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El análisis de Marx de las leyes del capital y la crisis bursátil

por Nick Beams

A lo largo de los años, uno de los ataques más persistentes contra Karl Marx por los sumos sacerdotes de la economía burguesa –los guardianes ideológicos del sistema de lucro— ha sido contra su argumento de que, en última instancia, el capitalismo depende del empobrecimiento de la clase trabajadora. Seguir leyendo El análisis de Marx de las leyes del capital y la crisis bursátil

Darwin, Marx y las dedicatorias de “El Capital”

por Salvador López Arnal //

Aquel que entienda al babuino contribuirá a la metafísica más queJohn Locke”.

Charles Darwin, cuaderno D, agosto de 1838.

Maestro, periodista, compañero y amigo de Marx, miembro del comité de correspondencia comunista de Bruselas entre 1846 y 1847 y de la oficina central de la Liga de los Comunistas, redactor de la Nueva Gaceta Renana entre 1848 y 1849, emigrado a Suiza en 1849 y a Inglaterra en 1851, Wilhelm Friedrich Wolf falleció en 1864. Tres años más tarde, su amigo le dedicaba el libro I de El Capital, la única parte que llegó a publicar en vida, con las siguientes palabras1: Seguir leyendo Darwin, Marx y las dedicatorias de “El Capital”

Rosa de Luxemburgo: en defensa de la nacionalidad

1.

¿Cómo se lleva a cabo el proceso de desnacionalización?

El Gobierno prusiano ha cometido un nuevo atentado contra el pueblo polaco. El ministro de cultura, Conrad von Studt, implantó un decreto que pedía que se eliminase de las escuelas de la ciudad de Poznan lo poco que quedaba del idioma polaco. Solo quedaba ya una clase de religión que se impartía en polaco, ¡que de ahora en adelante se impartirá en alemán! Nuestros hijos, que pasan la mitad del día en el colegio, deberían poder escuchar durante más tiempo el idioma de sus padres, de sus madres, de su pueblo. ¡La formación y el enriquecimiento mental que deberían adquirir en el colegio y que les sirve de por vida se les transmite en un idioma totalmente ajeno a ellos y que no entienden del todo! ¿No es increíble? Los colegios están para que los niños puedan aprender de los avances de la Ciencia y puedan crecer como individuos instruidos y con capacidad de razonar. Aquí es donde van convirtiéndose en ciudadanos de provecho para sí mismos y en un orgullo para su país. Sin embargo, en Poznan, el colegio no ayuda a la educación de los niños, sino que más bien pretende crear seres sin capacidad intelectual, hacerlos unos reales desconocedores de su propia nacionalidad y de su propia lengua, alejarlos de las raíces del conocimiento y de la civilización, y además, inculcarles de forma violenta la manera en la que los alemanes difunden su nacionalidad.

muerte Rosa Luxemburg

Rosa Luxemburg

Este no es el primer ataque que cometen las autoridades prusianas contra nuestro idioma y nuestra nacionalidad. Desde hace más de veinte años, el Gobierno ha ido exterminando poco a poco la lengua polaca de los colegios de Poznan, ha ido eliminando el componente polaco de los cargos políticos y de la vida pública, ha ido utilizando a miles de millones de personas para la “colonización”, es decir, para la “germanización” de nuestra región. Para ello, se dedicaron a traer aquí a Polonia ciudadanos alemanes – tanto campesinos como artesanos – con una obstinación y empeño que ya podrían haber utilizado para otra cosa mejor.

¿Qué pretenden con eso? ¡Claramente, buscan eliminar el idioma y la nacionalidad de los polacos en Prusia, que ellos mismos se olviden de sus orígenes, de la nacionalidad que los vio nacer, y ahora pretenden convertirlos en alemanes! Los niños olvidarán el idioma de sus padres y los nietos olvidarán que, antes, sus abuelos vivían en suelo polaco.

A una se le pone los pelos de punta cuando piensa en esto y se desespera terriblemente cuando ve que estas cosas tienen lugar todos los días desde hace décadas ante la mirada de toda Europa y de todo el mundo civilizado y que todos hacen caso omiso, nadie hace retroceder al poder germanizante; los hakatistas se ríen de nuestra debilidad y llevan a cabo con una mayor tranquilidad su labor de desarraigo de la identidad polaca ya que piensan que hacen la tarea más honorable y legítima del mundo. Es un crimen hablar en el idioma que se ha mamado en el seno materno y un delito pertenecer a la nación que te vio nacer.

Ya es hora de que el pueblo polaco se deshaga de su situación de tristeza y abandono, que se subleve, que se imponga y luche contra este proceso de germanización. ¿De qué manera hay que llevar a cabo la lucha? ¿Cuál es el camino para lograr la defensa de la nacionalidad polaca de manera efectiva? Todas estas son cuestiones sobre las que merece la pena reflexionar seriamente.

2.

¿Quién fue el responsable?

Ante todo tendríamos que preguntarnos: ¿quiénes son los verdaderos culpables de esta represión que están sufriendo los polacos en Prusia? ¿A quién tenemos que responsabilizar de este proceso violento de germanización? Normalmente decimos que la culpa es de los alemanes, que nos están reprimiendo. Eso es lo que al menos escriben siempre nuestros periódicos polacos de la provincia de Poznan. Sin embargo, ¿podríamos también culpar a todo el pueblo alemán, a esos cincuenta millones de personas? Eso sería una verdadera injusticia y, sobre todo, sería un gran error que sobre todo nosotros sufriríamos. Es absolutamente necesario que nos hagamos una idea de cuál es el motivo de nuestra represión si queremos ponernos realmente a defender con éxito nuestra nacionalidad que se ve amenazada.

Es evidente que el principal promotor de esta germanización es el Gobierno prusiano, que desde hace décadas está llevando a cabo una política basada en la represión contra el pueblo polaco. Los ministros de Cultura de Prusia han seguido aprobando decretos con los que se elimina de las escuelas el idioma polaco. Por otro lado, los ministros del Interior ordenan a la policía que se encargue de disolver las asambleas populares en la Alta Silesia y otras provincias. En Prusia, los presidentes y los jefes administrativos de la circunscripción deciden hacerles la vida imposible y agredir al pueblo polaco mediante múltiples métodos. Pero el Gobierno del Imperio alemán respalda al Gobierno prusiano. Su canciller es a la vez presidente del Gobierno de Prusia. Por tanto, siempre reina la más exquisita armonía entre el Gobierno prusiano y el alemán, especialmente cuando se trata de perseguir a los polacos.

Aunque dispongan de numerosos medios de control, las autoridades gubernamentales no tendrían ningún poder si el sector influyente de la sociedad alemana les opusiera resistencia. Ni el Gobierno alemán ni todavía menos los prusianos se atreverían a perseguir a los polacos con tanta tenacidad si este grupo de la sociedad se les enfrentara. Ningún Gobierno se prolonga mucho en el tiempo si toda la sociedad está rotundamente en contra de la política que está ejerciendo. Por lo tanto, la política de germanización de las autoridades gubernamentales debe buscar el respaldo de cierta parte del pueblo alemán, que de hecho ya lo tienen. Conocemos bien a los señores hakatistas, que ponen a la opinión pública en contra de los polacos, como si de un perro que persigue a una liebre se tratara. Por iniciativa propia, como tienen maldad en su interior, fundan asociaciones cuyo objetivo es el exterminio de la identidad polaca. Estos señores, que son los agitadores más enérgicos del proceso de germanización, pertenecen, la mayor parte de ellos, a la clase de los terratenientes y dueños de fábrica alemanes. También es cierto que solo una pequeña parte de los terratenientes y empresarios industriales colaboraba con la vergonzosa institución del hakatismo. Sin embargo, habría que preguntarse: ¿cómo actúa el sector más amplio ante el asalto del hakatismo y los decretos de la germanización impuestos por el Gobierno? ¿Se manifiestan? ¿Se sienten ofendidos? ¿Buscan impedir esta política? La mejor respuesta se da en la prensa alemana y en el comportamiento de los diferentes partidos del Reichstag alemán y del Landtag prusiano.

Rosa Luxemburg defiende la nacionalidad polacaEn la prensa y en ambos Parlamentos, casi todos los partidos alemanes o son francamente benévolos con el hakatismo o reaccionan con indiferencia ante la persecución que sufre el pueblo polaco. En el mejor de los casos, se molestan en refunfuñar entre dientes sobre estos hechos que crisparían a cualquier persona decente. Tanto el Partido Conservador como el Nacional Liberal, partidos de los latifundistas y potentados de la industria, están que rechinan con los polacos y celebran cualquier intento de germanización que lleve a cabo el Gobierno. La llamada Unión librepensadora, representante de las finanzas y los negocios, presentan una doble cara: por una parte, apoya en cierta medida el exterminio de la identidad polaca y por otro lado, para preservar su honor, ¡ya que se llaman a sí mismos librepensadores!, protesta contra el hakatismo de vez en cuando en cualquier periodicucho. El Gobierno, naturalmente, hace caso omiso de estas protestas, como si escuchara llover. Finalmente, el partido católico, el llamado Partido de Centro, al que se aferran los polacos de Prusia desde hace décadas como un borracho a una farola, tampoco hace mucho a favor de la defensa del pueblo polaco, solo escribe de vez en cuando en sus periódicos, algunos comentarios aparentemente malvados sobre este intento de germanización por parte del Gobierno y de los hakatistas. Si lo miramos bien, estos normalmente no son más que cobardes y el Gobierno se ríe de ellos a sus espaldas. ¡Si el Partido de Centro realmente defendiera de manera sincera a los polacos, encontrarían una manera de ayudarlos! Es el partido con más poder en el Parlamento. Cuenta con 107 diputados entre sus filas. No se puede aprobar ninguna ley importante en el Parlamento si este partido se opone. Eso ocurrió, por ejemplo, con el último Proyecto sobre el Refuerzo de la Flota, del que tanto dependía el Gobierno. Mientras que el Partido de Centro parecía oponerse y fingía que no estaba de acuerdo con este nuevo ataque contra el pobre pueblo polaco, les bastó que el proyecto gubernamental pendiera de un hilo y que los ministros se rindieran ante el Partido de Centro, para hacer todo lo posible para llegar a un acuerdo y calmar los ánimos de todos. Si el Partido de Centro hubiese afirmado que no iban a dar su aprobación al Proyecto de Refuerzo de la Flota hasta que el Gobierno prometiese formalmente dejar de perseguir a los polacos, el Gobierno habría tenido que darse por vencido y el partido católico habría demostrado que se preocupa realmente por la cuestión polaca.

Pero no solo ignoró de nuevo al pueblo polaco, sino que impuso otra condición más. Daría su consentimiento para la duplicación de la flota con la condición de que el Gobierno garantizase un aumento de los impuestos de aduana para el cereal y otros productos alimenticios. Por tanto, el Partido de Centro demostró también que a este partido “católico” no le preocupaba ni la libertad de conciencia ni la nacionalidad de tres millones de católicos polacos, sino que lo que le importaba era los intereses económicos de algunos latifundistas alemanes, a los que el encarecimiento de los productos agrícolas por el aumento de los precios aduaneros les traía grandes beneficios económicos. Sin embargo, el partido no tiene en cuenta que la inflación supone una gran desgracia para los miles de padres y madres pobres.

De hecho, ¿cómo se puede esperar que exista una posible amistad entre este partido y el pueblo polaco? ¿Cómo se puede esperar que defiendan sinceramente la identidad polaca oprimida si este partido, especialmente en Prusia, se compone en su mayor medida de latifundistas y de los llamados “barones del carbón”, que provienen de la nobleza y potentados industriales, de partidos como el Conservador y el Nacional Liberal? Sería absurdo esperar que la nobleza alemana y los potentados industriales defendieran al pueblo polaco oprimido. Como ya se sabe, la mayoría de los diputados del Partido de Centro se eligen en la Alta Silesia, Renania y en Westfalia, es decir, en todas aquellas regiones donde se encuentran las grandes minas de carbón y plantas siderúrgicas. Estos aristócratas “católicos” ganan millones gracias a las minas pero, ¿quiénes son los que trabajan día y noche, en condiciones precarias sin luz ni ventilación, para multiplicar el oro que luego los aristócratas de los partidos de centro reciben? ¡Pues el pobre pueblo polaco! En la Alta Silesia trabajan como mulas cientos de miles de obreros metalúrgicos y mineros polacos para darles los beneficios a los señores de las familias Ballestrem o Donnersmarck entre muchas otras. En Westfalia y en Renania, miles de ciudadanos polacos viven en condiciones de miseria, soportando el yugo del trabajo en minas y en fábricas metalúrgicas.

Los aristócratas católicos acumulan millones gracias al trabajo, a la miseria y a la discriminación del pueblo polaco y al pobre minero solo le dan un mísero sueldo con el que alimentarse, teniendo este que soportar una pobreza y suciedad horribles, peor que las vacas y los cerdos en establos. ¿Cómo podemos esperar que estos católicos miren por el bien del pueblo polaco oprimido cuando ellos mismos viven de la injusticia que cometen contra este pueblo? ¿Cómo van a asegurarse estos aristócratas de que los niños polacos puedan rezar en su propia lengua si incluso mantienen a los polacos en tal miseria que estos no tienen ni un trozo de pan que darles a sus hijos ni un pedazo de tela con la que vestirlos?

La esperanza que tienen los polacos en la ayuda por parte del Partido de Centro proviene de tiempo atrás cuando Bismarck perseguía al catolicismo desesperadamente en el Imperio alemán, y por tanto, los católicos se veían obligados a agruparse para defender sus ideas. Durante la llamada Kulturkampf hace unos 10 o 15 años, el Partido de Centro no era tan popular como lo es hoy y no ejercía tanta influencia en el Parlamento como los nacional liberales, es decir, los capitalistas protestantes. La persecución de Bismarck unió en el seno del Partido de Centro a católicos de varias clases sociales: tanto magnates de Silesia y de la alta Silesia, artesanos de la zona del Rin, agricultores de Baviera, y también una parte de la clase trabajadora. Por tanto, el partido católico se convirtió, en cierto modo, en representante de la clase trabajadora y, bajo la presión de esta, se constituyó como una institución progresista y democrática.

En aquel entonces, el partido católico también se oponía al Gobierno, a la opresión del pueblo mediante el establecimiento de altos impuestos, aduanas y el reclutamiento para el servicio militar, y también contra todo tipo de ataque a la libertad de conciencia, lengua, y nacionalidad. En aquel entonces, el Partido de Centro también defendió con más ahínco la cuestión polaca pues, como solemos decir, la mejor manera de entender la situación del prójimo es cuando uno se pone en la piel del otro. Cuando los alemanes católicos experimentaron en su propia piel lo que suponía la persecución, la represión y la injusticia por parte del Gobierno, se compadecieron también con la opresión que sufrían los polacos.

Sin embargo, los tiempos han cambiado y ahora a la Kulturkampf, junto a Bismarck, su iniciador, se los ha llevado el diablo. El Gobierno comprendió que mediante la persecución a los católicos solo conseguía unirlos más, hacerlos más fuertes y conseguir su enemistad. Hoy día, el partido católico, como dijimos anteriormente, es el más fuerte dentro del Parlamento, y por lo tanto el Gobierno tiene que bailarle el agua. Ya se ha acabado la persecución contra el catolicismo y los periódicos incluso rumorean que pronto se va a autorizar la vuelta de los jesuitas a Alemania. Pero, ¡cómo ha cambiado el partido católico ante estas circunstancias! Cuando terminó la opresión contra el catolicismo y por tanto ya no dolía la piel de uno, terminaron también de interesarles al partido las injusticias que sufrían los demás. En ese desorden de clases y niveles sociales que el partido católico representa, los magnates y potentados industriales, que en resumidas cuentas son parásitos y reaccionarios, están asumiendo el poder. También toda la política de centro toma otra forma. Han desaparecido la compasión y la preocupación por el pobre pueblo trabajador, ya nadie se preocupa por los polacos. Hoy día el partido católico defiende en el Parlamento la subida de los precios de aduana, que se traduce en un encarecimiento de los productos alimenticios. Establece también nuevos impuestos para el pueblo, vota a favor del aumento del ejército y de la flota en la “madre patria alemana”. A los polacos casi los han olvidado y les ponen de vez en cuando buena cara para poder llevarlos atados corto y que los diputados polacos del Parlamento hagan caso a las órdenes del Partido de Centro, como sucedía antes. Ahora el Partido de Centro ya no defiende tanto al catolicismo, ya es como un cartel despintado, una frase vacía. Finalmente ha salido a la luz que un partido que se compone de magnates, aristócratas y potentados industriales no puede ser el defensor de los oprimidos y de los pobres. Antes, el Partido de Centro era enemigo del Gobierno alemán y amigo del pueblo. Hoy, es el enemigo del pueblo y amigo del Gobierno. Nuestros ciudadanos polacos deberían entender esto de una vez y, dejando atrás el pasado, deberían dejar de aferrarse al partido católico.

No vamos a encontrar protección en ninguno de estos partidos alemanes. Todas las clases sociales del pueblo alemán son responsables de la persecución. Si el Gobierno alemán o los ministros prusianos deciden directamente perseguir al pueblo polaco y la gentuza de los hakatistas se atreve a atacarnos, la responsabilidad recae en todo el pueblo alemán que apoya directa o indirectamente la opresión de la germanización pues o bien dieron su aprobación, no se manifestaron al respecto o bien defendieron la identidad polaca de manera poco sincera.

Son culpables, por tanto, de que el Gobierno se atreva a tratar a tres millones de personas como ciudadanos de segunda clase, a los que se les prohíbe hasta hablar en su propio idioma o rezarle a su Dios a su propia manera. Se unieron contra el pueblo polaco tanto el Gobierno alemán como la nobleza, los magnates, los dueños de fábricas, los banqueros y los propietarios de las minas de carbón, en definitiva, toda esta clase de ricos y acomodados, que viven a costa de la mano de obra externa y la explotación del pueblo pobre. Tanto los protestantes como los católicos o los judíos son todos iguales con nosotros, al igual que el Gobierno prusiano que nos desnacionaliza.

Esto tampoco nos asombra. Algunos como los nobles, empresarios industriales y capitalistas solo ven un objetivo en la política que es el beneficio económico. Su ídolo es el becerro de oro y su religión se basa en la explotación. Todos los lemas y frases hechas que proclaman los diferentes partidos, como “patriotismo”, “religión católica”, “liberalismo”, “antisemitismo”, “progreso”, son tapaderas de diferentes colores y formas que esconden detrás de sí un único objetivo: codicia y ansias de enriquecimiento. Si en Prusia los conservadores y los librepensadores son tan patriotas con Alemania y quieren transformar a los polacos en alemanes de forma violenta, esto solo es porque el negocio de la germanización tiene un claro beneficio. ¿No es beneficioso para la burguesía alemana que miles de sus hijitos se coloquen en puestos de trabajo en la provincia de Poznan como funcionarios del estado, profesores, escritorzuelos de periódicos, comerciantes y artesanos y que por fin puedan alimentar a una parte de sus campesinos con suelo polaco? Todo esto se perdería, y se tendría que quedar en manos polacas si no se hubieran inventado la necesidad de germanizar a los polacos. Así que ¡que viva la madre patria alemana!, que de nuevo ha servido de vaca lechera de la que sacar provecho. ¡A por los polacos!

Cuando el patriotismo alemán no les compensa, los prusianos conservadores giran como veletas. Por ejemplo, se sabe que los peones alemanes están huyendo en tropel de Prusia hacia el oeste, a las ciudades industriales, porque no quieren soportar más el hambre y el maltrato de los prusianos. Pero los pobres agricultores polacos, del otro lado de la frontera, del Reino de Polonia, están de acuerdo con todo, son ignorantes y por tanto mansos como corderos.

Y estos mismos magnates alemanes, que en Prusia quieren eliminar todo rastro de la identidad polaca y que tienen el patriotismo en la boca a cada instante dejan venir a miles de peones polacos del Reino de Polonia porque son mano de obra más barata y más fáciles de manejar: son más fáciles de engañar y no se enfadan si se les da con el látigo. Cuando les conviene el exterminio de la población polaca, entonces proclaman ¡que viva el hakatismo! Pero cuando la difusión de la identidad polaca es imprescindible para mantener la finca l economía, ¡que sean bienvenidos todos los peones polacos fáciles de manejar! Siempre y cuando fluya el dinero…

Ya mencionamos anteriormente que el Partido de Centro, los católicos alemanes que proclaman a boca llena la defensa de la religión y de la amistad con el pueblo polaco, se ha enriquecido al mismo tiempo a costa del trabajo de los mineros y obreros metalúrgicos polacos católicos en la Alta Silesia. El beneficio es su único credo, mientras que la justicia, la defensa de los oprimidos, la libertad de expresión y de conciencia son solo lemas que dar a conocer o pisotear, según lo que el negocio requiera.

Así es la alta clase dirigente de la sociedad alemana. No es mejor o peor que en otros países solo que hoy día no existe en ningún otro país gente tan ingenua como aquí en Poznan, que esperan de esta clase social protección para los oprimidos y los débiles, que esperan que los lobos protejan a los corderos (como si el lobo le fuera a prestar ayuda al cordero.)

3.

Nuestros aliados

En el pueblo alemán, solo hay un partido que se nos ha unido y que no solo alzan la voz sino que también levantan el puño tanto contra la germanización como contra cualquier tipo de injusticia. Este partido es la Socialdemocracia, el partido de los obreros alemanes.

Este partido no saca ningún beneficio para sí mismo de la persecución de los polacos, como sí ocurría con las clases más altas de la sociedad alemana, que nos perseguían porque esto les daba poder y buenos puestos. El obrero alemán, al igual como nuestros obreros o artesanos polacos, nunca vive de la injusticia que les causa a otros, sino que viven de su propio trabajo duro y sincero. No es el opresor de nadie, sino que – ciertamente – es él el oprimido y, por lo tanto, siente y entiende también nuestra opresión porque él mismo ha sido el dominado. Nosotros los polacos hemos sido torturados por el Gobierno alemán y por los partidos de los que hemos previamente hablado.

Por lo tanto, así como en los últimos veinte años se ha decretado una ley tras otra contra los polacos, el Gobierno alemán ha llevado a cabo desde hace décadas una cacería contra los obreros alemanes. Desde el momento en el que estos empezaron a levantar la cabeza, a construirse a sí mismos y a perseguir la injusticia y la explotación. Sí, contra nosotros también luchan, sobre todo por la vía administrativa, sin embargo al pueblo obrero alemán se lo declaró fuera de la ley hace 22 años, cuando en el 1878 entró en vigor la llamada Ley de Excepción contra los Socialistas.

Aunque supuestamente la Constitución alemana garantice a toda la ciudadanía alemana igualdad ante la ley, libertad de prensa, de expresión, de conciencia y asociación, los obreros socialistas no tenían permiso para publicar periódicos que tuvieran como fin su propia educación, ni podían constituir asambleas o instituciones para hablar de sus asuntos pues todo esto podía suponer una pena de cárcel. Esta privación de derechos duró once años. En este tiempo miles de ellos se consumían entre los muros de la cárcel y cientos tenían que dejar su país, su patria, para protegerse de las persecuciones. Tenían que abandonar a sus mujeres y a sus hijos al hambre y a la miseria. Mientras tanto, se dedicaban a buscar en otros países un techo acogedor, libertad civil e igualdad ante la ley.

¿Quién fue el mayor culpable de las persecuciones? El propio Bismarck, que comenzó el exterminio del pueblo polaco a través de la creación de un fondo para la colonización alemana , y a través de un proceso de germanización en las escuelas de Poznan. También eran culpables los propios nobles y propietarios de fábrica alemanes que apoyaban de manera directa o indirecta al hakatismo. ¿Y quién ha traicionado finalmente al pueblo obrero alemán? El Partido de Centro católico que dejó caer en el olvido la cuestión polaca, que se ha convertido en un luchador de la igualdad burguesa y que apoya al Gobierno en su represión.

El pueblo obrero alemán tiene también muchos enemigos en su propio territorio, sufre de su propia represión, por lo que es nuestro aliado natural, nuestro amigo. El Partido Socialdemócrata no hace ninguna distinción entre lengua y creencias. Todos los oprimidos y desafortunados son sus hermanos. Persigue cada una de las injusticias e intenta erradicarlas. Es el único partido que protege al pueblo de la nobleza y de los capitalistas. Además, es el protector de las naciones oprimidas ante sus perseguidores.

En los periódicos polacos se escriben cada cierto tiempo cosas absurdas sobre la socialdemocracia. La critican porque supone un gran peligro –todavía más terrible que los hakatistas– ya que supuestamente imponen la anarquía, pretenden poner el mundo entero patas arriba, quieren suprimir la religión, introducir la inmoralidad general entre las mujeres, dividir el patrimonio del estado entre todos ellos, etc. Todo es una palabrería ridícula. Aquellos que difunden esto, son necios o infames mentirosos que intentan confundir al pueblo con falsas apariencias.

Los socialistas no piensan que haya que poner el mundo patas arriba, simplemente porque ya está patas arriba. Millones de ciudadanos del pueblo llano trabajan de noche y de día con el sudor de su frente – tanto en el campo como en talleres, fábricas o minas de carbón – y encima no tienen casi ni un trozo de pan que llevarse a la boca ni un mísero rincón donde vivir, ¿no se está haciendo entonces todo lo contrario a lo que se debería hacer? Los nobles y dueños de fábricas, por el contrario, que no han sabido lo que es el trabajo en toda su vida, se meten el beneficio en sus bolsillos, se pasean en coches de caballo, beben champán y viven en palacios.

Ahora los socialistas quieren reestablecer de nuevo la igualdad e introducir un nuevo reglamento para que todos los que trabajen honestamente reciban para ellos y para sus familias un ingreso suficiente. Los holgazanes en cambio, que se benefician del trabajo de los otros, no recibirán nada.

Del mismo modo, son muy graciosos los que dicen que los socialistas quieren acabar con la vida familiar y que quieren introducir una inmoralidad general. ¿No está ya destrozada la vida familiar de millones de familias trabajadoras, de manera que la mujer y madre tiene que ganar dinero y, por tanto, no tiene tiempo para cuidar de los niños y a veces no sabe de dónde va a sacar el dinero para alimentarlos y vestirlos? ¿No está pasando ya que cientos de pobres costureras de Poznan están viéndose forzadas a dedicarse a la prostitución por falta de recursos? ¿Y de quién es la culpa de esto? No de los socialistas, desde luego. Es de los dueños de las fábricas y los confeccionistas que no les pagan a las pobres chicas lo suficiente –que de hecho ni siquiera les alcanza para vivir– por estar todo el día delante de una aguja. Ciertamente los socialistas quieren acabar con esta explotación de inmediato y pretenden asegurarle a cada mujer un salario digno para que no tengan que llegar a la prostitución.

Finalmente, dicen que otro objetivo de los socialistas es la supresión de la religión. Quien se crea ese cuento, debe ser bastante necio, pues nadie elimina la religión como Bismarck o este tipo de gente que declararon junto con él, la guerra a los católicos. Los socialistas, en cambio, eran, por esta y por otras injusticias, los enemigos a muerte de Bismarck y de sus compinches y siempre y en todas las partes proclamaban: Cada uno se aferra a las creencias y a las convicciones que considera correctas y nadie tiene la razón absoluta, ni tiene el derecho de violar la concienciade los otros. La mejor prueba de como los socialistas defienden la libertad de religión y las creencias de cada uno sea cual sea, es que la Socialdemocracia en el Parlamento vota siempre a favor de la vuelta de los jesuitas a Alemania.

Del mismo modo, la Socialdemocracia aboga como primero y hasta ahora único partido por nuestra nacionalidad, que se ha visto perseguida, como nunca antes había sucedido. Inmediatamente después del último ataque del ministro [de Cultura] Studt, los socialdemócratas fueron los primeros que convocaron una gran asamblea popular en la sala Lambertsaal (Poznan) el 15 de agosto de 1900 para protestar contra este nuevo proceso de germanización. La burguesía polaca, avergonzada por esa energía de los socialistas, convocó a duras penas una asamblea propia para el 8 de septiembre.

La Socialdemocracia alemana también se preocupó por el asunto de la cuestión polaca en el seno del congreso del partido que tuvo lugar en Mainz en septiembre de 1900. Mostró su indignación sobre la manera de actuar del Gobierno y aprobó por unanimidad la siguiente propuesta que los delegados desde Polonia habían pedido:

La convención del partido encarga al grupo parlamentario sacar a colación la nueva medida que ha llevado el Gobierno prusiano al Parlamento sobre el uso del idioma polaco en las escuelas de la provincia de Poznan y sobre todo, luchar con todas las fuerzas contra el trato que reciben los polacos como ciudadanos de segunda clase.

De todos los partidos políticos, la Socialdemocracia es el primero y hasta ahora el único que ha decidido criticar duramente en el Parlamento al sistema de Gobierno del hakatismo y exigir un ajuste de cuenta a sus dirigentes.

Este partido es el único de la sociedad alemana que nos apoya y con el podemos contar con su ayuda y su amistad. Y no es precisamente una ayuda pequeña, pues los socialdemócratas cuentan con 56 en el Parlamento y son el partido más fuerte del estado. La última vez obtuvieron 2 ¼ millones de los votos. Este partido ha crecido como la espuma en el último año. Todos los explotados, oprimidos y desfavorecidos se arremolinaron en torno a él mientras que el Gobierno, la nobleza y los capitalistas miraban horrorizados el poder creciente del pueblo trabajador. El pueblo trabajador polaco también debe recurrir a este partido. Solo de él se puede esperar ayuda fraternal y protección contra la violencia que está ejerciendo el Gobierno alemán.

4.

La nobleza, la burguesía y el pueblo llano en Poznan

Los socialdemócratas fueron los primeros en defender en Poznan la enseñanza de la religión impartida en polaco, que el señor Studt había eliminado, y los primeros en llamar al pueblo a una gran asamblea e incitarlos a una lucha defensiva. ¿Qué hicieron al respecto los otros partidos de nuestra sociedad? La élite nacional, es decir la nobleza y los terratenientes, ni siquiera se pronunciaron. Ellos, que son considerados siempre y en todo lugar los líderes y la cabeza de la nación, los supuestos defensores de los intereses nacionales que anuncian por todos lados su patriotismo, ¿dónde estaban ellos antes y dónde están ahora cuando hay que defender al pueblo y su lengua materna? Simplemente, no están. Cuando se trata de conseguir escaños en el Parlamento estatal o en el Parlamento regional, a todas familias de la nobleza como los Kwilecki, Chlapowski, Czartoryski, Radziwill y Koscielski les viene de perlas estar allí, pronunciando discursos “patrióticos” y “burgueses”. ¡Cuando se trata de las labores de representación en la capital berlinesa, eso sí que pueden soportarlo! Pero, ¿dónde dejan estos señores sus valores de “conciencia cívica” y “patriotismo” cuando, elegidos por el pueblo, se sientan en sus butacas de diputados en el Parlamento? ¿Qué beneficio han aportado ellos hasta ahora al pueblo polaco con sus actividades parlamentarias? Nada de nada. Los diputados polacos se sientan tanto en el Parlamento alemán como en el regional como si fueran momias egipcias. No han sido capaces ni de conseguir poder ni de ejercer influencia ni de ganarse una reputación. Mientras los diputados de varios partidos luchan encarnizadamente durante todo el año en el Parlamento por las cuestiones vitales del pueblo, por las leyes de protección de los peones y por los derechos de aduana de la carne y el cereal, los diputados polacos no hacen ni dicen absolutamente nada. Cuando se trata de defender al pueblo de los impuestos, de la inflación y de la opresión del Gobierno, entonces a nuestras queridas familias Czarlinski, Radziwill y Kwilecki se les come la lengua el gato. Una vez al año, dicen alguna que otra cosa contra el proceso de germanización, pero lo hacen sin fuerza y sin ganas, así que los ministros ni siquiera dirijen la atención hacia ellos. Sin embargo, los diputados socialdemócratas adoptan una actitud totalmente diferente en lo que respecta a la defensa del pueblo polaco, aunque hasta ahora no haya ningún polaco entre ellos. Gracias a su influencia, consiguieron, en aquel entonces, que todo aquel que declare en juicio y que no sepa hablar suficiente alemán, tenga que ser asistido por un intérprete del estado. Una vez al año, además, le reprochan al Gobierno que los niños de la Alta Silesia no tienen escuelas.

Sin embargo, eso no es todo. El gran patriotismo hipócrita de estos ilustres diputados parlamentarios se manifiesta, en primer lugar, cuando votan a favor del aumento del ejército y la marina. Nuestros diputados polacos votaron en 1893 a favor del fortalecimiento del ejército alemán, de las fuerzas armadas del mismo Gobierno, con las que torturaban al pueblo polaco, y a favor también del endurecimiento del lazo que estrangulaba al pueblo polaco. Teniendo esto en cuenta, ¿no debe burlase el Gobierno del grito patriótico de los diputados polacos? ¿No es evidente que, hasta el día de hoy, el pueblo polaco siga enviando a sus enemigos al Parlamento como representantes y no a sus protectores? Incluso en el último aumento de la flota alemana este año, que no tenía otro objetivo que someter y presionar a los chinos, como hacen con nosotros. Incluso aquí, apenas la mitad de nuestros diputados se animaron a votar contra la ley del Gobierno. ¡La otra mitad de estos “polacos” desaparecieron del Parlamento, como suele sucederles a los hombres valientes, y se escondieron en ratoneras, pues así no tendrían que votar en contra del Gobierno, [Dios no lo quiera]!

¿Quién podría haber esperado otra cosa viniendo de ellos? Los diputados polacos son altos magnates, nobles, sobre los que el pueblo ya ha cantado una canción hace cientos de años: “Gloria a vosotros, príncipes, prelados, por nuestra esclavitud y nuestras cadenas. Gloria a vosotros, condes, príncipes y canallas, por manchar a nuestro país con sangre de hermanos” Al igual que la patria para ellos solo era un beneficio personal y el pueblo solo era un banquillo en el que poner los pies para escalar a posiciones más altas, así mismo se comporta hoy día. Casi todos son propietarios de grandes haciendas y viven del esfuerzo de los peones polacos como hacen los terratenientes alemanes. Casi todos alimentan a sus “hermanos, los pobres campesinos” peor que a los cerdos, como es el caso de los magnates alemanes. Su objetivo principal es vender a buen precio el cereal, el ganado y el aguardiente que ellos destilan. Por tanto, reclaman altos impuestos aduaneros incluso si esto hace que la población sufra por la inflación y el alcoholismo. En el fondo, ellos pertenecen exactamente a la misma clase de gente que la nobleza y los capitalistas alemanes. Se sirven los unos otros. Aunque los alemanes favorezcan a los hakatistas y los polacos supuestamente defiendan su identidad, el vínculo de la avaricia común es más fuerte que el de la unión por el odio nacional.

Al igual que los alemanes, el principal interés de los terratenientes y fabricantes polacos en la “patria alemana” es explotar al pueblo trabajador. Dios los cría y ellos solos se juntan. Eso es lo que ocurre con nuestros diputados, que están en el Parlamento para supuestamente defender al pueblo polaco de nuestros peores enemigos, el Gobierno y los señores de la clase alemana pudiente. Por tanto, ¿es una sorpresa que el hakatismo se haga cada vez más fuerte y que el pueblo polaco sufra derrota tras derrota?

El llamado Partido Popular Alemán, es decir, el de nuestra burguesía, tampoco ha hecho mucho para proteger al pueblo polaco. Este partido está activo en la provincia de Poznan desde hace ya bastantes años. Controla varios periódicos, puede convocar asambleas públicas porque los propietarios del lugar no lo rechazan como hacen con los socialistas. ¿Y cuáles son los resultados? Pues que estos aristócratas se sientan en el Parlamento e ignoran las protestas sociales del pueblo. Mientras que el hakatismo avanza a pasos agigantados, el pueblo polaco se sume en su propia pobreza e ignorancia, como pasaba antes.

El Partido Popular podría tener buena voluntad pero ¡qué incompetentes son! Son un verdadero caos. Tienen una mentalidad política realmente atrasada. La mejor imagen que este partido dio fue gracias a su comportamiento después del último ataque del ministro Studt. En su torpeza, aplazaron cualquier movimiento de protesta hasta que los socialdemócratas se les adelantaron y convocaron por primera vezasamblea popular en Poznan. Avergonzados por este ejemplo, se animaron finalmente a convocar una asamblea pero ¿qué a punto común llegaron en esta? En lugar de criticar el torpe comportamiento de los diputados polacos en el Parlamento, en vez de denunciar al partido de los católicos por su hipocresía en lo que respecta a la defensa de la identidad polaca, en vez de desenmascarar la verdadera naturaleza del Gobierno y de sus aliados y llamar al pueblo a una lucha encarnizada contra ellos, la asamblea envió una petición llorándole al arzobispo para que protegiera a nuestros hijos y defendiera las clases de religión en las escuelas. La verdadera sabiduría de este “Partido Popular” es aferrarse con ambas manos a la sotana sacerdotal. Todo se hace con el sacerdote y a través de él: esa es la antigua política que la aristocracia implantó en la antigua República polaca hasta que la misma los llevó a la ruina.

Lo que mejor demuestra la torpeza y la mentalidad atrasada del Partido Popular es que fingen luchar contra la aristocracia y fingen animar al pueblo para que desarrollen su propia vida política mientras que siguen llevando a cabo, punto por punto, políticas clericales, al igual que hace la nobleza.

Y con razón este partido se llama a sí mismo Partido Popular, aunque en realidad no le importa mucho el bienestar del pueblo, de la gente trabajadora, los artesanos, obreros y peones polacos. Este partido no quiere abrirle los ojos a la gente y enseñarles a sus verdaderos enemigos: la explotación capitalista, el poder de la aristocracia y la parcialidad del Gobierno. Cuando hace ya varios años, los trabajadores y artesanos de Poznan comenzaron a organizarse en agrupaciones profesionales para luchar contra el Capital, por un salario mejor y una vida mejor para sus mujeres e hijos, entonces el “Partido Popular” puso mala cara y buscó la manera, a través de sus periódicos propios, de disuadirlos de estos planes. Los miembros de este partido inventan todo lo que pueden sobre los opresores alemanes, sin embargo no les gusta escuchar verdades amargas sobre los opresores y explotadores polacos. Tienen miedo de que el pueblo pueda ser más inteligente y quieren, por tanto, tenerlos atados con la ayuda de los curas. Pero de esta manera toda la defensa de la identidad polaca se torna totalmente ineficaz porque, si se tiene que poner fin a la lucha contra el hakatismo mediante la distribución de pequeños calendarios y mediante delegados del arzobispado, a nuestra nación le aguarda un futuro muy negro. Al fin y al cabo, ni el clero ni nuestra burguesía están interesados en la defensa del pueblo polaco ante la germanización, sino más bien en la defensa de los dueños de fábrica polacos, los maestros de los gremios artesanos y los terratenientes ante las justas demandas de los trabajadores desheredados. No están por la labor de frenar la ignorancia de los hakatistas, sino que más bien pretenden hacer retroceder las luces del Socialismo. Es interesante y significativo que el arzobispo, en su larga respuesta a los delegados y a la “humilde petición” de la asamblea burguesa del 8 de septiembre, hablara tanto sobre la defensa de la religión pero no dijera ni una palabra sobre la defensa de la lengua polaca que, como si no tuviera nada que ver una cosa con la otra. Advirtió a los delegados que hay que “resistir a la tentación”: “Con las palabras del redentor, me dirijo a vosotros, despertad y orad para que no caigáis en la tentación pues el enemigo de nuestras almas quiere servirse del arrebato y del dolor. El enemigo trata de seduciros y engañaros para revolucionar el orden social y divino” (revista Goniec Wielkopolski, Nº. 207)

Rosa Luxemburg caía asesinada en Berlín

Este es su primer lema ante la inminente avalancha del hakatismo – estar en alerta y tener miedo a la Socialdemocracia, que es el único partido que defiende sinceramente al pueblo polaco y es un irreconciliable enemigo del Gobierno y del hakatismo. Esto muestra lo que vale el patriotismo de este “Partido Popular”. Vemos ahora claramente que no podemos esperar apoyo eficaz contra la germanización ni de la nobleza polaca ni de sus diputados parlamentarios, ni del partido burgués, el Partido Popular, ni de los curas. Nuestra burguesía se esfuerza, tanto como la nobleza, en tratar de convencer al pueblo trabajador de que la opresión contra el pueblo polaco es nuestra desgracia particular, que los germanizadores son nuestros únicos enemigos y que la batalla contra el hakatismo es nuestra única tarea política. Entretanto, los artesanos, trabajadores y peones polacos sufren otras miles de discriminaciones y les atormentan otras miles de preocupaciones.

El Capital explota a los artesanos y agricultores. El obrero está explotado por la nobleza y los terratenientes. Toda la población trabajadora está arruinada por las altas tasas aduaneras de alimentos impuestas por el Gobierno y por la inflación que se deriva de estos aranceles. Este Gobierno nos empobrece a través de los impuestos, nos oprime a través del reclutamiento para el servicio militar obligatorio y comete injusticias contra nosotros como cuando por ejemplo se niega a dar dinero público para los colegios o para el bienestar del pueblo y se lo gasta, sin embargo, en cañones y barcos de guerra. Este es nuestro mayor sufrimiento, estos son nuestros mayores enemigos: la explotación por parte de los capitalistas, de los aristócratas y de un Gobierno que está totalmente al servicio de estos y que le ordena al pueblo de solo “pagar impuestos, prestar servicio militar y, encima, cerrar el pico.”

Como hemos dicho, en esta explotación y esta política participa nuestra burguesía y terratenientes polacos, que tienen tanta culpa como los alemanes. Entonces, ¿el fabricante o el terrateniente polaco le paga mejor y trata mejor al trabajador polaco que un fabricante alemán? ¿El confeccionista polaco explota a los artesanos polacos o las costureras polacas menos que un confeccionista alemán? Son tan idénticos como dos gotas de agua. Da igual que su apellido termine con berg o ski. No existe entre ellos la más mínima diferencia con respecto a la relación que mantienen con los trabajadores polacos.

Por tanto, la burguesía compite con la nobleza para tratar de convencernos de que nada nos oprime excepto la germanización, que no tenemos otros enemigos que los hakatistas. Esto no es otra cosa que una maniobra, una política para cegar al pueblo trabajador con falsas apariencias, desviar su atención sobre el enemigo alemán y apartarlos del enemigo que tiene en su propia casa. Estos líderes quieren que la gente solo se preocupe por su idioma y por la fe católica, pero no porque su estómago esté vacío. Quieren que piensen que solo luchan contra los hakatistas y no contra la explotación de sus propios parásitos, contra la opresión en el marco político, y contra opresión aduanera y militar del Gobierno.

Por eso tenemos que considerar el patriotismo de las capas más altas de la sociedad polaca como un infame engaño al pueblo. No tenemos que ir tras los latifundistas y burgueses sino contra ellos. No tenemos que proteger nuestra nacionalidad en comunidad con ellos, sino luchar para defender nuestro bienestar y nuestra lengua materna contra ellos. El pueblo polaco solo cuenta con él mismo y con los únicos cuya desgracia se le parece: el pueblo obrero alemán. Que el artesano, el obrero, el minero polaco se lancen a la lucha, que unan sus esfuerzos con los esfuerzos de sus compañeros de desgracias, y de esta manera, el Gobierno alemán y los hakatistas tendrán que reconocer su fuerza. El pueblo obrero polaco debe situarse bajo el lema de la Socialdemocracia, que es el único refugio de la justicia y de la libertad. Aquí encuentra la protección de su bienestar, de la vida familiar, de los derechos civiles y de su lengua materna.

El terrateniente, el fabricante, el capitalista, tanto si es alemán como polaco, es nuestro enemigo. Sin embargo, el obrero alemán es nuestro aliado, que bajo la explotación capitalista y la opresión de la clase dominante, sufre como nosotros. Tomando como ejemplo al pueblo obrero alemán, ahora nuestro pueblo polaco debe también retomar la lucha por su vida física y mental. A este efecto, deben organizarse, afiliarse a los sindicatos, para así juntos hacer frente a los capitalistas. Deben leer periódicos y folletos del movimiento obrero para formarse y comprender sus necesidades y deberes.

Pero sobre todo, el pueblo trabajador solo debería votar en las elecciones al Parlamento a sus propios candidatos trabajadores del Partido Socialdemócrata para que así no se siente en el Parlamento ningún enemigo más del pueblo que venga de Poznan, de Prusia Occidental, Masuria o Alta Silesia, ningún parásito aristócrata o inútiles burgueses. ¡Por la unión con el pueblo trabajador alemán contra la explotación por las clases dirigentes de Alemania y Polonia y contra la opresión por el Gobierno! Ese es nuestro lema.

2018: el mundo al revés

por Alan Woods //

Donald Trump dio la bienvenida al Año Nuevo a su manera inimitable: rodeado por su clan social y político en los alrededores opulentos de su exclusivo club Mar-a-Lago en Florida, acompañado por un grupo representativo de todos los segmentos de la sociedad estadounidense, desde estrellas de cine a multimillonarios.

“Será un 2018 fantástico”, aseguró Trump a sus invitados, cuando ingresó en el salón de baile dorado de Mar-a-Lago, escoltado por la sonrisa permanente de la primera dama, Melania Trump, y el muñeco de sastre que es su hijo Barron, y predijo que el mercado de acciones continuaría creciendo y los negocios llegarían a Estados Unidos en “un abrir y cerrar de ojos”.

Todo esto fue música para los oídos de sus adinerados invitados que están babeando ante la perspectiva de las jugosas ganancias y los recortes de impuestos que generosamente su héroe se comprometió a ofrecer. Fue una escena verdaderamente inolvidable digna de una secuencia de El Padrino.

El año 2017

Sin embargo, antes de dar la bienvenida al nacimiento del Año Nuevo, examinemos primero el anterior con rigurosa atención. “Creo que este año es probablemente el año con mayor riesgo político desde el final de la Segunda Guerra Mundial”, declaró Brian Klaas, experto en Política Comparada de la Escuela de Economía de Londres, en una entrevista en la CNBC en enero del año pasado.

No estuvo muy desacertado. Pensemos por un momento en los acontecimientos ocurridos en los últimos 12 meses. El año que acaba de pasar a la historia fue testigo de otro cúmulo de terremotos políticos. Y, a pesar de los alardes del último ocupante de la Casa Blanca, es poco probable que el año 2018 sea mejor para el capitalismo mundial.

Trotsky describió la teoría como la superioridad de la previsión sobre la sorpresa. Pero el año 2017 sembró gran cantidad de sorpresas, y no menos entre los llamados expertos de la burguesía. Hace 12 meses, ¿quién hubiera pensado que los conservadores británicos quedarían tan mal en unas elecciones generales, partiendo de una ventaja de 20 puntos sobre los laboristas; y que el “inelegible” Jeremy Corbyn terminaría el año como el político más popular de Gran Bretaña?

¿Quién hubiera pensado que, para finales de año, los líderes proindependentistas catalanes estarían disputando unas elecciones desde una cárcel española, y que el presidente del gobierno catalán sería un exiliado político en Bruselas.

¿Quién hubiera pensado que los dos principales partidos en Francia ni siquiera estarían presentes en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales? ¿Y quién hubiera pensado que los Republicanos de Estados Unidos perderían una elección en Alabama: un bastión seguro de la derecha religiosa conservadora?

¿Quién hubiera pensado que Mugabe sería arrojado al basurero después de décadas de gobierno dictatorial, y que Jacob Zuma perdería el control del Congreso Nacional Africano?

Estos son sólo algunos de los terremotos políticos que han sacudido al mundo en solo 12 meses. Son sucesos altamente significativos en sí mismos. Pero desde una perspectiva marxista son síntomas de la crisis general del capitalismo mundial, que encuentra su expresión en la inestabilidad política en todas partes, incluida la nación capitalista más poderosa: los Estados Unidos.

Pesimismo de la burguesía

Los estrategas serios del capital a menudo llegan a las mismas conclusiones que los marxistas, aunque naturalmente desde su punto de vista de clase. La imagen de color de rosa pintada por el señor Trump no es compartida por ningún analista burgués serio sino, de hecho, todo lo contrario.

Según el Grupo Eurasia, una respetada consultora que asesora a los capitalistas sobre posibles riesgos a escala mundial, en su evaluación anual recientemente publicada sobre los principales riesgos geopolíticos, advierte de que el mundo se está moviendo hacia una crisis y un estado de “depresión geopolítica” y que la presidencia de Donald Trump está contribuyendo a la inestabilidad: acelerando las divisiones a nivel nacional e internacional, y desentrañando el orden global que se ha construido dolorosamente durante décadas.

El Grupo Eurasia expresa el temor de que las democracias liberales (es decir, burguesas) sufren un “déficit de legitimidad no visto desde la Segunda Guerra Mundial”, que los líderes están fuera de contacto con la realidad y que este colapso político crea condiciones en que cualquier acontecimiento importante podría tener un efecto devastador en la economía y el mercado global.

El informe comienza con una frase que podría verse como una respuesta a la evaluación entusiasta del señor Trump sobre la economía (excepto que debió de haberse escrito antes de su fiesta de Año Nuevo): “Sí, los mercados están subiendo y la economía no está mal, pero los ciudadanos están divididos. Los gobiernos no están gobernando mucho. Y el orden global se está deshaciendo.”

Y su conclusión no podría ser más diferente de la del Hombre de la Casa Blanca: “En los 20 años desde que comenzamos el Grupo Eurasia, el entorno global ha tenido sus altibajos. Pero si tuviéramos que elegir un año para una gran crisis inesperada, el equivalente geopolítico de la crisis financiera de 2008, sería 2018”.

El factor Trump

El año 2017 comenzó con la asunción del cargo como presidente de Donald Trump, el 20 de enero. Eso en sí mismo fue un choque político de enormes dimensiones. Es, por supuesto, incorrecto atribuir todos los males del mundo a un hombre. Si eso fuera cierto, entonces la solución a la crisis actual sería sencilla: deshacerse de Trump y reemplazarlo por un presidente más “responsable” (es decir, Demócrata). Pero no hay ninguna razón para creer que la situación sería mucho mejor bajo Hillary Clinton o cualquiera de los otros héroes del “centro”.

El intento de explicar los grandes procesos históricos en términos individualistas es una trivialización de la historia que no resiste siquiera el escrutinio más superficial. El marxismo busca los fundamentos de la historia humana en los procesos más profundos que se desarrollan muy por debajo de la superficie y constituyen el marco fundamental sobre el cual los actores humanos desempeñan sus roles. Pero este análisis básico, aunque finalmente decisivo, de ninguna manera agota la cuestión.

Si el intento de explicar la historia en términos de protagonistas individuales es demasiado simple para ser tomado en serio, el intento de negar el papel de los individuos en la historia es igualmente simplista y falso. Si seguimos la teoría de Marx, los hombres y las mujeres hacen su propia historia, aunque no actúan con total libertad y están limitados por factores objetivos que están más allá de su control e, incluso, son invisibles para ellos. Con sus acciones, los actores individuales pueden tener un efecto serio sobre las circunstancias, influyendo en el resultado de los acontecimientos de una forma u otra.

Donald Trump es un ejemplo interesante de este fenómeno. La clase dominante estadounidense no estaba satisfecha con Trump. Sigue descontenta e intenta deshacerse de él. Hay un número de razones para esto. Durante más de 100 años, la vida política de EE. UU. se basó en dos pilares fundamentales: los Republicanos y los Demócratas. La estabilidad del sistema dependía de este equilibrio.

Trump es multimillonario, pero también es un ególatra y un hábil demagogo. Paradójicamente, Trump se dirigió específicamente a los sectores más pobres de la sociedad. Habló mucho sobre la clase trabajadora, algo prácticamente inaudito en las campañas electorales de EE. UU. Todo era mentira, por supuesto, pero cuando habló de las fábricas y minas cerradas, despertó la esperanza en las mentes de las personas desesperadas. Esto tocó la fibra sensible de millones de estadounidenses hartos del sistema que los condena a la pobreza y el desempleo.

En realidad, Trump es sólo otro representante de las grandes empresas. De hecho, él es el rostro crudo y feo del capitalismo, mientras que el llamado centro es el capitalismo que intenta disfrazar su esencia detrás de una máscara sonriente. Trump se ha deshecho de la máscara, y es por eso por lo que la clase dirigente lo detesta.

El establishment se preguntó si podrían controlar a este inconformista multimillonario cuya victoria no desearon pero que no pudieron evitar. No tuvieron que preguntarse por mucho tiempo. El 45º presidente de Estados Unidos tenía prisa por dejar su huella. Hizo campaña con la promesa de “hacer las cosas de manera diferente”. Y así ha sido.

Ha logrado exacerbar todas las contradicciones a escala mundial: entre los Estados Unidos y China, entre los Estados Unidos y Europa y entre los Estados Unidos, Canadá y México. Ha intensificado el conflicto entre Israel y los palestinos y ha creado una atmósfera bélica frenética con Corea del Norte, que ha convertido a Corea del Sur y Japón en objetivos para el arsenal nuclear del “Hombre Cohete” de Pyongyang.

Las aventuras de Trump en el campo de los asuntos exteriores, ciertamente, no tienen precedentes en la historia de la diplomacia mundial. Se lo podría comparar a un elefante en una tienda de porcelana. Su continua emisión de escandalosos tweets proporciona una ruidosa música de fondo a la cacofonía de extravagantes, contradictorios y frecuentemente incomprensibles errores en materia de política exterior, que han conmocionado y consternado a grandes sectores de la clase dirigente del país y en el extranjero.

La doctrina de “América primero” es sólo una nueva versión del antiguo aislacionismo, que siempre fue parte de la tradición política estadounidense. Pero los aliados más cercanos de Estados Unidos están preocupados de que la promesa de “hacer a Estados Unidos grande otra vez”, se haga a su costa. Y no están equivocados. Si, previamente, había pequeñas grietas en la llamada alianza occidental, ahora se han ensanchado en un abismo enorme.

Ian Bremmer, presidente del Grupo Eurasia, y su presidente, Cliff Kupchan, advierten de que el poder global de Estados Unidos está “llegando a un punto muerto” y de que la filosofía de Trump de atrincheramiento y vía unilateral siembran confusión tanto entre sus aliados como en sus rivales. “‘América Primero’ y las políticas que se derivan de ello – dice el Grupo Eurasia- han erosionado el orden liderado por Estados Unidos y sus protecciones, mientras que ningún otro país o grupo de países está listo o interesado en reconstruirlo… aumentando significativamente el riesgo global”. Éste es un buen resumen de la situación.

Radicalización en los Estados Unidos

Éstos son logros realmente notables en tan sólo 12 meses en la Casa Blanca. La erupción de Trump en el escenario mundial sería suficiente para causar serias preocupaciones en la clase dirigente de los Estados Unidos e internacional. Pero hay otra razón por la cual la clase dominante no se muestra entusiasta con respecto a Donald Trump. La mecánica elemental nos informa de que cada acción tiene una reacción igual y opuesta. Las líneas de falla en la sociedad y la política estadounidenses ya estaban ahí. No fueron inventadas por Trump. Pero con sus discursos y acciones ha intensificado las divisiones agudas en la sociedad estadounidense y ha provocado un aumento notable de la radicalización.

La llegada de Trump a la Casa Blanca fue la señal de una oleada sin precedentes de manifestaciones masivas en todo el país. Las marchas de las mujeres probablemente representaron la mayor protesta en la historia de los Estados Unidos. Entre 3,3 millones y 4,6 millones de personas se manifestaron en Los Ángeles, Washington D.C., Nueva York, Chicago, Seattle y otras ciudades y pueblos de EE. UU. Ésta fue la primera de muchas más.

El año terminó con una asombrosa derrota Republicana en Alabama: un escaño conservador y fuertemente republicano que Trump había ganado con un margen del 30 por ciento en las elecciones presidenciales. Ése fue otro terremoto político, el cual no fue previsto por los “expertos” o las encuestas de opinión.

Es demasiado pronto para decir cuánto tiempo puede sobrevivir Trump. Su apoyo más importante se encuentra en la bancarrota de los Demócratas y la demora en un movimiento significativo de la clase trabajadora. La actual Administración puede prolongarse, a pesar del espectáculo sin precedentes de una división abierta en la clase dominante. ¿Cuándo en el pasado vimos un conflicto abierto entre un presidente estadounidense y los medios, el FBI, la CIA y todo el cuerpo de los Servicios de Inteligencia de los EE. UU.?

A pesar de las predicciones confiadas del Sr. Trump, el año 2018 verá muchos más trastornos de este tipo, que en el fondo son un reflejo de la inestabilidad que es una característica fundamental del presente período de la crisis capitalista mundial.

Francia y Gran Bretaña

Para los marxistas, el significado de estos trastornos políticos no es difícil de entender. La crisis del capitalismo se manifiesta en una inestabilidad general: económica, social y política. Han transcurrido diez años desde el colapso financiero de 2008 y la burguesía está lejos de resolver la crisis económica. Todos los intentos de los gobiernos para restablecer el equilibrio económico sólo han servido para destruir el equilibrio social y político.

Vemos esto en un país tras otro. Donald Trump y Bernie Sanders, aunque son muy diferentes, son manifestaciones del mismo fenómeno. También lo son Jeremy Corbyn en Gran Bretaña, Jean-Luc Mélenchon en Francia, Syriza en Grecia y Podemos en España. Todas estas cosas son reflejos del descontento general, la ira y la frustración que se agitan debajo de la superficie de la sociedad. Esto está causando alarma en las filas de la burguesía y sus estrategas.

El surgimiento de un “sentimiento antisistema cada vez más tóxico” está erosionando la confianza en las instituciones políticas de los países democráticos, así como en los medios de comunicación y el sistema electoral en los Estados Unidos. La debilidad en estas instituciones puede conducir a la inestabilidad, el autoritarismo, las políticas impredecibles y el conflicto.

Lo que estamos viendo en los Estados Unidos y en todos lados es el colapso del llamado centro. El pequeño grupo de élites no representativas que detentan el poder no está, naturalmente, satisfecho con esto. Ven correctamente la creciente polarización hacia la izquierda y la derecha como una amenaza a sus intereses.

Quedaron, comprensiblemente, encantados el pasado mayo, cuando un candidato poco conocido del ‘centro’, Emmanuel Macron, derrotó a Marine Le Pen para convertirse en el presidente más joven de Francia. Ninguno de los partidos tradicionales llegó a la segunda votación. Los medios hicieron mucho ruido al respecto. Afirmaron que Macron había conseguido una mayoría absoluta. Eso no es verdad. La mayoría absoluta fue, de hecho, el 70 por ciento de las personas que no votaron por él. Tampoco mencionaron los medios el hecho de que el político más popular en Francia era el izquierdista Jean-Luc Mélenchon.

En realidad, el centro político es una ficción. La sociedad se divide cada vez más entre un pequeño grupo de personas que controlan el sistema y una abrumadora mayoría que se está empobreciendo y se encuentra en abierta rebelión contra el sistema. “Conquistar el centro” fue una idea de Tony Blair (fundador del ‘Nuevo Laborismo’ y primer ministro británico de 1997 a 2007).

La idea es puerilmente simple: tratar de encontrar un acuerdo entre los partidos de las diferentes clases. Pero hay un pequeño problema. Tal acuerdo es imposible, porque los intereses de estas clases son completamente antagónicos, de hecho, incompatibles. Este antagonismo se puede disfrazar temporalmente en períodos de auge económico, pero se vuelve notoriamente obvio en situaciones como la actual, cuando el capitalismo se encuentra en una profunda crisis.

El voto a favor del Brexit de junio de 2016 fue el salto de Gran Bretaña a la oscuridad. Ése fue otro terremoto político, cuyos resultados apenas comienzan a sentirse ahora. En un intento desesperado por apuntalar la débil posición de negociación de Gran Bretaña la primavera pasada, Theresa May convocó elecciones anticipadas. Esta decisión fue tomada bajo el supuesto (compartido por todos) de que los conservadores no podrían perder.

Las encuestas de opinión daban a los conservadores una ventaja de 20 puntos sobre los laboristas. La prensa entera fue unánime en que, bajo el liderazgo del izquierdista Jeremy Corbyn, los laboristas nunca podrían ganar unas elecciones. Recordemos que el ala de derecha laborista, que tiene una aplastante mayoría en el grupo parlamentario del Partido Laborista, ha estado tratando de deshacerse de Corbyn de todas las formas posibles en los últimos dos años con el respaldo de los medios, que organizaron una campaña de vilipendio sin precedentes contra este líder laborista.

Sus esfuerzos fracasaron. Pero una vez más se preparaban para expulsarlo tan pronto como se anunciara la derrota del laborismo, que tanto deseaban fervientemente y confiadamente esperaban. Pero para asombro de todos, los laboristas lucharon en las elecciones con un programa de izquierda y avanzaron. El Partido Conservador perdió su mayoría parlamentaria y el presuntamente inelegible Jeremy Corbyn se convirtió en el político más popular de Gran Bretaña.

No hace mucho, Gran Bretaña era uno de los países más estables de Europa. Ahora es uno de los más inestables. El resultado del Brexit y el fermento en Escocia eran síntomas de profundo descontento, que existían pero no encontraban ningún medio para expresarse. En la persona de Jeremy Corbyn, este descontento masivo ha encontrado una expresión política que representa un gran giro hacia la izquierda y presenta grandes oportunidades para organizaciones como la que aquí representamos, la Corriente Marxista británica, que entendió este fenómeno que todos los grupos pseudo-trotskistas se negaron a ver durante décadas.

Cataluña

La crisis en Cataluña es un reflejo del callejón sin salida del capitalismo español y la consecuencia de las traiciones del estalinismo y del reformismo que llevaron al aborto de la Constitución de 1978. Esa traición permitió a la putrefacta clase gobernante española preservar partes importantes del antiguo régimen franquista detrás de una fachada “democrática”.

Ahora, 40 años después, las gallinas vuelven al gallinero. El pueblo de Cataluña experimentó la realidad de la democracia española cuando los golpes de porras policiales cayeron sobre las cabezas de ciudadanos desarmados e indefensos, hombres y mujeres, jóvenes y personas mayores, cuyo único “crimen” fue el deseo de votar sobre el futuro de su país.

Los líderes de este movimiento hicieron todo lo posible por persuadir al gobierno de derecha de Rajoy en Madrid de que, por supuesto, no se tomaban en serio la independencia. “Proclamaron” una Cataluña independiente, pero también declararon que “no se haría efectiva”. Se comportaron como generales que movilizan al ejército, lo colocan en pie de guerra y provocan al enemigo para que pase a la acción, para luego ondear la bandera blanca. No se puede imaginar una manera más segura de desmoralizar a las tropas.

Pero si los líderes catalanes imaginaban que esta maniobra los salvaría de la ira de sus enemigos, estaban tristemente equivocados. La debilidad invita a la agresión. Las fuerzas de Madrid detuvieron a los principales líderes del movimiento independentista, que fueron encarcelados acusados ​​de planear una insurrección, abolieron los poderes del gobierno autónomo catalán e impusieron el gobierno directo para aplastar el movimiento independentista. El presidente catalán, Carles Puigdemont, huyó al exilio en Bélgica.

Los nacionalistas burgueses catalanes imaginaban con seguridad que obtendrían el respaldo de la Unión Europea, pero pronto se curaron de esta ilusión. Bruselas y Berlín les dieron a entender en los términos más inequívocos que un Estado catalán independiente no sería reconocido por Europa. ¡Hasta aquí las credenciales democráticas de los líderes de la UE!

Si el partido gobernante del PP pensó que podría resolver el problema mediante el uso de la fuerza bruta, también se equivocó. Marx explicó que la revolución necesita el látigo de la contrarrevolución. El sábado, 21 de octubre, 450.000 personas se concentraron en Barcelona ​​y decenas de miles se manifestaron en otras ciudades de toda Cataluña para exigir la libertad de los líderes encarcelados.

Las elecciones catalanas del 21 de diciembre representaron una bofetada para el gobierno español. Estas elecciones tuvieron lugar en condiciones excepcionales, comenzando por el hecho de que fueron convocadas por el gobierno español después de inhabilitar al gobierno catalán y disolver su parlamento. Ocho candidatos prominentes de los partidos independentistas están en la cárcel o en el exilio y, por lo tanto, se les impidió participar en la campaña. Incluso fueron castigados por las autoridades de la prisión por enviar mensajes, que se leyeron durante los mítines electorales. Todo esto se hizo utilizando los poderes que se derivan del artículo 155 de la Constitución de 1978.

A pesar de todo, la participación del 81,94 por ciento fue la más alta, no sólo de las elecciones al Parlamento de Cataluña, sino también de las elecciones parlamentarias españolas en Cataluña y en toda España. El partido gobernante español (el PP) quedó reducido a tres escaños en Cataluña y el bloque independentista volvió a conseguir la mayoría absoluta en el Parlamento catalán. Por lo tanto, estamos exactamente en la misma situación que antes.

Pase lo que pase en los próximos meses, nada volverá a ser lo mismo en Cataluña ni en España. Se han desatado fuerzas que desgarrarán el falso e hipócrita “consenso” que engañó al pueblo acerca de una alternativa genuinamente democrática a la odiada dictadura de Franco. Rajoy y el PP son los verdaderos herederos de ese régimen, que pisoteó brutalmente a la gente en el pasado y continúa pisoteándola hoy.

Los movimientos de masas en Cataluña son sólo el primer síntoma de una revuelta contra esa dictadura. El mismo espíritu de rebelión se manifestará tarde o temprano en todo el país.

Riqueza y pobreza

El descontento que crece en todas partes es una expresión de la extrema polarización: la concentración de capital, que Marx predijo hace mucho tiempo y la cual se han empeñado en negar economistas y sociólogos desde entonces.

¿Quién puede hoy negar la verdad de la predicción de Marx? La concentración de capital ha tenido lugar en condiciones de laboratorio. En la actualidad, menos de 200 grandes corporaciones controlan el comercio mundial. La inmensa riqueza se concentra en manos de unos pocos. Sólo en 2017, los multimillonarios del mundo aumentaron su riqueza global combinada en un quinto.

Según Josef Stadler, director global de la división Ultra High Net Worth en UBS, hoy “la desigualdad de la riqueza está en su punto más alto desde 1905”. El 1% más rico del mundo posee la mitad de la riqueza del mundo, según un nuevo informe que destaca la creciente brecha entre los súper ricos y todos los demás.

Un informe del Crédit Suisse mostró que las personas más ricas del mundo vieron aumentar su riqueza del 42 %, en el punto álgido de la crisis financiera de 2008, al 50.1 % en 2017, es decir, 140 billones de dólares. El informe dice:

“La parte del 1% más rico ha seguido una senda ascendente desde [la crisis], pasando el nivel 2000 en 2013 y alcanzando nuevos máximos cada año a partir de entonces”. El banco también dice que “la desigualdad de la riqueza global ha sido ciertamente alta y ha aumentado en el período posterior a la crisis.”

El aumento de la riqueza entre los ya muy ricos llevó a la creación de 2,3 millones de nuevos millonarios durante el año pasado, alcanzando un total de 36 millones. “El número de millonarios, que cayó en 2008, se recuperó rápidamente después de la crisis financiera, y ahora es casi tres veces la cifra de 2000”.

Estos millonarios, que representan el 0,7 por ciento de la población adulta del mundo, controlan el 46 por ciento de la riqueza global total que ahora se ubica en la asombrosa cifra de 280 billones de dólares.

Ése es un lado de la balanza. En el otro extremo del espectro, los 3.500 millones de adultos más pobres del mundo tienen activos de menos de 10.000 dólares. En conjunto, estas personas, que representan el 70 por ciento de la población mundial en edad de trabajar, representan solo el 2,7 por ciento de la riqueza mundial. Para millones de personas, es una cuestión de vida o muerte.

En 2017, en 45 países, se calcula que 83 millones de personas necesitaron asistencia alimenticia de emergencia, más del 70 por ciento más que en 2015. Y en 2018, la cifra podría alcanzar los 76 millones.

Yemen es un caso particularmente escandaloso. Como resultado de la bárbara guerra de agresión librada por Arabia Saudita y sus aliados, 17 millones de yemeníes no tienen lo básico para comer, y más de 3 millones de niños y mujeres embarazadas y lactantes sufren de desnutrición aguda. La hipocresía de los medios occidentales ha hecho que se ignoren en gran medida estas atrocidades perpetradas por los mafiosos sauditas, que deliberadamente usan el hambre como arma de guerra.

Importancia del factor subjetivo

En los últimos años, Oriente Medio ha presentado una imagen de reacción atroz: guerra, guerra civil, derramamiento de sangre, fanatismo religioso, masacres y caos. La clave de esta situación se encuentra en tres países: Egipto, Turquía e Irán. Estos son los países donde el proletariado es más fuerte y tiene tradiciones revolucionarias. Si se hace un análisis superficial, en los tres países existe una reacción férrea. Pero tal evaluación es fundamentalmente defectuosa.

Las masas egipcias hicieron todo lo que estaba en su poder para cambiar la sociedad. Fue la ausencia de dirección, y sólo eso, lo que llevó al magnífico movimiento de 2011 a un callejón sin salida. Y como la naturaleza aborrece el vacío, Sisi y los demás generales del ejército reaccionario ocuparon el espacio vacío. Como resultado, los trabajadores y campesinos egipcios se han visto obligados a pasar una vez más a través de la dura escuela de la reacción. Pero, tarde o temprano, resucitarán. La dictadura de Sisi es una choza desvencijada construida sobre cimientos de barro. Su debilidad fatal es la economía. El pueblo de Egipto necesita pan, trabajo y vivienda, que los generales son incapaces de proporcionar. Las futuras explosiones son inevitables.

En Turquía también, el potencial revolucionario de las masas se demostró con el levantamiento de 2013. Fue finalmente aplastado, y Erdogan logró desviar la atención de las masas al jugar la carta del nacionalismo turco y desencadenar una guerra brutal contra los kurdos. Pero el nacionalismo no puede poner el pan en la mesa de los millones de turcos desfavorecidos. Tarde o temprano comenzará una reacción contra el régimen. Y hay señales de que ya ha comenzado. Debemos observar a Turquía de cerca en el próximo período como una de las claves de Oriente Medio.

La mayoría de la población mundial es joven. Y al menos el 60 por ciento de los jóvenes entre 15 y 24 años de edad están desempleados en todo el mundo. El descontento latente de estos jóvenes fue lo que provocó la revolución árabe hace unos años.

Ahora vemos el mismo fenómeno repetido en las calles de pueblos y ciudades de todo Irán. Como de costumbre, este movimiento surgió de repente, sin previo aviso, como una piedra pesada arrojada a las aguas de un estanque en calma. Sorprendió y asombró a todos los autodenominados expertos, especialmente, a los viejos, cínicos y cansados ​​analistas de la llamada izquierda, cuya principal marca es el escepticismo y una creencia muy arraigada de que nunca pasará nada y de que las masas nunca se moverán. Todas estas personas “inteligentes” se quedaron con la boca abierta ante este movimiento que, según ellos, nunca iba a suceder.

“Pero estas manifestaciones son más pequeñas que las de 2009”, los escépticos se apresuran a tranquilizarnos. Sí, más pequeñas pero mucho más radicales, más impetuosas, más audaces y menos cautelosas. Con la velocidad de la luz, las demandas de los manifestantes pasaron de demandas económicas a políticas, desde el desempleo y el alto costo de la vida hasta exigir el derrocamiento de todo el régimen. Los manifestantes derribaron carteles del Líder Supremo Ayatolá Jamenei, algo extremadamente peligroso y prácticamente inaudito en Irán. Incluso hubo algunos informes de ataques a retratos del difunto ayatolá Jomeini.

¿Quiénes eran estos manifestantes? Eran principalmente jóvenes, pobres, desempleados, no los estudiantes universitarios que predominaron en todas las protestas anteriores. No estaban organizados, no pertenecían a ningún grupo político y no tenían una idea guía, salvo el deseo ardiente de cambio. Ése es el punto de partida de cada revolución.

El régimen fue sacudido hasta sus cimientos. Este movimiento, precisamente por su contenido de clase, representa una amenaza potencialmente mucho más peligrosa que los millones de personas que salieron a las calles de Teherán en 2009. Sus vacilaciones parecen a primera vista incomprensibles. Dado el tamaño relativamente pequeño de las manifestaciones, el poderoso aparato represivo en manos de los mulás seguramente sería más que suficiente para haber sofocado esta protesta, como un hombre apaga una vela con dos dedos.

Y sin embargo, mientras escribo estas líneas, el régimen aún no ha lanzado una campaña seria de represión. El perro ladra pero no muerde. ¿Por qué? Hay dos razones principales. En primer lugar, el régimen está dividido y es mucho más débil de lo que era en el pasado. En segundo lugar, entiende que detrás de los jóvenes que se están manifestando hay millones de iraníes que están cansados ​​de años de pobreza extrema, desempleo y aumento de los precios de los alimentos.

Hace tiempo que perdieron la fe en los mulás que simulaban moralidad y honestidad, pero que son tan corruptos como lo fueron en el pasado los funcionarios del Sha. Cualquier movimiento en contra de los manifestantes provocaría una reacción violenta que volvería a ver a millones en las calles, sólo que esta vez serían trabajadores, no sólo estudiantes y gente de clase media.

En este momento, es difícil predecir exactamente cuál será el futuro de esta rebelión. Su principal debilidad es la falta de organización. Sin un plan de acción claro y una firme comprensión de las tácticas y la estrategia, el movimiento puede disipar sus energías en una serie de acciones descoordinadas que fácilmente pueden degenerar en simples disturbios. Eso es lo que el régimen espera ansiosamente. Una vez más volvemos a la pregunta central: la de la dirección revolucionaria.

En 1938, León Trotsky escribió que se podía reducir la crisis de la humanidad a la crisis de la dirección del proletariado. Ha habido muchos movimientos revolucionarios en el pasado reciente: en Egipto, en Turquía, en Irán, en Grecia. Pero en todos los casos, las masas se vieron frustradas por la falta del factor subjetivo: un partido y una dirección revolucionarios. Si en Egipto, en el momento del derrocamiento de Mubarak, hubiera existido incluso un pequeño partido revolucionario, la situación hubiera sido diferente.

Recordemos que en febrero de 1917 los bolcheviques contaban con tan sólo 8.000 miembros en un país enorme, principalmente campesino, de 150 millones. Sin embargo, en tan sólo nueve meses se transformaron en un poderoso partido capaz de conducir a los obreros y campesinos a la toma del poder.

Al ingresar en el Año Nuevo, podemos estar seguros de que nuevas posibilidades revolucionarias se presentarán en un país tras otro. Irán muestra que los cambios bruscos y repentinos están implícitos en toda la situación. Debemos estar preparados para aprovechar cada oportunidad para difundir las ideas del marxismo, construir nuestras fuerzas, conectarnos con las masas, comenzando por las capas más avanzadas, y construir las fuerzas del marxismo en todas partes.

En cuanto a los cobardes, los apóstatas y los escépticos que niegan la perspectiva de la revolución, sólo podemos encogernos de hombros y repetir las desafiantes palabras pronunciadas por Galileo Galilei: Eppur si muove [“Y sin embargo se mueve”].

Simone de Beauvoir: la mujer y el materialismo histórico

La teoría del materialismo histórico ha sacado a la luz verdades importantísimas. La humanidad no es una especie animal: es una realidad histórica. La sociedad humana es una anti-physis: no sufre pasivamente la presencia de la naturaleza, la toma por su cuenta. Esta recuperación no es una operación interior y subjetiva, sino que se efectúa objetivamente en la praxis. De este modo, no podría ser considerada la mujer, simplemente, como un organismo sexuado; entre los datos biológicos, tienen importancia sólo los que adquieren en la acción un valor concreto; la conciencia que la mujer adquiere de sí misma no está definida por su sola sexualidad: refleja una situación dependiente de la estructura económica de la sociedad, estructura que traduce el grado de evolución técnica alcanzado por la humanidad. Hemos visto que, biológicamente, los dos rasgos esenciales que caracterizan a la mujer son los siguientes: su aprehensión del mundo es menos amplia que la del hombre; está más estrechamente esclavizada a la especie. Pero estos hechos adquieren un valor del todo distinto según el contexto económico y social. En la historia humana, la aprehensión del mundo no se define jamás por el cuerpo desnudo: la mano, con su pulgar aprehensor, ya se supera hacia el instrumento que multiplica su poder; desde los más antiguos documentos de la historia, el hombre siempre se nos presenta armado. En los tiempos en que se trataba de blandir pesadas clavas, la debilidad física de la mujer constituía una flagrante inferioridad: basta que el instrumento exija una fuerza ligeramente superior a la de la que ella dispone para que aparezca radicalmente impotente. Mas puede suceder, por el contrario, que la técnica anule la diferencia muscular que separa al hombre de la mujer: la abundancia no crea superioridad más que ante la perspectiva de una necesidad; no es preferible tener demasiado a tener suficiente.  Así, el manejo de un gran número de máquinas modernas no exige más que una parte de los recursos viriles: si el mínimo necesario no es superior a la capacidad de la mujer, ésta se iguala en el trabajo con el hombre. En realidad, hoy pueden desencadenarse inmensos despliegues de energía simplemente oprimiendo un botón. En cuanto a las servidumbres de la maternidad, según las costumbres, adquieren una importancia sumamente variable: son abrumadoras si se imponen a la mujer numerosos partos y si tiene que alimentar sin ayuda a los hijos; si procrea libremente, si la sociedad acude en su ayuda durante el embarazo y se ocupa del niño, las cargas maternales son ligeras y pueden compensarse con facilidad en el dominio del trabajo.

En El origen de la familia, Engels rastrea la historia de la mujer de acuerdo con esta perspectiva: dicha historia dependería esencialmente de las de las técnicas. En la Edad de Piedra, cuando la tierra era común a todos los miembros del clan, el carácter rudimentario de la laya y la azada primitivas limitaba las posibilidades agrícolas: las fuerzas femeninas se adecuaban al trabajo exigido por la explotación de los huertos. En esta división primitiva del trabajo, los dos sexos constituyen ya de algún modo dos clases; entre éstas hay igualdad; mientras el hombre caza y pesca, la mujer permanece en el hogar; pero las tareas domésticas entrañan una labor productiva: fabricación de vasijas de barro, tejidos, faenas en el huerto; y por ello la mujer tiene un importante papel en la vida económica. Con el descubrimiento del cobre, el estaño, el bronce y el hierro, y con la aparición del arado, la agricultura extiende su dominio: para desmontar los bosques, para hacer fructificar los campos, es necesario un trabajo intensivo. Entonces, el hombre recurre al servicio de otros hombres, a quienes reduce a esclavitud. Aparece la propiedad privada: dueño de los esclavos y de la tierra, el hombre se convierte también en propietario de la mujer. Es «la gran derrota histórica del sexo femenino». Esta derrota se explica por la convulsión producida en la división del trabajo como consecuencia de la invención de los nuevos instrumentos. «La causa que había asegurado a la mujer su anterior autoridad en la casa (su empleo exclusivo en las labores domésticas) aseguraba ahora la preponderancia del hombre: el trabajo doméstico de la mujer desaparecía desde entonces con el trabajo productivo del hombre; el segundo era todo, y el primero un accesorio insignificante». El derecho paterno sustituye entonces el materno: la transmisión del dominio se efectúa de padre a hijo, y ya no de la mujer al clan. Es la aparición de la familia patriarcal fundada en la propiedad privada. En semejante familia, la mujer está oprimida. El hombre reina como soberano y, entre otros, se permite caprichos sexuales: se acuesta con esclavas o con hetairas; es polígamo. Tan pronto como las costumbres hacen posible la reciprocidad, la mujer se venga por la infidelidad: el matrimonio se completa naturalmente con el adulterio. Es la única defensa de la mujer contra la esclavitud doméstica en que se le mantiene: la opresión social que sufre es consecuencia de su opresión económica. La igualdad puede restablecerse sólo cuando ambos sexos gocen de derechos jurídicamente iguales; pero esta liberación exige la vuelta de todo el sexo femenino a la industria pública. «La emancipación de la mujer no es posible sino cuando ésta puede tomar parte en vasta escala en la producción social, y el trabajo doméstico no la ocupe sino un tiempo insignificante. Y esta condición ha podido realizarse nada más en la gran industria moderna, que no sólo admite el trabajo de la mujer en gran escala sino que hasta lo exige formalmente…»

Así, la suerte de la mujer y la del socialismo están estrechamente ligadas, como se ve también en la vasta obra consagrada por Bebel a la mujer.1 «La mujer y el proletario –dice– son dos oprimidos». El desarrollo mismo de la economía a partir de la revolución provocada por el maquinismo liberará a ambos. El problema de la mujer se reduce al de su capacidad de trabajo. Poderosa en los tiempos en que las técnicas estaban adaptadas a sus posibilidades, destronada cuando se mostró incapaz de explotarlas, la mujer encuentra de nuevo en el mundo moderno su igualdad con el hombre. Las resistencias del viejo paternalismo capitalista impiden en la mayoría de los países que esa igualdad se cumpla concretamente: se cumplirá el día en que esas resistencias sean destruidas. Ya se ha cumplido en la urss, afirma la propaganda soviética. Y cuando la sociedad socialista sea una realidad en el mundo entero, ya no habrá hombres y mujeres sino sólo trabajadores iguales entre sí.

Pese a que la síntesis esbozada por Engels señale un progreso respecto a las que hemos examinado, no por ello deja de decepcionarnos: los problemas más importantes son escamoteados. 2 El pivote de toda la historia es el paso del régimen comunitario a la propiedad privada, y no se nos indica en absoluto cómo ha podido efectuarse. Engels confiesa incluso que «hasta el presente nada sabemos de ello»;3 no sólo ignora el detalle histórico de la cuestión, sino que no sugiere ninguna interpretación.

Del mismo modo, tampoco está claro que la propiedad privada haya comportado fatalmente la servidumbre de la mujer. El materialismo histórico da por supuestos hechos que sería preciso explicar: plantea, sin discutirlo, el lazo de interés que vincula al hombre a la propiedad; pero ¿dónde tiene su origen ese interés, fuente de instituciones sociales? Así, pues, la exposición de Engels es superficial, y las verdades que descubre resultan contingentes. Y es por la imposibilidad de profundizar en ellas sin desbordar el materialismo histórico. Éste no podría aportar soluciones a los problemas que hemos indicado, ya que éstos interesan al hombre todo entero y no a esa abstracción que es el homo oeconomicus.

Está claro, por ejemplo, que la idea misma de posesión singular no puede adquirir sentido más que a partir de la condición originaria del existente. Para que aparezca es preciso, en primer lugar, que haya en el sujeto una tendencia a situarse en su singularidad radical, una afirmación de su existencia en tanto que autónoma y separada. Se comprende que esta pretensión haya permanecido subjetiva, interior, sin veracidad, mientras el individuo carecía de los medios prácticos para satisfacerla objetivamente: a falta de útiles adecuados, no percibió al principio su poder sobre el mundo, se sentía perdido en la naturaleza y en la colectividad, pasivo, amenazado, juguete de oscuras fuerzas; sólo identificándose con el clan todo entero, se atrevía a pensar: el tótem, el maná, la tierra, eran realidades colectivas. Lo que el descubrimiento del bronce ha permitido al hombre ha sido descubrirse como creador en la prueba de un trabajo duro y productivo; al dominar a la naturaleza, ya no le teme; frente a las resistencias vencidas, tiene la audacia de captarse como actividad autónoma, de realizarse en su singularidad.4

Pero esa realización jamás se habría logrado si el hombre no lo hubiese querido originariamente; la lección del trabajo no se ha inscrito en un sujeto pasivo: el sujeto se ha forjado y conquistado a sí mismo al forjar sus útiles y conquistar la Tierra. Por otra parte, la afirmación del sujeto no basta para explicar la propiedad: en el desafío, en la lucha, en el combate singular, cada conciencia puede intentar elevarse hasta la soberanía. Para que el desafío haya adoptado la forma de un potlatch; es decir, de una rivalidad económica, para que a partir de ahí primero el jefe y luego los miembros del clan hayan reivindicado bienes privados, preciso es que en el hombre anide otra tendencia original: hemos dicho que el existente no logra captarse sino alienándose; se busca a través del mundo bajo una figura extraña, la cual hace suya. En el tótem, en el maná, en el territorio que ocupa, su existencia alienada encuentra el clan; cuando el individuo se separa de la comunidad, reclama una encarnación singular: el maná se individualiza en el jefe, luego en cada individuo; y, al mismo tiempo, cada cual trata de apropiarse un trozo de suelo, unos instrumentos de trabajo, unas cosechas. En esas riquezas que son suyas, el hombre se encuentra a sí mismo, pues se ha perdido en ellas: se comprende entonces que pueda concederles una importancia tan fundamental como a su vida. Entonces, el interés del hombre por su propiedad se convierte en una relación inteligible. Pero se ve que no es posible explicarlo solamente por el útil: es preciso captar toda la actitud del hombre armado con un útil, actitud que implica una infraestructura ontológica.

Del mismo modo, resulta imposible deducir de la propiedad privada la opresión de la mujer. También aquí es manifiesta la insuficiencia del punto de vista de Engels. Ha comprendido éste perfectamente que la debilidad muscular de la mujer no se ha convertido en una inferioridad concreta más que en su relación con el útil de bronce y de hierro; pero no ha visto que los límites de su capacidad de trabajo no constituían una desventaja concreta más que en cierta perspectiva. Porque el hombre es trascendencia y ambición proyecta nuevas exigencias a través de todo útil nuevo: una vez que hubo inventado los instrumentos de bronce, no se contentó ya con explotar los huertos sino que quiso desmontar y cultivar extensos campos. Esa voluntad no brotó del bronce mismo. La incapacidad de la mujer ha comportado su ruina, pues el hombre la ha aprehendido a través de un proyecto de enriquecimiento y expansión. Y ese proyecto no basta para explicar que haya sido oprimida: la división del trabajo por sexos podría haber sido una amistosa asociación. Si la relación original del hombre con sus semejantes fuese exclusivamente de amistad, no se explicaría ningún tipo de servidumbre: este fenómeno es consecuencia del imperialismo de la conciencia humana, que trata de cumplir objetivamente su soberanía. Si no hubiese en ella la categoría original del Otro, y una pretensión original de dominar a ese Otro, el descubrimiento del útil de bronce no habría podido comportar la opresión de la mujer. Engels tampoco explica el carácter singular de esta opresión. Ha intentado reducir la oposición entre los sexos a un conflicto de clases; por otra parte, lo ha hecho sin mucha convicción: la tesis no se sostiene. La división del trabajo por sexos y la opresión que de ello resulta evocan en algunos aspectos la división en clases, pero no se deben confundir: no hay ninguna base biológica en la escisión entre las clases; en el trabajo, el esclavo adquiere conciencia de sí mismo frente al amo; el proletario siempre ha comprobado su condición en la revuelta, regresando por ese medio a lo esencial, constituyéndose en una amenaza para sus explotadores; y apunta a su desaparición en tanto que clase. Hemos dicho en la introducción hasta dónde es diferente la situación de la mujer, singularmente a causa de la comunidad de vida y de intereses que la hace solidaria del hombre, así como por la complicidad que éste encuentra en ella: ella no abriga ningún deseo de revolución, no sabría suprimirse en tanto que sexo; únicamente pide que sean abolidas ciertas consecuencias de la especificación sexual. Resulta aún más grave que, sin mala fe, no se podría considerar a la mujer únicamente como trabajadora; tan importante como su capacidad productiva es su función reproductora, en la economía social y en la vida individual; en ciertas épocas resulta más útil engendrar niños que manejar el arado. Engels ha escamoteado el problema; se limita a declarar que la comunidad socialista abolirá la familia, una solución bastante abstracta; se sabe con cuánta frecuencia y tan radicalmente ha tenido que cambiar la URSS su política familiar, según el diferente equilibrio entre las necesidades inmediatas de la producción y las de la repoblación. Por lo demás, suprimir no supone necesariamente liberar a la mujer: los ejemplos de Esparta y del régimen nazi demuestran que no por estar vinculada de modo directo al Estado puede la mujer ser menos oprimida por los varones. Una ética en verdad socialista, es decir, que busque la justicia sin suprimir la libertad, que imponga cargas a los individuos, pero sin abolir la individualidad, se hallará en grave aprieto por los problemas que plantea la condición de la mujer. Es imposible asimilar lisa y llanamente la gestación a un trabajo o a un servicio, como el servicio militar, por ejemplo. Se produce una fractura más profunda en la vida de una mujer al exigirle hijos que al reglamentar las ocupaciones de los ciudadanos: jamás ha habido ningún Estado que osase instituir el coito obligatorio. En el acto sexual, en la maternidad, la mujer compromete no sólo tiempo y energías sino, también, valores esenciales. En vano pretende ignorar el materialismo racionalista este carácter dramático de la sexualidad: no se puede reglamentar el instinto sexual; no es seguro que no lleve en sí mismo un rechazo de su satisfacción, decía Freud; lo seguro estriba en que no se deja integrar en lo social, pues hay en el erotismo una revuelta del instante contra el tiempo, de lo individual contra lo universal; al querer canalizarlo y explotarlo, se corre el riesgo de matarlo, ya que no se puede disponer de la espontaneidad viviente como de la materia inerte; ni se le puede forzar como a una libertad. No se podría obligar directamente a la mujer a dar a luz: todo cuanto se puede hacer es encerrarla en situaciones donde la maternidad sea para ella la única salida; la ley o las costumbres le imponen el matrimonio, se prohíben los procedimientos anticonceptivos, el aborto, el divorcio. Es imposible considerar a la mujer exclusivamente como una fuerza productiva: para el hombre, es una compañera sexual, una reproductora, un objeto erótico, una Otra a través de la cual se busca a sí mismo. Es inútil que los regímenes totalitarios o autoritarios, de común acuerdo, hayan prohibido el psicoanálisis y declarado que, para los ciudadanos lealmente integrados en la colectividad, no tienen lugar los dramas individuales: el erotismo es una experiencia en la que la generalidad siempre es recobrada por una individualidad. Y para un socialismo democrático, en el que las clases serían abolidas, pero no los individuos, la cuestión del destino individual conservaría toda su importancia: la diferenciación sexual mantendría toda su importancia. La relación sexual que une la mujer al hombre no es la misma que la que él mantiene respecto a ella; el lazo que la une al niño es irreducible a cualquier otro. La mujer no ha sido creada por el solo instrumento de bronce: la máquina no basta para abolirla. Reivindicar para ella todos los derechos, todas las oportunidades del ser humano en general, no significa que haya que cerrar los ojos ante lo singular de su situación. Y para conocerla hay que desbordar al materialismo histórico, que no ve en el hombre y la mujer sino entidades económicas.5

* Extracto de “El punto de vista del materialismo histórico”, capítulo III, de El segundo sexo (1949), publicado por Ediciones Siglo Veinte en 1969.

Notas:

  • 1 Auguste Bebel, La mujer y el socialismo, Ediciones de Cultura Popular, Biblioteca Marxista, México, 1978 [nota del editor].
  • 2 Simone de Beauvoir se refiere a los puntos de vista de la biología y del psicoanálisis, dos momentos decisivos en su crítica existencialista al “mito de la feminidad.” Su resultado es la definición de la mujer como anti-physis, concepción antropológica que sustenta el conocido aforismo: “No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana” [nota del editor].
  • 3 El origen de la familia (páginas 209-210 ver. fr).
  • 4 Gaston Bachelard realiza, en La terre et les rêveries de la volonté, entre otros un sugestivo estudio del trabajo del herrero. Muestra cómo, por medio del martillo y el yunque, el hombre se afirma y se separa. «El instante del herrero es un instante a la vez aislado y magnificado. Promueve al trabajador al dominio del tiempo por la violencia de un instante», página 142. Y más adelante: «El ser que forja acepta el desafío del universo alzado contra él».
  • 5 La crítica de Simone de Beauvoir al marxismo se sitúa entre su definición de la mujer como anti-physis y su exposición positiva de la constitución de la “realidad femenina”. Si comparte, con los marxistas, el análisis del trabajo en la dialéctica del reconocimiento, su crítica se singulariza por una perspectiva determinada por la “moral existencialista”. Perspectiva antideterminista que concilia las enseñanzas de Alexandre Kojève con las de Claude Levi-Strauss. “Lo que define de manera singular la situación de la mujer es que, siendo como todo ser humano una libertad autónoma, se descubre y se elige en un mundo donde los hombres le imponen que se asuma como lo Otro: se pretende fijarla en objeto y consagrarla a la inmanencia, ya que su trascendencia será perpetuamente trascendida por otra conciencia esencial y soberana”. Sobre este fondo común de la existencia femenina se eleva una diversidad de modos de frustración, opresión y liberación que forman la materia del segundo tomo de El segundo sexo y que habitan los principales personajes femeninos de Los mandarines [nota del editor].

Fuente: Revista Memoria, nº 262, 2017

Socialismo, marxismo y poder popular en Chile hoy

por Felipe Lagos //

Autonomismo y poder popular [PP] no son sinónimos. El autonomismo es un ideario que no sigue los criterios táctico-estratégicos del socialismo ni del marxismo. Puede haber proyectos autonomistas anarquistas, liberales e incluso conservadores; el desarrollo del PP es socialista y marxista.

Si este proyecto deja de lado marxismo y socialismo, se vuelve autonomismo o anarquismo. Es la ilusión del comunismo sin socialismo, es decir, del comunismo sin periodo de transición que permita la superación de la sociedad capitalista. Es “idealismo comunista”.

Este idealismo comunista plantea el PP como medio y como fin. Es cierto que la locución posee un valor prefigurativo: la sociedad utópica aquí y ahora. Pero no se hace cargo de las profundas limitaciones y obstáculos que se deben enfrentar, sobre todo en una formación social como la chilena hoy.

Sin embargo, no es menos cierto que debido a la debacle de los “socialismos reales”, la burocratización, el autoritarismo y la estatización, además de la osificación del marxismo, los idearios del PP fueron autonomizándose del real significado del socialismo y del marxismo, surgiendo grupos bajo la identidad “libertaría”, “rojo y negro”, de “cultura miristas”, o abiertamente “comunistas”. Esto permitió en Chile mantener el compromiso revolucionario, a pesar de las derrotas autoritarias y neoliberales. Pero con el tiempo, en su forma radical, estas experiencias asumieron un ideario “autonomista” que independizó la noción del PP respecto al socialismo, entendido como periodo de transición de la sociedad capitalista a la sociedad comunista[1].

De esta manera, por otra vía, que no es de ruptura (el autonomismo se plantea una ruptura respecto del socialismo), sino del difuminado, el PP se ha confundido con el autonomismo.

Recuperar socialismo y marxismo para el desarrollo del PP es de suma importancia. Sin estos, las organizaciones identificadas con este ideario no podrán ser nunca una opción política alternativa y real al capitalismo.

EL PODER POPULAR [PP]

Es por todos reconocido que los debates acerca del desarrollo del PP han sido más bien ideológicos, antes que verdaderamente políticos y económicos; que han asumido una consistencia rígida, una posición dogmática y testimonial, en vez de sostenerse en las prácticas políticas de construcción de proyecto, organización y disputa de la correlación de fuerzas; y que no se sostienen en prácticas reales de relaciones de producción.

En Chile, son sumamente minoritarias las experiencias productivas que las organizaciones identificadas con la construcción de PP han realizado. Estas experiencias son más bien pedagógicas o culturales. Los huertos urbanos, por ejemplo, muy excepcionalmente permiten la alimentación de una comunidad. Las escuelas populares y los talleres de salud comunitarios, no logran que las personas se independicen de la educación y la salud proporcionadas por el Estado o el Mercado. Y las protestas, barricadas o marchas, no son sino formas que asume la contienda política y recursos de movilización.

No obstante, a pesar de las inmensas limitaciones y obstáculos con los que se encuentran las organizaciones que se identifican con este ideario, éstas tienen claridad de qué quieren decir con “crear poder popular”. El problema es que muchas veces confunden sus sueños con la realidad…

Con “construcción del poder popular” se quiere expresar el proceso donde las comunidades generan sus propias formas organizativas, productivas, educativas, etc., de forma independiente al Estado o al Mercado. Este proceso, que es parte del proyecto de superación del capitalismo, tiene distintas vías políticas: la anarquista, que plantea la destrucción (abolición) del Estado; la autonomista, que plantea la independencia del Estado; y la socialista, que plantea la disolución del Estado en la propia sociedad organizada hasta que éste llegue a “extinguirse”… Las vías anarquistas y socialistas conllevan un enfrentamiento con el Estado, el autonomismo no, al menos no como iniciativa propia.

Es decir, hablamos de PP cuando las distintas expresiones de la sociedad civil organizada asumen progresivamente las tereas del Estado y del Mercado. Estas tareas pueden ser políticas o jurídicas: una comunidad puede actuar de forma independiente a los representantes electos o designados bajo las normas de un régimen político. Y pueden ser económicas: una comunidad puede abastecerse de los alimentos producidos por sí misma o gestionar por sí misma la producción.

Con PP también se quiere expresar una forma de construcción política, antiburocrática, asamblearia, horizontal, participativa, directa, profundamente democrática, de base. En este sentido, el PP, por muy limitado que sea, expresa su valor en tanto horizonte y a la vez, como prefiguración de la sociedad que se quiere construir[2].

El problema es que para todo esto ─el PP como proyecto productivo y político─, no basta la sola voluntad ni las capacidades propias de personas, organizaciones o comunidades. Hay una serie de determinantes: formas productivas,  niveles de consumo, valores, tradiciones, etc.

El PP como pura consigna ideológica ─que no se puede alzar como verdadera alternativa política y económica, que se queda tan sólo en las organizaciones revolucionarias y jamás pasa a la comunidad, que se queda en las experiencias pedagógicas y jamás pasa a la producción─, puede llegar a ser incluso él mismo límite y obstáculo para la superación de status quo.

Las organizaciones del PP se vuelven un obstáculo cuando sus postulados se tornan rígidos, se vuelven inflexibles y testimoniales, se vuelven dogmáticas; cuando no son capaces de comprender las necesidades reales y cotidianas de las personas; cuando apuestan tan sólo por una vía, la suya, menospreciando cualquier otra táctica o estrategia. ¿Cuáles son las formas de estas inflexibilidades, de estos dogmas? Algunas de estas pueden ser:

La desviación militarista, que esencializa el enfrentamiento militar en vez de comprenderlo como una forma específica que adopta la lucha de clases y la contienda política en una coyuntura determinada. Lo peor de esta desviación es que ni siquiera se hace cargo de sus propios postulados: las organizaciones y personas que adoptan este dogma, ni siquiera pueden generar las condiciones mínimas para la resistencia. Más aún: incluso las organizaciones revolucionarias que lo hicieron, con valor, habilidad y completa entrega, fueron derrotadas[3].

La desviación culturalista, que cree que sólo cambiando las prácticas cotidianas se transformará el mundo y olvidan cuatro elementos cardinales: el poder, la correlación de fuerzas, la hegemonía y la lucha de clases. Algunas organizaciones feministas, vegetarianistas, animalistas, de talleres con niñas y niños, colectivos universitarios, etc., no son capaces de incorporar en sus prácticas organizativas elementos reales de disputa de poder.

La desviación aparatistas o vanguardista, que plantea que sólo el Partido puede introducir a las masas la conciencia revolucionaria y la línea política correcta. Otro error que puede adoptar el vanguardismo es tomarse a sí mismo como el movimiento revolucionario en su totalidad.

Pero más allá de todas las inflexibilidades y dogmatismos que en un momento dado se pueden cometer (o revertir), hay un elemento central que se encuentra en todas las desviaciones; este es: la tesis del poder dual o poder paralelo.

El militarismo adopta la tesis del poder dual cuando se plantea la construcción de un ejército popular paralelo al ejército profesional al que hay que enfrentar y derrotar; el culturalismo lo hace cuando quiere generar experiencias que “no se toquen”, que no se “mancillen”, que sean independientes al Estado o al Mercado, como escuelas, centros de salud, huertos, bibliotecas, etc.; y el vanguardismo, cuando quiere proponer espacios de decisión y acciones políticas paralelas a las instituciones representativas de los regímenes políticos existentes.

LA TEORÍA DE LA DUALIDAD DE PODERES 

Este es el principal error del PP entendido como medio y como fin, expresado desde el idealismo comunista: la tesis de que el propio PP alzará sus organizaciones, políticas y productivas, de forma paralela e independiente al Estado, se volverán hegemónicas y lo reemplazaran de forma definitiva.

La dualidad de poderes como tesis política ha sufrido la más grande de las derrotas: el cambio histórico. Ya ni siquiera depende de los medios o capacidades que un proyecto político posea: que los militaristas tengan una gran fuerza castrense o los vanguardistas un partido bolchevique profesional. Se ha producido ─como veremos más adelante─ una transformación radical en la sociedad, en el Estado y en el Mercado, en la subjetividad y en la cultura, que hace inviable la estrategia del poder dual.

Esto quiere decir que la transformación revolucionaria de la sociedad sólo será posible integrando, complementando, el desarrollo del PP con la conquista de la autonomía relativa del Estado. Esto se puede denominar como Proyecto Popular.

La teoría de la dualidad de poderes se diferencia del autonomismo en el sentido cardinal de la disputa por el poder. Lo que llamo “autonomismo” se expresa en las teorías de John Holloway sintetizadas en la consigna “cambiar el mundo sin tomar el poder[4]… La teoría marxista del socialismo plantea la necesidad histórica de un periodo de transición hacia el comunismo, donde el ejercicio del poder del Estado por parte del pueblo organizado en clase (trabajadora) es fundamental… Y esta necesidad del ejercicio del poder se manifiesta en todo momento: las limitaciones ya contundentes del zapatismo demuestran que el ejercicio del poder es un requerimiento para la construcción de una alternativa política, de la construcción hegemónica y profundización del PP; y las experiencias cubanas, venezolanas, bolivianas, por nombrar algunas, y la misma experiencia de la UP en Chile, demuestran que el ejercicio del poder es fundamental para hacer frente al Imperialismo y a la reacción de la burguesía nacional y transnacional (lo que, ciertamente, no asegura el triunfo por sí mismo).

Espero que se entienda que esquematizo. Por mucho que uno critique las tesis de Holloway, es innegable que no se pueden confundir con la experiencia zapatista misma y que ésta ha entregado elementos tanto valóricos como económicos y políticos trascendentales, por ejemplo, la idea de poder obediencial del buen gobierno: mandar obedeciendo[5].

La idea de un poder paralelo y externo al Estado fue la concepción de Lenin y Trotsky respecto a cómo construir el socialismo y, de una manera más compleja, de Gramsci (pero no una idea de Marx)…

La idea básica es que (para Lenin y Trotsky) el Estado es una “máquina de dominación”, es un Estado-objeto copado completamente por los intereses de la burguesía. Por lo tanto, la lucha revolucionaria debe crear su propio órgano de poder (los soviets), completamente independientes del Estado-objeto. Este segundo poder (el soviet)  debe ir asumiendo las tareas del viejo Estado hasta el momento del enfrentamiento, donde sólo uno de los dos puede triunfar…[6]

La idea de Gramsci se diferencia, en primer lugar, en la limitación de la concepción de un Estado-objeto. No crítica la existencia de un Estado-objeto, sino que crítica la idea de extrapolar esa concepción y su existencia empírica de las realidades Orientales a las Occidentales[7].

Gramsci no habla de Estado-objeto sino de “Estado restringido”. El Estado restringido es el Estado como máquina de dominación, o sencillamente, la dominación organizada. Que no se traduce a la realidad Occidental, donde la existencia de un “Estado ampliado” se extendía a las distintas naciones “desarrolladas”. El Estado no sólo es dominación, sino que también hegemonía… Esta doble concepción del Estado, que Gramsci denominó como el “centauro maquiavélico”, es políticamente necesaria, tanto para quienes mantienen la concepción del Estado-objeto (marxismo ortodoxo), como para quienes poseen una concepción del Estado-sujeto, es decir, el Estado que sólo es hegemonía o que se concibe por sobre la lucha de clases, que es la concepción socialdemócrata… El Estado no es sólo dominación, pero tampoco es sólo hegemonía. El Estado es un centauro, es dominación y es hegemonía[8].

Esta idea llevó a Gramsci a plantear dos estrategias diferentes para Oriente y para Occidente. Para Oriente, la guerra de movimientos o maniobras, es decir, el enfrentamiento abierto, frontal, contra el Estado. Para Occidente, la guerra de posiciones[9]. El Estado ya no tiene un estatuto restringido, sino que se ha ampliado: no sólo es dominación organizada, es también consenso, legitimidad; no sólo es ejército y aduanas, es también hospitales, salud, escuelas, educación, seguro de desempleo, jubilación, etc.

El Estado tiene legitimidad y genera consensos. Por lo tanto, una guerra de movimientosposee mayores obstáculos, tanto materiales como organizativos así como ideológicos y subjetivos… La guerra de posiciones es entonces la estrategia que se debe seguir, que no es más corta que la guerra de movimientos pero sí más segura: para obtener la mayoría política previamente hay que triunfar en la batalla cultural, porque sin esta última, la mayoría política está destinada a derrumbarse. En esto consiste la generación de una contra-cultura y la acción de los “intelectuales orgánicos”, que deben ir erigiendo hegemonía, donde las experiencias populares (educación popular, salud comunitaria, expresiones artísticas, etc.) deben ir asediando al Estado… hasta que llegue el instante del enfrentamiento, donde el Estado instituido, conservador, pierda hegemonía, volviéndose sólo dominación, momento donde se ha de asumir la toma del poder político…

En la concepción gramsciana persiste la idea de poder dual o paralelo. El Estado sigue siendo externo a la contra-cultura. No es ya un Estado-objeto o restringido, pero las luchas revolucionarias, bajo la estrategia de la guerra de posiciones, siguen siendo externas a él.

Mientras los socialdemócratas creen que el Estado se sitúa, o puede situarse, por sobre la lucha de clases, los socialistas plantean que aquella es el fundamento del Estado. De ahí la principal idea de Marx, Lenin y Mao: la centralidad de la lucha de clases. Pero la cuestión en debate es que el Estado, así como la Democracia, no es un “instrumento de la clase dominante”, solamente… Estado y Democracia son el resultado mismo de la lucha de clases.

Rosa Luxemburgo lo planteó claramente, criticando a Lenin y su concepción de la “democracia burguesa” como algo que simplemente hay que suprimir instaurando una “democracia socialista”[10].

Ciertamente Luxemburgo plantea que en la democracia burguesa hay una semilla de desigualdad y sujeción social, pero también un núcleo social, conquistas de la clase obrera, conquistas del pueblo; la libertad y la igualdad formal hay que superarlas, no podemos limitarnos a esas envolturas, pero eso no significa que hay que abolir toda democracia; hay que llenarla de un nuevo contenido.

Asimismo, tanto en el problema de la Democracia como del Estado, hay que incorporar el análisis relacional de Nicos Poulantzas: no son sólo instrumentos de la burguesía, son además instituciones resultantes de la lucha de clases; no son exclusivamente reflejos exactos de los intereses de las clases dominantes, también son conquistas de las clases subalternas[11].

El Estado no es solamente una “máquina de dominación” (como creía Lenin y lo repitió vehementemente incluso tras la toma del Palacio de Invierno[12]); sí es dominación, sí está atravesado por la lucha de clases (a diferencia de lo que creen erróneamente los socialdemócratas); pero también es hegemonía, consentimiento, legitimidad… No debemos rechazar la democracia como si fuera una simple democracia burguesa, pero sí hay que transformarla. Lo mismo el Estado. Hay una necesidad de transformación, de ruptura, de sublevación… Pero el Estado no es únicamente coerción, dominación, represión. También crea, transforma, produce realidades, etc. El Estado es un campo de batalla, una “condensación material de una relación de fuerzas”[13].

PODER POPULAR [PP] Y CONCIENCIA SOCIALISTA 

La idea de PP se sistematiza principalmente en América Latina a partir de dos experiencias: la Teología de la Liberación en Centro América y el MIR en Chile. Ni el PRT ni Tupamaros ni el Movimiento 26 de Julio, desarrollan la consigna “crear poder popular” de forma manifiesta. Esto no quiere decir que no esté presente en las luchas revolucionarias, ya sean anteriores o diferentes a la Teología de la Liberación y al MIR chileno.

El PP está en directa relación con la máxima marxista: la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos[14]. Y las experiencias de la Comuna de Paris (1871), los Soviet en Rusia (1905 y 1917) y los Consejos de Fabrica en Turín (1919-1920), son expresiones del PP. Asimismo, podemos encontrar este sentido en la obra de Luis Emilio Recabarren y su movimiento de mancomunales y cooperativas.

Pero el asunto central no es si el PP proviene de tal o cual tradición o experiencia. La cuestión central es si acaso está o no mediado por la conciencia socialista.

Incorporar la conciencia socialista o el marxismo, significa la toma de conciencia de la necesidad histórica de un periodo de transición antes de que nazca la sociedad comunista. Significa también una concepción compleja de la contienda política en el sentido de que ésta es tanto extra-institucional como institucional, de rupturas efectivas así como de reivindicaciones inmediatas, de utilización e insturmentalización de las instituciones burguesas así como el desarrollo de experiencias autónomas y autogestionarias. Esto es tanto o más necesario cuando las luchas revolucionarias por la transformación de las relaciones de producción capitalistas son locales, nacionales, regionales y mundiales.

La conciencia socialista o el marxismo nos permiten soslayar la confusión respecto a qué es el PP. El PP no es socialismo, aunque sin él no haya socialismo, en el sentido de “socialismo societal” (Mazzeo) y en contraposición al “socialismo de Estado”. El PP tampoco es comunismo o “sociedad comunista”, y quienes rechazan la necesidad histórica de un periodo de transición se denominan “anarquistas”.

Otro tema cardinal respecto al PP que plantea la conciencia socialista es la cuestión del poder. Que el poder es necesario, es ineludible para todo proyecto revolucionario. No es posible cambiar el mundo sin tomar el poder. El poder no es una cosa, un objeto o un lugar, sino un conjunto de relaciones de fuerzas…

El PP es popular porque el sujeto que lo encarna es el pueblo. El sujeto que encarna el PP es el “pueblo” en el sentido expresado por Fidel en La historia me absolverá[15].

Fue necesario recurrir al pueblo como sujeto puesto que, en América Latina, la clase obrera como sujeto encontró históricamente una serie de obstáculos y expresó un conjunto de limitaciones, tanto objetivas como subjetivas (subdesarrollo, chovinismo, heterogeneidad, integración al capitalismo de Estado y al Estado desarrollista, etc.), muchas de ellas derivadas de las estrategias de modernización al capitalismo, iniciativas provenientes especialmente de la socialdemocracia (que abandonó la lucha de clase).

Es primordialmente en los países del así llamado Tercer Mundo y en particular en América Latina, donde el pueblo encarna al sujeto revolucionario, a partir de los Movimientos de Liberación Nacional, donde se condensan elementos marxistas, socialistas, comunitarios (campesinos e indígenas), de la teología de la liberación y nacional-populares.

Para el marxismo, heterodoxo y crítico, el pueblo como sujeto persiste, por un lado, en una relación estratégica con la clase obrera (que en teoría sigue siendo el sujeto revolucionario), y por otro, en la lucha de clases (a diferencia de la socialdemocracia); es decir, el pueblo, en su heterogeneidad, sigue siendo un sujeto clasista.

Ahora bien, el pueblo no es, por así decirlo, objetivamente revolucionario, como tampoco lo era la clase obrera para Lenin. Lenin decía que la conciencia transformadora más profunda de la clase obrera era la tradeunionista (o corporativista) y que la conciencia revolucionaria sólo podía ser incorporada externamente por medio del Partido Revolucionario[16].

El pueblo debe constituirse como sujeto revolucionario, y esto no se realiza por medio de una externalidad que sopla en él la conciencia revolucionaria, sino que se realiza en la ruptura institucional, resistencia, la ofensiva y la mantención de la revolución. De hecho, las revoluciones socialistas ─Rusia, China, Vietnam, Cuba─, han sido revoluciones de carácter nacional-popular que en el transcurso de la lucha, las determinaciones históricas y por iniciativa y capacidad de sus direcciones se han vuelto socialistas.

TRES FORMAS DE PODER POPULAR [PP

Mazzeo propone tres grandes concepciones o significados de “poder popular”. 1. Como medio para un fin; 2. Como medio sin fin; y 3. Como medio y como fin. La primera es una concepción instrumentalista y se caracteriza por la “sustitución” de los actores subalternos por la de los “revolucionarios profesionales”. La segunda concepción se puede ejemplificar con la teoría de John Holloway: cambiar el mundo sin tomar el poder. Y el tercer significado o uso, que es el que él plantea, es la utopía prefigurativa en el aquí y el ahora[17].

Nosotros proponemos otras categorías: 1. Como autonomismo; 2. Como dualidad de poderes; y 3. Como comunidad soberana o soberanía comunitaria. ¿Qué es el PP como comunidad soberana?

Es, en primer lugar, el PP mediatizado por la conciencia socialista o el marxismo. No en el sentido cientificista de “introducido desde fuera” al modo de Lenin, sino en el doble sentido de que la emancipación de la clase trabajadora debe ser obra de los trabajadores mismos[18]y el proyecto final es el de una sociedad basada en la libre asociación de los productores[19].

Es el desarrollo de formas anticipatorias o prefigurativas de la sociedad comunista, lo que Mariategui denominó “elementos de comunismo práctico”, Althusser “islotes de comunismo”, Mazzeo “la utopía aquí y ahora” y Luis Emilio Recabarren el inicio de un “modo de vivir socialista”.

Es, también, el desarrollo de las capacidades autogestionarias de los sectores subalternos para independizarse de las clases y las instituciones burguesas, es decir, una forma de acumulación de fuerzas y gestión de la producción.

Es una forma, y no la única forma, de acumulación de fuerzas, por dos razones: primero, porque el PP no se puede desarrollar a sí mismo sino hasta ciertos límites (debido a las transformaciones de la sociedad y la subjetividad, la autonomía del Estado y el Mercado, los años de dictadura y neoliberalismo, el individualismo, consumismo, etc.), y requiere, durante un periodo importante y sostenido, del apoyo del Estado y del Gobierno popular y revolucionario. Por lo tanto, la segunda forma de la acumulación de fuerzas para la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista por parte de los sectores subalternos y oprimidos, es el manejo de la coyuntura de la autonomía relativa del Estado. Es en este sentido que el proyecto socialista, para triunfar, requiere del manejo de la espada de doble filo: poder popular y coyuntura de la autonomía relativa del Estado.

Ahora bien, ¿por qué llamarlo poder soberano de la comunidad? Es soberano en el sentido de que se plantea el ejercicio efectivo del poder, de las decisiones políticas, de la producción, es decir, refiere a la autodeterminación y la autonomía. Y es de la comunidad en el sentido de que no es de la Nación o del Estado.

Además, es de la comunidad porque las experiencias de PP pueden estar relativamente aisladas unas de otras (juntas de vecinos, fábricas recuperadas, sindicatos, control comunitario de escuelas, autonomías indígenas, etc.). Pero para su íntegro desarrollo deben conformar un bloque histórico subalterno, conquistar el poder político y transformarse en Estado socialista, un Estado de transición, que “no es ya un Estado en el sentido estricto”[20].

Y esto significa que debe transformarse en una alternativa factible y hegemónica (asociación de productores; municipios socialistas; cooperativas; autonomías indígenas). Debe institucionalizarse (lo que no quiere decir necesariamente, aunque siempre es un peligro, burocratizarse). Y esa institucionalización es la constitución, primero, de un bloque histórico subalterno (que haga frente al bloque histórico dominante que perdió su hegemonía o está en vías de perderla), luego, de un Gobierno Popular (que sea capaz de hacer frente a la reacción de la burguesía y del Imperialismo), y prontamente, tras una serie de luchas y rupturas, trasformaciones institucionales radicales, de un Estado popular, socialista. Es el recorrido del poder constituyente plebeyo: un bloque histórico popular, un Gobierno Popular y un Estado Popular que no deje de tener, potenciar, reproducir, los órganos autónomos del PP. Porque, independiente a nuestros deseos, el PP sólo alcanzará el mayor estadio de desarrollo con el apoyo del Gobierno y del Estado popular, Socialista y Revolucionario (de allí las Misiones y las Comunas en Venezuela, las Autonomías en Bolivia, las Cooperativas en Cuba). Lo que no significa (aunque siempre es un peligro) que se coopte, clientelice o burocratice. Pero pensar que el PP puede desarrollarse por sí sólo es confundir la realidad con nuestros deseos.

Además, considerando la actual correlación de fuerza (histórica y estructural y no sólo coyuntural), no es cierto que seamos más fuertes, por fuera, al margen y en contra de la institucionalidad. La guerra de posiciones (Gramsci) puede resultar estéril  bajo la actual asimetría de poder entre los débiles, aislados y fragmentados sectores populares y transformadores, y los conservadores o continuistas, quienes poseen bajo su control los medios de comunicación, la opinión pública, los grandes teatros y cines, las redes de bibliotecas, las editoriales, las empresas privadas de salud, educación, etc.

Y a todo esto se agrega que la lucha revolucionaria por el socialismo (en tanto periodo de transición hacia el comunismo) y la revolución misma, son, por lo menos, de carácter nacional, pero fundamentalmente no puede ser sino regional o continental.

PODER POPULAR [PP] Y LA CUESTIÓN DEL ESTADO

 ¿En qué se distingue el PP como soberanía comunitaria, a las concepciones autonomistas y de poder dual? Primero que todo, en la concepción del poder y del Estado. No profundizaré en el tema de que el poder no está sólo en el Estado. El poder no está sólo en el Estado, ni toda lucha por el poder es una lucha por el poder del Estado… Sin embargo, esto no quiere decir que el poder está en todas partes. Ciertamente hay relaciones de poder y luchas que son cotidianas. Pero socialistas y marxistas reconocen una lucha y un poder fundamental, que de alguna manera estructura todas las otras: la lucha de clase y la explotación[21].

La existencia de la lucha de clases y de la explotación nos lleva a concebir al Estado como un lugar de relaciones estratégicas de la lucha revolucionaria. No el único, no el más importante. Las luchas de la contra-cultural, de la guerra de posiciones, quizá sean las más importantes, porque constituyen el soporte de la hegemonía revolucionaria. Y la revolución no puede ser sólo dominación… Pero el Estado sí es un lugar de relaciones estratégicas.

Primer elemento: El Estado no es ya un objeto (marxismo ortodoxo) o un sujeto (socialdemocracia). Es un lugar de relaciones, y es, al mismo tiempo, ya una relación, puesto que la idea de “lugar” por sí sola mantendría cierta posibilidad de externalidad. El Estado es una relación y al mismo tiempo un lugar de relaciones estratégicas[22].

Segundo elemento: el Estado-relación no sólo es dominación, sino también consenso, legitimidad, hegemonía. Lo que se traduce empíricamente en el hecho que el Estado no tiene ya la condición de “restringido”, sino de “ampliado”; no es sólo ejército, fronteras y parlamento, es también hospitales, salud, escuelas, universidades, educación, seguridad social, jubilación, municipios. Lo que se traduce ideológica y subjetivamente a una dependencia histórica cada vez más profunda…

El Estado no sólo son los poderes del Estado, sino que todo aparato que participe de la reproducción de “las ideas” del Estado, que son “las idas de la clase dominante” (Marx). Esta concepción es el aporte de la teoría de los Aparatos Ideológicos de Estado (Althusser) y su distinción respecto a los Aparatos Represivos del Estado. Los medios de comunicación, las escuelas, ¡las iglesias!, etc., son aparatos ideológicos de Estado en tanto que participan de la reproducción de las ideas del Estado capitalista, que son las ideas de clase dominante[23].

Esto no quiere decir que todas “las ideas” son de la clase dominante. Eso significaría la imposibilidad de una contra-cultura. Pero más aún: esto tampoco quiere decir que “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes”[24] siempre y en todo momento. Ciertamente la clase dominante tiene la capacidad de integrar ideas provenientes de las clases subalternas y las vuelve así suyas, bajo sus sellos y valores, bajo sus prismas e intereses de clase (de eso depende la mantención de la hegemonía: de la incorporación de las contradicciones)… Pero esto no soslaya el hecho de que sean ideas de las clases subalternas: ni la limitación de la jornada laboral, ni el establecimiento de periodos de descanso, ni la seguridad social, ni la creación de sindicatos, ni el sufragio libre, universal y secreto, ni la misma democracia liberal, por nombrar algunos elementos, son ideas de las clases dominantes. Son, por el contrario, conquistas de las clases subalternas. Fueron, en un momento, alteridad

El Estado no es entonces una exterioridad de las luchas populares. Las luchas populares atraviesan el Estado. Este es el tercer elemento… Ciertamente las luchas populares, que atraviesan el Estado, no se cristalizan en éste. De hecho, quienes las cristalizan son las clases dominantes. Para el socialismo y el marxismo, las clases subalternas no pueden limitarse a ser “incluidas” en el Estado, sino que deben estar orientadas a “transformar” al Estado, hasta su disolución.

Primer elemento entonces: el Estado-relación es un lugar de relaciones estratégicas. Segundo elemento: el Estado es dominación-coerción y hegemonía-consenso (no sólo una máquina de dominación). Tercer elemento: el Estado está atravesado por las luchas subalternas, no siendo exterioridades excluyentes. Y cuarto  elemento: las luchas subalternas, la lucha revolucionaria, se dan en el Estado.

El Estado, decíamos, según la concepción ampliada de Gramsci, no es sólo dominación, sino también consenso, legitimidad y hegemonía. Pero agregábamos que, sin embargo, aunque Gramsci distinguía dos estrategias distintas según se trate de Oriente u Occidente, la guerra de movimiento o la guerra de posiciones, se mantenía en la lógica de una dualidad de poderes, la contienda entre la “cultura” y la “contra-cultura”, que debían enfrentarse inevitablemente[25].

Considero que las contiendas entre las fuerzas del trabajo y del capital son inevitables. Decir algo distinto significaría el abandono de la principal idea marxista: la lucha de clases y la explotación. Contienda a la que debe integrarse la idea “rupturas efectivas” (Poulantzas[26]). Debe darse la contienda y deben darse rupturas… Lo que aquí se cuestiona es la existencia separada de una “cultura” y una “contra-cultura”, el enfrentamiento entre una “dualidad de poderes”, el enfrentamiento entre el Estado burgués y el soviet, por así decirlo.

Primero, por una cuestión práctica: si este enfrentamiento se diera, las clases subalternas serían irremisiblemente derrotadas. Esto en todos los ámbitos: las necesidades sociales históricamente determinadas hoy superan a toda experiencia comunitaria (incluso indígenas de la amazonia, en Brasil, Perú o Bolivia, poseen hoy la reivindicación por la salud pública, por dar un ejemplo, aunque con sus propias identidades; pero en definitiva, no viven en un legendario estado “natural”)… Y para qué decir en el ámbito militar: el enfrentamiento entre el ejército regular (especialmente en Chile) y un ejército popular, no se revolverá sino con la derrota de éste último; o en el mejor de los casos, por un empate catastrófico (como el de las FARC en Colombia).

Y segundo, por una cuestión histórica: el Estado se ha desarrollado como nunca, irradiando todos los ámbitos de la vida (salud, educación, trabajo, protección, transporte, valores, beneficencia, sexualidad, entretenimiento, etc.). Incluso quienes trabajan, se educan o atienden su salud como “privados”, “en privados”, en ong’s o en el “mercado”, no lo hacen sino en el Estado.

Esto es lo que se puede llamar la universalidad del Estado. No una universalidad del tipo hegeliano: el Estado es la realización del ser, la autoconciencia, la racionalidad en sí para sí, etc. Sino en el sentido marxista: el Estado es la única institución que ha sido capaz de universalizarse, de asumir todos los requerimientos sociales, de abordar todas las necesidades sociales históricamente determinadas. Cuando Marx plantea en el texto “La Guerra Civil en Francia”, que la Comuna (de Paris) es la forma histórica para el desarrollo del comunismo, así como las granjas de los campesinos rusos (en uno de los Prefacios de “El Manifiesto…”), y Lenin y Trotsky incorporaron los soviets como formas de organización de esas Comunas, o Mariátegui habla de “elementos de comunismo práctico” en los indígenas del Altiplano, y Luis Emilio Recabarren se plantea el proyecto mancomunal, de cooperativas y municipios populares, están hablando de esa universalidad. Hoy, por las determinaciones históricas y por la persistencia del modo de producción capitalista y la dominación-hegemonía burguesa, esta forma universal sigue siendo la del Estado[27].

Por lo tanto, la lucha revolucionaria, por la construcción del socialismo, se dará al interior del Estado-relación, cuando las clases subalternas desplieguen su soberanía comunitaria, su PP, en la transformación de las instituciones del Estado en vista a rupturas efectivas y su extinción… Y esto será así porque las luchas subalternas siempre han atravesado el Estado, teniendo conquistas, derrotas y suplantaciones. Pero el punto central es que no es posible la destrucción del aparato del Estado en tanto externalidad (anarquismo), sino su transformación por los órganos de PP que irán asumiendo sus tareas. Lo que se ha denominado la transformación de una sociedad de matriz Estado-céntrica hacia una sociedad Socio-céntrica: la disolución del Estado en la sociedad[28].

En términos prácticos, el ejemplo más claro de esto lo da Nicos Poulantzas: no habrá un enfrentamiento entre el ejército regular y un ejército popular. Lo que habrá es un copamiento de las clases subalternas, sus prácticas, sus valores, su cultura, en el ejército regular, tanto en el ámbito de los oficiales como los soldados; donde un sector importante se pasará al bando del bloque popular[29]. Y lo mismo se puede pensar desde los municipios, como lo hacía Luis Emilio Recabarren, en tanto estructuras descentralizadas de poder[30].

Del mismo modo sucederá con la democracia. Como escribía Rosa Luxemburgo, no se trata de abolir la democracia (la “democracia burguesa” la llamaban peyorativamente Lenin y Miguel Enríquez). Sino que la democracia representativa se profundizará con elementos e instituciones de la democracia participativa, directa, de los pueblos, de las comunidades.

Todo esto se ha conceptualizado como la coyuntura de la autonomía relativa del Estado. La autonomía relativa se distingue del momento instrumental, que es cuando las clases dominantes o sus representantes ocupan el aparato del Estado; la autonomía relativa es entonces cuando sectores de las clases subalternas acceden al aparato del Estado o a ciertas estructuras de manera autónoma[31].

EL PROYECTO POPULAR

 La lucha revolucionaria, por la construcción del socialismo, se dará al interior del Estado, cuando las clases subalternas desplieguen su soberanía comunitaria en la transformación de la institucionalidad, aprovechando también para ello la coyuntura de la autonomía relativa. Esta tarea va acompañada, al mismo tiempo, de la guerra de posiciones, del despliegue de una contra-cultura, de autonomías: pero no para crear un poder dual o cambiar el mundo sin tomar el poder… sino porque estas luchas, las luchas por el poder popular, son las principales formas para la construcción de la hegemonía de las clases subalternas: solidaridad, cooperación, compromiso, comunitarismo, etc. En ellas radica el futuro del socialismo y de la revolución, para que no se estanque, empantane o retroceda.

El poder popular es la identidad misma del socialismo que queremos: no un socialismo de Estado, sino un socialismo que genere rupturas efectivas contra el capital, es decir, contra el valor de cambio, y se oriente a la construcción de las Comunas y las “granjas”, fortalezca los “soviets” (en la URSS se disolvieron), los cordones industriales, las autonomías indígenas, empodere y reproduzca los “elementos de comunismo práctico”, los universalice, es decir, que el valor de uso  triunfe por sobre el valor de cambio.

Como se ve, el poder popular como poder soberano de las comunidades, no es una “estrategia” en sí misma, que deba uno preferir en vez de la conquista del poder político. Es un elemento fundamental en la construcción del socialismo (yo diría en la construcción del socialismo democrático). Tampoco es una táctica, pues eso significaría la burocratización del proceso revolucionario (lo que pasó en la URSS). El poder popular es un lugar de relaciones estratégicas, así como lo es también el Estado.

Si con la consigna izquierdista la lucha estratégica es por fuera, al margen y en contra de la institucionalidad, se quiere decir en contra del Estado neoliberal y el actual momento instrumental, entonces coincido plenamente con el izquierdismo. La ruptura en esto es fundamental. Pero sí se quiere expresar que el único lugar de relaciones estratégicas es  el poder popular (bajo la estrategia del poder dual o del autonomismo), entonces no coincidimos. Tanto el poder popular como el Estado son lugares de relaciones estratégicas: es lo que Rodrigo Ambrosio denominó la espada de doble filo[32].

Notas

[1] Marx, Karl. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán.

[2] Mazzeo, Miguel. El sueño de una cosa: introducción al poder popular. Capítulo 1.

[3] Pozzi, Pablo; Pérez, Claudio (Editores). Por el camino del Che. Las guerrillas latinoamericanas, 1959-1990.

[4] Holloway, John. Cambiar el mundo sin tomar el poder. Capítulo 1, sección V.

[5] García Linera, Álvaro. El zapatismo: indios insurgentes, alianzas y poder.

[6] Trotsky, León. Historia de la revolución rusa, vol. 1, La dualidad de poderes. Lenin. La dualidad de poderes, ¿Ha desaparecido la dualidad de poderes? y Todo el poder a los soviets.

[7] Gramsci, Antonio. Guerra de posiciones y guerra de maniobras o frontal.

[8] Gramsci, Antonio. (sin título) Parágrafo 14, Cuaderno 13. Edición Valentino Guerratana.

[9] Gramsci, Antonio. Guerra de posiciones y guerra de maniobras o frontal.

[10] Luxemburgo, Rosa. La revolución rusa.

[11] Poulantzas, Nicos. Estado, poder y socialismo. El Estado y las luchas populares.

[12] Lenin. Sobre el Estado. Conferencia pronunciada en la Universidad Sverdlov, julio de 1919.

[13] Poulantzas, Nicos. Estado, poder y socialismo. El Estado y las clases dominantes.

[14] Marx, Karl. Estatutos generales de la asociación internacional de los trabajadores.

[15] Castro, Fidel. La historia me absolverá.

[16] Lenin. ¿Qué hacer? Capítulo 2, sección b.

[17] Mazzeo, Miguel. El sueño de una cosa: introducción al poder popular. Capítulo 2.

[18] Marx, Karl. Estatutos generales de la asociación internacional de los trabajadores.

[19] Marx, Karl. El capital.

[20] Lenin. El Estado y la revolución. La transición del capitalismo al comunismo.

[21] Poulantzas, Nicos. Estado, poder y socialismo. El Estado, los poderes, las luchas.

[22] Poulantzas, Nicos. Estado, poder y socialismo. El Estado y las clases dominantes.

[23] Althusser, Louis. Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Sección “Reproducción de la fuerza de trabajo”.

[24] Marx, Karl; Engels, Friedrich. La ideología alemana. Sección 2, Sobre la producción de la conciencia.

[25] Gramsci, Antonio. Guerra de posiciones y guerra de maniobras o frontal.

[26] Poulantzas, Nicos. Estado, poder y socialismo. Hacia un socialismo democrático.

[27] Jessob, Bob. ¿Narrando el futuro de la economía nacional y el estado nacional? Puntos a considerar acerca del replanteo de la regulación y la re-invención de la gobernanza.

[28] Cavarozzi, Marcelo. El capitalismo político tardío y su crisis en América Latina. Gómez, Juan Carlos; Escalante, Zulema. La conflictiva relación entre Estado, Mercado y sociedad civil en “Nuestra América”.

[29] Poulantzas, Nicos. El Estado y la transición al socialismo, entrevista de Henri Weber.

[30] Recabarren, Luis Emilio. Lo que puede hacer la municipalidad en manos del pueblo inteligente. Salazar, Gabriel. Luis Emilio Recabarren y el municipio popular en Chile, 1900-1925.

[31] Tapia, Luis. La coyuntura de la autonomía relativa del Estado.

[32] Ambrosio, Rodrigo. La conquista del poder

 

(Artículo toado de la revista “Posiciones”, de la Tendencia Socialista Revolucionaria// Imagen: Comgreso de la Comitern 1921, Boris Kustodiev)

Beneficios sin inversión en el capitalismo financiero. Una explicación marxista de las apariencias.

 

por Facund Fora Alcalde //

A pesar de las distintas consideraciones respecto a la dirección de la causalidad, todas las corrientes de la economía heterodoxa explican la existencia de una relación positiva entre ganancias e inversión (Stockhammer, 2006). Siguiendo esta corriente de pensamiento, el descenso en las tasas de acumulación experimentado desde los años ochenta en las economías desarrolladas debería haberse visto acompañado por un descenso de la tasa de ganancia. Sin embargo, las tasas de beneficio han aumentado al mismo tiempo que la acumulación de capital ha disminuido, un hecho que “no tiene precedentes en la historia del capitalismo” (Husson, 2009, p.1) y que ha supuesto la aparición de un rompecabezas macroeconómico (Stockhammer, 2006; véase también Stockhammer, 2004; Bakir y Campbell, 2009 y Duménil y Lévy, 2004a).

La escuela post keynesiana basa su explicación del rompecabezas en los cambios institucionales y políticos ocurridos en los años setenta. Más concretamente, se argumenta que el empoderamiento de los accionistas en la dirección de las empresas y la liberalización  finnanciera habrían incentivado el desarrollo de actividades financieras. Según esta explicación, este fenómeno trajo consigo un uso cada vez mayor de los beneficios de las empresas en la esfera  financiera de la economía, impidiendo su uso en la acumulación de capital  fijo; además, el empoderamiento de los capitalistas financieros habría supuesto también una derrota para la clase trabajadora, con la consecuente reducción en la demanda agregada y, con ella, de la inversión.

En el análisis marxista, en cambio, el estudio de las dinámicas de la acumulación y el beneficio se sitúa en un nivel de abstracción superior al de los cambios institucionales y, por ende, estos no pueden determinar el resultado de las citadas variables. Además, siguiendo a Marx, el capital  financiero no puede concebirse única y exclusivamente como un tipo de capital pernicioso para el conjunto del sistema capitalista, un hecho destacado por distintos autores (véase Astarita, 2008). Sin embargo, hasta donde sabemos, no existe todavía una explicación de los recientes acontecimientos que respete los citados fundamentos de la teoría marxista.

Con el propósito de contribuir a llenar este vacío e incentivar el debate al respecto, este artículo se estructura de la siguiente manera: en el segundo apartado explicamos brevemente las tendencias que deberíamos observar en inversión y beneficios según la teoría marxista y las comparamos con la evidencia empírica respecto a los movimientos reales seguidos por dichas variables; en la sección tercera de este trabajo exponemos la explicación post keynesiana del rompecabezas y señalamos lo que, a nuestro entender, son sus puntos débiles; en el apartado siguiente proponemos una explicación del rompecabezas en la que la falta de inversión en el norte tiene su origen en la fragmentación de los procesos productivos y la especialización internacional del trabajo que se ha dado desde los años ochenta. Finalmente, concluimos que, siendo la  financiarización de la economía una expresión concreta de las leyes inmanentes al capitalismo, su regulación implicaría el estrangulamiento de las ganancias y, por ende, la falta de inversión no puede resolverse (dentro del capitalismo) sin perjudicar a la clase trabajadora.

EL ROMPECABEZAS DE LA INVERSIÓN Y LOS BENEFICIOS

La teoría

Marx (2000: 55) comienza su obra magna afirmando que “la riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un ‘inmenso arsenal de mercancías'” y, a continuación, define la mercancía como aquel objeto (o bien, o servicio) que, más allá de ser un objeto, tiene un precio. El capitalismo se caracteriza, pues, desde este punto de vista, por la centralidad que ocupa el mercado en su funcionamiento. Un hecho que concuerda con los estudios de carácter historiográfico centrados en la génesis del capitalismo (Polanyi, 1944; Wood, 1999).

En consecuencia, como sistema basado en el intercambio mercantil, el advenimiento del capitalismo implica que la supervivencia de cualquier unidad productiva, como tal, pasa a depender del éxito que tenga su aportación al mercado. Un éxito que consiste, precisamente, en “rebajar el coste de producción (y por tanto valor) por unidad de valor de uso, algo que conceptual e históricamente es completamente equivalente a conseguir mejorar la cantidad (y/o calidad) de valor de uso por unidad de valor de cambio”4 (Guerrero, 1995). Por este motivo podemos afirmar que la dependencia de las empresas respecto de los mercados conlleva la necesidad de mejorar o incrementar su producción sin incrementar los costes, lo que se consigue, principalmente, a través de mejoras de productividad. Como explica Kliman (2007: 22, énfasis en el original): “la teoría de Marx implica que cuando una empresa individual produce el doble con la misma cantidad de trabajo, la cantidad de valor producido (prácticamente) se dobla también” .

La importancia de las mejoras en productividad para el éxito en el mercado tiene dos consecuencias fundamentales. Por un lado, implica que la maquinaria (o los medios para obtenerla) se convierte en un factor productivo esencial para la supervivencia, puesto que, como explica Shaikh (2016: 259) “la reducción de costos puede tener lugar a través de la reducción de salarios, aumento de la duración o intensidad de la jornada laboral, y a través del cambio técnico. Este último se convierte en el medio central a largo plazo”. Esta importancia de la maquinaria, a su vez, es un elemento central para la comprensión de la explotación bajo el capitalismo. Esto es así porque, como afirma Shapiro (1988: 17), “un trabajador no podría especializar su trabajo, convirtiéndose, por ejemplo, en un panadero o un tejedor, sin los materiales y herramientas del mercado, o los bienes necesarios para su subsistencia durante el tiempo de producción y venta de sus productos”. En el sistema capitalista aquellos que no tienen la propiedad de los medios de producción dependen de los capitalistas para poder sobrevivir. Por lo tanto, “el obrero (…) no puede desprenderse de toda la clase de los compradores [de trabajo], es decir, de la clase de los capitalistas, sin renunciar a su existencia. No pertenece a tal o cual capitalista, sino a la clase capitalista en conjunto” (Marx, 2016: 12, énfasis en el original). Por este motivo los capitalistas pueden pagar, con el salario, un valor inferior al de las mercancías producidas por los trabajadores, acumulando trabajo no pagado en la forma de beneficio.

Por otro lado, la importancia de las mejoras en productividad para el éxito en el mercado sitúa la inversión como una necesidad para la supervivencia del capitalista individual. En este punto vale la pena señalar que la necesidad de invertir previamente esbozada es, de hecho, una necesidad de obtener beneficios. En este sentido puede a rmarse que “lo que en el avaro es mera idiosincrasia es, en el capitalista, el efecto de un mecanismo social del que él pasa de ser uno de sus engranajes” (Marx y McLellan, 2000: 649). Este hecho, sin embargo, no es solo el resultado de que los capitalistas sean los directores de la inversión, sino la consecuencia del vínculo entre los bene cios y la inversión futura. En este sentido Basu y Das (2016: 2) argumentan que “no solo una tasa de ganancia elevada atrae a nuevos capitales, sino que también otorga a las empresas existentes los medios con los que expandirse”. Es precisamente en este sentido que hay que entender a Marx (1981: 348-349, citado en Tapia, 2012) cuando afirma que la tasa de beneficio “es el estímulo a la producción capitalista”, de forma que cuando esta decrece “frena la formación de nuevos capitales y, así, aparece como una amenaza al desarrollo del proceso de producción capitalista”.

Podemos concluir, entonces, que, bajo el capitalismo, las decisiones de inversión se rigen por las dinámicas de la rentabilidad; las cuales, como se ha mostrado, dependen del nivel de explotación del trabajo. En consecuencia, nuestro análisis nos lleva a la conclusión marxista clásica: la mayor explotación de la clase trabajadora es la fuerza subyacente a la expansión de la acumulación capitalista y, por lo tanto, una mayor explotación debería llevar a una mayor inversión.

 

La práctica

La tasa de ganancia

A pesar de (o quizás como consecuencia de) la centralidad de la tasa de ganancia para la teoría marxista, persiste un importante debate en torno a la forma de cálculo adecuada de la misma. Sin embargo, distintas revisiones del debate concluyen en términos similares con respecto a la tendencia de la(s) tasa(s) durante los últimos años7. Por lo tanto, para nuestra exposición será su ciente el examen de las conclusiones de algunas revisiones de la literatura que, además, coinciden con nuestros datos (ver gráfico 1).

 6 Es interesante darse cuenta de que la rentabilidad, entendida como la cantidad de bene cio por unidad de stock de capital, puede tener diferentes fuentes. De hecho, como lo demuestra la descomposición de la tasa de ganancia (P / K), su valor es el resultado de multiplicar la participación de los beneficios (P / Y) por la utilización de la capacidad (Y / Yfc) y el nivel tecnológico (Yfc / K), donde P = beneficios, Y = producción, Yfc = producción a plena utilización de la capacidad, y K = stock de capital. Este hecho ha llevado a un importante debate entre los economistas post keynesianos y los marxistas por el diferente papel atribuido a la utilización de la capacidad en la tasa de beneficio. Mientras que los post keynesianos enfatizan la importancia de sus variaciones, los marxistas han argumentado que estas solo afectan a la tasa de ganancia en el corto plazo. Nuestro énfasis en el objetivo de maximizar los beneficios que las empresas tienen, implica que, a largo plazo, las empresas tratarán de producir en el nivel más beneficioso de utilización de la capacidad. Esto es, mientras que “la utilización real puede desviarse de las tasas deseadas en el corto plazo. Sería poco razonable (…) asumir que las expectativas de la demanda pueden ser persistentemente y sistemáticamente falsificadas en estado de equilibrio. En consecuencia, es difícil concebir un escenario con crecimiento a la tasa de equilibrio en el que las empresas se contenten con acumular a un ritmo determinado a pesar de tener significativamente más (o menos) exceso de capacidad de lo que desean” (Skott, 2008: 6). Por lo tanto, en este artículo asumiremos la tasa de ganancia en su conjunto (P/K) como el indicador más relevante de rentabilidad para las decisiones empresariales.

Cierto es, sin embargo, que la opinión reproducida en este artículo, a pesar de mayoritaria, no es unánime. Para una exposición y discusión de estudios con resultados opuestos a los aquí analizados, véase, por ejemplo, Kliman (2011).

GRÁFICO 1

Tasas de ganancia en las economías desarrolladas 1960-2007.

Nota: La tasa de ganancia es igual al excedente neto de explotación dividido por el stock de capital neto (en porcentaje).

Fuente: Elaboración propia con datos de AMECO.

Por un lado Basu y Vasudevan (2013), llevan a cabo una investigación en la que contrastan las distintas posibilidades de cálculo empírico de la tasa de ganancia, concluyendo que “la inspección de las series temporales de varias medidas de la tasa de ganancia para la economía de los Estados Unidos [indica que], salvo en un caso, todas las medidas muestran tendencias similares: hay una ruptura en la tendencia decreciente de la rentabilidad a principios de los años ochenta; el período siguiente está marcado por la inexistencia de tendencias o una leve tendencia al alza”.

En el mismo sentido Michael Roberts (2011: 4-5) responde a la pregunta sobre la importancia de las distintas formas de medición de la tasa de ganancia afirmando que “no parece importar cómo se mida la tasa marxista de ganancia. Todas las medidas muestran que para la economía estadounidense (…) ha habido una tendencia secular a la baja en la tasa de ganancia [y] coinciden en que hubo un movimiento cíclico en esta [con] un mínimo en 1982 y luego un pico en 1997”.

La misma opinión es defendida por Guglielmo Carchedi (2011) quien, a pesar de ciertas divergencias en la cronología exacta, reconoce que “dentro de una tendencia secular a la baja dos largos periodos pueden discernirse – de 1978 a 1986 y de 1987 a 2009. La tasa media de beneficio cae en el primer periodo pero se incrementa en el segundo”.

Por su parte, Anwar Shaikh llega a las mismas conclusiones a partir del análisis empírico que realiza con sus propias variables. Concretamente, este autor analiza lo que él llama “la tasa de ganancia de la empresa”, que se calcula como la tasa de ganancia de la economía menos los tipos de interés. Con esta herramienta, el análisis empírico del autor le permite concluir, en línea con los planteamientos señalados más arriba, que “en los años 1980 comenzó un nuevo boom en los principales países capitalistas” (Shaikh, 2011: 45).

En consecuencia, en este trabajo defendemos la idea de que la tendencia mostrada por la tasa de ganancia capitalista en los últimos 40 años ha sido más bien positiva y que, por ende, la acumulación debería, por lo menos, haberse mantenido al mismo nivel que en los setenta.

La tasa de acumulación de capital.

En relación al análisis anterior, deberíamos observar unas tasas de acumulación de capital relativamente constantes o al alza desde los años ochenta hasta nuestros días. Sin embargo, y tal y como se ha explicado anteriormente, la situación actual es diferente de la que ha caracterizado el desarrollo capitalista desde sus primeros días. Específicamente podemos ver en los grá cos dos y tres que las tasas de acumulación han descendido para las principales economías capitalistas tanto en términos absolutos como en relación a los beneficios (gráficos 2 y 3).

GRÁFICO 2

Tasas de acumulación de capital en las economías desarrolladas 1960-2007.

 

Nota: Las tasas de acumulación se calculan como la tasa de crecimiento anual del stock de capital neto (en porcentaje).

GRÁFICO 3

Parte de los beneficios destinada a la inversión en las economías desarrolladas 1960-2007.

Nota: la parte de los beneficios destinada a la inversión se ha calculado como el cociente entre la formación neta de capital y el excedente neto de explotación.

Fuente: Elaboración propia con datos de AMECO.

La reducción de los niveles de acumulación en los países desarrollados desde los setenta es un hecho poco controvertido, pues es ampliamente reconocido en la profesión y descrito desde distintos enfoques (Suwandi y Foster, 2016; Teulings, 2014; Kliman 2011). Sin embargo, las complicaciones que supone combinar esta evidencia con las dinámicas del bene cio han sido menos estudiadas. Especialmente sorprendente es el hecho de que en la literatura marxista reciente “la cuestión sobre el cambio de relación entre bene cios y acumulación bajo el neoliberalismo (…) ha recibido relativamente poca atención” (Bakir y Campbell, 2011). Y cuando la ha recibido, ha seguido razonamientos similares a los defendidos por la escuela post keynesiana y que se critican a continuación (véase, por ejemplo, los mismos Bakir y Campbell, 2011 o Duménil y Lévy, 2004a).

En cualquier caso, aquellos autores que han observado esta fenomenología han con rmado que “no tiene precedentes en la historia del capitalismo” (Husson, 2009, p.1) y que, ciertamente, implica un “rompecabezas de inversión-ganancia” en el que los orígenes de los bene cios y el destino de las inversiones permanecen inciertos (Stockhammer, 2006). Además, la importancia de esta disociación es “tremenda (…) debido al hecho de que la tasa de crecimiento del stock de capital  jo, la tasa de acumulación, regula la capacidad de la economía para crecer” (Duménil y Lévy, 2004b).

Por lo tanto, urge clari car y desarrollar las actuales explicaciones del problema para poder aportar propuestas políticas efectivas en la solución a la falta de inversión y empleo, que tanto sufrimiento provocan.

  

LA FINANCIARIZACIÓN DEL CAPITALISMO

La visión post keynesiana

El rechazo de la Ley de Say era para Keynes uno de los puntos fundamentales para que su Teoría General “revolucionara (…) en gran manera, la forma en que el mundo piensa los problemas económicos”. Y es que, de hecho, la posibilidad de descoordinación entre oferta y demanda abre la puerta a una explicación endógena de las crisis y la falta de inversión, que rompe con la tradición ortodoxa (Tapia, 2012). Esto es así porque una de las razones por las que la demanda puede ser distinta de la oferta se halla en el hecho de que el dinero se puede atesorar y, por lo tanto, la inversión dependerá de las perspectivas de venta de las empresas en cuestión. De este modo, la demanda agregada depende de la propensión al consumo del conjunto de la sociedad que, a su vez, depende de la distribución de la renta. Por lo tanto, a pesar del efecto estimulante para la inversión que tiene la reducción de los costes laborales, la posibilidad de descoordinación entre oferta y demanda implica que, si dicha reducción comporta una bajada en el consumo agregado, el resultado será el freno a la inversión y, con él, la crisis económica. Tal y como exponen Onaran y Galanis (2013: 2) el hecho característico del análisis post keynesiano es que tiene en cuenta que “los salarios tienen un doble papel: son, al mismo tiempo, un componente del costo y una fuente de demanda” de modo que “el efecto total de la disminución de la participación salarial en la demanda agregada depende del tamaño relativo de los efectos de los cambios en la distribución del ingreso sobre el consumo, la inversión y exportaciones netas”.

En términos empíricos, ha sido demostrado por varios autores que la mayoría de economías nacionales (y la mundial en su conjunto) están lideradas por los salarios gracias a su peso en la demanda agregada (véase, por ejemplo, Bowles y Boyer, 1995). En consecuencia, desde este punto de vista puede a rmarse que la caída de la inversión podría darse porque “la disminución de la participación del trabajo en la renta nacional desde los años ochenta ha signi cado una disminución del poder adquisitivo de los trabajadores, que ha limitado su capacidad adquisitiva [y, por lo tanto, la demanda agregada]” (Onaran y Galanis: 34).

Sin embargo, tal y como expresa acertadamente Stockhammer (2006), esta explicación de la falta de inversión post keynesiana es incapaz de resolver el otro lado de la paradoja del capitalismo de las últimas décadas: el incremento de los bene cios a pesar de la reducción de los salarios y la inversión; algo que contradice la máxima kaleckiana según la cual “los trabajadores consumen lo que ganan mientras que los capitalistas ganan lo que consumen”.

Llegados a este punto de análisis, los economistas post keynesianos introducen un tercer elemento diferenciado del capital (en sentido abstracto) y de los trabajadores: el capital  nanciero. Por un lado, su desarrollo habría “generado un creciente potencial para el consumo (…)  nanciado con deuda, creando así el potencial para compensar los efectos depresivos de la [reducida] demanda en algunos países” (Hein y Mundt, 2012: 2). En consecuencia, la explicación subconsumista de la falta de inversión quedaría invalidada por la misma constatación de que, fuera cual fuera su causa, “en los EEUU la participación del consumo en el PIB había estado creciendo desde 1980 [y que] la tendencia es similar en el Reino Unido” (Stockhammer, 2010: 5), y también lo es para otros países de la periferia europea (Onaran y Galanis, 2013). Por lo tanto, la reducción de la inversión en los países desarrollados habría sido el resultado, por otro lado, del citado proceso de  nanciarización. Esto es así porque, según los autores post keynesianos, su expansión habría impedido el uso de ese capital en la esfera industrial de las economías avanzadas (véase Hein y Mundt, 2012 o Stockhammer, 2006).

La conclusión de las líneas precedentes es que, para el enfoque post keynesiano, el empoderamiento del capital  nanciero sería la única explicación consistente, al mismo tiempo, con la reducción de la inversión y el incremento de los bene cios. Tal y como reconoce Palley (2007: 11), “la tesis de la  nanciarización es que (…) el incremento del endeudamiento, los cambios en la distribución funcional de la renta, el estancamiento salarial y la mayor desigualdad de ingresos están relacionados con los cambios provocados por los intereses del sector  nanciero”.

Por este motivo, la explicación post keynesiana de la falta de inversión, y sus recetas contra la misma, dependen totalmente de su análisis del comportamiento empresarial. A saber, este análisis se basa en la existencia de objetivos empresariales distintos al de maximización de las ganancias. Además, según esta escuela, el logro de cada una de estas metas genera distintos beneficios para los distintos agentes que administran las empresas. Más concretamente, los beneficios son la fuente de ingresos de los propietarios, mientras que los gerentes estarían más interesados en aumentar el tamaño de la empresa (a través de la inversión) para hacerla más poderosa y asegurar su mantenimiento a largo plazo y, así, la posición y el salario de los mismos gerentes. Vemos, pues, que bajo este enfoque aparecen distintas “sub-clases” capitalistas, con intereses opuestos entre ellas (Stockhammer, 2006). Un hecho que implica la prevalencia de un tipo u otro de comportamiento empresarial en función de la estructura de poder en el interior de las empresas. Es decir, que cualquier cambio en las prioridades de las empresas podría ser el resultado de cambios puramente institucionales.

Desde este punto de vista, ciertos cambios sociales y legislativos ocurridos a principios de los años ochenta modi caron las prioridades de gestión de las empresas a través del empoderamiento de los accionistas frente a los directivos. Especí camente, la liberalización  financiera permitió que tenedores de dinero, fondos de inversión y demás capitalistas  nancieros9 ganaran un papel fundamental en la gestión de las empresas. Y, dada la divergencia de objetivos entre capital  financiero y capitalistas productivos (gerentes), estos procesos comportaron un freno a la acumulación productiva en pos de la inversión  nanciera, dando lugar a lo que se ha conocido con el nombre de  financiarización.

De acuerdo con esta teoría, entonces, el empoderamiento de los capitalistas  financieros comportó un incremento en los gastos priorizados por la sub-clase de capitalistas  nancieros (los dividendos), que habría evitado el uso de los beneficios de las empresas en la acumulación de capital industrial (Orhangazi, 2008, Duménil y Lévy, 2004a, 2004b). En palabras de Stockhammer (2004: 735): “las empresas (en promedio) no están constreñidas por las  finanzas (los bene cios son elevados), pero sus prioridades hacen que no elijan invertir”.

Siguiendo la explicación post keynesiana, por lo tanto, podemos afirmar que la reducción de los niveles de acumulación de capital es el resultado del auge de las  nanzas. Una explicación que, con respecto a la correlación temporal que existe entre la  financiarización y la disminución de la inversión, podría ser plausible. Además, esta relación negativa entre inversión y financiarización es apoyada por los resultados de distintas investigaciones econométricas. Por ejemplo, Stockhammer (2004: 739) encuentra un “fuerte apoyo” al rol jugado por la  nanciarización en la reducción de la acumulación, especialmente en los casos de Francia y EEUU cuando controla la participación de los beneficios, el nivel de la capacidad de utilización y el precio del capital. Asimismo, centrándose en datos empresariales de los EEUU, Orhangazi (2008) encuentra efectos negativos significativos de los beneficios y pagos  financieros sobre las tasas de acumulación de empresas no  financieras. En consecuencia, la presencia de una relación negativa entre financiarización y acumulación parece una realidad.

Sin embargo, el origen del auge de la  financiarización, que los post keynesianos atribuyen al empoderamiento del capital  financiero, no puede ser confirmado por la citada evidencia. Más concretamente, la relación negativa entre  financiarización e inversión es, ciertamente, una condición necesaria para la validez de la explicación post keynesiana pero no es, ni mucho menos, una condición suficiente como exponemos a continuación.

Crítica a la visión post keynesiana

Quizá paradójicamente, a mediados del siglo XX hubo cierta preocupación entre economistas y empresarios por las consecuencias de la separación entre propietarios y gestores y el poder que acumulaban estos últimos; algo que se conoció como el problema del “propietario ausente”. En esos días había la preocupación de que los gerentes llevaran las empresas a la quiebra por su menor preocupación, en relación a la de los propietarios, por el éxito de las mismas (Auerbach, 2016). Sin embargo, en 1977, Chandler criticó todas estas preocupaciones por no tener en cuenta el motor principal del capitalismo: la necesidad de explotación impuesta por la competencia. Para él, “la aparición de una separación entre la propiedad y el control era vista como un aspecto de la profesionalización de la gestión (…) que evitó a las grandes empresas (…) colapsar bajo el peso de las deseconomías de escala” (Auerbach, 2016: 147). La profesionalización de las actividades gerenciales fue en ese momento una estrategia para aumentar la rentabilidad, el único objetivo que cualquier empresa debe tener para sobrevivir.

La explicación post keynesiana de la divergencia entre los beneficios y la inversión esbozada en el apartado anterior comparte el mismo sesgo institucionalista que los argumentos que Chandler criticó. Concretamente, la explicación post keynesiana se basa en una teoría de la empresa en la que esta tiene objetivos diferentes de los de maximización de los beneficios. Estos otros objetivos aparecen porque, dicen los post keynesianos, la meta  final de cualquier empresa es la de “conseguir poder” y, con este objetivo último, pueden especificarse muchos objetivos intermedios (Lavoie, 2014). Por lo tanto, dependiendo de circunstancias históricas, políticas y sociales concretas, unos objetivos u otros prevalecerán en la lucha por el poder. Esta descripción de la empresa, sin embargo, implica substanciales problemas. En primer lugar, si seguimos al reconocido post keynesiano J.K. Galbraith (1975, p.108) y definimos el poder como “la capacidad de un individuo o grupo para imponer su propósito a otros”, no podemos afirmar que el propósito de las empresas es conseguir poder, como hace Lavoie (2014). Se ve claramente que, al argumentar que el objetivo de una empresa es conseguir sus propósitos, caemos en un razonamiento circular que no dice nada sobre el objetivo real de la empresa. Por lo tanto, el enfoque post keynesiano de la empresa puede ser criticado por sobreestimar la importancia del “poder” en abstracto y, sobre todo, por ignorar las fuentes del poder real en el capitalismo.

En este sentido hay que entender que, en una economía basada en el mercado, la capacidad de las empresas para influir en sus resultados depende de su capacidad de competir, hecho que está vinculado a la capacidad de apropiarse de plustrabajo. Esta es, de hecho, la especificidad del capitalismo que se ha señalado anteriormente: el éxito no depende de los deseos de nadie sino de la capacidad de triunfar siguiendo las normas impuestas por la competencia y los derechos de propiedad. Por esta razón, Husson (2009: 2) comenta que “es una visión distorsionada de la teoría del capitalismo hacer depender la dinámica de la acumulación en la distribución de los beneficios entre la empresa y los accionistas. Se opone a ambas teorías, marxista y ortodoxa, las cuales postulan que la remuneración de los accionistas se justifica por su aporte de capital y, por lo tanto, por la inversión”. En consecuencia, la búsqueda de poder en el capitalismo debe ser considerada como la búsqueda de poder en el mercado, lo que implica la necesidad de producir competitivamente y, por lo tanto, la necesidad de explotar el trabajo humano.

Respecto a los problemas que implica la explicación post keynesiana hay que añadir que, puesto que cualquier ingreso en el capitalismo tiene su origen en el trabajo o en la propiedad de capital (cualquiera que sea su forma), no pueden existir, en esencia, intereses contrapuestos para la misma clase. Por lo tanto, bajo nuestro punto de vista, las cuestiones relacionadas con la dirección de las empresas son una simple expresión de las más profundas y estáticas motivaciones capitalistas. En términos matemáticos, la organización empresarial no puede ser la variable independiente que determina las dinámicas que siguen la inversión y la explotación del trabajo; contrariamente, son estas últimas las que determinan la forma que toma la dirección de las empresas en cada momento histórico.

Por lo tanto, bajo nuestro enfoque (y contrariamente a lo que supone la teoría post keynesiana) no es sorprendente que en la comparación entre las empresas controlados por sus propietarios y las controladas por gerentes “la mayoría de los estudios parecen demostrar que no hay discrepancia con respecto al crecimiento de ventas y activos, publicidad, salarios, variabilidad de la inversión y los dividendos. Y lo que es más importante, no hay diferencia con respecto a las variables de rentabilidad” (Lavoie, 2014: 130- 131). Por otra parte, todavía en el nivel empírico, hay una evidencia importante según la cual la ocupación en puestos de gerencia y dirección de las empresas ha aumentado en número y recompensa desde los años ochenta (Goldstein, 2012). Esta evidencia destaca el hecho de que durante la época de la  financiarización los “gerentes obsesionados por el crecimiento” han aumentado en número e importancia; algo contrario a lo esperable por la explicación post keynesiana, en la que los gerentes debieron haber reducido su influencia en la gobernanza de las compañías, para dejar paso a los accionistas deseosos de beneficios a corto plazo.

Tenemos que concluir, entonces, que la “tesis de la  financiarización” tiene sus raíces en un marco teórico que ignora la dependencia de las empresas en el mercado inherente al capitalismo. Desde este punto de vista, la explicación post keynesiana de la falta de inversión “recurre a un elemento exógeno (decisiones de desregulación, comportamiento de los agentes); se limita el análisis a una dimensión del sistema económico ( financiero) y de forma temporal (no como fenómeno estructural) ” (Mateo, 2015: 29) y es, por tanto, insatisfactoria a la hora de explicar las leyes fundamentales del capitalismo. En consecuencia, cualquier cambio en las prioridades de las empresas tiene que estar relacionado con cambios en las leyes impuestas por la competencia y las formas de explotación. Esta es, de hecho, la base para nuestra explicación del rompecabezas de inversión y beneficio.

La visión marxista

Como ha quedado expuesto en el apartado anterior, la visión post keynesiana del capitalismo permite e incentiva dibujar una relación negativa entre las esferas  financiera y productiva (o real) de las economías capitalistas. El pensamiento de Marx, sin embargo, rechaza totalmente esta visión.

El economista alemán, como hemos visto, explicó que el capitalismo se caracteriza por la producción de mercancías con el propósito de un beneficio. Esta idea queda perfectamente reflejada en su famosa y esquemática descripción del proceso que sigue la riqueza bajo el capitalismo: el dinero se usa para obtener mercancías que, a través de un proceso de producción con trabajo humano, se convierten en mercancías de valor superior que son intercambiadas por una cantidad de dinero superior a la inicial (D-M-…P…-M’-D’).

La diferencia entre la cantidad de dinero inicial y la cantidad de dinero  final es, justamente, lo que permite la realización monetaria del plusvalor, es decir, del beneficio empresarial. Sin embargo, desde un punto de vista macroeconómico, hay una incógnita importante: ¿cómo se consigue ampliar la cantidad de dinero existente en el total de la economía para permitir la realización del beneficio en forma monetaria?

A través del crédito. Es por esto que “no hay que olvidar (…) que el propio sistema de crédito es, por una parte, una forma inminente del modo de producción capitalista, y por la otra, una fuerza impulsora de su desarrollo hacia su forma última y suprema posible” (Marx, 1999, p. 781, t. 3, citado en Astarita, 2008).

Así pues, frente a “la contradicción inter-capitalista entre las  finanzas y el capital productivo” (Mateo, 2010: 7) que presupone la visión post keynesiana, en el análisis marxista el “capital es una totalidad que asume diversas formas (…) y los antagonismos que puedan producirse son de segundo orden en el sentido de que se integran en el concepto y devenir del capital, obedeciendo a sus leyes de funcionamiento” (ibíd.: 7-8).

En consecuencia, debemos concebir las actividades de los capitalistas  financieros como una actividad cualquiera. Esto es así por distintas razones. En primer lugar, porque el capital que se presta, a menudo, da derecho a la participación en la gestión y dirección de empresas, convirtiéndose, si se quiere, en capital productivo. Además, la profesionalización de la actividad prestamista que se da, por ejemplo, en bancos o fondos de inversión, no es sino la producción de servicios con un valor y un plusvalor determinados por las mismas leyes de mercado que se aplican a cualquier mercancía. Finalmente, hay que observar que en múltiples ocasiones el capital prestado son recursos temporalmente desocupados que son propiedad de capitalistas productivos, por lo que la oposición entre capital  financiero y capital productivo es imperceptible (Astarita, 2008).

Por lo tanto, el enfoque marxista debe destacar que “la división entre el capital dinero y el capital en funciones se da en el marco de una unidad, que consiste en que ambos se nutren de la plusvalía, esto es, de la explotación del trabajo humano” (Ibíd. énfasis en el original). Desde este punto de vista, la oposición entre  financiarización y acumulación de capital se desvanece: el origen de ambos procesos se halla en la misma fuente y, por lo tanto, es incorrecto predecir tendencias contrarias en estas esferas del proceso de valorización. Más concretamente, se puede afirmar que el desarrollo de las  finanzas no es sino una condición necesaria en el desarrollo de la acumulación capitalista. Especialmente si se tiene en cuenta que, desde un punto de vista microeconómico, la buena marcha de los mercados  financieros puede mejorar las condiciones para la acumulación de capital, puesto que esta buena marcha genera “un efecto riqueza sobre las empresas industriales que pueden  financiarse para acometer proyectos de inversión. (…) Pueden hacer nuevas emisiones para mejorar el capital, y también pueden servir de colaterales para acceder a préstamos” (Mateo, 2010: 15).

En consecuencia, la teoría marxista rechaza la idea de que la falta de inversión se deba al desarrollo de las  finanzas. Por el contrario, su desarrollo debe entenderse como una expresión paralela al proceso de acumulación del capital industrial. Entonces, nuestra teoría debe buscar las raíces de la evidencia empírica que relaciona negativamente la  financiarización y la acumulación, en las leyes objetivas que determinan el movimiento de la rentabilidad y la inversión.

LA FINANCIARIZACIÓN COMO ESTRATEGIA COMPETITIVA EN EL MERCADO GLOBAL

Debido a que “la competencia obliga las empresas capitalistas a buscar nuevos mercados en los que conseguir los mejores precios para sus mercancías, y buscar los proveedores más baratos de los bienes que estas compran” (Brewer, 1990: 43), es esperable una tendencia a la expansión territorial de las empresas. De hecho, distintos autores han defendido que el comercio internacional no es, ni mucho menos, un fenómeno nuevo, sino que ha caracterizado el desarrollo capitalista desde sus primeros días13. Sin embargo, la globalización puede definirse, más allá de la mera expansión territorial del capital, como un proceso de incremento en la densidad y frecuencia de las interacciones internacionales en relación a las locales o nacionales. Por lo tanto, la globalización no ha de entenderse como un simple incremento cuantitativo del comercio internacional, sino que ha de estudiarse como un cambio cualitativo en las formas que este ha tomado.

Por lo tanto, podemos afirmar que los cambios experimentados por la economía mundial en las últimas décadas han modificado las condiciones objetivas bajo las cuales el capital se reproduce. Las necesidades de reducción de costes han llevado al capital mundial a relocalizarse para aprovechar las mejores condiciones de explotación en cada lugar. Pero no solo eso: las nuevas posibilidades de producción transnacional han permitido la mayor especialización de las empresas, que se ha convertido en una forma de mejorar la competitividad gracias a su capacidad de reducir el tiempo de trabajo por debajo del tiempo de trabajo socialmente necesario en la producción de mercancías. Consecuentemente, la concentración de algunas empresas en la producción de servicios antiguamente inseparables de la producción industrial, se convierte en nuestros días en un fenómeno evidente gracias al cambio en las condiciones objetivas de valorización del capital.

Desde este punto de vista, en un mundo en el que el proceso de valorización del capital puede ser fragmentado en distintas localizaciones, es de esperar que cada una de ellas se concentre en un tipo de producción u otro, dadas las ventajas competitivas que aportan las economías de escala y aglomeración. Consecuentemente, a partir de los ochenta se observa el desarrollo de ciertas actividades a unos niveles superiores a los vistos hasta la fecha, porque regiones enteras se especializan en actividades que antes debían ir acompañadas por otro tipo de actividad. Por este motivo estamos de acuerdo con Mateo (2010: 8) cuando afirma que al buscar los orígenes de la  financiarización de la economía es “apropiado hablar de creciente importancia de ciertas actividades, ramas o prácticas, a partir del fundamento objetivo que emana del comportamiento del conjunto del sistema económico, es decir, del contexto derivado del proceso de acumulación”.

En consecuencia, el origen de la  financiarización de las economías occidentales debe buscarse en la especialización productiva acaecida en el marco de la reorganización del capitalismo mundial, después de los desarrollos tecnológicos y cambios políticos de los años setenta. Desde este punto de vista, lo que se ha considerado como empoderamiento de la clase rentista no es otra cosa que la adaptación de la clase capitalista (como un todo que es) a las posibilidades de beneficio que supone el negocio  financiero, frente a la creciente competencia del sur en el terreno de las manufacturas. Una idea que encaja perfectamente con la evidencia empírica que demuestra que “las empresas no  financieras se han  financializado, alejándose de los bancos y sacando beneficio de operaciones  financieras llevadas a cabo por ellas mismas” (Lapavitsas y Mendieta-Munoz, 2016).

Asimismo, la idea de que la especialización  financiera permite mejorar la competitividad en el mercado global también es apoyada por los datos descritos por Milberg (2008, p.439) en su análisis de algunas de las mayores  firmas estadounidenses: “mayores niveles de valor para los accionistas están asociados con una mayor dependencia de las importaciones en las cadenas mundiales de valor”. Aunque parece que él no se da cuenta, este hecho es un apoyo importante para nuestra teoría frente a la explicación post keynesiana del rompecabezas. Entendiendo la integración de empresas dentro de cadenas de valor global como una estrategia competitiva, el hecho de que aquellas más integradas globalmente sean también las más  financiarizadas indica que las empresas más exitosas de los países desarrollados son las que “invierten” con mayor énfasis en sus actividades  financieras. Por lo tanto, la evidencia empírica según la cual los mayores niveles del valor de los accionistas están vinculados a una mayor dependencia en las cadenas mundiales de valor puede verse como otra prueba del vínculo entre la  financiarización y el éxito competitivo para las empresas multinacionales americanas.

Siguiendo este razonamiento podemos afirmar que los beneficios distribuidos en forma de dividendos han sido, simplemente, una forma de ganar competitividad. Como escriben Milos y Sotiropoulos (2009: 170), por ejemplo, la compra de acciones propias y el elevado valor en el mercado de acciones “envía signos de rentabilidad a los mercados dinerarios” y permite “una continuación normal de la  financiación” y, así, asegura la competitividad de las empresas. Desde este punto de vista, entonces, la “falta de inversión” en los países desarrollados no habría sido tal cosa, sino que, más bien, lo que se habría dado en estos países habría sido “un tipo de inversión distinta”, alejada del capital industrial y centrada en el capital  financiero.

Concluimos, entonces, que los beneficios obtenidos por las empresas occidentales a través de la explotación de la clase trabajadora mundial han sido usados, desde los años ochenta, en el desarrollo de la competitividad  financiera con el objetivo de encontrar un nicho de mercado provechoso. Por lo tanto, como han demostrado empíricamente diversos economistas post keynesianos, la  financiarización de las economías desarrolladas ha supuesto un declive en sus tasas de acumulación. No obstante, es incorrecto afirmar que esta relación negativa está motivada por ningún carácter parasitario de las  finanzas. Simplemente, el desarrollo de este tipo de actividades no requiere del mismo grado de acumulación en capital  fijo; una situación que se ha podido mantener gracias a la división internacional del trabajo. Así pues, las causas de la  financiarización no deben hallarse en ningún tipo de “lucha intra-clase” o modificación de las preferencias de los capitalistas. Contrariamente, la  financiarización es el resultado esperable de la lucha entre capitalistas individuales por la apropiación del máximo plusvalor posible. Por lo tanto, no es posible acabar con los problemas de la  financiarización sin acabar con el propio sistema que la genera.

CONCLUSIONES E IMPLICACIONES POLÍTICAS

En este artículo hemos mostrado que, bajo el capitalismo, los trabajadores crean valor y los capitalistas se apropian de parte de este, en virtud de la propiedad de los medios de producción. Además, hemos señalado que la acumulación de capital es un elemento esencial en el desempeño económico del capitalismo. Específicamente, bajo este sistema, la inversión es una necesidad para la supervivencia de las empresas, dada la competencia en el mercado a la que estas se enfrentan. Además, hemos destacado que los beneficios son la base para la inversión capitalista y que, por consiguiente, la inversión sigue los patrones dictados por la rentabilidad.

Sin embargo, a pesar de la evidencia empírica que apoya este vínculo entre la inversión y la tasa de ganancia, en las últimas décadas hemos visto una tendencia divergente entre ambas variables. Más concretamente, las economías desarrolladas han mostrado ciertos aumentos en sus tasas de ganancia, mientras que sus tasas de inversión han disminuido. Este hecho ha supuesto un importante problema para la economía heterodoxa. Por este motivo, algunos economistas, principalmente de la escuela post keynesiana, han tratado de explicar este fenómeno como la consecuencia de un empoderamiento del capital  financiero que habría priorizado el beneficio a corto plazo frente a la inversión en capital  fijo.

Desde una perspectiva holística del sistema capitalista, sin embargo, no es concebible una oposición tan importante y por tanto tiempo entre facciones distintas del capital. En este sentido hemos defendido que las actividades  financieras pueden ser concebidas como una actividad productiva. Por este motivo, su desarrollo no responde a fenómenos puramente políticos, sino que tiene relación con las leyes fundamentales que regulan al capital. Así, el crecimiento en importancia y extensión de las actividades  financieras es el producto esperable en el sistema capitalista, en el que la pulsión por la apropiación de plustrabajo urge a cualquier capital a especializarse en aquello que mayores beneficios le permita; algo que está intrínsecamente relacionado con la localización geográfica y las especificidades que, en cada lugar, permiten que los beneficios se obtengan de la producción de un tipo u otro de mercancías.

En concreto, por motivos históricos, políticos, sociales y económicos, en los países del primer mundo, las empresas allí localizadas se han centrado, crecientemente desde los años ochenta, en la producción de servicios  financieros. Por su parte, la producción de bienes manufacturados se ha localizado cada vez más en los países del sur. Una configuración internacional de trabajo y capital en la que las empresas occidentales han podido no invertir en capital  fijo mientras la producción manufacturera se llevaba a cabo en otros países que son más competitivos en ese tipo de producción.

En consecuencia, la falta de inversión en los países desarrollados no es el resultado de un mal funcionamiento del capitalismo, sino que es una expresión concreta de su normal funcionamiento en un momento histórico determinado. Por estas razones, si nuestra teoría es cierta, las reivindicaciones políticas para el control de las  finanzas son inútiles: su regulación implica simplemente el control de la herramienta a través de la cual las empresas del norte han sobrevivido a la batalla de la competencia internacional en las últimas décadas. Por lo tanto, impedir su uso significaría la imposibilidad de competir con las empresas del sur y, por ende, la perpetuación de los problemas de acumulación de capital en el norte.

Frente a esta situación, la elevación de los niveles de vida en el sur podría ser vista como la vía que permitiría regular las  finanzas en occidente, logrando así un equilibrio entre los capitales productivo y  nanciero en el Norte y en el Sur. Sin embargo, como se ha demostrado, las ganancias de los capitalistas, y por lo tanto la inversión, son mayores cuanto más bajos son los niveles de vida de la clase trabajadora; un hecho que implica que un aumento en los estándares de vida de los trabajadores del sur reduciría la rentabilidad y la inversión a escala global. Solo queda, pues, la única opción que los capitalistas siempre recompensan con mayor acumulación: la reducción de los niveles de vida de la clase trabajadora.

En este punto la esencia del capitalismo se expresa con más claridad que nunca: la propiedad privada de los medios de producción implica que la miseria de los trabajadores sea una condición necesaria para el funcionamiento del sistema. En la situación actual se nos abren dos caminos. Uno es permanecer en el sistema capitalista y asumir un empeoramiento de la explotación para recuperar la acumulación de capital, el empleo y el crecimiento (transformado en bienestar para unas pocas personas). La otra es acabar con el control privado de los medios de producción y la centralidad del mercado, para dejar que la acumulación, el empleo y el crecimiento respondan a las necesidades de las personas.

 

 

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(Pintura : Yendo al trabajo. Lowry, Laurence Stephen 1943)

De las Jornadas de Julio al golpe de Estado de Kornílov: el Estado y la revolución de Lenin

por Barry Grey //

Estamos publicando aquí el texto de la conferencia pronunciada el 14 de octubre por Barry Grey, editor nacional de Estados Unidos del World Socialist Web Site. Esta es la primera conferencia en línea de la segunda parte de la serie presentada por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional para marcar el centenario de la Revolución Rusa de 1917.

Esta conferencia se centrará en la obra El Estado y la revolución, escrita por Lenin en el verano de 1917 mientras permanecía escondido, primero en las afueras de Petrogrado y después en Finlandia. Lenin entró en la clandestinidad para huir de la represión del Gobierno provisional contra el Partido Bolchevique a consecuencia de las manifestaciones de las masas obreras y de soldados a principios de julio.

A fines de agosto, con Lenin aun en la clandestinidad y Trotsky, Kámenev y otros líderes bolcheviques encarcelados, el general Lavr Kornílov intento un golpe militar, al principio conspirando con el jefe del Gobierno provisional, Aleksandr Kérenski. La movilización en contra del golpe por parte de la clase obrera armada y encabezada por los bolcheviques aceleró una oleada de apoyo para los bolcheviques y socavó por completo a Kٞérenski y sus colaboradores mencheviques y socialrevolucionarios.

La cuestión fue planteada directamente: una revolución proletaria socialista, o una matanza contrarrevolucionaria que haga palidecer la masacre que siguió la derrota de la Comuna de Paris de 1871.

Trotsky relata lo siguiente acerca de El Estado y la revolución en su Historia de la Revolución Rusa:

En los primeros meses de su vida subterránea, Lenin escribe su libro El Estado y la revolución, cuya documentación había recopilado ya en su emigración durante la guerra. Con la misma atención que dedicaba a reflexionar sobre las tareas prácticas diarias, ahora elabora los problemas teóricos del Estado. No podía ser de otro modo: para él la teoría es efectivamente una guía para la acción. … Su tarea es la reconstitución de la verdadera “doctrina del marxismo sobre el Estado”.

Por el simple hecho de reconstruir la teoría de clase del Estado sobre una base nueva y superior históricamente, Lenin da a las ideas de Marx un nuevo carácter concreto y, por lo tanto, una nueva significación. Pero la importancia mayor de esta obra sobre el Estado consiste en que es una introducción científica a la insurrección más grande que haya conocido la historia. El “comentarista” de Marx preparaba a su partido para la conquista revolucionaria de la sexta parte del mundo.[1]

Trotsky enfatiza lo crítico que Lenin consideraba su “excavación histórica”, como lo dijo Lenin, de los escritos de Marx y Engels sobre la revolución proletaria y el Estado, notando que, “En julio [le] escribe a Kámenev: ‘si acaban conmigo, le ruego que publique mi cuaderno El marxismo y el Estado[i.e., las notas preparatorias para El Estado y la revolución]”.[2]

Lenin estuvo determinado a esclarecer para el partido y la vanguardia de la clase obrera los temas fundamentales de la revolución socialista. Esto requeriría de una exposición de las doctrinas de Marx y Engels acerca del Estado y un rebatimiento de las falsificaciones de la teoría marxista a manos de los oportunistas y centristas, ante todo su teórico principal Karl Kautsky, quien glorificaba la democracia burguesa y pretendía convertir el marxismo en una doctrina reformista. Lo que es más, Lenin bien sabía que estas tendencias pequeñoburguesas se encontraban manifiestas dentro de la dirigencia bolchevique. Las posiciones defensistas y centristas, las cuales prevalecieron bajo la dirección de Iósif Stalin y Lev Kámenev previo a la lucha emprendida por Lenin en defensa de sus “tesis de abril” al regresar a Rusia, aún no habían sido abatidas.

El Estado y la revolución armó teóricamente al partido y a la clase trabajadora en su conjunto con el objeto de derrocar al Gobierno provisional y pasarles el poder a los sóviets, lo cual fue subrayado en el subtítulo escogido por Lenin para la obra: “La teoría marxista del Estado y las tareas del proletariado en la revolución”.

Por más que urgieran los problemas tácticos y organizativos enfrentando al partido, para Lenin, no era una cuestión rusa, sino mundial. El Estado y la revolución solo puede ser evaluado junto a su otra grande obra teórica compuesta en el calor de la guerra y la revolución: El imperialismo.

Lenin percibió dos eventos interrelacionados –la erupción de la guerra mundial y el colapso de la Segunda Internacional– como constitutivos del inicio de una nueva etapa en la historia mundial: la época del imperialismo, la fase superior del capitalismo, la época de las guerras y revoluciones. Desde un principio, su perspectiva fundamental en torno a la guerra era que señalaba una crisis del sistema capitalista que encendería una lucha revolucionaria internacional de parte de la clase trabajadora. La traición de la Segunda Internacional, cuyos líderes apoyaron la guerra, significó que la lucha contra el imperialismo solo se podía librar junto con una lucha implacable contra la Segunda Internacional, y la fundación de una nueva Internacional Comunista.

En Rusia, la relación entre la lucha contra la democracia pequeñoburguesa dirigida por los mencheviques, y la lucha contra la guerra imperialista adquirió una forma muy concreta. Basándose en una glorificación de la democracia burguesa y el parlamentarismo, los mencheviques exigieron que los sóviets y la clase trabajadora apoyaran la guerra como una “guerra revolucionaria por la democracia” y contra el militarismo alemán y la autocracia prusiana. Fue también sobre esta base que les cedieron el poder otorgado a los sóviets por la revolución obrera que había derrocado al zar en febrero a la burguesía contrarrevolucionaria bajo la dirección de los kadetes y sus aliados en la burocracia estatal monárquica y el ejército.

Ahora, enfrentándose a una contrarrevolución abierta, los mencheviques no concentraron su fuego contra la burguesía ni las Centurias Negras, sino contra los bolcheviques –es decir, contra la clase trabajadora—.

En el sentido más fundamental, la lucha encarnada en El Estado y la revolución fue animada por la necesidad de formular el programa básico de la revolución socialista mundial, de la cual la revolución rusa era un componente fundamental, y de la nueva Internacional que se tendría que construir para dirigir dicha revolución.

En el prefacio a la primera edición de El Estado y la revolución, Lenin empieza haciendo hincapié en la urgencia y relevancia práctica de los temas que examinaría a lo largo de la obra. Sigue por ubicar la revolución rusa dentro de su contexto histórico, trazando la conexión entre el imperialismo y del Estado. Enfatiza que, con la aparición del imperialismo el aparato represivo del Estado capitalista –el ejército permanente, la policía, la burocracia estatal– cobra proporciones cada vez más monstruosas. La democracia burguesa se convierte en simplemente una hoja de parra para el militarismo y la violencia estatal. Por ende, cualquier noción de una transición pacífica del capitalismo al socialismo proveniente de la época anterior de libre competencia capitalista se ha vuelto irremediablemente obsoleta.

Estas tendencias son magnificadas por la guerra imperialista, que integra todavía más estrechamente las grandes asociaciones industriales y financieras con la maquinaria estatal, transformando el capitalismo monopolista en el capitalismo monopolista de Estado.

En su polémica El imperialismo y la escisión del socialismo, publicada en octubre de 1916, Lenin describe la putrefacción de la democracia burguesa imperialista del siguiente modo:

La diferencia entre la burguesía imperialista democrático-republicana y la monárquico-reaccionaria se borra, precisamente, porque una como la otra se pudren en vida. … La reacción política en toda la línea es un rasgo característico del imperialismo.[3]

En el inicio al prefacio a El Estado y la revolución Lenin escribe:

La cuestión del Estado adquiere actualmente una importancia singular, tanto en el aspecto teórico como en el aspecto político práctico. La guerra imperialista ha acelerado y agudizado extraordinariamente el proceso de transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado. La opresión monstruosa de las masas trabajadoras por el Estado, que se va fundiendo cada vez más estrechamente con las asociaciones omnipotentes de los capitalistas, cobra proporciones cada vez más monstruosas. Los países más adelantados se convierten –y al decir esto nos referimos a su “retaguardia”— en presidios militares para los obreros. …

La lucha por arrancar a las masas trabajadoras de la influencia de la burguesía en general y de la burguesía imperialista en particular, es imposible sin una lucha contra los prejuicios oportunistas relativos al “Estado”.

… Esta última cierra, evidentemente, en los momentos actuales (comienzos de agosto de 1917), la primera fase de su desarrollo; pero toda esta revolución, en términos generales, sólo puede comprenderse como uno de los eslabones de la cadena de las revoluciones proletarias socialistas suscitadas por la guerra imperialista. La cuestión de la actitud de la revolución socialista del proletariado ante el Estado adquiere, así, no solo una importancia política práctica, sino la importancia más candente como cuestión de explicar a las masas qué deberán hacer para liberarse, en un porvenir inmediato, del yugo del capital.[4]

De la crisis de abril al golpe de Estado de Kornílov

Pasemos ahora a la examinación del contexto político ruso de El Estado y la revolución.

El Gobierno provisional burgués, dependiente del apoyo de los líderes mencheviques y socialrevolucionarios en los sóviets, enfrentó su primera crisis política importante en abril con la publicación de la carta del líder de los kadetes y canciller, Pavél Miliukov, comprometiendo al Gobierno a los objetivos de la guerra imperialista del zar ya depuesto y de proseguir esa guerra hasta la victoria. La publicación de la carta estimuló una demonstración armada de las masas de soldados y trabajadores en Petrogrado exigiendo la renuncia de Miliukov. En esto consiste la “crisis de abril.”

Con la salida de Miliukov y con el Gobierno pendiendo de un hilo, los mencheviques y socialrevolucionarios acordaron a participar en el Gobierno y formar un régimen de coalición, lo cual sirvió en desmerecerlos ante los ojos de obreros y soldados cada vez más militantes. A fines de abril, los bolcheviques adoptan la línea revolucionaria de Lenin en oposición contra la guerra y el Gobierno provisional y en pro de la lucha por el poder obrero, centrada en la consigna “¡Todo el poder a los sóviets!”. El apoyo para los bolcheviques entre la clase trabajadora y los soldados empieza a aumentar rápidamente.

Trotsky escribe en su Historia que a fines de abril la organización bolchevique de Petrogrado contaba con 15 000 integrantes. Para fines de junio tenía más de 82 000. Alexander Rabinowitch en su Prelude to Revolution (Preludio a la revolución) ofrece cifras menores, pero aun así impresionantes. Escribe que en Petrogrado la membresía del partido subió de 2000 en febrero a 32 000 para inicios de julio.

Cualquier recuento objetivo de la Revolución Rusa, desde el derrocamiento del zar en febrero a la insurrección de octubre, desmiente los argumentos actuales en los medios y la academia que la Revolución de Octubre no fue nada más que un golpe realizado por conspiradores que actuaron por encima y a espaldas de los trabajadores. Una de las cualidades de la Historia de Trotsky se encuentra en la riqueza y el detalle de la descripción de los cambios inmensos en la consciencia de las masas y su iniciativa revolucionaria independiente a lo largo del curso complejo y contradictorio de la revolución, y la relación entre este movimiento de masas y la crítica intervención política del Partido Bolchevique y su dirigencia, sobre todo la de Lenin.

En su capítulo intitulado “Evolucionan las masas”, Trotsky escribe:

El incremento que tomaban las huelgas y la lucha de clases en general robustecía casi automáticamente la autoridad de los bolcheviques. … Así se explica que los Comités de fábrica que batallaban contra el sabotaje ejercido por la administración y por los patronos, se pusieran al lado de los bolcheviques mucho antes que el Sóviet. En la reunión celebrada a principios de junio por los Comités de fábrica de Petrogrado y sus alrededores, la proposición bolchevique obtuvo 335 votos por 421 votantes…

En todas las elecciones parciales a los sóviets triunfaban los bolcheviques. El primero de junio había ya en el Sóviet de Moscú 206 bolcheviques por 172 mencheviques y 110 socialrevolucionarios. Idénticos cambios se producían en provincias, aunque con mayor lentitud…[5]

Para junio, la dirección de los mencheviques y socialrevolucionarios del Sóviet de Petrogrado e había visto apoderada por el temor de un alzamiento de los trabajadores liderado por los bolcheviques. El Primer Congreso Panruso de los Sóviets de Diputados de los Obreros y Soldados se reunió en Petrogrado del 3 al 24 de junio. [A lo largo de esta conferencia se utilizará el calendario juliano, esto es el calendario viejo usado en Rusia durante la revolución, 13 días atrasado al calendario moderno.] Los directivos socialchauvinistas del sóviet tenían la intención que el Congreso autorizara el apoyo a la guerra y al Gobierno de coalición burgués, actualmente dirigido a todo efecto práctico por Kérenski.

Irakli Tsereteli, el líder de los mencheviques, y Víctor Chernov, líder del Partido Social Revolucionario, esperaban que la declaración de una nueva ofensiva militar, que de hecho iba a ser proclamada por Kérenski durante el congreso del 18 de junio, ocasionaría una nueva ola de patriotismo que, a su vez, descarrilaría el crecimiento del malestar social y el apoyo político de los bolcheviques.

El congreso votó por apoyar al Gobierno de coalición y ofreció su respaldo tácito a la ofensiva militar. Pero cuando los dirigentes se dieron cuenta de las intenciones de los bolcheviques de montar una demostración de las masas obreras y de soldados para el 10 de junio – sin armas– en oposición a la guerra y bajo la consigna “¡Todo el poder a los sóviets!”, consiguieron pasar un voto a favor de condenar la acción bolchevique y prohibir todas las consignas no aprobadas por los líderes del sóviet. Los bolcheviques fueron obligados a efectuar una retirada táctica y cancelar la demostración.

Tsereteli, un miembro líder del Comité Ejecutivo del Sóviet y también un ministro en el Gobierno de coalición, dio un discurso el 11 de junio al congreso de los sóviets exigiendo la criminalización efectiva de los bolcheviques, declarando:

Nada menos que una conspiración, una conspiración teniendo como objetivos el derrocamiento del Gobierno y la toma del poder por los bolcheviques, quienes saben que nunca llegarán al poder de cualquier otro modo. …Qué los bolcheviques nos acusen –cambiamos nuestros métodos de guerra. Hay que quitarles las armas a los que no saben manejarlas con dignidad. Hay que desarmar a los bolcheviques.[6]

El Congreso de los Sóviets no apoyó la propuesta de Tsereteli, pero si aprobó una demostración oficial planeada para el 18 de junio. Los bolcheviques participaron en esa demostración y, provocando pavor a los mencheviques y socialrevolucionarios, las consignas y banderas bolcheviques predominaron en la acción de masas.

El escenario estaba listo para “las jornadas de julio”. Lenin y Trotsky eran plenamente conscientes del peligro que presentaba un alzamiento aislado en la capital bajo condiciones donde aún no existía el apoyo de las masas en las provincias y entre el campesinado para una nueva revolución. Tenían en mente el destino trágico de la Comuna de Paris, cuando Adolphe Thiers y la burguesía francesa contaron con el apoyo del campesinado y el aislamiento de los trabajadores parisienses para aplastarlos en un baño de sangre, un patrón en cierta medida repetido tras la derrota de la Revolución de 1906 en Rusia.

El apoyo para los bolcheviques creció a consecuencia de la escasez de comida, los costos altos de vida, la masacre continua en el frente y la incapacidad del Gobierno para realizar cualquier reforma significativa. La tarde del 3 julio, el día antes de la cuasi insurrección del 4 de julio, los bolcheviques por primera vez ganaron una mayoría en la sección obrera del Sóviet de Petrogrado.

Lenin advirtió repetidamente acerca del peligro de las provocaciones organizadas por la derecha contrarrevolucionaria con el fin de instigar una respuesta armada que serviría como pretexto para una represión masiva. Pero la ira de secciones militantes de los soldados y marineros, incluso de aquellos influidos por los bolcheviques, no podían ser refrenados. Los bolcheviques advirtieron públicamente contra la acción armada del 4 de julio de los soldados y trabajadores en Petrogrado, pero no lo pudieron prevenir. Hasta la propia Organización Militar del partido desempeñó un papel mayor en organizar la acción.

Bajo estas condiciones, el partido decidió apoyar la acción y tratar de restringirla a una manifestación pacífica para limitar los daños políticos que seguramente resultarían.

El Gobierno, con el apoyo de los líderes del sóviet, pudo reunir y ordenar suficientes tropas leales para que entraran a Petrogrado y reprimieran la revuelta. Tomando ventaja de la derrota de la acción, procedieron a montar un ataque contra los bolcheviques con objeto de eliminarlos como una amenaza seria. Dentro de unas horas, los periódicos inundaron al pueblo con la calumnia del oro alemán –la mentira de que Lenin y los bolcheviques eran agentes en la nómina del Estado Mayor alemán—.

Las oficinas de Pravda fueron saqueadas y sus prensas de impresión destrozadas. Otras publicaciones bolcheviques fueron clausuradas y cientos de marineros de Kronstadt y tropas de la guarnición de Petrogrado tanto como trabajadores fueron arrestados y encarcelados. Se emitieron órdenes de detención para Lenin, Trotsky, Kámenev, Zinóviev y otros líderes bolcheviques. El apoyo para los bolcheviques se puso en declive en el ejército y entre ciertos sectores de clase obrera.

Las represalias tras las jornadas de julio fueron el inicio de una ofensiva contrarrevolucionaria organizada por el Gobierno de coalición. Inmediatamente, decretó una reanudación de la pena capital en el frente. Los comandantes militares fueron autorizados a abrir fuego contra unidas rusas huyendo del campo de batalla. Los periódicos bolcheviques fueron prohibidos en todos los escenarios de operaciones militares y las reuniones políticas entre las tropas también fueron prohibidas.

El 18 de julio, Kérenski nombró a Kornílov como comandante en jefe del ejército. Era conocido que Kornílov tenía vínculos con las Centurias Negras y había resignado previamente de su mando de la guarnición de Petrogrado, protestando ante la “interferencia” del Sóviet en los asuntos militares.

Rabinowitch escribe en The Bolsheviks Come to Power (Los bolcheviques llegan al poder) que para principios de agosto el gabinete del Gobierno de coalición estaba considerando varias propuestas para militarizar los ferrocarriles, las minas de carbón y todas las fábricas dedicadas al sector de defensa. En estas empresas, se prohibió cualquier tipo de huelgas, cierres, reuniones políticas y asambleas. Los obreros fueron asignados cuotas obligatorias mínimas de trabajo y todos los que no fueran capaces de realizarlas eran despedidos sumariamente y enviados al frente.

El 11 de agosto, conversando con el general Lukomski, su jefe de personal, Kornílov dijo que “ya era hora de colgar a los agentes y espías alemanes dirigidos por Lenin” y “dispersar el Sóviet de Trabajadores y Soldados de tal modo que no le sea posible reunirse en ningún otro lugar”. Le comentó a Lukomski acerca del general Krímov, el comandante recién nombrado de las tropas concentradas alrededor de Petrogado, diciendo con deleite que Krímov no vacilaría en “colgar a todos la membresía entera del Sóviet”.[7]

El Gobierno de coalición llevó a cabo la Conferencia de Estado de Moscú a mediados de agosto en un esfuerzo para intimidar el creciente sentimiento antiguerra y movilizar a la derecha contrarrevolucionaria como un contrapeso ante la oposición dirigida por los bolcheviques. Para ese momento, Kérenski tramaba con Kornílov realizar una represión militar e imponer un Gobierno dictatorial. La conferencia alabó a Kornílov como un héroe conquistador mientas que los delegados kadetes y monarquistas denunciaron a los sóviets.

Los bolcheviques no solo boicotearon la conferencia, sino que llamaron a una huelga general de trabajadores de Moscú puso en paro la ciudad durante todo el tiempo que la conferencia estaba en sesión.

El impacto de la represión durante las “jornadas de julio” y la calumnia del oro alemán se disipó en pocas semanas. El control del poder del Gobierno de coalición se debilitaba. A la vez que destrozaba las oficinas de Pravda y perseguía a los bolcheviques, sostuvo un fuerte golpe por el colapso de la ofensiva militar de Kérenski. El 6 de julio los alemanes lanzaron un contrataque que resultó en la rápida reconquista de Tarnopol en el frente suroeste.

Rabinowitch caracteriza la situación en la segunda mitad de julio y las primeras semanas de agosto del siguiente modo:

Cada día produjo nuevos reportes de la anarquía y violencia en expansión entre los campesinos necesitados de tierra en el campo; los desórdenes en las ciudades; el aumento en la militancia de los trabajadores de las fábricas; la incapacidad del Gobierno para resistir los movimientos hacia la autonomía completa de parte de los finlandeses y ucranianos; la continua radicalización de los soldados en el frente y la retaguardia; la avería catastrófica en la producción y distribución de bienes esenciales; las alzas de los costos; el resurgimiento y la creciente influencia de los bolcheviques, la única agrupación importante política, a diferencia de todas las demás, que pareció beneficiarse de estas dificultades y que, después del Sexto Congreso, parecía esperar impacientemente una oportunidad temprana para organizar una insurrección armada.[8]

Para principios de agosto, los bolcheviques habían iniciado una nueva etapa de crecimiento. El último día de agosto, siguiendo la derrota del golpe de Kornílov, por primera vez los bolcheviques ganaron una mayoría en el Sóviet de Petrogrado.

Inmediatamente después de las “jornadas de julio”, Lenin emprendió una lucha en la dirección del Partido Bolchevique para un viraje súbito. Hay una conexión explícita entre este punto decisivo en preparación para la revolución de octubre y las cuestiones planteadas por Lenin en El Estado y la revolución.

En una reunión del 6 de julio con los integrantes principales del Comité Central, Lenin enfatizó que las jornadas de julio significaron el fin de la fase relativamente pacifica de la revolución. El poder había sido consolidado en las manos de burguesía contrarrevolucionaria y el ejército y los mencheviques y socialrevolucionarios se habían comprometido irreversiblemente a una alianza con estas fuerzas. Cualquier noción de una transferencia del poder a la clase obrera tendría que ser abandonada. Lenin insistió que la consigna “¡todo poder a los sóviets” tendría que ser reemplazado con “¡todo el poder a la clase obrera dirigida por el partido revolucionario, los bolcheviques-comunistas!” Subrayó que el partido tenía que enfocarse en preparaciones para una insurrección armada que se llevaría a cabo en cuanto las condiciones políticas fueran propicias.

El 10 de julio, Lenin escribió un artículo intitulado “La situación política” que se publica el 2 de agosto en el cual elabora esta nueva línea. Afirma en parte que:

La consigna “¡Todo el poder a los sóviets!” era una consigna para el desarrollo pacífico de la revolución… Esta consigna ya no es correcta porque no toma en cuenta que el poder ha cambiado de manos y la revolución de hecho ha sido traicionada por completo por los socialrevolucionarios y mencheviques. Lo que ayudará es un entendimiento claro de la situación, la persistencia y determinación de la vanguardia obrera, la preparación de las fuerzas para el levantamiento armado… No tengamos ilusiones constitucionales ni republicanas de cualquier tipo, no más ilusiones acerca de la vía pacífica… Reunamos nuestras fuerzas, reorganicémoslas y preparémonos resueltamente para el levantamiento armado si la crisis en su curso no los permite, en una escala verdaderamente nacional y de masas… El objetivo de la insurrección solo puede ser la transferencia del poder al proletariado, apoyado por el campesinado pobre a fin de poner en práctica el programa de nuestro partido.[9]

Rabinowitch reportó que en ese momento Lenin hablaba de concentrar las preparaciones para la insurrección con base en los comités de fábrica en vez de los sóviets.

En la reunión del Comité Central celebrada el 13 y 14 de julio mientras Lenin permanecía escondido, las tesis de Lenin exigiendo quitar la consigna de “¡todo poder a los sóviets!” e iniciar las preparaciones para una insurrección fueron votadas en contra. Fue con cierta dificultad que Lenin logró persuadir al Sexto Congreso Panruso del partido, el cual se llevó a cabo del 26 de julio al 3 de agosto, que aceptó cambiar la consigna “¡Todo el poder a los sóviets!” por “¡Liquidación completa de la dictadura de la burguesía contrarrevolucionaria!”.

Siguiendo la derrota de Kornílov a fines de agosto y la conquista de una mayoría en el Sóviet de Petrogrado poco después, los bolcheviques retomaron la consigna “¡Todo el poder a los Sóviets”. Sin embargo, Lenin libró una campaña resuelta dentro de la dirigencia del partido para que concentrara todos sus esfuerzos en la preparación de una pronta insurrección armada.

Este episodio destaca la lección más decisiva de la Revolución de Octubre: el papel colosal e indispensable del partido revolucionario de la clase obrera en la revolución socialista. Lenin entendió plenamente la significancia de los sóviets no solo para la revolución socialista en Rusia, sino mundialmente. Estos eran los órganos revolucionarios a través de los cuales las masas serían capaces de derrocar a la burguesía, destrozar el Estado capitalista y reemplazarlo con un Estado obrero verdaderamente democrático.

Pero tampoco idealizó a los sóviets. Estaba dispuesto, si la revolución lo requería, a romper con los sóviets dominados por los conciliacionistas , y formar nuevos órganos de lucha como los comités de fábricas para que fueran los órganos principales de la revolución. Resultó que los sóviets fueron capaces de realizar las tareas revolucionarias debido al liderazgo de los bolcheviques y sus incesantes denuncias y exposiciones de los mencheviques y socialrevolucionarios como agentes de la burguesía, algo decisivo en el esclarecimiento político y la preparación de la vanguardia obrera para la toma y retención del poder.

Sin la lucha ejecutada por el Partido Bolchevique —y por Lenin con el apoyo de Trotsky contra el ala derecha del partido— los sóviets no habrían sido capaces de superar las presiones políticas de la burguesía trasmitidas por medio de los mencheviques y socialrevolucionarios, lo cual hubiera significado su eventual aplastamiento.

Kérenski, quien había conspirado con Kornílov para una represión militar contra los sóviets, se separó del general solo después de haber sido informado en vísperas del tentativo golpe del 27 de agosto que Kornílov también pretendía deshacerse de Kérenski. Por su parte, los líderes del Sóviet de Petrogado, temiendo que sus cabezas terminaran en el degolladero si Kornílov salía victorioso, impulsaron una campaña para armar a los trabajadores y movilizarlos con fin de derrotar al golpe . En esto, los bolcheviques desempeñaron el papel principal.

Pero los trabajadores y soldados, educados por la lucha política de los bolcheviques contra el Gobierno provisional y contra la conciliadora dirigencia del Sóviet, tomaron la iniciativa de organizar las Guardias Rojas y persuadir a destacamentos claves de tropas movilizadas por Kornílov a abandonarlo. El golpe colapsó antes de la llegada de las tropas del frente a la capital.

Al completar El Estado y la revolución en la estela del golpe fallido de Kornílov, Lenin escribió un artículo, “Una de las cuestiones fundamentales de la revolución” (escrito el 7 u 8 de septiembre y publicado el 14 de septiembre) donde expresó la conexión directa entre su trabajo teórico y las tareas prácticas a futuro. Escribió lo siguiente:

La cuestión del poder estatal no se puede evadir o dejar a un lado porque es la cuestión decisiva que determina todo aspecto del desarrollo de una revolución. …

Sin embargo, la consigna “El poder a los sóviets” muy frecuentemente, si no en la mayoría de casos, se interpreta erróneamente como “Un gabinete de los partidos de la mayoría del Sóviet…” [No es así.] “El poder a los sóviets” significa la reconfiguración radical del viejo aparato estatal, ese aparato burocrático que obstruye todo lo democrático. Significa sustraer este aparato y sustituirlo con uno nuevo y popular, esto es, un aparato verdaderamente democrático de los sóviets, en otras palabras, la mayoría del pueblo organizado y armado –los obreros, los soldados y los campesinos—. Significa otorgarle a la mayoría del pueblo la iniciativa e independencia no solo en la elección de diputados sino en la administración estatal, en la realización de reformas y varios otros cambios.[10]

La clase trabajadora, la revolución socialista y el Estado

Dirijamos ahora nuestra atención a la sustancia de El Estado y la revoluciónde Lenin.

Las enseñanzas fundamentales de Marx y Engels acerca del Estado y de las tareas de la revolución proletaria en relación al Estado se pueden resumir de la manera siguiente:

*El papel de todos los Estados como instrumentos de alguna clase dominante para reprimir a las clases explotadas;

*La necesidad de derrocar y destrozar la maquinaria del Estado capitalista y establecer en lugar de la dictadura de la burguesía la dictadura del proletariado, es decir, una democracia obrera;

*El requisito que la clase trabajadora utilice la fuerza en realizar esta tarea;

*El papel de la dictadura proletaria en aplastar la resistencia de la clase dominante depuesta y establecer las bases para la transición de la construcción del socialismo hacia el comunismo, en el cual las distinciones entre clases desaparecerán y el principio “de cada uno, según su trabajo” será reemplazado por el principio “de cada uno, según su capacidad; a cada uno, según sus necesidades”;

*La extinción del Estado bajo el comunismo.

Estas concepciones aún eran muy controversiales dentro del movimiento socialista cuando Lenin escribió El Estado y la revolución.

Por décadas habían estado bajo un ataque sistemático por los elementos oportunistas y centristas, empezando de manera abierta con la publicación en 1899 del manifiesto revisionista de Eduard Bernstein, Las premisas del socialismo. Bernstein explícitamente rechazó el concepto marxista de la revolución y sostuvo que la clase obrera solo podía lograr el socialismo a través de reformas sociales graduales alcanzadas con medidas parlamentarias. Atacó la fórmula de Marx de la dictadura del proletariado como el acogimiento de los métodos conspirativos y golpistas promovidos por Louis Blanqui.

Pero incluso la misma fundación del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD, Sozialdemokratische Partei Deutschlands ) en 1875 estuvo marcada por confusión acerca de la cuestión del Estado. En su famosa Crítica del Programa de Gotha, Marx vituperó el llamado de dicho programa fundacional del SPD por un “Estado libre del pueblo”. Dicha consigna no solo dejaba indefinida la naturaleza de clase del Estado establecido por la revolución, sino que, detrás del vago término de “el pueblo”, implica que el nuevo Estado sería “libre” de cualquier influencia de clase alguna: una imposibilidad para cualquier Estado.

Como Lenin indica en El Estado y la revolución, a pesar el reconocimiento formal de la dirección del SPD alemán de la exactitud de las críticas de Marx, en 1886 el jefe del partido August Bebel republicó sin cualquier cambio su folleto de 1872 intitulado Nuestros objetivos, donde incluye lo siguiente: “Y de esta manera el Estado ha de ser transformado de una basado en la dominación de clase a un Estado del pueblo.”

Como he mencionado anteriormente, las distorsiones del concepto marxista del Estado fueron utilizadas por los mencheviques para justificar tanto su apoyo a la guerra y al Gobierno provisional burgués como su oposición a la utilización de los sóviets para derrocar al Estado capitalista y establecer un Estado obrero.

Basándose en citas extensas de Engels, Lenin dedica el primer capítulo de El Estado y la revolución a una exposición positiva de la concepción del Estado derivada del empleo del materialismo histórico de Marx y Engels en la examinación de la evolución de la civilización humana.

Lenin toma citas de dos obras de Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884) y el prefacio a la edición tercera de Anti-D ü hring(1894). En el presente contexto solo se nos permitirá presentar de manera resumida las concepciones contenidas en este capítulo.

Primero: el estado no ha existido eternamente. Han existido sociedades primitivas que no conocían ningún poder estatal que estuviese por encima del pueblo. El Estado emerge de la sociedad a consecuencia de su escisión en clases sociales irreconciliablemente antagónicas. Un poder público especial se volvió necesario, en palabras de Engels, “porque desde la división de la sociedad en clases es ya imposible una organización armada espontánea de la población”. Para prevenir que la sociedad fuese devorada por la lucha entre clases, “se hizo necesario tener un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el conflicto, a mantenerlo dentro de los límites del ‘orden’”.

Lenin luego argumenta contra dos tipos de distorsión y falsificación de esta concepción del Estado. Existe el tipo más crudo, avanzado por los ideólogos burgueses y pequeño-burgueses, que sostiene que el Estado es un órgano para la reconciliación de las clases. Lenin cita a Engels, quien afirma que, al contrario, “Según Marx, el Estado es un órgano de dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del ‘orden’ que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los choques entre las clases”.

También existe la distorsión más sutil e insidiosa kautskista de Marx y Engels. Reconoce que el Estado es un órgano de dominación de clase, pero “se olvida” o “trata por encima” la conclusión que emerge de este hecho explícitamente extraída por Marx y Engels en su análisis de las revoluciones de 1848 y la Comuna de Paris de 1871, y establece, en palabras de Lenin, que “la liberación de la clase oprimida es imposible, no solo sin una revolución violenta , sino también sin la destrucción del aparato del poder estatal que ha sido creado por la clase dominante…”.[11]

Segundo: siendo un aparato para la represión de la clase explotada por la clase gobernante, cada Estado establece lo que Engels llama el “poder público” que, en su esencia “no está formado solamente por hombres armados, sino también por aditamentos materiales, cárceles e instituciones coercitivas de todo género, que la sociedad gentilicia no conocía”. Un ejército permanente y fuerza policial son los instrumentos principales del poder estatal.

Esto no es menos cierto bajo el capitalismo, incluso en una república democrática burguesa con un Parlamento, “libertad de prensa”, etc. que en cualquier etapa anterior de la sociedad de clases. Lenin explica: “No fueron solo el Estado antiguo y el Estado feudal los órganos de explotación de los esclavos y de los campesinos siervos: también [citando a Engels] ‘el Estado moderno representativo es instrumento de explotación del trabajo asalariado por el capital’”.

De hecho, Lenin nota: “La república democrática es la mejor envoltura política de que puede revestirse el capitalismo… Hay que advertir, además, que Engels, con la mayor precisión, llama al sufragio universal arma de dominación de la burguesía. El sufragio universal, dice Engels, … es ‘un índice que sirve para medir la madurez de la clase obrera. No puede ser más ni será nunca más, en el Estado actual’”.[12]

Tercero: Para acabar con el capitalismo e iniciar la construcción del socialismo y la abolición de toda explotación de clases, la clase obrera derroca y destroza el Estado capitalista y establece un Estado obrero. Este será el primer Estado en la historia que servirá como el instrumento de la mayoría contra una minoría. Será de la clase obrera armada y basada en órganos de poder democráticos e independientes como los sóviets en Rusia. Establece la democracia genuina para las masas, a diferencia de la farsa cruel que es la democracia bajo el capitalismo: la democracia para los ricos y para la represión de los pobres.

A diferencia de sus previas formas a lo largo de la historia, este Estado inaugura la transición a una sociedad sin clases, y consecuentemente al fin del Estado en sí, ya que no existe una necesidad social para él. Lenin cita del prefacio de Engels a la tercera edición de Anti-Dühring:

El primer acto en que el Estado se manifiesta efectivamente como representante de toda la sociedad, la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad, es a la par su último acto independiente como Estado. La intervención estatal en las relaciones sociales se hará superflua en un campo tras otro de la vida social y se adormecerá por sí sola. El Gobierno de las personas es sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción. El Estado no será ‘abolido’; se extinguirá.[13]

Lenin ataca la distorsión que prevalecía en los que denominó los “partidos socialistas actuales” que citan este pasaje y otros similares de Marx y Engels para atacar a los anarquistas no desde el punto de vista de la clase obrera, es decir, desde la izquierda, sino desde el punto de vista de la burguesía y su Estado, lo que significa que de la derecha. Se oponen a la reivindicación anarquista de la abolición inmediata del Estado y anteponen –citando a Marx y Engels como su autoridad– que el Estado no se puede abolir: simplemente se extingue.

“En realidad,” escribe Lenin, “Engels habla aquí de la destrucción del Estado burgués por parte de la revolución proletaria, mientras que las palabras relativas a la extinción del Estado se refieren a los restos del Estado proletario después de la revolución socialista. El Estado burgués no se ‘extingue’, según Engels, sino que ‘es destruido’ por el proletariado en la revolución. El que se extingue, después de esta revolución, es el Estado o semi-Estado proletario”.[14]

Lenin le dedica una porción sustancial de El Estado y la revolución a una examinación minuciosa de los escritos de Marx y Engels sobre el Estado del punto de vista de la evolución y concretización de sus concepciones entre el Manifiesto comunista de 1847 a sus escritos sobre las luchas revolucionarias en Francia entre 1848 y 1851 (Las luchas de clases en Francia y El 18 Brumario de Luis Napoleón) y sus escritos acerca de la Comuna de París (La guerra civil en Francia) y los comentarios subsiguientes.

Enfatiza que Marx extrajo las lecciones políticas del análisis de estas experiencias estratégicas revolucionarias de la clase trabajadora, a su vez profundizando su entendimiento de la lucha de la clase trabajadora para la toma del poder estatal y de la naturaleza del Estado que se establecería. Lenin plantea explícitamente la cuestión del abordaje científico, materialista, histórico y metodológico empleado por Marx y Engels del tema del Estado. Elaborando sobre el desarrollo de los escritos de Marx sobre el Estado siguiendo la revolución francesa de 1848, observa lo siguiente:

Fiel a su filosofía del materialismo dialéctico, Marx toma como base la experiencia histórica de los grandes años de la revolución, de los años 1848-1851. Aquí, como siempre, la doctrina de Marx es un sumario de la experiencia, iluminado por una profunda concepción filosófica del mundo y por un rico conocimiento de la historia.[15]

En su repaso de los escritos de Marx sobre la Comuna de Paris en La guerra civil en Francia Lenin comenta:

Sin perderse en utopías, Marx esperaba de la experiencia del movimiento de masas mismo la respuesta a las cuestiones de cuáles formas concretas tomará esta organización del proletariado como clase dominante y de qué modo se concertará esta organización con la “conquista de la democracia” más completa y más consecuente.[16]

Este método riguroso y científico que trata la revolución socialista como un proceso histórico objetivo cuyas leyes podrían ser descubiertas y aplicadas a la estrategia y tácticas revolucionarias de la clase trabajadoras se ejemplifica en El Estado y la revolución. Fue de este modo que Lenin, en clandestinidad y enfrentado con las alternativas de revolución o contrarrevolución, trató la cuestión de la lucha por el poder soviético.

Cabe recordar ante esto la “Séptima razón” elaborada en la primera conferencia de esta serie presentada por David North, intitulada “¿Por qué estudiar la Revolución Rusa?:

La Revolución Rusa exige ser estudiada de forma seria al ser un episodio crítico en el desarrollo del pensamiento social científico. El logro histórico de los bolcheviques en 1917 demostró y actualizó la relación esencial que existe entre la filosofía del materialismo científico y la práctica revolucionaria.[17]

Lenin empieza su resumen de los escritos de Marx y Engels con respecto a las revoluciones de 1848 y 1871, citando al Manifiesto comunista escrito en la víspera de las revoluciones europeas de 1848. Habla del “violento derrocamiento de la burguesía” sentando “las bases para el poder del proletariado” y caracteriza el Estado que resultaría como “el proletariado organizado como la clase dominante”.

Desde el alzamiento de 1848 de la clase trabajadora de Paris y su represión sanguinaria por la burguesía republicana, seguido por el golpe de Estado de diciembre de 1851 de Luis Napoleón, Marx llego a conclusiones de gran alcance. En el 18 Brumario escribió: “Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina [estatal], en vez de destrozarla”, con la implicación de que la clase trabajadora tendría que “destrozar” el Estado burgués.

Refiriéndose a esta oración, Marx escribió una carta a Louis Kugelmann en abril de 1871 durante la vida de la Comuna en la cual dijo:

“Si te fijas en el último capítulo de mi 18 Brumario, verás que declaro que la próxima tentativa de la Revolución Francesa: no puede pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como se venía haciendo hasta ahora, sino tiene que romperla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular en el continente. En esto, precisamente, consiste la tentativa de nuestros heroicos camaradas de Paris”.[18]

La Comuna de Paris y su represión sangrienta fortaleció la convicción de Marx de que la revolución proletaria tendrá que desbaratar el viejo Estado burgués, incluso sus estructuras corruptas del parlamentarismo burgués, poniendo en su lugar una democracia revolucionaria proletaria de un carácter totalmente distinto, tanto para suprimir la contrarrevolución burguesa como para crear las condiciones de la transición al pleno socialismo y el comunismo.

Marx primero uso el término “la dictadura del proletariado” en una carta a Joseph Weydemeyer fechada 5 de marzo de 1852, en la cual escribió:

Mi aporte nuevo fue demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es en sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases”.[19]

En cuanto al término “la dictadura del proletariado,” Lenin cita al prefacio de Engels a la tercera edición de La guerra civil en Francia, fechado 1891:

Pero, en realidad, el Estado no es nada más que una maquina cuyo propósito es la opresión de una clase por otra, en la monarquía y en la república democrática, por igual…

Últimamente, las palabras “dictadura del proletariado” han vuelto a sumir en santo terror al filisteo alemán. Pues bien, caballeros, ¿quieren saber qué faz presenta esta dictadura? Solo contemplen a la Comuna de París: ¡he ahí la dictadura del proletariado![20]

Como Lenin señala, en La guerra civil en Francia, Marx enfatiza las diferencias y oposiciones esenciales entre la democracia y el parlamentarismo burgueses, y el Estado que los comuneros comenzaron a construir. “El primer decreto de la Comuna … fue la supresión del ejército permanente para sustituirlo por el pueblo armado”, dijo Marx. La policía fue convertida en una agencia de la Comuna “responsable y revocable en todo momento”.

Los otros elementos subrayados por Marx incluyen el sufragio universal, el hecho de que todos los representantes electos estuviesen sujetos a una revocación de su mandato en cualquier momento, todos los funcionarios del Gobierno recibiesen un salario no mayor al nivel medio de un obrero, y que los jueces y magistrados fuesen elegibles, responsables y revocables . Lo que es más, la Comuna había de tratarse como un órgano de trabajo no parlamentario sino simultáneamente ejecutivo y legislativo.

Lenin comenta:

Aquí es precisamente donde se expresa de un modo más evidente el rompimient o entre la democracia burguesa y la democracia proletaria, de la democracia de la clase opresora a la democracia de las clases oprimidas, del Estado como “fuerza especial” para la represión de una determinada clase a la represión de los opresores por la fuerza conjunta de la mayoría del pueblo, de los obreros y los campesinos. ¡Y es precisamente en este punto tan evidente –tal vez el más importante, en lo que se refiere a la cuestión del Estado—en el que las enseñanzas de Marx han sido más relegadas al olvido![21]

El capítulo final de El Estado y la revolución desarrolla la polémica contra la degollación oportunista del marxismo en relación al Estado y su glorificación de la democracia burguesa y el parlamentarismo, enfocando su ataque contra Kautsky.

Empieza con la respuesta de Kautsky al manifiesto revisionista de Bernstein Las premisas del socialismo, notando que Kautsky evade el hecho de que Marx había insistido desde 1852 que la tarea de la revolución proletaria no consistía en la simple toma de la maquinaria estatal actual, sino también su destrucción. Citando a Kautsky, Lenin escribe:

“La solución de la cuestión acerca del problema de la dictadura proletaria —escribía Kautsky “contra” Bernstein— es cosa que podemos dejar con completa tranquilidad al porvenir”. Esta no es una polémica contra Bernstein, sino que es, en el fondo, una concesión hecha a éste, una entrega de posiciones al oportunismo…[22]

Con respecto a la obra de 1902 de Kautsky, La revolución social, Lenin se enfoca en ofuscaciones de las diferencias fundamentales entre las formas de gobernar de algún futuro Estado obrero y las de democracia burguesa parlamentaria.

Lenin concluye con una crítica de la respuesta de Kautsky a una crítica de sus posiciones por el socialista holandés Anton Pannekoek. Este último publicó un artículo en Neue Zeit en 1912 intitulado “La acción de masas y la revolución” en el cual criticó a Kautsky por su “radicalismo pasivo”. En ese entonces Pannekoek era un socialdemócrata que se identificaba con los críticos de izquierda del oportunismo, incluyendo a Rosa Luxemburgo. En los años veinte, adoptaría posiciones ultraizquierdistas y más tarde acogería opiniones antisoviéticas del capitalismo de Estado.

En su polémica de 1912, Pannekoek, según Lenin, escribió que la tarea de la revolución proletaria era destruir “los instrumentos del poder estatal” y “la organización de la minoría dirigente.”

En respuesta Kautsky acusó a Pannekoek de haber pasado al lado del anarquismo, escribiendo: “Hasta ahora la distinción entre los socialdemócratas y los anarquistas ha consistido en esto: los anteriores desean conquistar al poder estatal mientras los últimos lo desean destruir. Pannekoek quiere hacer ambos.”

Lenin escribe: “[La definición de Kautsky] de la distinción entre socialdemócratas y anarquistas es completamente errónea, dejando el marxismo plenamente vulgarizado y distorsionado”.

La insinuación que el marxismo se opone al desmantelamiento del Estado actual es completamente falsa, como lo demuestra de manera exhaustiva la examinación de Lenin de los escritos de Marx y Engels. La diferencia consiste en que los anarquistas se oponen al establecimiento de un nuevo Estado proletario por la clase trabajadora, sin el cual se encontraría incapaz de defenderse ante la represión asesina de la burguesía.

Engels provee una devastadora respuesta a la rechaza toda forma de autoridad de parte de los anarquistas en un pasaje de su ensayo de 1873 intitulado “De la autoridad” citado por Lenin en El estado y la revolución:

Pero los antiautoritarios exigen que el Estado político autoritario sea abolido de un plumazo, aun antes de haber sido destruidas las condiciones sociales que lo hicieron nacer. Exigen que el primer acto de la revolución social sea la abolición de la autoridad. ¿No han visto nunca una revolución estos señores? Una revolución es, indudablemente, la cosa más autoritaria que existe; es el acto por medio del cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y cañones, medios autoritarios si los hay; y el partido victorioso, si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por medio del terror que sus armas inspiran a los reaccionarios. ¿La Comuna de París habría durado acaso un solo día, de no haber empleado esta autoridad de pueblo armado frente a los burgueses? ¿No podemos, por el contrario, reprocharle el no haberse servido lo bastante de ella?

Así pues, una de dos: o los antiautoritarios no saben lo que dicen, y en este caso no hacen más que sembrar la confusión; o lo saben, y en este caso traicionan el movimiento del proletariado. En uno y otro caso, sirven a la reacción”.[23]

En su El estado y la revolución, Lenin resume las diferencias entre el marxismo y el anarquismo de la siguiente manera:

La diferencia entre los marxistas y los anarquistas consiste en lo siguiente: 1) En que los primeros, proponiéndose como fin la destrucción completa del Estado, reconocen que este fin sólo puede alcanzarse después de que la revolución socialista haya destruido las clases, como resultado de la instauración del socialismo, que conduce a la extinción del Estado; mientras que los segundos quieren destruir completamente el Estado de la noche a la mañana, sin comprender las condiciones bajo las que puede lograrse esta destrucción. 2) En que los primeros reconocen la necesidad de que el proletariado, después de conquistar el poder político, destruya completamente la vieja máquina del Estado, sustituyéndola por otra nueva, formada por la organización de los obreros armados, como la Comuna; mientras que los segundos, abogando por la destrucción de la máquina del Estado, tienen una idea absolutamente confusa respecto al punto de con qué ha de sustituir esa máquina el proletariado y cómo éste ha de emplear el poder revolucionario; los anarquistas niegan incluso el empleo del poder estatal por el proletariado revolucionario, su dictadura revolucionaria. 3) En que los primeros exigen que el proletariado se prepare para la revolución utilizando el Estado moderno, mientras que los anarquistas niegan esto.[24]

La vulgarizada falsificación del marxismo y la creación de ilusiones en la democracia burguesa promovidas en su nombre son resumidas en un pasaje de la respuesta de Kautsky a Pannekoek, citada por Lenin:

La tarea de la huelga general no puede ser nunca la de destruir el Estado, sino simplemente la de obligar a un Gobierno a ceder en un determinado punto o la de sustituir un Gobierno hostil a uno que esté dispuesto a llegar a un compromiso con el proletariado… Pero jamás, ni en modo alguno, puede esto [la victoria del proletariado sobre un Gobierno hostil] conducir a la destrucción del poder estatal, sino pura y simplemente a un cierto desplazamiento de la relación de fuerzas dentro del poder estatal. Y la meta de nuestra lucha política sigue siendo, con esto, la que ha sido hasta ahora: conquistar el poder estatal ganando una mayoría en el Parlamento y hacer del Parlamento el dueño del Gobierno.[25]

* * *

En su resumen de La guerra civil en Francia, Lenin escribe sobre la reacción de Marx a la Comuna de Paris:

Marx, por el contrario, no se contentó con solo entusiasmarse ante el heroísmo de los comuneros, que, según sus palabras, “tomaban el cielo por asalto”. Marx veía en aquel movimiento revolucionario de masas, aunque éste no llegó a alcanzar sus objetivos, una experiencia histórica de grandiosa importancia, un cierto paso hacia adelante de la revolución proletaria mundial, un paso práctico más importante que cientos de programas y de raciocinios. Analizar esta experiencia, sacar de ella las enseñanzas tácticas, revisar a la luz de ella su teoría: he aquí cómo concebía su misión Marx.[26]

Tal era el abordaje de Marx a la Comuna de París, el abordaje de Lenin al legado teórico del marxismo y nuestro abordaje hoy día a la Revolución Rusa. Y tanto para Marx como para Lenin, el análisis y la asimilación de las lecciones de estas grandes luchas y sonsacar los temas históricos y teóricos que entrañaban se realizó en la práctica política en la conexión más íntima con los acontecimientos políticos contemporáneos, de la misma manera procedemos en la actualidad al conmemorar la Revolución Rusa.

Las organizaciones pequeñoburguesas que se enmascaran como “izquierdistas” o hasta “socialistas” a la vez que se alinean por sus hechos con el imperialismo y el Estado capitalista o son indiferentes o abiertamente hostiles a la Revolución de Octubre porque son hostiles a la clase trabajadora y se oponen al derrocamiento del capitalismo hoy día.

Al contrario, “Las lecciones del octubre” tienen una inmensa relevancia para las tareas planteadas a la clase trabajadora por la crisis de magnitud inaudita del capitalismo mundial y la emergencia de una nueva etapa de luchas revolucionarias. La Revolución de Octubre aún sigue siendo intensamente relevante a los acontecimientos políticos de nuestros días.

Las tendencias identificadas por Lenin en El imperialismo y El Estado y la revolución –la integración cada vez más estrecha del Estado imperialista y los grandes monopolios financieros y corporativos (por ejemplo Google, Amazon, Apple, la CIA y el Pentágono) en forma del capitalismo monopolista de Estado; el monstruoso crecimiento del aparato represivo estatal y la putrefacción de las formas democráticas de gobierno (la represión en Cataluña aplaudida por todo los Gobiernos imperialistas y los imperialistas de “derechos humanos” como el New York Times, el gobierno por decreto impuesto por el estado de emergencia en Francia, la entrada de los neofascistas en el Parlamento alemán, la formación de un Gobierno de generales y millonarios de Wall Street en EUA)— se encuentran actualmente en un estado mucho más avanzado que en la época de Lenin. El imperialismo avanza de nuevo hacia una guerra mundial que pregona, nuevamente, nada menos que un holocausto nuclear y la aniquilación de la civilización.

Con la conmemoración del centenario de la Revolución Rusa, incluyendo estas conferencias, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional sigue los pasos de Lenin y Trotsky en esclarecer, educar y armar políticamente a la clase trabajadora para la emergente revolución socialista mundial.

Notas:

[1] Trotsky History of the Russian Revolution (Chicago: 2008), pp. 709.

[2] Ibid., pp. 710.

[3] Lenin Collected Works Volume 23 (Moscú: 1977), pp. 106.

[4] Lenin State and Revolution (International Publishers, Nueva York: 1988), pp. 5-6.

[5] Trotsky History of the Russian Revolution (Chicago: 2008), pp. 304-305.

[6] Alexander Rabinowitch Prelude to Revolution, (Indiana University Press: 1991), pp. 82-83.

[7] Rabinowitch The Bolsheviks Come to Power (Chicago and Ann Arbor: 2004), pp. 109.

[8] Ibid., pp. 94.

[9] Lenin Collected Works Volume 25 (Moscú: 1964), pp. 177-78.

[10] Ibid., pp. 366, 368.

[11] Lenin State and Revolution (International Publishers, Nueva York: 1988), p. 9.

[12] Ibid., p. 14.

[13] Ibid., p. 16.

[14] Ibid., p. 17.

[15] Ibid., p. 26.

[16] Ibid., p. 36.

[17] North, et al. Why Study the Russian Revolution? Volume 1 (Oak Park, Michigan: 2017) p. 19.

[18] Lenin State and Revolution (International Publishers, Nueva York: 1988), p. 33.

[19] Ibid., p. 29.

[20] Lenin Marxism on the State (Moscú: 1972), pp. 56-57.

[21] Lenin State and Revolution (International Publishers, Nueva York: 1988), p. 38.

[22] Ibid., p. 89.

[23] Ibid., p. 53.

[24] Ibid., pp. 94-95.

[25] Ibid., p. 99.

[26] Ibid., p. 32.

(Fotografía:General contrarrevolucionario Lavr Kornílov, en abril de 1917)

Guillermo Lora: ¿qué es el populismo? (1993)

ORIGENES DEL POPULISMO

Con no poca frecuencia se olvida que el populismo apareció en el escenario mundial como un fenómeno típicamente ruso y que el marxismo en esas latitudes se formó en franca lucha contra él.

Para evitar el confusionismo tenemos obligadamente que referirnos al populismo ruso y establecer sus características; únicamente así podremos tener idea exacta de lo que significa ese término, en oposición del supuesto “populismo” boliviano.En Rusia hizo su aparición en los años sesenta y setenta del siglo XIX y fue tipificado por los marxistas como una “ideología pequeño-burguesa, idealista”. Más concretamente, para Lenin “representaba los intereses de los productores desde el punto de vista del pequeño productor, del pequeño-burgués”.

De una manera general, fue la respuesta a las condiciones de la vida material de la sociedad, a la “preponderancia numérica de la clase de los pequeños propietarios en la Rusia capitalista posterior a la reforma”. Obligadamente hay que distinguir a los viejos populistas de los que les siguieron después y que fueron llamados “populistas liberales”.Los viejos populistas actuaron en las décadas del sesenta y del setenta del siglo pasado, cuando la diferenciación económico-social entre el campesinado era aún incipiente.

El origen del término “populista” -utilizado para designar un amplio y típico movimiento político- fue el siguiente: “Creyendo en la posibilidad de la revolución social campesina, los populistas de la década del setenta, la joven intelectualidad procedente de la nobleza, vistiendo ropa campesina, iban a la aldea, al “pueblo” para levantarlo a la lucha contra el zarismo (de aquí su nombre de populistas)”.

Hay que subrayar lo siguiente:

1,- “Populista” viene de pueblo. Hay que advertir que el pueblo en abstracto no existe. En las sociedades clasistas el pueblo aparece escindido en clases sociales diversas y hasta contrapuestas.

2.- “El populismo aparece como un movimiento político que plantea la liberación de la gran masa campesina de pequeños propietarios. El pueblo se identificaba con la aldea y aparecía como la fuerza protagónica de la revolución antizarista, considerada como un movimiento esencialmente campesino.

3.- “Partía del convencimiento de la excepcionalidad de la historia de Rusia y negaba la necesidad del desarrollo capitalista y del crecimiento numérico del proletariado, lo que le llevó a negar su papel decisivo en la lucha revolucionaria.

4.- “El atraso económico de Rusia fue la base social para la aparición de las teorías utópicas sobre el futuro socialismo. Se sostenía que la sociedad socialista sólo podía establecerse partiendo de las comunas del agro, sin necesidad del movimiento obrero ni de la dictadura del proletariado.

5.- “Los populistas sostenían que la historia la hacen los caudillos, las grandes personalidades, los héroes, a los que siguen las masas, las multitudes, el pueblo.La experiencia demostró que los campesinos -acerca de cuyos instintos comunistas se especuló tanto- no siguieron a los populistas. Esto se tradujo en divergencias acerca de la táctica a seguirse en la lucha contra el gobierno zarista. Las divergencias se patentizaron en el congreso de “Tierra y Libertad” (Zemlia y Volia), realizado en junio de 1879. Algunos meses más tarde se escindió parte de la militancia, que dio nacimiento al grupo “Reparto Negro” (Chorni perediel), bajo la dirección de Plejanov, Axelrod, Deutsch, etc.Los partidarios de la otra organización escindida, “Voluntad del Pueblo” (Narodnaia Volia), capitaneada por Gelabov, Figner, Mijailov, etc., aplicaba la táctica del terror individual.

El populismo liberal de las décadas del ochenta y el noventa, representado por Danielson, Vorontsov, Krivenko, Yujakov, Mijailovski, etc., expresaba los intereses de los kulaks.La descomunal lucha ideológica entre el populismo y el marxismo desbrozó el camino del movimiento revolucionario.Los marxistas demostraron que la comunidad campesina, que los populistas idealizaban viendo en ella el embrión del socialismo, no era en realidad más que una forma cómoda de cubrir la dominación de los kulaks y un medio de que disponía el zarismo para forzar a los campesinos a pagar los impuestos según el principio de la garantía solidaria.

En esa batalla aparecieron como los máximos exponentes Plejanov -además de Lenin- y Mijailovski Gueorgui Valentinovich Plejanov (1856-1918) recorrió tres etapas en su actividad: de 1875 a 1883 es populista; de 1883 a 1903 es marxista ortodoxo; a partir de 1903 se inclina a la derecha, se convierte en menchevique.En 1880 huyó a Europa, es aquí donde rompe con el populismo y organiza, en 1883, el primer grupo marxista ruso llamado “Emancipación del Trabajo”. Se puede decir que fue el gran introductor del marxismo en Rusia. “Su asimilación del socialismo científico había sido preparada por las ideas revolucionarias de Hersen, Belinski, Chernishevski y Dobroliubov”.Plejanov fue el primer marxista ruso que luchó contra el populismo. Partiendo del análisis de las relaciones económicas de Rusia después de la reforma, mostró cuán nocivas e inconsistentes eran las teorías populistas sobre el paso de Rusia al socialismo por medio de la comuna campesina, sobre la vía no capitalista del desarrollo de Rusia. Nikolai Konstantinovich Mijailovski (1842-1904). Este sociólogo y publicista ruso fue jefe del populismo liberal, enemigo del marxismo. Desde las revistas ”Anales de la Patria” y ”Riqueza Rusa”, de las cuales era redactor en jefe, combatía al marxismo.Fue partidario del método subjetivo en sociología y sostenía que la sociedad sólo es una ”multitud” con concepciones uniformes, grises y triviales.

El ”individuo heroico” organiza a la multitud, hace de ella masa coherente durante un cierto tiempo, la arrastra a la lucha… La teoría idealista de los “héroes” y de la “multitud” servía de fundamento a la táctica populista del terrorismo individual”.

LA LUCHA DE LOS MARXISTAS CONTRA EL POPULISMO

Mijailovski comentó varios escritos de Marx, entre ellos “El Capital” y la “Crítica de la Economía Política”, etc.Marx conoció algunos escritos de los populistas rusos sobre su teoría y por eso elaboró un esbozo de carta dirigida a una revista de Rusia, que posteriormente fue difundida como misiva dirigida a Mijailovski.Krivenko -este publicista fue uno de los primeros populistas en pronunciarse contra el marxismo en la prensa legal- en su réplica a Struve (1870-1944), exponente del “marxismo legal”, una corriente liberal burguesa que apareció en los años 90, aconseja a su adversario pensar más sólidamente sobre la cuestión de la “necesidad y buenas consecuencias del capitalismo”.

Lo fundamental de su argumento: “Si el régimen capitalista representa una etapa fatal e inevitable del desarrollo, a través de la cual debe pasar cualquier sociedad humana, si únicamente nos queda inclinar la cabeza ante esa necesidad histórica, debe apelarse a medidas que puedan detener la llegada del orden capitalista y, por el contrario, en caso de que nadie procure facilitar la transición a éste y usar todos los esfuerzos a nuestro alcance para promover su más rápido advenimiento, es decir, pugnar por el desarrollo capitalista industrial y la capitalización del artesano, el desarrollo de los campesinos ricos… la destrucción de la comunidad aldeana, la expropiación de la tierra de la gente y, hablando en general, echar fuera el excedente de las aldeas hacia las fábricas”.

Así quedaba planteada la discusión fundamental con los populistas. Es sugerente el comentario que hace Plejanov (“La concepción monista de la historia”):“El señor Krivenko realmente plantea dos cuestiones aquí; 1) ¿representa el capitalismo una etapa fatal e inevitable?; 2) y sí es así, ¿cuáles tareas prácticas se derivan de ello?“ El señor Krivenko formula la pregunta correctamente en este sentido que uno, y más todavía la aplastante mayoría de nuestros intelectuales, se preocuparon precisamente con la cuestión en esa forma: ¿Representa el capitalismo una etapa fatal e inevitable, a través de la cual debe pasar toda sociedad humana?

En un tiempo pensaron que Marx contestaría afirmativamente a esta cuestión, por lo que se sorprendieron mucho, al publicarse la bien conocida carta de Marx, que se alega dirigida al señor Mijailovski, vieron con sorpresa que Marx no reconoció la inevitabilidad de esta etapa, por lo que ellos decidieron entonces con maligno regocijo: ¡No ha puesto en vergüenza completamente a sus discípulos rusos!… “

¿Qué podía decir Marx sobre el artículo del señor Mijailovski?… Era evidente que Marx tenía que ser el primero en acudir al rescate del infortunio del joven y lleno de esperanzas escritor ruso. Además, el joven escritor se quejaba de que Marx sentenciaba a Rusia al capitalismo. Tenía que demostrar al escritor ruso que el materialismo dialéctico no sentencia a ningún país a nada en absoluto, que no indica una salida que es general e ‘inevitable’ para todas las naciones en todos los tiempos; que el desarrollo ulterior de toda sociedad dada depende siempre de las relaciones de las fuerzas sociales dentro de ella y que, por lo tanto, cualquier persona seria debe sin conjeturas ni sollozos acerca de alguna fantástica inevitabilidad, antes que todo estudiar aquellas relaciones.

Sólo un estudio semejante puede demostrar qué es lo ‘inevitable’ y que no es ‘inevitable’…“A fin de esclarecer mejor la circunstancia de que el señor Mijailovski había tomado como una teoría histórica lo que era y no podía ser tal teoría, Marx señala el ejemplo de la antigua Roma. ¡Un ejemplo muy convincente! Porque a la verdad, si es ‘inevitable’ que todos los pueblos pasen a través del capitalismo, ¿qué debe hacerse con Roma, con Esparta, con el Estado de los Incas; qué haremos con tantos otros pueblos que han desaparecido del escenario histórico sin llenar esta obligación imaginaria? La suerte de estos pueblos no era desconocida para Marx: consecuentemente, no podía haber hablado de la Inevitabilidad” universal del proceso capitalista.

“Mi crítico -dice Marx- considera que debe metamorfosear absolutamente mí bosquejo histórico sobre el génesis del capitalismo en Europa Occidental, en una teoría histórico-filosófica de la ruta general que todo pueblo está predestinado a andar, cualesquiera que sean las circunstancias en las cuales se encuentren…Marx había ridiculizado a las “gentes con una fórmula”, sobre todo en sus polémicas contra Proudhon.

Los utopistas transformaron la ley del movimiento histórico en una apariencia mística; “el sendero a lo largo del cual marcha la especie humana y que aparece como algo marcado de antemano, o como si lo fuera pero que ningunos acontecimientos históricos podían cambiar la dirección de esa senda”.

El subjetivismo llevó a Mijailovski a contraponer la cuestión obrera en Europa y en Rusia: “La cuestión obrera en Europa es una cuestión revolucionaria ya que ésta exige el traslado de las condiciones del trabajo a las manos de los obreros, la expropiación de los actuales propietarios, la cuestión obrera en Rusia es una cuestión conservadora, ya que aquí todo lo que necesita es conservar las condiciones del trabajo en las manos del trabajador, garantizando a los poseedores actuales las propiedades que ahora tienen… Muy cerca del mismo San Petersburgo… en un distrito poblado por fábricas, plantas, parques y casas de campo, existen pequeños poblados cuyos habitantes viven en su propia tierra, queman su propia leña, comen su propio pan, visten chaquetas y pieles hechas con su propio trabajo de lana producida por sus propias ovejas. Déseles una garantía sólida de que ésta su propiedad continuará siendo suya y estará resuelta la cuestión obrera rusa. Y en gracia a tal propósito puede sacrificarse todo lo demás, si entendemos con propiedad el significado de una garantía durable. Se dirá: pero no podemos continuar eternamente con los arados de palo y una economía atrasada, con los métodos antediluvianos de hacer chaquetas y preparar pieles de oveja. No podemos. Hay dos manera de salir de esta dificultad. Una, aprobada por el punto de vista práctico, es muy sencilla y conveniente. Elevar los aranceles, disolver la comunidad pueblerina, y eso sería suficiente probablemente; industrias igual que las de Inglaterra crecerían como hongos. Pero devorarían al jornalero y lo expropiarían. Hay otro camino, desde luego, mucho más difícil: aunque la solución fácil de un problema, no implica necesariamente su solución correcta. La otra forma consiste en desarrollar aquellas relaciones, ya que existen, entre el trabajo y la propiedad, aunque en forma extremadamente ruda y primitiva. Evidentemente este fin no puede lograrse sin la amplia intervención del Estado, cuyo primer acto debe ser la consolidación legislativa de la comunidad pueblerina”.

Se diría que asistimos a las argumentaciones que diariamente lanzan nuestros indigenistas.Los marxistas acertadamente calificaron a los populistas de idealistas, subjetivistas y utópicos. Olvidaron considerar las relaciones de producción vigentes en un momento y que son el resultado del desarrollo de las fuerzas productivas.

LA CRÍTICA DE LENIN

El libro “¿Quiénes son los amigos del pueblo y cómo luchan contra los socialdemócratas?”, escrito en 1894 está dedicado a desnudar las ideas de los populistas.Lenin comienza señalando que Mijailovski presta mucha atención a los fundamentos teóricos del marxismo, es decir, al análisis de la concepción materialista de la historia.Copia el siguiente pasaje de la crítica de Mijailovski:“Ante todo surge espontán Los marxistas demostraron que la comunidad campesina, que los populistas idealizaban viendo en ella el embrión del socialismo, no era en realidad más que una forma cómoda de cubrir la dominación de los kulaks y un medio de que disponía el zarismo para forzar a los campesinos a pagar los impuestos según el principio de la garantía solidaria.eamente una pregunta: ¿En qué obra ha expuesto Marx su concepción materialista de la historia? En “El Capital” nos ha dado un ejemplo de unión de la fuerza lógica con la erudición, con el estudio rninucioso, tanto de toda la literatura económica, como de los hechos correspondientes…La acotación de Lenin: “Todo este pasaje es sumamente característico para darse cuenta hasta qué punto son poco comprendidos por el público “El Capital” y Marx. Anonadados por la inmensa fuerza probatoria de lo expuesto, hacen reverencia ante Marx, lo alaban, pero al mismo tiempo pasan completamente por alto el contenido fundamental de la doctrina y continúan, como si tal cosa, las viejas cantinelas de la sociología subjetiva…”Leyendo a Mijailovski se puede concluir que toda la fuerza de Marx se concentra en las teorías económicas y en nada más. “Es como si Marx no hubiera aportado a los métodos de construcción de estas teorías nada substancialmente nuevo…. como si hubiera dejado las ciencias económicas dentro de los mismos límites en que las había encontrado en las obras de los economistas anteriores….

sin aportar una concepción completamente nueva de esta misma ciencia”.Hay que subrayar que Marx trata en “El Capital” de la sociedad moderna”, cuando todos los economistas anteriores se refieren a la sociedad en general. La observación de Lenin: “¿En qué sentido emplea Marx la palabra moderna y cuáles son las características por las que se distingue especialmente esta sociedad moderna?… ¿Qué significa la ley económica del movimiento de la sociedad? Estamos acostumbrados a oír decir a los economistas -es una de las ideas preferidas por los populistas- que sólo la producción de valores está supeditada únicamente a leyes económicas, mientras que la distribución, según ellos, depende de la política, de la forma en que las autoridades, los intelectuales, etc., ejerzan su influencia sobre la sociedad. ¿En qué sentido, pues, habla Marx de la ley económica del movimiento de la sociedad, llamándola por añadidura ley natural?” No pocos sociólogos rusos buscaron demostrar que el campo de los fenómenos sociales ocupa un lugar aparte del campo de los fenómenos histórico-naturales y que, por lo tanto, para estudiar los primeros correspondía emplear el “método subjetivo en la sociología”.Fue el propio Marx el que, sin proponerse, ya había refutado la argumentación de los populistas. Dice: “Mi punto dé vista consiste en que considero el desarrollo de la formación económico-social como un proceso histórico natural” (“El Capital”).

Para Lenin en la anterior cita se expresaba la idea fundamental de “El Capital”, aplicada de manera consecuente: “Notemos al respecto, ante todo dos circunstancias: Marx se refiere a una sola formación económico-social, a la formación capitalista, es decir, que afirma haber investigado la ley del desarrollo solamente de ésta y de ninguna otra formación. Y en segundo lugar, notemos los métodos con que elabora Marx sus conclusiones: como hemos visto unas líneas más arriba, el señor Mijailovski dice que estos métodos consistían en el estudio minucioso de los correspondientes hechos…“¿En qué consiste propiamente el concepto de formación económico-social y en qué sentido puede y debe ser considerado el desarrollo de semejante formación como proceso histórico- natural?… Ya he indicado que desde el punto de vista de los viejos economistas y sociólogos, el concepto de formación económico-social es completamente superfluo: hablan de la sociedad en general, discuten con los Spencer sobre lo que es la sociedad en general, sobre los fines y la esencia de la sociedad en general, etc. En tales disquisiciones, estos sociólogos subjetivistas se apoyan en argumentos por el estilo de los que afirman que el fin de la sociedad consiste en procurar ventajas para todos sus miembros y que, por ello la justicia exige una organización determinada, y los sistemas que no corresponden a esta sociedad ideal son anormales y deben ser eliminados.”

Según Mijailovski, “La tarea esencial de la sociología consiste en el estudio de las condiciones sociales en que esta o la otra necesidad de la naturaleza humana es, satisfecha”. A este señor le interesa únicamente la sociedad que satisfaga a la naturaleza humana, pero no las que puedan estar basadas en fundamentos que choquen con la “naturaleza humana”, como la esclavización de la mayoría por la minoría, por ejemplo.

Este viejo argumento repiten entre nosotros los reformistas proburgueses y los indigenistas de todo color.Es claro que Mijailovski no considera el desarrollo de la sociedad como un proceso histórico-natural. Nos dice: “Al reconocer algo como deseable o indeseable, el sociólogo debe hallar las condiciones necesarias para realizar lo deseable o para eliminar lo indeseable”.

Lo que sostiene Lenin: “Es evidente que la idea fundamental de Marx sobre el proceso histórico-natural de desarrollo de las formaciones económico-sociales socava hasta las raíces esa moraleja infantil que pretende llamarse sociología. Pero ¿cómo llegó Marx a esta idea fundamental? Lo hizo separando de los diversos campos de la vida social el de la economía, separando de todas las relaciones sociales, las relaciones de producción, como relaciones fundamentales, primarias, que determinan todas las demás”.

Estamos pasando revista a la discusión de los marxistas rusos con los populistas con la finalidad concreta de poder comprender lo que es el populismo en nuestro país. Por eso nos interesan los comentarios de Lenin a la profesión de fe populista, que aparece en el “Contenido económico del populismo y su crítica en el libro del Sr. Struve”, publicado en 1894.Los populistas escribieron: “Cantar serenatas a la aldea y ‘hacerle caídas de ojos’ no significa en absoluto amarla y respetarla, del mismo modo que señalar sus defectos no significa tenerle inquina. Si se le pregunta al propio Uspenski… qué le es más afín, en qué ve más garantías del futuro, en la aldea o en las capas de la vieja nobleza y de la nueva burguesía, contestaré, indudablemente: ‘En la aldea”.

La importante observación de Lenin: “Este pasaje es muy sintomático. Evidencia con toda nitidez, en primer lugar, en qué consiste la esencia del populismo: en la protesta, desde el punto de vista campesino, del pequeño productor, contra el régimen de la servidumbre (la capa de la vieja nobleza) y contra el espíritu burgués (la capa de la nueva burguesía) en Rusia.

Al mismo tiempo, muestra, en segundo lugar, el carácter soñador de esa protesta, su divorcio de la realidad.¿Acaso la ‘aldea’ existe fuera del estado de cosas impuesto por la ‘vieja nobleza’ o por la ‘nueva burguesía’? ¿Acaso los representantes de la una y de la otra no modelaban y modelan a su manera la ‘aldea’ ? La aldea es precisamente una ‘capa’ en parte formada por la ‘vieja nobleza y en parte por la ‘nueva burguesía’ .

Por más vueltas que se le dé no encontrarán en ella ninguna otra ‘capa’ . Y si los populistas la encuentran es porque los árboles les impiden ver el bosque, porque la forma de posesión de la tierra por algunas comunidades campesinas les impide ver la organización económica de toda la economía social rusa. Esa organización, que transforma al campesino en un productor de mercancías, hace de él un pequeño burgués, un pequeño propietario individual que produce para el mercado; en virtud de ello, esa forma excluye la posibilidad de buscar ‘garantías del futuro’ detrás y obliga a buscarlas delante, a no buscarlas en la ‘aldea’, donde la combinación de las capas constituidas por la ‘vieja nobleza’ y la ‘nueva burguesía’ agrava terriblemente la situación del trabajo y lo imposibilita para luchar contra los señores del nuevo orden de cosas de la ‘nueva burguesía’, ya que la propia oposición de sus intereses a los intereses del trabajo no ha alcanzado suficiente desarrollo; obliga a buscarlas en la capa de la ‘nueva burguesía’ enteramente desarrollada y depurada por completo de los encantos de la ‘vieja nobleza’ , en esa capa que ha socializado el trabajo, y que ha acabado de perfilar y ha esclarecido ese antagonismo social que en la aldea se halla en estado embrionario y reprimido”.

Sobre las diferencias teóricas entre las doctrinas que llevan al populismo y al marxismo a la comprensión o no de la realidad pura, se dice lo siguiente:“¿Por qué cree Ud., señor populista, que la persona que desea representar los intereses del trabajo tiene que soportar una cosa tan dolorosa y molesta como el convertir en un ‘pasaporte liberal’ a aquello en lo que ve las ‘garantías del futuro’ ?

Ese futuro debe excluir a la burguesía, y eso a través de lo cual quiere usted ir hacia el futuro no sólo no tropieza con la hostilidad de los ‘burgueses listos y de espíritu práctico sino que éstos lo toman, y lo toman, como pasaporte’.

“¿Qué cree usted, sería concebible hecho tan escandaloso si no hubiera las ‘garantías del futuro’ allí donde las contradicciones sociales propias del régimen en el que mandan los ‘burgueses listos, y de espíritu práctico’ encuentran poco desarrolladas, en estado, embrionario, en vez de verlas allí donde estén desarrolladas al máximo, hasta el extremo y, por consiguiente no bastan los paliativos y las medias tintas, allí donde no se puede sacar provecho de los deseos de los trabajadores, allí donde la cuestión se plantea de manera tajante.¿No dice usted mismo más adelante, lo siguiente?“

Los pasivos amigos del pueblo no quieren comprender una cosa tan sencilla como que en la sociedad todas las fuerzas actuantes se dividen por lo común, formando dos de la misma potencia y opuestas la una a la otra, y que las fuerzas pasivas, que en apariencia no participan en la lucha, ayudan a la fuerza que en cada momento dado prevalece. “¿Acaso el campo no encaja en esta caracterización? ¿Acaso es un mundo aparte, en el que no existen esas ‘fuerzas opuestas la una a la otra’ y su lucha, para que se pueda hablar de ella sin pararse a meditar, sin temor a hacer el juego a la ‘fuerza que pierden’? ¿Acaso, ya que nos hemos puesto a hablar de la lucha, tiene sentido empezarla allí donde su contenido se confunde en un montón de circunstancias extrañas, que impiden dividir de un modo firme y definitivo a esas fuerzas opuestas y ver claramente al enemigo principal?”

Lo fundamental en la crítica de la sociología populista dice:“La esencia del populismo, su idea fundamental la ve Struve en. la ‘teoría del original desarrollo económico de Rusia’ . Según dice, esa teoría tiene dos fuentes esenciales: 1) Una determinada doctrina del papel del individuo en el proceso histórico y 2) el convencimiento directo de que el carácter nacional y el espíritu del pueblo ruso tienen sus rasgos específicos y de que su destino histórico encierra particularidades muy propias”.

Lenin observa a Struve que uno de sus artículos sobre el populismo lo llama “Socialismo nacional”, en vez de tipificarlo como “campesino”, en lo que se refiere al viejo populismo ruso, y “en lo que se refiere al contemporáneo, ‘pequeño burgués’. La fuente del populismo es el predominio de la clase de los pequeños productores en la Rusia capitalista posterior a la Reforma. “Hay que esclarecer esta caracterización. El vocablo ‘pequeño burgués no lo empleo aquí en su sentido habitual, sino en el que le da la economía política. El pequeño productor, que despliega su actividad económica en el sistema de la economía mercantil: esos son los dos elementos de la concepción ‘pequeño burguesa’ .

Esta definición vale para el campesino y para el artesano, a quienes los populistas han considerado siempre iguales, y con mucha razón, pues ambos productores trabajan para el mercado y se distinguen únicamente por el grado de desarrollo de la economía mercantil. Además yo hago distinción entre el viejo populismo (el que iba al pueblo) y el contemporáneo, pues el primero era una doctrina coherente en cierta medida, una doctrina que cristalizó en una época en que el capitalismo estaba débilmente desarrollado en Rusia, el carácter pequeño burgués de la economía campesina aún no había revelado lo más mínimo, el lado práctico de la doctrina era pura utopía y los populistas se apartaban decididamente de la sociedad liberal e iban al pueblo.

Ahora no ocurre eso: nadie niega ya que Rusia sigue el camino capitalista de desarrollo, y la disgregación del campo es un hecho indiscutible. De la armónica doctrina del populismo, con su pueril fe en la ‘comunidad” no quedan más que jirones. En cuanto al lado práctico, el lugar de la utopía lo ocupa hoy un programa, nada utópico de ‘progresos’ pequeñoburgueses y sólo altisonantes frases recuerdan la relación histórica entre los miserables compromisos y los sueños con mejores y originales caminos para la patria. En vez del divorcio con la sociedad liberal, vemos el más conmovedor acercamiento a ella”. Lo que obligaría a establecer la distinción entre la ideología de los campesinos y la de la pequeña burguesía.

En nuestro país el populismo es básicamente la ideología de los campesinos y a ella se subordina toda tipificación de los pequeños productores o comerciantes de las ciudades.

¿DONDE ESTA EL POPULISMO EN BOLIVIA?

Algunos politólogos a la violeta se apresuran en calificar de populista a toda organización política con alguna influencia en el electorado o con militancia multitudinaria, sin tomar en cuenta su actitud frente a la lucha de clases o sus objetivos. De esta manera en la crónica periodística y en el comentario anecdótico a vuela pluma acerca de la vida partidista, populista se viene utilizando como sinónimo de popular. Por estas razones se incluyen al MNR y a la UDP en la enumeración de los partidos populistas en nuestra historia.

Que sepamos, en el pasado únicamente el belcismo y en menor medida la doctrina política de Casimiro Corral, dentro del movimiento social encarnado en Morales, aparecen expresando los intereses de los pequeños propietarios campesinos y de los artesanos, que ya mostraban inconfundibles rasgos pequeño-burgueses.**Hemos visto que el populismo sustituye el concepto de clase social por el de pueblo y éste es presentado como sinónimo del campesinado. De aquí arrancarán las consideraciones políticas más importantes acerca de la solución de los problemas del país y de su desarrollo económico-social.

Comprobamos en nuestro país que todos los partidos burgueses y patronales niegan la existencia de las clases sociales y la lucha entre ellas porque creen que no es más que una invención de los agitadores extremistas. Dentro de estos partidos uno de los más avanzados en el análisis de la realidad económico-social del país ha sido y es el MNR, pero para este partido las clases sociales ven difuminados sus limites y sus objetivos ante la presencia del enemigo común, representado por el imperialismo o la antipatria.

Claro que el Patiño de nuestra época, Goni Sánchez de Lozada, ya no habla del imperialismo.La alianza de clases, que todo partido burgués supone el basamento organizativo de su entidad política, se reduce al amontonamiento de la ciudadanía bajo la dirección de la propia clase capitalista. Por esta razón fundamental ninguno de estos partidos puede ser catalogado como populista.De lo dicho hasta aquí se desprende que únicamente los partidos indios, el katarismo, el indigenismo, plantean la lucha de¡ pueblo -por sus objetivos inmediatos y por su liberación-como lucha de los campesinos, del pueblo.Lo dicho más arriba nos lleva al convencimiento de que los partidos que dicen expresar los intereses de las naciones nativas actualmente oprimidas de aymaras, quechuas, guaraníes, etc., son los únicos (que pueden ser tipificados como auténticamente populistas.

Sustituyen a la clase por el ayllu y por la nación nativa. Hay que recalcar que los indigenistas no alcanzan a expresar políticamente el problema fundamental de la autodeterminación nacional, que se concretiza en la consigna de la estructuración de las nacionalidades sojuzgadas en Estados soberanos.

Corresponde añadir que ninguno de estos movimientos de las masas autóctonas no comprenden que en nuestro país -como consecuencia de todo el proceso histórico y del hecho de que en el seno de la nación no ha habido una diferenciación social, por la ausencia del capitalismo- las naciones nativas muestran los rasgos inconfundibles de una clase social, porque todos los autóctonos concurren de la misma manera al proceso de la producción social y la miseria extrema los nivela. Con corrección se tiene que hablar en Bolivia de naciones-clase nativas.Hay que tomar en cuenta que para los partidos indios, kataristas, etc., la dirección de la lucha popular contra la opresión tiene que concentrarse en los explotados y oprimidos del agro, por la sencilla razón de que son una mayoría de la población trabajadora. Es ya vieja su lucha en el plano sindical para que las naciones nativas sustituyan a la clase obrera minoritaria como dirección política y sindical.

Los ideólogos indigenistas -más que cualquier otro de los partidos burgueses o reformistas adeptos del capitalismo- son los que con mayor nitidez plantean la excepcionalidad del desarrollo histórico del país andino.

Según ellos la herencia cultural heredada del pasado -y que debe ser preservada a toda costa- autoriza a sostener que el camino del desarrollo económico-social del futuro continuará el ya recorrido por las naciones nativas en su pasado milenario. El ayllu tiene que volver a convertirse en el núcleo fundamental y generatriz del futuro de aymaras, quechuas, etc.Untoja -un aymara disfrazado de doctorcito- llega al extremo de sostener que la ideología de su nación tiene raíces en un pasado más antiguo que el incaico y que el ayllu está llamado a instalarse en las ciudades que ya conocen el desarrollo capitalista. Sus planteamientos buscan convertir a los nativos en empresarios capitalistas para que puedan cooperar con los patrones blancos y estructurar una nación sin fricciones. En este curioso planteamiento -totalmente reaccionario- el ayllu acaba siendo considerado como una descomunal fábrica moderna.Ninguno de los otros partidos políticos, que desesperadamente buscan controlar el voto de la masa campesina (estamos hablando de UCS, CONDEPA, MBL, MNR, ADN, MIR, en fin de todas las agrupaciones de k’aras), consideran a los aymaras, quechuas, guaranís, etc., como sinónimo del pueblo -para ellos el pueblo son las masas timoneadas por la clase dominante- y tampoco creen que el país tendrá un desarrollo económico-social diferente al capitalista. Contrariamente, están seguros que el porvenir boliviano ya ha sido señalado por la metrópoli imperialista opresora. Por estas razones no pueden ser considerados como partidos populistas.UCS y ADN sostienen con toda claridad que el proletariado -los pobres- deben desaparecer para ser reemplazados por los propietarios. CONDEPA acaba de sustituir su programa endógeno por otro productor -para acomodarse mejor a los intereses de un capitalista que busca llegar a la vicepresidencia del futuro gobierno condepista-, lo que puede interpretarse como la búsqueda de que todos sean empresarios, ciertamente que la masa mayoritaria encasillada en la pequeña producción. Este planteamiento futurista no tiene nada que ver con el populismo y debe ser catalogado en los planes utópicos de democratización del capital, totalmente extraños a los, intereses campesinos.

De lo expuesto se desprende que únicamente los partidos indigenistas o nativistas son los que expresan los intereses de la gran masa campesina, enraízala en la pequeña parcela. No pocos partidos de la burguesía, famosos porque compran el voto campesino de manera masiva, esperan la posibilidad del futuro desarrollo capitalista del país convirtiendo la pequeña propiedad de los campesinos en una mercancía sometida a las leyes de la economía de mercado, a fin de que concluya concentrada en manos de poderosos capitalistas, como ya sucede en el Oriente boliviano.

Esta no es una protección a los aymaras y quechuas, sino un proyecto de su destrucción como naciones. Tal planteamiento es todo lo contrario del populismo.Algunos podrían pensar que el MBL, que dice controlar el voto campesino y las organizaciones de los nativos, tiene planteamientos típicamente populistas, pero no es así. Este partido está empeñado en añadir contenido social a la economía de mercado, al antiestatismo y en perfeccionar la actual democracia burguesa, que está cimentada en la opresión de las naciones nativas por el minoritario Estado blancoide.

Es un partido abiertamente proburgués y procapitalista, lo que nos debe obligar a concluir que su propuesta programática es opuesta a la del populismo. Su propuesta de una segunda reforma agraria sigue en sus líneas generales a la planteada por el MNR en 1953.Es cierto que el MBL aparece luchando porque los campesinos sean dirección en los sindicatos, partiendo de la elemental consideración de que son masa mayoritaria con referencia al proletariado. La formulación busca que el proburgués MBL controle también a los sindicatos.

La verdad es que el MBIL está interesado en controlar burocráticamente a las organizaciones sindicales campesinas, a fin de convertirlas en un bolsón de votos, que puede ayudarle a ser gobierno. Con tal finalidad se dedica de lleno a corromper y burocratizar a las direcciones sindicales del agro.

No expresa los intereses de los pequeños productores o de las naciones nativas -en ningún momento habla de su derecho a la autodeterminación y se limita a buscar su reconocimiento constitucional- ayuda de los ingentes recursos que le proporciona el manejo de poderosas ONGs.* Kataristas, partidos indios, etc., recurren al subjetivismo para analizar la realidad de las naciones nativas y su futuro desarrollo. Su idealismo les permite reemplazar el estudio de las relaciones sociales y de la estructura económica en el agro por la defensa de la tradición cultural y de la religión.

Todo esto queda patentizado cuando sostienen que la religión andina excepcionalmente es científica, esto porque es el resultado de la divinización de la naturaleza. No importa que una determinada religión enraice en el panteísmo, porque de igual manera que las otras religiones parte de una concepción idealista del mundo.

Al mismo tiempo los ideólogos indigenistas se encierran en el concepto de que corresponde retomar la historia del ayllu y continuarla ahora, en la época de decadencia mundial del sistema capitalista, en consideración de que la cultura nativa ya había llegado en los siglos pasados a un nivel mucho más elevado que el resto de las culturas del mundo entero. Por estas consideraciones no aceptan que el porvenir de las naciones nativas sea el entroncarse en el proceso de superación del sistema capitalista que ya ha agotado su ciclo de desarrollo.A diferencia de las organizaciones políticas burguesas o reformistas, el futuro desarrollo de aymaras, quechuas, guaraníes, etc., es presentado por los indigenistas como un desarrollo místico, fatal y de retorno al esplendor de las culturas nativas. A esto se reduce la excepcionalidad del desarrollo de las naciones andinas. La economía y la política son sustituidas por la religión y la fe.* La concepción idealista y subjetiva de los líderes de las naciones nativas es semejante al método que emplean los partidos burgueses y reformistas en sus planteamientos programáticos, pero sus finalidades son opuestas.Al populismo boliviano le sirve el idealismo para retornar al pasado milenario o para señalar caminos excepcionales en el desarrollo histórico-social.

Los capitalistas y reformistas utilizan el idealismo para formular una supuesta superación de la lucha de clases y para respaldar su afirmación de que el futuro de Bolivia es el de propugnar su desarrollo dentro de los lineamientos económico sociales ya impuestos por el imperialismo.

En resumen, niegan la posibilidad de que Bolivia pueda superar el capitalismo.* Indigenistas, katarístas y partidos burgueses y reformistas, consideran por igual que su ideología, totalmente extraña a la realidad económico-social mundial dentro de la que se desarrolla Bolivia, se ve fortalecida por el hundimiento internacional del socialismo -consideran stalinismo como sinónimo de marxismo-, lo que les permitiría echara un lado el materialismo histórico, la lucha de clases y aferrarse a sus esquemas idealistas y subjetivos de un excepcional futuro para las naciones nativas y boliviana.

El camino que sigue la reacción burguesa es utilizada curiosamente por los indigenistas para combatir al socialismo, a la lucha de clases y al propio proletariado.

Guillermo Lora

La Paz, abril de 1993.

(Fotografía:Ferdinando Scianna BOLIVIA. La Paz. 1986)

Los bolcheviques y las reivindicaciones feministas: una relación tumultuosa

Marijke Colle //

Fue una manifestación de mujeres la chispa que, en febrero de 1917, hizo estallar la revolución rusa. No obstante, las reivindicaciones feministas estaban lejos de ser una de las principales preocupaciones de los dirigentes revolucionarios de la época. El torbellino de la revolución trajo la emancipación de las mujeres rusas… antes de un rápido retorno al modelo tradicional de la familia.

El 13 de marzo de 1881, después de diez intentos, el zar Alejandro II cayó asesinado. Sofía Lvovna Peróvskaya ayudó a organizar el atentado. La condenaron a muerte junto con otros y otras conjuradas y murió en la horca el 15 de abril en San Petersburgo. Militaba en la organización terrorista revolucionaria Naródnaya Volia (voluntad popular), cuyos miembros eran conocidos por el apelativo de narodniki. Querían servir al pueblo, sobre todo a los campesinos pobres. El movimiento esperaba hallar una vía específicamente rusa hacia la revolución y aspiraba a crear una sociedad en la que la soberanía residiera en pequeñas unidades económicas autónomas que abarcaran diversas aldeas y se unieran en una confederación que sustituyera al Estado.

Vera Sasúlich (1849-1919) se unió a los narodniki siendo estudiante, en 1880 emigró y fue a colaborar con Gueorgui Plejánov (1856-1918), con quien fundó el primer grupo marxista del movimiento obrero ruso. Ambos preconizaban la creación de un partido proletario revolucionario y por tanto se oponían desde entonces a la estrategia de los narodniki.

La Rusia de esa época, bajo el régimen zarista, era un país atrasado y en gran medida todavía feudal. En 1861, el zar Alejandro II había decretado la emancipación de los siervos. Cada campesino recibió un lote de 3,5 deciatinas (unas cuatro hectáreas),

Pero esta concesión no fue gratuita: había que comprar la tierra, pagándola en 49 anualidades al Estado, que, a su vez, adelantaba la suma a los propietarios.

La revolución de 1905

Esta comenzó el 22 de enero durante el domingo rojo y condujo diez meses después a la promesa de una constitución. Durante la revolución, toda la sociedad está en movimiento y en ebullición. Las mujeres también participan. Se constituye un feminismo burgués que plantea reivindicaciones relacionadas con la emancipación de las mujeres: derecho de voto, salario igual, educación… Los partidos socialdemócratas [los revolucionarios de la época] apoyan estas reivindicaciones, pero rechazan toda colaboración o alianza con las feministas burguesas. No hay ningún intento de analizar en profundidad la concepción feminista burguesa de la opresión de las mujeres. La menor manifestación de interés por los problemas de las mujeres o la menor intervención en dirección a las mujeres se asimilan al feminismo burgués.

En el primer Congreso panruso de mujeres, celebrado en 1908, Alexandra Kollontai forma un grupo de trabajadoras que participan en él. Kollontai cuenta en sus esfuerzos con el respaldo de Lenin. El comité central del partido vota una resolución a favor de organizaciones políticas y sindicales separadas para las mujeres, pero esta resolución no concreta nada sobre la naturaleza de estas organizaciones y se convierte en papel mojado. La revolución de Octubre llega sin que el partido socialdemócrata haya formulado una teoría sobre la organización de mujeres.

La condición de las mujeres antes de la revolución de 1917

La gran industria moderna en Rusia está muy concentrada: empresas gigantescas de más de un millar de obreros representan el 41 % del conjunto de la clase trabajadora (17 % en EE UU). Los capitalistas occidentales controlan en promedio el 50 % de las inversiones. La burguesía rusa es débil y depende de las clases dominantes de Inglaterra y Francia. La condición obrera es terrible. La patronal importa familias obreras enteras y las aloja en humildes barracas o en dormitorios improvisados cerca de las máquinas. La gran mayoría de los trabajadores son no cualificados y en muchos casos analfabetos.

Si la condición de los obreros es miserable, la de las obreras es todavía peor. Las mujeres trabajadoras ganan en promedio el 50 % del salario de los hombres. En 1913, las mujeres trabajan de 12 a 13 horas al día. En el sector de la confección, trabajan de 13 a 14 horas y las vendedoras y encargadas de almacén tienen jornadas de 16 a 18 horas. Las trabajadoras que se quedan embarazadas arriesgan la vida, no existe la baja de maternidad y todos los años mueren 30 000 mujeres durante el parto.

En Rusia, una mujer que no recibe golpes de su marido es una excepción. La ley lo autoriza expresamente. Las mujeres no tienen derecho a heredar, son legalmente inferiores a todos los hombres adultos de la familia. En el mundo rural, la mujer campesina no se diferencia mucho de una bestia de carga. En 1914, un tercio de las mujeres saben leer, y este porcentaje es superior entre las asalariadas. El acoso sexual en el trabajo es moneda corriente. Muchas mujeres tienen que prostituirse para conseguir un empleo.

Participación en la revolución

Las mujeres obreras ya habían participado activamente en el movimiento revolucionario en 1905. Como escribió Alexandra Kollontai (1872-1952): “El movimiento de las trabajadoras, por su propia naturaleza, forma parte del movimiento obrero en general. […] La participación en el movimiento obrero acerca a la obrera a su liberación, no solo como vendedora de su fuerza de trabajo, sino también como mujer, esposa, madre y ama de casa”. Sin embargo, también constató: “Tan pronto cesó la oleada de huelgas y los obreros volvieron al trabajo, tanto en caso de victoria como de derrota, las mujeres fueron de nuevo dispersadas y aisladas”.

El 23 de febrero de 1917, con motivo del Día Internacional de la Mujer, varias columnas de mujeres (estudiantes, empleadas, obreras del textil de los arrabales de Vyborg) se manifiestan en el centro de Petrogrado para reclamar pan. Su acción recibe el apoyo de los obreros, que abandonan el trabajo para unirse a las manifestantes. Ante este movimiento popular y espontáneo, los raros dirigentes revolucionarios presentes en Petrogrado se mantienen prudentes, considerando, como el bolchevique Alejandro Shliápnikov (miembro del comité central del partido), que se trata más de una revuelta de hambre que de una revolución en marcha.

En 1917, el 43 % de la clase trabajadora eran mujeres. Desde el comienzo mismo de la revolución, las mujeres se organizan y publican sus reivindicaciones. Mujeres de soldados forman comités y a comienzos de febrero miles de lavanderas de Petrogrado se declaran en huelga y rompen de este modo el consenso entre el gobierno provisional de Kerensky, los mencheviques y los socialistas revolucionarios.

En marzo de 1917, en el partido bolchevique resulta rechazada la propuesta de constituir una secretaría de mujeres (¡únicamente con tareas técnicas y de propaganda!) a fin de contrarrestar la propaganda de las feministas burguesas. Toda forma de organización autónoma de las mujeres sigue considerándose un apoyo al feminismo burgués.

Genotdel y organización no mixta

La Conferencia de mujeres celebrada en Petrogrado en otoño de 1917 rechaza una vez más una resolución a favor de una secretaría de mujeres y hasta el Congreso de obreras y campesinas reunido en Moscú en 1918 no se decide crear una red nacional de organización de mujeres. Son las condiciones de la guerra civil las que favorecen una intervención específica hacia las mujeres. Konkordiya Samoilova (1876-1921) defiende en 1918 la convocatoria de conferencias separadas de mujeres porque en las habituales reuniones mixtas no se podía hablar de los problemas de las mujeres… debido a la escasa presencia de mujeres. De todos modos, esta organización separada se considera una solución temporal.

Tras el Congreso de obreras y campesinas de Moscú (1918) comienza la construcción de una red de mujeres en todas las instancias del partido. Estos grupos de mujeres pasan a denominarse departamentos (Genotdel) en 1919 y se les faculta para tomar iniciativas organizativas con la apertura de locales en los pueblos y los barrios, así como la edición de publicaciones específicas. Organizan reuniones, defienden los intereses de la mujeres en el partido, los sindicatos y los soviets.

Las bolcheviques van más lejos en la práctica que en la teoría. Durante la guerra civil se organizan conferencias de mujeres no afiliadas al partido y se celebran reuniones no mixtas de delegadas para intervenir directamente en cuestiones que interesan a las mujeres. Las delegadas obreras, campesinas y amas de casa son elegidas por tres meses y reciben formación política para poder asumir responsabilidades en el soviet local. El sistema de delegadas abarcaba al final a más de tres millones de mujeres, pero nunca llegará a ser un movimiento social coherente e independiente. El miedo a otorgar a los Genotdel demasiada libertad de acción estará siempre muy presente.

La discusión se ceñirá a la organización en el interior del partido bolchevique. No se planteaba la posibilidad de un movimiento de mujeres fuera del partido, pues lo consideraban burgués. Los bolcheviques no se liberarán jamás de la atadura del pensamiento socialdemócrata alemán en este terreno: “No existe un movimiento específico de las mujeres”.

Reivindicaciones de las mujeres y labor legislativa radical

La nueva constitución del joven Estado soviético instaura el matrimonio civil; se proclama de igualdad entre hombres y mujeres; la ley deja de establecer diferencias entre hijas ilegítimas y legítimas; se oficializa el divorcio de mutuo consentimiento o a instancias de una de las partes sin necesidad de aportar pruebas o testigos. El adulterio y la homosexualidad se eliminan del código penal y la autoridad del cabeza de familia desaparece del código civil. Se reconoce el derecho de voto de las mujeres. El nuevo código de trabajo incluye las bajas de maternidad, la igualdad salarial, medidas de protección específicas de las mujeres; la jornada queda limitada a 8 horas y la semana a 48 horas y se crean los seguros sociales.

La socialización del trabajo doméstico

Para Kollontai, para las dirigentes del trabajo destinado a las mujeres y determinados dirigentes bolcheviques, como Trotsky y Lenin, el cambio de naturaleza del trabajo doméstico se producirá con la industrialización, el acceso de las mujeres al mundo del trabajo y la socialización del trabajo doméstico. Esto se consideraba una cuestión de importancia inmediata en la transición. La socialización del trabajo doméstico mediante la creación de equipamientos comunitarios se considera la medida principal para liberar a las mujeres. El partido se pronuncia por la creación de comedores públicos, guarderías y parvularios.

En 1920 se promulga una ley del aborto, pero este no se asocia a la cuestión de la contracepción como mejor manera de evitar un aborto. La mayoría de médicos son favorables a la ley del aborto, pero a menudo este derecho se concede a regañadientes. Las mujeres que solicitaban un aborto por razones que no fueran la penuria material, eran objeto de ataques. No había suficientes camas en los hospitales para los abortos y a mediados de la década de 1920 se suspendió la investigación en materia de contracepción por falta de créditos. El aborto se considera ante todo un problema de salud pública, se señalan los riesgos de un descenso de la natalidad y la peligrosidad de la operación. Después de 1921 no hubo nunca más un debate en las organizaciones de mujeres sobre el aborto y el control de la fecundidad por las propias mujeres.

La instauración de la NEP

Después del periodo de comunismo de guerra, el país resulta vencedor, pero exangüe tras tres años de guerra impuesta por el imperialismo. La Nueva Política Económica (NEP) impone una drástica reducción del gasto público y la suspensión de los créditos para equipamientos colectivos. Incluso se pretende suprimir los Genotdel, pero ante las quejas masivas y tras un debate enconado en el Pravda, se decide mantenerlos. Aparecen los mismos argumentos que se retomarán a finales de la década de 1920 para cerrar los locales de los Genotdel.

Los Genotdel se debilitan a partir de 1922. Inesa Armand y Konkordiya Samoilova están muertas. Krúpskaya se dedica a otros problemas y Kollontai se va a Noruega. Las nuevas mujeres dirigentes no tienen peso suficiente en un partido que no se interesa por los debates teóricos en el terreno del feminismo. Se debilita la democracia interna: seguir las órdenes de arriba y el deseo de hacer carrera conducen a la pasividad política.

Algunas militantes, al comienzo de la NEP, temen que el retorno de las mujeres al hogar y el abandono de los equipamientos colectivos reinstauren los esquemas tradicionales de la familia. Proponen crear un movimiento que agrupe a asociaciones que luchen localmente por la instauración de un nuevo modo de vida. Sin embargo, la mayoría de miembros de los Genotdel criticaron estas ideas como desviaciones feministas.

Hacia finales de la década de 1920, los Genotdel cambian de opinión sobre la cuestión de las formas de organización independientes del partido. Critican el fracaso del partido a la hora de hacer progresar la liberación de las mujeres. No obstante, sus críticas no dejan de ser parciales. No proponen ningún programa económico y social alternativo que permita al partido integrar realmente la liberación de las mujeres en su programa, su teoría y su práctica. En 1930, Stalin suprime los Genotdel y su publicación, Kommunitska.

A modo de conclusión

El estudio de la revolución rusa nos permite captar mejor el vínculo que existe entre la lucha por el socialismo y la lucha por la liberación de las mujeres. Así se puede ver hasta qué punto la lucha por un movimiento autónomo de las mujeres se enfrentó a la capacidad de resistencia de la ideología y de las estructuras familiares. A menudo se ha dado la impresión de que, mientras el país era un Estado obrero relativamente sano y democrático, cumplió sus compromisos hacia las mujeres y de que solo con la degeneración de la revolución se deterioró la situación también para las mujeres.

Sin embargo, el ascenso y el declive de la democracia proletaria y del control obrero no coinciden con el ascenso y el declive del movimiento de las mujeres. Habría sido posible una aplicación diferente de la política de la NEP, pero ni dirigentes ni militantes de base comunistas otorgaban suficiente importancia a las “cuestiones relacionadas con la mujer” en los debates. Esta debilidad no está asociada directamente a la contrarrevolución burocrática capitaneada por Stalin

(Imagen: Nadezhda Krúpskaya en 1927)

El movimiento trotskista internacional y las revoluciones de posguerra: un análisis de sus (re) lecturas teóricas y programáticas (1944-63)

por Marcio Lauria Monteiro

La Cuarta Internacional fue fundada en 1938 por León Trotsky, luego del abandono de la condición de la fracción externa que la Oposición de Izquierda Internacional mantuvo ante la Comintern hasta 1933 y su opción de tornarse un nuevo partido internacional. Mas, desde su fundación, ella se encontraba bastante frágil, una vez que prácticamente toda la dirección de la antigua Oposición fuera asesinada por los stalinistas a lo largo de la década de 1930, teniendo León Trotski el mismo destino en 1940. Así, sumando un frágil liderazgo a las duras condiciones impuestas por la Segunda Guerra Mundial, la nueva internacional, en la práctica, dejó de existir durante el comienzo de los años 1940, viniendo a ser reorganizada entre los años 1944-48, a partir de la suma de los esfuerzos de una nueva generación de jóvenes militantes europeos con los del liderazgo del Socialist Workers Party (SWP) de los EEUU y otros veteranos.

Sin embargo, la forma como el liderazgo del SWP procedió en esa reorganización de la Cuarta Internacional fue marcada por medidas que tenían por objeto imponer al resto de la organización sus previsiones de que ocurriría una profunda crisis económica mundial y de que se abriría un período revolucionario. Para tal situación, ella condujo a la nueva dirección internacional a aquellos que concordaban con tal posición y, en respuesta a las intensas polémicas que surgieron en torno de ellas, tomó una serie de medidas, entre ellas las expulsiones y la modificación de los estatutos de la organización internacional para instituir el llamado “centralismo de organismo” (la exigencia de que los miembros de los organismos dirigentes se comportasen de forma unitaria ante el resto de la organización) y una serie de maniobras para forzar una mayoría artificial en el 2º Congreso Mundial (1948)1.

Además de esos conflictos del período 1944-48, la situación se agravó todavía más cuando la expansión soviética en el Este europeo, la ruptura Tito-Stalin y la Guerra de Corea dieron inicio a nuevas y profundas discordancias entre los trotskistas a lo largo de los años 1950-60. Los principales debates giraron entorno de la posibilidad o no de un “giro revolucionario” por parte del stalinismo ante la feroz Guerra Fría; y de la eclosión de revoluciones sin la presencia de un partido socialista revolucionario ante  ellas, con un programa nacional-democrático, con predominio de fuerzas sociales localizadas en el sector agrario de la economía, sin la presencia de órganos de poder político / autogobierno de las clases dominadas (soviets) y que han tenido lugar particularmente en los países periféricos.

El destino del trotskismo a lo largo de este período de intensos conflictos de clases que siguió hasta el final de la Segunda Guerra fue dramático, una vez que el movimiento permaneció incapaz de romper su aislamiento y popularizarse como referencia política. Al contrario, los trotskistas pasaron por un creciente proceso de fragmentación, en gran parte influenciado por las agudas polémicas internas. La fragmentación tuvo naturaleza organizativa y política, dando origen a una serie de “troncos históricos”, a partir de los cuales las vertientes pasaron a diferenciarse, siendo muy difícil definir qué es el trotskismo en los días de hoy.

El objetivo de este artículo es lanzar alguna luz sobre la larga crisis del movimiento trotskista internacional entre 1944 y 1963, presentando un mapeo de algunas de las transformaciones de su marco teórico-programático ante los complejos desafíos políticos de la posguerra – particularmente a partir de la expansión soviética en el Este Europeo, de las Revoluciones Yugoslava, China, Cubana y del proceso de independencia argelino – transformaciones que involucraron una creciente diferenciación de análisis y posicionamientos, con base en (re) lecturas divergentes acerca del tema. 

 

Las narrativas predominantes y la cuestión del “revisionismo pablista” 

 

Son raros los trabajos que abordan la historia del movimiento trotskista desde su ámbito internacional. Los pocos que lo hacen, escriben, en gran parte, tentativas de “historias oficiales” de determinado “tronco histórico”, buscando legitimar su existencia frente a los demás. Frecuentemente, tales narrativas están repletas de omisiones o distorsiones, además casi no presentan fuentes suficientes como para basarse. No obstante, son ellas las que son utilizadas con mayor frecuencia como referencia por investigadores que se dedican a escribir la historia de los varios grupos nacionales que componían y/o componen el movimiento trotskista – lo que ha sido el formato más usual de las investigaciones académicas sobre el asunto.

Independientemente de las diferencias entre esas narrativas, para explicar el comienzo de la crisis y la fragmentación del trotskismo, suele predominar el período 1951-53 y las divergencias surgidas ante las revoluciones que ocurrieron en la secuencia de la Segunda Guerra Mundial, con destaque para la querella en torno al llamado “pablismo” (o “revisionismo pablista”). Es a partir de la ruptura ocurrida en 1953 que usualmente son estructuradas las dos explicaciones y líneas narrativas principales, que disputan la memoria e historia del trotskismo.

Michel Pablo, pseudónimo de Michalis Raptis, fue un dirigente encumbrado en la dirección internacional por intermedio del SWP, tornándose el Secretario General de la Cuarta Internacional en 1946. El período 1951-53 en el interior de la organización fue marcado por intensos conflictos en torno a las posiciones que este dirigente presentó en el contexto de la Guerra Fría, bien como los métodos utilizados por él para consolidarlos en el interior de la Cuarta Internacional, patentados por maniobras burocráticas basadas en “nuevos estatutos”. Estos métodos incluyeron, en particular, la imposición del “centralismo de organismo” a las minorías de los órganos dirigentes, la interferencia de la dirección internacional en la composición de los liderazgos nacionales, la suspensión de opositores, el fomento de tendencias desleales, etc.

Conforme se detallará más adelante, suponiendo que una inminente Tercera Guerra Mundial forzaría las direcciones comunistas orientadas por la URSS a efectuar un “giro revolucionario”, Pablo defendió, teniendo como base una división entre “mundo capitalista” y “mundo socialista”, la transformación del trotskismo en un “ala izquierda” del stalinismo. Porque su orientación concluía por la disolución de los trotskistas en el interior de los Partidos Comunistas, acompañada del “enmascaramiento” de su programa político (movimiento que quedaría conocido por “entrismo sui generis”). De esa forma, Pablo y sus aliados más próximos adoptaron posiciones que se alejaban de algunos de los presupuestos más básicos de la razón de ser de la Cuarta Internacional, en particular la política de diferenciación con relación a organizaciones caracterizadas como reformistas o stalinistas, como forma de llevar adelante revoluciones socialistas victoriosas; y la idea de que la regeneración democrática de la URSS sería resultado de una “revolución política” esencialmente anti-stalinista y pro-socialista2.

Las divergencias con esas ideas y con los métodos utilizados por Pablo para imponerlas culminaron en 1950, en la expulsión de dirigentes trotskistas ingleses (Ted Grant, Jock Haston y Bill Hunter), y en 1952, en la ruptura de la mayoría de la sección francesa (Parti Communiste Internationaliste, PCI) con relación a la Cuarta Internacional3. En el período posterior a la realización del 3º Congreso Mundial de la Cuarta Internacional (1951), en el cual las posiciones “pablistas” fueron formalmente aprobadas, el choque entre la mayoría (“pablistas”) y la minoría (“anti-pablistas”) creció al punto de haber culminado, a fines del año 1953, en nuevas rupturas. Este proceso dio origen a una fracción pública nombrada por Comité Internacional (CI) y que no reconocía la autoridad de Pablo y del Secretariado Internacional (SI, entonces el órgano dirigente máximo de la Cuarta Internacional).

Lanzado por el SWP de los EEUU, el CI contó con los expurgados franceses (PCI La Verité) y la mayoría del grupo inglés (denominada The Club, nombre informal del grupo que actuaba en el interior del Labour Party de forma no pública); de la mayoría de la sección canadiense; de las secciones china y suiza; y, posteriormente, de grupos de Argentina, Chile y Perú agrupados en el Comité Latino Americano del Trotskismo Ortodoxo (más tarde rebautizado “Secretariado”, SLATO). También se aproximó al CI, mas sin adherir formalmente, la escisión de la sección boliviana liderada por Guillermo Lora (POR Masas).4

No habiendo tenido éxito inmediato en su intención de posponer el 4º Congreso Mundial (previsto para 1954) y remover a Pablo del cargo de Secretario General, para que las discusiones pudieran darse democráticamente, el CI se mantuvo formalmente en la condición de fracción pública hasta 1963, cuando parte de sus miembros retornaron a la Cuarta Internacional, originando lo que pasó a ser conocido como Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional (SU). Frente al surgimiento del SU, los demás grupos de la fracción, que ya completaban diez años de existencia, respondieron proclamando al CI como embrión de un nuevo “partido internacional”, que vendría a sustituir la Cuarta Internacional, considerada “degenerada” por ellos.

De ese proceso de disidencia entre los miembros del CI, surgieron dos narrativas históricas. Las líneas narrativas asociadas al sector recién retornado al SI de Pablo (rebautizado de SU) afirman que la realidad de la posguerra habría presentado formas “no puras” de revoluciones, que diferían de aquellas defendidas originalmente en la Cuarta Internacional y en la elaboración original sobre la transición al socialismo contenida en la teoría de la revolución permanente de Trotski. Mientras el sector mayoritario de la dirección internacional habría hecho las adaptaciones programáticas necesarias a esos fenómenos, el sector minoritario habría actuado de forma dogmática y sectaria, al negarse a lidiar con aquello que escapaba a sus fórmulas pre-concebidas. El retorno de parte de los sectores del CI, en 1963 (formando el SU) era visto como un proceso de “corrección de la política”, en particular después de las experiencias de las revoluciones argelina (1954-62) y cubana (1959-60), fenómenos muy importantes para esta reaproximación.

Esa línea se expresa, por ejemplo, en las narrativas escritas por Pierre Frank y Daniel Bansaïd, ambos importantes dirigentes del SI / SU, cuyas obras consisten en una evaluación de la historia del movimiento trotskista desde el punto de vista del sector mayoritario de esas organizaciones. A pesar de sus pequeñas diferencias sobre cuáles fueron los éxitos y los errores en relación con las posiciones y los análisis adoptados durante los años 1950-60 – diferencias que fluyen del giro del SU en los años 1980 (su adhesión explícita a una estrategia de transición socialista a través de reformas) – siguen siendo verdaderas “historias oficiales”, difundidas por diferentes grupos vinculados a ese sector del movimiento trotskista internacional.5 Ya las líneas narrativas asociadas a los grupos del CI que no optaron por participar de la formación del SU, ven la “corrección política” realizada por el sector mayoritario de la dirección internacional como un “revisionismo” nocivo, que diluía la importancia del partido marxista como el elemento consciente necesario al triunfo de la revolución socialista, y que la llevó a capitulaciones oportunistas. Ese revisionismo frecuentemente llamado “pablismo” y que habría sido impuesto a la Cuarta Internacional en forma de maniobras burocráticas y de interferencia autoritaria en la vida interna de sus secciones nacionales – habiendo forzando la ruptura de los críticos, como una forma de poder continuar trabando su lucha política oposicionista. Así, la salida de parte de los grupos del CI para formar el SU en 1963 es vista por algunos como una “capitulación” tardía al “revisionismo pablista”.

Esa línea se expresa, por ejemplo, en la narrativa escrita por David North, que constituye una evaluación de la historia del movimiento trotskista desde el punto de vista del sector del CI que originalmente estaba asociado con su grupo inglés, lo cual se convirtió en el dominante después de 1963, permaneciendo así hasta mediados de los años 1980. También se expresa parcialmente en narrativas asociadas a grupos que pasaron por las filas del CI en algún momento, como lo escrito por Jean-Jacques Marie, que es el principal historiador de la tradición “lambertista”, y los escritos de Mercedes Petit y Alicia Sagra, ambas asociadas a la tradición “morenista”.6

Cabe señalar que hay otras líneas narrativas de menor visibilidad, como la asociada con la tradición de Tony Cliff (pseudónimo de Yagel Gluckstein) y la revista International Socialism. Según su explicación, el origen de la crisis del movimiento trotskista está enraizado en la adhesión “dogmática” a ciertos pronósticos hechos por Trotski (particularmente la inminencia de una revolución mundial) y, sobre todo, a su caracterización de la URSS como un “Estado obrero” (burocráticamente degenerado) – cuando en realidad, de acuerdo con Cliff, se trataba de una formación social de tipo “capitalismo de Estado”. La aplicación de esa categoría, de “Estado obrero”, a las formaciones sociales originadas por las revoluciones de la posguerra condujo, según Cliff, a una capitulación al stalinismo y a un abandono de la noción marxiana de la revolución social como “auto-emancipación del proletariado”. Por lo tanto, el SS / SU, como el CI, según esa línea narrativa, se perdieron analítica y programáticamente debido a su adhesión al trotskismo de antes de la guerra. De esta manera, la tradición “cliffista” frecuentemente se presenta más como un “retorno” al marxismo que como trotskista. Esta línea narrativa se expresa, por ejemplo, en los escritos del propio Cliff y en el del actual líder del presente grupo principal “cliffista”, el SWP inglés (que no debe confundirse con el SWP estadounidense), Alex Callinicos.7

Por más que todas esas líneas narrativas contengan elementos de verdad sobre las disputas que llevaron a la creciente fragmentación del movimiento trotskista, ellas son muy marcadas por omisiones, distorsiones, explicaciones superficiales y presentan poca documentación. Lo que correctamente todas tienen en común, es el reconocimiento de la centralidad de las revoluciones de posguerra para la crisis del movimiento trotskista, una vez que sus peculiaridades escapaban a la “regla” prevista en las elaboraciones originales. Sin embargo, como el SU se presentaba como la continuación directa de la Cuarta Internacional, la crisis del movimiento trotskista era vista por sus miembros como meras rupturas aisladas de grupos “sectarios”. Ya por parte de sus críticos, que buscaban afirmar que el sector mayoritario de ese movimiento “se perdiera”, bien como diferenciarse de las demás divisiones, hay muchos artículos y folletos con un foco casi exclusivo en la cuestión del “revisionismo pablista”. A pesar de haber sido centrales en las disputas que provocaron la escisión de 1953, las ideas más particulares de Pablo tuvieron impacto temporal limitado.

Ya a mediados del año 1954, con el enfriamiento del clima de intensa polarización internacional entre URSS y EEUU y, consecuentemente, de los discursos radicales asumidos por algunos PCs al rededor del mundo en los años anteriores, él se vio en dificultades para sustentar sus previsiones de una inminente Tercera Guerra Mundial y de un “giro revolucionario” por parte de las direcciones stalinistas.8

Además de eso, es importante destacar que los análisis y posicionamientos delineados por muchos “anti-pablistas” tenían elementos fundamentales en común con las de aquellos que ellos mismos denunciaban como “revisionistas”. Teniendo tales hechos en vista, es problemático que se reduzca la crisis del trotskismo al “revisionismo pablista” y a los embates del período 1951-53 – como si Pablo y sus aliados más próximos, bajo el impacto de los complejos desafíos políticos de la posguerra, hubiesen sido los únicos en realizar una profunda relectura del marco teórico-programático original del movimiento trotskista o, por otro lado, como si sus adversarios fuesen meramente “sectarios”, que no habían entendido tal coyuntura.

El cuadro verdadero es mucho más complejo. El estudio cuidadoso de la historia del movimiento trotskista en la posguerra demuestra que una profunda confusión teórica y analítica se propagó entre sus miembros, sorprendidos ante la vitalidad de las direcciones comunistas alineadas con la URSS ante las masas europeas al fin de la guerra, por la expansión soviética en el Este Europeo y por la eclosión de procesos revolucionarios que lograron expropiar política y económicamente a las clases dominantes en algunos países, estableciendo nuevas formaciones sociales no capitalistas, sin que tuviesen por delante, partidos que los trotskistas consideraban socialistas revolucionarios. Así, para comprender de forma más profunda la crisis de ese movimiento, es esencial que se vaya más allá del conflicto en torno a las ideas más particulares de Pablo. Es necesario detectar los elementos que componen el “núcleo” de tales ideas, habiéndolas originado y a ellas sobrevivido a lo largo de las décadas siguientes, cuando las previsiones más inmediatas de Pablo se mostraron equivocadas. Sólo así se puede tener noción de las (re) lecturas operadas por él y por otros en relación a determinados aspectos centrales en el marco teórico-programático original del movimiento trotskista, como una tentativa de responder a esos nuevos y complejos fenómenos de la lucha de clases.

De la misma forma, es esencial que se vaya más allá de la comprensión de los opositores de Pablo como simples negadores de sus ideas más particulares y se analice de manera más detenida la forma de cómo ellos mismos comprendían el contenido de este marco – y cómo es que algunos de ellos también operaron considerables (re) lecturas. Sin que se proceda de esta manera, es imposible que se comprenda como surgieron tantos “trotskismos” tan diferentes unos con otros a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

A partir del análisis de diversas fuentes, comprendidas en el período de 1944-63, la conclusión a la que se llegó es que en realidad ambos lados operaron relecturas de aspectos centrales de determinado marco original, en la tentativa de comprender y posicionarse ante revoluciones que entonces ocurrían, dotadas de importantes peculiaridades frente a aquello que se esperaba a partir de la teoría de la revolución permanente. Y, en muchos aspectos, compartieron determinadas relecturas, todavía llegando a diferentes conclusiones prácticas. Así, para comprender de forma más profunda cómo el trotskismo llegó a la actual fragmentación y considerable diferenciación, se hace necesario mapear sus análisis y debates sobre las revoluciones de la posguerra. Tales análisis y debates lidiaban principalmente con la caracterización de la fuerza política que estuvo al frente de las revoluciones victoriosas del período, esto es, si el stalinismo era contrarrevolucionario “de pies a cabeza”; si poseía una naturaleza “dual” y “contradictoria”; si se había tornado “objetivamente revolucionario” bajo las condiciones de la Guerra Fría. Lidiaban también con el sentido de la teoría de la revolución permanente – si un postulado sobre la imposibilidad de revoluciones socialistas en las cuales los trotskistas no fuesen el sujeto político y el proletariado el sujeto social; si era una teoría que habría sido plenamente “confirmada” por los eventos de la posguerra; si era una teoría que necesitaría ser “actualizada” o “corregida” a la luz de esos eventos. Y lidiaban todavía con la transición al socialismo – si era posible (y/o necesario) un régimen “intermediario”, de transición entre capitalismo y dictadura del proletariado. Por más que esto ocurriera inmediatamente después a la posguerra, importantes polémicas habían sido llevadas a cabo por los trotskistas, los debates en torno de esos tres puntos, ocurridos a lo largo de los años 1948-63, que moldearon de forma más fundamental algunos de sus principales “troncos históricos” actualmente existentes. A lo largo de los años 1960-70 también fueron realizadas importantes discusiones (por ejemplo, acerca de la viabilidad de la “vía armada”), mas, en buena parte, el núcleo de esos “troncos” ya estaba determinado por sus análisis delineados a lo largo de los años anteriores. Y en gran parte, se puede afirmar lo mismo sobre la forma como ellos analizaron y se posicionaron ante las contrarrevoluciones (restauraciones capitalistas) ocurridas en el “bloque soviético” al final del siglo.

Sin embargo, cabe resaltar que también es imposible alcanzar una comprensión profunda acerca de la crisis del movimiento trotskista internacional sin una dimensión social de su historia. Así, es necesario reconocer que el presente trabajo no consigue explicar por entera la crisis del movimiento trotskista, siendo antes una contribución para tal tarea, que sigue en abierto. Al mapeo y a la sistematización de las diferentes (re) lecturas del marco teórico-programático original de la Cuarta Internacional, aquí presentados, que fueron hechas bajo el impacto de las revoluciones de la posguerra, se hace necesario sumar también un análisis detallado de las diferentes presiones que actuaban sobre (al menos) sus principales secciones nacionales de la posguerra – la norte-americana, la francesa y la inglesa – en el sentido de explicar mejor lo que originó esas diferentes (re) lecturas. Pero esa tarea necesita constituirse como una agenda para la articulación entre diferentes investigadores(as), no como un esfuerzo individual. 

 

El marco teórico-programático original y las peculiaridades de las revoluciones de la posguerra 

 

En la elaboración de su teoría de la revolución permanente, uno de los principales pilares teóricos de la Cuarta Internacional, Trotski concluía que era imposible la realización de una revolución democrático-burguesa en la época imperialista, debiendo ser realizadas las tareas nacional-democráticas a través de una ligación orgánica con las socialistas, teniendo al proletariado como sujeto social de la revolución y al partido marxista como sujeto político.

Esa conclusión se derivaba de la comprensión de la economía capitalista constituyendo una totalidad y del carácter desigual y acordado del desarrollo capitalista de ahí derivado. Pues las formaciones sociales de industrialización “tardía” o “hipertardía” fueron penetradas y moldeadas por los capitales imperialistas previamente existentes, de forma que sus burguesías nativas nacieron en situación de dependencia para con estos, bien como para con las viejas elites agrarias locales, con las cuales se mezclaron. Por lo tanto, esas burguesías no sólo no estarían interesadas en la implementación del programa nacional-democrático de las revoluciones burguesas “clásicas” (entendiéndose estas como, reforma agraria, independencia nacional y democracia), también serían estructuralmente incapaces de realizarlo. Entonces, le correspondería al proletariado realizar tales tareas – una vez que el campesinado fuera una clase heterogénea para ser capaz de una acción política independiente. Mas, al hacerlo, se contrapondría directamente con los intereses de esa burguesía y de los capitales imperialistas, necesitando expropiarlos para efectivamente implementar tal programa. De esa forma, las demandas nacional-democráticas acabarían mezclándose con las socialistas en un proceso de transformación permanente – que inclusive precisaría continuar interna e internacionalmente después de la revolución, como parte de la transición rumbo al socialismo. Pero el proletariado, para ser victorioso en su acuerdo, necesitaría del firme liderazgo de un partido marxista, orgánicamente vinculado a tal clase.9

Por más que Trotski haya contemplado la posibilidad de que “bajo la influencia de una combinación de circunstancias excepcionales (guerra, derrota, quiebra financiera, ofensiva revolucionaria de las masas etc.), los partidos pequeño-burgueses, incluidos ahí los stalinistas, pueden ir más lejos de lo que querían en el camino de la ruptura con la burguesía”, continuó defendiendo la centralidad de la necesidad del protagonismo proletario y del partido marxista en la revolución – inclusive ante esos posibles casos excepcionales, que no deberían ser tomados como modelo. En sus palabras, “Todo depende del proletariado, es decir, de su vanguardia revolucionaria La crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria”.10

Trotski abordó, sin embargo, otra posibilidad excepcional de transformación social, en que el papel del sujeto político previsto en su teoría también sería relativizado en la práctica (pero no su necesidad). En el contexto de la división de Polonia entre Alemania y la URSS (1940), él levantó la posibilidad de una expansión “burocrático-militar” de la formación social soviética en sus regiones limítrofes, que culminó con la expropiación de la burguesía en esos países a partir de procesos tutelados, para que “el régimen de los territorios ocupados [estuviese] de acuerdo con el régimen de la URSS”. Pero advirtió que el criterio político central de la Cuarta Internacional para posicionarse ante tal posibilidad no debería ser la transformación de las relaciones de propiedad, mas sí “la mudanza en la consciencia y organización del proletariado mundial”.11

La mayoría de los procesos revolucionarios que tuvieron lugar en la posguerra ocurrieron en países de la periferia del sistema capitalista, en los cuales el proletariado urbano era poco numeroso – reflexionando una industrialización todavía incipiente – y en los cuales una masa asalariada rural, muchas veces mezclada a las camadas pobres de los campesinos, constituía todavía la mayor parte de la población. Todos comenzaron como procesos cuyas pautas eran nacional-democráticas, y no socialistas. Y, a pesar de sus particularidades, todos poseían una serie de peculiaridades en común que se contrastaban con lo previsto por la teoría de la revolución permanente, aunque la hayan confirmado en algunos de sus aspectos más generales. Ellos tuvieron, como sujeto social principal, la fuerza de trabajo rural. A penas en algunos casos minoritarios el derrocamiento del poder burgués fue acompañado de insurrecciones por parte del proletariado urbano – y, aun en esos casos, se desempeñó un papel secundario en el proceso general. Esa fuerza rural era compuesta de forma heterogénea por el proletariado rural, por pequeños propietarios productores y por una abundante masa de productores arrendatarios y de ex-campesinos recién-expropiados y socialmente desarraigados por el avance de las relaciones capitalistas en el campo.12 Y tuvieron en cuanto sujetos políticos, a organizaciones que no defendían en sus estrategias algo además del programa nacional-democrático, por lo cual el referido sujeto social se movilizó.

Tales sujetos políticos fueron Partidos Comunistas, cuya lógica etapista los hacía atribuir un carácter “democrático-burgués” a las revoluciones que deberían ocurrir en la periferia capitalista, no poniendo al socialismo en el orden del día, o grupos que ni siquiera proclamaban adhesión formal a ideas socialistas y a la centralidad del proletariado como sujeto social revolucionario, teniendo carácter nacionalista y fuerte peso de la intelligentsia urbana de corte pequeño-burgués en sus filas y liderazgos (como en el caso de la Revolución Cubana). Además, en la mayoría de tales procesos no hubo institución de órganos de poder político / autogobierno de las clases dominadas (soviets), siendo que, en los casos en que esos surgieron en algún momento, fueron violentamente suprimidos por el liderazgo del proceso (como en Vietnam). Hay algunos casos (como en Cuba o Yugoslavia) donde fueron creados (de arriba para abajo) órganos que se han presentado como poder político de las masas, pero que no tenían poder real de (o sobre el) gobierno.

Al final, aquellos procesos que no fueron aplastados en su nacimiento, formaron, en el momento inmediatamente posterior a la destrucción del Estado burgués, gobiernos de coalición con representantes de la burguesía nativa y mantuvieron jurídicamente la propiedad privada. Pero, no obstante, aquellos que de hecho realizaron (algunas) de las tareas nacional-democráticas que se proponían – una minoría de los casos – sólo lo pudieron hacer a partir de la ruptura de esa coalición de colaboración de clases y de la expropiación de los capitales nativos e imperialistas – y aquí está la referida confirmación de algunos de los aspectos generales de la teoría de Trotski.

Al liquidar al capitalismo, dieron lugar a formaciones sociales que, en sus aspectos estructurales más generales, bien como en sus regímenes políticos, eran muy similares a la URSS. Y fue solamente en ese segundo momento del proceso revolucionario que los respectivos liderazgos adoptaron discursos socialistas, y no más nacional-democráticos o nacionalistas. Tales casos excepcionales tuvieron lugar en Yugoslavia (1944-48), Albania (1944-45, ignorada por los trotskistas de la época), China (1949-53), Corea del Norte (1946-49), Vietnam (1950-51 y 1975), Cuba (1959-60) y Laos (1975). A estos procesos, debe agregarse la expansión de la URSS en Este Europeo al final de la Segunda Guerra (1944-48), que transformó las relaciones sociales de la región de forma burocrático-militar, a través de la ocupación del Ejército Rojo / Soviético.13

 

Las secciones a seguir presentan un mapeo de cómo diferentes grupos del movimiento trotskista internacional reaccionaron a parte de esos eventos (aquellos comprendidos entre 1944-63) y cuáles fueron las (re) lecturas operadas por ellos para analizar, explicar y posicionarse ante los mismos.14

 

El sector mayoritario: transición gradual al socialismo y autorreforma  del stalinismo

 

De parte del sector mayoritario del movimiento trotskista – el SI y SU, liderados a lo largo del período aquí analizado por Pablo, Mandel, Pierre Frank y Livio Maitan, no conformando siempre un bloque unido15 – los principales análisis, explicaciones y posicionamientos para tales eventos giraron en torno a la introducción en el marco teórico-programático original de las nociones de la posibilidad de una transición gradual entre capitalismo y dictadura del proletariado y de que tal transición podría ser operada por sujetos políticos no marxistas (trotskistas).

Inicialmente (a lo largo de 1944-48), movida por la caracterización del stalinismo como intrínsecamente contrarrevolucionario, la mayoría de las direcciones de la Cuarta Internacional negaron que el Este Europeo hubiera dejado de ser capitalista, habiendo afirmado las tesis del 2º Congreso Mundial (1948), que tal región tenía una “estructura fundamentalmente capitalista”, siendo sus Estados burgueses y dotados de regímenes bonapartistas “en forma extrema”. Pero, desde la Conferencia Internacional de 1946 se encaraba que tal región pasaba por una transformación gradual de las relaciones sociales, las cuales (se decía) estaban siendo realizadas “burocráticamente a partir del tope, sin llamar a la conquista del poder por el proletariado”, a través de una integración “fría” de aquellos países a la Unión Soviética. A ese proceso se le nombró asimilación estructural.16

Esa tesis, de una alteración gradual que todavía no se había completado, sólo fue alterada a mediados del año 1950, a partir del entusiasmo que tomaron sectores de la Cuarta Internacional ante la “ruptura Tito-Stalin” (junio de 1948), expreso en el apoyo acrítico a Tito y su régimen17. Pues la mayoría del Comité Ejecutivo Internacional (CEI – órgano deliberativo del cual el SI era el brazo operativo), en especial Pablo, evaluó que tal ruptura significaba que el PC yugoslavo había dejado de ser un partido stalinista y se había tornado “centrista de izquierda”, evolucionando rumbo a tornarse revolucionario. Y después de intensa disputa en el interior del liderazgo, principalmente entre Pablo (que se tornó favorable a la mudanza de la caracterización) y Ernest Mandel (otro militante conducido a la dirección internacional por el SWP, que mantenía su evaluación sobre el supuesto proceso incompleto de “asimilación estructural”), se aprobó en el 8º Plenario del CEI, de abril de 1950, la caracterización de Yugoslavia como un Estado obrero y una dictadura del proletariado. Siguiendo a esa mudanza, se aprobó en el 9º Plenario, de noviembre de 1950, la resolución que reconocía la destrucción del capitalismo en el Este Europeo como un todo y clasificando las demás formaciones sociales de la región como Estados obreros burocráticamente deformados.18 

Pero la explicación final para la transformación del Este Europeo incorporó la tesis gradualista de la “asimilación estructural”, encarando que esta había ocurrido a lo largo del período de 1944-48. De forma semejante, se encaró que hubo un período intermediario entre capitalismo y dictadura del proletariado en Yugoslavia, entre 1944 y la ruptura con Moscú y con los representantes burgueses del gobierno provisorio, en 1948.19 Llevando en cuenta también la experiencia de la Revolución China, la mayoría del liderazgo internacional pasó a encarar que un PC que rompe con Moscú y / o va más allá de su programa nacional-reformador deja de ser contrarrevolucionario, tornándose centrista, y rumbo a tornarse revolucionario, debiendo ser apoyado críticamente por los trotskistas20.

Posteriormente, esa lógica de “apoyo crítico” fue extendida a grupos nacional-reformadores pequeños-burgueses con influencias de masas, como en los casos argelino y cubano. Y, a pesar del MNR boliviano (Movimiento Nacionalista Revolucionario), que asumió ser el poder a partir de la revolución de 1952, una formación claramente burguesa, aunque con un grupo con fuerte influencia sindical, fue así caracterizado por el liderazgo internacional para justificar el apoyo a su gobierno de la sección local.

Para sustentar analíticamente esas posiciones, Pablo, Mandel y el sector mayoritario del liderazgo internacional realizaron una relectura de la expresión “Gobierno Obrero y Campesino” para explicar los gobiernos de coalición con elementos burgueses formados en un primer momento de esos procesos revolucionarios. Así, ella fue utilizada para designar un “doble poder” al interior del Estado y para apuntar como tarea para los trotskistas el “apoyo crítico” a tales gobiernos, con la perspectiva de “empujarlos” a la destrucción del capitalismo y a la formación de Estados obreros21.

O sea, ellos transformaron lo que antes era un slogan de agitación (tradicionalmente utilizado en el léxico bolchevique y trotskista como un sinónimo para dictadura del proletariado22) en un concepto de régimen de transición entre capitalismo y dictadura del proletariado, que podría avanzar en la expropiación de la burguesía o retirarse para la consolidación del poder de esta. Además de eso, lo utilizaron como base para conferir apoyo político a regímenes diversos. En el referido caso de la Revolución Boliviana, el Partido Obrero Revolucionario puso su influencia dentro de la Central Obrera Boliviana a servicio del “ala izquierda” del gobierno del MNR, llevando a resultados trágicos)23.

En la guerra de la independencia de Argelia (1954-62), se apoyó la FLN (Front de Libération Nationale) y su gobierno24. Además de eso, en relación a los regímenes criados por los procesos yugoslavos y chinos, tal sector negó que hubiese en ellos una ausencia cualitativa de democracia, concluyendo que poseían solamente “deformaciones burocráticas”, que podrían ser reformadas a partir de presiones de izquierda sobre sus liderazgos – donde no haya defensa de una revolución política. De esa forma, descartaron la necesidad de construcción de un partido trotskista independiente, apuntando, a lo más, la perspectiva de formación de un “ala izquierda” al interior del partido al frente del régimen.25

La misma lógica, basada sobre la posibilidad de una “autorreforma” del stalinismo, fue después aplicada al caso cubano (1959)26.

Por fin, a pesar de haber reconocido la preponderancia de la fuerza de trabajo rural en esos tres procesos (definida de forma simplista como “campesina”), tal grupo mayoritario los consideró pura y simplemente como revoluciones proletarias, las cuales habrían confirmado plenamente la teoría de la revolución permanente, indicando no haber diferencia cualitativa entre los resultados deseados por los trotskistas y aquellos concretamente realizados. Así, dichos procesos fueron tomados como modelos para una vía más fácil al socialismo – a despecho de su excepcionalidad numérica ante varias otras situaciones explosivas que ocurrieron en el mismo período y de la ausencia de democracia proletaria y de orientación internacionalista de los regímenes criados.

Cabe destacar que, durante cierto tiempo (1951-54), predominó entre la mayoría del liderazgo internacional el análisis más particular desarrollada por Pablo, según la cual una inminente Tercera Guerra Mundial forzaría al stalinismo a operar un “giro revolucionario” mundo afuera, como forma de asegurar la sobrevivencia de la burocracia soviética. Además, esta supuestamente sería disuelta gradualmente luego de la revolución mundial, como fruto directo del desarrollo de las fuerzas productivas.

Luego, Pablo derivó la perspectiva de que el papel del trotskismo sería el de ser un “ala izquierda” de ese stalinismo tornado “objetivamente revolucionario”, inclusive adentrando los PCs a través del ocultamiento de partes de su programa y de su propia identidad trotskista (el “entrismo sui generis”, aplicado con resultados desastrosos en lugares como China).27

A pesar de que esas ideas más particulares de Pablo, comúnmente designadas por sus críticos del “revisionismo pablista”, hayan tenido vida corta (debido a la detención de mediados de los años 1950), ellas comparten el núcleo básico por detrás de las (re) lecturas operadas por ese sector mayoritario del movimiento. Núcleo caracterizado por la noción de que sujetos políticos “imperfectos” (stalinistas o “centristas”) pueden ser llevados a dirigir una revolución socialista, si son presionados por determinadas condiciones objetivas, debiendo los trotskistas apenas “guiarlos” y “empujarlos” para la izquierda, en lugar de intentar constituir un liderazgo alternativo de masas. Y también de que las burocracias de los Estados obreros de la posguerra podrían “autorreformarse” rumbo a una genuina democracia proletaria28.

Así, si no se puede hablar de “pablismo” para designar de forma precisa tal sector (una vez que las ideas más particulares de Pablo tuvieron vida corta), ciertamente se puede afirmar que él realizó una relectura de algunos de los puntos más esenciales de lo que era el trotskismo antes de la Segunda Guerra, originando una nueva estrategia. Esa estrategia fue formulada con base en la perspectiva de la posibilidad de que sujetos políticos “imperfectos” asciendan al poder vía movilizaciones de masas, formando “Gobiernos Obreros y Campesinos”, siendo “empujados” a crear Estados obreros. Ante lo que los trotskistas quedarían reducidos a un papel secundario, no deseando más el objetivo central de la Cuarta Internacional cuando refiere a su fundación – de ser la solución para la “crisis de dirección” del proletariado. Esa estrategia perduró hasta el giro reformista del SU, en los años 1980.

 

Los “anti-pablistas”: ausencia de análisis alternativos 

 

Los auto titulados “trotskistas ortodoxos”, o “anti-pablistas” – los sectores que inicialmente compusieron el Comité Internacional, como el SWP de los EEUU, la Socialist Labour League inglesa (SLL, nombre que asumió el The Club al dejar el Labour Party), el PCI-La Verité francés y el Secretariado Latinoamericano del Trotskismo Ortodoxo (SLATO) de Nahuel Moreno (pseudónimo de Hugo Bressano) – a pesar de su ruptura con los que los consideraban “revisionistas”, mantuvieron los mismos análisis desarrollados por ellos para explicar la transformación del Este Europeo y las Revoluciones Yugoslava y China. Esto es, PCs que dejaron de ser stalinistas por ir más allá de su programa nacional-reformista; existencia de regímenes transitorios entre capitalismo y dictadura del proletariado; posibilidad de revoluciones exitosas lideradas por sujetos políticos “imperfectos” y sujetos sociales no proletarios. Inclusive, compartieron momentáneamente el entusiasmo con Tito y el PC Yugoslavo (asunto acerca del cual los tres realizaron zigzags29). Por lo tanto, no contestaron de forma decisiva a la perspectiva de una nueva estrategia de transformación social gradual y liderada por no marxistas (trotskistas), adoptando posturas contradictorias sobre el tema. Pues, por un lado, no presentaron análisis alternativos a aquellos del sector mayoritario, por otro lado denunciaron, a partir de momentos diferentes, lo que veían como un “liquidacionismo” de los “pablistas” en relación al stalinismo, combatiendo la propuesta del “entrismo sui generis” y recusándose al “apoyo crítico” de los gobiernos chinos y yugoslavo, defendiendo, al contrario, la necesidad de una revolución política para instaurar una democracia proletaria, por considerar a ambos como Estados obreros burocráticamente deformados.

Fue esa la base de la formación del CI, en 1953 – sumada a la oposición a los métodos burocráticos de Pablo y de sus aliados (también se expresa a partir de momentos diferentes de cada uno).30 Mas algunos – como el SWP y SLATO – por no haber producido análisis alternativos para los casos del Este Europeo, Yugoslavia y China, llegaron a conclusiones semejantes a las de la mayoría del SI frente a procesos como el argelino – de “apoyo crítico” primero al MNA (“Movimiento Nacionalista Argelino”) y después a la FLN – y el cubano – de “apoyo crítico” al Movimiento 26 de Julio (M26J). Así, consideraron que tales fuerzas serían capaces de traer el socialismo a dichos países a partir de la construcción de “Gobiernos Obreros y Campesinos” que, posteriormente, se transformarían en Estados obreros. De ahí la reaproximación de esos sectores con el SI, que formó el SU en 1963.31

El SWP, bajo el liderazgo de Joseph Hansen en los años 1960, fue más allá, y se tornó cada vez más “castrista”, en el sentido de que su defensa de la Revolución Cubana y su apoyo político al régimen castrista se transformaron en su centro gravitacional, a punto que el partido paulatinamente haya abandonado a la defensa de una internacional trotskista y del propio trotskismo: a lo largo de la primera mitad de los años 1980, entonces bajo el liderazgo de Jack Barnes, el SWP pasó a defender la formación de una nueva internacional encabezada por las fuerzas castristas, a través del abandono de la teoría de la revolución permanente y su substitución por la perspectiva estratégica de construir “Gobiernos Obreros y Campesinos” en todo el mundo, como el primer paso necesario para la construcción de una dictadura del proletariado.32

Ya desde el SLATO, Nahuel Moreno realizó una síntesis que se presentaba como una revisión / actualización de la teoría de la revolución permanente y profesaba una estrategia de revolución en dos fases – una primera “inconsciente” (febrero) y una segunda “conscientemente socialista” (octubre). En la primera fase, marcada por el programa nacional-democrático y por la formación de gobiernos de coalición con la burguesía nativa, los trotskistas deberían apoyar los liderazgos “inconscientemente revolucionarios” del proceso e inclusive fundirse con ellos en la forma de un “Frente Único Revolucionario”, a fin de que fuesen más allá de su programa y rompiesen con la burguesía, permitiendo la transición para la segunda fase (socialista).33

Más tarde, a mediados de los años 1980, Moreno adjuntó a su revisión / actualización la noción de “revolución democrática triunfante”, según la cual la mudanza de régimen político dentro del Estado burgués constituye una “revolución de febrero” y, consecuentemente, puede ser la antesala de la revolución socialista. Siendo que tal proceso sería posible de tener como sujeto social a la burguesía liberal y como sujeto político a miembros del alto escalón del aparato militar burgués (como en el caso del General Bignone, en la transición argentina de 1983).34

A su vez, otros grupos del CI – como la SLL inglesa (liderada por Gerry Healy, Michael Banda y Cliff Slaughter) y el PCI-La Verité francés (liderado por Stéphane Just y Pierre Lambert) – a pesar de tampoco haber desarrollado análisis alternativos a aquellos heredados del período 1944-53, y de haber apoyado el MNA como siendo el “ala socialista” de la Revolución Argelina35, ante el caso cubano se contrapusieron a lo que vieron como una “capitulación” del SWP / SLATO / SI al M26J.

Ante la aproximación de sectores del CI con el SI, ellos pasaron a defender que la teoría de la revolución permanente significaba que una revolución sólo puede ocurrir bajo el liderazgo de un partido socialista revolucionario (trotskista). Sin embargo, el hecho de que ellos no desarrollaron explicaciones alternativas para los análisis gradualistas de los procesos revolucionarios anteriores hizo con que tuvieran dificultades en explicar el caso cubano, habiendo negado que ocurrieron mudanzas sociales cualitativas y afirmado que el país permanecía siendo una formación social capitalista. En ese sentido, la SLL caracterizó el gobierno del M26J como una “dictadura bonapartista capitalista” y el PCI como un “gobierno burgués fantasma” – siendo que ese modificó su caracterización después de casi dos décadas, en 1979, para “Estado obrero deformado”, cuyo origen fue explicado por la noción gradualista contenida en el nuevo concepto de “Gobierno Obrero y Campesino”.36 

 

Los análisis alternativos de algunos “anti-pablistas” olvidados

 

Existían otras posiciones entre los ni un poco homogéneos auto titulados “trotskistas ortodoxos” / “anti-pablistas”. Algunos sectores minoritarios – frecuentemente ignorados por la Historia – presentaron no sólo posicionamientos diferentes, sino que también análisis alternativos para las revoluciones de la posguerra. Fue el caso del sector mayoritario del Revolutionary Communist Party inglés (RCP), el único sector de la Cuarta Internacional que, en los años 1940, se enfrentó primero con la caracterización del Este Europeo como siendo capitalista y después con las nuevas tesis y relecturas desarrolladas para explicar la transformación de este y de Yugoslavia según una lógica gradualista (y también se enfrentó con el apoyo a Tito).

Luego de años de duros enfrentamientos con el liderazgo internacional, que demandaba un “entrismo profundo” del RCP en el Labour Party y que llegó a escisionar al grupo (desde ahí el origen del The Club), fue disuelto en 1949, tornándose parte del The Club, al interior del Labour Party, y tuvo su liderazgo original expurgado. Fue también el caso de dos tendencias que surgieron en momentos diferentes al interior del SWP de los EEUU, la “Tendencia Vern-Ryan” (del sectorial de Los Ángeles) y la “Tendencia Revolucionaria” (de los sectoriales de New York y de la Bay Area de San Francisco), que contestaron las credenciales “ortodoxas” y “anti-pablistas” del liderazgo del partido (James Cannon, Joseph Hansen, Murry Weiss, Farrel Dobbs). La primera, entre 1950-54, criticó la tesis gradualista utilizada para explicar los procesos del Este Europeo, Yugoslavia y China y el apoyo político dado a los dirigentes de esos dos últimos países, además de haberse opuesto a la línea adoptada ante la Revolución Boliviana, considerándola como “colaboración de clases”. Y la segunda, entre 1961-63, criticó el apoyo político al régimen cubano del M26J, la reaproximación acrítica del SWP con el SI y la política de no disputar el movimiento por los derechos civiles de los negros y negras y, al contrario, apoyar sus liderazgos no socialistas revolucionarios. No habiendo coexistido, lo que se puede afirmar, es que esos grupos gozaban de posicionamientos centrales en común, algunos de los cuales, inclusive, “heredados” de aquellos que los precedieron – posicionamientos que presentaban lecturas diferentes tanto de los trotskistas mayoritarios del SI / SU, como de los que supuestamente combatían el “revisionismo” de estos, desde una posición “ortodoxa” (SLL y PCI)37.

El RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” criticaron la idea – inicialmente defendida por Mandel en 1948-50 y, después, por los “anti-pablistas” en los años 1950 – de que el stalinismo sería intrínsecamente contrarrevolucionario, afirmando que esta era un abordaje “unilateral” y que era de ella que venía la “capitulación” por parte de los “pablistas” (por considerar que un PC que dirige una revolución deja “automáticamente” de ser contrarrevolucionario) y criticaron la negación – por parte de los supuestos “trotskistas ortodoxos” / “anti-pablistas” – de las mudanzas sociales que tuvieron lugar las revoluciones dirigidas por los stalinistas (por considerar que era imposible una revolución sin marxistas / trotskistas como su sujeto político). De forma semejante, la “Tendencia Revolucionaria” criticó la afirmación de los supuestos “ortodoxos” que permanecieron en el CI después del año 1963 de que no habían ocurrido cambios sociales cualitativos en consecuencia de la Revolución Cubana.

En contraposición, rescataban los análisis de Trotsky sobre el “carácter dual” de la burocracia soviética para explicar lo que había ocurrido en el Este Europeo. Ya para explicar las Revoluciones Yugoslava y China, la “Tendencia Vern-Ryan” extendió esa caracterización del stalinismo al plano internacional, considerándolo centrista, al paso que la “Tendencia Revolucionaria” simplemente apuntó la posibilidad excepcional de un partido no-socialista revolucionario con base de masas y dirección pequeño-burguesa para dirigir una revolución, conforme ya constaba en el Programa de Transición (1938). Además, el RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” negaron, vía la teoría de la revolución permanente, la posibilidad de existencia de regímenes sociales intermediarios entre capitalismo y dictadura del proletariado, apuntando que lo que ocurrió en las revoluciones de la posguerra fueron expropiaciones políticas “inconscientes” (no socialistas, mas deseosas de una conciliación imposible con la burguesía y el imperialismo), las cuales luego precisaron adentrarse en el terreno de las expropiaciones económicas para evitar la contrarrevolución (o fueran derrotadas por su vacilación en hacerlo). Y, aunque la “Tendencia Revolucionaria” haya recorrido al concepto de “Estado/régimen transitorio” para analizar el caso cubano, similar a la relectura de “Gobierno Obrero y Campesino” del sector mayoritario, los tres grupos negaron la posibilidad de transformaciones sociales anticapitalistas graduales. De esa manera, el RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” analizaron la transformación del Este Europeo como fruto de una expansión burocrático-militar de la URSS, que expropió políticamente a la burguesía ya en 1944, aunque a penas en 1948 la haya eliminado formalmente del gobierno.

Según sus análisis, habría ocurrido una transformación cualitativa luego del fin de la guerra, no un proceso gradual de mudanza social. Y, los tres grupos, consideraron los procesos yugoslavos, chinos y cubanos como casos excepcionales, en los cuales la lógica objetiva forzara liderazgos no socialistas revolucionarios a ir más allá de sus programas, pues necesitaron expropiar política y económicamente las burguesías nativas y capitales imperialistas no apenas como única forma de realizar las demandas nacional-democráticas deseadas por las masas, pero esencialmente como forma de asegurar su existencia física en un contexto de guerra civil. Sin embargo, encararon que los liderazgos de los procesos que efectivamente expropiaron la burguesía no deberían ser apoyadas por los trotskistas, pues ellas habrían originado Estados obreros burocráticamente deformados, con un liderazgo contrario a la expansión internacionalista de la revolución y, efectivamente, contrarrevolucionario en el plan internacional. En base a esto, defendían la perspectiva de formación de partidos marxistas (trotskistas) capaces de liderar una revolución política para la instauración de regímenes de genuina democracia proletaria. Y no veían tales procesos como un modelo o regla que demandase una nueva estrategia revolucionaria, habiendo apuntado a la existencia de otros numerosos casos donde el camino seguido fue lo contrario – esto es, de la conciliación con la burguesía y el imperialismo a cuesta de las demandas nacional-democráticas y, consecuentemente, del socialismo.

Además, la “Tendencia Vern-Ryan” señaló el caso de la Revolución Boliviana de 1952 como prueba de que los “anti-pablistas” compartían las mismas desviaciones metodológicas fundamentales de los “pablistas”, puesto que tuvieron la misma posición y tuvieron responsabilidad compartida por la línea del POR. De ahí que las convergencias prácticas que ellos han tenido acerca del “apoyo crítico” al gobierno de coalición formado por el MNR (e incluso de manera más abierta, al “ala izquierda” de ese partido), lo que hizo con que la lucha por el poder proletario eliminada del orden del día.38

A pesar de esas importantes diferencias con los autodenominados “trotskistas ortodoxos”, cabe resaltar que esos sectores no cuestionaron la noción de que los sujetos sociales de muchos procesos revolucionarios de la posguerra fueron “campesinos pobres”, habiendo fallado igualmente en detectar las importantes mudanzas por las cuales pasó la fuerza de trabajo rural como consecuencia de la profunda expansión de capitales imperialistas para la periferia capitalista en la posguerra. Y fallaron también en detectar la participación proletaria en eses procesos – participación esa reducida, pero presente en el momento crucial de las expropiaciones económicas.

 

Otros dos análisis: Ted Grant (RSL / IMT) y Tony Cliff (IST)

Por último, deben ser mencionadas otras dos (re) lecturas. La que desarrolló Ted Grant durante los años 1960-70, cuando estaba la Revolutionary Socialsit Legue inglesa (RSL, después de su expulsión del The Club, en la secuencia de la disolución del PCR), y mantenida durante los años 1990, cuando él fue expulsado de la RSL y creó la International Marxist Tendency (IMT). Abandonando el análisis y las explicaciones que se desarrolló cuando en el liderazgo del PCR, Grant explicó las revoluciones de la posguerra a través del concepto de bonapartismo proletario, según el cual las “guerras campesinas” ocurridas en los países semi-coloniales, si fueran triunfantes, crearían regímenes bonapartistas basados en los “ejércitos campesinos” utilizados contra el Estado colonial. Esos regímenes se enfrentarían, entonces, con dos alternativas: la lucha contra la burguesía nativa y el imperialismo para lograr las tareas nacionales-democráticas, originando “Estados obreros bonapartistas”, o la represión de sus bases en un pacto con esas fuerzas, originando “Estados burgueses bonapartistas”.39

Aunque Grant veía a esos “Estados obreros bonapartistas” como “aberraciones temporales” y defendía la necesidad de revoluciones políticas para implementar regímenes de democracia proletaria, la fragilidad de los criterios subyacentes a esta tesis (la idea de que es posible una transición hasta un “Estado obrero” por opción de una burocracia sin vínculos de clase) lo llevó a reconocer “Estados obreros bonapartistas” en varios casos diferentes de conflictos militares ocurridos en la periferia capitalista, como Siria, Camboya, Angola, Mozambique, Etiopía, Somalia, Myanmar, Afganistán… y la lista continúa.40

En épocas más recientes, esta tesis llevó al IMT a un gran entusiasmo con el llamado “socialismo bolivariano”, teniendo su figura principal, Alan Wood, sirviendo como “consultor político” de Hugo Chávez durante muchos años. Ya Tony Cliff (también ex miembro del RCP inglés, expulsado de la Cuarta Internacional en 1950) – y la actual International Socialist Tendency (IST), que reivindica su herencia política –rechazó el concepto de “Estado obrero” para definir a la URSS, caracterizándola, en 1947, como una formación social de tipo capitalista de Estado, y argumentó que reconocer que “Estados obreros” se originaron en la posguerra por una vía que no era la de “la auto-emancipación del proletariado” llevaría necesariamente al “liquidacionismo pablista”. Por lo tanto, a principios de los años 1960, Cliff desarrolló la tesis de la revolución permanente desviada para explicar las revoluciones de la posguerra – una reinterpretación / actualización de la teoría de la revolución permanente según la cual, en ausencia de un liderazgo socialista revolucionario y de una movilización del proletariado urbano, algunos procesos de “guerra campesina” liderados por una intelligentsia urbana pequeño-burguesa y “estatista” habrían originado Estados burgueses independientes del imperialismo y basados en un sistema de capitalismo de Estado. En otras palabras, revoluciones burguesas-democráticas peculiares, las cuales habrían sido posibles a causa de la pérdida de importancia de las colonias por el imperialismo bajo un régimen de acumulación capitalista de tipo “guerra permanente” y la debilidad política coyuntural del proletariado en esos países.41

 

Conclusión 

 

Ciertamente la historia del movimiento trotskista internacional no termina con la reunificación parcial de 1963 y la formación del SU – esa apenas encierra uno de sus capítulos y abre otro nuevo. Mas, a pesar de los debates y análisis tejidos por los diferentes grupos acerca de eventos posteriores (en especial los debates sobre la vía guerrillera), componer parte esencial de esa historia, el marco teórico-analítico y programático utilizado por ellos y aquí presentado, fue fundamental.

Salvo excepciones puntuales, los debates que van de 1963 al final de los años 1970 no son propiamente teóricos, mas son concernientes centralmente a cómo aplicarlo debidamente, en el transcurrir de intensos conflictos de clases, aquellas ideas anteriormente formuladas entre 1944-63. Los desarrollos posteriores de ese movimiento, que culminaron en su creciente división organizativa, también están menos ligados a debates nuevos que a viejos debates aplicados a nuevos casos, bastante similares a aquellos “originales”, que constituyeron las matrices interpretativas elaboradas por cada grupo / “tronco histórico”. Así, sin descartar la importancia del período que va desde la reunificación de 1963 a los nuevos eventos explosivos de los años 1980 – las contrarrevoluciones capitalistas dentro del “bloque soviético”, las cuales constituyen todavía un nuevo capítulo decisivo de la historia del trotskismo – se puede afirmar que lo esencial para comprender ese primer largo capítulo de la posguerra (1944 a fines de la década de 1970) se encuentra en los debates y disputas ocurridas a lo largo de los años 1940-1960.

Conforme se vio, las revoluciones de la posguerra ocasionaron entre los trotskistas de la época una serie de diferentes relecturas acerca del marco teórico-programático original del movimiento, las cuales no siempre fueron explícitas. Sin embargo, los dos polos principales que se formaron, los cuales acabaron por consolidarse en 1953 en la forma de una Cuarta Internacional desfalcada y de un débil Comité Internacional con supuestas funciones de fracción pública, estaban lejos de ser bloques homogéneos y defensores de análisis y posicionamientos diametralmente opuestos, como dan a entender las diferentes narrativas todavía predominantes hoy en día.

Bajo las diferentes y poderosas presiones de producir respuestas para eventos políticos inesperados, al mismo tiempo en que se encontraban altamente aislados ante las fuerzas que pudieron superarlos internacionalmente en términos de visibilidad e influencia, la mayor parte de los trotskistas acabó por distanciarse del sofisticado marco teórico-analítico heredado de la preguerra, en especial de las contribuciones personales de León Trotsky.

Bajo tales presiones, sumadas a las presiones particulares a que cada grupo trotskista estaba sometido en su país, ellos substituyeron la necesidad del “análisis concreto de la situación concreta” por la pronta aplicación de diferentes fórmulas casi mecánicas, enyesando así tal contenido. Sin tomar en cuenta esos diferentes análisis y posicionamientos, fruto de presiones diversas, mas, sobretodo, de la necesidad de comprender fenómenos inesperados y en cierta medida genuinamente nuevos, es imposible entender cómo el trotskismo acabó por fragmentarse en “troncos históricos” muy distintos unos de otros. En gran parte, es de esos análisis y posicionamientos que vienen los orígenes de buena parte de ellos. Pero el rescate de los debates ocurridos en el seno del movimiento trotskista internacional y el mapeo del aspecto teórico-programático de su trágica crisis representan apenas un primer paso para comprenderla. Se debe, pues, tener en mente que es imposible llegar a una comprensión más profunda acerca de esa crisis sin una dimensión social de la historia de ese movimiento, siendo el presente trabajo apenas una contribución para la tarea de rescatar el internacionalismo proletario que la Cuarta Internacional intentó concretizar. Rescate que, tanto del punto de vista historiográfico, como político, continúa siendo realizado. 

 

(Artículo tomado de la Revista Izquierdas: http://www.izquierdas.cl/images/pdf/2017/n36/art1.pdf)

 

(Imagen: manifestación del partido Comunista Revolucionario del Reino Unido, IV Internacional, 1947)

La revolución rusa como problema histórico

por Francisco Fernández Buey//

I

Se dice frecuentemente que la “cuestión rusa” se ha convertido en la piedra de toque del pensamiento marxista. Para hablar con propiedad habría que decir que tal cuestión ha sido siempre (al menos desde que empieza a utilizarse el término “marxismo”) motivo de investigación y también de apasionados debates entre los revolucionarios. La formación social rusa fue el objeto prioritario de los estudios del viejo Marx, y el análisis de la actual sociedad soviética sigue siendo el centro de atención de las principales corrientes en las que se ha ido fragmentando el movimiento comunista en las últimas décadas. La persistencia y la constancia con que en un lapso de tiempo tan dilatado reaparece el problema de la naturaleza de aquella revolución puede considerarse sin más como un factor demostrativo de que en este caso no se trata de una discusión académica o de escuela como ha habido tantas en el marxismo de los últimos tiempos. Ya el simple planteamiento del problema por el propio Marx refuerza la idea de que, por el contrario, se trata de uno de los nudos principales de la historia contemporánea.

La revolución rusa como problema históricoVale la pena recordar aquí, aunque sea sumariamente, las ideas del viejo Marx sobre Rusia porque todavía ahora se suelen olvidar con cierta frecuencia. Este olvido conduce a seguir planteando el tema simplemente como si se tratara de una contraposición entre lo que la revolución rusa ha sido en la realidad y el esquema de desarrollo histórico esbozado en El Capital, con la consecuencia implícita de tener que elegir entre la teoría supuesta y lo que es definido como “socialismo real”. Precisamente hace algo más de cien años, en una carta enviada al director de la Otetschestwennyi Sapiski, Karl Marx salía al paso de lo que consideraba como una infundada extensión al caso de Rusia del esquema histórico expuesto en El capital. Según esa abusiva generalización, mediante la cual –en palabras de Marx– se interpretaba el esbozo histórico de la génesis del capitalismo en Occidente como una teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino impondría a todo pueblo, la sociedad rusa tendría que pasar inevitablemente por los mismos traumas que la acumulación capitalista, la industria manufacturera y el desarrollo de la gran industria determinaron en Inglaterra y en otras sociedades de la Europa occidental. Marx rechazaba el carácter suprahistórico de esa conclusión y oponía a ella varias consideraciones particulares:

1.a Que el esquema histórico de El Capital tenía validez solamente para el caso de las sociedades que aquella obra había estudiado, esto es, para el caso de las sociedades del occidente europeo.

2.a Que el análisis histórico comparativo permite observar que sucesos muy similares pero que tienen lugar en medios diferentes conducen a resultados totalmente distintos.

3.a Que el caso de la formación social rusa, en la cual resaltaba la solidez y resistencia verdaderamente atípicas de la comuna aldeana tradicional, a diferencia de lo ocurrido y de lo que estaba ocurriendo en otras sociedades tanto de occidente como de oriente, exigía un estudio particularizado antes de definirse dogmáticamente acerca de la inevitabilidad de la etapa entendida en el sentido europeo-occidental.

Algunos años después, luego precisamente de haber profundizado en el estudio particular de la formación social rusa, el propio Marx llegaba a la conclusión (compartida con algunos teóricos del populismo ruso) de que la comuna aldeana tradicional constituía el punto de apoyo de la regeneración social en Rusia. ¿Quería decir esto que Rusia podía saltarse la etapa capitalista, la fase de proletarización de los agricultores, e ir hacia el comunismo desarrollando justamente los aspectos comunitarios de las relaciones que aún dominaban en buena parte del agro ruso? Esa era al menos la idea que parecía desprenderse de la carta escrita a Vera Zassulich el 8 de marzo de 1881, en un momento en el que las desgracias familiares y su propia enfermedad minaban ya definitivamente la salud de Marx.

Cierto es que su razonamiento en esas fechas está dirigido sobre todo a combatir el concepto de la inevitabilidad de un determinado decurso histórico válido para todos los países del mundo y, más concretamente, la idea de la repetición en el caso de Rusia de lo ya ocurrido en otros países de la Europa occidental. Pero, aún llegando a la conclusión de que el desarrollo del capitalismo no era inevitable en Rusia y creyendo, por el contrario, que existían elementos favorables suficientes para la conservación/transformación revolucionaria de la comuna aldeana, no se encontrarán tampoco en aquella carta afirmaciones absolutizadoras. Basta con comparar su redacción definitiva con el borrador (mucho más largo y elaborado) de la misma para darse cuenta de que Marx se niega a predecir el futuro ruso mediante aseveraciones tajantes. Por eso el razonamiento está salpicado de condicionales y disyuntivas. Aun así, sin embargo, la idea conclusiva era clara: “Gracias a una combinación de circunstancias únicas, la comuna aldeana, todavía establecida por toda la extensión del país, puede despojarse gradualmente de sus caracteres primitivos y desarrollarse directamente como elemento de la producción colectiva a escala nacional”.

Pero para ello eran necesarias, según Marx, dos condiciones. Primera, la revolución en Rusia. Pues sólo una actuación rápida y decidida de la voluntad de conservación/transformación de la comuna aldeana podía oponerse con éxito a los nada despreciables factores (internos y externos) de disolución de la misma. Segunda, la revolución proletaria en occidente. De tal manera que si la revolución rusa “daba la señal” para una revolución en el mundo capitalista desarrollado, complementándose ambas, la propiedad común de la tierra todavía resistente en Rusia sería el punto de partida de “una evolución comunista”.

Tal era en lo esencial la idea de Marx sobre el futuro ruso.

 

II

Los bolcheviques en general y Lenin en primer lugar recogieron una parte de ese razonamiento y obviaron la otra. Esto es, consideraron que la revolución rusa podría realizarse, mantenerse y profundizarse siempre que tuviera lugar también la revolución mundial, la revolución europea, o al menos la revolución socialista en el país en que parecían existir mayores posibilidades para el cambio (Alemania). Pero, por otra parte, abandonaron la idea de que era posible pasar al comunismo moderno desde el comunitarismo primitivo de la comuna aldeana. Al abandono de esta idea contribuyeron sin duda varias razones que es difícil resumir sin una referencia detallada a la evolución del contexto histórico ruso y europeo desde 1880 hasta 1917. Así y todo, y aun a sabiendas de que sin el detalle sobre esa evolución histórica se corre el peligro del esquematismo, pueden señalarse aquí algunas de esas razones. La más formal de ellas –pero tampoco despreciable– es que ninguno de los dirigentes bolcheviques llegó a conocer hasta muchos años después de la revolución de octubre la totalidad del razonamiento de Marx sobre la comuna aldeana (señaladamente no conocieron la carta a Vera Zassulich y la importante primera redacción de la misma). Ese desconocimiento afecta muy probablemente a las conclusiones de Lenin en El desarrollo del capitalismo enRusia en el sentido de que la revolución pendiente en el país era una revolución democrático-burguesa. En efecto, si esa obra se lee no desde el conocimiento de lo que ha pasado luego sino desde el conocimiento de la situación rusa en 1880/1890 es difícil sustraerse a la impresión (afirmada por varios estudios actuales del tema) de que Lenin hinchó los datos relativos al desarrollo capitalista de Rusia en aquel momento, exagerando con ello la existencia de factores semejantes a los europeo-occidentales y que conducían a la disolución inevitable de la comuna aldeana.

La revolución rusa como problema históricoCon todo, más importante que la existencia de ese factor de desconocimiento de la obra de Marx al respecto es, para explicar el por qué del abandono bolchevique de la idea de la posibilidad del paso de la comuna rural al comunismo moderno, el mismo desarrollo material de Rusia hasta 1917. Sobre esto no puede caber ninguna duda: el avance del capitalismo y la disolución de las relaciones precapitalistas agrarias fue un hecho. ¿Una necesidad histórica? Efectivamente, una necesidad histórica si se entiende por tal el objetivo de la base material de aquella sociedad + la voluntad de una parte importante de la población (por lo menos de la burguesía rusa, de sectores del campesinado y de la vanguardia política del proletariado industrial) en el sentido de transformar a Rusia en un país lo más parecido posible a los de la Europa occidental. No hará falta añadir, sin embargo, que esa coincidencia bastante general no implica necesariamente coincidencia en los proyectos político-sociales de los principales grupos que actuaban como portavoces de las varias clases en lucha.

Como argumento a favor de la corrección de la tesis de Lenin y en contra de las ideas del viejo Marx suele citarse el éxito del proyecto político bolchevique en octubre de 1917. Pero este es un argumento muy poco sólido. En primer lugar porque oculta la escasísima realidad social del partido bolchevique (escasísima sobre todo en el campo, y en un país en el que la población campesina seguía constituyendo el 80% de la población) entre 1903 y febrero de 1917, y porque olvida que el éxito bolchevique en octubre se debió sustancialmente a su buena captación de las repercusiones de la guerra imperialista en las varias clases sociales rusas. Y en segundo lugar porque no considera el hecho evidente de que la proletarización acelerada del campesinado ruso en los años treinta de este siglo es precisamente la continuación y consumación de las medidas disolventes de la comuna aldeana tradicional adoptadas con anterioridad por varios ministros de la época zarista.

Podría decirse, pues, que en esa necesidad histórica que refutó la prognosis del viejo Marx sobre Rusia tuvo también su papel (más importante de lo que suele decirse) la voluntad bolchevique de seguir en este aspecto el ejemplo de países como Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier caso, lo cierto es que el desconocimiento, el olvido (o el históricamente necesario abandono, como se prefiera) de la hipótesis de Karl Marx sobre la comuna aldeana obligó a Lenin a forzar la semejanza de la revolución en curso en Rusia con las revoluciones democrático-burguesas de la Europa occidental.

Si se tiene en cuenta la fuerza con que Marx acentuó la particularidad, la diferencia, de la formación social rusa por comparación con otras sociedades de la Europea occidental y si se piensan las implicaciones sociales de su hipótesis acerca del paso de la comuna aldeana tradicional al comunismo moderno, se comprende que no empleara el término de revolución democrático-burguesa para definir la revolución conservadora/transformadora de la comuna rural. Y se comprende también que, al emplearlo, Lenin se sintiera inmediatamente en una situación bastante embarazosa. En realidad una buena parte de la obra de Lenin entre 1905 y 1917 viene a ser en lo esencial un dar vueltas en torno a la explicación de la revolución democrático-burguesa rusa. Y no creo que sea desmerecer el genio político de Lenin el afirmar que, pese a las muchas veces que se refirió a ese tema, no logró tampoco dar una definición satisfactoria de la naturaleza de esa revolución democrático-burguesa rusa.

Así, ya en 1905/1906 la revolución popular rusa era para Lenin una revolución democrático-burguesa como nunca hubo otra en parte alguna, una revolución que si fracasaba, esto es, si el acuerdo entre la burguesía y el zarismo lograba abortar la insurrección, se parecería a las revoluciones democrático-burguesas de la Europa occidental (o sea, según sus propias palabras, sería un aborto), mientras que, en cambio, si salía triunfante daría lugar no a un poder burgués sino a la dictadura del proletariado y del campesinado. Después de la insurrección de febrero, entre marzo y octubre, Lenin mantuvo la opinión de que la revolución en ciernes era entonces proletaria y socialista. Pero en los últimos meses de su vida, al hacer historia comentando la crónica de Sujánov, afirmó que la revolución de octubre había sido por sus objetivos inmediatos una revolución democrático-burguesa desarrollada luego en un sentido socialista. Lenin era de los revolucionarios que no se detienen ante los nudos gordianos teóricos: ¿cómo, si en abril de 1917 se decía que la revolución en ciernes era proletario/socialista, afirmar en 1923 que en lo esencial había sido una revolución democrático-burguesa? El nudo que no se desata, se corta: “no hay ninguna muralla china entre ambas revoluciones.”

¿No hay ahí, en ese cortar el nudo gordiano, un intento de llegar a cuadrar formalmente el círculo de la peculiaridad, de la particularidad de la revolución rusa (asiática, oriental, pero vocacionalmente europea por decisión de sus protagonistas) con aquel esbozo histórico del Capital que se consideraba válido para el desarrollo de las sociedades occidentales? Lenin parece haber intuido esto cuando afirmó, al referirse temáticamente a la cuestión de la naturaleza de la revolución, que la revolución rusa introducía ciertas correcciones desde el punto de vista de la historia universal en el camino típico del desarrollo del capitalismo y de la democracia burguesa. Pero sobre todo cuando definió a la formación social rusa salida de la revolución de octubre como un capitalismo de estado diferente del capitalismo de estado conocido en el mundo occidental.

En suma, la dificultad de caracterización por Lenin de la revolución rusa (y sus constantes matizaciones) se explica por el hecho de que creyó conveniente y necesario analizar la situación de su país precisamente con aquellas categorías que el viejo Marx consideraba válidas para la Europa occidental. Y esa dificultad, que no es sólo, por supuesto, una dificultad de Lenin, explicaría también quizá el que cuando en abril de 1917 afirma por vez primera que la revolución en curso en Rusia es una revolución proletario/socialista casi nadie le entendiera. (A lo cual se podría añadir todavía la hipótesis de que la rapidez con que entendió Stalin –casi el único entre los dirigentes bolcheviques y además el menos teórico de ellos– ese giro de Lenin en abril de 1917 se debió a que el georgiano interpretó razonablemente que lo que estaba en juego en aquella circunstancia no era la redefinición de la naturaleza de la revolución en ciernes, sino meramente la cuestión del poder, de la toma del poder).

 

III

Perdidas las matizaciones teóricas de Lenin y derrotada la revolución proletaria en Hungría, en Alemania, en Austria y en Italia, la descripción de la revolución rusa que se impuso entre los bolcheviques y más en general en el movimiento comunista encuadrado en la III Internacional fue un esquema simplificado de las tesis de Vladímir Ilich. Dicho esquema, que se ha ido repitiendo una y otra vez sin mayores consideraciones, venía a decir lo siguiente: a) las varias insurrecciones proletario/campesinas de 1905/1906 habrían constituido una revolución democrático-burguesa abortada, inacabada; b) la insurrección de febrero de 1917 habría sido una revolución democrático-burguesa consumada con éxito por el hundimiento del régimen zarista, y, finalmente c) la insurrección de octubre de 1917 que dio el poder a los bolcheviques habría sido una revolución proletaria y socialista. En la década siguiente el propio Stalin redondearía ese esquema con la afirmación de que Rusia había superado ya la primera fase del comunismo (la llamada etapa socialista) y estaba a punto de entrar en la segunda, esto es, a punto de construir la sociedad comunista propiamente dicha.

La revolución rusa como problema históricoPero ya antes de que Stalin añadiera esa última nota altamente ideológica y justificadora de su propio poder al esquema histórico dominante, en la III Internacional habían manifestado serias dudas sobre su licitud y corrección varias corrientes comunistas, desde Gramsci a Bordiga, desde Korsch a Pannekoek, pasando por Mattick y los internacionalistas de Holanda. Así en 1920, defendiendo las conquistas de la revolución de octubre contra el mecanicismo de la socialdemocracia, Gramsci dudaba en cambio de que una revolución pudiera ser definida como socialista por el hecho de haber sido dirigida por el proletariado e incluso teniendo en cuenta la voluntad de transformación en un sentido socialista de sus protagonistas. Y con mayor radicalidad aún una década más tarde el grupo de comunistas internacionalistas de Holanda consideraba aquel esquema como un mero recubrimiento ideológico del jacobinismo de los bolcheviques; para ellos la idea de que la revolución de febrero era una revolución burguesa mientras que la de octubre se definía como proletario/socialista constituía “un absurdo”. Y esto por el hecho de que tal visión “supone que un desarrollo de siete meses habría sido suficiente para crear las bases económicas y sociales de una revolución proletaria en un país que apenas si acababa de entrar en la fase de su revolución burguesa”. La conclusión de esta crítica del esquema dominante era la concepción de las insurrecciones de febrero y de octubre como un proceso unitario de transformación burguesa de la sociedad rusa. En ese mismo sentido se manifestarían Pannekoek, Mattick y Kosch.

La perspectiva que dan los sesenta años cumplidos de la revolución rusa y el conocimiento del desarrollo de la formación social soviética desde 1917 permiten afirmar sin mayores dudas que tanto la crítica del esquema “canónico” por los comunistas internacionalistas como su descripción de los hechos como un proceso unitario de transformación burguesa eran acertadas en lo esencial. Tal vez desde esa misma perspectiva podrían añadirse algunas otras consideraciones:

1a  Que ese proceso unitario de transformación burguesa, acelerado luego desde el poder, tiene peculiaridades de desarrollo propias de un país en el límite entre Europa y Asia y se ha visto condicionado además, en su origen, por la implantación del imperialismo capitalista occidental, y, en su desarrollo, por la nueva división internacional del trabajo que lleva consigo la difusión del imperialismo. Esta complicación del esquema de los comunistas internacionalistas permite explicar la coincidencia, en la evolución de la Unión Soviética, de factores inicialmente tan contrapuestos como el asiatismo (en el plano político) y el taylorismo (en el plano económico y de organización del trabajo).

2a Que el mantenimiento del esquema ideológico interpretativo de la revolución rusa, dominante en la III Internacional, ha conducido a una hipostatización del concepto de revolución proletaria semejante a la que ya se había impuesto con respecto a la revolución burguesa (esto es, la consideración de la revolución francesa como revolución burguesa por antonomasia, cuando es precisamente la excepción). La generalización ahistórica de ese modelo esquemático es semejante, aunque contraria, a la que denunciara Marx para el caso de El Capital y ha llevado al movimiento comunista a varios errores de importancia. Uno en Oriente, al subvalorar el papel del campesinado por comparación con lo ocurrido en Rusia (de ahí la equivocación paralela de los proyectos políticos de Stalin y de Trotski para la China de los años veinte/treinta); otro en Occidente, al sobrevalorar los factores de atraso económico y cultural en países capitalistas desarrollados o por lo menos relativamente desarrollados (buscando todavía en fechas no muy lejanas el paralelo con la revolución democrático-burguesa rusa y repitiendo mecánicamente que no hay muralla china entre esa revolución y la proletaria).

Nota bibliográfica

  • V.I. Lenin. Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática. Traducción castellana en Obras Escogidas, tomo 1, pág 477 y siguientes.
  • V.I. Lenin. Con motivo del cuarto aniversario de la revolución de octubre. Traducción castellana en Obras Escogidas, tomo 3, Págs. 659-668.
  • V.I. Lenin, Nuestra revolución (A propósito de las notas de N. Sujánov). Traducción castellana en Obras escogidas, tomo 3, págs. 792-795.
  • Grupo de comunistas internacionalistas de Holanda “Tesis sobre el bolchevismo” en Pannekoek, Korsch. Mattick, Crítica del bolchevismo. Barcelona, Anagrama, 1976.
  • Rudi Dutschke, Lenin (Tentativas de poner a Lenin sobre los pies). Traducción castellana, en Icaria, Barcelona, 1977.

Marx, ¿un economista del siglo XIX?

por Michel Husson//

Acaba de publicarse la traducción francesa de la biografía de Jonathan Sperber,1/ titulada Karl Marx, homme du XIXe siècle. Es la ocasión, 150 años después de la publicación del Libro I de El Capital, de preguntarnos si hay que considerar a Marx un economista del siglo XIX.2/

La biografía de Sperber está consagrada esencialmente a la vida privada de Marx y a su relación con las corrientes de pensamiento de su época. La tesis central –Marx es una “figura del pasado” (a backward-looking figure)– tiene al menos la ventaja de librar a Marx de toda responsabilidad sobre la práctica ulterior del “marxismo-leninismo” con salsa estalinista. Pero en sentido inverso, remite a Marx a la historia de las ideas, carente en el fondo de todo interés de cara a la interpretación del mundo contemporáneo, por no hablar ya de los proyectos encaminados a transformarlo. Esta tesis, evidentemente, es discutible y al respecto nos remitimos a las reseñas críticas sobre el conjunto de la obra, para examinar aquí el capítulo que habla de Marx como economista.3/ Este aspecto de la obra de Marx solo ocupa, por cierto, un espacio singularmente reducido: una cuarentena de páginas de un total de 500.

Sobre el método

Sperber propone una lectura “heguelianizada” de Marx. Por ejemplo, escribe que “Marx solamente fue capaz de mostrar cómo la apariencia del sistema depende de las lógicas asociadas a sus funcionamientos internos recurriendo al trabajo hegueliano de desarrollo conceptual”. Lenin afirmó que “no se puede comprender plenamente El Capital de Marx, y en particular su capítulo I, sin haber estudiado mucho y sin haber comprendido toda la Lógica de Hegel”.4/

No obstante, sin entrar en un debate que va más allá de las competencias de un economista, no hay que olvidar que Marx no fue únicamente discípulo de Hegel y que criticó el idealismo de este. Sperber cita su célebre fórmula, según la cual, en Hegel, la dialéctica “se halla cabeza bajo; basta colocarla sobre los pies para descubrir en ella la fisionomía plenamente razonable”.5/ Sin embargo, si se recuerda que la redacción del Libro I es posterior al grueso de los manuscritos que darán lugar a la publicación por Engels de los Libros II y III, se constata que Marx partió de los aspectos más concretos del funcionamiento del capitalismo antes de derivar de ello los conceptos más abstractos. El orden de la exposición que siguió es entonces inverso al orden de la investigación, como él mismo explica con toda claridad:

El procedimiento de exposición debe distinguirse formalmente del procedimiento de investigación. Con la investigación de trata de apropiarse de la materia en todos sus detalles, de analizar sus diveras formas de desarrollo y de descubrir su vínculo íntimo. Una vez realizada esta tarea, y solamente entonces, se puede exponer el movimiento real en su conjunto. Si se consigue, de manera que la vida de la materia se refleje en su reproducción ideal, este milagro puede hacer creer que se trata de una construcción a priori.6/

Esto es asimismo lo que expresa la primera frae de El Capital:

La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un “enorme cúmulo de mercancías”, y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía.

El caso es que Sperber no es fiel a su lectura “hegueliana” en un punto importante. Hace de la dicotomía entre valor de cambio y valor de uso una de las cinco “distinciones conceptuales” que según él estructuran la teoría económica de Marx. Sin embargo, esta “distinción conceptual” no debe entenderse, evidentemente, como una pura oposición binaria. Ahora bien, en esta cuestión fundamental, Sperber comete un error –ya clásico, por cierto– consistente en sostener que Marx no concede ningún papel a la “utilidad” (el valor de uso) en la formación de los precios de las mercancías. Esta es incluso, según Sperber, una de las razones por las que los marginalistas pudieron imponerse sobre la tradición clásica (de la que formaría parte Marx): su enfoque “combinaba el valor de uso y el valor de cambio, que Marx había separado con tanto esmero”. Así, la “distinción conceptual” se convierte en una “sepración” poco dialéctica y que no se corresponde en nada con el planteamiento de Marx.

Una pequeña frase habría bastado para suscitar de entrada la duda sobre la comprensión de Marx por parte de su biógrafo: “el Libro I de El Capital estaba consagrado a la distribución”, escribe. Esta es una sandez reveladora: el Libro I está consagrado principalmente a la teoría del valor y no trata del reparto, sino del análisis del “laboratorio de la producción”, por retomar la expresión del propio Marx.

Sobre la caída tendencial de la tasa de beneficio

Sperber no arroja ninguna luz realmente nueva sobre esta cuestión ampliamente debatida. Recuerda que la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio era para Marx “la ley más importante de la economía”, pero que esta proclamación, efectuada en los Grundrisse, vino sin duda un poco pronto. En efecto, Marx volvió “constantemente sobre este problema y escribió ecuaciones por última vez en 1882, un año antes de su muerte, proponiendo numerosas explicaciones y soluciones, de las que ninguna le parecía del todo satisfactoria”. A este respecto se hace referencia a los trabajos de Michael Heinrich, quien propone una demostración análoga, basada en particular en una nota manuscrita de Marx que apunta en sentido contrario al de la famosa ley.7/

Los argumentos de Sperber sobre esta cuestión son, en efecto, bastante deshilvanados. Por ejemplo, según él, Marx planteó que los aumentos de productividad podían “incrementar la tasa de plusvalía, la tasa de beneficio y el salarios de los obreros al mismo tiempo”, pero “semejante desarrollo, añadía Marx, solo sería posible en una economía comunista, nunca en una economía capitalista”. Me pregunto dónde habrá ido Sperber a buscar este argumento descabellado. Mejor que hubiera meditado sobre una de esas “causas que contrarrestan la ley” y que basta para poner en tela de juicio su existencia como ley:

La misma evolución que hace que aumente la masa del capital constante en comparación con el capital variable hace que disminuya el valor de sus elementos debido al aumento de la productividad del trabajo e impide así que el valor del capital constante, que sin embargo crece sin cesar, no aumente en la misma propoción que su volumen material. En algún que otro caso, la masa de los elementos del capital constante puede incluso aumentar, mientras que el valor permanece igual o incluso disminuye.8/

Sperber menciona asimismo la idea de que “los capitalistas son reacios a introducir una maquinaria más productiva y formas más eficaces de producción porque esto haría que sus equipos existentes se volviern obsoletos y se redujera la tasa de beneficio”. Existe efectivamente un pasaje en el que Marx plantea esta conjetura:

Ningún capitalista empleará de buen grado un nuevo modo de producción, independientemente de la proporción en que aumente la productividad o la tasa de plusvalía, si con ello se reduce la tasa de beneficio.

Esta idea se teorizará más tarde con el nombre de “teorema de Okishio”.9/ Sin embargo, esta hipótesis es contradictoria con el conjunto del análisis de Marx de la competencia, que, una página más adelante, concluye así su comentario: “En una palabra, este fenómeno es un efecto de la competencia; ellos también tienen que adoptar el nuevo modo de producción”.10/

Sobre la transformación de los valores en precio

Sperber tampoco aporta nada nuevo en este terreno y se contenta con repetir la doxa dominante: “Como han señalado los discípulos de Sraffa, la solución que da Marx al problema de la transformación es formalmente inexacta”. No obstante, tiene razón cuando menciona que la perecuación de la tasa de beneficio no se produce mediante transferencia “de los sectores más mecanizados a los menos mecanizados”, cosa que ya nadie sostiene (o no debería sostener).

Podría haber indicado que esta línea de crítica se remonta de hecho a Eugen Böhm-Bawerk, a quien cita en relación con otras cuestiones. Aunque señalemos de paso que esta es una referencia sorprendente, pues Böhm-Bawerk, el mismo que reprochaba a Marx sus errores de cálculo, cometió a su vez uno, y bastante gordo, en su cálculo de la “duración media del periodo de producción”. Esto es lo que subrayó Paul Samuelson en un artículo en que hizo balance del debate sobre la teoría del capital (y en el que capituló ante sus adversarios): Böhm-Bawerk confunde interés simple e interés compuesto y por tanto su medición “ya no merece que nos refiramos a ella”.11/

No es extraño que Sperber no mencione el enfoque TSSI (Temporal Single-System Interpretation), que elimina los supuestos errores de Marx. La clave de esta “solución” la resume así Ernest Mandel:

Los insumos de un ciclo de producción son datos disponibles al comienzo de este ciclo que no tienen efecto alguno en la igualación de las tasas de beneficio en los distintos sectores de producción durante este ciclo. Basta suponer que ya han sido calculados en precios de producción y no en valores, y que estos precios de producción resultan de la igualación de las tasas de beneficio en el transcurso del ciclo de producción precedente, para que desaparezca toda incoherencia.12/

Por lo demás, Mandel se limita a seguir esta indicación de Marx:

El coste de producción de la mercancía está determinado; representa un dato independiente de la producción del capitalista, mientras que el resultado de su producción es una mercancía que contiene la plusvalía, que es un excedente de valor con respecto a su coste de producción.13/

Sobre la renta

El libro contiene una exposición bastante amplia dedicada, con razón, a la teoría de la renta. No carece de interés, pero se contradice con la tesis general de Sperber, ya que este –además de no discernir correctamente el vínculo con la teoría del valor– no ve que esta teoría puede extenderse a otros terrenos distintos de la renta de la tierra. “¡Todos rentistas!”, proclama por ejemplo Philipe Askenazy en un libro reciente.14/ El análisis de la renta inmobiliaria o petrolera es perfectamente posible empleando el marco teórico de Marx y de los clásicos. Lo mismo podemos decir del debate que acaba de iniciarse en EE UU sobre los superbeneficios de las grandes empresas a partir de un estudio de su “poder de mercado”.15/ Todas estas cuestiones deben abordarse a partir del principio metodológico de Marx, que establece que la renta es una captación de la plusvalía producida en los demás sectores. Es esta una aportación fundamental que permite, por ejemplo, evitar el error consistente en pensar que existen fuentes de creación de valor distintas del trabajo (por ejemplo, las “finanzas”).

La lectura de Sperber, que declara a Marx un hombre del siglo XIX, es, en el fondo, coherente con su representación de que la supremacía de la economía marginalista (o neoclásica) es el fruto de un progreso lineal de la ciencia económica. Ahora se trata de criticar esta lectura mostrando cómo las problemáticas marxistas tienen prolongaciones –y no únicamente entre los marxistas– a lo largo de los 150 años que nos separan de la aparición de El Capital.

Marx, ¿un economista del siglo XIX?

La clave del análisis de Sperber es coherente con su tesis más general. Podemos resumirla así: Marx es el último de los economistas clásicos (en el linaje de Smith y Ricardo), pero, por desgracia para él, en el momento en que Engels publica los Libros II y III de El Capital, la economía está a punto de bifurcarse y de romper con esta línea de pensamiento. Dejemos de lado la cuestión de saber si Marx se sitúa en la prolongación/superación de Ricardo o en ruptura total con él para captar esta clave de la lectura de Sperber, quien al menos podría haberse preguntado por qué el subtítulo de El Capital es “Crítica de la economía política”. De ortodoxo (sic), Marx habría pasado así bruscamente a devenir obsoleto:

Cuando sus ideas se difundieron finalmente entre un público más amplio (…), todo esto había cambiado. Lo que antaño había sido la ortodoxia económica se había convertido, para la corriente dominante, en obsoleta y no científica o, si se prefiere, en disidente y no ortodoxa.

De ahí la conclusión radical de Sperber:

Encontramos en la obra de Marx pocas cosas que interesen a las tendencias de la economía o de la teoría económica de finales del siglo XIX y del siglo XX.

Esta visión es de un simplismo desconcertante. Olvida que la teoría marginalista no se tornó dominante en virtud de su superioridad intrínseca, sino porque ofrecía una alternativa a las implicaciones subversivas de la teoría de Marx. Es preciso reproducir de nuevo lo que escribió en 1899 John Bates Clark, uno de los fundadores de la teoría neoclásica del reparto:

Los trabajadores, nos dicen, se ven desposeídos permanentemente de lo que producen (…). Si esta acusación estuviera fundada, toda persona dotada de razón debería hacerse socialista, y su voluntad de transformar el sistema económico no haría más que medir y expresar su sentido de la justicia.

Para responder a esta acusación –que hace referencia claramente a la teoría marxista de la explotación– hace falta, explica Clark, “descomponer el producto de la actividad económica en sus elementos constitutivos, con el fin de ver si el juego natural de la competencia lleva a no a atribuir a cada productor la parte exacta de las riquezas que contribuye a crear”.16/

Piero Sraffa dedujo una constatación amarga de lo que llamó la “degeneración” de la teoría del valor:

Con el ataque frontal de Marx, la aparición de la Internacional y la Comuna de París, hacía falta una línea de defensa mucho más resuelta (…), había que pasar a la utilidad, de ahí el éxito de los Jevons, Menger y Walras. La economía clásica tomada en su conjunto resultaba demasiado peligrosa: había que dar al traste con ella como tal. La casa estaba en llamas y amenazaba con incendiar toda la estructura y los cimientos de la sociedad capitalista: la economía clásica fue inmediatamente suplantada.17/

Marx, fundador de la macroeconomía moderna

En el Libro II de El Capital, Marx expone los esquemas de la reproducción que distinguen dos grandes secciones: la sección I, que produce los bienes de equipo, y la sección II, que produce los bienes de consumo. Describe las condiciones de reproducción, o dicho de otro modo, las relaciones que han de existir entre la producción de las empresas y sus mercados. Estas relaciones se expresan en valor, pero Marx insiste también en el hecho de que la estructura de esta oferta debe corresponder a la de la demanda social en términos de valor de uso. Es este un punto importante que permite no ver en Marx tan solo al teórico exclusivo del valor-trabajo que habría despreciado así las “preferencias de los consumidores”, por retomar la terminología moderna.

El enfoque de Marx se inspira a todas luces en el famoso Cuadro de Quesnay18/ (otra “figura del pasado”), que era según él un “planteamiento tan simple como genial para su época”.19/ El sistema de los fisiócratas representaba a ojos de Marx “la primera concepción sistemática de la producción capitalista”, por mucho que los “límites de su horizonte” llevaran a Quesnay a postular que “la agricultura constituye la única esfera de inversión en que el trabajo humano produce plusvalía”.20/ En una carta del 6 de julio de 1863, Marx muestra a Engels un esquema en que se ve cómo “traduce” el cuadro de Quesnay a su propio sistema conceptual.

Por tanto, incluso si no partió de cero (podríamos citar también a Sismondi entre sus fuentes de inspiración), se puede sostener que Marx es el fundador de la macroeconomía moderna. Así lo reconoció la keynesiana de izquierda Joan Robinson, que por lo demás era muy crítica con Marx21/: “partir de Marx le habría ahorrado [a Keynes] muchos problemas” (a lot of trouble). Habla de otro economista keynesiano, Richard Kahn, quien en un seminario en 1931 trató de “explicar el problema del ahorro y de la inversión imaginando una red que parte de los sectores que producen bienes de equipo y después estudiando sus relaciones con los sectores de bienes de consumo”. Con ello, sin embargo, añadió Robinson, no hacía más que “redescubrir los esquemas de Marx”.22/ Incluso Paul Samuelson, blanco favorito de las invectivas de Robinson y a su vez un crítico sumamente cáustico de Marx, admitió que “sin duda todos habríamos salido ganando si hubiéramos estudiado antes los cuadros de Marx”.23/

Pero el mejor homenaje es el que pronunció Wassily Leontief en 1937, durante un coloquio organizado por la American Economic Association sobre “el significado de la economía marxista”. Leontief es el fundador del análisis input-output, que describe las relaciones entre las distintas ramas de la economía, lo que los contables nacionales denominan hoy los consumos intermedios. Leontief fue a su vez alumno de Ladislaus von Bortkiewicz, cuya crítica de Marx sobre la cuestión de la transformación está en el origen de toda la literatura neoricardiana. Para Leontief,

Quien trate de comprender realmente la realidad de los beneficios y salarios en las empresas capitalistas puede encontrar en los tres volúmenes de El Capital informaciones de primera mano, más realistas y pertinentes que en diez volúmenes de la inspección de mercancías de EE UU, en una docena de manuales sobre las instituciones económicas contemporáneas e incluso, me atrevo a decir, en las obras completas de Thorstein Veblen.24/

Leontief subraya en particular que Marx “desarrolló el esquema fundamental que describe las relaciones entre los sectores de los bienes de consumo y de los bienes de equipo. Por mucho que no cierre el tema, el esquema marxista sigue siendo una de las raras propuestas en torno a las cuales existe un amplio consenso entre los teóricos del ciclo económico”, y añade que “el análisis contemporáneo del ciclo económico es claramente tributario de la economía marxiana. Sin suscitar la cuestión de la prioridad, no sería exagerado decir que los tres volúmenes de El Capital contribuyeron más que cualquiera otra obra a situar esta cuestión en el centro del debate económico”. Compárese este elogio con el juicio incongruente de Sperber, según quien “al Libro I de El Capital le falta una teoría explícita de los ciclos económicos y de las crisis comerciales. Y si bien el tema se desarrolla más en el Libro III, publicado a título póstumo, su contenido difiere sustancialmente de las afirmaciones del Libro I”.

Claro que Marx no utilizó el cálculo matricial, pero para András Bródy, otro experto de referencia para el análisis input-output, “lo esencial ya estaba ahí”. Bródy da como ejemplo un esquema estraído de los Grundrisse,25/ que según él resulta tanto más interesante cuanto que Marx parte de coeficientes técnicos para construirlo: “este podría ser muy bien el primer cuadro de entrada-salida (ficticio) en ciencia económica”.26/ En la misma onda, el marxista polaco Oskar Lange demostró la estrecha correspondencia que existe entre la matriz input-output de Leontief y los esquemas de Marx.27/

Tampoco está de más afirmar que los esquemas de la reproducción inspiraron el modelo de equilibrio general de John von Neumann28/ (que produce un esquema de crecimiento equilibrado). Para Nicholas Kaldor29/, este modelo es “en realidad una variante del enfoque clásico de Ricardo y Marx”. Como ya hemos señalado, los esquemas de reproducción de Marx le sirvieron para establecer las condiciones de esta reproducción, pero toda su lógica llevaba acto seguido a mostrar que las mismas no podían verificarse más que de modo excepcional debido a la competencia entre capitales y la presión constante sobre los salarios; de ahí la posibilidad de las crisis. Sin embargo, ciertos autores que se reclaman del marxismo, en particular Michel Tougan-Baranowski, realizaron un análisis “armonicista” de los esquemas de reproducción y abrieron un debate que de hecho no se ha agotado.30/

También podríamos citar a Martin Bronfenbrenner, para quien posiblemente Marx no sea el más grande de los economistas, pero sí, sin duda, “el más grande teórico de ciencias sociales (social scientist) de todos los tiempos”.31/ Acuñó esta bonita fórmula (que podría atribuirse a Piketty): “El Capital sigue siendo el libro más influyente aunque nadie lo lea”. Bronfenbrenner enumera las aportaciones “modernas” de El Capital, que “los economistas universitarios olvidaron casi totalmente hasta la década de 1930”. Menciona en particular “la articulación armoniosa y natural entre estática y dinámica”, deplorando al mismo tiempo que “el análisis estático se hubiera impuesto en la década de 1870 y que todavía no hayamos vuelto al nivel de Marx”.

El desempleo

La victoria de los marginalistas, que según Sperber convirtió a los clásicos en cosa del pasado, tuvo por efecto colateral la desaparición casi completa de toda teoría del desempleo. Tuvo que producirse la crisis de la década de 1930 para que la cuestión fuera abordada de nuevo por Keynes. No obstante, fue después de la segunda guerra mundial cuando reapareció la problemática de Marx en la forma extraviada de la “curva de Phillips”.32/ La idea es que existe una relación inversa entre la tasa de paro y la progresión de los salarios. Los economistas dominantes dedujeron de ello la noción de la tasa de paro “natural” que no debe rebasarse a la baja si se desea evitar un “patinazo salarial” descontrolado. La Comisión Europea calcula actualmente la NAWRU (non-accelerating wage rate of unemployment), o sea, la “tasa de paro que no acelera los salarios”. Pero también se podría hablar (como es demostrable) de una “tasa de paro que no hace descender los beneficios”.

A los economistas del sistema les habrá bastado invertir la teoría del “ejército industrial de reserva”, que Marx formuló de este modo:

Las variaciones de la tasa salarial general no responden por tanto a las de la cifra absoluta de la población; la proporción diferente según la cual la clase obrera se descompone en ejército activo y ejército de reserva, el aumento o la disminución de la sobrepoblación relativa, el grado en el que esta se halla ora “ocupada”, ora “desocupada”, en una palabra, sus movimientos de expansión y contracción alternativos corresponden a su vez a las vicisitudes del ciclo industrial, que es el que determina exclusivamente estas variaciones. (…) De este modo, la sobreproblación relativa, una vez convertida en el pivote sobre el que gira la ley de la oferta y la demanda de trabajo, solo le permite funcionar dentro de unos límites que dejan suficiente campo libre para la actividad de explotación y el espíritu dominador del capital.33/

El carácter cíclico de la economía política

Podríamos hablar de muchos otros aspectos. Por ejemplo, los análisis de Marx del capital portador de interés son de una actualidad asombrosa tras diez años de crisis y resultan muy útiles para rechazar concepciones erróneas según las cuales “las finanzas” son una fuente autónoma de valor y no un instrumento de captación del valor producido en la llamada esfera productiva.34/ Toda la tesis de Sperber se basa, como hemos visto, en el postulado de un progreso lineal de la ciencia económica que convertiría en progresivamente obsoletas las teorías superadas. Para él, interesarse por la economía de Marx no tiene más que un interés histórico, como el que puede tener el estudio de las concepciones precopernicanas o de la estimación de Newton, quien, a partir de una lectura de la Biblia, dató la creación del mundo en 3998 antes de Cristo.

Sperber lleva muy lejos este tipo de lectura, ya que sitúa incluso a Keynes o Minsky (el teórico de la inestabilidad financiera) entre los neoclásicos. Esta enormidad, proferida en el debate arriba mencionado, dice mucho del dogmatismo de este enfoque que se niega a cnsiderar la economía una ciencia social que avanza por ciclos, con un retorno periódico de las teorías antiguas, aunque sea con formas renovadas. Por ejemplo, resulta sumamente chocante señalar que la revolución neoclásica no hizo más que retomar las elaboraciones de autores anteriores a los clásicos de la economía política, como por ejemplo los abades Condillac (1714-1780) y Galiani (1728-1787).35/ Este tipo de constatación es molesto y constituye sin duda una de las razones de la obstinación de los economistas dominantes por expulsar de la universidad toda referencia a la historia del pensamiento económico. Sperber nos habrá brindado al menos la ocasión de hacer una breve incursión en ella y mostrar que las temáticas planteadas por Marx están llamadas a volver periódicamente, y no solo para celebrar el sesquicentenario de El Capital. (Artículo escrito para A l’Encontre)

 

https://alencontre.org/laune/marx-un-economiste-du-xixe-siecle-a-propos-de-la-biographie-de-jonathan-sperber.html

 

Notas

1/ Jonathan Sperber, Karl Marx, homme du XIXe siècle, Piranha, 2017. Traducción (de David Tuaillon) de: Karl Marx. A Nineteenth-Century Life, Liveright, 2013.

2/ El autor de esta reseña debatió con Sperber con motivo de la presentación de su obra en la Facultad de Ciencias Políticas de París, el 10 de octubre de 2017.

3/ Capítulo XI. L’économiste.

4/ Lenin, Cuadernos filosóficos, 1914-1915.

5/ Karl Marx, Posfacio de la segunda edición alemana, 1875. “Mi método dialéctico no solo difiere básicamente del método hegueliano, sino que incluso constituye exactamente su contrario. Para Hegel, el movimiento del pensamiento, que él personifica con el nombre de idea, es el demiurgo de la realidad, que no es más que la forma fenomenal de la idea. Para mí, en cambio, el movimiento del pensamiento no es más que el reflejo del movimiento real, transportado y transpuesto en el cerebro humano. Critiqué la vertiente mística de la dialéctica hegueliana hace casi treinta años, en una época en que todavía estaba de moda… Pero a pesar de que, debido a su error, Hegel desfigura la dialéctica a través del misticimo, ello no quita que él fue el primero en exponer el movimiento del conjunto. En él se halla cabeza abajo; basta colocarla sobre los pies para descubrir su fisionomía plenamente razonable. En su versión mística, la dialéctica se puso de moda en Alemania porque parecía glorificar las cosas existentes. En su aspecto racional, es un escándalo y una abominación para las clases dirigentes y sus ideólogos doctrinarios, porque en la concepción positiva de las cosas existentes incluye, al mismo tiempo, la inteligencia de su negación fatal, de su destrucción necesaria; porque al captar el movimiento mismo, del que toda forma realizada no es más que una configuración transitoria, nada podría imponérsele; porque es esencialmente crítica y revolucionaria.”

6/ Karl Marx, Posfacio de la segunda edición alemana, 1875.

7/ Michael Heinrich, “Crisis Theory, the Law of the Tendency of the Profit Rate to Fall, and Marx’s Studies in the 1870s”, Monthly Review, tomo 64, n.º 11, abril de 2013. La nota de Engels dice: “En el ejemplar manuscrito de Marx figura aquí, en el margen, la siguiente observación: ‘Anotar esto para más tarde: Si la ampliación [un aumento de la composición del capital] solo es cuantitativo, los beneficios, para un capital más o menos grande en el mismo sector industrial, seguirán las magnitudes respectivas de los capitales adelantados. Si la ampliación cuantitativa tiene un efecto cualitativo, la tasa de beneficio aumenta al mismo tiempo para el capital más grande.’” Heinrich también hace referencia a un manuscrito de 1875 titulado Tratamiento matemático de la tasa de plusvalía y de la tasa de beneficio (MEGA II/14), que no hemos conseguido consultar.

8/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

9/ Nuobo Okishio, Technical Change and the Rate of Profit, Kobe University Economic Review, 7, 1961. Véanse también dos artículos de Shalom Groll y Ze’ev B. Orzech, interesantes desde un punto de vista metodológico, pero cuyas conclusiones no compartimos: “Technical progress and values in Marx’s theory of the decline in the rate of profit: an exegetical approach”, History of Political Economy 19:4, 1987; “From Marx to the Okishio Theorem: a genealogy”, History of Political Economy 21:2, 1989.

10/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

11/ “It has no longer a presumptive claim on our attention”. Paul A. Samuelson, “A Summing Up”, The Quarterly Journal of Economics, vol. 80, n.º 4, 1966.

12/ Ernest Mandel, The Transformation Problem, extracto de su introducción a la edición inglesa del Libro III de El Capital, Penguin, 1981.

13/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

14/ Philippe Askenazy, Tous rentiers! Pour une autre répartition des richesses, Odile Jacob, 2016.

15/ Jan De Loecker y Jan Eeckhoutz, The Rise of Market Power and the Macroeconomic Implications, 24/08/2017.

16/ John Bates Clark, The Distribution of Wealth. A Theory of Wages, Interest and Profit, 1899, p. 7.

17/ Cf. Michel Husson, La dégénérescence de la théorie de la valeur selon Sraffa, note hussonet n° 108, 13/10/2017.

18/ François Quesnay, “Analyse de la formule arithmétique du Tableau Economique”, Journal de l’agriculture, du commerce & des finances, junio de 1766.

19/ Karl Marx, en el capítulo “Sobre la historia crítica” del Anti-Dühring de Engels que escribió en su mayor parte.

20/ Karl Marx, El Capital, Libro III.

21/ Joan Robinson, An Essay on Marxian Economics, 1942. Véase también su Lettre ouverte d’une keynésienne à un marxiste, 1953.

22/ Joan Robinson, “Kalecki and Keynes”, en Essays in Honour of Michał Kalecki, 1964. Reproducido en Contributions to Modern Economics, 1978.

23/ Paul A. Samuelson, “Marxian Economics as Economics”, The American Economic Review, vol. 57, n.º 2, mayo de 1967.

24/ Wassily Leontief, “The Significance of Marxian Economics for Present-Day Economic Theory”, The American Economic Review, vol. 28, n.º 1, marzo de 1938.

25/ Karl Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, Berlín 1953 (p. 353 del pdf).

26/ András Bródy, Proportions, Prices and Planning, Budapest, 1970. Bródy precisa que no ha hecho más que “modernizar la formalización” de Marx recurriendo a la álgebra matricial desarrollada y aplicada a la economía posterior a la época de Marx.

27/ Oskar Lange, “Some Observations on Input-Output”, The Indian Journal of Statistics, vol. 17, parte 4, febrero de 1957.

28/ John von Neumann, “A Model of General Economic Equilibrium”, The Review of Economic Studies, vol. 13, n.º 1, 1945.

29/ Nicholas Kaldor, Capital Accumulation and Economic Growth, en Lutz F.A. y Hague D.C. (editores), The Theory of Capital, Macmilllan, 1961.

30/ En los dos polos de este debate podemos situar a Michel Tougan-Baranowski, Les crises industrielles en Angleterre, 1894, y Rosa Luxemburg, L’accumulation du capital, 1913.

31/ Martin Bronfenbrenner, “Marxian Influences in ‘Bourgeois’ Economics”, The American Economic Review, vol. 57, n.º 2, mayo de 1967.

32/ Alban W. Phillips, “The Relation Between Unemployment and the Rate of Change of Money Wage Rates in the United Kingdom, 1861-1957”, Economica, vol. 25, n.º 100, noviembre de 1958.

33/ Karl Marx, El Capital, Libro I, capítulo XXV.

34/ Michel Husson, “Marx et la finance: une approche actuelle”, prefacio a Karl Marx, Le capital financier, Demopolis, 2012.

35/ Étienne Bonnot de Condillac, Le commerce et le gouvernement considérés relativement l’un à l’autre, 1776; Ferdinando Galiani, De la monnaie, 1751.

Marx y la Revolución Francesa: la “poesía del pasado”

por Michael Lowy//

Mientras que el film de Raoul Peck sobre el joven Marx está en las salas en este momento (ver, por ejemplo, https://www.elconfidencial.com/cultura/2017-02-13/karl-marx-berlinale-pelicula_1330238/, ndr) , merece la pena interrogarse sobre la relación de Marx con la revolución, y en particular con la Revolución Francesa. Según Michael Löwy, Marx quedó literalmente fascinado por la Revolución Francesa, como otros muchos intelectuales alemanes de su generación; aquella era a sus ojos, sencillamente, la revolución por excelencia –o más precisamente- “la revolución más gigantesca (“Kolossalste”)” que haya conocido la historia”[1].

Se sabe que en 1844, había tenido la intención de escribir un libro sobre la Revolución Francesa, a partir de historia de la Convención. Desde 1843, había empezado a consultar las obras, a tomar notas, a despellejar los periódicos y las colecciones. En primer lugar son sobre todo las obras alemanas, -Karl Friederich Ernst Ludwig y Wilhelm Wachsmuth- pero a continuación predominaron los libros franceses, especialmente las memorias del miembro de la C Levasseur, cuyos extractos llenan varias páginas del cuaderno de notas de Marx redactado en París en 1844. Además de esos carnets (reproducidospor Maximilien Rubel en el volumen III de las Obras en la Pléiäde), las referencias citadas en estos artículos o estos libros atestiguan la amplia bibliografía consultada: L’Histoire parlementaire de la Révolution française, de Buchez et Roux, L’Histoire de la Révolution française, de Louis Blanc, las de Carlyle, Mignet, Thiers, Cabet, los textos de Camille Desmoulin, Robespierre, Saint-Just, Marat, etc. Se puede encontrar una relación parcial de esa bibliografía en el artículo de Jean Bruhat sobre Marx et la Révolution française ”, publicado en los ” Annales historiques de la Révolution française ”, en abril-junio de 1966.

El triunfo de un nuevo sistema social

El proyecto de libro sobre la Convención no se realizó pero se encuentran, dispersas en sus escritos a lo largo de toda su vida, múltiples observaciones, análisis, excursiones historiográficas y esbozos interpretativos sobre la Revolución Francesa. Ese conjunto está lejos de ser homogéneo: se muestran cambios, reorientaciones, dudas y a veces contradicciones en su lectura de los acontecimientos. Pero se pueden desprender también algunas líneas de fuerza que permiten definir la esencia del fenómeno –y que van a inspirar toda la historiografía socialista a lo largo de un siglo y medio.

Esta definición parte, se sabe, de un análisis crítico de los resultados del proceso revolucionario: desde este punto de vista, se trata para Marx, sin ninguna sombra de duda, de una revolución burguesa. Esta idea no era, en si misma, nueva: la novedad de Marx ha sido la de fusionar la crítica comunista de los límites de la Revolución Francesa (desde Babeuf y Buonarroti hasta Mosses Hess) con su análisis de clase por los historiadores de la época de la Restauración (Mignet, Thiers, Thierry, etc.) y situar el todo en el marco de la historia mundial, gracias a su método histórico materialista. Resulta de ello una visión de conjunto, amplia y coherente, del paisaje revolucionario francés, que hace destacar la lógica profunda de los acontecimientos más allá de los múltiples detalles de los episodios heroicos o crapulosos, de los retrocesos y avances. Una visión crítica y desmitificadora que desvela la victoria de un interés de clase, el interés de la burguesía. Como señala en un pasaje brillante e irónico de La Santa Familia (1845), que en un rasgo de pluma se apodera del hilo rojo de la historia: La potencia de este interés fue tal que venció la pluma de un Marat, la guillotina de los hombres del terror, la espada de Napoleón, así como el crucifijo y la sangre azul de los Borbones[2].

En realidad, la victoria de esta clase fue, al mismo tiempo, la llegada de una nueva civilización, de nuevos procesos de producción, de nuevos valores, no sólo económicos sino también sociales y culturales –en resumen, de un nuevo modo de vida. Reuniendo en un parágrafo la significación histórica de las revoluciones de 1848 y 1789 (pero sus observaciones son más pertinentes para la última que para la primera), Marx observa, en un artículo de la Nueva Gaceta Renana en 1848: Ellas eran el triunfo de la burguesía, pero el triunfo de la burguesía era entonces el triunfo de un nuevo sistema social, la victoria de la propiedad burguesa sobre la propiedad feudal, del sentimiento nacional sobre el provincialismo, de la competencia sobre el corporativismo, del reparto sobre el mayorazgo, (…) de las luces sobre la superstición, de la familia sobre el nombre, de la industria sobre la pereza heroica, del derecho burgués sobre los privilegios medievales.”[3]

Por supuesto, este análisis marxiano sobre el carácter –en último análisis- burgués de la Revolución Francesa no era un ejercicio académico de historiografía: tenía un objetivo político preciso. Tendía, desmitificando 1789, a mostrar la necesidad de una nueva revolución, la revolución social –la que denomina, en 1844, “la emancipación humana” (en oposición a la emancipación únicamente política) y, en 1846, como la revolución comunista.

Una de las características principales que distinguirán esta nueva revolución de la Revolución Francesa de 1789-1794 será, según Marx, su “anti-estatismo”, su ruptura con el aparato burocrático alienado del Estado. Hasta aquí, todas las revoluciones han perfeccionado esta máquina en lugar de romperla. Los partidos que lucharán sucesivamente por el poder consideran la conquista de este inmenso edificio de Estado como la principal presa del vencedor”.

Presentando su análisis en El Dieciocho Brumario, observa -de forma análoga que Tocqueville- que la Revolución Francesa no ha hecho más que desarrollar la obra iniciada por la monarquía absoluta: la centralización, (…) la extensión, los atributos y los ejecutantes del poder gubernamental. Napoleón acabó de perfeccionar esta maquinaria de Estado”.

Sin embargo, durante la monarquía absoluta, la revolución y el Primer Imperio, ese aparato no ha sido más que un medio para preparar la dominación de clases de la burguesía, que se ejercerá más directamente sobre Louis-Philippe y la República de 1848… A fin de dejar lugar para lo nuevo, la autonomía de lo político durante el Segundo Imperio -cuando el Estado parece haberse hecho “completamente independiente”. En otros términos: el aparato estatal sirve a los intereses de clase de la burguesía sin estar necesariamente bajo su control directo. Según Marx, no tocar al fundamento de esta máquina parasitaria y alienada es una de las limitaciones burguesas más decisivas de la Revolución Francesa.

Como se sabe, esa idea esbozada en 1862 será desarrollada en 1871 en sus escritos sobre la Comuna -primer ejemplo de revolución proletaria que rompe el aparato de Estado y acaba con esta “boa constrictor” que amordaza el cuerpo social en las mallas universales de su burocracia, de su policía, de su ejército permanente”. La Revolución Francesa, por su carácter burgués, no podía emancipar a la sociedad de esa “excrecencia parasitaria”, de este “alboroto de gusano de Estado”, de ese “enorme parásito gubernamental[4].

Las tentativas recientes de los historiadores revisionistas para “sobrepasar” el análisis marxiano de la Revolución Francesa conducen generalmente a una regresión hacia las interpretaciones más antiguas, liberales o especulativas. Se confirma así la profunda observación de Sartre: el marxismo es el horizonte insuperable de nuestra época y los intentos para ir “más allá” de Marx acaban a menudo por caer por abajo de él. Se puede ilustrar esa paradoja por el enfoque del representante más talentoso y más inteligente de esa escuela, François Furet, que no encuentra otros caminos para sobrepasar a Marx que la vuelta a Hegel. Según Furet, el idealismo hegeliano se preocupa infinitamente más de los datos concretos de la historia de Francia del siglo XVIII que el materialismo de Marx”.

¿Cuales son, pues, esos “datos concretos” infinitamente más importantes que las relaciones de producción y la lucha de clases? Se trata del “largo trabajo del espíritu en la historia..” Gracias a él (el espíritu con una E mayúscula), podemos al fin entender la verdadera naturaleza de la Revolución Francesa: más que el triunfo de una clase social, la burguesía, es la afirmación de la conciencia de si como voluntad libre, coextensiva con lo universal, transparente a ella misma, reconciliada con el ser”.

Esa lectura hegeliana de los acontecimientos conduce a Furet a la curiosa conclusión de que la Revolución Francesa ha conducido a un “fracaso”, del que sería necesario buscar la causa en un “error”: querer deducir lo político de lo social”.El responsable de este “fracaso” sería, en último análisis… Jean-Jacques Rousseau. El error de Rousseau y de la Revolución Francesa se contienen en el intento de afirmar el antecedente de lo social sobre el Estado”. En revancha, Hegel había entendido perfectamente que solo a través del Estado, esta forma superior de la historia, la sociedad se organiza según la razón”. Es una interpretación posible de las contradicciones de la Revolución Francesa, ¿pero es ella verdaderamente infinitamente más concreta que la esbozada por Marx?[5].

¿Cuál fue el papel de la clase burguesa?

Queda por saber en qué medida esta revolución burguesa fue efectivamente conducida, impulsada y dirigida por la burguesía. En algunos textos de Marx se encuentran verdaderos himnos a la gloria de la burguesía revolucionaria francesa de 1789; se trata casi siempre de escritos que la comparan con su equivalente social al lado del Rin, la burguesía alemana del siglo XVIII.

Desde 1844 lamenta la inexistencia en Alemania de una clase burguesa provista de “esa grandeza de alma que se identifica, aunque no fuese más que un momento, al alma del pueblo, de este genio que se inspira a la fuerza material el entusiasmo por la potencia política, de esa osadía revolucionaria que lanza al aniversario en forma de desafío: no soy nada y debería ser todo”.[6]

En sus artículos escritos durante la revolución de 1848 no cesa de denunciar la “bajeza” y la “traición” de la burguesía alemana, comparándola con el glorioso paradigma francés: “La burguesía prusiana no era la burguesía francesa de 1789, la clase que, frente a los representantes de la antigua sociedad, de la realeza y de la nobleza, encarnaba ella sola toda la sociedad moderna. Estaba degradada al rango de una especie de casta (…) inclinada desde el inicio a traicionar al pueblo y a intentar compromisos con el representante coronado de la antigua sociedad” [7].

En otro artículo de la Nueva Gaceta Renana (julio de 1848), examina de forma más detallada ese contraste: “la burguesía francesa de 1789 no abandonará ni un instante a sus aliados, los campesinos. Sabía que la base de su dominación era la deconstrucción de la feudalidad en el campo, la creación de una clase campesina libre, poseedora de tierras. La burguesía de 1848 traicionó sin dudar a los campesinos, que son sus aliados más naturales, la carne de su carne y sin los que ella es impotente frente a la nobleza”[8].

Esta celebración de las virtudes revolucionarias de la burguesía francesa va a inspirar más tarde (sobre todo en el siglo XX) a toda una visión lineal y mecánica del progreso histórico entre algunas corrientes marxistas. Hablaremos de ello más adelante,

Leyendo estos textos, se tiene a veces la impresión de que Marx exalta a la burguesía revolucionaria de 1789 para estigmatizar mejor a su “miserable” contrapartida alemana de 1848. Esta impresión es confirmada por los textos un poco anteriores a 1848, en los que el papel de la burguesía francesa se presenta mucho menos heroico. Por ejemplo, en La Ideología Alemanaobserva que, en relación con la decisión de los Estados Generales de proclamarse como Asamblea soberana: “La Asamblea Ncional se vio forzada a hacer ese paso hacia adelante. empujada por la masa innumerable que tras de sí”[9].

En un artículo de 1847, afirma en relación con la abolición revolucionaria de los vestigios feudales en 1789-1794: “Timorata y conciliadora como es, la burguesía no llegó hasta esa tarea ni en varios decenios. Por consiguiente, la acción sangrante del pueblo solo le ha preparado los caminos”[10].

Si el análisis marxiano del carácter burgués de revolución es de una notable colegado y claridad, no se puede decir lo mismo de sus intentos de interpretar el jacobinismo, el Terror, 1793. Confrontado al misterio jacobino, Marx duda. Esa duda es visible en las variaciones de un período a otro, de un texto a otro e incluso a veces en el interior de un mismo documento… Todas las hipótesis que avanza no son del mismo interés. Algunas, bastante extremas -y por otra parte mutuamente contradictorias-, son poco conviencentes. Por ejemplo, en un pasaje de La Ideología Alemana, ¡presenta al Terror como la puesta en práctica del “liberalismo enérgico de la burguesía”! Sin embargo, algunas páginas antes, Robespierre y Saint-Just son definidos como los “auténticos representantes de las fuerzas revolucionairas: la masa ‘innumerable’”[11].

Esta última hipótesis se sugiere otra vez en un pasaje del artículo contra Karl Heinzen, de 1847: si, “como en 1794, (…) el proletariado derroca la dominación política de la burguesía”antes que estén dadas las condiciones políticas de su poder, su victoria “solo será pasajera” y servirá, en último término, a la misma revolución burguesa[12]. La formulación es indirecta y la referencia a la Revolución Francesa solo se hace de pasada, a la vista de un debate político actual, pero resulta sin embargo sorprendente que Marx haya podido considerar los acontecimientos de 1794 como una “victoria del proletariado”.

Otras interpretaciones son más pertinentes y pueden ser consideradas como recíprocamente complementarias:

a) El Terror es un momento de autonomía de lo político que entra en conflicto violento con la sociedad burguesa. El “locus classicus” de esta hipótesis es un pasaje de La Cuestión Judía (1844): “Evidentemente en las épocas en las que el Estado político como tal nace violentamente de la sociedad burguesa (…) el Estado puede y debe ir hasta la supresión de la religión (…) pero únicamente como va hasta la supresión de la propiedad privada, al máximo, a la confiscación, al impuesto progresivo, a la supresión de la vida, a la guillotina. (…) La vida política busca ahogar sus condiciones primordiales, la sociedad burguesa y sus elementos para erigirse en vía genética verdadera y absoluta del hombre. Pero ella solo puede alcanzar este fin poniéndose en contradicción violenta con sus propias condiciones de existencia, declarando la revolución en estado permanente; también el drama político se termina necesariamente por la restauración de todos los elementos de la sociedad burguesa”[13].

El jacobinismo parece bajo este ángulo como un vano intento y necesariamente abortado de afrontar la sociedad burguesa a partir del Estado de forma estrictamente política.

b) Los hombres del Terror –”Robespierre, Saint-Just y su partido”- han sido victimas de una ilusión: han confundido la antigua república romana con el Estado representativo moderno. Atrapados en una contradicción insoluble, han querido sacrificar la sociedad burguesa “a una forma antigua de vida política”. Esta idea, desarrollada en La Santa Familia, implica como hipótesis anterior, un período histórico de exasperación y de autonomización de lo político. Conduce a la conclusión, un poco sorprendente, de que Napoleón es el heredero del jacobinismo; ha representado “la última batalla del terrorismo revolucionario contra la sociedad burguesa, proclamada ella también por la revolución, y contra su política”. Es cierto que “no tenía nada de un terrorista exaltado”; sin embargo, “consideraba todavía al Estado como un fin en si y a la sociedad civil únicamente como su tesorero y subalterno, que debía renunciar a toda voluntad propia. Realizó el terrorismo al reemplazar a la revolución permanente por la guerra permanente”[14].

Se reencuentra esta tesis en El Dieciocho Brumario (1852), pero esta vez Marx insiste sobre el engaño de la razón que hace de los jacobinos (y de Bonaparte) los parteros de esa misma sociedad burguesa a la que despreciaban:“Camille Desmoulin, Danton, Robespierre, Saint-Just, Napoleón, los héroes, así como los partidos y la masa cumplieron en la antigua Revolución Francesa el traje romano, y con la fraseología romana, la tarea de su época, a saber la liberación y la instauración de la sociedad burguesa moderna. (…) Una vez establecida la nueva sociedad, desaparecieron los colosos antediluvianos y, con ellos, la resucitada Roma: los Brutus, los Gracchus, los Publicola, los tribunos, los senadores y el mismo César. La sociedad burguesa, en su sobre-realidad, se había creado sus verdaderos interpretes y portavoces en la persona de los Say, los Cousin, los Royer-Collard, los Benjamin Constant y los Guzot”[15].

Robespierre y Napoleón, ¿un mismo combate? La fórmula es discutible. Se encontraba ya bajo la pluma de liberales tales como Madame de Staël que describía a Napoleón como un “Robespierre a caballo”.En Marx, en todo caso, se muestra el rechazo de toda filiación directa entre jacobinismo y socialismo. Sin embargo, se tiene la impresión que ello procede menos de una crítica del jacobinismo (como en Daniel Guérin un siglo más tarde) que de una cierta “idealización” del hombre del Dieciocho Brumario, considerado por Marx- de acuerdo con una tradición de la izquierda renana (por ejemplo Heine)- como el continuador de la Revolución Francesa.

c) El Terror ha sido un método plebeyo de acabar de forma radical con los vestigios feudales y en este sentido ha sido funcional para la llegada de la sociedad burguesa. Esta hipótesis se sugiere en varios escritos, especialmente el artículo sobre “La burguesía y la contrarrevolución” de 1848. Analizando el comportamiento de las capas populares urbanas (“el proletariado y las otras categorías sociales que no pertenecen a la burguesía”), Marx afirma:“Incluso cuando se oponían a la burguesía, como por ejemplo de 1793 a 1794 en Francia, solo luchaban para hacer triunfar los intereses de la burguesía, aunque eso no fuere a su manera. Todo el Terror en Francia no fue otra cosa que un métodoplebeyo de acabar con los enemigos de la burguesía, el absolutismo, el feudalismo y el espíritu pequeño-burgués”[16].

La ventaja evidente de este análisis era la de integrar los acontecimientos de 1793-1794 en la lógica de conjunto de la Revolución Francesa -la llegada de la sociedad burguesa. Utilizando el método dialéctico, Marx muestra que los aspectos “antiburgueses” del Terror solo han servido, en último término, para asegurar mejor el triunfo social y político de la burguesía.

El marxismo y el jacobinismo

Los tres aspectos puestos en evidencia por estas tres líneas interpretativas del jacobinismo –la hipertrofia de lo político en lucha contra la sociedad burguesa, la ilusión de volver a la República antigua y el papel de instrumento plebeyo al servicio de los intereses objetivos de la burguesía- son completamente compatibles y permiten comprender diferentes facetas de la realidad histórica.

Sin embargo nos encontramos perplejos por dos aspectos: por una parte, por la importancia un poco excesiva que atribuye Marx a la ilusión romana como clave explicativa del comportamiento de los Jacobinos. Tanto más que una de las exigencias del materialismo histórico es la de explicar las ideologías y las ilusiones por la posición y los intereses de las clases sociales… Pero, no hay en Marx (o en Engels) un intento, ni siquiera aproximativo, de definir la naturaleza de clase del jacobinismo. No faltan análisis de clases en sus escritos sobre la Revolución Francesa: se examina el papel de la aristocracia, del clero, de la burguesía, de los campesinos, de la plebe urbana e incluso del “proletariado” (concepto un poco anacrónico en la Francia del siglo XVIII). Pero el jacobinismo permanece suspendido en el aire, en el cielo de la política “antigua” -o asociado de forma un poco rápida al conjunto de las clases plebeyas, no burguesas.

Si en las obras sobre la revolución de 1848-1852 Marx no duda en calificar a los herederos modernos de la Montagne como “demócratas pequeño-burgueses”, es muy raro que extienda esa definición social a los Jacobinos de 1793. Uno de los únicos pasajes donde ello se sugiere se encuentra en la circular de marzo de 1850 a la Liga de los Comunistas. “De la misma forma que en la primera Revolución Francesa, los pequeño-burgueses dieron las tierras feudales a los campesinos como libre propiedad, es decir que quisieron (…) favorecer a una clase campesina pequeño-burguesa para que cumpliese el mismo ciclo de pauperización y de endeudamiento en el que está actualmente encerrado el campesino francés”[17].

Pero se trata de nuevo de una observación “de pasada”, en la que los jacobinos no son ni explícitamente designados. Es un hecho curioso, pero hay muy pocos elementos en Marx (o Engels) para un análisis de clase de las contradicciones del jacobinismo –como por ejemplo la de Daniel Guérin, según la cual el partido jacobino era “a la vez pequeño-burgués en la cabeza y popular en la base”[18].

En todo caso, una cosa está clara: a sus ojos, 1793 no era de ninguna forma un paradigma para la futura revolución proletaria. Cualquiera que fuese su admiración por la grandeza histórica y la energía revolucionaria de un Robespierre o de un Saint-Just, el jacobinismo es expresamente rechazado como modelo o fuente de inspiración de la praxis revolucionaria socialista. Ello aparece desde los primeros textos comunistas de 1844, que oponen la emancipación social a los callejones sin salida e ilusiones del voluntarismo político de los hombres del terror.

Pero es en el curso de los años 1848-1852, en los escritos sobre Francia, cuando Marx va a denunciar, con la mayor insistencia, la “superstición tradicional en 1793”, a los “pedantes de la vieja tradición de 1793”, las “ilusiones de los republicanos de la tradición de 1793”, y todos los que “quedan fascinados con el opio de los sentimientos y de las fórmulas patrióticas de 1793”. Razonamientos que le conducen a la célebre conclusión formulada en El Dieciocho Brumario: “La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino únicamente del futuro. No puede comenzar con ella misma antes de haber liquidado completamente toda superstición respecto al pasado”[19].

Esta es una afirmación muy discutible –la Comuna de 1793 ha inspirado a la de 1871 y ésta, a su vez, ha alimentado Octubre de 1917-, pero ella manifiesta la hostilidad de Marx a todo resurgimiento del jacobinismo en el movimiento proletario.

Ello no significa de ninguna forma que Marx no perciba, en el seno de la Revolución Francesa, los personajes, los grupos y los movimientos precursores del socialismo. En un pasaje muy conocido de La Santa Familia, analiza rápidamente a los principales precursores de esta tendencia: “El movimiento revolucionario que empezó en 1789 en el círculo social, que, en medio de su carrera, tuvo como principales representantes a Leclerc y Roux y acabó por sucumbir provisionalmente con la conspiración de Babeuf, había hecho germinar la idea comunista que el amigo de Babeuf, Buonarroti, reintrodujo en Francia después de la revolución de 1830. Esta idea, desarrollada consecuentemente, es la idea del nuevo estado del mundo”[20].

Curiosamente, Marx no parece interesarse más que en la idea comunista, y no presta mucha atención al movimiento social, a la lucha de clases en el interior del Tercer Estado. Por otra parte, no se ocupará más, en sus escritos posteriores, de esos “gérmenes comunistas” de la Revolución Francesa (con excepción de Babeuf) y no intentará nunca estudiar los enfrentamientos de clases entre burgueses y “brazos desnudos” en el curso de la revolución. En el viejo Engels (en 1889), se encuentran algunas referencias rápidas al conflicto entre la Comuna (Hébert, Chaumette) y el Comité de Salud Pública (Robespierre), pero no es cuestión de la corriente “rabiosa” representada por Jacques Roux[21].

Entre esas figuras de precursores, Babeuf es pues el único que parece realmente importante a los ojos de Marx y de Engels, que se refieren a él en varias ocasiones. Por ejemplo, en el artículo contra Heinzen (1847), Marx observa: “La primera aparición de un partido comunista realmente activo se encuentra en el marco de la revolución burguesa, en el momento en el que la monarquía constitucional es suprimida. Los republicanos más consecuentes, en Inglaterra los Niveladores, en Francia Babeuf, Buonarroti, son los primeros en proclamar estas cuestiones sociales. La conspiración de Babeuf, descrita por su amigo y compañero Buonarroti, muestra como estos republicanos han extraído del movimiento de la historia la idea de que eliminando la cuestión social de la monarquía o la república, todavía no se resolvía la menor cuestión social en el sentido del proletariado”.

Por otra parte, la frase, en el Manifiesto Comunista, que describe “los primeros intentos del proletariado para imponer directamente su propio poder de clase -intentos que han tenido lugar “en el período de derrocamiento de la sociedad feudal”- se refiere también a Babeuf [22] (explícitamente mencionado en este contexto). Este interés es comprensible, en la medida en que varias corrientes comunistas en la Francia de antes de 1848 estuvieron más o menos directamente inspiradas por el babuvismo. Pero la cuestión de los movimientos “sans-culottes” (populares) anti-burgueses –y más avanzados que los jacobinos- de los años 1793-1794 fue poco abordada por Marx (o Engels).

¿Una revolución permanente?

¿Se puede decir en estas condiciones que Marx percibió, en la Revolución Francesa, no solo la revolución burguesa sino también una dinámica de revolución permanente, en embrión de revolución “proletaria” que desbordaría el marco estrictamente burgués? Si y no…

Es cierto, como hemos visto más arriba, que Marx utiliza en 1843-1844 el término “revolución permanente” para designar la política del Terror. Daniel Guérin interpreta esta fórmula en el sentido de su propia interpretación de la Revolución Francesa: “Marx empleó la expresión de revolución permanente en relación con la Revolución Francesa. Mostró que el movimiento revolucionario de 1793 intentó (durante un momento) sobrepasar los límites de la revolución burguesa” [23].

Sin embargo, el sentido de la expresión de Marx (en La Cuestión Judía) no es del todo idéntico al que le atribuye Guérin: la “revolución permanente” no designa en ese momento a un movimiento social, semi-proletario, que intenta desarrollar la lucha de clases contra la burguesía -desbordando el poder jacobino-, sino una vana tentativa de la “vida política” (encarnada por los jacobinos) para emanciparse de la sociedad civil/burguesa y suprimir a ésta por la guillotina. La comparación que esboza Marx un año más tarde (La Santa Familia) entre Robespierre y Napoleón, atribuyendo a este último “realizar el Terror reemplazando la revolución permanente por la guerra permanente”, ilustra bien la distancia entre esta fórmula y la idea de un germen de revolución proletaria.

El otro ejemplo que da Guérin en el mismo parágrafo es un artículo de 1849 en el que Engels indica la “revolución permanente” como uno de los rasgos característicos del “glorioso año 1793”. Sin embargo, en ese artículo, Engels cita como ejemplo contemporáneo de esa “revolución permanente” el levantamiento nacional-popular húngaro de 1848 dirigido por Lajos Kossuth, “que era para su nación Danton y Carnot en una sola persona”. Es evidente que para Engels ese término era simplemente sinónimo de movilización revolucionaria del pueblo y no tenía de ninguna forma el sentido de una transcrecimiento socialista de la revolución[24].

Estas observaciones no tienen por objetivo criticar a Daniel Guérin, sino al contrario, a poner de relieve la profunda originalidad de su análisis: no ha desarrollado simplemente las indicaciones ya presentes en Marx y Engels, sino que ha formulado, utilizando el método marxista, una nueva interpretación, que pone en evidencia la dinámica “permanentista” del movimiento revolucionario de los “brazos desnudos” en 1793-1794.

Dicho esto no hay duda que la expresión “revolución permanente” está estrechamente asociada, en Marx (y Engels), a los recuerdos de la Revolución Francesa. Esta ligazón se sitúa a tres niveles:

-El origen inmediato de la fórmula remite probablemente al hecho de que los clubs revolucionarios se declaraban frecuentemente como asamblea “en permanencia”. Esta expresión aparece por otra parte en uno de los libros alemanes sobre la revolución que Marx había leído en 1843-1844[25].

-La expresión implica también la idea de un avance ininterrumpido de la revolución, de la monarquía a la constitucional, de la república girondina a la jacobina, etc.

-En el contexto de los artículos de 1843-1844, sugiere una tendencia de la revolución política (en su forma jacobina) a convertirse en un fin en si y a entrar en conflicto con la sociedad civil/burguesa.

En revancha, la idea de revolución permanente en sentido fuerte -el del marxismo revolucionario del siglo XX- aparece en Marx por primera vez en 1844, en relación con Alemania. En el artículo Contribuciones a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, constata la incapacidad de la burguesía alemana de cumplir su papel revolucionario: en el momento en que se pone en lucha contra la realeza y la nobleza, “el proletariado está ya comprometido en el combate contra el burgués. Apenas la clase media osa concebir, desde su punto de vista, el pensamiento de su emancipación, que ya la evolución de las condiciones sociales y el progreso de la teoría política declaran caducado ese punto de vista, o al menos problemático”.

Se deduce que en Alemania, “eso no es la revolución radical, la emancipación universalmente humana que es (…) un sueño utópico; es más bien la revolución parcial, la revolución puramente política, la revolución que deja subsistir los pilares de la casa”. En otros términos: “En Francia, la emancipación parcial es el fundamento de la emancipación universal. En Alemania, la emancipación universal es la condición sine qua non de toda emancipación parcial”[26].

Es pues en oposición al modelo “puramente político”, “parcial”, de la Revolución Francesa que se esboza, en un lenguaje todavía filosófico la idea de que la revolución socialista deberá, en algunos países, cumplir las tareas históricas de la revolución democrático-burguesa.

Es solo en marzo de 1850, en la circular a la Liga de los Comunistas, que Marx y Engels van a fusionar la expresión francesa con la idea alemana, la fórmula inspirada por la revolución de 1789-1794 con la perspectiva de un transcrecimiento proletario de la revolución democrática (alemana): “Mientras que los pequeño-burgueses democráticos quieren terminar rápidamente la revolución (…) es nuestro interés y nuestro deber de hacer la revolución permanente, hasta que todas las clases más o menos poseedoras hayan sido expulsadas del poder, que el proletariado haya conquistado el poder público en los principales países del mundo y concentrado en sus manos las fuerzas productivas decisivas”[27].

Es en este documento en el que la expresión “revolución permanente gana por primera vez el sentido que tendrá a continuación en el curso del siglo XX (especialmente en Trotski). En su nueva concepción, la fórmula guarda de su origen y del contexto histórico de la Revolución Francesa sobre todo el segundo aspecto citado: la idea de una progresión, de una radicalización y una profundización ininterrumpidas de la revolución. Se reencuentra también el aspecto de la confrontación con la sociedad civil/burguesa, pero contrariamente al aspecto jacobino de 1793 ella ya no es la obra terrorista (necesariamente destinada al fracaso) de la esfera política en tanto que tal -que intenta en vano atacar a la propiedad privada por la guillotina)- sino desde la misma sociedad civil, bajo la forma de revolución social (proletaria).

¿Qué legado?

¿Cuál es pues el legado de la Revolución Francesa para el marxismo del siglo XX? Como hemos visto, Marx pensaba que el proletariado socialista debía desembarazarse del pasado revolucionario del siglo XVIII. La tradición revolucionaria le parece un resultado esencialmente negativo: “La tradición de todas la generaciones muertas pesa como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos. E incluso cuando parecen ocupados en transformarse, ellos y las cosas, para crear alguna cosa completamente nueva, es precisamente en estas épocas de crisis revolucionarias que ellos llaman temerosamente a los espíritus del pasado para su rescate, que les prestan sus nombres, sus consignas, sus vestidos. (…) Las revoluciones anteriores tenían necesidad de reminiscencias históricas para disimularse a ellas mismas su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar a los muertos enterrar a sus muertos para realizar su propio objeto”[28].

Por supuesto, esta observación se sitúa en un contexto preciso, el de una polémica de Marx contra la “caricatura de Montagnede los años 1848-1852, pero presenta también un objetivo más general. Me parece que Marx tiene a la vez razón y se equivoca…

Tiene razón, en la medida en que los marxistas han querido a menudo inspirarse, en el curso del siglo XX, en el paradigma de la Revolución Francesa, con resultados bastante negativos. Es el caso, en primer lugar, del marxismo ruso, en sus dos grandes ramas:

Plejanov y los mencheviques -que creían que la burguesía democrática rusa iba a desempeñar en la lucha contra el zarismo el mismo papel revolucionario que la burguesía francesa desempeñó (según Marx) en la revolución de 1780. A partir de ese momento, el concepto de “burguesía revolucionariaentró en el vocabulario de los marxistas y se convirtió en un elemento clave en la elaboración de las estrategias políticas -ignorando la advertencia de Marx, en relación con Alemania (pero con indicaciones más generales): las clases burguesas que llegan demasiado tarde (es decir, que se encuentran ya amenazadas por el proletariado) no podrán tener una práctica revolucionaria consecuente.

Por supuesto, gracias al estalinismo el dogma de la burguesía democrático-revolucionaria (o nacional) y la idea de una repetición -en las nuevas condiciones- del paradigma de 1789 han sido componentes esenciales de la ideología del movimiento comunista en los países coloniales, semi-coloniales y dependientes, desde 1926, con nefastas consecuencias para las clases dominadas.

Lenin y los bolcheviques no tenían ilusiones sobre la burguesía liberal rusa, pero adoptaron, sobre todo antes de 1905, el jacobinismo como modelo político. De ahí resultaba una concepción frecuentemente autoritaria del partido, de la revolución y del poder revolucionario… Rosa Luxemburgo y León Trotski van a criticar –especialmente durante los años 1903-1905- ese paradigma jacobino, insistiendo sobre la diferencia esencial entre el espíritu, los métodos, las prácticas y las formas de organización marxistas y las de Robespierre y sus compañeros. Se puede considerar al Estado y la Revolución, de Lenin, como una superación de ese modelo jacobino.

Tratar a Stalin y a sus acólitos de herederos del jacobinismo sería demasiado injusto para los revolucionarios de 1793, y comparar el Terror del Comité de Salud Pública con el del GPU de los años 1930 es una absurdidad histórica evidente. En revancha, se puede observar la presencia de un elemento jacobino en un marxista tan sutil e innovador como Antonio Gramsci. Mientras que, en sus artículos de 1919 para Ordine Nuovo, proclamaba que el partido proletario no debe ser “un partido que se sirve de la masa para intentar una imitación heroica de los jacobinos franceses”,en sus Cuadernos de Prisión de los años 1930 se encuentra una visión bastante autoritaria del partido de vanguardia, presentado explícitamente como el heredero legítimo de la tradición de Maquiavelo y de los jacobinos[29].

A otro nivel me parece sin embargo que Marx se equivocaba al negar todo valor (para el combate socialista) a la tradición revolucionaria de 1789-1794. Su propio pensamiento es un excelente ejemplo de ello: la idea misma de revolución en sus escritos (y en los de Engels), como movimiento insurreccional de las clases dominadas que derroca un Estado opresor y un orden social injusto estuvo en muy amplia medida inspirada por esa tradición… De una forma más general, la gran Revolución Francesa forma parte de la memoria colectiva del pueblo trabajador -en Francia, en Europa y en el mundo entero- y constituye una de las fuentes vitales del pensamiento socialista, en todas sus variantes (comunismo y anarquismo incluidos). Contrariamente a lo que escribió Marx en El Dieciocho Brumario, sin “poesía del pasadono hay sueño de futuro…

En una cierta medida, el legado de la Revolución Francesa permanece, todavía hoy, vivo y actual, activo. Guarda alguna cosa de inacabada… Contiene una promesa todavía no realizada. Es el comienzo de un proceso que todavía no ha terminado. La mejor prueba la constituyen los intentos persistentes e insistentes de poner fin, una vez por todas, oficial y definitivamente, a la Revolución Francesa. Napoleón ha sido el primero en decretar, el Dieciocho Brumario, que la revolución había finalizado. Otros se han entregado, en el curso de los siglos, a este tipo de ejercicios, retomados hoy con un bello aplomo por François Furet. Sin embargo, ¿quién tendría en nuestros días la descabellada idea de declarar “terminada” la revolución inglesa de 1648? ¿O la revolución americana de 1788? ¿O la revolución de 1830? Si se obstinan de tal forma sobre la de 1789-1794 es porque es porque ella continúa manifestando sus efectos en el campo político y en la vida cultural, en el imaginario social y en las luchas ideológicas (en Francia y en otras partes).

¿Cuáles son los aspectos de este legado más dignos de interés? ¿Cuáles son los espíritus del pasado (Marx) que merecen ser evocados doscientos años después? ¿Cuáles son los elementos de la tradición revolucionaria de 1789-1794 que manifiestan más profundamente esa no finalización? Se podrían mencionar al menos cuatro, entre los más importantes:

1. La Revolución Francesa ha sido un momento privilegiado en la constitución del pueblo oprimido -la masa innumerable (Marx) de los explotados- como sujeto histórico, como actor de su propia liberación. En este sentido ella ha sido un paso gigantesco en lo que Ernst Bloch llama la “puesta en pie de la Humanidad” –un proceso histórico que todavía está lejos de finalizar… Por supuesto, se encuentran precedentes en los movimientos anteriores (la Guerra de los Campesinos del siglo XVI, la revolución inglesa del siglo XVII), pero ninguno alcanza la claridad, la fuerza política y moral, la vocación universal y osadía espiritual de la revolución de 1789-1794 -hasta esa época la más colosal (Marx) de todas ellas.

2. En el curso de la Revolución Francesa han aparecido movimientos sociales cuyas aspiraciones sobrepasaban los límites burgueses del proceso iniciado en 1789. Las principales fuerzas de ese movimiento –los brazos desnudos”, las mujeres republicanas, los rabiosos”, los Iguales y sus portavoces (Jacques Roux, Leclerc, etc.) han sido vencidas, aplastadas, guillotinadas. Su memoria -sistemáticamente borrada de la historia oficial- forma parte de la tradición de los oprimidos de la que hablaba Walter Benjamin, la tradición de los antepasados martirizados que alimenta el combate de hoy. Los trabajos de Daniel Guérin y Maurice Dommanget -dos marginales exteriores a la historiografía universitaria- han salvado del olvido a los “brazos desnudos” y los “rabiosos”, mientras que las investigaciones más recientes descubren poco a poco toda la riqueza de la “mitad escondida” del pueblo revolucionario: las mujeres.

3. La Revolución Francesa ha hecho germinar las ideas de un “nuevo estado del mundo”, las ideas comunistas (el “círculo social”, Babeuf, Sylvain Maréchal, François Bossel, etc.) y feministas (Olympe de Gouges, Théroigne de Méricourt). La explosión revolucionaria liberó sueños, imágenes de deseo y exigencias sociales radicales. En este sentido también es portadora de un futuro que permanece abierto e inacabado.

4. Los ideales de la Revolución Francesa -Libertad, Igualdad, Fraternidad, los Derechos del Hombre (especialmente en su versión de 1793), la soberanía del pueblo- contienen un “añadido utópico” (Ernst Bloch) que desborda el uso que ha hecho de los mismos la burguesía. Su realización efectiva exige la abolición del orden burgués. Como señala con fuerza visionaria Ernst Bloch,“libertad, igualdad, fraternidad, forman también parte de los compromisos que no fueron cumplidos, no están todavía resueltos, apagados”. Poseen “esa promesa y ese contenido utópico concreto de una promesa” que no será realizada más que por la revolución socialista y por la sociedad sin clases. En una palabra: “libertad, igualdad, fraternidad -la ortopedia tal como se ha intentado, de la marcha de pies, del orgullo humano- reenvía mucho más allá del horizonte burgués”[30].

Conclusión y moral de la Historia (con una H mayúscula): la Revolución Francesa de 1789-1794 solo ha sido un comienzo. El combate continúa.

Este texto ha sido publicado en la obra colectiva Permanence(s) de la Révolution, París, Éditions la Brèche, 1989. La transcripción y los antetítulos han sido realizados por el sitio Avanti4.be.

https://www.contretemps.eu/marx-revolution-francaise/


[1] K. Marx,”Die Deutsche Ideologie”, 1846, Berlin, Dietz Verlag, 1960, p. 92.

[2] K. Marx, “Die Heilige Familie”, 1845, Berlin, Dietz Verlag, 1953, p. 196.

[3] K. Marx, “La bourgeoisie et la contre-révolution”, 1848, en Marx et Engels,”Sur la Révolution française” (SRF), Messidor, 1985, p. 121. Además de ese compendio, preparado para las Editions Sociales por Claude Mainfroy, existe otro, que contiene únicamente los escritos de Marx (con una amplia introducción de F. Furet) reunidos por Lucien Calviez : “Marx et la Révolution française” (MRF), Flammarion, 1986. Los dos compendios son incompletos. Utilizo tanto el uno como el otro, y a veces el original alemán (especialmene para los textos que no figuran en ninguno de los compendios).

[4] K. Marx, “El Dieciocho Brumario”, citado en SRF, p. 148 ; – Id., “ La Guerrea Civil en Francia” (primero y segundo ensayo de redacción), citado en SRF, p. 187-192.

[5] F. Furet, “Marx et la Révolution française “, Flammarion, 1986, p. 81-84. Cf. p. 83 : ”Pero para afirmar la universalidad abstracta de la libertad, la Revolución ha debido proceder por una escisión entre sociedad civil y Estado, deduciendo, por así decir, lo político de lo social. Eso es su error, su fracaso, al mismo que el de las teorías del contrato, y especialmente de Rousseau.”

[6] K. Marx, “Introduction à la Contribution à la Critique de la Philosophie du Droit de Hegel”, 1944, NRF, p. 152.

[7] K. Marx, “ La bourgeoisie et la contre-révolution “, 1848, dans Marx et Engels, “ Sur la Révolution française” (SRF), Messidor, 1985, p. 123.

[8] K. Marx, “ Projet de Loi sur l’abrogation des charges féodales”, 1848, SRF, p. 107.

[9] K. Marx, “L’Idéologie allemande”, citado en NRF p. 187.

[10] K. Marx, “La critique moralisante et la morale critique (contre Karl Heinzen)”, NRF p. 207.

[11]K. Marx, “L’Idéologie allemande”, cité dans NRF p. 184 et 181.

[12] K. Marx, “La critique moralisante et la morale critique (contre Karl Heinzen”, SRF p. 90.

[13] K. Marx, “La Question Juive“, 1844, Oeuvres Philosophiques, Costes, 1934, p. 180-181. Volveré más abajo sobre el sentido que sería necesario atribuir en este contexto a la expresión “revolución en estado permanente”.

[14] K. Marx, “La Sainte-Famille”, 185, citado en NRF, p. 170-171.

[15] K. Marx, “Le Dix-Huit Brumaire de Louis Bonaparte”, 1852, citado en SRF p. 145-146.

[16] K. Marx, “La bourgeoisie et la contre-révolution”, 1848, en Marx y Engels, “Sur la Révolution française”, (SRF), Messidor, 1985, p. 121. Cf. también el artículo contra Karl Heinzen de 1847 : “Asestando violentos golpes de masa, el Terror no debía servir pues en Francia más que a hacer desaparecer del territorio francés, como por encanto, las ruinas feudales. A la burguesía timorata y conciliadora no le fue suficiente con varios decenios para cumplir esa tarea.” (SRF, p. 90).

[17] K. Marx et F. Engels, “Adresse de l’autorité centrale à la Ligue des Communistes”, marzo de 1850, citado en SRF, p. 137 et 138.

[18] Daniel Guérin, “La lutte de classes sous la Première République”, Gallimard, 1946, p. 12.

[19] Cf. SRF p. 103, 115,118; -NRF, p. 238,247.

[20] Citado en SRF p.62.

[21] Carta de Engels a Karl Kautsky, 20 de febrero de 1889, citado en SRF p. 245-246.

[22] K. Marx, ”La critique moralisante et la morale critique (contre Karl Heinzen)”, citado en SRF p. 91 y el pasaje del “Manifiesto” se encuentra en NRF p. 215.

[23] Daniel Guérin, “La lutte de classes sous la Première République”, Gallimard, 1946, p. 7.

[24] Ibid. Cf. Engels, “Der Magyarische Kampf”, Marx-Engels Werke, Dietz Verlag, Berlín 1961, Tomo 6, p. 166.

[25] Cf. W. Wachsmuth, “Geschichte Frankreichs im Revolutionalter”, Hamburgo, 1842, Vol. 2, p. 341 : “Von den Jakobineren ging die nachricht ein, dass sie in Permanenz erklärt hatten”.

[26] K. Marx, “Contribution à la Critique de la Philosophie du Droit de Hegel”, 1944, citado en NRF, p. 151-153.

[27] K. Marx et F. Engels, “Adresse de l’autorité centrale à la Ligue des Communistes”, marzo de 1850, “Karl Marx devant les jurés de Cologne “, Costes 1939, p. 238.

[28]K. Marx et F. Engels, “Adresse de l’autorité centrale à la Ligue des Communistes”, marzo de 1850, citado en SRF, p. 137 et 138.

[29]A. Gramsci, “Ordine Nuovo”, Einaudi, Turin, 1954, p. 139-140 ; – “Note sul Machiaveli, sul la politica e sul lo stato moderno” , Einaudi, Turin, 1955, p. 6 à 8, 18, 26.

[30] “Ernst Bloch,”Droit naturel et dignité humaine”, Payot, 1976, p. 178-179.

Karl Marx: Prólogo a la primera edición alemana de El Capital

El trabajo, cuyo primer tomo propongo al público, es la continuación de la Contribución a la crítica de la Economía política, publicada por mí en 1859. El largo intervalo transcurrido entre el comienzo y la continuación me ha sido impuesto por una enfermedad de muchos años que ha interrumpido la labor repetidas veces.

El contenido de la obra primitiva está resumido en el primer capítulo de este tomo. Y al hacerlo así, no se ha atendido solo a conseguir que sean más coherentes y completas las ideas, sino que se ha mejorado la exposición. En la medida en que la materia lo ha permitido, se han desarrollado aquí puntos que antes apenas se esbozaron, mientras que otros, ampliamente desarrollados allí, aquí simplemente se enuncian. Los capítulos sobre la historia de la teoría del valor y de la teoría del dinero, por supuesto, han sido omitidos del todo. En cambio, el lector del trabajo anterior encontrará en las notas del primer capítulo referencias a nuevas fuentes para el estudio de la historia de estas teorías.

El principio siempre es duro; esto vale para todas las ciencias. Por eso, la máxima dificultad la constituirá la comprensión del primer capítulo, en particular, los párrafos referentes al análisis de la mercancía. En cuanto a lo que toca especialmente al análisis de la sustancia del valor y de la magnitud del valor he procurado, en la medida de lo posible, exponerlo en forma popular. La forma valor, que llega a su pleno desarrollo en la forma dinero, es muy simple y de poco contenido. No obstante, la inteligencia humana se ha dedicado a investigarla durante más de 2.000 años, sin resultado, mientras que otras formas más complejas y de contenido mucho más rico han sido analizadas, por lo menos aproximadamente, con resultado positivo. Y esto, ¿por qué? Porque es más fácil de estudiar el cuerpo organizado que las células del cuerpo. Además, para analizar las formas económicas, no se puede utilizar ni el microscopio ni los reactivos químicos. La capacidad de abstracción ha de suplir a ambos. Ahora bien: para la sociedad burguesa, la forma mercancía del producto del trabajo o la forma valor de la mercancía son formas económicas celulares. A los espíritus poco cultivados les parece que analizar estas formas significa perderse en minucias. Se trata efectivamente de minucias, pero de minucias como las que son objeto de la anatomía microscópica.

Por eso, a excepción del capítulo sobre la forma valor, nadie podrá acusar a este libro de difícil o incomprensible. Me refiero, por supuesto, a lectores que traten de aprender algo nuevo y quieran, por tanto, pensar por sí mismos.

El físico, para observar los procesos naturales, o bien lo hace donde se presentan en forma más acusada y menos deformada por influencias perturbadoras, o bien, si puede, hace experimentos en condiciones que aseguren el desarrollo del proceso en su forma pura. Lo que me propongo investigar en esta obra es el modo de producción capitalista y las relaciones de producción y de cambio que le corresponden. El país clásico para ello es hasta ahora Inglaterra. De aquí el que haya tomado de él los principales hechos que sirven de ilustración a mis conclusiones teóricas. Si el lector alemán alza los hombros con gesto de fariseo ante la situación de los trabajadores industriales y agrícolas ingleses o si se tranquiliza con optimismo pensando que en Alemania las cosas no están, ni con mucho, tan mal, tendré que decirle: De te fabula narratur!

No se trata aquí del grado de desarrollo, más alto o más bajo, que alcanzan los antagonismos sociales engendrados por las leyes naturales de la producción capitalista. Se trata de las leyes mismas, de las tendencias mismas que actúan y se imponen con una necesidad férrea. El país industrialmente más desarrollado no hace más que mostrar al que es menos desarrollado el cuadro de su propio porvenir.

Pero aparte de esto: en los sitios donde la producción capitalista ha tomado por completo carta de naturaleza en nuestro país, por ejemplo, en las fábricas propiamente dichas, la situación es mucho peor que en Inglaterra, por faltar el contrapeso de la legislación fabril. En todas las esferas restantes, pesa sobre nosotros, como sobre los demás países continentales de la Europa Occidental, no sólo el desarrollo de la producción capitalista, sino su insuficiente desarrollo. Además de las miserias modernas, nos oprime toda una serie de miserias heredadas, procedentes del hecho de seguir vegetando entre nosotros formas de producción antiguas y ya caducas que acarrean un conjunto de relaciones sociales y políticas anacrónicas. No sufrimos sólo a causa de los vivos, sino a causa de los muertos. Le mort saisit le vif!

En comparación con la inglesa, la estadística social alemana y del resto de la Europa Occidental continental, es muy pobre. Sin embargo, levanta el velo lo bastante para dejar entrever la cabeza de Medusa. Nos horrorizaríamos de ver nuestra propia situación si nuestros gobiernos y parlamentos designasen periódicamente, como en Inglaterra, comisiones de investigación de las condiciones económicas; si estas comisiones estuviesen investidas de los mismos poderes que en Inglaterra para descubrir la verdad; si se pudiera encontrar, para cumplir esta misión, hombres tan expertos, imparciales y severos como los inspectores del trabajo de Inglaterra, como los médicos ingleses que informan sobre la Public Health, como los comisarios ingleses que investigan sobre la explotación de la mujer y del niño, sobre las condiciones de la vivienda y de la alimentación, etc. Perseo se cubría con un casco mágico para perseguir a los monstruos; nosotros nos colocamos este casco mágico sobre nuestros ojos y nuestros oídos para poder negar la existencia de los monstruos.

No hay que hacerse ilusiones. Del mismo modo que la guerra de la Independencia norteamericana del siglo XVIII fue el toque a rebato para la clase media europea, la guerra civil norteamericana del XIX lo ha sido para la clase obrera de Europa. En Inglaterra, el proceso revolucionario se ha hecho palpable. Cuando alcance un determinado nivel debe repercutir en el continente. Y allí revistirá formas más brutales o más humanas, a tono con el grado de desarrollo de la clase obrera misma. Abstracción hecha de móviles más elevados, sus más vitales intereses mandan a las clases hoy dominantes eliminar todos los obstáculos para el desarrollo de la clase obrera que pueden ser eliminados por la legislación. Esta es la razón por la cual yo me he extendido tanto en este tomo sobre la historia, el contenido y los resultados de la legislación fabril inglesa. Una nación debe y puede aprender de otra. Incluso en el caso en que una sociedad haya llegado a descubrir la pista de la ley natural que preside su movimiento —y la finalidad de esta obra es descubrir la ley económica que mueve la sociedad moderna— no puede saltar ni suprimir por decreto sus fases naturales del desarrollo. Pero puede acortar y hacer menos doloroso el parto.

Unas palabras para evitar posibles interpretaciones falsas. A los capitalistas y propietarios de tierra no los he pintado de color de rosa. Pero aquí se habla de las personas sólo como personificación de categorías económicas, como portadores de determinadas relaciones e intereses de clase. Mi punto de vista, que enfoca el desarrollo de la formación económica de la sociedad como un proceso histórico-natural, puede menos que ningún otro hacer responsable al individuo de unas relaciones de las cuales socialmente es producto, aunque subjetivamente pueda estar muy por encima de ellas.

En el terreno de la Economía política, la investigación científica libre se encuentra con más enemigos que en todos los demás campos. La particular naturaleza del material de que se ocupa levanta contra ella y lleva al campo de batalla las pasiones más violentas, más mezquinas y más odiosas que anidan en el pecho humano: las furias del interés privado. La alta Iglesia de Inglaterra, por ejemplo, perdona antes un ataque contra 38 de sus 39 artículos de fe que contra 1/39 de sus ingresos monetarios. Hoy en día, el mismo ateísmo es una culpa levis, comparado con la crítica de las tradicionales relaciones de propiedad. Sin embargo, aquí hay que reconocer la existencia de un paso adelante. Observemos, por ejemplo, el Libro Azul publicado en las últimas semanas con el título Correspondence with Her Majesty’s Missions Abroad, regarding Industrial Questions and Trades Unions. Los representantes de la corona de Inglaterra en el extranjero exponen aquí sin ambages que en Alemania, en Francia, en una palabra, en todos los países cultos del continente europeo es tan palpable y tan inevitable como en Inglaterra una transformación radical de las relaciones entre el capital y el trabajo. Al mismo tiempo, al otro lado del Atlántico, el señor Wade, vicepresidente de los Estados Unidos de Norteamérica, declaraba en mítines públicos que, abolida la esclavitud, se ha puesto sobre el tapete la transformación de las relaciones de propiedad sobre el capital y la tierra. Son éstos signos de la época, que no se dejan encubrir con mantos de púrpura ni con sotanas negras. No significan que mañana se vayan a producir milagros. Indican que en las mismas clases dominantes apunta ya el presentimiento de que la sociedad actual no es ningún cristal duro, sino un organismo susceptible de transformación y en transformación constante.

El segundo tomo de esta obra tratará del proceso de circulación del capital (libro II) y de los aspectos del proceso en su conjunto (libro III); y el tercero y último (libro IV), de la historia de la teoría.

Bienvenido sea todo juicio crítico científico. Contra los prejuicios de la llamada opinión pública, a la que nunca he hecho concesiones, tengo por divisa el lema del gran florentino:

Segui il tuo corso, e lascia dir le genti!

Karl Marx

Londres, 25 de julio de 1867

¿Una laguna en la obra de Marx o ignorancia del lector?

por Elmar Altvater//

El intercambio metabólico entre naturaleza y sociedad en un modo de producción basado en el valor.

En los 150 años transcurridos desde que se publicó por primera vez el Capital se han formulado tantos reproches contra Karl Marx y, en mayor medida todavía, contra su amigo y coautor Friedrich Engels, que casi es imposible enumerarlas. A diferencia de los economistas políticos que le precedieron, Marx fue supuestamente incapaz de explicar la formación de los precios. Es más, según sus críticos, la depauperación que predijo de la clase obrera no se ha producido y el capitalismo no se halla en proceso de colapso, sino que ha surgido triunfante de la competencia entre sistemas. También se acusa a Marx y Engels de haber allanado el camino, con sus escritos teóricos y políticos, a las atrocidades de Stalin, siendo por tanto autores intelectuales de los crímenes cometidos en la “edad de los extremos”.

Estas son duras acusaciones que todavía hoy sostienen no pocos periodistas. Claro que algunas de las lagunas que Marx sin duda dejó abiertas en su obra, parecen más bien responder a un prejuicio: Marx, y especialmente Engels, supuestamente no tenían respuesta alguna a las cuestiones ecológicas que constituyen nuestra principal preocupación en nuestros días. Se dice que no tuvieron en cuenta el hecho de que el valor no solo lo crea el trabajo, sino también la naturaleza; que, en su edificio teórico, la naturaleza ocupa menos espacio que el que se otorga a la sociedad y que la noción monoteísta de la dominación de la naturaleza por los humanos no se cuestiona críticamente. Sin embargo, un examen de los escritos conjuntos de Marx y Engels, especialmente del primer volumen del Capital, demuestra que los lectores han dejado manchas y huellas dactilares, es decir, rastros de su existencia ecológica. Es imposible leer a Marx sin tener en cuenta la ecología. Uno lee a Marx con la cabeza y, por consiguiente, con la razón, pero la experiencia también es táctil y uno gira las páginas con la yema de los dedos.

Supuestamente, Marx y Engels no tenían respuesta alguna a las cuestiones ecológicas que constituyen la principal preocupación en nuestros días. Sin embargo, un examen serio de sus escritos muestra los atisbos ecológicos contenidos en su obra.Un autor sin puntos ciegos en su obra es como un héroe sin tacha, un verdadero modelo de un santo o, en otras esferas, un pelmazo monumental. Por descontado, los lectores que viven 150 años después de la muerte del autor son, ante todo, más inteligentes, o al menos deberían serlo, por mucho que el autor se llame Karl Marx. Sin embargo, esta inteligencia normalmente solo alcanza para detectar predicciones incumplidas del autor y para señalar una u otra laguna en su razonamiento; y para anunciar tales descubrimientos a los cuatro vientos. Algunos lectores solo son capaces de combatir las teorías de Marx armados con viejos argumentos.

Al igual que otros muchos autores y autoras, no cabe duda de que Marx dejó muchos flancos abiertos. Estos puntos débiles deben contemplarse como un reto para el lector de consolidarlos con sus propios pensamientos y los argumentos resultantes. Esto requiere cierto esfuerzo, por mucho que las lagunas que dejó Marx encierren tanto potencial que podrían dar pie a muchos centenares de ideas. Pero nadie cultiva estas creaciones en una época en que el presidente de un falso país ordena incursiones aéreas muy reales y mortíferas a golpe de Twitter por debajo del umbral de reflexión, y cuando, de modo menos escandaloso, la crítica de ideas, incluso de teorías elaboradas para las que Marx aportó una base científica y muchos ejemplos, pasa a formar parte de un oportunismo promocional adaptado afirmativamente, o cuando algún periodista insensato de un periódico respetado se propone la misión imposible de descubrir errores.

Nos referimos a Marx del mismo modo en que nos referimos a otras mentes preclaras que han impartido conocimientos indispensables para responder a los enigmas irresueltos en nuestra labor actual. Ni siquiera podemos nombrar a todas ellas porque algunas se han convertido en una segunda naturaleza y parte del discurso cotidiano, hasta el punto de que nos extrañamos cuando alguien menciona la autoría de algún pensamiento o dicho familiar; por ejemplo, que los economistas son gente que sabe el precio de todo, pero el valor de nada. Esto lo dijo Oscar Wilde, quien a todas luces, como poeta, lo sabía mejor que el club de premios Nobel de economía que se reúnen regularmente en Lindau para reflexionar sobre sí mismos en plan narcisista.

Marx dijo que las monedas y el dinero en efectivo del “sistema monetario” era un invento “esencialmente católico”, mientras que “el sistema crediticio [era] esencialmente protestante”. Como prueba, añadió que esto ya lo ilustraba el hecho de que “los escoceses odian el oro” (El Capital, vol. III). Hoy sabemos que fueron sobre todo protestantes quienes crearon el sistema monetario del euro y protestantes los que están tratando de abolir el dinero en efectivo en Europa. Una lucha entre confesiones lidiada con medios monetarios. Y Marx lo anticipó porque conocía el vínculo indestructible que existe entre un modo de producción basado en el valor y sus construcciones culturales e ideológicas.

Con cada nueva lectura de El Capital, uno descubre algo nuevo. Pero esto solo sucede si uno aborda el texto con curiosidad y desde una perspectiva actual y no lo lee como una serie de mandamientos grabados en tablillas de piedra. Incluso 200 años después de que naciera Marx persiste el vano empeño de no querer ver el mundo bajo la misma luz, sino sumergirse en la penumbra de la propia falta de visión. Hay marxistas fundamentalistas que demonizan una relectura crítica de El Capital (como la de Mathias Greffrath, de 2017), aunque ahora son menos en número.

Supuestamente, Marx y Engels no tenían respuesta alguna a las cuestiones ecológicas que constituyen la principal preocupación en nuestros días. Sin embargo, un examen serio de sus escritos muestra los atisbos ecológicos contenidos en su obra.Es una tarea intelectual fundamental de la Ilustración –podríamos añadir que con el fin de mejorar a la humanidad– arrojar luz sobre todo el ámbito de la lucha de clases, la diversidad de conflictos sociales y sus agentes, sus orígenes, sus dinámicas y formas de desarrollo y sus consecuencias deseadas y efectos secundarios no deseados. Esta diversidad es actualmente diferente de lo que fue durante la Revolución Rusa en 1917, o un siglo antes, cuando nació Marx en Tréveris en 1818, o en 1867, cuando Marx entregó en mano el manuscrito de El Capital a su editor de Hamburgo, Otto Meissner.

Se suponía que no era un mero manuscrito de un libro, sino “el más terrible misil que se ha lanzado hasta ahora a la cabeza de la burguesía”, como escribió Marx a Johann Philipp Becker el 7 de abril de 1867, poco después de volver de Hamburgo. Un escrito teórico, sumamente complejo y no fácilmente accesible a todos y todas que se convirtió en un proyectil en la lucha de clases. La prueba de la praxis indaga en su calidad para el trabajo teórico, para formular una estrategia y también para desarrollar tácticas en el ejercicio político de generar movimiento(s) social(es) y político(s). Todo el complejo de la sociedad burguesa, su economía y su ecología, pasa a estar en el punto de mira. Marx destaca entre los economistas como el único que, en las categorías que examina, considera y descodifica analíticamente “el contexto dialéctico general” de la materia y el valor, el material y la forma, el valor de uso y el valor de cambio, el trabajo concreto y abstracto, la naturaleza y la sociedad, la estructura social y la acción individual y colectiva, y por tanto de la teoría y la práctica.

El contexto general del “modo de producción basado en el valor” determina el enfoque analítico, la forma y el alcance de la crítica. Es holístico, más completo que los enfoques analíticos de otras ciencias sociales y “escuelas” de economía teóricas, que de este modo presentan más lagunas que los enfoques teóricos de la obra de Marx y Engels. Por esta razón, Marx es el único economista (sí, el único) en cuyo sistema de categorías pueden analizarse y debatirse adecuadamente los problemas ecológicos de la sociedad capitalista. ¿Es esta una afirmación arrogante y por tanto descarada y boba? Es posible, pero hay buenos argumentos que avalan esta línea de razonamiento.

Antes del comienzo de la era industrial impulsada por los combustibles fósiles también había teorías económicas, por lo que la historia del dogma se remonta hasta tiempos bíblicos. Sin embargo, únicamente desde que el hombre comenzó a utilizar los combustibles fósiles de modo sistemático los trabajadores han sido capaces de emplear instrumentos para alterar la naturaleza que, por un lado, permiten aumentar la productividad del trabajo y la “riqueza de las naciones” hasta niveles antes inasequibles, pero que, por otro, también conducen a la destrucción de la naturaleza. El metabolismo de la reproducción capitalista abarca tanto el consumo como la excreción, es decir, la creación de material natural, aunque su composición no siempre puede ser tolerada por el hombre o la naturaleza. La crisis medioambiental comienza y los efectos que tiene este cambio en las condiciones de vida de la gente los describe Engels en su obra de 1844 titulada La situación de la clase obrera en Inglaterra.

La posibilidad del crecimiento proporciona el ímpetu para los esfuerzos tanto científicos como empíricos para investigar sistemáticamente los orígenes de esta nueva riqueza. ¿Proviene del comercio practicado en el mercado o del trabajo realizado en el proceso de producción? Son preguntas que se puede plantear cualquier hada buena, pero a las que no puede dar una respuesta satisfactoria. Cuando el hada no llega, ha de intervenir la ciencia. Toma forma una nueva disciplina, al comienzo, por supuesto, dentro del canon científico tradicional. Por eso no es extraño que los enciclopedistas prerrevolucionarios de la Francia del siglo XVIII creyeran que las respuestas a las cuestiones económicas se hallaban en la doctrina moral. En este punto, los neoliberales modernos solo pueden negar con la cabeza. En todo caso, nació la economía política. Empecemos por tanto con un breve repaso de las escuelas de pensamiento económico más influyentes que ha conocido el mundo desde el siglo XVIII.

1) Los economistas clásicos entendían que el valor económico lo crea el trabajo y que el factor clave es el excedente, es decir, la plusvalía. También identificaban la diferencia entre material y valor, pero no llegaron a reconocer su forma social específica. Para ellos, el capitalismo y la economía de mercado eran la ultima ratiodel orden económico y natural. La diferencia entre el excedente en las sociedades precapitalistas y la plusvalía en la sociedad capitalista dejó de ser un tema, tanto como la posibilidad de una sociedad poscapitalista o la cuestión candente en que se ha convertido hoy el medio ambiente.

No obstante, los “economistas clásicos” habían reconocido que la economía era política y que tenía algo que ver con “sentimientos morales” y la ética, al tiempo que también tenía que ser analíticamente fuerte e influir normativamente en el orden de la comunidad. Por consiguiente, la economía política era –al menos al comienzo de la época burguesa– un programa autoconsciente para diseñar lo que Leibniz consideraba el mejor de los mundos posibles. Para los intereses de la burguesía (la clase capitalista ascendente), la economía política clásica era una ciencia partidista. Todavía no estaba afectada por los conflictos en torno a los juicios de valor desatados en el siglo XX.

2) La idea presuntuosa y realmente loca de la mejor sociedad posible ya fue ridiculizada a comienzos del siglo XVIII por Bernard Mandeville (1703) en su poema satírico La fábula de las abejas y por Voltaire en su novela Cándido, dirigida contra Leibniz. Claro que el escarnio y la burla no eran una “crítica de la economía política”, sobre la que Marx estaba trabajando desde la década de 1840. La economía política que surgió primero como ciencia de la mano de la burguesía no se desarrolló hasta convertirse en una crítica de la economía política, sino que siguió el principio más cómodo de separar todo lo que era económico de los contextos sociales y políticos, así como de los conflictos, presiones de legitimización, tradiciones y costumbres. Esto encaja en el paisaje de lo que hoy es la economía de mercado capitalista prevaleciente.

La economía se convirtió en la ciencia de una economía de mercado descontextualizada, que pasó a ser objeto de la investigación de Karl Polanyi (1978). La economía dejó de considerarse economía política, tal como la habían concebido los economistas clásicos; contemplaba las normas moralmente justificadas a la defensiva y con escepticismo y estaba muy lejos de una crítica de la economía política materialista y dialéctica. La palabra “economía”, que remitía a su sustancia materialista, y por tanto social y natural, también quedó suprimida y fue sustituida por economics (ciencia económica). A lo largo de esta historia de descontextualización, en cuyo transcurso desapareció toda noción de sociedad, política, cultura y naturaleza del concepto de ciencia económica, también cayó en desgracia la crítica de los discursos económicos, quedando después fuera de los planes de estudio universitarios: desterrados, cómo no, del contexto social que todavía encerraba el término “economía”. El triste estado de las facultades de ciencias económicas actuales tiene por tanto una historia igual de deprimente.

Supuestamente, Marx y Engels no tenían respuesta alguna a las cuestiones ecológicas que constituyen la principal preocupación en nuestros días. Sin embargo, un examen serio de sus escritos muestra los atisbos ecológicos contenidos en su obra.Los economistas neoclásicos del siglo XIX, y especialmente sus seguidores neoliberales del siglo XX, no se interesaban por tanto más que por el aspecto monetario de los procesos económicos y no perdían el tiempo estudiando el origen, la forma y el contenido del dinero, que ellos son los únicos capaces de emplear para debatir sobre cuestiones económicas. Por tanto, cuando despotrican sobre el capital natural, no son capaces de reconocer problemas ecológicos y comentarlos racionalmente. Las notificaciones de los bancos centrales que han establecido ellos mismos sobre la masa monetaria (que, de acuerdo con una gracia del sumo sacerdote neoliberal, Milton Friedman, ha sido lanzada desde un helicóptero, ganándose por tanto el nombre de dinero helicóptero M1, M2, M3, etc.) son suficientes para ellos.

Desde su punto de vista, el valor creado por el trabajo, así como la economía material de la materia y la energía, carecen de importancia. Tampoco les interesa el proceso de producción previo al funcionamiento del mercado ni el proceso de vertido de residuos, aguas residuales y gases de escape en el medio natural del planeta Tierra, una vez fabricados y consumidos los productos. Lo único que importa es que todo tenga su precio, que los economistas pueden entonces calcular. La naturaleza solo interesa como capital natural; y los seres humanos, como capital humano.

Este es el nadir de la inteligencia económica que el Comité Nobel ha celebrado con incontables premios. El mismo economista admite que esto es inhumano, en su mayor parte, sin entender qué está diciendo: cuando él (solo en unos pocos casos habría que decir “ella”) hilvana supuestos muy artificiales en modelos matemáticos o asume la racionalidad del homo oeconomicus. Esto siempre es instrumental y por tanto ha de excluir del cálculo todo lo que no aparece en el radar del “hombre económico” o del “inversor”. Por tanto, queda exento de toda responsabilidad por el daño medioambiental causado por el afán de lucro que nutre las decisiones de inversión. “Los costes sociales y el quebranto medioambiental… pueden considerarse la principal contradicción dentro del sistema de empresa lucrativa”, escribe K. William Kapp, uno de los pocos economistas que han abordado la cuestión de las consecuencias medioambientales de la acumulación de capital privado.

En la teoría económica neoclásica, con su capital privado desbocado, el afán de acumulación y el recorte de los bienes comunes y de la regulación estatal, la externalización es un principio estructural, indispensable en la economía capitalista moderna. Los intentos de internalizar los “costes sociales”, por consiguiente, solo pueden materializarse si se pone en tela de juicio la racionalidad de la sociedad capitalista, es decir, si se cambia de sociedad. La externalización es por tanto una expresión (que los economistas no captan) de la descontextualización de la economía de mercado con respecto a la sociedad y la naturaleza, cosa que Marx criticaba, calificándola de fetichismo. Esto inhibe la comprensión que la ocupación del planeta con fines de valorización capitalista (habitualmente comercial), llamada “externalización”, es nada menos que la digestión de la naturaleza en el tracto metabólico insaciable y glotón de la economía y la sociedad.

3) Fue en la política económica keynesiana que siguió a la gran crisis económica global de la década de 1930 cuando se redescubrió el espacio y el tiempo, y por tanto categorías de la naturaleza, como elementos significativos para los economistas. Sin embargo, la comprensión fue extremadamente limitada, puesto que la principal preocupación consistía en detectar inestabilidades económicas que surgían a resultas de la incertidumbre de decisiones de inversión que tendrían efecto en el futuro. Una decisión se adopta en el presente sobre la base de certezas dadas que provienen de periodos que ya pertenecen al pasado. Las expectativas, en cambio, se basan en ingresos futuros. Por tanto, las inversiones siempre conllevan necesariamente un riesgo y pueden fracasar, pues el futuro es desconocido y las cosas pueden evolucionar de un modo muy diferente de lo previsto por la entidad económica que ha tomado la decisión. Esta entidad compara tipos de interés externos e internos, interés de mercado que puede regularse dentro de ciertos límites por parte del banco central, con la tasa de beneficio, que depende de la productividad y los costes laborales. Sin embargo, las decisiones se basan en cálculos privados, centrados en el beneficio.

4) A diferencia de la economía clásica, de la economía neoclásica o del keynesianismo y sus variantes, en la economía termodinámica la materia, la energía y sus transformaciones, es decir, las condiciones ecológicas de la producción, el consumo y la circulación, son categorías centrales. La economía termodinámica fue la respuesta que dan los economistas que están descontentos con las escuelas de pensamiento neoliberales y neoclásicas que olvidan la naturaleza. También respondía a la teoría de Marx, aunque sobre la base de una interpretación terriblemente truncada del análisis marxiano del modo de producción basado en el valor (y no, desde luego, en la materia).

Actualmente, la economía termodinámica o bioeconomía suele mencionarse en relación con el matemático y economista rumano Nicholas Goergescu-Roegen y su obra principal del año 1971. Las transformaciones materiales y energéticas tienen una importancia fundamental para el análisis económico y no deben excluirse del mismo, puesto que todas las transacciones económicas tienen lugar en el espacio y en el tiempo y una ciencia económica que no tenga en cuenta el tiempo físico y el espacio físico sería por tanto absurda, pues excluiría la posibilidad de comprender el carácter entrópico de todas las transformaciones económicas de la materia y la energía.

Con el tiempo aumenta la entropía, es decir, una vez utilizada, la energía no puede reutilizarse (algo parecido ocurre con el material). Disminuye la calidad del rendimiento del trabajo. Esto lo señala la economía termodinámica, que, en contraste con la economía neoclásica, permite discutir debidamente la externalización de los costes sociales generados en la economía privada, como se ha mencionado más arriba. Sin embargo, en la economía termodinámica se deja de lado el análisis de las formas sociales de la actividad económica. Ni siquiera entran dentro de su campo visual. Tampoco se reconoce suficientemente el significado de los agentes capitalistas que están detrás de las actuales transformaciones –desastrosas para el medio ambiente– de la materia y la energía ni cómo influyen en la ecología y la política medioambiental. Una vez más, el papel central de la categoría de la naturaleza dual del trabajo y su producto, la mercancía, se presenta como “pivote” de la economía política.

5) La economía política ha sido unilateral desde el comienzo. O bien todo lo que importa es el dinero, o bien todo se centra en la materia y la energía. La forma social específica del uso de la materia y la energía en el modo de producción capitalista y las cuestiones de por qué el dinero se transforma en capital y por qué el modo de producción revoluciona entonces todos los modos de vida, no aparecen en el radar de los teóricos de la economía de ninguna de las dos vertientes. Esta unilateralidad no se suprime de ninguna manera cuando se diversifica declarándola “economía plural” y se acentúa cuando se utilizan múltiples nombres, como economía plural, economía de los comunes, economía comunitaria y economía del poscrecimiento.

Así no se crea la ciencia que, desde Marx, se denomina “crítica de la economía política” y que nosotros, junto con Engels, podemos llamar “la ciencia del conjunto dialécticamente relacionado” o bien, como diríamos hoy, un enfoque holístico acorde con la teoría del caos. El pluralismo es bueno, pero no basta para captar las contradicciones y crisis de la dinámica social de las economías capitalistas y la “web of life” (Jason Moore) que regulan en el planeta Tierra. Hasta ahora, esta “red de vida” no se ha reconocido en toda su complejidad, y puede que no se pueda captar científicamente, y además comprende a muchos actores que todos desempeñan una función en el conflicto social y en las luchas de clases de la era ecológica. Hemos de reconocerlos lo antes posible para poder seguir siendo capaces de actuar. El espacio medioambiental de que disponemos no solo es limitado, como se ha constatado desde la década de 1990 con las conclusiones de los estudios sobre los límites del crecimiento. Quienes nos hallamos en la “esfera planetaria limitada” (por utilizar un término citado por Immanuel Kant) nos acercamos a los “límites planetarios” marcados por un grupo internacional de científicos encabezados por Johan Rockström en 2009. Ya hemos sobrepasado algunos de ellos. Estamos viviendo a salto de mata. La oferta es cada vez más escasa, pero la demanda sigue exigiendo a voz en grito, sobre todo por parte de los “great Americans”.

Las pruebas aportadas por los científicos, que no solo demuestran el carácter finito de los recursos, sino también el declive del planeta Tierra, a medida que este se convierte en un único gran vertedero o en un cementerio de residuos peligrosos, son tan obvias como aterradoras, máxime cuando se tienen en cuenta los agentes capitalistas analizados por Marx, y por tanto específicos de esta formación social: la producción de valor, que trata el trabajo, es decir, a los seres humanos, así como el mundo natural, sin ninguna consideración, y que debe imponerse cada vez en contra del interés capitalista de proteger a la naturaleza y a la humanidad. “¡Acumulad, acumulad! ¡Esto es Moisés y los profetas!” (Karl Marx, El Capital, Volumen 1): así se refiere Marx a la regla de oro del capitalismo. Hasta las normas de pureza más evidentes han de arrancarse al capital si esto restringe siquiera un poquito la creación de plusvalía a través del trabajo. El antagonismo existente entre materia y valor, trabajo asalariado y capital, naturaleza y sociedad, acumulación y crisis debe entenderse por tanto, sobre todo, como una contradicción económica y un conflicto social dentro del modo de producción capitalista antes de poder hablar razonablemente de economía del bien común, del poscrecimiento, etc. o de economía plural, que no quieren saber nada de las imposiciones del sistema.

En la economía neoliberal dominante, la situación es desesperada. Pero incluso la economía pluralista de la sostenibilidad cree en la reconciliación de los intereses del capital con el interés de la preservación de la naturaleza y los intereses de los trabajadores. Desde luego, los conflictos sociales no siempre se libren sobre el filo de un cuchillo; se producen negociaciones, los acuerdos son posibles e incluso perduran algún tiempo. Los Objetivos de Desarrollo Sosternible (ODS) ofrecen un rayo de esperanza y son una señal del surgimiento de un nuevo futuro de poscrecimiento sostenible.

Podemos ver algunas similitudes con los acontecimientos que tuvieron lugar durante los periodos de reformismo, cuando el movimiento obrero creía en la posibilidad de conciliar intereses de clase enfrentados. En los conflictos ecológicos también se están sentando las bases, de modo que las partes pueden avanzar algún día codo a codo hacia el acuerdo. Sin embargo, la manera en que puede lograrse la sostenibilidad socioecológica deseada y la forma que debería adoptar si no se pone coto al impulso acumulador del capital, es decir, si no se priva de poder a Moisés y los profetas, es un tema que todavía debe abordar la economía plural.

Marx y Engels escribieron en el Manifiesto Comunista que hasta ahora la historia ha sido una historia de lucha de clases. Este sigue siendo el caso. Sin embargo, en el futuro las luchas no solo se producirán en relación con los salarios, el rendimiento y la cantidad y calidad del empleo dentro de la sociedad capitalista existente, y/o con la conveniencia de cambiar este marco social, sino también en relación con las condiciones de vida y de trabajo en una sociedad en los límites de la capacidad del planeta. La organización de un imperialismo de saqueo, como el descrito por David Harvey (2005), o la externalización de cargas y la sobrecarga de la naturaleza a raíz de los cálculos racionales efectuados por “inversores”, descrita por Lessenich (2016), no son más que un vano intento desesperado de erigir una valla protectora que ya ha sido tumbada.

No hay otra opción que crear una sociedad económicamente eficiente y socialmente equilibrada, organizada democrática y ecológicamente de acuerdo con los principios de sostenibilidad. Muchos recibirán este mensaje con aprobación. Pero no proviene de la conciencia de las ventajas de una economía de poscrecimiento, porque esta no puede existir sin ir más allá del capitalismo. Como siempre ha ocurrido en la historia, es el resultado de las luchas de clases por un futuro digno de ser vivido, en el siglo XXI y más allá: esfuerzos políticos pragmáticos en pro de la configuración del conjunto dialéctico global con criterios de humanidad y ecología.

El Bosco y la agonía del feudalismo

por Allan Woods//

Poco se sabe de la vida del hombre que conocemos como El Bosco. Ni siquiera este nombre era el suyo, sino el seudónimo con el que firmaba sus obras. Su verdadero nombre era Jeroen Anthoniszoon van Aken, y nació hacia 1450 en la próspera ciudad comercial holandesa de Bolduque [‘s-Hertogenbosch, en holandés], cerca de la frontera alemana. Era una próspera ciudad de unos 25.000 habitantes y la producción de paños era su industria más importante. Pero también era conocida por sus organeros, campaneros, impresores, cuchilleros y herreros. Alrededor del 90 por ciento de la población vivía de la tierra.

El Bosco vivió durante el período que el historiador holandés Johan Huizinga ha llamado el ocaso de la Edad Media. Coincidió con el inicio de ese gran despertar cultural que llamamos el Renacimiento. La investigación y los descubrimientos científicos florecieron en una atmósfera de curiosidad intelectual. Bajo la superficie exterior de procesiones, peregrinajes y piedad, crecía un sentimiento de escepticismo hacia la Iglesia y surgían dudas sobre el orden divino de las cosas. La invención de la imprenta llevó la posibilidad de aprender a capas más amplias de la población.

Este fue un punto de inflexión importante en la historia. Fue un período en el que los cimientos del feudalismo estaban siendo erosionados por el capitalismo, como explicaron Marx y Engels:

“De los siervos de la gleba de la Edad Media surgieron los ‘villanos’ de las primeras ciudades; y estos villanos fueron el germen de donde brotaron los primeros elementos de la burguesía.

“El descubrimiento de América, la circunnavegación de África, abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía. El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición.

“El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. Los maestros de los gremios se vieron desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplantada por la división del trabajo dentro de cada taller”. (Marx y Engels, El Manifiesto Comunista, “I, Burgueses y proletarios”).

alt“Las tentaciones de San Antonio” de El BoscoLa prosperidad de Bolduque se derivó de la introducción de métodos capitalistas. En la Edad Media, todas las actividades artesanas estaban reguladas por los gremios. Ahora, sin embargo, los patrones introdujeron nuevos métodos de producción. Los que tuvieron éxito obtuvieron más beneficios que los maestros tradicionales de los diversos oficios y amasaron grandes fortunas. Los gobernantes aristocráticos de los Países Bajos se aliaron con la burguesía para repartirse los beneficios de los nuevos modos capitalistas de producción. Pero los gremios se resistieron a los cambios porque les amenazaban con la ruina. La lucha entre estos intereses contrapuestos a veces estuvo a punto de desembocar en guerra civil.

El Bosco sólo fue redescubierto en el siglo XX, tras casi tres siglos de olvido. Esto no es una casualidad. Las generaciones anteriores no podían entender este arte extraño. Este es el arte de un mundo en turbulencia, desgarrado por tendencias contradictorias –un mundo en el que la luz de la razón se había extinguido y donde las pasiones animales dominaban, un mundo de terror y violencia, una auténtica pesadilla–. En suma, un mundo como el nuestro.

Un período de transición

Detalle de montañas de “El Jardín de las Delicias”, de El BoscoAunque separada del mundo moderno por más de 500 años, la obra de El Bosco parece decirnos más que la mayoría del arte contemporáneo. Es más relevante para el mundo en el que vivimos. Este arte tiene una belleza extraña y fascinante, pero lo que no parece tener es lógica. Desafía la razón humana a cada paso, dándole vuelta a la realidad. Nos enfrentamos a imágenes tan increíbles, tan en contradicción con nuestra visión normal del mundo, que nos sentimos mareados. Aquí la expresión de Hegel nos golpea con toda su fuerza: “La razón se convierte en sinrazón”.

Extrañeza es la esencia misma de este arte. Es el reflejo de un mundo que ya no está en armonía consigo mismo, sino que está completamente fracturado. El terreno que pisamos ya no es firme. Lo sólido se convierte en líquido y viceversa. Las montañas de la parte central de El jardín de las deliciasparecen haberse transformado en plantas monstruosas que se abren con una maduración antinatural. Todo está transformándose en su contrario o, para citar las célebres palabras de Heráclito, “Todo es y no es, pues todo fluye”.

Estilísticamente, la obra de El Bosco no parece asemejarse ni al arte medieval ni al arte del Renacimiento. Aunque los elementos de ambos están presentes, el arte de El Bosco da la impresión de ser increíblemente moderno. Las imágenes son tan sorprendentes, incluso espeluznantes, las yuxtaposiciones tan contradictorias e inesperadas, que uno tendría que mirar al mundo del surrealismo para encontrar algo remotamente similar. De hecho, el carácter de pesadilla de estas imágenes impacta con mayor fuerza que los torsos torturados y los relojes blandos de Dalí.

A pesar de su carácter aparentemente anárquico e irracional, este arte es, en realidad, una fiel representación del mundo en el que El Bosco vivió. Este es el arte de un período de transición: la época de la decadencia del feudalismo y el surgimiento del capitalismo. Esta fue una época de grandes convulsiones y cambios. El orden feudal se encontraba en un estado de declive irreversible y la burguesía de las ciudades estaba desafiando el viejo orden y exigiendo sus derechos.

Cuando un determinado sistema socio-económico avanza, predomina un sentimiento general de confianza y optimismo. Nadie cuestiona el orden existente, su moral o sus ideales. Pero ahora el viejo mundo de la Edad Media, con sus firmes cimientos asentados sobre la fe religiosa, se estaba hundiendo. De repente, todo era confusión. El sistema de creencias religiosas que había dominado durante el milenio siguiente a la disolución del Imperio Romano estaba en crisis. En su lugar, un clima generalizado de escepticismo y cinismo comenzó a apoderarse de la sociedad. La agitación social generalizada encontró su reflejo en la duda universal.

Detalle de humanos transportando un pez de “El jardín de las delicias” de El BoscoEste es un mundo enloquecido, un mundo enfermo de muerte y no puede encontrar remedio para su mal. El tema omnipresente del panel central del gran tríptico de El Bosco El Jardín de las Delicias es, precisamente, una especie de repugnante putrefacción. Los peces gigantes son obviamente un símbolo fálico. El pecado (a menudo asociado con el sexo) se nos ofrece en la forma de fruta grotescamente grande y carnosa, especialmente fresas. Su misma madurez, que sufiere descomposición interna, es lo que repugna.

El final del siglo XV fue testigo de las últimas batallas sangrientas de la Guerra de los Cien Años y la primera embestida de los turcos. No es una casualidad que la media luna creciente turca sea una imagen recurrente en las pinturas de El Bosco. Las vidas de los hombres y las mujeres estaban continuamente amenazadas por la violencia y la muerte al azar. Millones perecieron durante la Peste Negra, y las guerras y disturbios civiles eran acontecimientos habituales. La descomposición social llevó a una epidemia de robo, pillaje y desorden generalizado.

El triunfo de la muerte” de Pieter Brueghel el ViejoCiudades como Bolduque estaban llenas de horcas, patíbulos y prisiones. En esta era de violencia azarosa y sin sentido la muerte era una fiel compañera. En todas las iglesias se veía su imagen sonriente. Y en el fondo de estas pinturas la muerte –representada por lo general en forma de un esqueleto– siempre está presente. Este mismo leitmotiv fue tomado por el único sucesor real de El Bosco, Pieter Brueghel el Viejo, en su cuadro El triunfo de la muerte.

La desintegración del feudalismo, acompañada por todo tipo de convulsiones –guerras, hambrunas y peste–, creó una subclase de gente empobrecida: campesinos sin tierra, prostitutas y mendigos, vendedores ambulantes y prestidigitadores, soldados licenciados y salteadores de caminos, capaces de degollarte por unos centavos. En Alemania, muchos de los nobles feudales se convirtieron en barones ladrones que se aprovechaban de los campesinos. Todos estos desechos sociales encuentran su reflejo en las pinturas de El Bosco.

La Peste Negra, que diezmó Europa en el siglo XIV, acabó con al menos un tercio de la población. La hambruna que siguió mató a muchos otros. El mundo resultante fue uno de oscuridad, caos y anarquía. La gente creía que la enfermedad estaba causada por los demonios y que la peste negra era un signo claro de la ira divina. Para la mente medieval, impregnada de misticismo religioso, fantasmas y superstición, parecía que el fin del mundo estaba cerca. Había una creencia popular de que éste se iniciaría en el año 1500. El infierno estaba a la vuelta de la esquina y, para la mayoría de la humanidad, no había ninguna posibilidad de redención.

¿El fin del mundo?

Estaba claro para todos que el viejo mundo se encontraba en estado de descomposición rápida e irremediable. Tendencias contradictorias desgarraban a hombres y mujeres. Sus creencias se vinieron abajo y estaban a la deriva en un mundo frío, inhumano, hostil e incomprensible. La sensación de que el fin del mundo está cerca es común a todos los períodos históricos en los que un sistema socioeconómico particular ha entrado en un declive irreversible. Peter S. Beagle escribe:

“Cuando nació El Bosco el orden existente se estaba desenmarañando. La seguridad brutal del feudalismo se basaba en un entendimiento general de que el sistema reflejaba y, de hecho, era una extensión del orden de las cosas en el cielo. Dios Padre, el Grand Seigneur, mantenía el mundo como un feudo, parcelando las tierras y los poderes entre sus grandes vasallos, los papas y emperadores y reyes quienes, a su vez, las subarrendaban […]”. (P. Beagle, El jardín de las delicias, p. 14.)

Ahora, de repente, todas esas certezas se derrumbaban. Era como si se le hubiera quitado al mundo el eje sobre el que giraba. El resultado fue un mundo de terribles turbulencias e incertidumbre. A mediados del siglo XV, el antiguo sistema de creencias empezó a desmoronarse. La gente ya no miraba a la Iglesia en busca de salvación, consuelo y sosiego. En su lugar, surgió la disensión religiosa en muchas formas diferentes, y sirvió como pretexto para una oposición social y política.

Hay muchos puntos de similitud entre el mundo de El Bosco y el nuestro, pero también hay un abismo entre ellos. Hoy en día, al menos en Occidente, la religión se encuentra en un estado semimoribundo. Pero a finales de la Edad Media la religión lo impregnaba todo. Por consiguiente, era natural que la política y la lucha de clases tuvieran una expresión religiosa. Lo único que podía hacer la vida un poco más soportable para la masa del pueblo era la esperanza del más allá.

Se suponía que la Santa Madre Iglesia ofrecía consuelo a los pobres y la esperanza de una vida mejor más allá de este pecaminoso valle de lágrimas. Pero incluso esto se veía corrompido y socavado, tal y como observamos en una de las mayores obras maestras de El Bosco. Este fue un período en el que los viejos ideales de pobreza que habían inspirado a los pioneros de la vida monástica no eran más que un recuerdo lejano. Los señores de la Iglesia rivalizaban y, con frecuencia, superaban a los reyes temporales en su lujoso estilo de vida y riqueza excepcional.

Esta es una realidad chocante que tuvo las consecuencias más graves para la gente. Porque si esta vida era tan terrible, el único consuelo era aferrarse a la esperanza de una vida mejor en el otro mundo. Una vez desaparecida esa creencia, sólo quedaba resignarse a la más oscura desesperación. La autoridad de la Iglesia se ponía cada vez más en tela de juicio. Como síntoma de la desintegración y de la inminente disolución del viejo orden, los hombres y las mujeres buscaban la salvación fuera de la Iglesia en todo tipo de movimientos supersticiosos y místicos, en muchos de los cuales creencias religiosas poco ortodoxas encubrían movimientos sociales peligrosos y subversivos.

Este fue el período en el que muchos hombres salían a los caminos, descalzos y vestidos con harapos penitenciales, azotándose hasta sangrar. Las sectas flagelantes aguardaban el fin del mundo, que ansiosamente esperaban que llegara en cualquier momento. Al final, lo que ocurrió no fue el fin del mundo, sino sólo el fin del feudalismo, y lo que llegó no fue el nuevo Milenio, sino sólo el sistema capitalista. Pero no podemos esperar que entonces pudieran comprender esto.

El declive de la sociedad feudal y el surgimiento del capitalismo produjeron un fermento de ideas y una crisis de fe que se manifestaron en el aumento de corrientes de oposición como las de Lollards y John Wycliffe en Inglaterra y los husitas en Bohemia. Este es un mundo al borde de una revolución social y religiosa. El viejo orden se muestra corrupto y podrido hasta la médula. Estaba tambaleándose, en espera de su derrocamiento. No merece sobrevivir.

El espíritu de estas pinturas es el mismo espíritu que impulsó a los flagelantes a echarse a los caminos. Están impregnadas del espectro de la fatalidad. El espectáculo de las sectas flagelantes arrastrando su paso por villas y ciudades, con horribles gritos de “¡arrepentíos!”, interrumpidos por alaridos y gemidos cuando el látigo penetraba en la carne desgarrada de sus espaldas ensangrentadas, era un signo de los tiempos. En su célebre libro El otoño de la Edad Media, Johan Huizinga escribió:

“Un sentimiento general de calamidad inminente se cierne sobre todos. El peligro perpetuo prevalece por doquier […] El sentimiento de inseguridad general que fue causado por el carácter crónico que las guerras solían tener, por la amenaza constante de clases peligrosas, por la desconfianza en la justicia, se veía agravado por la obsesión de la llegada del fin del mundo y por el temor al infierno, a los hechiceros y a los demonios […] Por todas partes arden las llamas del odio y reina la injusticia. Satanás cubre una tierra lúgubre con sus alas sombrías”.

La promesa de salvación y vida eterna existe en teoría, pero en la realidad, el panorama general del período es de profunda oscuridad. Este sentimiento pesimista se refleja en la poesía de la época, como en los siguientes versos del francés Deschamps, que comparan el mundo con un viejo senil en un estado de decrepitud avanzada:

“Or est laches, chetis et moltz,
Vieux, convoiteux et mal parlant;
Je ne voy que foles et folz…
La fin s’approche, en verité …
Tout va mal”.

(“Ahora el mundo es cobarde, podrido y débil, viejo, codicioso, confuso del habla; veo sólo hombres y mujeres tontos… En verdad, se acerca el fin… Todo va mal”.)

El carro de heno o el poder del dinero

“El carro de heno”, de El Bosco

Bajo el feudalismo el poder económico se expresaba en la propiedad de la tierra. El dinero jugaba un papel secundario. Pero el auge del comercio y de la manufactura, y de las relaciones incipientes de mercado que los acompañaron, hicieron del dinero un poder cada vez mayor. Ahora tenemos, por un lado, una riqueza extravagante y, por el otro, a las masas llevando una vida miserable, dolorosa, brutal y corta. La vida del campesino bajo el feudalismo era dura en extremo, incluso en condiciones normales. Pero las condiciones en la última etapa del feudalismo estaban lejos de ser normales.

El surgimiento del capitalismo –especialmente en los Países Bajos, donde emergió antes que en ningún otro país a excepción de Italia– fue acompañado por nuevas actitudes, que poco a poco se solidificaron en una nueva moralidad y nuevas creencias religiosas. La Liga Hanseática, con más de un centenar de ciudades comerciales, controlaba el comercio de Inglaterra a Rusia. Se estaban forjando grandes fortunas. Surgieron poderosas familias de banqueros, como los Fuggers, que desafiaban el poder de los reyes. Surgió un nuevo poder, un poder que estaba desintegrando el tejido de la vieja sociedad y socavaba sus valores: el poder del dinero.

Por todas partes era palpable un nuevo espíritu: el espíritu del materialismo y del mercantilismo. El arte mismo poco a poco se convirtió en una mercancía. Si el artista tenía éxito, podía adquirir riqueza y gloria. Pero la mayoría no eran más que trabajadores del arte o, en el mejor de los casos, artesanos.

En su gran tríptico, El carro de heno (c.1485-90, Museo del Prado, Madrid) El Bosco muestra un mundo gobernado por la codicia y la violencia: aquí toda la humanidad está corriendo tras el carro de heno. Un carro cargado de heno, como se muestra en la pintura de El Bosco, habría sido un espectáculo familiar para la gente del siglo XV, como símbolo de víveres almacenados para el invierno y, por lo tanto, también símbolo de la prosperidad. Pero aquí el heno simboliza el poder de la riqueza y el dinero. Trae a la memoria el viejo proverbio holandés: “De werelt is een hooiberg; elk plukt ervan wat hij kan krijgen”. (El mundo es una pila de heno y todo el mundo agarra lo que puede.) Toda la humanidad está subyugada al carro de heno, tirado por siete demonios que lo arrastran hacia los llamas del infierno, en el lado derecho.

Detalle de “El carro de heno”El primer plano de la pintura es caótico. Todo el mundo está luchando para obtener un poco de “heno”. Un hombre corta la garganta a otro para conseguir su oro. La gente está dispuesta a matar o a ser atropellada por el carro para hacerse con dinero. Las mujeres ofrecen sus cuerpos por él. Los jueces venden su honor por él. A la derecha, una gran variedad de extrañas criaturas demoníacas del inframundo tiran del vagón. Una de estas criaturas es una mezcla de hombre y pez; otra es un ave en parte, y una tercera es un hombre encapuchado con ramas naciéndole de la espalda.

Detalle de “El carro de heno”Cerca, se puede ver gente saliendo por una puerta de madera en un montículo de tierra. El carro de heno va acompañado de hombres y mujeres que tratan de agarrar un puñado de heno; se pelean y caen bajo sus ruedas. En el primer plano del cuadro vemos a dos monjas llenando un saco de heno para provecho de un monje gordo, que es representado bebiendo tranquilamente el vino sacramental mientras supervisa el saqueo de su rebaño. La implicación no es sólo que la Iglesia esquilmaba al pueblo, sino que también alude a las relaciones sexuales ilícitas entre monjas y monjes. Este era un punto de vista mantenido universalmente en aquel momento, y no sin una buena razón. Hubo muchos escándalos atribuidos a la Iglesia; los fieles se sentían abandonados.

Detalle de “El carro de heno”La iglesia figuraba entre los mayores terratenientes de la época. Los monjes y los sacerdotes, aunque hacían votos de castidad y la pobreza, prestaban mayor atención a sus propias comodidades materiales que a vivir una vida piadosa. Una gran parte de la riqueza de la Iglesia se obtenía con la venta de indulgencias: trozos de papel que, por un módico precio, prometían al comprador librarle del purgatorio. Hans Dietz, famoso vendedor ambulante de indulgencias, fanfarroneaba de que las almas escapaban del infierno cuando las monedas tintineaban en su bolsa. La actitud de El Bosco con la Iglesia se expresa en la presencia de monjas y monjes participando con entusiasmo en la persecución del carro de heno.

Las únicas figuras del cuadro que parecen fríos y distantes son los ricos de la tierra: a la izquierda, un emperador, un rey y un papa cabalgan detrás de la carreta a una distancia respetable, incongruentemente proporcionando escolta a un carro cargado de hierba seca. Sin embargo, su indiferencia es engañosa. La única razón por la que no están corriendo detrás de la carreta es porque ya poseen más que suficiente “heno”, pero, en realidad, también son sus esclavos fieles y obedientes, avanzando inexorablemente hacia el Día del Juicio Final.

El rostro del mal

En Alemania el arte gótico tardío comenzó a reflejar el nuevo espíritu de la Italia renacentista. Pero mientras que el arte italiano está preñado de luz y sol, el arte alemán de estos tiempos es oscuro, su tema sombrío, y su estilo, grotesco. Este arte está suspendido entre dos mundos. Tiene un carácter transitorio porque es hijo de una época de transición entre feudalismo y capitalismo.

El retablo de Isenheim de Matthias Grünewald El retablo de Isenheim de Matthias Grünewald El retablo de Isenheim está pintado por el artista alemán Matthias Grünewald en 1506-1515. Aquí se representa la crucifixión de una manera brutal y sádica. No hay consuelo, no hay sentido de redención ni de vida después de la muerte, sino una negrura absoluta. Los demonios presentes representan el triunfo del mal. Es el arte de una época de miedo y ansiedad. Penetra los lugares más oscuros de la psicología colectiva en unos tiempos problemáticos, cuando las oscuras fuerzas del mal asediaban por doquier a hombres y mujeres.

En su cuadro La coronación de espinas, también conocido como Los improperios, El Bosco describe a los hombres como malvados, sus caras contorsionadas con expresiones inhumanas. La autoridad se expresa a través de la figura de Poncio Pilatos, quien se muestra como un repulsivo cínico e hipócrita. El único rostro humano es el del propio Cristo, quien pronto será martirizado. La visión de la humanidad parece ser de nuevo negativa: la de un mundo convulsionado y en ruinas, de una humanidad más allá de la salvación.

“Cristo con la cruz a cuestas” de El BoscoEn su obra Cristo con la cruz a cuestas, que puede verse en el Museo de Bellas Artes de Gante, contemplamos la figura de Cristo, solitario y agotado, rodeado de hombres con rostros bestiales y monstruosos. Son los rostros de hombres tan corruptos que han perdido todo sentimiento o condición humana. Sin embargo, si observamos más de cerca, comprendemos que tal conclusión es demasiado radical. El Bosco no reflexiona aquí sobre la humanidad en general, sino sobre un grupo social específico. No son los rostros de los pobres, sino de mercaderes, caballeros y otras autoridades, incluyendo un monstruoso monje dominico.

Mientras que a los pecadores que sufren el tormento del infierno El Bosco los representa con cierta compasión distante, para estos otros muestra su odio sin reparos. Aquí también podemos encontrar una lección para nuestros tiempos. El Bosco pintaba en una época en la que los valores bursátiles y el dinero eran un fenómeno reciente que había surgido recientemente como una fuerza social. En la actualidad, hablamos de hombres que “valen” millones de dólares sin siquiera pararnos a pensar en lo que decimos: que la gente se ha transformado en meras mercancías, en cosas a la venta.

En la defensa de su poder, riqueza y privilegios, los ricos y poderosos son capaces de mostrarse espantosamente crueles y feroces. Las caras deshumanizadas del Cristo con la cruz a cuestas son los rostros de la avaricia, de un voraz e incontrolado apetito y de la corrupción del espíritu humano. Son los rostros de los ricos y poderosos de la tierra, no como les gustaría presentarse, sino tal y como son. El Bosco les arranca sin piedad su máscara sonriente, mostrándonos el animal salvaje que se oculta tras ella.

Por supuesto, aquéllos que ostentan posiciones de poder les gusta verse bajo una luz distinta, como los benefactores de la humanidad, los “creadores de empleo”, los “capitanes de la industria” y cosas por el estilo. Los pintores de retratos aduladores nos los muestran bajo la luz más favorable. El carro de heno es la clave de todo esto. Es un producto de la llamada economía de mercado que corrompe el mundo, robándole su humanidad.

El jardín de las delicias

“El jardín de las delicias”

El Museo del Prado alberga la obra maestra de El Bosco, El jardín de las delicias. La tragedia de la existencia humana se expresa aquí en un espectacular tour de force. La obra entera es una loca explosión de color y movimiento que casi te hace dar vueltas la cabeza. Hay tal cantidad de detalles, tan sorprendentes imágenes y yuxtaposiciones que es imposible absorberlo todo de una vez. Pero al concentrarnos en cada uno de los detalles nos maravillamos de su riqueza conceptual.

En El jardín de las delicias nos enfrentamos a un tema recurrente en la obra de El Bosco: la tentación. Por sí mismo, esto es tanto una contradicción como una manifestación de tensiones antagónicas y conflictivas. La fruta prohibida (el placer sexual primigenio, o los pecados de la carne) es representada como una fruta y como una bella mujer desnuda –la más deseable de todas las frutas prohibidas–. La misma imaginería puede apreciarse en Las tentaciones de San Antonio. Examinándolo más de cerca, vemos que lo que El Bosco pinta no son las delicias terrenales, sino los tormentos del infierno.

La pintura es un tríptico (como El carro de heno), es decir, se divide en tres partes. Es una alegoría en un estilo típicamente medieval. Cuenta una historia. Mejor dicho, cuenta la historia de la Caída en Desgracia del hombre. De izquierda a derecha, comienza con el jardín del Edén. Pero incluso en este paraíso, las semillas del mal ya están presentes. Vemos monstruos: un pez con manos y la cabeza de un pato que agarra un libro mientras emerge de una cavidad. Entre tanto, un león ha matado a su presa y está a punto de devorarla. La forma grotesca de la fuente de la vida en el centro de la pintura está coronada por una media luna, la marca del Diablo, asociada al Islam y al turco.

Detalle de Más siniestro aún es la lechuza que mira fijamente desde un agujero en la base de la fuente. Mientras que para los antiguos atenienses la lechuza era un pájaro asociado a Atenea, la diosa de la sabiduría (de ahí el dicho “listo como una lechuza”), en la Edad Media esta ave nocturna era asociada, por su siniestro alarido, al mal. La lechuza reaparece constantemente en muchos de los trabajos de El Bosco.

Detalle de El panel central presenta un amplio panorama de la vida: figuras desnudas, animales fantásticos, frutas descomunales a punto de reventar e híbridas formaciones rocosas. Las fresas gigantes que los hombres intentan catar de manera desesperada son un símbolo de la tentación en su forma más obvia: el sexo. El enorme pez que aparece por todos sitios es un símbolo fálico. En el primer panel, dos figuras humanas (Adán y Eva) son más grandes que los animales y de una escala similar a la de Jesús (Dios), pero en éste las dimensiones son diferentes.

Detalle de El panel central contiene muchas aves que se mezclan con los humanos e incluso les proporcionan frutas (prohibidas). Aquí tenemos un golpe de genialidad que nos acerca al surrealismo. En la vida cotidiana las aves son consideradas generalmente como inocuas. Nos atraen con sus plumajes coloridos y cantos melodiosos. Sin embargo, estas aves son una presencia siniestra y amenazante. Tienen un tamaño exagerado y son mucho más grandes que los seres humanos. Con sus ojos mirando distraídamente y con sus poderosos picos afilados, parecen amenazar a los seres humanos desnudos e indefensos que están a su alrededor.

En El jardín de las delicias el peligro acecha a cada paso. El Bosco nos advierte de la fugacidad de los placeres terrenales. El gusto dulce de la fruta suculenta pronto desaparece. Toda la humanidad avanza en una única dirección, que se muestra en el panel derecho. Aquí encontramos un auténtico paisaje infernal que describe con gran detalle los tormentos de los condenados.

Detalle de Los condenados son castigados de acuerdo a sus pecados. Los glotones son condenados a vomitar eternamente o a ser purgados por el diablo, quien tiene una cabeza de pájaro. Un hombre (posiblemente un músico en vida) tiene el cuerpo atravesado por las cuerdas de un arpa, mientras otro tiene una flauta insertada en el ano. Hay una increíble variedad de demonios y monstruos de todo tipo, todos de la materia con la que se hacen las pesadillas.

Detalle de Sin embargo, el más terrorífico e inquietante de todos los monstruos del infierno es el Hombre Árbol, quien se sitúa en el centro de la pintura. Su torso hueco, sostenido por un par de troncos putrefactos, es atravesado por ramas que salen de su propio cuerpo. El hombre árbol proyecta hacia afuera, más allá del espectador, su expresión extraña y melancólica, sugiriendo que podría ser un autorretrato del propio Bosco, quien contempla con aflicción el espectáculo de una humanidad condenada.

Contradicciones

Estas extraordinarias pinturas muestran un contraste extremo entre luz y oscuridad, aunque, al final, la oscuridad siempre resulte triunfante. En ellas se dan cita todas las pesadillas de la Edad Media. El azufre y los fuegos del infierno; la condenación eterna y la oscuridad; el llanto y el crujir de dientes.

Al contemplar los cuadros de El Bosco nos asalta una poderosa sensación de contradicción. No sólo vemos este agonizante conflicto de tendencias incompatibles, sino que lo sentimos, lo tocamos, lo oímos y lo olemos. Las imágenes son tan vívidas que pareciera que saltaran del lienzo para agarrarnos por el cuello. Con frecuencia nos sugiere temas del arte surrealista, también producto de un contexto histórico similar, donde subyacen las mismas contradicciones, que son presentadas con descarnada yuxtaposición.

El Bosco pintó el periodo en el que vivió, reflejándolo como un espejo. El infierno sobre la tierra. Pero para la mayoría de los hombres y las mujeres del siglo XV la tierra ya era un infierno. Su obra está preñada de una enorme profundidad. Como todo Arte con mayúsculas, no permanece en la superficie, sino que penetra las partes más recónditas de la psicología humana, trayendo a la luz sus más secretos sueños y pesadillas. El arte aquí imita la vida.

En un mundo en el que muchos no tenían qué comer, vemos vergonzosas escenas de gula. Las mismas exageradas diferencias entre riqueza y pobreza, desigualdad e injusticia que existen en nuestros días. Incapaz de remediar en la práctica estas desigualdades, El Bosco las castiga en sus cuadros. El sufrimiento de los condenados corresponde certeramente a la naturaleza de sus pecados: libidinosas y altivas mujeres hacen el amor con sapos y lagartos que cuelgan de sus partes íntimas; una muestra de esa misoginia esencial en la visión cristiana del mundo por la que el Pecado Original es atribuible a Eva, madre universal. Los músicos son martirizados por sus propios instrumentos, convertidos en útiles de tortura, etc.

La inspiración artística para estas imágenes hunde sus raíces en el pasado medieval, aunque parezca sorprendentemente moderno. Se encuentra en las grotescas figuras de demonios y pecadores que adornan los muros exteriores de las iglesias –gárgolas, etc.–. Ésta era realmente la parte más viva de aquél viejo arte. Pero hasta entonces había asumido un papel secundario, mientras que en la obra de El Bosco pasa a primer plano y cobra una vida propia.

Reforma y contrarreforma

La muerte finalmente alcanzó al Bosco en 1516 en Bolduque, su ciudad natal. Un año después un joven monje llamado Martín Lutero caminó con paso decidido hasta la iglesia de Wittenberg y clavó en la puerta sus 95 tesis. La revuelta burguesa contra el feudalismo encontró su primera expresión, inevitablemente, en la protesta religiosa. En el fondo, la religión protestante expresaba la perspectiva y los intereses de la burguesía. El viejo orden feudal encontró su más fanática abanderada en la católica España.

Mesa de los pecados capitalesMesa de los pecados capitalesToda Europa se encontraba a las puertas de un periodo de revolución y contrarrevolución bajo la forma de guerras religiosas. Estaba a punto de adentrarse en un Baile de Muerte que duró tres décadas. Las llamas que ardían en la atormentada visión del infierno de El Bosco, devastaban ahora las ciudades de Holanda, Alemania y Bohemia. En ningún lugar se luchó con mayor crueldad en las guerras religiosas que en la patria de El Bosco, donde la primera revolución burguesa del mundo se manifestó en la forma de una guerra de independencia de los Países Bajos contra España.

Los más diabólicos tormentos descritos por El Bosco se asemejaban a los que la Inquisición Española, en nombre de la religión, infligía sobre hombres y mujeres indefensos. Después de que el siniestro Duque de Alba hubiera ahogado en sangre y fuego la primera revuelta protestante de los Países Bajos, muchos de los cuadros más famosos de El Bosco fueron llevados a España. Felipe II, fanáticamente católico y líder de la cruzada antiprotestante, era un entusiasta de El Bosco. Compró o confiscó todas las obras que pudo; y las guardó en su palacio de El Escorial, esa extraña mezcla de monasterio y centro de poder imperial.

El Bosco había colocado un cuadro suyo que representaba el motivo de los Sietes Pecados Capitales en su dormitorio, donde permaneció hasta su muerte. La siguiente inscripción avisa crípticamente: “Cuidado, Dios ve”. Pero es dudoso que Felipe II viera algo. No entendió ni al Bosco ni sus cuadros, que expresan una feroz denuncia de la Iglesia Católica y de sus prácticas, como esa pieza inolvidable en la que una cerda luce la toca de una monja, mientras exige que un hombre firme un documento –posiblemente donando sus bienes mundanos a la iglesia–. Estas obras contienen un retrato desnudo de la decadencia moral y de la podredumbre interna de la Iglesia.

El jardín de las delicias (Detalle) El jardín de las delicias (Detalle) Por alguna extraña razón, los líderes de la contrarreforma, como fray José de Sigüenza, consejero espiritual de Felipe II, aprobaban entusiastamente la obra de El Bosco. De hecho, no hay ni una sola pintura de El Bosco en la que un monje o una monja sean presentados favorablemente. Si El Bosco señalaba el camino de algo, este algo era el derrocamiento de la Iglesia, no su defensa. Se podría incluso decir que Martín Lutero dio una expresión coherente a las ideas que El Bosco expresaba incoherentemente a través de su arte. En ese sentido, el arte presagia la historia.

Algunos expertos han sugerido incluso que El Bosco era miembro de una de las numerosas sectas heréticas y disidentes que surgieron como hongos tras la tormenta. Wilhelm Fraenger intentó demostrar que era miembro de una secta religiosa disidente –los adamitas–. Los adamitas se referían unos a otros como “hermanos” y “hermanas”, y las mujeres ostentaban posiciones de importancia. Festejaban el árbol y las delicias del paraíso. Y rezaban juntos desnudos, como Adán y Eva antes de la Caída. Ésta era una idea revolucionaria, preñada de igualitarismo. Fraenger afirma que las pinturas de El Bosco se basan en rituales adamitas. Sin embargo, otros escritores lo han rebatido, y no hay ninguna prueba real de que fuera así.

Entonces y ahora

Podemos entender al Bosco como al último pintor de la Edad Media. Al referirse al arte de ese periodo, Walter Bosin escribió: “La moribunda edad media resplandeció con gran brillo antes de morir para siempre” (El Bosco: entre el cielo e el infierno.) Pero este arte no nos resulta medieval. Nos habla alto y claro. Su estilo y su técnica son increíblemente modernos. Esto es debido a su mensaje interior. Es arte que tiene algo que decir. Mira la realidad a la cara, sin miedo, y nos pide que pronunciemos nuestro juicio sobre ella ¡Qué contraste con las estériles irrelevancias del arte de hoy en día!

El Bosco pintó en un tiempo en el que el capitalismo estaba en sus primeros comienzos. Su época heroica aún pertenecía al futuro, fuera del campo de visión de El Bosco. Todo lo que podía ver eran los síntomas de una sociedad en fase de declive terminal. Cuando quiera que un sistema socioeconómico dado ha agotado su potencial, vemos los mismo síntomas: crisis económicas, guerras y conflictos internos, decadencia moral y una crisis de ideas, que se reflejan en una pérdida de fe en la antigua moral y religión, acompañada por un incremento de tendencias místicas e irracionales, un sentimiento general de pesimismo, falta de confianza en el futuro y la decadencia del arte y la cultura.

Estos son los rasgos que uno esperaría encontrar en una sociedad que ha agotado su carácter progresista y que es incapaz de desarrollar las fuerzas productivas tal y como había hecho en el pasado. En todos los casos, existe un sentimiento de que “el fin del mundo se está acercando”. En la antigua Roma esta creencia encontró su expresión en la religión cristiana, que predicaba que el mundo estaba a punto de acabar en llamas de un día para otro. En el periodo de decadencia del feudalismo, las sectas flagelantes marchaban por las ciudades y los pueblos prediciendo el fin del mundo. En ambos casos, lo que se acercaba no era el fin del mundo, sino la muerte de un sistema socioeconómico concreto (el esclavismo y el feudalismo).

Ahora, cuando la primera década del siglo XXI ha tocado a su fin, está claro que es el capitalismo el que ha entrado en una fase de declive terminal.

El mundo de El Bosco tenía muchas cosas en común con el nuestro. El mundo al comienzo del siglo XXI es un mundo de turbulencia, violencia y caos. Es el mundo del 11 de Septiembre y de la ruina de Irak y Afganistán. Vivimos en un mundo arruinado por las guerras. El hambre y la miseria conviven con la riqueza y la ostentación más obscenas.

La enfermedad del sistema se manifiesta en todos los niveles. Seis siglos después, El carro del heno aún sigue rodando, aplastando hombres y mujeres bajo sus pesadas ruedas. La alienación capitalista y el fetichismo de las mercancías han ocupado tal espacio en nuestras psicologías que ni siquiera somos conscientes de ello. Se necesitaría un artista de la talla de El Bosco para que estos prejuicios profundamente ocultos aflorasen a nuestra conciencia.

Nunca en la historia el gobierno del dinero había estado tan arraigado como en nuestra época. La gente se ve degradada al nivel de objetos y las cosas inanimadas adquieren características humanas. En el proceso la humanidad de devalúa, se empobrece, es aniquilada. Esos rostros crueles e inhumanos, crispados por la avaricia, que aparecen en las obras de El Bosco hoy se encuentran en los parqués de las bolsas del mundo, esos enormes casinos en los que convulsos movimientos del mercado deciden la suerte de millones de hombres y mujeres.

Las pesadillas de El Bosco no están tan lejos de las condiciones de nuestra propia época, salvo que, en vez de en pinturas, podemos ver esas mismas espantosas imágenes todas las noches en las pantallas de nuestros televisores. Aún así, nada de esto encuentra expresión en nuestro arte contemporáneo. Cuatro millones de hombres, mujeres y niños son masacrados en una guerra civil en el Congo y lo mejor que nuestros artistas británicos pueden ofrecernos es una cama deshecha.

¿Por qué la gente está siempre mirando hacia atrás, admirando con nostalgia el gran arte del pasado? Porque el arte actual no tiene nada significativo que decir. Pablo Picasso pintó su obra maestra, Guernica, en respuesta a la guerra civil española. Goya pintó sus Desastres de la guerra como comentario y sentencia sobre los horrores de su propia época. Pero hoy en día, incluso los tiburones han de presentársenos muertos y conservados en formol.

El propio arte ha sido esterilizado y embalsamado en una urna de cristal. Por primera vez en siglos el arte no tiene nada que decirnos sobre el mundo en que vivimos. Se ha convertido en la propiedad de un minúsculo grupo de especuladores y estetas totalmente alejados de la realidad y de la vida. Si el arte muestra indiferencia acerca de los problemas y las vidas de la gente, no es sorprendente entonces que la gente se muestre totalmente indiferente con el arte.

Nuestra época necesita de su propio Bosco para que le ponga un espejo frente a la cara y la muestre tal cual es. Esos artistas deben estar en algún lugar, pero sus voces no se oyen, ahogadas por el ruidoso carnaval especulativo que domina el arte, al igual que domina el resto de nuestra sociedad. Tarde o temprano la autentica voz del arte, sincera y valiente, se hará oír, y la humanidad se enriquecerá al oírla.

Londres, 23 de diciembre de 2010

 
 

La relevancia contemporánea de Marx

por Claudio Katz//

Marx recupera interés. Su clarificación del funcionamiento del capitalismo contrasta con las simplificaciones neoclásicas y las ingenuidades heterodoxas. Indicó la lógica de la plusvalía que subyace en la agresión neoliberal y el tipo de superexplotación que prevalece en el trabajo precario. Esclareció el origen de la desigualdad y el sentido actual del beneficio.

El Capital permite refutar la identificación de la revolución digital con el desempleo. Cuestiona las explicaciones de la crisis por desaciertos gubernamentales o carencias de regulaciones. Remarca tensiones intrínsecas en la esfera del consumo y la rentabilidad.

Marx subrayó los determinantes productivos de las convulsiones financieras. Sugirió las conexiones de la mundialización con los patrones nacionales de acumulación. Anticipó las polarizaciones que generan subdesarrollo en la periferia y los enlaces del antiimperialismo con estrategias socialistas.

También conceptualizó la combinación de ilusiones y temor que propaga la ideología burguesa. Su proyecto igualitario resurge junto a nuevas síntesis de la acción política con la elaboración teórica.

Este artículo será publicado en 2018 en la revista Sociología histórica (http://revistas.um.es/sh), dentro de un número monográfico sobre el 150 aniversario de la publicación del Libro I de El capital.

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La conmemoración del 150 aniversario de El Capital ha renovado el debate sobre las contribuciones legadas por Marx a la comprensión de la sociedad actual. El texto continúa suscitando apasionadas adhesiones y fanáticos rechazos, pero ya no ejerce la enorme influencia que tuvo en los años 60 y 70. Tampoco padece el olvido que acompañó al desplome de la Unión Soviética. Ningún investigador de peso ignora actualmente el significado del libro y las relecturas traspasan la academia e influyen sobre numerosos pensadores.

El interés por Marx se verifica entre los economistas que resaltan su anticipación de la mundialización. Otros descubren una precoz interpretación de la degradación del medio ambiente y vinculan la ausencia de soluciones al desastre ecológico, con la crisis civilizatoria que previó el teórico germano.

Su obra es retomada con mayor frecuencia para caracterizar la etapa neoliberal. Varios autores indagan las semejanzas de ese esquema con el “capitalismo puro” y desregulado que prevalecía en la época de Marx.

En un período de privatizaciones, apertura comercial y flexibilización laboral se transparentan rasgos del sistema que permanecieron ocultos durante la fase keynesiana. Los diagnósticos del pensador alemán recuperan nitidez en el siglo XXI.

La gran crisis que estalló en el 2008 reubicó a El Capital en un lugar preponderante de la literatura económica. Ese desplome financiero no sólo desembocó en una impactante recesión. Precipitó además una expansión inédita del gasto público para socorrer a los bancos.

Marx recobra importancia en este escenario de agudos desequilibrios capitalistas. Por esta razón sus explicaciones del funcionamiento y la crisis del sistema son revisadas con gran atención.

Algunos analistas igualmente estiman que sus respuestas han perdido actualidad al cabo de 150 años. Es evidente que el régimen vigente es muy distinto al imperante en el período que conoció el escritor alemán. El registro de estas diferencias contribuye a evitar búsquedas dogmáticas de lo “ya dicho por Marx” sobre acontecimientos que lo sucedieron.

Pero conviene también recordar que el estudioso germano investigó el mismo modo de producción que opera en la actualidad. Ese régimen continúa regulado por las mismas leyes y sujeto a los mismos principios. Todas las denominaciones que ocultan esa persistencia (economía a secas, mercado, modernidad, pos-industrialismo) obstruyen la comprensión del capitalismo de nuestra era.

La obra de Marx mantendrá su interés mientras subsista una estructura económico-social gobernada por la competencia, el beneficio y la explotación. ¿Pero cuáles son los señalamientos más pertinentes de su teoría para clarificar el modelo neoliberal actual?

Refutaciones fallidas

Marx captó la especificidad del capitalismo corrigiendo las inconsistencias de sus antecesores de la economía política clásica. Mantuvo la indagación totalizadora de la economía que encararon Smith y Ricardo superando las ingenuidades de la “mano invisible”. Al descubrir las obstrucciones que afronta el capitalismo revolucionó el estudio de ese modo de producción.

El autor de El Capital comprendió que esas tensiones son inherentes al sistema. Destacó que los desequilibrios no provienen del comportamiento o la irracionalidad de los individuos, ni obedecen a la inadecuación de las instituciones.

Marx postuló que el capitalismo está corroído por contradicciones singulares y distintas a las prevalecientes en regímenes anteriores. Esa comprensión le permitió transformar las críticas intuitivas en una impugnación coherente del capitalismo.

La ortodoxia neoclásica intentó refutar sus cuestionamientos con burdos panegíricos del sistema. Concibió insostenibles fantasías de mercados perfectos, consumidores racionales y efectos benévolos de la inversión. Recurrió a un cúmulo de mitos inverosímiles que contrastan con las aproximaciones realistas asumidas por Marx.

Los precursores del neoliberalismo no lograron desmentir el carácter intrínseco de los desequilibrios capitalistas. Ensayaron una presentación forzada de esas tensiones como resultado de injerencias estatales, sin explicar por qué razón el propio sistema recrea tantos desajustes.

Los criterios neoclásicos de maximización -complementados con las sofisticadas formalizaciones para seleccionar alternativas- ignoran la lógica general de la economía. Reducen la indagación de esa disciplina a un simple adiestramiento en ejercicios de optimización.

El predicamento actual de ese enfoque no proviene por lo tanto de su solidez teórica. Es apuntalado por las clases dominantes para propagar justificaciones de los atropellos a los asalariados. Instrumentan esas agresiones alegando exigencias naturales de la economía. Subrayan, por ejemplo, la imposibilidad de satisfacer los reclamos populares por restricciones derivadas de la escasez. Pero omiten el carácter relativo de esas limitaciones presentándolas como datos atemporales o invariables.

La hostilidad de los neoclásicos hacia Marx contrasta con el reconocimiento exhibido por el grueso de la heterodoxia. Algunos autores de esa vertiente han buscado incluso la integración de la economía marxista a un campo común de opositores a la teoría neoclásica. Esa pretensión ilustra áreas de afinidad, pero olvida que la concepción forjada a partir de El Capital conforma un cuerpo contrapuesto a la herencia de Keynes.

La principal diferencia entre ambas visiones radica en la valoración del capitalismo. La heterodoxia acepta el carácter conflictivo del sistema, pero considera que esas tensiones pueden resolverse mediante una adecuada acción estatal.

Marx postuló, en cambio, que esa intervención sólo pospone (y finalmente agrava) los desequilibrios que pretende resolver. Con ese señalamiento colocó los cimientos de una tesis de gran actualidad: la imposibilidad de forjar modelos de capitalismo humano, redistributivo o regulado. Este planteo ordena todo el pensamiento marxista contemporáneo.

Plusvalia y superexplotados

Marx formuló observaciones sustanciales para entender el deterioro actual del salario. El modelo neoliberal ha generalizado esa retracción al intensificar la competencia internacional. La apertura comercial, la presión por menores costos y el imperio de la competitividad son utilizados para achatar los ingresos populares en todos los países. Los patrones recurren a un chantaje de relocalización de plantas -o a desplazamientos efectivos de la industria a Oriente- para abaratar la fuerza de trabajo.

Ese atropello obedece a las crecientes tasas de explotación que exige la acumulación. Marx esclareció la lógica de esta presión al distinguir el trabajo de la fuerza de trabajo, al separar las labores necesarias de las excedentes y al registrar qué porción de la jornada laboral remunera efectivamente el dueño de la empresa.

Con esa exposición ilustró cómo opera la apropiación patronal del trabajo ajeno. Señaló que esa confiscación queda enmascarada por la novedosa coerción económica que impera bajo el capitalismo. A diferencia del esclavo o el vasallo el asalariado es formalmente libre, pero está sometido a las reglas de supervivencia que imponen sus opresores.

Marx fundamentó este análisis en su descubrimiento de la plusvalía. Demostró que la explotación es una necesidad del sistema. Pero también remarcó que la caída del salario es un proceso periódico y variable. Destacó que depende de procesos objetivos (productividades, base demográfica), coyunturales (ciclo de prosperidad o recesión) y subjetivos (intensidad y desenlace de la lucha de clases).

Esta caracterización permite entender que el trasfondo del atropello neoliberal en curso es una generalizada compulsión capitalista a elevar la tasa de plusvalía. Indica también que la intensidad y el alcance de esta agresión están determinados por las condiciones económicas, sociales y políticas vigentes en cada país.

La teoría del salario de Marx se ubica en las antípodas de las falacias neoclásicas de retribución al esfuerzo del trabajador. También rechaza la ingenuidad heterodoxa de mejoras invariablemente acordes a la redistribución del ingreso.

Pero es un enfoque alejado de cualquier postulado de “miseria creciente”. El teórico alemán nunca pronosticó el inexorable empobrecimiento de todos los asalariados bajo el capitalismo. La significativa mejora del nivel de vida popular durante la posguerra corroboró esas prevenciones.

En la etapa neoliberal el salario vuelve a caer por la necesidad cíclica que afronta el capitalismo de acrecentar la tasa de plusvalía, mediante recortes a las remuneraciones de los trabajadores.

Marx postuló además un segundo tipo de caracterizaciones referidas a los desocupados de su época, que tiene especial interés para la actual comprensión de la exclusión. Este flagelo obedece presiones de la acumulación semejantes a las estudiadas por el pensador germano, en su evaluación de situaciones de pauperización absoluta.

El intelectual europeo quedó muy impactado por las terribles consecuencias del desempleo estructural. Ilustró con estremecedoras denuncias las condiciones inhumanas de supervivencia afrontadas por los empobrecidos. Esos retratos vuelven a cobrar actualidad en los escenarios de pérdida definitiva del empleo y consiguiente degradación social. Lo que Marx indagó en su descripción del “leprosario de la clase obrera”, reaparece hoy en el drama de los sectores agobiados por la tragedia de la subsistencia.

El neoliberalismo ha extendido la pauperización a gran parte de los trabajadores informales o flexibilizados. Esos segmentos soportan no sólo situaciones de sujeción laboral extrema, taylorización o descalificación, sino también remuneraciones del salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo.

En las últimas décadas ese tormento no impera sólo en la periferia. La precarización se ha extendido a todos los rincones del planeta y se verifica en los centros. El nivel de los salarios continúa difiriendo en forma significativa entre los distintos países, pero la explotación redoblada se verifica en numerosas regiones. Es un padecimiento agudo en el centro y dramático en la periferia. Lo que Marx observaba en los desocupados de su época golpea también en la actualidad a gran parte de los precarizados de todas las latitudes.

Desigualdad y acumulación

Las ideas que expuso el autor de El Capital permiten interpretar la explosión de desigualdad que recientemente midió Piketty. Los datos son escalofriantes. Un puñado de 62 enriquecidos maneja el mismo monto de recursos que 3 600 millones de individuos. Mientras se desploma la seguridad social y se expande la pobreza, los acaudalados desfinancian los sistemas previsión, escondiendo sus fortunas en paraísos fiscales.

La desigualdad no es el fenómeno pasajero que describen los teóricos ortodoxos. Los exponentes más realistas (o cínicos) de esa corriente explicitan la conveniencia de la inequidad para reforzar la sumisión de los asalariados.

La fractura social actual es frecuentemente atribuida a la preeminencia de modelos económicos regresivos. Pero Marx demostró que la desigualdad es inherente al capitalismo. Bajo este sistema las diferencias de ingresos varían en cada etapa, difieren significativamente entre países y están condicionadas por las conquistas populares o la correlación de fuerza entre opresores y oprimidos. Pero en todos los casos el capitalismo tiende a recrear y ensanchar las brechas sociales.

Marx atribuyó esa reproducción de la desigualdad, a la dinámica de un sistema asentado en ganancias derivadas de la plusvalía extraída a los trabajadores. El Capital subraya ese rasgo en polémica con otras interpretaciones del beneficio, centradas en la astucia del comerciante. También objeta las caracterizaciones que subrayan retribuciones a la contribución del empresario, sin especificar en qué consisten esos aportes.

Los neoclásicos nunca lograron refutar estos planteos, con su presentación de la ganancia como un premio a la abstención del consumo o al ahorro individual. Más insatisfactorias fueron sus caracterizaciones de retribuciones a un inanimado “factor capital” o a pagos de funciones gerenciales divorciadas de la propiedad de la empresa.

Desaciertos parecidos cometieron los keynesianos, al interpretar al lucro como una contraprestación al riesgo o a la innovación. Los pensadores más contemporáneos de esa escuela han optado por soslayar cualquier referencia al origen del beneficio.

Otros teóricos reconocen la inequidad del sistema, pero reducen el origen de la desigualdad a anomalías en la distribución del ingreso, derivadas de favoritismos o políticas erróneas. Nunca conectan esos procesos con la dinámica objetiva del capitalismo.

Las caracterizaciones convencionales de la ganancia son más insostenibles en el siglo XXI que en la época de Marx. Nadie puede explicar con criterios usuales, la monumental fortuna acumulada por el 1% de billonarios globales. Esos lucros están más naturalizados que en el pasado sin justificaciones de ninguna índole.

Las críticas en boga al enriquecimiento cuestionan a lo sumo las escandalosas ganancias de los banqueros. Ponderan en cambio los beneficios surgidos de la producción, sin evaluar las conexiones entre ambas formas de rentabilidad.

La relectura de El Capital permite recordar que la tajada obtenida por los banqueros, constituye tan sólo una porción de la masa total de beneficios creada con la explotación de los trabajadores.

Marx analizó también las formas violentas que en ciertas circunstancias asume la captura de ganancias. Evaluó esa tendencia en estudios de la acumulación primitiva, que han sido actualizados por los teóricos de la acumulación por desposesión (Harvey).

En El Capital investigó las formas coercitivas que presentó la apropiación de recursos en la génesis de capitalismo. Pero el sistema continuó recreando esas exacciones en distintas situaciones de la centuria y media posterior. Las guerras de Medio Oriente, los saqueos de África o las expropiaciones de campesinos en Asia ilustran modalidades recientes de esa succión.

Marx inauguró los estudios de formas excepcionales de confiscación del trabajo ajeno. Esa investigación sentó las bases para clarificar la dinámica contemporánea de la inflación y la deflación.

Al igual que sus precursores clásicos Marx postuló una determinación objetiva de los precios en función de su valor. Precisó que esa magnitud queda establecida por el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de los bienes, en convulsivos procesos de extracción de plusvalía y realización del valor.

Esa caracterización no sólo permite refutar la ingenua presentación neoclásica de los precios como reflejos de la utilidad personal, o como espontáneos emergentes de la oferta y la demanda. También desmonta la absurda imagen del capitalista, como víctima de escaladas inflacionarias o deflacionarias ajenas a su conducta.

En las coyunturas críticas, la determinación turbulenta de los precios resitúa ganancias extraordinarias a los grandes patrones por medio de abruptas desvalorizaciones del salario. Esos mecanismos operan en la actualidad, con la misma intensidad que las expropiaciones virulentas de la época de Marx.

El Capital facilitó la identificación posterior de quiénes son los artífices y beneficiarios del nivel que asumen los precios. Esa caracterización no se limita a retratar situaciones de “pugna distributiva”. Subraya la desigualdad de condiciones en que diputan los trabajadores con sus patrones y resalta la consiguiente dominación que ejercen los formadores de precios.

Desempleo e innovacion

La masificación actual del desempleo constituye otra razón para releer a Marx. Algunos pensadores neoclásicos asumen esa calamidad como un simple dato. Otros difunden consuelos sobre la futura potencialidad de los servicios, para compensar la caída del empleo industrial. Esas previsiones no se corroboran en ningún país.

Muchos analistas afirman que la educación resolverá el problema. Pero olvidan mencionar el creciente número de desocupados con títulos universitarios. La destrucción de puestos de trabajo ya afecta severamente a los segmentos más calificados.

Distintas mediciones han comenzado a registrar que en el modelo actual el desempleo no se reduce en las fases expansivas, en proporción equivalente a su incremento en los periodos recesivos. Este flagelo se acrecienta con la rotación acelerada del capital y la reducción vertiginosa de los gastos administrativos.

La revolución digital es invariablemente mencionada como la principal causa de esta creciente pérdida de puestos de trabajo. Pero las computadoras son culpabilizadas omitiendo quiénes definen su utilización. Se olvida que esos instrumentos nunca actúan por sí mismos. Son gestionados por capitalistas que apuntalan sus beneficios sustituyendo mano de obra. La informática y la automatización no destruyen espontáneamente el empleo. La rentabilidad empresaria provoca esa demolición.

El Capital introdujo los principales fundamentos de esta caracterización del cambio tecnológico. Marx afirmó que las innovaciones son incorporadas para incrementar la tasa de explotación que nutre el beneficio patronal.

La revolución informática en curso se ajusta plenamente a ese postulado. Es un recurso utilizado por las grandes empresas para potenciar la captura del nuevo valor generado por los asalariados.

Tal como ocurrió en el pasado con el vapor, el ferrocarril, la electricidad o los plásticos, la digitalización introduce transformaciones radicales en la actividad productiva, comercial y financiera. Abarata el transporte y las comunicaciones y modifica por completo los procedimientos de fabricación o venta de las mercancías.

Un indicio de esa mutación es la influencia alcanzada por los “señores de las nubes”. Siete de las diez empresas con mayor capitalización bursátil actual pertenecen al sector de nuevas tecnologías de la información. Hace una década y media las firmas con mayor espalda financiera eran petroleras, industriales o automotrices. Actualmente son Google, Amazon, Facebook o Twitter.

Esta irrupción suscita presagios venturosos entre los pensadores que ocultan las consecuencias de la gestión capitalista de la informática. Omiten, por ejemplo, que la masificación de la comunicación digital reforzó la privatización del espacio virtual. Ese ámbito es controlado por pocas empresas privadas estrechamente asociadas con el Pentágono. El Capital permite entender los determinantes capitalistas de este perfil de la innovación.

Marx inició la indagación de la tecnología como un fenómeno social, abriendo un camino de estudios que floreció en las últimas décadas. Pero a diferencia de los teóricos evolucionistas o schumpeterianos demostró que el cambio tecnológico desestabiliza la acumulación y potencia la crisis.

La innovación guiada por principios de lucro impone una descarnada competencia que multiplica la sobreproducción. Induce además a jerarquizar el desenvolvimiento de ramas tan destructivas como la industria militar.

Marx explicó por qué razón el sistema actual impide una gestión social provechosa de las nuevas tecnologías. Señaló que ese manejo requeriría introducir criterios cooperativos opuestos a los principios de rentabilidad. Las potencialidades de la informatización como instrumento de bienestar y solidaridad, sólo emergerán en una sociedad emancipada del capitalismo.

Multiplicidad de crisis

Actualmente Marx suscita especial interés por los criterios que enunció para interpretar las crisis. El neoliberalismo no sólo genera crecientes sufrimientos populares. Cada quinquenio o decenio desencadena convulsiones que conmocionan a la economía mundial. Esos estallidos inducen a estudiar El Capital.

Las crisis del último período incluyeron la burbuja japonesa (1993), la eclosión del Sudeste Asiático (1997), el desplome de Rusia (1998), el desmoronamiento de las Punto.Com (2000) y el descalabro de Argentina (2001). Pero la magnitud y el alcance geográfico del temblor global del 2008 superaron ampliamente esos antecedentes. Su impacto obligó a revisar todas las teorías económicas.

Las crisis recientes son efectos directos de la nueva etapa de privatizaciones, apertura comercial y flexibilidad laboral. No son prolongaciones de tensiones irresueltas de los años 70. Emergieron al calor de los desequilibrios peculiares del neoliberalismo.

Ese modelo erosionó los diques que morigeraban los desajustes del sistema. Por esa razón el capitalismo actual opera con grados de inestabilidad muy superiores al pasado.

Los neoclásicos atribuyeron la crisis del 2008 a desaciertos de los gobiernos o irresponsabilidades de los deudores. Redujeron todos los problemas a comportamientos individuales, culpabilizaron a las víctimas y apañaron a los responsables. Justificaron además los socorros estatales a los bancos, sin registrar que esos auxilios contrarían todas sus prédicas a favor de la competencia y el riesgo.

Los heterodoxos explicaron las mismas convulsiones por el descontrol del riesgo. Olvidaron que esas supervisiones son periódicamente socavadas por las rivalidades entre empresas o bancos. Las normas que protegen los negocios de las clases dominantes son quebrantadas por la propia continuidad de la acumulación.

La relectura de El Capital permite superar esas inconsistencias de la economía convencional. Induce a investigar el origen sistémico de esos estallidos. Brinda pistas para indagar los diversos mecanismos de la crisis, recordando que el capitalismo despliega una amplia gama de contradicciones.

El cimiento común de esos desequilibrios es la generación periódica de excedentes invendibles. Pero esa sobreproducción se desenvuelve por varios carriles complementarios.

Marx resaltó la existencia de tensiones entre la producción y el consumo, derivadas de la estratificación clasista de la sociedad. Esta caracterización tiene gran aplicación en el escenario de agudos problemas de realización del valor de las mercancías, que ha generado el neoliberalismo.

Ese modelo propicia una ampliación de los consumos sin permitir su disfrute. Expande la producción estrechando los ingresos populares y precipita crisis derivadas del deterioro del poder adquisitivo. El enorme engrosamiento del endeudamiento familiar no atenúa la vulnerabilidad de la demanda.

Marx fue el primero en ilustrar cómo la competencia obliga a los empresarios a desenvolver dos tendencias opuestas. Por un lado amplían las ventas y por otra parte reducen los costos salariales. Esa contradicción presenta envergaduras y localizaciones muy distintas en cada época.

El neoliberalismo estimula en la actualidad el consumismo y la riqueza patrimonial financiada con endeudamiento en las economías centrales. Al mismo tiempo impone brutales retracciones del poder de compra en la periferia.

El Capital también pone el acento en los problemas de valorización. Indaga cómo opera la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Demuestra que el aumento de la inversión produce una declinación porcentual del beneficio, al compás de la propia expansión de la acumulación. El trabajo vivo que nutre a la plusvalía decae proporcionalmente, con el incremento de la productividad que impone la competencia.

Marx resaltó que las crisis emergen del crecimiento capitalista. No son efectos ocasionales del despilfarro o del uso inadecuado de los recursos. Explicó, además, cómo el sistema contrapesa primero y agrava después la caída periódica de la tasa de beneficio.

Esta tesis permite entender de qué forma el neoliberalismo incrementó la tasa de plusvalía, redujo los salarios y abarató los insumos para contrarrestar el declive del nivel de rentabilidad. También ilustra cómo el mismo problema reaparece al cabo de esa cirugía. La contradicción descubierta por Marx se verifica actualmente en las economías más capitalizadas que padecen desajustes de sobre-inversión.

La presentación marxista combinada de los desequilibrios de realización y valorización es muy pertinente para comprender la heterogeneidad de la mundialización neoliberal. Indica que contradicciones de ambos tipos irrumpen en los distintos polos de ese modelo y socavan su estabilidad desde flancos complementarios.

Finanzas y produccion

Marx siempre subrayó los determinantes productivos de las crisis capitalistas. En el marco de las enormes transformaciones generadas por la globalización, ese señalamiento permite evitar lecturas simplistas en clave puramente financiera.

Los grandes capitales se desplazan actualmente de una actividad especulativa a otra, en escenarios altamente desregulados que acrecientan las explosiones de liquidez. La gestión accionaria de las firmas potencia además los desajustes crediticios, la inestabilidad cambiaria y la volatilidad bursátil.

Ese proceso multiplica las tensiones suscitadas por los nuevos mecanismos de titularización, derivados y apalancamientos. Es evidente que el neoliberalismo abrió las compuertas para un gran festival de especulación.

Pero hace 150 años Marx demostró que esas alocadas apuestas son propias del capitalismo. La especulación es una actividad constitutiva y no opcional del sistema. Alcanzó dimensiones mayúsculas en las últimas tres décadas, pero no constituye un rasgo exclusivo del modelo actual.

Esta precisión permite observar las conexiones entre desequilibrios financieros y productivos que resalta El Capital. Marx describió las tensiones autónomas de la primera esfera, pero remarcó que en última instancia derivan de transformaciones registradas en el segundo ámbito.

Siguiendo esta pista se puede notar que la hegemonía actual de las finanzas constituye sólo un aspecto de la reestructuración en curso. No es un dato estructural del capitalismo contemporáneo. La clase dominante utiliza el instrumento financiero para recomponer la tasa de ganancia mediante mayores exacciones de plusvalía.

La globalización financiera está enlazada además con el avance de la internacionalización productiva. La multiplicidad de títulos en circulación es funcional a una gestión más compleja del riesgo. Permite administrar actividades fabriles o comerciales mundializadas y sujetas a inesperados vaivenes de los mercados.

También la expansión del capital ficticio está vinculada a esos condicionantes y evoluciona en concordancia con los movimientos del capital-dinero. Aprovisiona a la producción e intermedia en la circulación de las mercancías.

Estas conexiones explican la persistencia de la globalización financiera luego de la crisis del 2008. Los capitales continúan fluyendo de un país a otro con la misma velocidad y libertad de circulación, para aceitar el funcionamiento de estructuras capitalistas más internacionalizadas.

Es cierto que todos los intentos de reintroducir controles a los bancos fallaron por la resistencia que opusieron financistas. Pero esa capacidad de veto ilustra el entrelazamiento del mundo del dinero con el universo productivo. Son dos facetas de un mismo proceso de internacionalización.

El Capital aporta numerosas observaciones de la dinámica financiera que explican esos vínculos, a partir de una interpretación muy original de la lógica del dinero. Destaca el insustituible papel de la moneda en la intermediación de todo el proceso de reproducción del capital. Remarca que las distintas funciones del dinero en la circulación, el atesoramiento o el despliegue de los medios de pago están sujetan a la misma lógica objetiva, que regula todo el desenvolvimiento de las mercancías.

Ese rol ha presentado modalidades muy distintas en los diversos regímenes de regulación monetaria. El patrón oro del siglo XIX diverge significativamente de las paridades actualmente administradas por los bancos centrales. Pero en todos los casos rige un curso determinado por la dinámica de la acumulación, la competencia y la plusvalía.

El Capital contribuye a recordar estos fundamentos no sólo en contraposición a los mitos ortodoxos de transparencia mercantil, asignación óptima de los recursos o vigencia de monedas exógenas, neutrales y pasivas.

También pone de relieve las ingenuidades heterodoxas. Marx no presentó a la moneda como una mera representación simbólica, un mecanismo convencional o un instrumento amoldado al marco institucional. Explicó su rol necesario y peculiar en la metamorfosis que el capital desenvuelve, para consumar su pasaje por los circuitos comerciales, productivos y financieros.

Economia mundial y nacional

La centralidad que tiene El Capital para comprender la dinámica contemporánea de los salarios, la desigualdad, el desempleo o la crisis debería conducir a una revisión general de sus aportes a la teoría económica. Resultaría muy oportuno actualizar por ejemplo, el estudio de las controversias suscitadas por ese libro que realizó Mandel [http://www.vientosur.info/spip.php?article12526], en el centenario de la primera edición.

La obra del pensador germano no sólo esclarece el sentido de las categorías básicas de la economía. También sugiere líneas de investigación para comprender la mundialización en curso. Marx nunca llegó a escribir el tomo que preparaba sobre la economía internacional, pero esbozó ideas claves para entender la lógica globalizadora del sistema.

Esos principios son muy relevantes en el siglo XXI. El capitalismo funciona en la actualidad al servicio de gigantescas empresas transnacionales, que corporizan el salto registrado en la internacionalización. La producción de Wal-Mart es mayor que las ventas de un centenar de países, la dimensión económica de Mitsubishi desborda el nivel de actividad de Indonesia y General Motors supera la escala de Dinamarca.

Las firmas globalizadas diversificaron sus procesos de fabricación en cadenas de valor y mercancías “hechas en el mundo”. Desenvuelven todos sus proyectos productivos, en función de las ventajas que ofrece cada localidad en materia de salarios, subsidios o disponibilidad de recursos.

La expansión de los tratados de libre-comercio se amolda a esa mutación. Las compañías necesitan bajos aranceles y libertad de movimientos, para concretar transacciones entre sus firmas asociadas. Por eso imponen convenios que consagran la supremacía de las empresas en cualquier litigio judicial. Esos pleitos son decisivos en ciertas áreas como la genética, la salud o el medio ambiente.

Una relectura de El Capital permite superar dos errores muy corrientes en la interpretación de la internacionalización en curso. Un equívoco supone que el capitalismo actual se maneja con los mismos patrones de preeminencia nacional, que regían en los siglos XIX o XX. El desacierto opuesto considera que el sistema se globalizó por completo, eliminando las barreras nacionales, disolviendo el papel de los estados y forjando clases dominantes totalmente transnacionalizadas.

Marx escribió su principal obra en una etapa de formación del capitalismo muy distinta al contexto actual. Pero conceptualizó acertadamente cómo operan las tendencias hacia la mundialización en el marco de los Estados y las economías nacionales. Ha cambiado la proporción y relevancia comparativa de esa mixtura, pero no la vigencia de esa combinación.

El Capital mejoró las ideas expuestas en el Manifiesto Comunista sobre el carácter internacional de la expansión burguesa. En el primer ensayo Marx había retratado la gestación de un mercado mundial, la pujanza del cosmopolitismo económico y la veloz universalización de las reglas mercantiles. En su libro de madurez precisó las formas que asumían esas tendencias y remarcó su enlace con los mecanismos nacionales del ciclo y la acumulación.

Marx ajustó su mirada de la internacionalización objetando las tesis ricardianas de las “ventajas comparativas”. Resaltó el carácter estructural de la desigualdad imperante en el comercio internacional. Por eso rechazó todas las expectativas de convergencia armoniosa entre países y las visiones de amoldamiento natural a las aptitudes de los concurrentes.

Este enfoque le permitió notar la vigencia de remuneraciones internacionales más elevadas para los trabajos de mayor productividad. En el ini io del capitalismo Marx percibió algunos fundamentos de explicaciones posteriores de la brecha en los términos de intercambio.

El teórico germano también observó la secuela de desajustes generados por el desborde capitalista de las fronteras nacionales. Registró cómo ese proceso provoca crecientes fracturas a escala global.

Pero El Capital investigó esa dinámica en escenarios nacionales muy específicos. Indagó la evolución de los salarios, los precios o la inversión en economías particulares. Detalló puntualmente esa dinámica en el desenvolvimiento industrial de Inglaterra.

La lectura de Marx invita, por lo tanto, a evaluar la mundialización actual como un curso preeminente, que coexiste con el continuado desenvolvimiento nacional de la acumulación. Sugiere que ambos procesos operan en forma simultánea.

Polaridades con nuevo razonamiento

El Capital es muy útil también para analizar la lógica de la relación centro-periferia subyacente en la brecha global actual. Marx anticipó ciertas ideas sobre esa división, en sus observaciones sobre desenvolvimiento general del capitalismo.

Al principio suponía que los países retrasados repetirían la industrialización de Occidente. Estimaba que el capitalismo se expandía demoliendo murallas y creando un sistema mundial interdependiente.

Expuso esa visión en el Manifiesto Comunista. Allí describió cómo China e India serían modernizadas con el ferrocarril y la importación de textiles británicos. Marx realzaba la dinámica objetiva del desarrollo capitalista y consideraba que las estructuras precedentes serían absorbidas por el avance de las fuerzas productivas.

Pero al redactar El Capital comenzó a percibir tendencias opuestas. Notó que la principal potencia se modernizaba ampliando las distancias con el resto del mundo. Esta aproximación se afianzó con su captación de lo ocurrido en Irlanda. Quedó impresionado por la forma en que la burguesía inglesa sofocaba el surgimiento de manufactureras en la isla, para garantizar el predominio de sus exportaciones. Notó, además, cómo se aprovisionaba de fuerza de trabajo barata para limitar las mejoras de los asalariados británicos.

En esta indagación intuyó que la acumulación primitiva no anticipa procesos de pujante industrialización en los países sometidos al yugo colonial. Este registro sentó las bases para la crítica posterior a las expectativas de simple arrastre de la periferia por el centro. Con este fundamento se conceptualizó posteriormente la lógica del subdesarrollo.

Marx no expuso una teoría del colonialismo, ni una interpretación de la relación centro-periferia. Pero dejó una semilla de observaciones para comprender la polarización global, que retomaron sus sucesores y los teóricos de la dependencia.

Esta línea de trabajo es muy relevante para notar cómo en la actualidad el neoliberalismo exacerba las fracturas globales. En las últimas tres décadas se ampliaron todas las brechas que empobrecen a la periferia inferior. Esa degradación se intensificó con la consolidación del agro-negocio, el endeudamiento externo y el avasallamiento de los recursos naturales de los países dependientes. Estas confiscaciones asumieron modalidades muy sangrientas en África y el mundo árabe.

Las observaciones de Marx incluyeron también cierto registro de diversidades en el centro. Intuyó que el debut industrial británico no sería copiado por Francia y notó la presencia de cursos novedosos de crecimiento mixturados con servidumbre (Rusia) o esclavismo (Estados Unidos).

El autor de El Capital captó esas tendencias madurando un cambio de paradigma conceptual. En sus trabajos más completos reemplazó el primer enfoque unilineal -asentado en el comportamiento de las fuerzas productivas- por una mirada multilineal, centrada en el papel transformador de los sujetos.

Con este último abordaje la rígida cronología de periferias amoldadas a la modernización quedó sustituida por nuevas visiones, que reconocen la variedad del desenvolvimiento histórico.

Esta metodología de análisis es importante para notar la especificidad de las formaciones intermedias, que han irrumpido en forma persistente en distintos periodos de la última centuria y media. Con esa óptica se puede evaluar la dinámica de acelerados procesos de crecimiento contemporáneo (China), en etapas de gran reorganización del sistema (neoliberalismo).

Anticipos de antiimperialismo

Marx estudió la economía del capitalismo para notar su efecto sobre la lucha de clases que socava al sistema. Por eso indagó los procesos políticos revolucionarios a escala internacional.

Siguió con especial interés el curso de las rebeliones populares de China, India y sobre todo Irlanda e intuyó la importancia de los nexos entre las luchas nacionales y sociales. Por eso promovió la adhesión de los obreros británicos a la revuelta de la isla contigua, buscando contrarrestar las divisiones imperantes entre los oprimidos de ambos países.

A partir de esa experiencia Marx ya no concibió la independencia de Irlanda como un resultado de victorias proletarias en Inglaterra. Sugirió un empalme entre ambos procesos y transformó su internacionalismo cosmopolita inicial en un planteo de confluencia de la resistencia anticolonial con las luchas en las economías centrales.

En su etapa del Manifiesto el revolucionario alemán propagaba denuncias anticoloniales de alto voltaje. No se limitaba a describir la destrucción de las formas económicas pre-capitalistas. Cuestionaba a viva voz las atrocidades de las grandes potencias.

Pero en esos trabajos juveniles Marx suponía que la generalización del capitalismo aceleraría la erradicación ulterior de ese sistema. Defendía un internacionalismo proletario muy básico y emparentado con viejas utopías universalistas.

En su mirada posterior Marx resaltó el efecto positivo de las revoluciones en la periferia. Esos señalamientos fueron retomados por sus discípulos de siglo XX, para indicar la existencia de una contraposición entre potencias opresoras y naciones oprimidas y postular la convergencia de batallas nacionales y sociales. De esas caracterizaciones surgieron las estrategias de alianza de los asalariados metropolitanos con los desposeídos del mundo colonial.

Con este fundamento se forjó también la síntesis del socialismo con el antiimperialismo, que desenvolvieron los teóricos del marxismo latinoamericano. Esa conexión indujo las convergencias de la izquierda regional con el nacionalismo revolucionario, para confrontar con el imperialismo estadounidense. Ese empalme inspiró a la revolución cubana y ha sido retomado por el proceso bolivariano.

En una coyuntura signada por las agresiones de Trump ese acervo de experiencias recobra importancia. Los atropellos del magnate inducen a revitalizar las tradiciones antiimperialistas, especialmente en países tan vapuleados como México. Allí resurge la memoria de resistencias a los avasallamientos perpetrados por Estados Unidos.

Marx observaba cómo las grandes humillaciones nacionales desatan procesos revolucionarios. Lo que percibió en el siglo XIX vuelve a gravitar en la actualidad.

Adversidades e ideología

Marx debió lidiar con momentos de aislamiento, reflujo de la lucha popular y consolidación del dominio burgués. La escritura de varias partes de El Capital coincidió con esas circunstancias. Afrontó la misma adversidad que prevalece en la actualidad en las coyunturas de estabilización del neoliberalismo.

En ese tipo de situaciones el pensador germano indagó cómo domina la clase dominante. Conceptualizó el papel de la ideología en el ejercicio de esa supremacía. En el estudio del fetichismo de la mercancía que encaró en El Capital hay varias referencias a esa problemática.

Es importante retomar esas consideraciones para notar cómo ha funcionado el neoliberalismo en las últimas décadas. Los artífices del modelo actual transmiten fantasías de sabiduría de los mercados e ilusiones de prosperidad espontánea. Presagian derrames del beneficio y recrean numerosas mitologías del individualismo.

Con esa batería de falsas expectativas propagan una influyente ideología en todos los sentidos del término. Marx destacó esa variedad de facetas de las creencias propagadas por los dominadores para naturalizar su opresión.

El credo neoliberal provee todos los argumentos utilizados por el establishment para justificar su primacía. Aunque el grado de penetración de esas ideas es muy variable, salta a la vista su incidencia en la subjetividad de todos los individuos.

Pero al igual que en la época de Marx el capitalismo se reproduce también a través del miedo. El sistema transmite creencias sobre un futuro venturoso y al mismo tiempo generaliza el pánico ante ese devenir. El neoliberalismo ha multiplicado especialmente la angustia del desempleo, la humillación frente a la flexibilidad laboral y la desesperanza ante la fractura social.

Esos temores son transmitidos por los grandes medios de comunicación con sofisticados disfraces y cambiantes engaños. No sólo configuran el sentido común imperante en la sociedad. Operan como usinas de propagación de todos los valores conservadores.

Los medios de comunicación complementan (o sustituyen) a las viejas instituciones escolares, militares o eclesiásticas en el sostenimiento del orden burgués. La prensa escrita, los medios audiovisuales y las redes sociales ocupan un espacio inimaginable en siglo XIX. Expanden las ilusiones y los temores que sostienen la hegemonía política del neoliberalismo.

Pero esos mecanismos han quedado seriamente erosionados por la pérdida de legitimidad que genera el descontento popular. Trump, el Brexit o el ascenso de los partidos reaccionarios en Europa, ilustran cómo ese malestar puede ser capturado por la derecha. Frente a este tipo de situaciones Marx forjó una perdurable tradición de concebir alternativas, combinando la resistencia con la comprensión de la coyuntura.

Proyecto socialista

Marx participó activamente en los movimientos revolucionarios que debatían las ideas del socialismo y el comunismo. Mantuvo esa intensa intervención mientras escribía El Capital. Nunca detalló su modelo de sociedad futura pero expuso los basamentos de ese provenir.

El acérrimo crítico de la opresión alentaba la gestación de regímenes económicos asentados en la expansión de la propiedad pública. También promovía la creación de sistemas políticos cimentados en la auto-administración popular.

Marx apostaba a un pronto debut de esos sistemas en Europa. Percibió en la Comuna de París un anticipo de su proyecto. Concebía el inicio de esa transformación revolucionaria en el Viejo Continente e imaginaba una propagación ulterior a todo el planeta.

Es sabido que la historia siguió una trayectoria muy diferente. El triunfo bolchevique de 1917 inauguró la secuencia de grandes victorias populares del siglo XX. Esos avances incluyeron intentos de construcción socialista en varias regiones de la periferia.

Las clases dominante quedaron aterrorizadas y otorgaron concesiones inéditas para contener la pujanza de los movimientos anticapitalistas. En los años 70-80 los emblemas del socialismo eran tan populares, que resultaba imposible computar cuántos partidos y movimientos reivindicaban esa denominación.

Pero también es conocido lo ocurrido posteriormente. El desplome de la Unión Soviética dio lugar al prolongado periodo de reacción contra el igualitarismo, que persiste hasta la actualidad.

Este escenario ha sido alterado por la resistencia popular y el declive del modelo político-ideológico que nutrió a la globalización neoliberal. En estas circunstancias la relectura de El Capital converge con redescubrimientos del proyecto socialista. Los jóvenes ya no cargan con los traumas de la generación anterior, ni con las frustraciones que pavimentaron la implosión de la URSS.

La propia experiencia de lucha es aleccionadora. Muchos activistas comprenden que la conquista de la democracia efectiva y la igualdad real exige forjar otro sistema social. Frente al sufrimiento que ofrece el capitalismo intuyen la necesidad de construir un horizonte de emancipación.

La llegada de Trump incorpora nuevos ingredientes a esta batalla. El acaudalado mandatario intenta recuperar por la fuerza la primacía de Estados Unidos. Pretende reforzar la preponderancia de Wall Street y la preeminencia del lobby petrolero, reactivando el unilateralismo bélico.

No sólo proclama que Estados Unidos debe alistarse para “ganar las guerras”. Ya inició su programa militarista con bombardeos en Siria y Afganistán. Exige, además, una subordinación del Viejo Continente que socava la continuidad de la Unión Europea. Trump no se limita a construir el muro en la frontera mexicana. Acelera la expulsión de inmigrantes, alienta golpes derechistas en Venezuela y amenaza a Cuba.

En esta convulsionada coyuntura Marx recobra actualidad. Sus textos no sólo aportan una guía para comprender la economía contemporánea. También ofrecen ideas para la acción política en torno a tres ejes primordiales del momento: reforzar la resistencia antiimperialista, multiplicar la batalla ideológica contra el neoliberalismo y afianzar la centralidad del proyecto socialista.

Actitudes y compromisos

Las teorías que introdujo Marx revolucionaron todos los parámetros de la reflexión y trastocaron los cimientos del pensamiento social. Pero el teórico alemán sobresalió también como un gran luchador. Desenvolvió un tipo de vida que actualmente identificaríamos con la militancia.

Marx se ubicó en el bando de los oprimidos. Reconoció los intereses sociales en juego y rechazó la actitud del observador neutral. Participó en forma muy decidida en la acción revolucionaria.

Ese posicionamiento orientó su trabajo hacia los problemas de la clase trabajadora. Promovió la conquista de derechos sociales con la mira puesta en forjar una sociedad liberada de la explotación.

Marx propició una estrecha confluencia de la elaboración teórica con la práctica política. Inauguró un modelo de fusión del intelectual, el economista y el socialista que ha sido retomado por numerosos pensadores.

Con esa postura evitó dos desaciertos: el refugio académico alejado del compromiso político y el deslumbramiento pragmático por la acción. Legó un doble mensaje de intervención en la lucha y trabajo intelectual para comprender la sociedad contemporánea. Continuar ese camino es el mejor homenaje a los 150 años de El Capital.

 

La desigualdad a 150 años de “El capital” de Karl Marx

por Michael Roberts//

He escrito muchos posts sobre el nivel y los cambios en la desigualdad de la riqueza y los ingresos, tanto a nivel mundial como dentro de los países. Hay una amplia variedad de estudios empíricos que muestran la creciente desigualdad en los ingresos y la riqueza en la mayoría de las economías capitalistas en el siglo pasado.

Podemos contar con varias explicaciones teóricas para este cambio. La más famosa es el trabajo de Thomas Piketty en su libro magistral, “El Capital en el siglo XXI”. Esta obra ganó el premio al libro más comprado en 2014, superando la obra del científico Stephen Hawking, “Una breve historia del tiempo”.

Discutí junto a otros economistas los méritos y las faltas de la obra de Piketty en varias oportunidades. Baste decir que, aunque Piketty repite el título del libro de Marx, publicado hace exactamente 150 años, descarta el análisis de Marx sobre el capitalismo basado en la ley del valor y la tendencia de la tasa de ganancia a caer y adopta las teorías generales del productividad marginal y / o “imperfecciones” del mercado como la “búsqueda de rentas”. Esto conduce a la idea de que el capitalismo podría ser “reformado” y la desigualdad reducida por medidas tales como un impuesto financiero global o impuestos sucesivos sobre la herencia o, más recientemente, un ingreso básico universal. Y en consecuencia, Piketty ahora está asesorando al candidato presidencialista socialista francés Hamon.

La desigualdad sigue siendo la palabra clave del debate y análisis liberal y de un sector de la izquierda, y en cambio no hablan de crisis y depresión. La ampliación de la desigualdad ha sido llamada “uno de los retos clave de nuestro tiempo” por el Foro Económico Mundial, el grupo de reflexión de la élite. La agencia calificadora S & P Global Ratings ha citado la brecha de ingresos como una tendencia a largo plazo que amenaza el crecimiento económico de Estados Unidos. Incluso los principales organismos internacionales como el FMI o la OCDE analizan continuamente los movimientos de desigualdad para ver si una mayor igualdad sería mejor para el crecimiento y un capitalismo más estable.

Los economistas post-keynesianos como Engelbert Stockhammer o los más radicales como Joseph Stiglitz consideran que la creciente desigualdad es la principal causa de las crisis, no la caída de la rentabilidad o la inherente inestabilidad del capital como una máquina de hacer dinero. Nuevamente he discutido estos argumentos en mi blog.

Fríos números
Pero cualesquiera que sean las causas y procesos relacionados con la desigualdad de los ingresos y la riqueza en las principales economías, no hay duda de que han alcanzado niveles no vistos desde que Marx publicó El Capital (1867). De hecho, en el gráfico que publico se trata de medir el nivel de desigualdad alcanzado en el Reino Unido en 1867. El Coeficiente de Gini es la medida más común de la desigualdad de ingresos o riqueza. Y en este gráfico, proporcionado por el experto en desigualdad global, Branco Milanovic, la proporción de Gini alcanzó más de 55 en 1867.

De acuerdo con la gráfica, ese fue el pico de la desigualdad y retrocedió en los próximos 100 años, lo que parece refutar la opinión de Marx de que la clase obrera sufriría una “pauperización creciente” a medida que el capital asumiera una parte creciente del valor producido por el trabajo. En cambio, parecería confirmar la opinión dominante de Simon Kuznets escrita en los años 60 que una vez que el capitalismo se puso en marcha y empezó a producir crecimiento económico, las fuerzas del mercado, si no interferían, producirían una sociedad más igualitaria. La ironía es que, justo cuando Kuznets llegó a esta conclusión, la mayoría de las grandes economías capitalistas comenzaron a generar un aumento de la desigualdad tanto en ingresos como en riqueza, tal como muestra el gráfico.

Pero no se deje engañar por el gráfico que parece mostrar un gran salto en el PIB per cápita en dólares desde 1867 hasta ahora. Es engañoso. No muestra si el salto se debe a un crecimiento económico más rápido o simplemente por un freno en el crecimiento demográfico en el Reino Unido (en donde sucede esto último). Y, por supuesto, no muestra los enormes descensos en el PIB causados ​​por las crisis recurrentes y regulares bajo el capitalismo en Gran Bretaña y en otros lugares.

El gráfico revela, sin embargo, que la desigualdad ha estado empeorando en Inglaterra a niveles no vistos desde 1920. De hecho, en un nuevo análisis de la base de datos de ingresos mundiales Piketty y colegas de la Escuela de Economía de París y UC Berkeley, describen un “colapso” de la parte de la riqueza nacional de EE.UU. reclamada por el 50% inferior del país – que cayó de un 20% a un 12% en 1978 – junto con una caída (no sorprendente) en los ingresos de la mitad más pobre de América. Cerca de 117 millones de adultos estadounidenses viven de ingresos que se han estancado en alrededor de U$S 16.200 por año antes de impuestos y pagos de transferencias, según una investigación publicada el año pasado por Piketty, Saez y Zucman.

Y eso hace a un punto importante. El 1% de quienes más ganan en Estados Unidos ahora se lleva alrededor del 20 por ciento del ingreso nacional antes de impuestos, en comparación con menos del 12 por ciento que se llevaba en 1978, según la investigación que los economistas publicaron en la Oficina Nacional de Investigación Económica. Durante el mismo período en China, el 1% de mayores ingresos duplicó su participación en el ingreso, pasando de aproximadamente 6 por ciento a 12 por ciento. Estados Unidos ha experimentado “un colapso total de la parte inferior del sector que representa el 50 por ciento de ingresos en los Estados Unidos entre 1978 y 2015”, escribieron los autores. “En China, en contraste, y a pesar de una tendencia cualitativa similar, la parte inferior del 50 por ciento no se desplomó como en USA”.

Mientras tanto, el crecimiento económico en China ha sido tan fuerte que -a pesar de la creciente desigualdad- los ingresos del 50 por ciento inferior de la población también han “crecido notablemente”, escribieron los economistas. Su análisis encontró que la mitad más pobre de los trabajadores chinos vio su ingreso promedio crecer más de 400 por ciento de 1978 a 2015. Para sus homólogos estadounidenses, los ingresos disminuyeron un 1 por ciento. “Esto es probable que haga la creciente desigualdad mucho más aceptable” en China”, afirman los investigadores. “En contraste, en los Estados Unidos no hubo crecimiento alguno para el 50 por ciento, sino, por el contrario, hubo una caída del 1 por ciento)”.

El FMI y otras agencias como el Banco Mundial, argumentan que el crecimiento económico bajo el capitalismo ha sacado a millones de personas de la pobreza. Pero los expertos económicos en el campo de la pobreza y la desigualdad global revelan a partir de sus cifras que la pobreza oficial ha disminuido por sólo dos razones. La primera es que la definición de pobreza que considera a quienes viven con menos de U$S 1 al día está desactualizada. Y en segundo lugar, porque casi todo el descenso ha sido en China debido a su crecimiento económico sin precedentes bajo una economía dirigida por el Estado, todavía lejos del capitalismo de mercado visto en el siglo XIX y XX, o sea, el capitalismo que Piketty y otros han analizado. En la mayoría de los países de bajos ingresos, la desigualdad apenas ha cambiado desde niveles muy altos.

La responsabilidad es de los dueños de los medios de producción
Y la razón principal es el control de la riqueza. Una élite muy pequeña posee los medios de producción y finanzas y es así como usurpan la parte del león y más de la riqueza y los ingresos. El Instituto de Política Económica de los Estados Unidos encontró que el 1 por ciento más alto de la sociedad obtiene una porción creciente de los ingresos obtenidos del capital y la riqueza existentes. No es porque sean más inteligentes o mejor educados. Es porque tienen suerte (como Donald Trump) y heredaron su riqueza de los padres o parientes.

Un estudio reciente de dos economistas del Banco de Italia encontró que las familias más ricas de Florencia hoy son descendientes de las familias más ricas de Florencia hace casi 600 años! Por lo tanto, el auge del capitalismo mercantil en las ciudades-estado de Italia y luego la expansión del capitalismo industrial y ahora el capital financiero hicieron poca o ninguna diferencia sobre quien poseía la riqueza. Y la obra de Emmanuel Saez y Gabriel Zucman ha demostrado que en Estados Unidos, la riqueza se ha concentrado cada vez más en manos de los súper ricos.

 

Así, la predicción de Marx hace 150 años de que el capitalismo conduciría a una mayor concentración y centralización de la riqueza, en particular en los medios de producción y las finanzas, se ha confirmado. Contrariamente al optimismo y la apología de los economistas del mainstream, la pobreza de miles de millones en todo el mundo sigue siendo la norma con pocos signos de mejora, mientras que la desigualdad en las grandes economías capitalistas aumenta a medida que el capital se acumula y se concentra en grupos cada vez más pequeños.

 

Marx, Engels y el Romanticismo

 Por Michael Löwy

El tema sobre el cual me gustaría discutir con ustedes es el tema de la relación del pensamiento de Marx y Engels y del marxismo, de manera más amplia, con el romanticismo. Tengo que empezar explicando qué entiendo yo por romanticismo, porque si no, no queda claro por qué veo una relación muy importante, significativa, del pensamiento de Marx con el romanticismo.

Si uno abre un manual de historia de la literatura o del arte, se define como romanticismo a una escuela literaria de principios del siglo XIX en Francia, Alemania e Inglaterra. Esa me parece una visión muy estrecha. En realidad, el romanticismo es algo mucho más amplio, mucho más profundo, es una de las principales formas de la cultura moderna desde fines del siglo XVIII hasta hoy.

Para dar un ejemplo, si ustedes conocen las Obras completas de Lenin, saben que Lenin escribió un folleto que se llamó En contra del romanticismo económico. Entonces, aparentemente, existe no solamente un romanticismo literario, artístico, poético, sino también un romanticismo económico.

El romanticismo es, en realidad, un movimiento cultural que atraviesa todos los campos de la cultura humana –el arte, la literatura, la filosofía, la teología, la política, las ciencias sociales, la antropología, la economía–; está presente en todos esos terrenos. Y ese movimiento cultural empieza más o menos en la segunda mitad del siglo XVIII, y tiene su primer portavoz importante en el filósofo francés Jean Jacques Rousseau. Pero se va a desarrollar en el curso del siglo XIX. Y mi opinión, la tesis que yo tengo es que continúa desarrollándose también en el siglo XX, hasta hoy. Hasta hoy hay manifestaciones del romanticismo, aunque no se autodenominen necesariamente románticas.

Para esta afirmación yo me atengo a esa frase de Marx no muy conocida, aunque me parece muy significativa, en los Fundamentos de la crítica de economía política [Grundrisse], en donde dice: “La crítica romántica del capitalismo va a seguir acompañando al capitalismo como su sombra, hasta que llegue el día bendito en que se acabe con el capitalismo”. Así que hasta que no se acabe con el capitalismo, seguirá existiendo la crítica romántica al capitalismo; eso dice Marx.

¿En qué consiste entonces esa crítica? Esa es una manera de definir al romanticismo que tiene Marx. Para Marx el romanticismo no es solamente una escuela literaria, sino que es una protesta cultural en contra del capitalismo; o de una manera más amplia, en contra de la civilización industrial capitalista moderna. Ese es el corazón, digamos, el centro, la esencia del concepto, en el sentido hegeliano y marxista, del romanticismo: es una protesta cultural contra la civilización capitalista moderna, refiriéndose a valores sociales, culturales, políticos, religiosos, precapitalistas, o premodernos, o preindustriales. Entonces, en el romanticismo hay esos dos elementos: una crítica, una protesta, un rechazo muchas veces profundo, rotundo, radical, visceral, de la civilización capitalista moderna. Pero en nombre de valores de un pasado real o imaginario, un pasado precapitalista. Eso es la quintaesencia o el concepto de romanticismo. Para esa definición me apoyo sobre lo que dice Marx.

Y también en otros trabajos de sociología marxista, como los de György Lukács, y toda una serie de trabajos que toman esa definición, pero trato de resumir lo que me parece la esencia del romanticismo.

¿Cuál es la relación que tienen Marx y Engels con el romanticismo? La tendencia general del estudio sobre Marx y Engels es verlos a ambos como herederos de la filosofía de las Luces, del racionalismo, de la ideología del progreso. Eso es, un poco, lo contrario del romanticismo. Entonces, entre el romanticismo y la filosofía de las Luces hay una diferencia bastante nítida. Así se ve tradicionalmente al marxismo. Y muchas veces hasta el mismo Marx se refirió de manera muy positiva a la filosofía de las Luces, al materialismo, a la teoría científica y materialista de la filosofía de las Luces y al racionalismo moderno. Esa sería la vertiente esencial del marxismo. Y, sin dudas, lo es. Pero creo que esa manera de percibir las raíces filosóficas y teóricas del marxismo deja a un lado otro componente, otra dimensión, otro aspecto del pensamiento de Marx y de Engels, y después del marxismo, que me parece fundamental, que es el aspecto o la dimensión romántica. Que sí existe.

Y también muchas veces se dejan de lado las fuentes románticas del pensamiento de Marx y de Engels. Es decir, Marx y Engels se han inspirado no sólo en la filosofía del progreso, la filosofía de las Luces, el materialismo, la dialéctica hegeliana, etc., sino también en varios pensadores y escritores románticos. Ese es un primer aspecto que me gustaría subrayar: las fuentes románticas del pensamiento de Marx y de Engels. Luego voy a dar algunos ejemplos.

En el campo de la crítica de la economía política, tradicionalmente se ve la relación de Marx con los economistas clásicos: Adam Smith, David Ricardo, etc. Efectivamente, Marx se refiere a ellos en sus escritos, los critica, los discute, los utiliza, en parte adhiere a esa teoría clásica, y en parte es su principal crítico. Pero uno no percibe, inicialmente, que había otro tipo de economía política. Precisamente, la economía política romántica, que tenía su principal representante en un economista suizo que se llamaba Sismondi.

Marx empieza diciendo que Sismondi, que es el representante de ese socialismo pequeño burgués, fue el primer economista que hizo una verdadera crítica del capitalismo. Y Marx empieza a hacer una lista de las críticas que se hicieron del capitalismo, y vemos que son en buena parte las mismas que le hace Marx. Es decir, el capitalismo como pauperización de las clases populares, la enajenación del trabajador, el desempleo, las crisis económicas. Toda una serie de cosas que los economistas clásicos burgueses no hablan. No hablan de la crisis económica, de la enajenación del trabajador. Entonces, en esa sección de El Manifiesto Comunista hay un homenaje de Marx a Sismondi, un reconocimiento de una gran deuda intelectual y política a este economista. Toma la crítica pero no acepta las soluciones que propone. Sismondi propone volver atrás. Pero Marx no quiere volver atrás, quiere ir hacia el futuro. Pero sí utiliza la crítica que hace del capitalismo.

Y aquí vemos otro aspecto importante del romanticismo. Los románticos sólo son parte del rechazo del capitalismo por la nostalgia de un pasado real o imaginario. A partir de ahí se van a marcar dos corrientes dentro del romanticismo. Una que quiere volver al pasado, que es regresiva, pasadista, y en algunos casos reaccionaria. Y hay otra corriente del romanticismo, que considera que la vuelta al pasado es imposible, es una ilusión. No se trata, por lo tanto, de volver al pasado, sino de dar una vuelta por el pasado en dirección al futuro. Es decir, utilizar elementos que han quedado en el pasado pero para construir un futuro nuevo, utópico, revolucionario.

Entonces hay dos vertientes bastante distintas dentro del romanticismo. Una conservadora o tradicionalista. Otra utópica y revolucionaria. El aspecto romántico en Marx es parte de esa corriente del romanticismo utópico revolucionario. Pero en su reflexión Marx va a tomar aspectos y elementos de varios críticos románticos del capitalismo.

Tomaré sólo dos ejemplos que parecen dar interés a Marx y Engels. Uno es el escritor francés Honoré de Balzac, autor de La comedia humana. La comedia humana es un análisis de la civilización burguesa, un análisis crítico, y una crítica que es romántica –porque Balzac era un hombre que se identificaba con el pasado precapitalista–. Desde el punto de vista político era un conservador, quería volver a la monarquía. Pero eso le daba una distancia crítica hacia la civilización burguesa, y la veía por lo tanto en toda su desnudez.

Entonces, hay una frase de Engels sobre Balzac, que es muy interesante. Dice “yo aprendí más sobre lo que es la sociedad burguesa, el capitalismo, etc., leyendo las novelas de Balzac que con el conjunto de los historiadores, economistas e investigadores de estadísticas profesionales de su época”. Engels, el gran científico social, el gran crítico de la economía política, dice eso. Es muy interesante y bastante sorprendente esa afirmación. Generalmente la gente no se fija en eso, pero creo que es interesante. Es la obra de un escritor, un crítico romántico. Aunque fuera conservador y reaccionario, Balzac le dio instrumentos a Engels para entender, para criticar, para analizar la sociedad capitalista.

Y el otro ejemplo es una cita de Marx, que es muy semejante a la de Engels, cuando dice lo siguiente. Se refiere a un grupo de escritores ingleses del siglo XIX, sus contemporáneos, que son Charles Dickens y dos mujeres: Charlotte Brontë y Mrs. Gaskell. Marx se refiere a los tres, los define como “una espléndida cofradía de escritores de ficción ingleses, cuyas páginas elocuentes y vivas trajeron al mundo más alegatos sociales y políticos que todos los políticos, publicistas y moralistas profesionales juntos”. Es casi la misma cita. Es decir, Marx encontró en las novelas de esos autores un análisis y una crítica que son románticos, porque esos escritores son románticos, que han nutrido su conocimiento de cuáles son las contradicciones, las alienaciones y la parte deshumana de la civilización burguesa. De eso se trata en último análisis.

¿Cuáles son esos aspectos del romanticismo que encontramos en la teoría y el pensamiento histórico y social de Marx y de Engels? Yo voy a apuntar apenas algunos de los aspectos.

El primero es el interés muy grande de Marx y de Engels por ciertas formas de sociedad precapitalistas. No tanto la sociedad feudal sino las sociedades o comunidades primitivas. O como dicen ellos, el comunismo primitivo. Entonces, Marx y Engels van a utilizar los trabajos de una serie de antropólogos, muchos de ellos de inspiración romántica, que han estudiado las comunidades primitivas, o las formas comunitarias primitivas, y Marx y Engels se van a referir de manera muy frecuente a esos trabajos.

Para dar un ejemplo, una carta de Marx a Engels, de 1868, a propósito de un antropólogo e historiador alemán que se llama Georg L. von Maurer. Entonces, Marx dice que la primera crítica que se hizo de la sociedad moderna tenía una perspectiva romántica medieval. Pero ahora aparece un nuevo tipo de crítica de la sociedad burguesa, que corresponde a una orientación socialista. Y consiste en ir mucho más allá de la Edad Media, hacia la época primitiva de cada pueblo. Y uno queda muy sorprendido de encontrar que lo que es el más antiguo elemento. Sin embargo, es el más moderno, que es el principio de la igualdad social. Es decir, lo que encontramos en esas comunidades primitivas, rurales, precapitalistas, arcaicas son las ideas de la igualdad social, que para nosotros son muy modernas, porque precisamente son lo que queremos para la sociedad futura. Entonces, aquí vemos esa dialéctica entre el pasado y el futuro. La igualdad social que existía en el comunismo primitivo fue destruida por el aumento de la propiedad privada, del Estado, de la familia patriarcal, etc. Entonces, lo que fue por un lado el progreso, el desarrollo de los modos productivos, de la civilización y de la propiedad privada fue, también, desde el punto de vista social, una regresión. Se destruyó la igualdad, el espíritu comunitario, que existía en esas sociedades primitivas. Ese es el contenido de esta carta de Marx a Engels, de 1868.

Y más tarde Engels, en una carta a Marx, vuelve a esta problemática, también discutiendo los trabajos de Maurer. Y ahí dice lo siguiente: “Tenemos que superar el preconcepto de la filosofía de las Luces, del siglo XVIII, según el cual a partir de la Antigüedad, de la Edad Media, hubo un constante progreso para lo mejor. Esta visión nos impide ver el carácter contradictorio y antagonista del progreso real, y también los elementos de regresión social”. Yo creo que este pasaje de Engels es también muy interesante, porque tiene que ver con esta cuestión.

Primero, Engels rechaza la idea ingenua de un progreso lineal, que viene del comunismo primitivo, la esclavitud, el sistema feudal, el capitalismo, la sociedad industrial, el socialismo, todo como si fuera una línea de progreso constante. Entonces la rechaza como si fuera ingenua. Y en cambio habla del carácter contradictorio del progreso. El progreso en la historia siempre fue contradictorio. Es decir, del comunismo primitivo a la esclavitud hubo progreso, las fuerzas productivas se desarrollaron, la civilización griega y romana eran más avanzadas que el comunismo primitivo, pero es un progreso contradictorio, porque produjo una forma social inhumana, como era la esclavitud. Entonces, tenemos que ver el carácter contradictorio del progreso, y los elementos de regresión que están en el seno del llamado “progreso”. Es decir, necesitamos una visión dialéctica del progreso. El proceso histórico, los avances, por un lado son o pueden ser, al mismo tiempo, dialécticamente, regresiones.

Un libro en el que se desarrolla esa problemática romántica, filosofía romántica revolucionaria de la historia, es quizás el libro de Engels que se llama El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado. En ese libro, Engels se va a apoyar en el trabajo de dos grupos de antropólogos, de historiadores, como el mismo Maurer, pero también en otros como Lewis Henry Morgan –norteamericano– que ha estudiado las comunidades indígenas, las tribus indígenas norteamericanas, los cherokees en particular, en el curso del siglo XIX, antes de que fueran exterminadas por la civilización blanca norteamericana.

Entonces Engels se refiere mucho a esos trabajos, los utiliza, los interpreta a su manera. Y subraya las cualidades humanas, sociales, culturales que venían de esas comunidades indígenas, “atrasadas”, arcaicas, etc. Dice lo siguiente: “Qué constitución admirable tenía esa organización tribal. Sin soldados, sin guardias, sin policía, sin nobleza, sin reyes ni gobernantes, sin alcaldes, sin prisiones, sin procesos. Todo funciona de manera natural. Todos, en esa comunidad, son iguales y libres, incluyendo a las mujeres. Si comparamos la situación de esa comunidad, de ese comunismo primitivo, con la inmensa mayoría de lo civilizado de nuestros días –década de 1880, cuando escribe esto–, es enorme la distancia entre el proletario y el campesino de hoy y el antiguo miembro libre de esa comunidad”.

Todos los criterios que permiten a Engels hablar de una regresión social son entonces, la libertad, la igualdad, pero también una cierta degradación moral. Había una cierta ética comunitaria en esas comunidades que hacen a Engels hablar de una caída, una quiebra de las alturas de la inocencia y de la moralidad de esa vieja comunidad para la sociedad moderna, y una verdadera degradación ética.

Uno puede imaginar que ese planteamiento de Marx y de Engels es solamente histórico. Que cuando se refiere al comunismo primitivo constata que tenía una serie de cualidades humanas que se perdieron con el llamado progreso y la llamada civilización, simplemente por una cuestión histórica. Pero no es así. Para Marx y Engels es también una cuestión política, en la medida en que para ellos el comunismo moderno, la utopía socialista de una sociedad sin clases, debería reformular, retomar, vivir como una cierta forma de renacimiento –obviamente, bajo una forma nueva, moderna– de estas cualidades sociales, humanas, éticas, que existían en la sociedad primitiva. Entonces, para Marx y Engels aquí hay una relación entre el proyecto futuro, revolucionario, de la utopía comunista, y lo que se ha perdido en el desarrollo de la civilización y destruido en la comunidad.

Ahora lo más interesante de esa significación política concreta de la comunidad primitiva, y de esa concepción romántica de la historia en Marx y Engels, son los manuscritos de ellos sobre Rusia de fines del siglo XIX. En esa época, en Rusia se había desarrollado un movimiento muy importante, apoyado en los campesinos, el movimiento populista revolucionario, que planteaba la posibilidad o la esperanza de construir el socialismo en Rusia a partir de las tradiciones comunitarias, rurales, de los campesinos rusos. Era una revolución contra el zarismo que permitía la transición de Rusia al socialismo, sin pasar por todas las etapas del capitalismo que conoció Europa occidental.

Ese movimiento interesó mucho a Marx y a Engels. Los dos consideraron este punto de vista de los primeros revolucionarios rusos con bastante simpatía. Y una primera manifestación de eso es cuando Marx escribe una carta, en 1877, a un periódico revolucionario ruso donde dice lo siguiente: “El desarrollo futuro de Rusia no tiene necesariamente que pasar por todas las etapas que conoció Europa occidental. No hay un camino único en el proceso histórico. No hay ninguna razón para que Rusia tenga que pasar por todos los horrores de la revolución industrial, del desarrollo del capitalismo, de la explotación, de la destrucción del campesinado libre. El análisis que yo hice en El Capital del desarrollo del capitalismo, se refiere a Europa occidental, a Inglaterra, Francia, Alemania, no necesariamente se refiere a Rusia. Rusia puede, eventualmente, conocer otro camino y otro tipo de salida”. Esa es la primera afirmación de Marx, que es desde el punto de vista metodológico muy importante.

Pero más tarde escribe otros dos textos sobre Rusia que son muy interesantes. Uno es una respuesta a una simpatizante de Marx que vive en Rusia, llamada Vera Zasulich, después dirigente del partido socialdemócrata ruso, quien le preguntaba qué opinión tenía respecto de esa cuestión del desarrollo que puede tener Rusia, y el papel de la comunidad rural en ese contexto. Entonces Marx le contesta, y tenemos la carta, y los textos preparatorios, porque esa carta le dio mucho trabajo, hizo varios textos preparatorios, y tenemos todo ese material. Y la idea fundamental de Marx es la siguiente. Existe la posibilidad, tal vez, no es una seguridad, de que Rusia no deba atravesar todos los horrores del capitalismo que conocieron todos los pueblos de Europa occidental. Existe también la posibilidad de que Rusia pase casi directamente del sistema autoritario feudal, bárbaro, del zarismo, a una sociedad de tipo socialista; en la medida en que este proceso de transición al socialismo se pueda apoyar en las tradiciones comunitarias, rurales, que persisten a pesar de todo, del feudalismo, del capitalismo, entre los campesinos rusos. Tradiciones comunitarias antiguas, primitivas, atávicas, que vienen del pasado y que no han desaparecido. Y que pueden servir de punto de partida para un desarrollo en dirección al socialismo. Esa es un poco la idea, bastante heterodoxa, que desarrolla Marx en esas cartas.

Y poco después Marx vuelve a eso, que es en uno de sus escritos del año 1881, en un prefacio a la edición rusa de El Manifiesto Comunista. Y Marx y Engels, en ese prefacio dicen que existe la posibilidad de que la revolución en Europa no empiece en Alemania o Francia o Inglaterra como habían dicho muchas veces, sino en Rusia, porque es ahí donde la situación estaba más explosiva. Y en ese caso, la revolución de ellos se va a apoyar en esa tradición comunitaria, colectivista, de los campesinos rusos, para iniciar el proceso de transición al socialismo. Siempre y cuando esa revolución rusa sea acompañada por una revolución en el resto de Europa. Es decir, esa revolución sólo podría realmente triunfar si tuviera el apoyo de una revolución europea, de los otros países. Pero puede empezar en Rusia.

Esta discusión tiene consecuencias políticas para el marxismo. Y voy a dar un ejemplo que tiene que ver con la agresión del colonialismo. El siglo XIX es el siglo de la gran expansión comercial, y en particular es la época en que Inglaterra va a conquistar la India. Y al conquistar la India, va a implantar en India formas modernas de distribución capitalista, y de producción, va a desarrollar los ferrocarriles. Es decir, va a haber progreso capitalista para India. Pero a hierro y fuego.

La guerra imperialista

Entonces Marx, en los primeros tiempos, en los primeros textos sobre el colonialismo inglés en India, de 1853, tiene una visión del colonialismo que nos parece muy rara. Dice que “el colonialismo es mortal, es monstruoso, es infame, es asesino; pero trae progreso económico, trae formas modernas de producción, trae los ferrocarriles y eso es positivo”. Entonces en el último análisis el colonialismo juega un papel objetivamente progresista, y que conviene, porque trae la producción moderna para la India. Ese es el primer enfoque.

El segundo enfoque, años más tarde, corresponde a los ‘80. Marx va a tener un enfoque muy distinto, en el cual él ve las consecuencias del colonialismo fundamentalmente por su lado negativo. Entonces escribe lo siguiente en una carta del año 1881 [los borradores –inéditos– de la carta a Vera Zasulich. N.K.]:“Hablando de la India oriental, nadie puede ignorar, excepto siendo Henry Maine” –que era un aristócrata inglés reaccionario colonialista–, “y otras personas de la misma clase, que en la India la supresión por el colonialismo inglés de la unidad colectiva común de las tierras” –que era el sistema de producción tradicional de la India–, “no sólo fue un acto de vandalismo inglés, sino que empujó al pueblo de India no para adelante sino hacia atrás”. 

Entonces ahí no hay progreso objetivo de las fuerzas productivas. En lo esencial, lo que resultó del colonialismo fue una regresión social de la gente, del pueblo campesino, que vivía en sus comunidades, y que aun siendo pobres tenían una mínima garantía de subsistencia en sus comunidades. Son expulsados de sus comunidades, sus comunidades son destruidas, la propiedad comunal rural es sólo estatuida, y a partir de ahí se producen los fenómenos de grandes hambres colectivas que mueven a millones y millones de campesinos. Eso es lo que quiere decir Marx cuando dice que la colonización y la política económica de la colonización no empujó al pueblo de India para adelante sino para atrás.

Ahora ese enfoque yo diría hoy que es “romántico”, en el sentido de que rechaza la idea de un progreso lineal, y percibe todo lo que el comercio capitalista y el desarrollo productivo de la civilización produjo de regresión social. Y compara este hito de pauperización de la población campesina indígena con el estatuto que tenía en el pasado precapitalista que, por lo menos, les garantizaba su subsistencia. Obviamente, la perspectiva histórica de Marx no es volver a las formas tradicionales, rurales, precapitalistas. Obviamente no se trata de eso, no se trata de una restauración del pasado, sino de una perspectiva socialista para el futuro; pero partiendo de esa experiencia del pasado, de existencia comunitaria rural.

Ese es un aspecto del romanticismo del marxismo.

El otro aspecto que a mí me parece también muy importante, es el tipo de crítica que hacen Marx y Engels al capitalismo. Obviamente, esa crítica es la madre de toda una crítica de la explotación. En El Capital el tema principal es el de la explotación del trabajador por el capitalista. Pero la crítica de Marx es más amplia, no es únicamente el tema de la explotación. La crítica de Marx al capitalismo, a la infamia del capitalismo, no tiene únicamente la explotación como objeto sino también otros aspectos. Y es en esos otros aspectos en los que entran temas típicamente románticos.

Uno de esos temas, que aparece en toda la historia del romanticismo, es la crítica a la rentabilización, a la monetarización y a la cuantificación de todas las relaciones humanas y de todas las cualidades sociales por el capitalismo.

Es decir, el capitalismo destruye, diluye, disuelve todos los valores cualitativos –el amor, la amistad, la solidaridad, el honor, la fe–; todo eso es disuelto como en un ácido por el capitalismo, que lo sustituye por un único criterio, que es el cuantitativo. Ya no hay bueno ni malo, ni bello ni feo, sino que hay el que es 10.000, 1.000.000, 10.000.000 de libras, pesos, dólares, o lo que sea. Ese es un tema fundamental de crítica romántica al capitalismo, que Marx y Engels retoman en sus escritos, y que aparece de manera central en un escrito de Marx que todos ustedes conocen, que se llama Manuscritos económico-filosóficos de 1844.

Ahí Marx y Engels dicen que en la sociedad del pasado existía la posibilidad de un intercambio de honor por honor, amistad por amistad, amor por amor. En el capitalismo la tendencia cada vez más dominante es la de cambiar honor por dinero, amistad por dinero, amor por dinero. Entonces él dice eso del proceso de prostitución general de la sociedad. No sólo en la relación del amor, sino en todos los actos de los individuos que tienen por único objetivo la ficción del tener, del acumular capitales de dinero, de mercancía; y los valores cualitativos, las cualidades humanas, sociales, culturales, afectivas, eróticas, todo eso tiende a ser disuelto en el proceso de cantidad de mercancía, o del dinero. Hay muchos aspectos, no voy a citar todos, son bien conocidos por ustedes.

El otro tema parecido que aparece es la oposición que hace Marx, y ya en El Capital, entre el valor de cambio y el valor de uso. Y es un poco lo mismo, reformular el tema de la economía. ¿Qué es el valor de uso? Es el valor cualitativo que tiene una cosa, los objetos: un libro para leer, un caballo para transportarse, una silla para sentarse. Entonces los productos tienen un valor de uso. Y dicen Marx y Engels, sobre todo en El Capital, que en las sociedades precapitalistas, en la antigüedad y en el medioevo, o en las comunidades indígenas, o primitivas, etc., lo importante eran los valores de uso. Es decir, la gente producía objetos en función de su valor de uso, sobre todo.

En la sociedad capitalista, lo que importa es el valor de cambio, que es cuantitativo, es la cifra. Es el cambio que se hace de la mercancía por el dinero. Entonces hay una sustitución del valor de uso por el valor de cambio. El valor de uso ya no importa, sólo interesa en la medida en que pueden vender a la mercancía. Entonces tenemos productos y mercancías que tienen cada vez menos valor de uso y existen únicamente en función de su valor de cambio, en su transformación posible en dinero y en capital.

Entonces así se plantea esa oposición a la sociedad capitalista moderna fundada en la dominación casi exclusiva, total, abrumadora, del valor de cambio, en la que todo se vende por su valor de cambio; dicen Marx y Engels que cada cosa es llevada al mercado y cambiada en función a su valor de cambio, mientras que los valores de uso son excluidos o marginados, o sometidos a la ley del valor de cambio.

En tanto que en una sociedad socialista o poscapitalista –dicen Marx y Engels– otra vez la producción tendrá por objetivo la producción de valores de uso. Es decir, ya no se podrán considerar a las sillas o a los libros en función de su precio de venta, sino que se considerarán en función de su valor social, cultural, etc. Entonces, la sociedad comunista será una sociedad de producción de valores de uso. Ese es un tema central de la crítica marxista de la economía política que retoma en cierta manera una crítica romántica al capitalismo.

Puedo seguir dando otros ejemplos, pero me parece clara la idea fundamental que en la obra de Marx encontramos una vertiente, una dimensión, un aspecto, una sensibilidad romántica. Claro que no es el único aspecto, sino que es un aspecto importante. Y si lo dejamos de lado, si lo ignoramos, perdemos la riqueza de lo que es el pensamiento de Marx. Un pensamiento que es resultado de una síntesis dialéctica entre el pensamiento racionalista, materialista, científico, de la filosofía de las Luces y del gran idealismo alemán, con esta crítica de ese contexto romántico en tanto civilización burguesa. Es la síntesis de los dos y sintetiza la singularidad del pensamiento de Marx y de Engels. Pero generalmente se ve sólo un aspecto, sólo una vertiente, y se pierde una parte muy importante.

Quiero decir, en el poco tiempo que me queda, algo sobre la continuación de esta historia. Es decir, el desarrollo del componente romántico en la historia del marxismo en el siglo XX.

Voy a dar, simplemente, algunos ejemplos. Empezaré con una pensadora del marxismo clásico, que es Rosa Luxemburgo. Es autora de un libro que se llama Introducción a la economía política. Ahora bien, los libros de economía política marxista empiezan con la mercancía, con el capitalismo, etc. El libro de Rosa Luxemburgo empieza con el comunismo primitivo, y casi la mitad del libro es sólo el comunismo primitivo, es muy sorprendente. Y hace un análisis del comunismo primitivo, que es una forma de subsistir, no sólo de las tribus de América, de Alaska, sino también del pasado de Europa y en el mundo entero, que hubo una etapa de desarrollo social, que continúa existiendo, que es la del comunismo primitivo. Ella la analiza, siguiendo la tradición de Engels, subrayando todas sus cualidades humanas de igualdad, de democracia, de antiautoritarismo, etcétera.

Habla también de América Latina, eso es interesante. Habla del comunismo primitivo en el Imperio Inca, donde había toda una estructura burocrática y dictatorial, pero en la base funcionaban las comunidades. Y ella subraya ese elemento latinoamericano. Y Rosa Luxemburgo explica que el comunismo del futuro, obviamente, no es la vuelta al comunismo del pasado, pero que hay una cierta relación entre los dos. Y hay una fase en la que desde el punto de vista del futuro de la humanidad, cuando exista el nuevo comunismo moderno, del futuro, donde se va a decir que la historia de la propiedad privada fue un pequeño paréntesis entre miles de años de la historia del comunismo primitivo y miles de años del comunismo moderno. Entre los dos hubo un pequeño paréntesis que fue la historia de la propiedad privada, del capitalismo, etc. Eso es curioso.

Otra teoría muy interesante es la de que en los países del Tercer Mundo –Asia, Africa y América Latina–, están muy vivas las tradiciones comunitarias. El comunismo primitivo aún está presente, mucho más presente que en Europa o que en EE.UU. Entonces dice que tratemos de pensar una alianza del proletariado moderno de los países industriales, con los campesinos de las comunidades de los países del Tercer Mundo que representan aún la continuidad del comunismo primitivo. Entonces habría una alianza entre el comunismo moderno proletario, el comunismo tradicional campesino, como forma de la unidad antiimperialista entre trabajadores del centro y de la periferia.

Ahora esa temática la vamos a encontrar en un pensador latinoamericano pocos años después de ese libro de Rosa Luxemburgo. Un pensador latinoamericano que seguramente no conocía ese libro que fue publicado sólo en Alemania, que era muy poco conocido fuera. Pero lo vamos a encontrar bajo una forma un poco distinta, pero con una idea muy semejante. Quiero hablar de José Carlos Mariátegui. Es no sólo el más grande pensador marxista en América latina, sino que además también representa lo más típico del marxismo moderno. Y eso se manifiesta en muchos aspectos del pensamiento de Mariátegui, en la importancia que le da a la emoción, a la fe, al mito, a la mística. Todos esos elementos son característicos del romanticismo. Pero también en su concepción de la revolución peruana y latinoamericana, en la cual él subraya de manera muy semejante a Rosa Luxemburgo la persistencia de tradiciones comunitarias entre los campesinos peruanos, andinos y latinoamericanos.

Socialismo y comunismo moderno que, obviamente, no son una vuelta al comunismo inca. No queremos Incas, no queremos reyes dictadores. El comunismo moderno incluye el principio moderno de la libertad. Pero sí un retorno a la tradición comunitaria.

Entonces Mariátegui dice que nuestro socialismo, en América latina, no puede ser calco y copia de otras experiencias, sino que tiene que ser una creación heroica. Y él hablaba también en tanto futuro en América Latina, que también era la única respuesta posible a la dominación imperialista, un socialismo indoamericano, un socialismo enraizado en las tradiciones culturales de los pueblos de América latina.

Entonces Rosa Luxemburgo y Carlos Mariátegui. Y hay muchos otros, aunque no hay tiempo de analizar a todos, pero voy a nombrarlos. Está también el judío alemán Ernst Bloch, que se autodefinía como romántico profesional porque era también marxista. Los primeros escritos filosóficos de György Lukács, el filósofo marxista húngaro. Algunos de los representantes más importantes de lo que se llamaba la escuela de Frankfurt: Walter Benjamin, Adorno, Horkheimer, Marcuse, que son también parte de esa vertiente del marxismo romántico. Algunos pensadores franceses como André Breton –el fundador del surrealismo-, que es también un representante muy interesante de lo que es el marxismo romántico. El filósofo marxista francés Henri Lefevre, uno de los inspiradores del movimiento de Mayo del ‘68 en Francia, junto con Guy Debord, fundador del situacionismo, también un romántico marxista.

Y en Inglaterra tenemos toda una corriente de la historiografía inglesa, cuyo representante más conocido es el historiador E. P. Thompson, que también representa muy bien esa corriente romántica del marxismo.

Estos ejemplos muestran que siguió existiendo en el siglo XX una corriente del marxismo en el sentido amplio, no el marxismo ortodoxo únicamente, en el cual esa dimensión romántica, ese elemento romántico, esa protesta romántica en contra de la civilización industrial capitalista sigue muy presente. Y creo que este momento, entonces, es parte de la riqueza del pensamiento marxista desde Marx y Engels hasta hoy, es uno de los componentes importantes de la crítica actual y del rechazo social, ético, moral y político al capitalismo y del proyecto de una nueva sociedad: de la sociedad de la utopía comunista.

MICHAEL LÖWY