Archivo de la etiqueta: Rusia

Cuento de Nicolás Gogol: La Nariz

En marzo, el día 25, sucedió en San Petersburgo un hecho de lo más insólito. El barbero Iván Yákovlevich, domiciliado en la Avenida Voznesenski (su apellido no ha llegado hasta nosotros y ni siquiera figura en el rótulo de la barbería, donde sólo aparece un caballero con la cara enjabonada y el aviso de «También se hacen sangrías»), el barbero Iván Yákovlevich se despertó bastante temprano y notó que olía a pan caliente. Al incorporarse un poco en el lecho vio que su esposa, señora muy respetable y gran amante del café, estaba sacando del horno unos panecillos recién cocidos. Seguir leyendo Cuento de Nicolás Gogol: La Nariz

Fin de la hegemonía de EE.UU., nuevo equilibrio militar con Rusia y China

por Alfredo Jalife-Rahme //
Antes del trascendental e histórico discurso del zar Vlady Putin sobre el Estado de la Unión ante el Parlamento ruso, Global Firepower Report había clasificado que EU/Rusia/China eran las más poderosas fuerzas militares del planeta, lo cual no era nada creíble ya que a nivel de fuerzas convencionales, Rusia supera de lejos a EU y en el rubro de armas nucleares Rusia posee incluso un mayor número de ojivas atómicas (https://goo.gl/xGe1Lf). Seguir leyendo Fin de la hegemonía de EE.UU., nuevo equilibrio militar con Rusia y China

Emma Goldman: muerte y funeral de Piotr Kropotkin

Cuando llegué a Moscú en enero de 1921, me enteré de que Piotr Kropotkin estaba aquejado de neumonía. Inmediatamente, me ofrecí a cuidar de él, pero como ya le estaba asistiendo una enfermera y la dacha de Kropotkin era demasiado pequeña como para dar cobijo a visitas extraordinarias, decidimos que Sasha Kropotkin, quien por entonces se hallaba en Moscú, iría a Dmítrov para comprobar si mi presencia allí era realmente necesaria. Mi idea inicial era viajar a Petrogrado al día siguiente. Seguir leyendo Emma Goldman: muerte y funeral de Piotr Kropotkin

El Kremlin recibe el centenario de la Revolución de Octubre con temor y hostilidad

por Clara Weiss //

La oligarquía del Kremlin recibió el centenario de la Revolución de Octubre con una mezcla de temor y hostilidad, caracterizando falsamente los acontecimientos de 1917 y atacándolos desde una base nacionalista y de extrema derecha. Seguir leyendo El Kremlin recibe el centenario de la Revolución de Octubre con temor y hostilidad

La revolución en la era Putin

por Martín Baña y Pablo Stefanoni//

Una década después del derrumbe soviético, y coincidentemente con el inicio del siglo XXI, llegó al poder Vladímir Putin. Con él se inició un período de reconstrucción del Estado y del peso geopolítico de Rusia. En este proceso también se construyó un nuevo relato histórico en el que el acontecimiento revolucionario de 1917 entra de manera ambigua e incómoda en el proyecto conservador vigente desde 2000: reconstruir una Rusia grande[1].

Vladímir Putin, ex espía del KGB, había llegado a la cúspide del poder de la mano de Boris Yelstin y allí pudo sentir la crisis del país, sumido en la humillación tras haber caído de su lugar de superpotencia y sin perspectivas de futuro. Los setenta años de historia soviética parecían desecharse en el baúl de los trastos viejos de la historia. Es más, en “las aguas heladas del cálculo egoísta” de la nueva elite ultraliberal yeltsiniana –parafraseando al Manifiesto comunista– el período soviético quedaba reducido a una suerte de paréntesis, un desvío del camino que debía rectificarse recuperando la continuidad con la historia prerrevolucionaria.

Personajes como el banquero Boris Jordan vivieron el proceso como una venganza personal: “Lo que mi abuelo no pudo lograr en la época de la guerra civil con el Ejército Blanco contra los comunistas, lo hicimos nosotros expulsando al Estado de las relaciones de propiedad”. El regreso del capitalismo constituyó para muchos rusos una catástrofe material y también moral. Si en Europa del Este el comunismo era visto como algo impuesto desde afuera, para Rusia resulta inseparable de su propia historia e identidad. Además, como escribió Bruno Groppo, la liberación del orden opresivo en Rusia coincidió con la pérdida de la posición hegemónica del imperio soviético, y a la postre con su desintegración. Es decir, la caída del comunismo ponía en cuestión la propia historia e identidad de Rusia.

Fue en este contexto que Putin llegó a la primera magistratura. Nacido en Leningrado y criado en los años de oro de la Unión Soviética, su principal meta fue reponer el brillo ruso. La construcción de la imagen de Putin tiene como base numerosas fotos que lo muestran como un líder viril, y pese a su metro setenta de estatura, se proyecta como un líder fuerte, como “un grande”.

Una de las facetas del proyecto de Putin es reponer una historia “positiva” de Rusia, plasmada en los nuevos manuales escolares. Desde el Kremlin se propuso, con éxito, incorporar positivamente la historia soviética dejando de lado su costado más utópico como también sus derivas más sangrientas. En ese marco, la evaluación del desempeño de un líder como Stalin está lejos de la condena absoluta, ya que se lo recuerda como el jefe de la Gran Guerra Patria y no tanto como el responsable de políticas que causaron millones de muertes. Los juegos de sentido no están exentos de ambigüedades. En 2016 Putin declaró que muchos tiraron o quemaron el carné del Partido Comunista cuando la Unión Soviética dejó de existir, cosa que él no hizo. “Yo no quiero acusar a nadie […] pero todavía lo tengo.” Incluso fue más allá: “Si vemos el Código moral del constructor del comunismo, que tuvo una amplia circulación en la Unión Soviética, se parece mucho a la Biblia. Y no es una broma. Es una especie de extracto de la Biblia. Pero las ideas son muy buenas: igualdad, fraternidad, felicidad”. No obstante, aclaró que “la aplicación práctica de esas maravillosas ideas en nuestro país estuvo lejos de lo que exponían los socialistas utópicos. Nuestro país no se pareció a la Ciudad del Sol”.

La incomodidad hacia los acontecimientos revolucionarios de 1917 se refleja en los vaivenes del feriado del 7 de noviembre –día de la toma del poder por parte de los bolcheviques–. Durante la era soviética ese feriado era el más importante. Yelstin intentó quitarlo y, si bien no lo logró, lo vació de contenido. El feriado fue eliminado por el Parlamento en 2004, bajo el gobierno de Putin.

El día de la Gran Revolución Socialista de Octubre fue reemplazado por el Día de la Unidad Nacional, que se celebra el 4 de noviembre, es decir, muy cerca de la vieja efeméride. Este nuevo día feriado conmemora la expulsión de las fuerzas polacas de Moscú en 1612 y coincide con el día del Ícono de Kazán. La celebración más importante hoy es la victoria soviética contra los nazis en la Gran Guerra Patria.

Los rasgos democráticos y disruptivos de la Revolución no atraen las simpatías de un régimen autoritario como el de Putin, y el cosmopolitismo y antimilitarismo de un líder como Lenin chocan con el nuevo nacionalismo del Kremlin. A diferencia del relato soviético, que construyó una línea indeleble entre el pasado prerrevolucionario y el nuevo Estado socialista, el relato oficial vuelve a ensamblar la historia rusa a través de diferentes mojones en la construcción de la grandeza patria. Un panteón en el que Pedro el Grande puede convivir pacíficamente con Stalin en su rol de “autócratas modernizadores” y en el que el filósofo Iván Ilyin, un antibolchevique de ideas eslavófilas autoritarias, puede ser una inspiración para el presidente. No menos importante, la Iglesia ortodoxa –históricamente cohesionadora del “alma rusa”– fue potenciada, nuevamente, desde el Estado y a través de la reconstrucción de varios templos, como la imponente Catedral de Cristo Salvador en el centro de Moscú, dinamitada por orden de Stalin en 1931.

En palabras de Vladímir Iakunin, ex compañero de Putin en el KGB y escuchado por el presidente, “Rusia no está entre Europa y Asia. Europa y Asia están a la izquierda y a la derecha de Rusia. No somos un puente entre ellos, sino un espacio de civilización separado”. Otros teóricos nacionalistas son Aleksandr Duguin, partidario de un neoeuroasianismo, que reivindica a la Unión Soviética y a Stalin como artífices de la expansión rusa en una clave ultra- nacionalista, y el “patriota socialista” y defensor de la Gran Rusia Aleksandr Projánov.

Para estos ideólogos, la Unión Soviética fue una de las formas que tomó el Imperio ruso. Opositores iniciales a Putin, la situación cambió en los últimos años a partir de las políticas con tonalidades de guerra fría contra Occidente. El propio Partido Comunista –una oposición tolerada por Putin– devino una fuerza “nacional-comunista”: en su panteón, Stalin ocupa un lugar preferente. Aunque reivindiquen 1917, los líderes del partido buscan desvincularse de las turbulencias de esos años de caos y revolución y rememorar el período de avances y estabilidad, como el de Leonid Brézhnev.

Al firmar el decreto que recomienda a la Sociedad Histórica Rusa la formación de un comité organizador de la celebración y encarga al Ministerio de Cultura coordinar los actos, el premier ruso advirtió: “No podemos arrastrar hasta nuestros días las divisiones, los odios, las afrentas y la crueldad del pasado. Recordemos que somos un pueblo unido. Un solo pueblo. Y Rusia solo hay una”. En gran medida, la Revolución de 1917 es una tragedia a conjurar. Desde una visión nacional-conservadora, la prioridad para Putin es preservar “la actual concordia política y civil”.

En pocas palabras; a cien años, la Revolución Rusa resulta incómoda en el relato conservador de Vladímir Putin, más atento a reponer a Rusia como gran potencia que a combatir sus desigualdades sociales.

Desastre kurdo: la independencia que siempre no fue

por Alfredo Jalife-Rahme//
En mi artículo postsísmico sobre cómo Israel apoya la secesión del Kurdistán para desestabilizar a Irán y Turquía(https://goo.gl/Sb48Mu), adelanté que la alta vulnerabilidad del Kurdistán iraquí radica en que se encuentra totalmente rodeado de países que pueden ser desestabilizados, lo cual beneficia enormemente a Israel, pero a costa de un elevado precio del pueblo kurdo, que puede volver a ser sacrificado en el altar de la geopolítica regional, como sucedió con el tratado de Sèvres de 1920.

Pues fue justamente lo que sucedió casi 100 años más tarde cuando Massoud Barzani, líder de la región kurda en el norte de Irak y prócer de su fugaz independencia, fue abandonado por Donald Trump (sucesor de los negociadores occidentales del Tratado de Sèvres).

En una fulgurante operación del ejército iraquí –curiosamente entrenado tanto por el Pentágono como por los pasdarán iraníes (Guardias Revolucionarios Islámicos Chiítas)– fue tomada la región de Kirkuk y su capital, con pletóricos yacimientos de hidrocarburos, ante la sorprendente huida de los combatientes kurdos, los legendarios peshmergas (que se arrojan a la muerte), a lo que no hicieron honor, y cayeron después de 12 horas casi sin combatir.

La independencia del Kurdistán iraquí –no se diga su efecto dominó en Irán, Siria y Turquía, con relevantes minorías kurdas (https://goo.gl/Fh5HV2)– quedó hecha añicos. Sin el petróleo de Kirkuk no es viable el estado independiente kurdo en el norte de Irak (https://goo.gl/vudtvp).

Con la hostilidad de todos los estados regionales islámicos fronterizos –en particular los no árabes: la sunita Turquía y la chiíta Irán– y con la sola excepción del apoyo envenenado de Israel, Erbil (con 5 millones de habitantes), capital del Kurdistán iraquí, se aisló de la realidad geoeconómica/geopolítica. Quizá el peor error de Barzani fue su obsceno meretricio con el Estado sionista, Israel, expoliador de tierras, derechos, vidas y sueños palestinos.

La gran mayoría de los analistas se equivocó al sobrestimar la valentíade los peshmergas y al subestimar al ejército central iraquí, después de su previa derrota humillante ante los yihadistas en Mosul: ciudad plural del norte de Irak, con mayoría árabe e importante presencia de asirios cristianos que hablan el arameo (el idioma de Cristo) y de caldeos católicos.

Con la ignominiosa derrota de los peshmergas, Kirkuk es hoy compartida por tres diferentes grupos étnicos y religiosos: los árabes semitas, los turcomenos (de origen turco-mongol y que aquí en su mayoría son chiítas) y los cristianos asirios/arameos/caldeos semitas. El triunfo de los turcomenos chiítas, casi la mitad de la población de Kirkuk, resume la nueva alianza entre la Turquía sunita y el Irán chiíta contra la balcanización de los pueblos kurdos inducida por Israel.

Israel y Trump sufren dos derrotas humillantes con la pérdida de la plaza petrolera de Kirkuk, destinada esquemáticamente a los kurdos.

Debka Weekly (número 774), portal desinformativo del Mossad, se desvive explicando teorías conspirativasentre los mismos kurdos y la traición del grupo Talabani, tradicional enemigo de los Barzani (vinculados a la CIA y al Mossad).

La narrativa hilarante de Debka eleva a dimensiones sobrehumanas al legendario general Qassem Soleimani, jefe de la rama de élite expedicionaria Qods, dependiente de los pasdarán jomeinistas. Días antes, Trump había despotricado en forma grotesca contra los pasdarán y el mismo Soleimani, para complacer a su yerno, el israelí-estadunidense Jared Kushner, y a su supremo aliado, el premier Benjamin Netanyahu. Trump obtuvo días más tarde su respuesta en Kirkuk, con la entrada triunfal de su vilipendiado general Soleimani.

Los británicos entienden mejor la geopolítica que sus maniqueos/lineales alumnos de Estados Unidos. David Gardner colige perfectamente la hipercomplejidad no-lineal de las arenas movedizas del Medio Oriente y sostiene que la captura de Kirkuk y la derrota de Barzani, aliado de Israel, debe ser vista como parte de la competencia geopolítica entre Irán y Estados Unidos(https://goo.gl/MpvJCA).

Otro británico muy sagaz, Patrick Cockburn, apunta que los kurdos perdieron 40 por ciento del territorio que controlaron previamente, mientras la geografía política del norte de Irak será transformada, en detrimento de los kurdos. Sin campos petroleros bajo su control –reservas de 45 mil millones de barriles de petróleo y 150 millones de millones (trillones anglosajones) de metros cúbicos de gas, con una exportación de 600 mil barriles diarios (https://goo.gl/3hni88)–, los kurdos pierden su independencia económica.

El premier iraquí Haider al Abadi –chiíta árabe semita– consigue su segundo triunfo fenomenal este año: la captura de Mosul contra los yihadistas sunitas y la derrota de los peshmergas sunitas kurdos. Curioso: los dos grupos derrotados por el chiíta premier iraquí son sunitas, mientras se expande el proyectado Creciente Fértil chiíta del C4+1 (Irán, Irak, Siria, Hezbolá+Rusia; https://goo.gl/ZKN3CX).

Para el analista británico filorruso Alexander Mercouris, el plan C de Trump se frustró en Irak: “Estados Unidos fracasó en conseguir el cambio de régimen en Siria (plan A) y falló en catalizar la balcanizacion de Siria sobre líneas sectarias (plan B; https://goo.gl/M7EhyS), y ahora buscaba usar a los kurdos para desestabilizar tanto a Irak como a Siria” (https://goo.gl/ce4Wq8) con el fin de frenar la influencia creciente de Irán y de alienar a Turquía. Le salió el tiro por la culata a Trump, ya que lo único que consiguió es alinear a Irán, Turquía, Siria e Irak, mientras aisló a los kurdos.

Mercouris comenta que en los recientes dos años se ha demostrado que “los rusos son los maestros (sic) de la estrategia militar y tecnología en el Medio Oriente, y que los iraníes son los maestros (sic) indiscutibles de operaciones encubiertas, con su excepcional conocimiento de la región, mediante sus diversas agencias de espionaje y seguridad”.

En forma interesante, Mercouris aduce que la debacle del plan C exhibe el rápido declive del poder estadunidense en el Medio-Oriente: Trump –quien, a instigación de su aliado supremo Netanyahu, descertificó en forma unilateral e insensata el acuerdo nuclear del P5+1 con Irán (https://goo.gl/LCV7u6)– se está aislando, mientras Irán, el supuesto marginado, sancionado y vituperado, exhibe excelentes relaciones con Turquía, Siria, Irak y Pakistán, así como los países centroasiáticos. Le faltó agregar a Líbano.

El Pentágono mantiene 10 mil soldados en Irak y es aliado de Bagdad en el combate contra los yihadistas, quienes ahora se encuentran en franca retirada en Siria e Irak. ¿Para resucitar en el sudeste asiático?

¿Se inclinaron tanto el Pentágono como Rex Tillerson, secretario de Estado y ex mandamás de ExxonMobil, por los más pletóricos y lucrativos yacimientos petroleros del sur chiíta iraquí, en detrimento del menor yacimiento de Kirkuk, el cual hubiera sido otorgado a los kurdos sunitas no árabes por los intereses de Israel para su abasto? ¿Tuvo miedo Trump a un alza descomunal del petróleo, que hubiera beneficiado a Rusia, por lo que prefirió laisser-fairea Irán?

G20 de Hamburgo: fin del orden neoliberal global por el G3 (EE.UU/Rusia/China)

por Alfredo Jalife-Rahme//

Si se toman como parámetros de medición los conceptos de estabilidad estratégica, en materia nuclear (https://goo.gl/ePVvCw), y del triángulo estratégico de EU/Rusia/China (https://goo.gl/fdqwMA), la primera semana de julio de 2017 parece haber significado un punto de inflexión metahistórico que se encamina a un nuevo orden tripolar entre las dos grandes superpotencias nucleares (EU y Rusia) y la máxima superpotencia geoeconómica (China).
Lo relevante del primer encuentro exitoso del zar Vlady Putin y el presidente empresario Trump fue: 1) que haya ocurrido y haya durado cinco veces más de lo programado; 2) que haya detenido el deterioro estrepitoso de la relación bilateral de Estados Unidos (EU) y Rusia que legó la dupla Obama/Hillary, y 3) más allá de los supuestos avances de la agenda abordada, lo primordial radicó en los acuerdos secretos que catalizaron la química entre ambos mandatarios y su postura constructiva, en particular, el contencioso nuclear de Norcorea, en el que irrumpió con fuerza Rusia para intermediar entre Trump y el mandarín Xi.

El gran triunfador de la cumbre bilateral, y hasta del G20, fue el zar Putin, quien rompe su supuesto aislamiento por el mundo occidental.

Suena paradójico que Trump haya sido aislado por los 19 integrantes del G20 por el tema del cambio climático y del libre (sic) comercio, mientras Putin se haya brincado las sanciones occidentales de EU y Europa.

Nunca he escuchado algo más absurdo que el término propagandístico y ahistórico de Occidente que incorpora a Japón (país oriental) y a Israel (artefacto medioriental), mientras exorciza a Rusia: cuando San Petersburgo, capital occidental por antonomasia, fue fundada 73 años antes que la independencia de EU.

Si seguimos la dinámica de los vectores y los conceptos de los atractores físicos y del centro de gravedad, la primera semana de julio exhibió un G2 de Rusia y China (https://goo.gl/YFpXDR), que la cumbre entre Trump y Putin lo está jalando, por lo menos con la ausencia de belicosidad mutua, a un G3.

En un abordaje multidimensional de hipercomplejidad no-lineal, en la misma primera semana de julio, Trump llegó aislado a Hamburgo: tanto por la cumbre geoestratégica de Rusia y China, como por el imponente acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea (UE) y Japón (https://goo.gl/CJY3jz). Putin rescata así a Trump, quien al final de cuentas consigue un empate.

A juicio de Ray McGovern –oficial del ejército de EU y ex analista de la CIA durante 30 años–, el gran giro de las superpotencias ya se dio: es la “alianza de Rusia y China (https://goo.gl/pQ4wGN)”.

Después de que la atribulada canciller alemana Angela Merkel advirtió que Europa debe tomar su destino con sus propias manos, toda la fauna globalista trasatlántica ha entrado en pánico con la política proteccionista trumpiana de Primero EU, lo cual, a juicio del fanático neoliberal global Wolfgang Schäeuble, de 74 años y ministro de Finanzas, significa la destrucción del orden (sic) neoliberal global que otorgaría gran influencia a China y a Rusia.

En su metahistórica conferencia en la Academia Estadunidense (sic) en Berlín, Schaeuble, totalmente encapsulado en su disfuncional gueto mental, sentenció que “duda si EU verdaderamente cree que el orden mundial será igualmente sano (sic) si China o Rusia llenasen el vacío dejado por EU, y si a China y Rusia les fueron sencillamente (sic) otorgados una mano libre para dominar las esferas de influencia que han definido para sí mismos (https://goo.gl/7EYBTS)”.

En mi entrevista con Sputnik y Radio Uruguay aduje que “un G3 puede terminar con el orden mundial neoliberal (https://goo.gl/eA1gJn)”, cuando Merkel ha sido la gran perdedora –la tercera derrota mundial en más de 100 años, esta vez geoestratégica, de Alemania, máxima potencia geoeconómica de la UE–, mientras Peña era humillado por enésima vez por Trump (https://goo.gl/7jhVds).

Sin contar su estéril santa alianza con Obama, Merkel cometió varios errores que no habrían cometido sus lúcidos antecesores –Adenauer, Willy Brandt, Helmut Schmidt, Helmut Kohl y Gerhard Schröder, tanto del partido conservador como del Partido Socialdemócrata–, al pretender posicionarse como lideresa del orden neoliberal global a los dos lados del noratlántico y al chocar con las dos máximas superpotencias nucleares del planeta: con Trump, en materia geoeconómica, y con Putin, en geopolítica, desde la Cumbre del G20 en Brisbane (https://goo.gl/vzzYth).

La geopolítica, que tanto desprecia Merkel, la aniquiló.

Peor: independientemente de que un servidor apoye el acuerdo climático de París, Merkel hizo de ello un casus belli contra Trump, lo cual augura mayores atentados terroristas en una UE fracturada.

Como si lo anterior fuera poco, y en vísperas del G20, la UE pactó un colosal acuerdo de libre comercio con Japón que deja fuera al proteccionismo de Trump. Resultado: Trump se aleja de Alemania, mientras se acerca a Rusia.

La orfandad geoestratégica de Alemania y Japón, perdedoras de guerras mundiales y reconstruidas por EU, es que carecen de dientes nucleares y confunden la suprema geoestrategia con el vulgar mercantilismo neoliberal, no se diga con el plausible cambio climático –curiosamente apoyado por Rusia y China– que no es suficiente para operar el nuevo orden multipolar del siglo XXI.

En mero suelo polaco y en Hamburgo, Merkel sufrió dos afrentas de Trump: en Varsovia, antes de arribar a Alemania, el polémico presidente empresario arremetió contra la ocupación nazi en la icónica plaza Krasinski, mientras, con total desprecio al protocolo, en la cumbre del G20 cedió su lugar a su hija Ivanka, una frívola socialité sin conocimientos diplomáticos.

Una foto del portal Deutsche Welleexhibe con toda crudeza cómo Merkel se cubre el rostro con sus manos frente a la impetuosidad de Trump (https://goo.gl/8TyRpu).

En forma interesante –más que nada por haber sido reportado por el portal chino Global Times–, el viceministro de Finanzas ruso, Alexei V. Moiseev, reportó que Trump culpa a todos (sic) los otros 19 países por el déficit de EU. Mientras “los otros países peroran sobre el libre comercio, Trump exige trato justo para EU (https://goo.gl/DjNcLo).”

Me gustó el comentario al respecto del lector chino LHRTAT: “En un mundo de salarios injustos para diferentes categorías de trabajadores, injustas tasas de cambio de las divisas y el resultante precio desigual de los productos, ¿qué significa comercio ‘justo’?”

Según Bloomberg, Merkel practica un juego electorero muy arriesgado de cara a la elección del 24 de septiembre, al distraer a los alemanes de sus aflicciones domésticas al fustigar a EU (https://goo.gl/yygt7d)”.

A mi juicio, el formato economicista del G20, ahora trasmutado en ambientalista, quedó sepultado en Hamburgo y será gradualmente sustituido por el G3 de EU/Rusia/China.

En espera del resultado el segundo encuentro de Xi y el presidente empresario Trump, al margen de la Cumbre del G-20 en Hamburgo, no hay que subestimar el gran escollo de un sector del Deep State de EU para descarrilar el G3.

Fotografía:Protesta performática en Hamburgo de las “1000 figuras”.

Rusia: Las manifestaciones y el mito de la “mayoría putiniana”

por  Ilya Boudraïtskis//
El pasado 26 de marzo tuvieron lugar manifestaciones en casi todas las grandes ciudades de Rusia, y, en numerosas ocasiones, fueron severamente reprimidas por la policía.

Estas acciones han sido las más importantes que la oposición haya realizado desde 2011-2012 (tras los fraudes que ensuciaron las elecciones legislativas). Sin embargo, el proceso actual difiere mucho de los acontecimientos de hace cinco años, tanto en el terreno de las reivindicaciones políticas como en el de la composición de la gente participante. Esta vez, lo central no son ya las libertades democráticas o las elecciones libres, sino la cólera ante la corrupción en el seno del gobierno y las escandalosas desigualdades sociales. Ha sido la película producida por el grupo del populista liberal Alexei Navalny lo que ha estado en el origen de las manifestaciones. El vídeo, que trata sobre la inmensa fortuna ganada de forma deshonesta por el Primer Ministro Dmitri Medvedev, ha recogido no menos de trece millones de visitas en Youtube en algunos días, sin que las autoridades lo juzguen digno de ningún comentario. Navalny ha llamado a cualquier persona que desee oír explicaciones a salir a la calle.

Aumento del descontento

En la mayor parte de las ciudades, las autoridades se han negado a autorizar las concentraciones advirtiendo que estaban dispuestas a dispersarlas por la fuerza. En consecuencia, las acciones han acabado en brutales palizas y detenciones (por ejemplo, el 26 de marzo solo en Moscú fueron detenidas más de 1000 personas). El propio Navalny deberá pasar las dos próximas semanas en prisión con algunos de sus asociados.

El gran número de participantes, jóvenes a menudo en edad escolar, es la primera particularidad de los acontecimientos. Este dato ha sido objeto de especulaciones en los medios progubernamentales sobre una supuesta “rebelión de los jóvenes” y a una “implicación criminal de los muy jóvenes en la política”. Sin embargo, sería erróneo describir los acontecimientos como manifestaciones de jóvenes: de hecho, todas las generaciones estaban representadas. El segundo nuevo factor es la politización de las regiones del interior del país, antes consideradas como caldo de cultivo de las orientaciones conservadoras y progubernamentales. Miles de personas se han organizado para tomar la calle en ciudades en las que ninguna manifestación había tenido lugar anteriormente. Si en el pasado Moscú y San Petersburgo contrastaban por su actividad política con el resto del país, hoy la situación ha cambiado.

Las razones de la cólera

Estas manifestaciones contra la corrupción tienen lugar con el trasfondo de una crisis económica que se agrava, de un descontento creciente frente al deterioro del nivel de vida y de los recortes en los presupuestos sociales. La política antisocial realizada por las autoridades estos dos últimos años va acompañada de una retórica “victimista”: todo el mundo debe apretarse el cinturón por patriotismo, mientras la Rusia dirigida por Putin lucha por su grandeza internacional contra la hegemonía de Occidente. Toda crítica hacia el poder es percibida como producto de un complot extranjero cuyo objetivo sería desarrollar un “guión Maidan ukraniano/primavera árabe” en Rusia…

Esta propaganda que mezcla patriotismo y teoría el complot va acompañada de una política drástica de austeridad. La mayoría de la población constituye su principal víctima mientras que el delgado círculo de multimillonarios cercanos a Putin continúa enriqueciéndose, principalmente a través de los suministros públicos y de la asistencia a los bancos. Hace poco, la grandes compañías que se encuentran bajo el efecto de las sanciones occidentales han sido en parte exoneradas de impuestos.

La introducción de tasas de autopistas para los chóferes de los camiones pesados ha provocado también descontento. El dinero, pagado con el dinero de los propios chóferes, es transferido indirectamente al presupuesto vía un operador privado (cuyo propietario resulta ser el amigo de infancia de Putin, Arkadi Rotenbert). El 27 de marzo, el sindicato de los camioneros lanzó una huelga nacional que se prolonga hasta hoy. En todo el país, miles de vehículos bloquean la autopistas sin que se difunda ninguna información sobre ello en los informativos de los principales medios, todos controlados por el gobierno.

El mito se desmorona…

La intensificación de la cólera social y política se hace sentir a un año de las elecciones presidenciales que tendrán lugar en marzo de 2018. Según el plan del Kremlin, estas elecciones debían convertirse en un plebiscito para Putin, el gran líder nacional al que no existe ninguna alternativa.

El resto de los candidatos, en particular el grupo pre-designado de payasos políticos que han acabado por cansar a todo el mundo desde hace mucho -del tipo Vladimir Jirinovski-, no suscita ninguna confianza. Sin embargo, hoy es evidente que no será sencillo que se lleve a cabo el guión preparado por el Kremlin. Éste deberá o bien permitir presentarse a candidatos realmente de oposición (en primer lugar Navalny), o bien implicarse en una vía aún más dura. En cualquier caso, lo que las manifestaciones del 26 de marzo han demostrado es que el “consenso patriótico” que reuniría a la mayoría de la sociedad rusa alrededor de Putin y de su régimen es un mito que no tardará mucho a formar parte del pasado.

Hebdo L’Anticapitaliste – 378 (06/04/2017)

https://npa2009.org/actualite/international/russie-les-manifestations-et-le-mythe-de-la-majorite-poutinienne

– See more at: http://vientosur.info/spip.php?article12447#sthash.lQAVRKAJ.dpuf

Trotsky: El proletariado y los campesinos

// Capítulo III de la Historia de la Revolución Rusa//

El proletariado ruso había de dar sus primeros pasos bajo las condiciones políticas de un Estado despótico. Las huelgas ilegales, las organizaciones subterráneas, las proclamas clandestinas, las manifestaciones en las calles, los choques con la policía y las tropas del ejército: tal fue su escuela, fruto del cruce de las condiciones del capitalismo que se desarrollaban rápidamente y el absolutismo que iba evacuando poco a poco sus posiciones. El apelotonamiento de los obreros en fábricas gigantescas, el carácter concentrado del yugo del Estado y, finalmente, el ardor combativo de un proletariado joven y lozano, hicieron que las huelgas políticas, tan raras en Occidente, se convirtiesen allí en un método fundamental de lucha. Las cifras relativas a las huelgas planteadas en Rusia desde primeros de siglo actual son el índice más elocuente que acusa la historia política de aquel país. Y aun siendo nuestro propósito no recargar el texto de este libro con cifras, no podemos renunciar a reproducir las que se refieren a las huelgas políticas desatadas en el período que va de 1903 a 1917. Nuestros datos, reducidos a su más simple expresión, se contraen a las empresas sometidas a la inspección de fábricas. Dejamos a un lado los ferrocarriles, la industria minera, el artesano y las pequeñas empresas en general, y, mucho más naturalmente, la agricultura, por diversas razones en que no hay para qué entrar. Con esto no pierden el menor relieve los cambios que acusa la curva de huelgas durante ese período.

Huelgas políticas

Años Número de huelguistas
1903 87.000 (1)
1904 25.000 (1)
1905 1.843.000
1906 651.000
1907 540.000
1908 93.000
1909 8.000
1910 4.000
1911 8.000
1912 550.000
1913 502.000
1914 (primera mitad) 1.059.000
1915 156.000
1916 310.000
1917 (enero-febrero) 575.000
Nos hallamos ante la curva, única en su género, de la temperatura política de un país que albergue en sus entrañas una gran revolución. En un país rezagado y con un proletariado reducido -el censo de obreros de las empresas sometidas a la inspección fabril pasa de millón y medio de obreros en 1905, y unos dos millones en 1917- nos encontramos con un movimiento huelguístico que alcanza proporciones desconocidas hasta entonces en ningún otro país del mundo. Frente a la debilidad de la democracia pequeñoburguesa y a la atomización y ceguera política del movimiento campesino, la huelga obrera revolucionaria es el ariete que la nación, en el momento de su despertar, descarga contra las murallas del absolutismo. Nos bastaría fijarnos en la cifra de 1.843.000 huelguistas políticos de 1905 -claro está que los obreros que tomaron parte en más de una huelga figuran en esta estadística por diferentes conceptos- para poner el dedo a ciegas en el año de la revolución, aunque no tuviéramos más dato que éste sobre el calendario político de Rusia.

En 1904, primer año de la guerra ruso-japonesa, la inspección de fábricas no señalaba más que 25.000 huelguistas en todo el país. En 1905, el número de obreros que toman parte en las huelgas políticas y económicas en conjunto asciende a 2.863.000, ciento quince veces más que en el año anterior. Este salto sorprendente induce por sí mismo a pensar que el proletariado, a quien la marcha de los acontecimientos obligó a improvisar una actividad revolucionaria tan inaudita, tenía que sacar a toda costa de su seno una organización que respondiera a las proporciones de la lucha y a la grandiosidad de los fines perseguidos: esta organización fueron los soviets, creados por la primera revolución y que no tardaron en convertirse en órganos de la huelga general y de la lucha por el poder, tardaron en convertirse en órganos de la huelga general y de la lucha por el poder.

Derrotado en el alzamiento de diciembre de 1905, el proletariado pasa dos años -años que, si bien viven todavía el impulso revolucionario como la estadística de huelgas revela, son ya, a pesar de todo, años de reflujo- haciendo esfuerzos heroicos por mantener una parte, al menos, de las posiciones conquistadas. Los cuatro años que siguen (1908-1911) se reflejan en el espejo de la estadística e huelgas como años de contrarrevolución triunfante. Coincidiendo con ésta, la crisis industrial viene a desgastar todavía más el proletariado, exangüe ya de suyo. La hondura de la caída es proporcional a la altura que había alcanzado el movimiento ascensional. Las convulsiones de la nación tienen su reflejo en estas cifras.

El período de prosperidad industrial que se inicia en el año 1910 pone otra vez en pie a los obreros e imprime nuevo impulso a sus energías. Las cifras de 1913-1914 repiten casi los datos de 1905-1907, sólo que en un orden inverso: ahora, el movimiento no tiende a remitir, sino que va en ascenso. Comienza la nueva ofensiva revolucionaria sobre bases históricas más altas: esta vez, el número de obreros es mayor, y mayor también su experiencia. Los seis primeros meses de 1914 pueden equipararse casi, por el número de huelguistas políticos, al año de apogeo de la primera revolución. Pero se desencadena la guerra y trunca bruscamente este proceso. Los primeros meses de la guerra se caracterizan por la inactividad política de la clase obrera. Pero el estancamiento empieza ya a ceder en la primavera de 1915, y se abre un nuevo ciclo de huelgas políticas que, en febrero de 1917, produce la explosión del alzamiento de los obreros y los soldados.

Estos flujos y reflujos bruscos de la lucha de masas hacen que el proletariado ruso parezca cambiar de filosofía en el transcurso de unos cuantos años. Fábricas que dos o tres años antes se lanzaban unánimemente a la huelga con motivo de cualquier acto de arbitrariedad policíaca pierden de pronto su empuje revolucionario y dejan sin respuesta los crímenes más monstruosos del poder. Las grandes derrotas producen un abatimiento prolongado. Los militantes revolucionarios pierden autoridad sobre las masas. En la conciencia de éstas vuelven a aflorar los viejos prejuicios y las supersticiones aún no esfumadas. Al mismo tiempo, la penetración de los elementos grises procedentes del campo en las filas obreras hacen que se destiña -por decirlo así- el carácter de clase de ésta. Los escépticos menean irónicamente la cabeza. Tal fue lo que aconteció en los años 1907 a 1911. Pero los procesos moleculares se encargan de curar en las masas las lesiones síquicas. Un nuevo giro de los acontecimientos o un impulso económico subterráneo abre un nuevo ciclo político. Los elementos revolucionarios vuelven a encontrar quien les preste oídos, y la lucha se enciende de nuevo y con mayores bríos.

Para comprender las dos tendencias principales en que se escinde la clase obrera rusa, conviene no olvidar que el menchevismo cobra su forma definida durante los años de reacción y reflujo, apoyado principalmente en el reducido sector de obreros que habían roto con la revolución, mientras que el bolchevismo, sañudamente perseguido durante el período de la reacción, resurge enseguida sobre la espuma de la nueva oleada revolucionaria en los años que preceden inmediatamente a la guerra. «Los elementos, las organizaciones y los hombres que rodean a Lenin son los más enérgicos, los más audaces y los más capacitados para la lucha sin desmayo, la resistencia y la organización permanentes»; así juzgaba el Departamento de policía la labor de los bolcheviques durante los años que preceden a la guerra.

En julio de 1914, cuando los diplomáticos clavaban los últimos clavos en la cruz destinada a la crucifixión de Europa, Petrogrado hervía como una caldera revolucionaria. El presidente de la República francesa, Poincaré, depositó su corona sobre la tumba de Alejandro III en el mismo momento en que resonaban en las calles los últimos ecos de la lucha y los primeros gritos de las manifestaciones patrióticas.

¿Cabe pensar que, al no haberse declarado la guerra, el movimiento ofensivo de las masas que venía creciendo desde 1912 a 1914 hubiera determinado directamente el derrocamiento del zarismo? No podemos contestar de un modo categórico a esta pregunta. No hay duda que el proceso conducía inexorablemente a la revolución. Pero ¿por qué etapas hubiera tenido ésta que pasar? ¿No le estaría reservada una nueva derrota? ¿Qué tiempo hubieran necesitado los obreros para poner en pie a los campesinos y adueñarse del ejército? No puede decirse. En estas cosas, no cabe más que la hipótesis. Lo cierto es que la guerra marcó en un principio un paso atrás, para luego, en la fase siguiente, acelerar el proceso y asegurarle una victoria aplastante.

El movimiento revolucionario se paralizó al primer redoble de los tambores guerreros. Los elementos obreros más activos fueron movilizados. Los militantes revolucionarios fueron trasladados de las fábricas al frente. Toda declaración de huelga era severamente castigada. La prensa obrera fue suprimida; los sindicatos estrangulados. En las fábricas entraron cientos de miles de mujeres, de jóvenes, de campesinos. Políticamente, la guerra, unida a la bancarrota de la Internacional, desorientó extraordinariamente a las masas y permitió a la dirección de las fábricas, que había levantado cabeza, hablar patrióticamente en nombre de la industria, arrastrando consigo a una parte considerable de los obreros y obligando a los más audaces y decididos a adoptar una actitud expectante. La idea revolucionaria había ido a refugiarse en grupos pequeños y silenciosos. En las fábricas, nadie se atrevía a llamarse bolchevique, sí no quería verse al punto detenido e incluso apaleado por los obreros más retrógrados.

En el momento de estallar la guerra, la fracción bolchevique de la Duma, foja por las personas que la componían, no estuvo a la altura de las circunstancias. Se juntó a los diputados mencheviques para formular una declaración en la que se comprometía a «defender los bienes culturales del pueblo contra todo atentado, viniera de donde viniese». La Duma subrayó con aplausos aquella capitulación. No hubo entre todas las organizaciones y grupos del partido que actuaban en Rusia ni uno solo que abrazase la posición claramente derrotista que Lenin mantenía desde el extranjero. Sin embargo, entre los bolcheviques, el número de patriotas era insignificante: muy al contrario de lo que hicieron los narodniki y mencheviques, los bolcheviques empezaron ya en el año 1914 a agitar entre las masas de palabra y por escrito contra la guerra. Los diputados de la Duma se rehicieron pronto de su desconcierto y reanudaron la labor revolucionaria, de la cual se hallaba perfectamente informado el gobierno, gracias a su red extensísima de confidentes. Baste con decir que, de los siete miembros que componían el Comité petersburgués del partido en vísperas de la guerra, tres estaban al servicio de la policía. El zarismo gustaba, como se ve, e jugar al escondite con la evolución. En noviembre fueron detenidos los diputados bolcheviques y empezó la represión contra el partido por todo el país. En febrero de 1915, la fracción parlamentaria compareció ante los tribunales. Los diputados mantuvieron una actitud prudente. Kámenev, el inspirador teórico de la fracción, se desentendió, al igual que Petrovski, actual presidente del Comité Central Ejecutivo de Ucrania, de la posición derrotista de Lenin. Y el Departamento de policía pudo comprobar con satisfacción que la rigurosa sentencia dictada contra los diputados bolcheviques no provocaba el menor movimiento de protesta entre los obreros.

Parecía como si la guerra hubiera cambiado a la clase trabajadora. Hasta cierto punto, así era: en Petrogrado, la composición de la masa obrera se renovó casi en un 40 por 100. La continuidad revolucionaria se vio bruscamente interrumpida. Todo lo anterior a la guerra, incluyendo la fracción bolchevique de la Duma, pasó de golpe a segundo término y cayó casi en el olvido. Pero, bajo esta capa aparente y precaria de tranquilidad, patriotismo y hasta en parte de monarquismo, en el seno de las masas se incubaba una nueva explosión.

En agosto de 1915, los ministros zaristas se comunican unos a otros que los obreros «acechan por todas partes,, venteando traiciones y sabotajes en favor de los alemanes, y se entregan celosamente a la busca y captura de los culpables de nuestros fracasos en el frente». En efecto, durante este período, la crítica de las masas que empieza a resurgir se apoya, en parte sinceramente y en parte adoptando ese tinte protector, en la «defensa de la patria». Pero esta idea no era más que el punto de partida. El descontento obrero va echando raíces cada vez más profunda, sella los labios de los capataces, de los obreros reaccionarios y de los adulones de los patronos, y permite volver a levantar cabeza a los bolcheviques.

Las masas pasan de la crítica a la acción. Su indignación se traduce principalmente en los desórdenes producidos por la escasez de subsistencias, desórdenes que, en algunos sitios, toman la forma de verdaderos motines. Las mujeres, los viejos y los jóvenes se sienten más libres y más audaces en el mercado o en la plaza pública que los obreros movilizados en las fábricas. En mayo, el movimiento deriva, en Moscú, hacia el saqueo de casas de alemanes. Y aunque sus autores obren bajo el amparo de la policía y procedan de los bajos fondos de la ciudad, la sola habilidad del saqueo en una urbe industrial como Moscú atestigua que los obreros no están aún lo bastante despiertos para poder infiltrar sus consignas y su disciplina en la parte de la población urbana sacada de sus casillas. Al correrse por todo el país estos desórdenes, destruyen el hipnotismo de la guerra y preparan el terreno a las huelgas. La afluencia de mano de obra inepta a las fábricas y el afán de obtener grandes beneficios de guerra se traducen en todas partes en un empeoramiento de las condiciones de trabajo y resucitan los más burdos métodos de explotación. La carestía de la vida va reduciendo automáticamente los salarios. Las huelgas económicas se tornan en un reflejo inevitable de las masas, tanto más tumultuoso cuanto más se le ha querido contener. Las huelgas van acompañadas de mítines, de votación de acuerdos políticos, de encuentros con la policía y, no pocas veces, de tiroteos y de víctimas.

La lucha se corre, en primer término, por la región textil central. El 5 de junio, la policía dispara sobre los obreros tejedores de Kostroma: cuatro muertos y nueve heridos. El 10 de agosto, las tropas hacen fuego sobre los obreros de Ivanovo-Vosnesenk (2): dieciséis muertos, treinta heridos. En el movimiento de los obreros textiles aparecen complicados soldados del batallón destacado en aquella plaza. Como respuesta a los asesinos de Ivanovo-Vosnesenk, estallan huelgas de protesta en distintos puntos del país. Paralelamente a este movimiento, se va extendiendo la lucha económica. Los obreros de la industria textil marchan, en muchos sitios, en primera fila.

Comparado con la primera mitad de 1914, este movimiento representa, así en lo que se refiere a la intensidad del ataque como en lo que afecta a la claridad de las consignas, un gran paso atrás. No tiene nada de particular: es una huelga en la que toman parte principal las masas grises; además, en el sector obrero dirigente reina el desconcierto más completo. Sin embargo, ya en las primeras huelgas que estallan durante la guerra se pulsa la proximidad de los grandes combates. El 16 de agosto declara el ministro de Justicia, Ivostov: «Si actualmente no estallan acciones armadas es, sencillamente, porque los obreros no disponen de organización.» Pero todavía se expresaba más claramente Goremikin: «El único problema con que tropiezan los caudillos obreros es la falta de organización, pues la detención de los cinco diputados de la Duma se la ha destruido». Y el ministro del Interior añadía: «No es posible amnistiar a los diputados de la Duma (los bolcheviques), pues son el centro de la organización del movimiento obrero en sus manifestaciones más peligrosas.» Por lo menos, aquellos señores sabían muy bien dónde estaban sus verdaderos enemigos: en esto, no se equivocaban.

Al tiempo que el gobierno, aun en los momentos de mayor desconocimiento, en que se mostraba propicio a hacer concesiones a los liberales, creía imprescindible dirigir los tiros a la cabeza de la revolución obrera, es decir, a los bolcheviques, la gran burguesía pugnaba por llegar a una inteligencia con los mencheviques. Alarmados por las proporciones que iban tomando en las huelgas, los industriales liberales hicieron una tentativa para imponer una disciplina patriótica a los obreros, metiendo a los representantes elegidos por éstos en los comités industriales de guerra. El ministro del Interior se lamentaba de lo difícil que era luchar contra la iniciativa de Guchkov: «Todo esto se lleva a cabo bajo la bandera del patriotismo y en nombre de los intereses de la defensa nacional.» Conviene tener en cuenta, sin embargo, que la policía se guardaba muy mucho de detener a los socialpatriotas, en quienes veía unos aliados indirectos en la lucha contra las huelgas y los «excesos» revolucionarios. Todo el convencimiento de la policía de que, mientras durase la guerra, no estallarían insurrecciones, se basaba en la confianza excesiva que había puesto en la fuerza del socialismo patriótico.

En las elecciones celebradas para proveer los puestos del Comité industrial de guerra fueron minoría los partidarios de la defensa, acaudillados por Govosdiev, un enérgico obrero metalúrgico, con el que volveremos a encontrarnos más adelante de ministro del Trabajo en el gobierno revolucionario de coalición. Sin embargo, contaba no sólo con el apoyo de la burguesía liberal, sino también con el de la burocracia, para derrotar a los boicotistas, dirigidos por los bolcheviques, e imponer al proletariado de Petrogrado una representación en los organismos del patriotismo industrial. La posición de los mencheviques aparece expuesta con toda claridad en el discurso pronunciado poco después por uno de sus representantes ante los industriales del comité: «Debéis exigir que el gobierno burocrático que está en el poder se retire, cediéndoos el sitio a vosotros como representantes legítimos del régimen actual.» La reciente amistad política entre estos elementos, que había de dar sus frutos más sazonados después de la revolución, iba estrechándose no ya por días, sino por horas.

La guerra causó terribles estragos en las organizaciones clandestinas. Después del encarcelamiento de su fracción en la Duma, los bolcheviques viéronse privados de toda organización central. Los comités locales llevaban una existencia episódica y no siempre se mantenían en contacto con los distritos. Sólo actuaban grupos dispersos, elementos sueltos. Sin embargo, el auge de la campaña huelguística les infundía fuerza y ánimos en las fábricas, y poco a poco fue estableciéndose el contacto entre ellos y se anudaron las necesarias relaciones. Resurgió la actuación clandestina. El Departamento de policía había de escribir más tarde: «Los leninistas, a los que sigue en Rusia la gran mayoría de las organizaciones socialdemócratas, han lanzado desde el principio de la guerra, en los centros más importantes (tales como Petrogrado, Moscú, Jarkov, Kiev, Tula, Kostroma, provincia de Vladimir y Samara) una cantidad considerable de proclamas revolucionarias exigiendo el término de la guerra, el derrocamiento del régimen y la instauración de la República. Los frutos más palpables de esta labor son la organización de huelgas y desórdenes obreros.»

El 9 de enero, aniversario tradicionalmente conmemorado de la manifestación obrera ante el palacio de Invierno, que el año anterior había pasado casi inadvertido, hace estallar, en el año 1916, una huelga de extensas proporciones. En estos años, el movimiento de huelgas se duplica. No hay huelga importante en que no se produzcan choques con la policía. Los obreros hacen gala de su simpatía por los soldados, y la Ocrana apunta más de una vez este hecho inquietante.

La industria de guerra se desarrolla desmesuradamente, devorando todos los recursos a su alcance y minando sus propios fundamentos. Las ramas de la producción de paz languidecían y caminaban hacia su muerte. A pesar de todos los planes elaborados, no se consiguió reglamentar la economía. La burocracia era incapaz ya para tomar el asunto por su cuenta: chocaba con la resistencia de los poderosos comités industriales de guerra: no accedía, sin embargo, a entregar un papel regulador a la burguesía. No tardaron en perderse las minas de carbón y las fábricas de Polonia. Durante el primer año de guerra, Rusia perdió cerca de la quinta parte de sus fuerzas industriales. Un 50 por 100 de la producción total y cera del 75 por 100 de la textil hubieron de destinarse a cubrir las necesidades del ejército y de la guerra. Los transportes, agobiados de trabajo, no daban abasto a la necesidad de combustible y materias primas de las fábricas. La guerra, después de devorar toda la renta nacional líquida, amenazaba con disipar también el capital básico del país.

Los industriales mostrábanse cada vez menos propicios a hacer concesiones a los obreros, y el gobierno seguía contestando a las huelgas, fuesen las que fuesen, con duras represiones. Todo esto empujaba el pensamiento de los obreros y lo hacía remontarse de lo concreto a lo general, de las mejoras económicas a las reivindicaciones políticas: «tenemos que lazarnos a la huelga todos de una vez». Así resurge la idea de la huelga general. La estadística de huelgas acusa de modo insuperable el proceso de radicalización de las masas. En el año 1915, toman parte en las huelgas políticas dos veces y media menos obreros que las puramente económicas. Basta apuntar una sola cifra para poner de relieve el papel desempeñado por Petrogrado en este movimiento: durante los años de la guerra, corresponden a la capital el 72 por 100 de los huelguistas políticos.

En el fuego de la lucha se volatilizan muchas viejas supersticiones. La Ocrana comunica «con harto dolor» que, si se procediera como la ley ordena contra «todos los delitos de injurias insolentes y abiertas a su majestad el zar, el número de procesos seguidos por el artículo 103 alcanzaría cifras inauditas». Sin embargo, la conciencia de las masas no avanza en la misma medida que su propio movimiento. El agobio terrible de la guerra y del desmoronamiento económico del país acelera hasta tal punto el proceso de la lucha, que hasta el momento mismo de la revolución, una gran parte de las masas obreras no ha conseguido emanciparse, por falta material de tiempo, de ciertas ideas y de ciertos prejuicios que les imbuyeran el campo o las familias pequeño burguesas de la ciudad de donde proceden. Este hecho imprime su huella a los primeros meses de la Revolución de Febrero.

A fines de 1916, los precios empiezan a subir vertiginosamente a saltos. A la inflación y a la desorganización de los transportes viene a unirse la gran escasez de mercancías. El consumo de la población se reduce durante este período a más de la mitad. La curva del movimiento obrero sigue ascendiendo bruscamente. Con el mes de octubre, la lucha entra en su fase decisiva. Todas las manifestaciones de descontento se mancomunan: Petrogrado toma carrerilla para lanzarse al salto de Febrero. En todas las fábricas se celebran mítines. Temas: La cuestión de las subsistencias, la carestía de la vida, la guerra, el gobierno. Circulan hojas bolcheviques. Se plantean huelgas políticas. Se improvisan manifestaciones a la salida de las fábricas y talleres. Aquí y allá obsérvanse casos de fraternización de los obreros de las fábricas con los soldados. Estalla una tumultuosa huelga de protesta contra el Consejo de guerra formado a los marinos revolucionarios de la escuadra del Báltico. El embajador francés llama la atención del primer ministro, Sturmer, sobre el hecho de que unos soldados dispararan contra la policía. Sturmer tranquiliza a Paleologue con estas palabras: «La represión será implacable.» En noviembre envían al frente a un grupo numeroso de obreros movilizados en las fábricas de Petrogrado. El año acaba bajo un cielo de tormenta.

Comparando la situación actual con la de 1905, el director del Departamento de policía, Vasiliev, llega a esta conclusión, harto poco tranquilizadora: «Las corrientes de oposición han tomado proporciones excepcionales que no habían alcanzado, ni mucho menos, en aquel turbulento período a que aludimos.» Vasiliev no confía en la lealtad de la guarnición. Ni la misma policía le parece incondicionalmente adicta. La Ocrana denuncia la reaparición de la consigna de huelga general y el peligro de que vuelva a resurgir el terror. Los soldados y oficiales que retornan del frente dicen, refiriéndose a la situación: «¿A qué esperáis? Lo que hay que hacer es acabar de un bayonetazo con esa canalla. Si de nosotros dependiera, no nos pararíamos a pensarlo», y por ahí, adelante.

Schliapnikov miembro del Comité central de los bolcheviques, antiguo obrero metalúrgico, había del estado de nerviosismo en que se encontraban los obreros por aquellos días: «Bastaba con un simple silbido, con un ruido cualquiera, para que los obreros lo interpretasen como señal de parar la fábrica.» Este detalle es interesante como síntoma político y como rasgo sicológico: antes de echarse a la calle, la revolución vibra ya en los nervios.

Las provincias recorren las mismas etapas, sólo que más lentamente. El acentuado carácter de masa del movimiento y su espíritu combativo hacen que el centro de gravedad se desplace de los obreros textiles a los metalúrgicos, de las huelgas económicas a las políticas, de las provincias a Petrogrado. Los dos primeros eses de 1917 arrojan un total de 575.000 huelguistas políticos, la mayor parte de los cuales corresponden a la capital. Pese a la nueva represión descargada por la policía en vísperas del 9 de enero, el aniversario del domingo sangriento, se lanzaron a la huelga en la capital. 150.000 trabajadores. La atmósfera está cargada, los metalúrgicos van en la cabeza, los obreros tienen cada vez más arraigada la sensación de que ya no hay modo de volverse atrás. En cada fábrica se forma un núcleo activo que tiene casi siempre por eje a los bolcheviques. Durante las dos primeras semanas de febrero, las huelgas y los mítines se suceden sin interrupción. La policía, al aparecer el día 8 en la fábrica de Putilov, es recibida con una lluvia de pedazos de hierro y escoria. El 14, día de apertura de las sesiones de la Duma, se ponen en huelga en Petersburgo cerca de noventa mil obreros. También en Moscú paran algunas fábricas. El 16, las autoridades deciden implantar en Petrogrado los bonos de pan. Esta innovación aumentó el nerviosismo de la gente. El 19 se agolpa delante de las tiendas de comestibles una gran muchedumbre, formada principalmente por mujeres, pidiendo a gritos pan. Al día siguiente fueron saqueadas las panaderías en distintos puntos de la ciudad. Eran ya los albores de la insurrección que había de desencadenarse algunos días después.

La intrepidez revolucionaria del proletariado ruso no tenía su raíz exclusivamente en su seno. Ya su misma situación de minoría dentro del país indica que no hubiera podido dar a su movimiento tales proporciones, ni mucho menos ponerse al frente del Estado, si no hubiese encontrado un poderoso punto de apoyo en lo hondo del pueblo. Este punto de apoyo se lo daba la cuestión agraria.

Cuando en 1861 se procedió con gran retraso a emancipar a medias a los campesinos, el nivel de la agricultura rusa era casi el mismo que dos siglos antes. La conservación del viejo fondo de tierras comunales escamoteado a los campesinos en beneficio de la nobleza al implantarse la reforma, agudizaba automáticamente con los métodos arcaicos de cultivo imperantes la crisis de la superpoblación en los centros rurales, que era a la par del cultivo alterno de tres hojas. Los campesinos se sintieron cogidos en una celada, tanto más cuanto que esto no ocurría precisamente en el siglo XVI, sino en el siglo XIX, es decir, bajo un régimen muy avanzado de economía pecuniaria que exigía del viejo arado de madera lo que sólo podía dar de sí el tractor. También aquí volvemos a tropezar con la coincidencia de varias ases distintas del proceso histórico, que dan como resultado una exacerbación extraordinaria de las contradicciones reinantes.

Los eruditos, agrónomos y economistas sostenían que había tierra bastante con tal que se cultive de un modo racional, lo cual equivalía a proponer al campesino que se colocara de un salto en una fase más alta de técnica y de cultivo, pero sin tocar demasiado al terrateniente, al uriadnik (3) ni al zar. Sin embargo, no hay ningún régimen económico, y mucho menos el agrario, que se encuentre entre los más inertes, que se retire de la escena histórica antes de haberse agotado todas sus posibilidades. Antes de verse obligado a pasar a un cultivo más intensivo, el campesino tenía que someter a una última experiencia, para ver lo que daba de sí, su sistema de cultivo alterno en tres hojas. Esta experiencia sólo podía hacerse, evidentemente, a expensas de las tierras de los grandes propietarios. El campesino que se asfixiaba en su pequeña parcela de tierra y que vivía azotado por el doble látigo del mercado y del fisco no tenía más remedio que buscar el modo de deshacerse para siempre del terrateniente.

El total de tierra laborable enclavada dentro de los confines de la Rusia europea se calculaba, en vísperas de la primera revolución, en 280 millones de deciatinas. Las tierrascomunales de los pueblos ascendían a unos 140 millones, los dominios de la Corona a cinco millones, aproximadamente; los de la Iglesia sumaban, sobre poco más o menos, dos millones y medio de deciatinas. De las tierras de propiedad privada, unos 70 millones de deciatinas se distribuían entre 30.000 grandes hacendados, a los que correspondían más de 500 deciatinas por cabeza, es decir, la misma cantidad aproximadamente con que tenían que vivir unos 10 millones de familias campesinas. Esta estadística agraria constituía, ya de por sí, todo un programa de guerra campesina.

La primera revolución no había conseguido acabar con los grandes terratenientes. La masa campesina no se había levantado en bloque ni el movimiento desatado en el campo había coincidido con el de la ciudad; el ejército campesino había vacilado hasta que, por último, suministró las fuerzas necesarias para sofocar el alzamiento de los obreros. Apenas el regimiento de Semionov hubo sofocado la insurrección de Moscú, la monarquía se olvidó de poner la menor cortapisa a las propiedades de los grandes terratenientes ni a sus propios derechos autocráticos.

Sin embargo, la revolución vencida dejó profundas huellas en el campo. El gobierno abolió los antiguos cánones que venían pesando sobre las tierras en concepto de redención y abrió las puertas de Siberia a la colonización. Los terratenientes, alarmados, no sólo hicieron concesiones de monta en lo referente a los arriendos, sino que empezaron a vender una buena parte de sus latifundios. De estos frutos de la revolución se aprovecharon los campesinos más acomodados, los que estaban en condiciones de arrendar y comprar las tierras de los señores.

Fue, sin embargo, la ley de 9 de noviembre de 1906 la reforma más importante implantada por la contrarrevolución triunfante la que abrió más ancho cauce a la formación de una nueva clase de hacendados capitalistas en el seno de la masa campesina. Esta ley, que concedía incluso a pequeñas minorías dentro de los pueblos el derecho a desglosar, contra la voluntad de la mayoría, parcelas pertenecientes a los terrenos de comunas, fue como un obús capitalista disparado contra el régimen comunal. El presidente del Consejo de ministros, Stolipin, definía el carácter de la nueva política campesina emprendida por el gobierno como un «anticipo a los fuertes». Dicho más claramente se trataba de impulsar a los campesinos acomodados a apoderarse de las tierras comunales rescatando mediante compra las parcelas «libres» para convertir a estos nuevos hacendados capitalistas en otras tantas columnas del orden. Pero este objetivo era más fácil de plantear que de conseguir. Aquí, en esta tentativa para suplantar el problema campesino por el problema del kulak (4) fue precisamente donde se estrelló la contrarrevolución.

El 1 de enero de 1916 había dos millones y medio de labradores que tenían adquiridas e inscritas como de su propiedad 17 millones de deciatinas. Otros dos millones pedían que se les adjudicasen 14 millones de deciatinas en el mismo concepto. En apariencia, la reforma había alcanzado un triunfo colosal. Lo malo era que estas propiedades carecían en su mayoría de toda viabilidad y no eran más que materiales para una selección natural. En tanto que los terratenientes más atrasados y los labradores modestos vendían aprisa; unos, sus latifundios, y otros, sus parcelas de tierra, entraba en escena como comprador una nueva burguesía rural. La agricultura pasaba, indudablemente, a una fase de progreso capitalista. En cinco años (1908-1912), la exportación de productos agrícolas subió de 1.000 millones a 1.500 millones de rublos. Esto quería decir que las grandes masas de campesinos se proletarizaban y que los labradores acomodados lanzaban al mercado cantidades de trigo cada vez mayores.

Para suplir el régimen comunal obligatorio desplazado organizóse la cooperación voluntaria que, en el transcurso de pocos años, logró adentrarse bastante en las masas campesinas, y que no tardó en convertirse en un tema de idealismo liberal y democrático. Pero el hecho era que la cooperación no favorecía verdaderamente más que a los campesinos ricos, que era a los que, a fin de cuentas, querían servir. Los intelectuales populistas, al concentrar en la cooperación campesina sus principales esfuerzos, lo que hacían era encarrilar su amor al pueblo por los sólidos raíles de la burguesía. De este modo, se contribuyó muy eficazmente a preparar el bloque el partido «anticapitalista» de los socialrevolucionarios con el partido de los kadetes, capitalista por excelencia.

El liberalismo, guardando una actitud de oposición aparente frente a la política agraria de la reacción, no dejaba de contemplar, esperanzadamente, la destrucción capitalista del régimen comunal. «En los pueblos -escribía el príncipe liberal Trubetskoi- surge una pequeña burguesía potente, tan ajena por su formación y por su espíritu a los ideales de la nobleza como a las quimeras socialistas.»

Pero esta magnífica medalla tenía también su reverso. Del régimen comunal no sólo salió una «potente pequeña burguesía», sin que salieron también sus antípodas. El número de campesinos que habían tenido que vender sus parcela insuficientes llegaba, al comienzo de la guerra, a un millón, y este millón representaba, por lo menos, cinco millones de almas proletarizadas. También formaban un material explosivo bastante considerable los millones de labriegos pauperizados condenados a llevar la vida de hambre que les proporcionaban sus parcelas. Es decir, que se habían trasplantado al campo las mismas contradicciones que tan pronto torcieron en Rusia el desarrollo de la sociedad burguesa en su conjunto. La nueva burguesía agraria destinada a apuntalar las propiedades de los terratenientes más antiguos y poderosos demostró la misma enemiga irreconciliable contra las masas campesinas, que eran la médula del régimen agrario que los viejos terratenientes sentían contra la masa del pueblo. Lejos de brindar un punto de apoyo al orden, la propia burguesía campesina se hallaba necesitada de un orden firme para poder mantener las posiciones conquistadas. En estas condiciones, no tenía nada de sorprendente que la cuestión agraria siguiese siendo el caballo de batalla de todas las Dumas. Todo el mundo tenía la sensación de que la pelota estaba todavía en el tejado. El diputado campesino Petrichenko declaraba en cierta ocasión desde la tribuna de la duma: «Por mucho que discutáis, no seréis capaces de crear otro planeta. Por tanto, no tendréis más remedio que darnos éste.» Y no se crea que este campesino era un bolchevique o un socialrevolucionario; nada de eso, era un diputado monárquico y derechista.

El movimiento agrario remite, igual que el movimiento obrero de huelgas, a fines de 1907, para resurgir parcialmente a partir de 1908 e intensificarse en el transcurso de los años siguientes. Cierto es que ahora la lucha se entabla primordialmente alentada con su cuenta y razón por los reaccionarios en el seno de los propios organismos comunales. Al hacerse el reparto de las tierras comunales fueron frecuentes los choques armados entre los campesinos. Mas no por ello amaina la campaña contra los terratenientes. Los campesinos pegan fuego a las residencias señoriales, a las cosechas, a los pajares, apoderándose de paso de las parcelas desglosadas contra la voluntad de los labriegos del concejo.

En este estado se encontraban las cosas cuando la guerra sorprendió a los campesinos. El gobierno reclutó en las aldeas cerca de 10 millones de hombres y unos dos millones de caballos. Con esto, las haciendas débiles se debilitaron más todavía. Aumentó el número de los labriegos que no sembraban. A los dos años de guerra empezó la crisis del labriego modesto. La hostilidad de los campesinos contra la guerra iba en aumento de mes en mes. En octubre de 1916, las autoridades de la gendarmería de Petrogrado comunicaban que la población del campo no creía ya en el triunfo: según los informes de los agentes de seguros, maestros, comerciantes, etc., «todo el mundo espera con gran impaciencia que esta maldita guerra se acabe de una vez»… Es más: «por todas partes se oye discutir de cuestiones políticas, se votan acuerdos dirigidos contra los terratenientes y los comerciantes, se crean células de diferentes organizaciones… No existe todavía un organismo central unificador; pero hay que suponer que los campesinos acabarán por unirse por medio de las cooperativas, que se extienden por minutos a lo largo de toda Rusia». En estos informes hay cierta exageración; en ciertos respectos, los buenos gendarmes se adelantan a los acontecimientos, pero es evidente que los puntos fundamentales están bien reflejados.

Las clases poseedoras no podían hacerse ilusiones creyendo que los pueblos del campo dejarían de ajustarles las cuentas; pero esperaban salir del paso como fuera, y ahuyentaban las ideas sombrías. Por los días de la guerra, el embajador francés Paleologue, que quería saberlo todo, conversó sobre el particular con el ex ministro de Agricultura Krivoschein; con el presidente de la Duma, Rodzianko, con el gran industrial Putilov y con otros personajes notables. Y he aquí lo que descubrió: para llevar a la práctica una reforma agraria radical se necesitaría un ejército permanente de 300.000 agrimensores que trabajasen incansablemente durante quince años por lo menos: pero como en este plazo de tiempo el número de haciendas crecería a 30 millones, todos los cálculos previos que pudieran hacerse resultarían fallidos. Es decir, que, a juicio de los terratenientes, los altos funcionarios y los banqueros, la reforma agraria venía a ser algo así como la cuadratura del círculo. Excusado es decir que estos escrúpulos matemáticos no rezaban con el campesino, para el cual lo primero y principal era acabar con los señores, y después ya se vería lo que había que hacer.

Si, a pesar de esto, los pueblos se mantuvieron relativamente pacíficos durante la guerra, ello fue debido a que sus fuerzas activas se encontraban en el frente. En las trincheras, los soldados no se olvidaban de la tierra en los momentos que les dejaba libres el pensamiento de la muerte, y sus ideas acerca del porvenir se impregnaban del olor de la pólvora. Pero, así y todo y por muy adiestrados que estuviesen en el manejo de las armas, los campesinos no hubieran hecho nunca por su exclusivo esfuerzo la revolución agrario-democrática, es decir, su propia revolución. Necesitaban una dirección. Por primera vez en la historia del mundo, el campesino iba a encontrar su director y guía en el obrero. En esto es en lo que la revolución rusa se distingue fundamentalmente de cuantas la precedieron.

En Inglaterra, la servidumbre de la gleba desaparición de hecho a fines del siglo XIV; es decir, dos siglos antes de que apareciera y cuatro y medio antes de que fuera abolida en Rusia. La expropiación de las tierras de los campesinos llega, en Inglaterra, a través de la Reforma y de dos revoluciones, hasta el siglo XIX. El desarrollo capitalista, que no se veía forzado desde fuera, dispuso, por tanto, de tiempo suficiente para acabar con la clase campesina independiente mucho antes de que el proletariado naciera a la vida política.

En Francia, la lucha contra el absolutismo de la Corona y la aristocracia y los principios de la Iglesia obligó a la burguesía, representada por sus diferentes capas, a hacer, a finales del siglo XVIII, una revolución agraria radical. La clase campesina independiente salida de esta revolución fue durante mucho tiempo el sostén del orden burgués, y en 1871 ayudó a la burguesía a aplastar a la Comuna de París.

En Alemania, la burguesía reveló su incapacidad para resolver de un modo revolucionario la cuestión agraria, y en 1848 traicionó a los campesinos para pasarse a los terratenientes, del mismo modo que, más de tres siglos antes, Lutero, al estallar la guerra campesina, los había vendido a los príncipes. Por su parte, el proletariado alemán, a mediados del siglo XIX, era demasiado débil para tomar en sus manos la dirección de las masas campesinas. Gracias a esto, el desarrollo capitalista dispuso en Alemania, si no de tanto tiempo como en Inglaterra, del plazo necesario para sostener a su régimen, a la agricultura tal y como había salido de la revolución burguesa parcial.

La reforma campesina realizada en Rusia, en 1861, fue obra de la monarquía burocrática y aristocrática, acuciada por las necesidades de la sociedad burguesa, pero ante la impotencia política más completa de la burguesía. La emancipación campesina tuvo un carácter tal, que la forzada transformación capitalista del país convirtió inexorablemente el problema agrario en problema que sólo podía resolver la revolución. Los burgueses rusos soñaban con un desarrollo agrario de tipo francés, danés o norteamericano, del tipo que se quisiera, con tal de que, naturalmente, no fuera ruso. Sin embargo, no se les ocurría asimilarse la historia francesa o la estructura social norteamericana. En la hora decisiva, los intelectuales demócratas, olvidando su pasado revolucionario, se pusieron al lado de la burguesía liberal y de los terratenientes, volviendo la espalda a la aldea revolucionaria. En estas condiciones, no podía ponerse al frente de la revolución campesina más que la clase obrera.

La ley del desarrollo combinado, propia de los países atrasados -aludiendo, naturalmente, a una peculiar combinación de los elementos retrógrados con los factores más modernos- se nos presenta aquí en su forma más caracterizada, dándonos la clave para resolver el enigma más importante de la revolución rusa. Si la cuestión agraria, herencia de barbarie de la vieja historia rusa, hubiera sido o hubiera podido ser resuelta por la burguesía, el proletariado ruso no habría podido subir al poder, en modo alguno, en el año 1917. Para que naciera el Estado soviético, fue necesario que coincidiesen, se coordinasen y compenetrasen recíprocamente dos factores de naturaleza histórica completamente distinta: la guerra campesina, movimiento característico de los albores del desarrollo burgués, y el alzamiento proletario, el movimiento que señala el ocaso de la sociedad burguesa. Fruto de esta unión fue el año 1917.

1929-1932

https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1932/histrev/tomo1/cap_03.htm

Notas

1/ Los datos referentes a los años 1903 y 1904 abarcan todas las huelgas en general, aunque entre ellas predominen, indudablemente, las de carácter económico.

2/ El centro más importante de la producción textil al que, por esta razón, se ha llamado «Manchester ruso». [NDT.]

3/ Agente de la policía rural. [NDT.]

4/ Campesino rico. [NDT.]

 

Marx, Engels y el Romanticismo

 Por Michael Löwy

El tema sobre el cual me gustaría discutir con ustedes es el tema de la relación del pensamiento de Marx y Engels y del marxismo, de manera más amplia, con el romanticismo. Tengo que empezar explicando qué entiendo yo por romanticismo, porque si no, no queda claro por qué veo una relación muy importante, significativa, del pensamiento de Marx con el romanticismo.

Si uno abre un manual de historia de la literatura o del arte, se define como romanticismo a una escuela literaria de principios del siglo XIX en Francia, Alemania e Inglaterra. Esa me parece una visión muy estrecha. En realidad, el romanticismo es algo mucho más amplio, mucho más profundo, es una de las principales formas de la cultura moderna desde fines del siglo XVIII hasta hoy.

Para dar un ejemplo, si ustedes conocen las Obras completas de Lenin, saben que Lenin escribió un folleto que se llamó En contra del romanticismo económico. Entonces, aparentemente, existe no solamente un romanticismo literario, artístico, poético, sino también un romanticismo económico.

El romanticismo es, en realidad, un movimiento cultural que atraviesa todos los campos de la cultura humana –el arte, la literatura, la filosofía, la teología, la política, las ciencias sociales, la antropología, la economía–; está presente en todos esos terrenos. Y ese movimiento cultural empieza más o menos en la segunda mitad del siglo XVIII, y tiene su primer portavoz importante en el filósofo francés Jean Jacques Rousseau. Pero se va a desarrollar en el curso del siglo XIX. Y mi opinión, la tesis que yo tengo es que continúa desarrollándose también en el siglo XX, hasta hoy. Hasta hoy hay manifestaciones del romanticismo, aunque no se autodenominen necesariamente románticas.

Para esta afirmación yo me atengo a esa frase de Marx no muy conocida, aunque me parece muy significativa, en los Fundamentos de la crítica de economía política [Grundrisse], en donde dice: “La crítica romántica del capitalismo va a seguir acompañando al capitalismo como su sombra, hasta que llegue el día bendito en que se acabe con el capitalismo”. Así que hasta que no se acabe con el capitalismo, seguirá existiendo la crítica romántica al capitalismo; eso dice Marx.

¿En qué consiste entonces esa crítica? Esa es una manera de definir al romanticismo que tiene Marx. Para Marx el romanticismo no es solamente una escuela literaria, sino que es una protesta cultural en contra del capitalismo; o de una manera más amplia, en contra de la civilización industrial capitalista moderna. Ese es el corazón, digamos, el centro, la esencia del concepto, en el sentido hegeliano y marxista, del romanticismo: es una protesta cultural contra la civilización capitalista moderna, refiriéndose a valores sociales, culturales, políticos, religiosos, precapitalistas, o premodernos, o preindustriales. Entonces, en el romanticismo hay esos dos elementos: una crítica, una protesta, un rechazo muchas veces profundo, rotundo, radical, visceral, de la civilización capitalista moderna. Pero en nombre de valores de un pasado real o imaginario, un pasado precapitalista. Eso es la quintaesencia o el concepto de romanticismo. Para esa definición me apoyo sobre lo que dice Marx.

Y también en otros trabajos de sociología marxista, como los de György Lukács, y toda una serie de trabajos que toman esa definición, pero trato de resumir lo que me parece la esencia del romanticismo.

¿Cuál es la relación que tienen Marx y Engels con el romanticismo? La tendencia general del estudio sobre Marx y Engels es verlos a ambos como herederos de la filosofía de las Luces, del racionalismo, de la ideología del progreso. Eso es, un poco, lo contrario del romanticismo. Entonces, entre el romanticismo y la filosofía de las Luces hay una diferencia bastante nítida. Así se ve tradicionalmente al marxismo. Y muchas veces hasta el mismo Marx se refirió de manera muy positiva a la filosofía de las Luces, al materialismo, a la teoría científica y materialista de la filosofía de las Luces y al racionalismo moderno. Esa sería la vertiente esencial del marxismo. Y, sin dudas, lo es. Pero creo que esa manera de percibir las raíces filosóficas y teóricas del marxismo deja a un lado otro componente, otra dimensión, otro aspecto del pensamiento de Marx y de Engels, y después del marxismo, que me parece fundamental, que es el aspecto o la dimensión romántica. Que sí existe.

Y también muchas veces se dejan de lado las fuentes románticas del pensamiento de Marx y de Engels. Es decir, Marx y Engels se han inspirado no sólo en la filosofía del progreso, la filosofía de las Luces, el materialismo, la dialéctica hegeliana, etc., sino también en varios pensadores y escritores románticos. Ese es un primer aspecto que me gustaría subrayar: las fuentes románticas del pensamiento de Marx y de Engels. Luego voy a dar algunos ejemplos.

En el campo de la crítica de la economía política, tradicionalmente se ve la relación de Marx con los economistas clásicos: Adam Smith, David Ricardo, etc. Efectivamente, Marx se refiere a ellos en sus escritos, los critica, los discute, los utiliza, en parte adhiere a esa teoría clásica, y en parte es su principal crítico. Pero uno no percibe, inicialmente, que había otro tipo de economía política. Precisamente, la economía política romántica, que tenía su principal representante en un economista suizo que se llamaba Sismondi.

Marx empieza diciendo que Sismondi, que es el representante de ese socialismo pequeño burgués, fue el primer economista que hizo una verdadera crítica del capitalismo. Y Marx empieza a hacer una lista de las críticas que se hicieron del capitalismo, y vemos que son en buena parte las mismas que le hace Marx. Es decir, el capitalismo como pauperización de las clases populares, la enajenación del trabajador, el desempleo, las crisis económicas. Toda una serie de cosas que los economistas clásicos burgueses no hablan. No hablan de la crisis económica, de la enajenación del trabajador. Entonces, en esa sección de El Manifiesto Comunista hay un homenaje de Marx a Sismondi, un reconocimiento de una gran deuda intelectual y política a este economista. Toma la crítica pero no acepta las soluciones que propone. Sismondi propone volver atrás. Pero Marx no quiere volver atrás, quiere ir hacia el futuro. Pero sí utiliza la crítica que hace del capitalismo.

Y aquí vemos otro aspecto importante del romanticismo. Los románticos sólo son parte del rechazo del capitalismo por la nostalgia de un pasado real o imaginario. A partir de ahí se van a marcar dos corrientes dentro del romanticismo. Una que quiere volver al pasado, que es regresiva, pasadista, y en algunos casos reaccionaria. Y hay otra corriente del romanticismo, que considera que la vuelta al pasado es imposible, es una ilusión. No se trata, por lo tanto, de volver al pasado, sino de dar una vuelta por el pasado en dirección al futuro. Es decir, utilizar elementos que han quedado en el pasado pero para construir un futuro nuevo, utópico, revolucionario.

Entonces hay dos vertientes bastante distintas dentro del romanticismo. Una conservadora o tradicionalista. Otra utópica y revolucionaria. El aspecto romántico en Marx es parte de esa corriente del romanticismo utópico revolucionario. Pero en su reflexión Marx va a tomar aspectos y elementos de varios críticos románticos del capitalismo.

Tomaré sólo dos ejemplos que parecen dar interés a Marx y Engels. Uno es el escritor francés Honoré de Balzac, autor de La comedia humana. La comedia humana es un análisis de la civilización burguesa, un análisis crítico, y una crítica que es romántica –porque Balzac era un hombre que se identificaba con el pasado precapitalista–. Desde el punto de vista político era un conservador, quería volver a la monarquía. Pero eso le daba una distancia crítica hacia la civilización burguesa, y la veía por lo tanto en toda su desnudez.

Entonces, hay una frase de Engels sobre Balzac, que es muy interesante. Dice “yo aprendí más sobre lo que es la sociedad burguesa, el capitalismo, etc., leyendo las novelas de Balzac que con el conjunto de los historiadores, economistas e investigadores de estadísticas profesionales de su época”. Engels, el gran científico social, el gran crítico de la economía política, dice eso. Es muy interesante y bastante sorprendente esa afirmación. Generalmente la gente no se fija en eso, pero creo que es interesante. Es la obra de un escritor, un crítico romántico. Aunque fuera conservador y reaccionario, Balzac le dio instrumentos a Engels para entender, para criticar, para analizar la sociedad capitalista.

Y el otro ejemplo es una cita de Marx, que es muy semejante a la de Engels, cuando dice lo siguiente. Se refiere a un grupo de escritores ingleses del siglo XIX, sus contemporáneos, que son Charles Dickens y dos mujeres: Charlotte Brontë y Mrs. Gaskell. Marx se refiere a los tres, los define como “una espléndida cofradía de escritores de ficción ingleses, cuyas páginas elocuentes y vivas trajeron al mundo más alegatos sociales y políticos que todos los políticos, publicistas y moralistas profesionales juntos”. Es casi la misma cita. Es decir, Marx encontró en las novelas de esos autores un análisis y una crítica que son románticos, porque esos escritores son románticos, que han nutrido su conocimiento de cuáles son las contradicciones, las alienaciones y la parte deshumana de la civilización burguesa. De eso se trata en último análisis.

¿Cuáles son esos aspectos del romanticismo que encontramos en la teoría y el pensamiento histórico y social de Marx y de Engels? Yo voy a apuntar apenas algunos de los aspectos.

El primero es el interés muy grande de Marx y de Engels por ciertas formas de sociedad precapitalistas. No tanto la sociedad feudal sino las sociedades o comunidades primitivas. O como dicen ellos, el comunismo primitivo. Entonces, Marx y Engels van a utilizar los trabajos de una serie de antropólogos, muchos de ellos de inspiración romántica, que han estudiado las comunidades primitivas, o las formas comunitarias primitivas, y Marx y Engels se van a referir de manera muy frecuente a esos trabajos.

Para dar un ejemplo, una carta de Marx a Engels, de 1868, a propósito de un antropólogo e historiador alemán que se llama Georg L. von Maurer. Entonces, Marx dice que la primera crítica que se hizo de la sociedad moderna tenía una perspectiva romántica medieval. Pero ahora aparece un nuevo tipo de crítica de la sociedad burguesa, que corresponde a una orientación socialista. Y consiste en ir mucho más allá de la Edad Media, hacia la época primitiva de cada pueblo. Y uno queda muy sorprendido de encontrar que lo que es el más antiguo elemento. Sin embargo, es el más moderno, que es el principio de la igualdad social. Es decir, lo que encontramos en esas comunidades primitivas, rurales, precapitalistas, arcaicas son las ideas de la igualdad social, que para nosotros son muy modernas, porque precisamente son lo que queremos para la sociedad futura. Entonces, aquí vemos esa dialéctica entre el pasado y el futuro. La igualdad social que existía en el comunismo primitivo fue destruida por el aumento de la propiedad privada, del Estado, de la familia patriarcal, etc. Entonces, lo que fue por un lado el progreso, el desarrollo de los modos productivos, de la civilización y de la propiedad privada fue, también, desde el punto de vista social, una regresión. Se destruyó la igualdad, el espíritu comunitario, que existía en esas sociedades primitivas. Ese es el contenido de esta carta de Marx a Engels, de 1868.

Y más tarde Engels, en una carta a Marx, vuelve a esta problemática, también discutiendo los trabajos de Maurer. Y ahí dice lo siguiente: “Tenemos que superar el preconcepto de la filosofía de las Luces, del siglo XVIII, según el cual a partir de la Antigüedad, de la Edad Media, hubo un constante progreso para lo mejor. Esta visión nos impide ver el carácter contradictorio y antagonista del progreso real, y también los elementos de regresión social”. Yo creo que este pasaje de Engels es también muy interesante, porque tiene que ver con esta cuestión.

Primero, Engels rechaza la idea ingenua de un progreso lineal, que viene del comunismo primitivo, la esclavitud, el sistema feudal, el capitalismo, la sociedad industrial, el socialismo, todo como si fuera una línea de progreso constante. Entonces la rechaza como si fuera ingenua. Y en cambio habla del carácter contradictorio del progreso. El progreso en la historia siempre fue contradictorio. Es decir, del comunismo primitivo a la esclavitud hubo progreso, las fuerzas productivas se desarrollaron, la civilización griega y romana eran más avanzadas que el comunismo primitivo, pero es un progreso contradictorio, porque produjo una forma social inhumana, como era la esclavitud. Entonces, tenemos que ver el carácter contradictorio del progreso, y los elementos de regresión que están en el seno del llamado “progreso”. Es decir, necesitamos una visión dialéctica del progreso. El proceso histórico, los avances, por un lado son o pueden ser, al mismo tiempo, dialécticamente, regresiones.

Un libro en el que se desarrolla esa problemática romántica, filosofía romántica revolucionaria de la historia, es quizás el libro de Engels que se llama El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado. En ese libro, Engels se va a apoyar en el trabajo de dos grupos de antropólogos, de historiadores, como el mismo Maurer, pero también en otros como Lewis Henry Morgan –norteamericano– que ha estudiado las comunidades indígenas, las tribus indígenas norteamericanas, los cherokees en particular, en el curso del siglo XIX, antes de que fueran exterminadas por la civilización blanca norteamericana.

Entonces Engels se refiere mucho a esos trabajos, los utiliza, los interpreta a su manera. Y subraya las cualidades humanas, sociales, culturales que venían de esas comunidades indígenas, “atrasadas”, arcaicas, etc. Dice lo siguiente: “Qué constitución admirable tenía esa organización tribal. Sin soldados, sin guardias, sin policía, sin nobleza, sin reyes ni gobernantes, sin alcaldes, sin prisiones, sin procesos. Todo funciona de manera natural. Todos, en esa comunidad, son iguales y libres, incluyendo a las mujeres. Si comparamos la situación de esa comunidad, de ese comunismo primitivo, con la inmensa mayoría de lo civilizado de nuestros días –década de 1880, cuando escribe esto–, es enorme la distancia entre el proletario y el campesino de hoy y el antiguo miembro libre de esa comunidad”.

Todos los criterios que permiten a Engels hablar de una regresión social son entonces, la libertad, la igualdad, pero también una cierta degradación moral. Había una cierta ética comunitaria en esas comunidades que hacen a Engels hablar de una caída, una quiebra de las alturas de la inocencia y de la moralidad de esa vieja comunidad para la sociedad moderna, y una verdadera degradación ética.

Uno puede imaginar que ese planteamiento de Marx y de Engels es solamente histórico. Que cuando se refiere al comunismo primitivo constata que tenía una serie de cualidades humanas que se perdieron con el llamado progreso y la llamada civilización, simplemente por una cuestión histórica. Pero no es así. Para Marx y Engels es también una cuestión política, en la medida en que para ellos el comunismo moderno, la utopía socialista de una sociedad sin clases, debería reformular, retomar, vivir como una cierta forma de renacimiento –obviamente, bajo una forma nueva, moderna– de estas cualidades sociales, humanas, éticas, que existían en la sociedad primitiva. Entonces, para Marx y Engels aquí hay una relación entre el proyecto futuro, revolucionario, de la utopía comunista, y lo que se ha perdido en el desarrollo de la civilización y destruido en la comunidad.

Ahora lo más interesante de esa significación política concreta de la comunidad primitiva, y de esa concepción romántica de la historia en Marx y Engels, son los manuscritos de ellos sobre Rusia de fines del siglo XIX. En esa época, en Rusia se había desarrollado un movimiento muy importante, apoyado en los campesinos, el movimiento populista revolucionario, que planteaba la posibilidad o la esperanza de construir el socialismo en Rusia a partir de las tradiciones comunitarias, rurales, de los campesinos rusos. Era una revolución contra el zarismo que permitía la transición de Rusia al socialismo, sin pasar por todas las etapas del capitalismo que conoció Europa occidental.

Ese movimiento interesó mucho a Marx y a Engels. Los dos consideraron este punto de vista de los primeros revolucionarios rusos con bastante simpatía. Y una primera manifestación de eso es cuando Marx escribe una carta, en 1877, a un periódico revolucionario ruso donde dice lo siguiente: “El desarrollo futuro de Rusia no tiene necesariamente que pasar por todas las etapas que conoció Europa occidental. No hay un camino único en el proceso histórico. No hay ninguna razón para que Rusia tenga que pasar por todos los horrores de la revolución industrial, del desarrollo del capitalismo, de la explotación, de la destrucción del campesinado libre. El análisis que yo hice en El Capital del desarrollo del capitalismo, se refiere a Europa occidental, a Inglaterra, Francia, Alemania, no necesariamente se refiere a Rusia. Rusia puede, eventualmente, conocer otro camino y otro tipo de salida”. Esa es la primera afirmación de Marx, que es desde el punto de vista metodológico muy importante.

Pero más tarde escribe otros dos textos sobre Rusia que son muy interesantes. Uno es una respuesta a una simpatizante de Marx que vive en Rusia, llamada Vera Zasulich, después dirigente del partido socialdemócrata ruso, quien le preguntaba qué opinión tenía respecto de esa cuestión del desarrollo que puede tener Rusia, y el papel de la comunidad rural en ese contexto. Entonces Marx le contesta, y tenemos la carta, y los textos preparatorios, porque esa carta le dio mucho trabajo, hizo varios textos preparatorios, y tenemos todo ese material. Y la idea fundamental de Marx es la siguiente. Existe la posibilidad, tal vez, no es una seguridad, de que Rusia no deba atravesar todos los horrores del capitalismo que conocieron todos los pueblos de Europa occidental. Existe también la posibilidad de que Rusia pase casi directamente del sistema autoritario feudal, bárbaro, del zarismo, a una sociedad de tipo socialista; en la medida en que este proceso de transición al socialismo se pueda apoyar en las tradiciones comunitarias, rurales, que persisten a pesar de todo, del feudalismo, del capitalismo, entre los campesinos rusos. Tradiciones comunitarias antiguas, primitivas, atávicas, que vienen del pasado y que no han desaparecido. Y que pueden servir de punto de partida para un desarrollo en dirección al socialismo. Esa es un poco la idea, bastante heterodoxa, que desarrolla Marx en esas cartas.

Y poco después Marx vuelve a eso, que es en uno de sus escritos del año 1881, en un prefacio a la edición rusa de El Manifiesto Comunista. Y Marx y Engels, en ese prefacio dicen que existe la posibilidad de que la revolución en Europa no empiece en Alemania o Francia o Inglaterra como habían dicho muchas veces, sino en Rusia, porque es ahí donde la situación estaba más explosiva. Y en ese caso, la revolución de ellos se va a apoyar en esa tradición comunitaria, colectivista, de los campesinos rusos, para iniciar el proceso de transición al socialismo. Siempre y cuando esa revolución rusa sea acompañada por una revolución en el resto de Europa. Es decir, esa revolución sólo podría realmente triunfar si tuviera el apoyo de una revolución europea, de los otros países. Pero puede empezar en Rusia.

Esta discusión tiene consecuencias políticas para el marxismo. Y voy a dar un ejemplo que tiene que ver con la agresión del colonialismo. El siglo XIX es el siglo de la gran expansión comercial, y en particular es la época en que Inglaterra va a conquistar la India. Y al conquistar la India, va a implantar en India formas modernas de distribución capitalista, y de producción, va a desarrollar los ferrocarriles. Es decir, va a haber progreso capitalista para India. Pero a hierro y fuego.

La guerra imperialista

Entonces Marx, en los primeros tiempos, en los primeros textos sobre el colonialismo inglés en India, de 1853, tiene una visión del colonialismo que nos parece muy rara. Dice que “el colonialismo es mortal, es monstruoso, es infame, es asesino; pero trae progreso económico, trae formas modernas de producción, trae los ferrocarriles y eso es positivo”. Entonces en el último análisis el colonialismo juega un papel objetivamente progresista, y que conviene, porque trae la producción moderna para la India. Ese es el primer enfoque.

El segundo enfoque, años más tarde, corresponde a los ‘80. Marx va a tener un enfoque muy distinto, en el cual él ve las consecuencias del colonialismo fundamentalmente por su lado negativo. Entonces escribe lo siguiente en una carta del año 1881 [los borradores –inéditos– de la carta a Vera Zasulich. N.K.]:“Hablando de la India oriental, nadie puede ignorar, excepto siendo Henry Maine” –que era un aristócrata inglés reaccionario colonialista–, “y otras personas de la misma clase, que en la India la supresión por el colonialismo inglés de la unidad colectiva común de las tierras” –que era el sistema de producción tradicional de la India–, “no sólo fue un acto de vandalismo inglés, sino que empujó al pueblo de India no para adelante sino hacia atrás”. 

Entonces ahí no hay progreso objetivo de las fuerzas productivas. En lo esencial, lo que resultó del colonialismo fue una regresión social de la gente, del pueblo campesino, que vivía en sus comunidades, y que aun siendo pobres tenían una mínima garantía de subsistencia en sus comunidades. Son expulsados de sus comunidades, sus comunidades son destruidas, la propiedad comunal rural es sólo estatuida, y a partir de ahí se producen los fenómenos de grandes hambres colectivas que mueven a millones y millones de campesinos. Eso es lo que quiere decir Marx cuando dice que la colonización y la política económica de la colonización no empujó al pueblo de India para adelante sino para atrás.

Ahora ese enfoque yo diría hoy que es “romántico”, en el sentido de que rechaza la idea de un progreso lineal, y percibe todo lo que el comercio capitalista y el desarrollo productivo de la civilización produjo de regresión social. Y compara este hito de pauperización de la población campesina indígena con el estatuto que tenía en el pasado precapitalista que, por lo menos, les garantizaba su subsistencia. Obviamente, la perspectiva histórica de Marx no es volver a las formas tradicionales, rurales, precapitalistas. Obviamente no se trata de eso, no se trata de una restauración del pasado, sino de una perspectiva socialista para el futuro; pero partiendo de esa experiencia del pasado, de existencia comunitaria rural.

Ese es un aspecto del romanticismo del marxismo.

El otro aspecto que a mí me parece también muy importante, es el tipo de crítica que hacen Marx y Engels al capitalismo. Obviamente, esa crítica es la madre de toda una crítica de la explotación. En El Capital el tema principal es el de la explotación del trabajador por el capitalista. Pero la crítica de Marx es más amplia, no es únicamente el tema de la explotación. La crítica de Marx al capitalismo, a la infamia del capitalismo, no tiene únicamente la explotación como objeto sino también otros aspectos. Y es en esos otros aspectos en los que entran temas típicamente románticos.

Uno de esos temas, que aparece en toda la historia del romanticismo, es la crítica a la rentabilización, a la monetarización y a la cuantificación de todas las relaciones humanas y de todas las cualidades sociales por el capitalismo.

Es decir, el capitalismo destruye, diluye, disuelve todos los valores cualitativos –el amor, la amistad, la solidaridad, el honor, la fe–; todo eso es disuelto como en un ácido por el capitalismo, que lo sustituye por un único criterio, que es el cuantitativo. Ya no hay bueno ni malo, ni bello ni feo, sino que hay el que es 10.000, 1.000.000, 10.000.000 de libras, pesos, dólares, o lo que sea. Ese es un tema fundamental de crítica romántica al capitalismo, que Marx y Engels retoman en sus escritos, y que aparece de manera central en un escrito de Marx que todos ustedes conocen, que se llama Manuscritos económico-filosóficos de 1844.

Ahí Marx y Engels dicen que en la sociedad del pasado existía la posibilidad de un intercambio de honor por honor, amistad por amistad, amor por amor. En el capitalismo la tendencia cada vez más dominante es la de cambiar honor por dinero, amistad por dinero, amor por dinero. Entonces él dice eso del proceso de prostitución general de la sociedad. No sólo en la relación del amor, sino en todos los actos de los individuos que tienen por único objetivo la ficción del tener, del acumular capitales de dinero, de mercancía; y los valores cualitativos, las cualidades humanas, sociales, culturales, afectivas, eróticas, todo eso tiende a ser disuelto en el proceso de cantidad de mercancía, o del dinero. Hay muchos aspectos, no voy a citar todos, son bien conocidos por ustedes.

El otro tema parecido que aparece es la oposición que hace Marx, y ya en El Capital, entre el valor de cambio y el valor de uso. Y es un poco lo mismo, reformular el tema de la economía. ¿Qué es el valor de uso? Es el valor cualitativo que tiene una cosa, los objetos: un libro para leer, un caballo para transportarse, una silla para sentarse. Entonces los productos tienen un valor de uso. Y dicen Marx y Engels, sobre todo en El Capital, que en las sociedades precapitalistas, en la antigüedad y en el medioevo, o en las comunidades indígenas, o primitivas, etc., lo importante eran los valores de uso. Es decir, la gente producía objetos en función de su valor de uso, sobre todo.

En la sociedad capitalista, lo que importa es el valor de cambio, que es cuantitativo, es la cifra. Es el cambio que se hace de la mercancía por el dinero. Entonces hay una sustitución del valor de uso por el valor de cambio. El valor de uso ya no importa, sólo interesa en la medida en que pueden vender a la mercancía. Entonces tenemos productos y mercancías que tienen cada vez menos valor de uso y existen únicamente en función de su valor de cambio, en su transformación posible en dinero y en capital.

Entonces así se plantea esa oposición a la sociedad capitalista moderna fundada en la dominación casi exclusiva, total, abrumadora, del valor de cambio, en la que todo se vende por su valor de cambio; dicen Marx y Engels que cada cosa es llevada al mercado y cambiada en función a su valor de cambio, mientras que los valores de uso son excluidos o marginados, o sometidos a la ley del valor de cambio.

En tanto que en una sociedad socialista o poscapitalista –dicen Marx y Engels– otra vez la producción tendrá por objetivo la producción de valores de uso. Es decir, ya no se podrán considerar a las sillas o a los libros en función de su precio de venta, sino que se considerarán en función de su valor social, cultural, etc. Entonces, la sociedad comunista será una sociedad de producción de valores de uso. Ese es un tema central de la crítica marxista de la economía política que retoma en cierta manera una crítica romántica al capitalismo.

Puedo seguir dando otros ejemplos, pero me parece clara la idea fundamental que en la obra de Marx encontramos una vertiente, una dimensión, un aspecto, una sensibilidad romántica. Claro que no es el único aspecto, sino que es un aspecto importante. Y si lo dejamos de lado, si lo ignoramos, perdemos la riqueza de lo que es el pensamiento de Marx. Un pensamiento que es resultado de una síntesis dialéctica entre el pensamiento racionalista, materialista, científico, de la filosofía de las Luces y del gran idealismo alemán, con esta crítica de ese contexto romántico en tanto civilización burguesa. Es la síntesis de los dos y sintetiza la singularidad del pensamiento de Marx y de Engels. Pero generalmente se ve sólo un aspecto, sólo una vertiente, y se pierde una parte muy importante.

Quiero decir, en el poco tiempo que me queda, algo sobre la continuación de esta historia. Es decir, el desarrollo del componente romántico en la historia del marxismo en el siglo XX.

Voy a dar, simplemente, algunos ejemplos. Empezaré con una pensadora del marxismo clásico, que es Rosa Luxemburgo. Es autora de un libro que se llama Introducción a la economía política. Ahora bien, los libros de economía política marxista empiezan con la mercancía, con el capitalismo, etc. El libro de Rosa Luxemburgo empieza con el comunismo primitivo, y casi la mitad del libro es sólo el comunismo primitivo, es muy sorprendente. Y hace un análisis del comunismo primitivo, que es una forma de subsistir, no sólo de las tribus de América, de Alaska, sino también del pasado de Europa y en el mundo entero, que hubo una etapa de desarrollo social, que continúa existiendo, que es la del comunismo primitivo. Ella la analiza, siguiendo la tradición de Engels, subrayando todas sus cualidades humanas de igualdad, de democracia, de antiautoritarismo, etcétera.

Habla también de América Latina, eso es interesante. Habla del comunismo primitivo en el Imperio Inca, donde había toda una estructura burocrática y dictatorial, pero en la base funcionaban las comunidades. Y ella subraya ese elemento latinoamericano. Y Rosa Luxemburgo explica que el comunismo del futuro, obviamente, no es la vuelta al comunismo del pasado, pero que hay una cierta relación entre los dos. Y hay una fase en la que desde el punto de vista del futuro de la humanidad, cuando exista el nuevo comunismo moderno, del futuro, donde se va a decir que la historia de la propiedad privada fue un pequeño paréntesis entre miles de años de la historia del comunismo primitivo y miles de años del comunismo moderno. Entre los dos hubo un pequeño paréntesis que fue la historia de la propiedad privada, del capitalismo, etc. Eso es curioso.

Otra teoría muy interesante es la de que en los países del Tercer Mundo –Asia, Africa y América Latina–, están muy vivas las tradiciones comunitarias. El comunismo primitivo aún está presente, mucho más presente que en Europa o que en EE.UU. Entonces dice que tratemos de pensar una alianza del proletariado moderno de los países industriales, con los campesinos de las comunidades de los países del Tercer Mundo que representan aún la continuidad del comunismo primitivo. Entonces habría una alianza entre el comunismo moderno proletario, el comunismo tradicional campesino, como forma de la unidad antiimperialista entre trabajadores del centro y de la periferia.

Ahora esa temática la vamos a encontrar en un pensador latinoamericano pocos años después de ese libro de Rosa Luxemburgo. Un pensador latinoamericano que seguramente no conocía ese libro que fue publicado sólo en Alemania, que era muy poco conocido fuera. Pero lo vamos a encontrar bajo una forma un poco distinta, pero con una idea muy semejante. Quiero hablar de José Carlos Mariátegui. Es no sólo el más grande pensador marxista en América latina, sino que además también representa lo más típico del marxismo moderno. Y eso se manifiesta en muchos aspectos del pensamiento de Mariátegui, en la importancia que le da a la emoción, a la fe, al mito, a la mística. Todos esos elementos son característicos del romanticismo. Pero también en su concepción de la revolución peruana y latinoamericana, en la cual él subraya de manera muy semejante a Rosa Luxemburgo la persistencia de tradiciones comunitarias entre los campesinos peruanos, andinos y latinoamericanos.

Socialismo y comunismo moderno que, obviamente, no son una vuelta al comunismo inca. No queremos Incas, no queremos reyes dictadores. El comunismo moderno incluye el principio moderno de la libertad. Pero sí un retorno a la tradición comunitaria.

Entonces Mariátegui dice que nuestro socialismo, en América latina, no puede ser calco y copia de otras experiencias, sino que tiene que ser una creación heroica. Y él hablaba también en tanto futuro en América Latina, que también era la única respuesta posible a la dominación imperialista, un socialismo indoamericano, un socialismo enraizado en las tradiciones culturales de los pueblos de América latina.

Entonces Rosa Luxemburgo y Carlos Mariátegui. Y hay muchos otros, aunque no hay tiempo de analizar a todos, pero voy a nombrarlos. Está también el judío alemán Ernst Bloch, que se autodefinía como romántico profesional porque era también marxista. Los primeros escritos filosóficos de György Lukács, el filósofo marxista húngaro. Algunos de los representantes más importantes de lo que se llamaba la escuela de Frankfurt: Walter Benjamin, Adorno, Horkheimer, Marcuse, que son también parte de esa vertiente del marxismo romántico. Algunos pensadores franceses como André Breton –el fundador del surrealismo-, que es también un representante muy interesante de lo que es el marxismo romántico. El filósofo marxista francés Henri Lefevre, uno de los inspiradores del movimiento de Mayo del ‘68 en Francia, junto con Guy Debord, fundador del situacionismo, también un romántico marxista.

Y en Inglaterra tenemos toda una corriente de la historiografía inglesa, cuyo representante más conocido es el historiador E. P. Thompson, que también representa muy bien esa corriente romántica del marxismo.

Estos ejemplos muestran que siguió existiendo en el siglo XX una corriente del marxismo en el sentido amplio, no el marxismo ortodoxo únicamente, en el cual esa dimensión romántica, ese elemento romántico, esa protesta romántica en contra de la civilización industrial capitalista sigue muy presente. Y creo que este momento, entonces, es parte de la riqueza del pensamiento marxista desde Marx y Engels hasta hoy, es uno de los componentes importantes de la crítica actual y del rechazo social, ético, moral y político al capitalismo y del proyecto de una nueva sociedad: de la sociedad de la utopía comunista.

MICHAEL LÖWY