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La Iglesia en la guerra civil española: memoria histórica, asesinatos y beatificación

por Jaume Botey //

La beatificación masiva de religiosos, religiosas y sacerdotes fusilados durante la Guerra Civil en la zona republicana constituye, objetivamente, una nueva humillación a los fusilados por los franquistas, que durante más de 70 años han sido silenciados. Franco los castigó con la condena y la muerte y la Transición los castigó con el olvido. El pretexto era no reabrir heridas. Quienes gestionaron la Transición temieron que poner a la luz pública lo que ocurrió podía poner en cuestión el alzamiento, la guerra, el franquismo y la misma Transición, es decir, los cimientos de la España actual. Porque todo el mundo desea que los “suyos” desempeñen el papel de víctimas y no el de victimarios.

Pero la memoria de los muertos no prescribe, nos seguirá persiguiendo y reaparecerá de manera periódica hasta que se haga justicia con ellos. Desde el más profundo respeto por las vidas y las circunstancias de las muertes de los ahora elevados a los altares, no puede dejarse de lado que la Jerarquía de la Igle­sia, al honrar las víctimas de uno sólo de los bandos, reabre las heridas de los hijos y nietos de los olvidados. Precisamente uno de los objetivos del debate actual acerca de la Memoria Histórica es hacer justicia, rehabilitar y dar voz a todas las víctimas sin exclusión. Sobre el olvido o la negación de lo ocurrido no es posible construir la reconciliación.

Claro que nuestra Guerra Civil sigue siendo una fuente inagotable de análisis del que poco a poco va saliendo a la luz pública lo que la propaganda franquista escondió. En concreto, la persecución por motivos ideológicos por ambos lados ha sido ya abundantemente analizada. Después del 18 de julio en ambos lados de “las dos Españas” se desató un desenfreno de sangre y asesinatos impunes, una locura, un salvaje baile de muerte y de barbarie que sólo se puede explicar atendiendo siglos de odios alimentados desde todas las instancias. En una zona se fusilaba a sacerdotes y se quemaban iglesias y en la otra se fusilaba a maestros y se quemaban casas del pueblo.

Asesinatos en la zona republicana

Probablemente no tiene ya tanto interés saber quién o qué bando “puso más muertos”, sino cómo se encaja el futuro. Pero para medir la tragedia en sus dimensiones cuantitativas, es obvia la dificultad de llegar a cifras más o menos aproximadas cuando la exageración de los asesinatos constituía un esencial instrumento de guerra. Serrano Súñer, en un discurso en Bil­bao en 1938, dice hablar “en nombre de los 400.000 hermanos nuestros martirizados por los enemigos de Dios”. Yanguas Messía, en noviembre de 1938, para rechazar los intentos de po­ner fin a la guerra por una mediación, decía al cardenal Paccelli que son “centenares de miles”… Estelrich, que desde París, pagado por Cambó, escribía propaganda franquista, afirmaba que los sacerdotes seculares asesinados eran 16.750. Hoy son comúnmente aceptadas las cifras de Antonio Montero1, que cita por sus nombres a 12 obispos, 4.184 sacerdotes seculares, 2.365 religiosos y 283 religiosas, con un total de 6.832 (pg. 762). A estas cifras hay que añadir los seglares que perecieron por la misma causa.

Prevaleció la fuerza frente a la justicia.

Prácticamente la totalidad de los asesinatos se llevaron a cabo hasta diciembre de 1936. Al comienzo las víctimas eran apresadas y liquidadas sin ninguna formalidad procesal. A partir de septiembre se crean los Tribunales Populares, y son generalmente condenadas sólo a penas de prisión A partir de los sucesos de mayo del 37 “es indiscutible que cesó el asesinato de nuestros compañeros de sacerdocio” dice el archivero de la diócesis de Barcelona2.

Fue una violencia desatada, masiva, rápida y generalizada, resultado de odios inveterados. Es cierto que en un primer momento fue alimentada por algunos de los líderes de izquierda, especialmente anarquistas, del POUM y comunistas. Pero de ninguna manera esto supone que hubiera ningún plan previamente organizado como ha supuesto alguna publicación reciente3. De no haber existido el alzamiento no hubiera habido masacre. La tradición beligerante de la Jerarquía durante todo el siglo xx y especialmente contra la República, pero sobre todo las noticias de las masacres ejecutadas en el otro bando ordenadas por los mandos militares y el soporte que esta Jerarquía dio al alzamiento encendieron la venganza. Tanto el gobierno de la Generalitat como el de Madrid se vieron desbordados y sin las fuerzas necesarias para mantener el orden. Los socialistas, comunistas y anarquistas que formaban parte de las bandas de criminales mataban a los miembros de la burguesía y de la iglesia con ánimo místico, dispuestos a aplastar para siempre la opresión del pueblo y convencidos de que formaban parte de una operación militar.

Tanto en Madrid como en Barcelona los dirigentes del go­bierno intentaron salvar vidas de los amenazados por su significación religiosa o política. Ventura y Gassol ayudó, entre otros, a Vidal y Barraquer, al obispo de Gerona, a Puig y Ca­da­falch. “Muchos otros, desde Companys hasta la Pasionaria, se preocuparon y arriesgaron su propia vida y reputación a favor de las víctimas de la terrible ola de violencia” (Hugh Thomas, pg.200). Hasta Queipo de Llano, en una de sus escuchadas y temibles emisiones de radio, reconocía el 24 de agosto que el presidente Companys “ha dejado salir de Barcelona a más de cinco mil hombres de derecha”. Muchas de las autoridades que más se significaron en la defensa y evacuación de personas en peligro tuvieron que huir posteriormente también ellos al ex­tranjero. Así, el citado Ventura y Gassol, el comisario de orden público Federico Escofet, Manuel Carrasco y For­miguera o el dirigente de la CNT Joan Peiró. Muchos de ellos fueron posteriormente asesinados. A partir de 1937, con la llegada a la presidencia del Consejo de Ministros de Largo Caballero, que in­corporó a Manuel de Irujo, representante del PNV y católico, el control gubernamental se impuso paulatinamente y los episodios de represión se hicieron más esporádicos y localizados a partir de 1937.

El franquismo presentó a los asesinados como “caídos por Dios y por España”. La mayoría murió efectivamente por pertenecer a una confesión religiosa. Pero habría que ver si la razón de perseguir a los miembros de la Iglesia era por odio a Cristo o porque los perseguidores consideraban, con o sin razón, que la Iglesia, y por tanto sus representantes más significados, habían demostrado ser enemigos políticos. Un sacerdote escapado a Francia gracias a Ventura y Gassol confesaba “los rojos han destruido nuestras iglesias, pero nosotros destruimos primero la Iglesia” (Salvador de Madariaga. España. México).

Asesinatos en la zona nacional

La represión en el bando franquista fue brutal. Con una diferencia fundamental en relación con los asesinatos de la zona republicana: aquí el ejército, policía y guardia civil no se ha­bían desmembrado y apoyaban las masacres. “En la zona republicana las muertes se produjeron a pesar de los esfuerzos de las autoridades (República, Euskadi, Generalitat) por impedirlas, mientras que en la otra zona recae sobre las autoridades la responsabilidad directa y expresa, tanto de los fusilamientos como de los “paseos”4.

Las instrucciones de Mola previas al alzamiento no dejaban lugar a dudas: “La acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y está bien organizado: serán encarcelados todos los directivos de los partidos, sociedades o sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándoseles castigos ejemplares para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas. Para los compañeros que no son compañeros, el movimiento triunfante será inexorable”. No fue una violencia “incontrolada”, sino que fue impulsada y ordenada por los mandos militares, ejecutada por los falangistas y bendecida por los obispos.

El terror fue un arma fundamental. El 19 de julio en una reunión de alcaldes en Pamplona el mismo Mola repetía: “Es necesario propagar una atmósfera de terror… cualquiera que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser asesinado”. El alcalde de Villaba manifestó sus dudas. Mola le espetó: “Todo aquél que dude, ampare u oculte a alguien del Frente Popular será también pasado por las armas” (Iturralde, pg. 89).

Como muestra de terror habría que recordar las charlas de Yagüe en Extremadura o de Queipo de Llano en Radio Se­villa. En la primera de sus charlas Queipo decía: “Con harto sentimiento me doy cuen­ta de la estulticia de algunos obreros del Ayuntamiento y otros sitios que han abandonado el trabajo por coacciones de los directivos. Sepan que vivirán poco tiempo. Ya he dado órdenes que se les detenga in­mediatamente y sean fusilados”.

El 23 de julio emite el si­guiente bando: “1º En todo gremio en que se produzca una huelga o abandono de servicio… serán pasadas por las ar­mas inmediatamente todas las personas de la directiva y un número igual de individuos de éstos, discrecionalmente escogidos. 2º En vista del poco acatamiento que se ha prestado a mis mandamientos he resuelto que todos los que se resistan a las órdenes de la autoridad, serán también fusilados sin formación de causa”.

Fue la suerte que corrieron miles y miles donde ganó la su­blevación.

Fosa común en Villamayor de los Montes (Burgos)

Ordena asimismo que donde se cometan actos contra los alzados “las directivas de las organizaciones marxista o comunista serán pasadas por las armas sin formación de causa, y en caso de no darse con tales individuos, serán ejecutados un número igual de afiliados arbitrariamente elegidos”.

En la misma emisión del 23 de julio decía: “Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: Morón, Utrera, Puen­­te Genil… ¡Id preparando tumbas! Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros”.

Y a continuación, en la misma charla: “Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombre de verdad. Y a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen”.

Antonio Bahamonde, que fue durante un año jefe de propaganda de Queipo de Llano en Sevilla y que ante el horror de lo que había presenciado terminó escapándose al extranjero, en sus memorias Un año con Queipo estima que a principios de 1938 se habían realizado en la zona de su ex-jefe unas 150.000 ejecuciones.

Después de la ocupación de Euskadi por Mola, entre el 8 y el 27 de octubre de 1936 se fusilan a 16 sacerdotes, 13 diocesanos y 3 religiosos considerados hostiles por el bando sublevado. Hasta entonces el gobierno leal a la República había mantenido el control y no se habían producido en Euskadi episodios masivos de violencia contra las personas o los bienes eclesiásticos como en el resto del territorio republicano5.

Isidro Gomá fue informado de los casos el 26 de octubre y tras reunirse con Franco, envió una nota el 8 de noviembre a la Santa Sede explicando que lo ocurrido se había producido “por abuso de autoridad por parte de un subalterno” y con la promesa de Franco de que “no ocurrirá fusilamiento alguno de sa­cerdotes sin que se observen juntamente con las leyes militares las disposiciones de la Iglesia”6. En diciembre el lehendakari José Antonio Aguirre denunció además del asesinato, la persecución y destierro de sacerdotes por “ser amantes del pueblo vasco”. Gomá, el 13 de enero de 1937, en su Carta abierta al Sr. Aguirre negaba los motivos expuestos por Aguirre aduciendo que dichos religiosos fueron fusilados “por haberse apeado del plano de santidad en el que tenían que haber permanecido”.

El obispo de Euskadi, Mateo Múgica, hasta entonces defensor del alzamiento, se quejó amargamente de este hecho ante la Santa Sede. Esto le valió el destierro gestionado por Gomá y fue la principal causa de su negativa a firmar la Carta colectiva. En carta dirigida a la Santa Sede en junio de 1937 decía: “Según el episcopado español, en la España de Franco la justicia es bien administrada, y esto no es verdad. Yo tengo nutridísimas listas de cristianos fervorosos y de sacerdotes ejemplares asesinados impunemente sin juicio y sin ninguna formalidad jurídica”.

Otros episodios de violencia en contra de religiosos vascos por el bando sublevado fueron el bombardeo indiscriminado de Durango, el 31 de marzo de 1937, en el que resultaron muertos 14 monjas y dos sacerdotes y el bombardeo de Guernica pocos días después, el 26 de abril. Por su crueldad este hecho tuvo un enorme impacto en la opinión pública católica internacional.

Las protestas en el extranjero de mayor impacto por su procedencia –intelectuales católicos y de derechas– fueron las del filósofo Jacques Maritain (“…si creen que han de matar, que ya es bastante horrible, que lo hagan en nombre del orden social o de la nación, pero que no maten en nombre del Cristo”7), y la de Georges Bernanos, que vivió en Mallorca en el momento del alzamiento. En Les grands cimitères sous la lune, Bernanos, sin dejar de confesarse católico y cercano al Frente Nacional de Maurras, hace una denuncia global del franquismo y de las Jerarquías católicas, escandalizado por las atrocidades innecesarias cometidas en nombre de Dios, del asesinato y tortura de inocentes ante sus propias familias y de la satisfacción con que la Jerarquía las aprobaba.  Según él en Mallorca se cometieron 3.000 asesinatos desde julio de 1936 hasta marzo de 1937.  Ante el creciente clamor en contra, Franco pidió al cardenal Gomá una declaración pública del episcopado español como aval ideológico frente a la crítica internacional. Fue la Carta Co­lec­tiva que saldría finalmente a la luz pública el 1 de julio de 1937.

En cuanto al número de víctimas, también los republicanos exageraron las cifras. Ramón Sender cita la cantidad de 750.000 ejecuciones en la España nacionalista hasta mediados de 1938. El Colegio de Abogados de Madrid informó que en las primeras semanas de la guerra  9.000 obreros habían sido asesinados en Se­villa, número que se elevaba a 20.000 a finales de 1937, 2.000 en Zaragoza, 5.000 en Gra­nada, 7.000 en toda Navarra, etc., etc.

Todavía hoy resulta difícil establecer un cómputo aproximado. Se siguen descubriendo fosas, todavía se abren archivos… Desde la Transición la historiografía ya no acepta la versión franquista de los hechos. Es sintomático que en 1973 Ricardo de la Cierva, franquista y al servicio de Fraga, se vea obligado a escribir: “Ante los primeros datos ciertos que po­seemos, parece deducirse que la dura ley que más o menos conscientemente regía la atribución de penas de muerte en los te­rritorios conquistados era la ley del talión; el numero de víctimas del bando nacionalista es equivalente a las causadas por la represión –espontánea y controlada– del bando republicano. (…) Las in­justicias y venganzas no escasearon, por desgracia, en un ban­do que alardeaba de ideales espiritualmente superiores a los del enemigo y que fundaba estos ideales en la fe cristiana (…) Se condenó a muerte en la zona nacional por motivos puramente ideológicos y por represalias de las atrocidades cometidas en el bando enemigo…” (De la Cier­va, pg. 254)8.

Hoy se impone la versión que la represión en la zona nacional fue bastante más cuantiosa que en la zona roja.  En los estudios publicados en los diez últimos años se coincide que hasta 1945 en la zona franquista hubo unos 100.000 asesinados y unos 55.000 en la zona republicana, sobre todo en otoño-in­vierno del 36-37, todos registrados. Las asociaciones de la me­moria hablan de otros 30.000 fusilados en la zona nacional todavía no registrados, que se encuentran en cunetas o fosas comunes9.

La justificación legal para todas estas ejecuciones sumarísimas se buscó sencillamente en la legitimidad del alzamiento y de la guerra. Se dio por sentado que los que habían dado el golpe de estado eran el poder legítimo y que el legítimo gobierno de la República estaba constituído por rebeldes, de manera que con una inversión súbita de la realidad los que no se rebelaron resultaron ser rebeldes y los rebeldes se consideraron el gobierno legítimo. En los primeros Tribunales creados en la zo­na de Franco se incluía esta original fórmula para justificar la condena:

“Resultando que en los días 16 y 17 de julio de 1936 las Au­to­ridades militares, por razón suprema de salvar España, tuvieron que asumir y asumieron mediante la declaración del Es­tado de Guerra los Poderes Públicos, pero contra ella surgió en diversos puntos del territorio Nacional un alzamiento en ar­mas que perdura… manteniendo una tenaz resistencia con las armas en oposición a las legítimas Autoridades del Ejército…”

Requetés y falangistas mataban en nombre de Dios a inocentes acusados de comunistas y muchos de ellos morían be­sando el crucifijo; se humilló y torturó a las esposas de los ajusticiados rapándolas y paseándolas desnudas por los pueblos, se asesinó a maestros como representantes de una cultura re­publicana. La censura lo ocultó de la opinión internacional a la que sólo le llegaban los excesos republicanos.

Han debido pasar setenta años para que llegaran a conocerse hechos escalofriantes como los que narra el fraile capuchino Gumersindo de Estella. En Fusilados en Zaragoza 1936-1939, cuenta cómo asistió hasta el momento de la ejecución a más de 300 condenados a muerte en la cárcel de Zaragoza. La publicación de estas memorias ha debido esperar más de cincuenta años. Lo más destacable de ellas es el drama humano de los reos. En muchas de ellas se resalta que fueron acusados por venganzas personales y se destaca su inocencia, llegándose a fusilar a personas que se confesaban de derechas de toda la vi­da y católicas.

María Antonia Iglesias en Maestros de la República, los otros santos, los otros mártires, relata el sacrificio de los maestros que fueron fusilados simplemente por el hecho de ser maestros. En nueve provincias existen datos de que fueron fusilados 250 maestros. Y curiosamente, la mayor parte de los testimonios citados, además de una arraigada vocación profesional, se confiesan católicos y practicantes.

Recientemente ha conmovido la opinión pública el caso de las llamadas Trece rosas. Fue el nombre colectivo que se dio a un grupo de trece muchachas, siete de ellas menores de edad, fusiladas por la represión franquista en Madrid, poco después de finalizar de la Guerra. Formaban parte de un colectivo de 56 jóvenes acusados de reorganizar las Juventudes Socialistas Unificadas y el PCE

La postura de la Iglesia

El problema religioso había llegado a la República definido, para unos y otros, como un problema político. La República vino como una reacción contra la Dictadura y contra la Mo­narquía, y la Iglesia había sido el más firme sostén de ambas. Era normal que la Jerarquía se sintiera más cercana a una Mo­narquía dispuesta a conservar sus privilegios que a una Re­pública que anunciaba revisarlos. En las municipales del 31 los miembros de la Iglesia vincularon la doctrina católica con el ideario de los partidos monárquicos, se agitó con profusión la amenaza del comunismo por parte de la Jerarquía y los candidatos republicanos fueron presentados a menudo como “vendidos al oro de Moscú”.

Pero no fue la República la que inventó en España el anticlericalismo. La conciencia anticlerical fue a menudo fatalmente alimentada por la propia Jerarquía, por sus abusos, por su riqueza, por su sistemática oposición al progreso, por su vinculación a la dictadura. No basta con decir que España se fue haciendo anticlerical sin explicar el porqué. Para poder interpretar las causas de la violencia anticlerical es imprescindible analizar las tomas de postura social, política o cultural que la Jerarquía fue tomando a lo largo de los siglos xix y xx. Por sus posturas, la Iglesia llegaba a 1931 con la animadversión de la ma­yor parte de los grupos que propiciaron el advenimiento de la República: partidos y sindicatos, clase obrera, mundo intelectual y cultural. Y ante esta situación de hostilidad, con una dramática falta de visión de lo ocurrido, la Jerarquía respondió con mayor hostilidad. En mayo del 31 el Primado, el cardenal Segura, publica una pastoral sobre la conducta hostil que los católicos deben seguir ante el nuevo Régimen. El 14 de junio se le acompaña hasta la frontera. Le sustituirá como primado de España y obispo de Toledo el belicoso y franquista cardenal Gomá.

Les sobraban motivos a los republicanos para ser anticlericales, pero les faltó tacto. En los vaivenes del sexenio las rela­cio­nes entre República e Iglesia se agriaron por errores y provocaciones de ambos costados. Entre otros,  los republicanos cometieron el error político de herir los sentimientos de una población mayoritariamente “católica”, al menos en la zona rural. Es preciso hacer una distinción entre Jerarquía y clero rural, pobre, molesto por su situación penosa. Interesa dejar sentada la diferencia porque sobre todo en los primeros meses, al hablar de incomprensión de la Iglesia estamos aludiendo al episcopado más que al clero bajo.

La Jerarquía de la Iglesia tuvo una posición beligerante y con sus declaraciones apoyó sin matices la sublevación militar con­firiéndole el carácter sagrado de Cruzada. El P. Alfonso Ál­varez Bolado, en Para ganar la guerra, para ganar la paz, deja la­­mentable constancia de su beligerancia. Se trata del más com­pleto estudio de las declaraciones y decisiones de los obispos españoles acerca la guerra.

Sin esperar la postura del Vaticano, el 1 septiembre los obispos vascos Múgica y Olaechea publican una Pastoral de­cidi­da­mente a favor del golpe. Paradójicamente poco tiempo después Múgica será desterrado y Olaechea será de los pocos obispos que levanten su voz en contra de las matanzas indis­cri­mi­na­das en el bando nacional.

A mediados de septiembre Pío XI recibió a 500 españoles presididos por varios obispos diciéndoles que lo de España era una verdadera persecución religiosa. Esto abre las compuertas en cascada a una larga serie de Pastorales, a cual más incendia­ria, en contra de la República y a favor de los alzados.

Una de las primeras, del 30 de septiembre, fue la de Pla y Deniel, obispo de Salamanca, con el título “Las dos ciudades”. Es en esta Pastoral donde se utiliza por vez primera y se consagra la expresión “Cruzada Santa” aplicada a la guerra.  “Los hi­jos de Caín, fratricidas de sus hermanos, envidiosos de los que hacen un culto de la virtud y por ello los asesinan y martirizan”. Por lo cual la guerra contra ellos es justa y la Iglesia no ha de ser recriminada si el ejército “se ha abierta y oficialmente pronunciado a favor del orden y contra la anarquía, a favor de la im­plan­tación de un gobierno jerárquico contra el disolvente co­munismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y sus fundamentos…”

Pero Franco necesitaba una declaración más solemne, firmada por todos los obispos, que avalara su gestión ante la creciente polémica generada en el seno del catolicismo internacional.  Ésta fue la Carta colectiva de los Obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la Guerra de España, firmada el 1 de julio de 1937, por la que se confirmó el apoyo definitivo de la Jerarquía de la Iglesia española al bando franquista. Sus­crita por 43 obispos y 5 vicarios capitulares, no contó sin em­bargo con la firma ni del obispo de Vitoria Mateo Múgica, quien alegó a las circunstancias de su exilio para no rubricarla, ni del arzobispo de Tarragona, Vidal y Barraquer. Impresa en francés, italiano e inglés, declaraba a la opinión pública internacional que siendo la Iglesia española “víctima inocente, pacífica, indefensa” de la guerra, apoyaba la causa del bando garante de “los principios fundamentales de las sociedad” an­tes “de perecer totalmente en manos del comunismo” que ha­­bía provocado la revolución “antiespañola” y “anticristiana” y que llevaba “asesinados a más de 300.000 seglares”.

Finalmente, el 1 de abril 1939  Pío XII felicita a Franco por la victoria y el 17 de abril publica la encíclica “Con inmenso gozo” sobre la terminación de la guerra.

Probablemente el aspecto más siniestro de la implicación de la Iglesia con el golpe fue la pastoral de cárceles y de los conde­nados a muerte. En la citada Carta Colectiva (nº 6) los obispos dicen tener el consuelo de poder decir que “al morir san­cio­nados por la Ley, en su inmensa mayoría nuestros co­munistas se han reconciliado con el Dios de sus padres. En Mallorca han muerto impenitentes sólo un 2 por ciento, en las regiones del sur no más de un 20 por ciento. Es una prueba del engaño de que ha sido víctima nuestro pueblo”. Nuestros obispos se sentían satisfechos de poder decir: “Sólo un 10 por ciento de estos amados hijos nuestros han rehusado los santos sacramentos antes de ser fusilados por nuestros buenos oficiales”,  en palabras del Obispo Miralles de Mallorca.

“El personaje que las circunstancias me obligan a llamar Su Excelencia el Obispo de Mallorca” (Dr. Miralles), dice Ber­na­nos, había delegado en uno de sus sacerdotes que, con los zapatos bañados de sangre, distribuía absoluciones cada dos descargas a los doscientos habitantes de la pequeña ciudad de Manacor considerados sospechosos por los fascistas y llevados en bloques a la tapia del cementerio para ser fusilados”.

En Mallorca se prohibió llevar luto a los familiares. En la conversación que José Mª Pemán tuvo con el General Cabanellas (Pemán pg. 149-154), al final Pemán se queja de la represión exa­gerada en la zona nacional. “Mi general… logre que le den la lista de los ejecutados del bando nacional, para esa triste pe­ro no dudo que precisa función de ejemplaridad. Confronte usted las dos listas. Puedo asegurarle que usted llegará a la convicción de que la finalidad del escarmiento hubiera sido suficientemente cumplida con sólo un cinco o cuatro por ciento de la lista.

Terminada la guerra, en abril de 1939, Franco recibió la “es­pada de la Victoria” de manos de Gomá, mientras pronunciaba unas palabras en las que describió a sus adversarios como los “enemigos de la Verdad” religiosa. En toda España se multiplicaron los actos religiosos y ceremonias fúnebres en memoria de las víctimas. Los entierros de “mártires” fueron celebrados por todo el país en actos de gran solemnidad y exaltación. Franco recompensó el apoyo y soporte que recibió de la Iglesia Católica concediéndole una situación de privilegio que ha sido denominada como “nacionalcatolicismo”.

La beatificación y la ley de la Memoria Histórica

El régimen franquista promulgó la “Causa General Instruida por el Ministerio Fiscal so­bre la dominación roja en España” por de­cre­to del 26 de abril de 1940 con el fin de instruir «los hechos delictivos cometidos en to­do el territorio nacional durante la dominación roja». Uno de los epígrafes trataba de la Persecución religiosa: sacerdotes y religiosos asesinados y conventos destruidos o profanados.

La Causa sirvió para legitimar la sublevación contra la Re­pública y como instrumento de represión. Es la única versión oficial de los hechos sin que tras la Transición las autoridades democráticas hayan realizado una investigación imparcial ni se haya determinado la responsabilidad de las personas implicadas.

Quería ser asimismo la base documental para la futura beatificación de los que se llamaron desde el comienzo “mártires por Dios y por España”.  Pero Pío XII paralizó los procesos de beatificación, y así se han mantenido a pesar de la reiterada insistencia de algunos sectores del episcopado español. Juan Pablo II reabrió los procesos. Para ello tuvo que modificar el Código de Derecho Canónico, reduciendo el plazo para que estos procesos pudieran llevarse a cabo. La primera de estas beatificaciones se produjo en 1987. Desde entonces se han realizado diez ceremonias de beatificación, que incluyen a 471 “mártires”, de los que 4 son obispos, 43 sacerdotes seculares, 379 religiosos, y 45 laicos.

El pasado 27 de abril, la Conferencia Episcopal anunciaba una nueva beatificación masiva, de 498 religiosos asesinados durante la Guerra Civil y en los episodios de Asturias en 1934. Juan Antonio Martínez Camino, portavoz de los obispos, declaró que este hecho constituye la aportación de la Iglesia a la reconciliación nacional pues “los mártires, que murieron perdonando, son el mejor aliento para que todos fomentemos el espíritu de reconciliación”.

Sin embargo, para poder construir la reconciliación es necesario que haya resarcimiento moral de todas las víctimas. Y hasta ahora esto no ha ocurrido con las víctimas republicanas. Es necesario asimismo que ambas partes reconozcan sus excesos y errores, los errores que les llevaron a la guerra. Y hasta aho­ra la Iglesia se ha negado a pedir perdón como parte implicada en la ruptura de la paz y sostenedora de un régimen político que se mantuvo por el terror.

Todo colectivo tiene derecho y probablemente obligación de honrar a sus muertos. Pero para que la Iglesia pueda hacerlo en un clima de reconciliación es necesario que se sume a tantas de­claraciones de instituciones nacionales e internacionales que reconocen

◾️la legitimidad democrática del gobierno de la República, y en consecuencia

◾️la ilegitimidad del golpe de estado de Franco y de su go­bierno durante cuarenta años

◾️que la guerra fue un error.

◾️La Iglesia, además, debe pedir perdón  por su participación, como impulsora y en ocasiones agresora…

◾️por su frecuente colaboración en la muerte o asesinato de miles de inocentes, acusando, denunciando, dando listas…

◾️por su responsabilidad en la ocultación del sacrificio de los que entregaron su vida por causa de la justicia y la verdad…

◾️por los beneficios de toda clase que obtuvo del régimen ilegítimo de la dictadura.

Si este reconocimiento se da, la Iglesia podrá en verdad honrar a los suyos sin ofender a los demás. Supondrá que está dispuesta a honrar a todos por igual, a los de todos los bandos, vencedores y vencidos, en tanto que todos fueron víctimas. Evi­tará la frase  “los de un lado a los altares, los del otro, como siempre, a la cuneta como perros”.

Pero si este reconocimiento no se da, honrando sólo a los suyos, la Jerarquía de la Iglesia debe saber que sigue humillando a las víctimas inocentes del otro bando y a sus familiares, que manifiesta su incapacidad de superar las posiciones beligerantes de hace setenta años y su incapacidad de ser factor de paz y reconciliación, que sigue apareciendo como Iglesia de venganza.

En estas condiciones, ante el debate acerca de la recuperación de la Memoria Histórica se coloca en un espacio no sólo de fácil instrumentalización partidista de la institución Iglesia, sino de la instrumentalización partidista de los muertos. Nada peor hubieran podido pensar los ahora beatificados, que setenta años después el sector más recalcitrante de la sociedad española pretenda sacar provecho político de su sacrificio.

La argumentación usada por la Santa Sede para abordar la beatificación únicamente de personas asesinadas en la zona republicana es que la Iglesia no procede a la beatificación de nin­guna persona si en su asesinato se mezclan, aparte de lo que consideran motivos exclusivamente religiosos, motivaciones políticas, o existen serias dudas sobre si en la muerte pesaron más otras causas que las estrictamente religiosas.

Pero no nos engañemos. Al margen de los argumentos canónicos que puedan justificar este proceder, se trata de algo mucho más profundo.

Se trata fundamentalmente de la función pacificadora que la Iglesia dice que quiere ejercer. Y la fundamentación teológica de esta función pacificadora es que la Iglesia no debe relacionarse con el mundo en función de ella misma sino en función de la construcción del Reino de Dios en el mundo, en función de la justicia y de la verdad. De lo contrario, alejada y confrontada con el mundo, por mucho que tenga el derecho de reconocer el mérito de los suyos y los suyos de sentirse honrados con la beatificación de los suyos, corre el riesgo de convertirse en secta.

Olvidar a los miles de maestros, obreros, sacerdotes, políticos, sindicalistas, dirigentes, y las causas generosas por las que murieron  víctimas del franquismo no sólo es una injusticia sino que hace imposible la reconciliación. María Antonia Igle­sias, termina así el prólogo de su estremecedor libro Maes­tros de la República: “Los maestros republicanos cuya historia aquí se cuenta, y a los que por centenares también fue­ron asesinados, no les hace maldita falta que les canonice la Je­rarquía de la Iglesia católica… porque todos ellos fueron santos de verdad. Tampoco les hace falta que los reconozcan como mártires. Ellos fueron, los otros santos, los otros mártires”.

Texto publicado originalmente en el nº 238 de El Viejo Topo, noviembre 2007

El movimiento trotskista internacional y las revoluciones de posguerra: un análisis de sus (re) lecturas teóricas y programáticas (1944-63)

por Marcio Lauria Monteiro

La Cuarta Internacional fue fundada en 1938 por León Trotsky, luego del abandono de la condición de la fracción externa que la Oposición de Izquierda Internacional mantuvo ante la Comintern hasta 1933 y su opción de tornarse un nuevo partido internacional. Mas, desde su fundación, ella se encontraba bastante frágil, una vez que prácticamente toda la dirección de la antigua Oposición fuera asesinada por los stalinistas a lo largo de la década de 1930, teniendo León Trotski el mismo destino en 1940. Así, sumando un frágil liderazgo a las duras condiciones impuestas por la Segunda Guerra Mundial, la nueva internacional, en la práctica, dejó de existir durante el comienzo de los años 1940, viniendo a ser reorganizada entre los años 1944-48, a partir de la suma de los esfuerzos de una nueva generación de jóvenes militantes europeos con los del liderazgo del Socialist Workers Party (SWP) de los EEUU y otros veteranos.

Sin embargo, la forma como el liderazgo del SWP procedió en esa reorganización de la Cuarta Internacional fue marcada por medidas que tenían por objeto imponer al resto de la organización sus previsiones de que ocurriría una profunda crisis económica mundial y de que se abriría un período revolucionario. Para tal situación, ella condujo a la nueva dirección internacional a aquellos que concordaban con tal posición y, en respuesta a las intensas polémicas que surgieron en torno de ellas, tomó una serie de medidas, entre ellas las expulsiones y la modificación de los estatutos de la organización internacional para instituir el llamado “centralismo de organismo” (la exigencia de que los miembros de los organismos dirigentes se comportasen de forma unitaria ante el resto de la organización) y una serie de maniobras para forzar una mayoría artificial en el 2º Congreso Mundial (1948)1.

Además de esos conflictos del período 1944-48, la situación se agravó todavía más cuando la expansión soviética en el Este europeo, la ruptura Tito-Stalin y la Guerra de Corea dieron inicio a nuevas y profundas discordancias entre los trotskistas a lo largo de los años 1950-60. Los principales debates giraron entorno de la posibilidad o no de un “giro revolucionario” por parte del stalinismo ante la feroz Guerra Fría; y de la eclosión de revoluciones sin la presencia de un partido socialista revolucionario ante  ellas, con un programa nacional-democrático, con predominio de fuerzas sociales localizadas en el sector agrario de la economía, sin la presencia de órganos de poder político / autogobierno de las clases dominadas (soviets) y que han tenido lugar particularmente en los países periféricos.

El destino del trotskismo a lo largo de este período de intensos conflictos de clases que siguió hasta el final de la Segunda Guerra fue dramático, una vez que el movimiento permaneció incapaz de romper su aislamiento y popularizarse como referencia política. Al contrario, los trotskistas pasaron por un creciente proceso de fragmentación, en gran parte influenciado por las agudas polémicas internas. La fragmentación tuvo naturaleza organizativa y política, dando origen a una serie de “troncos históricos”, a partir de los cuales las vertientes pasaron a diferenciarse, siendo muy difícil definir qué es el trotskismo en los días de hoy.

El objetivo de este artículo es lanzar alguna luz sobre la larga crisis del movimiento trotskista internacional entre 1944 y 1963, presentando un mapeo de algunas de las transformaciones de su marco teórico-programático ante los complejos desafíos políticos de la posguerra – particularmente a partir de la expansión soviética en el Este Europeo, de las Revoluciones Yugoslava, China, Cubana y del proceso de independencia argelino – transformaciones que involucraron una creciente diferenciación de análisis y posicionamientos, con base en (re) lecturas divergentes acerca del tema. 

 

Las narrativas predominantes y la cuestión del “revisionismo pablista” 

 

Son raros los trabajos que abordan la historia del movimiento trotskista desde su ámbito internacional. Los pocos que lo hacen, escriben, en gran parte, tentativas de “historias oficiales” de determinado “tronco histórico”, buscando legitimar su existencia frente a los demás. Frecuentemente, tales narrativas están repletas de omisiones o distorsiones, además casi no presentan fuentes suficientes como para basarse. No obstante, son ellas las que son utilizadas con mayor frecuencia como referencia por investigadores que se dedican a escribir la historia de los varios grupos nacionales que componían y/o componen el movimiento trotskista – lo que ha sido el formato más usual de las investigaciones académicas sobre el asunto.

Independientemente de las diferencias entre esas narrativas, para explicar el comienzo de la crisis y la fragmentación del trotskismo, suele predominar el período 1951-53 y las divergencias surgidas ante las revoluciones que ocurrieron en la secuencia de la Segunda Guerra Mundial, con destaque para la querella en torno al llamado “pablismo” (o “revisionismo pablista”). Es a partir de la ruptura ocurrida en 1953 que usualmente son estructuradas las dos explicaciones y líneas narrativas principales, que disputan la memoria e historia del trotskismo.

Michel Pablo, pseudónimo de Michalis Raptis, fue un dirigente encumbrado en la dirección internacional por intermedio del SWP, tornándose el Secretario General de la Cuarta Internacional en 1946. El período 1951-53 en el interior de la organización fue marcado por intensos conflictos en torno a las posiciones que este dirigente presentó en el contexto de la Guerra Fría, bien como los métodos utilizados por él para consolidarlos en el interior de la Cuarta Internacional, patentados por maniobras burocráticas basadas en “nuevos estatutos”. Estos métodos incluyeron, en particular, la imposición del “centralismo de organismo” a las minorías de los órganos dirigentes, la interferencia de la dirección internacional en la composición de los liderazgos nacionales, la suspensión de opositores, el fomento de tendencias desleales, etc.

Conforme se detallará más adelante, suponiendo que una inminente Tercera Guerra Mundial forzaría las direcciones comunistas orientadas por la URSS a efectuar un “giro revolucionario”, Pablo defendió, teniendo como base una división entre “mundo capitalista” y “mundo socialista”, la transformación del trotskismo en un “ala izquierda” del stalinismo. Porque su orientación concluía por la disolución de los trotskistas en el interior de los Partidos Comunistas, acompañada del “enmascaramiento” de su programa político (movimiento que quedaría conocido por “entrismo sui generis”). De esa forma, Pablo y sus aliados más próximos adoptaron posiciones que se alejaban de algunos de los presupuestos más básicos de la razón de ser de la Cuarta Internacional, en particular la política de diferenciación con relación a organizaciones caracterizadas como reformistas o stalinistas, como forma de llevar adelante revoluciones socialistas victoriosas; y la idea de que la regeneración democrática de la URSS sería resultado de una “revolución política” esencialmente anti-stalinista y pro-socialista2.

Las divergencias con esas ideas y con los métodos utilizados por Pablo para imponerlas culminaron en 1950, en la expulsión de dirigentes trotskistas ingleses (Ted Grant, Jock Haston y Bill Hunter), y en 1952, en la ruptura de la mayoría de la sección francesa (Parti Communiste Internationaliste, PCI) con relación a la Cuarta Internacional3. En el período posterior a la realización del 3º Congreso Mundial de la Cuarta Internacional (1951), en el cual las posiciones “pablistas” fueron formalmente aprobadas, el choque entre la mayoría (“pablistas”) y la minoría (“anti-pablistas”) creció al punto de haber culminado, a fines del año 1953, en nuevas rupturas. Este proceso dio origen a una fracción pública nombrada por Comité Internacional (CI) y que no reconocía la autoridad de Pablo y del Secretariado Internacional (SI, entonces el órgano dirigente máximo de la Cuarta Internacional).

Lanzado por el SWP de los EEUU, el CI contó con los expurgados franceses (PCI La Verité) y la mayoría del grupo inglés (denominada The Club, nombre informal del grupo que actuaba en el interior del Labour Party de forma no pública); de la mayoría de la sección canadiense; de las secciones china y suiza; y, posteriormente, de grupos de Argentina, Chile y Perú agrupados en el Comité Latino Americano del Trotskismo Ortodoxo (más tarde rebautizado “Secretariado”, SLATO). También se aproximó al CI, mas sin adherir formalmente, la escisión de la sección boliviana liderada por Guillermo Lora (POR Masas).4

No habiendo tenido éxito inmediato en su intención de posponer el 4º Congreso Mundial (previsto para 1954) y remover a Pablo del cargo de Secretario General, para que las discusiones pudieran darse democráticamente, el CI se mantuvo formalmente en la condición de fracción pública hasta 1963, cuando parte de sus miembros retornaron a la Cuarta Internacional, originando lo que pasó a ser conocido como Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional (SU). Frente al surgimiento del SU, los demás grupos de la fracción, que ya completaban diez años de existencia, respondieron proclamando al CI como embrión de un nuevo “partido internacional”, que vendría a sustituir la Cuarta Internacional, considerada “degenerada” por ellos.

De ese proceso de disidencia entre los miembros del CI, surgieron dos narrativas históricas. Las líneas narrativas asociadas al sector recién retornado al SI de Pablo (rebautizado de SU) afirman que la realidad de la posguerra habría presentado formas “no puras” de revoluciones, que diferían de aquellas defendidas originalmente en la Cuarta Internacional y en la elaboración original sobre la transición al socialismo contenida en la teoría de la revolución permanente de Trotski. Mientras el sector mayoritario de la dirección internacional habría hecho las adaptaciones programáticas necesarias a esos fenómenos, el sector minoritario habría actuado de forma dogmática y sectaria, al negarse a lidiar con aquello que escapaba a sus fórmulas pre-concebidas. El retorno de parte de los sectores del CI, en 1963 (formando el SU) era visto como un proceso de “corrección de la política”, en particular después de las experiencias de las revoluciones argelina (1954-62) y cubana (1959-60), fenómenos muy importantes para esta reaproximación.

Esa línea se expresa, por ejemplo, en las narrativas escritas por Pierre Frank y Daniel Bansaïd, ambos importantes dirigentes del SI / SU, cuyas obras consisten en una evaluación de la historia del movimiento trotskista desde el punto de vista del sector mayoritario de esas organizaciones. A pesar de sus pequeñas diferencias sobre cuáles fueron los éxitos y los errores en relación con las posiciones y los análisis adoptados durante los años 1950-60 – diferencias que fluyen del giro del SU en los años 1980 (su adhesión explícita a una estrategia de transición socialista a través de reformas) – siguen siendo verdaderas “historias oficiales”, difundidas por diferentes grupos vinculados a ese sector del movimiento trotskista internacional.5 Ya las líneas narrativas asociadas a los grupos del CI que no optaron por participar de la formación del SU, ven la “corrección política” realizada por el sector mayoritario de la dirección internacional como un “revisionismo” nocivo, que diluía la importancia del partido marxista como el elemento consciente necesario al triunfo de la revolución socialista, y que la llevó a capitulaciones oportunistas. Ese revisionismo frecuentemente llamado “pablismo” y que habría sido impuesto a la Cuarta Internacional en forma de maniobras burocráticas y de interferencia autoritaria en la vida interna de sus secciones nacionales – habiendo forzando la ruptura de los críticos, como una forma de poder continuar trabando su lucha política oposicionista. Así, la salida de parte de los grupos del CI para formar el SU en 1963 es vista por algunos como una “capitulación” tardía al “revisionismo pablista”.

Esa línea se expresa, por ejemplo, en la narrativa escrita por David North, que constituye una evaluación de la historia del movimiento trotskista desde el punto de vista del sector del CI que originalmente estaba asociado con su grupo inglés, lo cual se convirtió en el dominante después de 1963, permaneciendo así hasta mediados de los años 1980. También se expresa parcialmente en narrativas asociadas a grupos que pasaron por las filas del CI en algún momento, como lo escrito por Jean-Jacques Marie, que es el principal historiador de la tradición “lambertista”, y los escritos de Mercedes Petit y Alicia Sagra, ambas asociadas a la tradición “morenista”.6

Cabe señalar que hay otras líneas narrativas de menor visibilidad, como la asociada con la tradición de Tony Cliff (pseudónimo de Yagel Gluckstein) y la revista International Socialism. Según su explicación, el origen de la crisis del movimiento trotskista está enraizado en la adhesión “dogmática” a ciertos pronósticos hechos por Trotski (particularmente la inminencia de una revolución mundial) y, sobre todo, a su caracterización de la URSS como un “Estado obrero” (burocráticamente degenerado) – cuando en realidad, de acuerdo con Cliff, se trataba de una formación social de tipo “capitalismo de Estado”. La aplicación de esa categoría, de “Estado obrero”, a las formaciones sociales originadas por las revoluciones de la posguerra condujo, según Cliff, a una capitulación al stalinismo y a un abandono de la noción marxiana de la revolución social como “auto-emancipación del proletariado”. Por lo tanto, el SS / SU, como el CI, según esa línea narrativa, se perdieron analítica y programáticamente debido a su adhesión al trotskismo de antes de la guerra. De esta manera, la tradición “cliffista” frecuentemente se presenta más como un “retorno” al marxismo que como trotskista. Esta línea narrativa se expresa, por ejemplo, en los escritos del propio Cliff y en el del actual líder del presente grupo principal “cliffista”, el SWP inglés (que no debe confundirse con el SWP estadounidense), Alex Callinicos.7

Por más que todas esas líneas narrativas contengan elementos de verdad sobre las disputas que llevaron a la creciente fragmentación del movimiento trotskista, ellas son muy marcadas por omisiones, distorsiones, explicaciones superficiales y presentan poca documentación. Lo que correctamente todas tienen en común, es el reconocimiento de la centralidad de las revoluciones de posguerra para la crisis del movimiento trotskista, una vez que sus peculiaridades escapaban a la “regla” prevista en las elaboraciones originales. Sin embargo, como el SU se presentaba como la continuación directa de la Cuarta Internacional, la crisis del movimiento trotskista era vista por sus miembros como meras rupturas aisladas de grupos “sectarios”. Ya por parte de sus críticos, que buscaban afirmar que el sector mayoritario de ese movimiento “se perdiera”, bien como diferenciarse de las demás divisiones, hay muchos artículos y folletos con un foco casi exclusivo en la cuestión del “revisionismo pablista”. A pesar de haber sido centrales en las disputas que provocaron la escisión de 1953, las ideas más particulares de Pablo tuvieron impacto temporal limitado.

Ya a mediados del año 1954, con el enfriamiento del clima de intensa polarización internacional entre URSS y EEUU y, consecuentemente, de los discursos radicales asumidos por algunos PCs al rededor del mundo en los años anteriores, él se vio en dificultades para sustentar sus previsiones de una inminente Tercera Guerra Mundial y de un “giro revolucionario” por parte de las direcciones stalinistas.8

Además de eso, es importante destacar que los análisis y posicionamientos delineados por muchos “anti-pablistas” tenían elementos fundamentales en común con las de aquellos que ellos mismos denunciaban como “revisionistas”. Teniendo tales hechos en vista, es problemático que se reduzca la crisis del trotskismo al “revisionismo pablista” y a los embates del período 1951-53 – como si Pablo y sus aliados más próximos, bajo el impacto de los complejos desafíos políticos de la posguerra, hubiesen sido los únicos en realizar una profunda relectura del marco teórico-programático original del movimiento trotskista o, por otro lado, como si sus adversarios fuesen meramente “sectarios”, que no habían entendido tal coyuntura.

El cuadro verdadero es mucho más complejo. El estudio cuidadoso de la historia del movimiento trotskista en la posguerra demuestra que una profunda confusión teórica y analítica se propagó entre sus miembros, sorprendidos ante la vitalidad de las direcciones comunistas alineadas con la URSS ante las masas europeas al fin de la guerra, por la expansión soviética en el Este Europeo y por la eclosión de procesos revolucionarios que lograron expropiar política y económicamente a las clases dominantes en algunos países, estableciendo nuevas formaciones sociales no capitalistas, sin que tuviesen por delante, partidos que los trotskistas consideraban socialistas revolucionarios. Así, para comprender de forma más profunda la crisis de ese movimiento, es esencial que se vaya más allá del conflicto en torno a las ideas más particulares de Pablo. Es necesario detectar los elementos que componen el “núcleo” de tales ideas, habiéndolas originado y a ellas sobrevivido a lo largo de las décadas siguientes, cuando las previsiones más inmediatas de Pablo se mostraron equivocadas. Sólo así se puede tener noción de las (re) lecturas operadas por él y por otros en relación a determinados aspectos centrales en el marco teórico-programático original del movimiento trotskista, como una tentativa de responder a esos nuevos y complejos fenómenos de la lucha de clases.

De la misma forma, es esencial que se vaya más allá de la comprensión de los opositores de Pablo como simples negadores de sus ideas más particulares y se analice de manera más detenida la forma de cómo ellos mismos comprendían el contenido de este marco – y cómo es que algunos de ellos también operaron considerables (re) lecturas. Sin que se proceda de esta manera, es imposible que se comprenda como surgieron tantos “trotskismos” tan diferentes unos con otros a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

A partir del análisis de diversas fuentes, comprendidas en el período de 1944-63, la conclusión a la que se llegó es que en realidad ambos lados operaron relecturas de aspectos centrales de determinado marco original, en la tentativa de comprender y posicionarse ante revoluciones que entonces ocurrían, dotadas de importantes peculiaridades frente a aquello que se esperaba a partir de la teoría de la revolución permanente. Y, en muchos aspectos, compartieron determinadas relecturas, todavía llegando a diferentes conclusiones prácticas. Así, para comprender de forma más profunda cómo el trotskismo llegó a la actual fragmentación y considerable diferenciación, se hace necesario mapear sus análisis y debates sobre las revoluciones de la posguerra. Tales análisis y debates lidiaban principalmente con la caracterización de la fuerza política que estuvo al frente de las revoluciones victoriosas del período, esto es, si el stalinismo era contrarrevolucionario “de pies a cabeza”; si poseía una naturaleza “dual” y “contradictoria”; si se había tornado “objetivamente revolucionario” bajo las condiciones de la Guerra Fría. Lidiaban también con el sentido de la teoría de la revolución permanente – si un postulado sobre la imposibilidad de revoluciones socialistas en las cuales los trotskistas no fuesen el sujeto político y el proletariado el sujeto social; si era una teoría que habría sido plenamente “confirmada” por los eventos de la posguerra; si era una teoría que necesitaría ser “actualizada” o “corregida” a la luz de esos eventos. Y lidiaban todavía con la transición al socialismo – si era posible (y/o necesario) un régimen “intermediario”, de transición entre capitalismo y dictadura del proletariado. Por más que esto ocurriera inmediatamente después a la posguerra, importantes polémicas habían sido llevadas a cabo por los trotskistas, los debates en torno de esos tres puntos, ocurridos a lo largo de los años 1948-63, que moldearon de forma más fundamental algunos de sus principales “troncos históricos” actualmente existentes. A lo largo de los años 1960-70 también fueron realizadas importantes discusiones (por ejemplo, acerca de la viabilidad de la “vía armada”), mas, en buena parte, el núcleo de esos “troncos” ya estaba determinado por sus análisis delineados a lo largo de los años anteriores. Y en gran parte, se puede afirmar lo mismo sobre la forma como ellos analizaron y se posicionaron ante las contrarrevoluciones (restauraciones capitalistas) ocurridas en el “bloque soviético” al final del siglo.

Sin embargo, cabe resaltar que también es imposible alcanzar una comprensión profunda acerca de la crisis del movimiento trotskista internacional sin una dimensión social de su historia. Así, es necesario reconocer que el presente trabajo no consigue explicar por entera la crisis del movimiento trotskista, siendo antes una contribución para tal tarea, que sigue en abierto. Al mapeo y a la sistematización de las diferentes (re) lecturas del marco teórico-programático original de la Cuarta Internacional, aquí presentados, que fueron hechas bajo el impacto de las revoluciones de la posguerra, se hace necesario sumar también un análisis detallado de las diferentes presiones que actuaban sobre (al menos) sus principales secciones nacionales de la posguerra – la norte-americana, la francesa y la inglesa – en el sentido de explicar mejor lo que originó esas diferentes (re) lecturas. Pero esa tarea necesita constituirse como una agenda para la articulación entre diferentes investigadores(as), no como un esfuerzo individual. 

 

El marco teórico-programático original y las peculiaridades de las revoluciones de la posguerra 

 

En la elaboración de su teoría de la revolución permanente, uno de los principales pilares teóricos de la Cuarta Internacional, Trotski concluía que era imposible la realización de una revolución democrático-burguesa en la época imperialista, debiendo ser realizadas las tareas nacional-democráticas a través de una ligación orgánica con las socialistas, teniendo al proletariado como sujeto social de la revolución y al partido marxista como sujeto político.

Esa conclusión se derivaba de la comprensión de la economía capitalista constituyendo una totalidad y del carácter desigual y acordado del desarrollo capitalista de ahí derivado. Pues las formaciones sociales de industrialización “tardía” o “hipertardía” fueron penetradas y moldeadas por los capitales imperialistas previamente existentes, de forma que sus burguesías nativas nacieron en situación de dependencia para con estos, bien como para con las viejas elites agrarias locales, con las cuales se mezclaron. Por lo tanto, esas burguesías no sólo no estarían interesadas en la implementación del programa nacional-democrático de las revoluciones burguesas “clásicas” (entendiéndose estas como, reforma agraria, independencia nacional y democracia), también serían estructuralmente incapaces de realizarlo. Entonces, le correspondería al proletariado realizar tales tareas – una vez que el campesinado fuera una clase heterogénea para ser capaz de una acción política independiente. Mas, al hacerlo, se contrapondría directamente con los intereses de esa burguesía y de los capitales imperialistas, necesitando expropiarlos para efectivamente implementar tal programa. De esa forma, las demandas nacional-democráticas acabarían mezclándose con las socialistas en un proceso de transformación permanente – que inclusive precisaría continuar interna e internacionalmente después de la revolución, como parte de la transición rumbo al socialismo. Pero el proletariado, para ser victorioso en su acuerdo, necesitaría del firme liderazgo de un partido marxista, orgánicamente vinculado a tal clase.9

Por más que Trotski haya contemplado la posibilidad de que “bajo la influencia de una combinación de circunstancias excepcionales (guerra, derrota, quiebra financiera, ofensiva revolucionaria de las masas etc.), los partidos pequeño-burgueses, incluidos ahí los stalinistas, pueden ir más lejos de lo que querían en el camino de la ruptura con la burguesía”, continuó defendiendo la centralidad de la necesidad del protagonismo proletario y del partido marxista en la revolución – inclusive ante esos posibles casos excepcionales, que no deberían ser tomados como modelo. En sus palabras, “Todo depende del proletariado, es decir, de su vanguardia revolucionaria La crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria”.10

Trotski abordó, sin embargo, otra posibilidad excepcional de transformación social, en que el papel del sujeto político previsto en su teoría también sería relativizado en la práctica (pero no su necesidad). En el contexto de la división de Polonia entre Alemania y la URSS (1940), él levantó la posibilidad de una expansión “burocrático-militar” de la formación social soviética en sus regiones limítrofes, que culminó con la expropiación de la burguesía en esos países a partir de procesos tutelados, para que “el régimen de los territorios ocupados [estuviese] de acuerdo con el régimen de la URSS”. Pero advirtió que el criterio político central de la Cuarta Internacional para posicionarse ante tal posibilidad no debería ser la transformación de las relaciones de propiedad, mas sí “la mudanza en la consciencia y organización del proletariado mundial”.11

La mayoría de los procesos revolucionarios que tuvieron lugar en la posguerra ocurrieron en países de la periferia del sistema capitalista, en los cuales el proletariado urbano era poco numeroso – reflexionando una industrialización todavía incipiente – y en los cuales una masa asalariada rural, muchas veces mezclada a las camadas pobres de los campesinos, constituía todavía la mayor parte de la población. Todos comenzaron como procesos cuyas pautas eran nacional-democráticas, y no socialistas. Y, a pesar de sus particularidades, todos poseían una serie de peculiaridades en común que se contrastaban con lo previsto por la teoría de la revolución permanente, aunque la hayan confirmado en algunos de sus aspectos más generales. Ellos tuvieron, como sujeto social principal, la fuerza de trabajo rural. A penas en algunos casos minoritarios el derrocamiento del poder burgués fue acompañado de insurrecciones por parte del proletariado urbano – y, aun en esos casos, se desempeñó un papel secundario en el proceso general. Esa fuerza rural era compuesta de forma heterogénea por el proletariado rural, por pequeños propietarios productores y por una abundante masa de productores arrendatarios y de ex-campesinos recién-expropiados y socialmente desarraigados por el avance de las relaciones capitalistas en el campo.12 Y tuvieron en cuanto sujetos políticos, a organizaciones que no defendían en sus estrategias algo además del programa nacional-democrático, por lo cual el referido sujeto social se movilizó.

Tales sujetos políticos fueron Partidos Comunistas, cuya lógica etapista los hacía atribuir un carácter “democrático-burgués” a las revoluciones que deberían ocurrir en la periferia capitalista, no poniendo al socialismo en el orden del día, o grupos que ni siquiera proclamaban adhesión formal a ideas socialistas y a la centralidad del proletariado como sujeto social revolucionario, teniendo carácter nacionalista y fuerte peso de la intelligentsia urbana de corte pequeño-burgués en sus filas y liderazgos (como en el caso de la Revolución Cubana). Además, en la mayoría de tales procesos no hubo institución de órganos de poder político / autogobierno de las clases dominadas (soviets), siendo que, en los casos en que esos surgieron en algún momento, fueron violentamente suprimidos por el liderazgo del proceso (como en Vietnam). Hay algunos casos (como en Cuba o Yugoslavia) donde fueron creados (de arriba para abajo) órganos que se han presentado como poder político de las masas, pero que no tenían poder real de (o sobre el) gobierno.

Al final, aquellos procesos que no fueron aplastados en su nacimiento, formaron, en el momento inmediatamente posterior a la destrucción del Estado burgués, gobiernos de coalición con representantes de la burguesía nativa y mantuvieron jurídicamente la propiedad privada. Pero, no obstante, aquellos que de hecho realizaron (algunas) de las tareas nacional-democráticas que se proponían – una minoría de los casos – sólo lo pudieron hacer a partir de la ruptura de esa coalición de colaboración de clases y de la expropiación de los capitales nativos e imperialistas – y aquí está la referida confirmación de algunos de los aspectos generales de la teoría de Trotski.

Al liquidar al capitalismo, dieron lugar a formaciones sociales que, en sus aspectos estructurales más generales, bien como en sus regímenes políticos, eran muy similares a la URSS. Y fue solamente en ese segundo momento del proceso revolucionario que los respectivos liderazgos adoptaron discursos socialistas, y no más nacional-democráticos o nacionalistas. Tales casos excepcionales tuvieron lugar en Yugoslavia (1944-48), Albania (1944-45, ignorada por los trotskistas de la época), China (1949-53), Corea del Norte (1946-49), Vietnam (1950-51 y 1975), Cuba (1959-60) y Laos (1975). A estos procesos, debe agregarse la expansión de la URSS en Este Europeo al final de la Segunda Guerra (1944-48), que transformó las relaciones sociales de la región de forma burocrático-militar, a través de la ocupación del Ejército Rojo / Soviético.13

 

Las secciones a seguir presentan un mapeo de cómo diferentes grupos del movimiento trotskista internacional reaccionaron a parte de esos eventos (aquellos comprendidos entre 1944-63) y cuáles fueron las (re) lecturas operadas por ellos para analizar, explicar y posicionarse ante los mismos.14

 

El sector mayoritario: transición gradual al socialismo y autorreforma  del stalinismo

 

De parte del sector mayoritario del movimiento trotskista – el SI y SU, liderados a lo largo del período aquí analizado por Pablo, Mandel, Pierre Frank y Livio Maitan, no conformando siempre un bloque unido15 – los principales análisis, explicaciones y posicionamientos para tales eventos giraron en torno a la introducción en el marco teórico-programático original de las nociones de la posibilidad de una transición gradual entre capitalismo y dictadura del proletariado y de que tal transición podría ser operada por sujetos políticos no marxistas (trotskistas).

Inicialmente (a lo largo de 1944-48), movida por la caracterización del stalinismo como intrínsecamente contrarrevolucionario, la mayoría de las direcciones de la Cuarta Internacional negaron que el Este Europeo hubiera dejado de ser capitalista, habiendo afirmado las tesis del 2º Congreso Mundial (1948), que tal región tenía una “estructura fundamentalmente capitalista”, siendo sus Estados burgueses y dotados de regímenes bonapartistas “en forma extrema”. Pero, desde la Conferencia Internacional de 1946 se encaraba que tal región pasaba por una transformación gradual de las relaciones sociales, las cuales (se decía) estaban siendo realizadas “burocráticamente a partir del tope, sin llamar a la conquista del poder por el proletariado”, a través de una integración “fría” de aquellos países a la Unión Soviética. A ese proceso se le nombró asimilación estructural.16

Esa tesis, de una alteración gradual que todavía no se había completado, sólo fue alterada a mediados del año 1950, a partir del entusiasmo que tomaron sectores de la Cuarta Internacional ante la “ruptura Tito-Stalin” (junio de 1948), expreso en el apoyo acrítico a Tito y su régimen17. Pues la mayoría del Comité Ejecutivo Internacional (CEI – órgano deliberativo del cual el SI era el brazo operativo), en especial Pablo, evaluó que tal ruptura significaba que el PC yugoslavo había dejado de ser un partido stalinista y se había tornado “centrista de izquierda”, evolucionando rumbo a tornarse revolucionario. Y después de intensa disputa en el interior del liderazgo, principalmente entre Pablo (que se tornó favorable a la mudanza de la caracterización) y Ernest Mandel (otro militante conducido a la dirección internacional por el SWP, que mantenía su evaluación sobre el supuesto proceso incompleto de “asimilación estructural”), se aprobó en el 8º Plenario del CEI, de abril de 1950, la caracterización de Yugoslavia como un Estado obrero y una dictadura del proletariado. Siguiendo a esa mudanza, se aprobó en el 9º Plenario, de noviembre de 1950, la resolución que reconocía la destrucción del capitalismo en el Este Europeo como un todo y clasificando las demás formaciones sociales de la región como Estados obreros burocráticamente deformados.18 

Pero la explicación final para la transformación del Este Europeo incorporó la tesis gradualista de la “asimilación estructural”, encarando que esta había ocurrido a lo largo del período de 1944-48. De forma semejante, se encaró que hubo un período intermediario entre capitalismo y dictadura del proletariado en Yugoslavia, entre 1944 y la ruptura con Moscú y con los representantes burgueses del gobierno provisorio, en 1948.19 Llevando en cuenta también la experiencia de la Revolución China, la mayoría del liderazgo internacional pasó a encarar que un PC que rompe con Moscú y / o va más allá de su programa nacional-reformador deja de ser contrarrevolucionario, tornándose centrista, y rumbo a tornarse revolucionario, debiendo ser apoyado críticamente por los trotskistas20.

Posteriormente, esa lógica de “apoyo crítico” fue extendida a grupos nacional-reformadores pequeños-burgueses con influencias de masas, como en los casos argelino y cubano. Y, a pesar del MNR boliviano (Movimiento Nacionalista Revolucionario), que asumió ser el poder a partir de la revolución de 1952, una formación claramente burguesa, aunque con un grupo con fuerte influencia sindical, fue así caracterizado por el liderazgo internacional para justificar el apoyo a su gobierno de la sección local.

Para sustentar analíticamente esas posiciones, Pablo, Mandel y el sector mayoritario del liderazgo internacional realizaron una relectura de la expresión “Gobierno Obrero y Campesino” para explicar los gobiernos de coalición con elementos burgueses formados en un primer momento de esos procesos revolucionarios. Así, ella fue utilizada para designar un “doble poder” al interior del Estado y para apuntar como tarea para los trotskistas el “apoyo crítico” a tales gobiernos, con la perspectiva de “empujarlos” a la destrucción del capitalismo y a la formación de Estados obreros21.

O sea, ellos transformaron lo que antes era un slogan de agitación (tradicionalmente utilizado en el léxico bolchevique y trotskista como un sinónimo para dictadura del proletariado22) en un concepto de régimen de transición entre capitalismo y dictadura del proletariado, que podría avanzar en la expropiación de la burguesía o retirarse para la consolidación del poder de esta. Además de eso, lo utilizaron como base para conferir apoyo político a regímenes diversos. En el referido caso de la Revolución Boliviana, el Partido Obrero Revolucionario puso su influencia dentro de la Central Obrera Boliviana a servicio del “ala izquierda” del gobierno del MNR, llevando a resultados trágicos)23.

En la guerra de la independencia de Argelia (1954-62), se apoyó la FLN (Front de Libération Nationale) y su gobierno24. Además de eso, en relación a los regímenes criados por los procesos yugoslavos y chinos, tal sector negó que hubiese en ellos una ausencia cualitativa de democracia, concluyendo que poseían solamente “deformaciones burocráticas”, que podrían ser reformadas a partir de presiones de izquierda sobre sus liderazgos – donde no haya defensa de una revolución política. De esa forma, descartaron la necesidad de construcción de un partido trotskista independiente, apuntando, a lo más, la perspectiva de formación de un “ala izquierda” al interior del partido al frente del régimen.25

La misma lógica, basada sobre la posibilidad de una “autorreforma” del stalinismo, fue después aplicada al caso cubano (1959)26.

Por fin, a pesar de haber reconocido la preponderancia de la fuerza de trabajo rural en esos tres procesos (definida de forma simplista como “campesina”), tal grupo mayoritario los consideró pura y simplemente como revoluciones proletarias, las cuales habrían confirmado plenamente la teoría de la revolución permanente, indicando no haber diferencia cualitativa entre los resultados deseados por los trotskistas y aquellos concretamente realizados. Así, dichos procesos fueron tomados como modelos para una vía más fácil al socialismo – a despecho de su excepcionalidad numérica ante varias otras situaciones explosivas que ocurrieron en el mismo período y de la ausencia de democracia proletaria y de orientación internacionalista de los regímenes criados.

Cabe destacar que, durante cierto tiempo (1951-54), predominó entre la mayoría del liderazgo internacional el análisis más particular desarrollada por Pablo, según la cual una inminente Tercera Guerra Mundial forzaría al stalinismo a operar un “giro revolucionario” mundo afuera, como forma de asegurar la sobrevivencia de la burocracia soviética. Además, esta supuestamente sería disuelta gradualmente luego de la revolución mundial, como fruto directo del desarrollo de las fuerzas productivas.

Luego, Pablo derivó la perspectiva de que el papel del trotskismo sería el de ser un “ala izquierda” de ese stalinismo tornado “objetivamente revolucionario”, inclusive adentrando los PCs a través del ocultamiento de partes de su programa y de su propia identidad trotskista (el “entrismo sui generis”, aplicado con resultados desastrosos en lugares como China).27

A pesar de que esas ideas más particulares de Pablo, comúnmente designadas por sus críticos del “revisionismo pablista”, hayan tenido vida corta (debido a la detención de mediados de los años 1950), ellas comparten el núcleo básico por detrás de las (re) lecturas operadas por ese sector mayoritario del movimiento. Núcleo caracterizado por la noción de que sujetos políticos “imperfectos” (stalinistas o “centristas”) pueden ser llevados a dirigir una revolución socialista, si son presionados por determinadas condiciones objetivas, debiendo los trotskistas apenas “guiarlos” y “empujarlos” para la izquierda, en lugar de intentar constituir un liderazgo alternativo de masas. Y también de que las burocracias de los Estados obreros de la posguerra podrían “autorreformarse” rumbo a una genuina democracia proletaria28.

Así, si no se puede hablar de “pablismo” para designar de forma precisa tal sector (una vez que las ideas más particulares de Pablo tuvieron vida corta), ciertamente se puede afirmar que él realizó una relectura de algunos de los puntos más esenciales de lo que era el trotskismo antes de la Segunda Guerra, originando una nueva estrategia. Esa estrategia fue formulada con base en la perspectiva de la posibilidad de que sujetos políticos “imperfectos” asciendan al poder vía movilizaciones de masas, formando “Gobiernos Obreros y Campesinos”, siendo “empujados” a crear Estados obreros. Ante lo que los trotskistas quedarían reducidos a un papel secundario, no deseando más el objetivo central de la Cuarta Internacional cuando refiere a su fundación – de ser la solución para la “crisis de dirección” del proletariado. Esa estrategia perduró hasta el giro reformista del SU, en los años 1980.

 

Los “anti-pablistas”: ausencia de análisis alternativos 

 

Los auto titulados “trotskistas ortodoxos”, o “anti-pablistas” – los sectores que inicialmente compusieron el Comité Internacional, como el SWP de los EEUU, la Socialist Labour League inglesa (SLL, nombre que asumió el The Club al dejar el Labour Party), el PCI-La Verité francés y el Secretariado Latinoamericano del Trotskismo Ortodoxo (SLATO) de Nahuel Moreno (pseudónimo de Hugo Bressano) – a pesar de su ruptura con los que los consideraban “revisionistas”, mantuvieron los mismos análisis desarrollados por ellos para explicar la transformación del Este Europeo y las Revoluciones Yugoslava y China. Esto es, PCs que dejaron de ser stalinistas por ir más allá de su programa nacional-reformista; existencia de regímenes transitorios entre capitalismo y dictadura del proletariado; posibilidad de revoluciones exitosas lideradas por sujetos políticos “imperfectos” y sujetos sociales no proletarios. Inclusive, compartieron momentáneamente el entusiasmo con Tito y el PC Yugoslavo (asunto acerca del cual los tres realizaron zigzags29). Por lo tanto, no contestaron de forma decisiva a la perspectiva de una nueva estrategia de transformación social gradual y liderada por no marxistas (trotskistas), adoptando posturas contradictorias sobre el tema. Pues, por un lado, no presentaron análisis alternativos a aquellos del sector mayoritario, por otro lado denunciaron, a partir de momentos diferentes, lo que veían como un “liquidacionismo” de los “pablistas” en relación al stalinismo, combatiendo la propuesta del “entrismo sui generis” y recusándose al “apoyo crítico” de los gobiernos chinos y yugoslavo, defendiendo, al contrario, la necesidad de una revolución política para instaurar una democracia proletaria, por considerar a ambos como Estados obreros burocráticamente deformados.

Fue esa la base de la formación del CI, en 1953 – sumada a la oposición a los métodos burocráticos de Pablo y de sus aliados (también se expresa a partir de momentos diferentes de cada uno).30 Mas algunos – como el SWP y SLATO – por no haber producido análisis alternativos para los casos del Este Europeo, Yugoslavia y China, llegaron a conclusiones semejantes a las de la mayoría del SI frente a procesos como el argelino – de “apoyo crítico” primero al MNA (“Movimiento Nacionalista Argelino”) y después a la FLN – y el cubano – de “apoyo crítico” al Movimiento 26 de Julio (M26J). Así, consideraron que tales fuerzas serían capaces de traer el socialismo a dichos países a partir de la construcción de “Gobiernos Obreros y Campesinos” que, posteriormente, se transformarían en Estados obreros. De ahí la reaproximación de esos sectores con el SI, que formó el SU en 1963.31

El SWP, bajo el liderazgo de Joseph Hansen en los años 1960, fue más allá, y se tornó cada vez más “castrista”, en el sentido de que su defensa de la Revolución Cubana y su apoyo político al régimen castrista se transformaron en su centro gravitacional, a punto que el partido paulatinamente haya abandonado a la defensa de una internacional trotskista y del propio trotskismo: a lo largo de la primera mitad de los años 1980, entonces bajo el liderazgo de Jack Barnes, el SWP pasó a defender la formación de una nueva internacional encabezada por las fuerzas castristas, a través del abandono de la teoría de la revolución permanente y su substitución por la perspectiva estratégica de construir “Gobiernos Obreros y Campesinos” en todo el mundo, como el primer paso necesario para la construcción de una dictadura del proletariado.32

Ya desde el SLATO, Nahuel Moreno realizó una síntesis que se presentaba como una revisión / actualización de la teoría de la revolución permanente y profesaba una estrategia de revolución en dos fases – una primera “inconsciente” (febrero) y una segunda “conscientemente socialista” (octubre). En la primera fase, marcada por el programa nacional-democrático y por la formación de gobiernos de coalición con la burguesía nativa, los trotskistas deberían apoyar los liderazgos “inconscientemente revolucionarios” del proceso e inclusive fundirse con ellos en la forma de un “Frente Único Revolucionario”, a fin de que fuesen más allá de su programa y rompiesen con la burguesía, permitiendo la transición para la segunda fase (socialista).33

Más tarde, a mediados de los años 1980, Moreno adjuntó a su revisión / actualización la noción de “revolución democrática triunfante”, según la cual la mudanza de régimen político dentro del Estado burgués constituye una “revolución de febrero” y, consecuentemente, puede ser la antesala de la revolución socialista. Siendo que tal proceso sería posible de tener como sujeto social a la burguesía liberal y como sujeto político a miembros del alto escalón del aparato militar burgués (como en el caso del General Bignone, en la transición argentina de 1983).34

A su vez, otros grupos del CI – como la SLL inglesa (liderada por Gerry Healy, Michael Banda y Cliff Slaughter) y el PCI-La Verité francés (liderado por Stéphane Just y Pierre Lambert) – a pesar de tampoco haber desarrollado análisis alternativos a aquellos heredados del período 1944-53, y de haber apoyado el MNA como siendo el “ala socialista” de la Revolución Argelina35, ante el caso cubano se contrapusieron a lo que vieron como una “capitulación” del SWP / SLATO / SI al M26J.

Ante la aproximación de sectores del CI con el SI, ellos pasaron a defender que la teoría de la revolución permanente significaba que una revolución sólo puede ocurrir bajo el liderazgo de un partido socialista revolucionario (trotskista). Sin embargo, el hecho de que ellos no desarrollaron explicaciones alternativas para los análisis gradualistas de los procesos revolucionarios anteriores hizo con que tuvieran dificultades en explicar el caso cubano, habiendo negado que ocurrieron mudanzas sociales cualitativas y afirmado que el país permanecía siendo una formación social capitalista. En ese sentido, la SLL caracterizó el gobierno del M26J como una “dictadura bonapartista capitalista” y el PCI como un “gobierno burgués fantasma” – siendo que ese modificó su caracterización después de casi dos décadas, en 1979, para “Estado obrero deformado”, cuyo origen fue explicado por la noción gradualista contenida en el nuevo concepto de “Gobierno Obrero y Campesino”.36 

 

Los análisis alternativos de algunos “anti-pablistas” olvidados

 

Existían otras posiciones entre los ni un poco homogéneos auto titulados “trotskistas ortodoxos” / “anti-pablistas”. Algunos sectores minoritarios – frecuentemente ignorados por la Historia – presentaron no sólo posicionamientos diferentes, sino que también análisis alternativos para las revoluciones de la posguerra. Fue el caso del sector mayoritario del Revolutionary Communist Party inglés (RCP), el único sector de la Cuarta Internacional que, en los años 1940, se enfrentó primero con la caracterización del Este Europeo como siendo capitalista y después con las nuevas tesis y relecturas desarrolladas para explicar la transformación de este y de Yugoslavia según una lógica gradualista (y también se enfrentó con el apoyo a Tito).

Luego de años de duros enfrentamientos con el liderazgo internacional, que demandaba un “entrismo profundo” del RCP en el Labour Party y que llegó a escisionar al grupo (desde ahí el origen del The Club), fue disuelto en 1949, tornándose parte del The Club, al interior del Labour Party, y tuvo su liderazgo original expurgado. Fue también el caso de dos tendencias que surgieron en momentos diferentes al interior del SWP de los EEUU, la “Tendencia Vern-Ryan” (del sectorial de Los Ángeles) y la “Tendencia Revolucionaria” (de los sectoriales de New York y de la Bay Area de San Francisco), que contestaron las credenciales “ortodoxas” y “anti-pablistas” del liderazgo del partido (James Cannon, Joseph Hansen, Murry Weiss, Farrel Dobbs). La primera, entre 1950-54, criticó la tesis gradualista utilizada para explicar los procesos del Este Europeo, Yugoslavia y China y el apoyo político dado a los dirigentes de esos dos últimos países, además de haberse opuesto a la línea adoptada ante la Revolución Boliviana, considerándola como “colaboración de clases”. Y la segunda, entre 1961-63, criticó el apoyo político al régimen cubano del M26J, la reaproximación acrítica del SWP con el SI y la política de no disputar el movimiento por los derechos civiles de los negros y negras y, al contrario, apoyar sus liderazgos no socialistas revolucionarios. No habiendo coexistido, lo que se puede afirmar, es que esos grupos gozaban de posicionamientos centrales en común, algunos de los cuales, inclusive, “heredados” de aquellos que los precedieron – posicionamientos que presentaban lecturas diferentes tanto de los trotskistas mayoritarios del SI / SU, como de los que supuestamente combatían el “revisionismo” de estos, desde una posición “ortodoxa” (SLL y PCI)37.

El RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” criticaron la idea – inicialmente defendida por Mandel en 1948-50 y, después, por los “anti-pablistas” en los años 1950 – de que el stalinismo sería intrínsecamente contrarrevolucionario, afirmando que esta era un abordaje “unilateral” y que era de ella que venía la “capitulación” por parte de los “pablistas” (por considerar que un PC que dirige una revolución deja “automáticamente” de ser contrarrevolucionario) y criticaron la negación – por parte de los supuestos “trotskistas ortodoxos” / “anti-pablistas” – de las mudanzas sociales que tuvieron lugar las revoluciones dirigidas por los stalinistas (por considerar que era imposible una revolución sin marxistas / trotskistas como su sujeto político). De forma semejante, la “Tendencia Revolucionaria” criticó la afirmación de los supuestos “ortodoxos” que permanecieron en el CI después del año 1963 de que no habían ocurrido cambios sociales cualitativos en consecuencia de la Revolución Cubana.

En contraposición, rescataban los análisis de Trotsky sobre el “carácter dual” de la burocracia soviética para explicar lo que había ocurrido en el Este Europeo. Ya para explicar las Revoluciones Yugoslava y China, la “Tendencia Vern-Ryan” extendió esa caracterización del stalinismo al plano internacional, considerándolo centrista, al paso que la “Tendencia Revolucionaria” simplemente apuntó la posibilidad excepcional de un partido no-socialista revolucionario con base de masas y dirección pequeño-burguesa para dirigir una revolución, conforme ya constaba en el Programa de Transición (1938). Además, el RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” negaron, vía la teoría de la revolución permanente, la posibilidad de existencia de regímenes sociales intermediarios entre capitalismo y dictadura del proletariado, apuntando que lo que ocurrió en las revoluciones de la posguerra fueron expropiaciones políticas “inconscientes” (no socialistas, mas deseosas de una conciliación imposible con la burguesía y el imperialismo), las cuales luego precisaron adentrarse en el terreno de las expropiaciones económicas para evitar la contrarrevolución (o fueran derrotadas por su vacilación en hacerlo). Y, aunque la “Tendencia Revolucionaria” haya recorrido al concepto de “Estado/régimen transitorio” para analizar el caso cubano, similar a la relectura de “Gobierno Obrero y Campesino” del sector mayoritario, los tres grupos negaron la posibilidad de transformaciones sociales anticapitalistas graduales. De esa manera, el RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” analizaron la transformación del Este Europeo como fruto de una expansión burocrático-militar de la URSS, que expropió políticamente a la burguesía ya en 1944, aunque a penas en 1948 la haya eliminado formalmente del gobierno.

Según sus análisis, habría ocurrido una transformación cualitativa luego del fin de la guerra, no un proceso gradual de mudanza social. Y, los tres grupos, consideraron los procesos yugoslavos, chinos y cubanos como casos excepcionales, en los cuales la lógica objetiva forzara liderazgos no socialistas revolucionarios a ir más allá de sus programas, pues necesitaron expropiar política y económicamente las burguesías nativas y capitales imperialistas no apenas como única forma de realizar las demandas nacional-democráticas deseadas por las masas, pero esencialmente como forma de asegurar su existencia física en un contexto de guerra civil. Sin embargo, encararon que los liderazgos de los procesos que efectivamente expropiaron la burguesía no deberían ser apoyadas por los trotskistas, pues ellas habrían originado Estados obreros burocráticamente deformados, con un liderazgo contrario a la expansión internacionalista de la revolución y, efectivamente, contrarrevolucionario en el plan internacional. En base a esto, defendían la perspectiva de formación de partidos marxistas (trotskistas) capaces de liderar una revolución política para la instauración de regímenes de genuina democracia proletaria. Y no veían tales procesos como un modelo o regla que demandase una nueva estrategia revolucionaria, habiendo apuntado a la existencia de otros numerosos casos donde el camino seguido fue lo contrario – esto es, de la conciliación con la burguesía y el imperialismo a cuesta de las demandas nacional-democráticas y, consecuentemente, del socialismo.

Además, la “Tendencia Vern-Ryan” señaló el caso de la Revolución Boliviana de 1952 como prueba de que los “anti-pablistas” compartían las mismas desviaciones metodológicas fundamentales de los “pablistas”, puesto que tuvieron la misma posición y tuvieron responsabilidad compartida por la línea del POR. De ahí que las convergencias prácticas que ellos han tenido acerca del “apoyo crítico” al gobierno de coalición formado por el MNR (e incluso de manera más abierta, al “ala izquierda” de ese partido), lo que hizo con que la lucha por el poder proletario eliminada del orden del día.38

A pesar de esas importantes diferencias con los autodenominados “trotskistas ortodoxos”, cabe resaltar que esos sectores no cuestionaron la noción de que los sujetos sociales de muchos procesos revolucionarios de la posguerra fueron “campesinos pobres”, habiendo fallado igualmente en detectar las importantes mudanzas por las cuales pasó la fuerza de trabajo rural como consecuencia de la profunda expansión de capitales imperialistas para la periferia capitalista en la posguerra. Y fallaron también en detectar la participación proletaria en eses procesos – participación esa reducida, pero presente en el momento crucial de las expropiaciones económicas.

 

Otros dos análisis: Ted Grant (RSL / IMT) y Tony Cliff (IST)

Por último, deben ser mencionadas otras dos (re) lecturas. La que desarrolló Ted Grant durante los años 1960-70, cuando estaba la Revolutionary Socialsit Legue inglesa (RSL, después de su expulsión del The Club, en la secuencia de la disolución del PCR), y mantenida durante los años 1990, cuando él fue expulsado de la RSL y creó la International Marxist Tendency (IMT). Abandonando el análisis y las explicaciones que se desarrolló cuando en el liderazgo del PCR, Grant explicó las revoluciones de la posguerra a través del concepto de bonapartismo proletario, según el cual las “guerras campesinas” ocurridas en los países semi-coloniales, si fueran triunfantes, crearían regímenes bonapartistas basados en los “ejércitos campesinos” utilizados contra el Estado colonial. Esos regímenes se enfrentarían, entonces, con dos alternativas: la lucha contra la burguesía nativa y el imperialismo para lograr las tareas nacionales-democráticas, originando “Estados obreros bonapartistas”, o la represión de sus bases en un pacto con esas fuerzas, originando “Estados burgueses bonapartistas”.39

Aunque Grant veía a esos “Estados obreros bonapartistas” como “aberraciones temporales” y defendía la necesidad de revoluciones políticas para implementar regímenes de democracia proletaria, la fragilidad de los criterios subyacentes a esta tesis (la idea de que es posible una transición hasta un “Estado obrero” por opción de una burocracia sin vínculos de clase) lo llevó a reconocer “Estados obreros bonapartistas” en varios casos diferentes de conflictos militares ocurridos en la periferia capitalista, como Siria, Camboya, Angola, Mozambique, Etiopía, Somalia, Myanmar, Afganistán… y la lista continúa.40

En épocas más recientes, esta tesis llevó al IMT a un gran entusiasmo con el llamado “socialismo bolivariano”, teniendo su figura principal, Alan Wood, sirviendo como “consultor político” de Hugo Chávez durante muchos años. Ya Tony Cliff (también ex miembro del RCP inglés, expulsado de la Cuarta Internacional en 1950) – y la actual International Socialist Tendency (IST), que reivindica su herencia política –rechazó el concepto de “Estado obrero” para definir a la URSS, caracterizándola, en 1947, como una formación social de tipo capitalista de Estado, y argumentó que reconocer que “Estados obreros” se originaron en la posguerra por una vía que no era la de “la auto-emancipación del proletariado” llevaría necesariamente al “liquidacionismo pablista”. Por lo tanto, a principios de los años 1960, Cliff desarrolló la tesis de la revolución permanente desviada para explicar las revoluciones de la posguerra – una reinterpretación / actualización de la teoría de la revolución permanente según la cual, en ausencia de un liderazgo socialista revolucionario y de una movilización del proletariado urbano, algunos procesos de “guerra campesina” liderados por una intelligentsia urbana pequeño-burguesa y “estatista” habrían originado Estados burgueses independientes del imperialismo y basados en un sistema de capitalismo de Estado. En otras palabras, revoluciones burguesas-democráticas peculiares, las cuales habrían sido posibles a causa de la pérdida de importancia de las colonias por el imperialismo bajo un régimen de acumulación capitalista de tipo “guerra permanente” y la debilidad política coyuntural del proletariado en esos países.41

 

Conclusión 

 

Ciertamente la historia del movimiento trotskista internacional no termina con la reunificación parcial de 1963 y la formación del SU – esa apenas encierra uno de sus capítulos y abre otro nuevo. Mas, a pesar de los debates y análisis tejidos por los diferentes grupos acerca de eventos posteriores (en especial los debates sobre la vía guerrillera), componer parte esencial de esa historia, el marco teórico-analítico y programático utilizado por ellos y aquí presentado, fue fundamental.

Salvo excepciones puntuales, los debates que van de 1963 al final de los años 1970 no son propiamente teóricos, mas son concernientes centralmente a cómo aplicarlo debidamente, en el transcurrir de intensos conflictos de clases, aquellas ideas anteriormente formuladas entre 1944-63. Los desarrollos posteriores de ese movimiento, que culminaron en su creciente división organizativa, también están menos ligados a debates nuevos que a viejos debates aplicados a nuevos casos, bastante similares a aquellos “originales”, que constituyeron las matrices interpretativas elaboradas por cada grupo / “tronco histórico”. Así, sin descartar la importancia del período que va desde la reunificación de 1963 a los nuevos eventos explosivos de los años 1980 – las contrarrevoluciones capitalistas dentro del “bloque soviético”, las cuales constituyen todavía un nuevo capítulo decisivo de la historia del trotskismo – se puede afirmar que lo esencial para comprender ese primer largo capítulo de la posguerra (1944 a fines de la década de 1970) se encuentra en los debates y disputas ocurridas a lo largo de los años 1940-1960.

Conforme se vio, las revoluciones de la posguerra ocasionaron entre los trotskistas de la época una serie de diferentes relecturas acerca del marco teórico-programático original del movimiento, las cuales no siempre fueron explícitas. Sin embargo, los dos polos principales que se formaron, los cuales acabaron por consolidarse en 1953 en la forma de una Cuarta Internacional desfalcada y de un débil Comité Internacional con supuestas funciones de fracción pública, estaban lejos de ser bloques homogéneos y defensores de análisis y posicionamientos diametralmente opuestos, como dan a entender las diferentes narrativas todavía predominantes hoy en día.

Bajo las diferentes y poderosas presiones de producir respuestas para eventos políticos inesperados, al mismo tiempo en que se encontraban altamente aislados ante las fuerzas que pudieron superarlos internacionalmente en términos de visibilidad e influencia, la mayor parte de los trotskistas acabó por distanciarse del sofisticado marco teórico-analítico heredado de la preguerra, en especial de las contribuciones personales de León Trotsky.

Bajo tales presiones, sumadas a las presiones particulares a que cada grupo trotskista estaba sometido en su país, ellos substituyeron la necesidad del “análisis concreto de la situación concreta” por la pronta aplicación de diferentes fórmulas casi mecánicas, enyesando así tal contenido. Sin tomar en cuenta esos diferentes análisis y posicionamientos, fruto de presiones diversas, mas, sobretodo, de la necesidad de comprender fenómenos inesperados y en cierta medida genuinamente nuevos, es imposible entender cómo el trotskismo acabó por fragmentarse en “troncos históricos” muy distintos unos de otros. En gran parte, es de esos análisis y posicionamientos que vienen los orígenes de buena parte de ellos. Pero el rescate de los debates ocurridos en el seno del movimiento trotskista internacional y el mapeo del aspecto teórico-programático de su trágica crisis representan apenas un primer paso para comprenderla. Se debe, pues, tener en mente que es imposible llegar a una comprensión más profunda acerca de esa crisis sin una dimensión social de la historia de ese movimiento, siendo el presente trabajo apenas una contribución para la tarea de rescatar el internacionalismo proletario que la Cuarta Internacional intentó concretizar. Rescate que, tanto del punto de vista historiográfico, como político, continúa siendo realizado. 

 

(Artículo tomado de la Revista Izquierdas: http://www.izquierdas.cl/images/pdf/2017/n36/art1.pdf)

 

(Imagen: manifestación del partido Comunista Revolucionario del Reino Unido, IV Internacional, 1947)

Fulgor y muerte de la revolución

por Manuel Gari //

Pocas veces un triunfo político tan deslumbrante y esperanzador como la toma del poder por los soviets en la Rusia zarista tuvo un desenlace tan dramático y devastador para la conciencia del movimiento popular en todo el mundo. Este es el meollo de la cuestión que intentan explicar buena parte de los artículos de Espacio Público del debate titulado “Hablemos de la Revolución de Octubre”. Pero es pertinente hacerse algunas preguntas. ¿Tiene algún interés reflexionar sobre acontecimientos ocurridos en Rusia hace un siglo? ¿Por qué se han publicado más de 11.000 artículos en el mundo durante los meses de setiembre y octubre de 2017 y se han realizado centenares de seminarios y conferencias sobre la “revolución bolchevique”? ¿Podemos rescatar algo de aquel legado? ¿Acaso cabe aprender algo de la experiencia?

Miradas concurrentes en disputa

Para los autores conservadores, fieles a su “no hay alternativa”, el centenario ha servido para intentar remachar los clavos del ataúd de la idea misma de revolución social. Sólo quienes defienden la globalización capitalista en curso pueden demonizar 1917 como si de una trama conspirativa y golpista se tratara. Para muchos de los ex estalinistas -tanto en su variante “pro-soviética” como en la “pro-china”- la conmemoración es una gran ocasión para dejar claro su alejamiento del comunismo y su nueva fe liberal.

Sólo desde posiciones ahistóricas y ajenas al deseo de un cambio hoy, se puede concluir que nada hay que rescatar. Sólo espíritus creyentes, ajenos al marxismo, pueden tomar la evolución institucional rusa posterior a 1917 como un dogma incuestionable de forma acrítica y reverencial como si de un suceso sagrado y mágico se tratara. Las anteriores posiciones presentan un abanico importante de diferencias, pero al menos comparten una característica: se niegan a extraer las lecciones pertinentes para los proyectos emancipatorios.

Para los historiadores y politólogos honestos el centenario es un reto por intentar comprender mejor un momento y un acontecimiento sin precedente y únicos. Para quienes se sitúan en el espacio político del cambio, y particularmente quienes lo hacen desde la impugnación anticapitalista del sistema, es una excelente oportunidad para aprender de las dificultades, riesgos y problemas que comporta todo proyecto emancipador, todo proceso de transformación, toda lucha a favor de la mayoría social. Sacar lecciones significa aprender de los triunfos y los fracaso y hacerlo en positivo para explorar o en negativo para descartar.

Tan legítimo (y necesario) es mirar hacia atrás para entender el pasado como analizarlo para construir el futuro. El mundo globalizado actual es bien distinto al que intentaron “cambiar de base” las masas revolucionarias de Petrogrado. Pero las contradicciones por la disputa del ingreso, los conflictos políticos y la defensa bárbara de sus intereses por parte de la oligarquía sigue reglas muy similares en el marco del sistema capitalista. Aún más si se abandona la alicorta mirada eurocéntrica y se mira el mundo desde el conjunto. No se pueden hacer trasposiciones de 1917 a 2017, pero sí intentar tirar de algunos hilos rojos.

Cuestión de método: periodificar la historia, no despolitizar el relato

Lo que se gestó en 1905 y desembocó en febrero, julio y particularmente octubre de 1917, fue gravemente herido en 1921 y asesinado en los años siguientes. Por ello no se puede tratar la Revolución Rusa como un continuo que evoluciona linealmente en el periodo que va desde la toma del Palacio de invierno a la desaparición de la URSS en 1989, pasando por el terror contra revolucionario del estalinismo y los fallidos intentos posteriores de salvar los muebles (y quedarse con ellos) por parte de la burocracia estatal del “socialismo real”. Esta es la premisa para poder analizar un acontecimiento que cien años después sigue siendo objeto de deliberación y disputa ideológica entre defensores y cuestionadores del orden establecido.

Asimilar la revolución protagonizada por los soviets de trabajadores, campesinos y soldados con lo que luego se llamó “sistema soviético” es una contradicción insalvable. Hablar de sistema soviético refiriéndose al periodo estalinista que precisamente se construyó sobre la base de la eliminación del poder de los soviets, la total eliminación de la oposición, la represión sobre los bolcheviques y su sustitución por un nuevo personal de oportunistas y antiguos servidores del zar que entraron en el partido masivamente a partir de la “promoción Lenin” es calificar de soviético (consejista) a su contrario.

Lo que se produjo tras la muerte de Lenin, la marginación de Trotsky y el poder de Stalin es una derrota del proyecto socialista. El estalinismo supuso la estatización de la sociedad y no la socialización del estado. Estado, por otra parte, provisional y transitoriamente necesario para cambiar el modelo social y económico siempre y cuando vaya acompañado de su anti virus de libertad: la combinación de la democracia directa y participativa con la representativa, el pluralismo político, la libertad y autonomía sindical, la autorganización de las masas, la limitación de los mandatos de los electos… o sea las formas directas de participación popular en las decisiones que dificulten la aparición de una “casta” burocrática en el gobierno de los asuntos comunes. ¿No es esta una lección a sacar para evitar la derrota en cualquier proceso de cambio?
Tal como plantean varios artículos publicados en este debate, los bolcheviques confundieron el camino al socialismo con el comunismo de guerra, la hiper centralización de la economía y de la sociedad, asuntos que intentaron corregir al acabar la guerra con la NEP económica, pero, ese giro, no fue acompañado ni del giro político ni de una revitalización del poder de los soviets.

La guerra civil y la agresión imperialista, los años de penuria y hambre, acabaron debilitando el entusiasmo popular y, por tanto, la revolución misma. Pero no pudieron con la revolución. No fueron su sepulturero.

Pero hay que diferenciar entre medidas impelidas por el momento y la construcción de un estado basado en la negación de la libertad, del poder de los consejos, etc. Medidas que allanaron el camino de la contrarrevolución burocrática, pero que distaban un abismo del régimen del gulag. Hay un salto cuantitativo y cualitativo con Stalin.
Hoy con la perspectiva histórica podemos establecer que estalinismo y comunismo fueron (son) proyectos distintos y antagónicos. El estalinismo no fue una variante del comunismo, una posible evolución del leninismo, sino el triunfo de la contrarrevolución llevada a cabo por una casta burocrática que se construyó en antagonismo con el proyecto de emancipatorio comunista. El estalinismo fue el enterrador de la Revolución.
Por eso es un error hablar del sistema soviético en abstracto como si de un mismo proceso se tratara, nacido el 17 muerto el 89, sin tener en cuenta los hechos, los debates, las alternativas y las opciones que se confrontaron. Es un error de método garrafal no periodificar la historia, despolitizarla al defender la existencia de un continuo ajeno a los conflictos reales que se dieron, no situar los acontecimientos en el tiempo y en el espacio. Y sobre todo es necesario huir de una visión determinista de los sucesos y acontecimientos que se analizan. Frente a la concepción unilineal de la historia conviene apropiarnos de una visión plurilineal en la que individuos, clases y humanidad toman decisiones que implican desarrollos futuros diferentes.

Lenin y Stalin son dos universos ideológicos, políticos y morales contrapuestos. Revolución en Lenin, contra revolución en Stalin. Los bolcheviques tuvieron que optar, tomar caminos en las bifurcaciones, y ello supuso la existencia de respuestas diferentes y opuestas: en 1923, ante el octubre alemán, sobre la NEP y la política económica, sobre la colectivización forzada, sobre la industrialización acelerada y las formas de planificación, sobre la democracia en el país y en el partido, sobre el ascenso del fascismo, sobre la guerra de España, sobre el pacto germano-soviético.
Sobre cada una de estas pruebas, propuestas, programas, se enfrentaron diferentes orientaciones, mostrando otras opciones y otros posibles desarrollos. Hoy se abre paso la idea de que estalinismo no fue / no es el comunismo, sino su impedimenta. Un movimiento contra revolucionario no significa la vuelta a la situación anterior a la revolución en forma de restauración, sino simplemente la negación de esta, su aborto, en espera y en construcción de un poder cuya legitimidad solo se basa en el terror, el nacionalismo pan ruso y los éxitos económicos que si bien fueron reales tuvieron un coste en vidas y sufrimientos altísimos y se mostraron efímeros con el tiempo.

Un acontecimiento disruptor… persistente

Centro la atención en intentar comprender algunos rasgos de la naturaleza del proceso político que va de febrero a octubre del 17 que, muy posiblemente, junto a sus especificidades, comparta características “universales” con los procesos emancipatorios que puedan darse. Es necesario diferenciar los momentos de impulso del movimiento de masas que basados en una legitimidad antagónica con el poder político y económico de los momentos en que intentan construir una nueva arquitectura económica, social y jurídica, una nueva legalidad.

Tanto en la Rusia revolucionaria de 1917 como años antes en la Comuna de Paris, la primera cuestión a poner en valor es, lo que hoy resumiríamos en el “Sí, se puede”. Son dos hitos históricos plebeyos. Llegado a la conclusión que la institucionalidad del sistema está al servicio del mantenimiento del estatus quo a favor de las clases dominantes, las dominadas buscan salidas off shore y exploran marcos más favorables para sus aspiraciones.

La revolución, por tanto, es la irrupción abrupta, inesperada y colectiva en política de las clases subalternas. “El rasgo más característico más indiscutible de las revoluciones -en expresión de Trotsky en su Historia de la Revolución rusa- es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos (…) la historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en le gobierno de sus propios destinos.”

En su Tesis sobre la historia y otros fragmentos Walter Benjamin en 1940 reflexiona sobre el acontecimiento revolución como “salto del tigre” ante la amenaza: “La moda es un salto de tigre al pasado. Sólo que tiene lugar en una arena en donde manda la clase dominante. El mismo salto, bajo el cielo libre de la historia, es ese salto dialéctico que es la revolución, como la comprendía Marx”. Ello implica que las masas plebeyas, como el tigre, desarrollan la percepción ante el peligro y son capaces de tensar toda su energía coordinada en un momento preciso.

Por primera vez, en ambos casos de la Comuna y Octubre, la parte más decidida y combativa de quienes no tenían previamente poder económico y social logró representar los intereses de la mayoría social, desarrollar formas muy avanzadas de autorganización políticamente independiente, crear una nueva legitimidad en disputa abierta con la existente e iniciar la construcción de una nueva legalidad. Las diferencias entre ambas experiencias fueron la prolongación temporal, la magnitud geográfica y la radicalidad programática.

Si la Comuna avanzó los rudimentos de la distribución del poder -incluido el militar- en la sociedad, la Revolución rusa se planteó organizar un poder basado en la democracia directa emanada de los consejos, acabar con la guerra imperialista, nacionalizar bajo control obrero el grueso de la producción industrial, las finanzas y el comercio internacional, expropiar a la Iglesia ortodoxa, repartir las tierras y reconocer el derecho a la autodeterminación de los pueblos. En ambos casos se dio también un intenso empoderamiento emancipador de las mujeres.

Como todo acontecimiento impactante en la vida social, la Revolución de Octubre, conmocionó al conjunto de la sociedad rusa, pero también hizo temblar el orden imperialista mundial. Su irrupción hizo posicionarse a las élites del poder, a las clases sociales y a todos sus voceros, gestores y representantes políticos. Generó reflexiones de pensadores, escritores, artistas y en general de todos los creadores. Ese acontecimiento tuvo carácter distorsionador en la situación política y, por tanto, supuso un cambio brusco que marcó un antes y un después en la percepción que tenía de sí misma la sociedad, el posicionamiento se convirtió en pronunciamiento y la reflexión conllevó la auto ubicación en un campo en disputa. El suceso sobrevenido alteró el estatus quo y marcó el devenir de la sociedad. Todos los intereses, emociones y opiniones se ponen en juego. Las gentes pudieron acariciar el sueño de cambiar el mundo, cambiar la vida. La disrupción revolucionaria adquirió un sentido prometeico porque el acontecimiento impactante era la revolución social y provocó una reacción masiva y creativa en el conjunto social, particularmente entre las clases plebeyas. Aspectos todos ellos que debemos -tras verificar que sucedieron- conjugar en presente y futuro cuando de proyectos transformadores se trate.

Y lo esencial de los “10 días que conmocionaron el mundo” ha resistido el paso del tiempo en el sentido que planteó en 1798 Kant en el Conflicto de las facultades:
“fenómeno [que] en la historia humana no se olvida jamás (…) aun cuando tampoco ahora se alcanzase con este acontecimiento la meta proyectada, aunque la revolución o la reforma de la constitución de un pueblo acabara fracasando (…) pues no perdería nada de su fuerza. Pues ese acontecimiento se halla tan estrechamente implicado con el interés de la humanidad y su influencia se ha diseminado tanto por todas partes, como para no ser rememorado por los pueblos.”

En Historia de la Revolución rusa Trotsky subraya ese aspecto kantiano de “fenómeno que no se olvida” al afirmar sobre Octubre de 1917 que “La historia no registra otro cambio de frente tan radical. Es evidente que los acontecimientos de 1917, sea cual fuere el juicio que merezcan, son dignos de ser investigados”.

Seis cuestiones constantes

En los procesos de empoderamiento plebeyo, podemos observar que con formas diferentes hay constantes en la ecuación a resolver, tal y como se planteó en el caso ruso. En primer lugar, la aparición inmediata de resistencias descomunales de las élites económicas y sus gestores políticos; el conflicto antagónico es consustancial al cambio social en clave emancipadora.

En segundo lugar, la aparición de la dualidad de poder entre los bloques sociopolíticos que pugnan por la hegemonía. Doble poder -temporalmente también expresión de la doble impotencia en espera de quien toma la iniciativa adecuada- que es social, político y material y, con el tiempo, militar. Para Lenin y Gramsci ese doble poder expresa la iniciativa directa popular en un movimiento desde abajo. Gramsci desde sólidas posiciones programáticas entendía que la lucha por la hegemonía tenía como objetivo e instrumento a la vez, la construcción de una institucionalidad popular alternativa, la construcción pues de un nuevo marco.

En tercer lugar, como plantea en su libro Octubre China Miéville nada “estaba escrito en las estrellas”, todo dependió de la capacidad de un partido, el bolchevique, que en medio de encendidos debates, desbordado por la izquierda en los soviets por las masas en diversos momentos, supo leer la situación y se atrevió a dar expresión política y militar al movimiento de obreros, mujeres y campesinos soldados. No existía un partido “sabelotodo” como tantas veces la mitología estalinista ha presentado al partido de Lenin, bien al contrario, la dirección se basó en un continuo análisis del estado de ánimo popular y de las cambiantes correlaciones de fuerza. Pero, y hay que destacarlo frente al populismo de izquierdas presente en nuestro país, era un partido que intentó tener un plan estratégico central frente a la táctica proceso de otras formaciones y tenía una propuesta programática sólida.

En cuarto lugar, hay que huir de las fórmulas rituales y la cosificación de las propuestas estratégicas como los papistas del diablo. Cuando la revolución no se extiende al resto de Europa, cuando la vía insurreccional exprés que culmina en pocos meses como colofón de un proceso de radicalización de las masas en un contexto de máxima tensión social, política y militar se muestra imposible de “exportar”, los revolucionarios del momento europeos piensan con su propia cabeza y dejan de repetir mantras. De ahí que Gramsci abandone la idea de la “guerra de movimientos” y se prepara para una larga y compleja “guerra de posiciones”.

En quinto lugar, hay que poner en valor la capacidad bolchevique de comunicar a unas masas semi analfabetas de forma sintética y pedagógica los aspectos esenciales del programa de la revolución en el momento preciso de octubre de 1917. La simplicidad y profundidad del “Paz, pan y tierra” proclamado desde el balcón del palacio Kschessinska es un ejemplo a tener muy en cuenta.

En sexto lugar, acabar con la propiedad privada de los principales resortes económicos, no asegura la construcción de una sociedad justa e igualitaria, si no está acompañada de la democracia socialista. Y, en esto hay que tomar, sin peros las palabras de Rosa Luxemburgo en su Revolución rusa en 1919 poco antes de ser asesinada: “La libertad solo para los partidarios del Gobierno, solo para los miembros de un partido, no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para quien piensa de manera diferente.”

Algo, mucho que aprender y bastante que rescatar. Para lograr asumir las tareas de hoy y ser capaces de hacer realidad la propuesta de Daniel Bensaïd entendiendo que “La política no es la gestión de lo posible sino el arte de crear una posibilidad antes inadvertida”.

La Revolución de Octubre y la guerra de las interpretaciones

por Pepe Gutiérrez-Álvarez //

1. Introducción

Estas notas se inscriben en el espacio de la “gran derrota” del “desafío soviético”, pero también en el inicio de una nueva coyuntura en la que el “pensamiento único” sobre Octubre del 17 está siendo contestado, de una réplica que se está manifestando en la propia amplitud que el centenario está logrando en muchas partes. De alguna manera, este combate por la historia está resultando como una reedición de otras “resurrecciones”, solamente que esta vez el pozo de la derrota ha sido infinitamente mayor. También sucede que después de todo lo que ha caído, la explicación del siglo ha perdido en homogeneidad y ha ganado, si acaso, en matiz, ahora ya no solamente hay debate entre las escuelas, es que cada escuela representa puntos de mira bastante diversificados.

Tanto fue así que en 1989 pareció que el mundo había cambiado de base aunque en el sentido inverso al expresado por la letra de La Internacional. Esta “derrota final” requiere una explicación aunque sea telegráfica. La URSS nació con la primera guerra mundial y pareció consolidada definitivamente después de la segunda, o sea tres décadas después. Todavía en 1967, con ocasión del 50 aniversario de Octubre, era contemplada con buenos ojos por la opinión mayoritaria. Aunque ya “no es nuestra vanguardia, sí seguía siendo nuestra retaguardia” (Sacristán). 1/

Por entonces ya se había abierto una crisis de largo alcance perfilada desde datos como la muerte de Josef Stalin, llamado con propiedad el “Zar rojo”; huelga general en Alemania del Este (1953); Informe Kruschev sobre los crímenes de Stalin y caída de Beria y otros; revolución de los consejos obreros en Hungría (1956); cisma chinosoviético y emergencia del “policentrismo” en Italia; revolución cubana ajena a la tradición comunista oficial; inhibición soviética en la defensa del pueblo del Vietnam; mayos del 68 que cuestionan el papel de los partidos comunistas; “primavera de Praga” que expresa la última tentativa “reformista” del llamado “socialismo real”.

Pero por ese mismo tiempo, el “comunismo” ya había padecido una derrota en la “guerra fría cultural” en la que el “Imperio” supo tomar la iniciativa oponiendo democracia a dictadura. 2/ Esta decadencia culminaría con la simbólica “caída del Muro de Berlín” y todo lo demás. A pesar de sus logros económicos y sociales la “nomenclatura” (extraña ósmosis entre la vieja y la nueva burocracia) había ahuyentado cualquier soporte de las masas trabajadoras hasta el punto que, en el momento de la descomposición, lejos de encontrar el apoyo de los trabajadores, los tuvo más bien a la contra. Resultó que, mientras que eventos históricos como la guerra española demostraron la existencia de una resistencia popular, capaz de enfrentarse a un golpe de Estado despiadado, en este caso los movimientos más importantes fueron de rechazo, baste mencionar los ejemplos de Solidarność o de la Plaza de Tiananmen. Otro detalle determinante fue que el modelo de seducción fue el del “Estado del Bienestar” de los sesenta, un espejismo no muy diferente al que sufrieron los trabajadores que creyeron en el “socialismo” de la URSS.
Una consecuencia de esta “desastre geoestratégico”, fue que el capitalismo democrático-liberal vendió la idea del final de la vieja historia de la lucha de clases por el simple hecho de que…la habían ganado. Fuera de él no había otra puerta que la propia del infierno del Dante de “Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”. Una premisa que llegó a imponerse en la izquierda tradicional incluyendo la de filiación comunista como ilustra perfectamente el suicidio del PCI, y que por supuesto acondicionó radicalmente cualquier debate histórico.

2. Después del 68

Esta nueva situación se impuso –paradójicamente- a continuación de un ciclo “radical” expresado en los diversos “mayos” (Francia, Italia, México…), así como en el movimiento contra la guerra del Vietnam, en una oleada radical internacional que demostró a las élites lo falso que era eso de que “la revolución había muerto” como se había vaticinado como consecuencia de los logros del “Estado del Bienestar”. En su mayor parte este movimiento comprendió un fuerte rechazo a los regímenes del “socialismo real” así como a los partidos comunistas burocratizados. Significó una recomposición desde lo que se llamó genéricamente la “nueva izquierda”, la misma que desarrolló grandes aportaciones culturales y teóricas en todos los terrenos sin excepción, incluyendo la recuperación de los herejes “congelados” por el estalinismo (Rosa Luxemburgo, Gramsci, Trotsky, Victor Serge, Arthur Rosenberg, etcétera), la recuperación de obras como la de John Reed que había sido prohibida o manipulada, así como la emergencia de una nueva hornada de historiadores críticos con el historial soviético. Autores tan diversos como rigurosos que, entre otras cosas, conquistaron “el mercado” y a las “nuevas izquierdas” como Edward H. Carr, Eric J. Hobsbawn, Moshe Lewin, Marcel Liebman, Christopher Hill, Stephen F. Cohen, Ernest Mandel, Paul Avrich, Pierre Broué, con nombres como los de Manuel Sacristán y Francisco Fernández Buey entre nosotros, partes de un largo etcétera que reflejaban una revitalización singular que llegó hasta el seno de los partidos comunistas hasta entonces encerrados en su oficialismo, 5/ sobre todo en los casos del británico y el italiano. Esto significó la dinamitazación de los patrones oficialistas que comenzaron a ser, dando lugar a una variante historiográfica que se ha querido enterrar, pero que resulta de un valor incuestionable.

Con sus numerosos matices, abrieron una vía de conocimiento y debate en oposición radical de las historias establecidas. Se oponía tanto al canon oficialista producido por la “escuela de falsificación” estalinista o la “revisionista ulterior” (y no digamos en su versión maoísta ya archivada) como al de los cold warrior a la manera de Robert Conquest reafirmada por François Furet, dos arrepentidos cuya metodología radicaba en obviar todo lo referente a la historia del capitalismo amén de establecer las características de la URSS a través de los desmanes del estalinismo unilateralmente. Estableciendo una comparación con la privilegiada “democracia americana”, apoyados desde universidades y fundaciones destinadas a justificar el derecho del “Imperio” a defenderse frente a la “amenaza soviética” aunque fuese en Chile o España. Estaban sostenidos por un entramado propagandístico que abarcaba desde la más modesta hoja parroquial hasta las grandes producciones de Hollywood. Fueron los antecesores de los “especialistas” que actualmente trabajan en el “frente cultural” desde la prepotencia como la mostrada con los gritos de desprecio del “comunismo” que habían sido característicos del franquismo.
En El siglo soviético (Crítica, Barcelona, 2005), Moshe Lewin detalla en su introducción los desenfoques sobre la realidad soviética producidos por las universidades norteamericanas para la CIA. El método denigratorio se basaba primordialmente en la comparación de “modelos” cuando en 1922, el ingreso de un ciudadano soviético era 33 veces inferior al de un estadounidense. A pesar del abismo suscitado por las guerras y su espantosa devastación, del cero y los 27 millones de muertos de una II Segunda Guerra Mundial que enriqueció a Estados Unidos y reafirmó su dominación planetaria, de la carrera armamentística imperial, de los enormes gastos derivados de la gestión burocrática, en 1990 la diferencia ya sólo era de uno a cuatro o cinco. Lo que nos viene a decir Lewin con su obra es que la gran paradoja del “siglo americano” es que este fuese replicado por el “siglo soviético”. Un “siglo” sostenido por la potencia que humilló Japón en la guerra de 1904-1905, y que actuó al servicio de los intereses británicos en la del 14. De una revolución que sufrió guerras devastadoras y un cerco internacional cuya mayor, pero no única expresión, fue la ocupación nazi. Cierto: semejante contraste jamás habría existido sin el apoyo del movimiento obrero que mantuvo una “ilusión” que, entre otras cosas, advertía a los poderosos que la revolución era posible, al tiempo que señalaba a los países coloniales o semicoloniales las posibles vías de un desarrollo industrial acelerado.

3. ¿No hay alternativa?

El establecimiento de un “pensamiento único” en relación al legado de Octubre encaja como un guante en la premisa según la cual el “There Is No Alternative” al decir célebre de Margaret Thatcher, en una dogmática liberal omnipresente en toda clase de medios: diarios, revistas, libros, películas o documentales “colgados” en el youtube después de ser emitido por los más diversos canales de TV. Una verdadera avalancha denigratoria que los peatones de la historia han recibido por tierra, mar y aire.

Estamos hablando obviamente del mayor y más persistente ataque que haya sufrido el
legado obrerista-socialista obviamente englobado bajo la maldición del Octubre ruso. Un ataque que implicaba la condena al ostracismo de la disidencia desarrollada mediante una adaptación “blanda” de los métodos estalinistas. Una metodología que queda perfectamente representada por la reacción vociferante de los maruendas, que tratan de liquidar a gritos cualquier interpelación sobre el “socialismo” (¡o sobre la defensa de la República española condenada como mera cómplice del “comunismo”¡).

Los ejemplos de la imposición del canon resultan ciertamente abrumadores. Se pueden encontrar simplemente abriendo cualquier diario, cualquier manual escolar. Entre la legión de historiadores que no han dudado en enterrar la revolución rusa bajo una montaña de perros muertos me permito el detalle (nada inocente) de citar al un autor de aquí. A Eduard Puigventós Lopez, responsable de un retrato exhaustivo de Ramón Mercader, sin duda uno de los personajes más emblemáticos de la parte oscura del ideal de muchas novelas y películas. 6/

Como cualquier tribunalista que se precie, Puigventós asume sin discusión la sentencia de Dmitri Volkogonov: “Stalin sencillamente aprovechó el momento y recogió el testigo de un bolchevismo autoritario desde la raíz, habituado a la violencia y a la imposición de unas ideas que les parecían justas, pero que aplicaban sin arrepentimiento”. El autor no puede por menos que reconocer el caudal de idealismo militante, sí bien este ideal “quedó sepultado bajo un estatismo autoritario que dio resultados tan aterradores como las purgas soviéticas de los años treinta y el totalitarismo y terrorismo de Estado de Stalin”.

No estará de más anotar que el tal Dmitri Volkogónov (1926-1995) se convirtió en el historiador comodín del régimen soviético en sus diversas fases, hasta acabar al servicio de Yeltsin y elevado a los altares por el neoliberalismo. Como militar llegó a general, historiador y político ruso a pesar de que su padre fue fusilado en 1937 como “enemigo del pueblo”, y su madre murió en 1949 en Siberia, en el destierro. Esto no le impidió ser un leal servidor del régimen, logrando ser jefe del departamento de guerra psicológica de la Dirección General Política del Ejército. Siguió el compás de los cambios de manera que, en su libro Guerra psicológica (1983), llamó “renegado” y “emigrante interior” al premio Nobel y defensor de los derechos humanos Andréi Sájarov, y “traidores a la patria”, “desecho moral y basura social” a disidentes como el escritor Alexandr Solzhenitsin, lo que le impidió más tarde “arrepentirse” para caer de pie nuevamente:. Sus cambios le llevaron a ser una de las voces de la perestroika, y cuando esta fue desechada, empezó a encontrar problemas con el régimen soviético que no había tenido antes.

Al parecer en 1987 propuso reformar los órganos políticos del ejército y de inmediato fue destituido y enviado al Instituto de Historia Militar. Allí quiso incluir una serie de verdades amargas en la historia de la Segunda Guerra Mundial que estaban preparando, por lo que en 1990 perdió su puesto de director del instituto. En 1991 Volkogónov entro en el equipo del presidente Borís Yeltsin como asesor militar y al año siguiente fue nombrado jefe de la comisión parlamentaria que recibió los archivos del PCUS y del KGB. Como historiador se hizo famoso en 1988, cuando publicó la biografía del dictador lósif Stalin en la que “descubría” una realidad que ya habían descrito décadas antes autores como Borís souvarine, Victor Serge, León Trotsky o Isaac Deutscher.

Dado su éxito, Dmitri proyectó una trilogía Líderes, completada con León Trotski y, finalmente, de Vladímir Lenin siguiendo las tendencias dominantes: “El comunismo era culpable”. Así confesaba: “yo era leninista, pero después de descubrir 3 724 documentos antes guardados en secreto sufrí la más grande conmoción de toda mi vida”. Entonces Lenin se convirtió en la encarnación del demonio. Con esta capacidadde estar al lado del poder, Volkogónov fue diputado en las últimas tres legislaturas rusas. Antes de morir dejó concluida Siete jefes, sobre los dirigentes soviéticos desde Lenin a Mijaíl Gorbachov y ha quedado como un portavoz del negacionismo oficialista, como un reconocido “desenmascarador” de los crímenes cometidos por los dirigentes bolcheviques en un una Rusia que abandona a Dios (el Zar)

Ya está dicho todo. No existe necesidad de nada más como es ya tradición. Sin embargo, quizás no esté de más anotar que el tal Dimitri fue un longevo oficial del ejército ruso que en su faceta de historiador fue ajustando sus enfoques históricos desde los tiempos de Breznev hasta los de Putin sin dejar de figurar nunca entre los consagrados. Con Putin, Stalin es un personaje de la “historia patria”, en tanto que en las escuelas del país, el dilema Stalin/Trotsky resulta explicado por la teoría de los “dos osos”. Por supuesto, cualquier labor investigadora queda fuera de los ámbitos oficiales y se enfrenta toda clase de dificultades. La historia ha podido avanzar y desde luego retroceder, lo que no ha hecho nunca es detenerse.

4. Entre dos tiempos

Se pretende echar siete llaves sobre la tumba de una revolución cuya trascendencia no fue inferior al de la francesa de 1789. La escuela neoliberal triunfante ha demostrado su “pasión objetiva” al enfocar esta como un precedente del Gulag, criterio amplificado por cierto a cualquier tentativa revolucionaria contraria a sus intereses globales. Con semejante regla de tres, por supuesto daría para condenar a la revolución americana de 1776 (o a cualquier otra que no cotice en Bolsa) a los infiernos. 7/

Octubre conmovió a un país que era casi un continente, acabó con la dinastía más longeva de Europa. Sobrepasó la agenda de la Comuna de París y dio un paso definitivo que ahora no se puede extraer como sí fuese una muela. Entre muchas otras cosas, resultó el acontecimiento más importante de la “Gran Guerra”, una batalla ganada por los internacionalistas, ganada ante todo por los soldados que se negaban a seguir la guerra, que no quisieron disparar contra las mujeres que salieron a la calle el 8 de marzo (febrero en Rusia) y provocaron la crisis que condujo a la abdicación del Zar. Era pues la victoria de los que habían abogado por hacer la guerra a la guerra. Algo “que salía de cuentas”, que obligaba a los poderes establecidos a recomponer sus alianzas y sus prioridades en un momento en el que ya no cabía el factor “sorpresa”, desde entonces las clases dominantes no subestimaron a sus bolcheviques, más bien lo contrario. La experiencia de Octubre tal cual se hizo entonces irreproducible…

Pero sí ya en 1848 “el fantasma del comunismo” recorrió Europa, ¿que no sería después de Octubre? Para el orden establecido todo estaba justificado. Se trató inequívocamente de acabar con la amenaza de la manera que fuese. Lo empezaron demostrando en el curso de las crisis revolucionarias de Hungría (1918) y Alemania, Austria (1918-1919), Italia (1920-1922) o España (1917-1923), países en los que el impasse hizo que antes o después acabaran adoptando la vía de la “contrarrevolución preventiva” o sea del nazi-fascismo.

En Alemania en concreto, el aparato socialdemócrata fue utilizado como una suerte de colchón. La socialdemocracia de Ebert y Noske no dudó en utilizar la soldadesca para reprimir la revolución espartakista y asesinar a Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y Leo Jogiches (las tres L del primer comunismo germano), todo ello en nombre de una “república social”, la de Weimar, ahogada por las potencias vencedoras. La consecuencia para la naciente republica rusa fue otra grave dificultad añadida: el aislamiento de una revolución que fue justificada como “prólogo” de la europea. La otra fue la puesta en escena de una “guerra civil” que se inició de hecho en 1919 para finalizar en 1922 con los últimos movimientos armados contra una revolución que tuvo que crear su propio ejército con los ladrillos viejos del régimen zarista. 8/

La guerra desgastó de manera irreversible la élite revolucionaria, y facilitó el regreso de la cultura burocrática zarista que tan magistralmente habían descrito los grandes novelistas rusos desde Nikolai Gogol.

5. Desarrollo a pesar de todo

Octubre ponía al día una “utopía” cuyos orígenes se perdían en la noche de los tiempos, en la historia de las agitaciones agrarias en Rusia. 9/

En su empeño de hacer la historia a su imagen y semejanza, el tribunal de la historia neoliberal estructurado trata de borrar esta fase bien escamoteando su existencia bien atribuyéndolo a los “nacionalismos”. Con ello, el canon neoliberal pretende asimilar sus complejidades en lo que a las confrontaciones de clases y de fracciones de clases trasladando el punto central al dilema democracia y totalitarismo, a una mera construcción de parti pris ideológico. Ha pretendido desfigurar a conciencia las razones de la revolución, negar todas las cuestiones de estrategia política (y de poder), con todas sus inacabable bifurcaciones para aquellos que creen que otro mundo es posible y necesario. Reduce las crisis institucionales abiertas que. a pesar de su corta duración, nos dice que Octubre había roto “el eslabón más débil del imperialismo”. Esto explica otro aspecto de la URSS que fue apreciada como un modelo de desarrollo industrial en países atrasados. Tanto fue así que las diferencias sociales que existían entre USA y la URSS se aproximaron ostensiblemente entre 1917 y 1989.

Octubre también produjo un trauma sin precedentes en las sociedades capitalistas incluyendo los EE UU. Un efecto que golpeó de lleno a las clases trabajadoras, a las capas medias, al arte, y por lo contrario, a los militares y a la soldadesca que, en no poca medida, fueron la carne de cañón de los incipientes fascismos. La “Gran Guerra” contrariamente a lo previsto por el alto mando del ejército alemán, se prolongó en el tiempo causando un malestar tremendo entre las tropas y la mayoría de la gente que antes salía con sus banderas. Los componentes de una crisis general se fueron acumulando. A finales de 1915, las grietas en el movimiento obrero resultan plenamente detectables. Entran en abierta crisis los diversos “modelos gradualistas” establecidos desde las secciones de la socialdemocracia clásica que habían vertebrado los grandes partidos y sindicatos. Los puntos de mira del nacionalismo estrecha resultan cuestionados por la irrupción de una corriente internacionalista, muy crítica con los desastres de la guerra. Muchos se verán obligados a cambiar de expectativas, al menos durante una primera fase. En los años siguientes la II Internacional reconstruida evoluciona hacia la derecha, rechaza la revolución de Octubre al igual que se desentiende de la República española.

La revolución sigue viva, se manifiesta en lugares tan diversos como Gran Bretaña (1926-1927), China (1937), Francia (jornadas de julio del 36), España (1934-1937), pero el significado de Octubre se ha invertido: la camarilla burocrática –como la socialdemocracia alemana- tema más a la revolución que al pecado. Convertido en un partido-Estado liderado por una élite que reproduce bajo el lenguaje revolucionario las pautas de la “gran Rusia”, hacen que la Internacional Comunista invierta sus propósitos. Estos ya no son la revolución sino los intereses de la política exterior rusa, el socialismo en un solo país pasa a ser el socialismo en ningún otro país. Los desastres se suceden: en Alemania el partido comunista estalinizado asegura que la mejor manera de luchar contra los nazis era ajustar las cuentas contra la socialdemocracia, en Francia y en España, Stalin antepone sus acuerdos con los vencedores de la “Gran Guerra”, y combate cualquier tentativa revolucionaria.

La consecuencia de tales desastres acabaría siendo la II Guerra Mundial. El socialismo queda para una etapa lejana. Los partidos comunistas ocupan, en buena medida, el lugar de la socialdemocracia con un matiz, como esta se atiene a las reivindicaciones parciales al tiempo que consagra 1917 como el nacimiento de la URSS “la patria del proletariado”. La iniciativa recae en los Estados Unidos como guardianes del orden internacional.

6. La principal batalla

Aquella “maldita guerra”, la que había causado la mayor crisis humanitaria jamás conocida, fue ante todo una “guerra interimperialista” (Lenin), una crisis de civilización que ve crecer las riquezas al tiempo que las guerras y las miserias extremas en el planeta. Una colisión que situó la humanidad ante el dilema del socialismo o la barbarie.
Una nueva realidad que se traduce por la emergencia de desafíos totales. De crisis sociales que situaron al movimiento obrero internacional ante la necesidad de una revisión drástica de los criterios emancipadores tales como:
a) el esquema del fatalismo determinista –con sus presuntas leyes naturales- alrededor de una creciente “maduración socialista” a la manera de Bernstein o los fabianos británicos que aseguraban que el socialismo llegaría gradualmente en los países que expoliaban a sus colonias, tema sobre el que apenas sí se hablaba más allá de algunas declaraciones;
b) el modelo de la socialdemocracia clásica en su esplendor teorizada por el “centro ortodoxo” representado por el longevo Karl Kautsky, el sueño de un “Partido“ que guía al pueblo atrasado con su labor educativa y orgánica, construido con todas sus redes sociales (cooperativas, sindicatos, prensa, etc.) que se convierten en una finalidad en sí misma;
c) la ruina de la concepción abstracta del internacionalismo, olvidando la existencia del colonialismo y de los conflictos interimperialistas. También se el pretexto del “realismo”, que llevó a muchos “padres” de la internacional a un realineamiento chauvinista nacional en agosto de 1914 (votando los créditos de guerra): esta conversión chauvinista entra en contradicción con las resistencias de una amplia franja del movimiento obrero y popular…

Es el momento de los soviets o consejos obreros como instrumentos de una democracia directa: sufragio universal, debate público, pluralismo político y toma de decisiones contrastadas entre mayorías y minorías. Los soviets actúan como vínculo de aprendizaje y ejercicio de una democracia desde abajo jamás antes conocida. Instrumentos de un doble poder instituido, donde obreros, campesinos, soldados insurrectos, veían -antes que en los programas de los partidos que daban apoyo al gobierno provisional o en la Asamblea Constituyente– “la solución a sus problemas”. A pesar de las deficiencias organizativas o en materia de representación, las masas consideraron a los soviets como “sus órganos” naturales de asamblea y resolución.

El nuevo “poder soviético” tiene la virtud de “plantear” que la revolución es posible (Rosa Luxemburgo), sí bien los errores y horrores del estalinismo hayan permitido ocultar todo lo demás.

7. Dinámica sustituísta

En medio de este proceso épico pero repleto de dificultades, la dinámica soviética acaba perdiendo aliento, se deteriora. Entre la multiplicidad de factores que intervienen en su curva descendente del impulso inicial, es importante registrar algunas decisiones político-institucionales, que se manifiestan a través de la polémica disolución de la Asamblea Constituyente que aparta a sectores en desacuerdo; de la creciente integración de los soviets al sistema de gestión administrativa (estatal) del Consejo de Comisarios del Pueblo (Sovnarkom) que afectan a su carácter de “democracia directa”; de la centralización de estos en el Comité Ejecutivo Pan-Ruso (VTsIK), y particularmente sus modalidades de gestión desde abril-mayo de 1918; del cisma de los eseristas (populistas) de izquierda, amén de los mencheviques de izquierda, de los órganos soviéticos centrales, en junio de 1918 lo que significó una ruptura con un planteamiento unitario que había estado muy presente desde los soviets en 1917; del control sobre los soviets provinciales que, desde julio de 1918, pasa a asumir el Ministerio del Interior acrecentando la centralización, así como de los decretos y ordenanzas sobre las “cortes de justicia” o sobre la controvertida “Cheka” (Comisión Extraordinaria para la Seguridad del Estado) en noviembre de 1918, que reflejan la carencia de una conciencia del peso autónomo de este organismo en una revolución que resulta cada vez más identificada con el Estado.

Todas estas y otras decisiones con sus secuelas de efectos prácticos, dejaron de manifiesto “los peligros profesionales del poder” (Christián Rakovski) desarrollados entre la imposición de medidas para defender la revolución y las derivaciones autoritarias y arbitrarias en nombre de dicha revolución. Es un momento en el que la victoria militar revolucionaria hace creer a los líderes de la revolución (en especial a Trotsky que no tardó en rectificar) que la “militarización” era una fórmula garantizada cuando en realidad, los acontecimientos de marzo de 1921 en Kronstadt que más allá del debate sobre su viabilidad al final de la guerra, significó una brecha en la vanguardia revolucionaria. Ya no se trataba de combatir a los “blancos” que mataban y destruían cualquier vestigio de poder popular, sino de la propia base social de la revolución.

Se trataba de una dinámica que –de alguna manera- ya había sido profetizada por Trotsky en 1903. Según éste el centralismo leninista produciría un proceso de sustitución al final del cual todo quedaba en manos del secretario general se cumple. No a través sino a pesar del partido del bolchevismo de 1917, sin como consecuencia del trágico desgaste de la guerra.

Buena parte de los mejores mueren en la lucha, y en su lugar emerge una coalición entre los viejos funcionarios y de un aparato que acabará dominando los pasillos del poder. La lógica fue criticada desde el propio bolchevismo (Oposición obrera), por Rosa Luxemburgo así como por los anarquistas que lo vieron como una negación de los criterios expresados por Lenin en “El Estado y la revolución”…Desde dentro, los bolcheviques (en especial el Trotsky del momento), entiende que esta era la única vía posible de victoria.

Con el tiempo se verificará que –intenciones aparte- no tenía razón.

8. La tentación del abismo

La alianza obrero-campesina planteada, en buena medida, por conveniencia y siempre fluctuante, un pacto que abarcaba amplias capas campesinas con el partido bolchevique, acabó siendo un elemento explicativo para entender los sucesos político-militares de esta guerra a vida o muerte que culminó con la victoria del campo revolucionario. Los jefes blancos de la reacción burguesa-imperialista nunca pudieron estabilizar las relaciones con el campesinado, para los que justamente representaban el pasado de los terratenientes zaristas, con todas sus secuelas explotación, opresión y una interminable cadena de humillaciones para el campesino pobre sobre cuya realidad dejó cumplido testimonio la literatura. Los “blancos” significaban el regreso al oscurantismo y el látigo.

No obstante, la guerra civil también aceleró otros problemas concretos como lo fueron
la fractura del “tejido” social amplio de apoyo revolucionario y la crisis económica que tuvo la amplitud de una catástrofe humanitaria, tanto es así que el gobierno se vio obligado a echar mano a la ayuda internacional. A esto se le añade el desarrollo de una desurbanización acelerada que acentúa la drástica reducción de los “polos obreros” fabriles en los que se asentaba “la vanguardia de clase”. Este proceso va acompañado por la absorción de miles de miembros del partido bolchevique (y de otros partidos), en las tareas militares del Ejército Rojo o en funciones administrativas, con pérdidas humanas cuantiosas y “reconversiones” profesionales masivas.

De todo esto resulta que el personal político, administrativo y de “seguridad”, seleccionado en (y para) la guerra civil, pasa a ocupar cargos en el partido, el Ejército Rojo y el Estado. El PCUS se “militariza” y cambia su base de composición. Al finalizar la guerra civil, quedan muy pocos de los 25 mil miembros de febrero de 1917. Habría que remontarse a los años 1903-1912, para encontrar una mutación tan significativa. Este cambio en la membresía del partido es una ruptura de la continuidad y de la experiencia acumulada, de la formación y la tradición política del partido. De ahí las graves dificultades para comprender la “transición” de los años 1923-1928 y la escasez de reflejos inicial ante un proceso de burocratización que cuando comienza a ser denunciado ya ha tomado vida propia.

Al final solamente quedará una minoría de los bolcheviques de 1917. 10/

9. NEP

Pese a los inconmensurables estragos sociales, económicos y humanitarios de la “guerra civil”, el partido socialdemócrata que había pasado a llamarse comunista (bolchevique) dispuso de ciertas capacidades tanto para operar cambios como para una elaboración táctica y estratégica. Y fueron aprovechadas. Prueba de ello es la instrucción de la Nueva Política Económica (NEP) y los debates políticos que tuvieron lugar que contribuyó a mejorar ostensiblemente la situación pero que no pudo garantizar un proceso de crecimiento que permitiera al país salir de las condiciones de bloqueo y de amenaza constante.

En este proceso se incluye la clausura de la democracia interna de 1921 (prohibición de las tendencias y fracciones en el seno del partido), un paso atrás que condujo al fracaso del intento de restituir una dialéctica de regeneración de la sociedad y de una removilización política conciente que siempre provenían de las voces discrepantes. Semejante error (justificado como transitorio en medio del cerco) terminó creando las condiciones que facilitaron la introducción de más medidas autoritarias y represivas. Primero contra las fuerzas políticas de la izquierda no-bolchevique, que apoyaban críticamente la revolución. Igualmente impidió el desarrollo de instrumentos democráticos para debatir, públicamente, las diferentes opciones que se abrían en el nuevo escenario político, económico y social, y para restablecer las relaciones con el campesinado permitiendo que el partido acabara confundiéndose con un aparato cada vez más ligado al Estado.

En este contexto se sitúa la sangrienta represión contra la “comuna de Kronstadt” (marzo de 1921), con el consiguiente aplastamiento de los insurrectos en una situación bastante caótica. Es cierto que la base social ya no era la misma, también que los blancos trataban de sostener la propuesta de “soviet sin bolcheviques”, y el miedo a un recrudecimiento de la guerra de convención incluso hasta a los delegados de la “Oposición Obrera”, pero fue la “información” proveniente de la Cheka, un instrumento que se estaba mostrando especialmente ambivalente, la que en última instancia determinó la reopresión. Por lo demás, el hecho demostraba que la fortaleza considerada “orgullo y gloria” de la revolución, pasaría a simboliza el cariz trágico que estaba tomando un “poder soviético” en el que los “soviets” carecían de potencia y de autonomía. 11/

En una sociedad postrada por las penurias y la destrucción de una guerra civil alimentada por los gobiernos imperialistas, el curso hacia un partido monolítico y administrativo se aceleró. Los nuevos miembros “seleccionados” en los años 1919-1922, serán absorbidos por el aparato del Partido-Estado en base a sus “atributos” burocráticos. Se iniciaba -con todas las ventajas objetivas- el camino de la contrarrevolución estalinista.

10. Un soviet en Londres

Entre los trabajadores y el personal idealistas del mundo, el ejemplo soviético suscitó una ilusión desmesurada, incluso en las grandes metrópolis. De ahí que el laborista de derecha Ernest Bevin justificó el distanciamiento británico argumentado que de otra manera se arriesgaban a que se creara “un soviet en Londres”. El caso del anarcosindicalismo hispano fue especialmente emblemático. En un principio la vieron como “su revolución”, como el inicio de la anarquía, después de las consecuencias de la guerra civil, la desilusión fue igualmente concluyente.

En realidad, el régimen surgido de este período (1917-1922), extensible cuanto menos hasta 1928 que marca un punto de inflexión en el ascenso de la burocracia, no puede ser caracterizado como “socialista”, como “el reino de la libertad” que hablaba Engels. Ni tan siquiera era un “Estado obrero” como lo pudo ser la Comuna. Las ideas de los clásicos en cualquiera de sus variantes, permiten llegar a una conclusión que ya había aventurado Lenin al definirlo como “Estado obrero burocráticamente degenerado”, con la particularidad de que los grados de degeneración alcanzan en la segunda mitad de los años treinta niveles absolutamente desquiciados. Su evolución recuerda en no poca medida la vivida por los “jacobinos negros” en Haití, un país que pagaría muy caro el triunfo de su revolución.

A lo largo del tiempo que sigue hasta 1989, Octubre 1917 se convirtió en el epicentro de un debate de ideas especialmente crispado en el que la ofensiva imperialista fue absolutamente determinante. Se hablaba de conceptos que se remitían a su génesis pero que – como el de la “dictadura del proletariado”- poco tenía que ver el cúmulo de circunstancias adversas.

Un tiempo en que el que legitimidad revolucionaria se explica por su propia existencia, por unos apoyos excepcionales que explican sin ir más lejos la creación del Ejército rojo y la victoria final. Las diversas instituciones que presidieron la afirmación de la victoria del “poder soviético”; las contramarchas bolcheviques; el enfrentamiento revolución/contrarrevolución; las discusiones que marcaron cada una de las fases y de las distintas fuerzas sociales y políticas que componían el proceso. Será en tal sentido que una reflexión histórica sobre Octubre 1917, conecta obligatoriamente pasado con presente. Nos sitúa ante la temática propia de un proyecto de cambio radical de la sociedad: el sujeto social (“fuerza motriz”) de ese cambio; los instrumentos políticos que ese sujeto debe construir; el programa de ruptura anticapitalista; así como considerar muy seriamente la cuestión de la estrategia ligada a la “conquista del poder”; las relaciones entre clases sociales/partidos y auto-organización de las masas o sea de un poder que está dejando de serlo desde el primer momento.

En las condiciones presentes de la “contrarrevolución neoliberal” con sus dramática consecuencias en términos de crisis humanitarias, desastre ecológico, explotación exacerbada y opresión nos ha situado en el terreno contrario al que prometían. En el espacio de una creciente agudización de la lucha de clases. En esta nueva perspectiva, Octubre 1917, sigue siendo un campo de batalla a pesar de la distancia histórica que nos separa de un “acontecimiento” que todavía conmueve el mundo y sobre el que contamos con lecciones tanto sobre lo que se puede hacer como sobre lo que no. Por eso es tan importante el debate entre las escuelas que insisten en que la duda es necesaria, como lo es el imperativo categórico de estar al lado de la tierra, de los humillados y ofendidos de los que hablaba Feodor Dostoievski.

 

Notas
1. La euforia que siguió a la victoria de Stalingrado fue tal que no pocos discrepantes de filiación anarquista y/o trotskista de entonces, llegaron a la conclusión de que, al final de cuentas, Stalin había acabado demostrando que sus métodos fueron los más “realistas”. Esto explica que pensadores de la altura de Sartre creyera que el estalinismo no debía de ser criticado porque eso significaría desanimar a la clase oprimidas representadas por los obreros de la Renault. Esa idea fue expresada aquí en la clandestinidad con el criterio de qué “había que dejar la crítica al estalinismo al Arriba” (diario del “Movimiento”)
2. El entramado de esta derrota está fraguado mediante un pacto con la socialdemocracia que apareció como un muro de contención en el movimiento obrero, un episodio harto revelador explicado en obras La CIA y la guerra fría cultural, Frances Stonor Saunders (Debate. Madrid, 2001) Encuentro revelador el ejemplo de Max Eastman, compañero de John Reed, cofundador USAPC, amigo de Lenin y Trotsky. Max se fue resistiendo a la presión medio ambiental sobre todo en lo referente al valor moral de estos, hasta que finalmente se sometió. Ver al respecto: Herejes rrepentidos. La izquierda norteamericana de la primera mitad del siglo XX, de Susana García-Cereceda López (Centro de Estudios Políticos y constitucionales, Madrid, 2001). De experiencias como las suyas se desprende que en esta evolución influyeron tanto una posible tendencia acomodaticia como el rechazo causado por el horror estaliniano que Eastman, conoció de cerca y tempranamente.
3. En la mitad de los años ochenta tuvo lugar una suerte de “congelación” de los libros de izquierdas y fueron numerosas las editoriales que se habían distinguido en el tardofranquismo que tuvieron que cerrar. La negación de Octubre se hizo ley con el felipismo, y en este sentido creo significativa las palabras de un viejo amigo que me respondió a una observación malévola sobre su cambio de bandera: “No te preocupes, sí volvéis a ganar volveremos a elogiar la revolución”.
4. Para un estudio detallado de la recepción bibliográfica sobre Octubre y sus consecuencias me remito a los dos apartados propios incluidos en la obra colectiva La revolución rusa pasó por aquí, dirigida por Pelai Pagès y yo mismo y cuya edición repara Laertes, Barcelona.
5. Resulta de interés las reflexiones de Perry Anderson, La historia de los partidos comunistas incluida en Historia popular y teoría socialista, editada por Raphael Samuel
(Crítica, Barcelona, 1984) Anderson estima como apasionante el ensayo de Fernando Claudín, La crisis del movimiento comunista (Ruedo Ibérico, París, 1970), seguramente el trabajo más concienzudo sobre esta historia realizado entre nosotros.
6. El destino del personaje Ramón Mercader pasó desde el anonimato a convertirse en
la prueba del papel del aparato estalinista en la trama del asesinato de Trotsky, para acabar convertido (junto con su madre Caridad) a través de la novela, el cine (la mejor Asaltar los cielos) y cierta bibliografía en la abusiva representación de una militancia comunista fanática y embrutecida. También existen tentativas más complejas como la probada por Jorge Semprún en La segunda muerte de Ramón Mercader, que se puede entender en clave Dr. Jekyll y…El estalinismo causó trastornos múltiples, anotemos como ejemplo el caso de André Marty que se negó a obedecer el pacto nazi-soviético, y que luego comenzó a denunciar la “dolce vita” de los dirigentes del PCE. Fue expulsado y tratado como “trotskista” al final de su vida.
7. La “maldición” de Octubre no ha sido muy diferente a la padecida por la República de Cromwell o por la toma de la Bastilla de 1789. En este último caso, con ocasión del
Bicentenario historiadores de la plantilla neoliberal insistían en que se trató de un antecedente del…Gulag.
8. Dudo que existan reflexiones más lúcidas y elaboradas que las efectuadas sobre lo que luego se llamaría estalinismo, que los recogidos por Moshe Lewin en El último combate de Lenin (Lumen, Barcelona, 1970), disponible en
https://marxismocritico.files.wordpress.com/…/lewin-moshe-el-c3baltimo-combate-
9. No hay que ir al Ensayo sobre las revoluciones del Vizconde de Chateaubriand para
encontrar un antecedente de un rechazo total y sistemático de las revoluciones antiguas, basta con obras como la del egiptólogo Nicholas Reeves autor de Akhenatón, el falso profeta de Egipto (2002) quien, en consonancia con la campaña denigratoria de las revoluciones hasta su última raíz, compara al herético faraón con…Hitler y Stalin, ambos amalgamados por más que representaran realidades socialmente diferenciadas, por ejemplo que Hitler invadiera media Europa y que el sueño de Stalin fuese el de quedarse con una “Gran Rusia” en la que ya no constaban ni Finlandia ni Polonia. Semejante fervor antirrevolucionario se atiene a la misma regla que la del “totalitario”: los que se oponen al Imperio lo son, pero los que pactan son a lo máximo “autoritarios”. Así Franco pasó de una cosa a la otra en virtud de los pactos con los EEUU.
10. Kronstadt fecha lo que para los anarquistas sería el fin de la revolución. La aportación libertaria más cercana es la de Julián Vadillo, Por el pan, la tierra y la libertad. El anarquismo en la Revolución rusa (Volapük, 2017), y más recientemente el trabajo de Carlos Taibo, Anarquismo y revolución en Rusia (1917-1921, Libros de la Catarata, 2017)…Taibo es también el autor de La Unión Soviética. El espacio ruso-soviético en el siglo XX (Síntesis, 1999) en la que se insiste en responsabilizar a la “tentación autoritaria” de los bolcheviques como el factor determinante de todo lo que vendría después.
11. En La lógica del terror. Stalin y la autodestrucción de los bolcheviques, 1932-1939, sus autores J. Arch Getty&Oleg V. Neumav, que han podido acceder a documentación desclasificada de fechas recientes, coinciden con un criterios ya expresado por Serge en su día, denunciando “un pensamiento causal sin matices y politizaron las conclusiones. Se popularizaron cadenas deterministas como Lenin igual a estalinismo/totalitarismo, a terror, “o que el estalinismo era un producto inevitable del leninismo. Sin embargo, como apuntó hace veinte años Stephen Cohen en su ensayo sumamente sugerente, las circunstancias que rodearon la revolución rusa y el bolchevismo podían propiciado resultados dispares.

(Imagen: Guardia Roja, Fábrica Vulkan, 1917, San Petersburgo)

El socialismo traicionado. Detrás del colapso de la Unión Soviética 1917-1991

por Roger Keeran  y Thomas Kenny //

Este libro trata del colapso de la Unión Soviética y de su significado para el siglo XXI. La magnitud de la debacle dio lugar a declaraciones extravagantes por parte de los políticos de derechas. Para ellos, el colapso quería decir que la Guerra Fría había terminado y que el capitalismo había ganado. Significaba «el fin de la historia». De ahí en adelante, el capitalismo iba a representar la forma más elevada, la cumbre, de la evolución económica y política. La mayoría de los que simpatizaban con el proyecto soviético no compartían este triunfalismo de derechas. Para estas personas, el colapso soviético tuvo consecuencias decisivas, pero no alteró la utilidad del marxismo para comprender un mundo que se formaba, más que nunca, a través del conflicto de clases y las luchas de los colectivos oprimidos contra el poder corporativo, ni hizo tambalear los valores y el compromiso de los que estaban de parte de los trabajadores, los sindicatos, las minorías, la liberación nacional, la paz, las mujeres, el medio ambiente y los derechos humanos. A pesar de todo, lo que le había ocurrido al socialismo representaba tanto un desafío teórico al marxismo como un desafío práctico con respecto a las posibilidades futuras de las luchas anticapitalistas y del socialismo.

Para los que creen que un mundo mejor —más allá de la explotación capitalista, la desigualdad, la avaricia, la pobreza, la ignorancia y la injusticia— es posible, la desaparición de la Unión Soviética representó una pérdida catastrófica. El socialismo soviético tenía muchos problemas (que discutiremos más adelante) y no era el único orden socialista concebible. Sin embargo, constituía la esencia del socialismo tal como lo definió Marx: una sociedad que había derrocado la propiedad burguesa, el “mercado libre” y el estado capitalista, y los había reemplazado por la propiedad colectiva, la planificación central y un estado obrero. Además, había conseguido un nivel sin precedentes de igualdad, seguridad, sanidad pública, acceso a la vivienda, educación, empleo y cultura para todos sus ciudadanos, y en especial para los trabajadores de las fábricas y del campo.

Un repaso breve de los logros de la Unión Soviética subestima lo que se perdió. La Unión Soviética no eliminó solamente las clases explotadoras del viejo orden, sino que también acabó con la inflación, el desempleo, la discriminación racial y nacional, la pobreza extrema y las desigualdades flagrantes por lo que respecta a la riqueza, los salarios, la educación y las oportunidades. En cincuenta años, el país pasó de una producción industrial de solo un 12 por ciento de la de los Estados Unidos a una producción industrial del 80 por ciento y a una producción agraria que correspondía al 85 de la de los EEUU. Aunque el consumo per cápita soviético seguía siendo más bajo que el de los EEUU, ninguna sociedad no había aumentado su calidad de vida y su consumo con tanta rapidez, y en un período tan corto, para toda su población. El trabajo estaba garantizado. Todo el mundo tenía acceso a la educación gratuita, desde las guarderías a las escuelas de secundaria (de ámbito general, técnicas y de formación profesional), a las universidades y a las escuelas nocturnas. Además de la matrícula gratuita, los estudiantes universitarios recibían un salario. Se disponía de cobertura sanitaria gratuita para todos, y había casi el doble de médicos por habitante de los que había en los Estados Unidos. Los trabajadores que sufrían lesiones o enfermaban tenían garantizado su empleo y se les pagaba un subsidio. A mitad de la década de los setenta, los trabajadores tenían de media 21,2 días laborables de vacaciones (un mes), y los balnearios, los complejos vacacionales y los campamentos para niños eran gratuitos o estaban subvencionados. Los sindicatos podían vetar los despidos y destituir a los directivos. El estado regulaba todos los precios y subvencionaba el coste de los alimentos básicos y la vivienda. El alquiler suponía solo un 2-3 por ciento del presupuesto familiar; el agua y los servicios públicos solo un 4-5 por ciento. En el acceso a la vivienda no había segregación según los ingresos. Con la excepción de algunos barrios que estaban reservados para los cargos oficiales elevados, los encargados de fábrica, las enfermeras, los profesores universitarios y los porteros vivían puerta con puerta.

El gobierno consideraba el crecimiento cultural e intelectual como parte del esfuerzo para mejorar la calidad de vida. Las subvenciones estatales mantenían el precio de libros, periódicos y acontecimientos culturales al mínimo. Como resultado, los trabajadores a menudo disponían de sus propias bibliotecas, y una familia media estaba suscrita a cuatro periódicos. La UNESCO informaba que los ciudadanos soviéticos leían más libros y veían más películas que cualquier otro pueblo del mundo. Cada año, el número de personas que visitaban museos casi igualaba a la mitad de la población, y la asistencia a teatros, conciertos y otras representaciones sobrepasaba a la población total. El gobierno hizo un esfuerzo coordinado para incrementar la educación y las condiciones de vida de las zonas más atrasadas y para fomentar la expresión cultural de los más de cien grupos nacionales que constituían la Unión Soviética. En Kirguizia, por ejemplo, solo una entre quinientas personas sabía leer y escribir en 1917, pero cincuenta años más tarde casi toda la población podía hacerlo.

En 1983, el sociólogo americano Albert Szymanski reseñó varios estudios occidentales sobre la distribución de los ingresos y la calidad de vida soviéticos. Halló que los que recibían mejores salarios en la Unión Soviética eran los artistas, escritores, profesores, gerentes y científicos de prestigio, que podían llegar a salarios tan elevados como 1.200 a 1.500 rublos mensuales. Los altos funcionarios del gobierno ganaban unos 600 rublos al mes, los directivos de las empresas, de 190 a 400 rublos al mes y los obreros unos 150 rublos al mes. Los salarios más altos, por lo tanto, eran solo diez veces más elevados que el salario medio de un obrero, mientras que en los Estados Unidos los directivos de empresas mejor pagados ganaban 115 veces más que los obreros. Los privilegios que acompañaban los cargos importantes, como las tiendas especiales y los coches oficiales, siguieron siendo pequeños y limitados, y no contrarrestaron una tendencia continua, de cuarenta años, hacia una mayor igualdad. (La tendencia opuesta se daba en Estados Unidos, donde, a finales de los noventa, los directivos de las empresas ganaban 480 veces más que el trabajador medio.) Aunque la tendencia a nivelar los salarios y los ingresos creó problemas (como se discutirá más adelante), la igualación global de las condiciones de vida en la Unión Soviética supuso un hito sin precedentes en la historia de la humanidad. La igualación se profundizó con una política de precios que fijaba el coste de los productos de lujo por encima de su valor y el de los bienes de primera necesidad por debajo de él. También se profundizó a través de un incremento sostenido del «salario social», es decir, gracias a la provisión de un número creciente de prestaciones sociales gratuitas o subvencionadas. A parte de las ya mencionadas, las prestaciones incluían la baja de maternidad pagada, guarderías a precios económicos y pensiones generosas. Szymanski concluía: «Aunque puede que la estructura social soviética no concuerde con el ideal comunista o socialista, es cualitativamente distinta de los países capitalistas occidentales y a la vez más igualitaria que ellos. El socialismo ha supuesto un cambio radical a favor de la clase trabajadora».

En el contexto mundial, el deceso de la Unión Soviética también significó una pérdida incalculable. Significó la desaparición de un contrapeso al colonialismo y al imperialismo. Significó acabar con un modelo que ilustraba cómo unas naciones recientemente liberadas podían armonizar diferentes grupos étnicos y desarrollarse sin hipotecar su futuro con los Estados Unidos o Europa occidental. En 1991, el país no capitalista más importante del mundo, el principal apoyo de los movimientos de liberación nacional y de gobiernos socialistas como el de Cuba, se había derrumbado. Por mucho que se racionalizara sobre ello no se podía evadir este hecho, ni el revés que representó para las luchas socialistas y de los pueblos.

Aún más importante que evaluar lo que se perdió en el colapso de la Unión Soviética es el esfuerzo para entenderlo. El mayor o menor impacto que tendrá este acontecimiento depende, en parte, de cómo se expliquen sus causas. En la “Gran celebración anticomunista” de principios de los noventa, la derecha insistió hasta introducir varias ideas en la conciencia de millones de personas: el socialismo soviético, definido como un sistema basado en la economía planificada, no funcionaba y no podía producir abundancia, porque era un accidente, un experimento nacido de la violencia y sostenido por la fuerza, una aberración condenada al fracaso, ya que desafiaba la naturaleza humana y era incompatible con la democracia. La Unión Soviética llegó a su término porque una sociedad gobernada por la clase trabajadora es una ilusión; no existe ningún orden poscapitalista.

Algunos en la izquierda, típicamente los que tenían un punto de vista socialdemócrata, llegaron a conclusiones similares, aunque menos extremas que las de la derecha. Creían que el socialismo soviético era erróneo de una manera fundamental e irreparable, que los defectos eran “sistémicos”, y tenían su origen en una falta de democracia y en un exceso de centralización de la economía. Los socialdemócratas no concluían que el socialismo en el futuro estaba condenado a fracasar, pero sí creían que el colapso soviético despojaba al marxismo-leninismo de gran parte de su autoridad, y que un futuro socialismo tendría que edificarse sobre unos fundamentos completamente distintos de la forma soviética. Para ellos, las reformas de Gorbachov no fueron erróneas, sino demasiado tardías.

Obviamente, si estas afirmaciones son ciertas, el futuro de la teoría marxista-leninista, del socialismo y de la lucha anticapitalista será muy distinto de lo que los marxistas predijeron antes de 1985. Si la teoría marxista-leninista les falló a los líderes soviéticos que presidieron la debacle, la teoría marxista estaba mayormente equivocada y es necesario prescindir de ella. Los esfuerzos del pasado por construir el socialismo no nos han dejado ninguna lección para el futuro. Los que se oponen al capitalismo global deben darse cuenta de que la historia no está de su parte y apostar por pequeños cambios y reformas parciales. Estas son, claramente, las lecciones que la derecha triunfante quería que aprendiera todo el mundo.

Lo que nos impulsó a investigar fue la enormidad de las consecuencias del colapso. Éramos escépticos respecto a la derecha triunfante, pero estábamos preparados para seguir a los hechos hasta donde nos condujeran. Éramos conscientes de que los partidarios del socialismo anteriores a nosotros habían tenido que analizar inmensas derrotas de la clase trabajadora. En La guerra civil en Francia, Karl Marx analizaba la caída de la Comuna de París en 1871. Veinte años después, Frederick Engels ampliaba aquel análisis en una introducción al trabajo de Marx sobre la Comuna. Vladímir Lenin y su generación tuvieron que explicar la revolución rusa abortada de 1905 y el fracaso de las revoluciones de Europa occidental que no se materializaron durante 1918-1922. Los marxistas posteriores, como Edward Boorstein, tuvieron que analizar el fracaso de la revolución chilena de 1973. Dichos análisis mostraban que el hecho de simpatizar con los vencidos no impedía hacer preguntas difíciles acerca de las razones de la derrota.

Dentro de la pregunta global de por qué se derrumbó la Unión Soviética surgieron otras preguntas: ¿cuál era el estado de la sociedad soviética cuando empezó la perestroika? ¿Se enfrentaba, la Unión Soviética, a una crisis en 1985? ¿Qué problemas se suponía que debía atajar la perestroika de Gorbachov? ¿Había alternativas viables al curso de reforma escogido por Gorbachov? ¿Qué fuerzas favorecían y qué fuerzas se oponían al camino de reforma que conducía hacia el capitalismo? Una vez que la reforma de Gorbachov empezó a causar el desastre económico y la desintegración nacional, ¿por qué no cambió de estrategia Gorbachov, y por qué los otros líderes del Partido comunista no lo reemplazaron? ¿Por qué el socialismo soviético era en apariencia tan frágil? ¿Por qué la clase trabajadora hizo aparentemente tan poco para defender el socialismo? ¿Cómo pudieron los líderes subestimar tanto el nacionalismo separatista? ¿Por qué el socialismo —al menos en cierta forma— se las arregló para sobrevivir en China, Corea del Norte, Vietnam y Cuba, mientras que en la Unión Soviética, donde estaba manifiestamente más arraigado y desarrollado, no pudo sobrevivir? ¿Era el colapso soviético inevitable?

Esta última pregunta era clave. La posibilidad de un futuro para el socialismo depende de si lo que sucedió en la Unión Soviética era inevitable o no. Ciertamente, era posible imaginarse una explicación diferente de la inevitabilidad que pregonaba la derecha. Consideremos, por ejemplo, el siguiente experimento mental. Supongamos que la Unión Soviética se hubiera desmoronado porque un ataque nuclear de los Estados Unidos hubiera destruido su gobierno y arrasado sus ciudades y su industria. Algunos aún podrían llegar a la conclusión de que la Guerra Fría había terminado y de que el capitalismo había vencido, pero nadie podría afirmar con argumentos razonables que un tal acontecimiento demostraba que Marx estaba equivocado, o que, si se lo deja a la merced de sus propios mecanismos, el socialismo no puede funcionar. En otras palabras, si el socialismo soviético llegó a su fin principalmente por causas externas, como las amenazas militares o la subversión del extranjero, uno puede concluir que este final no comprometía al marxismo como teoría ni al socialismo como sistema viable.

En otro ejemplo, algunos han afirmado que la Unión Soviética se derrumbó por el “error humano” y no tanto por “debilidades sistémicas”. En otras palabras, los líderes mediocres y las decisiones equivocadas hundieron un sistema esencialmente sólido. Si esta explicación, como la anterior, fuera cierta, no afectaría la integridad de la teoría marxista ni la viabilidad del socialismo. En realidad, sin embargo, esta idea no ha servido de explicación, o ni siquiera de un principio de explicación, sino que más bien ha sido un recurso para evitar explicaciones más profundas. Tal como dijo un conocido nuestro, «Los comunistas soviéticos metieron la pata, pero nosotros lo haremos mejor». Para que esta explicación fuera plausible, no obstante, tendría que responder a preguntas importantes: ¿qué es lo que hizo que los líderes fueran mediocres y las decisiones equivocadas? ¿Por qué produjo el sistema tales líderes y cómo pudieron sacar adelante esas decisiones equivocadas? ¿Existían alternativas viables a las que se escogieron? ¿Qué conclusiones debemos sacar?

Cuestionar la inevitabilidad del colapso soviético es arriesgado. El historiador británico E. H. Carr avisaba de que cuestionar la inevitabilidad de cualquier acontecimiento histórico puede llevar a un juego de mesa de especulación sobre «lo que podría haber sido en la historia». La labor de los historiadores es explicar lo ocurrido, no dar «rienda suelta a su imaginación respecto a las posibilidades más atractivas de lo que podía haber sucedido». Carr reconocía, sin embargo, que mientras los historiadores explican por qué se escogió una estrategia en vez de otra, es bastante razonable que discutan sobre los «cursos alternativos disponibles». De una forma similar, el historiador británico Eric Hobsbawm sostenía que no toda la especulación “contrafactual” es igual. Algunas reflexiones acerca de las opciones históricas caen en la categoría de «dar rienda suelta a la imaginación», que un historiador serio debería evitar. Este es el caso cuando se reflexiona sobre escenarios que nunca fueron una posibilidad histórica, como por ejemplo si la Rusia zarista hubiera evolucionado a una democracia liberal sin la Revolución Rusa, o si los estados del sur de los EEUU hubieran abolido la esclavitud sin la Guerra Civil. Cierta especulación contrafactual, no obstante, cuando vincula estrechamente los hechos históricos con posibilidades reales, tiene una función útil. Si existían realmente cursos de acción alternativos, estos pueden mostrar la contingencia de lo que ocurrió de verdad. Casualmente, Hobsbawm daba un ejemplo relevante de la historia soviética reciente. Hobsbawm citaba a un antiguo director de la CIA, que había afirmado: «Me parece que si [el líder soviético Yuri] Andrópov hubiera sido quince años más joven cuando llegó al poder en 1982, todavía tendríamos una Unión Soviética.» Sobre esto, Hobsbawm comentaba: «No me gusta estar de acuerdo con los jefes de la CIA, pero estas palabras me parecen completamente plausibles.» Nosotros también creemos que tal cosa es plausible, y discutimos las razones de ello en el siguiente capítulo.

La especulación contrafactual puede sugerirle legítimamente a uno cómo, en unas circunstancias futuras similares a las del pasado, podría actuar de una manera distinta. Los debates de los historiadores sobre la decisión de utilizar la bomba atómica en Hiroshima, por ejemplo, no solamente han cambiado la forma como las personas con educación entienden ese acontecimiento, sino que también han reducido las posibilidades de que se tome una decisión parecida en el futuro. Después de todo, para que la historia sea algo más que un pasatiempo de sobremesa, debería enseñarnos cómo podemos evitar los errores del pasado.

La interpretación del colapso soviético es una lucha por el futuro. Las explicaciones ayudarán a decidir si, en el siglo XXI, los trabajadores volverán a «rasgar los cielos» para sustituir el capitalismo por un sistema mejor. Difícilmente asumirán los riesgos y afrontarán los costes si creen que el gobierno obrero, la propiedad colectiva y una economía planificada están condenados al fracaso, que solo el “mercado libre” funciona y que millones de personas en Europa del este y en la Unión Soviética ensayaron el socialismo pero regresaron al capitalismo porque querían prosperidad y libertad. A medida que el movimiento contra la globalización crece y el movimiento de los trabajadores revive, a medida que el largo boom económico de los años noventa se desvanece y los males permanentes del capitalismo —el desempleo, el racismo, la desigualdad, la degradación medioambiental y la guerra— se hacen cada vez más evidentes, cuestionar el futuro del capitalismo se convertirá invariablemente en un tema clave. Pero los movimientos juveniles y laborales difícilmente avanzarán mucho más allá de demandas económicas limitadas, protestas morales, el anarquismo o el nihilismo si consideran que el socialismo es imposible. Lo que nos jugamos es de una importancia vital.

Fuente: Primeras páginas de la Introducción de El socialismo traicionado. Detrás del colapso de la Unión Soviética, 1917-1991,de Roger Keeran y Thomas Kenny.

 

 

 

 

¿Fue inevitable el estalinismo?

por Eric Blanc//

Durante casi un siglo, el ascenso del estalinismo en Rusia ha ocultado el proyecto emancipatorio de la revolución de 1917.

Los críticos liberales y conservadores insisten en que este giro de los acontecimientos —el surgimiento de una tiranía política y social tras la revolución y la guerra civil— demuestra que cualquier intento de superar el capitalismo solo conduce a una dictadura brutal. Según el historiador Bruno Naarden, por ejemplo, los “desastrosos acontecimientos tras 1917 mostrarían lo que ocurriría si cualquier Estado y sociedad se condujeran sin la élite burguesa”.

En vista del predominio de estas ideas, es una tarea esencial para los revolucionarios marxistas ofrecer una explicación seria de por qué se perdió la revolución rusa.

El potencial emancipador del poder obrero puede apreciarse desde los primeros meses del gobierno soviético formado en octubre de 1917, así como del Gobierno rojo formado poco después en Finlandia.

Millones de obreros, trabajadores rurales y campesinos tomaron el poder en sus centros de trabajo, comunidades y del Estado. Con el derrocamiento de las viejas autoridades, la participación masiva en todas las facetas de la vida social se extendió a unos niveles sin precedentes. Frente al sabotaje o la deserción de funcionarios públicos y directivos capitalistas, el pueblo trabajador y los marxistas organizados tuvieron que intervenir y hacerse cargo para cubrir el consiguiente vacío. La autogestión de abajo a arriba se convirtió en la norma.

Tras Octubre, los bolcheviques y socialistas radicales impulsaron la extensión de la revolución al resto de Rusia y al extranjero. La Revolución de Octubre era, según ellos, la punta de lanza de la revolución socialista mundial: sin la extensión internacional de la revolución, decían, la revolución rusa estaba perdida.

Aunque los bolcheviques y sus aliados tuvieron un gran éxito en la instauración del poder soviético a lo largo de la Rusia central, sus éxitos en la periferia y más allá del Imperio ruso fueron mucho más desiguales. En el verano de 1918, los gobierno soviéticos de Ucrania, Letonia, Estonia y Bakú —junto con el Gobierno rojo finlandés— habían sido derrocados por los esfuerzos combinados del Gobierno alemán, las burguesías locales y los socialistas moderados.

Esta incapacidad de romper el cordón sanitario del imperialismo en la periferia de Rusia facilitó que se desarrollara una guerra civil prolongada y devastadora que tuvo lugar principalmente en las fronteras del antiguo Imperio zarista.

En poco tiempo, el impulso de la revolución hacia la democratización de la vida social y política fue revertido en el contexto de la guerra civil, la intervención de numerosos poderes extranjeros —incluyendo Estados Unidos— y el colapso económico. Debe tenerse en cuenta, también, que los bolcheviques heredaron un país que estaba ya al borde de la desintegración.

Observando el cerco imperialista de Rusia, el agravamiento del desastre económico y el sabotaje activo de los capitalistas y la intelligentsia, en noviembre de 1917 los bolcheviques de Bakú concluían que “ningún otro gobierno, en ningún lugar, ha tenido que trabajar en unas condiciones tan complejas y difíciles”.

A lo largo de 1918, también colapsó la industria. Las conexiones entre la ciudad y el campo quedaron hechas añicos, el hambre, la enfermedad y la desmoralización se extendieron como una plaga. Las condiciones en el antiguo Imperio zarista se convirtieron en algo catastrófico, casi imposible de describir, haciendo que incluso las crisis del periodo anterior parecieran menores por comparación. La democracia obrera apenas podría sobrevivir, menos aún florecer, en un contexto semejante.

Como ejemplo de una descripción contemporánea honesta, consideremos la siguiente carta escrita en julio de 1918 por Yakov Sheikman, un líder bolchevique de 27 años de Kazán, una ciudad industrial a orillas del Volga con una fuerte influencia musulmana. Temiendo que pronto moriría en la batalla, Sheikman escribe lo siguiente a su hijo pequeño, explicando la trayectoria de la lucha por la que se juega la vida:

“Así que, querido Emi, estamos rodeados. Quizá tenga que morir. El peligro nos acecha en todo momento. Por eso he decidido escribirte… Te puedes imaginar lo difícil que ha sido todo [tras Octubre], puesto que, simultáneamente, hemos tenido que construir, derribar y defendernos de nuestros enemigos a los que no les faltaba un odio terrible contra nosotros. Todo el país estaba inmerso en las llamas de la guerra civil…

“La burguesía y sus subordinados nos tienden emboscadas. El sabotaje adopta formas increíbles y alcanza proporciones colosales. La intelligentsia, que había apoyado a la burguesía sin protestar, no quería servir a la clase obrera. Por si esto no fuera suficiente, se unió en una alianza con la burguesía contra la clase obrera…

“La contrarrevolución golpeó dolorosamente a la Rusia soviética. Pero el poder soviético rechazó los golpes que le caían de todas partes y pronto estuvo a la ofensiva. Donde nuestros enemigos prevalecían, no había piedad para nosotros. Pero tampoco nosotros mostramos piedad”.

En un contexto así, el proceso de democratización político y social quedó rápidamente subordinado —desde abajo y desde arriba— a los esfuerzos militares para derrotar a la contrarrevolución y a la lucha desesperada por alimentar a las ciudades y al joven Ejército Rojo.

Todo se orientó hacia la supervivencia política —resistir todo lo posible hasta que el surgimiento del poder obrero en Occidente abriera nuevos horizontes políticos—. A lo largo del antiguo Imperio zarista, la autogestión se hundió en el autoritarismo y la burocratización. Observando esta dinámica, Sheikman lamentaba que “hay mucha miseria en los oficiales soviéticos (no todos son así, por supuesto, pero sí muchos)”.

Una comparativa en todo el Imperio arroja luz sobre el peso de las desesperadas circunstancias sociales sobre la política.

Los que defienden la idea que el giro dictatorial de la Revolución rusa fue debida al supuesto autoritarismo innato de las políticas de Lenin y los bolcheviques tendrían que explicar por qué sus rivales políticos —incluyendo liberales rusos y no rusos, nacionalistas, socialistas moderados y anarquistas— recurrieron igualmente a métodos antidemocráticos cuando afrontaron las condiciones de la guerra civil y amenazas políticas similares a su gobierno.

En su reciente estudio sobre el socialismo libertario en Rusia, el historiador ruso Vladímir Sapon concluye que la derrota de la democracia soviética estuvo determinada ante todo por el catastrófico contexto objetivo de finales de 1918:

“Esta idea la confirma el hecho de que en las áreas donde los anarquistas y neopopulistas de izquierda consolidaron su hegemonía política en el período del primer gobierno soviético, estaban no menos inclinados hacia la dictadura de partido que los bolcheviques a nivel de toda Rusia”.

La experiencia del breve Gobierno rojo finlandés fue similar. Los líderes socialistas de Finlandia siguieron vinculados incuestionablemente al tradicional apoyo del marxismo ortodoxo al parlamentarismo, el sufragio universal y la libertad política.

Como ocurrió durante las primeras semanas del poder soviético en Rusia central, el Gobierno rojo finlandés evitó al principio los métodos dictatoriales y tuvo una actitud magnánima hacia sus rivales políticos. Seria difícil encontrar una constitución más democrática que la adoptada por los marxistas finlandeses tras asumir el poder en enero de 1918.

Pero aunque los socialistas finlandeses siguieron defendiendo su teoría y objetivos democráticos, la dinámica de una guerra civil brutal —y una contrarrevolución despiadada— les obligó a recurrir a prácticas autoritarias.

El primer paso en esta dirección fue el de clausurar y prohibir la prensa no socialista a principios de febrero. Poco después, se prohibieron también los periódicos obreros moderados que no habían apoyado la insurrección de enero y el nuevo Gobierno rojo.

A diferencia de la Rusia soviética, el Gobierno rojo finlandés fue un Estado de partido único desde el principio hasta el final, puesto que el resto de partidos finlandeses se negaron a reconocer su legitimidad. Aunque el número de víctimas palidecen comparadas con las de los blancos, se desató un violento Terror Rojo contra la burguesía y los contrarrevolucionarios, acabando con 1 500 vidas.

En el espacio de tiempo de unos pocos meses, el nuevo gobierno se empezaba a parecer cada vez más a una dictadura militar. El 10 de abril, en un desesperado último intento de contrarrestar las recientes derrotas militares, el Gobierno rojo se reorganizó bajo un mando militar hípercentralizado en el que se le dio al líder socialista Kullervo Manner una autoridad dictatorial personal. La prensa socialista finlandesa afirmaba: “La guerra es la guerra y tiene sus propias leyes y necesidades que no coinciden con las necesidades de la humanidad”.

A pesar de la evolución cada vez más autoritaria de los regímenes dirigidos por radicales por todo el antiguo Imperio zarista, tiene poco sentido igualar a los bandos contendientes en la guerra civil. Los métodos dictatoriales podían estar, y estaban, dirigidos a preservar o derrocar órdenes sociales antagónicos.

Sin embargo, al señalar la influencia decisiva del contexto objetivo en el ascenso de un militarismo autoritario en todos los bandos de los sangrientos conflictos de este período, no quiere decir que se niegue que los bolcheviques y los socialistas finlandeses tomaron decisiones cuestionables después de 1917.

Una no menor fue la tendencia de los bolcheviques a racionalizar teóricamente muchos de las medidas dictatoriales ad hocobligadas en el contexto de la guerra civil. Aunque este método de codificación ideológica puede haber sido útil para ganar las batallas de aquel momento, le hizo sin duda mucho más difícil políticamente a los líderes y cuadros del partidos desafiar de forma eficaz a la burocracia tras el fin de la guerra civil en 1921.

Sería erróneo exagerar las posibilidades de democratización en 1921, puesto que para entonces la burocratización del partido y del Estado estaban ya profundamente avanzadas. Además la alienación creciente del régimen político y de los bolcheviques respecto de amplios sectores de la población —que incluiría también a gran parte de la clase obrera— durante la guerra civil dejaba para entonces muy poco espacio a una democracia soviética en una Rusia aislada.

¿Era posible otro camino? Como en los años previos, la suerte de la revolución rusa dependía de forma crucial dela revolución internacional.

Como habían predicho los bolcheviques desde el estallido de la I Guerra Mundial en 1914, una ola revolucionaria recorrió realmente Europa y el mundo en respuesta a la Revolución Rusa.

El Estado Mayor alemán lamentaba que “la influencia de la propaganda bolchevique entre las masas es enorme”. Al otro lado del globo, el revolucionario mexicano, Ricardo Flores Magón, exclamó en marzo de 1918 que la ruptura anticapitalista en Rusia “tiene que provocar, quiéranlo o no lo quieran los engreídos con el sistema actual de explotación y de crimen, la gran revolución mundial que ya está llamando a las puertas de todos los pueblos”.

En muchos países, el capitalismo se tambaleaba y estuvo al borde del abismo hasta 1923. Aunque hoy se asume normalmente que la orientación de los bolcheviques hacia la revolución mundial era utópica, el estallido de posguerra amenazó realmente con derrocar el orden internacional burgués.

Por ejemplo, la reciente monografía de Brian Porter sobre Polonia, a diferencia de la mayoría de trabajos académicos, cuenta con exactitud la profundidad del desafío anticapitalista:

“Las viejas normas políticas, sociales y económicas quedaron descreditadas y destruidas. Hoy llamamos a lo ocurrido en 1917 “la Revolución Rusa”, pero en aquel momento parecía haber una posibilidad real de que pudiera ser la revolución, el momento de destrucción creativa que derrocaría los viejas centros de poder e introduciría un orden mundial totalmente nuevo».

La radicalización política, las huelgas y motines barrieron país tras país en Europa y en el mundo colonial. Las revoluciones de obreros y soldados derrocaron los viejos regímenes en Alemania y Austria en noviembre de 1918. Poco después, los marxistas radicales asumieron brevemente el poder en Persia, Bavaria y Hungría. Los obreros revolucionarios y socialistas estuvieron peligrosamente cerca de derrocar el gobierno capitalista en Polonia (1918-19), Austria (1919), Italia (1919-20), Alemania (1918-23) y en otros países.

El hecho de que el capitalismo sobreviviera al final a esta ofensiva revolucionaria no era inevitable. La clase obrera no carecía de voluntad de transformar radicalmente la sociedad.

Pero estas aspiraciones quedaron bloqueadas, por encima de todo, por las direcciones de los socialistas moderados: cuando los obreros entraron en acción, las burocracias socialdemócratas y sindicales trataron de restaurar el orden a cualquier precio. No carecía de fundamento las declaraciones del líder bolchevique Grigori Zinóviev en 1920: “Mirad al resto del mundo. ¿Quién está salvando a la burguesía? ¡Los llamados socialdemócratas!”

Aunque los primeros comunistas cometieron ciertamente errores importantes que lastraron su capacidad de vencer a las fuerzas del reformismo oficial, la culpa de la derrota de la ola revolucionaria de 1918-1923 debe dirigirse, primero y ante todo, hacia aquellos líderes del movimiento obrero que apuntalaron y respaldaron de forma activa a sus Estados capitalistas tras la guerra.

Por citar al ala izquierda del Partido Socialista de Polonia: “se llaman socialistas y en realidad toda su actividad está dirigida contra el socialismo”. A finales de 1923, los líderes socialistas defensores del colaboracionismo de clase habían desactivado efectivamente la conflagración revolucionaria europea en Alemania y por toda Europa.

Los indiscutibles esfuerzos de los moderados para frenar el impulso de la clase obrera hacia una ruptura anticapitalista aislaron al sitiado gobierno obrero y campesino en Rusia.

Este resultado, sin embargo, no estaba predeterminado. País tras país, los radicales estuvieron cerca de superar a los moderados y liderar a los trabajadores al poder. Teniendo en cuenta el muy frágil control del poder que tenía la burguesía, muchas decisiones, acciones y desarrollos políticos, posibles pero no realizadas, podrían haber sido suficientes para haber llevado la historia mundial por un camino muy distinto tras 1917.

Aprendiendo las lecciones de esta historia inspiradora y trágica, los revolucionarios socialistas podrán prepararse mejor para las importante luchas del futuro.

Stalinismo: Herejes y renegados

por Pepe Gutiérrez-Álvarez//

Uno de los efectos más nocivos del estalinismo consistió en dar una coartada ideológica a la cooptación por parte del liberalismo de intelectuales y cuadros de la izquierda. Echando a la calle al niño con el agua sucia, algunos han acabado en la derecha más extrema.

En uno de sus trabajos más memorables, Herejes y renegados, Isaac Deutscher establecía una distinción, que no siempre estaba clara, entre los herejes que denunciaban el estalinismo sin renunciar a la negación radical del capitalismo, con los renegados, a los que la denuncia del estalinismo les llevaba a los brazos del sistema cual “hijos pródigos”. Esta es una página de la historia social muy viva y muy discutida aún, sobre la que se sigue hablando pródigamente en lugares como los foros de Kaosenlared, y en debates como el abierto desde El País (18-03-07) por Ignacio Sotelo y Paco Fernández Buey, y sobre el que inciden autores como Daniel Bensaïd en Trotskismos (El Viejo Topo), desde una perspectiva análoga a la de Deutscher.

A la militancia que (sobre)vivió la noche estaliniana, como un “trotskista” componente de la “quinta columna”, la experiencia no pudo por menos que dejarles un sentimiento en el que apenas quedaba margen para las distinciones dialécticas. No hace mucho, Pelai Pagés nos contaba en un acto sobre Víctor Alba un ejemplo de este sentimiento a través de una anécdota sucedida en unas jornadas en la que se encontraron con el historiador Amaro del Rosal (socialista convertido al estalinismo en los años treinta) y un airado Víctor. Cuando Rosal evocó la existencia de “algunas discrepancias” entre ellos, el antiguo poumista no se pudo callar, y desde la mesa, gritó: ¿Discrepancias, dices? ¡Pero si nos queríais matar a to dos!” Este sentimiento tiene un nombre en el argot clásico del trotskismo: estalinofobia. Esta se manifiesta por ejemplo en corrientes trotskistas como el lambertismo o el munismo, que tienden a considerar cualquier acción próxima con los partidos comunistas como claudicaciones frente al estalinismo. La estalinofobia y el anticomunismo se confunden cuando se pasa del estalinismo a la defensa del “mundo libre”, y del sistema. Un buen ejemplo de esta evolución (o involución) sería John Dos Passos.

A la caza del discrepante

A pesar de que no andaba muy desencaminado el presidente de la Generalitat catalana, el nacionalista de izquierda Lluis Companys, cuando decía que la izquierda únicamente se unía en la cárcel, lo cierto es que el estalinismo pervirtió el problema de las discrepancias hasta niveles irreconocibles. Sus métodos carecían de antecedentes en la historia social. El único equivalente posible sería la actuación del sector más patriotero de la socialdemocracia alemana contra los espartakistas. Y lo más monstruoso de esta reacción radica en el hecho de que eclipsó a varias generaciones de militantes comunistas ajenos al cinismo de buena parte de sus líderes, que tenían el suficiente conocimiento del papel que Trotsky había jugado con Lenin, o que conocían sobradamente a la gente del POUM por años de lucha en común. Pero la obnubilación llegó hasta el extremo de implicar a intelectuales como José Bergamín que pondría una mancha en su vida prolongando un infecto libelo, Espionaje en España (a punto de reedición en Renacimiento con prólogo de Pelai Pagès) para justificar la tentativa de “noche de San Bartolomé” contra el POUM. Sin embargo, a pesar del grado de embrutecimiento que llegó a alcanzar, la militancia comunista no siguió una única dirección, sobre todo cuando se trataba de gente obnubilada debajo de cuyo estalinismo, a veces feroz, subsistía un alma revolucionaria. No han sido pocas las ocasiones que desde el trotskismo se ha tenido que defender y reconocer las aportaciones de muchos estalinistas que permanecían convencidos de que servían a la revolución: la historia de Leopold Trepper y la “Orquesta Roja” durante la II Guerra Mundial resulta bastante significativa. Trepper sirvió a la “causa obrera” apoyando a la URSS a pesar y en contra de Stalin.

Otro buen ejemplo de esta ambivalencia lo tenemos en el caso de André Marty (1886-1956), un mítico comunista francés que en 1919 protagonizó la revuelta en la flota francesa del Mar Báltico en Odessa contra la intervención imperialista. En su furor estalinista, Marty fue llamado el “carnicero de Albacete” por sus delirios por encontrar “trotskistas” en las Brigadas Internacionales (Hemingway realizó un sórdido retrato suyo en la célebre ¿Por quién doblan las campanas?). Pero Marty fue también el único dirigente del Partido Comunista Frances (PCF) con un pasado revolucionario, y figuró entre los primeros en organizar la Resistencia a pesar de Stalin y del partido. Al final de su vida, a principios de los años cincuenta, comenzó a denunciar la corrupción de la cúpula del PCF, con Thorez a la cabeza, y fue denunciado como “agente de la policía”. Marty comenzó entonces una evolución que le llevó, a los 70 años, a reexaminar muy duramente sus errores y horrores, y llegar hasta las puertas del “trotskismo”. El discurso ante su tumba lo ofició Pierre Frank, y es un modelo de comprensión sobre como el estalinismo llegó a “tener” y corromper hasta a los mejores, o como los mejores tenían una “parte oscura” que fue alimentada por un aparato puesto al servicio de una mistificación, de un pequeño dios que acabaría por caer.

Un puente hacia el “mundo libre”

Está claro que el estalinismo también la tradición comunista, contribuyendo con sus métodos a que amplias franjas de gente revolucionaria y de intelectuales comunistas disidentes llegaran a considerar el “mundo libre” como un “mal menor”, y sirvió de base de justificación para el desplazamiento de la socialdemocracia hacia el anticomunismo, un camino en el que también se insertaron muchos anarquistas. Una idea de la amplitud del rechazo que llegó a provocar el estalinismo en su apogeo lo puede ofrecer el hecho de que alguien de la talla moral de Bertrand Russell no solamente se prestara a colaborar coyunturalmente con la CIA, sino que hasta llegó a justificar el empleo de las armas atómicas contra la URSS. En su etapa política ulterior, Russell se convirtió en el mayor adversario de la agresión al pueblo del Vietnam, en un crítico sin fisuras del secuestro de la democracia (por los poderosos) en los EEUU, y rompió su carné laborista. Un curso no muy diferente siguieron algunos intelectuales procedentes o relacionados con cierto trotskismo, como fueron los casos, con las matizaciones imprescindibles, entre otros, de figuras de la literatura mundial como Ignazio Silone (Fontamara), Dwight Macdonald, Mary McCarthy (Memorias de una joven católica), Edmund Wilson (Hacia la estación de Finlandia), John T. Farrell (Studs Ludigan)… En este tramo se podía colocar lejanamente el célebre caso del tortuoso Elia Kazan, cuya película ¡Viva Zapata¡ (1952), con guión escrito por John Steinbeck, puede interpretarse en clave dialéctica revolución permanenterevolución traicionada. Lo fundamental estribaría en que su antiestalinismo no les llevó (aunque con Kazan se da una actuación delatora inadmisible) a renunciar a sus ideales, y al margen de un tiempo de dudas, dieron la cara en los momentos claves, como el de la guerra del Vietnam. Todos ellos siguieron tomando posición contra MacCarthy, contra el apoyo norteamericano a las dictaduras anticomunistas, contra la guerra de Vietnam, y como es ostensible en Kazan, desarrollando su visión profundamente demoledora del “sueño americano”.

Otros, sin embargo, claudicaron en todos los órdenes, y algunos de ellos, como el citado Dos Pasos, John Dewey –que había presidido el Tribunal que juzgó a Trotsky y a su hijo por las imputaciones de los “procesos de Moscú”–, Max Eastman, Bertram D. Wolfe, André Malraux, etc., todos ellos vinculados en mayor o menor medida a tal o cual páginas de la historia del trotskismo, se mostraron como conservadores. En nuestros lares el sumamente peculiar Julián Gorkin, primero en una lista de poumistas extensible a Enric Adroher “Gironella”, y el inclasificable historiador y periodista Víctor Alba, personaje cuanto menos ambivalente, que antes de fallecer apostaba por la defensa de todas las libertades menos la del mercado, que es la negación de todas las demás… Todos ellos fueron sumariamente catalogados como “trotskistas al servicio de la CIA”.

En aquella “guerra cultural”, resulta además que mientras el estalinismo obligaba a sus “compañeros de ruta” a una obediencia sin fisuras, la CIA tuvo, además de los recursos, la inteligencia en involucrar a la “otra izquierda”, sin desdeñar a la más radicalizada; por ejemplo, se llegó a infiltrar entre los anarquistas cubanos. Sobre todo cuando, por su escasa realidad organizativa, estas izquierdas no representaban un peligro inmediato para el sistema, y como en el caso de los extrotskistas, estaban más preparados (y “concienciados”) que sus burócratas sin experiencia. Desde el movimiento comunista, esta etiqueta de “agente de la CIA” fue a veces abusivamente utilizada aquí en los debates clandestinos, de manera que cualquier crítico podía ser calificado de “agente”. En no pocos casos, la historia acababa en tragedia.

El lector podrá encontrar un reflejo todavía condicionado de la amalgama entre renegados y la CIA en el estalinismo más añejo, pero también en plumas como la de Eduardo Haro Teglen, antiguo “compañero de ruta” en la clandestinidad contra el franquismo del PCE sobre el que conviene añadir que contribuyó desde Triunfo y Tiempo de Historia, a desmantelar la “leyenda negra” del trotskismo, por ejemplo publicando en la primera la respuesta de Peter Weiss a sus censores en la URSS por haber escrito Trotsky en el exilio, que fue traducida por Alfonso Sastre como lo había sido Marat-Sade, cuyo paso por Madrid significó un acto de agitación contra el franquismo.

La CIA sale de pesca

En toda esta cuestión cabe diferenciar dos elementos primordiales, uno de orden teórico, ligado a los problemas de distinguir la frontera entre el antiestalinismo y el anticomunismo justificado desde las izquierdas; y otro se refiere a la involución de una franja de intelectuales izquierdistas que “escogieron” la libertad durante la “guerra fría” apara acabar bendiciendo el fascismo exterior norteamericano. Durante décadas, el trotskismo tuvo un papel central en esta discusión. Sin embargo, toda su razón de ser estriba en distinguir lo más netamente posible entre el antiestalinismo y el anticomunismo.

Célebre en este sentido fue la participación de Trotsky en la crisis que sacudió en otoño de 1939 al norteamericano Socialist Worker Party (SWP), y de la que saldrá su último libro En defensa del marxismo. El conflicto, que tenía como trasfondo la invasión soviética de Finlandia, tuvo un sector discrepante, minoritario en el partido, pero muy representativo de la élite intelectual ligada a la revista Partisan Review, que acabará convirtiéndose en un órgano reconocido al servicio de la CIA. Estaba animada por un antiguo comunista, Max Schachtman, que se mantendrá en sus convicciones hasta finales de los años cuarenta, iniciando una evolución que le llevará hasta la extrema derecha (al compás del “lobby” sionista).

Mucho más representativo sería el caso de James Burnham, adalid del fascismo exterior USA, apologista de Mac- Carthy, de la guerra del Vietnam, de Pinochet o de los “escuadrones de la muerte” en Centroamérica, que en 1983 recibió la Medalla Presidencial de la Libertad de manos de Ronald Reagan. El texto de la concesión no tenía desperdicio: “Desde los años treinta, Mr. Burnham ha formado el pensamiento de los líderes mundiales. Sus observaciones han transformado la sociedad y sus escritos se han convertido en guía de la humanidad en su búsqueda de la verdad. La libertad, la razón y la decencia han tenido pocos paladines de la talla de James Burnham”. Es la misma medalla que Bush jr ha concedido al jefe de la CIA que le montó la trama de las “armas de destrucción masiva” en Iraq, una de las mayores mentiras de nuestra época.

Tras su fase revolucionaria, no hay en el resto de la biografía de Burnham otra “guía de la humanidad” que no sea la de los “amos” de su país, que también lo han querido ser de la tierra. Como escribía Chomsky, de haber conocido una derrota similar a la del nazismo, gente como Truman, Burnham, Reagan, Kissinger (o los mal llamados trotskistas de derecha, ahora al servicio de la conciencia de clase expresada en la agresividad de los neoconservadores), y compañía podrían haber tenido su Nuremberg con un alud de atrocidades que en nada envidiaron la del nazismo. La escuela de Burnham siguió siendo una tentación para muchos exrevolucionarios a los que el sistema les ofrecía una oportunidad de reciclaje aprovechando sus conocimientos adquiridos. Tanto ha sido así que existe todo un sector de “asesores” del partido republicano formado en esta escuela, cuyo secreto radica en un proceso de reinvención, poniendo su formación marxista al servicio de las clases dominantes en una estrategia que W. R. Polk, antiguo asesor de Kennedy, ha definido como una especie de “trotskismo al revés” que se expresa en una concepción de “contrarrevolución permanente” cuyo objetivo no es otro que someter el mundo al dominio de una especie de globalización norteamericana en la que puedan hacerse retroceder las conquistas sociales, no ya las del mayo del 68 (como dicen Polk o el ministro de Educación de Chirac, Louis Ferry), sino todas las conquistas sociales logradas desde 1945

Un debate inacabable

El debate sobre la URSS sería un tornillo suelto del trotskismo a lo largo de su historia que nunca más volvería a enroscarse, un tema sobre el que Bensaïd trata de ilustrarnos sobre su dificultad; dificultad obvia cuando tantas tentativas de “tercer campo” (el que Susan Sontang atribuía a Octavio Paz antes de la conversión de éste ante la Meca de Wall Street).

La pregunta a la que había que responder a la luz de acontecimientos terribles, mantendría una desconcertante vigencia en los años siguientes: ¿era legítima la idea de la defensa a ultranza de la URSS contra el imperialismo? Inmerso en este debate, el trotskista italiano Bruno Rizzi escribió un ensayo muy notable La burocratización del mundo, que obligó a Trotsky a detenerse respetuosamente y afilar la pluma en uno de sus vuelos más audaces. Imposible traer aquí toda la gran densidad del debate, pero hay en él el esbozo de una aventura dialéctica de Trotsky que, dicha precisamente por el hombre de Octubre, adquiere espectaculares resonancias. Isaac Deutscher telegrafía así esta predicción: la prueba final para la clase obrera y el marxismo es inminente: la guerra mundial: “Si ésta no conduce a una revolución socialista en Occidente nos veríamos forzados a reconocer que las esperanzas que el marxismo puso en el proletariado son infundadas (…) que el estalinismo está enraizado no en el atraso de un país sino en la capacidad congénita del proletariado para convertirse en clase dirigente, (…) que el programa socialista, fundado en las contradicciones internas del capitalismo, es utópico (…) y que si el programa marxista se revela impracticable será necesario crear un nuevo programa mínimo”, para la defensa de los oprimidos. El mismo debate volverá a reproducirse con otros cismas del trotskismo, en los que volvería a plantearse la misma cuestión que le planteaba Trotsky a Rizzi: si se está de acuerdo en la legitimidad de la revolución de Octubre, y en la necesidad de una revolución contra la casta dominante, no entendía por qué el debate no podía proseguir entre camaradas.

La revolución española

A esta historia se le puede añadir un capítulo cubano, concretamente cuando Castro arremetió contra el trotskismo y el POUM en reacción a las aventuradas declaraciones de Juan Posadas tras la muerte del Ché, insinuando una situación entre éste y Castro paralela a la de Trotsky con Stalin. La vieja guardia del partido comunista cubano retomó la artillería estaliniana contra el POUM y el trotskismo, y un joven escritor trotskista cubano se suicidó a consecuencia de las graves presiones recibidas. Un drama sobre el que la Cuarta Internacional pensó no dar más publicidad, y aunque, entre otras cosas, Cuba dio asilo a Ramón Mercader, la discusión no se volvió a reeditar en los mismos términos. Cierto es que desde los inicios de la Revolución, junto a un apoyo incondicional, el trotskismo no dejaría de realizar observaciones críticas, y mostraría sus discrepancias, sin por ello olvidar jamás que la cuestión primordial seguía siendo que los errores y los horrores facilitaban el camino restauracionista al servicio del imperialismo norteamericano, ahora más agresivo que nunca, y que nunca ha dejado de mantener planes para matar a Castro o invadir la isla. Se trataba de denunciar unas deformaciones burocráticas ya señaladas por el propio Ché, amén de la deriva caudillista, unas críticas sobre las que ofrecía una amplia argumentación Jeanette Habel en Ruptures en Cuba, que contaba con un luminoso prólogo del célebre editor francés François Masperó, el principal valedor de la Tricontinental y responsable de la revista del mismo nombre en Europa en los años sesenta.

De todo esto queda una poderosa huella, pero las perspectivas son las de otro tiempo. Actualmente, el descrédito del estalinismo es absoluto, y aparecen nuevas propuestas, como la del socialismo del siglo XXI, una de cuyas características básicas (por no decir la primera) es que el socialismo y la democracia plural y participativa son indisociables.

Texto publicado originalmente en el nº 232 de El Viejo Topo, mayo 2007

León Trotsky: ¿Qué es la objetividad histórica?

1° de abril de 1933//

Todas las personas digieren sus alimentos y oxigenan su sangre. Pero no cualquiera se atreve a escribir un tratado sobre digestión y circulación sanguínea. No ocurre lo mismo con las ciencias sociales. Puesto que todas las personas viven bajo la influencia del mercado y de los procesos históricos en general se considera que basta con tener sentido común para escribir tratados sobre temas económicos y, sobre todo, histórico-filosóficos. En general, lo único que se le exige a un trabajo histórico es que sea “objetivo”. En realidad, cualquiera que sea el sentido de este término altisonante en el lenguaje del sentido común, el mismo no tiene nada que ver con la obje­tividad científica.
El filisteo, sobre todo cuando se encuentra separado en el tiempo y en espacio del escenario de la lucha, se considera por encima de los bandos en pugna por el solo hecho de no comprenderlos. Con toda sinceridad opina que su ceguera respecto del obrar de las fuerzas históricas es el colmo de la imparcialidad, ya que está acostumbrado a usarse a sí mismo como medida normal de todas las cosas. No obstante su valor documental, son muchos los trabajos históricos que se escriben de acuerdo con esas pautas. El autor que lima las asperezas mediante una distribución pareja de luces y sombras, la conciliación moralizante y la simulación de sus simpatías consigue fácilmente para su obra histórica la elevada reputación que deriva de la “ob­jetividad”.
Cuando el tema de investigación como la revolución es un fenómeno que se concilia tan mal con el sentido común, la “objetividad” histórica dicta a priori conclu­siones inmutables: la causa de la conmoción reside en que los conservadores fueron excesivamente con­servadores y los revolucionarios excesivamente revo­lucionarios; ese exceso histórico que se llama gue­rra civil podrá evitarse en el futuro si los propieta­rios se vuelven más generosos y los hambrientos más moderados. Un libro escrito de acuerdo con estos lineamientos es bueno para los nervios, sobre todo en una época de crisis mundial.
La ciencia -no la “objetividad” filistea de salón- exige que el autor señale los factores sociales que condicionan los acontecimientos históricos, por mucho que esto altere los nervios. La historia no es un va­ciadero de documentos y sentencias morales. La his­toria es una ciencia no menos objetiva que la fisiología. Exige un método científico, no una “impar­cialidad” hipócrita. Se puede aceptar o rechazar la dialéctica materialista como método histórico científico, pero es menester tenerla en cuenta. La objetividad científica puede y debe ser inherente al método empleado. Si el autor no logró aplicar correctamente su método, hay que señalar exactamente dónde ocurrió.
Traté de basar mi Historía [de la Revolución Rusa], en los cimientos materiales de la sociedad, no en mis simpatías políticas. Enfoqué la revolución como un proceso, condicionado por el pasado, de lucha de las clases por el poder. Mi atención se centró en los cambios provocados en la conciencia de las clases por el ritmo febril de su propia lucha. Observé a los partidos y agentes políticos bajo la exclusiva óptica de los cambios y choques entre las clases. De esa manera, el trasfondo de la narrativa está constituido por cuatro procesos simultáneos, condicionados por la estructura social del país: la evolución de la conciencia del proletariado entre febrero y octubre; los cambios producidos en el estado de ánimo del ejér­cito; el incremento del deseo de venganza campesino; el despertar e insurgencia de las nacionalidades oprimidas. Al revelar la dialéctica de una conciencia de masas que supera su punto de equilibrio, el autor quiso mostrar la clave más inmediata de todos los acontecimientos de la revolución.
Una obra literaria es “auténtica” o artística cuando las relaciones entre los protagonistas se desarrollan, no según los deseos del autor, sino de acuerdo a las fuerzas latentes en los personajes y en el ambiente. Existe una gran diferencia entre el conocimiento científico y el conocimiento artístico. Pero ambos tienen algunos rasgos en común, que se definen en el hecho de que la descripción depende del objeto descrito. Una obra histórica es científica cuando los hechos se combinan en un proceso total que, al igual que en la vida real, se desenvuelve según sus propias leyes internas.
¿Es verídica la descripción de las clases en Rusia? Estas clases, por intermedio de sus partidos y perso­neros políticos, ¿hablan su propio idioma? Los aconte­cimientos -naturalmente, sin que se los fuerce-, ¿se corresponden con su origen social, es decir, con la lucha de las fuerzas históricas vivas? La concepción general de la revolución, ¿choca con los hechos?
Debo reconocer con gratitud que muchos críticos enfocaron mi obra precisamente desde el punto de vista de estos criterios genuinamente objetivos, vale decir, científicos. Sus observaciones podrán resultar justas o erróneas pero son, en su amplia mayoría, constructivas.
En cambio, no es casual que los críticos que se lamentan de mi falta de “objetividad” se olvidan totalmente del problema del determinismo histórico. En realidad se quejan de la “injusticia” del autor Para con sus adversarios, como si no se tratara de una investigación científica sino de un boletín escolar donde se califica la conducta. Un crítico se ofende en nombre de la monarquía, otro en nombre de los liberales, un tercero en nombre de los conciliadores.[2] Puesto que la realidad de 1917 no fue indulgente con las simpatías de dichos críticos ni las reconoció, ahora les gustaría encontrar consuelo en las páginas de la historia, así como algunos buscan refugiarse de los golpes del destino en las páginas de la literatura romántica. Pero nada más lejano del pensamiento del autor que pretender brindar consuelo a persona alguna. En su libro sólo quiso interpretar el fallo del propio proceso histórico. Dicho sea de paso: las personas ofendidas, a pesar de los quince o dieciséis años transcurridos, jamás trataron de explicar las causas de lo que les ocurrió. La colonia de emigrados blancos[3] no produjo una sola obra histórica digna de ese nombre. Todavía trata de atribuir sus infortunios al “oro alemán”,[4] al analfabetismo de las masas, a las conspiraciones criminales de los bolcheviques. El rencor personal de los apóstoles de la objetividad -confío en que nadie lo pondrá en duda- será necesariamente tanto mayor, cuanto más convincentemente demuestre la narrativa histórica que su destrucción era inevitable y su futuro carece de perspectivas.
Los más cautelosos de entre los críticos políti­camente desilusionados suelen ocultar las verdaderas razones de su escozor con la queja de que el autor de la Historia se permite utilizar la polémica y la ironía. Aparentemente, creen que ese tipo de recursos no va con la dignidad del gremio científico. Pero la revolución misma es una polémica que se transforma en acción de masas. Y el proceso histórico tampoco carece de ironía; durante una revolución, la misma puede medirse en millones de caballos de fuerza. Los discursos, resoluciones, cartas y memorias de los protagonistas son necesariamente de carácter polémico. No hay nada más fácil que “conciliar” todo este caos de luchas envenenadas según el método del justo medio; pero tampoco hay nada más estéril. El autor se esforzó por definir la verdadera fuerza relativa que tuvieron todas las opiniones, consignas, promesas v reivindi­caciones en el curso de la lucha social mediante la selección y descarte críticos (o, si se quiere, polémicos). Redujo lo individual a lo social, lo particular a lo gene­ral, lo subjetivo a lo objetivo. En nuestra opinión, en esto reside, precisamente, el carácter científico de la historia como ciencia.
Hay un grupo muy especial de críticos que se ofende personalmente en nombre de Stalin; para ellos la historia, fuera de ese problema, no existe. Se consi­deran “amigos” de la Revolución Rusa, pero en realidad, no son sino abogados defensores de la burocracia soviética. No es lo mismo. La burocracia se fortaleció a medida que se debilitó la actividad de las masas. El poder de la burocracia es un reflejo de la reacción contra la revolución. Es cierto que esta reacción se desarrolla sobre las bases sentadas por la Revolución de Octubre, pero no por ello deja de ser reacción. Los abogados de la burocracia son frecuen­temente los abogados de la reacción contra Octubre; y este hecho no cambia por que cumplan sus funciones inconscientemente.
Como el tendero enriquecido que se fabrica una genealogía más acorde con su nueva posición, la casta burocrática que surgió de la revolución creó su propia historiografía. Cuenta con cientos de imprentas, pero la cantidad no compensa la falta de calidad histórica. Aunque hubiera querido complacer a los amigos más desinteresados de las autoridades soviéticas, no podía dejar de referirme a esas leyendas que quizás resulten muy halagadoras para la vanidad de la burocracia pero que, no obstante, tienen la desgracia de contra­decir los hechos y los documentos.
Me limitaré a un solo ejemplo, que considero muy ilustrativo. Dedico varias páginas de mi libro a contra­decir el cuento de hadas fabricado después de 1924 en el cual se dice que yo traté de postergar la insurrección armada hasta después del Congreso de los Soviets, mientras que Lenin, aparentemente con el respaldo de la mayoría del Comité Central, consiguió que la insurrección se realizara en vísperas del congreso. Presenté numerosas pruebas para tratar de demos­trar -y creo que lo demostré más allá de toda duda- que Lenin, separado del teatro de los acontecimien­tos en virtud de su situación ilegal, estaba demasia­do impaciente por iniciar la insurrección, deslindán­dola del Congreso de los Soviets. En cambio yo, que contaba con el respaldo de la mayoría del Comité Central, traté de que la insurrección se efectuara en la fecha más próxima posible al congreso, para revestirla con la autoridad de éste. Este desacuer­do, pese a su importancia, era de carácter exclusi­vamente práctico y circunstancial. Mas adelante Lenin reconoció con franqueza que se había equi­vocado.
Mientras escribía mi Historia, no tenía a mano la recopilación de los discursos pronunciados en el mitin aniversario celebrado en Moscú el 23 de abril de 1920, en honor del quincuagésimo cumpleaños de Lenin. En una de las páginas de ese libro se lee el párrafo que transcribo textualmente a continuación:
“Los integrantes del Comité Central resolvimos proceder a fortalecer los soviets, convocar el Congreso de los Soviets, iniciar la insurrección y proclamar al Congreso de los Soviets órgano de poder estatal. Ilich [Lenin], que en esa época estaba en la clandes­tinidad, no estuvo de acuerdo y escribió [a mediados de setiembre- L.T.] que […] era necesario disolver la Conferencia Democrática[5] y arrestar a sus integran­tes. Para nosotros, las cosas no eran tan sencillas […] Todos los obstáculos, las trampas del camino nos resultaban más evidentes […] A pesar de las exigencias de Ilich procedimos con ese criterio y el 25 de octubre se desplegó ante nosotros la insurrección. Ilich nos miraba con una sonrisa intencionada y nos dijo: ‘Sí, teníais razón'”. (Quincuagésimo aniversario de V.I. Ulianov-Lenin, 1920, pp. 27-28)
El discurso arriba citado lo pronunció Stalin y data de unos cinco años antes de que él mismo pusiera en circulación la venenosa insinuación de que yo trato de “subestimar” el papel de Lenin en la revo­lución del 25 de octubre. Si ese documento, que confirma plenamente mi versión (en términos más gro­seros, por cierto), hubiera estado en mi poder hace un año, me habría obviado la necesidad de aducir pruebas menos directas y autoritarias. Pero por otra parte, estoy contento de que este librito, olvidado por todos, impreso en un papel mediocre y editado de igual forma (¡1920, un año difícil!) haya llegado a mis manos tan tarde, pues ello contribuye a reforzar la “objetividad”, o más sencillamente, la veracidad de mi narración aun en la esfera de aquellos asuntos personales en discusión.
Nadie, -y me permito afirmar esto del modo más categórico posible- nadie hasta ahora ha encontrado en mi narración una sola violación a la verdad, lo cual constituye una de las normas fundamentales para la narración histórica y de otro tipo. ¡Es posible cometer errores de detalle pero nunca distorsiones tendenciosas! Si en los archivos de Moscú fuese posible encontrar un solo documento que directa o indirec­tamente refutase o debilitase mis escritos hace mucho tiempo que habrían sido traducidos y publicados en todos los idiomas. La hipótesis inversa no es difícil de comprobar: todos los documentos que en mayor o menor grado representen algún peligro para las leyendas oficiales, están cuidadosamente apartados del público. No es sorprendente que los defensores de la burocracia stalinista que se proclaman amigos de la Revolución de Octubre, se vean obligados a suplir su falta de argumentos, con una excesiva dosis de fanatismo. Pero este tipo de crítica altera muy poco mi conciencia científica. Las leyendas se olvidan, los hechos permanecen.

[1] ¿Qué es la objetividad histórica? The Militant, 15 de julio de 1933. Tradu­cido [al inglés] por Max Eastman. Trotsky analiza el discurso de Stalin sobre Lenin en Stalin presenta testimonio contra Stalin (Escritos 1932).
[2] Llamábase conciliadores a los mencheviques y socialrevolucionarios, que apoyaron al Gobierno Provisional, capitalista, que intentó gobernar Rusia entre las Revoluciones de Febrero y Octubre de 1917.
[3] Blancos, Guardias Blancas y rusos blancos: fuerzas contrarrevolucionarias que actuaron durante la Guerra civil.
[4] Una de las acusaciones más corrientes contra los bolcheviques fue que eran agentes del imperialismo, pagados con oro alemán para provocar distur­bios en Rusia y así garantizar su derrota en la Primera Guerra Mundial.
[5] La Conferencia Democrática: al igual que el preparlamento, fue un intento de Kerenski y los “conciliadores” de encontrar una base de apoyo popular fuera de los soviets, cuando éstos comenzaron a repudiarlos y volcarse hacia el bando bolchevique en las semanas que precedieron a las derrotas del Gobierno Provisional. Sus resultados fueron nulos.

Roque Dalton, dos balas para silenciar una inteligencia incómoda

A 42 años de su asesinato, hacemos presente la memoria de Roque Dalton. Poeta, periodista, intelectual y  revolucionario que sufrió persecución, cárcel y exilio por sus ideas y su lucha por la liberación del pueblo salvadoreño. Fue asesinado por su propios compañeros guerrilleros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), quienes cometieron un error histórico… Así lo expresó Joaquín Villalobos, líder del ERP, en una entrevista que concedió el 18 de mayo de 1993.

“Poeta hondo y jodón, Roque prefería tomarse el pelo a tomarse en serio, y así se salvó de la grandilocuencia y de la solemnidad y de otras enfermedades que gravemente aquejan a la poesía política latinoamericana. No se salva de sus compañeros. Son sus propios compañeros quienes condenan a Roque por delito de discrepancia. De al lado tenía que venir esta bala, la única capaz de encontrarlo”: Eduardo Galeano 

El 10 mayo de 1975 fue asesinado el poeta, periodista, ensayista, novelista y militante revolucionario Roque Dalton, considerado “el escritor más universal de El Salvador” y uno de los más brillantes narradores centroamericanos. En Argentina es uno de los grandes ausentes en los suplementos literarios dominicales, sean conservadores o “progres”.

Las dos balas que lo alcanzaron a traición desde atrás –la primera lo hirió en un hombro, la segunda le destrozó la cabeza– no salieron de una pistola policial o militar. Fueron disparadas por alguien que se suponía uno de sus compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), organización en la que militaba y que más tarde se sumó al Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN).

Lo habían arrestado el 13 de abril de 1975 por “indisciplinado, revisionista de derecha y agente pro cubano”. Días después, la acusación cambió: era “agente de la CIA”, dijeron. Hoy se conocen varios testimonios acerca de que esta versión ya había circulado por boca de algunos dirigentes del Partido Comunista Salvadoreño, que envidiaban al poeta por su talento y lo detestaban por transgresor, irreverente, bebedor y enamoradizo. En lo que se refiere a moralina “proletaria”, el stalinismo, el maoísmo y la ultraizquierda rabiosa al estilo Sendero Luminoso, tuvieron un punto en común con el fundamentalismo religioso que exudan la Inquisición, el Opus Dei, Tradición, Familia y Propiedad, los Caballeros de Colón y otros desechos tóxicos.

La ejecución fue decidida por Alejandro Rivas, Vladimir Rogel, Jorge Meléndez y Joaquín Villalobos, integrantes de la dirección del ERP. Lo mataron en la misma fecha en que El Salvador celebra el Día de las Madres. Cuatro días más tarde, el escritor hubiera cumplido 40 años.

El cuerpo ni siquiera fue enterrado. Se cree que los ejecutores lo abandonaron en un paraje denominado El Playón y el cadáver terminó devorado por perros y aves de rapiña. Si la versión es cierta, hay un detalle aún más tenebroso: en ese lugar, los escuadrones de la muerte salvadoreños dejaban los restos acribillados a tiros de políticos, sindicalistas y estudiantes sospechosos de colaborar con la guerrilla.

Roque Dalton CaMeNa 1

CAMeNA: http://selser.uacm.edu.mx/Selecciona: Fondos documentales, Fondo A, Sección: Grupos y conflictos armados, Serie: El Salvador, Expediente: G SV30

Un “error de juventud”

Ninguno de los ejecutores de Roque Dalton tuvo un final heroico o, siquiera, un destino más o menos digno.

Alejandro Rivas, jefe máximo del ERP, huyó del país en 1976 con dos de los cinco millones de dólares que la organización había cobrado como rescate por el secuestro de un empresario que terminó asesinado. Se realizó una cirugía plástica que cambió su fisonomía, adquirió otra identidad y se sumergió en el ostracismo político.

Su protegido Vladimir Rogel –un militarista de escasa inteligencia, que despreciaba a los intelectuales y se había dedicado a golpear e insultar al poeta durante su cautiverio– fue “ajusticiado” con sus antiguos compañeros por motivos que no tenían nada que ver con la muerte de Dalton.

Jorge Meléndez ingresó al Partido Social Demócrata y se convirtió en director de Protección Civil del gobierno de Mauricio Funes, candidato del FMLN y primer presidente de izquierda en toda la historia de El Salvador. En mayo de 2010, Meléndez declaró: “Yo no recuerdo el asesinato de Roque Dalton. Recuerdo un proceso político en el cual salieron muertos varios compañeros, uno de ellos, Roque Dalton”. E insistió sin inmutarse: “Es una persona que murió fruto de un proceso político dentro de una guerrilla”.

Luego de la firma de los acuerdos de paz en México entre el gobierno de El Salvador y el FMLN en enero de 1992, el ex comandante Joaquín Villalobos pasó por la universidad inglesa de Oxford y se metamorfoseó en politólogo. Convertido impúdicamente en “consultor para la resolución de conflictos internacionales”, fue asesor de cuatro presidentes conservadores en política y neoliberales en economía, alineados con Estados Unidos: el salvadoreño Francisco Flores, el colombiano Álvaro Uribe y los mexicanos Carlos Salinas de Gortari y Felipe Calderón.

Dirigente del efímero Partido Democrático, el “apagaincendios” disponía de una columna de opinión en El Diario de Hoy, de tendencia conservadora, y un espacio matutino en la oficialista Telecorporación Salvadoreña. Además, cada vez que el gobierno de su país enfrentaba conflictos sociales, viajaba desde Gran Bretaña para opinar en vivo y en directo. Y no perdía una sola oportunidad para criticar a sus antiguos compañeros del FMLN.

El asesinato de Roque fue “injusto, un error de juventud, el más grave que cometí”, le dijo el propio Villalobos casi 18 años después al periodista Juan José Dalton, hijo de la víctima, quien en 1993 lo entrevistó serenamente durante tres encuentros. El muchacho no admitió la explicación: “Ello sería aceptar que esa etapa de la vida –la juventud– es potencialmente criminal”, escribió en el periódico Excélsior, de México.

En diciembre de 1998, el periodista británico John Carlin publicó en el diario español El País una entrevista a Villalobos, a quien describe como “un luchador por la libertad que se muestra aliviado por no haber ganado la guerra a principios de los años ochenta” y “un antiguo marxista que confiesa que siempre se ha sentido más cerca de la cultura norteamericana que de los soviéticos”. Un par respuestas del ex comandante guerrillero del ERP son más elocuentes que un ensayo de cien páginas acerca de su travestismo político: “Pobrecito mi país si hubiéramos ganado”, dice. “Éramos la generación del rock. ¿Qué teníamos que ver nosotros con ese aburrido mundo soviético?”.

De El Gráfico y Borocotó al marxismo

Roque Dalton nació el 14 de mayo de 1935, en San Salvador. Su padre, Winnall Dalton, era un millonario texano criado en la frontera con México. Su madre, María García, fue una modesta enfermera salvadoreña. Realizó sus primeros estudios en un colegio jesuita. Después estudió Derecho en El Salvador y Chile y cursó Antropología en México.

En 1953 entrevistó en Santiago al muralista mexicano Diego Rivera para la revista literaria de la Universidad de Chile. Él mismo relató más tarde su encuentro con el pintor: “Me preguntó, con aquella manera exuberante que tenía, que cuántos años tenía yo. Yo le dije que 18 años. Entonces me preguntó que si yo había leído marxismo. Yo le dije que no. Entonces me dijo que tenía yo 18 años de ser un imbécil. Y me echó”.

En 1956, Roque fundó con un grupo de poetas salvadoreños y centroamericanos el Centro Literario Universitario (CLU). Ese mismo año ganó el Premio Centroamericano de Poesía otorgado por la Universidad de El Salvador. A los 22 años de edad, se afilió al Partido Comunista, al que abandonó pocos años después.

Dalton tuvo un “costado” argentino, muy anterior a su amistad con Julio Cortázar y la admiración por la poesía de Juan Gelman. Comenzó en su infancia con la lectura de las revistas Billiken y Mundo Argentino, además de libros de texto escolares que el primer gobierno peronista distribuía en casi todos los países centroamericanos a través de sus embajadas. En febrero de 1969, entrevistado por el escritor uruguayo Mario Benedetti para la revista Marcha, dijo que había crecido “en la órbita del fútbol, de El Gráfico, Borocotó, Rico Tipo, César Bruto”.

Y en cierta ocasión, según cuenta en su poema “No, no siempre fui tan feo”, un marido celoso que suponía que él era un diplomático argentino, le rompió una botella de ron en la cara. Dalton agradece jocosamente la confusión porque si el iracundo esposo hubiera sabido que en realidad era un poeta salvadoreño quizás las consecuencias habrían sido peores.

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CAMeNA: http://selser.uacm.edu.mx/Selecciona: Fondos documentales, Fondo A, Sección: Grupos y conflictos armados, Serie: El Salvador, Expediente: G SV30

“Como si supiera que me van a matar al día siguiente”

Por su militancia, el escritor estuvo preso y fue desterrado. Vivió en Guatemala, Cuba, la Unión Soviética y Checoslovaquia. En ese tiempo, conoció Vietnam del Norte y Corea.

Mucho antes de su asesinato ya había sido condenado a muerte dos veces y logró escapar casi milagrosamente. La primera vez, cuatro días antes de la fecha prevista para su ejecución en octubre de 1960, fue derrocado el general de turno. La segunda, en 1965 cuando un terremoto devastó El Salvador. El escritor estaba encarcelado en el poblado de Cojutepeque, a 34 kilómetros de la capital, y aprovechó la grieta en una de las paredes de su celda para hacer un boquete y escapar a toda velocidad.

En 1967 escribió una frase premonitoria: “Desde hace algunos años siempre me propuse escribir de prisa, como si supiera que me van a matar al día siguiente”. Con el seudónimo de “Farabundo”, en 1969 ganó el Premio Casa de las Américas de poesía con su ópera-rock Taberna y otros lugares, escrita durante sus dos años de residencia en Praga.

La obra poética de Dalton incluye: Mía junto a los pájaros (1957), La ventana en el rostro (1961), El mar (1962), El turno del ofendido (1962), Los testimonios (1964), Poemas (antología, 1968) y Los pequeños infiernos (1970).

Entre sus ensayos y narraciones se cuentan: César Vallejo (1963), El intelectual y la sociedad (1969), “¿Revolución en la revolución?” y la crítica de la derecha (1970), Miguel Mármol y los sucesos de 1932 en El Salvador (1972) y Las historias prohibidas del Pulgarcito (1974), donde figura el célebre “Poema de amor”, dedicado a sus compatriotas.

Luego de su muerte se publicaron Pobrecito poeta que era yo (novela), El libro rojo de Lenin (ensayo) y Un libro levemente odioso y Contra ataque (poesía).

roque dalton

“Cuando sepas que he muerto…”

En diciembre de 1973, Roque ingresó a El Salvador con un pasaporte falso a nombre de “Julio Dreyfus”. Dentro del ERP utilizó el nombre de “Julio Delfos Marín”. Antes de su retorno final al país, se había sometido a una cirugía facial realizada por el mismo equipo médico cubano que preparó la entrada clandestina del “Che” Guevara a Bolivia.

“Es la inteligencia y clarividencia de Roque la que disgustó a ciertas personas dentro de una organización política, que tenía mucha autoridad pero poca inteligencia y poco acierto en sus posiciones”, dijo su compatriota Fabio Castillo, médico y dirigente político, integrante de la Comisión Política Diplomática del FMLN y dos veces rector de la Universidad de El Salvador. “Era difícil para esas personas entender la inteligencia de Roque. Eso no le gusta a las personas que no tienen igual nivel de capacidad y de comprensión”.

El escritor Eduardo Galeano recuerda así al poeta asesinado:

Roque Dalton, alumno de Miguel Mármol en las artes de la resurrección, se salvó dos veces de morir fusilado. Una vez se salvó porque cayó el gobierno y otra vez se salvó porque cayó la pared, gracias a un oportuno terremoto. También se salvó de los torturadores, que lo dejaron maltrecho pero vivo, y de los policías que lo corrieron a balazos.

Y se salvó de los hinchas de fútbol que lo corrieron a pedradas, y se salvó de las furias de una chancha recién parida y de numerosos maridos sedientos de venganza. Poeta hondo y jodón, Roque prefería tomarse el pelo a tomarse en serio, y así se salvó de la grandilocuencia y de la solemnidad y de otras enfermedades que gravemente aquejan a la poesía política latinoamericana. No se salva de sus compañeros. Son sus propios compañeros quienes condenan a Roque por delito de discrepancia. De al lado tenía que venir esta bala, la única capaz de encontrarlo.

“Creo que a Roque, si no lo matan en el 75, lo matan después porque siempre era incómodo, ese tipo de inteligencia es un lujo que este país no ha permitido darse”, escribe Luis Alvarenga en El ciervo perseguido, una biografía de Dalton publicada en 2002.

El hombre que murió por orden de Joaquín Villalobos y otros tres esperpentos políticos, dejó un poema premonitorio:

Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre

porque se detendría la muerte y el reposo.

(…)

Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas.

Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta.

No dejes que tus labios hallen mis once letras.

Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio.

Es casi seguro que el politólogo graduado en Oxford y “especialista en resolución de conflictos” no podría redactar una sola línea de este calibre. La poesía y la literatura no son destrezas propias de los verdugos.

Texto de Roberto Bardini publicado originalmente en Bambupress

Lukács: más allá de Stalin

por György Lukács//

Narro —de manera subjetiva y autobiográfica— la historia de mi relación con Stalin y su forma de gobierno. En las disputas partidarias inmediatamente posteriores a la muerte de Lenin, me encontré del lado de Stalin en algunas cuestiones esenciales, aunque todavía no me hubiera presentado con esta posición en forma pública y polémica. El problema principal consistía en el “socialismo en un solo país”. Concretamente, cedió la ola revolucionaria que se había desatado en 1917. Por eso, consideré en este punto que la argumentación de Stalin era más convincente que la de sus oponentes. Sumado a esto que ya antes me había encontrado en dura oposición con la conducción de la Komintern (1) por parte de Zinoviev (2) —conducción cuya índole se me hizo más clara a través de la política húngara de Béla Kun (3)—. Aún hoy estoy convencido de que algunos factores de la burocratización reaccionaria, que todavía debemos superar, han logrado aquí su primera gestación. Son totalmente distintos los motivos —diversos en cada caso— de mi desconfianza, igualmente fuerte, hacia Trotski y Bujarin. No dudé en absoluto de la integridad personal de ambos, a diferencia de lo que ocurría con Zinoviev; antes bien rechacé, en Trotski, las características que recordaban a Lassalle (4); en Bujarin, su posición teórica proclive al positivismo.

Las primeras discusiones puramente ideológicas no lograron debilitar dichas convicciones. En el debate filosófico de los años 1930- 31, me resultaban igualmente simpáticos tanto el alejamiento, por parte de Stalin, de la “Ortodoxia de Plejanov”, como su insistencia   con respecto a lo revolucionariamente nuevo, cuya evolución se encontraba profundamente enlazada con el mismo Marx. Asimismo, me encontré, a comienzos de los años treinta, del lado de Stalin en la crítica al RAPP (5), en la lucha contra el sectarismo estrecho y en la exigencia de una base más amplia, en lo ideológico y en lo organizativo, para la literatura socialista. Naturalmente, hoy sé que todo había sido, en su mayor medida, solo un pretexto para eliminar la antigua conducción del RAPP, que era afín a Trotski; puesto que, bajo Fadeiev, la conducción de la por entonces recién fundada Liga de Escritores ha continuado consecuentemente, en lo esencial, la vieja línea ideológica y organizativa. Sin embargo, en aquel tiempo creía, junto con otras personas ideológicamente afines, en un verdadero cambio ideológico, admitido, al menos, por Stalin. Mi lucha por una concepción marxista del realismo, también por el realismo socialista, que fue combatida en la revista Literaturni Kritik [Crítica literaria], se oponía categórica   y objetivamente a las teorías oficiales dominantes entonces en la Unión Soviética, aunque yo combatía, simultáneamente, a cualquier corriente que se considerara hostil al realismo dentro de la literatura burguesa. A pesar de todo, incluso después de que dicha oposición ideológica se extendiera a la filosofía —por eso mi libro, escrito en 1937-38, El joven Hegel, no pudo ser publicado en la Unión Soviética, y se editó diez años después en Suiza—, no surgió ninguna rebelión ideológica abierta contra el sistema staliniano, considerado como un todo.

Ni siquiera los grandes procesos pudieron alterar hondamente esa posición. El observador actual puede designar esto como “ceguera”. Olvida, al hacerlo, algunos importantes factores que para mí eran decisivos, al menos en aquel tiempo. Estos sucesos coincidieron con el VII Congreso de la Komintern (6), en el que Dimitrov (7) proclamó un frente de unidad amplio y democrático contra el fascismo. Ya entonces hubo acalorados debates —aunque no públicos— sobre si este cambio debía ser entendido como estratégico o sólo como táctico. Yo partía, entretanto, de la base de que se trataba de un cambio real. De hecho, se expresaba con mucho entusiasmo, en todo aquello, la perspectiva de un ajuste de cuentas radical contra el fascismo, en cuanto amenaza para toda nuestra cultura. Como muchos en ese tiempo, consideré una sagrada obligación evitar toda declaración que, ideológicamente, pudiera haber fomentado en Occidente una tolerancia con respecto a Hitler. He considerado entonces los grandes procesos bajo esta luz: como un ajuste de cuentas revolucionario con oposiciones activas realmente existentes contra el socialismo vigente. El hecho de que los instrumentos de este ajuste hayan sido sumamente problemáticos en diversos aspectos, no pudo quebrantar entonces mi postura básica. Para establecer un paralelo histórico, les di la razón, junto con muchos otros, a los jacobinos, debido al exterminio de los girondinos, de los dantonistas, entre otros, a pesar de que me resultaba históricamente evidente que los medios aplicados eran criticables. Recién cuando la acción de Stalin se expandió a amplias masas con el lema “el Trotskismo debe ser extirpado, junto con todas sus raíces”, se fortaleció la crítica interna, intelectual y moral. Sin embargo, esta quedó condenada al silencio frente a la esfera pública, a causa de la necesaria prioridad de la lucha contra Hitler.

Tampoco la Segunda Guerra Mundial produjo en mí una resistencia intelectual abierta, concentrada específicamente en los métodos de Stalin. Naturalmente, rechazaba el contenido universalmente hegemónico en la propaganda antihitleriana, según la cual el alemán, denominado “Fritz”, ya era fascista en el bosque de Teutoburgo (8). Consideramos, ante todo, al escritor Ilya Ehrenburg (9) como padre intelectual de estas consignas; mientras que Stalin había declarado: “Los Hitler vienen y se van. Sin embargo, el pueblo alemán permanece”. Yo mismo vi en el hitlerismo una fase trágica, en cuanto a sus condiciones y consecuencias, en el desarrollo histórico del pueblo alemán; de esta fase trágica dependía que se produjera la catarsis. Mi crítica a la línea general de la propaganda bélica soviética de aquellos tiempos, no se dirigía, en consecuencia, específicamente contra los métodos específicos de Stalin.

Incluso después de la derrota de Hitler, en las luchas intelectuales por cuestiones políticas e ideológicas en la Hungría liberada de Horthy, la situación se mantuvo igual. He expuesto en otro lugar, en forma detallada, cómo me he retirado de la política en sentido estricto, a fin de trabajar exclusivamente en el campo ideológico, después del fracaso de las denominadas Tesis de Blum, de 1929-1930, en las que había propuesto una “Dictadura democrática de los trabajadores   y los campesinos” como forma necesaria de transición al socialismo, al menos para Hungría. En la situación posterior a 1945, el régimen Rákosi (10) consideró que mis declaraciones ideológicas eran útiles, en la competencia entre el Partido Comunista por un lado y, por otro, el Partido Socialdemócrata y el sector burgués, para conquistar como simpatizantes a una parte relativamente importante de la intelectualidad burguesa. Por ello, mi actividad fue tácitamente tolerada. En aquel tiempo aún no resultaba evidente que el socialismo pudiera triunfar en Hungría, y cómo habría de hacerlo; interpreté la situación como una posibilidad ideológica de trabajar para un futuro socialismo en formas democráticas. El hecho de que mi suposición era equivocada, quedó demostrado de inmediato después de la unificación de los dos partidos de los trabajadores: ahora, a Rákosi le pareció que había llegado el momento de ajustar cuentas radicalmente con mis aportes ideológicos. El resultado fue el ataque de Rudas (11) y la inmediatamente posterior campaña oficial en mi contra de los años 1949-1950.

Los fundamentos objetivos de mi actividad se revelaron ilusorios en sentido táctico. Independientemente de ello, su contenido quedó, sin embargo, dirigido hacia una realización del socialismo y fue, en consecuencia, objetiva y directamente antistalinista. También mis tomas de posición expuestas más arriba surgieron objetivamente. Cuando tomé entonces posición a favor de una democracia inmediata y puse en evidencia las contradicciones y debilidades de los países capitalistas formalmente democráticos, se reveló allí, aunque, por cierto, no en forma explícita, una lucha en dos frentes contra el americanismo y el stalinismo. Por supuesto, en el centro de mis artículos publicados en aquel tiempo se encontraban problemas ideológicos, principalmente agrupados en torno a la literatura. Yo intentaba esclarecer, desde un enfoque marxista, el problema de la libertad de la literatura y de la posición de esta, en cuanto representante de la ideología, frente a la conducción del partido; determinar la posición del escritor comprometido con el partido, etc. Sólo quiero señalar aquí la sentencia, desacreditada en aquel tiempo, según la cual el poeta del partido no debe ser ni un dirigente ni un soldado; es más bien un partisano que se encuentra profundamente vinculado con las tareas histórico-mundiales del partido, pero que, en todas las cuestiones concretas, debe conservar una libertad práctica, hasta el “derecho a     la desesperación”. Y en una conferencia no publicada aquí, si bien se declara al marxismo “Himalaya de la visión del mundo”, al mismo tiempo se señala admonitoriamente a los escritores que la liebrecita que corre dando saltos por el Himalaya no debería creerse un animal de mayor tamaño que el elefante de la llanura. También esta observación fue desacreditada.

Los ataques de los años 1949-1950, y mi “autocrítica” sumamente diplomática, me permitieron retirarme de la actividad pública y dedicarme exclusivamente a trabajos teóricos. Esto hizo posible que concluyera mis escritos más extensos sobre estética. A partir de esto   me resultó también evidente cuán ilusorios habían sido muchos de mis intentos anteriores —por importantes que hayan sido— de realizar una correcta crítica opositora, en campos ideológicos, sin someter a una crítica sustancial sus fundamentos últimos, es decir: las concepciones y métodos stalinistas. La variante húngara de los grandes procesos, especialmente el proceso de Rajk, me ha aclarado definitivamente este complejo de cuestiones.

Al hablar aquí tan abiertamente sobre mis ilusiones de largos años no pretendo de ninguna manera haber perdido alguna cosa por no haber tomado el camino de Koestler y otros. Siempre he rechazado el tipo de críticas que, junto con los métodos stalinistas, rechazan también el socialismo. Aún hoy, a pesar de los cambios evolutivos, continúo siendo un comunista tan convencido como cuando, en el año 1918, me uní al partido. La claridad en el rechazo de los métodos stalinistas, que paulatinamente he elaborado y expresado explícitamente en mis escritos de las últimas décadas, no aspira nunca a un alejamiento del socialismo; “sólo” es válida para muchas de sus perspectivas oficiales, “únicamente” destaca la necesidad de reformar el socialismo. En esto no es lo decisivo saber cuánto tiempo será necesario hasta que se reconozca el camino correcto y los conocimientos así logrados se hagan realidad. El hecho de que yo haya llegado tan lentamente a este punto de vista tiene sus causas en lo siguiente: aun poseyendo una visión clara de toda la problemática, continúo siendo hoy un ideólogo de las reformas libremente radicales, no de la oposición “de principio” abstracta y, en mi opinión, a menudo reaccionaria. No es objetivamente decisivo, para la cuestión central, saber cuántos años o décadas llevará esta reforma teórico-práctica, qué obstáculos deberá superar todavía; aunque la respuesta a tales interrogantes pueda tener amplias consecuencias en la historia universal. En el destino de la humanidad, hasta ahora no se realizado ningún cambio de repente, en línea recta, sin tener que superar obstáculos. ¿Cómo habría de ser posible esto tratándose del cambio más radical?

Con estas acotaciones, retomo la línea autobiográfica de estas consideraciones. En el XX Congreso del Partido Comunista, en el año 1956, se hizo mundialmente conocida la crisis de los métodos stalinistas. Los artículos de esa época aquí publicados demuestran que, desde el primer momento me encolumné junto a los radicales entre los reformadores críticos; no obstante, aquí solo puede documentarse, naturalmente, una parte reducida de mi actividad en este sentido. La tarea ideológica principal sigue siendo dar nueva vida al método marxiano de acuerdo con sus verdaderas intenciones, para llegar, con su ayuda, a un tratamiento realmente crítico del período que va desde la muerte de Marx hasta hoy, y para fundamentar correctamente las perspectivas válidas de nuestra actual acción, tanto en forma teórica como práctica. Como observará con facilidad el lector atento de este pequeño libro, esto es, objetivamente, la continuación directa de tendencias en mi pensamiento que se remontan décadas atrás. Creo poder decir con tranquilidad que fui, objetivamente, un enemigo de los métodos stalinistas, incluso cuando yo mismo creía seguir a Stalin.

Mi actividad esencial después de 1956 se relaciona con las tareas recién caracterizadas. Las obras mayores, una Ontologie des gesellschaf- tlichen Seins [Ontología del ser social] recién concluida y la proyectada Ética, deberían realizar contribuciones para la fundamentación teórica de una praxis comunista en el presente… y para el futuro. Sin poder entrar aquí en detalles, debo informar en forma autobiográfica   que no por azar he anunciado y anuncio la necesidad de una reforma radical del socialismo actual en un país socialista. Hubiera tenido repetidas veces la posibilidad de cambiar de residencia, pero siempre rechacé tal cambio de lugar. Lo mismo vale para el Partido: no fue por voluntad mía que haya tenido que trabajar fuera de él durante diez años, después de 1956; hoy, otra vez como miembro del Partido, me encuentro como siempre ocupado en tales cuestiones teórico-prácticas. La aclaración y el desarrollo de las concepciones que se expresan en los breves escritos ocasionales publicados aquí, no sólo reflejan mi progreso personal en estas cuestiones, sino también aspectos del movimiento de reforma en el socialismo, considerado en su totalidad: reflejan el —por supuesto, sumamente lento—   progreso ideológico.

Notas

  1. Kommunistische Internationale [Internacional Comunista].
  2. Gregori S. Zinoviev (1883-1936); desde 1901, socialdemócrata; desde 1903, bolchevique. Trabajó en colaboración con Lenin. Entre 1917 y 1927, se desempeñó en el departamento de política; entre 1916-1926, presidente del comité ejecutivo de la Komintern. Después de la Revolución de Octubre, presidente del Soviet de Leningrado. Durante la enfermedad de Lenin y después de la muerte de éste, condujo el partido, conjuntamente con Kamenev y Stalin. En 1925, se opuso a Stalin, y conformó, junto con Trotski, la “Oposición Unida de Izquierda”. En 1927 fue expulsado del Partido. En 1935, se lo condenó a diez años de prisión. En 1936, fue juzgado y condenado a muerte en el primer proceso de Moscú.
  3. Béla Kun (1886-1939): fundador del Partido Comunista Húngaro después de la Primera Guerra Mundial, condujo la revolución húngara, fue comisario del pueblo para asuntos de extranjeros durante la República de los Consejos. Después de la caída del gobierno revolucionario se refugió, en agosto de 1919, en Austria y, después, en la Unión Soviética. Durante las grandes purgas, fue condenado y, desde entonces, desapareció.
  4. Ferdinand Lassalle (1825-1864): filósofo, publicista y político socialista, fundador de la Liga General Alemana de Trabajadores. Lukács ha criticado las perspectivas filosóficas, políticas y estéticas de Lassalle contrastándolas con las de Marx y Engels, que estuvieron personalmente vinculados con él. Cf. los estudios “Die neue Ausgabe von Lassalles Briefen” [La nueva edición de las cartas de Lassalle] y “Die Sickingen-Debatte” [El debate sobre el Sickingen].
  5. RAPP: siglas de la Sociedad Rusa de Escritores
  6. Julio-agosto de 1935.
  7. Georgi Mijailovitch Dimitrov (1882-1949): político comunista búlgaro. Acusado, en 1933, de participar en el incendio del parlamento alemán, respondió a la acusación, por lo cual debió ser liberado en 1934. Entre 1935 y 1943, fue secretario general de la Komintern; desde 1946 hasta su muerte, fue primer ministro de
  8. En el año 9, el querusco Arminio derrotó al ejército romano de 20.000 hombres que conducía Varo, e impidió que la “pax romana” se impusiera sobre
  9. Ilya Grigorievich Ehrenburg (1891-1967): escritor ruso, autor de La caída de París (1941) y La tempestad (1947), como también de Deshielo (1954), una conocida y polémica novela sobre el período
  10. Mátyás Rákosi (1892-1971), político comunista. En 1919, comisario suplente en la República de los Consejos. En 1925 fue apresado y condenado por actividad ilegal. En 1940 fue liberado de la cárcel en la URSS. En 1945 regresó a Hungría como líder de los comunistas. En 1945-1956, secretario general del Partido Comunista Húngaro, y primer ministro. Fue destituido en 1956. Vivió, hasta su muerte en 1971, en la URSS.
  11. László Rudas (1885-1950), político y publicista húngaro. Cofundador del Partido Comunista Húngaro y, durante la República de los Consejos, jefe de redacción de la Revista Roja. Emigró a la URSS, donde desempeñó funciones educativas en la escuela partidaria de la Komintern y, durante la Segunda Guerra Mundial, en la Escuela Internacional Antifascista. En 1944 regresó a Hungría; se convirtió en director del Instituto Superior del Partido, en el seno del Comité Central; luego, dirigió el Instituto Superior de Ciencias Económicas.

Bolchevismo y Stalinismo, de León Trotsky

 

La crisis que atraviesa el régimen capitalista en Chile y el mundo ha desatado una, a veces soterrada campaña y en otros momentos abierta campaña en contra del comunismo al que identifican  arbitrariamente  con los fenecidos regímenes burocráticos y totalitarios de la antigua Unión Soviética y del Este de Europa. Nosotros defendemos el comunismo y el socialismo como única alternativa a la barbarie cotidiana que nos ofrece el sistema capitalista. Y lo defendemos no en su negación estalinista, sino en su afirmación bolchevique, revolucionaria. Comprender las causas concretas que condujeron a la degeneración de la Revolución Rusa y de la URSS es fundamental para armar políticamente a la nueva generación de militantes marxistas y comunistas. Sin duda, este texto que ofrecemos de León Trotsky – máximo dirigente de la Revolución Rusa junto con Lenin, y principal oponente a su degeneración burocrática – es uno de los mejores análisis escritos sobre este tema, por lo que recomendamos su lectura y estudio. EP

 

por León Trotsky

Épocas reaccionarias como la actual, no sólo debilitan y desintegran a la clase obrera aislándola de su vanguardia, sino que también rebajan el nivel ideológico general del movimiento, rechazando hacia atrás el pensamiento político, hasta etapas ya superadas desde hace mucho tiempo. En estas condiciones la tarea de la vanguardia consiste, ante todo, en no dejarse sugestionar por el reflujo general: es necesario avanzar contra la corriente. Si las desfavorables relaciones de fuerzas no permiten conservar las antiguas posiciones políticas, por lo menos hay que conservar las posiciones ideológicas, pues la experiencia tan cara del pasado se ha concentrado en ellas. Ante los ojos de los mentecatos, tal política aparece como “sectaria”. En realidad no hace más que preparar un salto gigantesco hacia adelante impulsada por la oleada ascendente del nuevo periodo histórico.

 

REACCIÓN CONTRA EL MARXISMO Y EL COMUNISMO

Las grandes derrotas políticas, provocan inevitablemente una revisión de valores, que en general se lleva a cabo en dos direcciones. Por una parte el pensamiento de la verdadera vanguardia, enriquecido por la experiencia de las derrotas, defiende con uñas y dientes la continuidad del pensamiento revolucionario y se esfuerza en educar nuevos cuadros para los futuros combates de masas. Por otra, el pensamiento de los rutinarios, de los centristas y de los diletantes, atemorizado por las derrotas, tiende a derrocar la autoridad de la tradición revolucionaria y vuelve al pasado con el pretexto de buscar una “nueva verdad”.

 

Se podrían aportar infinidad de ejemplos de reacción ideológica que muy a menudo adopta la forma de postración. En el fondo, toda la literatura de la II y III Internacional y la de sus satélites del Bureau de Londres (1), constituyen ejemplos de este género. Ni un renglón de análisis marxista. Ni una tentativa seria para aclarar las causas de las derrotas. Ni una palabra nueva sobre el porvenir. Solamente clichés, rutina, mentiras y ante todo, preocupaciones para salvar su posición burocrática. Bastan diez líneas de cualquier Hilferding o de Otto Bauer (2), para sentir ya el olor de podredumbre. De los teóricos del “Comintern”(3) es mejor no hablar. El célebre Dimitrov(4) es tan ignorante y trivial como el más simple almacenero. El pensamiento de estas personas es muy perezoso para renegar del marxismo: lo prostituyen. Pero actualmente no son estos señores los que nos interesan. Veamos los “innovadores”.

 

El ex comunista austriaco, Willi Schlamm, ha consagrado un opúsculo a los procesos de Moscú (5) con el expresivo titulo de “Dictadura de la mentira”. Schlamm es un periodista talentoso, cuyo principal interés está dirigido hacia los asuntos de actualidad. Hizo una excelente critica de las falsificaciones de Moscú y puso al desnudo la mecánica psicológica de las “confesiones voluntarias”. Pero como no se da por satisfecho con esto, quiere crear una nueva teoría del socialismo que asegure el porvenir contra las derrotas y las falsificaciones. Como Schlamm no es un teórico y según sus declaraciones está  muy poco familiarizado con la historia del desarrollo del socialismo, creyendo hacer un descubrimiento, presenta un socialismo anterior a Marx, que además de ser una variedad atrasada del socialismo alemán, es dulzón e insulso. Schlamm renuncia a la dialéctica y a la lucha de clases, sin hablar de la dictadura del proletariado. Para él, la tarea de la transformación de la sociedad se reduce a la realización de algunas verdades “eternas” de la moral, con las que se prepara para impregnar a la humanidad desde ahora, bajo el régimen capitalista. La revista de Kerenski(6) “Novaia Rossia” (antigua revista provincial rusa que se publica en París) no solamente adopta con alegría, sino que también con nobleza, la tentativa de Willi Schlamm de salvar el marxismo por medio de una inoculación de linfa moral. Según la justa conclusión de la redacción, Schlamm alcanza los principios del verdadero socialismo ruso, que ya había opuesto con anterioridad a la ruda lucha de clases, los principios sagrados de la fe, la esperanza y el amor.

 

Por cierto, que la doctrina original de los “socialistas-revolucionarios” rusos representa en sus premisas teóricas un retorno al socialismo de la Alemania anterior a Marzo de 1848. Sin embargo, sería demasiado injusto exigir de Kerenski, un conocimiento más profundo de la historia de las ideas del socialismo, que de Schlamm. Mucho más Importante es el hecho de que Kerenski, que ahora se solidariza con Schlamm, fue, como jefe de gobierno, el iniciador de las persecuciones contra los bolcheviques, tratándolos como agentes del Estado Mayor Alemán; es decir, que organizó las mismas falsificaciones para luchar, contra las cuales Schlamm moviliza ahora verdades metafísicas sacadas de los mitos.

 

El mecanismo psicológico de la reacción intelectual de Schlamm y de sus semejantes, es muy simple. Durante algún tiempo estas personas han participado en un movimiento político que juraba por la lucha de clases e invocaba, de palabra, la dialéctica materialista. Tanto en Alemania como en Austria, este movimiento terminó en una catástrofe. Schlamm saca la siguiente conclusión sumaria “¡Ved adónde conducen la lucha de clases y la dialéctica!”. Y como el número de descubrimientos está  limitado por la experiencia histórica… y por la riqueza de los conocimientos personales, nuestro reformador en su búsqueda de una nueva fe, ha encontrado verdades antiguas, desechadas hace tiempo, que opone denodadamente no solamente al bolchevismo, sino también al marxismo.

 

A simple vista, la variedad de reacción ideológica presentada por Schlamm, es tan primitiva (de Marx… a Kerenski) que no vale la pena detenerse en ella. Sin embargo, es extremadamente instructiva: precisamente gracias a su carácter primitivo representa el denominador común de todas las otras formas de reacción, y ante todo el renunciamiento total al bolchevismo.

 

“VUELTA AL MARXISMO”

El marxismo ha encontrado su expresión histórica más grandiosa en el bolchevismo. Bajo la bandera del bolchevismo el proletariado obtuvo su primera victoria y fundó el primer estado obrero.

 

Ninguna fuerza será capaz de borrar estos hechos históricos. Pero, como la revolución de Octubre ha conducido al estado actual, es decir al triunfo de la burocracia, con sus sistemas de opresión, de falsificación y de expoliación -a la dictadura de la mentira- según la justa expresión de Schlamm, numerosos espíritus formalistas y superficiales, se inclinan ante la sumaria conclusión de que es imposible luchar contra el Stalinismo, sin renunciar al bolchevismo. Como ya sabemos, Schlamm va aún más lejos: el Stalinismo, que es la degeneración del bolchevismo, es también un producto del marxismo; en consecuencia, es imposible luchar contra el Stalinismo sin apartarse de las bases del marxismo. Gentes menos consecuentes, pero más numerosas dicen por lo contrario: “hay que volver del bolchevismo al marxismo”. Pero… ¿Por qué camino? ¿A qué marxismo? Antes de que el marxismo “fuese a la bancarrota” en forma de bolchevismo, ya se había hundido bajo la forma de social-democracia. La consigna “volver de nuevo al marxismo” significa dar un salto sobre la II y la III Internacional hacia… ¡la I Internacional! Pero también esta fue derrotada. Resumiendo: se trata de volver en definitiva… a las obras completas de Marx y Engels. Para dar este salto heroico, no hay necesidad de salir del gabinete de trabajo, ni siquiera de quitarse las pantuflas. Pero, ¿cómo pasar de golpe de nuestros clásicos (Marx murió en 1883 y Engels en 1895) a las tareas de la nueva época, dejando de lado la lucha teórica y política de muchas decenas de años, lucha que comprende también el bolchevismo y a la Revolución de Octubre? Ninguno de los que se proponen renunciar al bolchevismo como tendencia históricamente en “bancarrota”, ha indicado nuevos caminos.

 

Para ellos todo se reduce al simple consejo de estudiar EL CAPITAL. Contra esto no tenemos nada que objetar. Pero también los bolcheviques han estudiado EL CAPITAL, y no del todo mal. Sin embargo, eso no impidió la degeneración del Estado Soviético y la “mise en scéne” de los procesos de Moscú. ¿Qué hacer entonces? ¿Es verdad, por lo tanto, que el Stalinismo representa el producto legítimo del bolchevismo, como lo cree toda la reacción, como lo afirma el mismo Stalin, como lo piensan los mencheviques, los anarquistas y algunos doctrinarios de izquierda, que se consideran marxistas? “Siempre lo habíamos predicho -dicen- habiendo comenzado con la prohibición de los distintos partidos socialistas, con el aplastamiento de los anarquistas, estableciéndose la dictadura de los bolcheviques en los soviets, la Revolución de Octubre no podía dejar de conducir a la dictadura de la burocracia. El Stalinismo a la vez es la continuación y la negación del leninismo”

 

¿ES EL BOLCHEVISMO RESPONSABLE DEL STALINISMO?

El error de este razonamiento comienza con la identificación tácita del bolchevismo, de la Revolución de Octubre, y de la Unión Soviética. El proceso histórico, que consiste en la lucha de fuerzas hostiles es reemplazado por la evolución abstracta del bolchevismo. Sin embargo el bolchevismo es solamente una corriente política. Aunque estrechamente ligado a la clase obrera, no se identifica con ella. En la U. R. S. S. además de la clase obrera existen más de cien millones de campesinos de diversas nacionalidades; una herencia de opresión, de miseria y de ignorancia. El Estado creado por los bolcheviques refleja, no solamente el pensamiento y la voluntad de los bolcheviques, sino también el nivel cultural del país, la composición social de la población, la influencia del pasado bárbaro y del imperialismo mundial no menos bárbaro. Representar el proceso de la degeneración del estado soviético como la evolución del bolchevismo puro, es ignorar la realidad social, pues considera uno solo de sus elementos aislándolo de una manera puramente lógica. Basta con llamar este error elemental por su verdadero nombre, para que no quede nada de él.

El mismo bolchevismo jamás se ha identificado con la Revolución de Octubre ni con el Estado Soviético que de ella surgió. El bolchevismo se consideraba como uno de los factores históricos, su factor “consciente”, factor muy importante pero no decisivo. Nunca hemos pecado de subjetivismo histórico.

 

Veíamos el factor decisivo, – sobre la base dada por las fuerzas productivas -, en la lucha de clases, no sólo en escala nacional sino también internacional.

Cuando los bolcheviques hacían concesiones a las tendencias pequeño-burguesas de los campesinos; cuando establecían reglas estrictas para el ingreso al Partido; cuando depuraban este partido de elementos que le eran extraños; cuando prohibían a los otros partidos; cuando introducían la N. E. P.,(7) cuando cedían las empresas en forma de concesiones; o cuando firmaban acuerdos diplomáticos con los gobiernos imperialistas, extraían de este hecho fundamental conclusiones que, desde el comienzo, les eran teóricamente claras: la conquista del poder, por muy importante que sea, no convierte al partido en el dueño todopoderoso del proceso histórico.

Ciertamente, después de haberse apoderado del aparato del Estado, el partido tiene la posibilidad de influenciar con una fuerza sin precedentes, en el desarrollo de la sociedad, pero en cambio es sometido a una acción múltiple por parte de todos los otros elementos de esta sociedad. Puede ser arrojado del poder por los golpes directos de las fuerzas hostiles. Con el ritmo más lento de la evolución, puede degenerar interiormente, aunque se mantenga en el poder. Es precisamente esta dialéctica del proceso histórico, la que no comprenden los razonadores sectarios que tratan de encontrar un argumento definitivo contra el bolchevismo, en la putrefacción de la burocracia Stalinista. En el fondo esos señores dicen: “un Partido revolucionario es malo cuando no lleva en sí mismo garantías contra su degeneración”.

 

Enfocado con un criterio semejante, el bolchevismo está  evidentemente condenado: no posee ningún talismán. Pero ese mismo criterio es falso. El pensamiento científico exige un análisis concreto: ¿Como y por qué el partido se ha descompuesto?, hasta ahora nadie ha hecho este análisis fuera de los bolcheviques. No por eso han tenido necesidad de romper con el bolchevismo. Por el contrario, es en el arsenal del bolchevismo donde han encontrado todo lo necesario para explicar su destino. La conclusión a la cual llegamos es la siguiente: evidentemente el Stalinismo ha “surgido” del bolchevismo; pero no surgió de una manera lógica, sino dialéctica; no como su afirmación revolucionaria, sino como su negación termidoriana. Que no es una misma cosa.

 

EL PRONOSTICO FUNDAMENTAL DEL BOLCHEVISMO

Sin embargo, los bolcheviques no han tenido necesidad de esperar los procesos de Moscú, para explicar a posteriori las causas de la descomposición del partido dirigente de la U. R. S. S. Hace mucho tiempo que habían previsto la posibilidad teórica de una variante semejante en su evolución, y de antemano se habían expresado sobre ella. Recordemos el pronóstico que habían hecho los bolcheviques no solamente en vísperas de la Revolución de Octubre, sino también un buen número de años antes. La agrupación fundamental de las fuerzas, a escala nacional e internacional, abre por primera vez para el proletariado de un país tan atrasado como Rusia, la posibilidad de llegar a la conquista del poder. Pero ese mismo agrupamiento de fuerzas permite asegurar de antemano, que sin la victoria más o menos rápida del proletariado de los países adelantados, el Estado obrero no podría  mantenerse en Rusia. El régimen soviético abandonado a sus propias fuerzas, caerá  o degenerará. Más exactamente: primero degenerará y luego caerá  rápidamente. He tenido oportunidad de escribir sobre esto, más de una vez, desde 1905. En mi “Historia de la Revolución Rusa” (apéndice al ultimo tomo, “Socialismo en un solo país” ) hay una reseña de lo que han dicho a este respecto los jefes del bolchevismo desde 1917 hasta 1923. Todo se reduce a una sola cosa: sin revolución en Occidente el bolchevismo será  liquidado por la contra-revolución interna; por la intervención extranjera, o por su combinación. En particular, Lenin ha indicado más de una vez, que la burocratización del régimen soviético no es una cuestión técnica o de organización, sino que es el comienzo de una posible degeneración social del Estado Obrero. En el XI Congreso del partido, en Marzo de 1922, Lenin habla del “apoyo” que estaban decididos a ofrecer a la Rusia Soviética durante la época de la N. E. P., algunos políticos burgueses y en particular el profesor liberal Oustrialov. “Estoy por el sostenimiento del gobierno soviético en Rusia -dijo- aunque sea un cadete, un burgués que ha sostenido la intervención… porque ha entrado en el camino del poder burgués ordinario”. Lenin prefiere la voz cínica del enemigo a los “dulces arrullos comunistas”, y ha advertido al partido de ese peligro con estas palabras de ruda sobriedad: “Cosas como las que dice Oustrialov son posibles, hay que confesarlo. La historia conoce transformaciones de toda índole; apoyarse en la convicción, la devoción y otras excelentes cualidades morales, es una cosa nada seria en política. Excelentes cualidades morales existen en un número ínfimo de personas, pero son las grandes masas las que deciden los desenlaces históricos, masas que tratan con poca benevolencia a ese escaso número de personas, si éstas le son poco gratas”. En una palabra, el partido no es el único factor de la evolución y, en una gran escala histórica, no es un factor decisivo.

 

“Sucede que una nación conquista a otra – continúa Lenin en el mismo Congreso, el ultimo en que participó -, esto es muy simple y comprensible a cualquiera. ¿Pero qué sucede con la civilización de esos países? Esto ya no es tan simple. Si la nación que ha hecho la conquista tiene una civilización superior a la nación vencida, aquélla le impone su civilización; pero si sucede lo contrario, la nación vencida le impone la suya a la nación conquistadora. ¿No ha pasado algo semejante en la capital de la República Socialista Federativa de Rusia, y no sucedió que 4.700 comunistas (casi toda una división de la mejor entre las mejores) se han visto sometidos a una civilización extranjera?”. Esto fue dicho al comienzo de 1922, y no por primera vez. La historia no la hacen algunos hombres, -aunque sean “los mejores entre los mejores”, y más aún, esos “mejores” pueden degenerar en el sentido de una civilización “extranjera”, es decir, burguesa. No solamente el Estado Soviético puede alejarse del camino socialista, sino que también el partido bolchevique puede, en condiciones históricas desfavorables, perder su bolchevismo.

 

Es con la clara comprensión de este peligro, que nació la oposición de izquierda, definitivamente formada en 1923. Registrando diariamente los síntomas de degeneración, se esforzó por oponer al termidor amenazante la voluntad consciente de la vanguardia proletaria. Sin embargo, ese factor subjetivo resultó insuficiente. Las “masas gigantescas” que, según Lenin, deciden los desenlaces de la lucha, estaban cansadas por las privaciones propias del país y por una espera demasiado prolongada de la revolución mundial. Las masas perdieron la energía. La burocracia adquirió ventajas. Dominó a la vanguardia proletaria, pisoteó el marxismo, prostituyó al partido bolchevique. El Stalinismo resultó victorioso. Bajo la forma de oposición de izquierda, el bolchevismo rompió con la burocracia soviética y con su Comintern. Tal es la verdadera marcha de la evolución.

 

Ciertamente, en un sentido formal, el Stalinismo surgió del bolchevismo. Aún hoy, la burocracia de Moscú continúa llamándose partido bolchevique. Si utiliza la antigua etiqueta del bolchevismo lo hace simplemente para engañar mejor a las masas. Tanto más lastimosos son los teóricos que toman la cáscara por el carozo, la apariencia por la realidad. Identificando el Stalinismo con el bolchevismo prestan el mejor favor a los termidorianos y, por lo mismo, representan un papel manifiestamente reaccionario.

Con la eliminación de todos los otros partidos de la arena política, los intereses – y las tendencias contradictorias de las diversas capas de la población deben, en mayor o menor grado, encontrar su expresión dentro del partido dirigente, A medida que el centro de gravedad político, se desplazaba de la vanguardia proletaria, hacia la burocracia, el partido se modificaba, tanto en su composición social como en su ideología. Gracias a la marcha impetuosa de la evolución en el curso de los últimos quince años, ha sufrido una degeneración más radical que la social-democracia durante medio siglo. La depuración actual traza entre el Stalinismo y el bolchevismo no una simple raya sangrienta, sino todo un río de sangre.

 

La exterminación de toda la vieja generación bolchevique, de una gran parte de la generación ¡intermedia que había participado en la guerra civil, y también de una parte de la juventud que había tomado más en serio las tradiciones bolcheviques, de muestra la incompatibilidad no solamente política si no también directamente física, entre el bolchevismo y el Stalinismo. ¿Como es posible que no se vea esto?

 

STALINISMO Y “SOCIALISMO DE ESTADO”

Los anarquistas, por su parte, tratan de ver en el Stalinismo, además del producto orgánico del bolchevismo y del marxismo, el del “socialismo de estado” en general. Ellos consienten en reemplazar la patriarcal “federación de comunas libres” de Bakunin, por una federación más moderna de Soviets libres. Pero, ante todo, se oponen al estado centralizado. En efecto, una rama del marxismo “de estado”, la social-democracia, una vez llegada al poder se ha convertido en una agencia declarada del capital. Otra, ha engendrado una nueva casta de privilegiados. Y claro, el origen del mal está  en el Estado. Considerando esto con amplio criterio histórico, se puede encontrar una pizca de verdad en este razonamiento. El Estado, en tanto que aparato de opresión, es incontestablemente, una fuente de infección política y moral. Como la experiencia lo demuestra, esto es aplicable también al Estado Obrero. En consecuencia, se puede decir que el Stalinismo es el producto de una etapa histórica, en que la sociedad no ha podido arrancarse aún el chaleco de fuerza del Estado. Pero esta situación no nos da ningún elemento que permita apreciar el bolchevismo o el marxismo, sino que sólo caracteriza el nivel general de la civilización humana, y, ante todo, la relación de fuerzas entre el proletariado y la burguesía. Después de ponernos de acuerdo con los anarquistas en que el Estado, aun el Estado Obrero, está engendrado por la lucha de clases y de que la verdadera historia de la humanidad comenzará con la abolición del estado; queda planteado ante nosotros el siguiente problema: ¿Cuáles son los caminos y los métodos capaces de conducirnos “al fin de los fines” a la abolición del Estado? La experiencia reciente testimonia de que en todo caso no son los métodos del anarquismo. Los jefes de la C. N. T.(8) española, la única organización anarquista importante en el mundo, en la hora critica se han transformado en ministros de la burguesía. Ellos explican su abierta traición a la teoría del anarquismo, por la presión de las “circunstancias excepcionales” ¿Pero no es éste el mismo argumento que emplearon a su tiempo los jefes de la social-democracia alemana? Por cierto que la guerra civil no es una circunstancia pacífica y ordinaria, sino más bien una “circunstancia excepcional”. Pero, es precisamente para esas “circunstancias excepcionales” que se prepara toda organización revolucionaria seria.

 

La experiencia española ha demostrado, una vez más, que se puede “negar” el estado en los folletos editados en “circunstancias normales” y con permiso del estado burgués: pero también ha demostrado, que las condiciones de la revolución no dejan ningún lugar para la negación del estado y que además exigen su conquista. No tenemos la intención de acusar a los anarquistas españoles de no haber liquidado el Estado de un plumazo. Un partido revolucionario aún habiéndose apoderado del poder (lo que los jefes anarquistas no han sabido hacer a pesar del heroísmo de los obreros anarquistas), no es todavía el dueño todopoderoso de la sociedad. Si acusamos tan  ásperamente a la teoría anarquista, lo hacemos porque habiéndose considerado conveniente para un periodo pacifico, se ha tenido que renunciar a ella apresuradamente, desde que aparecieron las “circunstancias excepcionales”… de la revolución. Antiguamente se encontraban generales – y se encuentran sin duda todavía – que pensaban que lo que más echaba a perder un ejército era la guerra. Los revolucionarios que se lamentan de que la revolución da al traste con su doctrina no valen mucho más que aquéllos. Los marxistas y los anarquistas están plenamente de acuerdo, en cuanto al objetivo final, es decir, con la liquidación del estado. El marxismo permanece “estadual” únicamente en la medida en que la liquidación del estado no puede esperarse por el simple hecho de contentarse con ignorar su existencia. La experiencia del Stalinismo no modifica en nada la enseñanza del marxismo, sino que la confirma, por el método inverso. Una doctrina revolucionaria que enseña al proletariado a orientarse correctamente en una situación determinada y a utilizarla activamente, no encierra en sí, -hay que entenderlo bien-, la garantía automática de la victoria. Pero, por el contrario, la victoria no es posible sino gracias a esa doctrina. Además, es imposible representarse esta victoria en forma de un acto único. Es necesario considerar el asunto teniendo en perspectiva una extensa época. El primer estado obrero, descansando sobre una base económica poco desarrollada – rodeado de un anillo imperialista – se ha transformado en gendarmería del Stalinismo. Pero el verdadero bolchevismo ha declarado una guerra sin tregua a esa gendarmería. Para mantenerse, el Stalinismo está obligado a llevar ahora abiertamente una “guerra civil” contra el bolchevismo calificado de “trotskismo”, no solamente en la U. R. S. S., sino también en España. El viejo partido bolchevique está  muerto, pero el bolchevismo por todas partes levanta la cabeza.

 

Buscar el origen del Stalinismo en el bolchevismo o en el marxismo, es exactamente la misma cosa, en un sentido más general, que querer buscar el origen de la contrarrevolución en la revolución. Sobre este esquema se ha modelado siempre el pensamiento de los liberal-conservadores y tras ellos el de los reformistas. A causa de la estructura de la sociedad basada en clases, las revoluciones siempre han engendrado las contra-revoluciones. ¿Esto no nos demuestra -pregunta el razonador- que el método revolucionario encierra algún vicio interno? Sin embargo, hasta ahora, ni los reformistas ni los liberales, han inventado métodos “más económicos”. Pero, si no es fácil interpretar todo un proceso histórico viviente, no es por el contrario, nada difícil interpretar de una manera racionalista, la sucesión de sus etapas, haciendo proceder lógicamente el Stalinismo del “socialismo de estado-“; el fascismo del marxismo: la reacción de la revolución. En una palabra: la antítesis de la tesis. En este dominio como en tantos otros, el pensamiento anarquista queda prisionero del racionalismo liberal. El verdadero pensamiento revolucionario, es imposible sin la dialéctica.

 

Los argumentos de los racionalistas toman a veces, por lo menos exteriormente, un carácter más concreto. Para ellos el Stalinismo no procede del bolchevismo en sí, sino de sus pecados políticos. Los bolcheviques, dicen los espartaquistas alemanes, Gorter, Panneckoek,(9) etc., han reemplazado la dictadura del partido por la de la burocracia. Los bolcheviques han aniquilado todos los partidos salvo el suyo; Stalin ha estrangulado al partido bolchevique en interés de la camarilla bonapartista. Los bolcheviques llegaron a un acuerdo con la burguesía; Stalin se convirtió en su aliado y sostén. Los bolcheviques han reconocido la necesidad de participar en los viejos sindicatos y en el parlamento burgués; Stalin ha hecho amistad con la burocracia sindical y con la democracia burguesa. De esta manera se puede seguir razonando todo el tiempo que se quiera. A pesar del efecto que estos razonamientos puedan producir exteriormente, son absolutamente vacíos. El proletariado sólo puede llegar al poder por intermedio de su vanguardia. La misma necesidad de un poder estadual deriva del insuficiente nivel cultural de- las masas y de su heterogeneidad. La tendencia de las masas hacia su liberación cristaliza en la vanguardia revolucionaria organizada en partido. Sin la confianza de la clase en su vanguardia, y sin el apoyo de ésta por aquélla, ni siquiera puede plantearse la conquista del poder. Es en este sentido que la revolución proletaria y la dictadura constituyen el objetivo de toda la clase, pero solamente bajo la dirección de su vanguardia. Los Soviets son la forma organizada de la alianza de la vanguardia con la clase. El contenido revolucionario de esta alianza no puede estar dado más que por el partido. Esto está demostrado por la experiencia positiva de la Revolución de Octubre y por la experiencia negativa de otros países (Alemania, Austria y últimamente España).

 

Nadie ha demostrado prácticamente, ni siquiera ha tratado de explicar en forma precisa sobre el papel, de cómo el proletariado puede apoderarse del poder sin la dirección política de un partido, que sabe lo que quiere. Si este partido somete a los soviets a su acción política, este hecho cambia tan poco el sistema soviético, como cambiaría una mayoría conservadora el sistema parlamentario británico. En cuanto a la supresión de los demás partidos soviéticos, no deriva de ninguna “teoría” bolchevique, sino que fue una medida de defensa de la dictadura en un país atrasado, agotado y rodeado de enemigos. Los mismos bolcheviques comprendieron desde un comienzo, que esta medida, completada con la supresión de las fracciones en el interior del mismo partido dirigente, encerraba un grave peligro. Sin embargo, la fuente del peligro no estaba en la doctrina o en la táctica, sino en la debilidad material de la dictadura, en las dificultades de la situación interior y exterior.

 

Si la revolución hubiera triunfado también en Alemania habría desaparecido la necesidad de prohibir a los otros partidos soviéticos. Es absolutamente indiscutible, que la dominación de un solo partido sirvió jurídicamente de punto de partida del régimen totalitario Stalinista. Pero la causa de tal evolución no está  en el bolchevismo, ni tampoco en la prohibición de los otros partidos, como medida militar temporal, sino en la serie de derrotas que sufrió el proletariado de Europa y Asia.

Sucedió lo mismo en la lucha contra el anarquismo. En la época heroica de la revolución, los bolcheviques marcharon juntos con los anarquistas verdaderamente revolucionarios. Muchos de ellos fueron absorbidos por el partido. Más de una vez el autor de estas líneas examinó con Lenin la posibilidad de dejar a los anarquistas algunos territorios para que allí aplicaran, con el consentimiento de la población, sus experiencias de supresión inmediata del Estado.

 

Pero las condiciones de la guerra civil, del bloqueo y del hambre. no permitieron la aplicación de semejantes planes. ¿Y la insurrección de Kronstadt?(10). Hay que comprender que el gobierno revolucionario no podía “regalarles” a los marinos revolucionarios una fortaleza que dominaba la capital, por el solo hecho de que a la rebelión reaccionaria de los soldados campesinos se les unieran algunos anarquistas dudosos. El análisis histórico concreto de los acontecimientos, no deja ningún lugar para las leyendas que la ignorancia y el sentimentalismo crearon alrededor de Kronstad, Majno (11) y otros episodios de la revolución.

 

Es indudable también que la burocracia surgida de la revolución ha monopolizado en sus manos el sistema de coerción. Cada etapa de la evolución, aun cuando ellas sean tan catastróficas, como la revolución y la contra-revolución, se origina en la etapa precedente, tiene en ella sus raíces y conserva algunos de sus rasgos. Los liberales, incluso la pareja Webb (12), siempre afirmaron que la dictadura bolchevique representa solamente una nueva edición del zarismo. Por eso cierran los ojos ante detalles tales como la abolición de la monarquía y la nobleza, la entrega de la tierra a los campesinos, la expropiación del capital, la introducción de la economía planificada, la educación atea, etc… También el pensamiento liberal-anarquista cierra los ojos ante el hecho de que la revolución bolchevique, con todas las medidas de represión, significaba la subversión de las relaciones sociales en interés de las masas, mientras que el golpe de estado termidoriano de Stalin, lleva en si el reagrupamiento de la sociedad soviética en beneficio de una minoría privilegiada. Está  claro que en la identificación del Stalinismo con el bolchevismo no hay ni rastros de criterio socialista.

 

PROBLEMAS TEÓRICOS

Uno de los principales rasgos del bolchevismo es su posición inflexible y aún puntillosa, frente a los problemas doctrinarios. Los 27 tomos de Lenin permanecerán siempre como ejemplo de una actitud escrupulosisima hacia la teoría. El bolchevismo jamás habría cumplido su misión histórica si careciese de esta cualidad fundamental. El Stalinismo grosero, ignorante y absolutamente empírico, presenta bajo este mismo aspecto el reverso del bolchevismo.

 

Hace más de 10 años que la oposición lo declaraba en su plataforma: “Después de la muerte de Lenin, se creó toda una serie de nuevas “teorías” con el solo objeto de justificar “teóricamente” la desviación del grupo Stalinista del camino de la revolución proletaria internacional”. El socialista americano Liston Oak, que ha participado de cerca en la revolución española, ha escrito últimamente: “De hecho los revisionistas más extremos de Marx y de Lenin, son ahora los stalinistas. El mismo Bernstein (13) no osó hacer ni la mitad del camino que hizo Stalin en la revisión de Marx”. Es absolutamente cierto. Es necesario agregar solamente que en Bernstein había realmente necesidades teóricas: trataba concienzudamente de establecer una armonía entre la práctica reformista de la social-democracia y su programa. La burocracia Stalinista además de no tener nada de común con el marxismo, es también extraña a toda doctrina, programa o sistema. Su “ideología” está impregnada de un subjetivismo absolutamente policial; su práctica, de un empirismo de la más pura violencia. En el fondo los intereses de la casta de los usurpadores, es hostil a la teoría: no puede dar cuenta a sí misma ni a nadie de su papel social. Stalin revisa a Marx y a Lenin, no con la pluma de los teóricos, sino con las botas de la G. P. U.

 

PROBLEMAS MORALES

Los fanfarrones insignificantes, a quienes el bolchevismo les ha arrancado sus caretas, tienen la costumbre de lamentarse de la “amoralidad del bolchevismo”. En el ambiente pequeño-burgués de intelectuales, demócratas, “socialistas”, literatos, parlamentarios y otras gentes de la misma laya, existen valores convencionales o un lenguaje convencional para cubrir la ausencia de verdaderos valores. Esta amplia y abigarrada sociedad donde reina una complicidad reciproca – “¡vive y deja vivir a los demás!” – no soporta en su piel sensible, el contacto de la lanceta marxista. Los teóricos que oscilan entre los dos campos, los escritores y los moralistas, pensaban y piensan que los bolcheviques exageran con mala intención los desacuerdos, son incapaces de una colaboración “leal” y que por sus intrigas rompieron la unidad del movimiento obrero. El centrista sensible y susceptible cree, ante todo, que los bolcheviques “calumnian”, porque éstos llevan su pensamiento hasta las ultimas consecuencias, lo que ellos son incapaces de hacer. Sin embargo, sólo con esa preciosa cualidad de ser intolerante para todo lo que es híbrido y evasivo, se puede educar a un partido revolucionario para que las “circunstancias excepcionales” no lo sorprendan de improviso.

 

La moral de todo partido deriva en el fondo, de los intereses históricos que representa. La moral del bolchevismo, que contiene la devoción, el desinterés, el valor, el desprecio por todo lo falso y vano ¡las mejores cualidades de la naturaleza humana!- deriva de su intransigencia revolucionaria puesta al servicio de los oprimidos. En este sentido, también la burocracia Stalinista imita las palabras y los gestos del bolchevismo. Mas, cuando la “intransigencia”, y la “inflexibilidad” se cumple por intermedio de un aparato policial que está  al servicio de una minoría privilegiada, esas cualidades se transforman en una fuente de desmoralización y de gangsterismo. Inspiran solamente desprecio los que identifican el heroísmo revolucionario de los bolcheviques con el cinismo burocrático de los termidorianos.

 

Aun hoy, a pesar de los dramáticos acontecimientos del último periodo, el mediocre filisteo continúa creyendo que la lucha entre bolchevismo (trotskismo) y el Stalinismo, es un conflicto de ambiciones personales, o en el mejor de los casos, una lucha entre dos “tendencias” del bolchevismo. La expresión más cruda de este punto de vista es la de Norman Thomas, líder del partido socialista americano. “No hay razón para creer – escribe en el Socialist Review de Septiembre de 1937, página 6 – que si Trotsky hubiese estado en lugar de Stalin habrían terminando las intrigas, el complot y el terror de Rusia”. Y este hombre se cree… marxista.

 

Con el mismo fundamento se podría decir: “No hay razón para creer que si en lugar de Pío XI se encontrara en el trono de Roma, Norman 1º, la Iglesia Católica se transformaría en un reducto socialista”. Thomas no comprende que se trata no de un match entre Stalin y Trotsky, sino de un antagonismo entre la burocracia y el proletariado. Por cierto que en la U. R. S. S. la capa dirigente está obligada a adaptarse a la herencia revolucionaria que aún no está completamente liquidada, preparando al mismo tiempo un cambio en el régimen social, por medio de una guerra civil declarada (“depuración” sangrienta, exterminación en masa de los descontentos). Pero en España la camarilla Stalinista se presenta desde hoy abiertamente como el refugio del orden burgués contra el socialismo. La lucha contra la burocracia bonapartista se transforma, ante nuestros ojos, en lucha de clases: dos mundos, dos programas, dos morales. Si Thomas piensa -que la victoria del proletariado socialista sobre la casta abyecta de los opresores no regenerara  política y moralmente el régimen soviético, demuestra con ello que a pesar de todas sus reservas, sus tergiversaciones y sus piadosos suspiros se encuentra mucho más cerca de la burocracia Stalinista que de los obreros revolucionarios. Al igual que aquéllos que denuncian la “inmoralidad” de los bolcheviques, Thomas es simplemente un advenedizo de la moral revolucionaria.

 

LAS TRADICIONES DEL BOLCHEVISMO Y LA IV INTERNACIONAL

Para los “izquierdistas” que ignorando el bolchevismo tratan de “volver” al marxismo, todo se reduce simplemente a algunos remedios aislados: boicotear los antiguos sindicatos, boicotear el parlamento, crear “verdaderos” soviets. Todo eso podía parecer extraordinariamente profundo en la fiebre de los primeros días que siguieron a la guerra. Pero hoy, a la luz de la experiencia sufrida, estas “enfermedades infantiles” han perdido todo interés aun en su carácter de curiosidades. Los holandeses Gorter y Panneckoek, los “espartaquistas” alemanes y los bordighistas italianos(14), han manifestado su independencia con respecto al bolchevismo, oponiendo a sus rasgos uno de los suyos artificialmente agrandados. De esas tendencias de “izquierda” no queda nada, práctica ni teóricamente: prueba directa, pero importante, de que para nuestra época, el bolchevismo es la única forma del marxismo.

 

El partido bolchevique ha demostrado, en la acción, la combinación de suprema audacia revolucionaria y de realismo político. Por primera vez ha establecido entre la vanguardia y la clase la única relación capaz de asegurar la victoria. La experiencia ha demostrado que la unión del proletariado con las masas oprimidas de la pequeña burguesía de las ciudades y de los campos, es posible únicamente con la derrota política de los partidos tradicionales de la pequeña burguesía. El partido bolchevique ha enseñado al mundo entero cómo se realiza la insurrección armada y la toma del poder. Los que oponen una abstracción de soviets, a la dictadura del partido, deberían comprender que únicamente gracias a la dirección de los bolcheviques, los soviets se elevaron del pantano reformista al papel de órganos del Estado proletario. En la guerra civil, el partido bolchevique ha realizado una justa combinación del arte militar con la política marxista. Aunque la burocracia Stalinista consiguiera arruinar las bases económicas de la nueva sociedad, la experiencia de la economía planificada, realizada bajo la dirección del partido bolchevique, quedará  para siempre en la historia como una escuela superior para toda la humanidad. Únicamente no ven todo esto los sectarios, que ofendidos por los golpes recibidos, han vuelto la espalda al proceso histórico.

 

Pero esto no es todo. El partido bolchevique ha podido hacer un trabajo “práctico” tan grandioso, únicamente porque todos sus pasos estaban iluminados por la luz de la teoría. El bolchevismo no la ha creado: Ha sido dada por el marxismo. Pero el marxismo es la teoría del movimiento y no del reposo -y solamente acciones realizadas en una escala histórica grandiosa, podían enriquecer la teoría. Por el análisis de la época imperialista como época de guerras y de revolución; de la democracia burguesa en el periodo de decadencia del capitalismo; de la relación entre la huelga general y la insurrección; del papel del partido, de los soviets y de los sindicatos en la época de la revolución proletaria; de la teoría del estado soviético; de la economía de transición; del fascismo y del bonapartismo a la época de descomposición capitalista; en fin, por su análisis de la degeneración del mismo partido bolchevique y del estado soviético, el bolchevismo ha aportado al marxismo una contribución preciosa. Que se nos nombre otra tendencia que haya agregado algo esencial a las conclusiones y a las generalizaciones del bolchevismo. Vandervelde, De Brouckere, Hilferding, Otto Bauer, León Blum, Ziromsky, etc. sin hablar del mayor Attleey y de Norman Thomas(15) viven teórica y políticamente de las reliquias del pasado. La degeneración del Comintern se expresa en la forma más brutal en el hecho de que ha caído teóricamente al nivel de la II Internacional. Los grupos intermediarios de toda ¡índole (Independent Labour Party de Inglaterra, el P. 0. U. M.(16) y sus semejantes) vuelven a adaptar semanalmente, para sus necesidades del momento las migajas de Marx y de Lenin. Los obreros no aprenderán nada entre esta gente.

 

Solamente los constructores de la IV Internacional(17), al adoptar las tradiciones de Lenin y de Marx, han tomado una actitud seria con respecto a la teoría. Que los filisteos se burlen porque veinte años después de la Revolución de Octubre, los revolucionarios se han visto reducidos a las tareas de una modesta preparación de propaganda.

En este aspecto como en otros, el gran capital es mucho más perspicaz que los filisteos pequeño burgueses que se consideran “socialistas” o “comunistas”. No es por nada que la cuestión de la IV Internacional no desaparece de las columnas de la prensa mundial. La imperiosa necesidad histórica de una dirección revolucionaria, asegura a la IV Internacional ritmos excepcionalmente rápidos en su desarrollo. El hecho de que no se ha formado fuera del gran camino de la historia, sino que ha surgido orgánicamente del bolchevismo, es la garantía más importante de sus éxitos futuros.

 

LEON TROSTKY

Agosto de 1937

 

N 0 T A S

(1) El Bureau de Londres reunía a pequeñas organizaciones socialistas que oscilaban entre el reformismo y el marxismo revolucionario. La más importante era el Independent Labour Party.

(2) Políticos socialdemócratas al es.

(3) Denominación de la 3.a Internacional.

(4) Dirigente staliniano búlgaro que fue presidente de la 3ª. Internacional y procesado por Hltler a raíz de­ Incendio del Reischtag.

(5) Procesos judiciales seguidos por Stalin contra los oposicionistas y que significaron la liquidación de toda la vieja guardia bolchevique y su fusilamiento.

(6) Político ruso social revolucionario, que ocupara la presidencia del gobierno después de la revolución de Febrero de 1917.

(7) Nueva Política Económica. Cambio en la orientación económica de los Soviets, después de la Guerra Civil y propiciada por Lenin.

(8) Confederación Nacional de Trabajadores. o central sindical español de orientación anarquista.

(9) Críticos revisionistas del Leninismo.

(10) Fortaleza en Petrogrado, donde se insurreccionaron los marineros durante la guerra civil en Rusia,

(11) Guerrillero campesino que luchó contra los soviets, de orientación anarquista.

(12) Socialistas ingleses, pertenecientes a la Asociación Fabiana.

(13) Teórico socialdemócrata alemán, figura ‘Principal del revisionismo.

(14) Corriente Izquierdista del comunismo italiano.

(15) Dirigentes socialdemócratas de la 2.a Internacional.

(16) Partido Obrero de Unificación Marxista, organización centrista cuya fuerza principal estaba en Barcelona. Reprimida violentamente por el Stalinismo durante la guerra civil española.

(17) Cuarta Internacional, Partido Mundial de la Revolución socialista, fundada por Trotsky en 1938, que defiende las Ideas de la Revolución Proletaria.

La invevitabilidad del Fanta

por Gustavo Burgos//

EL FANTA, historia de una traición, de Nancy Guzmán, Ediciones Ceibo, es un valioso texto que aborda un tema difícil para el periodismo político chileno. Hablar de delatores y de traición es un camino complejo, moral y políticamente.

El libro, de nutridas 380 páginas, trata el caso de Miguel Estay Reyno (el Fanta), destacado militante de las JJCC, responsable del aparato de inteligencia del PC, con formación en Moscú, en la propia KGB y que a partir de 1975, momento de su primera detención, comenzó primero a colaborar activamente con los aparatos de seguridad de la Dictadura, para rápidamente pasar a actuar como agente represivo, analista de inteligencia, feroz torturador y asesino, con la declarada misión de exterminar al Partido en cuyas filas se había formado.

Intencionadamente o no, el libro no hace referencias relevantes respecto del proceso histórico en que se desarrollan la revolución y contrarrevolución chilenas. En realidad, pareciera que su autora hubiese preferido el estilo lacónico de los informes de inteligencia del protagonista de su historia.
En primer lugar, la autora expone el conflicto entre la llamada “Comunidad de Inteligencia” -llamada más adelante Comando Conjunto- que agrupaba a los organismos represivos de las FFAA y Carabineros, de un lado y del otro la DINA/CNI, que respondían directamente a Pinochet. En su estudio, la autora descubre que si bien es cierto ambas alas de la policía política desplegaron una metódica y clandestina represión genocida, lo hicieron de forma distinta.

El Comando Conjunto trató de “extirpar el cáncer marxista” poniendo el horror y brutalidad represivas al servicio del exterminio político de las organizaciones de izquierda que habían sustentado la Unidad Popular. Por su parte, el aparato pinochetista -que fue el que termina imponiéndose- privilegió el terror hacia la población en general mediante acciones metódicas en las que lo que importaba era la estabilidad de la Dictadura.

Es la expresión, a nivel de aparatos represivos, del conflicto entre la línea pro DC de Bonilla y Leigh, con mayor compromiso con la embajada norteamericana y un modelo “argentino”, liviano si se quiere, de Dictadura que entregara el gobierno a Frei Montalva para convocar a elecciones generales, prontamente. Del otro lado, la línea “fundacional” y gremialista de Pinochet, que persigue atesorar la profunda derrota asestada al movimiento obrero y de masas, para construir el régimen que subsiste hasta nuestros días.

La historia le dio la razón a la jauría pinochetista. No alcanzaba con una represión metódica sobre las organizaciones de izquierda. Era necesario golpear además al movimiento de masas, hacer retroceder a todas las organizaciones de trabajadores hasta hacerlas desaparecer y para ello era imprescindible el terror fascista, la humillación de los campos de concentración, abrir las puertas a una democracia protegida y de Seguridad Nacional, el Reich de Jaime Guzmán.

En segundo lugar y quizá la reflexión más lúcida y de mayor significado, es la inevitabilidad del Fanta. Un traidor, por más despreciable y canalla que se nos presente, no es sino expresión de un proceso histórico muy particular. De las decenas de miles de torturados, hubo una cantidad muy menor, ínfima, de sujetos que se transformaron en colaboradores de los aparatos de seguridad. Y muy, pero muy pocos -el libro menciona a René Basoa, Carol Flores y muy pocos más- se transformaron en agentes represivos.

La autora hace referencia a la legendaria novela, La Orquesta Roja, que trata el caso de Leopold Trepper, un judío comunista que dirigió el servicio de espionaje soviético en la Alemania nazi, que prestó invalorables servicios a la de la URSS y que cuando cayó en manos de los alemanes contuvo a sus interrogadores entregando a parte de sus parciales. Terminada la guerra, Trepper regresa a la URSS como héroe nacional y al poco tiempo cae en las purgas de Stalin, acusado de traidor y fusilado por esa causa. La novela era una lectura obligada para los revolucionarios de la década del 60 y era un severo anatema para el stalinismo.

La respuesta a esta observación la encontramos, desordenadamente, en la página 149 del libro. En ella se lee con claridad la caracterización de Nancy Guzmán respecto del Partido Comunista: “Lo real es que el PC era la organización política menos peligrosa para el establishment, nunca tuvo la intención de tomar las armas para asaltar el poder, ni siquiera cuando fue proscrito y surgieron sectores de voces críticas a la pasividad con que asumía la represión. Nunca tuvo la intención política de disputar el poder al Estado para fundar otro orden social u otro Estado por la vía insurreccional. La creación de un organismo con formación militar no tenía como objetivo disputar militarmente el poder para hacer una revolución e imponer un Estado socialista, como la derecha solía acusar. Era un aparato pequeño, con formación básica en el uso de armas tradicionales, formado por hombres mayores, que tenía como curioso fin defender la democracia burguesa”.

Esta caracterización del stalinismo, como una corriente servil al orden burgués, aunque no lo explicita Nancy Guzmán, es determinante, mucho más que la cita reiterada a “La Orquesta Roja”, para comprender el por qué del origen de un monstruo como el Fanta. Estay Reyno no cayó de un platillo volador ni es una mera expresión de la falibilidad humana, como gustaría proclamar a los idealistas y fatalistas. No es así, el Fanta es producto necesario, cuando no inevitable como indicamos en el título de esta nota, del carácter contrarrevolucionario del PC chileno y su orientación stalinista, nacionalista, democratizante y colaboracionista de clases.

Un burócrata como Estay Reyno encontró en el aparato del PC la consumación de sus orígenes y aspiraciones pequeñoburguesas. Enemigo de la lucha ideológica, disciplinado cumplidor de órdenes, forjó su moral en el PC no en torno a la estrategia de la revolución obrera y la insurrección, sino que por el contrario, en la obsecuencia y la subordinación a sus superiores, ante los cuales competía por parecer el más eficiente. Nada, absolutamente nada de la formación política recibida por este cuadro stalinista tenía que ver con la revolución, todo era la puritana, ascética e irreflexiva obediencia al Partido. Un sujeto formado en este contexto, al margen de la lucha de clases y enclaustrado en las necesidades del buró, fue presa fácil de la represión. Fue cosa fácil de cambiarle de amo y el Fanta se transformó en una fría máquina represiva de otro signo, su carácter fue siempre el mismo: servir al orden burgués contra el accionar de las masas.

Interesante libro, una tragedia política cuya lectura es recomendable para todo revolucionario, pero muy especialmente para quienes hayan pasado por las filas del hoy partido de Gobierno, del Partido Comunista de Chile.