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¿El neoliberalismo funciona?

Noah Smith es un blogger habitual de economía de la principal corriente keynesiana y escribe regularmente para Bloomberg. Hace poco, titulaba un artículo “Los mercados libres han mejorado más vidas que cualquier otra cosa antes”. Y defendía el argumento bastante habitual de que el capitalismo ha sido en realidad un gran éxito a la hora de mejorar la vida de miles de millones de personas en comparación con cualquier modo de producción y de organización social anterior y que, hasta donde alcanza a ver, seguirá siendo el ‘mercado líder’ para los humanos seres.Smith está dispuesto a refutar la ‘economía mixta’, las ideas anti libre comercio que se han colado en la economía dominante desde la Gran Recesión, a saber, que el ‘neoliberalismo’ y el libre mercado son malos para los niveles de vida de la gente. En su lugar, sería necesario una pequeña dosis de proteccionismo comercial (Rodrik) e intervención estatal y regulación (Kwak) para ayuda a que el capitalismo funcione mejor.Pero no, dice Smith. El neoliberalismo funciona mejor. ¡Y cita el fenómeno del crecimiento de China como su principal ejemplo! En China, “el cambio de una economía dirigida y controlada rígidamente a una que combina enfoques estatales y de mercado – y la liberalización del comercio – ha sido, sin duda, una reforma neoliberal. A pesar de que las reformas de Deng se realizaron principalmente en una red ad-hoc, aplicando el sentido común, invitaron al famoso economista neoliberal Milton Friedman para que les aconsejase“ Seguir leyendo ¿El neoliberalismo funciona?

Treinta años desde el “Lunes Negro” de Wall Street

por Nick Beams

Hace treinta años, el 19 de octubre de 1987, la Bolsa de Valores de Nueva York experimentó lo que sigue siendo su mayor caída de un día en la historia. En “Black Monday” (“Lunes Negro”), el índice de la Bolsa de Valores de Nueva York Dow Jones cayó 22,6 por ciento con el índice S&P 500 28,5 por ciento del 14 al 19 de octubre.

La pérdida total de riqueza financiera durante la crisis se ha estimado en alrededor de US$ 1 billón. Pero a diferencia de 2008, la crisis financiera no precipitó una crisis económica más profunda y terminó relativamente rápido debido a una importante intervención de la Reserva Federal de los EE. UU., que operaba directamente y por la presión que forzaba sobre los principales bancos para extender la liquidez a las firmas financieras.

Pero eso no quiere decir que sus efectos fueran transitorios o simplemente representaran algún tipo de mal funcionamiento breve en un sistema financiero por lo demás seguro. De hecho, lo que se puede ver, tanto en el crac como en la respuesta, son los orígenes inmediatos de los procesos que han llevado a la serie de tormentas financieras en las últimas tres décadas, la más grave, hasta ahora, siendo la crisis de septiembre de 2008.

El período previo al Lunes Negro fue uno de gran transición en la economía y el sistema financiero de los Estados Unidos, así como a nivel mundial. Áreas enteras de la industria estadounidense fueron devastadas por el régimen de altas tasas de interés, iniciado por Paul Volcker como presidente de la Reserva Federal en 1979 bajo la presidencia Carter, una política que continuó y profundizó durante los primeros años de la administración Reagan en la década de 1980.

Fue un proceso que se repitió en todo el mundo a medida que las secciones clave de la industria, construidas durante el boom económico de la posguerra, se echaron a perder en lo que, hasta ese momento, era la recesión más grave desde la década de 1930.

A medida que la industria se estaba destruyendo, las regulaciones que se habían introducido para restringir las operaciones financieras comenzaron a desmantelarse a fin de abrir el camino para la acumulación de ganancias a través de operaciones especulativas.

Este fue el comienzo de la era de las adquisiciones apalancadas, utilizando los llamados bonos basura de dudosa calidad, en los que empresas enteras podían ser engullidas en adquisiciones hostiles y luego desmanteladas y vendidas con grandes ganancias. Se desarrollaron nuevos instrumentos financieros para facilitar la especulación financiera que jugarían un papel importante en la crisis de 1987.

En el período previo al Lunes Negro, el índice Dow Jones había avanzado a un ritmo vertiginoso, aumentando un 44 por ciento en los siete meses hasta fines de agosto, lo que generó expresiones de preocupación de que se estaba creando una burbuja financiera. Pero a pesar de estas advertencias, la especulación continuó.

En 1985, las principales naciones industriales del G6 —Francia, los EE. UU., Gran Bretaña, Canadá, Alemania Occidental y Gran Bretaña— llegaron a un acuerdo (el acuerdo “Plaza”) para permitir que el dólar estadounidense se deprecie. Pero dos años después, esto estaba causando preocupaciones sobre la inflación, lo que condujo a un nuevo acuerdo, el acuerdo del “Louvre”, en febrero de 1987, cuyo objetivo era tratar de detener la caída del dólar y estabilizar las alineaciones monetarias.

Sin embargo, en octubre de 1987, Alemania, que acordó mantener las tasas de interés bajas, se movilizó para aumentarlas debido a los temores inflacionarios, lo que provocó que la Fed elevara su tasa de descuento al 7 por ciento y la tasa de los bonos del Tesoro estadounidense a 10,25 por ciento. El cambio en las tasas de interés fue el desencadenante inmediato del colapso de los mercados que iba a seguir.

Con el anuncio de un déficit comercial mayor al esperado, una caída en el valor del dólar y el temor de que las tasas de interés suban, los mercados comenzaron a caer desde el 14 de octubre. Al final de la operación del viernes 16 de octubre, el Dow bajó un 4,6 por ciento en el día y el S&P 500 había caído un 9 por ciento en la semana anterior, preparando el escenario para lo que iba a suceder.

Cuando los tipos de cambio internacionales se abrieron el lunes, antes de que abriera la bolsa Nueva York, fue un baño de sangre en Asia y el Pacífico donde los mercados cayeron en picada: el mercado de Nueva Zelanda cayó en un 60 por ciento.

El mercado bursátil estadounidense se desplomó desde la campana de apertura en lo que fue la primera liquidación financiera global. La caída se vio agravada por una serie de innovaciones financieras que se habían introducido en los años anteriores para facilitar la especulación.

Las empresas de inversión estadounidenses habían desarrollado nuevos productos financieros conocidos como “seguro de portafolio”. Supuestamente fueron diseñados para proteger a los inversores de los efectos de una recesión mediante el uso de opciones de futuros y otros derivados. El problema, sin embargo, era que todos operaban fundamentalmente del mismo modelo, de modo que cuando comenzó el choque hubo un apuro simultáneo por las salidas.

Otro factor fue la introducción del comercio electrónico en el que se vendieron grandes cantidades de acciones, nuevamente sobre la base de modelos matemáticos y financieros similares. Tal era el volumen de los intercambios que muchos de los sistemas de informes simplemente se vieron desbordados. En la Bolsa de Valores de Nueva York, las ejecuciones comerciales fueron reportadas hasta con un retraso de una hora tarde, causando una gran confusión.

Al final del Lunes Negro, había grandes temores sobre lo que sucedería al día siguiente. Antes de que se abrieran los mercados, el recién nombrado presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, que había reemplazado a Paul Volcker el agosto anterior, emitió una declaración que se convertiría en la base de la política de la Fed desde entonces hasta el presente.

“La Reserva Federal, en consonancia con sus responsabilidades como banco central de la nación, afirmó hoy su disposición a servir como una fuente de liquidez para apoyar al sistema económico y financiero”, se lee en el comunicado.

Fue el comienzo de lo que posteriormente se conoció como el “Put de Greenspan”, entendiendo que el banco central siempre estaría disponible para intervenir y apoyar a los mercados financieros.

En 1990, Ben Bernanke, el subsiguiente presidente de la Reserva Federal, señaló que hacer esos préstamos debe haber sido una estrategia para perder dinero desde el punto de vista de los bancos; de lo contrario, la persuasión de la Fed no habría sido necesaria, pero fue una buena estrategia para la “preservación del sistema como un todo”.

El alcance de la intervención puede medirse por el hecho de que el préstamo de Citigroup a las empresas de valores aumentó de un nivel normal de US$ 200 a US$ 400 millones por día hasta llegar a US$ 1400 millones el 20 de octubre, luego de que el presidente del banco recibió una llamada del presidente de la Fed de Nueva York.

La política de intervención de la Reserva Federal continuaría durante la década de 1990 y hasta el nuevo siglo. Sin embargo, las contradicciones fundamentales del sistema financiero capitalista no se superaron sino que se intensificaron. En consecuencia, cuando estalló la crisis de 2008, la política de la Fed de apoyarse en los principales bancos fue completamente inadecuada porque fueron los propios bancos los que se habían arruinado o estaban al borde del colapso.

El Fed y otros bancos centrales de todo el mundo intervinieron con rescates masivos y han sostenido a los mercados financieros desde entonces a través de sus políticas de compras de activos financieros (flexibilización cuantitativa) y tasas de interés ultrabajas e incluso negativas.

El resultado no ha sido restaurar el crecimiento económico ni crear estabilidad financiera. Las evaluaciones de la relación precio-ganancias —el ratio PE— de los mercados de EE. UU. han descubierto que se encuentran en niveles elevados, superados solo en 1929 y en la burbuja de las puntocom de principios de la década de 2000. Esto ocurre en condiciones en las que el crecimiento económico, la productividad y las medidas comerciales internacionales de la economía real permanecen por debajo de sus tendencias anteriores a 2008.

En 1987, las empresas de valores financieros fueron rescatadas por los bancos. Poco más de dos décadas después, los bancos mismos tuvieron que ser rescatados. Pero en otra crisis financiera, los propios bancos centrales estarían directamente involucrados debido a sus tenencias masivas de decenas de billones de dólares en bonos del gobierno y otros activos financieros.

Al evaluar la situación actual, vale la pena recordar un análisis hecho por el medio australiano, la cadena mediática ABC, del vigésimo aniversario del Lunes Negro, sin duda típica de muchos.

En medio de un período de crecimiento económico —el FMI había notado en 2006 que la economía mundial se estaba expandiendo a su ritmo más acelerado durante tres décadas—, citó a los analistas financieros que sostenían que era improbable que se repitiera un colapso similar a 1987. No hubo la misma estructura de tasas de interés y “tenemos un sistema bancario mucho más coordinado internacionalmente que en 1987”, según uno de ellos.

“Dado que se espera que el rápido crecimiento económico continúe en Asia”, concluyó el artículo, “el consenso del mercado parece ser que la tendencia alcista todavía tiene mucho camino por recorrer”.

Solo 11 meses después, en septiembre de 2008, el mundo se sumió en la crisis económica y financiera más profunda desde la Gran Depresión de la década de 1930.

¿Recuperación económica mundial?

Los últimos datos económicos muestran que el crecimiento económico en los principales países capitalistas ha ido en aumento durante la primera mitad de 2017.
 
 
La economía de Japón ha crecido al ritmo más rápido de los últimos dos años en el segundo trimestre de este año, y el gasto interno se ha acelerado mientras el país se prepara para los Juegos Olímpicos de Tokio de 2020.
 
 
En la zona euro, el crecimiento del PIB real aumentó a una tasa anualizada del 2,5%, mientras los países de Visegrad (República Checa, Polonia, Hungría y Eslovaquia) crecieron al 5,8% en el segundo trimestre de este año.
 
 
La economía de Estados Unidos continúa creciendo un poco más del 2% anual, y ello hace que las principales economías parezcan estar un poco mejor en términos de crecimiento, o al menos eso parece en comparación con la caída de las tasas de crecimiento de 2015-6.
 
¿Cuál ha sido la razón principal de esta ligera mejoría? En mi opinión, es la relativa recuperación de la economía china, considerada por la mayoría de los observadores, y así lo confirman los hechos, el motor del crecimiento económico mundial (en el margen) desde 2007. Como señala el FMI en su última encuesta de la economía china: “Mientras muchas de las economías avanzadas de Occidente siguen luchando tras la crisis financiera de 2007-09,  China, ha sido el motor de crecimiento de la economía mundial, representando más de la mitad del crecimiento del PIB mundial en los últimos años.”
 
 
La producción manufacturera en China aumentó un 6,7% analizado en julio, continuando la ligera recuperación en 2017 después de caer a un mínimo en 2016 tras un máximo de más del 11% anual en 2013. Como resultado, la producción industrial de la zona euro se ha recuperado, en particular en Alemania, los Países Bajos e Italia, ya que exportan más a China. El sector manufacturero de Estados Unidos también ha revertido su contracción real en 2016. El sector manufacturero de Japón saltó hasta el 6,7% en comparación con 2016, empujado por la demanda de construcción para los Juegos Olímpicos.
 
Todo parece mucho mejor. Pero recordemos que la mayor parte de estas grandes economías todavía están creciendo alrededor de solo el 2% anual, todavía muy por debajo de las tasas anteriores a 2007 o incluso la media del período posterior a 1945. Las economías capitalistas ‘desarrolladas’ están creciendo a su ritmo más bajo en décadas. Ruchir Sharma, jefe de estrategia global y responsable de mercados emergentes de Morgan Stanley Investment Management, señaló en un reciente  ensayo en la revista Foreign Affairs que “ninguna región del mundo está creciendo tan rápido como antes de 2008, y no debe esperarse que ninguna lo haga. En 2007, en el pico del boom anterior a la crisis, las economías de 65 países – incluyendo bastante de las grandes, como Argentina, China, India, Nigeria, Rusia y Vietnam – crecieron a una tasa anual del 7% o más. Hoy en día, sólo seis economías están creciendo a ese ritmo, y la mayoría son países pequeños como Costa de Marfil y Laos“.
 
Sin embargo, todos los índices de compras de gerentes (PMI) que proporcionan la mejor guía de la situación inmediata de la actitud y la confianza del sector capitalista en cada país muestran todos ellos que la expansión todavía está en marcha – aunque no al ritmo de 2013-14. De nuevo, la clave parece ser una recuperación del PMI de China.
 
 

¿Qué nos señala todo esto sobre la probabilidad de una nueva recesión económica mundial en el próximo año o dos? Eso es algo que he estado pronosticando o esperando. Los últimos datos parecen apuntar lo contrario.

 
Los principales analistas ortodoxos siguen siendo optimistas sobre el crecimiento con la única condición de que China no colapse. La encuesta del FMI adelanta el argumento familiar ortodoxo que la deuda total es tan alta que puede provocar bancarrotas e impagos, provocando una crisis y debilitando la economía mundial. La deuda total se ha cuadruplicado desde la crisis financiera, hasta situarse en 28 billones de dólares a finales del año pasado.
 
No estoy de acuerdo. Por dos razones. En primer lugar, cuando el crecimiento de China se desaceleró bruscamente a principios de 2016, los analistas ortodoxos argumentaron que China podría empujar a la economía mundial hacia abajo. Mi opinión fue que, por importante que fuese la economía china, no es lo suficientemente grande como para arrastrar consigo a los EEUU y Europa. Las economías avanzadas sigue siendo la clave para saber si habrá una recesión mundial. Y así se ha demostrado.
 
En segundo lugar, el tamaño de la deuda de China es grande, pero la economía china es diferente de las economías capitalistas avanzadas. La mayor parte de la deuda está en manos de los bancos estatales y las empresas estatales chinas. El gobierno chino puede rescatar a estas entidades utilizando sus reservas y el ahorro forzoso de los hogares chinos. El estado tiene el poder económico para ello, a diferencia de los gobiernos de los EEUU y Europa durante la crisis crediticia de 2007. Los gobiernos entonces eran deudores de los bancos y las empresas capitalistas, y no al revés. En mi opinión, cualquier crisis de crédito en China será resuelta sin producir un colapso importante en la economía.
 
¿Quiere decir esto que se puede descartar una nueva recesión mundial? No, en absoluto. Una de mis indicadores clave de la salud de las economías capitalistas, como mis lectores saben, es la evolución de los beneficios en el sector capitalista. Los beneficios de las empresas a nivel globales (un promedio ponderado de las principales economías) también han experimentado una recuperación significativa tras su colapso a finales de 2015. De hecho, Los beneficios empresariales parecen en general aumentar con su tasa más rápida desde el cambio de tendencia después del final de la Gran Recesión.
 
 
Sin embargo, esta tendencia global es impulsada por la recuperación de China y la recuperación de Japón (¿debido a la construcción para los Juegos Olímpicos?). El crecimiento de los beneficios industriales en los EEUU, Alemania y el Reino Unido se desacelera de nuevo después de un breve repunte a finales de 2016.
 
Para mí, la clave sigue siendo el estado de la economía de Estados Unidos y, en particular, de los beneficios y los niveles de inversión allí. El crecimiento del mercado de valores de Estados Unidos no esta acompasado con los niveles de beneficios industriales. El indice S&P 500 ajustado cíclicamente de precios-beneficios (CAPE) sólo ha sido mayor en una ocasión, a finales de 1990. Actualmente se encuentra a la par con los niveles anteriores a la Gran Depresión.
 
Los beneficios de las empresas de Estados Unidos se han recuperado en los últimos trimestres después de haber caído (aunque ahora vuelve a desacelerarse) y, junto con ello, la inversión empresarial ha arrancado. Hay que seguir durante el resto de 2017 estos datos para ver si es sostenible.
 
 
La suma de los beneficios industriales han crecido a una tasa anual de tan sólo el 0,97% en los últimos cinco años. Antes de este período el crecimiento quinquenal anualizados de los beneficios fue del 7,95%. Con una deuda que ha alcanzado los 8.6 billones de dólares, los niveles de deuda industrial son actualmente un 30% más alto que su pico anterior, en septiembre de 2008. En el 45,3%, la proporción de la deuda industrial en relación con el PIB está en máximos históricos, y recientemente superó los niveles previos a las dos últimas recesiones. Si hay un problema con el nivel de deuda, es en los EEUU, no en China.
 
Publicado originalmente en el blog de Michael Roberts. Traducción de G. Buster en Sin Permiso.
 
Ilustración de Steve Cutts

¿Brotes verdes en la economía?: algunas interrogantes

por Albert Recio//

I

Oficialmente, la crisis ha terminado. Al menos, es lo que argumenta la versión oficial sobre la base de considerar que el nivel alcanzado por el PIB del segundo semestre de 2017 supera al del segundo semestre de 2008, cuando se considera que empezó el desastre.

Pero ya se sabe que el PIB es una medida poco fiable de la realidad económica. Convertir toda la enorme variedad de actividades económicas en una sola cifra exige adoptar un número tan grande de convenciones técnicas (y decisiones políticas) que pueden hacer variar el volumen del PIB con relativa facilidad. Sin perder de vista las actividades sociales útiles que el PIB no contempla, así como su ignorancia de los efectos negativos de la actividad económica convencional sobre el fondo natural del planeta y sobre las condiciones de vida. Hay consciencia creciente de lo inadecuado de esta medida, pero el discurso oficial sigue aferrado a viejas ideas y por eso se sigue tomando está cifra mágica como eje de la evaluación económica. Y, como la cifra da ahora un nivel parecido al de hace nueve años, pues ya podemos decretar el final de la crisis.

Ante tamaño anuncio propongo un ejercicio simple, de corte convencional. Comparar una serie de estadísticas económicas del momento de inicio de la crisis (la culminación de un período de auge) con la situación actual. Y ver en qué medida podemos pensar que simplemente se ha salido de una crisis profunda, de la misma forma que una persona se considera restablecida de una enfermedad cuando una serie de análisis indican que ha recuperado los parámetros anteriores a la misma.

II

Podemos empezar por la crítica más conocida. La recuperación económica no ha recuperado los niveles de empleo y, además, el nuevo empleo creado es peor que el destruido en términos de condiciones laborales, salarios etc.

Basta tomar unas pocas variables para constatar que esta evaluación es cierta.

La Encuesta de Población Activa ofrece unos datos contundentes: entre el segundo semestre de 2008 y el segundo de 2017 la población activa (la que esta empleada o busca empleo) se ha reducido en 305 000 personas, se han destruido 1,83 millones de empleo y el número de personas desempleadas ha aumentado en más de un millón y medio. Es decir, más paro, menos empleo y más personas desanimadas que han dejado de buscar.

La destrucción de empleo se ha producido tanto en el empleo asalariado como en el no asalariado en proporciones parecidas. Al final del período, la tasa de asalarización ha crecido ligeramente, menos de un 1 por ciento (pasando de 82,5 a 83,4 %). O sea que en conjunto hay una ligera mayor proporción de asalariados que de no asalariados, algo que no se corresponde con la percepción extendida que estamos asistiendo a la explosión del empleo autónomo.

Si de la cantidad pasamos a la calidad, las dos medidas que podemos utilizar son el peso del empleo a tiempo parcial y el del empleo temporal. Aunque puede haber muchas razones por las que una persona decida trabajar pocas horas, en general el empleo a tiempo parcial va asociado a niveles de ingresos bajos y a empleos situados en la parte inferior de la pirámide ocupacional (en términos de salarios, reconocimiento, posibilidades de carrera etc.). El empleo a tiempo parcial ha crecido, pasando del 11,7 % de todos los empleos al 15,2 %. Pero aquí las diferencias se agudizan si se considera tanto el estatus profesional como el género. Mientras que, en conjunto, el empleo a tiempo parcial de los asalariados ha pasado del 12,1 % al 16,5 % del total, el de los no asalariados se ha reducido del 10% al 8,5 %. El empleo a tiempo parcial representa el 26 % del empleo asalariado femenino frente a solo el 7,8 % para los hombres, aunque en ambos casos se experimentan aumentos porcentuales parecidos.

Solo los datos del empleo temporal podrían indicar una mejoría en la calidad del empleo. El porcentaje de empleo temporal se ha reducido en 2,5 puntos entre los dos períodos estudiados (del 29,3 % al 26,8 %), pero hay que ser cautos con esta evaluación. Al principio de la crisis había mucho empleo en la construcción, el sector donde el empleo temporal es siempre más elevado. Más bien lo que muestran estos datos que el empleo temporal está enquistado en el mercado laboral español, y esto a pesar de las diversas reformas laborales que ha debilitado de forma sustancial la protección al empleo, que para los economistas y políticos neoliberales es la razón que explica el crecimiento del empleo temporal.

Analizar el impacto de estos cambios en los salarios es más complicado por las propias limitaciones de las estadísticas salariales. Ya me ocupé de ello en una nota anterior (“Empleo y condiciones de trabajo en la recuperación”, mientrastanto, febrero de 2017). Hay evidencias que indican no sólo que los salarios se han moderado sino que esta moderación se ha centrado fundamentalmente en los niveles salariales más bajos. Las huelgas de las subcontratas de los aeropuertos, el movimiento de las kellys o de los autónomos de Deliveroo es una respuesta combativa a esta degradación laboral que las estadísticas recogen sólo parcialmente.

Con todo, algunos datos son contundentes. El peso de las rentas salariales en el PIB ha decrecido en casi 3 puntos (pasando del 49,8 % al 46,9 % entre 2008 y 2017). Es notorio poner en relación este dato con la tasa de asalarización a la que me he referido anteriormente, y que indica un aumento del peso de los asalariados de 1 %. Es decir, que una proporción mayor de personas activas se reparten una proporción sustancialmente inferior de la renta total.

La Encuesta de Condiciones de Vida, por su parte, es un buen indicador de esta degradación de los ingresos y las condiciones de vida de una parte de la población, con el aumento a lo largo del período del porcentaje de población en riesgo de pobreza (del 19,8 % al 22,5 %) y del que está en riesgo de pobreza y exclusión (que pasa del 23,8 % al 27,9 %). Este último indicador suma a la pobreza monetaria la exclusión del mercado laboral. Quizás tan significativo como estos datos resulta el análisis de la distribución de la renta que incluye la encuesta. La población se clasifica por deciles, el primer decil lo forman el 10 % de personas con menores ingresos, mientras que el 10º decil lo forman el 10 % de los que ganan más. Una cuestión interesante es analizar en qué cantidad de ingresos se producen los cortes. Cuando se consulta este dato se observa que para los 8 primeros deciles (80 % de la población) el punto de corte se produce a un nivel de ingresos sustancialmente inferior al de hace 8 años. Por ejemplo en 2008 el 10 % más pobre eran personas cuyos ingresos no alcanzaban los 6255 € al año; en la última entrega (2016) el corte se sitúa en 5297 €, o sea casi mil euros menos que hace ocho años. El porcentaje de reducción es mayor en los deciles inferiores, pero sólo en el 9 y el 10 el punto de corte es superior. Más pobreza y más desigualdad. La recuperación sólo funciona para unos pocos.

III

El impacto social negativo de las políticas aplicadas en la crisis es evidente. Y justifica las críticas a las políticas de austeridad. Pero sus autores mantienen una posición que los hace inmunes a las mismas: gracias a estas políticas se ha producido la recuperación y se han sentado unas bases sólidas para seguir creciendo y recuperar también empleo de calidad. Por eso conviene ver si realmente esta recuperación es realmente tan sólida, si se han aplicado reformas que han reforzado las estructuras productivas del país. Cuando empezó la crisis, la economía española mostraba enormes problemas que en el plano macroeconómico se concretaban en un tremendo déficit exterior y en un consiguiente endeudamiento externo.

El déficit exterior es un reflejo en parte de la estructura productiva de un país y de su estructura de consumo. Un país autárquico equilibrado permitiría satisfacer todas sus necesidades sin intercambio con el exterior. No hay evidencias de que tales países existan, pues la mayoría de países tienen relaciones con el exterior y el equilibrio refleja que el país produce una serie de bienes y servicios que vende en parte fuera para comprar en cambio aquello que no produce. En la práctica, muchos países no logran este equilibrio, y aquí nacen problemas para ellos mismos y para el conjunto de la economía mundial. Cuando empezó la crisis, España tenía un enorme déficit exterior, del orden del 6 % del PIB (básicamente debido al enorme desequilibrio en la balanza de bienes). En cambio, en los últimos trimestres existe un superávit superior al 2 %. Esto parece justificar a los que han defendido que el ajuste salarial era imprescindible para ganar competitividad y que el sacrificio salarial es la base de la recuperación.

Analizadas al detalle, las cosas son bastante más complejas. De una parte, el superávit se ha producido fundamentalmente por dos cuestiones: la enorme caída del precio del petróleo —el elemento más importante en la creación del déficit comercial—, y el fuerte aumento de los ingresos por turismo. Es cierto que se han producido mejoras en todos los sectores de especialización, y que ha aumentado el volumen de exportaciones. Pero esto puede deberse a múltiples causas: desde una reducción de importaciones de productos extranjeros más caros por la crisis al simple relanzamiento del mercado automovilístico, que constituye el principal producto de exportación, y cuya dinámica depende de las lógicas productivas de las grandes multinacionales del sector (y donde los costes salariales españoles ya eran sustancialmente inferiores antes de la crisis). Cuando se analiza la evolución de la estructura del PIB y del empleo no se advierte que se haya producido un cambio estructural profundo en el área productiva. El sector manufacturero ha seguido perdiendo empleo y peso. El turismo se ha reforzado en cambio como la gran “industria” nacional que nos convierte en un exportador de “materias primas” particular. Que la situación no ha cambiado mucho lo expresan los datos de la estructura del PIB: en los últimos trimestres, a medida que la recuperación se acelera, se está debilitando el superávit exterior y crece el déficit comercial. Cualquier aumento serio de los precios de los combustibles puede volver a generar enormes dificultades.

El otro gran problema era el elevado grado de endeudamiento de la economía española. Al inicio de la crisis, éste era fundamentalmente privado, de las familias y sobre todo de las empresas. Parte del ajuste, especialmente el plan de salvamento del sector financiero, consistió en transformar deuda privada en pública. Las cifras de deuda exterior (pública y privada) y de deuda pública ofrecen un panorama peligroso. Las cifras del segundo semestre de 2017 indican que la deuda exterior de España ha alcanzado un record en términos absolutos (1,91 billones de euros) y se sitúa ligeramente por debajo de su máximo histórico en términos relativos (un 170 % del PIB frente a un 174,6 % de máximo en 2010). Aún en términos netos (descontando los activos financieros españoles en el exterior) se sitúa en el 86,5 %, lo que supone un nivel de endeudamiento elevado. Si esta situación no se traduce en una grave tensión es fundamentalmente por la política monetaria del Banco Central Europeo, que ha generado una enorme liquidez y ha comprado ingentes cantidades de deuda. Pero un cambio en las políticas del BCE por cualquier tipo de razón puede poner a España en una situación de alta presión y en nuevas exigencias de ajustes insoportables. Por su parte, la deuda pública, tras los generosos planes de ayuda al sector privado, se sitúa en el torno del 100 % del PIB, sólo soportable en el contexto de bajos tipos de interés. Las políticas de austeridad no se han traducido en una reducción sustancial de la deuda, como se ha propugnado, sino todo lo contrario. El endeudamiento es endémico en el capitalismo actual por los desajustes que genera el modelo y por la enorme proliferación de mecanismos financieros que promueven su expansión.

No hay por tanto ninguna evidencia sólida que indique que realmente se ha producido un cambio en profundidad en el modelo productivo que justifique la promesa de una recuperación sólida que acabe con la pobreza y la precariedad. Son sólo circunstancias favorables —como el bajo precio de los combustibles, la política monetaria expansiva o el hiperdesarrollo turístico— las que han permitido generar una sensación de mejoría que, cuando menos, se presenta potencialmente inestable.

IV

La crisis económica de 2007 ha tenido graves costes sociales en nuestro país. Toda crisis los tiene, y las políticas aplicadas (en parte impuestas por los organismos internacionales, en parte promovidas gustosamente por las clases dirigentes locales) no han hecho más que agravar sus costes. Y han provocado cambios estructurales (como la reforma laboral, la liquidación de un sistema financiero para-público, los ajustes en servicios públicos básicos, la reforma inconclusa del sistema de pensiones…) que conducen a un modelo social de elevadas desigualdades y problemas recurrentes para enormes masas de población. No sorprende que, para algunos, la crisis sea vista como una cortina de humo para justificar estas políticas. Aunque sea un razonamiento inadecuado: la crisis es un producto normal del funcionamiento de una economía capitalista con tendencias al caos. Lo que ocurre es que una vez planteado el problema y el desastre, ha sido fácil para las élites aplicar las políticas más adecuadas a sus intereses (y más próximas al “sentido común” de sus intelectuales orgánicos).

La crisis, en gran parte resultado por el modelo de globalización neoliberal, curiosamente ha provocado un reforzamiento (con variantes) de la misma. En parte porque las élites no se han tenido que confrontar con una oposición que tuviera tanto fuerza social como ideas y proyectos mínimamente sólidos y estructurados. Veníamos de un largo período de derrotas y debilitamiento de los movimientos sociales, de las clases subalternas, y hemos sido incapaces de reconstruir a corto plazo una alternativa.

Lo más dramático es que, además de imponer medidas de un coste social brutal, no parece que las mismas hayan permitido superar los problemas macro y microeconómicos que están en la base de los problemas económicos convencionales de la economía española (desempleo, precariedad, déficit exterior, etc.). Y, por eso, las demandas de ajuste volverán a reaparecer en cuanto cambien los factores coyunturales que ahora dan un cierto respiro.

Cambiar el modelo productivo es más fácil de decir que de hacer en economías capitalistas, donde existen poderes económicos muy consolidados, donde las grandes empresas tienen dificultades para transformarse, donde las instituciones y poderes internacionales ejercen una presión desmesurada sobre las políticas locales… Y también en sociedades que han tratado de salir de la lógica capitalista y que tienen enormes dificultades para salir de sus viejas líneas de especialización, no sólo por la presión de los bloqueos externos. Y esta dificultad de cambio choca con la persistencia de problemas económicos de todo tipo: desequilibrios macroeconómicos, endeudamiento insoportable, paro, pobreza, desigualdad, degradación ambiental… Problemas que exigen transformaciones radicales. Transformaciones que demandan políticas bien pensadas, ideas y fuerzas sociales capaces de salir del marasmo en el que, digan lo que digan los voceros del poder, seguimos atrapados.

 

 

El Dow Jones en 22.000: Un nuevo récord de parasitismo

por Nick Beams//

El Promedio Industrial Dow Jones registró su séptimo récord consecutivo el día del 3 de agosto, después de llegar a 22.000 el miércoles, impulsado por un aumento de 4,7 por ciento en las acciones de Apple. El Dow ha casi triplicado su valor desde que alcanzó su punto bajo post-crisis financiera del 2008 de 6.547 en marzo del 2009.
El histórico auge bursátil ha continuado a pesar de la inestabilidad del gobierno de Trump y el aumento de las tensiones geopolíticas, con EE.UU. amenazando con guerra en Europa contra Rusia, en el Medio Oriente contra Irán, y en el este de Asia contra Corea del Norte y China. El mismo día del auge del Dow, Donald Trump promulgó nuevas sanciones contra Rusia, Irán y Corea del Norte. La Unión Europea se desmorona después del Brexit y la alianza entre los Estados Unidos y Alemania se está convirtiendo en hostilidad abierta y mutua. En medio del continuo estancamiento económico, las relaciones comerciales mundiales se están desintegrando, dando lugar a la guerra comercial y el proteccionismo.
Nada de esto ha puesto fin a la bonanza en Wall Street y las bolsas del mundo. En lo que va del año, el Dow ha subido un 11,5 por ciento. Una inversión de $10.000 hecha hace apenas una década ahora valdría $33.600. Estas enormes ganancias no llegan a toda la población —la Reserva Federal estima que sólo un 15 por ciento de los hogares posee acciones— sino que a la élite financiera.
En las primeras décadas del período post-Segunda Guerra Mundial, un alza en el mercado bursátil de los EE.UU. indicaba un fortalecimiento generalizado de la economía estadounidense, impulsada por las grandes corporaciones industriales que encarnaban la superioridad general de los métodos productivos del país. Esta época quedó en el pasado. El auge bursátil actual es una expresión de la inmensa y creciente distancia entre los mercados financieros y la economía real subyacente.
El júbilo de los directorios empresariales, Washington y la prensa por el alza del Dow por sobre los 22.000 coincide con escenas que recuerdan a la Gran Depresión. Decenas de miles trabajadores, viejos y jóvenes, en ciudades y pueblos económicamente devastados en todos los EE.UU, hacían cola para solicitar empleo con el minorista online Amazon con esperanzas de obtener puestos que pagan apenas $12,50 la hora.
Las verdaderas condiciones de millones de trabajadores quedaron en evidencia el mes pasado cuando Foxconn, el gigante taiwanés de la manufactura electrónica, decidió abrir una planta de ensamblaje en los Estados Unidos. Los salarios reales en el país ya son tan bajos que se volvió rentable trasladar la producción a los EE.UU, más cercano a la sede central de Apple y las otras empresas de alta tecnología a las que provee.
Con el hito del 2 de agosto, el Dow marcó un nuevo récord de rapidez en subir 1.000 puntos. El suceso fue bienvenido por la prensa financiera, comentando que el alza significaba un incremento en las oportunidades de ganancias de las empresas estadounidenses gracias al fortalecimiento de la economía de Estados Unidos y el mundo.
El New York Times citó a un ejecutivo empresarial que dijo que a nadie le importaba la “teleserie” en Washington y que lo que importaba era la mayor demanda mundial de las industrias pesadas y el dólar débil, que favorece las exportaciones estadounidenses.
El Wall Street Journal citó a un analista de capital de JPMorgan que afirmaba que la actual temporada de altas ganancias era “más evidencia de un repunte en las fortunas de la economía mundial” y que el crecimiento global acelerado mantendría las acciones en alza.
Estas afirmaciones no se sostienen en datos verdaderos. El Fondo Monetario Internacional proyecta un crecimiento mundial de 3,5 para este año. Mientras esto significa una leve alza respecto a las evaluaciones anteriores, está muy por debajo de los niveles anteriores a la crisis financiera mundial. Todas las principales instituciones económicas mundiales, como el FMI, el Banco Mundial y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, indican que bajas tasas de inversión en la economía real siguen ralentizando el crecimiento de la productividad.
El mes pasado, el FMI modificó a la baja sus estimados de la expansión económica de los EE.UU. a 2,1 por ciento, comparado con su predicción de 2,5 por ciento de hace un año. La organización descartó que la economía estadounidense volvería a una tasa de crecimiento de 3 por ciento, lo que el gobierno de Trump afirma que logrará con su programa de recortes tributarios para las corporaciones, desregulación empresarial y bonos del gobierno disfrazados de inversión en infraestructura.
En lugar de reflejar la fuerza de la economía estadounidense, el auge en el mercado de valores es la consecuencia de las formas parásitas de acumulación de lucro que se han generalizado más y más en las últimas décadas, especialmente después de la crisis financiera mundial del 2008.
Estas diversas formas de parasitismo se reflejan en las principales fuerzas impulsoras detrás del alza perpetua del mercado bursátil. Una de las principales causas del alza del Dow ha sido la subida de las acciones bancarias anticipando el desmantelamiento de las mínimas normas impuestas por la Ley Dodd-Frank, que se aprobó el 2010 en respuesta a la crisis financiera. Los bancos recibieron otra ayuda cuando el mes pasado se anunció que habían aprobado las pruebas de esfuerzo organizadas por la Reserva Federal, lo que les permitió desplegar inmensas alzas en los dividendos y comprar sus propias acciones para inflar su valor.
Los motores clave del mercado ya no son las grandes corporaciones industriales, sino empresas como Facebook, Netflix, Google, Apple y Amazon, las cuales tienen acumulan lucro de manera muy distinta a los líderes del mercado del pasado. Amazon, por ejemplo, no produce nada. El alza de sus acciones, que la semana pasada convirtió brevemente a su dueño Jeff Bezos en el hombre más rico del mundo, proviene de su habilidad para inventar nuevas maneras de socavar a los gigantes minoristas tradicionales. Por tanto, el ascenso de Amazon ha venido de la mano de una ola de clausuras de tiendas minoristas y la pérdida de decenas de miles de empleos en todo los Estados Unidos.
Las empresas de alta tecnología Apple y Google, igual que las principales compañías farmacéuticas, aumentan sus ganancias monopolizando el conocimiento, protegidos por los llamados derechos de propiedad intelectual, de la misma manera que en una época pasada la posesión de tierras y la extracción de renta formaba un componente principal de la acumulación de riqueza.
Estas empresas reclaman que sus precios de monopolio son necesarios para financiar nuevas investigaciones. Pero en realidad, estos dineros se utilizan para financiar la recompra de acciones y así enriquecer groseramente a los grandes inversionistas. Apple es una de varias grandes empresas, apodadas “monstruos de la recompra” por el canal de economía CNBC, que han estado utilizando sus ganancias no para invertir en la producción, sino para aplicar “ingeniería financiera” e inflar el valor de sus acciones.
Una investigación reciente mostró que del 2006 al 2015, las 18 farmacéuticas en el índice S&P 500 gastaron $516 miles de millones en recompras y dividendos, un 11 por ciento más que lo que gastaron en investigación y desarrollo. En otras palabras, más de 500 mil millones de dólares que podrían haberse usado para mejorar la educación en salud y otros servicios sociales esenciales se gastaron en aumentar la riqueza de los ultra-ricos. Se estima que cada año las empresas del índice S&P 500 gastan entre $500 y $600 mil millones en recompra de acciones.
Estas operaciones, que mueven miles de millones de dólares directo a las manos de los ultra-millonarios, son financiadas por la Reserva Federal de los Estados Unidos. Ésta inyectó billones de dólares en los mercados financieros tras la crisis financiera del 2008, y bajó al mínimo histórico la tasa de interés de los dineros prestados para esta “ingeniería financiera”.
A contrario de lo que afirman los medios convencionales, el alza del Dow no indica que la salud de la economía estadounidense esté mejorando, sino que expresa la diseminación de la decadencia y el parasitismo.
En última instancia, este proceso de saqueo social debe ser pagado —a expensas de los empleos y el nivel de vida de la clase obrera, la misma que produce todo el valor a través de su trabajo. La enorme inflación de los activos financieros es como una pirámide invertida asentada sobre una base cada vez más estrecha de valores reales generados por la inversión productiva y la expansión de las fuerzas productivas.
Se requieren dos cosas para perpetuar esta burbuja financiera inestable e insostenible: la explotación cada vez más brutal de la clase obrera y la supresión de sus luchas. Para poner fin a lo primero hay que acabar con lo segundo, e infundir las luchas de la clase obrera con una conciencia revolucionaria y socialista.