Archivo de la etiqueta: Revolución socialista

Neoliberalismo: un camino seguro hacia la barbarie

por Gustavo Burgos //

 El neoliberalismo constituye la más avanzada expresión ideológica de la burguesía a nivel mundial, citamos aquí al inglés Perry Anderson quien nos indica que “…fue una vehemente reacción teórica y política contra el estado intervencionista y de bienestar…se trata de un ataque apasionado contra cualquier limitación a los mecanismos del mercado por parte del Estado, denunciada como una amenaza mortal a la libertad, no sólo a la libertad económica sino que también a la libertad política”. Los padres de esta ideología, incubada en la segunda mitad de la década del 40 en su gran mayoría economistas, fueron Friedrich Hayek (autor de la “biblia” neoliberal Camino de Servidumbre), Milton Friedman (el primer “Chicago Boy) y Karl Popper, entre otros, quienes explicaron que el principal obstáculo para la superación de la crisis capitalista (caída de las tasas de ganancia) era el excesivo poder de los sindicatos y el movimiento obrero que habían corroído las bases de acumulación capitalista con sus exigencias salariales y de aumento de gasto social. Seguir leyendo Neoliberalismo: un camino seguro hacia la barbarie

Bujarín y Preobrazhenski: Nuestro programa (1919)

1. ¿QUE ES UN PROGRAMA?

Todo partido se propone conseguir determinados fines. Lo mismo un partido de latifundistas o capitalistas que partido de obreros y campesinos. Es, pues, necesario que cada partido tenga objetivos precisos, porque, de lo contrario, pierde el carácter de partido. Si se trata de un partido que represente los intereses de los latifundistas, se propondrá la defensa de los latifundistas: buscando los medios de mantener la propiedad de la tierra, de sometre a los campesinos, de vender el grano a los precios más altos posibles, de elevar la renta y de procurarse obreros agricolas pagados con jornales infimos. Igualmente, un partido de capitalistas, de industriales, tendrá sus objetivos propios: obtener la mano de obra barata, ahogar toda protesta de los obreros industriales, buscar nuevos mercados en los que puedan vender las mercancías a precios elevados, obtener grandes ganancias, para lo cual aumentará las horas de trabajo y, sobre todo, tratará de crear una situación que quite a los trabajadores toda posibilidad de aspirar a un orden social nuevo; los obreros deben vivir con el convencimiento de que siempre ha habido patrones y que continuarán existiendo mientras exista el hombre. Estos son los objetivos de los industriales. No cabe duda que, naturalmente, los obreros y los campesinos tienen objetivos bien distintos, por ser distintos sus intereses. Un viejo proverbio ruso dice: “Lo que conviene al ruso es mortal para el alemán.” La siguiente variante sería muy apropiada: “Lo que al obrero conviene es mortal para el capititalista.” Seguir leyendo Bujarín y Preobrazhenski: Nuestro programa (1919)

Andreu Nin: el carácter de la República española

Existe una tendencia, muy difundida, a considerar el 14 de abril de 1931, fecha de la proclamación de la república, como el coronamiento de una revolución que ha llegado a su fase definitiva. En reali­dad, el 14 de abril no ha sido más que una etapa —ciertamente importantísima— del proceso revolucionario que ya desde el siglo pasado se está desarro­lando en nuestro país y que, empleando una frase de Karl Liebknecht, puede ser considerado como “un largo malestar”. Las etapas más importantes de este proceso han sido las guerras civiles, los al­zamientos revolucionarios del siglo XIX, la aparición del movimiento nacionalista en Cataluña, la “semana trágica” de 1909, la tentativa de huelga general revolucionaria de 1911, la constitución de las Juntas de Defensa, la revolución frustrada de 1917. Seguir leyendo Andreu Nin: el carácter de la República española

Ted Grant: democracia o bonapartismo en Europa (respuesta a Pierre Frank)

El aforismo de Lenin de que vivimos en una época de guerras y revoluciones, a lo que Trotsky añadió, “y contrarrevoluciones”, se ha visto ampliamente demostrado por la historia de las últimas tres décadas. Pocos períodos en la historia han estado llenos de convulsiones y enfrentamientos tan fantásticos entre las naciones y las clases, de cambios tan calidoscópicos y manipulaciones de regímenes políticos mediante los cuales el capital financiero mantiene su dominio sobre los pueblos. Así, es doblemente importante para aquellos que siguen las enseñanzas científicas del marxismo, que pretenden hacer un análisis teórico de los acontecimientos, hacer un examen cuidadoso y escrupuloso de los cambios que se están produciendo si quieren orientarse correctamente hacia la vanguardia y proporcionar una dirección a las masas. Seguir leyendo Ted Grant: democracia o bonapartismo en Europa (respuesta a Pierre Frank)

Muertes luminosas, vidas en la oscuridad. Heroísmo y traición en la militancia revolucionaria de los setenta en la Argentina y Chile

por María Olga Ruiz*

Introducción

Este artículo se aproxima a la experiencia de tres organizaciones políticas que en la década de los sesenta y setenta de la segunda mitad del siglo XX adoptaron la lucha armada como principal estrategia para conquistar el socialismo: Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile (en adelante MIR) y el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (en adelante PRT-ERP) y Montoneros de la Argentina. Seguir leyendo Muertes luminosas, vidas en la oscuridad. Heroísmo y traición en la militancia revolucionaria de los setenta en la Argentina y Chile

Los problemas de la izquierda revolucionaria

por Gustavo Burgos //

El día de ayer los fiscales Gajardo y Norambuena renunciaron al Ministerio Público, en protesta por la política de impunidad que ha caracterizado a su institución respecto de los casos r de corrupción y financiamiento ilegal de la política. El Fiscal Nacional Abbott, en una pobre defensa de su proceder, indicó que su institución era “más que dos fiscales”. Seguir leyendo Los problemas de la izquierda revolucionaria

Del trotskismo peruano: contribución a un balance del Morenismo

por Sergio Bravo // 
El morenismo es una de las principales corrientes centristas tradicionales que se reivindican trotskistas. Aparecida durante los años ‘50, se sumó a la creación oportunista del llamado Secretariado Unificado de la IV Internacional en 1963. Este es un texto acerca del morenismo en los años ’80 Seguir leyendo Del trotskismo peruano: contribución a un balance del Morenismo

2018: el mundo al revés

por Alan Woods //

Donald Trump dio la bienvenida al Año Nuevo a su manera inimitable: rodeado por su clan social y político en los alrededores opulentos de su exclusivo club Mar-a-Lago en Florida, acompañado por un grupo representativo de todos los segmentos de la sociedad estadounidense, desde estrellas de cine a multimillonarios. Seguir leyendo 2018: el mundo al revés

Tony Cliff: la clase trabajadora y los oprimidos

¿Por qué Carlos Marx daba tanta importancia al papel de la clase trabajadora? No fue por la cantidad de personas que la componían. De hecho, cuando Marx escribió el Manifiesto Comunista, los únicos dos países donde se había completado la Revolución Industrial eran Inglaterra y Bélgica. Seguir leyendo Tony Cliff: la clase trabajadora y los oprimidos

Emma Goldmann recuerda Kropotkin

por Emma Goldman //

Entre los que yo deseaba ver cuando llegué a Rusia en enero de 1920, estaba Piotr Alekséyevich Kropotkin. Inmediatamente averigüé la manera de encontrarlo. Me informaron que el único medio sería cuando fuese a Moscú, debido al hecho de que Kropotkin vivía en Dmítrov, una pequeña aldea a unas 60 verstas de distancia de la ciudad. Debido al país estar tan devastado por la guerra, no me quedó otro recurso que esperar a una oportunidad de ir a Moscú, pero afortunadamente pronto se me presentó la oportunidad. Seguir leyendo Emma Goldmann recuerda Kropotkin

La Iglesia en la guerra civil española: memoria histórica, asesinatos y beatificación

por Jaume Botey //

La beatificación masiva de religiosos, religiosas y sacerdotes fusilados durante la Guerra Civil en la zona republicana constituye, objetivamente, una nueva humillación a los fusilados por los franquistas, que durante más de 70 años han sido silenciados. Franco los castigó con la condena y la muerte y la Transición los castigó con el olvido. El pretexto era no reabrir heridas. Quienes gestionaron la Transición temieron que poner a la luz pública lo que ocurrió podía poner en cuestión el alzamiento, la guerra, el franquismo y la misma Transición, es decir, los cimientos de la España actual. Porque todo el mundo desea que los “suyos” desempeñen el papel de víctimas y no el de victimarios. Seguir leyendo La Iglesia en la guerra civil española: memoria histórica, asesinatos y beatificación

Bolivia: Tesis Política de la XLIV Conferencia de la Federación Departamental de Fabriles La Paz – 2017

Después de más tres décadas los trabajadores fabriles volvemos al escenario político nacional recuperando nuestras banderas de lucha revolucionaria socialista. Retornamos a ocupar nuestro lugar en la lucha de la nación oprimida contra la nación opresora. La clase obrera tiene la capacidad de aglutinar la lucha de toda la nación oprimida en un solo puño y darle al país una perspectiva revolucionaria para superar el atraso económico y la miseria. La lucha de clases sociales no se ha extinguido sino que se agudiza por la profundización de la crisis capitalista, por lo que la ideología revolucionaria del proletariado tiene plena actualidad, haciéndose impostergable la tarea de volver a ser asimilada y materializada por la clase obrera boliviana. Seguir leyendo Bolivia: Tesis Política de la XLIV Conferencia de la Federación Departamental de Fabriles La Paz – 2017

Editorial: 2018 de los trabajadores

Terminamos este 2017 con una cierta percepción de desconcierto. La reconstrucción de los espacios de la izquierda y los trabajadores ha venido desarrollándose en medio de una ofensiva patronal y de una movilización de la derecha, que no hace sino expresar la polarización -la agudización de los antagonismos de clase- que caracteriza al régimen. Seguir leyendo Editorial: 2018 de los trabajadores

Navidad trágica: la matanza de comunistas en Vallenar.

 por Iván Ljubetic Vargas //

“Con el hambre y el plomo
el Gobierno civilista
asesina al proletariado”
(Bandera Roja, Santiago, 25-12-1931) Navidad

Volodia Teitelboim en “Un Muchacho del Siglo Veinte” escribió: “Un compañero nortino del Central entró de súbito, anunciando que había llegado la noticia de una matanza en Copiapó y Vallenar: la represión no cesaba… El relato del compañero nortino, que entró sin aviso en aquella noche de Pascua a la casa, era enredado y tremendo. Detalló la provocación. Un plan sintético para asaltar el batallón del Regimiento Esmeralda de Antofagasta apostado en Copiapó, a fin de atribuirlo a los comunistas que pretendían establecer en Chile el régimen proletario. Tramaron el asalto jefes de carabineros, que dirigieron a los conspiradores. Embaucaron a dos o tres entre los pobres y trataron de comprometer al doctor Osvaldo Quijada Cerda, un intelectual con simpatías marxistas… Así a las dos de la mañana del 25 de diciembre, dos grupos llegaron hasta la guarnición. Un soldado les abrió la puerta. Entraron y los recibieron amablemente con fuego de artillería. Por orden del capitán Villouta detuvieron a varios ‘conspiradores’ y los mataron. Se inventó una batalla. En aquella noche se calcula que fueron disparados entre 6 a 8 mil tiros de fusiles y ametralladoras… Seguir leyendo Navidad trágica: la matanza de comunistas en Vallenar.

De las Jornadas de Julio al golpe de Estado de Kornílov: el Estado y la revolución de Lenin

por Barry Grey //

Estamos publicando aquí el texto de la conferencia pronunciada el 14 de octubre por Barry Grey, editor nacional de Estados Unidos del World Socialist Web Site. Esta es la primera conferencia en línea de la segunda parte de la serie presentada por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional para marcar el centenario de la Revolución Rusa de 1917. Seguir leyendo De las Jornadas de Julio al golpe de Estado de Kornílov: el Estado y la revolución de Lenin

Argentina: se abre un debate en la izquierda revolucionaria.

TEXTO DE DISCUSION SOBRE SITUACION NACIONAL

  • Este texto trata de recoger una discusión con un amplio grupo de compañeros de nuestro grupo y no cuyo disparador del mismo fue el resultado electoral del pasado 22 de octubre (elecciones parlamentarias, de medio término, en la Argentina). El grupo SOCIALISMO REVOLUCIONARIO aportó al mismo su declaración política previa a dicho evento electoral (ver anexo). Lo que sigue son apuntes tomados con el objetivo de aportar a la continuidad del debate y de la acción política. Tienen la posibilidad del error o la omisión de quizás no poder recoger a fondo muchas intervenciones. Pero el valor creemos de sin intentar ser “un documento nacional” ni mucho menos, de un texto que permita desarrollar la discusión. Es en este sentido que nos proponemos (y proponemos) encarar en los próximos meses un estudio y debate sobre distintos temas como ser un análisis de la realidad económica de argentina ligada a la mundial y la no menos importante discusión sobre la organización de los revolucionarios, a la cal podríamos definir como la discusión del “partido”. Queremos hacerlo colectivamente y a esta discusión como las venideras te invitamos abiertamente

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Piñera, la bancarrota del reformismo burgués y las tareas de la izquierda

por Gustavo Burgos //

El triunfo de Piñera en la pasada elección presidencial debe ser considerado una derrota transitoria para los trabajadores. La burguesía ha logrado pasar a la ofensiva, ha retomado la iniciativa política y movilizado a todas las fuerzas de la reacción en defensa de su posición dentro del régimen. Seguir leyendo Piñera, la bancarrota del reformismo burgués y las tareas de la izquierda

Cómo la Revolución Bolchevique salvó el arte vanguardista

por Paul Mitchell // 

La exposición “Rusia Radical” en Norwich es un asunto pequeño en comparación con algunos shows exitosos que marcan el centenario de la Revolución de octubre de 1917 que se han organizado en Londres y mundialmente. Pero eso no debería desalentar a nadie que quiera ir. Seguir leyendo Cómo la Revolución Bolchevique salvó el arte vanguardista

El movimiento trotskista internacional y las revoluciones de posguerra: un análisis de sus (re) lecturas teóricas y programáticas (1944-63)

por Marcio Lauria Monteiro

La Cuarta Internacional fue fundada en 1938 por León Trotsky, luego del abandono de la condición de la fracción externa que la Oposición de Izquierda Internacional mantuvo ante la Comintern hasta 1933 y su opción de tornarse un nuevo partido internacional. Mas, desde su fundación, ella se encontraba bastante frágil, una vez que prácticamente toda la dirección de la antigua Oposición fuera asesinada por los stalinistas a lo largo de la década de 1930, teniendo León Trotski el mismo destino en 1940. Así, sumando un frágil liderazgo a las duras condiciones impuestas por la Segunda Guerra Mundial, la nueva internacional, en la práctica, dejó de existir durante el comienzo de los años 1940, viniendo a ser reorganizada entre los años 1944-48, a partir de la suma de los esfuerzos de una nueva generación de jóvenes militantes europeos con los del liderazgo del Socialist Workers Party (SWP) de los EEUU y otros veteranos. Seguir leyendo El movimiento trotskista internacional y las revoluciones de posguerra: un análisis de sus (re) lecturas teóricas y programáticas (1944-63)

Entrevista a Juan Dal Maso: “Gramsci es un autor que es de todo el mundo”

 

por Brais Fernández y Victor de la Fuente

Juan Dal Maso es autor de un libro titulado El marxismo de Gramsci, públicado originalmente en Argentina y recién publicado en España. Lo entrevistamos a raíz de la presentación de su libro en Madrid Seguir leyendo Entrevista a Juan Dal Maso: “Gramsci es un autor que es de todo el mundo”

Y ahora ¿por quién votar?

por Osvaldo Costa

Tenemos una contienda entre los dos perdedores de la primera vuelta. Mientras, el conglomerado perdedor de la primera vuelta, ha quedado como el gran triunfador y toma distancia señalando que no da lo mismo quien gane, que Piñera es un retroceso, pero que no apoya explícitamente a Guiller, dejando en libertad de acción a sus bases para votar en conciencia. Una propuesta que tras su aparente novedad, muestra la misma política que aplicó sistemáticamente el PC durante la mal llamada transición. Todo ha cambiado para que no cambie nada. Seguir leyendo Y ahora ¿por quién votar?

La Revolución de Octubre y la guerra de las interpretaciones

por Pepe Gutiérrez-Álvarez //

1. Introducción

Estas notas se inscriben en el espacio de la “gran derrota” del “desafío soviético”, pero también en el inicio de una nueva coyuntura en la que el “pensamiento único” sobre Octubre del 17 está siendo contestado, de una réplica que se está manifestando en la propia amplitud que el centenario está logrando en muchas partes. De alguna manera, este combate por la historia está resultando como una reedición de otras “resurrecciones”, solamente que esta vez el pozo de la derrota ha sido infinitamente mayor. También sucede que después de todo lo que ha caído, la explicación del siglo ha perdido en homogeneidad y ha ganado, si acaso, en matiz, ahora ya no solamente hay debate entre las escuelas, es que cada escuela representa puntos de mira bastante diversificados Seguir leyendo La Revolución de Octubre y la guerra de las interpretaciones

Marx y la Revolución Francesa: la “poesía del pasado”

por Michael Lowy//

Mientras que el film de Raoul Peck sobre el joven Marx está en las salas en este momento (ver, por ejemplo, https://www.elconfidencial.com/cultura/2017-02-13/karl-marx-berlinale-pelicula_1330238/, ndr) , merece la pena interrogarse sobre la relación de Marx con la revolución, y en particular con la Revolución Francesa. Según Michael Löwy, Marx quedó literalmente fascinado por la Revolución Francesa, como otros muchos intelectuales alemanes de su generación; aquella era a sus ojos, sencillamente, la revolución por excelencia –o más precisamente- “la revolución más gigantesca (“Kolossalste”)” que haya conocido la historia”[1].

Se sabe que en 1844, había tenido la intención de escribir un libro sobre la Revolución Francesa, a partir de historia de la Convención. Desde 1843, había empezado a consultar las obras, a tomar notas, a despellejar los periódicos y las colecciones. En primer lugar son sobre todo las obras alemanas, -Karl Friederich Ernst Ludwig y Wilhelm Wachsmuth- pero a continuación predominaron los libros franceses, especialmente las memorias del miembro de la C Levasseur, cuyos extractos llenan varias páginas del cuaderno de notas de Marx redactado en París en 1844. Además de esos carnets (reproducidospor Maximilien Rubel en el volumen III de las Obras en la Pléiäde), las referencias citadas en estos artículos o estos libros atestiguan la amplia bibliografía consultada: L’Histoire parlementaire de la Révolution française, de Buchez et Roux, L’Histoire de la Révolution française, de Louis Blanc, las de Carlyle, Mignet, Thiers, Cabet, los textos de Camille Desmoulin, Robespierre, Saint-Just, Marat, etc. Se puede encontrar una relación parcial de esa bibliografía en el artículo de Jean Bruhat sobre Marx et la Révolution française ”, publicado en los ” Annales historiques de la Révolution française ”, en abril-junio de 1966.

El triunfo de un nuevo sistema social

El proyecto de libro sobre la Convención no se realizó pero se encuentran, dispersas en sus escritos a lo largo de toda su vida, múltiples observaciones, análisis, excursiones historiográficas y esbozos interpretativos sobre la Revolución Francesa. Ese conjunto está lejos de ser homogéneo: se muestran cambios, reorientaciones, dudas y a veces contradicciones en su lectura de los acontecimientos. Pero se pueden desprender también algunas líneas de fuerza que permiten definir la esencia del fenómeno –y que van a inspirar toda la historiografía socialista a lo largo de un siglo y medio.

Esta definición parte, se sabe, de un análisis crítico de los resultados del proceso revolucionario: desde este punto de vista, se trata para Marx, sin ninguna sombra de duda, de una revolución burguesa. Esta idea no era, en si misma, nueva: la novedad de Marx ha sido la de fusionar la crítica comunista de los límites de la Revolución Francesa (desde Babeuf y Buonarroti hasta Mosses Hess) con su análisis de clase por los historiadores de la época de la Restauración (Mignet, Thiers, Thierry, etc.) y situar el todo en el marco de la historia mundial, gracias a su método histórico materialista. Resulta de ello una visión de conjunto, amplia y coherente, del paisaje revolucionario francés, que hace destacar la lógica profunda de los acontecimientos más allá de los múltiples detalles de los episodios heroicos o crapulosos, de los retrocesos y avances. Una visión crítica y desmitificadora que desvela la victoria de un interés de clase, el interés de la burguesía. Como señala en un pasaje brillante e irónico de La Santa Familia (1845), que en un rasgo de pluma se apodera del hilo rojo de la historia: La potencia de este interés fue tal que venció la pluma de un Marat, la guillotina de los hombres del terror, la espada de Napoleón, así como el crucifijo y la sangre azul de los Borbones[2].

En realidad, la victoria de esta clase fue, al mismo tiempo, la llegada de una nueva civilización, de nuevos procesos de producción, de nuevos valores, no sólo económicos sino también sociales y culturales –en resumen, de un nuevo modo de vida. Reuniendo en un parágrafo la significación histórica de las revoluciones de 1848 y 1789 (pero sus observaciones son más pertinentes para la última que para la primera), Marx observa, en un artículo de la Nueva Gaceta Renana en 1848: Ellas eran el triunfo de la burguesía, pero el triunfo de la burguesía era entonces el triunfo de un nuevo sistema social, la victoria de la propiedad burguesa sobre la propiedad feudal, del sentimiento nacional sobre el provincialismo, de la competencia sobre el corporativismo, del reparto sobre el mayorazgo, (…) de las luces sobre la superstición, de la familia sobre el nombre, de la industria sobre la pereza heroica, del derecho burgués sobre los privilegios medievales.”[3]

Por supuesto, este análisis marxiano sobre el carácter –en último análisis- burgués de la Revolución Francesa no era un ejercicio académico de historiografía: tenía un objetivo político preciso. Tendía, desmitificando 1789, a mostrar la necesidad de una nueva revolución, la revolución social –la que denomina, en 1844, “la emancipación humana” (en oposición a la emancipación únicamente política) y, en 1846, como la revolución comunista.

Una de las características principales que distinguirán esta nueva revolución de la Revolución Francesa de 1789-1794 será, según Marx, su “anti-estatismo”, su ruptura con el aparato burocrático alienado del Estado. Hasta aquí, todas las revoluciones han perfeccionado esta máquina en lugar de romperla. Los partidos que lucharán sucesivamente por el poder consideran la conquista de este inmenso edificio de Estado como la principal presa del vencedor”.

Presentando su análisis en El Dieciocho Brumario, observa -de forma análoga que Tocqueville- que la Revolución Francesa no ha hecho más que desarrollar la obra iniciada por la monarquía absoluta: la centralización, (…) la extensión, los atributos y los ejecutantes del poder gubernamental. Napoleón acabó de perfeccionar esta maquinaria de Estado”.

Sin embargo, durante la monarquía absoluta, la revolución y el Primer Imperio, ese aparato no ha sido más que un medio para preparar la dominación de clases de la burguesía, que se ejercerá más directamente sobre Louis-Philippe y la República de 1848… A fin de dejar lugar para lo nuevo, la autonomía de lo político durante el Segundo Imperio -cuando el Estado parece haberse hecho “completamente independiente”. En otros términos: el aparato estatal sirve a los intereses de clase de la burguesía sin estar necesariamente bajo su control directo. Según Marx, no tocar al fundamento de esta máquina parasitaria y alienada es una de las limitaciones burguesas más decisivas de la Revolución Francesa.

Como se sabe, esa idea esbozada en 1862 será desarrollada en 1871 en sus escritos sobre la Comuna -primer ejemplo de revolución proletaria que rompe el aparato de Estado y acaba con esta “boa constrictor” que amordaza el cuerpo social en las mallas universales de su burocracia, de su policía, de su ejército permanente”. La Revolución Francesa, por su carácter burgués, no podía emancipar a la sociedad de esa “excrecencia parasitaria”, de este “alboroto de gusano de Estado”, de ese “enorme parásito gubernamental[4].

Las tentativas recientes de los historiadores revisionistas para “sobrepasar” el análisis marxiano de la Revolución Francesa conducen generalmente a una regresión hacia las interpretaciones más antiguas, liberales o especulativas. Se confirma así la profunda observación de Sartre: el marxismo es el horizonte insuperable de nuestra época y los intentos para ir “más allá” de Marx acaban a menudo por caer por abajo de él. Se puede ilustrar esa paradoja por el enfoque del representante más talentoso y más inteligente de esa escuela, François Furet, que no encuentra otros caminos para sobrepasar a Marx que la vuelta a Hegel. Según Furet, el idealismo hegeliano se preocupa infinitamente más de los datos concretos de la historia de Francia del siglo XVIII que el materialismo de Marx”.

¿Cuales son, pues, esos “datos concretos” infinitamente más importantes que las relaciones de producción y la lucha de clases? Se trata del “largo trabajo del espíritu en la historia..” Gracias a él (el espíritu con una E mayúscula), podemos al fin entender la verdadera naturaleza de la Revolución Francesa: más que el triunfo de una clase social, la burguesía, es la afirmación de la conciencia de si como voluntad libre, coextensiva con lo universal, transparente a ella misma, reconciliada con el ser”.

Esa lectura hegeliana de los acontecimientos conduce a Furet a la curiosa conclusión de que la Revolución Francesa ha conducido a un “fracaso”, del que sería necesario buscar la causa en un “error”: querer deducir lo político de lo social”.El responsable de este “fracaso” sería, en último análisis… Jean-Jacques Rousseau. El error de Rousseau y de la Revolución Francesa se contienen en el intento de afirmar el antecedente de lo social sobre el Estado”. En revancha, Hegel había entendido perfectamente que solo a través del Estado, esta forma superior de la historia, la sociedad se organiza según la razón”. Es una interpretación posible de las contradicciones de la Revolución Francesa, ¿pero es ella verdaderamente infinitamente más concreta que la esbozada por Marx?[5].

¿Cuál fue el papel de la clase burguesa?

Queda por saber en qué medida esta revolución burguesa fue efectivamente conducida, impulsada y dirigida por la burguesía. En algunos textos de Marx se encuentran verdaderos himnos a la gloria de la burguesía revolucionaria francesa de 1789; se trata casi siempre de escritos que la comparan con su equivalente social al lado del Rin, la burguesía alemana del siglo XVIII.

Desde 1844 lamenta la inexistencia en Alemania de una clase burguesa provista de “esa grandeza de alma que se identifica, aunque no fuese más que un momento, al alma del pueblo, de este genio que se inspira a la fuerza material el entusiasmo por la potencia política, de esa osadía revolucionaria que lanza al aniversario en forma de desafío: no soy nada y debería ser todo”.[6]

En sus artículos escritos durante la revolución de 1848 no cesa de denunciar la “bajeza” y la “traición” de la burguesía alemana, comparándola con el glorioso paradigma francés: “La burguesía prusiana no era la burguesía francesa de 1789, la clase que, frente a los representantes de la antigua sociedad, de la realeza y de la nobleza, encarnaba ella sola toda la sociedad moderna. Estaba degradada al rango de una especie de casta (…) inclinada desde el inicio a traicionar al pueblo y a intentar compromisos con el representante coronado de la antigua sociedad” [7].

En otro artículo de la Nueva Gaceta Renana (julio de 1848), examina de forma más detallada ese contraste: “la burguesía francesa de 1789 no abandonará ni un instante a sus aliados, los campesinos. Sabía que la base de su dominación era la deconstrucción de la feudalidad en el campo, la creación de una clase campesina libre, poseedora de tierras. La burguesía de 1848 traicionó sin dudar a los campesinos, que son sus aliados más naturales, la carne de su carne y sin los que ella es impotente frente a la nobleza”[8].

Esta celebración de las virtudes revolucionarias de la burguesía francesa va a inspirar más tarde (sobre todo en el siglo XX) a toda una visión lineal y mecánica del progreso histórico entre algunas corrientes marxistas. Hablaremos de ello más adelante,

Leyendo estos textos, se tiene a veces la impresión de que Marx exalta a la burguesía revolucionaria de 1789 para estigmatizar mejor a su “miserable” contrapartida alemana de 1848. Esta impresión es confirmada por los textos un poco anteriores a 1848, en los que el papel de la burguesía francesa se presenta mucho menos heroico. Por ejemplo, en La Ideología Alemanaobserva que, en relación con la decisión de los Estados Generales de proclamarse como Asamblea soberana: “La Asamblea Ncional se vio forzada a hacer ese paso hacia adelante. empujada por la masa innumerable que tras de sí”[9].

En un artículo de 1847, afirma en relación con la abolición revolucionaria de los vestigios feudales en 1789-1794: “Timorata y conciliadora como es, la burguesía no llegó hasta esa tarea ni en varios decenios. Por consiguiente, la acción sangrante del pueblo solo le ha preparado los caminos”[10].

Si el análisis marxiano del carácter burgués de revolución es de una notable colegado y claridad, no se puede decir lo mismo de sus intentos de interpretar el jacobinismo, el Terror, 1793. Confrontado al misterio jacobino, Marx duda. Esa duda es visible en las variaciones de un período a otro, de un texto a otro e incluso a veces en el interior de un mismo documento… Todas las hipótesis que avanza no son del mismo interés. Algunas, bastante extremas -y por otra parte mutuamente contradictorias-, son poco conviencentes. Por ejemplo, en un pasaje de La Ideología Alemana, ¡presenta al Terror como la puesta en práctica del “liberalismo enérgico de la burguesía”! Sin embargo, algunas páginas antes, Robespierre y Saint-Just son definidos como los “auténticos representantes de las fuerzas revolucionairas: la masa ‘innumerable’”[11].

Esta última hipótesis se sugiere otra vez en un pasaje del artículo contra Karl Heinzen, de 1847: si, “como en 1794, (…) el proletariado derroca la dominación política de la burguesía”antes que estén dadas las condiciones políticas de su poder, su victoria “solo será pasajera” y servirá, en último término, a la misma revolución burguesa[12]. La formulación es indirecta y la referencia a la Revolución Francesa solo se hace de pasada, a la vista de un debate político actual, pero resulta sin embargo sorprendente que Marx haya podido considerar los acontecimientos de 1794 como una “victoria del proletariado”.

Otras interpretaciones son más pertinentes y pueden ser consideradas como recíprocamente complementarias:

a) El Terror es un momento de autonomía de lo político que entra en conflicto violento con la sociedad burguesa. El “locus classicus” de esta hipótesis es un pasaje de La Cuestión Judía (1844): “Evidentemente en las épocas en las que el Estado político como tal nace violentamente de la sociedad burguesa (…) el Estado puede y debe ir hasta la supresión de la religión (…) pero únicamente como va hasta la supresión de la propiedad privada, al máximo, a la confiscación, al impuesto progresivo, a la supresión de la vida, a la guillotina. (…) La vida política busca ahogar sus condiciones primordiales, la sociedad burguesa y sus elementos para erigirse en vía genética verdadera y absoluta del hombre. Pero ella solo puede alcanzar este fin poniéndose en contradicción violenta con sus propias condiciones de existencia, declarando la revolución en estado permanente; también el drama político se termina necesariamente por la restauración de todos los elementos de la sociedad burguesa”[13].

El jacobinismo parece bajo este ángulo como un vano intento y necesariamente abortado de afrontar la sociedad burguesa a partir del Estado de forma estrictamente política.

b) Los hombres del Terror –”Robespierre, Saint-Just y su partido”- han sido victimas de una ilusión: han confundido la antigua república romana con el Estado representativo moderno. Atrapados en una contradicción insoluble, han querido sacrificar la sociedad burguesa “a una forma antigua de vida política”. Esta idea, desarrollada en La Santa Familia, implica como hipótesis anterior, un período histórico de exasperación y de autonomización de lo político. Conduce a la conclusión, un poco sorprendente, de que Napoleón es el heredero del jacobinismo; ha representado “la última batalla del terrorismo revolucionario contra la sociedad burguesa, proclamada ella también por la revolución, y contra su política”. Es cierto que “no tenía nada de un terrorista exaltado”; sin embargo, “consideraba todavía al Estado como un fin en si y a la sociedad civil únicamente como su tesorero y subalterno, que debía renunciar a toda voluntad propia. Realizó el terrorismo al reemplazar a la revolución permanente por la guerra permanente”[14].

Se reencuentra esta tesis en El Dieciocho Brumario (1852), pero esta vez Marx insiste sobre el engaño de la razón que hace de los jacobinos (y de Bonaparte) los parteros de esa misma sociedad burguesa a la que despreciaban:“Camille Desmoulin, Danton, Robespierre, Saint-Just, Napoleón, los héroes, así como los partidos y la masa cumplieron en la antigua Revolución Francesa el traje romano, y con la fraseología romana, la tarea de su época, a saber la liberación y la instauración de la sociedad burguesa moderna. (…) Una vez establecida la nueva sociedad, desaparecieron los colosos antediluvianos y, con ellos, la resucitada Roma: los Brutus, los Gracchus, los Publicola, los tribunos, los senadores y el mismo César. La sociedad burguesa, en su sobre-realidad, se había creado sus verdaderos interpretes y portavoces en la persona de los Say, los Cousin, los Royer-Collard, los Benjamin Constant y los Guzot”[15].

Robespierre y Napoleón, ¿un mismo combate? La fórmula es discutible. Se encontraba ya bajo la pluma de liberales tales como Madame de Staël que describía a Napoleón como un “Robespierre a caballo”.En Marx, en todo caso, se muestra el rechazo de toda filiación directa entre jacobinismo y socialismo. Sin embargo, se tiene la impresión que ello procede menos de una crítica del jacobinismo (como en Daniel Guérin un siglo más tarde) que de una cierta “idealización” del hombre del Dieciocho Brumario, considerado por Marx- de acuerdo con una tradición de la izquierda renana (por ejemplo Heine)- como el continuador de la Revolución Francesa.

c) El Terror ha sido un método plebeyo de acabar de forma radical con los vestigios feudales y en este sentido ha sido funcional para la llegada de la sociedad burguesa. Esta hipótesis se sugiere en varios escritos, especialmente el artículo sobre “La burguesía y la contrarrevolución” de 1848. Analizando el comportamiento de las capas populares urbanas (“el proletariado y las otras categorías sociales que no pertenecen a la burguesía”), Marx afirma:“Incluso cuando se oponían a la burguesía, como por ejemplo de 1793 a 1794 en Francia, solo luchaban para hacer triunfar los intereses de la burguesía, aunque eso no fuere a su manera. Todo el Terror en Francia no fue otra cosa que un métodoplebeyo de acabar con los enemigos de la burguesía, el absolutismo, el feudalismo y el espíritu pequeño-burgués”[16].

La ventaja evidente de este análisis era la de integrar los acontecimientos de 1793-1794 en la lógica de conjunto de la Revolución Francesa -la llegada de la sociedad burguesa. Utilizando el método dialéctico, Marx muestra que los aspectos “antiburgueses” del Terror solo han servido, en último término, para asegurar mejor el triunfo social y político de la burguesía.

El marxismo y el jacobinismo

Los tres aspectos puestos en evidencia por estas tres líneas interpretativas del jacobinismo –la hipertrofia de lo político en lucha contra la sociedad burguesa, la ilusión de volver a la República antigua y el papel de instrumento plebeyo al servicio de los intereses objetivos de la burguesía- son completamente compatibles y permiten comprender diferentes facetas de la realidad histórica.

Sin embargo nos encontramos perplejos por dos aspectos: por una parte, por la importancia un poco excesiva que atribuye Marx a la ilusión romana como clave explicativa del comportamiento de los Jacobinos. Tanto más que una de las exigencias del materialismo histórico es la de explicar las ideologías y las ilusiones por la posición y los intereses de las clases sociales… Pero, no hay en Marx (o en Engels) un intento, ni siquiera aproximativo, de definir la naturaleza de clase del jacobinismo. No faltan análisis de clases en sus escritos sobre la Revolución Francesa: se examina el papel de la aristocracia, del clero, de la burguesía, de los campesinos, de la plebe urbana e incluso del “proletariado” (concepto un poco anacrónico en la Francia del siglo XVIII). Pero el jacobinismo permanece suspendido en el aire, en el cielo de la política “antigua” -o asociado de forma un poco rápida al conjunto de las clases plebeyas, no burguesas.

Si en las obras sobre la revolución de 1848-1852 Marx no duda en calificar a los herederos modernos de la Montagne como “demócratas pequeño-burgueses”, es muy raro que extienda esa definición social a los Jacobinos de 1793. Uno de los únicos pasajes donde ello se sugiere se encuentra en la circular de marzo de 1850 a la Liga de los Comunistas. “De la misma forma que en la primera Revolución Francesa, los pequeño-burgueses dieron las tierras feudales a los campesinos como libre propiedad, es decir que quisieron (…) favorecer a una clase campesina pequeño-burguesa para que cumpliese el mismo ciclo de pauperización y de endeudamiento en el que está actualmente encerrado el campesino francés”[17].

Pero se trata de nuevo de una observación “de pasada”, en la que los jacobinos no son ni explícitamente designados. Es un hecho curioso, pero hay muy pocos elementos en Marx (o Engels) para un análisis de clase de las contradicciones del jacobinismo –como por ejemplo la de Daniel Guérin, según la cual el partido jacobino era “a la vez pequeño-burgués en la cabeza y popular en la base”[18].

En todo caso, una cosa está clara: a sus ojos, 1793 no era de ninguna forma un paradigma para la futura revolución proletaria. Cualquiera que fuese su admiración por la grandeza histórica y la energía revolucionaria de un Robespierre o de un Saint-Just, el jacobinismo es expresamente rechazado como modelo o fuente de inspiración de la praxis revolucionaria socialista. Ello aparece desde los primeros textos comunistas de 1844, que oponen la emancipación social a los callejones sin salida e ilusiones del voluntarismo político de los hombres del terror.

Pero es en el curso de los años 1848-1852, en los escritos sobre Francia, cuando Marx va a denunciar, con la mayor insistencia, la “superstición tradicional en 1793”, a los “pedantes de la vieja tradición de 1793”, las “ilusiones de los republicanos de la tradición de 1793”, y todos los que “quedan fascinados con el opio de los sentimientos y de las fórmulas patrióticas de 1793”. Razonamientos que le conducen a la célebre conclusión formulada en El Dieciocho Brumario: “La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino únicamente del futuro. No puede comenzar con ella misma antes de haber liquidado completamente toda superstición respecto al pasado”[19].

Esta es una afirmación muy discutible –la Comuna de 1793 ha inspirado a la de 1871 y ésta, a su vez, ha alimentado Octubre de 1917-, pero ella manifiesta la hostilidad de Marx a todo resurgimiento del jacobinismo en el movimiento proletario.

Ello no significa de ninguna forma que Marx no perciba, en el seno de la Revolución Francesa, los personajes, los grupos y los movimientos precursores del socialismo. En un pasaje muy conocido de La Santa Familia, analiza rápidamente a los principales precursores de esta tendencia: “El movimiento revolucionario que empezó en 1789 en el círculo social, que, en medio de su carrera, tuvo como principales representantes a Leclerc y Roux y acabó por sucumbir provisionalmente con la conspiración de Babeuf, había hecho germinar la idea comunista que el amigo de Babeuf, Buonarroti, reintrodujo en Francia después de la revolución de 1830. Esta idea, desarrollada consecuentemente, es la idea del nuevo estado del mundo”[20].

Curiosamente, Marx no parece interesarse más que en la idea comunista, y no presta mucha atención al movimiento social, a la lucha de clases en el interior del Tercer Estado. Por otra parte, no se ocupará más, en sus escritos posteriores, de esos “gérmenes comunistas” de la Revolución Francesa (con excepción de Babeuf) y no intentará nunca estudiar los enfrentamientos de clases entre burgueses y “brazos desnudos” en el curso de la revolución. En el viejo Engels (en 1889), se encuentran algunas referencias rápidas al conflicto entre la Comuna (Hébert, Chaumette) y el Comité de Salud Pública (Robespierre), pero no es cuestión de la corriente “rabiosa” representada por Jacques Roux[21].

Entre esas figuras de precursores, Babeuf es pues el único que parece realmente importante a los ojos de Marx y de Engels, que se refieren a él en varias ocasiones. Por ejemplo, en el artículo contra Heinzen (1847), Marx observa: “La primera aparición de un partido comunista realmente activo se encuentra en el marco de la revolución burguesa, en el momento en el que la monarquía constitucional es suprimida. Los republicanos más consecuentes, en Inglaterra los Niveladores, en Francia Babeuf, Buonarroti, son los primeros en proclamar estas cuestiones sociales. La conspiración de Babeuf, descrita por su amigo y compañero Buonarroti, muestra como estos republicanos han extraído del movimiento de la historia la idea de que eliminando la cuestión social de la monarquía o la república, todavía no se resolvía la menor cuestión social en el sentido del proletariado”.

Por otra parte, la frase, en el Manifiesto Comunista, que describe “los primeros intentos del proletariado para imponer directamente su propio poder de clase -intentos que han tenido lugar “en el período de derrocamiento de la sociedad feudal”- se refiere también a Babeuf [22] (explícitamente mencionado en este contexto). Este interés es comprensible, en la medida en que varias corrientes comunistas en la Francia de antes de 1848 estuvieron más o menos directamente inspiradas por el babuvismo. Pero la cuestión de los movimientos “sans-culottes” (populares) anti-burgueses –y más avanzados que los jacobinos- de los años 1793-1794 fue poco abordada por Marx (o Engels).

¿Una revolución permanente?

¿Se puede decir en estas condiciones que Marx percibió, en la Revolución Francesa, no solo la revolución burguesa sino también una dinámica de revolución permanente, en embrión de revolución “proletaria” que desbordaría el marco estrictamente burgués? Si y no…

Es cierto, como hemos visto más arriba, que Marx utiliza en 1843-1844 el término “revolución permanente” para designar la política del Terror. Daniel Guérin interpreta esta fórmula en el sentido de su propia interpretación de la Revolución Francesa: “Marx empleó la expresión de revolución permanente en relación con la Revolución Francesa. Mostró que el movimiento revolucionario de 1793 intentó (durante un momento) sobrepasar los límites de la revolución burguesa” [23].

Sin embargo, el sentido de la expresión de Marx (en La Cuestión Judía) no es del todo idéntico al que le atribuye Guérin: la “revolución permanente” no designa en ese momento a un movimiento social, semi-proletario, que intenta desarrollar la lucha de clases contra la burguesía -desbordando el poder jacobino-, sino una vana tentativa de la “vida política” (encarnada por los jacobinos) para emanciparse de la sociedad civil/burguesa y suprimir a ésta por la guillotina. La comparación que esboza Marx un año más tarde (La Santa Familia) entre Robespierre y Napoleón, atribuyendo a este último “realizar el Terror reemplazando la revolución permanente por la guerra permanente”, ilustra bien la distancia entre esta fórmula y la idea de un germen de revolución proletaria.

El otro ejemplo que da Guérin en el mismo parágrafo es un artículo de 1849 en el que Engels indica la “revolución permanente” como uno de los rasgos característicos del “glorioso año 1793”. Sin embargo, en ese artículo, Engels cita como ejemplo contemporáneo de esa “revolución permanente” el levantamiento nacional-popular húngaro de 1848 dirigido por Lajos Kossuth, “que era para su nación Danton y Carnot en una sola persona”. Es evidente que para Engels ese término era simplemente sinónimo de movilización revolucionaria del pueblo y no tenía de ninguna forma el sentido de una transcrecimiento socialista de la revolución[24].

Estas observaciones no tienen por objetivo criticar a Daniel Guérin, sino al contrario, a poner de relieve la profunda originalidad de su análisis: no ha desarrollado simplemente las indicaciones ya presentes en Marx y Engels, sino que ha formulado, utilizando el método marxista, una nueva interpretación, que pone en evidencia la dinámica “permanentista” del movimiento revolucionario de los “brazos desnudos” en 1793-1794.

Dicho esto no hay duda que la expresión “revolución permanente” está estrechamente asociada, en Marx (y Engels), a los recuerdos de la Revolución Francesa. Esta ligazón se sitúa a tres niveles:

-El origen inmediato de la fórmula remite probablemente al hecho de que los clubs revolucionarios se declaraban frecuentemente como asamblea “en permanencia”. Esta expresión aparece por otra parte en uno de los libros alemanes sobre la revolución que Marx había leído en 1843-1844[25].

-La expresión implica también la idea de un avance ininterrumpido de la revolución, de la monarquía a la constitucional, de la república girondina a la jacobina, etc.

-En el contexto de los artículos de 1843-1844, sugiere una tendencia de la revolución política (en su forma jacobina) a convertirse en un fin en si y a entrar en conflicto con la sociedad civil/burguesa.

En revancha, la idea de revolución permanente en sentido fuerte -el del marxismo revolucionario del siglo XX- aparece en Marx por primera vez en 1844, en relación con Alemania. En el artículo Contribuciones a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, constata la incapacidad de la burguesía alemana de cumplir su papel revolucionario: en el momento en que se pone en lucha contra la realeza y la nobleza, “el proletariado está ya comprometido en el combate contra el burgués. Apenas la clase media osa concebir, desde su punto de vista, el pensamiento de su emancipación, que ya la evolución de las condiciones sociales y el progreso de la teoría política declaran caducado ese punto de vista, o al menos problemático”.

Se deduce que en Alemania, “eso no es la revolución radical, la emancipación universalmente humana que es (…) un sueño utópico; es más bien la revolución parcial, la revolución puramente política, la revolución que deja subsistir los pilares de la casa”. En otros términos: “En Francia, la emancipación parcial es el fundamento de la emancipación universal. En Alemania, la emancipación universal es la condición sine qua non de toda emancipación parcial”[26].

Es pues en oposición al modelo “puramente político”, “parcial”, de la Revolución Francesa que se esboza, en un lenguaje todavía filosófico la idea de que la revolución socialista deberá, en algunos países, cumplir las tareas históricas de la revolución democrático-burguesa.

Es solo en marzo de 1850, en la circular a la Liga de los Comunistas, que Marx y Engels van a fusionar la expresión francesa con la idea alemana, la fórmula inspirada por la revolución de 1789-1794 con la perspectiva de un transcrecimiento proletario de la revolución democrática (alemana): “Mientras que los pequeño-burgueses democráticos quieren terminar rápidamente la revolución (…) es nuestro interés y nuestro deber de hacer la revolución permanente, hasta que todas las clases más o menos poseedoras hayan sido expulsadas del poder, que el proletariado haya conquistado el poder público en los principales países del mundo y concentrado en sus manos las fuerzas productivas decisivas”[27].

Es en este documento en el que la expresión “revolución permanente gana por primera vez el sentido que tendrá a continuación en el curso del siglo XX (especialmente en Trotski). En su nueva concepción, la fórmula guarda de su origen y del contexto histórico de la Revolución Francesa sobre todo el segundo aspecto citado: la idea de una progresión, de una radicalización y una profundización ininterrumpidas de la revolución. Se reencuentra también el aspecto de la confrontación con la sociedad civil/burguesa, pero contrariamente al aspecto jacobino de 1793 ella ya no es la obra terrorista (necesariamente destinada al fracaso) de la esfera política en tanto que tal -que intenta en vano atacar a la propiedad privada por la guillotina)- sino desde la misma sociedad civil, bajo la forma de revolución social (proletaria).

¿Qué legado?

¿Cuál es pues el legado de la Revolución Francesa para el marxismo del siglo XX? Como hemos visto, Marx pensaba que el proletariado socialista debía desembarazarse del pasado revolucionario del siglo XVIII. La tradición revolucionaria le parece un resultado esencialmente negativo: “La tradición de todas la generaciones muertas pesa como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos. E incluso cuando parecen ocupados en transformarse, ellos y las cosas, para crear alguna cosa completamente nueva, es precisamente en estas épocas de crisis revolucionarias que ellos llaman temerosamente a los espíritus del pasado para su rescate, que les prestan sus nombres, sus consignas, sus vestidos. (…) Las revoluciones anteriores tenían necesidad de reminiscencias históricas para disimularse a ellas mismas su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar a los muertos enterrar a sus muertos para realizar su propio objeto”[28].

Por supuesto, esta observación se sitúa en un contexto preciso, el de una polémica de Marx contra la “caricatura de Montagnede los años 1848-1852, pero presenta también un objetivo más general. Me parece que Marx tiene a la vez razón y se equivoca…

Tiene razón, en la medida en que los marxistas han querido a menudo inspirarse, en el curso del siglo XX, en el paradigma de la Revolución Francesa, con resultados bastante negativos. Es el caso, en primer lugar, del marxismo ruso, en sus dos grandes ramas:

Plejanov y los mencheviques -que creían que la burguesía democrática rusa iba a desempeñar en la lucha contra el zarismo el mismo papel revolucionario que la burguesía francesa desempeñó (según Marx) en la revolución de 1780. A partir de ese momento, el concepto de “burguesía revolucionariaentró en el vocabulario de los marxistas y se convirtió en un elemento clave en la elaboración de las estrategias políticas -ignorando la advertencia de Marx, en relación con Alemania (pero con indicaciones más generales): las clases burguesas que llegan demasiado tarde (es decir, que se encuentran ya amenazadas por el proletariado) no podrán tener una práctica revolucionaria consecuente.

Por supuesto, gracias al estalinismo el dogma de la burguesía democrático-revolucionaria (o nacional) y la idea de una repetición -en las nuevas condiciones- del paradigma de 1789 han sido componentes esenciales de la ideología del movimiento comunista en los países coloniales, semi-coloniales y dependientes, desde 1926, con nefastas consecuencias para las clases dominadas.

Lenin y los bolcheviques no tenían ilusiones sobre la burguesía liberal rusa, pero adoptaron, sobre todo antes de 1905, el jacobinismo como modelo político. De ahí resultaba una concepción frecuentemente autoritaria del partido, de la revolución y del poder revolucionario… Rosa Luxemburgo y León Trotski van a criticar –especialmente durante los años 1903-1905- ese paradigma jacobino, insistiendo sobre la diferencia esencial entre el espíritu, los métodos, las prácticas y las formas de organización marxistas y las de Robespierre y sus compañeros. Se puede considerar al Estado y la Revolución, de Lenin, como una superación de ese modelo jacobino.

Tratar a Stalin y a sus acólitos de herederos del jacobinismo sería demasiado injusto para los revolucionarios de 1793, y comparar el Terror del Comité de Salud Pública con el del GPU de los años 1930 es una absurdidad histórica evidente. En revancha, se puede observar la presencia de un elemento jacobino en un marxista tan sutil e innovador como Antonio Gramsci. Mientras que, en sus artículos de 1919 para Ordine Nuovo, proclamaba que el partido proletario no debe ser “un partido que se sirve de la masa para intentar una imitación heroica de los jacobinos franceses”,en sus Cuadernos de Prisión de los años 1930 se encuentra una visión bastante autoritaria del partido de vanguardia, presentado explícitamente como el heredero legítimo de la tradición de Maquiavelo y de los jacobinos[29].

A otro nivel me parece sin embargo que Marx se equivocaba al negar todo valor (para el combate socialista) a la tradición revolucionaria de 1789-1794. Su propio pensamiento es un excelente ejemplo de ello: la idea misma de revolución en sus escritos (y en los de Engels), como movimiento insurreccional de las clases dominadas que derroca un Estado opresor y un orden social injusto estuvo en muy amplia medida inspirada por esa tradición… De una forma más general, la gran Revolución Francesa forma parte de la memoria colectiva del pueblo trabajador -en Francia, en Europa y en el mundo entero- y constituye una de las fuentes vitales del pensamiento socialista, en todas sus variantes (comunismo y anarquismo incluidos). Contrariamente a lo que escribió Marx en El Dieciocho Brumario, sin “poesía del pasadono hay sueño de futuro…

En una cierta medida, el legado de la Revolución Francesa permanece, todavía hoy, vivo y actual, activo. Guarda alguna cosa de inacabada… Contiene una promesa todavía no realizada. Es el comienzo de un proceso que todavía no ha terminado. La mejor prueba la constituyen los intentos persistentes e insistentes de poner fin, una vez por todas, oficial y definitivamente, a la Revolución Francesa. Napoleón ha sido el primero en decretar, el Dieciocho Brumario, que la revolución había finalizado. Otros se han entregado, en el curso de los siglos, a este tipo de ejercicios, retomados hoy con un bello aplomo por François Furet. Sin embargo, ¿quién tendría en nuestros días la descabellada idea de declarar “terminada” la revolución inglesa de 1648? ¿O la revolución americana de 1788? ¿O la revolución de 1830? Si se obstinan de tal forma sobre la de 1789-1794 es porque es porque ella continúa manifestando sus efectos en el campo político y en la vida cultural, en el imaginario social y en las luchas ideológicas (en Francia y en otras partes).

¿Cuáles son los aspectos de este legado más dignos de interés? ¿Cuáles son los espíritus del pasado (Marx) que merecen ser evocados doscientos años después? ¿Cuáles son los elementos de la tradición revolucionaria de 1789-1794 que manifiestan más profundamente esa no finalización? Se podrían mencionar al menos cuatro, entre los más importantes:

1. La Revolución Francesa ha sido un momento privilegiado en la constitución del pueblo oprimido -la masa innumerable (Marx) de los explotados- como sujeto histórico, como actor de su propia liberación. En este sentido ella ha sido un paso gigantesco en lo que Ernst Bloch llama la “puesta en pie de la Humanidad” –un proceso histórico que todavía está lejos de finalizar… Por supuesto, se encuentran precedentes en los movimientos anteriores (la Guerra de los Campesinos del siglo XVI, la revolución inglesa del siglo XVII), pero ninguno alcanza la claridad, la fuerza política y moral, la vocación universal y osadía espiritual de la revolución de 1789-1794 -hasta esa época la más colosal (Marx) de todas ellas.

2. En el curso de la Revolución Francesa han aparecido movimientos sociales cuyas aspiraciones sobrepasaban los límites burgueses del proceso iniciado en 1789. Las principales fuerzas de ese movimiento –los brazos desnudos”, las mujeres republicanas, los rabiosos”, los Iguales y sus portavoces (Jacques Roux, Leclerc, etc.) han sido vencidas, aplastadas, guillotinadas. Su memoria -sistemáticamente borrada de la historia oficial- forma parte de la tradición de los oprimidos de la que hablaba Walter Benjamin, la tradición de los antepasados martirizados que alimenta el combate de hoy. Los trabajos de Daniel Guérin y Maurice Dommanget -dos marginales exteriores a la historiografía universitaria- han salvado del olvido a los “brazos desnudos” y los “rabiosos”, mientras que las investigaciones más recientes descubren poco a poco toda la riqueza de la “mitad escondida” del pueblo revolucionario: las mujeres.

3. La Revolución Francesa ha hecho germinar las ideas de un “nuevo estado del mundo”, las ideas comunistas (el “círculo social”, Babeuf, Sylvain Maréchal, François Bossel, etc.) y feministas (Olympe de Gouges, Théroigne de Méricourt). La explosión revolucionaria liberó sueños, imágenes de deseo y exigencias sociales radicales. En este sentido también es portadora de un futuro que permanece abierto e inacabado.

4. Los ideales de la Revolución Francesa -Libertad, Igualdad, Fraternidad, los Derechos del Hombre (especialmente en su versión de 1793), la soberanía del pueblo- contienen un “añadido utópico” (Ernst Bloch) que desborda el uso que ha hecho de los mismos la burguesía. Su realización efectiva exige la abolición del orden burgués. Como señala con fuerza visionaria Ernst Bloch,“libertad, igualdad, fraternidad, forman también parte de los compromisos que no fueron cumplidos, no están todavía resueltos, apagados”. Poseen “esa promesa y ese contenido utópico concreto de una promesa” que no será realizada más que por la revolución socialista y por la sociedad sin clases. En una palabra: “libertad, igualdad, fraternidad -la ortopedia tal como se ha intentado, de la marcha de pies, del orgullo humano- reenvía mucho más allá del horizonte burgués”[30].

Conclusión y moral de la Historia (con una H mayúscula): la Revolución Francesa de 1789-1794 solo ha sido un comienzo. El combate continúa.

Este texto ha sido publicado en la obra colectiva Permanence(s) de la Révolution, París, Éditions la Brèche, 1989. La transcripción y los antetítulos han sido realizados por el sitio Avanti4.be.

https://www.contretemps.eu/marx-revolution-francaise/


[1] K. Marx,”Die Deutsche Ideologie”, 1846, Berlin, Dietz Verlag, 1960, p. 92.

[2] K. Marx, “Die Heilige Familie”, 1845, Berlin, Dietz Verlag, 1953, p. 196.

[3] K. Marx, “La bourgeoisie et la contre-révolution”, 1848, en Marx et Engels,”Sur la Révolution française” (SRF), Messidor, 1985, p. 121. Además de ese compendio, preparado para las Editions Sociales por Claude Mainfroy, existe otro, que contiene únicamente los escritos de Marx (con una amplia introducción de F. Furet) reunidos por Lucien Calviez : “Marx et la Révolution française” (MRF), Flammarion, 1986. Los dos compendios son incompletos. Utilizo tanto el uno como el otro, y a veces el original alemán (especialmene para los textos que no figuran en ninguno de los compendios).

[4] K. Marx, “El Dieciocho Brumario”, citado en SRF, p. 148 ; – Id., “ La Guerrea Civil en Francia” (primero y segundo ensayo de redacción), citado en SRF, p. 187-192.

[5] F. Furet, “Marx et la Révolution française “, Flammarion, 1986, p. 81-84. Cf. p. 83 : ”Pero para afirmar la universalidad abstracta de la libertad, la Revolución ha debido proceder por una escisión entre sociedad civil y Estado, deduciendo, por así decir, lo político de lo social. Eso es su error, su fracaso, al mismo que el de las teorías del contrato, y especialmente de Rousseau.”

[6] K. Marx, “Introduction à la Contribution à la Critique de la Philosophie du Droit de Hegel”, 1944, NRF, p. 152.

[7] K. Marx, “ La bourgeoisie et la contre-révolution “, 1848, dans Marx et Engels, “ Sur la Révolution française” (SRF), Messidor, 1985, p. 123.

[8] K. Marx, “ Projet de Loi sur l’abrogation des charges féodales”, 1848, SRF, p. 107.

[9] K. Marx, “L’Idéologie allemande”, citado en NRF p. 187.

[10] K. Marx, “La critique moralisante et la morale critique (contre Karl Heinzen)”, NRF p. 207.

[11]K. Marx, “L’Idéologie allemande”, cité dans NRF p. 184 et 181.

[12] K. Marx, “La critique moralisante et la morale critique (contre Karl Heinzen”, SRF p. 90.

[13] K. Marx, “La Question Juive“, 1844, Oeuvres Philosophiques, Costes, 1934, p. 180-181. Volveré más abajo sobre el sentido que sería necesario atribuir en este contexto a la expresión “revolución en estado permanente”.

[14] K. Marx, “La Sainte-Famille”, 185, citado en NRF, p. 170-171.

[15] K. Marx, “Le Dix-Huit Brumaire de Louis Bonaparte”, 1852, citado en SRF p. 145-146.

[16] K. Marx, “La bourgeoisie et la contre-révolution”, 1848, en Marx y Engels, “Sur la Révolution française”, (SRF), Messidor, 1985, p. 121. Cf. también el artículo contra Karl Heinzen de 1847 : “Asestando violentos golpes de masa, el Terror no debía servir pues en Francia más que a hacer desaparecer del territorio francés, como por encanto, las ruinas feudales. A la burguesía timorata y conciliadora no le fue suficiente con varios decenios para cumplir esa tarea.” (SRF, p. 90).

[17] K. Marx et F. Engels, “Adresse de l’autorité centrale à la Ligue des Communistes”, marzo de 1850, citado en SRF, p. 137 et 138.

[18] Daniel Guérin, “La lutte de classes sous la Première République”, Gallimard, 1946, p. 12.

[19] Cf. SRF p. 103, 115,118; -NRF, p. 238,247.

[20] Citado en SRF p.62.

[21] Carta de Engels a Karl Kautsky, 20 de febrero de 1889, citado en SRF p. 245-246.

[22] K. Marx, ”La critique moralisante et la morale critique (contre Karl Heinzen)”, citado en SRF p. 91 y el pasaje del “Manifiesto” se encuentra en NRF p. 215.

[23] Daniel Guérin, “La lutte de classes sous la Première République”, Gallimard, 1946, p. 7.

[24] Ibid. Cf. Engels, “Der Magyarische Kampf”, Marx-Engels Werke, Dietz Verlag, Berlín 1961, Tomo 6, p. 166.

[25] Cf. W. Wachsmuth, “Geschichte Frankreichs im Revolutionalter”, Hamburgo, 1842, Vol. 2, p. 341 : “Von den Jakobineren ging die nachricht ein, dass sie in Permanenz erklärt hatten”.

[26] K. Marx, “Contribution à la Critique de la Philosophie du Droit de Hegel”, 1944, citado en NRF, p. 151-153.

[27] K. Marx et F. Engels, “Adresse de l’autorité centrale à la Ligue des Communistes”, marzo de 1850, “Karl Marx devant les jurés de Cologne “, Costes 1939, p. 238.

[28]K. Marx et F. Engels, “Adresse de l’autorité centrale à la Ligue des Communistes”, marzo de 1850, citado en SRF, p. 137 et 138.

[29]A. Gramsci, “Ordine Nuovo”, Einaudi, Turin, 1954, p. 139-140 ; – “Note sul Machiaveli, sul la politica e sul lo stato moderno” , Einaudi, Turin, 1955, p. 6 à 8, 18, 26.

[30] “Ernst Bloch,”Droit naturel et dignité humaine”, Payot, 1976, p. 178-179.

Miguel Enríquez entrevistado por Marta Harnecker días antes del golpe militar de 1973

Revista Chile Hoy Nº 59, 27 de julio-2 de agosto 1973

En esta entrevista a días del golpe militar, Miguel lanza un llamado a la unidad de la izquierda, advierte sobre los militares golpistas. La revista ‘Chile Hoy’ pertenecía al PS, corrían malos vientos para el gobierno de la Unidad Popular, su capitulación estaba sellada, los sectores reformistas habían impulsado la desmovilización de los trabajadores. Esa aspiración del PC de establecer alianza con la democracia cristiana (DC) se había hecho una vergonzosa realidad. Meses después, en octubre de 1973, Miguel en la clandestinidad se refería que la derrota no era del socialismo, sino de quienes impulsaron el modelo reformista y que arrastraron al compañero Allende a claudicar Seguir leyendo Miguel Enríquez entrevistado por Marta Harnecker días antes del golpe militar de 1973

Unidad Popular: La Revolución Frustrada

por Antonio Calderón//

 
Hacia fines de los años sesenta en el cono sur de América comenzó un ascenso revolucionario de las luchas obreras y populares, que coincidió con el ascenso mundial de esos años. Este fue el telón de fondo de los procesos nacionalistas burgueses de Velasco Alvarado en el Perú, de Torres en Bolivia, de Allende y la Unidad Popular en Chile.
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Circo electoral y lucha anticapitalista

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Los demócratas alarmados por Venezuela, el Tribunal Constitucional y las tres causales del aborto, la ética de la DC y Rincón, parecen ser la pobre fanfarria que acompaña un proceso electoral anómalo y extravagante, en el que sin mayor despliegue y con una inminente justa en noviembre todo indica que –de no mediar algún imprevisto- Piñera de un lado, Guillier y Sánchez del otro son los principales oponentes. Seguir leyendo Circo electoral y lucha anticapitalista

El Dow Jones en 22.000: Un nuevo récord de parasitismo

por Nick Beams//

El Promedio Industrial Dow Jones registró su séptimo récord consecutivo el día del 3 de agosto, después de llegar a 22.000 el miércoles, impulsado por un aumento de 4,7 por ciento en las acciones de Apple. El Dow ha casi triplicado su valor desde que alcanzó su punto bajo post-crisis financiera del 2008 de 6.547 en marzo del 2009. Seguir leyendo El Dow Jones en 22.000: Un nuevo récord de parasitismo

Carta de los Cordones Industriales a Salvador Allende

Compañero Salvador Allende:

Ha llegado el momento en que la clase obrera organizada en la Coordinadora Provincial de Cordones Industriales, el Comando Provincial de Abastecimiento Directo y el Frente Único de Trabajadores en conflicto ha considerado de urgencia dirigirse a usted, alarmados por el desencadenamiento de una serie de acontecimientos que creemos nos llevará no sólo a la liquidación del proceso revolucionario chileno, sino, a corto plazo, a un régimen fascista del corte más implacable y criminal. Seguir leyendo Carta de los Cordones Industriales a Salvador Allende

¿Avanzamos a una nueva Tangentópolis?

por Gustavo Burgos//

La afiebrada campaña electoral ha terminado por desempeñar el papel de clase para el que ha sido concebida: la actividad de las masas, de los trabajadores y explotados en general, ha terminado sometida al espejismo democrático y orientada a actuar como pilar legitimador de la institucionalidad patronal. Seguir leyendo ¿Avanzamos a una nueva Tangentópolis?

El encuentro de Lenin y Trotsky: la célebre Tesis de Abril

por Ramón Sarmiento//

 Las tareas inmediatas de la revolución rusa eran de carácter democrático-burgués: instaurar una república democrática que pusiera las bases para un desarrollo avanzado de la industria y la cultura. Pero la burguesía rusa, débil, había llegado tarde al desarrollo histórico, constreñida en su avance por las burguesías más fuertes de Europa y Norteamérica. Seguir leyendo El encuentro de Lenin y Trotsky: la célebre Tesis de Abril

Guillermo Lora: la revolución permanente (1984)

 

Extracto de Conferencia pronunciada en la Escuela de Altos Estudios Nacionales de las FFAA de Bolivia y que su autor realizó sobre el tema “Sindicalismo Político” que se le planteara en julio de 1984, La Paz, Bolivia. EP

Si la revolución social es considerada como el producto arbitrario de la propaganda extremista, de la agitación social arbitrariamente provocada, etc., será imposible comprender la actividad contradictoria de la clase obrera e inclusive la conducta de los sindicatos. La historia de la humanidad es la historia de la sucesión de los diferentes modos de producción (cómo se produce lo que el hombre precisa para satisfacer sus necesidades), que tiene lugar a través de saltos bruscos, de la misma manera, por ejemplo, que las transformaciones geológicas. La sociedad y el hombre hace tiempo que acertadamente vienen siendo considerados como parte del proceso de desarrollo de la naturaleza, lo que ha permitido desprenderse de perjudiciales prejuicios subjetivistas. El oscurantismo al juzgar a la sociedad no hace otra cosa que alejarla de su debida comprensión. El desplazamiento de una clase por otra en el poder, que eso es la revolución social, siempre se ha dado en la sociedad y seria absurdo que nos aterroricemos toda vez que se produce, lo que corresponde es estudiarlo con la debida atención, seguros de que nuestra sociedad también se encamina hacia esa finalidad. No es motivo de nuestra atención la revolución política o sea la lucha entre sectores de la misma clase social por controlar el poder.

La revolución es un fenómeno social sometido a las leyes generales de la sociedad (del capitalismo) y a las suyas propias. Está muy lejos de ser la arbitrariedad y el caos, como generalmente se supone. La revolución destruirá los aspectos caducos de la actual sociedad y permitirá un amplio desarrollo de los gérmenes de una nueva, que ya se dieron en el pasado inmediato; en esta medida destruye el orden social envejecido y establece uno nuevo; el caos no es más que aparente. Son los hombres los que hacen la revolución, pero no a su capricho, sino dentro de las condiciones creadas por el desarrollo social. Unos, los que pertenecen a la clase obrera o se identifican con sus finalidades estratégicas, con sus objetivos generales, encarnan a las fuerzas productivas, es decir, a las fuerzas progresistas de la historia y cuando adquieren conciencia de esto actúan como sus instrumentos conscientes. En estas filas se reclutan los teóricos, factores decisivos para la lucha revolucionaria, los caudillos y activistas de la transformación de la sociedad. Con todo, las masas y los hombres no pueden hacer otra cosa que contribuir a que las leyes de la historia se cumplan con ahorro de esfuerzos y de tiempo; en ningún caso podrán sustituir esas leyes con los esquemas sacados de sus cabezas o con sus creaciones perversas o angelicales. Los otros, los que pugnan por perpetuar la actual sociedad, porque en ésta se encuentran sus intereses materiales, batallan, conscientemente o no contra las leyes de la historia, son conservadores, reaccionarios. Pueden la clase dominante y su Estado idear y levantar los mayores obstáculos frente a la marcha revolucionaria de la mayoría nacional, pueden corromper a las direcciones de las masas y contribuir a la formación de burocracias potentes, pero todo esto acabará siendo arrasado por las leyes de la historia. Así se ha desarrollado y se desarrolla la sociedad.

Toda nueva sociedad se justifica cuando impulsa el desenvolvimiento de las fuerzas productivas, que son el conjunto de los instrumentos que permiten la producción, de los hombres que los manejan en determinadas condiciones de experiencia y

hábitos de trabajo (tecnología, división del trabajo, etc). El desarrollo de las fuerzas productivas, que se sintetizan en cierto nivel de productividad, importa un cierto grado de dominio del hombre sobre la naturaleza, objetivo de toda sociedad. Las fuerzas productivas imponen determinadas formas de propiedad sobre los medios de producción (tierra, máquinas, materias primas, etc.), que condicionan las relaciones de producción dentro de las cuales los hombres producen su vida social, su sustento diario, para decirlo de manera simple. Estas relaciones de producción constituyen el basamento material, económico, de la sociedad, su estructura sobre la que se levanta el amplio y rico mundo de la superestructura ideológica, que no es consecuencia mecánica e inmediata de aquella, sino que se mueve conforme a sus propias leyes y en determinado momento reacciona poderosamente sobre la estructura (la política en la actualidad, por ejemplo), buscando modificarla y contribuyendo a que esto sea así dentro del marco señalado por el desarrollo de las fuerzas productivas.

La estructura económica es una unidad dialéctica en la que los extremos polares están ocupados por las fuerzas productivas y por las relaciones de producción (forma de propiedad). Durante la etapa de equilibrio precario entre ambos, la forma de propiedad impulsa el vigoroso y rápido desarrollo de las fuerzas productivas, el aumento cuantitativo de éstas (evolución pacífica, progreso gradual), motivando transformaciones dentro del orden establecido, pero esto sólo hasta cierto nivel de su crecimiento, que es cuando chocan con esa fuerza conservadora que es la forma de propiedad vigente (relaciones de producción), ésta para sobrevivir se empeña en estrangular a las fuerzas productivas, que en su intento de crecer se despedazan chocando contra su mordaza y cuyos indicios inconfundibles son las crisis económicas cíclicas (la actual que soportamos), las guerras internacionales por el reparto del mundo y las mismas revoluciones sociales. Una sociedad es sustituida por otra únicamente si la estructura económica ha madurado para esto, si la clase dominante ha agotado todas sus posibilidades progresistas. El desarrollo de las fuerzas productivas tiene que considerarse como un desarrollo global y de ninguna manera parcial (un descomunal saltó en la producción e industrialización del hierro, mientras la agricultura permanece estancada o retrocede, por ejemplo). Las transformaciones tecnológicas, muchas de ellas relegadas a las cuatro paredes de un laboratorio, por sí mismas no son sinónimo de crecimiento de las fuerzas productivas; muchas de esas innovaciones e inventos quedan archivados, porque su generalización podría ocasionar serios perjuicios económicos a las grandes empresas al obligarles a cambiar su utilaje, y a veces son relegados al uso para fines belicistas, que importa una descomunal destrucción de las fuerzas productivas. Unicamente cuando las fuerzas productivas han dejado de crecer, cuando la forma de propiedad privada burguesa (relaciones de produccióni se ha tornado reaccionaria, fenómeno que ha tenido lugar en escala mundial desde el último tercio del siglo XIX hasta 1914 fecha del estallido de la primera guerra mundial (guerra imperialista), cuando se ha hecho evidente la posibilidad de la revolución social.

¿Esta ley puede aplicarse a la atrasada Bolivia? La respuesta, que es una de las claves de la política boliviana, obliga a una breve explicación. Bolivia no ha tenido tiempo ni posibilidades para impulsar el desarrollo interno del capitalismo, éste llegó desde afuera como fuerza invasora, obedeciendo los intereses económicos de las metrópolis y de ninguna manera las necesidades de desarrollo del país que pasó a la condición de semicolonia. Penetró al altiplano el imperialismo, el capitalismo en su etapa de decadencia, trayendo progreso y modernización a ciertos sectores de nuestra economia, a veces mediatizados en extremo, y al mismo tiempo ocasionando

estancamiento y hasta retroceso allí donde no le interesaba asentarse y explotar. Vimos al imperialismo conviviendo junto al latifundio improductivo y reducto del trabajo servil, no pocas veces prestándole apoyo directo. Esta política contradictoria se explica porque la fuerza invasora tuvo necesariamente que apoyarse en la feudal burguesía, que tenía metido un pie en el pongueaje y que simultáneamente servía al capital financiero.

De esta manera fuimos incorporados, virtualmente a la fuerza, a la economía mundial, que es algo más que una simple suma de economías nacionales, es una unidad superior y una de las grandes creaciones del capitalismo. Esta concepción (la interpretación unilateral de ella es el punto de arranque de una serie de desviaciones), permite comprender que estamos obligados a soportar las leyes generales del capitalismo, lo que no debe interpretarse como una imposición mecánica de esas leyes en toda su pureza, más bien, se reflejan en una particular realidad económico-social, actúan transformando y transformándose a través del país atrasado. En esto consisten las particularidades nacionales que tienen importancia decisiva en la fijación de la política revolucionaria. Nuestra tardía incorporación a la economía mundial, alrededor de los albores del siglo XX, y la invasión del capital financiero han determinado la economía capitalista de tipo combinado, que imprime una particular fisonomía a la ley del desarrollo desigual, la más general en la historia de la humanidad.

Nuestro país ya conoce el capitalismo, bajo la única forma en que puede darse, como economía combinada, que importa la coexistencia de diferentes modos de producción, de las primeras letras del desarrollo de la sociedad con las últimas adquisiciones de nuestra época: las tribus selváticas, el transporte en llamas junto al jet, etc. No hay tiempo, debido a la desintegración del imperialismo y a la presencia en el escenario del proletariado como clase, para que Bolivia recorra las vicisitudes de un desarrollo integral e independiente del capitalismo.

La ley de la economía combinada, que sería inconcebible al margen de la pertenencia a la economía mundial, no como ocasional vendedor de minerales sino como parte integrante de ella, tiene implicaciones que es preciso puntualizar para comprender la revolución en nuestro país.

Estamos obligados a considerar todos los fenómenos, particularmente los económicos, como dimensiones internacionales. Las fuerzas productivas, de manera particular, solamente pueden concebirse así, si no se quiere distorsionar la realidad.

Si Bolivia fuese un país aislado, si no se estremeciese ante las modificaciones del mercado mundial, si no dependiese del tipo de intereses que fijan los bancos norteamericanos o ingleses, si no dependiese su vida diaria de la cotización de minerales que a medio día se difunde desde Londres, se podría decir con toda propiedad que está muy lejos de una transformación revolucionaria dirigida por la clase obrera, que lo más que puede esperarme es una transformación democrático-burguesa, los militantes stalinistas añadirían del tipo de revolución encarnado en el gobierno burgués del doctor Hernán Siles Zuazo, claro que la afirmación puede prestarse a burlas o calificativos despectivos. Esta manera de plantear el problema es incorrecta y anti-científica, porque en nuestra época resulta inconcebible la existencia de país alguno totalmente aislado de los otros y de la economía mundial, convertida en el escenario insoslayable donde se mide la productividad de los diferentes países.

Entre las consecuencias de nuestra integración a la economía mundial se tienen la autoritaria imposición del capitalismo y la maduración desde afuera para la revolución proletaria, lo que no tiene que interpretarse como si esta transformación radical también tuviese que venir de la metrópoli, contrariamente, será hecha por los bolivianos y en la medida en que maduren para cumplir esa tarea. En la actualidad las fuerzas productivas en escala mundial están sobremaduras para la revolución proletaria, concebida como una revolución de alcance mundial y encaminada hacia el comunismo; su tardanza, que tiene que concebirse como consecuencia del lento desarrollo de la conciencia de clase de los explotados o de la traición de sus direcciones tradicionales, que supone el cambio de contenido de clase, se traduce en la aparición de formas de barbarie, con tegumento burgués como es el caso del fascismo, que importa la aniquilación de gran parte de las conquistas logradas por la civilización, o en la destrucción de la sociedad. Vivimos en la época de la revolución proletaria y no nos está permitido eludirla o idear caminos excepcionales para nuestro país. La historia boliviana es parte de la historia de la humanidad.

El carácter internacional de la revolución proletaria quiere decir que ningún país, por muchos que sean los privilegios con los que hubiese sido beneficiado por la naturaleza, puede con sus propias fuerzas, en el marco de una inconcebible y reaccionaria autarquía, construir una sociedad comunista, tal meta solamente podrá lograrse internacionalmente. Ha sido el propio capitalismo el que ha permitido que maduren para ello las condiciones materiales; en la época de la economía mundial, en la época de las transnacionales, las fronteras nacionales se han tornado reaccionarias. En este punto debemos puntualizar que la defensa, por tanto, la perrnanencia de las fronteras de los países sometidos a la opresión imperialista, constituyen pasos progresistas y obligados en la lucha por la liberación nacional. El comunismo no destruirá la economía mundial, por el contrario, se basará en ella y le dará un mayor impulso.

Esa unidad mundial que es la revolución socialista (el desarrollo de la sociedad no permite su parcelación en estancos independientes entre sí) está integrada por las revoluciones puramente socialistas que tendrán lugar en las metrópolis del capital financiero, que se distinguen por la proporción mayoritaria de la clase obrera y porque no tienen ante sí la solución de tareas democráticas o burguesas pendientes; por las revoluciones políticas (el desplazamiento del poder de la burocracia termidoriana por la clase obrera) en los países sometidos a la dictadura stalinista y por las revoluciones de liberación nacional en las regiones sometidas a la opresión imperialista. El hecho fundamental y distintivo de nuestra época radica en que todas esas revoluciones son políticamente dirigidas por el proletariado. Hay, pues, revoluciones proletarias y revoluciones proletarias, no todas están vaciadas en el mismo molde o cortadas en la misma medida, obedecen a leyes particulares según el grado de desarrollo de la región en que tienen lugar.

La revolución boliviana no puede menos que reflejar el capitalismo atrasado de economía combinada. El sector atrasado está encarnado en el modo de producción precapitalista, que si se toma como referencia los índices demográficos se puede decir que comprende a la mayoría nacional. No se trata de que el atraso está simplemente yuxtapuesto al progreso (modo de producción capitalista y que define la existencia material del país), sino de que entre ambos existe una permanente inter-relación; conforman un país con esa característica nacional y no dos sociedades independientes entre sí. Atraso y progreso se penetran mutuamente, se condicionan y se encuentran

en permanente transformación. El atraso se traduce en atraso cultural, por decir, que deja su impronta en todas las actividades, lo que determina la lentitud de nuestro desarrollo, que pesa negativamente en contra de la productividad y, de una manera general, que mediatiza las conquistas foráneas que alcanzan a trasmontar los Andes. Urge puntualizar en qué consiste este rezagamiento.

Sobre todas las cosas, está muy lejos de ser general, pues soporta la presión del modo de producción capitalista (minas, petróleo, industria, transportes, agroindustria) y, a su turno, actúa poderosa, aunque negativamente, sobre él. El cordón umbilical, por esto mismo de trascendencia vital, que une a Bolivia con el mercado mundial, es decir, el elemento que le permite llevar una vida moderna, es la producción capitalista, la exportación de materias primas, de minerales, de petróleo, etc. Esta producción no solamente define el presupuesto nacional, sino las balanzas comercial y de pagos, permite importar todo lo que exige la vida moderna. El modo de producción precapitalista pesa de manera considerable en la composición del producto interno bruto. En alguna forma esa preeminencia económica del capitalismo condiciona la preeminencia política del proletariado, aunque su gran politización es resultado de su propia historia, de una serie de factores que han contribuido a la formación de su conciencia.

Un país atrasado como Bolivia puede mostrar importantes adelantos tecnológicos y de concentración del capital en su área modernizada, como sucedió en el campo de la minería en cierto momento.

El atraso tampoco es definitivo, dado de una vez por todas, sino que, en determinadas condiciones, puede convertirse en palanca de progreso, permitir dar un salto en el desarrollo, trocarse en su contrario. Los teóricos de la clase dominante, que se complacen en subrayar que el capitalismo -únicamente el capitalismo, pues vituperan contra el feudalismo, el esclavismo, etc. corresponde a la naturaleza humana y que por eso debe considerarse eterno; pretenden justificar las limitaciones e incapacidad de la burguesía nativa con la especie de que nuestro país nunca podrá salir de una manera total de su rezagamiento, que siempre será tributario de la metrópoli imperialista, etc. Hay muchos ejemplos históricos que violentan la teoría del definitivo atraso boliviano y que viene siendo manejada desde el siglo XIX.

Allí donde el capitalismo se ha desarrollado internamente, recorriendo todos los recodos del camino, venciendo todas las dificultades y las etapas, ha ido acumulando utilaje obsoleto, herencia inevitable del pasado; esta carga concluye obstaculizando los movimientos de la economía en su integridad. Recuérdese el caso de países en los que se sigue utilizando maquinaria con muchos decenios de antigüedad. Un país atrasado, virgen en la actividad capitalista en ciertos renglones, puede, en condiciones favorables apoderarse de un salto de todo el avance logrado por la sociedad, sin necesidad de descubrir ni perfeccionar nada. Importará la última palabra de la tecnología en la fabricación de automóviles, sin necesidad de volver a vivir las primeras experiencias. En un solo acto se colocará en el nivel de los países más desarrollados. Esto es algo más que un dato anecdótico, quiere decir que tal paso puede permitir movernos a mayor velocidad que las metrópolis del capital financiero. Las condiciones que permitieron ese desarrollo a saltos y que las colonias o semicolonias alcanzasen o sobrepasasen a las metrópolis opresoras, fueron en el pasado las ventajas que proporcionaba el capitalismo en ascenso (Estados Unidos de Norte América, Alemania, Japón); en la actualidad, caracterizada por la desintegración

del imperialismo, las condiciones para ese salto no son otras que las creadas por la revolución social.

Un otro aspecto de este tema: la masa campesina, que aunque asuma actitudes revolucionarias y de subversión contra el estado de cosas imperante, representa el pasado histórico y el atraso, pero en los momentos de mayor tensión de la lucha revolucionaria se convierte en el factor decisivo que impulsa al proletariado (expresión social del progreso hacia el poder, es decir, permite crear las condiciones para la estructuración de una sociedad superior a la capitalista.

Bolivia se diferencia de las metrópolis por ser una nación oprimida que soporta la explotación y el dominio político por parte del imperialismo no solamente sobre uno de sus sectores sociales, la clase obrera, sino sobre toda la nación. El capital financiero exporta en gran medida la plusvalía que extrae de los trabajadores, actúa como el muro que impide que el país en su integridad ingrese de pleno a la civilización, esto porque mantiene intacto al precapitalismo, expropia política y económicamente a la burguesía criolla, le impide su desarrollo, lo que aparece con mayor evidencia cuando ésta le sirve obsecuentemente. Los problemas que plantea la revolución y la mecánica de clases son particulares y diferentes a los que se dan en los grandes centros del capitalismo imperialista.

Toda revolución es mayoritaria y la proletaria lo es al servicio, por primera vez, de la mayoría del país. En la Bolivia atrasada esa revolución no puede menos que ser protagonizada por la nación oprimida (en esta medida es mayoritaria) y no únicamente por la minoría obrera (consecuencia del atraso, de la persistencia de los modos de producción precapitalistas). Una revolución puramente proletaria es inconcebible, pues sería una actitud asumida contra el país, condenada a su inmediato aplastamiento. De esta realidad emergen las vigas maestras de la lucha revolucionaria.

La alianza obrero-campesina (las masas explotadas arrastradas políticamente por la clase obrera) juega el papel de pieza clave de esta estrategia. El choque de los campesinos con los obreros antes de la conquista del poder convertiría en imposible tal finalidad estratégica.

La táctica que cobra vigencia permanente hasta tanto se produzca la victoria de los explotados, aunque su realización precisa de condiciones políticas muy concretas, es la constitución del frente anti-imperialista, que importa la unidad de la nación oprimida (varias clases sociales) bajo la dirección proletaria, es decir, dentro de las finalidades estratégicas de la clase obrera. La burguesía también habla de unidad nacional y la consuma bajo su propia dirección y para servirse de ella como factor de respaldo político o de estabilidad gubernamental llegado el caso. La Unidad Democrática Popular es una variante de este frente político de varias clases sociales timoneado políticamente por la burguesía democratizante. El frente anti-imperialista permite que el proletariado efectivice su liderazgo nación oprimida por el imperialismo, se apoye en ella y dirija las luchas que libran las masas explotadas. Únicamente la movilización y radicalización de los sectores mayoritarios puede obligar a las direcciones de los partidos de izquierda a someterse a la dirección proletaria, abandonando su actual posición servil frente a la clase dominante.

La revolución proletaria boliviana estará muy lejos de ser puramente socialista por sus tareas. Antes de construir el socialismo y la sociedad sin clases sociales (sin

explotados ni explotadores) tiene que superar el secular atraso del país, lo que equivale al cumplimiento de las tareas democráticas o burguesas pendientes, labor imprescindible que será realizada junto al logro de objetivos socialistas, en los sectores donde sea posible. La revolución será pues combinada en sus tareas y también por sus componentes sociales reflejando así en la superestructura el carácter combinado de la economía.

Debe tomarse en cuenta que el proceso de transformación profunda estará acaudillado por la clase obrera y que ésta para libertarse realmente tendrá que llegar al comunismo y en su marcha libertar a toda la sociedad. El proletariado no tiene interés alguno en perpetuar las realizaciones democrático-burguesas, basamento material de la existencia y desarrollo del capitalismo que supone su inevitable explotación y opresión, sino acabar con este estado de cosas, razón por la cual las transformará en socialistas desde el poder. Como se ve, el secreto del proceso consiste en que los explotados se conviertan en clase gobernante, en fin, en la existencia de la dictadura del proletariado.

Nos encontramos frente a una sola etapa en la cual son realizadas a plenitud las tareas democráticas y su transformación en socialistas. El Partido Comunista de Bolivia, que dice no renegar del socialismo e inclusive de la dictadura proletaria, hace un planteamiento cualitativamente diferente: en la primera etapa, cuya duración no puede menos que prolongarse por algunos decenios, una centuria o más, debe cumplirse únicamente la revolución democrático-burguesa, porque –dice- las fuerzas productivas en escala nacional han madurado únicamente para ese tipo de revolución; luego de que el desarrollo pleno e independiente. del capitalismo transforme toda la economía y cree una clase obrera poderosa por su número y su educación en la escuela de la democracia formal, recién podrá plantearme con legitimidad la revolución puramente socialista. Entre ambas etapas históricas media un abismo de tiempo y no puede hablarse de una inter-acción entre ambas. La corriente maoísta planteó, en su apogeo, la misma tesis con una pequeña variante: para ella, cumplida la etapa de la revolución democrática debía darse, de manera ininterrumpida -de aquí su nombre-, la revolución socialista. El stalinismo en general sostiene que la etapa democrático-burguesa solo puede estar timoneada por un gobierno de corte burgués. La permanencia del Partido Comunista de Bolivia en el gobierno burgués de la Unidad Democrática Popular, lejos de constituir un error táctico o un desliz cualquiera, obedece a su concepción programática fundamental.

El desarrollo interno de la revolución bajo la dictadura del proletariado lleva la tendencia de no detenerse hasta tanto no se destruya toda forma de opresión de clase (explotación del hombre por el hombre). Cada etapa niega a la anterior y el proceso tiene lugar en medio de contradicciones y de conflictos sociales. El ritmo de su realización, así como el del cumplimiento de las tareas democráticas, no puede señalarse con anticipación, depende de la marcha de las economías mundial y nacional, de los progresos que haga la revolución proletaria internacional.

La revolución proletaria comenzará necesariamente dentro de las fronteras nacionales y no como un fenómeno simultáneo. El ritmo extremadamente desigual con el cual se desarrolla la conciencia de clase del proletariado de los diversos países obliga a que la revolución social tenga lugar también de manera desigual. No será un proceso despersonalizado; contrariamente, mostrará las huellas inconfundibles de las particularidades nacionales, profundamente entroncado en la historia, en la economía, en fin, en la cultura del país.

Pero, la revolución no puede encerrarse indefinidamente en el marco nacional; para resolver los problemas que genera y para llegar a la sociedad sin clases, necesariamente tendrá que proyectarse al plano internacional, de nacional se trocará en internacional. En el caso boliviano su proyección continental busca estructurar los Estados Unidos Socialistas de América Latina, la única forma en la que ahora puede efectivizarse el sueño y ambición de Simón Bolívar. Muchos de los problemas más punzantes del país, entre ellos el largo pleito diplomático de la mediterraneidad, podrán encontraran así su solución natural.

La clase obrera en el poder estatizará los medios de producción, concentrándolos en manos de la dictadura del proletariado (gobierno obrero-campesino), lo que le permitirá planificar la economía y dirigirla hacia la construcción del socialismo, en fin, del comunismo, la sociedad sin clases sociales, sin explotados ni explotadores.

Hemos expuesto someramente la teoría de la revolución permanente, que tanta importancia ha tenido en la formación de la clase obrera boliviana (nos referimos a su conciencia). Se trata de las leyes de la revolución social de los paises ses atrasados (coloniales y semicoloniales) de nuestra época imperialista, en la que la presencia de la clase obrera (vale decir de su partido político que es, sobre todo, programa), constituye el hecho de mayor relieve. Algunos de sus críticos sostienen que dicho planteamiento buscaría saltar por encima de la etapa democrática, para ingresar de lleno y de un salto en la revolución puramente socialista. Otros se empeñan en querer demostrar el absurdo de que buscaría aislar al proletariado de las otras clases sociales. Estos reparos carecen de fundamento. La revolución permanente fue enunciada ya por Carlos Marx a mediados de¡ siglo XIX y teniendo presente la revolución en la rezagada Alemania de entonces, buscando resolver, precisamente, el cumplimiento de las tareas democráticas. Los revolucionarios rusos hablaron de la transformación de la revolución burguesa en socialista, teniendo en cuenta su contenido social, sus tareas fundamentales. No se plantea el ignorar o saltar por encima de las tareas democráticas, sino la manera de cómo el proletariado tendrá que consumarlas en la época que vivimos, que es la época de decadencia del capitalismo, que plantea la necesidad histórica de la revolución y dictadura proletarias.

 

(Fotografía: trabajadores armados, abril de 1952, La Paz, Bolivia)

 

Sobre el Frente Amplio, ¿Ni de Izquierda, ni de Derecha?

 

por Pepe Burgos//

No es la primera vez que emerge ese discurso en nuestro país, lo hizo la concertación en 1989 en su campaña presidencial de Patricio Aylwin, abandonó su discurso de izquierda, se llenó de nuevos bríos europeos cuando instalan la teoría de la “Renovación Socialista” de los años 80 de Tony Blair y Anthony Guidden. Años más tarde lo hizo La Surda cuando se estaba descomponiendo como propuesta política entre los años 2000 y 2005 y luego terminaron trabajando la campaña de Michelle Bachelet y entraron en masa a su primer gobierno del 2006 al 2010. Si vamos más atrás en la línea del tiempo fue el discurso que levantó Carlos Ibáñez del Campo en 1952 en la campaña presidencial de su segundo gobierno, su estrategia se basaba en no hacerse apoyar ni por la izquierda, ni la derecha clásica…

Levantó una campaña populista que tuviera la demanda de la izquierda del período y la inyección económica que precisaba el empresariado respaldado por la CORFO. De esa manera tenía comiendo de su mano al gallo rojo y al gallo negro. La idea de Carlos Ibáñez del campo era ubicarse en el centro. A los dos años de gobierno ya estaba gobernando para los grandes monopolios, pero por otra parte dejó contento al Partido Comunista al derogar la ley de defensa de la democracia también conocida como la “Ley maldita” que creara Gabriel Gonzales Videla para dejar fuera del parlamento a los Comunistas en 1947 (en plena guerra fría y por mandato del presidente de EE.UU. Harry Truman).

Volviendo al gobierno de Ibáñez del Campo se situó en una posición tercerista (al medio o al centro de las dos grandes posturas: Izquierda Vs Derecha) su objetivo fué ganarse las grandes masas electorales, sobre todo a los sectores más despolitizados, cosa que consiguió sacando un aplastante votación cercana a los 500 mil electores. Superó lejos a la derecha que sacó cerca de 350.mil votos. Allende sacó solo 50 mil votos. Quienes mantenemos viva la memoria histórica de las luchas de nuestro pueblo recordamos la masacre del 2 y 3 Abril de 1957. Ibáñez cerco en el centro de Santiago haciendo una encerrona a los estudiantes que protestaban, instalando nidos de ametralladoras punto 30 en plena Alameda y Mapocho, desato una de las grandes masacres “en período democrático”.

EL FRENTE AMPLIO Y LA ESTATEGIA TERCERISTA

Creo que el Frente Amplio en el actual contexto histórico quiere rescatar la estrategia que utilizó entre 1988 y el 2000 La Concertación que es la postura tercerista, ubicarse al centro del Vs Izquierda-derecha. El objetivo es llegar a los sectores despolitizados que en el actual período que es bastante más de lo que imaginamos, Con una derecha desprestigiada por sus relación con la dictadura y los millonarios negocios de Sebastián Piñera en su gobiernos de 2010 al 2014 y una Nueva Mayoría (ex Concertación democrática) agotada con 5 gobiernos a cuesta que ya no tiene nada que ofrecer. La descomposición de una izquierda institucionalizada como el Partido Socialista y el Partido Comunista coludidos con la corrupción institucional y desprestigiada por sus instrumentos que controlan la CUT para frenar las demandas de los trabajadores. El control que hacen de los instrumentos del Estado para frenan las demandas de las masas.

El Frente amplio no se posiciona, ni se identifican dentro de la izquierda clasista y revolucionaria (que sigue existiendo), sino que se posiciona bajo un contexto reformista (en el buen sentido, sin ser peyorativo) creen, piensan que la institucionalidad chilena permite las reformas. Que basta con las buenas intenciones y los deseos, pero abandonan un análisis de la realidad concreta, histórica. Su apuesta es copar el espacio que abandonó la Concertación o la Nueva Mayoría, la apuesta Tercerista, ubicarse al centro de la lucha de clases, ni a favor de los trabajadores ni a favor de los empresarios. Es resucitar el modelo agotado de los años 80 y 90 de la Renovación Socialista en Europa e importada a Chile y latino América.

Dentro de los grupos que participan de la construcción del Frente Amplio están los teóricos de la Surda, también están los liberales (ojo son de derecha). De ahí nace la idea que el F.A no debe teñirse de rojo, hay que dar cobertura a la derecha democrática. La derecha liberal que históricamente se ha confrontado con la derecha Conservadora. No olvidemos que durante el período del gobierno de Salvador Allende la derecha Liberal hizo una tregua con la derecha conservadora y, en alianza, impulsaron el Partido nacional que fue el opositor más férreo contra el gobierno de Salvador Allende. La derecha liberal estuvo en contra de Allende y durante la dictadura no sacaron la voz, muchos de ellos participaron del gobierno de Pinochet. Hoy una expresión de esta derecha liberal quiere ocupar un lugar en el Tercerismo que impulsa el Frente Amplio, pero con una exigencia que el F.A no esté controlado por la izquierda….

¿Uno se pregunta a qué obedece esas concesiones a la derecha liberal dentro del Frente Amplio?, si los liberales tienen una insignificante votación. La pregunta queda abierta

El Frente Amplio y la inviabilidad de la democracia burguesa en Chile


por Gustavo Burgos  // 

 

El legendario óleo de Manuel Antonio Caro, La abdicación de O`Higgins, fija una imagen de trascendente significación: el líder militar de la gesta libertadora es derrotado por la fronda aristocrática y aquello que obtuvo en el campo de batalla, lo pierde ante la obsecuencia política de la oligarquía frente al imperialismo. Seguir leyendo El Frente Amplio y la inviabilidad de la democracia burguesa en Chile