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La Larga Depresión. Entrevista a Michael Roberts

Por Mark Kilian

13/08/2016

 

Mark Kilian, redactor del periódico holandés de socialist , entrevista a Michael Roberts sobre su nuevo libro, el estancamiento económico actual, las perspectivas de una nueva recesión y como romper con el capitalismo. Este es el texto traducido al castellano de la versión inglesa editada por Roberts.

 

MK: Nuestro gobierno asegura que la economía se recupera. Al mismo tiempo, vemos que Grecia necesita de forma continua “paquetes de rescate” y ahora hay problemas en Italia. ¿Cuál es el estado de la economía mundial?

MR: El desarrollo de la economía mundial desde 1945 no ha sido armonioso, no ha crecido en línea recta. Ha habido una serie de auges y recesiones. Me refiero a una disminución del ingreso nacional o la producción nacional de un país por lo menos durante seis meses o más, antes de volver a recuperarse y crecer.

Pero lo específico de este último periodo, es que tuvimos una gran caída en 2008-9 después de la crisis financiera internacional. La Gran Recesión, que duró 18 meses, fue la mayor desde la década de 1930. Como resultado, todas las grandes economías del mundo, entre ellas la de los Países Bajos, experimentaron una fuerte disminución de su renta y producción nacional. Cada vez que sucede, millones de personas ven sus vidas arruinadas, pierden sus puestos de trabajo y, posiblemente, sus casas, porque no pueden pagar el alquiler o la hipoteca. Además, los gobiernos aplican toda una serie de medidas, de recortes en el estado de bienestar y en los servicios públicos, que afectan a la población también. Además, todo ese período de declive es una pérdida permanente. Si no hubiera habido caída, la producción y los ingresos habrían sido mayores, el volumen y la calidad del empleo hubieran sido mejor. Eso nunca se puede recuperar.

Y la diferencia esta vez en comparación con otras crisis es que la recuperación tras la Gran Recesión ha sido muy débil. Es la recuperación económica más débil desde los años 1930. Desde el final de la Gran Recesión, después de siete años, la mayoría de las economías apenas han recuperado el nivel que tenían en 2007. Eso muestra lo lento que ha sido.

Por ejemplo, Italia: el FMI ha presentado un informe que es verdaderamente sorprendente . No sólo Italia sufre una gran crisis bancaria que podría venirse encima de los bancos muy pronto, a menos que el gobierno pague su rescate, sino que el FMI calcula que el PIB y la producción de Italia no volverán al nivel del año 2007 ¡hasta el 2025! Eso supone dos décadas pérdidas de producción, ingresos, empleo y mejores condiciones de vida para el pueblo italiano. Tan débil ha sido la recuperación en Italia.

La producción, el empleo, y los ingresos de la gente en la mayoría de las economías y para la mayoría de las personas no se han recuperado hasta niveles de 2007. De acuerdo con un nuevo informe de McKinsey, consultores de gestión, dos tercios de los hogares en las 26 economías de la OCDE tenían menores niveles de vida en 2015 que ¡en 2005!

Así que es una recuperación muy débil y, en mi opinión, llena de  peligros antes de volver a los niveles que hemos visto antes, si alguna vez lo hacemos, de que la economía mundial caiga en otra recesión en el próximo uno o dos  años.

MK: En su nuevo libro se describen tres depresiones: la de los años 1873-1897, 1929-39 y la actual. ¿Hay algo que podamos aprender de ello?

MR: En mi opinión, esta no es una recesión normal, sino una depresión. Eso es diferente de las depresiones normales. No sucede muy a menudo. En la historia del capitalismo moderno, del siglo XIX hasta ahora, sólo ha habido tres grandes depresiones. En una depresión, la recuperación es tan débil que las economías no regresan a las mismas tasas de crecimiento o incluso al nivel de producción que existía anteriormente, excepto después de un periodo muy largo.

Hubo una gran caída en 1873 en Gran Bretaña, Alemania y los EE.UU., las principales economías capitalistas entonces. No hubo una recuperación verdaderamente fuerte después. Hubo una serie de crisis, que se extendieron durante los siguientes 20 años. Eso fue una depresión: un bajo nivel de crecimiento y una serie de crisis. Paso mucho tiempo antes de que fuera posible una recuperación sostenida.

La segunda depresión fue la Gran Depresión. Comenzó con el colapso de los mercados de valores en los EE.UU. en 1929, similar al colapso del mercado de la vivienda en los EE.UU. en 2007. Después de la crisis en 1929 los EE.UU., la economía capitalista más grande del mundo, entró en la depresión más profunda. Hubo desempleo masivo prolongado, y no hubo recuperación real durante la década de 1930. Solo cambio la situación cuando los EE.UU. entraron en la Segunda Guerra Mundial, junto con Gran Bretaña, contra las denominadas potencias del Eje. La producción pública se incrementó, lo que llevó al crecimiento económico y la recuperación. Así que sólo la guerra trajo la recuperación en la década de 1930. En mi opinión, estamos en un período similar. Se necesitarán algunos cambios drásticos para que el capitalismo vuelva a la recuperación.

MK: Su elección de palabras sugiere que la producción dirigida por el Estado puede ser diferente de la producción capitalista.

MR: Creo que hay una distinción que debe hacerse. Los economistas keynesianos creen que la solución a estas crisis es que el gobierno gaste más dinero en gasto social, o de dinero a las empresas para invertir, o lleve a cabo sus propios programas de producción y por lo tanto que la gente tenga trabajo. Esto impulsaría la economía capitalista y la pondría de nuevo en marcha. Esa es la solución keynesiana a estas crisis.

Se intentó brevemente y con poco entusiasmo en la década de 1930 por Roosevelt en los EE.UU. con el llamado New Deal. No se ha intentado realmente en la actual recuperación. La mayoría de los gobiernos han efectuado recortes en el gasto público. No estoy abogando por una solución keynesiana. Podría ayudar por un tiempo, pero también afectaría finalmente la rentabilidad del sector empresarial y de hecho podría, en ciertas circunstancias, empeorar las cosas.

Cuando hablo de la producción estatal, me refiero a que el gobierno tome el control de la mayor parte del programa de inversión de la economía. Las grandes compañías se convertirían en parte de una operación estatal, dirigida idealmente por el Estado. Fue lo que paso en la Segunda Guerra Mundial. Se dijo a las grandes empresas: “No pueden seguir produciendo coches, ahora hay que fabricar tanques”. Hubo un control directo del gobierno dirigido al esfuerzo de guerra. En cierto modo, se puso fin a la producción capitalista con fines de lucro y se reemplazó por la producción dirigida por el gobierno. Los capitalistas siguieron ganando dinero y teniendo beneficios, pero estaban completamente controlados y dirigidos por el estado militar con el fin de llevar a cabo la guerra. La analogía aquí es que el capitalismo ya no operaba sobre la base de los intereses del sector capitalista, sino de lo que se consideraba el interés de la sociedad en ese momento.

Una respuesta socialista, en lugar de una keynesiana, implica que los gobiernos se hagan cargo de los principales sectores de la economía para producir para las necesidades sociales en vez de con fines de lucro. Eso significa el control de la inversión y la propiedad de todos los principales bancos y otras grandes empresas. Algo drásticamente diferente de lo que los keynesianos proponen ahora y que iría aún más lejos de lo que ocurrió en tiempos de la guerra.

MK: Mucha gente ve la larga expansión a partir de 1945 como una situación “normal”. Pero ¿cómo se explica el boom?

MR: Esa es una parte importante de mi libro; por qué hay periodos de auge y crisis. El período de 1945 a mediados de los años 60 fue un período excepcional; se le llama la “edad de oro” del capitalismo. Había un crecimiento bastante alto, más o menos pleno empleo, muchos países desarrollaron un mejor estado de bienestar, educación gratuita hasta el nivel universitario, servicios de salud gratuitos, programas estatales de vivienda; mejores pensiones, etc.

Pero fue un período excepcional. ¿Por qué? Lo que impulsa el crecimiento en el capitalismo es la posibilidad de obtener beneficios. La salud de la economía capitalista depende de lo que ocurre con la rentabilidad del capital, la tasa de ganancia en cada inversión realizada por los capitalistas. Al final de la Segunda Guerra Mundial, como resultado de la destrucción física en Europa, de la mayor parte de la maquinaria, fábricas, etc., y una enorme cantidad de mano de obra disponible a precios baratos, la rentabilidad de las grandes empresas capitalistas se disparó en Europa en la medida que se iban recuperando. Y consiguieron crédito barato (incluso gratis) de los EE.UU. En los EE.UU. se había producido una devaluación del viejo capital, y el nuevo capital trajo una nueva tecnología que era muy rentable, y hubo una enorme expansión de la fuerza de trabajo. Lo mismo se aplica a Japón. En todo el mundo, el capitalismo tuvo un alto nivel de rentabilidad de la inversión.

Pero a mediados de los años 60 comenzó a caer la rentabilidad de forma considerable hasta la década de 1980. Este período se llama la crisis de rentabilidad. La teoría de las crisis en el capitalismo de Marx es que, si la rentabilidad es la fuerza impulsora del crecimiento, no puede aumentar continuamente. A medida que el capitalismo se expande y acumula capital, hay una tendencia de la rentabilidad a caer. Esta es una ley fundamental en la economía política que Marx percibió. Y en ese proceso de la tasa decreciente de ganancia, el capitalismo tiene problemas y las crisis se desarrollan con mayor frecuencia.

La edad de oro de los años 1950 y 1960 dio paso a las crisis. Yo era joven entonces y recuerdo que fue un período de grandes luchas del movimiento obrero en la medida en que la rentabilidad cayó y el capitalismo intentó estrujar a los trabajadores. Los trabajadores lucharon porque tenían una gran cantidad de conquistas que no querían perder y los sindicatos eran relativamente fuertes. Finalmente, los sindicatos fueron aplastados en las recesiones de principios de la década de 1980 y el movimiento obrero fue derrotado y sometido en muchas batallas. El capitalismo trató de aumentar la rentabilidad a través de recortes en el gasto público, privatizaciones, la explotación de la fuerza de trabajo, la eliminación de todas las protecciones de la fuerza de trabajo, la globalización, etc. Es el período neoliberal de los últimos 20 años del siglo XX.

Así que la “edad de oro”, fue un período especial, de rentabilidad muy alta debido a la guerra mundial, seguida de una gran disminución de la rentabilidad y, hasta el final del siglo XX, con grandes esfuerzos del capitalismo – con cierto éxito – para aumentar la tasa de ganancia de nuevo.

MK: ¿Lo que en realidad está diciendo es que la crisis de mediados de los años 60 valida la teoría de la tasa decreciente de ganancia de Marx y que el neoliberalismo movilizó algunas de las tendencias que la contrarrestan, que Marx también describe, con el fin de restaurar la tasa de ganancia?

MR: Esa es una buena manera de decirlo. La ley del beneficio de Marx sostiene que a medida que el capitalismo se expande, hay una tendencia de la tasa de ganancia a caer. Pero hay formas de contrarrestar eso, durante un tiempo. En la sociedad capitalista el valor sólo proviene de la explotación del trabajo, las personas que trabajan bajo control de los propietarios capitalistas para que puedan vender los productos en el mercado, y pueden obtener un beneficio. Estos utilizarán más maquinaria y plantas, y nuevas tecnologías, para mantener o reducir el coste de la mano de obra, pero al hacerlo, reducen la cantidad de ganancia por inversión. El beneficio, y el valor en general, según Marx, provienen sólo de las personas que trabajan, no viene de las máquinas. Las máquinas no producen ningún valor a menos que se las ponga a trabajar. Lo que requiere trabajo humano a menos que se tenga una sociedad únicamente de robots – pero eso es otra historia.

Hay una contradicción entre el aumento de la productividad del trabajo mediante una mayor inversión en tecnología y el mantenimiento de la rentabilidad mediante, trabajo más intenso, aumento de las horas de trabajo, introducción de nuevas tecnologías, expansión del comercio, desposeyendo los recursos de los países más pobres y otras formas de explotación. Estos factores actuaron con ímpetu durante los años 1980 y 1990, con el objetivo de revertir la baja tasa de ganancia a la que había llegado el capitalismo.

La rentabilidad se recuperó, pero nunca al nivel de la “edad de oro”. Desde finales de 1990 la ley marxista de la rentabilidad comenzó a funcionar de nuevo, y, a pesar de todos los intentos de los capitalistas, las principales economías empezaron a frenarse. Se crearon las condiciones para las nuevas crisis y depresiones del siglo XXI. Los capitalistas trataron de evitar la crisis con un enorme auge del crédito y la invención de nuevas formas de especulación en los mercados financieros, manteniendo los beneficios solo para un sector del capital. Pero la rentabilidad subyacente no se recuperó. Se puede especular en los mercados de valores, pero éstos no crean nada. Sólo tratan de pellizcar el dinero de los demás, por decirlo de alguna manera, y crear una mejora ficticia.

¿Qué ocurre hoy? Si observamos el crecimiento y la producción en las principales economías, es muy lento y, por tanto, las ganancias se estancan. Sin embargo, el mercado de valores, la bolsa, está en auge. Esta dicotomía entre el llamado por Marx “capital ficticio” y lo que realmente está pasando en la economía capitalista llegó en 2007 a un punto extremo.  La crisis se produjo por la brecha entre los precios del mercado de valores, los precios de la vivienda, la especulación en los mercados financieros y lo que, en realidad, ocurría con la rentabilidad del capital. Así se produjo la crisis.

Este es el proceso que trato de describir en mi libro. El libro intenta proporcionar algunos indicadores. Algunos economistas se centran en la financiarización: el aumento de ese sector en relación con los sectores productivos. Un argumento popular es que el sector financiero y los bancos deben ser regulados o restringidos. Pero eso no es suficiente, es un poco como tratar de controlar un tigre en una jaula con sólo una hoja de papel. No hay ninguna garantía de como los bancos se comportarán con la regulación. Recientemente, los reguladores financieros de Estados Unidos investigaron las actividades de HSBC, el gran banco del Reino Unido, que lavó dinero para los carteles mexicanos de la droga durante años. El Banco ganó miles de millones de libras con el lavado de dinero. A pesar de ser descubierto, las autoridades decidieron no intervenir ni imponer multas al HSBC, ya que, argumentaron, podría hacer caer al sistema bancario. Esto demuestra que la regulación de los bancos es totalmente inútil. No cambia nada; el sistema continuaría con las mismas prácticas.

La única manera de lidiar con esto es hacerse cargo de los bancos, convertirlos en propiedad pública a través del control de los trabajadores de la banca y de un amplio control democrático de la sociedad en su conjunto, para que los bancos se conviertan en un servicio público: proporcionando préstamos a la gente que lo necesita, a las pequeñas empresas para mejorar el potencial productivo de la economía. Los Bancos no podrán especular en los mercados financieros y participar de los escandalosos paraísos fiscales utilizados para el blanqueo masivo de dinero, tal como ha venido ocurriendo en las últimas décadas y continuará ocurriendo, incluso con la intervención de los reguladores.

Otro punto de esto es que la crisis financiera no es sólo una crisis bancaria. Una crisis financiera no está aislada de lo que está sucediendo en el sector productivo de la economía, de la producción, de la tecnología, de los mercados donde las cosas circulan, y con las que los bancos especulan. Los bancos no hacen dinero de la nada; el valor debe venir de otra parte. La crisis bancaria es realmente un síntoma de que los sectores productivos de la economía capitalista ya no son lo suficientemente rentables para apoyar este castillo de naipes. Los que argumentan que es sólo una crisis financiera y que la solución radica en el control del sector financiero ignoran la verdadera naturaleza de la crisis y, por lo tanto, no puede resolverla.

MK: ¿Se puede decir que el sector financiero contribuye a la inestabilidad del sistema?

MR: Es evidente, pues es más grande y más importante. A medida que la rentabilidad se redujo en los años 1960 y 1970 y se mantuvo relativamente baja en los sectores productivos en el periodo neoliberal, uno de los factores para contrarrestar esta tendencia fue trasladar la inversión al sector financiero, a los bancos y a otras instituciones, para obtener beneficios a costa de menores inversiones en el sector productivo.

La inversión productiva disminuyó en la mayoría de las economías en los años 1980 y 1990. Esto es una indicativo de la debilidad de la economía capitalista hacia el final del siglo XX y de la necesidad de desviarla a la financiación y a otros lugares. Así que sí, esto es una parte importante del proceso de la crisis. Pero, al mismo tiempo, es un síntoma de la incapacidad para aumentar la rentabilidad.

MK: ¿La gran recesión de 2007-2009 no fue prevista por los economistas?

MR: El libro tiene una sección que sería divertida si no fuera tan trágico. Los economistas profesionales, las instituciones económicas y otros ‘expertos’ no vieron venir la gran recesión que se aproximaba, sino todo lo contrario. Los bancos centrales y los gobiernos estaban convencidos de que todo iba bien, o como mucho que era un problema que podrían resolver fácilmente.

Cuando llegó la crisis, no fueron capaces de explicar por qué había estallado. Siguieron negando su gravedad y pensaron que terminaría rápidamente, lo que no fue así. No pudieron explicarlo. Hasta ahora no saben realmente qué hacer para que el sistema funcione de nuevo. Las instituciones, los bancos centrales y los gobiernos todavía están luchando para conseguir una recuperación por encima del débil nivel donde está, pero, como no entienden lo que pasó, no saben qué hacer al respecto.

Unas pocas personas advirtieron de los peligros que acechaban en la primera década del 2000. Fueron capaces de ver que la enorme burbuja inmobiliaria de los EE.UU. no podía sostenerse; otros percibieron el enorme aumento de los créditos a particulares con un sector financiero altamente comprometido. Así que uno o dos economistas radicales, fuera del consenso, reconocieron los peligros reales. Y uno o dos marxistas plantearon la idea de que, a pesar del enorme auge de los precios inmobiliarios y del crédito, la rentabilidad estaba empeorando y se produciría una crisis.

Uno de ellos fue Anwar Shaikh. Predijo una gran crisis y una depresión subsiguiente. Hice un pronóstico similar en 2005-6. Sostuve que había un conjunto de ciclos que se cruzaban: disminución de los beneficios, un pico del mercado de la vivienda, y un ciclo depresivo general que lleva el nombre del economista ruso Kondratieff. Todos esos ciclos se acumulan en una crisis depresiva. Esto me sugirió que podría haber una crisis bastante grave y pensé que se produciría entre 2009 y el 2010. Pero llegó antes. En fin, solo un puñado de personas vieron la crisis que se avecinaba: el 99 por ciento de los economistas no lo hizo.

MK: Comparando la posición de los EE.UU. de hoy a la de Gran Bretaña durante la crisis de la década de 1930 se observa que Estados Unidos se aferra a su hegemonía y al mismo tiempo sigue carcomido económicamente. ¿Cómo funcionará esto en el próximo período, por ejemplo, qué papel jugará China?

MR: Los EE.UU., la mayor economía del mundo, ha tenido una recuperación algo mayor a la de Europa o Japón, y que muchas de las economías emergentes como Brasil, Rusia, África del Sur. Estas economías están en recesión y no se han recuperado del todo. Los EE.UU. está un poco mejor, pero todavía su crecimiento es sólo del 2 por ciento al año, cuando solía ser de un 3,5 por ciento en promedio desde 1945, y, a veces aún más alto en la “edad de oro”.

Es una recuperación muy débil y parece estar diluyéndose. Mientras que la depresión continúa, los países competidores desafían la hegemonía económica de los EE.UU. La economía de Estados Unidos ha disminuido, relativamente, en los últimos 30 años. Ya no tiene la misma capacidad de producción manufacturera, en comparación con Alemania o Japón, y por supuesto con China, que ha sido la economía de mayor crecimiento en los últimos 20 años y que se ha convertido en una gran potencia económica.

Incluso en otros segmentos del espectro económico – servicios, tecnología – los EE.UU. también tiene rivales importantes. Sin embargo, los EE.UU. siguen estando a la cabeza, ya que cuentan con un sector financiero que controla el capital en todo el mundo. Eso le da, junto con Gran Bretaña – otro gran centro del capital financiero – el control económico, pese a su débil posición productiva, como consecuencia del control del crédito. Una respuesta socialista, en lugar de una respuesta keynesiana, supone que los gobiernos se hagan cargo de los principales sectores de la economía para que produzcan y resuelvan las necesidades sociales, no con fines de lucro.

También es, con mucho, la mayor potencia militar, más grande que todas las otras potencias militares juntas. Y esto le da una posición de fuerza. Usando la analogía con el Imperio Romano, éste también comenzó con una decadencia – en relación con sus rivales externos- pero mantuvo la hegemonía durante cientos de años, porque tenía las legiones romanas y enormes recursos financieros. Estados Unidos está en una posición similar, pero ahora sí tiene rivales.

El capitalismo se enfrenta a algunos retos clave en los próximos 20 años. El primero es el cambio climático y el calentamiento global, que es un problema grave y sobre el que el capitalismo no está haciendo nada al respecto. Esto realmente pone en peligro el futuro de la raza humana y del planeta, a menos que se haga algo.

También existen enormes desigualdades en la riqueza y el ingreso en el mundo, lo que crea enormes tensiones sociales. Durante los últimos 25 años, la desigualdad en el ingreso y la riqueza en todo el mundo han llegado a un nivel que no se había visto probablemente en 150 años.

Y también la desaceleración de la productividad: el fracaso del capitalismo a la hora de expandir las fuerzas productivas para proporcionar lo que la gente necesita. La tecnología no se ha expandido al nivel de lo que es posible, y el crecimiento de la productividad es muy débil.

Todos estos factores ponen en peligro el futuro del capitalismo para satisfacer las necesidades de las personas y la capacidad de los EE.UU. para mantener su posición hegemónica. Así que la rivalidad entre las grandes potencias capitalistas se incrementa y también entre los EE.UU. y China, porque China es una amenaza importante en el comercio y la producción, y, probablemente, lo será en las finanzas y la tecnología en un futuro. Estas son las contradicciones crecientes que existen en el capitalismo, que incluso ponen en peligro la existencia del planeta.

MK: Usted dedica un capítulo aparte a la zona euro. Esto es particularmente relevante dado el Brexit. En los últimos 15 años hemos visto una agudización de la contradicción entre el Norte y el Sur, en particular Alemania, por una parte, y Grecia, España e Irlanda por otra. ¿Cómo lo explica?

MR: El proyecto de la Unión Europea fue el proyecto de los principales estrategas del capitalismo europeo después de 1945. El proyecto de la Unión Europea fue el proyecto de los principales estrategas del capitalismo europeo después de 1945. No querían otra guerra, ni la división de Europa. Querían desarrollar la base capitalista dentro de Europa como una fuerza unida, capaz de rivalizar a escala mundial con los EE.UU. y Asia, especialmente con Japón en ese momento. Querían acabar con las guerras entre las naciones – que se habían convertido en guerras mundiales – y utilizar los recursos de mano de obra y el capital europeos desarrollando su propio capitalismo para competir con el resto del mundo. Ése era el plan.

Primero, se introdujo la unión aduanera, terminando con los aranceles entre las tres o cuatro mayores economías, incluidos los Países Bajos. Más tarde, se desarrolló el Mercado Común (CEE), por lo que el comercio se expandió a otras áreas, no sólo en los aranceles sino en una regulación común, con tarifas y condiciones especiales para el comercio dentro de Europa. Y, luego, se creó la propia Unión Europea, que implicó la creación de instituciones políticas para integrar Europa como una sola fuerza. Otro avance fue la introducción de una moneda única, para aquellos países de la UE capaces de unirse al euro. El acuerdo estableció que el poderoso marco alemán se integraría en una moneda, “el euro” con Francia, Italia y otras economías, incluyendo los Países Bajos. En su momento fue visto como un paso necesario para reforzar la integración de Europa como una fuerza en el mundo.

Pero es muy difícil desarrollar una moneda bajo el capitalismo, cuando el capitalismo desarrolla sus fuerzas productivas produciendo un desarrollo desigual. Así, una unión capitalista lo que realmente consigue es que el débil se transforme en más débil con respecto al más fuerte. Así es como funciona el capitalismo.

En realidad, las economías más débiles dentro de este bloque, especialmente en la zona euro, estaban en mejores condiciones relativas antes de la creación del euro. Sus economías retrocedieron mientras que el ganador principal del euro fue el núcleo central del sistema, Alemania en particular.

La gran recesión expuesto estas fisuras en la zona euro. El proyecto del euro era como un tren que descarriló por la crisis económica. Es muy difícil poner el tren en sus raíles de nuevo debido a que muchos de los países más débiles entraron en crisis y los países más fuertes no estaban preparados para rescatarlos.

El proyecto del euro sólo habría funcionado si hubiera habido una unión fiscal completa, una unión federal completa, al igual que en los EE.UU. Pero recuerde que EE.UU. logró esa unidad después de una terrible guerra civil que aplastó a la oposición en el Sur esclavista. La idea de una unión fiscal completa, en el que todo el mundo paga los mismos impuestos, donde hay un solo gobierno y una moneda en todos los ámbitos no es posible en Europa en este momento, sobre todo después de la gran recesión. De hecho, el riesgo es que el proyecto del euro y todo el proyecto de la Unión Europea se fragmente, sobre todo si hay otra crisis en el futuro.

El Brexit es un ejemplo de esa tensión. Los estrategas capitalistas británicos nunca se habían interesado de verdad en la idea de la integración europea. Todavía tenían la ilusión de que Gran Bretaña era lo suficientemente potente como para no necesitar a nadie, o podría ser un socio menor del capitalismo estadounidense y por lo tanto no necesitaba integrarse en Europa para progresar. La clase dominante británica se dividió entre aquellos que pensaban que Europa era la respuesta y los que creían que era mejor estar solos o con los EE.UU…

Esa división alcanzó un punto crítico con la Gran Recesión, cuando Europa sufría una gran crisis producto de la deuda del euro. Grecia, España e Italia han caído en una profunda depresión y el liderazgo franco-alemán no ha proporcionado ayuda a estos países como parte del proyecto de la UE. Así que, algunos capitalistas británicos dijeron: “Bueno, en realidad no es en Europa donde podemos obtener beneficios; estamos mejor por nuestra cuenta“. Esta división política llegó a su punto álgido con el referéndum. En muchos sentidos, será un completo desastre para el capitalismo británico, porque sus estrategas no saben cómo van a salir de Europa.

MK: En el libro sugiere que la depresión no es permanente. ¿Hay una salida para el capitalismo?

MR: Algunos marxistas dicen que estamos en un estancamiento permanente o la depresión. No estoy de acuerdo. En el pasado, el capitalismo ha demostrado que se puede encontrar una salida, si se puede restablecer las condiciones para una mayor tasa de ganancia, como lo hizo después de la Segunda Guerra Mundial y al final del siglo 19 la depresión.

Algunos marxistas dicen que estamos en un estancamiento o depresión permanente. No estoy de acuerdo. En el pasado, el capitalismo ha demostrado que puede encontrar una salida si logra restablecer las condiciones para una mayor tasa de ganancia, como lo hizo después de la Segunda Guerra Mundial y al final de la depresión del siglo XIX.

¿Cómo lo consigue? La única manera de hacerlo es recuperar la rentabilidad. Eso significa destruir el capital que ya no es productivo. Significa directamente cortar las plantas viejas en su jardín y permitir que otras nuevas crezcan. Por supuesto, esto será a expensas de los puestos de trabajo y los medios de vida de todo el mundo. Estamos hablando de seres humanos que pierden su empleo como consecuencia del cierre de fábricas y empresas, fusiones y venta de activos, flexibilización del empleo y reducción de la producción, todo ello en aras de una mayor rentabilidad. Una crisis, tal vez una serie de depresiones, puede hacer eso. Entonces vamos a seguir con la actual depresión. El sistema tiene que deshacerse de una gran cantidad de deuda, aplastar una gran cantidad de bancos, cerrar un montón de viejas industrias y empresas. Eso es horrible, pero eso es lo que hace el capitalismo para resucitar.

El capitalismo podría obtener una nueva oportunidad con el uso de todas las nuevas tecnologías de las cuales todo el mundo está hablando – los robots, la automatización, Internet y también explotando nuevas áreas del mundo que todavía tiene grandes cantidades de mano de obra barata que puede utilizar en conjunción con estas nuevas tecnologías.

Tal vez las condiciones políticas y económicas para una nueva oportunidad del capitalismo se produzcan, digamos, en la próxima década como resultado de nuevas depresiones, pero sólo si las personas que trabajan en los países que las sufran no son capaces de cambiar el sistema de alguna manera, y los capitalistas y sus estrategas y representantes políticos permanecen en el poder.

Pero incluso si eso sucede, el capitalismo no va a resolver sus problemas de forma indefinida. De hecho, cada vez es más y más difícil para el capitalismo recuperarse y expandirse, con el calentamiento global, la baja productividad, el aumento de la desigualdad, y con áreas cada vez más pequeñas en el mundo que no está proletarizado, urbanizado y que es parte del sistema capitalista global. Hoy hay menos espacio para que el capitalismo se expanda. Se acerca su fecha de caducidad en términos históricos. Pero podría tener otro período de expansión en los próximos 20 años, incluso antes.

Las elecciones británicas de crisis y las tareas de la clase obrera

por Chris Marsden//

Reino Unido fue a las urnas tras una campaña electoral sin igual. En el espacio de unas pocas semanas, una prevista victoria arrolladora por el Partido Conservador ha dado paso a especulaciones sobre una mayoría reducida, un Parlamento sin mayoría absoluta o incluso una victoria laborista.

Dos atentados terroristas brutales han dejado decenas de muertos y muchos más mutilados. Las calles son patrulladas por grandes contingentes de policías armados. El ejército fue desplegado a lugares estratégicos conforme a medidas secretas de emergencia.
La primera ministra Theresa May convocó anticipadamente los comicios porque la oligarquía financiera y el aparato militar y de inteligencia a quienes sirve decidieron que no podían esperar dos años más hasta las próximas elecciones programadas, en medio de grandes convulsiones políticas y sociales. Al parecer, apenas pudieron esperar dos meses.
May tenía la esperanza de poder utilizar la guerra interna en el Partido Laborista y la agresiva campaña mediática contra Jeremy Corbyn para garantizarse una dictadura parlamentaria de facto y poder intensificar su agenda de austeridad e intervenciones militares en Siria y otros lugares. En cambio, la campaña electoral ha visto una avalancha de muestras de odio hacia los tories y todo lo que representan por parte de los trabajadores y jóvenes, quienes han manifestado su apoyo a Corbyn y a sus promesas de poner fin a la austeridad.
El repulsivo intento de May de buscar capitalizar los atentados terroristas terminó perjudicándola. La abrumadora evidencia de que el servicio de inteligencia militar MI5 y la policía sabían sobre sobre el atacante de Manchester, Salman Abedi, y al menos dos de los tres asesinos de Londres comprueba que numerosos islamistas son activos protegidos para ser utilizados como fuerzas indirectas en las guerras libradas por Reino Unido y EE.UU. en Libia, Irak y Siria.
May apostó su propio futuro al prometer una salida “dura” de la UE pero, al hacerlo, alienó a amplios sectores corporativos y de la City de Londres. Las estimaciones de que, tras el brexit, caiga el comercio con la Unión Europea un 40 por ciento y la inversión extranjera un 20 por ciento, han provocado advertencias de un desastre financiero.
Su plan de depender en el gobierno de Trump para extraer concesiones de Alemania, Francia y otros en la UE ha tenido el efecto contrario. La respuesta de la canciller alemana, Angela Merkel, a las amenazas de Trump de poner a “EE.UU. ante todo” ha sido declarar que tanto EE.UU. como el Reino Unido pos- brexit no son de fiar como aliados. Ante el aumento en tensiones globales entre EE.UU. y Europa, la estrategia de toda la política exterior británica de atenerse al poder militar y económico de EE.UU. para avanzar su propia influencia ha colapsado.
Sin embargo, la brutal verdad es que un gobierno laborista encabezado por Corbyn tampoco representa una alternativa a las políticas de austeridad y de guerra de May.
Hay millones de trabajadores que quieren que los tories se vayan y están dispuestos a tolerar los constantes repliegues de Corbyn ante los partidarios del ex primer ministro Blair en su partido, con la esperanza de que al menos honre sus compromisos de defender el Servicio Nacional de Salud, aumentar el salario mínimo y construir nuevas viviendas. Pero los esfuerzos de su manifiesto para juntar reformas sociales mínimas con la agenda militarista del imperialismo británico es una combinación incompatible.
Reino Unido se está desestabilizando en el ámbito económico, político y social, mientras el capitalismo mundial entra en su peor crisis desde el final de la Segunda Guerra Mundial —una crisis que está reproduciendo todos los horrores del fascismo y la guerra asociados con la primera mitad del siglo XX. Cualquier intento para conservar la “competitividad global” del país bajo condiciones de guerra comercial y conflictos militares requiere profundizar la destrucción de puestos de trabajo, salarios y servicios esenciales.
Este proceso está cavando más el profundo abismo entre la clase obrera y los multimillonarios, llegando al punto de explosiones sociales. El choque de intereses entre la oligarquía y la clase obrera es tan agudo que no puede ser reconciliado a través de los llamados de Corbyn a “ser justos… para los muchos no los pocos”. Las políticas nacionalistas de los laboristas, de crear una forma de “patriotismo industrial” mediante la colaboración del gobierno “con las empresas y los sindicatos”, tienen como objetivo subordinar a los trabajadores al plan de guerra comercial de May, todo a costa de los empleos y niveles de vida de la clase obrera.
Han pasado casi dos años desde que Corbyn quedó electo como titular del Partido Laborista gracias a cientos de miles que ingresaron al partido con el fin de empujarlo hacia la izquierda. En cambio, Corbyn se ha trasladado cada vez más a la derecha.
Su oposición a expulsar a los parlamentarios laboristas de derecha que buscaron destituirlo, el permiso que dio a votar a favor de acciones militares en Siria y la renovación del sistema Trident de armas nucleares y luego la incorporación de estas concesiones en su manifiesto muestran cuál sería la función real de un gobierno laborista bajo su liderazgo.
La reacción de Corbyn a los atentados terroristas en Manchester y Londres se debe tomar como una clara advertencia.
Los conservadores buscaron utilizar los ataques para ganar las elecciones, intensificando su ofensiva para retratar a Corbyn como alguien indulgente hacia el terrorismo y una amenaza en sí para la seguridad nacional, basándose en sus declaraciones previas donde critica a la OTAN y se niega a asegurar categóricamente que autorizaría el uso de armas nucleares. Están preparándose para un giro brusco hacia la represión estatal después del 8 de junio.
La estrategia de cuatro puntos de May para “luchar contra el terrorismo” —incluyendo censura y vigilancia en Internet para eliminar “espacios seguros” para el “extremismo” en público— será utilizada para sofocar el descontento político, junto a la aplicación de medidas existentes para limitar aun más el derecho a la huelga. El núcleo autoritario de su programa fue caracterizado por la declaración: “Y si las leyes de los derechos humanos nos impiden hacerlo, vamos a cambiar las leyes para poderlo hacer”.
May también utilizó su discurso sobre los atentados de Londres para reafirmar su promesa de que intensificará la intervención militar en Irak y Siria.
Corbyn no dijo nada al respecto. En lugar de explicar que los atentados son consecuencias de las intervenciones criminales del imperialismo británico en Oriente Medio, optó por denunciar a May por recortar el número de policías, indicando que él está dispuesto a hacer “lo que sea necesario” en la lucha contra el terrorismo.
De esta manera, se posicionó como el candidato de la ley y el orden, no del cambio social. Su promesa a la élite gobernante de que no tienen nada que temer de un gobierno dirigido por él se refleja por el hecho de que su retórica de “izquierda” apenas sobrevivió una campaña electoral, ni hablar de cuando asuma su cargo.
Todos los grupos de pseudoizquierda británicos han intentado superar la profunda desconfianza de los trabajadores hacia el Partido Laborista explotando las ilusiones populares en Corbyn como individuo. El Partido Socialista de los Trabajadores (SWP; Socialist Workers Party) escribió, “No apoyamos a los que han intentado varias veces empujar al Partido Laborista hacia la derecha. Pero la única manera de mostrarle apoyo a Corbyn es votar por todos los candidatos laboristas”. El Partido Socialista, por su parte, evita toda mención de los laboristas y llama simplemente a formar “un gobierno liderado por Corbyn”.
Los acontecimientos han confirmado lo que el Partido Socialista por la Igualdad ha insistido: el Partido Laborista no puede ser cambiado mediante la instalación de un nuevo líder. Hoy día, el partido es el mismo que cuando lo encabezaban Tony Blair y Gordon Brown.
Sea cual fuere el resultado de las elecciones, la clase obrera británica, al igual que sus hermanos y hermanas en todo el mundo, se enfrenta a una lucha de vida o muerte en contra del descenso a la reacción social y política y el cada vez mayor peligro de guerra. La única manera de avanzar es mediante la adopción de una perspectiva nueva, socialista revolucionaria e internacionalista. La tarea de los trabajadores y jóvenes con una conciencia política más avanzada es unirse al Partido Socialista por la Igualdad y construirlo como la nueva dirección de la clase obrera.

(El autor milita en el PSI, sección británica del Comité Internacional de la Cuarta Internacional)

Lukács: más allá de Stalin

por György Lukács//

Narro —de manera subjetiva y autobiográfica— la historia de mi relación con Stalin y su forma de gobierno. En las disputas partidarias inmediatamente posteriores a la muerte de Lenin, me encontré del lado de Stalin en algunas cuestiones esenciales, aunque todavía no me hubiera presentado con esta posición en forma pública y polémica. El problema principal consistía en el “socialismo en un solo país”. Concretamente, cedió la ola revolucionaria que se había desatado en 1917. Por eso, consideré en este punto que la argumentación de Stalin era más convincente que la de sus oponentes. Sumado a esto que ya antes me había encontrado en dura oposición con la conducción de la Komintern (1) por parte de Zinoviev (2) —conducción cuya índole se me hizo más clara a través de la política húngara de Béla Kun (3)—. Aún hoy estoy convencido de que algunos factores de la burocratización reaccionaria, que todavía debemos superar, han logrado aquí su primera gestación. Son totalmente distintos los motivos —diversos en cada caso— de mi desconfianza, igualmente fuerte, hacia Trotski y Bujarin. No dudé en absoluto de la integridad personal de ambos, a diferencia de lo que ocurría con Zinoviev; antes bien rechacé, en Trotski, las características que recordaban a Lassalle (4); en Bujarin, su posición teórica proclive al positivismo.

Las primeras discusiones puramente ideológicas no lograron debilitar dichas convicciones. En el debate filosófico de los años 1930- 31, me resultaban igualmente simpáticos tanto el alejamiento, por parte de Stalin, de la “Ortodoxia de Plejanov”, como su insistencia   con respecto a lo revolucionariamente nuevo, cuya evolución se encontraba profundamente enlazada con el mismo Marx. Asimismo, me encontré, a comienzos de los años treinta, del lado de Stalin en la crítica al RAPP (5), en la lucha contra el sectarismo estrecho y en la exigencia de una base más amplia, en lo ideológico y en lo organizativo, para la literatura socialista. Naturalmente, hoy sé que todo había sido, en su mayor medida, solo un pretexto para eliminar la antigua conducción del RAPP, que era afín a Trotski; puesto que, bajo Fadeiev, la conducción de la por entonces recién fundada Liga de Escritores ha continuado consecuentemente, en lo esencial, la vieja línea ideológica y organizativa. Sin embargo, en aquel tiempo creía, junto con otras personas ideológicamente afines, en un verdadero cambio ideológico, admitido, al menos, por Stalin. Mi lucha por una concepción marxista del realismo, también por el realismo socialista, que fue combatida en la revista Literaturni Kritik [Crítica literaria], se oponía categórica   y objetivamente a las teorías oficiales dominantes entonces en la Unión Soviética, aunque yo combatía, simultáneamente, a cualquier corriente que se considerara hostil al realismo dentro de la literatura burguesa. A pesar de todo, incluso después de que dicha oposición ideológica se extendiera a la filosofía —por eso mi libro, escrito en 1937-38, El joven Hegel, no pudo ser publicado en la Unión Soviética, y se editó diez años después en Suiza—, no surgió ninguna rebelión ideológica abierta contra el sistema staliniano, considerado como un todo.

Ni siquiera los grandes procesos pudieron alterar hondamente esa posición. El observador actual puede designar esto como “ceguera”. Olvida, al hacerlo, algunos importantes factores que para mí eran decisivos, al menos en aquel tiempo. Estos sucesos coincidieron con el VII Congreso de la Komintern (6), en el que Dimitrov (7) proclamó un frente de unidad amplio y democrático contra el fascismo. Ya entonces hubo acalorados debates —aunque no públicos— sobre si este cambio debía ser entendido como estratégico o sólo como táctico. Yo partía, entretanto, de la base de que se trataba de un cambio real. De hecho, se expresaba con mucho entusiasmo, en todo aquello, la perspectiva de un ajuste de cuentas radical contra el fascismo, en cuanto amenaza para toda nuestra cultura. Como muchos en ese tiempo, consideré una sagrada obligación evitar toda declaración que, ideológicamente, pudiera haber fomentado en Occidente una tolerancia con respecto a Hitler. He considerado entonces los grandes procesos bajo esta luz: como un ajuste de cuentas revolucionario con oposiciones activas realmente existentes contra el socialismo vigente. El hecho de que los instrumentos de este ajuste hayan sido sumamente problemáticos en diversos aspectos, no pudo quebrantar entonces mi postura básica. Para establecer un paralelo histórico, les di la razón, junto con muchos otros, a los jacobinos, debido al exterminio de los girondinos, de los dantonistas, entre otros, a pesar de que me resultaba históricamente evidente que los medios aplicados eran criticables. Recién cuando la acción de Stalin se expandió a amplias masas con el lema “el Trotskismo debe ser extirpado, junto con todas sus raíces”, se fortaleció la crítica interna, intelectual y moral. Sin embargo, esta quedó condenada al silencio frente a la esfera pública, a causa de la necesaria prioridad de la lucha contra Hitler.

Tampoco la Segunda Guerra Mundial produjo en mí una resistencia intelectual abierta, concentrada específicamente en los métodos de Stalin. Naturalmente, rechazaba el contenido universalmente hegemónico en la propaganda antihitleriana, según la cual el alemán, denominado “Fritz”, ya era fascista en el bosque de Teutoburgo (8). Consideramos, ante todo, al escritor Ilya Ehrenburg (9) como padre intelectual de estas consignas; mientras que Stalin había declarado: “Los Hitler vienen y se van. Sin embargo, el pueblo alemán permanece”. Yo mismo vi en el hitlerismo una fase trágica, en cuanto a sus condiciones y consecuencias, en el desarrollo histórico del pueblo alemán; de esta fase trágica dependía que se produjera la catarsis. Mi crítica a la línea general de la propaganda bélica soviética de aquellos tiempos, no se dirigía, en consecuencia, específicamente contra los métodos específicos de Stalin.

Incluso después de la derrota de Hitler, en las luchas intelectuales por cuestiones políticas e ideológicas en la Hungría liberada de Horthy, la situación se mantuvo igual. He expuesto en otro lugar, en forma detallada, cómo me he retirado de la política en sentido estricto, a fin de trabajar exclusivamente en el campo ideológico, después del fracaso de las denominadas Tesis de Blum, de 1929-1930, en las que había propuesto una “Dictadura democrática de los trabajadores   y los campesinos” como forma necesaria de transición al socialismo, al menos para Hungría. En la situación posterior a 1945, el régimen Rákosi (10) consideró que mis declaraciones ideológicas eran útiles, en la competencia entre el Partido Comunista por un lado y, por otro, el Partido Socialdemócrata y el sector burgués, para conquistar como simpatizantes a una parte relativamente importante de la intelectualidad burguesa. Por ello, mi actividad fue tácitamente tolerada. En aquel tiempo aún no resultaba evidente que el socialismo pudiera triunfar en Hungría, y cómo habría de hacerlo; interpreté la situación como una posibilidad ideológica de trabajar para un futuro socialismo en formas democráticas. El hecho de que mi suposición era equivocada, quedó demostrado de inmediato después de la unificación de los dos partidos de los trabajadores: ahora, a Rákosi le pareció que había llegado el momento de ajustar cuentas radicalmente con mis aportes ideológicos. El resultado fue el ataque de Rudas (11) y la inmediatamente posterior campaña oficial en mi contra de los años 1949-1950.

Los fundamentos objetivos de mi actividad se revelaron ilusorios en sentido táctico. Independientemente de ello, su contenido quedó, sin embargo, dirigido hacia una realización del socialismo y fue, en consecuencia, objetiva y directamente antistalinista. También mis tomas de posición expuestas más arriba surgieron objetivamente. Cuando tomé entonces posición a favor de una democracia inmediata y puse en evidencia las contradicciones y debilidades de los países capitalistas formalmente democráticos, se reveló allí, aunque, por cierto, no en forma explícita, una lucha en dos frentes contra el americanismo y el stalinismo. Por supuesto, en el centro de mis artículos publicados en aquel tiempo se encontraban problemas ideológicos, principalmente agrupados en torno a la literatura. Yo intentaba esclarecer, desde un enfoque marxista, el problema de la libertad de la literatura y de la posición de esta, en cuanto representante de la ideología, frente a la conducción del partido; determinar la posición del escritor comprometido con el partido, etc. Sólo quiero señalar aquí la sentencia, desacreditada en aquel tiempo, según la cual el poeta del partido no debe ser ni un dirigente ni un soldado; es más bien un partisano que se encuentra profundamente vinculado con las tareas histórico-mundiales del partido, pero que, en todas las cuestiones concretas, debe conservar una libertad práctica, hasta el “derecho a     la desesperación”. Y en una conferencia no publicada aquí, si bien se declara al marxismo “Himalaya de la visión del mundo”, al mismo tiempo se señala admonitoriamente a los escritores que la liebrecita que corre dando saltos por el Himalaya no debería creerse un animal de mayor tamaño que el elefante de la llanura. También esta observación fue desacreditada.

Los ataques de los años 1949-1950, y mi “autocrítica” sumamente diplomática, me permitieron retirarme de la actividad pública y dedicarme exclusivamente a trabajos teóricos. Esto hizo posible que concluyera mis escritos más extensos sobre estética. A partir de esto   me resultó también evidente cuán ilusorios habían sido muchos de mis intentos anteriores —por importantes que hayan sido— de realizar una correcta crítica opositora, en campos ideológicos, sin someter a una crítica sustancial sus fundamentos últimos, es decir: las concepciones y métodos stalinistas. La variante húngara de los grandes procesos, especialmente el proceso de Rajk, me ha aclarado definitivamente este complejo de cuestiones.

Al hablar aquí tan abiertamente sobre mis ilusiones de largos años no pretendo de ninguna manera haber perdido alguna cosa por no haber tomado el camino de Koestler y otros. Siempre he rechazado el tipo de críticas que, junto con los métodos stalinistas, rechazan también el socialismo. Aún hoy, a pesar de los cambios evolutivos, continúo siendo un comunista tan convencido como cuando, en el año 1918, me uní al partido. La claridad en el rechazo de los métodos stalinistas, que paulatinamente he elaborado y expresado explícitamente en mis escritos de las últimas décadas, no aspira nunca a un alejamiento del socialismo; “sólo” es válida para muchas de sus perspectivas oficiales, “únicamente” destaca la necesidad de reformar el socialismo. En esto no es lo decisivo saber cuánto tiempo será necesario hasta que se reconozca el camino correcto y los conocimientos así logrados se hagan realidad. El hecho de que yo haya llegado tan lentamente a este punto de vista tiene sus causas en lo siguiente: aun poseyendo una visión clara de toda la problemática, continúo siendo hoy un ideólogo de las reformas libremente radicales, no de la oposición “de principio” abstracta y, en mi opinión, a menudo reaccionaria. No es objetivamente decisivo, para la cuestión central, saber cuántos años o décadas llevará esta reforma teórico-práctica, qué obstáculos deberá superar todavía; aunque la respuesta a tales interrogantes pueda tener amplias consecuencias en la historia universal. En el destino de la humanidad, hasta ahora no se realizado ningún cambio de repente, en línea recta, sin tener que superar obstáculos. ¿Cómo habría de ser posible esto tratándose del cambio más radical?

Con estas acotaciones, retomo la línea autobiográfica de estas consideraciones. En el XX Congreso del Partido Comunista, en el año 1956, se hizo mundialmente conocida la crisis de los métodos stalinistas. Los artículos de esa época aquí publicados demuestran que, desde el primer momento me encolumné junto a los radicales entre los reformadores críticos; no obstante, aquí solo puede documentarse, naturalmente, una parte reducida de mi actividad en este sentido. La tarea ideológica principal sigue siendo dar nueva vida al método marxiano de acuerdo con sus verdaderas intenciones, para llegar, con su ayuda, a un tratamiento realmente crítico del período que va desde la muerte de Marx hasta hoy, y para fundamentar correctamente las perspectivas válidas de nuestra actual acción, tanto en forma teórica como práctica. Como observará con facilidad el lector atento de este pequeño libro, esto es, objetivamente, la continuación directa de tendencias en mi pensamiento que se remontan décadas atrás. Creo poder decir con tranquilidad que fui, objetivamente, un enemigo de los métodos stalinistas, incluso cuando yo mismo creía seguir a Stalin.

Mi actividad esencial después de 1956 se relaciona con las tareas recién caracterizadas. Las obras mayores, una Ontologie des gesellschaf- tlichen Seins [Ontología del ser social] recién concluida y la proyectada Ética, deberían realizar contribuciones para la fundamentación teórica de una praxis comunista en el presente… y para el futuro. Sin poder entrar aquí en detalles, debo informar en forma autobiográfica   que no por azar he anunciado y anuncio la necesidad de una reforma radical del socialismo actual en un país socialista. Hubiera tenido repetidas veces la posibilidad de cambiar de residencia, pero siempre rechacé tal cambio de lugar. Lo mismo vale para el Partido: no fue por voluntad mía que haya tenido que trabajar fuera de él durante diez años, después de 1956; hoy, otra vez como miembro del Partido, me encuentro como siempre ocupado en tales cuestiones teórico-prácticas. La aclaración y el desarrollo de las concepciones que se expresan en los breves escritos ocasionales publicados aquí, no sólo reflejan mi progreso personal en estas cuestiones, sino también aspectos del movimiento de reforma en el socialismo, considerado en su totalidad: reflejan el —por supuesto, sumamente lento—   progreso ideológico.

Notas

  1. Kommunistische Internationale [Internacional Comunista].
  2. Gregori S. Zinoviev (1883-1936); desde 1901, socialdemócrata; desde 1903, bolchevique. Trabajó en colaboración con Lenin. Entre 1917 y 1927, se desempeñó en el departamento de política; entre 1916-1926, presidente del comité ejecutivo de la Komintern. Después de la Revolución de Octubre, presidente del Soviet de Leningrado. Durante la enfermedad de Lenin y después de la muerte de éste, condujo el partido, conjuntamente con Kamenev y Stalin. En 1925, se opuso a Stalin, y conformó, junto con Trotski, la “Oposición Unida de Izquierda”. En 1927 fue expulsado del Partido. En 1935, se lo condenó a diez años de prisión. En 1936, fue juzgado y condenado a muerte en el primer proceso de Moscú.
  3. Béla Kun (1886-1939): fundador del Partido Comunista Húngaro después de la Primera Guerra Mundial, condujo la revolución húngara, fue comisario del pueblo para asuntos de extranjeros durante la República de los Consejos. Después de la caída del gobierno revolucionario se refugió, en agosto de 1919, en Austria y, después, en la Unión Soviética. Durante las grandes purgas, fue condenado y, desde entonces, desapareció.
  4. Ferdinand Lassalle (1825-1864): filósofo, publicista y político socialista, fundador de la Liga General Alemana de Trabajadores. Lukács ha criticado las perspectivas filosóficas, políticas y estéticas de Lassalle contrastándolas con las de Marx y Engels, que estuvieron personalmente vinculados con él. Cf. los estudios “Die neue Ausgabe von Lassalles Briefen” [La nueva edición de las cartas de Lassalle] y “Die Sickingen-Debatte” [El debate sobre el Sickingen].
  5. RAPP: siglas de la Sociedad Rusa de Escritores
  6. Julio-agosto de 1935.
  7. Georgi Mijailovitch Dimitrov (1882-1949): político comunista búlgaro. Acusado, en 1933, de participar en el incendio del parlamento alemán, respondió a la acusación, por lo cual debió ser liberado en 1934. Entre 1935 y 1943, fue secretario general de la Komintern; desde 1946 hasta su muerte, fue primer ministro de
  8. En el año 9, el querusco Arminio derrotó al ejército romano de 20.000 hombres que conducía Varo, e impidió que la “pax romana” se impusiera sobre
  9. Ilya Grigorievich Ehrenburg (1891-1967): escritor ruso, autor de La caída de París (1941) y La tempestad (1947), como también de Deshielo (1954), una conocida y polémica novela sobre el período
  10. Mátyás Rákosi (1892-1971), político comunista. En 1919, comisario suplente en la República de los Consejos. En 1925 fue apresado y condenado por actividad ilegal. En 1940 fue liberado de la cárcel en la URSS. En 1945 regresó a Hungría como líder de los comunistas. En 1945-1956, secretario general del Partido Comunista Húngaro, y primer ministro. Fue destituido en 1956. Vivió, hasta su muerte en 1971, en la URSS.
  11. László Rudas (1885-1950), político y publicista húngaro. Cofundador del Partido Comunista Húngaro y, durante la República de los Consejos, jefe de redacción de la Revista Roja. Emigró a la URSS, donde desempeñó funciones educativas en la escuela partidaria de la Komintern y, durante la Segunda Guerra Mundial, en la Escuela Internacional Antifascista. En 1944 regresó a Hungría; se convirtió en director del Instituto Superior del Partido, en el seno del Comité Central; luego, dirigió el Instituto Superior de Ciencias Económicas.

2016: La Muerte del Centro Político y el Colapso del Reformismo

 

por Alan Woods

El año 2016 terminó con dos nuevos sucesos dramáticos y sangrientos: el asesinato del embajador ruso en Estambul y el brutal asesinato de personas en Berlín que estaban disfrutando tranquilamente de los preparativos para la Navidad. Estos acontecimientos estaban vinculados a la ciénaga sangrienta de Oriente Medio y más específicamente a Siria. Seguir leyendo 2016: La Muerte del Centro Político y el Colapso del Reformismo

Un Punto de Inicio en el Estudio de la Obra Teórica de Salvador Allende

El pasado 28 de octubre, estuvimos en el lanzamiento del libro del historiador Patricio Quiroga, “La dignidad de América. El retorno histórico a Salvador Allende”, un texto que por su profundidad teórica recomendamos en tanto tiene el mérito de abrir un debate político, socialista, que creemos indispensable en estas horas. Tuvimos la oportunidad de entrevistarlo:

 

EP: ¿Cuál es el significado que tiene la imagen de Allende para los revolucionarios en Chile, en el día de hoy?

PATRICIO QUIROGA: Bueno, yo creo que Allende es más que una imagen para los chilenos, es una imagen latinoamericana, es una imagen mundial por el intento de transformación en que se enfrascó en la década de los 70 tratando de cambiar la sociedad sin el recurso de la violencia en un momento en que todas las revoluciones en el mundo habías sido a través de la insurrección, la guerra popular y prolongada, la guerra de guerrillas e incluso en la Segunda Guerra Mundial. Entonces, lo que representa Allende en ese contexto es un proyecto de sociedad, un programa de gobierno y una estrategia y una línea que tú las desprendes de una gran cantidad de textos que el escribió. Allende es un referente político y en cierta medida, teórico. Seguir leyendo Un Punto de Inicio en el Estudio de la Obra Teórica de Salvador Allende