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Los animales en la sociedad moderna

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Simone Weil: lucidez y delirio

por Antonio García Vila //

Como a menudo se ha afirmado Simone Weil es una mística del siglo XX. Algo aparentemente contradictorio, pues el pasado siglo ya no parecía una época propicia para tales devaneos con el más allá –o el más acá, según se mire–, pero lo cierto es que Simone Weil tampoco es un personaje “normal”. Seguir leyendo Simone Weil: lucidez y delirio

Cuento de Mauricio Wacquez: El Coreano

Han pasado diez años.
Levanto los ojos y la veo a usted tomada de la barra del troley. Sí, es usted: el mismo peinado, la misma lejanía en la mirada azul, sus olvidados ojos de astígmata. Eso posee vida en usted. Sus ojos brillan como la única zona intacta del rostro. Sin pestañas, sin cejas, aún conservan la dolorida tenacidad de antaño. Esa mirada me subleva por dentro, me crispa, aparto la cara y miro por la ventanilla. Seguir leyendo Cuento de Mauricio Wacquez: El Coreano

Cuento de Juan Carlos Onetti: El infierno tan temido

La primera carta, la primera fotografía, le llegó al diario entre la medianoche y el cierre. Estaba golpeando la máquina, un poco hambriento, un poco enfermo por el café y el tabaco, entregado con familiar felicidad a la marcha de la frase y a la aparición dócil de las palabras. Estaba escribiendo “Cabe destacar que los señores comisarios nada vieron de sospechoso y ni siquiera de poco común en el triunfo consagratorio de Play Roy, que supo sacar partido de la cancha de invierno, dominar como saeta en la instancia decisiva”, cuando vio la mano roja y manchada de tinta de Partidarias entre su cara y la máquina, ofreciéndole el sobre. Seguir leyendo Cuento de Juan Carlos Onetti: El infierno tan temido

Virginia Woolf: diario de una escritora

1922

Viernes, 23 Je junio

Jacob está siendo pasado a máquina por la señorita Green, y cruzará el Atlántico el día 14 de julio. Entonces comenzará mi temporada de dudas y de altibajos. Me voy a proteger de la siguiente manera. Procuraré tener adelantado un relato para Eliot, vidas para Squire, y Reading; de manera que pueda darle la vuelta a la almohada, según sea mi suerte. Si dicen que se trata de un inteligente experimento, me dedicaré a producir, en calidad de producto acabado, «La señora Dalloway en Bond Street». Si dicen, su narrativa es inverosímil, yo diré, y qué me dicen de la fantasía de la señorita Ormerod. Si dicen; «Ni uno de sus personajes consigue importarnos un pimiento», les diré que lean mis críticas. Pero ¿qué dirán del Jacob? Una locura, supongo; una rapsodia inconexa; no lo sé. Para formarme una opinión sobre este libro confiaré en volverlo a leer. Sobre volver a leer novelas es el título de un artículo muy trabajado, pero notablemente inteligente, destinado al Supt. Seguir leyendo Virginia Woolf: diario de una escritora

Cuento de Antonio Di Benedetto: “Pero uno pudo”

Sabemos de esto por la tradición oral que viene de nuestros remotos antepasados, pues ocurrió hace diez o más años.

Hemos de advertir, asimismo, que si al expresarnos prescindimos de todas las formas del singular no es porque asumamos rango de majestades, sino porque todo lo nuestro es plural. Por lo menos, así lo entendemos nosotros. Ésta es una diferencia con los hombres, porque, sin dejar de creer que sea posible, nos parece harto difícil la individualidad. El repetirse de las acciones y los pensamientos, el encontrar que ya hubo quien lo haga o en otra parte hay quien lo hace o puede hacerlo idénticamente es tan depresivo que sólo la vanidad puede impedir el suicidio. No negamos, no, que de esta manera constituimos lo que el hombre puede llamar una sociedad estacionaria o retrógrada; pero es que estamos cansados de seguir ciegamente su ejemplo. Eso conduce periódicamente a la muerte en masa, a la angustia constante de los esclarecidos y al dolor de los vencidos y los menos dotados. Nosotros sólo queremos vivir, vivir en paz.

Se nos dirá, tal vez, que nuestra paz viene a ser semejante a la de las araucarias petrificadas. Tal vez. Después de todo, nosotros somos animales. Ni siquiera sabemos nuestro nombre; no ya, por la abolición de lo personal, el de cada uno, sino el de la especie. Se nos llama, a veces, piojillos de las plantas, y éste no ha de ser el nombre científico, ni siquiera el que se nos dé en otros países. Pero tampoco eso puede preocuparnos. Ni aunque se nos llamase elefantes o monos sabios conseguirían algo de nosotros, ni siquiera una excitación orgullosa. El bien y el mal, lo bueno y lo malo son fatales e incontrastables. Distribuidos por partes iguales se sufren menos y se gozan más.

Lo único que deseamos es vivir, y no la muerte. Por eso somos tan diferentes de los seres humanos, claro está que no de todos, siendo como es posible que sólo seamos distintos de algunos determinados.

Algo de esto contiene, precisamente, lo que ocurrió en los lejanos tiempos.

Temblaban nuestros abuelos porque la dueña de casa anunciaba, de día en día, la desinsectización de las plantas. No lo hacía, no, pero al marido y a todas las visitas les decía que iba a hacerlo. Una corriente inmigratoria dotada de alguna experiencia de otros mundos nos hizo notar que, siendo para una mujer la desinsectización sinónimo de limpieza, no era preciso asustarse de esa mujer, por ser ella poco y nada higiénica. Como respondiéramos que mujeres hay que no son limpias ellas mismas pero sin embargo viven afanadas limpiando el hogar, la corriente inmigratoria -que a poco se asimilaría al nosotros genérico- nos hizo observar que esa mujer no sólo no se limpiaba ella sino que nunca limpiaba los pisos y que los pañales de la hija eran repugnantes.

Quizás esto mismo fue lo que decidió al marido. Muchas veces escuchamos sus amenazas, sordas o francas, pero jamás nos atrevimos a contarlas en nuestro tesoro de esperanzas. Hasta que el marido procedió un día, memorable para nuestra familia, a la desinsectización de su matrimonio.

Después, con el consiguiente traslado de él a una casa inhabitable, porque es de piedra y carece de plantas, vino para la nuestra, aunque no el abandono total, un prolijo descuido a cargo de los parientes. De tal modo llegó para nosotros la era próspera.

* * *

Pero él ha vuelto y la hija, que ya, es claro, no usa pañales, también está aquí, de regreso del colegio religioso.

Ha vuelto hace días y está de reparaciones, de ordenamiento, denodada, fiera, egoístamente, con su concepción tan distinta de la nuestra, buscando por si solo, como olvidado de que no se puede y bien pudo aprenderlo cuando por sí mismo buscó mujer.

Ha vuelto y está allí, ahora, con unas piedras azules, engañosas como su aparente transparencia. Las coloca en la tierra de los cancos, las rocía con agual y va así de planta en planta, disponiendo la muerte para nosotros y conversando descuidadamente con la niña.

-Hago mi felicidad, hija. Así como curo las plantas, curé mi vida y la tuya. . .

Nosotros, sintiendo que el veneno viene, que la muerte viene, como un curso de lava ascendente, gritamos, le gritamos, despavoridos, enfrentándolo con su crimen de hoy y con su crimen del pasado:

-Asesino!

Pero él continúa, absorto y radiante a la vez, en su error, sin que, por suerte, para gloria de nuestro credo, generalice diciendo que todos, como él, pueden hacerlo:

-Hago, hija, la belleza de la vida; la belleza de nuestra vida.

Y nosotros, acusadores y clamantes:

-Asesino! Asesino! Asesino. . . !

Pero nuestra voz, quizás, se oye menos que el choque del viento en una nube.

 

 

(Imagen: Antonio di Benedetto)

Joyce: “triste Trieste”

por Higinio Polo //

De los casi sesenta años que vivió, Joyce escasamente pasó doce en Irlanda, esa Irlanda católica y madrastra que ahogaba a sus hijos. Su vida transcurrió en ciudades distintas, vagabundo como Leopold Bloom, jugando con idiomas y palabras, canciones y sonidos. Una de ellas fue Triestre, esa ciudad híbrida y mestiza, siempre frontera, siempre triste.

Concienzudo biógrafo, Richard Ellmann dedicó muchos años de su vida a documentar la vida de James Joyce en Dublín, Trieste, París y Zúrich, y nos dejó muchas páginas de la relación del autor del Ulises con Pound, Shaw, Hemingway, Yeats, Eliot, Woolf, Proust y Scott Fitzgerald, entre otros. Conocemos los menores movimientos de Joyce, sus temores, su desesperada búsqueda de reconocimiento, su afanosa demanda de la libertad artística, de la patria imaginaria de quienes sitúan la literatura por encima de la vida, como hizo el autor del Ulises. Complicado asunto, sobre todo si se recuerda que el propio Joyce, tal vez con coquetería, llegó a decir que en el Ulises no había ninguna línea escrita con seriedad, tal vez recordando a Shandy.

Hay muchas escenas memorables en la vida de Joyce, según nos cuenta Ellmann, sobre todo cuando recordamos lo que aquél nos ha dejado, y procuramos olvidar sus días tristes, que fueron muchos. Señalaré una de esas escenas, algo arbitraria, como tantas cosas de Joyce, rememorada por el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, que nos da cuenta de las diferentes versiones del encuentro: al parecer, Joyce y Marcel Proust se encontraron una sola vez en su vida. La versión que más me gusta afirma que el banquero Edmond de Rothschild quería gozar de la conversación de los dos grandes escritores y, así, a iniciativa de ese barón Rothschild, Proust y Joyce fueron convocados a comer en el hotel Ritz de París, allí al lado de donde los comuneros habían derribado la estatua de julio. Por lo visto el encuentro no dio mucho de sí: se redujo a una pregunta de Proust sobre las trufas del banquete (“¿le gustan a usted?”, le diría a Joyce) y una cortés negación del irlandés. Hay otras versiones del encuentro, cuatro o cinco, recogidas por Ellman, que sitúan el encuentro en el hotel Majestic y no en el Ritz, y, también, alguna que nos muestra a Joyce borracho. No importa mucho, aunque sepamos que Joyce tenía un serio problema con el alcohol. En esa escena del Majestic está recogida su contradicción esencial: el autor del Ulises buscaba el reconocimiento, jugaba con la inmortalidad (¡escribía a sus amigos hablando del asunto!), quería verse reflejado en sus pares, pero apenas se encontraba a sí mismo, porque se reconocía en la oscuridad, en la soledad, y, en cambio, en los salones del mundo, sólo podía mostrar una máscara, una coraza como la que armó en su novela, para ocultarse mostrándose.

Nuestro autor ni siquiera numeró los capítulos de su más célebre novela, aunque nosotros los encontremos hoy debidamente ordenados y comentados en secuencias, siguiendo los pasos (apenas guiños) de la Odisea, en otra de sus bromas, por mucho que se empeñara en jugar con misterios, hasta el punto de que el esquema interpretativo que Joyce escribió para sus amigos (lleno de rasgos absurdos, como ese “pene en el baño”, un símbolo que se supone relevante para el quinto capítulo de la novela) se hizo público casi cuarenta años después de la aparición de la novela, cuando el escritor ya había muerto, y sabemos que apenas aporta nada a la comprensión del Ulises.

De los casi sesenta años que vivió, Joyce escasamente pasó doce en Irlanda, esa Irlanda católica y madrastra que ahogaba a sus hijos. Su vida transcurrió en ciudades distintas, vagabundo como Leopold Bloom, jugando con idiomas y palabras, canciones y sonidos, enseñando a otros en oscuras academias, pasando aprietos, exiliado; viendo de lejos las obsesiones de quienes, como W. B. Yeats, querían recuperar supuestas almas de la nación irlandesa, observando con escepticismo los desvelos de quienes dedicaban su vida a la absurda misión de la exaltación de Irlanda, empeñados en realzar las glorias de todo lo irlandés. Ya se sabe que el mundo está lleno de patriotas. Pero, a despecho de nacionalistas, Joyce se marchó pronto de su pequeño país. Primero, a Zúrich; después, a Trieste; finalmente, a París. En Trieste quedó una parte de su vida que ahora es recordada con interés, a veces mercantil.

* * *

Joyce

Trieste es una ciudad híbrida, mestiza. En ella se hablan dos idiomas, y sigue siendo un puerto de salida del imperio austrohúngaro, aunque ese imperio desapareciese tras la Primera Guerra Mundial. Trieste es, también, al menos en parte, la ciudad de Rilke, de Winckelmann, y, claro, de Italo Svevo (aquel Ettore Schmitz que había publicado un par de novelas, Una vida y Senectud, que pasaron desapercibidas, y a quien Joyce, su profesor de inglés, elogió, gesto que estimuló a Schmitz para volver al ejercicio de la literatura, dejándonos La conciencia de Zeno), y de Umberto Poli, a quien el siglo XX conocería como Umberto Saba. A Trieste llegó Winkelmann (que había nacido en Stendhal, el pueblecito alemán cuyo nombre tomó Henri Beyle dispuesto a entrar con él en la historia de la literatura) para morir, aunque no lo sabía. Winckelmann fue asesinado, en 1768, por un individuo llamado Arcangeli, en una posada de Trieste. Goethe nos cuenta que, en 1786, recorrió Roma con la Historia del arte de Winckelmann en las manos, treinta y un años después de que lo hiciera el historiador, y evoca su muerte al consignar los asesinatos que ocurren en el barrio donde se hospeda. Trieste es una ciudad mediterránea, racional, provinciana, y algo triste. En esa triste Trieste se instala Joyce, casi por casualidad.

Como si fuera una maldición, Joyce vive durante años en esa ciudad, Trieste, que hoy está llena de calles con nombres de patriotas triestinos (que ya es ser patriota): casi huyendo de los nacionalistas irlandeses, se topa con los adriáticos. A Trieste llega con su mujer, Nora Barnacle, con quien viviría toda su vida. Una Nora, mujer limitada y sencilla, que no comprendía la obsesión de su marido por esa entelequia que es la literatura, y cuyas páginas ni siquiera intentó leer. En Trieste, Joyce no consiguió tener nunca una posición desahogada, aunque pudo ir comiendo, y, al menos, puso distancia del catolicismo y del nacionalismo irlandés que todo lo contaminaba (aunque no por ello Joyce dejó de apoyar al Sinn Fein en algunas ocasiones), y se alejó del viejo Dublín donde, como dice Ignatius Gallaher en Dublineses, “nadie sabe nada de nada”, seguramente para entender mejor la ciudad, porque si bien Joyce rehuía el nacionalismo, Dublín fue el centro de su vida, la obsesión de sus páginas, el centro de sus palabras, el objeto con que deformar el mundo para dotarle de un nuevo sentido y una mirada distinta. Casi podemos decir que Dublín existe por Joyce.

De hecho, Joyce fue primero a Zúrich, en septiembre de 1904, donde pensaba trabajar en una academia de idiomas; después, a Pola (una ciudad que tiene la costumbre de cambiar de país: cuando Joyce llegó a ella, era una localidad del imperio austrohúngaro, que después se hizo italiana, más tarde yugoslava, y, en nuestros días, eslovena: hasta nueva orden), y, al fin, a Trieste. Vive en Trieste desde 1905 hasta 1915, y allí nacen sus hijos, Giorgio y Lucia, con quienes hablará siempre en italiano, y después se instala en Zúrich (donde conoce a Lenin, siempre los bolcheviques en medio de todo), durante los años de la gran guerra. En 1914 Joyce había publicado Dublineses, su tercer libro, y empieza a ser conocido, con reparos, y, además, entra en su vida Ezra Pound, que le brindará un estímulo importante para seguir escribiendo, al igual que hizo Harriet Shaw Weaver, una mujer que siempre lo ayudó. Tras la catástrofe de la guerra, Joyce vuelve a Trieste en 1919, pero la ciudad ya no es el principal puerto del Imperio austrohúngaro, sino una ciudad italiana, que el escritor abandona de nuevo en 1920, para no volver. Se instala entonces en París (con algún paréntesis, como su estancia en Londres en 1922), y allí vivió hasta la llegada de los nazis. Quien desdeñaba la política, como Joyce, se vio obligado a huir por ella. En ese 1922 se publica el Ulises, no sin dificultades, como se sabe: incluso Virginia Woolf se negó a participar en la edición y la impresión del libro; aunque finalmente Sylvia Beach se hizo cargo de la publicación.

Así que no es extraño que, mientras yo buscaba el rastro de Joyce en Trieste, callejeando bajo la lluvia, recordase su domicilio de París. Estaba en el número 71 de Cardenal Lemoine, muy cerca de donde vivió Hemingway. Allí, cerca de la plaza Contrescarpe, se inicia un callejón, casi siempre cerrado con una reja que hace la función de puerta. Dentro del callejón se ve un largo muro de piedra, a la izquierda. Cuando termina, se abre una explanada recoleta que cuenta con edificios de distintas alturas. Las casas tienen una letra para que puedan diferenciarse entre sí, y hay un grupo de árboles en el centro. Nada recuerda a Joyce. Pero volvamos a Trieste, para encontrarnos con él. (Los aficionados a la precisión biográfica pueden seguir el itinerario de las casas donde vivió Joyce en la ciudad italiana, censo que elaboró la Università degli Studi di Trieste, a saber: primero, Joyce vive en la Piazza Ponterosso 3, tercer piso, en marzo de 1905; después, en via San Nicolò 30, segundo piso, entre mayo de 1905 y febrero de 1906; luego, en Via Giovanni Boccaccio 1, segundo piso, desde febrero a julio de 1906 -en ese momento se marchó a Roma, donde vivió desde julio de 1906 hasta febrero del año siguiente-; más tarde, en Via San Nicolò 32, tercer piso, entre marzo y noviembre de 1907; aún, en Via Santa Caterina 1, primer piso, desde diciembre de 1907 hasta abril de 1909; y en Via Vincenzo Scussa 8, primer piso, entre marzo de 1909 y agosto de 1910; Via Barriera Vecchia 32, tercer piso, donde vive desde agosto de 1910 a septiembre de 1912; Via Donato Bramante 4, segundo piso, entre septiembre de 1912 y junio de 1915; y, finalmente, en Via della Sanità, 2, tercer piso, entre octubre de 1919 y junio de 1920). Todo está documentado.

Fui primero a ver la calle Armando Díaz, tal vez porque fue su última morada en Trieste. En la Via Armando Díaz, que antes se llamaba Sanità, vivió en el número 2, en el tercer piso, como un oscuro escritor irlandés que mantenía a su familia con clases de idiomas. El de Armando Díaz, o Sanità, es un gran edificio, oscuro, con una enorme puerta de entrada y tres balcones encima, uno en cada piso, excepto en el último. Todos los balcones tienen un mástil, y el edificio parece casi abandonado, o apenas con algunas oficinas enmohecidas, sumergidas en la penumbra y el polvo. Aquí, Joyce compuso los capítulos XIII y XIV del Ulises. ¿Qué dicen esos capítulos? El primero, XIII, transcurre entre las ocho y las nueve de la tarde, cuando anochece en Dublín, habla de una jovencita y, además, seguimos los pensamientos de Leopold Bloom. El segundo, XIV, transcurre entre las diez y las once de la noche en la Maternidad, a donde Bloom llega para ver a una parturienta. Puntilloso en los detalles, Joyce contrajo esa manía de documentar los hechos más nimios, que es antigua. Por eso era capaz de iniciar una correspondencia agotadora para enterarse del color que tenía una puerta de Dublín, o sobre la existencia de una enredadera, o la situación de unos escalones, o cualquier chisme sobre la Maternidad, en ese día de 1904 en que el escritor nos muestra a sus personajes.

Joyce, jugando con el tiempo vital y literario, mezclando todo lo que quiso, recurriendo al cajón de sastre de la memoria caótica y sentimental, construye esa novela que casi estaba terminando en la calle de la Sanità (el Ulises tiene dieciocho capítulos, aunque, como se ha dicho, Joyce no los numeró cuando se publicó el texto), y que iba a publicarse en 1922, en plena resaca de la gran guerra, cuando Joyce vivía ya en París y empezaban a mostrarse los camorristas del fascio y hasta los nazis.

Después siguió viviendo en París, y cuando su hija Lucia ingresó en un manicomio después de la ocupación nazi de la capital francesa, sonó el momento del exilio final: sería en Zúrich, donde Joyce murió en enero de 1941. Su hija Lucia, que había nacido en un pabellón de pobres en un hospital triestino, morirá muchos años después, en 1982. En esos años veinte Trieste ya quedaba lejos para Joyce, pero buena parte de la novela la escribió allí.

Para ir a la calle Bramante, donde también vivió, subí por la Via San Michele, que antes se llamaba Felice Venezian. La calle, que asciende trabajosamente hacia la parte alta de la ciudad, es una vía muy inclinada, fea, oscura, casi sin comercios, apenas con algún negocio de anticuarios, y con los edificios desconchados y sin pintar, igual que debían estar hace un siglo, cuando Joyce la recorría. En el número 4 de Donato Bramante, Joyce vivió durante más tiempo que en ningún otro lugar de Trieste: aquí residió entre 1912 y 1915. Mientras vivía en ese apartamento publicó Gente de Dublín, terminó Dedalus, escribió el drama Esuli, y empezó a escribir el Ulises. La casa tiene una entrada convencional, con unas baldosas en el zaguán que componen un ajedrezado oblicuo, y una modesta escalera. Al lado de la entrada han puesto un bar que se anuncia como buffet y al que han bautizado como A la scaletta Joyce. El espíritu mercantil lo devora todo.

Bramante es una calle concurrida, con tráfico, y, encima del restaurante, vi en una placa una leyenda que recoge una nota escrita por Joyce el 16 de junio de 1915: “He escrito alguna cosa. El primer episodio de mi nueva novela Ulises está escrito.” Para ello, reciclaría algunos materiales, mientras seguía pensando en Dublín. Stephen Dedalus, que aparece en el Retrato del artista joven (o adolescente, como quiso Dámaso Alonso) y en Ulises, es un reflejo distorsionado del propio Joyce, que nos muestra en ese armazón desgarrado de su mayor novela la oscura ciudad irlandesa (“Querida sucia Dublín”, destaca en un fragmento) y su propia vida, utilizando todo tipo de materiales, recursos, amarrando un desfile, ahogando (a veces, en apresuradas y prescindibles líneas) la anatomía incierta de un mundo que cambiaba reflejado en esa ciudad a la que volvía obsesivamente en sus libros, aunque él mismo no regresase nunca, a excepción de algún viaje apresurado. Joyce vivía en el segundo piso de Bramante, justo encima de la placa que hoy nos recuerda al escritor, aunque alguien que pasa me dice que, en realidad, vivía más hacia el centro del edificio. No importa.

En la Via Alfredo Oriani, vivió Joyce en el número 2. Antes se llamaba Barriera Vecchia, y el mismo portal que ahora lleva el número 2 era entonces el 32. El escritor vivió aquí entre 1910 y 1912, en el tercer piso. Tiene una oscura entrada, con la mitad ocupada por una pequeña tienda, como los zaguanes de la posguerra española, con tablas de madera cubriendo los cristales del aparador. Allí mismo, en el número 2, está la farmacia de G. A. Picciola, propietario del apartamento: Joyce no le pagaba el alquiler y Picciola lo desahució. En ese momento, Joyce pudo salir de la difícil situación gracias a la ayuda de su hermano Stanislaus. Triste Trieste, Tristram, de donde saldrá cuando se inicie la guerra en 1914, el mismo año en que publica Dublineses, que tradujo para nosotros Cabrera Infante, y que se convertiría en la última película de John Huston. (Disculpen ustedes, pero es curioso: su primera obra fue El halcón maltés, y la última, Dublineses.)

Después, entré en la pastelería Pirona, en el Largo Barriera Vecchia, 12, uno de los lugares predilectos de Joyce. Dentro, declaran en un diploma que allí hacen el mejor chocolate de Italia. No es poca cosa. Es una agradable pastelería, con estanterías de madera y un reloj incrustado en ellas. Tienen unos cubiertos antiguos, y el lugar obliga a permanecer de pie: no hay mesas, ni sillas, sólo el mostrador de madera y vidrio. Tienen un cartel que prohíbe fumar “para mantener el aroma de la pastelería”. A Joyce le gustaban mucho los pasteles de la tahona, y podemos imaginarlo comprando masitas de harina y crema mientras daba vueltas en el caótico laberinto del Ulises y pensaba en su precaria economía.

Piazza della Borsa, Trieste.

Allí cerca, en Saba 6, está la casa donde vivía el conde Francesco Sordina, que fue discípulo y alumno de Joyce, además de gran admirador suyo. Ahora, en el segundo piso, casi todo el espacio está ocupado por Forza Italia, ese inquietante partido de Berlusconi. En el número 1 de la plaza Carlo Goldoni, en el palacio Tonello, estaba el diario Il Piccolo, tan importante para Trieste y para el propio Joyce. Y en el número 32 de San Nicolò estaba la Academia Berlitz, donde impartía clases de inglés; entre otros alumnos, a Italo Svevo. Allí empezó a trabajar Joyce, en 1905, y pudo ir comiendo, no sin estrecheces. A partir de 1907, el escritor irlandés vivía en el segundo piso del mismo edificio: de manera que ¡iba a trabajar sin salir de su escalera! Hoy es un edificio que alberga una tienda de muebles. También vivió Joyce al lado, en el número 30, en el segundo piso, en un edificio donde trabajó también Umberto Saba.

Fui después a la bolsa. En el número 12 de la Piazza de la Borsa estaba el Cinema Americano, de Giuseppe Caris, de quien salió la idea para crear el cine Volta de Dublín, asunto que entusiasmó a Joyce hasta el punto de convertirse en promotor. El cine Volta fue el primero de la ciudad y de Irlanda (y, en su inauguración, se pasó una película sobre Beatrice Cenci, el personaje de Stendhal: ya ven ustedes que todo encaja, desde Winckelmann a Henri Beyle), y la iniciativa llevó a Joyce a volver a su ciudad, aunque al final el proyecto fracasó. Es probable que el escritor hubiera hecho dinero con el asunto, pero el cine Volta cerró a los pocos meses, no sabemos si porque el catolicismo irlandés era reacio a las novedades. Allí mismo, cerca de donde estaba el Cinema Americano triestino, en la sala de Bolsa, que está en el número 17, Joyce dio en 1907 una conferencia titulada “Irlanda, isla de los santos y de los sabios”.

Me acerqué, incluso, a un lugar más secreto de Trieste: hasta el número 7 de la calle Pescheria, para ver una casa de cuatro plantas, donde había una casa de tolerancia, como las llamaban antes, que frecuentaba Joyce. La vía es un callejón angosto, y, aunque está cerca de la plaza de la Bolsa y del centro elegante de Trieste, es un pasaje sórdido, casi sin luz. Hoy el edificio está arruinado, aunque, al parecer, siguen viviendo algunos vecinos. Tal vez estaba así en los días de Joyce, desconchada y decrépita, adecuada para comercios infames. No era la primera vez, ni mucho menos que el escritor visitaba un lupanar: también lo había hecho en París, cuando todavía era un joven veintiañero. Podemos imaginarlo recorriendo burdeles y esquinas, para después dejarnos sombras y caricias convertidas en expresiones literarias o en miradas estrictas en el Ulises.

* * *

Asqueado del catolicismo, tal vez porque estudió con los jesuitas, ese Joyce que tuvo que escribir un esquema para que sus amigos entendieran el Ulises, y que, ochenta años después, sigue dando trabajo a los especialistas que buscan, que rastrean las menores referencias literarias o los juegos, las bromas y guiños absurdos que introdujo en la novela, a la manera de Sterne, que sigue haciéndonos leer las páginas que sobran en su novela, muy numerosas; que continua jugando con nosotros incluso con su insistencia en el arbitrario parentesco con la Odisea, que ha introducido para siempre el monólogo interior que tomó de Edouard Dujardin; ese Joyce, fue un hombre que se sintió atraído por el movimiento obrerista que preconizaba un nuevo mundo que se iba a verter en el socialismo, aunque después la vida y la experiencia (marcando a fuego y en silencio su propia existencia) le hizo desconfiar de la política y, ay, de los propios seres humanos. Empeñado con el alcohol, progresivamente ciego, soportando intervenciones quirúrgicas que no resolverían sus problemas, murió cuando contaba cincuenta y nueve años, lejos de Irlanda y de sus fantasmas.

El 4 de junio de 1904 (día en que transcurre el Ulises, en Dublín, de la mano de esos tres escuetos personajes: Leopold y Molly Bloom y Stephan Dedalus, y cuya jornada fue considerada obscena en los Estados Unidos, hasta el extremo de prohibir el libro, e incluso de quemar algunas de las ediciones) se ha convertido hoy en ese Bloomsday o excursión para caníbales de la literatura y devoradores de vísceras, y, casi, en el único día de la vida de Joyce. Dublín y la palabra son los grandes protagonistas de sus obras, y, así, Joyce, sigue enredando con un pasado que no puede cambiarse y un futuro que se adivinaba oscuro, porque el presente nunca existe, a pesar de las evidencias, como hizo; soportando su visión del escritor en un mundo capitalista que corrompía y prostituía el arte y la literatura, desconfiando de la capacidad humana para evitar la catástrofe, dejando atrás esa confianza que le llevó a una particular, aunque confusa, defensa del socialismo, basada en la experiencia de quienes como él se veían condenados a la oscuridad y la pobreza; mientras nosotros seguimos viendo a Joyce buscando, rebuscando en la palabra, en la nocturna Dublín empapada en el estanque negro frente al mar de Irlanda, sellando la doliente condición humana en la copiosa jornada a la que dedicó su vida, recorriendo los callejones y deteniéndose en una pastelería, inmerso en la delicada y rota, áspera armadura de su novela, vagando por la triste Trieste.

Texto publicado originalmente en el nº 234-235 de El Viejo Topo, nº 234-235, julio 2007

Gabriel García Márquez: La soledad de America Latina”

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santa Anna, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en Paris en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. Ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera donde están todos los habitantes de la cuidad de Upsala. Numerosas mujeres encintas fueron arrestadas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aun se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 12 % por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de la incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre estos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

From Les Prix Nobel. The Nobel Prizes 1982, Editor Wilhelm Odelberg, [Nobel Foundation], Stockholm, 1983

Cuento de Paul Auster: “El cuaderno rojo”

1

En 1972 una íntima amiga mía tuvo problemas con la ley. Vivía aquel año en una aldea de Irlanda, no muy lejos de la ciudad de Sugo. Yo había ido a verla por aquel entonces, el día que un policía de paisano se presentó en la casa con una ci­tación del juzgado. Las acusaciones eran lo suficientemente serias como para re­querir un abogado. Mi amiga pidió infor­mación, le recomendaron un nombre, y a la mañana siguiente fuimos en bicicleta a la ciudad para reunirnos y hablar del asunto con aquella persona. Con gran asombro por mi parte, trabajaba en un bu­fete de abogados llamado Argue & Phibbs.[1]

Ésta es una historia verdadera. Si al­guien lo duda, lo reto a que visite Sligo y compruebe por sí mismo si me la he in­ventado. Llevo veinte años riéndome con esos apellidos y, aunque puedo probar que Argue & Phibbs existían de verdad, el he­cho de que los dos apellidos hubieran sido emparejados (para formar el chiste más in­genioso, la sátira más certera contra la abogacía) es algo que todavía me parece increíble.

Según mis últimas noticias (de hace tres o cuatro años), el bufete continúa siendo un negocio floreciente.

2

Al año siguiente (1973) me ofrecieron un trabajo de guarda en una granja del sur de Francia. Los problemas legales de mi amiga eran agua pasada, y puesto que nuestro noviazgo intermitente parecía fun­cionar de nuevo, decidimos unir nuestras fuerzas y aceptar juntos el trabajo. Los dos andábamos mal de dinero por aquel en­tonces, y sin aquella oferta hubiéramos te­nido que volver a Estados Unidos, cosa que ninguno de los dos aún había previsto.

Fue un curioso año. Por una parte, el lugar era precioso: un caserón de piedra del siglo xviii, rodeado de viñas por uno de sus flancos y, por el otro, por un parque nacional. El pueblo más próximo estaba a dos kilómetros de distancia, y no lo habita­ban más de cuarenta personas, ninguna de menos de sesenta o setenta años. Era un sitio ideal para que dos escritores jóvenes pasaran un año, y tanto L. como yo, traba­jando de verdad, sacamos en aquella casa mucho más fruto del que ninguno de los dos hubiera creído posible.

Por otra parte, vivíamos permanente­mente al borde de la catástrofe. Los due­ños de la finca, una pareja estadounidense que vivía en París, nos enviaban un pe­queño salario mensual (cincuenta dóla­res), dietas para la gasolina del coche, y di­nero para la comida de los dos perros perdigueros que había en la casa. En con­junto, era un acuerdo generoso. No había que pagar alquiler, y aunque nuestro sala­rio nos viniera corto para vivir, cubría una parte de nuestros gastos mensuales. Nues­tro plan era conseguir el resto haciendo traducciones. Antes de abandonar París e instalarnos en el campo habíamos acor­dado una serie de trabajos que nos ayudarían a pasar el año. Con lo que no había­mos contado era con que los editores suelen ser lentos a la hora de pagar sus deudas. Habíamos olvidado también que los cheques enviados de un país a otro pueden tardar semanas en cobrarse, y que, cuando los cobras, el banco te descuenta comisiones y gastos de cambio. Así que, al no haber dejado un margen para equivoca­ciones o errores de cálculo, L. y yo nos en­contramos frecuentemente en una situa­ción económica desesperada.

Recuerdo la feroz necesidad de nico­tina, el cuerpo entumecido por la absti­nencia, cuando registraba bajo los cojines del sofá y buscaba detrás de los armarios alguna moneda perdida. Con dieciocho céntimos (unos tres centavos y medio), po­días comprar cigarrillos de la marca Pari­siennes, que vendían en paquetes de cua­tro. Recuerdo que les echaba de comer a los perros, y pensaba que comían mejor que yo. Me acuerdo de conversaciones con L., cuando nos planteábamos en serio abrir una lata de comida de perro para la cena.

Nuestra otra única fuente de ingresos aquel año procedía de un tal James Sugar. (No quiero insistir en los nombres metafó­ricos, pero las cosas son como son, qué va­mos a hacerle.) Sugar pertenecía al equipo de fotógrafos del National Geographic, y entró en nuestras vidas porque había cola­borado con uno de los dueños de la casa en un artículo sobre la región. Hizo fotos durante meses, recorriendo Provenza en un coche alquilado que le proporcionó la revista, y, cada vez que se encontraba por nuestros pagos, pasaba la noche con noso­tros. Puesto que la revista le abonaba die­tas para sus gastos, nos daba muy amable­mente el dinero que tenía asignado para gastos de hotel. Si recuerdo bien, la suma ascendía a cincuenta francos por noche. Así, L. y yo nos habíamos convertido en sus hoteleros particulares, y como además Sugar era un hombre encantador, siempre nos alegrábamos de verlo. El único pro­blema era que nunca sabíamos cuándo iba a aparecer. Nunca avisaba, y la mayoría de las veces transcurrían semanas entre visita y visita. Así que habíamos aprendido a no contar con el señor Sugar. Llegaba de re­pente como caído del cielo, aparcaba su deslumbrante coche azul, se quedaba una o dos noches, y volvía a desaparecer. Cada vez que se iba, estábamos seguros de que era la última vez que lo veíamos.

Vivimos los peores momentos al final del invierno y al principio de la primavera. Los cheques dejaron de llegar, robaron uno de los perros, y poco a poco acaba­mos con toda la comida de la despensa. Sólo nos quedaba, por fin, una bolsa de ce­bollas, una botella de aceite y un paquete de masa para empanada que alguien había comprado antes de que nosotros nos mu­dáramos a la casa: un resto revenido del verano anterior. L. y yo aguantamos du­rante toda la mañana, pero hacia las dos y media el hambre pudo con nosotros. Nos metimos en la cocina a preparar nuestro último almuerzo: dada la escasez de ingre­dientes con que contábamos, un pastel de cebolla era el único plato posible.

Después de que nuestro invento perma­neciera en el horno lo que nos parecía tiempo de sobra, lo sacamos, lo pusimos sobre la mesa y le hincamos el diente. En contra de todas nuestras expectativas, lo encontramos exquisito. Creo que incluso llegamos a decir que era la mejor comida que habíamos probado nunca, pero me temo que sólo era un ardid, un tímido in­tento de darnos animo. Pero, en cuanto comimos un poco más, vino la decepción. De mala gana -muy de mala gana- nos vi­mos obligados a admitir que el pastel no había cocido lo suficiente, que el centro aún estaba crudo, incomestible. No había más remedio que ponerlo en el horno otros diez o quince minutos. Considerando el hambre que teníamos, y considerando que nuestras glándulas salivares acababan de ser activadas, abandonar el pastel no fue fácil.

Para entretener nuestra impaciencia, salimos a dar un paseo, pensando que el tiempo pasaría más deprisa si nos alejába­mos del buen olor de la cocina. Me acuerdo de que dimos una vuelta a la casa, quizá dos. Quizá nos dejamos llevar por una profunda conversación sobre algo que he olvidado. Pero, hiciéramos lo que hicié­ramos y tardáramos lo que tardáramos, cuando volvimos a la casa la cocina estaba llena de humo. Nos lanzamos hacia el horno y sacamos el pastel, pero era dema­siado tarde. Nuestro almuerzo sólo era una ruina. Se había incinerado, reducido a una masa carbonizada y ennegrecida: no se podía salvar ni un trozo.

Ahora parece una historia divertida, pero entonces era cualquier cosa menos una historia divertida. Habíamos caído en un agujero negro y no sabíamos la manera de salir de él. En todos mis años de es­fuerzo por convertirme en un hombre, dudo que haya existido un momento en el que me sintiera menos inclinado a reír o a bromear. Era realmente el fin, una situa­ción terrible y espantosa.

Eran las cuatro de la tarde. Menos de una hora después, el imprevisible señor Sugar apareció inesperadamente. Llegó hasta la casa en medio de una nube de polvo: la tierra y la gravilla rechinaban bajo los neumáticos. Si me concentro, to­davía puedo ver la cara boba e ingenua con que bajó del coche y nos saludó. Era un milagro. Era un verdadero milagro. Y yo estaba allí para verlo con mis propios ojos, para vivirlo en mi propia carne. Hasta aquel momento, yo pensaba que co­sas así sólo ocurrían en los libros.

Sugar nos invitó a cenar aquella noche en un restaurante de dos tenedores. Comi­mos copiosamente y bien, nos bebimos va­rias botellas de vino, nos reímos como lo­cos. Y ahora, por exquisita que fuera, no puedo recordar nada de aquella comida. Pero no he olvidado nunca el sabor del pastel de cebolla.

3

No mucho después de mi regreso a Nueva York (julio de 1974) un amigo me contó la siguiente historia. Tiene lugar en Yugoslavia, durante lo que serían los últi­mos meses de la Segunda Guerra Mundial.

El tío de S. era miembro de un grupo partisano serbio que luchaba contra la ocupación nazi. Un día, sus camaradas y él amanecieron rodeados por las tropas alemanas. Se habían refugiado en una granja, en un lugar perdido del campo, y la nieve alcanzaba casi medio metro de altura: no tenían escapatoria. No sabiendo qué ha­cer, decidieron echarlo a suertes: su plan era salir de la granja uno a uno, corriendo a través de la nieve para intentar salvarse. De acuerdo con los resultados del sorteo, el tío de S. debía salir en tercer lugar.

Vio por la ventana cómo el primer hombre corría por la nieve. Desde detrás de los árboles dispararon una ráfaga de ametralladora. El hombre cayó. Un ins­tante después, el segundo hombre salió y le ocurrió lo mismo. Las ametralladoras disparaban a discreción: cayó muerto en la nieve.

Entonces le llegó el turno al tío de mi amigo. No sé si vacilaría en la puerta. No sé qué pensamientos lo asaltarían en aquel momento. La única cosa que me han con­tado es que echó a correr, abriéndose paso a través de la nieve con todas sus fuerzas. Parecía que la carrera no tenía fin. Enton­ces sintió de repente dolor en una pierna. Un segundo después un calor insoportable se extendió por su cuerpo, y un segundo después había perdido el conocimiento.

Cuando se despertó, se encontró ten­dido boca arriba en el carro de un campesino. No tenía ni idea de cuánto tiempo había transcurrido, no tenía ni idea de cómo lo habían salvado. Simplemente había abierto los ojos: y allí estaba, tumbado en un carro que un caballo o un mulo arras­traba por un camino rural, mirando la nuca de un campesino. Observó esa nuca durante algunos segundos, y entonces, pro­cedentes del bosque, se sucedieron violen­tas explosiones. Demasiado débil para moverse, continuó mirando la nuca, y de repente la nuca desapareció. La cabeza voló, se separó del cuerpo del campesino, y, donde un momento antes había habido un hombre completo, ahora había un hombre sin cabeza.

Más ruido, más confusión. Si el caballo seguía tirando del carro o no, no lo puedo decir, pero, pocos minutos o pocos segun­dos después, un gran contingente de tro­pas rusas bajaba por la carretera. Jeeps, tanques, una multitud de soldados. Cuan­do el oficial al mando vio la pierna del tío de S., rápidamente lo envió al hospital de campaña que habían montado en los al­rededores. Sólo era una choza tambaleante de madera: un gallinero, quizá el coberti­zo de una granja. Allí el médico del ejército ruso dictaminó que era imposible salvar la pierna. Estaba destrozada, dijo, y había que amputarla.

El tío de mi amigo empezó a gritar. “No me corte la pierna”, imploró. “Por fa­vor, se lo suplico, ¡no me corte la pierna!”, pero nadie lo escuchaba. Los enfermeros lo sujetaron con correas a la mesa de ope­raciones, y el médico empuñó la sierra. Ya rasgaba la sierra la piel cuando se produjo otra explosión. El techo del hospital se hundió, las paredes se derrumbaron, el lo­cal entero saltó hecho pedazos. Y una vez más, el tío de S. perdió el conocimiento.

Cuando despertó esta vez, estaba acos­tado en una cama. Las sábanas eran lim­pias y suaves, el olor de la habitación era agradable, y aún tenía la pierna unida al cuerpo. Un momento después, miraba la cara de una joven maravillosa, que sonreía y le daba un caldo a cucharadas. Sin saber qué había sucedido, de nuevo había sido salvado y trasladado a otra granja. Cuando volvió en sí, durante algunos minutos, el tío de S. no estuvo seguro de si estaba vivo o muerto. Le parecía que a lo mejor había despertado en el paraíso.

Se quedó en la casa mientras se recu­peraba y se enamoró de la joven maravi­llosa, pero aquel amor no prosperó. Me gustaría decir por qué, pero S. nunca me contó más detalles. Lo que sé es que su tío conservó la pierna y, cuando terminó la guerra, se trasladó a Estados Unidos para empezar una nueva vida. No sé cómo (no conozco bien los pormenores), acabó en Chicago de agente de seguros.

4

L. y yo nos casamos en 1974. Nuestro hijo nació en 1977, y al año siguiente ya había terminado nuestro matrimonio. Pero todo eso importa poco ahora, salvo para localizar el escenario de un incidente que ocurrió en la primavera de 1980.

L. y yo vivíamos entonces en Brooklyn, a tres o cuatro manzanas de distancia, y nuestro hijo dividía su tiempo entre los dos apartamentos. Una mañana, yo había ido a casa de L. para recoger a Daniel y lle­varlo al colegio. No me acuerdo si entré en el edificio o si Daniel bajó las escaleras solo, pero recuerdo con claridad que, cuando ya nos íbamos, L. abrió la ventana de su apartamento en el tercer piso para echarme dinero. Tampoco me acuerdo de por qué lo hizo. Quizá quería que echara una moneda en el parquímetro; quizá yo tenía que hacerle algún recado, no lo sé. Lo único que se me ha quedado grabado es la ventana abierta y la imagen de una moneda de diez centavos volando por el aire. La veo con tal claridad que es casi como si hubiera estudiado fotografías de ese instante, como si la moneda formara parte de un sueño recurrente que yo hu­biera tenido desde entonces.

Pero la moneda de diez centavos chocó contra la rama de un árbol, y se rompió la curva descendente que describía camino de mi mano. La moneda rebotó contra el árbol, aterrizó sin ruido por allí cerca y se esfumó. Me acuerdo de haberme agachado a buscarla, removiendo las hojas y las ra­mas al pie del árbol, pero los diez centavos no aparecieron por ninguna parte.

Puedo fechar este incidente a princi­pios de la primavera porque sé que más tarde, el mismo día, asistí a un partido de béisbol en el Shea Stadium: el partido que inauguraba la temporada. Un amigo mío había conseguido entradas, y generosa­mente me había invitado a acompañarlo. Yo no había estado nunca en el primer partido de la temporada, y recuerdo bien la ocasión.

Llegamos temprano (parece que había que recoger las entradas en alguna taquilla) y, mientras mi amigo hacía la gestión, yo lo esperaba en uno de los accesos del estadio. No se veía un alma. Me refugié en un hueco para encender un cigarro (aquel día hacía mucho viento), y allí, en el suelo, a un palmo de mi pie, estaban los diez cen­tavos. Me agaché, los cogí y me los metí en el bolsillo. Por absurdo que pueda pare­cer, tuve la certeza de que eran los mis­mos diez centavos que había perdido en Brooklyn esa mañana.

5

En el parvulario de mi hijo había una niña cuyos padres estaban tramitando el divorcio. Yo apreciaba particularmente al padre, un pintor poco reconocido que se ganaba la vida copiando proyectos arqui­tectónicos. Creo que sus cuadros eran muy hermosos, pero siempre le faltó la suerte necesaria para convencer a los mar­chantes de que apoyaran su obra. La única vez que expuso, la galería quebró al poco tiempo.

B. no era un intimo amigo, pero lo pa­sábamos bien juntos, y, siempre que lo veía, yo volvía a casa con renovada admi­ración por su tenacidad y su calma inte­rior. No era un hombre que se quejara, que sintiera lástima de sí mismo. Por muy negras que le hubieran ido las cosas en los últimos años (infinitos problemas de di­nero, falta de éxito artístico, amenazas de desahucio de su casero, dificultades con su antigua mujer), nada parecía desviarlo de su camino. Continuaba pintando con la misma pasión de siempre, y, al revés que muchos, nunca mostró ninguna amargura, ninguna envidia hacia artistas de menor talento a los que les iba mucho mejor que a él.

A veces, cuando no trabajaba en sus propios cuadros, hacía copias de los maestros antiguos en el Metropolitan Museum. Me acuerdo de un Caravaggio que copió un día y que me pareció extraordinario. No era una copia, sino más bien una ré­plica, un duplicado exacto del original. En una de aquellas visitas al museo, un millo­nario tejano vio trabajar a B. y quedó tan impresionado que le encargó la copia de un Renoir para regalársela a su novia.

B. era sumamente alto (casi dos me­tros), guapo y amable, cualidades que lo hacían especialmente atractivo para las mujeres. Cuando superó el divorcio y vol­vió a la circulación, no tuvo problemas para encontrar compañeras. Yo sólo lo veía dos o tres veces al año, pero cada vez había una mujer distinta en su vida. Todas estaban evidentemente locas por él. Sólo tenías que ver cómo miraban a B. para adivinar lo que sentían, pero, por una u otra razón, ninguna de sus relaciones du­raba demasiado.

Dos o tres años después, el casero de B. consiguió su propósito y lo echó del estu­dio. B. abandonó la ciudad, y dejamos de vernos.

Pasaron varios años y entonces, una noche, B. volvió a la ciudad para asistir a una cena. Mi mujer y yo también estába­mos invitados y, cuando supimos que B. estaba a punto de casarse, le pedimos que nos contara la historia de cómo había co­nocido a su futura mujer.

Unos seis meses antes, nos contó, había hablado por teléfono con un amigo. El amigo estaba preocupado por B., y pronto empezó a reprocharle que no hubiera vuelto a casarse. Ya hace siete años que te divorciaste, le dijo; ya hubieras podido sentar la cabeza con una docena de muje­res atractivas e interesantes. Pero ningu­na te parece lo bastante buena y siempre las dejas. ¿Qué te pasa? ¿Qué demonios quieres?

No me pasa nada, dijo B. Simplemente no he encontrado la persona adecuada, eso es todo. Al ritmo que vas, nunca la en­contrarás, le respondió su amigo. ¿Has encontrado alguna vez una mujer que se aproxime a lo que buscas? Dime una, sólo una. ¿A que no eres capaz de nombrar una sola mujer?

Sorprendido ante la vehemencia de su amigo, B. reflexionó sobre el asunto detenidamente. Sí, dijo por fin. Había una. Una mujer que se llamaba E., a la que había co­nocido en Harvard cuando era estudiante, hacía más de veinte años. Pero entonces E. salía con otro, y B. salía con otra (su futura ex mujer), y no había habido nada entre ellos. No tenía ni idea de dónde es­taba E. ahora, dijo, pero si encontrara a al­guien como ella, no dudaría en casarse de nuevo.

Ése fue el final de la conversación. An­tes de hablarle de E; a su amigo, B. no se había acordado de aquella mujer durante más de diez años, pero, ahora que le había vuelto al pensamiento, no se la podía qui­tar de la cabeza. En los tres o cuatro días siguientes, pensó en ella sin parar, incapaz de librarse de la sensación de que hacía varios años había perdido una oportunidad única de ser feliz. Entonces, como si la in­tensidad de estos pensamientos hubiera enviado una señal a través del mundo, el teléfono sonó una noche y allí estaba E., al otro lado de la línea.

B. la tuvo al teléfono más de tres horas. Ni se enteraba de lo que le decía, pero ha­bló y habló hasta pasada la medianoche, con la conciencia de que algo extraordina­rio había sucedido y no podía dejarlo esca­par otra vez.

Al terminar sus estudios universitarios, E. ingresó en una compañía de baile y durante los últimos veinte años se había de­dicado exclusivamente a su carrera. Nun­ca se había casado, y, ahora que estaba a punto de retirarse de los escenarios, llamaba a viejos amigos del pasado, intentando volver a tomar contacto con el mundo. No tenía familia (sus padres se habían matado en un accidente de coche cuando era ni­ña) y se había criado con dos tías que ya habían muerto.

B. quedó en verla la noche siguiente. Cuando se encontraron, no tardó mucho en descubrir que sus sentimientos hacia E. eran tan fuertes como había imaginado. Volvía a estar enamorado de ella, y varias semanas después decidieron casarse.

Para que la historia sea aún más per­fecta, resultó que E. tenía bienes. Sus tías habían sido ricas, y a su muerte ella había heredado todo su dinero, lo que signifi­caba que B. no sólo había hallado el verda­dero amor, sino que los incesantes proble­mas de dinero que lo habían agobiado durante años habían desaparecido de re­pente. Todo de golpe.

Un año o dos después de la boda, tuvie­ron un hijo. Según mis últimas noticias, el padre, la madre y el niño están bien.

6

En la misma línea, a pesar de abarcar un período de tiempo más corto (unos meses en lugar de veinte años), otro amigo, R., me habló de cierto libro inencontrable que había estado intentando localizar sin éxito, husmeando en librerías y catálogos en busca de una obra supuestamente ex­cepcional que tenía muchas ganas de leer, y cómo, una tarde que paseaba por la ciu­dad, tomó un atajo a través de la Grand Central Station, subió la escalera que lleva a Vanderbilt Avenue, y descubrió a una jo­ven apoyada en la baranda de mármol con un libro en la mano: el mismo libro que él había estado intentando localizar tan de­sesperadamente.

Aunque no es alguien que normal­mente hable con desconocidos, R. estaba tan asombrado por la coincidencia que no se pudo callar.

-Lo crea o no -le dijo a la joven-, he buscado ese libro por todas partes.

-Es estupendo -respondió la joven-. Acabo de terminar de leerlo.

-¿Sabe dónde podría encontrar otro ejemplar? -preguntó R.-. No puedo de­cirle cuánto significaría para mí.

-Éste es suyo -respondió la mujer.

-Pero es suyo -dijo R.

Era mío -dijo la mujer-, pero ya lo he acabado. He venido hoy aquí para dárselo.

7

Hace doce años, la hermana de mi mujer se fue a vivir a Taiwan. Su inten­ción era estudiar chino (que ahora habla con fluidez pasmosa) y mantenerse dan­do clases de inglés a los nativos de Tai­pei de habla china. Fue aproximadamen­te un año antes de que yo conociera a mi mujer, que entonces hacía los cur­sos de doctorado en la Universidad de Columbia.

Un día, mi futura cuñada estaba ha­blando con una amiga norteamericana, una joven que también había ido a Taipei a estudiar chino. La conversación tocó el tema de sus familias en Estados Unidos, lo que dio pie al siguiente diálogo:

-Tengo una hermana que vive en Nueva York -dijo mi futura cuñada.

-También yo -contestó su amiga.

-Mi hermana vive en el Upper West Side.

-La mía también.

-Mi hermana vive en la calle 109 Oeste.

-Aunque no te lo creas, la mía también.

-Mi hermana vive en el número 309 de la calle 109 Oeste.

-¡La mía también!

-Mi hermana vive en el segundo piso del número 309 de la calle 109 Oeste.

Su amiga suspiró y dijo:

-Sé que parece un disparate, pero la mía también.

Es prácticamente imposible que haya dos ciudades tan lejanas como Taipei y Nueva York. Están en las antípodas, sepa­radas por una distancia de más de quince mil kilómetros, y cuando es de día en una es de noche en la otra. Mientras las dos jó­venes se maravillaban en Taipei de la sor­prendente conexión que acababan de descubrir, cayeron en la cuenta de que sus dos hermanas probablemente dormían en aquel instante. En el mismo piso del mismo edificio del norte de Manhattan, cada una dormía en su apartamento, ajena a la conversación que, acerca de ellas, tenía lugar en el otro extremo del mundo.

Aunque eran vecinas, resulta que las dos hermanas de Nueva York no se conocían. Cuando por fin se conocieron (dos años después), ninguna de las dos seguía viviendo en el mismo edificio.

Siri y yo ya estábamos casados. Una tarde, camino de una cita, nos paramos a echar un vistazo en una librería de Broad­way. Seguramente curioseábamos en dife­rentes secciones, y, porque Siri quería en­señarme algo o porque yo quería ense­ñarle algo a ella (no me acuerdo), uno de los dos llamó al otro en voz alta. Un segundo después, una mujer se nos acer­có corriendo. “Ustedes son Paul Auster y Siri Hustvedt, ¿verdad?”, dijo. “Sí, exacta­mente”, contestamos. “¿Cómo lo sabe?” La mujer nos explicó entonces que su hermana y la hermana de Siri habían estu­diado juntas en Taiwan.

El circulo se había cerrado por fin. Desde aquella tarde en la librería, hace diez años, esa mujer ha sido una de nues­tras mejores y más fieles amigas.

8

Hace tres veranos, encontré una carta en mi buzón. Venía en un gran sobre blanco y estaba dirigida a alguien cuyo nombre no conocía: Robert M. Morgan, de Seattle, Washington. En la oficina de Co­rreos habían estampado en el anverso del sobre varios sellos: Desconocido, A su pro­cedencia. Habían tachado a pluma el nom­bre del señor Morgan, y al lado alguien ha­bía escrito: No vive en esta dirección. Trazada con la misma tinta azul, una fle­cha señalaba la esquina superior izquierda del sobre, junto a las palabras Devolver al remitente. Suponiendo que la oficina de Correos había cometido un error, com­probé la esquina superior izquierda para ver quién era el remitente. Allí, para mi absoluta perplejidad, descubrí mi propio nombre y mi propia dirección. No sólo eso, sino que estos datos estaban impresos en una etiqueta de dirección personal (una de esas etiquetas que se pueden en­cargar en paquetes de doscientas y que se anuncian en las cajas de cerillas). La orto­grafía de mi nombre era correcta, la direc­ción era mi dirección, pero el hecho era (y lo sigue siendo) que nunca he tenido ni he encargado en mi vida un paquete de eti­quetas con mi dirección impresa.

Dentro del sobre había una carta meca­nografiada a un solo espacio que empe­zaba así: “Querido Robert, en respuesta a tu carta del 15 de julio de 1989 debo de­cirte que, como otros autores, a menudo recibo cartas sobre mi obra.” Luego, en un estilo rimbombante y pretencioso, plagado de citas de filósofos franceses y rebosante de vanidad y autosatisfacción, el autor de la carta elogiaba a “Robert” por las ideas que había desarrollado sobre uno de mis libros en un curso universitario sobre no­vela contemporánea. Era una carta despreciable, la clase de carta que jamás se me hubiera ocurrido escribirle a nadie, y, sin embargo, estaba firmada con mi nombre. La letra no se parecía a la mía, pero eso no me consolaba. Alguien estaba intentando hacerse pasar por mi, y, por lo que sé, lo sigue intentando.

Un amigo me sugirió que era un ejemplo de “arte por correo”. Sabiendo que la carta no podía llegarle a Robert Morgan (puesto que tal persona no existe), en rea­lidad el autor de la carta me estaba en­viando a mí sus comentarios. Pero esto hu­biera implicado una confianza injustifi­cada en el servicio de correos de Estados Unidos, y dudo que alguien que se ha dado el trabajo de encargar en mi nombre eti­quetas de dirección y de ponerse a escribir una carta tan arrogante y altisonante pu­diera dejar algo al azar. ¿O sí? Quizá los perversos listillos de este mundo creen que todo saldrá siempre como ellos quieren.

Tengo pocas esperanzas de resolver al­gún día este pequeño misterio. El bromista ha borrado hábilmente sus huellas, y no ha vuelto a dar señales de vida. Lo que no acabo de entender de mi propia actitud es que nunca he tirado la carta, aunque sigue dándome escalofríos cada vez que la miro. Un hombre sensato la habría tirado a la ba­sura. En vez de eso, por razones que no comprendo, la conservo en mi mesa de trabajo desde hace tres años, y he dejado que se convirtiera en un objeto más, per­manente, entre mis plumas, cuadernos y gomas de borrar. Quizá la conservo como un monumento a mi propia locura. Quizá sea el medio de recordarme que no sé nada, que el mundo en el que vivo no de­jará nunca de escapárseme.

9

Uno de mis mejores amigos es un poeta francés que se llama C. Hace ya más de veinte años que nos conocemos, y, aunque no nos vemos muy a menudo (él vive en París y yo en Nueva York), seguimos man­teniendo una estrecha relación. Es una re­lación fraternal, como si en una vida ante­rior hubiéramos sido de verdad hermanos.

C. es un hombre muy contradictorio. Se abre al mundo y a la vez se aísla del mundo: es una figura carismática con mul­titud de amigos en todas partes (legendaria por su amabilidad, su humor y su conver­sación chispeante), y, sin embargo, ha sido herido por la vida, y le cuesta un auténtico esfuerzo enfrentarse a las tareas sencillas que la mayoría de la gente da por resuel­tas. Poeta excepcionalmente dotado y pen­sador de la poesía, C. sufre, sin embargo, frecuentes bloqueos en su trabajo de escri­tor, rachas patológicas de desconfianza en sí mismo, y, cosa sorprendente (para al­guien tan generoso, tan totalmente despro­visto de mezquindad), es capaz de rencores y rencillas interminables, generalmente por una tontería o por algún principio abs­tracto. Nadie es tan universalmente admi­rado como C., nadie posee más talento, na­die se erige con mayor facilidad en el centro de atención, y, sin embargo, siem­pre ha hecho todo lo que ha podido para estar al margen. Desde que se separó de su mujer hace muchos años, ha vivido solo en una serie de pequeños apartamentos de una habitación subsistiendo prácticamente sin dinero con empleos efímeros y esporá­dicos, publicando poco y rehusando escri­bir una sola palabra de crítica literaria, aunque lo lea todo y sepa más de poesía contemporánea que ninguna otra persona en Francia. Para los que lo queremos (y somos muchos), C. es a menudo motivo de inquietud. En la medida en que lo respeta­mos y deseamos su bien, también nos preocupamos por él.

Tuvo una infancia difícil. No puedo de­cir hasta qué punto eso lo explica todo, pero no deberíamos pasar por alto los he­chos. Parece que su padre se fue con otra mujer cuando C. era pequeño, y mi amigo se crió con su madre, hijo único sin una vida familiar digna de este nombre. Nunca he conocido a la madre de C., pero, según todos los indicios, tiene un carácter ex­traño. Durante la infancia y la adolescen­cia de C., fue de amor en amor, cada vez con un hombre más joven. En la época en que C. abandonó su casa para ingresar en el ejército a la edad de veintiún años, el novio de su madre apenas era mayor que él. En los últimos años, el objetivo princi­pal de su vida ha sido una campaña a favor de la canonización de un sacerdote ita­liano (cuyo nombre se me escapa ahora). Asedió a las autoridades católicas con un sinfín de cartas en defensa de la santidad de ese individuo, e incluso llegó a encar­gar a un artista una estatua a tamaño natu­ral del cura: todavía se alza en su jardín como perdurable testimonio de su causa.

Aunque no tiene hijos, hace siete u ocho años que C. se ha convertido en una especie de pseudopadre. Después de una pelea con su amiga (durante la que temporalmente se separaron), ésta mantuvo una breve relación con otro hombre y se que­dó embarazada. La relación terminó ense­guida, pero ella decidió tener el hijo. Nació una niña, y, aunque C. no es su verdadero padre, se ha dedicado a ella desde el día de su nacimiento y la adora como si fuera de su propia sangre.

Hace aproximadamente cuatro años, C. fue un día a ver a un amigo. En el apartamento había un Minitel, un pequeño orde­nador que distribuye gratis la compañía te­lefónica francesa. Entre otras cosas, el Minitel contiene la dirección y el número de teléfono de todos los abonados de Fran­cia. Cuando C. jugaba con el nuevo apa­rato de su amigo, se le ocurrió de repente buscar la dirección de su padre. La encon­tró en Lyon. Cuando aquel día volvió a casa, metió uno de sus libros en un sobre y lo envió a la dirección de Lyon: era el pri­mer contacto que entablaba con su padre en más de cuarenta años. No le encon­traba sentido a lo que estaba haciendo. Ja­más se le había ocurrido que quisiera ha­cer una cosa así, antes de ver que estaba haciéndola.

Esa misma noche, coincidió en un café con una amiga -una psicoanalista- y le contó esos actos extraños e impreme­ditados. Le dijo que era como si hubiera sentido la llamada de su padre, como si una fuerza misteriosa se hubiera desen­cadenado en su interior. Teniendo en cuenta que no se acordaba en absoluto de aquel hombre, ni siquiera podía conjetu­rar cuándo se habían visto por última vez.

La psicoanalista reflexionó un instante y preguntó: “¿Qué edad tiene L.?” Se refería a la hija de la novia de C.

-Tres años y medio -contestó C.

-No estoy segura -dijo la mujer-, pero apostaría cualquier cosa a que tenias tres años y medio la última vez que viste a tu padre. Te lo digo porque quieres mu­cho a L. Es muy intensa tu identificación con L., y estás reviviendo tu vida a través de L.

Varios días después, llegó de Lyon una respuesta: una carta cariñosa y verdadera­mente amable del padre de C. Después de darle las gracias a C. por el libro, hablaba de lo orgulloso que estaba de saber que su hijo era escritor. Por pura coincidencia, añadía, había echado al correo el paquete el día de su cumpleaños, y el simbolismo de ese gesto lo había emocionado mucho.

Nada cuadraba con las historias que C. había oído en su infancia. Según su madre, su padre era un monstruo de egoísmo que la había abandonado por una cualquiera y nunca se había preocupado por su hijo. C. había creído tales historias, y había evi­tado cualquier contacto con su padre. Ahora, a la vista de la carta, ya no sabía qué creer.

Decidió contestar la carta. El tono de su respuesta era precavido, pero al menos era una respuesta. Días después recibía de nuevo respuesta: la segunda carta era tan cariñosa y amable como la primera. C. y su padre empezaron a escribirse. Se escribieron durante un par de meses, y un día C. pensó en la posibilidad de viajar a Lyon para encontrarse con su padre cara a cara.

Antes de que pudiera hacer planes defi­nitivos, recibió una carta de la mujer de su padre que le informaba de que éste había muerto. Le decía que durante los últimos años la salud de su padre había sido mala, pero que el reciente intercambio de cartas con C. lo había hecho muy feliz, y sus últi­mos días habían rebosado alegría y opti­mismo.

Me enteré entonces de los cambios in­creíbles que habían tenido lugar en la vida de C. En el tren de París a Lyon (iba a visitar a su madrastra por primera vez), me escribió una carta que resumía a grandes rasgos la historia de los últimos meses. Su letra re­flejaba cada sacudida de los raíles, como si la velocidad del tren fuera la imagen exacta de las ideas que le bullían en la cabeza. Como me decía en la carta: “Tengo la sen­sación de haberme convertido en un perso­naje de alguna de tus novelas.”

La mujer de su padre no pudo ser más cordial con él durante su visita. C. averiguó, entre otras cosas, que su padre había sufrido un ataque al corazón la mañana de su último cumpleaños (el mismo día que C. había buscado su dirección en el Minitel), y que, sí, C. tenía exactamente tres años y medio cuando sus padres se divor­ciaron. Su madrastra le contó entonces la historia de su vida según el punto de vista de su padre, que contradecía todo lo que su madre le había contado. En esta ver­sión, era su madre la que había abando­nado a su padre; era su madre la que había prohibido que su padre lo viera; era su ma­dre la que había matado a disgustos a su padre. Su madrastra le contó a C. que, cuando era niño, su padre iba al colegio para verlo a través de la verja. C. recordaba a aquel hombre, que, sin saber quién era, le había dado miedo.

Entonces la vida de C. se convirtió en dos vidas: existían una Versión A y una Versión B, y las dos eran su historia. Había vivido las dos en igual medida, dos verda­des que se anulaban mutuamente, y desde el principio, sin saberlo, había estado atra­pado entre las dos.

Su padre había tenido una pequeña pa­pelería (el típico surtido de papel y mate­rial de escritorio, juntó a un servicio de al­quiler de libros baratos). El negocio le había dado poco más que para vivir, así que dejó una herencia muy modesta. Las cantidades no tienen importancia. Lo sig­nificativo es que la madrastra de C. (ya una anciana) insistió en que se repartieran a medias el dinero. Nada en el testamento la obligaba a hacerlo y, moralmente ha­blando, no tenía ninguna necesidad de re­nunciar a un solo céntimo de los ahorros de su marido. Lo hizo porque lo deseaba, porque era más feliz compartiendo el di­nero que guardándoselo para ella.

10

Cuando pienso en la amistad, sobre todo en cómo algunas amistades duran y otras no, me acuerdo de que, desde que tengo carnet de conducir, sólo se me han pinchado las ruedas del coche cuatro ve­ces, y las cuatro veces me acompañaba la misma persona (en tres países distintos, y en un período de ocho o nueve años). J. era un amigo del colegio y, aunque siem­pre hubo una sombra de incomodidad e in­compatibilidad en nuestras relaciones, du­rante cierto tiempo fuimos íntimos amigos. Una primavera, antes de terminar la ca­rrera, cogimos la vieja furgoneta de mi padre y nos fuimos a los parajes desiertos de Quebec. Las estaciones se suceden con mayor lentitud en esa zona del mundo, y todavía duraba el invierno. El primer neu­mático pinchado no supuso ningún pro­blema (llevábamos rueda de repuesto), pero cuando, menos de una hora después, reventó el segundo, nos quedamos desam­parados en aquel territorio glacial y deso­lador prácticamente todo el día. Entonces no le di ninguna importancia al incidente, sólo un caso de mala suerte, pero, cuatro o cinco años después, cuando J. fue a Francia para visitar la casa en la que L. y yo trabajábamos como guardas (apático y deprimido, en un estado deplorable de autocompasión, incapaz de darse cuenta de que abusaba de nuestra hospitalidad), ocurrió exactamente lo mismo. Habíamos ido a pasar el día a Aix-en-Provence (a unas dos horas de camino) y volvíamos de noche por una oscura carretera comarcal, cuando sufrimos otro pinchazo. Pensé que era una simple coincidencia, y me olvidé del asunto. Pero entonces, cuatro años después, en los meses finales de mi matrimonio con L., J. volvió a visitarnos, esta vez en el estado de Nueva York, donde L. y yo vivíamos con Daniel, casi recién na­cido. En un momento determinado, J. y yo cogimos el coche para ir a comprar la cena. Saqué el coche del garaje, di la vuelta en el camino de tierra lleno de ba­ches, y avancé hasta la carretera para mi­rar a la izquierda, a la derecha y a la iz­quierda antes de seguir adelante. Y enton­ces, cuando esperaba que pasara un co­che, oí el silbido inconfundible del aire al escaparse. Otro neumático se había pin­chado, y esta vez ni siquiera nos habíamos alejado de casa. J. y yo nos echamos a reír, desde luego, pero la verdad es que nuestra amistad nunca se recuperó de aquel cuarto neumático pinchado. No digo que las ruedas pinchadas tuvieran la culpa de nuestro distanciamiento, pero, maligna­mente, son el emblema de cómo han sido siempre nuestras relaciones, el signo de al­guna sutil maldición. No quiero exagerar, pero, aún hoy, no consigo convencerme de que esos neumáticos pinchados no sig­nifiquen algo. El caso es que J. y yo deja­mos de vernos, y no hemos vuelto a hablar desde hace diez años.

11

Volví a París unos días en 1990. Una tarde pasé por el despacho de una amiga para saludarla, y me presentaron a una checa, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta años, una historiadora de arte amiga de mi amiga. Me acuerdo de que era una persona atractiva y alegre, pero, como estaba a punto de irse cuando lle­gué, apenas si coincidimos cinco o diez minutos. Como suele ocurrir en tales si­tuaciones, no hablamos de nada impor­tante: una ciudad norteamericana que los dos conocíamos, el tema de un libro que estaba leyendo, el tiempo que hacía. Luego nos dimos la mano, cruzó la puerta y nunca he vuelto a verla.

Cuando se fue, la amiga que había ido a visitar se retrepó en su asiento y me preguntó:

-¿Quieres oir una buena historia?

-Desde luego -le respondí-. Las bue­nas historias siempre me interesan.

-Quiero mucho a mi amiga -conti­nuó-, así que no te llames a engaño. No voy a contarte chismes. Pero creo que tie­nes derecho a saber esto.

-¿Estás segura?

-Sí, estoy segura. Aunque debes pro­meterme una cosa: si escribieras alguna vez esta historia, no citarías ningún nombre.

-Te lo prometo -le dije.

Y así mi amiga me contó el secreto. De principio a fin, no tardó más de tres minu­tos en contarme la historia que voy a con­tar ahora.

La mujer que yo acababa de conocer había nacido en Praga durante la guerra. Era muy pequeña cuando hicieron prisio­nero a su padre, lo enrolaron a la fuerza en el ejército alemán y lo mandaron al frente ruso. Su madre y ella no volvieron a saber de él. No recibieron ninguna carta, ni noticias de si estaba vivo o muerto, nada. La guerra se lo había tragado: desa­pareció sin dejar rastro.

Pasaron los años. La joven creció. Acabó sus estudios en la universidad y llegó a ser profesora de historia del arte. Según mi amiga, tuvo problemas con las autoridades a finales de los sesenta, du­rante la invasión soviética, pero no precisó qué tipo de problemas. No son difíciles de imaginar, por las historias que conozco so­bre lo que les sucedió a otros durante ese periodo.

Un día le permitieron volver a la ense­ñanza. En una de sus clases había, por un programa de intercambios, un estudiante de Alemania del Este. El estudiante y ella se enamoraron y acabaron casándose.

Poco tiempo después de la boda, llegó un telegrama que anunciaba la muerte del padre de su marido. Al día siguiente, su marido y ella viajaron a Alemania del Este para asistir al funeral. Una vez allí, no sé en qué ciudad, se enteró de que su difunto suegro había nacido en Checoslovaquia.

Durante la guerra los nazis lo hicieron pri­sionero, lo enrolaron a la fuerza en su ejér­cito y lo mandaron al frente ruso. Había conseguido sobrevivir milagrosamente. En lugar de regresar a Checoslovaquia des­pués de la guerra, se había quedado en Alemania bajo un nombre nuevo, se había casado con una alemana, y allí había vi­vido con su nueva familia hasta el día de su muerte. La guerra le había dado la oportunidad de volver a empezar, y parece que nunca se había arrepentido.

Cuando la amiga de mi amiga preguntó cuál había sido su nombre en Checoslova­quia, comprendió que era su padre.

Esto significaba, desde luego, que, en tanto que el padre de su marido era el mismo hombre, el hombre con el que se había casado era también su hermano.

12

Una tarde de hace muchos años a mi padre se le caló el coche en un semáforo en rojo. Se había desencadenado una terri­ble tormenta y, en el preciso momento en que el motor fallaba, un rayo alcanzó un gran árbol de la calle. El tronco del árbol se partió en dos y, cuando mi padre se es­forzaba en volver a arrancar el motor (sin darse cuenta de que la mitad superior del árbol estaba a punto de desprenderse), el conductor del coche que lo seguía, viendo lo que iba a suceder, pisó el acelerador y empujó el coche de mi padre más allá del cruce. Un instante después, el árbol se es­trellaba contra el suelo, en el sitio exacto que había ocupado el coche de mi padre. Lo que estuvo a punto de convertirse en su final, milagrosamente no pasó de ser una anécdota en la historia inacabada de su vida.

Un año o dos más tarde, mi padre es­taba trabajando en el tejado de un edificio en Nueva Jersey. No sé cómo (yo no es­taba presente), resbaló del alero y se precipitó al vacío. Otra vez iba de cabeza al de­sastre, y otra vez se salvó. Un tendedero frenó su caída, y escapó del accidente con apenas unos chichones y algunas magulla­duras. Ni siquiera una conmoción. Ni si­quiera un hueso roto.

Ese mismo año nuestros vecinos de en­frente encargaron a dos hombres que pintaran su casa. Uno de los trabajadores se cayó del tejado y se mató.

Resulta que la niña que vivía en aque­lla casa era la mejor amiga de mi her­mana. Una noche de invierno, fueron jun­tas a una fiesta de disfraces (tenían seis o siete años, y yo tenía nueve o diez). Mi pa­dre había quedado en recogerlas después de la fiesta, y, a la hora convenida, yo lo acompañé en el coche. Aquella noche hacía un frío que pelaba, y las calles estaban cubiertas por traicioneras capas de hielo. Mi padre condujo con prudencia, e hici­mos sin problemas el trayecto de ida y vuelta. Pero cuando nos detuvimos frente a la casa de la niña, de repente se desenca­denó una serie de acontecimientos invero­símiles.

La amiga de mi hermana iba disfrazada de princesa de cuento de hadas. Para com­pletar el disfraz, había cogido un par de za­patos de tacón de su madre, y, como le bailaban los pies en aquellos zapatos, cada paso que daba se convertía en una aven­tura. Mi padre paró el coche y se apeó para acompañarla hasta su puerta. Yo iba detrás con las chicas, y, para dejar salir a la amiga de mi hermana, me tuve que ba­jar primero. Me recuerdo de pie en la acera mientras ella conseguía salir, y, en el momento en que la niña sacaba el pie, noté que el coche se deslizaba lentamente marcha atrás, quizá por el hielo, quizá por­que mi padre había olvidado echar el freno de mano (no lo sé); pero, antes de que pudiera avisar a mi padre de lo que pasaba, la amiga de mi hermana apoyó en la acera los tacones de su madre y se res­baló. Cayó bajo el coche -que seguía mo­viéndose-, estaba a punto de morir aplas­tada por las ruedas del Chevrolet de mi padre. Por lo que puedo recordar, no hizo el menor ruido. Sin pararme a pensar me agaché, le cogí con fuerza la mano dere­cha y de un tirón la subí a la acera. Un ins­tante después, mi padre notó por fin que el coche se movía. Saltó al asiento del con­ductor, puso el freno y detuvo el coche. Desde el principio hasta el final, la cadena completa de desgracias no debió de durar más de ocho o diez segundos.

Durante años he tenido la sensación de que éste había sido el momento más hermoso de mi vida. Había salvado la vida de una persona, y, retrospectivamente, siempre me ha sorprendido la rapidez con que reaccioné, la seguridad de mis movimientos en aquella situación crítica. Volvía a imaginarme el salvamento una y otra vez; una y otra vez revivía la sensación de sacar a la niña de debajo del coche.

Un par de años después de aquella noche, nuestra familia se mudó de casa. Mi hermana perdió el contacto con su amiga, y yo no volví a verla hasta quince años más tarde.

Era junio, y mi hermana y yo habíamos vuelto a la ciudad a pasar unos días. Por casualidad su antigua amiga apareció y nos saludó. Había crecido mucho, ahora era una joven de veintidós años recién li­cenciada, y debo decir que sentí un cierto orgullo al ver que había llegado a adulta sana y salva. Sin darle importancia, hice alusión a la noche en que la había sacado de debajo del coche. Tenía curiosidad por saber cómo recordaba su encuentro con la muerte, pero por la expresión de su cara cuando le hice la pregunta era evidente que no recordaba nada. Una mirada vaga. Un leve fruncimiento de cejas. Un encogi­miento de hombros. ¡No recordaba nada!

Entonces me di cuenta de que no se había enterado de que el coche se movía. Ni siquiera se había enterado de que es­taba en peligro. Todo el incidente había durado lo que dura un relámpago: diez se­gundos de su vida, un intervalo sin conse­cuencias, que no había dejado en ella el menor rastro. Para mí, sin embargo, aquellos segundos habían sido una experiencia definitiva, un acontecimiento extraordina­rio de mi historia íntima. Lo que más me asombra es admitir que estoy hablando de algo que sucedió en 1956 o 1957, y que la niña de aquella noche tiene ahora más de cuarenta años.

13

Un número equivocado inspiro mi pri­mera novela. Una tarde estaba solo en mi apartamento de Brooklyn, intentando tra­bajar en mi escritorio, cuando sonó el telé­fono. Si no me engaño, era la primavera de 1980, no muchos días después de que encontrara la moneda de diez centavos frente al Shea Stadium.

Descolgué, y al otro lado de la línea un hombre me preguntó si hablaba con la Agencia de Detectives Pinkerton. Le dije que no, que se había equivocado de nú­mero, y colgué. Luego volví a mi trabajo y me olvidé de la llamada.

El teléfono volvió a sonar la tarde si­guiente. Resultó que era el mismo indivi­duo y me hacía la misma pregunta que el día anterior: “¿Agencia Pinkerton?” Volví a decirle que no, volví a colgar. Pero esta vez me quedé pensando qué hubiera suce­dido si le hubiera respondido que sí. ¿Y si me hubiera hecho pasar por un detective de la Agencia Pinkerton?, me preguntaba. ¿Qué habría sucedido si me hubiera encar­gado del caso?

A decir verdad, sentí que había desper­diciado una oportunidad única. Si ese individuo volviera a llamar, me dije, por lo menos hablaría un poco con él e intenta­ría averiguar qué quería. Esperé a que el teléfono sonara otra vez, pero la tercera llamada nunca se produjo.

Después de aquello, empecé a darle vueltas a la cabeza, y poco a poco se me abrió un mundo lleno de posibilidades. Cuando me senté a escribir La ciudad de cristal un año después, el número equivo­cado se había transformado en el suceso crucial del libro, el error que pone en marcha toda la historia. Un hombre lla­mado Quinn recibe una llamada telefónica de alguien que quiere hablar con Paul Auster, detective privado. Tal y como yo hice, Quinn responde que se han equivocado de número. A la noche siguiente, pasa exacta­mente lo mismo: Quinn cuelga otra vez. Pero, al contrario que yo, Quinn tiene otra oportunidad. Cuando el teléfono suena la tercera noche, Quinn le sigue el juego al que llama, y se hace cargo de la investiga­ción. Sí, dice, yo soy Paul Auster: entonces comienza la locura.

Quería, sobre todo, permanecer fiel a mi primer impulso. Si no me ceñía estrictamente a la verdad de los hechos, escribir ese libro carecía de sentido. Así que debía implicarme en el desarrollo de la historia (o implicar a alguien que se me pareciera, que se llamara como yo), y escribir sobre detectives que no eran detectives, sobre suplantación de personalidad, sobre miste­rios irresolubles. Para bien o para mal, sentí que no tenía elección.

Muy bien. Terminé el libro hace diez años, y desde entonces me he dedicado a otros proyectos, otras ideas, otros libros. Pero, hace menos de dos meses, descubrí que los libros no se terminan nunca, que es posible que las historias continúen es­cribiéndose a sí mismas sin autor.

Estaba solo en mi apartamento de Brooklyn aquella tarde, intentando traba­jar ante mi escritorio, cuando el teléfono sonó. Era un apartamento distinto del que tenía en 1980: otro apartamento con otro número de teléfono. Descolgué el auricu­lar y, al otro lado de la línea, un hombre me preguntó si podía hablar con el señor Quinn. Tenía acento español y no reco­nocí su voz. Por un momento pensé que era un amigo que quería tomarme el pelo. “¿El señor Quinn?”, dije. “¿Es una broma o qué?”

No, no era una broma. Aquel hombre llamaba completamente en serio. Quería hablar con el señor Quinn, y me rogaba que le pasara el teléfono. Le pedí, para es­tar seguro, que me deletreara el nombre. Tenía un acento muy fuerte, y yo esperaba que quisiera hablar con el señor Queen. Pero no tuve tanta suerte: “Q-U-I-N-N”, respondió el hombre. Me asusté y, durante unos segundos, no pude articular palabra. “Lo siento”, dije por fin, “aquí no vive nin­gún señor Quinn. Se ha equivocado de nú­mero.” El hombre se disculpó por ha­berme molestado y colgamos.

Esto ha sucedido de verdad. Como todo lo que he escrito en este cuaderno rojo, es una historia verdadera.


[1] To argue significa argüir, discutir, polemizar, pelearse. Fib significa embuste, mentirilla, bola, trola. Argue y Phibbs: ¿Argüir y Trolas? (N. del T.)

Charles Bukwoski: ¿qué tienen los poetas que da tan mala espina?

¿Qué hacen los escritores cuando no están escribiendo? Yo me dedico a ir al hipódromo. O, en los viejos tiempos, me moría de hambre o hacía trabajos que me arrancaban las entrañas.

Ahora me mantengo alejado de los escritores, o de los que se hacen llamar escritores. Pero entre 1970 y 1975, aproximadamente, cuando tomé la decisión de quedarme plantado en un sitio y escribir o morir, venían a visitarme escritores, todos ellos poetas. POETAS. Y descubrí una cosa curiosa: ninguno de ellos tenía medios visibles de subsistencia. Si tenían libros publicados, no se vendían. Y si daban recitales de poesía, muy poca gente acudía a ellos, excepto digamos que entre 4 y 14 personas, también POETAS. Pero todos vivían en apartamentos bastante bonitos, y parecían tener tiempo de sobra para sentarse en mi sofá y beberse mi cerveza.

Yo me había criado fama de loco en la ciudad; de montar fiestas en las que ocurría lo indecible y en las que mujeres alocadas bailaban y rompían cosas, o de tirar a gente de la terraza de mi casa, o de que había redadas de la policía o etc., etc. En gran parte era cierto. Pero también tenía que poner las palabras en la página para cumplir con mi editor y con las revistas, para pagar el alquiler y sacar dinero para priva, y todo eso significaba escribir narrativa. Pero estos… poetas… sólo escribían poesía… A mí lo que hacían me parecía endeble y pretencioso…, pero ellos seguían adelante, y vestían bastante bien, y parecían bien alimentados, y todos tenían tiempo libre para sentarse en el sofá y para hablar. Para hablar de su poesía y de sí mismos.

Muchas veces les preguntaba: “Oye, dime, ¿cómo te ganas la vida?”. Se limitaban a seguir allí sentados y a sonreírme y a beberse mi cerveza y a esperar que llegaran mujeres locas, con la esperanza de que de alguna manera les cayera una migaja; de sexo, de admiración, de aventura o de lo que demonios fuera.

Me estaba empezando a resultar evidente que tendría que quitarme de encima a aquellos aduladores reblandecidos. Y, poco a poco, fui descubriendo su secreto, uno por uno. En la mayoría de los casos, al fondo, bien escondida, se ocultaba la MADRE. La madre se ocupa de ésos; pagaba el alquiler y la comida y la ropa.

Recuerdo que una vez, durante una rara escapada en la que salí de mi casa, estaba en el apartamento de uno de estos POETAS. Aquello era bastante aburrido, nada que beber. El tipo decía que era injusto que no se le hubiera reconocido más ampliamente. Los editores, todo el mundo, estaban conchabados contra él. De repente me señaló con el dedo.

—¡Y tú también! ¡Tú le dijiste a Martin que no me publicara!

No era cierto. Luego siguió quejándose y largando sobre otras cosas. En ese momento sonó el teléfono. Lo cogió y empezó a hablar sigilosa y suavemente. Colgó y se volvió hacia mí.

—Es mi madre, viene para acá. ¡Tienes que marcharte!

—No hay problema, me gustaría conocer a tu madre.

—¡No! ¡No! ¡Es horrible! ¡Tienes que marcharte! ¡Ahora mismo! ¡Date prisa!

Cogí el ascensor y me marché. Y a ése lo borré de la lista.

Había también otro. Su madre le pagaba la comida, el coche, el seguro, el alquiler, y hasta escribía algunas de sus cosas. Increíble. Y llevaba décadas así.

Había otro individuo que siempre parecía estar muy tranquilo, y bien alimentado. Llevaba un taller de poesía en una iglesia los domingos por la tarde. Tenía un bonito apartamento. Era miembro del partido comunista. Vamos a llamarle Fred. Le pregunté a una señora mayor que acudía a su taller de poesía y le admiraba enormemente:

—Oiga, ¿cómo se gana la vida Fred?

—Bueno —me dijo—, Fred no quiere que lo sepa nadie, porque es muy reservado para estas cosas, pero se gana la vida limpiando furgones de comida.

—¿Furgones de comida?

—Sí, ya sabe, esos furgones que van por ahí vendiendo café y bocadillos durante los descansos y las horas de comer en los lugares de trabajo. Bueno, pues Fred limpia esos furgones de comida.

Pasó un par de años y luego se descubrió que Fred también era propietario de un par de edificios de apartamentos, y que vivía principalmente de las rentas. Cuando me enteré de eso me emborraché una noche y me fui al apartamento de Fred. Estaba situado encima de un pequeño teatro. Todo muy artístico. Salté del coche y llamé al timbre. No me quería contestar. Yo sabía que estaba allí arriba. Había visto moverse su sombra detrás de las cortinas. Volví al coche y empecé a hacer sonar la bocina y a gritar: “¡Eh, Fred! ¡Sal de ahí!”. Lancé una botella de cerveza contra una de sus ventanas. Rebotó. Eso le hizo aparecer. Salió al pequeño balcón de su apartamento y echó una mirada miope hacia donde estaba yo.

—¡Márchate, Bukowski!

—Fred, baja aquí, te voy a dar una patada en el culo, ¡terrateniente comunista!

Fred entró corriendo en su apartamento. Yo me quedé allí esperándole. Nada. Luego se me ocurrió que estaría llamando a la policía. Y yo a la policía ya la tenía muy vista. Me metí en el coche y regresé a mi casa.

Había otro poeta que vivía en una casa junto al mar. Bonita casa. El tipo nunca había trabajado. Yo le acosaba: “¿Cómo te lo haces? ¿Cómo te lo haces?”. Finalmente, se rindió. “Mis padres tiene propiedades y yo les gestiono el cobro de los alquileres. Me pagan un sueldo”. Me imagino que un sueldo cojonudo. Pero bueno, por lo menos aquel tipo me lo dijo.

Algunos nunca te lo dicen. Había otro tipo. Escribía poesía que no estaba mal, pero muy poca. Siempre tenía su bonito apartamento. O estaba a punto de marcharse a Hawái o a alguna parte. Era uno de los más relajados. Siempre vestido con ropa nueva y recién planchada, zapatos nuevos. Nunca iba sin afeitar y sin el pelo cortado; tenía dientes brillantes y resplandecientes. “Venga, hombre, ¿cómo le haces?”. Jamás decía nada.

Luego hay otro tipo de gente que vive de las subvenciones. Escribí un poema sobre uno de ellos, pero nunca lo envié por ahí, porque finalmente me dio pena de él. Éste es un fragmento del poema, todo apretujado:

Jack el del pelo colgante. Jack exigiendo dinero, jack el barrigón, Jack el de la voz alta, alta, jack el del gremio, Jack el que danza delante de las damas, Jack el que cree que es un genio, Jack el que vomita, Jack el que habla mal de los que tienen suerte, jack haciéndose cada vez más viejo, Jack exigiendo dinero todavía, Jack bajando por la estaca, jack el que habla pero no hace nada, Jack el que se sale con la suya, Jack el que se la menea, Jack el que habla de los viejos tiempos, Jack el que habla y habla, jack con la mano extendida, jack el que aterroriza a los débiles, Jack el amargado, Jack el de las cafeterías, Jack exigiendo a gritos el reconocimiento, Jack el que nunca tiene trabajo, Jack el que sobrevalora completamente su valía, jack el que grita que no se le reconoce su talento, jack el que le echa las culpas a todos los demás.

Sabéis quién es Jack, lo visteis ayer, lo veréis mañana, lo veréis la semana que viene.

Queriéndolo todo sin hacer nada, queriéndolo gratis.

Queriendo fama, queriendo mujeres, queriéndolo todo.

Un mundo lleno de Jacks bajando por la estaca.

Ahora me he cansado de escribir sobre los poetas. Pero añadiré que se perjudican a sí mismos empeñándose en vivir como poetas en lugar de vivir como otra cosa. Yo trabajé de obrero hasta los 50. Metido allí dentro con la gente. Nunca afirmé ser poeta. Y no es que pretenda decir que ganarse la vida trabajando sea una maravilla. En la mayoría de los casos es horrible. Y a menudo tienes que luchar para conservar un empleo horrible, porque hay 25 tipos detrás de ti, dispuestos a aceptar ese mismo empleo. Por supuesto que no tiene sentido; por supuesto que te machaca. Pero creo que el estar metido en esa porquería me enseñó a dejarme de pendejadas a la hora de ponerme a escribir. Creo que tienes que meter la cara en el barro de vez en cuando; creo que tienes que saber lo que es una cárcel, lo que es un hospital. Creo que tienes que saber lo que se siente cuando no has comido desde hace cuatro o cinco días. Creo que vivir con mujeres desquiciadas es bueno para el espinazo. Creo que puedes escribir con alegría y liberación después de haber estado atrapado en la mordaza. Y todo esto lo digo porque los poetas que he conocido han sido siempre unas medusas reblandecidas y unos arribistas. De lo único que pueden escribir es de su ausencia egoísta de aguante.

Sí, me mantengo alejado de los POETAS. ¿Se me puede reprochar?

*Fragmento de El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco (1998).

Cuento de Agustín Torralba: “Bessie Emperatriz”

VENDRÁN CUATRO GATOS

I

La noche que Bessie nació una lluvia de meteoros surcaba los cielos del Sur de Francia, dejando platinotipias de galaxias remotas y estelas de estrellas fugaces apagadas hace millones de años. Quedaron en la piel de las uvas de la campiña de Avignon, en las piedras cansadas de sus puentes y en la retina de los búhos de ascendencia normanda. Dvorak andaba componiendo la Sinfonía del Nuevo Mundo. Y en Samoa, en la flor de la vida, Robert Louis Stevenson se sumergió en las aguas del Mar de Coral, rumbo al Trópico de Capricornio, para nunca jamás volver.

Quienes la oyeron lo saben, su voz exhalaba el vapor de todas las tristezas. La primera vez que tomó conciencia de sí misma estaba tirada en mitad de la calle embarrada. Intentaba hacerse con el recortable del valeroso capitán Grant impreso en el reverso de un paquete de arroz vacío. Lo cortaba con un fragmento de hoja de sierra oxidado, tarareando para sí una ancestral melodía de las tribus Aradas de África. Hambrienta y sucia, su carita de tres años y sus gestos de niña sin futuro traslucían la inseguridad y el miedo de quienes han sido educados a gritos, corregidos a golpes. En uno de sus viajes, mientras tomaban un trago en el vagón restaurante, Huxley le dijo: “Lo mejor de la escuela eran las ventanas”. Ella no supo qué responder, ni entonces, ni nunca.

La calle fue siempre su medio. Cuando entendió que el mundo no acababa en su barrio quiso descubrir el resto del decorado y se fue con las manos a la espalda, dando pequeños saltos de negrita, a recorrer la city. Era invisible entre el séquito de los músicos callejeros que al finalizar el pasacalles, con una mirada de ternura, siempre extendían su mano ofreciendo unas monedas y pellizcándole los mofletes. Ella ponía rumbo a su casa con un hormigueo en el estómago, esquivando los charcos donde se ahogaban las nubes sobre un fondo turquesa; los postes del tendido eléctrico y sus combados cables; y el hocico negro y redondo de los perros que perturbaban el agua con finas olas de mares diminutos. Bessie, miraba un cielo surcado por fugaces pájaros prestos a recogerse. Soñaba pianos y terciopelos con una inexplicable alegría en el corazón. Ajena por completo a cualquier péndulo. Tenía toda una vida por delante. Al llegar a su casa los ilusorios aplausos que le habían acompañado durante el trayecto enmudecían y los focos soñados de su éxito se apagaban. Blasfemias y mugre al otro lado de la puerta.

Pero hay talentos que no pueden dejarse ir por el sumidero de la inadvertencia. Aquella voz era un río quejumbroso y en sus aguas viajaban, como partículas en suspensión, el silbido de los látigos; la tropelía de los mercados de esclavos; el grito de los niños de color mutilados por las trilladoras; y ese llantito de viejo olvidado en el asilo con el que plañen los humillados. Como una pianola por los rincones de América con el rollo del alma en vilo de las madres negras, así era su voz.

Ma Reiny le mostró cómo habían de subirse las escaleras de un buen blues. “Mucho trabajo, pocas ganancias. Primer peldaño. En el segundo es más o menos igual que en el primero o que en el séptimo y así hasta llegar a la nubes, mi niña. Eso sí, no olvides cantar como si parieras todo el tormento de los hombres”.

Sin embargo, nada le dijo de los perros de caza que aguardan expectantes en el fondo de las botellas. Nada le dijo de aquel penúltimo peldaño, el de los pianos desdentados y las notas rotas, el de los pentagramas torcidos y las trompetas sin pulmones, nada del frío y la náusea de los amores sin amor. Tampoco le habló de cuán cambiantes eran las nubes a las iba a dirigirse.

Bessie se despidió de la robusta columna de agua que sostiene el firmamento. Cruzó el enorme puente azul sobre el Tennesse con un desportillado maletón cargado de miedos, estolas y lentejuelas. Se fue. La factoría de Candler producía sin descanso una negra medicina que vendía en los comercios a cinco centavos de dólar la botella.

 

II

Cuando pisó por primera vez el camino de baldosas amarillas de la Gran Manzana, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Escuchó con erótica complacencia el jadeo de los fajadores del puerto, inmunes ya a los ahogados, y la saña de sus garfios penetrando los abultados vientres de pita de los costales. Percibió el hedor de los aceites refritos de los restaurantes y de las cafeterías. Vio el apresuramiento de los trajes y nada, nada en los ojos de aquella riada de gente que la vapuleaba en la acera de la enésima avenida, tan de mañana. Oyó la locura de cinco millones de minuteros desacompasados en los apartamentos sin ventanas y el grito de las parturientas asistidas por matronas con modales de camionero. Colonias de cucarachas atascaban las tuberías. Contempló una ciudad de exconvictos que se deleitaba con el borboteo de las zarpas de los osos cociéndose en las perolas como tarántulas panza arriba, sedientos de tradiciones con las que imprimir grandeza a la levedad de su historia. Bajo sus pies, pudo sentir la huída sísmica de mitológicos reptiles ciegos, que a tientas buscaban el sol. Intimidada por los edificios, llenó sus pulmones con aquel aire tan rico en metales pesados y pensó: “¡Dios mío, esto es un cementerio!”. Ningún pájaro salió a volar esa mañana.

Qué no habría en su voz para que incluso tamaña chusma de expoliadores de acres y asesinos de indios recibiese la patada en el corazón de aquel lamento. Hicieron un alto en sus insalubres vidas para agolparse en las distribuidoras de Columbia y adquirir uno de esos discos nuevos de doble cara donde la voz de Bessie dormía a la espera de que el pinchazo doméstico de una aguja la despertase.

Su vida se llenó de glamour efímero, caprichos caros y fiestas coloreadas por canallas diestros en licuar la suerte ajena, bebérsela y hasta tirarla, inservible ya, en el despreciable ritual del engaño. Cuerpos de hombres y mujeres con los que retozaría ante la mirada desencantada del mobiliario de las más variopintas estancias. Ningún rastro de amor quedó en ellas porque no lo hubo, porque ni los efluvios más íntimos ni la desmesura de los gemidos ni lo concurrido de la alcoba podrían siquiera invocarlo. Era la insomne orgía de la soledad.

Pero Bessie era buena. Corría siempre con la cuenta. Era una negra generosa con un desastre por infancia, que arrastraba el frío atrasado de muchos inviernos. Pagaba como nadie por que le susurrasen al oído dulces mentiras que habría deseado fuesen ciertas. La Gran Bessie era una frágil niña de tres años en mitad de la calle embarrada que pasó su vida mendigando cariño, viendo el cielo reflejado en los charcos… sufriendo por aquel caracol tierno y despistado que crepitó bajo su pie la tarde irrepetible y única en la que ambos descubrieron el arco iris.

 

III

Estaban rumiando dólares a dos carrillos en torno a la imponente mesa del capitalismo, sudando grasa de caballo, supurando la usura que les llevó a enriquecerse con la devastación de la Primera Gran Guerra. Pero aquel jueves no tenía buenas noticias para ellos ni para nadie. Por una vez en su historia Wall Street fue imparcial. “¡Ruina para todos!” gritó su espectro. Y quitó el seguro a las pistolas dormidas en los cajones de las casas y los despachos, trastornó el paso a nivel de los trenes, abrió con sus dedos famélicos las ventanas de los últimos pisos de todos los rascacielos. Un aquelarre de sirenas desdentadas llamaba a los hombres a las cornisas de los puentes desde los lodos podridos del Hudson. La desesperación hizo el resto.

Las terribles leyes de mercado dieron el tiro de gracia a la Edad Dorada del blues. Atrás quedaban las elegantes salas de baile, puertas cerradas de un tiempo mejor. Era la hora de los antros y las destilerías clandestinas, de los sótanos y los cuchitriles infectos donde el viejo blues, más demacrado que nunca, sollozaba para nadie.

Con Louis Armstrong

Bessie estuvo allí. Anduvo torpemente los desórdenes y la halitosis de las últimas resacas, los escombros de una época que poco a poco dejaba de pertenecerle. Y aún seguía allí cuando vio desde los bajos fondos de su delirium tremens la huida en procesión de los banjos buscando porches donde mecerse junto a enormes jarras de zarzaparrilla. Arpas melancólicas, contrabajos que miraban de soslayo embutidos en capas españolas, clavecines arrastrando penumbras y paredes de casas blasonadas, guitarras que veían el mundo por un ojo de cíclope, violonchelos gestando camadas de violines, pianos engreídos que hacían resonar deliberadamente sus cascos contra el asfalto. Y por el aire huían enjambres de armónicas con alitas de colibrí, el si bemol de las trompetas vestidas de blanco y pajarita granate en el zepelín de la última glorieta de Central Park. La tuba más vieja calentando el aire de aquel globo cargado de nibelungos agazapados por el vértigo. Bessie vio también un corro ingrávido de trompas, cuernos y caracolas buscando el mar por los cielos. Y a pie de calle, rezagado, picoteando colillas, con su enorme trasero de pavo de pascua, iba el trombón. Las percusiones pasaron en el remolque de un vehículo del ejército, diciendo adiós con esos ridículos barquitos de papel en la cabeza, camino de alguna nueva ofensiva.

IV

Bessie vivía afectada por ese desánimo que aborda a los artistas cuando las actuaciones se espacian y el caché baja sensiblemente. La noche de la tragedia acudía sin demasiado entusiasmo a un pequeño club de una población emergente en el estado de Memphis. Llovía a mares. Hacía cinco días que el verano dijo adiós ante la irrupción de un otoño que se anunciaba severo. Cuando salió de su casa y vio la manta de agua que estaba cayendo pensó: “Vendrán cuatro gatos”. Se inclinó un poco para abrir el paraguas y sus ojos repararon en el barro que salpicaba el aloe de su pequeño jardín. No iba a ser su noche.

El coche en marcha de su acompañante la esperaba fuera con los faros encendidos y los parabrisas trabajando a toda máquina. Abrió la puerta y percibió la cálida atmósfera del interior: humo de cigarrillo y ritmo de swing de alguna emisora de radio cercana. Lanzó al asiento de atrás su pequeña bolsa de viaje y puso el paraguas a escurrir sobre los esterillos. Se trataba de uno de esos coches de gama media al que sus altos y finos neumáticos conferían una vulnerabilidad de velociclo de Michaux. Pero en una tarde como aquella era el mejor refugio que dos negros del Sur podían soñar. Fuera, el viento en los árboles y la lluvia gris del firmamento invitaban al recuerdo. Bessie estaba triste. Al bajar la ventanilla el olor a tierra mojada se mezclaba con el del brezo y la caléndula. Habían llegado al cruce de caminos donde Robert Johnson vendió su alma al diablo por un puñado de canciones. Luego vino aquel frenazo. El coche del revés con sus ruedas girando en el aire…

Sombreros de copa, y una austera liturgia de saxofón, tomaron las calles al día siguiente. La noche cayó azul.

 

Cuento extraído del libro de relatos Náufragos del Rock and Roll

Cuento de Enrique Lihn: Tigre de Pascua

Hace veinte años yo era profesor de inglés. A mi hermano, el Tigre -de filosofía-, lo mataron a culatazos en el 73. Luego tuve un taxi; ahora nada. Con esto lo digo todo.

¡Tigre, a cada cual de acuerdo con sus necesidades! ¿Tan poco necesitados estábamos nosotros?

Sobrevivo, pues, en una de esas poblaciones de nombre paradójico (La Triunfadora), donde nunca antes me habría soñado poniendo los pies. Cuidadosa, cuidadosamente.

Las experiencias me sirven para ordenar una cosa, una imagen, un pensamiento, serán las que se llaman vitales. En la de sobrevivir, no se capitaliza. Puro trabajo. Se parte una y otra vez de cero. Por eso hay quienes prefieren a la sobrevida, una vida peligrosa. Así, antes, el Tigre -héroe de elección- y, ahora, los cogoteros. Son demasiados, por otro lado, quienes mendigan. Y trabajamos los cesantes encubiertos. Por dignidad o por debilidad, según como se mire la cosa. Pero la cesantía encubierta es el disfraz de la mendicidad. En suma, mendigos somos casi todos. Hasta los aficionados al cogoteo que quitan en lugar de pedir, pero sin profesionalismo.

Desde aquí veo a unos y otros ir y venir. Todos los caminos llevan al Paseo Ahumada, nuestra Roma. Aquí (por donde alguna vez tendrá que pasar el Papa) se cumple eso de que siempre hay Pascua en diciembre. Nos entregaron la calle para vigilarnos mejor. Que no se diga que no hay trabajo para todos en las fiestas de guardar, carajo. No hay tigre, hermano, que se resista a la tentación de parecer un gato si le permiten olfatear, en las calles de Bagdad, las puertas de todas las carnicerías.

Entre los que venden cualquier cosa -cuchillos a cien pesos- reconocí, denantes, a los hermanos Cárcamo. Me perdonaron la vida una noche. No sé si por caridad o por desprecio.

¡Hijos de puta! Desde entonces me miran, fijamente, sin verme. Me niegan con esa mirada vacía el derecho territorial sobre el suelo que cubro con mis pies. ¡Tanto fue lo que tuve que deshonrarme, Tigre, para no morir como tú, con gloria!

Está también la gente de paz como esa familia gorda de apellido Soto, como la pensión. Malos, pero muchos. Ocupan una buena lonja del Paseo. Para no tener que correr, compran productos “naturales”, lejos de Santiago. Si se los requisan no tienen que pagárselos a los distribuidores. Por lo demás, los pacos no le codician una piedra pómez, un mojón de luche, un cachorro o una de esas muñecas horribles que ellos mismos tejen en su media agua.

Hasta tienen un permiso municipal. A lo menos el Soto viejo que reparte la mercadería entre los suyos o la reingresa a la casa matriz en caso de peligro. Están también los payasos Cuevas. Y cuatro locas que reproducen una escena de la ópera Carmen, haciendo fonomímica.

Todo está, literalmente, botado en las calles. Un mosquerío de gente que entra y sale de las tiendas, transfigurado, en las tardes, por las luces de colores. País de mierda. Los reflejos condicionados de la oferta y la demanda. Comprar y vender basura.

En este cuadro los viejos de Pascua, que se repiten menesterosamente en la calle… sin comentarios. Con trineos hechos de catres de guagua y de restos de bicicletas. Con ciervos de sacos harineros, enarbolando unos cuernos que parecen racimos de manos llenas de sabañones. Los que no son viejos de verdad merecerían serlo por lo desbaratados que están, con sus barbas y pelucas de algodón. Algunos a medio filo. Con una guagua en brazos o un cabro chico en las rodillas. Mientras el socio les toma una polaroid caída, de cuando en vez.

Sé, por los otros, que olemos mal. A viejo curado, de población. Tú, Tigre, no ibas a oler nunca así, mientras te mataban.

Así es que, en recuerdo tuyo, me estoy quitando toda esta mierda de encima. Hasta las barbas, que son de verdad. Arranquen a perderse, cabros del carajo. Y usted, señora ¿no ha visto nunca a un mendigo de Pascua, todo desnudo?

¡Vengan a ver a un gato, señoras y señores, que tira para tigre! ¡Vengan a ver a un tigre al que van a reventar estos cobardes, a culatazos!

Cervantes, la España de su época y El Quijote

por Alan Woods//

“Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas; ha desgarrado sin piedad las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus ‘seres superiores’, para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel ‘pago al contado’”. (Marx y Engels. El Manifiesto Comunista. Madrid. Fundación Federico Engels. 1996. p. 41).

“España conoció períodos muy florecientes, períodos de superioridad sobre el resto de Europa y de dominio sobre América del Sur. El poderoso desarrollo del comercio interior y mundial iba venciendo el aislamiento feudal de las provincias y el particularismo de las regiones. La fuerza e importancia crecientes de la monarquía española estaban entonces ligadas estrechamente al papel centralizador del capital comercial y a la gradual formación de una ‘nación española’”. (Trotsky. La revolución española y las tareas de los comunistas. 24 de enero de 1931).

Este año se celebra el 400 aniversario de la primera publicación de Don Quijote, la mayor obra maestra de la literatura española. La clase obrera, la clase que tiene el mayor interés en la defensa de la cultura, debería celebrar entusiastamente este aniversario. Fue la primera gran novela moderna, escrita en un lenguaje que los hombres y mujeres corrientes podían entender. Era uno de los libros favoritos de Marx y que frecuentemente leía en voz alta a sus hijos.

La lucha por el socialismo es inseparable de la lucha por las ideas y la cultura. En un gesto generoso, el presidente Chávez ha ordenado la publicación de una edición especial de dos millones de copias de la obra maestra de Cervantes para distribuirlas gratuitamente. Por nuestra parte, celebramos el aniversario analizando Don Quijote desde el punto de vista del materialismo histórico.

La vida de Cervantes

Miguel de Cervantes (1547-1616) es la figura más famosa de la literatura española. Novelista, dramaturgo y poeta con una considerable producción literaria, es recordado hoy casi totalmente como el creador de Don Quijote. Cervantes nació en Alcalá de Henares, una ciudad próxima a Madrid, en el seno de una familia de la nobleza inferior. Su padre, Rodrigo de Cervantes, fue cirujano y la mayor parte de su infancia Cervantes la pasó de ciudad en ciudad mientras su padre buscaba trabajo. Su padre era bien conocido en Valladolid, Toledo, Segovia y Madrid, por sus deudas. Éstas le llevaron en más de una ocasión a la cárcel, un destino que en aquella época era demasiado común.

A primera vista, la vida de Cervantes fue meramente una larga lista de fracasos: fracasó como soldado, fracasó como poeta y dramaturgo. Más tarde encontró un empleo como recaudador de impuestos, pero incluso esto fue un desastre. Fue acusado de corrupción y terminó en prisión. Pero esta amplia experiencia le permitió obtener de primera mano un conocimiento de una gran variedad de tipos humanos y conocer desde dentro la sociedad de la época.

El interés por la escritura de Cervantes se produce en 1568, cuando escribió algunos versos en homenaje a Isabel de Valois, la tercera esposa de Felipe II, sin duda con la intención de obtener dinero y favores. Pero su carrera literaria fue interrumpida por el servicio militar. Después de estudiar en Madrid (1568-1569), con el humanista Juan López de Hoyos, en 1570 se unió al ejército español en Italia. Participó en la batalla naval de Lepanto (1571), a bordo del barco de guerra Marquesa. Herido en el brazo por un arcabuz, su mano izquierda quedó inútil para el resto de su vida. Pero esto no le impidió unirse de nuevo a la milicia otros cuatro años.

Cansado de la guerra, regresó a España en 1575, junto con su hermano Rodrigo en la galera El Sol. Pero el barco fue capturado por los turcos y él junto a su hermano fueron llevados como esclavos a Argel. Cervantes pasó cinco años como esclavo hasta que su familia pudo conseguir el dinero suficiente para pagar su rescate. Fue liberado en 1580.

Después de regresar a Madrid tuvo varios puestos administrativos temporales, sólo regresó a la escritura relativamente al final de su vida. Escribió obras como La Galatea y La trata de Argel, que trataba de la vida de los esclavos cristianos en Argel y consiguió cierto éxito. Aparte de sus obras, su trabajo más ambicioso en verso fue el Viaje al Parnaso (1614). También escribió muchas obras de teatro, sólo dos han sobrevivido, y novelas cortas. Pero ninguna de sus obras le daba para vivir.

Habiéndose casado finalmente, Cervantes se dio cuenta de que una carrera literaria no le daba suficientes recursos para mantener una familia. Así que se trasladó a Sevilla donde consiguió trabajo como comisario de abastos de la marina. Sus aventuras no se detuvieron aquí. Consiguió éxito pero también muchos enemigos, como resultado sufrió largos períodos de prisión. En uno de estos períodos de inactividad forzosa comenzó a trabajar en el libro que le daría fama eterna. La primera edición de Don Quijote apareció en 1605. Según cuenta la tradición, fue escrito en la prisión de Argamasilla de Alba, en La Mancha. La segunda parte de Don Quijote apareció en 1615. El libro fue un éxito y le granjeó a su autor fama internacional, pero siguió siendo pobre. Entre los años 1596 y 1600 vivió principalmente en Sevilla. En 1606 Cervantes se asentó de manera permanente en Madrid, donde permaneció el resto de su vida. El 23 de abril de 1616 –la fecha en la que murió Shakespeare– Cervantes murió en la pobreza en la calle de Madrid que ahora lleva su nombre, sólo un año después de que apareciera la segunda edición de Don Quijote.

La obra maestra de Cervantes parece haber comenzado su vida como una caricatura cómica de los libros de caballería que eran populares en la época, pero era un amplio reflejo calidoscópico de la época en la que vivió Cervantes. Está lleno de vida porque refleja fielmente la vida de ese período -un rico mosaico de un mundo en transición-, un fermento de ideas y costumbres en conflicto y una variedad sin fin de caracteres. La mayoría de sus personajes proceden de las clases más bajas. Don Quijote fue un nuevo punto de partida en la literatura: un dibujo de la vida real y las maneras escrito en un lenguaje claro y cotidiano. Los lectores aclamaron la invasión del lenguaje cotidiano en una obra literaria.

A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Cervantes no tenía un patrón adinerado. Dependía exclusivamente de sus lectores. Esta era una relación totalmente nueva entre el escritor y su público. Cervantes sólo podía comer vendiendo sus libros y sólo podía venderlos escribiendo en un tono que resonara en los corazones y las mentes de su público. Esto lo consiguió brillantemente. Pocos libros en la historia han reflejado tan fielmente el nuevo espíritu que se estaba desarrollando en la sociedad. Para apreciar esto, es necesario tener una idea aproximada de lo que era realmente la sociedad española de esa época.

La España de Cervantes

El descubrimiento de América, la circunnavegación de África abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía. El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercancías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición”. (El Manifiesto Comunista. Op. Cit. p. 40)

La España de Cervantes era una sociedad en transición. La unión de las coronas de Aragón y Castilla consiguió, a través del matrimonio de Fernando e Isabel, crear las bases para la unificación española y la creación de una monarquía absolutista. La caída de Granada, el último reino musulmán de España, fue el acto final de la Reconquista que había durado siglos. A esto siguió rápidamente el descubrimiento de América y el ascenso de España como una potencia económica y militar dominante en Europa.

En la época en la que nació Cervantes Madrid sólo tenía 4.000 habitantes, aunque era comparable en tamaño a Toledo, Segovia o Valladolid. El crecimiento de Madrid fue el resultado de los fueros o derechos concedidos a la naciente burguesía española de los reinos de Castilla y León en el período medieval. En el siglo XIV, Fernando VI trasladó allí la corte para aprovechar la caza, el clima y el agua pura. También dio a la monarquía una base independiente, libre del control de la nobleza provincial.

Bajo Felipe II, el vasto aparato burocrático del estado absolutista se completó y perfeccionó. Madrid se transformó y pasó de ser una villa provinciana a una ciudad de 100.000 habitantes, llena de iglesias, catedrales, palacios y embajadas. Para construir la ciudad, se cortaron todos los bosques. La zona que había sido conocida por su aire y agua pura se convirtió en un agujero pestilente. Las calles de Madrid eran oscuras, estrechas y llenas de basura putrefacta, con cerdos merodeando alrededor de la suciedad. La división arbitraria de las casas, los palacios de mal gusto, las calles llenas de basura y los cadáveres de animales, los barrios empobrecidos con su atmósfera morisca, las casuchas de los pobres arremolinadas alrededor de las casas de los ricos. En todas partes estaba el hedor de la basura podrida y peor, fermentando en las calles donde se abandonaba convenientemente bajo la cobertura de la oscuridad. La corte de Madrid no era mucho mejor, según todas las crónicas, era conocida como la más sucia de toda Europa. Algunos embajadores extranjeros la comparaban con una aldea del interior de África.

Era un caldero hirviente de cambio social donde las viejas clases se descomponían más rápidamente de lo que podían ser sustituidas por las nuevas. La decadencia del feudalismo, junto con el descubrimiento de América tuvo un efecto devastador en la agricultura española. En lugar de un campesinado productivo ganándose el pan con el sudor de su frente, nos enfrentamos a un ejército de mendigos y parásitos, aristócratas arruinados y ladrones, sirvientes monárquicos y borrachos, todos luchando por vivir sin trabajar.

La podredumbre empezaba por arriba. En medio de toda esta pobreza y suciedad, ruido y miseria, la corte española era considerada como la más brillante de Europa. Era un espectáculo sin final de bailes, mascaradas y música. Los monárquicos españoles vivían espléndidamente, a crédito. Raramente pagaban a sus proveedores. Una cosa tan vulgar como el dinero apenas merecía consideración para la aristocracia.

La nobleza parasitaria vivía en condiciones de tan célebre extravagancia que se hizo necesario aprobar leyes contra el lujo excesivo en el vestir, los muebles e incluso en las sillas de montar. Las autoridades incluso tuvieron que organizar la quema pública de zapatillas decoradas, ligas de damas y ropas adornadas. Algunos duques iban acompañados de 100 lacayos vestidos de seda. Incluso los oficiales del ejército aparecían en público vestidos con ricos jubones y chaquetas decoradas con cintas, joyas y plumas.

A pesar del barniz externo de piedad religiosa, muchos nobles flirteaban públicamente con religiosas jóvenes y atractivas a quienes encontraban en las calles. Se dice que el famoso retrato del Cristo de Velázquez fue entregado como un regalo de penitencia por Felipe IV por una de sus innumerables aventuras sexuales. Las damas de la nobleza no eran mejor que sus hombres. Cuando la duquesa de Nájera y la condesa de Medellín se pelearon, primero se lanzaron una lista de insultos que habrían ruborizado a una verdulera y después recurrieron con entusiasmo al argumento más penetrante del frío acero.

La corrupción era la norma, los funcionarios honestos eran la excepción. La Iglesia y el Estado estaban llenos de un auténtico ejército de parásitos y adláteres, todos luchando por conseguir fortuna del bolso público. Muchos funcionarios vivían una existencia precaria y estaban dispuestos a vender a su abuela por unos pocos reales. La venta de cargos era la norma. Los ministros particularmente corruptos eran satirizados en versos insidiosos, pero lo normal era que no se prestara demasiada atención a un fenómeno que era tan común que llegaba a ser considerado normal.

La Armada Invencible

Felipe II heredó un fabuloso y rico imperio pero que no estaba basado en cimientos sanos. El ayudaría a socavarlo aún más con aventuras y guerras exteriores. El Escorial fue un monumento a su régimen burocrático desalmado. Aquí el espíritu del burocratismo intolerante estaba mezclado con el fanatismo religioso: en parte palacio, en parte monasterio, en parte mausoleo, ese era el centro administrativo del vasto imperio. Detrás de los elevados muros de El Escorial, Felipe II satisfacía sus fantasías imperiales, construyendo, reparando y reconstruyendo constantemente sus palacios reales, utilizando mármol y otros materiales costosos.

La nobleza se daba prisa para imitar el ejemplo de su monarca, construyendo sus propios palacios. La explosión de la construcción pronto diezmó los ricos bosques que habían cubierto la sierra de Madrid desde tiempos inmemoriales. Estos grandiosos planes al final llevaron a la bancarrota. Esa es la ironía central, en la cumbre de su poder y riqueza, España se dirigía de cabeza al declive y al empobrecimiento. Un siglo después, el hidalgo orgulloso con agujeros en su capa, la cartera vacía y el árbol genealógico tan largo como la lista de sus deudas se había convertido en un personaje literario común.

Aunque España era la potencia dominante en Europa, su desarrollo social iba por detrás del de Inglaterra, donde las relaciones capitalistas en la agricultura ya estaban muy avanzadas después de las conmociones de la Peste Negra y la Revuelta de Campesinos de finales del siglo XIV, como explica Marx:

En Inglaterra la servidumbre de la gleba, de hecho, había desaparecido en la última parte del siglo XIV. La inmensa mayoría de la población se componía entonces y aún más en el siglo XV de campesinos libres que cultivaban su propia tierra, cualquiera que fuere el rótulo feudal que encubriera su propiedad. En las grandes fincas señoriales el arrendatario libre había desplazado al bailiff (bailío), siervo él mismo en otros tiempos”. (Carlos Marx. El Capital. Volumen I. Cap. 27).

A principios del siglo XVI el capitalismo se había ya desarrollado tanto en España como en Inglaterra. Sin embargo, paradójicamente, el descubrimiento de América y su saqueo por parte de España sirvió para asfixiar al capitalismo español en su nacimiento. La afluencia de oro y plata de las minas esclavas del nuevo mundo minaron el desarrollo de la agricultura, el comercio, la manufactura y la industria española. Atizó el fuego de la inflación y en lugar de prosperidad creó miseria.

Los nuevos descubrimientos habían convertido el comercio terrestre con India en comercio marítimo, las naciones de la península, que hasta ese momento estaban alejadas de las grandes rutas comerciales, ahora se convertían en los agentes y portadores de Europa”. (Prescott. History of the Reign of Ferdinand and Isabella. p. 740).

El poder ascendente del capitalismo inglés necesariamente chocó con el poder del imperio español. La corona inglesa, al principio con la piratería y después más abiertamente, desafió la supremacía española en los mares. Poco a poco, los ingleses y los holandeses comenzaron a poner pies firmes en el Caribe, sentando las bases para nuevos imperios coloniales. El conflicto entre España e Inglaterra llegó a su punto culminante cuando los ingleses enviaron ayuda militar a los rebeldes protestantes holandeses que se habían rebelado contra el dominio español. Esto inevitablemente llevó a la guerra.

El poder de España recibió un duro golpe y su orgullo una dura sacudida cuando en el verano de 1588 la Armada Invencible fue derrotada mediante una combinación letal de barcos de guerra ingleses y borrascoso tiempo atmosférico. De la noche a la mañana España se encontró humillada por el emergente poder de Inglaterra. Esta derrota tuvo un carácter simbólico, el viejo mundo del catolicismo feudal estaba siendo rápidamente sustituido por el ascendente poder del protestantismo capitalista en el norte de Europa.

Los últimos años de Felipe II fueron años de severo declive físico, amargura y ansiedad. Las guerras sangrientas en Flandes parecían no tener final a la vista. Murió en 1598, diez años después de la derrota de la Armada y con él murió la época en la que España era la dueña de los destinos del mundo. Su hijo Felipe III fue un bufón inútil, más interesado en los placeres de la caza (ya fuera de jabalís salvajes o de bonitas actrices) que en los asuntos de Estado. Poco después de la muerte de su padre, se aproximó uno de sus secretarios y le hizo la siguiente pregunta: “¿Qué debemos hacer con la correspondencia, Señor?” y él respondió: “Ponedla en manos del Duque de Lerma”.

De este modo, el monarca absoluto se convertía en el monarca ausente. Todo el poder real estaba en manos de su ayuda de cámara, el Duque de Lerma. La decadencia interna de España se aceleró aún más por la incompetencia y degeneración de su casa real. Pero las verdaderas causas del declive estaban en otras partes. Los gobernantes reales de España eran caracteres adecuados para esta tragicomedia de decadencia senil, nepotismo y corrupción.

España, que fue la primera nación unificada de Europa, y con un destacado poder económico y militar, fue derrotada por aquellas naciones -comenzando por Inglaterra y Holanda- que habían entrado más decididamente en el camino capitalista y donde la burguesía estaba luchando para conseguir el poder político.

Las inmensas riquezas arrancadas del alma de un continente entero, fueron dilapidadas rápidamente por la corte y su ejército servil de zánganos aristócratas. Más allá de los muros de la corte había un mar turbulento de miseria, empobrecimiento y desesperación, que periódicamente estallaba en revueltas y disturbios violentos.

El Siglo de Oro

En este período, España era una colmena de actividad. Las cosas que ocurrían en casa y en el extranjero alimentaban la imaginación de todos los hombres de espíritu (y también de las mujeres). Este era el telón de fondo del Siglo de Oro español. En España, las letras nunca alcanzaron cotas tan deslumbrantes como en esta época. En este período los reyes y los nobles españoles tomaban bajo su patrocinio a un gran número de poetas, novelistas y pintores de la más alta calidad.

El mundo raramente ha visto tal galaxia de talento literario, con nombres como los de Miguel de Cervantes, Félix Lope de Vega, Francisco de Quevedo, Pedro Calderón de la Barca y Tirso de Molina. Merece la pena mencionar aquí los nombres más importantes.

La figura excepcional de la época fue Lope de Vega. Aunque descendía de una familia aristocrática de Santander, Lope, como Cervantes, casi siempre pasó dificultades económicas. Era un hombre de su época, compartió sus triunfos y sus tragedias. Participó en la desastrosa aventura de la Armada Invencible. Se batió en un duelo mortal y como resultado fue desterrado de Madrid. Se casó dos veces y tomó los hábitos después de la muerte de su segunda esposa. Después de haber amasado una considerable riqueza murió en 1635.

De esta información vemos cómo su vida, igual que la de Cervantes, estuvo llena de aventuras, líos amorosos y viajes. Tan llena estuvo su vida que nos preguntamos cuándo tenía tiempo para escribir todo lo que escribió. Escribió mucho, 2.000 obras que no tienen igual en la literatura española. De éstas, sólo 430 han llegado a nosotros. Entre ellas hay clásicos como Fuenteovejuna (basada en un hecho real), El mejor alcalde, el Rey y Peribáñez o el Comendador de Ocaña. También escribió poemas, épica y romances en prosa, además de obras religiosas.

En algunas de estas obras vemos importantes elementos sociales y políticos. Fuenteovejuna estaba basada en un hecho real que implicaba una insurrección popular y Peribañez o el Comendador de Ocaña ilustra la tiranía de las relaciones feudales en la España rural. Aquí la gente corriente es presentada en estado de rebelión permanente contra los señores feudales, pero la monarquía es presentada como el aliado y el defensor de la población. En otras palabras, tenemos aquí una expresión literaria del concepto del absolutismo. La monarquía absolutista española, como en todas partes, aumentó su poder a expensas de la nobleza equilibrándose entre las clases.

El contemporáneo de Lope, Pedro Calderón de la Barca, fue un dramaturgo, un filósofo y un teólogo que escribió entre otras cosas, La vida es sueño y El Alcalde de Zalamea. Era igualmente popular pero menos prolífico que Lope. Nació en 1600 en una familia acomodada, su padre era secretario del Tesoro y fue educado en las prestigiosas universidades de Salamanca y Alcalá de Henares. Más tarde participó en las campañas de Flandes y en la supresión de la insurrección catalana de 1640. Se dice que al menos tuvo un asunto amoroso ilícito y un hijo ilegítimo. Pero en 1651 expresó su deseo de entrar en un monasterio y sólo le detuvo la intervención personal de Felipe IV.

Las obras de Calderón tienen un fuerte elemento moralizador y sus personajes están aquejados de él. Están escritas en un estilo barroco. En El Alcalde de Zalamea y El Médico y su honra el tema principal es el honor. Es el ideal feudal de una sociedad cortesana que nunca había existido y, para ser más exactos, no existía en aquella época. No es de extrañar que Felipe IV, el príncipe de los rufianes, ¡fuera un ferviente admirador! Su obra más famosa, La vida es sueño, es el título más apropiado que se ha escrito para la época. La clase dominante española estaba viviendo un sueño del que tuvo un duro despertar.

El nombre de Francisco de Quevedo es menos conocido fuera de España, pero fue otro gran escritor del Siglo de Oro. Su nombre está asociado a la sátira. Dejó tras de sí un cuadro vivo de la España de la época en su obra maestra de lo que se conoce como literatura picaresca: El buscón. Sus obras están caracterizadas por su humor sutil, un espíritu crítico y están claramente enraizadas en los acontecimientos del período trágico de la historia española en la que estuvo destinado a vivir y escribir.

Quevedo vio que el declive de España estaba vinculado con la degeneración y corrupción de la corte. La banda de parásitos que ocupaban El Alcázar de Madrid era bien conocida para él por su experiencia como joven en la corte. A la edad de 31 años decidió trasladarse a Italia para ocupar un puesto en Nápoles como secretario del Duque de Osuna, pero cuando más tarde éste cayó en desgracia Quevedo sufrió la prisión y el exilio. Fue rescatado por el Duque de Olivares, el futuro ayudante de Felipe IV con quien mantuvo una curiosa relación de amor-odio durante el resto de su vida.

Su obra El buscón es probablemente la más hermosa novela satírica del siglo XVII. En su obra Sueñosdescribe la vida de la corte y la aristocracia. Esta obra no cayó bien y fue encarcelado por sus críticas al círculo gobernante y al Duque de Olivares. Cuando más tarde éste último cayó en desgracia, Quevedo fue liberado de la cárcel pero murió en el olvido dos años después, en 1645.

La lista es larga pero mencionaremos sólo un autor más de la época: Tirso de Molina. Este era el seudónimo del fraile Gabriel Téllez, que más tarde nos dejó la inmortal historia de uno de los personajes más inmortales (o más bien amorales) de la literatura mundial: Don Juan, el personaje central de El burlador de Sevilla. Es interesante que este sacerdote estuviera familiarizado con la psicología femenina. En sus comedias de enredo (Don Gil de las calzas verdes y El amor médico) la protagonista siempre es una mujer.

PicassoDonQuixoteSanchoDibujo de Pablo Picasso de Don QuijoteLa novela picaresca

“Los expulsados por la disolución de las mesnadas feudales y por la expropiación violenta e intermitente de sus tierras, ese proletariado libre como el aire, no podían ser absorbidos por la naciente manufactura con la misma rapidez con que eran puestos en el mundo. Por otra parte, las personas súbitamente arrojadas de su órbita habitual de vida no podían adaptarse de manera tan súbita a la disciplina de su nuevo estado. Se transformaron masivamente en mendigos, ladrones, vagabundos, en parte por inclinación, pero en los más de los casos forzados por las circunstancias. De ahí que a fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI proliferara en toda Europa Occidental una legislación sanguinaria contra la vagancia. A los padres de la actual clase obrera se los castigó, en un principio, por su transformación forzada en vagabundos e indigentes. La legislación los trataba como a delincuentes “voluntarios”: suponía que de la buena voluntad de ellos dependía el que continuaran trabajando bajo las viejas condiciones, ya inexistentes”. (Marx, El Capital, vol. I, cap. 28)

Este fue el período que dio nacimiento al más español de todos los géneros literarios: la novela picaresca. El pícaro es un tramposo, un bribón y un aventurero que vive a costa de su ingenio porque no tiene nada más de lo que vivir. Es el producto de un período socio-histórico definido: el período de transición producido por la decadencia del feudalismo. Aquí tenemos los deshechos de un mundo en pleno proceso de disolución. La decadencia del viejo orden provoca una situación caótica en la que la vieja moralidad se resquebraja pero no hay nada que poner en su lugar: de aquí el nihilismo alegre y moral del pícaro. La sociedad española de la época nos presenta un rico mosaico de canallas, ladrones y estafadores que probablemente no tiene igual en la historia mundial. La filosofía de esta capa social se puede resumir en una sola palabra: supervivencia. La vida es una pelea alocada por garantizarse los medios de subsistencia por cualquier método posible. Su lema es: “Que cada hombre mire por sí mismo y que el diablo se ocupe del resto”.

En la segunda mitad del siglo XVI Madrid ya estaba establecida como “la muy noble y leal” capital de España. La población comenzó a aumentar por la afluencia de forasteros atraídos por la corte como las abejas a la miel o las moscas a sustancias menos apetitosas. La novela picaresca reflejaba la situación real en el período donde el feudalismo español estaba en declive. Los engaños del comerciante, la brutalidad de los soldados, el fanatismo de los sacerdotes y la corrupción de los cortesanos, éstos eran simples hechos de la vida.

Este complicado calidoscopio era, en realidad, la expresión de una sociedad en proceso de desintegración donde no era posible ninguna síntesis. Junto a la aristocracia con sus altisonantes títulos y monederos vacíos, había una masa de elementos desclasados, mercenarios y aventureros. Las calles de la capital estaban llenas de criminales, desertores del ejército y fanfarrones de todo tipo y tamaño, portando espadas y puñales. Ellos aceptaban la lucha o un monedero con igual entusiasmo. Las bandas de ladrones eran activas por la noche y no era buena idea estar en la calle en las horas de oscuridad. Un cronista contemporáneo se lamentaba: “No debe haber un rebelde, lisiado, manco, cojo o ciego en toda Francia, Alemania, Italia o Flandes que no descienda de Castilla”.

Este es el verdadero contexto del que surgieron el Lazarillo de Tormes, el Buscón y por último, pero no menos importante, Don Quijote. Como estilo literario la novela picaresca surge de la degeneración del romance de caballería, de la misma manera que sus prototipos humanos surgieron de la degeneración del feudalismo, lo que sólo es otra forma de expresar la misma idea. La decadencia del feudalismo inevitablemente produjo una reacción contra los valores, la moralidad y los ideales del feudalismo. Esta reacción se expresa en la forma de ironía y ridículo; una perspectiva pasada de moda que ha sobrevivido a sí misma, es ridícula por definición y por lo tanto una fuente de humor.

Estas páginas rebosan con todo tipo de vida y personas con caracteres fuertes y coloristas. La clase de antihéroe de la novela picaresca, como en el Lazarillo de Tormes, es una caricatura de los héroes del romance caballeresco. En lugar de un caballero con brillante armadura, es un joven mendigo ruin, una figura familiar en la España de esta época.

Aquí tenemos la verdadera génesis de un género literario reconocible que aparece más tarde en el Gil Blas de Le Sage; el Jonathan Wilde, de Fielding; y en el Barry Lindon, de Thackaray.

Las páginas de Don Quijote están llenas de personalidades y situaciones tomadas del gran libro de la vida misma. El espíritu de este libro, con su sencillo realismo y alegre optimismo, es claramente el del humanismo renacentista y no tiene nada que ver en absoluto con la Contrarreforma. Aquí nuestros ojos se dirigen no hacia el cielo sino hacia la tierra y todas sus riquezas. Su lema es: “Considero que nada humano me es ajeno”.

En Don Quijote hay un fuerte elemento nacional. Es un libro intrínsecamente español. No podía haber sido escrito en ninguna otra parte. Aquí tenemos el agudo contraste del sol y la sombra tan característicos del paisaje de España, que también se refleja en la vida y el carácter del pueblo español. Pero esta explicación, aunque es cierta, de ninguna manera agota la cuestión. No se puede explicar plenamente la riqueza de la caracterización de Cervantes en términos puramente nacionales. Para comprender correctamente a Cervantes es necesario situarlo en su contexto social, económico e histórico.

Fue Marx quien señaló que los períodos de gran transición histórica son particularmente ricos en “personajes”. Esto es cierto tanto en Shakespeare como en Cervantes. La Inglaterra de Shakespeare, como la España de Cervantes, estaba en medio de una gran revolución social y económica. Era un cambio turbulento y penoso, que sumió a una gran cantidad de personas en la pobreza y creó en las ciudades una gran clase de elementos lumpenproletarios desposeídos: mendigos, ladrones, prostitutas, desertores, aquellos que se codeaban con los hijos de los aristócratas empobrecidos, y sacerdotes apartados del sacerdocio, para crear una reserva interminable de personajes como Sir John Falstaff y el Lazarillo de Tormes.

Las escenas subidas de tono en Don Quijote en tabernas de dudosa reputación, dan vida y color a la novela; mientras destacan la contradicción central del período histórico. El pueblo español común es vivo y alegre, de la misma forma que la nobleza es una clase muerta y absurda. El tema central de Don Quijote contiene una verdad histórica fundamental sobre España en el período de decadencia feudal. Los ideales de la caballería aparecen ahora tan ridículos y como una excentricidad anticuada en la naciente economía capitalista, en donde todas las relaciones sociales, la ética y la moralidad están dictadas por el nexo desnudo del dinero.

Un período de transición

A él [a Marx] le gustaban Cervantes y Balzac por encima de los demás novelistas. En Don Quijote veía la época de la caballería moribunda cuyas virtudes eran ridículas y se mofaban del mundo burgués emergente”. (Paul Lafargue. Recuerdos de Marx).

Toda clase dominante alberga las mismas ilusiones en sí misma. En sus imaginaciones son héroes conquistadores, cuando en realidad están implicados en los asuntos más sórdidos y sucios. Marx, que admiraba mucho Don Quijote, escribía: “Con mucho, está claro, sin embargo, que la Edad Media no debía su existencia al catolicismo, ni el mundo antiguo a la política. Por el contrario, es el modo al que ambos debían sus condiciones de existencia lo que explica por qué aquí la política, y allí el catolicismo, jugaron el papel predominante. Por lo demás, requiere un delicado conocimiento de la historia de la república romana, por ejemplo, ser conscientes de que su historia secreta es su historia de la propiedad de la tierra. Por otro lado, Don Quijote hace mucho tiempo pagó el castigo de imaginar equivocadamente que el caballero errante era compatible con todas las formas económicas de la sociedad”.

Mientras que en Lope de Vega la vieja idea feudal del honor es tratada con una seriedad letal, en Don Quijote se convierte en materia de humor. Cervantes está mirando hacia delante, mientras que Lope está mirando hacia atrás. Cervantes representa una transición hacia una sociedad y moralidad capitalistas, basada en el dinero y no en el rango, mientras que Lope mira hacia atrás vehementemente a las certezas morales de un mundo desvaneciéndose donde todo hombre conocía su lugar y la sociedad era mantenida por un fuerte cemento de honor y obligaciones mutuas. Aún así, las obras de Lope ya descubren las cartas: son una admisión tácita de que estos valores han colapsado con la vieja sociedad que los ha producido.

La esencia del humor de Don Quijote son precisamente las contradicciones generadas por la transición del feudalismo al capitalismo, de una sociedad basada en el concepto del servicio feudal, el honor y la lealtad, a una sociedad totalmente diferente basada exclusivamente en las relaciones monetarias. El caballero andante de Don Quijote entra en conflicto con la realidad social y económica existente, de la misma forma que los sueños entran en conflicto con la vida cotidiana. Esto es una expresión literaria de la bancarrota de la aristocracia española, que disimulaba su pobreza con un aura de nobleza gentil. Esa es la ironía de una clase social que no comprende que está condenada y que las viejas formas ya no pueden jugar ningún papel.

Esta contradicción se nos descubre absurda y por lo tanto cómica. Las personas pobres y supuestamente ignorantes comprendían la verdadera situación y correctamente atribuían el comportamiento de los caballeros a la locura. En realidad es un tipo de locura, pero no de una locura individual sino la de una clase social entera que ha sobrevivido a su utilidad y que no se reconcilia con este hecho, cuando en realidad es obvia.

En realidad, la España de la época estaba llena de hombres con grandes nombres e impresionantes títulos que no tenían dos peniques. Había incluso grandes terratenientes que eran poco más que mendigos. En el primer capítulo, tenemos ya una descripción de Don Quijote como miembro de una nobleza que es más una sombra de sí misma, reducida a la semipobreza y prestando escasa atención a los asuntos mundanos de la producción agrícola:

Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso -que eran los más del año-, se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda”.

Don Quijote no tenía concepción del dinero. Exclamaba indignado: “¿Qué caballero andante pagó pecho, alcábala, chapín de la reina, moneda forera, portazgo ni barca? ¿Qué sastre le llevó hechura de vestido que le hiciese? ¿Qué castellano le acogió en su castillo que le hiciese pagar el escote?”. Está fuera de la economía monetaria, al menos en su mente. Si la sociedad se hubiera dejado a la economía quijotesca pronto habría quebrado, ya que en aquel momento nadie había oído hablar del crédito e incluso el orgulloso poseedor de una tarjeta de crédito tarde o temprano se enfrentaría a la necesidad nada agradable de saldar sus cuentas.

En el episodio de la Venta en el tercer capítulo, Don Quijote hubo de recibir una lección de economía moderna del ventero que le preguntaba si llevaba algo de dinero encima, a lo que Don Quijote respondió: “que no traía blanca, porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno la hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba; por admitir que las historias de esta materia no son mencionadas por haberles parecido a los autores de ellas que no era menester escribir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no los trajeron, y así, tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos y atestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese sucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de ungüentos para curar las heridas que recibían”.

La lección estaba bien aprendida. Cuando inicia su segunda ronda de aventuras, Don Quijote se asegura estar bien provisto de la moneda del reino, endeudándose mucho como resultado de ello. En el capítulo siete se nos informa que: “Dio luego Don Quijote orden en buscar dineros, y vendiendo una cosa, y empeñando otra, y malbaratándolas todas, reunió una razonable cantidad”. Esta era la historia de toda la aristocracia española y de la misma España.

Sancho Panza

En Don Quijote dos son los protagonistas y no uno. Junto al alto y flaco caballero montado en un viejo caballo desvencijado hay un campesino pequeño y gordo a lomos de una mula. Aquí está uno de los grandes dúos de la literatura mundial, tan inseparables como la sal y la pimienta. ¿Qué decir del otro personaje de la novela? Sancho Panza es un pobre trabajador agrícola, un vecino de Don Quijote, “hombre de bien -si es que este título se puede dar al que es pobre-, pero de muy poca sal en la mollera”. La ausencia de sabiduría en Sancho es presumiblemente lo que le lleva a seguir a su amo medio loco. Pero a cada paso es el campesino ignorante el que comprende la verdadera situación e intenta demostrárselo a su amo, que naturalmente se niega a creerle.

En esto también hay implicaciones filosóficas. La filosofía dominante en la España de Cervantes no había avanzado más allá del escolasticismo de la Edad Media, una versión vulgarizada de Aristóteles mezclada con el idealismo de Platón. Los únicos avances reales de la filosofía en la Edad Media los hicieron los filósofos islámicos y los científicos de Al Andalus, pero como la España cristiana sólo había surgido de una larga guerra de conquista en el sur de los moros, estas ideas eran un anatema para ella. La Iglesia ejercía un dominio completo de la filosofía, como sobre todos los demás aspectos de la vida intelectual, excepto la literatura.

Los filósofos escolásticos cristianos pasaban una extraordinaria cantidad de tiempo debatiendo de cosas como el sexo de los ángeles y cuántos ángeles podrían bailar en la cabeza de un alfiler. Cervantes se mofa de las disputas universitarias en la divertida parodia del yelmo de Mambrino. Sin embargo, el propio Don Quijote es un idealista filosófico. En el capítulo diez pronuncia uno de sus discursos habituales sobre los principios de la caballería andante, donde demuestra más allá de toda sombra de duda que los caballeros andantes (y por tanto sus escuderos) no necesitaban comer:

Hágote saber, Sancho, que es honra de los caballeros andantes no comer en un mes, y, ya que coman, sea de aquéllo que hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto si hubieras leído tantas historias como yo; que aunque han sido muchas, en todas ellas no se ha hallado hecho relación de que los caballeros andantes comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes que les hacían, y los demás días se los pasaban en flores. Y aunque se deja entender que no podían pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales, porque, en efecto, eran hombres como nosotros, hase de entender también que andando lo más del tiempo de su vida por las florestas y despoblados, y sin cocinero, que su más ordinaria comida sería de viandas rústicas, tales como las que tú ahora me ofreces. Así que, Sancho amigo, no te congoje lo que a mí me da gusto; ni querrás tú hacer mundo nuevo, ni sacar la caballería andante de sus quicios”.

Sin embargo, Sancho Panza es un convencido materialista filosófico y no hará caso de ninguna de estas palabras:

¡Gran Merced! -dijo Sancho-; pero sé decir a vuestra merced que como yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aún, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso marcar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo. Así que, señor mío, estas honras que vuestra merced quiere darme por ser ministro y adherente de la caballería andante, como lo soy siendo escudero de vuestra merced, conviértalas en otras cosas que me sean de más cómodo y provecho; que éstas, aunque las doy por bien recibidas, las renuncio para desde aquí al fin del mundo”.

Sancho Panza, se presenta, después de todo, no como un ignorante. Sus palabras contienen el sentido común sencillo de las masas. Tiene los pies firmemente en la tierra. Vive en el mundo real, el que hace mucho tiempo ha abandonado Don Quijote. Come, bebe, estornuda, duerme y realiza todas las demás funciones corporales que su idealista amo trata con desprecio. En realidad, Sancho está principalmente preocupado por su panza, hasta el punto que pregunta a su amo sobre el jornal de los escuderos de los caballeros andantes. En otra parte Don Quijote dice: “debería haber recordado, por experiencia, que la palabra de un campesino está regulada no por el honor sino por el beneficio”.

La Iglesia

En los siglos XV y XVI la España católica estaba en la vanguardia de la reacción europea. Era la época de la Reforma -y la Contrarreforma-. La Sagrada Iglesia Romana estaba en el centro del orden establecido y luchaba ferozmente para defender su poder y privilegios contra el espíritu de la nueva época. En su batalla sangrienta por las almas de los hombres, las armas utilizadas no fueron los simples discursos sino la espada y el fuego. Se tomaron muy en serio las palabras de La Biblia: “No he llegado para traer la paz sino la espada”.

La Iglesia Católica Romana era todopoderosa en España -una realidad enfatizada por el hecho de que el Cardenal Cisneros se convirtió en regente después de la muerte de Fernando-. Sólo después de dos años en el gobierno nombró rey a Carlos, el nieto de los monarcas católicos Fernando e Isabel. Carlos comenzó una política centralizadora, parte de ella fue convertir a Madrid en capital, lo que fue continuado por su hijo Felipe II con la construcción de El Escorial en la sierra de Madrid, en la que incluso participó ocasionalmente con la supervisión de sus trabajos.

Era una sociedad dominada por el sacerdote. Esto llevó al establecimiento de la Inquisición y la Sociedad de Jesús (los jesuitas), fundada por el fanático vasco San Ignacio de Loyola como tropas de choque militantes de la Contrarreforma. Felipe II estaba tan dominado y obsesionado por la religión que fue incapaz de tomar la más mínima decisión política sin consultar primero con sus sacerdotes.

Madrid y las otras ciudades españolas estaban llenas de instituciones religiosas, iglesias, monasterios y conventos para las órdenes sagradas como las Descalzas, monjas descalzas que se mortificaban de la manera que indica su nombre. En la recién construida Plaza Mayor de Madrid, había todo tipo de juegos y espectáculos para el entretenimiento y edificación de la opinión pública, incluido el más espectacular de todos: el auto de fe. La religión impregnaba cada poro de la sociedad española sin producir ningún efecto evidente en la moral pública. Las órdenes inferiores, aunque exteriormente devotas, estaban obsesionadas con el fetichismo supersticioso que no hacía nada para inculcar un sentido de moderación en su conducta. Miles se reunían en la Plaza de la Cebada para escuchar los desvaríos de algunos frailes medio locos. La obsesión por la idolatría les inducía a raspar el yeso de los muros de las iglesias para guardarlos como reliquia.

Sin embargo, el ambiente dominante de fanatismo religioso no impidió la epidemia general de robo, violación, asesinato, peleas y duelos que estaban a la orden del día. Del reino de la miopía religiosa fanática de Felipe II al del disoluto Felipe IV, la inmoralidad alcanzó su cénit más espectacular. La propia Iglesia reflejaba la moral general de la época. Había casos de frailes implicados en robos, violaciones y asesinatos. Los duelos se producían cada día por docenas. Por las noches las calles eran prácticamente intransitables, la iluminación de la ciudad estaba limitada a esas lámparas que parpadeaban ante las imágenes de las vírgenes y santos en los muros exteriores de las casas.

La Iglesia, que supuestamente debía actuar como el guardián de la moral pública, en realidad era un semillero de intriga política. Su insistencia fanática en el sostenimiento por cualquier medio de la supuesta pureza doctrinal de la Iglesia era en realidad un medio de fortalecer el control de la Iglesia sobre cada uno de los aspectos de la vida y del comportamiento humanos. Esta dictadura espiritual, apoyada por la Inquisición -la Gestapo de la Edad Media- era sólo otra manifestación del estado burocrático que gobernaba España y que presidía sus ruinas.

La intolerancia y el fanatismo estaban a la orden del día. Después de la conquista de Granada, los musulmanes fueron obligados a convertirse o si no debían abandonar España. Muchos se convirtieron para seguir en su hogar, pero fueron sometidos a todo tipo de restricciones molestas y controles bajo la mirada escrutadora de la Inquisición. Llegaron incluso hasta obligar a cada familia morisca a mantener un jamón colgado en la cocina, e incluso crearon una “policía del jamón” que inspeccionaba la cuestión antes mencionada a intervalos regulares para garantizar que se consumía entero. En Don Quijote, Cervantes se atreve a hablar con simpatía de los moriscos.

Cuando Don Quijote pronuncia las famosas palabras a Sancho: “Con la Iglesia hemos topado, Sancho”, creó una expresión que se convirtió casi en un refrán popular en España. Mientras Don Quijote estaba bastante dispuesto para atacar a los molinos de viento, tenía que pensárselo dos veces para enfrentarse a la Iglesia. Por supuesto, en una época en que la Inquisición quemaba a hombres y mujeres por las ofensas más triviales, Cervantes tenía que andar con cuidado y cubrirse las espaldas con declaraciones de su fe. Pero está muy claro que su actitud, al menos hacia la religión organizada, era crítica, si no abiertamente hostil. Si se lee Don Quijote cuidadosamente, es inmediatamente evidente que las críticas a la Iglesia aparecen como un hilo rojo a través de todo el libro.

En el capítulo cinco la sobrina de Don Quijote dice: “Más yo me tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos, que bien merecen ser abrasados como si fuesen herejes”. Esto se lleva a cabo debidamente en otro capítulo, cuando uno por uno los libros de Don Quijote son lanzados a las llamas:

Aquella noche quemó y abrasó el ama cuantos libros había en el corral y en toda la casa, y tales debieron de arder que algunos merecían guardarse en perpetuos archivos, más no lo permitió la suerte ni la pereza del escrutiñador, y así se cumplió el refrán en ellos de que pagan a las veces justos por pecadores”.

Esto es muy claramente una parodia de los autos de fe de la Inquisición que llenaban las plazas centrales de las ciudades españolas con el hedor de la carne ardiendo. En estas ceremonias brutales a menudo era el inocente el que sufría, mientras el culpable presidía el espectáculo. En otras ocasiones, Don Quijote también habla con mordaz desprecio sobre la Iglesia. En la época donde la Santa Inquisición tenía el poder absoluto sobre la vida y la muerte, era muy valiente, incluso temerario, adoptar esa actitud. En el capítulo XIII alguien dice que los monjes cartujos también vivían una vida austera como los caballeros andantes: “Tan estrecha bien podía ser -respondió Don Quijote-, pero tan necesaria en el mundo no estoy en dos dedos de ponello en duda”.

Un espíritu rebelde

Leyendo entre líneas es posible detectar elementos de crítica social en casi cada página de Don Quijote. El espíritu de rebelión está presente desde el mismo principio. En el prólogo del autor leemos:

Ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor de ella, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice, que debajo de mi manto, al rey mato. Todo lo cual te exenta y hace libre de todo respecto y obligación; y así, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres de ella”.

Don Quijote también es un comunista instintivo. En su discurso a algunos cabreros incrédulos habla de una edad dorada en un tiempo pasado y lejano, cuando todas las cosas eran de propiedad común:

Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle las robustas encinas, que libremente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto”.

Él contrasta esta edad dorada cuando todas las cosas eran propiedad común con la presente época en la que el dinero y la concupiscencia determinan cada aspecto de la vida y del pensamiento:

Y ahora, en estos nuestros detestables siglos, nadie está seguro, aunque se oculte y cierre en otro nuevo laberinto, como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. De esta orden soy yo, hermanos cabreros, a quienes agradezco el agasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que, aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación, me acogisteis y regalasteis, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra” (Cap. 12).

Fue un golpe maestro de Cervantes poner lo que sería una muy atrevida crítica social en boca de un loco. Todo revolucionario en la historia ha sido considerado un loco por sus contemporáneos. Para la mayoría de las personas es racional aceptar el status quo y aquél que no acepta el orden existente es irracional -loco- por definición.

Hegel escribió: “Todo lo que es real es racional y todo lo que es racional es real”. Y esa frase ha sido tomada como una justificación absoluta del status quo. Pero Engels explica que para Hegel no todo lo que existe también es real, sin más calificación. Para Hegel el atributo de realidad pertenece sólo a lo que al mismo tiempo es necesario. “En el curso de su desarrollo la realidad demuestra ser una necesidad”.

Lo que es necesario también se demuestra, en última instancia, como algo racional.

Sobra decir que para un marxista todo lo que existe lo hace por alguna necesidad. Pero las cosas cambian, evolucionan, se modifican y engendran constantemente contradicciones internas que finalmente llevan a su destrucción. Por lo tanto, pierden la cualidad de necesidad y entran en contradicción con ella. El terreno comienza a moverse bajo los pies del orden establecido. Aquellas personas que se consideran los más realistas ahora se convierten en el peor tipo de utópicos reaccionarios, mientras que aquéllos que eran considerados como soñadores y locos, se convierten en las únicas personas cuerdas de un mundo que se ha vuelto loco.

En un período histórico en el que un sistema socioeconómico caduco está en declive, la ideología, la moralidad, los valores y la religión que anteriormente eran el pegamento que mantenía unida a la sociedad, pierden su poder de atracción. Las viejas ideas y valores se convierten en objeto de ridículo. Las personas que se aferran a ellos se convierten en objeto de burla, como Don Quijote. La naturaleza relativamente histórica de la moralidad se hace evidente. Lo que era malo se vuelve bueno, lo que era bueno se vuelve malo.

El largo e ignominioso declive de España

El descubrimiento de América, que al principio fortaleció y enriqueció a España, se volvió pronto contra ella. Las grandes rutas comerciales se apartaron de la Península Ibérica. Holanda, enriquecida, tomó la delantera a España. Después de Holanda fue Inglaterra quien adquirió una posición aventajada sobre el resto de Europa. Era la segunda mitad del siglo XVI, España se aproximaba a la decadencia. Después de la destrucción de la Armada Invencible (1588), esta decadencia revistió -por así decirlo- un carácter oficial. Nos referimos al advenimiento de ese estado de feudalismo burgués en España que Marx llamó ‘la putrefacción lenta y sin gloria’”. (Trotsky. La revolución española y las tareas de los comunistas. 24 de enero de 1931).

Por debajo de la superficie de toda la brillantez de las conquistas de España, los cimientos de este edificio imponente ya estaban desmoronándose. Todo el tejido de la sociedad estaba corrompido. A pesar de la peligrosa situación de las finanzas españolas, se decidió reanudar la guerra con Holanda. Para conseguir un ejército de mercenarios en España y Alemania, el Tesoro acuñó moneda falsa en forma de vellón, una medida que llevó inevitablemente a una explosión de la inflación. El colapso final llegó lenta e ignominiosamente.

No sólo se devaluó la moneda. La monarquía estaba totalmente corrupta y la corte no era otra cosa que un pozo negro de inmoralidad y vicio. En el reinado de Felipe IV la inmoralidad de la corte española alcanzó niveles escandalosos. El propio monarca, cuando no estaba ocupado cazando en El Pardo, El Escorial y Aranjuez, se pasaba el tiempo en numerosos asuntos amorosos y se rodeó de un auténtico ejército de meretrices, amantes e hijos ilegítimos. Fue padre de numerosos hijos ilegítimos, el más famoso fue Don Juan José de Austria, a quién engendró con una famosa actriz cómica conocida como La Caldonera. La reina, por su parte, no mantenía en secreto a su amante: el Conde de Villamedina.

Como potencia dirigente de la Contrarreforma, España estaba mirando atrás, intentaba detener el flujo de la historia, aplicando una política quijotesca. Y como Don Quijote, no consiguió detener el reloj, sino sólo condenarse al declive, la derrota y la decadencia a todos los niveles. España ya era un gigante con pies de barro y sus aventuras militares en los Países Bajos fueron el golpe del último clavo en su ataúd. En un breve espacio de tiempo Holanda se liberó del abrazo mortal de España, que pronto se encontró siendo la víctima de una agresión militar exterior, humillada y aplastada por las naciones que anteriormente habían sido sus inferiores.

La Inquisición se había convertido en todopoderosa, presidiendo un reinado de terror, basado en los métodos habituales de la tortura y las hogueras. En 1680 la Plaza Mayor de Madrid fue el escenario del auto de fe más espectacular. El hedor de la carne quemada envenenó el alma y pervirtió la mente de España. El oscurantismo penetró en los más altos niveles del Estado. Este ambiente reinante se reflejó en el arte de ese período, un arte que, con unas pocas excepciones destacables, estaba impregnado con un espíritu de fanatismo miope y sin sentido.

El declive de España es una ilustración gráfica de cómo una sociedad que es incapaz de desarrollar las fuerzas productivas puede caer víctima de su propio éxito. “El orgullo llega antes de la caída” dice un refrán. La arrogancia de la España imperial tiene un homólogo moderno en la arrogancia de EEUU hoy. Igual que España era la nación más poderosa y rica de la tierra en el siglo XVI, EEUU lo es hoy. Igual que España era el centro neurálgico de la contrarrevolución mundial entonces, EEUU lo es hoy. Igual que España se excedió en aventuras militares extranjeras que agotaron su fuerza y vaciaron sus arcas, EEUU está sobrepasándose hoy a escala mundial.

Los paralelismos son obvios y se extienden a la esfera de la ideología y la religión. George W. Bush es un fanático religioso miope, como lo era Felipe II, y cada acto está determinado para establecer una dominación mundial absoluta. Estos paralelismos no son causalidad. Estamos viviendo un período de gran cambio histórico, un período de transición, similar al final del siglo XVI. Pero mientras que en aquella época el mundo estaba presenciando el desmoronamiento del feudalismo y el movimiento irresistible hacia el capitalismo, ahora estamos viendo la agonía mortal del capitalismo y un movimiento igualmente irresistible hacia una nueva sociedad que nosotros llamamos socialismo.

Aquellos que tienen el valor de decirlo son calificados de utópicos, soñadores y locos. Los que compartimos ese honor con Don Quijote, nos encontramos tan poco cómodos en el mundo del capitalismo como nuestro ilustre antepasado. Pero a diferencia de él, no buscamos dar marcha atrás al reloj o regresar a una edad dorada que nunca existió. Todo lo contrario, deseamos fervientemente avanzar hacia una nueva fase y cualitativamente superior de desarrollo humano.

No tenemos necesidad de sueños e ilusiones, preferimos mantener los pies sobre la tierra. En ese aspecto, al menos, estamos más en la tradición de ese gran proletario de gran corazón y con sentido común que era Sancho Panza. Pero compartimos con el caballero de La Mancha un feroz odio hacia la injusticia en todas sus formas. Compartimos su capacidad de elevarse por encima de la miope pequeñez del filisteísmo burgués, para desear un mundo mejor al que vivimos ahora, e igualmente compartimos su valor de luchar para cambiarlo.

15 de julio de 2005

César Vallejo: El Tungsteno

Dueña, por fin, la empresa norteamericana Mining Society, de las minas de tungsteno de Quivilca, en el departamento del Cuz­­co, la gerencia de Nueva York dispuso dar comienzo inme­dia­tamente a la extracción del mineral.

Una avalancha de peones y empleados salió de Colca y de los lugares del tránsito, con rumbo a las minas. A esa avalancha si­guió otra y otra, todas contratadas para la colonización y la­bo­­res de minería. La circunstancia de no encontrar en los al­re­dedores y comarcas vecinas de los yacimientos, ni en quince le­­guas a la redonda, la mano de obra necesaria, obligaba a la em­­presa a llevar, desde lejanas aldeas y poblaciones rurales, una vas­­ta indiada, destinada al trabajo de las minas.

El dinero empezó a correr aceleradamente y en abundancia nunca vista en Colca, capital de la provincia en que se hallaban situadas las minas. Las transacciones comerciales adquirieron proporciones inauditas. Se observaba por todas partes, en las bodegas y mercados, en las calles y plazas, personas ajustando compras y operaciones económicas. Cambiaban de dueños gran número de fincas urbanas y rurales, y bullían constantes ajetreos en las notarías públicas y en los juzgados. Los dólares de la Mining So­ciety habían comunicado a la vida provinciana, antes tan apa­cible, un movimiento inusitado.

Todos mostraban aire de viaje. Hasta el modo de andar, an­tes lento y dejativo, se hizo rápido e impaciente. Transitaban los hombres, vestidos de caqui, polainas y pantalón de montar, hablando con voz que también había cambiado de timbre, sobre dólares, documentos, cheques, sellos fiscales, minutas, cancelaciones, toneladas, herramientas. Las mozas de los arrabales salían a verlos pasar, y una dulce zozobra las estremecía, pensando en los lejanos minerales, cuyo exótico encanto las atraía de modo irresistible. Sonreían y se ponían coloradas preguntando:

–¿Se va usted a Quivilca?

–Sí. Mañana muy temprano.

–¡Quién como los que se van! ¡A hacerse ricos en las minas!

Así venían los idilios y los amores, que habrían de ir luego a anidar en las bóvedas sombrías de las vetas fabulosas.

En la primera avanzada de peones y mineros marcharon a Qui­vilca los gerentes, directores y altos empleados de la empre­sa. Iban allí, en primer lugar, místers Taik y Weiss, gerente y sub­gerente de la Mining Society; el cajero de la empresa, Javier Ma­chuca; el ingeniero peruano Baldomero Rubio, el co­­mer­cian­te José Marino, que había tomado la exclusividad del ba­zar y de la contrata de peones para la Mining Society; el co­­misario del asiento minero, Baldazari, y el agrimensor Leó­ni­das Be­nites, ayudante de Rubio. Este traía a su mujer y dos hijos pequeños. Marino no llevaba más parientes que un sobrino de unos diez años, a quien le pegaba a menudo. Los demás iban sin familia.

El paraje donde se establecieron era una despoblada falda de la vertiente oriental de los Andes, que mira a la región de los bosques. Allí encontraron, por todo signo de vida humana, una pequeña cabaña de indígenas, los soras. Esta circunstancia, que les permitiría servirse de los indios como guías en la región solitaria y desconocida, unida a la de ser ése el punto que, según la topografía del lugar, debía servir de centro de acción de la empresa, hizo que las bases de la población minera fuesen echadas en torno a la cabaña de los soras.

Azarosos y grandes esfuerzos hubieron de desplegarse para poder establecer definitiva y normalmente la vida en aquellas punas y el trabajo en las minas. La ausencia de vías de comuni­cación con los pueblos civilizados, a los que aquel paraje se halla­ba apenas unido por una abrupta ruta para llamas, cons­tituyó, en los comienzos, una dificultad casi invencible. Varias veces se suspendió el trabajo por falta de herramientas y no pocas por hambre e intemperie de la gente, sometida bruscamente a la acción de un clima glacial e implacable.

El tungsteno
César Vallejo

Los soras, en quienes los mineros hallaron todo género de apoyo y una candorosa y alegre mansedumbre, jugaron allí un rol cuya importancia llegó a adquirir tan vastas proporciones que, en más de una ocasión, habría fracasado para siempre la empresa, sin su oportuna intervención. Cuando se acababan los víveres y no venían otros de Colca, los soras cedían sus granos, sus ganados, artefactos y servicios personales, sin tasa ni reserva, y, lo que es más, sin remuneración alguna. Se contentaban con vivir en armoniosa y desinteresada amistad con los mi­neros, a los que los soras miraban con cierta curiosidad infan­til, agitarse día y noche, en un forcejeo sistemático de apa­ra­tos fantásticos y misteriosos. Por su parte, la Mining Society no necesitó, al comienzo, de la mano de obra que podían prestarle los soras en los trabajos de las minas, en razón de haber traído de Colca y de los lugares del tránsito una peonada numerosa y suficiente. La Mining Society dejó, a este respecto, tranquilos a los soras, hasta el día en que las minas reclamasen más fuerzas y más hombres. ¿Llegaría ese día? Por el instante, los soras seguían viviendo fuera de las labores de las minas.

–¿Por qué haces siempre así? –le preguntó un sora a un obrero que tenía el oficio de aceitar grúas.

–Es para levantar la cangalla.

–¿Y para qué levantas la cangalla?

–Para limpiar la veta y dejar libre el metal.

–¿Y qué vas a hacer con metal?

–¿A ti no te gusta tener dinero? ¡Qué indio tan bruto!

El sora vio sonreír al obrero y él también sonrió maquinalmente, sin motivo. Le siguió observando todo el día y durante muchos días más, tentado de ver en qué paraba esa maniobra de aceitar grúas. Y otro día, el sora volvió a preguntar al obrero, por cuyas sienes corría el sudor:

–¿Ya tienes dinero? ¿Qué es dinero?

El obrero respondió paternalmente, haciendo sonar los bolsillos de su blusa:

–Esto es dinero. Fíjate. Esto es dinero. ¿Lo oyes?

Dijo el obrero esto y sacó a enseñarle varias monedas de ní­quel. El sora las vio, como una criatura que no acaba de entender una cosa:

–¿Y qué haces con dinero?

–Se compra lo que se quiere. ¡Qué bruto eres, muchacho!

Volvió el obrero a reírse. El sora se alejó saltando y silbando.

En otra ocasión, otro de los soras, que contemplaba absortamente y como hechizado a un obrero que martilleaba en el yunque de la forja, se puso a reír con alegría clara y retozona. El herrero le dijo:

–¿De qué te ríes, cholito? ¿Quieres trabajar conmigo?

–Sí. Yo quiero hacer así.

–No. Tú no sabes, hombre. Esto es muy difícil.

Pero el sora se empecinó en trabajar en la forja. Al fin, le consintieron y trabajó allí cuatro días seguidos, llegando a pres­tar efectiva ayuda a los mecánicos. Al quinto, al mediodía, el sora puso repentinamente a un lado los lingotes y se fue.

–Oye –le observaron–, ¿por qué te vas? Sigue trabajando.

–No –dijo el sora–. Ya no me gusta.

–Te van a pagar. Te van a pagar por tu trabajo. Sigue no más trabajando.

–No. Ya no quiero.

A los pocos días, vieron al mismo sora echando agua con un mate a una batea, donde lavaba trigo una muchacha. Des­pués se ofreció a llevar la punta de un cordel en los socavones. Más tarde, cuando se empezó a cargar el mineral de la bocami­na a la oficina de ensayos, el mismo sora estuvo llevando las parihuelas. El comerciante Marino, contratista de peones, le dijo un día:

–Ya veo que tú también estás trabajando. Muy bien, cholito. ¿Quieres que te socorra? ¿Cuánto quieres?

El sora no entendía este lenguaje de “socorro” ni de “cuánto quieres”. Sólo quería agitarse y obrar y entretenerse, y nada más. Porque no podían los soras estarse quietos. Iban, venían, alegres, acezando, tensas las venas y erecto el músculo en la acción, en los pastoreos, en la siembra, en el aporque, en la caza de vicuñas y guanacos salvajes, o trepando las rocas y precipicios, en un trabajo incesante y, diríase, desinteresado. Carecían en absoluto de sentido de la utilidad. Sin cálculo ni preocupa­ción sobre sea cual fuese el resultado económico de sus ac­tos, parecían vivir la vida como un juego expansivo y gene­roso. Demostraban tal confianza en los otros, que en ocasio­nes ins­piraban lástima. Desconocían la operación de com­pra-venta. De aquí que se veían escenas divertidas al respecto.

–Véndeme una llama para charqui.

Entregado era el animal, sin que se diese y ni siquiera fuese reclamado su valor. Algunas veces se les daba por la llama una o dos monedas, que ellos recibían para volverlas a entregar al primer venido y a la menor solicitud.

(Páginas iniciales de la novela de César Vallejo El tungsteno)

Documental: Roberto Bolaño, el último maldito

Documental emitido en el programa “Imprescindibles” de La 2 de TVE sobre la vida itinerante de Bolaño a través de entrevistas con las gentes más cercanas a su entorno, centrándose sobre todo en sus últimos años en España, cuando paralelo al comienzo de un cierto respeto en los entornos literarios, siguió llevando una vida de austeridad cercana a la pobreza. Con las opiniones de Jorge Herralde, Vargas Llosa o Pere Gimferrer sobre la obra de Bolaño.

Parodia de los ruidos del tiempo. Charlando con Juan Goytisolo

Aviso al lector: esto no es exactamente una entrevista. Más bien es una charla improvisada en un café, entre dos viejos amigos, con una grabadora a mano. Goytisolo pasó por Barcelona con motivo de la presentación de su última novela, El exiliado de aquí y allá. Miguel Riera charló con él.

En 1980 aparecía en España, publicada por la editorial Montesinos, Paisajes después de la batalla, una novela que no fue muy bien comprendida entonces pero que anticipaba el disparatado mundo en el que muy pronto se vería sumergida la sociedad española. Su protagonista, el Monstruo del Sentier (por el barrio parisiense en el que vive), es un personaje extraño, solitario, que tiene unos misteriosos contactos con organizaciones terroristas, profetiza catástrofes ecológicas y tiene fantasías sexuales que lo acercan al mundo de Lewis Carroll. El Monstruo padece un doble exilio: de su país y de su tiempo, una característica que es fácil rastrear en otros textos de Goytisolo (en su edición de Blanco White, por ejemplo).

Doble exilio sufre también el protagonista de El exiliado de aquí y allá, protagonista que no es otro que el mismo Monstruo de Paisajes, enviado al otro mundo por una bomba lapa pero que no se resigna a estar ausente del todo, y desde su “más acá”, que es nuestro “más allá” –un parque virtual del que Internet es una pieza fundamental– trata de entender el mundo que tan forzadamente había abandonado. La novela, llena de guiños, es verdaderamente divertida, no con el chiste fácil propio de la literatura pretendidamente cómica, sino a través de múltiples alusiones y enlaces subterráneos en una trama difuminada, amén de las a veces hilarantes descripciones de los personajes y sus avatares. Antes de regresar a Marrakech, donde vive habitualmente, Juan Goytisolo paseó por el lugar que más ama de Barcelona: las Ramblas. Y es ahí donde charlamos.

Te voy a hacer una pregunta que ya te habrán hecho un millón de veces…

—No lo creo. La primera pregunta que me han hecho muchas veces es la siguiente: ¿es verdad que usted escribe con un bolígrafo de un euro? Ya ves, la noticia no está siempre en el libro que has escrito, sino en el bolígrafo que has empleado.

—Bueno, esa desde luego no era la que iba a hacerte. No, la pregunta es esta: ¿por qué has regresado a la novela después de haber anunciado que abandonabas ese género?

—Es que en realidad no fue un anuncio. Fue una frase que le dije en una entrevista a Javier Valenzuela y que se convirtió en un titular. Le dije que probablemente no escribiría más, porque en aquel momento no tenía nada que decir y como no escribo por obligación, si no tengo nada que decir me callo.

Personalmente me alegro. Este libro que acabas de publicar con el pertinente título de “El exiliado de aquí y allá” enlaza con “Paisajes después de la batalla”, donde estabas adelantándote al mundo que venía, y que tú habías detectado. Algunas personas comentaron entonces que te habías extraviado, que exagerabas, que el futuro no sería el que tú pintabas en la novela.

—Cuando apareció Paisajes, en España no existía aún la experiencia urbana que yo sí tenía. Era una sociedad homogénea, no había inmigrantes, las fantasías del Monstruo del Sentier parecían en este contexto meros disparates. Pero en realidad ahí estaba ya todo: el terrorismo, el incendio de las barriadas, el cambio climático, todo está en esa novela.

Juan Goytisolo entrevista—¿Y cuándo decidiste rescatar al Monstruo?

—Entre 2002 y 2004 estuve escribiendo textos que eran como discursos, voces, y pensaba publicarlos en forma de un librito pequeño que se llamaría A la escucha de las voces del tiempo. Luego me di cuenta de que en realidad esos textos no eran islas, sino que constituían un archipiélago. A partir de ellos, poco a poco, elaboré la novela. Ha sido un trabajo complejo porque he querido mantener el argumento en segundo plano y dejar hablar a los textos. Hay una frase de Boris Pasternak que he leído citada en un libro de Sánchez Robayna: Él sueña en una prosa en acción y no en relato. Creo que no hay mejor definición de El exiliado de aquí y allá, es una prosa en acción.

Te habrás divertido ridiculizando las grandes alienaciones del mundo de hoy…

—Pues sí. Es una parodia, que he intentado hacer lo más cruel posible, de los ruidos del tiempo. Y todo tiene su origen en la lectura de la prensa, en lo que se oye por ahí…

¿Hasta qué punto es real el mundo que nos pintan los medios?

—Obviamente existe un mundo que está en los medios, pero al margen de ese mundo hay centenares de millones de personas. Hoy las personas sólo existen como noticia, como decía Guy Debord. Esa es la realidad. Lo hemos visto en las elecciones norteamericanas: puro espectáculo. No hay más que ver la inmunda invasión de lo privado en el espacio público, bien patente en los programas de telebasura. Es horroroso.

Al parecer, la vida política y social actual no puede prescindir de la escenificación. Todo se escenifica, incluso la verdad.

—Ya había empezado a tratar ese asunto después de Paisajes en La saga de los Marx, introduciendo la televisión y el cine en la novela. Otros escritores lo hacen al revés: escriben una novela pensando ya en su posible adaptación al cine o la televisión. Es estúpido, para eso es mejor escribir directamente para el cine o la televisión. Claro, este tipo de novela burguesa existirá siembre, pero hay otra forma de narrar.

De todos modos está bien que se escriban todo tipo de novelas porque hay todo tipo de lectores. El problema surge cuando la crítica y los medios ensalzan novelas que no tienen talla literaria. Cuando los medios olvidan que la literatura es un Arte.

—El fallo más grande de la cultura española, y en esto Octavio Paz tenía toda la razón del mundo, es la ausencia de una crítica literaria y cultural de nivel. Este es el punto flaco de la cultura española. Y si se publican libros de análisis apenas tienen reseñas, aunque algunos sean muy buenos. El libro de Sánchez Robayna Deseo, imagen, lugar de la palabra es extraordinario, y nadie ha dicho nada.

Hablando de Guy Debord, ese elemento espectacular ha sido incorporado por todos los segmentos sociales, en tu novela incluso por los antisistema. Incluso el terrorismo se piensa desde el espectáculo, desde el poder y desde las organizaciones que lo practican.

—Sí, claro, se busca sobre todo el efecto mediático: “Han puesto una bomba en un edicificio em-ble-má-tico”.

Vaya, como explicitas en la novela, la has tomado con esa palabra, emblemático. ¿Por qué? Es una palabra de uso corriente en los medios de comunicación.

—No la soporto. Es como “entrañable”. Antes todo era “entrañable”, y ahora todo es “emblemático”. Hay palabras que se ponen de moda, y yo detesto las modas.

Tu obra literaria es una continua vuelta de tuerca. El extravío literario del que algunos habían hablado no es otra cosa que la plasmación de un inconformismo radical. ¿Cómo crees que está siendo recibida en España tu obra por parte de la crítica?

—Bueno, depende, hay para todos los gustos. Normalmente el escritor cambia de tema. Los novelistas que publican a menudo, lo hacen sobre la relación con su padre, o hablan de la infancia, de la guerra civil, etc. De temas distintos. Yo no cambio de tema, cambio de propuesta literaria. Cada libro es una propuesta literaria distinta. Y la novedad, claro, choca.

Juan Goytisolo entrevistaCuando recibes malas críticas, ¿cómo te lo tomas?

—Cuando recibo malas críticas me consuelo leyendo la co-rrespondencia de Flaubert con George Sand, en la que dice: “¿Ha visto usted cómo los críticos se ensañan conmigo y las alabanzas que reciben…” y entonces da una lista de nombres perfectamente desconocidos. Siempre ha sido así.

Peor es la ausencia de crítica, es decir, la incapacidad de la crítica –salvando excepciones, que siempre las hay– para abordar determinadas obras. Recuerdo que cuando publicaste “Las virtudes del pájaro solitario” se produjo un silencio tremendo, yo creo que porque la crítica no sabía cómo abordar el libro.

—Ya decía André Gide que lo que se comprende en un abrir y cerrar de ojos no suele dejar huella. Y a veces el crítico no pasa de la primera página. Claro que hay razones de otro tipo. Paisajes después de la batalla no fue entendido en España porque la realidad que evocaba no era conocida aún en España, y tampoco fue bien aceptada en Francia porque presentaba un París que no coincidía con el tópico que reflejaban los escritores extranjeros, que siempre hablaban del Quartier Latin, de Montparnasse, de los barrios aristocráticos, etc. Recuerdo que la responsable de cultura de Le Monde le dijo a un amigo que yo no tenía derecho a hablar así de París, lo consideraba como una agresión. En cambio la novela tuvo muy buena crítica en Londres y en Nueva York. Si hubiese escrito las mismas cosas sobre Londres posiblemente la crítica francesa la habría saludado y la inglesa la habría boicoteado.

Son visiones etnocéntricas, en realidad provincianas, de lo que debe ser la ciudad.

—No se dan cuenta de que las ciudades, como las personas, son mutantes. En mi novela todo es mutante, ya has visto que los personajes cambian. El personaje a veces se pone en la piel del rabino rasta, a veces se confunde con Alicia, Alicia es a la vez un imán y una señora que hace un número porno, o se transforma en la ratera encoñada… buscando la inverosimilitud, pero también la realidad que hay detrás de esa inverosimilitud

Las tres religiones del Libro quedan ahí sarcásticamente retratadas, por lo menos en sus versiones más integristas. ¿Qué relación tienes tú con la religión?

—Bueno, una cosa son las tradiciones religiosas, que me parecen respetables siempre que no opriman a la población… Y he tenido una relación muy intensa con san Juan de la Cruz y el sufismo árabe… De lo que estoy en contra es de la ideologización, la politización y la comercialización de la religión. Lo que desenmascaro es que cuando se habla de espiritualidad muchas veces lo que hay detrás es poder, riqueza y mando, eso es lo que están buscando

Yo te tenía por pretecnológico, y ahora pones a tu protagonista en el ciberespacio…

—En realidad y como todos vivo rodeado de gente que domina el mundo virtual… empezando por los dos chavales mayores que corren por mi casa y que están siempre en Internet… eso me ha ayudado a convertir el más acá del personaje en un enorme parque cibernético. Por cierto, el subtítulo de la novela es un homenaje a Machado de Assis.

Ah sí, claro, en “Memorias Póstumas de Blas Cubas” Blas escribe también desde el otro mundo.

—Es un homenaje a una de las más grandes novelas que se han escrito.

¿De que otra filiación literaria procede la novela, si es que puede hablarse en estos términos?

—Explícitamente hay una referencia al Quijote. Por ahí está Cándido de Voltaire, Jacques el fatalista de Diderot y sobre todo Bouvard y Pécuchet, que para mí es un libro de cabecera. Cuando estoy de mal humor abro sus páginas y en cinco minutos se me pasa. Yo desearía que la gente con sentido del humor y que esté momentáneamente de mal humor leyera esa novela.

En tus dos novelas está presente con fuerza el tema del terrorismo….

—El terrorismo es importante por sus consecuencias, y también por la alianza existente entre el terrorismo y el sistema. Desde el 11 de septiembre estamos atrapados entre la sociedad de consumo y la conversión del terror en mercancía.

Juan Goytisolo entrevistaUna mercancía con la que se comercia para conseguir tener a la sociedad domesticada.

—Claro, Orwell tenía razón. Si te paseas por el centro de Londres quedas fotografiado al menos trescientas sesenta veces. Una vuelta completa.

Una cosa lleva a la otra. Habrás visto que lo de Afganistán no lleva camino de solucionarse…

—Se han metido en un embrollo. Si uno ve la historia, con el fracaso del intento de ocupación inglesa en el siglo XIX, después la invasión de la URSS con el fracaso que conocemos… Se han metido en un barrizal del que no van a poder salir fácilmente. Y si a esto sumamos la situación de EEUU en Iraq, donde están empantanados… sin poder quedarse ni salir… Si salen lo harán desplumados y enseñando el trasero, si se quedan siguen prolongando una situación insostenible, y con Irán de por medio. ¿Cómo se le ocurre atacar Osetia del Sur a este loco de presidente de Georgia? Menudo disparate. Porque imaginar que EEUU iba a intervenir es absurdo, y acaba por hacerle el juego a Putin.

Has citado a Irán. ¿Crees que EEUU, directamente o a través de Israel, puede crear un nuevo conflicto en ese país?

—Parece imposible que EEUU vaya a enfangarse de nuevo, pero cabe la posibilidad de que Israel lo arrastre. Eso sería un desastre descomunal. Yo he defendido siempre el reconocimiento del Estado de Israel dentro de las fronteras internacionalmente aceptadas. Pero la política que está llevando a cabo, machacando a la población palestina con una brutalidad que no tiene nombre, a la larga es suicida. Hablando con Jean Daniel, él me dijo esta frase tan reveladora: Tengo miedo por Israel e Israel me da miedo. No se puede expresar mejor. Para cumplir el deseo de tener un estado como los demás, los sionistas han creado un estado que no es como los demás, un estado excepcional que ignora todas las resoluciones de la ONU, que hace lo que quiere.

Hace lo que quiere porque le apoya el gran patrón.

—El apoyo incondicional de EEUU me parece muy grave, tanto para EEUU como para el propio Israel.

—¿Qué opinas de eso que llaman intervención militar humanitaria?

—Que es muy selectiva. En Bosnia no hubo intervención humanitaria. En el genocidio de Ruanda tampoco. Me parece muy bien que se eviten todas las matanzas, pero los Derechos Humanos se les exigen a unos países y a otros no. En la prensa norteamericana se hablaba mucho de la situación en Guinea Ecuatorial, pero en cuanto apareció petróleo se acabó, desapareció del mapa de los países que vulneran los derechos humanos

Volviendo a Palestina: cuesta entender que Hamás y Al Fatah sigan a la greña y no puedan acordar una política conjunta ante Israel.

—La primera vez que estuve en la franja de Gaza fue durante el rodaje de la primera Intifada, Luego volví después de los acuerdos de Oslo, y me llamó la atención que todos, en el entorno de Arafat –los llamaban los tunecinos–, se habían construido unas villas suntuosas junto al mar, en un país que estaba en la miseria, y no encontré a nadie que me hablara bien de ellos. Había un descontento general… A mí no me sorprendió que Hamás ganara las elecciones, porque estaba creando una serie de instituciones caritativas, de ayuda a la gente, de promoción social, y los otros… en fin. Obviamente yo simpatizo más con Al Fatah que con Hamás, pero hay que ver la realidad tal como es.

Regreso a la literatura. Desde tu punto de vista, como escritor alejado de los ruidos españoles, ¿cómo se inserta tu obra en el conjunto de la literatura contemporánea española?

—Yo creo que todo escritor de verdad es una anomalía. Todos los escritores que me interesan son anomalías dentro del panorama cultural.

—¿Y qué escritores españoles contemporáneos te interesan?

—De mi generación, desde luego Sánchez Ferlosio. Tiene una actitud ética con respecto a la cultura, extraordinaria. Por mi parte confieso que leo mas poesía que narrativa, y con la poesía soy muy exigente. En la poesía encuentro lo que yo también busco, la concentración verbal, y no la gran extensión. Pero he leído a algunos novelistas jóvenes que me interesan: Javier Pastor, Juan Francisco Ferrer, José María Pérez Álvarez, que ha escrito tres extraordinarias novelas, Cabo de Hornos, Nembrot y La soledad de las vocales. Pero hay otros más, algunos que a veces colaboran en Quimera intentan hacer cosas nuevas, se les ve una voluntad de cambio, de renovación.

En las entrevistas, ¿qué es lo que te preguntan más veces?

—Casi siempre me preguntan por qué no me dan el premio Cervantes o el príncipe de Asturias. Siempre contesto que son los escritores los que honran los premios, y no los premios a los escritores. Sanchez Ferlosio honró el Cervantes cuando se lo dieron, y no al revés. Y un premio, en cambio, puede deshonrarse, como cuando se lo dieron a Francisco Umbral.

¿Cuál es el último premio que te han dado?

—El Juan Rulfo, en Guadalajara, el mismo año en que la literatura catalana fue la invitada de honor.

—¿Sabes que ahora hay dos premios Juan Rulfo, el de Guadalajara y uno nuevo que se da en Francia, creo que lo da “Le Monde Diplomatique”? Es extraño… Oí rumores de que la Generalitat de Catalunya iba a condecorarte con la Cruz de Sant Jordi.

—No sé. Me llamó alguien y me habló de que me daban esa cruz, pero le conteste que ya había llevado yo demasiadas cruces en la vida para tener que soportar otra.

Un cuento de Raymond Carver: “Póngase usted en mi lugar”

Estaba pasando la aspiradora cuando sonó el teléfono. Había ido haciendo todo el apartamento y ahora estaba en la sale, utilizando el accesorio de la boquilla para llegar a los pelos de gato que había entre los cojines. Se detuvo y escuchó: luego apagó la aspiradora. Fue a coger el teléfono.
—¿Sí? —dijo—. Myers al aparato.
—Myers —dijo ella—. ¿Cómo estás? ¿Qué haces?
—Nada —dijo él—. Hola, Paula.
—Va a haber una fiesta en la oficina luego —dijo ella—. Estás invitado. Te invitó Carl.
—No creo que pueda ir —dijo Myers.
—Carl me acaba de decir: llama a tu hombre por teléfono. Haz que se venga a tomar una copa. Hazle salir de su torre de marfil, que regrese al mundo real durante un rato. Carl es un tipo curioso cuando bebe. ¿Myers?
—Te he oído —dijo Myers.
Myers había trabajado para Carl. Carl siempre hablaba de irse a París a escribir una novela, y cuando Myers dejó el trabajo para escribir una novela, Carl le dijo que estaría atento pare cuando apareciera el nombre de Myers en las listas de best sellers.
—No puedo ir —dijo Myers.
—Nos hemos enterado de algo horrible esta mañana —continuó Paula como si no le hubiera oído—. ¿Te acuerdas de Larry Gudinas? Aún trabajaba aquí cuando tú venías por la oficina.
Estuvo echando una mano en los libros de ciencia durante un tiempo. Luego lo pusieron en trabajo de campo, y luego lo despidieron. Nos hemos enterado esta mañana de que se ha suicidado. Se ha pegado un tiro en la boca. ¿Te imaginas? ¿Myers?
—Te he oído —dijo Myers. Trató de recordar a Larry Gudinas y visualizó a un hombre alto y encorvado, con gafas de montura metálica, llamativas corbatas y unas entradas imparables.
Imaginó la sacudida, el brinco de la cabeza hacia atrás.
—Caramba —dijo Myers—. Lo siento.
—Vente a la oficina, ¿me oyes, cariño? —dijo Paula—. Estamos todos charlando y tomando una copa; escuchamos canciones navideñas. Venga, ven —dijo.
Myers, al otro lado de la línea, oía todo lo que le decía Paula.
—No me apetece —dijo—. ¿Paula? —Vio unos cuantos copos de nieve que se desplazaban de lado a lado de la ventana. Pasó los dedos por el cristal, y luego, mientras esperaba, se puso a escribir su nombre en él.
—¿Qué? Sí, te he oído —dijo ella—. Está bien —dijo Paula—. ¿Por qué no nos vemos en Voyles y tomamos una copa, entonces? ¿Myers?
—De acuerdo —dijo él—. En Voyles. De acuerdo.
—Todo el mundo se va a sentir decepcionado al ver que no vienes —dijo ella—. En especial Carl. Carl te admira, ¿sabes? Te admira de veras. Me lo ha dicho. Admira tu valor. Me dijo que si tuviera tu valor habría dejado todo esto hace años. Que hace falta valor para hacer lo que hiciste. ¿Myers?
—Estoy aquí —dijo Myers—. Creo que podré poner el coche en marcha. Si no consigo ponerlo en marcha, te doy un telefonazo.
—De acuerdo —dijo ella—. Quedamos en Voyles. Si no me llamas, salgo en cinco minutos.
—Saluda a Carl de mi parte —dijo Myers.
—Lo haré —dijo Paula—. Está hablando de ti.
Myers guardó la aspiradora. Bajó los dos tramos de escaleras y fue hasta su coche, que ocupaba la plaza del fondo y estaba cubierto de nieve. Se puso al volante, apretó unas cuantas veces el pedal y dio a la llave de contacto. El motor arranco. Siguió pisando a fondo.
Durante el trayecto miró a la gente que se apresuraba por las aceras cargadas de paquetes. Echó una ojeada al cielo gris, lleno de copos de nieve, y a los altos edificios que tenían nieve en las grietas y en los derrames de las ventanas. Trató de captarlo todo con los ojos, de retenerlo pare más tarde. Acababa de terminar una historia y aun no había dado comienzo a la siguiente, y se sentía despreciable. Llegó a Voyles, un pequeño bar situado en una esquina, junto a una tienda de ropa de hombre. Aparcó en la parte de atrás y entró en el bar. Se sentó un rato a la barra y luego cogió su bebida y fue a sentarse a una mesita, al lado de la puerta.
Cuando Paula entro en el bar y dijo «Feliz Navidad», él se levantó y le dio un beso en la mejilla. Y le ofreció una silla.
—¿Un escocés? —dijo.
—Un escocés —dijo ella. Y luego, a la chica que vino a atenderles—: Un escocés con hielo.
Paula cogió y apuró el vaso de Myers.
—Tráigame otro a mí también —le dijo Myers a la chica—. No me gusta este bar —dijo luego, cuando la chica se hubo ido.
—¿Qué tiene de malo este bar? —dijo Paula—. Siempre venimos aquí.
—No me gusta, eso es todo —dijo él—. Nos tomamos la cope y nos vamos a otra parte.
—Como quieras —dijo ella.
La chica se acercó con las bebidas. Myers pago. Brindaron. Myers la miraba ?jamente.
—Carl te manda saludos —dijo ella.
Myers asintió con la cabeza.
Paula bebió unos sorbos de whisky.
—¿Cómo te ha ido el día?
Myers se encogió de hombros.
—¿Qué has hecho? —dijo ella.
—Nada —dijo él—. He pasado la aspiradora.
Paula le tocó la mano.
—Todo el mundo me ha dicho que te salude de su parte.
Se terminaron el whisky.
—Tengo una idea —dijo ella—. ¿Por qué no pasamos un rato a ver a los Morgan? Todavía no los conocemos, santo cielo, y ya hace meses que han vuelto. Podríamos pasar por su casa a saludarles: «Hola, somos los Myers.» Además nos mandaron una postal. Nos decían que pasáramos a verlos en vacaciones. Nos invitaron. No quiero ir a casa —dijo por último, y buscó un cigarrillo en su bolso.
Myers recordó haber encendido la estufa y apagado las luces antes de salir. Y luego pensó en los copos de nieve que cruzaban despacio por la ventana.
—¿Y que me dices de aquella carta insultante diciéndonos que les habían contado que teníamos un gato en la case? —dijo Myers.
—Se habrán olvidado ya del asunto —dijo ella—. De todos modos, no era nada grave. ¡Oh, venga, Myers! Vamos a hacerles una visita.
—Antes tendríamos que llamar… en caso de que lo hiciéramos —dijo él.
—No —dijo ella—. Es parte del juego. Vayamos sin llamar. Llegamos y llamamos a la puerta y decimos: «Hola, vivíamos aquí.» ¿De acuerdo, Myers?
—Creo que antes deberíamos llamar.
—Son vacaciones —dijo ella, levantándose—, Venga, querido.
Le cogió del brazo y salieron a la nieve. Sugirió ir en su coche. El de Myers lo recogerían luego. Myers le abrió la portezuela del conductor y dio la vuelta al coche pare ocupar el otro asiento.
Le invadió una suerte de turbación cuando vio las ventanas iluminadas, la nieve en el tejado, y la rubia en el camino de entrada. Las cortinas estaban descorridas, y un árbol de Navidad parpadeaba hacia ellos desde la ventana.
Se apearon del coche. Myers cogió por el codo a Paula al pasar por encima de un montón de nieve, y echaron a andar hacia el porche delantero. Habían avanzado apenas unos pasos cuando un perro de tupidas greñas salió como un rayo de la esquina del garaje y se echó encima de Myers.
—Oh, Dios —dijo él, agachándose, reculando, levantando las manos. Resbaló, con los faldones del abrigo ondeando al aire, y cayó sobre el césped helado con la certeza aferradora de que el animal arremetería contra su garganta. El perro gruñó una vez y se puso a olisquearle el abrigo.
Paula cogió un puñado de nieve y lo lanzó contra el perro. La luz del porche se encendió, se abrió la puerta y un hombre gritó:
—¡Buzzy!
Myers se levantó del suelo y se sacudió la nieve de la ropa.
—¿Qué pasa? —dijo el hombre desde el umbral—. ¿Quien es? Buzzy, ven aquí, muchacho. ¡Ven aquí!
—Somos los Myers —dijo Paula—. Venimos a desearles feliz Navidad.
—¿Los Myers? —dijo el hombre del umbral—. ¡Fuera de aquí, Buzzy! Vete al garaje. ¡Vamos, vamos! Son los Myers —le dijo luego a la mujer que estaba a su espalda tratando de mirar por encima de su hombro.
—Los Myers —dijo la mujer—. Bueno, diles que pasen. Invítales a pasar, por el amor de Dios. Salió al porche y dijo—: Entren, por favor. Hace un frío que pela. Soy Hilda Morgan, y éste es Edgar. Mucho gusto en conocerles. Entren, por favor.
Se dieron un rápido apretón de manos en el porche. Myers y Paula pasaron al interior y Morgan cerró la puerta.
—Déjenme los abrigos. Quítenselos, por favor —dijo Edgar Morgan—. ¿Está usted bien? —le dijo a Myers, mirándole atentamente. Myers asintió con la cabeza—. Sabía que ese perro estaba loco, pero nunca había hecho nada parecido. Lo he visto todo. Estaba mirando por la ventana en ese preciso instante.
El comentario le sonó extraño a Myers, y miró al dueño de la casa. Edgar Morgan era un cuarentón casi calvo del todo; llevaba unos pantalones y un suéter, y unas zapatillas de piel.
—Se llama Buzzy —declaró Hilda Morgan, e hizo una mueca—. Es el perro de Edgar. Yo me niego a tener un perro en casa, pero Edgar compró este animal y prometió tenerlo siempre fuera.
—Duerme en el garaje —dijo Edgar Morgan—. No hace más que pedir que le dejen entrar, pero no podemos permitírselo, ya entienden. —Morgan soltó una risita—. Pero siéntense, siéntense. Si es que encuentran dónde en todo este desorden. Hilda, cariño, quita alguna cosa del sofá pare que Mr. y Mrs. Myers puedan sentarse.
Hilda Morgan retiró del sofá paquetes, papeles de envolver, unas tijeras, una caja de cintas, lazos… Lo puso todo en el suelo.
Myers reparo en que Morgan le miraba de nuevo ?jamente, y esta vez sin sonreír.
Paula dijo:
—Myers, tienes algo en el pelo, cariño.
Myers se pasó la mano por detrás de la cabeza y se quitó una ramita y se la metió en el bolsillo.
—Ese perro… —dijo Morgan, y volvió a reír—. Estábamos tomándonos un ponche caliente y envolviendo unos regalos de última hora. ¿Quieren que hagamos un brindis por las ?estas? ¿Qué quieren tomar?
Cualquier cosa —dijo Paula.
Cualquier cosa —dijo Myers—. No quisiéramos molestar.
—Tonterías —dijo Morgan—. Sentíamos… mucha curiosidad por ustedes, los Myers. ¿Tomará un ponche, Mr. Myers?
—Muy bien —dijo Myers.
—¿Y Mrs. Myers? —dijo Morgan.
Paula asintió con la cabeza.
—Dos porches, entonces —dijo Morgan—. Cariño, nosotros también ¿verdad? —le dijo a su mujer—. La ocasión lo exige. Cogió la taza de su esposa y fue a la cocina. Myers oyó cerrarse de golpe la puerta de un armario y luego una palabra ahogada que sonó como un juramento. Myers pestañeó. Miró a Hilda Morgan, que se estaba acomodando en una silla, a un costado del sofá.
—Siéntense aquí, los dos —dijo Hilda Morgan. Dio unos golpecitos en el brazo del sofá—. Aquí, junto al fuego. Mr. Morgan lo atizará en cuanto vuelva—. Se sentaron. Hilda Morgan enlazó las manos sobre el regazo y se inclinó un poco hacia adelante, estudiando la cara de Myers.
La sala seguía como Myers la recordaba, con excepción de tres pequeñas litografías enmarcadas que colgaban de la pared, a espaldas de Mrs. Morgan. En una de ellas, un hombre con levita y chaleco se tocaba ligeramente el sombrero delante de unas señoritas con sombrillas. Eso ocurría en un lugar con gran afluencia de gente y caballos y carruajes.
—¿Qué les pareció Alemania? —dijo Paula. Estaba sentada en el borde del sofá, con el bolso sobre las rodillas.
—Nos encantó Alemania —dijo Edgar Morgan, que volvía en aquel momento de la cocina con una bandeja con cuatro grandes tazas. Myers reconoció las tazas.
—¿Ha estado usted en Alemania, Mrs. Myers? —preguntó Morgan.
—Queremos ir —dijo Paula—. ¿No es cierto, Myers? Quizá el año que viene, el verano que viene. O el otro. En cuanto vayamos algo más sobrados de dinero. Quizás en cuanto Myers venda algo. Myers escribe.
—Pienso que un viaje a Europa le vendría muy bien a un escritor —dijo Edgar Morgan. Puso las tazas sobre unos posavasos—. Por favor, sírvanse. —Se sentó en una silla, enfrente de su esposa, y miró a Myers—. Decía en la carta que había dejado su empleo pare escribir.
—Cierto —dijo Myers, y bebió un sorbo de ponche.
—Escribe algo casi todos los días —dijo Paula.
—¿De veras? —dijo Morgan—. Sorprendente. ¿Y qué ha escrito hoy, si me permite la pregunta?
—Nada —dijo Myers.
—Estamos en fiestas —dijo Paula.
—Estará orgullosa de él, Mrs. Myers —dijo Hilda Morgan.
—Lo estoy —dijo Paula.
—Me alegro por usted —dijo Hilda Morgan.
—El otro día oí algo que quizá pueda interesarle —dijo Edgar Morgan. Sacó tabaco y empezó a llenar la pipa. Myers encendió un cigarrillo y miró a su alrededor en busca de un cenicero; luego dejó caer la cerilla detrás del sofá.
—Es una historia horrible, en realidad. Pero tal vez le sirva, Mr. Myers. —Morgan encendió una cerilla y se dio fuego a la pipa—. El granito de arena y todo eso, ya sabe —dijo Morgan, y se echó a reír y sacudió la cerilla—. El tipo era de mi edad, poco más o menos. Durante un par de años fue colega mío. Nos conocíamos un poco, y teníamos buenos amigos comunes. Un día se marchó, aceptó un puesto allá en la universidad del estado. Bien, ya sabe lo que sucede a veces… El tipo tuvo un idilio con una de sus alumnas.
Mrs. Morgan emitió un ruido de desaprobación con la lengua. Cogió un pequeño paquete envuelto en papel verde y se puso a pegarle encima un lazo rojo.
—Según se cuenta, fue un idilio ardiente que duró varios meses —siguió Morgan—. Hasta hace muy poco, de hecho. Hasta la semana pasada, para ser exactos. Esa noche le comunicó a su esposa, con la que llevaba veinte años, que quería el divorcio. Imagine cómo se lo tuvo que tomar la pobre mujer, al oír aquello de buenas a primeras, como quien dice. Se organizó una buena trifulca. Metió baza toda la familia. La mujer le ordenó que se fuera inmediatamente. Pero cuando el hombre estaba a punto de irse, su hijo le tiró una lata de sopa de tomate que le alcanzó en la frente. El golpe le produjo una conmoción cerebral, y le mandaron al hospital. Y su estado es grave.
Morgan dio unas chupadas a su pipa y observó a Myers.
—Jamás había oído nada parecido—dijo Mrs. Morgan—. Edgar, es repugnante.
—Es horrible —dijo Paula.
Myers se sonrió burlonamente.
—Ahí tiene materia para un cuento, Mr. Myers —dijo Morgan, captando su sonrisa y entrecerrando los ojos—. Piense en la historia que podría usted urdir si lograra penetrar en la cabeza de ese hombre.
—O en la de ella —dijo Mrs. Morgan—. En la de la mujer. Piense en su historia. Ser engañada de tal modo después de veinte años de matrimonio. Piense en como se tuvo que sentir.
—Pero imaginen por lo que está pasando el pobre chico —dijo Paula—. Imagínenlo. Un hijo que por poco mata a su padre.
—Sí, todo eso es cierto —dijo Morgan—. Pero hay algo a lo que creo que ninguno ha prestado atención. Piensen un momento en lo que voy a decir. ¿Me escucha, Mr. Myers? Dígame lo que opina de esto. Póngase en el lugar de esa alumna de dieciocho años que se enamora de un hombre casado. Piense en ella unos instantes, y verá las posibilidades que tiene esa historia.
Morgan asintió con la cabeza y se echo hacia atrás en la silla con expresión satisfecha.
—Me temo que no siento por ella la menor simpatía —dijo Mrs. Morgan—. Imagino la clase de chica que es. Ya sabemos cómo son, esas jovencitas que echan el anzuelo a hombres mayores. Y él tampoco me inspira ninguna simpatía. El, el hombre, el don Juan; no, ninguna simpatía. Me temo que mis simpatías, en este caso, son sodas pare la mujer y el hijo.
—Haría falta un Tolstoi para contar la historia, para contarla bien —dijo Morgan—. Un Tolstoi, ni más ni menos. El ponche aún está caliente, Mr. Myers.
—Tenemos que irnos —dijo Myers.
Se levantó y tiró la colilla al fuego.
—No se vayan todavía —dijo Mrs. Morgan—. Aún no hemos tenido tiempo de conocernos. No saben cuánto hemos… especulado acerca de ustedes. Ahora nos hemos reunido al fin. Quédense un rato más Ha sido una sorpresa agradable.
—Le agradecemos la postal y la nota —dijo Paula.
—¿La postal? —dijo Mr. Morgan.
Myers tomó asiento.
—Nosotros decidimos no mandar ninguna postal este año —dijo Paula—. No me puse cuando debía, y nos pareció que no valía la pena hacerlo en el último momento.
—¿Tomará otro ponche, Mrs. Myers? —dijo Morgan, de pie ante ella, con la mano en su taza—. Servirá de ejemplo para su esposo.
—Estaba muy bueno —dijo Paula—. Hace entrar en calor.
—Muy bien —dijo Morgan—. Te hace entrar en calor. Exacto. Cariño, ¿has oído a Mrs. Myers? Te hace entrar en calor. Estupendo. ¿Mr. Myers? —dijo Morgan, y aguardó—. ¿Nos acompañará también?
—De acuerdo —dijo Myers, y dejó que Morgan recogiera su taza.
El perro empezó a gimotear y a arañar la puerta.
—Ese perro… No sé qué mosca le ha picado —dijo Morgan. Fue a la cocina, y esta vez Myers oyó claramente como Morgan maldecía al dar con la olla de hervir el agua contra uno de los quemadores.
Mrs. Morgan se puso a tararear una melodía. Cogió un paquete a medio envolver, cortó un trozo de cinta adhesiva y empezó a pegar el envoltorio.
Myers encendió un cigarrillo. Dejo la cerilla en su posavasos. Miró el reloj.
Mrs. Morgan levantó la cabeza.
—Me parece que están cantando —dijo. Se quedó quieta, escuchando. Se levantó de la silla y fue hasta la ventana de la sala—. ¡están cantando! ¡Edgar! —llamó.
Myers y Paula se acercaron a la ventana.
—Llevo años sin ver a esos grupos que cantan villancicos —dijo Mrs. Morgan.
—¿Qué pasa? —dijo Morgan. Traía la bandeja con las tazas—. ¿Qué pasa? ¿Sucede algo?
—Nada, cariño. Que cantan villancicos. Allí están, míralos. En la acera de enfrente —dijo Mrs. Morgan.
—Mrs. Myers —dijo Morgan acercando la bandeja—. Mr. Myers. Cariño…
—Gracias —dijo Paula.
—Muchas gracias —dijo Myers.
Morgan dejó la bandeja en la mesa y volvió a la ventana con su taza. Unos chiquillos se habían agrupado en el paseo, delante de la casa de enfrente. Eran chicos y chicas pequeños y un muchacho algo mayor y más alto con bufanda y abrigo. Myers vio las caras en la ventana de la casa de enfrente —la de los Ardrey—, y cuando terminaron de cantar sus villancicos, Jack Ardrey salió a la puerta y le dio algo al chico mayor. El grupo siguió por la acera, haciendo fluctuar las linternas en la oscuridad, y se detuvo frente a otra casa.
—No van a pasar por aquí —dijo Mrs. Morgan al rato.
—¿Que? ¿Por qué no van a venir a nuestra casa? —dijo Morgan, y se volvió a su mujer—. ¡Qué tonterías dices! ¿Por qué no van a pasar por aquí?
—Sé que no van a hacerlo —dijo Mrs. Morgan.
—Y yo digo que sí —dijo Morgan—. Mrs. Myers, ¿van a pasar esos chicos por aquí o no? ¿Qué dice usted? ¿Volverán para bendecir esta casa? Lo dejaremos en sus manos.
Paula se pegó al cristal de la ventana. Pero el grupo se alejaba ya por la acera en dirección contraria. Y Paula guardó silencio.
—Bien de nuevo los ánimos calmados —dijo Morgan, y fue a sentarse en su silla. Frunció el ceño y se puso a llenar la pipa.
Myers y Paula volvieron al sillón. Mrs. Morgan se retiró al fi?n de la ventana. Se sentó. Sonrió y miró dentro de su taza. Luego dejó la taza sobre la mesa y se echó a llorar.
Morgan le tendió un pañuelo. Miró a Myers. Instantes después Morgan se puso a tamborilear con la mano en el brazo del sillón. Myers movió los pies. Paula buscó en su bolso un cigarrillo.
—¿Ves lo que has hecho? —dijo Morgan, fijando los ojos en algo que había sobre la alfombra, junto al pie de Myers.
Myers hizo acopio de ánimo para levantarse.
—Edgar, sírveles otra bebida —dijo Mrs. Morgan mientras se pasaba la mano por los ojos. Utilizó el pañuelo para sonarse—. Quiero que oigan lo de Mrs. Attenborough. Mr Myers es escritor. Creo que la historia podría interesarle. Esperaremos a que vuelvas para contarla.
Morgan retiró las tazas. Las llevó a la cocina. Myers oyó un estrépito de platos, de puertas de armario que se cerraban. Mrs. Morgan miró a Myers y esbozó una leve sonrisa.
—Tenemos que irnos —dijo Myers—. Tenemos que irnos. Paula, coge el abrigo.
—No, no. Insistimos, Mr. Myers —dijo Mrs. Morgan—. Queremos que oiga lo de Mrs. Attenborough, la pobre Mrs. Attenborough. También a usted le interesará, Mrs. Myers. Tendrá ocasión de ver cómo la mente de su marido se pone a trabajar sobre un material en bruto.
Morgan volvió de la cocina y distribuyó las tazas de ponche. Y se sentó en seguida.
—Cuéntales lo de Mrs. Attenborough, cariño —dijo Mrs. Morgan.
—Ese perro por poco me arranca la pierna —dijo Myers, y se asombró al instante de sus propias palabras. Dejó la taza encima de la mesa.
—Oh, vamos, no fue para tanto —dijo Morgan—. Lo vi todo.
—Los escritores, ya se sabe—le dijo a Paula Mrs, Morgan—. Les encanta exagerar.
—El poder de la pluma y todo eso —dijo Morgan.
—Eso es —dijo Mrs. Morgan—. Convierta su pluma en reja de arado, Mr. Myers.
—Que sea Mrs. Morgan quien cuente lo de Mrs. Attenborough —dijo Morgan, sin hacer el menor caso a Myers, que se ponía en pie en aquel momento—. Mrs. Morgan tuvo que ver directamente en el asunto. Yo ya he contado lo del tipo descalabrado por una lata de sopa. —Morgan soltó una risita—. Dejaremos que esto lo cuente Mrs. Morgan.
—Cuéntalo tu, querido. Y usted, Mr. Myers, escuche con atención —dijo Mrs. Morgan.
—Nos tenemos que ir —dijo Myers—. Paula, vámonos.
—Qué sinceridad la suya —dijo Mrs. Morgan.
—Sí, exacto —dijo Myers. Luego dijo—: Paula, ¿vienes?
—Quiero que escuchen la historia —dijo Morgan, alzando la voz—. Ofenderá usted a Mrs. Morgan, nos ofenderá a los dos si no la escucha. —Morgan apretó la pipa entre los dedos.
—Myers, por favor —dijo, inquieta, Paula—. Quiero oírla. Y luego nos vamos. ¿Myers? Por favor, cariño, siéntate un minuto.
Myers la miró. Paula movió los dedos, como haciéndole una seña. Myers vaciló, y al cabo se sentó a su lado.
Mrs. Morgan comenzó:
—Una tarde, en Munich, Edgar y yo fuimos al Dortmunder Museum. Había una exposición sobre la Bauhaus aquel otoño, y Edgar dijo que al diablo con todo, que nos tomáramos el día libre. Estaba con sus trabajos de investigación, ya saben, y dijo que al diablo, que nos tomábamos el día libre. Cogimos un tranvía y atravesamos Munich hasta llegar al museo. Dedicamos varias horas a ver la exposición y a visitar de nuevo algunas de las salas de pintura, en homenaje a algunos grandes maestros por los que Edgar y yo sentimos una especial devoción. Justo antes de marcharnos, entré en el aseo de señoras. Y me dejé el bolso. Dentro llevaba el cheque mensual de Edgar que nos acababa de llegar de los Estados Unidos el día anterior, y ciento veinte dólares en metálico que íbamos a ingresar junto con el cheque. También llevaba mi carnet de identidad. No eché a faltar el bolso hasta llegar a casa. Edgar llamó inmediatamente al museo. Hablaba con la dirección cuando vi que un taxi se paraba ante nuestra casa. Se apeó una mujer bien vestida, de pelo blanco. Era una mujer corpulenta, y llevaba dos bolsos. Avisé a Edgar y fui a la puerta. La mujer se presentó como Mrs. Attenborough, me entregó el bolso y explicó que también ella había estado en el museo aquella tarde, y que estando en el aseo de señoras había visto el bolso en la papelera. Como es lógico, lo había abierto para averiguar quién era la propietaria. Y encontró el carnet de identidad y lo demás, donde figuraba nuestra dirección en Munich. Dejó inmediatamente el museo y cogió un taxi para entregar el bolso personalmente. El cheque de Edgar seguía allí, pero no el dinero, los ciento veinte dólares. Me sentí, no obstante, muy agradecida por haber recuperado lo demás. Eran casi las cuatro, y le pedimos a la mujer que se quedara a tomar el té. Se sentó, y al poco empezó a contarnos cosas de su vida. Había nacido y se había criado en Australia, se había casado joven, había tenido tres hijos —todos varones—, había enviudado y seguía viviendo en Australia con dos de sus hijos. Criaban ovejas y poseían mas de veinte mil acres de tierra para pastos, y en ciertas épocas del año empleaban a multitud de pastores y esquiladores. Estaba de paso en Munich camino de Australia, y venía de Inglaterra de visitar a su hijo menor, que era abogado. Volvía a Australia cuando la conocimos —dijo Mrs. Morgan—. Y aprovechaba la ocasión para ver algo de mundo. Le quedaban aún muchos lugares por visitar.
—Ve al grano, querida —dijo Morgan.
—Sí. Y esto es lo que sucedió entonces, Mr. Myers. Iré directamente al clímax, como dicen ustedes los escritores. De pronto, después de una agradable charla como de una hora, después de que aquella mujer nos hubiera hablado de su vida y de su existencia aventurera en las antípodas, se levantó para irse. Estaba pasándome la taza cuando la boca se le quedó completamente abierta, se le cayó la taza al suelo y se desplomó sobre el sofá, muerta. Muerta. Allí, en nuestra sala de estar. Fue el momento más terrible de toda nuestra vida.
Morgan asintió con gesto solemne.
—Dios —dijo Paula.
—El destino la envió a morir en el sofá de nuestra sala, en Alemania —dijo Mrs. Morgan.
Myers se echó a reír.
—¿El destino… la envió… a… morir… en su… sala? —consiguió decir con voz entrecortada.
—¿Le parece gracioso, señor? —dijo Morgan—. ¿Lo encuentra divertido?
Myers asintió con la cabeza. Siguió riendo. Se enjugó los ojos con la manga de la camisa.
—Lo siento de veras —dijo—. No puedo evitarlo. Esa frase: El destino la envió a morir en el sofá de nuestra sala, en Alemania… Lo siento. ¿Y que pasó después? —consiguió decir—. Me gustaría saber lo que ocurrió después.
—No sabíamos qué hacer, Mr. Myers —dijo Mrs. Morgan—. La conmoción fue terrible. Edgar le tomó el pulso, pero no detectó señal alguna de vida. Incluso había empezado a cambiar de color. La cara y las manos se le estaban volviendo grises. Edgar fue al teléfono a llamar a alguien. Luego dijo: «Abre el bolso, a ver si averiguas dónde se hospeda.» Evitando en todo momento mirar el cadáver de aquella desdichada, cogí el bolso. Imaginen mi total sorpresa y desconcierto, mi absoluto desconcierto, cuando lo primero que vi dentro del bolso fue mis ciento veinte dólares, aún sujetos por el clip. Nunca en mi vida me había sentido tan perpleja.
—Y decepcionada —dijo Morgan—. No te olvides de eso. Fue una profunda decepción.
Myers dejó escapar unas risitas.
—Si fuera usted un escritor de verdad, como afirma, Mr. Myers, no se reiría —dijo Morgan, poniéndose en pie—. ¡No osaría reírse! Trataría de entender. Sondearía en las profundidades del corazón de aquella pobre mujer y trataría de entender. ¡Pero usted no tiene nada de escritor, señor!
Myers siguió riendo.
Morgan dio un puñetazo en la mesita, y las tazas se tambalearon sobre los posavasos.
—La historia que importa está aquí, en esta casa, en esta misma sala, ¡y ya es hora de que se cuente! La historia que importa esta aquí, Mr. Myers —dijo Morgan. Se paseó de un lado a otro sobre el brillante papel de envolver, que se había desenrollado y extendido por la alfombra. Se detuvo para mirar airadamente a Myers, que se agarraba la frente sacudido por las carcajadas.
—¡Considere la hipótesis siguiente, Mr. Myers! —gritó Morgan—. ¡Considérela! Un amigo, llamémosle Mr. X, tiene amistad con… con Mr. Y y Mrs. Y, y también con Mr. y Mrs. Z. Los Y y los Z no se conocen, por desgracia. Y digo por desgracia porque de haberse conocido, esta historia no podría contarse porque jamás habría sucedido. Bien, Mr. X se entera de que Mr. y Mrs. Y van a pasar un año en Alemania y necesitan a alguien que ocupe la casa durante ese tiempo. Los Z están buscando alojamiento, y Mr. X les dice que sabe del sitio adecuado. Pero antes de que Mr. X pueda poner en contacto a los Z con los Y, los Y tienen que salir para Alemania antes de lo previsto. Mr. X, debido a su amistad queda a cargo de alquilar la casa a quien estime conveniente, incluidos a los señores Y, quiero decir Z. Pues bien, los… Z se mudan a la casa y se llevan con ellos a un gato, del cual los Y tienen noticia mas tarde por el propio Mr. X. Los Z meten el gato en la case pese a los términos del contrato de arrendamiento, que prohíben expresamente que en la casa habiten gatos u otros animales a causa del asma de Mrs. Y. La genuina historia, Mr. Myers, está en la situación que acabo de describir Mr. y Mrs. Z… quiero decir Y se mudan a la case de los Z, invaden, a decir verdad, la casa de los Z. Dormir en la cama de los Z es una cosa, pero abrir el ropero particular de los Z y usar su ropa blanca, destrozando todo lo que encontraron dentro, eso iba en contra del espíritu y la letra del contrato. Y esta misma pareja, los Z, abrieron cajas de utensilios de cocina en los que ponía «No abrir». Y rompieron piezas de la vajilla pese a que en el contrato constaba expresamente, expresamente, que los inquilinos no debían utilizar las pertenencias de los propietarios, las cosas personales, y hago hincapié en lo de «personales», de los Z.
Morgan tenía los labios blancos. Siguió paseándose de aquí para allá encima del papel de envolver, deteniéndose de cuando en cuando para mirar a Myers y lanzar ligeros soplidos por la boca.
—Y las cosas del baño, querido. No olvides las cosas del baño —dijo Mrs. Morgan—. Ya es falta de tacto utilizar las mantas y sábanas de los Z, pero si encima entran a saco en el cuarto de Baño y siguen con otras cosas privadas almacenadas en el desván, eso es pasarse de la raya.
—Ahí tiene la autentica historia, Mr. Myers —dijo Morgan. Trató de llenar la pipa, pero le temblaban las manos, y el tabaco cayó y se esparció por la alfombra—. Esa es la historia verídica aún por escribir y que merece ser escrita.
—Y no necesita un Tolstoi pare escribirla —dijo Mrs. Morgan.
—No, no se necesita un Tolstoi —dijo Morgan.
Myers reía. El y Paula se levantaron del sofá a un tiempo, y se dirigieron hacia la puerta.
—Buenas noches —dijo Myers con regocijo.
Morgan estaba a su espalda.
—Si usted fuera un escritor de verdad, señor, convertiría esta historia en palabras y no se haría tanto el sueco al respecto.
Myers se limitó a reír de nuevo. Tocó el pomo de la puerta.
—Y otra cosa —dijo Morgan—. No tenía intención de sacarlo a relucir, pero, a la vista de su comportamiento de esta noche, quiero decirle que he echado en falta mis dos volúmenes de Jazz at the Philharmonic. Eran unos discos de gran valor sentimental para mí. Los compré en 1955. ¡Y ahora insisto en que me diga qué ha sido de ellos!
—Para ser justos, Edgar —dijo Mrs. Morgan mientras ayudaba a Paula a ponerse el abrigo, después de hacer inventario de los discos, admitiste que no podías recordar cuándo habías visto por última vez esos discos.
—Pero ahora estoy seguro —dijo Morgan—. Tengo la certeza de que los vi antes de irnos a Alemania, y ahora, ahora quiero que este escritor me diga exactamente cuál es su paradero. ¿Mr. Myers?
Pero Myers estaba ya fuera de la casa, y, con Paula de la mano, se apresuraba hacia el coche. Sorprendieron a Buzzy. El perro soltó un gañido, al parecer de miedo, y se apartó hacia un lado de un brinco.
—¡Insisto en saberlo! —gritó Morgan a sus espaldas. ¡Estoy esperando, señor!
Myers dejó a Paula en su asiento, se puso al volante y puso el coche en marcha. Volvió a mirar a la pareja del porche. Mrs. Morgan saludó con la mano, y luego ambos se volvieron y entraron en la casa y cerraron la puerta.
Myers arrancó y se aparto del bordillo.
—Esta gente está loca —dijo Paula.
Myers le dio unas palmaditas en la mano.
—Daban miedo —dijo Paula.
Myers no contestó. Le dio la impresión de que la voz de Paula le llegaba de muy lejos. Siguió conduciendo. La nieve golpeaba contra el parabrisas. Siguió silencioso, mirando la carretera. Se hallaba en el final mismo de una historia.

Sobre el autor
Raymond Carver (25 de mayo de 1938 — 2 de agosto de 1988), escritor estadounidense adscrito al llamado realismo sucio.

Raúl Zurita: para mí que usted no es de la Isla de Pascua

Yo tenía 21 años, Juan Luis algo más de 28 y compartíamos la misma máquina de escribir. Era una máquina de escribir portátil, eléctrica, para esa época un verdadero lujo que nos habíamos procurado borroneando un poco la frontera que separa el impulso trasgresor del joven artista de la simple delincuencia. Éramos poetas, jóvenes y delincuentes. Yo me había casado con su hermana menor, Miriam, no menos talentosa que él, y poco después él lo haría con Eliana, que lo amó, lo cuidó y comprendió la magnitud de la obra de su marido. Han pasado 45 años. Al fondo, el omnipresente sonido de las olas rompiéndose entraba por las ventanas sin vidrios de la casa de sus padres. Vivíamos todos juntos y solo años más tarde, cuando me debatía entre el horror de la dictadura y mi propia autodestrucción, me di cuenta de que había sido un tiempo feliz.

Quiero hablar entonces de ese tiempo feliz antes que se borre del todo y donde tuve el extraño privilegio de ver construirse, codo a codo, una de las aventuras creativas más revolucionarias de la literatura y del arte contemporáneo. Pero fue precisamente el pudor de ese privilegio lo que hizo que declinara la invitación a escribir en el imponente libro sobre Juan Luis Martínez, editado por Marcelo Rioseco y Braulio Fernández, que acaba de publicar la Editorial Universitaria. El libro contiene las investigaciones que veinticinco académicos de distintas partes del mundo han realizado en torno a su obra, las que, junto con justificar con creces el rotundo título que los reúne, Martínez Total, dan cuenta del creciente interés internacional que su creación ha venido despertando.

Me pareció entonces que la eficacia y funcionalidad de esos estudios no requerían de lo que hubiese sido con toda seguridad un relato contaminado, es decir, un relato sentimental. La escritura es una forma de la mezquindad, no puede fijar frente a los seres que has amado más que unos rasgos, más que unos sesgos que se estrellan contra los murallones transparentes e insalvables del lenguaje. Intento fijar la palidez de su rostro, una forma de reírse, su leve tartamudeo, pero se me vienen miles de rostros, miles de escenas con él riéndose, miles de frases. No hay un más allá de las palabras; erosionadas y permanentemente rehechas por los vendavales de la nada, una de las condiciones más paradojales de ellas es que al informarnos del mundo, de lo que nos hablan es de su ausencia.

Es la paradoja central que cruza La Nueva Novela y creo también el tema de fondo que subyace en el inconsciente de muchas de las ponencias incluidas en este libro. El punto medular en Juan Luis Martínez no es el otro, no es la pertenencia o no a un nombre, no es la broma de las identidades, era demasiado complejo como para quedarse en eso. Su apuesta no era que algún día el más profundo y lúcido de sus estudiosos, Scott Weintraub, develara lo que llamó la última broma de Juan Luis Martínez; que los poemas del libro Los poemas del otro, aparecido bajo su nombre el 2003, habían sido escritos efectivamente por otro: por un poeta suizo catalán también llamado Juan Luis Martínez que los publicó en 1976. El único inconveniente, y es insuperable, es que Juan Luis Martínez, el nuestro, había muerto en 1993, diez años antes del libro del 2003 por lo que jamás publicó esos poemas y cualquier afirmación que se haga al respecto nos revela efectivamente los bordes de una broma. Porque sí hay una broma y es desternillante; Juan Luis Martínez planteó muchas veces su deseo de escribir un libro en el que ninguna línea fuera de él. Lo planteaba como una aspiración futura, como un ideal a realizar, cuando él ya lo había hecho y en ese balance ciego entre futuro y pasado no hay más otredad que la otredad del amor y de la muerte. No hay nombres. Juan Luis Martínez no publicó los poemas de Juan Luis Martínez y el alucinante lapsus de nuestro joven estudioso debería aparecer como una nota en La Nueva Novela. Más allá no podemos ir y tampoco podemos preguntarle nada porque él ya está fuera del lenguaje. La broma infinita es la muerte. Los poemas del otro son los poemas de la noche y de la muerte.

Pero hay un antes de esa noche. Hay una historia de la mirada. Yo tenía no más de siete años y volvía del colegio con mi abuela. Él venía en sentido contrario y la gente se daba vueltas para mirarlo. Era un joven alto, delgado, con el pelo muy largo, pero no fue eso lo que me llamó la atención sino su cara, su extrema palidez, el ángulo saliente de sus pómulos. No había otra cara en el mundo que se le pareciera. Muchos años después volví a verlo, para entonces yo estaba en el último año del liceo Lastarria y ya había decidido que estudiaría ingeniería en Valparaíso. Lo vi desde una micro, fueron apenas unos segundos pero sentí una súbita alegría, como si fuese la de una ratificación. Hubo una tercera vez: iba en un bus a Concón y de pronto él se subió sentándose dos asientos delante mío por lo que me dediqué a observarlo, volvió a impresionarme su cara, ya no estaba tan delgado y solo ese detalle revelaba el paso del tiempo. Dos meses después Eduardo Sanfurgo, director del Departamento de Estudios Humanísticos de la Universidad Santa María, del que yo era su ayudante, me dijo que debía conocer a alguien. Enfiló su pequeño auto por las curvas del camino costero a Concón y se detuvo frente a una casa grande, sin vidrios en las ventanas, que daba al mar. Cuando me presentó a Juan Luis Martínez, entendí que el futuro es el rostro oculto del recuerdo. Mientras lo saludaba me decía, sí, era la cara de Juan Luis. No he cesado de repetírmelo en todos estos años.

 

Vuelvo atrás. Como decía, vivimos unos años juntos y nos leíamos lo que íbamos escribiendo; yo era más poeta que él, pero él era más sabio que yo y su influencia en mí fue decisiva. Creo que para él también lo fue. Hay una diferencia radical que creo está en la raíz de los rumbos distintos que tomó lo que hacíamos; yo escribía con palabras, es decir, con esas unidades autistas en las cuales no nos fue dada la dicha sino la compensación tardía de los poemas y de los sueños. Juan Luis amó la poesía con un fervor desesperado, impotente y visionario que las palabras no podían satisfacer. Su grandeza es que no reconoció los límites de la literatura sino que le opuso al autismo de las palabras que tejen a las obras, la dimensión múltiple de la historia. Las palabras de Juan Luis, su unidad de expresión, fueron libros enteros, épocas, historias, lenguas, mitos, sagas. Se dice que no escribió poemas, es una afirmación errada, los escribió todos. La Nueva Novela es antes que nada una vasta, radiante y extrema construcción que la poesía hace sobre sí misma.

Levanto los ojos de la página que en este minuto estoy escribiendo y al mismo tiempo los estoy levantando desde el teclado de una máquina de escribir robada en la que hace meses venimos intercambiando lo que escribimos. Un año antes Juan Luis me había mostrado los primeros escritos de lo que llamaba Pequeña cosmogonía práctica. Eran unos breves textos de corte silogístico en los cuales convivían el absurdo, el humor y la lógica que me impactaron poderosamente, sobre todo uno: El oído es un órgano al revés, solo escucha el silencio. Esa inversión fue para mí crucial, aunque no le hubiese leído nada más, esa frase había marcado mi vida para siempre. Bajo su influjo había comenzado a escribir lo que llamaría después “Áreas Verdes”, primero con temor, después con obsesión. El poema me tomó ocho meses e implicó un salto cualitativo respecto a los primeros textos de Juan Luis e influyó a la vez en lo que son los grandes poemas lógico metafísicos de La Nueva Novela. Recuerdo de golpe que el terrier de Juan Luis se llamaba Breton y que su imagen es la que desaparece en la intersección de las avenidas Gauss y Lobatchewsky. Lo acababa de escribir. Yo había tenido la máquina antes, había terminado “Áreas Verdes” y estaba ansioso por mostrárselo. Nos intercambiamos las hojas y la frase con que él cierra el instante en que nuestras obras estuvieron más cercanas, ya he mencionado su tartamudeo, es entrañable: Mi-mi-mira-Raúl, me dice, yo-yo-yo no sé quién le está copiando a quién.

Continuo levantando los ojos y recuerdo que la máquina de escribir eléctrica es el resultado de un canje por una sofisticada cámara fotográfica. El dueño de la cámara era un francés apuesto y simpático del que nos habíamos hecho amigos. Había llegado hace poco para dirigir el Instituto Chileno-Francés de Cultura de Valparaíso y vivía solo en una espaciosa casa de Reñaca. Era ya de noche y entramos por una puerta trasera, nos había dicho que estaba invitado a una cena oficial con Salvador Allende en el Palacio de Cerro Castillo, por lo que teníamos un par de horas para encontrar la cámara. Nos habíamos provisto de dos linternas y comenzamos a buscar. En un instante me apoyé en una pared sin darme cuenta del interruptor y se encendieron de golpe todas las luces de la casa. Fue un instante de pánico, pero finalmente dimos con la cámara. El dueño de la máquina de escribir era un fotógrafo chileno que vivía en San Francisco, estaba de paso y efectuamos el canje sin problemas. No lo recomiendo como método, pero en una pequeña máquina de escribir robada comenzó a reescribirse la historia de la gran poesía chilena.

Es un poco eso. En el revés herido de este mundo me unió con Juan Luis Martínez un pacto de amistad que en los años que siguieron ninguna de las maledicencias ni las trampas que tantas veces intentaron poner entre nosotros pudieron jamás romper. Hay gente que no entiende eso, que no lo entenderá nunca. Celebro la aparición de este libro que testimonia el lugar preponderante que la obra de Juan Luis tiene hoy en la cultura de nuestro mundo. Termino con una escena: estamos juntos en una feria artesanal y observamos a un hombre que está tallando un Moái en madera en uno de los estands. Juan Luis lo mira con un interés creciente y se le acerca hasta quedar casi cara a cara con él. El estand se llama Rapa Nui y está desbordado de Moái de los más diversos tamaños. Los rasgos del hombre que talla ya no pueden ser más polinésicos y la música de la isla lo inunda todo. Se-se-señor, le dice entonces Juan Luis, pa-pa-para mí que usted no es de la Isla de Pascua.

Fue un breve tiempo feliz. Lo recuerdo y su tartamudeo me devuelve a la vida.

Raúl Zurita
Junio, 2016

(Fotografía: Juan Luis Martínez)

H.P. Lovecraft: “El modelo de Pickman”

No es necesario afirmar que he enloquecido, Eliot: hay mucha gente que tiene prejuicios más extravagantes que éste. ¿Por qué no te burlas del abuelo de Oliver, por ejemplo, que nunca se ha subido a un vehículo con motor? Si no puedo soportar ese maldito ferrocarril metropolitano es cosa mía; y, por otra parte, hemos llegado mucho más rápido que si hubiésemos venido en taxi. De haber elegido el metro, habríamos tenido que subir a pie la colina de Park Street.

Confieso que me encuentro más nervioso que el año pasado, cuando me viste, pero no creo que sea razón suficiente como para que me recomiendes el asilo. El Señor sabe bien que tengo vastos motivos para estar conmovido, y creo que soy muy afortunado por haber conservado la lucidez hasta ahora. ¿Por qué el tercer grado? Antes no eras tan cruel.

Bien, si tienes que escucharlo, no veo razón para que no lo hagas. Quizá hasta te asista el derecho a saberlo, ya que fuiste el único en escribirme, como si fueras un pariente agraviado, cuando te enteraste de que ya no frecuentaba el Art Club y que me mantenía distanciado de Pickman. Ahora que Pickman ya no está, de vez en cuando me doy una vuelta por el club, pero desde ya que mis nervios no son los de antes.

No, no sé qué ha sido de Pickman y tampoco me gusta entregarme a las conjeturas. Pudiste sospechar que yo sabía algo importante cuando me distancié de él… y esta es la causa por la que me niego a pensar hacia dónde habrá ido. Dejemos que la policía investigue cuanto pueda. No creo que sea mucho, teniendo en cuenta que todavía no sabe nada acerca de la casa que, bajo el nombre de Peters, alquiló en el North End. Tampoco estoy seguro de que yo mismo sea capaz de encontrarla otra vez… ni siquiera de que piense en ir a encontrarla, aún a plena luz del día. Sí, creo saber por qué la alquiló. Sobre esto puedo hablarte. Así sabrás, mucho antes de que haya concluido, por qué motivo no voy a la policía. Me obligarían a que los llevara hasta ella, pero la verdad es que no podría regresar a esa casa aunque conociera el camino. Bien, por eso no puedo tomar el metro, ni bajar a sótano o bodega alguna, y esto también te causará risa.

Me pareció que podrías entender que mi distanciamiento con Pickman no se debió a las mismas razones estúpidas que produjeron la misma reacción en hombres como el doctor Reid o Joe Minot o Rosworth. El arte que se ocupa de lo morboso no me interesa en absoluto, pero cuando alguien tiene la genialidad que tenía Pickman, para mí resulta un honor conocerlo, al márgen de los cauces que tome su obra. Boston jamás ha contado con un pintor tan notable como Richard Upton Pickman. Lo dije desde un principio y continúo afirmándolo; también lo sostuve cuando dio a conocer aquel “Vampiro alimentándose”. Según recordarás, por esa obra Minot dejó de saludarlo.

Para engendrar obras como las de Pickman, es necesario un profundo dominio de su arte y una no menos profunda percepción de las entrañas de la naturaleza. Cualquier ilustrador de portadas está en condiciones de volcar absurdamente color sobre un papel y anunciar que nos está entregando una pesadilla, un aquelarre de brujas o un retrato del diablo. Pero sólo un gran artista puede llegar a un resultado que nos impresione como verosímil y que nos aterrorice. Esto es posible porque solamente un verdadero artista puede reconocer la verdadera anatomía de lo terrible y la fisiología del miedo: es el único que conoce el tipo exacto de líneas que despiertan los instintos adormecidos o los heredados recuerdos del miedo, es el único capaz de rastrear los contrastes precisos de color y los efectos de luz que estimulan en su espectador el latente sentido de lo anormal. No necesito explicarte por qué un Fuseli nos produce escalofríos, mientras que la portada de una revista de fantasmas sólo nos mueve a la risa. Existe algo que esos seres excepcionales captan, algo que está más allá de la vida, y son capaces de trasmitírnoslo aunque sea fugazmente. Es el don que distingue a Gustave Doré. Sidney Sime tambien lo tiene. Angarola, de Chicago, también. Y Pickman lo poseía en grado superlativo, como nadie lo tuvo antes de él y como nadie, así lo quiera el Señor, volverá a tenerlo.

No quieras saber qué es lo que esos hombres ven. En la práctica artística se advierte una gran diferencia entre las obras que captan estos seres esenciales arrancados a la naturaleza y los productos industriales que se fabrican en un estudio. En suma, debería decir que el artista propiamente fantástico está dotado de un tipo de visión que lo faculta para percibir motivos genuinos de un mundo espectral. Por esto, logra unos resultados que distan kilómetros de las melosas representaciones de sueños, así como las obras de un pintor “vitalista” toman distancia de los pastiches de alguien que ha aprendido a dibujar por correspondencia. ¡Si alguna vez me hubiese sido permitido ver lo que Pickman vio!… Pero no. Mejor vayamos a beber un trago antes de enfrascarnos en este asunto. ¡Por Dios! No estaría con vida si hubiera visto lo que ese hombre —si es que era un hombre— vio.

Como recordarás, el fuerte de Pickman eran los rostros. Creo que nadie, desde Francisco Goya, ha puesto tanta intensidad en unos rasgos o en una expresión. Y antes que Goya habría que buscar en los anónimos artistas medievales que crearon las gárgolas o las quimeras de Notre Dame o del Mont SaintMichel. Ellos creían en la realidad de las criaturas que plasmaban en sus obras… y tal vez también veían esa clase de criaturas, sobre todo si se recuerda que la Edad Media tuvo algunas etapas muy curiosas. Recuerdo perfectamente que en cierta ocasión le preguntaste a Pickman dónde demonios conseguía tales ideas y visiones. La respuesta fue una por demás desagradable carcajada. Esa carcajada fue, casualmente, la razón por la que Reid se disgustó con él. Reid venía de graduarse en Patología Comparada y era un saco de grandes ideas sobre el significado biológico o evolutivo de cualquiera de los síntomas mentales o físicos imaginables. Su aversión a Pickman era cada vez más notoria y terminó prácticamente en miedo al pintor; decía que la expresión de Pickman e incluso sus rasgos tomaban un derrotero progresivo que no le gustaba: se desarrollaban en un sentido que no era humano. Si has mantenido correspondencia con Reid, supongo que le habrás dicho que su error consistió en dejar que los cuadros de Pickman operaran directamente sobre sus nervios o su imaginación. Fue lo que yo dije por aquel entonces.

Puedes estar seguro de que no me distancié de Pickman por ninguna de estas cosas. Al contrario, mi admiración hacia el maestro fue creciendo, ya que no había duda alguna de que aquel “Vampiro alimentándose” era una obra maestra. Como sabes, el Club se negó a exhibirlo y el Museo de Bellas Artes ni siquiera lo aceptó como donación, nadie tampoco quiso comprarlo, así que el cuadro quedó arrumbado en casa de Pickman hasta que éste se marchó. Ahora está en manos de su padre, en la casa familiar de Salem. Bien sabes que Pickman es originario de la antigua Salem; uno de sus antepasados fue quemado en 1692 por brujería.

Me acostumbré a visitar a Pickman con alguna frecuencia, en especial después de que comencé a buscar material para la preparación de una monografía sobre el arte fantástico. Tal vez haya sido su propia obra la que me sugirió la idea. De todos modos, debo confesar que su obra fue una rica cantera de sugerencias y de datos para aquel propósito. Me facilitó el acceso a todos sus trabajos, a todos los cuadros y dibujos que tenía con él, incluyendo algunos bocetos a tinta que hubieran significado su inmediata expulsión del Club de haber caído ante los ojos de sus integrantes. En poco tiempo me había transformado en una especie de adepto que pasaba horas enteras pendiente de teorías artísticas y especulaciones filosóficas tan desatinadas que por sí solas habrían justificado la internación de Pickman en el manicomio de Danvers.

El pintor se volvió muy confidencial conmigo, seguramente debido tanto a mi demostrada admiración cuanto al hecho de que casi toda la gente había comenzado a rehuirlo. Una tarde me dijo que si estuviese seguro de mi discreción y de mi entereza me mostraría algo distinto a lo que yo estaba acostumbrado a ver, algo considerablemente más perturbador que cualquiera de las piezas que tenía en su casa.

Ciertas cosas, me confió, no son tolerables para la Newbury Street; aquí estarían fuera de lugar y tampoco podrían ser concebidas en este lugar. Mi misión consiste en capturar las armonías del alma y esto claramente resulta imposible de practicar en una serie de aburridas calles de reciente construcción. Back Bay no es Boston… todavía sigue siendo nada porque no ha tenido tiempo suficiente como para compactar recuerdos y poblarse de espíritus locales. Los fantasmas de aquí son fantasmas domesticados que han olvidado su hogar inicial en un pantano o en una cueva de relativa profundidad. Yo necesito fantasmas humanos, fantasmas de seres lo suficientemente fuertes como para haber resistido una ojeada al infierno y lo suficientemente aptos como para haber vuelto con el significado de lo que habían visto.

El mejor lugar para que viva un artista, continuó, es el North End. Si fuera coherente y sincero consigo mismo y con su obra, el artista sólo habitaría en los barrios pobres, allí donde se acumulan las tradiciones. Esos lugares no sólo han sido construidos; se han desarrollado. En esos lugares han vivido generaciones tras generaciones, han gozado de la vida y han muerto, en épocas en que la gente se atrevía a vivir, sentir y morir. ¿Tenías idea de que en 1632 existía un molino en la Copp’s Hill y que la mitad de las actuales calles fueron trazadas en 1650? Puedo mostrarte edificios que se mantienen en pie desde hace más de dos siglos y medio, casas que han soportado cosas que harían derrumbarse a los edificios modernos. ¿Qué sabe la gente de hoy en día acerca de la vida y de las fuerzas que las mueven? Hoy le llamas fantasías a la brujería de Salem, pero mi retatarabuela bien podría haber usado otras palabras. La colgaron en la Gallow Hill, custodiada por la mirada beata de Cotton Mather. El maldito Mather siempre estaba obsesionado con que alguien lograra fugarse de aquella demoníaca cárcel de monotonía. ¡Lástima que no lo hayan hecho víctima de un hechizo o que le hayan chupado toda la sangre durante la noche!

Puedo mostrarte uno de los lugares donde vivió, proseguía Pickman, y también puedo llevarte a otra casa a la que no se atrevía a entrar pese a sus muchas bravatas. Conocía cosas que no se animó a escribir en aquel desabrido Magnalia ni en el pueril Maravillas del mundo invisible. A propósito, ¿sabías que existió una época en que todo el North End estaba surcado por una red de túneles que permitían a ciertas personas el contacto con ciertas casas, con el cementerio y con el mar? Si examinamos diez casas construidas antes de 1700, apuesto a que en ocho de ellas puedo mostrarte algo raro en la bodega. No pasa mes sin que leamos en los periódicos que un grupo de obreros descubrió pasadizos subterráneos que no llevan a ninguna parte. Hace poco se localizó uno en la Henchman Street. Había brujas y la invocación de sus sortilegios, contrabandistas, piratas y lo que del mar recogían. Puedo asegurarte que en otras épocas la gente sabía cómo vivir y cómo ingeniárselas para dilatar las fronteras de la vida. Por cierto que éste no era el único mundo que un hombre con imaginación y valiente podía conocer. Y pensar que hoy, en cambio, las mentes se han aguado tanto que incluso un club de pretendidos artistas se estremece y conmociona si un cuadro traspone los sentimientos que pudo experimentar un feriante de la Beacon Street.

Lo único que salva al presente, afirmaba el pintor, es su propia estupidez, porque lo inhabilita para interrogar al pasado. ¿Qué dicen en realidad del North End los mapas, los archivos y las guías? Puedo llevarte a treinta o cuarenta callejuelas ubicadas al norte de la Prince Street, cuya existencia no es conocida ni siquiera por diez personas, aparte de los extranjeros que viven en ellas. ¿Y qué saben acerca de su naturaleza esos hombres morenos? Nada, Thurber, porque esos lugares ancestrales están repletos de terror, de maravillas y de puertas para acceder a mundos diferentes de los vulgares. Y, sin embargo, no hay nadie que sepa comprenderlos o sacarles el provecho necesario. Para decirlo mejor, hay una sola alma capaz… o crees que he estado escudriñando el pasado en vano.

Por lo que advierto, me decía, te interesa esta clase de cosas. Pues bien, ¿Qué dirías si te confiara que tengo otro estudio por esa zona, donde puedo capturar el lóbrego espíritu de horrores pasados y pintar cosas que jamás habrían acudido a mi imaginación en la Newbury Street? Por supuesto que no haría esta revelación a los estúpidos menopáusicos del Club… empezando por Reid… el muy maldito… siempre susurrando como si yo fuera una especie de monstruo. Puedes creerme, Thurber, hace ya tiempo que decidí pintar el terror de la vida, de manera análoga a como se pinta su belleza, así que realice algunas investigaciones en sitios sobre los que tenía motivos para saber que habitaba el terror.

Ubiqué un lugar, musitó Pickman, que aparte de mí mismo sólo han visto tres hombres nórdicos vivientes. No se encuentra a mucha distancia del metro pero está a siglos de él en cuanto a espíritu se refiere. Me decidí a alquilarlo debido al extraño pozo con paredes de ladrillos que hay en la bodega. El edificio está casi en ruinas, por lo que a nadie se le ocurriría ir a vivir allí. Me avergonzaría confesarte lo que pago por él. He tapiado las ventanas ya que no necesito luz solar para mi tarea. He instalado el taller en la bodega, lugar donde la inspiración se vuelve más intensa, pero también tengo otras habitaciones con muebles en la planta baja. El edificio pertenece a un siciliano y para alquilárselo he usado el nombre de Peters.

Si quieres, concluyó Pickman, te llevaré esta noche. Estoy seguro de que los cuadros te gustarán mucho, puesto que en ellos está lo mejor de mí. No tendremos que caminar mucho. Siempre voy a pie para no llamar la atención con un taxi en semejante lugar. Tomaremos el metro en la South Station e iremos hasta la Battery Street. Luego una pequeña caminata y estaremos allí.

Me comprenderás, Eliot, si te digo que después de semejante arenga habría acompañando a Pickman hasta el mismísimo infierno. Tomamos el metro en la South Station y muy cerca de las doce nos encontrábamos en la Battery Street, caminando a lo largo del muelle. A continuación subimos por todo el largo de una desierta callejuela que era la más vieja y la más sucia que había visto en toda mi vida, salpicada por casas de tejados reventados, ventanas astilladas y maltrechas chimeneas a medio desintegrarse, que, sin embargo, aún se erguían contra el cielo. Me dio la impresión de que todas las casas que yo veía también las había visto Cotton Mather.

Al llegar a una esquina mezquinamente iluminada torcimos a la izquierda y tomamos un callejón mucho más estrecho, igualmente silencioso, pero sin luz alguna. De pronto nos detuvimos y Pickman extrajo de entre sus ropas una linterna con la que proyectó un haz de luz contra una puerta prediluviana de madera tan podrida que parecía imposible que se tuviera en pie. Pickman la abrió y me invitó a entrar a un desierto vestíbulo que aún conservaba los rastros de lo que en otros tiempos supo ser un magnífico artesonado de roble. Era simple, por supuesto, pero claramente indicativo de la época de Andros, Phipps y la brujería. Luego me hizo franquear una puerta a la izquierda, encendió una lampara de petróleo y me invitó a que me pusiera cómodo, como si estuviera en mi propia casa.

Bien sabes, Eliot, que soy lo que se llama un tipo duro, pero debo confesarte que lo que me mostraron las paredes de aquella casa me anudó el alma y las tri pas. Eran los cuadros de Pickman —los que no podía pintar, ni mucho menos exhibir, en la New bury Street— y… ¡qué decirte! Mejor vamos a tomar otra copa. La necesito.

Como comprenderás, es inútil que trate de describirte aquellas telas, porque ¿cómo hacer para describir el más terrible, herético horror, y la más hedionda descomposición moral mediante unas simples pinceladas de color puestas sobre un plano? No se veía en esas obras la técnica sofisticada que se advierte en Sidney Sime, ni siquiera los panoramas o la vegetación cósmica que Clark Ashton Smith emplea para suscitar el horror. Los contornos recogían por lo general los desdibujados rasgos de antiguos cementerios, bosques tenebrosos, rocas linderas al mar, túneles revestidos de la drillos, viejas habitaciones ar tesonadas o sencillas criptas de mampostería. El cementerio de la Copp’s Hill, que seguramente no se encontraba muy lejos de dónde estábamos, era el escenario pre dilecto.

La locura y la deformidad se cebaban en las figuras de primer plano, puesto que, como sabes, en la pintura de Pickman predomina un satánico retratismo. Las figuras no eran del todo humanas; más bien, intentaban acercarse a diversos grados de lo humano. La mayor parte de los seres, apenas bípedos, ostenta ban un aire canino. ¡Me parece verlos! Sus ocupaciones… no me pidas precisión. Por lo general se hallaban alimentándose. No te voy a decir en qué consistía su alimento. Algunas veces se agrupaban en cementerios o pasadizos subterráneos y de vez en cuando se disputaban su presa…, o para decirlo mejor, su preciado botín. Y, sobre todo, esa maldita expresividad que Pickman sabía insuflar a los cegados rostros del macabro botín. En algunos cuadros las criaturas saltaban a través de una ventana abierta al corazón de la noche o anidaban en el pecho de algún ser durmiente para entretenerse con su garganta. Una de las pinturas mostraba a una jauría de aquellas repugnantes criaturas aullando en torno a una bruja empalada en la Gallows Hill, cuya fisonomía tenía una notable similitud con la de los seres que la rodeaban.

Sin embargo no debes creer que lo que me impresionó hasta el vómito fue la temática de aquellos, cuadros. No soy un niño y por cierto que he visto cuadros parecidos muchas veces. Fueron los rostros, Eliot, aquellos rostros que parecían escapar de la tela movidos por un hálito vital. En este mismo momento podría jurarte que estaban vivos. Dame otro trago, Eliot.

Recuerdo una tela llamada “La lección”… ¡Dios mío! ¿Te imaginas a un grupo de esos seres agazapado en semicírculo en un cementerio entregados a la tarea de enseñar a un niño a alimentarse como ellos? Supongo que se trataría de los términos de un intercambio… Seguramente cono ces el viejo mito sobre las terribles sustituciones que practican los seres sobrenaturales, dejando en las cunas a sus propias crías y llevándose a los niños que duermen en ellas. Los cuadros de Pickman mostraban qué les ocurre a esos niños robados, cómo se desarrollan… y desde ese instante comencé a advertir una espantosa similitud entre los rostros de las figuras humanas y las no humanas. En lo esencial Pickman se dedicaba a establecer, con todos los grados de morbosidad posibles, un siniestro nexo evolutivo entre lo cabalmente humano y lo envilecidamente inhumano. ¡El origen de los seres caninos eran seres humanos!

Me pasó por la mente la incógnita de qué sucedería con las crías que quedaban en las cunas a modo de trueque, pero un cuadro que de pronto quedó frente a mis ojos me ilustró sobre ese tema. La tela representaba los interiores de una casa puritana, ornada con muebles del siglo XVII, y una reunión familiar en torno al padre, que leía las Escrituras. Todos los rostros, a excepción de uno, trasmitían integridad y solemnidad; el diverso exhalaba la más repulsiva mofa. Se trataba de un joven, por lo que podía inferirse hijo de aquel piadoso padre, aunque su hermandad con los seres infrahumanos era indudable. Era el producto de uno de aquellos trueques… y en un impulso de ironía superior, Pickman había conferido a las facciones del joven una estremecedora semejanza con las suyas propias.

A todo esto, Pickman había dado luz a una lámpara en la habitación contigua y me invitaba a pasar para enseñarme sus últimos estudios. Aún no había abierto la boca para comunicarle mis impresiones sobre lo que había visto —el terror y la emoción me habían dejado mudo—, pero él percibió claramente mi estado anímico y, sin duda, éste le halagó. Nuevamente, Eliot, quiero que tengas en cuenta que no soy un payaso capaz de ponerse a gritar frente a cualquier espectáculo que se aparte de lo que llamamos normal. Soy lo bastante mayor como para no dejarme impresionar con facilidad. No obstante, lo que vi en aquella habitación me arrancó un grito y me vi obligado a asirme al marco de la puerta para no caer al piso. La primera de las salas era el reino de una cantidad de vampiros y de brujas poblando el mundo de nuestros antepasados, pero esta habitación se ocupaba del horror que anida en nuestra vida cotidiana.

¡Cómo podía Pickman pintar esas cosas! Había un bosquejo llamado “Accidente en el Metro”, donde se veía una jauría de los seres malignos brotando de una descomunal catacumba por una grieta del suelo y atacando a la multitud que esperaba en la plataforma. Otro mostraba una danza en la Copp’s Hill entre las tumbas, pero en la actualidad. También había varias vistas de sótanos, con monstruos entresaliendo de agujeros y grietas de la mampostería, haciendo siniestros gestos sin dejar de mante nerse agazapados tras barriles o calefactores a la espera de la primera víctima que bajara por la escalera.

Una repulsiva tela parecía centrarse en un vasto sector de las Beacon Hill, con densos ejércitos de mefíticos monstruos que brotaban de los miles de agujeros que tapizaban el suelo. Había también trabajos con danzas en cementerios actuales, pero lo que más me perturbó fue una escena en una cripta perdida donde una muchedumbre de pequeñas bestias se arremolinaba en torno de otra que, con una conocida guía de Boston en sus manos, la leía evidentemente en voz alta. Todas las bestias señalaban un mismo pasaje y sus rostros estaban crispados por una risa epiléptica, cuya reverberancia casi me pareció oír. El titulo de la tela era: “Holmes, Lowell y Longfellow están enterrados en Mount Auburn”.

Mientras recobraba algo de aplomo y serenidad, en tanto me iba adaptando a aquella segunda habitación diabólica y morbosa, comencé a analizar mi propio estado de ánimo. En primer término, dilucidé que todo aquello me producía asco porque evidenciaba la falta de humanidad y la impertérrita crueldad de Pickman. Sin duda debía de ser un indeclinable enemigo del género humano para regodearse de aquella manera con la tortura del espíritu y de la carne, y con la degradación de lo humano. En segundo lugar, toda aquella pintura era aterradora debido a su propia grandeza. El suyo era un arte que persuadía: al mirar sus cuadros veíamos a los demonios en persona y, por supuesto, nos inspiraban miedo. Y, lo más curioso de todo era que Pickman pintaba de un modo lineal, sin recurrir a ningún truco o efectismo, sin difuminaciones de la luz o distorsión de lo real: los perfiles eran nítidos y los detalles eran lamentablemente definidos. ¡Y qué decirte de los rostros!

Lo que se veía en los cuadros era algo más que la simple interpretación de un artista; se trataba del propio infierno volcado con la mayor fidelidad que se pueda imaginar. No era posible confundir a Pickman con un imaginativo o con un romántico: su tarea se limitaba a reflejar un mundo terrible que él veía cristalinamente. Sólo Dios puede saber dónde había capturado las heréticas formas que se veían en los cuadros. Pero fuere cual fuese el origen de sus imágenes, algo era más que evidente: en cuanto a concepción y ejecución, Pickman era un pintor realista y casi científico.

Más adelante bajé tras mi anfitrión al verdadero estudio, que se encontraba en el sótano. Cuando alcanzamos el pie de la escalera húmeda, Pickman concentró el haz de luz de su linterna en un rincón, donde se veía un círculo de ladrillos que marcaba evidentemente un pozo de gran dimensión excavado en el piso. Al acercarnos comprobé que el orificio medía aproximadamente un metro y medio de diámetro, con paredes que tendrían un pie de espesor y que sobresalían unas seis pulgadas por encima del nivel del suelo. Tenía todo el aspecto de tratarse de una de esas sólidas obras del siglo XVII. Según me explicó Pickman, se trataba de un acceso para conectarse con la red de túneles que surcaba las entrañas de la colina y de la que me había hablado antes. Advertí que el pozo estaba cubierto con un sólido disco de madera. Al pensar en los sitios adónde debía llevar el pozo, si es que las desatinadas revelaciones de Pickman tenían algo de verdad, un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo. No obstante, seguimos avanzando y a través de una carcomida puerta, mi anfitrión me hizo pasar a una habitación bastante grande, con piso de madera y equipada propiamente como el estudio de un pintor. Una instalación de gas acetileno aportaba la luz necesaria para trabajar allí.

Los cuadros sin acabar, puestos sobre caballetes o simplemente apoyados contra la pared, producían el mismo horror que los que había visto arriba y volvían a dar fe de la meticulosidad que caracterizaba al artista. El esbozo de las escenas era muy cuidadoso y las líneas de lápiz revelaban el cuidado con que Pickman trataba de con seguir la perspectiva y las proporciones precisas. Era un gran pintor, y puedo seguir diciéndolo ahora, pese a todo lo que sé. Una enorme cámara fotográfica que se hallaba sobre una mesa atrajo mi atención: Pickman me explicó que la empleaba para fotografiar paisajes que luego ingresaban como fondo en sus telas; con este método se ahorraba el tener que cargar con todos sus cacharros de un lado para otro, hasta dar con un paisaje adecuado. Sostenía que una fotografía era tan buena como un paisaje o un modelo real y que por eso recurría a ellas habitualmente.

Había algo perturbador en los repulsivos bocetos y en las inacabadas monstruosidades que se agazapaban en todos los rincones del estudio. Pero cuando súbitamente Pickman descubrió una enorme tela colocada sobre un caballete, no pude contener un nuevo grito de horror; el segundo de aquella noche. Sus ecos rodaron en una y otra de las oscuras bóvedas de aquella húmeda y salitrosa bodega y fue grande el esfuerzo que implicó contenerme para no estallar en una histérica carcajada. ¡Mi Dios! Aún hoy no puedo saber hasta qué punto me encontraba frente a una realidad o a una fantasía.

En el cuadro se veía un gigantesco e indescriptible monstruo de ojos llameantes y enrojecidos que sostenía con sus afiladas garras a un ser que había sido un hombre, cuya cabeza roía con la misma fruición con que un niño mordisquea una golosina. Estaba acuclillado y cuando se lo miraba, surgía la atroz sensación de que en cualquier instante podía arrojar su presa y saltar en procura de alguna golosina más sólida.

Pese a todo, lo que producía una sensación de helado terror no era aquel rostro canino de orejas puntiagudas, ni sus ojos embebidos en sangre, ni la nariz deforme, ni sus fauces, de las que chorreaba una baba rosácea. Tampoco eran las garras escamadas, ni la ciertamente repulsiva pelambre que recubría el cuerpo, ni los pies no del todo ungulados, si bien cualquiera de aquellas características por sí solas podría haber desestabilizado a un hombre impresionable.

Lo que golpeaba, Eliot, era la técnica, la maldita, implacable y deshumanizada técnica. Hasta aquella noche no me había sido dado ver sobre una tela el élan vital de una manera tan impiadosamente real. El monstruo estaba entre nosotros —miraba con ferocidad y roía, roía y miraba con ferocidad— y comprendí que sólo un paréntesis breve en la vigencia de las leyes de la naturaleza había permitido a un hombre pintar una cosa como aquella sin un modelo… y sin haber frecuentado ese mundo infrahumano que ningún mortal que no haya vendido el alma al diablo ha conseguido ver.

Adosado desprolijamente a una parte de la tela aún no pintada se veía un trozo de papel muy arrugado; en principio pensé que se trataba de una de las fotografías que Pickman utilizaba para lograr algún fondo tan espantoso como el motivo central del cuadro. Cuando iba a alisarlo para observarlo más cuidadosamente, Pickman se sobresaltó súbita y violentamente. Noté que desde que mi grito despertó inusitados ecos en la lóbrega bodega, mi anfitrión había evidenciado prestar atención con singular cuidado a posibles ruidos de respuesta. Ahora él también parecía ser presa del miedo, aunque a diferencia del que yo experimentaba, en su caso parecía más físico que espiritual. Extrajo un revólver del bolsillo y con una seña me recomendó que guardara silencio. Avanzó hacia el interior de la bodega, cerró la puerta y me dejó solo en el estudio.

Sentí que la parálisis se apoderaba de mí. Aguzando el oído me pareció percibir un sutil sonido en alguna parte, como de alguien deslizándose por el suelo y a continuación muchos chillidos agudos y golpes fuertes en una dirección que no pude determinar. La imagen de ratas enormes acudió a mi conmovida imaginación. Un nuevo ruido consiguió ponerme la carne de gallina: el estrépito de una pesada madera al caer sobre alguna piedra o ladrillo. ¿Madera sobre ladrillo? Esa combinación no me resultaba extraña.

Nuevamente se escuchó el ruido, ahora con mayor intensidad, seguido por una vibración como si la madera hubiese caído mucho más lejos que la primera vez. No se habían apagado las vibraciones cuando resonaron, uno tras otro, seis disparos de revólver, disparados de un modo especial, como si lo hiciera un domador de leones deseoso de impresionar a su público. Pocos momentos después se abrió la puerta e ingreso Pickman con su arma humeante y maldiciendo a las ratas que pululaban en el viejo pozo.

—Sólo el diablo sabe lo que comen allí, Thurber —refunfuñó con sarcasmo—, porque esos viejísimos túneles comunican con cementerios, cubiles de bruja y con el mar. Tus gritos seguramente las habrán excitado. Des pués de todo, no hay que quejarse demasiado: agregan un poco de atmósfera y color al ambiente, ¿no crees?

De ese modo concluyó la aventura de aquella noche. La promesa de Pickman de mostrarme el lugar se había cumplido acabadamente. Abandonamos aquel laberinto de callejuelas por otra dirección, ya que de pronto me encontré en la muy familiar Charter Street, aunque me sentía muy excitado como para identificar el modo en que habíamos llegado hasta allí. Era demasiado tarde como para tomar el metro, así que regresamos a pie por la Hannover Street. Recuerdo muy bien la caminata. Doblamos en Tremont y luego de subir por Beacon llegamos hasta la esquina de Joy, donde Pickman me abandonó. Desde ese momento no volví a verlo.

¿Por qué dejé de ver a Pickman? Contén tu impaciencia. Deja que pida otro poco de café. No… no fue por los cuadros que vi en aquel lugar. Aunque por cierto que ellos hubieran sido motivo más que suficiente para que a Pickman le hubiesen prohibido el acceso a nueve de cada diez hogares de Boston. Espero que ahora comprendas la razón de mi fobia a bajar a los túneles del metro o a sótanos. Me aparté de él por algo que encontré a la mañana siguiente en uno de los bolsillos de mi abrigo. Sí, era el estrujado papel que estaba prendido a la espantosa tela de la bodega, lo que yo había pensado que era una fotografía con algún paisaje que Pickman se proponía emplear como fondo para el monstruo. Seguramente cuando se produjo el sobresalto súbito de Pickman, me eché inadvertida mente el papel en el bolsillo antes de llegar a mirarlo. Y bien, aquí está el café, Eliot; te aconsejo que lo tomes puro.

En efecto, a ese papel se debió mi distanciamiento de Pickman, de Richard Upton Pickman, el artista más notable que haya conocido… y el ser más execrable que haya traspuesto jamás los límites de la vida para abismarse en el mito y la locura. Reid estaba en lo cierto: Pickman no era estrictamente humano.

No quieras que te explique o que conjeture sobre aquel papel que quemé. Hay secretos que se remontan a la época de Salem y no olvides que Cotton Mather refiere cosas aún mucho más extrañas. Bien sabes lo endemoniadamente expresivos que eran los cuadros de Pickman y todas las veces que nos preguntamos de dónde habría sacado aquellos rostros.

Bueno… debo confesarte que aquél papel no era la fotografía de un paisaje para ser empleado como fondo. En la imagen sólo se veía al ser monstruoso que estaba pintando en aquella terrible tela. Era el modelo que le había servido de inspiración y el fondo no era más que la pared de la bodega registrada con todos sus detalles. Por Dios, Eliot, aquella era una fotografía tomada del natural. Era el modelo que le había servido de inspiración y el fondo no era más que la pared de la bodega registrada con todos sus detalles. Por Dios, Eliot, aquella era una fotografía tomada del natural.

Un cuento de Borges: “Las ruinas circulares”

Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido… En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

Franz Kafka: “Informe para una academia”

 

Excelentísimos señores académicos:

Me hacéis el honor de presentar a la Academia un informe sobre mi anterior vida de mono. Lamento no poder complaceros; hace ya cinco años que he abandonado la vida simiesca. Este corto tiempo cronológico es muy largo cuando se lo ha atravesado galopando -a veces junto a gente importante- entre aplausos, consejos y música de orquesta; pero en realidad solo, pues toda esta farsa quedaba -para guardar las apariencias- del otro lado de la barrera.

Si me hubiera aferrado obstinadamente a mis orígenes, a mis evocaciones de juventud, me hubiera sido imposible cumplir lo que he cumplido. La norma suprema que me impuse consistió justamente en negarme a mí mismo toda terquedad. Yo, mono libre, acepté ese yugo; pero de esta manera los recuerdos se fueron borrando cada vez más. Si bien, de haberlo permitido los hombres, yo hubiera podido retornar libremente, al principio, por la puerta total que el cielo forma sobre la tierra, ésta se fue angostando cada vez más, a medida que mi evolución se activaba como a fustazos: más recluido, y mejor me sentía en el mundo de los hombres: la tempestad, que viniendo de mi pasado soplaba tras de mí, ha ido amainando: hoy es tan solo una corriente de aire que refrigera mis talones. Y el lejano orificio a través del cual ésta me llega, y por el cual llegué yo un día, se ha reducido tanto que -de tener fuerza y voluntad suficientes para volver corriendo hasta él- tendría que despellejarme vivo si quisiera atravesarlo. Hablando con sinceridad -por más que me guste hablar de estas cosas en sentido metafórico-, hablando con sinceridad os digo: vuestra simiedad, estimados señores, en tanto que tuvierais algo similar en vuestro pasado, no podría estar más alejada de vosotros que lo que la mía está de mí. Sin embargo, le cosquillea los talones a todo aquel que pisa sobre la tierra, tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles.

Pero a pesar de todo, y de manera muy limitada, podré quizá contestar vuestra pregunta, cosa que por lo demás hago de muy buen grado. Lo primero que aprendí fue a estrechar la mano en señal de convenio solemne. Estrechar la mano es símbolo de

franqueza. Hoy, al estar en el apogeo de mi carrera, tal vez pueda agregar, a ese primer apretón de manos, también la palabra franca. Ella no brindará a la Academia nada esencialmente nuevo, y quedaré muy por debajo de lo que se me demanda, pero que ni con la mejor voluntad puedo decir. De cualquier manera, con estas palabras expondré la línea directiva por la cual alguien que fue mono se incorporó al mundo de los humanos y se instaló firmemente en él. Conste además, que no podría contaros las insignificancias siguientes si no estuviese totalmente convencido de mí, y si posición no se hubiese afirmado de manera incuestionable todos los grandes music-halls del mundo civilizado.

Soy originario de la Costa de Oro. Para saber cómo fui atrapado dependo de informes ajenos. Una expedición de caza de la firma Hagenbeck -con cuyo jefe, por otra parte, he vaciado no pocas botellas de vino tinto- acechaba emboscada en la maleza que orilla el río, cuando en medio de una banda corrí una tarde hacia el abrevadero. Dispararon: fui el único que hirieron, alcanzado por dos tiros.

Uno en la mejilla. Fue leve pero dejó una gran cicatriz pelada y roja que me valió el repulsivo nombre, totalmente inexacto y que bien podía haber sido inventado por un mono, de Peter el Rojo, tal como si sólo por esa mancha roja en la mejilla me diferenciara yo de aquel simio amaestrado llamado Peter, que no hace mucho reventó y cuyo renombre era, por lo demás, meramente local. Esto al margen.

El segundo tiro me atinó más abajo de la cadera. Era grave y por su causa aún hoy rengueo un poco. No hace mucho leí en un artículo escrito por alguno de esos diez mil sabuesos que se desahogan contra mí desde los periódicos “que mi naturaleza simiesca no ha sido aplacada del todo”, y como ejemplo de ello alega que cuando recibo visitas me deleito en bajarme los pantalones para mostrar la cicatriz dejada por la bala. A ese canalla deberían arrancarle a tiros, uno por uno, cada dedo de la mano con que escribe. Yo, yo puedo quitarme los pantalones ante quien me venga en ganas: nada se encontrará allí más que un pelaje acicalado y la cicatriz dejada por el – elijamos aquí para un fin preciso, un término preciso y que no se preste a equívocos- ultrajante disparo. Todo está a la luz del día; no hay nada que esconder. Tratándose de la verdad toda persona generosa arroja de sí los modales, por finos que éstos sean. En cambio, otro sería el cantar si el chupatintas en cuestión se quitase los pantalones al recibir visitas. Doy fe de su cordura admitiendo que no lo hace, ¡pero que entonces no me moleste más con sus mojigaterías!

Después de estos tiros desperté -y aquí comienzan a surgir lentamente mis propios recuerdos- en una jaula colocada en el entrepuente del barco de Hagenbeck. No era una jaula con rejas a los cuatro costados, eran mas bien tres rejas clavadas en un cajón. El cuarto costado formaba, pues, parte del cajón mismo. Ese conjunto era demasiado bajo para estar de pie en él y demasiado estrecho para estar sentado. Por eso me acurrucaba doblando las rodillas que me temblaban sin cesar. Como posiblemente no quería ver a nadie, por lo pronto prefería permanecer en la oscuridad: me volvía hacia el costado de las tablas y dejaba que los barrotes de hierro se me incrustaran en el lomo. Dicen que es conveniente enjaular así a los animales salvajes en los primeros tiempos de su cautiverio, y hoy, de acuerdo a mi experiencia, no puedo negar que, desde el punto de vista humano, efectivamente tienen razón.

Pero entonces no pensaba en todo esto. Por primera vez en mi vida me encontraba sin salida; por lo menos no la había directa. Ante mí estaba el cajón con sus tablas bien unidas. Había, sin embargo, una hendidura entre las tablas. Al descubrirla por primera vez la saludé con el aullido dichoso de la ignorancia. Pero esa rendija era tan estrecha que ni podía sacar por ella la cola y ni con toda la fuerza simiesca me era posible ensancharla.

Como después me informaron, debo haber sido excepcionalmente silencioso, y por ello dedujeron que, o moriría muy pronto o, de sobrevivir a la crisis de la primera etapa, sería luego muy apto para el amaestramiento. Sobreviví a esos tiempos. Mis primeras ocupaciones en la nueva vida fueron: sollozar sordamente; espulgarme hasta el dolor; lamer hasta el aburrimiento una nuez de coco; golpear la pared del cajón con el cráneo y enseñar los dientes cuando alguien se acercaba. Y en medio de todo ello una sola evidencia: no hay salida. Naturalmente hoy sólo puedo transmitir lo que entonces sentía como mono con palabras de hombre, y por eso mismo lo desvirtúo. Pero aunque ya no pueda retener la antigua verdad simiesca, no cabe duda de que ella está por lo menos en el sentido de mi descripción.

Hasta entonces había tenido tantas salidas, y ahora no me quedaba ninguna. Estaba atrapado. Si me hubieran clavado, no hubiera disminuido por ello mi libertad de acción. ¿Por qué? Aunque te rasques hasta la sangre el pellejo entre los dedos de los pies, no encontrarás explicación. Aunque te aprietes el lomo contra los barrotes de la jaula hasta casi partirse en dos, no conseguirás explicártelo. No tenía salida, pero tenía que conseguir una: sin ella no podía vivir. Siempre contra esa pared hubiera reventado indefectiblemente. Pero como en el circo Hagenbeck a los monos les corresponden las paredes de cajón, pues bien, dejé de ser mono. Esta fue una magnífica asociación de

ideas, clara y hermosa que debió, en cierto sentido, ocurrírseme en la barriga, ya que los monos piensan con la barriga.

Temo que no se entienda bien lo que para mi significa “salida”. Empleo la palabra en su sentido más preciso y más común. Intencionadamente no digo libertad. No hablo de esa gran sensación de libertad hacia todos los ámbitos. Cuando mono posiblemente la viví y he conocido hombres que la añoran. En lo que a mí atañe, ni entonces ni ahora pedí libertad. Con la libertad -y esto lo digo al margen- uno se engaña demasiado entre los hombres, ya que si el sentimiento de libertad es uno de los más sublimes, así de sublimes son también los correspondientes engaños. En los teatros de variedades, antes de salir a escena, he visto a menudo ciertas parejas de artistas trabajando en los trapecios, muy alto, cerca del techo. Se lanzaban, se balanceaban, saltaban, volaban el uno a los brazos del otro, se llevaban el uno al otro suspendidos del pelo con los dientes. “También esto”, pensé, “es libertad para el hombre: ¡el movimiento excelso!” iOh burla de la santa naturaleza! Ningún edificio quedaría en pie bajo las carcajadas que tamaño espectáculo provocaría entre la simiedad.

No, yo no quería libertad. Quería únicamente una salida: a derecha, a izquierda, adonde fuera. No aspiraba a más. Aunque la salida fuese tan sólo un engaño: como mi pretensión era pequeña el engaño no sería mayor. ¡Avanzar, avanzar! Con tal de no detenerme con los brazos en alto, apretado contra las tablas de un cajón.

Hoy lo veo claro: si no hubiera tenido una gran paz interior, nunca hubiera podido escapar. En realidad, todo lo que he llegado a ser lo debo, posiblemente, a esa gran paz que me invadió, allá, en los primeros días del barco. Pero, a la vez, debo esa paz a la tripulación.

Era buena gente a pesar de todo. Aún hoy recuerdo con placer el sonido de sus pasos pesados que entonces resonaban en mi somnolencia. Acostumbraban hacer las cosas con exagerada lentitud. Si alguno necesitaba frotarse los ojos levantaba la mano como si se tratara de un peso muerto. Sus bromas eran groseras pero afables. A sus risas se mezclaba siempre un carraspeo que, aunque sonaba peligroso, no significaba nada. Siempre tenían en la boca algo que escupir y les era indiferente dónde lo escupían. Con frecuencia se quejaban de que mis pulgas les saltaban encima, pero nunca llegaron a enojarse en serio conmigo: por eso sabían, pues, que las pulgas se multiplicaban en mi pelaje y que las pulgas son saltarinas. Con esto les era suficiente. A veces, cuando estaban de asueto, algunos de ellos se sentaban en semicírculo frente a mí, hablándose apenas, gruñéndose el uno al otro, fumando la pipa

recostados sobre los cajones, palmeándose la rodilla a mi menor movimiento y, alguno, de vez en cuando, tomaba una varita y con ella me hacía cosquillas allí donde me daba placer. Si me invitaran hoy a realizar un viaje en ese barco, rechazaría, por cierto, la invitación; pero también es cierto que los recuerdos que evocaría del entrepuente no serían todos desagradables.

La tranquilidad que obtuve de esa gente me preservó, ante todo, de cualquier intento de fuga. Con mi actual dentadura debo cuidarme hasta en la común tarea de cascar una nuez; pero en aquel entonces, poco a poco, hubiera podido roer de lado a lado el cerrojo de la puerta. No lo hice. ¿Qué hubiera conseguido con ello? Apenas hubiese asomado la cabeza me hubieran cazado de nuevo y encerrado en una jaula peor; o bien hubiera podido huir hacia los otros animales, hacia las boas gigantes, por ejemplo, que estaban justo frente a mí, para exhalar en su abrazo el último suspiro; o, de haber logrado deslizarme hasta el puente superior y saltado por sobre la borda, me hubiera mecido un momento sobre el océano y luego me habría ahogado. Todos éstos, actos suicidas. No razonaba tan humanamente entonces, pero bajo la influencia de mi medio ambiente actué como si hubiese razonado.

No razonaba pero sí observaba, con toda calma, a esos hombres que veía ir y venir. Siempre las mismas caras, los mismos gestos; a menudo me parecían ser un solo hombre. Pero ese hombre, o esos hombres, se movían en libertad. Un alto designio comenzó a alborear en mí. Nadie me prometía que, de llegar a ser lo que ellos eran, las rejas me serían levantadas. No se hacen tales promesas para esperanzas que parecen irrealizables; pero si llegan a realizarse, aparecen estas promesas después, justamente allí donde antes se las había buscado inútilmente. Ahora bien, nada había en esos hombres que de por sí me atrajera especialmente. Si fuera partidario de esa libertad a la cual me referí, hubiera preferido sin duda el océano a esa salida que veía reflejarse en la turbia mirada de aquellos hombres. Había venido observándolos, de todas maneras, ya mucho antes de haber pensado en estas cosas, y, desde luego, sólo estas observaciones acumuladas me encaminaron en aquella determinada dirección.

¡Era tan fácil imitar a la gente! A los pocos días ya pude escupir. Nos escupimos entonces mutuamente a la cara, con la diferencia de que yo me lamía luego hasta dejarla limpia y ellos no. Pronto fumé en pipa como un viejo, y cuando además metía el pulgar en el hornillo de la pipa, todo el entrepuente se revolcaba de risa. Pero durante mucho tiempo no noté diferencia alguna entre la pipa cargada y la vacía.

Pero nada me resultó tan difícil como la botella de caña. Me martirizaba el olor y, a pesar de mis buenas intenciones pasaron semanas antes de que lograra vencer esa repulsión. Lo insólito es que la gente tomó más en serio esas pujas internas que cualquier otra cosa que se relacionara conmigo. En mis recuerdos tampoco distingo a esa gente, pero había uno que venía siempre, solo o acompañado, de día, de noche, a las horas más diversas, y deteniéndose ante mí con la botella vacía me daba lecciones. No me comprendía: quería dilucidar el enigma de mi ser.

Descorchaba lentamente la botella, luego me miraba para saber si yo había entendido. Confieso que yo lo miraba siempre con una atención desmedida y precipitada. Ningún maestro de hombre encontrará en el mundo entero mejor aprendiz de hombre. Cuando había descorchado la botella se la llevaba a la boca; yo seguía con los ojos todo el movimiento.

Asentía satisfecho conmigo, y apoyaba la botella en sus labios. Yo, maravillado con mi paulatina comprensión, chillaba rascándome a lo largo, a lo ancho, donde fuera. Él, alborozado, empinaba la botella y bebía un sorbo. Yo, impaciente y desesperado por imitarle, me ensuciaba en la jaula, lo que de nuevo lo divertía mucho. Después apartaba de sí la botella con ademán ampuloso y volvía a acercarla a sus labios de igual manera; luego, echado hacia atrás en un gesto exageradamente didáctico, la vaciaba de un trago. Yo, agotado por el excesivo deseo, no podía seguirlo y permanecía colgado débilmente de la reja mientras él, dando con esto por terminada la lección teórica, se frotaba, con amplia sonrisa, la barriga.

Recién entonces comenzaba el ejercicio práctico. ¿No me había dejado ya el teórico demasiado fatigado? Sí, exhausto, pero esto era parte de mi destino. Sin embargo, tomaba lo mejor que podía la botella que me alcanzaban; la descorchaba temblando; el lograrlo me iba dando nuevas fuerzas; levantaba la botella de manera similar a la del modelo; la llevaba a mis labios y… la arrojaba con asco; con asco, aunque estaba vacía y sólo el olor la llenaba; con asco la arrojaba al suelo. Para dolor de mi instructor, para mayor dolor mío; ni a él ni a mí mismo lograba reconciliar con el hecho de que, después de arrojar la botella, no me olvidara de frotarme a la perfección la barriga, ostentando al mismo tiempo una amplia sonrisa.

Así transcurría la lección con demasiada frecuencia, y en honor de mi instructor quiero dejar constancia de que no se enojaba conmigo, pero sí que de vez en cuando me tocaba el pelaje con la pipa encendida hasta que comenzaba a arder lentamente, en cualquier lugar donde yo difícilmente alcanzaba; entonces lo apagaba él mismo con su

mano enorme y buena. No se enojaba conmigo, pues aceptaba que, desde el mismo bando, ambos luchábamos contra la condición simiesca, y que era a mí a quien le tocaba la peor parte.

Y a pesar de todo, qué triunfo luego, tanto para él como para mí, cuando cierta noche, ante una gran rueda de espectadores -quizás estaban de tertulia, sonaba un fonógrafo, un oficial circulaba entre los tripulantes-, cuando esa noche, sin que nadie se diera cuenta, tomé una botella de caña que alguien, en un descuido, había olvidado junto a mi jaula, y ante la creciente sorpresa de la reunión, la descorché con toda corrección, la acerqué a mis labios y, sin vacilar, sin muecas, como un bebedor empedernido, revoloteando los ojos con el gaznate palpitante, la vacié totalmente. Arrojé la botella, no ya como un desesperado, sino como un artista, pero me olvidé, eso sí, de frotarme la barriga. En cambio, como no podía hacer otra cosa, como algo me empujaba a ello, como los sentidos me hervían, por todo ello, en fin, empecé a gritar: “¡Hola!”, con voz humana. Ese grito me hizo irrumpir de un salto en la comunidad de los hombres, y su eco: “¡Escuchen, habla!” lo sentí como un beso en mi sudoroso cuerpo.

Repito: no me cautivaba imitar a los humanos; los imitaba porque buscaba una salida; no por otro motivo. Con ese triunfo, sin embargo, poco había conseguido, pues inmediatamente la voz volvió a fallarme. Recién después de unos meses volví a recuperarla. La repugnancia hacia la botella de caña reapareció con más fuerza aún, pero, indudablemente, yo había encontrado de una vez por todas mi camino.

Cuando en Hamburgo me entregaron al primer adiestrador, pronto me di cuenta que ante mí se abrían dos posibilidades: el jardín zoológico o el music hall. No dudé. Me dije: pon todo tu empeño en ingresar al music hall: allí está la salida. El jardín zoológico no es más que una nueva jaula; quien allí entra no vuelve a salir.

Y aprendí, estimados señores. ¡Ah, sí, cuando hay que aprender se aprende; se aprende cuando se trata de encontrar una salida! ¡Se aprende de manera despiadada! Se controla uno a sí mismo con la fusta, flagelándose a la menor debilidad. La condición simiesca salió con violencia fuera de mí; se alejó de mí dando tumbos. Por ello mi primer adiestrador casi se transformó en un mono y tuvo que abandonar pronto las lecciones para ser internado en un sanatorio. Afortunadamente, salió de allí al poco tiempo.

Consumí, sin embargo, a muchos instructores. Sí, hasta a varios juntos. Cuando ya me sentí más seguro de mi capacidad, cuando el público percibió mis avances, cuando mi futuro comenzó a sonreírme, yo mismo elegí mis profesores. Los hice sentar en cinco habitaciones sucesivas y aprendí con todos a la vez, corriendo sin cesar de un cuarto a otro.

iQué progresos! ¡Qué irrupción, desde todos los ámbitos, de los rayos del saber en el cerebro que se aviva! ¿Por qué negarlo? Esto me hacía feliz. Pero tampoco puedo negar que no lo sobreestimaba, ya entonces, ¡y cuánto menos lo sobreestimo ahora! Con un esfuerzo que hasta hoy no se ha repetido sobre la tierra, alcancé la cultura media de un europeo. Esto en sí mismo probablemente no significaría nada, pero es algo, sin embargo, en tanto me ayudó a dejar la jaula y a procurarme esta salida especial; esta salida humana. Hay un excelente giro alemán: “escurrirse entre los matorrales”. Esto fue lo que yo hice: “me escurrí entre los matorrales”. No me quedaba otro camino, por supuesto: siempre que no había que elegir la libertad.

Si de un vistazo examino mi evolución y lo que fue su objetivo hasta ahora, ni me arrepiento de ella, ni me doy por satisfecho. Con las manos en los bolsillos del pantalón, con la botella de vino sobre la mesa, recostado o sentado a medias en la mecedora, miro por la ventana. Si llegan visitas, las recibo correctamente. Mi empresario está sentado en la antecámara: si toco el timbre, se presenta y escucha lo que tengo que decirle. Por las noches casi siempre hay función y obtengo éxitos ya apenas superables. Y si al salir de los banquetes, de las sociedades científicas o de las agradables reuniones entre amigos, llego a casa a altas horas de la noche, allí me espera una pequeña y semiamaestrada chimpancé, con quien, a la manera simiesca, lo paso muy bien. De día no quiero verla pues tiene en la mirada esa demencia del animal alterado por el adiestramiento; eso únicamente yo lo percibo, y no puedo soportarlo.

De todos modos, en síntesis, he logrado lo que me había propuesto lograr. Y no se diga que el esfuerzo no valía la pena. Sin embargo, no es la opinión de los hombres lo que me interesa; yo sólo quiero difundir conocimientos, sólo estoy informando. También a vosotros, excelentísimos señores académicos, sólo os he informado.

Un cuento de Roberto Bolaño: “El ojo Silva”

Para Rodrigo Pinto y María y Andrés Braithwaite

Lo que son las cosas, Mauricio Silva, llamado el Ojo, siempre intentó escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década del cincuenta, los que rondábamos los veinte años cuando murió Salvador Allende.
El caso del Ojo es paradigmático y ejemplar y tal vez no sea ocioso volver a recordarlo, sobre todo cuando ya han pasado tantos años.
En enero de 1974, cuatro meses después del golpe de Estado, el Ojo Silva se marchó de Chile. Primero estuvo en Buenos Aires, luego los malos vientos que soplaban en la vecina república lo llevaron a México en donde vivió un par de años y en donde lo conocí.
No era como la mayoría de los chilenos que por entonces vivían en el D.F.: no se vanagloriaba de haber participado en una resistencia más fantasmal que real, no frecuentaba los círculos de exiliados.
Nos hicimos amigos y solíamos encontrarnos una vez a la semana, por lo menos, en el café La Habana, de Bucareli, o en mi casa de la calle Versalles en donde yo vivía con mi madre y con mi hermana. Los primeros meses el Ojo Silva sobrevivió a base de tareas esporádicas y precarias, luego consiguió trabajo como fotógrafo de un periódico del D.F. No recuerdo qué periódico era, tal vez El Sol, si alguna vez existió en México un periódico de ese nombre, tal vez El Universal; yo hubiera preferido que fuera El Nacional, cuyo suplemento cultural dirigía el viejo poeta español Juan Rejano, pero en El Nacional no fue porque yo trabajé allí y nunca vi al Ojo en la redacción. Pero trabajó en un periódico mexicano, de eso no me cabe la menor duda, y su situación económica mejoró, al principio imperceptiblemente, porque el Ojo se había acostumbrado a vivir de forma espartana, pero si uno afinaba la mirada podía apreciar señales inequívocas que hablaban de un repunte económico.
Los primeros meses en el D.F., por ejemplo, lo recuerdo vestido con sudaderas. Los últimos ya se había comprado un par de camisas e incluso una vez lo vi con corbata, una prenda que nosotros, es decir mis amigos poetas y yo, no usábamos nunca. De hecho, el único personaje encorbatado que alguna vez se sentó a nuestra mesa del café Quito, en la avenida Bucareli, fue el Ojo.
Por aquellos días se decía que el Ojo Silva era homosexual. Quiero decir: en los círculos de exiliados chilenos corría ese rumor, en parte como manifestación de maledicencia y en parte como un nuevo chisme que alimentaba la vida más bien aburrida de los exiliados, gente de izquierda que pensaba, al menos de cintura para abajo, exactamente igual que la gente de derecha que en aquel tiempo se enseñoreaba de Chile.
Una vez vino el Ojo a comer a mi casa. Mi madre lo apreciaba y el Ojo correspondía al cariño haciendo de vez en cuando fotos de la familia, es decir de mi madre, de mi hermana, de alguna amiga de mi madre y de mí. A todo el mundo le gusta que lo fotografíen, me dijo una vez. A mí me daba igual, o eso creía, pero cuando el Ojo dijo eso estuve pensando durante un rato en sus palabras y terminé por darle la razón. Sólo a algunos indios no les gustan las fotos, dijo. Mi madre creyó que el Ojo estaba hablando de los mapuches, pero en realidad hablaba de los indios de la India, de esa India que tan importante iba a ser para él en el futuro.
Una noche me lo encontré en el café Quito. Casi no había parroquianos y el Ojo estaba sentado junto a los ventanales que daban a Bucareli con un café con leche servido en vaso, esos vasos grandes de vidrio grueso que tenía el Quito y que nunca más he vuelto a ver en un establecimiento público. Me senté junto a él y estuvimos charlando durante un rato. Parecía translúcido. Esa fue la impresión que tuve. El Ojo parecía de cristal, y su cara y el vaso de vidrio de su café con leche parecían intercambiar señales, como si se acabaran de encontrar, dos fenómenos incomprensibles en el vasto universo, y trataran con más voluntad que esperanza de hallar un lenguaje común.
Esa noche me confesó que era homosexual, tal como propagaban los exiliados, y que se iba de México. Por un instante creí entender que se marchaba porque era homosexual. Pero no, un amigo le había conseguido un trabajo en una agencia de fotógrafos de París y eso era algo con lo que siempre había soñado. Tenía ganas de hablar y yo lo escuché. Me dijo que durante algunos años había llevado con ¿pesar?, ¿discreción?, su inclinación sexual, sobre todo porque él se consideraba de izquierdas y los compañeros veían con cierto prejuicio a los homosexuales. Hablamos de la palabra invertido (hoy en desuso) que atraía como un imán paisajes desolados, y del término colisa, que yo escribía con ese y que el Ojo pensaba se escribía con zeta.
Recuerdo que terminamos despotricando contra la izquierda chilena y que en algún momento yo brindé por los luchadores chilenos errantes, una fracción numerosa de los luchadores latinoamericanos errantes, entelequia compuesta de huérfanos que, como su nombre indica, erraban por el ancho mundo ofreciendo sus servicios al mejor postor, que casi siempre, por lo demás, era el peor. Pero después de reírnos el Ojo dijo que la violencia no era cosa suya. Tuya sí, me dijo con una tristeza que entonces no entendí, pero no mía. Detesto la violencia. Yo le aseguré que sentía lo mismo. Después nos pusimos a hablar de otras cosas, libros, películas, y ya no nos volvimos a ver.
Un día supe que el Ojo se había marchado de México. Me lo comunicó un antiguo compañero suyo del periódico. No me pareció extraño que no se hubiera despedido de mí. El Ojo nunca se despedía de nadie. Yo nunca me despedía de nadie. Mis amigos mexicanos nunca se despedían de nadie. A mi madre, sin embargo, le pareció un gesto de mala educación.
Dos o tres años después yo también me marché de México. Estuve en París, lo busqué (si bien no con excesivo ahínco), no lo encontré. Con el paso del tiempo empecé a olvidar hasta su rostro, aunque siempre persistió en mi memoria una forma de acercarse, un estar, una forma de opinar desde cierta distancia y desde cierta tristeza nada enfática que asociaba con el Ojo Silva, un Ojo Silva que ya no tenía rostro o que había adquirido un rostro de sombras, pero que aún mantenía lo esencial, la memoria de su movimiento, una entidad casi abstracta pero en donde no cabía la quietud.
Pasaron los años. Muchos años. Algunos amigos murieron. Yo me casé, tuve un hijo, publiqué algunos libros.
En cierta ocasión tuve que ir a Berlín. La última noche, después de cenar con Heinrich von Berenberg y su familia, cogí un taxi (aunque usualmente era Heinrich el que cada noche me iba a dejar al hotel) al que ordené que se detuviera antes porque quería pasear un poco. El taxista (un asiático ya mayor que escuchaba a Beethoven) me dejó a unas cinco cuadras del hotel. No era muy tarde aunque casi no había gente por las calles. Atravesé una plaza. Sentado en un banco estaba el Ojo. No lo reconocí hasta que él me habló. Dijo mi nombre y luego me preguntó cómo estaba. Entonces me di la vuelta y lo miré durante un rato sin saber quién era. El Ojo seguía sentado en el banco y sus ojos me miraban y luego miraban el suelo o a los lados, los árboles enormes de la pequeña plaza berlinesa y las sombras que lo rodeaban a él con más intensidad (eso creí entonces) que a mí. Di unos pasos hacia él y le pregunté quién era. Soy yo, Mauricio Silva, dijo. ¿El Ojo Silva de Chile?, dije yo. Él asintió y sólo entonces lo vi sonreír.
Aquella noche conversamos casi hasta que amaneció. El Ojo vivía en Berlín desde hacía algunos años y sabía encontrar los bares que permanecían abiertos toda la noche. Le pregunté por su vida. A grandes rasgos me hizo un dibujo de los avatares del fotógrafo free lancer. Había tenido casa en París, en Milán y ahora en Berlín, viviendas modestas en donde guardaba los libros y de las que se ausentaba durante largas temporadas. Sólo cuando entramos al primer bar pude apreciar cuánto había cambiado. Estaba mucho más flaco, el pelo entrecano y la cara surcada de arrugas. Noté asimismo que bebía mucho más que en México. Quiso saber cosas de mí. Por supuesto, nuestro encuentro no había sido casual. Mi nombre había aparecido en la prensa y el Ojo lo leyó o alguien le dijo que un compatriota suyo daba una lectura o una conferencia a la que no pudo ir, pero llamó por teléfono a la organización y consiguió las señas de mi hotel. Cuando lo encontré en la plaza sólo estaba haciendo tiempo, dijo, y reflexionando a la espera de mi llegada.
Me reí. Reencontrarlo, pensé, había sido un acontecimiento feliz. El Ojo seguía siendo una persona rara y sin embargo asequible, alguien que no imponía su presencia, alguien al que le podías decir adiós en cualquier momento de la noche y él sólo te diría adiós, sin un reproche, sin un insulto, una especie de chileno ideal, estoico y amable, un ejemplar que nunca había abundado mucho en Chile pero que sólo allí se podía encontrar.
Releo estas palabras y sé que peco de inexactitud. El Ojo jamás se hubiera permitido estas generalizaciones. En cualquier caso, mientras estuvimos en los bares, sentados delante de un whisky y de una cerveza sin alcohol, nuestro diálogo se desarrolló básicamente en el terreno de las evocaciones, es decir fue un diálogo informativo y melancólico. El diálogo, en realidad el monólogo, que de verdad me interesa es el que se produjo mientras volvíamos a mi hotel, a eso de las dos de la mañana.
La casualidad quiso que se pusiera a hablar (o que se lanzara a hablar) mientras atravesábamos la misma plaza en donde unas horas antes nos habíamos encontrado. Recuerdo que hacía frío y que de repente escuché que el Ojo me decía que le gustaría contarme algo que nunca antes le había contado a nadie. Lo miré. El Ojo tenía la vista puesta en el sendero de baldosas que serpenteaba por la plaza. Le pregunté de qué se trataba. De un viaje, contestó en el acto. ¿Y qué pasó en ese viaje?, le pregunté. Entonces el Ojo se detuvo y durante unos instantes pareció existir sólo para contemplar las copas de los altos árboles alemanes y los fragmentos de cielo y nubes que bullían silenciosamente por encima de éstos.
Algo terrible, dijo el Ojo. ¿Tú te acuerdas de una conversación que tuvimos en el Quito antes de que me marchara de México? Sí, dije. ¿Te dije que era gay?, dijo el Ojo. Me dijiste que eras homosexual, dije yo. Sentémonos, dijo el Ojo.
Juraría que lo vi sentarse en el mismo banco, como si yo aún no hubiera llegado, aún no hubiera empezado a cruzar la plaza, y él estuviera esperándome y reflexionando sobre su vida y sobre la historia que el destino o el azar lo obligaba a contarme. Alzó el cuello de su abrigo y empezó a hablar. Yo encendí un cigarrillo y permanecí de pie. La historia del Ojo transcurría en la India. Su oficio y no la curiosidad de turista lo había llevado hasta allí, en donde tenía que realizar dos trabajos. El primero era el típico reportaje urbano, una mezcla de Marguerite Duras y Hermann Hesse, el Ojo y yo sonreímos, hay gente así, dijo, gente que quiere ver la India a medio camino entre India Song y Sidharta, y uno está para complacer a los editores. Así que el primer reportaje había consistido en fotos donde se vislumbraban casas coloniales, jardines derruidos, restaurantes de todo tipo, con predominio más bien del restaurante canalla o del restaurante de familias que parecían canallas y sólo eran indias, y también fotos del extrarradio, las zonas verdaderamente pobres, y luego el campo y las vías de comunicación, carreteras, empalmes ferroviarios, autobuses y trenes que entraban y salían de la ciudad, sin olvidar la naturaleza como en estado latente, una hibernación ajena al concepto de hibernación occidental, árboles distintos a los árboles europeos, ríos y riachuelos, campos sembrados o secos, el territorio de los santos, dijo el Ojo.
El segundo reportaje fotográfico era sobre el barrio de las putas de una ciudad de la India cuyo nombre no conoceré nunca.
Aquí empieza la verdadera historia del Ojo. En aquel tiempo aún vivía en París y sus fotos iban a ilustrar un texto de un conocido escritor francés que se había especializado en el submundo de la prostitución. De hecho, su reportaje sólo era el primero de una serie que comprendería barrios de tolerancia o zonas rojas de todo el mundo, cada una fotografiada por un fotógrafo diferente, pero todas comentadas por el mismo escritor.
No sé a qué ciudad llegó el Ojo, tal vez Bombay, Calcuta, tal vez Benarés o Madrás, recuerdo que se lo pregunté y que él ignoró mi pregunta. Lo cierto es que llegó a la India solo, pues el escritor francés ya tenía escrita su crónica y él únicamente debía ilustrarla, y se dirigió a los barrios que el texto del francés indicaba y comenzó a hacer fotografías. En sus planes —y en los planes de sus editores— el trabajo y por lo tanto la estadía en la India no debía prolongarse más allá de una semana. Se hospedó en un hotel en una zona tranquila, una habitación con aire acondicionado y con una ventana que daba a un patio que no pertenecía al hotel y en donde había dos árboles y una fuente entre los árboles y parte de una terraza en donde a veces aparecían dos mujeres seguidas o precedidas de varios niños. Las mujeres vestían a la usanza india, o lo que para el Ojo eran vestimentas indias, pero a los niños incluso una vez los vio con corbatas. Por las tardes se desplazaba a la zona roja y hacía fotos y charlaba con las putas, algunas jovencísimas y muy hermosas, otras un poco mayores o más estropeadas, con pinta de matronas escépticas y poco locuaces. El olor, que al principio más bien lo molestaba, terminó gustándole. Los chulos (no vio muchos) eran amables y trataban de comportarse como chulos occidentales o tal vez (pero esto lo soñó después, en su habitación de hotel con aire acondicionado) eran estos últimos quienes habían adoptado la gestualidad de los chulos hindúes.
Una tarde lo invitaron a tener relación carnal con una de las putas. Se negó educadamente. El chulo comprendió en el acto que el Ojo era homosexual y a la noche siguiente lo llevó a un burdel de jóvenes maricas. Esa noche el Ojo enfermó. Ya estaba dentro de la India y no me había dado cuenta, dijo estudiando las sombras del parque berlinés. ¿Qué hiciste?, le pregunté. Nada. Miré y sonreí. Y no hice nada. Entonces a uno de los jóvenes se le ocurrió que tal vez al visitante le agradara visitar otro tipo de establecimiento. Eso dedujo el Ojo, pues entre ellos no hablaban en inglés. Así que salieron de aquella casa y caminaron por calles estrechas e infectas hasta llegar a una casa cuya fachada era pequeña pero cuyo interior era un laberinto de pasillos, habitaciones minúsculas y sombras de las que sobresalía, de tanto en tanto, un altar o un oratorio.
Es costumbre en algunas partes de la India, me dijo el Ojo mirando el suelo, ofrecer un niño a una deidad cuyo nombre no recuerdo. En un arranque desafortunado le hice notar que no sólo no recordaba el nombre de la deidad sino que tampoco el nombre de la ciudad ni el de ninguna persona de su historia. El Ojo me miró y sonrió. Trato de olvidar, dijo.
En ese momento me temí lo peor, me senté a su lado y durante un rato ambos permanecimos con los cuellos de nuestros abrigos levantados y en silencio. Ofrecen un niño a ese dios, retomó su historia tras escrutar la plaza en penumbras, como si temiera la cercanía de un desconocido, y durante un tiempo que no sé mensurar el niño encarna al dios. Puede ser una semana, lo que dure la procesión, un mes, un año, no lo sé. Se trata de una fiesta bárbara, prohibida por las leyes de la república india, pero que se sigue celebrando. Durante el transcurso de la fiesta el niño es colmado de regalos que sus padres reciben con gratitud y felicidad, pues suelen ser pobres. Terminada la fiesta el niño es devuelto a su casa, o al agujero inmundo donde vive y todo vuelve a recomenzar al cabo de un año.
La fiesta tiene la apariencia de una romería latinoamericana, sólo que tal vez es más alegre, más bulliciosa y probablemente la intensidad de los que participan, de los que se saben participantes, sea mayor. Con una sola diferencia. Al niño, días antes de que empiecen los festejos, lo castran. El dios que se encarna en él durante la celebración exige un cuerpo de hombre —aunque los niños no suelen tener más de siete años— sin la mácula de los atributos masculinos. Así que los padres lo entregan a los médicos de la fiesta o a los barberos de la fiesta o a los sacerdotes de la fiesta y éstos lo emasculan y cuando el niño se ha recuperado de la operación comienza el festejo. Semanas o meses después, cuando todo ha acabado, el niño vuelve a casa, pero ya es un castrado y los padres lo rechazan. Y entonces el niño acaba en un burdel. Los hay de todas clases, dijo el Ojo con un suspiro. A mí, aquella noche, me llevaron al peor de todos.
Durante un rato no hablamos. Yo encendí un cigarrillo. Después el Ojo me describió el burdel y parecía que estaba describiendo una iglesia. Patios interiores techados. Galerías abiertas. Celdas en donde gente a la que tú no veías espiaba todos tus movimientos. Le trajeron a un joven castrado que no debía tener más de diez años. Parecía una niña aterrorizada, dijo el Ojo. Aterrorizada y burlona al mismo tiempo. ¿Lo puedes entender? Me hago una idea, dije. Volvimos a enmudecer. Cuando por fin pude hablar otra vez dije que no, que no me hacía ninguna idea. Ni yo, dijo el Ojo. Nadie se puede hacer una idea. Ni la víctima, ni los verdugos, ni los espectadores. Sólo una foto.
¿Le sacaste una foto?, dije. Me pareció que el Ojo era sacudido por un escalofrío. Saqué mi cámara, dijo, y le hice una foto. Sabía que estaba condenándome para toda la eternidad, pero lo hice.
Ignoro cuánto rato estuvimos en silencio. Sé que hacía frío pues yo en algún momento me puse a temblar. A mi lado oí sollozar al Ojo un par de veces, pero preferí no mirarlo. Vi los faros de un coche que pasaba por una de las calles laterales de la plaza. A través del follaje vi encenderse una ventana.
Después el Ojo siguió hablando. Dijo que el niño le había sonreído y luego se había escabullido mansamente por una de los pasillos de aquella casa incomprensible. En algún momento uno de los chulos le sugirió que si allí no había nada de su agrado se marcharan. El Ojo se negó. No podía irse. Se lo dijo así: no puedo irme todavía. Y era verdad, aunque él desconocía qué era aquello que le impedía abandonar aquel antro para siempre. El chulo, sin embargo, lo entendió y pidieron té o un brebaje parecido. El Ojo recuerda que se sentaron en el suelo, sobre unas esteras o sobre unas alfombrillas estropeadas por el uso. La luz provenía de un par de velas. Sobre la pared colgaba un póster con la efigie del dios. Durante un rato el Ojo miró al dios y al principio se sintió atemorizado, pero luego sintió algo parecido a la rabia, tal vez al odio.
Yo nunca he odiado a nadie, dijo mientras encendía un cigarrillo y dejaba que la primera bocanada se perdiera en la noche berlinesa.
En algún momento, mientras el Ojo miraba la efigie del dios, aquellos que lo acompañaban desaparecieron. Se quedó solo con una especie de puto de unos veinte años que hablaba inglés. Y luego, tras unas palmadas, reapareció el niño. Yo estaba llorando, o yo creía que estaba llorando, o el pobre puto creía que yo estaba llorando, pero nada era verdad. Yo intentaba mantener una sonrisa en la cara (una cara que ya no me pertenecía, una cara que se estaba alejando de mí como una hoja arrastrada por el viento), pero en mi interior lo único que hacía era maquinar. No un plan, no una forma vaga de justicia, sino una voluntad.
Y después el Ojo y el puto y el niño se levantaron y recorrieron un pasillo mal iluminado y otro pasillo peor iluminado (con el niño a un lado del Ojo, mirándolo, sonriéndole, y el joven puto también le sonreía, y el Ojo asentía y prodigaba ciegamente las monedas y los billetes) hasta llegar a una habitación en donde dormitaba el médico y junto a él otro niño con la piel aún más oscura que la del niño castrado y menor que éste, tal vez seis años o siete, y el Ojo escuchó las explicaciones del médico o del barbero o del sacerdote, unas explicaciones prolijas en donde se mencionaba la tradición, las fiestas populares, el privilegio, la comunión, la embriaguez y la santidad, y pudo ver los instrumentos quirúrgicos con que el niño iba a ser castrado aquella madrugada o la siguiente, en cualquier caso el niño había llegado, pudo entender, aquel mismo día al templo o al burdel, una medida preventiva, una medida higiénica, y había comido bien, como si ya encarnara al dios, aunque lo que el Ojo vio fue un niño que lloraba medio dormido y medio despierto, y también vio la mirada medio divertida y medio aterrorizada del niño castrado que no se despegaba de su lado. Y entonces el Ojo se convirtió en otra cosa, aunque la palabra que él empleó no fue “otra cosa” sino “madre”.
Dijo madre y suspiró. Por fin. Madre.
Lo que sucedió a continuación de tan repetido es vulgar: la violencia de la que no podemos escapar. El destino de los latinoamericanos nacidos en la década de los cincuenta. Por supuesto, el Ojo intentó sin gran convicción el diálogo, el soborno, la amenaza. Lo único cierto es que hubo violencia y poco después dejó atrás las calles de aquel barrio como si estuviera soñando y transpirando a mares. Recuerda con viveza la sensación de exaltación que creció en su espíritu, cada vez mayor, una alegría que se parecía peligrosamente a algo similar a la lucidez, pero que no era (no podía ser) lucidez. También: la sombra que proyectaba su cuerpo y las sombras de los dos niños que llevaba de la mano sobre los muros descascarados. En cualquier otra parte hubiera concitado la atención. Allí, a aquella hora, nadie se fijó en él.
El resto, más que una historia o un argumento, es un itinerario. El Ojo volvió al hotel, metió sus cosas en la maleta y se marchó con los niños. Primero en un taxi hasta una aldea o un barrio de las afueras. Desde allí en un autobús hasta otra aldea en donde cogieron otro autobús que los llevó a otra aldea. En algún punto de su fuga se subieron a un tren y viajaron toda la noche y parte del día. El Ojo recordaba el rostro de los niños mirando por la ventana un paisaje que la luz de la mañana iba deshilachando, como si nunca nada hubiera sido real salvo aquello que se ofrecía, soberano y humilde, en el marco de la ventana de aquel tren misterioso.
Después cogieron otro autobús, y un taxi, y otro autobús, y otro tren, y hasta hicimos dedo, dijo el Ojo mirando la silueta de los árboles berlineses pero en realidad mirando la silueta de otros árboles, innombrables, imposibles, hasta que finalmente se detuvieron en una aldea en alguna parte de la India y alquilaron una casa y descansaron.
Al cabo de dos meses el Ojo ya no tenía dinero y fue caminando hasta otra aldea desde donde envió una carta al amigo que entonces tenía en París. Al cabo de quince días recibió un giro bancario y tuvo que ir a cobrarlo a un pueblo más grande, que no era la aldea desde la que había mandado la carta ni mucho menos la aldea en donde vivía. Los niños estaban bien. Jugaban con otros niños, no iban a la escuela y a veces llegaban a casa con comida, hortalizas que los vecinos les regalaban. A él no lo llamaban padre, como les había sugerido más que nada como una medida de seguridad, para no atraer la atención de los curiosos, sino Ojo, tal como le llamábamos nosotros. Ante los aldeanos, sin embargo, el Ojo decía que eran sus hijos. Se inventó que la madre, india, había muerto hacía poco y él no quería volver a Europa. La historia sonaba verídica. En sus pesadillas, no obstante, el Ojo soñaba que en mitad de la noche aparecía la policía india y lo detenían con acusaciones indignas. Solía despertar temblando. Entonces se acercaba a las esterillas en donde dormían los niños y la visión de éstos le daba fuerzas para seguir, para dormir, para levantarse.
Se hizo agricultor. Cultivaba un pequeño huerto y en ocasiones trabajaba para los campesinos ricos de la aldea. Los campesinos ricos, por supuesto, en realidad eran pobres, pero menos pobres que los demás. El resto del tiempo lo dedicaba a enseñar inglés a los niños, y algo de matemáticas, y a verlos jugar. Entre ellos hablaban en un idioma incomprensible. A veces los veía detener los juegos y caminar por el campo como si de pronto se hubieran vuelto sonámbulos. Los llamaba a gritos. A veces los niños fingían no oírlo y seguían caminando hasta perderse. Otras veces volvían la cabeza y le sonreían.
¿Cuánto tiempo estuviste en la India?, le pregunté alarmado.
Un año y medio, dijo el Ojo, aunque a ciencia cierta no lo sabía.
En una ocasión su amigo de París llegó a la aldea. Todavía me quería, dijo el Ojo, aunque en mi ausencia se había puesto a vivir con un mecánico argelino de la Renault. Se rió después de decirlo. Yo también me reí. Todo era tan triste, dijo el Ojo. Su amigo que llegaba a la aldea a bordo de un taxi cubierto de polvo rojizo, los niños corriendo detrás de un insecto, en medio de unos matorrales secos, el viento que parecía traer buenas y malas noticias.
Pese a los ruegos del francés no volvió a París. Meses después recibió una carta de éste en donde le comunicaba que la policía india no lo perseguía. Al parecer la gente del burdel no había interpuesto denuncia alguna. La noticia no impidió que el Ojo siguiera sufriendo pesadillas, sólo cambió la vestimenta de los personajes que lo detenían y lo zaherían: en lugar de ser policías se convirtieron en esbirros de la secta del dios castrado. El resultado final era aún más horroroso, me confesó el Ojo, pero yo ya me había acostumbrado a las pesadillas y de alguna forma siempre supe que estaba en el interior de un sueño, que eso no era la realidad.
Después llegó la enfermedad a la aldea y los niños murieron. Yo también quería morirme, dijo el Ojo, pero no tuve esa suerte.
Tras convalecer en una cabaña que la lluvia iba destrozando cada día, el Ojo abandonó la aldea y volvió a la ciudad en donde había conocido a sus hijos. Con atenuada sorpresa descubrió que no estaba tan distante como pensaba, la huida había sido en espiral y el regreso fue relativamente breve. Una tarde, la tarde en que llegó a la ciudad, fue a visitar el burdel en donde castraban a los niños. Sus habitaciones se habían convertido en viviendas en donde se hacinaban familias enteras. Por los pasillos que recordaba solitarios y fúnebres ahora pululaban niños que apenas sabían andar y viejos que ya no podían moverse y se arrastraban. Le pareció una imagen del paraíso.
Aquella noche, cuando volvió a su hotel, sin poder dejar de llorar por sus hijos muertos, por los niños castrados que él no había conocido, por su juventud perdida, por todos los jóvenes que ya no eran jóvenes y por los jóvenes que murieron jóvenes, por los que lucharon por Salvador Allende y por los que tuvieron miedo de luchar por Salvador Allende, llamó a su amigo francés, que ahora vivía con un antiguo levantador de pesas búlgaro, y le pidió que le enviara un billete de avión y algo de dinero para pagar el hotel.
Y su amigo francés le dijo que sí, que por supuesto, que lo haría de inmediato, y también le dijo ¿qué es ese ruido?, ¿estás llorando?, y el Ojo dijo que sí, que no podía dejar de llorar, que no sabía qué le pasaba, que llevaba horas llorando. Y su amigo francés le dijo que se calmara. Y el Ojo se rió sin dejar de llorar y dijo que eso haría y colgó el teléfono. Y luego siguió llorando sin parar. –

Fragmento de la “Guía del autoestopista galáctico”

Para todos los que habitamos en este Valparaíso, que llego muy tarde al disparo de salida de la carrera neoliberal, no nos resultan desconocidos los arquetípicos artistas que recorren sus calles. Ya sea realizando sus malabares en las esquinas –terminando invariablemente con las clavas en el suelo. Las inefables batucadas que aturden con sus monótonos ritmos –poniendo su grano de arena a la contaminación acústica-, los artistas gráficos que a modo de protesta por la intrusiva publicidad –de modo acorde a su conocida creatividad- nos regalan con sus Tag (para los ignaros firma de los artistas) y por supuesto los reyes de la colina, los poetas, a quienes dedico este interesante fragmento del libro “guía del autoestopista galáctico”

Por Armand Bronca

7

La poesía vogona ocupa, por supuesto, el tercer lugar entre las peores del Universo. El segundo corresponde a los azgoths de Kria. Mientras su principal poeta, Grunthos el Flatulento, recitaba su poema «Oda a un bultito de masilla verde que me descubrí en el sobaco una mañana de verano», cuatro de sus oyentes murieron de hemorragia interna, y el presidente del Consejo Inhabilitador de las Artes de la Galdia Media se salvó, perdiendo una pierna en la huida. Se dice que Grunthos quedó «decepcionado» por la acogida que había tenido el poema, y estaba a punto de iniciar la lectura de su poema épico en doce tomos titulado «Mis gorjeos de baño favoritos», cuando su propio intestino grueso, en un desesperado esfuerzo por salvar la vida y la civilización, le saltó derecho al cuello y le estranguló.

La peor de todas las poesías pereció junto con su creadora, Paula Nancy Millstone Jennings, de Greenbridge, en Essex, Inglaterra, en la destrucción del planeta Tierra.

Prostetnic Vogon Jeltz esbozó una lentísima sonrisa. Lo hizo no tanto para causar impresión como para recordar la secuencia de movimientos musculares. Había lanzado un tremendo grito terapéutico a sus prisioneros, y ahora se encontraba muy relajado y dispuesto a cometer alguna pequeña crueldad.

Los prisioneros se sentaban en los sillones para la Apreciación de la Poesía: atados con correas. Los vogones no se hacían ilusiones respecto a la acogida general que recibían sus obras. Sus primeras incursiones en la composición formaban parte de una obstinada insistencia para que se les aceptara como una raza convenientemente culta y civilizada, pero ahora lo único que les hacía persistir era un puro retorcimiento mental.

El sudor corría fríamente por la frente de Ford Prefect, deslizándose por los electrodos fijados a sus sienes. Los electrodos estaban conectados a la batería de un equipo electrónico —intensificadores de imágenes, moduladores rítmicos, residualizadores aliterativos y demás basura—, proyectado para intensificar la experiencia del poema y garantizar que no se perdiera ni un solo matiz de la idea del poeta.

Arthur Dent temblaba en su asiento. No tenía ni idea de por qué estaba allí, pero sabía que no le gustaba nada de lo que había pasado hasta el momento, y no creía que las cosas fueran a cambiar.

El vogón empezó a leer un hediondo pasaje de su propia invención.

—¡Oh!, irrinquieta gruflebugle… —comenzó a relatar. Los espasmos empezaron a atormentar el cuerpo de Ford: era peor de lo que había imaginado.

—…tus micturadones son para mí / Como plurnas manchigraznas sobre una plívida abeja.

—¡Aaaaaaarggggghhhhhh! —exclamó Ford Prefect, torciendo la cabeza hacia atrás al sentirse golpeado por oleadas de dolor. A su lado veía débilmente a Arthur, que se bamboleaba reclinado en su asiento. Apretó los dientes.

—Groop, a ti te imploro —prosiguió el implacable vogón—, mi gándula bolarina.

Su voz se alzaba llegando a un tono horrible, estridente y apasionado.

—Y asperio me acolses con crujientes ligabujas, / O te rasgaré la verruguería con mi bérgano, ¡espera y verás!

—¡N­n­n­n­n­n­n­n­n­n­i­i­i­i­i­i­i­u­u­u­u­u­u­u­u­g­g­g­g­g­g­h­h­h­h­h! —gritó Ford Prefect, sufriendo un espasmo final cuando la ampliación electrónica del último verso le dio de lleno en las sienes. Perdió el sentido.

Arthur se arrellanó en el asiento.

—Y ahora, terráqueos… —zumbó el vogón, que ignoraba que Ford Prefect procedía en realidad de un planeta pequeño de las cercanías de Betelgeuse, aunque si lo hubiera sabido no le habría importado—, os presento una elección sencilla. O morir en el vacío del espacio, o… —hizo una pausa para producir un efecto melodramático— decirme qué os ha parecido mi poema.

Se recostó en un enorme sillón de cuero con forma de murciélago y los contempló. Volvió a sonreír como antes. Ford trataba de tomar aliento. Se pasó la lengua seca por los ásperos labios y lanzó un quejido.

—En realidad, a mí me ha gustado mucho —manifestó Arthur en tono vivaz. Ford se volvió hacia él con la boca abierta. Era un enfoque que no se le había ocurrido.

El vogón enarcó sorprendido una ceja que le oscureció eficazmente la nariz, y por lo tanto no era mala cosa.

— ¡Pero bueno…! —murmuró con perplejidad considerable.

—Pues sí —dijo Arthur—, creo que ciertas imágenes metafísicas tienen realmente una eficacia singular.

Ford siguió con la vista fija en él, ordenando sus ideas con lentitud ante aquel concepto totalmente nuevo. ¿Iban a salir de aquello por la cara?

—Sí, continúa… —le invitó el vogón.

—Pues…, y, hmm…, también hay interesantes ideas rítmicas —prosiguió Arthur—, que parecen el contrapunto de…, hmm… hmm…

Titubeó.

Ford acudió rápidamente en su ayuda, sugiriendo:

—…el contrapunto del surrealismo de la metáfora fundamental de… hmm…

Titubeó a su vez, pero Arthur ya estaba listo de nuevo:

—…la humanidad del…

—La vogonidad —le sopló Ford.

—¡Ah, sí! La vogonidad, perdón, del alma piadosa del poeta —Arthur sintió que estaba en la recta final—, que por medio de la estructura del verso procura sublimar esto, trascender aquello y reconciliarse con las dicotomías fundamentales de lo otro distaba alcanzando un crescendo triunfal, y uno se queda con una vívida y profunda intuición de… de… hmm…

Y de pronto le abandonaron las ideas. Ford se apresuró a dar el coup de grâce:

—¡De cualquiera que sea el tema de que trate el poema! —gritó; y con la comisura de la boca, añadió—: Bien jugado, Arthur, eso ha estado muy bien.

El vogón los estudió. Por un momento se emocionó su exacerbado espíritu racial, pero pensó que no: era un poquito demasiado tarde. Su voz adoptó el timbre de un gato que arañara nailon pulido.

—De manera que afirmáis que escribo poesía porque bajo mi apariencia de maldad, crueldad y dureza, en realidad deseo que me quieran —dijo. Hizo una pausa—. ¿Es así?

—Pues yo diría que sí —repuso Ford, lanzando una carcajada nerviosa—. ¿Acaso no tenemos todos en lo más profundo, ya sabe… hmm…?

El vogón se puso en pie.

—Pues no, estáis completamente equivocados —afirmó—. Escribo poesía únicamente para complacer a mi apariencia de maldad, crueldad y dureza. De todos modos, os voy a echar de la nave. ¡Guardia! ¡Lleva a los prisioneros a la antecámara de compresión número tres y échalos fuera!

—¡Cómo! —gritó Ford.

Un guardia vogón, joven y corpulento, se acercó a ellos y les desató las correas con sus enormes brazos gelatinosos.

—¡No puede echarnos al espacio —gritó Ford—, estamos escribiendo un libro!

—¡La resistencia es inútil! —gritó a su vez el guardia vogón. Era la primera frase que había aprendido cuando se alistó al Cuerpo de Guardia vogón.

El capitán observó la escena con despreocupado regocijo y luego les dio la espalda.

Arthur miró a su alrededor con ojos enloquecidos.

—¡No quiero morir todavía! —gritó—. ¡Aún me duele la cabeza, estaré de mal humor y no lo disfrutaré!

El guardia los sujetó firmemente por el cuello, hizo una reverencia a la espalda de su capitán, y los sacó del puente sin que dejaran de protestar. La puerta de acero se cerró y el capitán quedó solo de nuevo. Canturreó en voz baja y se puso a reflexionar, hojeando ligeramente su cuaderno de versos.

—Hmmm… —dijo—, el contrapunto del surrealismo de la metáfora fundamental… —lo consideró durante un momento y luego cerró el libro con una sonrisa siniestra.

—La muerte es algo demasiado bueno para ellos —sentenció.

El largo corredor forrado de acero recogía el eco del débil forcejeo de los dos humanoides, bien apretados bajo las elásticas axilas del vogón.

—Es magnífico —farfulló Ford—, realmente fantástico. ¡Suéltame, bestia!

El guardia vogón siguió arrastrándolos.

—No te preocupes —dijo Ford en tono nada esperanzador—. Ya se me ocurrirá algo.

—¡La resistencia es inútil! —chilló el guardia.

—No digas eso —tartamudeó Ford—. ¿Cómo se puede mantener una actitud mental positiva si dices cosas así?

—¡Por Dios! —Protestó Arthur—. Hablas de una actitud mental positiva, y ni siquiera han demolido hoy tu planeta. Al despertarme esta mañana, pensé que iba a pasar el día tranquilo y relajado, que leería un poco, cepillaría al perro… ¡Ahora son más de las cuatro de la tarde y están a punto de echarme de una nave espacial a seis años-luz de las humeantes ruinas de la Tierra!

El vogón apretó su presa y Arthur dejó escapar gorgoritos y balbuceos.

—¡De acuerdo —convino Ford—, pero deja de asustarte!

—¿Quién ha dicho nada de asustarse? —replicó Arthur—. Esto no es más que una conmoción cultural. Espera a que me acostumbre a la situación y comience a orientarme. ¡Entonces empezaré a asustarme!

—Te estás poniendo histérico, Arthur. ¡Cierra el pico!

Ford hizo un esfuerzo desesperado por pensar, pero le interrumpió el guardia, que gritó otra vez:

—¡La resistencia es inútil!

—¡Y tú también podrías callarte la boca! —le replicó Ford.

—¡La resistencia es inútil!

—¡Pero déjalo ya!

Ford torció la cabeza hasta que pudo mirar de frente al rostro de su captor. Se le ocurrió una idea.

—¿De veras te gustan estas cosas? —le preguntó de pronto.

El vogón se detuvo en seco y una expresión de enorme estupidez se deslizó poco a poco por su cara.

—¿Que si me gustan? —bramó—. ¿Qué quieres decir?

—Lo que quiero decir —le explicó Ford—, es que si te llena de satisfacción el ir pisando fuerte por ahí, dando gritos y echando a la gente de naves espaciales…

El vogón miró fijamente al bajo techo de acero y sus cejas casi se montaron una encima de otra. Se le aflojó la boca.

—Pues el horario es bueno…

—Tiene que serlo —convino Ford.

Arthur torció el cuello por completo para mirar a Ford.

—¿Qué intentas hacer, Ford? —le preguntó con un murmullo de perplejidad.

—Sólo trato de interesarme en el mundo que me rodea, ¿conforme? —le contestó y siguió diciéndole al vogón—: De modo que el horario es muy bueno…

El vogón bajó la vista hacia él mientras pensamientos perezosos giraban tumultuosamente en sus lóbregas profundidades.

—Sí —dijo—, pero ahora que lo mencionas, la mayor parte del tiempo resulta bastante asqueroso. Salvo… —volvió a pensar, lo que exigía mirar al techo—, salvo algunos gritos que me gustan mucho.

Se llenó de aire los pulmones y bramó:

—¡La resistencia es…!

—Sí, claro —le interrumpió Ford a toda prisa—; eso lo haces muy bien, te lo aseguro. Pero en su mayor parte es asqueroso —dijo con lentitud, dando tiempo a las palabras para que llegasen a su objetivo—. Entonces, ¿por qué lo haces? ¿A qué se debe? ¿A las chicas? ¿A la zurra? ¿Al machismo? ¿O simplemente crees que el acomodarse a ese estúpido hastío presenta un desafío interesante?

Arthur miró desconcertado de un lado para otro.

—Hmm… —dijo el guardia—, hmm… hmm…, no sé. Creo que en realidad… me limito a hacerlo. Mi tía me dijo que ser guardia de una nave espacial era una buena carrera para un joven vogón; ya sabes, el uniforme, la cartuchera de la pistola de rayos paralizantes, que se lleva muy baja, el estúpido hastío…

—Ahí tienes, Arthur —dijo Ford con aire del que llega a la conclusión de su argumento—, y creías que tú tenías problemas.

Arthur pensó que sí los tenía. Aparte del asunto desagradable que le había ocurrido a su planeta, el guardia vogón ya le había medio estrangulado, y no le gustaba mucho la idea de que lo arrojaran al espacio.

—Procura entender su problema —insistió Ford—. Ahí tienes a este pobre muchacho, cuyo trabajo de toda la vida consiste en andar pisando fuerte por ahí, echando a gente de naves espaciales.

—Y dando gritos —añadió el guardia.

—Y dando gritos, claro —repitió Ford, y dio unos golpecitos al brazo gelatinoso que le apretaba el cuello con simpática condescendencia—. ¡Y ni siquiera sabe por qué lo hace!

Arthur convino en que era muy triste. Lo expresó con un gestito débil, porque estaba muy asfixiado para poder hablar.

El guardia lanzó unos profundos gruñidos de estupefacción.

—Pues ahora que lo dices, supongo…

—¡Buen chico! —le animó Ford.

—De acuerdo —continuó con sus gruñidos—, ¿y qué remedio me queda?

—Pues —dijo Ford, animándose pero alargando las palabras— dejar de hacerlo, por supuesto. Diles que ya no volverás a hacerlo más.

Pensó que debería añadir algo más, pero de momento parecía que el guardia tenía la mente muy ocupada meditando sus palabras.

—H­h­u­u­u­u­u­u­m­m­m­m­m­m­m­m­m­m­m­m­m­m­m… —dijo el guardia— hum…, pues eso no me suena muy bien.

De pronto, Ford sintió que se le escapaba la oportunidad.

—Pero espera un momento —le apremió—, eso es sólo el principio, ¿comprendes?; la cosa no es tan sencilla como crees…

Pero en ese momento el guardia volvió a afianzar su presa y continuó con su primitiva intención de llevarlos a rastras a la esclusa neumática. Era evidente que estaba muy afectado.

—No; creo que si os da lo mismo —les dijo—, será mejor que os meta en esa antecámara de compresión y luego me vaya a dar otros cuantos gritos que tengo pendientes.

A Ford Prefect no le daba lo mismo en absoluto.

—¡Pero venga… oye! —dijo, menos animado y con menos lentitud.

—¡Aahhhhgggggggnnnnnn! —dijo Arthur con una inflexión nada clara.

—Pero espera —insistió Ford—, ¡todavía tengo que hablar de la música, del arte y de otras cosas! ¡Uuuuuffffff!

—¡La resistencia es inútil! —bramó el guardia, y luego añadió—: Mira, si sigo en esto, dentro de un tiempo puede que me asciendan a Jefe de Gritos, y no suele haber muchas plazas vacantes de agentes que no griten ni empujen a la gente, de manera que, según me parece, será mejor que siga haciendo lo que sé.

Ya habían llegado a la esclusa neumática: una escotilla ancha y circular de acero macizo, fuerte y pesada, abierta en el revestimiento interior de la nave. El guardia manipuló un mando y la escotilla se abrió con suavidad.

—Pero muchas gracias por vuestro interés —les dijo el guardia vogón—. Adiós.

Arrojó a Ford y a Arthur por la escotilla a la pequeña cabina interior.

Arthur cayó jadeando al suelo. Ford se volvió tambaleante y arremetió inútilmente con el hombro contra la escotilla que se cerraba de nuevo.

—¡Pero oye —le gritó al guardia—, hay todo un mundo del que tú no sabes nada! Escucha, ¿qué te parece esto?

Desesperado, recurrió a la única manifestación de cultura que le vino espontáneamente a la cabeza: el primer acorde de la Quinta de Beethoven.

—¡Da da da dum! ¿No despierta eso nada en ti?

—No —contestó el guardia—, nada en absoluto. Pero se lo diré a mi tía.

Si después de eso añadió algo más, no se oyó. La escotilla se cerró completamente y desaparecieron todos los ruidos salvo el leve y distante zumbido de los motores de la nave.

Se encontraban en una cámara cilíndrica, brillante y pulida de unos dos metros de ancho por tres de largo.

Ford miró a su alrededor, sofocado.

—Creí que era un tipo inteligente en potencia —dijo, desplomándose contra la pared curva.

Arthur seguía tumbado en el suelo combado, en el mismo sitio donde había caído. No levantó la vista. Sólo se quedó tumbado, jadeando.

—Ahora estamos atrapados, ¿verdad?

—Sí —admitió Ford—, estamos atrapados.

—¿Y no se te ha ocurrido nada? Creí que habías dicho que ibas a pensar algo. Tal vez lo hayas hecho y yo no me he dado cuenta.

—Claro que sí, se me ha ocurrido algo —jadeó Ford. Arthur lo miró, expectante.

—Pero desgraciadamente —prosiguió Ford—, tendríamos que estar al otro lado de esa esclusa neumática.

Dio una patada a la escotilla por donde acababan de entrar.

—Pero ¿de verdad era una buena idea?

—Claro que sí, muy buena.

—¿Y de qué se trataba?

—Pues todavía no había elaborado los detalles. Ahora ya no importa mucho, ¿verdad?

—Entonces…, hmm, ¿qué va a ocurrir ahora?

—Pues… hmmm, dentro de unos momentos se abrirá automáticamente esa escotilla de enfrente, y supongo que saldremos disparados al espacio profundo y nos asfixiaremos. Si nos llenamos de aire los pulmones, tal vez podamos durar treinta segundos… —dijo Ford.

Se puso las manos a la espalda, enarcó las cejas y empezó a canturrear un antiguo himno de batalla betelgeusiano. De pronto, a los ojos de Arthur, parecía tener un aspecto muy extraño.

—Así que ya está —dijo Arthur—, vamos a morir.

—Sí —admitió Ford—; a menos que, ¡no! ¡Espera un momento! —De pronto se abalanzó por la cámara hacia algo que estaba detrás de la línea de visión de Arthur—. ¿Qué es ese interruptor?

—¿Cuál? ¿Dónde? —gritó Arthur, dándose la vuelta.

—No, sólo estaba bromeando —confesó Ford—; al final, vamos a morir.

Volvió a desplomarse contra la pared y siguió con la melodía por donde la había interrumpido.

—¿Sabes una cosa? —le dijo Arthur—; en ocasiones como ésta, cuando estoy atrapado en una escotilla neumática vogona con un habitante de Betelgeuse y a punto de morir asfixiado en el espacio profundo, realmente desearía haber escuchado lo que me decía mi madre cuando era joven.

—¡Vaya! ¿Y qué te decía?

—No lo sé; no la escuchaba.

—Ya.

Ford siguió canturreando.

«Esto es horrible —pensaba Arthur para sí—, todo lo que queda soy yo y las palabras “Fundamentalmente inofensiva”. Y dentro de unos segundos lo único que quedará será “Fundamentalmente inofensiva”. Y ayer el planeta parecía ir tan bien…» Zumbó un motor.

Se oyó un leve silbido que se convirtió en un rugido ensordecedor al penetrar el aire por la escotilla exterior, que se abrió a un negro vacío salpicado de diminutos puntos luminosos, increíblemente brillantes. Ford y Arthur salieron disparados al espacio exterior como corchos de una pistola de juguete.

Cuento de Ray Bradbury: “El enano”

 

 

AIMEE OBSERVÓ EL CIELO, serenamente.

La noche era una de esas noches de verano calurosas e inmóviles. El muelle de cemento estaba desierto; las lámparas eléctricas en hilera, rojas, verdes, amarillas, ardían como insectos en el aire sobre las maderas desnudas. Los encargados de los distintos kioscos de la feria estaban de pie, como muñecos de cera derretida, los ojos ciegamente fijos, sin hablar, todo a lo largo de la calle. Dos clientes habían pasado una hora antes. Esas dos criaturas solitarias estaban ahora en la rueda de la muerte, aullando cuando la rueda bajaba como una sonda en la noche encendida, dando vueltas y vueltas en el vacío.

Aimee cruzó lentamente la playa con unas gastadas anillas de madera pegadas a las manos húmedas. Se detuvo detrás de la casilla de billetes del Laberinto de Espejos. Se vio a sí misma grotescamente desfigurada en tres espejos ondulados fuera del Laberinto. Más allá, en el pasillo, se desvanecían mil fatigadas réplicas de sí misma: imágenes de calor entre tanta clara frescura.

Entró en la casilla y se quedó mirando largo rato el delgado pescuezo de Ralph Baughart. El hombre apretaba un cigarro apagado entre los dientes largos, amarillos e irregulares y extendía unos naipes gastados sobre el estante de la casilla.

Cuando la rueda de la muerte gimió y cayó otra vez en su terrible derrumbe, Aimee pensó que había llegado el momento de hablar.

—¿Qué clase de gente sube a la rueda?

Ralph Baughart mordisqueó el cigarro treinta segundos.

—Gente que quiere morir. Esa rueda es el aparato de muerte más accesible.— Baughart se quedó escuchando los débiles sonidos del rifle en la galería de tiro.— Todo este condenado negocio de la feria es una locura. Por ejemplo, ese enano, ¿lo viste? Todas las noches deja aquí su moneda y entra corriendo en el Laberinto de los Espejos y no para hasta el cuarto de Louies el Retorcido. Hubieras visto allí su cabecita de muñón. ¡Dios mío!

—Oh sí —dijo Aimee recordando—. Me pregunto siempre cómo se sentirá un enano. Me da lástima cada vez que lo veo.

—Podría arrugarlo como un acordeón.

—¡Por favor!

—Dios. —Ralph le palmeó un muslo a Aimee con la mano libre.— Cómo te preocupas por gentes que no conoces. —Meneó la cabeza y rió entre dientes.— El enano y su secreto. Sólo que él no sabe que yo sé, ¿entiendes? ¡Ah, muchacha!

Aimee sacudió nerviosamente los aros de madera que tenía en las manos húmedas.

—Hace calor esta noche.
—No cambies de tema. Vendrá, con lluvia o con sol.

Aimee se apoyó sobre el otro pie.

Ralph la tomó por el codo.

—¡Eh! ¿Estás loca? Quieres ver al enano, ¿no es cierto? ¡Quieta! —Ralph se volvió.— ¡Ahí viene!

La mano del enano, velluda y oscura, apareció como una mano independiente, y alcanzó la ventanilla con la moneda de plata.

—¡Una! —dijo la persona invisible, de aguda voz de niño.

Involuntariamente, Aimee se inclinó hacia adelante.

El enano la miró abriendo los ojos, y pareció como si fuese sólo un hombre feo, de pelo oscuro, ojos oscuros, que había sido metido en una prensa de uva, y estrujado y amasado, apretujado y plegado, agonía sobre agonía, hasta quedar reducido a una masa estropeada y descolorida, una cara abotagada e informe, una cara que despertará con los ojos muy abiertos a las dos, las tres y las cuatro de la mañana, derrumbada sobre la cama, mientras sólo el cuerpo duerme.

Ralph rompió en dos un billete amarillo.

—¡Una!

El enano, como asustado por una tormenta próxima, se subió las negras solapas de la chaqueta, cubriéndose el cuello, y se alejó rápidamente, balanceándose. Un momento después, diez mil enanos extraviados y errantes se retorcían en las superficies de los espejos, como frenéticas cucarachas oscuras, y al fin desaparecían.

—¡Deprisa!

Ralph empujó a Aimee a lo largo de un oscuro pasillo detrás de los espejos, palmeándole la espalda, retrocediendo por el túnel hasta un delgado tabique con un orificio.

—Es una maravilla —rió Ralph entre dientes—. Vamos…, mira. Aimee titubeó, luego acercó la cara al tabique.
—¿Lo ves? —susurró Ralph.

Aimee sintió cómo le golpeaba el corazón. Pasó un minuto. Allí estaba el enano, en medio del cuartillo azul. Tenía los ojos cerrados. Aún no estaba preparado para abrirlos. Ahora, ahora abrió los ojos y miró el espejo alto, y sonrió. Parpadeó, brincó, se puso de perfil, hizo una reverencia y bailó torpemente.

Y el espejo repitió todos los movimientos con un cuerpo alto y delgado, con una enorme mueca y una vasta repetición del baile, que terminó en un gigantesco saludo.

—Todas las noches lo mismo —susurró Ralph en el oído de Aimee—, ¿no es una maravilla?

Aimee volvió la cabeza y miró fijamente a Ralph, un largo rato, y no dijo nada. Luego, como si no pudiera dominarse, movió la cabeza lentamente, muy lentamente, para mirar otra vez por el orificio. Retuvo el aliento. Sintió que se le humedecían los ojos.

Ralph le dio un codazo, susurrando.

—Eh, ¿qué hace el tipejo ahora?

Una hora más tarde bebían café en la casilla de los billetes, sin mirarse, cuando el enano salió de los espejos. Se sacó el sombrero y se acercó a la casilla, pero cuando vio a Aimee se alejó rápidamente.

—Quería algo —dijo Aimee.

—Sí. —Ralph aplastó ociosamente el cigarrillo.— Y sé qué quería. Pero no se atrevió a preguntar. Una noche me dijo con esa vocecita chillona: «Apuesto a que esos espejos son caros». Bueno, me hice el tonto. Dije que sí, que eran caros. El enano me miró como esperando, y yo no abrí la boca y él se fue a su casa, pero a la noche siguiente dijo: «Apuesto a que esos espejos cuestan cincuenta, cien dólares». Apuesto a que sí, dije. Y tendí las cartas para un solitario.

—Ralph —dijo Aimee.
Ralph abrió los ojos.
—¿Por qué me miras de ese modo?
—Ralph, ¿por qué no le vendes uno de tus espejos extra?
—Oye, Aimee, ¿te digo yo cómo tienes que manejar tu galería de anillas? —¿Cuánto cuestan esos espejos?
—Puedo conseguirlos de segunda mano a treinta y cinco dólares.
—¿Por qué no le dices entonces dónde puede comprarse uno?

—Aimee, no eres inteligente. —Ralph puso una mano en la rodilla de Aimee. La muchacha apartó la rodilla.— Aunque le diga dónde puede ir, ¿crees que se comprará uno? Nunca. ¿Y por qué? Porque es orgulloso. Si supiera que yo lo veo delante del espejo, en el cuarto de Louies, no vendría nunca más. Finge que entra en el Laberinto para divertirse, como los otros. Pretende que no le importa ese cuarto especial. Espera siempre a que los negocios marchen más en la feria, en las últimas horas de la noche, y así tiene el cuarto para él solo. Sabe Dios con qué se entretiene los días que viene mucha gente. No, señor, no se atreverá a comprarse ningún espejo, en ninguna parte. No tiene amigos, y aunque los tuviera no les pediría que le compraran una cosa como ésa. Orgullo, por Dios, orgullo. Si me lo preguntó a mí es sólo porque no conoce prácticamente a ningún otro. Además, míralo: no tiene bastante para comprarse un espejo. Podría ahorrar, pero hoy no hay mucho sitio para un enano. No hay exceso de demanda, fuera de los circos.

—Me siento mal, me siento triste. —Aimee se quedó mirando la plataforma vacía.— ¿Dónde vive?

—En una trampa para moscas, cerca de los muelles. Los Brazos del Ganges. ¿Por qué?

—Estoy sencillamente enamorada de él, ya que lo preguntas. Ralph mostró los dientes que apretaban el cigarro.
—Tú y tus graciosísimos chistes.

 

Una noche cálida, una mañana calurosa y un mediodía ardiente. El mar era una lámina de lentejuelas y vidrio fundido.

Aimee llegó caminando por los callejones cerrados de la feria, a orillas del mar tibio, buscando la sombra, llevando bajo el brazo media docena de revistas blanqueadas por el sol. Abrió una puerta descascarada y llamó en la cálida oscuridad.

—¿Ralph? —Fue por el pasillo negro detrás de los espejos, taconeando sobre el piso de madera.—¿Ralph?

Alguien se movió perezosamente en el catre de lona.

—¿Aimee?

Ralph se sentó y enroscó una lámpara débil sobre la mesa de tocador.

Miró a Aimee, entornando los ojos.

—¡Eh! Pareces el gato que se comió al canario.

—Ralph, vine a hablarte del hombrecito.

—Del enano, querida Aimee, del enano. Un hombrecito nace así, pequeño. Un enano es cuestión de glándulas.

—¡Ralph! He descubierto algo maravilloso de ese , hombre.

—Dios santo —dijo Ralph mirándose las manos, abriéndolas como testigos de su propia incredulidad—. ¡Esta mujer! Quién diablos da dos centavos por un horrible…

—¡Ralph! —Aimee mostró las revistas. Le brillaban los ojos.— ¡Es un escritor! ¡Piénsalo!

—Hace demasiado calor para pensar.

Ralph se tendió en el catre y se quedó mirando a Aimee, sonriendo débilmente.

—Pasaba casualmente por Los Brazos del Ganges y lo vi al señor Greeley, el gerente. Me contó que en el cuarto del señor Big1 la máquina suena toda la noche.

Ralph estalló en carcajadas.

—¿Se llama así?

—Escribe cuentos policiales, y eso le alcanza para vivir. Encontré uno de sus cuentos en el kiosco de revistas de segunda mano, ¿y sabes una cosa, Ralph?

—Estoy cansado, Aimee.

—Este hombrecito tiene un alma del tamaño del mundo. ¡No le falta nada en la cabeza!

—¿Por qué no escribe entonces para revistas importantes, eh?

—Quizá porque tiene miedo. Quizá porque no sabe que puede. Ocurre a menudo. La gente no cree en sí misma. Pero apuesto a que si lo intentase podría venderle cuentos a cualquiera.

—¿Cómo no es rico?

1 Grande

—Quizá porque las ideas le vienen despacio, pues anda siempre deprimido. ¿Quién no lo estaría, siendo tan pequeño? Apuesto a que le cuesta dejar de pensar en que es pequeño y vive en una habitación barata.

—¡Diablos! —gruñó Ralph—. Hablas como la abuela de Florence Nightingale.

Aimee abrió la revista.

—Te leeré parte del cuento. Hay tiros y gente dura, pero está contado por un enano. Pienso que los editores no sospecharon que el autor no inventaba. Oh, por favor, no te quedes así, Ralph. Escucha.

Aimee empezó a leer en voz alta.

Soy un enano y soy un asesino. Ambos términos son inseparables. Soy un asesino porque soy un enano.

El hombre a quien yo asesiné acostumbraba detenerme en la calle cuando yo tenía veintiún años, me alzaba en brazos, me besaba la frente, me cantaba una canción de cuna, me llevaba a la carnicería, me ponía en la balanza y gritaba: «¡Mira, pesa menos que tu pulgar, carnicero!».

Ve usted cómo nuestras vidas se encaminaban al crimen. ¡Este idiota, este perseguidor de mi carne y de mi alma!

En cuanto a mi infancia: mis padres eran pequeños, pero no enanos de veras, de ningún modo. Vivíamos en la casa de mi padre, una casa de muñecas, algo asombroso que se parecía a una tarta de bodas coruscante: cuartitos, sillitas, cuadros en miniatura, camafeos, bolitas de ámbar con insectos dentro, todo minúsculo, ¡diminuto!

El mundo de los gigantes estaba lejos; era un rumor desagradable más allá de la pared del jardín. ¡Pobre papá! ¡Pobre mamá! Sólo querían lo mejor para mí. Me guardaban para ellos como un florero de porcelana pequeño y valioso, en ese mundo de hormigas, los cuartos de colmena, la biblioteca microscópica, el país de las puertas de escarabajo y ventanas de polilla. Sólo ahora entiendo la desmesurada psicosis de mis padres. Pensaban quizá que vivirían siempre, conservándome como una mariposa en una caja de vidrio. Pero primero murió mi padre, y luego un incendio devoró la casita, el nido de avispas, y todos los espejos de sellos postales y los armarios de dedal. Mamá también desapareció. Y yo, solo, mirando las brasas que se apagaban, me encontré arrojado a un mundo de monstruos y titanes, preso en el terreno resbaladizo de la verdad, arrastrado, empujado y aplastado al pie de la montaña.

Tardé un año en acostumbrarme. El trabajo en una feria parecía inconcebible. No encontraba sitio para mí en el mundo. Y luego, hace un mes, el Perseguidor entró en mi vida, me calzó un bonete en la cabeza inocente, y les gritó a los amigos: ¡Quiero presentarles a la mujercita!

Aimee dejó de leer. Miró a un lado y a otro. Le temblaba la mano, y le alcanzó a Ralph la revista.

—Termina tú. El resto es una historia policial. Está muy bien. Pero ¿no te das cuenta? Ese hombrecito…

Ralph tiró la revista a un lado y encendió perezosamente un cigarrillo.

—Prefiero las novelas del Oeste.

—Ralph, tienes que leerlo. Necesita que alguien le diga qué bueno es, y lo anime a escribir más.

Ralph miró a la muchacha, ladeando la cabeza.

—¿Y a que no sabes quién se lo dirá? Bueno, bueno. Ahora somos la mano derecha del Salvador.

—¡Cállate!

—Piensa un poco, maldición. Si lo elogias creerá que le tienes lástima. Te gritará y te echará del cuarto.

Aimee se sentó y pensó un momento, tratando de ver todas las caras del problema.

—No sé. Quizá tengas razón; oh, pero no es sólo lástima, de veras, Ralph. Aunque quizás a él le parezca eso. Habrá que tener mucho cuidado.

Ralph tomó a la muchacha por el hombro y la sacudió pellizcándola suavemente.

—Diablos, diablos. Déjalo. No te pido más. No sacarás nada en limpio, sólo dificultades. ¡Dios, Aimee, nunca te vi tan terca! Mira, pasemos el día juntos, tú y yo. Almorzamos, compramos gasolina y nos vamos por la costa lo más lejos posible; nadamos, cenamos, vemos algún buen espectáculo en un pueblo cualquiera… Al diablo con la feria. ¿Qué te parece? Todo un día sin preocupaciones. Tengo ahorrados un par de dólares…

—Claro, no puedo olvidar que él es diferente —dijo Aimee mirando la oscuridad—. Es algo que nosotros no seremos nunca, tú y yo, y toda la gente de la costa. Qué gracioso. La vida lo condenó a ser espectáculo de feria, y sin embargo ahí está, pisando tierra firme. Y la vida nos preparó a nosotros para que no tuviésemos que trabajar en las ferias, pero aquí estamos, sin embargo, en un muelle asomado al mar. A veces parece que nos encontramos a un millón de kilómetros de la costa. ¿Cómo se explica, Ralph, que nosotros tengamos los cuerpos y él el cerebro, y que se le ocurran cosas que nunca sospechamos?

—¡No oíste nada de lo que dije! —exclamó Ralph.

Aimee tenía los ojos entornados y retorcía las manos sobre el regazo. Alzó la cabeza hacia Ralph que se había puesto de pie, y hablaba como desde muy lejos:

—No me gusta esa expresión astuta que tienes.

Aimee abrió el bolso lentamente, sacó un rollo de billetes y se puso a contar.

—Treinta y cinco, cuarenta. Bien. Llamaré por teléfono a Billie Fine y le pediré que le mande uno de esos espejos altos al señor Bigelow, a Los Brazos del Ganges. Sí, lo haré.

—¿Qué dices?

 

—Piensa qué maravilloso será para él, Ralph, tenerlo en su propio cuarto, y mirarse cuantas veces quiera. ¿Puedo usar tu teléfono?

—Adelante, vuélvete loca.

Ralph se volvió rápidamente y se alejó por el túnel. Una puerta se cerró de golpe.

Aimee esperó; luego, al cabo de un rato, alargó la mano hacia el teléfono y empezó a llamar, con una lentitud dolorosa. Hacía una pausa entre un número y otro, conteniendo el aliento, cerrando los ojos, pensando cómo se sentiría uno siendo pequeño en el mundo, y que luego alguien le enviara a uno un espejo especial. Un espejo para el cuarto donde uno podía ocultarse con la propia imagen luminosa aumentada, y escribir cuentos y cuentos, sin salir al mundo sino cuando era indispensable. Cómo sería estar, sólo entonces, con toda la maravillosa ilusión en el cuarto. ¿Se sentiría uno feliz o triste? ¿Ayudaría eso a escribir, o sería un nuevo impedimento? Sacudió la cabeza hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás. De este modo por lo menos no habría ningún testigo espiando. Noche tras noche, quizá levantándose secretamente a las tres de la fría madrugada, uno podía guiñarse un ojo y bailar y sonreír y saludarse, alto, tan alto, tan hermoso y alto en el espejo brillante.

Una voz en el teléfono dijo: —Billie Fine.
—¡Oh, Billie! —gritó Aimee.

La noche cayó sobre el muelle. El océano yacía oscuro y ruidoso bajo las tablas. Ralph, frío y de cera en el ataúd de cristal —los ojos fijos y la boca dura—, echaba las cartas. Una pirámide de colillas crecía junto al codo del hombre. Cuando Aimee llegó a la luz caliente de las lámparas rojas y azules, sonriendo, saludando con la mano, Ralph siguió poniendo las cartas en la mesa, muy lentamente.

—¡Hola, Ralph! —dijo Aimee.

—¿Cómo anda ese asunto amoroso? —le preguntó Ralph sorbiendo un vaso sucio de agua helada—. ¿Cómo está Charles Boyer? ¿O es Cary Grant?

—Acabo de comprarme un sombrero nuevo —dijo la joven, sonriendo—. Dios, ¡qué bien me siento! ¿Sabes por qué? ¡Billie Fine le enviará un espejo mañana! ¿No te imaginas ya la carita del hombrecito?

—No tengo mucha imaginación.

—Oh, Dios mío, hablas como si fuera a casarme con él.

—¿Por qué no? Puedes llevarlo a todas partes en una maleta. La gente pregunta: ¿Dónde está tu marido? Y tú abres la valija y gritas: ¡Aquí está!, como si fuera una corneta de plata. Lo sacas del recipiente cuando te dé la gana, tocas una melodía, lo guardas de nuevo y le pones un cajón de arena en el porche de atrás.

—Me sentía tan bien… —dijo Aimee.

—El mundo es benévolo —dijo Ralph apretando la boca, sin mirarla—. Be— né—vo—lo. Supongo que todo esto empezó cuando yo lo espiaba por ese agujero, matándome de risa. ¿Por eso mandaste el espejo? La gente como tú me ronda siempre con músicas devotas, quitándome toda alegría.

—Recuérdame que no te visite nunca más, pidiéndote que me invites a una copa. Prefiero andar sola que mal acompañada.

Ralph emitió un largo suspiro.

—Aimee, Aimee. ¿No entiendes que no puedes ayudarlo? Está chiflado. Y esa ocurrencia disparatada que has tenido es como decirle: Adelante, sigue siendo un chiflado, yo te ayudaré.

—Es bueno equivocarse una vez en la vida, si crees que le haces bien a alguien —dijo Aimee.

—Dios me libre de los que hacen bien, Aimee.

—¡Basta, basta! —gritó Aimee, y en seguida calló.

Ralph guardó silencio unos minutos, y al fin se incorporó apartando el vaso donde había marcas de dedos.

—¿Me atiendes la casilla un rato?

—Claro, ¿por qué?

Aimee vio diez imágenes blancas y frías de Ralph que se alejaban por los pasillos vítreos, entre espejos, imágenes de bocas duras y dedos que se movían nerviosamente.

Se quedó sentada en la casilla un minuto, escuchando el tictac de un reloj, y luego, de pronto, se estremeció. Volvió los naipes cara arriba, uno a uno, esperando. Un martillo golpeaba una y otra vez, lejos, en el interior del Laberinto; un silencio, otra espera, y luego diez mil imágenes que se plegaban y desplegaban y desaparecían.

Ralph paseándose, mirando diez mil imágenes en la casilla. Aimee oyó la risa débil de Ralph que subía por la rampa.

—Bueno, ¿qué te ha puesto de tan buen humor? —preguntó, inquieta.

—Aimee —dijo Ralph descuidadamente—, no nos peleemos. ¿Dijiste que Billie Fine le mandará ese espejo al señor Big?

—No estarás planeando una broma.

—¿Yo? —Ralph sacó a Aimee de la casilla y tomó las cartas, canturreando, con los ojos brillantes.— No yo, oh no, no yo.

No la miró y se puso a barajar los naipes, rápidamente.

Aimee se quedó detrás de Ralph, y sintió un temblor en el párpado derecho. Cruzó y descruzó los brazos. Pasó un minuto. No se oían otros sonidos que el del océano debajo del muelle, la respiración de Ralph, el susurro de las cartas. Había calor en el cielo, y nubes espesas. Lejos, sobre el mar, asomaban los relámpagos.

—Ralph —dijo Aimee al fin.
—Calma, Aimee —dijo Ralph.
—¿Y el paseo que querías hacer por la costa?

 

—Mañana —dijo Ralph—. Quizás el mes próximo. Quizás el año próximo. El viejo Ralph Baughart tiene mucha paciencia. No estoy preocupado, Aimee, mira. — Extendió una mano.— Estoy tranquilo.

Aimee esperó a que el estruendo de un trueno se apagara sobre el mar.

—No quiero que te enojes, eso es todo. No quiero que pase nada malo, prométemelo.

El viento, ya caliente, ya frío, sopló a lo largo del muelle, trayendo un olor de lluvia. Se oyó el tictac del reloj. Aimee empezó a transpirar pesadamente, mirando cómo los naipes se movían y movían. A la distancia se oía el ruido de los proyectiles que daban en los blancos y los disparos de las pistolas en la galería.

Y entonces apareció.

Moviéndose como un pato, a lo largo del solitario concurso, bajo las lámparas de insectos, la cara retorcida y oscura, caminando trabajosamente. Avanzó así largo rato, observado por Aimee. La muchacha quería decirle: Es tu última noche, la última vez que sufrirás viniendo aquí, la última vez que Ralph te espiará. Tenía ganas de gritar y reírse y decírselo a Ralph en la cara. Pero calló.

—¡Hola, hola! —gritó Ralph—. ¡Hoy invita la casa! ¡Esta noche, gratis! ¡Función especial para los viejos clientes!

El enano alzó la cabeza, sorprendido, volviendo a un lado y a otro los ojos negros, confuso. Los labios se le movieron formando la palabra gracias, y se fue llevándose una mano al cuello, tironeándose de las solapitas, alzándolas para cubrirse la garganta convulsa y apretando secretamente la moneda con la otra mano. Mirando hacia atrás, asintió con un leve movimiento de cabeza, y en seguida una docena de caras reducidas y torturadas ardieron con un color oscuro y raro a la luz de las lámparas, y erraron por los corredores de vidrio.

—Ralph —Aimee lo tomó por el brazo—. ¿Qué pasa? Ralph mostró los dientes.
—Estoy siendo benévolo, Aimee. Benévolo.
—Ralph —dijo Aimee.

—Calla —dijo Ralph—. Escucha.
Esperaron dentro de la casilla en el silencio largo y cálido. Luego, lejos, apagado, un grito.
—¡Ralph! —dijo Aimee.
—¡Escucha! ¡Escucha! —dijo Ralph.

Hubo otro grito, y otro y luego otro, y una sacudida y un golpe y una rotura, y una huida por el laberinto. Allí, allí, chocando y rebotando, de espejo en espejo, chillando histéricamente y sollozando, con lágrimas en la cara, boquiabierto y jadeante, apareció el señor Bigelow. Salió de pronto al aire ardiente de la noche, mirando alrededor desordenadamente, lloriqueó y corrió muelle abajo.

—Ralph, ¿qué ocurrió?

 

Ralph se sentó riéndose y palmoteándose los muslos. Aimee lo abofeteó. —¿Qué hiciste?
Ralph reía, ahora entre dientes.
—Vamos. Te mostraré.

Y Aimee entró en el laberinto, y corrió entre los espejos calientes y blancos, mirándose la pintura de los labios, como un ruego rojo que se repetía mil veces en ardientes cavernas de plata, donde mujeres histéricas y raras, muy parecidas a ella misma, seguían a un hombre sonriente y rápido.

—¡Vamos! —gritaba el hombre.
Y los dos llegaron a un cuartito que olía a polvo. —¡Ralph! —dijo Aimee.

Los dos se detuvieron en el umbral del cuartito donde había estado el enano todas las noches, un año entero. Los dos se detuvieron donde el enano se había detenido todas las noches, antes de abrir los ojos y ver enfrente aquella imagen maravillosa.

Aimee entró lentamente, arrastrando los pies, en el cuartito sombrío.

Habían cambiado el espejo.

En el espejo nuevo la gente normal era pequeña, pequeña, pequeña; incluso la gente alta parecía pequeña y oscura y se encogía cada vez más cuando uno avanzaba, y Aimee se quedó allí pensando y pensando que si la gente grande parecía allí pequeña, Dios, qué le había hecho el espejo a un enano oscuro, a un enano sorprendido y solitario.

Se volvió trastabillando. Ralph la miró.
—Ralph —dijo la muchacha—. Dios, ¿por qué lo hiciste? —¡Aimee, vuelve!

Aimee escapó entre los espejos, llorando. Las lágrimas le nublaban los ojos y le costó encontrar la puerta, pero al fin salió. Miró parpadeando el muelle desierto, echó a correr en una dirección y luego en otra, y al fin se detuvo. Ralph apareció detrás, hablando, pero era como una voz que venía del otro lado de un muro, tarde, de noche, remota y extranjera.

—No me hables —dijo Aimee.

Alguien llegó corriendo por el muelle. Era el señor Kelly, de la galería de tiro.

—Eh, ¿no vieron a un hombrecito? ¡Acaba de robarme una pistola, cargada, y escapó antes que yo le pusiera la mano encima! ¿No me ayudan a buscarlo?

Y Kelly se fue de prisa, volviendo la cabeza, mirando entre las tiendas de lona, y desapareció bajo las lámparas brillantes, azules, rojas y amarillas.

Aimee se balanceó hacia adelante y hacia atrás y dio un paso.

—Aimee, ¿adonde vas?

Aimee miró a Ralph como si acabaran de doblar una esquina, dos extraños que pasan y chocan.

 

—Me parece —dijo— que voy a ayudar a buscar.

—No podrás hacer nada.

—Trataré, de todos modos. Oh, Dios, Ralph, todo esto es por mi culpa. ¡No debí telefonearle a Billie Fine! No debí encargarle el espejo, y enojarte tanto como para que hicieras lo que hiciste. No debí ir a la habitación del señor Big, ni comprar esa cosa loca. Voy a encontrarlo, aunque sea lo último que yo pueda hacer en la vida.

Volviéndose lentamente, con las mejillas húmedas, vio los espejos ondulados que se alzaban frente al Laberinto. La imagen de Ralph se reflejaba en un espejo, y Aimee no podía apartar los ojos. Miraba con una desaprensiva y temblorosa fascinación, boquiabierta.

—Aimee, ¿qué ocurre? ¿Qué estás…?
Ralph torció el cuerpo mirando hacia donde miraba Aimee. Se sobresaltó. Frunció el ceño ante el espejo enceguecedor.

Un hombrecito feo, horrible, de medio metro de alto, de cara pálida y aplastada bajo un viejo sombrero de paja, le devolvió la mirada frunciendo el ceño. Ralph se quedó allí inmóvil, mirándose fijamente, furioso, las manos caídas a los costados.

Aimee caminó lentamente, y luego apresuró el paso, y luego echó a correr. Corrió por el muelle desierto. El viento caliente sopló, echándole encima gotas de lluvia cálida, continuamente, mientras ella corría.

 

Cuento de José Leandro Urbina: “Visión”

 

“Quiere que le diga sinceramente, Villalobos”, recuerdo que me detuvo el flaco Carmona cuando los otros abandonaban la sala. “A mí mejor que no me llame más a reuniones”. Tenía ese tic en la cara que le afloraba cada vez que se ponía nervioso. “Yo entiendo que hay cosas que discutir, pero uno trabaja todo el día y cuesta mamarse tanto informe”, recuerdo también el gesto tímido de su cabezota detenida bajo la lámpara, buscando con exasperación las palabras. “Mire, hagamos un trato. Conmigo cuenta siempre… Cuando empiece la mocha, usted me llama… y no más reuniones, jefe. Ve que me quedo dormido”. No recuerdo qué le dije, tal vez algo sobre el desafío intelectual del proceso, pero un mes más tarde, el once de septiembre, mientras se escuchaban los `primeros bandos militares, el flaco Carmona subió por la avenida Independencia camino del centro. Llevaba bajo el brazo una escopeta vieja envuelta en un saco harinero. Lo vi pasar fugaz, borroso como una foto movida, tras los vidrios de mi ventana. Desde entonces que no tengo noticias suyas.

 

(Fotografía de marcelo Montecino, Santiago, 1972)

Un cuento de Marilyn Manson: “Todo en familia”

Él esperaba que la grabadora aún funcionara. Era una de esas portátiles usadas a menudo en escuelas y  bibliotecas. Teddy ni siquiera se dio cuenta de la ironía de su acción –Angie era de hecho quien se la había comprado. Limpió el cabello y la sangre del borde y soltó un suspiro de frustración. “Mamá seguramente me dejará sin ver televisión,” pensó, mirando el desastre que había hecho.

 

“Maldita sea. Malditas sean todas. ¿Por qué tenía que lastimar a Peg? ¿Por qué?” Tristemente, pateó el cadáver junto a él. Sus ojos fijos lo miraron con vacía fascinación. “Perra. Mataste a Peg.”

 

La mirada muerta de su hermana no respondió. (Él se preguntaba por qué.) Su cara se veía tan sombría. Levantó la cabeza de ella por los cabellos y vio que era sangre seca sobre su mejilla lo que creaba la falsa sombra. Vio, también, que el agujero en su cráneo había dejado de sangrar; la sangre coagulada había formado una costra gelatinosa.

 

Mamá llegaría pronto a casa. Tenía que cavar una tumba. Teddy se puso de pie y caminó a su cuarto donde yacía desinflado el cuerpo plástico de Peg. Sobre su pecho sin sangre se encontraba un cuchillo de cocina y ella miraba el techo con su eterna expresión –con la boca en forma de “O”. Se veía como si fuera a gritar.

 

Levantó la cabeza de la muñeca y miró tristemente la plana superficie de su figura sin aire. Abrazando su cabeza, comenzó a llorar –cada lágrima contenía mil deseos de traerla de vuelta. Estaba feliz de que Angie hubiera muerto –merecía cada golpe. Mientras Teddy acariciaba su cabello artificial notó la humedad proveniente de su hermana que yacía a varios pies de distancia. Sabía que era orina –había oído su vejiga soltarse cuando le dio el último golpe mortal. La había golpeado una vez mas por si acaso –ella había matado a Peg. Él tenía todo el derecho.

 

Cuidadosamente, dejó la cabeza de Peg descansar sobre la alfombra. Agachándose, besó su mejilla y limpió algo pegajoso de su labio de plástico. Mamá le había dicho antes que no tocara a Peg y que no

hiciera lo sucio en su boca, pero no pudo evitarlo. La amaba demasiado como para sólo dejarla ser. Si mamá averiguaba que había hecho lo sucio se llevaría a Peg, como antes –tendría que encontrarla

también.

 

Cuando Teddy regresó al cuerpo de Angie se detuvo por un momento para maravillarse ante su desnudez. Él siempre la había visto vestirse desde el closet, pero nunca había visto su cosa de cerca. Estaba fascinado por la maraña de cabello entre sus piernas –Peg no tenía eso. Cautelosamente tocó su muslo, y retiró su mano rápidamente como si su carne estuviera al rojo vivo. Aunque no lo estaba. De hecho, estaba comenzando a enfriarse. Habían pasado cuatro horas.

“Te odio,” informó a los ojos del cadáver.

 

De nuevo tocó su muslo, pero esta vez no retiró la mano. Gentilmente, deslizó las puntas de sus dedos por su cadera hasta su entrepierna. Con la otra mano, separó sus rígidas piernas. Entre ellas había un charco de orina del tamaño de un panecillo. Tocó sus genitales curiosamente. Era mucho más suave que Peg, y esperen –aunque su cuerpo estaba frío y pálido, estaba tibia por dentro. Se estaba excitando con su macabra divinidad sexual. Tenía que parar –Mamá se molestaría si él hacía lo sucio. Ella odiaba lo sucio; Papá lo había averiguado de la manera difícil. Lo único que le gustaba era coser y ver Family Feud. Ella amaba a ese tal Richard Dawson.

 

Pero ella estaba tan vulnerable, tan quieta. La piel de Peg era dura y cerosa por dentro –la había tenido por diez años (cuando tenía dieciocho años la ordenó de una revista sucia). Angie solo tenía cinco años entonces, ahora se había convertido en una hermosa joven. No la odiaba tanto en realidad pero no debió haber matado a Peg. Él sólo estaba viéndola ducharse. No era nada nuevo. Pero ella le habría dicho a Mamá, Mamá no soportaría ese tipo de suciedad en su casa. Por eso tuvo que esconder a Peg en primer lugar. Mamá era tan chapada a la antigua; tenía muchas cosas que esconder de ella.

Fue a la cochera, tomó una pala y comenzó a cavar en el jardín. Debía terminar antes que ella llegara.

El suelo era suave, y no tomó mas de media hora para hacer la tumba.

 

El tiempo era precioso así que entró y limpio. Tomó una toalla y fue al cuarto de Angie. Tomándola por ambos brazos, la arrastró hacia atrás unos cuantos pies –el charco había humedecido la alfombra, dejando una mancha oscura. La limpió cuidadosamente y tiró la toalla dentro del closet.  Mientras la arrastraba por la sala, tuvo una idea. Era la mejor idea que jamás había tenido. Si a Mamá le gustara lo sucio, estaría orgullosa de su idea.

 

Soltó los brazos de Angie y regresó a su cuarto. Le dolió ver el cuerpo gastado de Peg; la herida en su pecho parecía mas grande y dolorosa. Pero ella era vieja, pensó. Tal vez fue mejor que muriera.

Teddy arrancó el cuchillo y cargó el torso plástico de la muñeca a través de la cocina y hasta el jardín. “Lo siento, Peg,” le dijo a su cara pintada. No la enterraría así nada mas –primero quería probar su idea. Si funcionaba, entonces la cubriría.

 

Ya casi no había tiempo, tendría que apurarse. De regreso en el cuarto de su hermana, se quitó los jeans y se arrodilló junto al cadáver. El olor de la muerte era picante y nauseabundo, pero la vida era demasiado escalofriante para él. Era mas bien un observador. Pero era demasiado tarde para observar y ella estaría perfecta. Podría esconderla. Igual que a Peg.

 

Mientras Teddy montaba a su hermana en un torpe e incestuoso acto de necrofilia, el auto de su madre se estacionó en la entrada. Vio a través de la sucia ventanilla las putrefactas bolsas de basura apiladas entre las hierbas cerca del pórtico. Ese maldito Teddy. Igual a su padre.

 

Con tan sólo cuatro embestidas dentro de ella, Teddy terminó vergonzosamente, se quedo ahí dentro por unos momentos –le gustaba el pegajoso agarre de su carne. Estaba apenado, pero le gustaba lo sucio demasiado. ¿Por qué Mamá no podía entender sus necesidades?

 

“¿Teddy, no te dije que sacaras la basura?” Aulló en cuanto se abrió la puerta delantera, chocando contra la pared. Un catálogo de castigos embriagó su mente mientras cruzaba la sala.

 

Teddy se petrificó. ¿Cómo iba a explicar esto a su madre? Tendría que esconder a Angie; si mamá veía lo que- “Teddy.”

 

Mientras Mamá entraba al salón, él la miró desde su desgraciada posición. Ella se paró junto a él, antigua y poderosa desde este ángulo. Su bastón aparecía ante él como un tronco. El miedo congelado de Teddy se derritió y de un salto cubrió sus partes intimas, escondiéndolas de Mamá.

“¿Teddy, acaso no te dije que sacaras la basura?”

 

“¿Qué?” estaba confundido por su pregunta fuera de lugar, su vacía maternidad.

“Oh, olvídalo.” Picó el cuerpo de Angie con su bastón por simple curiosidad. “Ponte los calzoncillos.”

“Mamá, no fue mi culpa, ella mató-“ cerró su boca rápidamente -Mamá no podía saber sobre Peg. Ella

odiaba a Peg.

 

“¿Está muerta, verdad?”

 

“Mamá, yo no quería matarla.” Eso era mentira.

 

“Estabas viéndola de nuevo,” dijo Mamá.

 

“No Mamá. Yo nunca la vi. Juro que no.”

 

“Si lo hiciste. Ella me decía”

 

“No, Mamá.” Esa perra, había hablado. Deseó poder matarla de nuevo; sufrió demasiado poco.

 

“Te dije que no hicieras lo sucio. Y ahora te atrapo haciéndolo con tu hermana. ¿Qué puedo hacer con un muchacho tan irrespetuoso?”

 

Su retórica lo asustó. ¿Que tal si se llevaba la televisión? ¿Qué tal si lo hacía tomar esas píldoras de nuevo –como las llamaba? ¿Saltpepper? Aunque podía arreglar eso. Era bueno escondiéndolas bajo su lengua para tirarlas después por la ventana.

Aunque Teddy era mas alto que Mamá, ella lo abrumaba con su presencia. Ella caminó hacia Angie y

levantó su bastón. Era varicosa en su elegancia.

“Los chicos malos deben ser castigados. Así es como se mantiene una familia unida.”

Acertadamente, y con sorprendente fuerza, le golpeó la cabeza hasta que se colapso, lacio y denigrado

sobre la alfombra.

* * *

Cuando Teddy despertó, se estremeció por el dolor punzante en sus párpados –no podía abrirlos sin importar que tan fuerte lo intentara. Sobre su entrepierna desnuda sintió la fría seguridad del cuerpo de Peg, y bajo él la tierra firme. Maldita Mamá y su costura. Tocó sus párpados y sabía que encontraría las pequeñas costuras bloqueando su visión.

“Teddy,” gritó ella desde arriba. “Has sido un mal chico. Aunque ya nunca más volverás a ver a Angie, ya me encargué de eso. Eres igual que tu padre. También tuve que darle una lección.”

Oyó un raspón sobre la tierra e imploró perdón. “Mamá, por favor, yo no quería ver. Lo siento. Por favor, Mamá -“

 

Un palada de tierra aterrizó sobre su rostro, cubriendo su nariz y boca; sus brazos estaban demasiado apretados dentro de la tumba para protestar.

“Debo mantener unida a la familia.”

 

Mamá continuó llenando la tumba mientras Teddy luchaba por liberarse; quería escupir pero su boca llena de tierra le prohibía tal acción. Arriba, Mamá balbuceaba sobre disciplina y el castigo de Teddy terminó en ahogamiento mientras sus ojos dejaban escapar lágrimas de sangre.

 

FIN

 

Un cuento de Yukio Mishima: “Patriotismo”

 

I

El veintiocho de febrero de 1936, al tercer día del incidente del 26 de febrero, el teniente Shinji Takeyama, del batallón de transportes, profundamente perturbado al saber que sus colegas más cercanos estaban en connivencia con los amotinados, e indignado ante la inminente perspectiva del ataque de las tropas imperiales contra tropas imperiales, tomó su espada de oficial y ceremoniosamente se vació las entrañas en la habitación de ocho tatami de su residencia privada en la sexta manzana de Aoba-cho, en el distrito Yotsuya. Su esposa, Reiko, lo siguió clavándose un puñal hasta morir.

La nota de despedida del teniente consistía en una sola frase: “¡Vivan las Fuerzas Imperiales!” La de su esposa, luego de implorar el perdón de sus padres por precederlos en el camino a la tumba, concluía: “Ha llegado el día para la mujer de un soldado”. Los últimos momentos de esta heroica y abnegada pareja hubieran hecho llorar a los dioses. Es menester destacar que la edad del teniente era de treinta y un años; la de su esposa, veintitrés.

Hacía sólo dieciocho meses que se habían casado.

II

Los que contemplaron el retrato conmemorativo del novio y de la novia no dejaron de admirar, quizás tanto como quienes habían asistido a la boda, el elegante porte de la pareja.

El teniente, de pie junto a su esposa, estaba majestuoso en su uniforme militar. Su mano derecha descansaba sobre el puño de la espada y con la izquierda sostenía la gorra de oficial. Su expresión severa traducía claramente la integridad de su juventud.

En cuanto a la belleza de la novia, envuelta en sus blancas vestiduras, sería difícil encontrar las palabras adecuadas para describirla.Había sensualidad y refinamiento en sus ojos, en las finas cejas y en los labios llenos. Una mano, tímidamente asomada a la manga del vestido, sostenía un abanico, y las puntas de los dedos, agrupados delicadamente, eran como el capullo de una flor de luna.

Luego de consumado el suicidio, muchos tomaron la fotografía y se entregaron a tristes reflexiones acerca de las maldiciones que suelen recaer sobre las uniones sin tacha. Quizás fuera sólo efecto de la imaginación, pero, al observar el retrato, parecía casi que los dos jóvenes, ante el biombo dorado, contemplaran, con absoluta claridad, la muerte que los aguardaba.

Gracias a los buenos oficios de su mediador, el teniente general Ozeki, habían podido instalarse en su nuevo hogar de Aoba-cho, en Yotsuya.En realidad aquel nuevo hogar no era sino una vieja casona alquilada, de tres dormitorios y con un pequeño jardín detrás.Utilizaban la habitación del piso superior, de ocho tatami, como dormitorio y habitación de huésped, pues el resto de la casa no recibía la luz del sol.

No tenían sirvientes y Reiko cuidaba del hogar en ausencia de su marido.

El viaje de boda quedó postergado por coincidir con una época de emergencia nacional. El teniente y su esposa pasaron la primera noche de casados en la vieja casa. Muy tieso, sentado sobre el piso y con su espada frente a él, Shinji había hecho escuchar a su esposa un discurso de corte militar antes de llevarla al lecho nupcial. Una mujer que contraía matrimonio con un soldado debía saber y aceptar sin vacilaciones el hecho de que la muerte de su marido podría llegar en cualquier momento. Quizás al día siguiente. No importaba cuándo.¿Estaba ella conforme con aceptarlo? Reiko se puso de pie y, abriendo la vitrina, tomó de ella su más preciado bien, un puñal regalado por su madre.Se comprendieron perfectamente sin necesidad de palabras y el teniente no puso nunca más a prueba la resolución de su mujer.

Durante los primeros meses que siguieron a la boda, la belleza de Reiko se hizo cada día más radiante.Brillaba, serena, como la luna después de la lluvia.

Como ambos estaban dotados de cuerpos sanos y vigorosos,su relación era apasionada y no se limitaba a las horas de la noche.En más de una ocasión, al volver a su hogar directamente del campo de maniobras, y aún con el uniforme salpicado de barro, el teniente había poseído a su mujer en el suelo, apenas abierta la puerta de la casa. Reiko le correspondía con el mismo ardor. En aproximadamente un mes, contando con la noche de bodas,Reiko conoció la absoluta felicidad, y el teniente, al comprobarlo, se sintió también muy feliz.

El cuerpo de Reiko era blanco y puro, y de sus pechos turgentes emanaba un rechazo firme y casto que, cuando gozaba, se mudaba en la mas íntima y acogedora tibieza. Aun en los momentos de mayor intimidad se mantenían extraordinariamente serios. Conservaban sus corazones sobrios y austeros en medio de las más embriagadoras demostraciones de pasión.

El teniente recordaba a su mujer durante el día en los cortos periodos de descanso entre su entrenamiento y su retorno al hogar, y Reiko no olvidaba a su marido en ningún momento. Cuando estaban separados, les bastaba con mirar solamente la fotografía de su casamiento para ratificar una vez más su felicidad.A Reiko no le sorprendía en lo mas mínimo que un hombre que había sido un extraño hasta algunos meses atrás se hubiese convertido en el sol alrededor del cual giraban su vida y su mundo.

Esta relación tenía una base moral y seguía fielmente el mandato de los Principios de la Educación en los que se estipula que “la armonía reinará entre el marido y la mujer”.Reiko no encontró jamás la ocasión de contradecir a su marido, y el teniente no tuvo motivo alguno para reñir a su mujer.

En el nicho, debajo de la escalera, junto a la tablilla del Gran Santuario Ise, habían colocado fotografías de sus Majestades Imperiales, y cada mañana, antes de partir hacia sus obligaciones, el teniente y su mujer se detenían frente a ese lugar santificado y juntos se inclinaban en una profunda reverencia.

La ofrenda de agua se renovaba cada mañana y la rama sagrada de sakasi estaba siempre verde y fresca. Sus vidas se deslizaban bajo la solemne protección de los dioses y estaban colmadas de una felicidad intensa que hacía vibrar cada fibra de sus cuerpos.

III

Aun cuando la casa de Saito, Señor del Sello Privado, se hallaba en la vecindad, nadie escuchó allí el tiroteo de la mañana del 26 de febrero. Aquel fue un ruidoso toque de atención en el amanecer nevado e interrumpió bruscamente el sueño del teniente.Saltó inmediatamente de la cama y, sin pronunciar palabra, vistió el uniforme, se ajustó la espada que le tendía su mujer y se precipitó hacia la calle cubierta de nieve en el oscuro amanecer. No regresó a su hogar hasta la noche del día veintiocho.

Algo más tarde, Reiko escuchó por la radio las noticias sobre aquella súbita erupción de violencia.Vivió los dos días siguientes en completa y tranquila soledad tras las puertas cerradas.

Reiko había leído la presencia de la muerte en el rostro de su marido al marcharse a toda prisa bajo la nieve. Si Shinji no regresaba, su propia decisión era también muy firme. Moriría con él.

Se dedicó, entonces, a ordenar sus pertenencias personales. Eligió su mejor conjunto de kimonos como recuerdo para sus amigas de colegio y escribió un nombre y una dirección sobre el rígido papel en el que los había doblado uno por uno.

Como su marido le recordaba constantemente que no hay que pensar en el mañana, Reiko ni siquiera había escrito un diario, y se encontraba, ahora, en la imposibilidad de releer los pasajes en los que hubiera dado testimonio de su felicidad.Sobre la radio se destacaban un perrito de porcelana,un conejo, una ardilla, un oso y un zorro. Tampoco faltaban allí un jarrón y un recipiente para el agua. Estos objetos constituían la única colección de Reiko.Sin embargo, de nada serviría regalarlos como recuerdos.Tampoco sería apropiado pedir específicamente que fueran incluidos en su ataúd. Mientras estos objetos desfilaban por su mente, Reiko tuvo la sensación de que los animalitos parecían cada vez más tristes y desamparados.

Tomó la ardilla en su mano y la observó.Fue entonces cuando, con sus pensamientos puestos en un reino mucho más alejado que estos afectos infantiles, vio en la lontananza los principios,vitales como el sol, que personificaba su marido. Estaba pronta y feliz de terminar sus días en compañía de aquel hombre deslumbrante, pero en ese momento de soledad se permitió refugiarse con el inocente afecto por aquellas bagatelas. Ya había pasado el tiempo en que realmente las había amado.

Ahora solamente acariciaba su recuerdo y el lugar que ocuparan en su corazón se había colmado definitivamente con pasiones más intensas.

Reiko jamás había supuesto que las turbadoras emociones de la carne fueran sólo un placer. La baja temperatura de febrero y el contacto con la gélida porcelana de la ardilla habían entumecido sus dedos.Sin embargo, bajo los dibujos simétricos de su acicalado kimono meisen podía sentir, cuando recordaba los poderosos brazos del teniente, una cálida humedad que, desde su piel, desafiaba al frío.

No experimentaba absolutamente ningún temor por la muerte que rondaba en la cercanía. Mientras esperaba sola en su casa, Reiko no dudaba que la angustia y la congoja que estaría experimentando su marido en aquellos momentos la llevarían, con tanta certeza como su intensa pasión, a una muerte agradable. Sentía en lo más hondo que su cuerpo podría disolverse con facilidad y convertirse en una sola cosa con el pensamiento de su marido.

A través de las informaciones de la radio, escuchó los nombres de varios colegas de su marido mencionados entre los insurgentes.Éstas eran noticias de muerte. Se preguntaba ansiosamente, a medida que la situación se hacía más difícil, por qué no se emitía una Ordenanza Imperial. El movimiento, que en un principio había parecido ser un intento de restaurar el honor nacional,se había convertido gradualmente en algo llamado motín.El regimiento no había dado ningún comunicado y se suponía que,en cualquier momento, podría comenzar la lucha en las calles aún cubiertas de nieve.

El veintiocho, a la caída del sol, furiosos golpes estremecieron a Reiko.Bajó precipitadamente las escaleras, y mientras, con dedos inexpertos, tiraba del pasador,la silueta apenas delineada tras los vidrios cubiertos de escarcha,no emitía sonido alguno. Sin embargo,no dudó de la presencia de su marido.Nunca antes había tenido tanta dificultad en abrir la puerta .Cuando finalmente pudo lograrlo, se encontró frente al teniente enfundado en un capote color kaki y con las botas de campaña salpicadas de barro.

Reiko no comprendió por qué Shinji cerró la puerta y corrió nuevamente el pasador.

-Bienvenido a casa -la joven ejecuta una profunda reverencia a la cual su marido no responde.Se había quitado la espada y comenzaba a desembarazarse del capote.Ella quiso ayudarlo. La chaqueta, que estaba fría y húmeda y había perdido el olor a estiércol que tenía normalmente cuando se la exponía al sol, le pesaba en el brazo.La colgó de una percha y sosteniendo la espada y el cinturón de cuero entre sus mangas, esperó a que su marido se quitase las botas. Luego, lo siguió hasta el cuarto de estar: la habitación de seis tatami.

Bajo la clara luz de la lámpara, el rostro barbudo y agotado de su marido era casi irreconocible. Las mejillas hundidas habían perdido su brillo y elasticidad.

En circunstancias normales hubiera cambiado su ropa por otra de casa, y la hubiera urgido a servir la comida de inmediato. En cambio, aquella noche se sentó frente a la mesa vistiendo el uniforme y con la cabeza hundida sobre el pecho.

Reiko se abstuvo de preguntar si debía preparar la comida.

-Yo no sabía nada -dijo el hombre al cabo de un silencio-. No me pidieron que me uniera a ellos .Quizás no lo hicieron al saberme recién casado.Kano, Homma y, también,Yamaguchi.

Reiko evocó los rostros de los alegres oficiales jóvenes, amigos de su marido, que habían ido a aquella casa en calidad de invitados.

-Quizás mañana se publique una Ordenanza Imperial. Supongo que serán juzgados como rebeldes. Estaré a cargo de la unidad conórdenes de atacarlos… No puedo hacerlo.Sería simplemente imposible -guardó un corto silencio-. Me han dispensado de las guardias y estoy autorizado para volver a casa por una noche.Mañana, a primera hora, deberé unirme al ataque sin proferir una réplica.No puedo hacerlo, Reiko…

Reiko estaba sentada, muy tiesa, con los ojos bajos.

Comprendía muy claramente que su marido hablaba en términos de muerte.El teniente estaba resuelto y, aun cuando todavía planteaba el dilema, en su mente ya no cabían vacilaciones.

Sin embargo, en el silencio que se estableció entre ambos, todo quedó claro con la misma transparencia de un cauce alimentado por el deshielo.

Ya en su casa después de la larga prueba de dos días y contemplando el rostro de su hermosa mujer, el teniente experimentó, por primera vez, una verdadera paz interior. Había intuido de inmediato que su mujer conocía la resolución que ocultaban sus palabras.

-Bien, entonces… -el teniente abrió, grandes, los ojos. Pese al cansancio, su mirada era fuerte y transparente y no la apartó de su esposa-. Esta noche me abriré el estómago.

Reiko no vaciló.

-Estoy preparada -dijo-, permíteme acompañarte.

El teniente se sintió casi hipnotizado por la mirada implorante de su esposa.Sus palabras comenzaron a fluir rápida y fácilmente,como expresadas en delirio.

Otorgó su aprobación a aquella empresa vital en una forma descuidada y negligente que parecía escapar a su entendimiento.

-Bien. Nos iremos juntos. Pero, antes, quiero que seas testigo de mi muerte.

Ya de acuerdo, sus corazones se vieron inundados por una repentina felicidad.

Reiko estaba profundamente conmovida por la confianza que depositaba en ella su marido. Era vital para el teniente que no se cometieran irregularidades en su muerte. Por esta razón era necesario un testigo. Y el haber elegido para tal fin a su mujer,demostraba una profunda y absoluta confianza. En segundo lugar, y esto era aun más importante,aunque había rogado a Reiko que muriera con él, ni siquiera intentaba matar a su esposa primero, sino que dejaba aquel momento librado al criterio de ella, para cuando él ya no estuviera allí, verificándolo todo. Si el teniente hubiera abrigado la menor sospecha, cumpliendo el pacto de los suicidas, hubiera preferido matarla primero.

Cuando Reiko dijo: “Permíteme acompañarte”,el teniente apreció en estas palabras el fruto final de las enseñanzas impartidas a su mujer desde la noche del casamiento. La había educado en forma tal que, llegado el momento, respondía en los exactos términos que correspondían. Era éste un halago a la confianza en sí mismo que alimentaba Shinji… No era ni tan romántico ni tan presuntuoso como para creer que esas palabras eran dichas espontáneamente,sólo por amor.

Sus corazones estaban tan inundados de felicidad, que no podían dejar de sonreír. Reiko se sentía nuevamente en la noche de bodas.Ante sus ojos no existían ni el dolor ni la muerte. Sólo creía ver un ilimitado espacio abierto hacia vastos horizontes.

-El agua está caliente. ¿Te darás un baño ahora?

-Sí, por supuesto.

-¿Y la comida…?

Las palabras fueron pronunciadas en un tono tan tranquilo y doméstico,que, por una fracción de segundo, el teniente creyó haber sido juguete de una alucinación.

-No creo que sea necesario. ¿Podrás calentar un poco de sake?

-Como quieras.

Reiko se levantó y al tomar del ropero un vestido tanzan para después del baño, atrajo deliberadamente la atención de su marido sobre los cajones vacíos. El teniente observó el interior del mueble. Leyó las direcciones sobre los regalos recordatorios. No hubo pena en él frente a la heroica determinación de Reiko. Como un marido a quien su joven esposa enseña con orgullo sus compras pueriles, el teniente, inundado de afecto, abrazó a su mujer cariñosamente por la espalda y le besó el cuello.

Reiko sintió la aspereza de aquel rostro sin afeitar. Esta sensación encerraba para ella toda la alegría del mundo, y ahora -sintiendo que iba a perderla para siempre- contenía una frescura mas allá de toda experiencia. Cada momento parecía contener una infinita fuerza vital. Los sentidos se despertaron en todo su cuerpo.

Aceptando las caricias de Shinji, Reiko se alzó sobre la punta de los pies y dejó que aquella vitalidad atravesara su cuerpo.

-Primero, el baño, y luego, después de tomar sake… Prepara las camas arriba, ¿quieres?

El teniente susurró algo en el oído de su mujer,y ella asintió silenciosamente.

El teniente se quitó apresuradamente el uniforme y se dirigió al baño.

Al escuchar el suave rugido del agua, Reiko llevó carbón hasta el cuarto de estar y empezó a calentar el sake.

Tomó el tanzen, un fajín y su ropa interior. Se dirigió al baño para controlar el calor del agua. En medio de una nube de vapor, el teniente se afeitaba con las piernas cruzadas en el suelo. Ella pudo distinguir los músculos de su fuerte espalda húmeda que respondían a los movimientos de sus brazos.

Nada sugería algún acontecimiento anormal. Reiko se ocupaba diligentemente de sus tareas y preparaba platos improvisados.

Sus manos no temblaban y se mostraba más eficiente y desenvuelta que de costumbre. De tanto en tanto sentía extrañas palpitaciones en el centro del pecho, pero eran como luces distantes. Tenían un momento de gran intensidad y luego se desvanecían sin dejar huellas. Omitiendo esto, no parecía ocurrir nada fuera de lo habitual.

Mientras se afeitaba en el baño, el teniente sintió que su cuerpo tibio se libraba milagrosamente de la desesperada fatiga de aquellos días de incertidumbre y se llenaba de una agradable expectativa pese a la muerte que lo aguardaba. Podía oír vagamente los ruidos habituales con que su mujer cumplía sus quehaceres, y un saludable deseo físico, postergado durante dos días, se presentó nuevamente.

El teniente confiaba en que no había habido impureza en el goce experimentado mientras resolvían morir.

Ambos habían sentido en aquel momento, aun cuando no de una manera clara y consciente, que esos placeres permisibles estaban nuevamente bajo la protección del Bien y del Poder Divino. Los protegía una moralidad total e intachable. Al mirarse a los ojos descubrieron en su interior una muerte honorable, estaban de nuevo a salvo tras las paredes de acero que nadie podría destruir,enfundados en la impenetrable coraza de la Belleza y la Verdad.

El teniente podía entonces considerar su patriotismo y las urgencias de su carne como un todo.

Acercó más aun la cara al oscuro y agrietado espejo de pared y se afeitó cuidadosamente. Aquel era el rostro que presentaría a la muerte y era importante que no tuviera imperfecciones. Sus mejillas, recién afeitadas, irradiaban nuevamente el brillo de la juventud y parecían iluminar la opacidad del espejo. Sintió que había cierta elegancia en la asociación de la muerte con aquella cara sana y radiante.

Sería su rostro de difunto.En realidad ya había dejado a medias de pertenecerle para convertirse en el busto de un soldado muerto. A título de experimento, cerró fuertemente los ojos y todo quedó envuelto en la oscuridad.Ya no era una criatura viviente.

Al salir del baño, con un tenue reflejo azulado bajo la tersa piel de las mejillas, se sentó junto al brasero de carbón. Advirtió que, pese a hallarse ocupada, Reiko había encontrado el tiempo necesario para retocar su cara. Su rostro estaba fresco y sus labios húmedos. Era imposible encontrar en ella el menor rastro de tristeza, y al observar aquella demostración de la personalidad apasionada de su mujer, el teniente pensó que había elegido la esposa que le correspondía.

Tan pronto como hubo vaciado su taza de sake, se la ofreció a Reiko, quien nunca lo había probado. La joven bebió un sorbo, tímidamente.

-Ven aquí-dijo el teniente.

Reiko se acercó a su marido, y mientras él la abrazaba ella se sintió profundamente conmovida, como si la tristeza, la alegría y el poderoso sake se mezclaran dentro de ella.

El teniente contemplo las facciones de su esposa. Era el último rostro que vería en este mundo. Lo estudió minuciosamente con los ojos de un viajero despidiéndose de espléndidos paisajes.

Reiko tenía una cara de rasgos regulares, sin ser fríos, y de labios suaves. El teniente, que no se cansaba de contemplarla, la besó en la boca. Y repentinamente, sin que se alterara su belleza por el llanto, las lágrimas comenzaron a brotar lentamente bajo las largas pestañas y corrieron como hilos brillantes por sus mejillas.

Luego Shinji quiso subir al dormitorio, pero ella le suplicó que le diera tiempo a tomar su baño. El teniente subió, pues, solo, y se acostó con los brazos y las piernas abiertas en la habitación entibiada por la estufa de gas. El tiempo que transcurrió esperando a su mujer no fue más largo de lo habitual.

Colocó las manos bajo la cabeza y observó las vigas del techo. ¿Esperaba la muerte? ¿Un salvaje éxtasis de los sentidos? Ambas cosas parecían sobreponerse, como si el objeto del deseo físico fuera la muerte propia.

El teniente nunca había gozado de una libertad tan absoluta.

Un coche frenó y pudo escuchar el chirrido de las ruedas patinando sobre la nieve apilada en los bordes de la calle. La bocina repercutió en las paredes cercanas. Al percibir esos ruidos, Shinji pensó que aquella casa se levantaba como una isla solitaria en el océano de una sociedad ocupada incansablemente en los mismos asuntos de siempre. A su alrededor se extendía desordenadamente el país por el cual estaba sufriendo y a punto de dar la vida. No sabía ni le importaba si aquella gran nación reconocería su sacrificio. En su campo de batalla no existía la gloria. Era la trinchera del espíritu.

Los pasos de Reiko resonaron en la escalera. Crujían los empinados escalones de la antigua morada y estos sonidos inundaron al teniente de gratos recuerdos. En cuantas ocasiones los había escuchado desde la cama. Al reflexionar en que ya no volvería a percibirlos, se concentró en ellos tratando de que cada rincón de aquel tiempo precioso se colmara con el ruido de las suaves pisadas de la vieja escalera. Tales instantes parecieron transformarse en joyas rutilantes de luz interior.

Reiko tenia un fajín sobre el yukata y su rojo estaba atenuado por la media luz. El teniente quiso asirla y la mano de Reiko corrió en su ayuda. El fajín cayó al suelo.

Ella estaba de pie frente a él, vistiendo su yukata.

El hombre hundió las manos en las aberturas laterales bajo las mangas y la abrazó intensamente. El roce de sus dedos sobre la piel desnuda, sentir que las axilas se cerraban suavemente sobre sus manos, encendió aun más su pasión y, pocos instantes más tarde, ambos yacían desnudos frente al brillante fuego de la estufa.

No pronunciaron palabra alguna, pero sus cuerpos y sus corazones se inflamaron al saber que aquel sería el último encuentro. Era como si las palabras “ÚLTIMA VEZ” hubieran sido estampadas con pinceladas invisibles sobre cada centímetro de sus cuerpos.

El teniente atrajo a su mujer y la besó con vehemencia. Sus lenguas exploraron las bocas, adentrándose en su interior suave y húmedo, y fue como si las aún desconocidas agonías de la muerte templaran sus sentidos como el acero al rojo vivo. Los lejanos dolores finales habían refinado su percepción amorosa.

-Es la ultima vez que voy a verte -murmuró el teniente-. Déjame mirar… -y tomando la lámpara en su mano, dirigió un haz de luz sobre el cuerpo extendido de Reiko.

Ella había cerrado los ojos. La luz de la lámpara destacaba la majestuosidad de su carne blanca. El teniente con un dejo de egocentrismo, se alegró pensando en que jamás vería esa belleza derrumbándose frente a la muerte.

El teniente contempló sin apuro aquel inolvidable espectáculo. Acariciaba la sedosa cabellera, palmeaba suavemente el bello rostro y besaba todos los puntos donde se detenía su mirada. La frente alta tenía una serena frescura, los ojos cerrados se orlaban de largas pestañas bajo las cejas finamente dibujadas y el brillo de los dientes se entreveía por los labios llenos y regulares… Todo ello configuraba en la mente del teniente la visión de una máscara mortuoria verdaderamente radiante y una y otra vez apretó sus labios contra la blanca garganta donde la mano de Reiko no tardaría en descargar su certero golpe. El cuello enrojeció bajo los besos y volviendo suavemente a los labios de su amada, apoyó su boca sobre ellos con el fluctuante movimiento de un pequeño bote. Cerrando los ojos, el mundo se convertirá, así, en una mecedora.

La boca del teniente seguía fielmente el recorrido de sus ojos. Los pechos altos y turgentes, terminados como capullos de cerezo silvestre, se endurecían al contacto de sus labios. Los brazos emergían malsanamente a ambos lados, afinándose hacia las muñecas, pero sin perder su redondez ni simetría.

Los dedos delicados eran aquellos que habían sostenido el abanico durante la ceremonia nupcial. A medida que el teniente los besaba, se retraían como avergonzados. El hueco natural de esa curva entre el pecho y el estómago tenía en sus líneas no sólo la sugestión de la tersura, sino la fuerza de la elasticidad y anunciaba las ricas curvas que se extendían hasta las caderas. La riqueza y la blancura del vientre y las caderas eran como la leche contenida en un recipiente amplio. El hoyo sombreado del ombligo podía haber sido la huella de una gota de agua recién caída allí. Donde las sombras se hacían más intensas, el vello crecía apretado, dulce y sensible, y a medida que la excitación aumentaba en aquel cuerpo que había dejado de mostrarse pasivo, un aroma de flores ardientes se hacia cada vez más penetrante.

Reiko habló, por fin, con voz trémula:

-Muéstrame… Déjame mirar por última vez…

Shinji no había escuchado nunca de labios de su mujer un ruego tan firme y definido. Era como si su modestia ya no podía ocultar algo que, ahora, se libraba de las trabas que la oprimían. El teniente se recostó sumisamente para someterse a los requerimientos de su mujer. Ella alzó ágilmente su cuerpo blanco y tembloroso y ardiendo en un inocente deseo de devolverle todo cuanto había hecho por ella, puso los dedos sobre los ojos de Shinji y los cerró suavemente.

Repentinamente inundada de ternura, con las mejillas encendidas por el vértigo de la emoción, Reiko abrazó la cabeza rapada del teniente y el pelo afeitado lastimó su pecho. Aflojando el abrazo, contempló luego el rostro varonil de su marido. Las cejas severas, los ojos cerrados, el espléndido puente de la nariz, los labios bien dibujados y firmes. Reiko comenzó a besarlos, se detuvo en la ancha base del cuello, en los hombros fuertes y erguidos, en el pecho poderoso con sus círculos gemelos semejantes a escudos de ásperos pezones. Un olor dulce y melancólico se desprendía de las axilas profundamente sombreadas por la carne abundante del pecho y de los hombros. En cierto modo, la esencia de la muerte joven estaba contenida en aquella dulzura. La piel desnuda del teniente relucía como un campo de cebada y podía observar los músculos en relieve convergiendo sobre el abdomen alrededor del ombligo pequeño y modesto.

Al mirar el estómago firme y joven, púdicamente cubierto por un vello vigoroso, Reiko pensó que pronto iba a ser cruelmente lacerado por la espada y, reclinando la cabeza, rompió en sollozos y lo cubrió con sus besos.

Al sentir las lágrimas de su mujer, el teniente se sintió capaz de afrontar valerosamente las más crueles agonías del suicidio. Resulta fácil imaginar a qué éxtasis llegaron después de aquellos tiernos intercambios. El teniente se incorporó y rodeó con un potente abrazo a su mujer, cuyo cuerpo estaba exhausto luego de tantas lágrimas y aflicciones. Juntaron sus caras apasionadamente, restregando las mejillas. El cuerpo de Reiko temblaba. Sus pechos húmedos estaban fuertemente apretados y cada milímetro de aquellos cuerpos jóvenes y hermosos se habían compenetrado tanto con el otro que parecía imposible que se separaran jamás.

Reiko gritó.

Desde las altura se sumergieron en el abismo, y, de allí, una vez más hasta embriagantes alturas. El teniente jadeaba como el portador de un estandarte…

Al terminarse su ciclo, surgía inmediatamente una nueva ola de placer y, juntos, sin muestras de fatiga, se elevaron nuevamente hasta la cima misma de un nuevo movimiento jadeante.

IV

Cuando Shinji se volvió finalmente no fue por cansancio. No quería agotar la considerable fuerza física que necesitaría para llevar a cabo el suicidio. Ademas, hubiera lamentado enturbiar la dulzura de aquellos últimos momentos abusando de esos goces.

Reiko, con su habitual complacencia, siguió el ejemplo de su marido. Los dos yacían desnudos, con los dedos entrelazados, mirando fijamente el oscuro cielo raso. La habitación estaba caldeada por la estufa y en la noche silenciosa no se escuchaba el trafico callejero. Ni siquiera llegaba hasta ellos el fragor de los trenes y autobuses de la estación Yotsuya, que se perdía en el parque densamente arbolado frente a la ancha carretera que bordea el Palacio Akasaka. Resultaba difícil pensar en la tensión existente en el barrio donde las dos facciones del Ejercito Imperial se preparaban para la lucha.

Deleitándose en su propio calor, los jóvenes rememoraron en silencio los éxtasis recientes. Revivieron cada momento de la pasada experiencia, recordaron el gusto de los besos nunca agotados, el contacto de la piel desnuda, tanta embriagante felicidad .Pero ya entonces, el rostro de la muerte acechaba desde las vigas del techo. Aquellos habían sido los últimos placeres de los que sus cuerpos no disfrutarían nunca más. Ambos pensaron que, aun cuando vivieran hasta una edad avanzada, no volverían a disfrutar de un goce tan intenso.

También se desprenderían sus dedos entrelazados. Hasta los dibujos de las oscuras vetas de la madera, desaparecerían pronto. Era posible detectar el avance de la muerte. En aquel momento ya no cabían dudas. Era menester tener el coraje necesario, salirle al encuentro y atraparla.

-Podemos prepararnos -dijo el teniente.

La determinación que encerraban sus palabras era inconfundible, pero tampoco había habido nunca tan cálidas y tiernas inflexiones en su voz.

Varias tareas los aguardaban. El teniente, que no había ayudado nunca a guardar las camas, empujó la puerta corrediza del armario, alzó el colchón y lo depositó dentro de él.

Reiko apagó la estufa y la luz. En ausencia del teniente lo había aseado todo cuidadosamente, y ahora aquella habitación de ocho tatami presentaba la apariencia de una sala lista para recibir a importantes invitados.

-Aquí bebieron Kano y Homma y Noguchi…

-Sí, eran todos grandes bebedores.

-Nos reuniremos pronto con ellos en el otro mundo. Se burlarán de nosotros cuando adviertan que te llevo conmigo.

Al bajar la escalera, el teniente se volvió para contemplar la limpia y tranquila habitación iluminada por la lámpara. En su mente flotaba el recuerdo de los jóvenes oficiales que allí habían bebido y bromeado inocentemente. Nunca había imaginado, entonces, que en aquella habitación se abriría el estómago.

El matrimonio se ocupó despacio y serenamente de sus respectivos preparativos en las dos habitaciones de la planta baja. El teniente fue primero al retrete, y luego, al baño a lavarse. Mientras tanto, Reiko doblaba y guardaba la bata acolchada de su marido; ordenaba la túnica del uniforme, los pantalones y un taparrabos blanco recién cortado; disponía unas hojas de papel sobre la mesa del comedor para las notas de despedida. Luego, tomó la caja que contenía los instrumentos para escribir, y comenzó a raspar la tableta para hacer tinta. Ya había decidido el contenido de su última misiva.

Los dedos de Reiko apretaron fuertemente las frías letras doradas de la tableta y el agua del tintero se tiñó inmediatamente como si una oscura nube hubiera pasado sobre él. Todo aquello no era sino una solemne preparación para la muerte. La rutina doméstica o una forma de pasar el tiempo hasta que llegara el momento del enfrentamiento definitivo. Una inexplicable oscuridad brotaba del olor de la tinta al espesarse.

El teniente salió del baño. Vestía el uniforme sobre la piel. Sin pronunciar una palabra, tomó asiento frente a la mesa y, empuñando el pincel, permaneció indeciso frente al papel que tenía delante.

Reiko tomó un kimono de seda blanca y, a su vez, entró en el baño. Cuando reapareció en la habitación, ligeramente maquillada, la misiva ya estaba terminada. El teniente la había colocado bajo la lámpara .Las gruesas pinceladas solo decían:

“¡Vivan las fuerzas imperiales! – Teniente del ejército, Takeyama Shinji.”

El teniente observó en silencio los controlados movimientos con que los dedos de su mujer manejaban el pincel.

Con sus respectivas esquelas en la mano -la espada del teniente ajustada sobre su costado y la pequeña daga de Reiko dentro de la faja de su kimono blanco-, ambos permanecieron frente al santuario, rezando en silencio. Luego, apagaron todas las luces de la planta baja. Mientras subían, el teniente volvió la cabeza y observó la llamativa silueta de su mujer que, toda vestida de blanco y los ojos bajos, iba tras él.

Acomodaron las notas de despedida una junto a la otra en la alcoba de la planta baja.

Por un momento pensaron en descolgar el pergamino, pero como había sido escrito por su mediador el teniente general Ozzeki y consistía en dos caracteres chinos que significaban “Sinceridad”, lo dejaron donde estaba. Pensaron que, aunque se manchara con sangre, el teniente general no se ofendería.

Shinji tomó asiento de espaldas a la habitación y, muy erguido, colocó su espada frente a él. Reiko se sentó frente a él, a un tatami de distancia. El toque de pintura en sus labios parecía aun más seductor sobre el severo fondo blanco.

Se miraron intensamente a los ojos a través de la distancia de un tatami que los separaba. La espada del teniente casi tocaba sus rodillas. Al verla, Reiko recordó la primera noche de casada, y se sintió abrumada de tristeza.

Finalmente, el teniente habló con voz ronca:

-Como no voy a tener quién me ayude, me haré un corte profundo. Puede que sea desagradable. Por favor, no te asustes. La muerte es algo horrible de presenciar, en cualquier circunstancia. No debes dejarte atemorizar, ¿comprendes?

Reiko asintió con una profunda inclinación de cabeza.

Al mirar la figura esbelta de su mujer, el teniente experimentó una extraña excitación. Estaba por llevar a cabo un acto que requería toda su capacidad de soldado, algo que exigía una resolución similar al coraje que se necesita para entrar en combate. Sería una muerte no menos importante ni de menor calidad que si hubiera muerto en el frente de batalla.

Por unos instantes el pensamiento llevó al teniente a elaborar una rara fantasía. Una muerte solitaria en el campo de lucha, una muerte frente a los ojos de su hermosa esposa… Una dulzura sin límites lo invadió al experimentar la sensación de que iba a morir en aquellas dos dimensiones, conjugando la imposible unión de ambas.

“Este debe ser el pináculo de la buena fortuna”, pensó. El hecho de que aquellos hermosos ojos observaran cada minuto de su muerte, equivaldría a ser llevado al más allá en alas de una brisa fragante y sutil.

Presentía en aquella circunstancia una suerte de merced especial, vedada a los demás, a él solo dispensada. El teniente creyó ver en su radiante esposa, ataviada como una novia, el compendio de todo lo amado por lo cual iba, ahora, a entregar la vida. La Casa Imperial, la Nación, la bandera del Ejército. Todas ellas eran presencias que, como su esposa, lo observaban atentamente con ojos transparentes y firmes. Reiko también contemplaba a su marido que tan pronto habría de morir, pensando que jamás había visto algo tan maravilloso en el mundo.

El uniforme siempre le sentaba bien, pero ahora, mientras se enfrentaba a la muerte con cejas severas y labios firmemente apretados, irradiaba lo que podría llamarse una esplendorosa belleza varonil.

-Es hora de partir -dijo, por fin.

Reiko dobló su cuerpo hasta el suelo en una profunda reverencia. No podía alzar el rostro. No quería arruinar su maquillaje con las lágrimas que le resultaban imposibles de contener.

Cuando finalmente alzó la mirada, vio borrosamente, a través de las lágrimas, que su marido había enroscado una venda blanca alrededor de su espada ahora desenvainada; sólo dejaba en la punta doce o quince centímetros de acero al desnudo.

Apoyando la espada en el tatami que tenía frente a él, el teniente se alzó sobre las rodillas, se sentó nuevamente con las piernas cruzadas y desabrochó el cuello del uniforme. Sus ojos no verían ya a su mujer. Lentamente, se desprendió uno por uno los botones chatos de metal. Observó primero su pecho oscuro y, luego, su estómago. Desató el cinturón y se desabrochó los pantalones. Tomó el taparrabos con ambas manos y lo tiró hacia abajo para dejar más libre al estómago. Luego empuñó la espada con la venda blanca en su filo, mientras que, con la mano izquierda, masajeaba su abdomen. Conservaba la mirada baja.

Para verificar el filo, el teniente abrió la parte izquierda del pantalón, dejando parte del muslo a la vista, y deslizó el filo sobre la piel. La sangre brotó inmediatamente de la herida y varias gotas brillaron a la luz.

Era la primera vez que Reiko veía la sangre de su marido y experimentó violentas palpitaciones en el pecho. Observó el rostro del teniente y vio que estudiaba con calma su propia sangre. Pese a que aquel era un consuelo superficial, Reiko sintió cierto alivio.

Los ojos del hombre se fijaron en ella con una mirada penetrante como la de un halcón. Colocando la espada frente a él, se alzó ligeramente sobre sus músculos e inclinó la parte superior del cuerpo sobre la punta de la espada. La excesiva tensión que presentaba la tela del uniforme, indicaba a las claras que estaba reuniendo todas sus fuerzas. Se proponía asestar un profundo golpe en la parte izquierda del estómago y su grito agudo traspasó el silencio de la habitación.

Pese al esfuerzo, el teniente tuvo la sensación de que era otro quien había golpeado su estómago como con una gruesa barra de hierro. Durante algunos segundos su cabeza giró vertiginosamente y no recordó cuánto había sucedido. Los doce o quince centímetros de punta desnuda habían desaparecido completamente en su carne, y el vendaje blanco, fuertemente sujeto por su puño cerrado, le presionaba directamente el estómago.

Recuperó la conciencia. Pensó que el filo debía haber atravesado las paredes del abdomen. Su respiración era dificultosa, el pecho le palpitaba violentamente y en alguna zona remota, aparentemente desligada de su persona, un dolor terrible e insoportable se alzaba en forma avasalladora como si la tierra se abriera para vomitar un cauce de rocas hirvientes. El dolor se acercó, de pronto, a una velocidad vertiginosa. El teniente se mordió el labio inferior y sofocó un lamento instintivo.

“¿Es esto el seppuku?”, pensó.

Experimentaba una sensación de caos total, como si el cielo se hubiera desplomado sobre él y todo el universo girara como bajo el efecto de una enorme borrachera. Su fuerza de voluntad y coraje, que tan fuertes se manifestaran antes de la incisión, se habían reducido, ahora, a una fibra de acero del grosor de un cabello. Lo asaltó la incómoda sensación de que tendría que avanzar asido a esa fibra con toda su desesperación.

Algo humedecía su puño y, bajando la mirada, vio que, tanto su mano como el paño que envolvía la hoja, estaban empapados en sangre. También su taparrabos estaba teñido de un rojo intenso. Le pareció increíble que en medio de aquella agonía, las cosas visibles pudieran ser todavía vistas y las cosas existentes, existir.

Reiko luchó por no correr al lado de su esposo al observar la mortal palidez que invadía sus rasgos después de clavarse la espada. Sucediera lo que sucediera, su misión era la de observar. Ser testigo. Tal era la obligación contraída con el hombre amado. Frente a ella, a un tatami de distancia, podía ver cómo su marido se mordía los labios para ahogar el dolor.

Reiko no contaba con ningún medio para rescatarlo a él.

La transpiración brillaba en su frente. Shinji cerró los ojos para abrirlos luego, nuevamente, como quien hace un experimento. Su mirada había perdido todo brillo y los suyos parecían los ojos inocentes y vacíos de un animalito.

La agonía que se desarrollaba frente a Reiko la quemaba como un implacable sol de verano, pero era algo totalmente alejado de la pena que parecía estar partiéndola en dos.

El dolor crecía con regularidad. Reiko sentía que su marido se había convertido en un ser de un mundo aparte, en un hombre íntegramente disuelto en el dolor, en un prisionero en una jaula de sufrimiento, y mientras pensaba, comenzó a sentir como si alguien hubiera levantado una cruel muralla de cristal entre ellos.

Desde su matrimonio, la existencia de su marido se había convertido en la suya propia, y cada respiración de Shinji parecía pertenecer a Reiko. En cambio, ahora, mientras que la existencia de su marido en el dolor era una realidad viviente, Reiko no podía encontrar en su pena ninguna prueba concluyente de su propia existencia.

Usando solamente la mano derecha, el teniente comenzó a cortarse el vientre de un lado a otro. Pero a medida que la hoja se enredaba en las entrañas, era rechazada hacia fuera por la blanda resistencia que encontraba allí. El teniente comprendió que sería menester usar ambas manos para mantener la punta profundamente hundida en su cuerpo. Tiró hacia un costado, pero el corte no se produjo con la facilidad que había esperado. Concentró toda la energía de su cuerpo en la mano derecha y tiró nuevamente. El corte se agrandó ocho o diez centímetros.

El dolor se extendió como una campana que sonara en forma salvaje. O como mil campanas tocando al unísono con cada respiración y con cada latido, estremeciendo todo su ser. El teniente no podía contener los gemidos. Pero la hoja ya se había abierto camino hasta debajo del ombligo. Al advertirlo, Shinji sintió un renovado coraje.

El volumen de la sangre no había dejado de aumentar y ahora manaba por la herida como originado por el latir del pulso. La estera estaba empapada de sangre que seguía renovándose con aquella que chorreaba de los pliegues del pantalón kaki del teniente. Una salpicadura, semejante a un pájaro, voló hacia Reiko y manchó la falda de su kimono de seda blanca. Cuando el teniente pudo, por fin, desplazar la espada hacia el costado derecho, ésta ya cortaba superficialmente y era posible contemplar su punta desnuda resbalándose de sangre y grasa. Atacado súbitamente por terribles vómitos, el teniente gritó roncamente. Los vómitos volvieron aun más horrendo el dolor, y el estómago, que hasta aquel momento se había mantenido firme y compacto, explotó de repente, dejando que las entrañas reventaran por la herida abierta. Ignorantes del sufrimiento de su dueño, las entrañas de Shinji causaban una impresión de salud y desagradable vitalidad que las hacía escurrirse blandamente y desparramándose sobre la estera. La cabeza del hombre se abatió, sus hombros se estremecieron y un fino hilo de saliva goteó de su boca. Las insignias doradas brillaban a la luz.

Todo estaba lleno de sangre. El teniente estaba empapado de ella hasta las rodillas, y ahora se sentaba en una posición encogida y desamparada con una mano en el piso. Un olor acre inundaba la habitación. La cabeza del hombre colgaba en el vacío y su cuerpo se sacudía en interminables arcadas. La hoja de la espada, expulsada de sus entrañas, estaba totalmente expuesta y aun sostenida por la mano derecha del teniente.

Sería difícil imaginar una visión más heroica que la del teniente reuniendo sus fuerzas y echando la cabeza hacia atrás. La violencia del movimiento hizo que la cabeza del teniente chocara contra uno de los pilares de la alcoba.

Hasta aquel momento, Reiko había permanecido sentada con la mirada baja, como encandilada por el flujo de la sangre que avanzaba hacia sus rodillas, pero el golpe la sorprendió y tuvo que alzar la vista.

El rostro del teniente no era el del hombre con vida. Los ojos estaban vacíos, la piel lívida, las mejillas y los labios tenían el color de la tierra seca. Sólo la mano derecha se movía aun sosteniendo laboriosamente la espada. Se agitó convulsamente en el aire, como la mano de un títere, y luchó por dirigir la punta de la espada hasta la base del cuello.

Reiko contempló cómo su marido intentaba este último, conmovedor y fútil esfuerzo. Brillando de sangre y grasa, la punta se descargaba una y otra vez sobre la garganta. Siempre fallaba. No le quedaban fuerzas para guiarla y sólo chocaba contra las insignias del cuello del uniforme que se había cerrado nuevamente y protegía la garganta.

Reiko no soportó aquella visión por más tiempo. Intentó ir en ayuda de Shinji, pero le resultaba imposible ponerse en pie. Se arrastró de rodillas y su falda se tiñó de un rojo intenso. Se colocó detrás de su marido y lo ayudó abriendo solamente el cuello del uniforme. La hoja vacilante tomó finalmente contacto con la piel desnuda de la garganta. Reiko tuvo la sensación de haber empujado a su marido hacia adelante.

No fue así. El teniente había dado una última demostración de fortaleza. Echó su cuerpo violentamente contra la hoja y el filo perforó su cuello, apareciendo luego por la nuca. El teniente permaneció inmóvil mientras un tremendo chorro de sangre lo inundaba todo.

V

Reiko descendió lentamente la escalera. Sus medias estaban resbalosas de sangre. En la habitación superior reinaba ahora la más absoluta calma.

Encendió las luces de la planta baja, verificó los quemadores y la llave principal del gas. Echó agua sobre el carbón humeante y semiapagado del brasero. Se detuvo frente al espejo de la habitación de cuatro tatami, y medio alzó su falda. Las manchas de sangre parecían un alegre dibujo estampado en la parte inferior de su kimono blanco. Al instalarse frente al espejo, sintió la fría humedad de la sangre de su marido en los muslos y tuvo un estremecimiento. Se entretuvo largamente en el baño. Aplicó una generosa capa de rouge sobre sus mejillas y también abundante pintura en los labios. Este maquillaje ya no estaba destinado a agradar a su marido. Se maquillaba para el mundo que estaba a punto de abandonar. Había algo espectacular y magnífico en los toques de su pincel. Al levantarse, advirtió que la sangre había mojado la estera dispuesta frente al espejo. Reiko no lo tuvo ya en cuenta.

La joven se detuvo al pisar el corredor de cemento que llevaba a la galería. Su marido había cerrado el pestillo de la puerta la noche anterior en un acto de preparación a la muerte, y durante un instante se sumió en la consideración de un simple problema, ¿dejaría el cerrojo echado? De hacerlo así, podrían transcurrir varios días antes de que los vecinos advirtieran el suicidio. A Reiko no le agradó la idea de dos cadáveres descomponiéndose antes de ser descubiertos. Después de todo, sería mejor dejar la puerta abierta…

Abrió el cerrojo y dejó la puerta de vidrios escarchados ligeramente entreabierta. El viento helado se coló de inmediato en la habitación. Nadie pasaba por la calle, era medianoche y las estrellas resplandecían tan frías como el hielo.

Reiko dejó la puerta entornada y subió las escaleras. Durante varios minutos caminó de un lado a otro. La sangre ya se había secado en sus medias .De pronto, un olor peculiar llegó hasta ella.

El teniente yacía, boca abajo, en un mar de sangre. La punta de la espada, que sobresalía de su nuca, parecía haberse hecho más prominente aun. Reiko anduvo negligentemente entre la sangre y se sentó al lado del cadáver de su marido. Lo observó atentamente. Tenía la mejilla apoyada en la alfombra, los ojos estaban muy abiertos, como si algo hubiera despertado su atención. Ella alzó la cabeza, la apoyó sobre su manga y, limpiándose la sangre de los labios, lo besó por ultima vez.

Luego tomó del armario una bata blanca y un cordón. Para evitar que su falda se desordenara, envolvió la manta alrededor de su cintura y la sujetó firmemente con el cordón.

Reiko se sentó muy cerca de Shinji. Extrajo la daga de su faja, examinó el brillo opaco de la hoja y la acercó a su lengua. El gusto del acero bruñido era ligeramente dulce.

Reiko no perdió tiempo. Pensó que el dolor que la había separado de su marido moribundo iba a formar ahora parte de su propia experiencia. Sólo vislumbró ante sí el gozo de penetrar en un reino que el amado Shinji ya había hecho suyo.

Había percibido algo inexplicable en la fisonomía agonizante de su marido. Algo nuevo. Le sería dado, pues, resolver el enigma.

Reiko sintió que, por fin, también podría participar de la verdadera y amarga dulzura del gran principio moral en que había creído el teniente.

Empujó entonces la punta de la daga contra la base de su garganta. La empujó fuertemente. La herida resultó poco profunda. Le ardía la cabeza y sus manos temblaban de forma incontrolable. Forzó la hoja hacia un costado y una sustancia caliente le anudó la boca. Todo se tiñó de rojo frente a sus ojos como el fluir de un río de sangre. Reunió todas sus fuerzas y hundió aun más profundamente la daga en su garganta.

FIN

Un cuento de Mario Bellatin:”Bola negra”

El entomólogo Endo Hiroshi decidió cierta mañana dejar de comer todo aquello que pudiera parecerle saludable al resto de las personas. Tomó la decisión luego de la noche de insomnio -provocado quizá por el recuerdo de la vieja cocinera de la casa en su tránsito por la Caravana de los Seres Desdentados (1)- que siguió al banquete de bodas de sus padres. Durante aquella noche sintió, entre dormido y despierto, la desaparición de sus brazos y piernas por la voracidad incontrolada de su propio estómago. Fue tal la agresividad que mostró en sueños aquel órgano, que Endo Hiroshi, con las primeras luces del alba, ya se sentía miembro del bando de los que comen sólo para estropear sus estómagos, de tal modo que se transformen con el tiempo en órganos casi inservibles.

Endo Hiroshi había escuchado historias de muchachas que morían mostrando una delgadez extrema por negarse de pronto a comer ni un grano de arroz. Algunos decían que muchas de aquellas inapetencias eran causadas por una desilusión amorosa, y otros, que se producía por seguir de una manera estricta la imposición de las modas que provenían de Occidente. Por el contrario, sabía también de hombres y mujeres que comían hasta hartarse, mostrando en sus corpulentos cuerpos la imposibilidad de abstraerse al desenfrenado deseo de representar dentro de sí mismos el universo entero (2). En su familia se habían dado las dos situaciones opuestas en más de una ocasión, incluso se presentó el caso de unos primos, mellizos, en el que la hermana se consumió producto de la anorexia y el hermano se convirtió en un destacado luchador de Sumo (3).

Recordaba además las historias referidas a los años de la guerra que oyó de niño, donde la escasez fue tal que muchos llegaron a matar por una ración de arroz o un trozo de pescado (4). Escuchó también relatos de carne de rata envuelta en delicados sushis, y de jóvenes que se dedicaban a atrapar moscas para después consumirlas a manera de mijo (5). El impacto de esos cuentos motivó que el entomólogo Endo Hiroshi desde pequeño adquiriera un espíritu de reverencia hacia la comida, y nunca estuvo de acuerdo con aquella expresión extranjera que afirmaba que la cocina de su nación parecía estar hecha para ser apreciada visualmente, antes que para ser consumida (6).

En casa de sus abuelos, donde pasó parte de su infancia ya que a sus padres les estaba prohibido vivir juntos, no se acostumbraba desperdiciar nada comestible. Incluso muchas veces -basados principalmente en el libro de enseñanzas del Profeta Magetsu- se implementó una peculiar manera de preparar los alimentos, que consistía en enterrar los ingredientes varias horas seguidas en medio de piedras encendidas con leña o carbón (7). Al cabo de una hora se destapaba esta especie de sepultura y apreciar aquella esplendorosa comida era como estar delante de la madre tierra viéndola ofrendar nuevamente vida desde sus entrañas. El Profeta Magetsu, monje que no tuvo una sino varias muertes, concebía la creación del universo como un obsequio de la madre tierra a los elementos constitutivos del cosmos.

Durante un viaje que hizo al Africa, invitado por la sociedad de entomólogos de la que formaba parte, Endo Hiroshi debió ingerir todo el tiempo alimentos empaquetados que compró en un negocio que le recomendaron los miembros de la asociación a la que pertenecía. Hasta ese entonces su dieta diaria había consistido únicamente en arroz blanco. Realizó aquel viaje llevando en sus maletas botes, platos y vasos de plástico que contenían distintas recetas de alimento deshidratado. Endo Hiroshi tan solo debía agregar agua hirviendo a los recipientes para conseguir una serie de comidas que guardaban un lejano parentesco con las que originalmente se consumían en el país. No se conocen las razones por las que no transportó arroz de fácil cocción.

La excursión fue bautizada por el entomólogo Endo Hiroshi como “El largo viaje del agua hirviendo”, pues fue fundamental para su desarrollo la presencia de teteras y de estufas portátiles que le permitieron no sólo alimentarse de forma adecuada, sino además tomar el té de la manera tradicional. Endo Hiroshi habría podido prescindir varios días de la comida, pero mientras estuviera despierto le era prácticamente imposible dejar de tomar té por más de cuatro horas seguidas. Algunos entomólogos le aconsejaron que aprovechara el viaje y probara uno de los tantos insectos comestibles que se consumían en la región. Desde las hormigas comunes, que eran servidas bañadas con miel dentro de cucuruchos de papel, hasta la pulpa de ciertas tarántulas de patas azules que vivían sólo en la copa de los árboles (8). Mientras iban deglutiendo estos especímenes, era común que los miembros de la expedición hablaran de las propiedades nutritivas de los insectos. Algunos años atrás ciertos expertos, principalmente el científico Olaf Zumfelde de la universidad de Heidelberg, construyeron una tabla donde se detallaba la relación de la cantidad de proteínas de los invertebrados que era asimilada por el cuerpo humano (9).

Sin embargo, Endo Hiroshi no probó nada que no fueran los alimentos envasados que había comprado en su país. Continuó con su travesía llevando consigo siempre sus comidas empaquetadas, el té que necesitaba beber en forma constante, su tetera y la pequeña hornilla que funcionaba con pilas (10). Sólo faltando unos días para el final del viaje, en el que trabajó con su diligencia habitual, halló un extraño especimen que se creía extinguido. Mejor dicho halló un ejemplar desconocido, pues el único del que se tenía memoria, el Newton camelus eleoptirus, era de otro color. Logró guardarlo en la mejor de las condiciones posibles, y sin decirle nada al resto de la expedición lo llevó consigo en el viaje de regreso.

Una vez desembarcado se dirigió directamente al laboratorio que tenía montado en la parte trasera de la que después sería casa de sus padres (11). En ese entonces los padres aún estaban solteros y cada uno vivía por separado. Pese a esta situación, los miembros de la familia se encontraban todas las noches en aquella casa, que habitaba Hiroshi en forma permanente, para rezar las oraciones del monje Magetsu. Sabía que el hallazgo del insecto era fundamental para su carrera de entomólogo. Su nombre, Hiroshi, iba a ser utilizado a partir de entonces para nombrar al especimen cazado. Según sus conocimientos el insecto que se conocía era azul y no rojo como el que había encontrado. Hiroshi camelus eleoptirus, iban a ponerle al eleóptero rojo hallado en las estepas africanas.

Cuál no sería la sorpresa del entomólogo Endo Hiroshi al abrir la caja de plástico y encontrar sólo una pequeñísima bola negra en lugar de su insecto. La bola era tan minúscula que fue curioso que se diera cuenta de su presencia. La caja de plástico estaba construida especialmente para transportar los ejemplares cazados. Las fabricaban exclusivamente para los miembros de la sociedad de entomólogos a la que Hiroshi pertenecía. Estaban diseñadas de tal modo que los insectos atrapados pudiesen vivir mucho tiempo en su interior. Era imposible que se hubiese escapado el eleóptero encontrado la semana anterior. La última vez que Hiroshi lo vio fue en el aeropuerto de Nairobi antes de abordar el avión de regreso. Previo a su salida del hotel le había echado otra ojeada, y el día anterior, inmediatamente después de volver de la excursión, lo estuvo contemplando largo rato bajo unas lentes de entomólogo (12). En esa ocasión estuvo comparándolo con el Newton camelus eleoptirus que aparecía en una ilustración del libro de insectos que siempre llevaba consigo.

Fue tal la impresión ante la ausencia que no reparó en la llegada de sus padres, quienes como todos los días se preparaban para rezar en la sala principal de la casa las oraciones al Profeta Magetsu. Durante las semanas que duró su viaje al África los padres tuvieron que orar en el templo del Profeta que se levanta en las faldas del monte principal. Hiroshi escuchó que lo llamaban, pues sin su presencia los ritos no podían comenzar. Shikibu, la vieja sirvienta, terminaba en esos momentos de preparar la gran olla de arroz blanco que ofrecería luego de la ceremonia. Desde que cumplió los quince años de edad, el cuenco de arroz que se servía después de las oraciones era el único alimento que Endo Hiroshi consumía durante la jornada. Arroz y varios litros de té. Cualquiera hubiera dicho que esta dieta lo pondría delgado y débil, pero su lozanía demostraba lo contrario. Como los viejos monjes budistas, incluso como el mismo Profeta Magetsu, un cuenco de arroz era comida suficiente para sobrevivir la vida entera.

Se dice que una de las muertes del Profeta Magetsu, parece ser que la definitiva, ocurrió cuando el Profeta decidió permitir que su cuerpo se alimentara de su propio cuerpo (13). Para dejar huella del proceso en el que su carne desaparecería gradualmente contó con la presencia de su discípulo, Oshiro, quien debía escribir en un gran pergamino de papel de arroz las palabras que su maestro le fuera dictando. Cada día dijo sólo una palabra. Curiosamente la última puede ser traducida como paz. Resulta extraño que un ser de la altura espiritual del Profeta Magetsu, al final del proceso de muerte tan complejo que llevó a cabo, hubiese pronunciado una palabra que para muchos puede resultar tan obvia.

Antes de comenzar el ritual del Profeta, tanto los padres como Endo Hiroshi debían proceder a revisar los dientes de la anciana cocinera. Los padres sólo podrían casarse cuando aquella mujer perdiera la dentadura completa y no pudiera volver a comer. La cocinera moriría por inanición después de un largo viaje solitario luego de las bodas de sus señores.

Precisamente la noche en que Hiroshi Endo notó la desaparición del insecto, a la vieja cocinera se le desprendió la ultima muela que le quedaba en la boca. En ese momento se decidió que debía emprender la Caravana de los seres desdentados, que era como se denominaba a la travesía final. Mientras trataban de revisarle las encías, Endo Hiroshi comenzó a intuir lo sucedido con el insecto. Antes de que el padre diera el veredicto final, el entomólogo Endo Hiroshi empezó a comprender de qué estaba conformada la minúscula bola negra hallada dentro de la caja de plástico. Mientras la vieja sirvienta suplicaba y se negaba a abrir las mandíbulas, Endo Hiroshi entendía que aquella bola era el estómago del insecto. El estómago del insecto si es que los insectos contaran con estómago. En realidad se trataba del bicho deglutido por sí mismo. Aquella tenía que ser una masa informe conformada por los elementos que lo habían constituido. Los gritos de la anciana fueron desgarradores (14). Los padres se mostraron inflexibles. Se decidió que la travesía iba a realizarse dos días después. Luego de que la anciana, quien de pronto mostró un repentino silencio que pareció una aceptación de su destino, los padres comenzaron a discutir los preparativos para la boda. Hablaron principalmente del banquete. Servirían comidas tradicionales, no habría toques exóticos, salvo los besugos ofrecidos a los recién casados antes de comenzar la ceremonia. Había que pensar en el cocinero que tuviera la maestría suficiente para preparar el Besugo fantasma (15).

La receta consistía en destazar el besugo hasta dejarlo descarnado pero vivo, para luego introducirlo en una pecera que sería puesta en el centro de la mesa de los novios. La pareja de recién casados comería la carne mientras el pez seguía nadando, moribundo, mostrando sus órganos internos. Como señal de buen augurio para el matrimonio, la comida debía durar el tiempo exacto que tardaba el pez en morir.

El entomólogo Endo Hiroshi corroboró aquella noche sus sospechas. Luego de que condenaran a Shikibu comprobó con la ayuda de un microscopio que el insecto se había consumido a sí mismo. Sin una razón aparente experimentó un acceso de náuseas. Vomitó. Mientras tanto, en la planta baja sus padres continuaban con los planes de un matrimonio que por la presencia de piezas dentales en la boca de la cocinera no se había llevado nunca a cabo. A partir de entonces la madre podría pintar sus dientes de negro, y el padre estaba en el derecho de ir al dentista para hacerse extraer la parte frontal de la dentadura. El entomólogo Endo Hiroshi podría a su vez reemplazar sus dientes por piezas de oro, pero reflexionando en la transformación experimentada por un insecto que hubiera podido llamarse Hiroshi camelus eleoptirus, suceso que de inmediato lo habría llevado a la fama entre el grupo de entomólogos, decidió que después de participar en la celebración de las bodas de sus padres, el fin de su vida sería atenuar hasta un punto mínimo la acción de su estómago. Buscaría neutralizarlo de una manera similar a la atrofia hepática que sufren los gansos cebados, o los gatos que en ciertos países de Sudamérica suelen ser criados en jaulas minúsculas y alimentados con maíz aromatizado con harina de pescado (16).

Al día siguiente del banquete de bodas de sus padres, Endo Hiroshi comprendió que el verdadero motivo de su insomnio tenía que ver con el largo viaje de la cocinera a la muerte. La terca presencia del último diente había sido impedimento de un deceso digno diez años atrás. El entomólogo Endo Hiroshi no quería llegar a una situación semejante. Cuando el sol entró por la ventana, iluminando la caja de plástico que contenía aún el supuesto estómago del insecto, decidió no sólo comerse aquella bola negra sino una serie de gorgojos y otros bichos que recolectaría durante la mañana. En el ropero de su cuarto guardaba casi intacto el traje para la cacería de orugas que se celebraba los años bisiestos. La última vez que participó en una de esas jornadas lo hizo acompañado de su prima la muchacha delgadísima, y de su primo el obeso luchador de Sumo.

1. Costumbre arcaica por la que deben pasar los ciudadanos que han perdido completamente la dentadura.

2. Creencia popular entre los caldeos asirios de que en el cuerpo humano estaba contenida la totalidad de las esferas celestes. Se cree, gracias a recientes estudios de corte psicológico profundo, que en el hombre existen remanentes de esta convicción como símbolo de superioridad social.

3. Tipo de lucha deportiva que tiene como fin celebrar los tiempos de cosecha o de abundancia. Se practica sobre todo en regiones que se rigen por el calendario solar.

4. El pez por el que la gente cometió un mayor número de asesinatos fue el lenguado.

5. Hasta el día de hoy aparecen de cuando en cuando en los diarios casos de comerciantes que venden moscas tostadas en lugar de mijo.

6. Ver revista Newsweek #234, pag.56.

7. En ciertos países andinos esta práctica es conocida como Pachamanca.

8. Se trataba de las tarántulas Larpicus fosforescentes que únicamente existen en el este de Namibia.

9. Consultar Tabla Zumfelde. Disponible en la Sociedad de Nutriología de Berlín.

10. Era un modelo para campistas de la marca Hiraoka.

11. Según la tradición del profeta Magetsu, los señores de una casa no podían llevar vida marital hasta que la servidumbre no perdiera el último de sus dientes. Este hecho no los eximía del derecho a tener hijos.

12. Se usaron unas lentes Stewarson, importadas por la Casa Tenkei-Marú.

13. Ver el Catecismo Sagrado de la secta Hiro Sensei.

14. Se dice que aquella noche algunos vecinos no pudieron conciliar el sueño.

15. Los maestros en esta técnica suelen encontrarse en la costa sur del país.

16. Con estos animales suele prepararse una receta llamada Seco de gato.

Un cuento de César Aira: “El perro”

 

Yo iba en el colectivo, sentado junto a la ventanilla, mirando la calle. De pronto un perro empezó a ladrar muy fuerte, cerca de donde pasábamos. Lo busqué con la vista. Otros pasajeros hicieron lo mismo. El colectivo no iba muy lleno: todos los asientos ocupados, y unos pocos de pie; estos últimos eran los que más posibilidades tenían de verlo, por tener una perspectiva más alta y poder mirar por los dos lados. Aun sentado como iba yo, en el colectivo se dispone de una visión alta, la perspective cavalière, lo que veían nuestros ancestros monta- dos a caballo; es por eso que prefiero el colectivo al auto, en el que uno va hundido pegado al piso. Los ladridos venían de mi lado, el lado de la vereda, lo que era lógico. Aun así, no lo vi, y como íbamos rápido me hice a la idea de no verlo; ya habría quedado atrás. La módica curiosidad que había despertado era la que despertaba siempre la ocasión de un incidente o accidente, pero en este caso, salvo el volumen de los ladridos, no había grandes posibilidades de que hubiera pasa- do nada: los perros que la gente saca a pasear en la ciudad rara vez le ladran a nada que no sea otro perro. Así que la atención general dentro del colectivo ya se dispersaba… cuando volvió a encenderse, porque los ladridos seguían a más y mejor. Entonces lo vi. El perro corría por la vereda y le ladraba a nuestro colectivo, lo seguía, aceleraba para no quedarse atrás. Eso sí era rarísimo. Antes, en los pueblos, en las afueras de la ciudad, los perros corrían a los autos ladrándoles a las ruedas, yo lo recordaba bien de mi infancia en Pringles. Pero eso había quedado atrás, se diría que los perros habían evolucionado, se habían habituado a la presencia de los autos. Además, este perro no les ladraba a las ruedas del colectivo sino al vehículo entero, levantaba la cabeza hacia las ventanillas. Arriba, todos miraban. ¿Acaso el dueño había subido al colectivo, olvidándose a su perro o dejándolo abandonado? ¿O habría subido alguien que había robado o agredido al dueño del perro? No. No había habido una parada reciente. El vehículo venía avanzando sin detenciones por la avenida Directorio desde hacía unas cuantas cuadras, y sólo en la que estábamos recorriendo el perro había iniciado la persecución. Hipótesis más barrocas, como que el colectivo hubiera atropellado a su dueño o dueña, o a un congénere, podíamos descartarlas porque nada de eso había pasado. Las calles despejadas de un domingo a la tarde no habrían hecho pasar desapercibido un accidente.

Era un perro bastante grande, gris oscuro, hocico en punta, a medio camino entre perro de raza y perro de la calle, aunque hoy día ya no hay perros de la calle en Buenos Aires, por lo menos en los barrios por los que transitábamos. No era tan grande como para meter miedo de entrada, pero sí lo bastante como para resultar amenazante si se enojaba. Y éste parecía enojado, o más bien, quizás por el momento, desesperado, urgente. No era el impulso de agresión el que lo movía (por el momento, quizás) sino el apuro por alcanzar al colectivo, por hacerlo detener, o quién sabe qué.

La carrera seguía, junto con los ladridos. El colectivo, que en la esquina anterior había tenido que esperar un semáforo en rojo, aceleraba. Iba cerca de la vereda, por la que corría el perro; pero lo dejaba atrás. Ya estábamos casi en la otra bocacalle, y parecía inminente que la persecución cesara. Sin embargo, para nuestra sorpresa, al llegar a la esquina el perro cruzó y siguió por la vereda de la cuadra siguiente, acelerando él también, sin dejar de ladrar. No había mucha gente en la ve- reda, de otro modo el animal los habría llevado por delante, tan ciego iba, la mirada f ija en las ventanillas del colectivo, los ladridos más y más fuertes, ensordecedores, cubrían el ruido del motor del colectivo, llenaban el mundo. Se hacía evidente algo que debería haber sido evidente desde el primer momento: el perro había visto (u olido) a alguien que viajaba en el colectivo, y era tras él que corría. Un pasajero, uno de nosotros… No sólo a mí se me había ocurrido esa explicación, porque los demás empezaron a mirarse, a dirigirse gestos de interrogación. ¿Alguno lo conocía? ¿Alguien sabía de qué se trataba? Un antiguo dueño, un ex conocido… Yo también miraba a mi alrededor, yo también me lo preguntaba. ¿Quién sería? En esos casos, en el último en que uno piensa es en uno mismo. Yo tardé bastante en caer. Fue indirecto. De pronto, llevado por un presentimiento todavía sin forma, miré adelante, por el parabrisas. Vi que la ruta estaba despejada: delante de nosotros se extendía casi hasta el horizonte una fila de luces verdes que prometían una marcha rápida sin interrupciones. Pero recordé, con una alarma que empezaba a encenderse, que no estaba en un taxi: el colectivo tenía paradas fijas cada cuatro o cinco cuadras; es cierto que si no había nadie en la parada, o nadie tocaba el timbre para bajar, no se detenía. Nadie se había acercado a la puerta trasera, por ahora. Y con suerte no habría nadie en la próxima parada. Todas estas reflexiones las hacía simultáneamente. La alarma dentro de mí seguía creciendo; ya estaba a punto de encontrar sus palabras y revelarse. La demoraba la urgencia misma de la situación. ¿El azar nos permitiría seguir sin detenernos hasta que el perro hubiera renunciado a su persecución? Volví a mirarlo; había apartado la vista de él apenas por una fracción de segundo. Seguía corriendo a la par, seguía ladrando como un poseído… y él también me miraba. Ahora yo lo sabía: era a mí al que le ladraba, a mí al que corría. El terror de las catástrofes más impensadas se apoderó de mí. Ese perro me había reconocido y venía por mí. Y aunque, en la presión del instante, ya me estaba jurando a mí mismo negarlo, negar todo, no admitir nada, en el fondo de mi conciencia sabía que él tenía razón y yo no. Porque una vez, en el pasado, yo me había portado mal con ese perro, lo había hecho objeto de una infamia realmente incalificable. Debo reconocer que nunca tuve principios morales muy sólidos. No voy a justificarme, pero hay alguna explicación en el combate incesante que debí librar para sobre- vivir, desde mi más tierna edad. Esa lucha fue embotando los escrúpulos. Me he permitido acciones que no se permitiría ningún hombre decente. O quizás sí.Todos tienen sus secretos. Además, lo mío nunca fue tan grave. Nunca llegué al crimen. Y en realidad no olvidaba lo hecho, como haría un canalla auténtico. Vagamente, me prometía pagar de algún modo, nunca me había puesto a pensar cómo. Este reconocimiento del que yo era objeto, tan bizarro, este regreso de un pasado si no olvidado lo bastante sumergido como para parecerlo, era lo que menos había esperado. Había contado, me daba cuenta, con una cierta impunidad. Había dado por sentado, y quizás en mi lugar todos lo habrían hecho, que un perro tenía poco de individuo y casi todo de especie, y a ella se reintegraría por entero, hasta desaparecer. Y con esa desaparición se desvanecía mi culpa. La execrable traición que había ejercido sobre él lo había individualizado por un momento, sólo por un momento. Que ese momento persistiera, después de tantos años, me parecía sobrenatural y me espantaba. Al pensar en el tiempo que había pasado, asomó una esperanza, a la que me aferré: era demasiado. Un perro no vive tanto. Había que multiplicar por siete… Los pensamientos se agolpaban en mi cabeza, entrechocándose con los ladridos sordos que seguían y seguían creciendo. No, el tiempo transcurrido no era demasiado, no valía la pena que hiciera la cuenta y siguiera engañándome. Cualquier esperanza sólo podía venir de esa típica reacción psíquica de negación ante algo que nos afecta demasiado: «No puede ser, no puede estar pasando, lo estoy soñando, me equivoqué en la interpretación de los datos». Esta vez no era la reacción psíquica: era la realidad.Tanto, que ahora evitaba mirarlo; le temía a su expresividad. Pero estaba demasiado nervioso para hacerme el indiferente. Miré hacia delante; debí de ser el único en hacerlo, porque todos los demás pasajeros iban pendientes de la carrera del perro. Hasta el chofer, que volvía la cabeza para mirar, o miraba por el espejo, y hacía un comentario risueño con los pasajeros de delante; lo odié, porque con esas distracciones aminoraba la velocidad; de otro modo no podía explicarse que el perro siguiera a la par, ya llegando a la segunda bocacalle. Pero ¿qué importaba que siguiera a la par? ¿Qué podía hacer, más que ladrar? No iba a subirse al colectivo. Después del primer shock, yo empezaba a evaluar la situación más racionalmente. Ya había decidido negar que conocía a ese perro, y seguía firme en la decisión. Un ataque, que creía improbable («Perro que ladra no muerde»), me pondría en el papel de víctima y merecería la intervención de los testigos en mi favor, de la fuerza pública si era necesario. Pero, por supuesto, no le daría la ocasión. No pensaba bajar del colectivo hasta que no se hubiera perdido de vista, cosa que tendría que suceder tarde o temprano. El 126 va lejos, hasta Retiro, por un camino que al salir de la avenida San Juan se hace sinuoso, y era impensable que un perro pudiera seguir todo el trayecto. Me atreví a mirarlo, pero aparté la vista de inmediato. Nuestras miradas se habían cruzado, y en la de él no vi la furia que esperaba sino una angustia sin límite, un dolor que no era humano, porque un hombre no lo soportaría. ¿Tan grave era lo que yo le había hecho? No era momento de entrar en análisis. Y no valía la pena porque la conclusión siempre sería la misma. El colectivo seguía acelerando, cruzábamos la segunda bocacalle, y el perro, que se había retrasado, cruzaba también, pasando frente a un auto detenido por el semáforo; si ese auto hubiera venido en marcha habría cruzado igual, tan enceguecido iba. Me avergüenza decirlo, pero le deseé la muerte. No sería algo sin antecedentes; había una escena en una película en la que un judío en Nueva York reconocía, cuarenta años después, a un kapo de un campo de concentración, salía persiguiéndolo por la calle y lo mataba un auto. El recuerdo, al revés del efecto de alivio que suelen producir los antecedentes, me deprimió, porque aquello era una ficción, y hacía resaltar por contraste la calidad de real de lo mío. No quería volver a mirarlo, pero el sonido de los ladridos me indicó que se estaba quedando atrás. El colectivero, seguramente harto de la broma, estaba apretando a fondo el acelerador. Me atreví a volver la cabeza y mirar; no iba a llamar la atención porque todos en el colectivo estaban miran- do; al contrario, si yo era el único en no mirar podía hacerme sospechoso. Además, pensé, quizás era mi última oportunidad de verlo; semejante casualidad no podía darse dos veces. Sí, se quedaba atrás, decididamente. Me pareció más pequeño, más patético, casi ridículo. Los otros pasajeros empezaron a reírse. Era un perro viejo, gastado, quizás al borde de la muerte. Los años de rencor y amargura que este estallido dejaba adivinar habían dejado su huella. La carrera debía de estar matándolo. Pero no podía evitarlo, si había pasado tanto tiempo esperan- do el momento. Y efectivamente, no aflojaba. Aun sabiendo perdida la partida seguía adelante, corriendo y ladrando, ladrando y corriendo. Quizás, cuando perdiera de vista a lo lejos al colectivo, seguiría corriendo y ladrando, porque ya no podría hacer otra cosa, para siempre. Tuve una visión fugaz de su figura,en un paisaje abstracto (el infinito) y sentí pena,pero una pena tranquila, casi estética, como si la pena me viera a mí desde tan lejos como yo creía estar viendo al perro. ¿Por qué dirán que el pasado no vuelve? Todo había sucedido tan rápido que no me había dado tiempo a pensar. Yo siempre había vivido en el presente porque apenas si me daban las energías del cuerpo y la mente para asimilarlo y reaccionar, sólo me alcanzaba para lo inmediato, y apenas. Siempre sentí que estaban sucediendo demasiadas cosas todas juntas, que precisaba un esfuerzo sobrehumano, más fuerzas de las que tenía, para hacerme cargo del instante. De ahí que no me anduviera con remilgos éticos cuando debía sacarme algo de encima, así fuera por las malas. Debía desalojar lo que no fuera estrictamente necesario para mi supervivencia, conseguir algo de espacio, o de paz, a cualquier precio. Las heridas que eso pudiera provocar en otros no me preocupaban, porque sus consecuencias quedaban fuera del presente, es decir, de mi vista. Ahora, una vez más, el presente se desembarazaba de un invitado molesto. El incidente me dejaba un sabor agridulce en la boca, por un lado el alivio de haber escapado por tan poco, por otro una comprensible amargura. Qué triste era ser un perro. Vivir con la muerte tan cerca, tan inexorable. Y más triste todavía ser este perro, que había salido de la resignada fatalidad del destino de la especie sólo para mostrar que la herida que había recibido una vez seguía sangrando. Su figura recortada en la luz del domingo porteño, agitándose sin cesar en su carrera y sus ladridos, había hecho el papel del fantasma, volviendo de la muerte, o más bien del dolor de la vida, para reclamar… ¿qué? ¿Una reparación? ¿Una disculpa? ¿Una caricia? ¿Qué otra cosa podía pretender? No podía querer vengarse, pues la experiencia debía de haberle enseñado de sobra que no podía nada contra el inexpugnable mundo humano. Sólo podía expresarse; lo había hecho, y no le había servido de nada, como no fuera extenuar su viejo corazón cansado. Lo había derrotado la expresión muda, metálica, de un colectivo en marcha alejándose, y una cara que lo miraba desde el otro lado del vidrio de una ventanilla. ¿Cómo me había reconocido? Porque yo también debía de haber cambiado mucho. Por lo visto me tenía muy presente, quizás mi imagen no se había borrado de su mente un solo instante todos esos años. Nadie sabe en realidad cómo opera el psiquismo de un perro. No había que descartar que hubiera sido el olor, en ese rubro se cuentan cosas increíbles de los animales. Por ejemplo una mariposa macho que huele a la hembra a kilómetros de dis- tancia, atravesando los miles de olores que hay entre él y ella. Me dejaba ir a consideraciones ya desinteresadas, intelectuales. Los ladridos eran un eco, que modulaba, más alto, más bajo, como si viniera de otra dimensión. De pronto me sacó de mis pensamientos una intuición que sentí en todo el cuerpo. Me di cuenta de que me había apurado a cantar victoria. La acelerada del colectivo, que acababa de cesar, era la que daban siem- pre los choferes cuando tenían en vista una parada en la que debían detenerse. Aceleraban, calculando la distancia, y después levantaban el pie y dejaban que por inercia el colectivo llegara a la parada. Y en efecto, ya la velocidad disminuía, acercándose a la vereda. Me enderecé para mirar. En la parada había una señora mayor con un niño. El volumen de los ladridos volvía a crecer. ¿Era posible que el perro siguiera corriendo, que no hubiera renunciado? No miré, pero debía de estar muy cerca. Nosotros ya estábamos detenidos. El niño subió de un salto, pero la señora se tomaba su tiempo; el estribo alto de los colectivos les causaba problemas a las damas de su edad. Yo gritaba interiormente: ¡Apurate, vieja de mierda!, y seguía su maniobra con ansiedad. No era mi estilo de hablar ni de pensar; me salía así por la nerviosidad, pero me corregí de inmediato. En realidad, no tenía por qué preocuparme.Todo lo que podía pasar era que el perro recuperara terreno, para después volver a perderlo. Lo peor que yo podía temer era que se pusiera a ladrar frente a mi ventanilla de un modo muy ostensible, y los otros pasajeros vieran que era a mí al que perseguía. Pero yo no tenía más que negar todo conocimiento de ese animal, y nadie me desmentiría. Bendije a las palabras, y a su superioridad sobre los ladridos. La vieja estaba subiendo el segundo pie al estribo, ya casi estaba arriba. Un vendaval de ladridos me aturdió. Miré al costado. Llegaba, veloz como el rayo, desmelenado, siempre sonoro. Era increíble su resistencia. A su edad, ¿era posible que no tuviera artrosis, como todos los perros viejos? Quizás estaba quemando sus últimos cartuchos; no debía de tener nada que ahorrar; encontrarme a mí, después de tantos años, expresarme su resentimiento, cerraba el círculo de su destino. Al principio (todo esto sucedía en una fragmentación loca de segundos) no entendí lo que pasaba, sólo capté una extrañeza. La localicé enseguida: no se había detenido frente a mi ventanilla, había seguido de largo. ¿Qué se proponía…? ¿Era posible que…? Ya había llegado a la altura de la puerta delantera y con la agilidad de una anguila giraba, saltaba, se escurría… ¡Estaba subiendo al colectivo! O mejor dicho, ya había subido, y sin necesidad de voltear a la vieja, que apenas había sentido un roce en las piernas, ya volvía a girar y casi sin disminuir la velocidad ni dejar de ladrar enfilaba por el pasillo… Ni el chofer ni los pasajeros ha- bían tenido tiempo de reaccionar, los gritos ya se formaban en sus gargantas pero todavía no salían. Yo habría tenido que decirles: No se asusten, no es con ustedes la cosa, es conmigo… Pero yo tampoco había tenido tiempo de reaccionar, salvo para paralizarme y endurecerme en el espanto. Sí tuve tiempo para verlo, precipitándose hacia mí, y ya no pude ver otra cosa. De cerca, y de frente, su aspecto había cambiado. Era como si antes, desde la ventanilla, lo hubiera visto a través del recuerdo o de la idea que me hacía del daño que le había causado, mientras que allí dentro del colectivo, ya al alcance de la mano, veía su realidad. Lo veía joven, vigoroso, elástico, más joven que yo, más vital (en mí la vida había ido desagotándose todos estos años, como el agua de una bañadera), sus ladridos retumbaban en el interior con una fuerza intacta, los dientes blanquísimos en las fauces que ya se cerraban sobre mi carne, los ojos brillantes que no habían dejado por un instante de estar fijos en los míos.

16 de marzo de 2008

 

Enrique Espinoza y la Revista Babel. Del sincretismo ideológico al trotskismo intelectual. Recepción de la ideología trotskista en Chile (1936-1945)

 

 

por Sebastián Hernández

Aquí se confunde el tropel -de los que a lo infinito tienden- y se edifica Babel -en donde todos se comprenden.

Revista Babel, mayo 1939.

 

La presente investigación se centra en la figura de Enrique Espinoza, su entorno intelectual como lo es la revista Babel y –en menor medida- su precedente, la revista SECH. Aquí observaremos cómo este escritor a través de sus diferentes trabajos logró encasillarse como un intelectual de renombre en el país y en el continente, generando una atmósfera intelectual como pocas, las cuales trajeron consigo respuestas ideológicas e intelectuales, como muy escasas veces se ha dado en nuestro territorio.

 

Samuel Glusberg, verdadero nombre de Enrique Espinoza, nació en Kischinev Rusia, en Junio de 1898. Llegó a Buenos Aires en 1905 a los siete años, ya que su padre, el rabino Ben Sión Glusberg, tuvo que emigrar con su familia huyendo de los Progroms.1 Desde muy pequeño Glusberg mostró su talento y habilidades en las letras, a los 16 años ya leía a literatos de renombre como Tolstoi, Turguenev, Heinrich Heine y Baruch Espinoza, de los cuales construyó su seudónimo en la creación de las letras de Enrique Espinoza2.

 

En 1921, todavía en Argentina, Espinoza publicó Babel, la revista de arte y crítica donde se unieron escritores muy destacados como Augusto D ́Halmar, Pedro Prado, Juan Marinello, Jorge Basadre, Horacio Quiroga, Gabriela Mistral, José Carlos Mariátegui, entre otros. Este elemento hace que a su corta edad, Espinoza ya lograse conformar una relación intelectual con grandes escritores de nuestro país y el continente, erigiendo un entorno intelectual importante. Esta situación hará que su trabajo desde muy joven, se legitimase gracias a las relaciones y críticas que recibió por sus pares de mucho mayor renombre.

 

Posteriormente, entre 1932 y 1935, Enrique Espinoza intentará editar la nueva revista Trapalanda. Un colectivo porteño, la cual tuvo una existencia casi insignificante. Seguido a esto crea su libro “Trinchera”, el cual intentó resumir su política cultural y definirse como un animador de esta índole4. De esta manera, circunstancias de época tales como la muerte de Mariátegui, la explosión de la Guerra Civil Española, la crisis económica, la irrupción de distintas dictaduras en nuestro continente y el desplazamiento de la intelectualidad de izquierda en Argentina por el viraje fascista de Lugones, fueron hechos que paulatinamente hacen que Enrique Espinoza vaya politizando su actuar y reestructure políticamente su “proyecto creador”, el cual se ve representado a través de SECH y la revista Babel en Chile.

 

Desde los parámetros metodológicos propuestos por la Historia Intelectual se desarrollara nuestra investigación. Ésta se centra en la siguiente hipótesis: la percepción intelectual trotskista se representó a través de Enrique Espinoza y la publicación de la revista Babel, en donde la relación personal de Espinoza con Trotsky, el apego a sus posturas y la muerte de éste último, provocaron un giro ideológico y una nueva línea editorial en la revista, reestructurando su atmósfera intelectual.

 

Finalmente, la cronología de estudio se centrará en el periodo comprendido entre 1936 y 1945, en 1936 las primeras publicaciones de Enrique Espinoza en Chile muestran sus planteamientos ideológicos sobre su postura política y el comportamiento de los intelectuales. A esto seguiremos desde 1939 con las primeras publicaciones de la revista Babel, en donde distinguiremos el explícito sincretismo ideológico que propone

entre las ideas libertarias y el trotskismo. Finalmente concluiremos entre 1941 a 1945, donde ya se puede observar de manifiesto la reestructuración de todos los intelectuales del equipo editorial de Babel en torno a las ideas trotskistas.

 

  1. a) Espinoza en la SECH y la conformación del espacio intelectual. Sus primeros atisbos ideológicos en Chile (1935-1939).

En 1935, Enrique Espinoza se radicó en Santiago, escribiendo breves ensayos a través de la revista de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH). A partir de esta publicación, el autor comenzó a conformar un proyecto creador donde mostró un planteamiento intelectual revolucionario. A través de sus artículos, Espinoza resaltó la actitud ejemplar de diferentes intelectuales en el mundo, los cuales son capaces de mostrar una autonomía legitimada al seguir una línea trotskista revolucionaria y crítica a la URSS.

 

De este modo, Espinoza mostrando parte de su pensar, le restó importancia a las figuras políticas y sus proyectos organizacionales, ya que según él lo que realmente cobra importancia, es la dificultad de ser intelectualmente revolucionario al interior de la sociedad porque “…los auténticos pensadores revolucionarios, no pierden en ningún momento su independencia de juicio”, haciendo mucho más complejo la expresión de sus creaciones en una sociedad adversa políticamente.

 

En los primeros escritos de Espinoza en la SECH, podemos observar un inicial atisbo ideológico del autor conducido hacia el trotskismo. Resaltando en diferentes artículos su propia figura de revolucionario o comparando diferentes actitudes intelectuales con las acciones desarrolladas por él, logrando apreciar el giro crítico de Espinoza. Así, temprana y explícitamente en relación a la situación de nuestro país, Espinoza comenzó a recepcionar las posturas ideológicas de Trotsky y a enaltecer su figura en Chile, en forma paralela y sin ningún nexo político con la alicaída Izquierda Comunista chilena. Ejemplo de los componentes ideológicos marxistas, se puede ver expresado a través de las siguientes líneas:

“En la práctica de la dictadura del proletariado, antídoto invitable impuesto por la resistencia armada de la burguesía internacional y que expresa la barbarie del pasado antes que la cultura del porvenir –los nombres de Lenin y Trotsky se hacen pronto para los revolucionarios del mundo entero tan inseparables como los de Marx y Engels en la teoría.”

 

Espinoza dio a entender a través de su obra, la ideología y cultura política que éste poseía, donde muestra su aprecio por las ideas representadas por Trotsky en una época en que el estalinismo calaba fuerte en nuestro país y el Partido Comunista cada vez se bolchevizaba en mayor medida, mientras que alero político trotskista se desarticulaba con la desintegración de la Izquierda Comunista y la incorporación de sus miembros al Partido Socialista de Chile.

 

Sin embargo, el punto de mayor importancia en relación de los ideales trotskistas con Espinoza, es la visita del autor en 1938 a Trotsky en Coyoacán, México. Fue esta visita la que repercutió fuerte en la ideología de Enrique Espinoza, ya que junto con entregarle mucha literatura política de su autoría, Espinoza se convirtió en su agente literario en Chile, fortaleciendo sus posturas ideológicas con mucha más fuerza hacia el trotskismo.

Su relación con otros intelectuales de nuestro país que también poseían un enfoque similar en cuanto a lo revolucionario, generó una nueva atmósfera intelectual. Esta atmósfera se nutrió de diferentes escritores capaces de criticar sin tapujos el sistema y mostrar una adhesión similar por la revolución y el objetivo de la sociedad comunista.

 

Es así, como Espinoza entabló una relación de amistad, ideológica e intelectual con los autores Manuel Rojas, Ernesto Montenegro y González Vera, instaurando una unidad intelectual capaz de expresar posturas ideológicas a través de las letras y la literatura como muy pocas veces se ha representado en Chile. Esta vinculación de amistad e intelectualidad pudo haberse desarrollado, por lo común que se presentaban los temas tratados por estos autores. Tal como Espinoza generaba artículos referentes a las posturas de Trotsky respecto a los referentes del marxismo y la actitud revolucionaria de algunos intelectuales, Manuel Rojas expuso trabajos como “José Martí y el espíritu revolucionario en los pueblos” y Ernesto Montenegro por su parte escribía artículos como “Horacio Quiroga visto del extranjero”, donde no sólo se analizaba y adulaba la misma figura de Espinoza, sino que también se le veía como un revolucionario intelectual.

 

De esta forma se comenzó a conformar el grupo intelectual que integró Babel. Muchos de ellos, aun cuando no poseyeron las mismas posturas ideológicas, conformaron una amistad y un equipo, con un “proyecto creador” capaz de enarbolar ciertos enfoques intelectuales -como el anarquismo y el trotskismo- muy importantes en relación a la estructuración ideológica política nacional y la instauración de un nuevo imaginario literario para nuestro país.

 

Así, a través de los diferentes artículos presentados por Espinoza en la revista SECH, podemos apreciar los primeros planteamientos ideológicos del autor en relación a su postura política y, sumado a ello, el comportamiento de los intelectuales, quienes logrando entablar un círculo cercano de pensamiento, comenzaron a generarse fama por medio de sus trabajos literarios. Esta situación les otorgó una legitimación para expresarse libremente y con argumentos “de sobra” acerca de sus posturas políticas. Sus enfoques, tuvieron vida a través de sus críticas y creaciones inclusive en periodos posteriores a la revista Babel.

 

  1. b) El sincretismo ideológico en la reanudación de Babel (1939-1940).

En 1939, ya teniendo distintas publicaciones de sus artículos en Chile, Espinoza reanudó en forma mensual el tiraje de Babel en Santiago, organizando un soporte crítico con los artículos extraídos de otras revistas internacionales. A partir de esta instancia es que podemos observar en Babel un sincretismo ideológico representado por el equipo editor de la revista.

 

Esta heterodoxia ideológica presente en Babel, se representó a través de las distintas posturas políticas defendidas por sus integrantes intelectuales. El trotskismo representado por el mismo Espinoza o las ideas libertarias representadas por Rojas, Montenegro y González Vera, forman parte central de este bagaje intelectual.

 

Estos distintos enfoques ideológicos podían verse en explícito en los primeros números de la revista. Allí Enrique Espinoza tradujo y editó artículos contra el fascismo y el antiestalinismo como “Stalin como ícono” de Edmun Wilson o “Posteriptum a Mussolini” de Emil Ludwig; por su parte, los demás colaboradores de la publicación como Manuel Rojas, produjeron trabajos literarios con alusión al Anarquismo, como “Deshecha rosa”.

 

Es de esta manera como se va afirmando en nuestra palestra literaria, una revista con diferentes matices ideológicos, la que, sin embargo, poseía objetivos claros en los que concordaban los principales colaboradores de la revista. Estos elementos eran:

 

  1. a) el hecho de mostrar las diferentes posturas libremente, “Libres de prejuicios, como buenos americanos, haremos naturalmente lugar a la polémica esclarecedora, seguros que para tener razón no es preciso de ningún modo cortar la cabeza al adversario.”
  2. b) la dirección de la revista enfocada hacia un solo sector de la población; la población inteligente y cercana, capaz de comprender sus posturas, “bajo el signo de tan alta esperanza y sin ningún principio mezquino, pues, en este día consagrado a los trabajadores de todos los países para brindar a los mas cercanos e inteligentes una serie de periódicos de ensayos, artículos y narraciones de valor permanente documental.”

 

Y por último,

 

  1. c) la apreciación -bajo cada uno de sus distintos parámetros ideológicos- de la Revolución como la única manera de llegar a la sociedad comunista. Esto lo podemos observar por medio de la edición de divergentes números en Babel referidos a la Revolución, como el número de los últimos meses de 1940 el cual se titulaba “de la poesía a la Revolución”.

 

De esta manera, se ve representada una heterodoxia ideológica en la cual sus diferentes posturas no se observan relacionadas a la ideología trotskista y libertaria, ya que al enfocar la revista hacia una dirección intelectual, lo único que logra es desenvolverse en un ámbito elitista y sectario. Sin embargo, esta postura se genera porque en la reanudación mensual de Babel se ofrece un horizonte de reflexión fundamentalmente a una elite citadina, en donde pueda ser leída por “opinantes de relieve”, según González Vera, que no pertenezcan al mundo popular para que pueda informar sobre la cultura del trabajador, la que siempre es permeada por la burguesía. De este modo, en Babel los estudiantes se transforman en el nexo difusivo entre intelectuales y trabajadores, gracias a la entrega de todos los números de la revista a las universidades y federaciones de las casas de estudio más importantes del país.

 

Sin embargo, y a pesar de esta heterodoxia ideológica representada por el círculo de colaboradores más cercanos de la revista Babel, es necesario distinguir que este equipo intelectual se preocupó de mantener un “crítica positiva” en torno a los artículos editados por su revista. Este mecanismo permitió que las ideas políticas expresadas, alcanzaran importancia a través de la aprobación de sus pares en el campo intelectual en el que estuvo inmerso.

 

Para que este elemento sucediese, los diferentes colaboradores -como Espinoza- publicaban entero o parte de sus artículos en distintos diarios del país, exponiendo sus creaciones a una especie de prueba, en donde de pasar sus artículos las críticas de sus pares y del público, estos textos podrían ser publicados en Babel. Este hecho lo podemos ver manifestado en el diario La Hora de Santiago, donde Espinoza escribió en el primer párrafo de su artículo lo siguiente:

“En este tiempo de guerra y traición, todos los días nos sorprende una noticia amarga que, contra nuestra costumbre, nos empuja a improvisar un artículo, sin acordarnos la demora de una cuantas semanas para traducir después para “Babel”, sobre el mismo tema, uno más autorizado a los ojos del público.”

Claramente, elementos como estos son lo que permitieron hacer que la revista Babel, a pesar de su sincretismo ideológico y su temprana edición en nuestro país, se enarbole como una de las revistas literarias intelectuales más importantes de nuestro territorio. Distinguida por sus mismos pares y por los estudiantes, la revista logró un lugar importante dentro de la estructura del campo intelectual de nuestro país y del continente.

 

La consagración de Babel y el giro ideológico de sus colaboradores centrales (1941, 1943-1945).

A raíz de la muerte de León Trotsky en 1940, la revista Babel sufrió un giro ideológico explícito hacia el trotskismo. En dicho giro –en sus últimos números antes del primer cese de publicaciones en julio de 1941- la revista desarrolló un número exclusivo en homenaje a Trotsky y sus postulados ideológicos, sin encontrar críticas por partes de los emblemas libertarios de la revista.

 

En este sentido, más que exponer el trabajo realizado por el siempre trotskista Enrique Espinoza, se hace necesario mostrar los trabajos realizados por sus pares, quienes aún siendo defensores de postulados anarquistas, también se adscribieron al giro ideológico, dando cuenta de la recepción de estos postulados en la realización de este número homenaje. Es así como a través de Manuel Rojas, podemos observar la relación que poseyó este intelectual con los distintos elementos trotskistas, en las siguientes líneas:

 

“La muerte de León Trotsky pone punto final a la historia del partido bolchevique ruso. Un gran partido muere con el gran hombre que era su último combatiente. Con el partido y con el hombre termina, de una vez y para siempre, en todos sus aspectos vitales inmediatos, el movimiento social y político que ese partido y los hombres que lo formaban promovieron en Rusia y que tanto alcance y trascendencia ha tenido en el mundo. Definitivamente,porque lo que queda, aquello que en el terreno social y político fue realizado por ese partido y esos hombres, es un organismo que está muy lejos de esos hombres y de ese partido: un Estado Obrero degenerado, como el mismo Trotsky decía.”
Claramente, estas líneas recién expuestas ponen en evidencia la incoherencia ideológica de Manuel Rojas en su postura como anarquista. En estas líneas, Rojas no hace otra cosa que enaltecer a un líder político y a su partido, otorgando posturas positivas a estructuras burocráticas a las que se supone que cualquier anarquista aborrece.

 

Una vez ya presentados los últimos números de Babel en 1941, la revista cesó sus publicaciones para reanudarlas en 1943, donde incorporó nuevos colaboradores intelectuales comenzando a editarla de forma bimestral. Esta reanudación trajo consigo dos elementos centrales alrededor de Babel. Primero que todo, generó una perspectiva ideológica más clara y concreta, donde los colaboradores intelectuales se alinearon hacia un ideario pacifista humanista vinculado a la resistencia contra el fascismo y el nacional socialismo de las décadas del 30 ́ y 40 ́, propio de las posturas trotskistas más generales adoptadas en la fundación de la IV Internacional, aunque sin desarrollar alguna conexión con partidos de esta índole como el POR. Seguido de esto, la revista logró consagrarse en el campo intelectual a través de su “proyecto creador autónomo”, legitimado por sus propios pares.

 

El hecho de que Babel lograra consolidarse en sus posturas ideológicas, comenzó con el liderazgo efectuado por Enrique Espinoza quien, al establecer como editor hacer un número en homenaje a Trotsky, moldeó la ideología presente en sus colaboradores. Es así como desde 1943, el autor comenzó a adherirse de manera mucho más fuerte a los postulados de Marx y Engels al igual que de los referentes de la Revolución Rusa como lo eran Lenin y Trotsky, generando así, una consolidación ideológica de la recepción trotskista a nivel intelectual en nuestro país a través de su persona y la revista Babel.

 

Seguido a esto, también no hay que dejar de mencionar que junto con la consolidación ideológica que obtuvo la revista Babel a partir de 1943, también se logró su consagración a nivel intelectual. La revista, por medio de la integración de distintos personajes de renombre tales como el diseñador Mauricio Amster (1944) y, junto con ello, una gran selección de ensayos en donde podemos encontrar a Gabriela Mistral, Ciro Alegría, Thomas Mann, Hannah Arendt, Albert Camus, Mc Donald, entre otros, permite su reconocimiento a un mayor nivel en el espacio de la intelectualidad chilena. De lo anterior es que podemos afirmar que con la consagración intelectual que vivió Babel desde 1943, se logró dar la unión perfecta entorno a un círculo intelectual concreto. Con esta afirmación, la revista se proveyó de una crítica positiva y legitimación otorgada por sus pares y el público, permitiendo el desarrollo de grandes figuras del pensamiento nacional en un “proyecto creador” respecto del trotskismo y sus elementos fundamentales apegados al marxismo. Así podremos ver a lo largo de la revista artículos como “Depauperación y concentración de capital” de Laín Diez, “Heine y Marx” de Enrique Espinoza, “España otra vez” de Manuel Rojas, “La iglesia católica y el fascismo” de Guido Piovene, entre otros; todos ellos, muestra de la inclinación de la revista hacia el trotskismo-marxismo.

 

Conclusiones

Enrique Espinoza es un referente de la recepción trotskista en Chile. A través de sus posturas ideológicas expresadas en sus creaciones literarias, logró representar los elementos centrales del trotskismo intelectual. Las cuales se pueden ver encarnadas en la acción de generar una propuesta intelectual antes que una organizacional, una férrea contraposición a Stalin, apoyar la idea del americanismo y no el socialismo en un solo país y la similitud a la Izquierda Comunista al proponer ideas realistas y poco dogmáticas.

 

A esto debemos añadir que a través de la revista Babel y su número en homenaje a Trotsky junto con su reanudación de su edición en 1943, logró provocar un vuelco ideológico en los intelectuales libertarios que comprendía el grupo más importante de esta revista, ya que a través de su consagración intelectual, también trajo consigo una consolidación ideológica en donde sus mayores referentes desarrollaron una crítica positiva y hasta aduladora de las temáticas planteadas por este personaje revolucionario intelectual marxista.

 

Es a través de este hecho que podemos comprender que el liderazgo político e influencia ideológica que poseyó Espinoza frente a su equipo editor, deja entrever la heterodoxia ideológica que tuvieron estos escritores con arraigo libertario, sintiéndose incentivados por propuestas sobre el “bien común”, sin importar la prosecución dogmática de una línea política. Esto nos muestra, en un nivel de análisis mucho más amplio, cómo los diferentes personajes de corte ácrata en nuestro país, poseyeron un bagaje ideológico mucho menor a diferencia de las teorías y reflexiones marxistas que llegaron a Chile. Esto lo notamos como resultado de la adhesión anarquista hacia las proclamas trotskistas, por el apoyo en difundir las diferentes ideas en las bases intelectuales que eran representadas en parte por Samuel Glusberg.

 

Por último, es preciso destacar como Enrique Espinoza y la revista Babel forman parte importante del campo intelectual chileno. Babel y Espinoza, a través de sus varias publicaciones fueron capaces de generar un nuevo imaginario literario en nuestro país, compuesto de una crítica cultural estricta en relación a las letras y a un repensar en la política de Chile, basado en ideologías fuertemente argumentadas en beneficio de nuestra sociedad. Es por esto que, sin lugar a dudas, Espinoza y Babel marcan “un antes y un después” en la escena de las letras chilenas y en el rol del intelectual en nuestra sociedad.

 

(Universidad Diego Portales:

http://www.udp.cl/descargas/facultades_carreras/historia/revista/hernandez_3.pdf)

La casa del sótano a la guardilla. El sentido de la choza

por Jorge Passadore

Quien vendrá a llamar a la puerta?
Puerta abierta, se entra.
Puerta cerrada, un antro.
El mundo llama del otro lado de mi puerta.
Les amusements naturels, p. 217.
PlERRE ALBERT-BlROT.

Para un estudio fenomenológico de los valores de intimidad del espacio interior, la casa es, sin duda alguna, un ser privilegiado, siempre y cuando se considere la casa a la vez en su unidad y su complejidad, tratando de integrar rodos sus valores particulares en un valor fundamental. La casa nos brindará a un tiempo imágenes dispersas y un cuerpo de imágenes. En ambos casos, demostraremos que la imaginación aumenta los valores de la realidad. Una especie de atracción de imágenes concentra a éstas en torno cíe la casa. A través de todos los recuerdos de rodas las casas que nos han albergado, y allende todas las casas que soñamos habitar, ¿puede desprenderse una esencia íntima y concreta que sea una justificación del valor singular de todas nuestras imágenes de intimidad protegida? He aquí el problema central.

Para resolverlo no basta considerar la casa como un “objeto” sobre el que podríamos hacer reaccionar juicios y ensoñaciones. Para un fenomenólogo, para un psicoanalista, para un psicólogo (enumerando estos tres puntos de vista por orden de precisión decreciente, no se trata de describir unas casas, señalando los aspectos pintorescos y analizando lo que constituye su comodidad. Al contrario, es preciso rebasar los problemas de la descripción -sea ésta objetiva o subjetiva, es decir, que narre hechos o impresiones— para llegar a las virtudes primeras, a aquellas donde se revela una adhesión, en cierto modo innata, a la función primera de habitar. El geógrafo, el etnógrafo, pueden muy bien describirnos distintos tipos de habitación. En esta diversidad el fenomenólogo hace el esfuerzo necesario para captar el germen de la felicidad central, segura, inmediata. En toda vivienda, incluso en el castillo, el encontrar la concha inicial, es la tarea ineludible del fenomenólogo.

Pero ¡cuántos problemas afines si queremos determinar la realidad profunda de cada uno de los matices de nuestro apego a un lugar de elección! Para un fenomenólogo el matiz debe tomarse como un fenómeno psicológico de primer brote. El matiz no es una coloración superficial suplementaria. Hay que decir, pues, cómo habitamos nuestro espacio vital de acuerdo con todas las dialécticas de la vida, cómo nos enraizamos, de día en día, en un “rincón del mundo”.

Porque la casa es nuestro rincón del mundo. Es —se ha dicho con frecuencia- nuestro primer universo. Es realmente un cosmos. Un cosmos en toda la acepción del término. Vista íntimamente, la vivienda más humilde ¿no es la más bella? Los escritores de la “habitación humilde” evocan a menudo ese elemento de la poética del espacio. Pero dicha vocación peca de sucinta. Como tienen poco que describir en la humilde vivienda, no permanecen mucho en ella. Caracterizan la habitación humilde en su actualidad, sin vivir realmente su calidad primitiva, calidad que pertenece a todos, ricos o pobres, si aceptan soñar. Pero, nuestra vida adulta se halla tan despojada de los bienes primeros, los lazos antropocósmicos están tan relajados que no se siente su primer apego en el universo de la casa. No faltan filósofos que “munifican” abstractamente, que encuentran un universo por el juego dialéctico del yo y del no-yo. Precisamente, conocen el universo antes que la casa, el horizonte antes que el albergue. Al contrario, las verdaderas salidas de imágenes, si las estudiamos fenomenológicamente, nos dirán de un modo concreto los valores del espacio habitado, el no-yo que rotege al yo.

Aquí, en efecto, tocamos una recíproca cuyas imágenes debemos explorar; todo espacio realmente habitado lleva como esencia la noción de casa. Veremos, en el curso de este ensayo, cómo la imaginación trabaja en ese sentido cuando el ser ha encontrado el menor albergue: veremos a la imaginación construir “muros” con sombras impalpables, confortarse con ilusiones de protección o, a la inversa, temblar tras unos muros gruesos y dudar de las más sólidas atalayas. En resumen, en la más interminable de las dialécticas, el ser amparado sensibiliza los límites de su albergue. Vive la casa en su realidad y en su virtualidad, con el pensamiento y los sueños.

Desde ese momento, todos los refugios, todos los albergues, todas las habitaciones tienen valores de onirismo consonantes. Ya no se vive verdaderamente la casa en su positividad, no es sólo ahora cuando se reconocen sus beneficios. Los verdaderos bienestares tienen un pasado. Todo un pasado viene a vivir por el sueño, en una nueva casa. La vieja expresión “transportamos allí nuestros dioses lares” tiene mil variantes. Y la ensoñación se profundiza hasta el punto en que una propiedad inmemorial se abre para el soñador del hogar más allá del más antiguo recuerdo. La casa, como el fuego, como el agua, nos permitirá evocar, en el curso de este libro, fulgores de ensoñación que iluminan la síntesis de lo inmemorial y el recuerdo.

En esta región lejana, memoria e imaginación no permiten que se las disocie. Una y otra trabajan en su profundización mutua. Una y otra constituyen, en el orden de los valores, una comunidad del recuerdo y de la imagen. Así la casa no se vive solamente al día, al hilo de una historia, en el relato de nuestra historia. Por los sueños las diversas moradas de nuestra vida se compenetran y guardan los tesoros de los días antiguos. Cuando vuelven, en la nueva casa, los recuerdos de las antiguas moradas, vamos a país de la Infancia Inmóvil, inmóvil como lo Inmemorial.1 Nos reconfortamos reviviendo recuerdos de protección. Algo cerrado debe guardar a los recuerdos dejándoles sus valores de imágenes. Los recuerdos del mundo exterior no tendrán nunca la misma tonalidad que los recuerdos de la casa. Evocando los recuerdos de la casa, sumamos valores de sueño; no somos nunca verdaderos historiadores, somos siempre un poco poetas y nuestra emoción tal vez sólo traduzca la poesía perdida.

Así, abordando las imágenes de la casa con la preocupación de no quebrar la solidaridad de la memoria y de la imaginación, podemos esperar hacer sentir toda la elasticidad psicológica de una imagen que nos conmueve con una profundidad insospechada. En los poemas, tal vez más que en los recuerdos, llegamos al fondo poético del espacio de la casa.

En esas condiciones, si nos preguntaran cuál es el beneficio más precioso de la casa, diríamos: la casa alberga el ensueño, la casa protege al soñador, la casa nos permite soñar en paz. No son únicamente los pensamientos; y las experiencias los que sancionan los valores humanos. Al ensueño le pertenecen valores que marcan al hombre en su profundidad. El ensueño tiene incluso un privilegio de autovalorización. Goza directamente de su ser. Entonces, los lugares donde se ha vivido el ensueño se. restituyen por ellos mismos en un nuevo ensueño. Porque los recuerdos de las antiguas moradas se reviven como ensueños, las moradas del pasado son en nosotros imperecederas.

Ahora, nuestro objeto está claro: debemos demostrar que la casa es uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos V los sueños del hombre. En esa integración, el principio unificador es el ensueño. El pasado, el presente y el porvenir dan a la casa dinamismos diferentes, dinamismos que interfieren con frecuencia, a veces oponiéndose, a veces excitándose mutuamente. La casa en la vida del hombre suplanta contingencias, multiplica sus consejos de continuidad. Sin ella el hombresería un ser disperso. Lo sostiene a través de las tormentas del cielo y de las tormentas de la vida. Es cuerpo y alma. Es el primer mundo del ser humano. Antes de ser “lanzado al mundo” como dicen los metafísicos rápidos, el hombre es depositado en la cuna de la casa. Y siempre, en nuestros sueños,la casa es una gran cuna. Una metafísica concreta no puede dejar a un lado ese hecho, ese simple hecho, tanto más, cuanto que ese hecho es un valor, un gran valor al cual volvemos en nuestros ensueños. Él ser es de inmediato un valor. La vida empieza bien, empieza encerrada, protegida, toda tibia en el regazo de una casa.

Desde nuestro punto de vista, desde el punto de vista del fenomenólogo que vive de los orígenes, la metafísica consciente que se sitúa en el instante en que el ser es “lanzado al mundo”, es una metafísica de segunda posición. Salta por encima de los preliminares donde el ser es el ser-bien, en que el ser humano es depositado en un estar-bien, en el bien-estar asociado primitivamente al ser. Para ilustrar la metafísica de la conciencia habrá que esperar las experiencias en que el ser es lanzado fuera, o sea en el estilo de las imágenes que estudiamos; puesto a la puerta, fuera del ser de la casa, circunstancia en que se acumulan la hostilidad de los hombres y la hostilidad del universo. Pero una metafísica completa que englobe la conciencia y lo inconsciente debe dejar dentro el privilegio de sus valores. Dentro del ser, en el ser cié dentro, hay un calor que acoge el ser que lo envuelve. El ser reina en una especie de paraíso terrestre de la materia, fundido en la dulzura de una materia adecuada. Parece que en ese paraíso material, el ser está impregnado de una sustancia que lo nutre, está colmado de todos los bienes esenciales.

Cuando se sueña en la.casa natal, en la profundidad extrema del ensueño, se participa de este calor primero, de esta materia bien templada del paraíso material. En este ambiente viven los seres protectores. Ya volveremos a ocuparnos de la maternidad de la casa. Por ahora sólo queríamos señalar la plenitud primera del ser de la casa. Nuestros ensueños nos vuelven a ella.

Y el poeta sabe muy bien que la casa sostiene a la infancia inmóvil “en sus brazos”:

Casa, jirón de prado, oh luz de la tarde
de súbito alcanzáis faz casi humana, ,
estáis junto a nosotros, abrazando, abrazados.
Rilke, apud Les lettres, 4 año, núms: 14-15-16, p. 1.

Claro que gracias a la casa, un gran número de nuestros recuerdos tienen albergue, y si esa casa se complica un poco, si tiene sótano y guardilla, rincones y corredores, nuestros recuerdos hallan refugios cada vez más caracterizados. Volvemos a ellos toda la vida en nuestros ensueños. Por lo tanto, un psicoanalista debería prestar su atención a esta simple localización de los recuerdos. Como decíamos en nuestra Introducción, daríamos con gusto a este análisis auxiliar del psicoanálisis el nombre de topoanálisis. El topoanálisis sería, pues, el estudio psicológico sistemático de los patajes de nuestra vida íntima. En ese teatro del pasado que es nuestra memoria, el decorado mantiene a los personajes en su papel dominante. Creemos a veces que nos conocemos en el tiempo, cuando en realidad sólo se conocen una serie de fijaciones en espacios de la estabilidad del ser, de un ser que no quiere transcurrir, que en el mismo pasado va en busca del tiempo perdido, que quiere “suspender” el vuelo del tiempo. En sus mil alvéolos, el espacio conserva tiempo comprimido. El espacio sirve para eso.

Y si queremos rebasar la historia, o incluso permaneciendo dentro de ella, desprender de nuestra historia la historia, siempre demasiado contingente, de los seres que la han agobiado, nos damos cuenta de que el calendario de nuestra vida sólo puede establecerse en su imaginería. Para analizar nuestro ser en la jerarquía de una ontología, para psicoanalizar nuestro inconsciente agazapado en moradas primitivas, es preciso, al margen del psicoanálisis normal, desocializar nuestros grandes recuerdos y llegar al plano de los ensueños que teníamos en los espacios de nuestras soledades. Para estas investigaciones los ensueños son más útiles que los sueños. Y demuestran que los primeros pueden ser bien diferentes de los segundos.

Entonces, frente a esas soledades, el topoanalista intetroga: “¿Era grande la habitación? ¿Estaba muy atiborrada de objetos la guardilla? ¿Era caliente el rincón? ¿De dónde venía la luz? ¿Cómo se saboreaban los silencios, tan especiales, de los diversos albergues del ensueño solitario?” Aquí el espacio lo es todo, porque el tiempo no anima ya la memoria. La memoria —¡cosa extraña!— no registra la duración concreta, la duración en el sentido bergsoniano. No se pueden revivir las duraciones abolidas. Sólo es posible pensarlas, pensarlas sobre la línea de un tiempo abstracto privado de todo espesor. Es por el espacio, es en el espacio donde encontramos esos bellos fósiles de duración, concretados por largas estancias. El inconsciente reside.

Los recuerdos son inmóviles, tanto más sólidos cuanto más especializados. Localizar un recuerdo en el tiempo es sólo una preocupación de biógrafo y ! Estudiaremos las diferencias entre el sueño y el ensueño en un libro próximo. corresponde únicamente a una especie de historia externa, una historia para uso exterior, para comunicar a los otros. Más profunda que la biografía, la hermenéutica debe determinar los centros de destino, despojando a la historia de su tejido temporal conjuntivo, sin acción sobre nuestro propio destino. Para el conocimiento de la intimidad es más urgente que la determinación de las fechas la localización de nuestra intimidad en los espacios.

El psicoanálisis sitúa con excesiva frecuencia las pasiones “en el siglo”. De hecho, las pasiones se incuban y hierven en la soledad. Encerrado en su soledad el ser apasionado prepara sus explosiones o sus proezas. Y todos los espacios de nuestras soledades pasadas, los espacios donde hemos sufrido de la soledad o gozado de ella, donde la hemos deseado o la hemos comprometido, son en nosotros imborrables. Y, además, el ser no quiere borrarlos. Sabe por instinto que esos espacios de su soledad son constitutivos. Incluso cuando dichos espacios están borrados del presente sin remedio, extraños ya a todas las promesas del porvenir, incluso cuando ya no se tiene granero ni desván, quedará siempre el cariño que le tuvimos al granero, la vida que vivimos en la guardilla. Se vuelve allí en los sueños nocturnos. Esos reductos tienen el valor de una concha. Y cuando se llega a lo último de los laberintos del sueño, cuando se tocan las regiones del sueño profundo, se conocen tal vez reposos antehumanos. Lo antehumano toca aquí lo inmemorial. Pero aun en el mismo ensueño diurno el recuerdo de las soledades estrechas, simples, reducidas, son experiencias del espacio reconfortante, de un espacio que no desea extenderse, pero que quisiera sobre todo estar todavía poseído. Antaño la guardilla podía parecemos demasiado estrecha, fría en invierno, caliente en verano. Pero ahora en el recuerdo vuelto a encontrar por el ensueño, y no sabemos por qué sincretismo, es pequeña y grande, cálida y fresca, siempre consoladora.

 

Fragmento de La Poética del Espacio

Gaston Bachelard