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Bolchevismo, Balfour y sionismo: relato de dos centenarios

por Roger D. Markwick //

En noviembre de 2017 se conmemoró el centenario de dos de los acontecimientos más decisivos del siglo XX: la revolución dirigida por los bolcheviques en Rusia y la declaración Balfour en Gran Bretaña. La Revolución rusa la llevaron a cabo los bolcheviques en nombre de la paz y del socialismo internacional; la declaración Balfour fue un compromiso del gobierno británico de apoyar la creación de un “hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina. No fue simplemente una notable coincidencia, sino una contraposición de dos objetivos políticos mutuamente excluyentes: uno para impulsar la revolución mundial antiimperialista; el otro, para reforzar los intereses imperiales británicos en Oriente Medio. Seguir leyendo Bolchevismo, Balfour y sionismo: relato de dos centenarios

Ahed Tamimi, el nuevo rostro de la resistencia palestina

Por Ernesto J. Gómez//

Un tribunal militar del régimen sionista imputó 12 delitos a la adolescente tras el incidente en que abofeteó a un terrorista del ejército sionista.

De cabello enrulado, delgada y aguerrida, esa es la imagen de Ahed Tamimi, la joven de 16 años arrestada por el ejército de Israel desde hace dos semanas que se ha convertido en un símbolo de la resistencia palestina.

Un tribunal militar israelí imputó 12 delitos a la adolescente tras el incidente en que abofeteó a un soldado del ejército sionista después de que este entrara al patio de su casa.

Gracias a que su familia filmó los acontecimientos, las imágenes de su resistencia dieron la vuelta al mundo.

Tamimi es una de las tantas menores de edad arrestadas por el ejército sionista con el propósito de ser «interrogadas» sobre supuestas actividades ilegales. Portavoces del ejército confirmaron que sobre Ahed pesa la acusación de «agredir a un soldado».

«Ella discutió con las Fuerzas de Defensa sionistas porque le habían disparado a su primo Mohammad, de 15 años», según contó su padre. La versión israelí es que estaban «tirando piedras».

Según el Comité para Asuntos de los Presos Palestinos, el número de palestinos detenidos por las fuerzas de seguridad israelíes, desde que el presidente estadounidense Donald Trump declarase a Jerusalén como capital de Israel el 6 de diciembre pasado, se elevó a 610, entre ellos 170 menores.

La joven vive en Nabi Saleh, a 20 kilómetros de Ramallah, en la Cisjordania ocupada. Asegura que quiere que los vean como luchadores, no como víctimas. «Ahed dice que hace lo que cualquier niño palestino, pero ella es filmada», expresó su padre a través de una nota en el diario Haaretz.

«Yo no quiero que me identifiquen como víctima, y no le voy a dar a sus acciones el poder de definir quién soy y seré. Yo elijo decidir por mí misma como ustedes me verán. No queremos su apoyo por unas lágrimas fotogénicas, sino porque elegimos la lucha y la lucha es justa. Esta va a ser la única forma que dejaremos de llorar algún día», escribió el padre reproduciendo palabras de Ahed.

Tamimi ya es una heroína internacional de la causa palestina y luego de su detención también apresaron a su madre y prima.

El arresto de la familia Tamimi fue como el fuego que esperaba la pólvora dormida de la comunidad internacional para reaccionar. Desde hace días están inundadas las redes sociales de mensajes que piden la liberación de madre, hija y prima, bajo las etiquetas #FreeAhedTamimi y #LibertadAhedTamimi.

El presidente palestino, Mahmud Abás, llamó al padre de Ahed, Basem Tamimi, y elogió a la familia por «el papel clave» en las protestas que se realizan en su pueblo contra la ocupación israelí y los asentamientos, según un comunicado oficial.

«No puedo pensar en el futuro porque me lo impide la ocupación israelí. Cuando iba a jugar por las calles, el ejército entraba y comenzaba a disparar», expresó la joven.

La campaña internacional por la liberación de Ahed Tamimi es una nueva bandera contra la política imperialista en Medio Oriente y pone en evidencia los crímenes cometidos por el régimen sionista.

Texto completo en: https://www.lahaine.org/ahed-tamimi-el-nuevo-rostro

Palestina, la dualidad del proyecto sionista: huir de la opresión racista y reproducirla en un contexto colonial

 

por Gilbert Achcar //

La dualidad entre la posición del oprimido y la del opresor no es rara en la historia. Se observa en particular en el caso de los movimientos nacionales que encarnan la lucha de una nación oprimida por liberarse del colonialismo al tiempo que esa misma nación oprime en su propio país a una minoría –sea esta nacional o racial o religiosa o perteneciente a cualquier otra identidad– y que el movimiento nacional no reconoce esta última opresión o, peor aún, la justifica con algún pretexto, como la acusación a la minoría de constituir una “quinta columna” del colonialismo 1/.

A menudo se hace referencia a la frecuencia de esta dualidad con el fin de “normalizar” el caso del sionismo, en el sentido de presentarla como algo corriente y similar a otros muchos casos. El propósito suele ser el de minimizar los agravios del sionismo, por no decir excusarlos, a fin de normalizar la actitud ante el Estado sionista y tratarlo como algo corriente. Intentaré demostrar en este artículo que dicho argumento no es válido, explicando la singularidad de la dualidad propia del caso sionista.

Es indiscutible que el sionismo nació históricamente en respuesta a la opresión secular padecida por los judíos en países europeos. Como es sabido, la condición de los judíos en la Europa cristiana desde la Edad Media hasta el siglo XIX era mucho peor que su situación en los países de mayoría musulmana. Bajo las autoridades que se llamaban cristianas, los judíos fueron víctimas de una persecución mucho más encarnizada que la discriminación y la persecución ocasional a que los sometían las autoridades autocalificadas de musulmanas.

Sin embargo, la Edad Moderna que siguió al periodo de la Ilustración y a la Revolución Francesa, a finales del siglo XVIII, puso fin gradualmente a esta persecución en Europa Occidental, gracias a la difusión de la noción moderna de ciudadanía basada en la igualdad de derechos. Con el paulatino cambio democrático, la condición de los judíos mejoró progresivamente en Europa Occidental, desde la costa atlántica hasta las fronteras orientales de Alemania y Austria. Poco a poco dio lugar a la integración de los judíos en las comunidades locales y acabó con la discriminación. No obstante, la primera gran crisis que afectó a la economía capitalista mundial, en el último cuarto del siglo XIX –la “larga depresión”, como la llamaron–, despertó diversas tendencias xenófobas. Al igual que todas las crisis sociales, impulsó la búsqueda de chivos expiatorios por parte de grupos de extrema derecha con el fin de movilizar la furia de sus sociedades al servicio de sus proyectos reaccionarios.

En ese mismo periodo, Europa Oriental, especialmente su mayor extensión, integrada en el imperio ruso, asistía a una expansión tardía del modo de producción capitalista. Esta transformación tardocapitalista –que causó trastornos agravados y complicados por su coincidencia en el tiempo con un capitalismo más avanzado en Occidente y con la larga depresión– provocó una aguda crisis social y un éxodo rural acelerado. A resultas de ello, las tendencias xenófobas también cobraron impulso en Europa Oriental, siendo los judíos sus víctimas primarias en el imperio ruso, particularmente en regiones que hoy en día pertenecen a Ucrania y Polonia. Allí, los judíos fueron víctimas de sucesivos pogromos, por lo que trataron de emigrar a Europa Occidental y Norteamérica.

Así las cosas, los judíos se convirtieron en un objetivo predilecto de la xenofobia en Europa Occidental, donde unían la condición de forasteros migrantes a la de personas que profesaban una religión alóctona 2/. De este modo, sobre el telón de fondo de la larga depresión y sus efectos, Europa Occidental asistió al renacer de un antijudaísmo de nuevo cuño, moderno: una teoría racial que pretendía basarse en las ciencias antropológicas y que preconizaba que los judíos –o los semitas en general, incluidos los árabes 3/– pertenecen a una raza inferior y maligna. Fue entonces cuando surgió el antisemitismo, que apuntó principalmente contra los judíos europeos y acompañó a la expansión de una variante fanática del nacionalismo combinada con la defensa del colonialismo. La larga depresión exacerbó, en efecto, la competencia en torno a la división del mundo entre las metrópolis coloniales en la llamada fase imperialista.

Sobre este mismo telón de fondo nació el movimiento sionista moderno en forma de sionismo estatalista que, a diferencia de otras formas anteriores o contemporáneas de sionismo espiritual o cultural, aspiraba a crear un Estado judío. Como es bien sabido, el fundador del movimiento, Theodor Herzl, era un judío austriaco asimilado que asumió sus convicciones sionistas después de haber cubierto en París, como periodista, el juicio contra el oficial francés de ascendencia judía Alfred Dreyfus, víctima del ascenso del antisemitismo en su país. El caso Dreyfus llevó a Herzl a escribir su famoso libro-manifiesto El Estado judío (Der Judenstaat en el original alemán: literalmente, el Estado de los judíos), publicado en 1896 y que constituyó la base de la convocatoria del primer congreso sionista en la ciudad suiza de Basilea en 1897, un año y medio después de la publicación del libro.

Existe una diferencia cualitativa muy significativa entre la ideología sionista elaborada por Herzl y las ideologías nacionales que surgieron en Europa en la primera mitad del siglo XIX o en los países coloniales durante la primera mitad del siglo XX. Mientras que la mayoría de estas ideologías respondían a un pensamiento democrático emancipatorio, la ideología sionista moderna formaba parte de la variante del nacionalismo fanático y colonialista que estaba en auge cuando apareció. En efecto, si bien es indiscutible que el sionismo es fruto de la opresión de los judíos y de la reacción a la misma –el propio Herzl explicó en el prólogo de su libro cómo “la miseria de los judíos” era la “fuerza motriz” del movimiento que quería crear–, tampoco cabe ninguna duda de que el sionismo teorizado por Herzl es una ideología marcada esencialmente por el pensamiento reaccionario y colonialista.

En realidad, al margen de cómo lo percibían los judíos de Europa Oriental, pobres y duramente perseguidos, que se aferraban a él como tabla de salvación, el proyecto sionista ideado por Herzl fue en el fondo un engendro creado por un judío austriaco laico y asimilado, destinado a deshacerse de los míseros judíos religiosos que venían de Europa Oriental y cuya migración a Occidente había perturbado la existencia de sus correligionarios occidentales. Así lo reconoció el propio Herzl con singular franqueza en el prólogo de su libro:

“Los asimilados se beneficiarían todavía más que los ciudadanos cristianos con la partida de los judíos creyentes, pues se quitarían de encima la rivalidad inquietante, incalculable e inevitable de un proletariado judío empujado por la pobreza y la presión política de un sitio a otro, de un país a otro. Este proletariado itinerante se tornaría sedentario. Muchos ciudadanos cristianos –a los que llamamos antisemitas– pueden ahora ofrecer una resistencia decidida a la inmigración de judíos extranjeros. Los ciudadanos judíos no pueden hacerlo, pese a que les afecta mucho más de cerca, pues ante ellos sienten más que nada la feroz competencia de individuos que desempeñan oficios similares y que, además, introducen el antisemitismo allí donde no existe o lo intensifican allí donde ya existe. Los asimilados dan expresión a este agravio secreto con iniciativas filantrópicas. Fundan sociedades de emigración para los judíos itinerantes. Existe un reverso de la medalla que sería cómico si no se tratara de seres humanos: algunas de estas entidades benéficas no han sido creadas para, sino contra los judíos perseguidos, han sido creadas para despachar a estas pobres criaturas lo más rápido y lo más lejos posible. Así, muchos supuestos amigos de los judíos resultan ser, si bien se mira, nada más que antisemitas de origen judío, disfrazados de filántropos.

“Pero los intentos de colonización protagonizados incluso por hombres benévolos, por interesantes que fueran dichos intentos, hasta ahora no han tenido éxito… Estos intentos eran interesantes en la medida en que constituían, a escala reducida, sendos precursores prácticos de la idea del Estado judío”.

La nueva idea formulada por Herzl en sustitución de las empresas coloniales filantrópicas fallidas que menciona –la más destacada fue la creada por la familia Rothschild– consistía en pasar de las acciones benévolas a un proyecto político integrado en el marco colonialista europeo, con el propósito de fundar un Estado judío que formaría parte de dicho marco y lo reforzaría. A este respecto, Herzl se dio cuenta de que los antisemitas cristianos serían acérrimos defensores de su proyecto. Su principal argumento, en el apartado titulado El Plan del segundo capítulo de su libro, era el siguiente:

“La creación de un nuevo Estado no es una empresa ridícula ni imposible… Los gobiernos de todos los países azotados por el antisemitismo estarán sumamente interesados en ayudarnos a conseguir la soberanía que queremos”.

Solo quedaba elegir el territorio en el que materializar el proyecto sionista:

“Hay dos territorios posibles: Palestina y Argentina. En ambos países se han llevado a cabo importantes experimentos de colonización, aunque basados en el principio erróneo de una infiltración gradual de judíos. Una infiltración está condenada a acabar mal. Prosigue hasta el momento inevitable en que la población autóctona se considera amenazada y obliga al gobierno a detener la entrada de judíos. Por tanto, la inmigración resulta fútil a menos que se base en una supremacía asegurada. La Sociedad de Judíos tratará con los dueños actuales del territorio, colocándose bajo el protectorado de las potencias europeas si se muestran proclives el plan”.

Hacia el final del último capítulo del libro, donde expuso los “Beneficios de la emigración de los judíos”, Herzl aseguró que los gobiernos atenderán a su propuesta “voluntariamente o bajo presión de los antisemitas”. Sus Diarios incluyen muchas observaciones sobre la complementariedad de su proyecto de enviar a los judíos pobres fuera del continente europeo con el deseo de los antisemitas de deshacerse de ellos. Incluso profetizó, en el comienzo de su primer Diario (1895), que los judíos se adaptarían a la brutalidad de los antisemitas y los imitarían en su futuro Estado.

“Sin embargo, el antisemitismo, que es una fuerza poderosa e inconsciente entre las masas, no dañará a los judíos. Entiendo que es un movimiento útil para el carácter judío. Representa la educación de un grupo por las masas y tal vez conduzca a su absorción. La educación solo es efectiva a base de golpes. Se producirá un mimetismo darwiniano. Los judíos se adaptarán”.

De acuerdo con el plan concebido por su padre espiritual, los líderes del movimiento sionista se esforzaron por obtener el apoyo de una de las grandes potencias europeas a su proyecto, que pronto se decantó exclusivamente por Palestina. Aprovecharon la transferencia del territorio de la dominación otomana a la británica en el contexto de la primera guerra mundial tras el reparto de los restos del imperio otomano entre británicos y franceses, al amparo de infame tratado Sykes-Picot de 1916.

Desde entonces, los líderes sionistas centraron sus esfuerzos en Londres. El dirigente del sionismo británico, Chaim Weizmann, se apoyó en el magnate judío británico y ex diputado, el lord Walter Rothschild. Las presiones combinadas de ambos lograron obtener la conocida promesa del ministro de Asuntos Exteriores, Arthur Balfour, del 2 de noviembre de 1917. En su carta, Balfour aseguró que “el gobierno de su Majestad [el rey Jorge V] ve con simpatía el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para los judíos, y hará todo lo posible por facilitar la consecución de este objetivo…”. Esta infame declaración encajaba naturalmente en los cálculos imperialistas británicos de entonces, en el contexto de la competencia entre Gran Bretaña y los dos aliados que compartían la victoria en la guerra, Francia y EE UU.

Las circunstancias históricas de la Declaración Balfour concordaban plenamente con el punto de vista del profeta del sionismo, Theodor Herzl. El propio Balfour era uno de esos cristianos antisemitas de los que Herzl sabía que se convertirían en los mejores aliados del sionismo. El ministro de Asuntos Exteriores británico, en efecto, no era ajeno al sionismo cristiano, la corriente cristiana que apoya el retorno de los judíos a Palestina. El verdadero objetivo de este apoyo –no declarado en muchos casos, pero ocasionalmente admitido– es acabar con la presencia de judíos en los países de mayoría cristiana. Para los sionistas cristianos, el retorno de los judíos a Palestina supone el cumplimiento de la condición del Segundo Advenimiento de Jesucristo, al que seguirá el Juicio Final, que condenará a todos los judíos que no se hayan convertido al cristianismo al sufrimiento eterno en el infierno. Esta misma corriente es actualmente en EE UU la más firme defensora del sionismo en general y de la derecha sionista en particular.

Cuando era primer ministro (1902-1905), el autor de la infame Declaración, el propio Arthur Balfour, promulgó la ley de Extranjería de 1905, cuya finalidad era poner coto a la inmigración en Gran Bretaña de refugiados judíos que huían del imperio ruso. Vale la pena destacar en este punto un hecho histórico que rara vez se menciona: Edwin Samuel Montagu fue el único ministro británico que se opuso a la iniciativa de Balfour de emitir su Declaración y el único ministro que manifestó su oposición al proyecto sionista en su conjunto. Era el único miembro judío del gabinete encabezado por David Lloyd George, del que formaba parte Balfour, y únicamente el tercer ministro judío de la historia de Gran Bretaña. Montagu advirtió de que la empresa sionista comportaría la expulsión de la población autóctona de Palestina y reforzaría en todos los demás países a las corrientes que deseaban deshacerse de los judíos. En un memorando que presentó en agosto de 1917 en el gabinete británico después de conocer lo que acabaría siendo la Declaración Balfour, afirmó sin ambages:

“Quiero hacer constar mi punto de vista de que la política del gobierno de Su Majestad es antisemita y que por consiguiente acabará siendo un punto de referencia para los antisemitas de todos los países del mundo” 4/.

Tal como esperaba Herzl, el proyecto sionista se materializó bajo la protección de una gran potencia europea como parte de sus designios coloniales-imperialistas. Este proyecto no podría haberse realizado sin dicha protección y sin integrarse en un marco colonial-imperialista más amplio. El pueblo judío al que Herzl quería dotar de un Estado propio era un pueblo imaginado, carente de toda institución política que lo constituyera en pueblo y de la fuerza requerida para participar en la carrera colonial de finales del siglo XIX.

Al fundar el movimiento sionista, Herzl quiso crear esa institución política inexistente y encaminarla a la colaboración con una de las grandes potencias. Así, el proyecto sionista depende estructuralmente, desde el comienzo, de la protección de una gran potencia, tal como había previsto Herzl. Esta dependencia ha marcado la historia del movimiento sionista y después la de su Estado hasta nuestros días. Seguirá existiendo mientras el Estado de Israel se base en la opresión colonial, pues la consecuencia natural de ello es la enemistad con el pueblo palestino y los demás pueblos vecinos de Palestina, hasta el punto de que Israel necesita la protección de una gran potencia exterior. EE UU ha desempeñado este papel desde la década de 1960.

En suma, el sionismo no es un movimiento normal de liberación nacional que comparta el carácter dual de muchos de estos movimientos que luchan contra la opresión colonial mientras oprimen a otras comunidades, sean nacionales o de otro tipo. Esto es lo que afirman los partidarios de Israel que no son tan fanáticos como para negar la opresión perpetrada por el Estado sionista. Lo cierto, sin embargo, es que el movimiento sionista se construyó sobre la base de la explotación y la opresión sufridas por los judíos y de la ayuda de los antisemitas con el fin de crear un Estado colonial integrado estructuralmente en el sistema imperialista, y no un Estado poscolonial, como pretende.

En un giro trágico de la historia, el antisemitismo alcanzó un clímax en la Europa del siglo XX con el ascenso al poder de los nazis y la posterior realización de su proyecto genocida, obligando a un gran número de judíos europeos a buscar refugio en el sionismo, ya que otras formas de antisemitismo les cerraron las puertas de EE UU, Gran Bretaña y otros países. De este modo, el Estado sionista logró hacerse realidad y presentarse como compensación redentora del genocidio nazi contra los judíos. Estas circunstancias históricas han permitido a ese Estado oprimir a la población autóctona de Palestina en un grado que sin duda va mucho más allá de lo que los fundadores del sionismo, incluido Herzl, habían previsto.

Hoy en día –un siglo después de la Declaración Balfour, casi 70 años después de la fundación del Estado de Israel en el 78 % del territorio de la Palestina del Mandato Británico y medio siglo después de que ese Estado ocupara el 22 % restante–, el primer ministro sionista, Benjamin Netanyahu, sigue obteniendo de los antisemitas contemporáneos de los países occidentales el respaldo necesario para el arrogante comportamiento colonial de su Estado y su gobierno. Al apoyarse en los sionistas cristianos de EE UU, codearse con el antisemita primer ministro de Hungría y mantener el silencio sobre la defensa por parte de Donald Trump de la extrema derecha antijudía y antimusulmana de EE UU, Netanyahu sigue fielmente las recetas de Herzl, aunque de una manera moralmente todavía más detestable al producirse después del genocidio nazi, que mostró los horrores a los que pueden conducir el antisemitismo y otras formas de racismo.

[Esta ponencia se presentará en lengua árabe en una conferencia convocada en Beirut para los días 13 y 14 de diciembre por el Instituto de Estudios Palestinos con motivo del centenario de la Declaración Balfour. La traducción inglesa del original árabe es del propio autor.]

 

http://www.jadaliyya.com/Details/34667

 

Notas:


1/ Es cierto que la dominación extranjera sobre un país trata a menudo de utilizar a minorías oprimidas cuya condición ha mejorado como efecto secundario de su presencia. Por supuesto, esto no justifica, ni mucho menos, que la mayoría oprima a la minoría tras la liberación de la dominación extranjera en vez de limitarse a castigar a los individuos que hubieran colaborado con los ocupantes en la comisión de graves crímenes –sean miembros de la minoría o de la mayoría–, tratando al mismo tiempo de abolir la opresión de la que la minoría hubiera sido objeto históricamente con el fin de construir una sociedad nueva de ciudadanos iguales.2/ El primer exponente de este análisis materialista del ascenso del antisemitismo es Abram Leon, The Jewish Question: A Marxist Interpretation (Nueva York: Pathfinder, 1970). Marxista belga, antisionista de ascendencia judía, Leon murió en Auschwitz en 1944. Su manuscrito francés se publicó por primera vez en forma de libro en 1946.

3/ La noción de “semitas” remite a las lenguas semíticas, entre las que actualmente destacan el hebreo y el árabe.

4/ “Memorandum of Edwin Montagu on the Anti-Semitism of the Present (British) Government”, The Balfour Project. Montagu consideraba “inconcebible que el gobierno británico reconozca oficialmente al sionismo y autorice al Sr. Balfour a decir que Palestina debe reconvertirse en el ‘hogar nacional del pueblo judío’. No sé qué implica esto, pero supongo que significa que los mahometanos y los cristianos tendrán que dejar sitio a los judíos y que los judíos ocuparán todos los puestos de preferencia y se les asociará específicamente con Palestina como se asocia Inglaterra con los ingleses o Francia con los franceses, que los turcos y otros mahometanos serán considerados extranjeros en Palestina del mismo modo que los judíos, de ahora en adelante, serán tratados como forasteros en todos los países salvo en Palestina.” Después añadió con gran capacidad de predicción: “Tal vez la ciudadanía solo pueda obtenerse después de superar una prueba religiosa.”

El reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel por parte de Trump genera ira y protestas

por Bill Van Auken //

Cambiando drásticamente el rumbo de siete décadas de política estadounidense hacia el Medio Oriente, el presidente Donald Trump dio un discurso el miércoles en la Casa Blanca en el que reconocía a Jerusalén como la capital de Israel y prometía que los EUA empezarían preparativos para mudar su embajada allí desde Tel Aviv, pasando a ser el primer país del mundo que lo haga.

La decisión fue recibida con una condena casi universal, de aliados de Washington y de sus enemigos por igual, junto con manifestaciones de palestinos en los territorios ocupados por Israel de la Franja de Gaza y Cisjordania, así como en otras partes del Medio Oriente.

En un discurso de 12 minutos, Trump arrojó la decisión como un “nuevo enfoque al conflicto entre Israel y los palestinos” y “un paso que había que dar hace mucho tiempo para promover el proceso de paz”.

En realidad, la medida representa una luz verde al gobierno israelí de extrema derecha del primer ministro Benjamin Netanyahu para acelerar la expansión y la creación de nuevos asentamientos sionistas e intensificar la limpieza étnica de palestinos de Jerusalén Este.

Al mismo tiempo, el presidente estadounidense se puso a auto-exaltarse como siempre, diciendo que aunque presidentes anteriores habían prometido mudar la embajada, “no lo habían cumplido”. Sugiriendo que el asunto era una falta de “valentía”, proclamó, “Hoy, estoy cumpliendo”.

Durante su campaña electoral de 2016, Trump prometió ser el “presidente más pro-israelí” de la historia estadounidense y mudar la embajada a Jerusalén. Esto era parte de una medida calculada para ganarse el apoyo de los cristianos evangelistas de derechas así como los mucho menos numerosos, pero financieramente críticos, del sector sionista de derechas, especialmente el multimillonario de los casinos Sheldon Adelson, quien donó unos $25 millones a la campaña de Trump.

Bajo condiciones en las que su administración está en una crisis cada vez más profunda, y el índice de aprobación pública de Trump está bajando hasta alcanzar niveles récord, el anuncio sobre Jerusalén, aunque amenaza con desencadenar una nueva oleada de derramamiento de sangre en el Medio Oriente y potencialmente más allá de la región, le brindó una manera barata de solidificar su “base”.

Se informó de que tanto su Secretario de Estado Rex Tillerson como el Secretario de Defensa General James Mattis se opusieron a la decisión. La acción de Trump, sin embargo, no fue meramente —como se está informando de manera generalizada, particularmente en Europa— un acto de irresponsabilidad o incluso locura. Más bien, tiene que ver con objetivos más amplios del imperialismo estadounidense para intensificar su intervención militar en el Medio Oriente, particularmente para retrotraer el aumento de la influencia iraní tras las sucesivas debacles sufridas por Washington en Irak, Libia y Siria.

Formalmente, Trump ha basado su cambio acerca de Jerusalén en una ley promulgada en 1995, la llamada Ley de la Embajada en Jerusalén, que fue aprobada con un apoyo bipartidista abrumador. Se incluía, sin embargo, en la ley, una exención que permite al presidente de los EUA postergar la mudanza de la embajada estadounidense por motivos de seguridad nacional. Cada presidente estadounidense desde Bill Clinton —incluyendo a Trump, hasta ahora— venía invocando esta exención cada seis meses tal como requiere la ley.

La decisión de Trump fue elogiada por destacados miembros de los dos partidos del Congreso. “Jerusalén ha sido, y siempre será, la capital eterna e indivisa del Estado de Israel”, dijo el presidente de la cámara, el republicano Paul Ryan en una declaración.

El principal demócrata del comité de relaciones exteriores del Senado, Ben Cardin de Maryland, respondió, “Jerusalén es la capital del Estado de Israel y la localización de la embajada estadounidense debería reflejar este hecho”. Aunque algunos demócratas expresaron reservas sobre lo oportuno del momento de la decisión de Trump, estas fueron minadas por el hecho de que apenas en junio el Senado estadounisense aprobó, sin un solo voto en contra, una resolución que reafirmaba la exigencia de mudar la embajada a Jerusalén.

Esta política bipartidista representa un repudio brutal de la ley internacional, respaldando la anexión ilegal de territorios por parte de Israel, incluyendo la mayor parte de la actual ciudad de Jerusalén, que ocupó militarmente durante la guerra árabe-israelí de 1967. Tales anexiones fueron declaradas ilegales bajo las Convenciones de Ginebra promulgadas tras la Segunda Guerra Mundial para impedir la repetición de acciones similares llevadas a cabo por el régimen nazi de Alemania.

Miles de palestinos protestaron en Gaza el miércoles adelantándose al discurso de Trump. Se informó también de protestas en escuelas en Cisjordania. El miércoles por la noche, grandes cantidades de jóvenes palestinos se volcaron a las calles de la capital jordana, Amán, uno de los mayores centros de refugiados palestinos. Coreando “¡Abajo Estados Unidos! ¡Estados Unidos es la madre del terror!” exigían a la monarquía hachemita del rey Abdullah que rompa su tratado de paz con Israel. Los palestinos también tomaron las calles en diferentes partes del Líbano. Varios centenares de manifestantes se congregaron también fuera del consulado estadounidense en Estambul, tirando monedas y otros objetos al edificio.

Organizaciones palestinas han hecho un llamamiento a tres “Días de Ira”, culminando el viernes, cuando se celebran servicios religiosos musulmanes. Intentos por parte de las fuerzas de seguridad israelíes de impedir el acceso de palestinos a la mezquita de al-Aqsa en Jerusalén han servido repetidamente para provocar enfrentamientos violentos. En 2000, una visita a ese sitio por parte del entonces primer ministro Ariel Sharon provocó una intifada, o levantamiento palestino, y también se encendió la violencia en 2015 a causa de intentos de colonos sionistas de derechas de atacar el lugar sagrado musulmán.

La reacción de Trump fue rotundamente condenada tanto por regímenes árabes como por los aliados de antaño de Washington en Europa occidental.

Una de las reacciones más elocuentes fue la del Ministro de Exteriores alemán Sigmar Gabriel, quien en vísperas del anuncio dijo que la decisión de Trump era un indicador de por qué la alianza entre Washington y Europa había empezado a “venirse abajo”. Añadió que la determinación del estatus de Jerusalén tenía que ser el producto de “negociaciones directas entre ambas partes” y que “Todo lo que empeora la crisis es contraproducente”. La decisión de Trump ha sido invocada por el establishment gobernante alemán para promocionar el rearme del país y la persecución más agresiva de sus intereses de gran potencia en la escena mundial.

Desafiada en el Parlamento en relación con la decisión de Trump, la Primera Ministra británica Theresa May la describió como “poco constructiva” y prometió hablar con el presidente estadounidense sobre el asunto. El presidente francés Emmanuel Macron tildó la decisión estadounidense de “lamentable”. Ambos reiteraron la posición de que el estatus de Jerusalén solo podría ser zanjado mediante negociaciones entre los israelíes y los palestinos.

La principal preocupación tanto de las potencias europeas, los regímenes árabes y la Autoridad Palestina basada en Ramallah es que la decisión de Trump ha tirado de la última alfombra de debajo del supuesto “proceso de paz”, una ficción diplomática que está cojeando desde hace más de un cuarto de siglo mientras el régimen israelí expandía con firmeza su sujeción de los territorios palestinos ocupados.

La perspectiva de una “solución de dos Estados”, que Trump dijo que los EUA apoyarían “si es acordada por ambos bandos”, ya ha sido rechazada por las capas gobernantes del gobierno israelí y se ha vuelto irrealizable por la continua transgresión y división de la tierra palestina que la han llevado a ser una colcha de retazos de territorios no contiguos. Esto solo ha sido también confirmado por el reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel, negando la exigencia palestina de que la misma ciudad fuera la capital de algún Estado palestino.

Los regímenes burgueses árabes, monárquicos, autocráticos y dictatoriales, todos los cuales han sido consultados de antemano por parte de la administración de Trump, lanzaron su condena pro forma al reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel.

El dictador egipcio, Gen. Abdel Fattah el-Sisi, advirtió de que las decisiones de Trump “socavarían las posibilidades de paz en el Medio Oriente”.

De manera semejante, el rey saudita Salman declaró que el cambio sobre Jerusalén “dañaría las negociaciones de paz y aumentarían las tensiones en la región”.

Según muchas noticias en los medios, sin embargo, Mohammed bin Salman, el príncipe heredero saudí quien en breve será rey, convocó al jefe de la Autoridad Palestina Mahmoud Abbas a Riad el mes pasado para informarle de las condiciones de Trump y ordenarle aceptarlas o someterse a la interrupción de la financiación saudí.

Siguiendo al discurso de Trump, Abbas emitió una respuesta grabada previamente advirtiendo de que, como resultado de las medidas del presidente estadounidense, “los grupos extremistas que intentan transformar el conflicto en nuestra región en una guerra religiosa que arrastrará a la región … hacia conflictos internacionales y guerras interminables.”

Al dirigente de la Autoridad Palestina, que hace de fuerza de seguridad adjunta para la ocupación israelí y de medio de enriquecimiento para una delgada capa de la burguesía palestina, le preocupa que el que la administración de Trump ponga fin a cualquier pretensión de que los asuntos esenciales en relación con el conflicto palestino-israelí serán dejados a la negociación, hará su posición insostenible.

Este llamamiento patético no encontrará simpatía en Washington. La perspectiva de que la provocación acerca de Jerusalén alimentará el terrorismo islamista ya está sin duda gestionada en los cálculos de Washington. Los atentados terroristas sirven como pretextos útiles para la guerra en el extranjero y represión en casa.

Al mismo tiempo, la administración de Trump claramente está calculando que Arabia Saudí, las otras monarquías petroleras del Golfo y los regímenes autocráticos suníes de la región no dejarán que ninguna preocupación por la suerte de los palestinos interfiera con su determinación de cimentar un eje anti-iraní junto con los EUA e Israel.

El primer ministro israelí Netanyahu transmitió su propia declaración grabada saludando la medida tomada por los Estados Unidos para reconocer a Jerusalén como la capital de Israel como “histórica” y elogiando a Trump por su “valiente decisión”.

La realidad, sin embargo, es que este reconocimiento representa un clavo más en el ataúd de la llamada “solución de los dos Estados”, disipando más cualquier ilusión que pudiera quedar en que el fin de la opresión de las masas palestinas se encontrará mediante acuerdos diplomáticos y negociaciones entre el imperialismo y los regímenes burgueses árabes. La única alternativa que queda es la de la lucha revolucionaria, que una a los trabajadores árabes y judíos en una lucha común por una solución socialista a los azotes de la guerra, la desigualdad y la explotación producida por el sistema capitalista.

Centenario de la Declaración Balfour: un siglo de desposesión y de resistencia en Palestina

por Julien Salingue y Razmi Baroud//

El 2 de noviembre de 1917, el ministro británico de Asunto Exteriores, Arthur Balfour, dirigía una carta a Lionel Walter Rotschild, miembro eminente de la comunidad judía en Gran Bretaña y gran patrocinador del movimiento sionista. Esta carta, conocida con el nombre de “declaración Balfour” es un momento clave de la historia de Palestina, puesto que por primera vez el gobierno de una gran potencia se comprometía a apoyar al movimiento sionista, entonces ultraminoritario entre las comunidades judías. La declaración Balfour sella la alianza entre sionismo e imperialismo, al mismo tiempo que sella la suerte de las y los palestinos que son simbólicamente desposeídos de su tierra por una potencia colonial que la atribuye a un movimiento del que numerosos dirigentes no ocultan su intención de desposeerles de ella físicamente. Para el escritor Arthur Koestler, con la declaración Balfour, “una nación prometió solemnemente a una segunda el territorio de una tercera”.


La declaración Balfour: una desposesión simbólica que abre la vía a la desposesión física

Julien Salingue

El 2 de noviembre de 1917, el ministro británico de asuntos exteriores, Arthur Balfour, dirigía una carta a Lionel Walter Rotschild, miembro eminente de la comunidad judía de Gran Bretaña y gran patrocinador del movimiento sionista.

Mediante esta carta, Balfour aportaba el apoyo oficial del gobierno al proyecto de establecimiento de un “hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina, entonces bajo administración otomana: “El Gobierno de Su Majestad contempla con beneplácito el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo, entendiéndose claramente que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatus político de los judíos en cualquier otro país. Estaré agradecido si usted hace esta declaración del conocimiento de la Federación Sionista”.


Un siglo de desposesión

Esta promesa, conocida con el nombre de “Declaración Balfour”, es un momento clave de la historia de Palestina, puesto que por primera vez el gobierno de una gran potencia se comprometía a apoyar al movimiento sionista, entonces ultraminoritario en las comunidades judías. La declaración Balfour sella la alianza entre sionismo e imperialismo, al mismo tiempo que sella la suerte de las y los palestinos, que son simbólicamente desposeídos de su tierra por una potencia colonial que la concede a un movimiento muchos de cuyos dirigentes no ocultan su intención de desposeerles de ella físicamente. Para el escritor Arthur Koestler, con la declaración Balfour, “una nación prometió solemnemente a una segunda el territorio de una tercera”.

Recordar, 100 años más tarde, la promesa británica, es recordar que para las gentes palestinas la lucha contra la desposesión no comenzó en 1967, tras la ocupación de Cisjordania y la franja de Gaza, ni siquiera en 1948, en el momento de la creación del Estado de Israel. El proceso de desposesión se extiende a lo largo de un siglo y, contrariamente a la mitología mantenida por el movimiento sionista y sus aliados, la resistencia palestina es anterior a las primeras guerras israelo-árabes, en particular la gran revuelta de 1936, aplastada conjuntamente por los británicos y las milicias armadas sionistas.


Discriminaciones estructurales

La declaración Balfour inscribe en el lenguaje diplomático internacional la negación de los derechos nacionales de los y las palestinas, puesto que solo son mencionados sus derechos “civiles y religiosos”, y que son calificados, mediante un eufemismo destinado a negar su identidad, de “colectividades no judías”. Las y los 700 000 árabes de Palestina (más del 90% de la población) son reducidos al estatus de residentes sin derechos políticos, lo que valida a posteriori la tesis de dirigentes sionistas según la cual Palestina sería una “tierra sin pueblo”. 50 años más tarde, la dirigente israelí Golda Meir declarará, a propósito de los territorios ocupados por Israel: “¿Cómo podríamos entregar esos territorios? No hay nadie a quien entregárselos”.

Recordar 100 años más tarde la promesa británica es, así, comprender que la opresión y las discriminaciones coloniales sufridas por el pueblo palestino no son algo accidental sino producto de una larga historia. La resistencia palestina a este proceso de larga duración no ha cesado jamás, aunque haya que reconocer que el movimiento nacional atraviesa hoy una crisis histórica y que los y las palestinas hacen frente a una correlación de fuerzas considerablemente deteriorada. Una cosa es cierta: el apartheid israelí es un fenómeno estructural, que solo podrá ser abolido si los fundamentos mismos del Estado de Israel y su papel de puesto de vanguardia del imperialismo occidental en la región son analizados, denunciados y combatidos.

https://npa2009.org/idees/histoire/la-declaration-balfour-une-depossession-symbolique-ouvrant-la-voie-la-depossession

Hebdo L´Anticapitaliste -403 (02/11/2017)

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur


Mi patria nunca fue propiedad de Balfour y éste no tenía ningún derecho a dársela a nadie

Razmi Baroud

Cuando era un niño que crecía en un campo de refugiados de Gaza, esperaba el 2 de noviembre. Ese día, cada año, miles de estudiantes y de habitantes del campo bajaban a la plaza principal, blandiendo banderas palestinas y pancartas, para condenar la declaración Balfour.

Para ser sincero, tengo que decir que mi impaciencia estaba motivada sobre todo porque las escuelas cerraban ese día y que después de un corto pero sangriento enfrentamiento con el ejército israelí, volvería pronto junto a mi querida madre, comería algún chuche y vería los dibujos animados.

Entonces no tenía ninguna idea sobre lo que era realmente Balfour, y cómo su “declaración” de hacía tantos años había cambiado el destino de mi familia y, además, mi vida y la de mis hijos.

Todo lo que sabía, es que Balfour era una mala persona y que a causa de su terrible fechoría sobrevivíamos en un campo de refugiados, rodeados por un ejército violento y un cementerio, en perpetua expansión, lleno de “mártires”.


Ningún derecho a entregar mi patria a nadie

Decenios más tarde, el destino me llevaría a visitar la iglesia de Whittingehame, una pequeña parroquia en la que está enterrado Arthur James Balfour.

Mientras que mis padres y mis abuelos están enterrados en un campo de refugiados, un espacio cada vez más reducido, víctima de un asedio perpetuo y sufriendo inconmensurables dificultades, el lugar de reposo de Balfour es un oasis de paz y de calma. La pradera vacía alrededor de la iglesia sería suficientemente grande como para acoger a toda la gente refugiada de de mi campo.

Finalmente, he tomado plenamente conciencia de las razones por las que Balfour era una “muy mala persona”.

Primer Ministro de Gran Bretaña, luego Ministro de Asuntos Exteriores a partir del año 1916, Balfour prometió mi patria a otro pueblo. Una promesa realizada el 2 de noviembre de 1917 en nombre del gobierno británico, bajo la forma de una carta enviada al dirigente de la comunidad judía de Gran Bretaña, Walter Rothschild.

Entonces Gran Bretaña no controlaba Palestina, que formaba parte del imperio otomano. De todas formas mi patria jamás fue propiedad de Balfour y éste no tenía ningún derecho a entregársela tan negligentemente a nadie (…).


De los acuerdos Sykes-Picot a la declaración Balfour

Evidentemente, Balfour no actuaba a título personal. Ciertamente, la declaración lleva su nombre, pero él era en realidad el fiel agente de un imperio que tenía intenciones geopolíticas a gran escala, no solo para Palestina, sino para Palestina en tanto que parte de un entorno árabe más amplio.

Justo un año antes, había sido elaborado otro documento siniestro, aunque en secreto. Había sido aprobado por otro diplomático británico de alto rango, Mark Sykes y, en nombre de Francia, por Fançois Georges-Picot. Los rusos fueron informados del acuerdo, pues recibían también una parte del pastel otomano.

El documento indicaba que cuando los otomanos fueran aplastados, sus territorios -entre ellos Palestina- serían divididos entre las futuras partes victoriosas.

El acuerdo Sykes-Picot, igualmente conocido con el nombre de Acuerdo para Asia Menor, fue firmado en secreto hace un siglo, dos años después del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Revelaba la naturaleza brutal de las potencias coloniales, que consideraban raramente la tierra y sus recursos relacionados con quienes vivían sobre esa tierra y poseían esos recursos (…).

Los mandatos británicos y franceses fueron establecidos sobre entidades árabes divididas, mientras que Palestina fue entregada al movimiento sionista un año más tarde, cuando Balfour transmitió la promesa del gobierno británico, condenando a Palestina a un destino hecho a base de guerra y de inestabilidad perpetuas.

Promesas condescendientes y mentiras

La idea de los “pacificadores” y “honrados negociadores” occidentales, omnipresentes en todos los conflictos de Medio Oriente, no es nueva. La traición británica a las aspiraciones árabes remonta a hace decenios. Los británicos han utilizado a los árabes como peones en su gran juego contra sus rivales coloniales, para luego traicionarles a la vez que se presentaban como amigos cargados de regalos para ellos.

Esta hipocresía no ha sido jamás tan puesta en evidencia como en el caso de Palestina. Desde la primera ola de migración judía sionista a Palestina en 1882, los países europeos facilitaban la instalación de los colonos y de sus recursos, mientras que se establecían numerosas colonias, grandes y pequeñas. Cuando Balfour envió su carta a Rothschild, la idea de una patria judía en Palestina era por tanto ya creíble.

Sin embargo, se habían hecho numerosas promesas condescendientes a los árabes durante los años de la Gran Guerra, cuando la autoproclamada dirección árabe tomaba partido favorable a los británicos en su guerra contra el imperio otomano. Se prometió entonces a los árabes una independencia inmediata, incluso para los palestinos.

La idea dominante entre los dirigentes árabes era que el artículo 22 del pacto de la Sociedad de Naciones debía aplicarse a las provincias árabes dirigidas por los otomanos. Se les había dicho a los árabes que sus derechos serían respetados en tanto que “misión sagrada de civilización”, y que sus comunidades serían reconocidas como “naciones independientes”.

Cuando las intenciones de los británicos y sus lazos con los sionistas se hicieron demasiado evidentes, los palestinos se rebelaron, una rebelión que, un siglo más tarde, no ha cesado, pues las atroces consecuencias del colonialismo británico y de la toma de control total de Palestina por los sionistas siguen presentes tras todos estos años (…).


Una desigualdad original que se perpetúa

De hecho, esta historia continúa actualizándose cada día: los sionistas han reivindicado Palestina y la han denominado “Israel”; los británicos continúan apoyándoles, sin dejar nunca de halagar a los árabes; el pueblo palestino sigue siendo una nación territorialmente fragmentada: en los campos de refugiados, en la diáspora, bajo ocupación militar o tratados como ciudadanos de segunda en un país en el que sus antecesores han vivido desde tiempo inmemorial.

Si Balfour no puede ser hecho responsable de todas las desgracias que han golpeado al pueblo palestino desde que hizo pública su corta pero tristemente célebre carta, la idea que su “promesa” encarnaba -un desprecio total de las aspiraciones del pueblo árabe palestino- ha sido transmitida de una generación de diplomáticos británicos a otra, de la misma forma que la resistencia palestina al colonialismo es transmitida de generación en generación.

En un texto publicado en el Al-Ahram Weekly y titulado “Verdad y reconciliación”, el añorado profesor Edward Said escribió: “Nunca la declaración Balfour ni el mandato concedieron específicamente a los palestinos derechos políticos en Palestina, solamente derechos civiles y religiosos. La idea de una desigualdad entre judíos y árabes fue así construida inicialmente por la política británica, luego por las políticas israelíes y estadounidenses”.

Esta situación de desigualdad prosigue, y con ella la perpetuación del conflicto. Lo que los británicos, los primeros sionistas, los americanos y los gobiernos israelíes siguientes no han comprendido nunca y continúan ignorando, para su desgracia, es que no puede haber paz en Palestina sin justicia y sin igualdad, y que las y los palestinos continuarán resistiendo mientras sigan en pie las razones que estuvieron en los orígenes de su rebelión hace cerca de un siglo.

https://npa2009.org/idees/histoire/ma-patrie-na-jamais-ete-propriete-de-balfour-et-il-navait-aucun-droit-de-la

Artículo publicado originalmente en inglés en http://www.aljazeera.com/indepth/features/2016/11/britain-destroyed-palestinian-homeland-161102054348710.html

 


Entrevista con Michèle Sibony, de la Unión Judía Francesa por la Paz (UJFP).

Colonialismo y antisemitismo asociados prometieron un hogar nacional judío en Palestina

Julien Salingue

Estamos en noviembre de 2017, es decir, 100 años después de la declaración Balfour. ¿Cómo comprender, con perspectiva, esta decisión del gobierno británico?

En 1917, la Primera Guerra Mundial y la revolución rusa inquietaban a Gran Bretaña. Los acuerdos Sykes-Picot firmados en 1916 ratifican el reparto del Medio Oriente otomano entre Francia y Gran Bretaña, y prevén un estatus internacional para Palestina. Gran Bretaña cree en el “poder judío”: numerosos textos de políticos de la época dan fe de ello. Satisfacer a los judíos estadounidenses permitiría obtener la ayuda militar americana rechazada a la Triple Entente, satisfacer a los judíos rusos muy presentes en la revolución permitiría a Rusia seguir en guerra, se reforzaría la posición de Gran Bretaña en el Oriente árabe, en particular sobre el Canal de Suez, frente a una Francia que reivindica también Palestina como parte de la Gran Siria. La promesa Balfour se presenta por tanto como un mensaje enviado a los judíos del mundo entero siendo a la vez una forma de acuerdo de subcontratación propuesto a los sionistas judíos para mantener o posicionar sus intereses imperialistas.

Por otra parte, Balfour igual que Lloyd George crecieron en un entorno evangelista, a la vez antisemita y mileranista: la llegada mesiánica pasa por la vuelta de los judíos a la tierra bíblica. En fin, como para todas las potencias coloniales de la época, los “indígenas” no tienen estrictamente ninguna importancia a ojos de la potencia imperial. Colonialismo y antisemitismo asociados harán así la promesa de un hogar nacional judío en Palestina. Lord Montagu en su “memorándum sobre el antisemitismo actual del gobierno británico” no se engaña, y asume que “los turcos y los demás musulmanes serán mirados en Palestina como extranjeros, exactamente de la misma forma que los judíos serán, tras esto, tratados como extranjeros en todos los países salvo en Palestina”.

¿En qué contribuyó la declaración Balfour a legitimar y desarrollar el movimiento sionista?

En realidad, en 1917 el sionismo era un movimiento ultraminoritario en el mundo judío, tanto en el europeo como en el ruso o el americano. Los judíos asimilacionistas, igual que los religiosos ortodoxos y los judíos revolucionarios estaban totalmente opuestos al sionismo. Los religiosos rechazan el nacionalismo que quiere reemplazar a la religión: a sus ojos, solo el mesías puede dar a los judíos la tierra de Israel. El Bund, sindicato judío en Rusia, Lituania y Polonia, primer partido judío en Polonia, reivindica el doy kait, es decir la lucha por la mejora de su condición en los países en los que las y los judíos se encuentran, y una antonomía nacional y cultural pero no territorial en un imperio ruso que desean que se transforme en una federación de los pueblos. Así, el sionismo es en primer lugar un colonialismo europeo y el antisionismo es en primer lugar un anticolonialismo judío. Los primeros y los más numerosos antisionistas fueron judíos… hasta la Segunda Guerra Mundial. Y no hablaremos aquí de los judíos orientales o del Magreb, ni reconocidos, ni concernidos, ignorados por el sionismo de aquella época. Cinco años después de la declaración Balfour, el mandato sobre Palestina confiado por la SDN en 1922 a Gran Bretaña, retoma íntegramente los términos de la promesa, y da una validación, en el derecho internacional, del sionismo como implantación “nacional” judía en Palestina. Por otra parte, la carta de la OLP de 1964 situaba el inicio del sionismo de Estado en la declaración Balfour, considerando de hecho que los judíos llegados antes de esa fecha a Palestina eran inmigrantes con vocación de convertirse en palestinos. Es lo que plantea su artículo 20, según el cual “la declaración Balfour, el mandato para Palestina, y todo lo que está fundado en ellos, son declarados nulos y sin efectos…”..

Los sionistas acabaron por volverse contra su padrino británico, hasta el punto de que hay quien ha hablado de una guerra de independencia como la que tuvo lugar en los Estados Unidos. ¿Es oportuna esta comparación?

El nacimiento del nacionalismo judío es uno de los fundamentos del sionismo, pero no forzosamente estatal. El sionismo estatal, que asume la concepción europea de la época sobre el Estado-nación, ignora los derechos indígenas como movimiento colonial europeo que es. Esto va a ocultar parcialmente, o en cualquier caso dar un carácter secundario, a la colonización de Palestina que se deriva de ello: cada pueblo en su tierra, un pueblo sin tierra en una tierra sin pueblo. La naturaleza colonial de sionismo será entonces invisibilizada para muchos (pero no para los pueblos árabes), y el sionismo será considerado como un nacionalismo local que entra en competencia con el nacionalismo palestino. Es así como lo que será presentado por el movimiento sionista como la guerra de independencia contra Gran Bretaña va a ocultar y borrar literalmente al ya activo movimiento indígena palestino de independencia, como esconde y borra la Naqba, la gran expulsión de 1948. De hecho, la retirada de Gran Bretaña deja en pie una nueva potencia colonial, Israel, que continuará defendiendo los intereses occidentales sobre los que no ha dejado de apoyarse. Se puede también recordar que 1947, el año del plan de reparto de Palestina, es tambén el de la partición de la India tras la retirada de Gran Bretaña… Y que ya en 1917 Balfour respondía a un Montagu que le preguntaba sobre la suerte que reservaba a Palestina: “Quiero crear un pequeño Ulster”.

100 años más tarde, recordar la declaración Balfour, es recordar que los problemas no comenzaron en 1967, ni siquiera en 1948. ¿Porqué es importante para comprender las realidades actuales?

La declaración Balfour constituye un momento clave en la inscripción del sionismo en el derecho internacional, cuyas etapas posteriores serán el mandato confiado por la SDN, luego el plan de división de 1947 de la ONU. El desprecio colonial que ha presidido a estas diferentes etapas ha permitido el desenraizamiento de un pueblo y la no toma en consideración de sus derechos. Si se considera el proceso de Oslo, difunto desde hace ya casi veinte años como el último avatar de esta gestión bajo tutela, se puede constatar que los derechos elementales del pueblo palestino no han sido preservados o defendidos, ni el derecho al retorno de los refugiados garantizado por la ONU, ni el estatus de Jerusalén-Este, ni siquiera la apariencia de reparto (muy desigual) referida al precedente plan de reparto de 1947. Todo esto mientras que la colonización de los territorios ocupados en 1967 prosigue, ante la indiferencia de las mismas naciones que impulsaron la creación del hogar nacional judío, iniciado por Gran Bretaña y la declaración Balfour. Si la declaración Balfour nos recuerda algo, es que el único proceso en curso desde la promesa, renovado constantemente, es el de la colonización continua del territorio palestino. La “solución” de hoy pasa por la descolonización de Israel como régimen colonial y el reconocimiento de derechos iguales a todos los habitantes actuales de Palestina.

Hebdo L´Anticapitaliste 403 (02/11/2017)

https://npa2009.org/idees/histoire/colonialisme-et-antisemitisme-associes-ont-donne-la-promesse-dun-foyer-national-juif

Traducción: Faustino Eguberri

Tribunal popular internacional para castigar a Pinochet (1998)

 

por Raúl Bengolea//

            Las últimas dos semanas han constituido una verdadera prueba para todos los sectores, tendencias y corrientes políticas. Efectivamente, el país se ha polarizado, han emergido las verdaderas posturas de algunos, otros han guardado un hermetismo “bastante parecido a la estupidez”, y en el centro de todo una vez más Pinochet. Su imprevista y sorpresiva detención en Londres ha puesto de manifiesto la verdadera cara del régimen.

            Un hecho como la detención del Dictador, de profundas raíces en la política chilena, y mundial, nos entrega en una primera lectura algunas cuestiones fundamentales:

1.- Que Chile es una semicolonia, cuya burguesía es enteramente impotente para desarrollar una política antiimperialista, así sea le toquen a la “madre”;

2.- Que Pinochet sigue siendo el único dirigente indiscutido de la burguesía criolla, y que su Dictadura se prolonga hasta nuestros días, bajo un manto civil que emerge exclusivamente de las elecciones. Por lo mismo, la derecha, la Concertación y el PC, desde distintas perspectivas se ubican hoy día en la extrema derecha de la política mundial, el pinochetismo es la piel de la burguesía chilena, así como para la burguesía israelita lo es el sionismo;

3.- Que la resolución de un reclamo democrático elemental, tan primario como el castigo a los genocidas, no puede ser resuelto en el marco de dominación burguesa. Las decadentes democracias imperialistas, y su podrido “Derecho Internacional Público” no escapan a esta caracterización, lo que se probará con la segura liberación de Pinochet.

4.- Que pese al alza de la lucha de los explotados en las metrópolis y en las semicolonias, cuestión que explica la detención de Pinochet, y plantea la formación de un Tribunal Popular Internacional, no emerge una nítida dirección política internacional que permita canalizar la lucha como acción directa internacionalista, como lucha revolucionaria.

 

POR QUÉ ES DETENIDO EN LONDRES

            La noche del 16 de Octubre, el embajador chileno en Gran Bretaña, Mario Artaza, había convenido con la comitiva de Pinochet que éste abandonara Inglaterra a la brevedad el próximo martes 20. Esta medida se tomó por cuanto se pensaba que las diligencias seguidas por el juez Garzón en España, podrían repercutir en la regularidad de la gira que realizaba el senador vitalicio y que tenía entre otros objetivos interceder en negociaciones gubernamentales vinculadas a la compra de armamento, industria en la que Pinochet es un gran inversionista. Una señal, que enturbiaba la tradicional hospitalidad con que Pinochet es recibido por los gobiernos de casi todo el mundo, la dio la Cancillería francesa que se negó a visar su pasaporte.

            Para el Gobierno esta gira era muy importante, al punto que se le designó en forma casi clandestina como “embajador plenipotenciario en misión especial”, categoría que perseguía exclusivamente garantizar la “impunidad” diplomática del genocida confiriéndole las prerrogativas de Jefe de Estado. Es necesario subrayar en este punto, que tanto Aylwin como Frei, en reiteradas y diversas oportunidades tomaron estos resguardos que permitían al genocida gozar internacionalmente del mismo trato que recibe en Chile. Con el amparo de la Concertación, Pinochet ha recorrido el mundo en muchas oportunidades utilizando documentación adulterada, registrándose bajo nombres supuestos (en Holanda fue sorprendido como el “Sr. Escudero”) y rodeado de un aparato de seguridad que pasea ametralladoras y explosivos por donde quiera, todo ello por supuesto costeado por el erario nacional.

            Si Pinochet estaba en Inglaterra y se disponía a otra de sus giras, lo hacía no sólo con el beneplácito sino que con la complicidad de la Concertación. Esto no es ninguna novedad, ya que es el simple reflejo de lo que ocurre en el país: la Concertación se limita a seguir el derrotero señalado por la Dictadura Militar.

            Por eso, cuando Scotland Yard irrumpe en la ya mítica “London Clinic”, desarma y detiene a sus guardaespaldas, acordona el edificio e incomunica a Pinochet por dos horas, el sudor helado no se apodera del decrépito asesino (que a su idiotez tradicional sumaba el embotamiento post operatorio) sino que principalmente del Gobierno concertacionista, el que construyó su imagen durante años de “defensor de los DDHH”, “antipinochetista”, “democrático”, “de plena inserción internacional”. La Concertación, la del arcoiris, la que sirve de modelo de estabilidad, la alianza ejemplar, el “non plus ultra” de la tolerancia, debió ante estos hechos a salir a defender a su aliado y lo hizo con el destemple y virulencia común en los tránsfugas: señalaron que estaba en juego la soberanía del país y que no permitirían bajo ningún respecto que se enjuiciara a un genocida que es su principal sostén político, que es quien en definitiva cohesiona a la burguesía chilena.

            La imagen del Canciller José Miguel Inzulza vociferando desesperado en defensa del General que lo torturó, encarceló y exilió, no es sino la patética caricatura de la maniobra gubernamental orientada al salvataje no sólo físico, sino que principalmente político que se hizo de la figura de Pinochet. El Gobierno puso a Pinochet como la encarnación de la soberanía nacional, haciendo de su defensa un asunto de principios, “de Estado” como gustan decir los voceros del pinochetismo. Los fascistas de la UDI y RN captaron esto rápidamente y ocuparon un inmejorable lugar explotando demagógicamente el antiimperialismo. Los huevos en la Embajada Británica, la supresión de los estacionamientos de la Embajada Española, y otras manifestaciones “contra el colonialismo”, son expresión de esta formidable campaña que durante la primera semana paralizó por completo a los partidos de gobierno.

            Esta idea de hacer de la liberación de Pinochet un problema de respeto a la soberanía nacional, constituye una impostura, una falsificación. La bandera antiimperialista es demasiado grande -aún para jugar con ella- para quienes han hecho de la defensa de los intereses del capital transnacional una cuestión de principios. El propio pinochetismo, que emergió autoevidente como LA política de los partidos del régimen, es esencialmente eso: la sumisión de los intereses nacionales en beneficio del imperialismo. Clara demostración de ello es que a pesar de las bravatas nacionalistas, ni el gobierno, ni los fascistas fueron capaces de promover una auténtica medida antiimperialista en contra de los intereses españoles y británicos presentes en Chile.

            Mientras gobiernistas y pinochetistas simulaban una postura antiimperialista, aprobaban un presupuesto ajustado a las necesidades del capital transnacional, reprimían al magisterio que luchaba en contra de la reforma educativa imperialista, a los miles portuarios despedidos en el proceso de privatización de los puertos, a los mineros del carbón cesantes para beneficio de compañías británicas. El “antiimperialismo” de estos connotados agentes del capital imperialista, no pasa de ser una mueca impotente, porque en la práctica siguieron -aún en los momentos más graves de la crisis de Pinochet- defendiendo la “economía abierta”, los tratados de sumisión militar, económica y política al imperialismo. Cuestiones elementales como la ruptura de relaciones diplomáticas con España e Inglaterra y la expropiación de sus capitales en Chile ni siquiera fueron insinuados, por ninguno de los histéricos huerfanitos de Pinochet, ni Piñera ni Lavín, ni Zaldívar, ni mucho menos Lagos.

            La burguesía chilena, no por un problema racial o religioso, sino que por un problema estructural que arranca de la formación capitalista chilena, del papel del Estado, de su ubicación en la división internacional del trabajo, es incapaz de realizar la más mínima tarea antiimperialista. Esta realidad pone en evidencia la absoluta subordinación de los partidos -desde la UDI al PC- al proyecto e intereses imperialistas. Ello es expresión de la sumisión de la burguesía chilena al gran capital, que se desprende del carácter atrasado y semicolonial de nuestra formación social y al mismo tiempo de su papel de semicolonia.

            El alegato antiimperialista, que tan mal queda a los sirvientes del imperio, sólo fue esgrimido con la intención de movilizar a sectores de masas en la defensa de un objetivo reaccionario: la liberación de Pinochet en Inglaterra, la impunidad del genocida para garantizar la estabilidad del régimen chileno.

            Algunos, quizás desde las filas de la propia izquierda, podrían caer en la tentación de comparar el apresamiento de Pinochet con el de Noriega el 89. Sin embargo, debemos señalar que las diferencias son abismales: Chile no ha sido invadido por un ejército metropolitano, ni ha sido secuestrado su Presidente por el mismo; como en el caso de Noriega, que hoy día purga crímenes por narcotráfico en una cárcel de Miami. El apresamiento de Noriega, además de expresar la política invasora y genocida del imperialismo, manifestaba la necesidad de los yanquis de oprimir a las masas caribeñas. Muy por el contrario, Pinochet ha sido detenido en territorio británico, fuera de la jurisdicción chilena, por lo que no cabe alegar violación a la soberanía nacional; si bien es cierto la detención fue por orden de la justicia española, es fruto a su vez del accionar multitudinario de activistas y organizaciones defensoras de los DDHH, que forman parte de un movimiento aún mayor de luchas que sacuden de cabo a rabo el orden “democrático” de las decadentes potencias europeas.

            Mientras el apresamiento de un asesino como Noriega a manos de un ejército invasor constituye una agresión imperialista, la mera detención en el exterior de un genocida como Pinochet constituye un pequeño pero significativo triunfo de las masas del mundo entero que se encaminan a castigar a sus verdugos.

 

¿QUIÉN ES EN REALIDAD PINOCHET?

            A no pocos, en Chile y el exterior, podría resultar sorprendente la actitud asumida por el Gobierno de Frei, el que sustenta su prestigio ante las masas por encabezar una alianza que ha hecho del antipinochetismo, de su democratismo, su principal capital político. El Gobierno actual es lo que fuera la “Oposición” a la Dictadura Militar. Aún en el marco de la transición, (recordemos el acto de asunción de Aylwin en el Estadio Nacional, en el que se “purificó” el recinto con una liturgia ecuménica en defensa de los DDHH), la Concertación se presentó como la redentora de la libertad, la justicia, la tolerancia, la democracia, etc..

            En este marco la cuestión del genocidio quedó como un reclamo moral, vigente cuya resolución era imposible habida cuenta de la Ley de Amnistía cuya vigencia se consideró esencial para viabilizar el traspaso del mando militar al civil opositor. En esta época se acuñó la expresión pusilánime de Aylwin, de “hacer justicia en la medida de lo posible”. Este elemento es clave, y distingue por ejemplo a la transición chilena de la paraguaya que fue de militares a civiles stroessneristas; o de la argentina en la que los civiles opositores no establecieron claramente amnistía a los genocidas el 83, la que finalmente hubo de establecer Menem con su Punto Final y la liberación de Videla y Cía.

            La Ley de Amnistía del 79, marca y funda el proceso de institucionalización de la Dictadura que hasta ese momento era comandada, en forma un tanto invertebrada, por una Junta Militar. Esta Ley establece la impunidad para los crímenes perpetrados por los golpistas y marca una tendencia al orden y a la resolución de la crisis interna de la burguesía chilena que sumó al Golpe del 73, la violenta conmoción -a partir del 74- de la llamada crisis del petróleo.

            EE.UU. bajo la administración demócrata de Carter, observando el descontrol internacional que comenzó a generar Pinochet y la DINA, con su operación Cóndor (Coordinación de las policías políticas del Cono Sur) y con los atentados a Prats, Letelier y Leighton, impuso a Pinochet un boycot internacional que tuvo como mayor exponente la Enmienda Kennedy, que cortó el suministro de armas a la Dictadura chilena. Estas presiones, que eran expresión de la repulsa internacional que generaban los crímenes de los militares en contra de la vanguardia obrera y de izquierda en nuestro país, tuvieron como resultado la disolución de la DINA, la dictación de la Amnistía (que exceptuaba de su aplicación expresamente a los crímenes cometidos fuera de Chile, como el caso Letelier) y la llegada del equipo económico de Friedman, los lúgubres “Chicago Boys”.

            En este momento el régimen chileno se encontraba extraordinariamente aislado, aislamiento que buscaba romperse precisamente con la institucionalización, lo que ocasionó un nuevo quiebre en la burguesía. La marginación definitiva de los democristianos del gobierno dio lugar a un viraje muy violento, al punto que connotados funcionarios de la propia Dictadura -como el actual precandidato Zaldívar, en ese entonces Vicepresidente de CODELCO- fueron al exilio. En esa etapa los propios militares comienzan a pensar en su transición a una forma gubernamental civil. Se da cuerpo a la Comisión Ortúzar -cuyo cerebro fue el ajusticiado Jaime Guzmán- , que comienza a elaborar la nueva Constitución Política de la República, teniendo como principal modelo la anticomunista Ley Fundamental de Alemania Federal.

            Hasta 1978, los bloques políticos seguían armados tal y como se conformaron para el Golpe del 73. De un lado el CODE (Derecha y DC), del otro la UP (PC, PS, Radicales), esto era expresivo a su vez de un quiebre en la propia burguesía que fue precisamente el que posibilitó la instauración de la Dictadura. La Democracia Cristiana rompe este cuadro y pasa a integrar la “oposición” a la Junta Militar, lo que polariza a su vez al bloque gobernante que ve definitivamente en Pinochet, más allá de la Junta, el único elemento capaz de dar coherencia al régimen.

            El 78, año clave en el desarrollo del proyecto de “Reconstrucción Nacional” en que se encontraba envuelta la Dictadura, es el año a su vez de Pinochet, quien tuvo la capacidad de asumir el liderazgo de importantes sectores de la burguesía. Pinochet, un simple gorila sanguinario que ganó espacio político por su determinación genocida, a la hora de reprimir y regimentar al país, era el dirigente que necesitaba la patronal. Aquél que clausuró las instituciones parlamentarias y sumió a las masas en un baño de sangre, era el hombre del momento.

            Un hombre mediocre, vulgar, astuto, de escasa inteligencia; un hijo de la arruinada clase media rural del centro del país, no un aristócrata de las castas militares de tradición familiar, ni mucho menos un refinado orador de la propia burguesía, se fue transformando en una institución del régimen político chileno.

            El discurso de Pinochet, cuya extraordinaria simpleza y claridad ha maravillado a más de algún filólogo con pretensiones científicas, es simple precisamente porque se sustenta no en la demagogia democrática, sino que en la amenaza pura y simple. Su escasa cultura, su filiación casi infantil con la religión (él mismo reconoció la imagen de la Virgen del Santísimo Socorro en las trizaduras provocadas por un misil Low,  en la ventana blindada de su automóvil, con motivo de su  el frustrado atentado del 86), lo liberaron de las trabas morales y prejuicios democráticos de un Schneider, por ejemplo. Pero por otro lado, su carácter advenedizo lo hacía al mismo tiempo que inescrupuloso, en un disciplinado y servil instrumento de la burguesía.

            La ambición de Pinochet estuvo siempre subordinada a los intereses generales de la burguesía, esto lo distinguía de los típicos caudillos militares y personalistas, como por ejemplo Viaux Marambio. Prueba palpable de ello es que escoltó a Fidel en su vista a Chile durante la UP; emergió en Junio del 73 como un general “constitucionalista” que frenó la intentona del “tancazo” de Supper, lo que le valdría a la postre ser designado Comandante en Jefe del Ejército por el propio Allende; y -todos concuerdan- fue el último en sumarse al Golpe en cuya conspiración no participó.

            El anticomunismo de Pinochet que es parte de la tradición de las FF.AA. chilenas, toma cuerpo teórico en la geopolítica,  que es la ideología de origen prusiano según la cual se ha de regimentar la sociedad con un criterio organicista, diríase biológico, que entiende que un cuerpo político sano requiere de un Estado disciplinado, sin disensiones internas.

            Dentro de las tendencias “geopolíticas” del Ejército, Pinochet se encuentra en su ala más moderada que adhiriendo a la idea de que el Estado es el organismo vivo de la nación, rechaza no obstante la visión belicosa de que esta “vida” se traduciría en una actitud expansionista, el “espacio vital” del Tercer Reich. Esta postura implica en este caso concreto la sumisión política frente al imperio opresor, frente al cual Pinochet adopta una postura colaboracionista, pugnando con la línea dominante, “dura”, de gran peso dentro del Ejército que pregona el concepto de “frontera móvil” que supone que la responsabilidad militar llega allí donde se encuentren comprometidos los intereses económicos de la nación.

            Dotados de estos precarísimos rudimentos ideológicos, la Junta Militar se prepara para barrer con las masas mediante una operación de terror generalizado. En esta tarea contrarrevolucionaria, Pinochet gana espacios dentro de la burguesía por corresponderse a una concepción institucional, despersonalizada, más profesional de la Dictadura, encarnaba a los “blandos”. Por oposición en la misma Junta Gustavo Leigh, Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea (FACH),  representaba una línea “dura” reacia a componendas con los civiles, y de mayor autonomía de los mandos militares (tipo Junta de Videla , en Argentina). Esta última línea, de escasa proyección política, termina finalmente abandonando la escena el 78 con la salida del propio Leigh de la Junta Militar.

            Nada más lejano a la concepción pinochetista que enfrentarse al imperialismo. La inequívoca vocación pro-imperialista de Pinochet, única expresión política posible de la burguesía criolla, obligaba a hacer abandono de cualquier postura de corte nacionalista, ello ha quedado marcado a fuego con la política de “restitución” de capitales y mediante el Estatuto del Inversionista Extranjero, carta blanca a las transnacionales para saquear al país. Por ello el viraje del 78-79, la institucionalización, si bien es cierto da lugar a una nueva crisis interburguesa (ruptura de la DC con los militares), en ella ambas fracciones pugnan por servir los intereses norteamericanos. Las diferencias estribaban en los plazos, no en los métodos ni en los objetivos.

            Por lo anotado, Pinochet fue transformado y elevado, por el proceso histórico, en el único elemento que en medio de la aguda descomposición de las instituciones burguesas, fue capaz de ponerse a la altura de las exigencias de la contrarrevolución. Por esto la burguesía chilena es pinochetista, como lo son también sus partidos políticos, aún cuando las circunstancias exijan que para contener a las masas deba recurrirse al discurso democrático “antipinochetista”. Con Pinochet la burguesía se une, pasó por encima de una revolución obrera en curso, pero para gobernar necesita atacarlo en el discurso. He aquí la paradoja de este régimen del transfugio político que tanto sorprende a algunos reformistas. Ya lo hemos señalado el pinochetismo es el “sionismo” chileno, se podrá ser de derecha,  socialista o comunista pero la defensa de su régimen es una cuestión esencial. Del mismo modo que laboristas y conservadores, discuten en el parlamento israelí construido sobre una montaña de cadáveres palestinos.

            Finalmente cabe preguntarse: ¿ encarnó Pinochet efectivamente un régimen fascista?. En esta materia debemos ser claros, la dictadura pinochetista NUNCA LOGRÓ CONSTITUIRSE COMO FASCISTA, A PESAR DE TODA LA BASURA ANTICOMUNISTA Y NAZI-FASCISTA QUE LLENABA LA CABEZA DE LOS GENOCIDAS. El régimen no fue fascista por cuanto tras su movimiento contrarrevolucionario, la burguesía no logró arrastrar a amplios sectores de la población para darle sustento de masas a su accionar. Mientras los camisas pardas de Hitler apaleaban comunistas y judíos en las calles, con el apoyo de importantes sectores de las masas alemanas; Pinochet debió salir a las calles de Santiago en medio del terror y de la soledad: era la Junta Militar, las FF.AA., aplastando a las masas. La burguesía chilena se impuso por medio de las armas, no de la demagogia delirante de algún “caudillo”.

            La etiqueta de “fascista” la acuñaron los stalinistas no porque correspondiera a la realidad, sino porque era funcional a su política de alianza con la DC, a la cual hasta nuestros días sigue lastimosamente llamando a formar un “Frente Antifascista”. El Golpe del 73, homologable a la intentona de Kornilov en Julio del 17 en Rusia, no logró generar un sólido régimen fascista, alcanzó a derrotar y desarticular a las masas pero fue incapaz de generar un movimiento social de amplio apoyo. En este sentido, el Movimiento de Avanzada Nacional de fines de los 70 impulsado por el propio Pinochet, podrá pasar a la historia como una de las más grandes operaciones de inteligencia de la historia (se catastró y caracterizó políticamente a millones de chilenos) pero fracasó estrepitosamente en cuanto capacidad de nuclear y dar apoyo de masas al régimen genocida.

            En último término, debe constatarse que no conocemos casos de auténticos regímenes fascistas en países semicoloniales. Perón, Vargas, como nacionalistas, Banzer, Stroessner, como simples gorilas, de seguro tuvieron en su mente el ideario fascista pero fueron incapaces de generar un amplio movimiento social de apoyo a su política contrarrevolucionaria, de aniquilamiento físico del movimiento obrero. Un auténtico movimiento fascista se basa además en una concepción expansionista, colonialista, requiere de una burguesía independiente, imperialista, capaz de ejecutar por sí misma sus intereses. Ni en Chile, ni en ninguna semicolonia (ni siquiera en Irak), se observa esta capacidad por parte de las burguesías criollas

 

¿POR QUÉ NI LA BURGUESÍA NI EL IMPERIALISMO PUEDEN JUZGAR Y CASTIGAR A PINOCHET?

            Hemos demostrado la inacapacidad de la burguesía chilena de desarrollar cualquier tarea que signifique un choque con el imperialismo. Con ello la defensa de Pinochet se explica no por un problema de defensa de soberanía nacional, sino por el papel central de Pinochet en la institucionalidad del régimen. Sin embargo, el problema de fondo del castigo al genocida es un problema democrático esencial, que muchos han creído se resolvería con el proceso seguido por el Juez Garzón en España.

            La socialdemocracia, los vestigios stalinistas y algunas organizaciones de DD.HH.  como Amnistía Internacional, han presentado la detención del genocida como un acto de justicia, que significaría una alerta para los violadores de los derechos humanos. Ellos señalan que sería una señal para los Husein, Milosevic, Videla, Massera, etc., acerca de lo que no se debe hacer.

            En nuestro país sectores del PS, DC y el PC, se han plegado a la idea de hacer de esta instancia judicial accidentalmente abierta, un camino de justicia y de fin a la impunidad. Con esta postura se siembran ilusiones en orden a que la justicia inglesa y española, podrían responder a la tarea democrática de juzgar y castigar al octogenario ex-Dictador. Como si de la noche a la mañana, imperios construidos sobre la base de las más grandes masacres que haya conocido la historia de la humanidad, comenzasen a preocuparse de castigar a uno de sus sirvientes ejemplares. Las “democracias” inglesa y española, ambas decadentes monarquías, no sólo en sus posesiones de ultramar, sino que dentro de sus propias fronteras han generado una Justicia que legaliza las muertes, torturas y encarcelamientos de irlandeses y vascos, por poner ejemplos groseros y de amplio conocimiento. Pero pareciera que la muerte en huelga de hambre dura de Bobby Sands, del IRA; o la formación de los GAL (Grupo Armado de Liberación) por parte del propio PSOE en España, son hechos que nunca existieron para los entusiastas adoradores de la Justicia imperialista. Nada se puede esperar de la mano de jueces genocidas como lo son los de Inglaterra y España, nada que importe un castigo a sus colegas genocidas.

            Ya lo hemos indicado, la detención de Pinochet es un triunfo de la lucha de las masas a escala mundial, pero como todo triunfo de las masas se trata inmediatamente de revertir y utilizarse en contra de sus propios intereses. En este caso, el imperialismo está jugando a prestigiar sus instituciones a un costo muy bajo: juzgar a un símbolo de la masacre y la represión capitalista, qué mejor que este genocida de los confines del mundo. A esta maniobra han contribuido los reformistas de todo pelaje, los que se han limitado a “celebrar”, es decir a esperar o en el mejor de los casos a “presionar” para que actúe la “justicia”.

            El juzgamiento de Pinochet por parte de cualquier tribunal burgués, sea inglés, español o argentino, de hacerse efectivo y de comenzar a aplicarse la demagógica legislación internacional contra el genocidio, conllevaría un desastre para el orden imperialista. Ello por cuanto deberían iniciarse procesos por genocidio en contra de la totalidad de los gobernantes vivos de las principales potencias imperialistas. Clinton, por ejemplo, debería purgar penas por su responsabilidad directa en la muerte de cientos de personas en los bombardeos sobre Sudán y Afganistán hace un par de semanas; no sólo Milosevic, sino que Kohl, Major, Yeltsin y toda la OTAN deberían responder por los crímenes cometidos en la ex-Yugoeslavia; las NU deberían responder por las recientes masacres en Panamá, Somalía e Irak, etc.. En resumen: el consecuente juicio y castigo a Pinochet plantea necesariamente una lucha contra el orden capitalista, bajo cuyos marcos es imposible esperar una efectiva resolución de cualquier reclamo democrático.

            Desde este punto de vista, el juicio a Pinochet es un negocio para regímenes tan desprestigiados como los europeos. Ello por cuanto mediante este expediente, pretenden contribuir mínimamente a embellecerse mientras dan rienda suelta a la brutal ofensiva contra las masas que significa el plan EURO. La figura de Pinochet, en este contexto resulta especialmente emblemática, ya que es presentado como un destructor de un orden democrático burgués, cuya estructura partidaria era y es típicamente europea. Es un General que organizó la sistemática eliminación de socialistas y comunistas, lo que es más claro a los ojos de las masas europeas que la persecución, por ejemplo, de los shiítas por parte de Saddam en Irak.

            En este minuto  resulta improbable realizar un pronóstico que corra en un solo sentido. El Gobierno inglés -las peroratas sobre la supuesta independencia del “Poder” judicial se las dejamos a los abogados- enfrenta una disyuntiva extraordinariamente compleja. Si determina la inmunidad de Pinochet y permite su regreso a Chile, perderá todo lo ganado hasta ahora con la detención; ello significará poner en evidencia a escala MUNDIAL la complicidad del imperialismo con los genocidas, y el carácter meramente decorativo de las instituciones del Derecho Internacional Público; liberar a Pinochet será una manifiesta confesión de que las Convenciones y Tratados Internacionales sobre defensa de los DD.HH., son sólo literatura cuya única finalidad es legitimar en determinados casos las intervenciones militares del imperio en sus colonias. Si, por el contrario, se decide dar curso a la extradición pedida por España, esto con justicia será percibido como un triunfo de las masas lo que podrá abrir paso a un torrente de reclamos de extradición que indudablemente pasarían a encarnarse como lucha antiimperialista. En definitiva, la capacidad de ponderar estos elementos, pero por sobre todo la potencia de las luchas que se desarrollen en Europa, decidirán este problema en uno u otro sentido.

            En Chile las implicancias son parecidas, pero siempre tendrán como resultado la polarización. De resultar extraditado Pinochet, se debilitaría la postura gubernamental lo que obligaría a una extrema radicalización de la política “pinochetista” de la Concertación. Si, en contrario, es liberado, el regreso del Senador Vitalicio daría lugar a manifestaciones triunfalistas de la derecha que doblegarían la imagen democrática del Gobierno el que recibiría todo el descrédito y la ira popular ante tan infame resultado que confirmaría la impunidad internacional de Pinochet.

            Más allá de las variables, con o sin extradición, Pinochet no será castigado por ningún tribunal burgués. En el mejor de los casos Pinochet podría pasar una temporada detenido en España, tras la cual el franquismo se encargaría de liberarlo por razones humanitarias, haciendo uso de sus facultades ejecutivas. Lo que realmente preocupa a la burguesía y al propio imperialismo, es la forma de responder a la polarización social que este hecho está ocasionando. La Derecha sabe que su triunfo ha costado extraordinariamente caro al régimen, las ilusiones democráticas, “antipinochetistas” de las masas están muy golpeadas y para nadie es un misterio el carácter “pinochetista” al menos de la Concertación.

            Con una política legalista y servil al imperio, sólo logra salvarse el PC, pero resulta evidente que el stalinismo no tiene ninguna capacidad de conducción en términos de Gobierno, por lo que no es una alternativa de Gobierno para la burguesía, ello a pesar de la política liberal y colaboracionista de clases que desarrolla el PC, que lo ubican en sus períodos de mayor derechización.

            Foco de esta preocupación lo constituyen la naturaleza de las medidas que han de tomarse luego de resuelto el tema en Inglaterra. En este orden son numerosas las señales, y hasta contradictorias. La ultraderecha reclama la formación de un Gobierno Derecha-DC, de “Unidad Nacional”. Sectores más moderados, RN, la DC los socialistas comienzan a pensar en un proceso de Reconciliación que se base en dos cuestiones: 1.- que Pinochet haga un “gesto” de constricción y se retire de la vida política (ese es el sentido de la reciente norma que regimenta el retiro de los Parlamentarios); 2.- Que se entregue información sobre la ubicación de los detenidos-desaparecidos. Con estas medidas cosméticas, se pretende sepultar el problema de los DD.HH. y salvar esta crisis. Como hemos señalado en relación con el problema europeo, nuevamente la respuesta habrá de encontrarase en el grado de actividad y lucha que desplieguen las masas, actividad que puede medirse como patrón de referencia con la enorme envergadura que alcanzaron las movilizaciones contra la llegada de Pinochet al Senado en calidad de vitalicio.

            En definitiva, más allá de las variables que se impongan a la liberación de Pinochet una cosa es segura: el asesino será liberado, porque no hay tribunal burgués en el mundo con capacidad de dar resolución al problema del genocidio. La aplicación de esta medida exigiría dar vuelta atrás la rueda de la historia, y no hay maniobra política que pueda poner las instituciones imperialistas y burguesas, al servicio de los explotados y el conjunto de la humanidad. La burguesía, especialmente en medio de esta profunda crisis, sólo puede recortar libertades, aumentar la explotación y reprimir. Si incidentalmente se ve obligada a tomar una medida democrática, como es la detención del ex-Dictador, está obligada a retacearla y dejarla sin efecto. Las episódicas convulsiones sociales a que dan lugar las cíclicas crisis capitalistas, hacen que la más elemental de las conquistas de las masas tengan sus días contados mientras la burguesía siga en el poder.

 

EL PARTIDO REVOLUCIONARIO Y LA LUCHA POR LAS REIVINDICACIONES DEMOCRÁTICAS

            La lucha por las reivindicaciones de orden democrático, de conformidad a la metodología del Programa de Transición de Trotsky, en esta etapa de descomposición capitalista, adquiere un primer lugar en el orden de prioridades de la lucha revolucionaria. La estrategia proletaria, su propia revolución y dictaduras, presuponen que la clase obrera acaudille al conjunto de la nación oprimida en su lucha antiimperialista que sólo puede proyectarse como lucha de clases a condición que se exprese como lucha anticapitalista. Parte central de esta lucha la ocupan las reivindicaciones de orden democrático, como el castigo a los genocidas, la liberación de los presos políticos, cuestiones que aparecen bajo la etiqueta jurídica de “DD.HH.”

            Ello explica que el juicio y castigo a Pinochet, juegue un papel trascendental en la política proletaria, toda vez que sólo bajo su conducción, será posible resolver el problema del genocidio castigando a los asesinos e imponiendo la liberación de los presos políticos en Chile. Se trata de que reclamando una cuestión democrática como es el castigo de los criminales, como es la libertad de expresión política y el derecho a la organización de los trabajadores, se pase a golpear los aparatos represivos de la burguesía ajusticiando a sus militares asesinos, abriendo sus cárceles, consagrando la irrestricta libertad de organización y de lucha de los explotados por su liberación. Estos reclamos de orden democrático, de ser exigidos consecuentemente, sólo pueden ser impuestos vía acción directa de las masas lo que plantea la expulsión de la burguesía del poder.

            En consecuencia, este reclamo democrático del castigo a los genocidas, no puede ser resuelto dentro de los marcos burgueses, ni por sus tribunales, ni por sus leyes. Esta incapacidad se desprende de una realidad histórica del porte de una catedral: el capitalismo sólo puede sobrevivir a costa de la destrucción masiva de fuerzas productivas, del genocidio de millones. No otra cosa podemos concluir de este siglo, que registra los genocidios más gigantescos de la historia de la humanidad. En los últimos cien años millones y millones de seres humanos han sido eliminados en campos de concentración, en fusilamientos masivos, en explosiones atómicas, guerras bacteriológicas, etc.. Estas atrocidades no son el cumplimiento de profecías apocalípticas, sino que son la nítida corroboración del pronóstico científico del marxismo: el retraso en el triunfo de la revolución socialista conduce a la humanidad al pantano de la barbarie capitalista. La disyuntiva, hoy más que nunca, es: Socialismo o Barbarie.

            Sin embargo, la izquierda socialdemócrata, stalinista y reformista en general, tanto a nivel nacional como mundial, ha venido sosteniendo una política que va del cretinismo legalista al abierto pro-imperialismo. En Europa los partidos de izquierda se han diluido en las organizaciones de DD.HH. y otros frentes por el estilo, enfrentando el problema como una cuestión de aplicación de “tratados internacionales”; en Chile el PC y algunos sectores del PS e incluso la DC, han caracterizado al hecho como un triunfo de la justicia en que ha sido la “comunidad internacional”, la que ha tomado en sus manos una cuestión que los chilenos no hemos sido capaces de resolver. El PC remata esta capitulación a los tribunales europeos con una capitulación al orden jurídico nacional: para ellos el problema se resuelve convocando un Plebiscito para una Asamblea Constituyente, que se pronuncie sobre la Anulación de la Ley de Amnistía.

            En pocas palabras: la izquierda europea y la chilena (también sus colegas argentinos PC, PO, MAS, etc., no olvidemos que Garzón investiga también a la Junta de Videla) se ha limitado a saludar el accionar de la justicia burguesa, subordinándose una vez más a la legalidad y al Estado de los patrones. Con esto no han hecho más que seguir alimentando ilusiones en la democracia burguesa, que en el caso de la izquierda chilena y argentina constituye un postura además pro-imperialista, por atribuirle a la justicia imperial capacidad para resolver un problema como los genocidios de los 70 en el Cono Sur latinoamericano.

            Si en Chile, en Argentina y en Europa, no emerge un poderoso movimiento de masas que se proponga la lucha por el juicio y castigo a los genocidas; que es lo mismo que decir: un sólido movimiento anticapitalista y antiimperialista, se debe a la falta de una dirección política internacional que lidere la lucha de los obreros y explotados del mundo entero. Esta dirección política de los explotados en lucha es el Partido Mundial de la Revolución Socialista, la IV Internacional. La ausencia de esta dirección política internacional ha impedido a las masas del mundo entrar a desempeñar un papel trascendente en el hecho puntual de la detención de Pinochet en Inglaterra. Para nosotros, los trotskystas del POR, esta cuestión es esencial y fundamental en el análisis y desarrollo de una política frente al problema del genocidio. Sólo la revolución castiga a sus verdugos, para ello necesitamos las tres condiciones: “el partido, el partido y el partido”.

            La tarea de estructuración partidaria presupone la formulación de una línea nítidamente proletaria, pues sólo esta clase puede abordar consecuentemente esta lucha. El castigo a Pinochet, sólo podrá ser impuesto por un Tribunal Popular Internacional integrado por las organizaciones de base de clase obrera, entidad que centralizará y potenciará no sólo el castigo a Pinochet sino que servirá de punto de partida para el combate a la represión burguesa y el potenciamiento de la lucha revolucionaria. El Tribunal Popular ya ha condenado a Pinochet, lo ha hecho la conciencia lúcida de los explotados del mundo entero, como lo ha hecho con Hitler, Mussolini y otros carniceros por el estilo.

            La estructuración de este Tribunal Popular no se basa en la convocatria a “notables” de izquierda, ni a intelectuales “progre”, ni a distinguidos burócratas sindicales. Su formación dependerá de la capacidad del partido revolucionario de llevar la lucha por el castigo a los genocidas, al seno de las luchas que hoy se desarrollan en Chile y el mundo entero. Debe rechazarse la impostura del PC que dirigiendo abrumadoramente la heroica huelga docente, fue incapaz de incorporar la lucha por el Castigo a Pinochet al torrente movilizado del magisterio. Impulsar el castigo a Pinochet, pasaba fundamentalmente por el apoyo y potenciamiento de la Huelga del Colegio de Profesores y por la preparación de la Huelga General. El Castigo a Pinochet no es un problema de “delincuencia” como interesadamente plantean los reformistas, es de la lucha de clases de la que emergerá su resolución. Politizar la lucha del magisterio, la lucha por los DD.HH., por el castigo a los genocidas, por la inmediata e incondicional libertad de los presos políticos de Pinochet-Aylwin-Frei, significa construir con estos reclamos un puente para el poder de los explotados: un Gobierno Obrero y de los Explotados de la Ciudad y el Campo.

            El combate al legalismo, que deja la resolución del genocidio en manos de la patronal; el combate al gremialismo, que aisla la lucha contra la represión y el genocidio, de las demás luchas de masas; el combate al electoralismo, que pretende resolver con candidaturas de “izquierda”; todos estos combates, forman parte de la lucha de los revolucionarios. Legalismo, gremialismo, electoralismo, son todas expresiones de la política de la burguesía para doblegar a los trabajadores, es por eso que las convocatorias a Asambleas Constituyentes, a Plebiscitos y otras ingeniosas soluciones “jurídicas” son sólo eso: letra muerta en las páginas de la prensa reformista. Estas salidas, tantas veces planteadas por el PC, sólo son reveladoras de su impotencia frente al orden capitalista, del cual son sólo un engranaje.

            Ya lo dijimos en nuestro primer volante referido a la detención de Pinochet, a él lo queremos ver como a Mussolini: ahorcado en una Plaza Pública por resolución de un Tribunal Popular. Esa es nuestra lucha: acción directa, autodeterminación de las bases, poder para los explotados, la violencia multitudinaria de los obreros transformando revolucionariamente la sociedad. Cuando esta lucha se desate, una muralla caerá sobre pinochetistas, proburgueses y burgueses de toda calaña, esa muralla aplastará al capitalismo, sobre esos muros flameará orgullosa la bandera de la revolución proletaria.

 

Santiago, Octubre de 1998