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León Trotsky: Comunismo y sindicalismo

El problema de los sindicatos es uno de los más importantes para el movimiento obrero y por lo tanto también para la Oposición. Si ésta no tiene una posición clara sobre este tema no podrá ganar una influencia real sobre la clase obrera. Por eso quiero plantear aquí, para la discusión, algunas consideraciones sobre la cuestión sindical.
1. El Partido Comunista es la herramienta fundamental para la acción revolucionaria del proletariado, la organización de combate de su vanguardia que debe erigirse en dirección de la clase obrera en todos los ámbitos de su lucha, sin excepción, y por lo tanto también en el campo sindical. Seguir leyendo León Trotsky: Comunismo y sindicalismo

Sindicalismo de conciliación o lucha clasista: por qué necesitamos una nueva Central Clasista de Trabajadoras y Trabajadores

por Catalina Rojas, Magda Becerra, Irma Parra[1]

Mayo es un mes de conmemoración en donde las y los trabajadores recordamos que los derechos alcanzados como clase han sido fruto de la organización y lucha que nuestros antecesores han dado. Además, el 1° de mayo debe pasar de ser una conmemoración, y transformarse en una fecha que permita debatir sobre el qué hacer sindical y las propuestas para el movimiento de trabajadoras y trabajadores. Seguir leyendo Sindicalismo de conciliación o lucha clasista: por qué necesitamos una nueva Central Clasista de Trabajadoras y Trabajadores

Problemas del Sindicalismo y del Anarquismo

por Joan Peiró//

 

I. PROBLEMA DE COMPRENSIÓN

Históricamente está comprobado que cada cataclismo trascendental, como lo ha sido la guerra mundial, conlleva como secuela fatal e inevitable un desequilibrio universal de todos los valores de la sociedad. Como el individuo, la sociedad hállase sujeta a las leyes de la biología, que regulan con exactitud inexorable todo su sistema de vida. Para los cuerpos sociales las guerras son lo que las enfermedades para los cuerpos humanos: durante la enfermedad o en período de convalecencia, óperase la crisis, y ello, en todo caso, significa una mutación que arrebata de la muerte y sana al paciente, unas veces, pero que en otras produce la muerte o, arruina la naturaleza del mismo. El problema, pues, consiste en saber evitar esas crisis o, en su defecto, en saber aplicar medidas terapéuticas que eviten la muerte y la ruina física del cuerpo paciente.

Para los cuerpos sociales, el razonamiento tiene una aplicación relativa, puesto que la muerte de los sistemas político-económicos no implica necesariamente la muerte de los cuerpos sociales. No hemos sabido dar muerte al sistema políticoeconómico, causa fundamental de la enfermedad expresada por la monstruosa guerra, y he ahí la crisis que en el presente arruina la naturaleza del conjunto social con sensible y hondo perjuicio de las partes, aunque más vitales, más humildes, del cuerpo paciente.

Visión en Llamas de Emma Goldman

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La reconstitución económico-industrial del mundo opérase en un sentido unilateral. Contrariamente a lo más elemental de la lógica, el capitalismo va saliendo de la guerra y sus consecuencias mucho más reforzado como sistema que al entrar en ella, ya que el panorama económico-industrial del mundo nos dice con harta elocuencia que es el capitalismo el único factor deferminante en el orden de la producción y de las valoraciones, todo ello como resultado de la inteligencia y la solidaridad del capitalismo y de las nuevas modalidades de la organización de la producción. Y una vez más aparece confirmado el concepto materialista de la historia: poseyendo el capitalismo el dominio absoluto en el orden económico-industrial, posee la fuerza de los Estados, y la fisonomía de la organización político-social de los pueblos es expresión de la soberana voluntad del capitalismo.

El fascismo que, más o menos disfrazado, impera en todos los países, es buena prueba de cuanto decimos, y prueba, además, que los factores sociales que mejor se libran de las consecuencias de la crisis universal provocada por la guerra, son aquellos que mejor saben renovarse espiritual y orgánicamente. El hecho de que el capitalismo haya entrado en una nueva fase del proceso de su evolución como clase, demuestra que en él existe el sentido de la continuidad, que es un sentido de adaptación al medio y lugar, razón tan fundamental para la supervivencia como esencial para la superación colectiva.

Lo interesante ahora es saber que para el Sindicalismo y Anarquismo aun es tiempo de renovarse espiritual y orgánicamente.

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Sindicalismo y anarquismo

Pocos anarquistas y sindicalistas nos apercibimos de que la guerra, como anteriormente la Revolución francesa y, antes de ésta, todas las revoluciones religiosas y políticas, significaba la revolución de todos los valores, no ya sólo político-económicos, sino de todos los valores morales y espirituales, lo que siempre tiene una enorme trascendencia en el orden de las estructuraciones doctrinales y colectivas. El prejuicio expresado por la locución «obrar sobre los hechos», tan peculiar entre sindicalistas y anarquistas, muchas veces no nos deja ver que hay hechos cuya compleja naturaleza dificulta extraordinariamente toda acción sobre ellos, hechos que generalmenté rechazan toda suerte de improvisaciones, que exigen no sólo el conocimiento de su existencia, sino, además, la previsión de su existencia y un constante estudio sobre ellos.

El exceso de confianza en la justicia de la causa que defendemos y en la fuerza colectiva representada, nos hizo perder de vista todas esas realidades.

No otra cosa le ha ocurrido a una buena parte de la burguesía. Ella aprovechó los beneficios extraordinarios de la guerra para ampliar las industrias y para lanzarse a una vida de escandalosos faustos, pero sin pensar en la renovación del utillaje con arreglo a las modernas manifestaciones de la técnica; y así el término de la guerra, que había de ser el principio del restablecimiento del equilibrio de la producción, ya que con el término de aquélla la industria de guerra se trocaba en industria de paz; el término de la guerra, repetimos, ha sido el fracaso industrial de esta parte de la burguesia imprevisora, cuando no inepta técnicamente.

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Ese mismo defecto de previsión debemos cargarnos en cuenta los anarquistas y sindicalistas, por no hablar más que de nosotros. Bien cierto es que durante la guerra, y aun después de ella, hemos sido nosotros los que mejor supimos aprovechar las posibilidades para mejorar sensiblemente la suerte económica, moral y humana del proletariado; nadie más que nosotros, sobre todo en España, supo llegar a todos los sacrificios con el fin de que la gloriosa C. N. T. se nimbara con la aureola de los grandes precursores de las más altas reivindicaciones sociales, pero cierto es, también, que no hemos sabido prepararnos ni preparar a las masas trabajadoras para hacer frente al presente momento de hegemonía capitalista, preparación que no debía referirse solamente al aspecto colectivo y de táctica ofensiva, sino también, y quizá en primer plano, en el orden de la estructuración orgánica y de la fortaleza espiritual para comprender y resistir los momentos de adversidad circustancial.

Hemos educado a las masas por y para los triunfos, en manera alguna por y para las derrotas, tan naturales en las luchas intensas y accidentadas por demás, cual las que, lógicamente, ha de mantener la C. N. T.; y es que en el fondo de ese defecto hay un problema de cultura, de comprensión de las realidades históricas, económico-industriales, políticas y psicológicas.

Digase lo que se quiera, y mal nos pese o no, cultura no es sólo superación moral y espiritual, ni es tampoco concluirlo todo cultivando al individuo trocándolo en ente sentimental hasta los lindes del misticismo. Cultura es, además, saber comprender que la vida es poesía y es prosa y que la vida social presente es más prosa que poesía, que es una cuestión de guarismos emanada del progreso de la mecánica, la química y las nuevas formas de orientación y organización de la producción, que es un problema asentado sobre los determinismos económicos, en torno de los cuales gira y se manifiesta el mecanismo político-social de los pueblos; como cultura es, también, saber tener la agilidad necesaria más para enfrentarse con esas realidades, y ejercer un dominio más o menos eficaz sobre ellos.

El mundo no es un espacio bordado de aldehuelas donde la vida de égloga no reclama la presencia de los sociólogos. El mundo está sembrado de grandes urbes, poblaciones y zonas industriales y agrícolas de vida compleja y de encontrados intereses, y es en ellas donde surgen los problemas debatiéndose entre dos o más razones opuestas, y es en ellas donde se exige, más que los lirismos literarios, y aun más que los idealismos -conste que sin idealismos, sin las ideas motores, nosotros creemos que no existe nada-, la asimilación de las realidades de la vida cotidiana, con toda su prosaica brutalidad, y la comprensión de la psicología de las masas. Y la comprensión del porqué y para qué del Sindicalismo, cuya entidad ha de tener un desarrollo completo, íntegro, de constante superación de sí mismo, y el cómo y para qué de la función del Anarquismo sobre aquél, cuya relación entre ambos debe ser de complemento, nunca de confusión y de tendencia absorbente, que en cualquier forma que ellas se manifiesten es contrario a la naturaleza de las dos entidades en cuestión.

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Sindicalismo y anarquismo

Joan Peiró en su despacho del Ministerio de Industria durante la guerra.

Detallar y razonar lo que es el Sindicalismo y sus diversas manifestaciones orgánicas y la función insufladora que el Anarquismo ha de ejercer sobre él, es el objetivo de este opúsculo.

Necesitamos reconstruir nuestro movimiento sobre su propia base, huyendo de las concepciones caprichosas para caer sobre un plano inteligente, de práctica viabilidad y de no menos práctica conformación a las conveniencias de la lucha de clases y a las exigencias psicológicas de las masas proletarias.

Aunque prolijo, nuestro trabajo es la vuelta al A B C del Sindicalismo Revolucionario, trabajo coronado con una concepción personal nuestra sobre el Anarquismo.

II. EL SINDICATO

Dicho simplemente, el Sindicato es el instrumento para la defensa de clase. Harto se comprende, además, que el concepto general de clase, desde nuestro punto de vista, no admite más que una: la sujeta a la ley del salario.

Si el concepto general no admite más que una sola clase, se deduce fácilmente que en el Sindicato caben todos los asalariados, con tal que lo sean efectivamente, sin distinción de ideas políticas y confesionales, ya que el Sindicato, de derecho, es el instrumento que se desenvuelve en el plano de las luchas económicas, y es en ese plano de convergencia, común a todos los asalariados, donde resulta posible un estado de convivencia inteligente entre los mismos, por más heterogénea que sea la composición espiritual e ideológica de la colectividad formada por ellos.

La defensa de clase frente a la burguesía, que como clase aparece siempre compacta en la defensa de sus intereses, sólo puede desarrollarse eficazmente mediante la unión del proletariado en un fuerte bloque de oposición; y esa unión no es, realizable en ningún caso por una espontánea coincidencia ideológica y siempre por la correlación de los intereses comunes de clase. Primero son los intereses profesionales y económicos el agente único que determina la unión, y luego es la convivencia la que engendra y realiza la coincidencia ideológica; de donde resulta fatalmente que si el Sindicato, de derecho, no es más que un instrumento que se desenvuelve en el plano de las luchas económicas, por la coincidencia ideológica trasciende de hecho en el orden de la lucha políticosocial.

Todo el problema consiste en una cuestión automática que nada ni nadie puede escamotear.

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La burguesía sabe perfectamente que su prosperidad económica y su hegemonía político-social dependen de la miseria del proletariado, y es ahora, en la post-guerra, que se comprueba, como predijeran pensadores y economistas, y muy magistralmente Henry George, que a mayor progreso corresponde mayor miseria. La burguesía fuerza el desenvolvimiento del progreso mecánico, e insuficiente éste para el objetivo social perseguido, busca el complemento en la llamada racionalización de la producción, cosas ambas cuya tendencia directa consiste en provocar la concurrencia de brazos y. por consiguiente, la depreciación de los mismos; es decir, el objetivo social perseguido, de que antes hablamos, es este: crear una reserva de desocupados con el doble fin de obtener la mano de obra barata y de situar al proletariado en estado de indefensión como clase.

Por otra parte, la concentración de las industrias en «trusts» o la inteligencia de las mismas sobre la base de los denominados «cartells», tiene por finalidad desterrar la concurrencia en los mercados, esto es, evitar las competencias comerciales, dejando vía libre a la iniciativa capitalista en la valorización de los productos, cuyo resultado no será otro, no es ya otro, que el encarecimiento general del coste de la vida.

De forma, pues, que mientras el progreso mecánico y la racionalización de la producción permite al capitalismo obtener la mano de obra barata y retener al proletariado en estado de indefensión como clase, a la vez, por medio de los «trusts» y « cartells », consigue la facultad de la iniciativa en la valorización de los productos en el mercado.

Si la prosperidad económica y la hegemonía político-social de la burguesía dependen de la miseria del proletariado, es indiscutible que la miseria de éste en la presente fase de la evolución capitalista tiene unas perspectivas desoladoras.

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Sindicalismo y anarquismo

Cooperativa de horno de vidrio en Mataró.

Pero simplifiquemos la cuestión hasta reducirla a términos asequibles a las más sencillas inteligencias, ya que éste y no otro es el objeto.

La lucha contra el patronato tiene dos trascendencias, una de carácter puramente económico y otra de orden humano. La primera, y en el mejor de los casos, no pasa de ser una conquista ilusoria; cuando en la segunda hay conquista, ella tiene una tangibilidad positiva, práctica, y además, trae siempre al proletariado ventajas de orden moral de clase, las cuales colocan a aquél en marcha ascendente hacia su integral emancipación.

Entendámonos. Cuando el proletariado se lanza a la lucha en pos de una conquista económica, esto es, de un aumento en los salarios, la conquista no es más que, una ilusión. La burguesía carga sobre la producción el tanto por ciento equivalente al aumento adquirido por la mano de obra, y la consecuencia es lógica: el proletariado ha visto aumentados sus salarios, pero ha visto a la vez, o casi a la vez, aumentar también el coste de la vida. El fenómeno es consubstancial deI sistema económico de la sociedad capitalista, y la expresión del fenómeno es cosa fatal e indeclinable. No pasa lo mismo cuando la conquista representa la reducción de la jornada u otra mejora que tienda a la humanización de las condiciones del trabajo, ya que entonces, aunque el patronato no descuida nunca buscar la compensación correspondiente a la mejora o mejoras obtenidas por la mano de obra, y la compensación significa siempre recargar los precios de los productos, el proletariado alcanza una cantidad de libertad y de bienestar físico y moral, más tangibles y positivos que las conquistas económicas, que en ningún caso, o en pocos casos, representan ventaja alguna.

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Pero no hay que analizar el problema desde el punto de vista individual solamente, sino también desde el colectivo. Cuando las jornadas eran de diez y más horas diarias de trabajo, el argumento en que se apoyaba la petición de la jornada de ocho horas se basaba en la razón, muy humana, por cierto, de que con ello se facilitaría trabajo a los desocupados. Conseguida la jornada de ocho horas, se ha visto que las legiones de desocupados, lejos de desaparecer o disminuir, han aumentado. Nadie niega que la implantación de la jornada de ocho horas fue seguida de un período de tiempo en que los desocupados desaparecieron casi en absoluto, pero puede afirmarse que ese período no fué más que una transición necesaria, durante la cual el patronato organizó las industrias de forma que el exceso de producción creara de nuevo el problema de los desocupados.

Hay dos maneras de mantener la miseria del proletariado, tan necesaria a los intereses del capitalismo: la reserva de desocupados y la coerción gubernamental. En el grado de eficacia necesaria, esta última sola es posible con intermitencias, y por eso la burguesía pone siempre en primer plano la subsistencia del problema de los sin trabajo, que en la balanza social es el factor constantemente dispuesto a entrar en competencia y a suplantar a los trabajadores predispuestos a las rebeldías reivindicadoras.

No está el mal en una manifestación externa de la organización capitalista; el mal es más hondo, ya que él implica la médula del sistema social basado en la explotación del hombre por el hombre. Por este motivo la legislación social reguladora de las relaciones entre el capital y el trabajo, todo el intervencionismo del Estado creando institutos, corporaciones, tribunales arbitrales y demás órganos de fomento de la colaboración de clases, no son más que paliativos para desviar la verdadera y eficaz acción de clase del proletariado.

La solución positiva, pues, está en la destrucción del sistema capitalista.

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Sindicalismo y anarquismo

Sin embargo de lo dicho, el Sindicato no puede desdeñar el aplicar una parte de sus actividades a la consecución de mejoras económicas, y mucho menos a la consecución de reducciones de jornada. No puede desdeñarlo, por cuanto cada una de sus mejoras responde a anteriores imperativos de los determinismos económicos y de la evolución del progreso mecánico. En cada petición de mejoras económicas, el proletariado muévese determinado por el sentimiento de necesidades económicas apremiantes, y lo mismo ocurre en cualquier otro orden de peticiones. Pero constatemos que aun obteniendo el proletariado los mayores triunfos, su situación económico-social es siempre la misma.

La ventaja moral, imperceptible a simple vista, está en que, generalmente, toda petición de mejoras va seguida de lucha, y esta lucha por las cosas inmediatas es una gimnasia que entrena a las masas para la lucha final, aparte que cada lucha, mayormente si va seguida del triunfo, es ma afirmación de la personalidad y del valor social del proletariado.

Esto es, en síntesis, el Sindicato: afirmación de la personalidad y del valor social del proletariado, lo cual, sin el Sindicato, no tiene forma de expresión sino en contadas individualidades, incapaces por sí solas de manumitir a la Humanidad de su esclavitud económico-político-social, y aun para librar al proletariado de las injusticias y aberraciones del capitalismo y el Estado.

III. ESTRUCTURA ORGÁNICA DEL SINDICATO

El capitalismo industrialista tiende cada día más a la centralización industrial pasando, en materia de organización, de lo simple a lo compuesto. Vemos, por ejemplo, que una industria dependiente -y lo son generalmente- de otras complementarias que la surten de materias primas o de material preparado, o de ambas cosas a la vez, tiende a atraerse a éstas hasta formar una sola empresa industrial.

Si tomamos como modelo para el estudio a una gran empresa metalúrgica, veremos que siendo su objeto industrial la producción de maquinaria, la empresa tiene organizada la manufacturación de las máquinas, desde la fundición de sus piezas hasta dejarlas en estado de lanzarlas al mercado, y aun veremos, como ocurre en los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania y otros países industriales, que la empresa metalúrgica tiene establecido su negocio explotando por sí misma las minas y los altos hornos para transformar el mineral en hierro, consiguiendo con esto el que dos industrias, de las que era tributaria y dependiente en otros tiempos, estén ahora en sus manos.

Considerando, pues, que lo que pasa con las industrias metalúrgicas es lo mismo que pasa o, por lo menos, es la tendencia en que se orienta la generalidad de las industrias, la forma sindical que más corresponde a ese hecho o tendencia es el Sindicato de Industria.

No se trata de que el Sindicato de Industria sea de tipo único, ya que la uniformidad sería impropia, como impropio sería fijar como modelo el Sindicato local, cuando, según la naturaleza y extensión de las industrias, las necesidades pueden aconsejar que tal Sindicato debe ser de distrito o comarcal, cual otro regional y nacional el de más allá. Es ésa una cuestión para ser estudiada y resuelta por las partes interesadas en ella o, en en su defecto, por las organizaciones generales de cada localidad, comarca o región, según la geografía económico-industrial de cada una de ellas.

No obstante todo, en el orden industrial la evolución capitalista aconseja como tipo general el Sindicato de Industria.

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Sindicalismo y anarquismoTomando siempre como ejemplo a la industria metalúrgica, el Sindicato deben componerlo todas las secciones u oficios que intervienen en la producción de maquinaria y demás accesorios correlativos, como también aquellas profesiones de índole auxiliar, es decir, las proveedoras de materias primas o materiales preparados a la industria básica o central, que tal es la productora de maquinaria. Así se entiende que al Sindicato de Industria, compuesto por los productores de maquinaria, no deben pertenecer los cerrajeros en obras, por ejemplo, ya que éstos son más asimilables al ramo de la construcción, puesto que unos y otros obreros, sin duda alguna, pertenecen a la industria de la edificación. De la misma manera, en relación con otras industrias, seguramente se encontrarán otras ramas de la metalurgia, que a su vez también, deben ser asimiladas por convergencia a la industria central y constituir el Sindicato con arreglo a lo dicho con respecto a los cerrajeros en obras.

No se trata de establecer una norma exacta y fija sobre lo que debe ser este a aquel Sindicato, sino más bien de dar que una idea más o menos aproximada de lo que debe ser el Sin dicato de Industria.

Lo que nos interesa de momento, es dejar sentado que al constituir los Sindicatos Unicos, de hecho, nos pusimos de espaldas al sentido y prácticas federalistas, que son la característica que debe informar a nuestra organización. La constitución de los Sindicatos Unicos respondió a la necesidad de realizar una concentración de fuerzas, y por poco que nos fijemos en la fórmula de estatutos inserta en la Memoria del Congreso Regional de Cataluña, de 1918, advertiremos que la concentración no implica en manera alguna la absorción de la personalidad profesional de ninguna de las partes concentradas, sino, por el contrario, la reafirmación de esa misma personalidad. Experimentalmente considerado, pues, resulta que mientras la concepción del Sindicato Unico se asentaba sobre una base esencialmente federalista, en la práctica cayóse en el más acentuado centralismo.

Tanto si es de ramo como de industria, el Sindicato no es más que una federación de secciones profesionales agrupadas por la correlación industrial de que antes hemos hablado, y vinculadas por los intereses generales y por el sentimiento de la solidaridad de clase; de lo que resulta que en esa federación de secciones hay dos clases de intereses de naturaleza distinta, los profesionales y los de orden general y de solidaridad, siendo la defensa de los primeros cuestión privativa de las respectivas secciones y correspondiendo al Sindicato en pleno la atención y práctica de los segundos.

De ahí se deduce que en el Sindicato de Industria, como antes en el de Ramo -por lo menos en derecho- cada sección de oficio debe conservar su personalidad autónoma de las demás y, por tanto, cada una de ellas ha de tener su junta directiva o administrativa, si el adjetivo suena mejor, y la facultad de reunirse libremente y por separado en asamblea general, para tratar y resolver sus asuntos profesionales; sin que ello, empero, signifique que una sección quede relevada de informar de sus decisiones a las demás, y de consultar y aun de atenerse al consejo y voto de las mismas cuando las decisiones sean graves y de trascendencia general para el Sindicato.

No se trata solamente de una cuestión de principio, sino, además, de una cuestión de orden psicológico. Pocos trabajadores encontraremos que hablen bien de su profesión; pero tan pronto tratemos de desdibujar su personalidad profesional, de someterla a una confusión, al momento se dispondrán ellos a reivindicarla. De la misma manera que entre determinados institutos similares impera el orgullo de cuerpo, y entre los distintos sectores sociales el espíritu de clase, asimismo reina el espíritu profesional entre el proletariado. Que esto sea un prejuicio no impide que el prejuicio sea muy humano, una realidad viva.

Y si nos atenemos solamente a la cuestión de principio, convendremos en que el reconocimiento y práctica de la autonomía de las secciones, según queda dicho, responde esencialmente al principio federalista y convendremos, además, en que el normal desenvolvimiento de esa autonomía seccional, a su vez, normaliza y facilita las funciones de la máquina sindical, cuyo entorpecimiento es tanto más grande cuanto mayor es la expresión centralista y absorbente de la misma.

Siguiendo, pues, una trayectoria de abajo arriba, la estructura del Sindicato de Industria se define de la siguiente manera:

a) El Sindicato es un compuesto de secciones profesionales autónomas en la dirección y administración de los intereses que les son propios.

b) Cada sección, regida o administrada por una junta, es soberana para tratar y resolver sobre sus asuntos profesionales, tanto si son de orden económico y técnico como de carácter moral, siempre, desde luego, que sus resoluciones sean compatibles con los intereses generales del Sindicato.

c) Cuando las resoluciones y propósitos de una sección puedan por su trascendencia comprometer los intereses generales del Sindicato, como cuestión previa la junta de sección debe comunicarlo al comité general para que éste, a su vez, lo someta al consejo y aprobación de las juntas del resto de las secciones, primero, y de la asamblea general del Sindicato, después, si la importancia del asunto o asuntos lo mereciera.

d) Cada sección profesional designará uno o más individuos que, con los designados por las demás secciones, formarán el comité general del Sindicato, cuyo comité debe ser el nexo entre todas las secciones y el mandatario en la dirección y administración ele los intereses generales de la colectividad.

e) Aunque responsables siempre de sus actos, los individuos designados para el comité del Sindicato, cuyas funciones han de ser siempre de carácter esencialmente general, actuarán con entera independencia con relación a sus respectivas secciones.

f) El nexo entre la sección y el comité general se establecerá por medio de uno a más delegados de aquélla, a los cuales convocará el comité a periódicas reuniones de delegados de sección, con el fin de que cada una y todas las secciones estén al corriente de la marcha del conjunto sindical, como asimismo para que cada una de ellas pueda plantear al comité las iniciativas y cuestiones que estime convenientes.

g) El comité general del Sindicato convocará, siempre que lo considere necesario y oportuno, a reuniones de juntas de sección con el objeto de estudiar conjuntamente y deliberar sobre lo que los intereses generales del Sindicato demandasen.

He ahí esbozados los principios generales por que debiera regirse el Sindicato de Industria, en sus funciones internas, se entiende; principios perfectamente conformados a los postulados del federalismo, de los que no deben separarse nunca los amantes de la libertad. Queda por esbozar el aspecto administrativo del Sindicato; pero siendo ello una cuestión un tanto secundaria a nuestro objeto, bastará con dejar consignado que la administración debe ser una función descentralizada, con respecto a las secciones, si bien es normal que la aportación económica de éstas a la administración general del Sindicato ha de ser uniforme: esto es salvando las clasificaciones que se estimen naturales, el individuo de una sección debe contribuir a los gastos generales del Sindicato con una cotización igual a la de cada individuo del resto de las secciones.

 

Sindicalismo y anarquismo

Joan Peiró

IV. PROLONGACION DEL SINDICATO

El Sindicato no es una entidad encerrada entre cuatro paredes. En el espacio formado por éstas está el domicilio social, no el todo del Sindicato, ya que éste tiene su prolongación en la calle, la fábrica, el taller, la oficina, etc. Nos parece esencial agregar a lo anteriormente expuesto algo más respecto a la estructura orgánica del Sindicato.

Como agentes activos de primer orden en el mundo de la producción, el proletariado debe organizar la máquina sindical de forma que una parte de ella tenga emplazamiento y el desarrollo de sus funciones, una y otra cosa ampliamente reconocidas, en los mismos centros de producción. El domicilio social es el lugar de cita para las funciones administrativas y para ponerse de acuerdo acerca de las actividades a desplegar, después del estudio de los problemas planteados o en potencia. El lugar para el despliegue de esas actividades está en la calle, donde deben actuar los comités y delegados de barriada y de distrito, y está en los centros de producción, en los cuales es necesario actúen los Comités de fábrica y los delegados de las secciones de la misma.

Por lo mismo que el proletariado es un agente activo de primer orden en el mundo de la producción, una de sus aspiraciones inmediatas debe ser la conquista del derecho al ejercicio del control de la producción, no ya sólo en el aspecto informativo, sino también en cuanto se refiere a la orientación técnica y directriz de la misma, y aun en el propio aspecto administrativo, no olvidando que el control debe ejercerse de un modo decisivo para evitar la adulteración y nocividad de los productos, ya que con ello el proletariado adquiere una grave responsabilidad social. Pero en tanto esa conquista no sea un hecho, los comités de fábrica y los delegados de sección tienen un papel no menos importante a desempeñar, puesto que ellos han de ser en todo momento el nexo entre aquella parte del Sindicato yacente en el domicilio social y aquellas otras que, por prolongación, han de tener su emplazamiento y desarrollo en la fábrica etc.; aparte de que al cuidado de esos Comités y delegados debe estar la acción inmediata de hacer respetar por todos, patronos y obreros, las condiciones generales del trabajo y la personalidad individual y colectiva de los trabajadores, debiendo ser, además, los agentes de propaganda que capten para el Sindicato la voluntad y las entusiasmos de los hermanos en explotación.

Por otro lado, los Comités de fábrica y los comités y delegados de barriada y distrito, bien articulada su actuación, son los llamados a ser el verdadero nervio de la organización sindical.

Larga y penosa experiencia nos ha demostrado la inconsistencia de nuestra potencialidad colectiva. Un conflicto social o político más o menos grave, o el peligro de que aconteciera, ha bastado para que los gobernantes clausuraran los domicilios sociales de los Sindicatos, y la clausura de éstos, como ella durara algún tiempo, ha significado siempre la dispersión de las masas y la inexistencia real de los Sindicatos; y ello ha ocurrido porque casi toda la actividad sindical ha tenido expresión entre las cuatro paredes del centro social, y cerrado éste, la actividad ha sido imposible. Tan verdad es esto que, por el éxito que con ello se conseguía o se consigue siempre, las clausuras se erigieron en sistema.

De ahí la conveniencia, la precisión de que el Sindicato se prolongue hasta la calle y los centros de producción, ya que articuladas las actividades de forma que los comités y juntas sindicales no pierdan el contacto y la relación con los Comités de fábrica y de barriada y distrito, el Sindicato es intangible a pesar de todas las clausuras y por duraderas que ellas sean; pues manteniendo ese contacto y esa relación, la correspondencia de los comités y juntas sindicales a las masas y viceversa es absoluta, según puede verse por lo siguiente:

a) El Comité de fábrica y los delegados de sección están continuamente en contacto y relación con la masa del respectivo establecimiento industrial, y aquéllos recogen de ésta sus aspiraciones e iniciativas y, a su vez, les dan las indicaciones y consignas sindicales.

b) El Comité de barriada o distrito mantiene un continuo contacto con los Comités de fábrica de la respectiva demarcación, a los cuales transmite las indicaciones e iniciativas sindicales y todo cuanto significa el sentir general de la masa obrera de la barriada o distrito.

c) El Comité general del Sindicato y las juntas de las secciones profesionales están a su vez en contacto y asidua relación con los Comités de barriada y distrito, de los cuales recibe las impresiones respectivas, y tras previo estudio del conjunto de las mismas, ambos Comités acuerdan lo que estiman procedente, y de los Comités de barriada y distrito a los Comités de fábrica, y de éstos a los delegados de sección, lo acordado pasa a conocimiento de las masas, las cuales lo refrendan o lo rechazan.

d) Como en los períodos excepcionales lo que conviene es evitar las reuniones numerosas, para reunirse con el Comité general del Sindicato los Comités de barriada y distrito delegan su representación en uno de sus miembros para reunirse con aquél, y eso mismo es lo que hacen los Comités de fábrica, taller, etc., al reunirse con los Comités de barriada y distrito. A nadie escapa que el procedimiento es un tanto complicado y no muy de acuerdo con los principios federalistas; pero adviértase que el procedimiento en cuestión sólo es recomendable para los períodos de excepción, para cuando el Sindicato hállase legalmente incapacitado para actuar a la luz pública y cuya incapacidad debe estar determinada por circunstancias inevitables, jamás efectuada voluntariamente, a menos de no existir, poderosos motivos que aconsejen una clandestinidad voluntaria.

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Pero la significación de los Comités de fábrica, taller, obrador, oficina, etc., tiene otros aspectos más trascendentales, como asimismo los tiene la significación de los Comités de barriada y distrito. Hasta ahora hemos hablado de ellos como piezas de la máquina sindical, y ocasión tendremos más adelante para poner de relieve que la parte fundamental de esos comités tiene un carácter esencial y eminentemente revolucionario, ya que su papel en el caso de una revolución es de una importancia capital y de una utilidad suma.

 

(Fotografía: Joan Peiró con sus compañeros de cooperativa)

La descomposición de la CUT y del sindicalismo burocrático

Por Francesco Penaglia

Durante la historia de Chile, los periodos en que con mayor auge se ha desarrollado el movimiento popular con proyecto y contenido clasista, han estado directamente vinculados a la centralidad, conducción o a lo menos una presencia protagónica de organizaciones de trabajadores. De ahí la rica historia del movimiento obrero chileno desde fines del siglo XIX y durante la mayor parte del siglo XX. Sin embargo, en la actualidad, este elemento no ha ocurrido. El desarrollo de la conflictividad y movimientos originados desde el 2006, y particularmente desde el 2011, ha estado dinamizado y protagonizado -principalmente- por sectores estudiantiles, ambientales y territoriales, quedando las organizaciones de trabajadores rezagadas y con un rol poco relevante en un movimiento popular germinal, fragmentado y heterogéneo. Seguir leyendo La descomposición de la CUT y del sindicalismo burocrático

Guillermo Lora: la revolución permanente (1984)

 

Extracto de Conferencia pronunciada en la Escuela de Altos Estudios Nacionales de las FFAA de Bolivia y que su autor realizó sobre el tema “Sindicalismo Político” que se le planteara en julio de 1984, La Paz, Bolivia. EP

Si la revolución social es considerada como el producto arbitrario de la propaganda extremista, de la agitación social arbitrariamente provocada, etc., será imposible comprender la actividad contradictoria de la clase obrera e inclusive la conducta de los sindicatos. La historia de la humanidad es la historia de la sucesión de los diferentes modos de producción (cómo se produce lo que el hombre precisa para satisfacer sus necesidades), que tiene lugar a través de saltos bruscos, de la misma manera, por ejemplo, que las transformaciones geológicas. La sociedad y el hombre hace tiempo que acertadamente vienen siendo considerados como parte del proceso de desarrollo de la naturaleza, lo que ha permitido desprenderse de perjudiciales prejuicios subjetivistas. El oscurantismo al juzgar a la sociedad no hace otra cosa que alejarla de su debida comprensión. El desplazamiento de una clase por otra en el poder, que eso es la revolución social, siempre se ha dado en la sociedad y seria absurdo que nos aterroricemos toda vez que se produce, lo que corresponde es estudiarlo con la debida atención, seguros de que nuestra sociedad también se encamina hacia esa finalidad. No es motivo de nuestra atención la revolución política o sea la lucha entre sectores de la misma clase social por controlar el poder.

La revolución es un fenómeno social sometido a las leyes generales de la sociedad (del capitalismo) y a las suyas propias. Está muy lejos de ser la arbitrariedad y el caos, como generalmente se supone. La revolución destruirá los aspectos caducos de la actual sociedad y permitirá un amplio desarrollo de los gérmenes de una nueva, que ya se dieron en el pasado inmediato; en esta medida destruye el orden social envejecido y establece uno nuevo; el caos no es más que aparente. Son los hombres los que hacen la revolución, pero no a su capricho, sino dentro de las condiciones creadas por el desarrollo social. Unos, los que pertenecen a la clase obrera o se identifican con sus finalidades estratégicas, con sus objetivos generales, encarnan a las fuerzas productivas, es decir, a las fuerzas progresistas de la historia y cuando adquieren conciencia de esto actúan como sus instrumentos conscientes. En estas filas se reclutan los teóricos, factores decisivos para la lucha revolucionaria, los caudillos y activistas de la transformación de la sociedad. Con todo, las masas y los hombres no pueden hacer otra cosa que contribuir a que las leyes de la historia se cumplan con ahorro de esfuerzos y de tiempo; en ningún caso podrán sustituir esas leyes con los esquemas sacados de sus cabezas o con sus creaciones perversas o angelicales. Los otros, los que pugnan por perpetuar la actual sociedad, porque en ésta se encuentran sus intereses materiales, batallan, conscientemente o no contra las leyes de la historia, son conservadores, reaccionarios. Pueden la clase dominante y su Estado idear y levantar los mayores obstáculos frente a la marcha revolucionaria de la mayoría nacional, pueden corromper a las direcciones de las masas y contribuir a la formación de burocracias potentes, pero todo esto acabará siendo arrasado por las leyes de la historia. Así se ha desarrollado y se desarrolla la sociedad.

Toda nueva sociedad se justifica cuando impulsa el desenvolvimiento de las fuerzas productivas, que son el conjunto de los instrumentos que permiten la producción, de los hombres que los manejan en determinadas condiciones de experiencia y

hábitos de trabajo (tecnología, división del trabajo, etc). El desarrollo de las fuerzas productivas, que se sintetizan en cierto nivel de productividad, importa un cierto grado de dominio del hombre sobre la naturaleza, objetivo de toda sociedad. Las fuerzas productivas imponen determinadas formas de propiedad sobre los medios de producción (tierra, máquinas, materias primas, etc.), que condicionan las relaciones de producción dentro de las cuales los hombres producen su vida social, su sustento diario, para decirlo de manera simple. Estas relaciones de producción constituyen el basamento material, económico, de la sociedad, su estructura sobre la que se levanta el amplio y rico mundo de la superestructura ideológica, que no es consecuencia mecánica e inmediata de aquella, sino que se mueve conforme a sus propias leyes y en determinado momento reacciona poderosamente sobre la estructura (la política en la actualidad, por ejemplo), buscando modificarla y contribuyendo a que esto sea así dentro del marco señalado por el desarrollo de las fuerzas productivas.

La estructura económica es una unidad dialéctica en la que los extremos polares están ocupados por las fuerzas productivas y por las relaciones de producción (forma de propiedad). Durante la etapa de equilibrio precario entre ambos, la forma de propiedad impulsa el vigoroso y rápido desarrollo de las fuerzas productivas, el aumento cuantitativo de éstas (evolución pacífica, progreso gradual), motivando transformaciones dentro del orden establecido, pero esto sólo hasta cierto nivel de su crecimiento, que es cuando chocan con esa fuerza conservadora que es la forma de propiedad vigente (relaciones de producción), ésta para sobrevivir se empeña en estrangular a las fuerzas productivas, que en su intento de crecer se despedazan chocando contra su mordaza y cuyos indicios inconfundibles son las crisis económicas cíclicas (la actual que soportamos), las guerras internacionales por el reparto del mundo y las mismas revoluciones sociales. Una sociedad es sustituida por otra únicamente si la estructura económica ha madurado para esto, si la clase dominante ha agotado todas sus posibilidades progresistas. El desarrollo de las fuerzas productivas tiene que considerarse como un desarrollo global y de ninguna manera parcial (un descomunal saltó en la producción e industrialización del hierro, mientras la agricultura permanece estancada o retrocede, por ejemplo). Las transformaciones tecnológicas, muchas de ellas relegadas a las cuatro paredes de un laboratorio, por sí mismas no son sinónimo de crecimiento de las fuerzas productivas; muchas de esas innovaciones e inventos quedan archivados, porque su generalización podría ocasionar serios perjuicios económicos a las grandes empresas al obligarles a cambiar su utilaje, y a veces son relegados al uso para fines belicistas, que importa una descomunal destrucción de las fuerzas productivas. Unicamente cuando las fuerzas productivas han dejado de crecer, cuando la forma de propiedad privada burguesa (relaciones de produccióni se ha tornado reaccionaria, fenómeno que ha tenido lugar en escala mundial desde el último tercio del siglo XIX hasta 1914 fecha del estallido de la primera guerra mundial (guerra imperialista), cuando se ha hecho evidente la posibilidad de la revolución social.

¿Esta ley puede aplicarse a la atrasada Bolivia? La respuesta, que es una de las claves de la política boliviana, obliga a una breve explicación. Bolivia no ha tenido tiempo ni posibilidades para impulsar el desarrollo interno del capitalismo, éste llegó desde afuera como fuerza invasora, obedeciendo los intereses económicos de las metrópolis y de ninguna manera las necesidades de desarrollo del país que pasó a la condición de semicolonia. Penetró al altiplano el imperialismo, el capitalismo en su etapa de decadencia, trayendo progreso y modernización a ciertos sectores de nuestra economia, a veces mediatizados en extremo, y al mismo tiempo ocasionando

estancamiento y hasta retroceso allí donde no le interesaba asentarse y explotar. Vimos al imperialismo conviviendo junto al latifundio improductivo y reducto del trabajo servil, no pocas veces prestándole apoyo directo. Esta política contradictoria se explica porque la fuerza invasora tuvo necesariamente que apoyarse en la feudal burguesía, que tenía metido un pie en el pongueaje y que simultáneamente servía al capital financiero.

De esta manera fuimos incorporados, virtualmente a la fuerza, a la economía mundial, que es algo más que una simple suma de economías nacionales, es una unidad superior y una de las grandes creaciones del capitalismo. Esta concepción (la interpretación unilateral de ella es el punto de arranque de una serie de desviaciones), permite comprender que estamos obligados a soportar las leyes generales del capitalismo, lo que no debe interpretarse como una imposición mecánica de esas leyes en toda su pureza, más bien, se reflejan en una particular realidad económico-social, actúan transformando y transformándose a través del país atrasado. En esto consisten las particularidades nacionales que tienen importancia decisiva en la fijación de la política revolucionaria. Nuestra tardía incorporación a la economía mundial, alrededor de los albores del siglo XX, y la invasión del capital financiero han determinado la economía capitalista de tipo combinado, que imprime una particular fisonomía a la ley del desarrollo desigual, la más general en la historia de la humanidad.

Nuestro país ya conoce el capitalismo, bajo la única forma en que puede darse, como economía combinada, que importa la coexistencia de diferentes modos de producción, de las primeras letras del desarrollo de la sociedad con las últimas adquisiciones de nuestra época: las tribus selváticas, el transporte en llamas junto al jet, etc. No hay tiempo, debido a la desintegración del imperialismo y a la presencia en el escenario del proletariado como clase, para que Bolivia recorra las vicisitudes de un desarrollo integral e independiente del capitalismo.

La ley de la economía combinada, que sería inconcebible al margen de la pertenencia a la economía mundial, no como ocasional vendedor de minerales sino como parte integrante de ella, tiene implicaciones que es preciso puntualizar para comprender la revolución en nuestro país.

Estamos obligados a considerar todos los fenómenos, particularmente los económicos, como dimensiones internacionales. Las fuerzas productivas, de manera particular, solamente pueden concebirse así, si no se quiere distorsionar la realidad.

Si Bolivia fuese un país aislado, si no se estremeciese ante las modificaciones del mercado mundial, si no dependiese del tipo de intereses que fijan los bancos norteamericanos o ingleses, si no dependiese su vida diaria de la cotización de minerales que a medio día se difunde desde Londres, se podría decir con toda propiedad que está muy lejos de una transformación revolucionaria dirigida por la clase obrera, que lo más que puede esperarme es una transformación democrático-burguesa, los militantes stalinistas añadirían del tipo de revolución encarnado en el gobierno burgués del doctor Hernán Siles Zuazo, claro que la afirmación puede prestarse a burlas o calificativos despectivos. Esta manera de plantear el problema es incorrecta y anti-científica, porque en nuestra época resulta inconcebible la existencia de país alguno totalmente aislado de los otros y de la economía mundial, convertida en el escenario insoslayable donde se mide la productividad de los diferentes países.

Entre las consecuencias de nuestra integración a la economía mundial se tienen la autoritaria imposición del capitalismo y la maduración desde afuera para la revolución proletaria, lo que no tiene que interpretarse como si esta transformación radical también tuviese que venir de la metrópoli, contrariamente, será hecha por los bolivianos y en la medida en que maduren para cumplir esa tarea. En la actualidad las fuerzas productivas en escala mundial están sobremaduras para la revolución proletaria, concebida como una revolución de alcance mundial y encaminada hacia el comunismo; su tardanza, que tiene que concebirse como consecuencia del lento desarrollo de la conciencia de clase de los explotados o de la traición de sus direcciones tradicionales, que supone el cambio de contenido de clase, se traduce en la aparición de formas de barbarie, con tegumento burgués como es el caso del fascismo, que importa la aniquilación de gran parte de las conquistas logradas por la civilización, o en la destrucción de la sociedad. Vivimos en la época de la revolución proletaria y no nos está permitido eludirla o idear caminos excepcionales para nuestro país. La historia boliviana es parte de la historia de la humanidad.

El carácter internacional de la revolución proletaria quiere decir que ningún país, por muchos que sean los privilegios con los que hubiese sido beneficiado por la naturaleza, puede con sus propias fuerzas, en el marco de una inconcebible y reaccionaria autarquía, construir una sociedad comunista, tal meta solamente podrá lograrse internacionalmente. Ha sido el propio capitalismo el que ha permitido que maduren para ello las condiciones materiales; en la época de la economía mundial, en la época de las transnacionales, las fronteras nacionales se han tornado reaccionarias. En este punto debemos puntualizar que la defensa, por tanto, la perrnanencia de las fronteras de los países sometidos a la opresión imperialista, constituyen pasos progresistas y obligados en la lucha por la liberación nacional. El comunismo no destruirá la economía mundial, por el contrario, se basará en ella y le dará un mayor impulso.

Esa unidad mundial que es la revolución socialista (el desarrollo de la sociedad no permite su parcelación en estancos independientes entre sí) está integrada por las revoluciones puramente socialistas que tendrán lugar en las metrópolis del capital financiero, que se distinguen por la proporción mayoritaria de la clase obrera y porque no tienen ante sí la solución de tareas democráticas o burguesas pendientes; por las revoluciones políticas (el desplazamiento del poder de la burocracia termidoriana por la clase obrera) en los países sometidos a la dictadura stalinista y por las revoluciones de liberación nacional en las regiones sometidas a la opresión imperialista. El hecho fundamental y distintivo de nuestra época radica en que todas esas revoluciones son políticamente dirigidas por el proletariado. Hay, pues, revoluciones proletarias y revoluciones proletarias, no todas están vaciadas en el mismo molde o cortadas en la misma medida, obedecen a leyes particulares según el grado de desarrollo de la región en que tienen lugar.

La revolución boliviana no puede menos que reflejar el capitalismo atrasado de economía combinada. El sector atrasado está encarnado en el modo de producción precapitalista, que si se toma como referencia los índices demográficos se puede decir que comprende a la mayoría nacional. No se trata de que el atraso está simplemente yuxtapuesto al progreso (modo de producción capitalista y que define la existencia material del país), sino de que entre ambos existe una permanente inter-relación; conforman un país con esa característica nacional y no dos sociedades independientes entre sí. Atraso y progreso se penetran mutuamente, se condicionan y se encuentran

en permanente transformación. El atraso se traduce en atraso cultural, por decir, que deja su impronta en todas las actividades, lo que determina la lentitud de nuestro desarrollo, que pesa negativamente en contra de la productividad y, de una manera general, que mediatiza las conquistas foráneas que alcanzan a trasmontar los Andes. Urge puntualizar en qué consiste este rezagamiento.

Sobre todas las cosas, está muy lejos de ser general, pues soporta la presión del modo de producción capitalista (minas, petróleo, industria, transportes, agroindustria) y, a su turno, actúa poderosa, aunque negativamente, sobre él. El cordón umbilical, por esto mismo de trascendencia vital, que une a Bolivia con el mercado mundial, es decir, el elemento que le permite llevar una vida moderna, es la producción capitalista, la exportación de materias primas, de minerales, de petróleo, etc. Esta producción no solamente define el presupuesto nacional, sino las balanzas comercial y de pagos, permite importar todo lo que exige la vida moderna. El modo de producción precapitalista pesa de manera considerable en la composición del producto interno bruto. En alguna forma esa preeminencia económica del capitalismo condiciona la preeminencia política del proletariado, aunque su gran politización es resultado de su propia historia, de una serie de factores que han contribuido a la formación de su conciencia.

Un país atrasado como Bolivia puede mostrar importantes adelantos tecnológicos y de concentración del capital en su área modernizada, como sucedió en el campo de la minería en cierto momento.

El atraso tampoco es definitivo, dado de una vez por todas, sino que, en determinadas condiciones, puede convertirse en palanca de progreso, permitir dar un salto en el desarrollo, trocarse en su contrario. Los teóricos de la clase dominante, que se complacen en subrayar que el capitalismo -únicamente el capitalismo, pues vituperan contra el feudalismo, el esclavismo, etc. corresponde a la naturaleza humana y que por eso debe considerarse eterno; pretenden justificar las limitaciones e incapacidad de la burguesía nativa con la especie de que nuestro país nunca podrá salir de una manera total de su rezagamiento, que siempre será tributario de la metrópoli imperialista, etc. Hay muchos ejemplos históricos que violentan la teoría del definitivo atraso boliviano y que viene siendo manejada desde el siglo XIX.

Allí donde el capitalismo se ha desarrollado internamente, recorriendo todos los recodos del camino, venciendo todas las dificultades y las etapas, ha ido acumulando utilaje obsoleto, herencia inevitable del pasado; esta carga concluye obstaculizando los movimientos de la economía en su integridad. Recuérdese el caso de países en los que se sigue utilizando maquinaria con muchos decenios de antigüedad. Un país atrasado, virgen en la actividad capitalista en ciertos renglones, puede, en condiciones favorables apoderarse de un salto de todo el avance logrado por la sociedad, sin necesidad de descubrir ni perfeccionar nada. Importará la última palabra de la tecnología en la fabricación de automóviles, sin necesidad de volver a vivir las primeras experiencias. En un solo acto se colocará en el nivel de los países más desarrollados. Esto es algo más que un dato anecdótico, quiere decir que tal paso puede permitir movernos a mayor velocidad que las metrópolis del capital financiero. Las condiciones que permitieron ese desarrollo a saltos y que las colonias o semicolonias alcanzasen o sobrepasasen a las metrópolis opresoras, fueron en el pasado las ventajas que proporcionaba el capitalismo en ascenso (Estados Unidos de Norte América, Alemania, Japón); en la actualidad, caracterizada por la desintegración

del imperialismo, las condiciones para ese salto no son otras que las creadas por la revolución social.

Un otro aspecto de este tema: la masa campesina, que aunque asuma actitudes revolucionarias y de subversión contra el estado de cosas imperante, representa el pasado histórico y el atraso, pero en los momentos de mayor tensión de la lucha revolucionaria se convierte en el factor decisivo que impulsa al proletariado (expresión social del progreso hacia el poder, es decir, permite crear las condiciones para la estructuración de una sociedad superior a la capitalista.

Bolivia se diferencia de las metrópolis por ser una nación oprimida que soporta la explotación y el dominio político por parte del imperialismo no solamente sobre uno de sus sectores sociales, la clase obrera, sino sobre toda la nación. El capital financiero exporta en gran medida la plusvalía que extrae de los trabajadores, actúa como el muro que impide que el país en su integridad ingrese de pleno a la civilización, esto porque mantiene intacto al precapitalismo, expropia política y económicamente a la burguesía criolla, le impide su desarrollo, lo que aparece con mayor evidencia cuando ésta le sirve obsecuentemente. Los problemas que plantea la revolución y la mecánica de clases son particulares y diferentes a los que se dan en los grandes centros del capitalismo imperialista.

Toda revolución es mayoritaria y la proletaria lo es al servicio, por primera vez, de la mayoría del país. En la Bolivia atrasada esa revolución no puede menos que ser protagonizada por la nación oprimida (en esta medida es mayoritaria) y no únicamente por la minoría obrera (consecuencia del atraso, de la persistencia de los modos de producción precapitalistas). Una revolución puramente proletaria es inconcebible, pues sería una actitud asumida contra el país, condenada a su inmediato aplastamiento. De esta realidad emergen las vigas maestras de la lucha revolucionaria.

La alianza obrero-campesina (las masas explotadas arrastradas políticamente por la clase obrera) juega el papel de pieza clave de esta estrategia. El choque de los campesinos con los obreros antes de la conquista del poder convertiría en imposible tal finalidad estratégica.

La táctica que cobra vigencia permanente hasta tanto se produzca la victoria de los explotados, aunque su realización precisa de condiciones políticas muy concretas, es la constitución del frente anti-imperialista, que importa la unidad de la nación oprimida (varias clases sociales) bajo la dirección proletaria, es decir, dentro de las finalidades estratégicas de la clase obrera. La burguesía también habla de unidad nacional y la consuma bajo su propia dirección y para servirse de ella como factor de respaldo político o de estabilidad gubernamental llegado el caso. La Unidad Democrática Popular es una variante de este frente político de varias clases sociales timoneado políticamente por la burguesía democratizante. El frente anti-imperialista permite que el proletariado efectivice su liderazgo nación oprimida por el imperialismo, se apoye en ella y dirija las luchas que libran las masas explotadas. Únicamente la movilización y radicalización de los sectores mayoritarios puede obligar a las direcciones de los partidos de izquierda a someterse a la dirección proletaria, abandonando su actual posición servil frente a la clase dominante.

La revolución proletaria boliviana estará muy lejos de ser puramente socialista por sus tareas. Antes de construir el socialismo y la sociedad sin clases sociales (sin

explotados ni explotadores) tiene que superar el secular atraso del país, lo que equivale al cumplimiento de las tareas democráticas o burguesas pendientes, labor imprescindible que será realizada junto al logro de objetivos socialistas, en los sectores donde sea posible. La revolución será pues combinada en sus tareas y también por sus componentes sociales reflejando así en la superestructura el carácter combinado de la economía.

Debe tomarse en cuenta que el proceso de transformación profunda estará acaudillado por la clase obrera y que ésta para libertarse realmente tendrá que llegar al comunismo y en su marcha libertar a toda la sociedad. El proletariado no tiene interés alguno en perpetuar las realizaciones democrático-burguesas, basamento material de la existencia y desarrollo del capitalismo que supone su inevitable explotación y opresión, sino acabar con este estado de cosas, razón por la cual las transformará en socialistas desde el poder. Como se ve, el secreto del proceso consiste en que los explotados se conviertan en clase gobernante, en fin, en la existencia de la dictadura del proletariado.

Nos encontramos frente a una sola etapa en la cual son realizadas a plenitud las tareas democráticas y su transformación en socialistas. El Partido Comunista de Bolivia, que dice no renegar del socialismo e inclusive de la dictadura proletaria, hace un planteamiento cualitativamente diferente: en la primera etapa, cuya duración no puede menos que prolongarse por algunos decenios, una centuria o más, debe cumplirse únicamente la revolución democrático-burguesa, porque –dice- las fuerzas productivas en escala nacional han madurado únicamente para ese tipo de revolución; luego de que el desarrollo pleno e independiente. del capitalismo transforme toda la economía y cree una clase obrera poderosa por su número y su educación en la escuela de la democracia formal, recién podrá plantearme con legitimidad la revolución puramente socialista. Entre ambas etapas históricas media un abismo de tiempo y no puede hablarse de una inter-acción entre ambas. La corriente maoísta planteó, en su apogeo, la misma tesis con una pequeña variante: para ella, cumplida la etapa de la revolución democrática debía darse, de manera ininterrumpida -de aquí su nombre-, la revolución socialista. El stalinismo en general sostiene que la etapa democrático-burguesa solo puede estar timoneada por un gobierno de corte burgués. La permanencia del Partido Comunista de Bolivia en el gobierno burgués de la Unidad Democrática Popular, lejos de constituir un error táctico o un desliz cualquiera, obedece a su concepción programática fundamental.

El desarrollo interno de la revolución bajo la dictadura del proletariado lleva la tendencia de no detenerse hasta tanto no se destruya toda forma de opresión de clase (explotación del hombre por el hombre). Cada etapa niega a la anterior y el proceso tiene lugar en medio de contradicciones y de conflictos sociales. El ritmo de su realización, así como el del cumplimiento de las tareas democráticas, no puede señalarse con anticipación, depende de la marcha de las economías mundial y nacional, de los progresos que haga la revolución proletaria internacional.

La revolución proletaria comenzará necesariamente dentro de las fronteras nacionales y no como un fenómeno simultáneo. El ritmo extremadamente desigual con el cual se desarrolla la conciencia de clase del proletariado de los diversos países obliga a que la revolución social tenga lugar también de manera desigual. No será un proceso despersonalizado; contrariamente, mostrará las huellas inconfundibles de las particularidades nacionales, profundamente entroncado en la historia, en la economía, en fin, en la cultura del país.

Pero, la revolución no puede encerrarse indefinidamente en el marco nacional; para resolver los problemas que genera y para llegar a la sociedad sin clases, necesariamente tendrá que proyectarse al plano internacional, de nacional se trocará en internacional. En el caso boliviano su proyección continental busca estructurar los Estados Unidos Socialistas de América Latina, la única forma en la que ahora puede efectivizarse el sueño y ambición de Simón Bolívar. Muchos de los problemas más punzantes del país, entre ellos el largo pleito diplomático de la mediterraneidad, podrán encontraran así su solución natural.

La clase obrera en el poder estatizará los medios de producción, concentrándolos en manos de la dictadura del proletariado (gobierno obrero-campesino), lo que le permitirá planificar la economía y dirigirla hacia la construcción del socialismo, en fin, del comunismo, la sociedad sin clases sociales, sin explotados ni explotadores.

Hemos expuesto someramente la teoría de la revolución permanente, que tanta importancia ha tenido en la formación de la clase obrera boliviana (nos referimos a su conciencia). Se trata de las leyes de la revolución social de los paises ses atrasados (coloniales y semicoloniales) de nuestra época imperialista, en la que la presencia de la clase obrera (vale decir de su partido político que es, sobre todo, programa), constituye el hecho de mayor relieve. Algunos de sus críticos sostienen que dicho planteamiento buscaría saltar por encima de la etapa democrática, para ingresar de lleno y de un salto en la revolución puramente socialista. Otros se empeñan en querer demostrar el absurdo de que buscaría aislar al proletariado de las otras clases sociales. Estos reparos carecen de fundamento. La revolución permanente fue enunciada ya por Carlos Marx a mediados de¡ siglo XIX y teniendo presente la revolución en la rezagada Alemania de entonces, buscando resolver, precisamente, el cumplimiento de las tareas democráticas. Los revolucionarios rusos hablaron de la transformación de la revolución burguesa en socialista, teniendo en cuenta su contenido social, sus tareas fundamentales. No se plantea el ignorar o saltar por encima de las tareas democráticas, sino la manera de cómo el proletariado tendrá que consumarlas en la época que vivimos, que es la época de decadencia del capitalismo, que plantea la necesidad histórica de la revolución y dictadura proletarias.

 

(Fotografía: trabajadores armados, abril de 1952, La Paz, Bolivia)

 

Jean-Luc Melenchón: la remontada

Por Manolo Monereo// 

 

 

A mí me asombra. De las personalidades que más me interesan en la izquierda europea tres son socialdemócratas que, por serlo, abandonaron los partidos socialistas oficiales, devinieron defensores a ultranza de los derechos sindicales y laborales y son críticos muy duros de la Unión Europea. Me refiero a J. P. Chevenement, a Oskar Lafontaine y, sobre todo, a J-L. Mélenchon. A Jean-Luc lo vi hace pocas semanas en Roma en un debate sobre la UE y su futuro; como siempre, claro y preciso. Si llegara a la Presidencia de Francia, su propuesta sería reformar los Tratados y poner fin a las políticas de austeridad. Si esto no fuese aceptado, iniciaría el proceso de salida del euro. Es más, en una conversación privada me dijo que él no aceptaría un acuerdo con Hamon y que arriesgaría. Él creía que el pacto con los socialistas significaría el fin de cualquier proyecto alternativo en Francia, dejando las manos libres a Marie Le Pen.

La biografía de Mélenchon es conocida. Nacido en Tánger –habla un excelente español con acento del Sur– desciende de españoles por ambos progenitores. Hizo una larga carrera en el Partido Socialista francés y fue ministro con Lionel Jospin. Abandonó el Partido Socialista y creó el Partido de la Izquierda. En las elecciones presidenciales de 2012 quedó en 4º lugar (11,1%) encabezando el Front de Gauche junto al Partido Comunista y otras fuerzas. En 2015 anunció que quería ser candidato a la Presidencia de Francia sin el Front de Gauche, fuera del marco de los partidos y apostando por una Francia insumisa. Ni más ni menos.

Seguramente el dato más característico de la personalidad política de Mélenchon es su conocimiento preciso de la crisis del sistema de partidos en Francia, combinado con una alta dosis de audacia que muchas veces deja a su equipo fuera de juego. Jean-Luc cree que poco o nada se puede hacer en el marco del sistema dominante y que es necesario innovar y arriesgar. Ha aprendido mucho de América Latina, de las izquierdas europeas, de Podemos y, sobre todo, de la compleja realidad de Syriza. Se podría decir, sin temor a equivocarse, que ha ido a estas elecciones en base a una enorme confianza en sí mismo, a un proyecto claramente alternativo y al convencimiento de que había una posibilidad ligada a él. Captó con inteligencia que el candidato Hamon no tendría demasiado recorrido, que una parte significativa del Partido Socialista terminaría apoyando a Macron y que solo él podría encabezar una alternativa democrática. Entendió que la línea divisoria izquierda/derecha (los socialistas siguen gobernando Francia) nada o poco dice y que el problema real era construir una alternativa nacional-popular al proyecto de Marie Le Pen. Para decirlo de otra forma, en momentos de excepción, hay que arriesgarse y tomar también medidas excepcionales; más allá de los partidos existentes y con una firme voluntad de gobierno y de poder.

El programa de Mélenchon es diáfano: poner fin a las políticas neoliberales desde un punto de vista republicano, ecosocialista y pacifista. El candidato de la Francia insumisa promueve, es la parte más polémica de su programa, un proceso constituyente en la perspectiva de la VI República; la defensa intransigente de los derechos de las personas, del Estado social y de la reindustrialización de Francia, apostando por un proteccionismo solidario a la altura de los desafíos de nuestra época. El ecosocialismo es tomado en serio convirtiéndose en el horizonte de un nuevo modelo de sociedad, Estado y de poder. Antes se ha dicho: la Francia insumisa no acepta las reglas neoliberales de la UE y apuesta por cambiarlas; si esto no fuese posible, iniciaría un proceso de salida de UE. Esto lo ha dejado claro una y otra vez. Su política internacional estará marcada por la paz, por la seguridad y un nuevo orden económico internacional más justo e igualitario. La prioridad es la defensa de la soberanía popular y de la independencia nacional con relaciones equilibradas con Alemania y la búsqueda de acuerdos equitativos con Rusia y con Eurasia.

La remontada de Mélenchon ha sido enorme, ha cambiado la agenda de la campaña electoral francesa y aparece, cada vez más, como alternativa democrática, no solo a Marie Le Pen sino al neoliberalismo que representan Macron y Fillon. Hay similitudes formales con las elecciones norteamericanas, en un sentido muy preciso: las élites eligen a un centrista neoliberal para derrotar al populismo de derechas. La diferencia es que Mélenchon es un Bernie Sanders que puede ganar, que quiere ganar. En todas partes lo mismo: solo se puede derrotar a las derechas extremas y a la extrema derecha desde una democracia económica, social y cultural comprometida con los derechos, defensora del Estado social, protectora de las mayorías y promotora de una res pública de hombres y mujeres libres e iguales. Jean-Luc se ha jugado todo, todo, a una carta. El pueblo francés se lo merece.