Archivo de la etiqueta: Karl Marx

El ecologismo de Marx

por Joaquim Sempere //

El ecologismo apareció como corriente influyente en los Estados Unidos y Europa occidental en los años 60 del siglo XX, al margen de las izquierdas tradicionales, y en particular del marxismo. Algunas de sus corrientes incluso se presentaban como una superación de la oposición entre derecha e izquierda, con el argumento de que los conflictos sociales (especialmente entre clases) estaban destinados a pasar a segundo término frente a un problema de fondo: la agresión humana contra el medio ambiente natural. Esta agresión afectaba a todo el mundo, era un problema de la humanidad, no de una parte, de una clase social. Pero no todo el ecologismo lo veía igual. Un sector, que se volvió mayoritario en su seno, consideraba que la destrucción ambiental era un resultado más de la dinámica expansiva, dominadora y privatizadora del capitalismo, y que por tanto el ecologismo tenía que ser anticapitalista. Seguir leyendo El ecologismo de Marx

Marx y la crisis de la democracia

por Michael Krätke //

Democracia y capitalismo eran y son una pareja difícil, su relación no es, de ningún modo, tan evidente e indisoluble como se supone vulgarmente. El “capitalismo democrático” establecido después de 1945 en Europa occidental y Norteamérica también ha entrado en crisis en sus países centrales, donde, en un plazo previsible, se podría establecer un capitalismo sin democracia política Seguir leyendo Marx y la crisis de la democracia

Marx y Engels: el papel de la violencia y las guerras en la historia

por Jaime Pastor //

 

No es fácil encontrar en las reflexiones de los fundadores del marxismo un cuerpo coherente de pensamiento sobre las guerras y su función en la historia, aunque de ellas se haya desprendido la idea central, un tanto simplificada, de que las consideraran “parteras de la historia”. Esa dificultad no era casual sino que se debía a que daban preeminencia en sus escritos al desarrollo de una crítica de la economía política y de una teoría social emancipatoria que finalmente quedaron inacabadas. En cualquier caso, existen en sus escritos suficientes comentarios y aportaciones que permiten exponer cuál fue su evolución intelectual y política sobre esta materia Seguir leyendo Marx y Engels: el papel de la violencia y las guerras en la historia

Marx y la Constitución Comunal de 1871

por Florence Gauthier //

La elección de la Comuna el 26 de marzo de 1871

La derrota militar del Segundo Imperio, en Sedán, provocó la insurrección de París y la proclamación de la Tercera República el 4 de septiembre de 1870. El nuevo gobierno, no obstante, capituló el 26 de enero de 1871, y París fue sitiada por el ejército prusiano. El gobierno de Thiers huyó a Versalles, y el 18 de marzo, respondiendo a la llamada de la Guardia Nacional de la ciudad, el pueblo de París se subleva. Unos días más tarde, la Guardia Nacional, que no pretende ejercer el poder, convoca elecciones a la Comuna de París. Tienen lugar el 26 de marzo de 1871.[1] Seguir leyendo Marx y la Constitución Comunal de 1871

Sobre las clases sociales en Karl Marx

por Kenneth Smith[1] 

 

 I – Marx sobre la clase social en El Capital, vol. III (Parte VI, capítulo 52 y otros)

Aparte de algunas “observaciones adicionales” añadidas por Engels, la breve discusión de Marx del concepto de clase social es el capítulo final de El Capital, vol. III (Parte VI, capítulo 52) y es, de hecho, incompleta. Los tres volúmenes de El Capital terminan con las famosas palabras: “Aquí se interrumpe el manuscrito”, añadidas por Engels, tal vez para dar la impresión de que Marx estaba trabajando en el manuscrito de El Capital hasta el final y murió, con la pluma en la mano, por decirlo así, después de toda una vida de trabajo intelectual. El hecho de que este capítulo nunca haya terminado se presenta a veces como una tragedia comparable a la pérdida de la comedia de Aristóteles: si sólo Marx hubiera completado esta sección –y seguramente Engels podría haberlo presionado para hacerlo– sabríamos exactamente cuáles eran las opiniones de Marx sobre la clase social y no habría necesidad de debatir el asunto más lejos. Pero cualquier argumento de este tipo es absurdo, en primer lugar, porque representa el concepto marxista de clase social como una categoría a-histórica, como algo que está fijo para todos los tiempos e inmutable de una situación social a otra, y esto difícilmente podría estar más lejos de las opiniones reales de Marx y Engels sobre esta cuestión. Y, en segundo lugar, porque ignora el hecho de que hay muchas otras explicaciones de las consideraciones de Marx y Engels sobre el tema de la clase social en otros lugares (especialmente El manifiesto comunista, pero también El dieciocho Brumario de Luis BonaparteLa Lucha de clases en Francia y La Guerra Civil en Francia), lo que nos da una idea muy buena de cuáles fueron sus puntos de vista sobre este concepto tan importante. Seguir leyendo Sobre las clases sociales en Karl Marx

En el bicentenario de Marx

por Nancy Holmstrom //

Karl Marx vuelve a estar hoy en portada. Doscientos años después de su nacimiento y una década después del pánico financiero de 2008, cada vez se es más consciente de la propensión del capitalismo a las crisis y de los problemas ecológicos que genera, así como del hecho de que la desigualdad en el mundo ha aumentado hasta niveles obscenos. Que esto esté ocurriendo 150 años después de la publicación de El Capital, la obra magna de Marx, revela la importancia de comprender su contenido. En vez de estar anticuado, hoy es incluso más relevante que cuando se publicó. Seguir leyendo En el bicentenario de Marx

¿200 años después, Marx resulta útil?

por Joseba Vermach Martin //

El próximo 15 de setiembre se cumplirán diez años desde el inicio de la última gran crisis económica. Nos dijeron que un tsunami financiero había provocado un gran terremoto en el panorama bursatil internacional. El gigante financiero Lehman Brothers se derrumbaba y el mercado libre, pieza fundamental del capitalismo, llegó incluso a ponerse en cuestión. El propio Nicolas Sarkozy, entre otros dirigentes mundiales, habló de la necesidad de refundar el capitalismo. Una década después, esa supuesta refundación del capitalismo se ha limitado a profundizar en sus origenes y Sarkozy bastante tiene con hacer frente a las acusaciones de corrupción que le rodean. Seguir leyendo ¿200 años después, Marx resulta útil?

Bicentenario de su natalicio: la hijuela de Marx

por Manuel Garí //

 

De los escritos que componen la hijuela de Karl Marx, lo primero que salta a la vista es la ingente cantidad de herramientas útiles para el análisis y la acción que heredamos como bienes y derechos, pero también la pesada envergadura de los mandatos y obligaciones que suponen los asuntos abiertos y no resueltos por el legado marxista. A ello hay que sumar la necesidad de articular (actualizar) la relación del caudal marxista con las nuevas realidades del capitalismo globalizado patriarcal y productivista y su impacto sobre la biosfera y el género humano, lo que implica establecer el diálogo entre diferentes fuentes del pensamiento emancipador. Seguir leyendo Bicentenario de su natalicio: la hijuela de Marx

Cine: El Joven Karl Marx

Cuando, en I’m Not Your Negro, Raoul Peck rescataba las palabras de James Baldwin para darles nueva vida, su intención no era tanto la de preservar la memoria de la lucha por los derechos civiles (que también), sino comprobar cómo resonaban las palabras del escritor sobre las imágenes de un presente que sigue siendo el escenario de una encarnizada lucha. Allí eran las armas del documental las que le permitían levantar un discurso propio a partir de la resurrección de un discurso ajeno. En El joven Karl Marx, el marco se adapta a las exigencias convencionales y eminentemente didácticas del biopic, pero el cineasta demuestra que, incluso en un género derivado de una tradición literaria nacida al servicio de la construcción de una identidad burguesa en el siglo XVIII, es posible hacer la revolución… aunque sea dentro de un orden. Seguir leyendo Cine: El Joven Karl Marx

La crítica abierta de Marx

por John Bellamy Foster //

Doscientos años después del nacimiento de Karl Marx, la influencia de su crítica del capital es tan grande como siempre, en el contexto de lo que se ha llamado el “renacimiento Marx.” 1 Para los que creían que el marxismo simplemente había desaparecido con la caída del muro de Berlín, víctima de lo que Francis Fukuyama ha llamado “el fin de la historia”, no deja de ser un desarrollo sorprendente. 2 Seguir leyendo La crítica abierta de Marx

Marx y la primera mundialización

por Alain Bihr //

Este título puede parecer enigmático a la mayor parte de lectores. ¿Qué es esta primera mundialización? ¿Y qué nos puede decir Marx? Para comenzar a responder a estas dos cuestiones, partamos de lo que Marx nos dijo sobre el origen del capitalismo.

De hecho, nos dijo relativamente poco. A la vista de la miles de páginas que dedicó al capitalismo, las alrededor de cuatrocientas páginas en las que aborda las sociedades precapitalistas, por lo demás, dispersas a lo largo de su obra, parecen parientes pobres. Está a la vista que el problema no le interesaba mucho Seguir leyendo Marx y la primera mundialización

Lenin: Karl Marx (Breve esbozo biográfico, con una exposición del marxismo)

Carlos Marx nació el 5 de mayo (según el nuevo calendario) de 1818 en Tréveris (ciudad de la Prusia renana). Su padre era un abogado judío, convertido en 1824 al protestantismo. La familia de Marx era una familia acomodada, culta, pero no revolucionaria. Después de terminar en Tréveris sus estudios de bachillerato, Marx se inscribió en la universidad, primero en la de Bonn y luego en la de Berlín, estudiando jurisprudencia y, sobre todo, historia y filosofía. En 1841 terminó sus estudios universitarios, presentando una tesis sobre la filosofía de Epicuro. Por sus concepciones, Marx era entonces todavía un idealista hegeliano. En Berlín se adhirió al círculo de los “hegelianos de izquierda” (Bruno Bauer y otros), que se esforzaban por extraer de la filosofía de Hegel conclusiones ateas y revolucionarias. Seguir leyendo Lenin: Karl Marx (Breve esbozo biográfico, con una exposición del marxismo)

Trotsky: el pensamiento vivo de Karl Marx

¿QUÉ OFRECEMOS AL LECTOR?

Este libro expone de una manera compacta las doctrinas económicas fundamentales de Marx según las propias palabras de Marx. Después de todo nadie ha sido capaz de exponer la teoría del trabajo mejor que el propio Marx. Algunas de las argumentaciones de Marx, especialmente en el capitulo primero, el mas difícil de todos, pueden parecer al lector no iniciado demasiado digresivas, quisquillosas o “metafísicas”. Seguir leyendo Trotsky: el pensamiento vivo de Karl Marx

Marx y El Capital: Intrumentos para comprender el Siglo XXI

por MIchel Husson //

En un artículo de 1925, Keynes exclamaba: “¿Cómo puedo admitir una doctrina que convierte en Biblia, sustrayéndolo a cualquier crítica, a un volumen caduco de economía política, que no sólo es falso desde un punto de vista científico, sino que ni siquiera tiene ningún interés, ninguna aplicación posible en el mundo actual?” 1/. Más recientemente, Jonathan Sperber, autor en 2017 de una biografía de Marx 2/, se muestra igual de categórico: “En la obra de Marx se encuentran pocas cosas que interesen a las tendencias de la economía o de la teoría económica de final del siglo XIX y del siglo XX.” Pero otros piensan, por el contrario, que las aportaciones de Marx no están caducadas y que siguen siendo una referencia fecunda para la comprensión del capitalismo contemporáneo Seguir leyendo Marx y El Capital: Intrumentos para comprender el Siglo XXI

Marxismo: el valor explicativo de la teoría del desarrollo desigual y combinado

por Susan Dianne Brophy //

 

El capitalismo no se desenvuelve de forma lineal ni uniforme. La desigualdad, que se manifiesta con diferentes niveles de penetración de los mercados o de desarrollo industrial, puede estar presente en un solo ámbito, mientras que elementos no capitalistas pueden combinarse en grado diverso con fuerzas productivas capitalistas. Articulado de este modo, el desarrollo desigual y combinado (DDC) del capitalismo es un hecho demostrable y tan asumido como tal que algunos sostienen que es una ley del desarrollo 1/. El DDC es tan de sentido común que hace dos décadas Justin Rosenberg se preguntaba en las páginas de New Left Review por qué una perspectiva histórica que proporciona tal “simplicidad retrospectiva” tardó tanto en aparecer 2/. Sin embargo, esta supuesta simplicidad nos lleva a otra curiosidad: ¿cómo es posible que lo que es manifiestamente obvio sea (hoy incluso) tan controvertido Seguir leyendo Marxismo: el valor explicativo de la teoría del desarrollo desigual y combinado

El análisis de Marx de las leyes del capital y la crisis bursátil

por Nick Beams

A lo largo de los años, uno de los ataques más persistentes contra Karl Marx por los sumos sacerdotes de la economía burguesa –los guardianes ideológicos del sistema de lucro— ha sido contra su argumento de que, en última instancia, el capitalismo depende del empobrecimiento de la clase trabajadora. Seguir leyendo El análisis de Marx de las leyes del capital y la crisis bursátil

Darwin, Marx y las dedicatorias de “El Capital”

por Salvador López Arnal //

Aquel que entienda al babuino contribuirá a la metafísica más queJohn Locke”.

Charles Darwin, cuaderno D, agosto de 1838.

Maestro, periodista, compañero y amigo de Marx, miembro del comité de correspondencia comunista de Bruselas entre 1846 y 1847 y de la oficina central de la Liga de los Comunistas, redactor de la Nueva Gaceta Renana entre 1848 y 1849, emigrado a Suiza en 1849 y a Inglaterra en 1851, Wilhelm Friedrich Wolf falleció en 1864. Tres años más tarde, su amigo le dedicaba el libro I de El Capital, la única parte que llegó a publicar en vida, con las siguientes palabras1: Seguir leyendo Darwin, Marx y las dedicatorias de “El Capital”

2018: el mundo al revés

por Alan Woods //

Donald Trump dio la bienvenida al Año Nuevo a su manera inimitable: rodeado por su clan social y político en los alrededores opulentos de su exclusivo club Mar-a-Lago en Florida, acompañado por un grupo representativo de todos los segmentos de la sociedad estadounidense, desde estrellas de cine a multimillonarios. Seguir leyendo 2018: el mundo al revés

Simone de Beauvoir: la mujer y el materialismo histórico

La teoría del materialismo histórico ha sacado a la luz verdades importantísimas. La humanidad no es una especie animal: es una realidad histórica. La sociedad humana es una anti-physis: no sufre pasivamente la presencia de la naturaleza, la toma por su cuenta. Esta recuperación no es una operación interior y subjetiva, sino que se efectúa objetivamente en la praxis. De este modo, no podría ser considerada la mujer, simplemente, como un organismo sexuado; entre los datos biológicos, tienen importancia sólo los que adquieren en la acción un valor concreto; la conciencia que la mujer adquiere de sí misma no está definida por su sola sexualidad: refleja una situación dependiente de la estructura económica de la sociedad, estructura que traduce el grado de evolución técnica alcanzado por la humanidad. Hemos visto que, biológicamente, los dos rasgos esenciales que caracterizan a la mujer son los siguientes: su aprehensión del mundo es menos amplia que la del hombre; está más estrechamente esclavizada a la especie. Pero estos hechos adquieren un valor del todo distinto según el contexto económico y social. En la historia humana, la aprehensión del mundo no se define jamás por el cuerpo desnudo: la mano, con su pulgar aprehensor, ya se supera hacia el instrumento que multiplica su poder; desde los más antiguos documentos de la historia, el hombre siempre se nos presenta armado. En los tiempos en que se trataba de blandir pesadas clavas, la debilidad física de la mujer constituía una flagrante inferioridad: basta que el instrumento exija una fuerza ligeramente superior a la de la que ella dispone para que aparezca radicalmente impotente. Mas puede suceder, por el contrario, que la técnica anule la diferencia muscular que separa al hombre de la mujer: la abundancia no crea superioridad más que ante la perspectiva de una necesidad; no es preferible tener demasiado a tener suficiente.  Así, el manejo de un gran número de máquinas modernas no exige más que una parte de los recursos viriles: si el mínimo necesario no es superior a la capacidad de la mujer, ésta se iguala en el trabajo con el hombre. En realidad, hoy pueden desencadenarse inmensos despliegues de energía simplemente oprimiendo un botón. En cuanto a las servidumbres de la maternidad, según las costumbres, adquieren una importancia sumamente variable: son abrumadoras si se imponen a la mujer numerosos partos y si tiene que alimentar sin ayuda a los hijos; si procrea libremente, si la sociedad acude en su ayuda durante el embarazo y se ocupa del niño, las cargas maternales son ligeras y pueden compensarse con facilidad en el dominio del trabajo. Seguir leyendo Simone de Beauvoir: la mujer y el materialismo histórico

Socialismo, marxismo y poder popular en Chile hoy

por Felipe Lagos //

Autonomismo y poder popular [PP] no son sinónimos. El autonomismo es un ideario que no sigue los criterios táctico-estratégicos del socialismo ni del marxismo. Puede haber proyectos autonomistas anarquistas, liberales e incluso conservadores; el desarrollo del PP es socialista y marxista. Seguir leyendo Socialismo, marxismo y poder popular en Chile hoy

Beneficios sin inversión en el capitalismo financiero. Una explicación marxista de las apariencias.

 

por Facund Fora Alcalde //

A pesar de las distintas consideraciones respecto a la dirección de la causalidad, todas las corrientes de la economía heterodoxa explican la existencia de una relación positiva entre ganancias e inversión (Stockhammer, 2006). Siguiendo esta corriente de pensamiento, el descenso en las tasas de acumulación experimentado desde los años ochenta en las economías desarrolladas debería haberse visto acompañado por un descenso de la tasa de ganancia. Sin embargo, las tasas de beneficio han aumentado al mismo tiempo que la acumulación de capital ha disminuido, un hecho que “no tiene precedentes en la historia del capitalismo” (Husson, 2009, p.1) y que ha supuesto la aparición de un rompecabezas macroeconómico (Stockhammer, 2006; véase también Stockhammer, 2004; Bakir y Campbell, 2009 y Duménil y Lévy, 2004a). Seguir leyendo Beneficios sin inversión en el capitalismo financiero. Una explicación marxista de las apariencias.

De las Jornadas de Julio al golpe de Estado de Kornílov: el Estado y la revolución de Lenin

por Barry Grey //

Estamos publicando aquí el texto de la conferencia pronunciada el 14 de octubre por Barry Grey, editor nacional de Estados Unidos del World Socialist Web Site. Esta es la primera conferencia en línea de la segunda parte de la serie presentada por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional para marcar el centenario de la Revolución Rusa de 1917. Seguir leyendo De las Jornadas de Julio al golpe de Estado de Kornílov: el Estado y la revolución de Lenin

Guillermo Lora: ¿qué es el populismo? (1993)

ORIGENES DEL POPULISMO

Con no poca frecuencia se olvida que el populismo apareció en el escenario mundial como un fenómeno típicamente ruso y que el marxismo en esas latitudes se formó en franca lucha contra él.

Para evitar el confusionismo tenemos obligadamente que referirnos al populismo ruso y establecer sus características; únicamente así podremos tener idea exacta de lo que significa ese término, en oposición del supuesto “populismo” boliviano.En Rusia hizo su aparición en los años sesenta y setenta del siglo XIX y fue tipificado por los marxistas como una “ideología pequeño-burguesa, idealista”. Más concretamente, para Lenin “representaba los intereses de los productores desde el punto de vista del pequeño productor, del pequeño-burgués”. Seguir leyendo Guillermo Lora: ¿qué es el populismo? (1993)

Los bolcheviques y las reivindicaciones feministas: una relación tumultuosa

Marijke Colle //

Fue una manifestación de mujeres la chispa que, en febrero de 1917, hizo estallar la revolución rusa. No obstante, las reivindicaciones feministas estaban lejos de ser una de las principales preocupaciones de los dirigentes revolucionarios de la época. El torbellino de la revolución trajo la emancipación de las mujeres rusas… antes de un rápido retorno al modelo tradicional de la familia Seguir leyendo Los bolcheviques y las reivindicaciones feministas: una relación tumultuosa

El movimiento trotskista internacional y las revoluciones de posguerra: un análisis de sus (re) lecturas teóricas y programáticas (1944-63)

por Marcio Lauria Monteiro

La Cuarta Internacional fue fundada en 1938 por León Trotsky, luego del abandono de la condición de la fracción externa que la Oposición de Izquierda Internacional mantuvo ante la Comintern hasta 1933 y su opción de tornarse un nuevo partido internacional. Mas, desde su fundación, ella se encontraba bastante frágil, una vez que prácticamente toda la dirección de la antigua Oposición fuera asesinada por los stalinistas a lo largo de la década de 1930, teniendo León Trotski el mismo destino en 1940. Así, sumando un frágil liderazgo a las duras condiciones impuestas por la Segunda Guerra Mundial, la nueva internacional, en la práctica, dejó de existir durante el comienzo de los años 1940, viniendo a ser reorganizada entre los años 1944-48, a partir de la suma de los esfuerzos de una nueva generación de jóvenes militantes europeos con los del liderazgo del Socialist Workers Party (SWP) de los EEUU y otros veteranos. Seguir leyendo El movimiento trotskista internacional y las revoluciones de posguerra: un análisis de sus (re) lecturas teóricas y programáticas (1944-63)

La revolución rusa como problema histórico

por Francisco Fernández Buey//

I

Se dice frecuentemente que la “cuestión rusa” se ha convertido en la piedra de toque del pensamiento marxista. Para hablar con propiedad habría que decir que tal cuestión ha sido siempre (al menos desde que empieza a utilizarse el término “marxismo”) motivo de investigación y también de apasionados debates entre los revolucionarios. La formación social rusa fue el objeto prioritario de los estudios del viejo Marx, y el análisis de la actual sociedad soviética sigue siendo el centro de atención de las principales corrientes en las que se ha ido fragmentando el movimiento comunista en las últimas décadas. La persistencia y la constancia con que en un lapso de tiempo tan dilatado reaparece el problema de la naturaleza de aquella revolución puede considerarse sin más como un factor demostrativo de que en este caso no se trata de una discusión académica o de escuela como ha habido tantas en el marxismo de los últimos tiempos. Ya el simple planteamiento del problema por el propio Marx refuerza la idea de que, por el contrario, se trata de uno de los nudos principales de la historia contemporánea.

La revolución rusa como problema históricoVale la pena recordar aquí, aunque sea sumariamente, las ideas del viejo Marx sobre Rusia porque todavía ahora se suelen olvidar con cierta frecuencia. Este olvido conduce a seguir planteando el tema simplemente como si se tratara de una contraposición entre lo que la revolución rusa ha sido en la realidad y el esquema de desarrollo histórico esbozado en El Capital, con la consecuencia implícita de tener que elegir entre la teoría supuesta y lo que es definido como “socialismo real”. Precisamente hace algo más de cien años, en una carta enviada al director de la Otetschestwennyi Sapiski, Karl Marx salía al paso de lo que consideraba como una infundada extensión al caso de Rusia del esquema histórico expuesto en El capital. Según esa abusiva generalización, mediante la cual –en palabras de Marx– se interpretaba el esbozo histórico de la génesis del capitalismo en Occidente como una teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino impondría a todo pueblo, la sociedad rusa tendría que pasar inevitablemente por los mismos traumas que la acumulación capitalista, la industria manufacturera y el desarrollo de la gran industria determinaron en Inglaterra y en otras sociedades de la Europa occidental. Marx rechazaba el carácter suprahistórico de esa conclusión y oponía a ella varias consideraciones particulares:

1.a Que el esquema histórico de El Capital tenía validez solamente para el caso de las sociedades que aquella obra había estudiado, esto es, para el caso de las sociedades del occidente europeo.

2.a Que el análisis histórico comparativo permite observar que sucesos muy similares pero que tienen lugar en medios diferentes conducen a resultados totalmente distintos.

3.a Que el caso de la formación social rusa, en la cual resaltaba la solidez y resistencia verdaderamente atípicas de la comuna aldeana tradicional, a diferencia de lo ocurrido y de lo que estaba ocurriendo en otras sociedades tanto de occidente como de oriente, exigía un estudio particularizado antes de definirse dogmáticamente acerca de la inevitabilidad de la etapa entendida en el sentido europeo-occidental.

Algunos años después, luego precisamente de haber profundizado en el estudio particular de la formación social rusa, el propio Marx llegaba a la conclusión (compartida con algunos teóricos del populismo ruso) de que la comuna aldeana tradicional constituía el punto de apoyo de la regeneración social en Rusia. ¿Quería decir esto que Rusia podía saltarse la etapa capitalista, la fase de proletarización de los agricultores, e ir hacia el comunismo desarrollando justamente los aspectos comunitarios de las relaciones que aún dominaban en buena parte del agro ruso? Esa era al menos la idea que parecía desprenderse de la carta escrita a Vera Zassulich el 8 de marzo de 1881, en un momento en el que las desgracias familiares y su propia enfermedad minaban ya definitivamente la salud de Marx.

Cierto es que su razonamiento en esas fechas está dirigido sobre todo a combatir el concepto de la inevitabilidad de un determinado decurso histórico válido para todos los países del mundo y, más concretamente, la idea de la repetición en el caso de Rusia de lo ya ocurrido en otros países de la Europa occidental. Pero, aún llegando a la conclusión de que el desarrollo del capitalismo no era inevitable en Rusia y creyendo, por el contrario, que existían elementos favorables suficientes para la conservación/transformación revolucionaria de la comuna aldeana, no se encontrarán tampoco en aquella carta afirmaciones absolutizadoras. Basta con comparar su redacción definitiva con el borrador (mucho más largo y elaborado) de la misma para darse cuenta de que Marx se niega a predecir el futuro ruso mediante aseveraciones tajantes. Por eso el razonamiento está salpicado de condicionales y disyuntivas. Aun así, sin embargo, la idea conclusiva era clara: “Gracias a una combinación de circunstancias únicas, la comuna aldeana, todavía establecida por toda la extensión del país, puede despojarse gradualmente de sus caracteres primitivos y desarrollarse directamente como elemento de la producción colectiva a escala nacional”.

Pero para ello eran necesarias, según Marx, dos condiciones. Primera, la revolución en Rusia. Pues sólo una actuación rápida y decidida de la voluntad de conservación/transformación de la comuna aldeana podía oponerse con éxito a los nada despreciables factores (internos y externos) de disolución de la misma. Segunda, la revolución proletaria en occidente. De tal manera que si la revolución rusa “daba la señal” para una revolución en el mundo capitalista desarrollado, complementándose ambas, la propiedad común de la tierra todavía resistente en Rusia sería el punto de partida de “una evolución comunista”.

Tal era en lo esencial la idea de Marx sobre el futuro ruso.

 

II

Los bolcheviques en general y Lenin en primer lugar recogieron una parte de ese razonamiento y obviaron la otra. Esto es, consideraron que la revolución rusa podría realizarse, mantenerse y profundizarse siempre que tuviera lugar también la revolución mundial, la revolución europea, o al menos la revolución socialista en el país en que parecían existir mayores posibilidades para el cambio (Alemania). Pero, por otra parte, abandonaron la idea de que era posible pasar al comunismo moderno desde el comunitarismo primitivo de la comuna aldeana. Al abandono de esta idea contribuyeron sin duda varias razones que es difícil resumir sin una referencia detallada a la evolución del contexto histórico ruso y europeo desde 1880 hasta 1917. Así y todo, y aun a sabiendas de que sin el detalle sobre esa evolución histórica se corre el peligro del esquematismo, pueden señalarse aquí algunas de esas razones. La más formal de ellas –pero tampoco despreciable– es que ninguno de los dirigentes bolcheviques llegó a conocer hasta muchos años después de la revolución de octubre la totalidad del razonamiento de Marx sobre la comuna aldeana (señaladamente no conocieron la carta a Vera Zassulich y la importante primera redacción de la misma). Ese desconocimiento afecta muy probablemente a las conclusiones de Lenin en El desarrollo del capitalismo enRusia en el sentido de que la revolución pendiente en el país era una revolución democrático-burguesa. En efecto, si esa obra se lee no desde el conocimiento de lo que ha pasado luego sino desde el conocimiento de la situación rusa en 1880/1890 es difícil sustraerse a la impresión (afirmada por varios estudios actuales del tema) de que Lenin hinchó los datos relativos al desarrollo capitalista de Rusia en aquel momento, exagerando con ello la existencia de factores semejantes a los europeo-occidentales y que conducían a la disolución inevitable de la comuna aldeana.

La revolución rusa como problema históricoCon todo, más importante que la existencia de ese factor de desconocimiento de la obra de Marx al respecto es, para explicar el por qué del abandono bolchevique de la idea de la posibilidad del paso de la comuna rural al comunismo moderno, el mismo desarrollo material de Rusia hasta 1917. Sobre esto no puede caber ninguna duda: el avance del capitalismo y la disolución de las relaciones precapitalistas agrarias fue un hecho. ¿Una necesidad histórica? Efectivamente, una necesidad histórica si se entiende por tal el objetivo de la base material de aquella sociedad + la voluntad de una parte importante de la población (por lo menos de la burguesía rusa, de sectores del campesinado y de la vanguardia política del proletariado industrial) en el sentido de transformar a Rusia en un país lo más parecido posible a los de la Europa occidental. No hará falta añadir, sin embargo, que esa coincidencia bastante general no implica necesariamente coincidencia en los proyectos político-sociales de los principales grupos que actuaban como portavoces de las varias clases en lucha.

Como argumento a favor de la corrección de la tesis de Lenin y en contra de las ideas del viejo Marx suele citarse el éxito del proyecto político bolchevique en octubre de 1917. Pero este es un argumento muy poco sólido. En primer lugar porque oculta la escasísima realidad social del partido bolchevique (escasísima sobre todo en el campo, y en un país en el que la población campesina seguía constituyendo el 80% de la población) entre 1903 y febrero de 1917, y porque olvida que el éxito bolchevique en octubre se debió sustancialmente a su buena captación de las repercusiones de la guerra imperialista en las varias clases sociales rusas. Y en segundo lugar porque no considera el hecho evidente de que la proletarización acelerada del campesinado ruso en los años treinta de este siglo es precisamente la continuación y consumación de las medidas disolventes de la comuna aldeana tradicional adoptadas con anterioridad por varios ministros de la época zarista.

Podría decirse, pues, que en esa necesidad histórica que refutó la prognosis del viejo Marx sobre Rusia tuvo también su papel (más importante de lo que suele decirse) la voluntad bolchevique de seguir en este aspecto el ejemplo de países como Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier caso, lo cierto es que el desconocimiento, el olvido (o el históricamente necesario abandono, como se prefiera) de la hipótesis de Karl Marx sobre la comuna aldeana obligó a Lenin a forzar la semejanza de la revolución en curso en Rusia con las revoluciones democrático-burguesas de la Europa occidental.

Si se tiene en cuenta la fuerza con que Marx acentuó la particularidad, la diferencia, de la formación social rusa por comparación con otras sociedades de la Europea occidental y si se piensan las implicaciones sociales de su hipótesis acerca del paso de la comuna aldeana tradicional al comunismo moderno, se comprende que no empleara el término de revolución democrático-burguesa para definir la revolución conservadora/transformadora de la comuna rural. Y se comprende también que, al emplearlo, Lenin se sintiera inmediatamente en una situación bastante embarazosa. En realidad una buena parte de la obra de Lenin entre 1905 y 1917 viene a ser en lo esencial un dar vueltas en torno a la explicación de la revolución democrático-burguesa rusa. Y no creo que sea desmerecer el genio político de Lenin el afirmar que, pese a las muchas veces que se refirió a ese tema, no logró tampoco dar una definición satisfactoria de la naturaleza de esa revolución democrático-burguesa rusa.

Así, ya en 1905/1906 la revolución popular rusa era para Lenin una revolución democrático-burguesa como nunca hubo otra en parte alguna, una revolución que si fracasaba, esto es, si el acuerdo entre la burguesía y el zarismo lograba abortar la insurrección, se parecería a las revoluciones democrático-burguesas de la Europa occidental (o sea, según sus propias palabras, sería un aborto), mientras que, en cambio, si salía triunfante daría lugar no a un poder burgués sino a la dictadura del proletariado y del campesinado. Después de la insurrección de febrero, entre marzo y octubre, Lenin mantuvo la opinión de que la revolución en ciernes era entonces proletaria y socialista. Pero en los últimos meses de su vida, al hacer historia comentando la crónica de Sujánov, afirmó que la revolución de octubre había sido por sus objetivos inmediatos una revolución democrático-burguesa desarrollada luego en un sentido socialista. Lenin era de los revolucionarios que no se detienen ante los nudos gordianos teóricos: ¿cómo, si en abril de 1917 se decía que la revolución en ciernes era proletario/socialista, afirmar en 1923 que en lo esencial había sido una revolución democrático-burguesa? El nudo que no se desata, se corta: “no hay ninguna muralla china entre ambas revoluciones.”

¿No hay ahí, en ese cortar el nudo gordiano, un intento de llegar a cuadrar formalmente el círculo de la peculiaridad, de la particularidad de la revolución rusa (asiática, oriental, pero vocacionalmente europea por decisión de sus protagonistas) con aquel esbozo histórico del Capital que se consideraba válido para el desarrollo de las sociedades occidentales? Lenin parece haber intuido esto cuando afirmó, al referirse temáticamente a la cuestión de la naturaleza de la revolución, que la revolución rusa introducía ciertas correcciones desde el punto de vista de la historia universal en el camino típico del desarrollo del capitalismo y de la democracia burguesa. Pero sobre todo cuando definió a la formación social rusa salida de la revolución de octubre como un capitalismo de estado diferente del capitalismo de estado conocido en el mundo occidental.

En suma, la dificultad de caracterización por Lenin de la revolución rusa (y sus constantes matizaciones) se explica por el hecho de que creyó conveniente y necesario analizar la situación de su país precisamente con aquellas categorías que el viejo Marx consideraba válidas para la Europa occidental. Y esa dificultad, que no es sólo, por supuesto, una dificultad de Lenin, explicaría también quizá el que cuando en abril de 1917 afirma por vez primera que la revolución en curso en Rusia es una revolución proletario/socialista casi nadie le entendiera. (A lo cual se podría añadir todavía la hipótesis de que la rapidez con que entendió Stalin –casi el único entre los dirigentes bolcheviques y además el menos teórico de ellos– ese giro de Lenin en abril de 1917 se debió a que el georgiano interpretó razonablemente que lo que estaba en juego en aquella circunstancia no era la redefinición de la naturaleza de la revolución en ciernes, sino meramente la cuestión del poder, de la toma del poder).

 

III

Perdidas las matizaciones teóricas de Lenin y derrotada la revolución proletaria en Hungría, en Alemania, en Austria y en Italia, la descripción de la revolución rusa que se impuso entre los bolcheviques y más en general en el movimiento comunista encuadrado en la III Internacional fue un esquema simplificado de las tesis de Vladímir Ilich. Dicho esquema, que se ha ido repitiendo una y otra vez sin mayores consideraciones, venía a decir lo siguiente: a) las varias insurrecciones proletario/campesinas de 1905/1906 habrían constituido una revolución democrático-burguesa abortada, inacabada; b) la insurrección de febrero de 1917 habría sido una revolución democrático-burguesa consumada con éxito por el hundimiento del régimen zarista, y, finalmente c) la insurrección de octubre de 1917 que dio el poder a los bolcheviques habría sido una revolución proletaria y socialista. En la década siguiente el propio Stalin redondearía ese esquema con la afirmación de que Rusia había superado ya la primera fase del comunismo (la llamada etapa socialista) y estaba a punto de entrar en la segunda, esto es, a punto de construir la sociedad comunista propiamente dicha.

La revolución rusa como problema históricoPero ya antes de que Stalin añadiera esa última nota altamente ideológica y justificadora de su propio poder al esquema histórico dominante, en la III Internacional habían manifestado serias dudas sobre su licitud y corrección varias corrientes comunistas, desde Gramsci a Bordiga, desde Korsch a Pannekoek, pasando por Mattick y los internacionalistas de Holanda. Así en 1920, defendiendo las conquistas de la revolución de octubre contra el mecanicismo de la socialdemocracia, Gramsci dudaba en cambio de que una revolución pudiera ser definida como socialista por el hecho de haber sido dirigida por el proletariado e incluso teniendo en cuenta la voluntad de transformación en un sentido socialista de sus protagonistas. Y con mayor radicalidad aún una década más tarde el grupo de comunistas internacionalistas de Holanda consideraba aquel esquema como un mero recubrimiento ideológico del jacobinismo de los bolcheviques; para ellos la idea de que la revolución de febrero era una revolución burguesa mientras que la de octubre se definía como proletario/socialista constituía “un absurdo”. Y esto por el hecho de que tal visión “supone que un desarrollo de siete meses habría sido suficiente para crear las bases económicas y sociales de una revolución proletaria en un país que apenas si acababa de entrar en la fase de su revolución burguesa”. La conclusión de esta crítica del esquema dominante era la concepción de las insurrecciones de febrero y de octubre como un proceso unitario de transformación burguesa de la sociedad rusa. En ese mismo sentido se manifestarían Pannekoek, Mattick y Kosch.

La perspectiva que dan los sesenta años cumplidos de la revolución rusa y el conocimiento del desarrollo de la formación social soviética desde 1917 permiten afirmar sin mayores dudas que tanto la crítica del esquema “canónico” por los comunistas internacionalistas como su descripción de los hechos como un proceso unitario de transformación burguesa eran acertadas en lo esencial. Tal vez desde esa misma perspectiva podrían añadirse algunas otras consideraciones:

1a  Que ese proceso unitario de transformación burguesa, acelerado luego desde el poder, tiene peculiaridades de desarrollo propias de un país en el límite entre Europa y Asia y se ha visto condicionado además, en su origen, por la implantación del imperialismo capitalista occidental, y, en su desarrollo, por la nueva división internacional del trabajo que lleva consigo la difusión del imperialismo. Esta complicación del esquema de los comunistas internacionalistas permite explicar la coincidencia, en la evolución de la Unión Soviética, de factores inicialmente tan contrapuestos como el asiatismo (en el plano político) y el taylorismo (en el plano económico y de organización del trabajo).

2a Que el mantenimiento del esquema ideológico interpretativo de la revolución rusa, dominante en la III Internacional, ha conducido a una hipostatización del concepto de revolución proletaria semejante a la que ya se había impuesto con respecto a la revolución burguesa (esto es, la consideración de la revolución francesa como revolución burguesa por antonomasia, cuando es precisamente la excepción). La generalización ahistórica de ese modelo esquemático es semejante, aunque contraria, a la que denunciara Marx para el caso de El Capital y ha llevado al movimiento comunista a varios errores de importancia. Uno en Oriente, al subvalorar el papel del campesinado por comparación con lo ocurrido en Rusia (de ahí la equivocación paralela de los proyectos políticos de Stalin y de Trotski para la China de los años veinte/treinta); otro en Occidente, al sobrevalorar los factores de atraso económico y cultural en países capitalistas desarrollados o por lo menos relativamente desarrollados (buscando todavía en fechas no muy lejanas el paralelo con la revolución democrático-burguesa rusa y repitiendo mecánicamente que no hay muralla china entre esa revolución y la proletaria).

Nota bibliográfica

  • V.I. Lenin. Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática. Traducción castellana en Obras Escogidas, tomo 1, pág 477 y siguientes.
  • V.I. Lenin. Con motivo del cuarto aniversario de la revolución de octubre. Traducción castellana en Obras Escogidas, tomo 3, Págs. 659-668.
  • V.I. Lenin, Nuestra revolución (A propósito de las notas de N. Sujánov). Traducción castellana en Obras escogidas, tomo 3, págs. 792-795.
  • Grupo de comunistas internacionalistas de Holanda “Tesis sobre el bolchevismo” en Pannekoek, Korsch. Mattick, Crítica del bolchevismo. Barcelona, Anagrama, 1976.
  • Rudi Dutschke, Lenin (Tentativas de poner a Lenin sobre los pies). Traducción castellana, en Icaria, Barcelona, 1977.

Marx, ¿un economista del siglo XIX?

por Michel Husson//

Acaba de publicarse la traducción francesa de la biografía de Jonathan Sperber,1/ titulada Karl Marx, homme du XIXe siècle. Es la ocasión, 150 años después de la publicación del Libro I de El Capital, de preguntarnos si hay que considerar a Marx un economista del siglo XIX.2/

La biografía de Sperber está consagrada esencialmente a la vida privada de Marx y a su relación con las corrientes de pensamiento de su época. La tesis central –Marx es una “figura del pasado” (a backward-looking figure)– tiene al menos la ventaja de librar a Marx de toda responsabilidad sobre la práctica ulterior del “marxismo-leninismo” con salsa estalinista. Pero en sentido inverso, remite a Marx a la historia de las ideas, carente en el fondo de todo interés de cara a la interpretación del mundo contemporáneo, por no hablar ya de los proyectos encaminados a transformarlo. Esta tesis, evidentemente, es discutible y al respecto nos remitimos a las reseñas críticas sobre el conjunto de la obra, para examinar aquí el capítulo que habla de Marx como economista.3/ Este aspecto de la obra de Marx solo ocupa, por cierto, un espacio singularmente reducido: una cuarentena de páginas de un total de 500.

Sobre el método

Sperber propone una lectura “heguelianizada” de Marx. Por ejemplo, escribe que “Marx solamente fue capaz de mostrar cómo la apariencia del sistema depende de las lógicas asociadas a sus funcionamientos internos recurriendo al trabajo hegueliano de desarrollo conceptual”. Lenin afirmó que “no se puede comprender plenamente El Capital de Marx, y en particular su capítulo I, sin haber estudiado mucho y sin haber comprendido toda la Lógica de Hegel”.4/

No obstante, sin entrar en un debate que va más allá de las competencias de un economista, no hay que olvidar que Marx no fue únicamente discípulo de Hegel y que criticó el idealismo de este. Sperber cita su célebre fórmula, según la cual, en Hegel, la dialéctica “se halla cabeza bajo; basta colocarla sobre los pies para descubrir en ella la fisionomía plenamente razonable”.5/ Sin embargo, si se recuerda que la redacción del Libro I es posterior al grueso de los manuscritos que darán lugar a la publicación por Engels de los Libros II y III, se constata que Marx partió de los aspectos más concretos del funcionamiento del capitalismo antes de derivar de ello los conceptos más abstractos. El orden de la exposición que siguió es entonces inverso al orden de la investigación, como él mismo explica con toda claridad:

El procedimiento de exposición debe distinguirse formalmente del procedimiento de investigación. Con la investigación de trata de apropiarse de la materia en todos sus detalles, de analizar sus diveras formas de desarrollo y de descubrir su vínculo íntimo. Una vez realizada esta tarea, y solamente entonces, se puede exponer el movimiento real en su conjunto. Si se consigue, de manera que la vida de la materia se refleje en su reproducción ideal, este milagro puede hacer creer que se trata de una construcción a priori.6/

Esto es asimismo lo que expresa la primera frae de El Capital:

La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un “enorme cúmulo de mercancías”, y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía.

El caso es que Sperber no es fiel a su lectura “hegueliana” en un punto importante. Hace de la dicotomía entre valor de cambio y valor de uso una de las cinco “distinciones conceptuales” que según él estructuran la teoría económica de Marx. Sin embargo, esta “distinción conceptual” no debe entenderse, evidentemente, como una pura oposición binaria. Ahora bien, en esta cuestión fundamental, Sperber comete un error –ya clásico, por cierto– consistente en sostener que Marx no concede ningún papel a la “utilidad” (el valor de uso) en la formación de los precios de las mercancías. Esta es incluso, según Sperber, una de las razones por las que los marginalistas pudieron imponerse sobre la tradición clásica (de la que formaría parte Marx): su enfoque “combinaba el valor de uso y el valor de cambio, que Marx había separado con tanto esmero”. Así, la “distinción conceptual” se convierte en una “sepración” poco dialéctica y que no se corresponde en nada con el planteamiento de Marx.

Una pequeña frase habría bastado para suscitar de entrada la duda sobre la comprensión de Marx por parte de su biógrafo: “el Libro I de El Capital estaba consagrado a la distribución”, escribe. Esta es una sandez reveladora: el Libro I está consagrado principalmente a la teoría del valor y no trata del reparto, sino del análisis del “laboratorio de la producción”, por retomar la expresión del propio Marx.

Sobre la caída tendencial de la tasa de beneficio

Sperber no arroja ninguna luz realmente nueva sobre esta cuestión ampliamente debatida. Recuerda que la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio era para Marx “la ley más importante de la economía”, pero que esta proclamación, efectuada en los Grundrisse, vino sin duda un poco pronto. En efecto, Marx volvió “constantemente sobre este problema y escribió ecuaciones por última vez en 1882, un año antes de su muerte, proponiendo numerosas explicaciones y soluciones, de las que ninguna le parecía del todo satisfactoria”. A este respecto se hace referencia a los trabajos de Michael Heinrich, quien propone una demostración análoga, basada en particular en una nota manuscrita de Marx que apunta en sentido contrario al de la famosa ley.7/

Los argumentos de Sperber sobre esta cuestión son, en efecto, bastante deshilvanados. Por ejemplo, según él, Marx planteó que los aumentos de productividad podían “incrementar la tasa de plusvalía, la tasa de beneficio y el salarios de los obreros al mismo tiempo”, pero “semejante desarrollo, añadía Marx, solo sería posible en una economía comunista, nunca en una economía capitalista”. Me pregunto dónde habrá ido Sperber a buscar este argumento descabellado. Mejor que hubiera meditado sobre una de esas “causas que contrarrestan la ley” y que basta para poner en tela de juicio su existencia como ley:

La misma evolución que hace que aumente la masa del capital constante en comparación con el capital variable hace que disminuya el valor de sus elementos debido al aumento de la productividad del trabajo e impide así que el valor del capital constante, que sin embargo crece sin cesar, no aumente en la misma propoción que su volumen material. En algún que otro caso, la masa de los elementos del capital constante puede incluso aumentar, mientras que el valor permanece igual o incluso disminuye.8/

Sperber menciona asimismo la idea de que “los capitalistas son reacios a introducir una maquinaria más productiva y formas más eficaces de producción porque esto haría que sus equipos existentes se volviern obsoletos y se redujera la tasa de beneficio”. Existe efectivamente un pasaje en el que Marx plantea esta conjetura:

Ningún capitalista empleará de buen grado un nuevo modo de producción, independientemente de la proporción en que aumente la productividad o la tasa de plusvalía, si con ello se reduce la tasa de beneficio.

Esta idea se teorizará más tarde con el nombre de “teorema de Okishio”.9/ Sin embargo, esta hipótesis es contradictoria con el conjunto del análisis de Marx de la competencia, que, una página más adelante, concluye así su comentario: “En una palabra, este fenómeno es un efecto de la competencia; ellos también tienen que adoptar el nuevo modo de producción”.10/

Sobre la transformación de los valores en precio

Sperber tampoco aporta nada nuevo en este terreno y se contenta con repetir la doxa dominante: “Como han señalado los discípulos de Sraffa, la solución que da Marx al problema de la transformación es formalmente inexacta”. No obstante, tiene razón cuando menciona que la perecuación de la tasa de beneficio no se produce mediante transferencia “de los sectores más mecanizados a los menos mecanizados”, cosa que ya nadie sostiene (o no debería sostener).

Podría haber indicado que esta línea de crítica se remonta de hecho a Eugen Böhm-Bawerk, a quien cita en relación con otras cuestiones. Aunque señalemos de paso que esta es una referencia sorprendente, pues Böhm-Bawerk, el mismo que reprochaba a Marx sus errores de cálculo, cometió a su vez uno, y bastante gordo, en su cálculo de la “duración media del periodo de producción”. Esto es lo que subrayó Paul Samuelson en un artículo en que hizo balance del debate sobre la teoría del capital (y en el que capituló ante sus adversarios): Böhm-Bawerk confunde interés simple e interés compuesto y por tanto su medición “ya no merece que nos refiramos a ella”.11/

No es extraño que Sperber no mencione el enfoque TSSI (Temporal Single-System Interpretation), que elimina los supuestos errores de Marx. La clave de esta “solución” la resume así Ernest Mandel:

Los insumos de un ciclo de producción son datos disponibles al comienzo de este ciclo que no tienen efecto alguno en la igualación de las tasas de beneficio en los distintos sectores de producción durante este ciclo. Basta suponer que ya han sido calculados en precios de producción y no en valores, y que estos precios de producción resultan de la igualación de las tasas de beneficio en el transcurso del ciclo de producción precedente, para que desaparezca toda incoherencia.12/

Por lo demás, Mandel se limita a seguir esta indicación de Marx:

El coste de producción de la mercancía está determinado; representa un dato independiente de la producción del capitalista, mientras que el resultado de su producción es una mercancía que contiene la plusvalía, que es un excedente de valor con respecto a su coste de producción.13/

Sobre la renta

El libro contiene una exposición bastante amplia dedicada, con razón, a la teoría de la renta. No carece de interés, pero se contradice con la tesis general de Sperber, ya que este –además de no discernir correctamente el vínculo con la teoría del valor– no ve que esta teoría puede extenderse a otros terrenos distintos de la renta de la tierra. “¡Todos rentistas!”, proclama por ejemplo Philipe Askenazy en un libro reciente.14/ El análisis de la renta inmobiliaria o petrolera es perfectamente posible empleando el marco teórico de Marx y de los clásicos. Lo mismo podemos decir del debate que acaba de iniciarse en EE UU sobre los superbeneficios de las grandes empresas a partir de un estudio de su “poder de mercado”.15/ Todas estas cuestiones deben abordarse a partir del principio metodológico de Marx, que establece que la renta es una captación de la plusvalía producida en los demás sectores. Es esta una aportación fundamental que permite, por ejemplo, evitar el error consistente en pensar que existen fuentes de creación de valor distintas del trabajo (por ejemplo, las “finanzas”).

La lectura de Sperber, que declara a Marx un hombre del siglo XIX, es, en el fondo, coherente con su representación de que la supremacía de la economía marginalista (o neoclásica) es el fruto de un progreso lineal de la ciencia económica. Ahora se trata de criticar esta lectura mostrando cómo las problemáticas marxistas tienen prolongaciones –y no únicamente entre los marxistas– a lo largo de los 150 años que nos separan de la aparición de El Capital.

Marx, ¿un economista del siglo XIX?

La clave del análisis de Sperber es coherente con su tesis más general. Podemos resumirla así: Marx es el último de los economistas clásicos (en el linaje de Smith y Ricardo), pero, por desgracia para él, en el momento en que Engels publica los Libros II y III de El Capital, la economía está a punto de bifurcarse y de romper con esta línea de pensamiento. Dejemos de lado la cuestión de saber si Marx se sitúa en la prolongación/superación de Ricardo o en ruptura total con él para captar esta clave de la lectura de Sperber, quien al menos podría haberse preguntado por qué el subtítulo de El Capital es “Crítica de la economía política”. De ortodoxo (sic), Marx habría pasado así bruscamente a devenir obsoleto:

Cuando sus ideas se difundieron finalmente entre un público más amplio (…), todo esto había cambiado. Lo que antaño había sido la ortodoxia económica se había convertido, para la corriente dominante, en obsoleta y no científica o, si se prefiere, en disidente y no ortodoxa.

De ahí la conclusión radical de Sperber:

Encontramos en la obra de Marx pocas cosas que interesen a las tendencias de la economía o de la teoría económica de finales del siglo XIX y del siglo XX.

Esta visión es de un simplismo desconcertante. Olvida que la teoría marginalista no se tornó dominante en virtud de su superioridad intrínseca, sino porque ofrecía una alternativa a las implicaciones subversivas de la teoría de Marx. Es preciso reproducir de nuevo lo que escribió en 1899 John Bates Clark, uno de los fundadores de la teoría neoclásica del reparto:

Los trabajadores, nos dicen, se ven desposeídos permanentemente de lo que producen (…). Si esta acusación estuviera fundada, toda persona dotada de razón debería hacerse socialista, y su voluntad de transformar el sistema económico no haría más que medir y expresar su sentido de la justicia.

Para responder a esta acusación –que hace referencia claramente a la teoría marxista de la explotación– hace falta, explica Clark, “descomponer el producto de la actividad económica en sus elementos constitutivos, con el fin de ver si el juego natural de la competencia lleva a no a atribuir a cada productor la parte exacta de las riquezas que contribuye a crear”.16/

Piero Sraffa dedujo una constatación amarga de lo que llamó la “degeneración” de la teoría del valor:

Con el ataque frontal de Marx, la aparición de la Internacional y la Comuna de París, hacía falta una línea de defensa mucho más resuelta (…), había que pasar a la utilidad, de ahí el éxito de los Jevons, Menger y Walras. La economía clásica tomada en su conjunto resultaba demasiado peligrosa: había que dar al traste con ella como tal. La casa estaba en llamas y amenazaba con incendiar toda la estructura y los cimientos de la sociedad capitalista: la economía clásica fue inmediatamente suplantada.17/

Marx, fundador de la macroeconomía moderna

En el Libro II de El Capital, Marx expone los esquemas de la reproducción que distinguen dos grandes secciones: la sección I, que produce los bienes de equipo, y la sección II, que produce los bienes de consumo. Describe las condiciones de reproducción, o dicho de otro modo, las relaciones que han de existir entre la producción de las empresas y sus mercados. Estas relaciones se expresan en valor, pero Marx insiste también en el hecho de que la estructura de esta oferta debe corresponder a la de la demanda social en términos de valor de uso. Es este un punto importante que permite no ver en Marx tan solo al teórico exclusivo del valor-trabajo que habría despreciado así las “preferencias de los consumidores”, por retomar la terminología moderna.

El enfoque de Marx se inspira a todas luces en el famoso Cuadro de Quesnay18/ (otra “figura del pasado”), que era según él un “planteamiento tan simple como genial para su época”.19/ El sistema de los fisiócratas representaba a ojos de Marx “la primera concepción sistemática de la producción capitalista”, por mucho que los “límites de su horizonte” llevaran a Quesnay a postular que “la agricultura constituye la única esfera de inversión en que el trabajo humano produce plusvalía”.20/ En una carta del 6 de julio de 1863, Marx muestra a Engels un esquema en que se ve cómo “traduce” el cuadro de Quesnay a su propio sistema conceptual.

Por tanto, incluso si no partió de cero (podríamos citar también a Sismondi entre sus fuentes de inspiración), se puede sostener que Marx es el fundador de la macroeconomía moderna. Así lo reconoció la keynesiana de izquierda Joan Robinson, que por lo demás era muy crítica con Marx21/: “partir de Marx le habría ahorrado [a Keynes] muchos problemas” (a lot of trouble). Habla de otro economista keynesiano, Richard Kahn, quien en un seminario en 1931 trató de “explicar el problema del ahorro y de la inversión imaginando una red que parte de los sectores que producen bienes de equipo y después estudiando sus relaciones con los sectores de bienes de consumo”. Con ello, sin embargo, añadió Robinson, no hacía más que “redescubrir los esquemas de Marx”.22/ Incluso Paul Samuelson, blanco favorito de las invectivas de Robinson y a su vez un crítico sumamente cáustico de Marx, admitió que “sin duda todos habríamos salido ganando si hubiéramos estudiado antes los cuadros de Marx”.23/

Pero el mejor homenaje es el que pronunció Wassily Leontief en 1937, durante un coloquio organizado por la American Economic Association sobre “el significado de la economía marxista”. Leontief es el fundador del análisis input-output, que describe las relaciones entre las distintas ramas de la economía, lo que los contables nacionales denominan hoy los consumos intermedios. Leontief fue a su vez alumno de Ladislaus von Bortkiewicz, cuya crítica de Marx sobre la cuestión de la transformación está en el origen de toda la literatura neoricardiana. Para Leontief,

Quien trate de comprender realmente la realidad de los beneficios y salarios en las empresas capitalistas puede encontrar en los tres volúmenes de El Capital informaciones de primera mano, más realistas y pertinentes que en diez volúmenes de la inspección de mercancías de EE UU, en una docena de manuales sobre las instituciones económicas contemporáneas e incluso, me atrevo a decir, en las obras completas de Thorstein Veblen.24/

Leontief subraya en particular que Marx “desarrolló el esquema fundamental que describe las relaciones entre los sectores de los bienes de consumo y de los bienes de equipo. Por mucho que no cierre el tema, el esquema marxista sigue siendo una de las raras propuestas en torno a las cuales existe un amplio consenso entre los teóricos del ciclo económico”, y añade que “el análisis contemporáneo del ciclo económico es claramente tributario de la economía marxiana. Sin suscitar la cuestión de la prioridad, no sería exagerado decir que los tres volúmenes de El Capital contribuyeron más que cualquiera otra obra a situar esta cuestión en el centro del debate económico”. Compárese este elogio con el juicio incongruente de Sperber, según quien “al Libro I de El Capital le falta una teoría explícita de los ciclos económicos y de las crisis comerciales. Y si bien el tema se desarrolla más en el Libro III, publicado a título póstumo, su contenido difiere sustancialmente de las afirmaciones del Libro I”.

Claro que Marx no utilizó el cálculo matricial, pero para András Bródy, otro experto de referencia para el análisis input-output, “lo esencial ya estaba ahí”. Bródy da como ejemplo un esquema estraído de los Grundrisse,25/ que según él resulta tanto más interesante cuanto que Marx parte de coeficientes técnicos para construirlo: “este podría ser muy bien el primer cuadro de entrada-salida (ficticio) en ciencia económica”.26/ En la misma onda, el marxista polaco Oskar Lange demostró la estrecha correspondencia que existe entre la matriz input-output de Leontief y los esquemas de Marx.27/

Tampoco está de más afirmar que los esquemas de la reproducción inspiraron el modelo de equilibrio general de John von Neumann28/ (que produce un esquema de crecimiento equilibrado). Para Nicholas Kaldor29/, este modelo es “en realidad una variante del enfoque clásico de Ricardo y Marx”. Como ya hemos señalado, los esquemas de reproducción de Marx le sirvieron para establecer las condiciones de esta reproducción, pero toda su lógica llevaba acto seguido a mostrar que las mismas no podían verificarse más que de modo excepcional debido a la competencia entre capitales y la presión constante sobre los salarios; de ahí la posibilidad de las crisis. Sin embargo, ciertos autores que se reclaman del marxismo, en particular Michel Tougan-Baranowski, realizaron un análisis “armonicista” de los esquemas de reproducción y abrieron un debate que de hecho no se ha agotado.30/

También podríamos citar a Martin Bronfenbrenner, para quien posiblemente Marx no sea el más grande de los economistas, pero sí, sin duda, “el más grande teórico de ciencias sociales (social scientist) de todos los tiempos”.31/ Acuñó esta bonita fórmula (que podría atribuirse a Piketty): “El Capital sigue siendo el libro más influyente aunque nadie lo lea”. Bronfenbrenner enumera las aportaciones “modernas” de El Capital, que “los economistas universitarios olvidaron casi totalmente hasta la década de 1930”. Menciona en particular “la articulación armoniosa y natural entre estática y dinámica”, deplorando al mismo tiempo que “el análisis estático se hubiera impuesto en la década de 1870 y que todavía no hayamos vuelto al nivel de Marx”.

El desempleo

La victoria de los marginalistas, que según Sperber convirtió a los clásicos en cosa del pasado, tuvo por efecto colateral la desaparición casi completa de toda teoría del desempleo. Tuvo que producirse la crisis de la década de 1930 para que la cuestión fuera abordada de nuevo por Keynes. No obstante, fue después de la segunda guerra mundial cuando reapareció la problemática de Marx en la forma extraviada de la “curva de Phillips”.32/ La idea es que existe una relación inversa entre la tasa de paro y la progresión de los salarios. Los economistas dominantes dedujeron de ello la noción de la tasa de paro “natural” que no debe rebasarse a la baja si se desea evitar un “patinazo salarial” descontrolado. La Comisión Europea calcula actualmente la NAWRU (non-accelerating wage rate of unemployment), o sea, la “tasa de paro que no acelera los salarios”. Pero también se podría hablar (como es demostrable) de una “tasa de paro que no hace descender los beneficios”.

A los economistas del sistema les habrá bastado invertir la teoría del “ejército industrial de reserva”, que Marx formuló de este modo:

Las variaciones de la tasa salarial general no responden por tanto a las de la cifra absoluta de la población; la proporción diferente según la cual la clase obrera se descompone en ejército activo y ejército de reserva, el aumento o la disminución de la sobrepoblación relativa, el grado en el que esta se halla ora “ocupada”, ora “desocupada”, en una palabra, sus movimientos de expansión y contracción alternativos corresponden a su vez a las vicisitudes del ciclo industrial, que es el que determina exclusivamente estas variaciones. (…) De este modo, la sobreproblación relativa, una vez convertida en el pivote sobre el que gira la ley de la oferta y la demanda de trabajo, solo le permite funcionar dentro de unos límites que dejan suficiente campo libre para la actividad de explotación y el espíritu dominador del capital.33/

El carácter cíclico de la economía política

Podríamos hablar de muchos otros aspectos. Por ejemplo, los análisis de Marx del capital portador de interés son de una actualidad asombrosa tras diez años de crisis y resultan muy útiles para rechazar concepciones erróneas según las cuales “las finanzas” son una fuente autónoma de valor y no un instrumento de captación del valor producido en la llamada esfera productiva.34/ Toda la tesis de Sperber se basa, como hemos visto, en el postulado de un progreso lineal de la ciencia económica que convertiría en progresivamente obsoletas las teorías superadas. Para él, interesarse por la economía de Marx no tiene más que un interés histórico, como el que puede tener el estudio de las concepciones precopernicanas o de la estimación de Newton, quien, a partir de una lectura de la Biblia, dató la creación del mundo en 3998 antes de Cristo.

Sperber lleva muy lejos este tipo de lectura, ya que sitúa incluso a Keynes o Minsky (el teórico de la inestabilidad financiera) entre los neoclásicos. Esta enormidad, proferida en el debate arriba mencionado, dice mucho del dogmatismo de este enfoque que se niega a cnsiderar la economía una ciencia social que avanza por ciclos, con un retorno periódico de las teorías antiguas, aunque sea con formas renovadas. Por ejemplo, resulta sumamente chocante señalar que la revolución neoclásica no hizo más que retomar las elaboraciones de autores anteriores a los clásicos de la economía política, como por ejemplo los abades Condillac (1714-1780) y Galiani (1728-1787).35/ Este tipo de constatación es molesto y constituye sin duda una de las razones de la obstinación de los economistas dominantes por expulsar de la universidad toda referencia a la historia del pensamiento económico. Sperber nos habrá brindado al menos la ocasión de hacer una breve incursión en ella y mostrar que las temáticas planteadas por Marx están llamadas a volver periódicamente, y no solo para celebrar el sesquicentenario de El Capital. (Artículo escrito para A l’Encontre)

 

https://alencontre.org/laune/marx-un-economiste-du-xixe-siecle-a-propos-de-la-biographie-de-jonathan-sperber.html

 

Notas

1/ Jonathan Sperber, Karl Marx, homme du XIXe siècle, Piranha, 2017. Traducción (de David Tuaillon) de: Karl Marx. A Nineteenth-Century Life, Liveright, 2013.

2/ El autor de esta reseña debatió con Sperber con motivo de la presentación de su obra en la Facultad de Ciencias Políticas de París, el 10 de octubre de 2017.

3/ Capítulo XI. L’économiste.

4/ Lenin, Cuadernos filosóficos, 1914-1915.

5/ Karl Marx, Posfacio de la segunda edición alemana, 1875. “Mi método dialéctico no solo difiere básicamente del método hegueliano, sino que incluso constituye exactamente su contrario. Para Hegel, el movimiento del pensamiento, que él personifica con el nombre de idea, es el demiurgo de la realidad, que no es más que la forma fenomenal de la idea. Para mí, en cambio, el movimiento del pensamiento no es más que el reflejo del movimiento real, transportado y transpuesto en el cerebro humano. Critiqué la vertiente mística de la dialéctica hegueliana hace casi treinta años, en una época en que todavía estaba de moda… Pero a pesar de que, debido a su error, Hegel desfigura la dialéctica a través del misticimo, ello no quita que él fue el primero en exponer el movimiento del conjunto. En él se halla cabeza abajo; basta colocarla sobre los pies para descubrir su fisionomía plenamente razonable. En su versión mística, la dialéctica se puso de moda en Alemania porque parecía glorificar las cosas existentes. En su aspecto racional, es un escándalo y una abominación para las clases dirigentes y sus ideólogos doctrinarios, porque en la concepción positiva de las cosas existentes incluye, al mismo tiempo, la inteligencia de su negación fatal, de su destrucción necesaria; porque al captar el movimiento mismo, del que toda forma realizada no es más que una configuración transitoria, nada podría imponérsele; porque es esencialmente crítica y revolucionaria.”

6/ Karl Marx, Posfacio de la segunda edición alemana, 1875.

7/ Michael Heinrich, “Crisis Theory, the Law of the Tendency of the Profit Rate to Fall, and Marx’s Studies in the 1870s”, Monthly Review, tomo 64, n.º 11, abril de 2013. La nota de Engels dice: “En el ejemplar manuscrito de Marx figura aquí, en el margen, la siguiente observación: ‘Anotar esto para más tarde: Si la ampliación [un aumento de la composición del capital] solo es cuantitativo, los beneficios, para un capital más o menos grande en el mismo sector industrial, seguirán las magnitudes respectivas de los capitales adelantados. Si la ampliación cuantitativa tiene un efecto cualitativo, la tasa de beneficio aumenta al mismo tiempo para el capital más grande.’” Heinrich también hace referencia a un manuscrito de 1875 titulado Tratamiento matemático de la tasa de plusvalía y de la tasa de beneficio (MEGA II/14), que no hemos conseguido consultar.

8/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

9/ Nuobo Okishio, Technical Change and the Rate of Profit, Kobe University Economic Review, 7, 1961. Véanse también dos artículos de Shalom Groll y Ze’ev B. Orzech, interesantes desde un punto de vista metodológico, pero cuyas conclusiones no compartimos: “Technical progress and values in Marx’s theory of the decline in the rate of profit: an exegetical approach”, History of Political Economy 19:4, 1987; “From Marx to the Okishio Theorem: a genealogy”, History of Political Economy 21:2, 1989.

10/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

11/ “It has no longer a presumptive claim on our attention”. Paul A. Samuelson, “A Summing Up”, The Quarterly Journal of Economics, vol. 80, n.º 4, 1966.

12/ Ernest Mandel, The Transformation Problem, extracto de su introducción a la edición inglesa del Libro III de El Capital, Penguin, 1981.

13/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

14/ Philippe Askenazy, Tous rentiers! Pour une autre répartition des richesses, Odile Jacob, 2016.

15/ Jan De Loecker y Jan Eeckhoutz, The Rise of Market Power and the Macroeconomic Implications, 24/08/2017.

16/ John Bates Clark, The Distribution of Wealth. A Theory of Wages, Interest and Profit, 1899, p. 7.

17/ Cf. Michel Husson, La dégénérescence de la théorie de la valeur selon Sraffa, note hussonet n° 108, 13/10/2017.

18/ François Quesnay, “Analyse de la formule arithmétique du Tableau Economique”, Journal de l’agriculture, du commerce & des finances, junio de 1766.

19/ Karl Marx, en el capítulo “Sobre la historia crítica” del Anti-Dühring de Engels que escribió en su mayor parte.

20/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

21/ Joan Robinson, An Essay on Marxian Economics, 1942. Véase también su Lettre ouverte d’une keynésienne à un marxiste, 1953.

22/ Joan Robinson, “Kalecki and Keynes”, en Essays in Honour of Michał Kalecki, 1964. Reproducido en Contributions to Modern Economics, 1978.

23/ Paul A. Samuelson, “Marxian Economics as Economics”, The American Economic Review, vol. 57, n.º 2, mayo de 1967.

24/ Wassily Leontief, “The Significance of Marxian Economics for Present-Day Economic Theory”, The American Economic Review, vol. 28, n.º 1, marzo de 1938.

25/ Karl Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, Berlín 1953 (p. 353 del pdf).

26/ András Bródy, Proportions, Prices and Planning, Budapest, 1970. Bródy precisa que no ha hecho más que “modernizar la formalización” de Marx recurriendo a la álgebra matricial desarrollada y aplicada a la economía posterior a la época de Marx.

27/ Oskar Lange, “Some Observations on Input-Output”, The Indian Journal of Statistics, vol. 17, parte 4, febrero de 1957.

28/ John von Neumann, “A Model of General Economic Equilibrium”, The Review of Economic Studies, vol. 13, n.º 1, 1945.

29/ Nicholas Kaldor, Capital Accumulation and Economic Growth, en Lutz F.A. y Hague D.C. (editores), The Theory of Capital, Macmilllan, 1961.

30/ En los dos polos de este debate podemos situar a Michel Tougan-Baranowski, Les crises industrielles en Angleterre, 1894, y Rosa Luxemburg, L’accumulation du capital, 1913.

31/ Martin Bronfenbrenner, “Marxian Influences in ‘Bourgeois’ Economics”, The American Economic Review, vol. 57, n.º 2, mayo de 1967.

32/ Alban W. Phillips, “The Relation Between Unemployment and the Rate of Change of Money Wage Rates in the United Kingdom, 1861-1957”, Economica, vol. 25, n.º 100, noviembre de 1958.

33/ Karl Marx, El Capital, Libro I, capítulo XXV.

34/ Michel Husson, “Marx et la finance: une approche actuelle”, prefacio a Karl Marx, Le capital financier, Demopolis, 2012.

35/ Étienne Bonnot de Condillac, Le commerce et le gouvernement considérés relativement l’un à l’autre, 1776; Ferdinando Galiani, De la monnaie, 1751.

Marx y la Revolución Francesa: la “poesía del pasado”

por Michael Lowy//

Mientras que el film de Raoul Peck sobre el joven Marx está en las salas en este momento (ver, por ejemplo, https://www.elconfidencial.com/cultura/2017-02-13/karl-marx-berlinale-pelicula_1330238/, ndr) , merece la pena interrogarse sobre la relación de Marx con la revolución, y en particular con la Revolución Francesa. Según Michael Löwy, Marx quedó literalmente fascinado por la Revolución Francesa, como otros muchos intelectuales alemanes de su generación; aquella era a sus ojos, sencillamente, la revolución por excelencia –o más precisamente- “la revolución más gigantesca (“Kolossalste”)” que haya conocido la historia”[1].

Se sabe que en 1844, había tenido la intención de escribir un libro sobre la Revolución Francesa, a partir de historia de la Convención. Desde 1843, había empezado a consultar las obras, a tomar notas, a despellejar los periódicos y las colecciones. En primer lugar son sobre todo las obras alemanas, -Karl Friederich Ernst Ludwig y Wilhelm Wachsmuth- pero a continuación predominaron los libros franceses, especialmente las memorias del miembro de la C Levasseur, cuyos extractos llenan varias páginas del cuaderno de notas de Marx redactado en París en 1844. Además de esos carnets (reproducidospor Maximilien Rubel en el volumen III de las Obras en la Pléiäde), las referencias citadas en estos artículos o estos libros atestiguan la amplia bibliografía consultada: L’Histoire parlementaire de la Révolution française, de Buchez et Roux, L’Histoire de la Révolution française, de Louis Blanc, las de Carlyle, Mignet, Thiers, Cabet, los textos de Camille Desmoulin, Robespierre, Saint-Just, Marat, etc. Se puede encontrar una relación parcial de esa bibliografía en el artículo de Jean Bruhat sobre Marx et la Révolution française ”, publicado en los ” Annales historiques de la Révolution française ”, en abril-junio de 1966.

El triunfo de un nuevo sistema social

El proyecto de libro sobre la Convención no se realizó pero se encuentran, dispersas en sus escritos a lo largo de toda su vida, múltiples observaciones, análisis, excursiones historiográficas y esbozos interpretativos sobre la Revolución Francesa. Ese conjunto está lejos de ser homogéneo: se muestran cambios, reorientaciones, dudas y a veces contradicciones en su lectura de los acontecimientos. Pero se pueden desprender también algunas líneas de fuerza que permiten definir la esencia del fenómeno –y que van a inspirar toda la historiografía socialista a lo largo de un siglo y medio.

Esta definición parte, se sabe, de un análisis crítico de los resultados del proceso revolucionario: desde este punto de vista, se trata para Marx, sin ninguna sombra de duda, de una revolución burguesa. Esta idea no era, en si misma, nueva: la novedad de Marx ha sido la de fusionar la crítica comunista de los límites de la Revolución Francesa (desde Babeuf y Buonarroti hasta Mosses Hess) con su análisis de clase por los historiadores de la época de la Restauración (Mignet, Thiers, Thierry, etc.) y situar el todo en el marco de la historia mundial, gracias a su método histórico materialista. Resulta de ello una visión de conjunto, amplia y coherente, del paisaje revolucionario francés, que hace destacar la lógica profunda de los acontecimientos más allá de los múltiples detalles de los episodios heroicos o crapulosos, de los retrocesos y avances. Una visión crítica y desmitificadora que desvela la victoria de un interés de clase, el interés de la burguesía. Como señala en un pasaje brillante e irónico de La Santa Familia (1845), que en un rasgo de pluma se apodera del hilo rojo de la historia: La potencia de este interés fue tal que venció la pluma de un Marat, la guillotina de los hombres del terror, la espada de Napoleón, así como el crucifijo y la sangre azul de los Borbones[2].

En realidad, la victoria de esta clase fue, al mismo tiempo, la llegada de una nueva civilización, de nuevos procesos de producción, de nuevos valores, no sólo económicos sino también sociales y culturales –en resumen, de un nuevo modo de vida. Reuniendo en un parágrafo la significación histórica de las revoluciones de 1848 y 1789 (pero sus observaciones son más pertinentes para la última que para la primera), Marx observa, en un artículo de la Nueva Gaceta Renana en 1848: Ellas eran el triunfo de la burguesía, pero el triunfo de la burguesía era entonces el triunfo de un nuevo sistema social, la victoria de la propiedad burguesa sobre la propiedad feudal, del sentimiento nacional sobre el provincialismo, de la competencia sobre el corporativismo, del reparto sobre el mayorazgo, (…) de las luces sobre la superstición, de la familia sobre el nombre, de la industria sobre la pereza heroica, del derecho burgués sobre los privilegios medievales.”[3]

Por supuesto, este análisis marxiano sobre el carácter –en último análisis- burgués de la Revolución Francesa no era un ejercicio académico de historiografía: tenía un objetivo político preciso. Tendía, desmitificando 1789, a mostrar la necesidad de una nueva revolución, la revolución social –la que denomina, en 1844, “la emancipación humana” (en oposición a la emancipación únicamente política) y, en 1846, como la revolución comunista.

Una de las características principales que distinguirán esta nueva revolución de la Revolución Francesa de 1789-1794 será, según Marx, su “anti-estatismo”, su ruptura con el aparato burocrático alienado del Estado. Hasta aquí, todas las revoluciones han perfeccionado esta máquina en lugar de romperla. Los partidos que lucharán sucesivamente por el poder consideran la conquista de este inmenso edificio de Estado como la principal presa del vencedor”.

Presentando su análisis en El Dieciocho Brumario, observa -de forma análoga que Tocqueville- que la Revolución Francesa no ha hecho más que desarrollar la obra iniciada por la monarquía absoluta: la centralización, (…) la extensión, los atributos y los ejecutantes del poder gubernamental. Napoleón acabó de perfeccionar esta maquinaria de Estado”.

Sin embargo, durante la monarquía absoluta, la revolución y el Primer Imperio, ese aparato no ha sido más que un medio para preparar la dominación de clases de la burguesía, que se ejercerá más directamente sobre Louis-Philippe y la República de 1848… A fin de dejar lugar para lo nuevo, la autonomía de lo político durante el Segundo Imperio -cuando el Estado parece haberse hecho “completamente independiente”. En otros términos: el aparato estatal sirve a los intereses de clase de la burguesía sin estar necesariamente bajo su control directo. Según Marx, no tocar al fundamento de esta máquina parasitaria y alienada es una de las limitaciones burguesas más decisivas de la Revolución Francesa.

Como se sabe, esa idea esbozada en 1862 será desarrollada en 1871 en sus escritos sobre la Comuna -primer ejemplo de revolución proletaria que rompe el aparato de Estado y acaba con esta “boa constrictor” que amordaza el cuerpo social en las mallas universales de su burocracia, de su policía, de su ejército permanente”. La Revolución Francesa, por su carácter burgués, no podía emancipar a la sociedad de esa “excrecencia parasitaria”, de este “alboroto de gusano de Estado”, de ese “enorme parásito gubernamental[4].

Las tentativas recientes de los historiadores revisionistas para “sobrepasar” el análisis marxiano de la Revolución Francesa conducen generalmente a una regresión hacia las interpretaciones más antiguas, liberales o especulativas. Se confirma así la profunda observación de Sartre: el marxismo es el horizonte insuperable de nuestra época y los intentos para ir “más allá” de Marx acaban a menudo por caer por abajo de él. Se puede ilustrar esa paradoja por el enfoque del representante más talentoso y más inteligente de esa escuela, François Furet, que no encuentra otros caminos para sobrepasar a Marx que la vuelta a Hegel. Según Furet, el idealismo hegeliano se preocupa infinitamente más de los datos concretos de la historia de Francia del siglo XVIII que el materialismo de Marx”.

¿Cuales son, pues, esos “datos concretos” infinitamente más importantes que las relaciones de producción y la lucha de clases? Se trata del “largo trabajo del espíritu en la historia..” Gracias a él (el espíritu con una E mayúscula), podemos al fin entender la verdadera naturaleza de la Revolución Francesa: más que el triunfo de una clase social, la burguesía, es la afirmación de la conciencia de si como voluntad libre, coextensiva con lo universal, transparente a ella misma, reconciliada con el ser”.

Esa lectura hegeliana de los acontecimientos conduce a Furet a la curiosa conclusión de que la Revolución Francesa ha conducido a un “fracaso”, del que sería necesario buscar la causa en un “error”: querer deducir lo político de lo social”.El responsable de este “fracaso” sería, en último análisis… Jean-Jacques Rousseau. El error de Rousseau y de la Revolución Francesa se contienen en el intento de afirmar el antecedente de lo social sobre el Estado”. En revancha, Hegel había entendido perfectamente que solo a través del Estado, esta forma superior de la historia, la sociedad se organiza según la razón”. Es una interpretación posible de las contradicciones de la Revolución Francesa, ¿pero es ella verdaderamente infinitamente más concreta que la esbozada por Marx?[5].

¿Cuál fue el papel de la clase burguesa?

Queda por saber en qué medida esta revolución burguesa fue efectivamente conducida, impulsada y dirigida por la burguesía. En algunos textos de Marx se encuentran verdaderos himnos a la gloria de la burguesía revolucionaria francesa de 1789; se trata casi siempre de escritos que la comparan con su equivalente social al lado del Rin, la burguesía alemana del siglo XVIII.

Desde 1844 lamenta la inexistencia en Alemania de una clase burguesa provista de “esa grandeza de alma que se identifica, aunque no fuese más que un momento, al alma del pueblo, de este genio que se inspira a la fuerza material el entusiasmo por la potencia política, de esa osadía revolucionaria que lanza al aniversario en forma de desafío: no soy nada y debería ser todo”.[6]

En sus artículos escritos durante la revolución de 1848 no cesa de denunciar la “bajeza” y la “traición” de la burguesía alemana, comparándola con el glorioso paradigma francés: “La burguesía prusiana no era la burguesía francesa de 1789, la clase que, frente a los representantes de la antigua sociedad, de la realeza y de la nobleza, encarnaba ella sola toda la sociedad moderna. Estaba degradada al rango de una especie de casta (…) inclinada desde el inicio a traicionar al pueblo y a intentar compromisos con el representante coronado de la antigua sociedad” [7].

En otro artículo de la Nueva Gaceta Renana (julio de 1848), examina de forma más detallada ese contraste: “la burguesía francesa de 1789 no abandonará ni un instante a sus aliados, los campesinos. Sabía que la base de su dominación era la deconstrucción de la feudalidad en el campo, la creación de una clase campesina libre, poseedora de tierras. La burguesía de 1848 traicionó sin dudar a los campesinos, que son sus aliados más naturales, la carne de su carne y sin los que ella es impotente frente a la nobleza”[8].

Esta celebración de las virtudes revolucionarias de la burguesía francesa va a inspirar más tarde (sobre todo en el siglo XX) a toda una visión lineal y mecánica del progreso histórico entre algunas corrientes marxistas. Hablaremos de ello más adelante,

Leyendo estos textos, se tiene a veces la impresión de que Marx exalta a la burguesía revolucionaria de 1789 para estigmatizar mejor a su “miserable” contrapartida alemana de 1848. Esta impresión es confirmada por los textos un poco anteriores a 1848, en los que el papel de la burguesía francesa se presenta mucho menos heroico. Por ejemplo, en La Ideología Alemanaobserva que, en relación con la decisión de los Estados Generales de proclamarse como Asamblea soberana: “La Asamblea Ncional se vio forzada a hacer ese paso hacia adelante. empujada por la masa innumerable que tras de sí”[9].

En un artículo de 1847, afirma en relación con la abolición revolucionaria de los vestigios feudales en 1789-1794: “Timorata y conciliadora como es, la burguesía no llegó hasta esa tarea ni en varios decenios. Por consiguiente, la acción sangrante del pueblo solo le ha preparado los caminos”[10].

Si el análisis marxiano del carácter burgués de revolución es de una notable colegado y claridad, no se puede decir lo mismo de sus intentos de interpretar el jacobinismo, el Terror, 1793. Confrontado al misterio jacobino, Marx duda. Esa duda es visible en las variaciones de un período a otro, de un texto a otro e incluso a veces en el interior de un mismo documento… Todas las hipótesis que avanza no son del mismo interés. Algunas, bastante extremas -y por otra parte mutuamente contradictorias-, son poco conviencentes. Por ejemplo, en un pasaje de La Ideología Alemana, ¡presenta al Terror como la puesta en práctica del “liberalismo enérgico de la burguesía”! Sin embargo, algunas páginas antes, Robespierre y Saint-Just son definidos como los “auténticos representantes de las fuerzas revolucionairas: la masa ‘innumerable’”[11].

Esta última hipótesis se sugiere otra vez en un pasaje del artículo contra Karl Heinzen, de 1847: si, “como en 1794, (…) el proletariado derroca la dominación política de la burguesía”antes que estén dadas las condiciones políticas de su poder, su victoria “solo será pasajera” y servirá, en último término, a la misma revolución burguesa[12]. La formulación es indirecta y la referencia a la Revolución Francesa solo se hace de pasada, a la vista de un debate político actual, pero resulta sin embargo sorprendente que Marx haya podido considerar los acontecimientos de 1794 como una “victoria del proletariado”.

Otras interpretaciones son más pertinentes y pueden ser consideradas como recíprocamente complementarias:

a) El Terror es un momento de autonomía de lo político que entra en conflicto violento con la sociedad burguesa. El “locus classicus” de esta hipótesis es un pasaje de La Cuestión Judía (1844): “Evidentemente en las épocas en las que el Estado político como tal nace violentamente de la sociedad burguesa (…) el Estado puede y debe ir hasta la supresión de la religión (…) pero únicamente como va hasta la supresión de la propiedad privada, al máximo, a la confiscación, al impuesto progresivo, a la supresión de la vida, a la guillotina. (…) La vida política busca ahogar sus condiciones primordiales, la sociedad burguesa y sus elementos para erigirse en vía genética verdadera y absoluta del hombre. Pero ella solo puede alcanzar este fin poniéndose en contradicción violenta con sus propias condiciones de existencia, declarando la revolución en estado permanente; también el drama político se termina necesariamente por la restauración de todos los elementos de la sociedad burguesa”[13].

El jacobinismo parece bajo este ángulo como un vano intento y necesariamente abortado de afrontar la sociedad burguesa a partir del Estado de forma estrictamente política.

b) Los hombres del Terror –”Robespierre, Saint-Just y su partido”- han sido victimas de una ilusión: han confundido la antigua república romana con el Estado representativo moderno. Atrapados en una contradicción insoluble, han querido sacrificar la sociedad burguesa “a una forma antigua de vida política”. Esta idea, desarrollada en La Santa Familia, implica como hipótesis anterior, un período histórico de exasperación y de autonomización de lo político. Conduce a la conclusión, un poco sorprendente, de que Napoleón es el heredero del jacobinismo; ha representado “la última batalla del terrorismo revolucionario contra la sociedad burguesa, proclamada ella también por la revolución, y contra su política”. Es cierto que “no tenía nada de un terrorista exaltado”; sin embargo, “consideraba todavía al Estado como un fin en si y a la sociedad civil únicamente como su tesorero y subalterno, que debía renunciar a toda voluntad propia. Realizó el terrorismo al reemplazar a la revolución permanente por la guerra permanente”[14].

Se reencuentra esta tesis en El Dieciocho Brumario (1852), pero esta vez Marx insiste sobre el engaño de la razón que hace de los jacobinos (y de Bonaparte) los parteros de esa misma sociedad burguesa a la que despreciaban:“Camille Desmoulin, Danton, Robespierre, Saint-Just, Napoleón, los héroes, así como los partidos y la masa cumplieron en la antigua Revolución Francesa el traje romano, y con la fraseología romana, la tarea de su época, a saber la liberación y la instauración de la sociedad burguesa moderna. (…) Una vez establecida la nueva sociedad, desaparecieron los colosos antediluvianos y, con ellos, la resucitada Roma: los Brutus, los Gracchus, los Publicola, los tribunos, los senadores y el mismo César. La sociedad burguesa, en su sobre-realidad, se había creado sus verdaderos interpretes y portavoces en la persona de los Say, los Cousin, los Royer-Collard, los Benjamin Constant y los Guzot”[15].

Robespierre y Napoleón, ¿un mismo combate? La fórmula es discutible. Se encontraba ya bajo la pluma de liberales tales como Madame de Staël que describía a Napoleón como un “Robespierre a caballo”.En Marx, en todo caso, se muestra el rechazo de toda filiación directa entre jacobinismo y socialismo. Sin embargo, se tiene la impresión que ello procede menos de una crítica del jacobinismo (como en Daniel Guérin un siglo más tarde) que de una cierta “idealización” del hombre del Dieciocho Brumario, considerado por Marx- de acuerdo con una tradición de la izquierda renana (por ejemplo Heine)- como el continuador de la Revolución Francesa.

c) El Terror ha sido un método plebeyo de acabar de forma radical con los vestigios feudales y en este sentido ha sido funcional para la llegada de la sociedad burguesa. Esta hipótesis se sugiere en varios escritos, especialmente el artículo sobre “La burguesía y la contrarrevolución” de 1848. Analizando el comportamiento de las capas populares urbanas (“el proletariado y las otras categorías sociales que no pertenecen a la burguesía”), Marx afirma:“Incluso cuando se oponían a la burguesía, como por ejemplo de 1793 a 1794 en Francia, solo luchaban para hacer triunfar los intereses de la burguesía, aunque eso no fuere a su manera. Todo el Terror en Francia no fue otra cosa que un métodoplebeyo de acabar con los enemigos de la burguesía, el absolutismo, el feudalismo y el espíritu pequeño-burgués”[16].

La ventaja evidente de este análisis era la de integrar los acontecimientos de 1793-1794 en la lógica de conjunto de la Revolución Francesa -la llegada de la sociedad burguesa. Utilizando el método dialéctico, Marx muestra que los aspectos “antiburgueses” del Terror solo han servido, en último término, para asegurar mejor el triunfo social y político de la burguesía.

El marxismo y el jacobinismo

Los tres aspectos puestos en evidencia por estas tres líneas interpretativas del jacobinismo –la hipertrofia de lo político en lucha contra la sociedad burguesa, la ilusión de volver a la República antigua y el papel de instrumento plebeyo al servicio de los intereses objetivos de la burguesía- son completamente compatibles y permiten comprender diferentes facetas de la realidad histórica.

Sin embargo nos encontramos perplejos por dos aspectos: por una parte, por la importancia un poco excesiva que atribuye Marx a la ilusión romana como clave explicativa del comportamiento de los Jacobinos. Tanto más que una de las exigencias del materialismo histórico es la de explicar las ideologías y las ilusiones por la posición y los intereses de las clases sociales… Pero, no hay en Marx (o en Engels) un intento, ni siquiera aproximativo, de definir la naturaleza de clase del jacobinismo. No faltan análisis de clases en sus escritos sobre la Revolución Francesa: se examina el papel de la aristocracia, del clero, de la burguesía, de los campesinos, de la plebe urbana e incluso del “proletariado” (concepto un poco anacrónico en la Francia del siglo XVIII). Pero el jacobinismo permanece suspendido en el aire, en el cielo de la política “antigua” -o asociado de forma un poco rápida al conjunto de las clases plebeyas, no burguesas.

Si en las obras sobre la revolución de 1848-1852 Marx no duda en calificar a los herederos modernos de la Montagne como “demócratas pequeño-burgueses”, es muy raro que extienda esa definición social a los Jacobinos de 1793. Uno de los únicos pasajes donde ello se sugiere se encuentra en la circular de marzo de 1850 a la Liga de los Comunistas. “De la misma forma que en la primera Revolución Francesa, los pequeño-burgueses dieron las tierras feudales a los campesinos como libre propiedad, es decir que quisieron (…) favorecer a una clase campesina pequeño-burguesa para que cumpliese el mismo ciclo de pauperización y de endeudamiento en el que está actualmente encerrado el campesino francés”[17].

Pero se trata de nuevo de una observación “de pasada”, en la que los jacobinos no son ni explícitamente designados. Es un hecho curioso, pero hay muy pocos elementos en Marx (o Engels) para un análisis de clase de las contradicciones del jacobinismo –como por ejemplo la de Daniel Guérin, según la cual el partido jacobino era “a la vez pequeño-burgués en la cabeza y popular en la base”[18].

En todo caso, una cosa está clara: a sus ojos, 1793 no era de ninguna forma un paradigma para la futura revolución proletaria. Cualquiera que fuese su admiración por la grandeza histórica y la energía revolucionaria de un Robespierre o de un Saint-Just, el jacobinismo es expresamente rechazado como modelo o fuente de inspiración de la praxis revolucionaria socialista. Ello aparece desde los primeros textos comunistas de 1844, que oponen la emancipación social a los callejones sin salida e ilusiones del voluntarismo político de los hombres del terror.

Pero es en el curso de los años 1848-1852, en los escritos sobre Francia, cuando Marx va a denunciar, con la mayor insistencia, la “superstición tradicional en 1793”, a los “pedantes de la vieja tradición de 1793”, las “ilusiones de los republicanos de la tradición de 1793”, y todos los que “quedan fascinados con el opio de los sentimientos y de las fórmulas patrióticas de 1793”. Razonamientos que le conducen a la célebre conclusión formulada en El Dieciocho Brumario: “La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino únicamente del futuro. No puede comenzar con ella misma antes de haber liquidado completamente toda superstición respecto al pasado”[19].

Esta es una afirmación muy discutible –la Comuna de 1793 ha inspirado a la de 1871 y ésta, a su vez, ha alimentado Octubre de 1917-, pero ella manifiesta la hostilidad de Marx a todo resurgimiento del jacobinismo en el movimiento proletario.

Ello no significa de ninguna forma que Marx no perciba, en el seno de la Revolución Francesa, los personajes, los grupos y los movimientos precursores del socialismo. En un pasaje muy conocido de La Santa Familia, analiza rápidamente a los principales precursores de esta tendencia: “El movimiento revolucionario que empezó en 1789 en el círculo social, que, en medio de su carrera, tuvo como principales representantes a Leclerc y Roux y acabó por sucumbir provisionalmente con la conspiración de Babeuf, había hecho germinar la idea comunista que el amigo de Babeuf, Buonarroti, reintrodujo en Francia después de la revolución de 1830. Esta idea, desarrollada consecuentemente, es la idea del nuevo estado del mundo”[20].

Curiosamente, Marx no parece interesarse más que en la idea comunista, y no presta mucha atención al movimiento social, a la lucha de clases en el interior del Tercer Estado. Por otra parte, no se ocupará más, en sus escritos posteriores, de esos “gérmenes comunistas” de la Revolución Francesa (con excepción de Babeuf) y no intentará nunca estudiar los enfrentamientos de clases entre burgueses y “brazos desnudos” en el curso de la revolución. En el viejo Engels (en 1889), se encuentran algunas referencias rápidas al conflicto entre la Comuna (Hébert, Chaumette) y el Comité de Salud Pública (Robespierre), pero no es cuestión de la corriente “rabiosa” representada por Jacques Roux[21].

Entre esas figuras de precursores, Babeuf es pues el único que parece realmente importante a los ojos de Marx y de Engels, que se refieren a él en varias ocasiones. Por ejemplo, en el artículo contra Heinzen (1847), Marx observa: “La primera aparición de un partido comunista realmente activo se encuentra en el marco de la revolución burguesa, en el momento en el que la monarquía constitucional es suprimida. Los republicanos más consecuentes, en Inglaterra los Niveladores, en Francia Babeuf, Buonarroti, son los primeros en proclamar estas cuestiones sociales. La conspiración de Babeuf, descrita por su amigo y compañero Buonarroti, muestra como estos republicanos han extraído del movimiento de la historia la idea de que eliminando la cuestión social de la monarquía o la república, todavía no se resolvía la menor cuestión social en el sentido del proletariado”.

Por otra parte, la frase, en el Manifiesto Comunista, que describe “los primeros intentos del proletariado para imponer directamente su propio poder de clase -intentos que han tenido lugar “en el período de derrocamiento de la sociedad feudal”- se refiere también a Babeuf [22] (explícitamente mencionado en este contexto). Este interés es comprensible, en la medida en que varias corrientes comunistas en la Francia de antes de 1848 estuvieron más o menos directamente inspiradas por el babuvismo. Pero la cuestión de los movimientos “sans-culottes” (populares) anti-burgueses –y más avanzados que los jacobinos- de los años 1793-1794 fue poco abordada por Marx (o Engels).

¿Una revolución permanente?

¿Se puede decir en estas condiciones que Marx percibió, en la Revolución Francesa, no solo la revolución burguesa sino también una dinámica de revolución permanente, en embrión de revolución “proletaria” que desbordaría el marco estrictamente burgués? Si y no…

Es cierto, como hemos visto más arriba, que Marx utiliza en 1843-1844 el término “revolución permanente” para designar la política del Terror. Daniel Guérin interpreta esta fórmula en el sentido de su propia interpretación de la Revolución Francesa: “Marx empleó la expresión de revolución permanente en relación con la Revolución Francesa. Mostró que el movimiento revolucionario de 1793 intentó (durante un momento) sobrepasar los límites de la revolución burguesa” [23].

Sin embargo, el sentido de la expresión de Marx (en La Cuestión Judía) no es del todo idéntico al que le atribuye Guérin: la “revolución permanente” no designa en ese momento a un movimiento social, semi-proletario, que intenta desarrollar la lucha de clases contra la burguesía -desbordando el poder jacobino-, sino una vana tentativa de la “vida política” (encarnada por los jacobinos) para emanciparse de la sociedad civil/burguesa y suprimir a ésta por la guillotina. La comparación que esboza Marx un año más tarde (La Santa Familia) entre Robespierre y Napoleón, atribuyendo a este último “realizar el Terror reemplazando la revolución permanente por la guerra permanente”, ilustra bien la distancia entre esta fórmula y la idea de un germen de revolución proletaria.

El otro ejemplo que da Guérin en el mismo parágrafo es un artículo de 1849 en el que Engels indica la “revolución permanente” como uno de los rasgos característicos del “glorioso año 1793”. Sin embargo, en ese artículo, Engels cita como ejemplo contemporáneo de esa “revolución permanente” el levantamiento nacional-popular húngaro de 1848 dirigido por Lajos Kossuth, “que era para su nación Danton y Carnot en una sola persona”. Es evidente que para Engels ese término era simplemente sinónimo de movilización revolucionaria del pueblo y no tenía de ninguna forma el sentido de una transcrecimiento socialista de la revolución[24].

Estas observaciones no tienen por objetivo criticar a Daniel Guérin, sino al contrario, a poner de relieve la profunda originalidad de su análisis: no ha desarrollado simplemente las indicaciones ya presentes en Marx y Engels, sino que ha formulado, utilizando el método marxista, una nueva interpretación, que pone en evidencia la dinámica “permanentista” del movimiento revolucionario de los “brazos desnudos” en 1793-1794.

Dicho esto no hay duda que la expresión “revolución permanente” está estrechamente asociada, en Marx (y Engels), a los recuerdos de la Revolución Francesa. Esta ligazón se sitúa a tres niveles:

-El origen inmediato de la fórmula remite probablemente al hecho de que los clubs revolucionarios se declaraban frecuentemente como asamblea “en permanencia”. Esta expresión aparece por otra parte en uno de los libros alemanes sobre la revolución que Marx había leído en 1843-1844[25].

-La expresión implica también la idea de un avance ininterrumpido de la revolución, de la monarquía a la constitucional, de la república girondina a la jacobina, etc.

-En el contexto de los artículos de 1843-1844, sugiere una tendencia de la revolución política (en su forma jacobina) a convertirse en un fin en si y a entrar en conflicto con la sociedad civil/burguesa.

En revancha, la idea de revolución permanente en sentido fuerte -el del marxismo revolucionario del siglo XX- aparece en Marx por primera vez en 1844, en relación con Alemania. En el artículo Contribuciones a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, constata la incapacidad de la burguesía alemana de cumplir su papel revolucionario: en el momento en que se pone en lucha contra la realeza y la nobleza, “el proletariado está ya comprometido en el combate contra el burgués. Apenas la clase media osa concebir, desde su punto de vista, el pensamiento de su emancipación, que ya la evolución de las condiciones sociales y el progreso de la teoría política declaran caducado ese punto de vista, o al menos problemático”.

Se deduce que en Alemania, “eso no es la revolución radical, la emancipación universalmente humana que es (…) un sueño utópico; es más bien la revolución parcial, la revolución puramente política, la revolución que deja subsistir los pilares de la casa”. En otros términos: “En Francia, la emancipación parcial es el fundamento de la emancipación universal. En Alemania, la emancipación universal es la condición sine qua non de toda emancipación parcial”[26].

Es pues en oposición al modelo “puramente político”, “parcial”, de la Revolución Francesa que se esboza, en un lenguaje todavía filosófico la idea de que la revolución socialista deberá, en algunos países, cumplir las tareas históricas de la revolución democrático-burguesa.

Es solo en marzo de 1850, en la circular a la Liga de los Comunistas, que Marx y Engels van a fusionar la expresión francesa con la idea alemana, la fórmula inspirada por la revolución de 1789-1794 con la perspectiva de un transcrecimiento proletario de la revolución democrática (alemana): “Mientras que los pequeño-burgueses democráticos quieren terminar rápidamente la revolución (…) es nuestro interés y nuestro deber de hacer la revolución permanente, hasta que todas las clases más o menos poseedoras hayan sido expulsadas del poder, que el proletariado haya conquistado el poder público en los principales países del mundo y concentrado en sus manos las fuerzas productivas decisivas”[27].

Es en este documento en el que la expresión “revolución permanente gana por primera vez el sentido que tendrá a continuación en el curso del siglo XX (especialmente en Trotski). En su nueva concepción, la fórmula guarda de su origen y del contexto histórico de la Revolución Francesa sobre todo el segundo aspecto citado: la idea de una progresión, de una radicalización y una profundización ininterrumpidas de la revolución. Se reencuentra también el aspecto de la confrontación con la sociedad civil/burguesa, pero contrariamente al aspecto jacobino de 1793 ella ya no es la obra terrorista (necesariamente destinada al fracaso) de la esfera política en tanto que tal -que intenta en vano atacar a la propiedad privada por la guillotina)- sino desde la misma sociedad civil, bajo la forma de revolución social (proletaria).

¿Qué legado?

¿Cuál es pues el legado de la Revolución Francesa para el marxismo del siglo XX? Como hemos visto, Marx pensaba que el proletariado socialista debía desembarazarse del pasado revolucionario del siglo XVIII. La tradición revolucionaria le parece un resultado esencialmente negativo: “La tradición de todas la generaciones muertas pesa como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos. E incluso cuando parecen ocupados en transformarse, ellos y las cosas, para crear alguna cosa completamente nueva, es precisamente en estas épocas de crisis revolucionarias que ellos llaman temerosamente a los espíritus del pasado para su rescate, que les prestan sus nombres, sus consignas, sus vestidos. (…) Las revoluciones anteriores tenían necesidad de reminiscencias históricas para disimularse a ellas mismas su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar a los muertos enterrar a sus muertos para realizar su propio objeto”[28].

Por supuesto, esta observación se sitúa en un contexto preciso, el de una polémica de Marx contra la “caricatura de Montagnede los años 1848-1852, pero presenta también un objetivo más general. Me parece que Marx tiene a la vez razón y se equivoca…

Tiene razón, en la medida en que los marxistas han querido a menudo inspirarse, en el curso del siglo XX, en el paradigma de la Revolución Francesa, con resultados bastante negativos. Es el caso, en primer lugar, del marxismo ruso, en sus dos grandes ramas:

Plejanov y los mencheviques -que creían que la burguesía democrática rusa iba a desempeñar en la lucha contra el zarismo el mismo papel revolucionario que la burguesía francesa desempeñó (según Marx) en la revolución de 1780. A partir de ese momento, el concepto de “burguesía revolucionariaentró en el vocabulario de los marxistas y se convirtió en un elemento clave en la elaboración de las estrategias políticas -ignorando la advertencia de Marx, en relación con Alemania (pero con indicaciones más generales): las clases burguesas que llegan demasiado tarde (es decir, que se encuentran ya amenazadas por el proletariado) no podrán tener una práctica revolucionaria consecuente.

Por supuesto, gracias al estalinismo el dogma de la burguesía democrático-revolucionaria (o nacional) y la idea de una repetición -en las nuevas condiciones- del paradigma de 1789 han sido componentes esenciales de la ideología del movimiento comunista en los países coloniales, semi-coloniales y dependientes, desde 1926, con nefastas consecuencias para las clases dominadas.

Lenin y los bolcheviques no tenían ilusiones sobre la burguesía liberal rusa, pero adoptaron, sobre todo antes de 1905, el jacobinismo como modelo político. De ahí resultaba una concepción frecuentemente autoritaria del partido, de la revolución y del poder revolucionario… Rosa Luxemburgo y León Trotski van a criticar –especialmente durante los años 1903-1905- ese paradigma jacobino, insistiendo sobre la diferencia esencial entre el espíritu, los métodos, las prácticas y las formas de organización marxistas y las de Robespierre y sus compañeros. Se puede considerar al Estado y la Revolución, de Lenin, como una superación de ese modelo jacobino.

Tratar a Stalin y a sus acólitos de herederos del jacobinismo sería demasiado injusto para los revolucionarios de 1793, y comparar el Terror del Comité de Salud Pública con el del GPU de los años 1930 es una absurdidad histórica evidente. En revancha, se puede observar la presencia de un elemento jacobino en un marxista tan sutil e innovador como Antonio Gramsci. Mientras que, en sus artículos de 1919 para Ordine Nuovo, proclamaba que el partido proletario no debe ser “un partido que se sirve de la masa para intentar una imitación heroica de los jacobinos franceses”,en sus Cuadernos de Prisión de los años 1930 se encuentra una visión bastante autoritaria del partido de vanguardia, presentado explícitamente como el heredero legítimo de la tradición de Maquiavelo y de los jacobinos[29].

A otro nivel me parece sin embargo que Marx se equivocaba al negar todo valor (para el combate socialista) a la tradición revolucionaria de 1789-1794. Su propio pensamiento es un excelente ejemplo de ello: la idea misma de revolución en sus escritos (y en los de Engels), como movimiento insurreccional de las clases dominadas que derroca un Estado opresor y un orden social injusto estuvo en muy amplia medida inspirada por esa tradición… De una forma más general, la gran Revolución Francesa forma parte de la memoria colectiva del pueblo trabajador -en Francia, en Europa y en el mundo entero- y constituye una de las fuentes vitales del pensamiento socialista, en todas sus variantes (comunismo y anarquismo incluidos). Contrariamente a lo que escribió Marx en El Dieciocho Brumario, sin “poesía del pasadono hay sueño de futuro…

En una cierta medida, el legado de la Revolución Francesa permanece, todavía hoy, vivo y actual, activo. Guarda alguna cosa de inacabada… Contiene una promesa todavía no realizada. Es el comienzo de un proceso que todavía no ha terminado. La mejor prueba la constituyen los intentos persistentes e insistentes de poner fin, una vez por todas, oficial y definitivamente, a la Revolución Francesa. Napoleón ha sido el primero en decretar, el Dieciocho Brumario, que la revolución había finalizado. Otros se han entregado, en el curso de los siglos, a este tipo de ejercicios, retomados hoy con un bello aplomo por François Furet. Sin embargo, ¿quién tendría en nuestros días la descabellada idea de declarar “terminada” la revolución inglesa de 1648? ¿O la revolución americana de 1788? ¿O la revolución de 1830? Si se obstinan de tal forma sobre la de 1789-1794 es porque es porque ella continúa manifestando sus efectos en el campo político y en la vida cultural, en el imaginario social y en las luchas ideológicas (en Francia y en otras partes).

¿Cuáles son los aspectos de este legado más dignos de interés? ¿Cuáles son los espíritus del pasado (Marx) que merecen ser evocados doscientos años después? ¿Cuáles son los elementos de la tradición revolucionaria de 1789-1794 que manifiestan más profundamente esa no finalización? Se podrían mencionar al menos cuatro, entre los más importantes:

1. La Revolución Francesa ha sido un momento privilegiado en la constitución del pueblo oprimido -la masa innumerable (Marx) de los explotados- como sujeto histórico, como actor de su propia liberación. En este sentido ella ha sido un paso gigantesco en lo que Ernst Bloch llama la “puesta en pie de la Humanidad” –un proceso histórico que todavía está lejos de finalizar… Por supuesto, se encuentran precedentes en los movimientos anteriores (la Guerra de los Campesinos del siglo XVI, la revolución inglesa del siglo XVII), pero ninguno alcanza la claridad, la fuerza política y moral, la vocación universal y osadía espiritual de la revolución de 1789-1794 -hasta esa época la más colosal (Marx) de todas ellas.

2. En el curso de la Revolución Francesa han aparecido movimientos sociales cuyas aspiraciones sobrepasaban los límites burgueses del proceso iniciado en 1789. Las principales fuerzas de ese movimiento –los brazos desnudos”, las mujeres republicanas, los rabiosos”, los Iguales y sus portavoces (Jacques Roux, Leclerc, etc.) han sido vencidas, aplastadas, guillotinadas. Su memoria -sistemáticamente borrada de la historia oficial- forma parte de la tradición de los oprimidos de la que hablaba Walter Benjamin, la tradición de los antepasados martirizados que alimenta el combate de hoy. Los trabajos de Daniel Guérin y Maurice Dommanget -dos marginales exteriores a la historiografía universitaria- han salvado del olvido a los “brazos desnudos” y los “rabiosos”, mientras que las investigaciones más recientes descubren poco a poco toda la riqueza de la “mitad escondida” del pueblo revolucionario: las mujeres.

3. La Revolución Francesa ha hecho germinar las ideas de un “nuevo estado del mundo”, las ideas comunistas (el “círculo social”, Babeuf, Sylvain Maréchal, François Bossel, etc.) y feministas (Olympe de Gouges, Théroigne de Méricourt). La explosión revolucionaria liberó sueños, imágenes de deseo y exigencias sociales radicales. En este sentido también es portadora de un futuro que permanece abierto e inacabado.

4. Los ideales de la Revolución Francesa -Libertad, Igualdad, Fraternidad, los Derechos del Hombre (especialmente en su versión de 1793), la soberanía del pueblo- contienen un “añadido utópico” (Ernst Bloch) que desborda el uso que ha hecho de los mismos la burguesía. Su realización efectiva exige la abolición del orden burgués. Como señala con fuerza visionaria Ernst Bloch,“libertad, igualdad, fraternidad, forman también parte de los compromisos que no fueron cumplidos, no están todavía resueltos, apagados”. Poseen “esa promesa y ese contenido utópico concreto de una promesa” que no será realizada más que por la revolución socialista y por la sociedad sin clases. En una palabra: “libertad, igualdad, fraternidad -la ortopedia tal como se ha intentado, de la marcha de pies, del orgullo humano- reenvía mucho más allá del horizonte burgués”[30].

Conclusión y moral de la Historia (con una H mayúscula): la Revolución Francesa de 1789-1794 solo ha sido un comienzo. El combate continúa.

Este texto ha sido publicado en la obra colectiva Permanence(s) de la Révolution, París, Éditions la Brèche, 1989. La transcripción y los antetítulos han sido realizados por el sitio Avanti4.be.

https://www.contretemps.eu/marx-revolution-francaise/


[1] K. Marx,”Die Deutsche Ideologie”, 1846, Berlin, Dietz Verlag, 1960, p. 92.

[2] K. Marx, “Die Heilige Familie”, 1845, Berlin, Dietz Verlag, 1953, p. 196.

[3] K. Marx, “La bourgeoisie et la contre-révolution”, 1848, en Marx et Engels,”Sur la Révolution française” (SRF), Messidor, 1985, p. 121. Además de ese compendio, preparado para las Editions Sociales por Claude Mainfroy, existe otro, que contiene únicamente los escritos de Marx (con una amplia introducción de F. Furet) reunidos por Lucien Calviez : “Marx et la Révolution française” (MRF), Flammarion, 1986. Los dos compendios son incompletos. Utilizo tanto el uno como el otro, y a veces el original alemán (especialmene para los textos que no figuran en ninguno de los compendios).

[4] K. Marx, “El Dieciocho Brumario”, citado en SRF, p. 148 ; – Id., “ La Guerrea Civil en Francia” (primero y segundo ensayo de redacción), citado en SRF, p. 187-192.

[5] F. Furet, “Marx et la Révolution française “, Flammarion, 1986, p. 81-84. Cf. p. 83 : ”Pero para afirmar la universalidad abstracta de la libertad, la Revolución ha debido proceder por una escisión entre sociedad civil y Estado, deduciendo, por así decir, lo político de lo social. Eso es su error, su fracaso, al mismo que el de las teorías del contrato, y especialmente de Rousseau.”

[6] K. Marx, “Introduction à la Contribution à la Critique de la Philosophie du Droit de Hegel”, 1944, NRF, p. 152.

[7] K. Marx, “ La bourgeoisie et la contre-révolution “, 1848, dans Marx et Engels, “ Sur la Révolution française” (SRF), Messidor, 1985, p. 123.

[8] K. Marx, “ Projet de Loi sur l’abrogation des charges féodales”, 1848, SRF, p. 107.

[9] K. Marx, “L’Idéologie allemande”, citado en NRF p. 187.

[10] K. Marx, “La critique moralisante et la morale critique (contre Karl Heinzen)”, NRF p. 207.

[11]K. Marx, “L’Idéologie allemande”, cité dans NRF p. 184 et 181.

[12] K. Marx, “La critique moralisante et la morale critique (contre Karl Heinzen”, SRF p. 90.

[13] K. Marx, “La Question Juive“, 1844, Oeuvres Philosophiques, Costes, 1934, p. 180-181. Volveré más abajo sobre el sentido que sería necesario atribuir en este contexto a la expresión “revolución en estado permanente”.

[14] K. Marx, “La Sainte-Famille”, 185, citado en NRF, p. 170-171.

[15] K. Marx, “Le Dix-Huit Brumaire de Louis Bonaparte”, 1852, citado en SRF p. 145-146.

[16] K. Marx, “La bourgeoisie et la contre-révolution”, 1848, en Marx y Engels, “Sur la Révolution française”, (SRF), Messidor, 1985, p. 121. Cf. también el artículo contra Karl Heinzen de 1847 : “Asestando violentos golpes de masa, el Terror no debía servir pues en Francia más que a hacer desaparecer del territorio francés, como por encanto, las ruinas feudales. A la burguesía timorata y conciliadora no le fue suficiente con varios decenios para cumplir esa tarea.” (SRF, p. 90).

[17] K. Marx et F. Engels, “Adresse de l’autorité centrale à la Ligue des Communistes”, marzo de 1850, citado en SRF, p. 137 et 138.

[18] Daniel Guérin, “La lutte de classes sous la Première République”, Gallimard, 1946, p. 12.

[19] Cf. SRF p. 103, 115,118; -NRF, p. 238,247.

[20] Citado en SRF p.62.

[21] Carta de Engels a Karl Kautsky, 20 de febrero de 1889, citado en SRF p. 245-246.

[22] K. Marx, ”La critique moralisante et la morale critique (contre Karl Heinzen)”, citado en SRF p. 91 y el pasaje del “Manifiesto” se encuentra en NRF p. 215.

[23] Daniel Guérin, “La lutte de classes sous la Première République”, Gallimard, 1946, p. 7.

[24] Ibid. Cf. Engels, “Der Magyarische Kampf”, Marx-Engels Werke, Dietz Verlag, Berlín 1961, Tomo 6, p. 166.

[25] Cf. W. Wachsmuth, “Geschichte Frankreichs im Revolutionalter”, Hamburgo, 1842, Vol. 2, p. 341 : “Von den Jakobineren ging die nachricht ein, dass sie in Permanenz erklärt hatten”.

[26] K. Marx, “Contribution à la Critique de la Philosophie du Droit de Hegel”, 1944, citado en NRF, p. 151-153.

[27] K. Marx et F. Engels, “Adresse de l’autorité centrale à la Ligue des Communistes”, marzo de 1850, “Karl Marx devant les jurés de Cologne “, Costes 1939, p. 238.

[28]K. Marx et F. Engels, “Adresse de l’autorité centrale à la Ligue des Communistes”, marzo de 1850, citado en SRF, p. 137 et 138.

[29]A. Gramsci, “Ordine Nuovo”, Einaudi, Turin, 1954, p. 139-140 ; – “Note sul Machiaveli, sul la politica e sul lo stato moderno” , Einaudi, Turin, 1955, p. 6 à 8, 18, 26.

[30] “Ernst Bloch,”Droit naturel et dignité humaine”, Payot, 1976, p. 178-179.

Karl Marx: Prólogo a la primera edición alemana de El Capital

El trabajo, cuyo primer tomo propongo al público, es la continuación de la Contribución a la crítica de la Economía política, publicada por mí en 1859. El largo intervalo transcurrido entre el comienzo y la continuación me ha sido impuesto por una enfermedad de muchos años que ha interrumpido la labor repetidas veces.

El contenido de la obra primitiva está resumido en el primer capítulo de este tomo. Y al hacerlo así, no se ha atendido solo a conseguir que sean más coherentes y completas las ideas, sino que se ha mejorado la exposición. En la medida en que la materia lo ha permitido, se han desarrollado aquí puntos que antes apenas se esbozaron, mientras que otros, ampliamente desarrollados allí, aquí simplemente se enuncian. Los capítulos sobre la historia de la teoría del valor y de la teoría del dinero, por supuesto, han sido omitidos del todo. En cambio, el lector del trabajo anterior encontrará en las notas del primer capítulo referencias a nuevas fuentes para el estudio de la historia de estas teorías.

El principio siempre es duro; esto vale para todas las ciencias. Por eso, la máxima dificultad la constituirá la comprensión del primer capítulo, en particular, los párrafos referentes al análisis de la mercancía. En cuanto a lo que toca especialmente al análisis de la sustancia del valor y de la magnitud del valor he procurado, en la medida de lo posible, exponerlo en forma popular. La forma valor, que llega a su pleno desarrollo en la forma dinero, es muy simple y de poco contenido. No obstante, la inteligencia humana se ha dedicado a investigarla durante más de 2.000 años, sin resultado, mientras que otras formas más complejas y de contenido mucho más rico han sido analizadas, por lo menos aproximadamente, con resultado positivo. Y esto, ¿por qué? Porque es más fácil de estudiar el cuerpo organizado que las células del cuerpo. Además, para analizar las formas económicas, no se puede utilizar ni el microscopio ni los reactivos químicos. La capacidad de abstracción ha de suplir a ambos. Ahora bien: para la sociedad burguesa, la forma mercancía del producto del trabajo o la forma valor de la mercancía son formas económicas celulares. A los espíritus poco cultivados les parece que analizar estas formas significa perderse en minucias. Se trata efectivamente de minucias, pero de minucias como las que son objeto de la anatomía microscópica.

Por eso, a excepción del capítulo sobre la forma valor, nadie podrá acusar a este libro de difícil o incomprensible. Me refiero, por supuesto, a lectores que traten de aprender algo nuevo y quieran, por tanto, pensar por sí mismos.

El físico, para observar los procesos naturales, o bien lo hace donde se presentan en forma más acusada y menos deformada por influencias perturbadoras, o bien, si puede, hace experimentos en condiciones que aseguren el desarrollo del proceso en su forma pura. Lo que me propongo investigar en esta obra es el modo de producción capitalista y las relaciones de producción y de cambio que le corresponden. El país clásico para ello es hasta ahora Inglaterra. De aquí el que haya tomado de él los principales hechos que sirven de ilustración a mis conclusiones teóricas. Si el lector alemán alza los hombros con gesto de fariseo ante la situación de los trabajadores industriales y agrícolas ingleses o si se tranquiliza con optimismo pensando que en Alemania las cosas no están, ni con mucho, tan mal, tendré que decirle: De te fabula narratur!

No se trata aquí del grado de desarrollo, más alto o más bajo, que alcanzan los antagonismos sociales engendrados por las leyes naturales de la producción capitalista. Se trata de las leyes mismas, de las tendencias mismas que actúan y se imponen con una necesidad férrea. El país industrialmente más desarrollado no hace más que mostrar al que es menos desarrollado el cuadro de su propio porvenir.

Pero aparte de esto: en los sitios donde la producción capitalista ha tomado por completo carta de naturaleza en nuestro país, por ejemplo, en las fábricas propiamente dichas, la situación es mucho peor que en Inglaterra, por faltar el contrapeso de la legislación fabril. En todas las esferas restantes, pesa sobre nosotros, como sobre los demás países continentales de la Europa Occidental, no sólo el desarrollo de la producción capitalista, sino su insuficiente desarrollo. Además de las miserias modernas, nos oprime toda una serie de miserias heredadas, procedentes del hecho de seguir vegetando entre nosotros formas de producción antiguas y ya caducas que acarrean un conjunto de relaciones sociales y políticas anacrónicas. No sufrimos sólo a causa de los vivos, sino a causa de los muertos. Le mort saisit le vif!

En comparación con la inglesa, la estadística social alemana y del resto de la Europa Occidental continental, es muy pobre. Sin embargo, levanta el velo lo bastante para dejar entrever la cabeza de Medusa. Nos horrorizaríamos de ver nuestra propia situación si nuestros gobiernos y parlamentos designasen periódicamente, como en Inglaterra, comisiones de investigación de las condiciones económicas; si estas comisiones estuviesen investidas de los mismos poderes que en Inglaterra para descubrir la verdad; si se pudiera encontrar, para cumplir esta misión, hombres tan expertos, imparciales y severos como los inspectores del trabajo de Inglaterra, como los médicos ingleses que informan sobre la Public Health, como los comisarios ingleses que investigan sobre la explotación de la mujer y del niño, sobre las condiciones de la vivienda y de la alimentación, etc. Perseo se cubría con un casco mágico para perseguir a los monstruos; nosotros nos colocamos este casco mágico sobre nuestros ojos y nuestros oídos para poder negar la existencia de los monstruos.

No hay que hacerse ilusiones. Del mismo modo que la guerra de la Independencia norteamericana del siglo XVIII fue el toque a rebato para la clase media europea, la guerra civil norteamericana del XIX lo ha sido para la clase obrera de Europa. En Inglaterra, el proceso revolucionario se ha hecho palpable. Cuando alcance un determinado nivel debe repercutir en el continente. Y allí revistirá formas más brutales o más humanas, a tono con el grado de desarrollo de la clase obrera misma. Abstracción hecha de móviles más elevados, sus más vitales intereses mandan a las clases hoy dominantes eliminar todos los obstáculos para el desarrollo de la clase obrera que pueden ser eliminados por la legislación. Esta es la razón por la cual yo me he extendido tanto en este tomo sobre la historia, el contenido y los resultados de la legislación fabril inglesa. Una nación debe y puede aprender de otra. Incluso en el caso en que una sociedad haya llegado a descubrir la pista de la ley natural que preside su movimiento —y la finalidad de esta obra es descubrir la ley económica que mueve la sociedad moderna— no puede saltar ni suprimir por decreto sus fases naturales del desarrollo. Pero puede acortar y hacer menos doloroso el parto.

Unas palabras para evitar posibles interpretaciones falsas. A los capitalistas y propietarios de tierra no los he pintado de color de rosa. Pero aquí se habla de las personas sólo como personificación de categorías económicas, como portadores de determinadas relaciones e intereses de clase. Mi punto de vista, que enfoca el desarrollo de la formación económica de la sociedad como un proceso histórico-natural, puede menos que ningún otro hacer responsable al individuo de unas relaciones de las cuales socialmente es producto, aunque subjetivamente pueda estar muy por encima de ellas.

En el terreno de la Economía política, la investigación científica libre se encuentra con más enemigos que en todos los demás campos. La particular naturaleza del material de que se ocupa levanta contra ella y lleva al campo de batalla las pasiones más violentas, más mezquinas y más odiosas que anidan en el pecho humano: las furias del interés privado. La alta Iglesia de Inglaterra, por ejemplo, perdona antes un ataque contra 38 de sus 39 artículos de fe que contra 1/39 de sus ingresos monetarios. Hoy en día, el mismo ateísmo es una culpa levis, comparado con la crítica de las tradicionales relaciones de propiedad. Sin embargo, aquí hay que reconocer la existencia de un paso adelante. Observemos, por ejemplo, el Libro Azul publicado en las últimas semanas con el título Correspondence with Her Majesty’s Missions Abroad, regarding Industrial Questions and Trades Unions. Los representantes de la corona de Inglaterra en el extranjero exponen aquí sin ambages que en Alemania, en Francia, en una palabra, en todos los países cultos del continente europeo es tan palpable y tan inevitable como en Inglaterra una transformación radical de las relaciones entre el capital y el trabajo. Al mismo tiempo, al otro lado del Atlántico, el señor Wade, vicepresidente de los Estados Unidos de Norteamérica, declaraba en mítines públicos que, abolida la esclavitud, se ha puesto sobre el tapete la transformación de las relaciones de propiedad sobre el capital y la tierra. Son éstos signos de la época, que no se dejan encubrir con mantos de púrpura ni con sotanas negras. No significan que mañana se vayan a producir milagros. Indican que en las mismas clases dominantes apunta ya el presentimiento de que la sociedad actual no es ningún cristal duro, sino un organismo susceptible de transformación y en transformación constante.

El segundo tomo de esta obra tratará del proceso de circulación del capital (libro II) y de los aspectos del proceso en su conjunto (libro III); y el tercero y último (libro IV), de la historia de la teoría.

Bienvenido sea todo juicio crítico científico. Contra los prejuicios de la llamada opinión pública, a la que nunca he hecho concesiones, tengo por divisa el lema del gran florentino:

Segui il tuo corso, e lascia dir le genti!

Karl Marx

Londres, 25 de julio de 1867

¿Una laguna en la obra de Marx o ignorancia del lector?

por Elmar Altvater//

El intercambio metabólico entre naturaleza y sociedad en un modo de producción basado en el valor.

En los 150 años transcurridos desde que se publicó por primera vez el Capital se han formulado tantos reproches contra Karl Marx y, en mayor medida todavía, contra su amigo y coautor Friedrich Engels, que casi es imposible enumerarlas. A diferencia de los economistas políticos que le precedieron, Marx fue supuestamente incapaz de explicar la formación de los precios. Es más, según sus críticos, la depauperación que predijo de la clase obrera no se ha producido y el capitalismo no se halla en proceso de colapso, sino que ha surgido triunfante de la competencia entre sistemas. También se acusa a Marx y Engels de haber allanado el camino, con sus escritos teóricos y políticos, a las atrocidades de Stalin, siendo por tanto autores intelectuales de los crímenes cometidos en la “edad de los extremos”.

Estas son duras acusaciones que todavía hoy sostienen no pocos periodistas. Claro que algunas de las lagunas que Marx sin duda dejó abiertas en su obra, parecen más bien responder a un prejuicio: Marx, y especialmente Engels, supuestamente no tenían respuesta alguna a las cuestiones ecológicas que constituyen nuestra principal preocupación en nuestros días. Se dice que no tuvieron en cuenta el hecho de que el valor no solo lo crea el trabajo, sino también la naturaleza; que, en su edificio teórico, la naturaleza ocupa menos espacio que el que se otorga a la sociedad y que la noción monoteísta de la dominación de la naturaleza por los humanos no se cuestiona críticamente. Sin embargo, un examen de los escritos conjuntos de Marx y Engels, especialmente del primer volumen del Capital, demuestra que los lectores han dejado manchas y huellas dactilares, es decir, rastros de su existencia ecológica. Es imposible leer a Marx sin tener en cuenta la ecología. Uno lee a Marx con la cabeza y, por consiguiente, con la razón, pero la experiencia también es táctil y uno gira las páginas con la yema de los dedos.

Supuestamente, Marx y Engels no tenían respuesta alguna a las cuestiones ecológicas que constituyen la principal preocupación en nuestros días. Sin embargo, un examen serio de sus escritos muestra los atisbos ecológicos contenidos en su obra.Un autor sin puntos ciegos en su obra es como un héroe sin tacha, un verdadero modelo de un santo o, en otras esferas, un pelmazo monumental. Por descontado, los lectores que viven 150 años después de la muerte del autor son, ante todo, más inteligentes, o al menos deberían serlo, por mucho que el autor se llame Karl Marx. Sin embargo, esta inteligencia normalmente solo alcanza para detectar predicciones incumplidas del autor y para señalar una u otra laguna en su razonamiento; y para anunciar tales descubrimientos a los cuatro vientos. Algunos lectores solo son capaces de combatir las teorías de Marx armados con viejos argumentos.

Al igual que otros muchos autores y autoras, no cabe duda de que Marx dejó muchos flancos abiertos. Estos puntos débiles deben contemplarse como un reto para el lector de consolidarlos con sus propios pensamientos y los argumentos resultantes. Esto requiere cierto esfuerzo, por mucho que las lagunas que dejó Marx encierren tanto potencial que podrían dar pie a muchos centenares de ideas. Pero nadie cultiva estas creaciones en una época en que el presidente de un falso país ordena incursiones aéreas muy reales y mortíferas a golpe de Twitter por debajo del umbral de reflexión, y cuando, de modo menos escandaloso, la crítica de ideas, incluso de teorías elaboradas para las que Marx aportó una base científica y muchos ejemplos, pasa a formar parte de un oportunismo promocional adaptado afirmativamente, o cuando algún periodista insensato de un periódico respetado se propone la misión imposible de descubrir errores.

Nos referimos a Marx del mismo modo en que nos referimos a otras mentes preclaras que han impartido conocimientos indispensables para responder a los enigmas irresueltos en nuestra labor actual. Ni siquiera podemos nombrar a todas ellas porque algunas se han convertido en una segunda naturaleza y parte del discurso cotidiano, hasta el punto de que nos extrañamos cuando alguien menciona la autoría de algún pensamiento o dicho familiar; por ejemplo, que los economistas son gente que sabe el precio de todo, pero el valor de nada. Esto lo dijo Oscar Wilde, quien a todas luces, como poeta, lo sabía mejor que el club de premios Nobel de economía que se reúnen regularmente en Lindau para reflexionar sobre sí mismos en plan narcisista.

Marx dijo que las monedas y el dinero en efectivo del “sistema monetario” era un invento “esencialmente católico”, mientras que “el sistema crediticio [era] esencialmente protestante”. Como prueba, añadió que esto ya lo ilustraba el hecho de que “los escoceses odian el oro” (El Capital, vol. III). Hoy sabemos que fueron sobre todo protestantes quienes crearon el sistema monetario del euro y protestantes los que están tratando de abolir el dinero en efectivo en Europa. Una lucha entre confesiones lidiada con medios monetarios. Y Marx lo anticipó porque conocía el vínculo indestructible que existe entre un modo de producción basado en el valor y sus construcciones culturales e ideológicas.

Con cada nueva lectura de El Capital, uno descubre algo nuevo. Pero esto solo sucede si uno aborda el texto con curiosidad y desde una perspectiva actual y no lo lee como una serie de mandamientos grabados en tablillas de piedra. Incluso 200 años después de que naciera Marx persiste el vano empeño de no querer ver el mundo bajo la misma luz, sino sumergirse en la penumbra de la propia falta de visión. Hay marxistas fundamentalistas que demonizan una relectura crítica de El Capital (como la de Mathias Greffrath, de 2017), aunque ahora son menos en número.

Supuestamente, Marx y Engels no tenían respuesta alguna a las cuestiones ecológicas que constituyen la principal preocupación en nuestros días. Sin embargo, un examen serio de sus escritos muestra los atisbos ecológicos contenidos en su obra.Es una tarea intelectual fundamental de la Ilustración –podríamos añadir que con el fin de mejorar a la humanidad– arrojar luz sobre todo el ámbito de la lucha de clases, la diversidad de conflictos sociales y sus agentes, sus orígenes, sus dinámicas y formas de desarrollo y sus consecuencias deseadas y efectos secundarios no deseados. Esta diversidad es actualmente diferente de lo que fue durante la Revolución Rusa en 1917, o un siglo antes, cuando nació Marx en Tréveris en 1818, o en 1867, cuando Marx entregó en mano el manuscrito de El Capital a su editor de Hamburgo, Otto Meissner.

Se suponía que no era un mero manuscrito de un libro, sino “el más terrible misil que se ha lanzado hasta ahora a la cabeza de la burguesía”, como escribió Marx a Johann Philipp Becker el 7 de abril de 1867, poco después de volver de Hamburgo. Un escrito teórico, sumamente complejo y no fácilmente accesible a todos y todas que se convirtió en un proyectil en la lucha de clases. La prueba de la praxis indaga en su calidad para el trabajo teórico, para formular una estrategia y también para desarrollar tácticas en el ejercicio político de generar movimiento(s) social(es) y político(s). Todo el complejo de la sociedad burguesa, su economía y su ecología, pasa a estar en el punto de mira. Marx destaca entre los economistas como el único que, en las categorías que examina, considera y descodifica analíticamente “el contexto dialéctico general” de la materia y el valor, el material y la forma, el valor de uso y el valor de cambio, el trabajo concreto y abstracto, la naturaleza y la sociedad, la estructura social y la acción individual y colectiva, y por tanto de la teoría y la práctica.

El contexto general del “modo de producción basado en el valor” determina el enfoque analítico, la forma y el alcance de la crítica. Es holístico, más completo que los enfoques analíticos de otras ciencias sociales y “escuelas” de economía teóricas, que de este modo presentan más lagunas que los enfoques teóricos de la obra de Marx y Engels. Por esta razón, Marx es el único economista (sí, el único) en cuyo sistema de categorías pueden analizarse y debatirse adecuadamente los problemas ecológicos de la sociedad capitalista. ¿Es esta una afirmación arrogante y por tanto descarada y boba? Es posible, pero hay buenos argumentos que avalan esta línea de razonamiento.

Antes del comienzo de la era industrial impulsada por los combustibles fósiles también había teorías económicas, por lo que la historia del dogma se remonta hasta tiempos bíblicos. Sin embargo, únicamente desde que el hombre comenzó a utilizar los combustibles fósiles de modo sistemático los trabajadores han sido capaces de emplear instrumentos para alterar la naturaleza que, por un lado, permiten aumentar la productividad del trabajo y la “riqueza de las naciones” hasta niveles antes inasequibles, pero que, por otro, también conducen a la destrucción de la naturaleza. El metabolismo de la reproducción capitalista abarca tanto el consumo como la excreción, es decir, la creación de material natural, aunque su composición no siempre puede ser tolerada por el hombre o la naturaleza. La crisis medioambiental comienza y los efectos que tiene este cambio en las condiciones de vida de la gente los describe Engels en su obra de 1844 titulada La situación de la clase obrera en Inglaterra.

La posibilidad del crecimiento proporciona el ímpetu para los esfuerzos tanto científicos como empíricos para investigar sistemáticamente los orígenes de esta nueva riqueza. ¿Proviene del comercio practicado en el mercado o del trabajo realizado en el proceso de producción? Son preguntas que se puede plantear cualquier hada buena, pero a las que no puede dar una respuesta satisfactoria. Cuando el hada no llega, ha de intervenir la ciencia. Toma forma una nueva disciplina, al comienzo, por supuesto, dentro del canon científico tradicional. Por eso no es extraño que los enciclopedistas prerrevolucionarios de la Francia del siglo XVIII creyeran que las respuestas a las cuestiones económicas se hallaban en la doctrina moral. En este punto, los neoliberales modernos solo pueden negar con la cabeza. En todo caso, nació la economía política. Empecemos por tanto con un breve repaso de las escuelas de pensamiento económico más influyentes que ha conocido el mundo desde el siglo XVIII.

1) Los economistas clásicos entendían que el valor económico lo crea el trabajo y que el factor clave es el excedente, es decir, la plusvalía. También identificaban la diferencia entre material y valor, pero no llegaron a reconocer su forma social específica. Para ellos, el capitalismo y la economía de mercado eran la ultima ratiodel orden económico y natural. La diferencia entre el excedente en las sociedades precapitalistas y la plusvalía en la sociedad capitalista dejó de ser un tema, tanto como la posibilidad de una sociedad poscapitalista o la cuestión candente en que se ha convertido hoy el medio ambiente.

No obstante, los “economistas clásicos” habían reconocido que la economía era política y que tenía algo que ver con “sentimientos morales” y la ética, al tiempo que también tenía que ser analíticamente fuerte e influir normativamente en el orden de la comunidad. Por consiguiente, la economía política era –al menos al comienzo de la época burguesa– un programa autoconsciente para diseñar lo que Leibniz consideraba el mejor de los mundos posibles. Para los intereses de la burguesía (la clase capitalista ascendente), la economía política clásica era una ciencia partidista. Todavía no estaba afectada por los conflictos en torno a los juicios de valor desatados en el siglo XX.

2) La idea presuntuosa y realmente loca de la mejor sociedad posible ya fue ridiculizada a comienzos del siglo XVIII por Bernard Mandeville (1703) en su poema satírico La fábula de las abejas y por Voltaire en su novela Cándido, dirigida contra Leibniz. Claro que el escarnio y la burla no eran una “crítica de la economía política”, sobre la que Marx estaba trabajando desde la década de 1840. La economía política que surgió primero como ciencia de la mano de la burguesía no se desarrolló hasta convertirse en una crítica de la economía política, sino que siguió el principio más cómodo de separar todo lo que era económico de los contextos sociales y políticos, así como de los conflictos, presiones de legitimización, tradiciones y costumbres. Esto encaja en el paisaje de lo que hoy es la economía de mercado capitalista prevaleciente.

La economía se convirtió en la ciencia de una economía de mercado descontextualizada, que pasó a ser objeto de la investigación de Karl Polanyi (1978). La economía dejó de considerarse economía política, tal como la habían concebido los economistas clásicos; contemplaba las normas moralmente justificadas a la defensiva y con escepticismo y estaba muy lejos de una crítica de la economía política materialista y dialéctica. La palabra “economía”, que remitía a su sustancia materialista, y por tanto social y natural, también quedó suprimida y fue sustituida por economics (ciencia económica). A lo largo de esta historia de descontextualización, en cuyo transcurso desapareció toda noción de sociedad, política, cultura y naturaleza del concepto de ciencia económica, también cayó en desgracia la crítica de los discursos económicos, quedando después fuera de los planes de estudio universitarios: desterrados, cómo no, del contexto social que todavía encerraba el término “economía”. El triste estado de las facultades de ciencias económicas actuales tiene por tanto una historia igual de deprimente.

Supuestamente, Marx y Engels no tenían respuesta alguna a las cuestiones ecológicas que constituyen la principal preocupación en nuestros días. Sin embargo, un examen serio de sus escritos muestra los atisbos ecológicos contenidos en su obra.Los economistas neoclásicos del siglo XIX, y especialmente sus seguidores neoliberales del siglo XX, no se interesaban por tanto más que por el aspecto monetario de los procesos económicos y no perdían el tiempo estudiando el origen, la forma y el contenido del dinero, que ellos son los únicos capaces de emplear para debatir sobre cuestiones económicas. Por tanto, cuando despotrican sobre el capital natural, no son capaces de reconocer problemas ecológicos y comentarlos racionalmente. Las notificaciones de los bancos centrales que han establecido ellos mismos sobre la masa monetaria (que, de acuerdo con una gracia del sumo sacerdote neoliberal, Milton Friedman, ha sido lanzada desde un helicóptero, ganándose por tanto el nombre de dinero helicóptero M1, M2, M3, etc.) son suficientes para ellos.

Desde su punto de vista, el valor creado por el trabajo, así como la economía material de la materia y la energía, carecen de importancia. Tampoco les interesa el proceso de producción previo al funcionamiento del mercado ni el proceso de vertido de residuos, aguas residuales y gases de escape en el medio natural del planeta Tierra, una vez fabricados y consumidos los productos. Lo único que importa es que todo tenga su precio, que los economistas pueden entonces calcular. La naturaleza solo interesa como capital natural; y los seres humanos, como capital humano.

Este es el nadir de la inteligencia económica que el Comité Nobel ha celebrado con incontables premios. El mismo economista admite que esto es inhumano, en su mayor parte, sin entender qué está diciendo: cuando él (solo en unos pocos casos habría que decir “ella”) hilvana supuestos muy artificiales en modelos matemáticos o asume la racionalidad del homo oeconomicus. Esto siempre es instrumental y por tanto ha de excluir del cálculo todo lo que no aparece en el radar del “hombre económico” o del “inversor”. Por tanto, queda exento de toda responsabilidad por el daño medioambiental causado por el afán de lucro que nutre las decisiones de inversión. “Los costes sociales y el quebranto medioambiental… pueden considerarse la principal contradicción dentro del sistema de empresa lucrativa”, escribe K. William Kapp, uno de los pocos economistas que han abordado la cuestión de las consecuencias medioambientales de la acumulación de capital privado.

En la teoría económica neoclásica, con su capital privado desbocado, el afán de acumulación y el recorte de los bienes comunes y de la regulación estatal, la externalización es un principio estructural, indispensable en la economía capitalista moderna. Los intentos de internalizar los “costes sociales”, por consiguiente, solo pueden materializarse si se pone en tela de juicio la racionalidad de la sociedad capitalista, es decir, si se cambia de sociedad. La externalización es por tanto una expresión (que los economistas no captan) de la descontextualización de la economía de mercado con respecto a la sociedad y la naturaleza, cosa que Marx criticaba, calificándola de fetichismo. Esto inhibe la comprensión que la ocupación del planeta con fines de valorización capitalista (habitualmente comercial), llamada “externalización”, es nada menos que la digestión de la naturaleza en el tracto metabólico insaciable y glotón de la economía y la sociedad.

3) Fue en la política económica keynesiana que siguió a la gran crisis económica global de la década de 1930 cuando se redescubrió el espacio y el tiempo, y por tanto categorías de la naturaleza, como elementos significativos para los economistas. Sin embargo, la comprensión fue extremadamente limitada, puesto que la principal preocupación consistía en detectar inestabilidades económicas que surgían a resultas de la incertidumbre de decisiones de inversión que tendrían efecto en el futuro. Una decisión se adopta en el presente sobre la base de certezas dadas que provienen de periodos que ya pertenecen al pasado. Las expectativas, en cambio, se basan en ingresos futuros. Por tanto, las inversiones siempre conllevan necesariamente un riesgo y pueden fracasar, pues el futuro es desconocido y las cosas pueden evolucionar de un modo muy diferente de lo previsto por la entidad económica que ha tomado la decisión. Esta entidad compara tipos de interés externos e internos, interés de mercado que puede regularse dentro de ciertos límites por parte del banco central, con la tasa de beneficio, que depende de la productividad y los costes laborales. Sin embargo, las decisiones se basan en cálculos privados, centrados en el beneficio.

4) A diferencia de la economía clásica, de la economía neoclásica o del keynesianismo y sus variantes, en la economía termodinámica la materia, la energía y sus transformaciones, es decir, las condiciones ecológicas de la producción, el consumo y la circulación, son categorías centrales. La economía termodinámica fue la respuesta que dan los economistas que están descontentos con las escuelas de pensamiento neoliberales y neoclásicas que olvidan la naturaleza. También respondía a la teoría de Marx, aunque sobre la base de una interpretación terriblemente truncada del análisis marxiano del modo de producción basado en el valor (y no, desde luego, en la materia).

Actualmente, la economía termodinámica o bioeconomía suele mencionarse en relación con el matemático y economista rumano Nicholas Goergescu-Roegen y su obra principal del año 1971. Las transformaciones materiales y energéticas tienen una importancia fundamental para el análisis económico y no deben excluirse del mismo, puesto que todas las transacciones económicas tienen lugar en el espacio y en el tiempo y una ciencia económica que no tenga en cuenta el tiempo físico y el espacio físico sería por tanto absurda, pues excluiría la posibilidad de comprender el carácter entrópico de todas las transformaciones económicas de la materia y la energía.

Con el tiempo aumenta la entropía, es decir, una vez utilizada, la energía no puede reutilizarse (algo parecido ocurre con el material). Disminuye la calidad del rendimiento del trabajo. Esto lo señala la economía termodinámica, que, en contraste con la economía neoclásica, permite discutir debidamente la externalización de los costes sociales generados en la economía privada, como se ha mencionado más arriba. Sin embargo, en la economía termodinámica se deja de lado el análisis de las formas sociales de la actividad económica. Ni siquiera entran dentro de su campo visual. Tampoco se reconoce suficientemente el significado de los agentes capitalistas que están detrás de las actuales transformaciones –desastrosas para el medio ambiente– de la materia y la energía ni cómo influyen en la ecología y la política medioambiental. Una vez más, el papel central de la categoría de la naturaleza dual del trabajo y su producto, la mercancía, se presenta como “pivote” de la economía política.

5) La economía política ha sido unilateral desde el comienzo. O bien todo lo que importa es el dinero, o bien todo se centra en la materia y la energía. La forma social específica del uso de la materia y la energía en el modo de producción capitalista y las cuestiones de por qué el dinero se transforma en capital y por qué el modo de producción revoluciona entonces todos los modos de vida, no aparecen en el radar de los teóricos de la economía de ninguna de las dos vertientes. Esta unilateralidad no se suprime de ninguna manera cuando se diversifica declarándola “economía plural” y se acentúa cuando se utilizan múltiples nombres, como economía plural, economía de los comunes, economía comunitaria y economía del poscrecimiento.

Así no se crea la ciencia que, desde Marx, se denomina “crítica de la economía política” y que nosotros, junto con Engels, podemos llamar “la ciencia del conjunto dialécticamente relacionado” o bien, como diríamos hoy, un enfoque holístico acorde con la teoría del caos. El pluralismo es bueno, pero no basta para captar las contradicciones y crisis de la dinámica social de las economías capitalistas y la “web of life” (Jason Moore) que regulan en el planeta Tierra. Hasta ahora, esta “red de vida” no se ha reconocido en toda su complejidad, y puede que no se pueda captar científicamente, y además comprende a muchos actores que todos desempeñan una función en el conflicto social y en las luchas de clases de la era ecológica. Hemos de reconocerlos lo antes posible para poder seguir siendo capaces de actuar. El espacio medioambiental de que disponemos no solo es limitado, como se ha constatado desde la década de 1990 con las conclusiones de los estudios sobre los límites del crecimiento. Quienes nos hallamos en la “esfera planetaria limitada” (por utilizar un término citado por Immanuel Kant) nos acercamos a los “límites planetarios” marcados por un grupo internacional de científicos encabezados por Johan Rockström en 2009. Ya hemos sobrepasado algunos de ellos. Estamos viviendo a salto de mata. La oferta es cada vez más escasa, pero la demanda sigue exigiendo a voz en grito, sobre todo por parte de los “great Americans”.

Las pruebas aportadas por los científicos, que no solo demuestran el carácter finito de los recursos, sino también el declive del planeta Tierra, a medida que este se convierte en un único gran vertedero o en un cementerio de residuos peligrosos, son tan obvias como aterradoras, máxime cuando se tienen en cuenta los agentes capitalistas analizados por Marx, y por tanto específicos de esta formación social: la producción de valor, que trata el trabajo, es decir, a los seres humanos, así como el mundo natural, sin ninguna consideración, y que debe imponerse cada vez en contra del interés capitalista de proteger a la naturaleza y a la humanidad. “¡Acumulad, acumulad! ¡Esto es Moisés y los profetas!” (Karl Marx, El Capital, Volumen 1): así se refiere Marx a la regla de oro del capitalismo. Hasta las normas de pureza más evidentes han de arrancarse al capital si esto restringe siquiera un poquito la creación de plusvalía a través del trabajo. El antagonismo existente entre materia y valor, trabajo asalariado y capital, naturaleza y sociedad, acumulación y crisis debe entenderse por tanto, sobre todo, como una contradicción económica y un conflicto social dentro del modo de producción capitalista antes de poder hablar razonablemente de economía del bien común, del poscrecimiento, etc. o de economía plural, que no quieren saber nada de las imposiciones del sistema.

En la economía neoliberal dominante, la situación es desesperada. Pero incluso la economía pluralista de la sostenibilidad cree en la reconciliación de los intereses del capital con el interés de la preservación de la naturaleza y los intereses de los trabajadores. Desde luego, los conflictos sociales no siempre se libren sobre el filo de un cuchillo; se producen negociaciones, los acuerdos son posibles e incluso perduran algún tiempo. Los Objetivos de Desarrollo Sosternible (ODS) ofrecen un rayo de esperanza y son una señal del surgimiento de un nuevo futuro de poscrecimiento sostenible.

Podemos ver algunas similitudes con los acontecimientos que tuvieron lugar durante los periodos de reformismo, cuando el movimiento obrero creía en la posibilidad de conciliar intereses de clase enfrentados. En los conflictos ecológicos también se están sentando las bases, de modo que las partes pueden avanzar algún día codo a codo hacia el acuerdo. Sin embargo, la manera en que puede lograrse la sostenibilidad socioecológica deseada y la forma que debería adoptar si no se pone coto al impulso acumulador del capital, es decir, si no se priva de poder a Moisés y los profetas, es un tema que todavía debe abordar la economía plural.

Marx y Engels escribieron en el Manifiesto Comunista que hasta ahora la historia ha sido una historia de lucha de clases. Este sigue siendo el caso. Sin embargo, en el futuro las luchas no solo se producirán en relación con los salarios, el rendimiento y la cantidad y calidad del empleo dentro de la sociedad capitalista existente, y/o con la conveniencia de cambiar este marco social, sino también en relación con las condiciones de vida y de trabajo en una sociedad en los límites de la capacidad del planeta. La organización de un imperialismo de saqueo, como el descrito por David Harvey (2005), o la externalización de cargas y la sobrecarga de la naturaleza a raíz de los cálculos racionales efectuados por “inversores”, descrita por Lessenich (2016), no son más que un vano intento desesperado de erigir una valla protectora que ya ha sido tumbada.

No hay otra opción que crear una sociedad económicamente eficiente y socialmente equilibrada, organizada democrática y ecológicamente de acuerdo con los principios de sostenibilidad. Muchos recibirán este mensaje con aprobación. Pero no proviene de la conciencia de las ventajas de una economía de poscrecimiento, porque esta no puede existir sin ir más allá del capitalismo. Como siempre ha ocurrido en la historia, es el resultado de las luchas de clases por un futuro digno de ser vivido, en el siglo XXI y más allá: esfuerzos políticos pragmáticos en pro de la configuración del conjunto dialéctico global con criterios de humanidad y ecología.

El Bosco y la agonía del feudalismo

por Allan Woods//

Poco se sabe de la vida del hombre que conocemos como El Bosco. Ni siquiera este nombre era el suyo, sino el seudónimo con el que firmaba sus obras. Su verdadero nombre era Jeroen Anthoniszoon van Aken, y nació hacia 1450 en la próspera ciudad comercial holandesa de Bolduque [‘s-Hertogenbosch, en holandés], cerca de la frontera alemana. Era una próspera ciudad de unos 25.000 habitantes y la producción de paños era su industria más importante. Pero también era conocida por sus organeros, campaneros, impresores, cuchilleros y herreros. Alrededor del 90 por ciento de la población vivía de la tierra Seguir leyendo El Bosco y la agonía del feudalismo

La relevancia contemporánea de Marx

por Claudio Katz//

Marx recupera interés. Su clarificación del funcionamiento del capitalismo contrasta con las simplificaciones neoclásicas y las ingenuidades heterodoxas. Indicó la lógica de la plusvalía que subyace en la agresión neoliberal y el tipo de superexplotación que prevalece en el trabajo precario. Esclareció el origen de la desigualdad y el sentido actual del beneficio. Seguir leyendo La relevancia contemporánea de Marx

La desigualdad a 150 años de “El capital” de Karl Marx

por Michael Roberts//

He escrito muchos posts sobre el nivel y los cambios en la desigualdad de la riqueza y los ingresos, tanto a nivel mundial como dentro de los países. Hay una amplia variedad de estudios empíricos que muestran la creciente desigualdad en los ingresos y la riqueza en la mayoría de las economías capitalistas en el siglo pasado. Seguir leyendo La desigualdad a 150 años de “El capital” de Karl Marx

Marx, Engels y el Romanticismo

 Por Michael Löwy

El tema sobre el cual me gustaría discutir con ustedes es el tema de la relación del pensamiento de Marx y Engels y del marxismo, de manera más amplia, con el romanticismo. Tengo que empezar explicando qué entiendo yo por romanticismo, porque si no, no queda claro por qué veo una relación muy importante, significativa, del pensamiento de Marx con el romanticismo.

Si uno abre un manual de historia de la literatura o del arte, se define como romanticismo a una escuela literaria de principios del siglo XIX en Francia, Alemania e Inglaterra. Esa me parece una visión muy estrecha. En realidad, el romanticismo es algo mucho más amplio, mucho más profundo, es una de las principales formas de la cultura moderna desde fines del siglo XVIII hasta hoy. Seguir leyendo Marx, Engels y el Romanticismo