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La descomunal huella de carbono de las poderosas corporaciones de la carne y los lácteos

por GRAIN

Tres compañías de producción de carne —JBS, Cargill y Tyson— emitieron más gases con efecto de invernadero el año pasado que toda Francia, y casi tanto como algunas de las mayores compañías petroleras, tales como Exxon, BP y Shell. Pocas compañías de carne y lácteos calculan o publican sus emisiones climáticas. Así que, por primera vez en la historia, hemos calculado las emisiones de las corporaciones relacionadas con la cria de animales utilizando la metodología más abarcadora creada hasta la fecha por la Organización de Naciones Unidas de la Agricultura y la Alimentación (FAO). Seguir leyendo La descomunal huella de carbono de las poderosas corporaciones de la carne y los lácteos

La participación del trabajo en la renta nacional

por Michael Roberts//

Los principales blogueros keynesianos han estado analizando una vez más las causas de la desigualdad. En particular, han puesto de manifiesto la aparente disminución de la participación del trabajo en la renta nacional en la mayoría de las economías capitalistas avanzadas desde principios de la década de 1980.

De acuerdo con un informe de la OIT, en 16 países desarrollados, el trabajo tenía una participación del 75% del ingreso nacional a mediados de la década de 1970, pero se redujo al 65% en los años previos a la crisis económica. Subió en 2008 y 2009 – pero sólo porque el ingreso nacional se contrajo en esos años, antes de reanudar su curso descendente. Incluso en China, donde los salarios se han triplicado en la última década, el porcentaje de los trabajadores en la renta nacional ha disminuido.

El último Informe Económico Mundial del FMI considera que “después de haber sido bastante estable en muchos países desde hace décadas, la proporción del ingreso nacional pagado a los trabajadores ha disminuido progresivamente desde la década de 1980”.

El FMI continua: “la parte del trabajo en la disminución de los ingresos, cuando los salarios crecen más despacio que la productividad, o la cantidad de producción por hora de trabajo. El resultado es que una fracción cada vez mayor de las ganancias de la productividad ha estado yendo al capital. Y como el capital tiende a concentrarse en los extremos superiores de la distribución de los ingresos, la disminución de la parte de los ingresos del trabajo tiende a aumentar la desigualdad de ingresos“.

El blogger keynesiano Noah Smith escribió en un artículo: “durante décadas, los modelos macroeconómicos asumieron que el trabajo y el capital se repartirían proporciones más o menos constantes de la producción: el trabajo un poco menos de dos tercios de la tarta, el capital de poco más de un tercio . Hoy en día la proporción es 60%-40%”. ¿Qué ha ocurrido? Smith reconoce que hay cuatro posibles explicaciones: 1) China, 2) robots, 3) monopolios y 4) propietarios.

Por China quiere decir que la globalización y la deslocalización de la fabricación de productos por las multinacionales a las llamadas economías emergentes ha hecho que el trabajo en las economías avanzadas pierda puestos de trabajo y sus salarios se estanquen a pesar de que la productividad ha aumentado. Sin embargo, como señala Smith, la participación del trabajo ha caído también en China y (hasta hace poco) la desigualdad de ingresos aumentó considerablemente.

En cuanto a la sustitución acelerada de trabajadores por máquinas, gracias a los robots y la inteligencia artificial, lo que parece estar sucediendo es que las empresas más eficientes, de alta tecnología están creciendo rápidamente, dejando atrás a las empresas ineficientes que utilizan más mano de obra. Estas empresas menos eficientes pierden cuotas de mercado y comienzan a emplear menos trabajadores también.

Esa es más o menos la tendencia en la acumulación capitalista desde una perspectiva marxista, por lo que no debería sorprender. De hecho, el informe del FMI respalda este punto de vista: “En las economías avanzadas, aproximadamente la mitad de la disminución de la participación del trabajo se puede atribuir al impacto de la tecnología. La disminución fue impulsada por la combinación de un rápido progreso en la tecnología de la información y las telecomunicaciones, y una alta proporción de trabajos que podrían ser fácilmente automatizados”.

La teoría económica convencional solía defender que las desigualdades eran el resultado de cualificaciones diferentes de la fuerza de trabajo y que la proporción de la renta nacional del trabajo dependía de la carrera entre la mejora de la formación y la educación de los trabajadores y la introducción de máquinas para reemplazar cualificaciones anteriores.

De hecho, otro destacado keynesiano, Brad Delong todavía apoya esta respuesta. En una nota reciente, sugiere que Smith y Krugman están equivocados. “Permítanme sugerir que no hay ningún misterio que explicar”. Si nos fijamos en la participación del trabajo en el PIB neto, es decir, después de deducir la depreciación (la cantidad de producción necesaria para reemplazar las plantas y maquinaria desgastada), la tasa del trabajo en realidad no ha caído, excepto durante la Gran Recesión.

 

Delong concluye que la redistribución de ingresos habida ha tenido lugar dentro de la tasa del trabajo, de los trabajadores de bajos ingresos a los de altos (CEOs, ejecutivos, médicos y dentistas, etc.) y no entre el trabajo y el capital.

El argumento de Delong no es convincente. En primer lugar, no se puede definir la depreciación como beneficio, pero es claramente una deducción del beneficio bruto. En segundo lugar, aunque el gráfico anterior sí muestra una tendencia decreciente de la participación del trabajo en la renta después de su fuerte aumento a finales de 1960, lo que condujo a una intensificación de la caída de la rentabilidad en la mayoría de las economías capitalistas avanzadas desde mediados de la década de 1960 y en la lucha de clases que la acompaño. El descenso también fue significativo desde el año 2000, durante la burbuja crediticia en los EE UU (a diferencia de Europa, donde la participación del trabajo se mantuvo constante e incluso aumentó durante la Gran Recesión: lo contrario de lo que ocurrió en Estados Unidos).

Y en tercer lugar, los aumentos de los ingresos de los ejecutivos y los médicos, dentistas, abogados y otros “profesionales libres” son en realidad beneficios y no salarios. Ver el excelente trabajo de Simon Mohun en este sentido.

Paul Krugman ha vuelto al tema de la caída de la participación del trabajo en una reciente nota en su blog, en la que argumenta que es el poder de monopolio de empresas de capital intensivo como Google, Microsoft, etc., y las compañías de energía las que están detrás de la subida de los beneficios en la economía global. Es un viejo argumento en su caso. Como ya dijo en 2012: “¿Estamos volviendo a hablar de verdad del conflicto capital/ trabajo?¿No es una discusión vieja, casi marxista, obsoleta en nuestra moderna economía de la información?”

Krugman reconoce que las desigualdades de ingresos y riqueza en la sociedad estadounidense y la participación cada vez menor de los ingresos que perciben los trabajadores del sector capitalista no se deben al nivel de educación y cualificación de la fuerza de trabajo de Estados Unidos, sino a factores más profundos. En 2012, citó dos explicaciones posibles: “Una es que la tecnología ha dado un giro que coloca a la mano de obra en desventaja; la otra es que estamos ante los efectos de un fuerte aumento del poder de monopolio. Piense en estas dos historias haciendo hincapié en los robots, por un lado, y los ‘barones ladrones‘ (robber barons), por el otro”.

El primer argumento es que la tecnología moderna está ‘sesgada a favor del capital’, es decir, que tiene como objetivo reemplazar mano de obra por máquinas progresivamente. Krugman lo expresó así: “El efecto de los avances tecnológicos en los salarios depende del sesgo del progreso; si está sesgado a favor del capital, los trabajadores no compartirán plenamente los aumentos de la productividad, y si está lo suficientemente sesgado a favor del capital, su situación puede incluso empeorar”.

Esto no es nuevo en la teoría económica marxista. Marx lo explicó de manera diferente a la teoría económica de su tiempo. La inversión en el capitalismo se lleva a cabo con fines de lucro, no para aumentar la producción o la productividad como tal. Si no se puede aumentar el beneficio lo suficientemente mediante más horas de trabajo (es decir, más trabajadores y más horas) o intensificando los esfuerzos (velocidad y eficacia – tiempo y movimiento), la productividad del trabajo sólo puede aumentarse entonces con mejor tecnología. Por lo tanto, en términos marxistas, la composición orgánica del capital (la cantidad de maquinaria e instalaciones en relación con el número de trabajadores) se elevará secularmente. Los trabajadores pueden luchar para mantener la mayor cantidad del nuevo valor que han creado como parte de su ‘compensación’, pero el capitalismo sólo invertirá para crecer si esa participación no se eleva tanto que hace que la rentabilidad del capital caiga. Por lo tanto, la acumulación capitalista implica una caída tendencial de la participación del trabajo, o lo que Marx llamaría una tasa creciente de explotación (o plusvalía).

Y sí, todo dependerá de la lucha de clases entre el capital y el trabajo por la apropiación del valor creado por la productividad del trabajo. Y está claro que el trabajo ha ido perdiendo la batalla, sobre todo en las últimas décadas, bajo la presión de las leyes anti-sindicales, el fin de la protección del empleo y la contratación fija, la reducción de beneficios sociales, un creciente ejército de reserva de desempleados y sub-empleados gracias a la globalización de la fabricación industrial.

Aparte de la tecnología sesgada a favor del capital, Krugman considera que la caída de la participación del trabajo en la renta puede ser causada por el ‘poder de los monopolios’, o la dominación de ‘barones ladrones’. Krugman lo pone de esta manera. Tal vez la parte del trabajo en la renta está cayendo porque: “en realidad no tenemos una competencia perfecta” bajo el capitalismo; “el aumento de la concentración de las empresas podría ser un factor importante en el estancamiento de la demanda de mano de obra, ya que las empresas utilizan su creciente poder de monopolio para subir los precios sin pasar las ganancias a sus empleados”.

Lo que Krugman parece sugerir es que es un defecto en la economía de mercado lo que crea esta desigualdad y que si erradicamos esa imperfección (los monopolios) todo se corregirá. De esta manera, Krugman plantea el tema en los términos de la economía neoclásica.

Pero no se trata de la dominación de los monopolios como tal, sino del dominio del capital. Si, el capital se acumula a través de una mayor centralización y concentración de los medios de producción en manos de unos pocos. Esto asegura que el valor creado por el trabajo sea apropiado por el capital y que la proporción destinada al 99% se reduzca al mínimo. Pero no se trata de que los monopolios sean una imperfección de la competencia perfecta, como quiere Krugman: es el monopolio de la propiedad de los medios de producción por unos pocos. Ese es el funcionamiento real del capitalismo, con todos sus defectos.

La caída de la parte de la renta nacional que va al trabajo comenzó justo en el momento en que la rentabilidad empresarial de Estados Unidos estaba en su punto más bajo en la profunda recesión de la década de 1980. El capitalismo tuvo que restaurar la rentabilidad. Lo hizo en parte aumentando la tasa de plusvalía despidiendo trabajadores, congelando los aumentos salariales y recortando paulatinamente prestaciones sociales y pensiones. De hecho, es significativo que el colapso de la participación del trabajo se intensificó después de 1997, cuando la rentabilidad en Estados Unidos se recuperó y comenzó a reducirse de nuevo. El gráfico del FMI anterior muestra que se aplica a la mayoría de economías.

La participación del trabajo en el sector capitalista en los EE.UU. y otras economías capitalistas se ha reducido debido a la mayor tecnología y su ‘sesgo pro-capital’, la globalización y la mano de obra barata en el extranjero; la destrucción de los sindicatos; la creación de un ejército de reserva de mano de obra mayor (desempleados y sub-empleados); y el recorte de las prestaciones sociales y la reducción de los contratos fijos, etc. De hecho, esta parece ser la conclusión del FMI en su último informe en el capítulo 3 de la edición de abril de 2017 de Perspectivas Económicas, que cree que esta tendencia está impulsada por un rápido progreso en la tecnología y la integración global.

“La integración global -como se refleja en las tendencias del comercio final de bienes, la participación en las cadenas globales de valor, y la inversión extranjera directa-, también desempeñó un papel. Su contribución se estima en más o menos la mitad que la de la tecnología. Dado que la participación en las cadenas de valor globales normalmente implica la deslocalización de las tareas intensivas en mano de obra, el efecto de la integración es reducir la participación del trabajo en los sectores comerciables. hay que admitir que es difícil separar claramente el impacto de la tecnología del de la integración global, o de las políticas y reformas. Sin embargo, los resultados para las economías avanzadas son convincentes. En su conjunto, la tecnología y la integración global explican cerca del 75 por ciento de la disminución de la participación del trabajo en Alemania e Italia, y cerca de 50 por ciento en Estados Unidos”.

Tal vez el ‘sesgo pro-capital’ y la ‘globalización’ tengan menos efecto sobre la participación del trabajo en los EE.UU. debido al mayor crecimiento de los beneficios financieros y las rentas que en el resto de las economías avanzadas.

De hecho, como Noah Smith dice: “el poder de los monopolios, los robots y la globalización podrían ser parte de un mismo fenómeno unificado: nuevas tecnologías que de forma desproporcionada ayudan a las grandes compañías multinacionales de capital intensivo”. Yo le llamo “capital moderno”, que, citando a Smith de nuevo, “proporciona una posible forma de unificar al menos algunas de las diversas explicaciones de esta preocupante tendencia económica”.

Cumbre del FMI refleja proximidad a una guerra comercial a nivel global

por Nick Beams//

En otro paso hacia el estallido de una guerra comercial a nivel global, el Fondo Monetario Internacional se convirtió este fin de semana en la segunda organización económica global en descartar su compromiso a “resistirse a todas las formas de proteccionismo”.

Ante el trasfondo de la decisión en marzo de los ministros de finanzas del G20 de retirar dicha promesa de su comunicado, el FMI adoptó el mismo curso de acción en sus Reuniones de Primavera en Washington. En ambos casos, abandonaron su postura oficial de “libre comercio” debido a la presión del gobierno de Trump, en consonancia con el programa de “EE.UU. ante todo” de la Casa Blanca.
Cambiando su tradicional postura, la declaración emitida por el Comité Monetario y Financiero Internacional de la institución (CMFI) ahora procura “promover la igualdad de condiciones en el comercio internacional”.
El actual presidente del CMFI, Agustín Carstens, gobernador del Banco de México, buscó restarle importancia a la decisión, sugiriendo que la redacción previa fue sacada porque “el uso de la palabra proteccionismo es muy ambiguo”.
En realidad, la omisión del rechazo al proteccionismo es una inconfundible expresión del aumento en las tensiones comerciales, impulsadas sobre todo por la administración de Trump.
Estos conflictos no pudieron mantenerse bajo la superficie. En su declaración ante el CMFI, el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, dijo que Alemania “se compromete a mantener la economía mundial abierta, resistirse al proteccionismo y mantener en marcha toda cooperación económica y financiera global”.
Esta declaración se contrapuso a la del secretario del Tesoro estadounidense, Steven Mnuchin, quien dijo que EE.UU. “promovería una expansión del comercio con aquellos socios comprometidos a una competencia basada en el mercado, mientras nos defendemos más rigurosamente ante prácticas comerciales desleales”.
Su intervención iba dirigida en particular a los dos países con el mayor superávit comercial con EE.UU. —China y Alemania—. Washington no reconoce a la economía china como de mercado, mientras que miembros del gabinete de Trump han acusado a Alemania de aprovechar ventajas injustas ya que el valor del euro es menor a lo que valdría su antigua moneda, el marco alemán.
Sin nombrar directamente a Alemania, la cual registró un excedente comercial récord el año pasado, Mnuchin dijo que “los países con grandes superávits externos y finanzas públicas firmes tienen una responsabilidad particular de contribuir a una economía mundial más robusta”.
La decisión del FMI de doblegarse ante la presión de EE.UU. tuvo lugar pocos días después de que el gobierno de Trump anunciara la intención de imponer extensas restricciones a las importaciones de acero que tendrían consecuencias de gran alcance para el mercado global de este producto.
Invocando una ley empolvada de 1962, Trump firmó una orden ejecutiva para investigar el impacto de las importaciones de acero en la seguridad nacional del país. Tras aclamar que el decreto marca “un día histórico para EE.UU.”, indicó que el acero es “fundamental para ambas, nuestra economía y las fuerzas militares”, y que no se trata de “un ámbito en el que podemos permitirnos depender de países extranjeros”.
Dicho enfoque en la “seguridad nacional” constata la clara agenda militarista del nuevo gobierno. Sin embargo, esta legislación es parte de una estrategia más amplia que fue detallada ante el Congreso por el secretario de Comercio, Wilbur Ross, y el titular del Consejo Nacional de Comercio creado por Trump, Peter Navarro.
El objetivo es utilizar leyes ya establecidas en EE.UU. para eludir las reglas de la Organización Mundial del Comercio, permitiéndole así imponer medidas proteccionistas con impunidad. Cabe notar que, en su informe, Ross y Navarro invocan la infame Ley Smoot-Hawley de 1930, considerada ampliamente como la responsable de desencadenar los conflictos comerciales de los años treinta que contribuyeron al estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Comentando sobre esta última iniciativa de Trump en el diario Financial Times, Chad Brown, investigador del Instituto Peterson y un exconsejero del presidente Obama, dijo que recurrir a cuestiones de “seguridad nacional” para justificar restricciones a las importaciones de acero equivale a una “opción nuclear” en el comercio.
“Esta es otra evidencia más de la tendencia preocupante que Trump parece estar rebuscando cada rincón e investigando cada herramienta disponible bajo las leyes estadounidenses para detener el comercio”, dijo.
En los últimos años, EE.UU. ha impuesto 152 casos de antidumping contra el acero y 25 otros casos contra tubos de acero. Esta última iniciativa representa una escalada importante. Según el secretario de Comercio, el sistema actual es muy “poroso” y sólo permite quejas muy limitadas contra países determinados, que pueden evadir las regulaciones fácilmente.
Las nuevas medidas pretenden lograr una “solución más completa en una amplia gama de productos de acero y de países,” que podría “posiblemente llevar a una recomendación para medidas en todas las importaciones de acero”.
Esto generaría caos en los mercados internacionales ya que los exportadores de acero buscarían verter sus productos en otros mercados, resultando en acusaciones de dumping y la imposición de mayores aranceles y otras barreras —en efecto, una guerra comercial a gran escala—.
Dos fuerzas fundamentales están detrás de las acciones del gobierno estadounidense. En primer lugar, el constante declive económico de EE.UU., que intenta superar por medios políticos y militares, se ha acelerado a raíz de la crisis financiera del 2008, la posterior reducción en el crecimiento económico mundial y la contracción de los mercados mundiales.
En segundo lugar, el gobierno de Trump busca contener y encauzar las crecientes tensiones sociales causadas por los bajos salarios y las cada vez más profundas dificultades económicas a lo largo de posturas económicas nacionalistas y reaccionarias. En este sentido, Trump cuenta con el pleno respaldo de la burocracia sindical, cuyos principales líderes literalmente posaron con Trump mientras firmaba su decreto sobre el acero. Al mismo tiempo, los nacionalistas económicos del Partido Demócrata también le han dado su apoyo, más prominentemente por el autodenominado “socialista”, Bernie Sanders.
La lógica inherente y objetiva de estos procesos es la de una guerra económica y militar, a la que los políticos capitalistas no pueden ofrecer ninguna alternativa progresista, como lo demostró la impotencia del FMI ante lo que ha reconocido históricamente como el gran peligro del proteccionismo. Esto se debe al hecho que el auge en marcha del nacionalismo económico y el proteccionismo está arraigado en el sistema socioeconómico de lucro privado y la división del mundo en Estados-nación rivales.
Hace cien años, el mundo estaba sumido en la carnicería de la Primera Guerra Mundial. Esta no fue “la guerra para acabar con todas las guerras”, sino el comienzo de una lucha de más de tres décadas para definir cuál potencia imperialista alcanzaría la hegemonía global. Después de decenas de millones de muertes y horrores incalculables, incluyendo el Holocausto y el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Japón, EE.UU. emergió con el papel dominante.
En la actualidad, el mundo se está enfrentando a las consecuencias aun más explosivas del declive económico de Estados Unidos.
Pero este año también marca el centenario del evento más importante del siglo XX, la Revolución Rusa y la toma del poder por parte de la clase obrera, liderada por Lenin, Trotsky y el Partido Bolchevique con base en el programa de la revolución socialista mundial. Esta debe ser la perspectiva que guie a la clase obrera internacional hacia adelante en las luchas que enfrenta ahora directamente.

La dominación del capital financiero: ¿quién gobierna el mundo?

por Nick Beams//

Un artículo publicado la semana pasada en la página web de noticias australiana The Conversation ha puesto en dominio público algunos hallazgos importantes sobre el alcance de la dominación global del capital financiero.

Basado en una investigación llevada a cabo en el 2009, el artículo de David Peetz y Georgina Murray, académicos de la Universidad Griffith en Queensland, Australia, sintetiza su análisis del control ejercido por el capital financiero sobre las 299 mayores corporaciones muy grandes del mundo (corporaciones muy grandes o CMGs).

A pesar de que la investigación ya tiene más de siete años, los autores señalan que, “desde entonces hemos descubierto que la tendencia es de creciente concentración en varios países en las últimas tres décadas”.

Su artículo comienza disipando el mito de que las grandes corporaciones públicas son propiedad de una gran cantidad de accionistas —una ilusión promovida continuamente en los medios de comunicación para potenciar el argumento de que los trabajadores tienen un “interés” en la bolsa de valores.

“Cuando una sola organización [el fondo de inversión estadounidense Black Rock] controla más del 6 por ciento de las acciones en las corporaciones muy grandes del mundo y 30 controlan más de la mitad de todas las acciones en estas corporaciones, eso representa una concentración muy alta”.

“Nuestro estudio del 2009 descubrió que varias formas de capital financiero controlaban la gran mayoría (68,4 por ciento) de las acciones en las grandes corporaciones del mundo. Los individuos o familias poseían sólo una proporción mínima (3,3 por ciento), y las compañías industriales poseían relativamente poco”.

La investigación está basada en una base de datos compilada por Bureau van Dijk, que combina información de alrededor de 100 fuentes, cubriendo casi 63.000 compañías en todo el mundo.

En un trabajo de investigación publicado en el 2009, titulado “ Quién gobierna el mundo —propiedad y el capital financiero”, ambos autores informaron que unas 30 organizaciones, bancos e instituciones financieras poseían o controlaban entre ellas el 51,4 por ciento de las 299 CMGs en su base de datos.

Es decir, sólo el 1,5 por ciento de los accionistas controlaban más de la mitad de las acciones.

Este informe señalaba cuál es el mecanismo principal mediante el cual el capital financiero ejerce su control sobre las compañías en las que posee acciones.

Las instituciones financieras ejercen su poder “no a través de la voz”, es decir, teniendo directivos en las empresas, sino “a través del retiro” —la amenaza continua de retirar fondos de las acciones de las CMGs “si no llegan las ganancias adecuadas”. Mediante el uso de su poder en los mercados financieros y la presión que ejercen sobre los gerentes para mejorar “el valor para los accionistas”, el capital financiero es capaz de dictar los términos.

En efecto, le hace entender a la gerencia a través de los mercados financieros: “Si no haces todo lo posible para maximizar las ganancias —ya sea a través de una mayor productividad, una expansión a gran escala o la reducción de costos—, venderemos nuestra participación financiera o, de lo contrario, los desplazaremos como gerentes”.

Este modo operativo lleva a una conclusión importante que los autores logran sacar. Desde el punto de vista de la lógica esencial del sistema, la distinción entre capital industrial y capital financiero es engañosa.

“Esto es porque, al final, el capital industrial es el capital financiero. Si alguna vez hubo un tiempo en el que el mundo era dominado por grandes corporaciones poseídas por unas pocas familias e individuos cuyos valores personales, caprichos y preferencias definieron el comportamiento de las corporaciones, ese tiempo ha pasado. El mundo es dominado por corporaciones que siguen la lógica del capital financiero—la lógica del dinero—porque eso es lo que son. Su lógica no es la lógica de los individuos, sino la lógica de una clase”.

Los datos sobre el país de origen de las grandes corporaciones y de las instituciones financieras que las controlan permiten una lectura interesante y políticamente significativa.

El mayor número de las CMGs, 86 en total, o el 29 por ciento, es originario de Estados Unidos. Los siguientes cuatro países en la lista son: Japón con 48; Gran Bretaña con 23; Francia con 23; Alemania con 20. Luego vienen en orden Corea, China, Italia y Australia.

La concentración de propiedad en las mayores potencias capitalistas es aún más pronunciada cuando se trata de corporaciones financieras. De las 10 principales corporaciones financieras que dominan a las CMGs, 6 tienen su origen en EE.UU., 3 en Francia y 1 en Gran Bretaña. EE.UU. es el país de origen de 10 de las principales 21 entidades financieras. Fuera de este grupo, 18 tienen acciones en por lo menos 100 de las 299 corporaciones más grandes.

Dos instituciones financieras de EE.UU. se destacan—Black Rock y Capital Group. Ambas tienen el mayor número de acciones en una importante cantidad de compañías. En el caso de Black Rock, es el principal accionista de 42 o el 13 por ciento de sus participaciones. En el 55 por ciento su participación accionaria, Black Rock está entre los 5 accionistas principales, al igual que Capital Group con el 45 por ciento de sus participaciones.

El significado político de estos hallazgos es que refutan las afirmaciones hechas por virtualmente todos los grupos de pseudoizquierda de que Rusia y China son potencias imperialistas. No basan estas definiciones en ningún análisis económico, ya que ni las instituciones chinas ni las rusas figuran entre las principales entidades financieras que controlan las grandes corporaciones.

Como Lenin dejó claro en su obra El imperialismo, la época imperialista se caracteriza por la dominación global del capital financiero, controlado por un puñado de grandes potencias.

Este punto también fue subrayado por Trotsky cuando se opuso a varias tendencias que argumentaban que la Unión Soviética era “capitalista de Estado” y que la expansión territorial que la burocracia estalinista buscaba en relación con Europa del Este era “imperialista”. Un gran número de grupos de pseudoizquierda surgieron de esta corriente.

“En la literatura contemporánea, por lo menos la literatura marxista, el imperialismo se entiende como la política expansionista del capital financiero, que tiene un contenido económico muy bien definido”.

Decir otra cosa es sembrar la confusión, continuó Trotsky. Este es exactamente el objetivo de la pseudoizquierda. Dejando de lado cualquier análisis económico científico, ellos usan la palabra “imperialista” como un epíteto. Esto surge de sus motivaciones políticas, ya que se alinean detrás de sus “propias” potencias imperialistas, sobre todo EE.UU., en la cada vez más intensa campaña de guerra contra Rusia y China.

Además, la investigación de Peetz y Murray es una confirmación sorprendente del análisis entero de Lenin en El imperialismo .

Él insistió en que el imperialismo no era una política preferida que podía ser reemplazada por alguna otra orientación, sino que éste surgió de una fase definida del desarrollo capitalista, su fase superior y final, reemplazando al capitalismo de libre competencia del siglo XIX.

Lenin enfatizó que el capital financiero buscaba la dominación económica no sólo de los países coloniales y sus recursos, sino de todo el mundo, tanto de países avanzados como oprimidos. Su política fluía de su economía —dando fin a la democracia liberal y la libertad e imponiendo reacción “en toda la línea”.

Él estaba escribiendo al comienzo de la época imperialista, que anunció su llegada con la erupción de la Primera Guerra Mundial, el 4 de agosto de 1914.

Muchas cosas han cambiado desde el siglo pasado, pero lo sorprendente es que las tendencias básicas de desarrollo económico han seguido el curso esbozado por Lenin. Por ejemplo, él enumeró cinco países —EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Alemania y Japón— como el núcleo del sistema imperialista. Como deja claro el análisis de Peetz y Murray de los datos sobre las CMGs y las instituciones financieras más prominentes, esas potencias permanecen en lo más alto de la lista.

Lenin identificó al conflicto entre las grandes potencias como la fuerza motriz objetiva de la guerra, en la medida en que cada una lucha por el dominio del mundo y entra en conflicto violento con las demás.

El desarrollo de corporaciones e instituciones financieras globales llevó a un punto crítico la contradicción fundamental del modo capitalista de producción: entre el desarrollo de la economía a nivel mundial y el modelo de Estado nación en el que está arraigado el sistema de lucro privado.

Como explicó León Trotsky, en el análisis final, la guerra fue una “revuelta de las fuerzas productivas contra la forma política de Estado y nación”. El imperialismo buscó resolver este problema de forma militar para decidir “cuál país debe transformarse de una gran potencia a ser la potencia mundial”.

En oposición al imperialismo, la clase trabajadora tenía que avanzar su propia resolución e impedir el paso de la civilización al barbarismo a través de la revolución socialista mundial —el derrocamiento del sistema de lucro privado capitalista y del Estado nación— con el fin de sentar las bases para establecer una organización socioeconómica superior a nivel global

Lenin hizo hincapié en el mismo tema en El imperialismo. La transformación del capitalismo competitivo del siglo XIX en imperialismo, o capitalismo monopólico, no sólo creó las condiciones para la guerra. También sentó las bases objetivas para una economía socialista mundial planificada. La dominación del capital financiero, el crecimiento de las corporaciones que organizan la producción a escala mundial, la interrelación de las participaciones de los bancos y las corporaciones implicaron una transformación en las relaciones sociales de la producción—la enorme socialización de la producción y la mano de obra.

Durante el boom económico de la posguerra, muchos observadores miopes—economistas burgueses y también algunos que afirmaban ser marxistas—sostuvieron que el análisis de Lenin y Trotsky se había vuelto obsoleto.

Ha sido reemplazado, dijeron, por desarrollos políticos y económicos. Las colonias de las potencias imperialistas habían logrado la independencia—no sin una lucha considerable—y estaban buscando un desarrollo económico nacional.

En el frente económico, el capital financiero, sobre el que el movimiento marxista puso un gran énfasis, había pasado a un segundo plano ya que actuó como siervo de las grandes corporaciones industriales que llegaron a dominar el panorama económico.

Pero dentro del marco del desarrollo económico e histórico más amplio, este fue un episodio corto. El auge económico de la posguerra duró sólo un cuarto de siglo, terminado a inicios de la década de 1970. La profundización de la crisis de la rentabilidad que puso fin al boom fue la fuerza motriz detrás de una vasta reestructuración del capitalismo mundial, basada en la globalización de la producción para aprovechar fuentes de mano de obra barata, alcanzando un grado de explotación más allá de lo logrado en la era del colonialismo directo y de la expansión del capital financiero.

El resultado es que la tendencia de desarrollo ha retornado, a un nivel superior, al camino trazado por Lenin. Y el avance cada vez más profundo hacia la guerra ha sido su resultado inevitable.

Al mismo tiempo, la integración de la producción ha sentado las bases objetivas para el desarrollo de una economía socialista mundial planificada. Esto se refleja no sólo en los hallazgos del estudio de Peetz y Murray, sino también en la investigación llevada a cabo en 2011.

Un artículo publicado en la revista internacional científica New Scientist e n septiembre de ese año, titulado “La red de control corporativo global”, detalló tanto la enorme socialización de la producción como la dominación del capital financiero.

Mostró que en el corazón de la red de 43.000 corporaciones transnacionales había una “súper-entidad” de 147 empresas unidas más estrechamente, que controla una gran porción de la riqueza de toda la red.

Según James Glattfelder, uno de los tres coautores del informe, “En efecto, menos del 1 por ciento de las compañías fue capaz de controlar el 40 por ciento de la riqueza total de la red”.

Las 20 principales compañías de este grupo estaban controladas por el capital financiero, como Barclays Bank, JPMorgan Chase y Goldman Sachs.

En la conclusión de su informe del 2009, escrito inmediatamente después de la crisis financiera global, Peetz y Murray apuntan que los Estados necesitan ejercer “cierto control sobre el capitalismo”, argumentando que “permitirle libertad sin restricciones es invitar nuevas crisis”.

Pero la posibilidad de algún tipo de reforma del capitalismo y de sus mandos en el capital financiero es una ilusión.

De hecho, el análisis de los dos autores es por sí mismo una refutación de su perspectiva política. Como señalan significativamente, la lógica del sistema es la lógica del dinero mismo.

La lógica del dinero, como la expresión material del capital, es decir, el valor que se expande sobre sí mismo, es derribar todas las barreras para su crecimiento.

El capital financiero no sólo domina y rige sobe las corporaciones. Como aclaró Lenin, también determina las políticas de Estados nominalmente independientes, incluso los más poderosos. Hoy, dicta todas las políticas gubernamentales, atacando servicios sociales vitales como la educación y la salud, exigiendo la reestructuración del mercado laboral de acuerdo a la necesidad de mayores ganancias.

Las experiencias de los últimos 30 años demuestran este hecho económico. A principios de la década de 1980, cuando el presidente francés, François Mitterrand, trató de poner algunos controles sobre los bancos, sus políticas fueron dinamitadas a través de las operaciones de los mercados financieros.

Otra experiencia importante ocurrió en 1992, cuando el capital financiero, en forma del fondo de inversión perteneciente a George Soros, forzó la devaluación de la libra esterlina al vender en corto la moneda británica y embolsarse alrededor de 2.000 millones de dólares en el proceso, a expensas del Banco de Inglaterra.

Cada gobierno vive ahora con miedo a una retirada masiva de su moneda y al veredicto de las agencias de calificación crediticia sobre sus políticas.

A fines de 1993, cuando el rendimiento de los bonos se elevó debido a la preocupación sobre el nivel de déficit del gobierno de EE.UU., el gobierno de Clinton implementó una serie de medidas para imponer recortes significativos en asistencia social a fin de satisfacer las exigencias del capital financiero. En su momento, James Carville, asesor político de Clinton, comentó: “Solía pensar que si existía la reencarnación, quería regresar como el presidente de EE.UU. o el Papa o como un gran bateador de béisbol. Pero ahora me gustaría regresar como el mercado de bonos. Puedes intimidar a todos”.

Hay dos cuestiones básicas a tener en cuenta aquí.

En primer lugar, el capital financiero no es una figura extraña de la economía capitalista, alguna serpiente diabólica que se las ha arreglado para deslizarse en el auténtico Jardín del Edén de la ganancia y la propiedad privada, sino que surge de los cimientos de este sistema.

Al inicio de su trabajo preparatorio para El Capital, Karl Marx se enfrentó a los conceptos adelantados por el socialista pequeñoburgués Pierre-Joseph Proudhon, quien sostenía que era posible frenar los estragos financieros conservando la propiedad privada y el mercado capitalista de dónde surgió.

Como Marx señaló, esto era como tratar de acabar con el Papa conservando la Iglesia Católica.

En segundo lugar, lo esencial para el análisis de Lenin, confirmado por la investigación de Peetz y Murray y otros, es que el aumento y la dominación del capital financiero, que traen consigo la privación social y el peligro siempre creciente de una guerra mundial, no es una política u opción preferida, sino el resultado de una fase o etapa definida en el desarrollo del sistema capitalista en sí.

Esto significa que la única perspectiva viable y realista para finalizar la marcha hacia la guerra, para asegurar la paz e igualdad genuinas —el tema de la celebración de este año del Día Internacional del Trabajador de parte del Comité Internacional de la Cuarta Internacional— es la lucha por el programa de la revolución socialista mundial de la clase trabajadora internacional, cuya situación objetiva la coloca en oposición al capital.

 (Fotografía: Isla Teja, Valdivia, Chile, 1938)