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Cincuentenario de 1968: “Debajo de los adoquines, la playa”… ¿o la jacuzzi?

por Hilary Wainwright //

El año 1968 fue histórico, pero no en el sentido de constituir un momento singular en una evolución lineal de la historia. Las experiencias de aquel año –y, de modo significativo, de los años que le precedieron y le siguieron– marcaron a una generación, aunque generaron maneras de pensar que, retrospectivamente, han resultado ser tan ambivalentes como complejas. Seguir leyendo Cincuentenario de 1968: “Debajo de los adoquines, la playa”… ¿o la jacuzzi?

El 68 comenzó en Vietnam: ofensiva del Tet, solidaridad, radicalidad

por Pierre Rousset //

En febrero de 1968, las fuerzas de liberación impulsaron en Vietnam del Sur la ofensiva del Têt (es decir del Año Nuevo). De una enorme amplitud, se desarrolló sobre todo el territorio sud-vietnamita, Saigón incluido. Su trascendencia internacional fue considerable, reactivó el movimiento anti-imperialista, el de liberación nacional y aceleró la radicalización de la juventud en Japón y Estados Unidos, pasando por Europa. Representó un giro en la guerra y en el auge de las resistencia, también en el interior del propio ejército de Estados Unidos. Seguir leyendo El 68 comenzó en Vietnam: ofensiva del Tet, solidaridad, radicalidad

La Iglesia en la guerra civil española: memoria histórica, asesinatos y beatificación

por Jaume Botey //

La beatificación masiva de religiosos, religiosas y sacerdotes fusilados durante la Guerra Civil en la zona republicana constituye, objetivamente, una nueva humillación a los fusilados por los franquistas, que durante más de 70 años han sido silenciados. Franco los castigó con la condena y la muerte y la Transición los castigó con el olvido. El pretexto era no reabrir heridas. Quienes gestionaron la Transición temieron que poner a la luz pública lo que ocurrió podía poner en cuestión el alzamiento, la guerra, el franquismo y la misma Transición, es decir, los cimientos de la España actual. Porque todo el mundo desea que los “suyos” desempeñen el papel de víctimas y no el de victimarios.

Pero la memoria de los muertos no prescribe, nos seguirá persiguiendo y reaparecerá de manera periódica hasta que se haga justicia con ellos. Desde el más profundo respeto por las vidas y las circunstancias de las muertes de los ahora elevados a los altares, no puede dejarse de lado que la Jerarquía de la Igle­sia, al honrar las víctimas de uno sólo de los bandos, reabre las heridas de los hijos y nietos de los olvidados. Precisamente uno de los objetivos del debate actual acerca de la Memoria Histórica es hacer justicia, rehabilitar y dar voz a todas las víctimas sin exclusión. Sobre el olvido o la negación de lo ocurrido no es posible construir la reconciliación.

Claro que nuestra Guerra Civil sigue siendo una fuente inagotable de análisis del que poco a poco va saliendo a la luz pública lo que la propaganda franquista escondió. En concreto, la persecución por motivos ideológicos por ambos lados ha sido ya abundantemente analizada. Después del 18 de julio en ambos lados de “las dos Españas” se desató un desenfreno de sangre y asesinatos impunes, una locura, un salvaje baile de muerte y de barbarie que sólo se puede explicar atendiendo siglos de odios alimentados desde todas las instancias. En una zona se fusilaba a sacerdotes y se quemaban iglesias y en la otra se fusilaba a maestros y se quemaban casas del pueblo.

Asesinatos en la zona republicana

Probablemente no tiene ya tanto interés saber quién o qué bando “puso más muertos”, sino cómo se encaja el futuro. Pero para medir la tragedia en sus dimensiones cuantitativas, es obvia la dificultad de llegar a cifras más o menos aproximadas cuando la exageración de los asesinatos constituía un esencial instrumento de guerra. Serrano Súñer, en un discurso en Bil­bao en 1938, dice hablar “en nombre de los 400.000 hermanos nuestros martirizados por los enemigos de Dios”. Yanguas Messía, en noviembre de 1938, para rechazar los intentos de po­ner fin a la guerra por una mediación, decía al cardenal Paccelli que son “centenares de miles”… Estelrich, que desde París, pagado por Cambó, escribía propaganda franquista, afirmaba que los sacerdotes seculares asesinados eran 16.750. Hoy son comúnmente aceptadas las cifras de Antonio Montero1, que cita por sus nombres a 12 obispos, 4.184 sacerdotes seculares, 2.365 religiosos y 283 religiosas, con un total de 6.832 (pg. 762). A estas cifras hay que añadir los seglares que perecieron por la misma causa.

Prevaleció la fuerza frente a la justicia.

Prácticamente la totalidad de los asesinatos se llevaron a cabo hasta diciembre de 1936. Al comienzo las víctimas eran apresadas y liquidadas sin ninguna formalidad procesal. A partir de septiembre se crean los Tribunales Populares, y son generalmente condenadas sólo a penas de prisión A partir de los sucesos de mayo del 37 “es indiscutible que cesó el asesinato de nuestros compañeros de sacerdocio” dice el archivero de la diócesis de Barcelona2.

Fue una violencia desatada, masiva, rápida y generalizada, resultado de odios inveterados. Es cierto que en un primer momento fue alimentada por algunos de los líderes de izquierda, especialmente anarquistas, del POUM y comunistas. Pero de ninguna manera esto supone que hubiera ningún plan previamente organizado como ha supuesto alguna publicación reciente3. De no haber existido el alzamiento no hubiera habido masacre. La tradición beligerante de la Jerarquía durante todo el siglo xx y especialmente contra la República, pero sobre todo las noticias de las masacres ejecutadas en el otro bando ordenadas por los mandos militares y el soporte que esta Jerarquía dio al alzamiento encendieron la venganza. Tanto el gobierno de la Generalitat como el de Madrid se vieron desbordados y sin las fuerzas necesarias para mantener el orden. Los socialistas, comunistas y anarquistas que formaban parte de las bandas de criminales mataban a los miembros de la burguesía y de la iglesia con ánimo místico, dispuestos a aplastar para siempre la opresión del pueblo y convencidos de que formaban parte de una operación militar.

Tanto en Madrid como en Barcelona los dirigentes del go­bierno intentaron salvar vidas de los amenazados por su significación religiosa o política. Ventura y Gassol ayudó, entre otros, a Vidal y Barraquer, al obispo de Gerona, a Puig y Ca­da­falch. “Muchos otros, desde Companys hasta la Pasionaria, se preocuparon y arriesgaron su propia vida y reputación a favor de las víctimas de la terrible ola de violencia” (Hugh Thomas, pg.200). Hasta Queipo de Llano, en una de sus escuchadas y temibles emisiones de radio, reconocía el 24 de agosto que el presidente Companys “ha dejado salir de Barcelona a más de cinco mil hombres de derecha”. Muchas de las autoridades que más se significaron en la defensa y evacuación de personas en peligro tuvieron que huir posteriormente también ellos al ex­tranjero. Así, el citado Ventura y Gassol, el comisario de orden público Federico Escofet, Manuel Carrasco y For­miguera o el dirigente de la CNT Joan Peiró. Muchos de ellos fueron posteriormente asesinados. A partir de 1937, con la llegada a la presidencia del Consejo de Ministros de Largo Caballero, que in­corporó a Manuel de Irujo, representante del PNV y católico, el control gubernamental se impuso paulatinamente y los episodios de represión se hicieron más esporádicos y localizados a partir de 1937.

El franquismo presentó a los asesinados como “caídos por Dios y por España”. La mayoría murió efectivamente por pertenecer a una confesión religiosa. Pero habría que ver si la razón de perseguir a los miembros de la Iglesia era por odio a Cristo o porque los perseguidores consideraban, con o sin razón, que la Iglesia, y por tanto sus representantes más significados, habían demostrado ser enemigos políticos. Un sacerdote escapado a Francia gracias a Ventura y Gassol confesaba “los rojos han destruido nuestras iglesias, pero nosotros destruimos primero la Iglesia” (Salvador de Madariaga. España. México).

Asesinatos en la zona nacional

La represión en el bando franquista fue brutal. Con una diferencia fundamental en relación con los asesinatos de la zona republicana: aquí el ejército, policía y guardia civil no se ha­bían desmembrado y apoyaban las masacres. “En la zona republicana las muertes se produjeron a pesar de los esfuerzos de las autoridades (República, Euskadi, Generalitat) por impedirlas, mientras que en la otra zona recae sobre las autoridades la responsabilidad directa y expresa, tanto de los fusilamientos como de los “paseos”4.

Las instrucciones de Mola previas al alzamiento no dejaban lugar a dudas: “La acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y está bien organizado: serán encarcelados todos los directivos de los partidos, sociedades o sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándoseles castigos ejemplares para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas. Para los compañeros que no son compañeros, el movimiento triunfante será inexorable”. No fue una violencia “incontrolada”, sino que fue impulsada y ordenada por los mandos militares, ejecutada por los falangistas y bendecida por los obispos.

El terror fue un arma fundamental. El 19 de julio en una reunión de alcaldes en Pamplona el mismo Mola repetía: “Es necesario propagar una atmósfera de terror… cualquiera que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser asesinado”. El alcalde de Villaba manifestó sus dudas. Mola le espetó: “Todo aquél que dude, ampare u oculte a alguien del Frente Popular será también pasado por las armas” (Iturralde, pg. 89).

Como muestra de terror habría que recordar las charlas de Yagüe en Extremadura o de Queipo de Llano en Radio Se­villa. En la primera de sus charlas Queipo decía: “Con harto sentimiento me doy cuen­ta de la estulticia de algunos obreros del Ayuntamiento y otros sitios que han abandonado el trabajo por coacciones de los directivos. Sepan que vivirán poco tiempo. Ya he dado órdenes que se les detenga in­mediatamente y sean fusilados”.

El 23 de julio emite el si­guiente bando: “1º En todo gremio en que se produzca una huelga o abandono de servicio… serán pasadas por las ar­mas inmediatamente todas las personas de la directiva y un número igual de individuos de éstos, discrecionalmente escogidos. 2º En vista del poco acatamiento que se ha prestado a mis mandamientos he resuelto que todos los que se resistan a las órdenes de la autoridad, serán también fusilados sin formación de causa”.

Fue la suerte que corrieron miles y miles donde ganó la su­blevación.

Fosa común en Villamayor de los Montes (Burgos)

Ordena asimismo que donde se cometan actos contra los alzados “las directivas de las organizaciones marxista o comunista serán pasadas por las armas sin formación de causa, y en caso de no darse con tales individuos, serán ejecutados un número igual de afiliados arbitrariamente elegidos”.

En la misma emisión del 23 de julio decía: “Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: Morón, Utrera, Puen­­te Genil… ¡Id preparando tumbas! Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros”.

Y a continuación, en la misma charla: “Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombre de verdad. Y a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen”.

Antonio Bahamonde, que fue durante un año jefe de propaganda de Queipo de Llano en Sevilla y que ante el horror de lo que había presenciado terminó escapándose al extranjero, en sus memorias Un año con Queipo estima que a principios de 1938 se habían realizado en la zona de su ex-jefe unas 150.000 ejecuciones.

Después de la ocupación de Euskadi por Mola, entre el 8 y el 27 de octubre de 1936 se fusilan a 16 sacerdotes, 13 diocesanos y 3 religiosos considerados hostiles por el bando sublevado. Hasta entonces el gobierno leal a la República había mantenido el control y no se habían producido en Euskadi episodios masivos de violencia contra las personas o los bienes eclesiásticos como en el resto del territorio republicano5.

Isidro Gomá fue informado de los casos el 26 de octubre y tras reunirse con Franco, envió una nota el 8 de noviembre a la Santa Sede explicando que lo ocurrido se había producido “por abuso de autoridad por parte de un subalterno” y con la promesa de Franco de que “no ocurrirá fusilamiento alguno de sa­cerdotes sin que se observen juntamente con las leyes militares las disposiciones de la Iglesia”6. En diciembre el lehendakari José Antonio Aguirre denunció además del asesinato, la persecución y destierro de sacerdotes por “ser amantes del pueblo vasco”. Gomá, el 13 de enero de 1937, en su Carta abierta al Sr. Aguirre negaba los motivos expuestos por Aguirre aduciendo que dichos religiosos fueron fusilados “por haberse apeado del plano de santidad en el que tenían que haber permanecido”.

El obispo de Euskadi, Mateo Múgica, hasta entonces defensor del alzamiento, se quejó amargamente de este hecho ante la Santa Sede. Esto le valió el destierro gestionado por Gomá y fue la principal causa de su negativa a firmar la Carta colectiva. En carta dirigida a la Santa Sede en junio de 1937 decía: “Según el episcopado español, en la España de Franco la justicia es bien administrada, y esto no es verdad. Yo tengo nutridísimas listas de cristianos fervorosos y de sacerdotes ejemplares asesinados impunemente sin juicio y sin ninguna formalidad jurídica”.

Otros episodios de violencia en contra de religiosos vascos por el bando sublevado fueron el bombardeo indiscriminado de Durango, el 31 de marzo de 1937, en el que resultaron muertos 14 monjas y dos sacerdotes y el bombardeo de Guernica pocos días después, el 26 de abril. Por su crueldad este hecho tuvo un enorme impacto en la opinión pública católica internacional.

Las protestas en el extranjero de mayor impacto por su procedencia –intelectuales católicos y de derechas– fueron las del filósofo Jacques Maritain (“…si creen que han de matar, que ya es bastante horrible, que lo hagan en nombre del orden social o de la nación, pero que no maten en nombre del Cristo”7), y la de Georges Bernanos, que vivió en Mallorca en el momento del alzamiento. En Les grands cimitères sous la lune, Bernanos, sin dejar de confesarse católico y cercano al Frente Nacional de Maurras, hace una denuncia global del franquismo y de las Jerarquías católicas, escandalizado por las atrocidades innecesarias cometidas en nombre de Dios, del asesinato y tortura de inocentes ante sus propias familias y de la satisfacción con que la Jerarquía las aprobaba.  Según él en Mallorca se cometieron 3.000 asesinatos desde julio de 1936 hasta marzo de 1937.  Ante el creciente clamor en contra, Franco pidió al cardenal Gomá una declaración pública del episcopado español como aval ideológico frente a la crítica internacional. Fue la Carta Co­lec­tiva que saldría finalmente a la luz pública el 1 de julio de 1937.

En cuanto al número de víctimas, también los republicanos exageraron las cifras. Ramón Sender cita la cantidad de 750.000 ejecuciones en la España nacionalista hasta mediados de 1938. El Colegio de Abogados de Madrid informó que en las primeras semanas de la guerra  9.000 obreros habían sido asesinados en Se­villa, número que se elevaba a 20.000 a finales de 1937, 2.000 en Zaragoza, 5.000 en Gra­nada, 7.000 en toda Navarra, etc., etc.

Todavía hoy resulta difícil establecer un cómputo aproximado. Se siguen descubriendo fosas, todavía se abren archivos… Desde la Transición la historiografía ya no acepta la versión franquista de los hechos. Es sintomático que en 1973 Ricardo de la Cierva, franquista y al servicio de Fraga, se vea obligado a escribir: “Ante los primeros datos ciertos que po­seemos, parece deducirse que la dura ley que más o menos conscientemente regía la atribución de penas de muerte en los te­rritorios conquistados era la ley del talión; el numero de víctimas del bando nacionalista es equivalente a las causadas por la represión –espontánea y controlada– del bando republicano. (…) Las in­justicias y venganzas no escasearon, por desgracia, en un ban­do que alardeaba de ideales espiritualmente superiores a los del enemigo y que fundaba estos ideales en la fe cristiana (…) Se condenó a muerte en la zona nacional por motivos puramente ideológicos y por represalias de las atrocidades cometidas en el bando enemigo…” (De la Cier­va, pg. 254)8.

Hoy se impone la versión que la represión en la zona nacional fue bastante más cuantiosa que en la zona roja.  En los estudios publicados en los diez últimos años se coincide que hasta 1945 en la zona franquista hubo unos 100.000 asesinados y unos 55.000 en la zona republicana, sobre todo en otoño-in­vierno del 36-37, todos registrados. Las asociaciones de la me­moria hablan de otros 30.000 fusilados en la zona nacional todavía no registrados, que se encuentran en cunetas o fosas comunes9.

La justificación legal para todas estas ejecuciones sumarísimas se buscó sencillamente en la legitimidad del alzamiento y de la guerra. Se dio por sentado que los que habían dado el golpe de estado eran el poder legítimo y que el legítimo gobierno de la República estaba constituído por rebeldes, de manera que con una inversión súbita de la realidad los que no se rebelaron resultaron ser rebeldes y los rebeldes se consideraron el gobierno legítimo. En los primeros Tribunales creados en la zo­na de Franco se incluía esta original fórmula para justificar la condena:

“Resultando que en los días 16 y 17 de julio de 1936 las Au­to­ridades militares, por razón suprema de salvar España, tuvieron que asumir y asumieron mediante la declaración del Es­tado de Guerra los Poderes Públicos, pero contra ella surgió en diversos puntos del territorio Nacional un alzamiento en ar­mas que perdura… manteniendo una tenaz resistencia con las armas en oposición a las legítimas Autoridades del Ejército…”

Requetés y falangistas mataban en nombre de Dios a inocentes acusados de comunistas y muchos de ellos morían be­sando el crucifijo; se humilló y torturó a las esposas de los ajusticiados rapándolas y paseándolas desnudas por los pueblos, se asesinó a maestros como representantes de una cultura re­publicana. La censura lo ocultó de la opinión internacional a la que sólo le llegaban los excesos republicanos.

Han debido pasar setenta años para que llegaran a conocerse hechos escalofriantes como los que narra el fraile capuchino Gumersindo de Estella. En Fusilados en Zaragoza 1936-1939, cuenta cómo asistió hasta el momento de la ejecución a más de 300 condenados a muerte en la cárcel de Zaragoza. La publicación de estas memorias ha debido esperar más de cincuenta años. Lo más destacable de ellas es el drama humano de los reos. En muchas de ellas se resalta que fueron acusados por venganzas personales y se destaca su inocencia, llegándose a fusilar a personas que se confesaban de derechas de toda la vi­da y católicas.

María Antonia Iglesias en Maestros de la República, los otros santos, los otros mártires, relata el sacrificio de los maestros que fueron fusilados simplemente por el hecho de ser maestros. En nueve provincias existen datos de que fueron fusilados 250 maestros. Y curiosamente, la mayor parte de los testimonios citados, además de una arraigada vocación profesional, se confiesan católicos y practicantes.

Recientemente ha conmovido la opinión pública el caso de las llamadas Trece rosas. Fue el nombre colectivo que se dio a un grupo de trece muchachas, siete de ellas menores de edad, fusiladas por la represión franquista en Madrid, poco después de finalizar de la Guerra. Formaban parte de un colectivo de 56 jóvenes acusados de reorganizar las Juventudes Socialistas Unificadas y el PCE

La postura de la Iglesia

El problema religioso había llegado a la República definido, para unos y otros, como un problema político. La República vino como una reacción contra la Dictadura y contra la Mo­narquía, y la Iglesia había sido el más firme sostén de ambas. Era normal que la Jerarquía se sintiera más cercana a una Mo­narquía dispuesta a conservar sus privilegios que a una Re­pública que anunciaba revisarlos. En las municipales del 31 los miembros de la Iglesia vincularon la doctrina católica con el ideario de los partidos monárquicos, se agitó con profusión la amenaza del comunismo por parte de la Jerarquía y los candidatos republicanos fueron presentados a menudo como “vendidos al oro de Moscú”.

Pero no fue la República la que inventó en España el anticlericalismo. La conciencia anticlerical fue a menudo fatalmente alimentada por la propia Jerarquía, por sus abusos, por su riqueza, por su sistemática oposición al progreso, por su vinculación a la dictadura. No basta con decir que España se fue haciendo anticlerical sin explicar el porqué. Para poder interpretar las causas de la violencia anticlerical es imprescindible analizar las tomas de postura social, política o cultural que la Jerarquía fue tomando a lo largo de los siglos xix y xx. Por sus posturas, la Iglesia llegaba a 1931 con la animadversión de la ma­yor parte de los grupos que propiciaron el advenimiento de la República: partidos y sindicatos, clase obrera, mundo intelectual y cultural. Y ante esta situación de hostilidad, con una dramática falta de visión de lo ocurrido, la Jerarquía respondió con mayor hostilidad. En mayo del 31 el Primado, el cardenal Segura, publica una pastoral sobre la conducta hostil que los católicos deben seguir ante el nuevo Régimen. El 14 de junio se le acompaña hasta la frontera. Le sustituirá como primado de España y obispo de Toledo el belicoso y franquista cardenal Gomá.

Les sobraban motivos a los republicanos para ser anticlericales, pero les faltó tacto. En los vaivenes del sexenio las rela­cio­nes entre República e Iglesia se agriaron por errores y provocaciones de ambos costados. Entre otros,  los republicanos cometieron el error político de herir los sentimientos de una población mayoritariamente “católica”, al menos en la zona rural. Es preciso hacer una distinción entre Jerarquía y clero rural, pobre, molesto por su situación penosa. Interesa dejar sentada la diferencia porque sobre todo en los primeros meses, al hablar de incomprensión de la Iglesia estamos aludiendo al episcopado más que al clero bajo.

La Jerarquía de la Iglesia tuvo una posición beligerante y con sus declaraciones apoyó sin matices la sublevación militar con­firiéndole el carácter sagrado de Cruzada. El P. Alfonso Ál­varez Bolado, en Para ganar la guerra, para ganar la paz, deja la­­mentable constancia de su beligerancia. Se trata del más com­pleto estudio de las declaraciones y decisiones de los obispos españoles acerca la guerra.

Sin esperar la postura del Vaticano, el 1 septiembre los obispos vascos Múgica y Olaechea publican una Pastoral de­cidi­da­mente a favor del golpe. Paradójicamente poco tiempo después Múgica será desterrado y Olaechea será de los pocos obispos que levanten su voz en contra de las matanzas indis­cri­mi­na­das en el bando nacional.

A mediados de septiembre Pío XI recibió a 500 españoles presididos por varios obispos diciéndoles que lo de España era una verdadera persecución religiosa. Esto abre las compuertas en cascada a una larga serie de Pastorales, a cual más incendia­ria, en contra de la República y a favor de los alzados.

Una de las primeras, del 30 de septiembre, fue la de Pla y Deniel, obispo de Salamanca, con el título “Las dos ciudades”. Es en esta Pastoral donde se utiliza por vez primera y se consagra la expresión “Cruzada Santa” aplicada a la guerra.  “Los hi­jos de Caín, fratricidas de sus hermanos, envidiosos de los que hacen un culto de la virtud y por ello los asesinan y martirizan”. Por lo cual la guerra contra ellos es justa y la Iglesia no ha de ser recriminada si el ejército “se ha abierta y oficialmente pronunciado a favor del orden y contra la anarquía, a favor de la im­plan­tación de un gobierno jerárquico contra el disolvente co­munismo, a favor de la defensa de la civilización cristiana y sus fundamentos…”

Pero Franco necesitaba una declaración más solemne, firmada por todos los obispos, que avalara su gestión ante la creciente polémica generada en el seno del catolicismo internacional.  Ésta fue la Carta colectiva de los Obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la Guerra de España, firmada el 1 de julio de 1937, por la que se confirmó el apoyo definitivo de la Jerarquía de la Iglesia española al bando franquista. Sus­crita por 43 obispos y 5 vicarios capitulares, no contó sin em­bargo con la firma ni del obispo de Vitoria Mateo Múgica, quien alegó a las circunstancias de su exilio para no rubricarla, ni del arzobispo de Tarragona, Vidal y Barraquer. Impresa en francés, italiano e inglés, declaraba a la opinión pública internacional que siendo la Iglesia española “víctima inocente, pacífica, indefensa” de la guerra, apoyaba la causa del bando garante de “los principios fundamentales de las sociedad” an­tes “de perecer totalmente en manos del comunismo” que ha­­bía provocado la revolución “antiespañola” y “anticristiana” y que llevaba “asesinados a más de 300.000 seglares”.

Finalmente, el 1 de abril 1939  Pío XII felicita a Franco por la victoria y el 17 de abril publica la encíclica “Con inmenso gozo” sobre la terminación de la guerra.

Probablemente el aspecto más siniestro de la implicación de la Iglesia con el golpe fue la pastoral de cárceles y de los conde­nados a muerte. En la citada Carta Colectiva (nº 6) los obispos dicen tener el consuelo de poder decir que “al morir san­cio­nados por la Ley, en su inmensa mayoría nuestros co­munistas se han reconciliado con el Dios de sus padres. En Mallorca han muerto impenitentes sólo un 2 por ciento, en las regiones del sur no más de un 20 por ciento. Es una prueba del engaño de que ha sido víctima nuestro pueblo”. Nuestros obispos se sentían satisfechos de poder decir: “Sólo un 10 por ciento de estos amados hijos nuestros han rehusado los santos sacramentos antes de ser fusilados por nuestros buenos oficiales”,  en palabras del Obispo Miralles de Mallorca.

“El personaje que las circunstancias me obligan a llamar Su Excelencia el Obispo de Mallorca” (Dr. Miralles), dice Ber­na­nos, había delegado en uno de sus sacerdotes que, con los zapatos bañados de sangre, distribuía absoluciones cada dos descargas a los doscientos habitantes de la pequeña ciudad de Manacor considerados sospechosos por los fascistas y llevados en bloques a la tapia del cementerio para ser fusilados”.

En Mallorca se prohibió llevar luto a los familiares. En la conversación que José Mª Pemán tuvo con el General Cabanellas (Pemán pg. 149-154), al final Pemán se queja de la represión exa­gerada en la zona nacional. “Mi general… logre que le den la lista de los ejecutados del bando nacional, para esa triste pe­ro no dudo que precisa función de ejemplaridad. Confronte usted las dos listas. Puedo asegurarle que usted llegará a la convicción de que la finalidad del escarmiento hubiera sido suficientemente cumplida con sólo un cinco o cuatro por ciento de la lista.

Terminada la guerra, en abril de 1939, Franco recibió la “es­pada de la Victoria” de manos de Gomá, mientras pronunciaba unas palabras en las que describió a sus adversarios como los “enemigos de la Verdad” religiosa. En toda España se multiplicaron los actos religiosos y ceremonias fúnebres en memoria de las víctimas. Los entierros de “mártires” fueron celebrados por todo el país en actos de gran solemnidad y exaltación. Franco recompensó el apoyo y soporte que recibió de la Iglesia Católica concediéndole una situación de privilegio que ha sido denominada como “nacionalcatolicismo”.

La beatificación y la ley de la Memoria Histórica

El régimen franquista promulgó la “Causa General Instruida por el Ministerio Fiscal so­bre la dominación roja en España” por de­cre­to del 26 de abril de 1940 con el fin de instruir «los hechos delictivos cometidos en to­do el territorio nacional durante la dominación roja». Uno de los epígrafes trataba de la Persecución religiosa: sacerdotes y religiosos asesinados y conventos destruidos o profanados.

La Causa sirvió para legitimar la sublevación contra la Re­pública y como instrumento de represión. Es la única versión oficial de los hechos sin que tras la Transición las autoridades democráticas hayan realizado una investigación imparcial ni se haya determinado la responsabilidad de las personas implicadas.

Quería ser asimismo la base documental para la futura beatificación de los que se llamaron desde el comienzo “mártires por Dios y por España”.  Pero Pío XII paralizó los procesos de beatificación, y así se han mantenido a pesar de la reiterada insistencia de algunos sectores del episcopado español. Juan Pablo II reabrió los procesos. Para ello tuvo que modificar el Código de Derecho Canónico, reduciendo el plazo para que estos procesos pudieran llevarse a cabo. La primera de estas beatificaciones se produjo en 1987. Desde entonces se han realizado diez ceremonias de beatificación, que incluyen a 471 “mártires”, de los que 4 son obispos, 43 sacerdotes seculares, 379 religiosos, y 45 laicos.

El pasado 27 de abril, la Conferencia Episcopal anunciaba una nueva beatificación masiva, de 498 religiosos asesinados durante la Guerra Civil y en los episodios de Asturias en 1934. Juan Antonio Martínez Camino, portavoz de los obispos, declaró que este hecho constituye la aportación de la Iglesia a la reconciliación nacional pues “los mártires, que murieron perdonando, son el mejor aliento para que todos fomentemos el espíritu de reconciliación”.

Sin embargo, para poder construir la reconciliación es necesario que haya resarcimiento moral de todas las víctimas. Y hasta ahora esto no ha ocurrido con las víctimas republicanas. Es necesario asimismo que ambas partes reconozcan sus excesos y errores, los errores que les llevaron a la guerra. Y hasta aho­ra la Iglesia se ha negado a pedir perdón como parte implicada en la ruptura de la paz y sostenedora de un régimen político que se mantuvo por el terror.

Todo colectivo tiene derecho y probablemente obligación de honrar a sus muertos. Pero para que la Iglesia pueda hacerlo en un clima de reconciliación es necesario que se sume a tantas de­claraciones de instituciones nacionales e internacionales que reconocen

◾️la legitimidad democrática del gobierno de la República, y en consecuencia

◾️la ilegitimidad del golpe de estado de Franco y de su go­bierno durante cuarenta años

◾️que la guerra fue un error.

◾️La Iglesia, además, debe pedir perdón  por su participación, como impulsora y en ocasiones agresora…

◾️por su frecuente colaboración en la muerte o asesinato de miles de inocentes, acusando, denunciando, dando listas…

◾️por su responsabilidad en la ocultación del sacrificio de los que entregaron su vida por causa de la justicia y la verdad…

◾️por los beneficios de toda clase que obtuvo del régimen ilegítimo de la dictadura.

Si este reconocimiento se da, la Iglesia podrá en verdad honrar a los suyos sin ofender a los demás. Supondrá que está dispuesta a honrar a todos por igual, a los de todos los bandos, vencedores y vencidos, en tanto que todos fueron víctimas. Evi­tará la frase  “los de un lado a los altares, los del otro, como siempre, a la cuneta como perros”.

Pero si este reconocimiento no se da, honrando sólo a los suyos, la Jerarquía de la Iglesia debe saber que sigue humillando a las víctimas inocentes del otro bando y a sus familiares, que manifiesta su incapacidad de superar las posiciones beligerantes de hace setenta años y su incapacidad de ser factor de paz y reconciliación, que sigue apareciendo como Iglesia de venganza.

En estas condiciones, ante el debate acerca de la recuperación de la Memoria Histórica se coloca en un espacio no sólo de fácil instrumentalización partidista de la institución Iglesia, sino de la instrumentalización partidista de los muertos. Nada peor hubieran podido pensar los ahora beatificados, que setenta años después el sector más recalcitrante de la sociedad española pretenda sacar provecho político de su sacrificio.

La argumentación usada por la Santa Sede para abordar la beatificación únicamente de personas asesinadas en la zona republicana es que la Iglesia no procede a la beatificación de nin­guna persona si en su asesinato se mezclan, aparte de lo que consideran motivos exclusivamente religiosos, motivaciones políticas, o existen serias dudas sobre si en la muerte pesaron más otras causas que las estrictamente religiosas.

Pero no nos engañemos. Al margen de los argumentos canónicos que puedan justificar este proceder, se trata de algo mucho más profundo.

Se trata fundamentalmente de la función pacificadora que la Iglesia dice que quiere ejercer. Y la fundamentación teológica de esta función pacificadora es que la Iglesia no debe relacionarse con el mundo en función de ella misma sino en función de la construcción del Reino de Dios en el mundo, en función de la justicia y de la verdad. De lo contrario, alejada y confrontada con el mundo, por mucho que tenga el derecho de reconocer el mérito de los suyos y los suyos de sentirse honrados con la beatificación de los suyos, corre el riesgo de convertirse en secta.

Olvidar a los miles de maestros, obreros, sacerdotes, políticos, sindicalistas, dirigentes, y las causas generosas por las que murieron  víctimas del franquismo no sólo es una injusticia sino que hace imposible la reconciliación. María Antonia Igle­sias, termina así el prólogo de su estremecedor libro Maes­tros de la República: “Los maestros republicanos cuya historia aquí se cuenta, y a los que por centenares también fue­ron asesinados, no les hace maldita falta que les canonice la Je­rarquía de la Iglesia católica… porque todos ellos fueron santos de verdad. Tampoco les hace falta que los reconozcan como mártires. Ellos fueron, los otros santos, los otros mártires”.

Texto publicado originalmente en el nº 238 de El Viejo Topo, noviembre 2007

Beneficios sin inversión en el capitalismo financiero. Una explicación marxista de las apariencias.

 

por Facund Fora Alcalde //

A pesar de las distintas consideraciones respecto a la dirección de la causalidad, todas las corrientes de la economía heterodoxa explican la existencia de una relación positiva entre ganancias e inversión (Stockhammer, 2006). Siguiendo esta corriente de pensamiento, el descenso en las tasas de acumulación experimentado desde los años ochenta en las economías desarrolladas debería haberse visto acompañado por un descenso de la tasa de ganancia. Sin embargo, las tasas de beneficio han aumentado al mismo tiempo que la acumulación de capital ha disminuido, un hecho que “no tiene precedentes en la historia del capitalismo” (Husson, 2009, p.1) y que ha supuesto la aparición de un rompecabezas macroeconómico (Stockhammer, 2006; véase también Stockhammer, 2004; Bakir y Campbell, 2009 y Duménil y Lévy, 2004a).

La escuela post keynesiana basa su explicación del rompecabezas en los cambios institucionales y políticos ocurridos en los años setenta. Más concretamente, se argumenta que el empoderamiento de los accionistas en la dirección de las empresas y la liberalización  finnanciera habrían incentivado el desarrollo de actividades financieras. Según esta explicación, este fenómeno trajo consigo un uso cada vez mayor de los beneficios de las empresas en la esfera  financiera de la economía, impidiendo su uso en la acumulación de capital  fijo; además, el empoderamiento de los capitalistas financieros habría supuesto también una derrota para la clase trabajadora, con la consecuente reducción en la demanda agregada y, con ella, de la inversión.

En el análisis marxista, en cambio, el estudio de las dinámicas de la acumulación y el beneficio se sitúa en un nivel de abstracción superior al de los cambios institucionales y, por ende, estos no pueden determinar el resultado de las citadas variables. Además, siguiendo a Marx, el capital  financiero no puede concebirse única y exclusivamente como un tipo de capital pernicioso para el conjunto del sistema capitalista, un hecho destacado por distintos autores (véase Astarita, 2008). Sin embargo, hasta donde sabemos, no existe todavía una explicación de los recientes acontecimientos que respete los citados fundamentos de la teoría marxista.

Con el propósito de contribuir a llenar este vacío e incentivar el debate al respecto, este artículo se estructura de la siguiente manera: en el segundo apartado explicamos brevemente las tendencias que deberíamos observar en inversión y beneficios según la teoría marxista y las comparamos con la evidencia empírica respecto a los movimientos reales seguidos por dichas variables; en la sección tercera de este trabajo exponemos la explicación post keynesiana del rompecabezas y señalamos lo que, a nuestro entender, son sus puntos débiles; en el apartado siguiente proponemos una explicación del rompecabezas en la que la falta de inversión en el norte tiene su origen en la fragmentación de los procesos productivos y la especialización internacional del trabajo que se ha dado desde los años ochenta. Finalmente, concluimos que, siendo la  financiarización de la economía una expresión concreta de las leyes inmanentes al capitalismo, su regulación implicaría el estrangulamiento de las ganancias y, por ende, la falta de inversión no puede resolverse (dentro del capitalismo) sin perjudicar a la clase trabajadora.

EL ROMPECABEZAS DE LA INVERSIÓN Y LOS BENEFICIOS

La teoría

Marx (2000: 55) comienza su obra magna afirmando que “la riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un ‘inmenso arsenal de mercancías'” y, a continuación, define la mercancía como aquel objeto (o bien, o servicio) que, más allá de ser un objeto, tiene un precio. El capitalismo se caracteriza, pues, desde este punto de vista, por la centralidad que ocupa el mercado en su funcionamiento. Un hecho que concuerda con los estudios de carácter historiográfico centrados en la génesis del capitalismo (Polanyi, 1944; Wood, 1999).

En consecuencia, como sistema basado en el intercambio mercantil, el advenimiento del capitalismo implica que la supervivencia de cualquier unidad productiva, como tal, pasa a depender del éxito que tenga su aportación al mercado. Un éxito que consiste, precisamente, en “rebajar el coste de producción (y por tanto valor) por unidad de valor de uso, algo que conceptual e históricamente es completamente equivalente a conseguir mejorar la cantidad (y/o calidad) de valor de uso por unidad de valor de cambio”4 (Guerrero, 1995). Por este motivo podemos afirmar que la dependencia de las empresas respecto de los mercados conlleva la necesidad de mejorar o incrementar su producción sin incrementar los costes, lo que se consigue, principalmente, a través de mejoras de productividad. Como explica Kliman (2007: 22, énfasis en el original): “la teoría de Marx implica que cuando una empresa individual produce el doble con la misma cantidad de trabajo, la cantidad de valor producido (prácticamente) se dobla también” .

La importancia de las mejoras en productividad para el éxito en el mercado tiene dos consecuencias fundamentales. Por un lado, implica que la maquinaria (o los medios para obtenerla) se convierte en un factor productivo esencial para la supervivencia, puesto que, como explica Shaikh (2016: 259) “la reducción de costos puede tener lugar a través de la reducción de salarios, aumento de la duración o intensidad de la jornada laboral, y a través del cambio técnico. Este último se convierte en el medio central a largo plazo”. Esta importancia de la maquinaria, a su vez, es un elemento central para la comprensión de la explotación bajo el capitalismo. Esto es así porque, como afirma Shapiro (1988: 17), “un trabajador no podría especializar su trabajo, convirtiéndose, por ejemplo, en un panadero o un tejedor, sin los materiales y herramientas del mercado, o los bienes necesarios para su subsistencia durante el tiempo de producción y venta de sus productos”. En el sistema capitalista aquellos que no tienen la propiedad de los medios de producción dependen de los capitalistas para poder sobrevivir. Por lo tanto, “el obrero (…) no puede desprenderse de toda la clase de los compradores [de trabajo], es decir, de la clase de los capitalistas, sin renunciar a su existencia. No pertenece a tal o cual capitalista, sino a la clase capitalista en conjunto” (Marx, 2016: 12, énfasis en el original). Por este motivo los capitalistas pueden pagar, con el salario, un valor inferior al de las mercancías producidas por los trabajadores, acumulando trabajo no pagado en la forma de beneficio.

Por otro lado, la importancia de las mejoras en productividad para el éxito en el mercado sitúa la inversión como una necesidad para la supervivencia del capitalista individual. En este punto vale la pena señalar que la necesidad de invertir previamente esbozada es, de hecho, una necesidad de obtener beneficios. En este sentido puede a rmarse que “lo que en el avaro es mera idiosincrasia es, en el capitalista, el efecto de un mecanismo social del que él pasa de ser uno de sus engranajes” (Marx y McLellan, 2000: 649). Este hecho, sin embargo, no es solo el resultado de que los capitalistas sean los directores de la inversión, sino la consecuencia del vínculo entre los bene cios y la inversión futura. En este sentido Basu y Das (2016: 2) argumentan que “no solo una tasa de ganancia elevada atrae a nuevos capitales, sino que también otorga a las empresas existentes los medios con los que expandirse”. Es precisamente en este sentido que hay que entender a Marx (1981: 348-349, citado en Tapia, 2012) cuando afirma que la tasa de beneficio “es el estímulo a la producción capitalista”, de forma que cuando esta decrece “frena la formación de nuevos capitales y, así, aparece como una amenaza al desarrollo del proceso de producción capitalista”.

Podemos concluir, entonces, que, bajo el capitalismo, las decisiones de inversión se rigen por las dinámicas de la rentabilidad; las cuales, como se ha mostrado, dependen del nivel de explotación del trabajo. En consecuencia, nuestro análisis nos lleva a la conclusión marxista clásica: la mayor explotación de la clase trabajadora es la fuerza subyacente a la expansión de la acumulación capitalista y, por lo tanto, una mayor explotación debería llevar a una mayor inversión.

 

La práctica

La tasa de ganancia

A pesar de (o quizás como consecuencia de) la centralidad de la tasa de ganancia para la teoría marxista, persiste un importante debate en torno a la forma de cálculo adecuada de la misma. Sin embargo, distintas revisiones del debate concluyen en términos similares con respecto a la tendencia de la(s) tasa(s) durante los últimos años7. Por lo tanto, para nuestra exposición será su ciente el examen de las conclusiones de algunas revisiones de la literatura que, además, coinciden con nuestros datos (ver gráfico 1).

 6 Es interesante darse cuenta de que la rentabilidad, entendida como la cantidad de bene cio por unidad de stock de capital, puede tener diferentes fuentes. De hecho, como lo demuestra la descomposición de la tasa de ganancia (P / K), su valor es el resultado de multiplicar la participación de los beneficios (P / Y) por la utilización de la capacidad (Y / Yfc) y el nivel tecnológico (Yfc / K), donde P = beneficios, Y = producción, Yfc = producción a plena utilización de la capacidad, y K = stock de capital. Este hecho ha llevado a un importante debate entre los economistas post keynesianos y los marxistas por el diferente papel atribuido a la utilización de la capacidad en la tasa de beneficio. Mientras que los post keynesianos enfatizan la importancia de sus variaciones, los marxistas han argumentado que estas solo afectan a la tasa de ganancia en el corto plazo. Nuestro énfasis en el objetivo de maximizar los beneficios que las empresas tienen, implica que, a largo plazo, las empresas tratarán de producir en el nivel más beneficioso de utilización de la capacidad. Esto es, mientras que “la utilización real puede desviarse de las tasas deseadas en el corto plazo. Sería poco razonable (…) asumir que las expectativas de la demanda pueden ser persistentemente y sistemáticamente falsificadas en estado de equilibrio. En consecuencia, es difícil concebir un escenario con crecimiento a la tasa de equilibrio en el que las empresas se contenten con acumular a un ritmo determinado a pesar de tener significativamente más (o menos) exceso de capacidad de lo que desean” (Skott, 2008: 6). Por lo tanto, en este artículo asumiremos la tasa de ganancia en su conjunto (P/K) como el indicador más relevante de rentabilidad para las decisiones empresariales.

Cierto es, sin embargo, que la opinión reproducida en este artículo, a pesar de mayoritaria, no es unánime. Para una exposición y discusión de estudios con resultados opuestos a los aquí analizados, véase, por ejemplo, Kliman (2011).

GRÁFICO 1

Tasas de ganancia en las economías desarrolladas 1960-2007.

Nota: La tasa de ganancia es igual al excedente neto de explotación dividido por el stock de capital neto (en porcentaje).

Fuente: Elaboración propia con datos de AMECO.

Por un lado Basu y Vasudevan (2013), llevan a cabo una investigación en la que contrastan las distintas posibilidades de cálculo empírico de la tasa de ganancia, concluyendo que “la inspección de las series temporales de varias medidas de la tasa de ganancia para la economía de los Estados Unidos [indica que], salvo en un caso, todas las medidas muestran tendencias similares: hay una ruptura en la tendencia decreciente de la rentabilidad a principios de los años ochenta; el período siguiente está marcado por la inexistencia de tendencias o una leve tendencia al alza”.

En el mismo sentido Michael Roberts (2011: 4-5) responde a la pregunta sobre la importancia de las distintas formas de medición de la tasa de ganancia afirmando que “no parece importar cómo se mida la tasa marxista de ganancia. Todas las medidas muestran que para la economía estadounidense (…) ha habido una tendencia secular a la baja en la tasa de ganancia [y] coinciden en que hubo un movimiento cíclico en esta [con] un mínimo en 1982 y luego un pico en 1997”.

La misma opinión es defendida por Guglielmo Carchedi (2011) quien, a pesar de ciertas divergencias en la cronología exacta, reconoce que “dentro de una tendencia secular a la baja dos largos periodos pueden discernirse – de 1978 a 1986 y de 1987 a 2009. La tasa media de beneficio cae en el primer periodo pero se incrementa en el segundo”.

Por su parte, Anwar Shaikh llega a las mismas conclusiones a partir del análisis empírico que realiza con sus propias variables. Concretamente, este autor analiza lo que él llama “la tasa de ganancia de la empresa”, que se calcula como la tasa de ganancia de la economía menos los tipos de interés. Con esta herramienta, el análisis empírico del autor le permite concluir, en línea con los planteamientos señalados más arriba, que “en los años 1980 comenzó un nuevo boom en los principales países capitalistas” (Shaikh, 2011: 45).

En consecuencia, en este trabajo defendemos la idea de que la tendencia mostrada por la tasa de ganancia capitalista en los últimos 40 años ha sido más bien positiva y que, por ende, la acumulación debería, por lo menos, haberse mantenido al mismo nivel que en los setenta.

La tasa de acumulación de capital.

En relación al análisis anterior, deberíamos observar unas tasas de acumulación de capital relativamente constantes o al alza desde los años ochenta hasta nuestros días. Sin embargo, y tal y como se ha explicado anteriormente, la situación actual es diferente de la que ha caracterizado el desarrollo capitalista desde sus primeros días. Específicamente podemos ver en los grá cos dos y tres que las tasas de acumulación han descendido para las principales economías capitalistas tanto en términos absolutos como en relación a los beneficios (gráficos 2 y 3).

GRÁFICO 2

Tasas de acumulación de capital en las economías desarrolladas 1960-2007.

 

Nota: Las tasas de acumulación se calculan como la tasa de crecimiento anual del stock de capital neto (en porcentaje).

GRÁFICO 3

Parte de los beneficios destinada a la inversión en las economías desarrolladas 1960-2007.

Nota: la parte de los beneficios destinada a la inversión se ha calculado como el cociente entre la formación neta de capital y el excedente neto de explotación.

Fuente: Elaboración propia con datos de AMECO.

La reducción de los niveles de acumulación en los países desarrollados desde los setenta es un hecho poco controvertido, pues es ampliamente reconocido en la profesión y descrito desde distintos enfoques (Suwandi y Foster, 2016; Teulings, 2014; Kliman 2011). Sin embargo, las complicaciones que supone combinar esta evidencia con las dinámicas del bene cio han sido menos estudiadas. Especialmente sorprendente es el hecho de que en la literatura marxista reciente “la cuestión sobre el cambio de relación entre bene cios y acumulación bajo el neoliberalismo (…) ha recibido relativamente poca atención” (Bakir y Campbell, 2011). Y cuando la ha recibido, ha seguido razonamientos similares a los defendidos por la escuela post keynesiana y que se critican a continuación (véase, por ejemplo, los mismos Bakir y Campbell, 2011 o Duménil y Lévy, 2004a).

En cualquier caso, aquellos autores que han observado esta fenomenología han con rmado que “no tiene precedentes en la historia del capitalismo” (Husson, 2009, p.1) y que, ciertamente, implica un “rompecabezas de inversión-ganancia” en el que los orígenes de los bene cios y el destino de las inversiones permanecen inciertos (Stockhammer, 2006). Además, la importancia de esta disociación es “tremenda (…) debido al hecho de que la tasa de crecimiento del stock de capital  jo, la tasa de acumulación, regula la capacidad de la economía para crecer” (Duménil y Lévy, 2004b).

Por lo tanto, urge clari car y desarrollar las actuales explicaciones del problema para poder aportar propuestas políticas efectivas en la solución a la falta de inversión y empleo, que tanto sufrimiento provocan.

  

LA FINANCIARIZACIÓN DEL CAPITALISMO

La visión post keynesiana

El rechazo de la Ley de Say era para Keynes uno de los puntos fundamentales para que su Teoría General “revolucionara (…) en gran manera, la forma en que el mundo piensa los problemas económicos”. Y es que, de hecho, la posibilidad de descoordinación entre oferta y demanda abre la puerta a una explicación endógena de las crisis y la falta de inversión, que rompe con la tradición ortodoxa (Tapia, 2012). Esto es así porque una de las razones por las que la demanda puede ser distinta de la oferta se halla en el hecho de que el dinero se puede atesorar y, por lo tanto, la inversión dependerá de las perspectivas de venta de las empresas en cuestión. De este modo, la demanda agregada depende de la propensión al consumo del conjunto de la sociedad que, a su vez, depende de la distribución de la renta. Por lo tanto, a pesar del efecto estimulante para la inversión que tiene la reducción de los costes laborales, la posibilidad de descoordinación entre oferta y demanda implica que, si dicha reducción comporta una bajada en el consumo agregado, el resultado será el freno a la inversión y, con él, la crisis económica. Tal y como exponen Onaran y Galanis (2013: 2) el hecho característico del análisis post keynesiano es que tiene en cuenta que “los salarios tienen un doble papel: son, al mismo tiempo, un componente del costo y una fuente de demanda” de modo que “el efecto total de la disminución de la participación salarial en la demanda agregada depende del tamaño relativo de los efectos de los cambios en la distribución del ingreso sobre el consumo, la inversión y exportaciones netas”.

En términos empíricos, ha sido demostrado por varios autores que la mayoría de economías nacionales (y la mundial en su conjunto) están lideradas por los salarios gracias a su peso en la demanda agregada (véase, por ejemplo, Bowles y Boyer, 1995). En consecuencia, desde este punto de vista puede a rmarse que la caída de la inversión podría darse porque “la disminución de la participación del trabajo en la renta nacional desde los años ochenta ha signi cado una disminución del poder adquisitivo de los trabajadores, que ha limitado su capacidad adquisitiva [y, por lo tanto, la demanda agregada]” (Onaran y Galanis: 34).

Sin embargo, tal y como expresa acertadamente Stockhammer (2006), esta explicación de la falta de inversión post keynesiana es incapaz de resolver el otro lado de la paradoja del capitalismo de las últimas décadas: el incremento de los bene cios a pesar de la reducción de los salarios y la inversión; algo que contradice la máxima kaleckiana según la cual “los trabajadores consumen lo que ganan mientras que los capitalistas ganan lo que consumen”.

Llegados a este punto de análisis, los economistas post keynesianos introducen un tercer elemento diferenciado del capital (en sentido abstracto) y de los trabajadores: el capital  nanciero. Por un lado, su desarrollo habría “generado un creciente potencial para el consumo (…)  nanciado con deuda, creando así el potencial para compensar los efectos depresivos de la [reducida] demanda en algunos países” (Hein y Mundt, 2012: 2). En consecuencia, la explicación subconsumista de la falta de inversión quedaría invalidada por la misma constatación de que, fuera cual fuera su causa, “en los EEUU la participación del consumo en el PIB había estado creciendo desde 1980 [y que] la tendencia es similar en el Reino Unido” (Stockhammer, 2010: 5), y también lo es para otros países de la periferia europea (Onaran y Galanis, 2013). Por lo tanto, la reducción de la inversión en los países desarrollados habría sido el resultado, por otro lado, del citado proceso de  nanciarización. Esto es así porque, según los autores post keynesianos, su expansión habría impedido el uso de ese capital en la esfera industrial de las economías avanzadas (véase Hein y Mundt, 2012 o Stockhammer, 2006).

La conclusión de las líneas precedentes es que, para el enfoque post keynesiano, el empoderamiento del capital  nanciero sería la única explicación consistente, al mismo tiempo, con la reducción de la inversión y el incremento de los bene cios. Tal y como reconoce Palley (2007: 11), “la tesis de la  nanciarización es que (…) el incremento del endeudamiento, los cambios en la distribución funcional de la renta, el estancamiento salarial y la mayor desigualdad de ingresos están relacionados con los cambios provocados por los intereses del sector  nanciero”.

Por este motivo, la explicación post keynesiana de la falta de inversión, y sus recetas contra la misma, dependen totalmente de su análisis del comportamiento empresarial. A saber, este análisis se basa en la existencia de objetivos empresariales distintos al de maximización de las ganancias. Además, según esta escuela, el logro de cada una de estas metas genera distintos beneficios para los distintos agentes que administran las empresas. Más concretamente, los beneficios son la fuente de ingresos de los propietarios, mientras que los gerentes estarían más interesados en aumentar el tamaño de la empresa (a través de la inversión) para hacerla más poderosa y asegurar su mantenimiento a largo plazo y, así, la posición y el salario de los mismos gerentes. Vemos, pues, que bajo este enfoque aparecen distintas “sub-clases” capitalistas, con intereses opuestos entre ellas (Stockhammer, 2006). Un hecho que implica la prevalencia de un tipo u otro de comportamiento empresarial en función de la estructura de poder en el interior de las empresas. Es decir, que cualquier cambio en las prioridades de las empresas podría ser el resultado de cambios puramente institucionales.

Desde este punto de vista, ciertos cambios sociales y legislativos ocurridos a principios de los años ochenta modi caron las prioridades de gestión de las empresas a través del empoderamiento de los accionistas frente a los directivos. Especí camente, la liberalización  financiera permitió que tenedores de dinero, fondos de inversión y demás capitalistas  nancieros9 ganaran un papel fundamental en la gestión de las empresas. Y, dada la divergencia de objetivos entre capital  financiero y capitalistas productivos (gerentes), estos procesos comportaron un freno a la acumulación productiva en pos de la inversión  nanciera, dando lugar a lo que se ha conocido con el nombre de  financiarización.

De acuerdo con esta teoría, entonces, el empoderamiento de los capitalistas  financieros comportó un incremento en los gastos priorizados por la sub-clase de capitalistas  nancieros (los dividendos), que habría evitado el uso de los beneficios de las empresas en la acumulación de capital industrial (Orhangazi, 2008, Duménil y Lévy, 2004a, 2004b). En palabras de Stockhammer (2004: 735): “las empresas (en promedio) no están constreñidas por las  finanzas (los bene cios son elevados), pero sus prioridades hacen que no elijan invertir”.

Siguiendo la explicación post keynesiana, por lo tanto, podemos afirmar que la reducción de los niveles de acumulación de capital es el resultado del auge de las  nanzas. Una explicación que, con respecto a la correlación temporal que existe entre la  financiarización y la disminución de la inversión, podría ser plausible. Además, esta relación negativa entre inversión y financiarización es apoyada por los resultados de distintas investigaciones econométricas. Por ejemplo, Stockhammer (2004: 739) encuentra un “fuerte apoyo” al rol jugado por la  nanciarización en la reducción de la acumulación, especialmente en los casos de Francia y EEUU cuando controla la participación de los beneficios, el nivel de la capacidad de utilización y el precio del capital. Asimismo, centrándose en datos empresariales de los EEUU, Orhangazi (2008) encuentra efectos negativos significativos de los beneficios y pagos  financieros sobre las tasas de acumulación de empresas no  financieras. En consecuencia, la presencia de una relación negativa entre financiarización y acumulación parece una realidad.

Sin embargo, el origen del auge de la  financiarización, que los post keynesianos atribuyen al empoderamiento del capital  financiero, no puede ser confirmado por la citada evidencia. Más concretamente, la relación negativa entre  financiarización e inversión es, ciertamente, una condición necesaria para la validez de la explicación post keynesiana pero no es, ni mucho menos, una condición suficiente como exponemos a continuación.

Crítica a la visión post keynesiana

Quizá paradójicamente, a mediados del siglo XX hubo cierta preocupación entre economistas y empresarios por las consecuencias de la separación entre propietarios y gestores y el poder que acumulaban estos últimos; algo que se conoció como el problema del “propietario ausente”. En esos días había la preocupación de que los gerentes llevaran las empresas a la quiebra por su menor preocupación, en relación a la de los propietarios, por el éxito de las mismas (Auerbach, 2016). Sin embargo, en 1977, Chandler criticó todas estas preocupaciones por no tener en cuenta el motor principal del capitalismo: la necesidad de explotación impuesta por la competencia. Para él, “la aparición de una separación entre la propiedad y el control era vista como un aspecto de la profesionalización de la gestión (…) que evitó a las grandes empresas (…) colapsar bajo el peso de las deseconomías de escala” (Auerbach, 2016: 147). La profesionalización de las actividades gerenciales fue en ese momento una estrategia para aumentar la rentabilidad, el único objetivo que cualquier empresa debe tener para sobrevivir.

La explicación post keynesiana de la divergencia entre los beneficios y la inversión esbozada en el apartado anterior comparte el mismo sesgo institucionalista que los argumentos que Chandler criticó. Concretamente, la explicación post keynesiana se basa en una teoría de la empresa en la que esta tiene objetivos diferentes de los de maximización de los beneficios. Estos otros objetivos aparecen porque, dicen los post keynesianos, la meta  final de cualquier empresa es la de “conseguir poder” y, con este objetivo último, pueden especificarse muchos objetivos intermedios (Lavoie, 2014). Por lo tanto, dependiendo de circunstancias históricas, políticas y sociales concretas, unos objetivos u otros prevalecerán en la lucha por el poder. Esta descripción de la empresa, sin embargo, implica substanciales problemas. En primer lugar, si seguimos al reconocido post keynesiano J.K. Galbraith (1975, p.108) y definimos el poder como “la capacidad de un individuo o grupo para imponer su propósito a otros”, no podemos afirmar que el propósito de las empresas es conseguir poder, como hace Lavoie (2014). Se ve claramente que, al argumentar que el objetivo de una empresa es conseguir sus propósitos, caemos en un razonamiento circular que no dice nada sobre el objetivo real de la empresa. Por lo tanto, el enfoque post keynesiano de la empresa puede ser criticado por sobreestimar la importancia del “poder” en abstracto y, sobre todo, por ignorar las fuentes del poder real en el capitalismo.

En este sentido hay que entender que, en una economía basada en el mercado, la capacidad de las empresas para influir en sus resultados depende de su capacidad de competir, hecho que está vinculado a la capacidad de apropiarse de plustrabajo. Esta es, de hecho, la especificidad del capitalismo que se ha señalado anteriormente: el éxito no depende de los deseos de nadie sino de la capacidad de triunfar siguiendo las normas impuestas por la competencia y los derechos de propiedad. Por esta razón, Husson (2009: 2) comenta que “es una visión distorsionada de la teoría del capitalismo hacer depender la dinámica de la acumulación en la distribución de los beneficios entre la empresa y los accionistas. Se opone a ambas teorías, marxista y ortodoxa, las cuales postulan que la remuneración de los accionistas se justifica por su aporte de capital y, por lo tanto, por la inversión”. En consecuencia, la búsqueda de poder en el capitalismo debe ser considerada como la búsqueda de poder en el mercado, lo que implica la necesidad de producir competitivamente y, por lo tanto, la necesidad de explotar el trabajo humano.

Respecto a los problemas que implica la explicación post keynesiana hay que añadir que, puesto que cualquier ingreso en el capitalismo tiene su origen en el trabajo o en la propiedad de capital (cualquiera que sea su forma), no pueden existir, en esencia, intereses contrapuestos para la misma clase. Por lo tanto, bajo nuestro punto de vista, las cuestiones relacionadas con la dirección de las empresas son una simple expresión de las más profundas y estáticas motivaciones capitalistas. En términos matemáticos, la organización empresarial no puede ser la variable independiente que determina las dinámicas que siguen la inversión y la explotación del trabajo; contrariamente, son estas últimas las que determinan la forma que toma la dirección de las empresas en cada momento histórico.

Por lo tanto, bajo nuestro enfoque (y contrariamente a lo que supone la teoría post keynesiana) no es sorprendente que en la comparación entre las empresas controlados por sus propietarios y las controladas por gerentes “la mayoría de los estudios parecen demostrar que no hay discrepancia con respecto al crecimiento de ventas y activos, publicidad, salarios, variabilidad de la inversión y los dividendos. Y lo que es más importante, no hay diferencia con respecto a las variables de rentabilidad” (Lavoie, 2014: 130- 131). Por otra parte, todavía en el nivel empírico, hay una evidencia importante según la cual la ocupación en puestos de gerencia y dirección de las empresas ha aumentado en número y recompensa desde los años ochenta (Goldstein, 2012). Esta evidencia destaca el hecho de que durante la época de la  financiarización los “gerentes obsesionados por el crecimiento” han aumentado en número e importancia; algo contrario a lo esperable por la explicación post keynesiana, en la que los gerentes debieron haber reducido su influencia en la gobernanza de las compañías, para dejar paso a los accionistas deseosos de beneficios a corto plazo.

Tenemos que concluir, entonces, que la “tesis de la  financiarización” tiene sus raíces en un marco teórico que ignora la dependencia de las empresas en el mercado inherente al capitalismo. Desde este punto de vista, la explicación post keynesiana de la falta de inversión “recurre a un elemento exógeno (decisiones de desregulación, comportamiento de los agentes); se limita el análisis a una dimensión del sistema económico ( financiero) y de forma temporal (no como fenómeno estructural) ” (Mateo, 2015: 29) y es, por tanto, insatisfactoria a la hora de explicar las leyes fundamentales del capitalismo. En consecuencia, cualquier cambio en las prioridades de las empresas tiene que estar relacionado con cambios en las leyes impuestas por la competencia y las formas de explotación. Esta es, de hecho, la base para nuestra explicación del rompecabezas de inversión y beneficio.

La visión marxista

Como ha quedado expuesto en el apartado anterior, la visión post keynesiana del capitalismo permite e incentiva dibujar una relación negativa entre las esferas  financiera y productiva (o real) de las economías capitalistas. El pensamiento de Marx, sin embargo, rechaza totalmente esta visión.

El economista alemán, como hemos visto, explicó que el capitalismo se caracteriza por la producción de mercancías con el propósito de un beneficio. Esta idea queda perfectamente reflejada en su famosa y esquemática descripción del proceso que sigue la riqueza bajo el capitalismo: el dinero se usa para obtener mercancías que, a través de un proceso de producción con trabajo humano, se convierten en mercancías de valor superior que son intercambiadas por una cantidad de dinero superior a la inicial (D-M-…P…-M’-D’).

La diferencia entre la cantidad de dinero inicial y la cantidad de dinero  final es, justamente, lo que permite la realización monetaria del plusvalor, es decir, del beneficio empresarial. Sin embargo, desde un punto de vista macroeconómico, hay una incógnita importante: ¿cómo se consigue ampliar la cantidad de dinero existente en el total de la economía para permitir la realización del beneficio en forma monetaria?

A través del crédito. Es por esto que “no hay que olvidar (…) que el propio sistema de crédito es, por una parte, una forma inminente del modo de producción capitalista, y por la otra, una fuerza impulsora de su desarrollo hacia su forma última y suprema posible” (Marx, 1999, p. 781, t. 3, citado en Astarita, 2008).

Así pues, frente a “la contradicción inter-capitalista entre las  finanzas y el capital productivo” (Mateo, 2010: 7) que presupone la visión post keynesiana, en el análisis marxista el “capital es una totalidad que asume diversas formas (…) y los antagonismos que puedan producirse son de segundo orden en el sentido de que se integran en el concepto y devenir del capital, obedeciendo a sus leyes de funcionamiento” (ibíd.: 7-8).

En consecuencia, debemos concebir las actividades de los capitalistas  financieros como una actividad cualquiera. Esto es así por distintas razones. En primer lugar, porque el capital que se presta, a menudo, da derecho a la participación en la gestión y dirección de empresas, convirtiéndose, si se quiere, en capital productivo. Además, la profesionalización de la actividad prestamista que se da, por ejemplo, en bancos o fondos de inversión, no es sino la producción de servicios con un valor y un plusvalor determinados por las mismas leyes de mercado que se aplican a cualquier mercancía. Finalmente, hay que observar que en múltiples ocasiones el capital prestado son recursos temporalmente desocupados que son propiedad de capitalistas productivos, por lo que la oposición entre capital  financiero y capital productivo es imperceptible (Astarita, 2008).

Por lo tanto, el enfoque marxista debe destacar que “la división entre el capital dinero y el capital en funciones se da en el marco de una unidad, que consiste en que ambos se nutren de la plusvalía, esto es, de la explotación del trabajo humano” (Ibíd. énfasis en el original). Desde este punto de vista, la oposición entre  financiarización y acumulación de capital se desvanece: el origen de ambos procesos se halla en la misma fuente y, por lo tanto, es incorrecto predecir tendencias contrarias en estas esferas del proceso de valorización. Más concretamente, se puede afirmar que el desarrollo de las  finanzas no es sino una condición necesaria en el desarrollo de la acumulación capitalista. Especialmente si se tiene en cuenta que, desde un punto de vista microeconómico, la buena marcha de los mercados  financieros puede mejorar las condiciones para la acumulación de capital, puesto que esta buena marcha genera “un efecto riqueza sobre las empresas industriales que pueden  financiarse para acometer proyectos de inversión. (…) Pueden hacer nuevas emisiones para mejorar el capital, y también pueden servir de colaterales para acceder a préstamos” (Mateo, 2010: 15).

En consecuencia, la teoría marxista rechaza la idea de que la falta de inversión se deba al desarrollo de las  finanzas. Por el contrario, su desarrollo debe entenderse como una expresión paralela al proceso de acumulación del capital industrial. Entonces, nuestra teoría debe buscar las raíces de la evidencia empírica que relaciona negativamente la  financiarización y la acumulación, en las leyes objetivas que determinan el movimiento de la rentabilidad y la inversión.

LA FINANCIARIZACIÓN COMO ESTRATEGIA COMPETITIVA EN EL MERCADO GLOBAL

Debido a que “la competencia obliga las empresas capitalistas a buscar nuevos mercados en los que conseguir los mejores precios para sus mercancías, y buscar los proveedores más baratos de los bienes que estas compran” (Brewer, 1990: 43), es esperable una tendencia a la expansión territorial de las empresas. De hecho, distintos autores han defendido que el comercio internacional no es, ni mucho menos, un fenómeno nuevo, sino que ha caracterizado el desarrollo capitalista desde sus primeros días13. Sin embargo, la globalización puede definirse, más allá de la mera expansión territorial del capital, como un proceso de incremento en la densidad y frecuencia de las interacciones internacionales en relación a las locales o nacionales. Por lo tanto, la globalización no ha de entenderse como un simple incremento cuantitativo del comercio internacional, sino que ha de estudiarse como un cambio cualitativo en las formas que este ha tomado.

Por lo tanto, podemos afirmar que los cambios experimentados por la economía mundial en las últimas décadas han modificado las condiciones objetivas bajo las cuales el capital se reproduce. Las necesidades de reducción de costes han llevado al capital mundial a relocalizarse para aprovechar las mejores condiciones de explotación en cada lugar. Pero no solo eso: las nuevas posibilidades de producción transnacional han permitido la mayor especialización de las empresas, que se ha convertido en una forma de mejorar la competitividad gracias a su capacidad de reducir el tiempo de trabajo por debajo del tiempo de trabajo socialmente necesario en la producción de mercancías. Consecuentemente, la concentración de algunas empresas en la producción de servicios antiguamente inseparables de la producción industrial, se convierte en nuestros días en un fenómeno evidente gracias al cambio en las condiciones objetivas de valorización del capital.

Desde este punto de vista, en un mundo en el que el proceso de valorización del capital puede ser fragmentado en distintas localizaciones, es de esperar que cada una de ellas se concentre en un tipo de producción u otro, dadas las ventajas competitivas que aportan las economías de escala y aglomeración. Consecuentemente, a partir de los ochenta se observa el desarrollo de ciertas actividades a unos niveles superiores a los vistos hasta la fecha, porque regiones enteras se especializan en actividades que antes debían ir acompañadas por otro tipo de actividad. Por este motivo estamos de acuerdo con Mateo (2010: 8) cuando afirma que al buscar los orígenes de la  financiarización de la economía es “apropiado hablar de creciente importancia de ciertas actividades, ramas o prácticas, a partir del fundamento objetivo que emana del comportamiento del conjunto del sistema económico, es decir, del contexto derivado del proceso de acumulación”.

En consecuencia, el origen de la  financiarización de las economías occidentales debe buscarse en la especialización productiva acaecida en el marco de la reorganización del capitalismo mundial, después de los desarrollos tecnológicos y cambios políticos de los años setenta. Desde este punto de vista, lo que se ha considerado como empoderamiento de la clase rentista no es otra cosa que la adaptación de la clase capitalista (como un todo que es) a las posibilidades de beneficio que supone el negocio  financiero, frente a la creciente competencia del sur en el terreno de las manufacturas. Una idea que encaja perfectamente con la evidencia empírica que demuestra que “las empresas no  financieras se han  financializado, alejándose de los bancos y sacando beneficio de operaciones  financieras llevadas a cabo por ellas mismas” (Lapavitsas y Mendieta-Munoz, 2016).

Asimismo, la idea de que la especialización  financiera permite mejorar la competitividad en el mercado global también es apoyada por los datos descritos por Milberg (2008, p.439) en su análisis de algunas de las mayores  firmas estadounidenses: “mayores niveles de valor para los accionistas están asociados con una mayor dependencia de las importaciones en las cadenas mundiales de valor”. Aunque parece que él no se da cuenta, este hecho es un apoyo importante para nuestra teoría frente a la explicación post keynesiana del rompecabezas. Entendiendo la integración de empresas dentro de cadenas de valor global como una estrategia competitiva, el hecho de que aquellas más integradas globalmente sean también las más  financiarizadas indica que las empresas más exitosas de los países desarrollados son las que “invierten” con mayor énfasis en sus actividades  financieras. Por lo tanto, la evidencia empírica según la cual los mayores niveles del valor de los accionistas están vinculados a una mayor dependencia en las cadenas mundiales de valor puede verse como otra prueba del vínculo entre la  financiarización y el éxito competitivo para las empresas multinacionales americanas.

Siguiendo este razonamiento podemos afirmar que los beneficios distribuidos en forma de dividendos han sido, simplemente, una forma de ganar competitividad. Como escriben Milos y Sotiropoulos (2009: 170), por ejemplo, la compra de acciones propias y el elevado valor en el mercado de acciones “envía signos de rentabilidad a los mercados dinerarios” y permite “una continuación normal de la  financiación” y, así, asegura la competitividad de las empresas. Desde este punto de vista, entonces, la “falta de inversión” en los países desarrollados no habría sido tal cosa, sino que, más bien, lo que se habría dado en estos países habría sido “un tipo de inversión distinta”, alejada del capital industrial y centrada en el capital  financiero.

Concluimos, entonces, que los beneficios obtenidos por las empresas occidentales a través de la explotación de la clase trabajadora mundial han sido usados, desde los años ochenta, en el desarrollo de la competitividad  financiera con el objetivo de encontrar un nicho de mercado provechoso. Por lo tanto, como han demostrado empíricamente diversos economistas post keynesianos, la  financiarización de las economías desarrolladas ha supuesto un declive en sus tasas de acumulación. No obstante, es incorrecto afirmar que esta relación negativa está motivada por ningún carácter parasitario de las  finanzas. Simplemente, el desarrollo de este tipo de actividades no requiere del mismo grado de acumulación en capital  fijo; una situación que se ha podido mantener gracias a la división internacional del trabajo. Así pues, las causas de la  financiarización no deben hallarse en ningún tipo de “lucha intra-clase” o modificación de las preferencias de los capitalistas. Contrariamente, la  financiarización es el resultado esperable de la lucha entre capitalistas individuales por la apropiación del máximo plusvalor posible. Por lo tanto, no es posible acabar con los problemas de la  financiarización sin acabar con el propio sistema que la genera.

CONCLUSIONES E IMPLICACIONES POLÍTICAS

En este artículo hemos mostrado que, bajo el capitalismo, los trabajadores crean valor y los capitalistas se apropian de parte de este, en virtud de la propiedad de los medios de producción. Además, hemos señalado que la acumulación de capital es un elemento esencial en el desempeño económico del capitalismo. Específicamente, bajo este sistema, la inversión es una necesidad para la supervivencia de las empresas, dada la competencia en el mercado a la que estas se enfrentan. Además, hemos destacado que los beneficios son la base para la inversión capitalista y que, por consiguiente, la inversión sigue los patrones dictados por la rentabilidad.

Sin embargo, a pesar de la evidencia empírica que apoya este vínculo entre la inversión y la tasa de ganancia, en las últimas décadas hemos visto una tendencia divergente entre ambas variables. Más concretamente, las economías desarrolladas han mostrado ciertos aumentos en sus tasas de ganancia, mientras que sus tasas de inversión han disminuido. Este hecho ha supuesto un importante problema para la economía heterodoxa. Por este motivo, algunos economistas, principalmente de la escuela post keynesiana, han tratado de explicar este fenómeno como la consecuencia de un empoderamiento del capital  financiero que habría priorizado el beneficio a corto plazo frente a la inversión en capital  fijo.

Desde una perspectiva holística del sistema capitalista, sin embargo, no es concebible una oposición tan importante y por tanto tiempo entre facciones distintas del capital. En este sentido hemos defendido que las actividades  financieras pueden ser concebidas como una actividad productiva. Por este motivo, su desarrollo no responde a fenómenos puramente políticos, sino que tiene relación con las leyes fundamentales que regulan al capital. Así, el crecimiento en importancia y extensión de las actividades  financieras es el producto esperable en el sistema capitalista, en el que la pulsión por la apropiación de plustrabajo urge a cualquier capital a especializarse en aquello que mayores beneficios le permita; algo que está intrínsecamente relacionado con la localización geográfica y las especificidades que, en cada lugar, permiten que los beneficios se obtengan de la producción de un tipo u otro de mercancías.

En concreto, por motivos históricos, políticos, sociales y económicos, en los países del primer mundo, las empresas allí localizadas se han centrado, crecientemente desde los años ochenta, en la producción de servicios  financieros. Por su parte, la producción de bienes manufacturados se ha localizado cada vez más en los países del sur. Una configuración internacional de trabajo y capital en la que las empresas occidentales han podido no invertir en capital  fijo mientras la producción manufacturera se llevaba a cabo en otros países que son más competitivos en ese tipo de producción.

En consecuencia, la falta de inversión en los países desarrollados no es el resultado de un mal funcionamiento del capitalismo, sino que es una expresión concreta de su normal funcionamiento en un momento histórico determinado. Por estas razones, si nuestra teoría es cierta, las reivindicaciones políticas para el control de las  finanzas son inútiles: su regulación implica simplemente el control de la herramienta a través de la cual las empresas del norte han sobrevivido a la batalla de la competencia internacional en las últimas décadas. Por lo tanto, impedir su uso significaría la imposibilidad de competir con las empresas del sur y, por ende, la perpetuación de los problemas de acumulación de capital en el norte.

Frente a esta situación, la elevación de los niveles de vida en el sur podría ser vista como la vía que permitiría regular las  finanzas en occidente, logrando así un equilibrio entre los capitales productivo y  nanciero en el Norte y en el Sur. Sin embargo, como se ha demostrado, las ganancias de los capitalistas, y por lo tanto la inversión, son mayores cuanto más bajos son los niveles de vida de la clase trabajadora; un hecho que implica que un aumento en los estándares de vida de los trabajadores del sur reduciría la rentabilidad y la inversión a escala global. Solo queda, pues, la única opción que los capitalistas siempre recompensan con mayor acumulación: la reducción de los niveles de vida de la clase trabajadora.

En este punto la esencia del capitalismo se expresa con más claridad que nunca: la propiedad privada de los medios de producción implica que la miseria de los trabajadores sea una condición necesaria para el funcionamiento del sistema. En la situación actual se nos abren dos caminos. Uno es permanecer en el sistema capitalista y asumir un empeoramiento de la explotación para recuperar la acumulación de capital, el empleo y el crecimiento (transformado en bienestar para unas pocas personas). La otra es acabar con el control privado de los medios de producción y la centralidad del mercado, para dejar que la acumulación, el empleo y el crecimiento respondan a las necesidades de las personas.

 

 

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(Pintura : Yendo al trabajo. Lowry, Laurence Stephen 1943)

Argentina: se abre un debate en la izquierda revolucionaria.

TEXTO DE DISCUSION SOBRE SITUACION NACIONAL

  • Este texto trata de recoger una discusión con un amplio grupo de compañeros de nuestro grupo y no cuyo disparador del mismo fue el resultado electoral del pasado 22 de octubre (elecciones parlamentarias, de medio término, en la Argentina). El grupo SOCIALISMO REVOLUCIONARIO aportó al mismo su declaración política previa a dicho evento electoral (ver anexo). Lo que sigue son apuntes tomados con el objetivo de aportar a la continuidad del debate y de la acción política. Tienen la posibilidad del error o la omisión de quizás no poder recoger a fondo muchas intervenciones. Pero el valor creemos de sin intentar ser “un documento nacional” ni mucho menos, de un texto que permita desarrollar la discusión. Es en este sentido que nos proponemos (y proponemos) encarar en los próximos meses un estudio y debate sobre distintos temas como ser un análisis de la realidad económica de argentina ligada a la mundial y la no menos importante discusión sobre la organización de los revolucionarios, a la cal podríamos definir como la discusión del “partido”. Queremos hacerlo colectivamente y a esta discusión como las venideras te invitamos abiertamente
  • Es imposible abordar la realidad argentina sin comprender el contexto internacional. Aclaramos que lejos estamos de eso, pero señalar nomás algunos hechos de la realidad. La crisis del capitalismo lejos de llevar a sectores de masas a salida anticapitalista, producto de la debilidad y confusión política ha llevado incluso a procesos de derechización electorales en los países centrales del capitalismo (EEUU con Trump, exclusión de la socialdemocracia en el ballotage de Francia, ascenso electoral de movimientos neo-nazis en Alemania, Austria, Holanda, Dinamarca, etc.). Evidencian que la crisis capitalista del 2008 no sólo no se resolvió a favor de los trabajadores, sino que éstos ven como viable una salida más reaccionaria que el equilibrio político que precedió a la crisis. Desde luego, esa salida tomó las necesidades autóctonas de sus propios trabajadores, y en algunos casos con alto contenido de xenofobia.
  • Este cuadro mundial adverso (no sólo para una perspectiva socialista revolucionaria, sino también para el desarrollo de luchas anticapitalistas defensivas) es el resultado de un proceso de derrotas previas del movimiento obrero mundial. La restauración capitalista en la ex URSS, Europa del Este, China, etc., no sólo que se dio en forma incruenta (sin represión contra los trabajadores), sino con el apoyo de los mismos. Esto marca que la derrota sufrida no es sólo política, sino ideológica. El estalinismo como programa, pero también como metodología, después de décadas de traiciones pavimentó el terreno de dicha restauración. En realidad, cuando hablamos de derrotas de la clase obrera, el estalinismo fue el victimario predecesor de lo que luego consumó la burguesía restauracionista en los 80/90.Pero este fenómeno ha desnudado en relación a las masas lo que podríamos definir como “falta de alternativas”, es decir una visión catastrofista que nada se puede hacer para liquidar el sistema de opresión que es el capitalismo.
  • Esto explica que, para las grandes masas explotadas, asistimos a una NATURALIZACIÓN DEL CAPITALISMO como estación terminal de la evolución humana. Esto opera como un factor de enorme presión sobre los luchadores, sobre el activismo, sobre aquellos que al menos cuestionan la explotación del hombre por el hombre. A pesar que se han profundizado los factores objetivos que hacen necesaria una revolución socialista internacional, una organización de la economía en base a un plan basado en la colectivización de los medios de producción (la riqueza hiperconcentrada en menos manos, la profundización de la brecha social, los desastres ecológicos, el narcotráfico, el terrorismo islámico como forma de “resistencia” al Imperialismo, el crecimiento de enfermedades de la civilización, etc.), la posible realización de tal revolución aparece como imposible, en tanto el sujeto social destinado a ejecutarla está preñado de CONCIENCIA BURGUESA. Como lo expresamos en nuestra ponencia en el reciente Congreso Internacional “A CIEN AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA”: “Quizás, subjetivamente, los trabajadores no sientan hoy que tienen sólo sus cadenas para perder, como claramente lo sufrían (1ª Guerra mundial mediante), hace 100 años. El hiperconsumismo es expresión de una de las formasbajo la cual el capitalismo ha logrado diversificar su extracción de plusvalía y su acumulación de capital. El sistema sobrevive creando nuevas cadenas, formadoras de conciencia burguesa en una abrumadora mayoría de obrerosy sectores populares en todo el planeta. El problema pareciera ser que dichas cadenas no son sentidas como tales por los explotados, sino por el contrario, operan como estímulo permanente en un circuito adictivo cuyo derrotero es consumir más y más mercancías y con una visión acrítica sobre la barbarie en curso. Se nos plantean, pues, nuevos desafíos programáticos, en tanto para sobrevivirse, el capitalismo viene exprimiendo el planeta hasta plantear la posibilidad de agotarlo. Los tiempos del capitalismo (extraer las mayores ganancias en el menor lapso posible) entran en contradicción con cualquier posibilidad de planificación de la producción en beneficio de la humanidad.”En conclusión: somos un puñado de militantes que luchamos por una causa (el socialismo revolucionario) cuya viabilidad práctica no coincide con nuestro ciclo biológico vital. Esta dura realidad no puede ser negada inventando ilusiones, sino estudiando como relacionar las luchas defensivas inevitables que se van a seguir produciendo con la perspectiva ideológica que seguimos defendiendo. Es interesante y útil reflexionar sobre lo siguiente: el desarrollo de las fuerzas productivas(que en muchos e innumerables casos actúan como fuerzas destructivas) que se ha producido en el planeta en las últimas décadas se ha hecho mediante el crecimiento numérico de la clase trabajadora, así como de la diversidad de formas de extracción de plusvalía a la misma. Se ha potenciado y universalizado la relación de producción fundamental de nuestro tiempo: capital/trabajo asalariado. Pero sin embargo, se ha debilitado la presencia independiente de la clase obrera, su centralidad, su rol de caudillo nacional, en lo diferentes escenarios de conflicto a lo largo y ancho del planeta. Argentina no es una excepción. Y junto a este fenómeno cada vez se expresa claramente
  • Relacionando este contexto mundial con la realidad argentina, cabe destacar que el proceso electoral de agosto/octubre de 2017 fue precedido por derrotas de luchas defensivasobreras importantes (Lear, AGR Clarín, PepsiCo, etc.) O bien por resistencias que tan sólo obligaron al Gobierno a un gradualismo en la aplicación de sus planes de ajuste (Conicet, docentes, estatales en general). Las reservas de la lucha democrática, esenciales en el pueblo argentino, se manifestaron masivamente (Ni una Menos, aparición con vida de Santiago Maldonado), pero no se vincularon con las luchas económicas y contra los despidos. Sigue ausente el escenario básico de la ASAMBLEA como método organizador de la lucha. Cuesta la participación de las bases, y los sindicatos en general mantienen su carácter burocrático y en muchos casos, empresarial. La campaña anti obrera del Gobierno nacional pudo ganar consenso de masas a caballo del odio popular a la corrupción de las mafias sindicales, piqueteras y estatales.
  • Este contexto general hacía previsible la victoria de CAMBIEMOS el 22 de octubre. (ver anexo). Esta victoria de la derecha empresarial y oligárquica es el componente esencial que hay que enfrentar, en la medida que el Gobierno se fortalece para aplicar el ajuste previsto y necesario desde el punto de vista del capitalismo como sistema. Desde este punto de vista, los trabajadores hemos sufrido una nueva DERROTAsuperestructural,que no puede ni debe ser minimizada (como lo hizo Cristina en la noche del propio domingo 22, o la izquierda en general, jerarquizando algún buen resultado propio).
  • Si bien el fenómeno CAMBIEMOS ratifica la crisis de representatividad de los partidos tradicionales, es falso afirmar que esto supone su acta de defunción. En el caso del radicalismo, configura la estructura nacional del frente CAMBIEMOS, y de hecho su peso en la alianza ha crecido a caballo del crecimiento de dicha alianza. En el caso del peronismo, no olvidemos que en algunas provincias importantes (Santa Fe, Buenos Aires, y la propia CABA) hay una importante afluencia de cuadros peronistas en la estructura del PRO. También es incorrecto festejar la derrota del kirchnerismo, de su hipocresía y su cinismo (rasgos indudablemente ciertos de un gobierno que defendió a capa y espada la explotación capitalista). No sólo porque tal derrota fue a manos de una fracción victoriosa PEOR, A SU DERECHA, sino que es utilizada para justificar una descalificación de toda lucha de resistencia.

En tanto en las peleas que se generaron en el curso de los dos primeros años del macrismo como gobierno, las distintas variantes del kirchnerismo tuvieron una participación importante (contra los tarifazos, contra los despidos en el Estado, ante la emergencia alimentaria, Ni una Menos, movilizaciones por Santiago Maldonado, etc.). Esto nos obliga a distinguir, a la hora de la construcción de la UNIDAD DE ACCIÓN, entre la militancia que resiste y las conducciones, cuya lógica es sobrevivirse como aparato, o como burócratas, conciliando con el propio Gobierno que dicen combatir en defensa del sistema y el régimen político. Esto vale tanto para dirigentes políticos de la oposición burguesa como para la burocracia sindical y piquetera. Señalamos que, si bien hoy es necesario la mas amplia unidad de acción para enfrentar la ofensiva del gobierno en todos los terrenos (reforma laboral, previsional, acuerdo de gobernadores, ofensiva contra las libertades democráticas), dicha unidad no puede ser un obstáculo para plantear el reagrupamiento de sectores de activistas sobre bases claramente anticapitalistas y antiburocráticas. Será unabúsqueda de como coordinar y articular ambas tareas.

  • Es verdad también que muchos trabajadores votaron a CAMBIEMOS como recurso anti K, anticorrupción, anti burocracia, anti políticos mentirosos. Pero nadie puede decir que lo hicieron engañados por el discurso del Gobierno. Más allá del gradualismo de los dos primeros años, los principales referentes (Macri, Vidal, los ministros) anticiparon la profundización del ajuste. Pareciera ser que una importante franja de trabajadores, especialmente los del sector privado, consideran el ajuste como inevitable, han comprado la idea de que el déficit fiscal es el resultado de mantener empleados públicos vagos, o bien planes sociales que fomentan la vagancia. Es posible que muchos de estos trabajadores, a la hora de sufrir en carne propia las consecuencias del ajuste, estén dispuestos a resistir. Pero por ahora forman parte de la base social del régimen, y de la propagación de toda una cultura derechista, reaccionaria, cuasi fascista en algunos casos, como quedó demostrado en posteos en las redes sociales ante la desaparición de Santiago Maldonado.
  • Después de varios trimestres recesivos o de estancamiento de la economía (último período de Cristina, primeros meses de Macri), pareciera producirse una reversión de la situación económica a caballo de la producción agropecuaria y de la construcción, especialmente, en este último rubro, por la obra pública. También ha habido una mejora en la industria automotriz, ligada a la relación (limitada) de exportaciones a Brasil, y en mucha menor medida, a las ventas en el mercado interno. Está claro que el gobierno está sosteniendo esta recuperación muy tibia con un fenomenal endeudamiento externo, sin tampoco lograr hacer retroceder la inflación de acuerdo a los objetivos previstos. La balanza comercial sigue siendo deficitaria, y no aparece en el corto plazo un escenario mundial favorable que permita revertirla. Más bien al revés, ya que, para los objetivos exportadores, el dólar sigue estando por debajo de esa necesidad. La devaluación del peso aparece en el horizonte nuevamente, lo que entra en contradicción con los objetivos antinflacionarios. Si bien la caída del salario real fue menor a la lógica de los sectores de la derecha económica (que acusan justamente al Gobierno de excesivamente gradualista), es cierto también que no aparece en el horizonte una reactivación del mercado interno, más allá de ciertos estímulos vía el endeudamiento privado (compra en múltiples cuotas de bienes durables). Es muy importante subrayar (especialmente en nuestros debates con el kirchnerismo) que Macri está instrumentando planes que dan CONTINUIDAD a los planes de ajuste que ya comenzaron con Cristina (recordemos las últimas paritarias bajo el anterior Gobierno). Que los mismos no son el resultado de tal o cual gobierno, sino del capitalismo como sistema.
  • La victoria electoral del Gobierno y la naturalización del ajuste presenta como lógica la iniciativa de “GRAN ACUERDO NACIONAL BURGUES” colocando las disputas, la puja distributiva, en el terreno de la institucionalidad burguesa, mucho más que en el terreno de la calle, de la lucha de clases, de las huelgas y de las movilizaciones. La acción directa aparece desacreditada para las grandes masas, incluso ineficaz, especialmente por las experiencias burocráticas y sustitucionistas que hemos sufrido en el último período. La falta de la práctica de las ASAMBLEAS y de democracia obrera como herramienta irremplazable para decidir qué hacer ante un conflicto dado nos plantea la mayor dificultad para encarar la resistencia al ajuste.A esto se suma la acción de las burocracias sindicales, desde el más pro gobierno hasta las que tibia y aunque convocando a acciones son enemigos acérrimos de las prácticas democráticas. Esta iniciativa de la que goza el Gobierno no sólo que no es eterna, sino que también padece de las dificultades de aplicar recetas de conciliación de clases (o de fracciones de clase, en el caso de las pujas Inter burguesas), en el contexto mundial y nacional de débiles posibilidades de recuperación económica en el corto plazo. Es decir, vale aplicar la metáfora de la “frazada corta” que deje satisfechas a todas las partes.

10 bis) En este momento se evidencia la fuerte ofensiva del gobierno alrededor de las reformas. Si bien hemos apoyado y participado activamente en los procesos de movilización y resistencia que se vienen desarrollando, debemos señalar que los mismos si bien importantes (convocatoria del moyanismo y ctas, movilización de estatales en nuestra ciudad y el paro de las CTAs del día 14 de diciembre, y la amenaza de la CGT de un paro nacional para el viernes 15 si aprueba la reforma previsional), no alcanzan ni en la masividad ni en el peso suficiente para frenar el ajuste. Más aun, en muchos casos son más producto (hasta el momento) del reacomodamiento de sectores burocráticos y políticos que a una verdadera expresión del empuje y bronca de la base. Es indudable que debemos (sin perder este análisis), ver como se desarrolla el movimiento, impulsando las medidas que nos parecen correctas, pero intentando permanentemente la participación en la discusión y las votaciones de las bases a través de mecanismos de democracia obrera.

Dentro de los procesos en curso debemos prestar atención a dos a nuestro entender. En primer lugar, uno potencial: ¿el brutal ataque a los jubilados y la reforma previsional provocara algún movimiento de peso tipo los 90? Es una duda y obviamente que a eso apostamos impulsando y tratando de desarrollar cualquier iniciativa en este sentido.

La otra y de suma importancia es la lucha ligada a la defensa de las libertades democráticas y contra la represión. Con el macrismo es indudable que estos procesos han pegado un salto en relación al kirchnerismo. Si bien este no sólo mantuvo intacto el aparato represivo, rearmó los servicios de inteligencia alrededor de Milani, votó la ley antiterrorista y entre tantas otras cosas sostuvo a gobernadores claramente represivos hacia sus pueblos (¡Insfran en Formosa!), y a  Berni como comandante en jefe de gendarmería, es indudable que el macrismo ha dado importantes pasos adelante en la política represiva defensora del orden burgués.

El intento de modificación de la corte, la resolución del 2 x 1. La muerte de Maldonado, el terrible asesinato de Rafita son algunos de los hechos más destacables de esta ofensiva represiva. Junto a esto se intenta establecer tomando en cuenta el punto de apoyo de un sector de derecha de la población la intervención represiva con terrible fuerza. Los procesos represivos en el sur en defensa de terratenientes contra los pueblos originarios es solo la punta del iceberg de esta situación. Hace pocos días pudimos ver la terrible movilización de fuerzas represivas armadas hasta los dientes frente a las débiles movilizaciones contra la cumbre de la OMC. Podríamos en si seguir abundando en acciones al respecto.

Este proceso en curso ha despertado y ha demostrado que también existe un importante “núcleo” construido a través de años, de una férrea posición anti represiva y de defensa a las libertades democráticas. Muy amplio y multiforme. Pero a la vez muy importante.

Cruzado por confusiones políticas, idas y vueltas, las movilizaciones contra el 2×1 y por Santiago han sido los puntos más salientes. En estas marchas de manera desigual en al país ha planteado discusiones con el kirchnerismo y partidos de izquierda, sobre todo. Creemos que es muy importante defender y participar en cada una de las acciones en defensa de las libertades democráticas. Y si bien nuestra caracterización no es que el macrismo sea al fascismo, debemos reconocer esta ofensiva represiva y actuar al respecto llamando a la más AMPLIA UNIDAD DE ACCION PARA ENFRENTARLA.  Y, por otro lado, sin perder la identidad política y las críticas hacia distintos sectores políticos que tratan de capitalizarlas, llevar estas discusiones hacia sectores de trabajadores y populares. Es decir, romper el cerco de los DDHH, buscando que sean los propios trabajadores los que reconozcan la necesidad de sumarse a la lucha por sus propios intereses inmediatos y futuros.

  • El resultado electoral de la izquierda (que nosotros votamos y llamamos a votar) es aceptable en las condiciones adversas planteadas. Sería una buena base (en tanto las organizaciones que han intervenido en la puja electoral se lo plantearan)para construir una política de independencia de clase a largo plazo, construcción en la que se privilegie el debate, la democracia interna, la fraternidad y la paciencia para la maduración de las discusiones y de las luchas. Pero muy débil para sostener la política luchista, exitista y en algunos casos ultraizquierdista de los partidos principales de esa izquierda. Además, ha quedado demostrada la gran volatilidad del voto (no sólo de la izquierda). En lugares donde supuestamente había bastiones (Salta, Mendoza, Córdoba), se retrocedió. Y vuelven a surgir sorpresas no previstas por los propios dirigentes (como Jujuy). Pero por otra parte, las distintas variantes de la izquierda fueron adaptando su propuesta electoral a la propia derechización del electorado. Es notable el caso de Ciudad Futura en Santa Fe y en Rosario, pero también, aún sin llegar a ese extremo, los candidatos del FIT se presentaron como luchadores, como no corruptos, estando ausente toda propaganda anticapitalista, y ni hablemos, socialista revolucionaria. Si a esto le sumamos el divisionismo sectario y autoproclamatorio de cada uno de los partidos principales, estamos ante un pantano a la hora de poder avanzar en el debate y en la acción política común. En cualquier caso, es importante explorar si la propia realidad ha conmovido la “FE” en las caracterizaciones y pronósticos errados, abriendo un proceso al menos de reflexión en las filas de estos compañeros. Reflexión que de darse nos debe ubicar desde la perspectiva diametralmente opuesta a las acciones fraccionales y carroñeras que cruza en mayor o menor medida todas las organizaciones de izquierda. En este sentido será un desafío en tanto y cuanto se abran estos espacios intervenir fraternalmente y no en la búsqueda de ganar nuevos militantes.
  • La apertura de la “UNIDAD DE ACCIÓN” debe partir de la necesidad de la lucha, de la resistencia, y no desde los prejuicios. Es totalmente lógico y posible que la conformación de los espacios de unidad para defender un reclamo o impedir un avasallamiento contengan en su seno activistas de los más diversos palos ideológico-políticos, como producto de la necesidad, pero también como producto de un tiempo histórico de gran confusión. El sectarismo de cualquier índole u origen es un obstáculo para esa unidad, pero también el urgentismo y la incapacidad para medir los tiempos de un movimiento dado. Debemos ser los principales constructores de las herramientas democráticas de decisión de las ASAMBLEAS, no sólo como evento en sí, sino como concepción y método de trabajo. Lo mismo en relación a medidas impulsadas por sectores burocráticos, eso sin perder nunca la independencia política o la repetición absurda de políticas de exigencia (como muchos de las orgas hacia la cgt, por ejemplo).
  • Quienes conformamos SOCIALISMO REVOLUCIONARIO nos agrupamos por NECESIDAD. Abrimos nuestro espacio por NECESIDAD. Crear un ámbito de debate para la acción política y sindical, para mejor intervenir en los frentes de masas donde actuamos es una NECESIDAD. Ligar la lucha por la reivindicaciones mínimas, a una perspectiva comunista de la humanidad es una tarea que no la podemos encarar como individuos aislados, sino como intento colectivo. Al mismo tiempo, tampoco creemos posible la conformación de un “PARTIDO AL ESTILO BOLCHEVIQUE”, al menos en el actual tiempo histórico, y bajo la forma que habitualmente se presenta desde la izquierda. Del mismo modo que nos agrupamos individuos con distinto recorrido y experiencia política, creemos que como grupo tenemos el deber de conocer y profundizar el vínculo con todos aquellos grupos o individuos que atraviesen una problemática similar, y que se planteen un camino parecido al que intentamos emprender. Obviamente, no concebimos esta iniciativa desde nuestro limitado provincialismo regional, ni tampoco sólo nacional. Seguimos pensando que la reconstrucción de la centralidad de la clase obrera como sujeto histórico de transformación sólo puede ser internacional, como marcan los principios básicos, fundacionales, del marxismo.

SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

NOVIEMBRE – DICIEMBRE 2017

(Fotografía: Obreros del acero, Sebastián Salgado, 1993)

Fulgor y muerte de la revolución

por Manuel Gari //

Pocas veces un triunfo político tan deslumbrante y esperanzador como la toma del poder por los soviets en la Rusia zarista tuvo un desenlace tan dramático y devastador para la conciencia del movimiento popular en todo el mundo. Este es el meollo de la cuestión que intentan explicar buena parte de los artículos de Espacio Público del debate titulado “Hablemos de la Revolución de Octubre”. Pero es pertinente hacerse algunas preguntas. ¿Tiene algún interés reflexionar sobre acontecimientos ocurridos en Rusia hace un siglo? ¿Por qué se han publicado más de 11.000 artículos en el mundo durante los meses de setiembre y octubre de 2017 y se han realizado centenares de seminarios y conferencias sobre la “revolución bolchevique”? ¿Podemos rescatar algo de aquel legado? ¿Acaso cabe aprender algo de la experiencia?

Miradas concurrentes en disputa

Para los autores conservadores, fieles a su “no hay alternativa”, el centenario ha servido para intentar remachar los clavos del ataúd de la idea misma de revolución social. Sólo quienes defienden la globalización capitalista en curso pueden demonizar 1917 como si de una trama conspirativa y golpista se tratara. Para muchos de los ex estalinistas -tanto en su variante “pro-soviética” como en la “pro-china”- la conmemoración es una gran ocasión para dejar claro su alejamiento del comunismo y su nueva fe liberal.

Sólo desde posiciones ahistóricas y ajenas al deseo de un cambio hoy, se puede concluir que nada hay que rescatar. Sólo espíritus creyentes, ajenos al marxismo, pueden tomar la evolución institucional rusa posterior a 1917 como un dogma incuestionable de forma acrítica y reverencial como si de un suceso sagrado y mágico se tratara. Las anteriores posiciones presentan un abanico importante de diferencias, pero al menos comparten una característica: se niegan a extraer las lecciones pertinentes para los proyectos emancipatorios.

Para los historiadores y politólogos honestos el centenario es un reto por intentar comprender mejor un momento y un acontecimiento sin precedente y únicos. Para quienes se sitúan en el espacio político del cambio, y particularmente quienes lo hacen desde la impugnación anticapitalista del sistema, es una excelente oportunidad para aprender de las dificultades, riesgos y problemas que comporta todo proyecto emancipador, todo proceso de transformación, toda lucha a favor de la mayoría social. Sacar lecciones significa aprender de los triunfos y los fracaso y hacerlo en positivo para explorar o en negativo para descartar.

Tan legítimo (y necesario) es mirar hacia atrás para entender el pasado como analizarlo para construir el futuro. El mundo globalizado actual es bien distinto al que intentaron “cambiar de base” las masas revolucionarias de Petrogrado. Pero las contradicciones por la disputa del ingreso, los conflictos políticos y la defensa bárbara de sus intereses por parte de la oligarquía sigue reglas muy similares en el marco del sistema capitalista. Aún más si se abandona la alicorta mirada eurocéntrica y se mira el mundo desde el conjunto. No se pueden hacer trasposiciones de 1917 a 2017, pero sí intentar tirar de algunos hilos rojos.

Cuestión de método: periodificar la historia, no despolitizar el relato

Lo que se gestó en 1905 y desembocó en febrero, julio y particularmente octubre de 1917, fue gravemente herido en 1921 y asesinado en los años siguientes. Por ello no se puede tratar la Revolución Rusa como un continuo que evoluciona linealmente en el periodo que va desde la toma del Palacio de invierno a la desaparición de la URSS en 1989, pasando por el terror contra revolucionario del estalinismo y los fallidos intentos posteriores de salvar los muebles (y quedarse con ellos) por parte de la burocracia estatal del “socialismo real”. Esta es la premisa para poder analizar un acontecimiento que cien años después sigue siendo objeto de deliberación y disputa ideológica entre defensores y cuestionadores del orden establecido.

Asimilar la revolución protagonizada por los soviets de trabajadores, campesinos y soldados con lo que luego se llamó “sistema soviético” es una contradicción insalvable. Hablar de sistema soviético refiriéndose al periodo estalinista que precisamente se construyó sobre la base de la eliminación del poder de los soviets, la total eliminación de la oposición, la represión sobre los bolcheviques y su sustitución por un nuevo personal de oportunistas y antiguos servidores del zar que entraron en el partido masivamente a partir de la “promoción Lenin” es calificar de soviético (consejista) a su contrario.

Lo que se produjo tras la muerte de Lenin, la marginación de Trotsky y el poder de Stalin es una derrota del proyecto socialista. El estalinismo supuso la estatización de la sociedad y no la socialización del estado. Estado, por otra parte, provisional y transitoriamente necesario para cambiar el modelo social y económico siempre y cuando vaya acompañado de su anti virus de libertad: la combinación de la democracia directa y participativa con la representativa, el pluralismo político, la libertad y autonomía sindical, la autorganización de las masas, la limitación de los mandatos de los electos… o sea las formas directas de participación popular en las decisiones que dificulten la aparición de una “casta” burocrática en el gobierno de los asuntos comunes. ¿No es esta una lección a sacar para evitar la derrota en cualquier proceso de cambio?
Tal como plantean varios artículos publicados en este debate, los bolcheviques confundieron el camino al socialismo con el comunismo de guerra, la hiper centralización de la economía y de la sociedad, asuntos que intentaron corregir al acabar la guerra con la NEP económica, pero, ese giro, no fue acompañado ni del giro político ni de una revitalización del poder de los soviets.

La guerra civil y la agresión imperialista, los años de penuria y hambre, acabaron debilitando el entusiasmo popular y, por tanto, la revolución misma. Pero no pudieron con la revolución. No fueron su sepulturero.

Pero hay que diferenciar entre medidas impelidas por el momento y la construcción de un estado basado en la negación de la libertad, del poder de los consejos, etc. Medidas que allanaron el camino de la contrarrevolución burocrática, pero que distaban un abismo del régimen del gulag. Hay un salto cuantitativo y cualitativo con Stalin.
Hoy con la perspectiva histórica podemos establecer que estalinismo y comunismo fueron (son) proyectos distintos y antagónicos. El estalinismo no fue una variante del comunismo, una posible evolución del leninismo, sino el triunfo de la contrarrevolución llevada a cabo por una casta burocrática que se construyó en antagonismo con el proyecto de emancipatorio comunista. El estalinismo fue el enterrador de la Revolución.
Por eso es un error hablar del sistema soviético en abstracto como si de un mismo proceso se tratara, nacido el 17 muerto el 89, sin tener en cuenta los hechos, los debates, las alternativas y las opciones que se confrontaron. Es un error de método garrafal no periodificar la historia, despolitizarla al defender la existencia de un continuo ajeno a los conflictos reales que se dieron, no situar los acontecimientos en el tiempo y en el espacio. Y sobre todo es necesario huir de una visión determinista de los sucesos y acontecimientos que se analizan. Frente a la concepción unilineal de la historia conviene apropiarnos de una visión plurilineal en la que individuos, clases y humanidad toman decisiones que implican desarrollos futuros diferentes.

Lenin y Stalin son dos universos ideológicos, políticos y morales contrapuestos. Revolución en Lenin, contra revolución en Stalin. Los bolcheviques tuvieron que optar, tomar caminos en las bifurcaciones, y ello supuso la existencia de respuestas diferentes y opuestas: en 1923, ante el octubre alemán, sobre la NEP y la política económica, sobre la colectivización forzada, sobre la industrialización acelerada y las formas de planificación, sobre la democracia en el país y en el partido, sobre el ascenso del fascismo, sobre la guerra de España, sobre el pacto germano-soviético.
Sobre cada una de estas pruebas, propuestas, programas, se enfrentaron diferentes orientaciones, mostrando otras opciones y otros posibles desarrollos. Hoy se abre paso la idea de que estalinismo no fue / no es el comunismo, sino su impedimenta. Un movimiento contra revolucionario no significa la vuelta a la situación anterior a la revolución en forma de restauración, sino simplemente la negación de esta, su aborto, en espera y en construcción de un poder cuya legitimidad solo se basa en el terror, el nacionalismo pan ruso y los éxitos económicos que si bien fueron reales tuvieron un coste en vidas y sufrimientos altísimos y se mostraron efímeros con el tiempo.

Un acontecimiento disruptor… persistente

Centro la atención en intentar comprender algunos rasgos de la naturaleza del proceso político que va de febrero a octubre del 17 que, muy posiblemente, junto a sus especificidades, comparta características “universales” con los procesos emancipatorios que puedan darse. Es necesario diferenciar los momentos de impulso del movimiento de masas que basados en una legitimidad antagónica con el poder político y económico de los momentos en que intentan construir una nueva arquitectura económica, social y jurídica, una nueva legalidad.

Tanto en la Rusia revolucionaria de 1917 como años antes en la Comuna de Paris, la primera cuestión a poner en valor es, lo que hoy resumiríamos en el “Sí, se puede”. Son dos hitos históricos plebeyos. Llegado a la conclusión que la institucionalidad del sistema está al servicio del mantenimiento del estatus quo a favor de las clases dominantes, las dominadas buscan salidas off shore y exploran marcos más favorables para sus aspiraciones.

La revolución, por tanto, es la irrupción abrupta, inesperada y colectiva en política de las clases subalternas. “El rasgo más característico más indiscutible de las revoluciones -en expresión de Trotsky en su Historia de la Revolución rusa- es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos (…) la historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en le gobierno de sus propios destinos.”

En su Tesis sobre la historia y otros fragmentos Walter Benjamin en 1940 reflexiona sobre el acontecimiento revolución como “salto del tigre” ante la amenaza: “La moda es un salto de tigre al pasado. Sólo que tiene lugar en una arena en donde manda la clase dominante. El mismo salto, bajo el cielo libre de la historia, es ese salto dialéctico que es la revolución, como la comprendía Marx”. Ello implica que las masas plebeyas, como el tigre, desarrollan la percepción ante el peligro y son capaces de tensar toda su energía coordinada en un momento preciso.

Por primera vez, en ambos casos de la Comuna y Octubre, la parte más decidida y combativa de quienes no tenían previamente poder económico y social logró representar los intereses de la mayoría social, desarrollar formas muy avanzadas de autorganización políticamente independiente, crear una nueva legitimidad en disputa abierta con la existente e iniciar la construcción de una nueva legalidad. Las diferencias entre ambas experiencias fueron la prolongación temporal, la magnitud geográfica y la radicalidad programática.

Si la Comuna avanzó los rudimentos de la distribución del poder -incluido el militar- en la sociedad, la Revolución rusa se planteó organizar un poder basado en la democracia directa emanada de los consejos, acabar con la guerra imperialista, nacionalizar bajo control obrero el grueso de la producción industrial, las finanzas y el comercio internacional, expropiar a la Iglesia ortodoxa, repartir las tierras y reconocer el derecho a la autodeterminación de los pueblos. En ambos casos se dio también un intenso empoderamiento emancipador de las mujeres.

Como todo acontecimiento impactante en la vida social, la Revolución de Octubre, conmocionó al conjunto de la sociedad rusa, pero también hizo temblar el orden imperialista mundial. Su irrupción hizo posicionarse a las élites del poder, a las clases sociales y a todos sus voceros, gestores y representantes políticos. Generó reflexiones de pensadores, escritores, artistas y en general de todos los creadores. Ese acontecimiento tuvo carácter distorsionador en la situación política y, por tanto, supuso un cambio brusco que marcó un antes y un después en la percepción que tenía de sí misma la sociedad, el posicionamiento se convirtió en pronunciamiento y la reflexión conllevó la auto ubicación en un campo en disputa. El suceso sobrevenido alteró el estatus quo y marcó el devenir de la sociedad. Todos los intereses, emociones y opiniones se ponen en juego. Las gentes pudieron acariciar el sueño de cambiar el mundo, cambiar la vida. La disrupción revolucionaria adquirió un sentido prometeico porque el acontecimiento impactante era la revolución social y provocó una reacción masiva y creativa en el conjunto social, particularmente entre las clases plebeyas. Aspectos todos ellos que debemos -tras verificar que sucedieron- conjugar en presente y futuro cuando de proyectos transformadores se trate.

Y lo esencial de los “10 días que conmocionaron el mundo” ha resistido el paso del tiempo en el sentido que planteó en 1798 Kant en el Conflicto de las facultades:
“fenómeno [que] en la historia humana no se olvida jamás (…) aun cuando tampoco ahora se alcanzase con este acontecimiento la meta proyectada, aunque la revolución o la reforma de la constitución de un pueblo acabara fracasando (…) pues no perdería nada de su fuerza. Pues ese acontecimiento se halla tan estrechamente implicado con el interés de la humanidad y su influencia se ha diseminado tanto por todas partes, como para no ser rememorado por los pueblos.”

En Historia de la Revolución rusa Trotsky subraya ese aspecto kantiano de “fenómeno que no se olvida” al afirmar sobre Octubre de 1917 que “La historia no registra otro cambio de frente tan radical. Es evidente que los acontecimientos de 1917, sea cual fuere el juicio que merezcan, son dignos de ser investigados”.

Seis cuestiones constantes

En los procesos de empoderamiento plebeyo, podemos observar que con formas diferentes hay constantes en la ecuación a resolver, tal y como se planteó en el caso ruso. En primer lugar, la aparición inmediata de resistencias descomunales de las élites económicas y sus gestores políticos; el conflicto antagónico es consustancial al cambio social en clave emancipadora.

En segundo lugar, la aparición de la dualidad de poder entre los bloques sociopolíticos que pugnan por la hegemonía. Doble poder -temporalmente también expresión de la doble impotencia en espera de quien toma la iniciativa adecuada- que es social, político y material y, con el tiempo, militar. Para Lenin y Gramsci ese doble poder expresa la iniciativa directa popular en un movimiento desde abajo. Gramsci desde sólidas posiciones programáticas entendía que la lucha por la hegemonía tenía como objetivo e instrumento a la vez, la construcción de una institucionalidad popular alternativa, la construcción pues de un nuevo marco.

En tercer lugar, como plantea en su libro Octubre China Miéville nada “estaba escrito en las estrellas”, todo dependió de la capacidad de un partido, el bolchevique, que en medio de encendidos debates, desbordado por la izquierda en los soviets por las masas en diversos momentos, supo leer la situación y se atrevió a dar expresión política y militar al movimiento de obreros, mujeres y campesinos soldados. No existía un partido “sabelotodo” como tantas veces la mitología estalinista ha presentado al partido de Lenin, bien al contrario, la dirección se basó en un continuo análisis del estado de ánimo popular y de las cambiantes correlaciones de fuerza. Pero, y hay que destacarlo frente al populismo de izquierdas presente en nuestro país, era un partido que intentó tener un plan estratégico central frente a la táctica proceso de otras formaciones y tenía una propuesta programática sólida.

En cuarto lugar, hay que huir de las fórmulas rituales y la cosificación de las propuestas estratégicas como los papistas del diablo. Cuando la revolución no se extiende al resto de Europa, cuando la vía insurreccional exprés que culmina en pocos meses como colofón de un proceso de radicalización de las masas en un contexto de máxima tensión social, política y militar se muestra imposible de “exportar”, los revolucionarios del momento europeos piensan con su propia cabeza y dejan de repetir mantras. De ahí que Gramsci abandone la idea de la “guerra de movimientos” y se prepara para una larga y compleja “guerra de posiciones”.

En quinto lugar, hay que poner en valor la capacidad bolchevique de comunicar a unas masas semi analfabetas de forma sintética y pedagógica los aspectos esenciales del programa de la revolución en el momento preciso de octubre de 1917. La simplicidad y profundidad del “Paz, pan y tierra” proclamado desde el balcón del palacio Kschessinska es un ejemplo a tener muy en cuenta.

En sexto lugar, acabar con la propiedad privada de los principales resortes económicos, no asegura la construcción de una sociedad justa e igualitaria, si no está acompañada de la democracia socialista. Y, en esto hay que tomar, sin peros las palabras de Rosa Luxemburgo en su Revolución rusa en 1919 poco antes de ser asesinada: “La libertad solo para los partidarios del Gobierno, solo para los miembros de un partido, no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para quien piensa de manera diferente.”

Algo, mucho que aprender y bastante que rescatar. Para lograr asumir las tareas de hoy y ser capaces de hacer realidad la propuesta de Daniel Bensaïd entendiendo que “La política no es la gestión de lo posible sino el arte de crear una posibilidad antes inadvertida”.

Lenin: cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial

Informe pronunciado ante el IV Congreso de la Internacional Comunista el 13 de noviembre de 1922

Camaradas: En la lista de oradores figuro como el informante principal, pero comprenderéis que, después de mi larga enfermedad, no estoy en condiciones de pronunciar un informe amplio. No podré hacer más que una introducción a los problemas de más importancia. Mi tema será muy limitado. El tema Cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial es demasiado amplio y grandioso para que pueda agotarlo un solo orador y en un solo discurso. Por eso tomo únicamente una pequeña parte del problema: la “nueva política económica”. Tomo deliberadamente sólo esta pequeña parte a fin de familiarizaros con este problema, de suma importancia hoy, al menos para mí, ya que me ocupo de él en la actualidad.Así pues, hablaré de cómo hemos iniciado la nueva política económica y de los resultados que hemos logrado con ella. Si me limito a este problema, tal vez pueda hacer un balance en líneas generales y dar una idea general de él.

Si he de deciros, para empezar, cómo nos decidimos a adoptar la nueva política económica, tendré que recordar un artículo mío escrito en 19184. En una breve polémica de comienzos de 1918 me referí precisamente a la actitud que debíamos adoptar ante el capitalismo de Estado.

Entonces escribí:

“El capitalismo de Estado sería un paso adelante en comparación con la situación existente hoy en nuestra República Soviética. Si dentro de unos seis meses se estableciera en nuestro país el capitalismo de Estado, eso sería un inmenso éxito y la más firme garantía de que, al cabo de un año, el socialismo se afianzaría definitivamente y se haría invencible”.

Esto lo dije, naturalmente, en una época en que éramos más torpes que hoy, pero no tanto como para no saber analizar semejantes cuestiones.

Balance de Lenin sobre la revolución rusa

Así pues, en 1918 yo sostenía la opinión de que el capitalismo de Estado constituía un paso adelante en comparación con la situación económica existente entonces en la República Soviética. Eso parecerá muy raro, y puede que hasta absurdo, pues nuestra república era ya entonces una república socialista; entonces adoptábamos cada día con el mayor apresuramiento –quizá con un apresuramiento excesivo- diversas medidas económicas nuevas, que no podían calificarse más que de medidas socialistas. Y, sin embargo, pensaba que el capitalismo de Estado suponía un paso adelante comparado con aquella situación económica de la República Soviética y explicaba más adelante esta idea, enumerando simplemente los elementos del régimen económico de Rusia.

Estos elementos eran, a mi juicio, los siguientes: “1) economía campesina patriarcal, es decir, natural en grado considerable; 2) pequeña producción mercantil (en ella se incluye la mayoría de los campesinos que venden cereales); 3) capitalismo privado; 4) capitalismo de Estado, y 5) socialismo”. Todos estos elementos económicos existían a la sazón en Rusia. Entonces me planteé la tarea de explicar las relaciones que existían entre esos elementos y si no sería oportuno considerar alguno de los elementos no socialistas, a saber, el capitalismo de Estado, superior al socialismo.

Repito: a todos les parece muy raro que un elemento no socialista sea apreciado en más y considerado superior al socialismo en una república que se proclama socialista. Pero comprenderéis la cuestión si recordáis que nosotros no considerábamos, ni mucho menos, el régimen económico de Rusia como algo homogéneo y altamente desarrollado, sino que teníamos plena conciencia de que, al lado de la forma socialista, existía en Rusia la agricultura patriarcal, es decir, la forma más primitiva de agricultura. ¿Qué papel podía desempeñar el capitalismo de Estado en semejante situación?

Luego me preguntaba: ¿cuál de estos elementos es el predominante? Es claro que en un ambiente pequeñoburgués predomina el elemento pequeñoburgués. Comprendía que este elemento era el predominante; era imposible pensar de otro modo. La pregunta que me hice entonces (se trataba de una polémica especial, que no guarda relación con el problema presente) fue ésta: ¿qué actitud adoptamos ante el capitalismo de Estado? Y me respondía: el Capitalismo de Estado, aunque no es una forma socialista, sería para nosotros y para Rusia una forma más ventajosa que la actual. ¿Qué significa esto? Significa que nosotros no sobrestimábamos ni las formas embrionarias, ni los principios de la economía socialista, a pesar de que habíamos hecho ya la revolución social; por el contrario, entonces reconocíamos ya, en cierto modo: sí, habría sido mejor implantar antes el capital

Debo subrayar particularmente este aspecto de la cuestión porque considero que sólo partiendo de él es posible, primero, explicar qué representa la actual política económica y, segundo, sacar de ello deducciones prácticas muy importantes también para la Internacional Comunista. No quiero decir que tuviésemos preparado de antemano el plan de repliegue. No había tal cosa. Esas breves líneas de carácter polémico en modo alguno significaban entonces un plan de repliegue. Ni siquiera se mencionaba un punto tan importante como es, por ejemplo, la libertad de comercio, que tiene una significación fundamental para el capitalismo de Estado. Sin embargo, con ello se daba ya la idea general, imprecisa, del repliegue.

Estimo que debemos prestar atención a este problema no sólo desde el punto de vista de un país que ha sido y continúa siendo muy atrasado en cuanto a la estructura de su economía, sino también desde el punto de vista de la Internacional Comunista y de los países adelantados de Europa Occidental. Ahora, por ejemplo, estamos redactando el programa. Mi opinión personal es que procederíamos mejor si discutiéramos ahora todos los programas sólo de un modo general, tras la primera lectura, por decirlo así, y los imprimiéramos, sin adoptar ahora, este año, ninguna decisión definitiva. ¿Por qué? Ante todo, porque, naturalmente, no creo que los hayamos estudiado todos bien. Y, además, porque casi no hemos analizado el problema de un posible repliegue y la manera de asegurarlo. Y este problema requiere sin falta que le prestemos atención en un momento en que se producen cambios tan radicales en el mundo entero como son el derrocamiento del capitalismo y la edificación del socialismo, con todas sus enormes dificultades.

No debemos saber únicamente cómo actuar en el momento en que pasamos a la ofensiva directa y, además, salimos vencedores. A fin de cuentas, en un período revolucionario eso no es tan difícil ni tan importante; por lo menos, no es lo más decisivo. Durante la revolución hay siempre momentos en que el enemigo pierde la cabeza, y si lo atacamos en uno de esos momentos, podemos triunfar con facilidad. Pero esto aún no quiere decir nada, puesto que nuestro enemigo, si posee suficiente dominio de sí mismo, puede agrupar con antelación sus fuerzas, etc. Entonces puede provocarnos con facilidad para que lo ataquemos, y después hacernos retroceder por muchos años. Por eso opino que la idea de que debemos prepararnos para un posible repliegue tiene suma importancia, y no sólo desde el punto de vista teórico. También desde el punto de vista práctico todos los partidos que se preparan para emprender en un futuro próximo la ofensiva directa contra el capitalismo deben pensar ya ahora también en cómo asegurarse el repliegue.

Balance de Lenin sobre la revolución rusa

Yo creo que si tenemos en cuenta esta enseñanza, así como todas las demás que nos brinda la experiencia de nuestra revolución, lejos de causarnos daño alguno, nos será, probablemente, muy útil en muchos casos.

Después de haber subrayado que ya en 1918 considerábamos el capitalismo de Estado como una posible línea de repliegue, paso a analizar los resultados de nuestra nueva política económica. Repito: entonces era una idea muy vaga todavía; pero en 1921, después de haber superado la etapa más importante de la guerra civil, y de haberla superado victoriosamente, nos enfrentamos con una gran crisis política interna -yo supongo que la mayor- de la Rusia Soviética. Esta crisis interna puso al desnudo el descontento no sólo de una parte considerable de los campesinos, sino también de los obreros. Fue la primera vez, y confío en que será la última en la historia de la Rusia Soviética, que grandes masas de campesinos estaban contra nosotros, no de modo consciente, sino instintivo, por su estado de ánimo.

¿A qué se debía esta situación tan original y, claro es, tan desagradable para nosotros? La causa consistía en que habíamos avanzado demasiado en nuestra ofensiva económica, en que no nos habíamos asegurado una base suficiente, en que las masas sentían lo que nosotros aún no supimos entonces formular de manera consciente, pero que muy pronto, unas semanas después, reconocimos: que el paso directo a formas puramente socialistas, a la distribución puramente socialista, era superior a las fuerzas que teníamos y que si no estábamos en condiciones de replegarnos, para limitarnos a tareas más fáciles, nos amenazaría la bancarrota.

La crisis comenzó, a mi parecer, en febrero de 1921. Ya en la primavera del mismo año decidimos unánimemente – en esta cuestión no he observado grandes discrepancias entre nosotros- pasar a la nueva política económica. Hoy, después de año y medio, a finales de 1922, estamos ya en condiciones de hacer algunas comparaciones. Y bien, ¿qué ha sucedido? ¿Cómo hemos vivido este año y medio? ¿Qué resultados hemos obtenido? ¿Nos ha proporcionado alguna utilidad este repliegue, y nos ha salvado en realidad, o se trata de un resultado confuso todavía? Esta es la pregunta principal que me hago y supongo que tiene también importancia primordial para todos los partidos comunistas, pues si la respuesta fuera negativa, todos estaríamos condenados a la bancarrota. Considero que todos nosotros podemos dar, con la conciencia tranquila, una respuesta afirmativa a esta pregunta, y precisamente en el sentido de que el año y medio transcurrido demuestra de manera positiva y absoluta que hemos salido airosos de esta prueba.

Trataré de demostrarlo. Para ello debo enumerar brevemente todas las partes integrantes de nuestra economía.

Me detendré, ante todo, en nuestro sistema financiero y en el famoso rublo ruso. Creo que se le puede calificar de famoso aunque sólo sea porque la cantidad de estos rublos supera ahora a mil billones. (Risas.) Esto ya es algo. Es una cifra astronómica. Estoy seguro de que no todos los que se encuentran aquí saben siquiera lo que esta cifra representa. (Hilaridad general.) Pero nosotros -y, además, desde el punto de vista de la ciencia económica- no concedemos demasiada importancia a estas cifras, pues los ceros pueden ser tachados. (Risas.) Ya hemos aprendido algo en este arte, que desde el punto de vista económico tampoco tiene ninguna importancia, y estoy seguro de que en el curso ulterior de los acontecimientos alcanzaremos en él mucha mayor maestría. Lo que tiene verdadera importancia es la estabilización del rublo. Para resolver este problema trabajamos, trabajan nuestras mejores fuerzas, y concedemos a esta tarea una importancia decisiva. Si conseguimos estabilizar el rublo por un plazo largo, y luego para siempre, habremos triunfado. Entonces, todas esas cifras astronómicas -todos esos billones y millares de billones- no significarán nada. Entonces podremos asentar nuestra economía sobre terreno firme y seguir desarrollándola sobre ese terreno.

Creo que puedo citaros hechos bastante importantes y decisivos sobre esta cuestión. En 1921, el período de estabilización del rublo papel duró menos de tres meses. Y en el corriente año de 1922, aunque no ha terminado todavía, el período de estabilización dura ya más de cinco meses. Supongo que ya es suficiente.Claro que no lo será si esperáis de nosotros una prueba científica de que en el futuro resolveremos por completo este problema. Pero, a mi juicio, es imposible, en general, demostrarlo por completo. Los datos citados prueban que desde el año pasado, en que empezamos a aplicar nuestra nueva política económica, hasta hoy, hemos aprendido ya a avanzar, Si hemos aprendido eso, estoy seguro de que sabremos lograr nuevos éxitos en este camino, siempre que no cometamos alguna estupidez extraordinaria.

Lo más importante, sin embargo, es el comercio, la circulación de mercancías, imprescindible para nosotros. Y si hemos salido airosos de esta prueba durante dos años, a pesar de que nos encontrábamos en estado de guerra (pues, como sabéis, hace sólo algunas semanas que hemos tomado a Vladivostok) y de que sólo ahora podemos iniciar nuestra actividad económica de un modo regular; si, a despecho de todo eso, hemos logrado que el período de estabilización del rublo papel se eleve de tres meses a cinco, creo tener motivo para atreverme a decir que podemos considerarnos satisfechos de eso. Porque estamos completamente solos. No hemos recibido ni recibimos ningún empréstito. No nos ha ayudado ninguno de esos poderosos Estados capitalistas que organizan de manera tan “brillante” su economía capitalista y que hasta hoy no saben adónde van. Con la paz de Versalles han creado tal sistema financiero que ni ellos mismos se entienden. Si esos grandes países capitalistas dirigen su economía de ese modo, opino que nosotros, atrasados e incultos, podemos estar satisfechos de haber alcanzado lo principal: las condiciones para estabilizar el rublo.

Esto lo prueba la práctica, y no un análisis teórico cualquiera, y soy del parecer de que la práctica es más importante que todas las discusiones teóricas del mundo. La práctica demuestra que, en este terreno, hemos logrado resultados decisivos: hemos comenzado a hacer avanzar nuestra economía hacia la estabilización del rublo, lo que tiene extraordinaria importancia para el comercio, para la libre circulación de mercancías, para los campesinos y para la inmensa masa de pequeños productores.

Balance de Lenin sobre la revolución rusa

Paso ahora a examinan nuestros objetivos sociales. Lo principal, naturalmente, son los campesinos. En 1921, el descontento de una parte inmensa del campesinado era un hecho indudable. Además, se declaró el hambre. Y esto implicó para los campesinos la prueba más dura. Y es completamente natural que todo el extranjero empezara a chillar: “Ahí tenéis los resultados de la economía socialista”. Es completamente natural, desde luego, que silenciaran que el hambre era, en realidad, una consecuencia monstruosa de la guerra civil. Todos los terratenientes y capitalistas, que se lanzaron sobre nosotros en 1918, presentaron las cosas como si el hambre fuera una consecuencia de la economía socialista. El hambre ha sido, en efecto, una inmensa y grave calamidad, una calamidad que amenazaba con destruir toda nuestra labor organizadora y revolucionaria.

Y yo pregunto ahora: luego de esta inusitada e inesperada calamidad, ¿cómo están las cosas hoy, después de haber implantado la nueva política económica, después de haber concedido a los campesinos la libertad de comercio? La respuesta, clara y evidente para todos, es la siguiente: en un año, los campesinos han vencido el hambre y, además, han abonado el impuesto en especie en tal cantidad que hemos recibido ya centenares de millones de puds, y casi sin aplicar ninguna medida coactiva. Los levantamientos de campesinos, que antes de 1921 constituían, por decirlo así, un fenómeno general en Rusia, han desaparecido casi por completo. Los campesinos están satisfechos de su actual situación. Lo podemos afirmar con toda tranquilidad. Consideramos que estas pruebas tienen mayor importancia que cualquier prueba estadística. Nadie duda que los campesinos son en nuestro país el factor decisivo. Y hoy se encuentran en tal situación que no debemos temer ningún movimiento suyo contra nosotros. Lo decimos con pleno conocimiento de causa y sin exagerar. Eso ya está conseguido. Los campesinos pueden sentir descontento por uno u otro aspecto de la labor de nuestro poder, y pueden quejarse de ello. Esto, naturalmente, es posible e inevitable, ya que nuestra administración y nuestra economía estatal son aún demasiado malas para poderlo evitar; pero, en todo caso, está excluido por completo cualquier descontento serio del campesinado en su totalidad contra nosotros. Lo hemos logrado en un solo año. Y opino que ya es mucho.

Paso a hablar ahora de la industria ligera. Precisamente en la industria debemos hacer diferencias entre la industria pesada y la ligera, pues ambas se encuentran en distintas condiciones. Por lo que se refiere a la industria ligera, puedo decir con tranquilidad que se observa en ella un incremento general. No me dejaré llevar por los detalles, por cuanto en mi plan no entra citar datos estadísticos. Pero esta impresión general se basa en hechos y puedo garantizar que en ella no hay nada equivocado ni inexacto. Tenemos un auge general en la industria ligera y, en relación con ello, cierto mejoramiento de la situación de los obreros tanto en Petrogrado como en Moscú. En otras zonas se observa en menor grado, ya que allí predomina la industria pesada; por eso no se debe generalizar. De todos modos, repito, la industria ligera acusa un ascenso indudable, y la mejora de la situación de los obreros de Petrogrado y de Moscú es innegable. En la primavera de 1921, en ambas ciudades reinaba el descontento entre los obreros. Hoy esto no existe en absoluto. Nosotros, que observamos día a día la situación y el estado de ánimo de los obreros, no nos equivocamos en este sentido.

La tercera cuestión se refiere a la industria pesada. Debo aclarar, a este respecto, que la situación es todavía difícil. En 1921-1922 se ha iniciado cierto viraje en esta situación. Podemos confiar, por tanto, en que mejorará en un futuro próximo. Hemos reunido ya, en parte, los medios necesarios para ello. En un país capitalista, para mejorar el estado de la industria pesada haría falta un empréstito de centenares de millones, sin los cuales esa mejora sería imposible. La historia de la economía de los países capitalistas demuestra que, en los países atrasados, sólo los empréstitos de centenares de millones de dólares o de rublos oro a largo plazo podrían ser el medio para elevar la industria pesada. Nosotros no hemos tenido esos empréstitos ni hemos recibido nada hasta ahora. Cuanto se escribe sobre la entrega de empresas en régimen de concesión, etc., no significa casi nada, excepto papel. En los últimos tiempos hemos escrito mucho de eso, sobre todo de la concesión Urquhart. No obstante, nuestra política concesionaria me parece muy buena. Mas, a pesar de ello, no tenemos aún una concesión rentable. Os ruego que no olvidéis esto.

Así pues, la situación de la industria pesada es una cuestión verdaderamente gravísima para nuestro atrasado país, ya que no hemos podido contar con empréstitos de los países ricos. Sin embargo, observamos ya una notable mejoría y vemos, además, que nuestra actividad comercial nos ha proporcionado ya algún capital, por ahora, ciertamente, muy modesto, poco más de veinte millones de rublos oro. Pero, sea como fuere, tenemos ya el comienzo: nuestro comercio nos proporciona medios que podemos utilizar para elevar la industria pesada. Lo cierto es que nuestra industria pesada aún se encuentra actualmente en una situación muy difícil. Pero supongo que lo decisivo es la circunstancia de que estamos ya en condiciones de ahorrar algo. Así lo seguiremos haciendo. Aunque a menudo se hace esto a costa de la población, hoy debemos, a pesar de lodo, economizar. Ahora nos dedicamos a reducir el presupuesto del Estado, a reducir la administración pública. Más adelante diré unas cuantas palabras sobre nuestra administración pública. En todo caso, debemos reducirla, debemos economizar cuanto sea posible. Economizamos en todo, hasta en las escuelas. Y esto debe ser así, pues sabemos que sin salvar la industria pesada, sin restablecerla, no podremos construir ninguna clase de industria, y sin ésta pereceremos del todo como país independiente. Lo sabemos de sobra.

Balance de Lenin sobre la revolución rusa

La salvación de Rusia no está sólo en una buena cosecha en el campo -esto no basta-; tampoco está sólo en el buen estado de la industria ligera, que abastece a los campesinos de artículos de consumo -esto tampoco basta-; necesitamos, además, una industria pesada. Pero, para ponerla en buenas condiciones, se precisarán varios años de trabajo.

La industria pesada necesita subsidios del Estado. Si no los encontramos, pereceremos como Estado civilizado, sin decir ya que también como Estado socialista. Por tanto, en este sentido hemos dado un paso decisivo. Hemos empezado a acumular los recursos necesarios para poner en pie la industria pesada. Es verdad que la suma que hemos reunido hasta la fecha apenas si pasa de veinte millones de rublos oro; pero, de todos modos, esa suma existe y está destinada exclusivamente a levantar nuestra industria pesada.

Creo que, como había prometido, he expuesto brevemente, a grandes rasgos, los principales elementos de nuestra economía nacional. Considero que de todo ello puede deducirse que la nueva política económica nos ha reportado ya beneficios. Hoy tenemos ya pruebas de que, como Estado, estamos en condiciones de ejercer el comercio, de conservar nuestras firmes posiciones en la agricultura y en la industria y de avanzar. Lo ha demostrado la práctica. Y pienso que, por el momento, esto es bastante para nosotros. Tendremos que aprender muchas cosas todavía y comprendemos qué necesitamos aprender. Hace cinco años que estamos en el poder, con la particularidad de que durante estos cinco años hemos vivido en estado de guerra permanente. Por tanto, hemos tenido éxitos.

Es natural, ya que nos seguían los campesinos. Es difícil dar mayores pruebas de adhesión que las mostradas por los campesinos. Comprendían que tras los guardias blancos se encuentran los terratenientes, a quienes odian más que a nada en el mundo. Y por eso, los campesinos nos han apoyado con todo entusiasmo, con toda lealtad. No fue difícil conseguir que nos defendieran de los guardias blancos. Los campesinos, que antes odiaban la guerra, apoyaron por todos los medios la guerra contra los guardias blancos, la guerra civil contra los terratenientes. Sin embargo, esto no era todo, porque, en el fondo, se trataba únicamente de si el poder quedaría en manos de los terratenientes o de los campesinos. Para nosotros, esto no era bastante.

Los campesinos comprenden que hemos conquistado el poder para los obreros y que nos planteamos el objetivo de crear el régimen socialista con ayuda de ese poder. Por eso, lo más importante para nosotros era preparar en el aspecto económico la economía socialista. No pudimos prepararla directamente y nos vimos obligados a hacerlo de manera indirecta. El capitalismo de Estado, tal como lo hemos implantado en nuestro país, es un capitalismo de Estado peculiar. No corresponde al concepto habitual del capitalismo de Estado. Tenemos en nuestras manos todos los puestos de mando, tenemos en nuestras manos la tierra, que pertenece al Estado. Esto es muy importante, aunque nuestros enemigos presentan la cosa como si no significara nada. No es cierto. El hecho de que la tierra pertenezca al Estado tiene extraordinaria importancia y, además, gran sentido práctico en el aspecto económico. Esto lo hemos logrado, y debo manifestar que toda nuestra actividad ulterior debe desarrollarse sólo dentro de ese marco.

Hemos conseguido ya que nuestros campesinos estén satisfechos y que la industria y el comercio se reanimen. He dicho antes que nuestro capitalismo de Estado se diferencia del capitalismo de Estado, comprendido literalmente, en que el Estado proletario tiene en sus manos no sólo la tierra, sino también las ramas más importantes de la industria. Ante todo, hemos entregado en arriendo sólo cierta parte de la industria pequeña y media; todo lo demás queda en nuestras manos. Por lo que se refiere al comercio, quiero destacar aún que tratamos de crear, y estamos creando ya, sociedades mixtas, es decir, sociedades en las que una parte del capital pertenece a capitalistas privados -por cierto, extranjeros la otra parte nos pertenece a nosotros. Primero, de esa manera aprendemos a comerciar, cosa que necesitamos, y, segundo, tenemos siempre la posibilidad de cerrar esas sociedades, si así lo creemos necesario. De modo que, por decirlo así, no arriesgamos nada. En cambio, aprendemos del capitalista privado y observamos cómo podemos elevarnos y qué errores cometemos. Me parece que puedo limitarme a cuanto queda dicho.

Balance de Lenin sobre la revolución rusa

Quisiera referirme todavía a algunos puntos de poca monta. Es indudable que hemos hecho y haremos aún muchísimas tonterías. Nadie puede juzgarlas mejor ni verlas más claro que yo. (Risas.) ¿Por qué hacemos tonterías? La razón es sencilla: primero, porque somos un país atrasado; segundo, porque la instrucción en nuestro país es mínima; tercero, porque no recibimos ninguna ayuda de fuera. Ni uno solo de los países civilizados nos ayuda. Por el contrario, todos obran en contra nuestra. Y cuarto, por culpa de nuestra administración pública. Hemos heredado la vieja administración pública, y ésta ha sido nuestra desgracia. Es muy frecuente que esta administración trabaje contra nosotros.

Ocurrió que en 1917, después de que tomamos el poder, los funcionarios públicos comenzaron a sabotearnos. Entonces nos asustamos mucho y les rogamos: “Por favor, vuelvan a sus puestos”. Todos volvieron, y ésta ha sido nuestra desgracia. Hoy poseemos una inmensidad de funcionarios, pero no disponemos de elementos con suficiente instrucción para poder dirigirlos de verdad. En la práctica sucede con harta frecuencia que aquí, arriba, donde tenemos concentrado el poder estatal, la administración funciona más o menos; pero en los puestos inferiores disponen ellos como quieren, de manera que muy a menudo contrarrestan nuestras medidas.

Hombres adictos, en las altas esferas, tenemos no sé exactamente cuántos, pero creo que, en todo caso, sólo varios miles, a lo sumo unas decenas de miles. Pero en los puestos inferiores se cuentan por centenares de miles los antiguos funcionarios que hemos heredado del régimen zarista y de la sociedad burguesa y que trabajan contra nosotros, unas veces de manera consciente, y otras inconsciente. Es indudable que, en este terreno, no se conseguirá nada a corto plazo. Tendremos que trabajar muchos años para perfeccionar la administración, renovarla y atraer nuevas fuerzas. Lo estamos haciendo a ritmo bastante rápido, quizá demasiado rápido. Hemos fundado escuelas soviéticas y facultades obreras; estudian varios centenares de miles de jóvenes; acaso estudien demasiado de prisa; pero, de todas maneras, la labor en este terreno ha comenzado y creo que nos dará sus frutos. Si no nos precipitamos demasiado en esta labor, dentro de algunos años tendremos una masa de jóvenes capaces de cambiar radicalmente nuestra administración.

He dicho que hemos hecho innumerables tonterías, pero debo decir también algo en este aspecto de nuestros adversarios. Si éstos nos reprochan y dicen que el propio Lenin reconoce que los bolcheviques han hecho muchísimas tonterías, yo quiero responder: es cierto, pero, a pesar de todo, nuestras tonterías son de un género completamente distinto que el de las vuestras. Nosotros no hacemos más que empezar a estudiar, pero estudiamos con tanta regularidad que estamos seguros de obtener buenos resultados. Pero si nuestros enemigos, es decir, los capitalistas y los héroes de la II Internacional, recalcan las tonterías que hemos hecho, me permitiré citar aquí, a título comparativo, las palabras de un famoso escritor ruso, que, modificándolas un poco, resultarían así: cuando los bolcheviques hacen tonterías, dicen: “Dos por dos, cinco”; pero cuando las hacen sus adversarios, es decir, los capitalistas y los héroes de la II Internacional, el resultado es: “Dos por dos, una vela de estearina”.

Esto no es difícil demostrarlo. Tomad, por ejemplo, el pacto con Kolchak que concertaron Norteamérica, Inglaterra, Francia y el Japón. Yo os pregunto: ¿existen en el mundo potencias más cultas y fuertes? ¿Y qué resultó? Se comprometieron a ayudar a Kolchak sin calcular, sin reflexionar, sin observar. Ha sido un fracaso incluso difícil de comprender, a juicio mío, desde el punto de vista de la razón humana.

Otro ejemplo más reciente y de mayor importancia: la paz de Versalles. Yo os pregunto: ¿qué han hecho, en este caso, las “grandes” potencias “cubiertas de gloria”? ¿Cómo podrán encontrar ahora la salida de este caos y de este absurdo? Creo que no exageraré si repito que nuestras tonterías no son nada en compa-ración con las que hacen juntos los Estados capitalistas, el mundo capitalista y la II Internacional. Por eso supongo que las perspectivas de la revolución mundial -tema que habré de tratar brevemente- son favorables. Y pienso que, si se da determinada condición, se harán más favorables todavía. Desearía decir algunas palabras sobre estas condiciones.

En 1921 aprobamos en el III Congreso una resolución sobre la estructura orgánica de los partidos comunistas y los métodos y el contenido de su labor5. La resolución es magnífica, pero es rusa casi hasta la médula; es decir, se basa en las condiciones rusas. Este es su aspecto bueno, pero también su punto flaco. Flaco porque estoy convencido de que casi ningún extranjero podrá leerla; yo la he releído antes de hacer esta afirmación. Primero, es demasiado larga, consta de cincuenta o más puntos. Por regla general, los extranjeros no pueden leer cosas así. Segundo, incluso si la leen, no la comprenderán precisamente porque es demasiado rusa. No porque esté escrita en ruso (ha sido magníficamente traducida a todos los idiomas), sino porque está sobresaturada de espíritu ruso. Y tercero, si, en caso excepcional, algún extranjero la llega a entender, no la podrá cumplir. Este es su tercer defecto.

Balance de Lenin sobre la revolución rusa

He conversado con algunos delegados extranjeros y confío en que podré conversar detenidamente con gran número de delegados de distintos países en el curso del congreso, aunque no participe personalmente en él, ya que, por desgracia, no me es posible. Tengo la impresión de que hemos cometido un gran error con esta resolución, es decir, que nosotros mismos hemos levantado una barrera en el camino de nuestro éxito futuro. Como ya he dicho, la resolución está excelentemente redactada, y yo suscribo todos sus cincuenta o más puntos. Pero no hemos comprendido cómo se debe llevar nuestra experiencia rusa a los extranjeros. Cuanto expone la resolución, ha quedado en letra muerta. Y si no comprendemos esto, no podremos seguir nuestro avance.

Considero que lo más importante para todos nosotros, tanto para los rusos como para los camaradas extranjeros, es que, después de cinco años de revolución rusa, debemos estudiar. Sólo ahora hemos obtenido la posibilidad de estudiar. Ignoro cuánto durará esta posibilidad. No sé durante cuánto tiempo nos concederán las potencias capitalistas la posibilidad de estudiar tranquilamente. Pero debemos aprovechar cada minuto libre de las ocupaciones militares, de la guerra, para estudiar, comenzando, además, por el principio.

El partido en su totalidad y todos los sectores de la población de Rusia lo demuestran con su afán de saber. Esta afición al estudio prueba que nuestra tarea más importante ahora es estudiar y estudiar. Pero también los camaradas extranjeros deben estudiar, no en el mismo sentido en que lo hacemos nosotros: leer, escribir y comprender lo leído, que es lo que todavía precisamos. Se discute si esto corresponde a la cultura proletaria o a la cultura burguesa. Dejo pendiente la cuestión. Pero de lo que no cabe ninguna duda es de que nosotros necesitamos, ante todo, aprender a leer, a escribir y a comprender lo que leemos. Los extranjeros no lo necesitan. Les hace falta ya algo más elevado: esto implica, primero, que comprendan también lo que hemos escrito acerca de la estructura orgánica de los partidos comunistas y que los camaradas extranjeros firmaron sin leerlo y sin comprenderlo. Esta debe ser su primera tarea. Es preciso llevar a la práctica esta resolución. Pero no puede hacerse de la noche a la mañana, eso sería completamente imposible.

La resolución es demasiado rusa: refleja la experiencia rusa. Por eso, los extranjeros no la comprenden en absoluto y no pueden conformarse con colocarla en un rincón como un icono y rezar ante ella. Así no se conseguirá nada. Lo que necesitan es asimilar parte de la experiencia rusa. No sé cómo lo harán. Puede que los fascistas de Italia, por ejemplo, nos presten un buen servicio, explicando a los italianos que no son todavía bastante cultos y que su país no está garantizado aún contra las centurias negras. Quizá esto sea muy útil. Nosotros, los rusos, debemos buscar también la forma de explicar a los extranjeros las bases de esta resolución, pues, de otro modo, se verán imposibilitados por completo para cumplirla. Estoy convencido de que, en este sentido, debemos decir no sólo a los camaradas rusos, sino también a los extranjeros, que lo más importante del período en que estamos entrando es estudiar. Nosotros estudiamos en sentido general. En cambio, los estudios de ellos deben tener un carácter especial para que lleguen a comprender realmente la organización, la estructura, el método y el contenido de la labor revolucionaria. Si se logra esto, las perspectivas de la revolución mundial, estoy convencido de ello, serán no solamente buenas, sino incluso magníficas.

Fuente: V.I. Lenin. Obras Completas, texto digitalizado por Marxists.org 

Rechazo a las elecciones presidenciales y parlamentarias

por Maximiliano Cortés//  

Las actuales elecciones presidenciales y parlamentarias se dan en un contexto donde el imperialismo norteamericano busca reajustar su política hacia Latinoamérica, la que considera como su “patio trasero”. Los alineamientos de distintas fracciones patronales en la región dan cuenta de una orientación marcada por políticas que tienden hacia un mayor ataque sobre las condiciones de vida de los trabajadores y el pueblo. Este alineamiento de los grupos empresariales es el que marca la pauta de todos los candidatos que postulan a ser los próximos verdugos del pueblo.

El programa del candidato oficialista Alejando Guillier busca una continuidad de las políticas del actual gobierno junto con una propuesta de “diversificación de la economía”. Sin embargo este programa se enfrentará a las condiciones de dependencia que impone el capital financiero sostenida por medio de la reprimarización de la economía chilena. Su base de sustento, al igual que del conjunto de los partidos concertacionistas, es la capa de parásitos empresariales  que viven de los negocios que otorga el gran capital como las subcontrataciones, las asesorías, las concesiones o pitutos del Estado que, disciplinados a la gran burguesía, desean mantener sus privilegios de explotadores medianos de la fuerza de trabajo. Esta es la base del proyecto de “diversificación” que desea los auspicios del aparato estatal para obtener la financiación y venia de los grandes capitalistas para el desarrollo de estos dudosos “nichos” de negocios.

Por su parte Sebastián Piñera, el  candidato predilecto del empresariado,  plantea  derechamente pasar a un ataque a rajatabla contra los funcionarios públicos, una mayor flexibilidad laboral, una intensificación del aparato represivo para  “ordenar la casa” ante los desequilibrios del capitalismo.

Uno y otro representan las dos fracciones burguesas que se dejan ver en la región y que traen consigo mayores penurias para la clase trabajadora y el pueblo. Son dos caras de la misma clase explotadora que postula a la moneda.

A la vera de estos candidatos tenemos al Frente Amplio, que extraídos del medio universitario, pretenden representar a la pequeña burguesía y a los sectores de la “nueva clase media”. Su programa enarbola la realización de reformas dentro de los márgenes del capitalismo que le otorguen mejores condiciones a esta capa intermedia en una pelea por una “distribución de la renta” que promueva a los explotadores de las pymes y otorgue una perspectiva de ascenso social ante la pauperización creciente de la pequeño burguesía. Una y otra vez su programa de libre concurrencia y democratización se disciplinará ante las lógicas impuestas por el gran capital y la explotación imperialista.

Por su parte el estalinista Artés, que reivindica a la corriente contrarrevolucionaria que se esforzó por liquidar todas las conquistas de la primer revolución obrera de la historia, plantea una “democracia popular” basada en la alianza con los explotadores y negreros de las pymes.

El resto de los candidatos MEO/Navarro/Goic, se diferencias sólo en matices de cinismo. No está en el programa de estos personeros, y no puede estarlo dado que sólo se desarrollará mediante la lucha de clases, planteos tales como la necesidad de un salario acorde a la canasta familiar, la eliminación del código del trabajo, el acceso irrestricto a la salud y la educación, el fin a la desocupación, el control de los principales medios de producción, la expropiación de la clase capitalista, etc.

Este tipo de elecciones en el capitalismo sólo expresa la “voluntad” democrática de la clase dominante para que las masas elijan a su verdugo cada cierto tiempo, una renovación del comité de administración de sus negocios. Una vez más hay que señalar que las elecciones burguesas son un terreno hostil para la clase obrera, y un escenario de intervención ultra táctica para los revolucionarios. Partimos de tomar las lecciones que dejó la Internacional Comunista en su periodo revolucionario partiendo de que el parlamento en la actual época “se ha convertido en instrumento de la mentira, del fraude… las reformas…, desprovistas de espíritu de continuidad y de estabilidad y concebidas in un plan de conjunto, perdieron toda importancia práctica para las masas trabajadoras (…)

El comunismo debe tomar como punto de partida el estudio teórico de nuestra época…. Las formas de las relaciones políticas y de las agrupaciones pueden diferir en los diversos países, pero la esencia de las cosas sigue siendo la misma en todas partes: para nosotros se trata de la preparación inmediata, política y  técnica, de la sublevación proletaria que debe destruir el poder burgués y establecer el nuevo poder proletario…”1

En estas elecciones ante la ausencia de un programa de independencia de clase llamamos a votar nulo o blanco o no votar. Se hace más necesario que nunca unificar las filas obreras para prepararse para  los ataques patronales.

Ante un escenario en la región de ataques contra el proletariado podemos impulsar un Congreso Obrero Latinoamericano cuyo programa tenga como corolario la consigna de lucha por los Estados Unidos Socialistas de Latinoamérica y el Caribe.

 

  1. Segundo Congreso III Internacional, 1920

(El autor milita en la Corriente Obrera Revolucionaria, COR)

(Imagen: Toro y cóndor, O. Guayasmín)

 

 

 

Gilles Deleuze: “Fue mi maestro”.

Tristeza de las generaciones sin “maestros”. Nuestros maestros no son sólo los profesores públicos, si bien tenemos gran necesidad de profesores. Cuando llegamos a la edad adulta, nuestros maestros son los que nos golpean con una novedad radical, los que saben inventar una técnica artística o literaria y encontrar las maneras de pensar que se corresponden con nuestra modernidad, es decir con nuestras dificultades tanto como con nuestros difusos entusiasmos. Sabemos que en el arte, y aun en la verdad, hay un solo valor: la “primera mano”, la auténtica novedad de lo que decimos, la “musiquita” con la que lo decimos. Sartre fue eso para nosotros (para la generación que tenía veinte años en el momento de la Liberación). Por entonces, ¿quién si no Sartre supo decir algo nuevo? ¿Quién nos enseñó nuevas maneras de pensar? Por brillante y profunda que fuera, la obra de Merleau-Ponty era profesoral y dependía en muchos aspectos de la de Sartre (a Sartre le gustaba asimilar la existencia del hombre al no-ser de un “agujero” en el mundo: pequeñas lagunas de la nada, decía. Pero Merleau-Ponty las consideraba pliegues, simples pliegues y plegamientos. De ese modo se distinguían un existencialismo duro y penetrante y un existencialismo más tierno, más reservado). Camus, ¡ay!, era la virtud inflada o el absurdo de segunda mano; Camus reivindicaba a los pensadores malditos, pero toda su filosofía nos remitía a Lalande y a Meyerson, autores que los bachilleres conocen muy bien. Los nuevos temas, un cierto estilo nuevo, una manera nueva, polémica y agresiva, de plantear los problemas, todo eso vino de Sartre. En medio del desorden y las esperanzas de la Liberación, lo descubríamos, lo redescubríamos todo: Kafka, la novela norteamericana, Husserl y Heidegger, los interminables ajustes de cuentas con el marxismo, el impulso hacia una nueva novela… Si todo pasó por Sartre, no fue sólo porque como filósofo tenía un sentido genial de la totalización sino porque sabía inventar lo nuevo. Las primeras representaciones de Las moscas, la aparición de El ser y la nada, la conferencia El existencialismo es un humanismo fueron acontecimientos: en ellos aprendíamos, después de una larga noche, la identidad entre el pensamiento y la libertad.
Los “pensadores privados” se oponen de algún modo a los “profesores públicos”. Hasta la Sorbona necesita una anti-Sorbona, y los estudiantes sólo escuchan bien a sus profesores cuando tienen también otros maestros. En su momento, Nietzsche dejó de ser profesor para convertirse en un pensador privado. También lo hizo Sartre, en otro contexto, con otra salida. Los pensadores privados tienen dos características; una especie de soledad que les pertenece siempre, cualesquiera sean las circunstancias; pero también una cierta agitación, un cierto desorden del mundo en el que surgen y en el que hablan. Y también sólo hablan en su propio nombre, sin “representar” nada; y lo que le reclaman al mundo son presencias brutas, potencias desnudas que tampoco son “representables”. Ya en ¿Qué es la literatura?, Sartre dibujaba el ideal del escritor: “El escritor retomará el mundo tal cual es, totalmente en crudo, sudoroso, maloliente, cotidiano, para presentarlo a los libertados sobre el cimiento de una libertad. No basta con concederle al escritor la libertad de decirlo todo. Es preciso que escriba para un público que tenga la libertad de cambiarlo todo, lo que significa, además de la supresión de las clases, la abolición de toda dictadura, la renovación perpetua de los cuadros, la continua perturbación del orden tan pronto como tienda a fijarse. En una palabra, la literatura es, por esencia, la subjetividad de una sociedad en revolución permanente”. Desde el principio, Sartre concibió el escritor bajo la forma de un hombre como todos, que se dirige a los demás desde un solo punto de vista: su libertad. Toda su filosofía se insertaba en un movimiento especulativo que impugnaba la noción de representación, el orden mismo de la representación: la filosofía cambiaba de lugar, abandonaba la esfera del juicio, para instalarse en el mundo más colorido de lo “prejudicativo”, de lo “sub-representativo”. Sartre acababa de rechazar el Premio Nobel. Continuación práctica de la misma actitud, horror ante la idea de representar prácticamente algo, aunque sean valores espirituales o, como él dice, de institucionalizarse.
El pensador privado necesita un mundo que incluya un mínimo de desorden, aunque más no sea una esperanza revolucionaria, un grano de revolución permanente. En Sartre hay, en efecto, cierta fijación con la Liberación, con las esperanzas decepcionadas de esa época. Hizo falta la guerra de Argelia para reencontrar algo de la lucha política o de la agitación liberadora, y aun así en condiciones tanto más complejas cuanto que nosotros ya no éramos los oprimidos sino aquellos que debían alzarse contra sí mismos. ¡Ah, juventud! Ya no quedan más que Cuba y los maquis venezolanos. Pero, más grande aún que la soledad del pensador privado, está también la soledad de los que buscan un maestro, los que querrían un maestro y sólo podrían encontrarlo en un mundo agitado.
El orden moral, el orden “representativo” se ha cerrado sobre nosotros. Hasta el miedo atómico adoptó los aires de un miedo burgués. A los jóvenes, ahora, se les ofrece a Teilhard de Chardin como maestro de pensamiento. Tenemos lo que nos merecemos. Después de Sartre, no sólo Simone Weil sino la Simone Weil del simio. Y sin embargo no es que en la literatura actual no haya cosas profundamente nuevas. Citemos al voleo: el nouveau roman, los libros de Gombrowicz, los relatos de Klossowski, la sociología de Lévi-Strauss, el teatro de Genet y de Gatti, la filosofía de la “sinrazón” que elabora Foucault… Pero lo que hoy falta es lo que Sartre supo reunir y encarnar para la generación anterior: las condiciones de una totalización: aquella en la que la política, lo imaginario, la sexualidad, el inconsciente y la voluntad se reúnen en los derechos de la totalidad humana. Hoy nos limitamos a subsistir, con los miembros dispersos.
Sartre decía de Kafka: “Su obra es una reacción libre y unitaria contra el mundo judeocristiano de Europa central; sus novelas son la superación sintética de su situación de hombre, de judío, de checo, de novio recalcitrante, de tuberculoso, etcétera”. Pero es el caso de Sartre mismo: su obra es una reacción contra el mundo burgués tal como lo pone en cuestión el comunismo. Expresa la superación de su propia situación de intelectual burgués, de ex alumno de la Escuela Normal, de novio libre, de hombre feo (puesto que Sartre a menudo se presentó de ese modo), etc.: todas cosas que se reflejan y resuenan en el movimiento de sus libros.
Hablamos de Sartre como si perteneciera a una época caduca. ¡Ay! Somos nosotros, más bien, los que hemos caducado en el orden moral y conformista de la actualidad. Sartre, al menos, nos permite la esperanza vaga de los momentos futuros, de las reanudaciones donde el pensamiento puede reformarse y rehacer sus totalidades como potencia a la vez colectiva y privada. Por eso Sartre sigue siendo nuestro maestro.
El último libro de Sartre, Crítica de la razón dialéctica, es uno de los libros más bellos y más importantes que se hayan publicado en estos últimos años. Le da a El ser y la nada su complemento necesario, en el sentido en que las exigencias colectivas vienen a consumar la subjetividad de la persona. Y si volvemos a pensar en El ser y la nada, es para recuperar el asombro que supimos sentir ante esa renovación de la filosofía. Hoy sabemos aún mejor que las relaciones de Sartre con Heidegger, su dependencia de Heidegger, eran falsos problemas que descansaban en malentendidos. Lo que nos impactaba de El ser y la nada era únicamente sartreano y servía para medir el aporte de Sartre: la teoría de la mala fe, donde la conciencia, en el interior de sí misma, jugaba con su doble poder de no ser lo que es y de ser lo que no es; la teoría del Otro, donde la mirada del otro bastaba para hacer vacilar el mundo y para “robármelo”; la teoría de la libertad, donde ésta se limitaba a sí misma constituyéndose en situaciones; el psicoanálisis existencial, donde recuperábamos las elecciones básicas de un individuo en el seno de su vida concreta. Y, cada vez, la esencia y el ejemplo entraban en relaciones complejas que le daban un nuevo estilo a la filosofía. El mozo del bar, la chica enamorada, el hombre feo, y sobre todo mi amigo Pedro-que-nunca-estaba, formaban verdaderas novelas en la obra filosófica y hacían palpitar las esencias al ritmo de sus ejemplos existenciales. Por todas partes brillaba una sintaxis violenta, hecha de rupturas y estiramientos, que nos recordaba las dos obsesiones sartreanas: las lagunas de no-ser, las viscosidades de la materia.
El rechazo del Premio Nobel fue una buena noticia. Al fin alguien que no trata de explicar la clase de paradoja deliciosa que es para un escritor, para un pensador privado, aceptar honores y representaciones públicas. Ya hay muchos astutos que tratan de sorprender a Sartre contradiciéndose: le atribuyen sentimientos de despecho porque el premio llegó demasiado tarde; le objetan que algo, de todos modos, siempre representa; le recuerdan que sus logros, de todos modos, fueron y siguen siendo logros burgueses; se sugiere que su rechazo no es razonable ni adulto; se le propone el ejemplo de aquellos que lo aceptaron rechazándolo, sin perjuicio de destinar el dinero a buenas obras. No les conviene provocarlo demasiado; Sartre es un polemista temible. No hay genio que no se parodie a sí mismo. Pero, ¿cuál es la mejor parodia? ¿Convertirse en un viejo adaptado, una coqueta autoridad espiritual? ¿O bien querer ser el retrasado de la Liberación? ¿Verse como un académico o bien soñarse como resistente venezolano? ¿Quién no ve la diferencia de calidad, la diferencia de genio, la diferencia vital entre esas dos opciones o esas dos parodias? ¿A qué es fiel Sartre? Siempre al amigo Pedro-que-nunca-está. Ése es el destino de este autor: hacer correr aire puro cuando habla, aun si ese aire puro, el aire de las ausencias, es difícil de respirar. 

Publicado originalmente en la revista Arts
el 28 de noviembre de 1964. Trad. Alan Pauls.

Retrato de mi asesino

por Bernardo Marín//

“Stalin se divertía en su casa de campo degollando ovejas o vertiendo queroseno en los hormigueros y prendiéndoles fuego. Kámenev me dijo que, en sus visitas de ocio sabatinas a Zubalovka, Stalin caminaba por el bosque y continuamente se divertía disparando a los animales salvajes y asustando a la población local. Tales historias sobre él, procedentes de observadores independientes, son numerosas. Y, sin embargo, no faltan personas con este tipo de tendencias sádicas en el mundo. Fueron necesarias condiciones históricas especiales antes de que estos instintos oscuros encontraran una expresión tan monstruosa”.

Estas palabras forman parte de una biografía singular. Por la relevancia de sus protagonistas, dos de las figuras prominentes de la Revolución Rusa, enfrentadas por una de las rivalidades más encarnizadas del siglo XX. Y porque el perfil quedó inconcluso después de que el retratado ordenara la muerte de su biógrafo. Stalin, la obra que León Trotski escribía cuando fue asesinado por Ramón Mercader en México en agosto de 1940, ha permanecido dormida durante más de siete décadas. Y después de muchas peripecias, mutilaciones y añadidos, vuelve a ver la luz en un volumen de casi mil páginas, en gran parte inédito, coincidiendo con el centenario de la llegada al poder de los bolcheviques.

La historia de este libro merecería la publicación de otro que la contara. Trotski, exiliado en México tras serle denegado el asilo en varios países, se sabía sentenciado por el líder de la Unión Soviética Josif Stalin. Pero no tenía particular interés en escribir la vida de su antiguo camarada. “No fue una venganza. Escribir esta biografía no entraba en los planes del abuelo. Estaba centrado en acabar otra sobre Lenin”, explica Esteban Volkov, nieto del revolucionario, en conversación telefónica desde Ciudad de México, donde reside. “Pero necesitaba dinero y la editorial Harper & Brothers de Nueva York le hizo una oferta generosa”.

Volkov, a punto de cumplir 92 años, ha sido durante décadas el guardián de la memoria de su abuelo. También es director de la Casa Museo León Trotski, entre cuyos muros fue asesinado el revolucionario en agosto de 1940 por un golpe de piolet del agente estalinista Ramón Mercader. El mismo escenario donde se presentará la versión en español del libro, publicada por la editorial mexicana Fontamara, el día 11, coincidiendo con el aniversario de una Revolución de Octubre que por diferencias entre los calendarios gregoriano y juliano, sucedió en noviembre para el resto del mundo. La obra se publicó hace un año en inglés en una editorial marxista de Londres y fue traducida después al italiano y al portugués, pero la noticia no tuvo repercusión en los grandes medios.

Harper & Brothers publicó una versión incompleta del libro en inglés en 1946. Antes no era posible, porque EE UU y la Unión Soviética eran aliados contra Alemania. Pero la viuda de Trotski, Natalia Sedova, pleiteó en los tribunales sin éxito para que fuera retirada. Sus objeciones se dirigían, sobre todo, contra el editor y traductor de la obra. “Hizo una deficiente edición del libro, con mutilaciones y múltiples añadidos de su cosecha muy alejados del pensamiento político del abuelo”, explica Volkov. El propio Trotski nunca tuvo demasiada confianza en su traductor, y había montado en cólera cuando supo que había enseñado algunos originales a terceras personas. “Parece tener al menos tres cualidades: que no sabe ruso, que no sabe inglés y que es tremendamente pretencioso”, escribió en una carta al periodista estadounidense Joseph Hansen.

Pero una parte de la obra no llegó nunca a manos de la editorial. Cuando se supo sentenciado, Trotski envió a la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, muchos de sus documentos para su custodia. “Los archivos salen esta mañana en tren”, había escrito el revolucionario el 17 de julio de 1940, un mes y tres días antes de su asesinato. Y allí se acumularon 20.000 documentos que ocupaban 172 cajas de artículos, fotografías y papeles manuscritos, mecanografiados, traducidos y sin traducir, con gran cantidad de correcciones que demostraban lo extraordinariamente meticuloso que era con su trabajo.

Capítulos enteros del libro sobre Stalin permanecieron así dormidos hasta que en 2003 el historiador galés Alan Woods comenzó a indagar en la montaña de documentos para rescatar la versión más amplia e íntegra posible del libro. Y después de más de diez años de trabajo el resultado fue una obra un tercio más extensa que el libro publicado en los años 40, sin los añadidos del primer traductor y, ahora sí, con las bendiciones de la familia de Trotski.

Woods coincide con Volkov en que Trotski no quería escribir este libro. “Pero una vez que se puso a ello, lo hizo concienzudamente, con mucha documentación y detalles incluso del periodo más desconocido de la vida de Stalin, su infancia. Para cualquier lector es un estudio psicológico fascinante”, explica desde Londres, donde reside. El historiador es un activo miembro de la Corriente Marxista Internacional. Participó en la lucha contra el Franquismo en España y fue firme defensor de la revolución bolivariana y amigo personal de Hugo Chávez, aunque en los últimos tiempos se ha distanciado de la deriva del Gobierno venezolano.

Los dirigentes del Partido Bolchevique eran en general gente muy capacitada, y entre ellos brillaba Trotski, que dominaba cinco idiomas y escribía varios libros a la vez. Stalin aparece en cambio retratado por su gran rival político como un hombre de horizontes limitados. Ese perfil mediocre coincide con el que hicieron otros observadores, como el periodista estadounidense John Reed, que en su crónica Diez días que estremecieron al mundo menciona a El hombre de acero solo dos veces y a Trotski nada menos que 67.

Pero, por lo que se cuenta en el libro que ahora se presenta, las cualidades de Stalin eran otras:  la astucia y el arte de la manipulación. “La técnica de Stalin consistía en avanzar gradualmente paso a paso hacia la posición de dictador, mientras que representaba el papel de un defensor modesto del Comité Central y de la dirección colectiva. Utilizó a fondo el período de enfermedad de Lenin para colocar a individuos que le eran devotos. Se aprovechó de cada situación, de cada circunstancia política, de cualquier combinación de personas para promover su propio avance que le ayudara en su lucha por el poder y lograr su deseo de dominar a los demás. Si no podía elevarse a su altura intelectual, podía provocar un conflicto entre dos competidores más fuertes. Elevó el arte de manipular los antagonismos personales o de grupo a nuevas alturas. En este campo desarrolló un instinto casi infalible”.

Sin embargo, Woods no atribuye la llegada al poder de Stalin a su carácter. “Era un niño maltratado por su padre, rencoroso y con tendencias sádicas. Pero no todos los maltratados se vuelven monstruos. Como no todos los artistas fracasados se vuelven Hitler”. Y propone un argumento marxista para explicar su ascenso. “En todas las revoluciones hay un periodo que necesita héroes, gigantes. Cuando llega a un periodo de declive, necesitan mediocres. La degeneración burocrática hubiera tenido lugar sin o con Stalin, porque Rusia era un país aislado y atrasado. Pero en este caso la burocracia se encarnó en un personaje sanguinario”.

¿Pudo acelerar el libro el asesinato? Stalin estaba muy bien informado de lo que hacía su rival. Cada mañana tenía los últimos artículos de Trotski sobre su mesa. Y Volkov recuerda cómo Robert Sheldon Harte, guardaespaldas de su abuelo a quien se atribuye la traición que facilitó un primer atentado contra él en mayo de 1940, le preguntaba siempre por la marcha de la obra. “Como cualquier criminal tenía que eliminar los testigos”, coincide Woods.

 

Imagen de la edición del libro que, en España, publicará Lucha de Clases.

 

Editorial: El siglo de la Revolución Rusa

Para quienes militamos bajo las banderas de la revolución socialista, la celebración de un aniversario tan significativo, el centenario de la Revolución Rusa, resulta de una enorme trascendencia.

Quienes integramos el equipo editorial de esta revista, provenimos de distintas corrientes de origen marxista y revolucionario, y para todos nosotros –desde diversas perspectivas- la Revolución Rusa ha significado y significa el basamento material y teórico de nuestro accionar militante.

Se puede afirmar que la burguesía no ha logrado silenciar la fecha y, en nuestro país, hasta el mismísimo Centro de Estudios Públicos –órgano capitular de la oligarquía chilena- organizó un ciclo de charlas que bajo el nombre de la Revolución Rusa en América Latina y Chile, con la finalidad de poner de relieve la derrota, la imposibilidad e inclusive los supuestos crímenes de tal Revolución.

A su turno, a lo largo de todo el país y con distintos énfasis y magnitudes, las actividades conmemorativas de la gesta del octubre soviético se han venido desarrollando, demostrando con ello que no se trata de un acto de nostalgia o de rescate arqueológico, sino que expresiones concretas y vigentes de lucha política. Resulta, en consecuencia, autoevidente que la Revolución Rusa sigue siendo un hito nodal, estructural, en el desarrollo del discurso político de nuestros días.

Frente a los que, basados en el hecho cierto de que la clase obrera ha sufrido importantes retrocesos políticos en los últimos años, sostienen que “se ha demostrado” su incapacidad revolucionaria, sostenemos que nunca una clase explotada ha logrado tanto en tan poco tiempo.

En poco más de ciento cincuenta años de existencia el movimiento obrero ha generado una teoría social superior a la de la clase dominante. Ha creado organizaciones propias, como sindicatos, cooperativas y asociaciones culturales y deportivas.

Organizó partidos propios, sustentados en la teoría crítica y científica, que han desarrollado estrategias y tácticas de acción política altamente elaboradas.

Obligó a la clase dominante a conceder mejoras como nunca una clase explotada logró arrancar a los explotadores (Estado de bienestar en la posguerra).

Generó organizaciones radicalmente democráticas, como los concejos de obreros y campesinos. Creó ejércitos, desarrollando una estrategia militar propia.

Tomó el poder e inició la construcción de sociedades que por primera vez fueron concebidas como proyectos conscientes de un reordenamiento social sin clases.

Es necesario no perder esta perspectiva histórica, y fomentar la educación a las nuevas generaciones en las tradiciones revolucionarias, porque en ellas se alimentará la futura recomposición política de las fuerzas del trabajo y del socialismo. La perspectiva de la revolución proletaria es, en este contexto, no sólo necesaria, sino que su viabilidad constituye hoy en día la única posibilidad de salvar a la humanidad de las garras de la barbarie.

Habitualmente dedicamos la Editorial de nuestra revista al análisis de la coyuntura, que hoy día con la contienda electoral, el movimiento No +AFP y la absolución de los 11 comuneros mapuche en el llamado “caso Luchsinger”, entrega múltiples facetas, pero hoy queremos –intencionadamente- detenernos a homenajear a la primera revolución obrera triunfante de la historia.

Desde las páginas de El Porteño, cuando también cumplimos un año de funcionamiento, acompañando la lucha de los trabajadores en Chile y el mundo entero, rendimos sentido homenaje –repetimos- a esta primera revolución obrera triunfante de la historia y a su vanguardia bolchevique. El programa proletario, de la revolución socialista, que es el gobierno de los órganos de poder de los explotados, resplandece en su vigencia frente a la colosal descomposición del orden burgués. Levantamos el puño izquierdo, orgullosos de engrosar las filas proletarias de esta gloriosa marcha llamada Revolución.

 

EP

 

Marx, ¿un economista del siglo XIX?

por Michel Husson//

Acaba de publicarse la traducción francesa de la biografía de Jonathan Sperber,1/ titulada Karl Marx, homme du XIXe siècle. Es la ocasión, 150 años después de la publicación del Libro I de El Capital, de preguntarnos si hay que considerar a Marx un economista del siglo XIX.2/

La biografía de Sperber está consagrada esencialmente a la vida privada de Marx y a su relación con las corrientes de pensamiento de su época. La tesis central –Marx es una “figura del pasado” (a backward-looking figure)– tiene al menos la ventaja de librar a Marx de toda responsabilidad sobre la práctica ulterior del “marxismo-leninismo” con salsa estalinista. Pero en sentido inverso, remite a Marx a la historia de las ideas, carente en el fondo de todo interés de cara a la interpretación del mundo contemporáneo, por no hablar ya de los proyectos encaminados a transformarlo. Esta tesis, evidentemente, es discutible y al respecto nos remitimos a las reseñas críticas sobre el conjunto de la obra, para examinar aquí el capítulo que habla de Marx como economista.3/ Este aspecto de la obra de Marx solo ocupa, por cierto, un espacio singularmente reducido: una cuarentena de páginas de un total de 500.

Sobre el método

Sperber propone una lectura “heguelianizada” de Marx. Por ejemplo, escribe que “Marx solamente fue capaz de mostrar cómo la apariencia del sistema depende de las lógicas asociadas a sus funcionamientos internos recurriendo al trabajo hegueliano de desarrollo conceptual”. Lenin afirmó que “no se puede comprender plenamente El Capital de Marx, y en particular su capítulo I, sin haber estudiado mucho y sin haber comprendido toda la Lógica de Hegel”.4/

No obstante, sin entrar en un debate que va más allá de las competencias de un economista, no hay que olvidar que Marx no fue únicamente discípulo de Hegel y que criticó el idealismo de este. Sperber cita su célebre fórmula, según la cual, en Hegel, la dialéctica “se halla cabeza bajo; basta colocarla sobre los pies para descubrir en ella la fisionomía plenamente razonable”.5/ Sin embargo, si se recuerda que la redacción del Libro I es posterior al grueso de los manuscritos que darán lugar a la publicación por Engels de los Libros II y III, se constata que Marx partió de los aspectos más concretos del funcionamiento del capitalismo antes de derivar de ello los conceptos más abstractos. El orden de la exposición que siguió es entonces inverso al orden de la investigación, como él mismo explica con toda claridad:

El procedimiento de exposición debe distinguirse formalmente del procedimiento de investigación. Con la investigación de trata de apropiarse de la materia en todos sus detalles, de analizar sus diveras formas de desarrollo y de descubrir su vínculo íntimo. Una vez realizada esta tarea, y solamente entonces, se puede exponer el movimiento real en su conjunto. Si se consigue, de manera que la vida de la materia se refleje en su reproducción ideal, este milagro puede hacer creer que se trata de una construcción a priori.6/

Esto es asimismo lo que expresa la primera frae de El Capital:

La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un “enorme cúmulo de mercancías”, y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía.

El caso es que Sperber no es fiel a su lectura “hegueliana” en un punto importante. Hace de la dicotomía entre valor de cambio y valor de uso una de las cinco “distinciones conceptuales” que según él estructuran la teoría económica de Marx. Sin embargo, esta “distinción conceptual” no debe entenderse, evidentemente, como una pura oposición binaria. Ahora bien, en esta cuestión fundamental, Sperber comete un error –ya clásico, por cierto– consistente en sostener que Marx no concede ningún papel a la “utilidad” (el valor de uso) en la formación de los precios de las mercancías. Esta es incluso, según Sperber, una de las razones por las que los marginalistas pudieron imponerse sobre la tradición clásica (de la que formaría parte Marx): su enfoque “combinaba el valor de uso y el valor de cambio, que Marx había separado con tanto esmero”. Así, la “distinción conceptual” se convierte en una “sepración” poco dialéctica y que no se corresponde en nada con el planteamiento de Marx.

Una pequeña frase habría bastado para suscitar de entrada la duda sobre la comprensión de Marx por parte de su biógrafo: “el Libro I de El Capital estaba consagrado a la distribución”, escribe. Esta es una sandez reveladora: el Libro I está consagrado principalmente a la teoría del valor y no trata del reparto, sino del análisis del “laboratorio de la producción”, por retomar la expresión del propio Marx.

Sobre la caída tendencial de la tasa de beneficio

Sperber no arroja ninguna luz realmente nueva sobre esta cuestión ampliamente debatida. Recuerda que la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio era para Marx “la ley más importante de la economía”, pero que esta proclamación, efectuada en los Grundrisse, vino sin duda un poco pronto. En efecto, Marx volvió “constantemente sobre este problema y escribió ecuaciones por última vez en 1882, un año antes de su muerte, proponiendo numerosas explicaciones y soluciones, de las que ninguna le parecía del todo satisfactoria”. A este respecto se hace referencia a los trabajos de Michael Heinrich, quien propone una demostración análoga, basada en particular en una nota manuscrita de Marx que apunta en sentido contrario al de la famosa ley.7/

Los argumentos de Sperber sobre esta cuestión son, en efecto, bastante deshilvanados. Por ejemplo, según él, Marx planteó que los aumentos de productividad podían “incrementar la tasa de plusvalía, la tasa de beneficio y el salarios de los obreros al mismo tiempo”, pero “semejante desarrollo, añadía Marx, solo sería posible en una economía comunista, nunca en una economía capitalista”. Me pregunto dónde habrá ido Sperber a buscar este argumento descabellado. Mejor que hubiera meditado sobre una de esas “causas que contrarrestan la ley” y que basta para poner en tela de juicio su existencia como ley:

La misma evolución que hace que aumente la masa del capital constante en comparación con el capital variable hace que disminuya el valor de sus elementos debido al aumento de la productividad del trabajo e impide así que el valor del capital constante, que sin embargo crece sin cesar, no aumente en la misma propoción que su volumen material. En algún que otro caso, la masa de los elementos del capital constante puede incluso aumentar, mientras que el valor permanece igual o incluso disminuye.8/

Sperber menciona asimismo la idea de que “los capitalistas son reacios a introducir una maquinaria más productiva y formas más eficaces de producción porque esto haría que sus equipos existentes se volviern obsoletos y se redujera la tasa de beneficio”. Existe efectivamente un pasaje en el que Marx plantea esta conjetura:

Ningún capitalista empleará de buen grado un nuevo modo de producción, independientemente de la proporción en que aumente la productividad o la tasa de plusvalía, si con ello se reduce la tasa de beneficio.

Esta idea se teorizará más tarde con el nombre de “teorema de Okishio”.9/ Sin embargo, esta hipótesis es contradictoria con el conjunto del análisis de Marx de la competencia, que, una página más adelante, concluye así su comentario: “En una palabra, este fenómeno es un efecto de la competencia; ellos también tienen que adoptar el nuevo modo de producción”.10/

Sobre la transformación de los valores en precio

Sperber tampoco aporta nada nuevo en este terreno y se contenta con repetir la doxa dominante: “Como han señalado los discípulos de Sraffa, la solución que da Marx al problema de la transformación es formalmente inexacta”. No obstante, tiene razón cuando menciona que la perecuación de la tasa de beneficio no se produce mediante transferencia “de los sectores más mecanizados a los menos mecanizados”, cosa que ya nadie sostiene (o no debería sostener).

Podría haber indicado que esta línea de crítica se remonta de hecho a Eugen Böhm-Bawerk, a quien cita en relación con otras cuestiones. Aunque señalemos de paso que esta es una referencia sorprendente, pues Böhm-Bawerk, el mismo que reprochaba a Marx sus errores de cálculo, cometió a su vez uno, y bastante gordo, en su cálculo de la “duración media del periodo de producción”. Esto es lo que subrayó Paul Samuelson en un artículo en que hizo balance del debate sobre la teoría del capital (y en el que capituló ante sus adversarios): Böhm-Bawerk confunde interés simple e interés compuesto y por tanto su medición “ya no merece que nos refiramos a ella”.11/

No es extraño que Sperber no mencione el enfoque TSSI (Temporal Single-System Interpretation), que elimina los supuestos errores de Marx. La clave de esta “solución” la resume así Ernest Mandel:

Los insumos de un ciclo de producción son datos disponibles al comienzo de este ciclo que no tienen efecto alguno en la igualación de las tasas de beneficio en los distintos sectores de producción durante este ciclo. Basta suponer que ya han sido calculados en precios de producción y no en valores, y que estos precios de producción resultan de la igualación de las tasas de beneficio en el transcurso del ciclo de producción precedente, para que desaparezca toda incoherencia.12/

Por lo demás, Mandel se limita a seguir esta indicación de Marx:

El coste de producción de la mercancía está determinado; representa un dato independiente de la producción del capitalista, mientras que el resultado de su producción es una mercancía que contiene la plusvalía, que es un excedente de valor con respecto a su coste de producción.13/

Sobre la renta

El libro contiene una exposición bastante amplia dedicada, con razón, a la teoría de la renta. No carece de interés, pero se contradice con la tesis general de Sperber, ya que este –además de no discernir correctamente el vínculo con la teoría del valor– no ve que esta teoría puede extenderse a otros terrenos distintos de la renta de la tierra. “¡Todos rentistas!”, proclama por ejemplo Philipe Askenazy en un libro reciente.14/ El análisis de la renta inmobiliaria o petrolera es perfectamente posible empleando el marco teórico de Marx y de los clásicos. Lo mismo podemos decir del debate que acaba de iniciarse en EE UU sobre los superbeneficios de las grandes empresas a partir de un estudio de su “poder de mercado”.15/ Todas estas cuestiones deben abordarse a partir del principio metodológico de Marx, que establece que la renta es una captación de la plusvalía producida en los demás sectores. Es esta una aportación fundamental que permite, por ejemplo, evitar el error consistente en pensar que existen fuentes de creación de valor distintas del trabajo (por ejemplo, las “finanzas”).

La lectura de Sperber, que declara a Marx un hombre del siglo XIX, es, en el fondo, coherente con su representación de que la supremacía de la economía marginalista (o neoclásica) es el fruto de un progreso lineal de la ciencia económica. Ahora se trata de criticar esta lectura mostrando cómo las problemáticas marxistas tienen prolongaciones –y no únicamente entre los marxistas– a lo largo de los 150 años que nos separan de la aparición de El Capital.

Marx, ¿un economista del siglo XIX?

La clave del análisis de Sperber es coherente con su tesis más general. Podemos resumirla así: Marx es el último de los economistas clásicos (en el linaje de Smith y Ricardo), pero, por desgracia para él, en el momento en que Engels publica los Libros II y III de El Capital, la economía está a punto de bifurcarse y de romper con esta línea de pensamiento. Dejemos de lado la cuestión de saber si Marx se sitúa en la prolongación/superación de Ricardo o en ruptura total con él para captar esta clave de la lectura de Sperber, quien al menos podría haberse preguntado por qué el subtítulo de El Capital es “Crítica de la economía política”. De ortodoxo (sic), Marx habría pasado así bruscamente a devenir obsoleto:

Cuando sus ideas se difundieron finalmente entre un público más amplio (…), todo esto había cambiado. Lo que antaño había sido la ortodoxia económica se había convertido, para la corriente dominante, en obsoleta y no científica o, si se prefiere, en disidente y no ortodoxa.

De ahí la conclusión radical de Sperber:

Encontramos en la obra de Marx pocas cosas que interesen a las tendencias de la economía o de la teoría económica de finales del siglo XIX y del siglo XX.

Esta visión es de un simplismo desconcertante. Olvida que la teoría marginalista no se tornó dominante en virtud de su superioridad intrínseca, sino porque ofrecía una alternativa a las implicaciones subversivas de la teoría de Marx. Es preciso reproducir de nuevo lo que escribió en 1899 John Bates Clark, uno de los fundadores de la teoría neoclásica del reparto:

Los trabajadores, nos dicen, se ven desposeídos permanentemente de lo que producen (…). Si esta acusación estuviera fundada, toda persona dotada de razón debería hacerse socialista, y su voluntad de transformar el sistema económico no haría más que medir y expresar su sentido de la justicia.

Para responder a esta acusación –que hace referencia claramente a la teoría marxista de la explotación– hace falta, explica Clark, “descomponer el producto de la actividad económica en sus elementos constitutivos, con el fin de ver si el juego natural de la competencia lleva a no a atribuir a cada productor la parte exacta de las riquezas que contribuye a crear”.16/

Piero Sraffa dedujo una constatación amarga de lo que llamó la “degeneración” de la teoría del valor:

Con el ataque frontal de Marx, la aparición de la Internacional y la Comuna de París, hacía falta una línea de defensa mucho más resuelta (…), había que pasar a la utilidad, de ahí el éxito de los Jevons, Menger y Walras. La economía clásica tomada en su conjunto resultaba demasiado peligrosa: había que dar al traste con ella como tal. La casa estaba en llamas y amenazaba con incendiar toda la estructura y los cimientos de la sociedad capitalista: la economía clásica fue inmediatamente suplantada.17/

Marx, fundador de la macroeconomía moderna

En el Libro II de El Capital, Marx expone los esquemas de la reproducción que distinguen dos grandes secciones: la sección I, que produce los bienes de equipo, y la sección II, que produce los bienes de consumo. Describe las condiciones de reproducción, o dicho de otro modo, las relaciones que han de existir entre la producción de las empresas y sus mercados. Estas relaciones se expresan en valor, pero Marx insiste también en el hecho de que la estructura de esta oferta debe corresponder a la de la demanda social en términos de valor de uso. Es este un punto importante que permite no ver en Marx tan solo al teórico exclusivo del valor-trabajo que habría despreciado así las “preferencias de los consumidores”, por retomar la terminología moderna.

El enfoque de Marx se inspira a todas luces en el famoso Cuadro de Quesnay18/ (otra “figura del pasado”), que era según él un “planteamiento tan simple como genial para su época”.19/ El sistema de los fisiócratas representaba a ojos de Marx “la primera concepción sistemática de la producción capitalista”, por mucho que los “límites de su horizonte” llevaran a Quesnay a postular que “la agricultura constituye la única esfera de inversión en que el trabajo humano produce plusvalía”.20/ En una carta del 6 de julio de 1863, Marx muestra a Engels un esquema en que se ve cómo “traduce” el cuadro de Quesnay a su propio sistema conceptual.

Por tanto, incluso si no partió de cero (podríamos citar también a Sismondi entre sus fuentes de inspiración), se puede sostener que Marx es el fundador de la macroeconomía moderna. Así lo reconoció la keynesiana de izquierda Joan Robinson, que por lo demás era muy crítica con Marx21/: “partir de Marx le habría ahorrado [a Keynes] muchos problemas” (a lot of trouble). Habla de otro economista keynesiano, Richard Kahn, quien en un seminario en 1931 trató de “explicar el problema del ahorro y de la inversión imaginando una red que parte de los sectores que producen bienes de equipo y después estudiando sus relaciones con los sectores de bienes de consumo”. Con ello, sin embargo, añadió Robinson, no hacía más que “redescubrir los esquemas de Marx”.22/ Incluso Paul Samuelson, blanco favorito de las invectivas de Robinson y a su vez un crítico sumamente cáustico de Marx, admitió que “sin duda todos habríamos salido ganando si hubiéramos estudiado antes los cuadros de Marx”.23/

Pero el mejor homenaje es el que pronunció Wassily Leontief en 1937, durante un coloquio organizado por la American Economic Association sobre “el significado de la economía marxista”. Leontief es el fundador del análisis input-output, que describe las relaciones entre las distintas ramas de la economía, lo que los contables nacionales denominan hoy los consumos intermedios. Leontief fue a su vez alumno de Ladislaus von Bortkiewicz, cuya crítica de Marx sobre la cuestión de la transformación está en el origen de toda la literatura neoricardiana. Para Leontief,

Quien trate de comprender realmente la realidad de los beneficios y salarios en las empresas capitalistas puede encontrar en los tres volúmenes de El Capital informaciones de primera mano, más realistas y pertinentes que en diez volúmenes de la inspección de mercancías de EE UU, en una docena de manuales sobre las instituciones económicas contemporáneas e incluso, me atrevo a decir, en las obras completas de Thorstein Veblen.24/

Leontief subraya en particular que Marx “desarrolló el esquema fundamental que describe las relaciones entre los sectores de los bienes de consumo y de los bienes de equipo. Por mucho que no cierre el tema, el esquema marxista sigue siendo una de las raras propuestas en torno a las cuales existe un amplio consenso entre los teóricos del ciclo económico”, y añade que “el análisis contemporáneo del ciclo económico es claramente tributario de la economía marxiana. Sin suscitar la cuestión de la prioridad, no sería exagerado decir que los tres volúmenes de El Capital contribuyeron más que cualquiera otra obra a situar esta cuestión en el centro del debate económico”. Compárese este elogio con el juicio incongruente de Sperber, según quien “al Libro I de El Capital le falta una teoría explícita de los ciclos económicos y de las crisis comerciales. Y si bien el tema se desarrolla más en el Libro III, publicado a título póstumo, su contenido difiere sustancialmente de las afirmaciones del Libro I”.

Claro que Marx no utilizó el cálculo matricial, pero para András Bródy, otro experto de referencia para el análisis input-output, “lo esencial ya estaba ahí”. Bródy da como ejemplo un esquema estraído de los Grundrisse,25/ que según él resulta tanto más interesante cuanto que Marx parte de coeficientes técnicos para construirlo: “este podría ser muy bien el primer cuadro de entrada-salida (ficticio) en ciencia económica”.26/ En la misma onda, el marxista polaco Oskar Lange demostró la estrecha correspondencia que existe entre la matriz input-output de Leontief y los esquemas de Marx.27/

Tampoco está de más afirmar que los esquemas de la reproducción inspiraron el modelo de equilibrio general de John von Neumann28/ (que produce un esquema de crecimiento equilibrado). Para Nicholas Kaldor29/, este modelo es “en realidad una variante del enfoque clásico de Ricardo y Marx”. Como ya hemos señalado, los esquemas de reproducción de Marx le sirvieron para establecer las condiciones de esta reproducción, pero toda su lógica llevaba acto seguido a mostrar que las mismas no podían verificarse más que de modo excepcional debido a la competencia entre capitales y la presión constante sobre los salarios; de ahí la posibilidad de las crisis. Sin embargo, ciertos autores que se reclaman del marxismo, en particular Michel Tougan-Baranowski, realizaron un análisis “armonicista” de los esquemas de reproducción y abrieron un debate que de hecho no se ha agotado.30/

También podríamos citar a Martin Bronfenbrenner, para quien posiblemente Marx no sea el más grande de los economistas, pero sí, sin duda, “el más grande teórico de ciencias sociales (social scientist) de todos los tiempos”.31/ Acuñó esta bonita fórmula (que podría atribuirse a Piketty): “El Capital sigue siendo el libro más influyente aunque nadie lo lea”. Bronfenbrenner enumera las aportaciones “modernas” de El Capital, que “los economistas universitarios olvidaron casi totalmente hasta la década de 1930”. Menciona en particular “la articulación armoniosa y natural entre estática y dinámica”, deplorando al mismo tiempo que “el análisis estático se hubiera impuesto en la década de 1870 y que todavía no hayamos vuelto al nivel de Marx”.

El desempleo

La victoria de los marginalistas, que según Sperber convirtió a los clásicos en cosa del pasado, tuvo por efecto colateral la desaparición casi completa de toda teoría del desempleo. Tuvo que producirse la crisis de la década de 1930 para que la cuestión fuera abordada de nuevo por Keynes. No obstante, fue después de la segunda guerra mundial cuando reapareció la problemática de Marx en la forma extraviada de la “curva de Phillips”.32/ La idea es que existe una relación inversa entre la tasa de paro y la progresión de los salarios. Los economistas dominantes dedujeron de ello la noción de la tasa de paro “natural” que no debe rebasarse a la baja si se desea evitar un “patinazo salarial” descontrolado. La Comisión Europea calcula actualmente la NAWRU (non-accelerating wage rate of unemployment), o sea, la “tasa de paro que no acelera los salarios”. Pero también se podría hablar (como es demostrable) de una “tasa de paro que no hace descender los beneficios”.

A los economistas del sistema les habrá bastado invertir la teoría del “ejército industrial de reserva”, que Marx formuló de este modo:

Las variaciones de la tasa salarial general no responden por tanto a las de la cifra absoluta de la población; la proporción diferente según la cual la clase obrera se descompone en ejército activo y ejército de reserva, el aumento o la disminución de la sobrepoblación relativa, el grado en el que esta se halla ora “ocupada”, ora “desocupada”, en una palabra, sus movimientos de expansión y contracción alternativos corresponden a su vez a las vicisitudes del ciclo industrial, que es el que determina exclusivamente estas variaciones. (…) De este modo, la sobreproblación relativa, una vez convertida en el pivote sobre el que gira la ley de la oferta y la demanda de trabajo, solo le permite funcionar dentro de unos límites que dejan suficiente campo libre para la actividad de explotación y el espíritu dominador del capital.33/

El carácter cíclico de la economía política

Podríamos hablar de muchos otros aspectos. Por ejemplo, los análisis de Marx del capital portador de interés son de una actualidad asombrosa tras diez años de crisis y resultan muy útiles para rechazar concepciones erróneas según las cuales “las finanzas” son una fuente autónoma de valor y no un instrumento de captación del valor producido en la llamada esfera productiva.34/ Toda la tesis de Sperber se basa, como hemos visto, en el postulado de un progreso lineal de la ciencia económica que convertiría en progresivamente obsoletas las teorías superadas. Para él, interesarse por la economía de Marx no tiene más que un interés histórico, como el que puede tener el estudio de las concepciones precopernicanas o de la estimación de Newton, quien, a partir de una lectura de la Biblia, dató la creación del mundo en 3998 antes de Cristo.

Sperber lleva muy lejos este tipo de lectura, ya que sitúa incluso a Keynes o Minsky (el teórico de la inestabilidad financiera) entre los neoclásicos. Esta enormidad, proferida en el debate arriba mencionado, dice mucho del dogmatismo de este enfoque que se niega a cnsiderar la economía una ciencia social que avanza por ciclos, con un retorno periódico de las teorías antiguas, aunque sea con formas renovadas. Por ejemplo, resulta sumamente chocante señalar que la revolución neoclásica no hizo más que retomar las elaboraciones de autores anteriores a los clásicos de la economía política, como por ejemplo los abades Condillac (1714-1780) y Galiani (1728-1787).35/ Este tipo de constatación es molesto y constituye sin duda una de las razones de la obstinación de los economistas dominantes por expulsar de la universidad toda referencia a la historia del pensamiento económico. Sperber nos habrá brindado al menos la ocasión de hacer una breve incursión en ella y mostrar que las temáticas planteadas por Marx están llamadas a volver periódicamente, y no solo para celebrar el sesquicentenario de El Capital. (Artículo escrito para A l’Encontre)

 

https://alencontre.org/laune/marx-un-economiste-du-xixe-siecle-a-propos-de-la-biographie-de-jonathan-sperber.html

 

Notas

1/ Jonathan Sperber, Karl Marx, homme du XIXe siècle, Piranha, 2017. Traducción (de David Tuaillon) de: Karl Marx. A Nineteenth-Century Life, Liveright, 2013.

2/ El autor de esta reseña debatió con Sperber con motivo de la presentación de su obra en la Facultad de Ciencias Políticas de París, el 10 de octubre de 2017.

3/ Capítulo XI. L’économiste.

4/ Lenin, Cuadernos filosóficos, 1914-1915.

5/ Karl Marx, Posfacio de la segunda edición alemana, 1875. “Mi método dialéctico no solo difiere básicamente del método hegueliano, sino que incluso constituye exactamente su contrario. Para Hegel, el movimiento del pensamiento, que él personifica con el nombre de idea, es el demiurgo de la realidad, que no es más que la forma fenomenal de la idea. Para mí, en cambio, el movimiento del pensamiento no es más que el reflejo del movimiento real, transportado y transpuesto en el cerebro humano. Critiqué la vertiente mística de la dialéctica hegueliana hace casi treinta años, en una época en que todavía estaba de moda… Pero a pesar de que, debido a su error, Hegel desfigura la dialéctica a través del misticimo, ello no quita que él fue el primero en exponer el movimiento del conjunto. En él se halla cabeza abajo; basta colocarla sobre los pies para descubrir su fisionomía plenamente razonable. En su versión mística, la dialéctica se puso de moda en Alemania porque parecía glorificar las cosas existentes. En su aspecto racional, es un escándalo y una abominación para las clases dirigentes y sus ideólogos doctrinarios, porque en la concepción positiva de las cosas existentes incluye, al mismo tiempo, la inteligencia de su negación fatal, de su destrucción necesaria; porque al captar el movimiento mismo, del que toda forma realizada no es más que una configuración transitoria, nada podría imponérsele; porque es esencialmente crítica y revolucionaria.”

6/ Karl Marx, Posfacio de la segunda edición alemana, 1875.

7/ Michael Heinrich, “Crisis Theory, the Law of the Tendency of the Profit Rate to Fall, and Marx’s Studies in the 1870s”, Monthly Review, tomo 64, n.º 11, abril de 2013. La nota de Engels dice: “En el ejemplar manuscrito de Marx figura aquí, en el margen, la siguiente observación: ‘Anotar esto para más tarde: Si la ampliación [un aumento de la composición del capital] solo es cuantitativo, los beneficios, para un capital más o menos grande en el mismo sector industrial, seguirán las magnitudes respectivas de los capitales adelantados. Si la ampliación cuantitativa tiene un efecto cualitativo, la tasa de beneficio aumenta al mismo tiempo para el capital más grande.’” Heinrich también hace referencia a un manuscrito de 1875 titulado Tratamiento matemático de la tasa de plusvalía y de la tasa de beneficio (MEGA II/14), que no hemos conseguido consultar.

8/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

9/ Nuobo Okishio, Technical Change and the Rate of Profit, Kobe University Economic Review, 7, 1961. Véanse también dos artículos de Shalom Groll y Ze’ev B. Orzech, interesantes desde un punto de vista metodológico, pero cuyas conclusiones no compartimos: “Technical progress and values in Marx’s theory of the decline in the rate of profit: an exegetical approach”, History of Political Economy 19:4, 1987; “From Marx to the Okishio Theorem: a genealogy”, History of Political Economy 21:2, 1989.

10/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

11/ “It has no longer a presumptive claim on our attention”. Paul A. Samuelson, “A Summing Up”, The Quarterly Journal of Economics, vol. 80, n.º 4, 1966.

12/ Ernest Mandel, The Transformation Problem, extracto de su introducción a la edición inglesa del Libro III de El Capital, Penguin, 1981.

13/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

14/ Philippe Askenazy, Tous rentiers! Pour une autre répartition des richesses, Odile Jacob, 2016.

15/ Jan De Loecker y Jan Eeckhoutz, The Rise of Market Power and the Macroeconomic Implications, 24/08/2017.

16/ John Bates Clark, The Distribution of Wealth. A Theory of Wages, Interest and Profit, 1899, p. 7.

17/ Cf. Michel Husson, La dégénérescence de la théorie de la valeur selon Sraffa, note hussonet n° 108, 13/10/2017.

18/ François Quesnay, “Analyse de la formule arithmétique du Tableau Economique”, Journal de l’agriculture, du commerce & des finances, junio de 1766.

19/ Karl Marx, en el capítulo “Sobre la historia crítica” del Anti-Dühring de Engels que escribió en su mayor parte.

20/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

21/ Joan Robinson, An Essay on Marxian Economics, 1942. Véase también su Lettre ouverte d’une keynésienne à un marxiste, 1953.

22/ Joan Robinson, “Kalecki and Keynes”, en Essays in Honour of Michał Kalecki, 1964. Reproducido en Contributions to Modern Economics, 1978.

23/ Paul A. Samuelson, “Marxian Economics as Economics”, The American Economic Review, vol. 57, n.º 2, mayo de 1967.

24/ Wassily Leontief, “The Significance of Marxian Economics for Present-Day Economic Theory”, The American Economic Review, vol. 28, n.º 1, marzo de 1938.

25/ Karl Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, Berlín 1953 (p. 353 del pdf).

26/ András Bródy, Proportions, Prices and Planning, Budapest, 1970. Bródy precisa que no ha hecho más que “modernizar la formalización” de Marx recurriendo a la álgebra matricial desarrollada y aplicada a la economía posterior a la época de Marx.

27/ Oskar Lange, “Some Observations on Input-Output”, The Indian Journal of Statistics, vol. 17, parte 4, febrero de 1957.

28/ John von Neumann, “A Model of General Economic Equilibrium”, The Review of Economic Studies, vol. 13, n.º 1, 1945.

29/ Nicholas Kaldor, Capital Accumulation and Economic Growth, en Lutz F.A. y Hague D.C. (editores), The Theory of Capital, Macmilllan, 1961.

30/ En los dos polos de este debate podemos situar a Michel Tougan-Baranowski, Les crises industrielles en Angleterre, 1894, y Rosa Luxemburg, L’accumulation du capital, 1913.

31/ Martin Bronfenbrenner, “Marxian Influences in ‘Bourgeois’ Economics”, The American Economic Review, vol. 57, n.º 2, mayo de 1967.

32/ Alban W. Phillips, “The Relation Between Unemployment and the Rate of Change of Money Wage Rates in the United Kingdom, 1861-1957”, Economica, vol. 25, n.º 100, noviembre de 1958.

33/ Karl Marx, El Capital, Libro I, capítulo XXV.

34/ Michel Husson, “Marx et la finance: une approche actuelle”, prefacio a Karl Marx, Le capital financier, Demopolis, 2012.

35/ Étienne Bonnot de Condillac, Le commerce et le gouvernement considérés relativement l’un à l’autre, 1776; Ferdinando Galiani, De la monnaie, 1751.

Karl Liebknecht: ¿Qué quiere la Liga Espartaquista? – 1918

Lo que sobre todo es necesario en este momento es tener una idea clara de los objetivos de nuestra política. Tenemos necesidad de una comprensión muy exacta de la marcha de la revolución, darnos cuenta de lo que ha sucedido hasta aquí para ver en que consistirá nuestra tarea futura.

Hasta aquí, la revolución alemana no ha sido más que un intento de poner fin a la guerra y superar sus consecuencias. Por eso su primer acto fue concluir un armisticio con las potencias enemigas y apartar a los líderes del antiguo régimen. La tarea de todos los revolucionarios consiste ahora en reforzar y ampliar sus conquistas. Vemos que el armisticio que el gobierno actual negocia con las potencias adversarias es utilizado por estas para estrangular a Alemania. Esto es contrario a los objetivos del proletariado, puesto que tal trato no es compatible con el ideal de una paz digna y duradera.

El objetivo del proletariado alemán, como el del proletariado mundial, no es una paz provisional, basada en la violencia, sino una paz duradera, basada en el derecho. Esto no es lo que hace el gobierno actual, el cual, conforme a su naturaleza, se esfuerza únicamente en concluir con los gobiernos imperialistas de los países de la Entente una paz provisional. No quiere afectar a los fundamentos del capital.En tanto el capitalismo sobreviva -y esto lo saben todos los socialistas muy bien-, las guerras serán inevitables. ¿Cuáles son las causas de la guerra mundial? La dominación capitalista significa la explotación del proletariado y una ampliación creciente del capitalismo en el mercado mundial. Aquí se oponen violentamente las fuerzas capitalistas de los diferentes grupos nacionales, y el conflicto económico lleva inevitablemente al enfrentamiento de las fuerzas militares, a la guerra.

Ahora se nos quiere arrullar con la idea de la Sociedad de las Naciones, que debe conducir a una paz duradera entre los pueblos. Como socialistas, sabemos perfectamente que tal organismo no es sino una alianza que no puede disimular su carácter capitalista, que está dirigida contra el proletariado y es incapaz de garantizar una paz duradera.La concurrencia, que esta en la base de la sociedad capitalista, significa para nosotros, socialistas, un fratricidio; por el contrario, nosotros queremos una comunidad internacional de hombres. Unicamente el proletariado aspira a una paz durable; jamás el imperialismo de la Entente podrá dar esta paz al proletariado alemán. Este último la obtendrá de sus hermanos de Francia, de América, de Italia. Poner fin a la guerra mundial mediante una paz duradera y digna solo es posible gracias a la acción del proletariado internacional. Esto es lo que nos enseña nuestra doctrina socialista básica.

Ahora, después de la inmensa mortandad, se trata en verdad de crear una obra sólida. La humanidad entera ha sido lanzada al crisol ardiente de la guerra mundial. El proletariado tiene el martillo en su mano para forjar un mundo nuevo. No se trata solamente de la guerra y de los estragos que sufre el proletariado, sino del régimen capitalista mismo, que es la verdadera causa de la guerra. Suprimir el régimen capitalista es la única vía de salvación para el proletariado, la única que le permitirá escapar a su sombrío destino. ¿Cómo puede ser alcanzado este objetivo?. Para responder a esta pregunta, es necesario darse cuenta claramente de que únicamente el proletariado puede, por su propia acción, liberarse de la esclavitud. Se nos dice: la Asamblea Nacional es la vía que nos lleva a la libertad. Pero la Asamblea Nacional no es otra cosa que la democracia política formal, no la democracia que el socialismo siempre ha exigido. El carnet del voto no es la palanca que puede levantar y voltear al régimen capitalista. Sabemos que un gran número de países, por ejemplo, Francia, América, Suiza, poseen desde hace largo tiempo esta democracia formal. Pero en estas democracias reina igualmente el capital.Es evidente que en las elecciones a la Asamblea Nacional, la influencia del capital, su superioridad económica, se hará sentir en el más alto grado. Grandes masas de la población se situarán, bajo la presión de esta influencia, en contradicción con sus verdaderos intereses y darán sus votos a sus adversarios. Ya por esta razón la elección de una Asamblea Nacional no será jamás una victoria de la voluntad socialista. Es completamente falso creer que la democracia parlamentaria formal crea las condiciones propias para la realización del socialismo. Por el contrario, el socialismo realizado es la condición fundamental de la existencia de una verdadera democracia. El proletariado revolucionario alemán no puede esperar nada de la resurrección del antiguo Reichstag bajo la nueva forma de Asamblea Nacional, puesto que esta tendrá el mismo carácter que la vieja “boutique de bavardage” de la Koenigsplatz. Seguramente encontraremos allí a todos los señores ancianos que se esforzaban antes y durante la guerra en decidir de una forma tan fatal la suerte del pueblo alemán. Es igualmente probable que en esta Asamblea Nacional los partidos burgueses tengan la mayoría. Pero incluso aunque este no fuera el caso, incluso si la Asamblea Nacional tuviese una mayoría socialista que decidiese la socialización de la economía alemana, tal decisión parlamentaria quedaría como un simple pedazo de papel y se enfrentaría a una resistencia encarnizada de parte de los capitalistas.

No es con el Parlamento y con sus métodos como se puede realizar el socialismo; aquí el factor decisivo es la lucha revolucionaria del proletariado, ya que solo el podrá fundar una sociedad según sus deseos. La sociedad capitalista no es otra cosa que la dominación más o menos velada de la violencia. Esta sociedad tiende ahora a volver a la legalidad del “orden” precedente, a desacreditar y a anular la revolución que el proletariado ha hecho, a considerarla como una acción ilegal, una especie de malentendido histórico. Pero el proletariado no ha soportado en vano los mas pesados sacrificios durante la guerra; nosotros, los pioneros de la revolución, no nos dejaremos anular. Permaneceremos en nuestro puesto hasta que hayamos instaurado el reino del socialismo. El poder político del que el proletariado se apoderó el 9 de noviembre le ha sido ya arrebatado en parte, y se le ha arrancado, sobre todo, el poder de colocar en los puestos mas elevados de la administración a hombres de su confianza. Incluso el militarismo, contra la dominación del cual nos alzamos, vive todavía. Conocemos perfectamente las causas que han conducido a desalojar al proletariado de sus posiciones; sabemos que los consejos de soldados, al comienzo de la revolución, no comprendieron claramente su papel. Se han deslizado en sus filas numerosos calculadores astutos, revolucionarios de ocasión, cobardes que después del hundimiento del antiguo régimen, para salvar sus existencias amenazadas, se han unido nuevamente. En numerosos casos, los consejos de soldados han confiado a tales individuos puestos importantes, haciendo así de la zorra el guardián del gallinero.

Por otra parte, el gobierno actual ha restablecido el antiguo Gran Estado Mayor y ha entregado así el poder a los antiguos oficiales. Si ahora reina el caos por toda Alemania, la culpa no incumbe a la revolución, que se ha esforzado en suprimir el poder de las clases dirigentes, a las mismas clases dirigentes y el incendio de la guerra alumbrado por estas. “El orden y la tranquilidad deben reinar” nos grita la burguesía, y esta piensa que el proletariado debe capitular para que el orden y la tranquilidad se restablezcan; que debe entregarse el poder en manos de los que, bajo la mascara de la revolución, preparan ahora la contrarrevolución. Sin duda que un movimiento revolucionario no puede deslizarse sobre un parquet encerado; existen astillas y virutas en la lucha por una sociedad nueva, por una paz duradera. Al entregar a los generales el Alto Mando del ejército para proceder a la desmovilización, el gobierno ha hecho esta más difícil. Sin duda que la desmovilización seria mas ordenada si se hubiese confiado a la libre disciplina de los soldados. Por el contrario, los generales, armados con la autoridad del gobierno del pueblo, han intentado por todos los medios suscitar entre los soldados el odio hacia el gobierno. Por propia decisión, los generales han disuelto los consejos de soldados, prohibido desde los primeros días de la revolución la bandera roja y ha hecho quitar esta bandera de los edificios públicos. De esto es responsable el gobierno, que, para mantener el “orden” de la burguesía, ahoga a la revolución en sangre.

Osadamente se afirma que somos nosotros los que queremos el terror, la guerra civil, la efusión de sangre; osadamente se nos sugiere que renunciemos a nuestro trabajo revolucionario, a fin de que el orden de nuestros adversarios sea restablecido. No somos nosotros los que queremos la efusión de sangre, pero si es cierto que la reacción, en cuanto tenga la menor posibilidad, no dudará ni un instante en ahogar la revolución en sangre. Recordemos la crueldad y la infamia de la que es culpable la reacción, y no hace tanto tiempo aun. En Ucrania se ha entregado a un trabajo de verdugo; en Finlandia ha asesinado a millares de obreros. Esta es la labor sangrienta del imperialismo alemán, cuyos portavoces nos acusan hoy en la prensa calumniosa, a los socialistas, de querer el terror y la guerra civil.¡No! Nosotros queremos que la transformación de la sociedad y de la economía se produzcan en el orden. Si ha de haber desorden y guerra civil, la responsabilidad será únicamente de los que siempre han reforzado y ampliado su dominación y su provecho por las armas y quieren hoy poner al proletariado bajo su yugo. No es a la violencia y a la efusión de sangre a lo que llamamos al proletariado, sino a la acción revolucionaria enérgica, para poner en marcha la reconstrucción del mundo. Llamamos a las masas de soldados y de proletarios a trabajar vigorosamente para la formación de los consejos de soldados y obreros. Los llamamos a desarmar a las clases dirigentes y a armarse ellos mismos, para defender la revolución y asegurar la victoria del socialismo. Solamente así podremos asegurar la vida y el desarrollo de la revolución en interés de las clases oprimidas. El proletariado revolucionario no debe dudar un solo instante en apartar a los elementos burgueses de todas las posiciones políticas y sociales; debe tomar el mismo el poder en sus manos. Sin duda, tendremos necesidad, para conducir con éxito la socialización de la vida económica, de la colaboración de los intelectuales burgueses, de los especialistas, de los ingenieros, pero estos deben trabajar bajo el control del proletariado. De todas nuestras acuciantes tareas, ninguna ha sido emprendida por el gobierno actual. Por el contrario, el gobierno ha hecho todo lo posible por frenar la revolución. Y ahora nos enteramos que con la colaboración del gobierno se han formado en el campo consejos de campesinos, en esta capa de la población que siempre ha sido el adversario mas retrogrado y encarnizado del proletariado, en particular del proletariado rural.A todas estas maquinaciones, los revolucionarios deben oponerse enérgicamente; deben hacer uso de su poder y orientarse resueltamente en la vía del socialismo. El primer paso en este sentido consistiría en poner todos los depósitos de armas y toda la industria de armamentos bajo el control del proletariado. A continuación, las grandes empresas industriales y agrícolas deben ser transferidas a la colectividad. No cabe la menor duda de que esta transformación socialista de la producción, dado el grado de centralización de esta rama de la economía, puede ser realizada bastante rápidamente. Por otra parte, poseemos un sistema de cooperativas muy desarrollado, en el cual esta interesada igualmente y sobre todo la clase media. Esto también constituye un factor favorable para la construcción eficaz del socialismo. Sabemos perfectamente que esta socialización será un proceso de larga duración; no disimulamos las dificultades a las que nos enfrentamos en esta tarea, sobre todo la situación peligrosa en que nuestro pueblo se encuentra actualmente. Pero ¿quien puede creer seriamente que los hombres pueden elegir a su gusto el momento propicio para una revolución y para la realización del socialismo?. ¡La marcha de la historia no es esa precisamente! No se trata de decir: ni hoy ni mañana nos conviene la revo lución; será pasado mañana, cuando nuevamente tengamos pan y materias primas y nuestro modo de producción capitalista este en plena marcha, será entonces cuando estaremos dispuestos a discutir la construcción del socialismo. No, esta es una concepción falsa y ridícula de la naturaleza de la evolución histórica. No se puede elegir el momento propicio para una revolución ni transferir esta revolución a una fecha que nos convenga. Pues las revoluciones no son en el fondo otra cosa que grandes crisis sociales elementales, cuyo estallido y desarrollo no dependen de individuos aislados y que, pasando por encima de sus cabezas, se descargan como formidables tormentas. Ya Marx nos enseñó que la revolución social debe producirse en el curso de una crisis del capitalismo. Y bien, esta guerra es precisamente una crisis, por ello ha sonado la hora del socialismo. En la víspera de la revolución, en el curso de la famosa noche del viernes al sábado, los dirigentes de los partidos socialdemócratas dudaban de que la revolución era inminente; no querían creer que el fermento revolucionario en las masas de soldados y obreros había progresado hasta tal punto. Pero cuando percibieron que había comenzado la gran batalla acudieron todos; si no, habrían corrido el riesgo de ser desbordado por el movimiento. Ha llegado el momento decisivo. Estúpidos y débiles serán los que lo consideren inoportuno y lamenten que haya llegado precisamente ahora. Todo depende de nuestra resolución, de nuestra voluntad revolucionaria. La gran tarea para la que nos hemos preparado desde hace tanto tiempo exige ser cumplida ahora. ¡La revolución está ahí, debe ser desencadenada! No se trata de preguntarse quien, sino como. La cuestión esta planteada, y dado que la situación en que nos encontramos es difícil, no podemos decir que este no es el momento de hacer la revolución. Repito que no desconocemos las dificultades del momento. Ante todo, somos conscientes de que el pueblo alemán no tiene ninguna experiencia, ninguna tradición revolucionaria. Pero, por otra parte, la tarea de la socialización esta esencialmente facilitada al pueblo alemán por toda una serie de circunstancias. Los adversarios de nuestro programa nos objetan que, en una situación tan amenazante como es la de hoy, tan preocupados por el paro, por la escasez de artículos alimenticios y materias primas, es imposible emprender la socialización de la economía. Pero ¿acaso el gobierno de la clase capitalista, como consecuencia de una situación por lo menos tan peligrosa, no ha tornado medidas extremadamente enérgicas que han transformado por completo la producción y el consumo? Y todas estas medidas han sido tomadas para servir los fines guerreros, en interés de los militaristas y de las clases dirigentes, para permitirles subsistir.

Las medidas de economía de guerra no han podido ser aplicadas más que gracias a la autodisciplina del pueblo alemán; en su tiempo, esta autodisciplina estaba al servicio del genocidio y era contraria a los intereses del pueblo. Ahora debe servir a losintereses del pueblo y ser utilizada para transformaciones mucho mas profundas que jamás hayan sido conocidas. Al servicio del socialismo, esta autodisciplina creara la socialización. Precisamente son los social-patriotas los que han calificado estas medidas económicas de socialismo de guerra, y Scheidemann, celoso defensor de la dictadura militar, las defendió con entusiasmo. Pues bien, nosotros debemos considerar este socialismo de guerra como una transformación de nuestra vida económica, que preparará la vía de la realización de la verdadera socialización bajo el signo del socialismo. El socialismo es inevitable, y debe venir precisamente porque es necesario superar el desorden del que se lamentan tanto actualmente. Pero este desorden es insuperable en tanto continúen en sus posiciones las fuerzas económicas y políticas del capitalismo; ellas son las que han provocado el caos. Hubiese sido deber del gobierno intervenir y actuar rápida y enérgicamente. Pero este no ha hecho avanzar ni un paso a la socialización. ¿Qué ha hecho para resolver el problema del aprovisionamiento de la población? El gobierno ha dicho al pueblo: “Es necesario que seas prudente y que te conduzcas convenientemente, entonces Wilson te enviara alimentos”. Esto es lo que nos dice día tras día la burguesía, y la que no hace aun unos meses no encontraba palabras suficientemente injuriosas para cubrir de cieno al Presidente de los Estados Unidos, se entusiasma ahora con él y cae a sus pies llena de admiración -a fin de recibir de el alimentos-. Si, efectivamente, Wilson y sus amigos puede ser que nos ayuden, pero solamente en la medida en que esta ayuda corresponda a los intereses del capitalismo de la Entente. Ahora, todos los enemigos declarados o disimulados de la revolución proletaria se apresuran a glorificar a Wilson como un amigo del pueblo alemán; mas este Wilson humanitarista ha aprobado las crueles condiciones del armisticio impuestas por Folch y contribuido a aumentar hasta el infinito la miseria del pueblo. No, nosotros no creemos ni un solo instante, nosotros, socialistas revolucionarios, en las mentiras del humanitarismo de Wilson, el cual no hace ni puede hacer otra cosa que representar de forma inteligente los intereses del capitalismo de la Entente. ¿A quien sirven, en realidad, las mentiras de la burguesía y de los social-patriotas?. Sirven para persuadir al proletariado a que abandone el poder que ha conquistado por la revolución. Nosotros no caeremos en la trampa. Colocamos nuestra política sobre el suelo de granito del proletariado alemán, sobre el suelo de granito del socialismo internacional. No conviene ni a la dignidad ni a la tarea revolucionaria del proletariado que nosotros, que hemos comenzado la revolución social, confiemos en la benevolencia del capital de la Entente; nosotros contamos con la solidaridad revolucionaria y la combatividad de los proletarios de Francia, de Inglaterra, de Italia y de América. Los pusilánimes y los incrédulos desprovistos de todo espíritu socialista nos dicen que somos locos al esperar que estalle una revolución en los países vencedores en la guerra. ¿Qué es lo cierto?. Claro está que sería estúpido pensar que en un instante, a una orden, la revolución va a estallar en los países de la Entente. La revolución mundial, nuestro objetivo y nuestra esperanza, es un proceso histórico bien complejo para que estalle golpe a golpe en unos días o en unas semanas. Los socialistas rusos han previsto la revolución alemana como consecuencia necesaria de la revolución rusa, pero un año después de que esta revolución estallara todo esta en calma en Alemania, hasta que al fin suene la hora. Es comprensible que en estos momentos reine en los pueblos de la Entente una cierta embriaguez de triunfo. La alegría producida por el aplastamiento del militarismo alemán, por la liberación de Francia y Bélgica es tan grande que no debemos esperar, por el momento, un eco revolucionario por parte de la clase obrera de nuestros antiguos enemigos. Por otra parte, la censura existente todavía en los países de la Entente impondrá brutalmente silencio a quien llamara a unirse al proletariado revolucionario.

Igualmente es necesario no olvidar que la política de traición criminal de los social-patriotas ha tenido por resultado romper durante la guerra los lazos internacionales del proletariado. De hecho, ¿qué revolución esperamos nosotros de los socialistas franceses, ingleses, italianos y americanos?. ¿Qué objetivo y qué carácter debe tener esta revolución?. La del 9 de noviembre se impuso como tarea, en su primer estadio, el establecimiento de una república democrática y tenía un programa burgués. Nosotros sabemos muy bien que esta revolución no ha ido más lejos: ha llegado al estadio actual de su desarrollo. Pero no es una revolución de este género la que esperamos del proletariado de los países de la Entente, por la siguiente razón: Francia, Inglaterra, América e Italia gozan, desde largo tiempo, desde decenios e incluso siglos, de estas libertades democráticas por las que nos hemos batido nosotros el 9 de noviembre. Estos países tienen una Constitución republicana, precisamente la que la Asamblea Nacional tan ensalzada debe, en primer termino, concedernos, pues la realeza en Inglaterra e Italia no es mas que un decorado sin importancia, una simple fachada. Así, nosotros no podemos pedir al proletariado de otros países que desencadenen la revolución social en tanto que nosotros no la hayamos desencadenado. Corresponde a noso­tros dar el primer paso. Cuanto más rápida y más enérgicamente dé el proletariado alemán el buen ejemplo, más rápida y más enérgicamente nos seguirá el proletariado de los países de la Entente. Pero para que este gran proyecto del socialismo se realice, es indispensable que el proletariado conserve el poder político. Ahora no puede haber duda: lo uno o lo otro. O el capitalismo burgués se mantiene y continúa haciendo la felicidad de la humanidad con su explotación y su esclavitud asalariada y el peligro permanente de guerra que representa, o el proletariado toma conciencia de su tarea histórica y de sus intereses de clase y se decide a abolir definitivamente toda dominación de clase. Los social-patriotas y la burguesía se esfuerzan en desviar al proletariado de su misión histórica, presentándole un cuadro horrible de los peligros de la revolución y describiéndole con los colores más sombríos la miseria, la ruina y las perturbaciones que acompañarían a la transformación de las condiciones sociales. ¡Pero esta negra pintura es trabajo perdido!. Las mismas condiciones, la incapacidad en que se encuentra el capitalismo de restablecer la vida económica que el mismo ha destruido, es lo que impulsa ineluctablemente al pueblo hacia la vía de la revolución social. Si consideramos los grandes movimientos huelguísticos de los últimos días, veremos claramente que, incluso en plena re­volución, el conflicto entre la patronal y los asalariados continúa vivo. La lucha de clase proletaria proseguirá tanto tiempo como la burguesía se mantenga sobre las ruinas de su antigua dominación, y esta lucha no se detendrá más que cuando la revolución social haya triunfado.

Esto es lo que quiere la Liga Espartaco. Ahora se ataca a los miembros de Espartaco por todos los medios imaginables. La prensa de la burguesía y de los social-patriotas, desde el Vorwarts hasta la Krezzeitung, rebosan de mentiras vergonzosas, de las mas escandalosas deformaciones y de las peores calumnias. ¿De qué se nos acusa? De proclamar el terror, de querer desencadenar una espantosa guerra civil, de prepararnos para la insurrección armada; en una palabra: de ser los perros sangrientos mas peligrosos y sin conciencia que haya en el mundo: mentiras fáciles de desenmascarar. Cuando al comienzo del conflicto mundial yo agrupaba en torno mío a un pequeño grupo de revolucionarios valientes y decididos a luchar contra la guerra y la embriaguez guerrera, se nos atacó por todas partes, se nos acorraló y se nos mandó a prisión. Y cuando yo manifestaba abiertamente y en voz alta lo que entonces nadie se atrevía a decir y que muy pocos querían admitir, a saber: que Alemania y sus jefes políticos y militares eran responsables de la guerra, se me acusó de ser un vulgar traidor, un agente pagado por la Entente, un sin-patria que quería la ruina de Alemania. Hubiera sido más cómodo para nosotros callar o hacer coro con el chauvinismo y el militarismo. Pero nosotros preferimos decir la verdad, sin preocupamos del peligro a que nos exponíamos. Ahora todos, e incluso los que entonces se desencadenaron contra nosotros, comprenden que teníamos razón. Ahora, después de la derrota y de los primeros días de la revolución, los ojos del pueblo se han abierto y el pueblo comprende que fue precipitado a la desgracia por sus príncipes, sus pangermanistas, sus imperialistas y sus social-patriotas. Y ahora que de nuevo elevamos la voz para mostrar al pueblo alemán la única vía que puede llevarlo a la verdadera libertad y a una paz duradera, los mismos hombres que entonces nos difamaron, a nosotros y a la verdad, reemprenden la misma campaña de mentiras y de calumnias.

Pero estos podrán babear y aullar tanto como quieran y correr tras de nosotros como perros rabiosos: seguiremos imperturbablemente nuestro recto camino, el de la revolución y el socialismo, y nos diremos: “!Muchos enemigos, mucho honor!” Pues sabemos muy bien que los mismos traidores y criminales que en 1914 engañaron al proletariado alemán, prometiéndole la victoria y la conquista, pidiéndole que se mantuviera “hasta el fin” y pactando la vergonzosa unión sagrada entre el capital y el trabajo; los mismos que intentaron ahogar la lucha revolucionaria del proletariado y reprimido cada huelga como huelga salvaje con la ayuda de su aparato sindical y de las autoridades: estos son los que ahora, en 1918, hablan de nuevo de la tregua nacional y proclaman la solidaridad de todos los partidos para la reconstrucción de nuestro Estado. A esta nueva unión del proletariado y la burguesía, a esta traidora continuación de las mentiras de 1914 servirá la Asamblea Nacional. Esta será su verdadera tarea: con su ayuda se proponen ahogar por segunda vez la lucha de clase revolucionaria del proletariado. Pero nosotros sabemos que, en realidad, detrás de la Asamblea Nacional esta el viejo imperialismo alemán, el que a pesar de la derrota de Alemania no ha muerto. No, no ha muerto y, si pervive, el proletariado no recogerá los frutos de su revolución. Esto no debe ser. El hierro esta todavía caliente, y nos falta forjarlo. ¡Ahora o nunca!. O bien caemos en el viejo pantano del pasado, del que intentamos salvarnos con un impulso revolucionario, o bien proseguiremos la lucha hasta la victoria, hasta la liberación de toda la humanidad de la maldición de la esclavitud.

Para que podamos acabar victoriosamente esta gran obra -la tarea mas importante y mas noble que jamás se haya planteado la civilización humana-, el proletariado alemán debe instaurar su dictadura.

 

PROGRAMA DE LA LIGA ESPARTACO

 

MEDIDAS INMEDIATAS PARA ASEGURAR LA REVOLUCIÓN

 

 

Primera

Desarme de toda la policía, de todos los oficiales, de todos los soldados no proletarios. Desarme de todos los individuos pertenecientes a las clases dominantes.

Segunda

Incautación por los Consejos de obreros y soldados (C.O.S.) de todas las armas y municiones, así como de todas las fábricas de armas.

Tercera

Armamento de toda la población adulta proletaria masculina para formar una milicia obrera. Creación de una Guardia Roja de proletarios, como parte activa de la milicia, para proteger a la Revolución contra los atentados y maquinaciones contrarrevolucionarios.

Cuarta

Abolición del derecho de mando de los oficiales y suboficiales. Abolición de la ciega obediencia militar, sustituyéndola por la espontánea disciplina de los soldados. Nombramiento de los superiores por los mismos soldados, con derecho a revocación. Abolición de los tribunales militares.

Quinta

Alejamiento de los oficiales y suboficiales de todos los Consejos de soldados.

Sexta

Sustitución por hombres de confianza de la C.O.S. de los funcionarios políticos y autoridades del antiguo régimen.

Séptima

Institución de un Tribunal revolucionario encargado de juzgar a los principales responsables de la guerra, a los dos Hohenzollerns, Ludendorff, Hindenburg, Tirpitz y a sus cómplices, y a todos los conspiradores de la contrarrevolución.

Octava

Confiscación inmediata de todos los géneros alimenticios para asegurar la alimentación del pueblo.

 

MEDIDAS POLÍTICAS Y SOCIALES

 

Primera

Abolición de todos los Estados y creación de una República socialista alemana unida.

Segunda

Abolición de todos los Parlamentos y Concejos comunales, y asunción de sus funciones por parte de los Consejos de obreros y soldados, de sus órganos y Comités.

Tercera

Elección de Consejos de obreros en toda Alemania por todos los obreros adultos, de ambos sexos, en las ciudades como en el campo. Elección de Consejos de soldados por los soldados, excluyéndose a los oficiales. Derecho de los obreros y soldados, a revocar en cualquier momento a sus representantes.

Cuarta

Elecciones de delegados de los C.O.S. en toda Alemania para el Consejo central de los mismos, el cual deberá elegir el Comité ejecutivo, que será el órgano supremo del poder ejecutivo y legislativo.

Quinta

Convocatoria del Consejo central, por lo menos cada tres meses -procediendo cada vez a nueva elección de delegados-, para ejercer la inspección sobre la actividad del Comité ejecutivo y para establecer una viva vigilancia entre la masa de los C.O.S. y su supremo órgano gubernativo. Derecho de los C.O.S. locales a revocar, en todo momento, a sus representantes en el Consejo central, siempre que éstos no actúen conforme a los deseos de sus mandatarios. Derecho del Comité ejecutivo a nombrar y deponer a los comisarios del pueblo, así como a las autoridades y a los empleados.

Sexta

Abolición de todas las diversas clases, títulos y órdenes caballerescas. Completa igualdad jurídica y social de ambos sexos.

Séptima

Legislación social radical: acortamiento de la jornada de trabajo para evitar la desocupación, teniendo en cuenta el debilitamiento físico de los obreros a causa de la guerra. Duración máxima del trabajo, seis horas.

Octava

Inmediata y radical transformación de la legislación sobre alimentación, habitaciones, higiene, instrucción, en el sentido y según el espíritu de la revolución proletaria.

 

 

POSTULADOS ECONÓMICOS INMEDIATOS

 

Primero

Confiscación de todos los patrimonios y rentas dinásticas en beneficio de la colectividad.

Segundo

Anulación de las deudas del Estado y demás deudas públicas, así como de todos los empréstitos de guerra, a partir de las suscripciones de una cuantía determinada, que deberá fijarse por el Consejo central de los C.O.S.

Tercero

Expropiación del terreno de todas las grandes y medianas haciendas agrícolas, bajo una dirección central, en toda Alemania. Las pequeñas propiedades agrícolas quedarán en posesión de sus dueños hasta su espontánea adhesión a las Cooperativas socialistas.

Cuarto

Expropiación por la República de todos los Bancos, minas, ferrocarriles y todas las grandes empresas industriales y comerciales.

Quinto

Confiscación de todos los patrimonios, a partir de una cuantía que será fijada por el Consejo central de los C.O.S.

Sexto

Asunción de todos los medios públicos de transporte por parte de la República de los Consejos.

Séptimo

Elección de Consejos en todas las fábricas, los cuales, de acuerdo con los Consejos de obreros, regularán los asuntos internos de dichos establecimientos, las condiciones de trabajo, vigilando la producción para asumir, finalmente, la dirección de ésta.

Octavo

Nombramiento de una Comisión central de huelgas, la cual, con una continua cooperación de los consejeros de las fábricas, asegurará a los movimientos huelguísticos que se inicien una única dirección en toda Alemania, una orientación socialista y el más eficaz auxilio por parte del poder políticos de los C.O.S.

 

FINES INTERNACIONALES

 

Inmediata reanudación de relaciones con los Partidos socialistas de los demás países para establecer la Revolución socialista sobre bases internacionales y constituir y asegurar la paz por medio de la fraternización internacional y del levantamiento revolucionario.”

 

 

La era de la Revolución Rusa

por Maximiliano Cortés//

A 100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA

Lo que distingue a la Revolución Rusa [RR] de todas las que la precedieron fue su carácter de clase y sus objetivos socialistas. Es desde aquí que, lejos de perderse en sus particularidades, la RR abrió un marco histórico completamente nuevo en el desarrollo de la lucha de clases mundial. La certera orientación de la vanguardia proletaria con Lenin y Trotsky a la cabeza llevó a concretar la insurrección como arte dentro de un proceso revolucionario que comprimió las etapas de desarrollo de la Rusia rezagada, inaugurando “la gran época de la estrategia revolucionaria”.
La 1ra Guerra Mundial había acelerado las contradicciones de un capitalismo que superaba su etapa orgánica y pasaba a su fase crítica. Esto significa que el desarrollo capitalista, que nunca es evolutivo y siempre contradictorio, ya no podía ser un factor de progreso creciente de las fuerzas productivas y sociales. Este desarrollo de las fuerzas productivas se había visto limitado, encorsetado por la existencia de los Estado Nacionales que la burguesía venía recién consolidando como aparatos administra vos y coercitivos para la defensa de la propiedad privada. Es así que el capitalismo de la libre competencia es reemplazado por el capitalismo monopolista, por el imperialismo como política expansionista del capital financiero, que desencadenaría una lucha inter-imperialista por el reparto del mundo.

Con el advenimiento de la guerra y el posterior triunfo de la RR se remeció todo el andamiaje teórico y político de la socialdemocracia, que había forjado toda su actividad en una separación programática entre las actividades cotidianas de parlamentarismo y sindicalismo -ligada además al desarrollo del aparato estatal por intermedio de las capas superiores del proletariado- y una propaganda general sobre una futura y difusa sociedad socialista. La conquista del poder por el partido bolchevique acaudillando a las masas proletarias y arrastrando tras de sí a la masa de campesinos y soldados, liquidó para siempre esta separación y el carácter nacional de los programas revolucionarios, empujando al fango del oportunismo a aquellos que continuaron defendiendo la política de sus burguesías en la guerra y que defenestraron como “aventurerismo” la toma del poder en Rusia manteniéndose en el terreno de la democracia burguesa.

Una de las lecciones que les dejó a los revolucionarios la experiencia de Octubre fue la posibilidad concreta de que en los países atrasados o rezagados el proletariado puede llegar al poder antes que en los países avanzados del capitalismo. Esto rompió con el esquematismo reinante en amplios círculos marxistas que convertía en un absoluto la ley de desarrollo desigual, según la cual los países atrasados veían la imagen de su desarrollo futuro en los países avanzados y estaban destinados a repetir sus mismas fases de desarrollo. La maduración de las fuerzas de la economía capitalista mundial, su extensión a todos los rincones del planeta, el expansionismo del capital financiero, imprime en los países atrasados saltos en su desarrollo, que de una forma combinada e imbricada va a dar forma a otra ley complementaria que es la del desarrollo combinado. Es así que sin dejar de obstaculizar el desarrollo de las fuerzas productivas mediante la propiedad privada y los Estados nacionales, el capitalismo acerca sus distintas partes imprimiendo en los países coloniales y semicoloniales esa amalgama de formas arcaicas y modernas que son la base sobre la que se desarrolla y se forma el proletariado de estos países. El desarrollo del proletariado, económico pero también político, en la atrasada Rusia será la el expresión de esta ley.


Luego de la conquista del poder este mismo atraso y el deterioro económico momentáneo que produce todo proceso revolucionario (más aún en un país agotado por la guerra), dejaron como principal tarea a los revolucionarios la conquista del poder en los principales países desarrollados por el capitalismo (centralmente Alemania) donde un poderoso proletariado podría utilizar los recursos del capitalismo legados por la ciencia, la técnica aplicados a la producción como base del desarrollo de la planificación socialista mundial.

LAS TAREAS SOCIALISTAS Y LAS ETAPAS

La estructura semifeudal semicapitalista de Rusia fue la base combinada que permitió el salto de las etapas históricas que era tan resistido por amplios círculos marxistas. El pensamiento imperante era que Rusia debía pasar por un largo periodo de desarrollo capitalista y de democracia burguesa antes de llegar a plantearse tareas socialistas. “Es absurdo sostener que, en general, no se pueda saltar por alto una etapa. A través de las ‘etapas’ que se derivan de la división teórica del proceso de desarrollo enfocado en su conjunto, esto es, en su máxima plenitud, el proceso histórico vivo efectúa siempre saltos, y exige lo mismo de la política revolucionaria en los momento críticos” [1]. La misma conquista del poder por el proletariado dio inicio a una nueva era, la era de la revolución proletaria, dejando al descubierto descarnadamente el papel pérfido y contrarrevolucionario de la burguesía y de sus aliados.

Es efectivo que la RR consiguió superar el dilema teórico acerca del transcrecimiento de la revolución burguesa en la revolución proletaria. Es decir, llevar a cabo las tareas irresueltas o pendientes por la burguesía sin la intervención de esta sólo podían llevarse a cabo por el proletariado bajo la bandera de la revolución socialista. Es así que en la época imperialista de crisis, guerras y revoluciones, las tareas democráticas no resueltas, tales como la liberación nacional, liberar al campesinado del yugo feudal, realizar la democracia política, sólo pudieron llevarse a cabo bajo la dictadura del proletariado comprimiendo de forma acelerada la materialización de estas tareas históricas del desarrollo al tiempo que se ponía a la orden del día la expropiación de la burguesía y los métodos de la organización de la economía socialista.

Y este acontecimiento gigantesco que fue el acceso del proletariado al poder por primera vez en la historia, y las lecciones y métodos de la insurrección del Octubre, plantearon a los marxistas la actualización de la nueva era donde la política revolucionaria pasa a gravitar en el transcrecimiento entre la revolución proletaria y la mundial [2], y que así lo atestiguó la continuidad de la lucha en la construcción de la Internacional como el partido mundial de la revolución socialista.

La misma existencia del Estado Obrero significó, no la anulación de las leyes de la economía capitalista, pero sí la violación de la ley del valor, la interrupción momentánea de sus procesos automáticos, en definitiva, la injerencia socialista de este Estado en la sociedad capitalista.

EL SISTEMA SOVIÉTICO

Rusia pasó por dos revoluciones antes de alcanzar el triunfo en la tercera (1905, Febrero y Octubre 1917). Cada una legó a las masas obreras y campesinas y en particular a su vanguardia revolucionaria lecciones que serían aprendidas con la sangre. Así las masas en Febrero del 17 volvieron a poner en pie los soviets como organismos capaces de aglutinar a las masas obreras, a los campesinos y a los soldados, al tiempo que dejaban planteada una situación de doble poder que se trasladaba hacia otras formas orgánicas (como en su momento lo fueron las guardias rojas o el comité militar revolucionario). La dualidad de poder entonces excluye cualquier situación de equilibrio formal de poderes ya que no es un “hecho constitucional, sino revolucionario, que atestigua que la ruptura del equilibrio social ha roto ya la superestructura del Estado” [3]. Al decir de Lenin en la época actual la dualidad de poderes no expresa otra cosa que el enfrentamiento entre dos dictaduras, la del proletariado con la de la burguesía. En donde en cada etapa de lucha la revolución y la contrarrevolución intentarán imponerse una sobre la otra en el desarrollo de la misma guerra civil.

Antes de que se produzca la degeneración burocrática del Estado Obrero los Soviets serán la columna vertebral del nuevo estado, acercando a las masas a las tareas de la dictadura proletaria, y planteando una extensión de la revolución en lo que fue la URSS como una forma orgánica que permitiría, por su relación con las masas, avanzar en su extinción en la medida que fuera liquidado el capitalismo o que la dictadura del proletariado se conquistara a nivel mundial. “… Hemos creado un tipo soviético de estado y por esto hemos anunciado una nueva era en la historia del mundo, la era de la dominación política del proletariado, que superará la era de la dominación de la burguesía. Nadie puede privarnos de esto tampoco. Aunque el tipo soviético de Estado tendrá el toque final solamente con la ayuda de la experiencia práctica de la clase trabajadora de muchos países…” [4]

LA DEGENERACIÓN DE LA REVOLUCIÓN

Pese a haber liberado sus fuerzas productivas del parasitismo de la propiedad privada capitalista, lo que le permitió una base enorme para un desarrollo gigantesco de su aparato productivo, éstas estaban sometidas a las leyes de la economía mundial. Como planteara Lenin y Trotsky desde el albor mismo de la Revolución de Octubre, la conquista del poder por la clase obrera no podría subsistir por mucho más tiempo sino se extendía a la conquista de las fuerzas productivas de los principales centros capitalistas. “Vivimos no solamente en un Estado, sino en un sistema de Estados, y es inconcebible para la República Soviética existir al lado de los Estados imperialistas por un periodo prolongado de tiempo. Uno u otro deben triunfar” [5]. Sin embargo, este pronóstico no contemplaba la posibilidad de la de que se mantuvieran durante un buen tiempo las bases materiales conquistadas por la revolución aunque de forma contenida y aislada por la formación de una excrecencia parasitaria al mando del Estado Obrero.

La no extensión de la dictadura proletaria a nivel mundial, los procesos de purga y reacción internos llevados al interior de la URSS por la casta burocrática estalinista, la liquidación primero política y luego organizativa de la Internacional Comunista, en definitiva la liquidación del carácter revolucionario e internacionalista de los partidos comunistas en el mundo fueron la base sobre la que el proceso abierto con la RR se viera interrumpido. Contra esta burocracia dará una feroz lucha política, primero la Oposición de Izquierda y más tarde los militantes de la IV Internacional para regenerar las bases de la RR al tiempo que batallar por la victoria del proletariado mundial.

La continuidad de esta colosal tarea será dirigida hasta el fin de su vida por León Trotsky quien se dedicó a sintetizar todas las lecciones de este proceso revolucionario y de las conquistas programáticas de la labor internacional que tendrá su legado en la fundación de la IV Internacional como continuidad directa de la labor de los grandes revolucionarios.

LA DIRECCIÓN REVOLUCIONARIA

Para llevar adelante las tareas históricas que dejara planteada la RR es necesario forjar la dirección revolucionaria internacional. Sus cuadros revolucionarios deberán extraer los métodos y lecciones de Octubre, actualizando las lecciones de las luchas de nuestra clase del último siglo. La destrucción del aparato burocrático militar de la burguesía es un objetivo central de la clase obrera. Este objetivo, que incluye combatir a las tendencias a la adaptación a la democracia de los patrones, desarrollando en el seno del régimen burgués los elementos subversivos de la democracia proletaria, requiere una organización de militantes profesionales que se preparen para la toma del poder.


Como ya mencionamos Lenin dio una fuerte batalla en las vísperas de la revolución contra las tendencias que se adaptaban a las formas democráticas e incluso contra la confianza legalista en las instituciones soviéticas como garantía de triunfo de proletario.
“Para tratar la insurrección como marxistas, es decir, como un arte – escribía -, debemos al propio tiempo, sin perder un minuto, organizar un Estado Mayor de los destacamentos insurreccionales, repartir nuestras fuerzas, lanzar los regimientos fieles a los puntos más importantes, cercar el teatro Alejandra, ocupar la fortaleza de Pedro y Pablo, detener al Gran Estado Mayor y al gobierno, enviar contra los kadetes militares y la División Salvaje destacamentos prontos a sacrificarse hasta el último hombre antes que dejar penetrar al enemigo en los sitios céntricos de la ciudad; debemos movilizar a los obreros armados, convocarlos a la batalla suprema, ocupar simultáneamente el telégrafo y el teléfono, instalar nuestro Estado Mayor Insurrecto en la estación telefónica central, , ponerlo en comunicación por teléfono con todas las fábricas, con todos los regimientos, con todos los puntos donde se desarrolla la lucha armada, etc. Claro que todo ello no es más que aproximativo; pero insisto en probar cómo no se podría en el momento actual permanecer fiel al marxismo y a la revolución sin tratar la insurrección como arte” [6].

La RR hizo coincidir finalmente la convocatoria al II Congreso de los Soviets con la insurrección armada, y fue la labor determinante de la preparación consciente de la insurrección lo que posibilitó el triunfo. Y esta es una de las lecciones más importantes que nos deja la historia, y es que, a diferencia de la burguesía, el proletariado sólo puede adueñarse del poder por medio de un instrumento revolucionario que temple a la vanguardia obrera en una política de independencia de clase. “La fuerza motriz de la revolución burguesa era también la masa; pero mucho menos consciente y organizada que ahora. Su dirección estaba en manos de las diferentes fracciones de la burguesía, que disponía de la riqueza, de la instrucción y de la organización (municipios, universidades, prensa, etc) […]
“…en la revolución proletaria no sólo implica el proletariado la principal fuerza combativa, sino también la fuerza dirigente con la personalidad de la vanguardia. Su partido es el único que puede en la revolución proletaria desempeñar el papel que en la revolución burguesa desempeñaban la potencia de la burguesía, su instrucción, sus municipios y universidades…” [7]


Como mencionamos al principio “La gran época de la estrategia revolucionaria comienza en 1917, primero en Rusia y después en toda Europa” [8]. Los actuales cuadros revolucionarios no sólo deberán prepararse para la conquista del poder y la destrucción del Estado, sino que deberán forjarse en las tareas que implican la transición a la extinción de toda forma de Estado para superar “la era de la dominación política del proletariado”, de la dictadura mundial del proletariado la era de la emancipación de la Humanidad, hacia la era del verdadero Comunismo, de la verdadera historia de la Humanidad

NOTAS:
[1] Teoría de la Revolución Permanente, León Trotsky, 1928
[2] Sobre un debate de la Teoría de la Revolución Permanente y el transcrecimiento entre la revolución proletaria y la mundial, ver Perspectiva Marxista N°2, Revista Internacional de la COR Arg.
[3] Historia de la Revolución Rusa Tomo I, León Trotsky, 1932
[4] Vladimir Ilich Lenin, Obras Escogidas Tomo XXXIII
[5] Vladimir Ilich Lenin, Obras Escogidas Tomo XXIX
[6] Carta al CC del Par do Bolchevique, Septiembre 1917, Vladimir Ilich Lenin, Obras Completas, Tomo XXVI.
[7] Lecciones de Octubre, León Trotsky, 1924.
[8] Idem 7

( nota tomada de la revista El Nuevo Curso, de la Corriente Obrera Revolucionaria, COR)

 

 

 

 

 

Ante el cadáver del “Che” Guevara, el reportaje de la AFP en 1967

El 10 de octubre de 1967, un día después de su muerte, el cuerpo del guerrillero argentino Ernesto “Che” Guevara se expuso en una morgue improvisada en Vallegrande, en el sur de Bolivia, donde intentó lanzar una nueva revolución.

Marc Hutten, fotógrafo de la AFP, fue uno de los pocos periodistas extranjeros testigos de esta escena. Sus fotografías en color del cadáver del mítico compañero de armas de Fidel Castro dieron la vuelta al mundo.

El ejército boliviano afirmó en aquel entonces que el “Che” murió a causa de sus heridas. Más tarde se sabría que fue ejecutado tras haber sido hecho prisionero.

Marc Hutten falleció en 2012. Sólo un puñado de sus fotografías de ese reportaje figuran aún en los archivos de la AFP.

A continuación, la histórica escena ocurrida hace 50 años, tal y como la describió en una de sus notas, difundida el 11 de octubre de 1967:

Ante el cuerpo de “Ramón”

VALLEGRANDE (Bolivia), 11 octubre 1967 (AFP) – (Del enviado especial de la AFP: Marc Hutten)

Ayer por la tarde vi el cuerpo, acribillado de balas y sin vida, de un guerrillero apodado “Ramón”, el supuesto nombre de guerra de Ernesto “Che” Guevara.

Fuimos una treintena de periodistas, entre los cuales solo había tres corresponsales de prensa extranjeros, los que acudimos a Vallegrande, un pueblo somnoliento bajo la canícula del sureste boliviano, para constatar allí la muerte del más prestigioso de los guerrilleros.

Foto de archivo tomada por el periodista de la AFP Marc Hutten, con el guerrillero Ernesto “Che” Guevara, el 10 de octubre de 1967 en el pueblo de Vallegrande en Bolivia© AFP/Archivos MARC HUTTEN

Tras descender de las alturas brumosas del aeródromo militar de La Paz (4.100 metros), nuestro “Dakota” se posó en Vallegrande a la hora de la siesta. En el otro extremo del pueblo de calles desiertas, una verja ante la que estaban parados medio centenar de curiosos daba acceso a un terreno al final del cual se levantaba, en una ladera, una morgue improvisada en un antiguo establo. Unos gallardos oficiales y algunos soldados armados nos recibieron.

El cadáver de un hombre barbudo, de pelo largo y vestido únicamente con un pantalón verde oliva, yacía en una camilla puesta sobre un fregadero de cemento. Un olor a formol flotaba por encima del cuerpo acribillado a balazos y desangrado, cerca del cual habían tirado otros dos cadáveres en el suelo. Los oficiales encargados de disipar cada una de nuestras eventuales objeciones sobre la identidad de “Ramón” se empeñaban en señalar el parecido, rasgo por rasgo, del cadáver con el guerrillero. No hay duda posible, nos decían: las huellas digitales del cadáver corresponden con las de Guevara.

“Ramón” fue herido mortalmente en la batalla del domingo pasado, a unos kilómetros de La Higuera, cerca de Vallegrande. Falleció a causa de sus heridas a primera hora del lunes. “No fue rematado”, precisó el coronel Arnaldo Saucedo, comandante del segundo batallón de ‘rangers’ que opera en este sector.

“Soy el Che Guevara, he fracasado”, habría murmurado, dirigiéndose a los soldados que lo habían hecho prisionero. Eso es al menos lo que afirma el general Alfredo Ovando, comandante en jefe de las fuerzas armadas bolivianas. Al ser preguntado al respecto poco antes, en una rueda de prensa, el coronel Saucedo declaró sin embargo que “Ramón” no había recobrado el conocimiento en ningún momento.

Un periodista coloca el 30 de septiembre de 2017 en el lugar donde había sido expuesto, en Vallegrande, Bolivia, el cuerpo de Ernesto “Che” Guevara una foto tomada de ese instante, 30 años antes© AFP AIZAR RALDES

Los periodistas que se arremolinan alrededor de la morgue, incluyendo fotógrafos y camarógrafos, daban muestras de una mezcla de estupefacción e incredulidad. El error en la identificación parecería ser, sin embargo, imposible.

Un colega boliviano me dice: “Vallegrande acaba de entrar en la historia revolucionaria de América del Sur”.

A los pies del cadáver de “Ramón”, otros dos guerrilleros yacen en el suelo. Se trataría de los cuerpos de “El Chino”, un peruano, y de “El Moro”, un médico cubano. Otros dos cadáveres, al parecer de bolivianos, todavía no fueron identificados definitivamente.

El coronel Saucedo, que ofrece una rueda de prensa tras la presentación de los cadáveres, afirma que solo quedan nueve guerrilleros en todo el sureste boliviano y que ya no quedan focos de insurrección. Atlético y con bigote negro, habla de pie bajo la imagen pía que decora una de las paredes de la sala del hotel en la que nos hemos reunido.

Un militar estadounidense asiste a esta conferencia. No lleva ninguna insignia pero su estatura, su tez rubicunda y su uniforme de campaña traicionan su nacionalidad. Lo abordo para interrogarlo en inglés. Se vuelve hacia un soldado boliviano para preguntarle, en español, qué queremos. Dirigiéndose a mí, añade: “no comprendo…” y se va de allí. Al ser preguntado, el coronel Saucedo me dice: “Sí, es un militar estadounidense, un instructor del centro de Santa Cruz. Vino aquí como observador. Ningún ‘boina verde’ estadounidense participa en las operaciones militares en Bolivia”.

‘Dejó un diario’

Una lista de 33 guerrilleros, incluyendo más de una decena de cubanos, abatidos desde que comenzaran las hostilidades el pasado 23 de marzo, se ha publicada en Vallegrande.

El general Ovando lleva a la guerrilla boliviana a proporciones tan reducidas como inesperadas, afirmando que sus efectivos nunca pasaron de los alrededor de 60 hombres.

Ernesto “Che” Guevara© AFP Anella RETA

“La aventura de la guerrilla ha terminado”, afirma. “Como toda aventura descabellada debe terminar. Su fracaso se debe a la ausencia de cualquier apoyo popular y a la aridez del terreno elegido”. Y agrega: “enterraremos a Guevara aquí mismo, en Vallegrande”.

El guerrillero “Ramón” habrá encontrado la muerte en el fondo de un valle estrecho, al término de una batalla encarnizada, de cuerpo a cuerpo o casi: las nueve balas que lo alcanzaron fueron disparadas a 50 metros de distancia.

Dejó un diario, cuya escritura, que llena una agenda alemana del 7 de noviembre del 1966 al 7 de octubre del 1967 -11 meses exactamente- no deja lugar a dudas, dicen, sobre la identidad del autor. Allí se encuentre una frase “irrefutable” para Régis Debray*: “Se le encargó una misión a cuenta de la guerrilla…”.

AFP

* El escritor francés Régis Debray, que se enroló junto al Che Guevara, fue encarcelado y juzgado en Bolivia en 1967, acusado de haber participado en enfrentamientos que dejaron 18 muertos en las filas del ejército boliviano.

Sobre la tradición revolucionaria popular

Un intercambio con Ramón Franquesa

Discutir sobre los rasgos esenciales del jacobinismo –entendido en su acepción original, no en la forma desnaturalizada en que suele ser aludido hoy– no es asunto baladí, aunque a primera vista pueda parecer algo remoto, de interés exclusivamente académico. Porque lo que se discute son las raíces y el futuro de la democracia. Nada menos.

En  febrero se publicó un importante artículo de Ramón Franquesa titulado Bolívar y el socialismo del siglo XXI. En ese texto su autor reflexiona, a la luz del actual proceso revolucionario venezolano, sobre la tradición revolucionaria europea desde sus orígenes.

Ramón Franquesa parte, en consecuencia, de la Revolución francesa, a la que considera con razón como hecho histórico fundador de las revoluciones de la contemporaneidad. En el resumen que hace de los acontecimientos acaecidos durante la misma, Franquesa opta por una determinada matriz interpretativa, según la cual los jacobinos, y Robespierre a su cabeza, serían los propugnadores de un proyecto burgués de sociedad y economía, y para conseguirlo no dudarían en emplear la violencia más feroz e imponer la dictadura. En contrapartida, Hebert y otros dirigentes populares encabezarían la opción revolucionaria proletaria. La actual izquierda revolucionaria, según esa clásica interpretación que recoge Ramón Franquesa, sería heredera de la tradición hebertista, en la que se habría inspirado Babeuf, primer revolucionario comunista, enfrentado con Robespierre. Tras Babeuf, Buonarrotti seguiría sus pasos y nos legaría la memoria de la práctica revolucionaria de nuevo cuño, instaurada por Babeuf siguiendo a Hebert.

Una primera objeción

Y sin embargo, no sería ésta la interpretación que Engels había sostenido sobre el jacobinismo y la revolución. Escribe Engels, por ejemplo, en 1891: “Está absolutamente fuera de duda que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar a la dominación bajo la forma de la república democrática. Esta última es incluso la forma específica de la dictadura democrática del proletariado, como lo ha demostrado ya la Gran Revolución francesa. (…) Así pues, República unitaria. Pero no en el sentido de la presente república francesa, que no es otra cosa que el Imperio sin el emperador, fundado en 1798. Desde 1792 a 1798, cada departamento francés, cada comunidad poseían su completa autonomía administrativa, según el modelo norteamericano, y eso debemos tener también nosotros. Norteamérica y la primera república francesa nos han mostrado cómo se debe organizar esa autonomía…”.1 La interpretación que Engels hace de su relación con el legado de la Revolución francesa es, como se puede ver, nada “rupturista” con el periodo que va de 1792 hasta la promulgación de la Constitución del año III, la cual liquida la democracia y es seguida por el golpe de estado del Directorio. Ese periodo elogiado por Engels es caracterizado por él como una época de democracia de base o directa y de libertad de las masas. Pero esto incluye una valoración sumamente positiva de los dirigentes de ese periodo y en especial del que los simboliza entre 1792 y 1794: Robespierre. ¿Qué significa todo esto? Puesto que estamos ante una reflexión sobre los orígenes de nuestra tradición y los textos fundacionales son los atribuidos, con razón, a Babeuf y a Buonarrotti, es conveniente acudir a la reproducción de citas de ambos autores.

Babeuf y Buonarroti en vivo y en directo

Existe una carta reproducida en todas las ediciones de escritos de Babeuf 2 y que suele ser titulada “Carta al ciudadano Joseph Bodson”; es del 28 de febrero de 1796. El lector debe reparar en la fecha. Babeuf y los iguales serán detenidos el 10 de mayo de 1796 y estarán en la cárcel hasta su condena a muerte –27 de mayo de 1797– y su posterior ejecución. 3 Al comienzo mismo de la carta, Babeuf expresa ya que él nunca ha cambiado de principios; no hay, según él mismo, por tanto, un joven Babeuf jacobino y un Babeuf maduro opuesto al mismo y ya comunista. Pero dejo al lector que juzgue por sí mismo. Escribe Babeuf:

Luis XVI tocado con el gorro frigio

“(…). Mi opinión sobre los principios no ha cambiado nunca. Pero sí ha cambiado la que tenía de algunos hombres. Hoy confieso de buena fe no haber visto claro, en ciertos momentos, el gobierno revolucionario, ni a Robespierre, Saint Just., etc. (…) Creo que estos hombres valen más ellos solos que todos los revolucionarios juntos, y que su gobierno dictatorial 4 estaba endiabladamente bien pensado. Todo lo que ha pasado desde que el gobierno y los hombres ya no existen, justifica quizá esta afirmación. No estoy en absoluto de acuerdo contigo en que han cometido grandes crímenes y han matado a muchos republicanos. Creo que no a tantos: es la reacción Termidoriana la que ha matado a muchos. No entro a juzgar si Hebert o Chaumettte eran inocentes. Aunque esto fuera cierto continúo justificando a Robespierre. Este último podía tener con razón el orgullo de ser el único capaz de conducir a su verdadero fin el carro de la Revolución. Intrigantes, hombres de cortos alcances, según él , y quizá también según la realidad; tales hombres, digo yo, ávidos de gloria y llenos de presuntuosidad, tales como Chaumette, pueden haber sido percibidos por Robespierre como dispuestos a disputarle la dirección del carro. Entonces, quien tenía la iniciativa, quien tenía la impresión de su capacidad exclusiva, ha debido ver que todos esos ridículos rivales, incluso los de buenas intenciones, lo entorpecerían y echarían a perderlo todo. Supongo que él se ha dicho: metamos bajo el apagavelas a todos esos duendes inoportunos y a los de buenas intenciones. Mi opinión es que hizo bien. La salvación de veinticinco millones de hombres no puede quedar amenazada por la consideración tenida hacia algunos individuos ambiguos. Un regenerador lo tiene que ver todo en su conjunto. Debe eliminar todo lo que molesta, todo lo que obstruye su paso, todo lo que puede retrasar su llegada al fin que se ha fijado. Bribones, o imbéciles, o presuntuosos y ambiciosos de gloria, es igual, tanto peor para ellos. ¿Por qué se metían en esto? Robespierre sabía todo esto, y es esto en parte lo que me hace admirarlo. Esto es lo que me hace ver en él al genio en el que residían verdaderas ideas regeneradoras. Es verdad que estas ideas te podían comprometer a ti al igual que a mí ¿Qué importancia hubiera tenido eso si finalmente la felicidad común se hubiera realizado? No sé, amigo mío, si tras esas explicaciones puede estarles permitido a los hombres de buena fe como tú seguir siendo hebertistas. El hebertismo es una afección estrecha en esta clase de hombres. Ésta no les permite ver más que el recuerdo de algunos individuos, y el punto esencial de los grandes destinos de la República se les escapa. No creo, como tú, que sea impolítico, ni superfluo, evocar las cenizas y los principios de Robespierre y de Saint Just para apuntalar nuestra doctrina. En primer lugar no hacemos otra cosa que rendir homenaje a la gran verdad sin la que estaríamos por debajo de una justa modestia. Esa verdad es que no somos más que los segundos Gracos de la revolución francesa. ¿No resulta útil aún señalar que no innovamos nada, que no hacemos nada más que suceder a los primeros generosos defensores del pueblo, que antes que nosotros habían señalado el mismo objetivo de justicia y felicidad que el pueblo debe alcanzar? Y en segundo lugar, despertar a Robespierre es despertar a todos los patriotas enérgicos de la República, y con ellos al pueblo, que en otra época solamente a ellos seguía y escuchaba. Son nulos o impotentes, están, por así decir, muertos, estos enérgicos patriotas, estos discípulos de quien se puede decir que fundó la libertad aquí. Son, digo, nulos e impotentes desde que la memoria de este fundador está cubierta por una injusta difamación. Devolvedle su primitivo brillo legítimo y todos sus discípulos se levantarán y triunfarán muy pronto. El “robespierrismo” aterra de nuevo a todas las facciones; el “robespierrismo” no se parece a ninguna de ellas, no es ficticio ni limitado. El “hebertismo”, por ejemplo, sólo existe en París, entre una minoría y aún así sujeto con andadores. El “robespierrismo” existe en toda la República, en toda la clase juiciosa y clarividente y naturalmente en todo el pueblo. La razón es simple, es que el “robespierrismo” es la democracia y estas dos palabras son perfectamente idénticas: al poner en pie el “robespierrismo” podéis estar seguros de poner en pie la democracia (…)”

Como el lector puede juzgar, Babeuf asume como propio en su totalidad el legado y también la práctica política de Robespierre. Si él se considera un segundo Graco, es porque ya Robespierre ha sido el primero: es decir, el tribuno defensor de la igualdad de la propiedad. El proyecto social de Babeuf es el de Robespierre, según aquél mismo declara. Recordemos, además, que para Babeuf Robespierre es el nombre sinónimo de “democracia”; esto debe ser muy destacado porque democracia es una singular variante del republicanismo histórico o régimen en el que el bien común debe estar por encima del de cada ciudadano particular, y cada ciudadano debe intervenir directamente en la acción política de la república. Esa particular variante de republicanismo expresada por el término “democracia” se caracteriza tradicionalmente de esta manera: “Hay oligarquía cuando los que tienen riqueza son dueños y soberanos del régimen; y por el contrario, hay democracia cuando son soberanos los que no poseen gran cantidad de bienes, sino que son pobres. (…) Y necesariamente cuando ejercen el poder en virtud de la riqueza ya sean pocos o muchos, es una oligarquía, y cuando la ejercen los pobres, es una democracia. Pero sucede, como dijimos, que unos son pocos y otros muchos, pues pocos viven en la abundancia, mientras que de la libertad participan todos. Por esa causa unos y otros se disputan el poder.”5

Tipos populares franceses de la época revolucionaria. Grabado anónimo; s. XVIII.

Podemos leer también cómo la violencia desarrollada por Robespierre, según Babeuf, es de todo punto razonable, y además –esto es lo más notable– escasa.

Paso ahora a reproducir una cita del otro teórico fundador del pensamiento revolucionario comunista. Me refiero a Philippe Buonarroti. La obra fundamental de este autor es, como sabemos Conspiration pour l´egalité, dite de Babeuf. La obra de Buonarroti apareció en 1828. Demos la palabra a Buonarroti; él escribe lo siguiente en esta obra: 6

“Los acontecimientos posteriores, creo, han demostrado que los demócratas no fueron jamás numerosos en la convención nacional; fue necesario, con mucho, que la insurrección del 31 (de mayo de 1793) consiguiese transmitir la suprema influencia a los únicos amigos sinceros de la igualdad: sus falsos e interesados defensores parecieron triunfar con la misma, pero, destructores activos en provecho de sí mismos, estos se arrojaron en brazos del sistema que habían combatido, cuando fue necesario reedificar a favor del pueblo.

”Entre los hombres que brillaron en la arena revolucionaria hay algunos que desde el comienzo se pronunciaron a favor de la liberación real del pueblo francés; Marat, Robespierre y Sain Just constan gloriosamente junto con algunos otros en la lista honorable de defensores de la igualdad. Marat y Robespierre atacaron de frente el sistema antipopular que prevaleció en la asamblea constituyente; dirigieron, antes y después del 10 de agosto, los pasos de los patriotas: llegados a la convención, ellos fueron el blanco del odio y de las calumnias del partido del egoísmo, al que ellos confundieron; se elevaron, durante el proceso contra el rey, hasta la más alta filosofía, tuvieron una enorme importancia en los acontecimientos del 31 de mayo y los días siguientes, en los que los falsos amigos de la igualdad perdieron definitivamente su feliz influencia (…)” “Pero algunos de quienes habían participado en la redacción de la constitución (1792), denominada posteriormente democrática por los patriotas, sentían que ella por sí sola no podía garantizar a los franceses la felicidad que ellos exigían: pensaban que la reforma de las costumbres debía anteceder al disfrute de la libertad: sabían que antes de conferirle al pueblo el ejercicio de la soberanía, era necesario devolverle el amor general hacia la virtud; sustituir la avaricia, la vanidad y la ambición, que sostenían entre los ciudadanos una guerra perpetua, por el desinterés y la modestia; aniquilar las contradicción instaurada por nuestras instituciones entre las necesidades y el amor a la independencia y arrancar a los enemigos naturales de la igualdad los medios que le permitieran confundir, aterrorizar y dividir: ellos sabían que las medidas coactivas y extraordinarias, indispensables para obrar un tan feliz y tan gran cambio son inconciliables con las formas de una organización regular; sabían en fin, y la experiencia no ha hecho sino justificarles según su propio punto de vista, que establecer sin estos preliminares el orden constitucional de las elecciones era abandonar el poder en manos de los amigos de todos los abusos, y perder para siempre jamás la oportunidad de asegurar la felicidad pública (…) Es imposible para las almas honestas negar la profunda sabiduría con la que la nación francesa fue entonces dirigida hacia un estado en el que, una vez alcanzada la igualdad, hubiese podido gozar pacíficamente de una constitución libre. No seremos suficientemente capaces de admirar nunca la prudencia con la que estos ilustres legisladore s, poniendo hábilmente de su parte los fracasos y las victorias, supieron inspirar a la gran mayoría de la nación, la abnegación más sublime, el desprecio de las riquezas, de los placeres y de la muerte, y conducirlos a proclamar que todos los hombres tienen un derecho igual a los pro – ductos de la tierra y de la industria (…) desde la proclamación del acta constitucional de 1793 y del decreto que instauró el gobierno revolucionario, la autoridad y la legislación se hacían cada día más populares. Un entusiasmo tan santo como novedoso se apoderó del pueblo f rancés; se form a ron innumerables ejércitos como por ensalmo; la república no fue sino un enorme taller para la guerra: la juventud, la gente madura y la ancianidad rivalizaban en patriotismo y valor; en poco tiempo un enemigo temible fue rechazado hasta las fronteras mismas que él había invadido o que la traición le había entregado. En el interior, las facciones fueron sometidas, todos los días veían eclosionar medidas legislativas tendentes a aumentar la esperanza de la clase numerosa de los desafortunados, a dar valor a la virtud y a restablecer la igualdad. Lo superfluo fue dedicado a los desafortunados y a la defensa de la patria. Se proveyó, mediante requisas de bienes de primera necesidad y de mercancías, de préstamos forzosos, de tasas revolucionarias y de la inmensa generosidad de los buenos ciudadanos, al sostenimiento de un millón cuatrocientos mil guerreros, y del pueblo, cuya audacia republicana los ricos se proponían domesticar mediante la hambruna.

Maximilien Robespierre

”La instauración de almacenes de abundancia, las leyes contra los acaparamientos, la proclamación del principio según el cual se le confiere al pueblo la propiedad de los bienes de primera necesidad, las leyes a favor de la extinción de la mendicidad, las elaboradas a favor de la distribución de los auxilios nacionales, y la Comunidad [“communauté”] que reinaba entonces de hecho en medio de la generalidad de los franceses, fueron algunos de entre estos preliminares de un orden nuevo, cuyo plan se encuentra diseñado con trazos inefables en los famosos informes del comité de salud pública, y fundamentalmente en los que Robespierre y Saint Just pronunciaron desde la tribuna nacional. (…) La sabiduría con la que él [el gobierno revolucionario] preparó un orden nuevo mediante la distribución de los bienes y de los deberes no podrá escapar a las miradas de los espíritus rectos. No se limitarán éstos a ver cómo se expresaba el reconocimiento nacional al distribuirse las tierras prometidas a los defensores de la patria, y con el decreto que ordenaba la distribución entre los desafortunados, de los bienes de los enemigos de la revolución que debían ser expulsados de territorio francés. Verán, en la confiscación de los bienes de los contra revolucionarios condenados, no una medida fiscal, sino el vasto plan de un reformador. Y cuando, tras haber considerado el cuidado con el que se propagaron los sentimientos de fraternidad y de beneficencia, la habilidad con la que se supo cambiar nuestras ideas de felicidad, y esa prudencia que alumbró en todos los corazones un virtuoso entusiasmo a favor de la defensa de la patria y de la libertad, ellos se percaten del respeto acordado a las costumbres simples y buenas, la proscripción de las conquistas y de las superfluidades, las grandes asambleas del pueblo, los proyectos de educación común, los Campos de Marzo, las fiestas nacionales; cuando piensen en el establecimiento de ese culto sublime que, fundiendo las leyes de la patria con los preceptos de la divinidad, multiplicaba por dos las fuerzas del legislador y le daba los medios para extinguir en poco tiempo todas las supersticiones y para realizar todos los portentos de la igualdad; cuando se acuerden de que, al apoderarse del comercio exterior la república había cortado la raíz de la avidez más devoradora, y cegado la fuente más fecunda de necesidades artificiales; cuando consideren que, gracias a las requisas, ella disponía de la mayor parte de los productos de la agricultura y de la industria, y que los artículos de primera necesidad y el comercio constituían ya dos grandes ramas de la administración pública, se verán forzados a proclamar: ¡Un día más, y la felicidad y la libertad de todos hubiera quedado asegurada por las instituciones que ellos no cesaron de exigir!

Miembros de un comité revolucionario camino del cadalso

Pero el destino había ordenado otra cosa, y la causa de la igualdad que jamás había obtenido un éxito tan grande, debió sucumbir bajo los esfuerzos juntos de todas las pasiones antisociales”.

En las páginas 51, 52 y 53, Buonarrotti incluye una nota al pie de página, de más de setecientas palabras, que no reproduzco, en la que critica a Danton y a Hebert, en pie de igualdad, por tener por igual la responsabilidad de haber combatido, calumniado, debilitado, traicionado y derrotado a Robespierre, con lo cual participaron activamente en la liquidación de la Revolución al lado de las fuerzas procapitalistas.

Como hemos podido comprobar la obra de Buonarroti versa sobre la Revolución francesa. Su intención evidente es hacer comprensible para la nueva generación de revolucionarios de los años 30, que se habían encontrado con el muro de silencio impuesto por el terror reaccionario y las calumnias y no habían conocido la experiencia revolucionaria por sí mismos, las ideas de la Revolución francesa. Si bien el pensamiento y las tradiciones políticas plebeyas de la Revolución francesa se mantuvieron vivas clandestinamente a través de las corporaciones de obreros, 7 la obra de Buonarroti fue fundamental tanto para el conocimiento del cuerpo teórico de la Revolución f rancesa como para su conocimiento historiográfico, pues fue la primera historia de la Revolución elaborada desde la izquierda y mantuvo en solitario durante décadas ese doble honor. Por tanto es una obra de caudal importancia en el resurgir del pensamiento revolucionario europeo.

El lector que haya leído ambas citas habrá quedado de seguro sorprendido por ambos textos. Los dos padres del comunismo, Babeuf y Philippe Buonarroti, declaran su admiración sin límites hacia Robespierre, se autoproclaman seguidores o discípulos de Robespierre y continuadores de sus mismas ideas. Consideran además, que el programa de Robespierre era la igualdad, entendida como igual libertad real de todos; esto es, el comunismo. La continuidad intelectual respecto del proyecto político de Robespierre, y no otra cosa, es la idea afirmada por estos dos comunistas. En el texto de Buonarroti que comenta las medidas y los proyectos de Robespierre se insiste, como es propio de un autor que además de comunista es continuador del pensamiento clásico de la tradición republicana, en que la libertad es la característica fundamental inherente de cada ciudadano, cuya carencia inhabilita a todo individuo para ser ciudadano. Y que sin independencia económica que posibilite la no supeditación de cada individuo a la voluntad de otro, es imposible la libertad; por ello, la democracia, que es el imperio de la soberanía de los pobres en la república, exige que se tomen medidas para que todos los pobres se vean libres de esclavitud –en la Europa del siglo XVIII se consideraba esclavo al asalariado por cuenta ajena, es decir, al allieni iuris, al enajenado– y puedan pensar y obrar con libertad, como corresponde al ciudadano, sin verse sometidos a extorsión por otros de quienes dependen para resolver sus necesidades –“aniquilar la contradicción instaurada por nuestras instituciones entre las necesidades y el amor a la independencia” etcétera. 8

Para remachar la interpretación de estos dos revolucionarios que fueron testigos de la Revolución francesa, no quiero dejar de recordar que Robespierre fue quien escribió: “las revoluciones que se han sucedido desde hace tres años lo han hecho todo por las otras clases de ciudadanos, casi nada aún por la quizá más necesitada, por los ciudadanos proletarios –proletaires– cuya única propiedad está en el trabajo. El feudalismo ha sido destruido, pero no para ellos; pues nada poseen ellos en los campos liberados (…) Comienza ahora la revolución del pobre –Ici est la révolution du pauvre. 9

Jean-Paul Marat

Deseo dejar constancia también de que ese “tiránico” Robespierre no disponía de ningún cargo burocrático, ni militar, ni policial, con la salva excepción de ser un convencional o parlamentario democráticamente elegido, y que muy tardíamente se incorporó al comité de salud pública, donde era considerado un “moderantista”. Recordemos también que el famoso organismo, tan denostado, era un comité del parlamento que, como tal, rendía cuentas cada mes ante la Convención, la cual revisaba su composición con esa misma periodicidad. Y que el comité era un tribunal judicial de excepción, pero no un órgano ejecutivo, ni un cuerpo de policía, instrumento que no existió hasta que lo inventaron los liberales –Napoleón–. El comité estaba formado por un pequeño grupo de diputados, no por un cuerpo general integrado por cientos o miles de policías y funcionarios –¿cómo, pues, matar a mansalva?–, y su misión era la persecución y el juicio del delito de sabotaje en la ejecución de las leyes promulgadas por la Convención a manos de los funcionarios contra revolucionarios, es decir, la afirmación y salvaguarda de la legalidad. Y recordemos que Robespierre conseguía imponer su voluntad en la Convención porque era simple transmisor orgánico de la voluntad de la plebe organizada y movilizada; y por eso era tan odiado. Y que esta es la verdad que conoció siempre el movimiento demo-revolucionario del siglo XlX . Escribe Louis Blanc, defendiendo a Robespierre: “no es posible desempeñar un gran papel en la historia si no es a condición de ser lo que yo llamo un hombre representativo. La fuerza que los individuos poderosos poseen, no la extraen de sí mismos más que en muy pequeña parte: ellos la extraen sobre todo del medio que les rodea. Su vida no es sino un concentrado de la vida colectiva en el seno de la cual se encuentran sumergidos. El impulso que imprimen a la sociedad es poca cosa en el fondo comparado con el impulso que ellos reciben de la misma. (…) Al atacarlos o al defenderlos, lo que se ataca o defiende es la idea que se ha encarnado en ellos, es el conjunto de aspiraciones que ellos han representado”. 10

Precisamente por no tener mando de tropas, ni desempeñar cargo político ejecutivo alguno, cuando “la revolución se congela” y las masas se desmovilizan Robespierre y los suyos pueden ser asesinados, y no al revés. 11

Esta interpretación sobre la Revolución francesa, atenida a la verdad, como revelan las fuentes, era la que se mantenía durante el siglo XIX en las filas de la izquierda democrática revolucionaria y es el modelo que inspiraba su práctica política. La plebe organizada en sujeto soberano, el proletariado, las nueve décimas partes de la población, debía luchar por constituirse en poder, e instaurar ese régimen de los plebeyos denominado “democracia”. La tarea de los individuos más decididos moralmente debía ser la de servir orgánicamente al movimiento y, antes de la existencia del mismo, la de tratar de impulsar la constitución de la plebe en sujeto organizado. Esta idea recorre la obra de todos los pensadores demo-revolucionario de la época, y entre ellos, Marx y Engels. Recordemos que en el Manifiesto comunista advierten contra toda intervención elitista: la tarea de los comunistas no es otra que la de los demás partidos obreros: constituir el proletariado en clase: en fuerza deliberante y operante, y por tanto en soberano; conquistar la democracia. Todo otro tipo de actuación que pretenda dirigir, desde un supuesto saber previo, la marcha de la emancipación está incluida en el capítulo, 3 bajo el título “El socialismo y el comunismo crítico utópicos”. Por cierto que la primera frase de ese capítulo, en la que define a los únicos excluidos de tal crítica, reza así: “No se trata aquí de la literatura que en todas las grandes revoluciones modernas ha formulado las reivindicaciones del proletariado (los escritos de Babeuf, etc)”. Expresar por escrito las reivindicaciones del Soberano organizado es la tarea orgánica a la que se limita el trabajo de los mandatados, y Babeuf fue uno de ellos. Por lo tanto, él no era un utópico

La madre del cordero

La interpretación histórica que estoy criticando ha sido propalada desde la izquierda. ¿Cuál es la causa oculta que hay detrás de todos esos enjuagues y falsificaciones sobre la Revolución francesa? Una doble necesidad. Por una parte, la necesidad de liquidar la Revolución francesa, esto es, el democratismo jacobino, como modelo que “azuza” a la plebe a creerse soberana. Por otra, la necesidad de reelaborar una interpretación sobre algunos clásicos del pensamiento revolucionario, que, incorporados al santoral de la izquierda, era imposible condenar a priori, y había que “reconstruir”. Tras la comuna de París y la gigantesca derrota de la izquierda en Europa durante el último tercio del siglo XIX , las organizaciones obre ras alemanas pasaron a ser la fuerza orientadora. Pero el partido socialdemócrata alemán era de raíz lassalleana, y por lo tanto, una organización basada en la teoría liberal de elites. Unos dirigentes, poseedores del saber científico –positivismo científico– que los dotaba de excelencia frente a los ignaros humildes, debían orientar a los explotados sobre sus intereses y sus fines. 12 La democracia plebeya revolucionaria, resultado de la organización de la plebe en sujeto deliberante era algo lejano y temible para esta concepción de la política. Se trataba de eliminar la tradición demo-jacobina que se basa en la acción protagonista y directa de la plebe organizada –la “chusma”– en política mediante la creación de un espacio público plebeyo, la deliberación colectiva y la acción directa, para sustituirla por la teoría liberal de elites. La historiografía burguesa sobre la Revolución, que exorcizaba y satanizaba convenientemente la Revolución francesa, fue asumida.

Dado que la socialdemocracia tenía entre sus santos de palo a Marx, había que proceder también a reelaborar su interpretación para alejarlo por completo de la tradición demo-revolucionaria, y se inventó un Marx en ruptura epistemológica con el pasado, que se insemina, se concibe y se pare a sí mismo, a lo sumo con la ayuda de los economistas capitalistas. Ese Marx no sería un político revolucionario de la época, sino un sabio economista –¡un Genio, por favor!– capaz de construir un nuevo continente intelectual. E via dicendo.

En cuanto a la matriz real del pensamiento de Marx y Engels, el más veraz de los socialdemócratas lo expresaría claramente justo en cuanto se muriera Engels: no es que el marxismo no sea parte de esa tradición revolucionaria jacobina; al contrario, es parte de esa tradición de “democratismo primitivo”, de “terrorismo”, de “blanquismo”, de plebeyismo descerebrado, y por eso es ya pensamiento viejo e inútil, 13pero esta atolondrada veracidad le sería reprochada: “…esas cosas se hacen, pero no se dicen”. La socialdemocracia perseveraría en el otro camino la barbarie de la Revolución y su extrañeza respecto de los santos de la propia peana.

Posteriormente el estalinismo recoge esa misma doble elaboración, porque tiene el mismo interés en borrar la forma de hacer política que surge unida a la tradición jacobina, y sustituirla por la idea, completamente ajena a esta tradición y proveniente del liberalismo, del partido de vanguardia que guía a las masas. Al comienzo de este párrafo he escrito que estas ideas son estalinistas. Soy consciente de que la noción de estalinismo no es suficiente para explicar este y otros muchos fenómenos que suceden en la izquierda. La superchería inventada para sostener la idea del partido de vanguardia, que he llamado estalinista, y que niega la continuidad del comunismo con el jacobinismo e inventa una creatio ex nihilo del marxismo, es compartida a pies juntillas por los grupos trotskistas. 14. Pero sirva el término. Y esta ha sido la causa de la existencia y pujanza de esta interpretación antijacobina de la Revolución francesa.

Epílogo

Deseo referirme antes de terminar, a otra de las ideas que Ramón Franquesa destaca del pensamiento político de Babeuf, con la que estoy plenamente de acuerdo. La idea de la felicidad. Franquesa recuerda que Babeuf defiende que el fin de la revolución es la felicidad humana, no el desarrollo de la productividad, o avance de las fuerzas productivas. Esta idea es de fundamental importancia. Pertenece a la tradición demo-republicana clásica, mediterránea, para la que la felicidad –eudaimonía, vita beata– de un individuo, que es por naturaleza un ser político- social, depende del orden político de esa sociedad, y es el motor de Robespierre, de Saint Just y de los jacobinos robespierrianos. El fin de la sociedad es la felicidad del individuo, y esto exige que sea libre y que disponga de las condiciones materiales que posibilitan su autodesarrollo individual. Consiguientemente, el objetivo a construir para lograr la felicidad es un poder político en el que la plebe sea en verdad soberana, y no simple “soberano representado”, y que permita al demos decidir mediante deliberación pública, permanentemente, qué y cómo desea su mundo. La economía es un mero instrumento puesto al servicio de la felicidad, que sirve para consolidar la libertad de los individuos plebeyos. La ordenación de la economía debe ser decidida, políticamente, por el Soberano, y no es una “variante independiente”. Hubo a principios del siglo XX un revolucionario que, tras sus primeros escarceos con la teoría liberal, o burguesa, de élites en su variante socialdemócrata –unida, como sabemos al positivismo científico: la ciencia como excelencia que señala a la nueva aristocracia que debe regir el mundo– se puso a leer historia y descubrió el jacobinismo; esto es: el principio de que la felicidad y no otra idea es el fin que orienta la revolución, lo que implica el primado de la política, y, consiguientemente, la constitución de un poder institucional estable que posibilite el protagonismo de la plebe sobre su sociedad. Este revolucionario escribió: “Dicho de otra manera (los burgueses) están dispuestos a ‘conceder’ a los obreros la libertad de huelga y de asociación (casi conquistada ya de hecho por lo mismos obreros) con tal de que éstos renuncien al ‘espíritu’ de rebeldía, al ‘revolucionarismo estrecho’, a la hostilidad a los compromisos útiles en la práctica, a la pretensión y al deseo de imprimir ‘a la revolución popular rusa’ el sello de su lucha de clase, el sello de la perseverancia proletaria, del ‘jacobinismo plebeyo’ 15”. Por tanto, idearía como fin de la revolución la instauración de un poder político plebeyo, es decir, democrático, basado en la alianza del campesinado, la clase obrera y la pequeña burguesía. Este revolucionario se tendría que enfrentar a quienes consideraban que el fin de la revolución consistía en promover el desarrollo de las fuerzas productivas, lo que significaba que había que poner Rusia en manos de la burguesía –los mencheviques– o había que proceder a exportar la revolución a los países capitalistas desarrollados de Europa para que el poder económico occidental salvase la revolución –la revolución permanente.

Por ello este neojacobino consideraría justas, respecto de la economía, aquellas medidas que fuesen resultado de la voluntad popular, y cuya instauración concitase la adhesión política activa y la movilización de las masas; no las ideas prejuzgadas desde los estados mayores políticos como apropiadas. En consecuencia, cuando los campesinos exigieron la parcelación de la tierra, él se convirtió en el primer defensor de la misma: en el intelectual orgánico ejecutor de ese proyecto: “Se dice que el decreto y el mandato [de la parcelación de la tierra] han sido redactados por los social revolucionarios. Sea así. No importa quién lo haya redactado; mas como gobierno democrático no podemos dar de lado a la decisión de las masa populares, aun en el caso de que no estemos de acuerdo con ella. En el crisol de la vida, en su aplicación práctica, al hacerla realidad en cada lugar, los propios campesinos verán dónde está la verdad. (…) La vida nos obligará a acercarnos en el torrente común de la iniciativa revolucionaria, en la concepción de nuevas formas de Estado. Debemos marchar al paso con la vida; debemos conceder plena libertad al genio creador de las masas po – pulares. (…) los campesinos han aprendido algo en estos ocho meses de nuestra revolución y quieren resolver por sí mismos todos los problemas relativos a la tierra. Por eso nos pronunciamos contra toda enmienda a este proyecto de ley (…) Confiamos en que los propios campesinos sabrán, mejor que nosotros, resolver el problema con acierto, como es debido. Lo esencial no es que lo hagan de acuerdo con nuestro programa o con el de los eseristas. Lo esencial es que el campesinado tenga la firme seguridad de que han dejado de existir los terratenientes, que los campesinos resuelvan ellos mismos todos los problemas y organicen su propia vida” 16.

El mismo principio democrático era el vigente para los obreros: “Es fácil promulgar un decreto aboliendo la propiedad privada, pero sólo los obreros mismos pueden y deben llevarla a la práctica. (…) No hay ni puede haber un plan concreto de organización de la vida económica. Nadie puede proporcionarlo. Eso sólo pueden hacerlo las masas desde abajo, por medio de la experiencia”17.

“Experiencia”. La “experiencia” no es una consecuencia de la aplicación técnica de un conocimiento científico, sino saber vivencial inherente a toda actividad individual humana o praxis. La praxis no requiere de ningún saber especial; se basa en el sentido común o doxa –opinión–, que dirige la acción y registra sus consecuencias a partir de las propias expectativas. Lenin invoca esperanzado, no las tendencias de la doxa más propensas a la reiteración, sino las más intuitivamente creativas –frónesis, prudentia– de las que está dotado el ser humano. ¿Y cuál es el estatuto epistemológico de la opinión de Lenin aquí expresada? La de un saber segundo, orgánico de la praxis, que reflexiona críticamente sobre la misma: una praxeología. Un filosofar, no un sistema filosófico.

Tras la guerra civil, Lenin validaría de nuevo la fidelidad a la alianza de los obreros con los campesinos sobre la que se basaba el régimen. Frente a los que planteaban una industrialización forzada, desarrollada a partir de un ahorro a expensas y sobre las costillas de los campesinos, para revolucionar el “modo de producción”, propugnó la NEP, simplemente, porque acogía las expectativas de la mayoría de la sociedad.

Se trata aquí de la democracia, por supuesto. Y de la democracia comprendida, no sólo como mera participación en las elecciones de representantes, sino como radicalización del poder directo de las clases subalternas sobre su vida y, en particular, sobre las condiciones materiales de las que depende ésta. Democracia, esto es, poder popular directo, estable, microfundamentado en la sociedad civil por parte del demos. Y para ello, ¿qué programa ha de ser considerado justo? El que consideren justo las masas. Esto es el jacobinismo, la búsqueda de la felicidad y como objetivo la instauración de un poder democrático a cuyo fin se instrumentan las medidas económicas.

Todos estos periodos históricos de lucha por la libertad, a los que me he referido, terminaron en derrotas de la plebe. Pero constituyen nuestra tradición y nuestro ser, porque, por propia voluntad, los asumimos como nuestro patrimonio y nos auto elegimos en ellos; en ellos nos inspiramos y de ellos aprendemos. “La causa vencedora place a los dioses; la vencida a Catón”■

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Notas

  • 1. Federico Engels, Contribución a la crítica del proyecto de pro – grama socialdemócrata de Erfurt de 1891, en Carlos Marx y Fe – derico Engels, Obras Escogidas, en tres tomos , Ed. Pogreso, Moscú, 1974, tomo. 3 pp. 456 y 458. Véase también, de Engels, “La fiesta de las naciones en Londres, en ocasión de celebrarse la instauración de la Primera república francesa, el 22 de setiembre de 1792” en OME, Ed. Crítica, B., 1978, tomo 6, pp. 562 y ss. O el capítulo “movimientos proletarios” de La situa – ción de la clase obrera en Inglaterra, en el mismo tomo de OME, p 463 a 490, en especial la segunda parte del capítulo.
  • 2. Se puede encontrar p. e. en la antología de Ed. Sarpe, Fran – çois-Noel Babeuf, realismo y utopía en la revolución francesa, B. 1985, que reproduce otra anterior de Edicions 62/ Ed Península, B. 1970. También en Babeuf, Écrits, par Claude Mazauric, Messidor –Éditions Sociales, Paris, 1988, pp. 285 a 287. Este texto en francés es el que yo adopto.
  • 3. No la de Babeuf quien, junto con Darthé, al enterarse de la sentencia, se suicida en la cárcel, imitando a Catón de Útica, que se había dado muerte tras ser derrotado en el norte de África por César. Catón era uno de los héroes de Plutarco, y en consecuencia era tan admirado por Babeuf, lector asiduo de Plutarco, como el mismo tribuno Cayo Graco, de quien Babeuf había tomado el nombre. Este Catón era un símbolo del republicanismo histórico, y, en consecuencia, al proceder a suicidarse como él, Babeuf elige un emblema simbólico con el que recalcar la propia autocomprensión de sí mismo. Con ello no hace sino manifestar la continuidad ideológica con una traditio. Todas estas referencias a la antigüedad –nombre autoelegido, suicidio, etc.– muestran un Babeuf nada rupturista con la tradición intelectual.
  • 4. El texto traducido por Ed. Sarpe-Eds 62 traduce aquí “revolucionario” en vez de “dictatorial”, según el original francés
  • 5. Aristóteles, Política 1279b 1280. Ver tambiéna Platón , República. De 557a, hasta 558c: “Nace, pues, la democracia, creo yo, cuando habiendo vencido los pobres, matan a algunos de sus contrarios, a otros los destierran, y a los demás los hacen igualmente partícipes del gobierno y de los cargos, que, por lo regular, suelen cubrirse en este sistema mediante sorteo.
  • 6. Philippe Buonarroti, Conspiration pour l´egalité, dite de Ba – beuf, Éditions Sociales, París, 1957, 2 tomos; tomo 1, pp. 39, 45, 46 47, 49, 50 Esta edición es la última que se ha publicado de esta obra. En castellano no existe edición de la misma.
  • 7. Ver:William H. Sewel, Trabajo y revolución en Francia. El lenguaje del movimiento obrero del Antiguo Régimen a 1848, Ed Taurus 1992. Alain Maillard, La communauté des égaux. Le communisme neóbabuviste dans la France des annés 1840, ed. Kimé, Paris 1999.
  • 8. La palabra “comunismo” procede del término “comunidad”, communitas; y estas de “munus”, municipio en latin. Communis hace pues, referencia a la idea política de res publica o res communis, no a la idea simple de cosa tenida por varios en común; habla de comunidad políticamente organizada antes que de propiedad de algo tenida en común por varios, y procede de la traditio republicana.
  • 9. Robespierre, “Discurso sobre el plan de educación nacional de Michel Lepelletier, de julio de 1793, en Robespierre, écrits, Ed. Messidor/éditions sociales, Paris, 1989, p. 265.
  • 10. Blanc Louis, (s/f ) Leettre sur la terreur, París, Obsidianne, L´impossible terreur, p 14. WWW// gallica.bnf.fr
  • 11. Para un resumen de los argumentos historiográficos de izquierdas, y una presentación de la bibliografía pro re vo l ucionaria, a comenzar por la obra del gran Albert Matthiez , permítaseme una autocita: Joaquín Miras: “La república de la virtud” en VV AA Republicanismo y democracia, Ed. Miño y Dávila, Buenos Aire s, 2005. Con buena distribución en España.
  • 12. “La Internacional fue fundada para reemplazar las sectas socialistas o semisocialistas por una organización real de la clase obrera con vistas a la lucha (…) la organización lassalleana era, simplemente, una organización sectaria y, como tal, hostil a la organización de un movimiento obrero efectivo”. “Marx a Friederich Bolte”, 23 de noviembre de 1871, en Carlos Marx, y Federico Engels, Obras Escogidas, en tres tomos, tomo 2, pp 446 y 447 .
  • 13. Eduard Berstein, Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, Ed siglo XXI, México 1982.
  • 14. En uno de sus cuentos, narra Borges la historia de dos teólogos que se pasaron la vida odiándose a muerte: Juan de Panonia y Aureliano. Tras una vida de triunfos de uno de ellos y de paralelas humillaciones del otro, el marginado pudo, por fin, darle la vuelta al asunto y conseguir que su rival anteriormente victorioso fuera condenado y quemado por hereje. A su vez, él murió también. Dios, en su infinita bondad los acogió a ambos en su seno, pero Dios, a pesar de su infinita sabiduría, era incapaz de distinguirlos.
  • 15. Lenin, Dos tácticas de la sociademocracia rusa, en Obras Escogidas en tres tomos, Ed Progreso,, Moscú, 1979, tomo 1, p 554. Obra de 1905.
  • 16. V. I. Lenin. “Informe acerca de la tierra ante el segundo congreso de los Soviets de Rusia del 8 de noviembre de 1917”, Obras Escogidas en tres tomos, Ed Progreso, Moscú 1978, tomo 2, p. 492.
  • 17. ”Informe sobre la situación económica de los obreros de Petrogrado… del 17 de diciembre de 1917”, Obras Escogidas, en tres tomos, tomos 2, p. 522.

Texto publicado originalmente en el número 221 de El Viejo Topo, junio 2006

León Trotsky: Cinco días (23-27 de febrero de 1917)

El 23 de febrero era el Día Internacional de la Mujer. Los elementos socialdemócratas se proponían festejarlo en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifiestos, etc. A nadie se le pasó por las mentes que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución. Ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día. La organización bolchevique más combativa de todas, el Comité de la barriada obrera de Viborg, aconsejó que no se fuese a la huelga. Las masas -como atestigua Kajurov, uno de los militantes obreros de la barriada- estaban excitadísimas: cada movimiento de huelga amenazaba convertirse en choque abierto. Y como el Comité entendiese que no había llegado todavía el momento de la acción, toda vez que el partido no era aún suficientemente fuerte ni estaba asegurado tampoco en las proporciones debidas el contacto de los obreros con los soldados, decidió no aconsejar la huelga, sino prepararse para la acción revolucionaria en un vago futuro. Tal era la posición del Comité, al parecer unánimemente aceptada, en vísperas del 23 de febrero. Al día siguiente, haciendo caso omiso de sus instrucciones, se declararon en huelga las obreras de algunas fábricas textiles y enviaron delegadas a los metalúrgicos pidiéndoles que secundaran el movimiento. Los bolcheviques -dice Kajurov- fueron a la huelga a regañadientes, secundados por los obreros mencheviques y socialrevolucionarios. Ante una huelga de masas no había más remedio que echar a la gente a la calle y ponerse al frente del movimiento. Tal fue la decisión de Kajurov, que el Comité de Viborg hubo de aceptar. “La idea de la acción había madurado ya en las mentes obreras desde hacía tiempo, aunque en aquel momento nadie suponía el giro que había de tomar.” Retengamos esta declaración de uno de los actores de los acontecimientos, muy importante para comprender la mecánica de su desarrollo.

Dábase por sentado, desde luego, que, en caso de manifestaciones obreras, los soldados serían sacados de los cuarteles contra los trabajadores. ¿A dónde se hubiera ido a parar con esto? Estábamos en tiempo de guerra y las autoridades no se mostraban propicias a gastar bromas. Pero, por otra parte, el “reservista” de los tiempos de guerra no era precisamente el soldado sumiso del ejército regular. ¿Era más o menos peligroso? Entre los elementos revolucionarios se discutía muchísimo ese tema, pero más bien de un modo abstracto, pues nadie, absolutamente nadie -como podemos afirmar categóricamente, basándonos en todos los datos que poseemos- pensaba en aquel entonces que el día 23 de febrero señalaría el principio de la ofensiva declarada contra el absolutismo. Tratábase -en la mente de los organizadores- de simples manifestaciones con perspectivas vagas, pero en todo caso sin gran trascendencia.

Es evidente, pues, que la Revolución de Febrero empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias; con la particularidad de que esta espontánea iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida y cohibida del proletariado: las obreras del ramo textil, entre las cuales hay que suponer que habría no pocas mujeres casadas con soldados. Las colas estacionadas a la puerta de las panaderías, cada vez mayores, se encargaron de dar el último empujón. El día 23 se declararon en huelga cerca de 90.000 obreras y obreros. Su espíritu combativo se exteriorizaba en manifestaciones, mítines y encuentros con la policía. El movimiento se inició en la barriada fabril de Viborg, desde donde se propagó a los barrios de Petersburgo. Según los informes de la policía, en las demás partes de la ciudad no hubo huelgas ni manifestaciones. Este día fueron llamados ya en ayuda de la policía destacamentos de tropa poco numerosos al parecer, pero sin que se produjesen choques entre ellos y los huelguistas. Manifestaciones de mujeres en que figuraban solamente obreras se dirigían en masa a la Duma municipal pidiendo pan. Era como pedir peras al olmo. Salieron a relucir en distintas partes de la ciudad banderas rojas, cuyas leyendas testimoniaban que los trabajadores quería pan, pero no querían, en cambio la autocracia ni la guerra. El Día de la Mujer transcurrió con éxito, con entusiasmo y sin víctimas. Pero ya había anochecido y nadie barruntaba aún lo que este día fenecido llevaba en su entraña.

Al día siguiente, el movimiento huelguístico, lejos de decaer, cobra mayor incremento: el 24 de febrero huelgan cerca de la mitad de los obreros industriales de Petrogrado. Los trabajadores se presentan por la mañana en las fábricas, pero se niegan a entrar al trabajo, organizan mítines y a la salida se dirigen en manifestación al centro de la ciudad. Nuevas barriadas y nuevos grupos de la población se adhieren al movimiento. El grito de “¡Pan!” desaparece o es arrollado por los de “¡Abajo la autocracia!” y “¡Abajo la guerra!” La perspectiva Nevski contempla un continuo desfilar de manifestaciones: son masas compactas de obreros cantando himnos revolucionarios; luego, una muchedumbre urbana abigarrada, entre la que se destacan las gorras azules de los estudiantes. “El público nos acogía con simpatía, y desde algunos lazaretos los soldados no saludaban agitando lo que tenían a mano.” ¿Eran muchos los que se daban cuenta de lo que significaban aquellas pruebas de simpatía de los soldados enfermos por los manifestantes obreros? Cierto es que los cosacos no cesaban de cargar constantemente, aunque sin gran dureza, contra la multitud; sus caballos estaban jadeantes. Los manifestantes se dispersaban y tornaban a reunirse. La multitud no sentía miedo. “Los cosacos prometen no disparar.” La frase corría de boca en boca. Por lo visto, los obreros habían parlamentado con algunos cosacos. Poco después aparecieron, medio borrachos, los dragones y se lanzaron sobre la multitud golpeando las cabezas con las lanzas. Pero los manifestantes no se disolvieron. “No dispararán.” En efecto, no dispararon.

Un senador liberal cuenta que vio en la calle tranvías parados -¿no sería acaso al día siguiente, confudiéndolo en la memoria?-, algunos con los cristales rotos, otros volcados sobre los raíles, y recordó las jornadas de julio de 1914, en vísperas de la guerra. “Parecía como si se repitiese la vieja tentativa.” La vista no le engañaba. La continuidad era evidente: la historia cogía los cabos del hilo revolucionario roto por la guerra y los volvía a empalmar.

Durante todo el día la muchedumbre se volcaba de unos barriosen otros. Veíase dispersada por la policía, contenida y rechazada por las fuerzas de Caballería y algunos destacamentos de Infantería. Con el grito de “¡Abajo la policía!” alternaban cada vez con más frecuencia los hurras a los cosacos. Era un detalle significativo. La multitud exteriorizaba un odio furioso contra la policía. La policía montada era acogida con silbidos, piedras, pedazos de hierro. Muy distinta era la actitud de los obreros respecto de los soldados. En los alrededores de los cuarteles, cerca de los centinelas y las patrullas, veíanse grupos de obreros y obreras que charlaban amistosamente con ellos. Era una nueva etapa que tomaban las huelgas en su desarrollo y un fruto del hecho de poner frente a frente al ejército y a las masas obreras. Esta etapa, inevitable en toda revolución, parece siempre nueva, y la verdad es que cada vez se plantea de un modo distinto. Los que han leído y escrito sobre ella no la reconocen.

En la Duma nacional se contaba el día 24 que una masa enorme de gente había invadido toda la plaza Snamenskaia, toda la perspectiva Nevski y las calles adyacentes, observándose un fenómeno nunca visto: una multitud revolucionaria y no patriótica que acompañaba con vítores a los cosacos y regimientos que avanzaban a los sones de músicas. Preguntando qué significaba aquello, un transeúnte contestó al diputado que le interrogaba: “Un policía ha dado un latigazo a una mujer; los cosacos se han puesto al lado de esta última y han ahuyentando a la policía.” Nadie se había tomado el trabajo de comprobar la verdad de aquello. A la multitud le bastaba con creerlo, con creer en su verosimilitud, y esta confianza no se había caído del cielo, sino que era el fruto de la experiencia, por eso tenía que convertirse necesariamente en garantía de triunfo.

Después de la reunión mañanera, los obreros de la fábrica de Erickson, una de las más avanzadas de la barriada de Viborg, se dirigieron en masa, con un contingente de unos 2.500 hombres, a la avenida de Sampsonievski, y en una calle estrecha tropezaron con los cosacos. Los primeros que hendieron en la multitud, abriéndose paso con el pecho de los caballos, fueron los oficiales. Tras ellos venían los cosacos galopando a toda la anchura de la avenida. ¡Momento decisivo! Pero los jinetes se deslizaron cautamente como una larga cinta por la brecha abierta por los oficiales. “Algunos -recuerda Kajurov- se sonreían, y uno de ellos guiñó el ojo maliciosamente a los obreros.” Aquella guiñada del cosaco tenía su porqué. Los obreros recibieron valientemente, aunque sin hostilidad, a los cosacos, y les contagiaron un poco de su valentía. Pese a las nuevas tentativas de los oficiales, los cosacos, sin infringir abiertamente la disciplina, no disolvieron por la fuerza a la multitud y, renunciando a dispersar a los obreros, apostaron a los jinetes a lo ancho de la calle para impedir que los manifestantes pasaran al centro. Pero tampoco esto sirvió de nada. Los cosacos montaban la guardia en sus puestos con todas las de la ley, pero no impedían que los obreros se deslizaran por entre los caballos. la revolución no escoge arbitrariamente sus caminos. Daba sus primeros pasos hacia la victoria bajo los vientres de los caballos de los cosacos. ¡Interesante episodio! ¡Y notable ojo el del narrador, a quien todas las incidencias de ese proceso se le quedaron grabadas en la memoria! Y, sin embargo, no tiene nada de sorprendente. El narrador era un caudillo al que seguían más de dos mil hombres: el ojo del comandante, atento a las balas o al látigo del enemigo, es siempre avizor.

El cambio esperado en el ejército puede observarse, sobre todo, en los cosacos, instrumento inveterado de represión. No quiere ello decir que los cosacos fueran más revolucionarios que los demás. Todo lo contrario: en estos terratenientes acomodados, celosos de sus privilegios de cosacos, que despreciaban a los sencillos campesinos y recelaban de los obreros, anidaban muchos elementos de conservadurismo. Precisamente por esto los cambios provocados por la guerra cobraban en ellos más relieve. Además, el zarismo echaba mano de ellos para todo, los mandaba a todas partes, los colocaba frente al pueblo, ponía sus nervios a prueba. Estaban ya hartos de todo esto; no pensaban ya más que en volver a sus casas, y guiñaban el ojo a los huelguistas como diciendo: “¡Andad, haced lo que queráis; allá vosotros; nosotros no nos meteremos en nada!” Sin embargo, todo esto no pasaba de ser síntomas; significativos, pero síntomas nada más. El ejército seguía siendo ejército, una masa de hombres atados por la disciplina y cuyos hilos principales estaban en manos de la monarquía. Las masas obreras no tenían armas. Sus dirigentes no pensaban siquiera en el desenlace decisivo.

En el orden del día del Consejo de Ministros celebrado el 24 figuraba entre otros puntos la cuestión de los desórdenes en la capital. ¿Huelgas? ¿Manifestaciones? ¡Bah! No era la primera vez. Todo estaba previsto. Se habían cursado instrucciones oportunas ¡A otra cosa!

¿En qué consistían concretamente las instrucciones circuladas? A pesar de que en el transcurso de los días 23 y 24 fueron agredidos veintidós policías, el jefe de las tropas de la región, general Jabalov, casi dictador, no creyó necesario recurrir al empleo de las armas de fuego, y no por bondad precisamente. Todo estaba previsto y señalado de antemano, y fijado el momento preciso para abrir fuego.

La revolución no sobrevino por torpeza más que en cuanto al momento. En términos generales puede decirse que ambos polos, el revolucionario y el gubernamental, venían preparándose concienzudamente para ella desde hacía muchos años. Por lo que a los bolcheviques se refiere, toda su actuación después de 1905 se redujo en puridad a preparar la segunda revolución. También la actuación del gobierno era en gran parte una serie de preparativos encaminados a aplastar la nueva revolución que se avecinaba. Este aspecto de la actividad gubernamental cobró en el otoño de 1916 un carácter bastante sistemático. Una comisión presidida por Jabalov terminó, a mediados de enero de 1917, un plan concienzudamente estudiado de represión de un nuevo alzamiento. La ciudad fue dividida en seis zonas, cada una de las cuales se dividía a su vez en varios distritos. Al frente de todas las fuerzas armadas se ponía al comandante de las fuerzas de la reserva de la Guardia, general Tebenikin. Los regimientos eran distribuidos por distritos. En cada una de las seis zonas la policía, la gendarmería y las tropas se colocaban bajo el mando de jefes y oficiales del Estado Mayor. La Caballería cosaca quedaba a las órdenes directas del propio Tebenikin para las operaciones de más monta. El desarrollo de la represión en orden al tiempo había de ajustarse a las siguientes normas: primero entraría en acción solamente la policía; luego saldrían a escena los cosacos con sus látigos, y sólo en caso de efectiva necesidad se echaría mano de las tropas, armadas con fusiles y ametralladoras. Y este plan, en el que se ponían a contribución, desarrollándolas, las experiencias de 1905, fue en efecto el que de hecho se ejecutó en las jornadas de febrero. La falla no estaba precisamente en la imprevisión ni en los defectos del plan trazado, sino en el material humano que había de ponerlo en acción. Aquí radicaba el gran peligro de que fallara el golpe.

Formalmente, el plan se apoyaba en toda la guarnición, que contaba con 150.000 soldados; pero en realidad sólo podía contar con unos 10.000. Aparte de la fuerza de policía, cuyo contingente era de 3.500 hombres, el gobierno confiaba firmemente en los alumnos de las escuelas militares. Esto se explica por el carácter de la guarnición petersburguesa de aquel entonces, compuesta casi exclusivamente por tropas de reserva, principalmente por los catorce batallones de reserva de los regimientos de la Guardia que se hallaban en el frente. Formaban parte, además, de la guarnición un regimiento de Infantería, un batallón de motociclistas y una división de la reserva y de automóviles blindados, fuerzas poco considerables de zapadores y de artilleros y dos batallones de cosacos del Don. Esto era mucho, demasiado acaso. Las tropas de reserva estaban integradas por una masa humana a la que no se había podido modelar apenas por la propaganda patriótica o que se había emancipado de ella. En realidad, era éste el estado en que se encontraba casi todo el ejército.

Jabalov se atuvo estrictamente a su plan. El primer día, el 23, sólo entró en acción la policía. el 24 salió a la calle principalmente la Caballería, pero sin emplear más que el látigo y la lanza. La Infantería y las armas de fuego se reservaron hasta ver el giro que tomaban las cosas. Éstas no se hicieron esperar.

El 25 la huelga cobró aún más incremento. Según los datos del gobierno, este día tomaron parte en ella 240.000 obreros. Los elementos más atrasados forman detrás de la vanguardia; ya secundan la huelga un número considerable de pequeñas empresas; se paran los tranvías, cierran los establecimientos comerciales. En el transcurso de este día se adhieren a la huelga los estudiantes universitarios. A mediodía afluyen a la catedral de Kazán y a las calles adyacentes millares de personas. Intentan organizarse mítines en las calles, se producen choques armados con la policía. Desde el monumento a Alejandro III dirigen la palabra al público los oradores. La policía montada abre el fuego. Un orador es herido. como consecuencia de los disparos que parten de la multitud, resulta muerto un comisario de la policía y heridos el jefe superior y algunos agentes. De la muchedumbre se arrojan a los gendarmes botellas, petardos y granadas de mano. La guerra había enseñado el arte de construirlas. Los soldados adoptan una actitud pasiva y a veces hostil a la policía; por entre la multitud corre con emoción la noticia de que cuando los policías empezaban a disparar cerca de la estatua de Alejandro III, los cosacos dispararon contra los “faraones montados” -así llamaba el pueblo a los guardias-, viéndose éstos obligados a retirarse. Por lo visto, no se trataba de una leyenda echada a rodar para infundir ánimos, porque la noticia se confirma, aunque en versiones diversas, por diferentes conductos.

El obrero bolchevique Kajurov, uno de los auténticos caudillos de estas jornadas, cuenta que en uno de los puntos de la ciudad, cuando los manifestantes, corridos a latigazos por la policía montada, se dispersaban pasando por junto a un destacamento de cosacos, Kajurov, seguido de algunos obreros que no habían imitado a los fugitivos, se acercaron a los cosacos y, quitándose las gorras, les dijeron: “Hermanos cosacos: Ayudad a los obreros en la lucha por sus demandas pacíficas: ya veis cómo nos tratan los “faraones” a nosotros, los obreros hambrientos. ¡Ayudadnos!” Aquel tono conscientemente humilde, aquellas gorras en las manos, ¡qué cálculo sicológico más sutil, qué inimitable gesto! Toda la historia de las luchas en las calles y de las victorias revolucionarias está llena de semejantes improvisaciones. Pero estos episodios desaparecen sin dejar huella en el torbellino de los grandes acontecimientos, y a los historiadores no les quedan más que las cáscaras de los lugares comunes. “Los cosacos -prosigue Kujarov- se miraron unos a otros de un modo extraño, y apenas habíamos tenido tiempo de retirarnos cuando se lanzaron a la pelea.” Minutos después, la multitud jubilosa alzaba en hombros, cerca de la estación, al cosaco que delante de sus ojos había derribado de un sablazo a un agente de policía. La policía no tardó en desaparecer completamente del mapa; es decir, se ocultó y empezó a maniobrar por debajo de cuerda. Vienen los soldados a ocupar su puesto; fusil al brazo. Los obreros les interrogan, inquietos: “¿Es posible, compañeros, que vengáis en ayuda de los gendarmes?” Como contestación, un grosero” ¡Sigue tu camino!” Una nueva tentativa de aproximación termina del mismo modo. Los soldados están sombríos; un gusano les roe por dentro y se irritan cuando la pregunta da en el clavo de sus propias inquietudes.

Entretanto, el desarme de los “faraones” se convierte en la divisa general. los gendarmes son el enemigo cruel, irreconciliable, odiado. No hay ni que pensar en ganarlos para la causa. No hay más remedio que azotarlos o matarlos. El ejército ya es otra cosa. La multitud rehuye con todas sus fuerzas los choques hostiles con ellos, busca el modo de ganarlo, de persuadirlo, de fundirlo con el pueblo. A pesar de los rumores favorables, acaso un poco exagerados, relativos a la conducta de los cosacos, la multitud sigue guardando una actitud circunspecta ante la Caballería. El soldado de Caballería se eleva por encima de la multitud, y su espíritu se halla separado del huelguista por las cuatro patas de la bestia. Una figura a la que hay que mirar de abajo arriba se representa siempre más amenazadora y terrible. La infantería está allí mismo, al lado, en el arroyo, más cercana y accesible. La masa se esfuerza en aproximarse a ella, en mirarle a los ojos, en envolverla con su aliento inflamado. La mujer obrera representa un gran papel en el acercamiento entre los obreros y los soldados. Más audazmente que el hombre, penetra en las filas de los soldados, coge con sus manos los fusiles, implora, casi ordena: “Desviad las bayonetas y venid con nosotros.” Los soldados se conmueven, se avergüenzan, se miran inquietos, vacilan; uno de ellos se decide: las bayonetas desaparecen, las filas se abren, estremece el aire un hurra entusiasta y agradecido; los soldados se ven rodeados de gente que discute, increpa e incita: la revolución ha dado otro paso hacia adelante.

Desde el Cuartel general, Nicolás II da a Jabalov la orden telegráfica de que acabe con los disturbios “mañana sin falta”. La orden del zar coincide con la fase siguiente del “plan” del general; el telegrama imperial no sirvió más que de impulso complementario. Maña tendrán la palabra las tropas. ¿No será ya tarde? Por ahora, no se podía decir. La cuestión estaba planteada, pero no resuelta, ni mucho menos. La benignidad de los cosacos, las vacilaciones que se percibían en algunas de las tropas de Infantería no eran más que episodios más o menos significativos, repetidos por mil ecos en la calle. Episodios que bastaban para enardecer a la multitud revolucionaria, pero que eran insuficientes para decidir el triunfo, tanto más cuanto que los había también de carácter hostil. Por la tarde de aquel mismo día, en el Gostini Dvor, un pelotón de dragones, como respuesta, según la versión oficial, a unos disparos de revólver que salieron de la multitud, abrió por primera vez el fuego contra los manifestantes; según el informe enviado por Jabalov al Cuartel general, resultaron tres muertos y diez heridos. ¡Seria advertencia! Al mismo tiempo, Jabalov amenazaba con mandar al frente a todos los obreros reclamados como reclutas si el 28 no reanudaban el trabajo. El general presentaba a las masas obreras un ultimátum de tres días; es decir, daba a la revolución un plazo mayor del que ésta necesitaba para derribar a Jabalov, y a la monarquía con él. Pero estas cosas sólo se saben después del triunfo. El 25 por la tarde nadie sabía aún lo que traería dentro el día siguiente.

Intentemos representarnos con más claridad la lógica interna del movimiento. El 23 de febrero se inicia, bajo la bandera del “Día de la Mujer”, la insurrección de las masas obreras de Petrogrado, latente desde hacía mucho tiempo y desde hacía mucho tiempo también contenida. El primer peldaño de la insurrección es la huelga. A lo largo de tres días, ésta va ganando terreno y se convierte de hecho en general. No hacía falta más para infundir confianza a las masas e impulsarlas a seguir. La huelga, que va tomando cada vez más decididamente carácter ofensivo, se combina con manifestaciones callejeras, que ponen en contacto a la masa revolucionaria con las tropas. Esto impulsa al objetivo del movimiento, en su conjunto, hacia un plano más elevado, donde el pleito se dirime por la fuerza de las armas. Los primeros días se señalan por una serie de éxitos parciales, aunque de carácter más sintomático que efectivo.

Un alzamiento revolucionario que dure varios días sólo se puede imponer y triunfar con tal de elevarse progresivamente de peldaño en peldaño, registrando todos los días nuevos éxitos. Una tregua en el desarrollo de los éxitos es peligrosa. Si el movimiento se detiene y patina, puede ser el fracaso. Pero tampoco los éxitos de por sí bastan; es menester que la masa se entere de ellos a su debido tiempo y aprecie antes de que sea tarde su importancia para no dejar pasar de largo el triunfo en momentos en que le bastaría alargar la mano para cogerle. En la historia se han dado casos de éstos.

Durante los tres primeros días, la lucha fue exacerbándose constantemente. Pero esto hizo precisamente que las cosas alcanzasen un nivel en que los éxitos sintomáticos ya no bastaban. Toda la masa activa se había echado a la calle. Con la policía liquidó eficazmente y sin grandes dificultades. En los últimos dos días hubieron de intervenir ya las tropas: en el segundo fue sólo la Caballería; al tercero, la Infantería también. Las tropas dispersaban a la gente o la contenían, manifestando a veces una condescendencia evidente y sin recurrir casi nunca a las armas de fuego. En las alturas no se apresuraban a modificar el plan represivo, en parte porque no daban a los acontecimientos toda la importancia que tenían -el error de visión de la reacción completaba simétricamente el de los caudillos revolucionarios-, y en parte porque no estaban seguros de las tropas. Al tercer día, constreñido por la fuerza de las cosas y por la de la orden telegráfica del zar, el gobierno no tiene más remedio, quiéralo o no, que echar mano de las tropas ya de una manera decidida. Los obreros lo comprendieron así, sobre todo los elementos más avanzados, tanto más cuanto que la víspera los dragones habían disparado sobre las masas. Ahora la cuestión se planteaba en toda su magnitud ante ambas partes.

En la noche del 26 de febrero fueron detenidas, en distintas partes de la ciudad, cerca de cien personas pertenecientes a las organizaciones revolucionarias, entre ellas cinco miembros del Comité bolchevique de Petrogrado. Esto daba a entender que el gobierno pasaba a la ofensiva. ¿Qué sucederá hoy? ¿Con qué temple se despertarán los obreros después de las descargas de ayer? Y, sobre todo, ¿cuál será la actitud de las tropas? El 26 de febrero amanece entre nieblas de incertidumbre y de inquietud.

Detenido el comité local, la dirección de todo el trabajo en la capital pasa a manos de la barriada de Viborg. Tal vez sea mejor así. La alta dirección del partido se retrasa desesperadamente. Hasta el día 25 por la mañana, la oficina del Comité central de los bolcheviques no se decidió a lanzar una hoja llamando a la huelga general en todo el país. En el momento de salir a la calle este manifiesto, si es que efectivamente salió, la huelga general de Petrogrado se apoyaba ya totalmente en el alzamiento armado. Los dirigentes observan desde lo alto, vacilan y se quedan atrás, es decir, no dirigen, sino que van a rastras del movimiento.

Cuanto más nos acercamos a las fábricas, mayor es la decisión. Sin embargo, hoy, día 26, también en los barrios obreros reina la inquietud. Hambrientos, cansados, ateridos de frío, con una inmensa responsabilidad histórica sobre sus hombros, los militantes del barrio de Viborg se reúnen en las afueras para cambiar impresiones acerca de la jornada y señalar de común acuerdo la ruta que se ha de seguir. Pero, ¿qué hacer? ¿Organizar una nueva manifestación? ¿Qué resultado puede dar una manifestación sin armas, si el gobierno ha decidido jugarse el todo por el todo? Esta pregunta tortura las conciencias. “Todo parecía indicar como la única conclusión posible que la insurrección se estaba liquidando.” Es la conocida voz de Kajurov la que nos habla, y a lo primero nos resistimos a creer que esta voz sea la suya. Tan bajo descendía el barómetro momentos antes de la tormenta.

En las horas en que la vacilación se adueñaba hasta de los revolucionarios que estaban más cerca de las masas, el movimiento había ido ya bastante más lejos en rigor de lo que se imaginaban los propios combatientes. Ya la víspera, al atardecer del 25 de febrero, el barrio de Viborg se hallaba por entero en manos de los rebeldes. Los comisarios de policía fueron saqueados, destruidos y algunos de los jefes de policía, muertos, aunque la mayoría había desaparecido. El general-gobernador había perdido el contacto con una parte enorme de la capital. El 26 por la mañana se puso de manifiesto que, además de la barriada de Viborg, se hallaban en poder de los revolucionarios el barrio de Peski, hasta muy cerca de la avenida de Liteini. Por lo menos, así pintaban la situación los informes de la policía. Y en cierto sentido era verdad, si bien es dudoso que los revolucionarios se dieran perfecta cuenta de ello. Indudablemente, en muchos casos los gendarmes abandonaban sus guaridas antes de verse amenazados por los obreros. Aparte de esto, el hecho de que los gendarmes evacuaran los barrios fabriles, no podía tener una importancia decisiva a los ojos de los obreros, y se comprende, pues las tropas no habían dicho aún su última palabra. La insurrección “se está liquidando”, pensaban los más decididos, cuando, en realidad, no hacía más que desarrollarse.

El 26 de febrero era domingo y las fábricas no trabajaban, lo cual impedía medir desde por la mañana la intensidad de presión de las masas por la intensidad de la huelga. Además, los obreros veíanse privados de la posibilidad de reunirse en las fábricas, como lo habían hecho en los días anteriores, y esto dificultaba la organización de manifestaciones. En la Nevski reinaba por la mañana la tranquilidad. “En la ciudad todo está tranquilo”, telegrafiaba la zarina al zar. Pero la tranquilidad no había de durar mucho. Los obreros van concentrándose poco a poco y se dirigen al centro desde todos los suburbios. No les dejan pasar por los puentes, pero atraviesan sobre el hielo; no hay que olvidar que estamos todavía en febrero, época en que el Neva está completamente helado. Los disparos hechos sobre la multitud que atraviesa el río no bastan para contenerla. La ciudad se ha transformado. Por todas partes circulan patrullas, piquetes de Caballería, por dondequiera se ven barreras de soldados. Las tropas vigilan sobre todos los caminos que conducen a la avenida Nevski. Suenan disparos que no se sabe de dónde salen. Aumenta el número de muertos y heridos. Corren en distintas direcciones los coches de las ambulancias sanitarias. No siempre se puede precisar quién dispara ni de dónde parten los tiros. Es indudable que los gendarmes, a quienes se ha dado una severa lección, han decidido no ofrecer más blanco y disparan desde las ventanas, a través de los postigos de los balcones, ocultándose detrás de las columnas, desde las azoteas. Se lanzan conjeturas que se convierten fácilmente en leyendas. Se corre que, para intimidar a los manifestantes, muchos soldados se han puesto capotes de gendarmes. Se dice que Protopopov ha mandado colocar numerosos puestos de ametralladoras en las azoteas de las casas. La comisión nombrada después de la revolución no pudo probar la existencia de estos puestos. Pero esto no quiere decir que no los hubiera. El hecho es que en esta jornada los gendarmes quedan relegados a segundo término. Ahora intervienen decisivamente las tropas, a quienes se da la orden de disparar, y los soldados, sobre todo los regimientos de las escuelas de suboficiales, disparan. Según los datos oficiales, en esta jornada los muertos llegaron a 40, contándose otros tantos heridos, sin incluir los que fueron retirados por la multitud. La lucha entra en su fase decisiva. ¿Se replegarán las masas ametralladas sobre sus suburbios? No; no se replegarán, pues quieren conseguir lo que les pertenece.

El Petersburgo burgués, burocrático, liberal, está asustado. El presidente de la Duma imperial, Rodzianko, exige que se envíen del frente tropas de confianza; luego “lo pensó mejor” y recomendó al ministro de la Guerra, Beliaiev, que dispersara a la multitud no con descargas, sino con mangas de riego, poniendo en acción al Cuerpo de bomberos. Beliaiev, después de consultar la cosa con el general Jabatov, contestó que el agua produciría resultados contraproducentes, “pues el agua lo que hace es excitar”. Véase cómo los elementos dirigentes liberalburocráticos policiacos se entretenían en debates acerca de la ducha fría y caliente para el pueblo insurreccionado. Los informes policiacos de este día demuestran que el agua no bastaba: “Durante los disturbios se observaba como fenómeno general la actitud extremadamente provocativa de los revoltosos frente a la fuerza pública, contra la cual la multitud arrojaba piedras y pedazos de hielo. Cuando las tropas hacían disparos al aire, la multitud no sólo no se dispersaba, sino que acogía las descargas con risas. Fue necesario disparar de veras para disolver los grupos, pero los revoltosos, en su mayoría, se escondían en los patios de las casas vecinas, y cuando cesaban las descargas salían otra vez a la calle.” Este informe policiaco atestigua la temperatura extraordinariamente alta de las masas en aquellos días. Es poco verosímil, sin embargo, que la multitud empezase por propia iniciativa a bombardear a las tropas con piedras y pedazos de hielo; esto contradice demasiado la sicología de los rebeldes y su táctica de prudencia con respecto a las tropas. El informe, atento a justificar las matanzas en masa, no describe las cosas tal y como sucedieron en la realidad. Pero el hecho fundamental está expresado con bastante exactitud y perfecta claridad: la masa no quiere ya retroceder, resiste con furor optimista, no abandona el campo ni aun después de las descargas y se agarra no a la vida, sino a las piedras, al hielo. La multitud exasperada demuestra una intrepidez loca. Esto se explica por el hecho de que, a pesar de las descargas, no pierde la confianza en las tropas. Tiene fe en el triunfo y quiere obtenerlo a toda costa.

La presión de los obreros sobre las tropas se intensifica conforme aumenta la presión sobre ella por las autoridades. La guarnición de Petrogrado se ve decididamente arrastrada por los acontecimientos. La fase de expectativa, que se mantuvo casi tres días y durante la cual el principal contingente de la guarnición puedo conservar una actitud de amistosa neutralidad ante los revolucionarios, tocaba a su fin: “¡Dispara sobre el enemigo!”, ordena la monarquía. “¡No dispares contra tus hermanos y hermanas!”, gritan los obreros y las obreras. Y no sólo esto, sino: “¡Únete a nosotros!” En las calles y en las plazas, en los puentes y en las puertas de los cuarteles, se desarrollaba una pugna ininterrumpida, a veces dramática y a veces imperceptible, pero siempre desesperada, en torno al alma del soldado. En esta pugna, en estos agudos contactos entre los obreros y obreras y los soldados, bajo el crepitar ininterrumpido de los fusiles y de las ametralladoras, se decidía el destino del poder, de la guerra y del país.

El ametrallamiento de los manifestantes acentúa la sensación de inseguridad en las filas de los dirigentes. Las proporciones que toma el movimiento empiezan a parecer peligrosas. En la reunión celebrada por el Comité de Viborg el día 26 por la tarde, es decir, doce horas antes de decidirse el triunfo, llegó a hablarse de sí no era venido el momento de aconsejar que se pusiese fin a la huelga. Esto podrá parecer sorprendente, pero no tiene nada de particular, pues en estos casos es mucho más fácil reconocer la victoria al día siguiente que la víspera. Además, el estado de ánimo sufre constantes alteraciones bajo la presión de los acontecimientos y de las noticias. Al decaimiento sucede rápidamente una exaltación de espíritu. De la valentía de un Kajurov o de un Chugurin no puede dudarse, pero en algunos momentos se sienten cohibidos por el sentimiento de responsabilidad para con las masas. Entre los obreros de filas hay menos vacilaciones. El agente de la Ocrana, Churkanov, que estaba bien informado, y que desempeñó un gran papel en la organización bolchevique, se expresa en los términos siguientes, en los informes que cursa a sus jefes, hablando del estado de ánimo de los obreros: “Comoquiera que las tropas no oponían obstáculo alguno a la multitud y en algunos casos se han convencido de su impunidad, y ahora, cuando, después de haber circulado sin obstáculos por las calles, los elementos revolucionarios han lanzado los gritos de “¡Abajo la guerra!” y “¡Abajo la autocracia!”, el pueblo tiene la certeza de que ha empezado la revolución, de que el triunfo de las masas está asegurado, de que la autoridad es impotente para aplastar el movimiento, puesto que las tropas están a su lado; de que el triunfo decisivo está próximo, ya que aquéllas se pondrán abiertamente, de un momento a otro, al lado de las fuerzas revolucionarias: de que el movimiento iniciado no irá a menos, sino que, lejos de eso, crecerá ininterrumpidamente, hasta lograr el triunfo completo e imponer el cambio de régimen.” Este resumen es notable por su concisión y elocuencia. El informe representa de por sí un documento histórico de gran valor, lo cual no obsta, naturalmente, para que los obreros triunfantes fusilen a su autor en cuanto lo cogen.

Los confidentes, cuyo número era enorme, sobre todo en Petrogrado, eran los que más temían el triunfo de la revolución. Estos elementos mantienen su política propia: en las reuniones bolcheviques, Churkanov sostiene la necesidad de emprender las acciones más radicales; en sus informes a la Ocrana, aconseja el empleo decidido de las armas. Es posible que Churkanov, persiguiendo este objetivo, tendiera incluso a exagerar la confianza de los obreros en el triunfo. Pero en lo esencial sus informes reflejaban la verdad, y pronto los acontecimientos vinieron a confirmar su apreciación.

Los dirigentes de ambos campos vacilaban y conjeturaban, pues nadie podía medir a priori la proporción de fuerzas. Los signos exteriores perdieron definitivamente su valor de criterios de medida: no hay que olvidar que uno de los rasgos principales de toda crisis revolucionaria consiste precisamente en la aguda contradicción entre la nueva conciencia y los viejos moldes de las relaciones sociales. La nueva correlación de fuerzas anidaba misteriosamente en la conciencia de los obreros y soldados. Pero precisamente el tránsito del gobierno a la ofensiva de las masas revolucionarias hizo que la nueva correlación de fuerzas pasara de su estado potencial a un estado real. El obrero miraba ávida e imperiosamente a los ojos del soldado, y éste rehuía, intranquilo e inseguro, su mirada: esto significaba que el soldado no respondía ya de sí. El obrero se acercaba a él valerosamente. El soldado, sombría, pero no hostilmente, más bien sintiéndose culpable, guardaba silencio, y, a veces, contestaba con una serenidad forzada para ocultar los latidos inquietos de su corazón. Está operándose en él una gran transformación. El soldado se libraba a todas luces del espíritu cuartelero sin que él mismo se diera cuenta de ello. Los jefes decían que el soldado estaba embriagado por la revolución; al soldado le parecía, por el contrario, que iba volviendo en sí de los efectos del opio del cuartel. Y así se iba preparando el día decisivo, el 27 de febrero.

Sin embargo, ya la víspera tuvo lugar un hecho que, a pesar de su carácter episódico, proyecta vivísima luz sobre los acontecimientos del 26 de febrero: al atardecer se sublevó la cuarta compañía del regimiento imperial de Pavlovski. En el informe dado por el inspector de policía se indica de un modo categórico la causa de la sublevación: “La indignación producida por el hecho de que un destacamento de alumnos del mismo regimiento, apostado en la Nevski, disparara contra la multitud.” ¿Quién informó de esto a la cuarta compañía? Por una verdadera casualidad, se han conservado datos acerca de esto. Cerca de las dos de la tarde acudió a los cuarteles del citado regimiento un grupo de obreros, que dieron cuenta atropelladamente a los soldados de las descargas de la Nevski. “Decid a los compañeros que los soldados del Pavlovski disparan también contra nosotros. Los hemos visto en la Nevski con vuestro uniforme.” Era un reproche cruel y un llamamiento inflamado. “Todos estaban desconcertados y pálidos.” La semilla cayó en tierra fértil. Hacia las seis de la tarde, la cuarta compañía abandonó, por iniciativa propia, el cuartel bajo el mando de un suboficial -¿quién era? Su nombre ha desaparecido, sin dejar huella, entre tantos otros cientos y miles de nombre heroicos- y se dirigió a la Nevski para retirar a los soldados que habían disparado. No estamos ante una sublevación de soldados provocada por el rancho, sino ante un acto de alta iniciativa revolucionaria. Durante el trayecto. la compañía tuvo una escaramuza con un escuadrón de gendarmes, contra el cual disparó, matando a un agente e hiriendo a otro. Desde aquí, ya no es posible seguir el rastro de la intervención de los soldados insurrectos en el torbellino de las calles. La compañía regresó al cuartel y puso en pie a todo el regimiento. Pero las armas habían sido escondidas; sin embargo, según algunos informes, los soldados lograron apoderarse de treinta fusiles. No tardaron en verse cercados por tropas del regimiento de Preobrajenski; diecinueve soldados fueron detenidos y encerrados en la fortaleza, los restantes se rindieron. Según otros informes, esa noche faltaron del cuartel veintiún soldados con fusiles. ¡Peligrosa escapada! Esos veintiún soldados buscarán durante toda la noche aliados y defensores. Sólo el triunfo de la revolución puede salvarlos. Seguramente que los obreros se enterarían por ellos de lo sucedido. Buen presagio para los combates del día siguiente. Nabokov, uno de los jefes liberales más destacados, cuyas verídicas Memorias parecen algunos pasajes el diario de su partido y de su clase, regresó a su casa a la una de la noche, a pie, por las calles oscuras e intranquilas, “alarmado y lleno de sombríos presentimientos”. Es posible que, en una de las encrucijadas, tropezara con un soldado fugitivo, y que, tanto el uno como el otro, se apresuraran a irse cada cual por su lado, puesto que nada tenían que decirse. En los barrios obreros y en los cuarteles, unos vigilaban o discutían la situación, otros dormían con el sueño ligero del vivac y presentían, en un delirio febril, el día de mañana, y allí entre los obreros, el soldado fugitivo halló refugio.

¡Qué pobreza la de las crónicas de las acciones de Febrero, aun comparada con los escasos documentos que poseemos de las jornadas de Octubre! En octubre, los revolucionarios actuaban capitaneados día tras día por el partido; en los artículos, manifiestos y actas del mismo aparece consignado, aunque no sea más que el curso externo de la lucha. No así en febrero. Las masas no están sometidas casi a ninguna dirección organizada. Los periódicos, con su personal en huelga, permanecieron mudos. Las masas hacían su historia, sin poder pararse a escribirla. Es casi imposible restablecer el cuadro vivo de los acontecimientos que se desarrollaron por aquellos días en las calles. Gracias que podamos reconstituir las líneas generales de su desarrollo exterior y esbozar sus leyes internas.

El gobierno, que aún no se había dejado arrebatar el aparato del poder, seguía los acontecimientos peor incluso que los partidos de izquierda, que, como sabemos, distaban mucho de estar a la altura de las circunstancias. Después de las “eficaces” descargas del 26, los ministros por un momento se tranquilizaron. En la madrugada del 27, Protopopov anunció que, según los informes recibidos, “una parte de los obreros se proponen reanudar el trabajo”. Los obreros no pensaban, ni por asomo, en reintegrarse a las fábricas. Las descargas y los fracasos de la víspera no han descorazonado a las masas. ¿Cómo se explica esto? Evidentemente, los factores negativos se han convertido en positivos. Las masas invaden las calles, establecen contacto con el enemigo, ponen amistosamente la mano en la espalda de los soldados, se deslizan por entre las patas de los caballos, atacan, se dispersan, dejan cadáveres tendidos en las bocacalles; de vez en cuando, se apoderan de armas, transmiten noticias, recogen rumores y se convierten en un ser colectivo dotado de innumerables ojos, oídos y tentáculos. Cuando por la noche, después de la lucha, vuelven a sus casas, a los barrios obreros, las masas hacen el resumen de las impresiones del día, y, dejando a un lado lo secundario y accidental, sacan de ellas las conclusiones correspondientes. En la noche del 26 al 27 estas conclusiones fueron, sobre poco más o menos, las notificadas a sus superiores por el confidente Churkanov.

Por la mañana del día siguiente los obreros afluyen nuevamente a las fábricas y, en asambleas generales, deciden proseguir la lucha. Se siguen destacando por su decisión, como siempre, los trabajadores de Viborg. También en los demás barrios transcurren en medio del mayor entusiasmo los mítines matinales. ¡Proseguir la lucha! Pero, ¿qué significa esto, hoy? La huelga general ha derivado en manifestaciones revolucionarias de masas inmensas, y las manifestaciones se han traducido en choques con las tropas. Seguir la lucha hoy equivale a proclamar el alzamiento armado. Pero este llamamiento no lo ha lanzado nadie, no ha sido puesto a la orden del día por el partido revolucionario: es una consecuencia inexorable de los propios acontecimientos.

El arte de conducir revolucionariamente a las masas en los momentos críticos consiste, en nueve décimas partes, en saber pulsar el estado de ánimo de las propias masas, y así como Kajurov observaba las guiñadas de los cosacos, la gran fuerza de Lenin consistía en su inseparable capacidad para tomar el pulso a la masa y saber cómo sentía. Pero Lenin no estaba aún en Petrogrado. Los estados mayores “socialistas” públicos y semipúblicos, los Kerenski, los Cheidse, los Skobelev y cuantos los rodeaban, preferían hacer amonestaciones de toda índole y resistir al movimiento. El estado mayor central bolchevista, compuesto por Schliapnikov, Zalutski y Mólotov, reveló en aquellos días una impotencia y una falta de iniciativa asombrosas. De hecho, las barriadas obreras y los cuarteles estaban abandonados a sí mismos. Hasta el día 26 no apareció el primer manifiesto a los soldados, lanzado por una de las organizaciones socialdemócratas, afín a los bolcheviques. Este manifiesto, que tenía un carácter muy indeciso y ni siquiera hacía un llamamiento a los soldados para que se pusieran al lado del pueblo, empezó a repartirse por todos los barrios el día 27 por la mañana. “Sin embargo -atestigua Fureniev, uno de los directivos de la organización-, los acontecimientos revolucionarios se desarrollaban con tal rapidez, que nuestras consignas llegaban ya con retraso. En el momento en que las hojas llegaban a manos de los soldados, éstos entraban ya en acción.”

Por lo que al centro bolchevique se refiere, conviene advertir que, hasta el día 27 por la mañana, Schliapnikov no se decidió a escribir, a instancias de Chugurin, uno de los mejores caudillos obreros de las jornadas de febrero, un manifiesto dirigido a los soldados. ¿Fue impreso ese manifiesto? En todo caso, vería la luz cuando su eficacia era ya nula. En modo alguno pudo tener influencia sobre los sucesos del día 27. No hay más remedio que dejar sentado que, por regla general, en aquellos días los dirigentes, cuanto más altos estaban, más a la zaga de las cosas iban.

Y, sin embargo, el alzamiento, a quien nadie llamaba por su nombre, estaba a la orden del día. Los obreros tenían concentrados todos sus pensamientos en las tropas. ¿Será posible que no logremos moverlas? Hoy, la agitación dispersa ya no basta. Los obreros de Viborg organizan un mitin en el cuartel del regimiento de Moscú. La empresa fracasa. A un oficial o a un sargento no le es difícil manejar una ametralladora. Un fuego graneado pone en fuga a los obreros. La misma tentativa se efectúa también sin éxito en el cuartel del regimiento de reserva. Entre los obreros y los soldados se interponen los oficiales apuntando con la ametralladora. Los caudillos obreros y los soldados, exasperados, buscan armas, se las piden al partido; éste les contesta: las armas las tienen los soldados, id a buscarlas allí. Esto ya lo saben ellos. Pero, ¿cómo conseguirlas? ¿No se echará todo a perder? Así, la lucha iba llegando a su punto crítico. O la ametralladora barre la insurrección, o la insurrección se apodera de la ametralladora. En sus Memorias, Schliapnikov, figura central en la organización bolchevique petersburguesa de aquel entonces, cuenta que cuando los obreros reclamaban armas, aunque no fuera más que revólveres, les contestaban con una negativa, mandándolos a los cuarteles. De este modo querían evitar choques sangrientos entre los obreros y los soldados, cifrando todas las esperanzas en la agitación, es decir, en la conquista de los soldados por la palabra y el ejemplo. No conocemos testimonios que confirmen o refuten esta declaración de uno de los caudillos preeminentes de aquellos días, y que más bien acredita miopía que clarividencia. Mucho más sencillo hubiera sido reconocer que los dirigentes no disponían de armas.

Es indudable que, al llegar a una determinada fase, el destino de toda revolución se resuelve por el cambio operado en la moral del ejército. Las masas populares inermes, o poco menos, no podrían arrancar el triunfo si hubiesen de luchar contra una fuerza militar numerosa, disciplinada, bien armada y diestramente dirigida. Pero toda profunda crisis nacional repercute, por fuerza, en grado mayor o menor, en el ejército; de este modo, a la par con las condiciones de una revolución realmente popular, se prepara asimismo la posibilidad -no la garantía, naturalmente- de su triunfo. Sin embargo, el ejército no se pasa nunca al lado de los revolucionarios por propio impulso, ni por obra de la agitación exclusivamente. El ejército es un conglomerado, y sus elementos antagónicos están atados por el terror de la disciplina. Aun en vísperas de la hora decisiva, los soldados revolucionarios ignoran la fuerza que representan y su posible influencia en la lucha. También son un conglomerado, naturalmente, las masas populares. Pero éstas tienen posibilidades incomparablemente mayores de someter a prueba la homogeneidad de sus filas en el proceso de preparación de la batalla decisiva. Las huelgas, los mítines, las manifestaciones, tienen tanto de actos de lucha como de medios para medir la intensidad de la misma. No toda la masa participa en el movimiento de huelga. No todos los huelguistas están dispuestos a dar la batalla. En los momentos más agudos, se echan a la calle los más decididos. Los vacilantes, los cansados, los conservadores, se quedan en casa. Aquí, la selección revolucionaria se efectúa orgánicamente, haciendo pasar a los hombres por el tamiz de los acontecimientos. En el ejército, las cosas no ocurren del mismo modo. Los soldados revolucionarios, los simpatizantes, los vacilantes, los hostiles, permanecen ligados por una disciplina impuesta, cuyos hilos se hallan concentrados, hasta el último momento, en manos de la oficialidad. En los cuarteles sigue pasándose revista diariamente a los soldados y se les cuenta, como siempre, por orden de las filas “primera y segunda”; pero no, pues sería imposible, por orden de filas “revoltosas” y “adictas”.

El momento psicológico en que los soldados se pasan a la revolución se halla preparado por un largo proceso molecular, el cual tiene, como los procesos naturales, su punto crítico. Pero, ¿cómo determinarlo? Cabe muy bien que las tropas estén perfectamente preparadas para unirse al pueblo, pero que no reciban el necesario impulso del exterior: los dirigentes revolucionarios no creen aún en la posibilidad de traer a su lado al ejército, y dejan pasar el momento del triunfo. Después de esta insurrección, que ha llegado a la madurez, pero que se ha malogrado, puede producirse en las tropas una reacción; los soldados pierden la esperanza que había alimentado su espíritu. Tienden nuevamente el cuello al yugo y a la disciplina y, al verse otra vez frente a los obreros, se manifiestan ya contra los sublevados, sobre todo a distancia. En este proceso entran muchos factores difícilmente ponderables, muchos puntos convergentes, numerosos elementos de sugestión colectiva y de autosugestión; pero de toda esa compleja trama de fuerzas materiales y psíquicas se deduce, con claridad inexorable, una conclusión: los soldados, en su gran mayoría, se siente tanto más capaces de desenvainar sus bayonetas y de ponerse con ellas al lado del pueblo, cuanto más persuadidos están de que los sublevados lo son efectivamente, de que no se trata de un simple simulacro, después del cual habrán de volver al cuartel y responder de los hechos, de que es efectivamente la lucha en que se juega el todo por el todo, de que el pueblo puede triunfar si se unen a él y de que su triunfo no sólo garantizará la impunidad, sino que mejorará la situación de todos. En otros términos, los revolucionarios sólo pueden provocar el cambio de moral de los soldados en el caso de que estén realmente dispuestos a conseguir el triunfo a cualquier precio, e incluso al precio de su sangre. Pero esta decisión suprema no puede ni quiere nunca aparecer inerme.

La hora crítica del contacto entre la masa que ataca y los soldados que le salen al paso tiene su minuto crítico: es cuando la masa gris no se ha dispersado aún, se mantiene firme y el oficial, jugándose la última carta, da la orden de fuego. Los gritos de la multitud, las exclamaciones de horror y las amenazas ahogan la voz de mando, pero sólo a medias. los fusiles se mueve. La multitud avanza. El oficial encañona con su revólver al soldado más sospechoso. Ha sonado el segundo decisivo del minuto decisivo. El soldado más valeroso, en quien tiene fijas sus miradas todos los demás, cae exánime; un suboficial dispara sobre la multitud con el fusil arrebatado al soldado muerto, se cierra la barrera de las tropas; los fusiles se disparan solos, barriendo la multitud hacia los callejones y los patios de las casas. Pero, ¡cuántas veces, desde 1905, las cosas pasaban de otro modo! En el instante crítico, cuando el oficial se dispone a apretar el gatillo, surge el disparo hecho desde la multitud, que tiene sus Kajurovs y sus Chugurins, y esto basta para decidir no sólo la suerte de aquel momento, sino tal vez el de toda la jornada y aun el de toda la insurrección.

El fin que se proponía Schliapnikov: evitar los choques de los obreros con las tropas no dando armas a los revoltosos, era irrealizable. Antes de que se llegara a los choques con las tropas tuvieron lugar innumerables encuentros con los gendarmes. La lucha en las calles se inició con el desarme de los odiados “faraones”, cuyos revólveres pasaban a las manos de los revolucionarios. En sí mismo, el revólver es un arma débil, casi de juguete, contra los fusiles, las ametralladoras y los cañones del enemigo. Pero, ¿estaban éstos realmente en sus manos? Para comprobarlo, los obreros exigían armas. Es ésta una cuestión que se resuelve en el terreno psicológico. Pero tampoco en las insurrecciones los procesos psicológicos son fácilmente separables de los materiales. El camino que conduce al fusil del soldado pasa por el revólver arrebatado al “faraón”.

La crisis psicológica por que atravesaban los soldados era, en aquellos momentos, menos activa, pero no menos profunda que la de los obreros. Recordemos nuevamente que la guarnición estaba formada principalmente por batallones compuestos de muchos miles de reservistas destinados a cubrir las bajas de los regimientos que se hallaban en el frente. Estos hombres, padres de familia en su mayoría, veíanse ante el trance de ir a las trincheras cuando la guerra estaba ya perdida y el país arruinado. Estos hombres no querían la guerra, anhelaban volver a sus casas, restituirse a sus quehaceres; sabían muy bien lo que pasaba en palacio y no sentían el menor afecto por la monarquía; no querían combatir contra los alemanes, y menos aún contra los obreros petersburgueses; odiaban a la clase dirigente de la capital, que se entregaba a los placeres durante la guerra; además, entre ellos había obreros con un pasado revolucionario que sabían dar una expresión concreta a este estado de espíritu.

La misión consistía en encauzar este descontento profundo, pero latente aún, de los soldados, hacia la acción revolucionaria, franca y abierta o, por lo menos, en un principio, hacia la neutralidad. El tercer día de lucha, los soldados perdieron definitivamente la posibilidad de mantenerse en una posición de benévola neutralidad ante la insurrección. Hasta nosotros llegaron únicamente reminiscencias secundarias de lo sucedido en aquellas dos horas, por lo que al contacto entre los obreros y los soldados se refiere. Hemos visto cómo la víspera los obreros fueron a quejarse amargamente ante los soldados del regimiento de Pavlovski, y la conducta de un destacamento de alumnos. Escenas, conversaciones, reproches y llamamientos análogos ocurrían en todos los ámbitos de la ciudad. Los soldados no podían seguir vacilantes. Ayer les habían obligado a disparar. Hoy volverían a obligarles a lo mismo. Los obreros no se rinden, no retroceden, quieren conseguir lo que les pertenece, aunque sea bajo una lluvia de plomo, y con ellos están las obreras, las esposas, las madres, las hermanas, las novias. ¿No es ésta, acaso, la hora aquella de que tan a menudo se hablaba, cuchicheando, en los rincones?: “Y si nos uniéramos todos?” Y en el momento de las torturas supremas, del miedo insuperable ante el día que se avecina, henchidos de odio contra aquellos que les imponen el papel de verdugos, resuenan en el cuartel las primeras voces de indignación manifiesta, y en estas voces anónimas todo el cuartel se ve retratado, aliviado y exaltado a sí mismo. Así amaneció sobre Rusia el día del derrumbamiento de la monarquía de los Romanov.

En la reunión celebrada por la mañana en casa del incansable Kajurov, a la cual acudieron hasta cuarenta representantes de las fábricas, la mayoría se pronunció por llevar adelante el movimiento. La mayoría, pero no todos. Es lástima que no se conserve testimonio de la proporción de votos. Pero no eran aquéllos momentos de actas. Por lo demás, el acuerdo llegó con retraso: la Asamblea se vio interrumpida por la noticia fascinadora de la sublevación de los soldados y de que habían sido abiertas las puertas de las cárceles. “Churkanov besó a todos los presentes.” Fue el beso de Judas, pero éste no precedía, por ventura, a una crucifixión.

Desde la mañana se fueron sublevando, uno tras otro, al ser sacados de los cuarteles, los batallones de reserva de la Guardia, continuando el movimiento que en la víspera había iniciado la cuarta compañía del regimiento de Pavlovski. Este grandioso acontecimiento de la historia humana sólo ha dejado una huella pálida y tenue en los documentos, crónicas y Memorias. Las masas oprimidas, aun cuando se leven hasta las cimas mismas de la creación histórica, cuentan poco de sí mismas y aún se acuerdan menos de consignar sus recuerdos por escrito. Y la exaltación del triunfo esfuma luego el trabajo de la memoria. Conformémonos con lo que hay.

Los primeros que se sublevaron fueron los soldados del regimiento de Volinski. Ya a las siete de la mañana, el comandante del batallón llamó a Jabalov por teléfono, para comunicarle la terrible noticia, el destacamento de alumnos, esto es, las fuerzas que se creían más adictas y se destinaban a sofocar el movimiento, se habían negado a salir; el jefe había sido muerto o se había suicidado antes los soldados: sin embargo, esta segunda versión fue abandonada en seguida. Quemando los puentes tras de sí, los soldados de Volinski se esforzaron en ampliar la base de la sublevación, que era lo único que podía salvarles. Con este fin se dirigieron a los cuarteles de los regimientos de Lituania y Preobrajenski, situados en las inmediaciones, “llevándose” a los soldados, del mismo modo que los huelguistas sacan a los obreros de las fábricas. Poco después, Jabalov recibía la noticia de que los soldados del regimiento de Volinski no sólo no entregaban los fusiles, como había ordenado el general, sino que, unidos a los soldados de los regimientos de Preobrajenski y de Lituania, y lo que era aún más terrible, “unidos a los obreros”, habían destruido el cuartel de la división de gendarmes. Esto atestigua que la experiencia por que habían pasado el día antes los soldados del regimiento de Pavlovski no había sido estéril: los sublevados habían encontrado caudillos y, al mismo tiempo, un plan de acción.

En las primeras horas de la mañana del día 27, los obreros se imaginaban la consecución de los fines de la insurrección mucho más lejana de lo que estaba en realidad. Para decirlo más exactamente, sólo veían la consecución de estos fines como una remota perspectiva, cuando en sus nueve décimas partes se hallaban ya alcanzados. La presión revolucionaria de los obreros sobre los cuarteles coincidió con el movimiento revolucionario de los soldados en las calles. En el transcurso del día, estas dos poderosas avalanchas se unen formando un todo, para arrastrar, primero el tejado, después los muros y luego los cimientos del viejo edificio. Chugurin fue uno de los primeros que se presentó en el local de los bolcheviques con un fusil en la mano y la espalda cruzada por una cartuchera, “sucio, pero radiante y triunfal”. ¡La cosa no era para menos! ¡Los soldados se pasan a nuestro lado con las armas en la mano! En algunos sitios, los obreros han conseguido unirse a los soldados, penetrar en los cuarteles, obtener fusiles y cartuchos. Los obreros de Viborg, y con ellos la parte más decidida de los soldados, han esbozado el plan de acción: apoderarse de las comisarías de policía, en las cuales se han concentrado los gendarmes armados, desarmar a todos los jefes de policía; liberar a los obreros detenidos y a los presos políticos encerrados en las cárceles; destruir los destacamentos gubernamentales de la ciudad, unirse a los soldados que no se han sublevado aún y a los obreros de las demás barriadas.

El regimiento de Moscú se adhirió a la insurrección, no sin luchas intestinas. Es sorprendente que estas luchas fueran tan poco considerables en otros regimientos. Los elementos monárquicos, impotentes, quedaban separados de la masa, se escondían por los rincones o se apresuraban a cambiar de casaca. “A las dos de la tarde -recuerda el obrero Koroliev-, al salir el regimiento de Moscú, nos armamos… Cogimos cada uno un revólver y un fusil, nos unimos a un grupo de soldados que se nos acercó (algunos de ellos rogaron que les mandáramos y les indicáramos que tenían que hacer), y nos dirigimos a la calle Tichvinskaya, para abrir el fuego contra la comisaría de policía.” Véase, pues, cómo los obreros indicaban a los soldados lo que tenían que hacer, sin un instante de vacilación.

Una tras otra, llegaba jubilosas noticias de victoria. ¡Los revolucionarios estaban en posesión de automóviles blindados! Con las banderas rojas desplegadas, estos autos sembraban el pánico entre los que aún no se habían sometido. Ahora ya no era necesario deslizarse por entre las patas de los caballos de los cosacos. La revolución está en pie en toda su magnitud.

Hacia el mediodía, Petrogrado vuelve a convertirse en un campo de operaciones: por todas partes se oyen disparos de fusilería y ametralladoras. No siempre es posible concretar quién dispara contra quién. Lo único que puede afirmarse es que se tirotean el pasado y el futuro. Es frecuente también el tiroteo sin objetivo: se disparaba, sencillamente, con los revólveres adquiridos inesperadamente. Ha sido saqueado el arsenal. “Se dice que se han repartido algunas decenas de miles de Brownings.” De la Audiencia y de las comisarías de policía incendiadas se elevan al cielo columnas de humo. En algunos puntos, las escaramuzas y los tiroteos se convierten en verdaderas batallas. En la perspectiva Sampsonovski, los obreros se acercan a las barracas ocupadas por los motociclistas, una parte de los cuales se agrupa en las puertas. “¿Qué hacéis aquí parados, compañeros?” Los soldados sonríen, “con una sonrisa que no promete nada bueno”, atestigua uno de los beligerantes, y permanecen callados. Los oficiales ordenan groseramente a los obreros que sigan su camino. Los motociclistas, lo mismo que los soldados de Caballería, fueron durante las revoluciones de Febrero y de Octubre los cuerpos más conservadores de todo el ejército. Pronto se agrupan ante la verja un tropel de obreros y soldados revolucionarios. ¡Hay que sacar de ahí al batallón sospechoso! Alguien comunica que ha sido pedido un automóvil blindado; de otro modo, es poco probable que se pueda sacar de su guarida a los motociclistas, que se han artillado apostando ametralladoras. Pero la masa no sabe esperar: se muestra impaciente e intranquila, y en su impaciencia tiene razón. Suenan los primeros tiros disparados por ambas partes, pero la valla de tablas que separa a lo soldados de la revolución, estorba. Los atacantes deciden destruirla. Un trozo es derribado, al resto le pegan fuego, Aparecen las barracas, que son cerca de una veintena. Los motociclistas se concentran en dos o tres. Las otras son inmediatamente incendiadas. Seis años después Kajurov registra el recuerdo: “Las barracas ardiendo y la valla que las rodeaba derribada, el fuego de las ametralladoras y los fusiles, los rostros agitados de los sitiadores, el camión lleno de revolucionarios armados que se acerca a toda marcha, y finalmente, el automóvil blindado que llega, con sus bruñidos cañones, ofrecían un espectáculo magnífico e inolvidable.” La vieja Rusia zarista, eclesiástico-policíaca, se consumía en el incendio de las barracas y las vallas, desaparecía entre el fuego y el humo, ahogándose en el tiroteo de las ametralladoras. ¿Cómo no habían de exaltarse los Kajurov, las decenas, los centenares, los miles de Kajurovs? El automóvil hizo algunos disparos de cañón contra la barraca en que se habían refugiado los oficiales y los motociclistas. El comandante de los sitiados resultó muerto; los oficiales, quitándose las charreteras y los emblemas, se fugaron por huertas adyacentes; los demás se rindieron. Fue probablemente la refriega más importante de la jornada.

Entretanto la sublevación militar tomaba un carácter epidémico. Las únicas que no la secundaban eran ya las fuerzas que no habían tenido tiempo de hacerlo. Al atardecer se sumaron al movimiento los soldados del regimiento de Semenov, famoso por la salvaje represión del alzamiento de Moscú, en 1905. ¡Los once años pasados desde entonces no habían pasado en vano! Los soldados del regimiento de Semenov, unidos a los cazadores, sacaron a la calle, ya entrada la noche, a los del regimiento de Ismail, a quienes los jefes mantenían encerrados en los cuarteles: este regimiento, que cercó y detuvo el 3 de diciembre de 1905 al primer soviet de Petrogrado, seguía siendo considerado como uno de los más reaccionarios. La guarnición del zar en la capital, que contaba con ciento cincuenta mil soldados, se iba fundiendo, derritiéndose, desaparecía por momentos. Por la noche, ya no existía.

Después de las noticias recibidas por la mañana acerca de la sublevación de los regimientos, Jabalov todavía intenta resistir, mandando contra los sublevados un destacamento formado por elementos diversos, de cerca de mil hombres, con las instrucciones más draconianas. Pero la suerte de este destacamento toma un giro misterioso. “En estos días sucede algo incomprensible -cuenta después de la revolución el incomparable Jabalov-, el destacamento avanza con oficiales valientes y decididos a la cabeza -alude al coronel Kutepov-; pero…¡sin resultado alguno!” Las compañías mandadas tras ese destacamento desaparecen también sin dejar huella. El general empieza a formar reservas en la plaza de Palacio, pero “faltaban cartuchos y no había de dónde sacarlos.” Entresacamos todo esto de las declaraciones de Jabalov ante la Comisión investigadora del gobierno provisional. Pero ¿dónde fueron a parar, en fin de cuentas, los destacamentos destinados a sofocar la insurrección? No es difícil adivinarlo: se vieron inmediatamente absorbidos por esta última. Los obreros, las mujeres, los muchachos, los soldados sublevados, rodeaban a los destacamentos de Jabalov por todos lados, considerándolos como suyos o esforzándose por conquistarlos, y no les daban la posibilidad de moverse como no fuera uniéndose a la inmensa multitud. Luchar con esta masa que se había adherido a los soldados, que ya no temía nada, que era inagotable, que se metía en todas partes, era tan imposible como batirse en medio de una masa de levadura.

Simultáneamente con las continuas informaciones relativas a las sublevaciones de nuevos regimientos, llegaban demandas de tropas de confianza para reprimir la insurrección, para guardar la central telefónica, el palacio de Lituania, el palacio de Marinski y otros sitios aún más sagrados, Jabalov pidió por teléfono que se mandaran tropas de confianza de Kronstadt, pero el comandante contestó que el mismo temía por la seguridad de la fortaleza. Jabalov ignoraba todavía que la sublevación se había extendido a las guarniciones vecinas. El general intentó o simuló intentar convertir el Palacio de Invierno en reducto, pero el plan hubo de abandonarse en seguida por irrealizable, y el último puñado de tropas “adictas” pasó al Almirantazgo. Allí, el dictador se preocupó, finalmente, de realizar la cosa más importante e inaplazable: imprimir, para ser publicado, los dos últimos decretos del gobierno, sobre la dimisión de Protopopov por “motivos de salud” y sobre la declaración del estado de sitio en Petrogrado. Este último decreto corría, en efecto, mucha prisa, pues pocas horas después, el ejército de Jabalov levantaba “el sitio” de Petrogrado y huía del Almirantazgo para refugiarse en sus casas. Sólo por desconocimiento de la realidad la revolución no detuvo el día 27 por la noche a aquel general dotado de atribuciones terribles, pero que ya no tenía nada de terrible. Se hizo al día siguiente, sin ninguna dificultad.

¿Pero es posible que sea ésta toda la resistencia que ofrezca la terrible Rusia zarista ante el peligro mortal? Sí, casi todo, a pesar de la gran experiencia acumulada en lo que a las represiones contra el pueblo se refería, y a pesar de los planes de represión, tan concienzudamente elaborados. Más tarde, los monárquicos, al volver en sí, explicaron la facilidad de la victoria del pueblo en Febrero, por el carácter especial de la guarnición de Petrogrado. Pero todo el curso ulterior de la revolución desmiente este razonamiento. Es verdad que, ya a principios del año fatal, la camarilla sugería al zar la conveniencia de renovar la guarnición de la capital. El zar se dejó convencer sin trabajo de que la caballería de la Guardia, que era considerada como muy adicta, había “permanecido bastante tiempo en el fuego” y merecía que se le diese descanso en sus cuarteles de Petrogrado. Sin embargo, accediendo a respetuosas indicaciones del frente, el zar sustituyó a los cuatro regimientos de la caballería de la Guardia por tres dotaciones de Marina de la Guardia. Según la versión de Protopopov, la sustitución se llevó a cabo sin el consentimiento del zar, con una intención pérfida por parte del mando. “Los marineros son, en su mayoría, obreros, y representan el elemento más revolucionario del ejército.” Pero esto es un absurdo evidente. Lo que ocurrió era, sencillamente, que la alta oficialidad de la Guardia, sobre todo la de caballería, hacía una carrera demasiado brillante en el frente para que tuviera ningún deseo de retornar al interior. Además, tenía que pensar, no sin miedo, en las funciones represivas que se les asignaba a la cabeza de regimientos que en el frente habían sufrido una completa transformación. Como no tardaron en demostrar los acontecimientos del frente, la Guardia montada no se distinguía ya, en aquel entonces, del resto de la Caballería, y los marinos de la Guardia trasladados a la capital no desempeñaron ningún papel activo en la revolución de Febrero. La verdadera causa estribaba en que la trama toda del régimen estaba podrida y no tenía ni un solo hilo sano…

En el transcurso del día 27 fueron puestos en libertad por la multitud, sin que hubiera ninguna víctima, los detenidos políticos de las numerosas cárceles de la capital, entre ellos el grupo patriótico del Comité industrial de guerra, detenido el 26 de enero, y los miembros del Comité petersburgués de los bolcheviques, encarcelados por Jabalov cuarenta horas antes. A las mismas puertas de la cárcel se dividen los caminos políticos: los patriotas mencheviques se dirigen hacia la Duma, donde se reparten los papeles y los cargos; los bolcheviques se van a las barriadas, al encuentro de los obreros y los soldados, a fin de dar cima con ellos a la conquista de la capital. No se puede dejar respiro al enemigo. Las revoluciones exigen, más que ninguna otra cosa, remate y coronación.

No se puede precisar quién sugirió la idea de conducir al palacio de Táurida a los regimientos sublevados. Esta ruta política era una consecuencia lógica de la situación. Todos los elementos radicales no incorporados a las masas sentíanse, naturalmente, atraídos hacia este palacio, en que se concentraban todos los informes de la oposición. Es muy verosímil que precisamente estos elementos, que sintieron súbitamente el día 27 la afluencia de fuerzas vitales, desempeñasen el papel de guías de la Guardia sublevada. Este papel era honroso y ya casi no ofrecía peligro alguno. El palacio de Potemkin, por su situación, era el más apropiado para servir de centro a la revolución. El jardín de Táurida sólo estaba separado por una calle de la población militar, en que se hallaban los cuarteles de la Guardia y una serie de instituciones militares. Durante muchos años, esta parte de la ciudad había sido considerada, tanto por el gobierno como por los revolucionarios, como el reducto militar de la monarquía. Y lo era efectivamente. Pero todo había cambiado. La sublevación militar surgió, precisamente, de este sector. Los sublevados no tenían más que atravesar la calle para llegar al jardín del palacio de Táurida, separado del Neva solamente por una manzana de casas. Del otro lado del Neva se extiende la barriada de Viborg, caldera de vapor de la revolución. Los obreros no tienen más que cruzar el puente de Alejandro, y , si éste ha sido levantado, por el río helado, para ir a parar a los cuarteles de la Guardia o al palacio de Táurida. He aquí cómo este triángulo heterogéneo y contradictorio por su origen, situado en el noroeste de Petersburgo: la Guardia, el palacio de Potemkin y las fábricas gigantescas, se convierte en la plaza de armas de la revolución.

En el edificio del palacio de Táurida surgen o empiezan a dibujarse ya los distintos centros, entre ellos el estado mayor de la insurrección. No se puede decir que éste tuviera un carácter muy serio. Los oficiales “revolucionarios”, esto es, los oficiales relacionados por su pasado con la revolución, aunque no fuera más que por equívoco, pero que habían dejado pasar la insurrección, se apresuran después de la victoria a recordar su existencia, o, respondiendo al llamamiento directo de los demás, se ponen “al servicio de la revolución”. Estos elementos examinan pedantescamente la situación y menean la cabeza con gesto pesimista. Claro está, dicen, que esa masa de soldados en fermentación, muchas veces desarmados, no tiene capacidad combativa alguna. No hay ni artillería, ni ametralladoras, ni jefes. El enemigo tendría bastante con un buen regimiento sólido. Ahora, es verdad que los regimientos revolucionarios impiden toda operación sistemática en las calles. Pero, por la noche, los obreros se irán a sus casas, el habitante neutral se acostará, la ciudad quedará desierta. Si Jabalov se presenta en los cuarteles con un regimiento de confianza, puede hacerse dueño de la situación. Con esta misma idea nos hemos de encontrar luego, con distintas variantes, a través de las varias etapas de la revolución. “Dadme un regimiento de confianza, dirán más de una vez los bravos coroneles, y en un cerrar y abrir de ojos barro yo toda esa porquería.” Algunos, como veremos, lo intentarán, pero todos tendrán que repetir las palabras de Jabalov: “El destacamento ha salido con un bravo oficial a la cabeza, pero… ¡sin resultado alguno!”

No podía ser de otro modo. Los policías y los gendarmes, y con ellos los destacamentos de alumnos de algunos regimientos, constituían una fuerza suficientemente firme, pero resultaron de una insignificancia lamentable ante la presión de las masas: como resultarán impotentes, ocho meses después, los batallones de Georgui y, en octubre, los alumnos de las escuelas militares. ¿De dónde iba a sacar la monarquía ese regimiento salvador dispuesto a entablar una lucha incesante y desesperada con una ciudad de dos millones de habitantes? La revolución les parece indefensa a los coroneles, verbalmente decididos, porque es aún terriblemente caótica: por dondequiera, movimientos sin objetivo, torrentes confluentes, torbellinos humanos, figuras asombradas, capotes desabrochados, estudiantes que gesticulan, soldados sin fusiles, fusiles sin soldados, muchachos que disparan al aire, clamor de millares de voces, torbellino de rumores desenfrenados, falsas alarmas, alegrías infundadas; parece que bastaría entrar sable en mano en ese caos para destruirlo todo sin dejar rastro. Pero es un torpe error de visión. El caos no es más que aparente. Bajo este caos se está operando una irresistible cristalización de las masas en un nuevo sentido. Estas muchedumbres innumerables no han determinado aún para sí, con suficiente claridad, lo que quieren; pero están impregnadas de un odio ardiente por lo que ya no quieren. A sus espaldas se ha producido un derrumbamiento histórico irreparable ya. No hay modo de volver atrás. Aun en el caso de que hubiera quien pudiese dispersarlos, una hora después se agruparían de nuevo y el segundo ataque sería más feroz y sangriento. En las jornadas de Febrero, la atmósfera de Petrogrado se torna tan incandescente, que cada regimiento hostil que cae en esa poderosa hoguera o que sólo se acerca a ella y respira su ardiente aliento, se transforma, pierde la confianza en sí mismo, se siente paralizado y se entrega sin lucha a merced del vencedor. De esto se convencerá mañana el general Ivanov, mandado por el zar desde el frente con el batallón de los Caballeros de Giorgui. Cinco meses después correrá la misma suerte el general Kornílov, y, ocho meses más tarde, Kerenski.

Durante los días anteriores, los cosacos parecían, en las calles, los más influenciables; era así porque se les traía muy ajetreados. Pero cuando el movimiento tomó el carácter de insurrección franca, la Caballería justificó, una vez más, su reputación conservadora. El 27 conservaba aún la apariencia de neutralidad expectante. Jabalov no confiaba ya en ella, pero la revolución aún la temía.

Seguía siendo un enigma la fortaleza de Pedro y Pablo, situada en el islote bañado por el Neva, frente al palacio de Invierno y los de los grandes duques. La guarnición se hallaba, o parecía hallarse, más protegida detrás de sus muros de las influencias del mundo circundante. En la fortaleza no había artillería permanente, a no ser el viejo cañón que anunciaba a los petersburgueses el medio día. Pero hoy se han colocado en los muros cañones de campaña enfilados sobre el puente. ¿Qué se prepara allí? En el estado mayor del palacio de Táurida, por la noche, la gente se quiebra la cabeza pensando qué hacer con Pedro y Pablo, y en la fortaleza se hallan torturados por la cuestión de saber lo que la revolución hará con ellos. Por la mañana se descifra el enigma: la fortaleza se rinde al palacio de Táurida “a condición de que se respete la seguridad personal de la oficialidad.” Orientándose en la situación, lo cual no era muy difícil, los oficiales de la fortaleza se apresuran a prevenir la marcha inevitable de los acontecimientos.

El 27, por la tarde, afluyen al palacio de Táurida soldados, obreros, estudiantes, simples ciudadanos, todos los cuales confían hallar aquí a los que lo saben todo y recibir informaciones e instrucciones. De distintos puntos de la ciudad llegan al palacio verdaderas gavillas de armas, que son amontonadas en una de las habitaciones, convertida en arsenal. Por la noche, el estado mayor revolucionario emprende el trabajo, manda fuerzas para vigilar las estaciones y patrullas a todos aquellos sitios de que se puede temer algún peligro. Los soldados cumplen las órdenes del nuevo poder de buena gana y sin rechistar, aunque de un modo extraordinariamente desordenado. Lo único que exigen cada vez es la orden escrita: probablemente, la iniciativa parte de lo que queda de mando en los regimientos o de los escribientes militares. Pero tienen razón: es preciso introducir inmediatamente un orden en aquel caos. El estado mayor revolucionario, lo mismo que el soviet que acaba de surgir, no disponen aún de ningún sello. La revolución tiene que preocuparse de establecer un orden burocrático. Andando el tiempo, ha de hacerlo, ¡ay!, con exceso.

La revolución empieza la búsqueda de enemigos; por toda la ciudad se efectúan detenciones; “detenciones arbitrarias” dirán en tono de censura los liberales. Pero toda revolución es arbitraria. En el palacio de Táurida hay un desfilar constante de detenidos: el presidente del Consejo de Estado, ministros, guardias de Seguridad, agentes de la Ocrana, una marquesa “germanófila”. Verdaderas nidadas de oficiales de gendarmería. Algunos altos funcionarios, tales como Protopopov, se presentan ellos mismos y se constituyen prisioneros: con ello, piensan salir ganando. Las paredes de la sala, que conservaban todavía el eco del absolutismo, no escuchan ahora más que suspiros y sollozos -relatará, más tarde, una marquesa puesta en libertad-. Un general detenido se deja caer exhausto en una silla, a su lado. Algunos miembros de la Duma le ofrecen amablemente una taza de té. Conmovido hasta el fondo del alma, el general dice con agitación: “Marquesa, ¡asistimos a la ruina de un gran país!”

El gran país, que no se disponía a morir, pasaba por delante de aquellos ex-hombres sin hacer caso de ellos, golpeando el suelo con las botas y las culatas de los fusiles, haciendo vibrar el aire con sus gritos y dando pisotones a todo lo que encontraban a su paso. La revolución se ha distinguido siempre por su falta de urbanidad: seguramente, porque las clases dominantes no se han preocupado a su tiempo de enseñar buenas maneras al pueblo.

El palacio de Táurida se convierte en el cuartel general, en el centro gubernamental, en el arsenal, en la cárcel de una revolución que no se ha secado aún la sangre de las manos ni el sudor de la frente. En este torbellino penetran también los enemigos audaces. Se descubre casualmente a un coronel de gendarmes, disfrazado, que toma sus notas en un rincón, no para la historia, sino para los consejos sumarísimos. Los soldados y los obreros quieren matarlo en el acto. Pero los hombres del “estado mayor” intervienen y libran fácilmente al gendarme de las garras de la multitud. En aquel entonces, la revolución era aún bondadosa, generosa y crédula. Sólo será implacable después de una prolongada serie de traiciones, engaños y pruebas sangrientas.

La primera noche de la revolución victoriosa está llena de inquietudes. Los comisarios improvisados de las estaciones y de otros puntos, intelectuales en su mayoría, ligados con la revolución por sus relaciones personales -los suboficiales, sobre todo los de origen obrero, eran incomparablemente más útiles-, empiezan a ponerse nerviosos, acechan peligros por dondequiera, comunican su nerviosidad a los soldados y telefonean constantemente al palacio de Táurida exigiendo refuerzos. Allí también están agitados; telefonean, manda refuerzos que casi nunca llegan a su destino. “Los que reciben órdenes -cuenta uno de los miembros del estado mayor nocturno-, no las cumplen, los que obran, lo hacen sin haber recibido orden alguna…”

También obran sin órdenes las barriadas proletarias. Los caudillos revolucionarios que habían sacado a los obreros de las fábricas, que se habían apoderado de las comisarías, que habían echado a los regimientos a la calle y destruido los refugios de la contrarrevolución, no se apresuran a ir al palacio de Táurida, al estado mayor, a los centros dirigentes; al revés, apuntan hacia aquel sitio con ironía e incredulidad: “Esos valientes se apresuran a repartirse la piel del oso que no han matado y aún colea.” Los obreros bolcheviques y los mejores elementos obreros de los demás partidos de izquierda se pasan el día en las calles y las noches en los estados mayores de barriada, mantienen el contacto con el cuartel, preparan el día de mañana. En la primera noche del triunfo prosiguen y desarrollan la labor realizada en el transcurso de las cinco jornadas. Son la columna vertebral de la revolución en sus comienzos.

El día 27, Nabokov, miembro, a quien ya conocemos, del centro de los kadetes, que era en ese momento un desertor legalizado en el Estado Mayor general, se fue, como de costumbre, a la oficina y permaneció en ella hasta las tres sin enterarse de nada. Al atardecer, sonaron disparos en la Morskaya -Nabokov los oyó desde su domicilio-; corrían los automóviles blindados; soldados y marinos, aislados, se arrimaban a las paredes-; el honorable liberal los observaba desde las ventanas. “El teléfono seguía funcionando, y me acuerdo de que mis amigos me comunicaron lo sucedido durante el día. Nos acostamos a la hora de costumbre.” Este hombre será pronto uno de los inspiradores del gobierno revolucionario (!) provisional, y su gerente. Al día siguiente, por la mañana, se le acercará en la calle un anciano desconocido, un oficinista cualquiera o acaso un maestro de escuela y, quitándose el sombrero, le dirá: “Muchas gracias por todo lo que han hecho ustedes por el pueblo.” El propio Nabokov nos lo cuenta con modesto orgullo.

(Capítulo VII de la Historia de la Revolución Rusa, 1929,1932)

Del arte y la revolución

por Manuel Gari//

Per a Lluís Riera

“Decir que a través del tiempo fugaz / Todo pertenece al futuro/ Que el conquistador lívido de cejas / puede morir con más seguridad que la conquistó”.

Louise Michele 1/

Todo acontecimiento impactante en la vida social conmociona al conjunto de la comunidad. Su irrupción hace posicionarse a las élites del poder, a las clases sociales y a todos sus voceros, gestores y representantes políticos. Pero también genera reflexiones sobre el mismo de pensadores, escritores, artistas y en general de todos los creadores. Si ese acontecimiento tiene carácter disruptor en la situación política y, por tanto, supone un cambio brusco que marca un antes y un después en la percepción que tiene de sí misma la sociedad, el posicionamiento se convierte en pronunciamiento y la reflexión conlleva la auto ubicación en un campo en disputa. En este segundo caso el suceso sobrevenido puede alterar el estatus quo y marcar el devenir de la sociedad. Todos los intereses, emociones y opiniones se ponen en juego.

Los efectos que provoca en la sociedad y las actitudes que induce en el mundo cultural esa disrupción, han podido comprobarse en el siglo XIX con los virajes autocráticos que intentaban la vuelta al antiguo régimen y detener las consecuencias positivas de la Ilustración. Pero la mejor muestra de cambio a la derecha, la encontramos en el siglo XX en las reacciones ante el ascenso al poder de ideologías totalitarias que obligaban a optar entre la loa o el castigo, entre el sometimiento o la rebelión. Se trata de una disrupción que destruye todo el sistema de defensas y crecimiento del cuerpo social e impone una degeneración patológica con graves consecuencias para las clases trabajadoras y populares, para los valores democráticos y para la paz entre los pueblos.

Cambiar el mundo, cambiar la vida

De naturaleza diametralmente opuesta es la disrupción revolucionaria. La reacción que desencadena en el conjunto social, particularmente entre las clases plebeyas y, más en concreto, sobre el mundo cultural, es mucha más rica e intensa, tiene mucha mayor amplitud y adquiere un sentido prometeico cuando el acontecimiento impactante es la revolución social.

En ese caso, es importante identificar, por un lado, las características de las actitudes que se mantienen desde la política y militancia que busca la transformación social e institucional y la artística y literaria que tiene como guía cambiar la vida. Es importante conocer la creación que se genera alrededor de las revoluciones pues estas son producto de la necesidad sociohistórica y la acción consciente y racional, pero también de la emoción, de la ilusión en un mundo diferente. Y ahí entra la novela, la poesía, la música, la pintura, el teatro, la fotografía o el cine.

Ello es lo que hace que en todas las revoluciones de los siglos XIX y XX haya una pléyade de intelectuales y artistas que las acompañan, pero también las configuran, pues son parte de la escena: el proceso revolucionario. Años más tarde del triunfo sandinista Sergio Ramírez en su Biografía y Autobiografía afirmó que los escritores y artistas no sólo le dieron prestigio a la revolución, sino que la espolearon para avanzar. Uno de los puentes entre creadores y revolucionarios es el objetivo de posibilitar la existencia de un hombre nuevo, empleando la alicorta y criticable expresión del masculino genérico al uso. Ese objetivo, que encontró en el Ché Guevara su mejor exponente, forma parte de las aspiraciones del cambio social revolucionario, que hoy formularíamos como la persona nueva. Persona real, libre y humana que forma parte del sueño emancipador y en las antípodas de toda pesadilla de ingeniería social estalinista.

Ese anhelo de una sociedad de mujeres y hombres iguales y libres, productores cooperantes de los bienes que necesitan en armonía con la naturaleza, es lo que explica que décadas y décadas después del comienzo del ciclo de las revoluciones sociales provocadas por la consolidación y expansión del sistema capitalista y la aparición de su antagonista el movimiento obrero y el socialismo, sigamos intentando aprender y aprehender de los hitos emancipatorios.

El primer ensayo de la ciudad emancipada

La Commune de Paris es una experiencia especial en la historia del movimiento obrero. La gran singularidad a destacar es que fue la primera gran intentona de autogobierno proletario y popular. Ese fue su significado y estamos en la obligación -y todavía a tiempo- de sacar todas las lecciones de la primera ocasión en la que por 72 días los de abajo sustituyeron a los de arriba en el gobierno de la polis y comenzaron a construir un futuro común y constituirse con su práctica en un sujeto emancipador.

La segunda característica es que la Comuna delimitó en bandos antagónicos las pasiones y las posiciones de la burguesía y la nobleza (organizada desde Versalles) que odiaba a las clases subalternas por su voluntad de emancipación, y así lo demostró en su feroz represión. Pero también supuso una línea de demarcación en el seno de la intelectualidad francesa (y europea) y del mundo de la creación artística. Fue el primer gran escenario dónde revolución y arte se daban la mano. A tal efecto resulta de interés el ensayo Escritores y artistas comprometidos ante la Comuna de París de Pepe Gutiérrez-Álvarez que puede encontrarse en Arte y revolución en la Comuna de Paris 2/.

La Comuna tuvo muchas luces y algunas sombras, por ello conviene acercarse a los acontecimientos con ojos de leer y ver, de forma crítica, sin mitificaciones, mistificaciones o hagiografías, tomando los hechos y analizárlos con el amor y el rigor del entomólogo. Pero siempre admirando la gesta y el empeño. Usando herramientas de precisión, evitando el trazo grueso que nos permitan comprender tal como hizo Miguel Romero (2011) en El tiempo del reloj y el tiempo de las cerezas 3/

La experiencia comunera acabó siendo calificada en los ámbitos marxistas de forma un tanto optimista (pues su duración fue corta y sus funciones muy elementales dada la situación) como el primer Estado obrero de la historia. Eso sí, la Comuna de 1871 fue una de las mayores gestas de la lucha obrera y popular bajo el capitalismo y es base esencial para intuir y diseñar las formas de organización democrática radical y participativa que deben dar soporte institucional a los procesos de revolución social. De ahí su importancia fundadora para el marxismo revolucionario y para el anarquismo. Y puede ser uno de los puntos de partida de un nuevo diálogo, demasiado tiempo interrumpido, entre ambas corrientes constituyentes de la clase obrera en acción y ¿por qué no? delimitar un nuevo espacio de trabajo común en una suerte de marxismo libertario.

Cultura y cambio social

La revolución de 1871 en Paris adquirió una orientación socialista-plebeya que la diferenció de las precedentes de 1830 e incluso de la de 1848. Eso marca el inicio de una nueva época en las relaciones entre creación y movimiento social y político. Ciclo en el que se supera la conversión de la experiencia estética en un concepto con entidad filosófica que es la idea central de Emmanuel Kant en Observaciones sobre el sentimiento de lo Sublime y lo Bello publicada en 1764, que supone un gran avance respecto a las ideas anteriores, pero que es superada por la necesidad transformar el mundo y cambiar la vida.

A finales del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX la agitación social es determinante tanto en las sociedades industrializadas en las metrópolis como, de forma creciente, en las colonias y para colonias. Y es tan intensa que buena parte de los creadores se verán impelidos a intervenir en la situación tomando partido en el conflicto social y político. Se va a abrir paso la idea del arte, la literatura y cualquier forma de creación como instrumento para cambiar el mundo. Y en ese contexto aparecen las vanguardias artísticas en todos los campos. Y con ello surge una amistad, no exenta de conflicto, entre creación y revolución. De forma metafórica podríamos afirmar que se inician simbólicamente en la primera década del siglo XX en Zúrich, dónde vivía Lenin exiliado y dónde los dadaístas tomaron como sede el Cabaret Voltaire.

El fracaso de la revolución rusa de 1905 supuso persecución por la reacción de las ideas disidentes y comportó desánimo y deserción entre los intelectuales y artistas de vanguardia. La victoria bolchevique de 1917 hizo que muchos artistas tomaran partido de nuevo por la revolución que funcionó como un gigantesco imán de ilusiones y deseos y con ello se convirtió en una gran impulsora de la creación en sus diversas manifestaciones. Las vanguardias creativas se plantean la función social del arte y la función política del mismo en un contexto de lucha y conflicto que intenta demoler el viejo mundo, la explotación y la opresión, y la construcción de una sociedad sin clases de mujeres y hombres libres.

Años después sobrevino el choque frontal entre el poder y el pensamiento en el primer país socialista del mundo. El estalinismo supuso la liquidación de la revolución, pero también de la esperanza entre los creadores. De ahí que solamente sólidas personalidades como las de André Breton (cambiar la vida) y León Trotsky (cambiar el mundo), ambos disidentes proscritos, siguieran manteniendo una alianza político-creativa de calidad e interés en torno al Manifiesto de México Por un arte revolucionario independiente.

Impulso creativo y poder revolucionario

En el necesario diálogo marxista-libertario, los aspectos culturales del cambio, de la sociedad soñada y de la lucha contra la sociedad repudiada es un campo que puede ser sumamente fértil en la labor de ganar la hegemonía en la sociedad. De ahí la importancia de conocer, entender y aprender de la Comuna, la Revolución rusa de 1917 que en el próximo octubre cumplirá 100 años, la revuelta de Asturias del 34, o la gran experiencia poumista y anarquista del 36-37 catalán, pero también de Cuba, Vietnam o el sandinismo particularmente de -empleando la expresión de Manuel Vázquez Montalbán- “los años de la inocencia” que acompañan a los inicios de toda revolución. De ahí la importancia en 2017 de identificar y seguir los movimientos artísticos y culturales impugnadores del orden, defender su libre expansión y establecer con los mismos desde la política un diálogo preñado de respeto a su autonomía absolutamente ajeno a cualquier intento de instrumentalización.

Debemos comprender y asumir que la relación entre el impulso vital y creativo y el poder revolucionario es una relación necesariamente conflictiva por sus diferentes roles en el proceso. Isaac Deutscher en su trabajo Sobre la Revolución Cultural China y la actitud del maoísmo ante la disidencia intelectual, nos recuerda que Trotsky defendió el pleno derecho de los escritores y artistas del movimiento Prolekult a expresarse libremente, máxime cuando la Revolución Rusa concitó en sus primeros años (antes de la imposición del depredador realismo socialista) un elevado clímax creativo y una adhesión al proceso revolucionario entre escritores y artistas. El siempre creativo Trotsky en Literatura y revolución es taxativo: “En nuestros días, no se puede consentir que exista un misticismo portátil, algo así como un perrito doméstico que uno lleva a su lado”.

Podemos convenir para finalizar algunas cuestiones. En primer lugar, que los movimientos vanguardistas deberían verse como “una disidencia o una revuelta más que como una vanguardia en el sentido literal” utilizando las palabras de Raymond Williams. En segundo lugar, compartir también con este autor un cierto marxismo de la subjetividad en el que la conciencia juega un rol central a diferencia de lo que podríamos calificar de marxismo de la objetividad en el que el cambio social vendría dado de forma determinista por factores ajenos a la voluntad y la acción consciente de las personas, criterio por el cual el sujeto político es un mero acompañante de unas supuestas fuerzas de la historia (abstractas y ahistóricas). Y, en tercer lugar, que “El papel del escritor (o en general del creador, podríamos añadir cambiando la acción verbal) dentro de la revolución, en primer lugar, es escribir bien” a pesar de que quien pronunció estas palabras fuera el decepcionante Tomás Borge cuando todavía era un referente moral revolucionario.

Así son las cosas y en esto del arte y la revolución, como en tantos aspectos de la vida, conviene aplicar el aforismo de un poeta de Auch que recomienda un artista revolucionario, Acacio2 Puig: “On change une équipe qui perd./ On conserve une “épique” qui gagne.

 

(El autor es miembro del Consejo Asesor de la revista española Viento Sur)

(Imagen: Revolución del viaducto, Paul Klee)

Guillermo Lora: Política militar del proletariado

Extractamos un capítulo “Revolución y Foquismo”, del dirigente del Partido Obrero Revolucionario (POR) de Bolivia, el trotskista Guillermo Lora. Se resumen las valiosas experiencias del proletariado altiplánico, protagonista de gestas revolucionarias como la revolución de 1952 y la Asamblea Popular de 1971. Su estudio resulta imprescindible en la formación de las nuevas generaciones de revolucionarios.// EP

Cuando hablamos de la política militar del proletariado nos referimos, ni duda cabe, a la del Partido Obrero Revolucionario, cuyos documentos programáticos lo definen como la vanguardia del proletariado boliviano. Si se toma en cuenta que la estrategia del POR (gobierno obrero-campesino) es comprensible que se dé por sobreentendida su concepción militar. Esto está bien cuando se plantea el problema en términos generales.
Nadie puede poner en tela de juicio que en el país existe una desviación militarista de la política de izquierda y que es sumamente peligrosa para el conjunto del movimiento revolucionario. Esta postura comienza separando, a veces imperceptiblemente, las acciones militares de la política y concluye convirtiendo a aquellas en un objetivo en sí mismas, vale decir, que de operaciones tácticas las transforman en la única estrategia. Es conocida nuestra larga polémica acerca de la imposibilidad de sustituir al partido del proletariado (que es tal en la medida en que expresa los intereses históricos de la clase) por grupos armados, éstos sólo pueden concebirse como el brazo armado de aquél. También en materia de política militar retornamos a las enseñanzas de Marx, Engels, Lenin y Trotsky.

PRINCIPIO GENERAL
La estrategia define ya el carácter de la política militar. Las operaciones y preparación militar y la forma de realizarlas están determinadas por la política. En el campo de la revolución proletaria es la política la que engloba todos los problemas, y entre ellos el militar.
El objetivo del proletariado no es únicamente tomar el poder sino instaurar el gobierno obrero-campesino, como resultado de una revolución hecha por las masas, siguiendo los métodos de lucha de la clase obrera. Los trabajadores asalariados, además de ser una de las clases más importantes, constituyen la dirección política del proceso revolucionario. La política militar está definida por la política del proletariado.
La revolución social (la sustitución de una clase por otra en el poder) se convierte en el requisito indispensable para poder lograr el cumplimiento de las tareas nacionales. Esta revolución la entendemos como obra de las propias masas y no de ninguna otra agrupación que pretenda sustituirlas. La revolución será hecha por vastas capas humanas explotadas y desorganizadas, la dirección política de esta mayoría nacional es el proletariado (se supone que para llegar a esta altura posee conciencia de clase); pero no debe olvidarse que se trata de una clase social sojuzgada y que no tiene en sus manos el poderío económico, ni el monopolio cultural y menos el manejo del aparato estatal. Son estos rasgos diferenciales los que determinan muchas de sus modalidades de lucha y la naturaleza de los instrumentos y métodos que precisa en su lucha liberadora (la naturaleza y estructura del partido obrero, por ejemplo).
Se puede decir que la revolución (entendida en el sentido de la marcha multitudinaria hacia la insurrección) es un proceso que se opera en el seno mismo de las masas y no es un fenómeno exterior a ellas; es oportuno recordar que el proletariado encarna y expresa la madurez a la que han llegado las fuerzas productivas. Tendencias y sectas que se reclaman del marxismo hablan de la importancia que tienen las masas en la revolución, pero entienden a ésta como algo que se impone a aquellas desde el exterior. Todos los esquemas que elaboran buscan orquestar desde un escritorio los movimientos de las masas; el que la realidad hubiese empujado a los “teóricos” de pacotilla a romperse las narices, una y otra vez, no impide que continúen tenazmente en su trabajo.
La política revolucionaria del proletariado determina el carácter de las actividades militares; pero, éstas, en cierto momento (ese momento es el golpe insurreccionál que se consuma para tomar el poder), adquieren inconfundible preeminencia sobre la política, lo que equivale a decir que la insurrección no es más que la prolongación de la política por medios militares. De todas maneras, la insurrección es el camino que permitirá materializar la estrategia y en esta medida está determinada por ésta.
El partido del proletariado encarna la conciencia de la clase y su programa, expresa los intereses históricos de aquél. No se trata ciertamente de un producto pasivo del grado alcanzado por la evolución de las masas, sino que, más bien, es el elemento activo que interviene de manera decisiva en la formación y avance de la conciencia clasista. Asimilar críticamente la experiencia diaria de las masas y generalizarla (darle validez política), para que se convierta en patrimonio de toda la clase, tales son las tareas básicas del partido, y en esta medida no puede ser reemplazado en dicha función por ninguna otra organización popular u obrera. Estamos hablando de un partido que trabaja y se fortalece en el seno del proletariado. La labor partidista es la que permite que las ideas se enseñoreen de las masas y se convierten en fuerza material. El Partido Revolucionario es aquel que trabaja en el seno de las masas por excelencia y en su propia organización, esto porque la técnica militar es colocada, sin atenuante alguna, al servicio de la política revolucionaria.
En la realidad ocurre que aparecen organizaciones y acciones militares propias de las masas pero al margen del partido, como consecuencia, de la pujanza que adquieren las tendencias espontáneas de los explotados y de su relativo retraso político. La elevación de la conciencia de clase se traduce en la mayor influencia del partido en el seno de las mayorías sojuzgadas, lo que importa que una mayor cantidad de acciones y destacamentos armados sean controlados por el partido revolucionario.

LAS MASAS Y EL TRABAJO MILITAR
La tesis, tan publicitada ahora, en sentido de que una excelente preparación material de pequeños grupos (estos pequeños grupos se organizan y desarrollan alrededor del slogan de que ellos, en la medida de que estén bien preparados, resuelven los problemas de dirección y políticos en general es suficiente para consumar la in- surrección constituye una peligrosa desviación putchista y militarista, que puede hacer abortar el proceso revolucionario. Conviene recordar que este camino conduce al foquismo tradicional, una concepción en franca crisis. La deformación que puede aflorar en cualquier momento es la militarista y que concluye subordinando la po- lítica a las acciones militares, consideradas como una finalidad en sí crismas. Para éstos desaparece la estrategia revolucionaria del proletariado desde el momento que la lucha puramente militar es elevada la categoría de las organizaciones y actuaciones militares son consideradas como los ejes alrededor de los cuales debe estructurarse el trabajo político y a los que deben supeditarse las masas. Lo correcto es plantear la cuestión a la inversa: las organizaciones y actuaciones militares subordinadas al partido de la clase obrera.
La preparación militar debe corresponder a la movilización y evolución de la conciencia del proletariado, es decir, debe ser realizado con miras a servir de punto de apoyo a las masas y ser utilizada por éstas. La desviación militarista más peligrosa es la que se presenta encubierta. Los que sostienen que las organizaciones y acciones militares se desarrollan junto a las masas parecería que así subrayan su adhesión al proletariado, que desde luego no puede considerarse incondícional porque está condicionada a que la clase se someta a los grupos armados y a lo que hagan ellos; sin embargo, lo que están planteando es la existencia de dos movimientos y actividades paralelos: el movimiento de masas y los grupos armados; la actividad política-sindical y las acciones militares. Apenas si se ha encubierto el desprecio pequeño burgués a las masas, a su capacidad revolucionaria y creadora, que el providencialismo de los intelectuales está obligado a desconocerlas. Según éstos la clase no tiene aptitudes ni posibilidades de desarrollar acciones armadas y menos de sacar de su seno a las organizaciones militares (este extremo importa un desconocimento, de la rica historia social boliviana), campos de acción reservados a los especialistas, es decir, a los activistas extraños al proletariado y componentes de los grupos guerrilleristas. Si se parte de la evidencia de que la clase obrera hará la revolución se tiene que concluir si hay consecuencia en los planteamientos, que los destacamentos armados y las acciones militares deben ser creaciones dentro de masas y hechas por ellas. Para sintetizar: los grupos y acciones militases son instrumentos en manos de los explotados y no creaciones extrañas.
Las masas están integradas por clases sociales que tienen intereses diversos y hasta contrapuestos; pese a esto, encuentran objetivos comunes y que adquieren dimensiones nacionales, consecuencia de la opresión ejercida por el imperialismo sobre el país. Por otro lado se constata una falta de uniformidad en el ritmo de movimientos de las diversas clases como consecuencia de sus propias características. En la base de la estrategia revolucionaria para Bolivia se encuentra la alianza obrero-campesina. Lo que supone ignorar que la gran masa empobrecida del agro, que apenas si puede sobrevivir en marco de la economía natural, se mueve de manera diferente que el proletariado, inclusive siguiendo, en cierto momento una orientación diferente a la de éste último. La radicalización de la clase obrera influencia directa e inmediatamente a las capas de la burguesía de las ciudades y, sobre todo, a su capa intelectual y estudiantil. No se puede sostener que lo que ocurre en las ciudades no tenga nada que ver, en último término, con la suerte del campesinado, pero se trata de una influencia que tarda bastante en traducirse en hechos y a veces se ejercita de manera indirecta. Ignorando esta realidad y el hecho de que el desarrollo revolucionario de las masas es para los partidos un fenómeno objetivo, algunos pequeño burgueses elaboran planes para poder manejar a su antojo a las diferentes clases sociales y presuponen, que existe ya una coordinación perfecta de movimiento entre proletariado, campesinos y sectores universitarios; sus esquemas se limitan a señalar un determinado papel y suponen que este conjunto de movimientos debe indefectiblemente conducir a la victoria. Les resulta necesaria esta falsificación de la realidad para justificar la preponderancia de los grupos y acciones armados, pues resultan decidiendo la suerte de una masa homogénea y presuntamente socialista y que sólo espera la voz de mando para asaltar la ciudadela del poder.
La experiencia boliviana demuestra, de un modo indiscutible, que las cosas ocurren de otra manera. En vísperas de las jornadas de agosto de 1971 se constató que el movimiento campesino estaba viviendo los primeros momentos de su radicalización y desplazamiento a la izquierda y que se traducía en el hundimiento del aparato sindical burocratizado que servía obsecuentemente a los gobiernos de turno. El pacto militar-campesino, una maniobra ideada por el gorilismo en su afán de oponer una fuerza social poderosa al radicalismo del proletariado, particularmente de los mineros, no pudo ser ratificado ni siquiera por un “congreso” propiciado por el oficialismo; la Confederación Campesina, que venía encarnando el caciquismo corrupto desde la época de Barrientos, se desmoronaba a la luz pública. Con todo, se trataba de expresiones visibles de los primeros pasos que daba la avanzada campesina en su marcha hacia la izquierda, la primera consecuencia fue el fortalecimiento del Bloque Campesino (en ese momento adoptó la denominación de Confederación Campesina Independiente). En vísperas del 21 de agosto la Confederación oficialista se apersonó a los organismos de la Asamblea Popular para ofrecer su cooperación, etc. Todo lo anterior permite afirmar que rápidamente la masa campesina, a no mediar el golpe fascista, se habría alineado detrás del proletariado y se puede decir que en el momento culminante de la insurrección ambos sectores sociales habrían coincidido en sus movimientos, En abril de 1952 la masa campesina se incorporo al proceso revolucionario con bastante retraso, pero no bien lo hizo demostró su capacidad de ra dicalizarse muy velozmente y de llegar a extremos insospechados para el mismo proletariado. La tesis en sentido de que el proletariado vencerá sólo en caso de actuar como caudillo nacional y contar con el apoyo directo de campesinos y sectores mayoritarios de la pequeña-burguesía de las ciudades, se refiere a la gran estrategia de la revolución, lo que no debe interpretarse como la imposibilidad de que el proletariado, apoyado por la clase media ciudadana, pueda tomar el poder (o comenzar a tomarlo) antes de que la radicalización de los campesinos hubiese llegado a su punto culminante; lo que no debe olvidarse es que ese poder obrero no podrá consolidarse y realizar su obra futura sin contar con la inmediata incorporación de la masa campesina al proceso revolucionario. Los sindicatos campesinos se convertirán en órganos de poder y en la variante planteada el gobierno obrero estaría lejos de abarcar a todo el país.
Hemos puntualizado lo anterior para demostrar que la preparación militar y las acciones armadas deben ajustarse las consideraciones como expresiones de los explotados, a la evolución, generalmente desigual, de los diferentes sectores de las masas. No se puede concebir a los destacamentos de combate actuando en el aire, se trata de elementos activos de la lucha cle clases, y deben moverse teniendo como apoyo y cobertura a las masas movilizadas; su combatividad se entronca en la combatividad de los explotados y una buena dirección traduce la clarividencia del proletariado. Esto no supone que consideremos que los campesinos y la pequeña burguesía en general se oriente instintiva o conscientemente, como ocurre con el proletariado, hacia el socialismo. Las tendencias ultraizquierdistas parten del supuesto de que un sistemático trabajo sobrg los campesinos puede a éstos darles conciencia de clase y convertirlos en socialistas, tan sorpresiva tarea seria cumplida por los grupos armados. Esta postura no sólo que es antimarxista, sino que violenta la lógica más elemental. El instinto socialista del proletariado parte del desarrollo del capitalismo (lo que importa decir cierto grado de desarrollo de las fuerzas productivas) y del lugar que ocupa en el proceso de la producción. El marxismo no hace más que dar expresión consciente a lo que es un adecuado adoctrinamiento puede convertir en marxista a la masa campesina (no se debe confundir la asimilación individual de algunos campesinos al programa del partido obrero con la actitud que asume la masa campesina como tal), es producto del afán de subordinar el proceso histórico a un esquema elaborado a priori; sólo de esta manera se puede explicar la pretendida uniformidad de movimientos de las diversas clases y la supuesta lucha socialista de los campesinos y al mismo tiempo, justifica por qué los “teóricos” pequeño burgueses concluyen convirtiendo a aquellos en el eje principal de la lucha revolucionaria. Para el marxismo la clase fundamental y dirigente de la revolución es el proletariado y por esto mismo, debe ser también el sector más importante para la realización de los trabajos militares. El agro es el sostén de la lucha del proletariado y las actividades militares en el campo adquieren el mismo carácter, si se toma en cuenta la estrategia revolucionaria en su conjunto y no únicamente los movimientos tácticos aislados.
Es oportuno puntualizar que en un país atrasado el proletariado no sólo llega al poder cómo caudillo nacional, sino que lo hace bajo la presión e impulso de la masa campesina.
La conciencia de la clase está expresada por sus capas más avanzadas y la gran masa atrasada sigue a esta avanzada en condiciones excepcionales, aquella continúa moviéndose alrededor de motivaciones económicas y siguiendo impulsos instintivos. No sólo la lucha política, sino la actuación militar y la organización de los destacamentos de combate no pueden ignorar este hecho importante. El considerar al proletariado como una clase homogénea y toda ella en un ambiente y actuando exclusivamente en el marco de la política es una superchería y una actuaciónes absurdas. No sólo se trata de algo fatal, sino el primer paso hacia la adopción de posturas aventureras. Contrariamente, la lucha espontánea de las masas es un elemento valioso, ni duda cabe que la victoria de la revolución y la defensa del proletariado que esa espontaneidad sea organizada y a transforme en lucha consciente. No pocas veces los destacamentos armados son producto de la lucha espontánea, igualmente que las acciones militares en cierto momento del desarrollo de la lucha de las masas. Las organizaciones militares revolucionarias están obligadas a desarrollar al extremo su iniciativa y su capacidad creadora, que no son más que formas de la capacidad creadora de las masas en los momentos de mayor tensión de la lucha de clases. Según la concepción leninista es la lucha espontánea la que se transforma, en determinadas condiciones, en lucha consciente o política.
Los destacamentos armados deben estructurarse dentro de las masas y ser instrumentos de éstas, lo que supone que deben madurar para poder utilizarlas adecuadamente. La penetración militar de las masas no es una abstracción, sino que, contrariamente, se trata de una respuesta que dan los explotados a los interrogantes que surgen en determinado momento de su desarrollo.
Constituiría un grave error realizar el trabajo militar en el seno de las masas dando las espaldas a la rica experiencia que tienen éstas en la materia, porque esto supondría volver a insistir en algo ya superado. Un buen trabajo debe siempre partir de lo que ya saben las masas y elevar esta lección a un elevado plano político y organizativo. La tradición de las luchas armadas es patrimonio de campesinos y obreros y estos últimos han pugnado por poner en pie, una y otra vez, sus milicias armadas. Por lo menos desde 1946 la consigna de armar piquetes obreros ha estado en la orden del día y su funcionamiento ha permitido recoger ricos antecedentes. El arte militar tiene que partir de esta realidad.
De una manera general, los trabajos militares no pueden concebirse al margen de la lucha de clases, es decir de la vida y nace las luchas diarias de las masas. Esos acciones daben entroncar en la lucha que cotidianamente realizan los explotados. El uso del movimiento revolucionario, la politización y radicalización del proletariado recorre el camino sinuoso de las batallas parciales por modestas reivindicaciones.
Las masas al movilizarse y politizarse, partiendo de su experiencia diaria, van mando sus instrumentos de lucha (uno de estos instrumentos son los destacamentos de combate) que les permitirá enfrentarse exitosamente con las clases dominantes y sus organis- mos de represión. Es esto lo que permite comprender que las actividades militares no deben ser consideradas como extrañas a los explotados o impuestas desde el exterior. Es esta también una de las razones por la que la lucha militar es sólo un aspecto de la lucha política revolucionaria del proletariado.
Los problemas militares adquieren enorme importancia para las masas oprimidas y explotadas desde el momento que han fracasado todos los intentos de transformar pacíficamente al capitalismo en socialismo o de resolver los problemas fundamentales de la política revolucionaria dentro del marco del parlamentarismo.

II
Las condiciones para la insurrección están jalonados por el agotamiento de las posibilidades de la clase dominante para solucionar los problemas de trascendencia y el hundimiento del equipo gubernamental como fuerza compulsiva unitaria, expresado por el estallido de sus contradicciones y luchas intestinas entra grupos y caudillos; por la certeza que adquiere el proletariado de que vencerá en la batalla, estado de ánimo que se afirma en la medida en que se convierto en cadillo nacional y que se traduce en el fortalecimiento de sus propias organizaciones, incluidos los aparatos militares; por las pronunciadas oscilaciones hacia la izquierda de las capas pequeño-burguesas, particularmente de su inteligencia, lo que determina su alineación detrás de la clase obrera; por la presencia de una dirección de masas capaz y que despierte absoluta confianza y por la efectivización de la unidad da toda la nación revolucionaria, que en las actuales condiciones sólo puede darse a través del fortalecimiento del Frento Revolucionario Antimperíalista.
El gobierno fascista de la pandilla Banzer-Paz-Gutiérrez, se presenta como la encarnación del ejército, como la expresión indiscutida de la jerarquía castrense y, al mismo tiempo, ha contado, por lo menos en sus primeros momentos, con el apoyo, o por lo menos tolerancia de las capas más altas de la pequeña burguesía, además, del entusiasmo de los sectores burgueses (Confederación de Empresarios Privados, jerarquía castrense, etc.), El trabajo revolucionario tiene que encaminarse a socavar el apoyo social en el que se asienta el régimen y para esto resulta imprescindible ganar a la clase media. En la práctica esta lucha tiene que centrarse contra la cobertura civil de los gorilas: FSB y MNR, particularmente, que en alguna forma influencian sobre capas de la clase media. La rebelión de las bases movimientistas contra su dirección, que se viene traduciendo en periódicas escisiones y exclusiones, son un anticipo de este proceso (nacimiento del MNR rebelde, por ejemplo). La propia reacción burguesa, al comprobar la ineficacia de las medidas represivas y demasiado duras puestas en práctica tiende a atomizarse y algunos grupos no ocultan su inconformidad con la orientación seguida por el equipo gubernamental.
Dedicamos aparte especial al hecho de que una de las condiciones de la insurrección radica en el fortalecimiento de la alianza obrero-campesina, que supone que las masas del agro se emancipen del control del gobierno y de las tendencias nacionalistas de derecha y, al mismo tiempo, se movilicen. Las masas campesinas han creado sus propias organizaciones e instrumentos de lucha, cediendo en gran medida a la presión e influencia ejercida sobre ellas por el proletariado: sindicatos y milicias armadas. La vitalización de estas organizaciones será la consecuencia obligada de la movilización y radicalización de la mayoría campesina. Puede ser que la iniciación o avance en el camino de este proceso coincidan con el momento culminante de los trabajos preparatorios de la insurrección. Lo que queremos subrayar es que sería criminal prescindir del movimiento campesino o suponer que en todo momento está presto a secundar los movimientos del proletariado.
En varias oportunidades se ha constado que alguna gente de izquierda considera la insurrección como uno de los tantos métodos de lucha, diferente y hasta contrapuesto a los otros. Con cuanta frecuencia se opone el foco guerrillero a la insurección. Si cuenta que la insurrección es la toma misma del poder, se tiene que concluir que ésta condiciona los métodos a utilizarse. Contraponer la insurrección a determinada forma de lucha armada, supondría convertir a esta última en finalidad en sí misma y olvidarse de la toma del poder, que es el objetivo estratégico de la clase obrera.

DISGREGACIÓN DEL EJÉRCITO
La victoria de la revolución y el éxito de la de la etapa predominante militar no pueden concebirse al margen de la disgregación de las fuerzas armadas (ejército y policía) a los que se apoya el gorilismo. La experiencia boliviana e internacional enseña que hay que comenzar por ganar a los soldados, clases y jóvenes les hacia posiciones revolucionarias. Este trabajo paciente y sistemático, necesariamente clandestino, constituye una de las grandes finalidades del trabajó militar. Tiene que procederse secretos revolucionarios en el seno del ejército y la policía, cuyos movimientos deben estar controlados por el partido del proletariado.
No se trata de derrotar al ejército regular manejado por la jerarquía castrense fascista, oponiéndole otro ejército igualmente potente de los obreros o de los campesinos. Si los explotados contasen con medios para poner en marcha semejante munstruoso de fuego habría que convenir que han dejado de ser explotados.
Las masas insurrectas aplastan a su enemigo, que en cierto momento se encarna en las fuerzas armadas, no en guerra formal, síno en choques esporádicos y oponiéndole a todo el pueblo, Un ejército intacto, sin fisuras ni contradicciones internas, será indiscutiblemente un obstáculo infranqueable para la revolución. En el momento culminante de la insurrección, los explotados chocan con un ejército dividido y que ha comenzado a desmoronarse y, por esto mismo, no tiene posibilidades de desarrollar todo potencial de fuego. La victoria exige que una parte del ejército, particularmente su amplia estructura social que se encuentra en su seno sume a la revolución o que, por lo menos, no dispare. Es tarea de primer orden el comenzar una campaña sistemática y sin tregua destinada al ejército, campaña que debe buscar el desarrollo de la lucha de tales dentro de las fuerzas armadas del sevicio militar obligatorio determina que los jóvenes campesinos y obreros, principalmente, constituyan la tropa. Los clases y suboficiales no sólo son los que mas directamente se encuentrar ligados a los soldados, sino que portan la presión de las masas e inclusive de los estudiantes, como es el caso de esta categoría en la fuerza aérea. Sería una ligereza imperdonable ubicar a todos los oficiales en el mismo polo reaccionario, muchos de los elementos jóvenes han dado muestras inequívocas de su natural inclinación hacia la izquierda y ni duda cabe que pueden ser ganados por el movimiento revolucionario. Es la alta jerarquía castrense la que directamente depende del Pentágono (una dependencia mucho, más estrecha de la que se encuentran los altos mandos militares de los otros países latinoamericanos) y encarna los intereses de la reacción y capitalismo criollos, llegando, en cierto momento, a ser su única expresión política.
El objetivo es, pues, lograr que una parte del ejército, que actualmente es el soporte fundamental del gorilismo, se sume a la revolución o que deje de obedecer a la alta jerarquía castrense. Se trata de todo un proceso lleno de altibajos que comienza como brotes de rebelión contra la disciplina tradicional y humillante para la naturaleza humana (disciplina que es una imposición de la voluntad de las cumbres de la jerarquía a la tropa y a los mandos inferiores), pasa por la negativa a disparar sobre los manifestantes e insurrectos y concluye cuando los fusiles se vuelcan contra los generales y coroneles. Sólo considerando, así, puede comprenderse por qué decimos que el ejército es el arsenal natural del pueblo.
En Bolivia los jóvenes obreros comienzan a trabajar en los sindicatos y políticamente desde muy temprano y llegan a los cuarteles con alguna experiencia y bagaje ideológico. Los estudiantes ya no llegan a los cuarteles y son militarmente instruidos mientras estudian y al margen de les soldados. No sabemos si de una manera deliberada o no, la masa estudiantil y universitaria ha sido anulada, como fuerza de presión capaz de actuar directamente sobre la tropa uniformada. La estructura de las fuerzas armadas, la disciplina y el orden impuestos por la jerarquía castrense actúan como chaleco de fuerza puesto a la tropa y a clases y suboficiales y que no les permite exteriorizar sus ideas y experiencias políticas. En cierto momento de la desintegración del ejercito esos elementos volverán a aflorar. Con todo, soldados, clases y suboficiales constituyen los contingentes potencialmente aptos para sumarse a la revolución.
Por el trabajo en el seno del ejército no debe entenderse solamente la propaganda dirigida y que debe tender a ahondar las diferencias de clase y de intereses que naturalmente existen en su seno, sino la paciente formación de cuadros revolucionarios en su seno y que en el momento oportuno actuarán como verdaderos caudillos. La campaña política con vistas a minar al ejército debe permitir que los soldados tengan plena conciencia de sus actos y alcancen a comprender la gran importancia que tiene que reprimir a los obreros o dejen de hacerlo. Por este camino se logra romper la disciplina.
El trabajo dirigido a Las fuerzas armadas es poco probable que rinda resultados inmediatos y se cosechará lo sembrado cuando la presión del ascenso revolucionario de las masas logre dibujar las grietas de las contradicciones clasistas dentro del ejército. La propaganda ciertamente que puede acelerar el proceso de desintegración, pero no podrá por si sola reemplazarlo. La desintegración del soporte armado del régimen imperante es, en último análisis, un aspecto del ascenso de la ola revolucionaria. El ejército vive y se mueve en la sociedad y soporta la presión poderosa de las clases en pugna. Es la ola revolucionaria la que penetra, mina y desintegra a las fuerzas armadas. No se trata de aplastar al ejército en batallas formales, sino de anular su potencia de fuego. En 1952 las masas pésimamente armadas pudieron destrozar al ejército porque éste ya estaba desintegrándose y la dinamita de los revolucionarios no hizo más que darle el golpe de gracia,
Lo anterior bien puede aplicarse a los ejércitos de las grandes metrópolis como de los países atrasados. En estos últimos las fuerzas armadas ofrecen ciertas particularidades que es preciso tener en cuenta para evitar equívocos políticos considerables.
El ejército es obra de la clase dominante y refleja sus características; en los países semicoloniales no escapa a la naturaleza y límitaciones de la burguesía nacional o de su sucedáneo pequeño-burgués. De aquí se desprende que en el seno de las fuerzas armadas se generan constantemente tendencias nacionalistas, empeñadas en acaudillar a las masas antiimperialistas, ciertamente que pretendiendo encerrarlas dentro del limitado marco capitalista, y que se plantean el cumplimiento de las tareas democráticas pendientes, Por lo menos teóricamente, no puede descartarse de plano que algunos elementos iniciados en estas tendencias pueden evolucionar hasta el marxismo. Con todo, el movimiento revolucionario tiene que tomar en cuenta a los nacionalistas uniformados. Esta nueva contradicción puede facilitar el trabajo de desintegración del ejército.

EL “MOMENTO” CULMINANTE DE LA INSURRECCIÓN
El proceso revolucionario es un período necesariamente largo y también lo es la preparación de la insurrección y sería absurdo darle plazos de tiempo apriorísticos para que se ajuste a ellos, lo que equivaldría a ponerle un chaleco de fuerza a la historia. Es explicable que los que incurren en la desviación militarista comiencen estableciendo etapas en el tiempo para el desarrollo del trabajo preparatorio de la insurrección y que se les antoje que ineludiblemente debe pasar por ellas. Ni la revolución ni su período insurreccional pueden precipitarse a voluntad de los actores de la historia, son esencialmente hechos objetivos. Sin embargo, el punto culminante de la insurrección, hacia la cual están dirigidos todos los trabajos preparatorios, no es otro que el asalto al poder. Es este “momento” el que tiene que ser fijado con precisión en el tiempo y en el espacio. Las circunstancias han madurado suficientemente para hacer posible ese asalto, pero esta situación es por demás efímera y exige de la dirección política clarividencia y audacia. Hasta este instante los revolucionarios se han distinguido de toda la gama de aventureros por su extremada paciencia,que les ha permitido preparar y hacer madurar una situación revolucionaria, para no perderla tienen que pasar a la acción decisiva con una extrema audacia. Es el partido el que detecta ese momento culminante y prepara cuidadosamente su desenlace militar.

III LAS OPERACIONES MILITARES
El vanguardismo incurre en una gravísima desviación cuando considera a las operaciones militares al margen o contrapuestas a los métodos de la revolución proletaria (la huelga general política constituye la expresión más elevada de la acción directa de las masas). La huelga general lleva en sí la perspectiva de transformarse en insurrección y en guerra civil. Lo correcto es partir del principio de que las operaciones militares no sólo deben, subordinarse a los métodos de la revolución proletaria, sinó que deben integrarse en éstos. Es el contenido político el que da determinado sentido a las operaciones y técnicas militares.
Antes de que la insurrección llegue a su punto culminante (asalto del poder), será preciso realizar una serie de operaciones militares, grandes o pequeñas. Éstas opéraciones pueden ser simplemente acciones de hostigamiento o distracción en manos de las masas; pero también puede ser necesario que todas las energías se vuelquen hacia importantes operaciones militares. Sin embargo, en ambos casos, esas operaciones deben someterse estrictamente a la política revolucionaria del proletariado, es por éste mecanismo que se asimilan a los métodos de la revolución dirigida por la clase obrera.

LA GUERRA IRREGULAR
El proletariado es una clase explotada y tiene que luchar contra un ejército más poderoso que sus milicias y organizaciones de combate, en armas, efectivos y hasta organización. Para neutralizar la capacidad de fuego de las fuerzas castrenses no tiene mas remedio que recurrir a las técnicas de la guerra irregular, sacando toda la ventaja posible de su conocimiento minucioso de la topografía de una región y de su entroncamiento en las masas populares.
Las modalidades de la lucha militar se modifican con las transformaciones que se operan en el campo de la tecnología bélica y los revolucionarios deben estudiar en qué medida el ejército, regular se apropia de esta técnica. La lucha en las calles tiene que adaptarse al tipo de armas que poseen el enemigo y también las milicias populares. La experiencia ha demostrado que la guerra irregular adquiere diversas formas conforme a las etapas de su desarrollo. A comienzos de siglo se desahució la guerra de posiciones y las barricadas, reemplazándolas por la extrema movilidad de las pequeñas unidades. Pero cuando una parte del territorio nacional es liberado y controlado por los revolucionarios, que bien puede considerarse como una etapa superior de la lucha, será preciso volver a la guerra de posiciones. La dirección revolucionaria tiene que dar oportuna y claramente instrucciones al respecto, imitando, por ejemplo, la actitud asumida por el Soviet de Petrogrado de 1905, que resumió así la experiencia de la lucha hasta ese momento:
“l.- No actuar en masa. Hay que realizar las operaciones en pequeños grupos de tres o cuatro hombres como máximo, multiplicar estos grupos lo más posible y que cada uno de ellos debe atacar resueltamente y desaparecer con prontitud. La policía tratade fusilar a miles de personas con sólo cien cosacos. A esos cien cosacos no debe enfrentarse más de tres o cuatro tiradores, porque es más fácil alcanzar a un grupo que a un solo hombre, sobre todo si éste último sabe disparar inopinadamente y desaparecer en un instantenstante.
“2.- Por otra parte, no debe intentarse nunca ocupar posiciones fortificadas, porque la tropa sabrá siempre tomarlas o, simplemente, destruirlas con su artillería. Las mejores fortalezas son los lugares de paso y todos los sitios desde donde es fácil tirar y esca- par. Si la tropa llegase a tomar un lugar de este tipo no encontraría a nadie, habiendo perdido, sin embargo, muchos hombres en el empeño
Si las tropas regulares se basan en los reglamentos y en una disciplina vertical impuesta despóticarnente y la oficialidad tiene constantemente que cuidar que los soldados disparen bien, las milicias y destacamentos de combate populares se asientan en la gran iniciativa y capacidad creadora de los revolucionarios, cuya disciplina parte de una clara concepción política.

EL FACTOR INTERNACIONAL
La revolución boliviana es sólo parte de la revolución internacional y, particularmente, de la latinoamericana. Su estrategia política toma en cuenta el estado en que se encuentra la evolución de la conciencia de clase del proletariado en las otras latitudes. Es claro que Bolivia no podrá construir, contando únicamente con sus propias fuerzas, el socialismo dentro de sus fronteras, necesariamente la revolución victoriosa en el país tendrá que entroncarse en el movimiento socialista internacional. La lucha contra el imperialismo y sus lacayos indígenas es, por su misma esencia, una lucha continental.
Las tareas militares a cumplirse por la clase obrera dentro del país tendrán en cuenta el estado en que se encuentra el movimiento revolucionario internacional y particularmente latinoamericano, en consideración de que constituyen su punto de apoyo natural. Los trabajos militares deben buscar contar con el apoyo solidario de los explotados latinoamericanos.
Otro aspecto importante: la política militar del proletariado se estructura y fortalece asimilando críticamente la experiencia ofrecida sobre el tema por los oprimidos de todo el mundo, particularmente la que emerge de la lucha de los pueblos de los países oprimidos contra el coloso imperialista (caso de Vietnam, por ejemplo).

Lenin: sobre el Estado

Camaradas, el tema de la charla de hoy, de acuerdo con el plan trazado por ustedes que me ha sido comunicado, es el Estado. Ignoro hasta qué punto están ustedes al tanto de este tema. Si no me equivoco, sus cursos acaban de iniciarse, y por primera vez abordarán sistemáticamente este tema. De ser así, puede muy bien ocurrir que en la primera conferencia sobre este tema tan difícil yo no consiga que mi exposición sea suficientemente clara y comprensible para muchos de mis oyentes. En tal caso, les ruego que no se preocupen, porque el problema del Estado es uno de los más complicados y difíciles, tal vez aquel en el que más confusión sembraron los eruditos, escritores y filósofos burgueses. No cabe esperar, por lo tanto, que se pueda llegar a una comprensión profunda del tema con una breve charla, en una sola sesión. Después de la primera charla sobre este tema, deberán tomar nota de los pasajes que no hayan entendido o que no les resulten claros, para volver sobre ellos dos, tres y cuatro veces, a fin de que más tarde se pueda completar y aclarar lo que no hayan entendido, tanto mediante la lectura como mediante diversas charlas y conferencias. Espero que podremos volver a reunirnos y que podremos entonces intercambiar opiniones sobre todos los puntos complementarios y ver qué es lo que ha quedado más oscuro. Espero tambien, que ademas de las charlas y conferencias dedicarán algún tiempo a leer, por lo menos, algunas de las obras más importantes de Marx y Engels. No cabe duda de que estas obras, las más importantes, han de encontrarse en la lista de libros recomendados y en los manuales que están disponibles en la biblioteca de ustedes para los estudiantes, de la escuela del Soviet y del partido; y aunque, una vez más, algunos de ustedes se sientan al principio, desanimados por la dificultad de la exposición, vuelvo a advertirles que no deben preocuparse por ello; lo que no resulta claro a la primera lectura, será claro a la segunda lectura, o cuando posteriormente enfoquen el problema desde otro ángulo algo diferente. Porque, lo repito una vez más, el problema es tan complejo y ha sido tan embrollado por los eruditos y escritores burgueses, que quien desee estudiarlo seriamente y llegar a dominarlo por cuenta propia, debe abordarlo varias veces, volver sobre él una y otra vez y considerarlo desde varios angulos, para poder llegar a una comprensión clara y definida de él. Porque es un problema tan fundamental, tan básico en toda política y porque, no sólo en tiempos tan turbulentos y revolucionarios como los que vivimos, sino incluso en los más pacíficos, se encontrarán con él todos los días en cualquier periódico, a propósito de cualquier asunto económico o político, será tanto más fácil volver sobre él. Todos los días, por uno u otro motivo, volverán ustedes a la pregunta: ¿que es el Estado, cuál es su naturaleza, cuál es su significación y cuál es la actitud de nuestro partido, el partido que lucha por el derrocamiento del capitalismo, el partido comunista, cuál es su actitud hacia el Estado? Y lo más importante es que, como resultado de las lecturas que realicen, como resultado de las charlas y conferencias que escuchen sobre el Estado, adquirirán la capacidad de enfocar este problema por sí mismos, ya que se enfrentarán con él en los más diversos motivos, en relación con las cuestiones más triviales, en los contextos más inesperados, y en discusiones y debates con adversarios. Y sólo cuando aprendan a orientarse por sí mismos en este problema sólo entonces podrán considerarse lo bastante firmes en sus convicciones y capaces para defenderlas con éxito contra cualquiera y en cualquier momento.

Luego de estas breves consideraciones, pasaré a tratar el problema en sí: qué es el Estado, cómo surgió y fundamentalmente, cuál debe ser la actitud hacia el Estado del partido de la clase obrera, que lucha por el total derrocamiento del capitalismo, el partido de los comunistas.

Ya he dicho que difícilmente se encontrará otro problema en que deliberada e inconcientemente, hayan sembrado tanta confusion los representantes de la ciencia, la filosofía, la jurisprudencia, la economiá política y el periodismo burgueses como en el problema del Estado. Todavía hoy es confundido muy a menudo con problemas religiosos; no sólo por los representantes de doctrinas religiosas (es completamente natural esperarlo de ellos), sino incluso personas que se consideran libres de prejuicios religiosos confunden muy a menudo la cuestión especifica del Estado con problemas religiosos y tratan de elaborar una doctrina — con frecuencia muy compleja, con un enfoque y una argumentación ideológicos y filosóficos — que pretende que el Estado es algo divino, algo sobrenatural, cierta fuerza, en virtud de la cual ha vivido la humanidad, que confiere, o puede conferir a los hombres, o que contiene en sí algo que no es propio del hombre, sino que le es dado de fuera: una fuerza de origen divino. Y hay que decir que esta doctrina está tan estrechamente vinculada a los intereses de las clases explotadoras — de los terratenientes y los capitalistas –, sirve tan bien sus intereses, impregnó tan profundamente todas las costumbres, las concepciones, la ciencia de los señores representantes de la burguesía, que se encontrarán ustedes con vestigios de ella a cada paso, incluso en la concepción del Estado que tienen los mencheviques y eseristas, quienes rechazan indignados la idea de que se hallan bajo el influjo de prejuicios religiosos y están convencidos de que pueden considerar el Estado con serenidad. Este problema ha sido tan embrollado y complicado porque afecta más que cualquier otro (cediendo lugar a este respecto solo a los fundamentos de la ciencia económica) los intereses de las clases dominantes. La teoría del Estado sirve para justificar los privilegios sociales, la existencia de la explotación, la existencia del capitalismo, razón por la cual sería el mayor de los errores esperar imparcialidad en este problema, abordarlo en la creencia de que quienes pretenden ser cientificos puedan brindarles a ustedes una concepción puramente cientifica del asunto. Cuando se hayan familiarizado con el problema del Estado, con la doctrina del Estado y con la teoría del Estado, y lo hayan profundizado suficientemente, descubrirán siempre la lucha entre clases diferentes, una lucha que se refleja o se expresa en un conflicto entre concepciones sobre el Estado, en la apreciación del papel y de la significación del Estado.

Para abordar este problema del modo más cientifico, hay que echar, por lo menos, una rápida mirada a la historia del Estado, a su surgimiento y evolución. Lo más seguro, cuando se trata de un problema de ciencia social, y lo más necesario para adquirir realmente el hábito de enfocar este problema en forma correcta, sin perdernos en un cumulo de detalles o en la inmensa variedad de opiniones contradictorias; lo más importante para abordar el problema cientificamente, es no olvidar el nexo histórico fundamental, analizar cada problema desde el punto de vista de cómo surgió en la historia el fenómeno dado y cuáles fueron las principales etapas de su desarrollo y, desde el punto de vista de su desarrollo, examinar en qué se ha convertido hoy.

Espero que al estudiar este problema del Estado se familia rizarán con la obra de Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Se trata de una de las obras fundamentales del socialismo moderno, cada una de cuyas frases puede aceptarse con plena confianza, en la seguridad de que no ha sido escrita al azar, sino que se basa en una abundante documentación histórica y política. Sin duda, no todas las partes de esta obra están expuestas en forma igualmente accesible y comprensible; algunas de ellas suponen un lector que ya posea ciertos conocimientos de historia y de economía. Pero vuelvo a repetirles que no deben preocuparse si al leer esta obra no la entienden inmediatamente. Esto le sucede a casi todo el mundo. Pero releyéndola más tarde, cuando estén interesados en el problema, lograrán entenderla en su mayor parte, si no en su totalidad. Cito este libro de Engels porque en el se hace un enfoque correcto del problema en el sentido mencionado. Comienza con un esbozo histórico de los orígenes del Estado.

Para tratar debidamente este problema, lo mismo que cualquier otro — por ejemplo el de los orígenes del capitalismo, la explotación del hombre por el hombre, el del socialismo, cómo surgió el socialismo, qué condiciones lo engendraron –, cualquiera de estos problemas sólo puede ser enfocado con seguridad y confianza si se echa una mirada a la historia de su desarrollo en conjunto. En relación con este problema hay que tener presente, ante todo, que no siempre existió el Estado. Hubo un tiempo en que no había Estado. Este aparece en el lugar y momento en que surge la división de la sociedad en clases, cuando aparecen los explotadores y los explotados.

Antes de que surgiera la primera forma de explotación del hombre por el hombre, la primera forma de la división en clases — propietarios de esdavos y esclavos –, existiá la familia patriarcal o, como a veces se la llama, la familia del clan (clan: gens; en ese entonces vivían juntas las personas de un mismo linaje u origen). En la vida de muchos pueblos primitivos subsisten huellas muy definidas de aquellos tiempos primitivos, y si se toma cualquier obra sobre la cultura primitiva, se tropezará con descripciones, indicaciones y reminiscencias más o menos precisas del hecho de que hubo una época más o menos similar a un comunismo primitivo, en la que aún no existiá la división de la sociedad en esclavistas y esclavos. En esa época no existiá el Estado, no había ningón aparato especial para el empleo sistemático de la fuerza y el sometimiento del pueblo por la fuerza. Ese aparato es lo que se llama Estado.

En la sociedad primitiva, cuando la gente vivía en pequeños grupos familiares y aún se hallaba en las etapas más bajas del desarrollo, en condiciones cercanas al salvajismo — época separada por varios miles de años de la moderna sociedad humana civilizada –, no se observan aún indicios de la existencia del Estado. Nos encontramos con el predominio de la costumbre, la autoridad, el respeto, el poder de que gozaban los ancianos del clan; nos encontramos con que a veces este poder era reconocido a las mujeres — la posición de las mujeres, entonces, no se parecía a la de opresión y falta de dere chos de las mujeres de hoy –, pero en ninguna parte encontramos una categoría especial de individuos diferenciados que gobiernen a los otros y que, en aras y con el fin de gobernar, dispongan sistemática y permanentemente de cierto aparato de coerción, de un aparato de violencia, tal como el que representan actualmente, como todos saben, los grupos especiales de hombres armados, las cárceles y demás medios para someter por la fuerza la voluntad de otros, todo lo que constituye la esencia del Estado.

Si dejamos de lado las llamadas doctrinas religiosas, las sutilezas, los argumentos filosóficos y las diversas opiniones erigidas por los eruditos burgueses, y procuramos llegar a la verdadera esencia del asunto, veremos que el Estado es en realidad un aparato de gobierno, separado de la sociedad humana. Cuando aparece un grupo especial de hombres de esta clase, dedicados exclusivamente a gobernar y que para gobernar necesitan de un aparato especial de coerción para someter la voluntad de otros por la fuerza — cárceles, grupos especiales de hombres, ejércitos, etc. –, es cuando aparece el Estado.

Pero hubo un tiempo en que no existiá el Estado, en que los vínculos generales, la sociedad misma, la disciplina y organización del trabajo se mantenian por la fuerza de la costumbre y la tradición, por la autoridad y el respeto de que gozaban los ancianos del clan o las mujeres — quienes en aquellos tiempos, no sólo gozaban de una posición social igual a la de los hombres, sino que, no pocas veces, gozaban incluso de una posición social superior –, y en que no había una categoría especial de personas que se especializaban en gobernar. La historia demuestra que el Estado, como aparato especial para la coerción de los hombres, surge solamente donde y cuando aparece la división de la sociedad en clases, o sea, la división en grupos de personas, algunas de las cuales se apropian permanentemente del trabajo ajeno, donde unos explotan a otros.

Y esta división de la sociedad en clases, a través de la historia, es lo que debemos tener siempre presente con toda claridad, como un hecho fundamental. El desarrollo de todas las sociedades humanas a lo largo de miles de años, en todos los países sin excepción, nos revela una sujeción general a leyes, una regularidad y consecuencia; de modo que tenemos, primero, una sociedad sin clases, la sociedad originaria, patriarcal, primitiva, en la que no existían aristócratas; luego una sociedad basada en la esclavitud, una sociedad esclavista. Toda la Europa moderna y civilizada pasó por esa etapa: la esclavitud reinó soberana hace dos mil años. Por esa etapa pasó también la gran mayoría de los pueblos de otros lugares del mundo. Todavía hoy se conservan rastros de la esclavitud entre los pueblos menos desarrollados; en Africa, por ejemplo, persiste todavía en la actualidad la institucion de la esclavitud. La división en propietarios de esclavos y esclavos fue la primera división de clases importante. El primer grupo no sólo poseía todos los medios de producción — la tierra y las herramientas, por muy primitivas que fueran en aquellos tiempos –, sino que poseía también los hombres. Este grupo era conocido como el de los propietarios de esclavos, mientras que los que trabajaban y suministraban trabajo a otros eran conocidos como esclavos.

Esta forma fue seguida en la historia por otra: el feudalismo. En la gran mayoría de los países, la esclavitud, en el curso de su desarrollo, evolucionó hacia la servidumbre. La división fundamental de la sociedad era: los terratenientes propietarios de siervos, y los campesinos siervos. Cambió la forma de las relaciones entre los hombres. Los poseedores de esclavos con sideraban a los esclavos como su propiedad; la ley confirmaba este concepto y consideraba al esclavo como un objeto que pertenecía íntegramente al propietario de esclavos. Por lo que se refiere al campesino siervo, subsistía la opresión de clase y la dependencia, pero no se consideraba que los campesinos fueran un objeto de propiedad del terrateniente propietario de siervos; éste sólo teniía derecho a apropiarse de su trabajo, a obligarlos a ejecutar ciertos servicios. En la practica, como todos ustedes saben, la servidumbre, sobre todo en Rusia, donde subsistío durante más tiempo y revistío las formas más brutales, no se diferenciaba en nada de la esclavitud.

Más tarde, con el desarrollo del comercio, la aparición del mercado mundial y el desarrollo de la circulación monetaria, dentro de la sociedad feudal surgió una nueva clase, la clase capitalista. De la mercancía, el intercambio de mercancías y la aparición del poder del dinero, surgió el poder del capital. Durante el siglo XVIII, o mejor dicho desde fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX, estallaron revoluciones en todo el mundo. El feudalismo fue abolido en todos los países de Europa Occidental. Rusia fue el último país donde ocurrió esto. En 1861 se produjo también en Rusia un cambio radical; como consecuencia de ello, una forma de sociedad fue remplazada por otra: el feudalismo fue remplazado por el capitalismo, bajo el cual siguió existiendo la división en clases, así como diversas huellas y supervivencias del régimen de ser vidumbre, pero fundamentalmente la división en clases asumió una forma diferente.

Los dueños del capital, los dueños de la tierra y los dueños de las fábricas constituían y siguen constituyendo, en todos los países capitalistas, una insignificante minoria de la población, que gobierna totalmente el trabajo de todo el pueblo, y, por consiguiente, gobierna, oprime y explota a toda la masa de trabajadores, la mayoría de los cuales son proletarios, trabajadores asalariados, que se ganan la vida en el proceso de producción, sólo vendiendo su mano de obra, su fuerza de trabajo. Con el paso al capitalismo, los campesinos, que habían sido divididos y oprimidos bajo el feudalismo, se convirtieron, en parte (la mayoría) en proletarios, y en parte (la minoría) en campesinos ricos, quienes a su vez contrataron trabajadores y constituyeron la burguesia rural.

Este hecho fundamental — el paso de la sociedad, de las formas primitivas de esclavitud al feudalismo, y por último al capitalismo — es el que deben ustedes tener siempre presente, ya que sólo recordando este hecho fundamental, encuadrando todas las doctrinas políticas en este marco fundamental, estarán en condiciones de valorar debidamente esas doctrinas y comprender qué se proponen. Pues cada uno de estos grandes periodos de la historia de la humanidad — el esclavista, el feudal y el capitalista — abarca decenas y centenares de siglos, y presenta una cantidad tal de formas políticas, una variedad tal de doctrinas políticas, opiniones y revoluciones, que sólo podremos llegar a comprender esta enorme diversidad y esta inmensa variedad — especialmente en relación con las doctrinas políticas, filosóficas y otras de los eruditos y políticos burgueses –, si sabemos aferrarnos firmemente, como a un hilo orientador fundamental, a esta división de la sociedad en clases, a esos cambios de las formas de la dominación de clases, y si analizamos, desde este punto de vista, todos los problemas sociales — económicos, políticos, espirituales, religiosos, etc.

Si ustedes consideran el Estado desde el punto de vista de esta división fundamental, verán que antes de la división de la sociedad en clases, como ya lo he dicho, no existía ningún Estado. Pero cuando surge y se afianza la división de la sociedad en clases, cuando surge la sociedad de clases, también surge y se afianza el Estado. La historia de la humanidad conoce decenas y cientos de paises que han pasado o están pasando en la actualidad por la esclavitud, el feudalismo y el capitalismo. En cada uno de ellos, pese a los enormes cambios históricos que han tenido lugar, pese a todas las vicisitudes políticas y a todas las revoluciones relacionadas con este desarrollo de la humanidad y con la transición de la esclavitud al capitalismo, pasando por el feudalismo, y hasta llegar a la actual lucha mundial contra el capitalismo, ustedes percibirán siempre el surgimiento del Estado. Este ha sido siempre determinado aparato al margen de la sociedad y consistente en un grupo de personas dedicadas exclusiva o casi exclusivamente o principalmente a gobernar. Los hombres se dividen en gobernados y en especialistas en gobernar, que se colocan por encima de la sociedad y son llamados gobernantes, representantes del Estado. Este aparato, este grupo de personas que gobiernan a otros, se apodera siempre de ciertos medios de coerción, de violencia física, ya sea que esta violencia sobre los hombres se exprese en la maza primitiva o en tipos más perfeccionados de armas, en la época de la esclavitud, o en las armas de fuego inventadas en la Edad Media o, por último, en las armas modernas, que en el siglo XX son verdaderas maravillas de la técnica y se basan íntegramente en los últimos lo gros de la tecnología moderna. Los métodos de violencia cambiaron, pero dondequiera existió un Estado, existió en cada sociedad, un grupo de personas que gobernaban, mandaban, dominaban, y que, para conservar su poder, disponían de un aparato de coerción física, de un aparato de violencia, con las armas que correspondían al nivel técnico de la época dada. Y sólo examinando estos fenómenos generales, preguntándonos por qué no existió ningún Estado cuando no había clases, cuando no había explotadores y explotados, y por que apareció cuando aparecieron las clases; sólo así encontraremos una respuesta definida a la pregunta de cuál es la esencia y la significación del Estado.

El Estado es una máquina para mantener la dominación de una clase sobre otra. Cuando no existían clases en la sociedad, cuando, antes de la época de la esclavitud, los hombres trabajaban en condiciones primitivas de mayor igualdad, en condiciones en que la productividad del trabajo era todavía muy baja y cuando el hombre primitivo apenas podía conseguir con dificultad los medios indispensables para la existencia más tosca y primitiva, entonces no surgió, ni podía surgir, un grupo especial de hombres separados especialmente para gobernar y dominar al resto de la sociedad. Sólo cuando apareció la primera forma de la división de la sociedad en clases, cuando apareció la esclavitud, cuando una clase determinada de hombres, al concentrarse en las formas más rudimentarias del trabajo agrícola, pudo producir cierto excedente, y cuando este excedente no resultó absolutamente necesario para la más mísera existencia del esclavo y pasó a manos del propietario de esclavos, cuando de este modo quedó asegurada la existencia de la clase de los propietarios de esclavos, entonces, para que ésta pudiera afianzarse era necesario que apareciera un Estado.

Y apareció el Estado esclavista, un aparato que dio poder a los propietarios de esclavos y les permitió gobernar a los esclavos. La sociedad y el Estado eran entonces mucho más reducidos que en la actualidad, poseían medios de comunicación incomparablemente más rudimentarios; no existían entonces los modernos medios de comunicación. Las montañas, los ríos y los mares eran obstáculos incomparablemente mayores que hoy, y el Estado se formó dentro de límites geográficos mucho más estrechos. Un aparato estatal técnicamente débil servía a un Estado confinado dentro de límites relativamente estrechos y con una esfera de acción limitada. Pero, de cualquier modo, existía un aparato que obligaba a los esclavos a permanecer en la esclavitud, que mantenía a una parte de la sociedad sojuzgada y oprimida por la otra. Es imposible obligar a la mayor parte de la sociedad a trabajar en forma sistemática para la otra parte de la sociedad sin un aparato permanente de coerción. Mientras no existieron clases, no hubo un aparato de este tipo. Cuando aparecieron las clases, siempre y en todas partes, a medida que la división crecía y se consolidaba, aparecía también una institución especial: el Estado. Las formas de Estado eran en extremo variadas. Ya durante el período de la esclavitud encontramos diversas formas de Estado en los países más adelantados, más cultos y civilizados de la época, por ejemplo en la antigua Grecia y en la antigua Roma, que se basaban integramente en la esclavitud. Ya había surgido en aquel tiempo una diferencia entre monarquía y república, entre aristocracia y democracia. La monarquía es el poder de una sola persona, la república es la ausencia de autoridades no elegidas; la aristocracia es el poder de una minoría relativamente pequeña, la democracia el poder del pueblo (democracia en griego, significa literalmente poder del pueblo). Todas estas diferencias sur gieron en la época de la esclavitud. A pesar de estas diferencias, el Estado de la epoca esclavista era un Estado esclavista, ya se tratara de una monarquía o de una república, aristocrática o democrática.

En todos los cursos de historia de la antigüedad, al escuchar la conferencia sobre este tema, les hablarán de la lucha librada entre los Estados monárquicos y los republicanos. Pero el hecho fundamental es que los esclavos no eran considerados seres humanos; no sólo no se los consideraba ciudadanos, sino que ni siquiera se los consideraba seres humanos. El derecho romano los consideraba como bienes. La ley sobre el homicidio, para no mencionar otras leyes de protección de la persona, no amparaba a los esclavos. Defendia sólo a los propietarios de esclavos, los únicos que eran reconocidos como ciudadanos con plenos derechos. Lo mismo daba que gobernara una monarquía o una república: tanto una como otra eran una república de los propietarios de esclavos o una monarquia de los propietarios de esclavos. Estos gozaban de todos los derechos, mientras que los esclavos, ante la ley, eran bienes; y contra el esclavo no sólo podía perpetrarse cualquier tipo de violencia, sino que incluso matar a un esclavo no era considerado delito. Las repúblicas esclavistas diferían en su organización interna: había repúblicas aristocráticas y repúblicas democráticas. En la república aristocrática participaba en las elecciones un reducido número de privilegiados; en la republica democrática participaban todos, pero siempre todos los propietarios de esclavos, todos, menos los esclavos. Debe tenerse en cuenta este hecho fundamental, pues arroja más luz que ningún otro sobre el problema del Estado, y pone claramente de manifiesto la naturaleza del Estado.

El Estado es una máquina para que una clase reprima a otra, una máquina para el sometimiento a una clase de otras clases, subordinadas. Esta máquina puede presentar diversas formas. El Estado esclavista podía ser una monarquía, una república aristocrática e incluso una república democrática. En realidad, las formas de gobierno variaban extraordinariamente, pero su esencia era siempre la misma: los esclavos no gozaban de ningún derecho y seguian siendo una clase oprimida; no se los consideraba seres humanos. Nos encontramos con lo mismo en el Estado feudal.

El cambio en la forma de explotación trasformó el Estado esclavista en Estado feudal. Esto tuvo una enorme importancia. En la sociedad esclavista, el esclavo no gozaba de ningún derecho y no era considerado un ser humano; en la sociedad feudal, el campesino se hallaba sujeto a la tierra. El principal rasgo de la servidumbre era que a los campesinos (y en aquel tiempo los campesinos constituían la mayoría, pues la población urbana era todavía muy poco desarrollada) se los consideraba sujetos a la tierra: de ahí se deriva este concepto mismo — la servidumbre. El campesino podía trabajar cierto número de días para si mismo en la parcela que le asignaba el señor feudal; los demás días el campesino siervo trabajaba para su señor. Subsistía la esencia de la sociedad de clases: la sociedad se basaba en la explotación de clase. Sólo los propietarios de la tierra gozaban de plenos derechos; los campesinos no tenían ningún derecho. En la práctica su situación no difería mucho de la situación de los esclavos en el Estado esclavista. Sin embargo, se había abierto un camino más amplio para su emancipación, para la emancipación de los campesinos, ya que el campesino siervo no era considerado propiedad directa del señor feudal. Podía trabajar una parte de su tiempo en su propia parcela; podía, por así decirlo, ser, hasta cierto punto, dueño de sí mismo; y al ampliarse las posibilidades de desarrollo del intercambio y de las relaciones comerciales, el sistema feudal se fue desintegrando progresivamente y se fueron ampliando progresivamente las posibilidades de emancipación del campesinado. La sociedad feudal fue siempre más compleja que la sociedad esclavista. Había un importante factor de desarrollo del comercio y la industria, cosa que, incluso en esa época, condujo al capitalismo. El feudalismo predominaba en la Edad Media. Y también aquí diferían las formas del Estado; también aquí encontramos la monarquía y la república, aunque esta última se manifestaba mucho más débilmente. Pero siempre se consideraba al señor feudal como el único gobernante. Los campesinos siervos ca recían totalmente de derechos políticos.

Ni bajo la esclavitud ni bajo el feudalismo podía una reducida minoría de personas dominar a la enorme mayoría sin recurrir a la coerción. La historia está llena de constantes intentos de las clases oprimidas por librarse de la opresión. La historia de la esclavitud nos habla de guerras de emancipación de los esclavos que duraron décadas enteras. El nombre de “espartaquistas”, entre parentesis, que han adoptado ahora los comunistas alemanes — el único partido aleman que realmente lucha contra el yugo del capitalismo –, lo adoptaron debido a que Espartaco fue el héroe más destacado de una de las más grandes sublevaciones de esclavos que tuvo lugar hace unos dos mil años. Durante varios años el Imperio romano, que parecía omnipotente y que se apoyaba por entero en la esclavitud, sufrió los golpes y sacudidas de un extenso levantamiento de esclavos, armados y agrupados en un vasto ejército, bajo la dirección de Espartaco. Al fin y al cabo fueron derrotados, capturados y torturados por los propietarios de esclavos. Guerras civiles como éstas jalonan toda la historia de la sociedad de clases. Lo que acabo de señalar es un ejemplo de la más importante de estas guerras civiles en la época de la esclavitud. Del mismo modo, toda la época del feudalismo se halla jalonada por constantes sublevaciones de los campesinos. En Alemania, por ejemplo, en la Edad Media, la lucha entre las dos clases — terratenientes y siervos — asumió amplias proporciones y se trasformó en una guerra civil de los campesinos contra los terratenientes. Todos ustedes conocen ejemplos similares de constantes levantamientos de los campesinos contra los terratenientes feudales en Rusia.

Para mantener su dominación y asegurar su poder, los señores feudales necesitaban de un aparato con el cual pudiesen sojuzgar a una enorme cantidad de personas y someterlas a ciertas leyes y normas; y todas esas leyes, en lo fundamental, se reducían a una sola cosa: el mantenimiento del poder de los señores feudales sobre los campesinos siervos. Tal era el Estado feudal, que en Rusia, por ejemplo, o en los países asiáticos muy atrasados (en los que aún impera el feudalismo) difería en su forma: era una república o una monarquía. Cuando el Estado era una monarquía se reconocía el poder de un individuo; cuando era una república, en uno u otro grado se reconocía la participación de representantes electos de la sociedad terrateniente; esto sucedía en la sociedad feudal. La sociedad feudal representaba una división en clases en la que la inmensa mayoría — los campesinos siervos — estaba totalmente sometida a una insignificante minoría, a los terratenientes, dueños de la tierra.

El desarrollo del comercio, el desarrollo del intercambio de mercancías, condujeron a la formación de una nueva clase, la de los capitalistas. El capital se conformo como tal al final de la Edad Media, cuando, después del descubrimiento de América, el comercio mundial adquirío un desarrollo enorme, cuando aumentó la cantidad de metales preciosos, cuando la plata y el oro se convirtieron en medios de cambio, cuando la circulación monetaria permitió a ciertos individuos acumular enormes riquezas. La plata y el oro fueron reconocidos como riqueza en todo el mundo. Declinó el poder económico de la clase terrateniente y creció el poder de la nueva clase, los representantes del capital. La sociedad se reorganizó de tal modo, que todos los ciudadanos parecían ser iguales, desapareció la vieja división en propietarios de esclavos y esclavos, y todos los individuos fueron considerados iguales ante la ley, independientemente del capital que poseyeran — propietarios de tierras o pobres hombres sin más propiedad que su fuerza de trabajo, todos eran iguales ante la ley. La ley protege a todos por igual; protege la propiedad de los que la tienen, contra los ataques de las masas que, al no poseer ninguna propiedad, al no poseer más que su fuerza de trabajo, se empobrecen y arruinan poco a poco y se convierten en proletarios. Tal es la sociedad capitalista.

No puedo detenerme a analizarlo en detalle. Ya volverán ustedes a ello cuando estudien el programa del partido: tendrán entonces una descripción de la sociedad capitalista. Esta sociedad fue avanzando contra la servidumbre, contra el viejo régimen feudal, bajo la consigna de la libertad. Pero era la libertad para los propietarios. Y cuando se desintegró el feudalismo, cosa que ocurrío a fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX — en Rusia ocurrió más tarde que en otros países, en 1861 –, el Estado feudal fue desplazado por el Estado capitalista, que proclama como consigna la libertad para todo el pueblo, que afirma que expresa la voluntad de todo el pueblo y niega ser un Estado de clase. Y en este punto se entabló una lucha entre los socialistas, que bregan por la libertad de todo el pueblo, y el Estado capitalista, lucha que condujo hoy a la creación de la República Socialista Soviética y que se está extendiendo al mundo entero.

Para comprender la lucha iniciada contra el capital mundial, para entender la esencia del Estado capitalista, debemos recordar que cuando ascendió el Estado capitalista contra el Estado feudal, entró en la lucha bajo la consigna de la libertad. La abolición del feudalismo significó la libertad para los representantes del Estado capitalista y sirvió a sus fines, puesto que la servidumbre se derrumbaba y los campesinos tenían la posibilidad de poseer en plena propiedad la tierra adquirida por ellos mediante un rescate o, en parte por el pago de un tributo; esto no interesaba al Estado; protegía la propiedad sin importarle su origen, pues el Estado se basaba en la propiedad privada. En todos los Estados civilizados modernos los campesinos se convirtieron en propietarios privados. Incluso cuando el terrateniente cedía parte de sus tierras a los campesinos, el Fstado protegía la propiedad privada, resarciendo al terrateniente con una indemnización, permitiéndole obtener dinero por la tierra. El Estado, por así decirlo, declaraba que ampararía totalmente la propiedad privada y le otorgaba toda clase de apoyo y protección. El Estado reconocía los derechos de propiedad de todo comerciante, fabricante e industrial. Y esta sociedad, basada en la propiedad privada, en el poder del capital, en la sujeción total de los obreros desposeidos y las masas trabajadoras del campesinado proclamaba que su régimen se basaba en la libertad. Al luchar contra el feudalismo, proclamó la libertad de propiedad y se sentía especialmente orgullosa de que el Estado hubiese dejado de ser, supuestamente, un Estado de clase.

Con todo, el Estado seguía siendo una máquina que ayudaba a los capitalistas a mantener sometidos a los campesinos pobres y a la clase obrera, aunque en su apariencia exterior fuese libre. Proclamaba el sufragio universal y, por intermedio de sus defensores, predicadores, eruditos y filosófos, que no era un Estado de clase. Incluso ahora, cuando las repúblicas socialistas soviéticas han comenzado a combatir el Estado, nos acusan de ser violadores de la libertad y de erigir un Estado basado en la coerción, en la represión de unos por otros, mientras que ellos representan un Estado de todo el pueblo, un Estado democrático. Y este problema, el problema del Estado, es ahora, cuando ha comenzado la revolución socialista mundial y cuando la revolución triunfa en algunos países, cuando la lucha contra el capital mundial se ha agudizado en extremo, un problema que ha adquirido la mayor importancia y puede decirse que se ha convertido en el problema más candente, en el foco de todos los problemas políticos y de todas las polémicas políticas del presente.

Cualquiera sea el partido que tomemos en Rusia o en cualquiera de los países más civilizados, vemos que casi todas las polémicas, discrepancias y opiniones políticas giran ahora en torno de la concepcion del Estado. ¿Es el Estado, en un país capitalista, en una república democrática — especialmente en repúblicas como Suiza o Norteamérica –, en las repúblicas democráticas más libres, la expresión de la voluntad popular, la resultante de la decisión general del pueblo, la expresión de la voluntad nacional, etc., o el Estado es una máquina que permite a los capitalistas de esos países conservar su poder sobre la clase obrera y el campesinado? Este es el problema fundamental en torno del cual giran todas las polémicas políticas en el mundo entero. ¿Qué se dice sobre el bolchevismo? La prensa burguesa lanza denuestos contra los bolcheviques. No encontrarán un solo periódico que no repita la acusación en boga de que los bolcheviques violan la soberanía del pueblo. Si nuestros mencheviques y eseristas, en su simpleza de espiritu (y quizá no sea simpleza, o quiza sea esa simpleza de la que dice el proverbio que es peor que la ruindad) piensan que han inventado y descubierto la acusación de que los bolcheviques han violado la libertad y la soberanía del pueblo, se equivocan en la forma más ridicula. Hoy, todos los periodicos más ricos de los países más ricos, que gastan decenas de millones en su difusión y diseminan mentiras burguesas y la política imperialista en decenas de millones de ejemplares, todos esos periódicos repiten esos argumentos y acusaciones fundamentales contra el bolchevismo, a saber: que Norteamérica, Inglaterra y Suiza son Estados avanzados, basados en la soberanía del pueblo, mientras que la república bolchevique es un Estado de bandidos en el que no se conoce la libertad y que los bolcheviques son violadores de la idea de la soberanía del pueblo e incluso llegaron al extremo de disolver la Asamblea Constituyente. Estas terribles acusaciones contra los bolcheviques se repiten en todo el mundo. Estas acusaciones nos conducen directamente a la pregunta: ¿que es el Estado? Para comprender estas acusaciones, para poder estudiarlas y adoptar hacia ellas una actitud plenamente conciente, y no examinarlas basándose en rumores, sino en una firme opinión propia, debemos tener una clara idea de lo que es el Estado. Tenemos ante nosotros Estados capitalistas de todo tipo y todas las teorías que en su defensa se elaboraron antes de la guerra. Para responder correctamente a la pregunta, debemos examinar con un enfoque crítico todas estas teorías y concepciones.

Ya les he aconsejado que recurran al libro de Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. En él se dice que todo Estado en el que existe la propiedad privada de la tierra y los medios de producción, en el que domina el capital, por democrático que sea, es un Estado capitalista, una máquina en manos de los capitalistas para el sojuzgamiento de la clase obrera y los campesinos pobres. Y el sufragio universal, la Asamblea Constituyente o el Parlamento son meramente una forma, una especie de pagaré, que no cambia la esencia del asunto.

Las formas de dominación del Estado pueden variar: el capital manifiesta su poder de un modo donde existe una forma y de otro donde existe otra forma, pero el poder está siempre, esencialmente, en manos del capital, ya sea que exista o no el voto restringido u otros derechos, ya sea que se trate de una república democrática o no; en realidad, cuanto más democrática es, más burda y cinica es la dominación del capitalismo. Una de las repúblicas más democráticas del mundo es Estados Unidos de Norteamérica, y sin embargo, en ninguna parte (y quienes hayan estado allí después de 1905 probablemente lo saben) es tan crudo y tan abiertamente corrompido como en Norteamérica el poder del capital, el poder de un puñado de multimillonarios sobre toda la sociedad. El capital, una vez que existe, domina la sociedad entera, y ninguna república democrática, ningún derecho electoral pueden cambiar la esencia del asunto.

La república democrática y el sufragio universal representaron un enorme progreso comparado con el feudalismo: permitieron al proletariado lograr su actual unidad y solidaridad y formar esas filas compactas y disciplinadas que libran una lucha sistemática contra el capital. No existió nada ni siquiera parecido a esto entre los campesinos siervos y ni que hablar ya entre los esclavos. Los esclavos, como sabemos se sublevaron, se amotinaron e iniciaron guerras civiles, pero no podian llegar a crear una mayoría consciente y partidos que dirigieran la lucha; no podían comprender claramente cuáles eran sus objetivos, e incluso en los momentos más revolucionarios de la historia fueron siempre peones en manos de las clases dominantes. La república burguesa, el Parlamento, el sufragio universal, todo ello constituye un inmenso progreso desde el punto de vista del desarrollo mundial de la sociedad. La humanidad avanzó hacia el capitalismo y fue el capitalismo solamente, lo que, gracias a la cultura urbana, permitió a la clase oprimida de los proletarios adquirir conciencia de si misma y crear el movimiento obrero mundial, los millones de obreros organizados en partidos en el mundo entero; los partidos socialistas que dirigen concientemente la lucha de las masas. Sin parlamentarismo, sin un sistema electoral, habría sido imposible este desarrollo de la clase obrera. Es por ello que todas estas cosas adquirieron una importancia tan grande a los ojos de las grandes masas del pueblo. Es por ello que parece tan dificil un cambio radical. No son sólo los hipócritas concientes, los sabios y los curas quienes sostienen y defienden la mentira burguesa de que el Estado es libre y que tiene por misión defender los intereses de todos; lo mismo hacen muchisimas personas atadas sinceramente a los viejos prejuicios y que no pueden entender la transición de la sociedad antigua, capitalista, al socialismo. Y no sólo las personas que dependen directamente de la burguesia, no sólo quienes vi ven bajo el yugo del capital o sobornados por el capital (hay gran cantidad de cientificos, artistas, sacerdotes, etc., de todo tipo al servicio del capital), sino incluso personas simplemente influidas por el prejuicio de la libertad burguesa, se han movilizado contra el bolchevismo en el mundo entero, porque cuando fue fundada la República Soviética rechazó estas mentiras burguesas y declaró abiertamente: ustedes dicen que su Estado es libre, cuando en realidad, mientras exista la propiedad privada, el Estado de ustedes, aunque sea una república democrática, no es más que una máquina en manos de los capitalistas para reprimir a los obreros, y mientras más libre es el Estado, con mayor claridad se manifiesta esto. Ejemplos de ello nos los brindan Suiza en Europa, y Estados Unidos en América. En ninguna parte domina el capital en forma tan cínica e implacable y en ninguna parte su dominación es tan ostensible como en estos países, a pesar de tratarse de repúblicas democráticas, por muy bellamente que se las pin te y por mucho que en ellas se hable de democracia del trabajo y de igualdad de todos los ciudadanos. El hecho es que en Suiza y en Norteamérica domina el capital, y cualquier intento de los obreros por lograr la menor mejora efectiva de su situación, provoca inmediatamente la guerra civil. En estos países hay pocos soldados, un ejército regular pequeño — Suiza cuenta con una milicia y todos los ciudadanos suizos tienen un fusil en su casa, mientras que en Estados Unidos, hasta hace poco, no existía un ejército regular –, de modo que cuando estalla una huelga, la burguesia se arma, contrata soldados y reprime la huelga; en ninguna parte la represión del movimiento obrero es tan cruel y feroz como en Suiza y en Estados Unidos, y en ninguna parte se manifiesta con tanta fuerza como en estos países la influencia del capital sobre el Parlamento. La fuerza del capital lo es todo, la Bolsa es todo, mientras que el Parla mento y las elecciones no son más que muñecos, marionetas. . . Pero los obreros van abriendo cada vez más los ojos y la idea del poder soviético va extendiéndose cada vez más. Sobre todo después de la sangrienta matanza por la que acabamos de pasar. La clase obrera advierte cada vez más la necesidad de luchar implacablemente contra los capitalistas.

Cualquiera sea la forma con que se encubra una república, por democrática que sea, si es una república burguesa, si conserva la propiedad privada de la tierra, de las fábricas, si el capital privado mantiene a toda la sociedad en la esclavitud asalariada, es decir, si la república no lleva a la práctica lo que se proclama en el programa de nuestro partido y en la Constitución soviética, entonces ese Estado es una máquina para que unos repriman a otros. Y debemos poner esta máquina en manos de la clase que habrá de derrocar el poder del capital. Debemos rechazar todos los viejos prejuicios acerca de que el Estado significa la igualdad universal; pues esto es un fraude: mientras exista explotación no podrá existir igualdad. El terrateniente no puede ser igual al obrero, ni el hombre hambriento igual al saciado. La máquina, llamada Estado, y ante la que los hombres se inclinaban con supersticiosa veneración, porque creian en el viejo cuento de que significa el Poder de todo el pueblo, el proletariado la rechaza y afirma: es una mentira burguesa. Nosotros hemos arrancado a los capitalistas esta máquina y nos hemos apoderado de ella. Utilizaremos esa máquina, o garrote, para liquidar toda explotación; y cuando toda posibilidad de explotación haya desaparecido del mundo, cuando ya no haya propietarios de tierras ni propietarios de fábricas, y cuando no exista ya una situación en la que unos estan saciados mientras otros padecen hambre, sólo cuando haya desaparecido por completo la posibilidad de esto, relegaremos esta máquina a la basura. Entonces no existir á Estado ni explotación. Tal es el punto de vista de nuestro partido comunista. Espero que volveremos a este tema en futuras conferencias, volveremos a él una y otra vez.

(Conferencia pronunciada en la Universidad Sverdlov*el 11 de julio de 1919)

Debate marxista sobre el lugar común de la Asamblea Constituyente

En varios países de América Latina, se han vuelto cada vez más frecuentes en los últimos años los llamados por la convocatoria de asambleas constituyentes. Recientemente en torno a la huelga de masas y cuasi levantamiento en Oaxaca, que duró de mayo a noviembre de 2006, tanto la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) como toda una serie de grupos de izquierda lanzaron llamados a favor de una asamblea constituyente, una “asamblea constituyente revolucionaria”, una “asamblea nacional democrática y popular”, etc. Aunque una asamblea constituyente elegida mediante sufragio universal no es más que una reivindicación democrático-burguesa, los comunistas revolucionarios han lanzado esa consigna en el curso de su lucha en contra de toda una serie de regímenes precapitalistas y coloniales, así como de dictaduras bonapartistas. Así, por ejemplo, representó uno de los puntales esenciales de los bolcheviques de V.I. Lenin en la Rusia zarista, por ejemplo en la Revolución de 1905, hasta que fue sustituida como consigna central por “todo el poder a los soviets” en el curso de 1917. Asimismo, Trotsky se pronunció a favor de una asamblea nacional en China bajo los señores de la guerra, enfatizando al mismo tiempo que dicho llamado formaba parte de un programa para la toma del poder por parte de consejos de obreros y campesinos (soviets). Sin embargo, la actual avalancha de llamados a favor de asambleas constituyentes en el marco de regímenes supuestamente democrático-burgueses, se contrapone por el vértice al bolchevismo. Lo que hace es remplazar el programa de la revolución proletaria con el de la “democracia” (capitalista), la marca distintiva de los socialdemócratas por doquier.

 

En sus diversas formulaciones, los orígenes de esta consigna se remontan a la Revolución Francesa del siglo XVIII, cuando el Tercer estado (que representaba a las fuerzas ascendentes de la burguesía y de la pequeña burguesía) estableció la Asamblea Nacional Constituyente en junio de 1789 para acabar con los remanentes del ancien régime, una monarquía absolutista encima de un orden feudal decadente. Su propósito inicial era establecer una monarquía constitucional para poner fin a las caóticas condiciones que impedían el crecimiento de un mercado interno; así se propuso una división del poder entre el rey y la asamblea. Sin embargo, los eventos revolucionarios pronto sobrepasaron los planes de los burgueses “moderados”. Para 1792, la Asamblea Nacional había sido remplazada por la Convención Nacional, dirigida por los jacobinos bajo Robespierre. Con el posterior desarrollo del capitalismo, cuando la clase obrera empezó a jugar un rol de protagonista central, ya para la época de la Revolución de 1848 en Francia, la Asamblea Nacional se convirtió en el punto focal de la reacción burguesa en oposición al levantamiento proletario de las Jornadas de Junio. También en Alemania y Austria en 1848, las asambleas constituyentes de Berlín, Viena y Frankfurt hicieron las paces con las fuerzas de la reacción por temor a una revolución obrera.

 

Por su naturaleza genérica, las asambleas constituyentes no son simples cuerpos parlamentarios, sino que, como tales, tienen el propósito de establecer (constituir) una estructura estatal, por ejemplo, mediante la promulgación de una constitución. En Francia, la Segunda, Tercera y Cuarta repúblicas fueron establecidas por asambleas constituyentes. En América Latina hoy en día, es típico que los llamados a favor de tales asambleas estén acompañados por llamados a favor de la “refundación” del país. En un país en el que vastos sectores de la población han sido excluidos del ejercicio de derechos democráticos (por ejemplo, en Ecuador la enorme población indígena fue privada en los hechos del derecho al voto hasta 1978, en virtud del requisito que establecía que los votantes debían saber leer en español), puede ser una reivindicación clave. También es oportuno cuando una estructura social feudal o semifeudal impide que grandes sectores de la población rural tengan alguna participación política, con masas de campesinos sin tierra atadas a las haciendas en virtud del peonaje por deuda, como en México antes de la Revolución Mexicana de 1910-17. En tales circunstancias, la demanda de una “convención nacional” que resuelva la cuestión de la tierra mediante una revolución agraria, que elimine el dominio del clero en la educación y realice otras tareas democráticas, puede ser un poderoso mecanismo para levantar a las masas para que emprendan acciones revolucionarias. Lo mismo puede ser el caso en la lucha para derribar dictaduras militares, como las que predominaron en América Latina en los años 70.

 

Con todo, lanzar llamados por la convocatoria de una asamblea constituyente en México o Ecuador hoy en día –donde existen las estructuras formales de la democracia burguesa, así sea de manera raquítica, y los latifundios semifeudales han sido sustituidos desde hace mucho tiempo por la agricultura capitalista– equivaldría a llamar a “refundar” dichos países sobre una base burguesa, cuando lo que se necesita es una revolución socialista. En Bolivia, el Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales hizo campaña a favor de una asamblea constituyente, buscando sembrar la ilusión de que estaba dispuesto a realizar cambios fundamentales, pero sin tocar los fundamentos capitalistas del país. Esta consigna ha sido repetida por diversos grupos de izquierda que se han puesto a la cola del MAS, en un esfuerzo para empujar a Morales hacia la izquierda y reclutar adeptos entre sus seguidores plebeyos. En los levantamientos de obreros y campesinos de 2003 y 2005 que llevaron al país al borde de una insurrección, señalamos que urgía establecer no una asamblea constituyente democrático burguesa (ni una supuestamente más izquierdista “asamblea popular”) sino consejos (soviets) de obreros y campesinos que sirvieran como base de un gobierno obrero, campesino e indígena revolucionario. Señalamos también que si bien Bolivia es el campeón continental en lo que toca al número de golpes de estado que ha sufrido, también tiene la delantera con respecto a asambleas constituyentes o congresos (al menos 19 según nuestro conteo)1. Así, cuando Morales fue elegido presidente en diciembre de 2005, convocó la asamblea constituyente que había prometido desde hacía mucho tiempo. ¿Cuál ha sido el resultado? Derechistas racistas han secuestrado a la asamblea para implementar sus exigencias reaccionarias a favor de la autonomía regional para separarse del altiplano predominantemente indígena.

 

Así, aunque en ciertos contextos es apropiado que los comunistas llamen por la formación de una asamblea constituyente, esta demanda no es de ninguna manera inherentemente democrático-revolucionaria. En ciertas condiciones, puede incluso servir como cubierta de una contrarrevolución “democrática”. Nuestra corriente, ha tenido alguna experiencia con este tópico. En un artículo  titulado “Why a Revolutionary Constituent Assembly” [¿Por qué una asamblea constituyente revolucionaria?] (Workers Vanguard, n° 221, 15 de diciembre de 1978), señalamos que cuando la dictadura chilena de Pinochet organizó un plebiscito y la Democracia Cristiana (DC) estuvo diciendo que había que remplazar la dictadura con una junta militar reformada, denunciamos los comicios trucados y nos pronunciamos por una asamblea constituyente y por aplastar a la junta mediante una revolución obrera. Nuestro artículo, de la Organización Trotskista Revolucionaria de Chile, explicaba:

 

“En contra de las adaptaciones reformistas al programa de la burguesía, presentamos como trotskistas el llamado a favor de una asamblea constituyente con plenos poderes, elegida mediante voto universal, secreto y directo. Una genuina asamblea constituyente sólo puede, por definición, ser convocada si imperan plenas libertades democráticas, que permitan la participación de todos los partidos de la clase obrera. En consecuencia, uno de sus prerrequisitos es el derrocamiento revolucionario de la junta militar, algo que la DC y los reformistas, a pesar de su larga lista de reivindicaciones democráticas, olvidan mencionar.

 

“Para los leninistas, las tareas democráticas representan una parte subordinada del programa de clase del proletariado. Como escribió Trotsky al hablar del papel de las demandas democráticas en los países gobernados por los fascistas: ‘Pero las fórmulas de la democracia (libertad de prensa, derecho de asociación, etc.) sólo significan para nosotros consignas incidentales o episódicas en el movimiento independiente del proletariado, y no un dogal democrático echado al cuello del proletariado por los agentes de la burguesía (¡España!)’ (Programa de Transición). En países con una tradición de democracia burguesa y con una clase obrera avanzada, como Chile, la demanda de una asamblea constituyente no es una parte fundamental del programa proletario. Así, después de que la junta militar tomara el poder, la TEI no presentó dicha consigna. La lanzamos ahora de manera táctica en contra de los esfuerzos de la burguesía, apoyados por sus agentes en el movimiento obrero, para pactar con sectores militares. Nuestro propósito es desenmascarar el miedo de la burguesía a la democracia revolucionaria.

 

 

En otras ocasiones, en cambio, el llamado a favor de una asamblea constituyente se ha presentado para exorcizar el espectro de la revolución obrera. Esto fue lo que ocurrió en Portugal en el verano de 1975. Tras la caída de la dictadura de Marcelo Caetano en abril de 1974, cuando la reacción se consolidaba en torno al siniestro general Antônio Spínola, inicialmente nos pronunciamos a favor de elecciones inmediatas para una asamblea constituyente, así como por la formación de consejos obreros. Sin embargo, un año después, como señalamos en nuestro artículo de 1978 “¿Por qué una asamblea constituyente revolucionaria?”, “comisiones obreras, asambleas populares y diversas formas localizadas de doble poder, están apareciendo por doquier en el país.” En ese momento, mientras que el Partido Comunista Portugués (PCP) estaba aliado con oficiales izquierdistas del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), con Spínola hecho a un lado, las fuerzas contrarrevolucionarias se cohesionaron en torno al Partido Socialista (PS) de Mário Soares, que con el respaldo burgués ganó las elecciones de abril de 1975 para la asamblea constituyente.

 

¿Qué política debían adoptar los marxistas revolucionarios? La mayor de las organizaciones supuestamente trotskistas en ese momento, el Secretariado Unificado de la IV Internacional (SU), estaba dividido a la mitad. La mayoría, compuesta por los seguidores de Ernest Mandel, vitoreó a los “oficiales revolucionarios” del MFA, justo como hacen hoy en día muchos que se pretenden radicales con el coronel burgués populista Hugo Chávez en Venezuela. La minoría, dirigida por el Socialist Workers Party norteamericano de Jack Barnes y el seudotrotskista argentino Nahuel Moreno, se alineó con el Partido Socialista (fuertemente financiado por la CIA a través de la socialdemocracia alemana y su Fundación Friedrich Ebert) en nombre de la defensa de la “soberanía” de la asamblea constituyente. Así, mientras que las turbas dirigidas por los “socialistas” quemaban las oficinas del PCP, ¡el S.U. estuvo en ambos lados de las barricadas! En contraste, los auténticos trotskistas no dieron apoyo a ninguna de las coaliciones burguesas en contienda, y llamaron en cambio a formar soviets obreros en Portugal, contrapuestos a la asamblea constituyente dominada por los derechistas (ver nuestro artículo en dos partes, “Soviets and the Struggle for Workers Power in Portugal” [Los soviets y la lucha por el poder obrero en Portugal], Workers Vanguard nos. 83 y 87, 24 de octubre y 28 de noviembre de 1975).

 

Volvamos a la situación actual. Entre septiembre y noviembre del año pasado, los medios radicales en todo el mundo se vieron saturados con artículos que aclamaban una supuesta “Comuna de Oaxaca”, la mayor parte de los cuales por puro entusiasmo acrítico, en tanto que otros le añadían un toque “izquierdista” al sugerir a dicha comuna que tomara el poder, expropiara a la burguesía, etc. No se explicaba, sin embargo, cómo se realizaría esto en el estado más empobrecido y predominantemente campesino del país. El Grupo Internacionalista intervino activamente en Oaxaca a lo largo de varios meses, señalando todo el tiempo que aunque varios sindicatos formaban parte de la APPO, ésta no se basaba en la clase obrera y el campesinado y que en consecuencia no representaba una forma embrionaria de gobierno obrero y campesino –que es lo que eran la Comuna de Paris de 1871 y los soviets rusos de 1917 (ver “¿Una comuna de Oaxaca?” en El Internacionalista n° 6, mayo de 2007). De hecho, varios dirigentes principales de la APPO son militantes del Partido de la Revolución Democrática (PRD), un partido nacionalista burgués. El GI y la LIVI llamaron por una huelga nacional contra la represión, y a romper con el frente popular en torno al PRD y su principal dirigente, Andrés Manuel López Obrador, así como a formar un partido obrero revolucionario.

 

Tras la represión sangrienta del 25 de noviembre de 2006, se ha desvanecido la retórica de la “extrema izquierda” acerca de una Comuna de Oaxaca, de modo que hoy en día varios grupos radicales enfocan sus consignas en la demanda de una asamblea constituyente. Con mucho, el grupo de izquierda más grande en Oaxaca es el Partido Comunista de México (marxista-leninista), que sostiene que para lograr una “salida democrática revolucionaria”, la izquierda debe enfocarse a la “discusión de una nueva constitución”, “alcanzar una plataforma común”, “poniendo en la estrategia del movimiento de masas la realización de una Asamblea Nacional Constituyente Democrática y Popular” (Vanguardia Proletaria, 5 de marzo). No sorprende el hecho de que el PCM (m-l) haga ese llamado, pues es perfectamente consistente con su programa reformista de la “revolución por etapas” y del frente popular; de hecho, en el mismo número, un artículo alaba la política de Stalin como un “clásico del marxismo-leninismo”. Sin embargo, los estalinistas de los últimos días no son los únicos que defienden esta línea democrático-burguesa. Otra organización que se proclama como defensora de la asamblea constituyente en todos lados y en cualquier momento, es la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS), parte de la Fracción Trotskista (FT).

 

En su balance, “Crisis del régimen y las lecciones de la Comuna de Oaxaca” (31 de diciembre de 2006, la LTS dice que la APPO debía establecer “un gobierno provisional [que] debería convocar a una Asamblea Constituyente Revolucionaria”. Más específicamente, la APPO debería “transformase en un verdadero organismo de democracia directa de los explotados y oprimidos que enarbolase un programa obrero y popular”, para “reorganizar el estado en función de los intereses de las grandes mayorías oprimidas y explotadas”. La LTS dice también que “un gobierno de la APPO y las demás organizaciones obreras y populares”, en tanto que “expresión política de la Comuna, debería poner en pie una verdadera Asamblea Constituyente Revolucionaria”, en la que “los trabajadores, los campesinos y los indígenas, junto a todo el pueblo, discutiesen como reorganizar la sociedad.” Prácticamente cada uno de estos puntos se contrapone al marxismo. En primer lugar, es necesario, no “reorganizar el estado”, sino aplastar al estado capitalista y remplazarlo con un estado obrero. En segundo lugar, un genuino soviet no es simplemente un ejemplo de democracia directa de los pobres, sino un órgano de clase del poder obrero. La LTS y la FT sistemáticamente pasan por alto el carácter de clase proletario del programa por el que luchan los trotskistas, y lo remplazan con palabrería sentimentaloide acerca de la “democracia” y el “pueblo”, que se sentaría en torno a una mesa para discutir qué tipo de sociedad quiere.

 

La retórica “democraticista” de esta corriente no es accidental, pues proviene directamente del progenitor de la FT, Nahuel Moreno. La FT se ofende cuando se le denomina neomorenista, pues dice haber roto con Moreno algunos años después de su muerte en 1986 (ver su “Polémica con la LIT y el legado teórico de Nahuel Moreno”, Estrategia Internacional n° 3, diciembre de 1993-enero de 1994). Ahí, aunque presentan objeciones en contra de varias de las formulaciones más abiertamente oportunistas de Moreno, como su llamado a favor de una “revolución democrática”, la FT conserva el marco metodológico y muchas de las consignas de su maestro. Su sección más importante, el Partido de los Trabajadores por el Socialismo de Argentina, escribió tras los cacerolazos de diciembre de 2001 en contra de la sucesión de presidentes burgueses:

 

“La consigna ‘que se vayan todos’ expresa la falta de legitimidad y el odio popular hacia el régimen de representación política, hacia los políticos patronales…. Pero, aún no se ha avanzado en identificar a este régimen, con su contenido social, la dominación capitalista. Es en el sentido de tender un puente entre esta conciencia ‘democrática’ de las masas y la necesidad de la revolución y el poder obrero, que los marxistas levantamos la consigna de Asamblea Constituyente Revolucionaria.”

 

Por supuesto, Trotsky mismo presentó el Programa de Transición de 1938 para “ayudar a las masas, en el proceso de la lucha cotidiana, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa socialista de la revolución”. Sin embargo, lo que el PTS y la FT hacen aquí es bien distinto, pues el llamado a favor de una asamblea constituyente, ya sea que se la etiquete como revolucionaria o no, no va más allá de los límites del capitalismo. En los países capitalistas económicamente atrasados, semifeudales o coloniales, una asamblea constituyente podría ser el vehículo para las luchas de e masas a favor de la revolución agraria, la independencia nacional y la realización de derechos democráticos elementales. Pero tanto antes como después de diciembre de 2001, Argentina ha sido un país independiente, completamente capitalista, que ni siquiera tiene un verdadero campesinado, sino más bien obreros agrícolas. Fingir que hay una “revolución democrática” a completar en Argentina, no es otra cosa que una capitulación ante –y una adopción de– las ilusiones democráticas de las masas, nada que tenga que ver con dirigirlas hacia la revolución socialista. Y esto es exactamente lo que hizo Moreno al hacer del llamado por asambleas constituyentes el elemento central de su programa, desde Portugal (de donde lo tomó prestado del SWP norteamericano), hasta Argentina y el resto de América Latina.

 

La piedra de toque del trotskismo se expresa en la primera oración del Programa de Transición: “La situación política mundial en su conjunto se caracteriza principalmente por la crisis histórica de la dirección del proletariado”. El propósito y razón de ser de la IV Internacional, de la cual éste es el documento de fundación, consistía en proveer la vanguardia revolucionaria independiente indispensable para dirigir las luchas de los obreros y oprimidos hacia la revolución socialista internacional. Moreno, sin embargo, rechazó la perspectiva de Trotsky. En un documento de 1980 titulado Actualización del Programa de Transición, Moreno sostiene que “a pesar de las fallas del sujeto (es decir de que el proletariado en algunas revoluciones no haya sido el protagonista principal) y del factor subjetivo (la crisis de dirección revolucionaria, la debilidad del trotskismo), la revolución socialista mundial obtuvo triunfos importantes, llegó a la expropiación en muchos países de los explotadores nacionales y extranjeros, pese a que la dirección del movimiento de masas continuó en manos de los aparatos y direcciones oportunistas y contrarrevolucionarios.”

 

Según Moreno, una dirección trotskista independiente no es necesaria para realizar lo que denomina “revoluciones de febrero”, en oposición a las “revoluciones de octubre”. Así, “actualiza” el programa de Trotsky al postular toda una etapa de revoluciones de febrero. En su Tesis 26, Moreno afirma:

 

“Nuestros partidos tienen que reconocer la existencia de una situación revolucionaria pre-febrero para sacar consignas democráticas adecuadas a la existencia de direcciones pequeñoburguesas que controlan el movimiento de masas y a la necesidad de establecer una unidad de acción lo más pronto posible para hacer la revolución de febrero. Debemos comprender que es inevitable hacerla y no tratar de saltarnos esa etapa, sino sacar todas las conclusiones estratégicas y tácticas necesarias.”

 

Así, lo que Moreno propone es lanzar una serie de consignas democráticas adecuadas para las direcciones pequeñoburguesas, no un programa para los revolucionarios. ¿Cuáles serían tales consignas? En la Tesis 27, enfatiza “el carácter democrático general de las revoluciones de febrero contemporáneas”. Y prosigue: “De ahí la enorme importancia que ha adquirido la consigna de Asamblea Constituyente o variantes parecidas en casi todos los países del mundo”. Se refiere a la asamblea constituyente como “la máxima expresión de lucha democrática”, diciendo que “Planteamos Asamblea Constituyente, pero diciendo: somos los más grandes demócratas”, etc. Habla también del “desarrollo del poder obrero y popular”, lo que sea que signifique, diciendo que el objetivo último de la clase obrera y sus aliados es la toma del poder. Pero lo fundamental aquí es que Moreno está presentando un programa democrático para falsos dirigentes pequeñoburgueses o, incluso, burgueses.

 

La “actualización” de Moreno del Programa de Transición fue parte de toda una evolución de sus concepciones políticas. Antes de eso, Moreno se había distinguido principalmente por la facilidad con la que realizaba abruptos cambios políticos, siendo un artista del disfraz, tanto así que nos referíamos a Nahuel Moreno como el Cantinflas del movimiento marxista. Nahuel Moreno siempre intentó hacerse pasar como representante del ala izquierda de cualquier movimiento en boga en un momento dado. Después de posar como peronista de izquierda en Argentina, a principio de los años 60 se vistió con uniforme militar verde olivo del guerrillerismo castro-guevarista. Por un rato, estuvo entusiasmado con las Guardias Rojas maoístas en China. Cuando algunos de sus compañeros se tomaron en serio sus palabras y comenzaron a formar un frente guerrillero en Argentina a finales de los 60, con resultados catastróficos, Moreno no tardó en dar la vuelta para vestirse con traje y corbata como un socialdemócrata respetable, uniéndose a los vestigios del Partido Socialista Argentino. En 1975-1976 respaldó a la socialdemocracia portuguesa financiada por la CIA. Para finales de los años 70, había vuelto al guerrillerismo, esta vez como un sandinista socialista. Documentamos esta historia en el folleto La verdad sobre Moreno (1980), publicado originalmente por la Tendencia Espartaquista Internacional y ahora disponible como publicación de la Liga por la IV Internacional.

 

 Pero para principios de los 80, la junta estaba agonizando, herida de muerte por su malhadada aventura militar en las Islas Malvinas/Falklands (aventura que los morenistas vitorearon con entusiasmo), y Moreno se alineó con la oposición burguesa de los radicales, dirigida por Raúl Alfonsín, quien ganó la presidencia en 1983. Moreno proclamó que esta victoria representaba una Revolución democrática triunfante, en un libro que llevaba ese título, inventando entonces su teoría de las “revoluciones democráticas”. La punta de lanza programática de este dogma antimarxista es su llamado, en todos lados y en cualquier ocasión, a favor del establecimiento de una asamblea constituyente.

Pero incluso antes de su repentino enamoramiento con las “revoluciones de febrero” (que ocurrió en tiempos en que Ronald Reagan abogaba por una “revolución democrática” en América Latina), Nahuel Moreno ya subrayaba el llamado a favor de asambleas constituyentes en el “Tercer Mundo” semicolonial. Así, su casa editorial (Pluma) publicó a mediados de los años 70 una colección de escritos de Trotsky titulada La segunda revolución china, que cubrían el período de 1919 a 1938 y que de manera prominente representaba el llamado del revolucionario bolchevique a favor de asambleas constituyentes en torno a 1930, tras la derrota de la segunda Revolución China en 1927. Sin embargo, este libro de 220 páginas dejó fuera los muchos artículos de Trotsky en los que éste llama por la formación de soviets en China, consigna que era el punto focal de sus llamados a la acción para el Partido Comunista Chino en el punto álgido del levantamiento revolucionario de 1925-1927. La sesgada selección de documentos presentada por Moreno es una distorsión deliberada de la política trotskista para los países semicoloniales. Hasta la fecha, los lectores de Trotsky en español jamás han visto sus repetidos llamados a favor de la revolución obrera en China basada en soviets de obreros, campesinos y soldados, y únicamente conocen la expurgada selección morenista.

 

Cabe señalar también que Moreno no sólo se pronunció por asambleas constituyentes únicamente en el “Tercer Mundo”, sino “en casi todos los países del mundo”. ¿Se incluye aquí a las “democracias” imperialistas? ¿Qué tal Estados Unidos? Pues de hecho, la efímera organización morenista en EE.UU. llamó a principio de los años 80 por el establecimiento de una asamblea constituyente. Al mismo tiempo, atacaron a nuestros camaradas con martillos. El “democraticismo” pro capitalista va de la mano con el gangsterismo anticomunista.

 

En Bolivia, donde la cuestión de una asamblea constituyente ha sido un asunto central debido a los llamados de Evo Morales para establecer una, un prominente portavoz de la sección boliviana de la FT, Eduardo Molina, publicó un artículo en los comienzos del levantamiento de 2003, llamando a favor de una “Asamblea Constituyente Revolucionaria” (Lucha Obrera, n° 11, 24 de febrero de 2003). En una sección titulada “La Asamblea Constituyente y el trotskismo”, Molina sostiene:

 

“León Trotsky levantó la consigna de Asamblea Nacional como una gran bandera unificadora de las masas luego de la Segunda Revolución China, propuso la consigna de Cortes constituyentes revolucionarias en los inicios de la Revolución Española, a principios de los años 30; y exigió una asamblea nacional, junto a un programa de consignas democrático-radicales dirigidas contra el régimen de la república francesa en su Programa de Acción para Francia de 1934.”

 

Éste ha sido el argumento morenista estándar durante años, mientras siguen traduciendo a Trotsky en el espíritu de la democracia burguesa. Más recientemente, este argumento ha sido retomado por la Ligue Communiste Révolutionnaire (LCR), la sección francesa del Secretariado Unificado, ahora que se incrusta cada vez más en el parlamentarismo burgués. (Los dirigentes de la desde hace mucho reformista LCR han intentado deshacerse ce la “C” y de la “R” en sus siglas, pero siguen enfrentando resistencia entre las bases.) El teórico de la LCR Francisco Sabado juega ahora con llamados a favor de una asamblea constituyente en Francia, citando el mismo programa de 1934 para justificarlo (“Quelques éléments clés sur la stratégie révolutionnaire dans les pays capitalistes avancés”, Cahiers Communistes n° 179, marzo de 2006).

 

Una vez más, esto es una distorsión de la política revolucionaria de Trotsky. En China, como hemos señalado, Trotsky lanzó el llamado por el establecimiento de una asamblea constituyente como parte de su agitación tras la derrota de la Segunda Revolución China, dirigiéndola así en contra de los señores de la guerra y de la dictadura del generalísimo Chiang Kai-shek; en el punto álgido de la batalla, su llamado fundamental era el de la formación de soviets. La Revolución Española de 1931 se estaba desarrollando en lucha contra la monarquía y la dictadura militar del general Primo de Rivera, que había gobernado al país con puño de hierro desde 1923. La consigna de Trotsky intersecaba sentidas exigencias a favor de elecciones democráticas y de la proclamación de una república, la revolución agraria, la separación de la iglesia y el estado, así como la confiscación de las propiedades del clero. Así, la demanda de una asamblea constituyente o de Cortes revolucionarias era la generalización de toda una serie de demandas democráticas que representaban el umbral de una revolución socialista. Por supuesto, Trotsky combinó este llamado con la propaganda a favor de la formación de soviets. Para la época de la Guerra Civil Española de 1936-1939, la exigencia de una asamblea constituyente dejó de ser apropiada bajo la república.

 

La situación en Francia a mediados de los años 30 era muy distinta, y Trotsky no se pronunció por una asamblea constituyente ahí, en contra de lo que sostiene la mitología morenista. ¿Entonces a favor de qué abogaba su “Programa para la acción en Francia”? En ese momento, reaccionarios derechistas y fascistas estaban lanzando al país hacia un régimen autoritario de “estado fuerte”, como reflejo de una corriente general en Europa simbolizada por el ascenso del Hitler al poder un año antes, y por la derrota en febrero de 1934 de un levantamiento de los obreros de Viena a manos del régimen clerical-fascista de Dolfuss en Austria. La consigna principal de Trotsky frente a esta amenaza bonapartista no fue la del establecimiento de una asamblea constituyente democrática, como sugieren los morenistas, sino más bien “¡Abajo con el ‘estado autoritario’ de la burguesía! ¡Por el poder obrero y campesino!” Como parte de la lucha por el establecimiento de una “comuna de obreros y campesinos”, Trotsky juró defender la democracia burguesa en contra de los ataques de los fascistas y los monarquistas. En dicho contexto, llamó por la abolición de diversos aspectos antidemocráticos de la Tercera República francesa, incluido el Senado, elegido mediante sufragio limitado, y la presidencia, punto focal de las fuerzas militaristas y reaccionarias, y propuso la formación de una “asamblea única” que “combinaría los poderes ejecutivo y legislativo”. Recientemente hicimos estos señalamientos en nuestro artículo “France Turns Hard to the Right” [Francia da un fuerte vuelco a la derecha] (The Internationalist No. 26, junio-julio de 2007). Sin embargo, este llamado es bien distinto de la consigna de asamblea constituyente en un país que hay ha tenido un régimen democrático burgués, no importa cuán avejentado y raído.Al presentar su programa para la revolución permanente en los países capitalistas atrasados, Trotsky enfatizó: “La tarea central de los países coloniales y semicoloniales es la revolución agraria, es decir, la liquidación de las herencias feudales, y la independencia nacional, es decir, el derribo del yugo imperialista.” Enfatizó también que los revolucionarios no pueden “rechazar sin más el programa democrático; es preciso que las masas lo sobrepasen en la lucha. La consigna de Asamblea Nacional (o Constituyente) conserva toda su fuerza para países como China o India. Esta consigna debe ligarse indisolublemente con el programa de la liberación nacional y el de la reforma agraria”. En síntesis, esta consigna no es apropiada para un país capitalista, o para los países atrasados que ya han ido más allá del nivel democrático burgués. En México, Bolivia o Ecuador, ninguna demanda democrática servirá para derribar el yugo del imperialismo o de la agroindustria capitalista. Esto sólo podrá conseguirse mediante la revolución obrera.

 

Fingir que una “revolución democrática” está hoy en el orden del día en América Latina o Europa, equivale a hacerle el juego a la reacción burguesa, tal como hizo Moreno al adoptar la retórica reaganista de los años 80, que se volvió después en contra de la Unión Soviética. No es sorprendente que muchos de los seudotrotskistas se hayan sumado al coro antisoviético en torno a Afganistán y Polonia a principios de los años 80, y que estuvieran del lado del contrarrevolucionario Boris Yeltsin en 1991, como lo estuvieron los morenistas y el Secretariado Unificado. También es lógico que al lanzar la consigna a favor de una asamblea constituyente en Francia hoy, el “teórico” de la LCR y el SU, Francisco Sabado, recurra a la crítica de Rosa Luxemburgo a los bolcheviques en torno a su disolución de la Asamblea Constituyente en Rusia en enero de 1918, por haberse convertido en punto focal de la oposición al gobierno de los soviets. En su manuscrito inconcluso Sobre la Revolución Rusa, Rosa Luxemburgo criticó la defensa por parte de Trotsky de esta media revolucionaria (publicada en su folleto De Octubre a Brest-Litovsk) y pidió que se eligiera una nueva Asamblea Constituyente al lado de los soviets, en nombre de la “democracia”. Esto es exactamente lo que se produjo unos cuantos meses después, tras la Revolución Alemana de noviembre de 1918, cuando la Asamblea Constituyente Nacional se convirtió en la base desde la cual el gobierno socialdemócrata aplastó el Congreso de Consejos de Obreros y Soldados a la vez que asesinaba a Luxemburgo y a su camarada, el también dirigente comunista Karl Liebknecht2. Nosotros nos ponemos, en cambio, del lado de Lenin, de cuyas “Tesis acerca de la Asamblea Constituyente” ofrecemos a continuación unos extractos.

Lo que hacía falta en Oaxaca entre junio y noviembre de 2006, en Bolivia en junio de 2005 y entre septiembre y octubre de 2005, en Argentina en diciembre de 2001, no era pronunciarse por una resolución democrático-burguesa de la crisis bajo la consigna de la asamblea constituyente, sino explicar a las masas (y a la izquierda) que ninguno de los objetivos de la lucha podría lograrse sin la formación de órganos de poder obrero, respaldados por los pobres del campo y la ciudad, y de la mano de la lucha por la construcción de auténticos partidos trotskistas y de una IV Internacional reforjada para dirigir la lucha por la revolución socialista internacional. ■

 

(Publicado por Liga por la IV Internacional (LIVI) y la Liga Comunista Internacional/tendencia espartaquista internacional (LCI/TEI) en octubre de 2007)

 

 

1 En 1825, 1826, 1831, 1834, 1839, 1843, 1851, 1861, 1868, 1871, 1878, 1880, 1899, 1920, 1938, 1945, 1947, 1961, 1967. Ver Luis Antezana E., Práctica y teoría de la Asamblea Constituyente (2003).

2 Es preciso señalar que Luxemburgo nunca publicó Sobre la Revolución Rusa. Tampoco es claro que fuera a hacerlo, pues siguió siendo un manuscrito incompleto. Fue publicado por primera vez como folleto en 1922 por Paul Levi (en una versión incompleta e falsificada) después de que éste rompió con el Partido Comunista y regresó a la socialdemocracia. Desde entonces, este texto ha sido utilizado como bandera por toda clase de anticomunista. Además, cuando se presentó la cuestión de asamblea nacional y/o consejos obreros en Alemania en noviembre-diciembre de 1918, Rosa la revolucionaria se pronunció tajantemente por un gobierno de consejos obreros en contra de la “democracia” burguesa encarnada en la Asamblea Nacional.

(Fotografía:Lenin hablando ante los representantes del I Congreso de los Soviets de Toda Rusia. Universidad Femenina, Moscú, 1918)

Trotsky: la idea de la revolución palaciega

¿Por qué las clases dirigentes, que buscaban el modo de evitar la revolución, no hicieron nada por librarse del zar y de los que le rodeaban? No dejarían de pensar en ello, pero no se atrevían. Les faltaba la fe en su causa, y la decisión. La idea de la revolución palaciega flotaba en la atmósfera hasta que la devoró la verdadera revolución. Detengámonos un momento aquí, pues ello nos dará una idea más clara de las relaciones reinantes en vísperas de la explosión entre la monarquía, las altas esferas de la nobleza y la burocracia y la burguesía.

Las clases ricas eran de arraigadas convicciones monárquicas. Así se lo dictaban sus intereses, sus tradiciones y su cobardía. Pero una monarquía sin Rasputines. La monarquía le contestaba: «Tenéis que tomarme tal y como soy.» La zarina salía al paso de las instancias en que les suplicaban que constituyesen un ministerio presentable enviando al zar al Cuartel General una manzana que le había dado Rasputin y pidiéndole que la comiese para reforzar su voluntad. «Acuérdate -le conjuraba- de que hasta monsieur Philippe (un charlatán e hipnotizador francés) decía que no podías dar una Constitución, pues sería tu ruina y la de Rusia…» «¡Sé Pedro el Grande, Iván el Terrible, el emperador Pablo; aplasta cuanto caiga a tus pies!»

¡Qué mezcla repugnante de miedo, de superstición y de rencorosa incomprensión del país! Creeríase que, en las alturas por lo menos, la familia zarista no estaba ya tan sola viendo a Rasputin rodeado siempre de una constelación de damas aristocráticas y al «chamanismo» adueñado de los favores de la nobleza. Pero no. Este misticismo del miedo, lejos de unir, separa. Cada cual quiere salvarse a su manera. Muchas casas aristocráticas tienen sus santos propios, entre los que se establece una rivalidad. Hasta en las altas esferas petersburguesas se ve a la familia del zar como apestada, ceñida por un cordón sanitario de desconfianza y hostilidad. La dama de la corte Wirubova dice en sus Memorias: «Tenía el profundo y doloroso presentimiento de una gran hostilidad en cuantos rodeaban a aquellos a quienes ya adoraba, y sentía que esta hostilidad iba tomando proporciones aterradoras…»

Sobre aquel sangriento fondo de la guerra, bajo el ruido sordo y perceptible de las sacudidas subterráneas, los privilegiados no renunciaban ni una sola hora a los goces de la vida; muy al contrario se entregaban a ellos con frenesí. Pero en sus orgías aparecía con mayor frecuencia un esqueleto y los amenazaba con las falanges de sus dedos descarnados. Entonces se les antojaba que todas las desgracias provenían del detestable carácter de Alicia, la zarina; de la felonía abúlica del zar, de aquella imbécil y ávida Wiburova y del Cristo siberiano con la frente señalada. Ofrendas de horribles presentimientos anegaban a las clases gobernantes y sacudidas como de calambres se transmitían desde la periferia al centro: la odiada camarilla de Tsarskoie-Selo iba quedando cada vez más aislada. La Wirubova ha dado expresión con bastante elocuencia, en sus Memorias, llenas en general de mentiras, al estado de espíritu de las alturas por aquel entonces: «Centenares de veces me pregunté: ¿Qué le pasa a la sociedad petersburguesa? ¿Están todos enfermos del espíritu o se han contagiado de una de esas epidemias que hacen estragos en tiempos de guerra? Difícil es saberlo, pero lo cierto es que todo el mundo se hallaba en un estado anormal de excitación.»

Entre los que habían perdido la cabeza se contaba también la extensa familia de los Romanov, toda aquella traílla ávida, insolente y por todos odiada de los grandes duques y las grandes duquesas; poseídos todos de un terror mortal, se hacían la ilusión de huir del círculo que los atenazaba, coqueteaban con la aristocracia rebelde, murmuraban del zar y la zarina, se mordían unos a otros y a quienes les rodeaban. Los «augustos tíos» dirigían al zar cartas de exhortación en las que, pro debajo del respeto, se adivinaba el rechinar de dientes.

Ya después de la revolución de Octubre, Protopopov describía, sin gran fineza, pero de un modo bastante pintoresco, el estado de espíritu que reinaba en la esferas dirigentes. Hasta las clases más elevadas conspiraban ante la revolución. En los salones y en los clubes criticábase dura y desfavorablemente la política del gobierno, analizábanse y dictaminábanse las relaciones creadas en el seno de la familia real; contábanse anécdotas acerca del jefe del Estado; escribíanse versos satíricos; muchos grandes duques frecuentaban abiertamente estas reuniones, y su presencia daba a aquellas invenciones caricaturescas y a aquellas malévolas exageraciones, a los ojos de la gente, un marcado aire de verdad. Hasta el último momento, nadie tuvo conciencia de lo peligroso que era aquel juego.

Una de las cosas que más contribuían a dar pábulo a los rumores que corrían acerca de la camarilla palaciega era la acusación de germanofilia e incluso la inteligencia directa con el enemigo que contra ella se lanzaba. El aturdido y atropellado Rodzianko declara sin ambages: «La articulación y analogía de las aspiraciones era tan lógica y evidente que a mí, al menos, no me cabe la menor duda de que entre el Estado Mayor alemán y la camarilla de Rasputin había alguna relación.» La simple invocación de la «evidencia» y la «lógica» quita fuerza al tono categórico de su testimonio. Aun después de la revolución, no puede descubrirse la menor prueba de que existiese una inteligencia entre los rasputinianos y el Estado Mayor alemán. Lo de la llamada «germanofilia» es ya ora cosa. No se trataba, naturalmente, de las simpatías y antipatías nacionalistas de la zarina, de estirpe alemana, del primer ministro Sturmer, de la condesa de Kleinmichel, del mayordomo de palacio, conde Frederichs, ni de otros caballeros de apellido alemán. Las cínicas Memorias de la vieja intrigante Kleinmichel nos revelan con desnuda evidencia hasta qué punto estaba por encima de nacionalismos la alta aristocracia de todos los países de Europa, vinculada en todas partes por lazos de parentesco y de herencia, por el desprecio hacia los demás simples mortales y, last but not least, por sus libertinajes cosmopolitas entre los muros de los viejos castillos, de los balnearios de moda y las cortes europeas. Tenían bastante más de real las antipatías orgánicas de la pandilla palaciega contra aquellos plebeyos abogados de la República francesa y las simpatías de los reaccionarios -lo mismo los de apellido teutónico que los de nombre eslavo- contra el espíritu auténticamente prusiano del gobierno berlinés, que durante tanto tiempo les había tenido fascinados con sus bigotes tiesos, sus modales de sargento mayor y su estulticia llena de suficiencia.

Mas tampoco era esto lo decisivo. El peligro se desprendía de la lógica misma de la situación, pues la corte no tenía más salida que buscar su salvación en una paz por separado, tanto más apremiante cuanto más peligrosa se tornaba aquella situación. Como veremos más adelante, el liberalismo aspiraba en la persona de sus jefes a reservarse para sí la carta de la paz por separado, enfocándola en la perspectiva de su subida al poder. Esto impulsábales precisamente a desarrollar una furiosa agitación chovinista, engañando al pueblo y aterrorizando a la corte. La camarilla no se atrevía, en una cuestión tan espinosa, a quitarse prematuramente la careta, y veíase incluso obligada a asociarse al tono patriótico del país, al paso que tanteaba por debajo de cuerda el terreno para una paz separada.

El general Kurlov, jefe de la policía y miembro de la camarilla de Rasputin, niega, en sus Memorias, naturalmente, las simpatías alemanas de sus protectores; pero, a renglón seguido, añade: «No hay razón para acusar a Sturmer porque sostuviese que la guerra con Alemania era la mayor desgracia que podía ocurrirle a Rusia y carecía de toda base política seria.» Conviene no olvidar, sin embargo, que el tal Sturmer, que sostenía una opinión tan interesante, era el jefe de gobierno de un país que estaba en guerra con Alemania. El último ministro del Interior, Protopopov, sostuvo, en vísperas de posesionarse de la cartera en Estocolmo, una conversación con un diplomático alemán, de la cual dio cuenta al zar y al propio Rasputin; siempre, según Kurlov, «había considerado como una inmensa calamidad para Rusia la guerra con Alemania». Finalmente, la emperatriz escribía al zar, el 5 de abril de 1916: «No osarán, pues no pueden, decir que él tenga nada que ver con los alemanes, porque sea bueno y generoso para todos como Cristo, sin preguntar a nadie por la religión que profesa, como debe ser todo verdadero cristiano.»

Claro está que este «verdadero cristiano», que casi nunca posaba la borrachera, podía haber estado perfectamente, como lo estaba, en relación con espías profesionales, con croupiers, con usureros y proxenetas aristocráticas, agentes directos del espionaje. No nos extrañaría que mantuviese «amistades» de éstas. Pero los patriotas de la oposición iban más allá y formulaban la cosa de un modo más directo, pues acusaban personalmente a la zarina de traidora. El general Denikin en sus Memorias, escritas a la vuelta de mucho tiempo, dice: «En el frente nadie se recataba para decir que la zarina exigía a toda costa una paz separada, que había traicionado al mariscal Kitchener delatando, según se decía, su viaje a los alemanes, etc. Esto contribuyó increíblemente a desmoralizar las tropas, influyendo en su actitud ante la dinastía y la revolución.» El propio Denikin cuenta que, y después de la revolución, al preguntarle el general Alexéiev abiertamente qué pensaba de la supuesta traición de la zarina, había contestado «de un modo vago y de mala gana» que al examinar sus papeles se había encontrado con un mapa en el que estaba señalada con todo detalle la situación de las tropas en todo el frente, y esto le había producido a él, Alexéiev, una impresión abrumadora… «Y sin decir ni una palabra más -añade Denikin elocuentemente- cambió de conversación.» Si la zarina tenía entre sus papeles ese mapa misterioso, es cosa que ignoramos; pero es evidente, desde luego, que los fracasados generales no veían con malos ojos que se descargara sobre la emperatriz una parte de la responsabilidad que les incumbía por sus derrotas. Los rumores acerca de la traición de la corte partieron segurísimamente de arriba, de los ineptos Estados Mayores.

Si era verdad que la zarina, a cuyos mandatos se plegaba ciegamente el zar, ponía en manos del káiser los secretos de guerra y hasta las cabezas de los mariscales aliados, ¿qué mejor que quitar de en medio a la real pareja? El gran duque Nicolás Nicolaievich, jefe del ejército y a quien se consideraba como la cabeza visible del partido antigermánico, estaba predestinado oficialmente casi a asumir el papel supremo de amparador de la revolución palaciega. No fue otra la causa de que el zar, a instancias de Rasputin y de la zarina, destituyera al gran duque y tomara en sus manos el mando supremo de las tropas. Pero la zarina le temía incluso a la entrevista que habían de celebrar tío y sobrino en la ceremonia de traspaso de poderes: «Procura, tesoro, ser prudente -le escribe la zarina al zar al Cuartel General-, y no dejes que Nikolaska /1 te engañe con alguna promesa ni con nada; acuérdate de que Grigori te ha salvado de él y de sus malvados amigos… Acuérdate, en nombre de Rusia, de lo que maquinaban: deshacerse de ti (no, no es ningún rumor vano; Orlov tenía ya todos los papeles preparados) y recluirme a mí en un convento…»

Miguel, hermano del zar, decíale a Rodzianko: «Toda la familia sabe bien lo perniciosa que es Alejandra Teodorovna. Mi hermano y ella están rodeados por todas partes de traidores. Todas las personas decentes se les han alejado. Pero, ¿qué hacer en esta situación?» La gran duquesa María Pulovna insistía, en presencia de sus hijos, en que Rodzianko tomara sobre sí la iniciativa de «suprimir» a la zarina. Rodzianko propuso que se diese aquella conversación por no celebrada; en otro caso, si no quería faltar a su juramento, tendría que poner en conocimiento del zar que la gran duquesa había invitado al presidente de la Duma a quitar de en medio a la emperatriz. He aquí cómo aquel ingenioso gentilhombre de cámara convertía el tema del atentado contra la zarina en un gracioso chiste de salón.

El propio gobierno se hallaba, en ciertos momentos, en marcada oposición con el zar. Ya en 1915, año y medio antes de estallar la revolución, pronunciábanse abiertamente en las reuniones ministeriales discursos que aun hoy nos parecen inverosímiles. Así, el ministro de la Guerra, Polivanov, decía: «Sólo una política conciliadora para con la sociedad puede salvar la situación. Los inseguros diques actuales no pueden contener la catástrofe.» Y el ministro de Marina, Grigorovich: «Nadie ignora que el ejército no confía en nosotros y espera cambios.» El ministro de Negocios extranjeros, Sazanov: «La popularidad del zar y su prestigio han disminuido considerablemente a los ojos de las masas populares.» El ministro del Interior, príncipe Cherbatov: «No servimos para gobernar a Rusia en la situación que se ha creado… Es necesaria una dictadura o una política de conciliación.» (Consejo de Ministros del 21 de agosto de 1915.) Ni una ni otra solución servían; ninguna de las dos era ya factible. El zar no se decidía a la dictadura, rechazaba la política conciliadora y se negaba a aceptar la dimisión a los ministros que se consideraban ineptos. Un elevado funcionario hace la siguiente acotación a los discursos de los ministros: «Por lo visto, no habrá más remedio que dejarse colgar de un farol.»

Con semejante estado de espíritu, no tiene nada de sorprendente que aun en las altas esferas burocráticas se hablara de la necesidad de una revolución palaciega como único medio de evitar la revolución inminente. «Cerrando los ojos -recuerda uno de los que tomaron parte en estas conversaciones- hubiera podido uno figurarse que se encontraba entre revolucionarios de toda la vida.»

Un coronel de gendarmes, a quien se dio la comisión de inspeccionar las tropas del sur de Rusia, trazaba en su informe un cuadro sombrío: «Como resultado de la labor de propaganda, sobre todo en lo tocante a la germanofilia de la emperatriz y del zar, el ejército se ha hecho a la idea de una revolución palatina.» «En los clubes de oficiales se habla abiertamente en este sentido, y sus murmuraciones no encuentran réplica merecida en el alto mando.» Por su parte, Protopopov atestigua que «un número considerable de elementos pertenecientes al alto mando simpatiza con el golpe de Estado; algunos de ellos se hallaban en relación con los elementos del llamado bloque progresivo y bajo su influencia».

El almirante Kolchak, que más tarde habría de adquirir tan gran celebridad, dijo, después de la derrota de sus tropas por el ejército rojo, declarando ante la Comisión fiscalizadora de los soviets, que había mantenido relaciones con muchos miembros de la oposición de la Duma, cuyos discursos escuchaba con placer, ya que «veía con antipatía el régimen existente en vísperas de la revolución». Sin embargo, Kolchak no fue puesto al corriente de los planes de la revolución palaciega. Después del asesinato de Rasputin y del subsiguiente destierro de los grandes duques, los aristócratas hablaron en voz bastante alta de la necesidad de proceder a la revolución de camarilla. El príncipe Yusupov cuenta que el gran duque Dimitri, detenido en Palacio, fue visitado por oficiales de varios regimientos que le propusieron distintos planes de acción decisiva, «con los cuales, naturalmente, no podía mostrarse conforme».

Se sospecha que los diplomáticos aliados, al menos el embajador británico, estaban complicados en el complot. El dicho embajador, respondiendo indudablemente a la iniciativa de los liberales rusos, hizo en enero de 1917, no sin antes solicitar la venia de su gobierno, una tentativa para influir sobre Nicolás. El zar escuchó atenta y amablemente al embajador, le dio las gracias y pasó a hablar de otras cosas. Protopopov dio cuenta a Nicolás II de las relaciones de sir Buchanan con los jefes del bloque progresista y propuso que se vigilase la Embajada británica. El zar hizo como si no aprobara esta proposición, por entender que el vigilar a los embajadores no se avenía con las tradiciones internacionales. Kurlov dice, sin embargo, sin vacilar, que «los agentes de investigación informaban diariamente de las relaciones del líder del partido kadete, Miliukov, con la Embajada británica». Como se ve, las «tradiciones internacionales» no fueron obstáculo mayor; pero su infracción tampoco sirvió de mucho. La conspiración palatina no fue descubierta.

¿Existía, en realidad, tal conspiración? Nada hay que lo pruebe. Para ser un complot era demasiado vasto, abarcaba elementos demasiado heterogéneos y numerosos. Flotaba en el aire como expresión del espíritu de la alta sociedad petersburguesa, como una vaga idea de salvación o como una salida desesperada, pero sin llegar a concretarse en ningún plan práctico.

La nobleza del siglo XVIII introdujo más de una vez enmiendas de carácter práctico en el orden de sucesión al trono, encerrando o estrangulando a los emperadores que no le eran gratos; fue lo que se hizo con Pablo en 1801. No puede decirse, pues, que la revolución palaciega no tuviese precedentes en las tradiciones de la monarquía rusa; al contrario, constituía un elemento típico y constante del zarismo. Pero ya hacía tiempo que la aristocracia no se sentía firme en su puesto. Cedía a la burguesía liberal el honor de estrangular al zar y a la zarina, y el caso es que tampoco los caudillos de este otro poder demostraban más decisión que ella.

Después de la revolución fueron reiteradamente señalados como jefes de las conspiraciones los capitalistas liberales Guchkov y Terechenko y el general Krimov, que simpatizaba con ellos. Los propios Guchkov y Terechenko confirmaron, aunque de un modo vago, la conjetura. Era natural que el duelista Guchkov, ese voluntario en la guerra de los boers contra Inglaterra, un liberal con espuelas, se destacase a los ojos de la «opinión pública» como la figura más adecuada para aquel complot. El no era, por cierto, un retórico, como el profesor Miliukov. Guchkov pensaría, indudablemente, más de una vez en dar uno de esos golpes certeros y rápidos por medio de los cuales un regimiento de la Guardia se basta para suplantar y evitar la revolución. Ya Witte, en sus Memorias, denunciaba a este personaje, a quien odiaba, como un devoto de los métodos empleados por los jóvenes turcos para deshacerse de los sultanes molestos; pero Guchkov, que en sus años de juventud no había tenido tiempo de demostrar su arrojo de joven turco, era ya un hombre cargado de años. Y, sobre todo, al colega de Stolipin no podía pasársele desapercibida la diferencia que mediaba entre las condiciones de Rusia y la vieja Turquía, ni podía dejar de preguntarse si aquel golpe de Estado palaciego no resultaría a la postre, en vez de un medio de evitar la revolución, el último empujón que desencadenase la tormenta; es decir, si el remedio no sería peor que la enfermedad. En la literatura consagrada a la revolución de Febrero se habla de la conjura palaciega como de un hecho firmemente comprobado. Miliukov se expresa así: «El golpe estaba señalado para febrero.» Denikin amplió el plazo a marzo. Ambos recuerdan el «plan» de detener el tren del zar en el camino, exigirle la abdicación y, en el caso, que se consideraba inevitable, de que se negase, «suprimirle físicamente». Miliukov añade que, en previsión del posible golpe de Estado, los jefes del bloque progresista, que no participaban en el complot y que no estaban «detalladamente» informados de los preparativos del mismo, estudiaban sigilosamente cuál sería el mejor medio de aprovecharse de aquel golpe, caso de que diera resultado. Algunos estudios marxistas de estos últimos años aceptan la versión de que el golpe de Estado llegó a prepararse. Este ejemplo -dicho sea de paso- demuestra cuán pronto y con qué fuerza se abren paso de las leyendas a través de la ciencia histórica.

La prueba más importante del complot palatino que frecuentemente se alega es el pintoresco relato de Rodzianko, que atestigua precisamente que no hubo tal complot. En enero de 1917 llegó del frente a la capital el general Krimov, quien declaró ante los miembros de la Duma que las cosas no podían seguir de aquel modo: «Si os decidís a esa medida extrema (la sustitución del zar) os apoyaremos.» ¡Si os decidís! El octubrista Chidlviski exclamó, colérico: «No hay por qué compadecerle, cuando está arrastrando a Rusia a la ruina.» En el transcurso de la acalorada discusión que se entabló alguien citó las palabras pronunciadas pro Brusílov o que, por lo menos, se le atribuían. «Puesto en el trance de optar entre el zar y Rusia, mi puesto estará al lado de Rusia.» ¡Puesto en el trance! El joven millonario Terechenko se mostraba partidario inexorable del regicidio. El cadete Chingarev interviene, para decir: «El general tiene razón: hay que dar el golpe de Estado… Pero, ¿quién se decide a darlo?» Todo el quid estaba en esto: ¿quién se decide? Tales son, en puridad, los datos que da Rodzianko, que, por su parte, votó contra el golpe de Estado de que se hablaba. Por lo visto, en el transcurso de las pocas semanas siguientes el plan no avanzó ni un paso. Hablábase de detener el tren real; pero no se decía quién había de encargarse de esta operación.

En su juventud, el liberalismo ruso apoyaba con su dinero y sus simpatías a los terroristas revolucionarios, en la esperanza de que las bombas de los anarquistas echarían en sus brazos a la monarquía. Ninguno de aquellos respetables caballeros sabía lo que era jugarse la cabeza. Pero lo verdaderamente importante no era el miedo personal: era el miedo de clase. Las cosas ahora -pensaban los liberales- no andan nada bien, pero aún podían andar peor. De todas maneras, si Guchkov, Terechenko y Krimov se disponían seriamente a dar el golpe de Estado, si realmente lo hubieran llegado a planear movilizando fuerzas y recursos, se hubiera sabido de un modo indubitable después de la revolución, pues ni los organizadores ni, sobre todo, los ejecutores jóvenes, que hubieran sido legión, tenían razón alguna para guardar silencio acerca de aquella hazaña «casi» cumplida. Derrocada la monarquía, esto no hubiera hecho más que dar pábulo a su carrera. Pero en vano buscaremos semejantes revoluciones. Por lo que a Guchkov y Krimov se refiere, podemos asegurar sin temor a equivocarnos que sus afanes no pasaron de unos cuantos suspiros patrióticos entre sorbo y sorbo de vino y chupada y chupada de habano. Los conspiradores casquivanos de la aristocracia, lo mismo que los sesudos varones oposicionistas de la plutocracia, no tuvieran valor suficiente para corregir por medio de la acción los funestos derroteros trazados por la providencia.

Uno de los liberales más fatuos y palabreros, Maklakov, exclamaba en mayo de 1917, en una sesión privada de la Duma, arrollada con la monarquía por la revolución: «Si nuestros descendientes maldicen a esta revolución nos maldecirán también a nosotros mismos, que no supimos evitarla a tiempo, implantándola desde arriba.» Más tarde, ya desde la emigración, Kerenski, siguiendo el ejemplo de Maklakov, dice, afligido: «Sí, la Rusia privilegiada no dio a tiempo desde arriba un golpe de Estado -del que tanto se hablaba y para el que tantos(?) preparativos se habían hecho-, que hubiera evitado la catastrófica explosión del régimen.»

Estas dos exclamaciones completan el cuadro y demuestran que cuando ya la revolución había desencadenado sus fuerzas indomables, los necios ilustrados seguían creyendo que hubiera podido evitarse fácilmente con un cambio «oportuno» en las cumbres dinásticas del régimen.

Faltó decisión para llevar a cabo la «gran» revolución palaciega. Pero de ella brotó el plan de un pequeño golpe de Estado. Los conspiradores liberales no se atrevieron a suprimir al primer actor del drama monárquico; pero los grandes duques decidieron suprimir al apuntador, viendo en el asesinato de Rasputin el último recurso para salvar a la dinastía.

El príncipe Yusupov casado con una Romanov, asocia a la empresa al gran duque Dimitri Pavlovich y al diputado monárquico Purichkievich. También intentaron atraerse al liberal Maklakov, sin duda para dar a aquel asesinato un carácter «nacional». El famoso abogado escurrió lindamente el bulto y se limitó, prudentemente, a suministrar a los conjurados el veneno. ¡Detalle éste de gran estilo! Los conjurados confiaban, y no sin razón, que el automóvil con las armas de Romanov facilitaría la desaparición del cadáver después de perpetrado el crimen. ¡Magnífica ocasión para demostrar la utilidad del blasón de los grandes duques! Lo demás se desarrolló como en un argumento de película de mal gusto. En la noche del 16 al 17 de diciembre, Rasputin, invitado a una juerga fue asesinado en el palacio de Yusupov.

Las clases gobernantes, si se exceptúa a la reducida camarilla y a las místicas adoradoras del «santo», vieron en el asesinato de Rasputin un acto salvador. El gran duque, arrestado en su domicilio con las manos manchadas, según la expresión del zar, pro sangre de mujik -aunque fuera un «santo», no por eso dejaba de ser un campesino-, fue visitado en señal de simpatía por todos los miembros de la casa imperial que se hallaban en Petersburgo. La hermana de la zarina, viuda del gran duque Sergio, comunicó por telégrafo que rezaba por los asesinos y bendecía su patriótica acción. Los periódicos, mientras no se dictó la prohibición de tocar el tema de Rasputin, publicaron artículos entusiastas; en los teatros intentaron organizarse manifestaciones en honor de los asesinos, y los transeúntes se felicitaban por las calles. «En las casas particulares, en los clubes de oficiales, en los restaurantes -recuerda el príncipe Yusupov- se brindaba por nuestra salud; en las fábricas, los obreros lanzaban hurras en nuestro honor.» Es perfectamente explicable que los obreros no diesen muestras de pena al enterarse del asesinato de Rasputin. Pero sus gritos de júbilo no tenían nada que ver con la esperanza de que se corrigiese la dinastía.

La camarilla de Rasputin adoptaba una actitud expectante. Rasputin fue enterrado sigilosamente sin más cortejo que el zar la zarina, sus hijas y la Wirubova. Junto al cadáver del «santo Amigo», antiguo cuatrero, asesinado por los grandes duques, la familia real tuvo que sentirse sola y como apestada. Pero Rasputin no encontró sosiego ni debajo de tierra. Cuando a Nicolás II y Alejandra se les consideraba ya como arrestados, los soldados de Tsarskoie-Selo abrieron la tumba y exhumaron el féretro. Junto a la cabeza del muerto había un icono con esta dedicatoria: «Alejandra, Olga, Tatiana, María, Anastasia, Ana.» El gobierno provisional envió un emisario con órdenes de que el cadáver fuese trasladado, no se sabe para qué a Petrogrado. La multitud se opuso a ello y el emisario tuvo que quemar el cadáver en presencia suya.

Después del asesinato del «Amigo», la monarquía no vivió más de diez semanas. Aunque pequeño, todavía le quedaba un plazo por suyo. Ya no vivía Rasputin, pero seguía reinando su sombra. Contra lo que habían esperado los conspiradores después del asesinato, la pareja real siguió sosteniendo con especial obstinación a los miembros más despreciables de la camarilla de Rasputin. Para vengar a éste, fue nombrado ministro de Justicia un canalla famoso. Varios grandes duques fueron desterrados de la capital. Se decía que Protopopov se dedicaba al espiritismo para conjurar el espíritu del muerto. El dogal va ciñéndose cada vez más a la garganta de la monarquía.

El asesinato de Rasputin tuvo grandes consecuencias, aunque no precisamente las que habían imaginado sus autores e instigadores. Lejos de atenuar la crisis, lo que hizo fue exacerbarla. Por todas partes se hablaba del hecho: en los palacio y en los estados mayores, en los talleres y en las chozas de los campesinos. La conclusión no era difícil de sacar: hasta los grandes duques tenían que acudir al veneno y al revólver contra la corrompida camarilla. El poeta Block escribía, comentando el asesinato de Rasputin: «La bala que acabó con él se ha clavado en el mismo corazón de la dinastía reinante.»

Robespierre recordaba a la Asamblea legislativa que la oposición de la nobleza, al debilitar a la monarquía, había puesto en pie a la burguesía, y detrás de ella a las masas populares. Al propio tiempo, Robespierre advertía que en el resto de Europa la revolución no podría desarrollarse con la misma rapidez que en Francia, porque las clases privilegiadas de los otros países, aprendiendo el ejemplo de la aristocracia francesa, se cuidarían de no tomar en sus manos la iniciativa de la revolución. Pero, al hacer este notable análisis, Robespierre se equivocaba, suponiendo que con su oposición irreflexible los nobles franceses habían dado una lección perdurable a la aristocracia de los demás países. El ejemplo de Rusia había de demostrar de nuevo en 1905, y sobre todo en 1917, que la revolución, al enfrentarse con el régimen autocrático y semifeudal, es decir, contra la nobleza, encuentra en sus primeros pasos el aliento incoherente, no sólo de la nobleza de filas, sino incluso de sus sectores más privilegiados, de los miembros de la dinastía inclusive. Este notable fenómeno histórico podría parecer paradójico y contrario a la teoría de la sociedad de clases; en realidad sólo contradice a la idea vulgar que muchos tienen de ella.

La revolución surge cuando todos los antagonismos de la sociedad llegan a su máxima tensión. La situación, en estas condiciones, hácese insoportable incluso para las clases de la vieja sociedad, es decir, aquellas que están condenadas a desaparecer. Sin dar a las analogías biológicas más importancia de la que merecen, no será inoportuno recordar que llega un momento en que el parto es algo tan inevitable y fatal para el organismo materno como para el nuevo ser. La rebeldía de las clases privilegiadas no hace más que dar expresión a la incompatibilidad de su posición social tradicional con las necesidades vitales de la sociedad en el futuro. La aristocracia, sintiendo converger sobre sí la enemiga general… hace recaer la culpa sobre la burocracia. Ésta acusa a su vez a la nobleza, hasta que ambas juntas, o cada cual por su parte, enderezan su descontento contra el símbolo monárquico del poder.

El príncipe Cherbatov, sacado de las instituciones de la nobleza para servir durante algún tiempo como ministro de la Corona, decía: «Tanto Samarin como yo somos antiguos mariscales de la nobleza provinciana. Hasta ahora, nadie nos ha considerado como de la izquierda, ni nosotros mismos nos asignamos este carácter. Pero ni él ni yo podemos comprender que impere en el Estado una situación en la que el monarca y su gobierno se hallen radicalmente divorciados de todo lo que hay de razonable en el país -de las intrigas revolucionarias no hay para qué hablar-: de los nobles, de los comerciantes, de las ciudades, de los zemvstos e incluso del ejército. Si en las alturas no se quiere escuchar nuestra opinión, sabremos cuál es nuestro deber: marcharnos.»

Para la nobleza, la causa de todos los males está en que la monarquía se ha vuelto ciega o ha perdido el juicio. La clase privilegiada no ha perdido las esperanzas en una política capaz de conciliar la sociedad vieja con la nueva. O, dicho en otros términos: la nobleza no se aviene a la idea de que está condenada a desaparecer, y convierte lo que no es más que la angustia del agonizante en rebeldía contra la fuerza más sagrada del viejo régimen, es decir, contra la monarquía. La acritud y la irresponsabilidad de la rebeldía aristocrática se explican por la misma molicie histórica a que están acostumbrados sus más altos representantes, por su miedo insuperable a la revolución. Las incoherencias y contradicciones de la rebeldía aristocrática tienen su razón de ser en el hecho de que se trata de una clase que tiene cerradas todas las salidas, y del mismo modo que una lámpara, antes de extinguirse, brilla por un momento con resplandor más vivo, aunque sea humoso, la nobleza, en los estertores de la agonía, tiene un resplandor súbito de protesta que presta un gran servicio a sus enemigos mortales. Es la dialéctica de este proceso, que no sólo se aviene a la teoría de la sociedad de clases, sino que sólo en ésta encuentra su explicación.

1929-1932

https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1932/histrev/tomo1/cap_05.htm

Notas

1/ Diminutivo de Nicolás [NDT.]

– See more at: http://vientosur.info/spip.php?article12529#sthash.4J1EImnV.dpuf

Guillermo Lora: la revolución permanente (1984)

 

Extracto de Conferencia pronunciada en la Escuela de Altos Estudios Nacionales de las FFAA de Bolivia y que su autor realizó sobre el tema “Sindicalismo Político” que se le planteara en julio de 1984, La Paz, Bolivia. EP

Si la revolución social es considerada como el producto arbitrario de la propaganda extremista, de la agitación social arbitrariamente provocada, etc., será imposible comprender la actividad contradictoria de la clase obrera e inclusive la conducta de los sindicatos. La historia de la humanidad es la historia de la sucesión de los diferentes modos de producción (cómo se produce lo que el hombre precisa para satisfacer sus necesidades), que tiene lugar a través de saltos bruscos, de la misma manera, por ejemplo, que las transformaciones geológicas. La sociedad y el hombre hace tiempo que acertadamente vienen siendo considerados como parte del proceso de desarrollo de la naturaleza, lo que ha permitido desprenderse de perjudiciales prejuicios subjetivistas. El oscurantismo al juzgar a la sociedad no hace otra cosa que alejarla de su debida comprensión. El desplazamiento de una clase por otra en el poder, que eso es la revolución social, siempre se ha dado en la sociedad y seria absurdo que nos aterroricemos toda vez que se produce, lo que corresponde es estudiarlo con la debida atención, seguros de que nuestra sociedad también se encamina hacia esa finalidad. No es motivo de nuestra atención la revolución política o sea la lucha entre sectores de la misma clase social por controlar el poder.

La revolución es un fenómeno social sometido a las leyes generales de la sociedad (del capitalismo) y a las suyas propias. Está muy lejos de ser la arbitrariedad y el caos, como generalmente se supone. La revolución destruirá los aspectos caducos de la actual sociedad y permitirá un amplio desarrollo de los gérmenes de una nueva, que ya se dieron en el pasado inmediato; en esta medida destruye el orden social envejecido y establece uno nuevo; el caos no es más que aparente. Son los hombres los que hacen la revolución, pero no a su capricho, sino dentro de las condiciones creadas por el desarrollo social. Unos, los que pertenecen a la clase obrera o se identifican con sus finalidades estratégicas, con sus objetivos generales, encarnan a las fuerzas productivas, es decir, a las fuerzas progresistas de la historia y cuando adquieren conciencia de esto actúan como sus instrumentos conscientes. En estas filas se reclutan los teóricos, factores decisivos para la lucha revolucionaria, los caudillos y activistas de la transformación de la sociedad. Con todo, las masas y los hombres no pueden hacer otra cosa que contribuir a que las leyes de la historia se cumplan con ahorro de esfuerzos y de tiempo; en ningún caso podrán sustituir esas leyes con los esquemas sacados de sus cabezas o con sus creaciones perversas o angelicales. Los otros, los que pugnan por perpetuar la actual sociedad, porque en ésta se encuentran sus intereses materiales, batallan, conscientemente o no contra las leyes de la historia, son conservadores, reaccionarios. Pueden la clase dominante y su Estado idear y levantar los mayores obstáculos frente a la marcha revolucionaria de la mayoría nacional, pueden corromper a las direcciones de las masas y contribuir a la formación de burocracias potentes, pero todo esto acabará siendo arrasado por las leyes de la historia. Así se ha desarrollado y se desarrolla la sociedad.

Toda nueva sociedad se justifica cuando impulsa el desenvolvimiento de las fuerzas productivas, que son el conjunto de los instrumentos que permiten la producción, de los hombres que los manejan en determinadas condiciones de experiencia y

hábitos de trabajo (tecnología, división del trabajo, etc). El desarrollo de las fuerzas productivas, que se sintetizan en cierto nivel de productividad, importa un cierto grado de dominio del hombre sobre la naturaleza, objetivo de toda sociedad. Las fuerzas productivas imponen determinadas formas de propiedad sobre los medios de producción (tierra, máquinas, materias primas, etc.), que condicionan las relaciones de producción dentro de las cuales los hombres producen su vida social, su sustento diario, para decirlo de manera simple. Estas relaciones de producción constituyen el basamento material, económico, de la sociedad, su estructura sobre la que se levanta el amplio y rico mundo de la superestructura ideológica, que no es consecuencia mecánica e inmediata de aquella, sino que se mueve conforme a sus propias leyes y en determinado momento reacciona poderosamente sobre la estructura (la política en la actualidad, por ejemplo), buscando modificarla y contribuyendo a que esto sea así dentro del marco señalado por el desarrollo de las fuerzas productivas.

La estructura económica es una unidad dialéctica en la que los extremos polares están ocupados por las fuerzas productivas y por las relaciones de producción (forma de propiedad). Durante la etapa de equilibrio precario entre ambos, la forma de propiedad impulsa el vigoroso y rápido desarrollo de las fuerzas productivas, el aumento cuantitativo de éstas (evolución pacífica, progreso gradual), motivando transformaciones dentro del orden establecido, pero esto sólo hasta cierto nivel de su crecimiento, que es cuando chocan con esa fuerza conservadora que es la forma de propiedad vigente (relaciones de producción), ésta para sobrevivir se empeña en estrangular a las fuerzas productivas, que en su intento de crecer se despedazan chocando contra su mordaza y cuyos indicios inconfundibles son las crisis económicas cíclicas (la actual que soportamos), las guerras internacionales por el reparto del mundo y las mismas revoluciones sociales. Una sociedad es sustituida por otra únicamente si la estructura económica ha madurado para esto, si la clase dominante ha agotado todas sus posibilidades progresistas. El desarrollo de las fuerzas productivas tiene que considerarse como un desarrollo global y de ninguna manera parcial (un descomunal saltó en la producción e industrialización del hierro, mientras la agricultura permanece estancada o retrocede, por ejemplo). Las transformaciones tecnológicas, muchas de ellas relegadas a las cuatro paredes de un laboratorio, por sí mismas no son sinónimo de crecimiento de las fuerzas productivas; muchas de esas innovaciones e inventos quedan archivados, porque su generalización podría ocasionar serios perjuicios económicos a las grandes empresas al obligarles a cambiar su utilaje, y a veces son relegados al uso para fines belicistas, que importa una descomunal destrucción de las fuerzas productivas. Unicamente cuando las fuerzas productivas han dejado de crecer, cuando la forma de propiedad privada burguesa (relaciones de produccióni se ha tornado reaccionaria, fenómeno que ha tenido lugar en escala mundial desde el último tercio del siglo XIX hasta 1914 fecha del estallido de la primera guerra mundial (guerra imperialista), cuando se ha hecho evidente la posibilidad de la revolución social.

¿Esta ley puede aplicarse a la atrasada Bolivia? La respuesta, que es una de las claves de la política boliviana, obliga a una breve explicación. Bolivia no ha tenido tiempo ni posibilidades para impulsar el desarrollo interno del capitalismo, éste llegó desde afuera como fuerza invasora, obedeciendo los intereses económicos de las metrópolis y de ninguna manera las necesidades de desarrollo del país que pasó a la condición de semicolonia. Penetró al altiplano el imperialismo, el capitalismo en su etapa de decadencia, trayendo progreso y modernización a ciertos sectores de nuestra economia, a veces mediatizados en extremo, y al mismo tiempo ocasionando

estancamiento y hasta retroceso allí donde no le interesaba asentarse y explotar. Vimos al imperialismo conviviendo junto al latifundio improductivo y reducto del trabajo servil, no pocas veces prestándole apoyo directo. Esta política contradictoria se explica porque la fuerza invasora tuvo necesariamente que apoyarse en la feudal burguesía, que tenía metido un pie en el pongueaje y que simultáneamente servía al capital financiero.

De esta manera fuimos incorporados, virtualmente a la fuerza, a la economía mundial, que es algo más que una simple suma de economías nacionales, es una unidad superior y una de las grandes creaciones del capitalismo. Esta concepción (la interpretación unilateral de ella es el punto de arranque de una serie de desviaciones), permite comprender que estamos obligados a soportar las leyes generales del capitalismo, lo que no debe interpretarse como una imposición mecánica de esas leyes en toda su pureza, más bien, se reflejan en una particular realidad económico-social, actúan transformando y transformándose a través del país atrasado. En esto consisten las particularidades nacionales que tienen importancia decisiva en la fijación de la política revolucionaria. Nuestra tardía incorporación a la economía mundial, alrededor de los albores del siglo XX, y la invasión del capital financiero han determinado la economía capitalista de tipo combinado, que imprime una particular fisonomía a la ley del desarrollo desigual, la más general en la historia de la humanidad.

Nuestro país ya conoce el capitalismo, bajo la única forma en que puede darse, como economía combinada, que importa la coexistencia de diferentes modos de producción, de las primeras letras del desarrollo de la sociedad con las últimas adquisiciones de nuestra época: las tribus selváticas, el transporte en llamas junto al jet, etc. No hay tiempo, debido a la desintegración del imperialismo y a la presencia en el escenario del proletariado como clase, para que Bolivia recorra las vicisitudes de un desarrollo integral e independiente del capitalismo.

La ley de la economía combinada, que sería inconcebible al margen de la pertenencia a la economía mundial, no como ocasional vendedor de minerales sino como parte integrante de ella, tiene implicaciones que es preciso puntualizar para comprender la revolución en nuestro país.

Estamos obligados a considerar todos los fenómenos, particularmente los económicos, como dimensiones internacionales. Las fuerzas productivas, de manera particular, solamente pueden concebirse así, si no se quiere distorsionar la realidad.

Si Bolivia fuese un país aislado, si no se estremeciese ante las modificaciones del mercado mundial, si no dependiese del tipo de intereses que fijan los bancos norteamericanos o ingleses, si no dependiese su vida diaria de la cotización de minerales que a medio día se difunde desde Londres, se podría decir con toda propiedad que está muy lejos de una transformación revolucionaria dirigida por la clase obrera, que lo más que puede esperarme es una transformación democrático-burguesa, los militantes stalinistas añadirían del tipo de revolución encarnado en el gobierno burgués del doctor Hernán Siles Zuazo, claro que la afirmación puede prestarse a burlas o calificativos despectivos. Esta manera de plantear el problema es incorrecta y anti-científica, porque en nuestra época resulta inconcebible la existencia de país alguno totalmente aislado de los otros y de la economía mundial, convertida en el escenario insoslayable donde se mide la productividad de los diferentes países.

Entre las consecuencias de nuestra integración a la economía mundial se tienen la autoritaria imposición del capitalismo y la maduración desde afuera para la revolución proletaria, lo que no tiene que interpretarse como si esta transformación radical también tuviese que venir de la metrópoli, contrariamente, será hecha por los bolivianos y en la medida en que maduren para cumplir esa tarea. En la actualidad las fuerzas productivas en escala mundial están sobremaduras para la revolución proletaria, concebida como una revolución de alcance mundial y encaminada hacia el comunismo; su tardanza, que tiene que concebirse como consecuencia del lento desarrollo de la conciencia de clase de los explotados o de la traición de sus direcciones tradicionales, que supone el cambio de contenido de clase, se traduce en la aparición de formas de barbarie, con tegumento burgués como es el caso del fascismo, que importa la aniquilación de gran parte de las conquistas logradas por la civilización, o en la destrucción de la sociedad. Vivimos en la época de la revolución proletaria y no nos está permitido eludirla o idear caminos excepcionales para nuestro país. La historia boliviana es parte de la historia de la humanidad.

El carácter internacional de la revolución proletaria quiere decir que ningún país, por muchos que sean los privilegios con los que hubiese sido beneficiado por la naturaleza, puede con sus propias fuerzas, en el marco de una inconcebible y reaccionaria autarquía, construir una sociedad comunista, tal meta solamente podrá lograrse internacionalmente. Ha sido el propio capitalismo el que ha permitido que maduren para ello las condiciones materiales; en la época de la economía mundial, en la época de las transnacionales, las fronteras nacionales se han tornado reaccionarias. En este punto debemos puntualizar que la defensa, por tanto, la perrnanencia de las fronteras de los países sometidos a la opresión imperialista, constituyen pasos progresistas y obligados en la lucha por la liberación nacional. El comunismo no destruirá la economía mundial, por el contrario, se basará en ella y le dará un mayor impulso.

Esa unidad mundial que es la revolución socialista (el desarrollo de la sociedad no permite su parcelación en estancos independientes entre sí) está integrada por las revoluciones puramente socialistas que tendrán lugar en las metrópolis del capital financiero, que se distinguen por la proporción mayoritaria de la clase obrera y porque no tienen ante sí la solución de tareas democráticas o burguesas pendientes; por las revoluciones políticas (el desplazamiento del poder de la burocracia termidoriana por la clase obrera) en los países sometidos a la dictadura stalinista y por las revoluciones de liberación nacional en las regiones sometidas a la opresión imperialista. El hecho fundamental y distintivo de nuestra época radica en que todas esas revoluciones son políticamente dirigidas por el proletariado. Hay, pues, revoluciones proletarias y revoluciones proletarias, no todas están vaciadas en el mismo molde o cortadas en la misma medida, obedecen a leyes particulares según el grado de desarrollo de la región en que tienen lugar.

La revolución boliviana no puede menos que reflejar el capitalismo atrasado de economía combinada. El sector atrasado está encarnado en el modo de producción precapitalista, que si se toma como referencia los índices demográficos se puede decir que comprende a la mayoría nacional. No se trata de que el atraso está simplemente yuxtapuesto al progreso (modo de producción capitalista y que define la existencia material del país), sino de que entre ambos existe una permanente inter-relación; conforman un país con esa característica nacional y no dos sociedades independientes entre sí. Atraso y progreso se penetran mutuamente, se condicionan y se encuentran

en permanente transformación. El atraso se traduce en atraso cultural, por decir, que deja su impronta en todas las actividades, lo que determina la lentitud de nuestro desarrollo, que pesa negativamente en contra de la productividad y, de una manera general, que mediatiza las conquistas foráneas que alcanzan a trasmontar los Andes. Urge puntualizar en qué consiste este rezagamiento.

Sobre todas las cosas, está muy lejos de ser general, pues soporta la presión del modo de producción capitalista (minas, petróleo, industria, transportes, agroindustria) y, a su turno, actúa poderosa, aunque negativamente, sobre él. El cordón umbilical, por esto mismo de trascendencia vital, que une a Bolivia con el mercado mundial, es decir, el elemento que le permite llevar una vida moderna, es la producción capitalista, la exportación de materias primas, de minerales, de petróleo, etc. Esta producción no solamente define el presupuesto nacional, sino las balanzas comercial y de pagos, permite importar todo lo que exige la vida moderna. El modo de producción precapitalista pesa de manera considerable en la composición del producto interno bruto. En alguna forma esa preeminencia económica del capitalismo condiciona la preeminencia política del proletariado, aunque su gran politización es resultado de su propia historia, de una serie de factores que han contribuido a la formación de su conciencia.

Un país atrasado como Bolivia puede mostrar importantes adelantos tecnológicos y de concentración del capital en su área modernizada, como sucedió en el campo de la minería en cierto momento.

El atraso tampoco es definitivo, dado de una vez por todas, sino que, en determinadas condiciones, puede convertirse en palanca de progreso, permitir dar un salto en el desarrollo, trocarse en su contrario. Los teóricos de la clase dominante, que se complacen en subrayar que el capitalismo -únicamente el capitalismo, pues vituperan contra el feudalismo, el esclavismo, etc. corresponde a la naturaleza humana y que por eso debe considerarse eterno; pretenden justificar las limitaciones e incapacidad de la burguesía nativa con la especie de que nuestro país nunca podrá salir de una manera total de su rezagamiento, que siempre será tributario de la metrópoli imperialista, etc. Hay muchos ejemplos históricos que violentan la teoría del definitivo atraso boliviano y que viene siendo manejada desde el siglo XIX.

Allí donde el capitalismo se ha desarrollado internamente, recorriendo todos los recodos del camino, venciendo todas las dificultades y las etapas, ha ido acumulando utilaje obsoleto, herencia inevitable del pasado; esta carga concluye obstaculizando los movimientos de la economía en su integridad. Recuérdese el caso de países en los que se sigue utilizando maquinaria con muchos decenios de antigüedad. Un país atrasado, virgen en la actividad capitalista en ciertos renglones, puede, en condiciones favorables apoderarse de un salto de todo el avance logrado por la sociedad, sin necesidad de descubrir ni perfeccionar nada. Importará la última palabra de la tecnología en la fabricación de automóviles, sin necesidad de volver a vivir las primeras experiencias. En un solo acto se colocará en el nivel de los países más desarrollados. Esto es algo más que un dato anecdótico, quiere decir que tal paso puede permitir movernos a mayor velocidad que las metrópolis del capital financiero. Las condiciones que permitieron ese desarrollo a saltos y que las colonias o semicolonias alcanzasen o sobrepasasen a las metrópolis opresoras, fueron en el pasado las ventajas que proporcionaba el capitalismo en ascenso (Estados Unidos de Norte América, Alemania, Japón); en la actualidad, caracterizada por la desintegración

del imperialismo, las condiciones para ese salto no son otras que las creadas por la revolución social.

Un otro aspecto de este tema: la masa campesina, que aunque asuma actitudes revolucionarias y de subversión contra el estado de cosas imperante, representa el pasado histórico y el atraso, pero en los momentos de mayor tensión de la lucha revolucionaria se convierte en el factor decisivo que impulsa al proletariado (expresión social del progreso hacia el poder, es decir, permite crear las condiciones para la estructuración de una sociedad superior a la capitalista.

Bolivia se diferencia de las metrópolis por ser una nación oprimida que soporta la explotación y el dominio político por parte del imperialismo no solamente sobre uno de sus sectores sociales, la clase obrera, sino sobre toda la nación. El capital financiero exporta en gran medida la plusvalía que extrae de los trabajadores, actúa como el muro que impide que el país en su integridad ingrese de pleno a la civilización, esto porque mantiene intacto al precapitalismo, expropia política y económicamente a la burguesía criolla, le impide su desarrollo, lo que aparece con mayor evidencia cuando ésta le sirve obsecuentemente. Los problemas que plantea la revolución y la mecánica de clases son particulares y diferentes a los que se dan en los grandes centros del capitalismo imperialista.

Toda revolución es mayoritaria y la proletaria lo es al servicio, por primera vez, de la mayoría del país. En la Bolivia atrasada esa revolución no puede menos que ser protagonizada por la nación oprimida (en esta medida es mayoritaria) y no únicamente por la minoría obrera (consecuencia del atraso, de la persistencia de los modos de producción precapitalistas). Una revolución puramente proletaria es inconcebible, pues sería una actitud asumida contra el país, condenada a su inmediato aplastamiento. De esta realidad emergen las vigas maestras de la lucha revolucionaria.

La alianza obrero-campesina (las masas explotadas arrastradas políticamente por la clase obrera) juega el papel de pieza clave de esta estrategia. El choque de los campesinos con los obreros antes de la conquista del poder convertiría en imposible tal finalidad estratégica.

La táctica que cobra vigencia permanente hasta tanto se produzca la victoria de los explotados, aunque su realización precisa de condiciones políticas muy concretas, es la constitución del frente anti-imperialista, que importa la unidad de la nación oprimida (varias clases sociales) bajo la dirección proletaria, es decir, dentro de las finalidades estratégicas de la clase obrera. La burguesía también habla de unidad nacional y la consuma bajo su propia dirección y para servirse de ella como factor de respaldo político o de estabilidad gubernamental llegado el caso. La Unidad Democrática Popular es una variante de este frente político de varias clases sociales timoneado políticamente por la burguesía democratizante. El frente anti-imperialista permite que el proletariado efectivice su liderazgo nación oprimida por el imperialismo, se apoye en ella y dirija las luchas que libran las masas explotadas. Únicamente la movilización y radicalización de los sectores mayoritarios puede obligar a las direcciones de los partidos de izquierda a someterse a la dirección proletaria, abandonando su actual posición servil frente a la clase dominante.

La revolución proletaria boliviana estará muy lejos de ser puramente socialista por sus tareas. Antes de construir el socialismo y la sociedad sin clases sociales (sin

explotados ni explotadores) tiene que superar el secular atraso del país, lo que equivale al cumplimiento de las tareas democráticas o burguesas pendientes, labor imprescindible que será realizada junto al logro de objetivos socialistas, en los sectores donde sea posible. La revolución será pues combinada en sus tareas y también por sus componentes sociales reflejando así en la superestructura el carácter combinado de la economía.

Debe tomarse en cuenta que el proceso de transformación profunda estará acaudillado por la clase obrera y que ésta para libertarse realmente tendrá que llegar al comunismo y en su marcha libertar a toda la sociedad. El proletariado no tiene interés alguno en perpetuar las realizaciones democrático-burguesas, basamento material de la existencia y desarrollo del capitalismo que supone su inevitable explotación y opresión, sino acabar con este estado de cosas, razón por la cual las transformará en socialistas desde el poder. Como se ve, el secreto del proceso consiste en que los explotados se conviertan en clase gobernante, en fin, en la existencia de la dictadura del proletariado.

Nos encontramos frente a una sola etapa en la cual son realizadas a plenitud las tareas democráticas y su transformación en socialistas. El Partido Comunista de Bolivia, que dice no renegar del socialismo e inclusive de la dictadura proletaria, hace un planteamiento cualitativamente diferente: en la primera etapa, cuya duración no puede menos que prolongarse por algunos decenios, una centuria o más, debe cumplirse únicamente la revolución democrático-burguesa, porque –dice- las fuerzas productivas en escala nacional han madurado únicamente para ese tipo de revolución; luego de que el desarrollo pleno e independiente. del capitalismo transforme toda la economía y cree una clase obrera poderosa por su número y su educación en la escuela de la democracia formal, recién podrá plantearme con legitimidad la revolución puramente socialista. Entre ambas etapas históricas media un abismo de tiempo y no puede hablarse de una inter-acción entre ambas. La corriente maoísta planteó, en su apogeo, la misma tesis con una pequeña variante: para ella, cumplida la etapa de la revolución democrática debía darse, de manera ininterrumpida -de aquí su nombre-, la revolución socialista. El stalinismo en general sostiene que la etapa democrático-burguesa solo puede estar timoneada por un gobierno de corte burgués. La permanencia del Partido Comunista de Bolivia en el gobierno burgués de la Unidad Democrática Popular, lejos de constituir un error táctico o un desliz cualquiera, obedece a su concepción programática fundamental.

El desarrollo interno de la revolución bajo la dictadura del proletariado lleva la tendencia de no detenerse hasta tanto no se destruya toda forma de opresión de clase (explotación del hombre por el hombre). Cada etapa niega a la anterior y el proceso tiene lugar en medio de contradicciones y de conflictos sociales. El ritmo de su realización, así como el del cumplimiento de las tareas democráticas, no puede señalarse con anticipación, depende de la marcha de las economías mundial y nacional, de los progresos que haga la revolución proletaria internacional.

La revolución proletaria comenzará necesariamente dentro de las fronteras nacionales y no como un fenómeno simultáneo. El ritmo extremadamente desigual con el cual se desarrolla la conciencia de clase del proletariado de los diversos países obliga a que la revolución social tenga lugar también de manera desigual. No será un proceso despersonalizado; contrariamente, mostrará las huellas inconfundibles de las particularidades nacionales, profundamente entroncado en la historia, en la economía, en fin, en la cultura del país.

Pero, la revolución no puede encerrarse indefinidamente en el marco nacional; para resolver los problemas que genera y para llegar a la sociedad sin clases, necesariamente tendrá que proyectarse al plano internacional, de nacional se trocará en internacional. En el caso boliviano su proyección continental busca estructurar los Estados Unidos Socialistas de América Latina, la única forma en la que ahora puede efectivizarse el sueño y ambición de Simón Bolívar. Muchos de los problemas más punzantes del país, entre ellos el largo pleito diplomático de la mediterraneidad, podrán encontraran así su solución natural.

La clase obrera en el poder estatizará los medios de producción, concentrándolos en manos de la dictadura del proletariado (gobierno obrero-campesino), lo que le permitirá planificar la economía y dirigirla hacia la construcción del socialismo, en fin, del comunismo, la sociedad sin clases sociales, sin explotados ni explotadores.

Hemos expuesto someramente la teoría de la revolución permanente, que tanta importancia ha tenido en la formación de la clase obrera boliviana (nos referimos a su conciencia). Se trata de las leyes de la revolución social de los paises ses atrasados (coloniales y semicoloniales) de nuestra época imperialista, en la que la presencia de la clase obrera (vale decir de su partido político que es, sobre todo, programa), constituye el hecho de mayor relieve. Algunos de sus críticos sostienen que dicho planteamiento buscaría saltar por encima de la etapa democrática, para ingresar de lleno y de un salto en la revolución puramente socialista. Otros se empeñan en querer demostrar el absurdo de que buscaría aislar al proletariado de las otras clases sociales. Estos reparos carecen de fundamento. La revolución permanente fue enunciada ya por Carlos Marx a mediados de¡ siglo XIX y teniendo presente la revolución en la rezagada Alemania de entonces, buscando resolver, precisamente, el cumplimiento de las tareas democráticas. Los revolucionarios rusos hablaron de la transformación de la revolución burguesa en socialista, teniendo en cuenta su contenido social, sus tareas fundamentales. No se plantea el ignorar o saltar por encima de las tareas democráticas, sino la manera de cómo el proletariado tendrá que consumarlas en la época que vivimos, que es la época de decadencia del capitalismo, que plantea la necesidad histórica de la revolución y dictadura proletarias.

 

(Fotografía: trabajadores armados, abril de 1952, La Paz, Bolivia)

 

Intervención de parlamentarios revolucionarios en el Congreso Nacional de Chile

Publicamos estas intervenciones históricas de dos parlamentarios trotskystas en el Congreso chileno, las del Diputado Emilio Zapata y el Senador Manuel Hidalgo el año 1933. Las transcribimos rigurosamente, teniendo como base las propias actas del Congreso Nacional. En ellos se desarrolla la línea leninista de intervención de los revolucionarios en el parlamento burgués. Estos textos, sirven como referencia para contribuir a una crítica  a la intervención vergonzante de la izquierda chilena en el parlamento en nuestros días. Volver sobre estas intervenciones nos permite observar con nitidez la profundidad del abismo que separa la política revolucionaria de lo que es hoy en día la izquierda del régimen.

 

EP

El Punto de Vista del Partido Comunista
Discurso pronunciado en la sesión de la Cámara de Diputados el 24 de Enero de 1933 por el diputado trotskista Emilio Zapata Díaz.
El Sr. ZAPATA: En otras oportunidades, señor Presidente, no me ha sido posible expresar mis observaciones de acuerdo con la representación que tengo en esta Cámara y voy a aprovechar la oportunidad que se me presenta en estos momentos para manifestarlas

Me he inscrito, señor presidente, para hablar porque deseo en esta reunión de los que aquí están como “representantes del pueblo”, exponer el punto de vista concreto del Partido Comunista.

El Señor VEGA: ¿Qué Partido Comunista?

El Señor ZAPATA: Del que soy miembro activo y parlamentario y por tanto el punto de vista que interesa honda y profundamente a las masas trabajadoras del campo y la industria.

Como representante comunista, como soldado de fila de la revolución proletaria, no tengo ningún interés en legislar para el perfeccionamiento de este régimen de injusticia y explotación; como tal y como obrero revolucionario, soy mandado por mi Partido a combatir este régimen de miseria en la misma institución creada a tapar la expoliación a que se hallan sometidos millones de trabajadores.

En la calle como en la fábrica, en el taller como en el campo, en el local obrero como en este local burgués los comunistas somos soldados de la revolución proletaria.

Los trabajadores, las grandes masas de explotados, los millones e miserables que con su trabajo de esclavos han llenado de riquezas el mundo capitalista y que viven o mueren de las piltrafas constituyen los enterradores del capitalismo, los organizadores de la sociedad socialista que reemplazará a esta sociedad hambrienta.

La Rusia soviética, en un esfuerzo gigantesco ha demostrado la potencia creadora del proletariado y de las masas campesinas. Ha demostrado al proletariado del mundo entero el camino que deben seguir para traer el bienestar al mundo entero.

El socialismo que se construye a pasos agigantados en la Rusia de los soviets se realiza porque el poder político está en manos de los trabajadores y porque toda explotación ha terminado al terminar revolucionariamente el proletariado con la burguesía explotadora. Y ese es el camino que igual que en todas partes mostramos desde aquí a las masas trabajadoras de Chile.

De los enemigos del proletariado no son los peores los que militan en las filas de la burguesía, no es la iglesia con su opio nefasto, no es la oligarquía criolla que estruja y extrae hasta la médula de los campesinos en jornadas de sol a sol; los peores son los que tildándose de partidos obreros no son sino ganchos de la burguesía para pescar las masas trabajadoras y arrastrarlas tras de su carro de reformas y compromisos.

Los peores enemigos de los trabajadores chilenos son los demócratas, son los socialistas de todos los matices, son los llamados partidos izquierdistas, son todos los que usan el lenguaje y de las poses para engañar las masas obreras y envolverlas en su demagogia pequeño burguesa y entregarlas atadas de pies y manos a la explotación del capitalismo nacional e internacional.

El Partido Demócrata que dice luchar por los trabajadores, fue uno de los puntales de la dictadura financiero militar de Ibáñez, fue agente exclusivo entre los trabajadores del ibañismo y de su propaganda y concurrió con todo su apoyo al incremento de las persecuciones, asesinatos, fondeos de los miembros del Partido Comunista y de las organizaciones revolucionarias de masas.

Los partidos socialistas e izquierdistas, flora de terreno húmedo, no son sino un producto de la radicalización de las capas pequeño burguesas y por tanto de u desorientación. Estos partidos que se caracterizan por una serie de matices amarillos no van más allá de declaraciones líricas, de continuadas peroratas demagógicas que vienen a llenar una necesidad de la burguesía por cuanto forman el ala izquierda de ella y unida a ella por fuertes y estrechos lazos indisolubles y que se hacen valer en la primera ocasión poniéndose incondicionalmente al servicio y la defensa de los intereses de la burguesía criolla e imperialista.

Estos son los peores enemigos del proletariado y de las organizaciones revolucionarias de masas y en especial del Partido Comunista al cual tratan de matar por todos los medios.

Los comunistas no hemos podido llegar a plantear nuestra lucha aquí en la forma en que han llegado todos ustedes, porque estamos fuera de la ley, porque estamos fuera de la ley, porque ustedes lo han querido y porque así conviene a vuestros intereses que son los de la burguesía criolla y que son los del imperialismo internacional. Pero de todas maneras estamos aquí dispuestos a desenmascarar a todos los que son efectivamente enemigos del proletariado y de las clases trabajadoras a pesar de sus caretas de revolucionarios de cartel.

El Partido Comunista me envía aquí a cumplir con el papel que he desempeñado en donde he trabajado: a colaborar en el más rápido desenvolvimiento de la revolución proletaria, ayudando a desarrollar la conciencia de clase de los trabajadores. El Parlamento, institución que cumple con un papel, el papel de mistificar a las masas trabajadoras y facilitar la dominación de ellas por las clases gobernantes, se ha “convertido en la forma democrática” de dominación de la burguesía, a la cual le es necesario, en un momento dado de su desarrollo, una ficción de representación popular que expresa en apariencia la “voluntad del pueblo” y no la de las clases, pero que constituye, en realidad, en manos del capital imperante, un instrumento de coacción y opresión.

Y esto que lo decimos como representante del Partido Comunista, lo decimos a las masas trabajadoras, a los miles, cientos de miles de cesantes, hambrientos y miserables que se mueren de hambre, frío y miseria, al proletariado en trabajo, a las masas trabajadoras del campo sometidas al yugo esclavista del inquilinaje y a todos los que viven de la venta de su fuerza de trabajo. Y lo decimos para que comprendan definitivamente que sólo una lucha feroz, organizada y dirigida por el Partido Comunista, puede triunfar de este régimen ignominioso de explotación inmisericorde de millones de trabajadores.

Aquí se pretende engañar al proletariado y al campesinado legislando y encubriendo, retardando y adormeciendo el movimiento liberador de las grandes masas explotadas. Aquí se pretende digo, hacer creer que hay posibilidad de alimento, de ropa, de techo y de trabajo, dentro del marco del capitalismo explotador, dentro de este sistema putrefacto, en descomposición y que quiere hundirse exterminando al máximo de proletarios, el máximo de campesinos, el máximo de pequeños productores: quiere en resumen, morir matando.

Los trescientos mil cesantes que llenan este país con sus clamores pidiendo pan, tienen que convencerse, tienen que de una vez por todas que de este sistema, del capitalismo, de la burguesía y oligarquía explotadoras, no pueden esperar sino balas y metralla; que su hambre se terminará en la masacres que se preparan hora a hora, día a día, en las clases explotadoras y dirigentes.

No podemos sino gritar aquí, en plena institución burguesa, el sentir, el derecho de las grandes masas del campo y la industria, a imponer sus reivindicaciones económicas y políticas; no podemos sino convertir a esta tribuna que ha sido creada para adormecer a los trabajadores, en una tribuna revolucionaria que sirva para impulsar la revolución proletaria que dará al traste con todo este régimen afianzado en la explotación feroz de millones de hombres, mujeres y niños.

Se ha convocado extraordinariamente al Parlamento para que estudie la Liquidación de la Cosach, en primer punto. Estamos convencidos, porque conocemos el régimen que combatimos que la liquidación de esa funesta compañía y a la cual dieron su entusiasta apoyo gran parte de los señores que dicen haber venido a defender los intereses de los trabajadores, no es sino el preámbulo de la constitución de una nueva Cosach con distinto nombre y a base del capital del imperialismo inglés o del imperialismo francés.

La miseria no se disminuirá un ápice porque pasemos de un dueño a otro o porque aquí se tomen medidas de socorro o de limosnas o porque se aprueben con el mismo voto entusiasta con que acordaron la Cosach y todas la iniquidades que se han cometido y se cometen a diario; medidas de emergencia para solucionar la cesantía, nada de eso disminuirá en nada la miseria y el hambre crónica de las masas trabajadoras y esto por la sencilla razón de que queda incólume el sistema, el régimen entero con todas sus posiciones intocadas, con sus inmensas reservas de artículos de primera necesidad acaparadas por unos cuantos privilegiados a quienes las leyes amparan y protegen y porque el poder político sigue en manos de los explotadores, en manos de la burguesía en estrecha alianza con la oligarquía, con la iglesia y con el imperialismo internacional.

Solamente la revolución proletaria triunfante, con la implantación de la Dictadura del Proletariado y con la destrucción hasta en sus raíces de toda explotación se podrá construir una sociedad en la que todos sean productores y en la que por tanto el que produce come, en reemplazo de esta sociedad en la que come hasta hartarse el que nunca ha trabajado pero que siempre ha explotado el trabajo de otros… (Risas)

El señor ZAPATA: Merecen a Sus Señorías las expresiones de este loco, tal vez porque de locos se ha tratado a los comunistas, a los únicos hombres del Partido Comunista que estuvieron en desacuerdo profundo con la creación de la Cosach, que fue aprobada por los diversos partidos políticos, que tienen representación en esta Cámara y que se manifestaron sumisos y serviles.

Pretenden Sus Señorías reírse de este modesto proletario que ha llegado a tener un asiento en la Cámara en legítima representación de los trabajadores, quienes lo eligieron por sus espontánea voluntad. Porque yo no he ido a emborrachar a los trabajadores para obtener su voto; yo no he ido a violentar la conciencia de los trabajadores para conquistar un sillón en esta Cámara; he llegado legítimamente a ocupar un asiento en esta Cámara en virtud de la majestad de la voluntad del pueblo.

Y cuando en este Parlamento se mistifica con leyes que se dicen van en beneficio de los trabajadores, yo levanto mi voz y hago estas declaraciones.

Ayer Sus Señorías dictaron una ley que rebaja el veinte por ciento del valor de los arriendos de las casas. Esta ley es una continuidad de una ley dictada por el Parlamento elegido por la Dictadura de Ibáñez y debo declarar que los beneficios de esta ley jamás los ha recibido el pueblo. De este modo se mistifica al pueblo y por lo tanto tengo razón en decir que con leyes se está mistificando a la opinión pública que ustedes dicen representar, cuando no son representantes del pueblo.
Orientaciones Políticas

Discurso pronunciado en la sesión del Senado el 24 de Febrero de 1933 por el senador trotskista

Manuel Hidalgo P.
El Señor GUTIÉRREZ (Presidente): En la hora de los incidentes, tiene la palabra el honorable señor Hidalgo.

El Señor HIDALGO: Durante el curso de lo que aquí se ha dado llamar el debate doctrinario, he sido aludido en varias ocasiones, y a veces en una forma que no corresponde con la verdad de los hechos; tal, por ejemplo, en el caso en que el honorable señor Gumucio, al referirse a los últimos incidentes ocurridos en el país, decía: “Y me propongo exclusivamente examinar la posición que toman los demócratas ante el asalto que, contra la República y la sociedad, están dando, en todo terreno, el comunismo ruso del Señor Lafferte, el comunismo criollo del señor Hidalgo, el napismo del señor Matte y todos los auxiliares del desquiciamiento general”. Señor Presidente: Yo creía que el honorable señor Gumucio, al hacer referencia al desquiciamiento general del país, quería aludir a la funesta organización de la entidad denominada la TEA, al concurso incondicional que prestó la prensa capitalista al primer asalto de los militares al poder público y al clamoroso aplauso que esa acción tributó el mismo honorable señor Gumucio en las páginas de “El Diario Ilustrado”. Sin embargo, Su Señoría, se refirió únicamente al comunismo criollo del Senador Hidalgo, al comunismo ruso del Señor Lafferte y, por último, al napismo.

En atención a que en más de una ocasión he sido aludido en ésta y en la otra cámara en una forma que no corresponde a la realidad, voy a rectificar los hechos diciendo algunas palabras sobre mi propia actuación, antes de entrar a la materia principal de mis observaciones.

Todos los honorables Senadores saben y, por lo menos, el país no lo ignora, que durante la férrea y brutal dictadura de Ibáñez el Senador comunista que habla mantuvo incólume sus principios, y que si alguien no supo ceder ante la insolencia brutal de este dictador, fue el que habla. Sin ningún propósito de vanagloria, puedo afirmar que este Senador comunista fue el único obstáculo que encontró en su camino ese dictador que dominó durante una época que constituirá una vergüenza en la historia de Chile. Sin embargo, se olvidan muy a menudo los hechos en nuestro país, para caer en nuevos errores, pasando enseguida a otros sucesos de que se culpa a otros dictadores que no tienen de tales sino el nombre.

Voy a hablar ahora a nombre del Partido Comunista.

Alguien ha aludido en la otra cámara a la representación que invisto. He creído necesario ocuparme de ello para terminar con lo malentendidos. Nunca he dejado de pertenecer y representar al Partido Comunista. En los tiempos de la represión ibañista, cuyos ribetes adornan el civilismo de hoy, fui la cabeza visible del Partido y conocí canallescas persecuciones y más de una deportación. Divididas hoy las filas del partido de clase del proletariado chileno, actúo y hablo a nombre de la fracción revolucionaria que cree en la extensión internacional de la lucha emancipadora, en la dictadura proletaria y en el ocaso del capitalismo. Y si supe mantener mis principios comunistas bajo la feroz dictadura militar, en que no se vio a ninguno de los gritones de hoy, con mayor razón los sabré mantener bajo la dictadura encubierta y constitucional que se avecina, pero en momentos en que la agonía del capitalismo nos señala claramente la ruta revolucionaria.

Ahora, como siempre, es a los trabajadores a quienes me dirijo, desde esta tribuna burguesa que un día barreremos junto con la burguesía. No porque un hecho sea doloroso podemos nosotros, los marxistas, desentendernos de él. Y el hecho es que las filas de la Internacional Comunista se han escindido en todo el mundo desde que en sus esferas oficiales se olvidó la revolución mundial por la defensa de la Unión Soviética. De un lado permanecieron los revolucionarios internacionalistas de siempre que, como Trotsky, no han temido seguir una lucha acendrada en la vida toda, contra la burguesía y todos sus adláteres. Del otro bando los estridentistas y gritones atentos más al lirismo revolucionario que a los intereses de las grandes masas obreras. De un lado, pues, están los partidarios del “socialismo en un solo país”, los que en todo el mundo han guiado a las masas de derrota en derrota, los que oponen a la dictadura del proletariado la fórmula ambigua, e indigerible de “gobierno de obreros, campesinos, soldados, marineros e indios…”; del otro los que llevaron a los trabajadores rusos a derrocar la autocracia zarista bajo la guía de Lenin y Trotsky, los que luchamos por la revolución internacional, por la dictadura del proletariado, contra el confusionismo que pretende entronizarse en las propias filas del comunismo.

En todo el mundo, las filas comunistas se han dividido. Ante cada partido oficial se ha puesto: la Izquierda Comunista, el Partido Comunista de Oposición. Y téngase en cuenta que en la Izquierda no están los que gritan más, sino los que luchan mejor. La posición del Partido Comunista (al) que represento ha sido idéntica a la de la oposición en todas partes, y en el Congreso de marzo adheriremos a ella. Si hay en el mundo una burocracia estaliniana que traiciona los principios de la Internacional Comunista, también hay auténticas fracciones bolcheviques que restituirán a la Internacional Comunista su efectividad revolucionaria.

(Aplausos- El presidente amenaza despejar tribunas y galerías si ellos se repiten)

Ahora que el mundo capitalista se debate en la crisis más honda e insubsanable, ahora que en Alemania sólo falta una dirección atinada que encienda la mecha revolucionaria, ahora que en China se va afianzando paso a paso la revolución proletaria, ahora que en la España convulsionada se presienten las claras demostraciones de la pronta emancipación obrera, ahora que en nuestro país son demasiado evidentes los estertores de la burguesía, lucharemos con más energía que nunca para barrer con la burguesía y con los comediantes de la revolución.

No he sido yo el primero en traer al Parlamento, a la faz de la burguesía, cuestiones de orden interno del Partido Comunista. Pero en estos momentos no es a la burguesía a la cual me dirijo, sino a los trabajadores que necesitan saberlo. Hemos decidido terminar con las contemplaciones que aún guardábamos al laffertismo. De ahora en adelante los excluiremos como lo que son, escoria revolucionaria, desperdicios del régimen capitalista en descomposición. Trotsky ha puesto una cátedra de intransigencia y en esa cátedra se generó la Revolución de Octubre. Algún día también en nuestra intransigencia se generará el Octubre chileno.

Exponiendo el honorable señor Matte los fundamentos que tuvo la revolución del 4 de Junio, que por lo demás, de tal no tuvo sino el nombre, decía ciertas palabras cuyo propósito yo no sabría como calificar, pues no se comprende si se quiere desfigurar el socialismo o escarnecerlo. Son las que siguen:

“Desgraciadamente, en el momento de la acción hubimos de marchar unidos a elementos que no tenían esos mismos propósitos y que, bajo fórmulas socialistas que jamás han entendido ni menos amado ocultaban su sed de mando y predominio. Fue necesario vencer nuestra porfiada resistencia; pero hicimos ese gran sacrificio en la convicción de que había llegado la hora de asestar un golpe”.

Y agregaba más adelante: “La Compañía que, muy a nuestro pesar, nos impusieron las circunstancias fue, desde el primer momento, serio obstáculo a nuestros propósitos, y nuestra acción constructiva se veía paralizada con desgraciada frecuencia por las iniciativas dictatoriales y reaccionarias que a cada paso se nos oponían”.

Yo me pregunto, si esta era la situación del honorable señor Matte dentro de la Junta Revolucionaria, si ésta era la composición de los que fueron al asalto de la Moneda, ¿cómo se explica, entonces, que los directores de la revolución se dirigieran al pueblo, a los obreros, diciéndoles que el movimiento se hacía a favor de la case asalariada?.

En efecto, más adelante agrega: “Así se procedió de inmediato a suspender los lanzamientos de los arrendatarios modestos morosos, considerando que la miseria general era la causante de la mora y que el lanzamiento agudizaba un mal social, sin mejorar tampoco la situación del proletariado”.

“Se destinó una suma prudencial a devolver a los trabajadores sus herramientas y prendas de vestir, en atención a que se trataba de un pequeño sacrificio que el Estado bien podía hacer para aliviar la desesperación de los necesitados”.

“Se domicilió en algunas casas desocupadas a cesantes en especial mujeres y niños, que paseaban su miseria y hasta su desnudez por las cales y plazas de día y de noche. La propiedad desempeñó así realmente una función social en momentos críticos para la Nación”.

Creo que este programa revolucionario socialista lo habría podido realizar el Partido Conservador que dice practicar el concepto de la caridad cristiana; pero llamar a esto socialismo por medios combativos es estar engañando de buena fe o no saber lo que se dice.

Cuando se produjo la toma del poder por el grupo revolucionario, el Partido Comunista, a quienes los revolucionarios quisieron halagar con este socialismo, propuso las consignas que debía propiciar la revolución para triunfar. Eran ideas radicales que descansaban en la doctrina pura y que no estaban sujetas a las influencias que más tarde hemos podido ver en los continuos asaltos al poder en que los unos han desplazado a los otros.

El Partido Comunista propuso las siguientes consignas para ir a la Moneda y afianzar la revolución obrera:

“La Junta Revolucionaria debe formar a los trabajadores reconociendo sus comités y entregándoles armas para formar la Guardia Revolucionaria”.

“La Junta Revolucionaria debe proceder de inmediato al desarme efectivo de las guardias blancas, cívicas y bomberos”.

“Formación de comités obreros y campesinos, de obreros de fábricas, minas, salitreras, transportes, etc. Y su reconocimiento para el control de la producción por los trabajadores y su reparto”.

“Entrega del control de las fuerzas a las clases, lo que se ejecutará por medio de asambleas de soldados y marineros”.

“Entrega de las municipalidades a los trabajadores y municipalización de las viviendas con el control de los cesantes sobre su alimentación y aprovisionamiento”. “Socialización de los medios de producción, expropiándolos sin indemnización y entrega de la tierra a quienes la trabajan”.

“Destrucción de la industria bancaria y creación del Banco del Estado”

Estas simples consignas, el solo armamento de las clases proletarias, su organización como elementos directivos de la producción hubieran afianzado y hecho posible el éxito de la revolución que se propiciaba. Pero, desgraciadamente los elementos que formaban esa Junta no eran capaces de realizar ese programa. ¡La pequeñoburguesía jamás podrá realizar la revolución social para derrocar el actual régimen de capitalismo y hacer imperar el socialismo!

Históricamente se demuestra que sólo el proletariado es capaz de realizar esta conquista revolucionaria; y lo hará encabezando él solo las fuerzas.

Esta es la causa del fracaso de la llamada revolución socialista, y no, como decía el honorable señor Matte, que parte de los elementos que formaban en el grupo revolucionario, en el momento decisivo, se pasaran al bando contrario, defeccionando lastimosamente.

La causa fue que los propios y genuinos elementos revolucionarios no tenían ningún concepto acerca de lo que es una auténtica revolución socialista. Esto fue lo que trajo el caos y el desastre de la revolución.

Así es que, sin temor a equivocarnos los elementos marxistas podemos decir que la revolución llamada socialista nació muerta; que fue un conato de asalto al poder como cualquier otro, pero que del socialismo no tenía ni la careta.

El honorable señor Lira Infante, al analizar el discurso en que el honorable señor Matte expusiera las ideas que respecto al programa de Gobierno tiene la Nueva Acción Pública y al referirse a la revolución que el señor Matte había encabezado, decía en un párrafo: “…en medio de estas opuestas actitudes cayó fulminada la Junta por obra de otro cuartelazo, bajo la aplastante acusación del General Moreno que la denunció como culpable de haber “conducido al país por los tortuosos caminos del comunismo”.

Me parece, señor Presidente, que nadie tiene derecho a traer el testimonio del General Moreno para inflingirle un insulto gratuito al comunismo al citar palabras de ese militar, de quien todos sabemos que en vísperas de traicionar a su compañero de armas, el señor Grove, iba a su casa a pedir misericordia para que lo mantuviera en su puesto de General.

La actitud del comunismo en esa ocasión, como siempre, fue absolutamente franca: no entramos en esa revolución llamada socialista porque repito no tenía de tal sino la careta.

Y agregaba Su Señoría, con una presencia de ánimo verdaderamente admirable, el siguiente párrafo, que es uno de los más descollantes de su discurso:

“La historia patria no había conocido jamás tamaño desconocimiento de la soberanía popular. Arrogándose una representación que nadie le había conferido y que sólo el electorado pudo otorgarle”.

Señor Presidente: la persona menos autorizada para hacer esta declaración es, precisamente , el honorable señor Lira, que recibió del tirano Ibáñez un mandato de Diputado, sin que previamente se hubiera consultado al electorado nacional; pues, como se sabe, en la Termas de Chillán, designó quiénes debían venir al Senado y a la Cámara de Diputados. Se sabe también que una de las causas principales de la caída del señor Montero, a quién Su Señoría defendió con tanto calor, fue creer que un Presidente constitucional no podía disolver un Congreso ilegalmente elegido.

El señor LIRA: ¿Me permite el honorable señor Hidalgo una interrupción, ya que tan directamente ha aludido a mi actuación política?

El señor HIDALGO: Con el mayor agrado, señor Senador.

El señor LIRA: Posiblemente cometí un error al ingresar al Congreso de 1930; pero tengo la satisfacción de recordarle a Su Señoría, que no ingresé a él para secundar en forma alguna la dictadura del General Ibáñez; al contrario, toda mi actuación dentro de la Cámara a que pertenecí fue de resistencia a sus actos arbitrarios y Su Señoría no puede olvidar que más de una vez nos encontramos luchando juntos, Su Señoría y el que habla, en la Comisión Mixta de presupuestos, en contra de abusos de ese gobierno (Aplausos).

Al hacer a Su Señoría esta aclaración lo he hecho con el propósito de que se establezca la verdad toda entera, no a medias.

Agradezco a Su Señoría la deferencia que ha gastado conmigo al permitirle hacerle esta interrupción.

El señor HIDALGO: Sólo he querido referirme al párrafo del discurso de Su Señoría que he leído, en que manifiesta que es imposible aceptar un mandato popular sin que ele electorado sea previamente consultado. Todos los demás argumentos del honorable senador, inteligentes como todos los de Su Señoría, no son sino atenuantes del delito cometido. (Aplausos).

Por otra parte, no es que crea en esto del mandato popular, porque, a mi juicio, nunca ha existido en nuestro país, ya que, como muy bien lo decía el honorable señor Matte en una sesión anterior, las consultas al electorado no constituyen sino una de las tantas comedias con que se burla la voluntad de los trabajadores para generarse el poder de la burguesía..

Entre las “interesantes” observaciones que formuló el honorable señor Cox, sobre la revolución encabezada por la NAP y su programa, Su Señoría dijo lo siguiente: “Régimen individualista había en Chile 35 o 40 años atrás, cuando el concepto de Estado era el de simple instrumento central del orden público: “Dejar hacer, dejar pasar” ¿Es acaso el lema político y social de nuestro país? ¿Es acaso el lema del Partido Conservador?.

El señor COX: Permítame decirle, señor Senador, que esa última frase no fue pronunciada por mí, estaba en el original de mi discurso pero la suprimí después. Tal vez no la borré completamente y por error fue impresa.

El señor HIDALGO: Yo tengo que aceptar lo que se publica en el Boletín de Sesiones. Por otra parte, señor Senador, tomo esto como un simple antecedente.

El señor COX: Repito que esa fue una frase que no la dije en la sala, de manera que no se puede tomar en cuenta ahora.

El señor HIDALGO: A continuación de lo que he citado viene lo siguiente, puesto en boca de Su Señoría: “¿No hay leyes sociales en Chile? ¿No hay jornada de ocho horas, de contrato de trabajo, ley de seguro obligatorio, leyes de jubilación, ley de empleados particulares, impuestos de cesantía, leyes de desahucio y todas las leyes que protegen el trabajo contra los abusos del individualismo? ¿Por qué se sigue llamando individualista a nuestro régimen?”. Yo digo, señor Presidente, que se sigue llamando individualista al régimen que impera en este país, porque en él se observa y está legalmente establecido el derecho de propiedad; porque los elementos de cambio y producción están en manos de unos pocos privilegiados; porque, como lo demostró ayer no más el honorable señor Azócar, sin que nadie pudiera contradecirle, la mayor parte de las tierras cultivables de Chile están en poder de un grupo reducido de personas; porque las famosas leyes enumeradas por el señor Senador no constituyen sino otras tantas burlas y paliativos para la clase obrera.

La jornada de ocho horas, ¿qué significado tiene para el trabajador? Que el obrero trabaja el tiempo que el patrón quiere, sin parar mientes en los mandatos de esa ley, como los vemos en los campos en que el obrero trabaja de sol a sol, en medio de una espantosa miseria. ¿Qué significa el contrato de trabajo? Solamente el imperio de la voluntad omnipotente del patrón. ¿Qué significa la ley de seguro obligatorio? ¡Más valdría no hablar de esto! Si hay estafas en Chile contra las clases trabajadoras, ésta es la más grande de todas.

La inmensa cantidad de millones que se extraen al escaso salario del obrero, recogidos en forma que constituye uno de los tantos abusos del régimen capitalista, mediante el sistema de seguro obrero, no tiene razón de ser, pues no habiendo una población mayor de ochocientos mil hombres que trabajan en condiciones de obreros en este país, aparecen más de dos millones de libretas de seguro. ¿Por qué es esto? Sencillamente, porque en cada oportunidad en que el trabajador va de un sitio a otro cambia de libreta y así, un mismo obrero puede tener varias, de manera que las cuentas que los obreros tienen en la caja de Seguro Obrero, no corresponden exactamente al número de trabajadores existentes en el país y los fondos correspondientes los pierden. De esa manera, la ilusión que tiene el infeliz obrero de alcanzar una jubilación, es otro de los tantos engaños cometidos en la ley.

De manera que las observaciones hechas por el señor Senador, en orden a que los obreros deben estar satisfechos con el sistema capitalista actual, no es sino otra forma de explotación que ellos tienen que sufrir.

Pero hay otra afirmación de Su Señoría que es de lo más interesante. Dice el señor Senador, respecto a las doctrinas sociales, hablando de Cristo. “Las doctrinas sociales de Él, que vino a levantar a los humildes, a redimir a los desamparados y a predicar la hermandad entre los hombres, las han robado y desfigurado las escuelas socialistas, substituyendo la fraternidad por el odio, borrando el nombre de Cristo del corazón de las masas, que exigen el beneficio de su doctrina, sin rendirle su gratitud”.

Por eso detestan la palabra caridad, la cual a pesar de sus protestas, seguirá siendo el gran vocablo en la vida de la sociedad humana”.

Me imagino que estas palabras son íntegramente del señor Senador y que no corresponden a los señores redactores de sesiones.

Decir que las doctrinas socialistas han robado y desfigurado las doctrinas de Cristo, me parece que fuera una frase de Diógenes, no de Diógenes Laercio, el autor de “Una vida de Sócrates”, sino del Diógenes del barril, a quien sus contemporáneos llamaron “cínico” en el concepto filosófico de la palabra; porque si alguien ha combatido en el hecho al ilustre agitador ebonita, es precisamente, es precisamente Su Señoría y los que comparten sus ideas. Cristo que perteneció a una secta de los ebonitas, enemigos del derecho de propiedad y que mantenían todo en común, ha expuesto claramente en sus discursos su doctrina respecto a los ricos. Así, en el sermón de la montaña dijo: “Es más fácil que pase el camello por el ojo de una aguja, que un rico se salve”. Como se ve, no era muy halagadora para los ricos esta sentencia. Y cuando se acerca el discípulo rico y le pregunta qué debe hacer para seguirlo, le contesta: “Abandona vuestras riquezas, porque es sabido que ellas son el fruto del trabajo de los pobres”.

Y como si esto fuera poco, encontramos en todos los padres de la iglesia, llamados apologéticos, los que estuvieron cerca de él, estas condenaciones rotundas y terminantes, sin atenuaciones, en contra de los ricos: San Basilio ha escrito que “El rico es un ladrón”; Se Jerónimo ha dicho “La opulencia es siempre producto de un robo cometido por el propietario actual o sus antepasados” (y esto es una evidencia incuestionable). Por su parte, San Amborosio ha manifestado: “La naturaleza ha establecido la comunidad y la propiedad privada la usurpación”; San Clemente, añade: “En buena justicia, todo debería pertenecer a todos y que la iniquidad ha hecho la propiedad privada”. Y, como si esto fuera poco, San Juan Crisóstomo, en fin, exclama: “¡El rico es un bandido! Sería mejor que todos los bienes fuesen comunes”. No me referiré al sermón de Bousset que se refiere a la dignidad de los pobres en la iglesia, porque esto no tiene importancia para el honorable Senado.

El señor AZÓCAR: Conste que estas frases no son de los izquierdistas.

El señor GUMUCIO: Son del señor Neut-Latour, que ha escrito el discurso que está pronunciando el señor Hidalgo.

El señor HIDALGO: ¡No admito insolencias al honorable señor Gumucio!

El señor GUMUCIO: ¡Tiene que admitirlas Su Señoría!

El señor HIDALGO: ¡Nunca las he soportado a nadie! Jamás he necsitado que otra persona me escriba los discursos; ni al señor Neut-Latour que, en todo caso, es mi compañero. ¡Si Su Señoría necesita buscar inspiración en el Arzobispo para hablar, yo no la necesito!

Decía que desde hace trescientos años ha sido una preocupación constante de los que siguen la doctrina del cristianismo falsear el derecho de propiedad, y la iglesia católica ha elevado este derecho dándole carácter divino; pero es curioso observar que, mientras el catolicismo acepta el derecho divino para la propiedad y el capitalismo, la iglesia rusa lo castiga y lo declara pecado mortal.

En consecuencia, se puede colegir de los antecedentes que he leído que no es la escuela socialista, ni menos Marx, los que hayan podido en manera alguna falsear las doctrinas de Cristo. Lo que en realidad hay es que entre el predicador ebonita y el socialista alemán existe de común el concepto radical de negar el derecho de propiedad.

Entraré ahora a considerar desde el punto de vista de mis ideas qué es régimen capitalista.

Se ha hablado, y se sostiene que dentro del régimen capitalista se goza de las mayores garantías, de las más amplias libertades, y una serie de cantinelas con que se halaga al proletariado, pero en verdad, la primera característica del régimen capitalista es la esclavitud económica a que está sometida la inmensa cantidad de proletarios que se encuentran sometidos a la brutal ley del asalariado. El régimen capitalista somete a las multitudes obreras a la esclavitud moderna de los salarios.

Frente a este sistema de organización económica, Marx decía “La única libertad posible que hay para el hombre es la económica, todas las demás son subsidiarias o consecuenciales de ésta”.

En realidad, esto es lo que ocurre. ¿Qué sucede entre nosotros con las famosas leyes? El régimen capitalista establece la igualdad ante la ley. ¿Qué es esta famosa igualdad para los trabajadores establecida en la portada de la constitución Política? Un simple engaño. Aquí no existe igualdad política ni civil para los proletarios; sólo hay esclavitud para los obreros, servidumbre incondicional al régimen capitalista por un miserable salario.

Se establece la libertad de prensa y esto significa para los obreros únicamente la persecución cuando delatan o señalan las corrupciones que existen y los latrocinios realizados por la clase capitalista, se procede a señalarlos como subversivos, mientras que la llamada “gran prensa” puesta al servicio de los consorcios extranjeros al servicio del capitalismo imperialista mundial, al que naturalmente está subordinado nuestro país, pues el régimen capitalista cuenta con toda clase de garantías, ya que es una organización hecha para defender las finalidades para las cuales ha sido creada.

La libertad de reunión, se dice, está garantizada plenamente por la Constitución, una de cuyas disposiciones dice que las personas pueden reunirse sin aviso previo y sin armas. Pues bien ¿Qué es lo que ocurre hoy día en este orden de cosas? Cada vez que las clases trabajadoras quieren celebrar una reunión pública tienen que pedir permiso a la respectiva autoridad administrativa, y esta puede darles este permiso o negárselo y generalmente es esto último lo que ocurre. En esto consiste el famoso derecho de reunión, que es otra de las ilusiones consagradas como principios constitucionales.

La libertad de palabra, se dice también, es otra de las libertades de que goza el pueblo chileno. Esta es otra de las fantasías musicales que consultan las disposiciones constitucionales de Chile. Desde el momento en que se prohíben las reuniones, desde el momento en que los obreros no son dueños de reunirse libremente ni aún dentro de sus propios locales sociales, la libertad de palabra no pasa de ser una de las tantas falacias que se encuentran en la Carta Fundamental y cuyo ejercicio acarrea la acción violenta del estado capitalista.

Llegamos a la otra libertad garantida por la Constitución política: la libertad electoral. Con esta libertad se engaña también a los trabajadores, proclamando el triunfo de las ideas de democracia en el país. Entretanto, ¿qué es la libertad electoral? Sencillamente una mascarada aún careciendo las mujeres de derecho a voto. Nadie ignora que no es raro oír en el campo, donde los electores son simples instrumentos de la voluntad de sus patrones, que el candidato tal cuenta con los votos de los inquilinos de don Fulano o don Zutano. Para quien quiera que tenga sentido común ¿puede constituir el sistema electoral vigente en Chile una manifestación efectiva de libertad electoral?.

El derecho de sufragio libre es sólo un privilegio de las clases capitalistas, que lo tienen a su servicio para asegurar la supervivencia del régimen actual. La libertad electoral es una ficción que da apariencias de legalidad a los que obtienen un puesto en la representación nacional. ¿podrá el régimen capitalista decir a los trabajadores este es un régimen democrático? Podrá decirlo, pero ese será otro engaño más para los asalariados, que nunca creerán en la llamada democracia burguesa.

Esta es la realidad de las cosas. Los capitalistas tienen fundos, tienen fábricas, tienen dinero y tienen a su disposición los tribunales de justicia y por satisfacer un capricho no vacilan en obligar a sus empleados a votar por el candidato de sus afecciones.

En consecuencia, la base sobre la descansa la generación de los poderes públicos no la constituye un derecho libremente ejercido por los trabajadores, sino que esa generación se encuentra subordinada a la voluntad de los patrones, de los capitalistas. Y por esto la generación de los poderes públicos mediante el derecho electoral es, como decía un honorable senador, una ficción, una mentira, con que se engaña a las masas.

Así se explica que, siendo los obreros la inmensa mayoría de la población electoral, sólo llegue al Congreso un reducido número de genuinos representantes de ellos. Esto se debe a que las elecciones no corresponden sino a una determinante del régimen capitalista, cuyos dirigentes se hacen elegir por las fuerzas electorales de que disponen en sus fundos, fábricas, etc. Hay, pues, que llegar a la conclusión de que por medio de la elección según el sistema democrático, la clase trabajadora no llegará jamás a conquistar su independencia económica, la que sólo alcanzará por medio de una revolución estableciendo la dictadura del proletariado.

Se dice que la lucha de clases no debiera existir en este país, que esto constituye una monstruosidad y que es inexplicable que la acepten y propicien los elementos obreros. Si examinamos la historia de este país, que por cierto no es muy larga, que no ofrece muchos vericuetos, como que no se remonta sino a 300 o 400 años, podemos llegar a conclusiones ciertas en esta materia. Así, por ejemplo, tratándose del derecho de propiedad, ¿cuál es la primera institución de derecho público que se conoce en este país? Está representada por el régimen de encomienda, es decir por el robo y el engaño. Al llegar a Chile los conquistadores españoles, se repartieron entre ellos las tierras, confiando a cada dueño de encomienda la misión trascendental y casi sobrehumana de enseñar a los indios la doctrina cristiana, mientras se le sometía a la más inicua esclavitud y se le explotaba brutalmente. Esta es la génesis del derecho de propiedad en este país: el asalto y sometimiento del débil por el fuerte mediante la violencia y el engaño y haciendo creer a los indígenas que debían desentenderse de los negocios de este mundo y resignarse a su triste situación mediante la esperanza de una dicha ultraterrena. Pero los que eso enseñaban al indígena no se preocupaban sino de acrecentar sus encomiendas y de disfrutar de los goces de la vida.

Y vemos que el régimen de encomienda existe todavía en Chile. Mientras los partidos burgueses se reparten las prebendas de la administración pública, al proletariado se le adoctrina en la civilidad, la constitucionalidad y otras engañifas y se le predica que se conforme a morirse de hambre y de miseria.

Este sistema continuó en el curso de la vida de la República, sin variación alguna; por el contrario, después de la batalla de Chacabuco, con motivo de la enorme hambruna que azotaba el país se había extendido el robo en forma desmedida. Para poner coto a este estado de cosas, dicen los historiadores, se reunió el Senado consulto y adoptó una resolución se castigaba el robo con penas corporales, y al efecto, se dispuso que al que se sorprendiera en delito in fraganti de robo, se le aplicaran cien azotes, pero si era una persona decente debía aplicársele ese castigo en privado. Se establecía así un privilegio a favor de la clase dominante, mientras que a los infelices se les azotaba en la plaza pública.

Si seguimos examinando las diversas Constituciones que ha tenido este país y llegamos a la del 33, veremos que Huneeus dice en sus Comentarios que dicha Constitución, no sólo negó a las clases humildes uno de sus más elementales derechos, sino que también las afrentó privando a los sirvientes domésticos del derecho a voto. Y esto lo hicieron los fundadores de la República cuando estaban más entusiasmados con los sentimientos de fraternidad que nacieron en ellos durante las luchas por la independencia política que acababan de librar. Pero es que para ello primaban por sobre todo, los intereses de clase y sabían defender el concepto clasista en todas las circunstancias de la vida.

Vino después el Código Civil -y al ocuparme de este punto se dirá que el compañero Neut-Latour me ha dado también a conocer estos antecedentes- que establecía que, en los casos de juicios entre sirvientes domésticos y patrones, constituía plena prueba la declaración del patrón. No es raro entonces, habiéndose consagrado en la Constitución y en las leyes civiles este original sistema de igualdad ante la ley que los conservadores se atrevan a decir que no es posible hablar de lucha de clases de este país…

Así como los revolucionarios del 4 de Agosto no estrangularon a la nobleza de Francia para darle a ese país una organización igual a la hasta entonces existía, sino para crear un estado que estuviera de acuerdo con las finalidades que perseguía la burguesía francesa, así también en los tiempos actuales la clase obrera, para solucionar el problema social y económico en que se debate no podrá menos que estrangular por su parte el régimen capitalista actual, a fin de darle a la sociedad una organización justa.

Porque ¿qué ha significado en realidad para los trabajadores el advenimiento de la República? Nada, puesto que aún sigue prevaleciendo el mismo régimen de esclavitud anterior a ese régimen. En los campos los trabajadores no tienen hoy una situación mejor que la que tenía la gleba en la Edad Media. En las faenas agrícolas, no sólo se pagan salarios miserables, sino que aún se paga en especie, cosa que está estrictamente prohibida en la ley, que jamás se ha cumplido en este país. ¿Por qué? Porque los campesinos son rotos, mientras sus dominadores son poderosos terratenientes.

No se nos venga entonces a hablar de igualdad ante la ley, no se nos venga a decir que vivimos en un paraíso y que sólo circunstancias desgraciadas han producido esta desigualdad horrible en que vivimos.

Frente a este problema de la desigualdad económica, aparece el régimen capitalista agudizándolo con proyecciones siniestras mediante el maquinismo. No es que los comunistas estemos contra el progreso y queramos que las máquinas desaparezcan, sino que queremos que las máquinas y los elementos de producción vuelvan a manos de la sociedad, pues se comprende que nadie podría pretender que se volviera al primitivo sistema de producción muscular.

El maquinismo es un problema grave y sin solución propia dentro del régimen capitalista y la clase obrera, empujada por la fuerza de los acontecimientos lo va a llevar a su total solución, poniendo la máquina al servicio de la sociedad. El maquinismo es el que ha creado la desocupación de setenta millones de hombres en el mundo capitalista. La lucha por la conquista de mercados se ha agudizado de tal manera que los industriales se ven en la necesidad de producir rápida, extensa y profusamente para desplazar a los demás concurrentes. El maquinismo, perfeccionado hasta lo infinito, mediante el taylorismo y la racionalización que hoy domina la industria, va creando un problema que no tendrá solución mientras persista el régimen de la máquina en poder de unos cuantos. El maquinismo ha creado en la clase obrera de muchos países y especialmente en Estados Unidos, por obra de la extrema subdivisión capitalista del trabajo que predomina en ese país, un grave mal que esta ya alarmando a los hombres de ciencia norteamericanos: me refiero a la neurastenia y la locura que son un resultante del sistema actual de producción, porque un hombre que pasa las ocho horas de la jornada de trabajo dedicado exclusivamente a una misma labor, está muy propenso a volverse loco.

En efecto, es fácil imaginarse el cansancio que producirá a un obrero el hecho de estar ocho horas diarias entregado a un solo trabajo, como por ejemplo el de colocar una etiqueta o un tornillo en la máquina que se está fabricando, lo que viene a ser algo así como obligarlo a mirar una cinta que pasa ante sus ojos, sin poder distraerse un solo instante.

Además el perfeccionamiento de la máquina ha llegado a tal grado de progreso que por mucho que se reduzca su empleo, no se logrará proporcionar trabajo a la inmensa multitud de desocupados que pasan años sin conseguir trabajo. La paralización de la industria salitrera, por ejemplo, ha dejado sin elemento de vida de ninguna especie a más de cien mil hombres que vagan a lo largo del territorio de la República, y si las oficinas vuelven a funcionar con el sistema Schanks, esos hombres obtendrán la colocación que necesitan, pero eso no sucederá porque la garra del imperialismo no va a simplificar la industria para dar de comer a los obreros cesantes chilenos, pues se comprende que no se ha interesado por la industria para hacer obras de misericordia y caridad, sino únicamente porque le interesan las utilidades que en ella puede obtener.

Así, hemos podido observar, que después de la guerra europea se estuvo por parte del régimen capitalista que para salir de esta situación de desequilibrio, producida por esta catástrofe que ha precipitado al mundo a su descomposición, era indispensable producir más, incrementar la producción, con lo que el mundo iba a salvarse y a restañarse las heridas causadas por aquel conflicto. Entretanto, terminada la guerra, se renovaba con igual violencia que antes la lucha por la conquista de mercado y las fábricas se han confederado e incrementado su producción de tal manera que la producción excede al consumo y se produce así la paradoja siniestra de que el mundo capitalista se muere de hambre por exceso de producción. ¿Cómo concebir o explicarse que mientras los almacenes están pletóricos de mercaderías y el trigo se quema o arroja a los canales, las multitudes de hambrientos deliran por un mendrugo de pan y el mundo capitalista fallezca de inanición? No es que esto obedezca a una razón de mayor o menor producción, sino a que el régimen capitalista debe inevitablemente desaparecer, como único medio de poder salvar a la humanidad del desastre que se avecina. Cuando se produjo exceso de producción, se alegó otro argumento para satisfacer a las multitudes hambrientas: se les dijo que la situación en que se encontraban no se debía a un exceso de producción, sino porque no había oro y que los países ricos viven porque poseen grandes existencias de este metal. Sin embargo, como ningún país escapa a la ley del progreso, luego apareció el mismo fenómeno en los Estados Unidos y después en Francia.

Estados Unidos, que tiene empozadas las cuatro quintas partes del oro del mundo, que ha desplazado a Inglaterra como potencia financiera, puesto que el centro económico del mundo ha pasado de Londres a Nueva Cork, a pesar de poseer la inmensa cantidad de oro que tiene, cuenta con doce millones de hambrientos. Y así hemos podido ver que ese país, que pagaba a los obreros jornales que no alcanzaban los obreros en otros países capitalistas, hoy día no paga al trabajador otro jornal diario que un pedazo de pan y esto cuando el obrero obtiene trabajo.

La verdad es que no es un problema de falta de producción el que ha creado ese estado de cosas en el país que posee la moneda más cara del orbe y que tiene las cuattro quintas partes del oro del mundo, así como es cierto también que no es un problema de mayor o menor existencia de oro, sino que es un problema propio del régimen capitalista, régimen que ha hecho crisis porque correspondió a otra época de la historia y porque es absolutamente imposible desentenderse de él y resolverlo a pesar de los enormes esfuerzos hechos en las convenciones y conferencias que han celebrado los banqueros, los alquimistas de las finanzas, los genios que andan buscando la piedra filosofal para tratar de salvar con ella al régimen capitalista. Sin embargo, las realidades son escuetas y no permiten dudar que ante esta situación, todo el mundo capitalista se descompone, y así podemos afirmar que sólo se está luchando, desesperadamente por el predominio para monopolizar la explotación del mundo. Y frente a ese consorcio del capitalismo, aparece en primer término la miseria y el sufrimiento de los países semi-coloniales como Chile, entregando todas sus fuentes de riqueza a aquellos consorcios de capitalistas que lo explotan para aprovecharse de los elementos que no encuentran ya en sus territorios. El imperialismo es la última fase del capitalismo, así lo dijo Lenin; también lo dijo Spengler, que, por supuesto, no es comunista, con estas palabras: “El imperialismo es la última forma que alcanza una cultura y su civilización”.

Y ya que hablo de estas descomposiciones que se observan en este régimen decidida decadencia, quiero referirme, de paso, a una declaración que hizo el honorable señor Álamos en esta Cámara al hablar, en días pasados, sobre el último complot que se dice ha sido descubierto en Santiago en el cual estarían comprometidos los napistas, los provistas y los comunistas, y agrega el honorable senador que estos cuartelazos no obedecen al desenfrenado apetito de repartirse las prebendas del estado.

Y yo me pregunto ¿acaso estos cuartelazos son únicamente producto de esta voracidad? No, son también producto de los llamados gobiernos constitucionales. El señor senador no podrá olvidar que durante el gobierno de Montero, que era entonces presidente constitucional de Chile, cuya presencia en el poder garantizaba el cumplimiento de todas las leyes y el ejercicio de todos los derechos, -a pesar de los asesinatos inicuos que entonces se cometieron en contra de la clase obrera y que hasta hoy permanecen sin sanción- los apetitos de esta naturaleza eran tan desenfrenados como lo han sido durante los regímenes de dictadura, cualesquiera que ellos sean. Esto lo sabe el señor Senador, que denunciaba a los comunistas como complotados para derrocar gobiernos, mucho mejor que el que habla y sabe hasta qué punto lograron satisfacer estos apetitos en tiempos de Montero.

Constantemente se nos acusa a los comunistas como responsables de los asaltos al poder ocurridos en este país, yo puedo afirmar que no hemos tenido parte en uno solo de los descalabros que ha sufrido el régimen capitalista porque si alguna vez la hubiéramos tenido, ese régimen estaría definitivamente liquidado. Nosotros no tenemos el propósito de detentar el poder por el poder, sino de tomarlo en nombre de la clase obrera, para transformar por completo el régimen en que vivimos, es decir, para implantar el socialismo, sin desfiguraciones ni cobardías.

Decir que el comunismo ha producido trastornos en nuestro país, es atropellar la verdad histórica. En Chile, sobre todo en los últimos tiempos, los trastornos que han ocurrido no se los debemos sino a la propia clase capitalista, que ha organizado estos sucesivos asaltos al poder.

¿No se formó hace años por algunos famosos civilistas una organización denominada “Tea”, cuyos miembros iban a las propias filas del ejército para buscar elementos para derrocar al señor Alessandri? ¡Sí, señor Presidente! Y la prensa de este país, “El Diario Ilustrado” inclusive, proclamó como salvadores de Chile a los que lograron derribar al gobierno de Alessandri. ¿Fue o no fue la clase capitalista, pregunto yo, la que con este fin se dedicó a buscar prosélitos en los cuarteles del ejército?

Y no sólo esto. En las campañas electorales de este país, llegó a hacerse cuestión política a cerca de la persona que debía desempeñar el Ministerio de Guerra a fin de poder contar con el Ejército para ganar las elecciones. Y recuerdo que en una ocasión, en el año 1920 fueron las mismas clases capitalistas las que llegaron hasta fraguar una supuesta guerra con Perú para poder de esta manera movilizar las tropas del Ejército hacia la frontera con aquel país a fin de impedir que hubiera elecciones presidenciales y el señor Alessandri no llegara a asumir la Presidencia de la República.

Se ha llegado a emplear el Ejército contra las clases trabajadoras cuando protestaban de la explotación inicua que sufrían de parte de los industriales salitreros. Cuando los obreros se declaraban en huelga para conseguir que se les mejoraran los salarios y las clases capitalistas no tuvieron empacho ni reparo al poner el Ejército, que ellas mismas declaraban que representaban el honor de la República, al servicio de los capitalistas salitreros a fin de romper las huelgas.

Si continuáramos examinando quiénes fueron los que empujaron por segunda vez al Ejército en contra del presidente Alessandri, veremos que no fueron las clases trabajadoras los que tal hicieron. Tampoco fueron miembros de las clases trabajadoras los que redactaron las insolentes cartas en las cuales el coronel Ibáñez invitaba al señor Alessandri a retirarse de la Moneda, a fin de asumir él la Presidencia de la República. No fueron tampoco las clases trabajadoras las que lanzaron la candidatura del mismo coronel Ibáñez para Presidente de la República ni las que decían a quién quería aírloque él era el único que podía salvar al país.

¿No se recuerda acaso que Ibáñez invitó a todos los partidos políticos a proclamar su candidatura a la Presidencia de la República, y que fue el Partido Comunista el único que rechazó todo consorcio con el coronel Ibáñez? ¿Y se olvida acaso que el dictador encontró su mejor aliado para el logro de su ambición de llegar a la Moneda en las propias clases capitalistas?

Ibáñez hizo todo lo que pudo por aplastar por medio del Ejército las aspiraciones de las clases trabajadoras, por extirpar el comunismo y acabar con las huelgas, haciéndose parecer a sí mismo como salvador de Chile. Parecía creer que un tiranuelo puede ser capaz de destruir una idea.

Cuando el Ejército creyó que podía a él actuar por sí mismo, en lugar de ser dirigido por los sectores de la burguesía, ésta se apresuró a decirle: No, hasta aquí no más marcharemos unidos, ahora lo disolveremos o crearemos una nueva organización armada para defendernos. Y así, hemos visto que fuera de toda legalidad, se ha organizado una fuerza armada como Guardia Blanca, cuyo sólo espectro significa futuras masacres de las grandes masas proletarias.

Yo me pregunto: si se reunieran cuatro o cinco obreros y se armaran para defenderse de las asechanzas que a diario sufren ¿no se apresuraría la clase capitalista a decir que se había establecido el Soviet en el país, que se había instaurado la dictadura del proletariado, por el sólo hecho de haberse encontrado a unos cuantos hombres armados con algunas pistolas sin mango, se diría que esa actitud tenía todos los caracteres de un motín contra la República?

Así, hemos podido ver hace poco que se redujo a prisión a un grupo de infelices por el supuesto delito de querer complotar contra el régimen establecido. Si en este país hubiera justicia social y se respetara a los humildes habría que poner inmediatamente en libertad a esa pobre gente por la sencilla razón de que esos proletarios disfrazados de militares no tienen la culpa de que se les haya enseñado que la disciplina militar es un mito, que el asalto al poder es perdonado solamente cuando se tiene éxito. Yo estoy cierto que si mañana un grupo cualquiera de asaltantes del poder triunfa en sus pretensiones, por ese solo hecho queda sin sanción de ninguna especia. Ya lo hemos visto en todos los casos de esta naturaleza que han ocurrido en el país. Desde luego tal sucedió en la insurrección de la marinería. ¿Quiénes fueron condenados a presidio por aquella sublevación? Los infelices marineros y suboficiales que tomaron parte en aquel acto. Y la verdad es que no puede pasar otra cosa dentro del régimen capitalista.

¿Quiénes eran los culpables del amotinamiento de la marinería? ¿Eran acaso los marineros, los suboficiales? No, por cierto, era la oficialidad que no deseaba que se rebajaran los sueldo. Y para demostración palpable de la irritante injusticia con que se procede en estas materias en el régimen en que vivimos, los mismos complotados, los que empujaron a la marinería a la sublevación, hicieron después las veces de jueces y de verdugos de ellos mismos.

¡Esto es lo que se llama igualdad en el lenguaje y en los hechos del capitalismo!

El señor GUTIÉRREZ (Presidente): Habiendo llegado la hora, se suspende la sesión. (Se suspendió la sesión)

Beethoven: hombre, compositor y revolucionario

por Alan Woods//

 

Si algún compositor merece el nombre de revolucionario ése es Beethoven. Él llevó a cabo lo que probablemente fue la revolución más grande de la música moderna y cambió la manera en que la música se componía y apreciaba. La suya es música que no calma, sino que conmociona y perturba. Alan Woods describe cómo el mundo en el que nació Beethoven era un mundo agitado, un mundo en transición, un mundo de guerras, revolución y contrarrevolución: un mundo como nuestro propio mundo.

 

Beethoven es amigo y contemporáneo de la Revolución Francesa, y continuó fiel a ella incluso cuando, durante la dictadura Jacobina, los humanitarios de nervios débiles del tipo de Schiller le dieron la espalda prefiriendo destruir tiranos en el escenario teatral con la ayuda de espadas de cartón. Beethoven, ese genio plebeyo, quien orgulloso despreció a emperadores, príncipes y magnates –éste es el Beethoven que nosotros amamos: por su optimismo inquebrantable, su tristeza viril, por la inspirada pasión de su lucha y por su voluntad de hierro que le permitió agarrar al destino por la garganta.

Ígor Stravinski

 

Si algún compositor merece el nombre de revolucionario ése es Beethoven. La palabra revolución deriva históricamente de los descubrimientos de Copérnico, quien estableció que la tierra gira alrededor del sol, transformando así la manera en que vemos el universo y nuestro lugar en él. De forma semejante, Beethoven llevó a cabo lo que fue, probablemente, la revolución más grande de la música moderna. Su producción fue extensa –incluye nueve sinfonías, cinco conciertos de piano y otros para el violín, cuartetos para cuerdas, sonatas para piano, canciones y una ópera–. Cambió la manera en que la música era compuesta y apreciada. Hasta el final, nunca dejó de empujar la música hasta sus límites.

Después de Beethoven era imposible volver a los viejos tiempos en que la música era considerada como un somnífero para los patrocinadores ricos, los cuales podían dormitar durante una sinfonía y a continuación se iban a casa a dormir tranquilamente en la cama. Después de Beethoven, ya nadie regresaba de un concierto tarareando agradables melodías. La suya es música que no calma, sino que conmociona y perturba. Es música que hace pensar y sentir.

Infancia

Marx señaló que la diferencia entre Francia y Alemania es que, mientras que los franceses realmente hicieron revoluciones, los alemanes simplemente especularon sobre ellas. El idealismo filosófico prosperó en Alemania a finales del siglo XVIII y principios del XIX por la misma razón. En Inglaterra la burguesía efectuaba una gran revolución de relevancia histórico-mundial en la producción, mientras que, al otro lado del Canal de la Mancha, los franceses realizaban una revolución igualmente grande en política. En la Alemania atrasada, donde las relaciones sociales quedaron rezagadas frente a las de Francia e Inglaterra, la única revolución posible era una revolución en las mentes de los hombres. Kant, Fichte, Schelling y Hegel argumentaron sobre la naturaleza del mundo y de las ideas, al tiempo que otra gente en otras tierras comenzó efectivamente a revolucionar el mundo y las mentes de hombres y mujeres.

El movimiento Sturm und Drang fue una expresión de este fenómeno típicamente alemán. Goethe fue influenciado por la filosofía idealista alemana, especialmente por Kant. Aquí podemos detectar los ecos de la Revolución Francesa, pero son lejanos y difusos, estrictamente confinados al mundo abstracto de la poesía, de la música y de la filosofía. El movimiento Sturm und Drang en Alemania reflejó la naturaleza revolucionaria de la época de finales del siglo XVIII. Era un período de fermento intelectual enorme. Les philosophes franceses anticiparon los acontecimientos revolucionarios de 1789 con su asalto a la ideología del viejo régimen. Como Engels escribió en elAnti-Dühring: “Los grandes hombres que iluminaron en Francia las cabezas para la revolución en puertas obraron ellos mismos de un modo sumamente revolucionario. No reconocieron ninguna autoridad externa, del tipo que fuera. Lo sometieron todo a la crítica más despiadada: religión, concepción de la naturaleza, sociedad, orden estatal; todo tenía que justificar su existencia ante el tribunal de la razón, o renunciar a esa existencia. El entendimiento que piensa se aplicó como única escala a todo. Era la época en la que, como dice Hegel, el mundo se puso a descansar sobre la cabeza, primero en el sentido de que la cabeza humana y las proposiciones descubiertas por su pensamiento pretendieron valer como fundamento de toda acción y toda asociación humanas; pero luego también en el sentido, más amplio, de invertir de arriba abajo en el terreno de los hechos la realidad que contradecía a esas proposiciones”. (Engels, Anti-Dühring, Introducción.)

El impacto de este fermento pre-revolucionario en Francia se hizo sentir mucho más allá de las fronteras de ese país: en Alemania, en Inglaterra e, incluso, en Rusia. En literatura, las viejas formas cortesanas estaban desapareciendo gradualmente. Esto se reflejó en la poesía de Wolfgang Goethe –el poeta más grande que Alemania haya producido–. Su gran obra maestra,Fausto, está llena de un espíritu dialéctico. Mefistófeles es el espíritu vivo de la negación que lo penetra todo. Este espíritu revolucionario encontró un eco en los trabajos posteriores de Mozart, particularmente en Don Giovanni, que entre otras cosas contiene un conmovedor estribillo con las palabras: “¡Viva la libertad!” Pero es solamente con Beethoven que el espíritu de la Revolución Francesa encuentra su expresión verdadera en música.

Ludwig Van Beethoven nació en Bonn el 16 de noviembre de 1770; fue hijo de un músico de origen flamenco, Johann, quien fue empleado de la corte del Arzobispo. Su padre puede ser considerado como un hombre áspero, brutal y disoluto. Su madre, María Magdalena, sobrevivió su martirio con silenciosa resignación. Los primeros años de Beethoven no fueron felices. Esto probablemente explica el carácter introvertido y algo hosco del compositor, así como su espíritu rebelde.

La educación temprana de Beethoven fue, en el mejor de los casos, incompleta. Dejó la escuela a la edad de once años. La primera persona en reconocer el potencial enorme del chico fue el organista de la corte, Gottlob Neffe, quién le mostró los trabajos de Bach, especialmente el Clave bien temperado.

Observando el talento precoz de su hijo, Johann intentó convertirlo en un niño prodigio –un nuevo Mozart–. A la edad de cinco años fue presentado en un concierto público. Pero Johann estaba condenado a la decepción: Ludwig no era ningún pequeño Mozart. Asombrosamente, no tenía ninguna disposición natural para la música y tuvo que ser obligado. Fue así que su padre lo envió a varios profesores para que le metieran la música en la cabeza.

Beethoven en Viena

En esta época, Bonn, capital del Electorado de Colonia, era un remanso provinciano y tranquilo. Para avanzar, el joven músico tuvo que ir a estudiar música en Viena. Su familia no era rica, pero en 1787 el joven Beethoven fue enviado a la capital por el arzobispo. Allí conoció a Mozart al cual dejó impresionado. Más tarde, uno de sus profesores sería Haydn. Pero después de solamente dos meses tuvo que volver a Bonn porque su madre estaba gravemente enferma. Ella murió poco tiempo después. Ésta sería la primera de muchas tragedias personales y familiares que persiguieron a Beethoven toda su vida. En 1792, el año en que Louis XVI fue decapitado, Beethoven finalmente se trasladó de Bonn a Viena, donde viviría hasta su muerte.

Los retratos que han llegado a nosotros muestran a un joven introvertido y sombrío, con una expresión que transmite una sensación de tensión interna y de naturaleza apasionada. Físicamente no era hermoso: una cabeza grande con una nariz aguileña; una cara marcada por la viruela, y pelo grueso y espeso que nunca parecía estar peinado. Su tez oscura le ganó el apodo de “el español”. Bajo, rechoncho y bastante torpe, tenía el porte y las maneras de un plebeyo –un hecho que no podía disimular con la ropa elegante que usaba cuando joven–.

Este rebelde nato se presentó en la aristocrática y refinada Viena desaliñado, pobremente vestido y malhumorado, con ninguno de los aires y gracias cortesanos que se pudieron haber esperado de él. Como cualquier otro compositor de la época, Beethoven fue obligado a depender de concesiones y comisiones de patrones ricos y aristocráticos. Pero éstos nunca llegaron a poseerle. Él no era un músico cortesano –como Haydn, quien estaba en la corte de la familia Esterházy. Qué pensaban de este hombre extraño no se sabe, pero la grandeza de su música le garantizó encargos y, por lo tanto, un sustento económico.

Él, que desdeñaba el convencionalismo y la ortodoxia, debió haberse sentido totalmente fuera de lugar. No estaba interesado en lo más mínimo en su aspecto personal o en su ambiente. Beethoven era un hombre que respiraba y vivía para su música y era indiferente a las comodidades mundanas. Su vida personal era caótica e inestable, y se le podía describir como un bohemio. Vivió en la miseria más extrema. Su casa era siempre un desastre, con restos de comida por todos lados e incluso orinales sin vaciar.

Su actitud respecto a los príncipes y a los nobles que le pagaban fue capturada en una pintura famosa. En ella se muestra al compositor durante un paseo con el poeta Goethe, el archiduque Rodolfo y la emperatriz. Mientras que Goethe, respetuoso, se quita cortésmente su sombrero y cede el paso a la pareja real, Beethoven los ignora completamente y continúa caminando sin mostrar ningún respeto a la familia imperial. Esta pintura contiene el espíritu entero del hombre, un espíritu audaz, revolucionario, intransigente. Sofocándose en la atmósfera burguesa de Viena, escribió este comentario desesperado: “Mientras que los austriacos tengan su cerveza oscura y sus pequeñas salchichas, nunca se rebelarán”[1]

Una época revolucionaria

El mundo en el que nació Beethoven era un mundo turbulento, un mundo en transición, un mundo de guerras, revolución y contrarrevolución: un mundo como el nuestro. En 1776, los colonos americanos ganaron su libertad con una revolución que tomó la forma de una guerra de liberación nacional contra Gran Bretaña. Éste fue el primer acto de un gran drama histórico.

La Revolución Americana proclamó los ideales de la libertad individual que se derivaban de la Ilustración Francesa. Apenas una década después, las ideas de los Derechos del Hombre volvieron a Francia de una manera aún más explosiva. La toma de la Bastilla marcó, en julio de 1789, un momento decisivo en la historia mundial

En su periodo de ascenso, la Revolución Francesa erradicó toda la basura acumulada del feudalismo, puso a una nación entera a sus pies y se enfrentó a toda Europa con valor y determinación. El espíritu de liberación de la Revolución en Francia se extendió por Europa como un fuego arrasador. Tal período exigió nuevas formas de arte y nuevas maneras de expresión. Esto fue logrado con la música de Beethoven, que expresa el espíritu de su tiempo mejor que cualquier otra cosa.

En 1793, los jacobinos ejecutaron al rey Luís XVI de Francia. Una ola de conmoción y miedo se extendió por todas las cortes de Europa. La actitud hacia la Francia revolucionaria se endureció. Aquellos “liberales” que inicialmente habían saludado la revolución con entusiasmo, ahora se escabulleron al rincón de la reacción. El antagonismo de las clases acaudaladas hacia Francia fue expresado por Edmund Burke en su obra Reflexiones sobre la revolución francesa. Por todas partes, los partidarios de la revolución fueron vistos con suspicacia y además perseguidos. Ya no era seguro ser un amigo de la Revolución Francesa.

Éstos eran tiempos tempestuosos. Los ejércitos revolucionarios de la joven República Francesa derrotaron a los ejércitos de la Europa monárquico-feudal y estaban contraatacando en todos los frentes. El joven compositor fue desde el principio un ardiente admirador de la Revolución Francesa y estaba horrorizado por el hecho de que Austria fuera la fuerza principal en la coalición contrarrevolucionaria contra Francia. La capital del imperio estaba infectada de un ambiente de terror. El aire estaba enrarecido por la sospecha; los espías aparecían por todas partes y la libre expresión fue sofocada por la censura. Pero lo que no podía expresarse con la palabra escrita encontraría su expresión en música grandiosa.

Sus estudios con Haydn no iban muy bien. Beethoven ya estaba desarrollando ideas originales sobre la música, lo cual no era del agrado de su viejo maestro, aferrado firmemente con el antiguo estilo cortés y aristocrático de la música clásica. Era un choque de lo viejo con lo nuevo. El joven compositor se estaba haciendo famoso como pianista. Su estilo era violento, como la edad que lo produjo. Se dice que golpeaba las teclas tan fuerte que rompía las cuerdas a menudo. Comenzaba a ser reconocido como un compositor nuevo y original. Tomó Viena por asalto. Se convirtió en todo un éxito.

La vida, empero, puede jugar las bromas más crueles sobre hombres y mujeres. En el caso de Beethoven, el destino le preparaba un final particularmente cruel. En 1796-97 Beethoven cayó enfermo, posiblemente con un tipo de meningitis que le afectó su sentido del oído. Tenía 28 años y estaba en la cima de su fama… pero estaba volviéndose sordo. Hacia 1800, experimentó los primeros signos de sordera. Aunque no se volvió totalmente sordo hasta los últimos años, tener conciencia de que su condición se deterioraba debió haber sido una tortura terrible. Se volvió una persona deprimida e incluso suicida. Escribió acerca de su tormento interno y de cómo solamente su música lo contuvo de quitarse la vida. Esta experiencia de intenso sufrimiento y la lucha por superarlo, tiñe su música y la imbuye de un espíritu profundamente humano.

En su vida personal nunca fue feliz. Tenía el hábito de enamorarse de las hijas (y las esposas) de sus ricos patrones, y sus relaciones siempre terminaron malamente y con nuevos arranques de depresión. Después de uno de estos momentos escribió: ¡El arte, y solamente el arte, me ha salvado! Me parece imposible dejar este mundo sin haber dado todo lo que he sentido nacer dentro de mí.

Al principio de 1801 sufrió  una severa crisis personal. Según El testamento de Heiligenstadt, se encontraba al borde del suicidio. Pero habiéndose recuperado de su depresión, Beethoven se lanzó con vigor renovado al trabajo de la creación musical. Estos incidentes hubieran destruido a un hombre más débil. No obstante, Beethoven convirtió su sordera –una discapacidad paralizante para cualquier persona, pero una catástrofe para un compositor– en una ventaja. Su oído interno le proveyó de todo lo que era necesario para componer música grandiosa; y en el mismo año de su crisis más devastadora (1802) compuso su gran sinfonía Eroica.

La dialéctica de la sonata

La dinámica de la música de Beethoven era enteramente nueva. Compositores anteriores escribieron piezas tranquilas y piezas ruidosas, pero ambas estaban totalmente separadas. Con Beethoven, por el contrario, pasamos rápidamente de una a la otra. Esta música contiene una tensión interna, una contradicción que exige una urgente resolución. Es la música de la lucha.

La forma de la sonata es una manera de elaborar y de estructurar la materia musical. Se basa en una visión dinámica de la forma musical y es dialéctica en esencia. La música se desarrolla a través de una serie de elementos en oposición. A finales del siglo XVIII la forma de la sonata dominó mucha de la música compuesta. Aunque no era nueva, la forma de la sonata fue desarrollada y consolidada por Haydn y Mozart. Pero en las composiciones del siglo XVIII tenemos la forma de sonata solamente de una forma potencial y no su contenido verdadero.

En parte (pero solamente en parte) ésta es una cuestión de técnica. La forma que Beethoven utilizó no era nueva, pero sí lo era la manera en que la utilizó. La forma de la sonata comienza con un primer movimiento rápido, seguida de un segundo movimiento más lento, un tercer movimiento que es más alegre en el carácter (originalmente un minueto, más adelante un scherzo, que literalmente significa “broma”) y termina como comenzó, con un movimiento rápido.

Básicamente, la forma de la sonata se basa en la línea de desarrollo A-B-A.Vuelve al principio, pero a un nivel superior. Esto es un concepto puramente dialéctico: movimiento mediante contradicción, la negación de la negación. Es un tipo de silogismo musical: exposición-desarrollo-recapitulación, o, expresado en otros términos, tesis-antítesis-síntesis.

Esta clase de desarrollo está presente en cada uno de los movimientos. Pero hay también un desarrollo global en el que temas conflictivos terminan reconciliándose en un “final feliz”. En la coda final volvemos a la tonalidad inicial, creando la sensación de una apoteosis triunfal.

Esta forma contiene el germen de una idea profunda y tiene el potencial para un desarrollo serio. Puede también ser expresada por una amplia gama de combinaciones instrumentales: piano solo, piano y violín, cuarteto de cuerdas, sinfonía… El éxito de la forma de la sonata fue facilitado por la invención de un nuevo instrumento musical: el pianoforte. Éste podía expresar la dinámica completa del romanticismo, mientras que el órgano y el clavicordio estaban restringidos para tocar la música escrita según los principios de la polifonía y del contrapunto.

El desarrollo de la forma de la sonata estaba ya bien avanzado a finales del siglo XVIII. Alcanzó su punto álgido en las sinfonías de Mozart y de Haydn y, en cierto sentido, podría decirse que las sinfonías de Beethoven son solamente una continuación de esta tradición. Pero, en realidad, la identidad formal encubre una diferencia fundamental.

En sus orígenes, la forma de la sonata predominó sobre su contenido real. Los compositores clásicos del siglo XVIII estaban principalmente preocupados por conseguir la corrección de la forma (aunque Mozart es una excepción). Pero con Beethoven el contenido verdadero de la forma de la sonata emerge finalmente. Sus sinfonías provocan un sentimiento incontenible de un proceso de lucha y de su desarrollo a través de contradicciones. Aquí tenemos el ejemplo más sublime de la unidad dialéctica entre forma y contenido. Éste es el secreto por excelencia de todo arte. Tales alturas se han alcanzado raramente en la historia de la música.

Conflicto interno

Las sinfonías de Beethoven representan una ruptura fundamental con el pasado. Si las formas son similares superficialmente, el contenido y el espíritu de la música son radicalmente diferentes. Con Beethoven –y los románticos que siguieron sus pasos– lo importante no son las formas en sí mismas, la simetría formal o el equilibrio interno, sino el contenido. De hecho, el equilibrio es perturbado con frecuencia en Beethoven. Hay muchas disonancias que reflejan tal conflicto interno.

En 1800 escribió su primera sinfonía, un trabajo que todavía tiene sus raíces en Haydn. Es un trabajo luminoso, absolutamente libre del espíritu de conflicto y de lucha que caracteriza sus posteriores trabajos. Francamente, no da idea alguna de lo que estaba por venir. La sonata para piano  n o 8 (opus 13) o Patética es completamente diferente. Es claramente distinta de las sonatas para piano de Haydn y de Mozart. Beethoven estaba influenciado por la teoría de Schiller sobre la tragedia y el arte trágico, a los cuales vio no sólo como sufrimiento humano sino, sobre todo, como una lucha contra este sufrimiento.

El mensaje se expresa claramente en el primer movimiento que abre con sonidos complejos y disonantes (escuche  ). Estos acordes misteriosos pronto llevan a un pasaje agitado central que sugiere esta resistencia al sufrimiento. Este conflicto interno desempeña un papel dominante en la música de Beethoven y le da un carácter totalmente diferente al de la música del siglo XVIII. Es la voz de una nueva época: una voz estruendosa que exige ser oída.

La pregunta que debe plantearse es: ¿cómo explicamos esta diferencia asombrosa? La respuesta corta y fácil es que esta revolución musical es el producto de la mente de un genio. Eso es cierto. Beethoven es probablemente el genio musical más grande de la historia. Pero es una respuesta que no contesta realmente nada. ¿Por qué este lenguaje musical enteramente nuevo emergió exactamente en este momento y no cien años antes? ¿Por qué no ocurrió con Mozart, Haydn o, de hecho, con Bach?

El mundo del sonido de Beethoven no es uno integrado por sonidos hermosos, como lo era la música de Mozart y de Haydn. Su escucha no es necesariamente una experiencia placentera, ni motiva al oyente a silbar melodías bonitas. Es un sonido áspero, una explosión musical, una revolución musical que transmite con precisión el espíritu de los tiempos. Aquí hay no sólo variedad sino también conflicto. Beethoven utiliza con frecuencia la instrucción sforzando, que significa ataque. Se trata de una música violenta, llena de movimiento, que trastoca rápidamente los ánimos, se trata de conflicto, de contradicción.

Con Beethoven la forma de la sonata avanza a un nivel cualitativamente superior. La transformó de una mera forma a una potente y, al mismo tiempo, íntima expresión de sus sentimientos más interiores. En algunas de sus composiciones para piano escribió la instrucción: “sonata, quasi una fantasia”, para indicar que él buscaba la libertad de expresión absoluta por medio de la sonata. Aquí la dimensión de la sonata se amplía grandemente con respecto a su forma clásica. Los tempos son más flexibles, e incluso cambian de lugar. Pero sobre todo, el final ya no es simplemente una mera recapitulación, sino un desarrollo y una culminación verdaderos de todo lo sucedido anteriormente.

Al ser aplicada a sus sinfonías, la forma de la sonata, tal como es desarrollada por Beethoven, alcanza un nivel inaudito de sublimidad y de energía. La energía viril que impulsa su quinta y tercera sinfonías es suficiente prueba de esto. Ésta no es música sencilla o para entretenimiento. Es música diseñada para provocar, para impactar y para inspirar a la acción. Es la voz de la rebelión proyectada en música.

Pero esto no es ningún accidente ya que la revolución de Beethoven en música reflejó una revolución de la vida real. Beethoven era un hijo de su tiempo –el tiempo de la Revolución Francesa–. Escribió la mayoría de su obra más grandiosa durante la revolución y el espíritu de la revolución impregna cada una de sus notas. Es completamente imposible entender al compositor fuera de este contexto.

Beethoven desechó audazmente todas las convenciones musicales existentes, de la misma manera que la Revolución Francesa limpió los establos de Augíasdel pasado feudal. La suya era una nueva clase de música, música que abrió muchas puertas para los compositores por venir, tal como la Revolución Francesa abrió la puerta a una nueva sociedad democrática.

El auténtico secreto de la música de Beethoven consiste en el más intenso conflicto. Es un conflicto que está presente en la mayor parte de su música y alcanza su altura más impresionante en sus últimas siete sinfonías, comenzando con la tercera sinfonía, conocida como la Eroica. Éste fue el verdadero punto de inflexión en la evolución musical de Beethoven y también de la historia de la música en general. Y las raíces de esta revolución en la música se deben encontrar fuera de ella, en la sociedad y la historia.

La sinfonía Eroica

Un momento crucial en la vida de Beethoven y en la evolución de la música occidental fue la composición de su tercera sinfonía (la Eroica). Hasta ese momento, el lenguaje musical de la primera y segunda sinfonías no salió substancialmente del mundo de sonidos de Mozart y de Haydn. Pero desde las primeras notas de la Eroica entramos en un mundo enteramente distinto. La música tiene un significado político implícito, cuyo origen es bien conocido.

Beethoven era músico, no un político, y su conocimiento de los acontecimientos en Francia era necesariamente confuso e incompleto, pero sus instintos revolucionarios eran infalibles y, al final, lo llevaron siempre a las conclusiones correctas. Él había oído los informes del ascenso de un joven oficial en el ejército revolucionario, llamado Bonaparte. Como muchos otros, se formó la impresión de que Napoleón era el continuador de la revolución y el defensor de los derechos del hombre. Beethoven, por lo tanto, planeó dedicar su nueva sinfonía a Bonaparte.

Esto fue un error, aunque absolutamente comprensible. Era el mismo error que mucha gente cometió cuando asumió que Stalin era el verdadero heredero de Lenin y del defensor de los ideales de la revolución de octubre. Lentamente, sin embargo, se puso de manifiesto que su héroe se separaba de los ideales de la revolución y que consolidaba un régimen que imitó algunas de las peores características del viejo despotismo.

En 1799, el golpe de Estado de Bonaparte significó el final definitivo del período de ascenso revolucionario. En agosto de 1802, Napoleón se aseguró el consulado de por vida con el poder de nombrar un sucesor. Un senado obsequioso le pidió reintroducir el gobierno hereditario “para defender la libertad pública y para mantener la igualdad”. Así, en nombre de la “libertad” y de la “igualdad” se invitó al pueblo francés a que pusiera su cabeza en una soga.

Esta es una estrategia que siempre repiten los usurpadores en cada período de la historia. El emperador Augusto, por ejemplo, mantuvo las formas exteriores de la República Romana y fingió públicamente una deferencia hipócrita al Senado, mientras que sistemáticamente subvertía la constitución republicana. No mucho después, su sucesor Calígula nombró senador a su caballo favorito, hecho que reflejaba más fehacientemente la situación.

Stalin, el líder de la contrarrevolución política en Rusia, se proclamó a sí mismo el discípulo fiel de Lenin al tiempo que pisoteaba todas las tradiciones del leninismo. Gradualmente, las normas de la democracia y del igualitarismo proletarios soviéticos fueron sustituidas por un régimen burocrático, de desigualdad y totalitarismo. En el ejército se reintrodujeron la jerarquía y los privilegios suprimidos por la revolución de octubre. Se exaltaban las virtudes de la familia. Finalmente, Stalin incluso descubrió una función para la Iglesia Ortodoxa: la de fiel sirviente de su régimen. En todo esto, él pisaba únicamente un camino que había sido atravesado ya por Napoleón Bonaparte, el sepulturero de la Revolución Francesa.

Para encontrar algún tipo de aprobación y de respetabilidad para su dictadura, Napoleón comenzó a copiar todas las formas exteriores del viejo régimen: títulos aristocráticos, uniformes espléndidos, jerarquías y, por supuesto, religión. La Revolución Francesa había desterrado prácticamente a la Iglesia Católica. La masa de la gente, excepto en las áreas más atrasadas como Vendée, odiaba a la iglesia, que, correctamente identificaba con el dominio de los viejos opresores. Napoleón, por su parte, intentó alistar el apoyo de la Iglesia para su régimen y firmó un Concordato con el Papa.

Desde lejos, Beethoven siguió los acontecimientos en Francia con creciente alarma y pesimismo. Ya en 1802, la opinión de Beethoven sobre Napoleón comenzaba a cambiar. En una carta a un amigo escrita en ese año, escribió indignado: “Todo está cayendo nuevamente en la vieja rutina después de que Napoleón firmara el Concordato con el Papa”.

Pero lo peor estaba aún por venir. El 18 de mayo de 1804, Napoleón se proclamó Emperador de los franceses. La ceremonia de la coronación tuvo lugar en la catedral de Notre Dame el 2 de diciembre. En el momento en que el Papa vertió los santos óleos sobre la cabeza del usurpador, todos los rastros de la vieja constitución republicana fueron removidos. En lugar de la austera simplicidad republicana anterior, todo el esplendor ostentoso de la vieja monarquía reapareció para hacer burla de la memoria de la revolución por la cual tantos hombres y mujeres valientes habían sacrificado sus vidas.

Cuando Beethoven recibió la noticia de estos acontecimientos se llenó de rabia y tachó airadamente su dedicatoria a Napoleón en la partitura de su nueva sinfonía. El manuscrito todavía existe y podemos ver que atacó la página con tal violencia que está atravesada por un rasgón. Así, decidió dedicar la sinfonía a un héroe anónimo de la revolución: la sinfonía Eroica había nacido.

Las obras orquestales de Beethoven comenzaban ya a producir nuevos sonidos que nunca habían sido oídos antes. Impactaron al público vienés acostumbrado a las melodías cortesanas de Haydn y de Mozart. Con todo, las primeras dos sinfonías de Beethoven, aunque muy refinadas, todavía recordaban al aristocrático y tranquilo mundo del siglo XVIII, el mundo como era antes de su destrucción en 1789. La Eroica representa un enorme punto de inflexión, un gran salto adelante para la música, una verdadera revolución. Sonidos como éstos nunca habían sido oídos antes. Los desafortunados músicos que tuvieron que tocar esto por primera vez debieron haber estado totalmente paralizados y desconcertados.

  • Eroicacausó sensación. Hasta entonces, se consideraba que una sinfonía debía durar media hora máximo. El primer movimiento de la Eroica duró tanto como una sinfonía entera del siglo XVIII. Y se trataba de una obra con un mensaje: una obra con algo que decir. Las disonancias y la violencia del primer movimiento son claramente un llamado a luchar. Y que éste significa una lucha revolucionaria está claro desde la dedicatoria original.

Trotsky en una ocasión hizo la observación de que las revoluciones son asuntos volubles. La Revolución Francesa, sabemos, se caracterizó por su oratoria. Aquí había auténticos oradores de masas: Danton, Saint-Just, Robespierre e, incluso, Mirabeau antes de ellos. Cuando estos hombres hablaban, no sólo se dirigían a una audiencia: hablaban a la posteridad, a la historia. De ahí el carácter retórico de sus discursos. No hablaban, declamaban. Sus discursos comenzaban con una frase llamativa, la cual inmediatamente presentaba un tema central que entonces sería desarrollado en maneras diferentes, antes de hacer una reaparición enfática al final.

Es justo lo mismo con la sinfonía Eroica. No habla, sino declama. El primer movimiento de esta sinfonía se abre con dos acordes disonantes que se asemejan a un hombre que golpea una mesa con su puño exigiendo nuestra atención, justamente igual que haría un orador apasionado en una asamblea revolucionaria. Beethoven entonces se lanza en un tipo de “carga de caballería” musical, una ofensiva tremendamente impetuosa que es interrumpida por choques, conflicto y lucha, e incluso momentáneamente detenida por momentos de extremo agotamiento, sólo para reanudar de nuevo su marcha triunfante (escuche aquí). En este movimiento estamos en el corazón de la revolución misma, con todos sus flujos y reflujos, sus victorias y derrotas, sus triunfos y sus desesperaciones. Es la Revolución Francesa en música.

El segundo movimiento es una marcha fúnebre, en memoria de un héroe. Es una obra de tamaño descomunal, tan pesada y sólida como el granito (escucheaquí). La pisada lenta y triste de la marcha fúnebre es interrumpida por una sección que recobra las glorias y los triunfos de alguien que ha dado su vida para la revolución (escuche aquí) El pasaje central produce un edificio masivo de sonidos que crea la sensación de un dolor insoportable, antes de volver finalmente al tema central de la marcha fúnebre. Éste es uno de los momentos más grandes de la música de Beethoven, o de cualquier música.

El movimiento final se da en un espíritu completamente distinto. La sinfonía termina en una nota del más supremo optimismo. Después de todas las derrotas, reveses y decepciones, Beethoven nos está diciendo: “Sí, amigo mío, hemos sufrido una pérdida penosa, pero debemos dar vuelta a la página y abrir un nuevo capítulo. El espíritu humano es suficientemente fuerte como para superar todas las derrotas y continuar la lucha. Y debemos aprender a reírnos en la adversidad.”

Como los grandes revolucionarios franceses, Beethoven  estaba convencido de que él escribía para la posteridad. Cuando –como ocurría frecuentemente– los músicos se quejaban de que no podían tocar su música porque era demasiado difícil, él contestaba: “No se preocupen, ésta es música para el futuro”.

La revolución de Beethoven en la música no era entendida por muchos de sus contemporáneos. Consideraron esta música como extraña, sin sentido, incluso loca. Sacó a los filisteos fuera de sus cómodos ensueños. A las audiencias les molestaba precisamente porque les obligaba a pensar sobre qué era la música. En vez de consonancias agradables y fáciles, Beethoven enfrentó al oyente con temas significativos, con ideas expresadas en música. Esta enorme innovación se convirtió, más adelante, en la base de toda la música romántica, culminando en los leitmotivs de los extensos dramas musicales de Wagner. La base de todos los progresos subsecuentes es Beethoven.

Por supuesto, no hay escasez de grandes momentos líricos en Beethoven, como en la sexta sinfonía (Pastorale) y el tercer movimiento de la Novena. Incluso en la más feroz de las batallas hay momentos de calma, pero el período de calma nunca dura demasiado y es solamente el preludio a los nuevos períodos de lucha. Tal es la significación verdadera de los movimientos lentos en Beethoven. Son en verdad momentos sublimes, pero no tienen ninguna significación independiente, separada y aparte de la lucha.

Los temas de Beethoven significan algo. Por supuesto, ésta no es música de un programa superficial. La pieza más cercana a un programa descriptivo es la sexta sinfonía, la Pastorale, donde cada movimiento es introducido por una nota que transmite un humor o un escenario particulares (“Sensaciones agradables en la llegada al campo”; “Por el arroyo”; “Alegría y tormenta de los pastores”, etc.). Pero ésta es una excepción. El significado de estos temas es más abstracto y general. Con todo, las implicaciones están claras.

La Quinta Sinfonía

Un espíritu revolucionario mueve cada compás de las sinfonías de Beethoven, especialmente la Quinta. Los celebrados compases de apertura de esta obra (escuche aquí) se han comparado al Destino que golpea en la puerta. Estos golpes de martillo son, quizás, la apertura más llamativa de cualquier trabajo musical en la historia. El director Nicolaus Harnancourt, cuyo ciclo de grabaciones de las sinfonías de Beethoven ha sido ampliamente aclamado, ha dicho de esta sinfonía: “Ésta no es música; es agitación política. Nos está diciendo: el mundo que tenemos no es bueno. ¡Cambiémoslo! ¡Vamos!” Otro director y musicólogo famoso, John Elliot Gardiner, ha descubierto que todos los temas principales en esta sinfonía están basados en canciones revolucionarias francesas.

Ésta es la primera sinfonía que traza de una manera sistemática el progreso de una tonalidad menor a una mayor. Aunque esta transición hubo sido hecha anteriormente, el desarrollo irresistible de menor a mayor, su desarrollo dialéctico, no tiene ningún precedente. Como la revolución misma, la lucha que se revela en el desarrollo de la Quinta de Beethoven pasa por toda una serie de fases: de un enorme empuje que barre todos los obstáculos, pasando por momentos de indecisión y desesperación, que conducen al movimiento final con su glorioso resplandor de triunfo.

El mensaje central de la Quinta de Beethoven es lucha y triunfo sobre todas las adversidades. Como hemos visto, las raíces de esta sinfonía están, una vez más, firmemente en la Revolución Francesa. Sin embargo, su mensaje no depende de ésta o de alguna otra asociación. Puede comunicarse a mucha gente en diversas circunstancias. Pero el mensaje es siempre igual: ¡Es necesario luchar! ¡Nunca rendirse! ¡Al final seguro que ganaremos!

Los alemanes que la escucharon en el curso de la vida de Beethoven extrajeron la inspiración para luchar contra los franceses invasores de su tierra nativa. Durante la Segunda Guerra Mundial, los compases de la apertura de la Quinta (que por coincidencia son el equivalente musical del signo “V” en el código Morse – significando victoria) fueron utilizados para reunir al pueblo francés para luchar contra los invasores alemanes. Así, la gran música nos habla a través de los siglos, mucho después de que sus orígenes verdaderos se hayan perdido en la noche de los tiempos.

Beethoven era un revolucionario en todo el sentido de la palabra. La clase de música que él escribió nunca había sido oída antes. Antes de esto, la música era principalmente un asunto aristocrático. Josef Haydn (cuyo padre era un simple fabricante y reparador de ruedas) trabajó para la familia de Esterhazy durante más de treinta años. Su música fue diseñada principalmente para satisfacer a sus audiencias aristocráticas. Es gran música, sin duda, pero también poco exigente. Las sinfonías de Beethoven son otro mundo.

Egmont

La única ópera de Beethoven, Fidelio, nació originalmente como Leonora, con una mujer como la figura central. Leonora fue escrita en 1805 cuando el victorioso ejército francés había entrado en Viena. En la primera noche la mayor parte de la audiencia estuvo compuesta de oficiales franceses con sus damas. Como la Eroica, también tiene claras insinuaciones revolucionarias, especialmente el famoso estribillo de los presos. Los presos políticos que emergen lentamente de la oscuridad de su calabozo hacia la luz del día cantan un estribillo conmovedor: “Oh, qué alegría respirar el aire libre…”. Esto es una verdadera oda a la libertad, un elemento constante en el pensamiento y trabajo de Beethoven.

Asimismo, la música incidental de la obra Egmont, basada en los acontecimientos de la rebelión de los Países Bajos contra el dominio español, tiene un mensaje revolucionario explícito. El Egmont histórico era un noble flamenco del siglo XVI –ese período terrible en que los Países Bajos languidecieron bajo el talón del despotismo español–. Egmont, un soldado dotado y valeroso, luchó en el lado español en las guerras de Carlos V, e incluso fue hecho gobernador de Flandes por los españoles. Pero a pesar de sus servicios a la corona española, cayó bajo sospecha y fue decapitado en Bruselas el 5 de junio de 1568.

Beethoven aprendió la historia de Egmont por la tragedia del mismo nombre escrita por Goethe en 1788, un año antes de la Revolución Francesa. Aquí el hombre cuya estatua está ahora erigida en Bruselas es presentado como héroe de la guerra de la liberación nacional de los Países Bajos contra los opresores españoles. Beethoven convirtió la obra de Goethe a música. Él vio a Egmont como símbolo de la lucha revolucionaria contra la tiranía de todos los tiempos y países. Poniendo la acción en el siglo XVI, él podía evitar la acusación de subversión, pero su obra era, de hecho, subversiva.

Hoy en día, solamente la obertura de Egmont es bien conocida. Es una pena porque la música incidental de Beethoven para Egmont contiene otro material maravilloso. El discurso final de Egmont, mientras va tranquilamente a su muerte, es una denuncia verdadera de la tiranía y una llamada valerosa a la gente a rebelarse y, en caso de necesidad, a dar sus vidas por la causa de la libertad. Termina con las líneas siguientes:

¡Adelante, hermanos! La diosa

de la victoria os guía. Y como el mar

se abre paso a través de los diques, así

aplastad, destruid las murallas

de la tiranía, y barredlas,

ahogándose, de la tierra

que usurpan.

¡Escuchad, escuchad! ¡Cuántas veces este sonido

me ha llamado para apresurarme

hacia el campo de batalla y

la victoria! ¡Con cuanta alegría

los compañeros han caminado en su

peligroso camino! ¡Yo saldré también

de este calabozo hacia una honorable

muerte: Muero por la libertad por la cual he

vivido y he luchado, y a la cual

ahora me ofrezco como víctima afligida.

¡Sí, movilizadlos a todos!

Cerrad filas, vosotros no

me asustáis. Estoy acostumbrado a

estar entre lanzas, y,

sitiado por la muerte inminente,

a sentir mi sangre valiente

correr doblemente rápida a través de mis venas.

¡Amigos, sed valientes! Detrás de vosotros

están vuestros padres, vuestras esposas, vuestros hijos.

Pero esta gente se deja llevar por las palabras

vacías de sus opresores, no por su propia inclinación.

¡Amigos, defended lo que es vuestro! Y

caed alegremente para salvar a quienes amáis más,

y seguid mis pasos.

Estas palabras son seguidas por la Sinfonía de la Victoria, que termina la obra en un resplandor de fuego (escuche aquí). ¿Pero cómo puede uno terminar una tragedia con semejante nota? ¿Cómo puede uno hablar de la victoria cuando han ejecutado al líder de la rebelión? Este pequeño detalle nos dice todo lo que necesitamos saber acerca de la perspectiva de Beethoven. Aquí tenemos a un optimista obstinado e incorregible, un hombre que rehúsa admitir la derrota, un hombre con una confianza ilimitada en el futuro de la humanidad. En esta música maravillosa él nos está diciendo: No importa cuántas derrotas suframos, no importa cuántos héroes fallezcan, no importa cuántas veces seamos derribados, ¡siempre volveremos a levantarnos! ¡Ustedes nunca nos podrán derrotar, porque ustedes nunca podrán conquistar nuestras mentes y almas! Esta música expresa el espíritu imperecedero de la revolución.

La oscura larga noche

El optimismo revolucionario de Beethoven estaba a punto de experimentar su prueba más seria. A pesar de que Napoleón había restaurado todas las formas exteriores del Ancien Régime, el miedo y la repugnancia hacia la Francia napoleónica por parte de la Europa monárquica no era menos que antes. Los monarcas europeos temían la revolución incluso en la forma degenerada y torcida del Bonapartismo, igual que más tarde temieron y odiaron la caricatura burocrática estalinista de Octubre. Conspiraron contra él, pusieron en marcha ataques contra él, intentaron por todos los medios de estrangularlo y de sofocarlo.

El avance de los ejércitos de Napoleón en cada frente dio contenido material a estos sentimientos de alarma. Los regímenes reaccionarios de la Europa monárquica, liderados por Inglaterra con sus suministros ilimitados de oro, tensaron cada nervio y tendón para enfrentar la amenaza desde Francia. Nosotros entramos en un convulsivo período de guerra, conquista extranjera y luchas de liberación nacional, que, con alzas y bajas, duraron más de una década. El Grande Armée de Napoleón casi conquistó el conjunto de la Europa continental antes de, finalmente, sufrir una derrota grave en las congeladas tierras de Rusia en 1812. Debilitado por este duro golpe, una fuerza Anglo-Prusiana derrotó finalmente a Napoleón en los fangosos campos de Waterloo.

Para Beethoven el año 1815 fue marcado por dos desastres: uno en la escena internacional, el otro de carácter personal: la derrota de Francia en Waterloo y la muerte del querido hermano del compositor, Kasper. Afectado profundamente por la pérdida de su hermano, Beethoven insistió en hacerse cargo de la educación de su hijo, Karl. Esto llevó a una disputa larga y amarga con la madre de Karl sobre la custodia.

El período después de 1815 fue uno de reacción negra. La contrarrevolución monárquico-feudal triunfó en toda regla. El congreso de Viena (1814-15) reinstaló el dominio de los borbones en Francia. Metternich y el Zar de Rusia pusieron en marcha una verdadera cruzada para derrocar regímenes progresistas por todas partes. Revolucionarios, liberales y progresistas fueron encarcelados y ejecutados. Se impuso una ideología reaccionaria basada en la religión y en el principio monárquico. Las monárquicas Austria y Prusia dominaron Europa, apoyadas por las bayonetas de la Rusia zarista.

Es verdad que la guerra contra Francia contenía elementos de una guerra de liberación nacional en países como Alemania, pero el resultado fue enteramente reaccionario. El caso más claro de esto era España. El dominio extranjero fue derrocado por un movimiento nacional, cuyo componente principal eran las “masas oscuras” –un campesinado pisoteado y analfabeto bajo la influencia de un clero fanático y reaccionario–. Bajo el reinado de Fernando VII, la reacción reinó en España, donde el experimento de una constitución liberal fue aplastado.

Las magníficas y tortuosas pinturas de los últimos años de Goya reflejan la esencia de este período turbulento. Las pinturas y aguafuertes de Goya son una reflexión gráfica del mundo que él vio a su alrededor. Como la música de Beethoven, estas pinturas son más que arte. Son una declaración política. Son una furiosa protesta contra el espíritu prevaleciente de la reacción y el oscurantismo. Así, para subrayar su protesta, Goya eligió el camino voluntario del exilio fuera del régimen represivo del rey traidor Fernando VII, su viejo protector. Goya no estaba solo en su odio hacia el monarca español –Beethoven rehusó enviarle sus obras–.

Hacia 1814 –la fecha del congreso de Viena– Beethoven estaba en el pináculo de su carrera. Pero la creciente reacción en Europa, la cual enterró las esperanzas de una generación, tuvo un efecto desalentador sobre el espíritu de Beethoven. En 1812, cuando la marcha del ejército de Napoleón fue detenida a las puertas de Moscú, Beethoven trabajaba en su Séptima y Octava sinfonías. Y después de 1815, el silencio. Él no escribió más sinfonías durante casi una década, cuando escribió su última y más grandiosa sinfonía.

La derrota final de lo que restaba de la Revolución Francesa enterró todas las esperanzas y sofocó el impulso creativo. Durante los años de 1815 a 1820 se observó una declinación aguda en la producción de Beethoven comparada al enorme flujo de música del período anterior. Solamente seis obras de importancia fueron producidas en tantos años. Estas incluyen el ciclo de canciones An der fernte Geliebte (Al amado distante), las últimas sonatas para violoncelo y piano, las sonatas para piano Opus 101 y la gran sonataHammerklavier –un trabajo lleno de contradicciones internas y discordia, posiblemente reflejando la discordia en su vida personal–.

Él estaba profundamente sordo ahora. Leemos historias desgarradoras de su lucha para oír algo de sus propias composiciones. Éstas tienen un carácter filosófico cada vez más contemplativo e introvertido. El movimiento lento de la sonata de Hammerklavier, por ejemplo, es abiertamente trágico, reflejando un sentido de aceptación. La sordera de Beethoven lo condenó a una soledad agonizante, empeorada por períodos frecuentes de carencia material. Se volvió más introvertido que nunca, malhumorado y suspicaz, lo que sirvió solamente para aislarlo todavía más de otra gente.

Después de la muerte de su hermano, desarrolló una obsesión con su sobrino Karl y se convenció de que él debía estar a cargo de la educación del muchacho. Utilizó toda su influencia para conseguir la custodia sobre su sobrino y después negar el acceso de la madre de Karl a su hijo. Sin embargo, careciendo de cualquier experiencia de paternidad, trató a Karl con una dureza y rigidez excesivas. Esto llevó eventualmente a Karl a intentar suicidarse –un golpe devastador para Beethoven–. Más adelante se reconciliaron, pero todo el asunto llevó solamente a una gran infelicidad y dolor para cada implicado.

¿Cuál era la razón de esta obsesión extraña? A pesar de su naturaleza apasionada, Beethoven nunca tuvo éxito en la formación de una relación satisfactoria con una mujer y no tenía ningún hijo propio. Todas sus emociones fueron vertidas en su música. El resultado fue un beneficio eterno para la humanidad, pero dejó indudablemente un vacío en la vida personal de Beethoven. Ya no un hombre joven, sordo, solo y enfrentado al naufragio de todas sus esperanzas, intentaba desesperadamente llenar el vacío en su alma.

Frustrado en la esfera política, Beethoven se lanzó a lo que él se imaginaba era la vida familiar que nunca había tenido. Esta clase de situación es bien sabida por los revolucionarios. Considerando que en tiempos de auge revolucionario, los asuntos personales y de la familia parecen palidecer en insignificancia, en períodos de reacción tales cosas asumen una significación mucho mayor, induciendo a cierta gente a separarse del movimiento y buscar refugio en el seno de la familia.

Es verdad que este asunto no muestra a Beethoven de la forma más favorable, y alguna gente mezquina ha intentado utilizar el episodio de Karl para ennegrecer el nombre de Beethoven. Tales acusaciones recuerdan la observación de Hegel de que ningún hombre es héroe para su sirviente, quien ve todas las faltas de su vida personal, sus excentricidades y vicios. Pero como comenta Hegel, el sirviente puede criticar estos defectos. El alcance de su visión no llega más allá de aquellos asuntos triviales y eso explica porqué él no será más que un sirviente y no un gran hombre. Por todos sus defectos (y los defectos son inevitables en todos los seres humanos), Beethoven fue uno de los hombres más grandes que vivieron nunca.

Aislamiento

A pesar de todo, en esta noche larga y oscura de la reacción, Beethoven nunca perdió la fe en el futuro de la humanidad y en la revolución. Ahora se ha vuelto normal referirse a su gran humanitarismo. Esto es correcto hasta cierto punto, pero no va suficientemente lejos. Esto coloca a Beethoven al mismo nivel que párrocos, pacifistas y señoras mayores bienintencionadas que dedican su tiempo libre a las “causas dignas”. Es decir, coloca a un gigante al mismo nivel que a un pigmeo.

La perspectiva de Beethoven no era apenas un humanitarismo vago que desea que el mundo sea un lugar mejor pero nunca va más allá de impotentes y piadosas buenas intenciones. Beethoven no era un humanista burgués sino un partidario republicano y un ardiente militante de la Revolución Francesa. No estaba dispuesto a entregarse a la reacción prevaleciente o al compromiso con el status quo. Este intransigente espíritu revolucionario nunca lo abandonó hasta el final de sus días. Había hierro en el alma de este hombre que lo sostuvo a través de todas sus aflicciones y tribulaciones en la vida.

Su sordera le duró los últimos nueve años de su vida. Uno a uno, él había perdido a sus más íntimos amigos y estaba completamente solo. En esta soledad desesperada, Beethoven se vio reducido a comunicarse con la gente mediante la escritura. Descuidó su apariencia aún más que antes, y daba el aspecto de un vagabundo cuando salía. Con todo, incluso en tales circunstancias trágicas, él estaba trabajando en sus obras maestras más grandes.

Como Goya en su período negro, ahora componía no para el público sino para él mismo, encontrando la expresión para sus pensamientos más íntimos. La música de sus últimos años es el producto de la madurez de la edad avanzada. No es música bella sino muy profunda. Trasciende el Romanticismo y señala el camino adelante al tortuoso mundo de nuestra propia época.

Lejos de ser populares en esta época, los trabajos de Beethoven estaban totalmente fuera de moda. Estaban contra el espíritu de los tiempos. En periodos de reacción, el público no quiere ideas profundas. Así, después de la derrota de la Comuna de París, las operetas ligeras frívolas de Offenbach hacían furor. La burguesía de París no quería recordar los conflictos y las tensiones sino beber champán y mirar los numeritos de las vedettes de las revistas. Las melodías felices pero superficiales de Offenbach reflejaron este espíritu perfectamente.

En este período Beethoven escribió la Missa Solemnis, la Grosse Fuge y los últimos cuartetos de cuerdas (1824-26), música muy por delante de su tiempo. Esta música penetra mucho más hondamente en las profundidades del alma humana que casi cualquier otra composición musical. Sin embargo, tan extraordinariamente original era esta música que mucha gente realmente pensó que era signo de que Beethoven se había vuelto loco. Beethoven no prestó absolutamente ninguna atención a todo esto. No se interesó para nada en la opinión pública y nunca fue discreto en cuanto a la expresión de sus opiniones. Esto era peligroso. Solamente su estatus como compositor famoso le mantuvo fuera de la prisión.

Debemos considerar que en aquél tiempo Austria era uno de los principales centros de la reacción europea. No sólo la política sino también la vida cultural fueron sofocadas. Los espías de la policía del emperador estaban en cada esquina. La censura vigilaba atentamente todas las actividades que podrían considerarse, incluso, ligeramente subversivas. Bajo tales circunstancias, el respetable burgués vienés no quería escuchar música compuesta para arengarlos a luchar por un mundo mejor. Prefería que sus oídos fueran suavemente rozados por las óperas cómicas de Rossini –el compositor en boga–. Por el contrario, la gran Missa Solemnis de Beethoven fue un fracaso.

El tormento en el alma de este gran hombre encontró su reflejo en esa composición extraña conocida como la Grosse Fuge. Es una música intensamente personal que indudablemente nos dice mucho sobre el estado de ánimo de Beethoven en este tiempo (escuche aquí). Aquí estamos en presencia de un mundo de conflicto, de disonancia y de contradicciones sin resolver. No era lo que el público quería escuchar.

La Novena Sinfonía

Beethoven había estado considerando por largo tiempo la idea de una sinfonía coral, y tomó como su texto la Oda a la Alegría de Schiller, que él conocía desde 1792. De hecho, Schiller había considerado originalmente una Oda a la Libertad (Freiheit), pero debido a la presión enorme de las fuerzas reaccionarias, cambió la palabra a Alegría (Freude). Sin embargo, para Beethoven y su generación el mensaje era absolutamente claro. Esto era unaOda a la Libertad.

El primer bosquejo para la Novena Sinfonía data de 1816, un año después de la batalla de Waterloo. Fue acabado siete años más tarde, entre 1822 y 1824, después de que la Sociedad Filarmónica de Londres le hubiera ofrecido la suma de 50 libras para dos sinfonías. En su lugar, obtuvieron este notable trabajo que es mucho más que cualquier otras dos sinfonías escritas jamás.

La Novena Sinfonía hasta el día de hoy no ha perdido nada de su capacidad de impactar y de inspirar. Esta obra, que se ha llamado La Marseillaise de la Humanidad, fue interpretada por primera vez en Viena, el 7 de mayo de 1824. En medio de una reacción universal, esta música expresa la voz del optimismo revolucionario. Es la voz de un hombre que rechaza admitir la derrota, cuya cabeza sigue estando erguida en la adversidad.

Su primer movimiento largo se yergue a partir de acordes nebulosos, tan indistintos que parecen emerger desde la oscuridad, como el caos primitivo que se supone precede a la creación. Es como un hombre diciendo: “Sí, hemos pasado a través de una noche oscura en que todos parecían desesperados, pero el espíritu humano es capaz de emerger triunfante a partir de la noche más oscura”.

Acto seguido escuchamos la más asombrosa música llena de cambio dinámico, movimiento progresivo, constantemente interrumpida por contradicciones, pero avanzando inexorablemente. Es como el primer movimiento de la Quinta, pero en una escala infinitamente más grande. Como la Quinta, ésta es música violenta, y es la violencia revolucionaria que no tolera ninguna oposición, que barre todo delante de ella. Denota la lucha que tiene éxito contra increíbles obstáculos y que culmina en el triunfo final.

Semejante música nunca había sido escuchada antes. Era algo enteramente nuevo y revolucionario. Hoy es imposible comprender el impacto que debe haber tenido en la audiencia. El tema final que se vierte en la última parte como una explosión de un sol radiante a través de las nubes se oye, de hecho, a lo largo de toda la sinfonía en una variedad de disfraces sutiles (escuche aquí). El mensaje del movimiento final, coral, es inequívoco: “¡Todos los hombres serán hermanos!” Éste es el mensaje final de Beethoven a la humanidad. Es un mensaje de esperanza y de desafío.

Beethoven –viejo, desarreglado, despeinado y totalmente sordo– dirigió la sinfonía. Él no podía mantener el tiempo correctamente; agitaba sus brazos furiosamente en el aire, aún después de que la orquesta había terminado de tocar. Cuando la última nota se extinguía él no pudo escuchar el salvaje aplauso que dio la bienvenida a su obra. El gran hombre permaneció frente a la orquesta durante algunos momentos. Entonces la contralto Caroline Unger lo tomó suavemente por los hombros y lo volvió frente al público. Tal fue su impacto en la audiencia que le fueron dadas al compositor no menos de cinco ovaciones.

Tan grande fue el tumulto que la policía de Viena –siempre al acecho de manifestaciones públicas peligrosas– finalmente tuvo que intervenir para sofocarlo. Después de todo, tres ovaciones eran consideradas el límite incluso para el emperador. ¿No iba a ser consideraba tal demostración de entusiasmo una ofensa a su majestad? La reacción instintiva de la policía no estaba equivocada. Hay, de hecho, algo profundamente subversivo en la Novena, del primer compás al último.

La Novena Sinfonía fue un éxito, pero no generó ninguna ganancia. Beethoven estaba en dificultades financieras y su salud se deterioraba. Él cogió una pulmonía y tuvo que someterse a una operación. La herida se infectó y sus últimos días los pasó en agonía.

Beethoven murió en Viena el 27 de marzo de 1827, con solo 56 años, su salud minada y su vida personal atribulada por la tragedia. Goya, que también estaba sordo, murió en el mismo año. Veinticinco mil  personas asistieron al entierro de Beethoven –un hecho que demuestra el grado en que su genio había sido reconocido en el curso de su vida–. Sin embargo, hoy sigue vivo, tan vibrante y relevante como siempre. Como fue el hombre, fue la música. En su música sentimos que tenemos al hombre entero. Sentimos que le hemos conocido y amado toda nuestra vida.

La grandeza de Beethoven consiste en el hecho de que en su música lo individual se une a lo universal. Ésta es la música que sugiere constantemente una lucha para superar todos los obstáculos y llegar a un estado superior. Su música era revolucionaria porque en su intensidad fulgurante, iluminó aspectos de la condición humana nunca antes expresados en música. Era la verdad expresada en música.

Posdata

La Novena Sinfonía fue la última palabra de Beethoven –un desafío audaz a la aparentemente triunfante reacción que daba la impresión de ser todopoderosa después de la derrota de los ejércitos franceses en 1815. Esa aparente victoria final de las fuerzas de la reacción derivó en una ola de desaliento y derrotismo que sofocó las esperanzas de la generación que buscó la salvación en la Revolución Francesa. Muchos antiguos revolucionarios cayeron en la desesperación, y más de uno pasó al lado del enemigo. Es un cuadro muy familiar de nuestra propia generación, que tiene asombrosos paralelos con la situación que siguió al derrumbamiento de la Unión Soviética.

También parecía que Europa yacía postrada a los pies de la reacción monárquica. ¿Quién podía oponerse al poder de  las monarquías europeas unidas, con el poderío del Zar ruso detrás de cada trono, y con espías de la policía en cada esquina? El despotismo y el oscurantismo religioso se mostraban triunfantes. Por todas partes había un silencio sepulcral. Y no obstante, en medio de esta desolación terrible, un hombre valiente levantó su voz y dio al mundo un mensaje de esperanza. Él mismo nunca oyó este mensaje, excepto dentro de su cabeza donde se originó.

Pero la derrota de Francia y la reimposición de los Borbones no pudieron impedir la subida del capitalismo y de la burguesía, ni parar la marea de la revolución que explotó repetidas veces: en 1830, 1848, 1871… El sistema de producción que ahora había triunfado en Inglaterra comenzó a penetrar otros países europeos. La industria, los telares mecánicos, los ferrocarriles, los barcos de vapor, todos eran las fuerzas motrices del cambio universal e irreversible.

Las ideas de la Revolución Francesa –las ideas de la libertad, de la igualdad, de la fraternidad y de los derechos del hombre– continuaron poblando la imaginación de la nueva generación. Pero las viejas ideas revolucionarias fueron llenadas cada vez más de un nuevo contenido de clase. El auge del capitalismo significó el desarrollo de la industria y de la clase obrera: la portadora de una nueva idea y una nueva etapa en la historia de la humanidad –el socialismo–.

La música de Beethoven era el punto de partida de una nueva escuela de música –el romanticismo– que estuvo ligada inextricablemente a la revolución. En abril de 1849, al calor de la revolución en Alemania, el joven compositor Richard Wagner dirigió la Novena Sinfonía de Beethoven en Dresde. En la audiencia estaba el anarquista ruso, Bakunin, cuyas ideas influenciaron a Wagner en su juventud. Entusiasmado por la música, Bakunin dijo a Wagner que si hubiera una cosa digna de ser salvada de las ruinas del Viejo Mundo, esta partitura lo sería.

Justo noventa años después de la muerte de Beethoven el propio Zar ruso fue derrocado por la clase obrera. La Revolución de Octubre iba a desempeñar un papel similar al de la Revolución Francesa. Inspiró generaciones de hombres y mujeres con una visión de un mundo nuevo y mejor. Verdad es que la revolución rusa degeneró, bajo condiciones de un atraso espantoso, en una caricatura monstruosa que Trotsky, usando una analogía histórica con la Revolución Francesa, caracterizó como Bonapartismo proletario. Y así como la dictadura de Napoleón minó la Revolución Francesa y llevó a la restauración de los Borbones, así la dictadura burocrática estalinista en Rusia ha llevado a la restauración del capitalismo.

Hoy, en un mundo dominado por las fuerzas de la reacción triunfante, hacemos frente a una situación similar a aquélla a la que Beethoven y su generación se enfrentaron después de 1815. Ahora, como entonces, muchos revolucionarios han abandonado la lucha. Nosotros no nos uniremos al grupo de los cínicos y de los escépticos, sino que preferimos seguir el ejemplo de Ludwig Van Beethoven. Continuaremos proclamando la inevitabilidad de la revolución socialista. Y la historia nos dará la razón.

Aquéllos que predicen el final de la historia han sido refutados muchas veces. ¡No es tan fácil parar la historia! Solamente tres años después de la muerte de Beethoven los Borbones franceses fueron derrocados por la Revolución de Julio. Ésta fue seguida por revoluciones en todas partes de Europa en 1848-49. Luego aconteció la Comuna de París de 1871, la primera revolución genuinamente obrera en la historia, que preparó el camino para la Revolución Bolchevique en 1917.

Por lo tanto, no vemos ninguna razón para el pesimismo. La actual crisis mundial confirma el análisis marxista de que el sistema capitalista está en un callejón sin salida histórico. Predecimos con confianza que el derrumbamiento de la Unión Soviética, lejos de ser el final de la historia, es solamente el preludio a su primer acto. El segundo acto será el derrocamiento del capitalismo en un país u otro, lo que preparará el camino para una nueva ola revolucionaria en una escala nunca antes vista en la historia.

El ocaso del capitalismo no sólo se expresa en términos económicos y políticos. El callejón sin salida del sistema se refleja no sólo en el estancamiento de las fuerzas productivas, sino también en un estancamiento general de la cultura. Sin embargo, como sucede siempre en la historia, debajo de la superficie nuevas fuerzas están luchando por emerger. Estas fuerzas requieren una voz, una idea, una bandera alrededor de las cuales reunirse y luchar. Eso vendrá con el tiempo y, cuando lo haga, no sólo vendrá en la forma de programas políticos. Encontrará su expresión en la música y el arte, en la novela y la poesía, en el teatro y el cine… porque Beethoven y Goya nos demostraron hace mucho tiempo que el arte puede ser un arma de la revolución.

Como los grandes revolucionarios franceses –Robespierre, Danton, Marat y Santo-Juste–, Beethoven estaba convencido de que él escribía para la posteridad. Cuando  los músicos se quejaban de que no podían tocar su música porque era demasiado difícil (lo cual sucedía frecuentemente), él contestaba:“No se preocupen, ésta es música para el futuro”. Nosotros podemos decir lo mismo de las ideas del socialismo. Representan el futuro, mientras que las ideas desacreditadas de la burguesía representan el pasado. Para los que encuentren esto difícil entender, decimos: ¡No se preocupen, el futuro demostrará quién tiene razón!

En el futuro, cuando los hombres y las mujeres recuerden la historia de las revoluciones y de los repetidos intentos de crear una sociedad genuinamente humana basada en la libertad, la igualdad y la fraternidad verdaderas, recordarán al hombre que, utilizando música que no podía oír, luchó por un mejor mañana que tampoco nunca vería. Ellos revivirán las grandes batallas del pasado y entenderán la lengua de Beethoven: la lengua universal de la lucha por el establecimiento de un mundo apropiado para los hombres y las mujeres libres que lo habiten.

Nota al pie de página:

[1] Beethoven estaba equivocado sobre los austriacos. Dos décadas después de su muerte, la clase obrera y la juventud austriacas se rebelaron en la revolución de 1848.

 

 

 

Hugo Pratt: la aventura de la revolución, la revolución de la aventura

Una de las obras más personales de los comics contemporáneos, y provista de un sustancial sustrato ideológico, es la de Hugo Pratt, autor italiano nacido en 1927 , cuya labor en Argentina durante los años 50 contribuyó a desligar los comics sudamericanos de los dominantes modelos yanquis, y cuya creatividad básica se desarrolló, de nuevo en Italia, a partir de 1967 con la fabulación de Corto Maltese, personaje y serie aún en evolución que constituyen la parte decisiva de la producción global de Pratt. Corto Maltese, a imagen de su autor en considerables aspectos, es un desarraigado trotamundos, apátrida por excelencia, cuyas aventuras, desde los prolegómenos de la primera guerra mundial hasta la contienda civil española (donde desaparecerá) se afincan en transcendentales acontecimientos de la Historia del siglo, integrando especialmente diversos despertares de la conciencia revolucionaria en el Tercer Mundo. Precisamente, la reciente estancia de Hugo Pratt en Barcelona y Madrid, que posibilitó la siguiente entrevista, ha tenido por motivo la edición en castellano, después de La balada del mar salado, de la otra gran narración larga protagonizada por el citado aventurero, Corto Maltese en Siberia, donde se asiste a los últimos estertores de la Rusia blanca y a los primeros balbuceos de la revolución china.

VT: ¿Corresponde Corto Maltese, como obra, a una visión histórica de un tercio del siglo?

HP:  Seguramente, la visión histórica existe, porque yo mismo viví una parte, escuché otra a través de mi padre, y otra a través de mi abuelo, y no tengo que olvidar que también las mujeres de mi padre y de mi abuelo, e incluso mi tía, proporcionaban sus propias visiones. Los primeros conflictos histórico-económicos efectivos los viví en mi casa. La extracción de mi familia es popular, con aspiraciones burguesas; mi abuelo, socialista, mi padre, fascista, y yo, todo lo contrario, libertario.

VT: Parece desprenderse a menudo de Corto Maltese una renuncia absoluta a todo tipo de dogmas políticos.

HP: ¿Falta de dogmas? Es consecuencia de los encuentros que tuve con otros individuos a lo largo de mi vida y de mis viajes, a lo largo de lo que puede constituir la suma de mis experiencias. Coadyuvada, claro, por la experiencia profesional. Agarrando todas estas experiencias y hecha una síntesis, sale Corto Maltese. Creo que de todo aquello elegí lo que me parecía más importante. Cuando emigré de Italia a Argentina, estaba bajo las consecuencias de la segunda guerra mundial. Hubo un momento en que había que elegir una actitud política u otra. Yo elegí la otra. No podía ser nazi.

 

VT: Corto Maltese reposa, en tanto obra de aventuras, sobre la acción, pero, incluso a pesar de que incide en acontecimientos una y otra vez marcados por la violencia, ésta queda narrativamente y visualmente distanciada, minimizada, supongo que de forma muy consciente.

HP: Un trabajo basado sobre la acción hubiera llevado a recalcar la temática del aventurero romántico de la literatura aventurera anglosajona. El europeo en general se define como hijo de la cultura burguesa francesa, mientras que la cultura popular ha estado impuesta por la riqueza de los pueblos anglosajones. Se podría decir, en otros términos, que la cultura popular europea ha sido impuesta por la Metro Goldwyn Mayer, por los comics norteamericanos y por otras expresiones dictadas u ofrecidas desde el capitalismo anglosajón. Lo que no significa que se trate de una mera imposición por los medios del capitalismo, ya que nos ha ofrecido cosas lindas; las películas de aventuras imperialistas, las historietas a lo Walt Disney o de Flash Gordon, el jazz, etc., nos ofrecieron en el pasado cosas tan diferentes de las propugnadas por el momento histórico italiano, el fascismo, el nacionalismo, y afines… Flash Gordon nos presentaba un mundo tan sorprendente e interesante como en el día de hoy se le puede mostrar a la juventud actual con la ciencia-ficción de moda.

VT: Posiblemente haya que considerar a Corto Maltese una obra poética más que una obra de aventuras.

HP: Si uno es poeta, no se da cuenta de serlo. Elegí un período histórico que es el principio de este siglo, porque era un período de grandes cambios económicos y políticos. Desde el romanticismo se giró hacia la toma de conciencia que las grandes revoluciones, Marx y Engels, han proporcionado a la sociedad. No puede perderse de vista al materialismo histórico, y para estar en comunión con la conciencia del individuo había que analizar cuanto estaba pasando. Pienso que Corto Maltese es un ejemplo del tipo de individuo correspondiente a esta situación. Partiendo de una actitud romántico-aventurera, toma conciencia de los importantes cambios que hubo en aquella época.

VT: ¿Puede llamársele apátrida?

HP: Ve los problemas desde su condición de aventurero. Antes que nada es un individuo y vive en consecuencia dentro de una cierta ética… que es la suya y no la mía. No quiero permitir que Corto Maltese sea mi alegato personal. Mientras realizaba sus historias, muchas veces me daba cuenta de que Corto hacia o decía cosas contrarias a mi manera de ser. He preferido dejar a Corto Maltese desarrollar su identidad a medida que la historia iba adelante; resultaba más importante él mismo que imponerle mi propia personalidad.

 

VT: Quizá la condición asumida de apátrida se halle en conexión directa con el hecho de que Corto Maltese acostumbra a manifestarse como antiimperialista, pero sobreviene entonces la aparente paradoja de situarse al lado de los nacionalismos…

HP: Sin querer ser el portaestandarte del Tercer Mundo, llega a ello. Pero el verdadero portaestandarte del Tercer Mundo podría ser Cush, el norteafricano que le acompaña en diversos relatos breves. La prueba la tengo en que cuando fui invitado por el Ministerio de Cultura Popular angoleño, a través de Antonio Jacinto y Enrique Abrancha, me encontré frente a una expresa simpatía hacia Cush, más que hacia Corto Maltese. Para los pueblos africanos progresistas, Cush era un representante carismático, fuera aceptado o discutido. Corto Maltese estaba más allá, recibía menos importancia.

VT: Conviene añadir que Cush, al aparecer decisivamente en otra serie distinta, Los escorpiones del desierto, referida a la segunda guerra mundial, y narrar en un fragmento de la misma el fin de Corto durante la guerra española, obtiene una subrayada importancia de nexo de unión entre estas dos obras e incluso entre dos etapas del siglo.

HP: Cush es un personaje que me permite reproponer siempre una problemática existente en el Tercer Mundo, lo que prueba las facultades de los comics como enorme medio de comunicación, inclusive para repúblicas marxistas-leninistas; y demuestra que países como Angola, Mozambique, Etiopía, pueden hacer uso hasta de la ficción para llevar a cabo una argumentación materialista-histórica. Me invitaron a Angola para organizar, en colaboración con el Ministerio de Cultura, unos cuadros de elementos aptos para la divulgación de revistas útiles bajo diferentes facetas, como la alfabetización en el interior del país y la recuperación de una identidad nacional adormecida por el colonialismo portugués. Entonces (I978), en contra de mi presunción de pasarme unas vacaciones, me encontré con un inmenso trabajo junto a compañeros cubanos, norteamericanos progresistas, yugoslavos, argelinos, y, por supuesto, portugueses-angoleños.

VT: Cush lleva consigo el desierto a la escenificación de Corto Maltese, tradicionalmente referida al océano; estas dos grandes extensiones solitarias semejan prolongar la misma personalidad del protagonista.

HP: Creo que tendríamos que examinar este hecho bajo la perspectiva de mi pereza personal. No tengo ganas de ponerme a dibujar interiores de pisos, medios mecánicos y escenarios complejos. Elaboré aquellas ambientaciones, libre y astutamente, para ahorrarme trabajo. Muchos críticos quieren hallar en esto un gran mensaje de soledad y de poesía. La realidad es un gran mensaje de pereza. Cuando me preguntan por qué mis dibujos son tan simplificados, podría decir las mismas cosas que con respecto a las escenificaciones. He empleado treinta y cinco años en hallar la manera de dibujar menos.

VT: Pero el dibujo es sólo un aspecto de la obra; parece que su simplificación no afecta a los guiones, producto además de una amplia herencia literaria y no sólo de las influencias que tópicamente siempre se señalan como Stevenson, Conrad, Melville.

 

HP: Mi nombre está ligado a estos clásicos de las aventuras románticas, y se olvida que mi origen de escritor de aventuras se halla mucho más cerca de Zane Grey, Jack London, los comics norteamericanos, la novela popular por entregas. Cuando era joven, existían dos posibilidades de elección en narrativa: la escuela francesa, con su apéndice la rusa, o la anglosajona de aventuras. Yo elegí la segunda. Después de los autores nombrados, tuve por herencia a Hemingway, Faulkner, Kenneth Roberts, hasta llegar a Somerset Magahm, Bruno Traven, John Steinbeck, y muchísimos más, hasta recalar en los mismos poetas, Rimbaud, Coleridge, Verlaine, Whitman, Yeats, y volcarme finalmente en el ensayo. Mis estudios literarios han determinado que haya recorrido desde Homero hasta Malcolm Lowry.

VT: En el aspecto gráfico, ya no es tópico alguno la cita de Caniff como la mayor influencia, y me gustaría saber en qué grado tal influencia ha quedado desgajada de los componentes ideológicos de las últimas etapas del autor de Steve Canyon.

HP: En lo gráfico, me encontré también frente a dos tendencias: una de dibujo académico y otra de dibujo expresionista. Por eso elegí Caniff, que había sacrificado el estilo en una búsqueda de blancos y negros puros: todo lo que en una foto era gris oscuro, lo convertía en negro; todo lo que en una foto era gris claro, lo hacía blanco. Desde luego, cualquier gran dibujante tuvo también influencia sobre mí, incluyendo a Holbein, los japoneses, Howard Pyle, Harold Foster, Arthur Rackham, etc. Volviendo a Caniff, su Terry y los piratas ha sido muy importante, por un guión psicológicamente lleno de interés y por su enorme capacidad para jugar con todos los personajes como si fueran piezas de ajedrez en una partida de encuentros, separaciones y combinaciones diversas. Me interesó mucho menos su Steve Canyon, incluso por un descenso de calidad gráfica además de un mensaje político que no me va. En New York tuve sobre esto una conversación con Caniff en que me contestó que él era norteamericano y que, consecuentemente, mi perplejidad europea divergía de su actitud política, y me añadió que cuando él y su Terry combatían a los japoneses, los europeos, que sufrían o habían sufrido la ocupación nazi, miraban con simpatía a su obra, cosa que a él le había dejado indiferente, incluso porque nunca había vendido tal obra (lo dijo irónicamente) a los diarios europeos. En el Certamen de Gijón, hubo un dibujante español que rechazó un premio porque había sido concedido el año anterior a Caniff. En este punto estoy en desacuerdo, porque creo que, al premiarse a Caniff, quiso premiarse a un dibujante que ha sido útil a todos los colegas de cualquier ideología política, y no quiso premiarse a la ideología política de Caniff.

VT:  Por cierto que en la carta de renuncia de aquel dibujante español se deslizaba un error mayúsculo como era el de aseverar que Caniff era un seguidor de McCarthy de la caza de brujas, siendo así que, en la investigación seguida por un comité inquisitorial de la época contra los E.C. Comics (según Acta del Congreso del 21 de abril de 1954), Caniff fue el único de los autores de comics llamados como testigos que defendió por encima de todo la libertad de expresión. Y volviendo a las influencias en Hugo Pratt, es evidente que el cine, como en Caniff, ha tenido también su parte, además de los aspectos literario y gráfico.

HP: Cuando citaba antes a la Metro Goldwyn Mayer, utilizaba desde luego un símbolo que podría representar, bajo el punto de vista de mis influencias cinematográficas, a directores como Michael Curtiz, William Wellman, John Huston, por supuesto John Ford, Van Sternberg, Josep Losey, David Lean, etc. hasta llegar a los jóvenes tipo Ridley Scott, el director de Alien, o Francis Ford Coppola. No tengo nada que ver con Antonioni, y sólo el tema fantástico ha podido unirme, en el pasado, a Fellini. Tampoco me han influído los escritores italianos exceptuando a Italo Calvino y quizás a algún otro. La temática de los novelistas italianos acostumbra a consistir en un tipo que emigra de la provincia a la gran ciudad para intentar convertirse en escritor, no llega a serlo, y en la última página, que es también la primera, surge la palabra “fin”.

VT: ¿Cuál es en la práctica, fuera de las definiciones teóricas, el compromiso ideológico de Hugo Pratt con respecto a los comics?

HP:  En Europa, las grandes posibilidades para que los comics fueran máximamente difundidos residirían en los diarios, pero los diarios, al igual que las revistas semanales de actualidad política, pertenecen a la cultura oficial, que rechaza los comics como presunto producto menor. Mientras, la cultura alternativa, que asimismo es un tipo de cultura oficial, porque es palestra de ciertos intelectuales a la moda, apoya a los comics. Pero solamente para dar pie a que tales intelectuales pueden escribir sus ensayos críticos. Por otra parte, las pocas veces que un diario o un semanario ha intentado publicar comics, y lo digo según mis experiencias personales, se ha encontrado con la repulsa no de los lectores sino de los anunciantes. Desde otra perspectiva, he presenciado cómo grandes agencias de comics han guerreado, como es normal, contra dibujantes no representados por ellas, llegando a provocar hasta el despido de los mismos de los periódicos en que trabajan. En cambio, cuando un gran diario divulga comics, ayuda a la venta de libros e incluso del propio diario. Contra los comentarios de que los comics son contraproducentes o de poca importancia, habría que poner cifras como ejemplo. En Italia, un escritor publica habitualmente libros con un tiraje de 4.000 ejemplares, a menos que no haya ganado algún premio oficial como el Campiello que hace superar el tiraje de los 100.000. Por el contrario, un comic en un diario como “France Soir” adquiere un tiraje diario, durante meses, de millón y medio de ejemplares, y un libro de comics de un autor conocido alcanza los 20.000 en una primera edición más los correspondientes a varias reimpresiones, pudiendo sobrepasar así los 100.000, y llegar a cifras mucho más altas a través de la traducción a otros idiomas. Puede calcularse entonces que un autor de comics obtenga dos millones de lectores, y ahí se advierte la importancia social de su obra. Entonces, cuando tal hecho se contrapone a que muchos dibujantes de comics vivan de migajas o limosnas, mientras algunas editoriales obtienen altísimas ganancias, resulta absolutamente necesario que, de una vez y de forma definitiva, se creen asociaciones de dibujantes nacionales y, en consecuencia, internacionales con el fin de hacer reconocer los derechos de los autores en los diversos países. La AIAC, asociación internacional con sede en Ginebra, trabaja activamente en este terreno.

(Entrevista a Hugo Pratt realizada por Javier Coma en el número 47 del Viejo Topo, publicado en agosto de 1980).

 

Un paso al frente: un llamado a la Lucha Revolucionaria

por Gustavo Burgos

 

Recientemente editado, “Un paso al frente” de Mauricio Hernández Norambuena, es un texto político imprescindible y de gran valor para el debate de la izquierda revolucionaria. Es, además, un manifiesto contundente de ética revolucionaria, en palabras de su autor: “Para mí ser rodriguista y haber participado en el Frente, ha significado lo que ahora soy. Yo me considero un sobreviviente que no puede olvidar a todos los hermanos y las hermanas que lucharon, que cayeron, toda esa fraternidad que me une con los que murieron, y con los que están vivos, los que sobrevivieron y que son personas íntegras, que siempre se la jugaron. Nunca me voy a dar vuelta la camiseta. No voy a traicionar eso, ni toda la memoria del Frente”.

Las inhumanas condiciones de aislamiento de Hernández Norambuena, rotado por las más horrorosas mazmorras brasileñas a voluntad de los gobiernos patronales de Lula y Rousseff, obligaron a sus editores –Laurence Maxwell y Jorge Pavez- a transcribir de memoria, durante años los relatos del autor, porque hay prohibición de grabarlo o de tomar nota de lo que diga. Hernández Norambuena tiene prohibición de mirar a los ojos a sus celadores, bajo castigo de privarlo de las pocas horas diarias de patio aislado que durante quince años ha debido soportar.

El régimen brasileño y sus gobiernos entreguistas del PT, torturan institucionalmente al revolucionario con la finalidad de escarmentar a todos a quienes se alzan en contra del orden establecido. Durante las cruzadas, los Templarios solían cortar la cabeza de un turco y exhibirla clavada en una lanza, significando en ella la venganza por las afrentas sufridas por los cristianos en Tierra Santa. Tal es el sentido del encarcelamiento brutal del que este libro es una luminosa superación.

Sólo por estos conceptos este libro merece ser leído y difundido, máxime que la costumbre autobiográfica de la izquierda chilena resulta propensa a la vergonzosa capitulación y a la derrota. La afirmación que hace Hernández de sus convicciones contrastan con la mediocridad y el oportunismo de aquellos que pasan “a retiro”.

El texto, apartándose de otras ediciones referidas al accionar del FPMR, deja de lado la anécdota –con la excepción del apartado referido a la fuga de la Cárcel de Alta Seguridad- y se concentra en la reflexión política. Los hechos pasan en una fácil lectura y el esfuerzo sostenido por su autor está en develar la naturaleza y el contenido de la política del FPMR.

Uno de los análisis más interesantes es que Hernández Norambuena caracteriza la llamada división del FPMR, como una división del Partido Comunista. Esta división se originaba en el choque de la corriente que excepcionalmente logró imponerse en el PC el 82, entre quienes sostenían la tesis de la Rebelión Popular, más adelante Sublevación Nacional y los reformistas institucionales que históricamente han comandado al stalinismo criollo. Expresión de este aserto lo constituye –según el autor- que la internación de armas en Carrizal Bajo se vio frustrada por la voluntad del PC de excluir al FPMR de esta operación, encargándola a compañeros sin ninguna preparación para llevarla adelante. De la misma forma, miles de fusiles ingresados al país en esa época nunca llegaron a manos del Frente, precisamente por la voluntad del ala reformista pro negociación con la Dictadura e interesada en pactar con la DC.

Lo expresado da contenido a la autocrítica que expone en cuanto a las limitaciones estratégicas –no resueltas- del FPMR. El FPMR nace del llamado Frente Cero que agrupaba a los encargados de agitación dentro del PC, por lo mismo su objetivo político era exclusivamente poner fin a la Dictadura y restablecer el orden democrático burgués quebrantado por el Golpe Militar. Sin embargo, en el propio desarrollo de la lucha, el FPMR se radicaliza y aspira a lo que él llama, en una parte, un nuevo orden social y también una democracia profundizada, al estilo Nicaragua. La máxima expresión política  de esta concepción fue la llamada Guerra Patriótica Nacional, que buscaba implantar –bajo el paradigma de la Guerra Popular Prolongada- focos guerrilleros en el campo. Trágica expresión del fracaso de esta concepción lo constituye la muerte en combate de Raúl Pellegrin y Cecilia Magni.

Como decíamos, el libro es intenso y tiene la virtud –por sobre todo quizá- de abrir espacio para un tema que es fundamental para toda la izquierda revolucionaria: la cuestión militar. La vía pacífica, institucional y electoral, ha demostrado a la altura de una catástrofe su fracaso y derrota. Sin embargo hoy día en Chile nuevos sectores de izquierda parecen atraídos gravitacionalmente a reproducir estas archiderrotadas concepciones, que reducen a la izquierda a la tarea de acumular caudal electoral y luego cruzar los dedos para que la burguesía respete su propia institucionalidad.

En este contexto, resulta fundamental abrir un debate sobre las perspectivas de la movilización de masas y la acción directa. Si –como la historia lo ha demostrado- es sólo mediante la lucha y la movilización que los explotados impondrán sus reclamos y accederán al poder, se hace ineludible debatir sobre las formas concretas que asumirá este enfrentamiento al Estado burgués. El FPMR marcó un camino foquista que resultó del todo inconducente y se sumó, en grado operativo superior a cualquier otra organización que haya existido en Chile, a una tradición guerrillera que en su nombre alude a la guerra de independencia. Esta experiencia, por lo mismo, debe ser rigurosamente estudiada, debemos aprender de sus errores y apoyarnos en sus conquistas, para enriquecer el arsenal político de los explotados.

Este es el valor del libro de Hernández Norambuena. Es el testimonio directo, consecuente y honesto de un revolucionario que ha consagrado su vida a la lucha y que ahora nos regala esta narración que en la lucha, en el debate y en el estudio nos vemos obligados a honrar. Aún tenemos patria, ciudadanos. Libertad para Mauricio Hernández Norambuena.

Un Punto de Inicio en el Estudio de la Obra Teórica de Salvador Allende

El pasado 28 de octubre, estuvimos en el lanzamiento del libro del historiador Patricio Quiroga, “La dignidad de América. El retorno histórico a Salvador Allende”, un texto que por su profundidad teórica recomendamos en tanto tiene el mérito de abrir un debate político, socialista, que creemos indispensable en estas horas. Tuvimos la oportunidad de entrevistarlo:

 

EP: ¿Cuál es el significado que tiene la imagen de Allende para los revolucionarios en Chile, en el día de hoy?

PATRICIO QUIROGA: Bueno, yo creo que Allende es más que una imagen para los chilenos, es una imagen latinoamericana, es una imagen mundial por el intento de transformación en que se enfrascó en la década de los 70 tratando de cambiar la sociedad sin el recurso de la violencia en un momento en que todas las revoluciones en el mundo habías sido a través de la insurrección, la guerra popular y prolongada, la guerra de guerrillas e incluso en la Segunda Guerra Mundial. Entonces, lo que representa Allende en ese contexto es un proyecto de sociedad, un programa de gobierno y una estrategia y una línea que tú las desprendes de una gran cantidad de textos que el escribió. Allende es un referente político y en cierta medida, teórico.

 

EP: ¿Qué se le puede responder a aquellos que plantean que el proyecto reformista de transformación gradual del capitalismo hacia el socialismo, fue derrotado?

PATRICIO QUIROGA: Bueno, eso mismo, el proyecto de Allende fue derrotado, no fue un fracaso, fue derrotado por las fuerzas conjuntas de la derecha y un centro político que se había derechizado, que tensionó el sistema de partidos políticos, lo hizo explotar, más el apoyo externo. Todos los procesos sociales tienden a las reformas, y ese proceso político pretedió a través de una profunda Reforma Agraria, una profuna Reforma Educacional, cambiar las reglas del juego. Yo creo que eso ha sido valorado ahora último, durante muchos años se enarboló más bien la idea de la falta de una política militar, evidentemente hay una falta de una política militar, pero la política militar no estaba dentro del diseño en términos de un alzamiento para la toma del poder. Aquí había una estrategia que se denóminó la vía político-institucional. Esto último es el eje del allendismo.

 

EP: ¿Es eso un poco lo plantea Carlos Altamirano en su libro de Conversaciones con Gabriel Salazar?

PATRICIO QUIROGA: No, no. Gabriel, por su proveniencia mirista tenía una imagen fijada respecto al tema de las armas y Carlos Altamirano –un viejo amigo, por lo tanto no quiero hablar mal de él- no supo entender cuándo terminaba un período pacífico de un proceso revolucionario y cuándo empezaba otro. Y esto es raro, porque Altamirano era leninista y Lenin logra detectar tres períodos en 1917, el período pacífico, la fase de la contrarrevolución y el período revolucionario. Entonces el tema no era el de la falta de las armas, el problema era la falta de un diseño más profundo en términos teóricos de forma de cómo producir esa transición. Lo que pasa las tomas del poder estaban a la orden del día a través de los movimientos de liberación, a través de los grupos político militares, estaba todavía muy reciente la Revolución Cubana. Entonces no se entendió esta otra estrategia que estaba planteando Allende, yo diría que no la entendió el conjunto de la izquierda.

 

EP: Lo has sacado a colación, nos acercamos a la conmemoración de los cien años del triunfo de la Revolución Rusa. ¿De qué forma se ve presente el legado de Allende en la lucha de los pueblos por su liberación a nivel mundial, pero especialmente en América Latina y en Chile?

PATRICIO QUIROGA: Allende era partidario de una concepción, él pensaba que se estaba viviendo una transición universal del capitalismo al socialismo. Él estaba equivocado en eso y en ese sentido instruyó a su Canciller, ClodomiroAlmeyda, para fijar una política internacional. Cloro recorrió Argelia, logró el desarrollo de la reunión de la UNCTAD aquí en Chile y ahí se llegó a la conclusión de que había que aunar los esfuerzos de Asia, África y América Latina para crear un nuevo modelo económico mundial. Esto último lanza a Allende a la calidad de estadista mundial, uno de los aspectos peor tratados del período de la UP es precisamente ese, ¿por qué?, porque Allende se transforma en el líder de los 77, vale decir de la mayor parte de las fuerzas y movimientos de liberación nacional, los no alineados, que es donde se están los grandes cambios mundiales. Esa es mi opinión, ahí hay un tema, todo un tema que desarrollar.

 

EP: ¿Podríamos decir entonces que con este trabajo tuyo el estudio de la obra teórica de Allende está comenzando?

PATRICIO QUIROGA: Es mi opinión. Este es un texto que abre un debate que no se ha hecho en Chile y no se ha hecho en los últimos 43 años.