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Rosa de Luxemburgo: en defensa de la nacionalidad

1.

¿Cómo se lleva a cabo el proceso de desnacionalización?

El Gobierno prusiano ha cometido un nuevo atentado contra el pueblo polaco. El ministro de cultura, Conrad von Studt, implantó un decreto que pedía que se eliminase de las escuelas de la ciudad de Poznan lo poco que quedaba del idioma polaco. Solo quedaba ya una clase de religión que se impartía en polaco, ¡que de ahora en adelante se impartirá en alemán! Nuestros hijos, que pasan la mitad del día en el colegio, deberían poder escuchar durante más tiempo el idioma de sus padres, de sus madres, de su pueblo. ¡La formación y el enriquecimiento mental que deberían adquirir en el colegio y que les sirve de por vida se les transmite en un idioma totalmente ajeno a ellos y que no entienden del todo! ¿No es increíble? Los colegios están para que los niños puedan aprender de los avances de la Ciencia y puedan crecer como individuos instruidos y con capacidad de razonar. Aquí es donde van convirtiéndose en ciudadanos de provecho para sí mismos y en un orgullo para su país. Sin embargo, en Poznan, el colegio no ayuda a la educación de los niños, sino que más bien pretende crear seres sin capacidad intelectual, hacerlos unos reales desconocedores de su propia nacionalidad y de su propia lengua, alejarlos de las raíces del conocimiento y de la civilización, y además, inculcarles de forma violenta la manera en la que los alemanes difunden su nacionalidad.

muerte Rosa Luxemburg

Rosa Luxemburg

Este no es el primer ataque que cometen las autoridades prusianas contra nuestro idioma y nuestra nacionalidad. Desde hace más de veinte años, el Gobierno ha ido exterminando poco a poco la lengua polaca de los colegios de Poznan, ha ido eliminando el componente polaco de los cargos políticos y de la vida pública, ha ido utilizando a miles de millones de personas para la “colonización”, es decir, para la “germanización” de nuestra región. Para ello, se dedicaron a traer aquí a Polonia ciudadanos alemanes – tanto campesinos como artesanos – con una obstinación y empeño que ya podrían haber utilizado para otra cosa mejor.

¿Qué pretenden con eso? ¡Claramente, buscan eliminar el idioma y la nacionalidad de los polacos en Prusia, que ellos mismos se olviden de sus orígenes, de la nacionalidad que los vio nacer, y ahora pretenden convertirlos en alemanes! Los niños olvidarán el idioma de sus padres y los nietos olvidarán que, antes, sus abuelos vivían en suelo polaco.

A una se le pone los pelos de punta cuando piensa en esto y se desespera terriblemente cuando ve que estas cosas tienen lugar todos los días desde hace décadas ante la mirada de toda Europa y de todo el mundo civilizado y que todos hacen caso omiso, nadie hace retroceder al poder germanizante; los hakatistas se ríen de nuestra debilidad y llevan a cabo con una mayor tranquilidad su labor de desarraigo de la identidad polaca ya que piensan que hacen la tarea más honorable y legítima del mundo. Es un crimen hablar en el idioma que se ha mamado en el seno materno y un delito pertenecer a la nación que te vio nacer.

Ya es hora de que el pueblo polaco se deshaga de su situación de tristeza y abandono, que se subleve, que se imponga y luche contra este proceso de germanización. ¿De qué manera hay que llevar a cabo la lucha? ¿Cuál es el camino para lograr la defensa de la nacionalidad polaca de manera efectiva? Todas estas son cuestiones sobre las que merece la pena reflexionar seriamente.

2.

¿Quién fue el responsable?

Ante todo tendríamos que preguntarnos: ¿quiénes son los verdaderos culpables de esta represión que están sufriendo los polacos en Prusia? ¿A quién tenemos que responsabilizar de este proceso violento de germanización? Normalmente decimos que la culpa es de los alemanes, que nos están reprimiendo. Eso es lo que al menos escriben siempre nuestros periódicos polacos de la provincia de Poznan. Sin embargo, ¿podríamos también culpar a todo el pueblo alemán, a esos cincuenta millones de personas? Eso sería una verdadera injusticia y, sobre todo, sería un gran error que sobre todo nosotros sufriríamos. Es absolutamente necesario que nos hagamos una idea de cuál es el motivo de nuestra represión si queremos ponernos realmente a defender con éxito nuestra nacionalidad que se ve amenazada.

Es evidente que el principal promotor de esta germanización es el Gobierno prusiano, que desde hace décadas está llevando a cabo una política basada en la represión contra el pueblo polaco. Los ministros de Cultura de Prusia han seguido aprobando decretos con los que se elimina de las escuelas el idioma polaco. Por otro lado, los ministros del Interior ordenan a la policía que se encargue de disolver las asambleas populares en la Alta Silesia y otras provincias. En Prusia, los presidentes y los jefes administrativos de la circunscripción deciden hacerles la vida imposible y agredir al pueblo polaco mediante múltiples métodos. Pero el Gobierno del Imperio alemán respalda al Gobierno prusiano. Su canciller es a la vez presidente del Gobierno de Prusia. Por tanto, siempre reina la más exquisita armonía entre el Gobierno prusiano y el alemán, especialmente cuando se trata de perseguir a los polacos.

Aunque dispongan de numerosos medios de control, las autoridades gubernamentales no tendrían ningún poder si el sector influyente de la sociedad alemana les opusiera resistencia. Ni el Gobierno alemán ni todavía menos los prusianos se atreverían a perseguir a los polacos con tanta tenacidad si este grupo de la sociedad se les enfrentara. Ningún Gobierno se prolonga mucho en el tiempo si toda la sociedad está rotundamente en contra de la política que está ejerciendo. Por lo tanto, la política de germanización de las autoridades gubernamentales debe buscar el respaldo de cierta parte del pueblo alemán, que de hecho ya lo tienen. Conocemos bien a los señores hakatistas, que ponen a la opinión pública en contra de los polacos, como si de un perro que persigue a una liebre se tratara. Por iniciativa propia, como tienen maldad en su interior, fundan asociaciones cuyo objetivo es el exterminio de la identidad polaca. Estos señores, que son los agitadores más enérgicos del proceso de germanización, pertenecen, la mayor parte de ellos, a la clase de los terratenientes y dueños de fábrica alemanes. También es cierto que solo una pequeña parte de los terratenientes y empresarios industriales colaboraba con la vergonzosa institución del hakatismo. Sin embargo, habría que preguntarse: ¿cómo actúa el sector más amplio ante el asalto del hakatismo y los decretos de la germanización impuestos por el Gobierno? ¿Se manifiestan? ¿Se sienten ofendidos? ¿Buscan impedir esta política? La mejor respuesta se da en la prensa alemana y en el comportamiento de los diferentes partidos del Reichstag alemán y del Landtag prusiano.

Rosa Luxemburg defiende la nacionalidad polacaEn la prensa y en ambos Parlamentos, casi todos los partidos alemanes o son francamente benévolos con el hakatismo o reaccionan con indiferencia ante la persecución que sufre el pueblo polaco. En el mejor de los casos, se molestan en refunfuñar entre dientes sobre estos hechos que crisparían a cualquier persona decente. Tanto el Partido Conservador como el Nacional Liberal, partidos de los latifundistas y potentados de la industria, están que rechinan con los polacos y celebran cualquier intento de germanización que lleve a cabo el Gobierno. La llamada Unión librepensadora, representante de las finanzas y los negocios, presentan una doble cara: por una parte, apoya en cierta medida el exterminio de la identidad polaca y por otro lado, para preservar su honor, ¡ya que se llaman a sí mismos librepensadores!, protesta contra el hakatismo de vez en cuando en cualquier periodicucho. El Gobierno, naturalmente, hace caso omiso de estas protestas, como si escuchara llover. Finalmente, el partido católico, el llamado Partido de Centro, al que se aferran los polacos de Prusia desde hace décadas como un borracho a una farola, tampoco hace mucho a favor de la defensa del pueblo polaco, solo escribe de vez en cuando en sus periódicos, algunos comentarios aparentemente malvados sobre este intento de germanización por parte del Gobierno y de los hakatistas. Si lo miramos bien, estos normalmente no son más que cobardes y el Gobierno se ríe de ellos a sus espaldas. ¡Si el Partido de Centro realmente defendiera de manera sincera a los polacos, encontrarían una manera de ayudarlos! Es el partido con más poder en el Parlamento. Cuenta con 107 diputados entre sus filas. No se puede aprobar ninguna ley importante en el Parlamento si este partido se opone. Eso ocurrió, por ejemplo, con el último Proyecto sobre el Refuerzo de la Flota, del que tanto dependía el Gobierno. Mientras que el Partido de Centro parecía oponerse y fingía que no estaba de acuerdo con este nuevo ataque contra el pobre pueblo polaco, les bastó que el proyecto gubernamental pendiera de un hilo y que los ministros se rindieran ante el Partido de Centro, para hacer todo lo posible para llegar a un acuerdo y calmar los ánimos de todos. Si el Partido de Centro hubiese afirmado que no iban a dar su aprobación al Proyecto de Refuerzo de la Flota hasta que el Gobierno prometiese formalmente dejar de perseguir a los polacos, el Gobierno habría tenido que darse por vencido y el partido católico habría demostrado que se preocupa realmente por la cuestión polaca.

Pero no solo ignoró de nuevo al pueblo polaco, sino que impuso otra condición más. Daría su consentimiento para la duplicación de la flota con la condición de que el Gobierno garantizase un aumento de los impuestos de aduana para el cereal y otros productos alimenticios. Por tanto, el Partido de Centro demostró también que a este partido “católico” no le preocupaba ni la libertad de conciencia ni la nacionalidad de tres millones de católicos polacos, sino que lo que le importaba era los intereses económicos de algunos latifundistas alemanes, a los que el encarecimiento de los productos agrícolas por el aumento de los precios aduaneros les traía grandes beneficios económicos. Sin embargo, el partido no tiene en cuenta que la inflación supone una gran desgracia para los miles de padres y madres pobres.

De hecho, ¿cómo se puede esperar que exista una posible amistad entre este partido y el pueblo polaco? ¿Cómo se puede esperar que defiendan sinceramente la identidad polaca oprimida si este partido, especialmente en Prusia, se compone en su mayor medida de latifundistas y de los llamados “barones del carbón”, que provienen de la nobleza y potentados industriales, de partidos como el Conservador y el Nacional Liberal? Sería absurdo esperar que la nobleza alemana y los potentados industriales defendieran al pueblo polaco oprimido. Como ya se sabe, la mayoría de los diputados del Partido de Centro se eligen en la Alta Silesia, Renania y en Westfalia, es decir, en todas aquellas regiones donde se encuentran las grandes minas de carbón y plantas siderúrgicas. Estos aristócratas “católicos” ganan millones gracias a las minas pero, ¿quiénes son los que trabajan día y noche, en condiciones precarias sin luz ni ventilación, para multiplicar el oro que luego los aristócratas de los partidos de centro reciben? ¡Pues el pobre pueblo polaco! En la Alta Silesia trabajan como mulas cientos de miles de obreros metalúrgicos y mineros polacos para darles los beneficios a los señores de las familias Ballestrem o Donnersmarck entre muchas otras. En Westfalia y en Renania, miles de ciudadanos polacos viven en condiciones de miseria, soportando el yugo del trabajo en minas y en fábricas metalúrgicas.

Los aristócratas católicos acumulan millones gracias al trabajo, a la miseria y a la discriminación del pueblo polaco y al pobre minero solo le dan un mísero sueldo con el que alimentarse, teniendo este que soportar una pobreza y suciedad horribles, peor que las vacas y los cerdos en establos. ¿Cómo podemos esperar que estos católicos miren por el bien del pueblo polaco oprimido cuando ellos mismos viven de la injusticia que cometen contra este pueblo? ¿Cómo van a asegurarse estos aristócratas de que los niños polacos puedan rezar en su propia lengua si incluso mantienen a los polacos en tal miseria que estos no tienen ni un trozo de pan que darles a sus hijos ni un pedazo de tela con la que vestirlos?

La esperanza que tienen los polacos en la ayuda por parte del Partido de Centro proviene de tiempo atrás cuando Bismarck perseguía al catolicismo desesperadamente en el Imperio alemán, y por tanto, los católicos se veían obligados a agruparse para defender sus ideas. Durante la llamada Kulturkampf hace unos 10 o 15 años, el Partido de Centro no era tan popular como lo es hoy y no ejercía tanta influencia en el Parlamento como los nacional liberales, es decir, los capitalistas protestantes. La persecución de Bismarck unió en el seno del Partido de Centro a católicos de varias clases sociales: tanto magnates de Silesia y de la alta Silesia, artesanos de la zona del Rin, agricultores de Baviera, y también una parte de la clase trabajadora. Por tanto, el partido católico se convirtió, en cierto modo, en representante de la clase trabajadora y, bajo la presión de esta, se constituyó como una institución progresista y democrática.

En aquel entonces, el partido católico también se oponía al Gobierno, a la opresión del pueblo mediante el establecimiento de altos impuestos, aduanas y el reclutamiento para el servicio militar, y también contra todo tipo de ataque a la libertad de conciencia, lengua, y nacionalidad. En aquel entonces, el Partido de Centro también defendió con más ahínco la cuestión polaca pues, como solemos decir, la mejor manera de entender la situación del prójimo es cuando uno se pone en la piel del otro. Cuando los alemanes católicos experimentaron en su propia piel lo que suponía la persecución, la represión y la injusticia por parte del Gobierno, se compadecieron también con la opresión que sufrían los polacos.

Sin embargo, los tiempos han cambiado y ahora a la Kulturkampf, junto a Bismarck, su iniciador, se los ha llevado el diablo. El Gobierno comprendió que mediante la persecución a los católicos solo conseguía unirlos más, hacerlos más fuertes y conseguir su enemistad. Hoy día, el partido católico, como dijimos anteriormente, es el más fuerte dentro del Parlamento, y por lo tanto el Gobierno tiene que bailarle el agua. Ya se ha acabado la persecución contra el catolicismo y los periódicos incluso rumorean que pronto se va a autorizar la vuelta de los jesuitas a Alemania. Pero, ¡cómo ha cambiado el partido católico ante estas circunstancias! Cuando terminó la opresión contra el catolicismo y por tanto ya no dolía la piel de uno, terminaron también de interesarles al partido las injusticias que sufrían los demás. En ese desorden de clases y niveles sociales que el partido católico representa, los magnates y potentados industriales, que en resumidas cuentas son parásitos y reaccionarios, están asumiendo el poder. También toda la política de centro toma otra forma. Han desaparecido la compasión y la preocupación por el pobre pueblo trabajador, ya nadie se preocupa por los polacos. Hoy día el partido católico defiende en el Parlamento la subida de los precios de aduana, que se traduce en un encarecimiento de los productos alimenticios. Establece también nuevos impuestos para el pueblo, vota a favor del aumento del ejército y de la flota en la “madre patria alemana”. A los polacos casi los han olvidado y les ponen de vez en cuando buena cara para poder llevarlos atados corto y que los diputados polacos del Parlamento hagan caso a las órdenes del Partido de Centro, como sucedía antes. Ahora el Partido de Centro ya no defiende tanto al catolicismo, ya es como un cartel despintado, una frase vacía. Finalmente ha salido a la luz que un partido que se compone de magnates, aristócratas y potentados industriales no puede ser el defensor de los oprimidos y de los pobres. Antes, el Partido de Centro era enemigo del Gobierno alemán y amigo del pueblo. Hoy, es el enemigo del pueblo y amigo del Gobierno. Nuestros ciudadanos polacos deberían entender esto de una vez y, dejando atrás el pasado, deberían dejar de aferrarse al partido católico.

No vamos a encontrar protección en ninguno de estos partidos alemanes. Todas las clases sociales del pueblo alemán son responsables de la persecución. Si el Gobierno alemán o los ministros prusianos deciden directamente perseguir al pueblo polaco y la gentuza de los hakatistas se atreve a atacarnos, la responsabilidad recae en todo el pueblo alemán que apoya directa o indirectamente la opresión de la germanización pues o bien dieron su aprobación, no se manifestaron al respecto o bien defendieron la identidad polaca de manera poco sincera.

Son culpables, por tanto, de que el Gobierno se atreva a tratar a tres millones de personas como ciudadanos de segunda clase, a los que se les prohíbe hasta hablar en su propio idioma o rezarle a su Dios a su propia manera. Se unieron contra el pueblo polaco tanto el Gobierno alemán como la nobleza, los magnates, los dueños de fábricas, los banqueros y los propietarios de las minas de carbón, en definitiva, toda esta clase de ricos y acomodados, que viven a costa de la mano de obra externa y la explotación del pueblo pobre. Tanto los protestantes como los católicos o los judíos son todos iguales con nosotros, al igual que el Gobierno prusiano que nos desnacionaliza.

Esto tampoco nos asombra. Algunos como los nobles, empresarios industriales y capitalistas solo ven un objetivo en la política que es el beneficio económico. Su ídolo es el becerro de oro y su religión se basa en la explotación. Todos los lemas y frases hechas que proclaman los diferentes partidos, como “patriotismo”, “religión católica”, “liberalismo”, “antisemitismo”, “progreso”, son tapaderas de diferentes colores y formas que esconden detrás de sí un único objetivo: codicia y ansias de enriquecimiento. Si en Prusia los conservadores y los librepensadores son tan patriotas con Alemania y quieren transformar a los polacos en alemanes de forma violenta, esto solo es porque el negocio de la germanización tiene un claro beneficio. ¿No es beneficioso para la burguesía alemana que miles de sus hijitos se coloquen en puestos de trabajo en la provincia de Poznan como funcionarios del estado, profesores, escritorzuelos de periódicos, comerciantes y artesanos y que por fin puedan alimentar a una parte de sus campesinos con suelo polaco? Todo esto se perdería, y se tendría que quedar en manos polacas si no se hubieran inventado la necesidad de germanizar a los polacos. Así que ¡que viva la madre patria alemana!, que de nuevo ha servido de vaca lechera de la que sacar provecho. ¡A por los polacos!

Cuando el patriotismo alemán no les compensa, los prusianos conservadores giran como veletas. Por ejemplo, se sabe que los peones alemanes están huyendo en tropel de Prusia hacia el oeste, a las ciudades industriales, porque no quieren soportar más el hambre y el maltrato de los prusianos. Pero los pobres agricultores polacos, del otro lado de la frontera, del Reino de Polonia, están de acuerdo con todo, son ignorantes y por tanto mansos como corderos.

Y estos mismos magnates alemanes, que en Prusia quieren eliminar todo rastro de la identidad polaca y que tienen el patriotismo en la boca a cada instante dejan venir a miles de peones polacos del Reino de Polonia porque son mano de obra más barata y más fáciles de manejar: son más fáciles de engañar y no se enfadan si se les da con el látigo. Cuando les conviene el exterminio de la población polaca, entonces proclaman ¡que viva el hakatismo! Pero cuando la difusión de la identidad polaca es imprescindible para mantener la finca l economía, ¡que sean bienvenidos todos los peones polacos fáciles de manejar! Siempre y cuando fluya el dinero…

Ya mencionamos anteriormente que el Partido de Centro, los católicos alemanes que proclaman a boca llena la defensa de la religión y de la amistad con el pueblo polaco, se ha enriquecido al mismo tiempo a costa del trabajo de los mineros y obreros metalúrgicos polacos católicos en la Alta Silesia. El beneficio es su único credo, mientras que la justicia, la defensa de los oprimidos, la libertad de expresión y de conciencia son solo lemas que dar a conocer o pisotear, según lo que el negocio requiera.

Así es la alta clase dirigente de la sociedad alemana. No es mejor o peor que en otros países solo que hoy día no existe en ningún otro país gente tan ingenua como aquí en Poznan, que esperan de esta clase social protección para los oprimidos y los débiles, que esperan que los lobos protejan a los corderos (como si el lobo le fuera a prestar ayuda al cordero.)

3.

Nuestros aliados

En el pueblo alemán, solo hay un partido que se nos ha unido y que no solo alzan la voz sino que también levantan el puño tanto contra la germanización como contra cualquier tipo de injusticia. Este partido es la Socialdemocracia, el partido de los obreros alemanes.

Este partido no saca ningún beneficio para sí mismo de la persecución de los polacos, como sí ocurría con las clases más altas de la sociedad alemana, que nos perseguían porque esto les daba poder y buenos puestos. El obrero alemán, al igual como nuestros obreros o artesanos polacos, nunca vive de la injusticia que les causa a otros, sino que viven de su propio trabajo duro y sincero. No es el opresor de nadie, sino que – ciertamente – es él el oprimido y, por lo tanto, siente y entiende también nuestra opresión porque él mismo ha sido el dominado. Nosotros los polacos hemos sido torturados por el Gobierno alemán y por los partidos de los que hemos previamente hablado.

Por lo tanto, así como en los últimos veinte años se ha decretado una ley tras otra contra los polacos, el Gobierno alemán ha llevado a cabo desde hace décadas una cacería contra los obreros alemanes. Desde el momento en el que estos empezaron a levantar la cabeza, a construirse a sí mismos y a perseguir la injusticia y la explotación. Sí, contra nosotros también luchan, sobre todo por la vía administrativa, sin embargo al pueblo obrero alemán se lo declaró fuera de la ley hace 22 años, cuando en el 1878 entró en vigor la llamada Ley de Excepción contra los Socialistas.

Aunque supuestamente la Constitución alemana garantice a toda la ciudadanía alemana igualdad ante la ley, libertad de prensa, de expresión, de conciencia y asociación, los obreros socialistas no tenían permiso para publicar periódicos que tuvieran como fin su propia educación, ni podían constituir asambleas o instituciones para hablar de sus asuntos pues todo esto podía suponer una pena de cárcel. Esta privación de derechos duró once años. En este tiempo miles de ellos se consumían entre los muros de la cárcel y cientos tenían que dejar su país, su patria, para protegerse de las persecuciones. Tenían que abandonar a sus mujeres y a sus hijos al hambre y a la miseria. Mientras tanto, se dedicaban a buscar en otros países un techo acogedor, libertad civil e igualdad ante la ley.

¿Quién fue el mayor culpable de las persecuciones? El propio Bismarck, que comenzó el exterminio del pueblo polaco a través de la creación de un fondo para la colonización alemana , y a través de un proceso de germanización en las escuelas de Poznan. También eran culpables los propios nobles y propietarios de fábrica alemanes que apoyaban de manera directa o indirecta al hakatismo. ¿Y quién ha traicionado finalmente al pueblo obrero alemán? El Partido de Centro católico que dejó caer en el olvido la cuestión polaca, que se ha convertido en un luchador de la igualdad burguesa y que apoya al Gobierno en su represión.

El pueblo obrero alemán tiene también muchos enemigos en su propio territorio, sufre de su propia represión, por lo que es nuestro aliado natural, nuestro amigo. El Partido Socialdemócrata no hace ninguna distinción entre lengua y creencias. Todos los oprimidos y desafortunados son sus hermanos. Persigue cada una de las injusticias e intenta erradicarlas. Es el único partido que protege al pueblo de la nobleza y de los capitalistas. Además, es el protector de las naciones oprimidas ante sus perseguidores.

En los periódicos polacos se escriben cada cierto tiempo cosas absurdas sobre la socialdemocracia. La critican porque supone un gran peligro –todavía más terrible que los hakatistas– ya que supuestamente imponen la anarquía, pretenden poner el mundo entero patas arriba, quieren suprimir la religión, introducir la inmoralidad general entre las mujeres, dividir el patrimonio del estado entre todos ellos, etc. Todo es una palabrería ridícula. Aquellos que difunden esto, son necios o infames mentirosos que intentan confundir al pueblo con falsas apariencias.

Los socialistas no piensan que haya que poner el mundo patas arriba, simplemente porque ya está patas arriba. Millones de ciudadanos del pueblo llano trabajan de noche y de día con el sudor de su frente – tanto en el campo como en talleres, fábricas o minas de carbón – y encima no tienen casi ni un trozo de pan que llevarse a la boca ni un mísero rincón donde vivir, ¿no se está haciendo entonces todo lo contrario a lo que se debería hacer? Los nobles y dueños de fábricas, por el contrario, que no han sabido lo que es el trabajo en toda su vida, se meten el beneficio en sus bolsillos, se pasean en coches de caballo, beben champán y viven en palacios.

Ahora los socialistas quieren reestablecer de nuevo la igualdad e introducir un nuevo reglamento para que todos los que trabajen honestamente reciban para ellos y para sus familias un ingreso suficiente. Los holgazanes en cambio, que se benefician del trabajo de los otros, no recibirán nada.

Del mismo modo, son muy graciosos los que dicen que los socialistas quieren acabar con la vida familiar y que quieren introducir una inmoralidad general. ¿No está ya destrozada la vida familiar de millones de familias trabajadoras, de manera que la mujer y madre tiene que ganar dinero y, por tanto, no tiene tiempo para cuidar de los niños y a veces no sabe de dónde va a sacar el dinero para alimentarlos y vestirlos? ¿No está pasando ya que cientos de pobres costureras de Poznan están viéndose forzadas a dedicarse a la prostitución por falta de recursos? ¿Y de quién es la culpa de esto? No de los socialistas, desde luego. Es de los dueños de las fábricas y los confeccionistas que no les pagan a las pobres chicas lo suficiente –que de hecho ni siquiera les alcanza para vivir– por estar todo el día delante de una aguja. Ciertamente los socialistas quieren acabar con esta explotación de inmediato y pretenden asegurarle a cada mujer un salario digno para que no tengan que llegar a la prostitución.

Finalmente, dicen que otro objetivo de los socialistas es la supresión de la religión. Quien se crea ese cuento, debe ser bastante necio, pues nadie elimina la religión como Bismarck o este tipo de gente que declararon junto con él, la guerra a los católicos. Los socialistas, en cambio, eran, por esta y por otras injusticias, los enemigos a muerte de Bismarck y de sus compinches y siempre y en todas las partes proclamaban: Cada uno se aferra a las creencias y a las convicciones que considera correctas y nadie tiene la razón absoluta, ni tiene el derecho de violar la concienciade los otros. La mejor prueba de como los socialistas defienden la libertad de religión y las creencias de cada uno sea cual sea, es que la Socialdemocracia en el Parlamento vota siempre a favor de la vuelta de los jesuitas a Alemania.

Del mismo modo, la Socialdemocracia aboga como primero y hasta ahora único partido por nuestra nacionalidad, que se ha visto perseguida, como nunca antes había sucedido. Inmediatamente después del último ataque del ministro [de Cultura] Studt, los socialdemócratas fueron los primeros que convocaron una gran asamblea popular en la sala Lambertsaal (Poznan) el 15 de agosto de 1900 para protestar contra este nuevo proceso de germanización. La burguesía polaca, avergonzada por esa energía de los socialistas, convocó a duras penas una asamblea propia para el 8 de septiembre.

La Socialdemocracia alemana también se preocupó por el asunto de la cuestión polaca en el seno del congreso del partido que tuvo lugar en Mainz en septiembre de 1900. Mostró su indignación sobre la manera de actuar del Gobierno y aprobó por unanimidad la siguiente propuesta que los delegados desde Polonia habían pedido:

La convención del partido encarga al grupo parlamentario sacar a colación la nueva medida que ha llevado el Gobierno prusiano al Parlamento sobre el uso del idioma polaco en las escuelas de la provincia de Poznan y sobre todo, luchar con todas las fuerzas contra el trato que reciben los polacos como ciudadanos de segunda clase.

De todos los partidos políticos, la Socialdemocracia es el primero y hasta ahora el único que ha decidido criticar duramente en el Parlamento al sistema de Gobierno del hakatismo y exigir un ajuste de cuenta a sus dirigentes.

Este partido es el único de la sociedad alemana que nos apoya y con el podemos contar con su ayuda y su amistad. Y no es precisamente una ayuda pequeña, pues los socialdemócratas cuentan con 56 en el Parlamento y son el partido más fuerte del estado. La última vez obtuvieron 2 ¼ millones de los votos. Este partido ha crecido como la espuma en el último año. Todos los explotados, oprimidos y desfavorecidos se arremolinaron en torno a él mientras que el Gobierno, la nobleza y los capitalistas miraban horrorizados el poder creciente del pueblo trabajador. El pueblo trabajador polaco también debe recurrir a este partido. Solo de él se puede esperar ayuda fraternal y protección contra la violencia que está ejerciendo el Gobierno alemán.

4.

La nobleza, la burguesía y el pueblo llano en Poznan

Los socialdemócratas fueron los primeros en defender en Poznan la enseñanza de la religión impartida en polaco, que el señor Studt había eliminado, y los primeros en llamar al pueblo a una gran asamblea e incitarlos a una lucha defensiva. ¿Qué hicieron al respecto los otros partidos de nuestra sociedad? La élite nacional, es decir la nobleza y los terratenientes, ni siquiera se pronunciaron. Ellos, que son considerados siempre y en todo lugar los líderes y la cabeza de la nación, los supuestos defensores de los intereses nacionales que anuncian por todos lados su patriotismo, ¿dónde estaban ellos antes y dónde están ahora cuando hay que defender al pueblo y su lengua materna? Simplemente, no están. Cuando se trata de conseguir escaños en el Parlamento estatal o en el Parlamento regional, a todas familias de la nobleza como los Kwilecki, Chlapowski, Czartoryski, Radziwill y Koscielski les viene de perlas estar allí, pronunciando discursos “patrióticos” y “burgueses”. ¡Cuando se trata de las labores de representación en la capital berlinesa, eso sí que pueden soportarlo! Pero, ¿dónde dejan estos señores sus valores de “conciencia cívica” y “patriotismo” cuando, elegidos por el pueblo, se sientan en sus butacas de diputados en el Parlamento? ¿Qué beneficio han aportado ellos hasta ahora al pueblo polaco con sus actividades parlamentarias? Nada de nada. Los diputados polacos se sientan tanto en el Parlamento alemán como en el regional como si fueran momias egipcias. No han sido capaces ni de conseguir poder ni de ejercer influencia ni de ganarse una reputación. Mientras los diputados de varios partidos luchan encarnizadamente durante todo el año en el Parlamento por las cuestiones vitales del pueblo, por las leyes de protección de los peones y por los derechos de aduana de la carne y el cereal, los diputados polacos no hacen ni dicen absolutamente nada. Cuando se trata de defender al pueblo de los impuestos, de la inflación y de la opresión del Gobierno, entonces a nuestras queridas familias Czarlinski, Radziwill y Kwilecki se les come la lengua el gato. Una vez al año, dicen alguna que otra cosa contra el proceso de germanización, pero lo hacen sin fuerza y sin ganas, así que los ministros ni siquiera dirijen la atención hacia ellos. Sin embargo, los diputados socialdemócratas adoptan una actitud totalmente diferente en lo que respecta a la defensa del pueblo polaco, aunque hasta ahora no haya ningún polaco entre ellos. Gracias a su influencia, consiguieron, en aquel entonces, que todo aquel que declare en juicio y que no sepa hablar suficiente alemán, tenga que ser asistido por un intérprete del estado. Una vez al año, además, le reprochan al Gobierno que los niños de la Alta Silesia no tienen escuelas.

Sin embargo, eso no es todo. El gran patriotismo hipócrita de estos ilustres diputados parlamentarios se manifiesta, en primer lugar, cuando votan a favor del aumento del ejército y la marina. Nuestros diputados polacos votaron en 1893 a favor del fortalecimiento del ejército alemán, de las fuerzas armadas del mismo Gobierno, con las que torturaban al pueblo polaco, y a favor también del endurecimiento del lazo que estrangulaba al pueblo polaco. Teniendo esto en cuenta, ¿no debe burlase el Gobierno del grito patriótico de los diputados polacos? ¿No es evidente que, hasta el día de hoy, el pueblo polaco siga enviando a sus enemigos al Parlamento como representantes y no a sus protectores? Incluso en el último aumento de la flota alemana este año, que no tenía otro objetivo que someter y presionar a los chinos, como hacen con nosotros. Incluso aquí, apenas la mitad de nuestros diputados se animaron a votar contra la ley del Gobierno. ¡La otra mitad de estos “polacos” desaparecieron del Parlamento, como suele sucederles a los hombres valientes, y se escondieron en ratoneras, pues así no tendrían que votar en contra del Gobierno, [Dios no lo quiera]!

¿Quién podría haber esperado otra cosa viniendo de ellos? Los diputados polacos son altos magnates, nobles, sobre los que el pueblo ya ha cantado una canción hace cientos de años: “Gloria a vosotros, príncipes, prelados, por nuestra esclavitud y nuestras cadenas. Gloria a vosotros, condes, príncipes y canallas, por manchar a nuestro país con sangre de hermanos” Al igual que la patria para ellos solo era un beneficio personal y el pueblo solo era un banquillo en el que poner los pies para escalar a posiciones más altas, así mismo se comporta hoy día. Casi todos son propietarios de grandes haciendas y viven del esfuerzo de los peones polacos como hacen los terratenientes alemanes. Casi todos alimentan a sus “hermanos, los pobres campesinos” peor que a los cerdos, como es el caso de los magnates alemanes. Su objetivo principal es vender a buen precio el cereal, el ganado y el aguardiente que ellos destilan. Por tanto, reclaman altos impuestos aduaneros incluso si esto hace que la población sufra por la inflación y el alcoholismo. En el fondo, ellos pertenecen exactamente a la misma clase de gente que la nobleza y los capitalistas alemanes. Se sirven los unos otros. Aunque los alemanes favorezcan a los hakatistas y los polacos supuestamente defiendan su identidad, el vínculo de la avaricia común es más fuerte que el de la unión por el odio nacional.

Al igual que los alemanes, el principal interés de los terratenientes y fabricantes polacos en la “patria alemana” es explotar al pueblo trabajador. Dios los cría y ellos solos se juntan. Eso es lo que ocurre con nuestros diputados, que están en el Parlamento para supuestamente defender al pueblo polaco de nuestros peores enemigos, el Gobierno y los señores de la clase alemana pudiente. Por tanto, ¿es una sorpresa que el hakatismo se haga cada vez más fuerte y que el pueblo polaco sufra derrota tras derrota?

El llamado Partido Popular Alemán, es decir, el de nuestra burguesía, tampoco ha hecho mucho para proteger al pueblo polaco. Este partido está activo en la provincia de Poznan desde hace ya bastantes años. Controla varios periódicos, puede convocar asambleas públicas porque los propietarios del lugar no lo rechazan como hacen con los socialistas. ¿Y cuáles son los resultados? Pues que estos aristócratas se sientan en el Parlamento e ignoran las protestas sociales del pueblo. Mientras que el hakatismo avanza a pasos agigantados, el pueblo polaco se sume en su propia pobreza e ignorancia, como pasaba antes.

El Partido Popular podría tener buena voluntad pero ¡qué incompetentes son! Son un verdadero caos. Tienen una mentalidad política realmente atrasada. La mejor imagen que este partido dio fue gracias a su comportamiento después del último ataque del ministro Studt. En su torpeza, aplazaron cualquier movimiento de protesta hasta que los socialdemócratas se les adelantaron y convocaron por primera vezasamblea popular en Poznan. Avergonzados por este ejemplo, se animaron finalmente a convocar una asamblea pero ¿qué a punto común llegaron en esta? En lugar de criticar el torpe comportamiento de los diputados polacos en el Parlamento, en vez de denunciar al partido de los católicos por su hipocresía en lo que respecta a la defensa de la identidad polaca, en vez de desenmascarar la verdadera naturaleza del Gobierno y de sus aliados y llamar al pueblo a una lucha encarnizada contra ellos, la asamblea envió una petición llorándole al arzobispo para que protegiera a nuestros hijos y defendiera las clases de religión en las escuelas. La verdadera sabiduría de este “Partido Popular” es aferrarse con ambas manos a la sotana sacerdotal. Todo se hace con el sacerdote y a través de él: esa es la antigua política que la aristocracia implantó en la antigua República polaca hasta que la misma los llevó a la ruina.

Lo que mejor demuestra la torpeza y la mentalidad atrasada del Partido Popular es que fingen luchar contra la aristocracia y fingen animar al pueblo para que desarrollen su propia vida política mientras que siguen llevando a cabo, punto por punto, políticas clericales, al igual que hace la nobleza.

Y con razón este partido se llama a sí mismo Partido Popular, aunque en realidad no le importa mucho el bienestar del pueblo, de la gente trabajadora, los artesanos, obreros y peones polacos. Este partido no quiere abrirle los ojos a la gente y enseñarles a sus verdaderos enemigos: la explotación capitalista, el poder de la aristocracia y la parcialidad del Gobierno. Cuando hace ya varios años, los trabajadores y artesanos de Poznan comenzaron a organizarse en agrupaciones profesionales para luchar contra el Capital, por un salario mejor y una vida mejor para sus mujeres e hijos, entonces el “Partido Popular” puso mala cara y buscó la manera, a través de sus periódicos propios, de disuadirlos de estos planes. Los miembros de este partido inventan todo lo que pueden sobre los opresores alemanes, sin embargo no les gusta escuchar verdades amargas sobre los opresores y explotadores polacos. Tienen miedo de que el pueblo pueda ser más inteligente y quieren, por tanto, tenerlos atados con la ayuda de los curas. Pero de esta manera toda la defensa de la identidad polaca se torna totalmente ineficaz porque, si se tiene que poner fin a la lucha contra el hakatismo mediante la distribución de pequeños calendarios y mediante delegados del arzobispado, a nuestra nación le aguarda un futuro muy negro. Al fin y al cabo, ni el clero ni nuestra burguesía están interesados en la defensa del pueblo polaco ante la germanización, sino más bien en la defensa de los dueños de fábrica polacos, los maestros de los gremios artesanos y los terratenientes ante las justas demandas de los trabajadores desheredados. No están por la labor de frenar la ignorancia de los hakatistas, sino que más bien pretenden hacer retroceder las luces del Socialismo. Es interesante y significativo que el arzobispo, en su larga respuesta a los delegados y a la “humilde petición” de la asamblea burguesa del 8 de septiembre, hablara tanto sobre la defensa de la religión pero no dijera ni una palabra sobre la defensa de la lengua polaca que, como si no tuviera nada que ver una cosa con la otra. Advirtió a los delegados que hay que “resistir a la tentación”: “Con las palabras del redentor, me dirijo a vosotros, despertad y orad para que no caigáis en la tentación pues el enemigo de nuestras almas quiere servirse del arrebato y del dolor. El enemigo trata de seduciros y engañaros para revolucionar el orden social y divino” (revista Goniec Wielkopolski, Nº. 207)

Rosa Luxemburg caía asesinada en Berlín

Este es su primer lema ante la inminente avalancha del hakatismo – estar en alerta y tener miedo a la Socialdemocracia, que es el único partido que defiende sinceramente al pueblo polaco y es un irreconciliable enemigo del Gobierno y del hakatismo. Esto muestra lo que vale el patriotismo de este “Partido Popular”. Vemos ahora claramente que no podemos esperar apoyo eficaz contra la germanización ni de la nobleza polaca ni de sus diputados parlamentarios, ni del partido burgués, el Partido Popular, ni de los curas. Nuestra burguesía se esfuerza, tanto como la nobleza, en tratar de convencer al pueblo trabajador de que la opresión contra el pueblo polaco es nuestra desgracia particular, que los germanizadores son nuestros únicos enemigos y que la batalla contra el hakatismo es nuestra única tarea política. Entretanto, los artesanos, trabajadores y peones polacos sufren otras miles de discriminaciones y les atormentan otras miles de preocupaciones.

El Capital explota a los artesanos y agricultores. El obrero está explotado por la nobleza y los terratenientes. Toda la población trabajadora está arruinada por las altas tasas aduaneras de alimentos impuestas por el Gobierno y por la inflación que se deriva de estos aranceles. Este Gobierno nos empobrece a través de los impuestos, nos oprime a través del reclutamiento para el servicio militar obligatorio y comete injusticias contra nosotros como cuando por ejemplo se niega a dar dinero público para los colegios o para el bienestar del pueblo y se lo gasta, sin embargo, en cañones y barcos de guerra. Este es nuestro mayor sufrimiento, estos son nuestros mayores enemigos: la explotación por parte de los capitalistas, de los aristócratas y de un Gobierno que está totalmente al servicio de estos y que le ordena al pueblo de solo “pagar impuestos, prestar servicio militar y, encima, cerrar el pico.”

Como hemos dicho, en esta explotación y esta política participa nuestra burguesía y terratenientes polacos, que tienen tanta culpa como los alemanes. Entonces, ¿el fabricante o el terrateniente polaco le paga mejor y trata mejor al trabajador polaco que un fabricante alemán? ¿El confeccionista polaco explota a los artesanos polacos o las costureras polacas menos que un confeccionista alemán? Son tan idénticos como dos gotas de agua. Da igual que su apellido termine con berg o ski. No existe entre ellos la más mínima diferencia con respecto a la relación que mantienen con los trabajadores polacos.

Por tanto, la burguesía compite con la nobleza para tratar de convencernos de que nada nos oprime excepto la germanización, que no tenemos otros enemigos que los hakatistas. Esto no es otra cosa que una maniobra, una política para cegar al pueblo trabajador con falsas apariencias, desviar su atención sobre el enemigo alemán y apartarlos del enemigo que tiene en su propia casa. Estos líderes quieren que la gente solo se preocupe por su idioma y por la fe católica, pero no porque su estómago esté vacío. Quieren que piensen que solo luchan contra los hakatistas y no contra la explotación de sus propios parásitos, contra la opresión en el marco político, y contra opresión aduanera y militar del Gobierno.

Por eso tenemos que considerar el patriotismo de las capas más altas de la sociedad polaca como un infame engaño al pueblo. No tenemos que ir tras los latifundistas y burgueses sino contra ellos. No tenemos que proteger nuestra nacionalidad en comunidad con ellos, sino luchar para defender nuestro bienestar y nuestra lengua materna contra ellos. El pueblo polaco solo cuenta con él mismo y con los únicos cuya desgracia se le parece: el pueblo obrero alemán. Que el artesano, el obrero, el minero polaco se lancen a la lucha, que unan sus esfuerzos con los esfuerzos de sus compañeros de desgracias, y de esta manera, el Gobierno alemán y los hakatistas tendrán que reconocer su fuerza. El pueblo obrero polaco debe situarse bajo el lema de la Socialdemocracia, que es el único refugio de la justicia y de la libertad. Aquí encuentra la protección de su bienestar, de la vida familiar, de los derechos civiles y de su lengua materna.

El terrateniente, el fabricante, el capitalista, tanto si es alemán como polaco, es nuestro enemigo. Sin embargo, el obrero alemán es nuestro aliado, que bajo la explotación capitalista y la opresión de la clase dominante, sufre como nosotros. Tomando como ejemplo al pueblo obrero alemán, ahora nuestro pueblo polaco debe también retomar la lucha por su vida física y mental. A este efecto, deben organizarse, afiliarse a los sindicatos, para así juntos hacer frente a los capitalistas. Deben leer periódicos y folletos del movimiento obrero para formarse y comprender sus necesidades y deberes.

Pero sobre todo, el pueblo trabajador solo debería votar en las elecciones al Parlamento a sus propios candidatos trabajadores del Partido Socialdemócrata para que así no se siente en el Parlamento ningún enemigo más del pueblo que venga de Poznan, de Prusia Occidental, Masuria o Alta Silesia, ningún parásito aristócrata o inútiles burgueses. ¡Por la unión con el pueblo trabajador alemán contra la explotación por las clases dirigentes de Alemania y Polonia y contra la opresión por el Gobierno! Ese es nuestro lema.

José Carlos Mariategui: el problema de la tierra (III Ensayo)

EL PROBLEMA AGRARIO Y EL PROBLEMA DEL INDIO

 

Quienes desde puntos de vista socialistas estudiamos y definimos el problema del indio, empezamos por declarar absolutamente superados los puntos de vista humanitarios o filantrópicos, en que, como una prolongación de la apostólica batalla del padre de Las Casas, se apoyaba la antigua campaña pro-indígena. Nuestro primer esfuerzo tiende a establecer su carácter de problema fundamentalmente económico. Insurgimos primeramente, contra la tendencia instintiva –y defensiva– del criollo o “misti”, a reducirlo a un problema exclusivamente administrativo, pedagógico, étnico o moral, para escapar a toda costa del plano de la economía. Por esto, el más absurdo de los reproches que se nos pueden dirigir es el de lirismo o literaturismo. Colocando en primer plano el problema económico-social, asumimos la actitud menos lírica y menos literaria posible. No nos contentamos con reivindicar el derecho del indio a la educación, a la cultura, al progreso, al amor y al cielo. Comenzamos por reivindicar, categóricamente, su derecho a la tierra. Esta reivindicación perfectamente materialista, debería bastar para que no se nos confundiese con los herederos o repetidores del verbo evangélico del gran fraile español, a quien, de otra parte, tanto materialismo no nos impide admirar y estimar fervorosamente.

Y este problema de la tierra -cuya solidaridad con el problema del indio es demasiado evidente-, tampoco nos avenimos a atenuarlo o adelgazarlo oportunistamente. Todo lo contrario. Por mi parte, yo trato de plantearlo en términos absolutamente inequívocos y netos.

El problema agrario se presenta, ante todo, como el problema de la liquidación de la feudalidad en el Perú. Esta liquidación debía haber sido realizada ya por el régimen demo-burgués formalmente establecido por la revolución de la independencia. Pero en el Perú no hemos tenido en cien años de república, una verdadera clase burguesa, una verdadera clase capitalista. La antigua clase feudal –camuflada o disfrazada de burguesía republicana– ha conservado sus posiciones. La política de desamortización de la propiedad agraria iniciada por la revolución de la Independencia –como una consecuencia lógica de su ideología–, no condujo al desenvolvimiento de la pequeña propiedad. La vieja clase terrateniente no había perdido su predominio. La supervivencia de un régimen de latifundistas produjo, en la práctica, el mantenimiento del latifundio. Sabido es que la desamortización atacó más bien a la comunidad. Y el hecho es que durante un siglo de república, la gran propiedad agraria se ha reforzado y engrandecido a despecho del liberalismo teórico de nuestra Constitución y de las necesidades prácticas del desarrollo de nuestra economía capitalista.

Las expresiones de la feudalidad sobreviviente son dos: latifundio y servidumbre. Expresiones solidarias y consustanciales, cuyo análisis nos conduce a la conclusión de que no se puede liquidar la servidumbre, que pesa sobre la raza indígena, sin liquidar el latifundio.

Planteado así el problema agrario del Perú, no se presta a deformaciones equívocas. Aparece en toda su magnitud de problema económico-social –y por tanto político– del dominio de los hombres que actúan en este plano de hechos e ideas. Y resulta vano todo empeño de convertirlo, por ejemplo, en un problema técnico-agrícola del dominio de los agrónomos.

Nadie ignora que la solución liberal de este problema sería, conforme a la ideología individualista, el fraccionamiento de los latifundios para crear la pequeña propiedad. Es tan desmesurado el desconocimiento, que se constata a cada paso, entre nosotros, de los principios elementales del socialismo, que no será nunca obvio ni ocioso insistir en que esta fórmula –fraccionamiento de los latifundios en favor de la pequeña propiedad– no es utopista, ni herética, ni revolucionaria, ni bolchevique, ni vanguardista, sino ortodoxa, constitucional, democrática, capitalista y burguesa. Y que tiene su origen en el ideario liberal en que se inspiran los Estatutos constitucionales de todos los Estados demo-burgueses. Y que en los países de la Europa Central y Oriental –donde la crisis bélica trajo por tierra las últimas murallas de la feudalidad, con el consenso del capitalismo de Occidente que desde entonces opone precisamente a Rusia este bloque de países anti-bolcheviques–, en Checoslovaquia, Rumania, Polonia, Bulgaria, etc., se ha sancionado leyes agrarias que limitan, en principio, la propiedad de la tierra, al máximum de 500 hectáreas.

Congruentemente con mi posición ideológica, yo pienso que la hora de ensayar en el Perú el método liberal, la fórmula individualista, ha pasado ya. Dejando aparte las razones doctrinales, considero fundamentalmente este factor incontestable y concreto que da un carácter peculiar a nuestro problema agrario: la supervivencia de la comunidad y de elementos de socialismo práctico en la agricultura y la vida indígenas.

Pero quienes se mantienen dentro de la doctrina demo-liberal –si buscan de veras una solución al problema del indio, que redima a éste, ante todo, de su servidumbre–, pueden dirigir la mirada a la experiencia checa o rumana, dado que la mexicana, por su inspiración y su proceso, les parece un ejemplo peligroso. Para ellos es aún tiempo de propugnar la fórmula liberal. Si lo hicieran, lograrían, al menos, que en el debate del problema agrario provocado por la nueva generación, no estuviese del todo ausente el pensamiento liberal, que, según la historia escrita, rige la vida del Perú desde la fundación de la República.

COLONIALISMO = FEUDALISMO

El problema de la tierra esclarece la actitud vanguardista o socialista, ante las supervivencias del Virreinato. El “perricholismo” literario no nos interesa sino como signo o reflejo del colonialismo económico. La herencia colonial que queremos liquidar no es, fundamentalmente, la de “tapadas” y celosías, sino la del régimen económico feudal, cuyas expresiones son el gamonalismo, el latifundio y la servidumbre. La literatura colonialista –evocación nostálgica del Virreinato y de sus fastos –, no es para mí sino el mediocre producto de un espíritu engendrado y alimentado por ese régimen. El Virreinato no sobrevive en el “perricholismo” de algunos trovadores y algunos cronistas. Sobrevive en el feudalismo, en el cual se asienta, sin imponerle todavía su ley, un capitalismo larvado e incipiente. No renegamos, propiamente, la herencia española; renegamos la herencia feudal.

España nos trajo el Medioevo: inquisición, feudalidad, etc. Nos trajo luego, la Contrarreforma: espíritu reaccionario, método jesuítico, casuismo escolástico. De la mayor parte de estas cosas, nos hemos ido liberando, penosamente, mediante la asimilación de la cultura occidental, obtenida a veces a través de la propia España. Pero de su cimiento económico, arraigado en los intereses de una clase cuya hegemonía no canceló la revolución de la independencia, no nos hemos liberado todavía. Los raigones de la feudalidad están intactos. Su subsistencia es responsable, por ejemplo, del retardamiento de nuestro desarrollo capitalista.

El régimen de propiedad de la tierra determina el régimen político y administrativo de toda nación. El problema agrario –que la República no ha podido hasta ahora resolver– domina todos los problemas de la nuestra. Sobre una economía semifeudal no pueden prosperar ni funcionar instituciones democráticas y liberales.

En lo que concierne al problema indígena, la subordinación al problema de la tierra resulta más absoluta aún, por razones especiales. La raza indígena es una raza de agricultores. El pueblo inkaico era un pueblo de campesinos, dedicados ordinariamente a la agricultura y el pastoreo. Las industrias, las artes, tenían un carácter doméstico y rural. En el Perú de los Inkas era más cierto que en pueblo alguno el principio de que “la vida viene de la tierra”. Los trabajos públicos, las obras colectivas más admirables del Tawantinsuyo, tuvieron un objeto militar, religioso o agrícola. Los canales de irrigación de la sierra y de la costa, los andenes y terrazas de cultivo de los Andes, quedan como los mejores testimonios del grado de organización económica alcanzado por el Perú inkaico. Su civilización se caracterizaba, en todos sus rasgos dominantes, como una civilización agraria. “La tierra –escribe Valcárcel estudiando la vida económica del Tawantinsuyo– en la tradición regnícola, es la madre común: de sus entrañas no sólo salen los frutos alimenticios, sino el hombre mismo. La tierra depara todos los bienes. El culto de la Mama Pacha es par de la heliolatría, y como el sol no es de nadie en particular, tampoco el planeta lo es. Hermanados los dos conceptos en la ideología aborigen, nació el agrarismo, que es propiedad comunitaria de los campos y religión universal del astro del día” (l).

Al comunismo inkaico –que no puede ser negado ni disminuido por haberse desenvuelto bajo el régimen autocrático de los Inkas–, se le designa por esto como comunismo agrario. Los caracteres fundamentales de la economía inkaica –según César Ugarte, que define en general los rasgos de nuestro proceso con suma ponderación–, eran los siguientes: “Propiedad colectiva de la tierra cultivable por el ‘ayllu’ o conjunto de familias emparentadas, aunque dividida en lotes individuales intransferibles; propiedad colectiva de las aguas, tierras de pasto y bosques por la marca o tribu, o sea la federación de ayllus establecidos alrededor de una misma aldea; cooperación común en el trabajo; apropiación individual de las cosechas y frutos” (2).

La destrucción de esta economía -y por ende de la cultura que se nutría de su savia- es una de las responsabilidades menos discutibles del coloniaje, no por haber constituido la destrucción de las formas autóctonas, sino por no haber traído consigo su sustitución por formas superiores. El régimen colonial desorganizó y aniquiló la economía agraria inkaica, sin reemplazarla por una economía de mayores rendimientos. Bajo una aristocracia indígena, los nativos componían una nación de diez millones de hombres, con un Estado eficiente y orgánico cuya acción arribaba a todos los ámbitos de su soberanía; bajo una aristocracia extranjera, los nativos se redujeron a una dispersa y anárquica masa de un millón de hombres, caídos en la servidumbre y el “felahísmo”.

El dato demográfico es, a este respecto, el más fehaciente y decisivo. Contra todos los reproches que –en el nombre de conceptos liberales, esto es modernos, de libertad y justicia– se puedan hacer al régimen inkaico, está el hecho histórico –positivo, material– de que aseguraba la subsistencia y el crecimiento de una población que, cuando arribaron al Perú los conquistadores, ascendía a diez millones y que, en tres siglos de dominio español, descendió a un millón. Este hecho condena al coloniaje y no desde los puntos de vista abstractos o teóricos o morales –o como quiera calificárseles– de la justicia, sino desde los puntos de vista prácticos, concretos y materiales de la utilidad.

El coloniaje, impotente para organizar en el Perú al menos una economía feudal, injertó en ésta elementos de economía esclavista.

LA POLÍTICA DEL COLONIAJE: DESPOBLACIÓN
Y ESCLAVITUD

Que el régimen colonial español resultara incapaz de organizar en el Perú una economía de puro tipo feudal se explica claramente. No es posible organizar una economía sin claro entendimiento y segura estimación, si no de sus principios, al menos de sus necesidades. Una economía indígena, orgánica, nativa, se forma sola. Ella misma determina espontáneamente sus instituciones. Pero una economía colonial se establece sobre bases en parte artificiales y extranjeras, subordinada al interés del colonizador. Su desarrollo regular depende de la aptitud de éste para adaptarse a las condiciones ambientales o para transformarlas.

El colonizador español carecía radicalmente de esta aptitud. Tenía una idea, un poco fantástica, del valor económico de los tesoros de la naturaleza, pero no tenía casi idea alguna del valor económico del hombre.

La práctica de exterminio de la población indígena y de destrucción de sus instituciones -en contraste muchas veces con las leyes y providencias de la metrópoli- empobrecía y desangraba al fabuloso país ganado por los conquistadores para el Rey de España, en una medida que éstos no eran capaces de percibir y apreciar. Formulando un principio de la economía de su época, un estadista sudamericano del siglo XIX debía decir más tarde, impresionado por el espectáculo de un continente semidesierto: “Gobernar es poblar”. El colonizador español, infinitamente lejano de este criterio, implantó en el Perú un régimen de despoblación.

La persecución y esclavizamiento de los indios deshacía velozmente un capital subestimado en grado inverosímil por los colonizadores: el capital humano. Los españoles se encontraron cada día más necesitados de brazos para la explotación y aprovechamiento de las riquezas conquistadas. Recurrieron entonces al sistema más antisocial y primitivo de colonización: el de la importación de esclavos. El colonizador renunciaba así, de otro lado, a la empresa para la cual antes se sintió apto el conquistador: la de asimilar al indio. La raza negra traída por él le tenía que servir, entre otras cosas, para reducir el desequilibrio demográfico entre el blanco y el indio.

La codicia de los metales preciosos -absolutamente lógica en un siglo en que tierras tan distantes casi no podían mandar a Europa otros productos-, empujó a los españoles a ocuparse preferentemente en la minería. Su interés pugnaba por convertir en un pueblo minero al que, bajo sus inkas y desde sus más remotos orígenes, había sido un pueblo fundamentalmente agrario. De este hecho nació la necesidad de imponer al indio la dura ley de la esclavitud. El trabajo del agro, dentro de un régimen naturalmente feudal, hubiera hecho del indio un siervo vinculándolo a la tierra. El trabajo de las minas y las ciudades, debía hacer de él un esclavo. Los españoles establecieron, con el sistema de las mitas, el trabajo forzado, arrancando al indio de su suelo y de sus costumbres.

La importación de esclavos negros que abasteció de braceros y domésticos a la población española de la costa, donde se encontraba la sede y corte del Virreinato, contribuyó a que España no advirtiera su error económico y político. El esclavismo se arraigó en el régimen, viciándolo y enfermándolo.

El profesor Javier Prado, desde puntos de vista que no son naturalmente los míos, arribó en su estudio sobre el estado social del Perú del coloniaje a conclusiones que contemplan precisamente un aspecto de este fracaso de la empresa colonizadora: “Los negros -dice- considerados como mercancía comercial, e importados a la América, como máquinas humanas de trabajo, debían regar la tierra con el sudor de su frente; pero sin fecundarla, sin dejar frutos provechosos. Es la liquidación constante siempre igual que hace la civilización en la historia de los pueblos: el esclavo es improductivo en el trabajo como lo fue en el Imperio Romano y como lo ha sido en el Perú; y es en el organismo social un cáncer que va corrompiendo los sentimientos y los ideales nacionales. De esta suerte ha desaparecido el esclavo en el Perú, sin dejar los campos cultivados; y después de haberse vengado de la raza blanca, mezclando su sangre con la de ésta, y rebajando en ese contubernio el criterio moral e intelectual, de los que fueron al principio sus crueles amos, y más tarde sus padrinos, sus compañeros y sus hermanos” (3).

La responsabilidad de que se puede acusar hoy al coloniaje, no es la de haber traído una raza inferior -éste era el reproche esencial de los sociólogos de hace medio siglo-, sino la de haber traído con los esclavos, la esclavitud, destinada a fracasar como medio de explotación y organización económicas de la colonia, a la vez que a reforzar un régimen fundado sólo en la conquista y en la fuerza.

El carácter colonial de la agricultura de la costa, que no consigue aún librarse de esta tara, proviene en gran parte del sistema esclavista. El latifundista costeño no ha reclamado nunca, para fecundar sus tierras, hombres sino brazos. Por esto, cuando le faltaron los esclavos negros, les buscó un sucedáneo en los culis chinos. Esta otra importación típica de un régimen de “encomenderos” contrariaba y entrababa como la de los negros la formación regular de una economía liberal congruente con el orden político establecido por la revolución de la independencia. César Ugarte lo reconoce en su estudio ya citado sobre la economía peruana, afirmando resueltamente que lo que el Perú necesitaba no era “brazos” sino “hombres”(4).

EL COLONIZADOR ESPAÑOL

La incapacidad del coloniaje para organizar la economía peruana sobre sus naturales bases agrícolas, se explica por el tipo de colonizador que nos tocó. Mientras en Norteamérica la colonización depositó los gérmenes de un espíritu y una economía que se plasmaban entonces en Europa y a los cuales pertenecía el porvenir, a la América española trajo los efectos y los métodos de un espíritu y una economía que declinaban ya y a los cuales no pertenecía sino el pasado. Esta tesis puede parecer demasiado simplista a quienes consideran sólo su aspecto de tesis económica y, supérstites, aunque lo ignoren, del viejo escolasticismo retórico, muestran esa falta de aptitud para entender el hecho económico que constituye el defecto capital de nuestros aficionados a la historia. Me complace por esto encontrar en el reciente libro de José Vasconcelos Indología, un juicio que tiene el valor de venir de un pensador a quien no se puede atribuir ni mucho marxismo ni poco hispanismo. “Si no hubiese tantas otras causas de orden moral y de orden físico -escribe Vasconcelos- que explican perfectamente el espectáculo aparentemente desesperado del enorme progreso de los sajones en el Norte y el lento paso desorientado de los latinos del Sur, sólo la comparación de los dos sistemas, de los dos regímenes de propiedad, bastaría para explicar las razones del contraste. En el Norte no hubo reyes que estuviesen disponiendo de la tierra ajena como de cosa propia. Sin mayor gracia de parte de sus monarcas y más bien en cierto estado de rebelión moral contra el monarca inglés, los colonizadores del norte fueron desarrollando un sistema de propiedad privada en el cual cada quien pagaba el precio de su tierra y no ocupaba sino la extensión que podía cultivar. Así fue que en lugar de enco-miendas hubo cultivos. Y en vez de una aristocracia guerrera y agrícola, con timbres de turbio abolengo real, abolengo cortesano de abyección y homicidio, se desarrolló una aristocracia de la aptitud que es lo que se llama democracia, una democracia que en sus comienzos no reconoció más preceptos que los del lema francés: libertad, igualdad, fraternidad. Los hombres del norte fueron conquistando la selva virgen, pero no permitían que el general victorioso en la lucha contra los indios se apoderase, a la manera antigua nuestra, ‘hasta donde alcanza la vista’. Las tierras recién conquistadas no quedaban tampoco a merced del soberano para que las repartiese a su arbitrio y crease nobleza de doble condición moral: lacayuna ante el soberano e insolente y opresora del más débil. En el Norte, la República coincidió con el gran movimiento de expansión y la República apartó una buena cantidad de las tierras buenas, creó grandes reservas sustraídas al comercio privado, pero no las empleó en crear ducados, ni en premiar servicios patrióticos, sino que las destinó al fomento de la instrucción popular. Y así, a medida que una población crecía, el aumento del valor de las tierras bastaba para asegurar el servicio de la enseñanza. Y cada vez que se levantaba una nueva ciudad en medio del desierto no era el régimen de concesión, el régimen de favor el que privaba, sino el remate público de los lotes en que previamente se subdividía el plano de la futura urbe. Y con la limitación de que una sola persona no pudiera adquirir muchos lotes a la vez. De este sabio, de este justiciero régimen social procede el gran poderío norte-americano. Por no haber procedido en forma semejante, nosotros hemos ido caminando tantas veces para atrás”(5).

La feudalidad es, como resulta del juicio de Vasconcelos, la tara que nos dejó el coloniaje. Los países que, después de la Independencia, han conseguido curarse de esa tara son los que han progresado; los que no lo han logrado todavía, son los retardados. Ya hemos visto cómo a la tara de la feudalidad, se juntó la tara del esclavismo.

El español no tenía las condiciones de colonización del anglosajón. La creación de los EE. UU. se presenta como la obra del pioneer. España después de la epopeya de la conquista no nos mandó casi sino nobles, clérigos y villanos. Los conquistadores eran de una estirpe heroica; los colonizadores, no. Se sentían señores, no se sentían pioneers. Los que pensaron que la riqueza del Perú eran sus metales preciosos, convirtieron a la minería, con la práctica de las mitas, en un factor de aniquilamiento del capital humano y de decadencia de la agricultura. En el propio repertorio civilista encontramos testimonios de acusación. Javier Prado escribe que “el estado que presenta la agricultura en el virreinato del Perú es del todo lamentable debido al absurdo sistema económico mantenido por los españoles”, y que de la despoblación del país era culpable su régimen de explotación (6).

El colonizador, que en vez de establecerse en los campos se estableció en las minas, tenía la psicología del buscador de oro. No era, por consiguiente, un creador de riqueza. Una economía, una sociedad, son la obra de los que colonizan y vivifican la tierra; no de los que precariamente extraen los tesoros de su subsuelo. La historia del florecimiento y decadencia de no pocas poblaciones coloniales de la sierra, determinados por el descubrimiento y el abandono de minas prontamente agotadas o relegadas, demuestra ampliamente entre nosotros esta ley histórica.

Tal vez las únicas falanges de verdaderos colonizadores que nos envió España fueron las misiones de jesuitas y dominicos. Ambas congregaciones, especialmente la de jesuitas, crearon en el Perú varios interesantes núcleos de producción. Los jesuitas asociaron en su empresa los factores religioso, político y económico, no en la misma medida que en el Paraguay, donde realizaron su más famoso y extenso experimento, pero sí de acuerdo con los mismos principios.

Esta función de las congregaciones no sólo se conforma con toda la política de los jesuitas en la América española, sino con la tradición misma de los monasterios en el Medioevo. Los monasterios tuvieron en la sociedad medioeval, entre otros, un rol económico. En una época guerrera y mística, se encargaron de salvar la técnica de los oficios y las artes, disciplinando y cultivando elementos sobre los cuales debía constituirse más tarde la industria burguesa. Jorge Sorel es uno de los economistas modernos que mejor remarca y define el papel de los monasterios en la economía europea, estudiando a la orden benedictina como el prototipo del monasterio-empresa industrial. “Hallar capitales -apunta Sorel-era en ese tiempo un problema muy difícil de resolver; para los monjes era asaz simple. Muy rápidamente las donaciones de ricas familias les prodigaron grandes cantidades de metales preciosos; la acumulación primitiva resultaba muy facilitada. Por otra parte los conventos gastaban poco y la estricta economía que imponían las reglas recuerda los hábitos parsimoniosos de los primeros capitalistas. Durante largo tiempo los monjes estuvieron en grado de hacer operaciones excelentes para aumentar su fortuna”. Sorel nos expone, cómo “después de haber prestado a Europa servicios eminentes que todo el mundo reconoce, estas instituciones declinaron rápidamente” y cómo los benedictinos “cesaron de ser obreros agrupados en un taller casi capitalista y se convirtieron en burgueses retirados de los negocios, que no pensaban sino en vivir en una dulce ociosidad en la campiña” (7).

Este aspecto de la colonización, como otros muchos de nuestra economía, no ha sido aún estudiado. Me ha correspondido a mí, marxista convicto y con-feso, su constatación. Juzgo este estudio, fundamental para la justificación económica de las medidas que, en la futura política agraria, concernirán a los fun-dos de los conventos y congregaciones, porque establecerá concluyentemente la caducidad práctica de su dominio y de los títulos reales en que reposaba.

LA “COMUNIDAD” BAJO EL COLONIAJE

Las Leyes de Indias amparaban la propiedad indígena y reconocían su organización comunista. La legislación relativa a las “comunidades” indígenas, se adaptó a la necesidad de no atacar las instituciones ni las costumbres indiferentes al espíritu religioso y al carácter político del Coloniaje. El comunismo agrario del “ayllu”, una vez destruido el Estado Inkaico, no era incompatible con el uno ni con el otro. Todo lo contrario. Los jesuitas aprovecharon precisamente el comunismo indígena en el Perú, en México y en mayor escala aún en el Paraguay, para sus fines de catequización. El régimen medioeval, teórica y prácticamente, conciliaba la propiedad feudal con la propiedad comunitaria.

El reconocimiento de las comunidades y de sus costumbres económicas por las Leyes de Indias, no acusa simplemente sagacidad realista de la política colonial sino se ajusta absolutamente a la teoría y la práctica feudales. Las disposiciones de las leyes coloniales sobre la comunidad, que mantenían sin inconveniente el mecanismo económico de ésta, reformaban, en cambio, lógicamente, las costumbres contrarias a la doctrina católica (la prueba matrimonial, etc.) y tendían a convertir la comunidad en una rueda de su maquinaria administrativa y fiscal. La comunidad podía y debía subsistir, para la mayor gloria y provecho del Rey y de la Iglesia.

Sabemos bien que esta legislación en gran parte quedó únicamente escrita. La propiedad indígena no pudo ser suficientemente amparada, por razones dependientes de la práctica colonial. Sobre este hecho están de acuerdo todos los testimonios. Ugarte hace las siguientes constataciones: “Ni las medidas previsoras de Toledo, ni las que en diferentes oportunidades trataron de ponerse en práctica, impidieron que una gran parte de la propiedad indígena pasara legal o ilegalmente a manos de los españoles o criollos. Una de las instituciones que facilitó este despojo disimulado fue la de las ‘Encomiendas’. Conforme al concepto legal de la institución, el encomendero era un encargado del cobro de los tributos y de la educación y cristianización de sus tributarios. Pero en la realidad de las cosas, era un señor feudal, dueño de vidas y haciendas, pues dis-ponía de los indios como si fueran árboles del bosque y muertos ellos o ausentes, se apoderaba por uno u otro medio de sus tierras. En resumen, el régimen agrario colonial determinó la sustitución de una gran parte de las comunidades agrarias indígenas por latifundios de propiedad individual, cultivados por los indios bajo una organización feudal. Estos grandes feudos, lejos de dividirse con el transcurso del tiempo, se concentraron y consolidaron en pocas manos a causa de que la propiedad inmueble estaba sujeta a innumerables trabas y gravámenes perpetuos que la inmovilizaron, tales como los mayorazgos, las capellanías, las fundaciones, los patronatos y demás vinculaciones de la propiedad” (8).

La feudalidad dejó análogamente subsistentes las comunas rurales en Rusia, país con el cual es siempre interesante el paralelo porque a su proceso histórico se aproxima el de estos países agrícolas y semifeudales mucho más que al de los países capitalistas de Occidente. Eugéne Schkaff, estudiando la evolución del mir en Rusia, escribe: “Como los señores respondían por los impuestos, quisieron que cada campesino tuviera más o menos la misma superficie de tierra para que cada uno contribuyera con su trabajo a pagar los impuestos; y para que la efectividad de éstos estuviera asegurada, establecieron la responsabilidad solidaria. El gobierno la extendió a los demás campesinos. Los repartos tenían lugar cuando el número de siervos había variado. El feudalismo y el absolutismo transformaron poco a poco la organización comunal de los campesinos en instrumento de explotación. La emancipación de los siervos no aportó, bajo este aspecto, ningún cambio”(9). Bajo el régimen de propiedad señorial, el mir ruso, como la comunidad peruana, experimentó una completa desnaturalización. La superficie de tierras disponibles para los comuneros resultaba cada vez más insuficiente y su repartición cada vez más defectuosa. El mir no garantizaba a los campesinos la tierra necesaria para su sustento; en cambio garantizaba a los propietarios la provisión de brazos indispensables para el trabajo de sus latifundios. Cuando en 1861 se abolió la servidumbre, los propietarios encontraron el modo de subrogarla reduciendo los lotes concedidos a sus campesinos a una extensión que no les consintiese subsistir de sus propios productos. La agricultura rusa conservó, de este modo, su carácter feudal. El latifundista empleó en su provecho la reforma. Se había dado cuenta ya de que estaba en su interés otorgar a los campesinos una parcela, siempre que no bastara para la subsistencia de él y de su familia. No había medio más seguro para vincular el campesino a la tierra, limitando al mismo tiempo, al mínimo, su emigración. El campesino se veía forzado a prestar sus servicios al propietario, quien contaba para obligarlo al trabajo en su latifundio -si no hubiese bastado la miseria a que lo condenaba la ínfima parcela- con el dominio de prados, bosques, molinos, aguas, etc.

La convivencia de comunidad y latifundio en el Perú, está, pues, perfectamente explicada, no sólo por las características del régimen del Coloniaje sino también por la experiencia de la Europa feudal. Pero la comunidad, bajo este régimen, no podía ser verdaderamente amparada sino apenas tolerada. El latifundista le imponía la ley de su fuerza despótica sin control posible del Estado. La comunidad sobrevivía, pero dentro de un régimen de servidumbre. Antes había sido la célula misma del Estado que le aseguraba el dinamismo necesario para el bienestar de sus miembros. El coloniaje la petrificaba dentro de la gran propiedad, base de un Estado nuevo, extraño a su destino.

El liberalismo de las leyes de la República, impotente para destruir la feudalidad y para crear el capitalismo, debía, más tarde, negarle el amparo formal que le había concedido el absolutismo de las leyes de la Colonia.

LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA Y LA PROPIEDAD AGRARIA

Entremos a examinar ahora cómo se presenta el problema de la tierra bajo la República. Para precisar mis puntos de vista sobre este período, en lo que concierne a la cuestión agraria, debo insistir en un concepto que ya he expresado respecto al carácter de la revolución de la independencia en el Perú. La revolución encontró al Perú retrasado en la formación de su burguesía. Los elementos de una economía capitalista eran en nuestro país más embrionarios que en otros países de América donde la revolución contó con una burguesía menos larvada, menos incipiente.

Si la revolución hubiese sido un movimiento de las masas indígenas o hubiese representado sus reivindicaciones, habría tenido necesariamente una fisonomía agrarista. Está ya bien estudiado cómo la revolución francesa benefició particularmente a la clase rural, en la cual tuvo que apoyarse para evitar el retorno del antiguo régimen. Este fenómeno, además, parece peculiar en general así a la revolución burguesa como a la revolución socialista, a juzgar por las consecuencias mejor definidas y más estables del abatimiento de la feudalidad en la Europa central y del zarismo en Rusia. Dirigidas y actuadas principalmente por la burguesía urbana y el proletariado urbano, una y otra revolución han tenido como inmediatos usufructuarios a los campesinos. Particularmente en Rusia, ha sido ésta la clase que ha cosechado los primeros frutos de la revolución bolchevique, debido a que en ese país no se había operado aún una revolución burguesa que a su tiempo hubiera liquidado la feudalidad y el absolutismo e instaurado en su lugar un régimen demo-liberal.

Pero, para que la revolución demo-liberal haya tenido estos efectos, dos premisas han sido necesarias: la existencia de una burguesía consciente de los fines y los intereses de su acción y la existencia de un estado de ánimo revolucionario en la clase campesina y, sobre todo, su reivindicación del derecho a la tierra en términos incompatibles con el poder de la aristocracia terrateniente. En el Perú, menos todavía que en otros países de América, la revolución de la independencia no respondía a estas premisas. La revolución había triunfado por la obligada solidaridad continental de los pueblos que se rebelaban contra el dominio de España y porque las circunstancias políticas y económicas del mundo trabajaban a su favor. El nacionalismo continental de los revolucionarios hispanoamericanos se juntaba a esa mancomunidad forzosa de sus destinos, para nivelar a los pueblos más avanzados en su marcha al capitalismo con los más retrasados en la misma vía.

Estudiando la revolución argentina y por ende, la americana, Echeverría clasifica las clases en la siguiente forma: “La sociedad americana -dice- estaba dividida en tres clases opuestas en intereses, sin vínculo alguno de sociabilidad moral y política. Componían la primera los togados, el clero y los mandones; la segunda los enriquecidos por el monopolio y el capricho de la fortuna; la tercera los villanos, llamados ‘gauchos’ y ‘compadritos’ en el Río de la Plata, ‘cholos’ en el Perú, ‘rotos’ en Chile, ‘leperos’ en México. Las castas indígenas y africanas eran esclavas y tenían una existencia extrasocial. La primera gozaba sin producir y tenía el poder y fuero del hidalgo. Era la aristocracia compuesta en su mayor parte de españoles y de muy pocos americanos. La segunda gozaba, ejerciendo tranquilamente su industria o comercio, era la clase media que se sentaba en los cabildos; la tercera, única productora por el trabajo manual, componíase de artesanos y proletarios de todo género. Los descendientes americanos de las dos primeras clases que recibían alguna educación en América o en la Península, fueron los que levantaron el estandarte de la revolución” (10).

La revolución americana, en vez del conflicto entre la nobleza terrateniente y la burguesía comerciante, produjo en muchos casos su colaboración, ya por la impregnación de ideas liberales que acusaba la aristocracia, ya porque ésta en muchos casos no veía en esa revolución sino un movimiento de emancipación de la corona de España. La población campesina, que en el Perú era indígena, no tenía en la revolución una presencia directa, activa. El programa revolucionario no representaba sus reivindicaciones.

Mas este programa se inspiraba en el ideario liberal. La revolución no podía prescindir de principios que consideraban existentes reivindicaciones agrarias, fundadas en la necesidad práctica y en la justicia teórica de liberar el dominio de la tierra de las trabas feudales. La República insertó en su estatuto estos principios. El Perú no tenía una clase burguesa que los aplicase en armonía con sus intereses económicos y su doctrina política y jurídica. Pero la República -porque este era el curso y el mandato de la historia- debía constituirse sobre principios liberales y burgueses. Sólo que las consecuencias prácticas de la revolución en lo que se relacionaba con la propiedad agraria, no podían dejar de detenerse en el límite que les fijaban los intereses de los grandes propietarios.

Por esto, la política de desvinculación de la propiedad agraria, impuesta por los fundamentos políticos de la República, no atacó al latifundio. Y -aunque en compensación las nuevas leyes ordenaban el reparto de tierras a los indígenas- atacó, en cambio, en el nombre de los postulados liberales, a la “comunidad”.

Se inauguró así un régimen que, cualesquiera que fuesen sus principios, empeoraba en cierto grado la condición de los indígenas en vez de mejorarla. Y esto no era culpa del ideario que inspiraba la nueva política y que, rectamente aplicado, debía haber dado fin al dominio feudal de la tierra convirtiendo a los indígenas en pequeños propietarios.

La nueva política abolía formalmente las “mitas”, encomiendas, etc. Comprendía un conjunto de medidas que significaban la emancipación del indígena como siervo. Pero como, de otro lado, dejaba intactos el poder y la fuerza de la propiedad feudal, invalidaba sus propias medidas de protección de la pequeña propiedad y del trabajador de la tierra.

La aristocracia terrateniente, si no sus privilegios de principio, conservaba sus posiciones de hecho. Seguía siendo en el Perú la clase dominante. La revolución no había realmente elevado al poder a una nueva clase. La burguesía profesional y comerciante era muy débil para gobernar. La abolición de la servidumbre no pasaba, por esto, de ser una declaración teórica. Porque la revolución no había tocado el latifundio. Y la servidumbre no es sino una de las caras de la feudalidad, pero no la feudalidad misma.

POLÍTICA AGRARIA DE LA REPÚBLICA

Durante el período de caudillaje militar que siguió a la revolución de la independencia, no pudo lógicamente desarrollarse, ni esbozarse siquiera, una política liberal sobre la propiedad agraria. El caudillaje militar era el producto natural de un período revolucionario que no había podido crear una nueva clase dirigente. El poder, dentro de esta situación, tenía que ser ejercido por los militares de la revolución que, de un lado, gozaban del prestigio marcial de sus laureles de guerra y, de otro lado, estaban en grado de mantenerse en el gobierno por la fuerza de las armas. Por supuesto, el caudillo no podía sustraerse al influjo de los intereses de clase o de las fuerzas históricas en contraste. Se apoyaba en el liberalismo inconsistente y retórico del demos urbano o el conservantismo colonialista de la casta terrateniente. Se inspiraba en la clientela de tribunos y abogados de la democracia citadina o de literatos y rétores de la aristocracia latifundista. Porque, en el conflicto de intereses entre liberales y conservadores, faltaba una directa y activa reivindicación campesina que obligase a los primeros a incluir en su programa la redistribución de la propiedad agraria.

Este problema básico habría sido advertido y apreciado de todos modos por un estadista superior. Pero ninguno de nuestros caciques militares de este período lo era.

El caudillaje militar, por otra parte, parece orgánicamente incapaz de una reforma de esta envergadura que requiere ante todo un avisado criterio jurídico y económico. Sus violencias producen una atmósfera adversa a la experimentación de los principios de un derecho y de una economía nuevos. Vasconcelos observa a este respecto lo siguiente: “En el orden económico es constantemente el caudillo el principal sostén del latifundio. Aunque a vcces se proclamen enemigos de la propiedad, casi no hay caudillo que no remate en hacendado. Lo cierto es que el poder militar trae fatalmente consigo el delito de apropiación exclusiva de la tierra; llámese el soldado, caudillo, Rey o Emperador: despotismo y latifundio son términos correlativos. Y es natural, los derechos económicos, lo mismo que los políticos, sólo se pueden conservar y defender dentro de un régimen de libertad. El absolutismo conduce fatalmente a la miseria de los muchos y al boato y al abuso de los pocos. Sólo la democracia a pesar de todos sus defectos ha podido acercarnos a las mejores realizaciones de la justicia social, por lo menos la democracia antes de que degenere en los imperialismos de las repúblicas demasiado prósperas que se ven rodeadas de pueblos en decadencia. De todas maneras, entre nosotros el caudillo y el gobierno de los militares han cooperado al desarrollo del latifundio. Un examen siquiera superficial de los títulos de propiedad de nuestros grandes terratenientes, bastaría para demostrar que casi todos deben su haber, en un principio, a la merced de la Corona española, después a concesiones y favores ilegítimos acordados a los generales influyentes de nuestras falsas repúblicas. Las mercedes y las concesiones se han acordado, a cada paso, sin tener en cuenta los derechos de poblaciones enteras de indígenas o de mestizos que carecieron de fuerza para hacer valer su dominio” (11).

Un nuevo orden jurídico y económico no puede ser, en todo caso, la obra de un caudillo sino de una clase. Cuando la clase existe, el caudillo funciona como su intérprete y su fiduciario. No es ya su arbitrio personal, sino un conjunto de intereses y necesidades colectivas lo que decide su política. El Perú carecía de una clase burguesa capaz de organizar un Estado fuerte y apto. El militarismo representaba un orden elemental y provisorio, que apenas dejase de ser indispensable, tenía que ser sustituido por un orden más avanzado y orgánico. No era posible que comprendiese ni considerase siquiera el problema agrario. Problemas rudimentarios y momentáneos acaparaban su limitada acción. Con Castilla rindió su máximo fruto el caudillaje militar. Su oportunismo sagaz, su malicia aguda, su espíritu mal cultivado, su empirismo absoluto, no le consintieron practicar hasta el fin una política liberal. Castilla se dio cuenta de que los liberales de su tiempo constituían un cenáculo, una agrupación, mas no una clase. Esto le indujo a evitar con cautela todo acto seriamente opuesto a los intereses y principios de la clase conservadora. Pero los méritos de su política residen en lo que tuvo de reformadora y progresista. Sus actos de mayor significación histórica, la abolición de la esclavitud de los negros y de la contribución de indígenas, representan su actitud liberal.

Desde la promulgación del Código Civil se entró en el Perú en un período de organización gradual. Casi no hace falta remarcar que esto acusaba entre otras cosas la decadencia del militarismo. El Código, inspirado en los mismos principios que los primeros decretos de la República sobre la tierra, reforzaba y continuaba la política de desvinculación y movilización de la propiedad agraria. Ugarte, registrando las consecuencias de este progreso de la legislación nacional en lo que concierne a la tierra, anota que el Código “confirmó la abolición legal de las comunidades indígenas y de las vinculaciones de dominio; innovando la legislación precedente, estableció la ocupación como uno de los modos de adquirir los inmuebles sin dueño; en las reglas sobre sucesiones, trató de favo-recer la pequeña propiedad” (12).

Francisco García Calderón atribuye al Código Civil efectos que en verdad no tuvo o que, por lo menos, no revistieron el alcance radical y absoluto que su optimismo les asigna: “La constitución -escribe- había destruido los privilegios y la ley civil dividía las propiedades y arruinaba la igualdad de derecho en las familias. Las consecuencias de esta disposición eran, en el orden político, la condenación de toda oligarquía, de toda aristocracia de los latifundios; en el orden social, la ascensión de la burguesía y del mestizaje”. “Bajo el aspecto económico, la partición igualitaria de las sucesiones favoreció la formación de la pequeña propiedad antes entrabada por los grandes dominios señoriales” (13).

Esto estaba sin duda en la intención de los codificadores del derecho en el Perú. Pero el Código Civil no es sino uno de los instrumentos de la política liberal y de la práctica capitalista. Como lo reconoce Ugarte, en la legislación peruana “se ve el propósito de favorecer la democratización de la propiedad rural, pero por medios puramente negativos aboliendo las trabas más bien que prestando a los agricultores una protección positiva”(14). En ninguna parte la división de la propiedad agraria, o mejor, su redistribución, ha sido posible sin leyes especiales de expropiación que han transferido el dominio del suelo a la clase que lo trabaja.

No obstante el Código, la pequeña propiedad no ha prosperado en el Perú. Por el contrario, el latifundio se ha consolidado y extendido. Y la propiedad de la comunidad indígena ha sido la única que ha sufrido las consecuencias de este liberalismo deformado.

LA GRAN PROPIEDAD Y EL PODER POLÍTICO

Los dos factores que se opusieron a que la revolución de la independencia planteara y abordara en el Perú el problema agrario -extrema incipiencia de la burguesía urbana y situación extrasocial, como la define Echeverría, de los indígenas-, impidieron más tarde que los gobiernos de la República desarrollasen una política dirigida en alguna forma a una distribución menos desigual e injusta de la tierra.

Durante el período del caudillaje militar, en vez de fortalecerse el demos urbano, se robusteció la aristocracia latifundista. En poder de extranjeros el comercio y la finanza, no era posible económicamente el surgimiento de una vigorosa burguesía urbana. La educación española, extraña radicalmente a los fines y necesidades del industrialismo y del capitalismo, no preparaba comerciantes ni técnicos sino abogados, literatos, teólogos, etc. Estos, a menos de sentir una especial vocación por el jacobinismo o la demagogia, tenían que constituir la clientela de la casta propietaria. El capital comercial, casi exclusivamente extranjero, no podía a su vez hacer otra cosa que entenderse y asociarse con esta aristocracia que, por otra parte, tácita o explícitamente, conservaba su predominio político. Fue así como la aristocracia terrateniente y sus ralliés resultaron usufructuarios de la política fiscal y de la explotación del guano y del salitre. Fue así también como esta casta, forzada por su rol económico, asumió en el Perú la función de clase burguesa, aunque sin perder sus resabios y prejuicios coloniales y aristocráticos. Fue así, en fin, como las categorías burguesas urbanas -profesionales, comerciantes- concluyeron por ser absorbidas por el civilismo.

El poder de esta clase -civilistas o “neogodos”- procedía en buena cuenta de la propiedad de la tierra. En los primeros años de la Independencia, no era precisamente una clase de capitalistas sino una clase de propietarios. Su condición de clase propietaria -y no de clase ilustrada- le había consentido solidarizar sus intereses con los de los comerciantes y prestamistas extranjeros y traficar a este título con el Estado y la riqueza pública. La propiedad de la tierra, debida al Virreinato, le había dado bajo la República la posesión del capital comercial. Los privilegios de la Colonia habían engendrado los privilegios de la República.

Era, por consiguiente, natural e instintivo en esta clase el criterio más conservador respecto al dominio de la tierra. La subsistencia de la condición extrasocial de los indígenas, de otro lado, no oponía a los intereses feudales del latifundismo las reivindicaciones de masas campesinas conscientes.

Estos han sido los factores principales del mantenimiento y desarrollo de la gran propiedad. El liberalismo de la legislación republicana, inerte ante la propiedad feudal, se sentía activo sólo ante la propiedad comunitaria. Si no podía nada contra el latifundio, podía mucho contra la “comunidad”. En un pueblo de tradición comunista, disolver la “comunidad” no servía a crear la pequeña propiedad. No se transforma artificialmente a una sociedad. Menos aún a una sociedad campesina, profundamente adherida a su tradición y a sus instituciones jurídicas. El individualismo no ha tenido su origen en ningún país ni en la Constitución del Estado ni en el Código Civil. Su formación ha tenido siempre un proceso a la vez más complicado y más espontáneo. Destruir las comunida-des no significaba convertir a los indígenas en pequeños propietarios y ni siquiera en asalariados libres, sino entregar sus tierras a los gamonales y a su clientela. El latifundista encontraba así, más fácilmente, el modo de vincular el indígena al latifundio.

Se pretende que el resorte de la concentración de la propiedad agraria en la costa ha sido la necesidad de los propietarios de disponer pacíficamente de suficiente cantidad de agua. La agricultura de riego, en valles formados por ríos de escaso caudal, ha determinado, según esta tesis, el florecimiento de la gran propiedad y el sofocamiento de la media y la pequeña. Pero esta es una tesis especiosa y sólo en mínima parte exacta. Porque la razón técnica o material que superestima, únicamente influye en la concentración de la propiedad desde que se han establecido y desarrollado en la costa vastos cultivos industriales. Antes de que estos prosperaran, antes de que la agricultura de la costa adquiriera una organización capitalista, el móvil de los riegos era demasiado débil para decidir la concentración de la propiedad. Es cierto que la escasez de las aguas de regadío, por las dificultades de su distribución entre múltiples regantes, favorece a la gran propiedad. Mas no es cierto que ésta sea el origen de que la propiedad no se haya subdividido. Los orígenes del latifundio costeño se remontan al régimen colonial. La despoblación de la costa, a consecuencia de la práctica colonial, he ahí, a la vez que una de las consecuencias, una de las razones del régimen de gran propiedad. El problema de los brazos, el único que ha sentido el terrateniente costeño, tiene todas sus raíces en el latifundio. Los terratenientes quisieron resolverlo con el esclavo negro en los tiempos de la colonia, con el culi chino en los de la república. Vano empeño. No se puebla ya la tierra con esclavos. Y sobre todo no se la fecunda. Debido a su política, los grandes propietarios tienen en la costa toda la tierra que se puede poseer; pero en cambio no tienen hombres bastantes para vivificarla y explotarla. Esta es la defensa de la gran propiedad. Mas es también su miseria y su tara.

La situación agraria de la sierra demuestra, por otra parte, lo artificioso de la tesis antecitada. En la sierra no existe el problema del agua. Las lluvias abundantes permiten, al latifundista como al comunero, los mismos cultivos. Sin embargo, también en la sierra se constata el fenómeno de concentración de la propiedad agraria. Este hecho prueba el carácter esencialmente político-social de la cuestión.

El desarrollo de cultivos industriales, de una agricultura de exportación, en las haciendas de la costa, aparece íntegramente subordinado a la colonización económica de los países de América Latina por el capitalismo occidental. Los comerciantes y prestamistas británicos se interesaron por la explotación de estas tierras cuando comprobaron la posibilidad de dedicarlas con ventaja a la producción de azúcar primero y de algodón después. Las hipotecas de la propiedad agraria las colocaban, en buena parte, desde época muy lejana, bajo el control de las firmas extranjeras. Los hacendados, deudores a los comerciantes, prestamistas extranjeros, servían de intermediarios, casi de yanacones, al capitalismo anglosajón para asegurarle la explotación de campos cultivados a un costo mínimo por braceros esclavizados y miserables, curvados sobre la tierra bajo el látigo de los “negreros” coloniales.

Pero en la costa el latifundio ha alcanzado un grado más o menos avanzado de técnica capitalista, aunque su explotación repose aún sobre prácticas y principios feudales. Los coeficientes de producción de algodón y caña corresponden al sistema capitalista. Las empresas cuentan con capitales poderosos y las tierras son trabajadas con máquinas y procedimientos modernos. Para el beneficio de los productos funcionan poderosas plantas industriales. Mientras tanto, en la sierra las cifras de producción de las tierras de latifundio no son generalmente mayores a las de tierras de la comunidad. Y, si la justificación de un sistema de producción está en sus resultados, como lo quiere un criterio económico objetivo, este solo dato condena en la sierra de manera irremediable el régimen de propiedad agraria.

LA “COMUNIDAD” BAJO LA REPÚBLICA

Hemos visto ya cómo el liberalismo formal de la legislación republicana no se ha mostrado activo sino frente a la “comunidad” indígena. Puede decirse que el concepto de propiedad individual casi ha tenido una función antisocial en la República a causa de su conflicto con la subsistencia de la “comunidad”. En efecto, si la disolución y expropiación de ésta hubiese sido decretada y realizada por un capitalismo en vigoroso y autónomo crecimiento, habría aparecido como una imposición del progreso económico. El indio entonces habría pasado de un régimen mixto de comunismo y servidumbre a un régimen de salario libre. Este cambio lo habría desnaturalizado un poco; pero lo habría puesto en grado de organizarse y emanciparse como clase, por la vía de los demás proletariados del mundo. En tanto, la expropiación y absorción graduales de la “comunidad” por el latifundismo, de un lado lo hundía más en la servidumbre y de otro destruía la institución económica y jurídica que salvaguardaba en parte el espíritu y la materia de su antigua civilización (15).

Durante el período republicano, los escritores y legisladores nacionales han mostrado una tendencia más o menos uniforme a condenar la “comunidad” como un rezago de una sociedad primitiva o como una supervivencia de la organización colonial. Esta actitud ha respondido en unos casos al interés del gamonalismo terrateniente y en otros al pensamiento individualista y liberal que dominaba automáticamente una cultura demasiado verbalista y estática.

Un estudio del doctor M. V. Villarán, uno de los intelectuales que con más aptitud crítica y mayor coherencia doctrinal representa este pensamiento en nuestra primera centuria, señaló el principio de una revisión prudente de sus conclusiones respecto a la “comunidad” indígena. El doctor Villarán mantenía teóricamente su posición liberal, propugnando en principio la individualización de la propiedad, pero prácticamente aceptaba la protección de las comunidades contra el latifundismo, reconociéndoles una función a la que el Estado debía su tutela.

Mas la primera defensa orgánica y documentada de la comunidad indígena tenía que inspirarse en el pensamiento socialista y reposar en un estudio concreto de su naturaleza, efectuado conforme a los métodos de investigación de la sociología y la economía modernas. El libro de Hildebrando Castro Pozo, Nuestra Comunidad Indígena, así lo comprueba. Castro Pozo, en este interesante estudio, se presenta exento de preconceptos liberales. Esto le permite abordar el problema de la “comunidad” con una mente apta para valorarla y entenderla. Castro Pozo, no sólo nos descubre que la “comunidad” indígena, malgrado los ataques del formalismo liberal puesto al servicio de un régimen de feudalidad, es todavía un organismo viviente, sino que, a pesar del medio hostil dentro del cual vegeta sofocada y deformada, manifiesta espontáneamente evidentes posibilidades de evolución y desarrollo.

Sostiene Castro Pozo, que “el ayllu o comunidad, ha conservado su natural idiosincrasia, su carácter de institución casi familiar en cuyo seno continuaron subsistentes, después de la conquista, sus principales factores constitutivos”(16).

En esto se presenta, pues, de acuerdo con Valcárcel, cuyas proposiciones respecto del ayllu, parecen a algunos excesivamente dominadas por su ideal de resurgimiento indígena.

¿Qué son y cómo funcionan las “comunidades” actualmente? Castro Pozo cree que se les puede distinguir conforme a la siguiente clasificación: “Primero.­p;Comunidades agrícolas; Segundo.­p; Comunidades agrícolas ganaderas; Tercero.­p; Comunidades de pastos y aguas; y Cuarto.­p; Comunidades de usufructuación. Debiendo tenerse en cuenta que en un país como el nuestro, donde una misma institución adquiere diversos caracteres, según el medio en que se ha desarrollado, ningún tipo de los que en esta clasificación se presume se encuentra en la realidad, tan preciso y distinto de los otros que, por sí solo, pudiera objetivarse en un modelo. Todo lo contrario, en el primer tipo de las comunidades agrícolas se encuentran caracteres correspondientes a los otros y en éstos, algunos concernientes a aquél; pero como el conjunto de factores externos ha impuesto a cada uno de estos grupos un determinado género de vida en sus costumbres, usos y sistemas de trabajo, en sus propiedades e industrias, priman los caracteres agrícolas, ganaderos, ganaderos en pastos y aguas comunales o sólo los dos últimos y los de falta absoluta o relativa de propiedad de las tierras y la usufructuación de éstas por el “ayllu” que, indudablemente, fue su único propietario”(17).

Estas diferencias se han venido elaborando no por evolución o degeneración natural de la antigua “comunidad”, sino al influjo de una legislación dirigida a la individualización de la propiedad y, sobre todo, por efecto de la expropiación de las tierras comunales en favor del latifundismo. Demuestran, por ende, la vitalidad del comunismo indígena que impulsa invariablemente a los aborígenes a variadas formas de cooperación y asociación. El indio, a pesar de las leyes de cien años de régimen republicano, no se ha hecho individualista. Y esto no proviene de que sea refractario al progreso como pretende el simplismo de sus interesados detractores. Depende, más bien, de que el individualismo, bajo un régimen feudal, no encuentra las condiciones necesarias para afirmarse y desarrollarse. El comunismo, en cambio, ha seguido siendo para el indio su única defensa. El individualismo no puede prosperar, y ni siquiera existe efectivamente, sino dentro de un régimen de libre concurrencia. Y el indio no se ha sentido nunca menos libre que cuando se ha sentido solo.

Por esto, en las aldeas indígenas donde se agrupan familias entre las cuales se han extinguido los vínculos del patrimonio y del trabajo comunitarios, subsisten aún, robustos y tenaces, hábitos de cooperación y solidaridad que son la expresión empírica de un espíritu comunista. La comunidad corresponde a este espíritu. Es su órgano. Cuando la expropiación y el reparto parecen liquidar la comunidad, el socialismo indígena encuentra siempre el medio de rehacerla, mantenerla o subrogarla. El trabajo y la propiedad en común son reemplazados por la cooperación en el trabajo individual. Como escribe Castro Pozo: “la costumbre ha quedado reducida a las “mingas” o reuniones de todo el ayllu para hacer gratuitamente un trabajo en el cerco, acequia o casa de algún comunero, el cual quehacer efectúan al son de arpas y violines, consumiendo algunas arrobas de aguardientes de caña, cajetillas de cigarros y mascadas de coca”. Estas costumbres han llevado a los indígenas a la práctica -incipiente y rudimentaria por supuesto- del contrato colectivo de trabajo, más bien que del contrato individual. No son los individuos aislados los que alquilan su trabajo a un propietario o contratista; son mancomunadamente todos los hombres útiles de la “parcialidad”.

LA “COMUNIDAD” Y EL LATIFUNDIO

La defensa de la “comunidad” indígena no reposa en principios abstractos de justicia ni en sentimentales consideraciones tradicionalistas, sino en razones concretas y prácticas de orden económico y social. La propiedad comunal no representa en el Perú una economía primitiva a la que haya reemplazado gradualmente una economía progresiva fundada de la propiedad individual. No; las comunidades han sido despojadas de sus tierras en provecho del latifundio feudal o semifeudal, constitucionalmente incapaz de progreso técnico (18).

En la costa, el latifundio ha evolucionado -desde el punto de vista de los cultivos-, de la rutina feudal a la técnica capitalista, mientras la comunidad indígena ha desaparecido como explotación comunista de la tierra. Pero en la sierra, el latifundio ha conservado íntegramente su carácter feudal, oponiendo una resistencia mucho mayor que la “comunidad” al desenvolvimiento de la economía capitalista. La “comunidad”, en efecto, cuando se ha articulado, por el paso de un ferrocarril, con el sistema comercial y las vías de transporte centrales, ha llegado a transformarse espontáneamente, en una cooperativa. Castro Pozo, que como jefe de la sección de asuntos indígenas del Ministerio de Fomento acopió abundantes datos sobre la vida de las comunidades, señala y destaca el sugestivo caso de la parcialidad de Muquiyauyo, de la cual dice que presenta los caracteres de las cooperativas de producción, consumo y crédito. “Dueña de una magnífica instalación o planta eléctrica en las orillas del Mantaro, por medio de la cual proporciona luz y fuerza motriz, para pequeñas industrias a los distritos de Jauja, Concepción, Mito, Muqui, Sincos, Huaripampa y Muquiyauyo, se ha transformado en la institución comunal por excelencia; en la que no se han relajado sus costumbres indígenas, y antes bien han aprove-chado de ellas para llevar a cabo la obra de la empresa; han sabido disponer del dinero que poseían empleándolo en la adquisición de las grandes maquinarias y ahorrado el valor de la mano de obra que la parcialidad ha ejecutado, lo mismo que si se tratara de la construcción de un edificio comunal: por mingas en las que hasta las mujeres y niños han sido elementos útiles en el acarreo de los materiales de construcción” (19).

La comparación de la “comunidad” y el latifundio como empresa de producción agrícola, es desfavorable para el latifundio. Dentro del régimen capitalista, la gran propiedad sustituye y desaloja a la pequeña propiedad agrícola por su aptitud para intensificar la producción mediante el empleo de una técnica avanzada de cultivo. La industrialización de la agricultura, trae aparejada la concentración de la propiedad agraria. La gran propiedad aparece entonces justificada por el interés de la producción, identificado, teóricamente por lo menos, con el interés de la sociedad. Pero el latifundio no tiene el mismo efecto, ni responde, por consiguiente, a una necesidad económica. Salvo los casos de las haciendas de caña -que se dedican a la producción de aguardiente con destino a la intoxicación y embrutecimiento del campesino indígena-, los cultivos de los latifundios serranos son generalmente los mismos de las comunidades. Y las cifras de la producción no difieren. La falta de estadística agrícola no permite establecer con exactitud las diferencias parciales; pero todos los datos disponibles autorizan a sostener que los rendimientos de los cultivos de las comunidades, no son, en su promedio, inferiores a los cultivos de los latifundios. La única estadística de producción de la sierra, la del trigo, sufraga esta conclusión. Castro Pozo, resumiendo los datos de esta estadística en 1917­p;18, escribe lo siguiente: “La cosecha resultó, término medio, en 450 y 580 kilos por cada hectárea para la propiedad comunal e individual, respectivamente. Si se tiene en cuenta que las mejores tierras de producción han pasado a poder de los terratenientes, pues la lucha por aquéllas en los departamentos del Sur ha llegado hasta el extremo de eliminar al poseedor indígena por la violencia o masacrándolo, y que la ignorancia del comunero lo lleva de preferencia a ocultar los datos exactos relativos al monto de la cosecha, disminuyéndola por temor de nuevos impuestos o exacciones de parte de las autoridades políticas subalternas o recaudadores de éstos; se colegirá fácilmente que la diferencia en la producción por hectárea a favor del bien de la propiedad individual no es exacta y que razonablemente, se la debe dar por no existente, por cuanto los medios de producción y de cultivo, en una y otras propiedades, son idénticos”(20).

En la Rusia feudal del siglo pasado, el latifundio tenía rendimientos mayores que los de la pequeña propiedad. Las cifras en hectolitros y por hectárea eran las siguientes: para el centeno: 11.5 contra 9.4; para el trigo: 11 contra 9.1; para la avena: 15.4 contra 12.7; para la cebada: 11.5 contra 10.5; para las patatas: 92.3 contra 72 (2l).

El latifundio de la sierra peruana resulta, pues, por debajo del execrado latifundio de la Rusia zarista como factor de producción.

La “comunidad”, en cambio, de una parte acusa capacidad efectiva de desarrollo y transformación y de otra parte se presenta como un sistema de producción que mantiene vivos en el indio los estímulos morales necesarios para su máximo rendimiento como trabajador. Castro Pozo hace una observación muy justa cuando escribe que “la comunidad indígena conserva dos grandes principios económico sociales que hasta el presente ni la ciencia sociológica ni el empirismo de los grandes industrialistas han podido resolver satisfactoriamente: el contrato múltiple del trabajo y la realización de éste con menor desgaste fisiológico y en un ambiente de agradabilidad, emulación y compañerismo” (22).

Disolviendo o relajando la “comunidad”, el régimen del latifundio feudal, no sólo ha atacado una institución económica sino también, y sobre todo, una institución social que defiende la tradición indígena, que conserva la función de la familia campesina y que traduce ese sentimiento jurídico popular al que tan alto valor asignan Proudhon y Sorel (23).

EL RÉGIMEN DE TRABAJO.

-SERVIDUMBRE Y SALARIADO

El régimen de trabajo está determinado principalmente, en la agricultura, por el régimen de propiedad. No es posible, por tanto, sorprenderse de que en la misma medida en que sobrevive en el Perú el latifundio feudal, sobreviva también, bajo diversas formas y con distintos nombres, la servidumbre. La diferencia entre la agricultura de la costa y la agricultura de la sierra, aparece menor en lo que concierne al trabajo que en lo que respecta a la técnica. La agricultura de la costa ha evolucionado con más o menos prontitud hacia una técnica capitalista en el cultivo del suelo y la transformación y comercio de los productos. Pero, en cambio, se ha mantenido demasiado estacionaria en su criterio y conducta respecto al trabajo. Acerca del trabajador, el latifundio colonial no ha renunciado a sus hábitos feudales sino cuando las circunstancias se lo han exigido de modo perentorio.

Este fenómeno se explica, no sólo por el hecho de haber conservado la propiedad de la tierra los antiguos señores feudales, que han adoptado, como intermediarios del capital extranjero, la práctica, mas no el espíritu del capitalismo moderno. Se explica además por la mentalidad colonial de esta casta de propietarios, acostumbrados a considerar el trabajo con el criterio de esclavistas y “negreros”. En Europa, el señor feudal encarnaba, hasta cierto punto, la primitiva tradición patriarcal, de suerte que respecto de sus siervos se sentía naturalmente superior, pero no étnica ni nacionalmente diverso. Al propio terrateniente aristócrata de Europa le ha sido dable aceptar un nuevo concepto y una nueva práctica en sus relaciones con el trabajador de la tierra. En la América colonial, mientras tanto, se ha opuesto a esta evolución, la orgullosa y arraigada convicción del blanco, de la inferioridad de los hombres de color.

En la costa peruana el trabajador de la tierra, cuando no ha sido el indio, ha sido el negro esclavo, el culi chino, mirados, si cabe, con mayor desprecio. En el latifundista costeño, han actuado a la vez los sentimientos del aristócrata medioeval y del colonizador blanco, saturados de prejuicios de raza.

El yanaconazgo y el “enganche” no son la única expresión de la subsistencia de métodos más o menos feudales en la agricultura costeña. El ambiente de la hacienda se mantiene íntegramente señorial. Las leyes del Estado no son válidas en el latifundio, mientras no obtienen el consenso tácito o formal de los grandes propietarios. La autoridad de los funcionarios políticos o administrativos, se encuentra de hecho sometida a la autoridad del terrateniente en el territorio de su dominio. Este considera prácticamente a su latifundio fuera de la potestad del Estado, sin preocuparse mínimamente de los derechos civiles de la población que vive dentro de los confines de su propiedad. Cobra arbitrios, otorga monopolios, establece sanciones contrarias siempre a la libertad de los braceros y de sus familias. Los transportes, los negocios y hasta las costumbres están sujetos al control del propietario dentro de la hacienda. Y con frecuencia las rancherías que alojan a la población obrera, no difieren grandemente de los galpones que albergaban a la población esclava.

Los grandes propietarios costeños no tienen legalmente este orden de derechos feudales o semifeudales; pero su condición de clase dominante y el acaparamiento ilimitado de la propiedad de la tierra en un territorio sin industrias y sin transportes les permite prácticamente un poder casi incontrolable. Mediante el “enganche” y el yanaconazgo, los grandes propietarios resisten al establecimiento del régimen del salario libre, funcionalmente necesario en una economía liberal y capitalista. El “enganche”, que priva al bracero del derecho de disponer de su persona y su trabajo, mientras no satisfaga las obligaciones contraídas con el propietario, desciende inequívocamente del tráfico semiesclavista de culis; el “yanaconazgo” es una variedad del sistema de servi-dumbre a través del cual se ha prolongado la feudalidad hasta nuestra edad capitalista en los pueblos política y económicamente retardados. El sistema peruano del yanaconazgo se identifica, por ejemplo, con el sistema ruso del polovnischestvo dentro del cual los frutos de la tierra, en unos casos, se dividían en partes iguales entre el propietario y el campesino y en otros casos este último no recibía sino una tercera parte (24).

La escasa población de la costa representa para las empresas agrícolas una constante amenaza de carencia o insuficiencia de brazos. El yanaconazgo vincula a la tierra a la poca población regnícola, que sin esta mínima garantía de usufructo de tierra, tendería a disminuir y emigrar. El “enganche” asegura a la agricultura de la costa el concurso de los braceros de la sierra que, si bien encuentran en las haciendas costeñas un suelo y un medio extraños, obtienen al menos un trabajo mejor remunerado.

Esto indica que, a pesar de todo y aunque no sea sino aparente o parcialmente (25), la situación del bracero en los fundos de la costa es mejor que en los feudos de la sierra, donde el feudalismo mantiene intacta su omnipotencia. Los terratenientes costeños se ven obligados a admitir, aunque sea restringido y atenuado, el régimen del salario y del trabajo libres. El carácter capitalista de sus empresas los constriñe a la concurrencia. El bracero conserva, aunque sólo sea relativamente, su libertad de emigrar así como de rehusar su fuerza de trabajo al patrón que lo oprime demasiado. La vecindad de puertos y ciudades; la conexión con las vías modernas de tráfico y comercio, ofrecen, de otro lado, al bracero, la posibilidad de escapar a su destino rural y de ensayar otro medio de ganar su subsistencia.

Si la agricultura de la costa hubiera tenido otro carácter, más progresista, más capitalista, habría tendido a resolver de manera lógica, el problema de los brazos sobre el cual tanto se ha declamado. Propietarios más avisados, se habrían dado cuenta de que, tal como funciona hasta ahora, el latifundio es un agente de despoblación y de que, por consiguiente, el problema de los brazos constituye una de sus más claras y lógicas consecuencias (26).

En la misma medida en que progresa en la agricultura de la costa la técnica capitalista, el salariado reemplaza al yanaconazgo. El cultivo científico -empleo de máquinas, abonos, etc.- no se aviene con un régimen de trabajo peculiar de una agricultura rutinaria y primitiva. Pero el factor demográfico -el “problema de los brazos”-, opone una resistencia seria a este proceso de desarrollo capitalista. El yanaconazgo y sus variedades sirven para mantener en los valles una base demográfica que garantice a las negociaciones el mínimo de brazos necesarios para las labores permanentes. El jornalero inmigrante no ofrece las mismas seguridades de continuidad en el trabajo que el colono nativo o el yanacón regnícola. Este último representa, además, el arraigo de una familia campesina, cuyos hijos mayores se encontrarán más o menos forzados a alquilar sus brazos al hacendado.

La constatación de este hecho, conduce ahora a los propios grandes propietarios a considerar la conveniencia de establecer muy gradual y prudentemente, sin sombra de ataque a sus intereses, colonias o núcleos de pequeños propietarios. Una parte de las tierras irrigadas en el Imperial han sido reservadas así a la pequeña propiedad. Hay el propósito de aplicar el mismo principio en las otras zonas donde se realizan trabajos de irrigación. Un rico propietario inteligente y experimentado que conversaba conmigo últimamente, me decía que la existencia de la pequeña propiedad, al lado de la gran propiedad, era indispensable a la formación de una población rural, sin la cual la explotación de la tierra, estaría siempre a merced de las posibilidades de la inmigración o del “enganche”. El programa de la Compañía de Subdivisión Agraria, es otra de las expresiones de una política agraria tendiente al establecimiento paulatino de la pequeña propiedad (27).

Pero, como esta política evita sistemáticamente la expropiación, o, más precisamente, la expropiación en vasta escala por el Estado, por razón de utilidad pública o justicia distributiva, y sus restringidas posibilidades de desenvolvimiento, están por el momento circunscritas a pocos valles, no resulta probable que la pequeña propiedad reemplace oportuna y ampliamente al yanaconazgo en su función demográfica. En los valles a los cuales el “enganche” de braceros de la sierra no sea capaz de abastecer de brazos, en condiciones ventajosas para los hacendados, el yanaconazgo subsistirá, pues, por algún tiempo, en sus diversas variedades, junto con el salariado.

Las formas de yanaconazgo, aparcería o arrendamiento, varían en la costa y en la sierra según las regiones, los usos o los cultivos. Tienen también diversos nombres. Pero en su misma variedad se identifican en general con los métodos precapitalistas de explotación de la tierra observados en otros países de agricultura semifeudal. Verbigracia, en la Rusia zarista. El sistema del otrabotkiruso presentaba todas las variedades del arrendamiento por trabajo, dinero o frutos existentes en el Perú. Para comprobarlo no hay sino que leer lo que acerca de ese sistema escribe Schkaff en su documentado libro sobre la cuestión agraria en Rusia: “Entre el antiguo trabajo servil en que la violencia o la coacción juegan un rol tan grande y el trabajo libre en que la única coacción que subsiste es una coacción puramente económica, aparece todo un sistema transitorio de formas extremadamente variadas que unen los rasgos de la barchtchina y del salariado. Es el otrabototschnaia sistema. El salario es pagado sea en dinero en caso de locación de servicios, sea en productos, sea en tierra; en este último caso (otrabotki en el sentido estricto de la palabra) el propietario presta su tierra al campesino a guisa de salario por el trabajo efectuado por éste en los campos señoriales”. “El pago del trabajo, en el sistema de otrabotki, es siempre inferior al salario de libre alquiler capitalista. La retribución en productos hace a los propietarios más independientes de las variaciones de precios observadas en los mercados del trigo y del trabajo. Encuentran en los campesinos de su vecindad una mano de obra más barata y gozan así de un verdadero monopolio local”. “El arrendamiento pagado por el campesino reviste formas diversas: a veces, además de su trabajo, el campesino debe dar dinero y productos. Por una deciatina que recibirá, se comprometerá a trabajar una y media deciatina de tierra señorial, a dar diez huevos y una gallina. Entregará también el estiércol de su ganado, pues todo, hasta el estiércol, se vuelve objeto de pago. Frecuentemente aún el campesino se obliga ‘a hacer todo lo que exigirá el propietario’, a transportar las cosechas, a cortar la leña, a cargar los fardos” (28).

En la agricultura de la sierra se encuentran particular y exactamente estos rasgos de propiedad y trabajo feudales. El régimen del salario libre no se ha desarrollado ahí. El hacendado no se preocupa de la productividad de las tierras. Sólo se preocupa de su rentabilidad. Los factores de la producción se reducen para él casi únicamente a dos: la tierra y el indio. La propiedad de la tierra le permite explotar ilimitadamente la fuerza de trabajo del indio. La usura practicada sobre esta fuerza de trabajo -que se traduce en la miseria del indio-, se suma a la renta de la tierra, calculada al tipo usual de arrendamiento. El hacendado se reserva las mejores tierras y reparte las menos productivas entre sus braceros indios, quienes se obligan a trabajar de preferencia y gratuitamente las primeras y a contentarse para su sustento con los frutos de las segundas. El arrendamiento del suelo es pagado por el indio en trabajo o frutos, muy rara vez en dinero (por ser la fuerza del indio lo que mayor valor tiene para el propietario), más comúnmente en formas combinadas o mixtas. Un estudio del doctor Ponce de León, de la Universidad del Cuzco, que entre otros informes tengo a la vista, y que revista con documentación de primera mano todas las variedades de arrendamiento y yanaconazgo en ese vasto departamento, presenta un cuadro bastante objetivo -a pesar de las conclusiones del autor, respetuosas a los privilegios de los propietarios- de la explotación feudal. He aquí algunas de sus constataciones: “En la provincia de Paucartambo el propietario concede el uso de sus terrenos a un grupo de indígenas con la condición de que hagan todo el trabajo que requiere el cultivo de los terrenos de la hacienda, que se ha reservado el dueño o patrón. Generalmente trabajan tres días alternativos por semana durante todo el año. Tienen además los arrendatarios o ‘yanaconas’ como se les llama en esta provincia, la obligación de acarrear en sus propias bestias la cosecha del hacendado a esta ciudad sin remuneración; y la de servir de pongos en la misma hacienda o más comúnmente en el Cuzco, donde preferentemente residen los propietarios”. “Cosa igual ocurre en Chumbivilcas. Los arrendatarios cultivan la extensión que pueden, debiendo en cambio trabajar para el patrón cuantas veces lo exija. Esta forma de arrendamiento puede simplificarse así: el propietario propone al arrendatario: utiliza la extensión de terreno que ‘puedas’, con la condición de trabajar en mi provecho siempre que yo lo necesite”. “En la provincia de Anta el propietario cede el uso de sus terrenos en las siguientes condiciones: el arrendatario pone de su parte el capital (semilla, abonos) y el trabajo necesario para que el cultivo se realice hasta sus últimos momentos (cosecha). Una vez concluido, el arrendatario y el propietario se dividen por partes iguales todos los productos. Es decir que cada uno de ellos recoge el 50 por ciento de la producción sin que el propietario haya hecho otra cosa que ceder el uso de sus terrenos sin abonarlos siquiera. Pero no es esto todo. El aparcero está obligado a concurrir personalmente a los trabajos del propietario si bien con la remuneración acostumbrada de 25 centavos diarios”(29).

La confrontación entre estos datos y los de Schkaff, basta para persuadir de que ninguna de las sombrías faces de la propiedad y el trabajo precapitalistas falta en la sierra feudal.

“COLONIALISMO” DE NUESTRA AGRICULTURA COSTEÑA

El grado de desarrollo alcanzado por la industrialización de la agricultura, bajo un régimen y una técnica capitalistas, en los valles de la costa, tiene su principal factor en el interesamiento del capital británico y norteamericano en la producción peruana de azúcar y algodón. De la extensión de estos cultivos no es un agente primario la aptitud industrial ni la capacidad capitalista de los terratenientes. Estos dedican sus tierras a la producción de algodón y caña financiados o habilitados por fuertes firmas exportadoras.

Las mejores tierras de los valles de la costa están sembradas de algodón y caña, no precisamente porque sean apropiadas sólo a estos cultivos, sino porque únicamente ellos importan, en la actualidad, a los comerciantes ingleses y yanquis. El crédito agrícola -subordinado absolutamente a los intereses de estas firmas, mientras no se establezca el Banco Agrícola Nacional-, no impulsa ningún otro cultivo. Los de frutos alimenticios, destinados al mercado interno, están generalmente en manos de pequeños propietarios y arrendatarios. Sólo en los valles de Lima, por la vecindad de mercados urbanos de importancia, existen fundos extensos dedicados por sus propietarios a la producción de frutos alimenticios. En las haciendas algodoneras o azucareras, no se cultiva estos frutos, en muchos casos, ni en la medida necesaria para el abastecimiento de la propia población rural.

El mismo pequeño propietario, o pequeño arrendatario, se encuentra empujado al cultivo del algodón por esta corriente que tan poco tiene en cuenta las necesidades particulares de la economía nacional. El desplazamiento de los tradicionales cultivos alimenticios por el del algodón en las campiñas de la costa donde subsiste la pequeña propiedad, ha constituido una de las causas más visibles del encarecimiento de las subsistencias en las poblaciones de la costa.

Casi únicamente para el cultivo del algodón, el agricultor encuentra facilidades comerciales. Las habilitaciones están reservadas, de arriba a abajo, casi exclusivamente al algodonero. La producción de algodón no está regida por ningún criterio de economía nacional. Se produce para el mercado mundial, sin un control que prevea en el interés de esta economía, las posibles bajas de los precios derivados de períodos de crisis industrial o de superproducción algodonera.

Un ganadero me observaba últimamente que, mientras sobre una cosecha de algodón el crédito que se puede conseguir no está limitado sino por las fluctuaciones de los precios, sobre un rebaño o un criadero, el crédito es completamente convencional o inseguro. Los ganaderos de la costa no pueden contar con préstamos bancarios considerables para el desarrollo de sus negocios. En la misma condición, están todos los agricultores que no pueden ofrecer como garantía de sus empréstitos, cosechas de algodón o caña de azúcar.

Si las necesidades del consumo nacional estuviesen satisfechas por la producción agrícola del país, este fenómeno no tendría ciertamente tanto de artificial. Pero no es así. El suelo del país no produce aún todo lo que la población necesita para su subsistencia. El capítulo más alto de nuestras importaciones es el de “víveres y especias”: Lp. 3’620,235, en el año 1924. Esta cifra, dentro de una importación total de dieciocho millones de libras, denuncia uno de los problemas de nuestra economía. No es posible la supresión de todas nuestras importaciones de víveres y especias, pero sí de sus más fuertes renglones. El más grueso de todos es la importación de trigo y harina, que en 1924 ascendió a más de doce millones de soles.

Un interés urgente y claro de la economía peruana exige, desde hace mucho tiempo, que el país produzca el trigo necesario para el pan de su población. Si este objetivo hubiese sido alcanzado, el Perú no tendría ya que seguir pagando al extranjero doce o más millones de soles al año por el trigo que consumen las ciudades de la costa.

¿Por qué no se ha resuelto este problema de nuestra economía? No es sólo porque el Estado no se ha preocupado aún de hacer una política de subsistencias. Tampoco es, repito, porque el cultivo de la caña y el de algodón son los más adecuados al suelo y al clima de la costa. Uno solo de los valles, uno solo de los llanos interandinos -que algunos kilómetros de ferrocarriles y caminos abrirían al tráfico- puede abastecer superabundantemente de trigo, cebada, etc., a toda la población del Perú. En la misma costa, los españoles cultivaron trigo en los primeros tiempos de la colonia, hasta el cataclismo que mudó las condiciones climáticas del litoral. No se estudió posteriormente, en forma científica y orgánica, la posibilidad de establecer ese cultivo. Y el experimento practicado en el Norte, en tierras del “Salamanca”, demuestra que existen variedades de trigo resistentes a las plagas que atacan en la costa este cereal y que la pereza criolla, hasta este experimento, parecía haber renunciado a vencer (30).

El obstáculo, la resistencia a una solución, se encuentra en la estructura misma de la economía peruana. La economía del Perú es una economía colonial. Su movimiento, su desarrollo, están subordinados a los intereses y a las necesidades de los mercados de Londres y de Nueva York. Estos mercados miran en el Perú un depósito de materias primas y una plaza para sus manufacturas. La agricultura peruana obtiene, por eso, créditos y transportes sólo para los productos que puede ofrecer con ventaja en los grandes mercados. La finanza extranjera se interesa un día por el caucho, otro día por el algodón, otro día por el azúcar. El día en que Londres puede recibir un producto a mejor precio y en cantidad suficiente de la India o del Egipto, abandona instantáneamente a su propia suerte a sus proveedores del Perú. Nuestros latifundistas, nuestros terratenientes, cualesquiera que sean las ilusiones que se hagan de su independencia, no actúan en realidad sino como intermediarios o agentes del capitalismo extranjero.

PROPOSICIONES FINALES

A las proposiciones fundamentales, expuestas ya en este estudio, sobre los aspectos presentes de la cuestión agraria en el Perú, debo agregar las siguientes:

1º- El carácter de la propiedad agraria en el Perú se presenta como una de las mayores trabas del propio desarrollo del capitalismo nacional. Es muy elevado el porcentaje de las tierras, explotadas por arrendatarios grandes o medios, que pertenecen a terratenientes que jamás han manejado sus fundos. Estos terratenientes, por completo extraños y ausentes de la agricultura y de sus problemas, viven de su renta territorial sin dar ningún aporte de trabajo ni de inteligencia a la actividad económica del país. Corresponden a la categoría del aristócrata o del rentista, consumidor improductivo. Por sus hereditarios derechos de propiedad perciben un arrendamiento que se puede considerar como un canon feudal. El agricultor arrendatario corresponde, en cambio, con más o menos propiedad, al tipo de jefe de empresa capitalista. Dentro de un verdadero sistema capitalista, la plusvalía obtenida por su empresa, debería beneficiar a este industrial y al capital que financiase sus trabajos. El dominio de la tierra por una clase de rentistas, impone a la producción la pesada carga de sostener una renta que no está sujeta a los eventuales descensos de los productos agrícolas. El arrendamiento no encuentra, generalmente, en este sistema, todos los estímulos indispensables para efectuar los trabajos de perfecta valorización de las tierras y de sus cultivos e instalaciones. El temor a un aumento de la locación, al vencimiento de su escritura, lo induce a una gran parsimonia en las inversiones. La ambición del agricultor arrendatario es, por supuesto, convertirse en propietario; pero su propio empeño contribuye al encarecimiento de la propiedad agraria en provecho de los latifundistas. Las condiciones incipientes del crédito agrícola en el Perú impiden una más intensa expropiación capitalista de la tierra para esta clase de industriales. La explotación capitalista e industrialista de la tierra, que requiere para su libre y pleno desenvolvimiento la eliminación de todo canon feudal, avanza por esto en nuestro país con suma lentitud. Hay aquí un problema, evidente no sólo para un criterio socialista sino, también, para un criterio capitalista. Formulando un principio que integra el programa agrario de la burguesía liberal francesa, Edouard Herriot afirma que “la tierra exige la presencia real(31). No está demás remarcar que a este respecto el Occidente no aventaja por cierto al Oriente, puesto que la ley mahometana establece, como lo observa Charles Gide, que “la tierra pertenece al que la fecunda y vivifica”.

2º- El latifundismo subsistente en el Perú se acusa, de otro lado, como la más grave barrera para la inmigración blanca. La inmigración que podemos esperar es, por obvias razones, de campesinos provenientes de Italia, de Europa Central y de los Balcanes. La población urbana occidental emigra en mucha menor escala y los obreros industriales saben, además, que tienen muy poco que hacer en la América Latina. Y bien. El campesino europeo no viene a América para trabajar como bracero, sino en los casos en que el alto salario le consiente ahorrar largamente. Y éste no es el caso del Perú. Ni el más miserable labrador de Polonia o de Rumania aceptaría el tenor de vida de nuestros jornaleros de las haciendas de caña o algodón. Su aspiración es devenir pequeño propietario. Para que nuestros campos estén en grado de atraer esta inmigración es indis-pensable que puedan brindarle tierras dotadas de viviendas, animales y herramientas y comunicadas con ferrocarriles y mercados. Un funcionario o pro-pagandista del fascismo, que visitó el Perú hace aproximadamente tres años, declaró en los diarios locales que nuestro régimen de gran propiedad era incompatible con un programa de colonización e inmigración capaz de atraer al campesino italiano.

3º- El enfeudamiento de la agricultura de la costa a los intereses de los capitales y los mercados británicos y americanos, se opone no sólo a que se organice y desarrolle de acuerdo con las necesidades específicas de la economía nacional -esto es asegurando primeramente el abastecimiento de la población- sino también a que ensaye y adopte nuevos cultivos. La mayor empresa acometida en este orden en los últimos años -la de las plantaciones de tabaco de Tumbes- ha sido posible sólo por la intervención del Estado. Este hecho abona mejor que ningún otro la tesis de que la política liberal del laisser faire, que tan pobres frutos ha dado en el Perú, debe ser definitivamente reemplazada por una política social de nacionalización de las grandes fuentes de riqueza.

4º- La propiedad agraria de la costa, no obstante los tiempos prósperos de que ha gozado, se muestra hasta ahora incapaz de atender los problemas de la salubridad rural, en la medida que el Estado exige y que es, desde luego, asaz modesta. Los requerimientos de la Dirección de Salubridad Pública a los hacendados no consiguen aún el cumplimiento de las disposiciones vigentes contra el paludismo. No se ha obtenido siquiera un mejoramiento general de las rancherías. Está probado que la población rural de la costa arroja los más altos índices de mortalidad y morbilidad del país. (Exceptúase naturalmente los de las regiones excesivamente mórbidas de la selva). La estadística demográfica del distrito rural de Pativilca acusaba hace tres años una mortalidad superior a la natalidad. Las obras de irrigación, como lo observa el ingeniero Sutton a propósito de la de Olmos, comportan posiblemente la más radical solución del problema de las paludes o pantanos. Pero, sin las obras de aprovechamiento de las aguas sobrantes del río Chancay realizadas en Huacho por el señor Antonio Graña, a quien se debe también un interesante plan de colonización, y sin las obras de aprovechamiento de las aguas del subsuelo practicadas en Chiclín y alguna otra negociación del Norte, la acción del capital privado en la irrigación de la costa peruana resultaría verdaderamente insignificante en los últimos años.

5º- En la sierra, el feudalismo agrario sobreviviente se muestra del todo inepto como creador de riqueza y de progreso. Excepción hecha de las negociaciones ganaderas que exportan lana y alguna otra, en los valles y planicies serranos el latifundio tiene una producción miserable. Los rendimientos del suelo son ínfimos; los métodos de trabajo, primitivos. Un órgano de la prensa local decía una vez que en la sierra peruana el gamonal aparece relativamente tan pobre como el indio. Este argumento -que resulta completamente nulo dentro de un criterio de relatividad- lejos de justificar al gamonal, lo condena inapelablemente. Porque para la economía moderna -entendida como ciencia objetiva y concreta- la única justificación del capitalismo y de sus capitanes de industria y de finanza está en su función de creadores de riqueza. En el plano económico, el señor feudal o gamonal es el primer responsable del poco valor de sus dominios. Ya hemos visto cómo este latifundista no se preocupa de la productividad sino de la rentabilidad de la tierra. Ya hemos visto también cómo, a pesar de ser sus tierras las mejores, sus cifras de producción no son mayores que las obtenidas por el indio, con su primitivo equipo de labranza, en sus magras tierras comunales. El gamonal, como factor económico, está, pues, completamente descalificado.

6º- Como explicación de este fenómeno se dice que la situación económica de la agricultura de la sierra depende absolutamente de las vías de comunicación y transporte. Quienes así razonan no entienden sin duda la diferencia orgánica, fundamental, que existe entre una economía feudal o semifeudal y una economía capitalista. No comprenden que el tipo patriarcal primitivo de terrateniente feudal es sustancialmente distinto del tipo del moderno jefe de empresa. De otro lado el gamonalismo y el latifundismo aparecen también como un obstáculo hasta para la ejecución del propio programa vial que el Estado sigue actualmente. Los abusos e intereses de los gamonales se oponen totalmente a una recta aplicación de la ley de conscripción vial. El indio la mira instintivamente como una arma del gamonalismo. Dentro del régimen inkaico, el servicio vial debidamente establecido sería un servicio público obligatorio, del todo compatible con los principios del socialismo moderno; dentro del régimen colonial de latifundio y servidumbre, el mismo servicio adquiere el carácter odioso de una “mita”.

 

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1. Luis E. Valcárcel, Del Ayllu al Imperio, p. 166.

2. César Antonio Ugarte, Bosquejo de la Historia Económica del Perú, p. 9.

3. Javier Prado, “Estado Social del Perú durante la dominación española”, en Anales Universitarios del Perú, tomo XXII, pp. 125 y 126.

4. Ugarte, ob. citada, p. 64.

5. José Vasconcelos, Indología.

6. Javier Prado, ob. citada, p. 37.

7. Georges Sorel, Introduction à l’economie moderne, pp. 120 y 130.

8. Ugarte, ob. citada, p. 24.

9. Eugéne Schkaff, La Question Agraire en Russie, p. 118.

10. Esteban Echeverría, Antecedentes y primeros pasos de la revolución de Mayo.

11. Vasconcelos, conferencia sobre “El Nacionalismo en la América Latina”, en Amauta Nº 4, p. 15. Este juicio, exacto en lo que respecta a las relaciones entre caudillaje militar y propiedad agraria en América, no es igualmente válido para todas las épocas y situaciones históricas. No es posible suscribirlo sin esta precisa reserva.

12. Ugarte, ob. citada, p. 57.

13. Le Pérou Contemporain, pp. 98 y 99.

14. Ugarte, ob. citada, p. 58

15. Si la evidencia histórica del comunismo inkaico no apareciese incontestable, la comunidad, órgano específico de comunismo, bastaría para despejar cualquier duda. El “despotismo” de los inkas ha herido sin embargo, los escrúpulos liberales de algunos espíritus de nuestro tiempo. Quiero reafirmar aquí la defensa que hice del comunismo inkaico objetando la tesis de su más reciente impugnador, Augusto Aguirre Morales, autor de la novela El Pueblo del Sol.
El comunismo moderno es una cosa distinta del comunismo inkaico. Esto es lo primero que necesita aprender y entender, el hombre de estudio que explora el Tawantinsuyo. Uno y otro comunismo son un producto de diferentes experiencias humanas. Pertenecen a distintas épocas históricas. Constituyen la elaboración de disímiles civilizaciones. La de los inkas fue una civilización agraria. La de Marx y Sorel es una civilización industrial. En aquélla el hombre se sometía a la naturaleza. En ésta la naturaleza se somete a veces al hombre. Es absurdo, por ende, confrontar las formas y las instituciones de uno y otro comunismo. Lo único que puede confrontarse es su incorpórea semejanza esencial, dentro de la diferencia esencial y material de tiempo y de espacio. Y para esta confrontación hace falta un poco de relativismo histórico. De otra suerte se corre el riesgo cierto de caer en los clamorosos errores en que ha caído Víctor Andrés Belaunde en una tentativa de este género.
Los cronistas de la conquista y de la colonia miraron el panorama indígena con ojos medioevales. Su testimonio indudablemente no puede ser aceptado, sin beneficio de inventario.
Sus juicios corresponden inflexiblemente a sus puntos de vista españoles y católicos. Pero Aguirre Morales es, a su turno, víctima del falaz punto de vista. Su posición en el estudio del Imperio Inkaico no es una posición relativista. Aguirre considera y examina el Imperio con apriorismos liberales e individualistas. Y piensa que el pueblo inkaico fue un pueblo esclavo e infeliz porque careció de libertad.
La libertad individual es un aspecto del complejo fenómeno liberal. Una crítica realista puede definirla como la base jurídica de la civilización capitalista, (Sin el libre arbitrio no habría libre tráfico, ni libre concurrencia, ni libre industria). Una crítica idealista puede definirla como una adquisición del espíritu humano en la edad moderna. En ningún caso, esta libertad cabía en la vida inkaica. El hombre del Tawantinsuyo no sentía absolutamente ninguna necesidad de libertad individual. Así como no sentía absolutamente, por ejemplo, ninguna necesidad de libertad de imprenta. La libertad de imprenta puede servirnos para algo a Aguirre Morales y a mí; pero los indios podían ser felices sin conocerla y aun sin concebirla. La vida y el espíritu del indio no estaban atormentados por el afán de especulación y de creación intelectuales. No estaban tampoco subordinados a la necesidad de comerciar, de contratar, de traficar. ¿Para qué podría servirle, por consiguiente, al indio esta libertad inventada por nuestra civilización? Si el espíritu de la libertad se reveló al quechua, fue sin duda en una fórmula o, más bien, en una emoción diferente de la fórmula liberal, jacobina e individualista de la libertad. La revelación de la libertad, como la revelación de Dios, varía con las edades, los pueblos y los climas. Consustanciar la idea abstracta de la libertad con las imágenes concretas de una libertad con gorro frigio -hija del protestantismo y del renacimiento y de la revolución francesa- es dejarse coger por una ilusión que depende tal vez de un mero, aunque no desinteresado, astigmatismo filosófico de la burguesía y de su democracia.
La tesis de Aguirre, negando el carácter comunista de la sociedad inkaica, descansa íntegramente en un concepto erróneo. Aguirre parte de la idea de que autocracia y comunismo son dos términos inconciliables. El régimen inkaico -constata- fue despótico y teocrático; luego -afirma- no fue comunista. Mas el comunismo no supone, históricamente, libertad individual ni sufragio popular. La autocracia y el comunismo son incompatibles en nuestra época; pero no lo fueron en sociedades primitivas. Hoy un orden nuevo no puede renunciar a ninguno de los progresos morales de la sociedad moderna. El socialismo contemporáneo -otras épocas han tenido otros tipos de socialismo que la historia designa con diversos nombres- es la antítesis del liberalismo; pero nace de su entraña y se nutre de su experiencia. No desdeña ninguna de sus conquistas intelectuales. No escarnece y vilipendia sino sus limitaciones. Aprecia y comprende todo lo que en la idea liberal hay de positivo: condena y ataca sólo lo que en esta idea hay de negativo y temporal.
Teocrático y despótico fue, ciertamente, el régimen inkaico. Pero este es un rasgo común de todos los regímenes de la antigüedad. Todas las monarquías de la historia se han apoyado en el sentimiento religioso de sus pueblos. El divorcio del poder temporal y del poder espiritual es un hecho nuevo. Y más que un divorcio es una separación de cuerpos. Hasta Guillermo de Hohenzollern los monarcas han invocado su derecho divino.
No es posible hablar de tiranía abstractamente. Una tiranía es un hecho concreto. Y es real sólo en la medida en que oprime la voluntad de un pueblo o en que contraría y sofoca su impulso vital. Muchas veces, en la antigüedad, un régimen absolutista y teocrático ha encarnado y representado, por el contrario, esa voluntad y ese impulso. Este parece haber sido el caso del imperio inkaico. No creo en la obra taumatúrgica de los Inkas. Juzgo evidente su capacidad política, pero juzgo no menos evidente que su obra consistió en construir el Imperio con los materiales humanos y los elementos morales allegados por los siglos. El ayllu -la comunidad-, fue la célula del Imperio. Los Inkas hicieron la unidad, inventaron el Imperio; pero no crearon la célula. El Estado jurídico organizado por los Inkas reprodujo, sin duda, el Estado natural pre-existente. Los Inkas no violentaron nada. Está bien que se exalte su obra; no que se desprecie y disminuya la gesta milenaria y multitudinaria de la cual esa obra no es sino una expresión y una consecuencia.
No se debe empequeñecer, ni mucho menos negar, lo que en esa obra pertenece a la masa. Aguirre, literato individualista, se complace en ignorar en la historia a la muchedumbre. Su mirada de romántico busca exclusivamente al héroe.
Los vestigios de la civilización inkaica declaran unánimemente, contra la requisitoria de Aguirre Morales. El autor de El Pueblo del Sol invoca el testimonio de los millares de huacos que han desfilado ante sus ojos. Y bien. Esos huacos dicen que el arte inkaico fue un arte popular. Y el mejor documento de la civilización inkaica es, acaso, su arte. La cerámica estilizada sintetista de los indios no puede haber sido producida por un pueblo grosero y bárbaro.
James George Frazer -muy distante espiritual y físicamente de los cronistas de la colonia-, escribe: “Remontando el curso de la historia, se encontrará que no es por un puro accidente que los primeros grandes pasos hacia la civilización han sido hechos bajo gobiernos despóticos y teocráticos como los de la China, del Egipto, de Babilonia, de México, del Perú, países en todos los cuales el jefe supremo exigía y obtenía la obediencia servil de sus súbditos por su doble carácter de rey y de dios. Sería apenas una exageración decir que en esa época lejana el despotismo es el más grande amigo de la humanidad y por paradojal que esto parezca, de la libertad. Pues después de todo, hay más libertad, en el mejor sentido de la palabra -libertad de pensar nuestros pensamientos y de modelar nuestros destinos-, bajo el despotismo más absoluto y la tiranía más opresora que bajo la aparente libertad de la vida salvaje, en la cual la suerte del individuo, de la cuna a la tumba, es vaciada en el molde rígido de las costumbres hereditarias” (The Golden Bough, Part. I ).
Aguirre Morales dice que en la sociedad inkaica se desconocía el robo por una simple falta de imaginación para el mal. Pero no se destruye con una frase de ingenioso humorismo literario un hecho social que prueba, precisamente, lo que Aguirre se obstina en negar: el comunismo inkaico. El economista francés Charles Gide piensa que más exacta que la célebre fórmula de Proudhon, es la siguiente fórmula: “El robo es la propiedad”. En la sociedad inkaica no existía el robo porque no existía la propiedad. O, si se quiere, porque existía una organización socialista de la propiedad.
Invalidemos y anulemos, si hace falta, el testimonio de los cronistas de la colonia. Pero es el caso que la teoría de Aguirre busca amparo, justamente, en la interpretación, medioeval en su espíritu, de esos cronistas de la forma de distribución de las tierras y de los productos.
Los frutos del suelo no son atesorables. No es verosímil, por consiguiente, que las dos terceras partes fuesen acaparadas para el consumo de los funcionarios y sacerdotes del Imperio. Mucho más verosímil es que los frutos que se supone reservados para los nobles y el Inka, estuviesen destinados a constituir los depósitos del Estado.
Y que representasen, en suma, un acto de providencia social, peculiar y característico en un orden socialista.

16. Castro Pozo, Nuestra Comunidad Indígena.

17. Ibíd., pp. 16 y 17.

18. Escrito este trabajo, encuentro en el libro de Haya de la Torre Por la emancipación de la América Latina, conceptos que coinciden absolutamente con los míos sobre la cuestión agraria en general y sobre la comunidad indígena en particular. Parti-mos de los mismos puntos de vista, de manera que es forzoso que nuestras conclusiones sean también las mismas.

19. Castro Pozo, ob. citada, pp. 66 y 67.

20. Ibíd., p. 434.

21. Schkaff, ob. citada, p. 188.

22. Castro Pozo, ob. citada, p. 47. El autor tiene observaciones muy interesantes sobre los elementos espirituales de la economía comunitaria. “La energía, perseverancia e interés -apunta- con que un comunero siega, gavilla el trigo o la cebada, quipicha(Quipichar: cargar a la espalda. Costumbre indígena extendida en toda la sierra. Los cargadores, fleteros y estibadores de la costa, cargan sobre el hombro) y desfila, a paso ligero, hacia la era alegre, corriéndole una broma al compañero o sufriendo la del que va detrás halándole el extremo de la manta, constituyen una tan honda y decisiva diferencia, comparados con la desidia, frialdad, laxitud del ánimo y, al parecer, cansancio, con que prestan sus servicios los yanaconas, en idénticos trabajos u otros de la misma naturaleza; que a primera vista salta el abismo que diversifica el valor de ambos estados psico-físicos, y la primera interrogación que se insinúa al espíritu, es la de ¿qué influencia ejerce en el proceso del trabajo su objetivación y finalidad concreta e inmediata?”

23. Sorel, que tanta atención ha dedicado a los conceptos de Proudhon y Le Play sobre el rol de la familia en la estructura y el espíritu de la sociedad, ha considerado con buida y sagaz penetración “la parte espiritual del medio económico”. Si algo ha echado de menos en Marx, ha sido un insuficiente espíritu jurídico, aunque haya convenido en que este aspecto de la producción no escapaba al dialéctico de Tréveris. “Se sabe -escribe en su Introduction a l’economie moderne– que la observación de las costumbres de las familias de la plana sajona impresionó mucho a Le Play en el comienzo de sus viajes y ejerció una influencia decisiva sobre su pensamiento. Me he preguntado si Marx no había pensado en estas antiguas costumbres cuando ha acusado al capitalismo de hacer del proletario un hombre sin familia”. Con relación a las observaciones de Castro Pozo, quiero recordar otro concepto de Sorel: “El trabajo depende, en muy vasta medida, de los sentimientos que experimentan los obreros ante su tarea”.

24. Schkaff, ob. citada, p. 135.

25. No hay que olvidar, por lo que toca a los braceros serranos, el efecto extenuan-te de la costa cálida e insalubre en el organismo del indio de la sierra, presa segura del paludismo, que lo amenaza y predispone a la tuberculosis. Tampoco hay que olvidar el profundo apego del indio a sus lares y a su naturaleza. En la costa se siente un exiliado, un mitimae.

26. Una de las constataciones más importantes a que este tópico conduce es la de la íntima solidaridad de nuestro problema agrario con nuestro problema demográfico. La concentración de las tierras en manos de los gamonales constituye un freno, un cáncer de la demografía nacional. Sólo cuando se haya roto esa traba del progreso peruano, se habrá adoptado realmente el principio sudamericano: “Gobernar es poblar”.

27. El proyecto concebido por el Gobierno con el objeto de crear la pequeña propiedad agraria se inspira en el criterio económico liberal y capitalista. En la costa su aplicación, subordinada a la expropiación de fundos y a la irrigación de tierras eriazas, puede corresponder aún a posibilidades más o menos amplias de colonización. En la sierra sus efectos serían mucho más restringidos y dudosos. Como todas las tentativas de dotación de tierras que registra nuestra historia republicana, se caracteriza por su prescindencia del valor social de la “comunidad” y por su timidez ante el latifundista cuyos intereses salvaguarda con expresivo celo. Estableciendo el pago de la parcela al contado o en 20 anualidades, resulta inaplicable en las regiones de sierra donde no existe todavía una economía comercial monetaria. El pago, en estos casos, debería ser estipulado no en dinero sino en productos. El sistema del Estado de adquirir fundos para repartirlos entre los indios manifiesta un extremado miramiento por los latifundistas, a los cuales ofrece la ocasión de vender fundos poco productivos o mal explotados, en condiciones ventajosas.

28. Schkaff, ob. citada, pp. 133, 134 y 135.

29. Francisco Ponce de León, Sistemas de arrendamiento de terrenos de cultivo en el departamento del Cuzco y el problema de la tierra.

30. Los experimentos recientemente practicados, en distintos puntos de la costa por la Comisión Impulsora del Cultivo del Trigo, han tenido, según se anuncia, éxito satisfactorio. Se ha obtenido apreciables rendimientos de la variedad “Kappli Emmer” -inmune a la “roya”-, aun en las “lomas”.

31. Herriot, Créer.

 

 

 

Del trotskismo peruano: contribución a un balance del Morenismo

por Sergio Bravo // 
El morenismo es una de las principales corrientes centristas tradicionales que se reivindican trotskistas. Aparecida durante los años ‘50, se sumó a la creación oportunista del llamado Secretariado Unificado de la IV Internacional en 1963. Este es un texto acerca del morenismo en los años ’80.
Los años ‘80 y la creación del MAS argentino
Durante los años ‘80, Moreno y el morenismo insistieron en caracterizar la situación en Argentina como revolucionaria, pero sin embargo su política nunca fue coherente con esta caracterización.
Entre 1982 y 1983 se vivía un período de ascenso de masas, que hacía evidente el declive del régimen militar. Cercado por las movilizaciones, el régimen abre la posibilidad de legalización de los partidos políticos. En ese contexto, el PST – LIT, que proclamaba “la revolución socialista está en marcha”, termina definiendo que la participación en las elecciones convocadas es su objetivo principal, y tal como el resto de los partidos del movimiento obrero, hizo de las elecciones el eje de toda su política. 
Para poner en práctica esa línea electoralista, el PST se disuelve en una nueva organización. Una organización no trotskista, sólo “socialista”, con un carácter de frente de todos aquellos que se reivindicaban así. De esta forma nació el Movimiento al Socialismo (MAS). Desde años atrás, el PST llamaba a todos los “socialistas” a unirse en un solo partido y hasta Felipe Gonzáles fue invocado como posible coadyuvante de ese proceso. De hecho el MAS comenzó a publicar su semanario “Solidaridad Socialista” (con el mismo logo que el movimiento “Solidaridad” de Walesa), buscando convencer a figuras socialdemócratas para sumarse a la unidad de los “socialistas”. 
El Primero de Mayo de 1983, el MAS publica su manifiesto programático. El manifiesto se llamaba “Conquistemos nuestra Segunda Independencia”, y hablaba de “…una nueva gesta independentista. Igual que la primera, la de San Martín, Bolívar y Artigas…”, y de “un frente internacional de deudores” para “suspender el pago de la deuda externa”. En cambio, no planteaba la expropiación de la burguesía, ni la destrucción del Estado burgués para reemplazarlo por la dictadura del proletariado. Según su propia definición, el MAS resulta heredero de los fundadores de los estados oligárquicos criollos, pero no de Marx, Engels, Lenin y Trotsky. Coincide con los reformistas en reclamar un estado burgués “independiente” del imperialismo. Se suma a la campaña impulsada por Castro, que no llama a desconocer la deuda externa, sino a exigir su suspensión temporal.
Esas eran las consignas que el MAS levantaba para una “Argentina Socialista”, y no las demandas transicionales anticapitalistas. Un socialismo al que no se avanzaría luchando por el programa revolucionario del trotskismo, sino por demandas como “la inmediata convocatoria al Congreso de 1976, que elija a un gobierno provisional y llame a elecciones sin proscripciones o estado de sitio”. Así el MAS termina siendo un gran defensor de los parlamentarios del que había sido el gobierno reaccionario y masacrador de Isabel Martínez de Perón. En el plano internacional se convierte en ferviente partidario de la política del FMLN, de los ayatolas iraníes, y promotor de la fusión de los estados estalinistas ruso y chino.
En octubre de 1983 es elegido Alfonsín, un representante genuino de la burguesía argentina, que busca estabilizar el país en beneficio del conjunto de su clase. En esas elecciones, el MAS y su política electorera cosechan un descomunal fracaso. A pesar de ello, su caracterización de la situación política no refleja la realidad. Sin poder dual en ciernes, sin que el morenismo dirija a sectores de las masas, y con semejante orfandad electoral, el MAS y la LIT no dudarán en calificar al nuevo gobierno de “kerenskista”, asimilándolo a las circunstancias revolucionarias vividas durante 1917 en Rusia.
Una visión ultraizquierdista de la situación mundial, pero una política oportunista
El fracaso electoral del MAS también se extendió a su condición orgánica, pues las dimensiones del partido no se diferenciaban mayormente de las del primigenio PST. Siendo así, recuperar la identidad “trotskista” fue sencillo, no constituyó un problema, pero la política llevada adelante continuó sin serlo. En las nuevas elecciones de 1985, el MAS no presentó sus propias candidaturas, sino que formó con el PC estalinista y con burócratas y dirigentes peronistas, el “Frente del Pueblo, del peronismo de los trabajadores con la izquierda”, el FREPU. El programa de este Frente sólo planteaba realizar reformas al Estado, como nacionalizaciones sin expropiación, una reforma agraria mediatizada y una moratoria de la deuda externa durante algunos pocos años. Uno de sus lemas era “Democracia con Justicia Social”. Es decir, un programa típico del nacionalismo burgués y del reformismo, para una alianza encabezada por candidatos peronistas.
En 1987, cuando el gobierno de Alfonsín se vio amenazado por el golpismo, recurrió al apoyo de todos los partidos burgueses y pro-burgueses, mediante la firma de “actas democráticas”. En estas actas se defendía al estado burgués y eran una reedición de los acuerdos firmados en 1974 por Perón y la oposición, incluyendo al PST. El MAS firmó algunas de estas actas a nivel provincial, pero finalmente no el Acta nacional. De esta forma el frente con el reformismo y el nacionalismo se deshizo, pero sólo para volver un año más tarde con el nombre de Izquierda Unida.
Mientras tanto, una reunión del Comité Ejecutivo Internacional de la LIT, en abril de 1988, se reafirmaba en que “Argentina era el eje central de la revolución mundial”. Este era, obviamente, un diagnóstico sobredimensionado y nacional-trotskista. Ni en Argentina, ni en gran parte de América Latina, los ascensos de masas de finales de los años 80 tuvieron la envergadura de los de la década anterior, o de los que ocurrían en otros lugares del mundo. El exitismo, el análisis ultra-optimista, ha sido uno de los rasgos del morenismo desde aquella época, simultáneamente al oportunismo electorero. La fraseología ultra-revolucionaria cubría así su política oportunista.
Para Moreno y la LIT, el planeta vivía durante los años 1980 una situación revolucionaria y mientras tanto su corriente aplicaba una política oportunista. Pero esa caracterización de la situación se extendía más allá de sólo lo relativo a la década. El morenismo defendía que desde 1943 se experimentaba una “colosal revolución socialista a escala mundial”, con “grandes triunfos revolucionarios”. Esa era la evaluación que el morenismo hacía de las décadas de creación de los estados estalinistas, de los gobiernos nacionalistas burgueses reaccionarios y de los brutales aplastamientos de los ascensos de masas por el imperialismo y las burguesías semicoloniales. Moreno llega a afirmar que la situación durante los 80 es “una situación revolucionaria más grande que la de 1915”.
 
La Izquierda Unida con el estalinismo argentino   
A pesar de todas esas teorizaciones que deberían haber implicado una política obrera revolucionaria, el 3er. Congreso del MAS sostiene sin embargo, en junio de 1988, que una curiosa “revolución anticapitalista y democrática” se estaría produciendo en Argentina. Por lo tanto, en octubre, el MAS vuelve a levantar otro frente político con el PC: Izquierda Unida. El programa de IU no habla de gobierno obrero, de consejos obreros, ni de socialismo. Tampoco de expropiación sin pago, control obrero, ni siquiera de escala móvil de salarios; pero sí de “política exterior independiente” y de “segunda independencia latinoamericana”, y a pesar de ello, la LIT lo califica de “programa obrero, antiimperialista y anticapitalista”. El candidato presidencial de IU era Néstor Vicente, un izquierdista burgués con larga trayectoria en tales partidos, que hizo su campaña en base a sostener reiteradamente que había que afirmar y democratizar el Estado burgués. Cuando en enero de 1989 un grupo de foquistas asaltó el cuartel militar de La Tablada y fueron aniquilados, Vicente no cejó de equiparar y denunciar por igual a ambos bandos, a los militares y a los guerrilleros.
Izquierda Unida no fue empero un caso argentino aislado. Estas alianzas frentepopulistas se constituyeron también en otros países sudamericanos, siempre con el objetivo de “profundizar la democracia”. En el Perú, donde tuvo gran importancia (el propio mandelismo se disolvió en ella), IU sostuvo al Estado burgués en crisis, saboteó la formación de organismos de poder proletario y apoyó la represión militar contra las guerrillas maoísta y guevarista. El PST peruano llamaba a luchar por un gobierno de Izquierda Unida y a integrar sus listas de candidatos, y también en Bolivia el morenismo llamó a votar por esa misma opción. El PST, que había ignorado la situación revolucionaria vivida en el Perú entre 1977 y 1980, descubrió más tarde que la situación revolucionaria de fines de los años 1970 aún no concluía hasta inicios de los años 1990 (!), y en Colombia hicieron un diagnóstico semejante. 
En mayo de 1989, el peronista de derecha Menem obtiene una aplastante victoria electoral. A fin de mes ocurre en Rosario un desborde de masas empobrecidas, que saquean, destruyen comercios, y se enfrentan a la represión. El espontaneísmo de la LIT califica esto de “insurrección popular victoriosa”, y determina que en Argentina, “la revolución socialista ha empezado”. Otra vez la LIT inventa un “Kerenski”, que en esta oportunidad sería Menem. Para la LIT, la toma del poder por el MAS era inminente, pero sin embargo en la situación argentina ni siquiera se generaban soviets…. 
Ese mismo año, la Conferencia Mundial de la LIT aprueba el documento “La Situación Mundial”, en el que afirma que “el ascenso revolucionario mundial es tan poderoso, que el frente contrarrevolucionario mundial está fracasando. Ya está en crisis económica, política y militar.” Esto se escribía nada menos que luego de una década de derrotas, como la de la revolución política en Polonia, la de los mineros británicos en 1985 o la consolidación de la política imperialista en Centroamérica. En la misma línea de abierta contradicción entre análisis y práctica, ya a inicios de la década el morenismo se había revelado como el campeón del apoyo a la dirección reaccionaria de Solidaridad en Polonia. La consigna agitada fue “Todo el poder a Solidaridad”. En su búsqueda oportunista de sustitutos al partido revolucionario trotskista, la LIT cortejó especialmente a un ala restauracionista como “Solidaridad Combatiente”, y calificó de “trotskizante” al pro-burgués Partido Socialista Polaco por la Revolución Democrática (PSP-RD), que reivindicaba al viejo PSP socialdemócrata. 
Todo su análisis ultraizquierdista no impediría a la LIT sin embargo militar a favor de la reunificación burguesa de Alemania. Al mismo tiempo, en 1990, el Comité Ejecutivo Internacional de la LIT sostenía que en la URSS y Europa del Este, los trabajadores “pronto van a estar en capacidad de imponer su poder”, y su Congreso Mundial de mayo proclamaba “la hora del trotskismo ha llegado”. Al año siguiente (agosto 1991) la dirección morenista considera al movimiento reaccionario de Yeltsin “un gran triunfo revolucionario”; el mismo Yeltsin que dirige la restauración del capitalismo y que meses más tarde, en el Año Nuevo de 1992, lanzaría un aplastante “shock” económico contra las masas. Toda su ilimitada confianza en el proceso objetivo de las masas, su espontanéismo y su visión ultra-exitista de los acontecimientos, sólo llevaron a la LIT a capitular ante cualquier dirección ajena a los objetivos de la revolución política antiburocrática y a los objetivos revolucionarios del proletariado internacional.    
La teoría del “Frente Único Revolucionario” como sustituto del partido revolucionario
La concepción que arrastraba Nahuel Moreno a lo largo de su trayectoria, según la cuál la revolución proletaria requiere de la creación de un gran partido centrista legalizado, finalmente cristaliza en la teoría del FUR. Por propia definición el morenismo entiende el FUR como “una etapa transitoria hacia el partido revolucionario de masas”. Una etapa de “acuerdos organizativos-programáticos” para la construcción de partidos revolucionarios de masas que “puede que no sean trotskistas o donde los trotskistas no tengan la mayoría”, pero que “van a ser organizaciones semi-trotskistas que pueden evolucionar hacia el trotskismo”. En resumen, el morenismo plantea la liquidación estratégica – programática y orgánica – de los trotskistas, en un partido consensuado con el centrismo y el reformismo radical. El FUR no es una táctica de frente único de clase, donde los revolucionarios mantienen su independencia programática y orgánica, ni es tampoco un partido con un programa revolucionario. Es una particular estrategia de capitulación que ya en los años 1960 y 1970 el morenismo había practicado con su orientación hacia el castrismo, hacia el nacionalismo pequeñoburgues y hacia diversos reformismos. La adaptación oportunista a fuerzas ajenas a la revolución proletaria fue siempre una característica morenista.
Algunos casos latinoamericanos fueron ilustrativos del “frente único revolucionario”. En Colombia, la tendencia sindical “A Luchar”, dirigida por el castrismo, fue calificada por Moreno como el “frente sindical revolucionario más acabado y estructurado”. El Congreso Mundial de la LIT, en 1985, determinó que el PST colombiano debía dejar de publicar su prensa y cerrar su local central, con el fin de transformar “A Luchar” en partido revolucionario. Sin embargo las organizaciones guerrilleristas que dirigían esta corriente sindical no lo permitieron, a pesar de todas las ilusiones que la LIT había sembrado en ellas. En México, el morenismo se fusiona con una organización a la que califica de “centrista de izquierda”, para organizar el Partido Obrero Socialista – Zapatista (POS – Z). Nada sorprendente este nuevo zapatismo si en el pasado el morenismo fue peronista en Argentina y sandinista en Nicaragua. 
En Argentina, por los mismos años 1980, Moreno sostenía que las listas sindicales en que participaban el MAS, con militantes del PC, del peronismo y de otro partido burgués como el Intransigente, eran el embrión hacia un partido revolucionario de masas. En Bolivia consideraron FUR a la dirección de la confederación campesina CSUTCB. Cuando esta cúpula sindical proyectó organizar un “partido indio”, el morenismo la apoyó e incluso editó su órgano “Pututu”; pero ya entre 1978 y 1980 el morenismo había sido sucesivamente entusiasta de las organizaciones estalinista, socialdemócrata y nacionalista de Motete Zamora, Marcelo Quiroga y Lechín Oquendo. En 1983 todavía reivindicaba el programa reformista de Quiroga y más adelante llamó a crear un partido de quienes estuvieran “por un gobierno de la COB”, es decir de la burocracia reformista.      
La teoría del FUR llegó como una condensación de la trayectoria oportunista del morenismo. Esta empezó con su militancia de los años 1950 “bajo la disciplina del General Perón” (como proclamaba su periódico Palabra Obrera), compromiso justificado por su caracterización del peronismo como “frente único anti-yanki”; continuó con su afiliación al Secretariado Unificado pablista y sus veleidades pro-maoístas y pro-foquistas de los años 1960; prosiguió en los 1970 con la negativa a caracterizar como frentes populares a la Unidad Popular chilena o al Frente Amplio uruguayo, a fin de insertarse en ellos; y llegó a los 1980 con la cadena de oportunismos ya descritos en este documento. 
Sin embargo, éstas no serán todas las capitulaciones lideradas por Moreno. En sus últimos años, mientras Moreno identificaba “direcciones independientes” con las que había que unificarse, descubría también “naciones independientes” – como Libia o Nicaragua – que jugaban un rol progresivo particular por su enfrentamiento con el imperialismo. Es decir que ciertas burguesías, a fin de cuentas, podían reemplazar al proletariado en su misión revolucionaria histórica. Y más aún, los revolucionarios no debían detenerse ni siquiera ante la posibilidad de practicar un bloque militar con un bando imperialista: Moreno había llegado a la conclusión de que los trotskistas tenían que haber luchado codo a codo con los imperialismos “democráticos” durante la Segunda Guerra Mundial. Nuevas teorías revisionistas venían así a reconfirmar la pulverización de la política de independencia de clase y de la política de construcción del partido obrero revolucionario, por el oportunismo morenista.  

Bolivia: Tesis Política de la XLIV Conferencia de la Federación Departamental de Fabriles La Paz – 2017

Después de más tres décadas los trabajadores fabriles volvemos al escenario político nacional recuperando nuestras banderas de lucha revolucionaria socialista. Retornamos a ocupar nuestro lugar en la lucha de la nación oprimida contra la nación opresora. La clase obrera tiene la capacidad de aglutinar la lucha de toda la nación oprimida en un solo puño y darle al país una perspectiva revolucionaria para superar el atraso económico y la miseria. La lucha de clases sociales no se ha extinguido sino que se agudiza por la profundización de la crisis capitalista, por lo que la ideología revolucionaria del proletariado tiene plena actualidad, haciéndose impostergable la tarea de volver a ser asimilada y materializada por la clase obrera boliviana. NUESTRO OBJETIVO ESTRATÉGICO ES LA IMPLANTACIÓN DEL GOBIERNO OBRERO CAMPESINO Y DE TODOS LOS EXPLOTADOS Y OPRIMIDOS DEL PAÍS, LA INSTAURACIÓN DE LA NUEVA SOCIEDAD ASENTADA EN LA PROPIEDAD SOCIAL DE LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN, ES DECIR EL SOCIALISMO.

Enfrentar la crisis significa: garantizar la seguridad ocupacional que supone la defensa de nuestras fuentes de trabajo, desarrollar el aparato productivo e impulsar la industrialización alimentada por nuestros recursos naturales para crear más fuentes de empleo, ampliar y defender el mercado interno, es decir, acabar con la explotación capitalista que sólo saquea nuestras fuentes de riqueza. No podemos conformarnos con ser tan sólo fuerza de trabajo explotada y voto electoral para encumbrar a nuestros propios verdugos.

Los obreros, junto a campesinos y las clases medias empobrecidas, debemos hacer un frente común para acabar con un sistema de opresión que beneficia a un puñado de explotadores y parásitos que someten a la miseria a las grandes mayorías, orientándonos a conformar un gobierno obrero y campesino dirigido políticamente por el proletariado e inspirados en los lineamientos centrales de la Tesis de Pulacayo de 1946 y la Tesis Socialista de la COB de 1970. Por todo ello, el movimiento fabril retoma los principios del SINDICALISMO REVOLUCIONARIO y la INDEPENDENCIA POLÍTICA DE LA CLASE OBRERA, desconoce la vergonzosa “alianza estratégica” con el gobierno masista, llama al conjunto del pueblo explotado boliviano a recuperar los sindicatos y nuestras entes matrices del masismo proburgués y antiobrero. Por lo que proclamamos LA NECESIDAD DE RECUPERAR NUESTRA TOTAL INDEPENDENCIA SINDICAL Y POLÍTICA FRENTE A TODAS LAS EXPRESIONES POLÍTICAS DE LA BURGUESÍA.

  1. EL GOBIERNO DEL M.A.S. ES ESENCIALMENTE PROBURGUÉS Y ANTIOBRERO, CON POLÍTICA RENTISTA Y ANTIINDUSTRIAL

Una de las conquistas obtenidas en el último conflicto fabril, es el haber desnudado ante el país el carácter burgués y antiobrero del gobierno de Evo Morales al momento del cierre de ENATEX que dejó en la calle a cientos de trabajadores violentando la estabilidad laboral; además, también demostramos que el gobierno es el continuador y heredero de la vieja política rentista y vendepatria de los gobiernos anteriores, política basada en la venta de nuestros recursos naturales a las empresas trasnacionales antes que promover una política de fomento a la industria nacional que rompa todo sometimiento al imperialismo, que controle nuestra fronteras, que prohíba la importación de las mercancías para garantizar un mercado interno que consuma lo producido en nuestras pocas fábricas; al mismo tiempo se develó que el gobierno, en estos 10 años de gestión, ha utilizado las pocas empresas estatizadas como botines políticos para sus militantes, ha abierto las fronteras a la producción china que desincentiva el consumo de lo nacional, provocando el cierre de decenas de fábricas y cientos de microempresas. El gobierno del MAS, bajo un hipócrita discurso “industrialista”, esconde una gestión de presterío permanente despilfarrando los recursos del Estado en obras de servicio y en algunos casos innecesarios como el centro nuclear, satélites, palacios lujosos, coliseos, museos, canchitas de césped sintético, dejando de lado lo más importante para el país: inversiones productivas que fortalezcan el aparato productivo y nos encaminen a un proceso de industrialización y desarrollo.

Son muchos años que el sector fabril se encontraba mediatizado y amordazado por la política neoliberal impuesta por la “libre contratación”, que ha convertido al Ministerio de Trabajo en una oficina patronal, incapaz de hacer respetar los derechos de los trabajadores, dando luz verde a la mayor angurria de los empresarios, que como siempre, no encuentran otra forma de mantener sus niveles de ganancia sino es sobreexplotando la fuerza de trabajo y eliminando con miles de tretas los conquistas sociales; pero, además, son 10 años que nos han emborrachado con los cantos de sirena del “proceso de cambio” que sólo sirve para que los empresarios nos sigan explotando y se beneficien los traficantes de la politiquería que, valiéndose de las esperanzas y las ilusiones de los más pobres, llegaron a encaramarse en el poder como senadores diputados, gobernadores, alcaldes y concejales, con la promesa de cambiar las leyes para mejorar nuestras condiciones laborales; lamentablemente nada de ello ha ocurrido: el “proceso de cambio” ha sido sepultado por el D.S. 2765 que ha cerrado ENATEX y amenaza con cerrar más fábricas y despedir más obreros.

Los trabajadores fabriles hemos evidenciado un proceso de derechización del gobierno masista al convertirse en abiertos defensores de los intereses del capital nativo y extranjero. La política pro-burguesa que aplica el gobierno lo ha llevado a sellar una alianza de sangre con el empresariado, las oligarquías terratenientes y las transnacionales. El gobierno pretendidamente defensor de los intereses de las grandes mayorías oprimidas del país, finalmente ha mostrado su verdadero rostro derechista. Los trabajadores fabriles hemos dejado atrás las ilusiones en el “hermano” Evo porque su condición indígena-campesina sólo había servido para engañar las ilusiones de los más oprimidos. No nos engañemos, el M.A.S. es, con toda claridad, la “NUEVA DERECHA” que representa de manera directa los intereses de las transnacionales, de la oligarquía terrateniente cruceña, de la vieja y la nueva burguesía que ha nacido por los favores y la corrupción del aparato estatal. Como trabajadores debemos tener en claro que nuestra condición de pobreza como país subdesarrollado se debe a la incapacidad de la burguesía nativa que no ha podido encarar un proyecto histórico de desarrollo industrial integral, los gobiernos anteriores y actualmente el MAS, no son sino los empleados y cómplices de esta burguesía incapaz y parasitaria, por lo cual, nuestro país se encuentra subordinado a los intereses del imperialismo y a los vaivenes de la economía capitalista mundial.

La Tesis de Pulacayo caracterizó por vez primera a Bolivia como un país capitalista atrasado e integrante de la economía internacional. Capitalista porque es parte de la economía mundial como proveedor de materias primas, pero atrasado porque no ha logrado un desarrollo armónico en el resto las ramas de su economía. Es un país con escaso desarrollo industrial en el que coexisten los modos pre-capitalistas de producción (artesanal, comunitario, minifundio agrícola, etc.) junto al modo de producción capitalista moderno concentrado en la explotación de las materias primas para exportación (gas, petróleo, minería, soya) controlada por las transnacionales disfrazadas de “socias” del Estado en Y.P.F.B. San Cristóbal y actualmente las empresas chinas.

No existe ni puede existir un “Capitalismo Andino y Amazónico boliviano”, ni un “Socialismo del Siglo XXI” -como proclaman los teóricos reformistas-, como una realidad independiente y autónoma al sistema capitalista mundial. La economía mundial es una sola, en la que los países capitalistas desarrollados (imperialistas) palian sus severas crisis económicas descargándolas sobre las espaldas de los países capitalistas atrasados (semicolonias). En esta era imperialista, las inversiones extranjeras han tomado el control no solo del mercado mundial sino de los mismos aparatos productivos coloniales, asegurándose para ellas las principales y estratégicas fuentes de riquezas naturales del mundo entero, como también de la fuerza de trabajo barata de los países pobres. Negar el funcionamiento de las leyes del capitalismo monopolista sobre nuestras pequeñas economías atrasadas, es tapar el sol con un dedo. Para los masistas el capital monopolista se habría convertido en benévolo, y que ahora anhelaría el desarrollo integral de su semicolonia. Nada más absurdo que esto. Hoy más que antes, el imperialismo busca saquearnos hasta la última molécula de gas, hasta el último gramo de mineral, esa es la razón de su existencia. A estas alturas de la historia, ya no es posible el desarrollo de los países semicoloniales como Bolivia en el marco democrático burgués; el imperialismo se interpone como el principal obstáculo a este desarrollo, en esto estriba su carácter reaccionario y decadente.

La hegemonía de las transnacionales en la economía nacional, echa por tierra la supuesta convivencia “armónica” y “equitativa” entre las diferentes formas de propiedad: estatal, privada, comunitaria y cooperativa, lo que el M.A.S. denomina “economía plural”. Este planteamiento, que se basa en las supuestas “vías” independientes de desarrollo de cada una de estas formas, desconoce el rol dominante que ejerce la gran propiedad privada sobre las demás formas económicas. El gran capital empresarial, extranjero y nacional, definen y subordinan la suerte del conjunto de la economía nacional, es por este canal que el país está vinculado al mercado mundial y es la fuente de ingreso de divisas, por mucho que los teóricos del reformismo pretendan hacernos entender lo contrario.

No podemos competir en las mismas condiciones dentro y fuera del mercado con mercancías que llegan de países altamente industrializados. En la distribución capitalista mundial, nos ha tocado ser simples proveedores de materias primas, nuestro nivel de mecanización es artesanal y nuestras fábricas, aparte de ser obsoletas, pueden ser contadas con los dedos. Nuestra burguesía es tan miserable que apenas es intermediaria y comercial, prima en nuestra economía la pequeña, mediana y micro empresa que, por su pobreza, terciariza los servicios para evadir lo que para ellos es “gasto social” y para nosotros representan derechos laborales.

  1. PERÍODO DE “BONANZA ECONÓMICA” DESPERDICIADA

La favorable coyuntura económica de los altos precios de nuestras materias primas, ha sido derrochada por el gobierno del M.A.S.. La bonanza económica no llegó al sector productivo, se esfumó en emprendimientos no productivos y el resto fue absorbido por la corrupción. Miles de millones de bs., han sido malversados en el Fondo Indígena Campesino; 300 millones es el costo del satélite Túpac Katari; el nuevo palacio faraónico de Evo costará 252 millones de Bs.; el Centro Nuclear, 1800 millones de dólares. Estos millonarios proyectos improductivos demuestran que el hemos mandado al basurero una de las mejores oportunidades históricas que el país ha tenido para poner en pie un proceso de desarrollo industrial y productivo en el país. No hay nacionalización, no hay industrialización, no se cumplió con la tan anhelada “agenda de octubre”.

En una década del “proceso de cambio” los modos de producción capitalistas en Bolivia no han sufrido ningún cambio. Al igual que hace casi un siglo (1920) cuando Bolivia se incorpora al mundo como proveedor exclusivo de materias primas (minerales y ahora hidrocarburos), seguimos abasteciendo al mercado mundial de materias brutas sin valor agregado. No basta incrementar la inversión pública sino saberla dirigir al sector básico de la producción, planificar la economía para avanzar en un proceso de desarrollo nacional de mediano y largo alcance. Los únicos que se han favorecido de este periodo de “bonanza” son, en primer lugar las transnacionales, en segundo lugar la banca y la empresa privada, mientras que para el pueblo boliviano sólo migajas y prebendas en forma de bonos y propaganda de “Evo cumple”.

El gobierno del MAS no tiene un Plan de Desarrollo Económico para Bolivia, su modelo económico “socialista comunitario” o “capitalista andino-amazónico” de “economía mixta” no es más que verborrea barata: pretende perpetuarse en el poder para proseguir y profundizar la línea del modelo neoliberal entreguista con discursos y falsas promesas. Por el otro lado, impone una mayor restricción del gasto público: congelamiento salarial, presupuesto insuficiente al sector de salud y educación, condición indispensable para estabilizar la economía en el marco de las exigencias de FMI. Esta política vende- patria no resolverá nuestra crisis, la Agenda 20-25 con cero pobreza a costa de millonarios prestamos que nos endeudará hasta la quinta generación, es otro pretexto más para quedarse en el gobierno para evitar juicios por los escandalosos casos de corrupción. En el 2025 (bicentenario de la república) seguiremos siendo la fuente de provisión de materias primas y basurero de las transnacionales, este es el único futuro que nos espera con gobiernos sirvientes del capital extranjero.

  1. AUSENCIA DE UNA INDUSTRIA PODEROSA EN BOLIVIA

Uno de las características fundamentales del atraso del país es la ausencia de una poderosa industria nacional. Está totalmente ausente la industria pesada, las pocas fábricas que existen no tienen capacidad para competir con los productos extranjeros chinos, importados o de contrabando que ingresan al país. En los países semicoloniales como el nuestro, la subsistencia de las relaciones precapitalistas en el campo, condena al campesino a la miseria y el atraso; en las ciudades, por la falta de fuentes de trabajo y por el poco desarrollo industrial, la mayor parte de la población está condenada a sobrevivir en la economía informal: enormes masas de cuentapropistas, especialmente gremiales, fuerza de trabajo no productiva, sub y desocupada.

Actualmente, por la crisis estructural mundial del capitalismo, somos los países semicoloniales los condenados a soportar el peso de dicha crisis, y seremos los trabajadores obreros del país los que paguemos los platos rotos por nuestra incapacidad de competir en el mercado nacional e internacional. La falta de nuestra capacidad competitiva se debe a la inexistencia de verdaderos emprendimientos empresariales con capacidad de impulsar el desarrollo económico en su conjunto. La historia de nuestro país desconoce un proyecto de desarrollo capitalista; nuestras “grandes” y “geniales” políticas de Estado se reducen a regatear mejores precios para nuestras materias primas.

Las empresas más grandes están en manos de capitales extranjeros, fundamentalmente en extracción de materias primas, minerales e hidrocarburos. En las ciudades, las fábricas grandes como tal, son franquicias extranjeras fundamentalmente en bebidas, alimentos y medicamentos. Los pocos emprendimientos en el área de textiles y algunos otros, sufren las consecuencias de la estrechez del mercado interno, provocando que el sector vaya languideciendo paulatinamente. La burguesía criolla industrial es primitiva: se ha estancado en la primera fase del desarrollo capitalista, de ahí su pillería al tratar de robar hasta el último céntimo a los trabajadores al negar el pago de derechos sociales elementales como ser bonos de producción, categorización, recargos nocturnos, horas extras y un salario igual a la canasta familiar; nuestros empresarios criollos dedicados la producción para el mercado interno, son incapaces de dar un salario igual a la canasta familiar, realizan descuentos ilegales, multan a sus obreros por distintas razones, etc. Así busca acrecentar su diminuto capital.

  1. CARACTERÍSTICAS DEL PROLETARIADO FABRIL

1.- El proletariado adquiere ciertas características según el desarrollo de las fuerzas productivas de cada país y adopta determinadas formas según su particular modo de producción. No cabe duda que el proletariado fabril lleva las huellas del atraso del país, de la forma de modernización de nuestra economía en los marcos de un capitalismo atrasado. A diferencia de los mineros que se han conformado en clase social como consecuencia de la penetración del capital financiero internacional, los fabriles son producto de una lenta y contradictoria evolución del viejo artesanado pre–capitalista. Este proceso, sin embargo, se ha dado de manera tardía –en la primea mitad del siglo XX-, cuando el sistema capitalista en los países desarrollados se encuentra ya en plena decadencia, en su fase imperialista, y se convierte en freno para los países semicoloniales como el nuestro, impidiendo el desarrollo de sus fuerzas productivas de manera orgánica, gradual e integral como ocurrió en los países que arribaron primero a este modo de producción.

El movimiento obrero fabril es criatura de la insipiencia y pequeñez de las fábricas que no permiten grandes concentraciones de fuerza de trabajo. El trabajador siempre ha soportado condiciones inhumanas de explotación: miserables salarios, inseguridad en las fuentes de trabajo, permanentes burlas de los beneficios sociales por parte de una patronal miserable y rapaz. Frecuentemente el trabajador fabril, cuando termina su sacrificada jornada de trabajo, para cubrir sus necesidades vitales, debe desarrollar otras actividades para incrementar sus escasos ingresos familiares, hecho que limita grandemente el desarrollo de su conciencia de clase.

2.- Durante el llamado período neoliberal ha sido el sector que más ha sufrido las consecuencias de la flexibilización laboral que el imperialismo y la clase dominante nativa han impuesto para cargar todo el peso de la crisis capitalista sobre las espaldas de los trabajadores, hecho que, a su vez, a los industriales les ha permitido seguir sacando utilidades a costa de someter a condiciones de vida y de trabajo inhumanas a la fuerza de trabajo. La flexibilización laboral ha creado inmensas capas de trabajadores flotantes sin derecho a una fuente de trabajo segura, sin beneficios sociales, sometidos a jornadas de trabajo de 10,12 ó más horas y privados del derecho a sindicalizarse para impedir su organización y defensa de sus derechos. Durante este período el movimiento fabril ha sufrido el despido de 30 mil obreros; la federación de fabriles de La Paz que contaba con 209 sindicatos en 1979, hoy apenas llega a 80 sindicatos afiliados, sin que quiera decir que hay menos unidades de trabajo en el país: en términos numéricos, desde el año 1986 en las ciudades capitales ha subido de 117 mil obreros a 150 mil en 1991; a 231mil en 1995 en ciudades capitales, y a 393.623 en 1997 en todo el país. Comparando las cifras de la anterior década cuando el número de trabajadores llegó a 117 mil, diez años después tenemos a más de 231 mil trabajadores. La política neoliberal ha sido nefasta para los obreros fabriles, sin embargo, durante la década neoliberal de los años 90, la industria manufacturera ha atravesado un notable crecimiento económico con un promedio del 4,5% anual. En este periodo se han dado cambios importantes que han fragmentado las grandes unidades de trabajo con trabajo maquila, obreros a domicilio, subcontratación, empresas unipersonales, trabajadores eventuales, contratos por obra, a destajo, etc. La actividad sindical ha sido reducida a su mínima expresión por el cierre de las grandes empresas como la Said, Forno, Soligno; por otra parte, la “relocalización” ha significado el abandono de la ideología proletaria de la conciencia de las nuevas generaciones de obreros. Las nuevas camadas de obreros estamos obligados a retomarlo para constituirnos en la vanguardia del resto de los explotados. Lo que caracteriza al sector actualmente es la masiva aparición de microempresas, empresas medianas y familiares que, por su baja composición orgánica de capital, no tienen la capacidad de competir y soportar la presión de la economía de libre mercado que ha permitido la invasión masiva mercadería barata proveniente principalmente desde el Asia y del contrabando.

3.- En la última etapa, algunas fábricas han sido absorbidas por empresas transnacionales que han cambiado, en cierta forma, la fisonomía de la producción industrial. La tradicional que tiene fuertes rasgos artesanales y manufactureros, por su extremada pequeñez y la relación casi patriarcal entre el obrero y el patrón, es reemplazada por la forma de producción y administración moderna. Los capitales transnacionales permiten, en cierta forma, el ensanchamiento de las fábricas y las relaciones obrero–patronales adquieren también rasgos más capitalistas. El signo de la explotación se agudiza y las transnacionales –en complicidad con nuestras autoridades y bajo la sombra protectora de la ley-, siguen sacando ganancia por la superexplotación del trabajador. En realidad, éstas penetran a la actividad fabril porque les permite reducir sus costos de producción debido a que la mano de obra es más barata y sin mayores cargas sociales. De esta manera, la presencia de las transnacionales en la industria fabril significa perpetuar la explotación de un capitalismo decadente y en crisis terminal.

4.- Sin embargo, las últimas movilizaciones del sector, a partir de la defensa de las fuentes laborales, con las tomas de fábricas, movilizaciones y paros apoyándonos de manera conjunta, mucho más en la movilización por la defensa de ENATEX, han mostrado el renacer el movimiento fabril enfrentando el “relocalizador” D.S. 2765 -el hermano gemelo del 21060-, logrando articular una poderosa movilización nacional con la participación activa y unitaria de todos los trabajadores fabriles del país; lucha masiva y antigubernamental de la cual no hemos salido derrotados, al contrario, nos ha permitido salir fortalecidos, con un estado de ánimo de apronte y predisposición para enfrentar futuras luchas en defensa de nuestros intereses, con la misión clara de luchar por el sitial de vanguardia política y física del movimiento obrero y del pueblo oprimido y explotado en general. Definitivamente, hemos logrado reencontrarnos con nuestra verdadera historia, nuestra ideología proletaria y los lineamientos revolucionarios de nuestra clase.

  1. PROTECCIONISMO DE LA INDUSTRIA NACIONAL Y ESTABILIDAD LABORAL

El gobierno de Evo Morales lejos de aplicar una política proteccionista, prohibiendo la importación de productos que se elaboran en el país y combatiendo efectivamente el contrabando, ha mantenido en plena vigencia la política de libre mercado, ha abierto las puertas del país para la invasión de mercadería china y de los países vecinos; en los hechos se mantiene vigente el D.S. 21060 y la libre contratación.

El estatismo constituye el muro defensivo que levantan los países atrasados para poner atajo a la política colonizadora de las metrópolis imperialistas que actúan a través de las transnacionales. Su vigencia y preservación suponen la defensa de la soberanía nacional. La burguesía de los países industrializados ha utilizado tradicionalmente el estatismo para potenciarse e imponerse internacionalmente en la competencia económica con otros países. Abandonar las medidas proteccionistas y tornarse librecambista a ultranza, significa abrir de par en par las puertas del mercado interno, entregar en malbarato los recursos naturales, el control de las empresas estatizadas y la explotación de la fuerza de trabajo barata.

La destrucción del estatismo y la sustitución por una economía basada en la iniciativa privada (canal utilizado por el capital financiero) no puede menos que remachar las cadenas que nos sujetan al carro imperialista. La defensa del estatismo, que la asumimos con franqueza y energía, es parte de la lucha por la liberación nacional y antiimperialista. Corresponde a los bolivianos y particularmente a la clase obrera, defender de manera intransigente el estatismo. Esta reivindicación forma parte del programa revolucionario.

El imperialismo utiliza una política neoliberal y globalizadora para acentuar la opresión sobre los países atrasados, aunque en sus propios países mantienen medidas proteccionistas en favor de sus propios capitalistas.

Ante el argumento de que el Estado es un pésimo administrador y que las empresas estatales son convertidas en botín para los parciales del gobierno de turno, los trabajadores debemos responder con la exigencia del CONTROL OBRERO COLECTIVO en las empresas tanto estatales como privadas. El control obrero no puede de ningún modo ser un control individual, debe ser colectivo para combatir la burocratización de los delegados del control obrero.

  1. VIVA LA INDEPENDENCIA POLÍTICA DE LA CLASE OBRERA, ABAJO EL COLABORACIONISMO CON LOS GOBIERNOS DE TURNO

El movimiento fabril reivindica los principios inclaudicables de la INDEPENDENCIA POLÍTICA Y SINDICAL DE CLASE OBRERA CON REFERENCIA A LOS EMPRESARIOS, AL GOBIERNO Y AL ESTADO BURGUÉS, como también los principios del SINDICALISMO REVOLUCIONARIO. El sindicato se ha constituido históricamente para defender y resguardar los intereses de los trabajadores en su lucha cotidiana contra los capitalistas y el Estado, por lo que debe guardar distancia con cualquier gobierno de turno.

El Estado es un instrumento de opresión en manos de las clases dominantes para sojuzgar a las clases explotadas; no es casual que sus instituciones como el Ministerio de Trabajo, se parcialicen a favor de los intereses de los capitalistas. Nuestra lucha debe ser en el plano de la lucha de clases, con nuestros propios métodos de lucha como la acción directa y la movilización; para ello, es urgente recuperar nuestra memoria histórica, nuestra vieja tradición contestataria y revolucionaria.

Para el movimiento obrero la defensa de la independencia sindical es de vital importancia, pues, es la única garantía que tenemos de poder actuar libremente contra el patrón y contra el Estado burgués. Los trabajadores no hemos logrado nada con el famoso “pacto político” con el gobierno, por el contrario, hemos retrocedido en nuestros derechos laborales y recibido una nueva “masacre blanca” al igual que en 1985, por lo que rompemos este “acuerdo” realizado en años anteriores por dirigentes comprometidos con el oficialismo.

Los que hablan de reconducir el “proceso de cambio” desde el gobierno, pretenden seguir engañando a las bases; el MAS, por su naturaleza pequeñoburguesa fuertemente sometido al gran capital, tratará de mantener a los trabajadores como dóciles esclavos de los empresarios. El gobierno mantiene plenamente vigente en las fábricas el 21060 y su famosa “flexibilización laboral”, instrumentos que utilizan los dueños del capital para conculcar diariamente los derechos laborales. No puede haber pacto alguno con los enemigos de la clase obrera.

Somos testigos de uno de los fenómenos sociales y políticos más vergonzosos de la historia del sindicalismo boliviano: el servilismo de los dirigentes burocratizados al gobierno burgués del M.A.S. En estos últimos años una verdadera avalancha de dirigentes oportunistas de todas las organizaciones obreras y de trabajadores en general, se han sumado al gobierno de Evo Morales, convirtiéndose en firmes soldados defensores del “proceso de cambio”, ofertando y comprometiendo el apoyo electoral de sus bases para el MAS a cambio de curules en el parlamento, cargos en el futuro gobierno, camionetas, hoteles, dinero en efectivo, etc. En los hechos, se ha tirado al basurero uno de los principios fundamentales del sindicalismo obrero: la independencia sindical y política frente al todo gobierno burgués de turno, no importa si es de cuello blanco o de poncho que defiende los privilegios de los explotadores y de las transnacionales.

El proletariado y la burguesía no solamente son diferentes sino clases antagónicas, colocados en los polos opuestos de la sociedad. Sus intereses materiales son contrapuestos: la burguesía encarna la defensa de la gran propiedad privada y el proletariado su destrucción. El proletariado, como vanguardia de los explotados del país, debe levantar las banderas de la independencia política frente al Estado burgués y a sus expresiones políticas, condenando toda forma de colaboracionismo clasista y rechazando los métodos de la clase dominante como el parlamentarismo, el ministerialismo, el legalismo y el sometimiento a la democracia burguesa.

La independencia de clase obedece a un alto grado de desarrollo de la conciencia de los explotados, cuando han llegado al punto de expresar políticamente sus intereses de clase, diferentes y opuestos a los de la burguesía. La clase consciente es la que sabe cómo es explotada y qué camino debe seguir para emanciparse. El proletariado tiene la misión histórica de destruir a la sociedad capitalista basada en la explotación del hombre por el hombre y sentar las bases materiales de la futura sociedad colectiva sin explotados ni explotadores, utilizando sus propios métodos de lucha cuya base es la acción directa de masas en sus múltiples formas, hasta llegar al proceso insurreccional. Nuestros máximos dirigentes sindicales han sido cooptados y corrompidos por el gobierno masista, los trabajadores de Bolivia proclamamos la necesidad de expulsar y castigar a todos estos “buscapegas” que han comprometido nuestra independencia política y han convertido a nuestras organizaciones en agencias del Estado burgués.

  1. ANTE LA AMENAZA DE CIERRE DE FÁBRICAS Y EL DESPIDO MASIVO DE OBREROS: ¡TOMA DE FÁBRICAS!

Nuestra lucha parte de la defensa de la estabilidad laboral de todos los trabajadores a nivel nacional; la defensa intransigente de nuestras conquistas laborales que hoy en día son pisoteadas por parte de los patrones y el gobierno; la reivindicación de un salario que cubra el costo de la canasta familiar, el salario mínimo vital establecido por la COB en 8.300 bs. No podemos permitir ni un despido más. Frente al anuncio de cierre de cualquier fábrica, los trabajadores fabriles responderemos con la inmediata OCUPACIÓN Y TOMA DE FÁBRICAS, para que estas pasen a ser administradas por los mismos obreros y de esta manera se resguarde y se garantice nuestras fuentes de trabajo.

Es el propio proceso político, es decir, la evolución de la lucha de clases, la que actualiza la ocupación de fábricas y la convierten en una necesidad que debe materializarse como respuesta obligada frente a las amenazas de cierre de centros de trabajo o los despidos masivos de trabajadores.

La toma de las fábricas y de otros sectores de la producción, no es nueva en la tradición del sindicalismo boliviano. La ocupación fue la forma que adquirió –por imposición de los acontecimientos del momento- la nacionalización de las minas en la memorable Tesis de Pulacayo. En algunas oportunidades los mineros ocuparon los socavones y las instalaciones empresariales de manera instintiva. Se puede decir que constituye un método de lucha de los explotados y, como todo método de lucha, por otra parte, debe ser utilizado de acuerdo a las modificaciones que sufre la situación política del país.

Hoy, ante el cierre algunas fábricas que han sido tomadas por sus trabajadores y que esforzadamente las mantienen en producción como POLAR, PUNTO BLANCO, CERÁMICAS VICTORIA, el gobierno busca la forma de estrangularlas para que fracasen, por ser mala señal de seguridad jurídica ante los inversores extranjeros que trata de atraer. Sólo la unidad de los obreros junto a sus organizaciones naturales, la generalización de la ocupación de fábricas bajo sus propios métodos de lucha, ante cualquier amenaza de cierre, podrá imponer que el Estado asuma la responsabilidad de darles soporte económico para que puedan funcionar y desarrollarse bajo control obrero colectivo.

  1. CONTROL OBRERO COLECTIVO

Para evitar llegar a la quiebra de las empresas, como en el caso de ENATEX, los trabajadores debemos imponer el CONTROL OBRERO COLECTIVO, que se entiende por una severa fiscalización por parte de los trabajadores al área financiera, al proceso productivo y al mercadeo de una determinada fábrica. Seguimiento detenido que evitará anticipadamente el cierre de la empresa.

El control obrero colectivo consiste en que son las bases quienes a partir de la asamblea de trabajadores definen la política general del manejo y administración de la fábrica. Los delgados encargados del control obrero rinden cuentas de sus actos permanentemente a las bases, son nominados por la asamblea con mandato imperativo y pueden ser removidos en cualquier momento por la asamblea si no se rigen a las determinaciones tomadas colectivamente. Los encargados no recibirán ninguna remuneración adicional por el ejercicio del control obrero, para evitar su burocratización.

El control obrero colectivo no significa la administración directa de la misma, para ello están los profesionales que conducen el proceso administrativo; la diferencia estriba en que los administradores son considerados subordinados a las decisiones del conjunto de los trabajadores a través de las asambleas. Es entonces que los trabajadores responden exigiendo el control obrero colectivo, que debe funcionar bajo la vigilancia de las bases y cuya misión fundamental debe consistir en canalizar y potenciar la capacidad creadora de las masas radicalizadas. La experiencia de la revolución del 52 ha mostrado que el control obrero individual es fuente de corrupción y que los gobiernos de turno han utilizado a la propia burocracia sindical para aplicar políticas burguesas; por lo que dicha enseñanza aconseja que el control obrero debe ser colectivo y con participación de las bases.

  1. POSICIÓN DE LOS TRABAJADORES FABRILES FRENTE AL PROBLEMA SALARIAL

El Estado y los politiqueros burgueses creen que el trabajador debe someterse a salarios que guarden conformidad con las “posibilidades económicas del país y de los patrones”. Asimismo, algunos malos dirigentes sindicales creen que todos: empresarios y obreros, debemos sacrificarnos para superar la crisis económica de los empresarios y el país, olvidando que los empresarios siguen exprimiendo plusvalía al trabajador. Según estos dirigentes: los obreros debemos morir de hambre y trabajar hasta reventar porque así lo imponen las difíciles condiciones económicas del país. Los trabajadores nos oponemos de manera radical a esa concepción salarial de la burguesía. Sabemos que el salario es el precio de mercancía fuerza de trabajo, cuyo pago debe permitir desarrollarnos y vivir en condiciones normales, alimentarnos para recuperar nuestras energías físicas y mentales agotadas en la jornada de trabajo; criar, alimentar, educar, vestir, hacer estudiar a los hijos, etc. Si la mercancía fuerza de trabajo se vende por un salario miserable, se ocasiona la destrucción física de la clase obrera.

Los obreros tenemos nuestra propia política salarial, consideramos que el salario debe cubrir todas las necesidades del trabajador y de su familia (CANASTA FAMILIAR) de tal modo que restituya el desgaste cotidiano de la fuerza de trabajo del obrero; este salario se llama MINIMO VITAL. Para los trabajadores el Salario Mínimo Vital es el salario real, que tiene capacidad de compra de todos los productos necesarios para la subsistencia del trabajador y su familia. La cantidad de billetes que recibimos los días de pago es el SALARIO NOMINAL cuyo poder adquisitivo está sujeto a las circunstancias de las subidas o caídas de los precios en el mercado. Actualmente, en el sostenido proceso inflacionario que vivimos, se produce una caída permanente del salario real, aunque el salario nominal suba, no tiene ninguna incidencia en la mejora de las condiciones de vida del trabajador, por ello es más urgente que nunca, aplicar la ESCALA MOVIL DE SALARIOS, esto significa que los salarios suban en la misma proporción en que suben los precios de los artículos de la canasta familiar, de manera automática, sin que medien conflictos sociales. La única manera de proteger el salario real en nuestra época, es aplicando la Escala Móvil de salarios en todas las empresas del país.

  1. MÉTODOS DE LUCHA DEL PROLETARIADO

La clase obrera rechaza la prédica de la conciliación de clases y de la “paz social”, por ser contraria a su aspiración de conquistar el poder. La lucha de clases en un país atrasado como el nuestro, impone la necesidad de la alianza con todas las clases explotadas y oprimidas que constituyen la mayoría nacional pero bajo la dirección política de la clase obrera que es la única capaz de enfrentar el poder de los grandes propietarios porque no tiene nada que defender en la actual sociedad capitalista, porque no es clase propietaria de ningún medio de producción, sólo dispone de sus brazos y su inteligencia para trabajar socialmente en la fábrica, la mina, el campamento petrolero, etc.

Para lograr la materialización de la estrategia revolucionaria estamos obligados a recurrir a tácticas y métodos de lucha propios de la clase obrera. Nuestra regla maestra: nos está permitido utilizar únicamente aquellos caminos que nos aproximen, aunque sea en un milímetro, a la conquista del poder y rechazamos todo aquello que nos aleje de nuestro objetivo final. En la base de los métodos de lucha del proletariado está la acción directa de masas, en sus múltiples formas, desde las más elementales como la huelga de brazos caídos, las marchas callejeras, la toma de fábricas, etc., hasta las más elevadas como la huelga general y la insurrección armada.

No debemos olvidar que todas las conquistas sociales, plasmadas en las leyes laborales y sociales, no fueron conseguidas a través del dialogo y la conciliación, cada uno de los artículos que se encuentran hoy plasmados en la ley general del trabajo, significaron luchas y sacrificios; la burguesía y sus gobiernos no nos regalaron nada a los trabajadores, la clase obrera ha ofrendado su vida en masacres, con movilizaciones y acciones radicales para arrancar de los explotadores nuestros derechos.

  1. LAS TAREAS DEL MOVIMIENTO OBRERO A NIVEL INTERNACIONAL

La crisis estructural capitalista que aqueja al mundo entero es una crisis de sobreproducción de mercancías que invade y satura todos los rincones del planeta y avasalla nuestro mercado interno penetrando por todos los resquicios de manera legal e ilegal. La fragilidad y obsolescencia de nuestra infraestructura industrial hace que no podamos competir en igualdad de condiciones frente a esta invasión de productos manufacturados del exterior a bajos precios, esta situación es la que atenta contra nuestra seguridad ocupacional de manera permanente amenazando echarnos a la calle por el cierre de fábricas.

El “capitalismo globalizado” no es otra cosa que la “etapa senil” de este sistema. La crisis del sistema capitalista se profundiza en todo el mundo empujando a la destrucción masiva de las fuerzas productivas, principalmente de la fuerza de trabajo, a través de despidos masivos, de superexplotación laboral y del deterioro de las condiciones humanas de trabajo. Los trabajadores y oprimidos en general somos testigos y víctimas de esta inevitable caída de la economía mundial en todas sus esferas: olapso del sistema capitalista. Sus efectos repercuten en los países de menor desarrollo industrial con más virulencia. Las guerras en el medio oriente, la masacre de Siria, los odios raciales en los países imperialistas, la arremetida de la derecha fascista en los países europeos, la victoria de Trump, son muestras de que el capitalismo en decadencia arrastra a la humanidad a la barbarie.

La lucha contra el imperialismo en el planeta requiere con urgencia de la presencia política del proletariado señalando la perspectiva del socialismo como la única forma de salir de esta crisis. Los trabajadores fabriles constatamos que no hay posibilidad de desarrollo industrial- capitalista que permita superar el atraso económico y la miseria en los países atrasados. Las condiciones están maduras para la revolución social bajo las banderas del proletariado revolucionario:

EL SOCIALISMO que será la nueva sociedad asentada en la propiedad social de los medios de producción y la distribución social del excedente económico, es la única respuesta a la crisis estructural del capitalismo.

PLATAFORMA DE LUCHA UNITARIA POLITICO

  1. Lucha unitaria de los obreros y pueblos del mundo por la implantación del Socialismo como la única forma de evitar la degeneración y barbarie de la Humanidad.
  2. Rechazo y condena a la estrategia del capitalismo para superar su crisis en base al despido masivo, rebaja de salarios y sobrexplotación de los trabajadores.
  3. Expulsión del imperialismo. Nacionalización sin indemnización de todas las empresas hidrocarburíferas y mineras hoy en manos de las transnacionales.
  4. Frente al cierre de fábricas: TOMA DE LAS FUENTES DE TRABAJO, para que éstas pasen a manos de los trabajadores bajo CONTROL OBRERO COLECTIVO.
  5. SALARIO MINIMO VITAL CON ESCALA MOVIL. El salario debe cubrir el costo de la canasta familiar para sostener a la familia; frente a la escalada inflacionaria: se debe asegurar el valor adquisitivo del salario mediante su reajuste automático a la subida de los precios.
  6. Jubilación con el 100% del salario, con aporte del Estado y la parte patronal: Renta Mínima Vital. Es obligación de los patrones y de su Estado que se enriquecen con el trabajo de los obreros, garantizar una vejez digna a los trabajadores cuando han llegado a la tercera edad. Es un crimen que a los jubilados se les rebaje el sueldo ya miserable a menos del 70% en el mejor de los casos con 35 años de aportes. La Ley de Pensiones consensuada entre el gobierno anti-obrero y la burocracia cobista vendida, condena a los trabajadores a morir de hambre en su vejez; en su esencia sigue siendo capitalización individual que hace descansar todo el peso de las rentas sobre las espaldas de los trabajadores que, en definitiva, seremos descontados en nuestros miserables sueldos en más del 13 % cuando el patrón apenas aportará el 3 % y el Estado nada.
  7. Defensa de la caja Nacional de Salud. El proyecto de seguridad social única y universal debe ser sostenido y financiado por el Estado boliviano bajo el control colectivo de los asegurados, de ninguna manera por los recursos de los trabajadores.
  8. Por el derecho a la categorización y cumplimiento de las normas laborales que benefician a los trabajadores.

SINDICAL

  1. Unidad de los trabajadores bolivianos a la cabeza de su organización matriz la Central Obrera Boliviana, respetando sus principios, documentos y estatutos.
  2. Recuperar nuestras gloriosas Confederación de Trabajadores fabriles de Bolivia y Central Obrera Boliviana de manos de la burocracia vendida al M.A.S.
  3. Preservar la INDEPENDENCIA SINDICAL Y POLÍTICA DE CLASE de los trabajadores y sus organizaciones sindicales en relación a los gobiernos burgueses y reformistas proburgueses, no interpretando independencia como neutralidad política.
  4. Rechazo y condena al sindicalismo amarillo, propatronal y ratificación de los principios del SINDICALISMO REVOLUCIONARIO establecido en los Estatutos y Principios de las organizaciones matrices y de base.
  5. Defensa irrestricta al fuero sindical.
  6. Luchar por garantizar el del derecho a la Huelga como legítimo instrumento de lucha y defensa de los obreros y exigir al gobierno que deje de penalizarla.
  7. Anular los contratos temporales, ya que es la forma de vulnerar el derecho al trabajo y las conquistas sociales.

ECONÓMÍCO

  1. 1)  Defensa y protección de nuestra industria y producción nacional ¡fuera productos extranjeros, abajo el contrabando!
  2. 2)  Luchar por una verdadera industrialización que genere fuentes de trabajo estables.
  3. 3)  Luchar por un salario que cubra las necesidades de la canasta familiar, basta de salarios e incrementos salariales de hambre.

¡LA EMANCIPACIÓN DE LOS TRABAJADORES SERÁ OBRA DE ELLOS MISMOS!

 

(Fotografía: Fabriles de La Paz en 1952)

De las Jornadas de Julio al golpe de Estado de Kornílov: el Estado y la revolución de Lenin

por Barry Grey //

Estamos publicando aquí el texto de la conferencia pronunciada el 14 de octubre por Barry Grey, editor nacional de Estados Unidos del World Socialist Web Site. Esta es la primera conferencia en línea de la segunda parte de la serie presentada por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional para marcar el centenario de la Revolución Rusa de 1917.

Esta conferencia se centrará en la obra El Estado y la revolución, escrita por Lenin en el verano de 1917 mientras permanecía escondido, primero en las afueras de Petrogrado y después en Finlandia. Lenin entró en la clandestinidad para huir de la represión del Gobierno provisional contra el Partido Bolchevique a consecuencia de las manifestaciones de las masas obreras y de soldados a principios de julio.

A fines de agosto, con Lenin aun en la clandestinidad y Trotsky, Kámenev y otros líderes bolcheviques encarcelados, el general Lavr Kornílov intento un golpe militar, al principio conspirando con el jefe del Gobierno provisional, Aleksandr Kérenski. La movilización en contra del golpe por parte de la clase obrera armada y encabezada por los bolcheviques aceleró una oleada de apoyo para los bolcheviques y socavó por completo a Kٞérenski y sus colaboradores mencheviques y socialrevolucionarios.

La cuestión fue planteada directamente: una revolución proletaria socialista, o una matanza contrarrevolucionaria que haga palidecer la masacre que siguió la derrota de la Comuna de Paris de 1871.

Trotsky relata lo siguiente acerca de El Estado y la revolución en su Historia de la Revolución Rusa:

En los primeros meses de su vida subterránea, Lenin escribe su libro El Estado y la revolución, cuya documentación había recopilado ya en su emigración durante la guerra. Con la misma atención que dedicaba a reflexionar sobre las tareas prácticas diarias, ahora elabora los problemas teóricos del Estado. No podía ser de otro modo: para él la teoría es efectivamente una guía para la acción. … Su tarea es la reconstitución de la verdadera “doctrina del marxismo sobre el Estado”.

Por el simple hecho de reconstruir la teoría de clase del Estado sobre una base nueva y superior históricamente, Lenin da a las ideas de Marx un nuevo carácter concreto y, por lo tanto, una nueva significación. Pero la importancia mayor de esta obra sobre el Estado consiste en que es una introducción científica a la insurrección más grande que haya conocido la historia. El “comentarista” de Marx preparaba a su partido para la conquista revolucionaria de la sexta parte del mundo.[1]

Trotsky enfatiza lo crítico que Lenin consideraba su “excavación histórica”, como lo dijo Lenin, de los escritos de Marx y Engels sobre la revolución proletaria y el Estado, notando que, “En julio [le] escribe a Kámenev: ‘si acaban conmigo, le ruego que publique mi cuaderno El marxismo y el Estado[i.e., las notas preparatorias para El Estado y la revolución]”.[2]

Lenin estuvo determinado a esclarecer para el partido y la vanguardia de la clase obrera los temas fundamentales de la revolución socialista. Esto requeriría de una exposición de las doctrinas de Marx y Engels acerca del Estado y un rebatimiento de las falsificaciones de la teoría marxista a manos de los oportunistas y centristas, ante todo su teórico principal Karl Kautsky, quien glorificaba la democracia burguesa y pretendía convertir el marxismo en una doctrina reformista. Lo que es más, Lenin bien sabía que estas tendencias pequeñoburguesas se encontraban manifiestas dentro de la dirigencia bolchevique. Las posiciones defensistas y centristas, las cuales prevalecieron bajo la dirección de Iósif Stalin y Lev Kámenev previo a la lucha emprendida por Lenin en defensa de sus “tesis de abril” al regresar a Rusia, aún no habían sido abatidas.

El Estado y la revolución armó teóricamente al partido y a la clase trabajadora en su conjunto con el objeto de derrocar al Gobierno provisional y pasarles el poder a los sóviets, lo cual fue subrayado en el subtítulo escogido por Lenin para la obra: “La teoría marxista del Estado y las tareas del proletariado en la revolución”.

Por más que urgieran los problemas tácticos y organizativos enfrentando al partido, para Lenin, no era una cuestión rusa, sino mundial. El Estado y la revolución solo puede ser evaluado junto a su otra grande obra teórica compuesta en el calor de la guerra y la revolución: El imperialismo.

Lenin percibió dos eventos interrelacionados –la erupción de la guerra mundial y el colapso de la Segunda Internacional– como constitutivos del inicio de una nueva etapa en la historia mundial: la época del imperialismo, la fase superior del capitalismo, la época de las guerras y revoluciones. Desde un principio, su perspectiva fundamental en torno a la guerra era que señalaba una crisis del sistema capitalista que encendería una lucha revolucionaria internacional de parte de la clase trabajadora. La traición de la Segunda Internacional, cuyos líderes apoyaron la guerra, significó que la lucha contra el imperialismo solo se podía librar junto con una lucha implacable contra la Segunda Internacional, y la fundación de una nueva Internacional Comunista.

En Rusia, la relación entre la lucha contra la democracia pequeñoburguesa dirigida por los mencheviques, y la lucha contra la guerra imperialista adquirió una forma muy concreta. Basándose en una glorificación de la democracia burguesa y el parlamentarismo, los mencheviques exigieron que los sóviets y la clase trabajadora apoyaran la guerra como una “guerra revolucionaria por la democracia” y contra el militarismo alemán y la autocracia prusiana. Fue también sobre esta base que les cedieron el poder otorgado a los sóviets por la revolución obrera que había derrocado al zar en febrero a la burguesía contrarrevolucionaria bajo la dirección de los kadetes y sus aliados en la burocracia estatal monárquica y el ejército.

Ahora, enfrentándose a una contrarrevolución abierta, los mencheviques no concentraron su fuego contra la burguesía ni las Centurias Negras, sino contra los bolcheviques –es decir, contra la clase trabajadora—.

En el sentido más fundamental, la lucha encarnada en El Estado y la revolución fue animada por la necesidad de formular el programa básico de la revolución socialista mundial, de la cual la revolución rusa era un componente fundamental, y de la nueva Internacional que se tendría que construir para dirigir dicha revolución.

En el prefacio a la primera edición de El Estado y la revolución, Lenin empieza haciendo hincapié en la urgencia y relevancia práctica de los temas que examinaría a lo largo de la obra. Sigue por ubicar la revolución rusa dentro de su contexto histórico, trazando la conexión entre el imperialismo y del Estado. Enfatiza que, con la aparición del imperialismo el aparato represivo del Estado capitalista –el ejército permanente, la policía, la burocracia estatal– cobra proporciones cada vez más monstruosas. La democracia burguesa se convierte en simplemente una hoja de parra para el militarismo y la violencia estatal. Por ende, cualquier noción de una transición pacífica del capitalismo al socialismo proveniente de la época anterior de libre competencia capitalista se ha vuelto irremediablemente obsoleta.

Estas tendencias son magnificadas por la guerra imperialista, que integra todavía más estrechamente las grandes asociaciones industriales y financieras con la maquinaria estatal, transformando el capitalismo monopolista en el capitalismo monopolista de Estado.

En su polémica El imperialismo y la escisión del socialismo, publicada en octubre de 1916, Lenin describe la putrefacción de la democracia burguesa imperialista del siguiente modo:

La diferencia entre la burguesía imperialista democrático-republicana y la monárquico-reaccionaria se borra, precisamente, porque una como la otra se pudren en vida. … La reacción política en toda la línea es un rasgo característico del imperialismo.[3]

En el inicio al prefacio a El Estado y la revolución Lenin escribe:

La cuestión del Estado adquiere actualmente una importancia singular, tanto en el aspecto teórico como en el aspecto político práctico. La guerra imperialista ha acelerado y agudizado extraordinariamente el proceso de transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado. La opresión monstruosa de las masas trabajadoras por el Estado, que se va fundiendo cada vez más estrechamente con las asociaciones omnipotentes de los capitalistas, cobra proporciones cada vez más monstruosas. Los países más adelantados se convierten –y al decir esto nos referimos a su “retaguardia”— en presidios militares para los obreros. …

La lucha por arrancar a las masas trabajadoras de la influencia de la burguesía en general y de la burguesía imperialista en particular, es imposible sin una lucha contra los prejuicios oportunistas relativos al “Estado”.

… Esta última cierra, evidentemente, en los momentos actuales (comienzos de agosto de 1917), la primera fase de su desarrollo; pero toda esta revolución, en términos generales, sólo puede comprenderse como uno de los eslabones de la cadena de las revoluciones proletarias socialistas suscitadas por la guerra imperialista. La cuestión de la actitud de la revolución socialista del proletariado ante el Estado adquiere, así, no solo una importancia política práctica, sino la importancia más candente como cuestión de explicar a las masas qué deberán hacer para liberarse, en un porvenir inmediato, del yugo del capital.[4]

De la crisis de abril al golpe de Estado de Kornílov

Pasemos ahora a la examinación del contexto político ruso de El Estado y la revolución.

El Gobierno provisional burgués, dependiente del apoyo de los líderes mencheviques y socialrevolucionarios en los sóviets, enfrentó su primera crisis política importante en abril con la publicación de la carta del líder de los kadetes y canciller, Pavél Miliukov, comprometiendo al Gobierno a los objetivos de la guerra imperialista del zar ya depuesto y de proseguir esa guerra hasta la victoria. La publicación de la carta estimuló una demonstración armada de las masas de soldados y trabajadores en Petrogrado exigiendo la renuncia de Miliukov. En esto consiste la “crisis de abril.”

Con la salida de Miliukov y con el Gobierno pendiendo de un hilo, los mencheviques y socialrevolucionarios acordaron a participar en el Gobierno y formar un régimen de coalición, lo cual sirvió en desmerecerlos ante los ojos de obreros y soldados cada vez más militantes. A fines de abril, los bolcheviques adoptan la línea revolucionaria de Lenin en oposición contra la guerra y el Gobierno provisional y en pro de la lucha por el poder obrero, centrada en la consigna “¡Todo el poder a los sóviets!”. El apoyo para los bolcheviques entre la clase trabajadora y los soldados empieza a aumentar rápidamente.

Trotsky escribe en su Historia que a fines de abril la organización bolchevique de Petrogrado contaba con 15 000 integrantes. Para fines de junio tenía más de 82 000. Alexander Rabinowitch en su Prelude to Revolution (Preludio a la revolución) ofrece cifras menores, pero aun así impresionantes. Escribe que en Petrogrado la membresía del partido subió de 2000 en febrero a 32 000 para inicios de julio.

Cualquier recuento objetivo de la Revolución Rusa, desde el derrocamiento del zar en febrero a la insurrección de octubre, desmiente los argumentos actuales en los medios y la academia que la Revolución de Octubre no fue nada más que un golpe realizado por conspiradores que actuaron por encima y a espaldas de los trabajadores. Una de las cualidades de la Historia de Trotsky se encuentra en la riqueza y el detalle de la descripción de los cambios inmensos en la consciencia de las masas y su iniciativa revolucionaria independiente a lo largo del curso complejo y contradictorio de la revolución, y la relación entre este movimiento de masas y la crítica intervención política del Partido Bolchevique y su dirigencia, sobre todo la de Lenin.

En su capítulo intitulado “Evolucionan las masas”, Trotsky escribe:

El incremento que tomaban las huelgas y la lucha de clases en general robustecía casi automáticamente la autoridad de los bolcheviques. … Así se explica que los Comités de fábrica que batallaban contra el sabotaje ejercido por la administración y por los patronos, se pusieran al lado de los bolcheviques mucho antes que el Sóviet. En la reunión celebrada a principios de junio por los Comités de fábrica de Petrogrado y sus alrededores, la proposición bolchevique obtuvo 335 votos por 421 votantes…

En todas las elecciones parciales a los sóviets triunfaban los bolcheviques. El primero de junio había ya en el Sóviet de Moscú 206 bolcheviques por 172 mencheviques y 110 socialrevolucionarios. Idénticos cambios se producían en provincias, aunque con mayor lentitud…[5]

Para junio, la dirección de los mencheviques y socialrevolucionarios del Sóviet de Petrogrado e había visto apoderada por el temor de un alzamiento de los trabajadores liderado por los bolcheviques. El Primer Congreso Panruso de los Sóviets de Diputados de los Obreros y Soldados se reunió en Petrogrado del 3 al 24 de junio. [A lo largo de esta conferencia se utilizará el calendario juliano, esto es el calendario viejo usado en Rusia durante la revolución, 13 días atrasado al calendario moderno.] Los directivos socialchauvinistas del sóviet tenían la intención que el Congreso autorizara el apoyo a la guerra y al Gobierno de coalición burgués, actualmente dirigido a todo efecto práctico por Kérenski.

Irakli Tsereteli, el líder de los mencheviques, y Víctor Chernov, líder del Partido Social Revolucionario, esperaban que la declaración de una nueva ofensiva militar, que de hecho iba a ser proclamada por Kérenski durante el congreso del 18 de junio, ocasionaría una nueva ola de patriotismo que, a su vez, descarrilaría el crecimiento del malestar social y el apoyo político de los bolcheviques.

El congreso votó por apoyar al Gobierno de coalición y ofreció su respaldo tácito a la ofensiva militar. Pero cuando los dirigentes se dieron cuenta de las intenciones de los bolcheviques de montar una demostración de las masas obreras y de soldados para el 10 de junio – sin armas– en oposición a la guerra y bajo la consigna “¡Todo el poder a los sóviets!”, consiguieron pasar un voto a favor de condenar la acción bolchevique y prohibir todas las consignas no aprobadas por los líderes del sóviet. Los bolcheviques fueron obligados a efectuar una retirada táctica y cancelar la demostración.

Tsereteli, un miembro líder del Comité Ejecutivo del Sóviet y también un ministro en el Gobierno de coalición, dio un discurso el 11 de junio al congreso de los sóviets exigiendo la criminalización efectiva de los bolcheviques, declarando:

Nada menos que una conspiración, una conspiración teniendo como objetivos el derrocamiento del Gobierno y la toma del poder por los bolcheviques, quienes saben que nunca llegarán al poder de cualquier otro modo. …Qué los bolcheviques nos acusen –cambiamos nuestros métodos de guerra. Hay que quitarles las armas a los que no saben manejarlas con dignidad. Hay que desarmar a los bolcheviques.[6]

El Congreso de los Sóviets no apoyó la propuesta de Tsereteli, pero si aprobó una demostración oficial planeada para el 18 de junio. Los bolcheviques participaron en esa demostración y, provocando pavor a los mencheviques y socialrevolucionarios, las consignas y banderas bolcheviques predominaron en la acción de masas.

El escenario estaba listo para “las jornadas de julio”. Lenin y Trotsky eran plenamente conscientes del peligro que presentaba un alzamiento aislado en la capital bajo condiciones donde aún no existía el apoyo de las masas en las provincias y entre el campesinado para una nueva revolución. Tenían en mente el destino trágico de la Comuna de Paris, cuando Adolphe Thiers y la burguesía francesa contaron con el apoyo del campesinado y el aislamiento de los trabajadores parisienses para aplastarlos en un baño de sangre, un patrón en cierta medida repetido tras la derrota de la Revolución de 1906 en Rusia.

El apoyo para los bolcheviques creció a consecuencia de la escasez de comida, los costos altos de vida, la masacre continua en el frente y la incapacidad del Gobierno para realizar cualquier reforma significativa. La tarde del 3 julio, el día antes de la cuasi insurrección del 4 de julio, los bolcheviques por primera vez ganaron una mayoría en la sección obrera del Sóviet de Petrogrado.

Lenin advirtió repetidamente acerca del peligro de las provocaciones organizadas por la derecha contrarrevolucionaria con el fin de instigar una respuesta armada que serviría como pretexto para una represión masiva. Pero la ira de secciones militantes de los soldados y marineros, incluso de aquellos influidos por los bolcheviques, no podían ser refrenados. Los bolcheviques advirtieron públicamente contra la acción armada del 4 de julio de los soldados y trabajadores en Petrogrado, pero no lo pudieron prevenir. Hasta la propia Organización Militar del partido desempeñó un papel mayor en organizar la acción.

Bajo estas condiciones, el partido decidió apoyar la acción y tratar de restringirla a una manifestación pacífica para limitar los daños políticos que seguramente resultarían.

El Gobierno, con el apoyo de los líderes del sóviet, pudo reunir y ordenar suficientes tropas leales para que entraran a Petrogrado y reprimieran la revuelta. Tomando ventaja de la derrota de la acción, procedieron a montar un ataque contra los bolcheviques con objeto de eliminarlos como una amenaza seria. Dentro de unas horas, los periódicos inundaron al pueblo con la calumnia del oro alemán –la mentira de que Lenin y los bolcheviques eran agentes en la nómina del Estado Mayor alemán—.

Las oficinas de Pravda fueron saqueadas y sus prensas de impresión destrozadas. Otras publicaciones bolcheviques fueron clausuradas y cientos de marineros de Kronstadt y tropas de la guarnición de Petrogrado tanto como trabajadores fueron arrestados y encarcelados. Se emitieron órdenes de detención para Lenin, Trotsky, Kámenev, Zinóviev y otros líderes bolcheviques. El apoyo para los bolcheviques se puso en declive en el ejército y entre ciertos sectores de clase obrera.

Las represalias tras las jornadas de julio fueron el inicio de una ofensiva contrarrevolucionaria organizada por el Gobierno de coalición. Inmediatamente, decretó una reanudación de la pena capital en el frente. Los comandantes militares fueron autorizados a abrir fuego contra unidas rusas huyendo del campo de batalla. Los periódicos bolcheviques fueron prohibidos en todos los escenarios de operaciones militares y las reuniones políticas entre las tropas también fueron prohibidas.

El 18 de julio, Kérenski nombró a Kornílov como comandante en jefe del ejército. Era conocido que Kornílov tenía vínculos con las Centurias Negras y había resignado previamente de su mando de la guarnición de Petrogrado, protestando ante la “interferencia” del Sóviet en los asuntos militares.

Rabinowitch escribe en The Bolsheviks Come to Power (Los bolcheviques llegan al poder) que para principios de agosto el gabinete del Gobierno de coalición estaba considerando varias propuestas para militarizar los ferrocarriles, las minas de carbón y todas las fábricas dedicadas al sector de defensa. En estas empresas, se prohibió cualquier tipo de huelgas, cierres, reuniones políticas y asambleas. Los obreros fueron asignados cuotas obligatorias mínimas de trabajo y todos los que no fueran capaces de realizarlas eran despedidos sumariamente y enviados al frente.

El 11 de agosto, conversando con el general Lukomski, su jefe de personal, Kornílov dijo que “ya era hora de colgar a los agentes y espías alemanes dirigidos por Lenin” y “dispersar el Sóviet de Trabajadores y Soldados de tal modo que no le sea posible reunirse en ningún otro lugar”. Le comentó a Lukomski acerca del general Krímov, el comandante recién nombrado de las tropas concentradas alrededor de Petrogado, diciendo con deleite que Krímov no vacilaría en “colgar a todos la membresía entera del Sóviet”.[7]

El Gobierno de coalición llevó a cabo la Conferencia de Estado de Moscú a mediados de agosto en un esfuerzo para intimidar el creciente sentimiento antiguerra y movilizar a la derecha contrarrevolucionaria como un contrapeso ante la oposición dirigida por los bolcheviques. Para ese momento, Kérenski tramaba con Kornílov realizar una represión militar e imponer un Gobierno dictatorial. La conferencia alabó a Kornílov como un héroe conquistador mientas que los delegados kadetes y monarquistas denunciaron a los sóviets.

Los bolcheviques no solo boicotearon la conferencia, sino que llamaron a una huelga general de trabajadores de Moscú puso en paro la ciudad durante todo el tiempo que la conferencia estaba en sesión.

El impacto de la represión durante las “jornadas de julio” y la calumnia del oro alemán se disipó en pocas semanas. El control del poder del Gobierno de coalición se debilitaba. A la vez que destrozaba las oficinas de Pravda y perseguía a los bolcheviques, sostuvo un fuerte golpe por el colapso de la ofensiva militar de Kérenski. El 6 de julio los alemanes lanzaron un contrataque que resultó en la rápida reconquista de Tarnopol en el frente suroeste.

Rabinowitch caracteriza la situación en la segunda mitad de julio y las primeras semanas de agosto del siguiente modo:

Cada día produjo nuevos reportes de la anarquía y violencia en expansión entre los campesinos necesitados de tierra en el campo; los desórdenes en las ciudades; el aumento en la militancia de los trabajadores de las fábricas; la incapacidad del Gobierno para resistir los movimientos hacia la autonomía completa de parte de los finlandeses y ucranianos; la continua radicalización de los soldados en el frente y la retaguardia; la avería catastrófica en la producción y distribución de bienes esenciales; las alzas de los costos; el resurgimiento y la creciente influencia de los bolcheviques, la única agrupación importante política, a diferencia de todas las demás, que pareció beneficiarse de estas dificultades y que, después del Sexto Congreso, parecía esperar impacientemente una oportunidad temprana para organizar una insurrección armada.[8]

Para principios de agosto, los bolcheviques habían iniciado una nueva etapa de crecimiento. El último día de agosto, siguiendo la derrota del golpe de Kornílov, por primera vez los bolcheviques ganaron una mayoría en el Sóviet de Petrogrado.

Inmediatamente después de las “jornadas de julio”, Lenin emprendió una lucha en la dirección del Partido Bolchevique para un viraje súbito. Hay una conexión explícita entre este punto decisivo en preparación para la revolución de octubre y las cuestiones planteadas por Lenin en El Estado y la revolución.

En una reunión del 6 de julio con los integrantes principales del Comité Central, Lenin enfatizó que las jornadas de julio significaron el fin de la fase relativamente pacifica de la revolución. El poder había sido consolidado en las manos de burguesía contrarrevolucionaria y el ejército y los mencheviques y socialrevolucionarios se habían comprometido irreversiblemente a una alianza con estas fuerzas. Cualquier noción de una transferencia del poder a la clase obrera tendría que ser abandonada. Lenin insistió que la consigna “¡todo poder a los sóviets” tendría que ser reemplazado con “¡todo el poder a la clase obrera dirigida por el partido revolucionario, los bolcheviques-comunistas!” Subrayó que el partido tenía que enfocarse en preparaciones para una insurrección armada que se llevaría a cabo en cuanto las condiciones políticas fueran propicias.

El 10 de julio, Lenin escribió un artículo intitulado “La situación política” que se publica el 2 de agosto en el cual elabora esta nueva línea. Afirma en parte que:

La consigna “¡Todo el poder a los sóviets!” era una consigna para el desarrollo pacífico de la revolución… Esta consigna ya no es correcta porque no toma en cuenta que el poder ha cambiado de manos y la revolución de hecho ha sido traicionada por completo por los socialrevolucionarios y mencheviques. Lo que ayudará es un entendimiento claro de la situación, la persistencia y determinación de la vanguardia obrera, la preparación de las fuerzas para el levantamiento armado… No tengamos ilusiones constitucionales ni republicanas de cualquier tipo, no más ilusiones acerca de la vía pacífica… Reunamos nuestras fuerzas, reorganicémoslas y preparémonos resueltamente para el levantamiento armado si la crisis en su curso no los permite, en una escala verdaderamente nacional y de masas… El objetivo de la insurrección solo puede ser la transferencia del poder al proletariado, apoyado por el campesinado pobre a fin de poner en práctica el programa de nuestro partido.[9]

Rabinowitch reportó que en ese momento Lenin hablaba de concentrar las preparaciones para la insurrección con base en los comités de fábrica en vez de los sóviets.

En la reunión del Comité Central celebrada el 13 y 14 de julio mientras Lenin permanecía escondido, las tesis de Lenin exigiendo quitar la consigna de “¡todo poder a los sóviets!” e iniciar las preparaciones para una insurrección fueron votadas en contra. Fue con cierta dificultad que Lenin logró persuadir al Sexto Congreso Panruso del partido, el cual se llevó a cabo del 26 de julio al 3 de agosto, que aceptó cambiar la consigna “¡Todo el poder a los sóviets!” por “¡Liquidación completa de la dictadura de la burguesía contrarrevolucionaria!”.

Siguiendo la derrota de Kornílov a fines de agosto y la conquista de una mayoría en el Sóviet de Petrogrado poco después, los bolcheviques retomaron la consigna “¡Todo el poder a los Sóviets”. Sin embargo, Lenin libró una campaña resuelta dentro de la dirigencia del partido para que concentrara todos sus esfuerzos en la preparación de una pronta insurrección armada.

Este episodio destaca la lección más decisiva de la Revolución de Octubre: el papel colosal e indispensable del partido revolucionario de la clase obrera en la revolución socialista. Lenin entendió plenamente la significancia de los sóviets no solo para la revolución socialista en Rusia, sino mundialmente. Estos eran los órganos revolucionarios a través de los cuales las masas serían capaces de derrocar a la burguesía, destrozar el Estado capitalista y reemplazarlo con un Estado obrero verdaderamente democrático.

Pero tampoco idealizó a los sóviets. Estaba dispuesto, si la revolución lo requería, a romper con los sóviets dominados por los conciliacionistas , y formar nuevos órganos de lucha como los comités de fábricas para que fueran los órganos principales de la revolución. Resultó que los sóviets fueron capaces de realizar las tareas revolucionarias debido al liderazgo de los bolcheviques y sus incesantes denuncias y exposiciones de los mencheviques y socialrevolucionarios como agentes de la burguesía, algo decisivo en el esclarecimiento político y la preparación de la vanguardia obrera para la toma y retención del poder.

Sin la lucha ejecutada por el Partido Bolchevique —y por Lenin con el apoyo de Trotsky contra el ala derecha del partido— los sóviets no habrían sido capaces de superar las presiones políticas de la burguesía trasmitidas por medio de los mencheviques y socialrevolucionarios, lo cual hubiera significado su eventual aplastamiento.

Kérenski, quien había conspirado con Kornílov para una represión militar contra los sóviets, se separó del general solo después de haber sido informado en vísperas del tentativo golpe del 27 de agosto que Kornílov también pretendía deshacerse de Kérenski. Por su parte, los líderes del Sóviet de Petrogado, temiendo que sus cabezas terminaran en el degolladero si Kornílov salía victorioso, impulsaron una campaña para armar a los trabajadores y movilizarlos con fin de derrotar al golpe . En esto, los bolcheviques desempeñaron el papel principal.

Pero los trabajadores y soldados, educados por la lucha política de los bolcheviques contra el Gobierno provisional y contra la conciliadora dirigencia del Sóviet, tomaron la iniciativa de organizar las Guardias Rojas y persuadir a destacamentos claves de tropas movilizadas por Kornílov a abandonarlo. El golpe colapsó antes de la llegada de las tropas del frente a la capital.

Al completar El Estado y la revolución en la estela del golpe fallido de Kornílov, Lenin escribió un artículo, “Una de las cuestiones fundamentales de la revolución” (escrito el 7 u 8 de septiembre y publicado el 14 de septiembre) donde expresó la conexión directa entre su trabajo teórico y las tareas prácticas a futuro. Escribió lo siguiente:

La cuestión del poder estatal no se puede evadir o dejar a un lado porque es la cuestión decisiva que determina todo aspecto del desarrollo de una revolución. …

Sin embargo, la consigna “El poder a los sóviets” muy frecuentemente, si no en la mayoría de casos, se interpreta erróneamente como “Un gabinete de los partidos de la mayoría del Sóviet…” [No es así.] “El poder a los sóviets” significa la reconfiguración radical del viejo aparato estatal, ese aparato burocrático que obstruye todo lo democrático. Significa sustraer este aparato y sustituirlo con uno nuevo y popular, esto es, un aparato verdaderamente democrático de los sóviets, en otras palabras, la mayoría del pueblo organizado y armado –los obreros, los soldados y los campesinos—. Significa otorgarle a la mayoría del pueblo la iniciativa e independencia no solo en la elección de diputados sino en la administración estatal, en la realización de reformas y varios otros cambios.[10]

La clase trabajadora, la revolución socialista y el Estado

Dirijamos ahora nuestra atención a la sustancia de El Estado y la revoluciónde Lenin.

Las enseñanzas fundamentales de Marx y Engels acerca del Estado y de las tareas de la revolución proletaria en relación al Estado se pueden resumir de la manera siguiente:

*El papel de todos los Estados como instrumentos de alguna clase dominante para reprimir a las clases explotadas;

*La necesidad de derrocar y destrozar la maquinaria del Estado capitalista y establecer en lugar de la dictadura de la burguesía la dictadura del proletariado, es decir, una democracia obrera;

*El requisito que la clase trabajadora utilice la fuerza en realizar esta tarea;

*El papel de la dictadura proletaria en aplastar la resistencia de la clase dominante depuesta y establecer las bases para la transición de la construcción del socialismo hacia el comunismo, en el cual las distinciones entre clases desaparecerán y el principio “de cada uno, según su trabajo” será reemplazado por el principio “de cada uno, según su capacidad; a cada uno, según sus necesidades”;

*La extinción del Estado bajo el comunismo.

Estas concepciones aún eran muy controversiales dentro del movimiento socialista cuando Lenin escribió El Estado y la revolución.

Por décadas habían estado bajo un ataque sistemático por los elementos oportunistas y centristas, empezando de manera abierta con la publicación en 1899 del manifiesto revisionista de Eduard Bernstein, Las premisas del socialismo. Bernstein explícitamente rechazó el concepto marxista de la revolución y sostuvo que la clase obrera solo podía lograr el socialismo a través de reformas sociales graduales alcanzadas con medidas parlamentarias. Atacó la fórmula de Marx de la dictadura del proletariado como el acogimiento de los métodos conspirativos y golpistas promovidos por Louis Blanqui.

Pero incluso la misma fundación del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD, Sozialdemokratische Partei Deutschlands ) en 1875 estuvo marcada por confusión acerca de la cuestión del Estado. En su famosa Crítica del Programa de Gotha, Marx vituperó el llamado de dicho programa fundacional del SPD por un “Estado libre del pueblo”. Dicha consigna no solo dejaba indefinida la naturaleza de clase del Estado establecido por la revolución, sino que, detrás del vago término de “el pueblo”, implica que el nuevo Estado sería “libre” de cualquier influencia de clase alguna: una imposibilidad para cualquier Estado.

Como Lenin indica en El Estado y la revolución, a pesar el reconocimiento formal de la dirección del SPD alemán de la exactitud de las críticas de Marx, en 1886 el jefe del partido August Bebel republicó sin cualquier cambio su folleto de 1872 intitulado Nuestros objetivos, donde incluye lo siguiente: “Y de esta manera el Estado ha de ser transformado de una basado en la dominación de clase a un Estado del pueblo.”

Como he mencionado anteriormente, las distorsiones del concepto marxista del Estado fueron utilizadas por los mencheviques para justificar tanto su apoyo a la guerra y al Gobierno provisional burgués como su oposición a la utilización de los sóviets para derrocar al Estado capitalista y establecer un Estado obrero.

Basándose en citas extensas de Engels, Lenin dedica el primer capítulo de El Estado y la revolución a una exposición positiva de la concepción del Estado derivada del empleo del materialismo histórico de Marx y Engels en la examinación de la evolución de la civilización humana.

Lenin toma citas de dos obras de Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884) y el prefacio a la edición tercera de Anti-D ü hring(1894). En el presente contexto solo se nos permitirá presentar de manera resumida las concepciones contenidas en este capítulo.

Primero: el estado no ha existido eternamente. Han existido sociedades primitivas que no conocían ningún poder estatal que estuviese por encima del pueblo. El Estado emerge de la sociedad a consecuencia de su escisión en clases sociales irreconciliablemente antagónicas. Un poder público especial se volvió necesario, en palabras de Engels, “porque desde la división de la sociedad en clases es ya imposible una organización armada espontánea de la población”. Para prevenir que la sociedad fuese devorada por la lucha entre clases, “se hizo necesario tener un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el conflicto, a mantenerlo dentro de los límites del ‘orden’”.

Lenin luego argumenta contra dos tipos de distorsión y falsificación de esta concepción del Estado. Existe el tipo más crudo, avanzado por los ideólogos burgueses y pequeño-burgueses, que sostiene que el Estado es un órgano para la reconciliación de las clases. Lenin cita a Engels, quien afirma que, al contrario, “Según Marx, el Estado es un órgano de dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del ‘orden’ que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los choques entre las clases”.

También existe la distorsión más sutil e insidiosa kautskista de Marx y Engels. Reconoce que el Estado es un órgano de dominación de clase, pero “se olvida” o “trata por encima” la conclusión que emerge de este hecho explícitamente extraída por Marx y Engels en su análisis de las revoluciones de 1848 y la Comuna de Paris de 1871, y establece, en palabras de Lenin, que “la liberación de la clase oprimida es imposible, no solo sin una revolución violenta , sino también sin la destrucción del aparato del poder estatal que ha sido creado por la clase dominante…”.[11]

Segundo: siendo un aparato para la represión de la clase explotada por la clase gobernante, cada Estado establece lo que Engels llama el “poder público” que, en su esencia “no está formado solamente por hombres armados, sino también por aditamentos materiales, cárceles e instituciones coercitivas de todo género, que la sociedad gentilicia no conocía”. Un ejército permanente y fuerza policial son los instrumentos principales del poder estatal.

Esto no es menos cierto bajo el capitalismo, incluso en una república democrática burguesa con un Parlamento, “libertad de prensa”, etc. que en cualquier etapa anterior de la sociedad de clases. Lenin explica: “No fueron solo el Estado antiguo y el Estado feudal los órganos de explotación de los esclavos y de los campesinos siervos: también [citando a Engels] ‘el Estado moderno representativo es instrumento de explotación del trabajo asalariado por el capital’”.

De hecho, Lenin nota: “La república democrática es la mejor envoltura política de que puede revestirse el capitalismo… Hay que advertir, además, que Engels, con la mayor precisión, llama al sufragio universal arma de dominación de la burguesía. El sufragio universal, dice Engels, … es ‘un índice que sirve para medir la madurez de la clase obrera. No puede ser más ni será nunca más, en el Estado actual’”.[12]

Tercero: Para acabar con el capitalismo e iniciar la construcción del socialismo y la abolición de toda explotación de clases, la clase obrera derroca y destroza el Estado capitalista y establece un Estado obrero. Este será el primer Estado en la historia que servirá como el instrumento de la mayoría contra una minoría. Será de la clase obrera armada y basada en órganos de poder democráticos e independientes como los sóviets en Rusia. Establece la democracia genuina para las masas, a diferencia de la farsa cruel que es la democracia bajo el capitalismo: la democracia para los ricos y para la represión de los pobres.

A diferencia de sus previas formas a lo largo de la historia, este Estado inaugura la transición a una sociedad sin clases, y consecuentemente al fin del Estado en sí, ya que no existe una necesidad social para él. Lenin cita del prefacio de Engels a la tercera edición de Anti-Dühring:

El primer acto en que el Estado se manifiesta efectivamente como representante de toda la sociedad, la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad, es a la par su último acto independiente como Estado. La intervención estatal en las relaciones sociales se hará superflua en un campo tras otro de la vida social y se adormecerá por sí sola. El Gobierno de las personas es sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción. El Estado no será ‘abolido’; se extinguirá.[13]

Lenin ataca la distorsión que prevalecía en los que denominó los “partidos socialistas actuales” que citan este pasaje y otros similares de Marx y Engels para atacar a los anarquistas no desde el punto de vista de la clase obrera, es decir, desde la izquierda, sino desde el punto de vista de la burguesía y su Estado, lo que significa que de la derecha. Se oponen a la reivindicación anarquista de la abolición inmediata del Estado y anteponen –citando a Marx y Engels como su autoridad– que el Estado no se puede abolir: simplemente se extingue.

“En realidad,” escribe Lenin, “Engels habla aquí de la destrucción del Estado burgués por parte de la revolución proletaria, mientras que las palabras relativas a la extinción del Estado se refieren a los restos del Estado proletario después de la revolución socialista. El Estado burgués no se ‘extingue’, según Engels, sino que ‘es destruido’ por el proletariado en la revolución. El que se extingue, después de esta revolución, es el Estado o semi-Estado proletario”.[14]

Lenin le dedica una porción sustancial de El Estado y la revolución a una examinación minuciosa de los escritos de Marx y Engels sobre el Estado del punto de vista de la evolución y concretización de sus concepciones entre el Manifiesto comunista de 1847 a sus escritos sobre las luchas revolucionarias en Francia entre 1848 y 1851 (Las luchas de clases en Francia y El 18 Brumario de Luis Napoleón) y sus escritos acerca de la Comuna de París (La guerra civil en Francia) y los comentarios subsiguientes.

Enfatiza que Marx extrajo las lecciones políticas del análisis de estas experiencias estratégicas revolucionarias de la clase trabajadora, a su vez profundizando su entendimiento de la lucha de la clase trabajadora para la toma del poder estatal y de la naturaleza del Estado que se establecería. Lenin plantea explícitamente la cuestión del abordaje científico, materialista, histórico y metodológico empleado por Marx y Engels del tema del Estado. Elaborando sobre el desarrollo de los escritos de Marx sobre el Estado siguiendo la revolución francesa de 1848, observa lo siguiente:

Fiel a su filosofía del materialismo dialéctico, Marx toma como base la experiencia histórica de los grandes años de la revolución, de los años 1848-1851. Aquí, como siempre, la doctrina de Marx es un sumario de la experiencia, iluminado por una profunda concepción filosófica del mundo y por un rico conocimiento de la historia.[15]

En su repaso de los escritos de Marx sobre la Comuna de Paris en La guerra civil en Francia Lenin comenta:

Sin perderse en utopías, Marx esperaba de la experiencia del movimiento de masas mismo la respuesta a las cuestiones de cuáles formas concretas tomará esta organización del proletariado como clase dominante y de qué modo se concertará esta organización con la “conquista de la democracia” más completa y más consecuente.[16]

Este método riguroso y científico que trata la revolución socialista como un proceso histórico objetivo cuyas leyes podrían ser descubiertas y aplicadas a la estrategia y tácticas revolucionarias de la clase trabajadoras se ejemplifica en El Estado y la revolución. Fue de este modo que Lenin, en clandestinidad y enfrentado con las alternativas de revolución o contrarrevolución, trató la cuestión de la lucha por el poder soviético.

Cabe recordar ante esto la “Séptima razón” elaborada en la primera conferencia de esta serie presentada por David North, intitulada “¿Por qué estudiar la Revolución Rusa?:

La Revolución Rusa exige ser estudiada de forma seria al ser un episodio crítico en el desarrollo del pensamiento social científico. El logro histórico de los bolcheviques en 1917 demostró y actualizó la relación esencial que existe entre la filosofía del materialismo científico y la práctica revolucionaria.[17]

Lenin empieza su resumen de los escritos de Marx y Engels con respecto a las revoluciones de 1848 y 1871, citando al Manifiesto comunista escrito en la víspera de las revoluciones europeas de 1848. Habla del “violento derrocamiento de la burguesía” sentando “las bases para el poder del proletariado” y caracteriza el Estado que resultaría como “el proletariado organizado como la clase dominante”.

Desde el alzamiento de 1848 de la clase trabajadora de Paris y su represión sanguinaria por la burguesía republicana, seguido por el golpe de Estado de diciembre de 1851 de Luis Napoleón, Marx llego a conclusiones de gran alcance. En el 18 Brumario escribió: “Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina [estatal], en vez de destrozarla”, con la implicación de que la clase trabajadora tendría que “destrozar” el Estado burgués.

Refiriéndose a esta oración, Marx escribió una carta a Louis Kugelmann en abril de 1871 durante la vida de la Comuna en la cual dijo:

“Si te fijas en el último capítulo de mi 18 Brumario, verás que declaro que la próxima tentativa de la Revolución Francesa: no puede pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como se venía haciendo hasta ahora, sino tiene que romperla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular en el continente. En esto, precisamente, consiste la tentativa de nuestros heroicos camaradas de Paris”.[18]

La Comuna de Paris y su represión sangrienta fortaleció la convicción de Marx de que la revolución proletaria tendrá que desbaratar el viejo Estado burgués, incluso sus estructuras corruptas del parlamentarismo burgués, poniendo en su lugar una democracia revolucionaria proletaria de un carácter totalmente distinto, tanto para suprimir la contrarrevolución burguesa como para crear las condiciones de la transición al pleno socialismo y el comunismo.

Marx primero uso el término “la dictadura del proletariado” en una carta a Joseph Weydemeyer fechada 5 de marzo de 1852, en la cual escribió:

Mi aporte nuevo fue demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es en sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases”.[19]

En cuanto al término “la dictadura del proletariado,” Lenin cita al prefacio de Engels a la tercera edición de La guerra civil en Francia, fechado 1891:

Pero, en realidad, el Estado no es nada más que una maquina cuyo propósito es la opresión de una clase por otra, en la monarquía y en la república democrática, por igual…

Últimamente, las palabras “dictadura del proletariado” han vuelto a sumir en santo terror al filisteo alemán. Pues bien, caballeros, ¿quieren saber qué faz presenta esta dictadura? Solo contemplen a la Comuna de París: ¡he ahí la dictadura del proletariado![20]

Como Lenin señala, en La guerra civil en Francia, Marx enfatiza las diferencias y oposiciones esenciales entre la democracia y el parlamentarismo burgueses, y el Estado que los comuneros comenzaron a construir. “El primer decreto de la Comuna … fue la supresión del ejército permanente para sustituirlo por el pueblo armado”, dijo Marx. La policía fue convertida en una agencia de la Comuna “responsable y revocable en todo momento”.

Los otros elementos subrayados por Marx incluyen el sufragio universal, el hecho de que todos los representantes electos estuviesen sujetos a una revocación de su mandato en cualquier momento, todos los funcionarios del Gobierno recibiesen un salario no mayor al nivel medio de un obrero, y que los jueces y magistrados fuesen elegibles, responsables y revocables . Lo que es más, la Comuna había de tratarse como un órgano de trabajo no parlamentario sino simultáneamente ejecutivo y legislativo.

Lenin comenta:

Aquí es precisamente donde se expresa de un modo más evidente el rompimient o entre la democracia burguesa y la democracia proletaria, de la democracia de la clase opresora a la democracia de las clases oprimidas, del Estado como “fuerza especial” para la represión de una determinada clase a la represión de los opresores por la fuerza conjunta de la mayoría del pueblo, de los obreros y los campesinos. ¡Y es precisamente en este punto tan evidente –tal vez el más importante, en lo que se refiere a la cuestión del Estado—en el que las enseñanzas de Marx han sido más relegadas al olvido![21]

El capítulo final de El Estado y la revolución desarrolla la polémica contra la degollación oportunista del marxismo en relación al Estado y su glorificación de la democracia burguesa y el parlamentarismo, enfocando su ataque contra Kautsky.

Empieza con la respuesta de Kautsky al manifiesto revisionista de Bernstein Las premisas del socialismo, notando que Kautsky evade el hecho de que Marx había insistido desde 1852 que la tarea de la revolución proletaria no consistía en la simple toma de la maquinaria estatal actual, sino también su destrucción. Citando a Kautsky, Lenin escribe:

“La solución de la cuestión acerca del problema de la dictadura proletaria —escribía Kautsky “contra” Bernstein— es cosa que podemos dejar con completa tranquilidad al porvenir”. Esta no es una polémica contra Bernstein, sino que es, en el fondo, una concesión hecha a éste, una entrega de posiciones al oportunismo…[22]

Con respecto a la obra de 1902 de Kautsky, La revolución social, Lenin se enfoca en ofuscaciones de las diferencias fundamentales entre las formas de gobernar de algún futuro Estado obrero y las de democracia burguesa parlamentaria.

Lenin concluye con una crítica de la respuesta de Kautsky a una crítica de sus posiciones por el socialista holandés Anton Pannekoek. Este último publicó un artículo en Neue Zeit en 1912 intitulado “La acción de masas y la revolución” en el cual criticó a Kautsky por su “radicalismo pasivo”. En ese entonces Pannekoek era un socialdemócrata que se identificaba con los críticos de izquierda del oportunismo, incluyendo a Rosa Luxemburgo. En los años veinte, adoptaría posiciones ultraizquierdistas y más tarde acogería opiniones antisoviéticas del capitalismo de Estado.

En su polémica de 1912, Pannekoek, según Lenin, escribió que la tarea de la revolución proletaria era destruir “los instrumentos del poder estatal” y “la organización de la minoría dirigente.”

En respuesta Kautsky acusó a Pannekoek de haber pasado al lado del anarquismo, escribiendo: “Hasta ahora la distinción entre los socialdemócratas y los anarquistas ha consistido en esto: los anteriores desean conquistar al poder estatal mientras los últimos lo desean destruir. Pannekoek quiere hacer ambos.”

Lenin escribe: “[La definición de Kautsky] de la distinción entre socialdemócratas y anarquistas es completamente errónea, dejando el marxismo plenamente vulgarizado y distorsionado”.

La insinuación que el marxismo se opone al desmantelamiento del Estado actual es completamente falsa, como lo demuestra de manera exhaustiva la examinación de Lenin de los escritos de Marx y Engels. La diferencia consiste en que los anarquistas se oponen al establecimiento de un nuevo Estado proletario por la clase trabajadora, sin el cual se encontraría incapaz de defenderse ante la represión asesina de la burguesía.

Engels provee una devastadora respuesta a la rechaza toda forma de autoridad de parte de los anarquistas en un pasaje de su ensayo de 1873 intitulado “De la autoridad” citado por Lenin en El estado y la revolución:

Pero los antiautoritarios exigen que el Estado político autoritario sea abolido de un plumazo, aun antes de haber sido destruidas las condiciones sociales que lo hicieron nacer. Exigen que el primer acto de la revolución social sea la abolición de la autoridad. ¿No han visto nunca una revolución estos señores? Una revolución es, indudablemente, la cosa más autoritaria que existe; es el acto por medio del cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y cañones, medios autoritarios si los hay; y el partido victorioso, si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por medio del terror que sus armas inspiran a los reaccionarios. ¿La Comuna de París habría durado acaso un solo día, de no haber empleado esta autoridad de pueblo armado frente a los burgueses? ¿No podemos, por el contrario, reprocharle el no haberse servido lo bastante de ella?

Así pues, una de dos: o los antiautoritarios no saben lo que dicen, y en este caso no hacen más que sembrar la confusión; o lo saben, y en este caso traicionan el movimiento del proletariado. En uno y otro caso, sirven a la reacción”.[23]

En su El estado y la revolución, Lenin resume las diferencias entre el marxismo y el anarquismo de la siguiente manera:

La diferencia entre los marxistas y los anarquistas consiste en lo siguiente: 1) En que los primeros, proponiéndose como fin la destrucción completa del Estado, reconocen que este fin sólo puede alcanzarse después de que la revolución socialista haya destruido las clases, como resultado de la instauración del socialismo, que conduce a la extinción del Estado; mientras que los segundos quieren destruir completamente el Estado de la noche a la mañana, sin comprender las condiciones bajo las que puede lograrse esta destrucción. 2) En que los primeros reconocen la necesidad de que el proletariado, después de conquistar el poder político, destruya completamente la vieja máquina del Estado, sustituyéndola por otra nueva, formada por la organización de los obreros armados, como la Comuna; mientras que los segundos, abogando por la destrucción de la máquina del Estado, tienen una idea absolutamente confusa respecto al punto de con qué ha de sustituir esa máquina el proletariado y cómo éste ha de emplear el poder revolucionario; los anarquistas niegan incluso el empleo del poder estatal por el proletariado revolucionario, su dictadura revolucionaria. 3) En que los primeros exigen que el proletariado se prepare para la revolución utilizando el Estado moderno, mientras que los anarquistas niegan esto.[24]

La vulgarizada falsificación del marxismo y la creación de ilusiones en la democracia burguesa promovidas en su nombre son resumidas en un pasaje de la respuesta de Kautsky a Pannekoek, citada por Lenin:

La tarea de la huelga general no puede ser nunca la de destruir el Estado, sino simplemente la de obligar a un Gobierno a ceder en un determinado punto o la de sustituir un Gobierno hostil a uno que esté dispuesto a llegar a un compromiso con el proletariado… Pero jamás, ni en modo alguno, puede esto [la victoria del proletariado sobre un Gobierno hostil] conducir a la destrucción del poder estatal, sino pura y simplemente a un cierto desplazamiento de la relación de fuerzas dentro del poder estatal. Y la meta de nuestra lucha política sigue siendo, con esto, la que ha sido hasta ahora: conquistar el poder estatal ganando una mayoría en el Parlamento y hacer del Parlamento el dueño del Gobierno.[25]

* * *

En su resumen de La guerra civil en Francia, Lenin escribe sobre la reacción de Marx a la Comuna de Paris:

Marx, por el contrario, no se contentó con solo entusiasmarse ante el heroísmo de los comuneros, que, según sus palabras, “tomaban el cielo por asalto”. Marx veía en aquel movimiento revolucionario de masas, aunque éste no llegó a alcanzar sus objetivos, una experiencia histórica de grandiosa importancia, un cierto paso hacia adelante de la revolución proletaria mundial, un paso práctico más importante que cientos de programas y de raciocinios. Analizar esta experiencia, sacar de ella las enseñanzas tácticas, revisar a la luz de ella su teoría: he aquí cómo concebía su misión Marx.[26]

Tal era el abordaje de Marx a la Comuna de París, el abordaje de Lenin al legado teórico del marxismo y nuestro abordaje hoy día a la Revolución Rusa. Y tanto para Marx como para Lenin, el análisis y la asimilación de las lecciones de estas grandes luchas y sonsacar los temas históricos y teóricos que entrañaban se realizó en la práctica política en la conexión más íntima con los acontecimientos políticos contemporáneos, de la misma manera procedemos en la actualidad al conmemorar la Revolución Rusa.

Las organizaciones pequeñoburguesas que se enmascaran como “izquierdistas” o hasta “socialistas” a la vez que se alinean por sus hechos con el imperialismo y el Estado capitalista o son indiferentes o abiertamente hostiles a la Revolución de Octubre porque son hostiles a la clase trabajadora y se oponen al derrocamiento del capitalismo hoy día.

Al contrario, “Las lecciones del octubre” tienen una inmensa relevancia para las tareas planteadas a la clase trabajadora por la crisis de magnitud inaudita del capitalismo mundial y la emergencia de una nueva etapa de luchas revolucionarias. La Revolución de Octubre aún sigue siendo intensamente relevante a los acontecimientos políticos de nuestros días.

Las tendencias identificadas por Lenin en El imperialismo y El Estado y la revolución –la integración cada vez más estrecha del Estado imperialista y los grandes monopolios financieros y corporativos (por ejemplo Google, Amazon, Apple, la CIA y el Pentágono) en forma del capitalismo monopolista de Estado; el monstruoso crecimiento del aparato represivo estatal y la putrefacción de las formas democráticas de gobierno (la represión en Cataluña aplaudida por todo los Gobiernos imperialistas y los imperialistas de “derechos humanos” como el New York Times, el gobierno por decreto impuesto por el estado de emergencia en Francia, la entrada de los neofascistas en el Parlamento alemán, la formación de un Gobierno de generales y millonarios de Wall Street en EUA)— se encuentran actualmente en un estado mucho más avanzado que en la época de Lenin. El imperialismo avanza de nuevo hacia una guerra mundial que pregona, nuevamente, nada menos que un holocausto nuclear y la aniquilación de la civilización.

Con la conmemoración del centenario de la Revolución Rusa, incluyendo estas conferencias, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional sigue los pasos de Lenin y Trotsky en esclarecer, educar y armar políticamente a la clase trabajadora para la emergente revolución socialista mundial.

Notas:

[1] Trotsky History of the Russian Revolution (Chicago: 2008), pp. 709.

[2] Ibid., pp. 710.

[3] Lenin Collected Works Volume 23 (Moscú: 1977), pp. 106.

[4] Lenin State and Revolution (International Publishers, Nueva York: 1988), pp. 5-6.

[5] Trotsky History of the Russian Revolution (Chicago: 2008), pp. 304-305.

[6] Alexander Rabinowitch Prelude to Revolution, (Indiana University Press: 1991), pp. 82-83.

[7] Rabinowitch The Bolsheviks Come to Power (Chicago and Ann Arbor: 2004), pp. 109.

[8] Ibid., pp. 94.

[9] Lenin Collected Works Volume 25 (Moscú: 1964), pp. 177-78.

[10] Ibid., pp. 366, 368.

[11] Lenin State and Revolution (International Publishers, Nueva York: 1988), p. 9.

[12] Ibid., p. 14.

[13] Ibid., p. 16.

[14] Ibid., p. 17.

[15] Ibid., p. 26.

[16] Ibid., p. 36.

[17] North, et al. Why Study the Russian Revolution? Volume 1 (Oak Park, Michigan: 2017) p. 19.

[18] Lenin State and Revolution (International Publishers, Nueva York: 1988), p. 33.

[19] Ibid., p. 29.

[20] Lenin Marxism on the State (Moscú: 1972), pp. 56-57.

[21] Lenin State and Revolution (International Publishers, Nueva York: 1988), p. 38.

[22] Ibid., p. 89.

[23] Ibid., p. 53.

[24] Ibid., pp. 94-95.

[25] Ibid., p. 99.

[26] Ibid., p. 32.

(Fotografía:General contrarrevolucionario Lavr Kornílov, en abril de 1917)

Ernest Mandel: por qué Keynes no es la respuesta y el ocaso del monetarismo (1992)*

Al volverse aparentes las desastrosas consecuencias de las políticas de libre mercado, se levantan voces en círculos capitalistas y socialdemócratas pidiendo la intervención del estado para revivir la economía. Pero, ¿es realmente una alternativa? ¿Tendría una nueva ronda de intervención estatal en la economía y crecimiento financiado por deuda efectos beneficiosos para los trabajadores? Aquí ERNEST MANDEL argumenta que las políticas reflacionarias del keynesianismo tradicional deben ser distinguidas de las políticas de déficit presupuestario de Thatcher y Reagan; y que la reflación capitalista trae solo ventajas a corto plazo para la clase trabajadora, e inevitablemente desemboca en una nueva recesión.

La idea fundamental del keynesianismo es que el gasto estatal, un déficit al presupuesto nacional, puede ser utilizado para combatir las crisis económicas y recesiones.

Desde un punto de vista teórico, incrementar la demanda general en un país facilitará la recuperación en tanto haya capacidad productiva disponible (trabajadores desempleados, materia prima en stock, máquinas trabajando por debajo de su capacidad). Estos recursos no utilizados son movilizados por el poder de compra adicional creado por el déficit presupuestario. Solo cuando estas reservas se agotan se da el fatal comienzo de la inflación.

Sin embargo, existe un problema. Para que el déficit presupuestario no impulse la inflación antes de alcanzar el pleno empleo, los impuestos directos deben incrementarse en misma proporción que los ingresos.

Dado que la burguesía prefiere comprar bonos al estado antes que pagar impuestos, y que la evasión impositiva es endémica de su clase, la mayor carga impositiva implicada por las políticas keynesianas cae sobre los trabajadores.

A medida que crece la deuda pública, hacer frente a la misma consume cada vez más del gasto público, por lo que el déficit presupuestario muestra una tendencia creciente sin que el empleo reciba efectos beneficiosos de forma correspondiente.

En definitiva, entonces, la expansión keynesiana tiende a socavarse a través de la inflación creciente y disminución de los retornos de ese “empujón” inicial que había brindado el déficit presupuestario; el resultado es una nueva recesión, y la creciente carga impositiva tiende a redistribuir los ingresos hacia la burguesía.

El balance histórico de las políticas keynesianas es claro. Su más acabado experimento, el New Deal de Roosevelt en los Estados Unidos de la década del 30, terminó fracasando.

A pesar del incremento del gasto público, culminó en la crisis de 1938, cuando el desempleo alcanzó los 10 millones1. Fue solo gracias al enorme armamento que demandó la guerra que se redujo el desempleo masivo.

Hay algo bizarro en el modo en que los dogmáticos neoliberales contrastan sus políticas basadas en la “teoría de la oferta” con aquellas basadas en crear demanda valiéndose del presupuesto estatal. Nunca, de hecho, han sido más altos los déficits presupuestarios estatales como durante la presidencia del baluarte de los neoliberales, Ronald Reagan.

Lo mismo aplica en gran medida al “reinado” de Margaret Thatcher. Implementaron programas neokeynesianos de cifras récord al tiempo que profesaban una fe completamente opuesta. El debate real no era sobre el tamaño del déficit sino para qué se usaba.

Los hechos hablan por sí solos. El neokeynesianismo de Reagan y Thatcher reforzó brutalmente la ofensiva de la austeridad en todas partes. Los gastos sociales y de infraestructura fueron recortados; el gasto en armas se expandió masivamente en los Estados Unidos y Gran Bretaña y en menor medida en Japón y Alemania.

Los subsidios a las empresas privadas han crecido. El desempleo y la desigualdad social se extendieron. En los últimos 20 años el número de desempleados en países de la OCDE (“el club de los países ricos”), se ha cuadruplicado.

El efecto social ha sido desastroso de manera generalizada. Se puede aprender en cualquier curso universitario sobre desarrollo económico que las inversiones más productivas a largo plazo son aquellas realizadas en educación, salud pública e infraestructura.

Sin embargo, los dogmatistas neoliberales omiten esta verdad elemental cuando se aproximan a los problemas desde la perspectiva de un “equilibrio” que debe restablecerse a cualquier costo. Sus objetivos favoritos para recortar son precisamente la educación, salud, seguridad social e infraestructura, con los inevitables efectos dañinos que esto causa, incluso a la productividad.

¿Significa esto que los socialistas preferimos el keynesianismo tradicional y el estado de bienestar al cocktail venenoso de monetarismo y neokeinesianismo actualmente en boga? Si nuestra respuesta es positiva, debe ser de una manera muy condicionada.

El keynesianismo tradicional implica varias formas del ejercicio y división de poder dentro del marco de la sociedad burguesa. Esto lleva a varias formas de contrato social y consenso con aquellos que actualmente detentan el poder económico, en sus términos.

Este consenso es puramente unilateral y va contra los intereses de la clase trabajadora. El keynesianismo tradicional solo puede considerarse un mal menor en caso de ser

1 Business Cycles, James Arthur Estey, Purdue Univ., Prentice-Hall, 1950, pages 22-23 chart.
Este estudio señala cómo el desempleo, si bien no volvió el 25% de 1933, pasó del 14,7% en 1937 al 19% en 1938.

comparado con una política deflacionaria en tanto que promueve una inmediata y rápida caída en el desempleo.

Sin embargo, en las condiciones presentes el neokeynesianismo lleva a un crecimiento en el desempleo y marginalización de sectores crecientes de la población, con toda clase de consecuencias reaccionarias.

Además, quienes abogan por el keynesianismo tradicional tienen que lidiar con un incómodo hecho fundamental; la efectividad de sus prácticas está siendo grandemente reducida por el crecimiento del poder de las corporaciones multinacionales. Aun siendo ridículo decir que la intervención estatal hoy no tiene poder, es por supuesto mucho menos poderosa que durante los ‘30 y ‘50.

Enfrentado al crecimiento de las empresas transnacionales, el estado nacional deja de ser un instrumento adecuado para las facciones dominantes de la burguesía. Por ello, se están realizando esfuerzos consistentes por sustituirlo por instituciones supranacionales, siendo el caso clásico las varias instituciones de la Comunidad Europea.

Pero muchos otros obstáculos deberán ser vencidos para que las instituciones supranacionales tomen las características de un verdadero estado supranacional, por ejemplo en Europa.

La unificación de Europa permanece suspendida entre una vaga confederación de estados soberanos y una federación europea con características de un estado: moneda común, banco central, políticas industriales y agrícolas comunes, fuerzas militares y policiales articuladas y, finalmente, una autoridad gubernamental central.

Hay una bomba en el proceso de unificación capitalista de Europa, que está comenzando a detonar en las huelgas de Italia y Grecia. Es el simple hecho de que la “estabilización presupuestaria” requerida para la unión monetaria tendrá un efecto enorme. Esto en sí mismo debiese ser causa suficiente para que el movimiento trabajador rechace el tratado de Maastricht2.

Maastricht no ofrece más que una excusa para la continuidad y reforzamiento de las políticas de austeridad. Es más preciso que nunca el continuar la lucha contra él.

*Extraído de Socialist Outlook, No.29, 10 de octubre de 1992, p.7. Cortesía de Joseph Auciello. Traducción al español: Federico Silvero.

2 El tratado de Maastricht, firmado en 1992 y puesto en efecto al año siguiente, llevó a la creación de la Unión Europea y el Euro como moneda central.

El movimiento trotskista internacional y las revoluciones de posguerra: un análisis de sus (re) lecturas teóricas y programáticas (1944-63)

por Marcio Lauria Monteiro

La Cuarta Internacional fue fundada en 1938 por León Trotsky, luego del abandono de la condición de la fracción externa que la Oposición de Izquierda Internacional mantuvo ante la Comintern hasta 1933 y su opción de tornarse un nuevo partido internacional. Mas, desde su fundación, ella se encontraba bastante frágil, una vez que prácticamente toda la dirección de la antigua Oposición fuera asesinada por los stalinistas a lo largo de la década de 1930, teniendo León Trotski el mismo destino en 1940. Así, sumando un frágil liderazgo a las duras condiciones impuestas por la Segunda Guerra Mundial, la nueva internacional, en la práctica, dejó de existir durante el comienzo de los años 1940, viniendo a ser reorganizada entre los años 1944-48, a partir de la suma de los esfuerzos de una nueva generación de jóvenes militantes europeos con los del liderazgo del Socialist Workers Party (SWP) de los EEUU y otros veteranos.

Sin embargo, la forma como el liderazgo del SWP procedió en esa reorganización de la Cuarta Internacional fue marcada por medidas que tenían por objeto imponer al resto de la organización sus previsiones de que ocurriría una profunda crisis económica mundial y de que se abriría un período revolucionario. Para tal situación, ella condujo a la nueva dirección internacional a aquellos que concordaban con tal posición y, en respuesta a las intensas polémicas que surgieron en torno de ellas, tomó una serie de medidas, entre ellas las expulsiones y la modificación de los estatutos de la organización internacional para instituir el llamado “centralismo de organismo” (la exigencia de que los miembros de los organismos dirigentes se comportasen de forma unitaria ante el resto de la organización) y una serie de maniobras para forzar una mayoría artificial en el 2º Congreso Mundial (1948)1.

Además de esos conflictos del período 1944-48, la situación se agravó todavía más cuando la expansión soviética en el Este europeo, la ruptura Tito-Stalin y la Guerra de Corea dieron inicio a nuevas y profundas discordancias entre los trotskistas a lo largo de los años 1950-60. Los principales debates giraron entorno de la posibilidad o no de un “giro revolucionario” por parte del stalinismo ante la feroz Guerra Fría; y de la eclosión de revoluciones sin la presencia de un partido socialista revolucionario ante  ellas, con un programa nacional-democrático, con predominio de fuerzas sociales localizadas en el sector agrario de la economía, sin la presencia de órganos de poder político / autogobierno de las clases dominadas (soviets) y que han tenido lugar particularmente en los países periféricos.

El destino del trotskismo a lo largo de este período de intensos conflictos de clases que siguió hasta el final de la Segunda Guerra fue dramático, una vez que el movimiento permaneció incapaz de romper su aislamiento y popularizarse como referencia política. Al contrario, los trotskistas pasaron por un creciente proceso de fragmentación, en gran parte influenciado por las agudas polémicas internas. La fragmentación tuvo naturaleza organizativa y política, dando origen a una serie de “troncos históricos”, a partir de los cuales las vertientes pasaron a diferenciarse, siendo muy difícil definir qué es el trotskismo en los días de hoy.

El objetivo de este artículo es lanzar alguna luz sobre la larga crisis del movimiento trotskista internacional entre 1944 y 1963, presentando un mapeo de algunas de las transformaciones de su marco teórico-programático ante los complejos desafíos políticos de la posguerra – particularmente a partir de la expansión soviética en el Este Europeo, de las Revoluciones Yugoslava, China, Cubana y del proceso de independencia argelino – transformaciones que involucraron una creciente diferenciación de análisis y posicionamientos, con base en (re) lecturas divergentes acerca del tema. 

 

Las narrativas predominantes y la cuestión del “revisionismo pablista” 

 

Son raros los trabajos que abordan la historia del movimiento trotskista desde su ámbito internacional. Los pocos que lo hacen, escriben, en gran parte, tentativas de “historias oficiales” de determinado “tronco histórico”, buscando legitimar su existencia frente a los demás. Frecuentemente, tales narrativas están repletas de omisiones o distorsiones, además casi no presentan fuentes suficientes como para basarse. No obstante, son ellas las que son utilizadas con mayor frecuencia como referencia por investigadores que se dedican a escribir la historia de los varios grupos nacionales que componían y/o componen el movimiento trotskista – lo que ha sido el formato más usual de las investigaciones académicas sobre el asunto.

Independientemente de las diferencias entre esas narrativas, para explicar el comienzo de la crisis y la fragmentación del trotskismo, suele predominar el período 1951-53 y las divergencias surgidas ante las revoluciones que ocurrieron en la secuencia de la Segunda Guerra Mundial, con destaque para la querella en torno al llamado “pablismo” (o “revisionismo pablista”). Es a partir de la ruptura ocurrida en 1953 que usualmente son estructuradas las dos explicaciones y líneas narrativas principales, que disputan la memoria e historia del trotskismo.

Michel Pablo, pseudónimo de Michalis Raptis, fue un dirigente encumbrado en la dirección internacional por intermedio del SWP, tornándose el Secretario General de la Cuarta Internacional en 1946. El período 1951-53 en el interior de la organización fue marcado por intensos conflictos en torno a las posiciones que este dirigente presentó en el contexto de la Guerra Fría, bien como los métodos utilizados por él para consolidarlos en el interior de la Cuarta Internacional, patentados por maniobras burocráticas basadas en “nuevos estatutos”. Estos métodos incluyeron, en particular, la imposición del “centralismo de organismo” a las minorías de los órganos dirigentes, la interferencia de la dirección internacional en la composición de los liderazgos nacionales, la suspensión de opositores, el fomento de tendencias desleales, etc.

Conforme se detallará más adelante, suponiendo que una inminente Tercera Guerra Mundial forzaría las direcciones comunistas orientadas por la URSS a efectuar un “giro revolucionario”, Pablo defendió, teniendo como base una división entre “mundo capitalista” y “mundo socialista”, la transformación del trotskismo en un “ala izquierda” del stalinismo. Porque su orientación concluía por la disolución de los trotskistas en el interior de los Partidos Comunistas, acompañada del “enmascaramiento” de su programa político (movimiento que quedaría conocido por “entrismo sui generis”). De esa forma, Pablo y sus aliados más próximos adoptaron posiciones que se alejaban de algunos de los presupuestos más básicos de la razón de ser de la Cuarta Internacional, en particular la política de diferenciación con relación a organizaciones caracterizadas como reformistas o stalinistas, como forma de llevar adelante revoluciones socialistas victoriosas; y la idea de que la regeneración democrática de la URSS sería resultado de una “revolución política” esencialmente anti-stalinista y pro-socialista2.

Las divergencias con esas ideas y con los métodos utilizados por Pablo para imponerlas culminaron en 1950, en la expulsión de dirigentes trotskistas ingleses (Ted Grant, Jock Haston y Bill Hunter), y en 1952, en la ruptura de la mayoría de la sección francesa (Parti Communiste Internationaliste, PCI) con relación a la Cuarta Internacional3. En el período posterior a la realización del 3º Congreso Mundial de la Cuarta Internacional (1951), en el cual las posiciones “pablistas” fueron formalmente aprobadas, el choque entre la mayoría (“pablistas”) y la minoría (“anti-pablistas”) creció al punto de haber culminado, a fines del año 1953, en nuevas rupturas. Este proceso dio origen a una fracción pública nombrada por Comité Internacional (CI) y que no reconocía la autoridad de Pablo y del Secretariado Internacional (SI, entonces el órgano dirigente máximo de la Cuarta Internacional).

Lanzado por el SWP de los EEUU, el CI contó con los expurgados franceses (PCI La Verité) y la mayoría del grupo inglés (denominada The Club, nombre informal del grupo que actuaba en el interior del Labour Party de forma no pública); de la mayoría de la sección canadiense; de las secciones china y suiza; y, posteriormente, de grupos de Argentina, Chile y Perú agrupados en el Comité Latino Americano del Trotskismo Ortodoxo (más tarde rebautizado “Secretariado”, SLATO). También se aproximó al CI, mas sin adherir formalmente, la escisión de la sección boliviana liderada por Guillermo Lora (POR Masas).4

No habiendo tenido éxito inmediato en su intención de posponer el 4º Congreso Mundial (previsto para 1954) y remover a Pablo del cargo de Secretario General, para que las discusiones pudieran darse democráticamente, el CI se mantuvo formalmente en la condición de fracción pública hasta 1963, cuando parte de sus miembros retornaron a la Cuarta Internacional, originando lo que pasó a ser conocido como Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional (SU). Frente al surgimiento del SU, los demás grupos de la fracción, que ya completaban diez años de existencia, respondieron proclamando al CI como embrión de un nuevo “partido internacional”, que vendría a sustituir la Cuarta Internacional, considerada “degenerada” por ellos.

De ese proceso de disidencia entre los miembros del CI, surgieron dos narrativas históricas. Las líneas narrativas asociadas al sector recién retornado al SI de Pablo (rebautizado de SU) afirman que la realidad de la posguerra habría presentado formas “no puras” de revoluciones, que diferían de aquellas defendidas originalmente en la Cuarta Internacional y en la elaboración original sobre la transición al socialismo contenida en la teoría de la revolución permanente de Trotski. Mientras el sector mayoritario de la dirección internacional habría hecho las adaptaciones programáticas necesarias a esos fenómenos, el sector minoritario habría actuado de forma dogmática y sectaria, al negarse a lidiar con aquello que escapaba a sus fórmulas pre-concebidas. El retorno de parte de los sectores del CI, en 1963 (formando el SU) era visto como un proceso de “corrección de la política”, en particular después de las experiencias de las revoluciones argelina (1954-62) y cubana (1959-60), fenómenos muy importantes para esta reaproximación.

Esa línea se expresa, por ejemplo, en las narrativas escritas por Pierre Frank y Daniel Bansaïd, ambos importantes dirigentes del SI / SU, cuyas obras consisten en una evaluación de la historia del movimiento trotskista desde el punto de vista del sector mayoritario de esas organizaciones. A pesar de sus pequeñas diferencias sobre cuáles fueron los éxitos y los errores en relación con las posiciones y los análisis adoptados durante los años 1950-60 – diferencias que fluyen del giro del SU en los años 1980 (su adhesión explícita a una estrategia de transición socialista a través de reformas) – siguen siendo verdaderas “historias oficiales”, difundidas por diferentes grupos vinculados a ese sector del movimiento trotskista internacional.5 Ya las líneas narrativas asociadas a los grupos del CI que no optaron por participar de la formación del SU, ven la “corrección política” realizada por el sector mayoritario de la dirección internacional como un “revisionismo” nocivo, que diluía la importancia del partido marxista como el elemento consciente necesario al triunfo de la revolución socialista, y que la llevó a capitulaciones oportunistas. Ese revisionismo frecuentemente llamado “pablismo” y que habría sido impuesto a la Cuarta Internacional en forma de maniobras burocráticas y de interferencia autoritaria en la vida interna de sus secciones nacionales – habiendo forzando la ruptura de los críticos, como una forma de poder continuar trabando su lucha política oposicionista. Así, la salida de parte de los grupos del CI para formar el SU en 1963 es vista por algunos como una “capitulación” tardía al “revisionismo pablista”.

Esa línea se expresa, por ejemplo, en la narrativa escrita por David North, que constituye una evaluación de la historia del movimiento trotskista desde el punto de vista del sector del CI que originalmente estaba asociado con su grupo inglés, lo cual se convirtió en el dominante después de 1963, permaneciendo así hasta mediados de los años 1980. También se expresa parcialmente en narrativas asociadas a grupos que pasaron por las filas del CI en algún momento, como lo escrito por Jean-Jacques Marie, que es el principal historiador de la tradición “lambertista”, y los escritos de Mercedes Petit y Alicia Sagra, ambas asociadas a la tradición “morenista”.6

Cabe señalar que hay otras líneas narrativas de menor visibilidad, como la asociada con la tradición de Tony Cliff (pseudónimo de Yagel Gluckstein) y la revista International Socialism. Según su explicación, el origen de la crisis del movimiento trotskista está enraizado en la adhesión “dogmática” a ciertos pronósticos hechos por Trotski (particularmente la inminencia de una revolución mundial) y, sobre todo, a su caracterización de la URSS como un “Estado obrero” (burocráticamente degenerado) – cuando en realidad, de acuerdo con Cliff, se trataba de una formación social de tipo “capitalismo de Estado”. La aplicación de esa categoría, de “Estado obrero”, a las formaciones sociales originadas por las revoluciones de la posguerra condujo, según Cliff, a una capitulación al stalinismo y a un abandono de la noción marxiana de la revolución social como “auto-emancipación del proletariado”. Por lo tanto, el SS / SU, como el CI, según esa línea narrativa, se perdieron analítica y programáticamente debido a su adhesión al trotskismo de antes de la guerra. De esta manera, la tradición “cliffista” frecuentemente se presenta más como un “retorno” al marxismo que como trotskista. Esta línea narrativa se expresa, por ejemplo, en los escritos del propio Cliff y en el del actual líder del presente grupo principal “cliffista”, el SWP inglés (que no debe confundirse con el SWP estadounidense), Alex Callinicos.7

Por más que todas esas líneas narrativas contengan elementos de verdad sobre las disputas que llevaron a la creciente fragmentación del movimiento trotskista, ellas son muy marcadas por omisiones, distorsiones, explicaciones superficiales y presentan poca documentación. Lo que correctamente todas tienen en común, es el reconocimiento de la centralidad de las revoluciones de posguerra para la crisis del movimiento trotskista, una vez que sus peculiaridades escapaban a la “regla” prevista en las elaboraciones originales. Sin embargo, como el SU se presentaba como la continuación directa de la Cuarta Internacional, la crisis del movimiento trotskista era vista por sus miembros como meras rupturas aisladas de grupos “sectarios”. Ya por parte de sus críticos, que buscaban afirmar que el sector mayoritario de ese movimiento “se perdiera”, bien como diferenciarse de las demás divisiones, hay muchos artículos y folletos con un foco casi exclusivo en la cuestión del “revisionismo pablista”. A pesar de haber sido centrales en las disputas que provocaron la escisión de 1953, las ideas más particulares de Pablo tuvieron impacto temporal limitado.

Ya a mediados del año 1954, con el enfriamiento del clima de intensa polarización internacional entre URSS y EEUU y, consecuentemente, de los discursos radicales asumidos por algunos PCs al rededor del mundo en los años anteriores, él se vio en dificultades para sustentar sus previsiones de una inminente Tercera Guerra Mundial y de un “giro revolucionario” por parte de las direcciones stalinistas.8

Además de eso, es importante destacar que los análisis y posicionamientos delineados por muchos “anti-pablistas” tenían elementos fundamentales en común con las de aquellos que ellos mismos denunciaban como “revisionistas”. Teniendo tales hechos en vista, es problemático que se reduzca la crisis del trotskismo al “revisionismo pablista” y a los embates del período 1951-53 – como si Pablo y sus aliados más próximos, bajo el impacto de los complejos desafíos políticos de la posguerra, hubiesen sido los únicos en realizar una profunda relectura del marco teórico-programático original del movimiento trotskista o, por otro lado, como si sus adversarios fuesen meramente “sectarios”, que no habían entendido tal coyuntura.

El cuadro verdadero es mucho más complejo. El estudio cuidadoso de la historia del movimiento trotskista en la posguerra demuestra que una profunda confusión teórica y analítica se propagó entre sus miembros, sorprendidos ante la vitalidad de las direcciones comunistas alineadas con la URSS ante las masas europeas al fin de la guerra, por la expansión soviética en el Este Europeo y por la eclosión de procesos revolucionarios que lograron expropiar política y económicamente a las clases dominantes en algunos países, estableciendo nuevas formaciones sociales no capitalistas, sin que tuviesen por delante, partidos que los trotskistas consideraban socialistas revolucionarios. Así, para comprender de forma más profunda la crisis de ese movimiento, es esencial que se vaya más allá del conflicto en torno a las ideas más particulares de Pablo. Es necesario detectar los elementos que componen el “núcleo” de tales ideas, habiéndolas originado y a ellas sobrevivido a lo largo de las décadas siguientes, cuando las previsiones más inmediatas de Pablo se mostraron equivocadas. Sólo así se puede tener noción de las (re) lecturas operadas por él y por otros en relación a determinados aspectos centrales en el marco teórico-programático original del movimiento trotskista, como una tentativa de responder a esos nuevos y complejos fenómenos de la lucha de clases.

De la misma forma, es esencial que se vaya más allá de la comprensión de los opositores de Pablo como simples negadores de sus ideas más particulares y se analice de manera más detenida la forma de cómo ellos mismos comprendían el contenido de este marco – y cómo es que algunos de ellos también operaron considerables (re) lecturas. Sin que se proceda de esta manera, es imposible que se comprenda como surgieron tantos “trotskismos” tan diferentes unos con otros a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

A partir del análisis de diversas fuentes, comprendidas en el período de 1944-63, la conclusión a la que se llegó es que en realidad ambos lados operaron relecturas de aspectos centrales de determinado marco original, en la tentativa de comprender y posicionarse ante revoluciones que entonces ocurrían, dotadas de importantes peculiaridades frente a aquello que se esperaba a partir de la teoría de la revolución permanente. Y, en muchos aspectos, compartieron determinadas relecturas, todavía llegando a diferentes conclusiones prácticas. Así, para comprender de forma más profunda cómo el trotskismo llegó a la actual fragmentación y considerable diferenciación, se hace necesario mapear sus análisis y debates sobre las revoluciones de la posguerra. Tales análisis y debates lidiaban principalmente con la caracterización de la fuerza política que estuvo al frente de las revoluciones victoriosas del período, esto es, si el stalinismo era contrarrevolucionario “de pies a cabeza”; si poseía una naturaleza “dual” y “contradictoria”; si se había tornado “objetivamente revolucionario” bajo las condiciones de la Guerra Fría. Lidiaban también con el sentido de la teoría de la revolución permanente – si un postulado sobre la imposibilidad de revoluciones socialistas en las cuales los trotskistas no fuesen el sujeto político y el proletariado el sujeto social; si era una teoría que habría sido plenamente “confirmada” por los eventos de la posguerra; si era una teoría que necesitaría ser “actualizada” o “corregida” a la luz de esos eventos. Y lidiaban todavía con la transición al socialismo – si era posible (y/o necesario) un régimen “intermediario”, de transición entre capitalismo y dictadura del proletariado. Por más que esto ocurriera inmediatamente después a la posguerra, importantes polémicas habían sido llevadas a cabo por los trotskistas, los debates en torno de esos tres puntos, ocurridos a lo largo de los años 1948-63, que moldearon de forma más fundamental algunos de sus principales “troncos históricos” actualmente existentes. A lo largo de los años 1960-70 también fueron realizadas importantes discusiones (por ejemplo, acerca de la viabilidad de la “vía armada”), mas, en buena parte, el núcleo de esos “troncos” ya estaba determinado por sus análisis delineados a lo largo de los años anteriores. Y en gran parte, se puede afirmar lo mismo sobre la forma como ellos analizaron y se posicionaron ante las contrarrevoluciones (restauraciones capitalistas) ocurridas en el “bloque soviético” al final del siglo.

Sin embargo, cabe resaltar que también es imposible alcanzar una comprensión profunda acerca de la crisis del movimiento trotskista internacional sin una dimensión social de su historia. Así, es necesario reconocer que el presente trabajo no consigue explicar por entera la crisis del movimiento trotskista, siendo antes una contribución para tal tarea, que sigue en abierto. Al mapeo y a la sistematización de las diferentes (re) lecturas del marco teórico-programático original de la Cuarta Internacional, aquí presentados, que fueron hechas bajo el impacto de las revoluciones de la posguerra, se hace necesario sumar también un análisis detallado de las diferentes presiones que actuaban sobre (al menos) sus principales secciones nacionales de la posguerra – la norte-americana, la francesa y la inglesa – en el sentido de explicar mejor lo que originó esas diferentes (re) lecturas. Pero esa tarea necesita constituirse como una agenda para la articulación entre diferentes investigadores(as), no como un esfuerzo individual. 

 

El marco teórico-programático original y las peculiaridades de las revoluciones de la posguerra 

 

En la elaboración de su teoría de la revolución permanente, uno de los principales pilares teóricos de la Cuarta Internacional, Trotski concluía que era imposible la realización de una revolución democrático-burguesa en la época imperialista, debiendo ser realizadas las tareas nacional-democráticas a través de una ligación orgánica con las socialistas, teniendo al proletariado como sujeto social de la revolución y al partido marxista como sujeto político.

Esa conclusión se derivaba de la comprensión de la economía capitalista constituyendo una totalidad y del carácter desigual y acordado del desarrollo capitalista de ahí derivado. Pues las formaciones sociales de industrialización “tardía” o “hipertardía” fueron penetradas y moldeadas por los capitales imperialistas previamente existentes, de forma que sus burguesías nativas nacieron en situación de dependencia para con estos, bien como para con las viejas elites agrarias locales, con las cuales se mezclaron. Por lo tanto, esas burguesías no sólo no estarían interesadas en la implementación del programa nacional-democrático de las revoluciones burguesas “clásicas” (entendiéndose estas como, reforma agraria, independencia nacional y democracia), también serían estructuralmente incapaces de realizarlo. Entonces, le correspondería al proletariado realizar tales tareas – una vez que el campesinado fuera una clase heterogénea para ser capaz de una acción política independiente. Mas, al hacerlo, se contrapondría directamente con los intereses de esa burguesía y de los capitales imperialistas, necesitando expropiarlos para efectivamente implementar tal programa. De esa forma, las demandas nacional-democráticas acabarían mezclándose con las socialistas en un proceso de transformación permanente – que inclusive precisaría continuar interna e internacionalmente después de la revolución, como parte de la transición rumbo al socialismo. Pero el proletariado, para ser victorioso en su acuerdo, necesitaría del firme liderazgo de un partido marxista, orgánicamente vinculado a tal clase.9

Por más que Trotski haya contemplado la posibilidad de que “bajo la influencia de una combinación de circunstancias excepcionales (guerra, derrota, quiebra financiera, ofensiva revolucionaria de las masas etc.), los partidos pequeño-burgueses, incluidos ahí los stalinistas, pueden ir más lejos de lo que querían en el camino de la ruptura con la burguesía”, continuó defendiendo la centralidad de la necesidad del protagonismo proletario y del partido marxista en la revolución – inclusive ante esos posibles casos excepcionales, que no deberían ser tomados como modelo. En sus palabras, “Todo depende del proletariado, es decir, de su vanguardia revolucionaria La crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria”.10

Trotski abordó, sin embargo, otra posibilidad excepcional de transformación social, en que el papel del sujeto político previsto en su teoría también sería relativizado en la práctica (pero no su necesidad). En el contexto de la división de Polonia entre Alemania y la URSS (1940), él levantó la posibilidad de una expansión “burocrático-militar” de la formación social soviética en sus regiones limítrofes, que culminó con la expropiación de la burguesía en esos países a partir de procesos tutelados, para que “el régimen de los territorios ocupados [estuviese] de acuerdo con el régimen de la URSS”. Pero advirtió que el criterio político central de la Cuarta Internacional para posicionarse ante tal posibilidad no debería ser la transformación de las relaciones de propiedad, mas sí “la mudanza en la consciencia y organización del proletariado mundial”.11

La mayoría de los procesos revolucionarios que tuvieron lugar en la posguerra ocurrieron en países de la periferia del sistema capitalista, en los cuales el proletariado urbano era poco numeroso – reflexionando una industrialización todavía incipiente – y en los cuales una masa asalariada rural, muchas veces mezclada a las camadas pobres de los campesinos, constituía todavía la mayor parte de la población. Todos comenzaron como procesos cuyas pautas eran nacional-democráticas, y no socialistas. Y, a pesar de sus particularidades, todos poseían una serie de peculiaridades en común que se contrastaban con lo previsto por la teoría de la revolución permanente, aunque la hayan confirmado en algunos de sus aspectos más generales. Ellos tuvieron, como sujeto social principal, la fuerza de trabajo rural. A penas en algunos casos minoritarios el derrocamiento del poder burgués fue acompañado de insurrecciones por parte del proletariado urbano – y, aun en esos casos, se desempeñó un papel secundario en el proceso general. Esa fuerza rural era compuesta de forma heterogénea por el proletariado rural, por pequeños propietarios productores y por una abundante masa de productores arrendatarios y de ex-campesinos recién-expropiados y socialmente desarraigados por el avance de las relaciones capitalistas en el campo.12 Y tuvieron en cuanto sujetos políticos, a organizaciones que no defendían en sus estrategias algo además del programa nacional-democrático, por lo cual el referido sujeto social se movilizó.

Tales sujetos políticos fueron Partidos Comunistas, cuya lógica etapista los hacía atribuir un carácter “democrático-burgués” a las revoluciones que deberían ocurrir en la periferia capitalista, no poniendo al socialismo en el orden del día, o grupos que ni siquiera proclamaban adhesión formal a ideas socialistas y a la centralidad del proletariado como sujeto social revolucionario, teniendo carácter nacionalista y fuerte peso de la intelligentsia urbana de corte pequeño-burgués en sus filas y liderazgos (como en el caso de la Revolución Cubana). Además, en la mayoría de tales procesos no hubo institución de órganos de poder político / autogobierno de las clases dominadas (soviets), siendo que, en los casos en que esos surgieron en algún momento, fueron violentamente suprimidos por el liderazgo del proceso (como en Vietnam). Hay algunos casos (como en Cuba o Yugoslavia) donde fueron creados (de arriba para abajo) órganos que se han presentado como poder político de las masas, pero que no tenían poder real de (o sobre el) gobierno.

Al final, aquellos procesos que no fueron aplastados en su nacimiento, formaron, en el momento inmediatamente posterior a la destrucción del Estado burgués, gobiernos de coalición con representantes de la burguesía nativa y mantuvieron jurídicamente la propiedad privada. Pero, no obstante, aquellos que de hecho realizaron (algunas) de las tareas nacional-democráticas que se proponían – una minoría de los casos – sólo lo pudieron hacer a partir de la ruptura de esa coalición de colaboración de clases y de la expropiación de los capitales nativos e imperialistas – y aquí está la referida confirmación de algunos de los aspectos generales de la teoría de Trotski.

Al liquidar al capitalismo, dieron lugar a formaciones sociales que, en sus aspectos estructurales más generales, bien como en sus regímenes políticos, eran muy similares a la URSS. Y fue solamente en ese segundo momento del proceso revolucionario que los respectivos liderazgos adoptaron discursos socialistas, y no más nacional-democráticos o nacionalistas. Tales casos excepcionales tuvieron lugar en Yugoslavia (1944-48), Albania (1944-45, ignorada por los trotskistas de la época), China (1949-53), Corea del Norte (1946-49), Vietnam (1950-51 y 1975), Cuba (1959-60) y Laos (1975). A estos procesos, debe agregarse la expansión de la URSS en Este Europeo al final de la Segunda Guerra (1944-48), que transformó las relaciones sociales de la región de forma burocrático-militar, a través de la ocupación del Ejército Rojo / Soviético.13

 

Las secciones a seguir presentan un mapeo de cómo diferentes grupos del movimiento trotskista internacional reaccionaron a parte de esos eventos (aquellos comprendidos entre 1944-63) y cuáles fueron las (re) lecturas operadas por ellos para analizar, explicar y posicionarse ante los mismos.14

 

El sector mayoritario: transición gradual al socialismo y autorreforma  del stalinismo

 

De parte del sector mayoritario del movimiento trotskista – el SI y SU, liderados a lo largo del período aquí analizado por Pablo, Mandel, Pierre Frank y Livio Maitan, no conformando siempre un bloque unido15 – los principales análisis, explicaciones y posicionamientos para tales eventos giraron en torno a la introducción en el marco teórico-programático original de las nociones de la posibilidad de una transición gradual entre capitalismo y dictadura del proletariado y de que tal transición podría ser operada por sujetos políticos no marxistas (trotskistas).

Inicialmente (a lo largo de 1944-48), movida por la caracterización del stalinismo como intrínsecamente contrarrevolucionario, la mayoría de las direcciones de la Cuarta Internacional negaron que el Este Europeo hubiera dejado de ser capitalista, habiendo afirmado las tesis del 2º Congreso Mundial (1948), que tal región tenía una “estructura fundamentalmente capitalista”, siendo sus Estados burgueses y dotados de regímenes bonapartistas “en forma extrema”. Pero, desde la Conferencia Internacional de 1946 se encaraba que tal región pasaba por una transformación gradual de las relaciones sociales, las cuales (se decía) estaban siendo realizadas “burocráticamente a partir del tope, sin llamar a la conquista del poder por el proletariado”, a través de una integración “fría” de aquellos países a la Unión Soviética. A ese proceso se le nombró asimilación estructural.16

Esa tesis, de una alteración gradual que todavía no se había completado, sólo fue alterada a mediados del año 1950, a partir del entusiasmo que tomaron sectores de la Cuarta Internacional ante la “ruptura Tito-Stalin” (junio de 1948), expreso en el apoyo acrítico a Tito y su régimen17. Pues la mayoría del Comité Ejecutivo Internacional (CEI – órgano deliberativo del cual el SI era el brazo operativo), en especial Pablo, evaluó que tal ruptura significaba que el PC yugoslavo había dejado de ser un partido stalinista y se había tornado “centrista de izquierda”, evolucionando rumbo a tornarse revolucionario. Y después de intensa disputa en el interior del liderazgo, principalmente entre Pablo (que se tornó favorable a la mudanza de la caracterización) y Ernest Mandel (otro militante conducido a la dirección internacional por el SWP, que mantenía su evaluación sobre el supuesto proceso incompleto de “asimilación estructural”), se aprobó en el 8º Plenario del CEI, de abril de 1950, la caracterización de Yugoslavia como un Estado obrero y una dictadura del proletariado. Siguiendo a esa mudanza, se aprobó en el 9º Plenario, de noviembre de 1950, la resolución que reconocía la destrucción del capitalismo en el Este Europeo como un todo y clasificando las demás formaciones sociales de la región como Estados obreros burocráticamente deformados.18 

Pero la explicación final para la transformación del Este Europeo incorporó la tesis gradualista de la “asimilación estructural”, encarando que esta había ocurrido a lo largo del período de 1944-48. De forma semejante, se encaró que hubo un período intermediario entre capitalismo y dictadura del proletariado en Yugoslavia, entre 1944 y la ruptura con Moscú y con los representantes burgueses del gobierno provisorio, en 1948.19 Llevando en cuenta también la experiencia de la Revolución China, la mayoría del liderazgo internacional pasó a encarar que un PC que rompe con Moscú y / o va más allá de su programa nacional-reformador deja de ser contrarrevolucionario, tornándose centrista, y rumbo a tornarse revolucionario, debiendo ser apoyado críticamente por los trotskistas20.

Posteriormente, esa lógica de “apoyo crítico” fue extendida a grupos nacional-reformadores pequeños-burgueses con influencias de masas, como en los casos argelino y cubano. Y, a pesar del MNR boliviano (Movimiento Nacionalista Revolucionario), que asumió ser el poder a partir de la revolución de 1952, una formación claramente burguesa, aunque con un grupo con fuerte influencia sindical, fue así caracterizado por el liderazgo internacional para justificar el apoyo a su gobierno de la sección local.

Para sustentar analíticamente esas posiciones, Pablo, Mandel y el sector mayoritario del liderazgo internacional realizaron una relectura de la expresión “Gobierno Obrero y Campesino” para explicar los gobiernos de coalición con elementos burgueses formados en un primer momento de esos procesos revolucionarios. Así, ella fue utilizada para designar un “doble poder” al interior del Estado y para apuntar como tarea para los trotskistas el “apoyo crítico” a tales gobiernos, con la perspectiva de “empujarlos” a la destrucción del capitalismo y a la formación de Estados obreros21.

O sea, ellos transformaron lo que antes era un slogan de agitación (tradicionalmente utilizado en el léxico bolchevique y trotskista como un sinónimo para dictadura del proletariado22) en un concepto de régimen de transición entre capitalismo y dictadura del proletariado, que podría avanzar en la expropiación de la burguesía o retirarse para la consolidación del poder de esta. Además de eso, lo utilizaron como base para conferir apoyo político a regímenes diversos. En el referido caso de la Revolución Boliviana, el Partido Obrero Revolucionario puso su influencia dentro de la Central Obrera Boliviana a servicio del “ala izquierda” del gobierno del MNR, llevando a resultados trágicos)23.

En la guerra de la independencia de Argelia (1954-62), se apoyó la FLN (Front de Libération Nationale) y su gobierno24. Además de eso, en relación a los regímenes criados por los procesos yugoslavos y chinos, tal sector negó que hubiese en ellos una ausencia cualitativa de democracia, concluyendo que poseían solamente “deformaciones burocráticas”, que podrían ser reformadas a partir de presiones de izquierda sobre sus liderazgos – donde no haya defensa de una revolución política. De esa forma, descartaron la necesidad de construcción de un partido trotskista independiente, apuntando, a lo más, la perspectiva de formación de un “ala izquierda” al interior del partido al frente del régimen.25

La misma lógica, basada sobre la posibilidad de una “autorreforma” del stalinismo, fue después aplicada al caso cubano (1959)26.

Por fin, a pesar de haber reconocido la preponderancia de la fuerza de trabajo rural en esos tres procesos (definida de forma simplista como “campesina”), tal grupo mayoritario los consideró pura y simplemente como revoluciones proletarias, las cuales habrían confirmado plenamente la teoría de la revolución permanente, indicando no haber diferencia cualitativa entre los resultados deseados por los trotskistas y aquellos concretamente realizados. Así, dichos procesos fueron tomados como modelos para una vía más fácil al socialismo – a despecho de su excepcionalidad numérica ante varias otras situaciones explosivas que ocurrieron en el mismo período y de la ausencia de democracia proletaria y de orientación internacionalista de los regímenes criados.

Cabe destacar que, durante cierto tiempo (1951-54), predominó entre la mayoría del liderazgo internacional el análisis más particular desarrollada por Pablo, según la cual una inminente Tercera Guerra Mundial forzaría al stalinismo a operar un “giro revolucionario” mundo afuera, como forma de asegurar la sobrevivencia de la burocracia soviética. Además, esta supuestamente sería disuelta gradualmente luego de la revolución mundial, como fruto directo del desarrollo de las fuerzas productivas.

Luego, Pablo derivó la perspectiva de que el papel del trotskismo sería el de ser un “ala izquierda” de ese stalinismo tornado “objetivamente revolucionario”, inclusive adentrando los PCs a través del ocultamiento de partes de su programa y de su propia identidad trotskista (el “entrismo sui generis”, aplicado con resultados desastrosos en lugares como China).27

A pesar de que esas ideas más particulares de Pablo, comúnmente designadas por sus críticos del “revisionismo pablista”, hayan tenido vida corta (debido a la detención de mediados de los años 1950), ellas comparten el núcleo básico por detrás de las (re) lecturas operadas por ese sector mayoritario del movimiento. Núcleo caracterizado por la noción de que sujetos políticos “imperfectos” (stalinistas o “centristas”) pueden ser llevados a dirigir una revolución socialista, si son presionados por determinadas condiciones objetivas, debiendo los trotskistas apenas “guiarlos” y “empujarlos” para la izquierda, en lugar de intentar constituir un liderazgo alternativo de masas. Y también de que las burocracias de los Estados obreros de la posguerra podrían “autorreformarse” rumbo a una genuina democracia proletaria28.

Así, si no se puede hablar de “pablismo” para designar de forma precisa tal sector (una vez que las ideas más particulares de Pablo tuvieron vida corta), ciertamente se puede afirmar que él realizó una relectura de algunos de los puntos más esenciales de lo que era el trotskismo antes de la Segunda Guerra, originando una nueva estrategia. Esa estrategia fue formulada con base en la perspectiva de la posibilidad de que sujetos políticos “imperfectos” asciendan al poder vía movilizaciones de masas, formando “Gobiernos Obreros y Campesinos”, siendo “empujados” a crear Estados obreros. Ante lo que los trotskistas quedarían reducidos a un papel secundario, no deseando más el objetivo central de la Cuarta Internacional cuando refiere a su fundación – de ser la solución para la “crisis de dirección” del proletariado. Esa estrategia perduró hasta el giro reformista del SU, en los años 1980.

 

Los “anti-pablistas”: ausencia de análisis alternativos 

 

Los auto titulados “trotskistas ortodoxos”, o “anti-pablistas” – los sectores que inicialmente compusieron el Comité Internacional, como el SWP de los EEUU, la Socialist Labour League inglesa (SLL, nombre que asumió el The Club al dejar el Labour Party), el PCI-La Verité francés y el Secretariado Latinoamericano del Trotskismo Ortodoxo (SLATO) de Nahuel Moreno (pseudónimo de Hugo Bressano) – a pesar de su ruptura con los que los consideraban “revisionistas”, mantuvieron los mismos análisis desarrollados por ellos para explicar la transformación del Este Europeo y las Revoluciones Yugoslava y China. Esto es, PCs que dejaron de ser stalinistas por ir más allá de su programa nacional-reformista; existencia de regímenes transitorios entre capitalismo y dictadura del proletariado; posibilidad de revoluciones exitosas lideradas por sujetos políticos “imperfectos” y sujetos sociales no proletarios. Inclusive, compartieron momentáneamente el entusiasmo con Tito y el PC Yugoslavo (asunto acerca del cual los tres realizaron zigzags29). Por lo tanto, no contestaron de forma decisiva a la perspectiva de una nueva estrategia de transformación social gradual y liderada por no marxistas (trotskistas), adoptando posturas contradictorias sobre el tema. Pues, por un lado, no presentaron análisis alternativos a aquellos del sector mayoritario, por otro lado denunciaron, a partir de momentos diferentes, lo que veían como un “liquidacionismo” de los “pablistas” en relación al stalinismo, combatiendo la propuesta del “entrismo sui generis” y recusándose al “apoyo crítico” de los gobiernos chinos y yugoslavo, defendiendo, al contrario, la necesidad de una revolución política para instaurar una democracia proletaria, por considerar a ambos como Estados obreros burocráticamente deformados.

Fue esa la base de la formación del CI, en 1953 – sumada a la oposición a los métodos burocráticos de Pablo y de sus aliados (también se expresa a partir de momentos diferentes de cada uno).30 Mas algunos – como el SWP y SLATO – por no haber producido análisis alternativos para los casos del Este Europeo, Yugoslavia y China, llegaron a conclusiones semejantes a las de la mayoría del SI frente a procesos como el argelino – de “apoyo crítico” primero al MNA (“Movimiento Nacionalista Argelino”) y después a la FLN – y el cubano – de “apoyo crítico” al Movimiento 26 de Julio (M26J). Así, consideraron que tales fuerzas serían capaces de traer el socialismo a dichos países a partir de la construcción de “Gobiernos Obreros y Campesinos” que, posteriormente, se transformarían en Estados obreros. De ahí la reaproximación de esos sectores con el SI, que formó el SU en 1963.31

El SWP, bajo el liderazgo de Joseph Hansen en los años 1960, fue más allá, y se tornó cada vez más “castrista”, en el sentido de que su defensa de la Revolución Cubana y su apoyo político al régimen castrista se transformaron en su centro gravitacional, a punto que el partido paulatinamente haya abandonado a la defensa de una internacional trotskista y del propio trotskismo: a lo largo de la primera mitad de los años 1980, entonces bajo el liderazgo de Jack Barnes, el SWP pasó a defender la formación de una nueva internacional encabezada por las fuerzas castristas, a través del abandono de la teoría de la revolución permanente y su substitución por la perspectiva estratégica de construir “Gobiernos Obreros y Campesinos” en todo el mundo, como el primer paso necesario para la construcción de una dictadura del proletariado.32

Ya desde el SLATO, Nahuel Moreno realizó una síntesis que se presentaba como una revisión / actualización de la teoría de la revolución permanente y profesaba una estrategia de revolución en dos fases – una primera “inconsciente” (febrero) y una segunda “conscientemente socialista” (octubre). En la primera fase, marcada por el programa nacional-democrático y por la formación de gobiernos de coalición con la burguesía nativa, los trotskistas deberían apoyar los liderazgos “inconscientemente revolucionarios” del proceso e inclusive fundirse con ellos en la forma de un “Frente Único Revolucionario”, a fin de que fuesen más allá de su programa y rompiesen con la burguesía, permitiendo la transición para la segunda fase (socialista).33

Más tarde, a mediados de los años 1980, Moreno adjuntó a su revisión / actualización la noción de “revolución democrática triunfante”, según la cual la mudanza de régimen político dentro del Estado burgués constituye una “revolución de febrero” y, consecuentemente, puede ser la antesala de la revolución socialista. Siendo que tal proceso sería posible de tener como sujeto social a la burguesía liberal y como sujeto político a miembros del alto escalón del aparato militar burgués (como en el caso del General Bignone, en la transición argentina de 1983).34

A su vez, otros grupos del CI – como la SLL inglesa (liderada por Gerry Healy, Michael Banda y Cliff Slaughter) y el PCI-La Verité francés (liderado por Stéphane Just y Pierre Lambert) – a pesar de tampoco haber desarrollado análisis alternativos a aquellos heredados del período 1944-53, y de haber apoyado el MNA como siendo el “ala socialista” de la Revolución Argelina35, ante el caso cubano se contrapusieron a lo que vieron como una “capitulación” del SWP / SLATO / SI al M26J.

Ante la aproximación de sectores del CI con el SI, ellos pasaron a defender que la teoría de la revolución permanente significaba que una revolución sólo puede ocurrir bajo el liderazgo de un partido socialista revolucionario (trotskista). Sin embargo, el hecho de que ellos no desarrollaron explicaciones alternativas para los análisis gradualistas de los procesos revolucionarios anteriores hizo con que tuvieran dificultades en explicar el caso cubano, habiendo negado que ocurrieron mudanzas sociales cualitativas y afirmado que el país permanecía siendo una formación social capitalista. En ese sentido, la SLL caracterizó el gobierno del M26J como una “dictadura bonapartista capitalista” y el PCI como un “gobierno burgués fantasma” – siendo que ese modificó su caracterización después de casi dos décadas, en 1979, para “Estado obrero deformado”, cuyo origen fue explicado por la noción gradualista contenida en el nuevo concepto de “Gobierno Obrero y Campesino”.36 

 

Los análisis alternativos de algunos “anti-pablistas” olvidados

 

Existían otras posiciones entre los ni un poco homogéneos auto titulados “trotskistas ortodoxos” / “anti-pablistas”. Algunos sectores minoritarios – frecuentemente ignorados por la Historia – presentaron no sólo posicionamientos diferentes, sino que también análisis alternativos para las revoluciones de la posguerra. Fue el caso del sector mayoritario del Revolutionary Communist Party inglés (RCP), el único sector de la Cuarta Internacional que, en los años 1940, se enfrentó primero con la caracterización del Este Europeo como siendo capitalista y después con las nuevas tesis y relecturas desarrolladas para explicar la transformación de este y de Yugoslavia según una lógica gradualista (y también se enfrentó con el apoyo a Tito).

Luego de años de duros enfrentamientos con el liderazgo internacional, que demandaba un “entrismo profundo” del RCP en el Labour Party y que llegó a escisionar al grupo (desde ahí el origen del The Club), fue disuelto en 1949, tornándose parte del The Club, al interior del Labour Party, y tuvo su liderazgo original expurgado. Fue también el caso de dos tendencias que surgieron en momentos diferentes al interior del SWP de los EEUU, la “Tendencia Vern-Ryan” (del sectorial de Los Ángeles) y la “Tendencia Revolucionaria” (de los sectoriales de New York y de la Bay Area de San Francisco), que contestaron las credenciales “ortodoxas” y “anti-pablistas” del liderazgo del partido (James Cannon, Joseph Hansen, Murry Weiss, Farrel Dobbs). La primera, entre 1950-54, criticó la tesis gradualista utilizada para explicar los procesos del Este Europeo, Yugoslavia y China y el apoyo político dado a los dirigentes de esos dos últimos países, además de haberse opuesto a la línea adoptada ante la Revolución Boliviana, considerándola como “colaboración de clases”. Y la segunda, entre 1961-63, criticó el apoyo político al régimen cubano del M26J, la reaproximación acrítica del SWP con el SI y la política de no disputar el movimiento por los derechos civiles de los negros y negras y, al contrario, apoyar sus liderazgos no socialistas revolucionarios. No habiendo coexistido, lo que se puede afirmar, es que esos grupos gozaban de posicionamientos centrales en común, algunos de los cuales, inclusive, “heredados” de aquellos que los precedieron – posicionamientos que presentaban lecturas diferentes tanto de los trotskistas mayoritarios del SI / SU, como de los que supuestamente combatían el “revisionismo” de estos, desde una posición “ortodoxa” (SLL y PCI)37.

El RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” criticaron la idea – inicialmente defendida por Mandel en 1948-50 y, después, por los “anti-pablistas” en los años 1950 – de que el stalinismo sería intrínsecamente contrarrevolucionario, afirmando que esta era un abordaje “unilateral” y que era de ella que venía la “capitulación” por parte de los “pablistas” (por considerar que un PC que dirige una revolución deja “automáticamente” de ser contrarrevolucionario) y criticaron la negación – por parte de los supuestos “trotskistas ortodoxos” / “anti-pablistas” – de las mudanzas sociales que tuvieron lugar las revoluciones dirigidas por los stalinistas (por considerar que era imposible una revolución sin marxistas / trotskistas como su sujeto político). De forma semejante, la “Tendencia Revolucionaria” criticó la afirmación de los supuestos “ortodoxos” que permanecieron en el CI después del año 1963 de que no habían ocurrido cambios sociales cualitativos en consecuencia de la Revolución Cubana.

En contraposición, rescataban los análisis de Trotsky sobre el “carácter dual” de la burocracia soviética para explicar lo que había ocurrido en el Este Europeo. Ya para explicar las Revoluciones Yugoslava y China, la “Tendencia Vern-Ryan” extendió esa caracterización del stalinismo al plano internacional, considerándolo centrista, al paso que la “Tendencia Revolucionaria” simplemente apuntó la posibilidad excepcional de un partido no-socialista revolucionario con base de masas y dirección pequeño-burguesa para dirigir una revolución, conforme ya constaba en el Programa de Transición (1938). Además, el RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” negaron, vía la teoría de la revolución permanente, la posibilidad de existencia de regímenes sociales intermediarios entre capitalismo y dictadura del proletariado, apuntando que lo que ocurrió en las revoluciones de la posguerra fueron expropiaciones políticas “inconscientes” (no socialistas, mas deseosas de una conciliación imposible con la burguesía y el imperialismo), las cuales luego precisaron adentrarse en el terreno de las expropiaciones económicas para evitar la contrarrevolución (o fueran derrotadas por su vacilación en hacerlo). Y, aunque la “Tendencia Revolucionaria” haya recorrido al concepto de “Estado/régimen transitorio” para analizar el caso cubano, similar a la relectura de “Gobierno Obrero y Campesino” del sector mayoritario, los tres grupos negaron la posibilidad de transformaciones sociales anticapitalistas graduales. De esa manera, el RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” analizaron la transformación del Este Europeo como fruto de una expansión burocrático-militar de la URSS, que expropió políticamente a la burguesía ya en 1944, aunque a penas en 1948 la haya eliminado formalmente del gobierno.

Según sus análisis, habría ocurrido una transformación cualitativa luego del fin de la guerra, no un proceso gradual de mudanza social. Y, los tres grupos, consideraron los procesos yugoslavos, chinos y cubanos como casos excepcionales, en los cuales la lógica objetiva forzara liderazgos no socialistas revolucionarios a ir más allá de sus programas, pues necesitaron expropiar política y económicamente las burguesías nativas y capitales imperialistas no apenas como única forma de realizar las demandas nacional-democráticas deseadas por las masas, pero esencialmente como forma de asegurar su existencia física en un contexto de guerra civil. Sin embargo, encararon que los liderazgos de los procesos que efectivamente expropiaron la burguesía no deberían ser apoyadas por los trotskistas, pues ellas habrían originado Estados obreros burocráticamente deformados, con un liderazgo contrario a la expansión internacionalista de la revolución y, efectivamente, contrarrevolucionario en el plan internacional. En base a esto, defendían la perspectiva de formación de partidos marxistas (trotskistas) capaces de liderar una revolución política para la instauración de regímenes de genuina democracia proletaria. Y no veían tales procesos como un modelo o regla que demandase una nueva estrategia revolucionaria, habiendo apuntado a la existencia de otros numerosos casos donde el camino seguido fue lo contrario – esto es, de la conciliación con la burguesía y el imperialismo a cuesta de las demandas nacional-democráticas y, consecuentemente, del socialismo.

Además, la “Tendencia Vern-Ryan” señaló el caso de la Revolución Boliviana de 1952 como prueba de que los “anti-pablistas” compartían las mismas desviaciones metodológicas fundamentales de los “pablistas”, puesto que tuvieron la misma posición y tuvieron responsabilidad compartida por la línea del POR. De ahí que las convergencias prácticas que ellos han tenido acerca del “apoyo crítico” al gobierno de coalición formado por el MNR (e incluso de manera más abierta, al “ala izquierda” de ese partido), lo que hizo con que la lucha por el poder proletario eliminada del orden del día.38

A pesar de esas importantes diferencias con los autodenominados “trotskistas ortodoxos”, cabe resaltar que esos sectores no cuestionaron la noción de que los sujetos sociales de muchos procesos revolucionarios de la posguerra fueron “campesinos pobres”, habiendo fallado igualmente en detectar las importantes mudanzas por las cuales pasó la fuerza de trabajo rural como consecuencia de la profunda expansión de capitales imperialistas para la periferia capitalista en la posguerra. Y fallaron también en detectar la participación proletaria en eses procesos – participación esa reducida, pero presente en el momento crucial de las expropiaciones económicas.

 

Otros dos análisis: Ted Grant (RSL / IMT) y Tony Cliff (IST)

Por último, deben ser mencionadas otras dos (re) lecturas. La que desarrolló Ted Grant durante los años 1960-70, cuando estaba la Revolutionary Socialsit Legue inglesa (RSL, después de su expulsión del The Club, en la secuencia de la disolución del PCR), y mantenida durante los años 1990, cuando él fue expulsado de la RSL y creó la International Marxist Tendency (IMT). Abandonando el análisis y las explicaciones que se desarrolló cuando en el liderazgo del PCR, Grant explicó las revoluciones de la posguerra a través del concepto de bonapartismo proletario, según el cual las “guerras campesinas” ocurridas en los países semi-coloniales, si fueran triunfantes, crearían regímenes bonapartistas basados en los “ejércitos campesinos” utilizados contra el Estado colonial. Esos regímenes se enfrentarían, entonces, con dos alternativas: la lucha contra la burguesía nativa y el imperialismo para lograr las tareas nacionales-democráticas, originando “Estados obreros bonapartistas”, o la represión de sus bases en un pacto con esas fuerzas, originando “Estados burgueses bonapartistas”.39

Aunque Grant veía a esos “Estados obreros bonapartistas” como “aberraciones temporales” y defendía la necesidad de revoluciones políticas para implementar regímenes de democracia proletaria, la fragilidad de los criterios subyacentes a esta tesis (la idea de que es posible una transición hasta un “Estado obrero” por opción de una burocracia sin vínculos de clase) lo llevó a reconocer “Estados obreros bonapartistas” en varios casos diferentes de conflictos militares ocurridos en la periferia capitalista, como Siria, Camboya, Angola, Mozambique, Etiopía, Somalia, Myanmar, Afganistán… y la lista continúa.40

En épocas más recientes, esta tesis llevó al IMT a un gran entusiasmo con el llamado “socialismo bolivariano”, teniendo su figura principal, Alan Wood, sirviendo como “consultor político” de Hugo Chávez durante muchos años. Ya Tony Cliff (también ex miembro del RCP inglés, expulsado de la Cuarta Internacional en 1950) – y la actual International Socialist Tendency (IST), que reivindica su herencia política –rechazó el concepto de “Estado obrero” para definir a la URSS, caracterizándola, en 1947, como una formación social de tipo capitalista de Estado, y argumentó que reconocer que “Estados obreros” se originaron en la posguerra por una vía que no era la de “la auto-emancipación del proletariado” llevaría necesariamente al “liquidacionismo pablista”. Por lo tanto, a principios de los años 1960, Cliff desarrolló la tesis de la revolución permanente desviada para explicar las revoluciones de la posguerra – una reinterpretación / actualización de la teoría de la revolución permanente según la cual, en ausencia de un liderazgo socialista revolucionario y de una movilización del proletariado urbano, algunos procesos de “guerra campesina” liderados por una intelligentsia urbana pequeño-burguesa y “estatista” habrían originado Estados burgueses independientes del imperialismo y basados en un sistema de capitalismo de Estado. En otras palabras, revoluciones burguesas-democráticas peculiares, las cuales habrían sido posibles a causa de la pérdida de importancia de las colonias por el imperialismo bajo un régimen de acumulación capitalista de tipo “guerra permanente” y la debilidad política coyuntural del proletariado en esos países.41

 

Conclusión 

 

Ciertamente la historia del movimiento trotskista internacional no termina con la reunificación parcial de 1963 y la formación del SU – esa apenas encierra uno de sus capítulos y abre otro nuevo. Mas, a pesar de los debates y análisis tejidos por los diferentes grupos acerca de eventos posteriores (en especial los debates sobre la vía guerrillera), componer parte esencial de esa historia, el marco teórico-analítico y programático utilizado por ellos y aquí presentado, fue fundamental.

Salvo excepciones puntuales, los debates que van de 1963 al final de los años 1970 no son propiamente teóricos, mas son concernientes centralmente a cómo aplicarlo debidamente, en el transcurrir de intensos conflictos de clases, aquellas ideas anteriormente formuladas entre 1944-63. Los desarrollos posteriores de ese movimiento, que culminaron en su creciente división organizativa, también están menos ligados a debates nuevos que a viejos debates aplicados a nuevos casos, bastante similares a aquellos “originales”, que constituyeron las matrices interpretativas elaboradas por cada grupo / “tronco histórico”. Así, sin descartar la importancia del período que va desde la reunificación de 1963 a los nuevos eventos explosivos de los años 1980 – las contrarrevoluciones capitalistas dentro del “bloque soviético”, las cuales constituyen todavía un nuevo capítulo decisivo de la historia del trotskismo – se puede afirmar que lo esencial para comprender ese primer largo capítulo de la posguerra (1944 a fines de la década de 1970) se encuentra en los debates y disputas ocurridas a lo largo de los años 1940-1960.

Conforme se vio, las revoluciones de la posguerra ocasionaron entre los trotskistas de la época una serie de diferentes relecturas acerca del marco teórico-programático original del movimiento, las cuales no siempre fueron explícitas. Sin embargo, los dos polos principales que se formaron, los cuales acabaron por consolidarse en 1953 en la forma de una Cuarta Internacional desfalcada y de un débil Comité Internacional con supuestas funciones de fracción pública, estaban lejos de ser bloques homogéneos y defensores de análisis y posicionamientos diametralmente opuestos, como dan a entender las diferentes narrativas todavía predominantes hoy en día.

Bajo las diferentes y poderosas presiones de producir respuestas para eventos políticos inesperados, al mismo tiempo en que se encontraban altamente aislados ante las fuerzas que pudieron superarlos internacionalmente en términos de visibilidad e influencia, la mayor parte de los trotskistas acabó por distanciarse del sofisticado marco teórico-analítico heredado de la preguerra, en especial de las contribuciones personales de León Trotsky.

Bajo tales presiones, sumadas a las presiones particulares a que cada grupo trotskista estaba sometido en su país, ellos substituyeron la necesidad del “análisis concreto de la situación concreta” por la pronta aplicación de diferentes fórmulas casi mecánicas, enyesando así tal contenido. Sin tomar en cuenta esos diferentes análisis y posicionamientos, fruto de presiones diversas, mas, sobretodo, de la necesidad de comprender fenómenos inesperados y en cierta medida genuinamente nuevos, es imposible entender cómo el trotskismo acabó por fragmentarse en “troncos históricos” muy distintos unos de otros. En gran parte, es de esos análisis y posicionamientos que vienen los orígenes de buena parte de ellos. Pero el rescate de los debates ocurridos en el seno del movimiento trotskista internacional y el mapeo del aspecto teórico-programático de su trágica crisis representan apenas un primer paso para comprenderla. Se debe, pues, tener en mente que es imposible llegar a una comprensión más profunda acerca de esa crisis sin una dimensión social de la historia de ese movimiento, siendo el presente trabajo apenas una contribución para la tarea de rescatar el internacionalismo proletario que la Cuarta Internacional intentó concretizar. Rescate que, tanto del punto de vista historiográfico, como político, continúa siendo realizado. 

 

(Artículo tomado de la Revista Izquierdas: http://www.izquierdas.cl/images/pdf/2017/n36/art1.pdf)

 

(Imagen: manifestación del partido Comunista Revolucionario del Reino Unido, IV Internacional, 1947)

La Revolución de Octubre y la guerra de las interpretaciones

por Pepe Gutiérrez-Álvarez //

1. Introducción

Estas notas se inscriben en el espacio de la “gran derrota” del “desafío soviético”, pero también en el inicio de una nueva coyuntura en la que el “pensamiento único” sobre Octubre del 17 está siendo contestado, de una réplica que se está manifestando en la propia amplitud que el centenario está logrando en muchas partes. De alguna manera, este combate por la historia está resultando como una reedición de otras “resurrecciones”, solamente que esta vez el pozo de la derrota ha sido infinitamente mayor. También sucede que después de todo lo que ha caído, la explicación del siglo ha perdido en homogeneidad y ha ganado, si acaso, en matiz, ahora ya no solamente hay debate entre las escuelas, es que cada escuela representa puntos de mira bastante diversificados.

Tanto fue así que en 1989 pareció que el mundo había cambiado de base aunque en el sentido inverso al expresado por la letra de La Internacional. Esta “derrota final” requiere una explicación aunque sea telegráfica. La URSS nació con la primera guerra mundial y pareció consolidada definitivamente después de la segunda, o sea tres décadas después. Todavía en 1967, con ocasión del 50 aniversario de Octubre, era contemplada con buenos ojos por la opinión mayoritaria. Aunque ya “no es nuestra vanguardia, sí seguía siendo nuestra retaguardia” (Sacristán). 1/

Por entonces ya se había abierto una crisis de largo alcance perfilada desde datos como la muerte de Josef Stalin, llamado con propiedad el “Zar rojo”; huelga general en Alemania del Este (1953); Informe Kruschev sobre los crímenes de Stalin y caída de Beria y otros; revolución de los consejos obreros en Hungría (1956); cisma chinosoviético y emergencia del “policentrismo” en Italia; revolución cubana ajena a la tradición comunista oficial; inhibición soviética en la defensa del pueblo del Vietnam; mayos del 68 que cuestionan el papel de los partidos comunistas; “primavera de Praga” que expresa la última tentativa “reformista” del llamado “socialismo real”.

Pero por ese mismo tiempo, el “comunismo” ya había padecido una derrota en la “guerra fría cultural” en la que el “Imperio” supo tomar la iniciativa oponiendo democracia a dictadura. 2/ Esta decadencia culminaría con la simbólica “caída del Muro de Berlín” y todo lo demás. A pesar de sus logros económicos y sociales la “nomenclatura” (extraña ósmosis entre la vieja y la nueva burocracia) había ahuyentado cualquier soporte de las masas trabajadoras hasta el punto que, en el momento de la descomposición, lejos de encontrar el apoyo de los trabajadores, los tuvo más bien a la contra. Resultó que, mientras que eventos históricos como la guerra española demostraron la existencia de una resistencia popular, capaz de enfrentarse a un golpe de Estado despiadado, en este caso los movimientos más importantes fueron de rechazo, baste mencionar los ejemplos de Solidarność o de la Plaza de Tiananmen. Otro detalle determinante fue que el modelo de seducción fue el del “Estado del Bienestar” de los sesenta, un espejismo no muy diferente al que sufrieron los trabajadores que creyeron en el “socialismo” de la URSS.
Una consecuencia de esta “desastre geoestratégico”, fue que el capitalismo democrático-liberal vendió la idea del final de la vieja historia de la lucha de clases por el simple hecho de que…la habían ganado. Fuera de él no había otra puerta que la propia del infierno del Dante de “Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”. Una premisa que llegó a imponerse en la izquierda tradicional incluyendo la de filiación comunista como ilustra perfectamente el suicidio del PCI, y que por supuesto acondicionó radicalmente cualquier debate histórico.

2. Después del 68

Esta nueva situación se impuso –paradójicamente- a continuación de un ciclo “radical” expresado en los diversos “mayos” (Francia, Italia, México…), así como en el movimiento contra la guerra del Vietnam, en una oleada radical internacional que demostró a las élites lo falso que era eso de que “la revolución había muerto” como se había vaticinado como consecuencia de los logros del “Estado del Bienestar”. En su mayor parte este movimiento comprendió un fuerte rechazo a los regímenes del “socialismo real” así como a los partidos comunistas burocratizados. Significó una recomposición desde lo que se llamó genéricamente la “nueva izquierda”, la misma que desarrolló grandes aportaciones culturales y teóricas en todos los terrenos sin excepción, incluyendo la recuperación de los herejes “congelados” por el estalinismo (Rosa Luxemburgo, Gramsci, Trotsky, Victor Serge, Arthur Rosenberg, etcétera), la recuperación de obras como la de John Reed que había sido prohibida o manipulada, así como la emergencia de una nueva hornada de historiadores críticos con el historial soviético. Autores tan diversos como rigurosos que, entre otras cosas, conquistaron “el mercado” y a las “nuevas izquierdas” como Edward H. Carr, Eric J. Hobsbawn, Moshe Lewin, Marcel Liebman, Christopher Hill, Stephen F. Cohen, Ernest Mandel, Paul Avrich, Pierre Broué, con nombres como los de Manuel Sacristán y Francisco Fernández Buey entre nosotros, partes de un largo etcétera que reflejaban una revitalización singular que llegó hasta el seno de los partidos comunistas hasta entonces encerrados en su oficialismo, 5/ sobre todo en los casos del británico y el italiano. Esto significó la dinamitazación de los patrones oficialistas que comenzaron a ser, dando lugar a una variante historiográfica que se ha querido enterrar, pero que resulta de un valor incuestionable.

Con sus numerosos matices, abrieron una vía de conocimiento y debate en oposición radical de las historias establecidas. Se oponía tanto al canon oficialista producido por la “escuela de falsificación” estalinista o la “revisionista ulterior” (y no digamos en su versión maoísta ya archivada) como al de los cold warrior a la manera de Robert Conquest reafirmada por François Furet, dos arrepentidos cuya metodología radicaba en obviar todo lo referente a la historia del capitalismo amén de establecer las características de la URSS a través de los desmanes del estalinismo unilateralmente. Estableciendo una comparación con la privilegiada “democracia americana”, apoyados desde universidades y fundaciones destinadas a justificar el derecho del “Imperio” a defenderse frente a la “amenaza soviética” aunque fuese en Chile o España. Estaban sostenidos por un entramado propagandístico que abarcaba desde la más modesta hoja parroquial hasta las grandes producciones de Hollywood. Fueron los antecesores de los “especialistas” que actualmente trabajan en el “frente cultural” desde la prepotencia como la mostrada con los gritos de desprecio del “comunismo” que habían sido característicos del franquismo.
En El siglo soviético (Crítica, Barcelona, 2005), Moshe Lewin detalla en su introducción los desenfoques sobre la realidad soviética producidos por las universidades norteamericanas para la CIA. El método denigratorio se basaba primordialmente en la comparación de “modelos” cuando en 1922, el ingreso de un ciudadano soviético era 33 veces inferior al de un estadounidense. A pesar del abismo suscitado por las guerras y su espantosa devastación, del cero y los 27 millones de muertos de una II Segunda Guerra Mundial que enriqueció a Estados Unidos y reafirmó su dominación planetaria, de la carrera armamentística imperial, de los enormes gastos derivados de la gestión burocrática, en 1990 la diferencia ya sólo era de uno a cuatro o cinco. Lo que nos viene a decir Lewin con su obra es que la gran paradoja del “siglo americano” es que este fuese replicado por el “siglo soviético”. Un “siglo” sostenido por la potencia que humilló Japón en la guerra de 1904-1905, y que actuó al servicio de los intereses británicos en la del 14. De una revolución que sufrió guerras devastadoras y un cerco internacional cuya mayor, pero no única expresión, fue la ocupación nazi. Cierto: semejante contraste jamás habría existido sin el apoyo del movimiento obrero que mantuvo una “ilusión” que, entre otras cosas, advertía a los poderosos que la revolución era posible, al tiempo que señalaba a los países coloniales o semicoloniales las posibles vías de un desarrollo industrial acelerado.

3. ¿No hay alternativa?

El establecimiento de un “pensamiento único” en relación al legado de Octubre encaja como un guante en la premisa según la cual el “There Is No Alternative” al decir célebre de Margaret Thatcher, en una dogmática liberal omnipresente en toda clase de medios: diarios, revistas, libros, películas o documentales “colgados” en el youtube después de ser emitido por los más diversos canales de TV. Una verdadera avalancha denigratoria que los peatones de la historia han recibido por tierra, mar y aire.

Estamos hablando obviamente del mayor y más persistente ataque que haya sufrido el
legado obrerista-socialista obviamente englobado bajo la maldición del Octubre ruso. Un ataque que implicaba la condena al ostracismo de la disidencia desarrollada mediante una adaptación “blanda” de los métodos estalinistas. Una metodología que queda perfectamente representada por la reacción vociferante de los maruendas, que tratan de liquidar a gritos cualquier interpelación sobre el “socialismo” (¡o sobre la defensa de la República española condenada como mera cómplice del “comunismo”¡).

Los ejemplos de la imposición del canon resultan ciertamente abrumadores. Se pueden encontrar simplemente abriendo cualquier diario, cualquier manual escolar. Entre la legión de historiadores que no han dudado en enterrar la revolución rusa bajo una montaña de perros muertos me permito el detalle (nada inocente) de citar al un autor de aquí. A Eduard Puigventós Lopez, responsable de un retrato exhaustivo de Ramón Mercader, sin duda uno de los personajes más emblemáticos de la parte oscura del ideal de muchas novelas y películas. 6/

Como cualquier tribunalista que se precie, Puigventós asume sin discusión la sentencia de Dmitri Volkogonov: “Stalin sencillamente aprovechó el momento y recogió el testigo de un bolchevismo autoritario desde la raíz, habituado a la violencia y a la imposición de unas ideas que les parecían justas, pero que aplicaban sin arrepentimiento”. El autor no puede por menos que reconocer el caudal de idealismo militante, sí bien este ideal “quedó sepultado bajo un estatismo autoritario que dio resultados tan aterradores como las purgas soviéticas de los años treinta y el totalitarismo y terrorismo de Estado de Stalin”.

No estará de más anotar que el tal Dmitri Volkogónov (1926-1995) se convirtió en el historiador comodín del régimen soviético en sus diversas fases, hasta acabar al servicio de Yeltsin y elevado a los altares por el neoliberalismo. Como militar llegó a general, historiador y político ruso a pesar de que su padre fue fusilado en 1937 como “enemigo del pueblo”, y su madre murió en 1949 en Siberia, en el destierro. Esto no le impidió ser un leal servidor del régimen, logrando ser jefe del departamento de guerra psicológica de la Dirección General Política del Ejército. Siguió el compás de los cambios de manera que, en su libro Guerra psicológica (1983), llamó “renegado” y “emigrante interior” al premio Nobel y defensor de los derechos humanos Andréi Sájarov, y “traidores a la patria”, “desecho moral y basura social” a disidentes como el escritor Alexandr Solzhenitsin, lo que le impidió más tarde “arrepentirse” para caer de pie nuevamente:. Sus cambios le llevaron a ser una de las voces de la perestroika, y cuando esta fue desechada, empezó a encontrar problemas con el régimen soviético que no había tenido antes.

Al parecer en 1987 propuso reformar los órganos políticos del ejército y de inmediato fue destituido y enviado al Instituto de Historia Militar. Allí quiso incluir una serie de verdades amargas en la historia de la Segunda Guerra Mundial que estaban preparando, por lo que en 1990 perdió su puesto de director del instituto. En 1991 Volkogónov entro en el equipo del presidente Borís Yeltsin como asesor militar y al año siguiente fue nombrado jefe de la comisión parlamentaria que recibió los archivos del PCUS y del KGB. Como historiador se hizo famoso en 1988, cuando publicó la biografía del dictador lósif Stalin en la que “descubría” una realidad que ya habían descrito décadas antes autores como Borís souvarine, Victor Serge, León Trotsky o Isaac Deutscher.

Dado su éxito, Dmitri proyectó una trilogía Líderes, completada con León Trotski y, finalmente, de Vladímir Lenin siguiendo las tendencias dominantes: “El comunismo era culpable”. Así confesaba: “yo era leninista, pero después de descubrir 3 724 documentos antes guardados en secreto sufrí la más grande conmoción de toda mi vida”. Entonces Lenin se convirtió en la encarnación del demonio. Con esta capacidadde estar al lado del poder, Volkogónov fue diputado en las últimas tres legislaturas rusas. Antes de morir dejó concluida Siete jefes, sobre los dirigentes soviéticos desde Lenin a Mijaíl Gorbachov y ha quedado como un portavoz del negacionismo oficialista, como un reconocido “desenmascarador” de los crímenes cometidos por los dirigentes bolcheviques en un una Rusia que abandona a Dios (el Zar)

Ya está dicho todo. No existe necesidad de nada más como es ya tradición. Sin embargo, quizás no esté de más anotar que el tal Dimitri fue un longevo oficial del ejército ruso que en su faceta de historiador fue ajustando sus enfoques históricos desde los tiempos de Breznev hasta los de Putin sin dejar de figurar nunca entre los consagrados. Con Putin, Stalin es un personaje de la “historia patria”, en tanto que en las escuelas del país, el dilema Stalin/Trotsky resulta explicado por la teoría de los “dos osos”. Por supuesto, cualquier labor investigadora queda fuera de los ámbitos oficiales y se enfrenta toda clase de dificultades. La historia ha podido avanzar y desde luego retroceder, lo que no ha hecho nunca es detenerse.

4. Entre dos tiempos

Se pretende echar siete llaves sobre la tumba de una revolución cuya trascendencia no fue inferior al de la francesa de 1789. La escuela neoliberal triunfante ha demostrado su “pasión objetiva” al enfocar esta como un precedente del Gulag, criterio amplificado por cierto a cualquier tentativa revolucionaria contraria a sus intereses globales. Con semejante regla de tres, por supuesto daría para condenar a la revolución americana de 1776 (o a cualquier otra que no cotice en Bolsa) a los infiernos. 7/

Octubre conmovió a un país que era casi un continente, acabó con la dinastía más longeva de Europa. Sobrepasó la agenda de la Comuna de París y dio un paso definitivo que ahora no se puede extraer como sí fuese una muela. Entre muchas otras cosas, resultó el acontecimiento más importante de la “Gran Guerra”, una batalla ganada por los internacionalistas, ganada ante todo por los soldados que se negaban a seguir la guerra, que no quisieron disparar contra las mujeres que salieron a la calle el 8 de marzo (febrero en Rusia) y provocaron la crisis que condujo a la abdicación del Zar. Era pues la victoria de los que habían abogado por hacer la guerra a la guerra. Algo “que salía de cuentas”, que obligaba a los poderes establecidos a recomponer sus alianzas y sus prioridades en un momento en el que ya no cabía el factor “sorpresa”, desde entonces las clases dominantes no subestimaron a sus bolcheviques, más bien lo contrario. La experiencia de Octubre tal cual se hizo entonces irreproducible…

Pero sí ya en 1848 “el fantasma del comunismo” recorrió Europa, ¿que no sería después de Octubre? Para el orden establecido todo estaba justificado. Se trató inequívocamente de acabar con la amenaza de la manera que fuese. Lo empezaron demostrando en el curso de las crisis revolucionarias de Hungría (1918) y Alemania, Austria (1918-1919), Italia (1920-1922) o España (1917-1923), países en los que el impasse hizo que antes o después acabaran adoptando la vía de la “contrarrevolución preventiva” o sea del nazi-fascismo.

En Alemania en concreto, el aparato socialdemócrata fue utilizado como una suerte de colchón. La socialdemocracia de Ebert y Noske no dudó en utilizar la soldadesca para reprimir la revolución espartakista y asesinar a Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y Leo Jogiches (las tres L del primer comunismo germano), todo ello en nombre de una “república social”, la de Weimar, ahogada por las potencias vencedoras. La consecuencia para la naciente republica rusa fue otra grave dificultad añadida: el aislamiento de una revolución que fue justificada como “prólogo” de la europea. La otra fue la puesta en escena de una “guerra civil” que se inició de hecho en 1919 para finalizar en 1922 con los últimos movimientos armados contra una revolución que tuvo que crear su propio ejército con los ladrillos viejos del régimen zarista. 8/

La guerra desgastó de manera irreversible la élite revolucionaria, y facilitó el regreso de la cultura burocrática zarista que tan magistralmente habían descrito los grandes novelistas rusos desde Nikolai Gogol.

5. Desarrollo a pesar de todo

Octubre ponía al día una “utopía” cuyos orígenes se perdían en la noche de los tiempos, en la historia de las agitaciones agrarias en Rusia. 9/

En su empeño de hacer la historia a su imagen y semejanza, el tribunal de la historia neoliberal estructurado trata de borrar esta fase bien escamoteando su existencia bien atribuyéndolo a los “nacionalismos”. Con ello, el canon neoliberal pretende asimilar sus complejidades en lo que a las confrontaciones de clases y de fracciones de clases trasladando el punto central al dilema democracia y totalitarismo, a una mera construcción de parti pris ideológico. Ha pretendido desfigurar a conciencia las razones de la revolución, negar todas las cuestiones de estrategia política (y de poder), con todas sus inacabable bifurcaciones para aquellos que creen que otro mundo es posible y necesario. Reduce las crisis institucionales abiertas que. a pesar de su corta duración, nos dice que Octubre había roto “el eslabón más débil del imperialismo”. Esto explica otro aspecto de la URSS que fue apreciada como un modelo de desarrollo industrial en países atrasados. Tanto fue así que las diferencias sociales que existían entre USA y la URSS se aproximaron ostensiblemente entre 1917 y 1989.

Octubre también produjo un trauma sin precedentes en las sociedades capitalistas incluyendo los EE UU. Un efecto que golpeó de lleno a las clases trabajadoras, a las capas medias, al arte, y por lo contrario, a los militares y a la soldadesca que, en no poca medida, fueron la carne de cañón de los incipientes fascismos. La “Gran Guerra” contrariamente a lo previsto por el alto mando del ejército alemán, se prolongó en el tiempo causando un malestar tremendo entre las tropas y la mayoría de la gente que antes salía con sus banderas. Los componentes de una crisis general se fueron acumulando. A finales de 1915, las grietas en el movimiento obrero resultan plenamente detectables. Entran en abierta crisis los diversos “modelos gradualistas” establecidos desde las secciones de la socialdemocracia clásica que habían vertebrado los grandes partidos y sindicatos. Los puntos de mira del nacionalismo estrecha resultan cuestionados por la irrupción de una corriente internacionalista, muy crítica con los desastres de la guerra. Muchos se verán obligados a cambiar de expectativas, al menos durante una primera fase. En los años siguientes la II Internacional reconstruida evoluciona hacia la derecha, rechaza la revolución de Octubre al igual que se desentiende de la República española.

La revolución sigue viva, se manifiesta en lugares tan diversos como Gran Bretaña (1926-1927), China (1937), Francia (jornadas de julio del 36), España (1934-1937), pero el significado de Octubre se ha invertido: la camarilla burocrática –como la socialdemocracia alemana- tema más a la revolución que al pecado. Convertido en un partido-Estado liderado por una élite que reproduce bajo el lenguaje revolucionario las pautas de la “gran Rusia”, hacen que la Internacional Comunista invierta sus propósitos. Estos ya no son la revolución sino los intereses de la política exterior rusa, el socialismo en un solo país pasa a ser el socialismo en ningún otro país. Los desastres se suceden: en Alemania el partido comunista estalinizado asegura que la mejor manera de luchar contra los nazis era ajustar las cuentas contra la socialdemocracia, en Francia y en España, Stalin antepone sus acuerdos con los vencedores de la “Gran Guerra”, y combate cualquier tentativa revolucionaria.

La consecuencia de tales desastres acabaría siendo la II Guerra Mundial. El socialismo queda para una etapa lejana. Los partidos comunistas ocupan, en buena medida, el lugar de la socialdemocracia con un matiz, como esta se atiene a las reivindicaciones parciales al tiempo que consagra 1917 como el nacimiento de la URSS “la patria del proletariado”. La iniciativa recae en los Estados Unidos como guardianes del orden internacional.

6. La principal batalla

Aquella “maldita guerra”, la que había causado la mayor crisis humanitaria jamás conocida, fue ante todo una “guerra interimperialista” (Lenin), una crisis de civilización que ve crecer las riquezas al tiempo que las guerras y las miserias extremas en el planeta. Una colisión que situó la humanidad ante el dilema del socialismo o la barbarie.
Una nueva realidad que se traduce por la emergencia de desafíos totales. De crisis sociales que situaron al movimiento obrero internacional ante la necesidad de una revisión drástica de los criterios emancipadores tales como:
a) el esquema del fatalismo determinista –con sus presuntas leyes naturales- alrededor de una creciente “maduración socialista” a la manera de Bernstein o los fabianos británicos que aseguraban que el socialismo llegaría gradualmente en los países que expoliaban a sus colonias, tema sobre el que apenas sí se hablaba más allá de algunas declaraciones;
b) el modelo de la socialdemocracia clásica en su esplendor teorizada por el “centro ortodoxo” representado por el longevo Karl Kautsky, el sueño de un “Partido“ que guía al pueblo atrasado con su labor educativa y orgánica, construido con todas sus redes sociales (cooperativas, sindicatos, prensa, etc.) que se convierten en una finalidad en sí misma;
c) la ruina de la concepción abstracta del internacionalismo, olvidando la existencia del colonialismo y de los conflictos interimperialistas. También se el pretexto del “realismo”, que llevó a muchos “padres” de la internacional a un realineamiento chauvinista nacional en agosto de 1914 (votando los créditos de guerra): esta conversión chauvinista entra en contradicción con las resistencias de una amplia franja del movimiento obrero y popular…

Es el momento de los soviets o consejos obreros como instrumentos de una democracia directa: sufragio universal, debate público, pluralismo político y toma de decisiones contrastadas entre mayorías y minorías. Los soviets actúan como vínculo de aprendizaje y ejercicio de una democracia desde abajo jamás antes conocida. Instrumentos de un doble poder instituido, donde obreros, campesinos, soldados insurrectos, veían -antes que en los programas de los partidos que daban apoyo al gobierno provisional o en la Asamblea Constituyente– “la solución a sus problemas”. A pesar de las deficiencias organizativas o en materia de representación, las masas consideraron a los soviets como “sus órganos” naturales de asamblea y resolución.

El nuevo “poder soviético” tiene la virtud de “plantear” que la revolución es posible (Rosa Luxemburgo), sí bien los errores y horrores del estalinismo hayan permitido ocultar todo lo demás.

7. Dinámica sustituísta

En medio de este proceso épico pero repleto de dificultades, la dinámica soviética acaba perdiendo aliento, se deteriora. Entre la multiplicidad de factores que intervienen en su curva descendente del impulso inicial, es importante registrar algunas decisiones político-institucionales, que se manifiestan a través de la polémica disolución de la Asamblea Constituyente que aparta a sectores en desacuerdo; de la creciente integración de los soviets al sistema de gestión administrativa (estatal) del Consejo de Comisarios del Pueblo (Sovnarkom) que afectan a su carácter de “democracia directa”; de la centralización de estos en el Comité Ejecutivo Pan-Ruso (VTsIK), y particularmente sus modalidades de gestión desde abril-mayo de 1918; del cisma de los eseristas (populistas) de izquierda, amén de los mencheviques de izquierda, de los órganos soviéticos centrales, en junio de 1918 lo que significó una ruptura con un planteamiento unitario que había estado muy presente desde los soviets en 1917; del control sobre los soviets provinciales que, desde julio de 1918, pasa a asumir el Ministerio del Interior acrecentando la centralización, así como de los decretos y ordenanzas sobre las “cortes de justicia” o sobre la controvertida “Cheka” (Comisión Extraordinaria para la Seguridad del Estado) en noviembre de 1918, que reflejan la carencia de una conciencia del peso autónomo de este organismo en una revolución que resulta cada vez más identificada con el Estado.

Todas estas y otras decisiones con sus secuelas de efectos prácticos, dejaron de manifiesto “los peligros profesionales del poder” (Christián Rakovski) desarrollados entre la imposición de medidas para defender la revolución y las derivaciones autoritarias y arbitrarias en nombre de dicha revolución. Es un momento en el que la victoria militar revolucionaria hace creer a los líderes de la revolución (en especial a Trotsky que no tardó en rectificar) que la “militarización” era una fórmula garantizada cuando en realidad, los acontecimientos de marzo de 1921 en Kronstadt que más allá del debate sobre su viabilidad al final de la guerra, significó una brecha en la vanguardia revolucionaria. Ya no se trataba de combatir a los “blancos” que mataban y destruían cualquier vestigio de poder popular, sino de la propia base social de la revolución.

Se trataba de una dinámica que –de alguna manera- ya había sido profetizada por Trotsky en 1903. Según éste el centralismo leninista produciría un proceso de sustitución al final del cual todo quedaba en manos del secretario general se cumple. No a través sino a pesar del partido del bolchevismo de 1917, sin como consecuencia del trágico desgaste de la guerra.

Buena parte de los mejores mueren en la lucha, y en su lugar emerge una coalición entre los viejos funcionarios y de un aparato que acabará dominando los pasillos del poder. La lógica fue criticada desde el propio bolchevismo (Oposición obrera), por Rosa Luxemburgo así como por los anarquistas que lo vieron como una negación de los criterios expresados por Lenin en “El Estado y la revolución”…Desde dentro, los bolcheviques (en especial el Trotsky del momento), entiende que esta era la única vía posible de victoria.

Con el tiempo se verificará que –intenciones aparte- no tenía razón.

8. La tentación del abismo

La alianza obrero-campesina planteada, en buena medida, por conveniencia y siempre fluctuante, un pacto que abarcaba amplias capas campesinas con el partido bolchevique, acabó siendo un elemento explicativo para entender los sucesos político-militares de esta guerra a vida o muerte que culminó con la victoria del campo revolucionario. Los jefes blancos de la reacción burguesa-imperialista nunca pudieron estabilizar las relaciones con el campesinado, para los que justamente representaban el pasado de los terratenientes zaristas, con todas sus secuelas explotación, opresión y una interminable cadena de humillaciones para el campesino pobre sobre cuya realidad dejó cumplido testimonio la literatura. Los “blancos” significaban el regreso al oscurantismo y el látigo.

No obstante, la guerra civil también aceleró otros problemas concretos como lo fueron
la fractura del “tejido” social amplio de apoyo revolucionario y la crisis económica que tuvo la amplitud de una catástrofe humanitaria, tanto es así que el gobierno se vio obligado a echar mano a la ayuda internacional. A esto se le añade el desarrollo de una desurbanización acelerada que acentúa la drástica reducción de los “polos obreros” fabriles en los que se asentaba “la vanguardia de clase”. Este proceso va acompañado por la absorción de miles de miembros del partido bolchevique (y de otros partidos), en las tareas militares del Ejército Rojo o en funciones administrativas, con pérdidas humanas cuantiosas y “reconversiones” profesionales masivas.

De todo esto resulta que el personal político, administrativo y de “seguridad”, seleccionado en (y para) la guerra civil, pasa a ocupar cargos en el partido, el Ejército Rojo y el Estado. El PCUS se “militariza” y cambia su base de composición. Al finalizar la guerra civil, quedan muy pocos de los 25 mil miembros de febrero de 1917. Habría que remontarse a los años 1903-1912, para encontrar una mutación tan significativa. Este cambio en la membresía del partido es una ruptura de la continuidad y de la experiencia acumulada, de la formación y la tradición política del partido. De ahí las graves dificultades para comprender la “transición” de los años 1923-1928 y la escasez de reflejos inicial ante un proceso de burocratización que cuando comienza a ser denunciado ya ha tomado vida propia.

Al final solamente quedará una minoría de los bolcheviques de 1917. 10/

9. NEP

Pese a los inconmensurables estragos sociales, económicos y humanitarios de la “guerra civil”, el partido socialdemócrata que había pasado a llamarse comunista (bolchevique) dispuso de ciertas capacidades tanto para operar cambios como para una elaboración táctica y estratégica. Y fueron aprovechadas. Prueba de ello es la instrucción de la Nueva Política Económica (NEP) y los debates políticos que tuvieron lugar que contribuyó a mejorar ostensiblemente la situación pero que no pudo garantizar un proceso de crecimiento que permitiera al país salir de las condiciones de bloqueo y de amenaza constante.

En este proceso se incluye la clausura de la democracia interna de 1921 (prohibición de las tendencias y fracciones en el seno del partido), un paso atrás que condujo al fracaso del intento de restituir una dialéctica de regeneración de la sociedad y de una removilización política conciente que siempre provenían de las voces discrepantes. Semejante error (justificado como transitorio en medio del cerco) terminó creando las condiciones que facilitaron la introducción de más medidas autoritarias y represivas. Primero contra las fuerzas políticas de la izquierda no-bolchevique, que apoyaban críticamente la revolución. Igualmente impidió el desarrollo de instrumentos democráticos para debatir, públicamente, las diferentes opciones que se abrían en el nuevo escenario político, económico y social, y para restablecer las relaciones con el campesinado permitiendo que el partido acabara confundiéndose con un aparato cada vez más ligado al Estado.

En este contexto se sitúa la sangrienta represión contra la “comuna de Kronstadt” (marzo de 1921), con el consiguiente aplastamiento de los insurrectos en una situación bastante caótica. Es cierto que la base social ya no era la misma, también que los blancos trataban de sostener la propuesta de “soviet sin bolcheviques”, y el miedo a un recrudecimiento de la guerra de convención incluso hasta a los delegados de la “Oposición Obrera”, pero fue la “información” proveniente de la Cheka, un instrumento que se estaba mostrando especialmente ambivalente, la que en última instancia determinó la reopresión. Por lo demás, el hecho demostraba que la fortaleza considerada “orgullo y gloria” de la revolución, pasaría a simboliza el cariz trágico que estaba tomando un “poder soviético” en el que los “soviets” carecían de potencia y de autonomía. 11/

En una sociedad postrada por las penurias y la destrucción de una guerra civil alimentada por los gobiernos imperialistas, el curso hacia un partido monolítico y administrativo se aceleró. Los nuevos miembros “seleccionados” en los años 1919-1922, serán absorbidos por el aparato del Partido-Estado en base a sus “atributos” burocráticos. Se iniciaba -con todas las ventajas objetivas- el camino de la contrarrevolución estalinista.

10. Un soviet en Londres

Entre los trabajadores y el personal idealistas del mundo, el ejemplo soviético suscitó una ilusión desmesurada, incluso en las grandes metrópolis. De ahí que el laborista de derecha Ernest Bevin justificó el distanciamiento británico argumentado que de otra manera se arriesgaban a que se creara “un soviet en Londres”. El caso del anarcosindicalismo hispano fue especialmente emblemático. En un principio la vieron como “su revolución”, como el inicio de la anarquía, después de las consecuencias de la guerra civil, la desilusión fue igualmente concluyente.

En realidad, el régimen surgido de este período (1917-1922), extensible cuanto menos hasta 1928 que marca un punto de inflexión en el ascenso de la burocracia, no puede ser caracterizado como “socialista”, como “el reino de la libertad” que hablaba Engels. Ni tan siquiera era un “Estado obrero” como lo pudo ser la Comuna. Las ideas de los clásicos en cualquiera de sus variantes, permiten llegar a una conclusión que ya había aventurado Lenin al definirlo como “Estado obrero burocráticamente degenerado”, con la particularidad de que los grados de degeneración alcanzan en la segunda mitad de los años treinta niveles absolutamente desquiciados. Su evolución recuerda en no poca medida la vivida por los “jacobinos negros” en Haití, un país que pagaría muy caro el triunfo de su revolución.

A lo largo del tiempo que sigue hasta 1989, Octubre 1917 se convirtió en el epicentro de un debate de ideas especialmente crispado en el que la ofensiva imperialista fue absolutamente determinante. Se hablaba de conceptos que se remitían a su génesis pero que – como el de la “dictadura del proletariado”- poco tenía que ver el cúmulo de circunstancias adversas.

Un tiempo en que el que legitimidad revolucionaria se explica por su propia existencia, por unos apoyos excepcionales que explican sin ir más lejos la creación del Ejército rojo y la victoria final. Las diversas instituciones que presidieron la afirmación de la victoria del “poder soviético”; las contramarchas bolcheviques; el enfrentamiento revolución/contrarrevolución; las discusiones que marcaron cada una de las fases y de las distintas fuerzas sociales y políticas que componían el proceso. Será en tal sentido que una reflexión histórica sobre Octubre 1917, conecta obligatoriamente pasado con presente. Nos sitúa ante la temática propia de un proyecto de cambio radical de la sociedad: el sujeto social (“fuerza motriz”) de ese cambio; los instrumentos políticos que ese sujeto debe construir; el programa de ruptura anticapitalista; así como considerar muy seriamente la cuestión de la estrategia ligada a la “conquista del poder”; las relaciones entre clases sociales/partidos y auto-organización de las masas o sea de un poder que está dejando de serlo desde el primer momento.

En las condiciones presentes de la “contrarrevolución neoliberal” con sus dramática consecuencias en términos de crisis humanitarias, desastre ecológico, explotación exacerbada y opresión nos ha situado en el terreno contrario al que prometían. En el espacio de una creciente agudización de la lucha de clases. En esta nueva perspectiva, Octubre 1917, sigue siendo un campo de batalla a pesar de la distancia histórica que nos separa de un “acontecimiento” que todavía conmueve el mundo y sobre el que contamos con lecciones tanto sobre lo que se puede hacer como sobre lo que no. Por eso es tan importante el debate entre las escuelas que insisten en que la duda es necesaria, como lo es el imperativo categórico de estar al lado de la tierra, de los humillados y ofendidos de los que hablaba Feodor Dostoievski.

 

Notas
1. La euforia que siguió a la victoria de Stalingrado fue tal que no pocos discrepantes de filiación anarquista y/o trotskista de entonces, llegaron a la conclusión de que, al final de cuentas, Stalin había acabado demostrando que sus métodos fueron los más “realistas”. Esto explica que pensadores de la altura de Sartre creyera que el estalinismo no debía de ser criticado porque eso significaría desanimar a la clase oprimidas representadas por los obreros de la Renault. Esa idea fue expresada aquí en la clandestinidad con el criterio de qué “había que dejar la crítica al estalinismo al Arriba” (diario del “Movimiento”)
2. El entramado de esta derrota está fraguado mediante un pacto con la socialdemocracia que apareció como un muro de contención en el movimiento obrero, un episodio harto revelador explicado en obras La CIA y la guerra fría cultural, Frances Stonor Saunders (Debate. Madrid, 2001) Encuentro revelador el ejemplo de Max Eastman, compañero de John Reed, cofundador USAPC, amigo de Lenin y Trotsky. Max se fue resistiendo a la presión medio ambiental sobre todo en lo referente al valor moral de estos, hasta que finalmente se sometió. Ver al respecto: Herejes rrepentidos. La izquierda norteamericana de la primera mitad del siglo XX, de Susana García-Cereceda López (Centro de Estudios Políticos y constitucionales, Madrid, 2001). De experiencias como las suyas se desprende que en esta evolución influyeron tanto una posible tendencia acomodaticia como el rechazo causado por el horror estaliniano que Eastman, conoció de cerca y tempranamente.
3. En la mitad de los años ochenta tuvo lugar una suerte de “congelación” de los libros de izquierdas y fueron numerosas las editoriales que se habían distinguido en el tardofranquismo que tuvieron que cerrar. La negación de Octubre se hizo ley con el felipismo, y en este sentido creo significativa las palabras de un viejo amigo que me respondió a una observación malévola sobre su cambio de bandera: “No te preocupes, sí volvéis a ganar volveremos a elogiar la revolución”.
4. Para un estudio detallado de la recepción bibliográfica sobre Octubre y sus consecuencias me remito a los dos apartados propios incluidos en la obra colectiva La revolución rusa pasó por aquí, dirigida por Pelai Pagès y yo mismo y cuya edición repara Laertes, Barcelona.
5. Resulta de interés las reflexiones de Perry Anderson, La historia de los partidos comunistas incluida en Historia popular y teoría socialista, editada por Raphael Samuel
(Crítica, Barcelona, 1984) Anderson estima como apasionante el ensayo de Fernando Claudín, La crisis del movimiento comunista (Ruedo Ibérico, París, 1970), seguramente el trabajo más concienzudo sobre esta historia realizado entre nosotros.
6. El destino del personaje Ramón Mercader pasó desde el anonimato a convertirse en
la prueba del papel del aparato estalinista en la trama del asesinato de Trotsky, para acabar convertido (junto con su madre Caridad) a través de la novela, el cine (la mejor Asaltar los cielos) y cierta bibliografía en la abusiva representación de una militancia comunista fanática y embrutecida. También existen tentativas más complejas como la probada por Jorge Semprún en La segunda muerte de Ramón Mercader, que se puede entender en clave Dr. Jekyll y…El estalinismo causó trastornos múltiples, anotemos como ejemplo el caso de André Marty que se negó a obedecer el pacto nazi-soviético, y que luego comenzó a denunciar la “dolce vita” de los dirigentes del PCE. Fue expulsado y tratado como “trotskista” al final de su vida.
7. La “maldición” de Octubre no ha sido muy diferente a la padecida por la República de Cromwell o por la toma de la Bastilla de 1789. En este último caso, con ocasión del
Bicentenario historiadores de la plantilla neoliberal insistían en que se trató de un antecedente del…Gulag.
8. Dudo que existan reflexiones más lúcidas y elaboradas que las efectuadas sobre lo que luego se llamaría estalinismo, que los recogidos por Moshe Lewin en El último combate de Lenin (Lumen, Barcelona, 1970), disponible en
https://marxismocritico.files.wordpress.com/…/lewin-moshe-el-c3baltimo-combate-
9. No hay que ir al Ensayo sobre las revoluciones del Vizconde de Chateaubriand para
encontrar un antecedente de un rechazo total y sistemático de las revoluciones antiguas, basta con obras como la del egiptólogo Nicholas Reeves autor de Akhenatón, el falso profeta de Egipto (2002) quien, en consonancia con la campaña denigratoria de las revoluciones hasta su última raíz, compara al herético faraón con…Hitler y Stalin, ambos amalgamados por más que representaran realidades socialmente diferenciadas, por ejemplo que Hitler invadiera media Europa y que el sueño de Stalin fuese el de quedarse con una “Gran Rusia” en la que ya no constaban ni Finlandia ni Polonia. Semejante fervor antirrevolucionario se atiene a la misma regla que la del “totalitario”: los que se oponen al Imperio lo son, pero los que pactan son a lo máximo “autoritarios”. Así Franco pasó de una cosa a la otra en virtud de los pactos con los EEUU.
10. Kronstadt fecha lo que para los anarquistas sería el fin de la revolución. La aportación libertaria más cercana es la de Julián Vadillo, Por el pan, la tierra y la libertad. El anarquismo en la Revolución rusa (Volapük, 2017), y más recientemente el trabajo de Carlos Taibo, Anarquismo y revolución en Rusia (1917-1921, Libros de la Catarata, 2017)…Taibo es también el autor de La Unión Soviética. El espacio ruso-soviético en el siglo XX (Síntesis, 1999) en la que se insiste en responsabilizar a la “tentación autoritaria” de los bolcheviques como el factor determinante de todo lo que vendría después.
11. En La lógica del terror. Stalin y la autodestrucción de los bolcheviques, 1932-1939, sus autores J. Arch Getty&Oleg V. Neumav, que han podido acceder a documentación desclasificada de fechas recientes, coinciden con un criterios ya expresado por Serge en su día, denunciando “un pensamiento causal sin matices y politizaron las conclusiones. Se popularizaron cadenas deterministas como Lenin igual a estalinismo/totalitarismo, a terror, “o que el estalinismo era un producto inevitable del leninismo. Sin embargo, como apuntó hace veinte años Stephen Cohen en su ensayo sumamente sugerente, las circunstancias que rodearon la revolución rusa y el bolchevismo podían propiciado resultados dispares.

(Imagen: Guardia Roja, Fábrica Vulkan, 1917, San Petersburgo)

La revolución rusa como problema histórico

por Francisco Fernández Buey//

I

Se dice frecuentemente que la “cuestión rusa” se ha convertido en la piedra de toque del pensamiento marxista. Para hablar con propiedad habría que decir que tal cuestión ha sido siempre (al menos desde que empieza a utilizarse el término “marxismo”) motivo de investigación y también de apasionados debates entre los revolucionarios. La formación social rusa fue el objeto prioritario de los estudios del viejo Marx, y el análisis de la actual sociedad soviética sigue siendo el centro de atención de las principales corrientes en las que se ha ido fragmentando el movimiento comunista en las últimas décadas. La persistencia y la constancia con que en un lapso de tiempo tan dilatado reaparece el problema de la naturaleza de aquella revolución puede considerarse sin más como un factor demostrativo de que en este caso no se trata de una discusión académica o de escuela como ha habido tantas en el marxismo de los últimos tiempos. Ya el simple planteamiento del problema por el propio Marx refuerza la idea de que, por el contrario, se trata de uno de los nudos principales de la historia contemporánea.

La revolución rusa como problema históricoVale la pena recordar aquí, aunque sea sumariamente, las ideas del viejo Marx sobre Rusia porque todavía ahora se suelen olvidar con cierta frecuencia. Este olvido conduce a seguir planteando el tema simplemente como si se tratara de una contraposición entre lo que la revolución rusa ha sido en la realidad y el esquema de desarrollo histórico esbozado en El Capital, con la consecuencia implícita de tener que elegir entre la teoría supuesta y lo que es definido como “socialismo real”. Precisamente hace algo más de cien años, en una carta enviada al director de la Otetschestwennyi Sapiski, Karl Marx salía al paso de lo que consideraba como una infundada extensión al caso de Rusia del esquema histórico expuesto en El capital. Según esa abusiva generalización, mediante la cual –en palabras de Marx– se interpretaba el esbozo histórico de la génesis del capitalismo en Occidente como una teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino impondría a todo pueblo, la sociedad rusa tendría que pasar inevitablemente por los mismos traumas que la acumulación capitalista, la industria manufacturera y el desarrollo de la gran industria determinaron en Inglaterra y en otras sociedades de la Europa occidental. Marx rechazaba el carácter suprahistórico de esa conclusión y oponía a ella varias consideraciones particulares:

1.a Que el esquema histórico de El Capital tenía validez solamente para el caso de las sociedades que aquella obra había estudiado, esto es, para el caso de las sociedades del occidente europeo.

2.a Que el análisis histórico comparativo permite observar que sucesos muy similares pero que tienen lugar en medios diferentes conducen a resultados totalmente distintos.

3.a Que el caso de la formación social rusa, en la cual resaltaba la solidez y resistencia verdaderamente atípicas de la comuna aldeana tradicional, a diferencia de lo ocurrido y de lo que estaba ocurriendo en otras sociedades tanto de occidente como de oriente, exigía un estudio particularizado antes de definirse dogmáticamente acerca de la inevitabilidad de la etapa entendida en el sentido europeo-occidental.

Algunos años después, luego precisamente de haber profundizado en el estudio particular de la formación social rusa, el propio Marx llegaba a la conclusión (compartida con algunos teóricos del populismo ruso) de que la comuna aldeana tradicional constituía el punto de apoyo de la regeneración social en Rusia. ¿Quería decir esto que Rusia podía saltarse la etapa capitalista, la fase de proletarización de los agricultores, e ir hacia el comunismo desarrollando justamente los aspectos comunitarios de las relaciones que aún dominaban en buena parte del agro ruso? Esa era al menos la idea que parecía desprenderse de la carta escrita a Vera Zassulich el 8 de marzo de 1881, en un momento en el que las desgracias familiares y su propia enfermedad minaban ya definitivamente la salud de Marx.

Cierto es que su razonamiento en esas fechas está dirigido sobre todo a combatir el concepto de la inevitabilidad de un determinado decurso histórico válido para todos los países del mundo y, más concretamente, la idea de la repetición en el caso de Rusia de lo ya ocurrido en otros países de la Europa occidental. Pero, aún llegando a la conclusión de que el desarrollo del capitalismo no era inevitable en Rusia y creyendo, por el contrario, que existían elementos favorables suficientes para la conservación/transformación revolucionaria de la comuna aldeana, no se encontrarán tampoco en aquella carta afirmaciones absolutizadoras. Basta con comparar su redacción definitiva con el borrador (mucho más largo y elaborado) de la misma para darse cuenta de que Marx se niega a predecir el futuro ruso mediante aseveraciones tajantes. Por eso el razonamiento está salpicado de condicionales y disyuntivas. Aun así, sin embargo, la idea conclusiva era clara: “Gracias a una combinación de circunstancias únicas, la comuna aldeana, todavía establecida por toda la extensión del país, puede despojarse gradualmente de sus caracteres primitivos y desarrollarse directamente como elemento de la producción colectiva a escala nacional”.

Pero para ello eran necesarias, según Marx, dos condiciones. Primera, la revolución en Rusia. Pues sólo una actuación rápida y decidida de la voluntad de conservación/transformación de la comuna aldeana podía oponerse con éxito a los nada despreciables factores (internos y externos) de disolución de la misma. Segunda, la revolución proletaria en occidente. De tal manera que si la revolución rusa “daba la señal” para una revolución en el mundo capitalista desarrollado, complementándose ambas, la propiedad común de la tierra todavía resistente en Rusia sería el punto de partida de “una evolución comunista”.

Tal era en lo esencial la idea de Marx sobre el futuro ruso.

 

II

Los bolcheviques en general y Lenin en primer lugar recogieron una parte de ese razonamiento y obviaron la otra. Esto es, consideraron que la revolución rusa podría realizarse, mantenerse y profundizarse siempre que tuviera lugar también la revolución mundial, la revolución europea, o al menos la revolución socialista en el país en que parecían existir mayores posibilidades para el cambio (Alemania). Pero, por otra parte, abandonaron la idea de que era posible pasar al comunismo moderno desde el comunitarismo primitivo de la comuna aldeana. Al abandono de esta idea contribuyeron sin duda varias razones que es difícil resumir sin una referencia detallada a la evolución del contexto histórico ruso y europeo desde 1880 hasta 1917. Así y todo, y aun a sabiendas de que sin el detalle sobre esa evolución histórica se corre el peligro del esquematismo, pueden señalarse aquí algunas de esas razones. La más formal de ellas –pero tampoco despreciable– es que ninguno de los dirigentes bolcheviques llegó a conocer hasta muchos años después de la revolución de octubre la totalidad del razonamiento de Marx sobre la comuna aldeana (señaladamente no conocieron la carta a Vera Zassulich y la importante primera redacción de la misma). Ese desconocimiento afecta muy probablemente a las conclusiones de Lenin en El desarrollo del capitalismo enRusia en el sentido de que la revolución pendiente en el país era una revolución democrático-burguesa. En efecto, si esa obra se lee no desde el conocimiento de lo que ha pasado luego sino desde el conocimiento de la situación rusa en 1880/1890 es difícil sustraerse a la impresión (afirmada por varios estudios actuales del tema) de que Lenin hinchó los datos relativos al desarrollo capitalista de Rusia en aquel momento, exagerando con ello la existencia de factores semejantes a los europeo-occidentales y que conducían a la disolución inevitable de la comuna aldeana.

La revolución rusa como problema históricoCon todo, más importante que la existencia de ese factor de desconocimiento de la obra de Marx al respecto es, para explicar el por qué del abandono bolchevique de la idea de la posibilidad del paso de la comuna rural al comunismo moderno, el mismo desarrollo material de Rusia hasta 1917. Sobre esto no puede caber ninguna duda: el avance del capitalismo y la disolución de las relaciones precapitalistas agrarias fue un hecho. ¿Una necesidad histórica? Efectivamente, una necesidad histórica si se entiende por tal el objetivo de la base material de aquella sociedad + la voluntad de una parte importante de la población (por lo menos de la burguesía rusa, de sectores del campesinado y de la vanguardia política del proletariado industrial) en el sentido de transformar a Rusia en un país lo más parecido posible a los de la Europa occidental. No hará falta añadir, sin embargo, que esa coincidencia bastante general no implica necesariamente coincidencia en los proyectos político-sociales de los principales grupos que actuaban como portavoces de las varias clases en lucha.

Como argumento a favor de la corrección de la tesis de Lenin y en contra de las ideas del viejo Marx suele citarse el éxito del proyecto político bolchevique en octubre de 1917. Pero este es un argumento muy poco sólido. En primer lugar porque oculta la escasísima realidad social del partido bolchevique (escasísima sobre todo en el campo, y en un país en el que la población campesina seguía constituyendo el 80% de la población) entre 1903 y febrero de 1917, y porque olvida que el éxito bolchevique en octubre se debió sustancialmente a su buena captación de las repercusiones de la guerra imperialista en las varias clases sociales rusas. Y en segundo lugar porque no considera el hecho evidente de que la proletarización acelerada del campesinado ruso en los años treinta de este siglo es precisamente la continuación y consumación de las medidas disolventes de la comuna aldeana tradicional adoptadas con anterioridad por varios ministros de la época zarista.

Podría decirse, pues, que en esa necesidad histórica que refutó la prognosis del viejo Marx sobre Rusia tuvo también su papel (más importante de lo que suele decirse) la voluntad bolchevique de seguir en este aspecto el ejemplo de países como Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier caso, lo cierto es que el desconocimiento, el olvido (o el históricamente necesario abandono, como se prefiera) de la hipótesis de Karl Marx sobre la comuna aldeana obligó a Lenin a forzar la semejanza de la revolución en curso en Rusia con las revoluciones democrático-burguesas de la Europa occidental.

Si se tiene en cuenta la fuerza con que Marx acentuó la particularidad, la diferencia, de la formación social rusa por comparación con otras sociedades de la Europea occidental y si se piensan las implicaciones sociales de su hipótesis acerca del paso de la comuna aldeana tradicional al comunismo moderno, se comprende que no empleara el término de revolución democrático-burguesa para definir la revolución conservadora/transformadora de la comuna rural. Y se comprende también que, al emplearlo, Lenin se sintiera inmediatamente en una situación bastante embarazosa. En realidad una buena parte de la obra de Lenin entre 1905 y 1917 viene a ser en lo esencial un dar vueltas en torno a la explicación de la revolución democrático-burguesa rusa. Y no creo que sea desmerecer el genio político de Lenin el afirmar que, pese a las muchas veces que se refirió a ese tema, no logró tampoco dar una definición satisfactoria de la naturaleza de esa revolución democrático-burguesa rusa.

Así, ya en 1905/1906 la revolución popular rusa era para Lenin una revolución democrático-burguesa como nunca hubo otra en parte alguna, una revolución que si fracasaba, esto es, si el acuerdo entre la burguesía y el zarismo lograba abortar la insurrección, se parecería a las revoluciones democrático-burguesas de la Europa occidental (o sea, según sus propias palabras, sería un aborto), mientras que, en cambio, si salía triunfante daría lugar no a un poder burgués sino a la dictadura del proletariado y del campesinado. Después de la insurrección de febrero, entre marzo y octubre, Lenin mantuvo la opinión de que la revolución en ciernes era entonces proletaria y socialista. Pero en los últimos meses de su vida, al hacer historia comentando la crónica de Sujánov, afirmó que la revolución de octubre había sido por sus objetivos inmediatos una revolución democrático-burguesa desarrollada luego en un sentido socialista. Lenin era de los revolucionarios que no se detienen ante los nudos gordianos teóricos: ¿cómo, si en abril de 1917 se decía que la revolución en ciernes era proletario/socialista, afirmar en 1923 que en lo esencial había sido una revolución democrático-burguesa? El nudo que no se desata, se corta: “no hay ninguna muralla china entre ambas revoluciones.”

¿No hay ahí, en ese cortar el nudo gordiano, un intento de llegar a cuadrar formalmente el círculo de la peculiaridad, de la particularidad de la revolución rusa (asiática, oriental, pero vocacionalmente europea por decisión de sus protagonistas) con aquel esbozo histórico del Capital que se consideraba válido para el desarrollo de las sociedades occidentales? Lenin parece haber intuido esto cuando afirmó, al referirse temáticamente a la cuestión de la naturaleza de la revolución, que la revolución rusa introducía ciertas correcciones desde el punto de vista de la historia universal en el camino típico del desarrollo del capitalismo y de la democracia burguesa. Pero sobre todo cuando definió a la formación social rusa salida de la revolución de octubre como un capitalismo de estado diferente del capitalismo de estado conocido en el mundo occidental.

En suma, la dificultad de caracterización por Lenin de la revolución rusa (y sus constantes matizaciones) se explica por el hecho de que creyó conveniente y necesario analizar la situación de su país precisamente con aquellas categorías que el viejo Marx consideraba válidas para la Europa occidental. Y esa dificultad, que no es sólo, por supuesto, una dificultad de Lenin, explicaría también quizá el que cuando en abril de 1917 afirma por vez primera que la revolución en curso en Rusia es una revolución proletario/socialista casi nadie le entendiera. (A lo cual se podría añadir todavía la hipótesis de que la rapidez con que entendió Stalin –casi el único entre los dirigentes bolcheviques y además el menos teórico de ellos– ese giro de Lenin en abril de 1917 se debió a que el georgiano interpretó razonablemente que lo que estaba en juego en aquella circunstancia no era la redefinición de la naturaleza de la revolución en ciernes, sino meramente la cuestión del poder, de la toma del poder).

 

III

Perdidas las matizaciones teóricas de Lenin y derrotada la revolución proletaria en Hungría, en Alemania, en Austria y en Italia, la descripción de la revolución rusa que se impuso entre los bolcheviques y más en general en el movimiento comunista encuadrado en la III Internacional fue un esquema simplificado de las tesis de Vladímir Ilich. Dicho esquema, que se ha ido repitiendo una y otra vez sin mayores consideraciones, venía a decir lo siguiente: a) las varias insurrecciones proletario/campesinas de 1905/1906 habrían constituido una revolución democrático-burguesa abortada, inacabada; b) la insurrección de febrero de 1917 habría sido una revolución democrático-burguesa consumada con éxito por el hundimiento del régimen zarista, y, finalmente c) la insurrección de octubre de 1917 que dio el poder a los bolcheviques habría sido una revolución proletaria y socialista. En la década siguiente el propio Stalin redondearía ese esquema con la afirmación de que Rusia había superado ya la primera fase del comunismo (la llamada etapa socialista) y estaba a punto de entrar en la segunda, esto es, a punto de construir la sociedad comunista propiamente dicha.

La revolución rusa como problema históricoPero ya antes de que Stalin añadiera esa última nota altamente ideológica y justificadora de su propio poder al esquema histórico dominante, en la III Internacional habían manifestado serias dudas sobre su licitud y corrección varias corrientes comunistas, desde Gramsci a Bordiga, desde Korsch a Pannekoek, pasando por Mattick y los internacionalistas de Holanda. Así en 1920, defendiendo las conquistas de la revolución de octubre contra el mecanicismo de la socialdemocracia, Gramsci dudaba en cambio de que una revolución pudiera ser definida como socialista por el hecho de haber sido dirigida por el proletariado e incluso teniendo en cuenta la voluntad de transformación en un sentido socialista de sus protagonistas. Y con mayor radicalidad aún una década más tarde el grupo de comunistas internacionalistas de Holanda consideraba aquel esquema como un mero recubrimiento ideológico del jacobinismo de los bolcheviques; para ellos la idea de que la revolución de febrero era una revolución burguesa mientras que la de octubre se definía como proletario/socialista constituía “un absurdo”. Y esto por el hecho de que tal visión “supone que un desarrollo de siete meses habría sido suficiente para crear las bases económicas y sociales de una revolución proletaria en un país que apenas si acababa de entrar en la fase de su revolución burguesa”. La conclusión de esta crítica del esquema dominante era la concepción de las insurrecciones de febrero y de octubre como un proceso unitario de transformación burguesa de la sociedad rusa. En ese mismo sentido se manifestarían Pannekoek, Mattick y Kosch.

La perspectiva que dan los sesenta años cumplidos de la revolución rusa y el conocimiento del desarrollo de la formación social soviética desde 1917 permiten afirmar sin mayores dudas que tanto la crítica del esquema “canónico” por los comunistas internacionalistas como su descripción de los hechos como un proceso unitario de transformación burguesa eran acertadas en lo esencial. Tal vez desde esa misma perspectiva podrían añadirse algunas otras consideraciones:

1a  Que ese proceso unitario de transformación burguesa, acelerado luego desde el poder, tiene peculiaridades de desarrollo propias de un país en el límite entre Europa y Asia y se ha visto condicionado además, en su origen, por la implantación del imperialismo capitalista occidental, y, en su desarrollo, por la nueva división internacional del trabajo que lleva consigo la difusión del imperialismo. Esta complicación del esquema de los comunistas internacionalistas permite explicar la coincidencia, en la evolución de la Unión Soviética, de factores inicialmente tan contrapuestos como el asiatismo (en el plano político) y el taylorismo (en el plano económico y de organización del trabajo).

2a Que el mantenimiento del esquema ideológico interpretativo de la revolución rusa, dominante en la III Internacional, ha conducido a una hipostatización del concepto de revolución proletaria semejante a la que ya se había impuesto con respecto a la revolución burguesa (esto es, la consideración de la revolución francesa como revolución burguesa por antonomasia, cuando es precisamente la excepción). La generalización ahistórica de ese modelo esquemático es semejante, aunque contraria, a la que denunciara Marx para el caso de El Capital y ha llevado al movimiento comunista a varios errores de importancia. Uno en Oriente, al subvalorar el papel del campesinado por comparación con lo ocurrido en Rusia (de ahí la equivocación paralela de los proyectos políticos de Stalin y de Trotski para la China de los años veinte/treinta); otro en Occidente, al sobrevalorar los factores de atraso económico y cultural en países capitalistas desarrollados o por lo menos relativamente desarrollados (buscando todavía en fechas no muy lejanas el paralelo con la revolución democrático-burguesa rusa y repitiendo mecánicamente que no hay muralla china entre esa revolución y la proletaria).

Nota bibliográfica

  • V.I. Lenin. Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática. Traducción castellana en Obras Escogidas, tomo 1, pág 477 y siguientes.
  • V.I. Lenin. Con motivo del cuarto aniversario de la revolución de octubre. Traducción castellana en Obras Escogidas, tomo 3, Págs. 659-668.
  • V.I. Lenin, Nuestra revolución (A propósito de las notas de N. Sujánov). Traducción castellana en Obras escogidas, tomo 3, págs. 792-795.
  • Grupo de comunistas internacionalistas de Holanda “Tesis sobre el bolchevismo” en Pannekoek, Korsch. Mattick, Crítica del bolchevismo. Barcelona, Anagrama, 1976.
  • Rudi Dutschke, Lenin (Tentativas de poner a Lenin sobre los pies). Traducción castellana, en Icaria, Barcelona, 1977.

El encuentro de Lenin y Trotsky: la célebre Tesis de Abril

por Ramón Sarmiento//

 Las tareas inmediatas de la revolución rusa eran de carácter democrático-burgués: instaurar una república democrática que pusiera las bases para un desarrollo avanzado de la industria y la cultura. Pero la burguesía rusa, débil, había llegado tarde al desarrollo histórico, constreñida en su avance por las burguesías más fuertes de Europa y Norteamérica.

 Tres concepciones de la revolución rusa

Era imprescindible realizar una reforma agraria que entregara la tierra a los campesinos, sin lo cual era imposible desarrollar un sólido mercado interno para los productos de la ciudad. La peculiaridad de la situación era que numerosos industriales también eran terratenientes, y gran parte de la tierra estaba hipotecada a los bancos que mantenían a una clase terrateniente rentista. La burguesía rusa estaba atada al viejo atraso del país.  Socia menor de las potencias imperialistas, no podía ponerse a la cabeza de la nación para terminar con la guerra, hacer la reforma agraria, desarrollar el país y abolir la monarquía.

Sólo la clase obrera, aliada al campesinado, podía ofrecer una alternativa. Eso implicaba vincular las tareas democráticas pendientes (incluido el derecho de autodeterminación para las naciones oprimidas del imperio ruso) con la toma del poder por la clase obrera y la adopción de medidas socialistas de expropiación de la tierra, la banca y la gran industria.

Esto no significaba que Rusia estuviera madura para el socialismo en 1917. Era necesario que una revolución socialista triunfante en los países más desarrollados de Europa, como Alemania, ayudara a Rusia a sacarla de su atraso, pero la revolución rusa podía actuar de acicate para impulsar la revolución en occidente, como efectivamente sucedió posteriormente.

Estas ideas fueron formuladas por primera vez en 1904 por el joven revolucionario León Trotsky con el nombre de teoría de la revolución permanente. Y se ajustaban plenamente a las tareas que debía consumar la revolución rusa para triunfar. Trotsky ya era una figura destacada entre los marxistas rusos, aunque no pertenecía formalmente a ninguna tendencia al comenzar la revolución. En la revolución de 1905 había llegado a ser presidente del Sóviet de San Petersburgo y fue encarcelado en Siberia, de donde escapó.

Sin embargo, para los dirigentes socialrevolucionarios (conocidos como “eseristas”, por las siglas de su partido) y mencheviques, la revolución rusa era de carácter burgués y debía dejarse a la burguesía a la cabeza de la misma, ejerciendo la clase obrera un papel de control y apoyo desde la izquierda.

El Partido Bolchevique, antes de la revolución, tenía una posición confusa. Defendía el carácter burgués de la revolución, pero calificaba a la burguesía de contrarrevolucionaria. Proponía una “dictadura democrática de obreros y campesinos” que proclamara la república y expropiara a los terratenientes, sin rebasar los límites del capitalismo. Esta fórmula era inconsistente; consideraba posible la coexistencia de la expropiación de los terratenientes con la gran propiedad burguesa y extranjera. Además, dada la incapacidad del campesinado para jugar un papel independiente en la revolución, un gobierno obrero-campesino sólo podía tomar forma real bajo la dominación del proletariado, lo que llevaría al enfrentamiento frontal con la burguesía.

El Gobierno Provisional

Las masas confiaban en las primeras semanas en los dirigentes obreros reformistas. Y estos últimos, como siempre, confiaban en el ala “liberal” de la burguesía, que a su vez se esforzaba desesperadamente por defender a la monarquía y poner fin a la revolución. Mientras tanto, entre bastidores, los generales reaccionarios preparaban un contragolpe.

El Gobierno Provisional que surgió de la Revolución de Febrero fue un gobierno de terratenientes y capitalistas que se autodenominaban “demócratas”. Como “concesión” a las masas se permitió la entrada en el gobierno a  Kerensky, como ministro de justicia,  un abogado laboralista próximo a los eseristas. El ministro de la guerra era el gran industrial de Moscú, Guchkov. El “liberal” y dirigente del partido burgués Kadete, Miliukov, se convirtió en ministro de Relaciones Exteriores.

Los activistas obreros desconfiaban mucho del gobierno. Pero entre la masa de la sociedad había una ola de euforia. Las masas tenían ilusiones en sus líderes y consideraban a Kerensky su portavoz en el gobierno.

La atmósfera predominante de euforia y unidad democrática afectó incluso a algunos dirigentes bolcheviques en Petrogrado, cuando Lenin todavía estaba en el exilio en Suiza. Los principales dirigentes de Petrogrado eran Kamenev y Stalin quienes, recién liberados de su internamiento en Siberia, sucumbieron a la presión de la “unidad”. Instintivamente, los bolcheviques de Petrogrado se manifestaron contra el Gobierno Provisional, al que caracterizaron correctamente como un gobierno contrarrevolucionario. Sin embargo, Kamenev y Stalin llevaron al partido a una alianza cercana con los eseristas y mencheviques, e incluso propusieron la reunificación con estos últimos.

Desde el exilio en Suiza, Lenin observó la situación con alarma. Sus primeros telegramas a Petrogrado eran totalmente intransigentes en tono y contenido: “Nuestra táctica: absoluta falta de confianza, ausencia de apoyo al nuevo gobierno, sospecha especialmente de Kerensky, armar al proletariado como única garantía, elecciones inmediatas al ayuntamiento de Petrogrado, ningún acercamiento a otros partidos”.

La llegada de Lenin y la Conferencia de abril

Lenin pudo llegar finalmente a Petrogrado a comienzos de abril, en compañía de otros exiliados políticos rusos, en un “tren blindado” procedente de Suiza. Después del regreso de Lenin, el Partido Bolchevique entró en una crisis. Esta es una ley en una situación revolucionaria, cuando la presión de las fuerzas de clase ajenas pesa sobre el partido y su dirección: la presión por la “unidad de la izquierda”, el miedo al aislamiento, etc.

En unas pocas semanas, y tras una sobria apreciación de los acontecimientos, Lenin rompió con la posición confusa anterior del partido y alcanzó las mismas conclusiones que Trotsky, siguiendo su propio razonamiento. La conclusión era clara, la etapa democrático-burguesa de la revolución se había consumado en febrero, y la revolución sólo podía triunfar como revolución socialista y con un gobierno de los Sóviets.

La tensión entre Lenin y la mayoría de los dirigentes fue tan grande que, inmediatamente después de su regreso, Lenin se vio obligado a publicar su análisis y propuestas acerca de la revolución, conocidas como Las Tesis de Abril, en el diario del partido Pravda, bajo su propia firma, ya que ninguno de los demás dirigentes las apoyaban.

A fines de abril se convocó la Conferencia del Partido Bolchevique, donde se produjo una lucha feroz. Lenin explicó que la revolución no había logrado sus objetivos centrales: que era necesario derrocar al gobierno provisional; que los obreros debían tomar el poder, aliados con la masa de campesinos pobres. Solamente por estos medios se podría terminar la guerra, dar la tierra a los campesinos y establecer las condiciones para una transición a un régimen socialista. La base del partido simpatizaba con la posición de Lenin, a la que se oponía una parte significativa de la dirección.

Las ideas de Lenin se impusieron. Sin embargo, los bolcheviques seguían siendo una minoría en los Soviets, y los dirigentes de los soviets –los eseristas y los mencheviques– respaldaban al Gobierno Provisional. Y aquí vemos las tácticas flexibles de Lenin, muy alejadas de las aventuras ultra-izquierdistas. En un momento en que la mayoría de los trabajadores apoyaba la posición de los dirigentes del Soviet, hubiera sido puro aventurerismo haber llamado al derrocamiento revolucionario del gobierno. Bajo la consigna de “explicar pacientemente”, Lenin instó a los bolcheviques a dirigirse a los trabajadores en los Soviets para que les plantearan exigencias a los dirigentes reformistas, demandarles hechos en vez de palabras: que publicaran los tratados secretos, que pusieran fin a la guerra, que rompieran con la burguesía y tomaran el poder en sus propias manos. Si ellos hacían estas cosas, como Lenin repitió muchas veces, entonces la lucha por el poder se reduciría a una lucha pacífica por alcanzar una mayoría en los Sóviets.

Tomar el poder

Sin embargo, los mencheviques y los dirigentes Social-Revolucionarios no tenían ninguna intención de romper con el Gobierno Provisional burgués. En realidad, estaban aterrorizados con tomar el poder y tenían más miedo de los obreros y campesinos que del cuartel general contrarrevolucionario.

La posición de mencheviques y eseristas nos resulta familiar. No importa la fuerza ni el coraje que despliegue la clase obrera, no importa lo lejos que llegue la acometida revolucionaria de las masas trabajadoras, para los dirigentes reformistas nunca se dan las condiciones para iniciar la revolución socialista. Este fue el caso de Rusia en 1917 como en Alemania en 1918, en España en 1931-37 o tras la muerte de Franco en 1976-77.

La verdad era que el Gobierno Provisional era una cáscara vacía. Sólo había dos poderes reales en el país, y uno o el otro tenía que ser derrocado. Por un lado, los sóviets de diputados obreros, soldados y campesinos; por otro lado, los restos del antiguo aparato estatal, agrupados en torno a la monarquía y al Estado Mayor, que bajo la sombra protectora del Gobierno Provisional se preparaba para un enfrentamiento con los sóviets.

Crecimiento explosivo

Una de las características principales de una situación revolucionaria es la brusquedad con que puede cambiar el estado de ánimo de las masas. Los trabajadores aprenden rápidamente sobre la base de los acontecimientos.

Así, una tendencia revolucionaria puede experimentar un crecimiento explosivo, pasando de una minúscula minoría a una fuerza decisiva, con una condición: que combine tácticas flexibles con firmeza implacable en todas las cuestiones políticas.

Al principio, sus oponentes se burlaban de Lenin por ser un “sectario” desesperado, condenado a la impotencia de mantenerse fuera de la “unidad de la izquierda”. Sin embargo, la marea pronto comenzó a fluir fuertemente en la dirección del bolchevismo.

En una revolución, escribió Trotsky: “el partido más extremo siempre reemplaza al menos extremo”. Los trabajadores llegan a comprender la corrección de las ideas de la tendencia revolucionaria agracias a su propia experiencia, especialmente en la escuela de los grandes acontecimientos.

Estos son absolutamente necesarios para que los trabajadores se convenzan de la necesidad de una transformación radical de la sociedad. Las diferentes etapas en el crecimiento de la conciencia de la clase se reflejan en el ascenso y la caída de los partidos políticos, de las tendencias, de los programas y de los dirigentes individuales.

El fracaso del gobierno provisional burgués para resolver ninguno de los problemas básicos de la sociedad provocó una aguda reacción en los principales centros obreros, especialmente en Petrogrado, donde al proletariado militante se sumaban los marineros revolucionarios (que, a diferencia de la infantería, eran por lo general de extracción proletaria y fabril, especialmente de entre los trabajadores cualificados).

El aumento constante de los precios, el recorte en las raciones de pan, etc. causaron un fermento de descontento. Y sobre todo la continuación de la guerra, elevó la temperatura social hasta el punto de ebullición. El gobierno pedía paciencia y proponía aplazar la resolución de todos los conflictos a la hipotética convocatoria de una Asamblea Constituyente, sin fecha a la vista.

Los trabajadores reaccionaron con una serie de manifestaciones de masas a partir de abril, que indicaban un cambio cada vez mayor hacia la izquierda en su estado de ánimo. En un movimiento paralelo, las fuerzas de la reacción intentaron movilizarse en las calles, dando lugar a una serie de enfrentamientos.

“Las jornadas de Abril” 

Los bolcheviques convocaron una manifestación en abril para presionar a los líderes reformistas y probar el estado de ánimo de la capital.

Las resoluciones de las fábricas y de los distritos de los trabajadores inundaron el seno del comité ejecutivo del sóviet de Petrogrado, exigiendo una ruptura con la burguesía. Los trabajadores acudieron a los comités locales preguntando cómo transferir su afiliación de los mencheviques a los bolcheviques.

A principios de mayo, los bolcheviques ya tenían al menos un tercio de los trabajadores en Petrogrado.

La clase dominante siempre busca presentar la revolución como un acontecimiento sanguinario. A los líderes reformistas les encanta presentarse como demócratas parlamentarios amantes de la paz. Pero la historia demuestra la falsedad de ambas afirmaciones. Las páginas más sangrientas de la historia de la lucha social ocurren cuando una dirección cobarde e inepta vacila en el momento decisivo y no logra poner fin a la crisis de la sociedad mediante una acción vigorosa. La iniciativa pasa entonces a las fuerzas contrarrevolucionarias que son invariablemente despiadadas, y dispuestas a desatar ríos de sangre para “darle a las masas una lección”.

En abril de 1917, los dirigentes reformistas de los Sóviets podrían haber tomado el poder “pacíficamente”, como Lenin les había invitado a hacer. No habría habido guerra civil. La autoridad de estos líderes era tal que los obreros y soldados les hubieran obedecido incondicionalmente. Los reaccionarios habrían sido generales sin ejército.

Como resultado de la presión de la manifestación, en lugar de tomar el poder, los dirigentes mencheviques y eseristas decidieron entrar en el Gobierno provisional, en un primer gobierno de coalición con los líderes burgueses.

Las masas, al principio, lo acogieron con agrado, creyendo que los ministros socialistas estaban allí para representar sus intereses. Una vez más, sólo los acontecimientos podrían provocar un cambio en la conciencia. Inevitablemente, los ministros socialistas se convirtieron en los peones de los terratenientes y capitalistas, y sobre todo del imperialismo anglo-francés, que impacientemente exigía una nueva ofensiva militar en el frente ruso.

Guillermo Lora: la revolución permanente (1984)

 

Extracto de Conferencia pronunciada en la Escuela de Altos Estudios Nacionales de las FFAA de Bolivia y que su autor realizó sobre el tema “Sindicalismo Político” que se le planteara en julio de 1984, La Paz, Bolivia. EP

Si la revolución social es considerada como el producto arbitrario de la propaganda extremista, de la agitación social arbitrariamente provocada, etc., será imposible comprender la actividad contradictoria de la clase obrera e inclusive la conducta de los sindicatos. La historia de la humanidad es la historia de la sucesión de los diferentes modos de producción (cómo se produce lo que el hombre precisa para satisfacer sus necesidades), que tiene lugar a través de saltos bruscos, de la misma manera, por ejemplo, que las transformaciones geológicas. La sociedad y el hombre hace tiempo que acertadamente vienen siendo considerados como parte del proceso de desarrollo de la naturaleza, lo que ha permitido desprenderse de perjudiciales prejuicios subjetivistas. El oscurantismo al juzgar a la sociedad no hace otra cosa que alejarla de su debida comprensión. El desplazamiento de una clase por otra en el poder, que eso es la revolución social, siempre se ha dado en la sociedad y seria absurdo que nos aterroricemos toda vez que se produce, lo que corresponde es estudiarlo con la debida atención, seguros de que nuestra sociedad también se encamina hacia esa finalidad. No es motivo de nuestra atención la revolución política o sea la lucha entre sectores de la misma clase social por controlar el poder.

La revolución es un fenómeno social sometido a las leyes generales de la sociedad (del capitalismo) y a las suyas propias. Está muy lejos de ser la arbitrariedad y el caos, como generalmente se supone. La revolución destruirá los aspectos caducos de la actual sociedad y permitirá un amplio desarrollo de los gérmenes de una nueva, que ya se dieron en el pasado inmediato; en esta medida destruye el orden social envejecido y establece uno nuevo; el caos no es más que aparente. Son los hombres los que hacen la revolución, pero no a su capricho, sino dentro de las condiciones creadas por el desarrollo social. Unos, los que pertenecen a la clase obrera o se identifican con sus finalidades estratégicas, con sus objetivos generales, encarnan a las fuerzas productivas, es decir, a las fuerzas progresistas de la historia y cuando adquieren conciencia de esto actúan como sus instrumentos conscientes. En estas filas se reclutan los teóricos, factores decisivos para la lucha revolucionaria, los caudillos y activistas de la transformación de la sociedad. Con todo, las masas y los hombres no pueden hacer otra cosa que contribuir a que las leyes de la historia se cumplan con ahorro de esfuerzos y de tiempo; en ningún caso podrán sustituir esas leyes con los esquemas sacados de sus cabezas o con sus creaciones perversas o angelicales. Los otros, los que pugnan por perpetuar la actual sociedad, porque en ésta se encuentran sus intereses materiales, batallan, conscientemente o no contra las leyes de la historia, son conservadores, reaccionarios. Pueden la clase dominante y su Estado idear y levantar los mayores obstáculos frente a la marcha revolucionaria de la mayoría nacional, pueden corromper a las direcciones de las masas y contribuir a la formación de burocracias potentes, pero todo esto acabará siendo arrasado por las leyes de la historia. Así se ha desarrollado y se desarrolla la sociedad.

Toda nueva sociedad se justifica cuando impulsa el desenvolvimiento de las fuerzas productivas, que son el conjunto de los instrumentos que permiten la producción, de los hombres que los manejan en determinadas condiciones de experiencia y

hábitos de trabajo (tecnología, división del trabajo, etc). El desarrollo de las fuerzas productivas, que se sintetizan en cierto nivel de productividad, importa un cierto grado de dominio del hombre sobre la naturaleza, objetivo de toda sociedad. Las fuerzas productivas imponen determinadas formas de propiedad sobre los medios de producción (tierra, máquinas, materias primas, etc.), que condicionan las relaciones de producción dentro de las cuales los hombres producen su vida social, su sustento diario, para decirlo de manera simple. Estas relaciones de producción constituyen el basamento material, económico, de la sociedad, su estructura sobre la que se levanta el amplio y rico mundo de la superestructura ideológica, que no es consecuencia mecánica e inmediata de aquella, sino que se mueve conforme a sus propias leyes y en determinado momento reacciona poderosamente sobre la estructura (la política en la actualidad, por ejemplo), buscando modificarla y contribuyendo a que esto sea así dentro del marco señalado por el desarrollo de las fuerzas productivas.

La estructura económica es una unidad dialéctica en la que los extremos polares están ocupados por las fuerzas productivas y por las relaciones de producción (forma de propiedad). Durante la etapa de equilibrio precario entre ambos, la forma de propiedad impulsa el vigoroso y rápido desarrollo de las fuerzas productivas, el aumento cuantitativo de éstas (evolución pacífica, progreso gradual), motivando transformaciones dentro del orden establecido, pero esto sólo hasta cierto nivel de su crecimiento, que es cuando chocan con esa fuerza conservadora que es la forma de propiedad vigente (relaciones de producción), ésta para sobrevivir se empeña en estrangular a las fuerzas productivas, que en su intento de crecer se despedazan chocando contra su mordaza y cuyos indicios inconfundibles son las crisis económicas cíclicas (la actual que soportamos), las guerras internacionales por el reparto del mundo y las mismas revoluciones sociales. Una sociedad es sustituida por otra únicamente si la estructura económica ha madurado para esto, si la clase dominante ha agotado todas sus posibilidades progresistas. El desarrollo de las fuerzas productivas tiene que considerarse como un desarrollo global y de ninguna manera parcial (un descomunal saltó en la producción e industrialización del hierro, mientras la agricultura permanece estancada o retrocede, por ejemplo). Las transformaciones tecnológicas, muchas de ellas relegadas a las cuatro paredes de un laboratorio, por sí mismas no son sinónimo de crecimiento de las fuerzas productivas; muchas de esas innovaciones e inventos quedan archivados, porque su generalización podría ocasionar serios perjuicios económicos a las grandes empresas al obligarles a cambiar su utilaje, y a veces son relegados al uso para fines belicistas, que importa una descomunal destrucción de las fuerzas productivas. Unicamente cuando las fuerzas productivas han dejado de crecer, cuando la forma de propiedad privada burguesa (relaciones de produccióni se ha tornado reaccionaria, fenómeno que ha tenido lugar en escala mundial desde el último tercio del siglo XIX hasta 1914 fecha del estallido de la primera guerra mundial (guerra imperialista), cuando se ha hecho evidente la posibilidad de la revolución social.

¿Esta ley puede aplicarse a la atrasada Bolivia? La respuesta, que es una de las claves de la política boliviana, obliga a una breve explicación. Bolivia no ha tenido tiempo ni posibilidades para impulsar el desarrollo interno del capitalismo, éste llegó desde afuera como fuerza invasora, obedeciendo los intereses económicos de las metrópolis y de ninguna manera las necesidades de desarrollo del país que pasó a la condición de semicolonia. Penetró al altiplano el imperialismo, el capitalismo en su etapa de decadencia, trayendo progreso y modernización a ciertos sectores de nuestra economia, a veces mediatizados en extremo, y al mismo tiempo ocasionando

estancamiento y hasta retroceso allí donde no le interesaba asentarse y explotar. Vimos al imperialismo conviviendo junto al latifundio improductivo y reducto del trabajo servil, no pocas veces prestándole apoyo directo. Esta política contradictoria se explica porque la fuerza invasora tuvo necesariamente que apoyarse en la feudal burguesía, que tenía metido un pie en el pongueaje y que simultáneamente servía al capital financiero.

De esta manera fuimos incorporados, virtualmente a la fuerza, a la economía mundial, que es algo más que una simple suma de economías nacionales, es una unidad superior y una de las grandes creaciones del capitalismo. Esta concepción (la interpretación unilateral de ella es el punto de arranque de una serie de desviaciones), permite comprender que estamos obligados a soportar las leyes generales del capitalismo, lo que no debe interpretarse como una imposición mecánica de esas leyes en toda su pureza, más bien, se reflejan en una particular realidad económico-social, actúan transformando y transformándose a través del país atrasado. En esto consisten las particularidades nacionales que tienen importancia decisiva en la fijación de la política revolucionaria. Nuestra tardía incorporación a la economía mundial, alrededor de los albores del siglo XX, y la invasión del capital financiero han determinado la economía capitalista de tipo combinado, que imprime una particular fisonomía a la ley del desarrollo desigual, la más general en la historia de la humanidad.

Nuestro país ya conoce el capitalismo, bajo la única forma en que puede darse, como economía combinada, que importa la coexistencia de diferentes modos de producción, de las primeras letras del desarrollo de la sociedad con las últimas adquisiciones de nuestra época: las tribus selváticas, el transporte en llamas junto al jet, etc. No hay tiempo, debido a la desintegración del imperialismo y a la presencia en el escenario del proletariado como clase, para que Bolivia recorra las vicisitudes de un desarrollo integral e independiente del capitalismo.

La ley de la economía combinada, que sería inconcebible al margen de la pertenencia a la economía mundial, no como ocasional vendedor de minerales sino como parte integrante de ella, tiene implicaciones que es preciso puntualizar para comprender la revolución en nuestro país.

Estamos obligados a considerar todos los fenómenos, particularmente los económicos, como dimensiones internacionales. Las fuerzas productivas, de manera particular, solamente pueden concebirse así, si no se quiere distorsionar la realidad.

Si Bolivia fuese un país aislado, si no se estremeciese ante las modificaciones del mercado mundial, si no dependiese del tipo de intereses que fijan los bancos norteamericanos o ingleses, si no dependiese su vida diaria de la cotización de minerales que a medio día se difunde desde Londres, se podría decir con toda propiedad que está muy lejos de una transformación revolucionaria dirigida por la clase obrera, que lo más que puede esperarme es una transformación democrático-burguesa, los militantes stalinistas añadirían del tipo de revolución encarnado en el gobierno burgués del doctor Hernán Siles Zuazo, claro que la afirmación puede prestarse a burlas o calificativos despectivos. Esta manera de plantear el problema es incorrecta y anti-científica, porque en nuestra época resulta inconcebible la existencia de país alguno totalmente aislado de los otros y de la economía mundial, convertida en el escenario insoslayable donde se mide la productividad de los diferentes países.

Entre las consecuencias de nuestra integración a la economía mundial se tienen la autoritaria imposición del capitalismo y la maduración desde afuera para la revolución proletaria, lo que no tiene que interpretarse como si esta transformación radical también tuviese que venir de la metrópoli, contrariamente, será hecha por los bolivianos y en la medida en que maduren para cumplir esa tarea. En la actualidad las fuerzas productivas en escala mundial están sobremaduras para la revolución proletaria, concebida como una revolución de alcance mundial y encaminada hacia el comunismo; su tardanza, que tiene que concebirse como consecuencia del lento desarrollo de la conciencia de clase de los explotados o de la traición de sus direcciones tradicionales, que supone el cambio de contenido de clase, se traduce en la aparición de formas de barbarie, con tegumento burgués como es el caso del fascismo, que importa la aniquilación de gran parte de las conquistas logradas por la civilización, o en la destrucción de la sociedad. Vivimos en la época de la revolución proletaria y no nos está permitido eludirla o idear caminos excepcionales para nuestro país. La historia boliviana es parte de la historia de la humanidad.

El carácter internacional de la revolución proletaria quiere decir que ningún país, por muchos que sean los privilegios con los que hubiese sido beneficiado por la naturaleza, puede con sus propias fuerzas, en el marco de una inconcebible y reaccionaria autarquía, construir una sociedad comunista, tal meta solamente podrá lograrse internacionalmente. Ha sido el propio capitalismo el que ha permitido que maduren para ello las condiciones materiales; en la época de la economía mundial, en la época de las transnacionales, las fronteras nacionales se han tornado reaccionarias. En este punto debemos puntualizar que la defensa, por tanto, la perrnanencia de las fronteras de los países sometidos a la opresión imperialista, constituyen pasos progresistas y obligados en la lucha por la liberación nacional. El comunismo no destruirá la economía mundial, por el contrario, se basará en ella y le dará un mayor impulso.

Esa unidad mundial que es la revolución socialista (el desarrollo de la sociedad no permite su parcelación en estancos independientes entre sí) está integrada por las revoluciones puramente socialistas que tendrán lugar en las metrópolis del capital financiero, que se distinguen por la proporción mayoritaria de la clase obrera y porque no tienen ante sí la solución de tareas democráticas o burguesas pendientes; por las revoluciones políticas (el desplazamiento del poder de la burocracia termidoriana por la clase obrera) en los países sometidos a la dictadura stalinista y por las revoluciones de liberación nacional en las regiones sometidas a la opresión imperialista. El hecho fundamental y distintivo de nuestra época radica en que todas esas revoluciones son políticamente dirigidas por el proletariado. Hay, pues, revoluciones proletarias y revoluciones proletarias, no todas están vaciadas en el mismo molde o cortadas en la misma medida, obedecen a leyes particulares según el grado de desarrollo de la región en que tienen lugar.

La revolución boliviana no puede menos que reflejar el capitalismo atrasado de economía combinada. El sector atrasado está encarnado en el modo de producción precapitalista, que si se toma como referencia los índices demográficos se puede decir que comprende a la mayoría nacional. No se trata de que el atraso está simplemente yuxtapuesto al progreso (modo de producción capitalista y que define la existencia material del país), sino de que entre ambos existe una permanente inter-relación; conforman un país con esa característica nacional y no dos sociedades independientes entre sí. Atraso y progreso se penetran mutuamente, se condicionan y se encuentran

en permanente transformación. El atraso se traduce en atraso cultural, por decir, que deja su impronta en todas las actividades, lo que determina la lentitud de nuestro desarrollo, que pesa negativamente en contra de la productividad y, de una manera general, que mediatiza las conquistas foráneas que alcanzan a trasmontar los Andes. Urge puntualizar en qué consiste este rezagamiento.

Sobre todas las cosas, está muy lejos de ser general, pues soporta la presión del modo de producción capitalista (minas, petróleo, industria, transportes, agroindustria) y, a su turno, actúa poderosa, aunque negativamente, sobre él. El cordón umbilical, por esto mismo de trascendencia vital, que une a Bolivia con el mercado mundial, es decir, el elemento que le permite llevar una vida moderna, es la producción capitalista, la exportación de materias primas, de minerales, de petróleo, etc. Esta producción no solamente define el presupuesto nacional, sino las balanzas comercial y de pagos, permite importar todo lo que exige la vida moderna. El modo de producción precapitalista pesa de manera considerable en la composición del producto interno bruto. En alguna forma esa preeminencia económica del capitalismo condiciona la preeminencia política del proletariado, aunque su gran politización es resultado de su propia historia, de una serie de factores que han contribuido a la formación de su conciencia.

Un país atrasado como Bolivia puede mostrar importantes adelantos tecnológicos y de concentración del capital en su área modernizada, como sucedió en el campo de la minería en cierto momento.

El atraso tampoco es definitivo, dado de una vez por todas, sino que, en determinadas condiciones, puede convertirse en palanca de progreso, permitir dar un salto en el desarrollo, trocarse en su contrario. Los teóricos de la clase dominante, que se complacen en subrayar que el capitalismo -únicamente el capitalismo, pues vituperan contra el feudalismo, el esclavismo, etc. corresponde a la naturaleza humana y que por eso debe considerarse eterno; pretenden justificar las limitaciones e incapacidad de la burguesía nativa con la especie de que nuestro país nunca podrá salir de una manera total de su rezagamiento, que siempre será tributario de la metrópoli imperialista, etc. Hay muchos ejemplos históricos que violentan la teoría del definitivo atraso boliviano y que viene siendo manejada desde el siglo XIX.

Allí donde el capitalismo se ha desarrollado internamente, recorriendo todos los recodos del camino, venciendo todas las dificultades y las etapas, ha ido acumulando utilaje obsoleto, herencia inevitable del pasado; esta carga concluye obstaculizando los movimientos de la economía en su integridad. Recuérdese el caso de países en los que se sigue utilizando maquinaria con muchos decenios de antigüedad. Un país atrasado, virgen en la actividad capitalista en ciertos renglones, puede, en condiciones favorables apoderarse de un salto de todo el avance logrado por la sociedad, sin necesidad de descubrir ni perfeccionar nada. Importará la última palabra de la tecnología en la fabricación de automóviles, sin necesidad de volver a vivir las primeras experiencias. En un solo acto se colocará en el nivel de los países más desarrollados. Esto es algo más que un dato anecdótico, quiere decir que tal paso puede permitir movernos a mayor velocidad que las metrópolis del capital financiero. Las condiciones que permitieron ese desarrollo a saltos y que las colonias o semicolonias alcanzasen o sobrepasasen a las metrópolis opresoras, fueron en el pasado las ventajas que proporcionaba el capitalismo en ascenso (Estados Unidos de Norte América, Alemania, Japón); en la actualidad, caracterizada por la desintegración

del imperialismo, las condiciones para ese salto no son otras que las creadas por la revolución social.

Un otro aspecto de este tema: la masa campesina, que aunque asuma actitudes revolucionarias y de subversión contra el estado de cosas imperante, representa el pasado histórico y el atraso, pero en los momentos de mayor tensión de la lucha revolucionaria se convierte en el factor decisivo que impulsa al proletariado (expresión social del progreso hacia el poder, es decir, permite crear las condiciones para la estructuración de una sociedad superior a la capitalista.

Bolivia se diferencia de las metrópolis por ser una nación oprimida que soporta la explotación y el dominio político por parte del imperialismo no solamente sobre uno de sus sectores sociales, la clase obrera, sino sobre toda la nación. El capital financiero exporta en gran medida la plusvalía que extrae de los trabajadores, actúa como el muro que impide que el país en su integridad ingrese de pleno a la civilización, esto porque mantiene intacto al precapitalismo, expropia política y económicamente a la burguesía criolla, le impide su desarrollo, lo que aparece con mayor evidencia cuando ésta le sirve obsecuentemente. Los problemas que plantea la revolución y la mecánica de clases son particulares y diferentes a los que se dan en los grandes centros del capitalismo imperialista.

Toda revolución es mayoritaria y la proletaria lo es al servicio, por primera vez, de la mayoría del país. En la Bolivia atrasada esa revolución no puede menos que ser protagonizada por la nación oprimida (en esta medida es mayoritaria) y no únicamente por la minoría obrera (consecuencia del atraso, de la persistencia de los modos de producción precapitalistas). Una revolución puramente proletaria es inconcebible, pues sería una actitud asumida contra el país, condenada a su inmediato aplastamiento. De esta realidad emergen las vigas maestras de la lucha revolucionaria.

La alianza obrero-campesina (las masas explotadas arrastradas políticamente por la clase obrera) juega el papel de pieza clave de esta estrategia. El choque de los campesinos con los obreros antes de la conquista del poder convertiría en imposible tal finalidad estratégica.

La táctica que cobra vigencia permanente hasta tanto se produzca la victoria de los explotados, aunque su realización precisa de condiciones políticas muy concretas, es la constitución del frente anti-imperialista, que importa la unidad de la nación oprimida (varias clases sociales) bajo la dirección proletaria, es decir, dentro de las finalidades estratégicas de la clase obrera. La burguesía también habla de unidad nacional y la consuma bajo su propia dirección y para servirse de ella como factor de respaldo político o de estabilidad gubernamental llegado el caso. La Unidad Democrática Popular es una variante de este frente político de varias clases sociales timoneado políticamente por la burguesía democratizante. El frente anti-imperialista permite que el proletariado efectivice su liderazgo nación oprimida por el imperialismo, se apoye en ella y dirija las luchas que libran las masas explotadas. Únicamente la movilización y radicalización de los sectores mayoritarios puede obligar a las direcciones de los partidos de izquierda a someterse a la dirección proletaria, abandonando su actual posición servil frente a la clase dominante.

La revolución proletaria boliviana estará muy lejos de ser puramente socialista por sus tareas. Antes de construir el socialismo y la sociedad sin clases sociales (sin

explotados ni explotadores) tiene que superar el secular atraso del país, lo que equivale al cumplimiento de las tareas democráticas o burguesas pendientes, labor imprescindible que será realizada junto al logro de objetivos socialistas, en los sectores donde sea posible. La revolución será pues combinada en sus tareas y también por sus componentes sociales reflejando así en la superestructura el carácter combinado de la economía.

Debe tomarse en cuenta que el proceso de transformación profunda estará acaudillado por la clase obrera y que ésta para libertarse realmente tendrá que llegar al comunismo y en su marcha libertar a toda la sociedad. El proletariado no tiene interés alguno en perpetuar las realizaciones democrático-burguesas, basamento material de la existencia y desarrollo del capitalismo que supone su inevitable explotación y opresión, sino acabar con este estado de cosas, razón por la cual las transformará en socialistas desde el poder. Como se ve, el secreto del proceso consiste en que los explotados se conviertan en clase gobernante, en fin, en la existencia de la dictadura del proletariado.

Nos encontramos frente a una sola etapa en la cual son realizadas a plenitud las tareas democráticas y su transformación en socialistas. El Partido Comunista de Bolivia, que dice no renegar del socialismo e inclusive de la dictadura proletaria, hace un planteamiento cualitativamente diferente: en la primera etapa, cuya duración no puede menos que prolongarse por algunos decenios, una centuria o más, debe cumplirse únicamente la revolución democrático-burguesa, porque –dice- las fuerzas productivas en escala nacional han madurado únicamente para ese tipo de revolución; luego de que el desarrollo pleno e independiente. del capitalismo transforme toda la economía y cree una clase obrera poderosa por su número y su educación en la escuela de la democracia formal, recién podrá plantearme con legitimidad la revolución puramente socialista. Entre ambas etapas históricas media un abismo de tiempo y no puede hablarse de una inter-acción entre ambas. La corriente maoísta planteó, en su apogeo, la misma tesis con una pequeña variante: para ella, cumplida la etapa de la revolución democrática debía darse, de manera ininterrumpida -de aquí su nombre-, la revolución socialista. El stalinismo en general sostiene que la etapa democrático-burguesa solo puede estar timoneada por un gobierno de corte burgués. La permanencia del Partido Comunista de Bolivia en el gobierno burgués de la Unidad Democrática Popular, lejos de constituir un error táctico o un desliz cualquiera, obedece a su concepción programática fundamental.

El desarrollo interno de la revolución bajo la dictadura del proletariado lleva la tendencia de no detenerse hasta tanto no se destruya toda forma de opresión de clase (explotación del hombre por el hombre). Cada etapa niega a la anterior y el proceso tiene lugar en medio de contradicciones y de conflictos sociales. El ritmo de su realización, así como el del cumplimiento de las tareas democráticas, no puede señalarse con anticipación, depende de la marcha de las economías mundial y nacional, de los progresos que haga la revolución proletaria internacional.

La revolución proletaria comenzará necesariamente dentro de las fronteras nacionales y no como un fenómeno simultáneo. El ritmo extremadamente desigual con el cual se desarrolla la conciencia de clase del proletariado de los diversos países obliga a que la revolución social tenga lugar también de manera desigual. No será un proceso despersonalizado; contrariamente, mostrará las huellas inconfundibles de las particularidades nacionales, profundamente entroncado en la historia, en la economía, en fin, en la cultura del país.

Pero, la revolución no puede encerrarse indefinidamente en el marco nacional; para resolver los problemas que genera y para llegar a la sociedad sin clases, necesariamente tendrá que proyectarse al plano internacional, de nacional se trocará en internacional. En el caso boliviano su proyección continental busca estructurar los Estados Unidos Socialistas de América Latina, la única forma en la que ahora puede efectivizarse el sueño y ambición de Simón Bolívar. Muchos de los problemas más punzantes del país, entre ellos el largo pleito diplomático de la mediterraneidad, podrán encontraran así su solución natural.

La clase obrera en el poder estatizará los medios de producción, concentrándolos en manos de la dictadura del proletariado (gobierno obrero-campesino), lo que le permitirá planificar la economía y dirigirla hacia la construcción del socialismo, en fin, del comunismo, la sociedad sin clases sociales, sin explotados ni explotadores.

Hemos expuesto someramente la teoría de la revolución permanente, que tanta importancia ha tenido en la formación de la clase obrera boliviana (nos referimos a su conciencia). Se trata de las leyes de la revolución social de los paises ses atrasados (coloniales y semicoloniales) de nuestra época imperialista, en la que la presencia de la clase obrera (vale decir de su partido político que es, sobre todo, programa), constituye el hecho de mayor relieve. Algunos de sus críticos sostienen que dicho planteamiento buscaría saltar por encima de la etapa democrática, para ingresar de lleno y de un salto en la revolución puramente socialista. Otros se empeñan en querer demostrar el absurdo de que buscaría aislar al proletariado de las otras clases sociales. Estos reparos carecen de fundamento. La revolución permanente fue enunciada ya por Carlos Marx a mediados de¡ siglo XIX y teniendo presente la revolución en la rezagada Alemania de entonces, buscando resolver, precisamente, el cumplimiento de las tareas democráticas. Los revolucionarios rusos hablaron de la transformación de la revolución burguesa en socialista, teniendo en cuenta su contenido social, sus tareas fundamentales. No se plantea el ignorar o saltar por encima de las tareas democráticas, sino la manera de cómo el proletariado tendrá que consumarlas en la época que vivimos, que es la época de decadencia del capitalismo, que plantea la necesidad histórica de la revolución y dictadura proletarias.

 

(Fotografía: trabajadores armados, abril de 1952, La Paz, Bolivia)