la defensiva, por primera vez desde el derrumbe de la Reconstrucción. Los activistas del partido dirigían las luchas y las manifestaciones para conseguir consideración justa para los negros desempleados en las oficinas de socorro, y para colocar nuevamente en sus departamentos vacíos los muebles de los negros echados a la calle por orden de desalojo. Fue el Partido Comunista el que en forma demostrativa presentó a un negro como candidato a vicepresidente en 1932, algo que ningún otro partido radical o socialista jamás había contemplado.

Por medio de tales acciones y agitación, y otras similares, en los años 30, el partido sacudió a todos los círculos más o menos liberales y progresistas de la mayoría blanca, y empezó a efectuar un cambio radical en la actitud sobre la cuestión negra. Al mismo tiempo, el partido se convirtió en un verdadero factor entre los negros, quienes avanzaron además en su condición y confianza en sí mismos; en parte como resultado de la agresiva agitación del Partido Comunista sobre la cuestión.

No se puede descartar estos hechos diciendo: los comunistas actuaron así porque tenían un interés creado. Toda agitación a favor de los derechos de los negros favorece al movimiento negro; y la agitación de los comunistas fue mucho más enérgica y eficaz que cualquier otra en ese entonc

Estos nuevos acontecimientos parecen contener un sesgo contradictorio, el cual, que yo sepa, jamás ha sido confrontado o explicado. La expansión de la influencia comunista dentro del movimiento negro durante los años 30 ocurrió a pesar del hecho de que una de las nuevas consignas impuestas sobre el partido por la Comintern nunca pareció adecuarse a la situación real. Esta fue la consigna de la “autodeterminación”, sobre la que se hizo el mayor alboroto y se escribieron muchas tesis y resoluciones, siendo inclusive pregonada como la consigna principal. La consigna de la “autodeterminación” encontró poca o ninguna aceptación en la comunidad negra. Después del colapso del movimiento separatista dirigido por Garvey, su tendencia fue principalmente hacia la integración racial con igualdad de derechos.

En la práctica el PC brincó encima de esta contradicción. Cuando el partido adoptó la consigna de la “autodeterminación”, no abandonó su agresiva agitación a favor de la igualdad y los derechos de los negros en todos los frentes. Al contrario, intensificó y extendió esta agitación. Eso era lo que los negros deseaban oír, y es lo que marcó la diferencia. La agitación y acción del PC bajo esta última consigna fue lo que produjo resultados, sin la ayuda -y probablemente a pesar- de la impopular consigna de la “autodeterminación” y todas las tesis escritas para justificarla. 

  

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Durante el “Tercer Período” de ultrarradicalismo, los comunistas convertidos en estalinistas llevaron a cabo su actividad entre los negros con toda la deshonesta demagogia, exageraciones y distorsiones que les son propias y de las cuales son inseparables. Sin embargo, a pesar de esto, el llamado principal en torno a la igualdad de derechos se abrió paso y encontró eco en la comunidad negra. Por primera vez desde la época de los abolicionistas, los negros veían a un grupo agresivo, dinámico y combativo de gente blanca que defendía su causa. Esta vez no fueron unos cuantos filántropos y pálidos liberales, sino los tenaces estalinistas de los años 30, que estaban a la cabeza de un movimiento radical de gran alcance que, generado por la depresión, estaba en ascenso. Había una energía en sus esfuerzos en esos días y ésta fue sentida en muchas esferas de la vida estadounidense.

La respuesta inicial de muchos negros fue favorable; y la reputación del partido como una organización revolucionaria identificada con la Unión Soviética era probablemente más una ayuda que un obstáculo. La capa superior de los negros, buscando respetabilidad, tendía a distanciarse de todo lo radical; pero las bases, los más pobres entre los pobres que no tenían nada que perder, no tenían miedo. El partido reclutó a miles de miembros negros en la década de los 30 y se convirtió, por un tiempo, en una fuerza real dentro de la comunidad negra. La causa principal de esto era su política sobre la cuestión de la igualdad de derechos, su actitud general -la cual habían aprendido de los rusos- y su actividad en torno a la nueva línea.

  

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En los años 30, la influencia y la acción del Partido Comunista no se restringían a la cuestión de los “derechos civiles” en general. También funcionaban poderosamente por darle nueva forma al movimiento obrero y auxiliar a los obreros negros a conseguir en éste el lugar que anteriormente les había sido negado. Los obreros negros mismos, quienes habían aportado lo suyo en las grandes luchas para crear los nuevos sindicatos, presionaban a favor de sus propias reivindicaciones más agresivamente que en ningún período anterior. Pero necesitaban ayuda, necesitaban aliados.

Los activistas del Partido Comunista empezaron a desempeñar este papel al punto crítico en los días formativos de los nuevos sindicatos. La política y la agitación del Partido Comunista en este período hicieron más, diez veces más, que cualquiera otra fuerza para ayudar a los obreros negros a asumir un nuevo status de, por lo menos, semiciudadanía dentro del nuevo movimiento obrero creado en la década de los 30 bajo la bandera del CIO [Congreso de Organizaciones Industriales].

  

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Se suele atribuir el progreso del movimiento negro, y el cambio de la opinión pública a favor de sus demandas, a los cambios producidos por la Primera Guerra Mundial. Pero el resultado más importante de la Primera Guerra Mundial, el acontecimiento que cambió todo, incluyendo las perspectivas para los negros estadounidenses, fue la Revolución Rusa. La influencia de Lenin y la Revolución Rusa -aun degradada y distorsionada como lo fue posteriormente por Stalin, y después filtrada a través de las actividades del Partido Comunista en Estados Unidos- contribuyó más que ninguna otra influencia de cualquier fuente al reconocimiento, y la aceptación más o menos general, de la cuestión negra como un problema especial de la sociedad estadounidense; un problema que no puede ser incluido simplemente bajo el encabezado general del conflicto entre capital y trabajo, como hacía el movimiento radical precomunista.

Se añade algo, pero no mucho, al decir que el Partido Socialista, los liberales y los dirigentes sindicales más o menos progresistas aceptaron la nueva definición y otorgaron algún apoyo a las demandas de los negros. Eso es exactamente lo que hicieron; la aceptaron. No tenían ninguna teoría ni política independientes desarrolladas por ellos mismos; ¿de dónde iban a sacarlas? ¿De sus propias cabezas? Difícilmente. Todos iban a la zaga del PC sobre esta cuestión en los años 30.

Los trotskistas y otros grupos radicales disidentes -que también habían aprendido de los rusos- contribuyeron lo que pudieron a la lucha por los derechos de los negros; pero los estalinistas, dominando el movimiento radical, dominaban también los nuevos sucesos en el terreno de la cuestión negra.

  

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Todo lo nuevo sobre la cuestión negra vino de Moscú, después de que empezó a retumbar a lo largo del mundo la exigencia de la Revolución Rusa por la libertad y la igualdad para todas las minorías nacionales, todos los pueblos sojuzgados y todas las razas, para todos los despreciados y rechazados de la tierra. Este trueno sigue retumbando, más fuerte que nunca, como atestiguan los encabezados diarios de los periódicos.

Los comunistas estadounidenses respondieron primero, y más enfáticamente, a la nueva doctrina que venía de Rusia. Pero el pueblo negro, y sectores significativos de la sociedad blanca estadounidense, respondieron indirectamente, y siguen respondiendo, lo reconozcan o no.

Los actuales líderes oficiales del movimiento por los “derechos civiles” de los negros estadounidenses, bastante sorprendidos ante la creciente combatividad del movimiento y el apoyo que está consiguiendo en la población blanca del país, apenas sospechan cuánto debe el ascendente movimiento a la Revolución Rusa que todos patrióticamente rechazan.

El reverendo Martin Luther King sí señaló, al tiempo de la batalla del boicot de Montgomery, que su movimiento formaba parte de la lucha mundial de los pueblos de color por la independencia y la igualdad. Debería haber agregado que las revoluciones coloniales, que efectivamente son un poderoso aliado del movimiento negro en Estados Unidos, obtuvieron su impulso inicial de la Revolución Rusa, y son estimuladas y fortalecidas día tras día por la continuada existencia de esta revolución en la forma de la Unión Soviética y la nueva China, la cual el imperialismo blanco súbitamente “perdió”.

Indirectamente, pero por ello más convincentemente, los más rabiosos antisoviéticos, entre ellos los políticos liberales y los dirigentes sindicales oficiales, atestiguan esto cuando dicen: el escándalo de Little Rock y cosas parecidas no deberían ocurrir, porque ayudan a la propaganda comunista entre los pueblos coloniales de piel morena. Su temor a la “propaganda comunista”, como el temor de dios en otras personas, los hace virtuosos.

Ahora resulta convencional que los líderes sindicales y los liberales -en el norte- simpaticen con la lucha de los negros por unos cuantos derechos elementales como seres humanos. Es lo que Se Debe Hacer, la seña de la inteligencia civilizada. Hasta los ex radicales convertidos en una especie de “liberales” anticomunistas -una especie muy miserable- son ahora orgullosamente “correctos” en su apoyo formal a los “derechos civiles” y en su oposición a la segregación de los negros y otras formas de discriminación. Pero, ¿cómo llegaron a ser así?

A los liberales actuales jamás se les ocurre preguntarse por qué a sus similares de una generación anterior -salvo algunas notables excepciones individuales- no se les ocurrió esta nueva y más ilustrada actitud hacia los negros antes de que Lenin y la Revolución Rusa pusieran patas arriba a la vieja, bien establecida y complacientemente aceptada doctrina de que las razas debían ser “separadas pero desiguales”. Los liberales y dirigentes sindicales anticomunistas estadounidenses no lo saben, pero algo de la influencia rusa que odian y temen tanto se les ha pegado.

  

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Por supuesto, como todo el mundo sabe, a la larga los estalinistas estadounidenses estropearon la cuestión negra así como estropearon todas las demás cuestiones. Traicionaron la lucha por los derechos de los negros durante la Segunda Guerra Mundial -en servicio de la política exterior de Stalin- del mismo modo, y por la misma razón fundamental, que traicionaron a los obreros huelguistas estadounidenses y aplaudieron a la fiscalía cuando por primera vez se utilizó la Ley Smith, en el juicio en Minneapolis.

Ahora todo el mundo lo sabe. Al fin se cosechó lo que se había sembrado, y los estalinistas mismos se han visto obligados a confesar públicamente algunas de sus traiciones y acciones vergonzosas. Pero nada, ni el profesado arrepentimiento por crímenes inocultables, ni los alardes sobre virtudes pasadas que otros están poco dispuestos a recordar, parecen servirles de algo. El Partido Comunista, o mejor dicho lo que queda de éste, está tan desprestigiado y despreciado que hoy se le reconoce poco o nada de su trabajo en cuanto a los negros durante esos años anteriores; cuando tuvo consecuencias de largo alcance que, en su mayor parte, fueron progresistas.

No es mi deber ni mi propósito prestarles ayuda. El único objetivo de esta reseña abreviada es aclarar algunos hechos acerca de la primera época del comunismo estadounidense, para el beneficio de estudiantes inquisitivos de una nueva generación que deseen conocer la verdad íntegra, sin temor ni favor, y aprender algo de ella.

La nueva política sobre la cuestión negra, aprendida de los rusos durante los primeros diez años del comunismo estadounidense, dio al Partido Comunista la capacidad de avanzar la causa del pueblo negro en los años 30, y de extender su propia influencia entre los negros en una escala que nunca había sido alcanzada por ningún movimiento radical previo. Estos son hechos históricos; no sólo de la historia del comunismo estadounidense, sino también de la historia de la lucha por la emancipación de los negros.

  

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Para aquéllos que miran hacia el futuro, estos hechos son importantes, una anticipación de las cosas por venir. Por medio de su actividad combativa durante los años anteriores, los estalinistas dieron un gran ímpetu al nuevo movimiento negro. Posteriormente, su traición a la causa de los negros durante la Segunda Guerra Mundial preparó el camino para los gradualistas proponentes del avance a paso de tortuga que han sido los dirigentes incontestados del movimiento desde ese entonces.

La política del gradualismo, de prometer liberar al negro dentro del marco del sistema social que lo subordina y lo degrada, no está dando resultado. No trata la raíz del problema. Grandes son las aspiraciones del pueblo negro y grandes también las energías y emociones expendidas en su lucha. Pero las conquistas concretas de su lucha hasta la fecha son lastimosamente escasas. Han avanzado unas cuantas pulgadas, pero la meta de la verdadera igualdad se encuentra a millas y millas de distancia.

El derecho a ocupar un asiento vacío en un autobús; la integración simbólica de un puñado de niños negros en unas cuantas escuelas públicas; algunos puestos accesibles para individuos negros en la administración pública y algunas profesiones; derechos de empleo justo en papel, pero no en la práctica; el derecho a la igualdad, formal y legalmente reconocido pero negado en la práctica a cada momento; éste es el estado de cosas en la actualidad, 96 años después de la Proclamación de la Emancipación.

Ha habido un gran cambio en la perspectiva y las demandas del movimiento de los negros desde la época de Booker T. Washington, pero ningún cambio fundamental en su situación real. El crecimiento de esta contradicción está llevando a un nuevo estallido y un nuevo cambio de política y dirigencia. En la próxima etapa de su desarrollo, el movimiento negro estadounidense se verá obligado a orientarse hacia una política más combativa que la del gradualismo y a buscar aliados más confiables que los políticos capitalistas del norte que se encuentran coludidos con los dixiecrats del sur. Los negros, más que nadie en este país, tienen derecho y razón para ser revolucionarios.

Un partido obrero honesto de la nueva generación reconocerá este potencial revolucionario de la lucha negra, y llamará por una alianza combativa del pueblo negro y el movimiento obrero en una lucha revolucionaria común contra este sistema social imperante.

Las reformas y las concesiones, mucho más importantes y significativas que las obtenidas hasta ahora, se derivarán de esta alianza revolucionaria. En cada fase de la lucha se luchará a favor de ellas y se las logrará. Pero el nuevo movimiento no se detendrá con las reformas, ni estará satisfecho con las concesiones. El movimiento del pueblo negro y el movimiento obrero combativo, unificados y coordinados por un partido revolucionario, resolverá la cuestión de los negros de la única manera que puede ser resuelta: mediante una revolución social.

Los primeros esfuerzos del Partido Comunista a este respecto, durante la generación pasada, serán reconocidos y asimilados. Ni siquiera la experiencia de la traición estalinista será desperdiciada. El recuerdo de esta traición será una de las razones por las que los estalinistas no serán los dirigentes la próxima vez.

 

Los Angeles,
8 de mayo de 1959.

 

Trotsky: Los diez mandamientos del comunista español

[Edición de Juan Andrade y José Martínez. Ruedo Ibérico, 1971. Digitalización: Germinal]

1. La monarquía ha perdido el poder, pero espera reconquistarlo. Las clases poseedoras están todavía firmes en sus estribos. El bloque de republicanos y socialistas se ha colocado en el terreno del cambio republicano para evitar que las masas tomen el camino de la revolución socialista. ¡Desconfiad de las palabras! ¡Actuar es lo que hace falta! ¡Para comenzar: detención de los dirigentes más destacados y sostenedores del antiguo régimen, confiscación de los bienes de la dinastía y de sus lacayos más comprometidos! ¡Armamento para los obreros!

2. El gobierno, apoyándose en republicanos y socialistas, se esforzará por todos los medios por ampliar sus bases hacia la derecha, en dirección de la gran burguesía, e intentará capitular a fin de neutralizar a la Iglesia. El gobierno es un gobierno de explotadores creado para protegerles de los explotados. El proletariado está en oposición irreconciliable con el gobierno de los agentes republicanos “socialistas” de la burguesía.

3. La participación de los socialistas en el poder significa que irán acrecentándose los choques violentos entre obreros y jefes socialistas. Esto abre amplias posibilidades a la política revolucionaria del frente único. Cada huelga, cada manifestación, cada acercamiento de los obreros a los soldados, cada paso de la masa hacia la verdadera democratización del país, se va a enfrentar de ahora en adelante con la resistencia de los jefes socialistas como hombres “del orden”. Por consiguiente, es tanto más importante para los obreros comunistas el participar en el frente único con los obreros socialistas, sindicalistas y sin partido, y arrastrarles más tarde detrás de ellos.

4. Los obreros comunistas constituyen hoy una pequeña minoría en el país. No pueden aspirar al poder de una manera inmediata. Actualmente no pueden proponerse como objetivo práctico la caída violenta del gobierno republicano-socialista. Toda tentativa en este sentido sería una aventura catastrófica. Es necesario que las masas de obreros, soldados y campesinos atraviesen la etapa de las ilusiones republicanas “socialistas” a fin de liberarse de ella más radical y definitivamente. No engañarse con frases, observar los hechos con los ojos muy abiertos, preparar tenazmente la segunda revolución, la revolución proletaria.

5. La tarea de los comunistas en el periodo actual, consiste en ganarse a la mayoría de los obreros, la mayoría de los soldados,la mayoría de los campesinos. ¿Qué hace falta para eso? Agitar, educar a los cuadros, “explicar con paciencia” (Lenin), organizar. Todo eso a base de la experiencia de las masas y de la participación activa de los comunistas en esta experiencia: la política amplia y audaz del frente único.

6. Con el bloque republicano-socialista o bien con partes de éste, los comunistas no deben hacer ninguna transacción que pueda limitar o debilitar de una forma directa o indirecta la libertad de crítica y de agitación comunista. Los comunistas explicarán, por todas partes y sin descanso, a las masas populares que en las luchas contra todas las variedades de la contrarrevolución monárquica estarán en primera fila, pero que para semejante lucha no es necesario ninguna alianza con los republicanos y los socialistas, cuya política estará inevitablemente basada en concesiones a la reacción e intentarán ocultar las intrigas de ésta.

7. Los comunistas emiten las más radicales consignas democráticas : libertad completa para las organizaciones proletarias, libertad de auto administración local, elegibilidad de todos los funcionarios por el pueblo, admisión al voto de hombres y mujeres a partir de 18 años, etc., creación de una milicia obrera y, más tarde, de una milicia campesina. Confiscación de todos los bienes de la dinastía y de los bienes de la Iglesia en favor del pueblo, en primer lugar en favor de los parados, de los campesinos pobres y para el mejoramiento de la situación de los soldados. Separación completa de la Iglesia y del Estado. Todos los derechos cívicos y libertades a los soldados. Elegibilidad de los oficiales en el ejército. El soldado no es un verdugo del pueblo, tampoco un mercenario armado de los ricos, ni un pretoriano, sino un ciudadano revolucionario, hermano de sangre del obrero y del campesino.

8. La consigna central del proletariado es la de soviet obrero. Esta consigna deberá anunciarse, popularizarse incansable y constantemente, y a la primera ocasión hay que proceder a su realización. El soviet obrero no significa la lucha inmediata por el poder. Es ésa sin duda la perspectiva, pero a la que la masa sólo puede llegar por el camino de su experiencia y con la ayuda del trabajo de clarificación de los comunistas. El soviet obrero significa hoy la reunión de las fuerzas diseminadas del proletariado, la lucha por la unidad de la clase obrera, por su autonomía. El soviet obrero se encarga de los fondos de huelga, de la alimentación de los parados, del contacto con los soldados a fin de evitar encuentros sangrientos entre ellos, de los contactos entre la ciudad y el pueblo, con objeto de asegurar la alianza de los obreros con los campesinos pobres. El soviet obrero incorpora representantes de los contingentes militares. Es así solamente, como el soviet llegará a ser el órgano de la insurrección proletaria y, más tarde, el órgano del poder.

9. Los comunistas deben elaborar inmediatamente un programa agrario revolucionario. La base de éste tiene que ser la confiscación de las tierras de las clases privilegiadas y ricas, de los explotadores, empezando por la dinastía y la Iglesia, a favor de los campesinos pobres y de los soldados. Este programa debe adaptarse concretamente a las diferentes zonas del país. Teniendo particularidades económicas e históricas singulares, es necesario crear inmediatamente en cada provincia una comisión para la elaboración concreta del programa agrario en estrecha relación con los campesinos revolucionarios de la región. Es necesario saber comprender la voz de los campesinos para formularla de una manera clara y precisa.

10. Los socialistas que se dicen de izquierda (entre los cuales hay honrados obreros) invitarán a los comunistas a hacer un bloque e incluso a unificar las organizaciones. A esto los comunistas responden: “Estamos dispuestos, en el interés de la clase obrera y para la solución de determinadas tareas concretas, a trabajar unidos con todo grupo y con toda organización proletaria. Con este fin proponemos correctamente la creación de soviets. Representantes obreros, pertenecientes a diferentes partidos, discutirán en esos soviets sobre todas las cuestiones actuales y todas las tareas inmediatas. El soviet obrero es la forma más natural, más abierta, más honesta y más sana de la alianza en vista del trabajo común. En el soviet obrero, nosotros los comunistas, propondremos nuestras consignas y nuestras soluciones y nos esforzaremos para convencer a los obreros de lo correcto de nuestro camino. Cada grupo debe gozar en el seno del soviet obrero de una entera libertad de crítica. En la lucha para los objetivos prácticos propuestos por el soviet, nosotros, los comunistas, estaremos siempre en primera fila”. Esta es la forma de colaboración que los comunistas proponen fraternalmente a los obreros socialistas, sindicalistas y sin partido.

Asegurando la unidad en sus propias filas, los comunistas ganarán la confianza del proletariado y de la gran mayoría de campesinos pobres, con su brazo armado ellos tomarán el poder, y abrirán la era de la revolución socialista.

Kadikei, 12 de abril de 1931

Fotografía: Despedida de las Brigadas Internacionales (foto de Robert Capa, 1938)

León Trotsky: la industria nacionalizada y la administración obrera

 

En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros. La actual política (del gobierno mexicano, N. del T.) se ubica en la segunda alternativa; sus mayores conquistas son la expropiación de los ferrocarriles y de las compañías petroleras.

Estas medidas se encuadran enteramente en los marcos del capitalismo de estado. Sin embargo, en un país semicolonial, el capitalismo de estado se halla bajo la gran presión del capital privado extranjero y de sus gobiernos, y no puede mantenerse sin el apoyo activo de los trabajadores. Eso es lo que explica por qué, sin dejar que el poder real escape de sus manos, (el gobierno mexicano) trata de darles a las organizaciones obreras una considerable parte de responsabilidad en la marcha de la producción de las ramas nacionalizadas de la industria.

¿Cuál debería ser la política del partido obrero en estas circunstancias? Sería un error desastroso, un completo engaño, afirmar que el camino al socialismo no pasa por la revolución proletaria, sino por la nacionalización que haga el estado burgués en algunas ramas de la industria y su transferencia a las organizaciones obreras. Pero esta no es la cuestión. El gobierno burgués llevo a cabo por sí mismo la nacionalización y se ha visto obligado a pedir la participación de los trabajadores en la administración de la industria nacionalizada. Por supuesto, se puede evadir la cuestión aduciendo que, a menos que el proletariado tome el poder, la participación de los sindicatos en el manejo de las empresas del capitalismo de estado no puede dar resultados socialistas. Sin embargo, una política tan negativa de parte del ala revolucionaria no sería comprendida por las masas y reforzaría las posiciones oportunistas. Para los marxistas no se trata de construir el socialismo con las manos de la burguesía, sino de utilizar las situaciones que se presentan dentro del capitalismo de estado y hacer avanzar el movimiento revolucionario de los trabajadores.

La participación en los parlamentos burgueses no puede ya ofrecer resultados positivos importantes; en determinadas situaciones, puede incluso conducir a la desmoralización de los diputados obreros. Pero esto no es argumento para que los revolucionarios apoyen el antiparlamentarismo.

Sería inexacto identificar la participación obrera en la administración de la industria nacionalizada con la participación de los socialistas en un gobierno burgués (lo que se llama ministerialismo). Todos los miembros de un gobierno están ligados por lazos de solidaridad. Un partido representado en el gobierno es responsable de la política del gobierno en su conjunto. La participación en el manejo en una cierta rama de la industria brinda, en cambio, una amplia oportunidad de oposición política. En caso de que los representantes obreros estén en minoría en la administración, tienen todas las oportunidades para proclamar y publicar sus propuestas rechazadas por la mayoría, ponerlas en conocimiento de los trabajadores, etc.

La participación de los sindicatos en la administración de la industria nacionalizada puede compararse con la de los socialistas en los gobiernos municipales, donde ganan a veces la mayoría y están obligados a dirigir una importante economía urbana, mientras la burguesía continúa dominando el estado y siguen vigentes las leyes burguesas de propiedad. En la municipalidad, los reformistas se adaptan pasivamente al régimen burgués. En el mismo terreno, los revolucionarios hacen todo lo que pueden en interés de los trabajadores y, al mismo tiempo, les enseñan a cada paso que, sin la conquista del poder del estado, la política municipal es impotente.

La diferencia es, sin duda, que en el gobierno municipal los trabajadores ganan ciertas posiciones por medio de elecciones democráticas, mientras que en la esfera de la industria nacionalizada el propio gobierno los invita a hacerse cargo de determinados puestos. Pero esta diferencia tiene un carácter puramente formal. En ambos casos, la burguesía se ve obligada a conceder a los trabajadores ciertas esferas de actividad. Los trabajadores las utilizan en favor de sus propios intereses.

Sería necio no tener en cuenta los peligros que surgen de una situación en que los sindicatos desempeñan un papel importante en la industria nacionalizada. El riesgo radica en la conexión de los dirigentes sindicales con el aparato del capitalismo de estado, en la transformación de los representantes del proletariado en rehenes del estado burgués. Pero por grande que pueda ser este peligro, sólo constituye una parte del peligro general, más exactamente, de una enfermedad general: la degeneración burguesa de los aparatos sindicales en la época del imperialismo, no sólo en los viejos centros metropolitanos sino también en los países coloniales. Los líderes sindicales son, en la abrumadora mayoría de los casos, agentes políticos de la burguesía y de su estado. En la industria nacionalizada pueden volverse, y ya se están volviendo, sus agentes administrativos directos. Contra esto no hay otra alternativa que luchar por la independencia del movimiento obrero en general; y en particular por la formación en los sindicatos de firmes núcleos revolucionarios que, a la vez que defienden la unidad del movimiento sindical, sean capaces de luchar por una política de clase y una composición revolucionaria de los organismos directivos.

Otro peligro reside en el hecho de que los bancos y otras empresas capitalistas, de las cuales depende económicamente una rama determinada de la industria nacionalizada, pueden utilizar, y sin duda lo harán, métodos especiales de sabotaje para poner obstáculos en el camino de la administración obrera, desacreditarla y empujarla al desastre. Los dirigentes reformistas tratarán de evitar el peligro adaptándose servilmente a las exigencias de sus proveedores capitalistas, en particular de los bancos. Los líderes revolucionarios, en cambio, del sabotaje bancario extraerán la conclusión de que es necesario expropiar los bancos y establecer un solo banco nacional, que llevaría la contabilidad de toda la economía. Por supuesto, esta cuestión debe estar indisolublemente ligada a la de la conquista del poder por la clase trabajadora.

Las distintas empresas capitalistas, nacionales y extranjeras, conspirarán inevitablemente, junto con las instituciones estatales, para obstaculizar la administración obrera de la industria nacionalizada. Por su parte, las organizaciones obreras que manejen las distintas ramas de la industria nacionalizada deben unirse para intercambiar experiencias, darse mutuo apoyo económico, y actuar unidas ante el gobierno, por las condiciones de crédito, etc. Por supuesto, esa dirección central de la administración obrera de las ramas nacionalizadas de la industria debe estar en estrecho contacto con los sindicatos.

Para resumir, puede afirmarse que este nuevo campo de trabajo implica las más grandes oportunidades y los mayores peligros. Estos consisten en que el capitalismo de estado, por medio de sindicatos controlados, puede contener a los obreros, explotarlos cruelmente y paralizar su resistencia. Las posibilidades revolucionarias consisten en que, basándose en sus posiciones en ramas industriales de excepcional importancia, los obreros lleven el ataque contra todas las fuerzas del capital y del estado burgués. ¿Cuál de estas posibilidades triunfará? ¿Y en cuanto tiempo? Naturalmente, es imposible predecirlo. Depende totalmente de la lucha de las diferentes tendencias en la clase obrera, de la experiencia de los propios trabajadores, de la situación mundial. De todos modos, para utilizar esta nueva forma de actividad en interés de los trabajadores y no de la burocracia y aristocracia obreras, sólo se necesita una condición: la existencia de un partido marxista revolucionario que estudie cuidadosamente todas las formas de actividad de la clase obrera, critique cada desviación, eduque y organice a los trabajadores, gane influencia en los sindicatos y asegure una representación obrera revolucionaria en la industria nacionalizada.

 

Coyoacán, 12 de mayo de 1939.

[1] Publicado en Fourth International, agosto de 1946. Sin firma. Cuando se publicó el artículo en Fourth International se calculó que había sido escrito en mayo o junio de 1938 (en el manuscrito no figuraba fecha). Pero en el original que está en los archivos de Trotsky en Harvard figura la fecha 12 de mayo de 1939. Trotsky escribió este artículo después de que el gobierno de Cárdenas expropió la industria petrolera y los ferrocarriles y dio a los sindicatos gran responsabilidad en su administración. Un funcionario de la CTM, Rodrigo García Treviño, en ese entonces adversario de los stalinistas, le preguntó a Trotsky su opinión sobre la actitud que deberían tomar los sindicatos respecto a participar en la administración. Trotsky aceptó escribir un memorándum y varios días después le entregó este artículo a Treviño. Tomado de la versión publicada en Escritos, Tomo X, pág. 482, Editorial Pluma.

Revolución y Constitución

por Raúl Bengolea//

 1.- POR QUÉ ENTRAMOS EN EL DEBATE CONSTITUCIONAL (NUESTRA LUCHA CONTRA LOS REFORMISTAS)

            En los círculos de izquierda, es frecuente escuchar, frente a los ampulosos y circenses debates políticos de los patrones, que nada de eso nos interesa. Que lo que ocurra en el Congreso, en el Gobierno o el Poder Judicial, en nada nos debe preocupar y que la respuesta la debemos encontrar en los problemas “concretos” de los trabajadores. Se pretende por esta vía delimitar la política de los patrones con la de los explotados, limitando las preocupaciones, reclamos y discusiones de la izquierda al entorno doméstico de los trabajadores. Se dice que no debe interesarnos el destino de los senadores designados, ni el debate tributario ni las posibles reformas a la Constitución.

            Esta postura, debemos admitir, en principio es correcta en cuanto de un modo muy prosaico se trata de esbozar una política clasista. Con esta posición, en verdad, se trata de rechazar la política traidora y colaboracionista de clases de los principales partidos de la izquierda, el PS y el PC. La apelación tan frecuente a los problemas “concretos”, se opone al seguidismo electorero y democratizante (culto a la democracia burguesa) de los reformistas.

            Sin embargo, esta delimitación rudimentaria y a veces instintiva, no alcanza a conformarse como una política coherente que exprese los intereses generales de los explotados en el marco de la lucha de clases. La política del proletariado, de los explotados, debe expresarse en todos los planos. Si se trata del Gobierno y organización del país, de las reformas constitucionales,  esta obligación es doble.

            La  propaganda alrededor de las reformas constitucionales, o incluso -como plantean sectores del PC- la creación de una nueva con una Asamblea Constituyente,  desorienta a cerca de su significado y alcance. Para sus sostenedores este camino conduce nada menos que a la transformación social, a la democratización del país, a la masiva participación en las decisiones de “las bases”, a la redistribución de la riqueza, respeto de los DDHH, etc.. Todo ni más ni menos que con una reforma constitucional.

            El Comité Constructor del POR -trotskista- busca, como instrumento consciente de las leyes de la historia, la transformación radical de la estructura económica y social de este país y no la sustituye  con un cambio en la Constitución por muy importante que pueda ser ésta. Algo más, sostenemos que la transformación cualitativa de la sociedad o la superación de la contradicción fundamental de su estructura económica, sólo podrán lograrse por la vía insurreccional y de ninguna manera por la vía parlamentaria o constitucional. Sin embargo, consideramos fundamental pronunciarnos sobre este debate constitucional, en torno al cual, desde hace varios años diversos círculos de la izquierda vienen alimentando ilusiones en la democracia.

            La política del proletariado engloba todos los aspectos de la vida social, incluyendo por supuesto los emergentes de la Constitución, del poder político burgués. No podría ser de otra forma si se trata de una clase social que históricamente lucha precisamente por el poder político y la expulsión de la burguesía, lo que importará destruir su poder económico -la gran propiedad de los medios de producción- el aparato estatal y el ordenamiento jurídico, incluyendo la Constitución Política imperantes. Esto permite comprender que la política, de manera inexcusable, está obligada a dar respuesta a los problemas que se plantean a los hombres en su actividad social cotidiana.

            La revolución social supone las reformas, y la lucha por éstas puede llevar en determinadas condiciones, a la transformación cualitativa de la sociedad.  Por ello es equivocado sostener que el cuantitativo aumento de reformas jurídicas a la Constitución contribuyen al cambio social, que “hacen avanzar”, “ganar espacios”, etc.. Nada se obtiene con reformas constitucionales, las que en último término son letra muerta al lado de la descomunal crisis que atraviesa el capitalismo a escala mundial, crisis que efectivamente contribuye a definir la relación entre burguesía y proletariado, no otra cosa define los rasgos del actual régimen político. Las letritas en papel son sólo adorno.

            La cuestión radica en que la lucha alrededor de las respuestas de las necesidades inmediatas se proyecta hacia la transformación radical de la sociedad, hacia la conquista del poder por los explotados. Tratándose de reformas constitucionales, su análisis y la campaña sobre ellas deben ayudar a las masas a comprender que no es revisando la Constitución de Pinochet, que se transformará la sociedad o la estructura económica. Debe en primer lugar transformarse la estructura social, económica del país; el proletariado debe tomar el poder, y esto se proyectará en una nueva constitución.

            Para comprender debidamente nuestra participación en el debate constitucional y nuestras propuestas al respecto, no se puede soslayar lo indicado, que no es la simple acumulación de reformas lo que ocasiona cambios en el régimen y la sociedad. El cambio social, debe darse en la base económica y es esta crisis económica -producción social versus apropiación privada de la misma- la que sirve de base para el salto en la transformación social. La lucha  por las demandas inmediatas prepara la lucha que busca la destrucción de la vieja sociedad. Es en este marco que planteamos nuestra propuesta constitucional, lo que no supone que acatemos la actual constitución o que creamos que algunas enmiendas puedan llevarnos al socialismo.

 

2.- ¿QUÉ ES EL DERECHO?

                        Marx ha definido el derecho como la voluntad de la clase dominante convertida en ley. En este marco, Lenin, al definir a la Constitución Política o Ley Fundamental del Estado, nos indicaba que “la esencia de la Constitución consiste en que las leyes del Estado en general y las que atañen el derecho a elegir los componentes de las instituciones representativas, a sus funciones, etc., expresan la verdadera correlación de fuerzas en la lucha de clases. Una constitución es ficticia cuando le ley y la realidad divergen y no lo es cuando coinciden”. No solamente la constitución sino todas las leyes burguesas se empeñan en disimular el poder de la burguesía y su dominio económico y político sobre la mayoría nacional.

            El trotskista boliviano Guillermo Lora nos dice que “El Estado es la organización del poder político en la sociedad dividida en clases. El Estado se expresa y actúa a través de diversas formas gubernamentales”. Marx dijo que el gobierno es el administrador de los intereses generales de la clase dominante. Por su parte, según Lenin “el Estado es una máquina para mantener la dominación de una clase sobre otra”.

            De esta forma se concluye que en realidad el derecho es el estatuto normativo por medio del cual la burguesía ordena las potestades compulsivas del estado (violencia), con la finalidad de preservar su dominio sobre el conjunto de la sociedad. Se garantiza con ello especialmente la propiedad privada de los medios de producción (“propiedad”), la libertad de explotación de la fuerza de trabajo (“libertad e igualdad”) y el monopolio de las armas (“fuerza pública”).

            Este estatuto, cualquiera sea la forma que asuma, se limita a regimentar el regular funcionamiento del orden capitalista en períodos de estabilidad social. Por el contrario, la agudización de la lucha de clases en tanto cuestione las bases de dominación burguesa (“propiedad, libertad, igualdad, fuerza pública), por la propia mecánica social llevará a la burguesía a prescindir del derecho, a utilizar con toda “libertad” a su aparato armado, con la finalidad de doblegar la rebelión de los explotados. Estos períodos, que llamamos de guerra civil, insurreccionales, de agudas convulsiones, literalmente suspenden la vigencia del derecho en toda la amplitud que lo requieran las necesidades represivas de la burguesía. En estos períodos el Estado se nos presenta en su verdadera dimensión: una mera organización represiva al servicio de la gran propiedad privada,

            Los genocidios que sumieron en un baño de sangre a los explotados en América del Sur durante la década del 70, se hicieron en su totalidad bajo el dominio de Estados que sustentaban los principios del liberalismo burgués. Ni Pinochet, ni Barrientos, ni Videla, ni Stroessner, necesitaron de alguna facultad o potestad que no emanara de las armas que conducían. Su poder emergió precisamente de los fusiles, bastando para ello que sirvieran con la brutalidad que exigían los hechos, los intereses del empresariado y las transnacionales. Pinochet incurrió en el formalismo de derogar la Constitución del 25 en Chile (el legalismo de nuestros pagos lo impuso así), pero la Junta Argentina de 1976 hizo desaparecer a 30.000 personas, bajo el supuesto imperio de una Constitución que reconocía y protegía el derecho a la vida.

            Sin embargo, a pesar de lo demoledora que resulta nuestra propia experiencia histórica, y amparándose en las fricciones que se dan entre el ordenamiento jurídico, las disposiciones gubernamentales y los intereses particulares de los empresarios capitalistas, muchos llegan a sostener que el Estado sería un mediador entre las clases sociales en pugna. El reformismo y la izquierda proburguesa (PS, PC) se diluyen en estas especulaciones, consideran que conversando con el instrumento de dominación de la burguesía se le puede convencer a que se dedique a defender los intereses de los explotados y hasta contribuya a su liberación. Este es el fundamento “teórico” de la idea de que la democracia burguesa se debe profundizar, y -graciosamente- se nos dice que ello pasaría por barrer con los enclaves dictatoriales del pinochetismo.

 

3.- ¿QUÉ ES LA CONSTITUCIÓN? (Apariencia y esencia)

            El derecho, también el derecho constitucional, es la voluntad de la clase dominante convertida en ley.  El objetivo central de la actual Constitución Política es la preservación, a cualquier costo, de la propiedad privada de los medios de producción. De un modo más preciso lo que consagra la Constitución pinochetista, es un estatuto jurídico que expresa el triunfo de la burguesía y el imperialismo sobre las masas explotadas en Chile, en septiembre del 73. La finalidad de los resguardos castrenses (Consejo Seguridad, Tribunal Constitucional, irreformabilidad del sistema electoral y de la propia institucionalidad), se encuentran al servicio de la preservación de la propiedad. El extenso Nº24 del artículo 19 de la Constitución, regula de forma reglamentaria la protección a la propiedad privada y consagra un ultra protector sistema expropiatorio. Sólo a vía ilustrativa puede señalarse que mientras el derecho a la vida ocupa un párrafo, la protección de la propiedad ocupa tres páginas.

            Esta Constitución es la reacción ante la poderosa ofensiva obrera del 70-73 en la que la ocupación de fábricas y los cordones industriales fueron motorizando la lucha obrera por el poder. La Constitución del 80 pretende borrar ese pasado y representa la experiencia aquilatada de los explotadores en la materia. Si guardamos las debidas distancias, la Constitución representa una especie de programa burgués, en el que se plantea un orden social, un régimen de participación “democrática”, que sirve de un modo exclusivo a su proyecto.

            En este sentido Lora apunta que lo señalado “nos demuestra que no es la Constitución la que crea la propiedad privada y a la clase social de los propietarios, sino que son éstas, precisamente, las que dan origen a las normas constitucionales”.

            Eso de que existe una Constitución única, un derecho constitucional inalterable, no es más que fetichismo que tan generosamente propaga la burguesía, buscando justificar la pretendida validez universal y eterna de su dominio sobre la sociedad, la intangibilidad de su “derecho” de oprimir y explotar a la mayoría de la población. La historia constitucional chilena es la sucesión de las innumerables constituciones y reformas que constantemente se vieron superadas por los hechos. La cambiante realidad social, que se levanta sobre el contradictorio y crítico basamento económico, nunca llega a ser aprehendida ni siquiera por la mejor constitución y aparece siempre deformada por ésta, porque pretende vanamente inmovilizarla. La realidad concreta se convierte en una abstracción, en la idea constitucional que se pretende imponer mediante la violencia.

            De allí que mostrar el verdadero rostro de la Constitución es parte de esta subversión contra la gran propiedad privada, que supone la opresión imperialista, y contra toda la superestructura ideológica que se levanta sobre aquella. La rebelión contra el orden social imperante, es también rebelión contra su ordenamiento jurídico, y por supuesto contra su Constitución.

            La Constitución Política, aprobada en el fraudulento plebiscito pinochetista de 1980, ha demostrado ser eficiente en el empeño burgués de legalizar el genocidio que barrió con decenas de miles de lo mejor de vanguardia obrera y su objetivo final de sostener la podredumbre y la explotación capitalista y la entrega al imperialismo. A este respecto debemos clarificar que no son sólo los llamados “enclaves pinochetistas” los que transforman en reaccionario a este cuerpo constitucional. Su carácter reaccionario se desprende de su esencia, en la medida que consagra la gran propiedad privada burguesa y actualmente impide el desarrollo de las fuerzas productivas y que hunde a la mayoría nacional en el hambre y la miseria. La Constitución del 80 es reaccionaria no sólo por ser un engendro de un gorila como Pinochet, sino en primer lugar por dar expresión jurídica (con lo que se ordenan las facultades compulsivas del Estado) a un orden social caduco, en creciente descomposición y que sólo muestra capacidad para desatar represión y barbarie.

            En un segundo orden, debemos indicar que es también reaccionaria la Constitución del 80 por cuanto es la viva manifestación de la opresión imperialista. Ello por cuanto más allá de sus enunciados explícitos, que ya hemos dicho sólo persiguen “legalizar” la explotación capitalista, en su articulado encontramos sólo un catálogo de enunciados líricos, teóricos, desmentidos diariamente por la realidad. Ellos están impresos en las páginas constitucionales, como una elocuente demostración de la sumisión ideológica de la burguesía criolla, la que toma prestados preceptos de constituciones expresivas de formaciones sociales capitalistas desarrolladas, fruto en definitiva de revoluciones burguesas.

            Los derechos y la institucionalidad “democrática” que establece son letra muerta, por no corresponder a la realidad que pretende regir. Soberanía, democracia, libertades individuales, son en realidad “valores” que deben ser diariamente pisoteados por el régimen burgués con la finalidad de aferrarse al poder, mientras con ello se arrastra al conjunto de nuestra sociedad a la barbarie. Esta especie de “esquizofrenia”, que atraviesa el alma de la burguesía chilena en modo alguno puede atribuirse a una cuestión meramente ideológica, de tradición o racial (el peso español). El hecho indesmentible de que el régimen burgués atrasado, semicolonial, chileno levante constituciones liberales y que luego se vea obligado a ignorarlas o violarlas, resulta del precario desarrollo de las fuerzas productivas en nuestro país que impide a la burguesía realizar las más elementales tareas revolucionarias como: la ruptura con el imperialismo (la burguesía chilena se limita a parasitar del capital transnacional); el pleno desarrollo capitalista de la industria y el agro, la formación de un mercado interno (la producción está al servicio de los requerimientos de insumos de la moribunda industria imperialista); y, el florecimiento de un régimen de democracia burguesa (formal representativa). La incapacidad histórica de la burguesía chilena de realizar estas tareas -propias de las revoluciones burguesas- deja en evidencia su incapacidad para sacar el país del atraso, explotación y miseria y, por supuesto, de que bajo su dominación pueda surgir la democracia burguesa. En este marco, hablar de “profundizar” la democracia es postrarse de rodillas ante los explotadores y el imperialismo, es cerrar los ojos a la realidad, es traicionar la lucha de los explotados.

            En este contexto pasaremos a demostrar cómo la Constitución pinochetista -por ser burguesa- no pasa de ser un conjunto de abstracciones sobre la democracia y que encarna el papel reaccionario de la burguesía. Sus bases institucionales sólo consagran la entrega al imperialismo y la explotación capitalista, como se pasa a demostrar de una breve visión de su articulado en la que revisaremos apariencia y esencia de su orden constitucional.

  • APARIENCIA

a.- LA SUPUESTA SOBERANÍA DEL ESTADO: “Art. 5º: La soberanía reside esencialmente en la nación” Nuestros constitucionalistas, ej. Silva Bascuñán, Bertelsen, etc., de todo el arco político, sostienen que el Estado Democrático Moderno se sustenta en la soberanía de la constitución (debemos leer: “soberanía de la burguesía chilena”). Pero la realidad nos enseña que nuestro país sólo conoce gobiernos y soberanías, sometidos a la voluntad de la metrópoli imperialista, lo que constituye la negación de la soberanía del Estado, considerada en el mundo de abstracciones como la encarnación de la soberanía de la Constitución.

b.- DEMOCRACIA REPRESENTATIVA: “Art. 4º: Chile es una república democrática”, es decir, formal burguesa. Los hechos se han encargado de demostrar que el poco desarrollo del capitalismo, que se expresa como atraso, pobreza, extrema agudización de la lucha de clases, no permiten el pleno desarrollo de la democracia burguesa, inconcebible sin la presencia, por ej., de un vigoroso parlamento que no sólo fabrique leyes, sino que tenga capacidad y fuerza para controlar el poder ejecutivo. De esta manera, son las propias autoridades gubernamentales las que a diario se encargan de violar las normas constitucionales o de ignorarlas.

c.- IGUALDAD ANTE LA LEY: “Art. 19:  La Constitución asegura a todas las personas… Nº2 La igualdad ante la ley. En Chile no hay persona ni grupos privilegiados” . El precepto, arrancado de la tradición liberal, descansa sobre la idea de negar la existencia de clases sociales amparándose en la supuesta igualdad ante la ley. Negar la desigualdades para conservar la dominación de clase. La idea de que no existan grupos privilegiados resulta absurda en un país en que el 60% de la renta nacional se la apropia menos de un 10% de la población. Lo que se puede corroborar si se observa que la economía del país es controlada por cuatro grupos: Luksic, Matte, Angelini y Yaruszeck. Estos dueños del país, en la ridícula ficción constitucional, carecerían de todo privilegio.

ch.- EL DERECHO A LA EDUCACIÓN, A LA SALUD Y A LA SEGURIDAD SOCIAL: “Art. 19:  La Constitución asegura a todas las personas…  9º El derecho a la protección de la salud”; 10º El derecho a la educación. La educación tiene por objeto el pleno desarrollo de la persona en las distintas etapas de su vida”; 18º El derecho a la seguridad social.  Debe señalarse que estos derechos tan pomposamente enunciados, jurídicamente son sólo eso, ya que el Estado chileno no contrae obligación en garantizar estos supuestos derechos garantidos. Esto significa que el ordenamiento institucional no establece ningún mecanismo para hacer efectivo este derecho que se enuncia. Vale decir: aún en el papel son letra muerta. “Los amos son incapaces de mantener a sus esclavos” reflexionaba Marx, señalando que a esta conclusión sigue la necesidad de expulsar a la burguesía del poder por constituirse en un obstáculo absoluto para el desarrollo de la sociedad, la cual por tanto debe ser subvertida llevándose a los obreros al poder. Este planteamiento adquiere especial validez en este punto, toda vez que la educación, la salud y la seguridad social -únicos derechos sociales garantidos por esta Constitución- aparecen enunciados como meros “valores” que en la práctica -debido al brutal proceso de privatización de estos otrora servicios estatales, resultan actualmente conculcados del todo. Ni la educación, ni la salud, ni la jubilación, constituyen derechos de los trabajadores en Chile, el ordenamiento jurídico se limita aquí a conculcar -bajo la apariencia de garantizar- derechos con la finalidad de mantener su tasa de ganancia y hacer atractivo el mercado laboral a las compañías monopólicas.

D.- EL DERECHO A SINDICALIZARSE:  “Art. 19:  La Constitución asegura a todas las personas… Nº19 El derecho a sindicarse en los casos y forma que señale la ley. La afiliación sindical será siempre voluntaria… las organizaciones sindicales no podrán intervenir en actividades político partidistas”.   Con exterminio de las organizaciones sindicales por parte de la Dictadura Militar, se pretendió sacar a los sindicatos del arena política. Ese es el único sentido del gremialismo pinochetista, sacar a los trabajadores del debate político, de su lucha por el poder. La falta de este análisis lleva muchos sectores de izquierda (stalinistas, anarquistas, etc.) a plantear, desde una óptica de izquierda la no injerencia de los obreros en lo que llaman la politiquería burguesa. A ellos debemos decirles que la propia Constitución genocida, ratifica su posición, y que con ello sólo se sirve a los intereses de los explotadores. Reconocer, en definitiva, el derecho a sindicalizarse y negar su accionar político constituye una negación del sindicato toda vez que el accionar sindical -en el marco de la lucha de clases- necesariamente adquiere una dimensión política, ya que la lucha que se despliega se resume en la lucha por el poder. En el mismo sentido debe figurar la supuesta “libertad” de filiación sindical, la que sólo persigue atomizar, dividir, debilitar, los organismos de base de la clase obrera.

 

  • ESENCIA

a.- MONOPOLIO DE LAS ARMAS: “Artículo 90 inciso 2º: Las Fuerzas Armadas están integradas sólo por el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, existen para la defensa de la patria, son esenciales para la seguridad nacional y garantizan el orden institucional de la República… inciso 4º: Las Fuerzas Armadas y Carabineros, como cuerpos armados, son esencialmente obedientes y no deliberantes. Las fuerzas dependientes del Ministerio encargado de la Defensa Nacional son además profesionales, jerarquizadas y disciplinadas”. Aquí encontramos la verdadera esencia del “orden institucional consagrado  en la carta fundamental” como gustan decir pomposamente los juristas, a esto se resume toda la palabrería hueca sobre la separación de poderes y la participación. Aquí está el Estado Moderno, Democrático, etc., esto es el Estado de Derecho, la mascarada y la hipocresía hecha norma : el poder militar monopolizado para los explotadores, ese es el único poder del Estado, es falso lo predicado incluso por los reformistas en orden a la existencia de tres poderes, el único poder estadual es aquél sustentado en las armas, es lo único que puede sustentar el poder de una minoría explotadora sobre la amplia mayoría nacional.

            El Estado es, ya lo dijo Engels, no más “que una banda de matones al servicio de la gran propiedad privada”. El Estado no es “la nación organizada, y su esencia está confesada en el propio texto Constitucional, es simplemente un organismo represivo de clase sobre el conjunto de la sociedad, de ahí que su carácter “no deliberante” es una pantalla. Es de esencia de las FFAA no sólo deliberar, sino que afirmar el dominio de los explotadores, por ello el proletariado debe pugnar por explicitar este hecho reclamando el derecho a sindicalización de la tropa, punto de entrada de las ideas revolucionarias a las instituciones castrenses la que debe buscar la insubordinación de la tropa en favor de los explotados. Esto último unido al armamento de las masas, son condiciones para el desarrollo de la lucha insurreccional.

b.- PROPIEDAD PRIVADA DE LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN: “Art. 19: Nº3. Libertad para adquirir toda clase de bienes… Nº24. El derecho de propiedad en sus diversas especies sobre toda clase de bienes corporales e incorporales… inciso 6º : El Estado tiene el dominio absoluto, exclusivo, inalienable e imprescriptible de todas las minas…”. En estas normas, ya hemos indicado aparece lejos como el derecho de mayor protección, se consagra también la esencia de la dominación burguesa. La expresión normativa pareciera consagrar “todo tipo de propiedad”, pero en la realidad social debe observarse que este es un derecho que sólo puede ejercer la clase dominante. La verdadera propiedad que se protege no es aquella que tiene la mayoría sobre su entorno doméstico (vivienda, mobiliario, vestuario, etc.), que podemos llamar individual, ya que para su expropiación no es necesaria una ley (basta el embargo judicial, a petición de un banco); la propiedad que aquí se protege es la de los medios de producción: la industria, el latifundio y -como veremos- de los yacimientos minerales.        La norma que consagra el dominio estatal de la minería, no es más que un eufemismo violentado por la propia legalidad (régimen de concesiones mineras). La verdad es que esta norma ha sido puesta para ser incumplida -pensamos para garantizar financiamiento a las FFAA- toda vez que desde su dictación el país ha podido ver cómo sus riquezas minerales han sido expropiadas al Estado, por el capital transnacional que desde 1995 extrae más de la mitad de los minerales en nuestro suelo. Ello es la expresión viva de la sumisión y entrega al imperialismo.

c.- AUSENCIA DE DEMOCRACIA FORMAL, LA DICTADURA CIVIL: No haremos una enumeración de normas, pero hemos de referir, que la democracia representativa, formal burguesa, no alcanza en realidad a estar consagrada siquiera por nuestro orden institucional, habiendo ya anotado más arriba que esta democracia no tiene, no ha tenido, ni tendrá expresión bajo el orden burgués en Chile (no hay “Revolución Democrática” posible). Las atribuciones plenipotenciarias del Presidente de la República, dejan al parlamento como un órgano decorativo al que sólo le compete conservar el orden institucional. Importantes atribuciones y funciones estaduales, emanan no de órganos cuyos integrantes han sido generados electoralmente, sino que provienen del propio aparato burocrático, así son “autónomos” el Tribunal Constitucional, el Consejo de Seguridad, las FFAA y parte importante del Senado. Es más, allí donde se hace presente el sufragio, éste resulta deformado por el sistema binominal.

            Estos elementos, reformas más o menos, son la explícita refrendación de la falta aún de democracia formal y representativa. Por ello, y con la exclusiva finalidad de popularizar esta cuestión, hablamos de que este régimen institucional consagra una verdadera “Dictadura Civil”. No pretendemos embellecer con esta crítica a la democracia burguesa, por cuanto sabemos que aún la mejor de las democracias burguesas constituirán siempre una dictadura para la mayoría explotada. Lo que queremos apuntar con esta concepción, es que resulta indudable  que, más allá de si estas instituciones siguen o no en la Constitución, son por sí mismas expresivas de la dominación burguesa en Chile, país en que la burguesía no puede -por su propia decadencia- dominar de otro modo. Por eso agrupamos estas normas en aquellas que son de la “esencia” de la Constitución. Ni una reforma constitucional, ni una Asamblea Constituyente, pueden cambiar este hecho indesmentible que caracteriza el régimen capitalista en nuestro país. La Constitución del 25 no difería en mucho de la actual, por ello, cuando se habla de Prats, Schneider y otros como militares “constitucionalistas”, (o cuando el propio Allende muere jurando lealtad a la Constitución burguesa) no sabemos si tal epíteto  es un elogio o una denuncia.

 

4.- POR QUÉ RECHAZAMOS LA IDEA DE LA REFORMA O DE LA CONVOCATORIA A UNA CONSTITUYENTE.

                        Ya hemos demostrado suficientemente el carácter reaccionario de la Constitución, y cuáles son precisamente los fundamentos para sostener tal posición. Desde este punto de vista concordamos con todos aquellos que impulsan la lucha contra esta Constitución. Aquí estamos en un solo frente de lucha, lucha que entendemos como necesaria en el enfrentamiento al orden capitalista. Por ello, por ejemplo, desplegamos como organización todos nuestros esfuerzos en la lucha contra la entronización de Pinochet en el Senado como vitalicio, el pasado 11 de marzo. Lo hemos señalado, no sólo estamos “en contra”, en realidad luchamos contra esta Constitución y no podemos eludir este combate con el estúpido argumento de que con esta lucha se capitula al legalismo burgués.

            Sin embargo, debemos señalar que la pretensión de cambiar esta Constitución o incluso cambiarla por una nueva, con reformas o una Asamblea Constituyente, representa en la actualidad una capitulación al régimen.  Esto no significa que menospreciemos el potencial movilizador que puedan conllevar la lucha por ciertas reformas, pero, lamentablemente, la conducta que observamos en importantes sectores de la llamada “izquierda” consiste en aprisionar a las masas a la ley y pretender que éstas se disciplinen a los procedimientos de la democracia burguesa. La idea de formar un frente contra el binominalismo del sistema electoral planteada por el PC, de formar un Frente por una Asamblea Constituyente,  o de juntar firmas para que se convoque a un Plebiscito con idéntico propósito, carece de todo destino en términos de fortalecer al movimiento de masas.

            En realidad, con estas propuestas sólo se pretende alimentar ilusiones en la democracia o retardar el proceso de rompimiento de las masas con el electoralismo. Justo cuando millones comienzan a abstenerse, o a votar nulo, lo que en sí mismo es expresivo de un agudo decaimiento en las ilusiones democráticas, salen los “izquierdistas” de siempre a apuntalar estas ilusiones, precisamente para sostener el orden burgués.

            La idea tan en boga -tal es el tenor de lo sostenido al interior de Frente Amplio al menos en Valparaíso- de juntar firmas o “movilizarse” en pos de un Plebiscito que prepare una Asamblea Constituyente o bien que vote directamente una nueva Constitución, debe ser rechazada tajantemente.  Para sostener esto nos basamos en lo siguiente:

A.- La hipotética convocatoria a un Plebiscito bloquea el desarrollo de la movilización. Este es -objetivamente- el papel que le cupo al Plebiscito “del NO” en 1988. Más allá de si se planteó un NO rupturista (“hasta vencer”), o si se sostenía un NO más moderado (con arcoiris), los cantitos y la franja televisiva terminaron por doblegar el ímpetu de lucha de las masas y sumieron a éstas en un letargo -que tras diez años- no se ha logrado revertir. El Plebiscito “del NO”, fue objetivamente la bisagra que permitió un la transición, la continuidad del régimen, el pinochetismo sin Pinochet, no otra cosa es la actual Dictadura Civil como hemos tenido oportunidad de indicar. Plantear un Plebiscito para salir de este estado de cosas resulta, por decir lo menos, una garrafal equivocación, es curar a un enfermo con el mismo veneno de ayer.

B.- Sobre la Asamblea Constituyente, debemos también basarnos también, en la experiencia histórica. Son los hechos, la realidad de los procesos históricos y de la lucha de clases, los que deben servirnos como guía para la acción. La opinión pública y el sentido común son sólo expresión de la chatura y mediocridad intelectual de la burguesía, no podemos pretender que el proletariado -la única clase social capaz de liderar el derrocamiento de la vieja sociedad- se guíe por las percepciones de un patrón que si no está contando billetes mete su dedo en la nariz.

            Este tema, de la Asamblea Constituyente (AC), exige que nos remontemos a la experiencia bolchevique. Fue precisamente Lenin quien planteó, en medio de la convulsionada Rusia de la 1ª Guerra Imperialista, la consigna de la AC como un medio de unificar las luchas contra el régimen de la autocracia zarista lo que en definitiva ayudó al proceso revolucionario poniendo al desnudo la incapacidad de la burguesía rusa para hacer su propia revolución (burguesa), y potenciando el torrente revolucionario hacia la revolución proletaria y su gobierno Obrero-Campesino (dictadura proletaria).

            Sin embargo, ello no significa que siempre y en todo lugar los revolucionarios debamos plantear la AC como parte del reclamo de los explotados. Los bolcheviques supieron -en un país sin tradición parlamentaria- utilizar esta consigna para ayudar a las masas a romper con la burguesía y sus partidos que en aquél entonces se postraban frente al zarismo y su régimen, ahí radicó la explosividad revolucionaria de esta consigna.

            Efectivamente, en la actualidad en un país como Chile, a fines del Siglo XX, con una secular tradición parlamentaria y electoral, la consigna de la AC sólo contribuye a aprisionar a las masas al yugo patronal, al electoralismo, toda vez que se señala un camino de sufragio -dentro del marco capitalista- para resolver sus reclamos. Además no se nos dice quién convoca esa AC, ni cómo se eligen sus componentes, tampoco se señala cuál es la propuesta constitucional que se pretende llevar a esa Asambleas. Planteada en los términos que se señala la consigna AC se hiergue como un puntal sostenedor del régimen, tal y como fue en Argentina con Menem, en Colombia, en el Perú de Fujimori, en Brasil, etc., durante los últimos años. En todos estos países, la AC convocada ha servido para descarrilar las movilizaciones y servir los planes del imperialismo. Este es el papel histórico, concreto, actual de la AC en Chile, de ahí que su convocatoria en definitiva sólo sea expresiva de un reformismo y electoralismos incurables.

C.- Por lo dicho se debe rechazar toda forma de electoralismo. Las masas no pueden organizarse en torno a las convocatorias de la burguesía, ni menos confiar en la legalidad, en las instituciones o en el sufragio de los patrones. Reformas Constitucionales, Plebiscito, Asamblea Constituyente, dan cuerpo a una política en la que lo fundamental es el desprecio por el potencial revolucionario de los trabajadores, de su acción directa, la única capaz de subvertir este orden social. El potenciamiento del accionar de las masas, en definitiva, no pasa por respetar la ley sino muy por el contrario, por unificar los conflictos, fortalecer las organizaciones obreras y reivindicar el clasismo revolucionario en la política.

            Haciendo esta salvedad, finalmente, debemos apuntar que todo este electoralismo (AC, Plebiscito, etc.) ni siquiera tiene sustento dentro del actual orden institucional. Es decir carece de vigencia aún dentro de las propias reglas impuestas por los patrones. Esto es así, y el Capítulo XIV, que trata de la Reforma Constitucional, normas por la que debe pasar cualquiera de las propuestas reformistas ya analizadas, impide que la Constitución sea modificada.

            En este sentido el artículo 116 inciso 2º indica que “El proyecto de reforma necesitará para ser aprobado en cada Cámara el voto conforme de las tres quintas partes de los senadores o diputados en ejercicio. Si la reforma recayere sobre los capítulos I, III, VII, X, XI, o XIV, necesitará, en cada Cámara, la aprobación de las dos terceras partes de los diputados y senadores en ejercicio”.  Es decir si lo que quiere reformarse son las Bases de la Institucionalidad (Cap.I), Los Derechos y Deberes Constitucionales (Cap. III), Tribunal Constitucional (Cap. VII), FFAA y Seg. Pública (Cap. X), Consejo de Seguridad Nacional (Cap. XI) y, las normas para Reformar la Constitución (Cap. XIV), se requiere -hablando en claro- el apoyo de la derecha, la que por el sistema electoral como mínimo tiene más de dos quintos o un tercio en el Senado. Dicho de otra forma no hay posibilidad “parlamentaria” de reformar la Constitución o convocar una AC.

            Pero nos queda todavía la cuestión del Plebiscito, que tanto se ha mencionado recientemente. Con esta fórmula mágica se pretende “destrabar” la Constitución. Repetimos aquí lo anteriormente expuesto, los reformistas que creen en el Plebiscito ni siquiera tienen espacio en la institucionalidad burguesa que tanto adoran. Efectivamente, el inciso 4º del Artículo 117 establece que “Si el Presidente de la República rechazare totalmente un proyecto de reforma aprobado por el Congreso y éste insistiere en su totalidad por las dos terceras partes de los miembros en ejercicio de cada Cámara, el Presidente deberá promulgar dicho proyecto, a menos que consulte a la ciudadanía mediante plebiscito”. Nuevamente la derecha debe convocar este plebiscito.

            El derecho burgués al que pretenden someternos ni siquiera formalmente abre esta vía, por ello el propio Frei en marzo pasado se planteaba demagógicamente luchar por un plebiscito, con lo que la política del PC fue “robada” ni más ni menos que por Frei. No por nada nosotros acostumbramos a decir que la Concertación, la Derecha y el PC son lo mismo, porque en definitiva frente al movimiento de los explotados persiguen lo mismo: someterlos a la ley -de alguna forma- que es lo mismo que decir al poder patronal.

 

5.- NUESTRA PROPUESTA

                        El verdadero desarrollo de la base económica chilena -en el marco de su economía capitalista combinada- exige la sustitución de la propiedad privada por la propiedad social, a fin de hacer posible el desarrollo global de la economía nacional. En este preciso contexto planteamos nuestra nueva Constitución. Se debe entender que esta profunda transformación, fruto del accionar revolucionario, transformador, de las masas en lucha, será la que definirá el contenido de esta nuevo orden constitucional, el que no será sino un reflejo de las profundas transformaciones operadas en la estructura económica y social, y por supuesto en el poder político. Nuestra Constitución no será hija de las urnas y del sufragio burgués, la Constitución del proletariado, de su gobierno, será parida por los fusiles y el poder aplastante y subversivo de los explotados.

            A partir de estas definiciones se debe concluir que nuestra propuesta Constitucional no hace sino resumir, con la forma de un planteamiento de Gobierno el programa y la estrategia proletarias, del modo que se pasa a exponer:

 

PRINCIPIOS CONSTITUCIONALES

  1. EL ESTADO. Chile es una república proletaria, su gobierno lo ejerce la clase obrera apoyada en los explotados de la ciudad y el campo, su objetivo fundamental es la derrota de la burguesía consolidando la dictadura del proletariado, en tanto instrumento para impulsar la revolución socialista mundial. El Estado obrero chileno es internacionalista, por lo que está al servicio de la revolución y de la clase obrera mundiales, único marco dentro del cual es concebible la instauración del socialismo. Todo vínculo diplomático con otras potencias será público, se abole la diplomacia secreta y se desconoce toda obligación política, militar o financiera con el imperialismo.
  2. EL PODER OBRERO. Se encuentra radicado en los organismos de lucha de las masas, cuya centralización a escala nacional da expresión al Gobierno obrero. Estos organismos de poder reúnen en sí facultades legislativas, judiciales y ejecutivas, siendo su sustento el armamento general de la población, el pueblo en armas. El sistema de generación de los órganos de poder debe garantizar la más amplia participación popular, otorgándose un voto ponderado en favor del proletariado de forma de garantizar la preeminencia obrera en el poder estatal. Toda autoridad estatal o funcionario de su burocracia percibirá un ingreso no superior al de un obrero calificado, siendo sus cargos esencialmente revocables por los órganos de poder obrero.

III. EL PODER MILITAR. Todo grupo armado existente debe disciplinarse a las directivas del Gobierno obrero y a su programa revolucionario. Quedan disueltas las FFAA burguesas y el armamento, por fuera de las bases del poder obrero, se considerará un delito contrarrevolucionario cuya sanción quedará entregada a los Tribunales Populares competentes. El Estado deberá propender al desarrollo de una industria de armamento de toda especie, sea éste nuclear, químico o bacteriológico, conforme lo exija la defensa del proceso revolucionario.

  1. LA PROPIEDAD. Queda abolida toda forma de propiedad privada sobre los medios de producción tales como industrias, minas, latifundio cualquiera sea su aptitud y bienes de capital en general. Estos medios de producción quedan expropiados a la minoría capitalista, y su gestión, producción y distribución se organizará con arreglo a un plan gestionado y controlado por los trabajadores. Queda ex Subsistirá, sin embargo, la pequeña propiedad sobre parcelas, talleres y otros medios de producción en tanto no empleen mano de obra explotada y organicen su gestión armónicamente con la producción socializada, mediante estructuras cooperativas o de autogestión.
  2. AUTONOMÍA DE LOS SINDICATOS y CONTRATACIÓN COLECTIVA. El Estado reconoce la autonomía de la organizaciones de trabajadores, como asimismo su derecho a movilizarse, a hacer huelga y a presentar sus reclamos para ante las autoridades del Estado. Toda contratación tendrá el carácter de colectiva y la organización sindical será única y de filiación obligatoria. El Estado debe estar al servicio de los obreros y es la autonomía de estos últimos la que garantizará un control sobre la burocracia estatal.
  3. DERECHOS CIUDADANOS. El estado garantizará a todas las personas la posibilidad de que con su trabajo y estudio logre un ámbito de seguridad y libertad que le permita crecer como persona, educar a sus hijos conforme a sus convicciones, para satisfacer sus necesidades espirituales y materiales. Se garantiza el libre, gratuito e igualitario acceso a la salud y educación en cualquiera de sus grados, las que deberán propender al desarrollo integral del individuo y contribuir a la liberación social y nacional. Se garantiza un salario y pensión jubilatoria mínima equivalente al costo de la canasta familiar y el acceso gratuito a vivienda. El trabajo es un derecho y un deber revolucionario de todo ciudadano. Se garantiza la irrestricta libertad de conciencia y culto, su ejercicio se arreglará a los preceptos de esta carta.

VII. TRIBUNALES POPULARES. La administración de la justicia corresponderá a los tribunales populares, generados asambleariamente, por las unidades comunales en que se dividirá administrativamente el país. Ellos velarán por el respeto de los derechos constitucionales, la propiedad individual, el derecho a la vida y a su integridad física y psíquica, la violación de los mismos hará obligará civil y criminalmente al responsable. Se reconoce el derecho a sancionar retroactivamente conductas delictivas que hayan atentado en contra del proceso revolucionario. El sistema penal contemplará penas privativas de libertad exclusivamente para la sanción de delitos políticos contrarrevolucionarios. Se garantizará a todo individuo el derecho a un debido proceso y defensa.

VIII. COMERCIO INTERNACIONAL. Queda sin efecto todos los tratados de libre comercio suscritos a la fecha. Corresponderá al Estado el monopolio del comercio exterior y la fijación de aranceles aduaneros que protejan la industria nacional. Se liberan de aranceles aduaneros los bienes de capital y el armamento. Se desconoce toda deuda externa pública o privada contraída durante el antiguo régimen.

  1. PARTIDOS POLÍTICOS. Se reconoce existencia a toda organización política que adhiera a los principios revolucionarios expuestos en esta constitución, tal reconocimiento no estará sujeto a formalidad alguna y dependerá del grado de arraigo con que cuente en el interior de las masas. Se proscribe toda organización que accione o propague ideas contrarrevolucionarias, esto es que propugnen el derrocamiento del poder obrero y el restablecimiento de la explotación capitalista.
  2. CARÁCTER MULTINACIONAL DEL ESTADO. Se reconoce el derecho a las nacionalidades aborígenes el derecho a la autodeterminación política, conforme a sus propias tradiciones e intereses. A este respecto el Estado chileno tomará las medidas tendientes a la devolución de sus territorios como asimismo a prestarles el apoyo tendiente a obtener su completa unidad nacional si ella excediere las actuales fronteras chilenas.
  3. RELACIONES INTERNACIONALES. El Estado sostendrá relaciones diplomáticas con entera libertad, buscando con ello el fortalecimiento de la revolución mundial. En el concierto latinoamericano propugnará la formación de una federación de repúblicas socialistas de América latina. Se reconoce como sujeto de derecho internacional a todo movimiento de liberación, organismo sindical o de base, agrupamiento guerrillero, en tanto contribuya al proceso general de liberación de los explotados

 

6.- CONSIDERACIONES FINALES.

                        Los principios expuestos pretenden servir como referencia en el debate constitucional que se ha abierto. Con ellos pretendemos significar que la discusión sobre el poder, sobre la revolución, debe ser abordada en toda su integridad. El desenvolvimiento del proceso revolucionario y la construcción del Partido Obrero Revolucionario, son dos puntas de un mismo hilo que da continuidad al gobierno de los explotados.

            Cuando hablamos de Revolución Proletaria, de Dictadura del Proletariado, no sólo hacemos referencia en abstracto a la subversión radical del orden establecido. Decimos Revolución y con ello estamos hablando de un GOBIERNO, que se opone frontalmente a toda forma de Gobierno burgués. El Gobierno Obrero y de los explotados de la ciudad y el campo -Dictadura Proletaria- por el que luchamos, representa la única salida a la profunda crisis a la que la burguesía arrastra el país. Es así, no hay otro camino, no hay posibilidad de democratizar la barbarie capitalista. Los explotados tenemos voz, es nuestra propia acción directa la que abrirá el camino de la liberación.

            Asumimos las aspiraciones de libertad, igualdad, trabajo, alimento y paz. La justicia y la libertad, son valores a los que aspiramos pero no como utopía, sino como resultado de haber removido las causas que hoy impiden -en Chile y el mundo- la concreción de tal aspiración: esto es, la explotación del hombre por el hombre, esencia del decadente sistema capitalista, que niega todos los días y a toda hora la coexistencia pacífica de los habitantes, la justicia y la libertad.

            Para acabar con la explotación, para barrer con los explotadores y con los castrados que ofician de sirvientes, debemos poner en alto las banderas de la revolución obrera. No podemos permitir que los que hoy día están destruyendo el país, reprimiendo a los luchadores, sumiendo en la miseria a la mayoría nacional y entregándonos a los intereses de los yanquis, pretendan pontificar hoy día sobre “igualdad, libertad, democracia y racionalidad”. No podemos permitirlo porque es la presencia de esos explotadores y sus inmundos sirvientes, los que impiden la satisfacción de los más elementales reclamos de la mayoría nacional. Nos hablan de libertad y han encarcelado a más de 100 presos políticos; nos hablan de desarrollo y son millones los niños que hoy en Chile padecen de desnutrición; nos hablan de crecimiento y son miles los trabajadores que van a la cesantía mientras se cierran fábricas y servicios.

            Los capitalistas no pueden gobernar, si están en el poder se debe exclusivamente a la incapacidad de la clase obrera de expulsarlos de una buena vez del poder. Luchamos por el poder para subvertir esta sociedad, para transformarla al servicio de los intereses de las amplias mayorías, para liberarnos de la explotación. Luchamos por el socialismo mundial (no existe en un solo país) y nuestra postura en medio del debate constitucional es la expresión patente de que no cejaremos en nuestro empeño, no cederemos un milímetro a nuestros enemigos en la finalidad de desenmascararlos. Los reformistas, los que viven pendientes de la ley y de  cómo sobrevivir a su amparo, los que dicen a los explotados que de nada sirve luchar y que el único camino son las elecciones, a esos reformistas les decimos también que su hora ha llegado, que la vanguardia obrera dotada de su propio partido, de su propia estrategia no permitirá otro 11 de Septiembre, no lo permitiremos porque esta vez portaremos nosotros las armas, esta vez asaltaremos el poder.

            La consecución de esta estrategia, la revolución proletaria, pasa necesariamente por la estructuración del partido del proletariado, la vanguardia que lidere a las masas insurrectas. Es esa la responsabilidad que hemos asumido los militantes del Comité Constructor del POR.

 

Valparaíso, 5 de Julio de 1998.

Francia: el triunfo de Macron expresa la crisis de la izquierda francesa

por Alex Lantier//

El ciclo de elecciones legislativas y generales de esta primavera en Francia ha culminado en la desintegración del Partido Socialista (PS) y la elección de Emmanuel Macron como presidente con una mayoría absoluta en la Asamblea Nacional.
Macron, quien fue ministro de Economía bajo el presidente del PS, François Hollande, está apoyando la campaña de Berlín para convertir la Unión Europea (UE) en un rival estratégico y militar del imperialismo estadounidense. A nivel nacional, la base sobre la cual el imperialismo europeo irá tras sus ambiciones internacionales es una guerra implacable contra la clase obrera. El gobierno de Macron, compuesto por elementos del PS y de la derecha burguesa, está planeando una serie de decretos unilaterales que profundizará la reaccionaria legislación laboral del gobierno del PS y un permanente estado de emergencia del Instituto.
Este resultado refleja la desastrosa bancarrota de todas las organizaciones que se denominan de izquierda, habiendo rompido con el trotskismo, y que cargan con la responsabilidad principal de que Macron esté en una posición para sacarle provecho al descrédito de las políticas de austeridad y guerra de Hollande y el PS. Una y otra vez durante el último cuarto de siglo, los trabajadores en Francia han reaccionado fuertemente contra estos ataques, con huelgas de masas en los años 1995, 2003, 2010 y 2016. La clase obrera les dio a estas organizaciones millones de votos en el 2002 y este año, pero han demostrado ser incapaces de avanzar una alternativa.
No emprendieron la tarea en cuestión de construir un partido revolucionario de la clase obrera como alternativa al Partido Socialista, sino que les dieron la espalda a los trabajadores que los apoyaron. En el 2002, Lutte ouvrière (LO) y la Ligue communiste révolutionnaire (LCR) recibieron colectivamente tres millones de votos, cuando salió eliminado el candidato del PS, Lionel Jospin, y se dio la segunda vuelta entre el conservador Jacques Chirac y el neofascista Jean-Marie Le Pen. Fue entonces cuando LO y la LCR se alinearon con el PS en llamar a votar por Chirac.
Mientras que la LCR apoyó explícitamente a Chirac después de negociar tras bastidores con el PS, LO llamó a abstenerse pero dejando claro que “entendía” un voto por Chirac, la verdadera opción que favorecía.
Se negaron a tomar estas oportunidades para construir una fuerza política independiente de la clase obrera. En cambio, su alineación detrás del PS y Chirac le permitió a Le Pen del Frente Nacional (FN) presentarse como el único opositor a la austeridad en Francia. Luego, utilizaron el crecimiento del FN para justificar su capitulación ante Macron en el 2017, de forma similar al 2002.
Hicieron esto mediante la promoción de la campaña de Jean-Luc Mélenchon, un exministro del PS. En las últimas semanas de las elecciones presidenciales, consiguió duplicar su apoyo en las encuestas, recibiendo finalmente siete millones de votos, después de que criticó los ataques aéreos de EE.UU. en Siria y la política de rechazar a los refugiados y dejarlos que se ahogan en el Mediterráneo. Durante la segunda vuelta entre Macron y Marine Le Pen del FN, Mélenchon se negó a tomar una posición definida, haciendo caso omiso a la consulta de sus partidarios miembros de Francia Insumisa, dos tercios de los cuales preferían votar nulo o en blanco para protestar contra las políticas derechistas de Macron. Él también señaló que “entiende” a los que votaron por Macron y contra de Le Pen.
Cada una de estas tendencias —como LO, la LCR (hoy el Nuevo Partido Anticapitalista, NPA) y el mismo Mélenchon, quien tuvo sus inicios en la Organisation communiste internationaliste (OCI) de Pierre Lambert— remontan sus orígenes políticos a la ruptura con el trotskismo. Esto se ha visto reflejado en su desenfrenado oportunismo pequeñoburgués y su capitulación al Estado burgués.
La OCI se separó del CICI y el trotskismo en 1971 para unirse al establecimiento del PS ese mismo año. Rechazando la lucha por la independencia política de la clase obrera, buscó orientar a los trabajadores hacia la construcción de una “Unidad de la Izquierda” alrededor del Partido Socialista, un partido reaccionario del capital financiero. La OCI envió a sus miembros a incorporarse al PS, uno de los cuales, Lionel Jospin, se convirtió en primer ministro.
En cuanto a la tendencia LCR/NPA, rechazó los principios básicos del trotskismo durante su escisión del CICI en 1953 y renunció formalmente a su identificación puramente verbal y simbólica con Trotsky en el 2009. Fundó el Nuevo Partido Anticapitalista bajo una orientación explícitamente no trotskista, y propuso construir el NPA como una “izquierda amplia” y abierta a los miembros del PS.
Mélenchon expresa quizás más crudamente las concepciones antimarxistas que prevalecen en estos círculos. Proclamando que el desprestigio del PS significaba el fin del socialismo y la izquierda, escribió en su libro La era del pueblo que la clase obrera ya no desempeñará ningún papel político independiente y que la revolución socialista será reemplazada por un “revolución ciudadana”. La primera etapa de esta “revolución ciudadana” es ayudarle a Macron con sus planes de contrarrevolución social.
Esta política, que objetivamente le sirvió a la burguesía a intentar bloquear la oposición de la clase obrera, se enraíza teoréticamente en distintas formas de pseudomarxismo promovidas por las capas de la pequeña burguesía académica francesa que dirigen estos partidos. Francia les ha permitido poner a prueba sus teorías antimarxistas.
Cada una de las tendencias teóricas de la pseudoizquierda —de los “capitalistas de Estado”, Cornelius Castoriadis y Claude Lefort, al postestructuralista Michel Foucault y los postmodernistas exmaoísta, Alain Badiou y Jacques Rancière— contribuyeron su gota de veneno a la campaña contra el marxismo. Estas incluyeron las panaceas de Jean-François Lyotard en 1979 de que se venía el final de la historia y la “muerte de las metanarrativas” y la declaración de Jacques Derrida en 1993 en Espectros de Marx de que el marxismo tenía que dar paso al “pseudomarxismo”.
El verdadero valor de estas teorías fue evaluado de la forma más certera, a pesar de haber sido involuntariamente, por Badiou, quien escribió en el 2013 un ensayo titulado “Nuestra impotencia contemporánea” sobre la campaña de austeridad de la UE contra el pueblo griego.
“No tengo ni la capacidad ni la intención de resolver los problemas que acosan en la actualidad al pueblo griego”, declaró Badiou. “Por ende, mi subjetividad es externa a la secuencia en cuestión. Aceptaré los límites de esta posición y comenzar con un sentimiento, un afecto, tal vez personal, quizás injustificado, pero que sin embargo siento, dada la información a mi disposición: una sensación de impotencia política generalizada”.
En el centenario de la Revolución de Octubre de 1917, conforme colapsa el PS y se avecinan luchas de la clase obrera en oposición a Macron, se deben tomar lecciones de esta experiencia. Estas fuerzas, cuya impotencia radica en los intereses de clases hostiles y su rechazo al marxismo, podrán organizar sólo derrotas. El único camino a seguir es el revolucionario, el regreso a las tradiciones del marxismo clásico y del trotskismo y de los grandes titanes del marxismo revolucionario: Marx, Engels, Lenin y Trotsky.
Ganarse a la clase obrera, en Francia e internacionalmente, a este programa es la tarea del Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI) y su sección francesa, el Parti de l’égalité socialiste (PES).

León Trotsky: ¿Qué es la objetividad histórica?

1° de abril de 1933//

Todas las personas digieren sus alimentos y oxigenan su sangre. Pero no cualquiera se atreve a escribir un tratado sobre digestión y circulación sanguínea. No ocurre lo mismo con las ciencias sociales. Puesto que todas las personas viven bajo la influencia del mercado y de los procesos históricos en general se considera que basta con tener sentido común para escribir tratados sobre temas económicos y, sobre todo, histórico-filosóficos. En general, lo único que se le exige a un trabajo histórico es que sea “objetivo”. En realidad, cualquiera que sea el sentido de este término altisonante en el lenguaje del sentido común, el mismo no tiene nada que ver con la obje­tividad científica.
El filisteo, sobre todo cuando se encuentra separado en el tiempo y en espacio del escenario de la lucha, se considera por encima de los bandos en pugna por el solo hecho de no comprenderlos. Con toda sinceridad opina que su ceguera respecto del obrar de las fuerzas históricas es el colmo de la imparcialidad, ya que está acostumbrado a usarse a sí mismo como medida normal de todas las cosas. No obstante su valor documental, son muchos los trabajos históricos que se escriben de acuerdo con esas pautas. El autor que lima las asperezas mediante una distribución pareja de luces y sombras, la conciliación moralizante y la simulación de sus simpatías consigue fácilmente para su obra histórica la elevada reputación que deriva de la “ob­jetividad”.
Cuando el tema de investigación como la revolución es un fenómeno que se concilia tan mal con el sentido común, la “objetividad” histórica dicta a priori conclu­siones inmutables: la causa de la conmoción reside en que los conservadores fueron excesivamente con­servadores y los revolucionarios excesivamente revo­lucionarios; ese exceso histórico que se llama gue­rra civil podrá evitarse en el futuro si los propieta­rios se vuelven más generosos y los hambrientos más moderados. Un libro escrito de acuerdo con estos lineamientos es bueno para los nervios, sobre todo en una época de crisis mundial.
La ciencia -no la “objetividad” filistea de salón- exige que el autor señale los factores sociales que condicionan los acontecimientos históricos, por mucho que esto altere los nervios. La historia no es un va­ciadero de documentos y sentencias morales. La his­toria es una ciencia no menos objetiva que la fisiología. Exige un método científico, no una “impar­cialidad” hipócrita. Se puede aceptar o rechazar la dialéctica materialista como método histórico científico, pero es menester tenerla en cuenta. La objetividad científica puede y debe ser inherente al método empleado. Si el autor no logró aplicar correctamente su método, hay que señalar exactamente dónde ocurrió.
Traté de basar mi Historía [de la Revolución Rusa], en los cimientos materiales de la sociedad, no en mis simpatías políticas. Enfoqué la revolución como un proceso, condicionado por el pasado, de lucha de las clases por el poder. Mi atención se centró en los cambios provocados en la conciencia de las clases por el ritmo febril de su propia lucha. Observé a los partidos y agentes políticos bajo la exclusiva óptica de los cambios y choques entre las clases. De esa manera, el trasfondo de la narrativa está constituido por cuatro procesos simultáneos, condicionados por la estructura social del país: la evolución de la conciencia del proletariado entre febrero y octubre; los cambios producidos en el estado de ánimo del ejér­cito; el incremento del deseo de venganza campesino; el despertar e insurgencia de las nacionalidades oprimidas. Al revelar la dialéctica de una conciencia de masas que supera su punto de equilibrio, el autor quiso mostrar la clave más inmediata de todos los acontecimientos de la revolución.
Una obra literaria es “auténtica” o artística cuando las relaciones entre los protagonistas se desarrollan, no según los deseos del autor, sino de acuerdo a las fuerzas latentes en los personajes y en el ambiente. Existe una gran diferencia entre el conocimiento científico y el conocimiento artístico. Pero ambos tienen algunos rasgos en común, que se definen en el hecho de que la descripción depende del objeto descrito. Una obra histórica es científica cuando los hechos se combinan en un proceso total que, al igual que en la vida real, se desenvuelve según sus propias leyes internas.
¿Es verídica la descripción de las clases en Rusia? Estas clases, por intermedio de sus partidos y perso­neros políticos, ¿hablan su propio idioma? Los aconte­cimientos -naturalmente, sin que se los fuerce-, ¿se corresponden con su origen social, es decir, con la lucha de las fuerzas históricas vivas? La concepción general de la revolución, ¿choca con los hechos?
Debo reconocer con gratitud que muchos críticos enfocaron mi obra precisamente desde el punto de vista de estos criterios genuinamente objetivos, vale decir, científicos. Sus observaciones podrán resultar justas o erróneas pero son, en su amplia mayoría, constructivas.
En cambio, no es casual que los críticos que se lamentan de mi falta de “objetividad” se olvidan totalmente del problema del determinismo histórico. En realidad se quejan de la “injusticia” del autor Para con sus adversarios, como si no se tratara de una investigación científica sino de un boletín escolar donde se califica la conducta. Un crítico se ofende en nombre de la monarquía, otro en nombre de los liberales, un tercero en nombre de los conciliadores.[2] Puesto que la realidad de 1917 no fue indulgente con las simpatías de dichos críticos ni las reconoció, ahora les gustaría encontrar consuelo en las páginas de la historia, así como algunos buscan refugiarse de los golpes del destino en las páginas de la literatura romántica. Pero nada más lejano del pensamiento del autor que pretender brindar consuelo a persona alguna. En su libro sólo quiso interpretar el fallo del propio proceso histórico. Dicho sea de paso: las personas ofendidas, a pesar de los quince o dieciséis años transcurridos, jamás trataron de explicar las causas de lo que les ocurrió. La colonia de emigrados blancos[3] no produjo una sola obra histórica digna de ese nombre. Todavía trata de atribuir sus infortunios al “oro alemán”,[4] al analfabetismo de las masas, a las conspiraciones criminales de los bolcheviques. El rencor personal de los apóstoles de la objetividad -confío en que nadie lo pondrá en duda- será necesariamente tanto mayor, cuanto más convincentemente demuestre la narrativa histórica que su destrucción era inevitable y su futuro carece de perspectivas.
Los más cautelosos de entre los críticos políti­camente desilusionados suelen ocultar las verdaderas razones de su escozor con la queja de que el autor de la Historia se permite utilizar la polémica y la ironía. Aparentemente, creen que ese tipo de recursos no va con la dignidad del gremio científico. Pero la revolución misma es una polémica que se transforma en acción de masas. Y el proceso histórico tampoco carece de ironía; durante una revolución, la misma puede medirse en millones de caballos de fuerza. Los discursos, resoluciones, cartas y memorias de los protagonistas son necesariamente de carácter polémico. No hay nada más fácil que “conciliar” todo este caos de luchas envenenadas según el método del justo medio; pero tampoco hay nada más estéril. El autor se esforzó por definir la verdadera fuerza relativa que tuvieron todas las opiniones, consignas, promesas v reivindi­caciones en el curso de la lucha social mediante la selección y descarte críticos (o, si se quiere, polémicos). Redujo lo individual a lo social, lo particular a lo gene­ral, lo subjetivo a lo objetivo. En nuestra opinión, en esto reside, precisamente, el carácter científico de la historia como ciencia.
Hay un grupo muy especial de críticos que se ofende personalmente en nombre de Stalin; para ellos la historia, fuera de ese problema, no existe. Se consi­deran “amigos” de la Revolución Rusa, pero en realidad, no son sino abogados defensores de la burocracia soviética. No es lo mismo. La burocracia se fortaleció a medida que se debilitó la actividad de las masas. El poder de la burocracia es un reflejo de la reacción contra la revolución. Es cierto que esta reacción se desarrolla sobre las bases sentadas por la Revolución de Octubre, pero no por ello deja de ser reacción. Los abogados de la burocracia son frecuen­temente los abogados de la reacción contra Octubre; y este hecho no cambia por que cumplan sus funciones inconscientemente.
Como el tendero enriquecido que se fabrica una genealogía más acorde con su nueva posición, la casta burocrática que surgió de la revolución creó su propia historiografía. Cuenta con cientos de imprentas, pero la cantidad no compensa la falta de calidad histórica. Aunque hubiera querido complacer a los amigos más desinteresados de las autoridades soviéticas, no podía dejar de referirme a esas leyendas que quizás resulten muy halagadoras para la vanidad de la burocracia pero que, no obstante, tienen la desgracia de contra­decir los hechos y los documentos.
Me limitaré a un solo ejemplo, que considero muy ilustrativo. Dedico varias páginas de mi libro a contra­decir el cuento de hadas fabricado después de 1924 en el cual se dice que yo traté de postergar la insurrección armada hasta después del Congreso de los Soviets, mientras que Lenin, aparentemente con el respaldo de la mayoría del Comité Central, consiguió que la insurrección se realizara en vísperas del congreso. Presenté numerosas pruebas para tratar de demos­trar -y creo que lo demostré más allá de toda duda- que Lenin, separado del teatro de los acontecimien­tos en virtud de su situación ilegal, estaba demasia­do impaciente por iniciar la insurrección, deslindán­dola del Congreso de los Soviets. En cambio yo, que contaba con el respaldo de la mayoría del Comité Central, traté de que la insurrección se efectuara en la fecha más próxima posible al congreso, para revestirla con la autoridad de éste. Este desacuer­do, pese a su importancia, era de carácter exclusi­vamente práctico y circunstancial. Mas adelante Lenin reconoció con franqueza que se había equi­vocado.
Mientras escribía mi Historia, no tenía a mano la recopilación de los discursos pronunciados en el mitin aniversario celebrado en Moscú el 23 de abril de 1920, en honor del quincuagésimo cumpleaños de Lenin. En una de las páginas de ese libro se lee el párrafo que transcribo textualmente a continuación:
“Los integrantes del Comité Central resolvimos proceder a fortalecer los soviets, convocar el Congreso de los Soviets, iniciar la insurrección y proclamar al Congreso de los Soviets órgano de poder estatal. Ilich [Lenin], que en esa época estaba en la clandes­tinidad, no estuvo de acuerdo y escribió [a mediados de setiembre- L.T.] que […] era necesario disolver la Conferencia Democrática[5] y arrestar a sus integran­tes. Para nosotros, las cosas no eran tan sencillas […] Todos los obstáculos, las trampas del camino nos resultaban más evidentes […] A pesar de las exigencias de Ilich procedimos con ese criterio y el 25 de octubre se desplegó ante nosotros la insurrección. Ilich nos miraba con una sonrisa intencionada y nos dijo: ‘Sí, teníais razón'”. (Quincuagésimo aniversario de V.I. Ulianov-Lenin, 1920, pp. 27-28)
El discurso arriba citado lo pronunció Stalin y data de unos cinco años antes de que él mismo pusiera en circulación la venenosa insinuación de que yo trato de “subestimar” el papel de Lenin en la revo­lución del 25 de octubre. Si ese documento, que confirma plenamente mi versión (en términos más gro­seros, por cierto), hubiera estado en mi poder hace un año, me habría obviado la necesidad de aducir pruebas menos directas y autoritarias. Pero por otra parte, estoy contento de que este librito, olvidado por todos, impreso en un papel mediocre y editado de igual forma (¡1920, un año difícil!) haya llegado a mis manos tan tarde, pues ello contribuye a reforzar la “objetividad”, o más sencillamente, la veracidad de mi narración aun en la esfera de aquellos asuntos personales en discusión.
Nadie, -y me permito afirmar esto del modo más categórico posible- nadie hasta ahora ha encontrado en mi narración una sola violación a la verdad, lo cual constituye una de las normas fundamentales para la narración histórica y de otro tipo. ¡Es posible cometer errores de detalle pero nunca distorsiones tendenciosas! Si en los archivos de Moscú fuese posible encontrar un solo documento que directa o indirec­tamente refutase o debilitase mis escritos hace mucho tiempo que habrían sido traducidos y publicados en todos los idiomas. La hipótesis inversa no es difícil de comprobar: todos los documentos que en mayor o menor grado representen algún peligro para las leyendas oficiales, están cuidadosamente apartados del público. No es sorprendente que los defensores de la burocracia stalinista que se proclaman amigos de la Revolución de Octubre, se vean obligados a suplir su falta de argumentos, con una excesiva dosis de fanatismo. Pero este tipo de crítica altera muy poco mi conciencia científica. Las leyendas se olvidan, los hechos permanecen.

[1] ¿Qué es la objetividad histórica? The Militant, 15 de julio de 1933. Tradu­cido [al inglés] por Max Eastman. Trotsky analiza el discurso de Stalin sobre Lenin en Stalin presenta testimonio contra Stalin (Escritos 1932).
[2] Llamábase conciliadores a los mencheviques y socialrevolucionarios, que apoyaron al Gobierno Provisional, capitalista, que intentó gobernar Rusia entre las Revoluciones de Febrero y Octubre de 1917.
[3] Blancos, Guardias Blancas y rusos blancos: fuerzas contrarrevolucionarias que actuaron durante la Guerra civil.
[4] Una de las acusaciones más corrientes contra los bolcheviques fue que eran agentes del imperialismo, pagados con oro alemán para provocar distur­bios en Rusia y así garantizar su derrota en la Primera Guerra Mundial.
[5] La Conferencia Democrática: al igual que el preparlamento, fue un intento de Kerenski y los “conciliadores” de encontrar una base de apoyo popular fuera de los soviets, cuando éstos comenzaron a repudiarlos y volcarse hacia el bando bolchevique en las semanas que precedieron a las derrotas del Gobierno Provisional. Sus resultados fueron nulos.

La unidad de los revolucionarios y la revolución proletaria (2001)

por Raúl Bengolea//

           La evolución de la crisis del régimen político nos muestra con claridad tres cuestiones: que la burguesía chilena atraviesa un proceso terminal de entrega al imperialismo, en el cual no puede sino profundizar su entrega a los monopolios transnacionales; que, este mismo proceso de sumisión al imperialismo motoriza las “iniciativas políticas” más elementales, como las reformas laborales, el avance también terminal de las privatizaciones e inclusive la presión sobre Pinochet; y, finalmente, que en este marco todas estas cabriolas de la burguesía se hacen posible exclusivamente, por la falta de una dirección revolucionaria de los explotados y por la política entreguista y democratizante de la principal referencia política de izquierda, el PC.

            Estos tres elementos de la estructura del régimen político, aparecen como dominantes en el desarrollo de la lucha de clases, en el marco de la incapacidad de las masas de expresarse como un factor decisivo en la situación política. Dicho de otra forma estas características del régimen: entrega al imperialismo, nuevas reformas antiobreras y antinacionales y el reformismo prostituido del PC, sólo son determinantes en el momento actual, en la medida que las masas no intervienen en el escenario política como una fuerza desequilibrante.

Esta fase en que las masas son oprimidas por la burguesía y el imperialismo, valiéndose de las ilusiones de las masas en la democracia burguesa, adquieren especial significación las fisuras políticas de la burguesía. Formar a la vanguardia en la comprensión de estos problemas, es fundamental para los revolucionarios en la tarea de estructurar el partido-programa de la revolución proletaria. Si bien es cierto el accionar de las masas no aparece con la espectacularidad y radicalidad que exhiben las luchas en los países vecinos, los focos de resistencia obreros como el portuario y la situación pre-insurreccional que se vive en el movimiento mapuche, deben ser el eje de intervención y el centro del trabajo revolucionario. La debida comprensión de estos problemas es ineludible a la hora de armarse de una política internacionalista y proletaria.

 

cruje el orden imperialista

El capitalismo en su fase imperialista, no sólo es un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas, es el orden social que empuja y encamina a la humanidad a la barbarie. Según denunció Clinton en la campaña para su reelección, en los Estados Unidos, el 1% de la población, o sea los super ricos son los dueños del 40% del patrimonio total de la nación norteamericana. En Suiza, según la revista Bilanz, la fortuna de 300 multimillonarios se quintuplicó hasta alcanzar la quinta parte de todas las propiedades suizas. Entretanto, según el Informe del PNUD de 1999, las 200 personas más ricas del mundo en sólo cuatro años estaban duplicando sus haberes. Los 2.400 millones de personas más pobres de la tierra tendrían que trabajar todo un año y destinar todos sus ingresos para llegar a igualar esa riqueza. Por otro lado, América Latina es el continente que tiene la mayor desigualdad en todo el mundo. Brasil y Chile están entre los de peor registro. Según cifras del Banco Interamericano, el 10% de las familias más ricas se llevan el 47% en Brasil y el 46% en Chile, de todo lo que producen sus respectivos trabajadores.

Según el Informe Sobre el Desarrollo Mundial de las Naciones Unidas de 1998, las tres personas más ricas del mundo poseen bienes que exceden el Producto Interior bruto de los 48 países menos desarrollados, los bienes de lo 15 más ricos tienen mayor valor que el PDB de la región sub-Sahara de África, y los 32 más ricos poseen bienes de mayor valor que el PDB del sudeste de Asia. La riqueza de los 84 individuos más ricos excede el PDB de la China, la cual cuenta con una población de 1.2 billones.

De los 4.4 billones de habitantes en los llamados países en desarrollo, casi 60% carece de higiene pública básica, el 33% todavía no goza de agua potable y un 25% no tiene vivienda adecuada. El 20% sufre desnutrición y la misma cantidad no tiene acceso a servicios de salud adecuados.

Entre 1960 y 1994, la brecha entre el ingreso per capita del 20% más rico de la población mundial y el 20% más pobre se duplicó, aumentando de 30:1 a 78:1. Ya para 1995, la proporción había aumentado a 82:1. En 1997, el 25% más rico de la población en todo el mundo recibió 86% del ingreso mundial mientras que el 25% más pobre recibió sólo el 1.3%. Más de 1.3 billones de habitantes son forzados a subsistir con $1 al día; es decir, viven bajo amenaza a su existencia. De acuerdo a las Naciones Unidas, de los 147 países definidos como “en desarrollo”, unos 100 habían sufrido “grave deterioro económico” durante los últimos 30 años.

No son los “desastres naturales” lo que ha causado el empobrecimiento de poblaciones enteras en gran parte del mundo. Esta es efecto directo de la manera en que los mercados financieros funcionan y de los programas implementados por el Fondo Monetario Internacional para lograr “ajustes estructurales” en nombre de los bancos y las instituciones financieras internacionales principales con el fin de crear condiciones para que el capital mundial mantenga su dominio.

A pesar de enormes pagos reintegrables, extraídos a gran precio social, el nivel de insolvencia continúa aumentando. En 1990, la deuda total de los países en desarrollo fue $1.4 trillones; para 1997 había subido a $2.17 trillones. En África, la deuda total fue $370 por cada habitante del continente. La deuda total de varios países fue cuatro veces más que su Producto Interior bruto. En 1998, países del Tercer Mundo pagaron $717 millones diarios de deudas a los bancos e instituciones financieras.

La economía norteamericana, en medio de la especulación sobre las tasas de interés de la Reserva Federal, ha entrado en una fase recesiva. La baja de la tasa de interés decretada intenta reanimar la economía, pero eso tiene en contra que desestimula el ingreso de capitales del exterior, que han servido para financiar su creciente déficit comercial y se trata de un componente amenazador para la estabilidad del dólar, que puede bajar de valor.

Durante los últimos quince años la expansión económica yanqui se ha posibilitado debido a la fenomenal destrucción de fuerzas productivas en Europa del Este, el control del petróleo post Guerra del Golfo, el proceso de privatizaciones, especialmente en América Latina y a la expansión del consumo interno.

Sin embargo, estos pilares han ido desmoronándose. América Latina no puede ofrecer más al saqueo, ello por cuanto las principales empresas y servicios estatales ya han sido privatizados, y, salvo algunos emblemas (como CODELCO en Chile) el plan privatizador se encuentra virtualmente consumado. Esto ha obligado a extremar las medidas de opresión imperialista.

Ecuador, un país que desde casi 4 años no logra poner en pie un gobierno que logre dar continuidad a los planes del imperialismo, es así como los gobiernos de Bucaram, Alarcón, Mahuad y ahora ,de seguro Noboa, enfrentan la terca resistencia de las masas, cayendo uno tras otro. Ante esta extrema crisis política la burguesía ecuatoriana no tiene otro camino que profundizar su entrega al imperialismo.

De esta forma la dolarización –que en Argentina ha liquidado el mercado interno- que pretendía aplacar la actividad y resolver la crisis del régimen ha logrado su opuesto: Noboa a punto de caer y las masas golpeadas con alzas de 25% en bencina, 100% en gas licuado y 75% en transporte público. Ello como única forma de cumplir las medidas del FMI-BM que exigen un pago de deuda externa ascendiente a el 50% del presupuesto fiscal, considerando que el déficit fiscal alcanza los US$11.200 millones, más del 50% de PGB. Similar situación de opresión imperialista se observa en la globalidad de los países semicoloniales, evidenciándose un estado de alerta ante inminentes ataques militares del imperialismo, como se observa hoy en el Medio Oriente, en Colombia y Bolivia.

En Europa del Este, debido a la extrema debilidad de las nacientes instituciones restauradoras del capitalismo, la estabilidad política ha sido un problema insondable que ni la guerra genocida contra Yugoeslavia pudo esclarecer. Los efectos directos, a ya más de una década de la “caída del Muro”, de las medidas de restauración capitalista han importado no sólo la pérdida de derechos fundamentales de la clase obrera de los Estados Obreros burocratizados (empleo, vivienda, salud y educación garantizados por el Estado), sino que han sumido a estos trabajadores en la barbarie.

Los índices imperialistas de calidad de vida han debido consignar que durante la última década los países del ex “Bloque Soviético”, han experimentado una caída sistemática de su nivel de vida reapareciendo lacras sociales, enfermedades y plagas, largamente superadas por los procesos revolucionarios. La contrarrevolución en curso, piloteada por los restos de la burocracia stalinista, reconvertida en abierto agente imperialista no ha dado curso a una floreciente democracia burguesa, sino que a regímenes policiacos, de corte bonapartista, que restauran en Europa del Este el capitalismo semicolonial de América Latina, África y Medio Oriente.

Y en ningún otro lugar ha sido la devastación mayor que en la ex Unión Soviética, territorio donde los portavoces del capitalismo mantenían que el mercado produciría “magia”. Desde 1989, se ha calculado que la economía rusa ha decaído un 50%. En términos económicos actuales, su tamaño es igual al de Holanda, con una pérdida de producción mayor que la que se le infligió en 1942, cuando los invasores nazis ocupaban gran parte del país.

La tasa de natalidad también ha disminuido 50% desde 1985; la excede una tasa de mortalidad de 1.6. Si esta tendencia continúa, la población rusa declinará 20% durante la próxima década. A principios del Siglo XX, la longevidad de los varones rusos de 16 años de edad era mayor que la actual. Es decir, a pesar de dos guerras mundiales, la guerra civil, el hambre, las persecuciones políticas y los campos de concentración, un joven de 16 años tenía 2% mejor oportunidad de llegar a los 60 en 1900 que en el 2000.

El complejo proceso restaurador, que en términos económicos es de contraexpropiación privatizadora, no ha logrado generar una sólida burguesía ni desarrollar fuerzas productivas. En este sentido más allá del coyuntural negocio para las transnacionales –en términos de apropiación de medios de producción- , estos no lograron revitalizar la economía mundial y se han traducido en su opuesto: se ha fortalecido la concentración de capital y la sobreproducción industrial, elementos que han empujado a la quiebra a ramas completas de la ex-industria estatal. Una de las expresiones más elevadas de este problema, se observa en el total desmantelamiento de la industria automotriz rusa.

En los EE.UU., desde los años ochenta, operó una extensión en el mercado interno en base a la capacidad de crédito de la clase media norteamericana. El desarrollo inmobiliario y la industria automotriz pudieron expandir sus curvas de producción, en directa proporción al endeudamiento de la clase media. Esta capacidad de crédito se agotó y hoy se observan “quiebras” masivas consecuencia del sobreendeudamiento.

Este fenómeno ha provocado un frenazo en el consumo interno, lo que ha empujado al capital a presionar sobre la fuerza de trabajo a objeto de mantener las tasas de ganancia. La precarización del empleo, que en EE.UU. asume la forma de trabajo “ilegal”, se nutre de los millones de obreros y profesionales que principalmente de A. Latina han llegado a la capital del imperio en una cantidad superior a los 30 millones en la última década. La masiva inmigración, “importación” de mano de obra “indocumentada” es una imperiosa necesidad del gran capital. Las medidas policíacas de represión no apuntan a impedir la inmigración, sino que a garantizar que ésta opere como una válvula de escape para la crisis capitalista. La inmigración latina es la cabeza de turco, de una gigantesca ofensiva de la burguesía yanqui sobre las masas norteamericanas. Muy probablemente, la vanguardia de un nuevo ascenso en la lucha de clases norteamericana esté conformada principalmente por hispanoparlantes.

La profundidad de la crisis económica mundial, cuyos rasgos generales hemos delineado, pasa de la fiebre a las convulsiones. La formulación puramente ideológica de un “nuevo” orden mundial cimentado en el “alejamiento ciudadano de la política” y la estructuración de una democracia “medial”, “temática” y estamental, como superación de la “antigua” democracia como pacto de clases, no deja de ser una alucinación de este enfermo. La realidad evidencia que la propiedad privada de los medios de producción, la anarquía productiva y los grandes monopolios, se revelan como un obstáculo para el desarrollo de la humanidad, para la liberación del hombre.

La desesperada, ciega sorda y muda lucha del capital por alzar la tasa de ganancia, tiene como mayor expresión el hiperdesarrollo de capital parasitario especulativo. La creciente y explosiva huida de masas de capital al limbo bursátil ha transformado la economía mundial en un globo a punto de estallar. Aunque los valores de las acciones pueden seguir aumentando mucho más que el capital productivo hasta empequeñecerlo, el capital ficticio no puede escapar de sus orígenes. En cierto punto tiene que enfrentarse con el hecho que es un reclamo sobre la plusvalía y que esta plusvalía en realidad todavía tiene que extraérsele a la clase obrera. Según los defensores de la “nueva economía”, los valores del mercado de acciones no son “irracionales”, sino una mera anticipación del aumento en la productividad y beneficios ocasionados por las nuevas tecnologías, sobre   todo aquéllas relacionadas con el Internet.

No cabe duda que las tecnologías nuevas están produciendo—y producirán en el futuro—grandes incrementos en la productividad de la mano de obra. Pero, como ya hemos visto, esos incrementos no proveerán ninguna salida.

Como consecuencia, la estructura del capital internacional adquiere la forma de pirámide invertida a medida que la masa del capital ficticio que reclama su porción de plusvalía crece a pasos agigantados en relación al capital productivo que, a fin y al cabo, tiene que satisfacer.

A principios de 1999, el valor del mercado capitalizado de America Online, con 10,000 empleados, era de $66.4 billones. Sin embargo, el valor de mercado de General Motors, con más de 600,000 trabajadores, era de $52.4 billones. Ambos sectores del capital reclamaban una porción de la plusvalía de acuerdo a su valor de mercado capitalizado. Pero está muy claro que la contribución de America Online, con 10,000 trabajadores, a la acumulación general de la plusvalía disponible (al capital en general) es mucho menor que la de General Motors, con 600,000 trabajadores. Aun si todos los trabajadores de America Online fueran empleados 24 horas al día y no se les pagara nada, no podrían contribuir la misma cantidad de plusvalía que se les extrae a los obreros de General Motors.

En el caso de Yahoo! Esta contradicción—entre las reclamaciones que el capital le hace a la plusvalía por una parte y su verdadera extracción por otra—es aún más lúgubre. Yahoo!, con sólo 673 empleados, tenía un valor de mercado capitalizado de $33.9 billones.

Esta estructura tipo pirámide del capital internacional es la fuente de su extrema inestabilidad. Cientos de billones de dólares de capital, buscando su tasa de rendimiento, corren por los mercados mundiales en búsqueda de beneficios.

Cuando los precios de títulos de propiedad—acciones, bonos, bienes raíces, etc.,—aumentan, el capital “llueve”, pues busca sacar beneficios comprando barato y vendiendo caro. Todos se salen con la suya. Pero cuando el mercado se tambalea y es aparente que los valores del capital han sido inflados enormemente, corren de estampida y destruyen los valores del capital de la noche a la mañana—no sólo del capital ficticio, sino también del productivo.

Luego de la crisis económica asiática de 1997-1998, se trató de sugerir que ésta había resultado de las condiciones peculiares a la región. Pero la verdad es que el colapso oriental, en que se perdieron millones de empleos y los bancos y las corporaciones de repente se vieron con billones de dólares que de ninguna manera podían pagar, no expresó las “condiciones asiáticas” . Más bien representó como el mercado capitalista funciona en general.

Asia y otros mercados vertieron enormes cantidades de capital sobre los Estados Unidos, intensificando los valores del mercado de acciones y creando las condiciones para un desastre aún mayor: los fondos para pensiones, las cuentas de ahorro y las inversiones de millones de gente se corren el peligro de evaporarse de la noche a la mañana a medida que los valores inflados del mercado caen.

Por ello caracterizamos esta fase de la situación política mundial a partir de sus rasgos diferenciales: masiva destrucción de fuerzas productivas, en la actualidad una quinta parte de la humanidad está cesante; incremento y desarrollo de la opresión imperialista, expresada como políticas de “ajuste” del FMI y como abierta agresión militar; agudización de los roces interimperialistas, como se expresa de forma microscópica en la parálisis de la OMC y de forma tangible en la guerra contra Yugoeslavia

Sin embargo, de todos los rasgos hay uno que es cualitativo, que actúa sobre el conjunto transformándolo, moldeándolo: la generalizada intervención de la lucha de masas, la impenitente resistencia de los explotados. Levantando la lápida que hace diez años pretendió poner la burguesía sobre la lucha de clases, esta se alza en los cinco continentes incontenible y poderosa, con sed de poder. Las masas son alejadas del poder no por falta de disposición al combate, hoy en día en Colombia, Indonesia y Palestina el enfrentamiento al imperialismo se da con las armas en la mano. Las masas no consuman su aspiración al poder y a la libertad, porque las direcciones stalinistas, nacionalistas, foquistas y reformistas de todo pelaje devienen en proburguesas, en contrarrevolucionarias. Los movimientos de masas hacia la revolución son frenados por direcciones contrarrevolucionarias. Esta incapacidad del proletariado expresado como partido-programa, como IV Internacional, es la piedra de toque del momento actual: o la clase obrera impone su propia dictadura revolucionaria, aplastando al imperialismo, abriendo paso al socialismo o será el imperialismo el que sumirá a la humanidad a la barbarie.

Esta disyuntiva, Socialismo o barbarie, la enfrentamos con especial intensidad en Chile hoy. Ni la cordillera, ni el Pacífico, ni nuestra caricatura de modernidad nos ponen al margen de la crisis capitalista de la que somos parte integrante. Chile es una semicolonia, y la burguesía criolla agente antinacional del imperialismo, su régimen político una dictadura al servicio de la minoría explotadora. Estas caracterizaciones, elementales a la teoría marxista y abandonadas por el PC, el PS y el grueso de la izquierda que se ufana de ser “democrática”, se desprenden de la concepción del capitalismo como un modo de producción de escala mundial.

Nuestro pequeño país, de capitalismo atrasado, semicolonial, expresa particularizada y refractariamente las grandes tendencias del desarrollo-descomposición del capitalismo en su fase imperialista. Es por ello que sostenemos que debido a este agotamiento mundial –desde comienzos del Siglo XX- del capitalismo, es que nuestro país no tiene ninguna perspectiva de desarrollo integral, de independencia nacional ni de democracia, bajo los marcos de dominación burguesa. Por ello sostenemos que Chile está HOY maduro para la revolución, y que la tarea de consumar la emancipación de los explotados pasa por la construcción del partido de la revolución y dictadura proletarias, un auténtico partido obrero revolucionario.

En el mismo sentido, la caracterización de la situación política internacional que hemos expuesto, es determinante para observar correctamente los procesos en curso en la lucha de clases nacional. Una política proletaria necesariamente es internacionalista, y en una semicolonia como Chile obligadamente debe ser antiimperialista. Estas prevenciones son fundamentales para contextualizar y orientar a la vanguardia en el desarrollo de nuestra intervención en la lucha de masas.

Chile estrangulado por los Patrones

La burguesía chilena, por más que la izquierda democratizante quiera embellecer a sus sectores “progresistas”, como clase social, no puede sino entregarse al imperialismo. Esta entrega significa su absoluta incapacidad para resolver los problemas nacionales de desarrollo, independencia y vigencia de las libertades democráticas. La mantención del orden capitalista, con la etiqueta que quieran ponerle los oportunistas de turno, importa acentuar la opresión imperialista y sumir a las masas en la miseria y la explotación.

El principal instrumento de esta política antinacional y antiobrera, es el Gobierno concertacionista de Lagos. Cada una de las medidas del Gobierno apuntan a la satisfacción de las demandas del capital transnacional. Las criminales medidas económicas adoptadas en la última década –siguiendo el libreto pinochetista- apuntan a profundizar la entrega al imperialismo, facilitando el saqueo de las transnacionales y fortaleciendo el carácter extractivo-exportador de nuestra economía. Esta es la esencia de la insoluble crisis que arrastra nuestra economía desde 1997.

La impotencia de la burguesía chilena de salir de la crisis, se expresa en el estancamiento del valor de las exportaciones desde 1995, lo que es causa importante también de la débil recuperación y las difíciles perspectivas para el año 2001. En promedio anual, las exportaciones entre 1996 y 1999 alcanzaron sólo a US$14.750 millones de dólares, por debajo de los ingresos obtenidos en 1995. Este estancamiento es uno de los más graves problemas que la economía chilena está viviendo.

Sin embargo, este fenómeno no obedece al azar del mercado y es especialmente observable en el desarrollo de la crítica situación que vive la producción de Cobre, cuyos ingresos representan el 40% de las exportaciones globales chilenas. La disminución del precio del cobre se debe a una sobreproducción mundial creada desde Chile. Nuestro país, demoró 90 años para lograr producir 1.500.000 de toneladas de cobre. Posteriormente, en sólo seis años dobló ese volumen de producción, y en diez años lo triplicó, llegando en el año 2000 a producir 4.500.000 de toneladas. Este incremento productivo responde a las necesidades de las transnacionales y en ningún caso a los requerimientos de nuestra economía.

Ello queda demostrado al constatarse que en las 2,5 millones de toneladas producidas en 1995 reportaron al país, los mismos ingresos que los 4,5 millones de toneladas producidas el año pasado. Es decir se regaló a las transnacionales 2 millones de toneladas de Cobre. El economista O. Caputo nos indica que “el Estado recibió por cada libra de cobre 65 centavos de dólar. En 1995, recibió 36 centavos. Y, en 1999, recibió sólo 3 centavos de dólar. En 1989, por cada kilo de cobre, el Estado recibió $814; mientras que en 1999 recibió sólo $ 37 por cada kilo de cobre”. Esto ha acarreado, conjuntamente, que la participación del Estado en las exportaciones de Cobre ha caído de un 50% en 1989, a un 30% en 1995 para concluir en un insignificante 5% en 1999.

La base material de esta política entreguista hemos de encontrarla en el carácter raquítico y parasitario de la burguesía nacional. Nuestro país es gobernado por las transnacionales. Estas empresas dominan la electricidad, comunicaciones, los servicios informáticos, la mayoría de las exportaciones de cobre y frutas, una parte de la banca, seguros y fondos de pensiones, el mercado de la música, el libro, el cine y la radiodifusión, la distribución de combustibles, el comercio de bebidas, alimentos y el agua potable. Tres consorcios internacionales reciben el 60% de los peajes camineros. Se puede calcular que del total de activos productivos de la economía chilena cerca de un tercio, o sea 60.000 millones de dólares, pertenecen ya a las transnacionales. Por lo mismo, no es en absoluto anecdótico que en el interior de la principal agrupación patronal –la Confederación de la Producción y Comercio– se esté discutiendo una modificación estatutaria que permita formalmente, a un empresario extranjero presidir esta organización, emblemática de la burguesía chilena.

Esta ubicación extractiva-exportadora de nuestra economía, dentro del marco de la división internacional del trabajo, condiciona los rasgos fundamentales de la política de la burguesía y de su gobierno. El desempleo estructural de nuestra economía, que a la cifra oficial de 11% de cesantes, debe considerarse un 37% de empleo informal, categoría que domina el 60% de los empleos creados en la última década, es consecuencia del carácter atrasado y semicolonial de nuestro capitalismo.

La caída de toda medida proteccionista o arancelaria ha barrido la industria nacional y aquellas que mayor mano de obra calificada requieren, debido a que la precaria industria chilena no puede competir con las escalas de producción transnacionales. Las necesidades del capital transnacional, orientadas a la expansión financiera y de servicio, absorven muy poca mano de obra debido a su alta tecnificación. Por lo expuesto, a diferencia de lo que exponen los economistas del stalinismo como Fazio, Caputo o Cademártori, no es que el Gobierno sea “incapaz” de resolver el problema del desempleo por haberse entrampado en una telaraña neoliberal. Se trata simplemente, de que el capitalismo necesita para mantenerse, de altas y crecientes tasas de cesantía, para presionar el salario, para propender a la disciplina social y conservar en esta profunda fase recesiva, sus tasas de ganancia.

            Las reformas laborales, impulsadas por el Gobierno, obedecen a este requerimiento del capital. Con la apariencia de orientarse a expandir los derechos de los trabajadores, estas reformas buscan aplastar los sindicatos y facilitar los despidos (seguro de desempleo), fortaleciendo el régimen jurídico que mantiene sojuzgados a los trabajadores. En el ámbito económico la totalidad de las iniciativas legislativas del Gobierno –sobre las que no existe debate con la “oposición”- apuntan a favorecer el pillaje de los grandes consorcios, a facilitar el movimiento especulativo del capital financiero y a fortalecer las tendencias a la concentración de capital. En este rubro caben los proyectos sobre OPAS, régimen de concesiones de OO.PP., AFP, modificaciones a la ley de Bancos etc..

            En este contexto, de descomposición de la burguesía y de sus más elementales referencias políticas, debemos ubicar la farsa de juicio que se sigue a Pinochet. El castigo a Pinochet y a todos los genocidas del 73, constituye un reclamo fundamental de las masas; en ese sentido consideramos que su actual procesamiento constituye un resultado deformado –pero fruto al fin- de la lucha de las masas. A Pinochet y a los fascistas: PAREDÓN. Sin embargo, es equivocado sostener que el procesamiento del Dictador es el resultado directo de un poderoso movimiento de masas, que quebrando la política de impunidad y amnistía, logra arrancarle esta conquista al régimen.

            Desde su detención en Octubre del 98 en Londres, lo que ocurre con Pinochet es principalmente el resultado de la política del imperialismo de barrer con todo vestigio de nacionalismo burgués. Con la detención europea de Pinochet se pretendió dar un “vamos” democrático a la política colonialista de un Tribunal Penal Internacional, que permitiera oficializar en el terreno del Derecho, aquello que los F-16 yankees establecieron a sangre y fuego en Irak, Yugoeslavia y Afganistán, en los Hechos.

            Por lo expuesto, lo que prima en la actual situación de Pinochet es la presión del imperialismo. Pinochet está procesado en la actualidad no por la lucha de las masas, sino principalmente producto de la descomposición del régimen. En este sentido debemos precisar. Primero, la burguesía chilena y su “poder” judicial es incapaz de responder al reclamo democrático de “Juicio y Castigo a los Genocidas”, lo que se confirma en los procesos actuales en curso –Pinochet incluido- en los que se aplica la llamada doctrina Aylwin, que significa investigar las violaciones a los DD.HH. para luego aplicar la ley de amnistía, que afirma la impunidad. Segundo, los aparatos de izquierda pretenden hacer ver que estos procesos conducen a la justicia, lo que constituye un engaño ya que estos procesos sólo persiguen ajustar cuentas entre las distintas facciones del régimen y buscan por lo mismo fortalecerlo; las elocuentes declaraciones del Ministro Inzulza en la materia, señalando que hechos menores como la “tortura” no pueden ser objeto de investigaciones judiciales, debido a que se masificarían las acciones en tribunales, revelan a las claras que todos estos procesos circulan por el estrecho pasadizo de la impunidad. Dicho de otra forma: la estabilidad del podrido capitalismo exige en Chile institucionalizar la tortura y las violaciones a los DD.HH..

            Los procesos a Pinochet y a todos los asesinos y torturadores, pueden servir como un elemento potenciador de la lucha de masas, sólo a condición de que a través de ellos se logre esclarecer el carácter burgués y por tanto genocida de la propia Justicia. De lo que se trata es de ayudar, mediante estas acciones judiciales, a superar las ilusiones en la democracia y en sus instituciones, de forma de educar a la vanguardia en la política de Tribunales Populares, vale decir órganos de poder de las masas que hagan justicia castigando a los genocidas. Plantear la posibilidad de que el Juez Guzmán –más allá de sus atributos personales- pueda hacer justicia en el juicio a Pinochet, importa una capitulación al orden burgués creando ilusiones en las masas, en organizaciones de DD.HH., las que al ver frustradas sus aspiraciones –como ocurrió con la detención de Pinochet en Londres- volverán a retroceder en su accionar, contribuyendo al repliegue de su actividad y fortaleciendo con ello al régimen.

            La opresión imperialista, se expresa a través de la política del Gobierno de Lagos. Son las determinaciones y necesidades de los organismos internacionales y de las grandes compañías transnacionales las que fijan el rumbo de la política gubernamental. Esto está ampliamente demostrado y lo vivimos día a día. Esto resulta especialmente elocuente en la situación que atraviesa el pueblo Mapuche que además de soportar la opresión imperialista, es oprimido por el Estado Chileno. En este orden, contra toda ilusión democratizante de “integración”, la política del proletariado es la de reconocer el inalienable derecho a autodeterminación que no es otra cosa que el derecho a secesionarse, a organizarse plenamente como Estado independiente. Por ello, se hace necesario orientarse hacia la unidad de la clase obrera chilena con el proletariado mapuche, señalando que dicha unidad -palanca para el desarrollo de la revolución social- es la única herramienta capaz de garantizar la liberación de la Nación Mapuche.

En este marco debemos señalar que la línea izquierdista de “integración” es contraria a los intereses mapuches los que no buscan “integrarse”, precisamente porque no son chilenos. El planteamiento de integración, es la cara embellecida de la política gorila de la burguesía chilena cuyo pilar de sustentación es considerar a los mapuches como chilenos, es decir como sus esclavos. Integrar, en este contexto, es oprimir y explotar que es política histórica de la burguesía y sus sirvientes. Integrar es como hoy vivimos, encarcelar a los dirigentes de la Coordinadora Arauco-Malleco, militarizar la zona que se encuentra cercada por las fuerzas represivas, son los anunciados escuadrones de “autodefensa” con que amenaza la fascista Sociedad Nacional de Agricultura. En una palabra: integración es además fascismo.

La lucha del pueblo mapuche traza una perspectiva de los métodos que utiliza y utilizará el régimen para enfrentar una nueva ofensiva de las masas. Pero además pone a las claras dos cuestiones: las direcciones políticas de la izquierda observan con impotencia pacifista el desarrollo de la lucha sin ningún reflejo; las masas, al entrar en movimiento son capaces de crear y recrear no sólo los más audaces formas de combate, sino que son capaces de poner en jaque a un régimen que podrido, sólo espera levantamiento de las masas explotadas, sus sepultureras.

la lucha contra el democratismo stalinista

            La superación de la crisis de dirección de las masas constituye una tarea de los revolucionarios en el mundo entero. Es patrimonio marxista la concepción de que la crisis de la humanidad es la crisis de su dirección revolucionaria. Nuestro país, a escala mundial, es un modelo del fracaso político del frentepopulismo, del electoralismo y el pacifismo. La llamada “Vía Chilena al Socialismo” terminó abriendo las puertas a la barbarie fascista, nuestra experiencia política como país, de ser asimilada programáticamente será una poderosa contribución al desarrollo de la teoría marxista, del programa de la clase obrera.

Hasta el momento, y por las consideraciones que hemos expuesto más arriba, la experiencia del 73 emerge en la contingencia con la apariencia de los horrores del fascismo. Abundante literatura describe los horrores de la masacre en que fue sumida lo mejor de la vanguardia obrera y de izquierda de aquélla época, narraciones escalofriantes refrescan nuestra memoria política. Las plumas valientes de los denunciantes nos muestran el monstruoso rostro de la represión, el verdadero rostro de la burguesía y de su dominación. Gabriellis, Mamos Contreras y otras basuras, agazapadas en la impunidad que les garantiza el régimen siguen exhibiéndose amenazantes, como insignes figuras del régimen.

Pero más allá de los intentos –inclusive de algunos denunciantes- de disecar esta denuncia en el testimonio del “nunca más”, estas denuncias son la forma más o menos subterránea en que va emergiendo la ira y la disposición a la lucha de la mayoría explotada. Si estas denuncias aún no alcanzan la fase analítica, de explicarse estos horrores, de identificar los intereses de clase que impulsaron a la Dictadura genocida, se debe exclusivamente a la infinita debilidad de los revolucionarios de asumir su insustituible papel conductor en la politización de las masas. Los revolucionarios tenemos el deber de expresar, repetimos, a nivel programático y organizativo la lucha obrera por la revolución social y nacional. No otra cosa es la lucha por la estructuración del Partido Obrero Revolucionario: expresar estratégicamente, a nivel político, los reclamos más elementales, instintivos de la lucha de masas.

Un paso importante en la lucha por derrotar ideológicamente a la burguesía, que es precisamente construir el partido revolucionario y su programa, lo constituye el desenmascarar el papel pro-burgués y contrarrevolucionario del stalinismo, de la “Izquierda” del régimen burgués. Muchos grupos han emprendido esta tarea y es moneda corriente en la llamada “microizquierda” chilena, las críticas al PC. Calificarlo de reformista, “inconsecuente” y otros apelativos similares los que son imprescindibles a la hora de posicionarse como “revolucionario”. No podemos sino coincidir con tales caracterizaciones, sin embargo debemos señalar que no alcanzan para precisar el papel del stalinismo en el Chile de hoy, y lo que es más, por ser simples apelativos caen en el testimonio inútil e impotente.

Esta incapacidad política se expresa en una crítica superficial, que no va hacia una delimitación de clase, a nivel de estrategia. Muchos critican al PC pero siguen hablando de “democracia popular”, “gobierno del pueblo” y otras categorías políticas stalinistas (MIR, PC-AP, etc.); otros, simplemente caen en la crítica abstracta y diletante, en la actitud del comentarista.

La política del PC chileno en la actualidad, es la expresión refleja en el terreno del colaboracionismo de clases, del fracaso de la Unidad Popular. Es la lección de “derecha” sobre la caída de Allende. A líneas generales ante el fracaso de la llamada “experiencia de la UP”, se ha concluido en la abdicación formal de la revolución socialista, del carácter obrero del Partido y del antiimperialismo. En resumen, luego del Golpe del 73 y de la estrepitosa derrota de la política stalinista, el PC se ha transformado en el leproso de la política chilena –nadie hace acuerdos con él- y en esta penosa condición no le ha quedado otro camino que derechizarse aún más. Es lo que se esconde en la actualidad, en la compulsiva y penosa tendencia a autodenominarse como “la Izquierda”… de Lagos.

En líneas amplias, la postura del PC es posible descomponerla en tres grandes ideas. Primera, la recomposición del tejido social; segunda, la unidad de la izquierda; y, tercera, la lucha contra los enclaves pinochetistas y por la profundización de la democracia. Estos cuatro planteamientos constituyen la médula de su política, ellos condensan su actividad y limitan sus expectativas de desarrollo.

            En las reuniones de base, en las múltiples instancias de “coordinación” en las que episódicamente se convocan diversos grupos, en esas pequeñas reuniones semi-clandestinas en los locales de sindicatos o Juntas Vecinales, la discusión siempre comienza del mismo modo. Se critica el “providencialismo” de la “izquierda tradicional”, se constatan un par de hechos relativos al retraso de las masas y se plantea la vieja cantinela de la necesidad de trabajar por la llamada recomposición del tejido social, piedra angular de la ideología de stalinista contemporánea . Este concepto aparece en todos los balances y análisis del stalinismo, y se nos presenta como la tarea de las tareas: crear organizaciones, vincularse a las bases de las organizaciones creadas.

            Aparentemente, este concepto estaría expresando la necesidad de los grupos de izquierda, de la vanguardia como sector más esclarecido y con mayor disposición a la lucha y a la politización, de batallar por penetrar en las masas. Sin embargo, cuando se habla de recomponer el tejido social, se está planteando subterráneamente -y en la práctica- que es tarea de la izquierda adaptarse al estado actual de conciencia de las masas, de sus elementos más atrasados y conservadores. Con este concepto se está convocando a los militantes de izquierda a diluirse en la vasta amplitud de la masa. Así como en períodos de ascenso de la lucha de las masas, el stalinismo busca aislar a la vanguardia volcándola hacia el petardismo foquista como hicieron en los años 80 con el FPMR; en períodos de retroceso de las masas se busca descomponer a la vanguardia, a los grupos de activistas de izquierda, convocándolos a su dispersión, a su adaptación a los elementos más conservadores de la masa.

En definitiva, con esta categoría de recomponer el tejido social, se persigue nuevamente reemplazar al propio accionar de las masas. Mientras la versión foquista de este razonamiento, lleva a plantear acciones de propaganda armada y el terrorismo individual, la versión “democrática” para períodos de reflujo de masas, plantea que es tarea de la vanguardia hacer aquello que sólo las masas son capaces de hacer: reconstruir sus organizaciones y revitalizarlas. Estos procesos, de acción directa, son propios del accionar de las masas y en ellos las masas son irremplazables.

La verdadera tarea de los revolucionarios –como la fracción más lúcida y esclarecida del activismo- es la de agrupar a la vanguardia en torno al programa proletario, para politizar el accionar de las masas, y sólo en esa medida asumir un papel conductor. No es tarea de los revolucionarios “recomponer” , sino que la “incidir” en el propio accionar de las masas de forma de contribuir a su politización, de elevar su accionar a la altura de las necesidades históricas de las masas expresadas en la estrategia de la revolución y dictadura proletarias.

Se trata de convocar a la vanguardia, no a adaptarse a la opinión pública burguesa que se enseñorea en las masas, se trata, muy por el contrario de hacer entroncar a la vanguardia con el torrentoso accionar revolucionario de las masas de forma de potenciar sus tendencias al enfrentamiento entre clases. Al revés del stalinismo, que orienta a la vanguardia a fundirse con la retaguardia de las masas, convocándola a recomponer el tejido social, de forma de aplacar el enfrentamiento entre las clases sociales en aras de la protección de la democracia burguesa; los trotskystas planteamos a la vanguardia liderar el descontento de las masas, impulsar la lucha de clases y potenciar la politización de las masas de forma de expulsar del poder a la burguesía.

            La segunda “idea fuerza” del stalinismo es, ¡cómo no!, la sacrosanta unidad de la izquierda. Esta idea emerge con fuerza especialmente en los períodos electorales con más vehemencia que con claridad, pero se pone de relieve que esta unidad es la herramienta superadora de la dispersión política y por ende potenciadora de las luchas, etc.. Es propio de este concepto la idea de que la política correcta es aquella que equilibra las distintas posiciones, que es el resultado de la generosidad y las composiciones. La unidad se percibe al margen de cualquier consideración de tipo programática, y adquiere por lo mismo el carácter de estratégica.

            Esta concepción sirvió, con un lenguaje más ligado al socialismo, a la política de colaboración de clases que sirvió de base al frentepopulismo stalinista desde los años 30 hasta el Golpe del 73, cuatro décadas durante las cuales el PC se subordinó al latifundiario Partido Radical . Luego del Golpe, el PC se esforzó infructuosamente por dar cuerpo a un Frente Antifascista que uniera a la ex-UP con la golpista Democracia Cristiana, el centro de este planteamiento era la recuperación de la democracia. El único efecto práctico de esta política fue impedir la caída revolucionaria de la dictadura pinochetista, y viabilizar una ordenada transición a un régimen civil. En Octubre de 1984, el Paro Nacional convocado por el MDP (PC, PS Almeyda y MIR) paralizó completamente al país, poniendo en evidencia que la caída de la Dictadura no dependía de la “unidad” con la DC, sino que de una convocatoria preparada desde las bases y que se propusiera derrocar a la Dictadura con el accionar de las masas. El Paro convocado por sólo dos días y levantado por determinación del propio MDP, por no lograr consumar su orientación objetiva dejó la iniciativa en manos de Pinochet, quien desató una ofensiva represiva que desembocó en la declaratoria de Estado de Sitio. Una vez más, la unidad con los burgueses “progresistas” de la DC demostró no ser otra cosa que la subordinación a sus intereses de clase.

            En la actualidad la llamada unidad de la izquierda, insistimos, al margen de la estrategia del proletariado (la revolución obrera) y con una exclusiva perspectiva electorera, constituye un obstáculo para la unidad de los explotados ya que los subordina a los intereses y a la institucionalidad de los patrones. Los distintos referentes electorales del PC en la última década, luego de plantearse como la máxima expresión de “unidad y lucha”, han pasado al olvido sin pena ni gloria: PAIS, Izquierda Unida, MIDA. En la actualidad esta concepción sigue a flote en la idea de ser el PC “la Izquierda”, etiqueta tras la cual se encarama más de algún oportunista del tipo Moulian o grupos filostalinistas como la Surda, algunas astillas del MIR, etc..

La unidad que demandan las masas en lucha sólo puede forjarse bajo la conducción y estrategia del proletariado, la revolución y dictadura proletarias, cuestión que ha de expresarse como acción directa, lucha y movilización de las masas jamás en el terreno electoral –las elecciones sólo sirven a la partido revolucionario para potenciar la propaganda en torno a estas ideas- y que, en Chile ha de asumir la forma de un Frente Único Antiimperialista. Se trata no de unir aparatos para las elecciones, se trata de unir al proletariado y a la nación oprimida en torno a un Pliego Nacional de Reivindicaciones, con una perspectiva de revolución social y nacional.

Estos dos conceptos recomponer el tejido social y unir a la izquierda son funcionales a la llamada “estrategia” stalinista: la Revolución Democrática. Dicha “Revolución” tiene lugar bajo los marcos de dominación burguesa, por lo que es posible su realización sin afectar las bases sociales de la explotación capitalista, esta cuestión en la actualidad asume el nombre de el “término de los enclaves pinochetistas”.

La revolución democrática entronca en la vieja tesis de la revolución por etapas, vale decir, partiéndose de la afirmación de que nuestro país no estaría maduro para el Socialismo, corresponde al proletariado apoyar a la facción “progresista” de la burguesía criolla –también se le adjetiva de “nacionalista”, “industrial”, “democrática”- de forma de que se desarrolle plenamente el capitalismo. Esta Revolución democrática, en consecuencia, por la tareas históricas que enfrenta no es otra cosa que una Revolución burguesa, al menos ese fue el contenido que sostuvo el stalinismo hasta 1973.

La primera etapa de la revolución, repetimos de carácter burgués, resolvería las cuestiones de la independencia nacional, democracia y reforma agraria. Esta concepción ha demostrado su carácter reaccionario toda vez que se hipoteca la independencia política de los explotados en la perspectiva de apoyar a una inexistente burguesía progresista. La historia nos ha demostrado innumerables veces a lo largo del siglo XX la imposibilidad absoluta de que la burguesía pueda jugar un papel revolucionario, de desarrollo de las fuerzas productivas, como consecuencia de la decadencia global del capitalismo en su fase imperialista. Esta concepción leninista y trotskysta, forma parte del ABC del marxismo y su negación sólo puede ser consecuencia del abandono de la lucha por la revolución obrera.

Sin embargo, esta caracterización de revolución democrática como revolución burguesa, permite comprender su origen histórico, y demuestra el carácter colaboracionista de clases y contrarrevolucionario del PC, pero no corresponde exactamente a la definición stalinista actual. En la actualidad la revolución democrática como categoría, no alcanza a contener las tareas propias de una revolución burguesa, quedando por debajo de la plataforma liberal de la revolución burguesa. Revolución democrática tiene como exclusivo contenido programático barrer con los enclaves pinochetistas, lo que se resume en cuatro cuestiones: 1.- Reformas laborales, que no alcanzan para echar abajo al Plan Laboral; 2.- Reforma tributaria, que significa aumentar el impuesto a la renta ignorando que este aumento impositivo volverá finalmente a golpear los salarios; 3.- Verdad y Justicia, que se sintetiza en la anulación de la amnistía lo que planteado en el marco jurídico actual no afecta la impunidad de los genocidas; y, 4.- Reformas Constitucionales, especialmente del régimen electoral binominal de forma de verse ellos representados parlamentariamente.

Estas mezquinas tareas, de las que se encuentra ausente todo cuestionamiento al orden social cimentado en la propiedad privada de los medios de producción, consideradas en el marco de un plan de lucha, podrían tener viabilidad al menos como demagogia. Sin embargo, todas estas tareas de acuerdo al planteamiento stalinista han de ser cumplidas por la vía de las elecciones y del respeto del actual orden institucional, orden al que se le enseña los dientes pero que de ninguna manera se ataca. El electoralismo que demencialmente sigue sosteniendo el PC, transforma su discurso en su opuesto. De afirmadores de un tibio discurso liberal, terminan transformados en instrumentos del régimen y de su política pro-imperialista. La práctica política del PC, más allá de los charangos latinoamericanistas, afirma al régimen actual, las ilusiones de las masas en la democracia burguesa y en sus dirigentes. Esta es la explicación de la irrelevante presencia electoral del stalinismo.

Efectivamente, en el marco de la crisis económica actual, del creciente descontento de las masas, era el momento para que la política oportunista del PC lo hubiera transformado en una potencia electoral. No ocurrió así, y es más, el desgaste del Gobierno ha sido capitalizado por la Derecha reconvertida en lavinista. La explicación es muy simple: el PC no es percibido como una alternativa precisamente porque no lo cuestiona y aparece como un sostenedor “crítico” del mismo. Aparece ante las masas como un impotente comentarista que aspira “mejorar” el rendimiento de los dirigentes de la Concertación.

Demostración palmaria de este aserto lo configura la “Propuesta de Acuerdo Electoral del PC y la Concertación”, en esta línea calificada en Diciembre pasado por El Siglo como realista, democrática y nacional, el PC se ofrece para integrar dos o tres nombres a la lista de la Concertación, comprometiéndose de esta forma a hacer campaña por la coalición gobernante. Este acuerdo abriría las puertas a las transformaciones democráticas que el país necesita, desde este punto se envía un curioso ultimátum a la Concertación en una carta enviada por Gladys Marín a los dirigentes de la Concertación el pasado 10 de Diciembre: “Si la Concertación rechaza nuevamente esta propuesta (que el PC plantea desde 1997) quedará al desnudo su falta de una real voluntad y consecuencia democráticas, y será responsable de reforzar un sistema que a todas luces está agotado, y que será inevitablemente sobrepasado por la fuerza de las masas si no se reforma”.

Lo expuesto en este aspecto medular de la propuesta del PC adiciona a su planteamiento de colaboración con el Gobierno Pro-imperialista de Lagos, dos cuestiones clave. Primero, que el rechazo de la propuesta del PC por parte del Gobierno evidenciaría su falta de voluntad y consecuencia democráticas, vale decir, para los stalinistas hace falta esta respuesta para confirmar algo que según ellos no sería evidente luego del apoyo de Lagos a Pinochet, de la represión a los Mapuches, de la entrega del país a las transnacionales y de su ofensiva contra los trabajadores; con esto se revela que esta propuesta persigue principalmente apoyar al Gobierno, alimentar las ilusiones en él, al punto que los autoproclamados auténticos demócratas, el PC, “la Izquierda”, están dispuestos a plegarse a su plantilla parlamentaria.

No obstante, una segunda cuestión que se desprende de esta carta es aún más trascendente, en esta carta se evidencia el carácter abiertamente contrarrevolucionario de esta orientación política. El PC advierte al Gobierno que éste “será responsable de reforzar un sistema que a todas luces está agotado, y que será inevitablemente sobrepasado por la fuerza de las masas si no se reforma”. Le advierte al Gobierno que si no se pliega a su política las masas pasarán por encima del régimen, en definitiva los stalinistas le indican al Gobierno que ellos sí serán capaces de parar a las masas y contenerlas. El PC compite con el Gobierno en la realización de una tarea contrarrevolucionaria: las reformas democráticas.

la construcción del partido obrero revolucionario

Toda esta exposición, sobre las concepciones fundamentales que viven en la política de la principal referencia de izquierda en nuestro país, el PC, se hacen necesarias para la estructuración del programa, de la teoría política del proletariado chileno. No será posible que las masas superen este escollo en su desarrollo y maduración política, si previamente su vanguardia no logra derrotarle en el terreno de las ideas. La derrota ideológica de la burguesía chilena, llevará consigo la derrota del stalinismo en tanto uno de los puntos de apoyo del propio régimen burgués. Esta derrota ideológica es una consecuencia obligada de la propia estructuración de la dirección revolucionaria: su propio partido obrero.

Hemos demostrado que la crisis capitalista empuja a la humanidad hacia un abismo, no hay posibilidad de acomodar las superabundantes fuerzas productivas a las arcaicas relaciones de producción burguesas. Esto es un hecho indiscutible y ningún obrero honesto podría poner en duda esta cuestión. No es necesario ser un estudioso de la historia para comprender este problema.

No obstante esta enorme evidencia, no resulta igualmente claro cuál es el camino político que han de seguir los explotados en la lucha por su emancipación. Las quiebras estrepitosas de los aparatos de izquierda, su travestismo ideológico y la prostitución de sus dirigentes, arrojan una oscura sombra sobre la perspectiva de poner en pie un auténtico partido revolucionario. En este verdadero combate hemos de echar mano de la experiencia política acumulada por el proletariado mundial.

En Mayo de 1940, a semanas de ser asesinado por la contrarrevolución stalinista y en medio de una Europa ocupada de cabo rabo por las hordas fascistas, León Trotsky, el último de los grandes dirigentes proletarios y, junto a Lenin, conductor de la primera revolución obrera de la historia en la Rusia del 17, señalaba en su “Manifiesto sobre la Guerra”, el camino a seguir por los revolucionarios en un entorno político en que la contrarrevolución se imponía sin contrapesos: “El mundo capitalista no tiene salvación, a menos que así se considere una agonía mortal prolongada. Es necesario prepararse para largos años, décadas tal vez, de guerra, insurrecciones, breves intervalos de tregua, nuevas guerras y nuevas insurrecciones. Un joven partido revolucionario debe obrar según tal perspectiva. La Historia le suministrará bastantes ocasiones y posibilidades de probarse, de acumular experiencia y de madurar. Cuanto antes se fusionen las filas de la vanguardia, tanto más breve será la época de convulsiones sangrientas y tanto menos destrucción padecerá nuestro planeta. Pero el gran problema histórico no hallará solución en ningún caso mientras no acaudille al proletariado un partido revolucionario. Las cuestiones de ritmo e intervalos tiene seguramente enorme importancia; mas no modifican ni la perspectiva histórica general ni la orientación de nuestra política. La conclusión es simple y única: es necesario proseguir la obra de educar y organizar la vanguardia proletaria con energías multiplicadas. Esta es precisamente la tarea de la Cuarta Internacional.”

La certeza de esta proyección ha alcanzado durante el siglo XX ribetes dramáticos, la extraordinaria lentitud de la reconstrucción de la dirección revolucionaria, ha tenido como principal consecuencia la extensión aparentemente sin límites de sangrientas convulsiones sociales y de la destrucción de nuestro planeta. Efectivamente, el proletariado no ha sido acaudillado por un partido revolucionario y por lo mismo esta conclusión debe servirnos para prepararnos para largos años de insurrecciones y guerras. Hemos de prepararnos para batallas de largo aliento, pero he aquí una cuestión decisiva, los ritmos, los recodos en el camino no pueden modificar ni la perspectiva histórica general ni la orientación de nuestra política. La conclusión es única: : es necesario proseguir la obra de educar y organizar la vanguardia proletaria con energías multiplicadas. Tal es la ineludible tarea de los marxistas revolucionarios, de los trotskystas, de los reconstructores de la IV Internacional.

En esta lucha descomunal por poner en pie el partido revolucionario, se hace imperioso apropiarse de la experiencia histórica de las masas en lucha. La experiencia condensada en el Manifiesto Comunista, los Cuatro Primeros Congresos de la Tercera Internacional, la Tesis de la Revolución Permanente y el Programa de Transición de la IV Internacional. La experiencia marx-leninista-trotskysta del Partido Obrero Revolucionario de Bolivia, única referencia actual y viviente coloso programático de la clase obrera a lo ancho del orbe. A partir de estas referencias políticas podemos levantar orgullosos las banderas obreras del internacionalismo, de la revolución mundial y su punto de partida, la Revolución y Dictadura Proletarias. Ninguna corriente política, a excepción del trotskysmo, puede exhibir una incorruptible trayectoria de fidelidad a la estrategia del proletariado, ni un programa –el Programa de Transición de la IV Internacional- cuyas tesis a más de 60 años de ser formuladas, no hagan sino corroborarse día a día.

En Chile esta tarea ha permanecido inconclusa por el trotskysmo debido a la incapacidad del mismo de estructurarse como partido, de construir su propio programa, la teoría de la revolución chilena. En nuestro Programa –de Febrero de 1998- afirmamos que nuestro país es una incógnita para el marxismo, con ello significamos que nuestra historia no registra así sea un intento, por parte de las corrientes que se han reclamado de la IV Internacional, de formular un programa que exprese las particularidades de la revolución en Chile, sus rasgos diferenciales, la caracterización de las clases sociales, en una palabra: las leyes que rigen el desenvolvimiento de la Revolución Mundial en nuestro país. Nuestro Comité Constructor del POR ha iniciado esta tarea y hemos combatido incansablemente, con errores y desviaciones, pero con la certera convicción de batallar por poner en pie el partido de la Revolución y Dictadura Proletarias.

Sobre estas bases teóricas y programáticas llamamos a los revolucionarios a agruparse. No los llamamos a formar centros de estudio, ni sindicatos, ni aparatos electorales. No llamamos a quienes se reclaman del socialismo a silenciar la critica anticapitalista con la excusa de que “es necesario sumar fuerzas”. Llamamos, con todas sus letras, a construir el partido de la revolución obrera, la sección chilena del Partido Mundial de la Revolución Socialista, la IV Internacional. El fracaso del stalinismo y sus vertientes maoístas y castristas; la capitulación de todas las corrientes nacionalistas; y la putrefacción y el desarme ideológico que promueven los anarquistas, dejan al trotskysmo como referencia obligada de las masas en lucha, por ser la Dictadura del Proletariado la única salida para la crisis del país.

Las conquistas políticas de las que nos reclamamos, adquieren mayor vigencia hoy en día. En esta época en que la farsa de “democracia” burguesa, hace evidente su carácter de dictadura patronal opresiva y expoliadora de las masas, cae por su base toda concepción democratista y electorera como motor de los cambios sociales. Se hace igualmente evidente el necesario carácter violento de la revolución, violencia ejercida por las masas y que expresa a nivel social el choque entre las relaciones capitalistas de producción, entre la producción social y mundial y su apropiación privada.

La llamada globalización capitalista, que no es otra cosa que la exacerbación de la decadencia imperialista del capitalismo, y la estrepitosa caída del stalinismo ponen también a las claras la imposibilidad de la convivencia entre socialismo y capitalismo. La revolución proletaria, la revolución chilena, no será sino un preludio del desarrollo de la Revolución Mundial. La Revolución chilena sólo podrá desarrollarse como instrumento para el desarrollo de la Revolución en la arena internacional, no “exportando la Revolución” ni haciendo “Vietnams” como planteara el infantilismo castro-guevarista, sino que potenciando el desarrollo de la IV Internacional, contribuyendo al desarrollo de poderosos partidos obreros.

Por otra parte, el extraordinario aumento de la opresión imperialista política, económica y militarmente, nos obliga a desarrollar una política de Frente Único Antiimperialista (FUA). Nuestra minoritaria clase obrera, que por su ubicación en el proceso productivo y por ser parte de una clase mundial, es la única capaz de responder a los grandes reclamos sociales y nacionales. Democracia, pan, libertad, trabajo, vivienda y educación son reclamos de las masas que la burguesía no puede satisfacer. La burguesía sólo ofrece hambre, miseria y represión crecientes, ya que sólo puede servir los intereses del capital imperialista del cual es su instrumento. Sólo la clase obrera, el proletariado, es capaz de llevar hasta el final la lucha contra el capital y de asumir el poder, de imponer su propio gobierno; sin embargo, su carácter minoritario debido al atraso general del país, obliga a asumir además de las tareas de emancipación social, aquellas propias de la emancipación nacional, antiimperialistas.

En esta tarea la clase obrera debe acaudillar a las amplias masas explotadas de la ciudad y el campo, que no siendo proletarias sufren la opresión del capital. Para es necesario estructurar el FUA, para efectivizar este liderazgo y potenciar la revolución obrera. Hay quienes, impresionados por los botoncitos de internet, han visto en la globalización el fin de la lucha nacional. Utilizando osadamente un lenguaje “marxiano” nos refieren que la lucha antiimperialista sería una cosa del pasado, que han muerto los estados nacionales y que habría que limitarse a pelear por la revolución social. Es más, que sería reaccionario plantear la defensa de la nación oprimida frente al imperialismo. Este planteamiento, típicamente pequeñoburgués, ignora la contradicción entre nación oprimida y nación opresora –desarrollada en las Tesis de Oriente de la III Internacional- y tiene como resultado ignorar los poderosos movimientos nacionales que atraviesan la lucha de clases mundial, privar al proletariado de disputar la conducción de estos movimientos. Es más, al sacarnos –esta concepción- de la lucha antiimperialista, terminan estos “izquierdistas” poniéndose del bando imperialista.

En el mismo sentido, la auténtica lucha por las libertades democráticas, debe ocupar el grueso de nuestros esfuerzos. Debemos ser capaces de desenmascarar a los democratistas entregados a la burguesía, y plantear con claridad que la auténtica democracia es la Dictadura del Proletariado, es decir de la mayoría explotada sobre la minoría explotadora. Un régimen sovietista, de concejos, de asambleas, es el único que puede asegurar la emancipación de explotados y oprimidos. Un Chile gobernado por concejos obreros, como lo que embrionariamente expresaran los cordones industriales, es la única salida a la profunda crisis social que corrompe nuestro país.

Consumar estos objetivos, requiere de las tres premisas que planteara Trotsky: el partido, el partido y el partido. La estructuración del programa proletario sólo puede encarnar en las masas y transformar la realidad que desentraña, en tanto se exprese organizativamente como partido político. Una organización de combate, para la acción directa; conspirativo, para enfrentar la represión implacable que descargarán sobre él los enemigos de clase; de militantes profesionales, auténticos cuadros revolucionarios que subordinen todos los aspectos de su vida a la lucha revolucionaria; centralista democrático, para absorber la experiencia de los militantes en la vigorosa lucha de ideas para volcarla transformadoramente sobre la realidad. En una palabra: un partido del nuevo tipo, leninista, bolchevique.

Este es nuestro llamado, por la unidad de los revolucionarios en torno a la estrategia del proletariado. Esta es la unidad que necesitamos para derrotar a Lagos y a la burguesía HOY. Esta unidad comienza en el partido, para desplegar la necesaria política revolucionaria que encarne la ira y el descontento de la mayoría explotada y humillada. Es este partido el que debemos construir para dar continuidad a la lucha que hace más de cien años comenzó en las pampas salitreras. Para vindicar la sangre de los caídos en la lucha por el Socialismo, los de Santa María de Iquique, los de Ranquil, los de Pampa Irigoin, la sangre de millones de obreros y explotados que ha regado pampas y valles, desde Atacama hasta la Patagonia. Esa tradición de lucha irreductible de la que somos herederos y que es tributaria de la lucha de los obreros del mundo entero, nos permite decir: ¡PROLETARIOS NO HAY OTRO CAMINO QUE UNIRSE BAJO LA BANDERA DE LA IV INTERNACIONAL!

(Publicado en Lucha Obrera, Chile, febrero de 2001// Imagen: La muerte de Allende, Roberto Matta, 1973)

 

Trotsky: la idea de la revolución palaciega

¿Por qué las clases dirigentes, que buscaban el modo de evitar la revolución, no hicieron nada por librarse del zar y de los que le rodeaban? No dejarían de pensar en ello, pero no se atrevían. Les faltaba la fe en su causa, y la decisión. La idea de la revolución palaciega flotaba en la atmósfera hasta que la devoró la verdadera revolución. Detengámonos un momento aquí, pues ello nos dará una idea más clara de las relaciones reinantes en vísperas de la explosión entre la monarquía, las altas esferas de la nobleza y la burocracia y la burguesía.

Las clases ricas eran de arraigadas convicciones monárquicas. Así se lo dictaban sus intereses, sus tradiciones y su cobardía. Pero una monarquía sin Rasputines. La monarquía le contestaba: «Tenéis que tomarme tal y como soy.» La zarina salía al paso de las instancias en que les suplicaban que constituyesen un ministerio presentable enviando al zar al Cuartel General una manzana que le había dado Rasputin y pidiéndole que la comiese para reforzar su voluntad. «Acuérdate -le conjuraba- de que hasta monsieur Philippe (un charlatán e hipnotizador francés) decía que no podías dar una Constitución, pues sería tu ruina y la de Rusia…» «¡Sé Pedro el Grande, Iván el Terrible, el emperador Pablo; aplasta cuanto caiga a tus pies!»

¡Qué mezcla repugnante de miedo, de superstición y de rencorosa incomprensión del país! Creeríase que, en las alturas por lo menos, la familia zarista no estaba ya tan sola viendo a Rasputin rodeado siempre de una constelación de damas aristocráticas y al «chamanismo» adueñado de los favores de la nobleza. Pero no. Este misticismo del miedo, lejos de unir, separa. Cada cual quiere salvarse a su manera. Muchas casas aristocráticas tienen sus santos propios, entre los que se establece una rivalidad. Hasta en las altas esferas petersburguesas se ve a la familia del zar como apestada, ceñida por un cordón sanitario de desconfianza y hostilidad. La dama de la corte Wirubova dice en sus Memorias: «Tenía el profundo y doloroso presentimiento de una gran hostilidad en cuantos rodeaban a aquellos a quienes ya adoraba, y sentía que esta hostilidad iba tomando proporciones aterradoras…»

Sobre aquel sangriento fondo de la guerra, bajo el ruido sordo y perceptible de las sacudidas subterráneas, los privilegiados no renunciaban ni una sola hora a los goces de la vida; muy al contrario se entregaban a ellos con frenesí. Pero en sus orgías aparecía con mayor frecuencia un esqueleto y los amenazaba con las falanges de sus dedos descarnados. Entonces se les antojaba que todas las desgracias provenían del detestable carácter de Alicia, la zarina; de la felonía abúlica del zar, de aquella imbécil y ávida Wiburova y del Cristo siberiano con la frente señalada. Ofrendas de horribles presentimientos anegaban a las clases gobernantes y sacudidas como de calambres se transmitían desde la periferia al centro: la odiada camarilla de Tsarskoie-Selo iba quedando cada vez más aislada. La Wirubova ha dado expresión con bastante elocuencia, en sus Memorias, llenas en general de mentiras, al estado de espíritu de las alturas por aquel entonces: «Centenares de veces me pregunté: ¿Qué le pasa a la sociedad petersburguesa? ¿Están todos enfermos del espíritu o se han contagiado de una de esas epidemias que hacen estragos en tiempos de guerra? Difícil es saberlo, pero lo cierto es que todo el mundo se hallaba en un estado anormal de excitación.»

Entre los que habían perdido la cabeza se contaba también la extensa familia de los Romanov, toda aquella traílla ávida, insolente y por todos odiada de los grandes duques y las grandes duquesas; poseídos todos de un terror mortal, se hacían la ilusión de huir del círculo que los atenazaba, coqueteaban con la aristocracia rebelde, murmuraban del zar y la zarina, se mordían unos a otros y a quienes les rodeaban. Los «augustos tíos» dirigían al zar cartas de exhortación en las que, pro debajo del respeto, se adivinaba el rechinar de dientes.

Ya después de la revolución de Octubre, Protopopov describía, sin gran fineza, pero de un modo bastante pintoresco, el estado de espíritu que reinaba en la esferas dirigentes. Hasta las clases más elevadas conspiraban ante la revolución. En los salones y en los clubes criticábase dura y desfavorablemente la política del gobierno, analizábanse y dictaminábanse las relaciones creadas en el seno de la familia real; contábanse anécdotas acerca del jefe del Estado; escribíanse versos satíricos; muchos grandes duques frecuentaban abiertamente estas reuniones, y su presencia daba a aquellas invenciones caricaturescas y a aquellas malévolas exageraciones, a los ojos de la gente, un marcado aire de verdad. Hasta el último momento, nadie tuvo conciencia de lo peligroso que era aquel juego.

Una de las cosas que más contribuían a dar pábulo a los rumores que corrían acerca de la camarilla palaciega era la acusación de germanofilia e incluso la inteligencia directa con el enemigo que contra ella se lanzaba. El aturdido y atropellado Rodzianko declara sin ambages: «La articulación y analogía de las aspiraciones era tan lógica y evidente que a mí, al menos, no me cabe la menor duda de que entre el Estado Mayor alemán y la camarilla de Rasputin había alguna relación.» La simple invocación de la «evidencia» y la «lógica» quita fuerza al tono categórico de su testimonio. Aun después de la revolución, no puede descubrirse la menor prueba de que existiese una inteligencia entre los rasputinianos y el Estado Mayor alemán. Lo de la llamada «germanofilia» es ya ora cosa. No se trataba, naturalmente, de las simpatías y antipatías nacionalistas de la zarina, de estirpe alemana, del primer ministro Sturmer, de la condesa de Kleinmichel, del mayordomo de palacio, conde Frederichs, ni de otros caballeros de apellido alemán. Las cínicas Memorias de la vieja intrigante Kleinmichel nos revelan con desnuda evidencia hasta qué punto estaba por encima de nacionalismos la alta aristocracia de todos los países de Europa, vinculada en todas partes por lazos de parentesco y de herencia, por el desprecio hacia los demás simples mortales y, last but not least, por sus libertinajes cosmopolitas entre los muros de los viejos castillos, de los balnearios de moda y las cortes europeas. Tenían bastante más de real las antipatías orgánicas de la pandilla palaciega contra aquellos plebeyos abogados de la República francesa y las simpatías de los reaccionarios -lo mismo los de apellido teutónico que los de nombre eslavo- contra el espíritu auténticamente prusiano del gobierno berlinés, que durante tanto tiempo les había tenido fascinados con sus bigotes tiesos, sus modales de sargento mayor y su estulticia llena de suficiencia.

Mas tampoco era esto lo decisivo. El peligro se desprendía de la lógica misma de la situación, pues la corte no tenía más salida que buscar su salvación en una paz por separado, tanto más apremiante cuanto más peligrosa se tornaba aquella situación. Como veremos más adelante, el liberalismo aspiraba en la persona de sus jefes a reservarse para sí la carta de la paz por separado, enfocándola en la perspectiva de su subida al poder. Esto impulsábales precisamente a desarrollar una furiosa agitación chovinista, engañando al pueblo y aterrorizando a la corte. La camarilla no se atrevía, en una cuestión tan espinosa, a quitarse prematuramente la careta, y veíase incluso obligada a asociarse al tono patriótico del país, al paso que tanteaba por debajo de cuerda el terreno para una paz separada.

El general Kurlov, jefe de la policía y miembro de la camarilla de Rasputin, niega, en sus Memorias, naturalmente, las simpatías alemanas de sus protectores; pero, a renglón seguido, añade: «No hay razón para acusar a Sturmer porque sostuviese que la guerra con Alemania era la mayor desgracia que podía ocurrirle a Rusia y carecía de toda base política seria.» Conviene no olvidar, sin embargo, que el tal Sturmer, que sostenía una opinión tan interesante, era el jefe de gobierno de un país que estaba en guerra con Alemania. El último ministro del Interior, Protopopov, sostuvo, en vísperas de posesionarse de la cartera en Estocolmo, una conversación con un diplomático alemán, de la cual dio cuenta al zar y al propio Rasputin; siempre, según Kurlov, «había considerado como una inmensa calamidad para Rusia la guerra con Alemania». Finalmente, la emperatriz escribía al zar, el 5 de abril de 1916: «No osarán, pues no pueden, decir que él tenga nada que ver con los alemanes, porque sea bueno y generoso para todos como Cristo, sin preguntar a nadie por la religión que profesa, como debe ser todo verdadero cristiano.»

Claro está que este «verdadero cristiano», que casi nunca posaba la borrachera, podía haber estado perfectamente, como lo estaba, en relación con espías profesionales, con croupiers, con usureros y proxenetas aristocráticas, agentes directos del espionaje. No nos extrañaría que mantuviese «amistades» de éstas. Pero los patriotas de la oposición iban más allá y formulaban la cosa de un modo más directo, pues acusaban personalmente a la zarina de traidora. El general Denikin en sus Memorias, escritas a la vuelta de mucho tiempo, dice: «En el frente nadie se recataba para decir que la zarina exigía a toda costa una paz separada, que había traicionado al mariscal Kitchener delatando, según se decía, su viaje a los alemanes, etc. Esto contribuyó increíblemente a desmoralizar las tropas, influyendo en su actitud ante la dinastía y la revolución.» El propio Denikin cuenta que, y después de la revolución, al preguntarle el general Alexéiev abiertamente qué pensaba de la supuesta traición de la zarina, había contestado «de un modo vago y de mala gana» que al examinar sus papeles se había encontrado con un mapa en el que estaba señalada con todo detalle la situación de las tropas en todo el frente, y esto le había producido a él, Alexéiev, una impresión abrumadora… «Y sin decir ni una palabra más -añade Denikin elocuentemente- cambió de conversación.» Si la zarina tenía entre sus papeles ese mapa misterioso, es cosa que ignoramos; pero es evidente, desde luego, que los fracasados generales no veían con malos ojos que se descargara sobre la emperatriz una parte de la responsabilidad que les incumbía por sus derrotas. Los rumores acerca de la traición de la corte partieron segurísimamente de arriba, de los ineptos Estados Mayores.

Si era verdad que la zarina, a cuyos mandatos se plegaba ciegamente el zar, ponía en manos del káiser los secretos de guerra y hasta las cabezas de los mariscales aliados, ¿qué mejor que quitar de en medio a la real pareja? El gran duque Nicolás Nicolaievich, jefe del ejército y a quien se consideraba como la cabeza visible del partido antigermánico, estaba predestinado oficialmente casi a asumir el papel supremo de amparador de la revolución palaciega. No fue otra la causa de que el zar, a instancias de Rasputin y de la zarina, destituyera al gran duque y tomara en sus manos el mando supremo de las tropas. Pero la zarina le temía incluso a la entrevista que habían de celebrar tío y sobrino en la ceremonia de traspaso de poderes: «Procura, tesoro, ser prudente -le escribe la zarina al zar al Cuartel General-, y no dejes que Nikolaska /1 te engañe con alguna promesa ni con nada; acuérdate de que Grigori te ha salvado de él y de sus malvados amigos… Acuérdate, en nombre de Rusia, de lo que maquinaban: deshacerse de ti (no, no es ningún rumor vano; Orlov tenía ya todos los papeles preparados) y recluirme a mí en un convento…»

Miguel, hermano del zar, decíale a Rodzianko: «Toda la familia sabe bien lo perniciosa que es Alejandra Teodorovna. Mi hermano y ella están rodeados por todas partes de traidores. Todas las personas decentes se les han alejado. Pero, ¿qué hacer en esta situación?» La gran duquesa María Pulovna insistía, en presencia de sus hijos, en que Rodzianko tomara sobre sí la iniciativa de «suprimir» a la zarina. Rodzianko propuso que se diese aquella conversación por no celebrada; en otro caso, si no quería faltar a su juramento, tendría que poner en conocimiento del zar que la gran duquesa había invitado al presidente de la Duma a quitar de en medio a la emperatriz. He aquí cómo aquel ingenioso gentilhombre de cámara convertía el tema del atentado contra la zarina en un gracioso chiste de salón.

El propio gobierno se hallaba, en ciertos momentos, en marcada oposición con el zar. Ya en 1915, año y medio antes de estallar la revolución, pronunciábanse abiertamente en las reuniones ministeriales discursos que aun hoy nos parecen inverosímiles. Así, el ministro de la Guerra, Polivanov, decía: «Sólo una política conciliadora para con la sociedad puede salvar la situación. Los inseguros diques actuales no pueden contener la catástrofe.» Y el ministro de Marina, Grigorovich: «Nadie ignora que el ejército no confía en nosotros y espera cambios.» El ministro de Negocios extranjeros, Sazanov: «La popularidad del zar y su prestigio han disminuido considerablemente a los ojos de las masas populares.» El ministro del Interior, príncipe Cherbatov: «No servimos para gobernar a Rusia en la situación que se ha creado… Es necesaria una dictadura o una política de conciliación.» (Consejo de Ministros del 21 de agosto de 1915.) Ni una ni otra solución servían; ninguna de las dos era ya factible. El zar no se decidía a la dictadura, rechazaba la política conciliadora y se negaba a aceptar la dimisión a los ministros que se consideraban ineptos. Un elevado funcionario hace la siguiente acotación a los discursos de los ministros: «Por lo visto, no habrá más remedio que dejarse colgar de un farol.»

Con semejante estado de espíritu, no tiene nada de sorprendente que aun en las altas esferas burocráticas se hablara de la necesidad de una revolución palaciega como único medio de evitar la revolución inminente. «Cerrando los ojos -recuerda uno de los que tomaron parte en estas conversaciones- hubiera podido uno figurarse que se encontraba entre revolucionarios de toda la vida.»

Un coronel de gendarmes, a quien se dio la comisión de inspeccionar las tropas del sur de Rusia, trazaba en su informe un cuadro sombrío: «Como resultado de la labor de propaganda, sobre todo en lo tocante a la germanofilia de la emperatriz y del zar, el ejército se ha hecho a la idea de una revolución palatina.» «En los clubes de oficiales se habla abiertamente en este sentido, y sus murmuraciones no encuentran réplica merecida en el alto mando.» Por su parte, Protopopov atestigua que «un número considerable de elementos pertenecientes al alto mando simpatiza con el golpe de Estado; algunos de ellos se hallaban en relación con los elementos del llamado bloque progresivo y bajo su influencia».

El almirante Kolchak, que más tarde habría de adquirir tan gran celebridad, dijo, después de la derrota de sus tropas por el ejército rojo, declarando ante la Comisión fiscalizadora de los soviets, que había mantenido relaciones con muchos miembros de la oposición de la Duma, cuyos discursos escuchaba con placer, ya que «veía con antipatía el régimen existente en vísperas de la revolución». Sin embargo, Kolchak no fue puesto al corriente de los planes de la revolución palaciega. Después del asesinato de Rasputin y del subsiguiente destierro de los grandes duques, los aristócratas hablaron en voz bastante alta de la necesidad de proceder a la revolución de camarilla. El príncipe Yusupov cuenta que el gran duque Dimitri, detenido en Palacio, fue visitado por oficiales de varios regimientos que le propusieron distintos planes de acción decisiva, «con los cuales, naturalmente, no podía mostrarse conforme».

Se sospecha que los diplomáticos aliados, al menos el embajador británico, estaban complicados en el complot. El dicho embajador, respondiendo indudablemente a la iniciativa de los liberales rusos, hizo en enero de 1917, no sin antes solicitar la venia de su gobierno, una tentativa para influir sobre Nicolás. El zar escuchó atenta y amablemente al embajador, le dio las gracias y pasó a hablar de otras cosas. Protopopov dio cuenta a Nicolás II de las relaciones de sir Buchanan con los jefes del bloque progresista y propuso que se vigilase la Embajada británica. El zar hizo como si no aprobara esta proposición, por entender que el vigilar a los embajadores no se avenía con las tradiciones internacionales. Kurlov dice, sin embargo, sin vacilar, que «los agentes de investigación informaban diariamente de las relaciones del líder del partido kadete, Miliukov, con la Embajada británica». Como se ve, las «tradiciones internacionales» no fueron obstáculo mayor; pero su infracción tampoco sirvió de mucho. La conspiración palatina no fue descubierta.

¿Existía, en realidad, tal conspiración? Nada hay que lo pruebe. Para ser un complot era demasiado vasto, abarcaba elementos demasiado heterogéneos y numerosos. Flotaba en el aire como expresión del espíritu de la alta sociedad petersburguesa, como una vaga idea de salvación o como una salida desesperada, pero sin llegar a concretarse en ningún plan práctico.

La nobleza del siglo XVIII introdujo más de una vez enmiendas de carácter práctico en el orden de sucesión al trono, encerrando o estrangulando a los emperadores que no le eran gratos; fue lo que se hizo con Pablo en 1801. No puede decirse, pues, que la revolución palaciega no tuviese precedentes en las tradiciones de la monarquía rusa; al contrario, constituía un elemento típico y constante del zarismo. Pero ya hacía tiempo que la aristocracia no se sentía firme en su puesto. Cedía a la burguesía liberal el honor de estrangular al zar y a la zarina, y el caso es que tampoco los caudillos de este otro poder demostraban más decisión que ella.

Después de la revolución fueron reiteradamente señalados como jefes de las conspiraciones los capitalistas liberales Guchkov y Terechenko y el general Krimov, que simpatizaba con ellos. Los propios Guchkov y Terechenko confirmaron, aunque de un modo vago, la conjetura. Era natural que el duelista Guchkov, ese voluntario en la guerra de los boers contra Inglaterra, un liberal con espuelas, se destacase a los ojos de la «opinión pública» como la figura más adecuada para aquel complot. El no era, por cierto, un retórico, como el profesor Miliukov. Guchkov pensaría, indudablemente, más de una vez en dar uno de esos golpes certeros y rápidos por medio de los cuales un regimiento de la Guardia se basta para suplantar y evitar la revolución. Ya Witte, en sus Memorias, denunciaba a este personaje, a quien odiaba, como un devoto de los métodos empleados por los jóvenes turcos para deshacerse de los sultanes molestos; pero Guchkov, que en sus años de juventud no había tenido tiempo de demostrar su arrojo de joven turco, era ya un hombre cargado de años. Y, sobre todo, al colega de Stolipin no podía pasársele desapercibida la diferencia que mediaba entre las condiciones de Rusia y la vieja Turquía, ni podía dejar de preguntarse si aquel golpe de Estado palaciego no resultaría a la postre, en vez de un medio de evitar la revolución, el último empujón que desencadenase la tormenta; es decir, si el remedio no sería peor que la enfermedad. En la literatura consagrada a la revolución de Febrero se habla de la conjura palaciega como de un hecho firmemente comprobado. Miliukov se expresa así: «El golpe estaba señalado para febrero.» Denikin amplió el plazo a marzo. Ambos recuerdan el «plan» de detener el tren del zar en el camino, exigirle la abdicación y, en el caso, que se consideraba inevitable, de que se negase, «suprimirle físicamente». Miliukov añade que, en previsión del posible golpe de Estado, los jefes del bloque progresista, que no participaban en el complot y que no estaban «detalladamente» informados de los preparativos del mismo, estudiaban sigilosamente cuál sería el mejor medio de aprovecharse de aquel golpe, caso de que diera resultado. Algunos estudios marxistas de estos últimos años aceptan la versión de que el golpe de Estado llegó a prepararse. Este ejemplo -dicho sea de paso- demuestra cuán pronto y con qué fuerza se abren paso de las leyendas a través de la ciencia histórica.

La prueba más importante del complot palatino que frecuentemente se alega es el pintoresco relato de Rodzianko, que atestigua precisamente que no hubo tal complot. En enero de 1917 llegó del frente a la capital el general Krimov, quien declaró ante los miembros de la Duma que las cosas no podían seguir de aquel modo: «Si os decidís a esa medida extrema (la sustitución del zar) os apoyaremos.» ¡Si os decidís! El octubrista Chidlviski exclamó, colérico: «No hay por qué compadecerle, cuando está arrastrando a Rusia a la ruina.» En el transcurso de la acalorada discusión que se entabló alguien citó las palabras pronunciadas pro Brusílov o que, por lo menos, se le atribuían. «Puesto en el trance de optar entre el zar y Rusia, mi puesto estará al lado de Rusia.» ¡Puesto en el trance! El joven millonario Terechenko se mostraba partidario inexorable del regicidio. El cadete Chingarev interviene, para decir: «El general tiene razón: hay que dar el golpe de Estado… Pero, ¿quién se decide a darlo?» Todo el quid estaba en esto: ¿quién se decide? Tales son, en puridad, los datos que da Rodzianko, que, por su parte, votó contra el golpe de Estado de que se hablaba. Por lo visto, en el transcurso de las pocas semanas siguientes el plan no avanzó ni un paso. Hablábase de detener el tren real; pero no se decía quién había de encargarse de esta operación.

En su juventud, el liberalismo ruso apoyaba con su dinero y sus simpatías a los terroristas revolucionarios, en la esperanza de que las bombas de los anarquistas echarían en sus brazos a la monarquía. Ninguno de aquellos respetables caballeros sabía lo que era jugarse la cabeza. Pero lo verdaderamente importante no era el miedo personal: era el miedo de clase. Las cosas ahora -pensaban los liberales- no andan nada bien, pero aún podían andar peor. De todas maneras, si Guchkov, Terechenko y Krimov se disponían seriamente a dar el golpe de Estado, si realmente lo hubieran llegado a planear movilizando fuerzas y recursos, se hubiera sabido de un modo indubitable después de la revolución, pues ni los organizadores ni, sobre todo, los ejecutores jóvenes, que hubieran sido legión, tenían razón alguna para guardar silencio acerca de aquella hazaña «casi» cumplida. Derrocada la monarquía, esto no hubiera hecho más que dar pábulo a su carrera. Pero en vano buscaremos semejantes revoluciones. Por lo que a Guchkov y Krimov se refiere, podemos asegurar sin temor a equivocarnos que sus afanes no pasaron de unos cuantos suspiros patrióticos entre sorbo y sorbo de vino y chupada y chupada de habano. Los conspiradores casquivanos de la aristocracia, lo mismo que los sesudos varones oposicionistas de la plutocracia, no tuvieran valor suficiente para corregir por medio de la acción los funestos derroteros trazados por la providencia.

Uno de los liberales más fatuos y palabreros, Maklakov, exclamaba en mayo de 1917, en una sesión privada de la Duma, arrollada con la monarquía por la revolución: «Si nuestros descendientes maldicen a esta revolución nos maldecirán también a nosotros mismos, que no supimos evitarla a tiempo, implantándola desde arriba.» Más tarde, ya desde la emigración, Kerenski, siguiendo el ejemplo de Maklakov, dice, afligido: «Sí, la Rusia privilegiada no dio a tiempo desde arriba un golpe de Estado -del que tanto se hablaba y para el que tantos(?) preparativos se habían hecho-, que hubiera evitado la catastrófica explosión del régimen.»

Estas dos exclamaciones completan el cuadro y demuestran que cuando ya la revolución había desencadenado sus fuerzas indomables, los necios ilustrados seguían creyendo que hubiera podido evitarse fácilmente con un cambio «oportuno» en las cumbres dinásticas del régimen.

Faltó decisión para llevar a cabo la «gran» revolución palaciega. Pero de ella brotó el plan de un pequeño golpe de Estado. Los conspiradores liberales no se atrevieron a suprimir al primer actor del drama monárquico; pero los grandes duques decidieron suprimir al apuntador, viendo en el asesinato de Rasputin el último recurso para salvar a la dinastía.

El príncipe Yusupov casado con una Romanov, asocia a la empresa al gran duque Dimitri Pavlovich y al diputado monárquico Purichkievich. También intentaron atraerse al liberal Maklakov, sin duda para dar a aquel asesinato un carácter «nacional». El famoso abogado escurrió lindamente el bulto y se limitó, prudentemente, a suministrar a los conjurados el veneno. ¡Detalle éste de gran estilo! Los conjurados confiaban, y no sin razón, que el automóvil con las armas de Romanov facilitaría la desaparición del cadáver después de perpetrado el crimen. ¡Magnífica ocasión para demostrar la utilidad del blasón de los grandes duques! Lo demás se desarrolló como en un argumento de película de mal gusto. En la noche del 16 al 17 de diciembre, Rasputin, invitado a una juerga fue asesinado en el palacio de Yusupov.

Las clases gobernantes, si se exceptúa a la reducida camarilla y a las místicas adoradoras del «santo», vieron en el asesinato de Rasputin un acto salvador. El gran duque, arrestado en su domicilio con las manos manchadas, según la expresión del zar, pro sangre de mujik -aunque fuera un «santo», no por eso dejaba de ser un campesino-, fue visitado en señal de simpatía por todos los miembros de la casa imperial que se hallaban en Petersburgo. La hermana de la zarina, viuda del gran duque Sergio, comunicó por telégrafo que rezaba por los asesinos y bendecía su patriótica acción. Los periódicos, mientras no se dictó la prohibición de tocar el tema de Rasputin, publicaron artículos entusiastas; en los teatros intentaron organizarse manifestaciones en honor de los asesinos, y los transeúntes se felicitaban por las calles. «En las casas particulares, en los clubes de oficiales, en los restaurantes -recuerda el príncipe Yusupov- se brindaba por nuestra salud; en las fábricas, los obreros lanzaban hurras en nuestro honor.» Es perfectamente explicable que los obreros no diesen muestras de pena al enterarse del asesinato de Rasputin. Pero sus gritos de júbilo no tenían nada que ver con la esperanza de que se corrigiese la dinastía.

La camarilla de Rasputin adoptaba una actitud expectante. Rasputin fue enterrado sigilosamente sin más cortejo que el zar la zarina, sus hijas y la Wirubova. Junto al cadáver del «santo Amigo», antiguo cuatrero, asesinado por los grandes duques, la familia real tuvo que sentirse sola y como apestada. Pero Rasputin no encontró sosiego ni debajo de tierra. Cuando a Nicolás II y Alejandra se les consideraba ya como arrestados, los soldados de Tsarskoie-Selo abrieron la tumba y exhumaron el féretro. Junto a la cabeza del muerto había un icono con esta dedicatoria: «Alejandra, Olga, Tatiana, María, Anastasia, Ana.» El gobierno provisional envió un emisario con órdenes de que el cadáver fuese trasladado, no se sabe para qué a Petrogrado. La multitud se opuso a ello y el emisario tuvo que quemar el cadáver en presencia suya.

Después del asesinato del «Amigo», la monarquía no vivió más de diez semanas. Aunque pequeño, todavía le quedaba un plazo por suyo. Ya no vivía Rasputin, pero seguía reinando su sombra. Contra lo que habían esperado los conspiradores después del asesinato, la pareja real siguió sosteniendo con especial obstinación a los miembros más despreciables de la camarilla de Rasputin. Para vengar a éste, fue nombrado ministro de Justicia un canalla famoso. Varios grandes duques fueron desterrados de la capital. Se decía que Protopopov se dedicaba al espiritismo para conjurar el espíritu del muerto. El dogal va ciñéndose cada vez más a la garganta de la monarquía.

El asesinato de Rasputin tuvo grandes consecuencias, aunque no precisamente las que habían imaginado sus autores e instigadores. Lejos de atenuar la crisis, lo que hizo fue exacerbarla. Por todas partes se hablaba del hecho: en los palacio y en los estados mayores, en los talleres y en las chozas de los campesinos. La conclusión no era difícil de sacar: hasta los grandes duques tenían que acudir al veneno y al revólver contra la corrompida camarilla. El poeta Block escribía, comentando el asesinato de Rasputin: «La bala que acabó con él se ha clavado en el mismo corazón de la dinastía reinante.»

Robespierre recordaba a la Asamblea legislativa que la oposición de la nobleza, al debilitar a la monarquía, había puesto en pie a la burguesía, y detrás de ella a las masas populares. Al propio tiempo, Robespierre advertía que en el resto de Europa la revolución no podría desarrollarse con la misma rapidez que en Francia, porque las clases privilegiadas de los otros países, aprendiendo el ejemplo de la aristocracia francesa, se cuidarían de no tomar en sus manos la iniciativa de la revolución. Pero, al hacer este notable análisis, Robespierre se equivocaba, suponiendo que con su oposición irreflexible los nobles franceses habían dado una lección perdurable a la aristocracia de los demás países. El ejemplo de Rusia había de demostrar de nuevo en 1905, y sobre todo en 1917, que la revolución, al enfrentarse con el régimen autocrático y semifeudal, es decir, contra la nobleza, encuentra en sus primeros pasos el aliento incoherente, no sólo de la nobleza de filas, sino incluso de sus sectores más privilegiados, de los miembros de la dinastía inclusive. Este notable fenómeno histórico podría parecer paradójico y contrario a la teoría de la sociedad de clases; en realidad sólo contradice a la idea vulgar que muchos tienen de ella.

La revolución surge cuando todos los antagonismos de la sociedad llegan a su máxima tensión. La situación, en estas condiciones, hácese insoportable incluso para las clases de la vieja sociedad, es decir, aquellas que están condenadas a desaparecer. Sin dar a las analogías biológicas más importancia de la que merecen, no será inoportuno recordar que llega un momento en que el parto es algo tan inevitable y fatal para el organismo materno como para el nuevo ser. La rebeldía de las clases privilegiadas no hace más que dar expresión a la incompatibilidad de su posición social tradicional con las necesidades vitales de la sociedad en el futuro. La aristocracia, sintiendo converger sobre sí la enemiga general… hace recaer la culpa sobre la burocracia. Ésta acusa a su vez a la nobleza, hasta que ambas juntas, o cada cual por su parte, enderezan su descontento contra el símbolo monárquico del poder.

El príncipe Cherbatov, sacado de las instituciones de la nobleza para servir durante algún tiempo como ministro de la Corona, decía: «Tanto Samarin como yo somos antiguos mariscales de la nobleza provinciana. Hasta ahora, nadie nos ha considerado como de la izquierda, ni nosotros mismos nos asignamos este carácter. Pero ni él ni yo podemos comprender que impere en el Estado una situación en la que el monarca y su gobierno se hallen radicalmente divorciados de todo lo que hay de razonable en el país -de las intrigas revolucionarias no hay para qué hablar-: de los nobles, de los comerciantes, de las ciudades, de los zemvstos e incluso del ejército. Si en las alturas no se quiere escuchar nuestra opinión, sabremos cuál es nuestro deber: marcharnos.»

Para la nobleza, la causa de todos los males está en que la monarquía se ha vuelto ciega o ha perdido el juicio. La clase privilegiada no ha perdido las esperanzas en una política capaz de conciliar la sociedad vieja con la nueva. O, dicho en otros términos: la nobleza no se aviene a la idea de que está condenada a desaparecer, y convierte lo que no es más que la angustia del agonizante en rebeldía contra la fuerza más sagrada del viejo régimen, es decir, contra la monarquía. La acritud y la irresponsabilidad de la rebeldía aristocrática se explican por la misma molicie histórica a que están acostumbrados sus más altos representantes, por su miedo insuperable a la revolución. Las incoherencias y contradicciones de la rebeldía aristocrática tienen su razón de ser en el hecho de que se trata de una clase que tiene cerradas todas las salidas, y del mismo modo que una lámpara, antes de extinguirse, brilla por un momento con resplandor más vivo, aunque sea humoso, la nobleza, en los estertores de la agonía, tiene un resplandor súbito de protesta que presta un gran servicio a sus enemigos mortales. Es la dialéctica de este proceso, que no sólo se aviene a la teoría de la sociedad de clases, sino que sólo en ésta encuentra su explicación.

1929-1932

https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1932/histrev/tomo1/cap_05.htm

Notas

1/ Diminutivo de Nicolás [NDT.]

– See more at: http://vientosur.info/spip.php?article12529#sthash.4J1EImnV.dpuf

Trotsky: clase, partido y dirección ¿por qué ha sido vencido el proletariado español? (cuestiones de teoría marxista)

Este artículo está inacabado y ha sido reconstruido según las notas y los fragmentos encontrados en un dossier tras el asesinato de Trotsky en agosto de 1940. Fue publicado en New Internacional en diciembre de 1940. Lo ponemos a disposición de nuestros lectores por cuanto creemos que expone en profundidad el problema de la ausencia del partido revolucionario y su relación con la maduración de las masas. En Chile, la cuestión del “reflujo de masas” -que ha servido de taparrabos a muchos oportunistas de “izquierda”- transita por el tema abordado magistralmente por el revolucionario León Trotsky, teniendo como telón de fondo la derrota de la revolución española (EP). Seguir leyendo Trotsky: clase, partido y dirección ¿por qué ha sido vencido el proletariado español? (cuestiones de teoría marxista)

El encuentro de Lenin y Trotsky: la célebre Tesis de Abril

por Ramón Sarmiento//

 Las tareas inmediatas de la revolución rusa eran de carácter democrático-burgués: instaurar una república democrática que pusiera las bases para un desarrollo avanzado de la industria y la cultura. Pero la burguesía rusa, débil, había llegado tarde al desarrollo histórico, constreñida en su avance por las burguesías más fuertes de Europa y Norteamérica. Seguir leyendo El encuentro de Lenin y Trotsky: la célebre Tesis de Abril

Isaac Deutscher, el emigrante rojo

por Bruce Robbins//

En mayo de 1965, dos años antes de su muerte repentina a causa de un ataque de corazón, Isaac Deutscher habló en un mitin multitudinario contra la guerra en Berkeley, California. En una grabación de su intervención se le oye decir que dejará de lado el tema de Vietnam –que los oradores anteriores habían tratado tan bien– y que en vez de ello hablará de la guerra fría, que proporcionaba a los responsables de la política exterior de EE UU la coartada política que necesitaban para meterse en ese berenjenal. En su discurso, el ritmo pausado de Deutscher y su ligero acento polaco hacían pensar en un comediante judío, pero en gran medida su tono era grave y su entonación incluso tal vez un poco más sonora de lo necesario. Quizá le preocupaba que el público no se percatara de la relevancia de aquel acontecimiento histórico universal que guardaba relación con tantas otras cuestiones: la Revolución Rusa.

Nacido en 1907 en una pequeña aldea polaca, que por entonces formaba parte del moribundo Imperio Austro-Húngaro, Deutscher contaba diez años de edad cuando los bolcheviques tomaron el poder en Rusia. Más tarde escribiría la crónica de esa historia con un lujo de detalles increíblemente apasionante, en su monumental biografía en tres tomos de León Trotsky, pero sus preparativos para este trabajo comenzaron con la sensación de que muchas de las cosas sólidas que le rodeaban estaban a punto, o casi, de volatilizarse. Su familia judía ortodoxa era practicante estricta, y de niño (diríase que prodigio) le enviaron a estudiar con un rabino jasídico. A la edad de 13 años, Deutscher fue ordenado rabino a su vez, pero como revela el cautivador apunte biográfico que su mujer y habitual colaboradora, Tamara Deutscher, incluye en The Non-Jewish Jew –una recopilación de los ensayos de Deutscher que acaba de reeditar Verso Books–, su padre, que era impresor, también le heredó su gran pasión, escasamente acorde con la religión, por los escritores alemanes modernos, incluido el poeta Heinrich Heine. Si escribes en polaco, le advirtió repetidamente su progenitor, nadie te entenderá más allá de Auschwitz. En aquel entonces, Auschwitz no era más que el nombre de una ciudad cercana.

En noviembre de 1918, la primera semana de la independencia de Polonia trajo a la región en que vivían los Deutscher no uno, sino tres pogromos. Sin embargo, ahora que Polonia y otras naciones nuevas emergían de las ruinas de imperios destrozados al final de la primera guerra mundial, el joven Deutscher se convirtió en algo así como un patriota polaco. A los 14 años repudió el judaísmo de su familia calificándolo de vestigio del feudalismo. A los 16 comenzó a publicar poesía en polaco, influida por el misticismo judío y el romanticismo polaco, y tradujo poemas en alemán, yidish, hebreo y latín al polaco. A los 20 años ingresó en el Partido Comunista Polaco.

En 1931, el partido envió a Deutscher a la Rusia soviética para informar de los resultados económicos del primer plan quinquenal. Se enteró de más cosas sobre la trayectoria de la revolución que lo que el partido veía con buenos ojos que supiera. Más o menos un año después fue expulsado por “desviaciones democráticas”, entre otras cosas por su negativa a tratar a la socialdemocracia occidental como un equivalente moral del nazismo. Obtuvo un empleo en un periódico judío en Polonia y, en abril de 1939 lo enviaron a Londres, donde se puso a aprender inglés. El traslado le salvó la vida, pues los nazis invadieron Polonia unos cinco meses después; Deutscher no volvió a ver a sus padres nunca más.

El exilio marcó el fin de la etapa europeo-oriental de la carrera de Deutscher, pero este no dejó que marcara su pensamiento. En su opinión, echaba sus raíces –y lo decía con orgullo– en la tradición de Spinoza, Heine, Marx, Luxemburgo, Trotsky y Freud, los “judíos no judíos” de los que habla en el ensayo que da el título a la recopilación recién editada. También tenía raíces en el internacionalismo de izquierda, una tradición que le proporcionó un hogar dondequiera que viviera. Los compromisos políticos de Deutscher y su experiencia en el PCP también le infundieron como activista la idea de que el sentido de la oportunidad era por lo menos igual de importante que los principios, una idea que relativizó sutilmente sus juicios y que determinó claramente todo lo que iba a escribir, ya fuera en la prensa como comentarista rusoparlante sobre el Kremlin, ya en su crítica política o las obras históricas que más tarde le harían famoso.

Aunque en Inglaterra fue bien recibido, Deutscher permaneció ajeno al mundo de la universidad inglesa. A diferencia de muchos de sus coetáneos de izquierda, escribió sus voluminosos libros, ricamente documentados, sobre Trotsky y Stalin sin la comodidad de un cargo académico. Las posibilidades de Deutscher de obtener un puesto en la universidad y un ingreso estable fueron desbaratadas nada menos que por Isaiah Berlin, según cuenta Michael Ignatieff en su biografía del filósofo e historiador de las ideas ruso-británico, cuya opinión razonada cuando le consultaron sobre la posible contratación de Deutscher fue: por encima de mi cadáver. Tal vez esto se debiera a divergencias políticas, o quizá fue el resultado de una reseña mordaz sobre Berlin que Deutscher había publicado algunos años antes. Una vez Deutscher quedó descartado, Berlin insistió en que su evaluación no había sido decisiva, pero esta afirmación no resistió un análisis minucioso. El nombre de Deutscher también figuraba en la lista de simpatizantes comunistas que George Orwell entregó en secreto al ministerio de Exteriores británico en 1949, el año en que se publicó la biografía de Stalin escrita por Deutscher.

En Components of the National Culture (1968), Perry Anderson sostuvo que algunos de los intelectuales más influyentes que huyeron a Gran Bretaña de la violencia política en el continente –personas como Berlin, Karl Popper, Bronislaw Malinowski, Melanie Klein y Ludwig Wittgenstein– tenían afinidades electivas con la tradición británica –muy alejada de la experiencia continental– de la continuidad no violenta y la estabilidad social relativa. Una vez establecidos en Gran Bretaña, dijo Anderson, reforzaron y extendieron esta tradición, haciendo que Gran Bretaña fuera todavía más conservadora.

En opinión de Anderson, Deutscher fue la excepción más destacada de esta “emigración blanca”. Tal vez debido a la idiosincrasia de su radicalismo –que no encajaba en la política comunista o socialdemócrata británica–, Deutscher fue ninguneado por el mundo académico de la isla. O quizá esto se debiera a su independencia intelectual, su olfato periodístico y su estilo polémico, que no era compatible con la cultura universitaria enclaustrada y a veces aburrida de Inglaterra. En cualquier caso, Anderson nunca dejó de prestarle atención, y de hecho quien busque pruebas de la influencia intelectual de Deutscher no tiene más que contemplar los brillantes logros de Anderson como historiador y analista político.

Al igual que Deutscher, Anderson demostró con los años ser un erudito políglota; del mismo modo que aquel, no reconoce a ninguna autoridad por encima o más allá de lo que Gregory Elliott llama, en su libro sobre Anderson, “el implacable laboratorio de la historia”. Ambos fueron arrastrados al “universalismo olímpico” de Marx y Engels, aunque quizá no del mismo modo.

Anderson contó una anécdota que sugiere una pequeña pero significativa diferencia entre ambos. En la década de 1960, Anderson manifestó su indignación por la falta de dinamismo político de Inglaterra. ¿Por qué, preguntó, Francia podía alardear de tantas revoluciones, mientras que la Inglaterra moderna no había conocido ninguna? En un prólogo al volumen en que se ha reeditado Components, recordó que Deutscher le comunicó que no podía aprobar sin más la negación por parte de Anderson de las posibilidades políticas sobre el terreno, por imperfectas que pudieran ser. Tomando prestada una expresión de la negativa de Rosa Luxemburgo a apoyar la independencia de Polonia antes de la primera guerra mundial, Deutscher dijo que la postura de Anderson adolecía de “nihilismo nacional”.

Al oponerse al nihilismo incluso en el terreno del nacionalismo, al que no era proclive, Deutscher transmitía cierta sabiduría práctica, una sabiduría destinada en particular a quienes trataran de mantener el compromiso político más allá del entusiasmo embriagador de la juventud. Juzgar la política cotidiana en función del elevado listón de la revolución es condenarse a la desesperación, o por lo menos a la apatía. También puede ser contraproducente aplicar con calzador un conjunto de criterios abstractos a una comunidad que, aun siendo receptiva a los objetivos de una política, se siente confusa o alienada por el lenguaje con el que se persiguen dichos objetivos. Como revolucionario inveterado, Deutscher estaba bien pertrechado para insistir en que existen otros caminos hacia la justicia social.

A diferencia de los críticos de la Rusia soviética más ensalzados en Occidente, Deutscher no fue un liberal. Era un firme defensor de la democracia y sus objeciones al régimen soviético coincidían en parte con las consabidas objeciones liberales, pero una de las cosas que apreciaba en Trotsky era la firme convicción de este de que, a pesar del atraso social y económico de Rusia, los revolucionarios rusos en 1917 no debían aspirar a un gobierno liberal que mantuviera intacta la propiedad privada. En vez de ello, como alegó Trotsky, creía que la revolución podía saltarse la etapa constitucional en su intento de satisfacer las demandas materiales y de los obreros y campesinos.

Por supuesto, nadie que reflexione sobre lo que finalmente ocurriría con la revolución bajo Stalin concluirá probablemente que esta cuestión se ha resuelto dando la razón a Trotsky. ¿Estaba Rusia demasiado atrasada para tumbar el capitalismo liberal? Y para concretar más, un sistema constitucional que protegiera los derechos de la burguesía ¿habría creado los obstáculos necesarios para impedir el terror que se produjo una vez Stalin consolidó su poder? El propio Trotsky cambiaría de opinión sobre estas cuestiones y Deutscher –cosa que le honra– no pretendió que poseyera un conocimiento mayor o privilegiado.

Las preguntas abiertas formuladas por Deutscher sobre el curso ulterior de la Revolución rusa –una revolución de la que nunca renegó– también ayudan a explicar su extraordinaria generosidad moral, cabría decir incluso la calidad tolstoyana de su obra histórica. La defensa estridente era algo de lo que al parecer Deutscher podía prescindir. Cada frase que escribió como historiador denotaba algo, aunque fuera muy vago, de un continuo debate consigo mismo.

Esto era así incluso cuando escribió sobre Stalin, y tal vez fuera esta una razón por la que muchos encontraron que su biografía de Stalin era tan desconcertante. Stalin había ordenado el asesinato de Trotsky, además de tantas otras personas, y en manos de Deutscher, Stalin es un monstruo, pero no sencillamente un monstruo, y Deutscher trató de comprender los motivos de Stalin. “No hace falta dar por hecho que actuó por pura crueldad o sed de poder”, escribió Deutscher en la biografía. “Tal vez halló el dudoso amparo en la convicción sincera de que lo que hacía servía a los intereses de la revolución y de que él era el único que interpretaba correctamente esos intereses.” Esto no supuso nunca una defensa de Stalin, sino más bien un argumento de que incluso sus actos más atroces no se situaban fuera de toda posibilidad de una explicación histórica. Colocarlos fuera de toda explicación histórica sería pretender que la revolución no encerraba sus propias contradicciones, que eran anteriores al periodo de dictadura monomaniaca de Stalin y (como Deutscher no dejó de señalar) también marcaron la carrera política de Trotsky.

Podría parecer que aceptar la existencia de estas contradicciones –contradicciones que Deutscher creía inherentes al alma misma del revolucionarismo de izquierda en general y de la Revolución rusa en particular– le llevaría a optar por el fatalismo. Sin embargo, de alguna manera no lo hizo. Deutscher fue capaz de sacar a la luz muy claramente esas contradicciones (y vivir una vida fuera del Partido Comunista) sin abandonar la esperanza en la propia revolución, tanto en Rusia como a escala planetaria, un objetivo que debía seguir sacando fuerza de los triunfos iniciales de 1917. Había que recordar a los pueblos de Occidente, pensaba Deutscher, que cuando los rusos combatieron a los nazis en la segunda guerra mundial, no solo lo hicieron animados por el mero patriotismo, sino que participaban en “una batalla por la existencia del movimiento obrero”. Había que recordar al público que le escuchaba en Berkeley en 1965 que la amenaza de agresión de la Unión Soviética, que supuestamente justificaba la misión de EE UU en Vietnam en plena guerra fría, era desde su punto de vista ridícula. No había equilibrio de poder entre EE UU y la URSS: uno era una superpotencia, mientras que la otra había surgido de la segunda guerra mundial “postrada y desangrada”.

Ahora el pueblo ruso trataba de sacudirse de encima esa pesadilla junto con el recuerdo de Stalin. Los progresistas de Occidente tenían la obligación de ayudarle. Esto suponía contemplar la guerra fría no solo desde el punto de vista occidental, sino también desde el del Este. La guerra de Vietnam exacerbaba la guerra fría, contribuyendo así a empeorar la vida en Rusia. Lo que Deutscher estaba tratando de ofrecer a la muchedumbre de manifestantes contrarios a la guerra en 1965 era una defensa centrada en Rusia frente a la guerra de Vietnam. Casi seguro que no era lo que el público estaba esperando oír, pero de alguna manera era al mismo tiempo inspirador políticamente y refrescante por su independencia con respecto a la simple dualidad moral en que parecía moverse el movimiento antiguerra.

En 1903, en el congreso de Bruselas en que bolcheviques y mencheviques pusieron de manifiesto por primera vez sus divergencias, Trotsky pronunció uno de los raros discursos en que se calificó a sí mismo de judío. Lo hizo con el fin de manifestarse con autoridad personal en contra del Bund judío, que reclamaba el derecho a la “autonomía cultural”, incluida la capacidad de elegir su propio órgano de gobierno y definir su propia política con respecto a la población judía. Por supuesto que los judíos debían tener el derecho a ser educados en yidish, explicó Trotsky, pero ¿cómo podía el socialismo –que pretendía superar las barreras que dividían a los países, las religiones y las nacionalidades– contribuir a erigir sus propias barreras frente a esta visión de emancipación universal?

Deutscher se había criado en el corazón mismo de la cultura yidish en la zona polaca del Imperio Austro-Húngaro y había desempeñado un papel activo y creativo en ella. En su opinión, el yidish era una lengua y una cultura que siempre había estado enraizada en el movimiento obrero. Al igual que Trotsky, solía considerarse primero un revolucionario y solo en segundo lugar un judío. Pero Deutscher también se consideraba un judío, y de una manera que propone una variación en torno a la cuestión formulada en el ensayo de Anderson: ¿Cuáles son los componentes de la identidad judía?

Como indica el título de su recopilación, le idea de Deutscher sobre la identidad judía está completamente desconectada de la religión judía. Siendo adulto proclamó su ateísmo sin apología al no hallar ninguna virtud en el jasidismo de su juventud y al calificar de kafkiana “la aspiración de moda entre los judíos occidentales de volver al siglo XVI”. No obstante, su laicismo no era únicamente negativo; también tenía un sentido positivo, activo, emancipatorio y sobre todo sociable. Para los judíos, suponía un gesto de confianza en los gentiles de su entorno, confianza en que ellos y los progresistas no judíos podían hacer causa común y compartir sus victorias.

Desde esta visión positiva, humanista, del laicismo, Deutscher afirmó que la identidad judía no podía implicar jamás el control judío sobre un territorio. “No tengo nada en común con los judíos, digamos, de Mea Shearim /1 ”, declaró, “ni con cualquier clase de nacionalistas israelíes”. La obsolescencia del Estado-nación había quedado demostrada en la matanza sin sentido de la primera guerra mundial. De ahí que a su juicio la creación de Israel encerraba una terrible ironía: los judíos estaban invirtiendo en un Estado-nación justo cuando este había entrado en lo que Deutscher creía (prematuramente) que era una fase de declive terminal.

Y ¿qué decir del Holocausto, que bien podría haber resquebrajado la confianza de Deutscher en la posibilidad de que los judíos hicieran causa común con el mundo de los gentiles? Aunque partió su vida más o menos en dos, el Holocausto no le llevó a desertar del bando de los laicos militantes y de los creyentes en la modernidad. Los nazis fueron después de todo la razón por la que la cultura judía de Europa Oriental en que se había criado había dejado de existir. Sin embargo, cuando Deutscher habla de esta cultura, menciona una conversación que mantuvo con el satírico yidish Moshe Nadir en la década de 1920. Nadir ya predecía entonces que el yidish dejaría de hablarse en el futuro, tal vez por el hecho de que los judíos, ahora felizmente asimilados, acabarían hablando polaco o ruso. Nadir contemplaba ese día con indiferencia, porque cuando el yidish se convirtiera en una lengua muerta como el latín, sus sátiras se leerían como a los clásicos, a la par que Horacio y Ovidio.

Al invocar esa antigua broma de Nadir, Deutscher parecía decir que la cultura yidish, que los nazis habían exterminado, habría sucumbido de todos modos bajo el peso de una historia que era al tiempo despiadada y progresista. Lo que había que lamentar, por tanto, no era la cultura, sino las vidas que habían desaparecido en las inmensas fauces de la segunda guerra mundial. En cuanto a la propia historia, que siempre había imaginado compartida entre judíos y no judíos, siguió confiando en que, a pesar de sus brutalidades, la humanidad saldría mejor parada. Una de las cualidades menos obvias que atribuye a la línea de los “judíos no judíos”, que iba de Spinoza a Freud, era el optimismo. Sí, consideraba que Freud también era un optimista.

Si Deutscher hubiera ido a Nueva York en vez de Londres, su izquierdismo antiestalinista, su brío literario y su viveza en el debate le habrían abierto sin duda las puertas de los círculos tertulianos de la intelectualidad neoyorquina. Trotsky tenía allí admiradores y Deutscher les hizo un par de visitas. No obstante, su permanencia en ese mundo tal vez hubiera exigido alguna negociación entre esa multitud rencorosa. Como muestran estos ensayos, Deutscher no se cortaba a la hora de manifestar su desprecio por los intelectuales judíos de Occidente, que en su opinión se habían vuelto conservadores durante la guerra fría, convertidos en campeones del llamado “estilo de vida” liberal de Gran Bretaña y EE UU, y también se habría sentido incómodo con quienes habían renunciado a los impulsos universalistas radicales de la cultura judía a favor de una visión más particularista.

Para Deutscher, las diferencias geográficas y de clase entre los judíos eran suficientemente profundas para que viera con escepticismo la idea de una “comunidad judía” existente o que podía surgir a medida que se desvaneciera la observancia religiosa. Durante su vida, la historia de la persecución todavía no había sustituido del todo al judaísmo en el núcleo de la identidad judía occidental, pero su propia concepción de la identidad judía estaba centrada en el Holocausto, tal vez inevitablemente. “Soy judío”, dice en un texto que comenta el Holocausto, “porque siento la tragedia judía como mi propia tragedia.” Fue el Holocausto el que llevó a Deutscher a inclinarse hacia el sionismo, aunque solo fuera ligeramente. “Si en vez de rebatir el sionismo en los años veinte y treinta”, escribió, “hubiera urgido a los judíos europeos a irse a Palestina, podría haber salvado algunas de las vidas que después fueron exterminadas en las cámaras de gas hitlerianas.” Pero incluso en esta tesitura tiene cuidado de dejar clara su aversión a toda forma de nacionalismo judío: “Sin embargo, ni siquiera ahora soy sionista.”

El libro contiene dos versiones de una famosa parábola de la fundación de Israel en la estela del Holocausto, una parábola que a veces es todo lo que la gente recuerda de Deutscher. En la primera versión, que data de 1954, un hombre salta de un barco en llamas a una balsa. Lo que quería señalar Deutscher es que todo Estado nacional no es más que una balsa, una solución temporal que no debería convertirse en un programa permanente (nacionalista), como parecía hacer Israel. En la segunda versión, de 1967, escrita en respuesta a la guerra de los seis días, el hombre salta de un edificio en llamas y sobrevive, pero aterriza sobre una persona que estaba en la acera (que representa, por supuesto, a los palestinos) y le rompe brazos y piernas. “Si ambos se comportaran racionalmente”, comenta Deutscher, “no acabarían siendo enemigos.” Pero no prevalece la racionalidad.

El hombre herido culpa al otro de su miseria y jura que le hará pagar por ello. El otro, temeroso de la venganza del lisiado, le insulta, lo patea y lo golpea cada vez que se encuentran. El hombre apaleado vuelve a jurar venganza y de nuevo recibe puñetazos y patadas.

Imagino que no muchos estarán del todo satisfechos con esta parábola. Sin embargo, ofrece una alternativa interesante a la idea de la colonización y no hizo que Deutscher dejara de criticar duramente a Israel, recordando a sus lectores que David Ben-Gurión calificó a los judíos no sionistas de “cosmopolitas desarraigados”, que era el eufemismo favorito de Stalin para referirse a los bolcheviques judíos que eliminó. Según el comentario de Deutscher sobre la guerra árabe-israelí de 1967, escrita dos meses antes de su muerte, en la “victoria” de Israel veía una profecía del desastre y en Moshe Dayan una especie de vicemariscal Nguyen Cao Ky, el entonces títere favorito de EE UU en Vietnam. Tampoco hizo que dejara de criticar la colusión de Israel con la política exterior de EE UU durante la guerra fría y su negativa a comportarse como un vecino con sus vecinos. El futuro de Israel depende, a juicio de Deutscher, de la capacidad de los israelíes “para encontrar un lenguaje común con los pueblos que les rodean”.

Deutscher no pregonaba fanáticamente la coherencia con los principios, sino que para él esta incoherencia se plasmaba de alguna manera en la política. Como historiador, creía que el sentido de la oportunidad siempre importaba, especialmente a la hora de formular la propia visión del mundo. Comprendió perfectamente el caos que describió tan bien después de 1917, cuando Trotsky adoptó las posiciones de Lenin (como la necesidad de la disciplina absoluta en el seno del partido) y Lenin adoptó las de Trotsky (como la necesidad de la Nueva Política Económica), y todo se movía con demasiada rapidez para que alguien se diera cuenta. La política, para Deutscher, implicaba en última instancia esta clase de flexibilidad de principios, una visión de la acción política que entendía que los compromisos de uno y sus condiciones se hallaban en mutua dependencia. Nada, ni siquiera la política, podía colocarse al margen del caos y la incertidumbre de la historia.

Como escribió Deutscher en el último ensayo de la recopilación, el Holocausto fue el único acontecimiento que trascendía toda explicación histórica. Al historizar su internacionalismo, cambió de opinión sobre su antisionismo programático, pero sin convertirse en sionista. Esto no alteró su profunda convicción de que, para los judíos, como para todo el mundo, la historia no reclama la pureza de una utopía etnocéntrica, ni cualquier clase de utopía en este sentido. En vez de ello, la historia reclama de nosotros la dura labor de cambio en el seno de las naciones en que vivimos y con los vecinos que nos ha tocado convivir. Esto también requiere prestar mucha atención al sentido de la oportunidad.

Intervención de parlamentarios revolucionarios en el Congreso Nacional de Chile

Publicamos estas intervenciones históricas de dos parlamentarios trotskystas en el Congreso chileno, las del Diputado Emilio Zapata y el Senador Manuel Hidalgo el año 1933. Las transcribimos rigurosamente, teniendo como base las propias actas del Congreso Nacional. En ellos se desarrolla la línea leninista de intervención de los revolucionarios en el parlamento burgués. Estos textos, sirven como referencia para contribuir a una crítica  a la intervención vergonzante de la izquierda chilena en el parlamento en nuestros días. Volver sobre estas intervenciones nos permite observar con nitidez la profundidad del abismo que separa la política revolucionaria de lo que es hoy en día la izquierda del régimen.

 

EP

El Punto de Vista del Partido Comunista
Discurso pronunciado en la sesión de la Cámara de Diputados el 24 de Enero de 1933 por el diputado trotskista Emilio Zapata Díaz.
El Sr. ZAPATA: En otras oportunidades, señor Presidente, no me ha sido posible expresar mis observaciones de acuerdo con la representación que tengo en esta Cámara y voy a aprovechar la oportunidad que se me presenta en estos momentos para manifestarlas

Me he inscrito, señor presidente, para hablar porque deseo en esta reunión de los que aquí están como “representantes del pueblo”, exponer el punto de vista concreto del Partido Comunista.

El Señor VEGA: ¿Qué Partido Comunista?

El Señor ZAPATA: Del que soy miembro activo y parlamentario y por tanto el punto de vista que interesa honda y profundamente a las masas trabajadoras del campo y la industria.

Como representante comunista, como soldado de fila de la revolución proletaria, no tengo ningún interés en legislar para el perfeccionamiento de este régimen de injusticia y explotación; como tal y como obrero revolucionario, soy mandado por mi Partido a combatir este régimen de miseria en la misma institución creada a tapar la expoliación a que se hallan sometidos millones de trabajadores.

En la calle como en la fábrica, en el taller como en el campo, en el local obrero como en este local burgués los comunistas somos soldados de la revolución proletaria.

Los trabajadores, las grandes masas de explotados, los millones e miserables que con su trabajo de esclavos han llenado de riquezas el mundo capitalista y que viven o mueren de las piltrafas constituyen los enterradores del capitalismo, los organizadores de la sociedad socialista que reemplazará a esta sociedad hambrienta.

La Rusia soviética, en un esfuerzo gigantesco ha demostrado la potencia creadora del proletariado y de las masas campesinas. Ha demostrado al proletariado del mundo entero el camino que deben seguir para traer el bienestar al mundo entero.

El socialismo que se construye a pasos agigantados en la Rusia de los soviets se realiza porque el poder político está en manos de los trabajadores y porque toda explotación ha terminado al terminar revolucionariamente el proletariado con la burguesía explotadora. Y ese es el camino que igual que en todas partes mostramos desde aquí a las masas trabajadoras de Chile.

De los enemigos del proletariado no son los peores los que militan en las filas de la burguesía, no es la iglesia con su opio nefasto, no es la oligarquía criolla que estruja y extrae hasta la médula de los campesinos en jornadas de sol a sol; los peores son los que tildándose de partidos obreros no son sino ganchos de la burguesía para pescar las masas trabajadoras y arrastrarlas tras de su carro de reformas y compromisos.

Los peores enemigos de los trabajadores chilenos son los demócratas, son los socialistas de todos los matices, son los llamados partidos izquierdistas, son todos los que usan el lenguaje y de las poses para engañar las masas obreras y envolverlas en su demagogia pequeño burguesa y entregarlas atadas de pies y manos a la explotación del capitalismo nacional e internacional.

El Partido Demócrata que dice luchar por los trabajadores, fue uno de los puntales de la dictadura financiero militar de Ibáñez, fue agente exclusivo entre los trabajadores del ibañismo y de su propaganda y concurrió con todo su apoyo al incremento de las persecuciones, asesinatos, fondeos de los miembros del Partido Comunista y de las organizaciones revolucionarias de masas.

Los partidos socialistas e izquierdistas, flora de terreno húmedo, no son sino un producto de la radicalización de las capas pequeño burguesas y por tanto de u desorientación. Estos partidos que se caracterizan por una serie de matices amarillos no van más allá de declaraciones líricas, de continuadas peroratas demagógicas que vienen a llenar una necesidad de la burguesía por cuanto forman el ala izquierda de ella y unida a ella por fuertes y estrechos lazos indisolubles y que se hacen valer en la primera ocasión poniéndose incondicionalmente al servicio y la defensa de los intereses de la burguesía criolla e imperialista.

Estos son los peores enemigos del proletariado y de las organizaciones revolucionarias de masas y en especial del Partido Comunista al cual tratan de matar por todos los medios.

Los comunistas no hemos podido llegar a plantear nuestra lucha aquí en la forma en que han llegado todos ustedes, porque estamos fuera de la ley, porque estamos fuera de la ley, porque ustedes lo han querido y porque así conviene a vuestros intereses que son los de la burguesía criolla y que son los del imperialismo internacional. Pero de todas maneras estamos aquí dispuestos a desenmascarar a todos los que son efectivamente enemigos del proletariado y de las clases trabajadoras a pesar de sus caretas de revolucionarios de cartel.

El Partido Comunista me envía aquí a cumplir con el papel que he desempeñado en donde he trabajado: a colaborar en el más rápido desenvolvimiento de la revolución proletaria, ayudando a desarrollar la conciencia de clase de los trabajadores. El Parlamento, institución que cumple con un papel, el papel de mistificar a las masas trabajadoras y facilitar la dominación de ellas por las clases gobernantes, se ha “convertido en la forma democrática” de dominación de la burguesía, a la cual le es necesario, en un momento dado de su desarrollo, una ficción de representación popular que expresa en apariencia la “voluntad del pueblo” y no la de las clases, pero que constituye, en realidad, en manos del capital imperante, un instrumento de coacción y opresión.

Y esto que lo decimos como representante del Partido Comunista, lo decimos a las masas trabajadoras, a los miles, cientos de miles de cesantes, hambrientos y miserables que se mueren de hambre, frío y miseria, al proletariado en trabajo, a las masas trabajadoras del campo sometidas al yugo esclavista del inquilinaje y a todos los que viven de la venta de su fuerza de trabajo. Y lo decimos para que comprendan definitivamente que sólo una lucha feroz, organizada y dirigida por el Partido Comunista, puede triunfar de este régimen ignominioso de explotación inmisericorde de millones de trabajadores.

Aquí se pretende engañar al proletariado y al campesinado legislando y encubriendo, retardando y adormeciendo el movimiento liberador de las grandes masas explotadas. Aquí se pretende digo, hacer creer que hay posibilidad de alimento, de ropa, de techo y de trabajo, dentro del marco del capitalismo explotador, dentro de este sistema putrefacto, en descomposición y que quiere hundirse exterminando al máximo de proletarios, el máximo de campesinos, el máximo de pequeños productores: quiere en resumen, morir matando.

Los trescientos mil cesantes que llenan este país con sus clamores pidiendo pan, tienen que convencerse, tienen que de una vez por todas que de este sistema, del capitalismo, de la burguesía y oligarquía explotadoras, no pueden esperar sino balas y metralla; que su hambre se terminará en la masacres que se preparan hora a hora, día a día, en las clases explotadoras y dirigentes.

No podemos sino gritar aquí, en plena institución burguesa, el sentir, el derecho de las grandes masas del campo y la industria, a imponer sus reivindicaciones económicas y políticas; no podemos sino convertir a esta tribuna que ha sido creada para adormecer a los trabajadores, en una tribuna revolucionaria que sirva para impulsar la revolución proletaria que dará al traste con todo este régimen afianzado en la explotación feroz de millones de hombres, mujeres y niños.

Se ha convocado extraordinariamente al Parlamento para que estudie la Liquidación de la Cosach, en primer punto. Estamos convencidos, porque conocemos el régimen que combatimos que la liquidación de esa funesta compañía y a la cual dieron su entusiasta apoyo gran parte de los señores que dicen haber venido a defender los intereses de los trabajadores, no es sino el preámbulo de la constitución de una nueva Cosach con distinto nombre y a base del capital del imperialismo inglés o del imperialismo francés.

La miseria no se disminuirá un ápice porque pasemos de un dueño a otro o porque aquí se tomen medidas de socorro o de limosnas o porque se aprueben con el mismo voto entusiasta con que acordaron la Cosach y todas la iniquidades que se han cometido y se cometen a diario; medidas de emergencia para solucionar la cesantía, nada de eso disminuirá en nada la miseria y el hambre crónica de las masas trabajadoras y esto por la sencilla razón de que queda incólume el sistema, el régimen entero con todas sus posiciones intocadas, con sus inmensas reservas de artículos de primera necesidad acaparadas por unos cuantos privilegiados a quienes las leyes amparan y protegen y porque el poder político sigue en manos de los explotadores, en manos de la burguesía en estrecha alianza con la oligarquía, con la iglesia y con el imperialismo internacional.

Solamente la revolución proletaria triunfante, con la implantación de la Dictadura del Proletariado y con la destrucción hasta en sus raíces de toda explotación se podrá construir una sociedad en la que todos sean productores y en la que por tanto el que produce come, en reemplazo de esta sociedad en la que come hasta hartarse el que nunca ha trabajado pero que siempre ha explotado el trabajo de otros… (Risas)

El señor ZAPATA: Merecen a Sus Señorías las expresiones de este loco, tal vez porque de locos se ha tratado a los comunistas, a los únicos hombres del Partido Comunista que estuvieron en desacuerdo profundo con la creación de la Cosach, que fue aprobada por los diversos partidos políticos, que tienen representación en esta Cámara y que se manifestaron sumisos y serviles.

Pretenden Sus Señorías reírse de este modesto proletario que ha llegado a tener un asiento en la Cámara en legítima representación de los trabajadores, quienes lo eligieron por sus espontánea voluntad. Porque yo no he ido a emborrachar a los trabajadores para obtener su voto; yo no he ido a violentar la conciencia de los trabajadores para conquistar un sillón en esta Cámara; he llegado legítimamente a ocupar un asiento en esta Cámara en virtud de la majestad de la voluntad del pueblo.

Y cuando en este Parlamento se mistifica con leyes que se dicen van en beneficio de los trabajadores, yo levanto mi voz y hago estas declaraciones.

Ayer Sus Señorías dictaron una ley que rebaja el veinte por ciento del valor de los arriendos de las casas. Esta ley es una continuidad de una ley dictada por el Parlamento elegido por la Dictadura de Ibáñez y debo declarar que los beneficios de esta ley jamás los ha recibido el pueblo. De este modo se mistifica al pueblo y por lo tanto tengo razón en decir que con leyes se está mistificando a la opinión pública que ustedes dicen representar, cuando no son representantes del pueblo.
Orientaciones Políticas

Discurso pronunciado en la sesión del Senado el 24 de Febrero de 1933 por el senador trotskista

Manuel Hidalgo P.
El Señor GUTIÉRREZ (Presidente): En la hora de los incidentes, tiene la palabra el honorable señor Hidalgo.

El Señor HIDALGO: Durante el curso de lo que aquí se ha dado llamar el debate doctrinario, he sido aludido en varias ocasiones, y a veces en una forma que no corresponde con la verdad de los hechos; tal, por ejemplo, en el caso en que el honorable señor Gumucio, al referirse a los últimos incidentes ocurridos en el país, decía: “Y me propongo exclusivamente examinar la posición que toman los demócratas ante el asalto que, contra la República y la sociedad, están dando, en todo terreno, el comunismo ruso del Señor Lafferte, el comunismo criollo del señor Hidalgo, el napismo del señor Matte y todos los auxiliares del desquiciamiento general”. Señor Presidente: Yo creía que el honorable señor Gumucio, al hacer referencia al desquiciamiento general del país, quería aludir a la funesta organización de la entidad denominada la TEA, al concurso incondicional que prestó la prensa capitalista al primer asalto de los militares al poder público y al clamoroso aplauso que esa acción tributó el mismo honorable señor Gumucio en las páginas de “El Diario Ilustrado”. Sin embargo, Su Señoría, se refirió únicamente al comunismo criollo del Senador Hidalgo, al comunismo ruso del Señor Lafferte y, por último, al napismo.

En atención a que en más de una ocasión he sido aludido en ésta y en la otra cámara en una forma que no corresponde a la realidad, voy a rectificar los hechos diciendo algunas palabras sobre mi propia actuación, antes de entrar a la materia principal de mis observaciones.

Todos los honorables Senadores saben y, por lo menos, el país no lo ignora, que durante la férrea y brutal dictadura de Ibáñez el Senador comunista que habla mantuvo incólume sus principios, y que si alguien no supo ceder ante la insolencia brutal de este dictador, fue el que habla. Sin ningún propósito de vanagloria, puedo afirmar que este Senador comunista fue el único obstáculo que encontró en su camino ese dictador que dominó durante una época que constituirá una vergüenza en la historia de Chile. Sin embargo, se olvidan muy a menudo los hechos en nuestro país, para caer en nuevos errores, pasando enseguida a otros sucesos de que se culpa a otros dictadores que no tienen de tales sino el nombre.

Voy a hablar ahora a nombre del Partido Comunista.

Alguien ha aludido en la otra cámara a la representación que invisto. He creído necesario ocuparme de ello para terminar con lo malentendidos. Nunca he dejado de pertenecer y representar al Partido Comunista. En los tiempos de la represión ibañista, cuyos ribetes adornan el civilismo de hoy, fui la cabeza visible del Partido y conocí canallescas persecuciones y más de una deportación. Divididas hoy las filas del partido de clase del proletariado chileno, actúo y hablo a nombre de la fracción revolucionaria que cree en la extensión internacional de la lucha emancipadora, en la dictadura proletaria y en el ocaso del capitalismo. Y si supe mantener mis principios comunistas bajo la feroz dictadura militar, en que no se vio a ninguno de los gritones de hoy, con mayor razón los sabré mantener bajo la dictadura encubierta y constitucional que se avecina, pero en momentos en que la agonía del capitalismo nos señala claramente la ruta revolucionaria.

Ahora, como siempre, es a los trabajadores a quienes me dirijo, desde esta tribuna burguesa que un día barreremos junto con la burguesía. No porque un hecho sea doloroso podemos nosotros, los marxistas, desentendernos de él. Y el hecho es que las filas de la Internacional Comunista se han escindido en todo el mundo desde que en sus esferas oficiales se olvidó la revolución mundial por la defensa de la Unión Soviética. De un lado permanecieron los revolucionarios internacionalistas de siempre que, como Trotsky, no han temido seguir una lucha acendrada en la vida toda, contra la burguesía y todos sus adláteres. Del otro bando los estridentistas y gritones atentos más al lirismo revolucionario que a los intereses de las grandes masas obreras. De un lado, pues, están los partidarios del “socialismo en un solo país”, los que en todo el mundo han guiado a las masas de derrota en derrota, los que oponen a la dictadura del proletariado la fórmula ambigua, e indigerible de “gobierno de obreros, campesinos, soldados, marineros e indios…”; del otro los que llevaron a los trabajadores rusos a derrocar la autocracia zarista bajo la guía de Lenin y Trotsky, los que luchamos por la revolución internacional, por la dictadura del proletariado, contra el confusionismo que pretende entronizarse en las propias filas del comunismo.

En todo el mundo, las filas comunistas se han dividido. Ante cada partido oficial se ha puesto: la Izquierda Comunista, el Partido Comunista de Oposición. Y téngase en cuenta que en la Izquierda no están los que gritan más, sino los que luchan mejor. La posición del Partido Comunista (al) que represento ha sido idéntica a la de la oposición en todas partes, y en el Congreso de marzo adheriremos a ella. Si hay en el mundo una burocracia estaliniana que traiciona los principios de la Internacional Comunista, también hay auténticas fracciones bolcheviques que restituirán a la Internacional Comunista su efectividad revolucionaria.

(Aplausos- El presidente amenaza despejar tribunas y galerías si ellos se repiten)

Ahora que el mundo capitalista se debate en la crisis más honda e insubsanable, ahora que en Alemania sólo falta una dirección atinada que encienda la mecha revolucionaria, ahora que en China se va afianzando paso a paso la revolución proletaria, ahora que en la España convulsionada se presienten las claras demostraciones de la pronta emancipación obrera, ahora que en nuestro país son demasiado evidentes los estertores de la burguesía, lucharemos con más energía que nunca para barrer con la burguesía y con los comediantes de la revolución.

No he sido yo el primero en traer al Parlamento, a la faz de la burguesía, cuestiones de orden interno del Partido Comunista. Pero en estos momentos no es a la burguesía a la cual me dirijo, sino a los trabajadores que necesitan saberlo. Hemos decidido terminar con las contemplaciones que aún guardábamos al laffertismo. De ahora en adelante los excluiremos como lo que son, escoria revolucionaria, desperdicios del régimen capitalista en descomposición. Trotsky ha puesto una cátedra de intransigencia y en esa cátedra se generó la Revolución de Octubre. Algún día también en nuestra intransigencia se generará el Octubre chileno.

Exponiendo el honorable señor Matte los fundamentos que tuvo la revolución del 4 de Junio, que por lo demás, de tal no tuvo sino el nombre, decía ciertas palabras cuyo propósito yo no sabría como calificar, pues no se comprende si se quiere desfigurar el socialismo o escarnecerlo. Son las que siguen:

“Desgraciadamente, en el momento de la acción hubimos de marchar unidos a elementos que no tenían esos mismos propósitos y que, bajo fórmulas socialistas que jamás han entendido ni menos amado ocultaban su sed de mando y predominio. Fue necesario vencer nuestra porfiada resistencia; pero hicimos ese gran sacrificio en la convicción de que había llegado la hora de asestar un golpe”.

Y agregaba más adelante: “La Compañía que, muy a nuestro pesar, nos impusieron las circunstancias fue, desde el primer momento, serio obstáculo a nuestros propósitos, y nuestra acción constructiva se veía paralizada con desgraciada frecuencia por las iniciativas dictatoriales y reaccionarias que a cada paso se nos oponían”.

Yo me pregunto, si esta era la situación del honorable señor Matte dentro de la Junta Revolucionaria, si ésta era la composición de los que fueron al asalto de la Moneda, ¿cómo se explica, entonces, que los directores de la revolución se dirigieran al pueblo, a los obreros, diciéndoles que el movimiento se hacía a favor de la case asalariada?.

En efecto, más adelante agrega: “Así se procedió de inmediato a suspender los lanzamientos de los arrendatarios modestos morosos, considerando que la miseria general era la causante de la mora y que el lanzamiento agudizaba un mal social, sin mejorar tampoco la situación del proletariado”.

“Se destinó una suma prudencial a devolver a los trabajadores sus herramientas y prendas de vestir, en atención a que se trataba de un pequeño sacrificio que el Estado bien podía hacer para aliviar la desesperación de los necesitados”.

“Se domicilió en algunas casas desocupadas a cesantes en especial mujeres y niños, que paseaban su miseria y hasta su desnudez por las cales y plazas de día y de noche. La propiedad desempeñó así realmente una función social en momentos críticos para la Nación”.

Creo que este programa revolucionario socialista lo habría podido realizar el Partido Conservador que dice practicar el concepto de la caridad cristiana; pero llamar a esto socialismo por medios combativos es estar engañando de buena fe o no saber lo que se dice.

Cuando se produjo la toma del poder por el grupo revolucionario, el Partido Comunista, a quienes los revolucionarios quisieron halagar con este socialismo, propuso las consignas que debía propiciar la revolución para triunfar. Eran ideas radicales que descansaban en la doctrina pura y que no estaban sujetas a las influencias que más tarde hemos podido ver en los continuos asaltos al poder en que los unos han desplazado a los otros.

El Partido Comunista propuso las siguientes consignas para ir a la Moneda y afianzar la revolución obrera:

“La Junta Revolucionaria debe formar a los trabajadores reconociendo sus comités y entregándoles armas para formar la Guardia Revolucionaria”.

“La Junta Revolucionaria debe proceder de inmediato al desarme efectivo de las guardias blancas, cívicas y bomberos”.

“Formación de comités obreros y campesinos, de obreros de fábricas, minas, salitreras, transportes, etc. Y su reconocimiento para el control de la producción por los trabajadores y su reparto”.

“Entrega del control de las fuerzas a las clases, lo que se ejecutará por medio de asambleas de soldados y marineros”.

“Entrega de las municipalidades a los trabajadores y municipalización de las viviendas con el control de los cesantes sobre su alimentación y aprovisionamiento”. “Socialización de los medios de producción, expropiándolos sin indemnización y entrega de la tierra a quienes la trabajan”.

“Destrucción de la industria bancaria y creación del Banco del Estado”

Estas simples consignas, el solo armamento de las clases proletarias, su organización como elementos directivos de la producción hubieran afianzado y hecho posible el éxito de la revolución que se propiciaba. Pero, desgraciadamente los elementos que formaban esa Junta no eran capaces de realizar ese programa. ¡La pequeñoburguesía jamás podrá realizar la revolución social para derrocar el actual régimen de capitalismo y hacer imperar el socialismo!

Históricamente se demuestra que sólo el proletariado es capaz de realizar esta conquista revolucionaria; y lo hará encabezando él solo las fuerzas.

Esta es la causa del fracaso de la llamada revolución socialista, y no, como decía el honorable señor Matte, que parte de los elementos que formaban en el grupo revolucionario, en el momento decisivo, se pasaran al bando contrario, defeccionando lastimosamente.

La causa fue que los propios y genuinos elementos revolucionarios no tenían ningún concepto acerca de lo que es una auténtica revolución socialista. Esto fue lo que trajo el caos y el desastre de la revolución.

Así es que, sin temor a equivocarnos los elementos marxistas podemos decir que la revolución llamada socialista nació muerta; que fue un conato de asalto al poder como cualquier otro, pero que del socialismo no tenía ni la careta.

El honorable señor Lira Infante, al analizar el discurso en que el honorable señor Matte expusiera las ideas que respecto al programa de Gobierno tiene la Nueva Acción Pública y al referirse a la revolución que el señor Matte había encabezado, decía en un párrafo: “…en medio de estas opuestas actitudes cayó fulminada la Junta por obra de otro cuartelazo, bajo la aplastante acusación del General Moreno que la denunció como culpable de haber “conducido al país por los tortuosos caminos del comunismo”.

Me parece, señor Presidente, que nadie tiene derecho a traer el testimonio del General Moreno para inflingirle un insulto gratuito al comunismo al citar palabras de ese militar, de quien todos sabemos que en vísperas de traicionar a su compañero de armas, el señor Grove, iba a su casa a pedir misericordia para que lo mantuviera en su puesto de General.

La actitud del comunismo en esa ocasión, como siempre, fue absolutamente franca: no entramos en esa revolución llamada socialista porque repito no tenía de tal sino la careta.

Y agregaba Su Señoría, con una presencia de ánimo verdaderamente admirable, el siguiente párrafo, que es uno de los más descollantes de su discurso:

“La historia patria no había conocido jamás tamaño desconocimiento de la soberanía popular. Arrogándose una representación que nadie le había conferido y que sólo el electorado pudo otorgarle”.

Señor Presidente: la persona menos autorizada para hacer esta declaración es, precisamente , el honorable señor Lira, que recibió del tirano Ibáñez un mandato de Diputado, sin que previamente se hubiera consultado al electorado nacional; pues, como se sabe, en la Termas de Chillán, designó quiénes debían venir al Senado y a la Cámara de Diputados. Se sabe también que una de las causas principales de la caída del señor Montero, a quién Su Señoría defendió con tanto calor, fue creer que un Presidente constitucional no podía disolver un Congreso ilegalmente elegido.

El señor LIRA: ¿Me permite el honorable señor Hidalgo una interrupción, ya que tan directamente ha aludido a mi actuación política?

El señor HIDALGO: Con el mayor agrado, señor Senador.

El señor LIRA: Posiblemente cometí un error al ingresar al Congreso de 1930; pero tengo la satisfacción de recordarle a Su Señoría, que no ingresé a él para secundar en forma alguna la dictadura del General Ibáñez; al contrario, toda mi actuación dentro de la Cámara a que pertenecí fue de resistencia a sus actos arbitrarios y Su Señoría no puede olvidar que más de una vez nos encontramos luchando juntos, Su Señoría y el que habla, en la Comisión Mixta de presupuestos, en contra de abusos de ese gobierno (Aplausos).

Al hacer a Su Señoría esta aclaración lo he hecho con el propósito de que se establezca la verdad toda entera, no a medias.

Agradezco a Su Señoría la deferencia que ha gastado conmigo al permitirle hacerle esta interrupción.

El señor HIDALGO: Sólo he querido referirme al párrafo del discurso de Su Señoría que he leído, en que manifiesta que es imposible aceptar un mandato popular sin que ele electorado sea previamente consultado. Todos los demás argumentos del honorable senador, inteligentes como todos los de Su Señoría, no son sino atenuantes del delito cometido. (Aplausos).

Por otra parte, no es que crea en esto del mandato popular, porque, a mi juicio, nunca ha existido en nuestro país, ya que, como muy bien lo decía el honorable señor Matte en una sesión anterior, las consultas al electorado no constituyen sino una de las tantas comedias con que se burla la voluntad de los trabajadores para generarse el poder de la burguesía..

Entre las “interesantes” observaciones que formuló el honorable señor Cox, sobre la revolución encabezada por la NAP y su programa, Su Señoría dijo lo siguiente: “Régimen individualista había en Chile 35 o 40 años atrás, cuando el concepto de Estado era el de simple instrumento central del orden público: “Dejar hacer, dejar pasar” ¿Es acaso el lema político y social de nuestro país? ¿Es acaso el lema del Partido Conservador?.

El señor COX: Permítame decirle, señor Senador, que esa última frase no fue pronunciada por mí, estaba en el original de mi discurso pero la suprimí después. Tal vez no la borré completamente y por error fue impresa.

El señor HIDALGO: Yo tengo que aceptar lo que se publica en el Boletín de Sesiones. Por otra parte, señor Senador, tomo esto como un simple antecedente.

El señor COX: Repito que esa fue una frase que no la dije en la sala, de manera que no se puede tomar en cuenta ahora.

El señor HIDALGO: A continuación de lo que he citado viene lo siguiente, puesto en boca de Su Señoría: “¿No hay leyes sociales en Chile? ¿No hay jornada de ocho horas, de contrato de trabajo, ley de seguro obligatorio, leyes de jubilación, ley de empleados particulares, impuestos de cesantía, leyes de desahucio y todas las leyes que protegen el trabajo contra los abusos del individualismo? ¿Por qué se sigue llamando individualista a nuestro régimen?”. Yo digo, señor Presidente, que se sigue llamando individualista al régimen que impera en este país, porque en él se observa y está legalmente establecido el derecho de propiedad; porque los elementos de cambio y producción están en manos de unos pocos privilegiados; porque, como lo demostró ayer no más el honorable señor Azócar, sin que nadie pudiera contradecirle, la mayor parte de las tierras cultivables de Chile están en poder de un grupo reducido de personas; porque las famosas leyes enumeradas por el señor Senador no constituyen sino otras tantas burlas y paliativos para la clase obrera.

La jornada de ocho horas, ¿qué significado tiene para el trabajador? Que el obrero trabaja el tiempo que el patrón quiere, sin parar mientes en los mandatos de esa ley, como los vemos en los campos en que el obrero trabaja de sol a sol, en medio de una espantosa miseria. ¿Qué significa el contrato de trabajo? Solamente el imperio de la voluntad omnipotente del patrón. ¿Qué significa la ley de seguro obligatorio? ¡Más valdría no hablar de esto! Si hay estafas en Chile contra las clases trabajadoras, ésta es la más grande de todas.

La inmensa cantidad de millones que se extraen al escaso salario del obrero, recogidos en forma que constituye uno de los tantos abusos del régimen capitalista, mediante el sistema de seguro obrero, no tiene razón de ser, pues no habiendo una población mayor de ochocientos mil hombres que trabajan en condiciones de obreros en este país, aparecen más de dos millones de libretas de seguro. ¿Por qué es esto? Sencillamente, porque en cada oportunidad en que el trabajador va de un sitio a otro cambia de libreta y así, un mismo obrero puede tener varias, de manera que las cuentas que los obreros tienen en la caja de Seguro Obrero, no corresponden exactamente al número de trabajadores existentes en el país y los fondos correspondientes los pierden. De esa manera, la ilusión que tiene el infeliz obrero de alcanzar una jubilación, es otro de los tantos engaños cometidos en la ley.

De manera que las observaciones hechas por el señor Senador, en orden a que los obreros deben estar satisfechos con el sistema capitalista actual, no es sino otra forma de explotación que ellos tienen que sufrir.

Pero hay otra afirmación de Su Señoría que es de lo más interesante. Dice el señor Senador, respecto a las doctrinas sociales, hablando de Cristo. “Las doctrinas sociales de Él, que vino a levantar a los humildes, a redimir a los desamparados y a predicar la hermandad entre los hombres, las han robado y desfigurado las escuelas socialistas, substituyendo la fraternidad por el odio, borrando el nombre de Cristo del corazón de las masas, que exigen el beneficio de su doctrina, sin rendirle su gratitud”.

Por eso detestan la palabra caridad, la cual a pesar de sus protestas, seguirá siendo el gran vocablo en la vida de la sociedad humana”.

Me imagino que estas palabras son íntegramente del señor Senador y que no corresponden a los señores redactores de sesiones.

Decir que las doctrinas socialistas han robado y desfigurado las doctrinas de Cristo, me parece que fuera una frase de Diógenes, no de Diógenes Laercio, el autor de “Una vida de Sócrates”, sino del Diógenes del barril, a quien sus contemporáneos llamaron “cínico” en el concepto filosófico de la palabra; porque si alguien ha combatido en el hecho al ilustre agitador ebonita, es precisamente, es precisamente Su Señoría y los que comparten sus ideas. Cristo que perteneció a una secta de los ebonitas, enemigos del derecho de propiedad y que mantenían todo en común, ha expuesto claramente en sus discursos su doctrina respecto a los ricos. Así, en el sermón de la montaña dijo: “Es más fácil que pase el camello por el ojo de una aguja, que un rico se salve”. Como se ve, no era muy halagadora para los ricos esta sentencia. Y cuando se acerca el discípulo rico y le pregunta qué debe hacer para seguirlo, le contesta: “Abandona vuestras riquezas, porque es sabido que ellas son el fruto del trabajo de los pobres”.

Y como si esto fuera poco, encontramos en todos los padres de la iglesia, llamados apologéticos, los que estuvieron cerca de él, estas condenaciones rotundas y terminantes, sin atenuaciones, en contra de los ricos: San Basilio ha escrito que “El rico es un ladrón”; Se Jerónimo ha dicho “La opulencia es siempre producto de un robo cometido por el propietario actual o sus antepasados” (y esto es una evidencia incuestionable). Por su parte, San Amborosio ha manifestado: “La naturaleza ha establecido la comunidad y la propiedad privada la usurpación”; San Clemente, añade: “En buena justicia, todo debería pertenecer a todos y que la iniquidad ha hecho la propiedad privada”. Y, como si esto fuera poco, San Juan Crisóstomo, en fin, exclama: “¡El rico es un bandido! Sería mejor que todos los bienes fuesen comunes”. No me referiré al sermón de Bousset que se refiere a la dignidad de los pobres en la iglesia, porque esto no tiene importancia para el honorable Senado.

El señor AZÓCAR: Conste que estas frases no son de los izquierdistas.

El señor GUMUCIO: Son del señor Neut-Latour, que ha escrito el discurso que está pronunciando el señor Hidalgo.

El señor HIDALGO: ¡No admito insolencias al honorable señor Gumucio!

El señor GUMUCIO: ¡Tiene que admitirlas Su Señoría!

El señor HIDALGO: ¡Nunca las he soportado a nadie! Jamás he necsitado que otra persona me escriba los discursos; ni al señor Neut-Latour que, en todo caso, es mi compañero. ¡Si Su Señoría necesita buscar inspiración en el Arzobispo para hablar, yo no la necesito!

Decía que desde hace trescientos años ha sido una preocupación constante de los que siguen la doctrina del cristianismo falsear el derecho de propiedad, y la iglesia católica ha elevado este derecho dándole carácter divino; pero es curioso observar que, mientras el catolicismo acepta el derecho divino para la propiedad y el capitalismo, la iglesia rusa lo castiga y lo declara pecado mortal.

En consecuencia, se puede colegir de los antecedentes que he leído que no es la escuela socialista, ni menos Marx, los que hayan podido en manera alguna falsear las doctrinas de Cristo. Lo que en realidad hay es que entre el predicador ebonita y el socialista alemán existe de común el concepto radical de negar el derecho de propiedad.

Entraré ahora a considerar desde el punto de vista de mis ideas qué es régimen capitalista.

Se ha hablado, y se sostiene que dentro del régimen capitalista se goza de las mayores garantías, de las más amplias libertades, y una serie de cantinelas con que se halaga al proletariado, pero en verdad, la primera característica del régimen capitalista es la esclavitud económica a que está sometida la inmensa cantidad de proletarios que se encuentran sometidos a la brutal ley del asalariado. El régimen capitalista somete a las multitudes obreras a la esclavitud moderna de los salarios.

Frente a este sistema de organización económica, Marx decía “La única libertad posible que hay para el hombre es la económica, todas las demás son subsidiarias o consecuenciales de ésta”.

En realidad, esto es lo que ocurre. ¿Qué sucede entre nosotros con las famosas leyes? El régimen capitalista establece la igualdad ante la ley. ¿Qué es esta famosa igualdad para los trabajadores establecida en la portada de la constitución Política? Un simple engaño. Aquí no existe igualdad política ni civil para los proletarios; sólo hay esclavitud para los obreros, servidumbre incondicional al régimen capitalista por un miserable salario.

Se establece la libertad de prensa y esto significa para los obreros únicamente la persecución cuando delatan o señalan las corrupciones que existen y los latrocinios realizados por la clase capitalista, se procede a señalarlos como subversivos, mientras que la llamada “gran prensa” puesta al servicio de los consorcios extranjeros al servicio del capitalismo imperialista mundial, al que naturalmente está subordinado nuestro país, pues el régimen capitalista cuenta con toda clase de garantías, ya que es una organización hecha para defender las finalidades para las cuales ha sido creada.

La libertad de reunión, se dice, está garantizada plenamente por la Constitución, una de cuyas disposiciones dice que las personas pueden reunirse sin aviso previo y sin armas. Pues bien ¿Qué es lo que ocurre hoy día en este orden de cosas? Cada vez que las clases trabajadoras quieren celebrar una reunión pública tienen que pedir permiso a la respectiva autoridad administrativa, y esta puede darles este permiso o negárselo y generalmente es esto último lo que ocurre. En esto consiste el famoso derecho de reunión, que es otra de las ilusiones consagradas como principios constitucionales.

La libertad de palabra, se dice también, es otra de las libertades de que goza el pueblo chileno. Esta es otra de las fantasías musicales que consultan las disposiciones constitucionales de Chile. Desde el momento en que se prohíben las reuniones, desde el momento en que los obreros no son dueños de reunirse libremente ni aún dentro de sus propios locales sociales, la libertad de palabra no pasa de ser una de las tantas falacias que se encuentran en la Carta Fundamental y cuyo ejercicio acarrea la acción violenta del estado capitalista.

Llegamos a la otra libertad garantida por la Constitución política: la libertad electoral. Con esta libertad se engaña también a los trabajadores, proclamando el triunfo de las ideas de democracia en el país. Entretanto, ¿qué es la libertad electoral? Sencillamente una mascarada aún careciendo las mujeres de derecho a voto. Nadie ignora que no es raro oír en el campo, donde los electores son simples instrumentos de la voluntad de sus patrones, que el candidato tal cuenta con los votos de los inquilinos de don Fulano o don Zutano. Para quien quiera que tenga sentido común ¿puede constituir el sistema electoral vigente en Chile una manifestación efectiva de libertad electoral?.

El derecho de sufragio libre es sólo un privilegio de las clases capitalistas, que lo tienen a su servicio para asegurar la supervivencia del régimen actual. La libertad electoral es una ficción que da apariencias de legalidad a los que obtienen un puesto en la representación nacional. ¿podrá el régimen capitalista decir a los trabajadores este es un régimen democrático? Podrá decirlo, pero ese será otro engaño más para los asalariados, que nunca creerán en la llamada democracia burguesa.

Esta es la realidad de las cosas. Los capitalistas tienen fundos, tienen fábricas, tienen dinero y tienen a su disposición los tribunales de justicia y por satisfacer un capricho no vacilan en obligar a sus empleados a votar por el candidato de sus afecciones.

En consecuencia, la base sobre la descansa la generación de los poderes públicos no la constituye un derecho libremente ejercido por los trabajadores, sino que esa generación se encuentra subordinada a la voluntad de los patrones, de los capitalistas. Y por esto la generación de los poderes públicos mediante el derecho electoral es, como decía un honorable senador, una ficción, una mentira, con que se engaña a las masas.

Así se explica que, siendo los obreros la inmensa mayoría de la población electoral, sólo llegue al Congreso un reducido número de genuinos representantes de ellos. Esto se debe a que las elecciones no corresponden sino a una determinante del régimen capitalista, cuyos dirigentes se hacen elegir por las fuerzas electorales de que disponen en sus fundos, fábricas, etc. Hay, pues, que llegar a la conclusión de que por medio de la elección según el sistema democrático, la clase trabajadora no llegará jamás a conquistar su independencia económica, la que sólo alcanzará por medio de una revolución estableciendo la dictadura del proletariado.

Se dice que la lucha de clases no debiera existir en este país, que esto constituye una monstruosidad y que es inexplicable que la acepten y propicien los elementos obreros. Si examinamos la historia de este país, que por cierto no es muy larga, que no ofrece muchos vericuetos, como que no se remonta sino a 300 o 400 años, podemos llegar a conclusiones ciertas en esta materia. Así, por ejemplo, tratándose del derecho de propiedad, ¿cuál es la primera institución de derecho público que se conoce en este país? Está representada por el régimen de encomienda, es decir por el robo y el engaño. Al llegar a Chile los conquistadores españoles, se repartieron entre ellos las tierras, confiando a cada dueño de encomienda la misión trascendental y casi sobrehumana de enseñar a los indios la doctrina cristiana, mientras se le sometía a la más inicua esclavitud y se le explotaba brutalmente. Esta es la génesis del derecho de propiedad en este país: el asalto y sometimiento del débil por el fuerte mediante la violencia y el engaño y haciendo creer a los indígenas que debían desentenderse de los negocios de este mundo y resignarse a su triste situación mediante la esperanza de una dicha ultraterrena. Pero los que eso enseñaban al indígena no se preocupaban sino de acrecentar sus encomiendas y de disfrutar de los goces de la vida.

Y vemos que el régimen de encomienda existe todavía en Chile. Mientras los partidos burgueses se reparten las prebendas de la administración pública, al proletariado se le adoctrina en la civilidad, la constitucionalidad y otras engañifas y se le predica que se conforme a morirse de hambre y de miseria.

Este sistema continuó en el curso de la vida de la República, sin variación alguna; por el contrario, después de la batalla de Chacabuco, con motivo de la enorme hambruna que azotaba el país se había extendido el robo en forma desmedida. Para poner coto a este estado de cosas, dicen los historiadores, se reunió el Senado consulto y adoptó una resolución se castigaba el robo con penas corporales, y al efecto, se dispuso que al que se sorprendiera en delito in fraganti de robo, se le aplicaran cien azotes, pero si era una persona decente debía aplicársele ese castigo en privado. Se establecía así un privilegio a favor de la clase dominante, mientras que a los infelices se les azotaba en la plaza pública.

Si seguimos examinando las diversas Constituciones que ha tenido este país y llegamos a la del 33, veremos que Huneeus dice en sus Comentarios que dicha Constitución, no sólo negó a las clases humildes uno de sus más elementales derechos, sino que también las afrentó privando a los sirvientes domésticos del derecho a voto. Y esto lo hicieron los fundadores de la República cuando estaban más entusiasmados con los sentimientos de fraternidad que nacieron en ellos durante las luchas por la independencia política que acababan de librar. Pero es que para ello primaban por sobre todo, los intereses de clase y sabían defender el concepto clasista en todas las circunstancias de la vida.

Vino después el Código Civil -y al ocuparme de este punto se dirá que el compañero Neut-Latour me ha dado también a conocer estos antecedentes- que establecía que, en los casos de juicios entre sirvientes domésticos y patrones, constituía plena prueba la declaración del patrón. No es raro entonces, habiéndose consagrado en la Constitución y en las leyes civiles este original sistema de igualdad ante la ley que los conservadores se atrevan a decir que no es posible hablar de lucha de clases de este país…

Así como los revolucionarios del 4 de Agosto no estrangularon a la nobleza de Francia para darle a ese país una organización igual a la hasta entonces existía, sino para crear un estado que estuviera de acuerdo con las finalidades que perseguía la burguesía francesa, así también en los tiempos actuales la clase obrera, para solucionar el problema social y económico en que se debate no podrá menos que estrangular por su parte el régimen capitalista actual, a fin de darle a la sociedad una organización justa.

Porque ¿qué ha significado en realidad para los trabajadores el advenimiento de la República? Nada, puesto que aún sigue prevaleciendo el mismo régimen de esclavitud anterior a ese régimen. En los campos los trabajadores no tienen hoy una situación mejor que la que tenía la gleba en la Edad Media. En las faenas agrícolas, no sólo se pagan salarios miserables, sino que aún se paga en especie, cosa que está estrictamente prohibida en la ley, que jamás se ha cumplido en este país. ¿Por qué? Porque los campesinos son rotos, mientras sus dominadores son poderosos terratenientes.

No se nos venga entonces a hablar de igualdad ante la ley, no se nos venga a decir que vivimos en un paraíso y que sólo circunstancias desgraciadas han producido esta desigualdad horrible en que vivimos.

Frente a este problema de la desigualdad económica, aparece el régimen capitalista agudizándolo con proyecciones siniestras mediante el maquinismo. No es que los comunistas estemos contra el progreso y queramos que las máquinas desaparezcan, sino que queremos que las máquinas y los elementos de producción vuelvan a manos de la sociedad, pues se comprende que nadie podría pretender que se volviera al primitivo sistema de producción muscular.

El maquinismo es un problema grave y sin solución propia dentro del régimen capitalista y la clase obrera, empujada por la fuerza de los acontecimientos lo va a llevar a su total solución, poniendo la máquina al servicio de la sociedad. El maquinismo es el que ha creado la desocupación de setenta millones de hombres en el mundo capitalista. La lucha por la conquista de mercados se ha agudizado de tal manera que los industriales se ven en la necesidad de producir rápida, extensa y profusamente para desplazar a los demás concurrentes. El maquinismo, perfeccionado hasta lo infinito, mediante el taylorismo y la racionalización que hoy domina la industria, va creando un problema que no tendrá solución mientras persista el régimen de la máquina en poder de unos cuantos. El maquinismo ha creado en la clase obrera de muchos países y especialmente en Estados Unidos, por obra de la extrema subdivisión capitalista del trabajo que predomina en ese país, un grave mal que esta ya alarmando a los hombres de ciencia norteamericanos: me refiero a la neurastenia y la locura que son un resultante del sistema actual de producción, porque un hombre que pasa las ocho horas de la jornada de trabajo dedicado exclusivamente a una misma labor, está muy propenso a volverse loco.

En efecto, es fácil imaginarse el cansancio que producirá a un obrero el hecho de estar ocho horas diarias entregado a un solo trabajo, como por ejemplo el de colocar una etiqueta o un tornillo en la máquina que se está fabricando, lo que viene a ser algo así como obligarlo a mirar una cinta que pasa ante sus ojos, sin poder distraerse un solo instante.

Además el perfeccionamiento de la máquina ha llegado a tal grado de progreso que por mucho que se reduzca su empleo, no se logrará proporcionar trabajo a la inmensa multitud de desocupados que pasan años sin conseguir trabajo. La paralización de la industria salitrera, por ejemplo, ha dejado sin elemento de vida de ninguna especie a más de cien mil hombres que vagan a lo largo del territorio de la República, y si las oficinas vuelven a funcionar con el sistema Schanks, esos hombres obtendrán la colocación que necesitan, pero eso no sucederá porque la garra del imperialismo no va a simplificar la industria para dar de comer a los obreros cesantes chilenos, pues se comprende que no se ha interesado por la industria para hacer obras de misericordia y caridad, sino únicamente porque le interesan las utilidades que en ella puede obtener.

Así, hemos podido observar, que después de la guerra europea se estuvo por parte del régimen capitalista que para salir de esta situación de desequilibrio, producida por esta catástrofe que ha precipitado al mundo a su descomposición, era indispensable producir más, incrementar la producción, con lo que el mundo iba a salvarse y a restañarse las heridas causadas por aquel conflicto. Entretanto, terminada la guerra, se renovaba con igual violencia que antes la lucha por la conquista de mercado y las fábricas se han confederado e incrementado su producción de tal manera que la producción excede al consumo y se produce así la paradoja siniestra de que el mundo capitalista se muere de hambre por exceso de producción. ¿Cómo concebir o explicarse que mientras los almacenes están pletóricos de mercaderías y el trigo se quema o arroja a los canales, las multitudes de hambrientos deliran por un mendrugo de pan y el mundo capitalista fallezca de inanición? No es que esto obedezca a una razón de mayor o menor producción, sino a que el régimen capitalista debe inevitablemente desaparecer, como único medio de poder salvar a la humanidad del desastre que se avecina. Cuando se produjo exceso de producción, se alegó otro argumento para satisfacer a las multitudes hambrientas: se les dijo que la situación en que se encontraban no se debía a un exceso de producción, sino porque no había oro y que los países ricos viven porque poseen grandes existencias de este metal. Sin embargo, como ningún país escapa a la ley del progreso, luego apareció el mismo fenómeno en los Estados Unidos y después en Francia.

Estados Unidos, que tiene empozadas las cuatro quintas partes del oro del mundo, que ha desplazado a Inglaterra como potencia financiera, puesto que el centro económico del mundo ha pasado de Londres a Nueva Cork, a pesar de poseer la inmensa cantidad de oro que tiene, cuenta con doce millones de hambrientos. Y así hemos podido ver que ese país, que pagaba a los obreros jornales que no alcanzaban los obreros en otros países capitalistas, hoy día no paga al trabajador otro jornal diario que un pedazo de pan y esto cuando el obrero obtiene trabajo.

La verdad es que no es un problema de falta de producción el que ha creado ese estado de cosas en el país que posee la moneda más cara del orbe y que tiene las cuattro quintas partes del oro del mundo, así como es cierto también que no es un problema de mayor o menor existencia de oro, sino que es un problema propio del régimen capitalista, régimen que ha hecho crisis porque correspondió a otra época de la historia y porque es absolutamente imposible desentenderse de él y resolverlo a pesar de los enormes esfuerzos hechos en las convenciones y conferencias que han celebrado los banqueros, los alquimistas de las finanzas, los genios que andan buscando la piedra filosofal para tratar de salvar con ella al régimen capitalista. Sin embargo, las realidades son escuetas y no permiten dudar que ante esta situación, todo el mundo capitalista se descompone, y así podemos afirmar que sólo se está luchando, desesperadamente por el predominio para monopolizar la explotación del mundo. Y frente a ese consorcio del capitalismo, aparece en primer término la miseria y el sufrimiento de los países semi-coloniales como Chile, entregando todas sus fuentes de riqueza a aquellos consorcios de capitalistas que lo explotan para aprovecharse de los elementos que no encuentran ya en sus territorios. El imperialismo es la última fase del capitalismo, así lo dijo Lenin; también lo dijo Spengler, que, por supuesto, no es comunista, con estas palabras: “El imperialismo es la última forma que alcanza una cultura y su civilización”.

Y ya que hablo de estas descomposiciones que se observan en este régimen decidida decadencia, quiero referirme, de paso, a una declaración que hizo el honorable señor Álamos en esta Cámara al hablar, en días pasados, sobre el último complot que se dice ha sido descubierto en Santiago en el cual estarían comprometidos los napistas, los provistas y los comunistas, y agrega el honorable senador que estos cuartelazos no obedecen al desenfrenado apetito de repartirse las prebendas del estado.

Y yo me pregunto ¿acaso estos cuartelazos son únicamente producto de esta voracidad? No, son también producto de los llamados gobiernos constitucionales. El señor senador no podrá olvidar que durante el gobierno de Montero, que era entonces presidente constitucional de Chile, cuya presencia en el poder garantizaba el cumplimiento de todas las leyes y el ejercicio de todos los derechos, -a pesar de los asesinatos inicuos que entonces se cometieron en contra de la clase obrera y que hasta hoy permanecen sin sanción- los apetitos de esta naturaleza eran tan desenfrenados como lo han sido durante los regímenes de dictadura, cualesquiera que ellos sean. Esto lo sabe el señor Senador, que denunciaba a los comunistas como complotados para derrocar gobiernos, mucho mejor que el que habla y sabe hasta qué punto lograron satisfacer estos apetitos en tiempos de Montero.

Constantemente se nos acusa a los comunistas como responsables de los asaltos al poder ocurridos en este país, yo puedo afirmar que no hemos tenido parte en uno solo de los descalabros que ha sufrido el régimen capitalista porque si alguna vez la hubiéramos tenido, ese régimen estaría definitivamente liquidado. Nosotros no tenemos el propósito de detentar el poder por el poder, sino de tomarlo en nombre de la clase obrera, para transformar por completo el régimen en que vivimos, es decir, para implantar el socialismo, sin desfiguraciones ni cobardías.

Decir que el comunismo ha producido trastornos en nuestro país, es atropellar la verdad histórica. En Chile, sobre todo en los últimos tiempos, los trastornos que han ocurrido no se los debemos sino a la propia clase capitalista, que ha organizado estos sucesivos asaltos al poder.

¿No se formó hace años por algunos famosos civilistas una organización denominada “Tea”, cuyos miembros iban a las propias filas del ejército para buscar elementos para derrocar al señor Alessandri? ¡Sí, señor Presidente! Y la prensa de este país, “El Diario Ilustrado” inclusive, proclamó como salvadores de Chile a los que lograron derribar al gobierno de Alessandri. ¿Fue o no fue la clase capitalista, pregunto yo, la que con este fin se dedicó a buscar prosélitos en los cuarteles del ejército?

Y no sólo esto. En las campañas electorales de este país, llegó a hacerse cuestión política a cerca de la persona que debía desempeñar el Ministerio de Guerra a fin de poder contar con el Ejército para ganar las elecciones. Y recuerdo que en una ocasión, en el año 1920 fueron las mismas clases capitalistas las que llegaron hasta fraguar una supuesta guerra con Perú para poder de esta manera movilizar las tropas del Ejército hacia la frontera con aquel país a fin de impedir que hubiera elecciones presidenciales y el señor Alessandri no llegara a asumir la Presidencia de la República.

Se ha llegado a emplear el Ejército contra las clases trabajadoras cuando protestaban de la explotación inicua que sufrían de parte de los industriales salitreros. Cuando los obreros se declaraban en huelga para conseguir que se les mejoraran los salarios y las clases capitalistas no tuvieron empacho ni reparo al poner el Ejército, que ellas mismas declaraban que representaban el honor de la República, al servicio de los capitalistas salitreros a fin de romper las huelgas.

Si continuáramos examinando quiénes fueron los que empujaron por segunda vez al Ejército en contra del presidente Alessandri, veremos que no fueron las clases trabajadoras los que tal hicieron. Tampoco fueron miembros de las clases trabajadoras los que redactaron las insolentes cartas en las cuales el coronel Ibáñez invitaba al señor Alessandri a retirarse de la Moneda, a fin de asumir él la Presidencia de la República. No fueron tampoco las clases trabajadoras las que lanzaron la candidatura del mismo coronel Ibáñez para Presidente de la República ni las que decían a quién quería aírloque él era el único que podía salvar al país.

¿No se recuerda acaso que Ibáñez invitó a todos los partidos políticos a proclamar su candidatura a la Presidencia de la República, y que fue el Partido Comunista el único que rechazó todo consorcio con el coronel Ibáñez? ¿Y se olvida acaso que el dictador encontró su mejor aliado para el logro de su ambición de llegar a la Moneda en las propias clases capitalistas?

Ibáñez hizo todo lo que pudo por aplastar por medio del Ejército las aspiraciones de las clases trabajadoras, por extirpar el comunismo y acabar con las huelgas, haciéndose parecer a sí mismo como salvador de Chile. Parecía creer que un tiranuelo puede ser capaz de destruir una idea.

Cuando el Ejército creyó que podía a él actuar por sí mismo, en lugar de ser dirigido por los sectores de la burguesía, ésta se apresuró a decirle: No, hasta aquí no más marcharemos unidos, ahora lo disolveremos o crearemos una nueva organización armada para defendernos. Y así, hemos visto que fuera de toda legalidad, se ha organizado una fuerza armada como Guardia Blanca, cuyo sólo espectro significa futuras masacres de las grandes masas proletarias.

Yo me pregunto: si se reunieran cuatro o cinco obreros y se armaran para defenderse de las asechanzas que a diario sufren ¿no se apresuraría la clase capitalista a decir que se había establecido el Soviet en el país, que se había instaurado la dictadura del proletariado, por el sólo hecho de haberse encontrado a unos cuantos hombres armados con algunas pistolas sin mango, se diría que esa actitud tenía todos los caracteres de un motín contra la República?

Así, hemos podido ver hace poco que se redujo a prisión a un grupo de infelices por el supuesto delito de querer complotar contra el régimen establecido. Si en este país hubiera justicia social y se respetara a los humildes habría que poner inmediatamente en libertad a esa pobre gente por la sencilla razón de que esos proletarios disfrazados de militares no tienen la culpa de que se les haya enseñado que la disciplina militar es un mito, que el asalto al poder es perdonado solamente cuando se tiene éxito. Yo estoy cierto que si mañana un grupo cualquiera de asaltantes del poder triunfa en sus pretensiones, por ese solo hecho queda sin sanción de ninguna especia. Ya lo hemos visto en todos los casos de esta naturaleza que han ocurrido en el país. Desde luego tal sucedió en la insurrección de la marinería. ¿Quiénes fueron condenados a presidio por aquella sublevación? Los infelices marineros y suboficiales que tomaron parte en aquel acto. Y la verdad es que no puede pasar otra cosa dentro del régimen capitalista.

¿Quiénes eran los culpables del amotinamiento de la marinería? ¿Eran acaso los marineros, los suboficiales? No, por cierto, era la oficialidad que no deseaba que se rebajaran los sueldo. Y para demostración palpable de la irritante injusticia con que se procede en estas materias en el régimen en que vivimos, los mismos complotados, los que empujaron a la marinería a la sublevación, hicieron después las veces de jueces y de verdugos de ellos mismos.

¡Esto es lo que se llama igualdad en el lenguaje y en los hechos del capitalismo!

El señor GUTIÉRREZ (Presidente): Habiendo llegado la hora, se suspende la sesión. (Se suspendió la sesión)

Trotsky: El proletariado y los campesinos

// Capítulo III de la Historia de la Revolución Rusa//

El proletariado ruso había de dar sus primeros pasos bajo las condiciones políticas de un Estado despótico. Las huelgas ilegales, las organizaciones subterráneas, las proclamas clandestinas, las manifestaciones en las calles, los choques con la policía y las tropas del ejército: tal fue su escuela, fruto del cruce de las condiciones del capitalismo que se desarrollaban rápidamente y el absolutismo que iba evacuando poco a poco sus posiciones. El apelotonamiento de los obreros en fábricas gigantescas, el carácter concentrado del yugo del Estado y, finalmente, el ardor combativo de un proletariado joven y lozano, hicieron que las huelgas políticas, tan raras en Occidente, se convirtiesen allí en un método fundamental de lucha. Las cifras relativas a las huelgas planteadas en Rusia desde primeros de siglo actual son el índice más elocuente que acusa la historia política de aquel país. Y aun siendo nuestro propósito no recargar el texto de este libro con cifras, no podemos renunciar a reproducir las que se refieren a las huelgas políticas desatadas en el período que va de 1903 a 1917. Nuestros datos, reducidos a su más simple expresión, se contraen a las empresas sometidas a la inspección de fábricas. Dejamos a un lado los ferrocarriles, la industria minera, el artesano y las pequeñas empresas en general, y, mucho más naturalmente, la agricultura, por diversas razones en que no hay para qué entrar. Con esto no pierden el menor relieve los cambios que acusa la curva de huelgas durante ese período.

Huelgas políticas

Años Número de huelguistas
1903 87.000 (1)
1904 25.000 (1)
1905 1.843.000
1906 651.000
1907 540.000
1908 93.000
1909 8.000
1910 4.000
1911 8.000
1912 550.000
1913 502.000
1914 (primera mitad) 1.059.000
1915 156.000
1916 310.000
1917 (enero-febrero) 575.000
Nos hallamos ante la curva, única en su género, de la temperatura política de un país que albergue en sus entrañas una gran revolución. En un país rezagado y con un proletariado reducido -el censo de obreros de las empresas sometidas a la inspección fabril pasa de millón y medio de obreros en 1905, y unos dos millones en 1917- nos encontramos con un movimiento huelguístico que alcanza proporciones desconocidas hasta entonces en ningún otro país del mundo. Frente a la debilidad de la democracia pequeñoburguesa y a la atomización y ceguera política del movimiento campesino, la huelga obrera revolucionaria es el ariete que la nación, en el momento de su despertar, descarga contra las murallas del absolutismo. Nos bastaría fijarnos en la cifra de 1.843.000 huelguistas políticos de 1905 -claro está que los obreros que tomaron parte en más de una huelga figuran en esta estadística por diferentes conceptos- para poner el dedo a ciegas en el año de la revolución, aunque no tuviéramos más dato que éste sobre el calendario político de Rusia.

En 1904, primer año de la guerra ruso-japonesa, la inspección de fábricas no señalaba más que 25.000 huelguistas en todo el país. En 1905, el número de obreros que toman parte en las huelgas políticas y económicas en conjunto asciende a 2.863.000, ciento quince veces más que en el año anterior. Este salto sorprendente induce por sí mismo a pensar que el proletariado, a quien la marcha de los acontecimientos obligó a improvisar una actividad revolucionaria tan inaudita, tenía que sacar a toda costa de su seno una organización que respondiera a las proporciones de la lucha y a la grandiosidad de los fines perseguidos: esta organización fueron los soviets, creados por la primera revolución y que no tardaron en convertirse en órganos de la huelga general y de la lucha por el poder, tardaron en convertirse en órganos de la huelga general y de la lucha por el poder.

Derrotado en el alzamiento de diciembre de 1905, el proletariado pasa dos años -años que, si bien viven todavía el impulso revolucionario como la estadística de huelgas revela, son ya, a pesar de todo, años de reflujo- haciendo esfuerzos heroicos por mantener una parte, al menos, de las posiciones conquistadas. Los cuatro años que siguen (1908-1911) se reflejan en el espejo de la estadística e huelgas como años de contrarrevolución triunfante. Coincidiendo con ésta, la crisis industrial viene a desgastar todavía más el proletariado, exangüe ya de suyo. La hondura de la caída es proporcional a la altura que había alcanzado el movimiento ascensional. Las convulsiones de la nación tienen su reflejo en estas cifras.

El período de prosperidad industrial que se inicia en el año 1910 pone otra vez en pie a los obreros e imprime nuevo impulso a sus energías. Las cifras de 1913-1914 repiten casi los datos de 1905-1907, sólo que en un orden inverso: ahora, el movimiento no tiende a remitir, sino que va en ascenso. Comienza la nueva ofensiva revolucionaria sobre bases históricas más altas: esta vez, el número de obreros es mayor, y mayor también su experiencia. Los seis primeros meses de 1914 pueden equipararse casi, por el número de huelguistas políticos, al año de apogeo de la primera revolución. Pero se desencadena la guerra y trunca bruscamente este proceso. Los primeros meses de la guerra se caracterizan por la inactividad política de la clase obrera. Pero el estancamiento empieza ya a ceder en la primavera de 1915, y se abre un nuevo ciclo de huelgas políticas que, en febrero de 1917, produce la explosión del alzamiento de los obreros y los soldados.

Estos flujos y reflujos bruscos de la lucha de masas hacen que el proletariado ruso parezca cambiar de filosofía en el transcurso de unos cuantos años. Fábricas que dos o tres años antes se lanzaban unánimemente a la huelga con motivo de cualquier acto de arbitrariedad policíaca pierden de pronto su empuje revolucionario y dejan sin respuesta los crímenes más monstruosos del poder. Las grandes derrotas producen un abatimiento prolongado. Los militantes revolucionarios pierden autoridad sobre las masas. En la conciencia de éstas vuelven a aflorar los viejos prejuicios y las supersticiones aún no esfumadas. Al mismo tiempo, la penetración de los elementos grises procedentes del campo en las filas obreras hacen que se destiña -por decirlo así- el carácter de clase de ésta. Los escépticos menean irónicamente la cabeza. Tal fue lo que aconteció en los años 1907 a 1911. Pero los procesos moleculares se encargan de curar en las masas las lesiones síquicas. Un nuevo giro de los acontecimientos o un impulso económico subterráneo abre un nuevo ciclo político. Los elementos revolucionarios vuelven a encontrar quien les preste oídos, y la lucha se enciende de nuevo y con mayores bríos.

Para comprender las dos tendencias principales en que se escinde la clase obrera rusa, conviene no olvidar que el menchevismo cobra su forma definida durante los años de reacción y reflujo, apoyado principalmente en el reducido sector de obreros que habían roto con la revolución, mientras que el bolchevismo, sañudamente perseguido durante el período de la reacción, resurge enseguida sobre la espuma de la nueva oleada revolucionaria en los años que preceden inmediatamente a la guerra. «Los elementos, las organizaciones y los hombres que rodean a Lenin son los más enérgicos, los más audaces y los más capacitados para la lucha sin desmayo, la resistencia y la organización permanentes»; así juzgaba el Departamento de policía la labor de los bolcheviques durante los años que preceden a la guerra.

En julio de 1914, cuando los diplomáticos clavaban los últimos clavos en la cruz destinada a la crucifixión de Europa, Petrogrado hervía como una caldera revolucionaria. El presidente de la República francesa, Poincaré, depositó su corona sobre la tumba de Alejandro III en el mismo momento en que resonaban en las calles los últimos ecos de la lucha y los primeros gritos de las manifestaciones patrióticas.

¿Cabe pensar que, al no haberse declarado la guerra, el movimiento ofensivo de las masas que venía creciendo desde 1912 a 1914 hubiera determinado directamente el derrocamiento del zarismo? No podemos contestar de un modo categórico a esta pregunta. No hay duda que el proceso conducía inexorablemente a la revolución. Pero ¿por qué etapas hubiera tenido ésta que pasar? ¿No le estaría reservada una nueva derrota? ¿Qué tiempo hubieran necesitado los obreros para poner en pie a los campesinos y adueñarse del ejército? No puede decirse. En estas cosas, no cabe más que la hipótesis. Lo cierto es que la guerra marcó en un principio un paso atrás, para luego, en la fase siguiente, acelerar el proceso y asegurarle una victoria aplastante.

El movimiento revolucionario se paralizó al primer redoble de los tambores guerreros. Los elementos obreros más activos fueron movilizados. Los militantes revolucionarios fueron trasladados de las fábricas al frente. Toda declaración de huelga era severamente castigada. La prensa obrera fue suprimida; los sindicatos estrangulados. En las fábricas entraron cientos de miles de mujeres, de jóvenes, de campesinos. Políticamente, la guerra, unida a la bancarrota de la Internacional, desorientó extraordinariamente a las masas y permitió a la dirección de las fábricas, que había levantado cabeza, hablar patrióticamente en nombre de la industria, arrastrando consigo a una parte considerable de los obreros y obligando a los más audaces y decididos a adoptar una actitud expectante. La idea revolucionaria había ido a refugiarse en grupos pequeños y silenciosos. En las fábricas, nadie se atrevía a llamarse bolchevique, sí no quería verse al punto detenido e incluso apaleado por los obreros más retrógrados.

En el momento de estallar la guerra, la fracción bolchevique de la Duma, foja por las personas que la componían, no estuvo a la altura de las circunstancias. Se juntó a los diputados mencheviques para formular una declaración en la que se comprometía a «defender los bienes culturales del pueblo contra todo atentado, viniera de donde viniese». La Duma subrayó con aplausos aquella capitulación. No hubo entre todas las organizaciones y grupos del partido que actuaban en Rusia ni uno solo que abrazase la posición claramente derrotista que Lenin mantenía desde el extranjero. Sin embargo, entre los bolcheviques, el número de patriotas era insignificante: muy al contrario de lo que hicieron los narodniki y mencheviques, los bolcheviques empezaron ya en el año 1914 a agitar entre las masas de palabra y por escrito contra la guerra. Los diputados de la Duma se rehicieron pronto de su desconcierto y reanudaron la labor revolucionaria, de la cual se hallaba perfectamente informado el gobierno, gracias a su red extensísima de confidentes. Baste con decir que, de los siete miembros que componían el Comité petersburgués del partido en vísperas de la guerra, tres estaban al servicio de la policía. El zarismo gustaba, como se ve, e jugar al escondite con la evolución. En noviembre fueron detenidos los diputados bolcheviques y empezó la represión contra el partido por todo el país. En febrero de 1915, la fracción parlamentaria compareció ante los tribunales. Los diputados mantuvieron una actitud prudente. Kámenev, el inspirador teórico de la fracción, se desentendió, al igual que Petrovski, actual presidente del Comité Central Ejecutivo de Ucrania, de la posición derrotista de Lenin. Y el Departamento de policía pudo comprobar con satisfacción que la rigurosa sentencia dictada contra los diputados bolcheviques no provocaba el menor movimiento de protesta entre los obreros.

Parecía como si la guerra hubiera cambiado a la clase trabajadora. Hasta cierto punto, así era: en Petrogrado, la composición de la masa obrera se renovó casi en un 40 por 100. La continuidad revolucionaria se vio bruscamente interrumpida. Todo lo anterior a la guerra, incluyendo la fracción bolchevique de la Duma, pasó de golpe a segundo término y cayó casi en el olvido. Pero, bajo esta capa aparente y precaria de tranquilidad, patriotismo y hasta en parte de monarquismo, en el seno de las masas se incubaba una nueva explosión.

En agosto de 1915, los ministros zaristas se comunican unos a otros que los obreros «acechan por todas partes,, venteando traiciones y sabotajes en favor de los alemanes, y se entregan celosamente a la busca y captura de los culpables de nuestros fracasos en el frente». En efecto, durante este período, la crítica de las masas que empieza a resurgir se apoya, en parte sinceramente y en parte adoptando ese tinte protector, en la «defensa de la patria». Pero esta idea no era más que el punto de partida. El descontento obrero va echando raíces cada vez más profunda, sella los labios de los capataces, de los obreros reaccionarios y de los adulones de los patronos, y permite volver a levantar cabeza a los bolcheviques.

Las masas pasan de la crítica a la acción. Su indignación se traduce principalmente en los desórdenes producidos por la escasez de subsistencias, desórdenes que, en algunos sitios, toman la forma de verdaderos motines. Las mujeres, los viejos y los jóvenes se sienten más libres y más audaces en el mercado o en la plaza pública que los obreros movilizados en las fábricas. En mayo, el movimiento deriva, en Moscú, hacia el saqueo de casas de alemanes. Y aunque sus autores obren bajo el amparo de la policía y procedan de los bajos fondos de la ciudad, la sola habilidad del saqueo en una urbe industrial como Moscú atestigua que los obreros no están aún lo bastante despiertos para poder infiltrar sus consignas y su disciplina en la parte de la población urbana sacada de sus casillas. Al correrse por todo el país estos desórdenes, destruyen el hipnotismo de la guerra y preparan el terreno a las huelgas. La afluencia de mano de obra inepta a las fábricas y el afán de obtener grandes beneficios de guerra se traducen en todas partes en un empeoramiento de las condiciones de trabajo y resucitan los más burdos métodos de explotación. La carestía de la vida va reduciendo automáticamente los salarios. Las huelgas económicas se tornan en un reflejo inevitable de las masas, tanto más tumultuoso cuanto más se le ha querido contener. Las huelgas van acompañadas de mítines, de votación de acuerdos políticos, de encuentros con la policía y, no pocas veces, de tiroteos y de víctimas.

La lucha se corre, en primer término, por la región textil central. El 5 de junio, la policía dispara sobre los obreros tejedores de Kostroma: cuatro muertos y nueve heridos. El 10 de agosto, las tropas hacen fuego sobre los obreros de Ivanovo-Vosnesenk (2): dieciséis muertos, treinta heridos. En el movimiento de los obreros textiles aparecen complicados soldados del batallón destacado en aquella plaza. Como respuesta a los asesinos de Ivanovo-Vosnesenk, estallan huelgas de protesta en distintos puntos del país. Paralelamente a este movimiento, se va extendiendo la lucha económica. Los obreros de la industria textil marchan, en muchos sitios, en primera fila.

Comparado con la primera mitad de 1914, este movimiento representa, así en lo que se refiere a la intensidad del ataque como en lo que afecta a la claridad de las consignas, un gran paso atrás. No tiene nada de particular: es una huelga en la que toman parte principal las masas grises; además, en el sector obrero dirigente reina el desconcierto más completo. Sin embargo, ya en las primeras huelgas que estallan durante la guerra se pulsa la proximidad de los grandes combates. El 16 de agosto declara el ministro de Justicia, Ivostov: «Si actualmente no estallan acciones armadas es, sencillamente, porque los obreros no disponen de organización.» Pero todavía se expresaba más claramente Goremikin: «El único problema con que tropiezan los caudillos obreros es la falta de organización, pues la detención de los cinco diputados de la Duma se la ha destruido». Y el ministro del Interior añadía: «No es posible amnistiar a los diputados de la Duma (los bolcheviques), pues son el centro de la organización del movimiento obrero en sus manifestaciones más peligrosas.» Por lo menos, aquellos señores sabían muy bien dónde estaban sus verdaderos enemigos: en esto, no se equivocaban.

Al tiempo que el gobierno, aun en los momentos de mayor desconocimiento, en que se mostraba propicio a hacer concesiones a los liberales, creía imprescindible dirigir los tiros a la cabeza de la revolución obrera, es decir, a los bolcheviques, la gran burguesía pugnaba por llegar a una inteligencia con los mencheviques. Alarmados por las proporciones que iban tomando en las huelgas, los industriales liberales hicieron una tentativa para imponer una disciplina patriótica a los obreros, metiendo a los representantes elegidos por éstos en los comités industriales de guerra. El ministro del Interior se lamentaba de lo difícil que era luchar contra la iniciativa de Guchkov: «Todo esto se lleva a cabo bajo la bandera del patriotismo y en nombre de los intereses de la defensa nacional.» Conviene tener en cuenta, sin embargo, que la policía se guardaba muy mucho de detener a los socialpatriotas, en quienes veía unos aliados indirectos en la lucha contra las huelgas y los «excesos» revolucionarios. Todo el convencimiento de la policía de que, mientras durase la guerra, no estallarían insurrecciones, se basaba en la confianza excesiva que había puesto en la fuerza del socialismo patriótico.

En las elecciones celebradas para proveer los puestos del Comité industrial de guerra fueron minoría los partidarios de la defensa, acaudillados por Govosdiev, un enérgico obrero metalúrgico, con el que volveremos a encontrarnos más adelante de ministro del Trabajo en el gobierno revolucionario de coalición. Sin embargo, contaba no sólo con el apoyo de la burguesía liberal, sino también con el de la burocracia, para derrotar a los boicotistas, dirigidos por los bolcheviques, e imponer al proletariado de Petrogrado una representación en los organismos del patriotismo industrial. La posición de los mencheviques aparece expuesta con toda claridad en el discurso pronunciado poco después por uno de sus representantes ante los industriales del comité: «Debéis exigir que el gobierno burocrático que está en el poder se retire, cediéndoos el sitio a vosotros como representantes legítimos del régimen actual.» La reciente amistad política entre estos elementos, que había de dar sus frutos más sazonados después de la revolución, iba estrechándose no ya por días, sino por horas.

La guerra causó terribles estragos en las organizaciones clandestinas. Después del encarcelamiento de su fracción en la Duma, los bolcheviques viéronse privados de toda organización central. Los comités locales llevaban una existencia episódica y no siempre se mantenían en contacto con los distritos. Sólo actuaban grupos dispersos, elementos sueltos. Sin embargo, el auge de la campaña huelguística les infundía fuerza y ánimos en las fábricas, y poco a poco fue estableciéndose el contacto entre ellos y se anudaron las necesarias relaciones. Resurgió la actuación clandestina. El Departamento de policía había de escribir más tarde: «Los leninistas, a los que sigue en Rusia la gran mayoría de las organizaciones socialdemócratas, han lanzado desde el principio de la guerra, en los centros más importantes (tales como Petrogrado, Moscú, Jarkov, Kiev, Tula, Kostroma, provincia de Vladimir y Samara) una cantidad considerable de proclamas revolucionarias exigiendo el término de la guerra, el derrocamiento del régimen y la instauración de la República. Los frutos más palpables de esta labor son la organización de huelgas y desórdenes obreros.»

El 9 de enero, aniversario tradicionalmente conmemorado de la manifestación obrera ante el palacio de Invierno, que el año anterior había pasado casi inadvertido, hace estallar, en el año 1916, una huelga de extensas proporciones. En estos años, el movimiento de huelgas se duplica. No hay huelga importante en que no se produzcan choques con la policía. Los obreros hacen gala de su simpatía por los soldados, y la Ocrana apunta más de una vez este hecho inquietante.

La industria de guerra se desarrolla desmesuradamente, devorando todos los recursos a su alcance y minando sus propios fundamentos. Las ramas de la producción de paz languidecían y caminaban hacia su muerte. A pesar de todos los planes elaborados, no se consiguió reglamentar la economía. La burocracia era incapaz ya para tomar el asunto por su cuenta: chocaba con la resistencia de los poderosos comités industriales de guerra: no accedía, sin embargo, a entregar un papel regulador a la burguesía. No tardaron en perderse las minas de carbón y las fábricas de Polonia. Durante el primer año de guerra, Rusia perdió cerca de la quinta parte de sus fuerzas industriales. Un 50 por 100 de la producción total y cera del 75 por 100 de la textil hubieron de destinarse a cubrir las necesidades del ejército y de la guerra. Los transportes, agobiados de trabajo, no daban abasto a la necesidad de combustible y materias primas de las fábricas. La guerra, después de devorar toda la renta nacional líquida, amenazaba con disipar también el capital básico del país.

Los industriales mostrábanse cada vez menos propicios a hacer concesiones a los obreros, y el gobierno seguía contestando a las huelgas, fuesen las que fuesen, con duras represiones. Todo esto empujaba el pensamiento de los obreros y lo hacía remontarse de lo concreto a lo general, de las mejoras económicas a las reivindicaciones políticas: «tenemos que lazarnos a la huelga todos de una vez». Así resurge la idea de la huelga general. La estadística de huelgas acusa de modo insuperable el proceso de radicalización de las masas. En el año 1915, toman parte en las huelgas políticas dos veces y media menos obreros que las puramente económicas. Basta apuntar una sola cifra para poner de relieve el papel desempeñado por Petrogrado en este movimiento: durante los años de la guerra, corresponden a la capital el 72 por 100 de los huelguistas políticos.

En el fuego de la lucha se volatilizan muchas viejas supersticiones. La Ocrana comunica «con harto dolor» que, si se procediera como la ley ordena contra «todos los delitos de injurias insolentes y abiertas a su majestad el zar, el número de procesos seguidos por el artículo 103 alcanzaría cifras inauditas». Sin embargo, la conciencia de las masas no avanza en la misma medida que su propio movimiento. El agobio terrible de la guerra y del desmoronamiento económico del país acelera hasta tal punto el proceso de la lucha, que hasta el momento mismo de la revolución, una gran parte de las masas obreras no ha conseguido emanciparse, por falta material de tiempo, de ciertas ideas y de ciertos prejuicios que les imbuyeran el campo o las familias pequeño burguesas de la ciudad de donde proceden. Este hecho imprime su huella a los primeros meses de la Revolución de Febrero.

A fines de 1916, los precios empiezan a subir vertiginosamente a saltos. A la inflación y a la desorganización de los transportes viene a unirse la gran escasez de mercancías. El consumo de la población se reduce durante este período a más de la mitad. La curva del movimiento obrero sigue ascendiendo bruscamente. Con el mes de octubre, la lucha entra en su fase decisiva. Todas las manifestaciones de descontento se mancomunan: Petrogrado toma carrerilla para lanzarse al salto de Febrero. En todas las fábricas se celebran mítines. Temas: La cuestión de las subsistencias, la carestía de la vida, la guerra, el gobierno. Circulan hojas bolcheviques. Se plantean huelgas políticas. Se improvisan manifestaciones a la salida de las fábricas y talleres. Aquí y allá obsérvanse casos de fraternización de los obreros de las fábricas con los soldados. Estalla una tumultuosa huelga de protesta contra el Consejo de guerra formado a los marinos revolucionarios de la escuadra del Báltico. El embajador francés llama la atención del primer ministro, Sturmer, sobre el hecho de que unos soldados dispararan contra la policía. Sturmer tranquiliza a Paleologue con estas palabras: «La represión será implacable.» En noviembre envían al frente a un grupo numeroso de obreros movilizados en las fábricas de Petrogrado. El año acaba bajo un cielo de tormenta.

Comparando la situación actual con la de 1905, el director del Departamento de policía, Vasiliev, llega a esta conclusión, harto poco tranquilizadora: «Las corrientes de oposición han tomado proporciones excepcionales que no habían alcanzado, ni mucho menos, en aquel turbulento período a que aludimos.» Vasiliev no confía en la lealtad de la guarnición. Ni la misma policía le parece incondicionalmente adicta. La Ocrana denuncia la reaparición de la consigna de huelga general y el peligro de que vuelva a resurgir el terror. Los soldados y oficiales que retornan del frente dicen, refiriéndose a la situación: «¿A qué esperáis? Lo que hay que hacer es acabar de un bayonetazo con esa canalla. Si de nosotros dependiera, no nos pararíamos a pensarlo», y por ahí, adelante.

Schliapnikov miembro del Comité central de los bolcheviques, antiguo obrero metalúrgico, había del estado de nerviosismo en que se encontraban los obreros por aquellos días: «Bastaba con un simple silbido, con un ruido cualquiera, para que los obreros lo interpretasen como señal de parar la fábrica.» Este detalle es interesante como síntoma político y como rasgo sicológico: antes de echarse a la calle, la revolución vibra ya en los nervios.

Las provincias recorren las mismas etapas, sólo que más lentamente. El acentuado carácter de masa del movimiento y su espíritu combativo hacen que el centro de gravedad se desplace de los obreros textiles a los metalúrgicos, de las huelgas económicas a las políticas, de las provincias a Petrogrado. Los dos primeros eses de 1917 arrojan un total de 575.000 huelguistas políticos, la mayor parte de los cuales corresponden a la capital. Pese a la nueva represión descargada por la policía en vísperas del 9 de enero, el aniversario del domingo sangriento, se lanzaron a la huelga en la capital. 150.000 trabajadores. La atmósfera está cargada, los metalúrgicos van en la cabeza, los obreros tienen cada vez más arraigada la sensación de que ya no hay modo de volverse atrás. En cada fábrica se forma un núcleo activo que tiene casi siempre por eje a los bolcheviques. Durante las dos primeras semanas de febrero, las huelgas y los mítines se suceden sin interrupción. La policía, al aparecer el día 8 en la fábrica de Putilov, es recibida con una lluvia de pedazos de hierro y escoria. El 14, día de apertura de las sesiones de la Duma, se ponen en huelga en Petersburgo cerca de noventa mil obreros. También en Moscú paran algunas fábricas. El 16, las autoridades deciden implantar en Petrogrado los bonos de pan. Esta innovación aumentó el nerviosismo de la gente. El 19 se agolpa delante de las tiendas de comestibles una gran muchedumbre, formada principalmente por mujeres, pidiendo a gritos pan. Al día siguiente fueron saqueadas las panaderías en distintos puntos de la ciudad. Eran ya los albores de la insurrección que había de desencadenarse algunos días después.

La intrepidez revolucionaria del proletariado ruso no tenía su raíz exclusivamente en su seno. Ya su misma situación de minoría dentro del país indica que no hubiera podido dar a su movimiento tales proporciones, ni mucho menos ponerse al frente del Estado, si no hubiese encontrado un poderoso punto de apoyo en lo hondo del pueblo. Este punto de apoyo se lo daba la cuestión agraria.

Cuando en 1861 se procedió con gran retraso a emancipar a medias a los campesinos, el nivel de la agricultura rusa era casi el mismo que dos siglos antes. La conservación del viejo fondo de tierras comunales escamoteado a los campesinos en beneficio de la nobleza al implantarse la reforma, agudizaba automáticamente con los métodos arcaicos de cultivo imperantes la crisis de la superpoblación en los centros rurales, que era a la par del cultivo alterno de tres hojas. Los campesinos se sintieron cogidos en una celada, tanto más cuanto que esto no ocurría precisamente en el siglo XVI, sino en el siglo XIX, es decir, bajo un régimen muy avanzado de economía pecuniaria que exigía del viejo arado de madera lo que sólo podía dar de sí el tractor. También aquí volvemos a tropezar con la coincidencia de varias ases distintas del proceso histórico, que dan como resultado una exacerbación extraordinaria de las contradicciones reinantes.

Los eruditos, agrónomos y economistas sostenían que había tierra bastante con tal que se cultive de un modo racional, lo cual equivalía a proponer al campesino que se colocara de un salto en una fase más alta de técnica y de cultivo, pero sin tocar demasiado al terrateniente, al uriadnik (3) ni al zar. Sin embargo, no hay ningún régimen económico, y mucho menos el agrario, que se encuentre entre los más inertes, que se retire de la escena histórica antes de haberse agotado todas sus posibilidades. Antes de verse obligado a pasar a un cultivo más intensivo, el campesino tenía que someter a una última experiencia, para ver lo que daba de sí, su sistema de cultivo alterno en tres hojas. Esta experiencia sólo podía hacerse, evidentemente, a expensas de las tierras de los grandes propietarios. El campesino que se asfixiaba en su pequeña parcela de tierra y que vivía azotado por el doble látigo del mercado y del fisco no tenía más remedio que buscar el modo de deshacerse para siempre del terrateniente.

El total de tierra laborable enclavada dentro de los confines de la Rusia europea se calculaba, en vísperas de la primera revolución, en 280 millones de deciatinas. Las tierrascomunales de los pueblos ascendían a unos 140 millones, los dominios de la Corona a cinco millones, aproximadamente; los de la Iglesia sumaban, sobre poco más o menos, dos millones y medio de deciatinas. De las tierras de propiedad privada, unos 70 millones de deciatinas se distribuían entre 30.000 grandes hacendados, a los que correspondían más de 500 deciatinas por cabeza, es decir, la misma cantidad aproximadamente con que tenían que vivir unos 10 millones de familias campesinas. Esta estadística agraria constituía, ya de por sí, todo un programa de guerra campesina.

La primera revolución no había conseguido acabar con los grandes terratenientes. La masa campesina no se había levantado en bloque ni el movimiento desatado en el campo había coincidido con el de la ciudad; el ejército campesino había vacilado hasta que, por último, suministró las fuerzas necesarias para sofocar el alzamiento de los obreros. Apenas el regimiento de Semionov hubo sofocado la insurrección de Moscú, la monarquía se olvidó de poner la menor cortapisa a las propiedades de los grandes terratenientes ni a sus propios derechos autocráticos.

Sin embargo, la revolución vencida dejó profundas huellas en el campo. El gobierno abolió los antiguos cánones que venían pesando sobre las tierras en concepto de redención y abrió las puertas de Siberia a la colonización. Los terratenientes, alarmados, no sólo hicieron concesiones de monta en lo referente a los arriendos, sino que empezaron a vender una buena parte de sus latifundios. De estos frutos de la revolución se aprovecharon los campesinos más acomodados, los que estaban en condiciones de arrendar y comprar las tierras de los señores.

Fue, sin embargo, la ley de 9 de noviembre de 1906 la reforma más importante implantada por la contrarrevolución triunfante la que abrió más ancho cauce a la formación de una nueva clase de hacendados capitalistas en el seno de la masa campesina. Esta ley, que concedía incluso a pequeñas minorías dentro de los pueblos el derecho a desglosar, contra la voluntad de la mayoría, parcelas pertenecientes a los terrenos de comunas, fue como un obús capitalista disparado contra el régimen comunal. El presidente del Consejo de ministros, Stolipin, definía el carácter de la nueva política campesina emprendida por el gobierno como un «anticipo a los fuertes». Dicho más claramente se trataba de impulsar a los campesinos acomodados a apoderarse de las tierras comunales rescatando mediante compra las parcelas «libres» para convertir a estos nuevos hacendados capitalistas en otras tantas columnas del orden. Pero este objetivo era más fácil de plantear que de conseguir. Aquí, en esta tentativa para suplantar el problema campesino por el problema del kulak (4) fue precisamente donde se estrelló la contrarrevolución.

El 1 de enero de 1916 había dos millones y medio de labradores que tenían adquiridas e inscritas como de su propiedad 17 millones de deciatinas. Otros dos millones pedían que se les adjudicasen 14 millones de deciatinas en el mismo concepto. En apariencia, la reforma había alcanzado un triunfo colosal. Lo malo era que estas propiedades carecían en su mayoría de toda viabilidad y no eran más que materiales para una selección natural. En tanto que los terratenientes más atrasados y los labradores modestos vendían aprisa; unos, sus latifundios, y otros, sus parcelas de tierra, entraba en escena como comprador una nueva burguesía rural. La agricultura pasaba, indudablemente, a una fase de progreso capitalista. En cinco años (1908-1912), la exportación de productos agrícolas subió de 1.000 millones a 1.500 millones de rublos. Esto quería decir que las grandes masas de campesinos se proletarizaban y que los labradores acomodados lanzaban al mercado cantidades de trigo cada vez mayores.

Para suplir el régimen comunal obligatorio desplazado organizóse la cooperación voluntaria que, en el transcurso de pocos años, logró adentrarse bastante en las masas campesinas, y que no tardó en convertirse en un tema de idealismo liberal y democrático. Pero el hecho era que la cooperación no favorecía verdaderamente más que a los campesinos ricos, que era a los que, a fin de cuentas, querían servir. Los intelectuales populistas, al concentrar en la cooperación campesina sus principales esfuerzos, lo que hacían era encarrilar su amor al pueblo por los sólidos raíles de la burguesía. De este modo, se contribuyó muy eficazmente a preparar el bloque el partido «anticapitalista» de los socialrevolucionarios con el partido de los kadetes, capitalista por excelencia.

El liberalismo, guardando una actitud de oposición aparente frente a la política agraria de la reacción, no dejaba de contemplar, esperanzadamente, la destrucción capitalista del régimen comunal. «En los pueblos -escribía el príncipe liberal Trubetskoi- surge una pequeña burguesía potente, tan ajena por su formación y por su espíritu a los ideales de la nobleza como a las quimeras socialistas.»

Pero esta magnífica medalla tenía también su reverso. Del régimen comunal no sólo salió una «potente pequeña burguesía», sin que salieron también sus antípodas. El número de campesinos que habían tenido que vender sus parcela insuficientes llegaba, al comienzo de la guerra, a un millón, y este millón representaba, por lo menos, cinco millones de almas proletarizadas. También formaban un material explosivo bastante considerable los millones de labriegos pauperizados condenados a llevar la vida de hambre que les proporcionaban sus parcelas. Es decir, que se habían trasplantado al campo las mismas contradicciones que tan pronto torcieron en Rusia el desarrollo de la sociedad burguesa en su conjunto. La nueva burguesía agraria destinada a apuntalar las propiedades de los terratenientes más antiguos y poderosos demostró la misma enemiga irreconciliable contra las masas campesinas, que eran la médula del régimen agrario que los viejos terratenientes sentían contra la masa del pueblo. Lejos de brindar un punto de apoyo al orden, la propia burguesía campesina se hallaba necesitada de un orden firme para poder mantener las posiciones conquistadas. En estas condiciones, no tenía nada de sorprendente que la cuestión agraria siguiese siendo el caballo de batalla de todas las Dumas. Todo el mundo tenía la sensación de que la pelota estaba todavía en el tejado. El diputado campesino Petrichenko declaraba en cierta ocasión desde la tribuna de la duma: «Por mucho que discutáis, no seréis capaces de crear otro planeta. Por tanto, no tendréis más remedio que darnos éste.» Y no se crea que este campesino era un bolchevique o un socialrevolucionario; nada de eso, era un diputado monárquico y derechista.

El movimiento agrario remite, igual que el movimiento obrero de huelgas, a fines de 1907, para resurgir parcialmente a partir de 1908 e intensificarse en el transcurso de los años siguientes. Cierto es que ahora la lucha se entabla primordialmente alentada con su cuenta y razón por los reaccionarios en el seno de los propios organismos comunales. Al hacerse el reparto de las tierras comunales fueron frecuentes los choques armados entre los campesinos. Mas no por ello amaina la campaña contra los terratenientes. Los campesinos pegan fuego a las residencias señoriales, a las cosechas, a los pajares, apoderándose de paso de las parcelas desglosadas contra la voluntad de los labriegos del concejo.

En este estado se encontraban las cosas cuando la guerra sorprendió a los campesinos. El gobierno reclutó en las aldeas cerca de 10 millones de hombres y unos dos millones de caballos. Con esto, las haciendas débiles se debilitaron más todavía. Aumentó el número de los labriegos que no sembraban. A los dos años de guerra empezó la crisis del labriego modesto. La hostilidad de los campesinos contra la guerra iba en aumento de mes en mes. En octubre de 1916, las autoridades de la gendarmería de Petrogrado comunicaban que la población del campo no creía ya en el triunfo: según los informes de los agentes de seguros, maestros, comerciantes, etc., «todo el mundo espera con gran impaciencia que esta maldita guerra se acabe de una vez»… Es más: «por todas partes se oye discutir de cuestiones políticas, se votan acuerdos dirigidos contra los terratenientes y los comerciantes, se crean células de diferentes organizaciones… No existe todavía un organismo central unificador; pero hay que suponer que los campesinos acabarán por unirse por medio de las cooperativas, que se extienden por minutos a lo largo de toda Rusia». En estos informes hay cierta exageración; en ciertos respectos, los buenos gendarmes se adelantan a los acontecimientos, pero es evidente que los puntos fundamentales están bien reflejados.

Las clases poseedoras no podían hacerse ilusiones creyendo que los pueblos del campo dejarían de ajustarles las cuentas; pero esperaban salir del paso como fuera, y ahuyentaban las ideas sombrías. Por los días de la guerra, el embajador francés Paleologue, que quería saberlo todo, conversó sobre el particular con el ex ministro de Agricultura Krivoschein; con el presidente de la Duma, Rodzianko, con el gran industrial Putilov y con otros personajes notables. Y he aquí lo que descubrió: para llevar a la práctica una reforma agraria radical se necesitaría un ejército permanente de 300.000 agrimensores que trabajasen incansablemente durante quince años por lo menos: pero como en este plazo de tiempo el número de haciendas crecería a 30 millones, todos los cálculos previos que pudieran hacerse resultarían fallidos. Es decir, que, a juicio de los terratenientes, los altos funcionarios y los banqueros, la reforma agraria venía a ser algo así como la cuadratura del círculo. Excusado es decir que estos escrúpulos matemáticos no rezaban con el campesino, para el cual lo primero y principal era acabar con los señores, y después ya se vería lo que había que hacer.

Si, a pesar de esto, los pueblos se mantuvieron relativamente pacíficos durante la guerra, ello fue debido a que sus fuerzas activas se encontraban en el frente. En las trincheras, los soldados no se olvidaban de la tierra en los momentos que les dejaba libres el pensamiento de la muerte, y sus ideas acerca del porvenir se impregnaban del olor de la pólvora. Pero, así y todo y por muy adiestrados que estuviesen en el manejo de las armas, los campesinos no hubieran hecho nunca por su exclusivo esfuerzo la revolución agrario-democrática, es decir, su propia revolución. Necesitaban una dirección. Por primera vez en la historia del mundo, el campesino iba a encontrar su director y guía en el obrero. En esto es en lo que la revolución rusa se distingue fundamentalmente de cuantas la precedieron.

En Inglaterra, la servidumbre de la gleba desaparición de hecho a fines del siglo XIV; es decir, dos siglos antes de que apareciera y cuatro y medio antes de que fuera abolida en Rusia. La expropiación de las tierras de los campesinos llega, en Inglaterra, a través de la Reforma y de dos revoluciones, hasta el siglo XIX. El desarrollo capitalista, que no se veía forzado desde fuera, dispuso, por tanto, de tiempo suficiente para acabar con la clase campesina independiente mucho antes de que el proletariado naciera a la vida política.

En Francia, la lucha contra el absolutismo de la Corona y la aristocracia y los principios de la Iglesia obligó a la burguesía, representada por sus diferentes capas, a hacer, a finales del siglo XVIII, una revolución agraria radical. La clase campesina independiente salida de esta revolución fue durante mucho tiempo el sostén del orden burgués, y en 1871 ayudó a la burguesía a aplastar a la Comuna de París.

En Alemania, la burguesía reveló su incapacidad para resolver de un modo revolucionario la cuestión agraria, y en 1848 traicionó a los campesinos para pasarse a los terratenientes, del mismo modo que, más de tres siglos antes, Lutero, al estallar la guerra campesina, los había vendido a los príncipes. Por su parte, el proletariado alemán, a mediados del siglo XIX, era demasiado débil para tomar en sus manos la dirección de las masas campesinas. Gracias a esto, el desarrollo capitalista dispuso en Alemania, si no de tanto tiempo como en Inglaterra, del plazo necesario para sostener a su régimen, a la agricultura tal y como había salido de la revolución burguesa parcial.

La reforma campesina realizada en Rusia, en 1861, fue obra de la monarquía burocrática y aristocrática, acuciada por las necesidades de la sociedad burguesa, pero ante la impotencia política más completa de la burguesía. La emancipación campesina tuvo un carácter tal, que la forzada transformación capitalista del país convirtió inexorablemente el problema agrario en problema que sólo podía resolver la revolución. Los burgueses rusos soñaban con un desarrollo agrario de tipo francés, danés o norteamericano, del tipo que se quisiera, con tal de que, naturalmente, no fuera ruso. Sin embargo, no se les ocurría asimilarse la historia francesa o la estructura social norteamericana. En la hora decisiva, los intelectuales demócratas, olvidando su pasado revolucionario, se pusieron al lado de la burguesía liberal y de los terratenientes, volviendo la espalda a la aldea revolucionaria. En estas condiciones, no podía ponerse al frente de la revolución campesina más que la clase obrera.

La ley del desarrollo combinado, propia de los países atrasados -aludiendo, naturalmente, a una peculiar combinación de los elementos retrógrados con los factores más modernos- se nos presenta aquí en su forma más caracterizada, dándonos la clave para resolver el enigma más importante de la revolución rusa. Si la cuestión agraria, herencia de barbarie de la vieja historia rusa, hubiera sido o hubiera podido ser resuelta por la burguesía, el proletariado ruso no habría podido subir al poder, en modo alguno, en el año 1917. Para que naciera el Estado soviético, fue necesario que coincidiesen, se coordinasen y compenetrasen recíprocamente dos factores de naturaleza histórica completamente distinta: la guerra campesina, movimiento característico de los albores del desarrollo burgués, y el alzamiento proletario, el movimiento que señala el ocaso de la sociedad burguesa. Fruto de esta unión fue el año 1917.

1929-1932

https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1932/histrev/tomo1/cap_03.htm

Notas

1/ Los datos referentes a los años 1903 y 1904 abarcan todas las huelgas en general, aunque entre ellas predominen, indudablemente, las de carácter económico.

2/ El centro más importante de la producción textil al que, por esta razón, se ha llamado «Manchester ruso». [NDT.]

3/ Agente de la policía rural. [NDT.]

4/ Campesino rico. [NDT.]

 

Bolchevismo y Stalinismo, de León Trotsky

 

La crisis que atraviesa el régimen capitalista en Chile y el mundo ha desatado una, a veces soterrada campaña y en otros momentos abierta campaña en contra del comunismo al que identifican  arbitrariamente  con los fenecidos regímenes burocráticos y totalitarios de la antigua Unión Soviética y del Este de Europa. Nosotros defendemos el comunismo y el socialismo como única alternativa a la barbarie cotidiana que nos ofrece el sistema capitalista. Y lo defendemos no en su negación estalinista, sino en su afirmación bolchevique, revolucionaria. Comprender las causas concretas que condujeron a la degeneración de la Revolución Rusa y de la URSS es fundamental para armar políticamente a la nueva generación de militantes marxistas y comunistas. Sin duda, este texto que ofrecemos de León Trotsky – máximo dirigente de la Revolución Rusa junto con Lenin, y principal oponente a su degeneración burocrática – es uno de los mejores análisis escritos sobre este tema, por lo que recomendamos su lectura y estudio. EP

 

por León Trotsky

Épocas reaccionarias como la actual, no sólo debilitan y desintegran a la clase obrera aislándola de su vanguardia, sino que también rebajan el nivel ideológico general del movimiento, rechazando hacia atrás el pensamiento político, hasta etapas ya superadas desde hace mucho tiempo. En estas condiciones la tarea de la vanguardia consiste, ante todo, en no dejarse sugestionar por el reflujo general: es necesario avanzar contra la corriente. Si las desfavorables relaciones de fuerzas no permiten conservar las antiguas posiciones políticas, por lo menos hay que conservar las posiciones ideológicas, pues la experiencia tan cara del pasado se ha concentrado en ellas. Ante los ojos de los mentecatos, tal política aparece como “sectaria”. En realidad no hace más que preparar un salto gigantesco hacia adelante impulsada por la oleada ascendente del nuevo periodo histórico.

 

REACCIÓN CONTRA EL MARXISMO Y EL COMUNISMO

Las grandes derrotas políticas, provocan inevitablemente una revisión de valores, que en general se lleva a cabo en dos direcciones. Por una parte el pensamiento de la verdadera vanguardia, enriquecido por la experiencia de las derrotas, defiende con uñas y dientes la continuidad del pensamiento revolucionario y se esfuerza en educar nuevos cuadros para los futuros combates de masas. Por otra, el pensamiento de los rutinarios, de los centristas y de los diletantes, atemorizado por las derrotas, tiende a derrocar la autoridad de la tradición revolucionaria y vuelve al pasado con el pretexto de buscar una “nueva verdad”.

 

Se podrían aportar infinidad de ejemplos de reacción ideológica que muy a menudo adopta la forma de postración. En el fondo, toda la literatura de la II y III Internacional y la de sus satélites del Bureau de Londres (1), constituyen ejemplos de este género. Ni un renglón de análisis marxista. Ni una tentativa seria para aclarar las causas de las derrotas. Ni una palabra nueva sobre el porvenir. Solamente clichés, rutina, mentiras y ante todo, preocupaciones para salvar su posición burocrática. Bastan diez líneas de cualquier Hilferding o de Otto Bauer (2), para sentir ya el olor de podredumbre. De los teóricos del “Comintern”(3) es mejor no hablar. El célebre Dimitrov(4) es tan ignorante y trivial como el más simple almacenero. El pensamiento de estas personas es muy perezoso para renegar del marxismo: lo prostituyen. Pero actualmente no son estos señores los que nos interesan. Veamos los “innovadores”.

 

El ex comunista austriaco, Willi Schlamm, ha consagrado un opúsculo a los procesos de Moscú (5) con el expresivo titulo de “Dictadura de la mentira”. Schlamm es un periodista talentoso, cuyo principal interés está dirigido hacia los asuntos de actualidad. Hizo una excelente critica de las falsificaciones de Moscú y puso al desnudo la mecánica psicológica de las “confesiones voluntarias”. Pero como no se da por satisfecho con esto, quiere crear una nueva teoría del socialismo que asegure el porvenir contra las derrotas y las falsificaciones. Como Schlamm no es un teórico y según sus declaraciones está  muy poco familiarizado con la historia del desarrollo del socialismo, creyendo hacer un descubrimiento, presenta un socialismo anterior a Marx, que además de ser una variedad atrasada del socialismo alemán, es dulzón e insulso. Schlamm renuncia a la dialéctica y a la lucha de clases, sin hablar de la dictadura del proletariado. Para él, la tarea de la transformación de la sociedad se reduce a la realización de algunas verdades “eternas” de la moral, con las que se prepara para impregnar a la humanidad desde ahora, bajo el régimen capitalista. La revista de Kerenski(6) “Novaia Rossia” (antigua revista provincial rusa que se publica en París) no solamente adopta con alegría, sino que también con nobleza, la tentativa de Willi Schlamm de salvar el marxismo por medio de una inoculación de linfa moral. Según la justa conclusión de la redacción, Schlamm alcanza los principios del verdadero socialismo ruso, que ya había opuesto con anterioridad a la ruda lucha de clases, los principios sagrados de la fe, la esperanza y el amor.

 

Por cierto, que la doctrina original de los “socialistas-revolucionarios” rusos representa en sus premisas teóricas un retorno al socialismo de la Alemania anterior a Marzo de 1848. Sin embargo, sería demasiado injusto exigir de Kerenski, un conocimiento más profundo de la historia de las ideas del socialismo, que de Schlamm. Mucho más Importante es el hecho de que Kerenski, que ahora se solidariza con Schlamm, fue, como jefe de gobierno, el iniciador de las persecuciones contra los bolcheviques, tratándolos como agentes del Estado Mayor Alemán; es decir, que organizó las mismas falsificaciones para luchar, contra las cuales Schlamm moviliza ahora verdades metafísicas sacadas de los mitos.

 

El mecanismo psicológico de la reacción intelectual de Schlamm y de sus semejantes, es muy simple. Durante algún tiempo estas personas han participado en un movimiento político que juraba por la lucha de clases e invocaba, de palabra, la dialéctica materialista. Tanto en Alemania como en Austria, este movimiento terminó en una catástrofe. Schlamm saca la siguiente conclusión sumaria “¡Ved adónde conducen la lucha de clases y la dialéctica!”. Y como el número de descubrimientos está  limitado por la experiencia histórica… y por la riqueza de los conocimientos personales, nuestro reformador en su búsqueda de una nueva fe, ha encontrado verdades antiguas, desechadas hace tiempo, que opone denodadamente no solamente al bolchevismo, sino también al marxismo.

 

A simple vista, la variedad de reacción ideológica presentada por Schlamm, es tan primitiva (de Marx… a Kerenski) que no vale la pena detenerse en ella. Sin embargo, es extremadamente instructiva: precisamente gracias a su carácter primitivo representa el denominador común de todas las otras formas de reacción, y ante todo el renunciamiento total al bolchevismo.

 

“VUELTA AL MARXISMO”

El marxismo ha encontrado su expresión histórica más grandiosa en el bolchevismo. Bajo la bandera del bolchevismo el proletariado obtuvo su primera victoria y fundó el primer estado obrero.

 

Ninguna fuerza será capaz de borrar estos hechos históricos. Pero, como la revolución de Octubre ha conducido al estado actual, es decir al triunfo de la burocracia, con sus sistemas de opresión, de falsificación y de expoliación -a la dictadura de la mentira- según la justa expresión de Schlamm, numerosos espíritus formalistas y superficiales, se inclinan ante la sumaria conclusión de que es imposible luchar contra el Stalinismo, sin renunciar al bolchevismo. Como ya sabemos, Schlamm va aún más lejos: el Stalinismo, que es la degeneración del bolchevismo, es también un producto del marxismo; en consecuencia, es imposible luchar contra el Stalinismo sin apartarse de las bases del marxismo. Gentes menos consecuentes, pero más numerosas dicen por lo contrario: “hay que volver del bolchevismo al marxismo”. Pero… ¿Por qué camino? ¿A qué marxismo? Antes de que el marxismo “fuese a la bancarrota” en forma de bolchevismo, ya se había hundido bajo la forma de social-democracia. La consigna “volver de nuevo al marxismo” significa dar un salto sobre la II y la III Internacional hacia… ¡la I Internacional! Pero también esta fue derrotada. Resumiendo: se trata de volver en definitiva… a las obras completas de Marx y Engels. Para dar este salto heroico, no hay necesidad de salir del gabinete de trabajo, ni siquiera de quitarse las pantuflas. Pero, ¿cómo pasar de golpe de nuestros clásicos (Marx murió en 1883 y Engels en 1895) a las tareas de la nueva época, dejando de lado la lucha teórica y política de muchas decenas de años, lucha que comprende también el bolchevismo y a la Revolución de Octubre? Ninguno de los que se proponen renunciar al bolchevismo como tendencia históricamente en “bancarrota”, ha indicado nuevos caminos.

 

Para ellos todo se reduce al simple consejo de estudiar EL CAPITAL. Contra esto no tenemos nada que objetar. Pero también los bolcheviques han estudiado EL CAPITAL, y no del todo mal. Sin embargo, eso no impidió la degeneración del Estado Soviético y la “mise en scéne” de los procesos de Moscú. ¿Qué hacer entonces? ¿Es verdad, por lo tanto, que el Stalinismo representa el producto legítimo del bolchevismo, como lo cree toda la reacción, como lo afirma el mismo Stalin, como lo piensan los mencheviques, los anarquistas y algunos doctrinarios de izquierda, que se consideran marxistas? “Siempre lo habíamos predicho -dicen- habiendo comenzado con la prohibición de los distintos partidos socialistas, con el aplastamiento de los anarquistas, estableciéndose la dictadura de los bolcheviques en los soviets, la Revolución de Octubre no podía dejar de conducir a la dictadura de la burocracia. El Stalinismo a la vez es la continuación y la negación del leninismo”

 

¿ES EL BOLCHEVISMO RESPONSABLE DEL STALINISMO?

El error de este razonamiento comienza con la identificación tácita del bolchevismo, de la Revolución de Octubre, y de la Unión Soviética. El proceso histórico, que consiste en la lucha de fuerzas hostiles es reemplazado por la evolución abstracta del bolchevismo. Sin embargo el bolchevismo es solamente una corriente política. Aunque estrechamente ligado a la clase obrera, no se identifica con ella. En la U. R. S. S. además de la clase obrera existen más de cien millones de campesinos de diversas nacionalidades; una herencia de opresión, de miseria y de ignorancia. El Estado creado por los bolcheviques refleja, no solamente el pensamiento y la voluntad de los bolcheviques, sino también el nivel cultural del país, la composición social de la población, la influencia del pasado bárbaro y del imperialismo mundial no menos bárbaro. Representar el proceso de la degeneración del estado soviético como la evolución del bolchevismo puro, es ignorar la realidad social, pues considera uno solo de sus elementos aislándolo de una manera puramente lógica. Basta con llamar este error elemental por su verdadero nombre, para que no quede nada de él.

El mismo bolchevismo jamás se ha identificado con la Revolución de Octubre ni con el Estado Soviético que de ella surgió. El bolchevismo se consideraba como uno de los factores históricos, su factor “consciente”, factor muy importante pero no decisivo. Nunca hemos pecado de subjetivismo histórico.

 

Veíamos el factor decisivo, – sobre la base dada por las fuerzas productivas -, en la lucha de clases, no sólo en escala nacional sino también internacional.

Cuando los bolcheviques hacían concesiones a las tendencias pequeño-burguesas de los campesinos; cuando establecían reglas estrictas para el ingreso al Partido; cuando depuraban este partido de elementos que le eran extraños; cuando prohibían a los otros partidos; cuando introducían la N. E. P.,(7) cuando cedían las empresas en forma de concesiones; o cuando firmaban acuerdos diplomáticos con los gobiernos imperialistas, extraían de este hecho fundamental conclusiones que, desde el comienzo, les eran teóricamente claras: la conquista del poder, por muy importante que sea, no convierte al partido en el dueño todopoderoso del proceso histórico.

Ciertamente, después de haberse apoderado del aparato del Estado, el partido tiene la posibilidad de influenciar con una fuerza sin precedentes, en el desarrollo de la sociedad, pero en cambio es sometido a una acción múltiple por parte de todos los otros elementos de esta sociedad. Puede ser arrojado del poder por los golpes directos de las fuerzas hostiles. Con el ritmo más lento de la evolución, puede degenerar interiormente, aunque se mantenga en el poder. Es precisamente esta dialéctica del proceso histórico, la que no comprenden los razonadores sectarios que tratan de encontrar un argumento definitivo contra el bolchevismo, en la putrefacción de la burocracia Stalinista. En el fondo esos señores dicen: “un Partido revolucionario es malo cuando no lleva en sí mismo garantías contra su degeneración”.

 

Enfocado con un criterio semejante, el bolchevismo está  evidentemente condenado: no posee ningún talismán. Pero ese mismo criterio es falso. El pensamiento científico exige un análisis concreto: ¿Como y por qué el partido se ha descompuesto?, hasta ahora nadie ha hecho este análisis fuera de los bolcheviques. No por eso han tenido necesidad de romper con el bolchevismo. Por el contrario, es en el arsenal del bolchevismo donde han encontrado todo lo necesario para explicar su destino. La conclusión a la cual llegamos es la siguiente: evidentemente el Stalinismo ha “surgido” del bolchevismo; pero no surgió de una manera lógica, sino dialéctica; no como su afirmación revolucionaria, sino como su negación termidoriana. Que no es una misma cosa.

 

EL PRONOSTICO FUNDAMENTAL DEL BOLCHEVISMO

Sin embargo, los bolcheviques no han tenido necesidad de esperar los procesos de Moscú, para explicar a posteriori las causas de la descomposición del partido dirigente de la U. R. S. S. Hace mucho tiempo que habían previsto la posibilidad teórica de una variante semejante en su evolución, y de antemano se habían expresado sobre ella. Recordemos el pronóstico que habían hecho los bolcheviques no solamente en vísperas de la Revolución de Octubre, sino también un buen número de años antes. La agrupación fundamental de las fuerzas, a escala nacional e internacional, abre por primera vez para el proletariado de un país tan atrasado como Rusia, la posibilidad de llegar a la conquista del poder. Pero ese mismo agrupamiento de fuerzas permite asegurar de antemano, que sin la victoria más o menos rápida del proletariado de los países adelantados, el Estado obrero no podría  mantenerse en Rusia. El régimen soviético abandonado a sus propias fuerzas, caerá  o degenerará. Más exactamente: primero degenerará y luego caerá  rápidamente. He tenido oportunidad de escribir sobre esto, más de una vez, desde 1905. En mi “Historia de la Revolución Rusa” (apéndice al ultimo tomo, “Socialismo en un solo país” ) hay una reseña de lo que han dicho a este respecto los jefes del bolchevismo desde 1917 hasta 1923. Todo se reduce a una sola cosa: sin revolución en Occidente el bolchevismo será  liquidado por la contra-revolución interna; por la intervención extranjera, o por su combinación. En particular, Lenin ha indicado más de una vez, que la burocratización del régimen soviético no es una cuestión técnica o de organización, sino que es el comienzo de una posible degeneración social del Estado Obrero. En el XI Congreso del partido, en Marzo de 1922, Lenin habla del “apoyo” que estaban decididos a ofrecer a la Rusia Soviética durante la época de la N. E. P., algunos políticos burgueses y en particular el profesor liberal Oustrialov. “Estoy por el sostenimiento del gobierno soviético en Rusia -dijo- aunque sea un cadete, un burgués que ha sostenido la intervención… porque ha entrado en el camino del poder burgués ordinario”. Lenin prefiere la voz cínica del enemigo a los “dulces arrullos comunistas”, y ha advertido al partido de ese peligro con estas palabras de ruda sobriedad: “Cosas como las que dice Oustrialov son posibles, hay que confesarlo. La historia conoce transformaciones de toda índole; apoyarse en la convicción, la devoción y otras excelentes cualidades morales, es una cosa nada seria en política. Excelentes cualidades morales existen en un número ínfimo de personas, pero son las grandes masas las que deciden los desenlaces históricos, masas que tratan con poca benevolencia a ese escaso número de personas, si éstas le son poco gratas”. En una palabra, el partido no es el único factor de la evolución y, en una gran escala histórica, no es un factor decisivo.

 

“Sucede que una nación conquista a otra – continúa Lenin en el mismo Congreso, el ultimo en que participó -, esto es muy simple y comprensible a cualquiera. ¿Pero qué sucede con la civilización de esos países? Esto ya no es tan simple. Si la nación que ha hecho la conquista tiene una civilización superior a la nación vencida, aquélla le impone su civilización; pero si sucede lo contrario, la nación vencida le impone la suya a la nación conquistadora. ¿No ha pasado algo semejante en la capital de la República Socialista Federativa de Rusia, y no sucedió que 4.700 comunistas (casi toda una división de la mejor entre las mejores) se han visto sometidos a una civilización extranjera?”. Esto fue dicho al comienzo de 1922, y no por primera vez. La historia no la hacen algunos hombres, -aunque sean “los mejores entre los mejores”, y más aún, esos “mejores” pueden degenerar en el sentido de una civilización “extranjera”, es decir, burguesa. No solamente el Estado Soviético puede alejarse del camino socialista, sino que también el partido bolchevique puede, en condiciones históricas desfavorables, perder su bolchevismo.

 

Es con la clara comprensión de este peligro, que nació la oposición de izquierda, definitivamente formada en 1923. Registrando diariamente los síntomas de degeneración, se esforzó por oponer al termidor amenazante la voluntad consciente de la vanguardia proletaria. Sin embargo, ese factor subjetivo resultó insuficiente. Las “masas gigantescas” que, según Lenin, deciden los desenlaces de la lucha, estaban cansadas por las privaciones propias del país y por una espera demasiado prolongada de la revolución mundial. Las masas perdieron la energía. La burocracia adquirió ventajas. Dominó a la vanguardia proletaria, pisoteó el marxismo, prostituyó al partido bolchevique. El Stalinismo resultó victorioso. Bajo la forma de oposición de izquierda, el bolchevismo rompió con la burocracia soviética y con su Comintern. Tal es la verdadera marcha de la evolución.

 

Ciertamente, en un sentido formal, el Stalinismo surgió del bolchevismo. Aún hoy, la burocracia de Moscú continúa llamándose partido bolchevique. Si utiliza la antigua etiqueta del bolchevismo lo hace simplemente para engañar mejor a las masas. Tanto más lastimosos son los teóricos que toman la cáscara por el carozo, la apariencia por la realidad. Identificando el Stalinismo con el bolchevismo prestan el mejor favor a los termidorianos y, por lo mismo, representan un papel manifiestamente reaccionario.

Con la eliminación de todos los otros partidos de la arena política, los intereses – y las tendencias contradictorias de las diversas capas de la población deben, en mayor o menor grado, encontrar su expresión dentro del partido dirigente, A medida que el centro de gravedad político, se desplazaba de la vanguardia proletaria, hacia la burocracia, el partido se modificaba, tanto en su composición social como en su ideología. Gracias a la marcha impetuosa de la evolución en el curso de los últimos quince años, ha sufrido una degeneración más radical que la social-democracia durante medio siglo. La depuración actual traza entre el Stalinismo y el bolchevismo no una simple raya sangrienta, sino todo un río de sangre.

 

La exterminación de toda la vieja generación bolchevique, de una gran parte de la generación ¡intermedia que había participado en la guerra civil, y también de una parte de la juventud que había tomado más en serio las tradiciones bolcheviques, de muestra la incompatibilidad no solamente política si no también directamente física, entre el bolchevismo y el Stalinismo. ¿Como es posible que no se vea esto?

 

STALINISMO Y “SOCIALISMO DE ESTADO”

Los anarquistas, por su parte, tratan de ver en el Stalinismo, además del producto orgánico del bolchevismo y del marxismo, el del “socialismo de estado” en general. Ellos consienten en reemplazar la patriarcal “federación de comunas libres” de Bakunin, por una federación más moderna de Soviets libres. Pero, ante todo, se oponen al estado centralizado. En efecto, una rama del marxismo “de estado”, la social-democracia, una vez llegada al poder se ha convertido en una agencia declarada del capital. Otra, ha engendrado una nueva casta de privilegiados. Y claro, el origen del mal está  en el Estado. Considerando esto con amplio criterio histórico, se puede encontrar una pizca de verdad en este razonamiento. El Estado, en tanto que aparato de opresión, es incontestablemente, una fuente de infección política y moral. Como la experiencia lo demuestra, esto es aplicable también al Estado Obrero. En consecuencia, se puede decir que el Stalinismo es el producto de una etapa histórica, en que la sociedad no ha podido arrancarse aún el chaleco de fuerza del Estado. Pero esta situación no nos da ningún elemento que permita apreciar el bolchevismo o el marxismo, sino que sólo caracteriza el nivel general de la civilización humana, y, ante todo, la relación de fuerzas entre el proletariado y la burguesía. Después de ponernos de acuerdo con los anarquistas en que el Estado, aun el Estado Obrero, está engendrado por la lucha de clases y de que la verdadera historia de la humanidad comenzará con la abolición del estado; queda planteado ante nosotros el siguiente problema: ¿Cuáles son los caminos y los métodos capaces de conducirnos “al fin de los fines” a la abolición del Estado? La experiencia reciente testimonia de que en todo caso no son los métodos del anarquismo. Los jefes de la C. N. T.(8) española, la única organización anarquista importante en el mundo, en la hora critica se han transformado en ministros de la burguesía. Ellos explican su abierta traición a la teoría del anarquismo, por la presión de las “circunstancias excepcionales” ¿Pero no es éste el mismo argumento que emplearon a su tiempo los jefes de la social-democracia alemana? Por cierto que la guerra civil no es una circunstancia pacífica y ordinaria, sino más bien una “circunstancia excepcional”. Pero, es precisamente para esas “circunstancias excepcionales” que se prepara toda organización revolucionaria seria.

 

La experiencia española ha demostrado, una vez más, que se puede “negar” el estado en los folletos editados en “circunstancias normales” y con permiso del estado burgués: pero también ha demostrado, que las condiciones de la revolución no dejan ningún lugar para la negación del estado y que además exigen su conquista. No tenemos la intención de acusar a los anarquistas españoles de no haber liquidado el Estado de un plumazo. Un partido revolucionario aún habiéndose apoderado del poder (lo que los jefes anarquistas no han sabido hacer a pesar del heroísmo de los obreros anarquistas), no es todavía el dueño todopoderoso de la sociedad. Si acusamos tan  ásperamente a la teoría anarquista, lo hacemos porque habiéndose considerado conveniente para un periodo pacifico, se ha tenido que renunciar a ella apresuradamente, desde que aparecieron las “circunstancias excepcionales”… de la revolución. Antiguamente se encontraban generales – y se encuentran sin duda todavía – que pensaban que lo que más echaba a perder un ejército era la guerra. Los revolucionarios que se lamentan de que la revolución da al traste con su doctrina no valen mucho más que aquéllos. Los marxistas y los anarquistas están plenamente de acuerdo, en cuanto al objetivo final, es decir, con la liquidación del estado. El marxismo permanece “estadual” únicamente en la medida en que la liquidación del estado no puede esperarse por el simple hecho de contentarse con ignorar su existencia. La experiencia del Stalinismo no modifica en nada la enseñanza del marxismo, sino que la confirma, por el método inverso. Una doctrina revolucionaria que enseña al proletariado a orientarse correctamente en una situación determinada y a utilizarla activamente, no encierra en sí, -hay que entenderlo bien-, la garantía automática de la victoria. Pero, por el contrario, la victoria no es posible sino gracias a esa doctrina. Además, es imposible representarse esta victoria en forma de un acto único. Es necesario considerar el asunto teniendo en perspectiva una extensa época. El primer estado obrero, descansando sobre una base económica poco desarrollada – rodeado de un anillo imperialista – se ha transformado en gendarmería del Stalinismo. Pero el verdadero bolchevismo ha declarado una guerra sin tregua a esa gendarmería. Para mantenerse, el Stalinismo está obligado a llevar ahora abiertamente una “guerra civil” contra el bolchevismo calificado de “trotskismo”, no solamente en la U. R. S. S., sino también en España. El viejo partido bolchevique está  muerto, pero el bolchevismo por todas partes levanta la cabeza.

 

Buscar el origen del Stalinismo en el bolchevismo o en el marxismo, es exactamente la misma cosa, en un sentido más general, que querer buscar el origen de la contrarrevolución en la revolución. Sobre este esquema se ha modelado siempre el pensamiento de los liberal-conservadores y tras ellos el de los reformistas. A causa de la estructura de la sociedad basada en clases, las revoluciones siempre han engendrado las contra-revoluciones. ¿Esto no nos demuestra -pregunta el razonador- que el método revolucionario encierra algún vicio interno? Sin embargo, hasta ahora, ni los reformistas ni los liberales, han inventado métodos “más económicos”. Pero, si no es fácil interpretar todo un proceso histórico viviente, no es por el contrario, nada difícil interpretar de una manera racionalista, la sucesión de sus etapas, haciendo proceder lógicamente el Stalinismo del “socialismo de estado-“; el fascismo del marxismo: la reacción de la revolución. En una palabra: la antítesis de la tesis. En este dominio como en tantos otros, el pensamiento anarquista queda prisionero del racionalismo liberal. El verdadero pensamiento revolucionario, es imposible sin la dialéctica.

 

Los argumentos de los racionalistas toman a veces, por lo menos exteriormente, un carácter más concreto. Para ellos el Stalinismo no procede del bolchevismo en sí, sino de sus pecados políticos. Los bolcheviques, dicen los espartaquistas alemanes, Gorter, Panneckoek,(9) etc., han reemplazado la dictadura del partido por la de la burocracia. Los bolcheviques han aniquilado todos los partidos salvo el suyo; Stalin ha estrangulado al partido bolchevique en interés de la camarilla bonapartista. Los bolcheviques llegaron a un acuerdo con la burguesía; Stalin se convirtió en su aliado y sostén. Los bolcheviques han reconocido la necesidad de participar en los viejos sindicatos y en el parlamento burgués; Stalin ha hecho amistad con la burocracia sindical y con la democracia burguesa. De esta manera se puede seguir razonando todo el tiempo que se quiera. A pesar del efecto que estos razonamientos puedan producir exteriormente, son absolutamente vacíos. El proletariado sólo puede llegar al poder por intermedio de su vanguardia. La misma necesidad de un poder estadual deriva del insuficiente nivel cultural de- las masas y de su heterogeneidad. La tendencia de las masas hacia su liberación cristaliza en la vanguardia revolucionaria organizada en partido. Sin la confianza de la clase en su vanguardia, y sin el apoyo de ésta por aquélla, ni siquiera puede plantearse la conquista del poder. Es en este sentido que la revolución proletaria y la dictadura constituyen el objetivo de toda la clase, pero solamente bajo la dirección de su vanguardia. Los Soviets son la forma organizada de la alianza de la vanguardia con la clase. El contenido revolucionario de esta alianza no puede estar dado más que por el partido. Esto está demostrado por la experiencia positiva de la Revolución de Octubre y por la experiencia negativa de otros países (Alemania, Austria y últimamente España).

 

Nadie ha demostrado prácticamente, ni siquiera ha tratado de explicar en forma precisa sobre el papel, de cómo el proletariado puede apoderarse del poder sin la dirección política de un partido, que sabe lo que quiere. Si este partido somete a los soviets a su acción política, este hecho cambia tan poco el sistema soviético, como cambiaría una mayoría conservadora el sistema parlamentario británico. En cuanto a la supresión de los demás partidos soviéticos, no deriva de ninguna “teoría” bolchevique, sino que fue una medida de defensa de la dictadura en un país atrasado, agotado y rodeado de enemigos. Los mismos bolcheviques comprendieron desde un comienzo, que esta medida, completada con la supresión de las fracciones en el interior del mismo partido dirigente, encerraba un grave peligro. Sin embargo, la fuente del peligro no estaba en la doctrina o en la táctica, sino en la debilidad material de la dictadura, en las dificultades de la situación interior y exterior.

 

Si la revolución hubiera triunfado también en Alemania habría desaparecido la necesidad de prohibir a los otros partidos soviéticos. Es absolutamente indiscutible, que la dominación de un solo partido sirvió jurídicamente de punto de partida del régimen totalitario Stalinista. Pero la causa de tal evolución no está  en el bolchevismo, ni tampoco en la prohibición de los otros partidos, como medida militar temporal, sino en la serie de derrotas que sufrió el proletariado de Europa y Asia.

Sucedió lo mismo en la lucha contra el anarquismo. En la época heroica de la revolución, los bolcheviques marcharon juntos con los anarquistas verdaderamente revolucionarios. Muchos de ellos fueron absorbidos por el partido. Más de una vez el autor de estas líneas examinó con Lenin la posibilidad de dejar a los anarquistas algunos territorios para que allí aplicaran, con el consentimiento de la población, sus experiencias de supresión inmediata del Estado.

 

Pero las condiciones de la guerra civil, del bloqueo y del hambre. no permitieron la aplicación de semejantes planes. ¿Y la insurrección de Kronstadt?(10). Hay que comprender que el gobierno revolucionario no podía “regalarles” a los marinos revolucionarios una fortaleza que dominaba la capital, por el solo hecho de que a la rebelión reaccionaria de los soldados campesinos se les unieran algunos anarquistas dudosos. El análisis histórico concreto de los acontecimientos, no deja ningún lugar para las leyendas que la ignorancia y el sentimentalismo crearon alrededor de Kronstad, Majno (11) y otros episodios de la revolución.

 

Es indudable también que la burocracia surgida de la revolución ha monopolizado en sus manos el sistema de coerción. Cada etapa de la evolución, aun cuando ellas sean tan catastróficas, como la revolución y la contra-revolución, se origina en la etapa precedente, tiene en ella sus raíces y conserva algunos de sus rasgos. Los liberales, incluso la pareja Webb (12), siempre afirmaron que la dictadura bolchevique representa solamente una nueva edición del zarismo. Por eso cierran los ojos ante detalles tales como la abolición de la monarquía y la nobleza, la entrega de la tierra a los campesinos, la expropiación del capital, la introducción de la economía planificada, la educación atea, etc… También el pensamiento liberal-anarquista cierra los ojos ante el hecho de que la revolución bolchevique, con todas las medidas de represión, significaba la subversión de las relaciones sociales en interés de las masas, mientras que el golpe de estado termidoriano de Stalin, lleva en si el reagrupamiento de la sociedad soviética en beneficio de una minoría privilegiada. Está  claro que en la identificación del Stalinismo con el bolchevismo no hay ni rastros de criterio socialista.

 

PROBLEMAS TEÓRICOS

Uno de los principales rasgos del bolchevismo es su posición inflexible y aún puntillosa, frente a los problemas doctrinarios. Los 27 tomos de Lenin permanecerán siempre como ejemplo de una actitud escrupulosisima hacia la teoría. El bolchevismo jamás habría cumplido su misión histórica si careciese de esta cualidad fundamental. El Stalinismo grosero, ignorante y absolutamente empírico, presenta bajo este mismo aspecto el reverso del bolchevismo.

 

Hace más de 10 años que la oposición lo declaraba en su plataforma: “Después de la muerte de Lenin, se creó toda una serie de nuevas “teorías” con el solo objeto de justificar “teóricamente” la desviación del grupo Stalinista del camino de la revolución proletaria internacional”. El socialista americano Liston Oak, que ha participado de cerca en la revolución española, ha escrito últimamente: “De hecho los revisionistas más extremos de Marx y de Lenin, son ahora los stalinistas. El mismo Bernstein (13) no osó hacer ni la mitad del camino que hizo Stalin en la revisión de Marx”. Es absolutamente cierto. Es necesario agregar solamente que en Bernstein había realmente necesidades teóricas: trataba concienzudamente de establecer una armonía entre la práctica reformista de la social-democracia y su programa. La burocracia Stalinista además de no tener nada de común con el marxismo, es también extraña a toda doctrina, programa o sistema. Su “ideología” está impregnada de un subjetivismo absolutamente policial; su práctica, de un empirismo de la más pura violencia. En el fondo los intereses de la casta de los usurpadores, es hostil a la teoría: no puede dar cuenta a sí misma ni a nadie de su papel social. Stalin revisa a Marx y a Lenin, no con la pluma de los teóricos, sino con las botas de la G. P. U.

 

PROBLEMAS MORALES

Los fanfarrones insignificantes, a quienes el bolchevismo les ha arrancado sus caretas, tienen la costumbre de lamentarse de la “amoralidad del bolchevismo”. En el ambiente pequeño-burgués de intelectuales, demócratas, “socialistas”, literatos, parlamentarios y otras gentes de la misma laya, existen valores convencionales o un lenguaje convencional para cubrir la ausencia de verdaderos valores. Esta amplia y abigarrada sociedad donde reina una complicidad reciproca – “¡vive y deja vivir a los demás!” – no soporta en su piel sensible, el contacto de la lanceta marxista. Los teóricos que oscilan entre los dos campos, los escritores y los moralistas, pensaban y piensan que los bolcheviques exageran con mala intención los desacuerdos, son incapaces de una colaboración “leal” y que por sus intrigas rompieron la unidad del movimiento obrero. El centrista sensible y susceptible cree, ante todo, que los bolcheviques “calumnian”, porque éstos llevan su pensamiento hasta las ultimas consecuencias, lo que ellos son incapaces de hacer. Sin embargo, sólo con esa preciosa cualidad de ser intolerante para todo lo que es híbrido y evasivo, se puede educar a un partido revolucionario para que las “circunstancias excepcionales” no lo sorprendan de improviso.

 

La moral de todo partido deriva en el fondo, de los intereses históricos que representa. La moral del bolchevismo, que contiene la devoción, el desinterés, el valor, el desprecio por todo lo falso y vano ¡las mejores cualidades de la naturaleza humana!- deriva de su intransigencia revolucionaria puesta al servicio de los oprimidos. En este sentido, también la burocracia Stalinista imita las palabras y los gestos del bolchevismo. Mas, cuando la “intransigencia”, y la “inflexibilidad” se cumple por intermedio de un aparato policial que está  al servicio de una minoría privilegiada, esas cualidades se transforman en una fuente de desmoralización y de gangsterismo. Inspiran solamente desprecio los que identifican el heroísmo revolucionario de los bolcheviques con el cinismo burocrático de los termidorianos.

 

Aun hoy, a pesar de los dramáticos acontecimientos del último periodo, el mediocre filisteo continúa creyendo que la lucha entre bolchevismo (trotskismo) y el Stalinismo, es un conflicto de ambiciones personales, o en el mejor de los casos, una lucha entre dos “tendencias” del bolchevismo. La expresión más cruda de este punto de vista es la de Norman Thomas, líder del partido socialista americano. “No hay razón para creer – escribe en el Socialist Review de Septiembre de 1937, página 6 – que si Trotsky hubiese estado en lugar de Stalin habrían terminando las intrigas, el complot y el terror de Rusia”. Y este hombre se cree… marxista.

 

Con el mismo fundamento se podría decir: “No hay razón para creer que si en lugar de Pío XI se encontrara en el trono de Roma, Norman 1º, la Iglesia Católica se transformaría en un reducto socialista”. Thomas no comprende que se trata no de un match entre Stalin y Trotsky, sino de un antagonismo entre la burocracia y el proletariado. Por cierto que en la U. R. S. S. la capa dirigente está obligada a adaptarse a la herencia revolucionaria que aún no está completamente liquidada, preparando al mismo tiempo un cambio en el régimen social, por medio de una guerra civil declarada (“depuración” sangrienta, exterminación en masa de los descontentos). Pero en España la camarilla Stalinista se presenta desde hoy abiertamente como el refugio del orden burgués contra el socialismo. La lucha contra la burocracia bonapartista se transforma, ante nuestros ojos, en lucha de clases: dos mundos, dos programas, dos morales. Si Thomas piensa -que la victoria del proletariado socialista sobre la casta abyecta de los opresores no regenerara  política y moralmente el régimen soviético, demuestra con ello que a pesar de todas sus reservas, sus tergiversaciones y sus piadosos suspiros se encuentra mucho más cerca de la burocracia Stalinista que de los obreros revolucionarios. Al igual que aquéllos que denuncian la “inmoralidad” de los bolcheviques, Thomas es simplemente un advenedizo de la moral revolucionaria.

 

LAS TRADICIONES DEL BOLCHEVISMO Y LA IV INTERNACIONAL

Para los “izquierdistas” que ignorando el bolchevismo tratan de “volver” al marxismo, todo se reduce simplemente a algunos remedios aislados: boicotear los antiguos sindicatos, boicotear el parlamento, crear “verdaderos” soviets. Todo eso podía parecer extraordinariamente profundo en la fiebre de los primeros días que siguieron a la guerra. Pero hoy, a la luz de la experiencia sufrida, estas “enfermedades infantiles” han perdido todo interés aun en su carácter de curiosidades. Los holandeses Gorter y Panneckoek, los “espartaquistas” alemanes y los bordighistas italianos(14), han manifestado su independencia con respecto al bolchevismo, oponiendo a sus rasgos uno de los suyos artificialmente agrandados. De esas tendencias de “izquierda” no queda nada, práctica ni teóricamente: prueba directa, pero importante, de que para nuestra época, el bolchevismo es la única forma del marxismo.

 

El partido bolchevique ha demostrado, en la acción, la combinación de suprema audacia revolucionaria y de realismo político. Por primera vez ha establecido entre la vanguardia y la clase la única relación capaz de asegurar la victoria. La experiencia ha demostrado que la unión del proletariado con las masas oprimidas de la pequeña burguesía de las ciudades y de los campos, es posible únicamente con la derrota política de los partidos tradicionales de la pequeña burguesía. El partido bolchevique ha enseñado al mundo entero cómo se realiza la insurrección armada y la toma del poder. Los que oponen una abstracción de soviets, a la dictadura del partido, deberían comprender que únicamente gracias a la dirección de los bolcheviques, los soviets se elevaron del pantano reformista al papel de órganos del Estado proletario. En la guerra civil, el partido bolchevique ha realizado una justa combinación del arte militar con la política marxista. Aunque la burocracia Stalinista consiguiera arruinar las bases económicas de la nueva sociedad, la experiencia de la economía planificada, realizada bajo la dirección del partido bolchevique, quedará  para siempre en la historia como una escuela superior para toda la humanidad. Únicamente no ven todo esto los sectarios, que ofendidos por los golpes recibidos, han vuelto la espalda al proceso histórico.

 

Pero esto no es todo. El partido bolchevique ha podido hacer un trabajo “práctico” tan grandioso, únicamente porque todos sus pasos estaban iluminados por la luz de la teoría. El bolchevismo no la ha creado: Ha sido dada por el marxismo. Pero el marxismo es la teoría del movimiento y no del reposo -y solamente acciones realizadas en una escala histórica grandiosa, podían enriquecer la teoría. Por el análisis de la época imperialista como época de guerras y de revolución; de la democracia burguesa en el periodo de decadencia del capitalismo; de la relación entre la huelga general y la insurrección; del papel del partido, de los soviets y de los sindicatos en la época de la revolución proletaria; de la teoría del estado soviético; de la economía de transición; del fascismo y del bonapartismo a la época de descomposición capitalista; en fin, por su análisis de la degeneración del mismo partido bolchevique y del estado soviético, el bolchevismo ha aportado al marxismo una contribución preciosa. Que se nos nombre otra tendencia que haya agregado algo esencial a las conclusiones y a las generalizaciones del bolchevismo. Vandervelde, De Brouckere, Hilferding, Otto Bauer, León Blum, Ziromsky, etc. sin hablar del mayor Attleey y de Norman Thomas(15) viven teórica y políticamente de las reliquias del pasado. La degeneración del Comintern se expresa en la forma más brutal en el hecho de que ha caído teóricamente al nivel de la II Internacional. Los grupos intermediarios de toda ¡índole (Independent Labour Party de Inglaterra, el P. 0. U. M.(16) y sus semejantes) vuelven a adaptar semanalmente, para sus necesidades del momento las migajas de Marx y de Lenin. Los obreros no aprenderán nada entre esta gente.

 

Solamente los constructores de la IV Internacional(17), al adoptar las tradiciones de Lenin y de Marx, han tomado una actitud seria con respecto a la teoría. Que los filisteos se burlen porque veinte años después de la Revolución de Octubre, los revolucionarios se han visto reducidos a las tareas de una modesta preparación de propaganda.

En este aspecto como en otros, el gran capital es mucho más perspicaz que los filisteos pequeño burgueses que se consideran “socialistas” o “comunistas”. No es por nada que la cuestión de la IV Internacional no desaparece de las columnas de la prensa mundial. La imperiosa necesidad histórica de una dirección revolucionaria, asegura a la IV Internacional ritmos excepcionalmente rápidos en su desarrollo. El hecho de que no se ha formado fuera del gran camino de la historia, sino que ha surgido orgánicamente del bolchevismo, es la garantía más importante de sus éxitos futuros.

 

LEON TROSTKY

Agosto de 1937

 

N 0 T A S

(1) El Bureau de Londres reunía a pequeñas organizaciones socialistas que oscilaban entre el reformismo y el marxismo revolucionario. La más importante era el Independent Labour Party.

(2) Políticos socialdemócratas al es.

(3) Denominación de la 3.a Internacional.

(4) Dirigente staliniano búlgaro que fue presidente de la 3ª. Internacional y procesado por Hltler a raíz de­ Incendio del Reischtag.

(5) Procesos judiciales seguidos por Stalin contra los oposicionistas y que significaron la liquidación de toda la vieja guardia bolchevique y su fusilamiento.

(6) Político ruso social revolucionario, que ocupara la presidencia del gobierno después de la revolución de Febrero de 1917.

(7) Nueva Política Económica. Cambio en la orientación económica de los Soviets, después de la Guerra Civil y propiciada por Lenin.

(8) Confederación Nacional de Trabajadores. o central sindical español de orientación anarquista.

(9) Críticos revisionistas del Leninismo.

(10) Fortaleza en Petrogrado, donde se insurreccionaron los marineros durante la guerra civil en Rusia,

(11) Guerrillero campesino que luchó contra los soviets, de orientación anarquista.

(12) Socialistas ingleses, pertenecientes a la Asociación Fabiana.

(13) Teórico socialdemócrata alemán, figura ‘Principal del revisionismo.

(14) Corriente Izquierdista del comunismo italiano.

(15) Dirigentes socialdemócratas de la 2.a Internacional.

(16) Partido Obrero de Unificación Marxista, organización centrista cuya fuerza principal estaba en Barcelona. Reprimida violentamente por el Stalinismo durante la guerra civil española.

(17) Cuarta Internacional, Partido Mundial de la Revolución socialista, fundada por Trotsky en 1938, que defiende las Ideas de la Revolución Proletaria.

Enrique Espinoza y la Revista Babel. Del sincretismo ideológico al trotskismo intelectual. Recepción de la ideología trotskista en Chile (1936-1945)

 

 

por Sebastián Hernández

Aquí se confunde el tropel -de los que a lo infinito tienden- y se edifica Babel -en donde todos se comprenden.

Revista Babel, mayo 1939.

 

La presente investigación se centra en la figura de Enrique Espinoza, su entorno intelectual como lo es la revista Babel y –en menor medida- su precedente, la revista SECH. Aquí observaremos cómo este escritor a través de sus diferentes trabajos logró encasillarse como un intelectual de renombre en el país y en el continente, generando una atmósfera intelectual como pocas, las cuales trajeron consigo respuestas ideológicas e intelectuales, como muy escasas veces se ha dado en nuestro territorio.

 

Samuel Glusberg, verdadero nombre de Enrique Espinoza, nació en Kischinev Rusia, en Junio de 1898. Llegó a Buenos Aires en 1905 a los siete años, ya que su padre, el rabino Ben Sión Glusberg, tuvo que emigrar con su familia huyendo de los Progroms.1 Desde muy pequeño Glusberg mostró su talento y habilidades en las letras, a los 16 años ya leía a literatos de renombre como Tolstoi, Turguenev, Heinrich Heine y Baruch Espinoza, de los cuales construyó su seudónimo en la creación de las letras de Enrique Espinoza2.

 

En 1921, todavía en Argentina, Espinoza publicó Babel, la revista de arte y crítica donde se unieron escritores muy destacados como Augusto D ́Halmar, Pedro Prado, Juan Marinello, Jorge Basadre, Horacio Quiroga, Gabriela Mistral, José Carlos Mariátegui, entre otros. Este elemento hace que a su corta edad, Espinoza ya lograse conformar una relación intelectual con grandes escritores de nuestro país y el continente, erigiendo un entorno intelectual importante. Esta situación hará que su trabajo desde muy joven, se legitimase gracias a las relaciones y críticas que recibió por sus pares de mucho mayor renombre.

 

Posteriormente, entre 1932 y 1935, Enrique Espinoza intentará editar la nueva revista Trapalanda. Un colectivo porteño, la cual tuvo una existencia casi insignificante. Seguido a esto crea su libro “Trinchera”, el cual intentó resumir su política cultural y definirse como un animador de esta índole4. De esta manera, circunstancias de época tales como la muerte de Mariátegui, la explosión de la Guerra Civil Española, la crisis económica, la irrupción de distintas dictaduras en nuestro continente y el desplazamiento de la intelectualidad de izquierda en Argentina por el viraje fascista de Lugones, fueron hechos que paulatinamente hacen que Enrique Espinoza vaya politizando su actuar y reestructure políticamente su “proyecto creador”, el cual se ve representado a través de SECH y la revista Babel en Chile.

 

Desde los parámetros metodológicos propuestos por la Historia Intelectual se desarrollara nuestra investigación. Ésta se centra en la siguiente hipótesis: la percepción intelectual trotskista se representó a través de Enrique Espinoza y la publicación de la revista Babel, en donde la relación personal de Espinoza con Trotsky, el apego a sus posturas y la muerte de éste último, provocaron un giro ideológico y una nueva línea editorial en la revista, reestructurando su atmósfera intelectual.

 

Finalmente, la cronología de estudio se centrará en el periodo comprendido entre 1936 y 1945, en 1936 las primeras publicaciones de Enrique Espinoza en Chile muestran sus planteamientos ideológicos sobre su postura política y el comportamiento de los intelectuales. A esto seguiremos desde 1939 con las primeras publicaciones de la revista Babel, en donde distinguiremos el explícito sincretismo ideológico que propone

entre las ideas libertarias y el trotskismo. Finalmente concluiremos entre 1941 a 1945, donde ya se puede observar de manifiesto la reestructuración de todos los intelectuales del equipo editorial de Babel en torno a las ideas trotskistas.

 

  1. a) Espinoza en la SECH y la conformación del espacio intelectual. Sus primeros atisbos ideológicos en Chile (1935-1939).

En 1935, Enrique Espinoza se radicó en Santiago, escribiendo breves ensayos a través de la revista de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH). A partir de esta publicación, el autor comenzó a conformar un proyecto creador donde mostró un planteamiento intelectual revolucionario. A través de sus artículos, Espinoza resaltó la actitud ejemplar de diferentes intelectuales en el mundo, los cuales son capaces de mostrar una autonomía legitimada al seguir una línea trotskista revolucionaria y crítica a la URSS.

 

De este modo, Espinoza mostrando parte de su pensar, le restó importancia a las figuras políticas y sus proyectos organizacionales, ya que según él lo que realmente cobra importancia, es la dificultad de ser intelectualmente revolucionario al interior de la sociedad porque “…los auténticos pensadores revolucionarios, no pierden en ningún momento su independencia de juicio”, haciendo mucho más complejo la expresión de sus creaciones en una sociedad adversa políticamente.

 

En los primeros escritos de Espinoza en la SECH, podemos observar un inicial atisbo ideológico del autor conducido hacia el trotskismo. Resaltando en diferentes artículos su propia figura de revolucionario o comparando diferentes actitudes intelectuales con las acciones desarrolladas por él, logrando apreciar el giro crítico de Espinoza. Así, temprana y explícitamente en relación a la situación de nuestro país, Espinoza comenzó a recepcionar las posturas ideológicas de Trotsky y a enaltecer su figura en Chile, en forma paralela y sin ningún nexo político con la alicaída Izquierda Comunista chilena. Ejemplo de los componentes ideológicos marxistas, se puede ver expresado a través de las siguientes líneas:

“En la práctica de la dictadura del proletariado, antídoto invitable impuesto por la resistencia armada de la burguesía internacional y que expresa la barbarie del pasado antes que la cultura del porvenir –los nombres de Lenin y Trotsky se hacen pronto para los revolucionarios del mundo entero tan inseparables como los de Marx y Engels en la teoría.”

 

Espinoza dio a entender a través de su obra, la ideología y cultura política que éste poseía, donde muestra su aprecio por las ideas representadas por Trotsky en una época en que el estalinismo calaba fuerte en nuestro país y el Partido Comunista cada vez se bolchevizaba en mayor medida, mientras que alero político trotskista se desarticulaba con la desintegración de la Izquierda Comunista y la incorporación de sus miembros al Partido Socialista de Chile.

 

Sin embargo, el punto de mayor importancia en relación de los ideales trotskistas con Espinoza, es la visita del autor en 1938 a Trotsky en Coyoacán, México. Fue esta visita la que repercutió fuerte en la ideología de Enrique Espinoza, ya que junto con entregarle mucha literatura política de su autoría, Espinoza se convirtió en su agente literario en Chile, fortaleciendo sus posturas ideológicas con mucha más fuerza hacia el trotskismo.

Su relación con otros intelectuales de nuestro país que también poseían un enfoque similar en cuanto a lo revolucionario, generó una nueva atmósfera intelectual. Esta atmósfera se nutrió de diferentes escritores capaces de criticar sin tapujos el sistema y mostrar una adhesión similar por la revolución y el objetivo de la sociedad comunista.

 

Es así, como Espinoza entabló una relación de amistad, ideológica e intelectual con los autores Manuel Rojas, Ernesto Montenegro y González Vera, instaurando una unidad intelectual capaz de expresar posturas ideológicas a través de las letras y la literatura como muy pocas veces se ha representado en Chile. Esta vinculación de amistad e intelectualidad pudo haberse desarrollado, por lo común que se presentaban los temas tratados por estos autores. Tal como Espinoza generaba artículos referentes a las posturas de Trotsky respecto a los referentes del marxismo y la actitud revolucionaria de algunos intelectuales, Manuel Rojas expuso trabajos como “José Martí y el espíritu revolucionario en los pueblos” y Ernesto Montenegro por su parte escribía artículos como “Horacio Quiroga visto del extranjero”, donde no sólo se analizaba y adulaba la misma figura de Espinoza, sino que también se le veía como un revolucionario intelectual.

 

De esta forma se comenzó a conformar el grupo intelectual que integró Babel. Muchos de ellos, aun cuando no poseyeron las mismas posturas ideológicas, conformaron una amistad y un equipo, con un “proyecto creador” capaz de enarbolar ciertos enfoques intelectuales -como el anarquismo y el trotskismo- muy importantes en relación a la estructuración ideológica política nacional y la instauración de un nuevo imaginario literario para nuestro país.

 

Así, a través de los diferentes artículos presentados por Espinoza en la revista SECH, podemos apreciar los primeros planteamientos ideológicos del autor en relación a su postura política y, sumado a ello, el comportamiento de los intelectuales, quienes logrando entablar un círculo cercano de pensamiento, comenzaron a generarse fama por medio de sus trabajos literarios. Esta situación les otorgó una legitimación para expresarse libremente y con argumentos “de sobra” acerca de sus posturas políticas. Sus enfoques, tuvieron vida a través de sus críticas y creaciones inclusive en periodos posteriores a la revista Babel.

 

  1. b) El sincretismo ideológico en la reanudación de Babel (1939-1940).

En 1939, ya teniendo distintas publicaciones de sus artículos en Chile, Espinoza reanudó en forma mensual el tiraje de Babel en Santiago, organizando un soporte crítico con los artículos extraídos de otras revistas internacionales. A partir de esta instancia es que podemos observar en Babel un sincretismo ideológico representado por el equipo editor de la revista.

 

Esta heterodoxia ideológica presente en Babel, se representó a través de las distintas posturas políticas defendidas por sus integrantes intelectuales. El trotskismo representado por el mismo Espinoza o las ideas libertarias representadas por Rojas, Montenegro y González Vera, forman parte central de este bagaje intelectual.

 

Estos distintos enfoques ideológicos podían verse en explícito en los primeros números de la revista. Allí Enrique Espinoza tradujo y editó artículos contra el fascismo y el antiestalinismo como “Stalin como ícono” de Edmun Wilson o “Posteriptum a Mussolini” de Emil Ludwig; por su parte, los demás colaboradores de la publicación como Manuel Rojas, produjeron trabajos literarios con alusión al Anarquismo, como “Deshecha rosa”.

 

Es de esta manera como se va afirmando en nuestra palestra literaria, una revista con diferentes matices ideológicos, la que, sin embargo, poseía objetivos claros en los que concordaban los principales colaboradores de la revista. Estos elementos eran:

 

  1. a) el hecho de mostrar las diferentes posturas libremente, “Libres de prejuicios, como buenos americanos, haremos naturalmente lugar a la polémica esclarecedora, seguros que para tener razón no es preciso de ningún modo cortar la cabeza al adversario.”
  2. b) la dirección de la revista enfocada hacia un solo sector de la población; la población inteligente y cercana, capaz de comprender sus posturas, “bajo el signo de tan alta esperanza y sin ningún principio mezquino, pues, en este día consagrado a los trabajadores de todos los países para brindar a los mas cercanos e inteligentes una serie de periódicos de ensayos, artículos y narraciones de valor permanente documental.”

 

Y por último,

 

  1. c) la apreciación -bajo cada uno de sus distintos parámetros ideológicos- de la Revolución como la única manera de llegar a la sociedad comunista. Esto lo podemos observar por medio de la edición de divergentes números en Babel referidos a la Revolución, como el número de los últimos meses de 1940 el cual se titulaba “de la poesía a la Revolución”.

 

De esta manera, se ve representada una heterodoxia ideológica en la cual sus diferentes posturas no se observan relacionadas a la ideología trotskista y libertaria, ya que al enfocar la revista hacia una dirección intelectual, lo único que logra es desenvolverse en un ámbito elitista y sectario. Sin embargo, esta postura se genera porque en la reanudación mensual de Babel se ofrece un horizonte de reflexión fundamentalmente a una elite citadina, en donde pueda ser leída por “opinantes de relieve”, según González Vera, que no pertenezcan al mundo popular para que pueda informar sobre la cultura del trabajador, la que siempre es permeada por la burguesía. De este modo, en Babel los estudiantes se transforman en el nexo difusivo entre intelectuales y trabajadores, gracias a la entrega de todos los números de la revista a las universidades y federaciones de las casas de estudio más importantes del país.

 

Sin embargo, y a pesar de esta heterodoxia ideológica representada por el círculo de colaboradores más cercanos de la revista Babel, es necesario distinguir que este equipo intelectual se preocupó de mantener un “crítica positiva” en torno a los artículos editados por su revista. Este mecanismo permitió que las ideas políticas expresadas, alcanzaran importancia a través de la aprobación de sus pares en el campo intelectual en el que estuvo inmerso.

 

Para que este elemento sucediese, los diferentes colaboradores -como Espinoza- publicaban entero o parte de sus artículos en distintos diarios del país, exponiendo sus creaciones a una especie de prueba, en donde de pasar sus artículos las críticas de sus pares y del público, estos textos podrían ser publicados en Babel. Este hecho lo podemos ver manifestado en el diario La Hora de Santiago, donde Espinoza escribió en el primer párrafo de su artículo lo siguiente:

“En este tiempo de guerra y traición, todos los días nos sorprende una noticia amarga que, contra nuestra costumbre, nos empuja a improvisar un artículo, sin acordarnos la demora de una cuantas semanas para traducir después para “Babel”, sobre el mismo tema, uno más autorizado a los ojos del público.”

Claramente, elementos como estos son lo que permitieron hacer que la revista Babel, a pesar de su sincretismo ideológico y su temprana edición en nuestro país, se enarbole como una de las revistas literarias intelectuales más importantes de nuestro territorio. Distinguida por sus mismos pares y por los estudiantes, la revista logró un lugar importante dentro de la estructura del campo intelectual de nuestro país y del continente.

 

La consagración de Babel y el giro ideológico de sus colaboradores centrales (1941, 1943-1945).

A raíz de la muerte de León Trotsky en 1940, la revista Babel sufrió un giro ideológico explícito hacia el trotskismo. En dicho giro –en sus últimos números antes del primer cese de publicaciones en julio de 1941- la revista desarrolló un número exclusivo en homenaje a Trotsky y sus postulados ideológicos, sin encontrar críticas por partes de los emblemas libertarios de la revista.

 

En este sentido, más que exponer el trabajo realizado por el siempre trotskista Enrique Espinoza, se hace necesario mostrar los trabajos realizados por sus pares, quienes aún siendo defensores de postulados anarquistas, también se adscribieron al giro ideológico, dando cuenta de la recepción de estos postulados en la realización de este número homenaje. Es así como a través de Manuel Rojas, podemos observar la relación que poseyó este intelectual con los distintos elementos trotskistas, en las siguientes líneas:

 

“La muerte de León Trotsky pone punto final a la historia del partido bolchevique ruso. Un gran partido muere con el gran hombre que era su último combatiente. Con el partido y con el hombre termina, de una vez y para siempre, en todos sus aspectos vitales inmediatos, el movimiento social y político que ese partido y los hombres que lo formaban promovieron en Rusia y que tanto alcance y trascendencia ha tenido en el mundo. Definitivamente,porque lo que queda, aquello que en el terreno social y político fue realizado por ese partido y esos hombres, es un organismo que está muy lejos de esos hombres y de ese partido: un Estado Obrero degenerado, como el mismo Trotsky decía.”
Claramente, estas líneas recién expuestas ponen en evidencia la incoherencia ideológica de Manuel Rojas en su postura como anarquista. En estas líneas, Rojas no hace otra cosa que enaltecer a un líder político y a su partido, otorgando posturas positivas a estructuras burocráticas a las que se supone que cualquier anarquista aborrece.

 

Una vez ya presentados los últimos números de Babel en 1941, la revista cesó sus publicaciones para reanudarlas en 1943, donde incorporó nuevos colaboradores intelectuales comenzando a editarla de forma bimestral. Esta reanudación trajo consigo dos elementos centrales alrededor de Babel. Primero que todo, generó una perspectiva ideológica más clara y concreta, donde los colaboradores intelectuales se alinearon hacia un ideario pacifista humanista vinculado a la resistencia contra el fascismo y el nacional socialismo de las décadas del 30 ́ y 40 ́, propio de las posturas trotskistas más generales adoptadas en la fundación de la IV Internacional, aunque sin desarrollar alguna conexión con partidos de esta índole como el POR. Seguido de esto, la revista logró consagrarse en el campo intelectual a través de su “proyecto creador autónomo”, legitimado por sus propios pares.

 

El hecho de que Babel lograra consolidarse en sus posturas ideológicas, comenzó con el liderazgo efectuado por Enrique Espinoza quien, al establecer como editor hacer un número en homenaje a Trotsky, moldeó la ideología presente en sus colaboradores. Es así como desde 1943, el autor comenzó a adherirse de manera mucho más fuerte a los postulados de Marx y Engels al igual que de los referentes de la Revolución Rusa como lo eran Lenin y Trotsky, generando así, una consolidación ideológica de la recepción trotskista a nivel intelectual en nuestro país a través de su persona y la revista Babel.

 

Seguido a esto, también no hay que dejar de mencionar que junto con la consolidación ideológica que obtuvo la revista Babel a partir de 1943, también se logró su consagración a nivel intelectual. La revista, por medio de la integración de distintos personajes de renombre tales como el diseñador Mauricio Amster (1944) y, junto con ello, una gran selección de ensayos en donde podemos encontrar a Gabriela Mistral, Ciro Alegría, Thomas Mann, Hannah Arendt, Albert Camus, Mc Donald, entre otros, permite su reconocimiento a un mayor nivel en el espacio de la intelectualidad chilena. De lo anterior es que podemos afirmar que con la consagración intelectual que vivió Babel desde 1943, se logró dar la unión perfecta entorno a un círculo intelectual concreto. Con esta afirmación, la revista se proveyó de una crítica positiva y legitimación otorgada por sus pares y el público, permitiendo el desarrollo de grandes figuras del pensamiento nacional en un “proyecto creador” respecto del trotskismo y sus elementos fundamentales apegados al marxismo. Así podremos ver a lo largo de la revista artículos como “Depauperación y concentración de capital” de Laín Diez, “Heine y Marx” de Enrique Espinoza, “España otra vez” de Manuel Rojas, “La iglesia católica y el fascismo” de Guido Piovene, entre otros; todos ellos, muestra de la inclinación de la revista hacia el trotskismo-marxismo.

 

Conclusiones

Enrique Espinoza es un referente de la recepción trotskista en Chile. A través de sus posturas ideológicas expresadas en sus creaciones literarias, logró representar los elementos centrales del trotskismo intelectual. Las cuales se pueden ver encarnadas en la acción de generar una propuesta intelectual antes que una organizacional, una férrea contraposición a Stalin, apoyar la idea del americanismo y no el socialismo en un solo país y la similitud a la Izquierda Comunista al proponer ideas realistas y poco dogmáticas.

 

A esto debemos añadir que a través de la revista Babel y su número en homenaje a Trotsky junto con su reanudación de su edición en 1943, logró provocar un vuelco ideológico en los intelectuales libertarios que comprendía el grupo más importante de esta revista, ya que a través de su consagración intelectual, también trajo consigo una consolidación ideológica en donde sus mayores referentes desarrollaron una crítica positiva y hasta aduladora de las temáticas planteadas por este personaje revolucionario intelectual marxista.

 

Es a través de este hecho que podemos comprender que el liderazgo político e influencia ideológica que poseyó Espinoza frente a su equipo editor, deja entrever la heterodoxia ideológica que tuvieron estos escritores con arraigo libertario, sintiéndose incentivados por propuestas sobre el “bien común”, sin importar la prosecución dogmática de una línea política. Esto nos muestra, en un nivel de análisis mucho más amplio, cómo los diferentes personajes de corte ácrata en nuestro país, poseyeron un bagaje ideológico mucho menor a diferencia de las teorías y reflexiones marxistas que llegaron a Chile. Esto lo notamos como resultado de la adhesión anarquista hacia las proclamas trotskistas, por el apoyo en difundir las diferentes ideas en las bases intelectuales que eran representadas en parte por Samuel Glusberg.

 

Por último, es preciso destacar como Enrique Espinoza y la revista Babel forman parte importante del campo intelectual chileno. Babel y Espinoza, a través de sus varias publicaciones fueron capaces de generar un nuevo imaginario literario en nuestro país, compuesto de una crítica cultural estricta en relación a las letras y a un repensar en la política de Chile, basado en ideologías fuertemente argumentadas en beneficio de nuestra sociedad. Es por esto que, sin lugar a dudas, Espinoza y Babel marcan “un antes y un después” en la escena de las letras chilenas y en el rol del intelectual en nuestra sociedad.

 

(Universidad Diego Portales:

http://www.udp.cl/descargas/facultades_carreras/historia/revista/hernandez_3.pdf)