Archivo de la etiqueta: Reformismo

La muerte del reformismo: Corbyn y la “izquierda amplia”

por Chris Marsden //

El siguiente discurso fue pronunciado por Chris Marsden, secretario nacional del Partido Socialista por la Igualdad (Reino Unido), la sección británica del Comité Internacional de la Cuarta Internacional, durante los últimos 20 años.

Marx repudiaba la premisa central del reformismo al extraer la lección fundamental de la Comuna de París de 1871. El primer intento de la clase trabajadora por tomar el poder en sus propias manos terminó en la matanza de hasta 20.000 comuneros.

Marx concluyó que “la clase trabajadora no puede simplemente apoderarse de la maquinaria estatal tal como es y utilizarla para sus propios fines”. El Estado moderno funcionaba como “el poder nacional del capital sobre el trabajo”, una “fuerza pública organizada para la esclavización social” y “un motor del despotismo de clase”. La clase trabajadora tiene que derrocar al Estado burgués y establecer su propio poder estatal, encargado de la “expropiación de los expropiadores”.

La historia del movimiento socialista revolucionario es la historia de la hostilidad implacable hacia los defensores del reformismo, de la constante denuncia de sus pretensiones y falsedades para romper su influencia en la clase trabajadora. Seguir leyendo La muerte del reformismo: Corbyn y la “izquierda amplia”

Unidad Popular: La Revolución Frustrada

por Antonio Calderón//

 
Hacia fines de los años sesenta en el cono sur de América comenzó un ascenso revolucionario de las luchas obreras y populares, que coincidió con el ascenso mundial de esos años. Este fue el telón de fondo de los procesos nacionalistas burgueses de Velasco Alvarado en el Perú, de Torres en Bolivia, de Allende y la Unidad Popular en Chile.
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Revolución y Constitución

por Gustavo Burgos //

 1.- POR QUÉ ENTRAMOS EN EL DEBATE CONSTITUCIONAL (NUESTRA LUCHA CONTRA LOS REFORMISTAS)

            En los círculos de izquierda, es frecuente escuchar, frente a los ampulosos y circenses debates políticos de los patrones, que nada de eso nos interesa. Que lo que ocurra en el Congreso, en el Gobierno o el Poder Judicial, en nada nos debe preocupar y que la respuesta la debemos encontrar en los problemas “concretos” de los trabajadores. Se pretende por esta vía delimitar la política de los patrones con la de los explotados, limitando las preocupaciones, reclamos y discusiones de la izquierda al entorno doméstico de los trabajadores. Se dice que no debe interesarnos el destino de los senadores designados, ni el debate tributario ni las posibles reformas a la Constitución. Seguir leyendo Revolución y Constitución

León Trotsky: Las Tácticas del Frente Único

I. 

CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL FRENTE ÚNICO

 

1.- La tarea del Partido Comunista es la de dirigir la revolución proletaria. A fin de orientar al proletariado hacia la conquista directa del poder, el Partido Comunista debe basarse en la predominante mayoría de la clase trabajadora.

En tanto el Partido no cuente con esa mayoría, debe luchar para lograrla.

El Partido solo puede alcanzar este objetivo si es una organización absolutamente independiente, con un programa claro y una estricta disciplina interna. He aquí por qué el Partido tuvo que romper ideológica y organizativamente con los reformistas y los centristas que no luchan por la revolución proletaria, que no tienen el deseo de preparar a las masas para la revolución y que, con su conducta, coartan esta tarea. Los miembros del Partido Comunista que se aliaron en la escisión con los centristas en nombre de “las masas proletarias” o de la “unidad de frente”, están demostrando su incomprensión del ABC del Comunismo, y que están en las filas del Partido Comunista solo por accidente.

2.- Luego de asegurarse una completa independencia y homogeneidad ideológica de sus cuadros, el Partido Comunista lucha por influenciar a la mayoría de la clase obrera. Esta lucha puede asumir un carácter rápido o lento, que depende de las condiciones objetivas y la eficacia de la táctica seguida.

Pero es bien evidente que, la vida de clase del proletariado no se detiene en ese periodo preparatorio para la revolución. Los choques con los industriales, con la burguesía, con el aparato del Estado, ya respondan a la iniciativa de un sector o del otro, siguen su curso.

En estos choques, que envuelven ya sea a los intereses del conjunto del proletariado, o de su mayoría, o a este u otro sector, las masas obreras sienten la necesidad de la unidad de acción: de unidad para resistir el ataque del capitalismo, o de unidad para tomar la ofensiva en su contra. Todo Partido que se oponga mecánicamente a esta necesidad del proletariado de unidad en la acción, será condenado infaliblemente por los obreros.

Por otra parte, la cuestión del Frente Único no es, ni en su origen ni en su esencia, una cuestión de relaciones mutuas entre la fracción parlamentaria comunista y la socialista, o entre los Comités Centrales de ambos Partidos, o entre “L’ Humanité” y “Le Populaire”. El problema del Frente Único -a pesar del hecho de que es inevitable una escisión en esta época entre las organizaciones políticas que se basan en el voto- surge de la urgente necesidad de asegurarle a la clase obrera la posibilidad de un Frente Único en la lucha contra el capitalismo.

Para aquellos que no comprenden que todo Partido solo es una sociedad propagandística y no una organización para la acción de masas.

3.- En los casos en que el Partido Comunista aún permanece corno una organización compuesta por una minoría numéricamente insignificante, la cuestión de su conducta en el frente de la lucha de masas no asume un significado político y organizativo decisivo. En tales condiciones las acciones de masas permanecen bajo la dirección de las viejas organizaciones que continúan jugando un rol decisivo en virtud de su tradición aún poderosa.

Por otro lado, el problema del Frente Único no surge en los países donde -Bulgaria por ejemplo- el Partido Comunista es el único dirigente de las masas explotadas.

Pero donde quiera que el Partido Comunista constituya una fuerza política poderosa y organizada, pero no una magnitud decisiva -allí donde el Partido abarque organizativamente digamos una cuarta parte, una tercera y aún una proporción mayor de la vanguardia proletaria organizada— se halla ante el problema del Frente Único en toda su agudeza.

Si el Partido cuenta con una tercera parte o la mitad de la vanguardia proletaria, luego, el resto se hallará organizado por los reformistas o los centristas. Es bien evidente que los obreros que aun apoyan a los reformistas y centristas se interesan vivamente por mantener los niveles de vida más elevados y la mayor libertad de acción que sea posible. En consecuencia, debemos proyectar nuestra táctica a evitar que el Partido Comunista que en el futuro próximo abarcará los tres tercios del proletariado, se convierta en un obstáculo organizativo en el camino de la lucha proletaria actual.

Aun más, el Partido debe asumir la iniciativa en asegurar la unidad en la lucha presente. Solo así el Partido se acercará a esos dos tercios que aún no siguen su dirección, que aun no confían en él porque no lo comprenden. Solo de esta manera puede el Partido ganarlos.

Si el Partido Comunista no hubiese roto drásticamente y en forma irrevocable con los socialdemócratas, si no se hubiese convertido en el Partido de la revolución proletaria. No hubiese podido dar los primeros pasos serios en el camino de la revolución. Hubiese permanecido como una válvula parlamentaria de seguridad bajo el Estado burgués.

Quién no comprende esto, no conoce la primera letra del ABC del Comunismo.

4.- Si el Partido comunista no procurase construir un camino organizativo, al final del cual fuesen posibles en cualquier momento acciones coordinadas conjuntas entre las masas comunistas y las no-comunistas (incluyendo a las que apoyan a la socialdemocracia), pondría al descubierto su incapacidad para ganar -sobre la base de acciones de masas- a la mayoría del proletariado. Degeneraría en una Sociedad de propaganda comunista, nunca se desarrollaría como un Partido que lucha por la conquista del poder.

No es suficiente contar con una espada, tiene que tener filo; no es suficiente el filo: hay que saber usarla.

Luego de separar a los comunistas de los reformistas, no es suficiente fusionar a los comunistas entre sí por medio de la disciplina organizativa; es necesario que esa organización aprenda a guiar todas las actividades colectivas del proletariado en todas las esferas de la lucha de clases.

Esta es la segunda letra del ABC del Comunismo.

 

DIRIGENTES REFORMISTAS EN EL FRENTE UNICO

5.- El Frente Único, ¿comprende solo a las masas trabajadoras o incluye también a sus dirigentes oportunistas?

El solo hecho de hacer esta pregunta demuestra incomprensión del problema.

Si pudiésemos simplemente unir al proletariado en torno a nuestra bandera o alrededor de nuestras consignas prácticas, y saltar por encima de las organizaciones reformistas, ya fuesen partidos o sindicatos, lógicamente, esto seria lo mejor del mundo. En este caso, el problema del Frente Único no existiría en su forma actual.

La cuestión surge de que algunos sectores muy importantes del proletariado pertenecen a organizaciones reformistas o las apoyan. Su experiencia actual es demasiado insuficiente para permitirles abandonarlas y unirse a nosotros. Es precisamente luego de intervenir en aquellas actividades de masas que están a la orden del día, que se producirá un gran cambio en la situación.

He aquí lo que perseguimos. Pero los hechos aun no tienen esas características: actualmente, el sector organizado del proletariado esta dividido en tres agrupamientos.

Uno de ellos, los comunistas, tiene como objetivo la revolución social y precisamente por eso apoya todo movimiento de los explotados contra sus explotadores y contra el Estado burgués.

Otra agrupación, de los reformistas, persigue la conciliación con la burguesía, pero a fin de no perder su influencia sobre los obreros, es empujada, contra los propios deseos de sus dirigentes, a apoyar los movimientos parciales del proletariado contra la burguesía.

Finalmente, existe un tercer agrupamiento: los centristas, quienes vacilan constantemente entre los dos, y no tienen una actuación independiente.

Las circunstancias, por lo tanto, tornan completamente posibles las acciones conjuntas respecto a una serie de cuestiones vitales entre los obreros unidos en torno a esas tres organizaciones respectivamente, y las masas organizadas que las apoyan.

Los Comunistas, como ya hemos dicho, no solo no deben oponerse a tales acciones sino que, por el contrario, deben asumir la iniciativa, precisamente por la razón de que cuánto más sean impulsadas las masas hacia el movimiento mayor será su confianza en si mismas, el movimiento de masas tendrá más confianza en sí mismo y será más capaz de marchar resueltamente hacia delante, no importa cuan modesta sea la consigna inicial de lucha. Y esto significa que el crecimiento del contenido de masas del movimiento lo hace revolucionario y crea condiciones mucho más favorables para las consignas, métodos de lucha y, en general, para el rol dirigente del Partido Comunista.

Los reformistas temen al potente espíritu revolucionario de las masas; su arena más preciada es la tribuna parlamentaria; las oficinas de los sindicatos, las cortes de justicia, las antesalas de los ministerios.

Por el contrario, lo que a nosotros nos interesa, aparte de toda otra consideración, es arrancar a los reformistas de su paraíso y ponerlos al lado nuestro ante las masas. Usando una táctica correcta, solo podemos ganar. El comunista que duda o teme esto, parece aquel nadador que aprobó las tesis sobre el mejor modo de nadar, pero que no quiere arriesgarse a zambullirse.

6.- La unidad de frente presupone asimismo, dentro de ciertos limites y en torno a cuestiones especificas, correlacionar en la práctica nuestras acciones con las de las organizaciones reformistas, frente a aquello en que éstas aun hoy expresen la voluntad de importantes sectores del proletariado combativo.

Pero, después de todo, ¿no nos separamos ayer de ellos? Si, porque no estábamos de acuerdo en cuestiones fundamentales del movimiento obrero; ¿a pesar de eso buscamos acuerdos con ellos? Sí, en todos aquellos casos en que las masas que los siguen a ellos están dispuestas a ligarse en una lucha conjunta con las masas que nos siguen a nosotros, y cuando los reformistas en un mayor o menor grado, son empujados a transformarse en un órgano de esa lucha.

Pero, ¿no dirán que luego de separarnos de ellos aun los necesitamos? Si, sus charlatanes podrán decir eso. Aquí y allá algunos elementos de nuestro Partido pueden asustarse con ello. Pero en lo que respecta al conjunto de las masas proletarias -aun aquellas que no nos siguen y que aun no comprenden el objetivo que perseguimos, pero que ven dos o tres organizaciones obreras conduciendo en una existencia paralela- dichas masas sacarán la siguiente conclusión de nuestra conducta: que a pesar de la escisión, estamos haciendo todo lo posible para facilitar la unidad de la acción a las masas.

7.- La política tendiente a asegurar el Frente Único, por supuesto no incluye garantías de que la unidad de acción será alcanzada en todos sus puntos. Por el contrario, en muchos casos, y quizá en la mayoría de ellos, los acuerdos organizativos serán alcanzados a medias o no lo serán del todo. Pero es necesario que las masas en lucha tengan siempre la posibilidad de convencerse de que la imposibilidad de lograr la unidad de acción no se debió a nuestra política irreconciliable sino a la falta de una real voluntad de lucha por parte de los reformistas.

Al entrar en acuerdos con otras organizaciones, naturalmente asumimos una cierta disciplina en la acción. Pero esta disciplina no puede ser absoluta. En el momento en que los reformistas empiecen a poner freno a la lucha, en detrimento del movimiento, y a actuar en contra de la situación y la voluntad de las masas, nosotros, como organización independiente siempre nos reservaremos el derecho a dirigir la lucha hasta el fin, y esto sin nuestros semialiados temporarios.

Esto puede dar pie a una nueva agudización de la lucha entre nosotros y los reformistas. Pero esta ya no implicara una simple repetición de un conjunto de ideas dentro de un circulo cerrado, sino que significara -si nuestra táctica es correcta- la extensión de nuestra influencia sobre sectores nuevos y frescos del proletariado.

8.- Es posible ver en nuestra táctica una reconciliación con los reformistas solo desde el punto de vista del periodista que piensa que se aleja del reformismo criticándolo ritualmente, sin siquiera abandonar su oficina de redacción, que teme chocar con el reformismo ante las masas, y teme darles a estas ultimas la oportunidad para colocar a comunistas y reformistas en un mismo plano de la lucha dé clases. En esta apariencia del temor revolucionario a la “reconciliación” acecha en esencia una pasividad política que busca perpetuar un orden de cosas en que los comunistas y los reformistas tienen cada uno sus esferas de influencia rígidamente demarcadas, su propio público en los mítines, su propia prensa, y que todo esto cree la ilusión de una seria lucha política.

9.- Rompimos con los reformistas y centristas a fin de obtener una completa libertad de criticar la perfidia, la traición, la indecisión y el espíritu pasivo en el movimiento obrero. Por esta razón, toda clase de acuerdo organizativo que coarte nuestra libertad de crítica y de agitación, es completamente inaceptable para nosotros. Participamos en un Frente Único, pero en ningún instante nos diluimos en él. Actuamos en el Frente Único como un grupo independiente. Es precisamente en el curso de la lucha que el conjunto de las masas debe aprender por experiencia que nosotros luchamos mejor que los demás, que vemos mejor, que somos más audaces y resueltos. De esta forma, nos acercamos cada vez más a la conquista del Frente Único revolucionario, bajo la indiscutida dirección comunista.

 

II. 

SECTORES EN EL MOVIMIENTO OBRERO FRANCES

 

10.- Si nos Proponemos analizar el problema del Frente Único en su aplicación a Francia, sin abandonar el terreno de estas tesis, que surgen del conjunto de la línea política de la Internacional Comunista, debemos entonces preguntarnos: ¿nos enfrentamos en Francia con una situación en que los comunistas representan, desde el punto de vista de la acción práctica, una magnitud insignificante? O por el contrario, ¿abarcan la gran mayoría de los obreros organizados? ¿O acaso ocupan una posición intermedia? ¿Son lo suficientemente fuertes para que su participación en el movimiento de masas revista la mayor importancia, pero no lo bastante fuertes para concentrar en sus manos la dirección?

Es bien evidente que nos hallamos frente al tercer caso.

11.- En la esfera partidaria, el predominio de los comunistas sobre los reformistas es enorme. La organización y la prensa comunistas superan en mucho a la prensa de los llamados socialistas, tanto en tiraje como en riqueza y vitalidad.

Esta manifiesta preponderancia, sin embargo, lejos de asegurar al Partido Comunista Francés la dirección indiscutida del proletariado francés, no lo ha logrado hasta ahora, debido principalmente a que el proletariado está influenciado poderosamente por tendencias y prejuicios antipolíticos y antipartidarios, alimentados principalmente por los sindicatos.

12.- La particularidad sobresaliente del movimiento obrero francés estriba en eso, en que los sindicatos han servido por mucho tiempo como una cubierta para un Partido político particularismo, anti-parlamentario que lleva este nombre: sindicalismo. Si bien los sindicalistas revolucionarios pueden tratar de delimitar su actuación de la política o de un Partido, no pueden refutar el hecho de que ellos mismos constituyen un Partido político, que busca basarse en las organizaciones sindicales del proletariado. Este Partido tiene sus propias tendencias revolucionarias positivas, pero también sus propios aspectos sumamente negativos: la falta de un programa genuino y definitivo y de una organización constituida. La organización de los sindicatos no corresponde en absoluto a la organización del sindicalismo. En el sentido organizativo, los sindicalistas representan un núcleo político amorfo injertado en los sindicatos.

El problema se complica aun más por el hecho de que los sindicalistas, como todos los otros grupos en el proletariado, se han dividido desde la guerra en dos partes: los reformistas, que apoyan a la burguesía y por lo tanto se inclinan a la colaboración estrecha con los reformistas parlamentarios, y el sector revolucionario, que está buscando el camino para aplastar a su adversario y se está moviendo, en la persona de sus mejores elementos, hacia el comunismo.

Es precisamente esta urgencia de preservar la unidad (de clase) de frente, la que inspiro no solo a los comunistas sino también a los sindicalistas revolucionarios, la táctica absolutamente correcta de la lucha por la unidad de la organización sindical del proletariado francés. Por el otro lado, con el instinto de traidores que hace que sepan que frente a las masas no pueden -en la acción, en la lucha- enfrentarse con el ala revolucionaria, Jouhaux, Merrhaim y Cía. han tomado el camino de la escisión. La lucha colosalmente importante que envuelve actualmente al conjunto del movimiento sindical francés, la lucha entre reformistas y revolucionarios, constituye para nosotros al mismo tiempo una lucha por la unidad de la organización de los sindicatos y del Frente Único Sindical.

 

III. 

EL MOVIMIENTO SINDICAL Y EL FRENTE UNICO

 

13.- El comunismo francés enfrenta una situación sumamente importante en cuanto a la idea del Frente Único. En la estructura de la organización política, el comunismo francés ha triunfado al conquistar a la mayoría del viejo Partido Socialista, con lo cual los oportunistas añadieron a toda su lista anterior de calificativos, el de “disidentes” es decir, divisionistas. Nuestro Partido se ha servido de esta expresión en el sentido de que ha implantado la designación de divisionistas a las organizaciones social-reformistas francesas, dando así a la vanguardia la certeza de que los reformistas son destructores de la unidad de acción y de la unidad de organización.

14.- En el campo del movimiento sindical, el ala revolucionaria y sobre todo los comunistas, no pueden ocultar, ni tampoco sus adversarios, cuán profundas son las diferencias entre Moscú y Ámsterdam. -diferencias que de ningún modo son simples sombras que oscurecen el panorama del movimiento obrero sino un reflejo del profundo conflicto que conmueve a la sociedad moderna, aparte, especialmente, del conflicto entre la burguesía y el proletariado. Pero al mismo tiempo, el ala revolucionaria, es decir ante todo y principalmente los concientes elementos comunistas, nunca han propugnado la táctica de abandonar los sindicatos o de dividir las organizaciones sindicales. Tales consignas son características de grupos sectarios, de “localistas”, KAPD , ciertos “libertarios” grupitos anarquistas en Francia, que nunca han tenido influencia en el seno del proletariado, que no intentan ni aspiran a conquistar esa influencia sino que se contentan con pequeñas sectas propias y con congregaciones rígidamente demarcadas. Los elementos verdaderamente revolucionarios entre los sindicalistas franceses, han sentido instintivamente que la clase obrera francesa puede ser ganada en la arena del movimiento sindical solo si se enfrentan el punto de vista y los métodos revolucionarios con los de los reformistas en el terreno de la acción de masas, preservando al mismo tiempo él más alto grado posible de unidad en la acción.

15.- El sistema de fracciones en las organizaciones sindicales, adoptado por el ala revolucionaria, significa la forma de lucha más natural para la influencia ideológica para la unidad del frente sin perturbar la unidad de la organización.

16.- Tal como los reformistas del Partido Socialista, los reformistas del movimiento sindical tomaron la iniciativa para la escisión. Pero se debe ante todo a la experiencia del Partido Socialista, que les hizo ver claramente que el tiempo avanzaba a favor de los comunistas, y que la única forma de contraatacar esa influencia era forzando una escisión. Por parte de la camarilla dirigente de la CGT, podemos ver todo un sistema de medidas a fin de desorganizar al ala izquierda, de privarla de aquellos derechos que los sindicatos le dan, y finalmente, a través de la expulsión abierta -en contra de todo estatuto y reglamento de colocarla formalmente fuera de los sindicatos-.

Por otro lado, tenemos al ala revolucionaria luchando para defender sus derechos en el terreno de las normas democráticas de las organizaciones obreras, y resistiendo con toda su fuerza la escisión implantada desde arriba, convocando a la base a la unidad de la organización sindical.

17.-Todo obrero francés consciente debe saber que cuando los comunistas eran una sexta parte, o una tercera parte del Partido Socialista, no intentaron escindirse, pues tenían absoluta certeza de que la mayoría del Partido los seguirían en un futuro cercano. Cuando los reformistas se vieron reducidos a una tercera parte se separaron, carentes de esperanzas en ganar la mayoría de la vanguardia proletaria.

Todo obrero francés consciente debe saber que cuando los elementos revolucionarios tuvieron que enfrentar el problema sindical, a pesar de ser en ese momento una minoría insignificante, le dieron salida en la forma del trabajo en organizaciones de base, pues estaban convencidos que la experiencia de la lucha en las condiciones de una época revolucionaria empujaría enseguida a la mayoría de los obreros organizados hacia el programa revolucionario. Cuando los reformistas, en cambio, percibieron el crecimiento del ala revolucionaria en los sindicatos, acudieron inmediatamente al método de la expulsión y la división.

De aquí podemos sacar conclusiones de la mayor importancia:

Primero, la enorme profundidad de las diferencias que reflejan, como ya hemos dicho, la contradicción entre la burguesía y el proletariado, ha sido clarificada.

Segundo, el “democratismo” hipócrita de los opositores de la dictadura queda al desnudo hasta las raíces, máxime cuando estos caballeros no se inclinan a tolerar, no solo en la estructura del Estado sino también en la estructura de las organizaciones obreras, los métodos democráticos. Allí donde estas organizaciones obreras se vuelven contra ellos, las abandonan, tal como los disidentes en el Partido, o expulsan a los demás como hace la camarilla de Johuax Desmoulins. Es monstruoso suponer que la burguesía podría permitir que la lucha contra el proletariado llegara a una decisión dentro de una estructura democrática, cuando hasta los agentes de la burguesía en los sindicatos y en las organizaciones políticas se oponen a resolver las cuestiones del movimiento obrero sobre la base de las normas de la democracia proletaria adoptadas voluntariamente por ellos.

18.- La lucha por la unidad de la organización obrera y de la acción sindical seguirá siendo, en un futuro, una de las tareas más importantes del Partido Comunista, no solo una lucha en el sentido de empujar constantemente hacia la unidad de grandes sectores de obreros en torno al programa y tácticas de los comunistas, sino también en el sentido de que el Partido Comunista -en marcha hacia la realización de este objetivo- tanto en forma directa como a través de los comunistas en los sindicatos, se esfuerza por medio de la acción, por reducir a un mínimo los obstáculos que son las divisiones para el movimiento obrero.

Si a pesar de todos nuestros esfuerzos por restablecer la unidad, la división en la CGT se afirma sin remedio en un futuro inmediato, esto no significa en absoluto que la “CGT Unitaire” , sin tener en cuenta si una mitad o más de la mitad de los obreros organizados se le unirán en el próximo periodo, debe llevar adelante su tarea ignorando simplemente la existencia de la CGT reformista. Una política de esta naturaleza significaría dificultades al extremo, y hasta excluiría la posibilidad de realizar acciones coordinadas del proletariado, y al mismo tiempo facilitaría al máximo la posibilidad de que la CGT reformista jugara, en beneficio de la burguesía, el rol de “Ligue Civique” frente a huelgas, manifestaciones, etc.; y al mismo tiempo daría a la CGT reformista una especie de justificación, al argumentar que la CGT Unitaire provoca acciones publicas inoportunas, y que debe cargar con toda la responsabilidad por ellas. Es bien evidente que en todos los casos donde las circunstancias lo permitan a la CGTU revolucionaria, ésta iniciará una campaña cuando lo considere necesaria, dirigiéndose abiertamente a la CGT reformista con propuestas y demandas para un plan concreto de acciones coordinadas, y obligarla a sufrir la presión de la opinión publica proletaria, exponiendo ante dicha opinión publica cada uno de los pasos inciertos y evasivos de los reformistas.

Aun en el caso de que la división en la organización sindical sea un hecho, los métodos de lucha por el Frente Único conservaran todo su significado.

19.- Podemos, por lo tanto, establecer que en relación con el sector más importante del movimiento obrero —los sindicatos- la táctica del Frente Único exige que los métodos con que llevamos adelante la lucha contra Jouhaux y Cía., sean aplicados en forma más consistente, y con más persistencia y resolución que nunca

 

IV.

LA LUCHA POLITICA Y EL FRENTE UNICO

 

20.- En el plano del Partido, hay una gran diferencia con los sindicatos; la preponderancia del Partido Comunista sobre el Partido Socialista es enorme. Por lo tanto, es posible suponer que el Partido Comunista como tal es capaz de asegurar la unidad del frente político, y que por consiguiente no hay razones que lo empujen a dirigirse a la organización de los disidentes con propuestas para acciones concretas. Esta cuestión, de ser planteada en una estricta forma legista, basada en relación de fuerzas y no en un radicalismo verbal, debe ser apreciada coma merece.

21.- Cuando consideramos que el Partido Comunista cuenta con 130.000 miembros mientras que los socialistas tienen 30.000. Los éxitos enormes de la idea comunista en Francia se hacen evidentes. En cambio, sí tomamos en cuenta la relación entre esas cifras y la fuerza numérica del proletariado en su conjunto y la existencia de sindicatos reformistas, amén de la existencia de tendencias anti-comunistas en los sindicatos revolucionarios, entonces la cuestión de la hegemonía del Partido Comunista en el movimiento obrero se nos presentara como una tarea muy difícil, aun lejos de resolverse con nuestra preponderancia numérica frente a los disidentes. Estos últimos pueden, bajo ciertas condiciones, constituir un factor contrarrevolucionario mucho más importante dentro del proletariado de lo que podría parecer si uno juzga solamente a través de la debilidad de su organización y la insignificancia del tiraje y del contenido ideológico de su órgano, “Le Populaire”.

22.- A fin de apreciar la situación, es preciso dar una síntesis clara de su desarrollo. La transformación de la mayoría del viejo Partido Socialista en Partido Comunista se produjo como resultado de una ola de insatisfacción y resulta engendrada por la guerra en todos los países de Europa. El ejemplo de la Revolución Rusa y las consignas de la Tercera Internacional, indicaron el camino para salir de esta situación. Sin embargo, la burguesía pudo sostenerse en el periodo 1919-20 y pudo, a través de medidas combinadas, establecer un cierto equilibrio basado sobre los cimientos de la posguerra, equilibrio que fue socavado por las más terribles contradicciones y conduce a grandes catástrofes, pero que provee de cierta estabilidad por el momento, y para un periodo muy inmediato. La Revolución Rusa, superando las mayores dificultades creadas por el capitalismo mundial, ha sido capaz de llevar a cabo sus tareas socialistas solo en forma gradual, a costa de un extraordinario drenaje de todas sus fuerzas. Como resultado de esto, el flujo inicial de las tendencias revolucionarias ha dado lugar a un reflujo. Solamente los sectores más resueltos, audaces y jóvenes del proletariado mundial han permanecido bajo la bandera del comunismo.

Esto naturalmente no significa que los amplios sectores del proletariado que se han desilusionado en sus esperanzas de una revolución inmediata, de rápidas transformaciones radicales, etc., hayan vuelto en conjunto a sus antiguas posiciones de preguerra. No, su insatisfacción es más profunda que nunca, su odio a los explotadores más agudo. Pero al mismo tiempo, se hallan políticamente desorientados, no ven el camino de la lucha y por ende permanecen pasivamente a la expectativa, dando pie a la posibilidad de agudas oscilaciones hacia uno u otro lado, según como se presenta la situación.

Esta gran reserva de elementos pasivos y desorientados puede, bajo determinadas circunstancias, ser utilizada por los divisionistas en contra nuestro.

23.- Para apoyar al Partido Comunista, es necesario tener fe en la causa revolucionaria, ser leal y activo. Para apoyar a los disidentes, son necesarias y suficientes la desorientación y la pasividad. Es absolutamente natural que el sector revolucionario y activo del proletariado reclute de sus filas una proporción mucho mayor de miembros para el Partido Comunista, de lo que es capaz de proveer el sector pasivo y desorientado al Partido de los divisionistas.

Lo mismo puede decirse de la prensa. Los elementos indiferentes leen poco. La insignificancia de la circulación y contenido de “Le Populaire” refleja las condiciones de un sector del proletariado. El hecho de que haya un completo ascendiente de los intelectuales profesionales sobre los obreros en el Partido de los divisionistas, no contradice en absoluto nuestro análisis; que el proletariado pasivo y parcialmente desilusionado, parcialmente desorientado, sirve, especialmente en Francia, de fuente de alimento para las camarillas políticas formadas por abogados y periodistas, curanderos reformistas y charlatanes parlamentarios.

24.- Si contemplamos la organización del Partido como un ejército activo y a las masas proletarias desorganizadas como las reservas; y si garantizamos que nuestro ejercito activo es tres o cuatro veces más poderoso que el ejército activo de los divisionistas, entonces, bajo una combinación de circunstancias dada, las reservas pueden dividirse entre nosotros y los social-reformistas, en una proporción mucho menos favorable para nosotros.

PELIGRO DE UN NUEVO PERIODO “PACIFISTA”

25.- La idea de un “bloque de izquierda” está penetrando en la atmósfera política francesa. Luego de un nuevo periodo de Poncareismo, que constituye un intento de la burguesía de servir un plato recalentado -hecho con las ilusiones del pueblo de lograr la victoria- es bien probable una reacción pacifista en amplios círculos de la sociedad burguesa, especialmente entre la pequeño burguesía. Las esperanzas de una pacificación universal, de un acuerdo con la URSS, de obtener de ésta, bajo condiciones ventajosas, materias primas y el pago de sus deudas, disminuyen aplastadas por el militarismo; y de esta manera, el programa ilusorio del pacifismo democrático puede durante un cierto periodo transformarse en programa de un bloque dé izquierda, que reemplazará al bloque nacional.

Desde el punto de vista del desarrollo de la revolución en Francia, tal cambio de régimen será un paso adelante solo en el caso que el proletariado haya sido alcanzado muy poco por las ilusiones del pacifismo pequeño burgués.

26.- Los divisionistas reformistas son la agencia del “bloque de izquierda” en la clase obrera. Sus éxitos serán mayores cuando menos el proletariado sea alcanzado por la idea y practica del Frente Único contra la burguesía. Un sector de los obreros, desorientado por la guerra y la demora en el advenimiento de la revolución puede aventurarse a apoyar el bloque de izquierda como un mal menor, en la creencia de que no arriesgara nada, y a causa de que no ve otro camino.

27.- Uno de los medios más efectivos para contrarrestar en el proletariado las formas y las ideas del bloque de izquierda, es decir, un bloque formado por los obreros y cierto sector de la burguesía contra otro sector de la burguesía es insistir resuelta y persistentemente en la idea de un bloque formado por todos los sectores del proletariado contra el conjunto de la burguesía.

28.- En relación con los divisionistas, esto significa que no debemos permitirles ocupar impunemente una posición temporalmente evasiva respecto al movimiento obrero, y usar platónicas declaraciones de simpatía por los obreros, como una cubierta para aplicar al trasero de los opresores burgueses. En otras palabras, podemos y debemos, en todas las circunstancias adecuadas, proponer a los divisionistas una forma especifica de ayuda conjunta a los huelguistas, obreros bajo lock-out, desocupados, inválidos de guerra, etc. informando a las masas de su respuesta a nuestras propuestas, y en esta forma, oponerlos a ciertos sectores del proletariado políticamente indiferentes o semi-indiferentes, entre los cuales los reformistas esperan encontrar pronto apoyo en ciertas condiciones propicias.

29.- Este tipo de táctica es tanto más importante cuanto que los divisionistas están íntimamente ligados a la CGT reformista, y constituyen con esta ultima las dos alas de la agencia burguesa en el movimiento obrero. Debemos tomar la ofensiva simultáneamente en el campo sindical y político contra esta agenda de doble faz, aplicando los mismos métodos tácticos.

30.- La lógica de nuestra conducta impecable y sumamente persuasiva en la agitación es la siguiente: “Ustedes, los reformistas del sindicalismo y socialismo”, les decimos ante las masas, “han dividido a los sindicatos y al Partido mediante ideas y métodos que consideramos equivocados y criminales. Les exigimos que por lo menos se abstengan de poner obstáculos a las tareas del proletariado, y que hagan posible la unidad de acción. En la situación concreta dada, proponemos tal y tal programa de lucha”.

31.- En forma similar, el método indicado podría ser empleado con éxito en actividades municipales y parlamentarias. Decimos a las masas: “los disidentes, debido a que no quieren la revolución, han dividido a los obreros. Estaríamos locos si confiáramos con su ayuda a la revolución proletaria. Pero estamos dispuestos, dentro y fuera del parlamento, a entrar en ciertos acuerdos prácticos con ellos, teniendo en cuenta que estos acuerdos sean sobre cuestiones que los obliguen a elegir entre los intereses conocidos de la burguesía y las reivindicaciones definitivas del proletariado; para apoyar a este ultimo en la acción, los divisionistas solo pueden ser capaces de tales acciones si renuncian a sus ligazones con los partidos de la burguesía, o sea, el bloque de izquierda y la disciplina burguesa”.

Si los divisionistas fueran capaces de aceptar estas condiciones, entonces los obreros que los siguen serian rápidamente absorbidos por el Partido Comunista. Pero precisamente debido a esto, los divisionistas no aceptarán estas condiciones. En otras palabras, ante la clara y precisa cuestión de sí eligen un bloque con la burguesía o un bloque con el proletariado —en las condiciones concretas y específicas de la lucha de clases— se verán obligados a declarar que prefieren un bloque con la burguesía. Una respuesta tal no pasara de largo ante las reservas proletarias con las cuales cuentan los reformistas.

 

V.

TAREAS INTERNAS DEL PARTIDO COMUNISTA

 

32.- La política esbozada más arriba presupone, naturalmente, una completa independencia organizativa, claridad ideológica y firmeza revolucionaria por parte del Partido Comunista.

Por ende, ejemplarizando, es imposible llevar adelante con éxito una línea política que intente desacreditar ante las masas la idea de un bloque de izquierda, si en las filas de nuestro mismo Partido hay partidarios de este bloque en cantidad suficiente como para defender abiertamente esta línea de la burguesía. La expulsión incondicional y sin piedad de quienes estén a favor de la idea de un bloque de izquierda, es una tarea sobreentendida del Partido Comunista. Esto limpiará nuestra línea política de elementos que siembren el error y la falta de claridad; atraerá la atención de los obreros de vanguardia hacia la importancia del problema del bloque de izquierdas, y demostrará que el Partido Comunista no juega con las cuestiones que amenazan la unidad revolucionaria en la acción del proletariado contra la burguesía.

33.- Aquellos que tratan de utilizar la idea del Frente Único para agitar a favor de la unificación con los reformistas y los disidentes, deben ser arrojados sin piedad de nuestro Partido, pues sirven de agencia de los divisionistas en nuestras filas, y confunden a los obreros sobre los motivos de la división y sobre quiénes son los responsables de ella. En vez de plantear correctamente la posibilidad de tal o cual acción práctica coordinada con los disidentes, a pesar de su carácter pequeño burgués y esencialmente contrarrevolucionario, piden que nuestro Partido renuncie a su programa comunista y a sus métodos revolucionarios. La expulsión irrevocable de estos elementos, demostrara en forma excelente que la táctica del Frente Único proletario en modo alguno representa una capitulación o reconciliación con los reformistas. La táctica del Frente Único exige del Partido una completa libertad de maniobra, flexibilidad y resolución. Para hacer esto posible, el Partido debe declarar en forma clara y específica en todo momento, cuáles son sus deseos, qué objetivo de lucha se da, y debe plantear con autoridad, ante las masas, sus pasos y propuestas.

34.- De aquí surge la completa imposibilidad de admitir a los miembros del Partido que publiquen individualmente, bajo su propia responsabilidad y riesgo, cuestiones políticas en las que oponen sus propias consignas, métodos de acción y propuestas a las que representan al Partido.

Bajo la cubierta del Partido Comunista y en consecuencia, también en el medio influenciado por una cobertura comunistas, es decir; el medio obrero, estos elementos siembran día a día ideas hostiles al Partido o siembran la confusión o el escepticismo, lo que resulta más dañino que las ideologías abiertamente hostiles.

Los órganos de esta clase, junto con sus editores, deben ser expulsados del Partido y la Francia proletaria por entero debe enterarse de esta acción por medio de artículos que expongan sin piedad a los contrabandistas pequeñoburgueses que actúan bajo la bandera comunista.

35.- De lo dicho hasta aquí surge también la completa inadmisibilidad de que en las publicaciones fundamentales del Partido aparezcan, junto a artículos que defienden los conceptos básicos del comunismo, otros trabajos que los combatan o los nieguen. Es absolutamente inadmisible la continuación, en la prensa del Partido, de un régimen bajo el cual los lectores proletarios hallen, bajo la cubierta de los editoriales de las principales publicaciones del Partido, artículos que traten de retrotraerlos a posiciones de un pacifismo lacrimoso, y que propaguen entre los obreros una hostilidad que debilita, hacia la violencia revolucionaria, ante la violencia triunfante de la burguesía. Bajo la mascara de una lucha contra el militarismo, se conduce una lucha contra las ideas de la revolución y del levantamiento de las masas.

Si luego de la experiencia de la guerra y de todos los acontecimientos posteriores, especialmente en la URSS y en Alemania, los prejuicios del pacifismo humanitario aun sobreviven en el Partido Comunista, y si el Partido considera necesario -en interés de la completa liquidación do estos prejuicios- abrir una discusión al respecto, los pacifistas y sus prejuicios en ningún caso pueden intervenir en la discusión como una fuerza igual, sino que deben ser condenados severamente por la dirección del Partido, en nombre de su Comité Central. Luego que el Comité Central haya decidido que la discusión está agotada, todo intento de desparramar las ideas del tolstoismo o cualquier otra variante del pacifismo, debe provocar irrevocablemente la expulsión de las filas del Partido.

36.- Se podría afirmar, sin embargo, que mientras no se complete la tarea de limpiar al Partido de los prejuicios del pasado y de completar su cohesión interna, seria peligroso colocar al Partido en situaciones en que se aproximara estrechamente a los reformistas y nacionalistas. Pero este punto de vista es falso, naturalmente, no puede negarse que la transición de una amplia actividad propagandística a la participación directa en el movimiento de masas, entraña nuevas dificultades y – por lo tanto, peligros para el Partido Comunista-. Pero seria totalmente erróneo suponer que el Partido puede prepararse para todas estas pruebas sin participar directamente en la lucha, sin entrar directamente en contacto con enemigos y adversarios. Por el contrario, solo así puede alcanzarse una limpieza y cohesión interna del Partido real, no ficticia. Puede que algunos elementos en el Partido y en la burocracia obrera se sientan más inclinados hacia los reformistas, de los cuales se han separado accidentalmente, que hacia nosotros. Perder a esas aves de paso no será un peligro sino una ventaja, y será compensado cien veces por la inyección al Partido de los obreros y obreras que hoy siguen todavía a los reformistas. El Partido se hará entonces más homogéneo, más resuelto y más proletario.

 

VI.

LAS TAREAS DEL PARTIDO EN EL MOVIMIENTO SINDICAL

 

37.- Una de las tareas más fundamentales, es la de adquirir una absoluta claridad frente al problema sindical, tarea que sobrepasa en mucho a las otras que enfrenta el Partido Comunista en Francia.

Naturalmente, la leyenda difundida por los reformistas de que se están haciendo planes para subordinar los sindicatos organizativamente al Partido, debe ser denunciada y expuesta enérgicamente. Los sindicatos cuentan con obreros de tendencias políticas distintas, así como con hombres sin Partido, ateos o creyentes, en cambio, el Partido une en sus filas a hombres que piensa igual políticamente, sobre la base de un programa definido. El Partido no tiene ni puede tener instrumentos ni métodos para atar a los sindicatos desde fuera.

El Partido puede ganar influencia en la vida de los sindicatos si sus militantes trabajan en los sindicatos y llevan ahí el punto de vista del Partido. La influencia de los miembros del Partido en los sindicatos depende naturalmente de su fuerza numérica; y especialmente en el grado en que sean capaces de aplicar correctamente y en forma consistente y rápida, los principios del Partido a las necesidades del movimiento sindical.

El Partido tiene el derecho y él deber de proponerse conquistar, según la línea trazada más arriba, una influencia decisiva en las organizaciones sindicales. Solo alcanzará su objetivo si el trabajo de los comunistas en los sindicatos se armoniza completa y exclusivamente con los principios del Partido, y si es conducido invariablemente bajo su control.

38.- Las mentes de todos los comunistas deben ser por lo tanto purgadas de todo prejuicio reformista, que haga aparecer al Partido como una organización política parlamentaria del proletariado y nada más. El Partido Comunista es la organización de la vanguardia proletaria para la fructificación ideológica del movimiento obrero, y para asumir su dirección en todas las esferas, principalmente en los sindicatos. Si los sindicatos no están subordinados a un Partido, sino que son organizaciones completamente autónomas, los comunistas dentro de los sindicatos no por ello deben pretender realizar una tarea sindical autónoma, sino que deben actuar como los transmisores del programa y la táctica de su Partido. Condenamos severamente la conducta de aquellos comunistas que no solo no luchan en los sindicatos por la influencia de las ideas del Partido, sino que contraatacan esta lucha en nombre de un principio de “autonomía” aplicado por ellos en forma absolutamente falsa. En realidad, preparan el camino para la influencia decisiva en el campo sindical de individuos, grupos y camarillas que no tienen ni un programa definido ni se agrupan en torno a una organización, y que utilizan lo amorfo de los sectores y relaciones ideológicos para mantener el aparato organizativo en sus manos y asegurar la independencia de su camarilla de todo control por parte de la vanguardia proletaria.

Si el Partido, en su actividad en los sindicatos, debe mostrar la mayor atención y cuidados hacia las masas sin Partido y hacia sus representantes concientes y honestos; si el Partido debe, sobre la base de su tarea conjunta, acercarse estrechamente á los mejores elementos del movimiento sindical -incluso los anarquistas revolucionarios que sean capaces de aprender- el Partido en cambio, no debe tolerar a los seudo-comunistas que utilizan los Estatutos del Partido solo para ejercer una influencia anti-partidaria en los sindicatos.

39.- El Partido, a través de su prensa, de sus propagandistas y sus miembros en los sindicatos, debe someter a una crítica constante y sistemática los defectos del sindicalismo revolucionario, a fin de resolver las tareas básicas del proletariado. El Partido debe criticar sin cansancio y con persistencia, los aspectos teóricos y prácticos débiles del sindicalismo, explicando al mismo tiempo a sus mejores elementos que el único camino correcto para asegurar la influencia revolucionaria en los sindicatos y en el movimiento obrero en su conjunto, es el ingreso en el Partido Comunista, es su participación en la solución de todas las cuestiones básicas del movimiento, en sacar conclusiones de las experiencias, en fijar nuevas tareas, en limpiar al mismo Partido y en fortalecer sus ligazones con el proletariado.

40.- Es absolutamente indispensable hacer un censo de todos los miembros del Partido Comunista francés, a fin de determinar su estado social (obreros, empleados públicos, campesinos, intelectuales, etc.), sus relaciones con el movimiento sindical (¿Pertenecen a sindicatos? ¿Participan en mítines comunistas? ¿En mítines de los sindicatos revolucionarios? ¿Aplican en los sindicatos las resoluciones del Partido?, etc.); su actitud hacia la prensa del Partido, (¿Qué publicaciones del Partido leen?), y así sucesivamente.

Este censo debe ser llevado a cabo de forma que sus principales aspectos puedan considerarse antes del advenimiento del Cuarto Congreso Mundial de la Internacional Comunista.

Marzo de 1922

Debate marxista sobre el lugar común de la Asamblea Constituyente

En varios países de América Latina, se han vuelto cada vez más frecuentes en los últimos años los llamados por la convocatoria de asambleas constituyentes. Recientemente en torno a la huelga de masas y cuasi levantamiento en Oaxaca, que duró de mayo a noviembre de 2006, tanto la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) como toda una serie de grupos de izquierda lanzaron llamados a favor de una asamblea constituyente, una “asamblea constituyente revolucionaria”, una “asamblea nacional democrática y popular”, etc. Aunque una asamblea constituyente elegida mediante sufragio universal no es más que una reivindicación democrático-burguesa, los comunistas revolucionarios han lanzado esa consigna en el curso de su lucha en contra de toda una serie de regímenes precapitalistas y coloniales, así como de dictaduras bonapartistas. Así, por ejemplo, representó uno de los puntales esenciales de los bolcheviques de V.I. Lenin en la Rusia zarista, por ejemplo en la Revolución de 1905, hasta que fue sustituida como consigna central por “todo el poder a los soviets” en el curso de 1917. Asimismo, Trotsky se pronunció a favor de una asamblea nacional en China bajo los señores de la guerra, enfatizando al mismo tiempo que dicho llamado formaba parte de un programa para la toma del poder por parte de consejos de obreros y campesinos (soviets). Sin embargo, la actual avalancha de llamados a favor de asambleas constituyentes en el marco de regímenes supuestamente democrático-burgueses, se contrapone por el vértice al bolchevismo. Lo que hace es remplazar el programa de la revolución proletaria con el de la “democracia” (capitalista), la marca distintiva de los socialdemócratas por doquier.

 

En sus diversas formulaciones, los orígenes de esta consigna se remontan a la Revolución Francesa del siglo XVIII, cuando el Tercer estado (que representaba a las fuerzas ascendentes de la burguesía y de la pequeña burguesía) estableció la Asamblea Nacional Constituyente en junio de 1789 para acabar con los remanentes del ancien régime, una monarquía absolutista encima de un orden feudal decadente. Su propósito inicial era establecer una monarquía constitucional para poner fin a las caóticas condiciones que impedían el crecimiento de un mercado interno; así se propuso una división del poder entre el rey y la asamblea. Sin embargo, los eventos revolucionarios pronto sobrepasaron los planes de los burgueses “moderados”. Para 1792, la Asamblea Nacional había sido remplazada por la Convención Nacional, dirigida por los jacobinos bajo Robespierre. Con el posterior desarrollo del capitalismo, cuando la clase obrera empezó a jugar un rol de protagonista central, ya para la época de la Revolución de 1848 en Francia, la Asamblea Nacional se convirtió en el punto focal de la reacción burguesa en oposición al levantamiento proletario de las Jornadas de Junio. También en Alemania y Austria en 1848, las asambleas constituyentes de Berlín, Viena y Frankfurt hicieron las paces con las fuerzas de la reacción por temor a una revolución obrera.

 

Por su naturaleza genérica, las asambleas constituyentes no son simples cuerpos parlamentarios, sino que, como tales, tienen el propósito de establecer (constituir) una estructura estatal, por ejemplo, mediante la promulgación de una constitución. En Francia, la Segunda, Tercera y Cuarta repúblicas fueron establecidas por asambleas constituyentes. En América Latina hoy en día, es típico que los llamados a favor de tales asambleas estén acompañados por llamados a favor de la “refundación” del país. En un país en el que vastos sectores de la población han sido excluidos del ejercicio de derechos democráticos (por ejemplo, en Ecuador la enorme población indígena fue privada en los hechos del derecho al voto hasta 1978, en virtud del requisito que establecía que los votantes debían saber leer en español), puede ser una reivindicación clave. También es oportuno cuando una estructura social feudal o semifeudal impide que grandes sectores de la población rural tengan alguna participación política, con masas de campesinos sin tierra atadas a las haciendas en virtud del peonaje por deuda, como en México antes de la Revolución Mexicana de 1910-17. En tales circunstancias, la demanda de una “convención nacional” que resuelva la cuestión de la tierra mediante una revolución agraria, que elimine el dominio del clero en la educación y realice otras tareas democráticas, puede ser un poderoso mecanismo para levantar a las masas para que emprendan acciones revolucionarias. Lo mismo puede ser el caso en la lucha para derribar dictaduras militares, como las que predominaron en América Latina en los años 70.

 

Con todo, lanzar llamados por la convocatoria de una asamblea constituyente en México o Ecuador hoy en día –donde existen las estructuras formales de la democracia burguesa, así sea de manera raquítica, y los latifundios semifeudales han sido sustituidos desde hace mucho tiempo por la agricultura capitalista– equivaldría a llamar a “refundar” dichos países sobre una base burguesa, cuando lo que se necesita es una revolución socialista. En Bolivia, el Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales hizo campaña a favor de una asamblea constituyente, buscando sembrar la ilusión de que estaba dispuesto a realizar cambios fundamentales, pero sin tocar los fundamentos capitalistas del país. Esta consigna ha sido repetida por diversos grupos de izquierda que se han puesto a la cola del MAS, en un esfuerzo para empujar a Morales hacia la izquierda y reclutar adeptos entre sus seguidores plebeyos. En los levantamientos de obreros y campesinos de 2003 y 2005 que llevaron al país al borde de una insurrección, señalamos que urgía establecer no una asamblea constituyente democrático burguesa (ni una supuestamente más izquierdista “asamblea popular”) sino consejos (soviets) de obreros y campesinos que sirvieran como base de un gobierno obrero, campesino e indígena revolucionario. Señalamos también que si bien Bolivia es el campeón continental en lo que toca al número de golpes de estado que ha sufrido, también tiene la delantera con respecto a asambleas constituyentes o congresos (al menos 19 según nuestro conteo)1. Así, cuando Morales fue elegido presidente en diciembre de 2005, convocó la asamblea constituyente que había prometido desde hacía mucho tiempo. ¿Cuál ha sido el resultado? Derechistas racistas han secuestrado a la asamblea para implementar sus exigencias reaccionarias a favor de la autonomía regional para separarse del altiplano predominantemente indígena.

 

Así, aunque en ciertos contextos es apropiado que los comunistas llamen por la formación de una asamblea constituyente, esta demanda no es de ninguna manera inherentemente democrático-revolucionaria. En ciertas condiciones, puede incluso servir como cubierta de una contrarrevolución “democrática”. Nuestra corriente, ha tenido alguna experiencia con este tópico. En un artículo  titulado “Why a Revolutionary Constituent Assembly” [¿Por qué una asamblea constituyente revolucionaria?] (Workers Vanguard, n° 221, 15 de diciembre de 1978), señalamos que cuando la dictadura chilena de Pinochet organizó un plebiscito y la Democracia Cristiana (DC) estuvo diciendo que había que remplazar la dictadura con una junta militar reformada, denunciamos los comicios trucados y nos pronunciamos por una asamblea constituyente y por aplastar a la junta mediante una revolución obrera. Nuestro artículo, de la Organización Trotskista Revolucionaria de Chile, explicaba:

 

“En contra de las adaptaciones reformistas al programa de la burguesía, presentamos como trotskistas el llamado a favor de una asamblea constituyente con plenos poderes, elegida mediante voto universal, secreto y directo. Una genuina asamblea constituyente sólo puede, por definición, ser convocada si imperan plenas libertades democráticas, que permitan la participación de todos los partidos de la clase obrera. En consecuencia, uno de sus prerrequisitos es el derrocamiento revolucionario de la junta militar, algo que la DC y los reformistas, a pesar de su larga lista de reivindicaciones democráticas, olvidan mencionar.

 

“Para los leninistas, las tareas democráticas representan una parte subordinada del programa de clase del proletariado. Como escribió Trotsky al hablar del papel de las demandas democráticas en los países gobernados por los fascistas: ‘Pero las fórmulas de la democracia (libertad de prensa, derecho de asociación, etc.) sólo significan para nosotros consignas incidentales o episódicas en el movimiento independiente del proletariado, y no un dogal democrático echado al cuello del proletariado por los agentes de la burguesía (¡España!)’ (Programa de Transición). En países con una tradición de democracia burguesa y con una clase obrera avanzada, como Chile, la demanda de una asamblea constituyente no es una parte fundamental del programa proletario. Así, después de que la junta militar tomara el poder, la TEI no presentó dicha consigna. La lanzamos ahora de manera táctica en contra de los esfuerzos de la burguesía, apoyados por sus agentes en el movimiento obrero, para pactar con sectores militares. Nuestro propósito es desenmascarar el miedo de la burguesía a la democracia revolucionaria.

 

 

En otras ocasiones, en cambio, el llamado a favor de una asamblea constituyente se ha presentado para exorcizar el espectro de la revolución obrera. Esto fue lo que ocurrió en Portugal en el verano de 1975. Tras la caída de la dictadura de Marcelo Caetano en abril de 1974, cuando la reacción se consolidaba en torno al siniestro general Antônio Spínola, inicialmente nos pronunciamos a favor de elecciones inmediatas para una asamblea constituyente, así como por la formación de consejos obreros. Sin embargo, un año después, como señalamos en nuestro artículo de 1978 “¿Por qué una asamblea constituyente revolucionaria?”, “comisiones obreras, asambleas populares y diversas formas localizadas de doble poder, están apareciendo por doquier en el país.” En ese momento, mientras que el Partido Comunista Portugués (PCP) estaba aliado con oficiales izquierdistas del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), con Spínola hecho a un lado, las fuerzas contrarrevolucionarias se cohesionaron en torno al Partido Socialista (PS) de Mário Soares, que con el respaldo burgués ganó las elecciones de abril de 1975 para la asamblea constituyente.

 

¿Qué política debían adoptar los marxistas revolucionarios? La mayor de las organizaciones supuestamente trotskistas en ese momento, el Secretariado Unificado de la IV Internacional (SU), estaba dividido a la mitad. La mayoría, compuesta por los seguidores de Ernest Mandel, vitoreó a los “oficiales revolucionarios” del MFA, justo como hacen hoy en día muchos que se pretenden radicales con el coronel burgués populista Hugo Chávez en Venezuela. La minoría, dirigida por el Socialist Workers Party norteamericano de Jack Barnes y el seudotrotskista argentino Nahuel Moreno, se alineó con el Partido Socialista (fuertemente financiado por la CIA a través de la socialdemocracia alemana y su Fundación Friedrich Ebert) en nombre de la defensa de la “soberanía” de la asamblea constituyente. Así, mientras que las turbas dirigidas por los “socialistas” quemaban las oficinas del PCP, ¡el S.U. estuvo en ambos lados de las barricadas! En contraste, los auténticos trotskistas no dieron apoyo a ninguna de las coaliciones burguesas en contienda, y llamaron en cambio a formar soviets obreros en Portugal, contrapuestos a la asamblea constituyente dominada por los derechistas (ver nuestro artículo en dos partes, “Soviets and the Struggle for Workers Power in Portugal” [Los soviets y la lucha por el poder obrero en Portugal], Workers Vanguard nos. 83 y 87, 24 de octubre y 28 de noviembre de 1975).

 

Volvamos a la situación actual. Entre septiembre y noviembre del año pasado, los medios radicales en todo el mundo se vieron saturados con artículos que aclamaban una supuesta “Comuna de Oaxaca”, la mayor parte de los cuales por puro entusiasmo acrítico, en tanto que otros le añadían un toque “izquierdista” al sugerir a dicha comuna que tomara el poder, expropiara a la burguesía, etc. No se explicaba, sin embargo, cómo se realizaría esto en el estado más empobrecido y predominantemente campesino del país. El Grupo Internacionalista intervino activamente en Oaxaca a lo largo de varios meses, señalando todo el tiempo que aunque varios sindicatos formaban parte de la APPO, ésta no se basaba en la clase obrera y el campesinado y que en consecuencia no representaba una forma embrionaria de gobierno obrero y campesino –que es lo que eran la Comuna de Paris de 1871 y los soviets rusos de 1917 (ver “¿Una comuna de Oaxaca?” en El Internacionalista n° 6, mayo de 2007). De hecho, varios dirigentes principales de la APPO son militantes del Partido de la Revolución Democrática (PRD), un partido nacionalista burgués. El GI y la LIVI llamaron por una huelga nacional contra la represión, y a romper con el frente popular en torno al PRD y su principal dirigente, Andrés Manuel López Obrador, así como a formar un partido obrero revolucionario.

 

Tras la represión sangrienta del 25 de noviembre de 2006, se ha desvanecido la retórica de la “extrema izquierda” acerca de una Comuna de Oaxaca, de modo que hoy en día varios grupos radicales enfocan sus consignas en la demanda de una asamblea constituyente. Con mucho, el grupo de izquierda más grande en Oaxaca es el Partido Comunista de México (marxista-leninista), que sostiene que para lograr una “salida democrática revolucionaria”, la izquierda debe enfocarse a la “discusión de una nueva constitución”, “alcanzar una plataforma común”, “poniendo en la estrategia del movimiento de masas la realización de una Asamblea Nacional Constituyente Democrática y Popular” (Vanguardia Proletaria, 5 de marzo). No sorprende el hecho de que el PCM (m-l) haga ese llamado, pues es perfectamente consistente con su programa reformista de la “revolución por etapas” y del frente popular; de hecho, en el mismo número, un artículo alaba la política de Stalin como un “clásico del marxismo-leninismo”. Sin embargo, los estalinistas de los últimos días no son los únicos que defienden esta línea democrático-burguesa. Otra organización que se proclama como defensora de la asamblea constituyente en todos lados y en cualquier momento, es la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS), parte de la Fracción Trotskista (FT).

 

En su balance, “Crisis del régimen y las lecciones de la Comuna de Oaxaca” (31 de diciembre de 2006, la LTS dice que la APPO debía establecer “un gobierno provisional [que] debería convocar a una Asamblea Constituyente Revolucionaria”. Más específicamente, la APPO debería “transformase en un verdadero organismo de democracia directa de los explotados y oprimidos que enarbolase un programa obrero y popular”, para “reorganizar el estado en función de los intereses de las grandes mayorías oprimidas y explotadas”. La LTS dice también que “un gobierno de la APPO y las demás organizaciones obreras y populares”, en tanto que “expresión política de la Comuna, debería poner en pie una verdadera Asamblea Constituyente Revolucionaria”, en la que “los trabajadores, los campesinos y los indígenas, junto a todo el pueblo, discutiesen como reorganizar la sociedad.” Prácticamente cada uno de estos puntos se contrapone al marxismo. En primer lugar, es necesario, no “reorganizar el estado”, sino aplastar al estado capitalista y remplazarlo con un estado obrero. En segundo lugar, un genuino soviet no es simplemente un ejemplo de democracia directa de los pobres, sino un órgano de clase del poder obrero. La LTS y la FT sistemáticamente pasan por alto el carácter de clase proletario del programa por el que luchan los trotskistas, y lo remplazan con palabrería sentimentaloide acerca de la “democracia” y el “pueblo”, que se sentaría en torno a una mesa para discutir qué tipo de sociedad quiere.

 

La retórica “democraticista” de esta corriente no es accidental, pues proviene directamente del progenitor de la FT, Nahuel Moreno. La FT se ofende cuando se le denomina neomorenista, pues dice haber roto con Moreno algunos años después de su muerte en 1986 (ver su “Polémica con la LIT y el legado teórico de Nahuel Moreno”, Estrategia Internacional n° 3, diciembre de 1993-enero de 1994). Ahí, aunque presentan objeciones en contra de varias de las formulaciones más abiertamente oportunistas de Moreno, como su llamado a favor de una “revolución democrática”, la FT conserva el marco metodológico y muchas de las consignas de su maestro. Su sección más importante, el Partido de los Trabajadores por el Socialismo de Argentina, escribió tras los cacerolazos de diciembre de 2001 en contra de la sucesión de presidentes burgueses:

 

“La consigna ‘que se vayan todos’ expresa la falta de legitimidad y el odio popular hacia el régimen de representación política, hacia los políticos patronales…. Pero, aún no se ha avanzado en identificar a este régimen, con su contenido social, la dominación capitalista. Es en el sentido de tender un puente entre esta conciencia ‘democrática’ de las masas y la necesidad de la revolución y el poder obrero, que los marxistas levantamos la consigna de Asamblea Constituyente Revolucionaria.”

 

Por supuesto, Trotsky mismo presentó el Programa de Transición de 1938 para “ayudar a las masas, en el proceso de la lucha cotidiana, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa socialista de la revolución”. Sin embargo, lo que el PTS y la FT hacen aquí es bien distinto, pues el llamado a favor de una asamblea constituyente, ya sea que se la etiquete como revolucionaria o no, no va más allá de los límites del capitalismo. En los países capitalistas económicamente atrasados, semifeudales o coloniales, una asamblea constituyente podría ser el vehículo para las luchas de e masas a favor de la revolución agraria, la independencia nacional y la realización de derechos democráticos elementales. Pero tanto antes como después de diciembre de 2001, Argentina ha sido un país independiente, completamente capitalista, que ni siquiera tiene un verdadero campesinado, sino más bien obreros agrícolas. Fingir que hay una “revolución democrática” a completar en Argentina, no es otra cosa que una capitulación ante –y una adopción de– las ilusiones democráticas de las masas, nada que tenga que ver con dirigirlas hacia la revolución socialista. Y esto es exactamente lo que hizo Moreno al hacer del llamado por asambleas constituyentes el elemento central de su programa, desde Portugal (de donde lo tomó prestado del SWP norteamericano), hasta Argentina y el resto de América Latina.

 

La piedra de toque del trotskismo se expresa en la primera oración del Programa de Transición: “La situación política mundial en su conjunto se caracteriza principalmente por la crisis histórica de la dirección del proletariado”. El propósito y razón de ser de la IV Internacional, de la cual éste es el documento de fundación, consistía en proveer la vanguardia revolucionaria independiente indispensable para dirigir las luchas de los obreros y oprimidos hacia la revolución socialista internacional. Moreno, sin embargo, rechazó la perspectiva de Trotsky. En un documento de 1980 titulado Actualización del Programa de Transición, Moreno sostiene que “a pesar de las fallas del sujeto (es decir de que el proletariado en algunas revoluciones no haya sido el protagonista principal) y del factor subjetivo (la crisis de dirección revolucionaria, la debilidad del trotskismo), la revolución socialista mundial obtuvo triunfos importantes, llegó a la expropiación en muchos países de los explotadores nacionales y extranjeros, pese a que la dirección del movimiento de masas continuó en manos de los aparatos y direcciones oportunistas y contrarrevolucionarios.”

 

Según Moreno, una dirección trotskista independiente no es necesaria para realizar lo que denomina “revoluciones de febrero”, en oposición a las “revoluciones de octubre”. Así, “actualiza” el programa de Trotsky al postular toda una etapa de revoluciones de febrero. En su Tesis 26, Moreno afirma:

 

“Nuestros partidos tienen que reconocer la existencia de una situación revolucionaria pre-febrero para sacar consignas democráticas adecuadas a la existencia de direcciones pequeñoburguesas que controlan el movimiento de masas y a la necesidad de establecer una unidad de acción lo más pronto posible para hacer la revolución de febrero. Debemos comprender que es inevitable hacerla y no tratar de saltarnos esa etapa, sino sacar todas las conclusiones estratégicas y tácticas necesarias.”

 

Así, lo que Moreno propone es lanzar una serie de consignas democráticas adecuadas para las direcciones pequeñoburguesas, no un programa para los revolucionarios. ¿Cuáles serían tales consignas? En la Tesis 27, enfatiza “el carácter democrático general de las revoluciones de febrero contemporáneas”. Y prosigue: “De ahí la enorme importancia que ha adquirido la consigna de Asamblea Constituyente o variantes parecidas en casi todos los países del mundo”. Se refiere a la asamblea constituyente como “la máxima expresión de lucha democrática”, diciendo que “Planteamos Asamblea Constituyente, pero diciendo: somos los más grandes demócratas”, etc. Habla también del “desarrollo del poder obrero y popular”, lo que sea que signifique, diciendo que el objetivo último de la clase obrera y sus aliados es la toma del poder. Pero lo fundamental aquí es que Moreno está presentando un programa democrático para falsos dirigentes pequeñoburgueses o, incluso, burgueses.

 

La “actualización” de Moreno del Programa de Transición fue parte de toda una evolución de sus concepciones políticas. Antes de eso, Moreno se había distinguido principalmente por la facilidad con la que realizaba abruptos cambios políticos, siendo un artista del disfraz, tanto así que nos referíamos a Nahuel Moreno como el Cantinflas del movimiento marxista. Nahuel Moreno siempre intentó hacerse pasar como representante del ala izquierda de cualquier movimiento en boga en un momento dado. Después de posar como peronista de izquierda en Argentina, a principio de los años 60 se vistió con uniforme militar verde olivo del guerrillerismo castro-guevarista. Por un rato, estuvo entusiasmado con las Guardias Rojas maoístas en China. Cuando algunos de sus compañeros se tomaron en serio sus palabras y comenzaron a formar un frente guerrillero en Argentina a finales de los 60, con resultados catastróficos, Moreno no tardó en dar la vuelta para vestirse con traje y corbata como un socialdemócrata respetable, uniéndose a los vestigios del Partido Socialista Argentino. En 1975-1976 respaldó a la socialdemocracia portuguesa financiada por la CIA. Para finales de los años 70, había vuelto al guerrillerismo, esta vez como un sandinista socialista. Documentamos esta historia en el folleto La verdad sobre Moreno (1980), publicado originalmente por la Tendencia Espartaquista Internacional y ahora disponible como publicación de la Liga por la IV Internacional.

 

 Pero para principios de los 80, la junta estaba agonizando, herida de muerte por su malhadada aventura militar en las Islas Malvinas/Falklands (aventura que los morenistas vitorearon con entusiasmo), y Moreno se alineó con la oposición burguesa de los radicales, dirigida por Raúl Alfonsín, quien ganó la presidencia en 1983. Moreno proclamó que esta victoria representaba una Revolución democrática triunfante, en un libro que llevaba ese título, inventando entonces su teoría de las “revoluciones democráticas”. La punta de lanza programática de este dogma antimarxista es su llamado, en todos lados y en cualquier ocasión, a favor del establecimiento de una asamblea constituyente.

Pero incluso antes de su repentino enamoramiento con las “revoluciones de febrero” (que ocurrió en tiempos en que Ronald Reagan abogaba por una “revolución democrática” en América Latina), Nahuel Moreno ya subrayaba el llamado a favor de asambleas constituyentes en el “Tercer Mundo” semicolonial. Así, su casa editorial (Pluma) publicó a mediados de los años 70 una colección de escritos de Trotsky titulada La segunda revolución china, que cubrían el período de 1919 a 1938 y que de manera prominente representaba el llamado del revolucionario bolchevique a favor de asambleas constituyentes en torno a 1930, tras la derrota de la segunda Revolución China en 1927. Sin embargo, este libro de 220 páginas dejó fuera los muchos artículos de Trotsky en los que éste llama por la formación de soviets en China, consigna que era el punto focal de sus llamados a la acción para el Partido Comunista Chino en el punto álgido del levantamiento revolucionario de 1925-1927. La sesgada selección de documentos presentada por Moreno es una distorsión deliberada de la política trotskista para los países semicoloniales. Hasta la fecha, los lectores de Trotsky en español jamás han visto sus repetidos llamados a favor de la revolución obrera en China basada en soviets de obreros, campesinos y soldados, y únicamente conocen la expurgada selección morenista.

 

Cabe señalar también que Moreno no sólo se pronunció por asambleas constituyentes únicamente en el “Tercer Mundo”, sino “en casi todos los países del mundo”. ¿Se incluye aquí a las “democracias” imperialistas? ¿Qué tal Estados Unidos? Pues de hecho, la efímera organización morenista en EE.UU. llamó a principio de los años 80 por el establecimiento de una asamblea constituyente. Al mismo tiempo, atacaron a nuestros camaradas con martillos. El “democraticismo” pro capitalista va de la mano con el gangsterismo anticomunista.

 

En Bolivia, donde la cuestión de una asamblea constituyente ha sido un asunto central debido a los llamados de Evo Morales para establecer una, un prominente portavoz de la sección boliviana de la FT, Eduardo Molina, publicó un artículo en los comienzos del levantamiento de 2003, llamando a favor de una “Asamblea Constituyente Revolucionaria” (Lucha Obrera, n° 11, 24 de febrero de 2003). En una sección titulada “La Asamblea Constituyente y el trotskismo”, Molina sostiene:

 

“León Trotsky levantó la consigna de Asamblea Nacional como una gran bandera unificadora de las masas luego de la Segunda Revolución China, propuso la consigna de Cortes constituyentes revolucionarias en los inicios de la Revolución Española, a principios de los años 30; y exigió una asamblea nacional, junto a un programa de consignas democrático-radicales dirigidas contra el régimen de la república francesa en su Programa de Acción para Francia de 1934.”

 

Éste ha sido el argumento morenista estándar durante años, mientras siguen traduciendo a Trotsky en el espíritu de la democracia burguesa. Más recientemente, este argumento ha sido retomado por la Ligue Communiste Révolutionnaire (LCR), la sección francesa del Secretariado Unificado, ahora que se incrusta cada vez más en el parlamentarismo burgués. (Los dirigentes de la desde hace mucho reformista LCR han intentado deshacerse ce la “C” y de la “R” en sus siglas, pero siguen enfrentando resistencia entre las bases.) El teórico de la LCR Francisco Sabado juega ahora con llamados a favor de una asamblea constituyente en Francia, citando el mismo programa de 1934 para justificarlo (“Quelques éléments clés sur la stratégie révolutionnaire dans les pays capitalistes avancés”, Cahiers Communistes n° 179, marzo de 2006).

 

Una vez más, esto es una distorsión de la política revolucionaria de Trotsky. En China, como hemos señalado, Trotsky lanzó el llamado por el establecimiento de una asamblea constituyente como parte de su agitación tras la derrota de la Segunda Revolución China, dirigiéndola así en contra de los señores de la guerra y de la dictadura del generalísimo Chiang Kai-shek; en el punto álgido de la batalla, su llamado fundamental era el de la formación de soviets. La Revolución Española de 1931 se estaba desarrollando en lucha contra la monarquía y la dictadura militar del general Primo de Rivera, que había gobernado al país con puño de hierro desde 1923. La consigna de Trotsky intersecaba sentidas exigencias a favor de elecciones democráticas y de la proclamación de una república, la revolución agraria, la separación de la iglesia y el estado, así como la confiscación de las propiedades del clero. Así, la demanda de una asamblea constituyente o de Cortes revolucionarias era la generalización de toda una serie de demandas democráticas que representaban el umbral de una revolución socialista. Por supuesto, Trotsky combinó este llamado con la propaganda a favor de la formación de soviets. Para la época de la Guerra Civil Española de 1936-1939, la exigencia de una asamblea constituyente dejó de ser apropiada bajo la república.

 

La situación en Francia a mediados de los años 30 era muy distinta, y Trotsky no se pronunció por una asamblea constituyente ahí, en contra de lo que sostiene la mitología morenista. ¿Entonces a favor de qué abogaba su “Programa para la acción en Francia”? En ese momento, reaccionarios derechistas y fascistas estaban lanzando al país hacia un régimen autoritario de “estado fuerte”, como reflejo de una corriente general en Europa simbolizada por el ascenso del Hitler al poder un año antes, y por la derrota en febrero de 1934 de un levantamiento de los obreros de Viena a manos del régimen clerical-fascista de Dolfuss en Austria. La consigna principal de Trotsky frente a esta amenaza bonapartista no fue la del establecimiento de una asamblea constituyente democrática, como sugieren los morenistas, sino más bien “¡Abajo con el ‘estado autoritario’ de la burguesía! ¡Por el poder obrero y campesino!” Como parte de la lucha por el establecimiento de una “comuna de obreros y campesinos”, Trotsky juró defender la democracia burguesa en contra de los ataques de los fascistas y los monarquistas. En dicho contexto, llamó por la abolición de diversos aspectos antidemocráticos de la Tercera República francesa, incluido el Senado, elegido mediante sufragio limitado, y la presidencia, punto focal de las fuerzas militaristas y reaccionarias, y propuso la formación de una “asamblea única” que “combinaría los poderes ejecutivo y legislativo”. Recientemente hicimos estos señalamientos en nuestro artículo “France Turns Hard to the Right” [Francia da un fuerte vuelco a la derecha] (The Internationalist No. 26, junio-julio de 2007). Sin embargo, este llamado es bien distinto de la consigna de asamblea constituyente en un país que hay ha tenido un régimen democrático burgués, no importa cuán avejentado y raído.Al presentar su programa para la revolución permanente en los países capitalistas atrasados, Trotsky enfatizó: “La tarea central de los países coloniales y semicoloniales es la revolución agraria, es decir, la liquidación de las herencias feudales, y la independencia nacional, es decir, el derribo del yugo imperialista.” Enfatizó también que los revolucionarios no pueden “rechazar sin más el programa democrático; es preciso que las masas lo sobrepasen en la lucha. La consigna de Asamblea Nacional (o Constituyente) conserva toda su fuerza para países como China o India. Esta consigna debe ligarse indisolublemente con el programa de la liberación nacional y el de la reforma agraria”. En síntesis, esta consigna no es apropiada para un país capitalista, o para los países atrasados que ya han ido más allá del nivel democrático burgués. En México, Bolivia o Ecuador, ninguna demanda democrática servirá para derribar el yugo del imperialismo o de la agroindustria capitalista. Esto sólo podrá conseguirse mediante la revolución obrera.

 

Fingir que una “revolución democrática” está hoy en el orden del día en América Latina o Europa, equivale a hacerle el juego a la reacción burguesa, tal como hizo Moreno al adoptar la retórica reaganista de los años 80, que se volvió después en contra de la Unión Soviética. No es sorprendente que muchos de los seudotrotskistas se hayan sumado al coro antisoviético en torno a Afganistán y Polonia a principios de los años 80, y que estuvieran del lado del contrarrevolucionario Boris Yeltsin en 1991, como lo estuvieron los morenistas y el Secretariado Unificado. También es lógico que al lanzar la consigna a favor de una asamblea constituyente en Francia hoy, el “teórico” de la LCR y el SU, Francisco Sabado, recurra a la crítica de Rosa Luxemburgo a los bolcheviques en torno a su disolución de la Asamblea Constituyente en Rusia en enero de 1918, por haberse convertido en punto focal de la oposición al gobierno de los soviets. En su manuscrito inconcluso Sobre la Revolución Rusa, Rosa Luxemburgo criticó la defensa por parte de Trotsky de esta media revolucionaria (publicada en su folleto De Octubre a Brest-Litovsk) y pidió que se eligiera una nueva Asamblea Constituyente al lado de los soviets, en nombre de la “democracia”. Esto es exactamente lo que se produjo unos cuantos meses después, tras la Revolución Alemana de noviembre de 1918, cuando la Asamblea Constituyente Nacional se convirtió en la base desde la cual el gobierno socialdemócrata aplastó el Congreso de Consejos de Obreros y Soldados a la vez que asesinaba a Luxemburgo y a su camarada, el también dirigente comunista Karl Liebknecht2. Nosotros nos ponemos, en cambio, del lado de Lenin, de cuyas “Tesis acerca de la Asamblea Constituyente” ofrecemos a continuación unos extractos.

Lo que hacía falta en Oaxaca entre junio y noviembre de 2006, en Bolivia en junio de 2005 y entre septiembre y octubre de 2005, en Argentina en diciembre de 2001, no era pronunciarse por una resolución democrático-burguesa de la crisis bajo la consigna de la asamblea constituyente, sino explicar a las masas (y a la izquierda) que ninguno de los objetivos de la lucha podría lograrse sin la formación de órganos de poder obrero, respaldados por los pobres del campo y la ciudad, y de la mano de la lucha por la construcción de auténticos partidos trotskistas y de una IV Internacional reforjada para dirigir la lucha por la revolución socialista internacional. ■

 

(Publicado por Liga por la IV Internacional (LIVI) y la Liga Comunista Internacional/tendencia espartaquista internacional (LCI/TEI) en octubre de 2007)

 

 

1 En 1825, 1826, 1831, 1834, 1839, 1843, 1851, 1861, 1868, 1871, 1878, 1880, 1899, 1920, 1938, 1945, 1947, 1961, 1967. Ver Luis Antezana E., Práctica y teoría de la Asamblea Constituyente (2003).

2 Es preciso señalar que Luxemburgo nunca publicó Sobre la Revolución Rusa. Tampoco es claro que fuera a hacerlo, pues siguió siendo un manuscrito incompleto. Fue publicado por primera vez como folleto en 1922 por Paul Levi (en una versión incompleta e falsificada) después de que éste rompió con el Partido Comunista y regresó a la socialdemocracia. Desde entonces, este texto ha sido utilizado como bandera por toda clase de anticomunista. Además, cuando se presentó la cuestión de asamblea nacional y/o consejos obreros en Alemania en noviembre-diciembre de 1918, Rosa la revolucionaria se pronunció tajantemente por un gobierno de consejos obreros en contra de la “democracia” burguesa encarnada en la Asamblea Nacional.

(Fotografía:Lenin hablando ante los representantes del I Congreso de los Soviets de Toda Rusia. Universidad Femenina, Moscú, 1918)