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León Trotsky: Las Tácticas del Frente Único

I. 

CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL FRENTE ÚNICO

 

1.- La tarea del Partido Comunista es la de dirigir la revolución proletaria. A fin de orientar al proletariado hacia la conquista directa del poder, el Partido Comunista debe basarse en la predominante mayoría de la clase trabajadora.

En tanto el Partido no cuente con esa mayoría, debe luchar para lograrla.

El Partido solo puede alcanzar este objetivo si es una organización absolutamente independiente, con un programa claro y una estricta disciplina interna. He aquí por qué el Partido tuvo que romper ideológica y organizativamente con los reformistas y los centristas que no luchan por la revolución proletaria, que no tienen el deseo de preparar a las masas para la revolución y que, con su conducta, coartan esta tarea. Los miembros del Partido Comunista que se aliaron en la escisión con los centristas en nombre de “las masas proletarias” o de la “unidad de frente”, están demostrando su incomprensión del ABC del Comunismo, y que están en las filas del Partido Comunista solo por accidente.

2.- Luego de asegurarse una completa independencia y homogeneidad ideológica de sus cuadros, el Partido Comunista lucha por influenciar a la mayoría de la clase obrera. Esta lucha puede asumir un carácter rápido o lento, que depende de las condiciones objetivas y la eficacia de la táctica seguida.

Pero es bien evidente que, la vida de clase del proletariado no se detiene en ese periodo preparatorio para la revolución. Los choques con los industriales, con la burguesía, con el aparato del Estado, ya respondan a la iniciativa de un sector o del otro, siguen su curso.

En estos choques, que envuelven ya sea a los intereses del conjunto del proletariado, o de su mayoría, o a este u otro sector, las masas obreras sienten la necesidad de la unidad de acción: de unidad para resistir el ataque del capitalismo, o de unidad para tomar la ofensiva en su contra. Todo Partido que se oponga mecánicamente a esta necesidad del proletariado de unidad en la acción, será condenado infaliblemente por los obreros.

Por otra parte, la cuestión del Frente Único no es, ni en su origen ni en su esencia, una cuestión de relaciones mutuas entre la fracción parlamentaria comunista y la socialista, o entre los Comités Centrales de ambos Partidos, o entre “L’ Humanité” y “Le Populaire”. El problema del Frente Único -a pesar del hecho de que es inevitable una escisión en esta época entre las organizaciones políticas que se basan en el voto- surge de la urgente necesidad de asegurarle a la clase obrera la posibilidad de un Frente Único en la lucha contra el capitalismo.

Para aquellos que no comprenden que todo Partido solo es una sociedad propagandística y no una organización para la acción de masas.

3.- En los casos en que el Partido Comunista aún permanece corno una organización compuesta por una minoría numéricamente insignificante, la cuestión de su conducta en el frente de la lucha de masas no asume un significado político y organizativo decisivo. En tales condiciones las acciones de masas permanecen bajo la dirección de las viejas organizaciones que continúan jugando un rol decisivo en virtud de su tradición aún poderosa.

Por otro lado, el problema del Frente Único no surge en los países donde -Bulgaria por ejemplo- el Partido Comunista es el único dirigente de las masas explotadas.

Pero donde quiera que el Partido Comunista constituya una fuerza política poderosa y organizada, pero no una magnitud decisiva -allí donde el Partido abarque organizativamente digamos una cuarta parte, una tercera y aún una proporción mayor de la vanguardia proletaria organizada— se halla ante el problema del Frente Único en toda su agudeza.

Si el Partido cuenta con una tercera parte o la mitad de la vanguardia proletaria, luego, el resto se hallará organizado por los reformistas o los centristas. Es bien evidente que los obreros que aun apoyan a los reformistas y centristas se interesan vivamente por mantener los niveles de vida más elevados y la mayor libertad de acción que sea posible. En consecuencia, debemos proyectar nuestra táctica a evitar que el Partido Comunista que en el futuro próximo abarcará los tres tercios del proletariado, se convierta en un obstáculo organizativo en el camino de la lucha proletaria actual.

Aun más, el Partido debe asumir la iniciativa en asegurar la unidad en la lucha presente. Solo así el Partido se acercará a esos dos tercios que aún no siguen su dirección, que aun no confían en él porque no lo comprenden. Solo de esta manera puede el Partido ganarlos.

Si el Partido Comunista no hubiese roto drásticamente y en forma irrevocable con los socialdemócratas, si no se hubiese convertido en el Partido de la revolución proletaria. No hubiese podido dar los primeros pasos serios en el camino de la revolución. Hubiese permanecido como una válvula parlamentaria de seguridad bajo el Estado burgués.

Quién no comprende esto, no conoce la primera letra del ABC del Comunismo.

4.- Si el Partido comunista no procurase construir un camino organizativo, al final del cual fuesen posibles en cualquier momento acciones coordinadas conjuntas entre las masas comunistas y las no-comunistas (incluyendo a las que apoyan a la socialdemocracia), pondría al descubierto su incapacidad para ganar -sobre la base de acciones de masas- a la mayoría del proletariado. Degeneraría en una Sociedad de propaganda comunista, nunca se desarrollaría como un Partido que lucha por la conquista del poder.

No es suficiente contar con una espada, tiene que tener filo; no es suficiente el filo: hay que saber usarla.

Luego de separar a los comunistas de los reformistas, no es suficiente fusionar a los comunistas entre sí por medio de la disciplina organizativa; es necesario que esa organización aprenda a guiar todas las actividades colectivas del proletariado en todas las esferas de la lucha de clases.

Esta es la segunda letra del ABC del Comunismo.

 

DIRIGENTES REFORMISTAS EN EL FRENTE UNICO

5.- El Frente Único, ¿comprende solo a las masas trabajadoras o incluye también a sus dirigentes oportunistas?

El solo hecho de hacer esta pregunta demuestra incomprensión del problema.

Si pudiésemos simplemente unir al proletariado en torno a nuestra bandera o alrededor de nuestras consignas prácticas, y saltar por encima de las organizaciones reformistas, ya fuesen partidos o sindicatos, lógicamente, esto seria lo mejor del mundo. En este caso, el problema del Frente Único no existiría en su forma actual.

La cuestión surge de que algunos sectores muy importantes del proletariado pertenecen a organizaciones reformistas o las apoyan. Su experiencia actual es demasiado insuficiente para permitirles abandonarlas y unirse a nosotros. Es precisamente luego de intervenir en aquellas actividades de masas que están a la orden del día, que se producirá un gran cambio en la situación.

He aquí lo que perseguimos. Pero los hechos aun no tienen esas características: actualmente, el sector organizado del proletariado esta dividido en tres agrupamientos.

Uno de ellos, los comunistas, tiene como objetivo la revolución social y precisamente por eso apoya todo movimiento de los explotados contra sus explotadores y contra el Estado burgués.

Otra agrupación, de los reformistas, persigue la conciliación con la burguesía, pero a fin de no perder su influencia sobre los obreros, es empujada, contra los propios deseos de sus dirigentes, a apoyar los movimientos parciales del proletariado contra la burguesía.

Finalmente, existe un tercer agrupamiento: los centristas, quienes vacilan constantemente entre los dos, y no tienen una actuación independiente.

Las circunstancias, por lo tanto, tornan completamente posibles las acciones conjuntas respecto a una serie de cuestiones vitales entre los obreros unidos en torno a esas tres organizaciones respectivamente, y las masas organizadas que las apoyan.

Los Comunistas, como ya hemos dicho, no solo no deben oponerse a tales acciones sino que, por el contrario, deben asumir la iniciativa, precisamente por la razón de que cuánto más sean impulsadas las masas hacia el movimiento mayor será su confianza en si mismas, el movimiento de masas tendrá más confianza en sí mismo y será más capaz de marchar resueltamente hacia delante, no importa cuan modesta sea la consigna inicial de lucha. Y esto significa que el crecimiento del contenido de masas del movimiento lo hace revolucionario y crea condiciones mucho más favorables para las consignas, métodos de lucha y, en general, para el rol dirigente del Partido Comunista.

Los reformistas temen al potente espíritu revolucionario de las masas; su arena más preciada es la tribuna parlamentaria; las oficinas de los sindicatos, las cortes de justicia, las antesalas de los ministerios.

Por el contrario, lo que a nosotros nos interesa, aparte de toda otra consideración, es arrancar a los reformistas de su paraíso y ponerlos al lado nuestro ante las masas. Usando una táctica correcta, solo podemos ganar. El comunista que duda o teme esto, parece aquel nadador que aprobó las tesis sobre el mejor modo de nadar, pero que no quiere arriesgarse a zambullirse.

6.- La unidad de frente presupone asimismo, dentro de ciertos limites y en torno a cuestiones especificas, correlacionar en la práctica nuestras acciones con las de las organizaciones reformistas, frente a aquello en que éstas aun hoy expresen la voluntad de importantes sectores del proletariado combativo.

Pero, después de todo, ¿no nos separamos ayer de ellos? Si, porque no estábamos de acuerdo en cuestiones fundamentales del movimiento obrero; ¿a pesar de eso buscamos acuerdos con ellos? Sí, en todos aquellos casos en que las masas que los siguen a ellos están dispuestas a ligarse en una lucha conjunta con las masas que nos siguen a nosotros, y cuando los reformistas en un mayor o menor grado, son empujados a transformarse en un órgano de esa lucha.

Pero, ¿no dirán que luego de separarnos de ellos aun los necesitamos? Si, sus charlatanes podrán decir eso. Aquí y allá algunos elementos de nuestro Partido pueden asustarse con ello. Pero en lo que respecta al conjunto de las masas proletarias -aun aquellas que no nos siguen y que aun no comprenden el objetivo que perseguimos, pero que ven dos o tres organizaciones obreras conduciendo en una existencia paralela- dichas masas sacarán la siguiente conclusión de nuestra conducta: que a pesar de la escisión, estamos haciendo todo lo posible para facilitar la unidad de la acción a las masas.

7.- La política tendiente a asegurar el Frente Único, por supuesto no incluye garantías de que la unidad de acción será alcanzada en todos sus puntos. Por el contrario, en muchos casos, y quizá en la mayoría de ellos, los acuerdos organizativos serán alcanzados a medias o no lo serán del todo. Pero es necesario que las masas en lucha tengan siempre la posibilidad de convencerse de que la imposibilidad de lograr la unidad de acción no se debió a nuestra política irreconciliable sino a la falta de una real voluntad de lucha por parte de los reformistas.

Al entrar en acuerdos con otras organizaciones, naturalmente asumimos una cierta disciplina en la acción. Pero esta disciplina no puede ser absoluta. En el momento en que los reformistas empiecen a poner freno a la lucha, en detrimento del movimiento, y a actuar en contra de la situación y la voluntad de las masas, nosotros, como organización independiente siempre nos reservaremos el derecho a dirigir la lucha hasta el fin, y esto sin nuestros semialiados temporarios.

Esto puede dar pie a una nueva agudización de la lucha entre nosotros y los reformistas. Pero esta ya no implicara una simple repetición de un conjunto de ideas dentro de un circulo cerrado, sino que significara -si nuestra táctica es correcta- la extensión de nuestra influencia sobre sectores nuevos y frescos del proletariado.

8.- Es posible ver en nuestra táctica una reconciliación con los reformistas solo desde el punto de vista del periodista que piensa que se aleja del reformismo criticándolo ritualmente, sin siquiera abandonar su oficina de redacción, que teme chocar con el reformismo ante las masas, y teme darles a estas ultimas la oportunidad para colocar a comunistas y reformistas en un mismo plano de la lucha dé clases. En esta apariencia del temor revolucionario a la “reconciliación” acecha en esencia una pasividad política que busca perpetuar un orden de cosas en que los comunistas y los reformistas tienen cada uno sus esferas de influencia rígidamente demarcadas, su propio público en los mítines, su propia prensa, y que todo esto cree la ilusión de una seria lucha política.

9.- Rompimos con los reformistas y centristas a fin de obtener una completa libertad de criticar la perfidia, la traición, la indecisión y el espíritu pasivo en el movimiento obrero. Por esta razón, toda clase de acuerdo organizativo que coarte nuestra libertad de crítica y de agitación, es completamente inaceptable para nosotros. Participamos en un Frente Único, pero en ningún instante nos diluimos en él. Actuamos en el Frente Único como un grupo independiente. Es precisamente en el curso de la lucha que el conjunto de las masas debe aprender por experiencia que nosotros luchamos mejor que los demás, que vemos mejor, que somos más audaces y resueltos. De esta forma, nos acercamos cada vez más a la conquista del Frente Único revolucionario, bajo la indiscutida dirección comunista.

 

II. 

SECTORES EN EL MOVIMIENTO OBRERO FRANCES

 

10.- Si nos Proponemos analizar el problema del Frente Único en su aplicación a Francia, sin abandonar el terreno de estas tesis, que surgen del conjunto de la línea política de la Internacional Comunista, debemos entonces preguntarnos: ¿nos enfrentamos en Francia con una situación en que los comunistas representan, desde el punto de vista de la acción práctica, una magnitud insignificante? O por el contrario, ¿abarcan la gran mayoría de los obreros organizados? ¿O acaso ocupan una posición intermedia? ¿Son lo suficientemente fuertes para que su participación en el movimiento de masas revista la mayor importancia, pero no lo bastante fuertes para concentrar en sus manos la dirección?

Es bien evidente que nos hallamos frente al tercer caso.

11.- En la esfera partidaria, el predominio de los comunistas sobre los reformistas es enorme. La organización y la prensa comunistas superan en mucho a la prensa de los llamados socialistas, tanto en tiraje como en riqueza y vitalidad.

Esta manifiesta preponderancia, sin embargo, lejos de asegurar al Partido Comunista Francés la dirección indiscutida del proletariado francés, no lo ha logrado hasta ahora, debido principalmente a que el proletariado está influenciado poderosamente por tendencias y prejuicios antipolíticos y antipartidarios, alimentados principalmente por los sindicatos.

12.- La particularidad sobresaliente del movimiento obrero francés estriba en eso, en que los sindicatos han servido por mucho tiempo como una cubierta para un Partido político particularismo, anti-parlamentario que lleva este nombre: sindicalismo. Si bien los sindicalistas revolucionarios pueden tratar de delimitar su actuación de la política o de un Partido, no pueden refutar el hecho de que ellos mismos constituyen un Partido político, que busca basarse en las organizaciones sindicales del proletariado. Este Partido tiene sus propias tendencias revolucionarias positivas, pero también sus propios aspectos sumamente negativos: la falta de un programa genuino y definitivo y de una organización constituida. La organización de los sindicatos no corresponde en absoluto a la organización del sindicalismo. En el sentido organizativo, los sindicalistas representan un núcleo político amorfo injertado en los sindicatos.

El problema se complica aun más por el hecho de que los sindicalistas, como todos los otros grupos en el proletariado, se han dividido desde la guerra en dos partes: los reformistas, que apoyan a la burguesía y por lo tanto se inclinan a la colaboración estrecha con los reformistas parlamentarios, y el sector revolucionario, que está buscando el camino para aplastar a su adversario y se está moviendo, en la persona de sus mejores elementos, hacia el comunismo.

Es precisamente esta urgencia de preservar la unidad (de clase) de frente, la que inspiro no solo a los comunistas sino también a los sindicalistas revolucionarios, la táctica absolutamente correcta de la lucha por la unidad de la organización sindical del proletariado francés. Por el otro lado, con el instinto de traidores que hace que sepan que frente a las masas no pueden -en la acción, en la lucha- enfrentarse con el ala revolucionaria, Jouhaux, Merrhaim y Cía. han tomado el camino de la escisión. La lucha colosalmente importante que envuelve actualmente al conjunto del movimiento sindical francés, la lucha entre reformistas y revolucionarios, constituye para nosotros al mismo tiempo una lucha por la unidad de la organización de los sindicatos y del Frente Único Sindical.

 

III. 

EL MOVIMIENTO SINDICAL Y EL FRENTE UNICO

 

13.- El comunismo francés enfrenta una situación sumamente importante en cuanto a la idea del Frente Único. En la estructura de la organización política, el comunismo francés ha triunfado al conquistar a la mayoría del viejo Partido Socialista, con lo cual los oportunistas añadieron a toda su lista anterior de calificativos, el de “disidentes” es decir, divisionistas. Nuestro Partido se ha servido de esta expresión en el sentido de que ha implantado la designación de divisionistas a las organizaciones social-reformistas francesas, dando así a la vanguardia la certeza de que los reformistas son destructores de la unidad de acción y de la unidad de organización.

14.- En el campo del movimiento sindical, el ala revolucionaria y sobre todo los comunistas, no pueden ocultar, ni tampoco sus adversarios, cuán profundas son las diferencias entre Moscú y Ámsterdam. -diferencias que de ningún modo son simples sombras que oscurecen el panorama del movimiento obrero sino un reflejo del profundo conflicto que conmueve a la sociedad moderna, aparte, especialmente, del conflicto entre la burguesía y el proletariado. Pero al mismo tiempo, el ala revolucionaria, es decir ante todo y principalmente los concientes elementos comunistas, nunca han propugnado la táctica de abandonar los sindicatos o de dividir las organizaciones sindicales. Tales consignas son características de grupos sectarios, de “localistas”, KAPD , ciertos “libertarios” grupitos anarquistas en Francia, que nunca han tenido influencia en el seno del proletariado, que no intentan ni aspiran a conquistar esa influencia sino que se contentan con pequeñas sectas propias y con congregaciones rígidamente demarcadas. Los elementos verdaderamente revolucionarios entre los sindicalistas franceses, han sentido instintivamente que la clase obrera francesa puede ser ganada en la arena del movimiento sindical solo si se enfrentan el punto de vista y los métodos revolucionarios con los de los reformistas en el terreno de la acción de masas, preservando al mismo tiempo él más alto grado posible de unidad en la acción.

15.- El sistema de fracciones en las organizaciones sindicales, adoptado por el ala revolucionaria, significa la forma de lucha más natural para la influencia ideológica para la unidad del frente sin perturbar la unidad de la organización.

16.- Tal como los reformistas del Partido Socialista, los reformistas del movimiento sindical tomaron la iniciativa para la escisión. Pero se debe ante todo a la experiencia del Partido Socialista, que les hizo ver claramente que el tiempo avanzaba a favor de los comunistas, y que la única forma de contraatacar esa influencia era forzando una escisión. Por parte de la camarilla dirigente de la CGT, podemos ver todo un sistema de medidas a fin de desorganizar al ala izquierda, de privarla de aquellos derechos que los sindicatos le dan, y finalmente, a través de la expulsión abierta -en contra de todo estatuto y reglamento de colocarla formalmente fuera de los sindicatos-.

Por otro lado, tenemos al ala revolucionaria luchando para defender sus derechos en el terreno de las normas democráticas de las organizaciones obreras, y resistiendo con toda su fuerza la escisión implantada desde arriba, convocando a la base a la unidad de la organización sindical.

17.-Todo obrero francés consciente debe saber que cuando los comunistas eran una sexta parte, o una tercera parte del Partido Socialista, no intentaron escindirse, pues tenían absoluta certeza de que la mayoría del Partido los seguirían en un futuro cercano. Cuando los reformistas se vieron reducidos a una tercera parte se separaron, carentes de esperanzas en ganar la mayoría de la vanguardia proletaria.

Todo obrero francés consciente debe saber que cuando los elementos revolucionarios tuvieron que enfrentar el problema sindical, a pesar de ser en ese momento una minoría insignificante, le dieron salida en la forma del trabajo en organizaciones de base, pues estaban convencidos que la experiencia de la lucha en las condiciones de una época revolucionaria empujaría enseguida a la mayoría de los obreros organizados hacia el programa revolucionario. Cuando los reformistas, en cambio, percibieron el crecimiento del ala revolucionaria en los sindicatos, acudieron inmediatamente al método de la expulsión y la división.

De aquí podemos sacar conclusiones de la mayor importancia:

Primero, la enorme profundidad de las diferencias que reflejan, como ya hemos dicho, la contradicción entre la burguesía y el proletariado, ha sido clarificada.

Segundo, el “democratismo” hipócrita de los opositores de la dictadura queda al desnudo hasta las raíces, máxime cuando estos caballeros no se inclinan a tolerar, no solo en la estructura del Estado sino también en la estructura de las organizaciones obreras, los métodos democráticos. Allí donde estas organizaciones obreras se vuelven contra ellos, las abandonan, tal como los disidentes en el Partido, o expulsan a los demás como hace la camarilla de Johuax Desmoulins. Es monstruoso suponer que la burguesía podría permitir que la lucha contra el proletariado llegara a una decisión dentro de una estructura democrática, cuando hasta los agentes de la burguesía en los sindicatos y en las organizaciones políticas se oponen a resolver las cuestiones del movimiento obrero sobre la base de las normas de la democracia proletaria adoptadas voluntariamente por ellos.

18.- La lucha por la unidad de la organización obrera y de la acción sindical seguirá siendo, en un futuro, una de las tareas más importantes del Partido Comunista, no solo una lucha en el sentido de empujar constantemente hacia la unidad de grandes sectores de obreros en torno al programa y tácticas de los comunistas, sino también en el sentido de que el Partido Comunista -en marcha hacia la realización de este objetivo- tanto en forma directa como a través de los comunistas en los sindicatos, se esfuerza por medio de la acción, por reducir a un mínimo los obstáculos que son las divisiones para el movimiento obrero.

Si a pesar de todos nuestros esfuerzos por restablecer la unidad, la división en la CGT se afirma sin remedio en un futuro inmediato, esto no significa en absoluto que la “CGT Unitaire” , sin tener en cuenta si una mitad o más de la mitad de los obreros organizados se le unirán en el próximo periodo, debe llevar adelante su tarea ignorando simplemente la existencia de la CGT reformista. Una política de esta naturaleza significaría dificultades al extremo, y hasta excluiría la posibilidad de realizar acciones coordinadas del proletariado, y al mismo tiempo facilitaría al máximo la posibilidad de que la CGT reformista jugara, en beneficio de la burguesía, el rol de “Ligue Civique” frente a huelgas, manifestaciones, etc.; y al mismo tiempo daría a la CGT reformista una especie de justificación, al argumentar que la CGT Unitaire provoca acciones publicas inoportunas, y que debe cargar con toda la responsabilidad por ellas. Es bien evidente que en todos los casos donde las circunstancias lo permitan a la CGTU revolucionaria, ésta iniciará una campaña cuando lo considere necesaria, dirigiéndose abiertamente a la CGT reformista con propuestas y demandas para un plan concreto de acciones coordinadas, y obligarla a sufrir la presión de la opinión publica proletaria, exponiendo ante dicha opinión publica cada uno de los pasos inciertos y evasivos de los reformistas.

Aun en el caso de que la división en la organización sindical sea un hecho, los métodos de lucha por el Frente Único conservaran todo su significado.

19.- Podemos, por lo tanto, establecer que en relación con el sector más importante del movimiento obrero —los sindicatos- la táctica del Frente Único exige que los métodos con que llevamos adelante la lucha contra Jouhaux y Cía., sean aplicados en forma más consistente, y con más persistencia y resolución que nunca

 

IV.

LA LUCHA POLITICA Y EL FRENTE UNICO

 

20.- En el plano del Partido, hay una gran diferencia con los sindicatos; la preponderancia del Partido Comunista sobre el Partido Socialista es enorme. Por lo tanto, es posible suponer que el Partido Comunista como tal es capaz de asegurar la unidad del frente político, y que por consiguiente no hay razones que lo empujen a dirigirse a la organización de los disidentes con propuestas para acciones concretas. Esta cuestión, de ser planteada en una estricta forma legista, basada en relación de fuerzas y no en un radicalismo verbal, debe ser apreciada coma merece.

21.- Cuando consideramos que el Partido Comunista cuenta con 130.000 miembros mientras que los socialistas tienen 30.000. Los éxitos enormes de la idea comunista en Francia se hacen evidentes. En cambio, sí tomamos en cuenta la relación entre esas cifras y la fuerza numérica del proletariado en su conjunto y la existencia de sindicatos reformistas, amén de la existencia de tendencias anti-comunistas en los sindicatos revolucionarios, entonces la cuestión de la hegemonía del Partido Comunista en el movimiento obrero se nos presentara como una tarea muy difícil, aun lejos de resolverse con nuestra preponderancia numérica frente a los disidentes. Estos últimos pueden, bajo ciertas condiciones, constituir un factor contrarrevolucionario mucho más importante dentro del proletariado de lo que podría parecer si uno juzga solamente a través de la debilidad de su organización y la insignificancia del tiraje y del contenido ideológico de su órgano, “Le Populaire”.

22.- A fin de apreciar la situación, es preciso dar una síntesis clara de su desarrollo. La transformación de la mayoría del viejo Partido Socialista en Partido Comunista se produjo como resultado de una ola de insatisfacción y resulta engendrada por la guerra en todos los países de Europa. El ejemplo de la Revolución Rusa y las consignas de la Tercera Internacional, indicaron el camino para salir de esta situación. Sin embargo, la burguesía pudo sostenerse en el periodo 1919-20 y pudo, a través de medidas combinadas, establecer un cierto equilibrio basado sobre los cimientos de la posguerra, equilibrio que fue socavado por las más terribles contradicciones y conduce a grandes catástrofes, pero que provee de cierta estabilidad por el momento, y para un periodo muy inmediato. La Revolución Rusa, superando las mayores dificultades creadas por el capitalismo mundial, ha sido capaz de llevar a cabo sus tareas socialistas solo en forma gradual, a costa de un extraordinario drenaje de todas sus fuerzas. Como resultado de esto, el flujo inicial de las tendencias revolucionarias ha dado lugar a un reflujo. Solamente los sectores más resueltos, audaces y jóvenes del proletariado mundial han permanecido bajo la bandera del comunismo.

Esto naturalmente no significa que los amplios sectores del proletariado que se han desilusionado en sus esperanzas de una revolución inmediata, de rápidas transformaciones radicales, etc., hayan vuelto en conjunto a sus antiguas posiciones de preguerra. No, su insatisfacción es más profunda que nunca, su odio a los explotadores más agudo. Pero al mismo tiempo, se hallan políticamente desorientados, no ven el camino de la lucha y por ende permanecen pasivamente a la expectativa, dando pie a la posibilidad de agudas oscilaciones hacia uno u otro lado, según como se presenta la situación.

Esta gran reserva de elementos pasivos y desorientados puede, bajo determinadas circunstancias, ser utilizada por los divisionistas en contra nuestro.

23.- Para apoyar al Partido Comunista, es necesario tener fe en la causa revolucionaria, ser leal y activo. Para apoyar a los disidentes, son necesarias y suficientes la desorientación y la pasividad. Es absolutamente natural que el sector revolucionario y activo del proletariado reclute de sus filas una proporción mucho mayor de miembros para el Partido Comunista, de lo que es capaz de proveer el sector pasivo y desorientado al Partido de los divisionistas.

Lo mismo puede decirse de la prensa. Los elementos indiferentes leen poco. La insignificancia de la circulación y contenido de “Le Populaire” refleja las condiciones de un sector del proletariado. El hecho de que haya un completo ascendiente de los intelectuales profesionales sobre los obreros en el Partido de los divisionistas, no contradice en absoluto nuestro análisis; que el proletariado pasivo y parcialmente desilusionado, parcialmente desorientado, sirve, especialmente en Francia, de fuente de alimento para las camarillas políticas formadas por abogados y periodistas, curanderos reformistas y charlatanes parlamentarios.

24.- Si contemplamos la organización del Partido como un ejército activo y a las masas proletarias desorganizadas como las reservas; y si garantizamos que nuestro ejercito activo es tres o cuatro veces más poderoso que el ejército activo de los divisionistas, entonces, bajo una combinación de circunstancias dada, las reservas pueden dividirse entre nosotros y los social-reformistas, en una proporción mucho menos favorable para nosotros.

PELIGRO DE UN NUEVO PERIODO “PACIFISTA”

25.- La idea de un “bloque de izquierda” está penetrando en la atmósfera política francesa. Luego de un nuevo periodo de Poncareismo, que constituye un intento de la burguesía de servir un plato recalentado -hecho con las ilusiones del pueblo de lograr la victoria- es bien probable una reacción pacifista en amplios círculos de la sociedad burguesa, especialmente entre la pequeño burguesía. Las esperanzas de una pacificación universal, de un acuerdo con la URSS, de obtener de ésta, bajo condiciones ventajosas, materias primas y el pago de sus deudas, disminuyen aplastadas por el militarismo; y de esta manera, el programa ilusorio del pacifismo democrático puede durante un cierto periodo transformarse en programa de un bloque dé izquierda, que reemplazará al bloque nacional.

Desde el punto de vista del desarrollo de la revolución en Francia, tal cambio de régimen será un paso adelante solo en el caso que el proletariado haya sido alcanzado muy poco por las ilusiones del pacifismo pequeño burgués.

26.- Los divisionistas reformistas son la agencia del “bloque de izquierda” en la clase obrera. Sus éxitos serán mayores cuando menos el proletariado sea alcanzado por la idea y practica del Frente Único contra la burguesía. Un sector de los obreros, desorientado por la guerra y la demora en el advenimiento de la revolución puede aventurarse a apoyar el bloque de izquierda como un mal menor, en la creencia de que no arriesgara nada, y a causa de que no ve otro camino.

27.- Uno de los medios más efectivos para contrarrestar en el proletariado las formas y las ideas del bloque de izquierda, es decir, un bloque formado por los obreros y cierto sector de la burguesía contra otro sector de la burguesía es insistir resuelta y persistentemente en la idea de un bloque formado por todos los sectores del proletariado contra el conjunto de la burguesía.

28.- En relación con los divisionistas, esto significa que no debemos permitirles ocupar impunemente una posición temporalmente evasiva respecto al movimiento obrero, y usar platónicas declaraciones de simpatía por los obreros, como una cubierta para aplicar al trasero de los opresores burgueses. En otras palabras, podemos y debemos, en todas las circunstancias adecuadas, proponer a los divisionistas una forma especifica de ayuda conjunta a los huelguistas, obreros bajo lock-out, desocupados, inválidos de guerra, etc. informando a las masas de su respuesta a nuestras propuestas, y en esta forma, oponerlos a ciertos sectores del proletariado políticamente indiferentes o semi-indiferentes, entre los cuales los reformistas esperan encontrar pronto apoyo en ciertas condiciones propicias.

29.- Este tipo de táctica es tanto más importante cuanto que los divisionistas están íntimamente ligados a la CGT reformista, y constituyen con esta ultima las dos alas de la agencia burguesa en el movimiento obrero. Debemos tomar la ofensiva simultáneamente en el campo sindical y político contra esta agenda de doble faz, aplicando los mismos métodos tácticos.

30.- La lógica de nuestra conducta impecable y sumamente persuasiva en la agitación es la siguiente: “Ustedes, los reformistas del sindicalismo y socialismo”, les decimos ante las masas, “han dividido a los sindicatos y al Partido mediante ideas y métodos que consideramos equivocados y criminales. Les exigimos que por lo menos se abstengan de poner obstáculos a las tareas del proletariado, y que hagan posible la unidad de acción. En la situación concreta dada, proponemos tal y tal programa de lucha”.

31.- En forma similar, el método indicado podría ser empleado con éxito en actividades municipales y parlamentarias. Decimos a las masas: “los disidentes, debido a que no quieren la revolución, han dividido a los obreros. Estaríamos locos si confiáramos con su ayuda a la revolución proletaria. Pero estamos dispuestos, dentro y fuera del parlamento, a entrar en ciertos acuerdos prácticos con ellos, teniendo en cuenta que estos acuerdos sean sobre cuestiones que los obliguen a elegir entre los intereses conocidos de la burguesía y las reivindicaciones definitivas del proletariado; para apoyar a este ultimo en la acción, los divisionistas solo pueden ser capaces de tales acciones si renuncian a sus ligazones con los partidos de la burguesía, o sea, el bloque de izquierda y la disciplina burguesa”.

Si los divisionistas fueran capaces de aceptar estas condiciones, entonces los obreros que los siguen serian rápidamente absorbidos por el Partido Comunista. Pero precisamente debido a esto, los divisionistas no aceptarán estas condiciones. En otras palabras, ante la clara y precisa cuestión de sí eligen un bloque con la burguesía o un bloque con el proletariado —en las condiciones concretas y específicas de la lucha de clases— se verán obligados a declarar que prefieren un bloque con la burguesía. Una respuesta tal no pasara de largo ante las reservas proletarias con las cuales cuentan los reformistas.

 

V.

TAREAS INTERNAS DEL PARTIDO COMUNISTA

 

32.- La política esbozada más arriba presupone, naturalmente, una completa independencia organizativa, claridad ideológica y firmeza revolucionaria por parte del Partido Comunista.

Por ende, ejemplarizando, es imposible llevar adelante con éxito una línea política que intente desacreditar ante las masas la idea de un bloque de izquierda, si en las filas de nuestro mismo Partido hay partidarios de este bloque en cantidad suficiente como para defender abiertamente esta línea de la burguesía. La expulsión incondicional y sin piedad de quienes estén a favor de la idea de un bloque de izquierda, es una tarea sobreentendida del Partido Comunista. Esto limpiará nuestra línea política de elementos que siembren el error y la falta de claridad; atraerá la atención de los obreros de vanguardia hacia la importancia del problema del bloque de izquierdas, y demostrará que el Partido Comunista no juega con las cuestiones que amenazan la unidad revolucionaria en la acción del proletariado contra la burguesía.

33.- Aquellos que tratan de utilizar la idea del Frente Único para agitar a favor de la unificación con los reformistas y los disidentes, deben ser arrojados sin piedad de nuestro Partido, pues sirven de agencia de los divisionistas en nuestras filas, y confunden a los obreros sobre los motivos de la división y sobre quiénes son los responsables de ella. En vez de plantear correctamente la posibilidad de tal o cual acción práctica coordinada con los disidentes, a pesar de su carácter pequeño burgués y esencialmente contrarrevolucionario, piden que nuestro Partido renuncie a su programa comunista y a sus métodos revolucionarios. La expulsión irrevocable de estos elementos, demostrara en forma excelente que la táctica del Frente Único proletario en modo alguno representa una capitulación o reconciliación con los reformistas. La táctica del Frente Único exige del Partido una completa libertad de maniobra, flexibilidad y resolución. Para hacer esto posible, el Partido debe declarar en forma clara y específica en todo momento, cuáles son sus deseos, qué objetivo de lucha se da, y debe plantear con autoridad, ante las masas, sus pasos y propuestas.

34.- De aquí surge la completa imposibilidad de admitir a los miembros del Partido que publiquen individualmente, bajo su propia responsabilidad y riesgo, cuestiones políticas en las que oponen sus propias consignas, métodos de acción y propuestas a las que representan al Partido.

Bajo la cubierta del Partido Comunista y en consecuencia, también en el medio influenciado por una cobertura comunistas, es decir; el medio obrero, estos elementos siembran día a día ideas hostiles al Partido o siembran la confusión o el escepticismo, lo que resulta más dañino que las ideologías abiertamente hostiles.

Los órganos de esta clase, junto con sus editores, deben ser expulsados del Partido y la Francia proletaria por entero debe enterarse de esta acción por medio de artículos que expongan sin piedad a los contrabandistas pequeñoburgueses que actúan bajo la bandera comunista.

35.- De lo dicho hasta aquí surge también la completa inadmisibilidad de que en las publicaciones fundamentales del Partido aparezcan, junto a artículos que defienden los conceptos básicos del comunismo, otros trabajos que los combatan o los nieguen. Es absolutamente inadmisible la continuación, en la prensa del Partido, de un régimen bajo el cual los lectores proletarios hallen, bajo la cubierta de los editoriales de las principales publicaciones del Partido, artículos que traten de retrotraerlos a posiciones de un pacifismo lacrimoso, y que propaguen entre los obreros una hostilidad que debilita, hacia la violencia revolucionaria, ante la violencia triunfante de la burguesía. Bajo la mascara de una lucha contra el militarismo, se conduce una lucha contra las ideas de la revolución y del levantamiento de las masas.

Si luego de la experiencia de la guerra y de todos los acontecimientos posteriores, especialmente en la URSS y en Alemania, los prejuicios del pacifismo humanitario aun sobreviven en el Partido Comunista, y si el Partido considera necesario -en interés de la completa liquidación do estos prejuicios- abrir una discusión al respecto, los pacifistas y sus prejuicios en ningún caso pueden intervenir en la discusión como una fuerza igual, sino que deben ser condenados severamente por la dirección del Partido, en nombre de su Comité Central. Luego que el Comité Central haya decidido que la discusión está agotada, todo intento de desparramar las ideas del tolstoismo o cualquier otra variante del pacifismo, debe provocar irrevocablemente la expulsión de las filas del Partido.

36.- Se podría afirmar, sin embargo, que mientras no se complete la tarea de limpiar al Partido de los prejuicios del pasado y de completar su cohesión interna, seria peligroso colocar al Partido en situaciones en que se aproximara estrechamente a los reformistas y nacionalistas. Pero este punto de vista es falso, naturalmente, no puede negarse que la transición de una amplia actividad propagandística a la participación directa en el movimiento de masas, entraña nuevas dificultades y – por lo tanto, peligros para el Partido Comunista-. Pero seria totalmente erróneo suponer que el Partido puede prepararse para todas estas pruebas sin participar directamente en la lucha, sin entrar directamente en contacto con enemigos y adversarios. Por el contrario, solo así puede alcanzarse una limpieza y cohesión interna del Partido real, no ficticia. Puede que algunos elementos en el Partido y en la burocracia obrera se sientan más inclinados hacia los reformistas, de los cuales se han separado accidentalmente, que hacia nosotros. Perder a esas aves de paso no será un peligro sino una ventaja, y será compensado cien veces por la inyección al Partido de los obreros y obreras que hoy siguen todavía a los reformistas. El Partido se hará entonces más homogéneo, más resuelto y más proletario.

 

VI.

LAS TAREAS DEL PARTIDO EN EL MOVIMIENTO SINDICAL

 

37.- Una de las tareas más fundamentales, es la de adquirir una absoluta claridad frente al problema sindical, tarea que sobrepasa en mucho a las otras que enfrenta el Partido Comunista en Francia.

Naturalmente, la leyenda difundida por los reformistas de que se están haciendo planes para subordinar los sindicatos organizativamente al Partido, debe ser denunciada y expuesta enérgicamente. Los sindicatos cuentan con obreros de tendencias políticas distintas, así como con hombres sin Partido, ateos o creyentes, en cambio, el Partido une en sus filas a hombres que piensa igual políticamente, sobre la base de un programa definido. El Partido no tiene ni puede tener instrumentos ni métodos para atar a los sindicatos desde fuera.

El Partido puede ganar influencia en la vida de los sindicatos si sus militantes trabajan en los sindicatos y llevan ahí el punto de vista del Partido. La influencia de los miembros del Partido en los sindicatos depende naturalmente de su fuerza numérica; y especialmente en el grado en que sean capaces de aplicar correctamente y en forma consistente y rápida, los principios del Partido a las necesidades del movimiento sindical.

El Partido tiene el derecho y él deber de proponerse conquistar, según la línea trazada más arriba, una influencia decisiva en las organizaciones sindicales. Solo alcanzará su objetivo si el trabajo de los comunistas en los sindicatos se armoniza completa y exclusivamente con los principios del Partido, y si es conducido invariablemente bajo su control.

38.- Las mentes de todos los comunistas deben ser por lo tanto purgadas de todo prejuicio reformista, que haga aparecer al Partido como una organización política parlamentaria del proletariado y nada más. El Partido Comunista es la organización de la vanguardia proletaria para la fructificación ideológica del movimiento obrero, y para asumir su dirección en todas las esferas, principalmente en los sindicatos. Si los sindicatos no están subordinados a un Partido, sino que son organizaciones completamente autónomas, los comunistas dentro de los sindicatos no por ello deben pretender realizar una tarea sindical autónoma, sino que deben actuar como los transmisores del programa y la táctica de su Partido. Condenamos severamente la conducta de aquellos comunistas que no solo no luchan en los sindicatos por la influencia de las ideas del Partido, sino que contraatacan esta lucha en nombre de un principio de “autonomía” aplicado por ellos en forma absolutamente falsa. En realidad, preparan el camino para la influencia decisiva en el campo sindical de individuos, grupos y camarillas que no tienen ni un programa definido ni se agrupan en torno a una organización, y que utilizan lo amorfo de los sectores y relaciones ideológicos para mantener el aparato organizativo en sus manos y asegurar la independencia de su camarilla de todo control por parte de la vanguardia proletaria.

Si el Partido, en su actividad en los sindicatos, debe mostrar la mayor atención y cuidados hacia las masas sin Partido y hacia sus representantes concientes y honestos; si el Partido debe, sobre la base de su tarea conjunta, acercarse estrechamente á los mejores elementos del movimiento sindical -incluso los anarquistas revolucionarios que sean capaces de aprender- el Partido en cambio, no debe tolerar a los seudo-comunistas que utilizan los Estatutos del Partido solo para ejercer una influencia anti-partidaria en los sindicatos.

39.- El Partido, a través de su prensa, de sus propagandistas y sus miembros en los sindicatos, debe someter a una crítica constante y sistemática los defectos del sindicalismo revolucionario, a fin de resolver las tareas básicas del proletariado. El Partido debe criticar sin cansancio y con persistencia, los aspectos teóricos y prácticos débiles del sindicalismo, explicando al mismo tiempo a sus mejores elementos que el único camino correcto para asegurar la influencia revolucionaria en los sindicatos y en el movimiento obrero en su conjunto, es el ingreso en el Partido Comunista, es su participación en la solución de todas las cuestiones básicas del movimiento, en sacar conclusiones de las experiencias, en fijar nuevas tareas, en limpiar al mismo Partido y en fortalecer sus ligazones con el proletariado.

40.- Es absolutamente indispensable hacer un censo de todos los miembros del Partido Comunista francés, a fin de determinar su estado social (obreros, empleados públicos, campesinos, intelectuales, etc.), sus relaciones con el movimiento sindical (¿Pertenecen a sindicatos? ¿Participan en mítines comunistas? ¿En mítines de los sindicatos revolucionarios? ¿Aplican en los sindicatos las resoluciones del Partido?, etc.); su actitud hacia la prensa del Partido, (¿Qué publicaciones del Partido leen?), y así sucesivamente.

Este censo debe ser llevado a cabo de forma que sus principales aspectos puedan considerarse antes del advenimiento del Cuarto Congreso Mundial de la Internacional Comunista.

Marzo de 1922

Barcelona, mayo de 1937

El historiador Ferran Gallego acaba de publicar un libro, Barcelona, mayo de 1937 (Debate), que cuestiona o matiza las versiones más difundidas de lo que ocurrió en Cataluña, singularmente en Barcelona, del 3 al 7 de mayo de 1937. Con la publicación de este libro se abre de nuevo un debate sobre un tema que, a pesar de los setenta años transcurridos, sigue despertando pasiones sin que acaben de cerrarse las heridas (políticas) que se produjeron en aquellos acontecimientos.

—Como es sabido, el detonante de los hechos de mayo fue la toma de la Telefónica por los guardias de asalto. ¿Por qué decidió el Gobierno de la Generalitat arrebatar a la CNT, que se había hecho propietaria de esa compañía, el control de las comunicaciones telefónicas?

—Como bien has dicho, se trató del “detonante”, en una situación de crisis de las relaciones entre las fuerzas que constituían el Consell de la Generalitat –es decir, la ERC, CNT, la FAI, la UdR, la UGT y el PSUC– al que se sumaría el POUM, expulsado del gobierno en diciembre de 1936. La toma de la Telefónica, sin embargo, tiene un valor real y simbólico al mismo tiempo, porque implica hacerse con el centro de comunicaciones más importante que existía y porque implicaba un eslabón en una cadena funcional del debate de fondo: las relaciones entre el poder institucional y el poder de base de las distintas fuerzas sindicales y políticas. La disputa por el control de la Telefónica es un ejemplo claro de esta disputa por el poder o los poderes que está en el origen de los conflictos desde el verano de 1936. Un debate sobre control social de cada organización más relevante que lo que ha ido llegando hasta nosotros simplificado en términos de revolución y contrarrevolución.

—Pero la CNT estaba en el Gobierno, y no sólo en el de Cataluña, sino también en el de España. ¿Hemos de entender que hubo por parte del resto de los partidos del Frente Popular o del Consell de la Generalitat un intento de desalojar del poder a los anarquistas?

—Es posible que algunos sectores pudieran considerarlo así (y no me refiero a partidos enteros, sino a tendencias dentro de los mismos). Creo, con todo, que lo que explica mejor las cosas es que la CNT, sin rival en el movimiento obrero catalán antes de la guerra –a diferencia de lo que ocurre en el resto del territorio republicano– desea mantener una ambigüedad calculada sobre la configuración del poder político. No puede imponer el proyecto libertario, pero sí desea mantener ámbitos de independencia de gestión que se refieren, fundamentalmente, al control del Orden Público y al de algunas actividades económicas. Cuando se produce la consolidación de las instituciones y se precisa una cierta disciplina, que por lo menos vincule a quienes están en el gobierno como la propia CNT, ésta se resiste a abandonar esta versión difusa del poder. No es casualidad que la crisis gubernamental en Cataluña se produzca, el mes anterior a la crisis de mayo, como resultado de la aprobación de los decretos de orden público, que unificaban el mando y lo ponían en manos de sectores próximos al Conseller Aiguader, de ERC. El PSUC, en este conflicto, se orientaba claramente al reforzamiento de las instituciones, algo que le llevará a confluir con ERC aunque sin desear romper con la CNT. El PSUC sólo se había planteado la exclusión del POUM de la política catalana.

—¿Por qué el PSUC quería excluir al POUM? ¿Por qué este último partido fue expulsado del gobierno?

—La respuesta canonizada por una historiografía vinculada a la izquierda socialista y al trotskismo ha dado por sentado que se trataba de una respuesta a las presiones de la Internacional Comunista en una campaña contra el trotskismo que se iniciaría con el primero de los grandes procesos contra esta corriente, a comienzos de 1937. Las cosas son algo más complejas. Es indudable que para los “socialistas unificados”, el POUM aparece como un adversario político a batir, no como una fuerza con la que negociar, pero no únicamente como resultado de las presiones externas, sino por una dinámica de competencia de espacios en el interior de Cataluña que ya ha dividido a los marxistas en periodos anteriores. Tras la unificación de seis organizaciones de esta tendencia en el PSUC y el POUM en 1935-36, esta competencia pudo bipolarizarse con más comodidad. Sin embargo, el POUM pudo ser expulsado del gobierno con el acuerdo de la CNT y de ERC –de otro modo habría resultado imposible–, como resultado de las críticas que este partido lanzaba no sólo contra el Frente Popular, sino incluso contra los pactos firmados por la FAI, el PSUC, la CNT y la UGT en octubre de 1936. La expulsión fue, por tanto, un asunto de todas las fuerzas significativas en Cataluña y, según creo, un error táctico importante. El POUM no habría llegado a plantear una oposición tan radical al régimen –y no sólo al gobierno– si se le hubiera aceptado como hasta entonces.

—¿Podrías resumir brevemente la postura de las distintas formaciones políticas y sindicatos, amén de la reacción del gobierno de España, al producirse la insurrección de mayo tras la toma de la Telefónica? ¿Creyó el POUM que podía derribar al gobierno de la Generalitat y conseguir que los insurrectos tomaran el poder?

—Lo que podría indicarse, en primer lugar, es lo distintas que eran las posiciones de quienes levantan barricadas en las calles barcelonesas el 3 de mayo de 1937. Sectores con las Juventudes Libertarias, el POUM o Los Amigos de Durruti podían plantearse una sublevación contra el gobierno y la lógica de sus alianzas sociopolíticas: es decir, contra el conjunto de los grupos obreros y republicanos. Quien definió de forma más clara las cosas fue el POUM, que consideraba que la lucha contra el fascismo no podía desvincularse de la revolución socialista y, por tanto, había de pasar por la ruptura con las organizaciones que representaban a la burguesía. El POUM siempre expresó muy claramente que el antifascismo era una excusa para no hacer la revolución, que era históricamente adecuada y políticamente posible. Por ello, proponía la alianza entre su partido leninista y las organizaciones libertarias en un Frente Obrero Revolucionario. Sin embargo, la misma CNT que combatió en las calles de Barcelona no lo hizo con estos objetivos, sino para tratar de mantener las condiciones de poder adquiridas por el sindicato y evitar el deslizamiento del régimen hacia una acentuación de la disciplina, la homogeneidad gubernamental y la unidad del poder. Creo que las cuestiones socio-económicas tuvieron mucha menos relevancia que este aspecto. Lógicamente, entre el POUM y la CNT-FAI podía haber una unidad táctica inmediata, pero graves discrepancias estratégicas que permitieron, por ejemplo, que los negociadores de la CNT prescindieran tanto de las presiones del POUM para tomar el poder como de la representación de este partido en las negociaciones con el Consell de la Generalitat. La respuesta de los dirigentes de la CNT a escala española fue la de acudir a calmar el conflicto para tratar de negociar el mantenimiento de las condiciones existentes antes del asalto a la Telefónica. Sin embargo, por parte de socialistas, comunistas y republicanos, la insurrección fue contemplada como la prueba de la imposibilidad de seguir confiando en la capacidad de control de la CNT sobre su militancia y, por tanto, permitió abrir paso a nuevos gobiernos en Valencia y en Barcelona, que liquidaran la dirección de Largo Caballero en el ejecutivo central y la presencia de la CNT en ambos gobiernos. De igual forma, la insurrección se contempló, en especial por la prensa del PCE, como un movimiento que no iba dirigido contra el gobierno, sino contra el Frente Popular y el régimen republicano en su conjunto, lo que permitió establecer el mito de la colaboración entre el “trotskismo”, los “incontrolados” y “la quinta columna”.

—Un mito que, además de atentar gravemente a la verdad, ponía en el mismo saco a gentes que no siempre se llevaban bien. ¿Qué unía y que separaba a trotskistas, poumistas y cenetistas?

—Obviamente, tratar a la izquierda que no fuera partidaria del Frente Popular de ser filofascista o quintacolumnista es, como ya he dicho hasta la saciedad, una ignominia. La verdad es que me gustaría escuchar apreciaciones similares del mundo libertario, poumista o trotskista, cuando se acusa a los socialistas o comunistas españoles de ser simples agentes de Moscú. Para ir al meollo de la cuestión, lo que cabe destacar es la diferencia entre la CNT y cualquier versión del marxismo, sea poumista, trotskista, socialista o del PSUC. La CNT se plantea el comunismo libertario como objetivo, pero no será capaz de pasar a esa opción cuando se derrota al fascismo en Barcelona en julio de 1936. Por ello, decidirá aceptar el mantenimiento de las instituciones y la aceptación por éstas del poder alcanzado por el movimiento libertario. Tras la disolución del Comité de Milicias Antifascistas, la CNT aceptará la constitución del Consell de la Generalitat, formar parte del mismo y, además, acabará entrando en el gobierno central republicano. La tesis de muchos libertarios que han escrito sobre el tema es la existencia de una crisis de identidad de la CNT en unas condiciones inéditas: disponer del poder en la calle y no poder hacer la revolución anarquista. Sin embargo, creo que puede matizarse. Lo que se produce es, más bien, el deseo de hacer ambas cosas. Lo que quiere la CNT es ajustarse a una correlación de fuerzas en la que no puede desdeñar la existencia de ERC, UGT y PSUC, pero deseando sostener las zonas de poder ya obtenidas, en el ámbito del Orden Público o en la administración de la producción y los servicios. Lo importante es lo que no hay en la CNT. Y lo que no hay es una oposición al régimen republicano, sino una participación en el mismo en estas condiciones de poder difuso.

—¿Y en cuanto al POUM?

—En esto, la posición de la CNT no tenía nada que ver con la del POUM. A veces se olvida que el POUM es un partido bolchevique, leninista. No concibe más revolución que la toma del poder por la clase obrera y la ruptura de la República burguesa y el Frente Popular. Pero va más allá, y no lo digo yo sino los editoriales de La Batalla, el órgano del POUM: la formación de un frente unido con la FAI y la CNT, considerando que los “reformistas” –el PSOE, el PSUC, la UGT–, son enemigos de clase. La CNT, en Solidaridad Obrera, solicitará la formación de un gobierno CNT-UGT tras los hechos de mayo, lo cual significa no contar con el POUM, sino con la otra organización de masas existente en Cataluña y en el resto de España. Los trotskistas de aquel momento, agrupados en un pequeño grupo bolchevique-leninista y el propio Trotsky acusarán al POUM de ser un partido centrista, porque no han aceptado la unificación de la Izquierda Comunista de Nin con el Bloque Obrero y Campesino de Maurín. Y en 1937, un dirigente como Munis habrá de denunciar la incompetencia del POUM, que le impide hacerse con la vanguardia del movimiento y tomar el poder superando la República y el Frente Popular.

—¿Significa eso que el PSUC no era un partido leninista, dado que el PSUC no deseaba la ruptura del Frente Popular? ¿No estaba por la toma del poder por parte de la clase obrera?

—Naturalmente, el PSUC era un partido leninista. Pero he querido subrayar el carácter de partido leninista del POUM por la tendencia a confundirlo con una organización de izquierda socialista y apartarlo del espacio comunista. Aclarado este punto, nada secundario, lo que hay entre estos dos partidos –como ha ocurrido con el Bloque Obrero y Campesino antes– es una discrepancia acerca de la URSS y la III Internacional, cuyos carácter y estrategia son juzgados críticamente por el POUM, al contrario de lo que sucede con el PSUC. El PSUC es un partido peculiar, porque nace de un proceso de unificación obrera y socialista que comenzó a raíz de la ofensiva fascista en España desde 1934-1935 y que se realizó tras el estallido de la guerra civil. Siendo un partido de unificación entre socialistas y comunistas –su propio secretario general procedía de la Unió Socialista de Catalunya, muy moderada–, fue adquiriendo una posición más radical y se convirtió en sección catalana de la Internacional Comunista. El PSUC –contra lo que dice la historiografía vinculada al POUM sin dar pruebas documentales, más bien los especialistas han descubierto lo contrario– es un partido obrero en su composición, de clase en sus objetivos. Lo que ocurre es que la aparición del fascismo provoca una revisión estratégica que implica la necesidad de fijar la hegemonía de los trabajadores en un frente más amplio. Convendría recomendar las lecturas de los discursos de José Díaz, secretario general del PCE, cuando plantea en 1935 la idea de un Bloque Popular Antifascista que se vertebre a través de las Alianzas Obreras, y al que se sumen los grupos antifascistas de sectores populares. Lo que se defiende tras el estallido de la guerra y la correlación de fuerzas que ésta crea es, como es obvio, la defensa de una República contra la que se ha levantado el fascismo, pero que modificará su naturaleza, por la potencia adquirida por las organizaciones obreras y las transformaciones realizadas en el curso de la guerra, que se considera revolucionaria. El PSUC, podríamos decir, es un partido comunista con una estrategia de Frente Popular. Otra cosa será, como planteo en mi libro, la desviación gubernamentalista que el proyecto de democracia popular revolucionaria podrá crear a partir de mediados de 1937, cuando la guerra empieza a perderse con claridad.

—¿A qué te refieres exactamente al hablar de desviación gubernamentalista?

—El Partido Comunista defendió la idea de Frente Popular Antifascista como una estrategia que, a diferencia de lo proclamado por el PSOE y por Izquierda Republicana, no fuera simplemente un pacto electoral, sino un bloque cuya hegemonía debía corresponder a la clase más numerosa y cuya función histórica estuviera vinculada a la continuidad con la insurrección de 1934. Cuando se produjo la derrota del fascismo en lugares cruciales, los comunistas –que eran aún una fuerza minoritaria– aceptaron que la dirección política del proceso estuviera en manos de los republicanos y, más tarde, en el ámbito español, de los socialistas. Sin embargo, no renunciaron a las conquistas revolucionarias que ya se habían dado, y que fueron institucionalizadas con decretos como el de sindicación obligatoria o el de colectivizaciones. Creo, con todo, que a medida que la guerra empezó a ser desfavorable, en especial tras la pérdida del Norte, cuando la ayuda soviética comenzó a decrecer en la segunda mitad de 1937, al no poder competir técnicamente con el material alemán, se planteó básicamente ganar la guerra. Es decir, que hubo un desequilibrio en la ecuación guerra y revolución o, para decirlo en unos términos que superen este viejo debate, el PSUC –como el resto de las fuerzas republicanas y socialistas– empezó a considerar que los cambios debían realizarse desde el gobierno, creyendo que la imposición del orden exigía prescindir de las iniciativas de base, algo que es falso. Creo, además, que esta tendencia a considerar la gubernamentalización de la acción del partido como el objetivo a buscar, en esa lucha por el poder, es lo que acabaría provocando, incluso en la derrota del fascismo internacional, una tendencia a considerar que el área de acción de la izquierda revolucionaria debía priorizar las tareas de gobierno, ya fuera dentro de él o aspirando a regresar al mismo, tras la expulsión de los Partidos Comunistas de los gobiernos de Italia, Francia, Bélgica y Luxemburgo en 1947. Pero no creo que se trate de frenar la revolución económica –que estaba, en buena medida, realizada en los límites de lo aceptable por el Frente Popular–, sino de cómo lo que podía haber sido un doble espacio de acción pasa a ser, progresivamente, sólo uno.

—Volvamos a mayo del 37. Algunos historiadores han calificado la actuación de los comunistas de contrarrevolucionaria, y han visto la larga mano de Stalin detrás de la represión durante y después de la insurrección.

—Naturalmente, volver a mayo de 1937 significa haber establecido previamente cuáles son los análisis de las correlaciones de fuerzas, las estrategias y el carácter de cada una de las fuerzas en presencia. Sin ellas, lo que ocurre entre el 3 y el 7 de mayo carece de inteligibilidad, de la misma forma que no se comprende la actuación de los partidos antes de mayo y después del inicio de la guerra y lo que sucederá tras el fracaso del levantamiento contra el gobierno. Creo que hemos podido establecer que, con esta perspectiva, las motivaciones que llevan a la CNT-FAI y al POUM a participar en un movimiento contra el Consell de la Generalitat son distintas. Hemos podido establecer que las causas del movimiento no residen en la intervención de la Telefónica por las fuerzas de Orden Público –una expresión más adecuada que la de un asalto a manos del PSUC, considerando que la orden procede del Conseller de ERC responsable y, probablemente, del propio Companys–, no se refieren a una defensa de la revolución proletaria contra la reacción burguesa o estalinista. Por parte de la CNT, protagonista inicial del movimiento, se trataba de defender un ámbito de poder concreto en el mismo momento en que estaba discutiéndose qué hacer con los decretos de Orden Público que perjudicaban el margen de control social ejercido por los libertarios. Sólo por parte del POUM y de las Juventudes Libertarias ese acto de resistencia pudo convertirse en una primera fase desde la que poder asaltar el poder y establecer un gobierno de alianza entre libertarios y poumistas, estrategia que la dirección de la CNTFAI se negó a aceptar. El análisis de los acontecimientos realizado por la dirección del POUM después de aquella semana distribuye las responsabilidades entre la dirección de la CNTFAI y la del “reformismo” del PSUC. Si uno lee los editoriales de Mundo Obrero o Treball de aquellos días pueden verse las acusaciones dirigidas contra los encontrados y el “trotskismo”. Sin embargo, cuando vemos lo que dice El Socialista o La Humanitat, las condenas a la sublevación son similares, calificando de facciosos a sus inductores. No quiero ni podría negar que los mecanismos de poder dependientes de Stalin utilizaran la ocasión para descargar la represión sobre el POUM. Pero no ha podido demostrarse que los sucesos de mayo del 37 se prepararan por el estalinismo para poder hacerlo. Por el contrario, los documentos hallados por Angel Viñas muestran la sorpresa de los dirigentes españoles ante el levantamiento. Creo que, por otro lado, debe considerarse un contexto sin el que no entendemos el problema. Y es lo que era la URSS y la figura de Stalin para los trabajadores y antifascistas españoles en 1937, algo que nos resulta difícil de comprender en el 2007, pero que nos llevaría a un anacronismo si lo obviáramos. El mito de la URSS tenía la potencia suficiente como para penetrar incluso en sectores del socialismo y del republicanismo español y, sin duda, su posición en la guerra civil y la presencia de las Brigadas Internacionales había ayudado a incrementarlo. Una fuerza política cuya identidad se encontrara precisamente en la crítica al régimen imperante en la URSS, a su política interna y a la de la III Internacional podía encontrarse fácilmente aislada en el campo de la izquierda antifascista. Una cosa es el asesinato de Nin, que –según la hipótesis de Hellen Graham, que comparto aunque no estemos de acuerdo en la interpretación de los hechos de mayo, se debió mucho más a la fase soviética de la biografía de Nin que a la actuación del POUM– y otra el proceso abierto contra una fuerza que se había sublevado contra el régimen republicano en plena guerra civil, afirmando que deseaba su destrucción. En la represión del POUM, en la que hubo un proceso público, participaron fuerzas muy alejadas ideológicamente de los comunistas.

—Ya que has citado el asesinato de Nin efectuado por orden de Stalin, hablemos de otros asesinatos, éstos sí directamente ligados a los hechos de mayo, como los de Camillo Berneri y Francesco Barbieri.

—Creo que, al analizar los hechos de mayo debemos considerar dos elementos sin los que los hechos son una mera crónica de muertes anunciadas, inevitables, sin contexto de estrategias políticas y correlación de fuerzas alguno. Por un lado, se encuentra la necesidad de contrastar las posiciones políticas de cada fuerza con una claridad que ha sido ofuscada por la violencia y los crímenes. Decir, por ejemplo, que el POUM y la CNT no están en las mismas posiciones, y que el POUM no sólo está contra el Frente Popular, sino contra el régimen republicano, de cuya gestión no forma parte. Establecer cuál es la estrategia opuesta de socialistas, comunistas y republicanos. El antagonismo político que fue incapaz de crear un espacio de convivencia antifascista es el drama. La tragedia fue la liquidación física del adversario como resultado de una consideración política, que era la eliminación de las estrategias distintas a la propia. En este sentido, la muerte de los dos dirigentes anarquistas de los que hablas –cuya atribución aún no está clara del todo, por cierto, porque debería considerarse la intervención de los servicios secretos de Mussolini– es el resultado de lo que podía haber sido la muerte de Federica Montseny a manos de sectores anarquistas radicales o lo que fue el asesinato de Antoni Sesé, secretario general de la UGT, a manos de francotiradores de la FAI, cuando iba a tomar posesión de su cargo de conseller. Sin olvidar los importantes sucesos de La Fatarella, con enfrentamientos entre pequeños propietarios rurales y sectores libertarios, con muertos en ambos lados. Es decir, que la oleada de crímenes políticos, que no son un mero accidente de desorden callejero, es la prueba del nivel de confrontación al que se había llegado, pero que procedía de asesinatos políticos anteriores, como la muerte de Roldán Cortada a manos de la FAI en abril, de cuadros anarquistas en Puigcerdá y Bellver también en abril, el asesinato de Antonio López Raimundo en un control de carreteras a manos de la FAI… De lo que hablamos es de una progresiva incapacidad de convivir políticamente que lleva, como una aterradora consecuencia, a construir el arquetipo del contrarrevolucionario “objetivo”, que puede ser eliminado físicamente.

—¿Cómo se cerró –si es que realmente se cerró– la crisis? ¿La pacificación fue, como se ha dicho, el triunfo de la contrarrevolución e incluso la pérdida de la autonomía de Cataluña?

—La crisis difícilmente podía “cerrarse”, si por ello se entiende un acuerdo político de fondo. Esa divergencia de estrategias correspondía a formas tan distintas de entender el antifascismo e incluso la democracia y el socialismo, que era complicado que así fuera. Lo que debía establecerse era un mínimo común denominador, lo que había permitido luchar contra el fascismo hasta entonces en el mismo bando e incluso en el mismo gobierno. Lamentablemente, la confrontación que culminó en mayo de 1937 había llegado tan lejos como para que la desconfianza fuera insalvable, empezando por la que podía tener el gobierno republicano central con respecto a la propia capacidad de la Generalitat para mantener, sin una guerra civil de retaguardia, la lucha contra Franco. La lucha acabó con una negociación entre los dirigentes de la CNT y la FAI y el resto de fuerzas políticas catalanas. Solidaridad Obrera llamó a un gobierno sindical y, en todo caso, al levantamiento de las barricadas, mientras el PSUC, ERC y UGT hacían llamamientos similares a su militancia. Hubo, por tanto, un acuerdo en el que no participó directamente el POUM, cuya presencia no fue exigida por los libertarios, que podían haberlo hecho. Desde luego, un número considerable de la base cenetista no debió comprenderlo, pero la dirección que se había decidido por la colaboración y había recibido la confianza de la mayoría, sí. Por otro lado, el gobierno central, tras la caída de Largo Caballero, envió tropas que entraron en Barcelona gritando “UHP” (Uníos, hermanos proletarios; o Uníos, Hijos del proletariado), algo que demostraba que los sucesos de Cataluña se habían producido en el marco de la guerra civil española, algo que los cuadros del POUM, prácticamente inexistentes fuera de Cataluña, no desearon tener en cuenta en sus cálculos estratégicos, porque perdían cualquier capacidad de negociación e incluso de unidad revolucionaria con la CNT. Cataluña no fue invadida. Formaba parte de la República española, y las atribuciones en materia de Defensa y Orden Público habían sido obtenidas como resultado de la disolución del ejército en julio de 1936 y por la dispersión del poder estatal. Por otro lado, quienes habían combatido contra el POUM y la CNT en las jornadas de mayo eran también catalanes, del PSUC y de la UGT. Y ERC tuvo que contemplar como un efecto de aquel desafío a la República el proceso de centralización de poderes que siguió a los hechos. Desde el punto de vista nacionalista o independentista, podía considerarse que Cataluña perdía poder, pero no creo que ese punto de vista fuera el que estaba en las barricadas, ni en la militancia del PSUC-UGT ni en la del POUM, la CNT o la FAI, muy poco proclives a estos planteamientos. Finalmente, creo que no se inició la contrarrevolución –si hilamos tan fino, deberíamos colocar ese final en la reconstrucción de las instituciones en el verano de 1936, algo en lo que participan el POUM y la CNT–, sino que se mantienen las conquistas realizadas en un marco distinto, en el que la primacía de la guerra viene determinada por la aproximación del frente a Cataluña y el empeoramiento de las condiciones bélicas en la segunda mitad del año.

 

Entrevista  realizada por Miguel Riera para El Viejo Topo y publicada en junio de 2007

 

(Fotografía: sede blindada del POUM)

Jean-Luc Melenchón: la remontada

Por Manolo Monereo// 

 

 

A mí me asombra. De las personalidades que más me interesan en la izquierda europea tres son socialdemócratas que, por serlo, abandonaron los partidos socialistas oficiales, devinieron defensores a ultranza de los derechos sindicales y laborales y son críticos muy duros de la Unión Europea. Me refiero a J. P. Chevenement, a Oskar Lafontaine y, sobre todo, a J-L. Mélenchon. A Jean-Luc lo vi hace pocas semanas en Roma en un debate sobre la UE y su futuro; como siempre, claro y preciso. Si llegara a la Presidencia de Francia, su propuesta sería reformar los Tratados y poner fin a las políticas de austeridad. Si esto no fuese aceptado, iniciaría el proceso de salida del euro. Es más, en una conversación privada me dijo que él no aceptaría un acuerdo con Hamon y que arriesgaría. Él creía que el pacto con los socialistas significaría el fin de cualquier proyecto alternativo en Francia, dejando las manos libres a Marie Le Pen.

La biografía de Mélenchon es conocida. Nacido en Tánger –habla un excelente español con acento del Sur– desciende de españoles por ambos progenitores. Hizo una larga carrera en el Partido Socialista francés y fue ministro con Lionel Jospin. Abandonó el Partido Socialista y creó el Partido de la Izquierda. En las elecciones presidenciales de 2012 quedó en 4º lugar (11,1%) encabezando el Front de Gauche junto al Partido Comunista y otras fuerzas. En 2015 anunció que quería ser candidato a la Presidencia de Francia sin el Front de Gauche, fuera del marco de los partidos y apostando por una Francia insumisa. Ni más ni menos.

Seguramente el dato más característico de la personalidad política de Mélenchon es su conocimiento preciso de la crisis del sistema de partidos en Francia, combinado con una alta dosis de audacia que muchas veces deja a su equipo fuera de juego. Jean-Luc cree que poco o nada se puede hacer en el marco del sistema dominante y que es necesario innovar y arriesgar. Ha aprendido mucho de América Latina, de las izquierdas europeas, de Podemos y, sobre todo, de la compleja realidad de Syriza. Se podría decir, sin temor a equivocarse, que ha ido a estas elecciones en base a una enorme confianza en sí mismo, a un proyecto claramente alternativo y al convencimiento de que había una posibilidad ligada a él. Captó con inteligencia que el candidato Hamon no tendría demasiado recorrido, que una parte significativa del Partido Socialista terminaría apoyando a Macron y que solo él podría encabezar una alternativa democrática. Entendió que la línea divisoria izquierda/derecha (los socialistas siguen gobernando Francia) nada o poco dice y que el problema real era construir una alternativa nacional-popular al proyecto de Marie Le Pen. Para decirlo de otra forma, en momentos de excepción, hay que arriesgarse y tomar también medidas excepcionales; más allá de los partidos existentes y con una firme voluntad de gobierno y de poder.

El programa de Mélenchon es diáfano: poner fin a las políticas neoliberales desde un punto de vista republicano, ecosocialista y pacifista. El candidato de la Francia insumisa promueve, es la parte más polémica de su programa, un proceso constituyente en la perspectiva de la VI República; la defensa intransigente de los derechos de las personas, del Estado social y de la reindustrialización de Francia, apostando por un proteccionismo solidario a la altura de los desafíos de nuestra época. El ecosocialismo es tomado en serio convirtiéndose en el horizonte de un nuevo modelo de sociedad, Estado y de poder. Antes se ha dicho: la Francia insumisa no acepta las reglas neoliberales de la UE y apuesta por cambiarlas; si esto no fuese posible, iniciaría un proceso de salida de UE. Esto lo ha dejado claro una y otra vez. Su política internacional estará marcada por la paz, por la seguridad y un nuevo orden económico internacional más justo e igualitario. La prioridad es la defensa de la soberanía popular y de la independencia nacional con relaciones equilibradas con Alemania y la búsqueda de acuerdos equitativos con Rusia y con Eurasia.

La remontada de Mélenchon ha sido enorme, ha cambiado la agenda de la campaña electoral francesa y aparece, cada vez más, como alternativa democrática, no solo a Marie Le Pen sino al neoliberalismo que representan Macron y Fillon. Hay similitudes formales con las elecciones norteamericanas, en un sentido muy preciso: las élites eligen a un centrista neoliberal para derrotar al populismo de derechas. La diferencia es que Mélenchon es un Bernie Sanders que puede ganar, que quiere ganar. En todas partes lo mismo: solo se puede derrotar a las derechas extremas y a la extrema derecha desde una democracia económica, social y cultural comprometida con los derechos, defensora del Estado social, protectora de las mayorías y promotora de una res pública de hombres y mujeres libres e iguales. Jean-Luc se ha jugado todo, todo, a una carta. El pueblo francés se lo merece.

España: el PSOE, entre el inmovilismo y la alianza con Podemos

por Jaime Pastor//

La crisis del PSOE –de identidad, de proyecto y de liderazgo- sigue abierta. Como ya hemos analizado en otros artículos 1/, tiene rasgos comunes con la que afecta a la socialdemocracia europea, debida principalmente a los límites estructurales de las políticas social-liberales en el marco de la crisis sistémica y de la Unión Europea austeritaria y a la creciente pérdida de apoyos en su base social tradicional. A éstos se suman los que han ido debilitándole como pilar principal de un régimen en crisis, tanto en el plano social como en el nacional-territorial, convirtiéndole en un partido con una base social envejecida y concentrada principalmente en el sur, bajo el control de una nomenclatura que sigue aferrada a los intereses del régimen y el bloque de poder dominante. Un conjunto de factores a los que se añade otro que no se da con tanta fuerza en otros países: el ascenso de una coalición de fuerzas encabezada por Podemos que le sigue amenazando, pese a sus dificultades actuales, con superarle en votos y que ya gobierna con su apoyo en ayuntamientos emblemáticos de grandes ciudades.

Ahora, la convocatoria por el Comité Federal del PSOE de elecciones primarias para elegir Secretario/a General el 21 de mayo y del próximo Congreso los días 16 al 18 de junio marca la conversión en oficial de la mayor confrontación que vamos a ver en este partido desde el famoso Congreso de Suresnes de 1974. En realidad, esa batalla interna está abierta desde las elecciones de junio de 2016 y, sobre todo, desde el 1 de octubre pasado. Fue ése el funesto día en el que se produjo la defenestración programada como “operación de Estado” (en acertada definición de Pérez Tapias) contra Pedro Sánchez como Secretario General de este partido, con el fin de poder garantizar la investidura de Mariano Rajoy como presidente del gobierno mediante la abstención del grupo parlamentario socialista. Desde entonces, la hostilidad entre la nueva Gestora y un amplio sector de la militancia socialista no ha dejado de crecer.

Tres candidaturas, las de Susana Díaz, Patxi López y Pedro Sánchez, van a pugnar ahora por hacerse con el puesto número 1 del PSOE y su primera prueba de fuerzas va a estar en torno a quién consigue mayor número de avales, con la líder andaluza dispuesta ya a imponerse por goleada. Díaz cuenta para ello con el apoyo de la Gestora actual y de la mayoría de quienes han formado parte de la elite de este partido desde al menos 1982, mientras que Sánchez amenaza con el apoyo de la mayoría de la militancia y López con su esperanza en aparecer como el único capaz de recomponer la unidad interna y evitar el “choque de trenes”.

¿Habrá debate político?

Hasta ahora, sin embargo, poco debate de proyectos hemos podido ver, si bien el primero que intentó abrirlo fue Pedro Sánchez con un documento que, elaborado por un equipo en el que han participado desde ex “guerristas” hasta miembros de Izquierda Socialista, fue presentado en febrero con el lema “Por una nueva socialdemocracia”. En el mismo, y en los discursos que ha ido prodigando en mítines que han contado con una asistencia masiva, aparece una voluntad de conectar tímidamente con los nuevos vientos que corren en algunos partidos afines como el británico o el francés con la irrupción de Jeremy Corbyn y Benoit Hamon. Encontramos, por ejemplo, una crítica radical del rumbo que están tomando el capitalismo neoliberal y, con él, el conservadurismo del PP, junto con una apuesta por renovar un proyecto socialdemócrata que incluya principios como igualdad de género, sostenibilidad ecológica y democracia social. También es significativo, por ejemplo, que asuman explícitamente críticas como la del PIB como criterio de riqueza (apuntando, se supone, contra economistas como José Carlos Díez, coautor de la ponencia marco) y un mayor esfuerzo por reformular el concepto de trabajo, incluyendo el de cuidados.

En sus propuestas programáticas destacan algunas novedades como el reparto del trabajo asalariado, un salario mínimo de 1 000 euros, el debate sobre la Renta Básica Universal, o la reforma de la Constitución para blindar derechos y libertades, si bien se limitan a pedir la modificación del artículo 135 “para garantizar la estabilidad presupuestaria y la estabilidad social”. Sin embargo, poco nuevo respecto a la cuestión catalana: reivindicación de la Declaración de Granada de 2013 para avanzar hacia el “perfeccionamiento federal” del Estado autonómico, si bien en alguna entrevista Sánchez se ha atrevido a decir que reconocería a Catalunya como una “nación”. En el plano interno, destaca una defensa de los procesos “de abajo arriba” frente a los procedimientos de la Gestora (y del propio Sánchez en el pasado, cuando destituyó a Tomás Gómez como Secretario General del partido en la Comunidad de Madrid) e incluso una mención explícita a la necesidad de acabar con los aforamientos y las “puertas giratorias”.

¿Qué es lo que en realidad diferencia a este documento y a esta candidatura de las otras? En realidad, es la disposición a no considerar a Podemos como el principal adversario cuando expresa, por ejemplo, su rechazo a “entrar en colisiones frontales y sistémicas con otras formaciones de la izquierda ni mimetizarse con ellas”. La simple referencia implícita a una posible futura alianza con Podemos y las confluencias para llegar al gobierno del Estado echa chispas dentro del aparato del partido y convierte a Sánchez en el enemigo a abatir para quienes forman parte, como se dice en la introducción de este documento, de “una elite profesionalizada del partido”.

Posteriormente, hemos podido conocer el documento presentado por Patxi López (“Con Patxi ganamos tod@s”), prolijo en algunos puntos pero con una tesis muy clara, tal como la ha resumido él mismo: “Entre Hollande y Corbyn nos quedamos con Martin Schulz”, queriendo apuntarse a quien aparece como posible “caballo ganador”, si bien en un contexto muy distinto del español. López aspira así a “atraer a la centralidad política a la izquierda” y recuperar la deseada autonomía frente al PP y a Podemos. Una “tercera vía” que responde más bien a querer mantenerse en la ambigüedad respecto a la política de alianzas futura para poder así agrupar a un amplio espectro del partido que, sin embargo, parece cada vez más polarizado. Pese a ello, en el plano programático ha optado por colaborar en la ponencia marco recientemente aprobada por el Comité Federal este 1 de abril, con lo que difícilmente va a ganar credibilidad como alternativa a Díaz y a Sánchez, más allá de su vocación de ejercer de “casco azul”.

La ponencia marco oficial, pendiente todavía de las enmiendas que se puedan presentar en el Congreso, difícilmente puede ocultar su alineamiento con las tesis defendidas por la coalición de intereses agrupada en torno a Susana Díaz. Basta simplemente observar que comienza con una firme reivindicación del papel jugado a partir del 1 de octubre en “el desbloqueo institucional de nuestra democracia”, o sea, en permitir gobernar al PP de Rajoy. A partir de ahí y de la definición de la ultraderecha y “el populismo” como sus principales adversarios, se desliza una firme voluntad de rechazar “la deslegitimación populista de la Transición” 2/ y una reafirmación de “la democracia representativa como una forma óptima de democracia”, identificada ésta en realidad con el régimen actual, libre, eso sí, de lo que definen como “riesgos de corrupción”…

Será desde la firme defensa de ese régimen, con “ambición reformista” (sic), como el PSOE buscará recuperar a los votantes socialistas que votaron a otros partidos, siempre mediante la búsqueda del consenso y evitando la polarización de la sociedad. O sea, apostando por el deseado e imposible “centro” político. Respecto a la Unión Europea y a la globalización, si bien se reconoce que “el descontento social con la gestión de la crisis alimenta el populismo europeo”, se apunta una crítica moderada de una política económica considerada “errónea” y se incluyen propuestas repetidas muchas veces pero nunca llevadas a la práctica cuando han gobernado, como la Tasa Tobin o la eliminación de los paraísos fiscales. En cambio, su apología del libre comercio internacional les lleva a justificar su apoyo al CETA.

Empero, lo que más parece preocupar a la elite dirigente es la amenaza que supone la “democracia asamblearia” frente a la “representativa” (o sea, la de las “baronías” que ven su oligopolio amenazado por las bases): de ahí que pretendan acotar las consultas a la militancia en el futuro frente a la exigencia de obligatoriedad de consultar a la militancia los acuerdos de gobierno, como propone el documento de Sánchez.

¿”Gran Coalición” o confrontación con el PP y la austeridad neoliberal?

Con todo, más allá de las diferencias, en todos estos documentos es fácil comprobar rasgos comunes: una reivindicación acrítica del legado de la Transición y de los gobiernos socialistas (que lleva incluso a obviar no solo el papel pionero de Felipe González en los inicios de la onda larga neoliberal sino, más recientemente, el giro austeritario de Rodríguez Zapatero en mayo de 2010), junto con la de la tradición de la socialdemocracia europea (la de Bad Godesberg para adelante, claro); un cuestionamiento de algunas de las políticas de la Unión Europea, pero queriendo echar toda la responsabilidad de las mismas en la derecha conservadora y evitando cualquier mención a la crisis griega; un intento de puesta al día programática, haciendo los consiguientes guiños al ecologismo y al feminismo, sin por ello renunciar al fetichismo del “crecimiento económico”; y una defensa común, en fin, de la Declaración de Granada 3/ como respuesta al soberanismo catalán, así como un rechazo compartido a cualquier tentación de abrir un proceso constituyente.

En resumen, es en torno a la disyuntiva entre una u otra forma de “Gran Coalición” con el PP y Ciudadanos, por un lado, y la alianza con Podemos y las “confluencias” para hacer frente común contra el PP y la austeridad neoliberal, por otro, que va a girar el debate interno en los próximos meses. La nostalgia por la hegemonía en la izquierda convencional preside el discurso de una Susana Díaz empeñada en mantener la ilusión de extrapolar su liderazgo andaluz -ya debilitado y condicionado por el apoyo de Ciudadanos- a todo el Estado, mientras que Pedro Sánchez y su equipo dan por cerrada esa etapa y apuestan por mirar a su izquierda, conscientes además de que la dirección de Podemos también ha llegado a la conclusión de la difícil “pasokización” del PSOE.

Siendo conscientes de los límites en que se mueve esta confrontación –en realidad, los de la búsqueda de la mejor táctica para volver a ser “alternancia” del PP en el gobierno, asociados a su lucha por el poder y a su supervivencia respectiva como parte del régimen-, no por ello se puede ser indiferente a su desenlace. Porque, como bien demuestran el PP y la gran mayoría de los medios de comunicación, su apoyo innegable a Susana Díaz deja bien a las claras que lo que está en juego es la resolución en un sentido u otro de la crisis de gobernabilidad que afecta al régimen y, con ella, la posible agravación o no de la misma en los próximos tiempos 4/.

Por eso mismo deberíamos aprovechar este debate para, desde el respeto a la autonomía de este partido, abrir la oportunidad de, como se decía en el documento político de Podemos En Movimiento presentado en la Asamblea de Vistalegre II, “dialogar con toda esa gente que se referencia en el ‘socialismo’ por razones históricas o de identidad. Es fundamental que ese diálogo no se base en tratar de reproducir la socialdemocracia, sino en superarla en un horizonte de ruptura poscapitalista, dándole un cierto sentido de reconocimiento a aquéllos que se sienten socialistas de corazón, a sus esperanzas en un mundo más igualitario, permitiendo hacer balances críticos de manera conjunta”. Tarea, sin duda, inseparable del trabajo en común en los movimientos sociales y en los espacios públicos de lucha en los que podamos encontrarnos en los próximos meses.

Notas:

1/ Por ejemplo: “En la permanente crisis de la socialdemocracia”, Brais Fernández y Jaime Pastor, ctxt, 12/10/2016.

2/ Llama la atención, no obstante, que pese a esa reivindicación de la Transición, se mencione en esta Ponencia que a lo largo de la historia de este régimen ha habido “tres momentos dominados por la desafección” (p. 39), reconociendo que el primero fue el que se produjo a finales de los años 70 del pasado siglo, el “desencanto”, justamente frente a los frutos amargos de esa Transición “modélica”. ¿En qué quedamos?

3/ Para una crítica del contenido de esa Declaración me remito a mi artículo “Ni federalismo plurinacional ni derecho a decidir. A propósito del documento del PSOE”, viento sur, 09/07/2013. Disponible en www.vientosur.info/spip.php?article8144 .

4/ El calendario establecido permite, además, la hipótesis de que los resultados de las primarias puedan entrar en contradicción con el documento político que llegue a ser aprobado en el Congreso, con lo cual el conflicto de legitimidades estaría servido.