Archivo de la etiqueta: Patrick Martin

Creciente codena mundial hacia política de Trump de separación forzada de padres e hijos refugiados

por Norisa Diaz y Patrick Martin //

Existe una creciente indignación pública sobre el impacto de la nueva política de “tolerancia cero” de la Administración de Trump, anunciada el mes pasado. Bajo esta política, todos los adultos indocumentados encontrados por la Patrulla Fronteriza o el Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE, todas las siglas en inglés) están siendo arrestados y encarcelados, mientras sus hijos son entregados a la Oficina de Reubicación de Refugiados (ORR), una agencia del Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS) del Gobierno federal. Seguir leyendo Creciente codena mundial hacia política de Trump de separación forzada de padres e hijos refugiados

El asesinato de Robert F. Kennedy y el fin del liberalismo estadounidense

por Patrick Martin //

Hace cincuenta años, a tempranas horas del lunes 5 de junio de 1968, el senador Robert F. Kennedy fue herido de muerte en el hotel Ambassador de Los Ángeles, pocas horas tras ganar las primarias presidenciales demócratas en California por un estrecho margen contra el senador Eugene McCarthy. Kennedy recibió un disparo en la cabeza, otro en el cuello y otro en el abdomen. El impacto en la cabeza propagó fragmentos de bala en su cerebro, cobrándole la vida. Murió casi 26 horas después, a la 1:44 a.m. la mañana del 6 de junio. Solo tenía 42 años. Seguir leyendo El asesinato de Robert F. Kennedy y el fin del liberalismo estadounidense

La alerta de misil en Hawái: treinta y ocho minutos de caos

por Patrick Martin //

La falsa alarma sobre un inminente ataque de misil balístico el sábado hizo que más de un millón de personas buscaran refugio, con muchos creyendo que tenían tan solo minutos de vida antes de ser incinerados por un impacto nuclear. Las personas buscaron refugio en los túneles de las autopistas, en parqueos subterráneos, sótanos e incluso bajaron a sus niños por pozos de cloacas. Las conversaciones por teléfono eran desgarradoras, con los presentes pensando que podía ser su última llamada a sus seres queridos. Seguir leyendo La alerta de misil en Hawái: treinta y ocho minutos de caos

EEUU: Un año desde la elección de Donald Trump

por Patrick Martin//

Hace un año, el 8 de noviembre del 2016, el candidato republicano Donald Trump ganó las elecciones presidenciales de EUA. A pesar de perder el balotaje popular a nivel nacional por casi tres millones de votos, Trump derrotó a la candidata demócrata, Hillary Clinton, en el colegio electoral gracias a victorias estrechas en los estados industriales de Michigan, Wisconsin y Pensilvania. Seguir leyendo EEUU: Un año desde la elección de Donald Trump

Trump apela al discurso fascista

por Patrick Martin//

En medio de un recrudecimiento de la guerra política en Washington, el presidente Trump dio un discurso el jueves en Huntington, estado de West Virginia, en el que realzó un conjunto de temas fascistas que la Casa Blanca ha estado desarrollando durante las últimas semanas.
Proclamándose el defensor de los mineros y otros trabajadores en contra de los inmigrantes, ambientalistas y grupos de “intereses especiales” que no nombró, Trump elogió al gobernador demócrata del estado, el multimillonario empresario del carbón, Jim Justice, quien anunció en el mitin que se iba a pasar al Partido Republicano.
Trump exhortó a otros demócratas a apoyar sus políticas derechistas y abandonar la campaña, impulsada por el aparato militar y de inteligencia, sobre la supuesta interferencia rusa en las elecciones del 2016. “La razón por la cual los demócratas sólo hablan sobre la completamente inventada historia de Rusia es porque no tienen un mensaje, una agenda ni una visión”, exclamó.
Esta caracterización del Partido Demócrata es de hecho certera. La maniática obsesión de los demócratas con la investigación sobre Rusia crea un vació político, sin una oposición oficial a la ofensiva de Trump contra los derechos democráticos y los triunfos sociales de la clase obrera.
Trump tiene en mente aprovecharse de esto a través de una retórica demagógica sobre la (inexistente) resurrección de la industria del carbón y el (ficticio) auge de empleos manufactureros. El primer “logro” de su gobierno al que se refirió puso de manifiesto el verdadero contenido de su programa económico: “el tope histórico del mercado bursátil”, el cual ha enriquecido a multimillonarios como Trump y el mismo Justice, pero que se ha dado a costa de empleos y de los niveles de vida de los trabajadores.
Trump mezcla este tipo de mentiras de que está luchando por la gente trabajadora con declaraciones demagógicas contra los inmigrantes y a favor de la ley y el orden, en las que destaca a los villanos tradicionales: “los terroristas islámicos radicales”, “los traficantes de drogas”, “los traficantes de personas”, “las viciosas y violentas pandillas”. En cuanto a los verdaderos responsables de las terribles condiciones de vida en regiones como West Virginia —las enormes corporaciones y bancos que han presidido despidos en masa, agresivos recortes salariales y una epidemia de opioides que se sigue esparciendo—, Trump no tuvo nada que decir.
Su visita a Huntington se suma a una serie de apariciones en público que han sido parte de una campaña de la Casa Blanca para movilizar, paso por paso, el apoyo que tengan entre policías, militares, fundamentalistas cristianos, racistas blancos y fascistas.
Mientras que el gobierno de Trump ha dejado entrever su empuje autoritario desde su discurso inaugural, durante las últimas dos semanas, se ha desenvuelto de forma calculada una estrategia política definida que comenzó con su discurso el 22 de julio ante las fuerzas navales en la inauguración del nuevo portaaviones USS Gerald Ford.
Trump se pronunció la semana pasada en Long Island, Nueva York, ante una audiencia de policías en uniforme, urgiéndoles tratar “bruscamente” a los sospechosos que arresten, particularmente aquellos asociados con las pandillas de inmigrantes latinos.
Entre otros llamados al racismo y la homofobia, Trump tuiteó su decisión de prohibir que las personas transgénero “sirvan en cualquier capacidad en el ejército de EE. UU.”. El Departamento de Justicia además adoptó la postura de que la discriminación homofóbica de parte de los patrones no viola ningún derecho civil, mientras que han aparecido informes de que arremeterá contra las universidades que tengan programas de acción afirmativa por participar en discriminación “anti-blanca”.
El lunes pasado, el nuevo jefe de personal del gabinete de Trump, el exgeneral marine John F. Kelly, fue juramentado, reemplazando a Reince Priebus, expresidente del Comité Nacional Republicano. Por primera vez en casi medio siglo, el puesto más alto de la Casa Blanca será ocupado por un militar.
El asesor político de Trump, Stephen Miller, compareció en una rueda de prensa de la Casa Blanca el miércoles para anunciar el apoyo del mandatario a una legislación que cortaría a la mitad el número de inmigrantes legales en EE. UU., implementando una nueva norma racista que favorece a los angloparlantes y a aquellos que las empresas quieren, en vez de sus familias.
Los llamados políticos de la administración se han distanciado más y más de una agenda legislativa o electoral. El enfoque es uno personalista, basado en la figura de Trump y en la construcción de un movimiento político a su alrededor.
La reaparición de Miller el miércoles, después de haber sido apartado varios meses tras la debacle del veto antimusulmán de Trump, puso de vuelta a los asesores más explícitamente autoritarios de la Presidencia en primera línea frente al público y la prensa. Durante la rueda de prensa, en un debate luego ampliamente publicitado con el reportero de CNN, Jim Acosta, Miller develó sin querer la conexión directa de la Casa Blanca bajo Trump y la derecha fascista.
El intercambio tocó el tema del famoso poema de Emma Lazarus que está impreso en la Estatua de la Libertad (que dice “Dame tus exhaustas, empobrecidas y empuñadas masas ansiosas de respirar libremente”). Miller contendió que el poema, “fue añadido después y no es parte de la Estatua de la Libertad original”. Como lo señalaron el Washington Post y el Jewish Daily Forward, esa afirmación reproduce las posturas que han circulado en círculos fascistas y neonazis este mismo año, como Rush Limbaugh en la radio, el líder del Ku Klux Klan, David Duke y el supremacista blanco, Richard Spencer.
Trump y sus asesores más cercanos están buscando explotar el generalizado disgusto hacia el Partido Demócrata como partido de la élite económica liberal, incluyendo secciones de Wall Street, con una postura completamente fraudulenta de Trump como el defensor del “hombre olvidado”, como lo manifestó durante su campaña electoral y nuevamente el jueves por la noche. Trump no tiene un programa económico que siquiera aparente abordar el aumento de la pobreza y la miseria social en las masas.
Los demócratas no han dicho nada sobre los llamados de línea fascista de Trump. Al contrario, han reforzado la campaña antirrusa. Se informó el jueves que el fiscal independiente Robert Mueller convocó un gran jurado especial como parte de su investigación sobre la presunta interferencia rusa en las elecciones del año pasado y la colusión de Moscú con la campaña de Trump.
La publicación de filtraciones de información de la Casa Blanca y las agencias de inteligencia mantiene un ritmo sin precedentes. La más reciente fue del Washington Post, que hizo públicos transcritos de las conversaciones telefónicas de Trump con líderes mexicanos y australianos, dando una vergonzosa mirada al matonismo y doble juego que caracterizan sus comunicaciones con homólogos internacionales.
Estos ataques son el resultado de diferencias sobre política exterior dentro de la élite gobernante. Mientras que Trump ha buscado apaciguar a sus críticos, como con la aprobación reciente de nuevas sanciones contra Rusia, también busca movilizar a sus simpatizantes ultraderechistas y ejercer presión de vuelta contra sus opositores.
El Partido Demócrata no hará nada para oponerse a su movilización de elementos ultraderechistas y de tendencia fascista para atacar a los inmigrantes y deshacerse de los derechos democráticos. Las críticas de los demócratas se limitan al encasillamiento del aparato de seguridad nacional: es indulgente con Rusia y actúa erráticamente, se preocupa por los intereses financieros de su familia y no por los intereses de Wall Street y el imperialismo norteamericano en su conjunto.
Al mismo tiempo, están dispuestos a colaborar con Trump, particularmente en la “reforma fiscal”, la cual promete nuevas ganancias exorbitantes para la élite corporativa y financiera.
La batalla en contra de la ultraderecha y en defensa de los derechos democráticos es la lucha por unir a todos los sectores de la clase obrera —sean blancos, negros, hispanos, asiáticos, indios americanos o inmigrantes— con base en los intereses comunes de clase, en defensa de los empleos, los niveles de vida y en oposición a la creciente amenaza de otra guerra imperialista. Esto sólo es posible mediante la movilización independiente de la clase obrera contra ambos partidos de las grandes empresas, el demócrata y el republicano, y por un programa socialista e internacionalista.

El Washington Post y el New York Times urgen a suspender los llamados de impugnación contra Trump

por Patrick Martin//

El domingo pasado, los diarios estadounidenses New York Times y Washington Post publicaron editoriales simultáneos haciendo un llamado a la precaución en relación con la campaña anti-Trump que ellos mismos han encabezado a través de acusaciones sobre conexiones nefastas entre la campaña electoral del presidente estadounidense y el gobierno ruso.

El editorial del Times, titulado “¿Watergate? Todavía no estamos ahí”, compara la crisis del gobierno de Trump y el escándalo que hizo caer al presidente Richard Nixon hace 43 años para plantear que un juicio político o una dimisión forzada no son aún apropiadas.

Después de atacar reiteradamente a Trump, presentándolo como un títere del presidente ruso, Vladimir Putin, y como una amenaza para la seguridad nacional de EE.UU., incluyendo en un editorial publicado la semana pasada con comparaciones a Watergate, el Times ahora les aconseja a los demócratas proceder con cautela y evitar esta “distracción”. Aconseja, en cambio, aprovechar las investigaciones oficiales sobre la presunta colusión entre la campaña de Trump y Rusia, junto con la continua caída en los índices de aprobación del mandatario, para “recuperar una mayoría el año que viene en al menos una cámara del Congreso”, durante las elecciones legislativas del 2018.

Asimismo, el editorial del Washington Post indica que la campaña contra Trump “tomará tiempo”, mientras que el recién nombrado fiscal especial, Robert Mueller, un exdirector del FBI, y las distintas comisiones del Senado y la Cámara de Representantes puedan investigar la presunta intervención rusa en las elecciones presidenciales del año pasado.

El editorial del Post, bajo el título “Es tiempo de por fin enfocarnos en el país”, les pide a los demócratas que “hablen de algo que no sea un proceso de impugnación en las próximas semanas” y a los republicanos que “enfrenten la tarea a la que hasta ahora han fracasado: gobernar responsablemente”.

El Post fue un tanto más explícito sobre las políticas sociales y de clase que subyacen la campaña sobre las supuestas conexiones entre Trump y Rusia. Exige que se le preste atención a reducir “la incertidumbre de las compañías de seguros, en las que se basa todo el sistema”. En otras palabras, los dos grandes partidos de la burguesía tienen que controlar sus ataques mutuos a fin de continuar imponiendo las medidas corporativistas de austeridad al servicio de la élite financiera.

De esta manera, añade el diario, el Congreso tiene que “aprobar un nuevo presupuesto y elevar el tope de endeudamiento”. Además, está la “reforma fiscal” —las enormes reducciones de impuestos para los ricos y las corporaciones— y asegurarse de que todas estas acciones “no resulten en mayores déficits”. En otras palabras, los recortes impositivos para los ricos tienen que ser aplicados a costa de los programas sociales que van dirigidos a la clase trabajadora.

Por último, el editorial menciona cierta preocupación acerca de la política exterior de Trump hacia Corea del Norte, Siria, Estado Islámico, Irán, Rusia y “otras potencias hostiles”.

Ninguno de los dos periódicos intenta hacer que encaje la intensidad de sus ataques contra la Casa Blanca de, especialmente, las últimas dos semanas con estas declaraciones sobre ser cautos y esperar un momento más oportuno.

La situación actual podría cambiar rápidamente, pero los editoriales del Timesy el Post reflejan una repliegue más general de parte de la prensa y la élite política, quienes han puesto parcialmente de lado sus referencias a Watergate y llamados a una destitución inmediata. En los últimos días, algunos congresistas como Adam Schiff, el demócrata de alto rango del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, y Elijah Cummings, la demócrata de alto rango del Comité de Supervisión y Reforma del Gobierno de la misma cámara, han señalado que hablar sobre un proceso de impugnación contra el presidente es algo prematuro.

Estos desarrollos subrayan que la oposición a Trump que proviene de la élite política y el Estado no entraña ningún contenido democrático ni progresista. Ni el Partido Demócrata ni la prensa se preocupan por el hecho de que el gobierno esté conformado por un presidente de mentalidad fascista y un gabinete lleno de ejecutivos de corporaciones y generales decididos a librar guerras, desmantelar los programas sociales y llevar a cabo una redistribución histórica de la riqueza a favor de los ricos. Cuando se trata de estas cuestiones, hay mucho más que une a la clase gobernante de lo que la divide.

Entonces, ¿cuáles consideraciones son las que están detrás de este llamado a la precaución en cuanto a destituir a Trump?

En primer lugar, la principal preocupación de sus opositores en la élite gobernante desde su inauguración ha sido obligarlo a cambiar su política exterior. Trump estaba destinado a no calzar con la agenda de las facciones dominantes de las cúpulas militares y de inteligencia con respecto a Siria, la alianza de la OTAN y, sobre todo, la campaña de agresión contra Rusia.

El presidente ya intentó aplacar estas inquietudes a través de un ataque de misiles contra Siria y otro bombardeo la semana pasada contra una milicia pro-Asad, además de la aprobación de un plan oficial del Pentágono que incluye una escalada militar en Siria, Irak y el norte de África.

Hay quienes están preocupados con que una crisis política perpetua en el núcleo del Estado y un proceso de impugnación prolongado amenacen con dañar el prestigio internacional de Estados Unidos y los intereses globales del imperialismo norteamericano.

En segundo lugar, el Post expresa la inquietud de que, a raíz de la crisis de destitución, tenga un tropiezo el programa de recortes fiscales, desregulación y ataques contra los programas sociales de la actual administración. Wall Street ya ha estado especulando sobre estas políticas y hará que las aprueben. Este fue precisamente el mensaje enviado por los mercados bursátiles la semana pasada, cuando realizaron una venta masiva de acciones. El impacto fue inmediato. Ese mismo día se anunció la designación del fiscal general para traer la disputa entre facciones bajo control.

En tercer lugar, existe el temor de que una gran crisis constitucional y fratricida dentro de la clase gobernante pueda dar paso a una intervención independiente de la clase obrera. En el trasfondo de una desafección total hacia los partidos políticos, de ira social y un desprestigio generalizado de todas las instituciones oficiales, tal desestabilización del sistema político tendría implicaciones potencialmente revolucionarias.

El nombramiento de Mueller, quien dirigió el FBI por doce años bajo Bush y Obama, pone al gobierno de Trump efectivamente bajo la administración judicial de las agencias de inteligencia y bajo la constante amenaza de que cualquier paso en falso signifique enfrentar cargos penales. Las referencias a la formación de un régimen vigilante han comenzado a aparecer en la prensa. En una columna de opinión en el Post, Dana Milbank celebra la campaña antirrusa como si fuese una heroica hazaña periodística, reconociendo que fue posible gracias a las revelaciones sistemáticas del aparato militar y de inteligencia. El artículo concluye con la descripción de Mueller como “un regente, por así decirlo, para proteger de futuros abusos”.

Todo esto pone de relieve el carácter absolutamente reaccionario de ambas facciones de la clase gobernante, independientemente de los giros que pueda tomar la crisis en los próximos días y semanas. Demuestra además el callejón sin salida político que constituye subordinar la lucha contra el gobierno de Trump a los demócratas, cuya oposición al presidente es de un carácter totalmente diferente y hostil a los intereses y preocupaciones de los millones de trabajadores, quienes tienen que intervenir con una perspectiva y un programa propios y socialistas.

 

La diatriba fascista de Trump: en camino a la 3a Guerra Mundial

por Patrick Martin

El discurso pronunciado por Donald Trump el día de su inauguración presidencial no tiene parangón en la historia de los Estados Unidos. Fue una diatriba violenta y nacionalista, de matices inequívocamente fascistas. Trump proclamó que su programa es “América Primero,” amenazando con graves consecuencias a los que no se sometan a sus exigencias económicas y políticas.
El discurso fue todo menos “inaugural”, en el sentido de resumir las ideas generales en que se enfocará el nuevo gobierno y tratar de darles cierta importancia universal, sin importar cuán falso, torpe o hipócrita sea el intento.
En contados casos, el más famoso entre ellos el de Abraham Lincoln, el discurso inaugural ha perdurado y se ha transformado en un hito histórico. En la era moderna, Franklin Roosevelt declaró, en medio de la Gran Depresión, que el pueblo estadounidense “no tiene nada que temer, salvo el propio miedo.”
El mensaje de Trump fue justo lo contrario: “Tememos al mundo, pero todo el mundo deberá tenernos miedo.”
Las ilusiones de que Trump se volvería “presidencial” una vez que asumiera el cargo se desvanecieron ante el tono de sus declaraciones. Trump despotricó y lanzó miradas fulminantes. Usó un solo tono de voz: un grito furioso. El discurso fue una sacudida que alertó al mundo que el nuevo presidente de EE.UU. es un megalómano descontrolado.
A diferencia de los presidentes estadounidenses del siglo pasado que se posicionaron como los líderes del “mundo libre” o sugirieron que a los Estados Unidos le interesaba el desarrollo mundial, Trump trató a todos los países extranjeros de enemigos y los culpó por la crisis del capitalismo estadounidense. “Debemos proteger nuestras fronteras de la asolación de otros países que fabrican nuestros productos, se roban nuestras compañías y destruyen nuestros empleos,” afirmó.
Trump ganó las elecciones en los estados industriales económicamente devastados como Pennsylvania, Ohio, Michigan y Wisconsin aprovechándose cínicamente de los estragos sociales en pueblos industriales y zonas rurales, ofreciendo una solución reaccionaria y falsa a la crisis, basada en el nacionalismo económico.
Ésta era la temática principal de su discurso inaugural, en que afirmaba, “[Hemos] enriquecido la industria extranjera a expensas la de industria estadounidense… y gastado billones y billones de dólares en el extranjero mientras que la infraestructura de Estados Unidos se deteriora. Hemos enriquecido a otros países, mientras que los recursos, la fuerza y la confianza de nuestro país se ha dispersado más allá del horizonte.”
Trump resumió su perspectiva chovinista con la siguiente frase: “La riqueza de nuestra clase media ha sido arrancada de sus hogares y redistribuida por todo el mundo.” ¡No es verdad! La riqueza producida por la gente trabajadora en efecto ha sido robada y “redistribuida,” pero no por extranjeros. Se la han apoderado los capitalistas estadounidenses—la pequeña élite de aristócratas financieros como el mismo Trump y gran parte de su gabinete, los billonarios y multimillonarios.
La “gran mentira” de Hitler fue culpar a los judíos, no a los capitalistas, de las devastadoras consecuencias de la crisis del capitalismo que provocó la Gran Depresión de los 1930s. La “gran mentira” de Trump ofrece un chivo expiatorio distinto para desviar la indignación popular por la crisis económica que se desencadenó el 2008, pero es igual de falsa y reaccionaria.
Como en Alemania en los 1930s, la visión de restaurar la grandeza nacional por medio de la autarquía económica y la expansión militar lleva forzosamente a la guerra. El discurso de Trump es la comprobación directa de la perspectiva avanzada por el Partido Socialista por la Igualdad: el crecimiento del militarismo estadounidense durante el último cuarto de siglo se origina en los intentos de la élite económica de los EE.UU. por encontrar una solución violenta al prolongado declive económico de los Estados Unidos.
El discurso de Trump estaba impregnado de principio a fin con el lenguaje propio del fascismo, con la ayuda, sin duda, de su principal asesor político, Stephen K. Bannon, el ex jefe de Breitbart News, un refugio para los “nacionalistas blancos,” i.e., supremacistas blancos, antisemitas y neo nazis.
El nuevo presidente declaró, “Compartimos un corazón, un hogar, y un destino glorioso.” Exigió “una total lealtad a los Estados Unidos de América,” saludó a “los grandes hombres de nuestras fuerzas armadas y policiales,” llamó a “un nuevo orgullo nacional,” y concluyó que “todos sangramos la misma sangre roja de los patriotas.”
Su promesa espeluznante de destruir “el terrorismo islamista radical, el que erradicaremos de la faz de la Tierra” será interpretada como una amenaza, legítimamente, por las grandes mases del Medio Oriente y todo el mundo musulmán, unas 1.600 millones de personas. Trump ya declaró que se les prohibirá entrar a los Estados Unidos.
No hay duda de que el discurso de Trump será tomado como una declaración de guerra, no sólo en Beijing, Moscú y Teherán, sino que también en Berlín, París, Londres y Tokio. Cuando decía que “está en el derecho de todas las naciones el priorizar sus propios intereses,” estaba anunciando el comienzo de una lucha despiadada entre las principales potencias imperialistas por mercados, fuentes de materias primas y mano de obra barata, y posiciones estratégicas clave. La lógica inexorable de esta lucha lleva a la guerra mundial.
La política de expansión militar y nacionalismo extremo de Trump tendrá las consecuencias más funestas para los derechos democráticos del pueblo estadounidense. Habla en nombre de una oligarquía financiera despiadada que no tolerará ninguna oposición, externa o interna. Su propuesta de una Fortaleza América, movilizada en contra de cada país en el mundo, conlleva la represión de toda disensión doméstica.
Es notorio que el discurso de Trump desechó la retórica democrática típica de las inauguraciones. No se rindió tributo al proceso electoral, no se apeló a las decenas de millones que no votaron por él, no se calmó a los opositores asegurando que sus derechos serían respetados, no hubo una promesa de que sería el presidente de “toda la gente.” Ni siquiera se reconoció que recibió menos del 46 por ciento de los votos, casi tres millones de votos menos que su oponente Demócrata, Hillary Clinton.
Por el contrario, Trump denunció a “un pequeño grupo en la capital de nuestra nación,” nombrados a los “políticos” y “el establishment ,” en otras palabras, todos los que estaban sentados a su alrededor en la fachada oeste del Capitolio—diputados, senadores, ex presidentes. Afirmó que serían destituidos de todo poder porque “estamos transfiriendo el poder desde Washington, DC y dándoselo a ustedes, el pueblo” —con el mismo Trump, por supuesto, tomando el lugar del “pueblo.”
Sólo se puede sacar una conclusión política seria de esta inauguración: Trump busca desarrollar un movimiento fascista estadounidense, ofreciendo un falso enemigo a quien culpar por los crímenes y fracasos del capitalismo, tachando de cualquiera que se oponga a sus de desleal, y mostrándose como la personificación de la voluntad popular y el único que puede ofrecer una solución a la crisis.
Trump formó un gabinete de multimillonarios, ideólogos derechistas y ex generales. El gobierno de Trump irá mucho más lejos de lo que cualquiera imagina al implementar un programa de guerra, ataques a los derechos democráticos y la destrucción de los empleos y niveles de vida de los trabajadores.
El Partido Demócrata no hará nada en contra de Trump. Los líderes del Partido Demócrata, de Obama para abajo, escucharon la diatriba militarista y antidemocrática de Trump como si fuese un discurso político “normal.” Durante el período transitorio, Obama se ha ocupado de fomentar complacencia ante el nuevo gobierno, mientras que los demócratas del Congreso han prometido colaborar con Trump y adoptar su tóxico y reaccionario nacionalismo económico.
Le esperan grandes conmociones a la gente trabajadora. Cualquiera sea la confusión inicial, ya sea si votaron por Clinton, por Trump, o se rehusaron a elegir entre los dos, pronto aprenderán que este gobierno es su enemigo. El capitalismo estadounidense va encaminado al desastre y nada puede detenerlo más que el movimiento revolucionario de la clase trabajadora.

(tomado de World Socialista Web Stite)