Archivo de la etiqueta: Vladímir Ilich Uliánov Lenin

Bolchevismo, Balfour y sionismo: relato de dos centenarios

por Roger D. Markwick //

En noviembre de 2017 se conmemoró el centenario de dos de los acontecimientos más decisivos del siglo XX: la revolución dirigida por los bolcheviques en Rusia y la declaración Balfour en Gran Bretaña. La Revolución rusa la llevaron a cabo los bolcheviques en nombre de la paz y del socialismo internacional; la declaración Balfour fue un compromiso del gobierno británico de apoyar la creación de un “hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina. No fue simplemente una notable coincidencia, sino una contraposición de dos objetivos políticos mutuamente excluyentes: uno para impulsar la revolución mundial antiimperialista; el otro, para reforzar los intereses imperiales británicos en Oriente Medio. Seguir leyendo Bolchevismo, Balfour y sionismo: relato de dos centenarios

La burbuja robótica: las nuevas tecnologías preparan una nueva crisis

por Sonja Grusch //

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Lenin: Acerca del problema de las nacionalidades o sobre la “autonomización”

En mis obras acerca del problema nacional he escrito ya que el planteamiento abstracto del problema del nacionalismo en general no sirve para nada. Es necesario distinguir entre el nacionalismo de la nación opresora y el nacionalismo de la nación oprimida, entre el nacionalismo de la nación grande y el nacionalismo de la nación pequeña. Seguir leyendo Lenin: Acerca del problema de las nacionalidades o sobre la “autonomización”

Rosa de Luxemburgo: en defensa de la nacionalidad

1.

¿Cómo se lleva a cabo el proceso de desnacionalización?

El Gobierno prusiano ha cometido un nuevo atentado contra el pueblo polaco. El ministro de cultura, Conrad von Studt, implantó un decreto que pedía que se eliminase de las escuelas de la ciudad de Poznan lo poco que quedaba del idioma polaco. Solo quedaba ya una clase de religión que se impartía en polaco, ¡que de ahora en adelante se impartirá en alemán! Nuestros hijos, que pasan la mitad del día en el colegio, deberían poder escuchar durante más tiempo el idioma de sus padres, de sus madres, de su pueblo. ¡La formación y el enriquecimiento mental que deberían adquirir en el colegio y que les sirve de por vida se les transmite en un idioma totalmente ajeno a ellos y que no entienden del todo! ¿No es increíble? Los colegios están para que los niños puedan aprender de los avances de la Ciencia y puedan crecer como individuos instruidos y con capacidad de razonar. Aquí es donde van convirtiéndose en ciudadanos de provecho para sí mismos y en un orgullo para su país. Sin embargo, en Poznan, el colegio no ayuda a la educación de los niños, sino que más bien pretende crear seres sin capacidad intelectual, hacerlos unos reales desconocedores de su propia nacionalidad y de su propia lengua, alejarlos de las raíces del conocimiento y de la civilización, y además, inculcarles de forma violenta la manera en la que los alemanes difunden su nacionalidad.

muerte Rosa Luxemburg

Rosa Luxemburg

Este no es el primer ataque que cometen las autoridades prusianas contra nuestro idioma y nuestra nacionalidad. Desde hace más de veinte años, el Gobierno ha ido exterminando poco a poco la lengua polaca de los colegios de Poznan, ha ido eliminando el componente polaco de los cargos políticos y de la vida pública, ha ido utilizando a miles de millones de personas para la “colonización”, es decir, para la “germanización” de nuestra región. Para ello, se dedicaron a traer aquí a Polonia ciudadanos alemanes – tanto campesinos como artesanos – con una obstinación y empeño que ya podrían haber utilizado para otra cosa mejor.

¿Qué pretenden con eso? ¡Claramente, buscan eliminar el idioma y la nacionalidad de los polacos en Prusia, que ellos mismos se olviden de sus orígenes, de la nacionalidad que los vio nacer, y ahora pretenden convertirlos en alemanes! Los niños olvidarán el idioma de sus padres y los nietos olvidarán que, antes, sus abuelos vivían en suelo polaco.

A una se le pone los pelos de punta cuando piensa en esto y se desespera terriblemente cuando ve que estas cosas tienen lugar todos los días desde hace décadas ante la mirada de toda Europa y de todo el mundo civilizado y que todos hacen caso omiso, nadie hace retroceder al poder germanizante; los hakatistas se ríen de nuestra debilidad y llevan a cabo con una mayor tranquilidad su labor de desarraigo de la identidad polaca ya que piensan que hacen la tarea más honorable y legítima del mundo. Es un crimen hablar en el idioma que se ha mamado en el seno materno y un delito pertenecer a la nación que te vio nacer.

Ya es hora de que el pueblo polaco se deshaga de su situación de tristeza y abandono, que se subleve, que se imponga y luche contra este proceso de germanización. ¿De qué manera hay que llevar a cabo la lucha? ¿Cuál es el camino para lograr la defensa de la nacionalidad polaca de manera efectiva? Todas estas son cuestiones sobre las que merece la pena reflexionar seriamente.

2.

¿Quién fue el responsable?

Ante todo tendríamos que preguntarnos: ¿quiénes son los verdaderos culpables de esta represión que están sufriendo los polacos en Prusia? ¿A quién tenemos que responsabilizar de este proceso violento de germanización? Normalmente decimos que la culpa es de los alemanes, que nos están reprimiendo. Eso es lo que al menos escriben siempre nuestros periódicos polacos de la provincia de Poznan. Sin embargo, ¿podríamos también culpar a todo el pueblo alemán, a esos cincuenta millones de personas? Eso sería una verdadera injusticia y, sobre todo, sería un gran error que sobre todo nosotros sufriríamos. Es absolutamente necesario que nos hagamos una idea de cuál es el motivo de nuestra represión si queremos ponernos realmente a defender con éxito nuestra nacionalidad que se ve amenazada.

Es evidente que el principal promotor de esta germanización es el Gobierno prusiano, que desde hace décadas está llevando a cabo una política basada en la represión contra el pueblo polaco. Los ministros de Cultura de Prusia han seguido aprobando decretos con los que se elimina de las escuelas el idioma polaco. Por otro lado, los ministros del Interior ordenan a la policía que se encargue de disolver las asambleas populares en la Alta Silesia y otras provincias. En Prusia, los presidentes y los jefes administrativos de la circunscripción deciden hacerles la vida imposible y agredir al pueblo polaco mediante múltiples métodos. Pero el Gobierno del Imperio alemán respalda al Gobierno prusiano. Su canciller es a la vez presidente del Gobierno de Prusia. Por tanto, siempre reina la más exquisita armonía entre el Gobierno prusiano y el alemán, especialmente cuando se trata de perseguir a los polacos.

Aunque dispongan de numerosos medios de control, las autoridades gubernamentales no tendrían ningún poder si el sector influyente de la sociedad alemana les opusiera resistencia. Ni el Gobierno alemán ni todavía menos los prusianos se atreverían a perseguir a los polacos con tanta tenacidad si este grupo de la sociedad se les enfrentara. Ningún Gobierno se prolonga mucho en el tiempo si toda la sociedad está rotundamente en contra de la política que está ejerciendo. Por lo tanto, la política de germanización de las autoridades gubernamentales debe buscar el respaldo de cierta parte del pueblo alemán, que de hecho ya lo tienen. Conocemos bien a los señores hakatistas, que ponen a la opinión pública en contra de los polacos, como si de un perro que persigue a una liebre se tratara. Por iniciativa propia, como tienen maldad en su interior, fundan asociaciones cuyo objetivo es el exterminio de la identidad polaca. Estos señores, que son los agitadores más enérgicos del proceso de germanización, pertenecen, la mayor parte de ellos, a la clase de los terratenientes y dueños de fábrica alemanes. También es cierto que solo una pequeña parte de los terratenientes y empresarios industriales colaboraba con la vergonzosa institución del hakatismo. Sin embargo, habría que preguntarse: ¿cómo actúa el sector más amplio ante el asalto del hakatismo y los decretos de la germanización impuestos por el Gobierno? ¿Se manifiestan? ¿Se sienten ofendidos? ¿Buscan impedir esta política? La mejor respuesta se da en la prensa alemana y en el comportamiento de los diferentes partidos del Reichstag alemán y del Landtag prusiano.

Rosa Luxemburg defiende la nacionalidad polacaEn la prensa y en ambos Parlamentos, casi todos los partidos alemanes o son francamente benévolos con el hakatismo o reaccionan con indiferencia ante la persecución que sufre el pueblo polaco. En el mejor de los casos, se molestan en refunfuñar entre dientes sobre estos hechos que crisparían a cualquier persona decente. Tanto el Partido Conservador como el Nacional Liberal, partidos de los latifundistas y potentados de la industria, están que rechinan con los polacos y celebran cualquier intento de germanización que lleve a cabo el Gobierno. La llamada Unión librepensadora, representante de las finanzas y los negocios, presentan una doble cara: por una parte, apoya en cierta medida el exterminio de la identidad polaca y por otro lado, para preservar su honor, ¡ya que se llaman a sí mismos librepensadores!, protesta contra el hakatismo de vez en cuando en cualquier periodicucho. El Gobierno, naturalmente, hace caso omiso de estas protestas, como si escuchara llover. Finalmente, el partido católico, el llamado Partido de Centro, al que se aferran los polacos de Prusia desde hace décadas como un borracho a una farola, tampoco hace mucho a favor de la defensa del pueblo polaco, solo escribe de vez en cuando en sus periódicos, algunos comentarios aparentemente malvados sobre este intento de germanización por parte del Gobierno y de los hakatistas. Si lo miramos bien, estos normalmente no son más que cobardes y el Gobierno se ríe de ellos a sus espaldas. ¡Si el Partido de Centro realmente defendiera de manera sincera a los polacos, encontrarían una manera de ayudarlos! Es el partido con más poder en el Parlamento. Cuenta con 107 diputados entre sus filas. No se puede aprobar ninguna ley importante en el Parlamento si este partido se opone. Eso ocurrió, por ejemplo, con el último Proyecto sobre el Refuerzo de la Flota, del que tanto dependía el Gobierno. Mientras que el Partido de Centro parecía oponerse y fingía que no estaba de acuerdo con este nuevo ataque contra el pobre pueblo polaco, les bastó que el proyecto gubernamental pendiera de un hilo y que los ministros se rindieran ante el Partido de Centro, para hacer todo lo posible para llegar a un acuerdo y calmar los ánimos de todos. Si el Partido de Centro hubiese afirmado que no iban a dar su aprobación al Proyecto de Refuerzo de la Flota hasta que el Gobierno prometiese formalmente dejar de perseguir a los polacos, el Gobierno habría tenido que darse por vencido y el partido católico habría demostrado que se preocupa realmente por la cuestión polaca.

Pero no solo ignoró de nuevo al pueblo polaco, sino que impuso otra condición más. Daría su consentimiento para la duplicación de la flota con la condición de que el Gobierno garantizase un aumento de los impuestos de aduana para el cereal y otros productos alimenticios. Por tanto, el Partido de Centro demostró también que a este partido “católico” no le preocupaba ni la libertad de conciencia ni la nacionalidad de tres millones de católicos polacos, sino que lo que le importaba era los intereses económicos de algunos latifundistas alemanes, a los que el encarecimiento de los productos agrícolas por el aumento de los precios aduaneros les traía grandes beneficios económicos. Sin embargo, el partido no tiene en cuenta que la inflación supone una gran desgracia para los miles de padres y madres pobres.

De hecho, ¿cómo se puede esperar que exista una posible amistad entre este partido y el pueblo polaco? ¿Cómo se puede esperar que defiendan sinceramente la identidad polaca oprimida si este partido, especialmente en Prusia, se compone en su mayor medida de latifundistas y de los llamados “barones del carbón”, que provienen de la nobleza y potentados industriales, de partidos como el Conservador y el Nacional Liberal? Sería absurdo esperar que la nobleza alemana y los potentados industriales defendieran al pueblo polaco oprimido. Como ya se sabe, la mayoría de los diputados del Partido de Centro se eligen en la Alta Silesia, Renania y en Westfalia, es decir, en todas aquellas regiones donde se encuentran las grandes minas de carbón y plantas siderúrgicas. Estos aristócratas “católicos” ganan millones gracias a las minas pero, ¿quiénes son los que trabajan día y noche, en condiciones precarias sin luz ni ventilación, para multiplicar el oro que luego los aristócratas de los partidos de centro reciben? ¡Pues el pobre pueblo polaco! En la Alta Silesia trabajan como mulas cientos de miles de obreros metalúrgicos y mineros polacos para darles los beneficios a los señores de las familias Ballestrem o Donnersmarck entre muchas otras. En Westfalia y en Renania, miles de ciudadanos polacos viven en condiciones de miseria, soportando el yugo del trabajo en minas y en fábricas metalúrgicas.

Los aristócratas católicos acumulan millones gracias al trabajo, a la miseria y a la discriminación del pueblo polaco y al pobre minero solo le dan un mísero sueldo con el que alimentarse, teniendo este que soportar una pobreza y suciedad horribles, peor que las vacas y los cerdos en establos. ¿Cómo podemos esperar que estos católicos miren por el bien del pueblo polaco oprimido cuando ellos mismos viven de la injusticia que cometen contra este pueblo? ¿Cómo van a asegurarse estos aristócratas de que los niños polacos puedan rezar en su propia lengua si incluso mantienen a los polacos en tal miseria que estos no tienen ni un trozo de pan que darles a sus hijos ni un pedazo de tela con la que vestirlos?

La esperanza que tienen los polacos en la ayuda por parte del Partido de Centro proviene de tiempo atrás cuando Bismarck perseguía al catolicismo desesperadamente en el Imperio alemán, y por tanto, los católicos se veían obligados a agruparse para defender sus ideas. Durante la llamada Kulturkampf hace unos 10 o 15 años, el Partido de Centro no era tan popular como lo es hoy y no ejercía tanta influencia en el Parlamento como los nacional liberales, es decir, los capitalistas protestantes. La persecución de Bismarck unió en el seno del Partido de Centro a católicos de varias clases sociales: tanto magnates de Silesia y de la alta Silesia, artesanos de la zona del Rin, agricultores de Baviera, y también una parte de la clase trabajadora. Por tanto, el partido católico se convirtió, en cierto modo, en representante de la clase trabajadora y, bajo la presión de esta, se constituyó como una institución progresista y democrática.

En aquel entonces, el partido católico también se oponía al Gobierno, a la opresión del pueblo mediante el establecimiento de altos impuestos, aduanas y el reclutamiento para el servicio militar, y también contra todo tipo de ataque a la libertad de conciencia, lengua, y nacionalidad. En aquel entonces, el Partido de Centro también defendió con más ahínco la cuestión polaca pues, como solemos decir, la mejor manera de entender la situación del prójimo es cuando uno se pone en la piel del otro. Cuando los alemanes católicos experimentaron en su propia piel lo que suponía la persecución, la represión y la injusticia por parte del Gobierno, se compadecieron también con la opresión que sufrían los polacos.

Sin embargo, los tiempos han cambiado y ahora a la Kulturkampf, junto a Bismarck, su iniciador, se los ha llevado el diablo. El Gobierno comprendió que mediante la persecución a los católicos solo conseguía unirlos más, hacerlos más fuertes y conseguir su enemistad. Hoy día, el partido católico, como dijimos anteriormente, es el más fuerte dentro del Parlamento, y por lo tanto el Gobierno tiene que bailarle el agua. Ya se ha acabado la persecución contra el catolicismo y los periódicos incluso rumorean que pronto se va a autorizar la vuelta de los jesuitas a Alemania. Pero, ¡cómo ha cambiado el partido católico ante estas circunstancias! Cuando terminó la opresión contra el catolicismo y por tanto ya no dolía la piel de uno, terminaron también de interesarles al partido las injusticias que sufrían los demás. En ese desorden de clases y niveles sociales que el partido católico representa, los magnates y potentados industriales, que en resumidas cuentas son parásitos y reaccionarios, están asumiendo el poder. También toda la política de centro toma otra forma. Han desaparecido la compasión y la preocupación por el pobre pueblo trabajador, ya nadie se preocupa por los polacos. Hoy día el partido católico defiende en el Parlamento la subida de los precios de aduana, que se traduce en un encarecimiento de los productos alimenticios. Establece también nuevos impuestos para el pueblo, vota a favor del aumento del ejército y de la flota en la “madre patria alemana”. A los polacos casi los han olvidado y les ponen de vez en cuando buena cara para poder llevarlos atados corto y que los diputados polacos del Parlamento hagan caso a las órdenes del Partido de Centro, como sucedía antes. Ahora el Partido de Centro ya no defiende tanto al catolicismo, ya es como un cartel despintado, una frase vacía. Finalmente ha salido a la luz que un partido que se compone de magnates, aristócratas y potentados industriales no puede ser el defensor de los oprimidos y de los pobres. Antes, el Partido de Centro era enemigo del Gobierno alemán y amigo del pueblo. Hoy, es el enemigo del pueblo y amigo del Gobierno. Nuestros ciudadanos polacos deberían entender esto de una vez y, dejando atrás el pasado, deberían dejar de aferrarse al partido católico.

No vamos a encontrar protección en ninguno de estos partidos alemanes. Todas las clases sociales del pueblo alemán son responsables de la persecución. Si el Gobierno alemán o los ministros prusianos deciden directamente perseguir al pueblo polaco y la gentuza de los hakatistas se atreve a atacarnos, la responsabilidad recae en todo el pueblo alemán que apoya directa o indirectamente la opresión de la germanización pues o bien dieron su aprobación, no se manifestaron al respecto o bien defendieron la identidad polaca de manera poco sincera.

Son culpables, por tanto, de que el Gobierno se atreva a tratar a tres millones de personas como ciudadanos de segunda clase, a los que se les prohíbe hasta hablar en su propio idioma o rezarle a su Dios a su propia manera. Se unieron contra el pueblo polaco tanto el Gobierno alemán como la nobleza, los magnates, los dueños de fábricas, los banqueros y los propietarios de las minas de carbón, en definitiva, toda esta clase de ricos y acomodados, que viven a costa de la mano de obra externa y la explotación del pueblo pobre. Tanto los protestantes como los católicos o los judíos son todos iguales con nosotros, al igual que el Gobierno prusiano que nos desnacionaliza.

Esto tampoco nos asombra. Algunos como los nobles, empresarios industriales y capitalistas solo ven un objetivo en la política que es el beneficio económico. Su ídolo es el becerro de oro y su religión se basa en la explotación. Todos los lemas y frases hechas que proclaman los diferentes partidos, como “patriotismo”, “religión católica”, “liberalismo”, “antisemitismo”, “progreso”, son tapaderas de diferentes colores y formas que esconden detrás de sí un único objetivo: codicia y ansias de enriquecimiento. Si en Prusia los conservadores y los librepensadores son tan patriotas con Alemania y quieren transformar a los polacos en alemanes de forma violenta, esto solo es porque el negocio de la germanización tiene un claro beneficio. ¿No es beneficioso para la burguesía alemana que miles de sus hijitos se coloquen en puestos de trabajo en la provincia de Poznan como funcionarios del estado, profesores, escritorzuelos de periódicos, comerciantes y artesanos y que por fin puedan alimentar a una parte de sus campesinos con suelo polaco? Todo esto se perdería, y se tendría que quedar en manos polacas si no se hubieran inventado la necesidad de germanizar a los polacos. Así que ¡que viva la madre patria alemana!, que de nuevo ha servido de vaca lechera de la que sacar provecho. ¡A por los polacos!

Cuando el patriotismo alemán no les compensa, los prusianos conservadores giran como veletas. Por ejemplo, se sabe que los peones alemanes están huyendo en tropel de Prusia hacia el oeste, a las ciudades industriales, porque no quieren soportar más el hambre y el maltrato de los prusianos. Pero los pobres agricultores polacos, del otro lado de la frontera, del Reino de Polonia, están de acuerdo con todo, son ignorantes y por tanto mansos como corderos.

Y estos mismos magnates alemanes, que en Prusia quieren eliminar todo rastro de la identidad polaca y que tienen el patriotismo en la boca a cada instante dejan venir a miles de peones polacos del Reino de Polonia porque son mano de obra más barata y más fáciles de manejar: son más fáciles de engañar y no se enfadan si se les da con el látigo. Cuando les conviene el exterminio de la población polaca, entonces proclaman ¡que viva el hakatismo! Pero cuando la difusión de la identidad polaca es imprescindible para mantener la finca l economía, ¡que sean bienvenidos todos los peones polacos fáciles de manejar! Siempre y cuando fluya el dinero…

Ya mencionamos anteriormente que el Partido de Centro, los católicos alemanes que proclaman a boca llena la defensa de la religión y de la amistad con el pueblo polaco, se ha enriquecido al mismo tiempo a costa del trabajo de los mineros y obreros metalúrgicos polacos católicos en la Alta Silesia. El beneficio es su único credo, mientras que la justicia, la defensa de los oprimidos, la libertad de expresión y de conciencia son solo lemas que dar a conocer o pisotear, según lo que el negocio requiera.

Así es la alta clase dirigente de la sociedad alemana. No es mejor o peor que en otros países solo que hoy día no existe en ningún otro país gente tan ingenua como aquí en Poznan, que esperan de esta clase social protección para los oprimidos y los débiles, que esperan que los lobos protejan a los corderos (como si el lobo le fuera a prestar ayuda al cordero.)

3.

Nuestros aliados

En el pueblo alemán, solo hay un partido que se nos ha unido y que no solo alzan la voz sino que también levantan el puño tanto contra la germanización como contra cualquier tipo de injusticia. Este partido es la Socialdemocracia, el partido de los obreros alemanes.

Este partido no saca ningún beneficio para sí mismo de la persecución de los polacos, como sí ocurría con las clases más altas de la sociedad alemana, que nos perseguían porque esto les daba poder y buenos puestos. El obrero alemán, al igual como nuestros obreros o artesanos polacos, nunca vive de la injusticia que les causa a otros, sino que viven de su propio trabajo duro y sincero. No es el opresor de nadie, sino que – ciertamente – es él el oprimido y, por lo tanto, siente y entiende también nuestra opresión porque él mismo ha sido el dominado. Nosotros los polacos hemos sido torturados por el Gobierno alemán y por los partidos de los que hemos previamente hablado.

Por lo tanto, así como en los últimos veinte años se ha decretado una ley tras otra contra los polacos, el Gobierno alemán ha llevado a cabo desde hace décadas una cacería contra los obreros alemanes. Desde el momento en el que estos empezaron a levantar la cabeza, a construirse a sí mismos y a perseguir la injusticia y la explotación. Sí, contra nosotros también luchan, sobre todo por la vía administrativa, sin embargo al pueblo obrero alemán se lo declaró fuera de la ley hace 22 años, cuando en el 1878 entró en vigor la llamada Ley de Excepción contra los Socialistas.

Aunque supuestamente la Constitución alemana garantice a toda la ciudadanía alemana igualdad ante la ley, libertad de prensa, de expresión, de conciencia y asociación, los obreros socialistas no tenían permiso para publicar periódicos que tuvieran como fin su propia educación, ni podían constituir asambleas o instituciones para hablar de sus asuntos pues todo esto podía suponer una pena de cárcel. Esta privación de derechos duró once años. En este tiempo miles de ellos se consumían entre los muros de la cárcel y cientos tenían que dejar su país, su patria, para protegerse de las persecuciones. Tenían que abandonar a sus mujeres y a sus hijos al hambre y a la miseria. Mientras tanto, se dedicaban a buscar en otros países un techo acogedor, libertad civil e igualdad ante la ley.

¿Quién fue el mayor culpable de las persecuciones? El propio Bismarck, que comenzó el exterminio del pueblo polaco a través de la creación de un fondo para la colonización alemana , y a través de un proceso de germanización en las escuelas de Poznan. También eran culpables los propios nobles y propietarios de fábrica alemanes que apoyaban de manera directa o indirecta al hakatismo. ¿Y quién ha traicionado finalmente al pueblo obrero alemán? El Partido de Centro católico que dejó caer en el olvido la cuestión polaca, que se ha convertido en un luchador de la igualdad burguesa y que apoya al Gobierno en su represión.

El pueblo obrero alemán tiene también muchos enemigos en su propio territorio, sufre de su propia represión, por lo que es nuestro aliado natural, nuestro amigo. El Partido Socialdemócrata no hace ninguna distinción entre lengua y creencias. Todos los oprimidos y desafortunados son sus hermanos. Persigue cada una de las injusticias e intenta erradicarlas. Es el único partido que protege al pueblo de la nobleza y de los capitalistas. Además, es el protector de las naciones oprimidas ante sus perseguidores.

En los periódicos polacos se escriben cada cierto tiempo cosas absurdas sobre la socialdemocracia. La critican porque supone un gran peligro –todavía más terrible que los hakatistas– ya que supuestamente imponen la anarquía, pretenden poner el mundo entero patas arriba, quieren suprimir la religión, introducir la inmoralidad general entre las mujeres, dividir el patrimonio del estado entre todos ellos, etc. Todo es una palabrería ridícula. Aquellos que difunden esto, son necios o infames mentirosos que intentan confundir al pueblo con falsas apariencias.

Los socialistas no piensan que haya que poner el mundo patas arriba, simplemente porque ya está patas arriba. Millones de ciudadanos del pueblo llano trabajan de noche y de día con el sudor de su frente – tanto en el campo como en talleres, fábricas o minas de carbón – y encima no tienen casi ni un trozo de pan que llevarse a la boca ni un mísero rincón donde vivir, ¿no se está haciendo entonces todo lo contrario a lo que se debería hacer? Los nobles y dueños de fábricas, por el contrario, que no han sabido lo que es el trabajo en toda su vida, se meten el beneficio en sus bolsillos, se pasean en coches de caballo, beben champán y viven en palacios.

Ahora los socialistas quieren reestablecer de nuevo la igualdad e introducir un nuevo reglamento para que todos los que trabajen honestamente reciban para ellos y para sus familias un ingreso suficiente. Los holgazanes en cambio, que se benefician del trabajo de los otros, no recibirán nada.

Del mismo modo, son muy graciosos los que dicen que los socialistas quieren acabar con la vida familiar y que quieren introducir una inmoralidad general. ¿No está ya destrozada la vida familiar de millones de familias trabajadoras, de manera que la mujer y madre tiene que ganar dinero y, por tanto, no tiene tiempo para cuidar de los niños y a veces no sabe de dónde va a sacar el dinero para alimentarlos y vestirlos? ¿No está pasando ya que cientos de pobres costureras de Poznan están viéndose forzadas a dedicarse a la prostitución por falta de recursos? ¿Y de quién es la culpa de esto? No de los socialistas, desde luego. Es de los dueños de las fábricas y los confeccionistas que no les pagan a las pobres chicas lo suficiente –que de hecho ni siquiera les alcanza para vivir– por estar todo el día delante de una aguja. Ciertamente los socialistas quieren acabar con esta explotación de inmediato y pretenden asegurarle a cada mujer un salario digno para que no tengan que llegar a la prostitución.

Finalmente, dicen que otro objetivo de los socialistas es la supresión de la religión. Quien se crea ese cuento, debe ser bastante necio, pues nadie elimina la religión como Bismarck o este tipo de gente que declararon junto con él, la guerra a los católicos. Los socialistas, en cambio, eran, por esta y por otras injusticias, los enemigos a muerte de Bismarck y de sus compinches y siempre y en todas las partes proclamaban: Cada uno se aferra a las creencias y a las convicciones que considera correctas y nadie tiene la razón absoluta, ni tiene el derecho de violar la concienciade los otros. La mejor prueba de como los socialistas defienden la libertad de religión y las creencias de cada uno sea cual sea, es que la Socialdemocracia en el Parlamento vota siempre a favor de la vuelta de los jesuitas a Alemania.

Del mismo modo, la Socialdemocracia aboga como primero y hasta ahora único partido por nuestra nacionalidad, que se ha visto perseguida, como nunca antes había sucedido. Inmediatamente después del último ataque del ministro [de Cultura] Studt, los socialdemócratas fueron los primeros que convocaron una gran asamblea popular en la sala Lambertsaal (Poznan) el 15 de agosto de 1900 para protestar contra este nuevo proceso de germanización. La burguesía polaca, avergonzada por esa energía de los socialistas, convocó a duras penas una asamblea propia para el 8 de septiembre.

La Socialdemocracia alemana también se preocupó por el asunto de la cuestión polaca en el seno del congreso del partido que tuvo lugar en Mainz en septiembre de 1900. Mostró su indignación sobre la manera de actuar del Gobierno y aprobó por unanimidad la siguiente propuesta que los delegados desde Polonia habían pedido:

La convención del partido encarga al grupo parlamentario sacar a colación la nueva medida que ha llevado el Gobierno prusiano al Parlamento sobre el uso del idioma polaco en las escuelas de la provincia de Poznan y sobre todo, luchar con todas las fuerzas contra el trato que reciben los polacos como ciudadanos de segunda clase.

De todos los partidos políticos, la Socialdemocracia es el primero y hasta ahora el único que ha decidido criticar duramente en el Parlamento al sistema de Gobierno del hakatismo y exigir un ajuste de cuenta a sus dirigentes.

Este partido es el único de la sociedad alemana que nos apoya y con el podemos contar con su ayuda y su amistad. Y no es precisamente una ayuda pequeña, pues los socialdemócratas cuentan con 56 en el Parlamento y son el partido más fuerte del estado. La última vez obtuvieron 2 ¼ millones de los votos. Este partido ha crecido como la espuma en el último año. Todos los explotados, oprimidos y desfavorecidos se arremolinaron en torno a él mientras que el Gobierno, la nobleza y los capitalistas miraban horrorizados el poder creciente del pueblo trabajador. El pueblo trabajador polaco también debe recurrir a este partido. Solo de él se puede esperar ayuda fraternal y protección contra la violencia que está ejerciendo el Gobierno alemán.

4.

La nobleza, la burguesía y el pueblo llano en Poznan

Los socialdemócratas fueron los primeros en defender en Poznan la enseñanza de la religión impartida en polaco, que el señor Studt había eliminado, y los primeros en llamar al pueblo a una gran asamblea e incitarlos a una lucha defensiva. ¿Qué hicieron al respecto los otros partidos de nuestra sociedad? La élite nacional, es decir la nobleza y los terratenientes, ni siquiera se pronunciaron. Ellos, que son considerados siempre y en todo lugar los líderes y la cabeza de la nación, los supuestos defensores de los intereses nacionales que anuncian por todos lados su patriotismo, ¿dónde estaban ellos antes y dónde están ahora cuando hay que defender al pueblo y su lengua materna? Simplemente, no están. Cuando se trata de conseguir escaños en el Parlamento estatal o en el Parlamento regional, a todas familias de la nobleza como los Kwilecki, Chlapowski, Czartoryski, Radziwill y Koscielski les viene de perlas estar allí, pronunciando discursos “patrióticos” y “burgueses”. ¡Cuando se trata de las labores de representación en la capital berlinesa, eso sí que pueden soportarlo! Pero, ¿dónde dejan estos señores sus valores de “conciencia cívica” y “patriotismo” cuando, elegidos por el pueblo, se sientan en sus butacas de diputados en el Parlamento? ¿Qué beneficio han aportado ellos hasta ahora al pueblo polaco con sus actividades parlamentarias? Nada de nada. Los diputados polacos se sientan tanto en el Parlamento alemán como en el regional como si fueran momias egipcias. No han sido capaces ni de conseguir poder ni de ejercer influencia ni de ganarse una reputación. Mientras los diputados de varios partidos luchan encarnizadamente durante todo el año en el Parlamento por las cuestiones vitales del pueblo, por las leyes de protección de los peones y por los derechos de aduana de la carne y el cereal, los diputados polacos no hacen ni dicen absolutamente nada. Cuando se trata de defender al pueblo de los impuestos, de la inflación y de la opresión del Gobierno, entonces a nuestras queridas familias Czarlinski, Radziwill y Kwilecki se les come la lengua el gato. Una vez al año, dicen alguna que otra cosa contra el proceso de germanización, pero lo hacen sin fuerza y sin ganas, así que los ministros ni siquiera dirijen la atención hacia ellos. Sin embargo, los diputados socialdemócratas adoptan una actitud totalmente diferente en lo que respecta a la defensa del pueblo polaco, aunque hasta ahora no haya ningún polaco entre ellos. Gracias a su influencia, consiguieron, en aquel entonces, que todo aquel que declare en juicio y que no sepa hablar suficiente alemán, tenga que ser asistido por un intérprete del estado. Una vez al año, además, le reprochan al Gobierno que los niños de la Alta Silesia no tienen escuelas.

Sin embargo, eso no es todo. El gran patriotismo hipócrita de estos ilustres diputados parlamentarios se manifiesta, en primer lugar, cuando votan a favor del aumento del ejército y la marina. Nuestros diputados polacos votaron en 1893 a favor del fortalecimiento del ejército alemán, de las fuerzas armadas del mismo Gobierno, con las que torturaban al pueblo polaco, y a favor también del endurecimiento del lazo que estrangulaba al pueblo polaco. Teniendo esto en cuenta, ¿no debe burlase el Gobierno del grito patriótico de los diputados polacos? ¿No es evidente que, hasta el día de hoy, el pueblo polaco siga enviando a sus enemigos al Parlamento como representantes y no a sus protectores? Incluso en el último aumento de la flota alemana este año, que no tenía otro objetivo que someter y presionar a los chinos, como hacen con nosotros. Incluso aquí, apenas la mitad de nuestros diputados se animaron a votar contra la ley del Gobierno. ¡La otra mitad de estos “polacos” desaparecieron del Parlamento, como suele sucederles a los hombres valientes, y se escondieron en ratoneras, pues así no tendrían que votar en contra del Gobierno, [Dios no lo quiera]!

¿Quién podría haber esperado otra cosa viniendo de ellos? Los diputados polacos son altos magnates, nobles, sobre los que el pueblo ya ha cantado una canción hace cientos de años: “Gloria a vosotros, príncipes, prelados, por nuestra esclavitud y nuestras cadenas. Gloria a vosotros, condes, príncipes y canallas, por manchar a nuestro país con sangre de hermanos” Al igual que la patria para ellos solo era un beneficio personal y el pueblo solo era un banquillo en el que poner los pies para escalar a posiciones más altas, así mismo se comporta hoy día. Casi todos son propietarios de grandes haciendas y viven del esfuerzo de los peones polacos como hacen los terratenientes alemanes. Casi todos alimentan a sus “hermanos, los pobres campesinos” peor que a los cerdos, como es el caso de los magnates alemanes. Su objetivo principal es vender a buen precio el cereal, el ganado y el aguardiente que ellos destilan. Por tanto, reclaman altos impuestos aduaneros incluso si esto hace que la población sufra por la inflación y el alcoholismo. En el fondo, ellos pertenecen exactamente a la misma clase de gente que la nobleza y los capitalistas alemanes. Se sirven los unos otros. Aunque los alemanes favorezcan a los hakatistas y los polacos supuestamente defiendan su identidad, el vínculo de la avaricia común es más fuerte que el de la unión por el odio nacional.

Al igual que los alemanes, el principal interés de los terratenientes y fabricantes polacos en la “patria alemana” es explotar al pueblo trabajador. Dios los cría y ellos solos se juntan. Eso es lo que ocurre con nuestros diputados, que están en el Parlamento para supuestamente defender al pueblo polaco de nuestros peores enemigos, el Gobierno y los señores de la clase alemana pudiente. Por tanto, ¿es una sorpresa que el hakatismo se haga cada vez más fuerte y que el pueblo polaco sufra derrota tras derrota?

El llamado Partido Popular Alemán, es decir, el de nuestra burguesía, tampoco ha hecho mucho para proteger al pueblo polaco. Este partido está activo en la provincia de Poznan desde hace ya bastantes años. Controla varios periódicos, puede convocar asambleas públicas porque los propietarios del lugar no lo rechazan como hacen con los socialistas. ¿Y cuáles son los resultados? Pues que estos aristócratas se sientan en el Parlamento e ignoran las protestas sociales del pueblo. Mientras que el hakatismo avanza a pasos agigantados, el pueblo polaco se sume en su propia pobreza e ignorancia, como pasaba antes.

El Partido Popular podría tener buena voluntad pero ¡qué incompetentes son! Son un verdadero caos. Tienen una mentalidad política realmente atrasada. La mejor imagen que este partido dio fue gracias a su comportamiento después del último ataque del ministro Studt. En su torpeza, aplazaron cualquier movimiento de protesta hasta que los socialdemócratas se les adelantaron y convocaron por primera vezasamblea popular en Poznan. Avergonzados por este ejemplo, se animaron finalmente a convocar una asamblea pero ¿qué a punto común llegaron en esta? En lugar de criticar el torpe comportamiento de los diputados polacos en el Parlamento, en vez de denunciar al partido de los católicos por su hipocresía en lo que respecta a la defensa de la identidad polaca, en vez de desenmascarar la verdadera naturaleza del Gobierno y de sus aliados y llamar al pueblo a una lucha encarnizada contra ellos, la asamblea envió una petición llorándole al arzobispo para que protegiera a nuestros hijos y defendiera las clases de religión en las escuelas. La verdadera sabiduría de este “Partido Popular” es aferrarse con ambas manos a la sotana sacerdotal. Todo se hace con el sacerdote y a través de él: esa es la antigua política que la aristocracia implantó en la antigua República polaca hasta que la misma los llevó a la ruina.

Lo que mejor demuestra la torpeza y la mentalidad atrasada del Partido Popular es que fingen luchar contra la aristocracia y fingen animar al pueblo para que desarrollen su propia vida política mientras que siguen llevando a cabo, punto por punto, políticas clericales, al igual que hace la nobleza.

Y con razón este partido se llama a sí mismo Partido Popular, aunque en realidad no le importa mucho el bienestar del pueblo, de la gente trabajadora, los artesanos, obreros y peones polacos. Este partido no quiere abrirle los ojos a la gente y enseñarles a sus verdaderos enemigos: la explotación capitalista, el poder de la aristocracia y la parcialidad del Gobierno. Cuando hace ya varios años, los trabajadores y artesanos de Poznan comenzaron a organizarse en agrupaciones profesionales para luchar contra el Capital, por un salario mejor y una vida mejor para sus mujeres e hijos, entonces el “Partido Popular” puso mala cara y buscó la manera, a través de sus periódicos propios, de disuadirlos de estos planes. Los miembros de este partido inventan todo lo que pueden sobre los opresores alemanes, sin embargo no les gusta escuchar verdades amargas sobre los opresores y explotadores polacos. Tienen miedo de que el pueblo pueda ser más inteligente y quieren, por tanto, tenerlos atados con la ayuda de los curas. Pero de esta manera toda la defensa de la identidad polaca se torna totalmente ineficaz porque, si se tiene que poner fin a la lucha contra el hakatismo mediante la distribución de pequeños calendarios y mediante delegados del arzobispado, a nuestra nación le aguarda un futuro muy negro. Al fin y al cabo, ni el clero ni nuestra burguesía están interesados en la defensa del pueblo polaco ante la germanización, sino más bien en la defensa de los dueños de fábrica polacos, los maestros de los gremios artesanos y los terratenientes ante las justas demandas de los trabajadores desheredados. No están por la labor de frenar la ignorancia de los hakatistas, sino que más bien pretenden hacer retroceder las luces del Socialismo. Es interesante y significativo que el arzobispo, en su larga respuesta a los delegados y a la “humilde petición” de la asamblea burguesa del 8 de septiembre, hablara tanto sobre la defensa de la religión pero no dijera ni una palabra sobre la defensa de la lengua polaca que, como si no tuviera nada que ver una cosa con la otra. Advirtió a los delegados que hay que “resistir a la tentación”: “Con las palabras del redentor, me dirijo a vosotros, despertad y orad para que no caigáis en la tentación pues el enemigo de nuestras almas quiere servirse del arrebato y del dolor. El enemigo trata de seduciros y engañaros para revolucionar el orden social y divino” (revista Goniec Wielkopolski, Nº. 207)

Rosa Luxemburg caía asesinada en Berlín

Este es su primer lema ante la inminente avalancha del hakatismo – estar en alerta y tener miedo a la Socialdemocracia, que es el único partido que defiende sinceramente al pueblo polaco y es un irreconciliable enemigo del Gobierno y del hakatismo. Esto muestra lo que vale el patriotismo de este “Partido Popular”. Vemos ahora claramente que no podemos esperar apoyo eficaz contra la germanización ni de la nobleza polaca ni de sus diputados parlamentarios, ni del partido burgués, el Partido Popular, ni de los curas. Nuestra burguesía se esfuerza, tanto como la nobleza, en tratar de convencer al pueblo trabajador de que la opresión contra el pueblo polaco es nuestra desgracia particular, que los germanizadores son nuestros únicos enemigos y que la batalla contra el hakatismo es nuestra única tarea política. Entretanto, los artesanos, trabajadores y peones polacos sufren otras miles de discriminaciones y les atormentan otras miles de preocupaciones.

El Capital explota a los artesanos y agricultores. El obrero está explotado por la nobleza y los terratenientes. Toda la población trabajadora está arruinada por las altas tasas aduaneras de alimentos impuestas por el Gobierno y por la inflación que se deriva de estos aranceles. Este Gobierno nos empobrece a través de los impuestos, nos oprime a través del reclutamiento para el servicio militar obligatorio y comete injusticias contra nosotros como cuando por ejemplo se niega a dar dinero público para los colegios o para el bienestar del pueblo y se lo gasta, sin embargo, en cañones y barcos de guerra. Este es nuestro mayor sufrimiento, estos son nuestros mayores enemigos: la explotación por parte de los capitalistas, de los aristócratas y de un Gobierno que está totalmente al servicio de estos y que le ordena al pueblo de solo “pagar impuestos, prestar servicio militar y, encima, cerrar el pico.”

Como hemos dicho, en esta explotación y esta política participa nuestra burguesía y terratenientes polacos, que tienen tanta culpa como los alemanes. Entonces, ¿el fabricante o el terrateniente polaco le paga mejor y trata mejor al trabajador polaco que un fabricante alemán? ¿El confeccionista polaco explota a los artesanos polacos o las costureras polacas menos que un confeccionista alemán? Son tan idénticos como dos gotas de agua. Da igual que su apellido termine con berg o ski. No existe entre ellos la más mínima diferencia con respecto a la relación que mantienen con los trabajadores polacos.

Por tanto, la burguesía compite con la nobleza para tratar de convencernos de que nada nos oprime excepto la germanización, que no tenemos otros enemigos que los hakatistas. Esto no es otra cosa que una maniobra, una política para cegar al pueblo trabajador con falsas apariencias, desviar su atención sobre el enemigo alemán y apartarlos del enemigo que tiene en su propia casa. Estos líderes quieren que la gente solo se preocupe por su idioma y por la fe católica, pero no porque su estómago esté vacío. Quieren que piensen que solo luchan contra los hakatistas y no contra la explotación de sus propios parásitos, contra la opresión en el marco político, y contra opresión aduanera y militar del Gobierno.

Por eso tenemos que considerar el patriotismo de las capas más altas de la sociedad polaca como un infame engaño al pueblo. No tenemos que ir tras los latifundistas y burgueses sino contra ellos. No tenemos que proteger nuestra nacionalidad en comunidad con ellos, sino luchar para defender nuestro bienestar y nuestra lengua materna contra ellos. El pueblo polaco solo cuenta con él mismo y con los únicos cuya desgracia se le parece: el pueblo obrero alemán. Que el artesano, el obrero, el minero polaco se lancen a la lucha, que unan sus esfuerzos con los esfuerzos de sus compañeros de desgracias, y de esta manera, el Gobierno alemán y los hakatistas tendrán que reconocer su fuerza. El pueblo obrero polaco debe situarse bajo el lema de la Socialdemocracia, que es el único refugio de la justicia y de la libertad. Aquí encuentra la protección de su bienestar, de la vida familiar, de los derechos civiles y de su lengua materna.

El terrateniente, el fabricante, el capitalista, tanto si es alemán como polaco, es nuestro enemigo. Sin embargo, el obrero alemán es nuestro aliado, que bajo la explotación capitalista y la opresión de la clase dominante, sufre como nosotros. Tomando como ejemplo al pueblo obrero alemán, ahora nuestro pueblo polaco debe también retomar la lucha por su vida física y mental. A este efecto, deben organizarse, afiliarse a los sindicatos, para así juntos hacer frente a los capitalistas. Deben leer periódicos y folletos del movimiento obrero para formarse y comprender sus necesidades y deberes.

Pero sobre todo, el pueblo trabajador solo debería votar en las elecciones al Parlamento a sus propios candidatos trabajadores del Partido Socialdemócrata para que así no se siente en el Parlamento ningún enemigo más del pueblo que venga de Poznan, de Prusia Occidental, Masuria o Alta Silesia, ningún parásito aristócrata o inútiles burgueses. ¡Por la unión con el pueblo trabajador alemán contra la explotación por las clases dirigentes de Alemania y Polonia y contra la opresión por el Gobierno! Ese es nuestro lema.

2018: el mundo al revés

por Alan Woods //

Donald Trump dio la bienvenida al Año Nuevo a su manera inimitable: rodeado por su clan social y político en los alrededores opulentos de su exclusivo club Mar-a-Lago en Florida, acompañado por un grupo representativo de todos los segmentos de la sociedad estadounidense, desde estrellas de cine a multimillonarios.

“Será un 2018 fantástico”, aseguró Trump a sus invitados, cuando ingresó en el salón de baile dorado de Mar-a-Lago, escoltado por la sonrisa permanente de la primera dama, Melania Trump, y el muñeco de sastre que es su hijo Barron, y predijo que el mercado de acciones continuaría creciendo y los negocios llegarían a Estados Unidos en “un abrir y cerrar de ojos”.

Todo esto fue música para los oídos de sus adinerados invitados que están babeando ante la perspectiva de las jugosas ganancias y los recortes de impuestos que generosamente su héroe se comprometió a ofrecer. Fue una escena verdaderamente inolvidable digna de una secuencia de El Padrino.

El año 2017

Sin embargo, antes de dar la bienvenida al nacimiento del Año Nuevo, examinemos primero el anterior con rigurosa atención. “Creo que este año es probablemente el año con mayor riesgo político desde el final de la Segunda Guerra Mundial”, declaró Brian Klaas, experto en Política Comparada de la Escuela de Economía de Londres, en una entrevista en la CNBC en enero del año pasado.

No estuvo muy desacertado. Pensemos por un momento en los acontecimientos ocurridos en los últimos 12 meses. El año que acaba de pasar a la historia fue testigo de otro cúmulo de terremotos políticos. Y, a pesar de los alardes del último ocupante de la Casa Blanca, es poco probable que el año 2018 sea mejor para el capitalismo mundial.

Trotsky describió la teoría como la superioridad de la previsión sobre la sorpresa. Pero el año 2017 sembró gran cantidad de sorpresas, y no menos entre los llamados expertos de la burguesía. Hace 12 meses, ¿quién hubiera pensado que los conservadores británicos quedarían tan mal en unas elecciones generales, partiendo de una ventaja de 20 puntos sobre los laboristas; y que el “inelegible” Jeremy Corbyn terminaría el año como el político más popular de Gran Bretaña?

¿Quién hubiera pensado que, para finales de año, los líderes proindependentistas catalanes estarían disputando unas elecciones desde una cárcel española, y que el presidente del gobierno catalán sería un exiliado político en Bruselas.

¿Quién hubiera pensado que los dos principales partidos en Francia ni siquiera estarían presentes en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales? ¿Y quién hubiera pensado que los Republicanos de Estados Unidos perderían una elección en Alabama: un bastión seguro de la derecha religiosa conservadora?

¿Quién hubiera pensado que Mugabe sería arrojado al basurero después de décadas de gobierno dictatorial, y que Jacob Zuma perdería el control del Congreso Nacional Africano?

Estos son sólo algunos de los terremotos políticos que han sacudido al mundo en solo 12 meses. Son sucesos altamente significativos en sí mismos. Pero desde una perspectiva marxista son síntomas de la crisis general del capitalismo mundial, que encuentra su expresión en la inestabilidad política en todas partes, incluida la nación capitalista más poderosa: los Estados Unidos.

Pesimismo de la burguesía

Los estrategas serios del capital a menudo llegan a las mismas conclusiones que los marxistas, aunque naturalmente desde su punto de vista de clase. La imagen de color de rosa pintada por el señor Trump no es compartida por ningún analista burgués serio sino, de hecho, todo lo contrario.

Según el Grupo Eurasia, una respetada consultora que asesora a los capitalistas sobre posibles riesgos a escala mundial, en su evaluación anual recientemente publicada sobre los principales riesgos geopolíticos, advierte de que el mundo se está moviendo hacia una crisis y un estado de “depresión geopolítica” y que la presidencia de Donald Trump está contribuyendo a la inestabilidad: acelerando las divisiones a nivel nacional e internacional, y desentrañando el orden global que se ha construido dolorosamente durante décadas.

El Grupo Eurasia expresa el temor de que las democracias liberales (es decir, burguesas) sufren un “déficit de legitimidad no visto desde la Segunda Guerra Mundial”, que los líderes están fuera de contacto con la realidad y que este colapso político crea condiciones en que cualquier acontecimiento importante podría tener un efecto devastador en la economía y el mercado global.

El informe comienza con una frase que podría verse como una respuesta a la evaluación entusiasta del señor Trump sobre la economía (excepto que debió de haberse escrito antes de su fiesta de Año Nuevo): “Sí, los mercados están subiendo y la economía no está mal, pero los ciudadanos están divididos. Los gobiernos no están gobernando mucho. Y el orden global se está deshaciendo.”

Y su conclusión no podría ser más diferente de la del Hombre de la Casa Blanca: “En los 20 años desde que comenzamos el Grupo Eurasia, el entorno global ha tenido sus altibajos. Pero si tuviéramos que elegir un año para una gran crisis inesperada, el equivalente geopolítico de la crisis financiera de 2008, sería 2018”.

El factor Trump

El año 2017 comenzó con la asunción del cargo como presidente de Donald Trump, el 20 de enero. Eso en sí mismo fue un choque político de enormes dimensiones. Es, por supuesto, incorrecto atribuir todos los males del mundo a un hombre. Si eso fuera cierto, entonces la solución a la crisis actual sería sencilla: deshacerse de Trump y reemplazarlo por un presidente más “responsable” (es decir, Demócrata). Pero no hay ninguna razón para creer que la situación sería mucho mejor bajo Hillary Clinton o cualquiera de los otros héroes del “centro”.

El intento de explicar los grandes procesos históricos en términos individualistas es una trivialización de la historia que no resiste siquiera el escrutinio más superficial. El marxismo busca los fundamentos de la historia humana en los procesos más profundos que se desarrollan muy por debajo de la superficie y constituyen el marco fundamental sobre el cual los actores humanos desempeñan sus roles. Pero este análisis básico, aunque finalmente decisivo, de ninguna manera agota la cuestión.

Si el intento de explicar la historia en términos de protagonistas individuales es demasiado simple para ser tomado en serio, el intento de negar el papel de los individuos en la historia es igualmente simplista y falso. Si seguimos la teoría de Marx, los hombres y las mujeres hacen su propia historia, aunque no actúan con total libertad y están limitados por factores objetivos que están más allá de su control e, incluso, son invisibles para ellos. Con sus acciones, los actores individuales pueden tener un efecto serio sobre las circunstancias, influyendo en el resultado de los acontecimientos de una forma u otra.

Donald Trump es un ejemplo interesante de este fenómeno. La clase dominante estadounidense no estaba satisfecha con Trump. Sigue descontenta e intenta deshacerse de él. Hay un número de razones para esto. Durante más de 100 años, la vida política de EE. UU. se basó en dos pilares fundamentales: los Republicanos y los Demócratas. La estabilidad del sistema dependía de este equilibrio.

Trump es multimillonario, pero también es un ególatra y un hábil demagogo. Paradójicamente, Trump se dirigió específicamente a los sectores más pobres de la sociedad. Habló mucho sobre la clase trabajadora, algo prácticamente inaudito en las campañas electorales de EE. UU. Todo era mentira, por supuesto, pero cuando habló de las fábricas y minas cerradas, despertó la esperanza en las mentes de las personas desesperadas. Esto tocó la fibra sensible de millones de estadounidenses hartos del sistema que los condena a la pobreza y el desempleo.

En realidad, Trump es sólo otro representante de las grandes empresas. De hecho, él es el rostro crudo y feo del capitalismo, mientras que el llamado centro es el capitalismo que intenta disfrazar su esencia detrás de una máscara sonriente. Trump se ha deshecho de la máscara, y es por eso por lo que la clase dirigente lo detesta.

El establishment se preguntó si podrían controlar a este inconformista multimillonario cuya victoria no desearon pero que no pudieron evitar. No tuvieron que preguntarse por mucho tiempo. El 45º presidente de Estados Unidos tenía prisa por dejar su huella. Hizo campaña con la promesa de “hacer las cosas de manera diferente”. Y así ha sido.

Ha logrado exacerbar todas las contradicciones a escala mundial: entre los Estados Unidos y China, entre los Estados Unidos y Europa y entre los Estados Unidos, Canadá y México. Ha intensificado el conflicto entre Israel y los palestinos y ha creado una atmósfera bélica frenética con Corea del Norte, que ha convertido a Corea del Sur y Japón en objetivos para el arsenal nuclear del “Hombre Cohete” de Pyongyang.

Las aventuras de Trump en el campo de los asuntos exteriores, ciertamente, no tienen precedentes en la historia de la diplomacia mundial. Se lo podría comparar a un elefante en una tienda de porcelana. Su continua emisión de escandalosos tweets proporciona una ruidosa música de fondo a la cacofonía de extravagantes, contradictorios y frecuentemente incomprensibles errores en materia de política exterior, que han conmocionado y consternado a grandes sectores de la clase dirigente del país y en el extranjero.

La doctrina de “América primero” es sólo una nueva versión del antiguo aislacionismo, que siempre fue parte de la tradición política estadounidense. Pero los aliados más cercanos de Estados Unidos están preocupados de que la promesa de “hacer a Estados Unidos grande otra vez”, se haga a su costa. Y no están equivocados. Si, previamente, había pequeñas grietas en la llamada alianza occidental, ahora se han ensanchado en un abismo enorme.

Ian Bremmer, presidente del Grupo Eurasia, y su presidente, Cliff Kupchan, advierten de que el poder global de Estados Unidos está “llegando a un punto muerto” y de que la filosofía de Trump de atrincheramiento y vía unilateral siembran confusión tanto entre sus aliados como en sus rivales. “‘América Primero’ y las políticas que se derivan de ello – dice el Grupo Eurasia- han erosionado el orden liderado por Estados Unidos y sus protecciones, mientras que ningún otro país o grupo de países está listo o interesado en reconstruirlo… aumentando significativamente el riesgo global”. Éste es un buen resumen de la situación.

Radicalización en los Estados Unidos

Éstos son logros realmente notables en tan sólo 12 meses en la Casa Blanca. La erupción de Trump en el escenario mundial sería suficiente para causar serias preocupaciones en la clase dirigente de los Estados Unidos e internacional. Pero hay otra razón por la cual la clase dominante no se muestra entusiasta con respecto a Donald Trump. La mecánica elemental nos informa de que cada acción tiene una reacción igual y opuesta. Las líneas de falla en la sociedad y la política estadounidenses ya estaban ahí. No fueron inventadas por Trump. Pero con sus discursos y acciones ha intensificado las divisiones agudas en la sociedad estadounidense y ha provocado un aumento notable de la radicalización.

La llegada de Trump a la Casa Blanca fue la señal de una oleada sin precedentes de manifestaciones masivas en todo el país. Las marchas de las mujeres probablemente representaron la mayor protesta en la historia de los Estados Unidos. Entre 3,3 millones y 4,6 millones de personas se manifestaron en Los Ángeles, Washington D.C., Nueva York, Chicago, Seattle y otras ciudades y pueblos de EE. UU. Ésta fue la primera de muchas más.

El año terminó con una asombrosa derrota Republicana en Alabama: un escaño conservador y fuertemente republicano que Trump había ganado con un margen del 30 por ciento en las elecciones presidenciales. Ése fue otro terremoto político, el cual no fue previsto por los “expertos” o las encuestas de opinión.

Es demasiado pronto para decir cuánto tiempo puede sobrevivir Trump. Su apoyo más importante se encuentra en la bancarrota de los Demócratas y la demora en un movimiento significativo de la clase trabajadora. La actual Administración puede prolongarse, a pesar del espectáculo sin precedentes de una división abierta en la clase dominante. ¿Cuándo en el pasado vimos un conflicto abierto entre un presidente estadounidense y los medios, el FBI, la CIA y todo el cuerpo de los Servicios de Inteligencia de los EE. UU.?

A pesar de las predicciones confiadas del Sr. Trump, el año 2018 verá muchos más trastornos de este tipo, que en el fondo son un reflejo de la inestabilidad que es una característica fundamental del presente período de la crisis capitalista mundial.

Francia y Gran Bretaña

Para los marxistas, el significado de estos trastornos políticos no es difícil de entender. La crisis del capitalismo se manifiesta en una inestabilidad general: económica, social y política. Han transcurrido diez años desde el colapso financiero de 2008 y la burguesía está lejos de resolver la crisis económica. Todos los intentos de los gobiernos para restablecer el equilibrio económico sólo han servido para destruir el equilibrio social y político.

Vemos esto en un país tras otro. Donald Trump y Bernie Sanders, aunque son muy diferentes, son manifestaciones del mismo fenómeno. También lo son Jeremy Corbyn en Gran Bretaña, Jean-Luc Mélenchon en Francia, Syriza en Grecia y Podemos en España. Todas estas cosas son reflejos del descontento general, la ira y la frustración que se agitan debajo de la superficie de la sociedad. Esto está causando alarma en las filas de la burguesía y sus estrategas.

El surgimiento de un “sentimiento antisistema cada vez más tóxico” está erosionando la confianza en las instituciones políticas de los países democráticos, así como en los medios de comunicación y el sistema electoral en los Estados Unidos. La debilidad en estas instituciones puede conducir a la inestabilidad, el autoritarismo, las políticas impredecibles y el conflicto.

Lo que estamos viendo en los Estados Unidos y en todos lados es el colapso del llamado centro. El pequeño grupo de élites no representativas que detentan el poder no está, naturalmente, satisfecho con esto. Ven correctamente la creciente polarización hacia la izquierda y la derecha como una amenaza a sus intereses.

Quedaron, comprensiblemente, encantados el pasado mayo, cuando un candidato poco conocido del ‘centro’, Emmanuel Macron, derrotó a Marine Le Pen para convertirse en el presidente más joven de Francia. Ninguno de los partidos tradicionales llegó a la segunda votación. Los medios hicieron mucho ruido al respecto. Afirmaron que Macron había conseguido una mayoría absoluta. Eso no es verdad. La mayoría absoluta fue, de hecho, el 70 por ciento de las personas que no votaron por él. Tampoco mencionaron los medios el hecho de que el político más popular en Francia era el izquierdista Jean-Luc Mélenchon.

En realidad, el centro político es una ficción. La sociedad se divide cada vez más entre un pequeño grupo de personas que controlan el sistema y una abrumadora mayoría que se está empobreciendo y se encuentra en abierta rebelión contra el sistema. “Conquistar el centro” fue una idea de Tony Blair (fundador del ‘Nuevo Laborismo’ y primer ministro británico de 1997 a 2007).

La idea es puerilmente simple: tratar de encontrar un acuerdo entre los partidos de las diferentes clases. Pero hay un pequeño problema. Tal acuerdo es imposible, porque los intereses de estas clases son completamente antagónicos, de hecho, incompatibles. Este antagonismo se puede disfrazar temporalmente en períodos de auge económico, pero se vuelve notoriamente obvio en situaciones como la actual, cuando el capitalismo se encuentra en una profunda crisis.

El voto a favor del Brexit de junio de 2016 fue el salto de Gran Bretaña a la oscuridad. Ése fue otro terremoto político, cuyos resultados apenas comienzan a sentirse ahora. En un intento desesperado por apuntalar la débil posición de negociación de Gran Bretaña la primavera pasada, Theresa May convocó elecciones anticipadas. Esta decisión fue tomada bajo el supuesto (compartido por todos) de que los conservadores no podrían perder.

Las encuestas de opinión daban a los conservadores una ventaja de 20 puntos sobre los laboristas. La prensa entera fue unánime en que, bajo el liderazgo del izquierdista Jeremy Corbyn, los laboristas nunca podrían ganar unas elecciones. Recordemos que el ala de derecha laborista, que tiene una aplastante mayoría en el grupo parlamentario del Partido Laborista, ha estado tratando de deshacerse de Corbyn de todas las formas posibles en los últimos dos años con el respaldo de los medios, que organizaron una campaña de vilipendio sin precedentes contra este líder laborista.

Sus esfuerzos fracasaron. Pero una vez más se preparaban para expulsarlo tan pronto como se anunciara la derrota del laborismo, que tanto deseaban fervientemente y confiadamente esperaban. Pero para asombro de todos, los laboristas lucharon en las elecciones con un programa de izquierda y avanzaron. El Partido Conservador perdió su mayoría parlamentaria y el presuntamente inelegible Jeremy Corbyn se convirtió en el político más popular de Gran Bretaña.

No hace mucho, Gran Bretaña era uno de los países más estables de Europa. Ahora es uno de los más inestables. El resultado del Brexit y el fermento en Escocia eran síntomas de profundo descontento, que existían pero no encontraban ningún medio para expresarse. En la persona de Jeremy Corbyn, este descontento masivo ha encontrado una expresión política que representa un gran giro hacia la izquierda y presenta grandes oportunidades para organizaciones como la que aquí representamos, la Corriente Marxista británica, que entendió este fenómeno que todos los grupos pseudo-trotskistas se negaron a ver durante décadas.

Cataluña

La crisis en Cataluña es un reflejo del callejón sin salida del capitalismo español y la consecuencia de las traiciones del estalinismo y del reformismo que llevaron al aborto de la Constitución de 1978. Esa traición permitió a la putrefacta clase gobernante española preservar partes importantes del antiguo régimen franquista detrás de una fachada “democrática”.

Ahora, 40 años después, las gallinas vuelven al gallinero. El pueblo de Cataluña experimentó la realidad de la democracia española cuando los golpes de porras policiales cayeron sobre las cabezas de ciudadanos desarmados e indefensos, hombres y mujeres, jóvenes y personas mayores, cuyo único “crimen” fue el deseo de votar sobre el futuro de su país.

Los líderes de este movimiento hicieron todo lo posible por persuadir al gobierno de derecha de Rajoy en Madrid de que, por supuesto, no se tomaban en serio la independencia. “Proclamaron” una Cataluña independiente, pero también declararon que “no se haría efectiva”. Se comportaron como generales que movilizan al ejército, lo colocan en pie de guerra y provocan al enemigo para que pase a la acción, para luego ondear la bandera blanca. No se puede imaginar una manera más segura de desmoralizar a las tropas.

Pero si los líderes catalanes imaginaban que esta maniobra los salvaría de la ira de sus enemigos, estaban tristemente equivocados. La debilidad invita a la agresión. Las fuerzas de Madrid detuvieron a los principales líderes del movimiento independentista, que fueron encarcelados acusados ​​de planear una insurrección, abolieron los poderes del gobierno autónomo catalán e impusieron el gobierno directo para aplastar el movimiento independentista. El presidente catalán, Carles Puigdemont, huyó al exilio en Bélgica.

Los nacionalistas burgueses catalanes imaginaban con seguridad que obtendrían el respaldo de la Unión Europea, pero pronto se curaron de esta ilusión. Bruselas y Berlín les dieron a entender en los términos más inequívocos que un Estado catalán independiente no sería reconocido por Europa. ¡Hasta aquí las credenciales democráticas de los líderes de la UE!

Si el partido gobernante del PP pensó que podría resolver el problema mediante el uso de la fuerza bruta, también se equivocó. Marx explicó que la revolución necesita el látigo de la contrarrevolución. El sábado, 21 de octubre, 450.000 personas se concentraron en Barcelona ​​y decenas de miles se manifestaron en otras ciudades de toda Cataluña para exigir la libertad de los líderes encarcelados.

Las elecciones catalanas del 21 de diciembre representaron una bofetada para el gobierno español. Estas elecciones tuvieron lugar en condiciones excepcionales, comenzando por el hecho de que fueron convocadas por el gobierno español después de inhabilitar al gobierno catalán y disolver su parlamento. Ocho candidatos prominentes de los partidos independentistas están en la cárcel o en el exilio y, por lo tanto, se les impidió participar en la campaña. Incluso fueron castigados por las autoridades de la prisión por enviar mensajes, que se leyeron durante los mítines electorales. Todo esto se hizo utilizando los poderes que se derivan del artículo 155 de la Constitución de 1978.

A pesar de todo, la participación del 81,94 por ciento fue la más alta, no sólo de las elecciones al Parlamento de Cataluña, sino también de las elecciones parlamentarias españolas en Cataluña y en toda España. El partido gobernante español (el PP) quedó reducido a tres escaños en Cataluña y el bloque independentista volvió a conseguir la mayoría absoluta en el Parlamento catalán. Por lo tanto, estamos exactamente en la misma situación que antes.

Pase lo que pase en los próximos meses, nada volverá a ser lo mismo en Cataluña ni en España. Se han desatado fuerzas que desgarrarán el falso e hipócrita “consenso” que engañó al pueblo acerca de una alternativa genuinamente democrática a la odiada dictadura de Franco. Rajoy y el PP son los verdaderos herederos de ese régimen, que pisoteó brutalmente a la gente en el pasado y continúa pisoteándola hoy.

Los movimientos de masas en Cataluña son sólo el primer síntoma de una revuelta contra esa dictadura. El mismo espíritu de rebelión se manifestará tarde o temprano en todo el país.

Riqueza y pobreza

El descontento que crece en todas partes es una expresión de la extrema polarización: la concentración de capital, que Marx predijo hace mucho tiempo y la cual se han empeñado en negar economistas y sociólogos desde entonces.

¿Quién puede hoy negar la verdad de la predicción de Marx? La concentración de capital ha tenido lugar en condiciones de laboratorio. En la actualidad, menos de 200 grandes corporaciones controlan el comercio mundial. La inmensa riqueza se concentra en manos de unos pocos. Sólo en 2017, los multimillonarios del mundo aumentaron su riqueza global combinada en un quinto.

Según Josef Stadler, director global de la división Ultra High Net Worth en UBS, hoy “la desigualdad de la riqueza está en su punto más alto desde 1905”. El 1% más rico del mundo posee la mitad de la riqueza del mundo, según un nuevo informe que destaca la creciente brecha entre los súper ricos y todos los demás.

Un informe del Crédit Suisse mostró que las personas más ricas del mundo vieron aumentar su riqueza del 42 %, en el punto álgido de la crisis financiera de 2008, al 50.1 % en 2017, es decir, 140 billones de dólares. El informe dice:

“La parte del 1% más rico ha seguido una senda ascendente desde [la crisis], pasando el nivel 2000 en 2013 y alcanzando nuevos máximos cada año a partir de entonces”. El banco también dice que “la desigualdad de la riqueza global ha sido ciertamente alta y ha aumentado en el período posterior a la crisis.”

El aumento de la riqueza entre los ya muy ricos llevó a la creación de 2,3 millones de nuevos millonarios durante el año pasado, alcanzando un total de 36 millones. “El número de millonarios, que cayó en 2008, se recuperó rápidamente después de la crisis financiera, y ahora es casi tres veces la cifra de 2000”.

Estos millonarios, que representan el 0,7 por ciento de la población adulta del mundo, controlan el 46 por ciento de la riqueza global total que ahora se ubica en la asombrosa cifra de 280 billones de dólares.

Ése es un lado de la balanza. En el otro extremo del espectro, los 3.500 millones de adultos más pobres del mundo tienen activos de menos de 10.000 dólares. En conjunto, estas personas, que representan el 70 por ciento de la población mundial en edad de trabajar, representan solo el 2,7 por ciento de la riqueza mundial. Para millones de personas, es una cuestión de vida o muerte.

En 2017, en 45 países, se calcula que 83 millones de personas necesitaron asistencia alimenticia de emergencia, más del 70 por ciento más que en 2015. Y en 2018, la cifra podría alcanzar los 76 millones.

Yemen es un caso particularmente escandaloso. Como resultado de la bárbara guerra de agresión librada por Arabia Saudita y sus aliados, 17 millones de yemeníes no tienen lo básico para comer, y más de 3 millones de niños y mujeres embarazadas y lactantes sufren de desnutrición aguda. La hipocresía de los medios occidentales ha hecho que se ignoren en gran medida estas atrocidades perpetradas por los mafiosos sauditas, que deliberadamente usan el hambre como arma de guerra.

Importancia del factor subjetivo

En los últimos años, Oriente Medio ha presentado una imagen de reacción atroz: guerra, guerra civil, derramamiento de sangre, fanatismo religioso, masacres y caos. La clave de esta situación se encuentra en tres países: Egipto, Turquía e Irán. Estos son los países donde el proletariado es más fuerte y tiene tradiciones revolucionarias. Si se hace un análisis superficial, en los tres países existe una reacción férrea. Pero tal evaluación es fundamentalmente defectuosa.

Las masas egipcias hicieron todo lo que estaba en su poder para cambiar la sociedad. Fue la ausencia de dirección, y sólo eso, lo que llevó al magnífico movimiento de 2011 a un callejón sin salida. Y como la naturaleza aborrece el vacío, Sisi y los demás generales del ejército reaccionario ocuparon el espacio vacío. Como resultado, los trabajadores y campesinos egipcios se han visto obligados a pasar una vez más a través de la dura escuela de la reacción. Pero, tarde o temprano, resucitarán. La dictadura de Sisi es una choza desvencijada construida sobre cimientos de barro. Su debilidad fatal es la economía. El pueblo de Egipto necesita pan, trabajo y vivienda, que los generales son incapaces de proporcionar. Las futuras explosiones son inevitables.

En Turquía también, el potencial revolucionario de las masas se demostró con el levantamiento de 2013. Fue finalmente aplastado, y Erdogan logró desviar la atención de las masas al jugar la carta del nacionalismo turco y desencadenar una guerra brutal contra los kurdos. Pero el nacionalismo no puede poner el pan en la mesa de los millones de turcos desfavorecidos. Tarde o temprano comenzará una reacción contra el régimen. Y hay señales de que ya ha comenzado. Debemos observar a Turquía de cerca en el próximo período como una de las claves de Oriente Medio.

La mayoría de la población mundial es joven. Y al menos el 60 por ciento de los jóvenes entre 15 y 24 años de edad están desempleados en todo el mundo. El descontento latente de estos jóvenes fue lo que provocó la revolución árabe hace unos años.

Ahora vemos el mismo fenómeno repetido en las calles de pueblos y ciudades de todo Irán. Como de costumbre, este movimiento surgió de repente, sin previo aviso, como una piedra pesada arrojada a las aguas de un estanque en calma. Sorprendió y asombró a todos los autodenominados expertos, especialmente, a los viejos, cínicos y cansados ​​analistas de la llamada izquierda, cuya principal marca es el escepticismo y una creencia muy arraigada de que nunca pasará nada y de que las masas nunca se moverán. Todas estas personas “inteligentes” se quedaron con la boca abierta ante este movimiento que, según ellos, nunca iba a suceder.

“Pero estas manifestaciones son más pequeñas que las de 2009”, los escépticos se apresuran a tranquilizarnos. Sí, más pequeñas pero mucho más radicales, más impetuosas, más audaces y menos cautelosas. Con la velocidad de la luz, las demandas de los manifestantes pasaron de demandas económicas a políticas, desde el desempleo y el alto costo de la vida hasta exigir el derrocamiento de todo el régimen. Los manifestantes derribaron carteles del Líder Supremo Ayatolá Jamenei, algo extremadamente peligroso y prácticamente inaudito en Irán. Incluso hubo algunos informes de ataques a retratos del difunto ayatolá Jomeini.

¿Quiénes eran estos manifestantes? Eran principalmente jóvenes, pobres, desempleados, no los estudiantes universitarios que predominaron en todas las protestas anteriores. No estaban organizados, no pertenecían a ningún grupo político y no tenían una idea guía, salvo el deseo ardiente de cambio. Ése es el punto de partida de cada revolución.

El régimen fue sacudido hasta sus cimientos. Este movimiento, precisamente por su contenido de clase, representa una amenaza potencialmente mucho más peligrosa que los millones de personas que salieron a las calles de Teherán en 2009. Sus vacilaciones parecen a primera vista incomprensibles. Dado el tamaño relativamente pequeño de las manifestaciones, el poderoso aparato represivo en manos de los mulás seguramente sería más que suficiente para haber sofocado esta protesta, como un hombre apaga una vela con dos dedos.

Y sin embargo, mientras escribo estas líneas, el régimen aún no ha lanzado una campaña seria de represión. El perro ladra pero no muerde. ¿Por qué? Hay dos razones principales. En primer lugar, el régimen está dividido y es mucho más débil de lo que era en el pasado. En segundo lugar, entiende que detrás de los jóvenes que se están manifestando hay millones de iraníes que están cansados ​​de años de pobreza extrema, desempleo y aumento de los precios de los alimentos.

Hace tiempo que perdieron la fe en los mulás que simulaban moralidad y honestidad, pero que son tan corruptos como lo fueron en el pasado los funcionarios del Sha. Cualquier movimiento en contra de los manifestantes provocaría una reacción violenta que volvería a ver a millones en las calles, sólo que esta vez serían trabajadores, no sólo estudiantes y gente de clase media.

En este momento, es difícil predecir exactamente cuál será el futuro de esta rebelión. Su principal debilidad es la falta de organización. Sin un plan de acción claro y una firme comprensión de las tácticas y la estrategia, el movimiento puede disipar sus energías en una serie de acciones descoordinadas que fácilmente pueden degenerar en simples disturbios. Eso es lo que el régimen espera ansiosamente. Una vez más volvemos a la pregunta central: la de la dirección revolucionaria.

En 1938, León Trotsky escribió que se podía reducir la crisis de la humanidad a la crisis de la dirección del proletariado. Ha habido muchos movimientos revolucionarios en el pasado reciente: en Egipto, en Turquía, en Irán, en Grecia. Pero en todos los casos, las masas se vieron frustradas por la falta del factor subjetivo: un partido y una dirección revolucionarios. Si en Egipto, en el momento del derrocamiento de Mubarak, hubiera existido incluso un pequeño partido revolucionario, la situación hubiera sido diferente.

Recordemos que en febrero de 1917 los bolcheviques contaban con tan sólo 8.000 miembros en un país enorme, principalmente campesino, de 150 millones. Sin embargo, en tan sólo nueve meses se transformaron en un poderoso partido capaz de conducir a los obreros y campesinos a la toma del poder.

Al ingresar en el Año Nuevo, podemos estar seguros de que nuevas posibilidades revolucionarias se presentarán en un país tras otro. Irán muestra que los cambios bruscos y repentinos están implícitos en toda la situación. Debemos estar preparados para aprovechar cada oportunidad para difundir las ideas del marxismo, construir nuestras fuerzas, conectarnos con las masas, comenzando por las capas más avanzadas, y construir las fuerzas del marxismo en todas partes.

En cuanto a los cobardes, los apóstatas y los escépticos que niegan la perspectiva de la revolución, sólo podemos encogernos de hombros y repetir las desafiantes palabras pronunciadas por Galileo Galilei: Eppur si muove [“Y sin embargo se mueve”].

Socialismo, marxismo y poder popular en Chile hoy

por Felipe Lagos //

Autonomismo y poder popular [PP] no son sinónimos. El autonomismo es un ideario que no sigue los criterios táctico-estratégicos del socialismo ni del marxismo. Puede haber proyectos autonomistas anarquistas, liberales e incluso conservadores; el desarrollo del PP es socialista y marxista.

Si este proyecto deja de lado marxismo y socialismo, se vuelve autonomismo o anarquismo. Es la ilusión del comunismo sin socialismo, es decir, del comunismo sin periodo de transición que permita la superación de la sociedad capitalista. Es “idealismo comunista”.

Este idealismo comunista plantea el PP como medio y como fin. Es cierto que la locución posee un valor prefigurativo: la sociedad utópica aquí y ahora. Pero no se hace cargo de las profundas limitaciones y obstáculos que se deben enfrentar, sobre todo en una formación social como la chilena hoy.

Sin embargo, no es menos cierto que debido a la debacle de los “socialismos reales”, la burocratización, el autoritarismo y la estatización, además de la osificación del marxismo, los idearios del PP fueron autonomizándose del real significado del socialismo y del marxismo, surgiendo grupos bajo la identidad “libertaría”, “rojo y negro”, de “cultura miristas”, o abiertamente “comunistas”. Esto permitió en Chile mantener el compromiso revolucionario, a pesar de las derrotas autoritarias y neoliberales. Pero con el tiempo, en su forma radical, estas experiencias asumieron un ideario “autonomista” que independizó la noción del PP respecto al socialismo, entendido como periodo de transición de la sociedad capitalista a la sociedad comunista[1].

De esta manera, por otra vía, que no es de ruptura (el autonomismo se plantea una ruptura respecto del socialismo), sino del difuminado, el PP se ha confundido con el autonomismo.

Recuperar socialismo y marxismo para el desarrollo del PP es de suma importancia. Sin estos, las organizaciones identificadas con este ideario no podrán ser nunca una opción política alternativa y real al capitalismo.

EL PODER POPULAR [PP]

Es por todos reconocido que los debates acerca del desarrollo del PP han sido más bien ideológicos, antes que verdaderamente políticos y económicos; que han asumido una consistencia rígida, una posición dogmática y testimonial, en vez de sostenerse en las prácticas políticas de construcción de proyecto, organización y disputa de la correlación de fuerzas; y que no se sostienen en prácticas reales de relaciones de producción.

En Chile, son sumamente minoritarias las experiencias productivas que las organizaciones identificadas con la construcción de PP han realizado. Estas experiencias son más bien pedagógicas o culturales. Los huertos urbanos, por ejemplo, muy excepcionalmente permiten la alimentación de una comunidad. Las escuelas populares y los talleres de salud comunitarios, no logran que las personas se independicen de la educación y la salud proporcionadas por el Estado o el Mercado. Y las protestas, barricadas o marchas, no son sino formas que asume la contienda política y recursos de movilización.

No obstante, a pesar de las inmensas limitaciones y obstáculos con los que se encuentran las organizaciones que se identifican con este ideario, éstas tienen claridad de qué quieren decir con “crear poder popular”. El problema es que muchas veces confunden sus sueños con la realidad…

Con “construcción del poder popular” se quiere expresar el proceso donde las comunidades generan sus propias formas organizativas, productivas, educativas, etc., de forma independiente al Estado o al Mercado. Este proceso, que es parte del proyecto de superación del capitalismo, tiene distintas vías políticas: la anarquista, que plantea la destrucción (abolición) del Estado; la autonomista, que plantea la independencia del Estado; y la socialista, que plantea la disolución del Estado en la propia sociedad organizada hasta que éste llegue a “extinguirse”… Las vías anarquistas y socialistas conllevan un enfrentamiento con el Estado, el autonomismo no, al menos no como iniciativa propia.

Es decir, hablamos de PP cuando las distintas expresiones de la sociedad civil organizada asumen progresivamente las tereas del Estado y del Mercado. Estas tareas pueden ser políticas o jurídicas: una comunidad puede actuar de forma independiente a los representantes electos o designados bajo las normas de un régimen político. Y pueden ser económicas: una comunidad puede abastecerse de los alimentos producidos por sí misma o gestionar por sí misma la producción.

Con PP también se quiere expresar una forma de construcción política, antiburocrática, asamblearia, horizontal, participativa, directa, profundamente democrática, de base. En este sentido, el PP, por muy limitado que sea, expresa su valor en tanto horizonte y a la vez, como prefiguración de la sociedad que se quiere construir[2].

El problema es que para todo esto ─el PP como proyecto productivo y político─, no basta la sola voluntad ni las capacidades propias de personas, organizaciones o comunidades. Hay una serie de determinantes: formas productivas,  niveles de consumo, valores, tradiciones, etc.

El PP como pura consigna ideológica ─que no se puede alzar como verdadera alternativa política y económica, que se queda tan sólo en las organizaciones revolucionarias y jamás pasa a la comunidad, que se queda en las experiencias pedagógicas y jamás pasa a la producción─, puede llegar a ser incluso él mismo límite y obstáculo para la superación de status quo.

Las organizaciones del PP se vuelven un obstáculo cuando sus postulados se tornan rígidos, se vuelven inflexibles y testimoniales, se vuelven dogmáticas; cuando no son capaces de comprender las necesidades reales y cotidianas de las personas; cuando apuestan tan sólo por una vía, la suya, menospreciando cualquier otra táctica o estrategia. ¿Cuáles son las formas de estas inflexibilidades, de estos dogmas? Algunas de estas pueden ser:

La desviación militarista, que esencializa el enfrentamiento militar en vez de comprenderlo como una forma específica que adopta la lucha de clases y la contienda política en una coyuntura determinada. Lo peor de esta desviación es que ni siquiera se hace cargo de sus propios postulados: las organizaciones y personas que adoptan este dogma, ni siquiera pueden generar las condiciones mínimas para la resistencia. Más aún: incluso las organizaciones revolucionarias que lo hicieron, con valor, habilidad y completa entrega, fueron derrotadas[3].

La desviación culturalista, que cree que sólo cambiando las prácticas cotidianas se transformará el mundo y olvidan cuatro elementos cardinales: el poder, la correlación de fuerzas, la hegemonía y la lucha de clases. Algunas organizaciones feministas, vegetarianistas, animalistas, de talleres con niñas y niños, colectivos universitarios, etc., no son capaces de incorporar en sus prácticas organizativas elementos reales de disputa de poder.

La desviación aparatistas o vanguardista, que plantea que sólo el Partido puede introducir a las masas la conciencia revolucionaria y la línea política correcta. Otro error que puede adoptar el vanguardismo es tomarse a sí mismo como el movimiento revolucionario en su totalidad.

Pero más allá de todas las inflexibilidades y dogmatismos que en un momento dado se pueden cometer (o revertir), hay un elemento central que se encuentra en todas las desviaciones; este es: la tesis del poder dual o poder paralelo.

El militarismo adopta la tesis del poder dual cuando se plantea la construcción de un ejército popular paralelo al ejército profesional al que hay que enfrentar y derrotar; el culturalismo lo hace cuando quiere generar experiencias que “no se toquen”, que no se “mancillen”, que sean independientes al Estado o al Mercado, como escuelas, centros de salud, huertos, bibliotecas, etc.; y el vanguardismo, cuando quiere proponer espacios de decisión y acciones políticas paralelas a las instituciones representativas de los regímenes políticos existentes.

LA TEORÍA DE LA DUALIDAD DE PODERES 

Este es el principal error del PP entendido como medio y como fin, expresado desde el idealismo comunista: la tesis de que el propio PP alzará sus organizaciones, políticas y productivas, de forma paralela e independiente al Estado, se volverán hegemónicas y lo reemplazaran de forma definitiva.

La dualidad de poderes como tesis política ha sufrido la más grande de las derrotas: el cambio histórico. Ya ni siquiera depende de los medios o capacidades que un proyecto político posea: que los militaristas tengan una gran fuerza castrense o los vanguardistas un partido bolchevique profesional. Se ha producido ─como veremos más adelante─ una transformación radical en la sociedad, en el Estado y en el Mercado, en la subjetividad y en la cultura, que hace inviable la estrategia del poder dual.

Esto quiere decir que la transformación revolucionaria de la sociedad sólo será posible integrando, complementando, el desarrollo del PP con la conquista de la autonomía relativa del Estado. Esto se puede denominar como Proyecto Popular.

La teoría de la dualidad de poderes se diferencia del autonomismo en el sentido cardinal de la disputa por el poder. Lo que llamo “autonomismo” se expresa en las teorías de John Holloway sintetizadas en la consigna “cambiar el mundo sin tomar el poder[4]… La teoría marxista del socialismo plantea la necesidad histórica de un periodo de transición hacia el comunismo, donde el ejercicio del poder del Estado por parte del pueblo organizado en clase (trabajadora) es fundamental… Y esta necesidad del ejercicio del poder se manifiesta en todo momento: las limitaciones ya contundentes del zapatismo demuestran que el ejercicio del poder es un requerimiento para la construcción de una alternativa política, de la construcción hegemónica y profundización del PP; y las experiencias cubanas, venezolanas, bolivianas, por nombrar algunas, y la misma experiencia de la UP en Chile, demuestran que el ejercicio del poder es fundamental para hacer frente al Imperialismo y a la reacción de la burguesía nacional y transnacional (lo que, ciertamente, no asegura el triunfo por sí mismo).

Espero que se entienda que esquematizo. Por mucho que uno critique las tesis de Holloway, es innegable que no se pueden confundir con la experiencia zapatista misma y que ésta ha entregado elementos tanto valóricos como económicos y políticos trascendentales, por ejemplo, la idea de poder obediencial del buen gobierno: mandar obedeciendo[5].

La idea de un poder paralelo y externo al Estado fue la concepción de Lenin y Trotsky respecto a cómo construir el socialismo y, de una manera más compleja, de Gramsci (pero no una idea de Marx)…

La idea básica es que (para Lenin y Trotsky) el Estado es una “máquina de dominación”, es un Estado-objeto copado completamente por los intereses de la burguesía. Por lo tanto, la lucha revolucionaria debe crear su propio órgano de poder (los soviets), completamente independientes del Estado-objeto. Este segundo poder (el soviet)  debe ir asumiendo las tareas del viejo Estado hasta el momento del enfrentamiento, donde sólo uno de los dos puede triunfar…[6]

La idea de Gramsci se diferencia, en primer lugar, en la limitación de la concepción de un Estado-objeto. No crítica la existencia de un Estado-objeto, sino que crítica la idea de extrapolar esa concepción y su existencia empírica de las realidades Orientales a las Occidentales[7].

Gramsci no habla de Estado-objeto sino de “Estado restringido”. El Estado restringido es el Estado como máquina de dominación, o sencillamente, la dominación organizada. Que no se traduce a la realidad Occidental, donde la existencia de un “Estado ampliado” se extendía a las distintas naciones “desarrolladas”. El Estado no sólo es dominación, sino que también hegemonía… Esta doble concepción del Estado, que Gramsci denominó como el “centauro maquiavélico”, es políticamente necesaria, tanto para quienes mantienen la concepción del Estado-objeto (marxismo ortodoxo), como para quienes poseen una concepción del Estado-sujeto, es decir, el Estado que sólo es hegemonía o que se concibe por sobre la lucha de clases, que es la concepción socialdemócrata… El Estado no es sólo dominación, pero tampoco es sólo hegemonía. El Estado es un centauro, es dominación y es hegemonía[8].

Esta idea llevó a Gramsci a plantear dos estrategias diferentes para Oriente y para Occidente. Para Oriente, la guerra de movimientos o maniobras, es decir, el enfrentamiento abierto, frontal, contra el Estado. Para Occidente, la guerra de posiciones[9]. El Estado ya no tiene un estatuto restringido, sino que se ha ampliado: no sólo es dominación organizada, es también consenso, legitimidad; no sólo es ejército y aduanas, es también hospitales, salud, escuelas, educación, seguro de desempleo, jubilación, etc.

El Estado tiene legitimidad y genera consensos. Por lo tanto, una guerra de movimientosposee mayores obstáculos, tanto materiales como organizativos así como ideológicos y subjetivos… La guerra de posiciones es entonces la estrategia que se debe seguir, que no es más corta que la guerra de movimientos pero sí más segura: para obtener la mayoría política previamente hay que triunfar en la batalla cultural, porque sin esta última, la mayoría política está destinada a derrumbarse. En esto consiste la generación de una contra-cultura y la acción de los “intelectuales orgánicos”, que deben ir erigiendo hegemonía, donde las experiencias populares (educación popular, salud comunitaria, expresiones artísticas, etc.) deben ir asediando al Estado… hasta que llegue el instante del enfrentamiento, donde el Estado instituido, conservador, pierda hegemonía, volviéndose sólo dominación, momento donde se ha de asumir la toma del poder político…

En la concepción gramsciana persiste la idea de poder dual o paralelo. El Estado sigue siendo externo a la contra-cultura. No es ya un Estado-objeto o restringido, pero las luchas revolucionarias, bajo la estrategia de la guerra de posiciones, siguen siendo externas a él.

Mientras los socialdemócratas creen que el Estado se sitúa, o puede situarse, por sobre la lucha de clases, los socialistas plantean que aquella es el fundamento del Estado. De ahí la principal idea de Marx, Lenin y Mao: la centralidad de la lucha de clases. Pero la cuestión en debate es que el Estado, así como la Democracia, no es un “instrumento de la clase dominante”, solamente… Estado y Democracia son el resultado mismo de la lucha de clases.

Rosa Luxemburgo lo planteó claramente, criticando a Lenin y su concepción de la “democracia burguesa” como algo que simplemente hay que suprimir instaurando una “democracia socialista”[10].

Ciertamente Luxemburgo plantea que en la democracia burguesa hay una semilla de desigualdad y sujeción social, pero también un núcleo social, conquistas de la clase obrera, conquistas del pueblo; la libertad y la igualdad formal hay que superarlas, no podemos limitarnos a esas envolturas, pero eso no significa que hay que abolir toda democracia; hay que llenarla de un nuevo contenido.

Asimismo, tanto en el problema de la Democracia como del Estado, hay que incorporar el análisis relacional de Nicos Poulantzas: no son sólo instrumentos de la burguesía, son además instituciones resultantes de la lucha de clases; no son exclusivamente reflejos exactos de los intereses de las clases dominantes, también son conquistas de las clases subalternas[11].

El Estado no es solamente una “máquina de dominación” (como creía Lenin y lo repitió vehementemente incluso tras la toma del Palacio de Invierno[12]); sí es dominación, sí está atravesado por la lucha de clases (a diferencia de lo que creen erróneamente los socialdemócratas); pero también es hegemonía, consentimiento, legitimidad… No debemos rechazar la democracia como si fuera una simple democracia burguesa, pero sí hay que transformarla. Lo mismo el Estado. Hay una necesidad de transformación, de ruptura, de sublevación… Pero el Estado no es únicamente coerción, dominación, represión. También crea, transforma, produce realidades, etc. El Estado es un campo de batalla, una “condensación material de una relación de fuerzas”[13].

PODER POPULAR [PP] Y CONCIENCIA SOCIALISTA 

La idea de PP se sistematiza principalmente en América Latina a partir de dos experiencias: la Teología de la Liberación en Centro América y el MIR en Chile. Ni el PRT ni Tupamaros ni el Movimiento 26 de Julio, desarrollan la consigna “crear poder popular” de forma manifiesta. Esto no quiere decir que no esté presente en las luchas revolucionarias, ya sean anteriores o diferentes a la Teología de la Liberación y al MIR chileno.

El PP está en directa relación con la máxima marxista: la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos[14]. Y las experiencias de la Comuna de Paris (1871), los Soviet en Rusia (1905 y 1917) y los Consejos de Fabrica en Turín (1919-1920), son expresiones del PP. Asimismo, podemos encontrar este sentido en la obra de Luis Emilio Recabarren y su movimiento de mancomunales y cooperativas.

Pero el asunto central no es si el PP proviene de tal o cual tradición o experiencia. La cuestión central es si acaso está o no mediado por la conciencia socialista.

Incorporar la conciencia socialista o el marxismo, significa la toma de conciencia de la necesidad histórica de un periodo de transición antes de que nazca la sociedad comunista. Significa también una concepción compleja de la contienda política en el sentido de que ésta es tanto extra-institucional como institucional, de rupturas efectivas así como de reivindicaciones inmediatas, de utilización e insturmentalización de las instituciones burguesas así como el desarrollo de experiencias autónomas y autogestionarias. Esto es tanto o más necesario cuando las luchas revolucionarias por la transformación de las relaciones de producción capitalistas son locales, nacionales, regionales y mundiales.

La conciencia socialista o el marxismo nos permiten soslayar la confusión respecto a qué es el PP. El PP no es socialismo, aunque sin él no haya socialismo, en el sentido de “socialismo societal” (Mazzeo) y en contraposición al “socialismo de Estado”. El PP tampoco es comunismo o “sociedad comunista”, y quienes rechazan la necesidad histórica de un periodo de transición se denominan “anarquistas”.

Otro tema cardinal respecto al PP que plantea la conciencia socialista es la cuestión del poder. Que el poder es necesario, es ineludible para todo proyecto revolucionario. No es posible cambiar el mundo sin tomar el poder. El poder no es una cosa, un objeto o un lugar, sino un conjunto de relaciones de fuerzas…

El PP es popular porque el sujeto que lo encarna es el pueblo. El sujeto que encarna el PP es el “pueblo” en el sentido expresado por Fidel en La historia me absolverá[15].

Fue necesario recurrir al pueblo como sujeto puesto que, en América Latina, la clase obrera como sujeto encontró históricamente una serie de obstáculos y expresó un conjunto de limitaciones, tanto objetivas como subjetivas (subdesarrollo, chovinismo, heterogeneidad, integración al capitalismo de Estado y al Estado desarrollista, etc.), muchas de ellas derivadas de las estrategias de modernización al capitalismo, iniciativas provenientes especialmente de la socialdemocracia (que abandonó la lucha de clase).

Es primordialmente en los países del así llamado Tercer Mundo y en particular en América Latina, donde el pueblo encarna al sujeto revolucionario, a partir de los Movimientos de Liberación Nacional, donde se condensan elementos marxistas, socialistas, comunitarios (campesinos e indígenas), de la teología de la liberación y nacional-populares.

Para el marxismo, heterodoxo y crítico, el pueblo como sujeto persiste, por un lado, en una relación estratégica con la clase obrera (que en teoría sigue siendo el sujeto revolucionario), y por otro, en la lucha de clases (a diferencia de la socialdemocracia); es decir, el pueblo, en su heterogeneidad, sigue siendo un sujeto clasista.

Ahora bien, el pueblo no es, por así decirlo, objetivamente revolucionario, como tampoco lo era la clase obrera para Lenin. Lenin decía que la conciencia transformadora más profunda de la clase obrera era la tradeunionista (o corporativista) y que la conciencia revolucionaria sólo podía ser incorporada externamente por medio del Partido Revolucionario[16].

El pueblo debe constituirse como sujeto revolucionario, y esto no se realiza por medio de una externalidad que sopla en él la conciencia revolucionaria, sino que se realiza en la ruptura institucional, resistencia, la ofensiva y la mantención de la revolución. De hecho, las revoluciones socialistas ─Rusia, China, Vietnam, Cuba─, han sido revoluciones de carácter nacional-popular que en el transcurso de la lucha, las determinaciones históricas y por iniciativa y capacidad de sus direcciones se han vuelto socialistas.

TRES FORMAS DE PODER POPULAR [PP

Mazzeo propone tres grandes concepciones o significados de “poder popular”. 1. Como medio para un fin; 2. Como medio sin fin; y 3. Como medio y como fin. La primera es una concepción instrumentalista y se caracteriza por la “sustitución” de los actores subalternos por la de los “revolucionarios profesionales”. La segunda concepción se puede ejemplificar con la teoría de John Holloway: cambiar el mundo sin tomar el poder. Y el tercer significado o uso, que es el que él plantea, es la utopía prefigurativa en el aquí y el ahora[17].

Nosotros proponemos otras categorías: 1. Como autonomismo; 2. Como dualidad de poderes; y 3. Como comunidad soberana o soberanía comunitaria. ¿Qué es el PP como comunidad soberana?

Es, en primer lugar, el PP mediatizado por la conciencia socialista o el marxismo. No en el sentido cientificista de “introducido desde fuera” al modo de Lenin, sino en el doble sentido de que la emancipación de la clase trabajadora debe ser obra de los trabajadores mismos[18]y el proyecto final es el de una sociedad basada en la libre asociación de los productores[19].

Es el desarrollo de formas anticipatorias o prefigurativas de la sociedad comunista, lo que Mariategui denominó “elementos de comunismo práctico”, Althusser “islotes de comunismo”, Mazzeo “la utopía aquí y ahora” y Luis Emilio Recabarren el inicio de un “modo de vivir socialista”.

Es, también, el desarrollo de las capacidades autogestionarias de los sectores subalternos para independizarse de las clases y las instituciones burguesas, es decir, una forma de acumulación de fuerzas y gestión de la producción.

Es una forma, y no la única forma, de acumulación de fuerzas, por dos razones: primero, porque el PP no se puede desarrollar a sí mismo sino hasta ciertos límites (debido a las transformaciones de la sociedad y la subjetividad, la autonomía del Estado y el Mercado, los años de dictadura y neoliberalismo, el individualismo, consumismo, etc.), y requiere, durante un periodo importante y sostenido, del apoyo del Estado y del Gobierno popular y revolucionario. Por lo tanto, la segunda forma de la acumulación de fuerzas para la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista por parte de los sectores subalternos y oprimidos, es el manejo de la coyuntura de la autonomía relativa del Estado. Es en este sentido que el proyecto socialista, para triunfar, requiere del manejo de la espada de doble filo: poder popular y coyuntura de la autonomía relativa del Estado.

Ahora bien, ¿por qué llamarlo poder soberano de la comunidad? Es soberano en el sentido de que se plantea el ejercicio efectivo del poder, de las decisiones políticas, de la producción, es decir, refiere a la autodeterminación y la autonomía. Y es de la comunidad en el sentido de que no es de la Nación o del Estado.

Además, es de la comunidad porque las experiencias de PP pueden estar relativamente aisladas unas de otras (juntas de vecinos, fábricas recuperadas, sindicatos, control comunitario de escuelas, autonomías indígenas, etc.). Pero para su íntegro desarrollo deben conformar un bloque histórico subalterno, conquistar el poder político y transformarse en Estado socialista, un Estado de transición, que “no es ya un Estado en el sentido estricto”[20].

Y esto significa que debe transformarse en una alternativa factible y hegemónica (asociación de productores; municipios socialistas; cooperativas; autonomías indígenas). Debe institucionalizarse (lo que no quiere decir necesariamente, aunque siempre es un peligro, burocratizarse). Y esa institucionalización es la constitución, primero, de un bloque histórico subalterno (que haga frente al bloque histórico dominante que perdió su hegemonía o está en vías de perderla), luego, de un Gobierno Popular (que sea capaz de hacer frente a la reacción de la burguesía y del Imperialismo), y prontamente, tras una serie de luchas y rupturas, trasformaciones institucionales radicales, de un Estado popular, socialista. Es el recorrido del poder constituyente plebeyo: un bloque histórico popular, un Gobierno Popular y un Estado Popular que no deje de tener, potenciar, reproducir, los órganos autónomos del PP. Porque, independiente a nuestros deseos, el PP sólo alcanzará el mayor estadio de desarrollo con el apoyo del Gobierno y del Estado popular, Socialista y Revolucionario (de allí las Misiones y las Comunas en Venezuela, las Autonomías en Bolivia, las Cooperativas en Cuba). Lo que no significa (aunque siempre es un peligro) que se coopte, clientelice o burocratice. Pero pensar que el PP puede desarrollarse por sí sólo es confundir la realidad con nuestros deseos.

Además, considerando la actual correlación de fuerza (histórica y estructural y no sólo coyuntural), no es cierto que seamos más fuertes, por fuera, al margen y en contra de la institucionalidad. La guerra de posiciones (Gramsci) puede resultar estéril  bajo la actual asimetría de poder entre los débiles, aislados y fragmentados sectores populares y transformadores, y los conservadores o continuistas, quienes poseen bajo su control los medios de comunicación, la opinión pública, los grandes teatros y cines, las redes de bibliotecas, las editoriales, las empresas privadas de salud, educación, etc.

Y a todo esto se agrega que la lucha revolucionaria por el socialismo (en tanto periodo de transición hacia el comunismo) y la revolución misma, son, por lo menos, de carácter nacional, pero fundamentalmente no puede ser sino regional o continental.

PODER POPULAR [PP] Y LA CUESTIÓN DEL ESTADO

 ¿En qué se distingue el PP como soberanía comunitaria, a las concepciones autonomistas y de poder dual? Primero que todo, en la concepción del poder y del Estado. No profundizaré en el tema de que el poder no está sólo en el Estado. El poder no está sólo en el Estado, ni toda lucha por el poder es una lucha por el poder del Estado… Sin embargo, esto no quiere decir que el poder está en todas partes. Ciertamente hay relaciones de poder y luchas que son cotidianas. Pero socialistas y marxistas reconocen una lucha y un poder fundamental, que de alguna manera estructura todas las otras: la lucha de clase y la explotación[21].

La existencia de la lucha de clases y de la explotación nos lleva a concebir al Estado como un lugar de relaciones estratégicas de la lucha revolucionaria. No el único, no el más importante. Las luchas de la contra-cultural, de la guerra de posiciones, quizá sean las más importantes, porque constituyen el soporte de la hegemonía revolucionaria. Y la revolución no puede ser sólo dominación… Pero el Estado sí es un lugar de relaciones estratégicas.

Primer elemento: El Estado no es ya un objeto (marxismo ortodoxo) o un sujeto (socialdemocracia). Es un lugar de relaciones, y es, al mismo tiempo, ya una relación, puesto que la idea de “lugar” por sí sola mantendría cierta posibilidad de externalidad. El Estado es una relación y al mismo tiempo un lugar de relaciones estratégicas[22].

Segundo elemento: el Estado-relación no sólo es dominación, sino también consenso, legitimidad, hegemonía. Lo que se traduce empíricamente en el hecho que el Estado no tiene ya la condición de “restringido”, sino de “ampliado”; no es sólo ejército, fronteras y parlamento, es también hospitales, salud, escuelas, universidades, educación, seguridad social, jubilación, municipios. Lo que se traduce ideológica y subjetivamente a una dependencia histórica cada vez más profunda…

El Estado no sólo son los poderes del Estado, sino que todo aparato que participe de la reproducción de “las ideas” del Estado, que son “las idas de la clase dominante” (Marx). Esta concepción es el aporte de la teoría de los Aparatos Ideológicos de Estado (Althusser) y su distinción respecto a los Aparatos Represivos del Estado. Los medios de comunicación, las escuelas, ¡las iglesias!, etc., son aparatos ideológicos de Estado en tanto que participan de la reproducción de las ideas del Estado capitalista, que son las ideas de clase dominante[23].

Esto no quiere decir que todas “las ideas” son de la clase dominante. Eso significaría la imposibilidad de una contra-cultura. Pero más aún: esto tampoco quiere decir que “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes”[24] siempre y en todo momento. Ciertamente la clase dominante tiene la capacidad de integrar ideas provenientes de las clases subalternas y las vuelve así suyas, bajo sus sellos y valores, bajo sus prismas e intereses de clase (de eso depende la mantención de la hegemonía: de la incorporación de las contradicciones)… Pero esto no soslaya el hecho de que sean ideas de las clases subalternas: ni la limitación de la jornada laboral, ni el establecimiento de periodos de descanso, ni la seguridad social, ni la creación de sindicatos, ni el sufragio libre, universal y secreto, ni la misma democracia liberal, por nombrar algunos elementos, son ideas de las clases dominantes. Son, por el contrario, conquistas de las clases subalternas. Fueron, en un momento, alteridad

El Estado no es entonces una exterioridad de las luchas populares. Las luchas populares atraviesan el Estado. Este es el tercer elemento… Ciertamente las luchas populares, que atraviesan el Estado, no se cristalizan en éste. De hecho, quienes las cristalizan son las clases dominantes. Para el socialismo y el marxismo, las clases subalternas no pueden limitarse a ser “incluidas” en el Estado, sino que deben estar orientadas a “transformar” al Estado, hasta su disolución.

Primer elemento entonces: el Estado-relación es un lugar de relaciones estratégicas. Segundo elemento: el Estado es dominación-coerción y hegemonía-consenso (no sólo una máquina de dominación). Tercer elemento: el Estado está atravesado por las luchas subalternas, no siendo exterioridades excluyentes. Y cuarto  elemento: las luchas subalternas, la lucha revolucionaria, se dan en el Estado.

El Estado, decíamos, según la concepción ampliada de Gramsci, no es sólo dominación, sino también consenso, legitimidad y hegemonía. Pero agregábamos que, sin embargo, aunque Gramsci distinguía dos estrategias distintas según se trate de Oriente u Occidente, la guerra de movimiento o la guerra de posiciones, se mantenía en la lógica de una dualidad de poderes, la contienda entre la “cultura” y la “contra-cultura”, que debían enfrentarse inevitablemente[25].

Considero que las contiendas entre las fuerzas del trabajo y del capital son inevitables. Decir algo distinto significaría el abandono de la principal idea marxista: la lucha de clases y la explotación. Contienda a la que debe integrarse la idea “rupturas efectivas” (Poulantzas[26]). Debe darse la contienda y deben darse rupturas… Lo que aquí se cuestiona es la existencia separada de una “cultura” y una “contra-cultura”, el enfrentamiento entre una “dualidad de poderes”, el enfrentamiento entre el Estado burgués y el soviet, por así decirlo.

Primero, por una cuestión práctica: si este enfrentamiento se diera, las clases subalternas serían irremisiblemente derrotadas. Esto en todos los ámbitos: las necesidades sociales históricamente determinadas hoy superan a toda experiencia comunitaria (incluso indígenas de la amazonia, en Brasil, Perú o Bolivia, poseen hoy la reivindicación por la salud pública, por dar un ejemplo, aunque con sus propias identidades; pero en definitiva, no viven en un legendario estado “natural”)… Y para qué decir en el ámbito militar: el enfrentamiento entre el ejército regular (especialmente en Chile) y un ejército popular, no se revolverá sino con la derrota de éste último; o en el mejor de los casos, por un empate catastrófico (como el de las FARC en Colombia).

Y segundo, por una cuestión histórica: el Estado se ha desarrollado como nunca, irradiando todos los ámbitos de la vida (salud, educación, trabajo, protección, transporte, valores, beneficencia, sexualidad, entretenimiento, etc.). Incluso quienes trabajan, se educan o atienden su salud como “privados”, “en privados”, en ong’s o en el “mercado”, no lo hacen sino en el Estado.

Esto es lo que se puede llamar la universalidad del Estado. No una universalidad del tipo hegeliano: el Estado es la realización del ser, la autoconciencia, la racionalidad en sí para sí, etc. Sino en el sentido marxista: el Estado es la única institución que ha sido capaz de universalizarse, de asumir todos los requerimientos sociales, de abordar todas las necesidades sociales históricamente determinadas. Cuando Marx plantea en el texto “La Guerra Civil en Francia”, que la Comuna (de Paris) es la forma histórica para el desarrollo del comunismo, así como las granjas de los campesinos rusos (en uno de los Prefacios de “El Manifiesto…”), y Lenin y Trotsky incorporaron los soviets como formas de organización de esas Comunas, o Mariátegui habla de “elementos de comunismo práctico” en los indígenas del Altiplano, y Luis Emilio Recabarren se plantea el proyecto mancomunal, de cooperativas y municipios populares, están hablando de esa universalidad. Hoy, por las determinaciones históricas y por la persistencia del modo de producción capitalista y la dominación-hegemonía burguesa, esta forma universal sigue siendo la del Estado[27].

Por lo tanto, la lucha revolucionaria, por la construcción del socialismo, se dará al interior del Estado-relación, cuando las clases subalternas desplieguen su soberanía comunitaria, su PP, en la transformación de las instituciones del Estado en vista a rupturas efectivas y su extinción… Y esto será así porque las luchas subalternas siempre han atravesado el Estado, teniendo conquistas, derrotas y suplantaciones. Pero el punto central es que no es posible la destrucción del aparato del Estado en tanto externalidad (anarquismo), sino su transformación por los órganos de PP que irán asumiendo sus tareas. Lo que se ha denominado la transformación de una sociedad de matriz Estado-céntrica hacia una sociedad Socio-céntrica: la disolución del Estado en la sociedad[28].

En términos prácticos, el ejemplo más claro de esto lo da Nicos Poulantzas: no habrá un enfrentamiento entre el ejército regular y un ejército popular. Lo que habrá es un copamiento de las clases subalternas, sus prácticas, sus valores, su cultura, en el ejército regular, tanto en el ámbito de los oficiales como los soldados; donde un sector importante se pasará al bando del bloque popular[29]. Y lo mismo se puede pensar desde los municipios, como lo hacía Luis Emilio Recabarren, en tanto estructuras descentralizadas de poder[30].

Del mismo modo sucederá con la democracia. Como escribía Rosa Luxemburgo, no se trata de abolir la democracia (la “democracia burguesa” la llamaban peyorativamente Lenin y Miguel Enríquez). Sino que la democracia representativa se profundizará con elementos e instituciones de la democracia participativa, directa, de los pueblos, de las comunidades.

Todo esto se ha conceptualizado como la coyuntura de la autonomía relativa del Estado. La autonomía relativa se distingue del momento instrumental, que es cuando las clases dominantes o sus representantes ocupan el aparato del Estado; la autonomía relativa es entonces cuando sectores de las clases subalternas acceden al aparato del Estado o a ciertas estructuras de manera autónoma[31].

EL PROYECTO POPULAR

 La lucha revolucionaria, por la construcción del socialismo, se dará al interior del Estado, cuando las clases subalternas desplieguen su soberanía comunitaria en la transformación de la institucionalidad, aprovechando también para ello la coyuntura de la autonomía relativa. Esta tarea va acompañada, al mismo tiempo, de la guerra de posiciones, del despliegue de una contra-cultura, de autonomías: pero no para crear un poder dual o cambiar el mundo sin tomar el poder… sino porque estas luchas, las luchas por el poder popular, son las principales formas para la construcción de la hegemonía de las clases subalternas: solidaridad, cooperación, compromiso, comunitarismo, etc. En ellas radica el futuro del socialismo y de la revolución, para que no se estanque, empantane o retroceda.

El poder popular es la identidad misma del socialismo que queremos: no un socialismo de Estado, sino un socialismo que genere rupturas efectivas contra el capital, es decir, contra el valor de cambio, y se oriente a la construcción de las Comunas y las “granjas”, fortalezca los “soviets” (en la URSS se disolvieron), los cordones industriales, las autonomías indígenas, empodere y reproduzca los “elementos de comunismo práctico”, los universalice, es decir, que el valor de uso  triunfe por sobre el valor de cambio.

Como se ve, el poder popular como poder soberano de las comunidades, no es una “estrategia” en sí misma, que deba uno preferir en vez de la conquista del poder político. Es un elemento fundamental en la construcción del socialismo (yo diría en la construcción del socialismo democrático). Tampoco es una táctica, pues eso significaría la burocratización del proceso revolucionario (lo que pasó en la URSS). El poder popular es un lugar de relaciones estratégicas, así como lo es también el Estado.

Si con la consigna izquierdista la lucha estratégica es por fuera, al margen y en contra de la institucionalidad, se quiere decir en contra del Estado neoliberal y el actual momento instrumental, entonces coincido plenamente con el izquierdismo. La ruptura en esto es fundamental. Pero sí se quiere expresar que el único lugar de relaciones estratégicas es  el poder popular (bajo la estrategia del poder dual o del autonomismo), entonces no coincidimos. Tanto el poder popular como el Estado son lugares de relaciones estratégicas: es lo que Rodrigo Ambrosio denominó la espada de doble filo[32].

Notas

[1] Marx, Karl. Glosas marginales al programa del partido obrero alemán.

[2] Mazzeo, Miguel. El sueño de una cosa: introducción al poder popular. Capítulo 1.

[3] Pozzi, Pablo; Pérez, Claudio (Editores). Por el camino del Che. Las guerrillas latinoamericanas, 1959-1990.

[4] Holloway, John. Cambiar el mundo sin tomar el poder. Capítulo 1, sección V.

[5] García Linera, Álvaro. El zapatismo: indios insurgentes, alianzas y poder.

[6] Trotsky, León. Historia de la revolución rusa, vol. 1, La dualidad de poderes. Lenin. La dualidad de poderes, ¿Ha desaparecido la dualidad de poderes? y Todo el poder a los soviets.

[7] Gramsci, Antonio. Guerra de posiciones y guerra de maniobras o frontal.

[8] Gramsci, Antonio. (sin título) Parágrafo 14, Cuaderno 13. Edición Valentino Guerratana.

[9] Gramsci, Antonio. Guerra de posiciones y guerra de maniobras o frontal.

[10] Luxemburgo, Rosa. La revolución rusa.

[11] Poulantzas, Nicos. Estado, poder y socialismo. El Estado y las luchas populares.

[12] Lenin. Sobre el Estado. Conferencia pronunciada en la Universidad Sverdlov, julio de 1919.

[13] Poulantzas, Nicos. Estado, poder y socialismo. El Estado y las clases dominantes.

[14] Marx, Karl. Estatutos generales de la asociación internacional de los trabajadores.

[15] Castro, Fidel. La historia me absolverá.

[16] Lenin. ¿Qué hacer? Capítulo 2, sección b.

[17] Mazzeo, Miguel. El sueño de una cosa: introducción al poder popular. Capítulo 2.

[18] Marx, Karl. Estatutos generales de la asociación internacional de los trabajadores.

[19] Marx, Karl. El capital.

[20] Lenin. El Estado y la revolución. La transición del capitalismo al comunismo.

[21] Poulantzas, Nicos. Estado, poder y socialismo. El Estado, los poderes, las luchas.

[22] Poulantzas, Nicos. Estado, poder y socialismo. El Estado y las clases dominantes.

[23] Althusser, Louis. Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Sección “Reproducción de la fuerza de trabajo”.

[24] Marx, Karl; Engels, Friedrich. La ideología alemana. Sección 2, Sobre la producción de la conciencia.

[25] Gramsci, Antonio. Guerra de posiciones y guerra de maniobras o frontal.

[26] Poulantzas, Nicos. Estado, poder y socialismo. Hacia un socialismo democrático.

[27] Jessob, Bob. ¿Narrando el futuro de la economía nacional y el estado nacional? Puntos a considerar acerca del replanteo de la regulación y la re-invención de la gobernanza.

[28] Cavarozzi, Marcelo. El capitalismo político tardío y su crisis en América Latina. Gómez, Juan Carlos; Escalante, Zulema. La conflictiva relación entre Estado, Mercado y sociedad civil en “Nuestra América”.

[29] Poulantzas, Nicos. El Estado y la transición al socialismo, entrevista de Henri Weber.

[30] Recabarren, Luis Emilio. Lo que puede hacer la municipalidad en manos del pueblo inteligente. Salazar, Gabriel. Luis Emilio Recabarren y el municipio popular en Chile, 1900-1925.

[31] Tapia, Luis. La coyuntura de la autonomía relativa del Estado.

[32] Ambrosio, Rodrigo. La conquista del poder

 

(Artículo toado de la revista “Posiciones”, de la Tendencia Socialista Revolucionaria// Imagen: Comgreso de la Comitern 1921, Boris Kustodiev)

De las Jornadas de Julio al golpe de Estado de Kornílov: el Estado y la revolución de Lenin

por Barry Grey //

Estamos publicando aquí el texto de la conferencia pronunciada el 14 de octubre por Barry Grey, editor nacional de Estados Unidos del World Socialist Web Site. Esta es la primera conferencia en línea de la segunda parte de la serie presentada por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional para marcar el centenario de la Revolución Rusa de 1917.

Esta conferencia se centrará en la obra El Estado y la revolución, escrita por Lenin en el verano de 1917 mientras permanecía escondido, primero en las afueras de Petrogrado y después en Finlandia. Lenin entró en la clandestinidad para huir de la represión del Gobierno provisional contra el Partido Bolchevique a consecuencia de las manifestaciones de las masas obreras y de soldados a principios de julio.

A fines de agosto, con Lenin aun en la clandestinidad y Trotsky, Kámenev y otros líderes bolcheviques encarcelados, el general Lavr Kornílov intento un golpe militar, al principio conspirando con el jefe del Gobierno provisional, Aleksandr Kérenski. La movilización en contra del golpe por parte de la clase obrera armada y encabezada por los bolcheviques aceleró una oleada de apoyo para los bolcheviques y socavó por completo a Kٞérenski y sus colaboradores mencheviques y socialrevolucionarios.

La cuestión fue planteada directamente: una revolución proletaria socialista, o una matanza contrarrevolucionaria que haga palidecer la masacre que siguió la derrota de la Comuna de Paris de 1871.

Trotsky relata lo siguiente acerca de El Estado y la revolución en su Historia de la Revolución Rusa:

En los primeros meses de su vida subterránea, Lenin escribe su libro El Estado y la revolución, cuya documentación había recopilado ya en su emigración durante la guerra. Con la misma atención que dedicaba a reflexionar sobre las tareas prácticas diarias, ahora elabora los problemas teóricos del Estado. No podía ser de otro modo: para él la teoría es efectivamente una guía para la acción. … Su tarea es la reconstitución de la verdadera “doctrina del marxismo sobre el Estado”.

Por el simple hecho de reconstruir la teoría de clase del Estado sobre una base nueva y superior históricamente, Lenin da a las ideas de Marx un nuevo carácter concreto y, por lo tanto, una nueva significación. Pero la importancia mayor de esta obra sobre el Estado consiste en que es una introducción científica a la insurrección más grande que haya conocido la historia. El “comentarista” de Marx preparaba a su partido para la conquista revolucionaria de la sexta parte del mundo.[1]

Trotsky enfatiza lo crítico que Lenin consideraba su “excavación histórica”, como lo dijo Lenin, de los escritos de Marx y Engels sobre la revolución proletaria y el Estado, notando que, “En julio [le] escribe a Kámenev: ‘si acaban conmigo, le ruego que publique mi cuaderno El marxismo y el Estado[i.e., las notas preparatorias para El Estado y la revolución]”.[2]

Lenin estuvo determinado a esclarecer para el partido y la vanguardia de la clase obrera los temas fundamentales de la revolución socialista. Esto requeriría de una exposición de las doctrinas de Marx y Engels acerca del Estado y un rebatimiento de las falsificaciones de la teoría marxista a manos de los oportunistas y centristas, ante todo su teórico principal Karl Kautsky, quien glorificaba la democracia burguesa y pretendía convertir el marxismo en una doctrina reformista. Lo que es más, Lenin bien sabía que estas tendencias pequeñoburguesas se encontraban manifiestas dentro de la dirigencia bolchevique. Las posiciones defensistas y centristas, las cuales prevalecieron bajo la dirección de Iósif Stalin y Lev Kámenev previo a la lucha emprendida por Lenin en defensa de sus “tesis de abril” al regresar a Rusia, aún no habían sido abatidas.

El Estado y la revolución armó teóricamente al partido y a la clase trabajadora en su conjunto con el objeto de derrocar al Gobierno provisional y pasarles el poder a los sóviets, lo cual fue subrayado en el subtítulo escogido por Lenin para la obra: “La teoría marxista del Estado y las tareas del proletariado en la revolución”.

Por más que urgieran los problemas tácticos y organizativos enfrentando al partido, para Lenin, no era una cuestión rusa, sino mundial. El Estado y la revolución solo puede ser evaluado junto a su otra grande obra teórica compuesta en el calor de la guerra y la revolución: El imperialismo.

Lenin percibió dos eventos interrelacionados –la erupción de la guerra mundial y el colapso de la Segunda Internacional– como constitutivos del inicio de una nueva etapa en la historia mundial: la época del imperialismo, la fase superior del capitalismo, la época de las guerras y revoluciones. Desde un principio, su perspectiva fundamental en torno a la guerra era que señalaba una crisis del sistema capitalista que encendería una lucha revolucionaria internacional de parte de la clase trabajadora. La traición de la Segunda Internacional, cuyos líderes apoyaron la guerra, significó que la lucha contra el imperialismo solo se podía librar junto con una lucha implacable contra la Segunda Internacional, y la fundación de una nueva Internacional Comunista.

En Rusia, la relación entre la lucha contra la democracia pequeñoburguesa dirigida por los mencheviques, y la lucha contra la guerra imperialista adquirió una forma muy concreta. Basándose en una glorificación de la democracia burguesa y el parlamentarismo, los mencheviques exigieron que los sóviets y la clase trabajadora apoyaran la guerra como una “guerra revolucionaria por la democracia” y contra el militarismo alemán y la autocracia prusiana. Fue también sobre esta base que les cedieron el poder otorgado a los sóviets por la revolución obrera que había derrocado al zar en febrero a la burguesía contrarrevolucionaria bajo la dirección de los kadetes y sus aliados en la burocracia estatal monárquica y el ejército.

Ahora, enfrentándose a una contrarrevolución abierta, los mencheviques no concentraron su fuego contra la burguesía ni las Centurias Negras, sino contra los bolcheviques –es decir, contra la clase trabajadora—.

En el sentido más fundamental, la lucha encarnada en El Estado y la revolución fue animada por la necesidad de formular el programa básico de la revolución socialista mundial, de la cual la revolución rusa era un componente fundamental, y de la nueva Internacional que se tendría que construir para dirigir dicha revolución.

En el prefacio a la primera edición de El Estado y la revolución, Lenin empieza haciendo hincapié en la urgencia y relevancia práctica de los temas que examinaría a lo largo de la obra. Sigue por ubicar la revolución rusa dentro de su contexto histórico, trazando la conexión entre el imperialismo y del Estado. Enfatiza que, con la aparición del imperialismo el aparato represivo del Estado capitalista –el ejército permanente, la policía, la burocracia estatal– cobra proporciones cada vez más monstruosas. La democracia burguesa se convierte en simplemente una hoja de parra para el militarismo y la violencia estatal. Por ende, cualquier noción de una transición pacífica del capitalismo al socialismo proveniente de la época anterior de libre competencia capitalista se ha vuelto irremediablemente obsoleta.

Estas tendencias son magnificadas por la guerra imperialista, que integra todavía más estrechamente las grandes asociaciones industriales y financieras con la maquinaria estatal, transformando el capitalismo monopolista en el capitalismo monopolista de Estado.

En su polémica El imperialismo y la escisión del socialismo, publicada en octubre de 1916, Lenin describe la putrefacción de la democracia burguesa imperialista del siguiente modo:

La diferencia entre la burguesía imperialista democrático-republicana y la monárquico-reaccionaria se borra, precisamente, porque una como la otra se pudren en vida. … La reacción política en toda la línea es un rasgo característico del imperialismo.[3]

En el inicio al prefacio a El Estado y la revolución Lenin escribe:

La cuestión del Estado adquiere actualmente una importancia singular, tanto en el aspecto teórico como en el aspecto político práctico. La guerra imperialista ha acelerado y agudizado extraordinariamente el proceso de transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado. La opresión monstruosa de las masas trabajadoras por el Estado, que se va fundiendo cada vez más estrechamente con las asociaciones omnipotentes de los capitalistas, cobra proporciones cada vez más monstruosas. Los países más adelantados se convierten –y al decir esto nos referimos a su “retaguardia”— en presidios militares para los obreros. …

La lucha por arrancar a las masas trabajadoras de la influencia de la burguesía en general y de la burguesía imperialista en particular, es imposible sin una lucha contra los prejuicios oportunistas relativos al “Estado”.

… Esta última cierra, evidentemente, en los momentos actuales (comienzos de agosto de 1917), la primera fase de su desarrollo; pero toda esta revolución, en términos generales, sólo puede comprenderse como uno de los eslabones de la cadena de las revoluciones proletarias socialistas suscitadas por la guerra imperialista. La cuestión de la actitud de la revolución socialista del proletariado ante el Estado adquiere, así, no solo una importancia política práctica, sino la importancia más candente como cuestión de explicar a las masas qué deberán hacer para liberarse, en un porvenir inmediato, del yugo del capital.[4]

De la crisis de abril al golpe de Estado de Kornílov

Pasemos ahora a la examinación del contexto político ruso de El Estado y la revolución.

El Gobierno provisional burgués, dependiente del apoyo de los líderes mencheviques y socialrevolucionarios en los sóviets, enfrentó su primera crisis política importante en abril con la publicación de la carta del líder de los kadetes y canciller, Pavél Miliukov, comprometiendo al Gobierno a los objetivos de la guerra imperialista del zar ya depuesto y de proseguir esa guerra hasta la victoria. La publicación de la carta estimuló una demonstración armada de las masas de soldados y trabajadores en Petrogrado exigiendo la renuncia de Miliukov. En esto consiste la “crisis de abril.”

Con la salida de Miliukov y con el Gobierno pendiendo de un hilo, los mencheviques y socialrevolucionarios acordaron a participar en el Gobierno y formar un régimen de coalición, lo cual sirvió en desmerecerlos ante los ojos de obreros y soldados cada vez más militantes. A fines de abril, los bolcheviques adoptan la línea revolucionaria de Lenin en oposición contra la guerra y el Gobierno provisional y en pro de la lucha por el poder obrero, centrada en la consigna “¡Todo el poder a los sóviets!”. El apoyo para los bolcheviques entre la clase trabajadora y los soldados empieza a aumentar rápidamente.

Trotsky escribe en su Historia que a fines de abril la organización bolchevique de Petrogrado contaba con 15 000 integrantes. Para fines de junio tenía más de 82 000. Alexander Rabinowitch en su Prelude to Revolution (Preludio a la revolución) ofrece cifras menores, pero aun así impresionantes. Escribe que en Petrogrado la membresía del partido subió de 2000 en febrero a 32 000 para inicios de julio.

Cualquier recuento objetivo de la Revolución Rusa, desde el derrocamiento del zar en febrero a la insurrección de octubre, desmiente los argumentos actuales en los medios y la academia que la Revolución de Octubre no fue nada más que un golpe realizado por conspiradores que actuaron por encima y a espaldas de los trabajadores. Una de las cualidades de la Historia de Trotsky se encuentra en la riqueza y el detalle de la descripción de los cambios inmensos en la consciencia de las masas y su iniciativa revolucionaria independiente a lo largo del curso complejo y contradictorio de la revolución, y la relación entre este movimiento de masas y la crítica intervención política del Partido Bolchevique y su dirigencia, sobre todo la de Lenin.

En su capítulo intitulado “Evolucionan las masas”, Trotsky escribe:

El incremento que tomaban las huelgas y la lucha de clases en general robustecía casi automáticamente la autoridad de los bolcheviques. … Así se explica que los Comités de fábrica que batallaban contra el sabotaje ejercido por la administración y por los patronos, se pusieran al lado de los bolcheviques mucho antes que el Sóviet. En la reunión celebrada a principios de junio por los Comités de fábrica de Petrogrado y sus alrededores, la proposición bolchevique obtuvo 335 votos por 421 votantes…

En todas las elecciones parciales a los sóviets triunfaban los bolcheviques. El primero de junio había ya en el Sóviet de Moscú 206 bolcheviques por 172 mencheviques y 110 socialrevolucionarios. Idénticos cambios se producían en provincias, aunque con mayor lentitud…[5]

Para junio, la dirección de los mencheviques y socialrevolucionarios del Sóviet de Petrogrado e había visto apoderada por el temor de un alzamiento de los trabajadores liderado por los bolcheviques. El Primer Congreso Panruso de los Sóviets de Diputados de los Obreros y Soldados se reunió en Petrogrado del 3 al 24 de junio. [A lo largo de esta conferencia se utilizará el calendario juliano, esto es el calendario viejo usado en Rusia durante la revolución, 13 días atrasado al calendario moderno.] Los directivos socialchauvinistas del sóviet tenían la intención que el Congreso autorizara el apoyo a la guerra y al Gobierno de coalición burgués, actualmente dirigido a todo efecto práctico por Kérenski.

Irakli Tsereteli, el líder de los mencheviques, y Víctor Chernov, líder del Partido Social Revolucionario, esperaban que la declaración de una nueva ofensiva militar, que de hecho iba a ser proclamada por Kérenski durante el congreso del 18 de junio, ocasionaría una nueva ola de patriotismo que, a su vez, descarrilaría el crecimiento del malestar social y el apoyo político de los bolcheviques.

El congreso votó por apoyar al Gobierno de coalición y ofreció su respaldo tácito a la ofensiva militar. Pero cuando los dirigentes se dieron cuenta de las intenciones de los bolcheviques de montar una demostración de las masas obreras y de soldados para el 10 de junio – sin armas– en oposición a la guerra y bajo la consigna “¡Todo el poder a los sóviets!”, consiguieron pasar un voto a favor de condenar la acción bolchevique y prohibir todas las consignas no aprobadas por los líderes del sóviet. Los bolcheviques fueron obligados a efectuar una retirada táctica y cancelar la demostración.

Tsereteli, un miembro líder del Comité Ejecutivo del Sóviet y también un ministro en el Gobierno de coalición, dio un discurso el 11 de junio al congreso de los sóviets exigiendo la criminalización efectiva de los bolcheviques, declarando:

Nada menos que una conspiración, una conspiración teniendo como objetivos el derrocamiento del Gobierno y la toma del poder por los bolcheviques, quienes saben que nunca llegarán al poder de cualquier otro modo. …Qué los bolcheviques nos acusen –cambiamos nuestros métodos de guerra. Hay que quitarles las armas a los que no saben manejarlas con dignidad. Hay que desarmar a los bolcheviques.[6]

El Congreso de los Sóviets no apoyó la propuesta de Tsereteli, pero si aprobó una demostración oficial planeada para el 18 de junio. Los bolcheviques participaron en esa demostración y, provocando pavor a los mencheviques y socialrevolucionarios, las consignas y banderas bolcheviques predominaron en la acción de masas.

El escenario estaba listo para “las jornadas de julio”. Lenin y Trotsky eran plenamente conscientes del peligro que presentaba un alzamiento aislado en la capital bajo condiciones donde aún no existía el apoyo de las masas en las provincias y entre el campesinado para una nueva revolución. Tenían en mente el destino trágico de la Comuna de Paris, cuando Adolphe Thiers y la burguesía francesa contaron con el apoyo del campesinado y el aislamiento de los trabajadores parisienses para aplastarlos en un baño de sangre, un patrón en cierta medida repetido tras la derrota de la Revolución de 1906 en Rusia.

El apoyo para los bolcheviques creció a consecuencia de la escasez de comida, los costos altos de vida, la masacre continua en el frente y la incapacidad del Gobierno para realizar cualquier reforma significativa. La tarde del 3 julio, el día antes de la cuasi insurrección del 4 de julio, los bolcheviques por primera vez ganaron una mayoría en la sección obrera del Sóviet de Petrogrado.

Lenin advirtió repetidamente acerca del peligro de las provocaciones organizadas por la derecha contrarrevolucionaria con el fin de instigar una respuesta armada que serviría como pretexto para una represión masiva. Pero la ira de secciones militantes de los soldados y marineros, incluso de aquellos influidos por los bolcheviques, no podían ser refrenados. Los bolcheviques advirtieron públicamente contra la acción armada del 4 de julio de los soldados y trabajadores en Petrogrado, pero no lo pudieron prevenir. Hasta la propia Organización Militar del partido desempeñó un papel mayor en organizar la acción.

Bajo estas condiciones, el partido decidió apoyar la acción y tratar de restringirla a una manifestación pacífica para limitar los daños políticos que seguramente resultarían.

El Gobierno, con el apoyo de los líderes del sóviet, pudo reunir y ordenar suficientes tropas leales para que entraran a Petrogrado y reprimieran la revuelta. Tomando ventaja de la derrota de la acción, procedieron a montar un ataque contra los bolcheviques con objeto de eliminarlos como una amenaza seria. Dentro de unas horas, los periódicos inundaron al pueblo con la calumnia del oro alemán –la mentira de que Lenin y los bolcheviques eran agentes en la nómina del Estado Mayor alemán—.

Las oficinas de Pravda fueron saqueadas y sus prensas de impresión destrozadas. Otras publicaciones bolcheviques fueron clausuradas y cientos de marineros de Kronstadt y tropas de la guarnición de Petrogrado tanto como trabajadores fueron arrestados y encarcelados. Se emitieron órdenes de detención para Lenin, Trotsky, Kámenev, Zinóviev y otros líderes bolcheviques. El apoyo para los bolcheviques se puso en declive en el ejército y entre ciertos sectores de clase obrera.

Las represalias tras las jornadas de julio fueron el inicio de una ofensiva contrarrevolucionaria organizada por el Gobierno de coalición. Inmediatamente, decretó una reanudación de la pena capital en el frente. Los comandantes militares fueron autorizados a abrir fuego contra unidas rusas huyendo del campo de batalla. Los periódicos bolcheviques fueron prohibidos en todos los escenarios de operaciones militares y las reuniones políticas entre las tropas también fueron prohibidas.

El 18 de julio, Kérenski nombró a Kornílov como comandante en jefe del ejército. Era conocido que Kornílov tenía vínculos con las Centurias Negras y había resignado previamente de su mando de la guarnición de Petrogrado, protestando ante la “interferencia” del Sóviet en los asuntos militares.

Rabinowitch escribe en The Bolsheviks Come to Power (Los bolcheviques llegan al poder) que para principios de agosto el gabinete del Gobierno de coalición estaba considerando varias propuestas para militarizar los ferrocarriles, las minas de carbón y todas las fábricas dedicadas al sector de defensa. En estas empresas, se prohibió cualquier tipo de huelgas, cierres, reuniones políticas y asambleas. Los obreros fueron asignados cuotas obligatorias mínimas de trabajo y todos los que no fueran capaces de realizarlas eran despedidos sumariamente y enviados al frente.

El 11 de agosto, conversando con el general Lukomski, su jefe de personal, Kornílov dijo que “ya era hora de colgar a los agentes y espías alemanes dirigidos por Lenin” y “dispersar el Sóviet de Trabajadores y Soldados de tal modo que no le sea posible reunirse en ningún otro lugar”. Le comentó a Lukomski acerca del general Krímov, el comandante recién nombrado de las tropas concentradas alrededor de Petrogado, diciendo con deleite que Krímov no vacilaría en “colgar a todos la membresía entera del Sóviet”.[7]

El Gobierno de coalición llevó a cabo la Conferencia de Estado de Moscú a mediados de agosto en un esfuerzo para intimidar el creciente sentimiento antiguerra y movilizar a la derecha contrarrevolucionaria como un contrapeso ante la oposición dirigida por los bolcheviques. Para ese momento, Kérenski tramaba con Kornílov realizar una represión militar e imponer un Gobierno dictatorial. La conferencia alabó a Kornílov como un héroe conquistador mientas que los delegados kadetes y monarquistas denunciaron a los sóviets.

Los bolcheviques no solo boicotearon la conferencia, sino que llamaron a una huelga general de trabajadores de Moscú puso en paro la ciudad durante todo el tiempo que la conferencia estaba en sesión.

El impacto de la represión durante las “jornadas de julio” y la calumnia del oro alemán se disipó en pocas semanas. El control del poder del Gobierno de coalición se debilitaba. A la vez que destrozaba las oficinas de Pravda y perseguía a los bolcheviques, sostuvo un fuerte golpe por el colapso de la ofensiva militar de Kérenski. El 6 de julio los alemanes lanzaron un contrataque que resultó en la rápida reconquista de Tarnopol en el frente suroeste.

Rabinowitch caracteriza la situación en la segunda mitad de julio y las primeras semanas de agosto del siguiente modo:

Cada día produjo nuevos reportes de la anarquía y violencia en expansión entre los campesinos necesitados de tierra en el campo; los desórdenes en las ciudades; el aumento en la militancia de los trabajadores de las fábricas; la incapacidad del Gobierno para resistir los movimientos hacia la autonomía completa de parte de los finlandeses y ucranianos; la continua radicalización de los soldados en el frente y la retaguardia; la avería catastrófica en la producción y distribución de bienes esenciales; las alzas de los costos; el resurgimiento y la creciente influencia de los bolcheviques, la única agrupación importante política, a diferencia de todas las demás, que pareció beneficiarse de estas dificultades y que, después del Sexto Congreso, parecía esperar impacientemente una oportunidad temprana para organizar una insurrección armada.[8]

Para principios de agosto, los bolcheviques habían iniciado una nueva etapa de crecimiento. El último día de agosto, siguiendo la derrota del golpe de Kornílov, por primera vez los bolcheviques ganaron una mayoría en el Sóviet de Petrogrado.

Inmediatamente después de las “jornadas de julio”, Lenin emprendió una lucha en la dirección del Partido Bolchevique para un viraje súbito. Hay una conexión explícita entre este punto decisivo en preparación para la revolución de octubre y las cuestiones planteadas por Lenin en El Estado y la revolución.

En una reunión del 6 de julio con los integrantes principales del Comité Central, Lenin enfatizó que las jornadas de julio significaron el fin de la fase relativamente pacifica de la revolución. El poder había sido consolidado en las manos de burguesía contrarrevolucionaria y el ejército y los mencheviques y socialrevolucionarios se habían comprometido irreversiblemente a una alianza con estas fuerzas. Cualquier noción de una transferencia del poder a la clase obrera tendría que ser abandonada. Lenin insistió que la consigna “¡todo poder a los sóviets” tendría que ser reemplazado con “¡todo el poder a la clase obrera dirigida por el partido revolucionario, los bolcheviques-comunistas!” Subrayó que el partido tenía que enfocarse en preparaciones para una insurrección armada que se llevaría a cabo en cuanto las condiciones políticas fueran propicias.

El 10 de julio, Lenin escribió un artículo intitulado “La situación política” que se publica el 2 de agosto en el cual elabora esta nueva línea. Afirma en parte que:

La consigna “¡Todo el poder a los sóviets!” era una consigna para el desarrollo pacífico de la revolución… Esta consigna ya no es correcta porque no toma en cuenta que el poder ha cambiado de manos y la revolución de hecho ha sido traicionada por completo por los socialrevolucionarios y mencheviques. Lo que ayudará es un entendimiento claro de la situación, la persistencia y determinación de la vanguardia obrera, la preparación de las fuerzas para el levantamiento armado… No tengamos ilusiones constitucionales ni republicanas de cualquier tipo, no más ilusiones acerca de la vía pacífica… Reunamos nuestras fuerzas, reorganicémoslas y preparémonos resueltamente para el levantamiento armado si la crisis en su curso no los permite, en una escala verdaderamente nacional y de masas… El objetivo de la insurrección solo puede ser la transferencia del poder al proletariado, apoyado por el campesinado pobre a fin de poner en práctica el programa de nuestro partido.[9]

Rabinowitch reportó que en ese momento Lenin hablaba de concentrar las preparaciones para la insurrección con base en los comités de fábrica en vez de los sóviets.

En la reunión del Comité Central celebrada el 13 y 14 de julio mientras Lenin permanecía escondido, las tesis de Lenin exigiendo quitar la consigna de “¡todo poder a los sóviets!” e iniciar las preparaciones para una insurrección fueron votadas en contra. Fue con cierta dificultad que Lenin logró persuadir al Sexto Congreso Panruso del partido, el cual se llevó a cabo del 26 de julio al 3 de agosto, que aceptó cambiar la consigna “¡Todo el poder a los sóviets!” por “¡Liquidación completa de la dictadura de la burguesía contrarrevolucionaria!”.

Siguiendo la derrota de Kornílov a fines de agosto y la conquista de una mayoría en el Sóviet de Petrogrado poco después, los bolcheviques retomaron la consigna “¡Todo el poder a los Sóviets”. Sin embargo, Lenin libró una campaña resuelta dentro de la dirigencia del partido para que concentrara todos sus esfuerzos en la preparación de una pronta insurrección armada.

Este episodio destaca la lección más decisiva de la Revolución de Octubre: el papel colosal e indispensable del partido revolucionario de la clase obrera en la revolución socialista. Lenin entendió plenamente la significancia de los sóviets no solo para la revolución socialista en Rusia, sino mundialmente. Estos eran los órganos revolucionarios a través de los cuales las masas serían capaces de derrocar a la burguesía, destrozar el Estado capitalista y reemplazarlo con un Estado obrero verdaderamente democrático.

Pero tampoco idealizó a los sóviets. Estaba dispuesto, si la revolución lo requería, a romper con los sóviets dominados por los conciliacionistas , y formar nuevos órganos de lucha como los comités de fábricas para que fueran los órganos principales de la revolución. Resultó que los sóviets fueron capaces de realizar las tareas revolucionarias debido al liderazgo de los bolcheviques y sus incesantes denuncias y exposiciones de los mencheviques y socialrevolucionarios como agentes de la burguesía, algo decisivo en el esclarecimiento político y la preparación de la vanguardia obrera para la toma y retención del poder.

Sin la lucha ejecutada por el Partido Bolchevique —y por Lenin con el apoyo de Trotsky contra el ala derecha del partido— los sóviets no habrían sido capaces de superar las presiones políticas de la burguesía trasmitidas por medio de los mencheviques y socialrevolucionarios, lo cual hubiera significado su eventual aplastamiento.

Kérenski, quien había conspirado con Kornílov para una represión militar contra los sóviets, se separó del general solo después de haber sido informado en vísperas del tentativo golpe del 27 de agosto que Kornílov también pretendía deshacerse de Kérenski. Por su parte, los líderes del Sóviet de Petrogado, temiendo que sus cabezas terminaran en el degolladero si Kornílov salía victorioso, impulsaron una campaña para armar a los trabajadores y movilizarlos con fin de derrotar al golpe . En esto, los bolcheviques desempeñaron el papel principal.

Pero los trabajadores y soldados, educados por la lucha política de los bolcheviques contra el Gobierno provisional y contra la conciliadora dirigencia del Sóviet, tomaron la iniciativa de organizar las Guardias Rojas y persuadir a destacamentos claves de tropas movilizadas por Kornílov a abandonarlo. El golpe colapsó antes de la llegada de las tropas del frente a la capital.

Al completar El Estado y la revolución en la estela del golpe fallido de Kornílov, Lenin escribió un artículo, “Una de las cuestiones fundamentales de la revolución” (escrito el 7 u 8 de septiembre y publicado el 14 de septiembre) donde expresó la conexión directa entre su trabajo teórico y las tareas prácticas a futuro. Escribió lo siguiente:

La cuestión del poder estatal no se puede evadir o dejar a un lado porque es la cuestión decisiva que determina todo aspecto del desarrollo de una revolución. …

Sin embargo, la consigna “El poder a los sóviets” muy frecuentemente, si no en la mayoría de casos, se interpreta erróneamente como “Un gabinete de los partidos de la mayoría del Sóviet…” [No es así.] “El poder a los sóviets” significa la reconfiguración radical del viejo aparato estatal, ese aparato burocrático que obstruye todo lo democrático. Significa sustraer este aparato y sustituirlo con uno nuevo y popular, esto es, un aparato verdaderamente democrático de los sóviets, en otras palabras, la mayoría del pueblo organizado y armado –los obreros, los soldados y los campesinos—. Significa otorgarle a la mayoría del pueblo la iniciativa e independencia no solo en la elección de diputados sino en la administración estatal, en la realización de reformas y varios otros cambios.[10]

La clase trabajadora, la revolución socialista y el Estado

Dirijamos ahora nuestra atención a la sustancia de El Estado y la revoluciónde Lenin.

Las enseñanzas fundamentales de Marx y Engels acerca del Estado y de las tareas de la revolución proletaria en relación al Estado se pueden resumir de la manera siguiente:

*El papel de todos los Estados como instrumentos de alguna clase dominante para reprimir a las clases explotadas;

*La necesidad de derrocar y destrozar la maquinaria del Estado capitalista y establecer en lugar de la dictadura de la burguesía la dictadura del proletariado, es decir, una democracia obrera;

*El requisito que la clase trabajadora utilice la fuerza en realizar esta tarea;

*El papel de la dictadura proletaria en aplastar la resistencia de la clase dominante depuesta y establecer las bases para la transición de la construcción del socialismo hacia el comunismo, en el cual las distinciones entre clases desaparecerán y el principio “de cada uno, según su trabajo” será reemplazado por el principio “de cada uno, según su capacidad; a cada uno, según sus necesidades”;

*La extinción del Estado bajo el comunismo.

Estas concepciones aún eran muy controversiales dentro del movimiento socialista cuando Lenin escribió El Estado y la revolución.

Por décadas habían estado bajo un ataque sistemático por los elementos oportunistas y centristas, empezando de manera abierta con la publicación en 1899 del manifiesto revisionista de Eduard Bernstein, Las premisas del socialismo. Bernstein explícitamente rechazó el concepto marxista de la revolución y sostuvo que la clase obrera solo podía lograr el socialismo a través de reformas sociales graduales alcanzadas con medidas parlamentarias. Atacó la fórmula de Marx de la dictadura del proletariado como el acogimiento de los métodos conspirativos y golpistas promovidos por Louis Blanqui.

Pero incluso la misma fundación del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD, Sozialdemokratische Partei Deutschlands ) en 1875 estuvo marcada por confusión acerca de la cuestión del Estado. En su famosa Crítica del Programa de Gotha, Marx vituperó el llamado de dicho programa fundacional del SPD por un “Estado libre del pueblo”. Dicha consigna no solo dejaba indefinida la naturaleza de clase del Estado establecido por la revolución, sino que, detrás del vago término de “el pueblo”, implica que el nuevo Estado sería “libre” de cualquier influencia de clase alguna: una imposibilidad para cualquier Estado.

Como Lenin indica en El Estado y la revolución, a pesar el reconocimiento formal de la dirección del SPD alemán de la exactitud de las críticas de Marx, en 1886 el jefe del partido August Bebel republicó sin cualquier cambio su folleto de 1872 intitulado Nuestros objetivos, donde incluye lo siguiente: “Y de esta manera el Estado ha de ser transformado de una basado en la dominación de clase a un Estado del pueblo.”

Como he mencionado anteriormente, las distorsiones del concepto marxista del Estado fueron utilizadas por los mencheviques para justificar tanto su apoyo a la guerra y al Gobierno provisional burgués como su oposición a la utilización de los sóviets para derrocar al Estado capitalista y establecer un Estado obrero.

Basándose en citas extensas de Engels, Lenin dedica el primer capítulo de El Estado y la revolución a una exposición positiva de la concepción del Estado derivada del empleo del materialismo histórico de Marx y Engels en la examinación de la evolución de la civilización humana.

Lenin toma citas de dos obras de Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884) y el prefacio a la edición tercera de Anti-D ü hring(1894). En el presente contexto solo se nos permitirá presentar de manera resumida las concepciones contenidas en este capítulo.

Primero: el estado no ha existido eternamente. Han existido sociedades primitivas que no conocían ningún poder estatal que estuviese por encima del pueblo. El Estado emerge de la sociedad a consecuencia de su escisión en clases sociales irreconciliablemente antagónicas. Un poder público especial se volvió necesario, en palabras de Engels, “porque desde la división de la sociedad en clases es ya imposible una organización armada espontánea de la población”. Para prevenir que la sociedad fuese devorada por la lucha entre clases, “se hizo necesario tener un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el conflicto, a mantenerlo dentro de los límites del ‘orden’”.

Lenin luego argumenta contra dos tipos de distorsión y falsificación de esta concepción del Estado. Existe el tipo más crudo, avanzado por los ideólogos burgueses y pequeño-burgueses, que sostiene que el Estado es un órgano para la reconciliación de las clases. Lenin cita a Engels, quien afirma que, al contrario, “Según Marx, el Estado es un órgano de dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del ‘orden’ que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los choques entre las clases”.

También existe la distorsión más sutil e insidiosa kautskista de Marx y Engels. Reconoce que el Estado es un órgano de dominación de clase, pero “se olvida” o “trata por encima” la conclusión que emerge de este hecho explícitamente extraída por Marx y Engels en su análisis de las revoluciones de 1848 y la Comuna de Paris de 1871, y establece, en palabras de Lenin, que “la liberación de la clase oprimida es imposible, no solo sin una revolución violenta , sino también sin la destrucción del aparato del poder estatal que ha sido creado por la clase dominante…”.[11]

Segundo: siendo un aparato para la represión de la clase explotada por la clase gobernante, cada Estado establece lo que Engels llama el “poder público” que, en su esencia “no está formado solamente por hombres armados, sino también por aditamentos materiales, cárceles e instituciones coercitivas de todo género, que la sociedad gentilicia no conocía”. Un ejército permanente y fuerza policial son los instrumentos principales del poder estatal.

Esto no es menos cierto bajo el capitalismo, incluso en una república democrática burguesa con un Parlamento, “libertad de prensa”, etc. que en cualquier etapa anterior de la sociedad de clases. Lenin explica: “No fueron solo el Estado antiguo y el Estado feudal los órganos de explotación de los esclavos y de los campesinos siervos: también [citando a Engels] ‘el Estado moderno representativo es instrumento de explotación del trabajo asalariado por el capital’”.

De hecho, Lenin nota: “La república democrática es la mejor envoltura política de que puede revestirse el capitalismo… Hay que advertir, además, que Engels, con la mayor precisión, llama al sufragio universal arma de dominación de la burguesía. El sufragio universal, dice Engels, … es ‘un índice que sirve para medir la madurez de la clase obrera. No puede ser más ni será nunca más, en el Estado actual’”.[12]

Tercero: Para acabar con el capitalismo e iniciar la construcción del socialismo y la abolición de toda explotación de clases, la clase obrera derroca y destroza el Estado capitalista y establece un Estado obrero. Este será el primer Estado en la historia que servirá como el instrumento de la mayoría contra una minoría. Será de la clase obrera armada y basada en órganos de poder democráticos e independientes como los sóviets en Rusia. Establece la democracia genuina para las masas, a diferencia de la farsa cruel que es la democracia bajo el capitalismo: la democracia para los ricos y para la represión de los pobres.

A diferencia de sus previas formas a lo largo de la historia, este Estado inaugura la transición a una sociedad sin clases, y consecuentemente al fin del Estado en sí, ya que no existe una necesidad social para él. Lenin cita del prefacio de Engels a la tercera edición de Anti-Dühring:

El primer acto en que el Estado se manifiesta efectivamente como representante de toda la sociedad, la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad, es a la par su último acto independiente como Estado. La intervención estatal en las relaciones sociales se hará superflua en un campo tras otro de la vida social y se adormecerá por sí sola. El Gobierno de las personas es sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción. El Estado no será ‘abolido’; se extinguirá.[13]

Lenin ataca la distorsión que prevalecía en los que denominó los “partidos socialistas actuales” que citan este pasaje y otros similares de Marx y Engels para atacar a los anarquistas no desde el punto de vista de la clase obrera, es decir, desde la izquierda, sino desde el punto de vista de la burguesía y su Estado, lo que significa que de la derecha. Se oponen a la reivindicación anarquista de la abolición inmediata del Estado y anteponen –citando a Marx y Engels como su autoridad– que el Estado no se puede abolir: simplemente se extingue.

“En realidad,” escribe Lenin, “Engels habla aquí de la destrucción del Estado burgués por parte de la revolución proletaria, mientras que las palabras relativas a la extinción del Estado se refieren a los restos del Estado proletario después de la revolución socialista. El Estado burgués no se ‘extingue’, según Engels, sino que ‘es destruido’ por el proletariado en la revolución. El que se extingue, después de esta revolución, es el Estado o semi-Estado proletario”.[14]

Lenin le dedica una porción sustancial de El Estado y la revolución a una examinación minuciosa de los escritos de Marx y Engels sobre el Estado del punto de vista de la evolución y concretización de sus concepciones entre el Manifiesto comunista de 1847 a sus escritos sobre las luchas revolucionarias en Francia entre 1848 y 1851 (Las luchas de clases en Francia y El 18 Brumario de Luis Napoleón) y sus escritos acerca de la Comuna de París (La guerra civil en Francia) y los comentarios subsiguientes.

Enfatiza que Marx extrajo las lecciones políticas del análisis de estas experiencias estratégicas revolucionarias de la clase trabajadora, a su vez profundizando su entendimiento de la lucha de la clase trabajadora para la toma del poder estatal y de la naturaleza del Estado que se establecería. Lenin plantea explícitamente la cuestión del abordaje científico, materialista, histórico y metodológico empleado por Marx y Engels del tema del Estado. Elaborando sobre el desarrollo de los escritos de Marx sobre el Estado siguiendo la revolución francesa de 1848, observa lo siguiente:

Fiel a su filosofía del materialismo dialéctico, Marx toma como base la experiencia histórica de los grandes años de la revolución, de los años 1848-1851. Aquí, como siempre, la doctrina de Marx es un sumario de la experiencia, iluminado por una profunda concepción filosófica del mundo y por un rico conocimiento de la historia.[15]

En su repaso de los escritos de Marx sobre la Comuna de Paris en La guerra civil en Francia Lenin comenta:

Sin perderse en utopías, Marx esperaba de la experiencia del movimiento de masas mismo la respuesta a las cuestiones de cuáles formas concretas tomará esta organización del proletariado como clase dominante y de qué modo se concertará esta organización con la “conquista de la democracia” más completa y más consecuente.[16]

Este método riguroso y científico que trata la revolución socialista como un proceso histórico objetivo cuyas leyes podrían ser descubiertas y aplicadas a la estrategia y tácticas revolucionarias de la clase trabajadoras se ejemplifica en El Estado y la revolución. Fue de este modo que Lenin, en clandestinidad y enfrentado con las alternativas de revolución o contrarrevolución, trató la cuestión de la lucha por el poder soviético.

Cabe recordar ante esto la “Séptima razón” elaborada en la primera conferencia de esta serie presentada por David North, intitulada “¿Por qué estudiar la Revolución Rusa?:

La Revolución Rusa exige ser estudiada de forma seria al ser un episodio crítico en el desarrollo del pensamiento social científico. El logro histórico de los bolcheviques en 1917 demostró y actualizó la relación esencial que existe entre la filosofía del materialismo científico y la práctica revolucionaria.[17]

Lenin empieza su resumen de los escritos de Marx y Engels con respecto a las revoluciones de 1848 y 1871, citando al Manifiesto comunista escrito en la víspera de las revoluciones europeas de 1848. Habla del “violento derrocamiento de la burguesía” sentando “las bases para el poder del proletariado” y caracteriza el Estado que resultaría como “el proletariado organizado como la clase dominante”.

Desde el alzamiento de 1848 de la clase trabajadora de Paris y su represión sanguinaria por la burguesía republicana, seguido por el golpe de Estado de diciembre de 1851 de Luis Napoleón, Marx llego a conclusiones de gran alcance. En el 18 Brumario escribió: “Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina [estatal], en vez de destrozarla”, con la implicación de que la clase trabajadora tendría que “destrozar” el Estado burgués.

Refiriéndose a esta oración, Marx escribió una carta a Louis Kugelmann en abril de 1871 durante la vida de la Comuna en la cual dijo:

“Si te fijas en el último capítulo de mi 18 Brumario, verás que declaro que la próxima tentativa de la Revolución Francesa: no puede pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como se venía haciendo hasta ahora, sino tiene que romperla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular en el continente. En esto, precisamente, consiste la tentativa de nuestros heroicos camaradas de Paris”.[18]

La Comuna de Paris y su represión sangrienta fortaleció la convicción de Marx de que la revolución proletaria tendrá que desbaratar el viejo Estado burgués, incluso sus estructuras corruptas del parlamentarismo burgués, poniendo en su lugar una democracia revolucionaria proletaria de un carácter totalmente distinto, tanto para suprimir la contrarrevolución burguesa como para crear las condiciones de la transición al pleno socialismo y el comunismo.

Marx primero uso el término “la dictadura del proletariado” en una carta a Joseph Weydemeyer fechada 5 de marzo de 1852, en la cual escribió:

Mi aporte nuevo fue demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es en sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases”.[19]

En cuanto al término “la dictadura del proletariado,” Lenin cita al prefacio de Engels a la tercera edición de La guerra civil en Francia, fechado 1891:

Pero, en realidad, el Estado no es nada más que una maquina cuyo propósito es la opresión de una clase por otra, en la monarquía y en la república democrática, por igual…

Últimamente, las palabras “dictadura del proletariado” han vuelto a sumir en santo terror al filisteo alemán. Pues bien, caballeros, ¿quieren saber qué faz presenta esta dictadura? Solo contemplen a la Comuna de París: ¡he ahí la dictadura del proletariado![20]

Como Lenin señala, en La guerra civil en Francia, Marx enfatiza las diferencias y oposiciones esenciales entre la democracia y el parlamentarismo burgueses, y el Estado que los comuneros comenzaron a construir. “El primer decreto de la Comuna … fue la supresión del ejército permanente para sustituirlo por el pueblo armado”, dijo Marx. La policía fue convertida en una agencia de la Comuna “responsable y revocable en todo momento”.

Los otros elementos subrayados por Marx incluyen el sufragio universal, el hecho de que todos los representantes electos estuviesen sujetos a una revocación de su mandato en cualquier momento, todos los funcionarios del Gobierno recibiesen un salario no mayor al nivel medio de un obrero, y que los jueces y magistrados fuesen elegibles, responsables y revocables . Lo que es más, la Comuna había de tratarse como un órgano de trabajo no parlamentario sino simultáneamente ejecutivo y legislativo.

Lenin comenta:

Aquí es precisamente donde se expresa de un modo más evidente el rompimient o entre la democracia burguesa y la democracia proletaria, de la democracia de la clase opresora a la democracia de las clases oprimidas, del Estado como “fuerza especial” para la represión de una determinada clase a la represión de los opresores por la fuerza conjunta de la mayoría del pueblo, de los obreros y los campesinos. ¡Y es precisamente en este punto tan evidente –tal vez el más importante, en lo que se refiere a la cuestión del Estado—en el que las enseñanzas de Marx han sido más relegadas al olvido![21]

El capítulo final de El Estado y la revolución desarrolla la polémica contra la degollación oportunista del marxismo en relación al Estado y su glorificación de la democracia burguesa y el parlamentarismo, enfocando su ataque contra Kautsky.

Empieza con la respuesta de Kautsky al manifiesto revisionista de Bernstein Las premisas del socialismo, notando que Kautsky evade el hecho de que Marx había insistido desde 1852 que la tarea de la revolución proletaria no consistía en la simple toma de la maquinaria estatal actual, sino también su destrucción. Citando a Kautsky, Lenin escribe:

“La solución de la cuestión acerca del problema de la dictadura proletaria —escribía Kautsky “contra” Bernstein— es cosa que podemos dejar con completa tranquilidad al porvenir”. Esta no es una polémica contra Bernstein, sino que es, en el fondo, una concesión hecha a éste, una entrega de posiciones al oportunismo…[22]

Con respecto a la obra de 1902 de Kautsky, La revolución social, Lenin se enfoca en ofuscaciones de las diferencias fundamentales entre las formas de gobernar de algún futuro Estado obrero y las de democracia burguesa parlamentaria.

Lenin concluye con una crítica de la respuesta de Kautsky a una crítica de sus posiciones por el socialista holandés Anton Pannekoek. Este último publicó un artículo en Neue Zeit en 1912 intitulado “La acción de masas y la revolución” en el cual criticó a Kautsky por su “radicalismo pasivo”. En ese entonces Pannekoek era un socialdemócrata que se identificaba con los críticos de izquierda del oportunismo, incluyendo a Rosa Luxemburgo. En los años veinte, adoptaría posiciones ultraizquierdistas y más tarde acogería opiniones antisoviéticas del capitalismo de Estado.

En su polémica de 1912, Pannekoek, según Lenin, escribió que la tarea de la revolución proletaria era destruir “los instrumentos del poder estatal” y “la organización de la minoría dirigente.”

En respuesta Kautsky acusó a Pannekoek de haber pasado al lado del anarquismo, escribiendo: “Hasta ahora la distinción entre los socialdemócratas y los anarquistas ha consistido en esto: los anteriores desean conquistar al poder estatal mientras los últimos lo desean destruir. Pannekoek quiere hacer ambos.”

Lenin escribe: “[La definición de Kautsky] de la distinción entre socialdemócratas y anarquistas es completamente errónea, dejando el marxismo plenamente vulgarizado y distorsionado”.

La insinuación que el marxismo se opone al desmantelamiento del Estado actual es completamente falsa, como lo demuestra de manera exhaustiva la examinación de Lenin de los escritos de Marx y Engels. La diferencia consiste en que los anarquistas se oponen al establecimiento de un nuevo Estado proletario por la clase trabajadora, sin el cual se encontraría incapaz de defenderse ante la represión asesina de la burguesía.

Engels provee una devastadora respuesta a la rechaza toda forma de autoridad de parte de los anarquistas en un pasaje de su ensayo de 1873 intitulado “De la autoridad” citado por Lenin en El estado y la revolución:

Pero los antiautoritarios exigen que el Estado político autoritario sea abolido de un plumazo, aun antes de haber sido destruidas las condiciones sociales que lo hicieron nacer. Exigen que el primer acto de la revolución social sea la abolición de la autoridad. ¿No han visto nunca una revolución estos señores? Una revolución es, indudablemente, la cosa más autoritaria que existe; es el acto por medio del cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y cañones, medios autoritarios si los hay; y el partido victorioso, si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por medio del terror que sus armas inspiran a los reaccionarios. ¿La Comuna de París habría durado acaso un solo día, de no haber empleado esta autoridad de pueblo armado frente a los burgueses? ¿No podemos, por el contrario, reprocharle el no haberse servido lo bastante de ella?

Así pues, una de dos: o los antiautoritarios no saben lo que dicen, y en este caso no hacen más que sembrar la confusión; o lo saben, y en este caso traicionan el movimiento del proletariado. En uno y otro caso, sirven a la reacción”.[23]

En su El estado y la revolución, Lenin resume las diferencias entre el marxismo y el anarquismo de la siguiente manera:

La diferencia entre los marxistas y los anarquistas consiste en lo siguiente: 1) En que los primeros, proponiéndose como fin la destrucción completa del Estado, reconocen que este fin sólo puede alcanzarse después de que la revolución socialista haya destruido las clases, como resultado de la instauración del socialismo, que conduce a la extinción del Estado; mientras que los segundos quieren destruir completamente el Estado de la noche a la mañana, sin comprender las condiciones bajo las que puede lograrse esta destrucción. 2) En que los primeros reconocen la necesidad de que el proletariado, después de conquistar el poder político, destruya completamente la vieja máquina del Estado, sustituyéndola por otra nueva, formada por la organización de los obreros armados, como la Comuna; mientras que los segundos, abogando por la destrucción de la máquina del Estado, tienen una idea absolutamente confusa respecto al punto de con qué ha de sustituir esa máquina el proletariado y cómo éste ha de emplear el poder revolucionario; los anarquistas niegan incluso el empleo del poder estatal por el proletariado revolucionario, su dictadura revolucionaria. 3) En que los primeros exigen que el proletariado se prepare para la revolución utilizando el Estado moderno, mientras que los anarquistas niegan esto.[24]

La vulgarizada falsificación del marxismo y la creación de ilusiones en la democracia burguesa promovidas en su nombre son resumidas en un pasaje de la respuesta de Kautsky a Pannekoek, citada por Lenin:

La tarea de la huelga general no puede ser nunca la de destruir el Estado, sino simplemente la de obligar a un Gobierno a ceder en un determinado punto o la de sustituir un Gobierno hostil a uno que esté dispuesto a llegar a un compromiso con el proletariado… Pero jamás, ni en modo alguno, puede esto [la victoria del proletariado sobre un Gobierno hostil] conducir a la destrucción del poder estatal, sino pura y simplemente a un cierto desplazamiento de la relación de fuerzas dentro del poder estatal. Y la meta de nuestra lucha política sigue siendo, con esto, la que ha sido hasta ahora: conquistar el poder estatal ganando una mayoría en el Parlamento y hacer del Parlamento el dueño del Gobierno.[25]

* * *

En su resumen de La guerra civil en Francia, Lenin escribe sobre la reacción de Marx a la Comuna de Paris:

Marx, por el contrario, no se contentó con solo entusiasmarse ante el heroísmo de los comuneros, que, según sus palabras, “tomaban el cielo por asalto”. Marx veía en aquel movimiento revolucionario de masas, aunque éste no llegó a alcanzar sus objetivos, una experiencia histórica de grandiosa importancia, un cierto paso hacia adelante de la revolución proletaria mundial, un paso práctico más importante que cientos de programas y de raciocinios. Analizar esta experiencia, sacar de ella las enseñanzas tácticas, revisar a la luz de ella su teoría: he aquí cómo concebía su misión Marx.[26]

Tal era el abordaje de Marx a la Comuna de París, el abordaje de Lenin al legado teórico del marxismo y nuestro abordaje hoy día a la Revolución Rusa. Y tanto para Marx como para Lenin, el análisis y la asimilación de las lecciones de estas grandes luchas y sonsacar los temas históricos y teóricos que entrañaban se realizó en la práctica política en la conexión más íntima con los acontecimientos políticos contemporáneos, de la misma manera procedemos en la actualidad al conmemorar la Revolución Rusa.

Las organizaciones pequeñoburguesas que se enmascaran como “izquierdistas” o hasta “socialistas” a la vez que se alinean por sus hechos con el imperialismo y el Estado capitalista o son indiferentes o abiertamente hostiles a la Revolución de Octubre porque son hostiles a la clase trabajadora y se oponen al derrocamiento del capitalismo hoy día.

Al contrario, “Las lecciones del octubre” tienen una inmensa relevancia para las tareas planteadas a la clase trabajadora por la crisis de magnitud inaudita del capitalismo mundial y la emergencia de una nueva etapa de luchas revolucionarias. La Revolución de Octubre aún sigue siendo intensamente relevante a los acontecimientos políticos de nuestros días.

Las tendencias identificadas por Lenin en El imperialismo y El Estado y la revolución –la integración cada vez más estrecha del Estado imperialista y los grandes monopolios financieros y corporativos (por ejemplo Google, Amazon, Apple, la CIA y el Pentágono) en forma del capitalismo monopolista de Estado; el monstruoso crecimiento del aparato represivo estatal y la putrefacción de las formas democráticas de gobierno (la represión en Cataluña aplaudida por todo los Gobiernos imperialistas y los imperialistas de “derechos humanos” como el New York Times, el gobierno por decreto impuesto por el estado de emergencia en Francia, la entrada de los neofascistas en el Parlamento alemán, la formación de un Gobierno de generales y millonarios de Wall Street en EUA)— se encuentran actualmente en un estado mucho más avanzado que en la época de Lenin. El imperialismo avanza de nuevo hacia una guerra mundial que pregona, nuevamente, nada menos que un holocausto nuclear y la aniquilación de la civilización.

Con la conmemoración del centenario de la Revolución Rusa, incluyendo estas conferencias, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional sigue los pasos de Lenin y Trotsky en esclarecer, educar y armar políticamente a la clase trabajadora para la emergente revolución socialista mundial.

Notas:

[1] Trotsky History of the Russian Revolution (Chicago: 2008), pp. 709.

[2] Ibid., pp. 710.

[3] Lenin Collected Works Volume 23 (Moscú: 1977), pp. 106.

[4] Lenin State and Revolution (International Publishers, Nueva York: 1988), pp. 5-6.

[5] Trotsky History of the Russian Revolution (Chicago: 2008), pp. 304-305.

[6] Alexander Rabinowitch Prelude to Revolution, (Indiana University Press: 1991), pp. 82-83.

[7] Rabinowitch The Bolsheviks Come to Power (Chicago and Ann Arbor: 2004), pp. 109.

[8] Ibid., pp. 94.

[9] Lenin Collected Works Volume 25 (Moscú: 1964), pp. 177-78.

[10] Ibid., pp. 366, 368.

[11] Lenin State and Revolution (International Publishers, Nueva York: 1988), p. 9.

[12] Ibid., p. 14.

[13] Ibid., p. 16.

[14] Ibid., p. 17.

[15] Ibid., p. 26.

[16] Ibid., p. 36.

[17] North, et al. Why Study the Russian Revolution? Volume 1 (Oak Park, Michigan: 2017) p. 19.

[18] Lenin State and Revolution (International Publishers, Nueva York: 1988), p. 33.

[19] Ibid., p. 29.

[20] Lenin Marxism on the State (Moscú: 1972), pp. 56-57.

[21] Lenin State and Revolution (International Publishers, Nueva York: 1988), p. 38.

[22] Ibid., p. 89.

[23] Ibid., p. 53.

[24] Ibid., pp. 94-95.

[25] Ibid., p. 99.

[26] Ibid., p. 32.

(Fotografía:General contrarrevolucionario Lavr Kornílov, en abril de 1917)

Los bolcheviques y las reivindicaciones feministas: una relación tumultuosa

Marijke Colle //

Fue una manifestación de mujeres la chispa que, en febrero de 1917, hizo estallar la revolución rusa. No obstante, las reivindicaciones feministas estaban lejos de ser una de las principales preocupaciones de los dirigentes revolucionarios de la época. El torbellino de la revolución trajo la emancipación de las mujeres rusas… antes de un rápido retorno al modelo tradicional de la familia.

El 13 de marzo de 1881, después de diez intentos, el zar Alejandro II cayó asesinado. Sofía Lvovna Peróvskaya ayudó a organizar el atentado. La condenaron a muerte junto con otros y otras conjuradas y murió en la horca el 15 de abril en San Petersburgo. Militaba en la organización terrorista revolucionaria Naródnaya Volia (voluntad popular), cuyos miembros eran conocidos por el apelativo de narodniki. Querían servir al pueblo, sobre todo a los campesinos pobres. El movimiento esperaba hallar una vía específicamente rusa hacia la revolución y aspiraba a crear una sociedad en la que la soberanía residiera en pequeñas unidades económicas autónomas que abarcaran diversas aldeas y se unieran en una confederación que sustituyera al Estado.

Vera Sasúlich (1849-1919) se unió a los narodniki siendo estudiante, en 1880 emigró y fue a colaborar con Gueorgui Plejánov (1856-1918), con quien fundó el primer grupo marxista del movimiento obrero ruso. Ambos preconizaban la creación de un partido proletario revolucionario y por tanto se oponían desde entonces a la estrategia de los narodniki.

La Rusia de esa época, bajo el régimen zarista, era un país atrasado y en gran medida todavía feudal. En 1861, el zar Alejandro II había decretado la emancipación de los siervos. Cada campesino recibió un lote de 3,5 deciatinas (unas cuatro hectáreas),

Pero esta concesión no fue gratuita: había que comprar la tierra, pagándola en 49 anualidades al Estado, que, a su vez, adelantaba la suma a los propietarios.

La revolución de 1905

Esta comenzó el 22 de enero durante el domingo rojo y condujo diez meses después a la promesa de una constitución. Durante la revolución, toda la sociedad está en movimiento y en ebullición. Las mujeres también participan. Se constituye un feminismo burgués que plantea reivindicaciones relacionadas con la emancipación de las mujeres: derecho de voto, salario igual, educación… Los partidos socialdemócratas [los revolucionarios de la época] apoyan estas reivindicaciones, pero rechazan toda colaboración o alianza con las feministas burguesas. No hay ningún intento de analizar en profundidad la concepción feminista burguesa de la opresión de las mujeres. La menor manifestación de interés por los problemas de las mujeres o la menor intervención en dirección a las mujeres se asimilan al feminismo burgués.

En el primer Congreso panruso de mujeres, celebrado en 1908, Alexandra Kollontai forma un grupo de trabajadoras que participan en él. Kollontai cuenta en sus esfuerzos con el respaldo de Lenin. El comité central del partido vota una resolución a favor de organizaciones políticas y sindicales separadas para las mujeres, pero esta resolución no concreta nada sobre la naturaleza de estas organizaciones y se convierte en papel mojado. La revolución de Octubre llega sin que el partido socialdemócrata haya formulado una teoría sobre la organización de mujeres.

La condición de las mujeres antes de la revolución de 1917

La gran industria moderna en Rusia está muy concentrada: empresas gigantescas de más de un millar de obreros representan el 41 % del conjunto de la clase trabajadora (17 % en EE UU). Los capitalistas occidentales controlan en promedio el 50 % de las inversiones. La burguesía rusa es débil y depende de las clases dominantes de Inglaterra y Francia. La condición obrera es terrible. La patronal importa familias obreras enteras y las aloja en humildes barracas o en dormitorios improvisados cerca de las máquinas. La gran mayoría de los trabajadores son no cualificados y en muchos casos analfabetos.

Si la condición de los obreros es miserable, la de las obreras es todavía peor. Las mujeres trabajadoras ganan en promedio el 50 % del salario de los hombres. En 1913, las mujeres trabajan de 12 a 13 horas al día. En el sector de la confección, trabajan de 13 a 14 horas y las vendedoras y encargadas de almacén tienen jornadas de 16 a 18 horas. Las trabajadoras que se quedan embarazadas arriesgan la vida, no existe la baja de maternidad y todos los años mueren 30 000 mujeres durante el parto.

En Rusia, una mujer que no recibe golpes de su marido es una excepción. La ley lo autoriza expresamente. Las mujeres no tienen derecho a heredar, son legalmente inferiores a todos los hombres adultos de la familia. En el mundo rural, la mujer campesina no se diferencia mucho de una bestia de carga. En 1914, un tercio de las mujeres saben leer, y este porcentaje es superior entre las asalariadas. El acoso sexual en el trabajo es moneda corriente. Muchas mujeres tienen que prostituirse para conseguir un empleo.

Participación en la revolución

Las mujeres obreras ya habían participado activamente en el movimiento revolucionario en 1905. Como escribió Alexandra Kollontai (1872-1952): “El movimiento de las trabajadoras, por su propia naturaleza, forma parte del movimiento obrero en general. […] La participación en el movimiento obrero acerca a la obrera a su liberación, no solo como vendedora de su fuerza de trabajo, sino también como mujer, esposa, madre y ama de casa”. Sin embargo, también constató: “Tan pronto cesó la oleada de huelgas y los obreros volvieron al trabajo, tanto en caso de victoria como de derrota, las mujeres fueron de nuevo dispersadas y aisladas”.

El 23 de febrero de 1917, con motivo del Día Internacional de la Mujer, varias columnas de mujeres (estudiantes, empleadas, obreras del textil de los arrabales de Vyborg) se manifiestan en el centro de Petrogrado para reclamar pan. Su acción recibe el apoyo de los obreros, que abandonan el trabajo para unirse a las manifestantes. Ante este movimiento popular y espontáneo, los raros dirigentes revolucionarios presentes en Petrogrado se mantienen prudentes, considerando, como el bolchevique Alejandro Shliápnikov (miembro del comité central del partido), que se trata más de una revuelta de hambre que de una revolución en marcha.

En 1917, el 43 % de la clase trabajadora eran mujeres. Desde el comienzo mismo de la revolución, las mujeres se organizan y publican sus reivindicaciones. Mujeres de soldados forman comités y a comienzos de febrero miles de lavanderas de Petrogrado se declaran en huelga y rompen de este modo el consenso entre el gobierno provisional de Kerensky, los mencheviques y los socialistas revolucionarios.

En marzo de 1917, en el partido bolchevique resulta rechazada la propuesta de constituir una secretaría de mujeres (¡únicamente con tareas técnicas y de propaganda!) a fin de contrarrestar la propaganda de las feministas burguesas. Toda forma de organización autónoma de las mujeres sigue considerándose un apoyo al feminismo burgués.

Genotdel y organización no mixta

La Conferencia de mujeres celebrada en Petrogrado en otoño de 1917 rechaza una vez más una resolución a favor de una secretaría de mujeres y hasta el Congreso de obreras y campesinas reunido en Moscú en 1918 no se decide crear una red nacional de organización de mujeres. Son las condiciones de la guerra civil las que favorecen una intervención específica hacia las mujeres. Konkordiya Samoilova (1876-1921) defiende en 1918 la convocatoria de conferencias separadas de mujeres porque en las habituales reuniones mixtas no se podía hablar de los problemas de las mujeres… debido a la escasa presencia de mujeres. De todos modos, esta organización separada se considera una solución temporal.

Tras el Congreso de obreras y campesinas de Moscú (1918) comienza la construcción de una red de mujeres en todas las instancias del partido. Estos grupos de mujeres pasan a denominarse departamentos (Genotdel) en 1919 y se les faculta para tomar iniciativas organizativas con la apertura de locales en los pueblos y los barrios, así como la edición de publicaciones específicas. Organizan reuniones, defienden los intereses de la mujeres en el partido, los sindicatos y los soviets.

Las bolcheviques van más lejos en la práctica que en la teoría. Durante la guerra civil se organizan conferencias de mujeres no afiliadas al partido y se celebran reuniones no mixtas de delegadas para intervenir directamente en cuestiones que interesan a las mujeres. Las delegadas obreras, campesinas y amas de casa son elegidas por tres meses y reciben formación política para poder asumir responsabilidades en el soviet local. El sistema de delegadas abarcaba al final a más de tres millones de mujeres, pero nunca llegará a ser un movimiento social coherente e independiente. El miedo a otorgar a los Genotdel demasiada libertad de acción estará siempre muy presente.

La discusión se ceñirá a la organización en el interior del partido bolchevique. No se planteaba la posibilidad de un movimiento de mujeres fuera del partido, pues lo consideraban burgués. Los bolcheviques no se liberarán jamás de la atadura del pensamiento socialdemócrata alemán en este terreno: “No existe un movimiento específico de las mujeres”.

Reivindicaciones de las mujeres y labor legislativa radical

La nueva constitución del joven Estado soviético instaura el matrimonio civil; se proclama de igualdad entre hombres y mujeres; la ley deja de establecer diferencias entre hijas ilegítimas y legítimas; se oficializa el divorcio de mutuo consentimiento o a instancias de una de las partes sin necesidad de aportar pruebas o testigos. El adulterio y la homosexualidad se eliminan del código penal y la autoridad del cabeza de familia desaparece del código civil. Se reconoce el derecho de voto de las mujeres. El nuevo código de trabajo incluye las bajas de maternidad, la igualdad salarial, medidas de protección específicas de las mujeres; la jornada queda limitada a 8 horas y la semana a 48 horas y se crean los seguros sociales.

La socialización del trabajo doméstico

Para Kollontai, para las dirigentes del trabajo destinado a las mujeres y determinados dirigentes bolcheviques, como Trotsky y Lenin, el cambio de naturaleza del trabajo doméstico se producirá con la industrialización, el acceso de las mujeres al mundo del trabajo y la socialización del trabajo doméstico. Esto se consideraba una cuestión de importancia inmediata en la transición. La socialización del trabajo doméstico mediante la creación de equipamientos comunitarios se considera la medida principal para liberar a las mujeres. El partido se pronuncia por la creación de comedores públicos, guarderías y parvularios.

En 1920 se promulga una ley del aborto, pero este no se asocia a la cuestión de la contracepción como mejor manera de evitar un aborto. La mayoría de médicos son favorables a la ley del aborto, pero a menudo este derecho se concede a regañadientes. Las mujeres que solicitaban un aborto por razones que no fueran la penuria material, eran objeto de ataques. No había suficientes camas en los hospitales para los abortos y a mediados de la década de 1920 se suspendió la investigación en materia de contracepción por falta de créditos. El aborto se considera ante todo un problema de salud pública, se señalan los riesgos de un descenso de la natalidad y la peligrosidad de la operación. Después de 1921 no hubo nunca más un debate en las organizaciones de mujeres sobre el aborto y el control de la fecundidad por las propias mujeres.

La instauración de la NEP

Después del periodo de comunismo de guerra, el país resulta vencedor, pero exangüe tras tres años de guerra impuesta por el imperialismo. La Nueva Política Económica (NEP) impone una drástica reducción del gasto público y la suspensión de los créditos para equipamientos colectivos. Incluso se pretende suprimir los Genotdel, pero ante las quejas masivas y tras un debate enconado en el Pravda, se decide mantenerlos. Aparecen los mismos argumentos que se retomarán a finales de la década de 1920 para cerrar los locales de los Genotdel.

Los Genotdel se debilitan a partir de 1922. Inesa Armand y Konkordiya Samoilova están muertas. Krúpskaya se dedica a otros problemas y Kollontai se va a Noruega. Las nuevas mujeres dirigentes no tienen peso suficiente en un partido que no se interesa por los debates teóricos en el terreno del feminismo. Se debilita la democracia interna: seguir las órdenes de arriba y el deseo de hacer carrera conducen a la pasividad política.

Algunas militantes, al comienzo de la NEP, temen que el retorno de las mujeres al hogar y el abandono de los equipamientos colectivos reinstauren los esquemas tradicionales de la familia. Proponen crear un movimiento que agrupe a asociaciones que luchen localmente por la instauración de un nuevo modo de vida. Sin embargo, la mayoría de miembros de los Genotdel criticaron estas ideas como desviaciones feministas.

Hacia finales de la década de 1920, los Genotdel cambian de opinión sobre la cuestión de las formas de organización independientes del partido. Critican el fracaso del partido a la hora de hacer progresar la liberación de las mujeres. No obstante, sus críticas no dejan de ser parciales. No proponen ningún programa económico y social alternativo que permita al partido integrar realmente la liberación de las mujeres en su programa, su teoría y su práctica. En 1930, Stalin suprime los Genotdel y su publicación, Kommunitska.

A modo de conclusión

El estudio de la revolución rusa nos permite captar mejor el vínculo que existe entre la lucha por el socialismo y la lucha por la liberación de las mujeres. Así se puede ver hasta qué punto la lucha por un movimiento autónomo de las mujeres se enfrentó a la capacidad de resistencia de la ideología y de las estructuras familiares. A menudo se ha dado la impresión de que, mientras el país era un Estado obrero relativamente sano y democrático, cumplió sus compromisos hacia las mujeres y de que solo con la degeneración de la revolución se deterioró la situación también para las mujeres.

Sin embargo, el ascenso y el declive de la democracia proletaria y del control obrero no coinciden con el ascenso y el declive del movimiento de las mujeres. Habría sido posible una aplicación diferente de la política de la NEP, pero ni dirigentes ni militantes de base comunistas otorgaban suficiente importancia a las “cuestiones relacionadas con la mujer” en los debates. Esta debilidad no está asociada directamente a la contrarrevolución burocrática capitaneada por Stalin

(Imagen: Nadezhda Krúpskaya en 1927)

Ernest Mandel: por qué Keynes no es la respuesta y el ocaso del monetarismo (1992)*

Al volverse aparentes las desastrosas consecuencias de las políticas de libre mercado, se levantan voces en círculos capitalistas y socialdemócratas pidiendo la intervención del estado para revivir la economía. Pero, ¿es realmente una alternativa? ¿Tendría una nueva ronda de intervención estatal en la economía y crecimiento financiado por deuda efectos beneficiosos para los trabajadores? Aquí ERNEST MANDEL argumenta que las políticas reflacionarias del keynesianismo tradicional deben ser distinguidas de las políticas de déficit presupuestario de Thatcher y Reagan; y que la reflación capitalista trae solo ventajas a corto plazo para la clase trabajadora, e inevitablemente desemboca en una nueva recesión.

La idea fundamental del keynesianismo es que el gasto estatal, un déficit al presupuesto nacional, puede ser utilizado para combatir las crisis económicas y recesiones.

Desde un punto de vista teórico, incrementar la demanda general en un país facilitará la recuperación en tanto haya capacidad productiva disponible (trabajadores desempleados, materia prima en stock, máquinas trabajando por debajo de su capacidad). Estos recursos no utilizados son movilizados por el poder de compra adicional creado por el déficit presupuestario. Solo cuando estas reservas se agotan se da el fatal comienzo de la inflación.

Sin embargo, existe un problema. Para que el déficit presupuestario no impulse la inflación antes de alcanzar el pleno empleo, los impuestos directos deben incrementarse en misma proporción que los ingresos.

Dado que la burguesía prefiere comprar bonos al estado antes que pagar impuestos, y que la evasión impositiva es endémica de su clase, la mayor carga impositiva implicada por las políticas keynesianas cae sobre los trabajadores.

A medida que crece la deuda pública, hacer frente a la misma consume cada vez más del gasto público, por lo que el déficit presupuestario muestra una tendencia creciente sin que el empleo reciba efectos beneficiosos de forma correspondiente.

En definitiva, entonces, la expansión keynesiana tiende a socavarse a través de la inflación creciente y disminución de los retornos de ese “empujón” inicial que había brindado el déficit presupuestario; el resultado es una nueva recesión, y la creciente carga impositiva tiende a redistribuir los ingresos hacia la burguesía.

El balance histórico de las políticas keynesianas es claro. Su más acabado experimento, el New Deal de Roosevelt en los Estados Unidos de la década del 30, terminó fracasando.

A pesar del incremento del gasto público, culminó en la crisis de 1938, cuando el desempleo alcanzó los 10 millones1. Fue solo gracias al enorme armamento que demandó la guerra que se redujo el desempleo masivo.

Hay algo bizarro en el modo en que los dogmáticos neoliberales contrastan sus políticas basadas en la “teoría de la oferta” con aquellas basadas en crear demanda valiéndose del presupuesto estatal. Nunca, de hecho, han sido más altos los déficits presupuestarios estatales como durante la presidencia del baluarte de los neoliberales, Ronald Reagan.

Lo mismo aplica en gran medida al “reinado” de Margaret Thatcher. Implementaron programas neokeynesianos de cifras récord al tiempo que profesaban una fe completamente opuesta. El debate real no era sobre el tamaño del déficit sino para qué se usaba.

Los hechos hablan por sí solos. El neokeynesianismo de Reagan y Thatcher reforzó brutalmente la ofensiva de la austeridad en todas partes. Los gastos sociales y de infraestructura fueron recortados; el gasto en armas se expandió masivamente en los Estados Unidos y Gran Bretaña y en menor medida en Japón y Alemania.

Los subsidios a las empresas privadas han crecido. El desempleo y la desigualdad social se extendieron. En los últimos 20 años el número de desempleados en países de la OCDE (“el club de los países ricos”), se ha cuadruplicado.

El efecto social ha sido desastroso de manera generalizada. Se puede aprender en cualquier curso universitario sobre desarrollo económico que las inversiones más productivas a largo plazo son aquellas realizadas en educación, salud pública e infraestructura.

Sin embargo, los dogmatistas neoliberales omiten esta verdad elemental cuando se aproximan a los problemas desde la perspectiva de un “equilibrio” que debe restablecerse a cualquier costo. Sus objetivos favoritos para recortar son precisamente la educación, salud, seguridad social e infraestructura, con los inevitables efectos dañinos que esto causa, incluso a la productividad.

¿Significa esto que los socialistas preferimos el keynesianismo tradicional y el estado de bienestar al cocktail venenoso de monetarismo y neokeinesianismo actualmente en boga? Si nuestra respuesta es positiva, debe ser de una manera muy condicionada.

El keynesianismo tradicional implica varias formas del ejercicio y división de poder dentro del marco de la sociedad burguesa. Esto lleva a varias formas de contrato social y consenso con aquellos que actualmente detentan el poder económico, en sus términos.

Este consenso es puramente unilateral y va contra los intereses de la clase trabajadora. El keynesianismo tradicional solo puede considerarse un mal menor en caso de ser

1 Business Cycles, James Arthur Estey, Purdue Univ., Prentice-Hall, 1950, pages 22-23 chart.
Este estudio señala cómo el desempleo, si bien no volvió el 25% de 1933, pasó del 14,7% en 1937 al 19% en 1938.

comparado con una política deflacionaria en tanto que promueve una inmediata y rápida caída en el desempleo.

Sin embargo, en las condiciones presentes el neokeynesianismo lleva a un crecimiento en el desempleo y marginalización de sectores crecientes de la población, con toda clase de consecuencias reaccionarias.

Además, quienes abogan por el keynesianismo tradicional tienen que lidiar con un incómodo hecho fundamental; la efectividad de sus prácticas está siendo grandemente reducida por el crecimiento del poder de las corporaciones multinacionales. Aun siendo ridículo decir que la intervención estatal hoy no tiene poder, es por supuesto mucho menos poderosa que durante los ‘30 y ‘50.

Enfrentado al crecimiento de las empresas transnacionales, el estado nacional deja de ser un instrumento adecuado para las facciones dominantes de la burguesía. Por ello, se están realizando esfuerzos consistentes por sustituirlo por instituciones supranacionales, siendo el caso clásico las varias instituciones de la Comunidad Europea.

Pero muchos otros obstáculos deberán ser vencidos para que las instituciones supranacionales tomen las características de un verdadero estado supranacional, por ejemplo en Europa.

La unificación de Europa permanece suspendida entre una vaga confederación de estados soberanos y una federación europea con características de un estado: moneda común, banco central, políticas industriales y agrícolas comunes, fuerzas militares y policiales articuladas y, finalmente, una autoridad gubernamental central.

Hay una bomba en el proceso de unificación capitalista de Europa, que está comenzando a detonar en las huelgas de Italia y Grecia. Es el simple hecho de que la “estabilización presupuestaria” requerida para la unión monetaria tendrá un efecto enorme. Esto en sí mismo debiese ser causa suficiente para que el movimiento trabajador rechace el tratado de Maastricht2.

Maastricht no ofrece más que una excusa para la continuidad y reforzamiento de las políticas de austeridad. Es más preciso que nunca el continuar la lucha contra él.

*Extraído de Socialist Outlook, No.29, 10 de octubre de 1992, p.7. Cortesía de Joseph Auciello. Traducción al español: Federico Silvero.

2 El tratado de Maastricht, firmado en 1992 y puesto en efecto al año siguiente, llevó a la creación de la Unión Europea y el Euro como moneda central.

Centenario de la Revolución Rusa:”Se atrevieron”

 

por David Mandel //

Cien años después, la cuestión del legado histórico de la Revolución de Octubre sigue sin ser sencilla para los socialistas: el estalinismo pudo echar raíces menos de una década después de la Revolución y la restauración del capitalismo encontró poca resistencia popular setenta años después.

Uno puede, por supuesto, señalar el papel fundamental del Ejército Rojo en la victoria contra el fascismo, o que la rivalidad entre la Unión Soviética y el mundo capitalista abrió el espacio para las luchas antiimperialistas, o también que la existencia de una enorme economía nacionalizada y planificada consiguió una moderación de los apetitos capitalistas. Aun así, incluso en dichas áreas, el legado está lejos de estar exento de ambigüedades.

Ahora bien, el principal legado de la Revolución de Octubre para la izquierda a día de hoy es, en realidad, el menos ambiguo. Puede sintetizarse en dos palabras: “se atrevieron”. Con esto quiero decir que los Bolcheviques cumplieron auténticamente con su misión como partido de los trabajadores al organizar tanto la toma revolucionaria del poder político y económico, como su defensa posterior frente a las clases propietarias: proveyeron a los obreros -así como a los campesino- el liderazgo que necesitaban y deseaban.

Por tanto, es cuanto menos irónico que muchos historiadores, y bajo su estela, la opinión pública en general, hayan visto Octubre como un crimen terrible motivado por el proyecto ideológico de construir una utopía socialista. De acuerdo con este punto de vista, Octubre fue un acto arbitrario que desvió a Rusia de su sendero natural de desarrollo hacia una democracia capitalista. Octubre fue, además, la causa de la guerra civil devastadora que asoló el país durante casi tres años.

Hay una versión modificada de esta lectura que es abrazada incluso por personas de izquierda que rechazan el leninismo (o lo que creen ellos que fue la estrategia de Lenin) por culpa de las dinámicas autoritarias desatadas por la toma revolucionaria del poder y la subsiguiente guerra civil.

No obstante, lo que sorprende sobremanera cuando uno estudia la revolución desde abajo es lo poco que los Bolcheviques, y los obreros que les apoyaban, estaban, de hecho, guiados por una ideología, en el sentido de que fuesen una suerte de movimiento milenarista que ambicionase únicamente el socialismo. En realidad y sobre todo, Octubre fue una respuesta práctica a problemas sociales y políticos muy serios y concretos que debían afrontar las clases populares. Esto era también, por supuesto, la aproximación al socialismo de Marx y Engels – no una utopía que debía ser construida a partir de unos diseños preconcebidos, pero un conjunto de soluciones concretas a las condiciones reales de los trabajadores bajo el capitalismo. Por ello Marx siempre rechazó obstinadamente ofrecer “recetas para los libros de cocina del futuro” 1/.

El objetivo inmediato y principal de la insurrección de Octubre fue anticiparse a la contrarrevolución, apoyada por las políticas de guerra económica de la burguesía, que hubiese barrido todas las conquistas democráticas y promesas de la Revolución de Febrero y hubiese mantenido la participación rusa en la Guerra Mundial. Una contrarrevolución victoriosa -y ésta hubiese sido la única alternativa real a Octubre- hubiese probablemente dado nacimiento a la primera experiencia de un Estado fascista en el mundo, anticipándose así unos cuantos años a las posteriores respuestas de las burguesías italianas y alemanas a levantamientos revolucionarios similares pero fallidos.

Los Bolcheviques, y la gran mayoría de los obreros industriales urbanos en Rusia, eran, por descontado, socialistas. Pero todas las corrientes del marxismo ruso consideraban que Rusia carecía de las condiciones políticas y económicas para alcanzar el socialismo. Sin duda, existía la esperanza de que la toma revolucionaria del poder en Rusia alentase a los trabajadores de los países desarrollados al oeste a levantarse contra la guerra y contra el capitalismo, abriendo así perspectivas más amplias para la propia revolución rusa. En efecto, fue sólo una esperanza, y estaba lejos de ser una certidumbre. Aun así, Octubre hubiese podido acontecer sin ella.

En mi labor historiográfica, presento pruebas documentadas y, en mi opinión, convincentes en favor de esta forma de presentar Octubre, aunque no voy a intentar resumirlas aquí. Prefiero explicar cuan dolorosamente conscientes eran los Bolcheviques, y los trabajadores que les apoyaban -el partido estaba abrumadoramente compuesto de obreros-, de la amenaza de la guerra civil; lo mucho que intentaron evitarla, y, fracasando en ello, lo mucho que quisieron disminuir su dureza. De este modo, quiero focalizarme con más insistencia explicar el sentido del “se atrevieron” en tanto que legado de Octubre.

El motivo por el cual los Bolcheviques, junto con la mayoría de los trabajadores, apoyaron el “poder dual” durante el periodo inicial de la revolución fue el deseo de evitar la guerra civil. Bajo esta forma de acomodar las cosas, el poder ejecutivo era ejercido por el gobierno provisional, inicialmente compuesto por políticos liberales, representantes de las clases propietarias. Al mismo tiempo, los Soviets, organizaciones políticas electas por los obreros y soldados, fiscalizaban el gobierno, asegurándose de su lealtad al programa revolucionario. Este programa estaba compuesto fundamentalmente por cuatro elementos: una república democrática, una reforma agraria, la jornada laboral de ocho horas, y una diplomacia enérgica que asegurase rápida y democráticamente el final de la guerra. Ninguno de estos puntos era socialista como tal.

El apoyo al poder dual marcó una ruptura radical con el rechazo tradicional del partido de aliarse potencialmente con la burguesía en la lucha contra la autocracia. Ese rechazo constituía los cimientos mismos del bolchevismo como partido de los obreros. Fue el motivo del estatus hegemónico del partido en el movimiento obrero a lo largo de los años de protesta obrera antes de la guerra. El rechazo a la burguesía (que era a su vez un rechazo al Menchevismo) se enraizaba en la larga y dolorosa experiencia obrera que veía cómo la burguesía se aliaba íntimamente con el Estado autocrático para aplastar sus aspiraciones sociales y democráticas.

El apoyo inicial al poder dual reflejó la voluntad de dar una oportunidad a los liberales, ya que las clases propietarias (el partido constitucional-democrático (los Kadetes) se convirtió en su primer representante político en 1917) se habían sumado, aunque bastante tardíamente, a la revolución, o eso parecía. Su adhesión a la revolución facilitó de manera considerable una victoria sin apenas derramamiento de sangre a lo largo del vasto territorio ruso y a lo largo del frente. La asunción del poder por parte de los Soviets en Febrero hubiese expulsado a las clases propietarias del poder, haciendo renacer así el espectro de la guerra civil. Por otra parte, los obreros no estaban preparados para asumir la responsabilidad directa de dirigir el Estado y la economía.

El posterior rechazo del poder dual y la demanda de transferir todo el poder a los soviets no fue, bajo ningún concepto, una respuesta automática al regreso de Lenin a Rusia y la publicación de sus Tesis de Abril. Fundamentalmente, estas tesis fueron una llamada de vuelta a las posturas tradicionales del partido, pero en condiciones de guerra mundial y de revolución democrática victoriosa. Si la posición de Lenin acabó ganando fue porque era cada vez más claro que las clases propietarias y sus representantes liberales eran hostiles a los objetivos de la revolución y querían, de hecho, revertirla.

Ya a mediados de abril, el gobierno liberal dejo claro su apoyo a la guerra y sus objetivos imperialistas. Incluso anteriormente a ello, la prensa burguesa puso término final a su breve luna de miel de unidad nacional con campañas en contra del supuesto egoísmo obrero al perseguir sus ’estrechos’ intereses económicos en detrimento de la producción para la guerra.

El motivo era claramente socavar la alianza obreros-soldados que hizo posible la revolución.

No sin conexión con esto era la creciente sospecha entre los obreros de un progresivo y creciente cierre patronal, enmascarado bajo una supuesta escasez de suministros; sospecha amplificada por el adamantino rechazo de los patrones industriales de la regulación gubernamental de esta economía vacilante. Los cierres patronales fueron desde tiempo atrás el arma favorita de los propietarios de las fábricas. Solamente en los seis meses anteriores al estallido de la guerra, los patrones industriales de la capital, en concierto con la administración de las fábricas de titularidad estatal, organizaron al menos tres cierres patronales generalizados que trajeron consigo el despido de un total de 300 000 trabajadores. Diez años antes, en noviembre y diciembre de 1905, dos cierres generales asestaron un golpe mortal a la primera revolución rusa.

A finales de la primavera y comienzos del verano de 1917, personalidades prominentes de la sociedad censal (las clases dominantes) solicitaban la supresión de los soviets y recibían grandes ovaciones por parte de las asambleas de su clase. Luego, a mediados de junio, bajo una fuerte presión de sus aliados, el gobierno provisional inició una ofensiva militar, poniendo punto y final al cese al fuego de facto que había reinado en el frente oriental desde Febrero.

Y entonces, ya en junio, una mayoría de los obreros de la capital abrazaron la demanda bolchevique de liberar la política gubernamental de la influencia de las clases propietarias. Éste era, en esencia, el significado del “todo el poder para los Soviets”: un gobierno que respondiese únicamente ante los obreros y campesinos. A esas alturas, los Bolcheviques y los obreros de la capital aceptaron la inevitabilidad de la guerra.

No obstante, eso no era en sí mismo tan terrorífico, ya que los obreros y campesinos (los soldados eran en su grandísima mayoría jóvenes campesino) eran la gran mayoría de la población. Mucho más preocupante eran las perspectivas de una guerra civil qu enfrentase a distintos bandos en el seno de las fuerzas que sostenían la “democracia revolucionaria”. Los socialistas moderados, los Mencheviques, y los Socialistas Revolucionarios (eseristas), dominaban la mayoría de los soviets fuera de la capital, así como el Comité Ejecutivo Central (CEC) de soviets y el Comité Ejecutivo de campesinos, y apoyaban a los liberales, hasta el punto de enviar una delegación de sus líderes a la coalición gubernamental, en un esfuerzo por apuntalar la débil autoridad popular de esta última.

La amenaza de guerra civil en el seno de la democracia revolucionaria resurgió con fuerza a comienzos de julio, cuando, junto con unidades de la guarnición, los obreros de la capital se manifestaron masivamente para presionar al CEC para que tomase el poder por sí solo. No solamente fracasaron en ello, sino que las manifestaciones fueron el primer derramamiento de sangre serio de la revolución, seguido de una ola de represión gubernamental contra la izquierda y tolerada por los socialistas moderados.

Los acontecimientos de julio dejaron a los Bolcheviques, y los obreros que les apoyaban, sin una ruta clara por la que avanzar. Formalmente, el partido adoptó un nuevo eslogan propuesto por Lenin: el poder para un “gobierno de los trabajadores y los campesinos pobres”, sin mención alguna a los soviets, que se hallaban dominados por los socialistas moderados. Lenin entendía dicho eslogan como un llamamiento a preparar una insurrección que pudiese sortear a los soviets y que, de darse las circunstancias, se enfrentase a ellos. Ahora bien, en la práctica el eslogan no era aceptado ni por el partido ni por los obreros de la capital, ya que significaba dirigirse en contra de las masas populares que seguían apoyando a los moderados – por tanto, implicaba la guerra civil en el seno de la democracia revolucionaria.

La actitud de los socialistas, esto es, de la minoría educada, de la intelligentsia de izquierdas, preocupaba particularmente. La intelligentsia de izquierda apoyaba casi en su totalidad a los socialistas moderados. Los Bolcheviques eran un partido plebeyo, y lo mismo era cierto para los social-revolucionarios de izquierda, que se escindieron de los eseristas en septiembre de 1917 y formaron una coalición de gobierno en los soviets junto con los Bolcheviques en noviembre. Las perspectivas de tener que dirigir un Estado, y probablemente también la economía, sin el apoyo de gente formada preocupaba profundamente, en particular a los militantes de los comités de fábrica, mayoritariamente bolcheviques.

El golpe de estado fracasado del general Kornilov a finales de agosto, que contó con el apoyo entusiasta de las clases dominantes, pareció despejar una solución al callejón sin salida al que se estaba llegando. Rindiéndose ante la obviedad, los socialistas moderados parecieron aceptar la necesidad de romper relaciones con los liberales (los ministros liberales dimitieron la noche anterior al levantamiento militar). Los obreros reaccionaron con una curiosa mezcla de alivio y alarma a las noticias sobre la llegada de Kornilov a Petrogrado. Sentían alivio porque podían al menos actuar al unísono en contra de la contrarrevolución en marcha – y así hicieron con gran energía-, y no enfrentándose con el resto de fuerzas de la democracia revolucionaria. Lenin, ya tras la derrota de Kornilov, ofreció el apoyo de su partido al CEC, actuando como una fuerza leal pero de oposición, siempre y cuando el CEC arrebatas el poder al gobierno.

Tras ciertas vacilaciones, los socialistas moderados rechazaron romper con las clases propietarias. Permitieron a Kerensky formar un nuevo gobierno de coalición que incluía personalidades de la burguesía particularmente odiosas como el patrón industrial S. A. Smirnov, que había cerrado recientemente sus fábricas textiles para echar a los trabajadores.

Pero para finales de septiembre, los Bolcheviques ya tenían la mayoría en casi todos los soviets de Rusia de manera que podían contar con una mayoría en el Congreso de los Soviets, convocado a regañadientes por el CEC el 25 de Octubre. Mientras todavía se encontraba escondido huyendo de una orden de detención, Lenin exigió al comité central del partido que preparase una insurrección. Pero la mayoría del comité central tenía dudas al respecto y prefería esperar a la convocatoria de una asamblea constituyente. Uno puede perfectamente comprender sus dudas. Después de todo, una insurrección podía desencadenar todas las condiciones para la todavía latente guerra civil. Era un salto terrorífico hacia lo imprevisible que pondría al partido en la situación de gobernar en condiciones de grave crisis política y económica. Por otra parte, la esperanza de que una asamblea constituyente pudiese superar la profunda polarización que caracterizaba a Rusia, o que las clases dominantes aceptasen su veredicto de ir en contra de sus intereses, era sin lugar a dudas una ilusión. Mientras tanto, el colapso industrial y la hambruna de masas estaban cada vez más cerca.

Si los líderes bolcheviques acabaron organizando la insurrección no fue por la autoridad personal de Lenin, sino por la presión de sus bases y cuadros intermedios, que estaban siendo interpelados por él. El partido contaba como 43 000 miembros en octubre 1917 sólo en Petrogrado, de los cuales 28 000 eran obreros (sobre un total de 420 000 obreros industriales), y 6000 eran soldados. Estos trabajadores estaban preparados para la acción.

No obstante, el estado de ánimo entre los trabajadores fuera del partido era más complejo.

Apoyaban sin miramientos la demanda de transferir todo el poder a los Soviets, pero no estaban por la labor de tomar la iniciativa. Esto suponía la situación opuesta a la de los cinco primeros meses de la revolución, en los cuales las bases obreras estaban a la vanguardia, obligando al partido a seguirlas: así fue en la revolución de Febrero, en las protestas de abril en contra de la política bélica del gobierno, en los movimientos por el control obrero de las industrias como respuesta a los cierres patronales en marcha, y en las manifestaciones de julio para exigir al CEC que tomase el poder.

Pero el derramamiento de sangre de julio y la represión que siguió después cambiaron significativamente las cosas. En efecto, la situación política había evolucionado desde entonces hasta el punto de que los Bolcheviques encabezaban los Soviets en casi todas partes. Ahora bien, los días que precedieron a la insurrección, la totalidad de la prensa que no fuese pro-bolchevique predecía con seguridad que la insurrección sería aplastada de manera aún más sangrienta que en los acontecimientos de julio.

Otra fuente de indecisión para los trabajadores era el amenazante espectro del desempleo de masas. El colapso industrial se avecinaba, y constituía así el argumento más potente para actuar inmediatamente, pero también una fuente de inseguridad que llenó de dudas a los trabajadores.

Por tanto, la iniciativa se encontraba del lado del partido, aunque ello no significase que los obreros bolcheviques estuviesen exentos de dudas. Ahora bien, tenían ciertas cualidades, forjadas tras años de lucha intensa contra la autocracia y los patrones, que les permitieron superarlas. Una de sus virtudes era su deseo de independencia como clase frente a la burguesía, que constituía a su vez el elemento definitorio del bolchevismo como movimiento de los trabajadores. En los años previos a la revolución, ese deseo se expresaba en la insistencia de los trabajadores de mantener sus organizaciones, ya sean políticas, económicas o culturales, libres de influencia de las clases dominantes.

En estrecha relación con lo anterior era el fuerte sentimiento de dignidad que tenían los trabajadores, tanto individualmente como en tanto que miembros de la clase obrera. El concepto de obrero consciente en Rusia recogía una cosmovisión y un código moral separados y opuestos a los de la burguesía. El sentimiento de dignidad se manifestaba por ejemplo, y entre otras formas, en la demanda de ser tratados educadamente que aparecía sin excepción en las listas de las demandas en huelgas. Demandaban ser tratados de usted por la administración de las fábricas y que no se dirigiesen a ellos en la segunda persona del singular, reservada para amigos, hijos y subordinados. En una compilación de estadísticas acerca de las huelgas, el Ministerio de Interior zarista puso en la columna de demandas políticas la exigencia de trato educado, presumiblemente porque implicaba un rechazo de los trabajadores a ser considerados como subordinados en la sociedad. En 1917, resoluciones emanadas de las asambleas fabriles solían referirse a las políticas del gobierno provisional como burlas a la clase obrera. En Octubre, cuando los obreros de la Guardia Roja rechazaban agacharse mientras corrían o rechazaban tener que combatir tumbados en el suelo, ya que lo consideraban una muestra de cobardía y deshonor para un obrero revolucionario, los soldados tuvieron que explicarles que no hay honor alguno en ofrecer tu frente al enemigo. Pero si bien el orgullo de clase era una carga a nivel militar, no parece que hubiese podido haber revolución de Octubre sin él.

Aunque la iniciativa de Octubre recayó principalmente sobre los hombros de los miembros del partido, la insurrección fue bienvenida por virtualmente todos los trabajadores, incluidos los impresores, tradicionalmente seguidores de los Mencheviques. Sin embargo, el problema de la composición del nuevo gobierno apareció de nuevo sobre la escena. Todas las organizaciones obreras, para entonces lideradas por los Bolcheviques, así como el propio partido, pedían una coalición de todos los partidos socialistas.

Una vez más, esto era la expresión del afán de unidad en el seno de las fuerzas de la democracia revolucionaria y el deseo de evitar una guerra civil que las enfrentase entre sí. En el comité central, Lenin y Trotski se oponían a incluir a los socialistas moderados (aunque no a los eseristas de izquierda ni a los Mencheviques-internacionalistas), ya que consideraban que iban a paralizar la acción del gobierno. No obstante, se mantuvieron de lado mientras las negociaciones tenían lugar.

La coalición estaba condenada a no suceder. Las negociaciones se rompieron al entrar en la cuestión del poder de los soviets: los Bolcheviques, así como la inmensa mayoría de los trabajadores, querían que el gobierno fuese responsable únicamente ante los soviets -esto es, un gobierno popular libre de las influencias de las clases propietarias. Los socialistas moderados, en cambio, consideraban que los soviets eran una base demasiado débil para un gobierno viable. Continuaron insistiendo, aunque disfrazadamente, en la necesidad de incluir representantes de las clases dominantes, o al menos del “estrato intermedio” que no se encontraba representado en los soviets. Ahora bien, la sociedad rusa se encontraba profundamente dividida, y estos últimos estaban alineados junto a las clases dominantes. Así mismo, los moderados rechazaban de plano cualquier gobierno con una mayoría bolchevique, incluso si los Bolcheviques habían constituido la mayoría en el Congreso de los Soviets que votó asumir todo el poder. En resumen, los moderados demandaban anular la insurrección de Octubre.

Una vez que eso quedó claro, el apoyo obrero por una coalición amplia se desvaneció. A continuación, los eseristas de izquierda, que llegaron a la misma conclusión que los obreros, formaron una coalición de gobierno junto a los Bolcheviques. Hacia finales de noviembre, un congreso nacional de campesinos, dominado por los socialrevolucionarios de izquierda, decidió fundir su comité ejecutivo junto con el CEC de diputados obreros y soldados. Esta decisión fue recibida con alivio y júbilo por los Bolcheviques y los trabajadores en general: se había alcanzado la unidad, al menos desde abajo, aunque ésta no contase con la intelligentsia de izquierdas, alineada mayoritariamente con los socialistas moderados (ahora bien, ha de resaltarse, que los Mencheviques, a diferencia de los eseristas, no se levantaron en armas contra el gobierno de los soviets).

Este es por tanto el significado del “se atrevieron”, como legado de Octubre. Los Bolcheviques, como genuino partido de los trabajadores, actuó de acuerdo a la siguiente máxima: “Fais ce que dois, advienne que pourra” (Haz lo que debas, que acontezca lo que se pueda). Trostky pensaba que esta máxima debía guiar el hacer de todo revolucionario 2/ . He tratado de demostrar que este reto no se aceptó a la ligera y que los Bolcheviques no eran aventureros temerarios. Temían la guerra civil, trataron de evitarla, y si ello no fue posible, al menos trataron de limitar su severidad y ganar cierta ventaja en ella.

En un ensayo escrito en 1923, el líder Menchevique, Fedor Dan, explicó el rechazo de su partido a romper relaciones con las clases propietarias incluso después del golpe de Kornilov. El motivo era que “las clases medias”, esa parte de la “democracia” que no se encontraba representada en los Soviets (Dan hace referencia a un profesor, a un cooperativista, al alcalde de Moscú,…) no iba a apoyar una ruptura con las clases propietarias – estaban convencidos de que el país era ingobernable sin ellos – ni iba a considerar, bajo ningún concepto, participar en un gobierno junto con los bolcheviques. Dan continuaba así:

Entonces -teoréticamente- sólo quedaba un camino para una inmediata solución a la coalición [con representantes de las clases propietarias]: la formación de un gobierno en conjunto con los Bolcheviques -una que no sólo no iba a contar con la democracia que no se hallaba representada en los soviets, sino que también iría en contra de ella. Considerábamos que ese camino era inaceptable, dada la postura bolchevique de aquel periodo. Comprendimos perfectamente que adentrarse en ese camino suponía adentrarse en el camino del terror y la guerra civil; es decir, hacer todo lo que los Bolcheviques se vieron forzados posteriormente a hacer. Ninguno de nosotros sentía que podía asumir la responsabilidad de esas políticas que nacerían de un gobierno de no-coalición” 3/.

La postura de Dan puede ser contrastada con la de una figura extraña de los socialistas moderados, V.B Stankevich (que había sido comisario en el frente durante el gobierno provisional). En una carta fechada en febrero de 1918 y dirigida a sus camaradas de partido, escribió:

“Debemos constatar que, a estas alturas, las fuerzas del movimiento popular se encuentran del lado del nuevo régimen…

“Hay dos vías abiertas a los socialistas moderados: proseguir en su lucha irreconciliable contra el gobierno, o ser una oposición pacífica, creativa y leal… ¿Pueden las viejas fuerzas dirigentes afirmar que, a día de hoy, han adquirido la experiencia suficiente para gestionar la tarea de dirigir el país, una tarea que no se ha vuelto más sencilla sino más difícil? En realidad, no tienen programa alguno que oponer al bolchevique, y una lucha sin programa no es mejor que las aventuras de los generales mejicanos. Pero es que incluso si la posibilidad de crear un programa existiese, debéis comprender que no tenéis las fuerzas para ejecutarlo. Para derrocar a los Bolcheviques necesitáis, si no es formalmente al menos de hecho, el esfuerzo unificado de todas las fuerzas opositoras, desde los eseristas hasta la extrema derecha. Pero, incluso dándose dicha condición, los Bolcheviques seguirían siendo más fuertes…

“Sólo hay un camino posible: el camino del frente popular unido, del trabajo nacional unido, de la creatividad en común…

“¿Mañana qué? ¿Se continúa con los intentos inútiles, sin sentido y esencialmente aventureros de tomar el poder? ¡O trabajamos en conjunto con la gente esforzándonos de forma realista a ayudar en resolver los problemas que Rusia afronta, problemas que están vinculados con la lucha pacífica en pro de principios políticos eternos, en pro de unas verdaderas bases democráticas para gobernar el país!” 4/.

Dejo en manos del lector decidir qué postura tuvo más mérito. No obstante, uno puede argumentar convincentemente que el rechazo a atreverse de los socialistas moderados contribuyó al desenlace que clamaban temer.

Desde octubre 1917, la Historia está repleta de ejemplos de partidos de izquierda que no se atrevieron cuando debieron hacerlo. Por ejemplo, el Partido Social Demócrata Alemán en 1918, los socialistas italianos en 1920, la izquierda española en 1936, los comunistas franceses e italianos en 1945 y 1968-69, la Unidad Popular en Chile entre 1970-73, y más recientemente Syriza en Grecia. Lo que quiero decir no es, por supuesto, que fallaron al organizar una insurrección en algún momento en particular, sino más bien que rechazaron desde el comienzo adoptar una estrategia cuyo objetivo principal fuese arrebatar el poder económico y político a la burguesía, una estrategia que requiere necesariamente, en algún momento, una ruptura revolucionaria con el Estado capitalista.

A día de hoy, cuando las alternativas a las que se enfrenta la humanidad están tan polarizadas, cuando, más que nunca, las únicas opciones reales son el socialismo o la barbarie, cuando el futuro de la civilización está en juego, la izquierda debe inspirarse de Octubre. Esto significa que, a pesar de las derrotas históricas sufridas por la clase obrera y las fuerzas sociales aliadas a lo largo de las pasadas décadas, se debe denunciar como ilusorio cualquier programa que quiera restaurar el Estado de bienestar keynesiano o quiera volver a una socialdemocracia genuina. Un programa así en el capitalismo contemporáneo está condenado a fracasar y a ser un agente desmovilizador. Atreverse significa hoy desarrollar una estrategia cuyo objetivo final sea el socialismo y aceptar que ese objetivo va a implicar necesariamente, en un momento u otro, una ruptura revolucionaria con el poder económico y político de la burguesía, y junto a ellos, con el Estado capitalista.

David Mandel, politólogo e historiador marxista especializado en Rusia y Ucrania, es profesor de la Universidad de Quebec en Montreal, Canadá, y editor de la revista bilingüe, en ruso e inglés, Alternatives. Es autor de The Petrograd Workers in the Russian Revolution, Brill-Haymarket, Leiden and Boston, 2017.

http://www.bitacora.com.uy/auc.aspx?9411,7

Traducción:Pablo Muyo Bussac,

de http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article42404

Notas:

1/ K. Marx, “Afterword to the Second Edition of Capital. vol. I, International Publishers, N.Y., 1967, p. 17.

2/ Trotsky, L., My Life, Scribner, N.Y., 1930, p. 418.F.

3/ I., Dan, “K istoriiposlednykhdneiVremennogopravitel’stva, Letopis’ Russkoirevolyutsii, vol. 1, Berlin, 1923 (https://www.litres.ru/static/trials/00/17/59/00175948.a4.pdf)

4/ I.B. Orlov, “Dvaputistoyatperednimi …” Istoricheskiiarkhiv, 4, 1997, p. 79.

El movimiento trotskista internacional y las revoluciones de posguerra: un análisis de sus (re) lecturas teóricas y programáticas (1944-63)

por Marcio Lauria Monteiro

La Cuarta Internacional fue fundada en 1938 por León Trotsky, luego del abandono de la condición de la fracción externa que la Oposición de Izquierda Internacional mantuvo ante la Comintern hasta 1933 y su opción de tornarse un nuevo partido internacional. Mas, desde su fundación, ella se encontraba bastante frágil, una vez que prácticamente toda la dirección de la antigua Oposición fuera asesinada por los stalinistas a lo largo de la década de 1930, teniendo León Trotski el mismo destino en 1940. Así, sumando un frágil liderazgo a las duras condiciones impuestas por la Segunda Guerra Mundial, la nueva internacional, en la práctica, dejó de existir durante el comienzo de los años 1940, viniendo a ser reorganizada entre los años 1944-48, a partir de la suma de los esfuerzos de una nueva generación de jóvenes militantes europeos con los del liderazgo del Socialist Workers Party (SWP) de los EEUU y otros veteranos.

Sin embargo, la forma como el liderazgo del SWP procedió en esa reorganización de la Cuarta Internacional fue marcada por medidas que tenían por objeto imponer al resto de la organización sus previsiones de que ocurriría una profunda crisis económica mundial y de que se abriría un período revolucionario. Para tal situación, ella condujo a la nueva dirección internacional a aquellos que concordaban con tal posición y, en respuesta a las intensas polémicas que surgieron en torno de ellas, tomó una serie de medidas, entre ellas las expulsiones y la modificación de los estatutos de la organización internacional para instituir el llamado “centralismo de organismo” (la exigencia de que los miembros de los organismos dirigentes se comportasen de forma unitaria ante el resto de la organización) y una serie de maniobras para forzar una mayoría artificial en el 2º Congreso Mundial (1948)1.

Además de esos conflictos del período 1944-48, la situación se agravó todavía más cuando la expansión soviética en el Este europeo, la ruptura Tito-Stalin y la Guerra de Corea dieron inicio a nuevas y profundas discordancias entre los trotskistas a lo largo de los años 1950-60. Los principales debates giraron entorno de la posibilidad o no de un “giro revolucionario” por parte del stalinismo ante la feroz Guerra Fría; y de la eclosión de revoluciones sin la presencia de un partido socialista revolucionario ante  ellas, con un programa nacional-democrático, con predominio de fuerzas sociales localizadas en el sector agrario de la economía, sin la presencia de órganos de poder político / autogobierno de las clases dominadas (soviets) y que han tenido lugar particularmente en los países periféricos.

El destino del trotskismo a lo largo de este período de intensos conflictos de clases que siguió hasta el final de la Segunda Guerra fue dramático, una vez que el movimiento permaneció incapaz de romper su aislamiento y popularizarse como referencia política. Al contrario, los trotskistas pasaron por un creciente proceso de fragmentación, en gran parte influenciado por las agudas polémicas internas. La fragmentación tuvo naturaleza organizativa y política, dando origen a una serie de “troncos históricos”, a partir de los cuales las vertientes pasaron a diferenciarse, siendo muy difícil definir qué es el trotskismo en los días de hoy.

El objetivo de este artículo es lanzar alguna luz sobre la larga crisis del movimiento trotskista internacional entre 1944 y 1963, presentando un mapeo de algunas de las transformaciones de su marco teórico-programático ante los complejos desafíos políticos de la posguerra – particularmente a partir de la expansión soviética en el Este Europeo, de las Revoluciones Yugoslava, China, Cubana y del proceso de independencia argelino – transformaciones que involucraron una creciente diferenciación de análisis y posicionamientos, con base en (re) lecturas divergentes acerca del tema. 

 

Las narrativas predominantes y la cuestión del “revisionismo pablista” 

 

Son raros los trabajos que abordan la historia del movimiento trotskista desde su ámbito internacional. Los pocos que lo hacen, escriben, en gran parte, tentativas de “historias oficiales” de determinado “tronco histórico”, buscando legitimar su existencia frente a los demás. Frecuentemente, tales narrativas están repletas de omisiones o distorsiones, además casi no presentan fuentes suficientes como para basarse. No obstante, son ellas las que son utilizadas con mayor frecuencia como referencia por investigadores que se dedican a escribir la historia de los varios grupos nacionales que componían y/o componen el movimiento trotskista – lo que ha sido el formato más usual de las investigaciones académicas sobre el asunto.

Independientemente de las diferencias entre esas narrativas, para explicar el comienzo de la crisis y la fragmentación del trotskismo, suele predominar el período 1951-53 y las divergencias surgidas ante las revoluciones que ocurrieron en la secuencia de la Segunda Guerra Mundial, con destaque para la querella en torno al llamado “pablismo” (o “revisionismo pablista”). Es a partir de la ruptura ocurrida en 1953 que usualmente son estructuradas las dos explicaciones y líneas narrativas principales, que disputan la memoria e historia del trotskismo.

Michel Pablo, pseudónimo de Michalis Raptis, fue un dirigente encumbrado en la dirección internacional por intermedio del SWP, tornándose el Secretario General de la Cuarta Internacional en 1946. El período 1951-53 en el interior de la organización fue marcado por intensos conflictos en torno a las posiciones que este dirigente presentó en el contexto de la Guerra Fría, bien como los métodos utilizados por él para consolidarlos en el interior de la Cuarta Internacional, patentados por maniobras burocráticas basadas en “nuevos estatutos”. Estos métodos incluyeron, en particular, la imposición del “centralismo de organismo” a las minorías de los órganos dirigentes, la interferencia de la dirección internacional en la composición de los liderazgos nacionales, la suspensión de opositores, el fomento de tendencias desleales, etc.

Conforme se detallará más adelante, suponiendo que una inminente Tercera Guerra Mundial forzaría las direcciones comunistas orientadas por la URSS a efectuar un “giro revolucionario”, Pablo defendió, teniendo como base una división entre “mundo capitalista” y “mundo socialista”, la transformación del trotskismo en un “ala izquierda” del stalinismo. Porque su orientación concluía por la disolución de los trotskistas en el interior de los Partidos Comunistas, acompañada del “enmascaramiento” de su programa político (movimiento que quedaría conocido por “entrismo sui generis”). De esa forma, Pablo y sus aliados más próximos adoptaron posiciones que se alejaban de algunos de los presupuestos más básicos de la razón de ser de la Cuarta Internacional, en particular la política de diferenciación con relación a organizaciones caracterizadas como reformistas o stalinistas, como forma de llevar adelante revoluciones socialistas victoriosas; y la idea de que la regeneración democrática de la URSS sería resultado de una “revolución política” esencialmente anti-stalinista y pro-socialista2.

Las divergencias con esas ideas y con los métodos utilizados por Pablo para imponerlas culminaron en 1950, en la expulsión de dirigentes trotskistas ingleses (Ted Grant, Jock Haston y Bill Hunter), y en 1952, en la ruptura de la mayoría de la sección francesa (Parti Communiste Internationaliste, PCI) con relación a la Cuarta Internacional3. En el período posterior a la realización del 3º Congreso Mundial de la Cuarta Internacional (1951), en el cual las posiciones “pablistas” fueron formalmente aprobadas, el choque entre la mayoría (“pablistas”) y la minoría (“anti-pablistas”) creció al punto de haber culminado, a fines del año 1953, en nuevas rupturas. Este proceso dio origen a una fracción pública nombrada por Comité Internacional (CI) y que no reconocía la autoridad de Pablo y del Secretariado Internacional (SI, entonces el órgano dirigente máximo de la Cuarta Internacional).

Lanzado por el SWP de los EEUU, el CI contó con los expurgados franceses (PCI La Verité) y la mayoría del grupo inglés (denominada The Club, nombre informal del grupo que actuaba en el interior del Labour Party de forma no pública); de la mayoría de la sección canadiense; de las secciones china y suiza; y, posteriormente, de grupos de Argentina, Chile y Perú agrupados en el Comité Latino Americano del Trotskismo Ortodoxo (más tarde rebautizado “Secretariado”, SLATO). También se aproximó al CI, mas sin adherir formalmente, la escisión de la sección boliviana liderada por Guillermo Lora (POR Masas).4

No habiendo tenido éxito inmediato en su intención de posponer el 4º Congreso Mundial (previsto para 1954) y remover a Pablo del cargo de Secretario General, para que las discusiones pudieran darse democráticamente, el CI se mantuvo formalmente en la condición de fracción pública hasta 1963, cuando parte de sus miembros retornaron a la Cuarta Internacional, originando lo que pasó a ser conocido como Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional (SU). Frente al surgimiento del SU, los demás grupos de la fracción, que ya completaban diez años de existencia, respondieron proclamando al CI como embrión de un nuevo “partido internacional”, que vendría a sustituir la Cuarta Internacional, considerada “degenerada” por ellos.

De ese proceso de disidencia entre los miembros del CI, surgieron dos narrativas históricas. Las líneas narrativas asociadas al sector recién retornado al SI de Pablo (rebautizado de SU) afirman que la realidad de la posguerra habría presentado formas “no puras” de revoluciones, que diferían de aquellas defendidas originalmente en la Cuarta Internacional y en la elaboración original sobre la transición al socialismo contenida en la teoría de la revolución permanente de Trotski. Mientras el sector mayoritario de la dirección internacional habría hecho las adaptaciones programáticas necesarias a esos fenómenos, el sector minoritario habría actuado de forma dogmática y sectaria, al negarse a lidiar con aquello que escapaba a sus fórmulas pre-concebidas. El retorno de parte de los sectores del CI, en 1963 (formando el SU) era visto como un proceso de “corrección de la política”, en particular después de las experiencias de las revoluciones argelina (1954-62) y cubana (1959-60), fenómenos muy importantes para esta reaproximación.

Esa línea se expresa, por ejemplo, en las narrativas escritas por Pierre Frank y Daniel Bansaïd, ambos importantes dirigentes del SI / SU, cuyas obras consisten en una evaluación de la historia del movimiento trotskista desde el punto de vista del sector mayoritario de esas organizaciones. A pesar de sus pequeñas diferencias sobre cuáles fueron los éxitos y los errores en relación con las posiciones y los análisis adoptados durante los años 1950-60 – diferencias que fluyen del giro del SU en los años 1980 (su adhesión explícita a una estrategia de transición socialista a través de reformas) – siguen siendo verdaderas “historias oficiales”, difundidas por diferentes grupos vinculados a ese sector del movimiento trotskista internacional.5 Ya las líneas narrativas asociadas a los grupos del CI que no optaron por participar de la formación del SU, ven la “corrección política” realizada por el sector mayoritario de la dirección internacional como un “revisionismo” nocivo, que diluía la importancia del partido marxista como el elemento consciente necesario al triunfo de la revolución socialista, y que la llevó a capitulaciones oportunistas. Ese revisionismo frecuentemente llamado “pablismo” y que habría sido impuesto a la Cuarta Internacional en forma de maniobras burocráticas y de interferencia autoritaria en la vida interna de sus secciones nacionales – habiendo forzando la ruptura de los críticos, como una forma de poder continuar trabando su lucha política oposicionista. Así, la salida de parte de los grupos del CI para formar el SU en 1963 es vista por algunos como una “capitulación” tardía al “revisionismo pablista”.

Esa línea se expresa, por ejemplo, en la narrativa escrita por David North, que constituye una evaluación de la historia del movimiento trotskista desde el punto de vista del sector del CI que originalmente estaba asociado con su grupo inglés, lo cual se convirtió en el dominante después de 1963, permaneciendo así hasta mediados de los años 1980. También se expresa parcialmente en narrativas asociadas a grupos que pasaron por las filas del CI en algún momento, como lo escrito por Jean-Jacques Marie, que es el principal historiador de la tradición “lambertista”, y los escritos de Mercedes Petit y Alicia Sagra, ambas asociadas a la tradición “morenista”.6

Cabe señalar que hay otras líneas narrativas de menor visibilidad, como la asociada con la tradición de Tony Cliff (pseudónimo de Yagel Gluckstein) y la revista International Socialism. Según su explicación, el origen de la crisis del movimiento trotskista está enraizado en la adhesión “dogmática” a ciertos pronósticos hechos por Trotski (particularmente la inminencia de una revolución mundial) y, sobre todo, a su caracterización de la URSS como un “Estado obrero” (burocráticamente degenerado) – cuando en realidad, de acuerdo con Cliff, se trataba de una formación social de tipo “capitalismo de Estado”. La aplicación de esa categoría, de “Estado obrero”, a las formaciones sociales originadas por las revoluciones de la posguerra condujo, según Cliff, a una capitulación al stalinismo y a un abandono de la noción marxiana de la revolución social como “auto-emancipación del proletariado”. Por lo tanto, el SS / SU, como el CI, según esa línea narrativa, se perdieron analítica y programáticamente debido a su adhesión al trotskismo de antes de la guerra. De esta manera, la tradición “cliffista” frecuentemente se presenta más como un “retorno” al marxismo que como trotskista. Esta línea narrativa se expresa, por ejemplo, en los escritos del propio Cliff y en el del actual líder del presente grupo principal “cliffista”, el SWP inglés (que no debe confundirse con el SWP estadounidense), Alex Callinicos.7

Por más que todas esas líneas narrativas contengan elementos de verdad sobre las disputas que llevaron a la creciente fragmentación del movimiento trotskista, ellas son muy marcadas por omisiones, distorsiones, explicaciones superficiales y presentan poca documentación. Lo que correctamente todas tienen en común, es el reconocimiento de la centralidad de las revoluciones de posguerra para la crisis del movimiento trotskista, una vez que sus peculiaridades escapaban a la “regla” prevista en las elaboraciones originales. Sin embargo, como el SU se presentaba como la continuación directa de la Cuarta Internacional, la crisis del movimiento trotskista era vista por sus miembros como meras rupturas aisladas de grupos “sectarios”. Ya por parte de sus críticos, que buscaban afirmar que el sector mayoritario de ese movimiento “se perdiera”, bien como diferenciarse de las demás divisiones, hay muchos artículos y folletos con un foco casi exclusivo en la cuestión del “revisionismo pablista”. A pesar de haber sido centrales en las disputas que provocaron la escisión de 1953, las ideas más particulares de Pablo tuvieron impacto temporal limitado.

Ya a mediados del año 1954, con el enfriamiento del clima de intensa polarización internacional entre URSS y EEUU y, consecuentemente, de los discursos radicales asumidos por algunos PCs al rededor del mundo en los años anteriores, él se vio en dificultades para sustentar sus previsiones de una inminente Tercera Guerra Mundial y de un “giro revolucionario” por parte de las direcciones stalinistas.8

Además de eso, es importante destacar que los análisis y posicionamientos delineados por muchos “anti-pablistas” tenían elementos fundamentales en común con las de aquellos que ellos mismos denunciaban como “revisionistas”. Teniendo tales hechos en vista, es problemático que se reduzca la crisis del trotskismo al “revisionismo pablista” y a los embates del período 1951-53 – como si Pablo y sus aliados más próximos, bajo el impacto de los complejos desafíos políticos de la posguerra, hubiesen sido los únicos en realizar una profunda relectura del marco teórico-programático original del movimiento trotskista o, por otro lado, como si sus adversarios fuesen meramente “sectarios”, que no habían entendido tal coyuntura.

El cuadro verdadero es mucho más complejo. El estudio cuidadoso de la historia del movimiento trotskista en la posguerra demuestra que una profunda confusión teórica y analítica se propagó entre sus miembros, sorprendidos ante la vitalidad de las direcciones comunistas alineadas con la URSS ante las masas europeas al fin de la guerra, por la expansión soviética en el Este Europeo y por la eclosión de procesos revolucionarios que lograron expropiar política y económicamente a las clases dominantes en algunos países, estableciendo nuevas formaciones sociales no capitalistas, sin que tuviesen por delante, partidos que los trotskistas consideraban socialistas revolucionarios. Así, para comprender de forma más profunda la crisis de ese movimiento, es esencial que se vaya más allá del conflicto en torno a las ideas más particulares de Pablo. Es necesario detectar los elementos que componen el “núcleo” de tales ideas, habiéndolas originado y a ellas sobrevivido a lo largo de las décadas siguientes, cuando las previsiones más inmediatas de Pablo se mostraron equivocadas. Sólo así se puede tener noción de las (re) lecturas operadas por él y por otros en relación a determinados aspectos centrales en el marco teórico-programático original del movimiento trotskista, como una tentativa de responder a esos nuevos y complejos fenómenos de la lucha de clases.

De la misma forma, es esencial que se vaya más allá de la comprensión de los opositores de Pablo como simples negadores de sus ideas más particulares y se analice de manera más detenida la forma de cómo ellos mismos comprendían el contenido de este marco – y cómo es que algunos de ellos también operaron considerables (re) lecturas. Sin que se proceda de esta manera, es imposible que se comprenda como surgieron tantos “trotskismos” tan diferentes unos con otros a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

A partir del análisis de diversas fuentes, comprendidas en el período de 1944-63, la conclusión a la que se llegó es que en realidad ambos lados operaron relecturas de aspectos centrales de determinado marco original, en la tentativa de comprender y posicionarse ante revoluciones que entonces ocurrían, dotadas de importantes peculiaridades frente a aquello que se esperaba a partir de la teoría de la revolución permanente. Y, en muchos aspectos, compartieron determinadas relecturas, todavía llegando a diferentes conclusiones prácticas. Así, para comprender de forma más profunda cómo el trotskismo llegó a la actual fragmentación y considerable diferenciación, se hace necesario mapear sus análisis y debates sobre las revoluciones de la posguerra. Tales análisis y debates lidiaban principalmente con la caracterización de la fuerza política que estuvo al frente de las revoluciones victoriosas del período, esto es, si el stalinismo era contrarrevolucionario “de pies a cabeza”; si poseía una naturaleza “dual” y “contradictoria”; si se había tornado “objetivamente revolucionario” bajo las condiciones de la Guerra Fría. Lidiaban también con el sentido de la teoría de la revolución permanente – si un postulado sobre la imposibilidad de revoluciones socialistas en las cuales los trotskistas no fuesen el sujeto político y el proletariado el sujeto social; si era una teoría que habría sido plenamente “confirmada” por los eventos de la posguerra; si era una teoría que necesitaría ser “actualizada” o “corregida” a la luz de esos eventos. Y lidiaban todavía con la transición al socialismo – si era posible (y/o necesario) un régimen “intermediario”, de transición entre capitalismo y dictadura del proletariado. Por más que esto ocurriera inmediatamente después a la posguerra, importantes polémicas habían sido llevadas a cabo por los trotskistas, los debates en torno de esos tres puntos, ocurridos a lo largo de los años 1948-63, que moldearon de forma más fundamental algunos de sus principales “troncos históricos” actualmente existentes. A lo largo de los años 1960-70 también fueron realizadas importantes discusiones (por ejemplo, acerca de la viabilidad de la “vía armada”), mas, en buena parte, el núcleo de esos “troncos” ya estaba determinado por sus análisis delineados a lo largo de los años anteriores. Y en gran parte, se puede afirmar lo mismo sobre la forma como ellos analizaron y se posicionaron ante las contrarrevoluciones (restauraciones capitalistas) ocurridas en el “bloque soviético” al final del siglo.

Sin embargo, cabe resaltar que también es imposible alcanzar una comprensión profunda acerca de la crisis del movimiento trotskista internacional sin una dimensión social de su historia. Así, es necesario reconocer que el presente trabajo no consigue explicar por entera la crisis del movimiento trotskista, siendo antes una contribución para tal tarea, que sigue en abierto. Al mapeo y a la sistematización de las diferentes (re) lecturas del marco teórico-programático original de la Cuarta Internacional, aquí presentados, que fueron hechas bajo el impacto de las revoluciones de la posguerra, se hace necesario sumar también un análisis detallado de las diferentes presiones que actuaban sobre (al menos) sus principales secciones nacionales de la posguerra – la norte-americana, la francesa y la inglesa – en el sentido de explicar mejor lo que originó esas diferentes (re) lecturas. Pero esa tarea necesita constituirse como una agenda para la articulación entre diferentes investigadores(as), no como un esfuerzo individual. 

 

El marco teórico-programático original y las peculiaridades de las revoluciones de la posguerra 

 

En la elaboración de su teoría de la revolución permanente, uno de los principales pilares teóricos de la Cuarta Internacional, Trotski concluía que era imposible la realización de una revolución democrático-burguesa en la época imperialista, debiendo ser realizadas las tareas nacional-democráticas a través de una ligación orgánica con las socialistas, teniendo al proletariado como sujeto social de la revolución y al partido marxista como sujeto político.

Esa conclusión se derivaba de la comprensión de la economía capitalista constituyendo una totalidad y del carácter desigual y acordado del desarrollo capitalista de ahí derivado. Pues las formaciones sociales de industrialización “tardía” o “hipertardía” fueron penetradas y moldeadas por los capitales imperialistas previamente existentes, de forma que sus burguesías nativas nacieron en situación de dependencia para con estos, bien como para con las viejas elites agrarias locales, con las cuales se mezclaron. Por lo tanto, esas burguesías no sólo no estarían interesadas en la implementación del programa nacional-democrático de las revoluciones burguesas “clásicas” (entendiéndose estas como, reforma agraria, independencia nacional y democracia), también serían estructuralmente incapaces de realizarlo. Entonces, le correspondería al proletariado realizar tales tareas – una vez que el campesinado fuera una clase heterogénea para ser capaz de una acción política independiente. Mas, al hacerlo, se contrapondría directamente con los intereses de esa burguesía y de los capitales imperialistas, necesitando expropiarlos para efectivamente implementar tal programa. De esa forma, las demandas nacional-democráticas acabarían mezclándose con las socialistas en un proceso de transformación permanente – que inclusive precisaría continuar interna e internacionalmente después de la revolución, como parte de la transición rumbo al socialismo. Pero el proletariado, para ser victorioso en su acuerdo, necesitaría del firme liderazgo de un partido marxista, orgánicamente vinculado a tal clase.9

Por más que Trotski haya contemplado la posibilidad de que “bajo la influencia de una combinación de circunstancias excepcionales (guerra, derrota, quiebra financiera, ofensiva revolucionaria de las masas etc.), los partidos pequeño-burgueses, incluidos ahí los stalinistas, pueden ir más lejos de lo que querían en el camino de la ruptura con la burguesía”, continuó defendiendo la centralidad de la necesidad del protagonismo proletario y del partido marxista en la revolución – inclusive ante esos posibles casos excepcionales, que no deberían ser tomados como modelo. En sus palabras, “Todo depende del proletariado, es decir, de su vanguardia revolucionaria La crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria”.10

Trotski abordó, sin embargo, otra posibilidad excepcional de transformación social, en que el papel del sujeto político previsto en su teoría también sería relativizado en la práctica (pero no su necesidad). En el contexto de la división de Polonia entre Alemania y la URSS (1940), él levantó la posibilidad de una expansión “burocrático-militar” de la formación social soviética en sus regiones limítrofes, que culminó con la expropiación de la burguesía en esos países a partir de procesos tutelados, para que “el régimen de los territorios ocupados [estuviese] de acuerdo con el régimen de la URSS”. Pero advirtió que el criterio político central de la Cuarta Internacional para posicionarse ante tal posibilidad no debería ser la transformación de las relaciones de propiedad, mas sí “la mudanza en la consciencia y organización del proletariado mundial”.11

La mayoría de los procesos revolucionarios que tuvieron lugar en la posguerra ocurrieron en países de la periferia del sistema capitalista, en los cuales el proletariado urbano era poco numeroso – reflexionando una industrialización todavía incipiente – y en los cuales una masa asalariada rural, muchas veces mezclada a las camadas pobres de los campesinos, constituía todavía la mayor parte de la población. Todos comenzaron como procesos cuyas pautas eran nacional-democráticas, y no socialistas. Y, a pesar de sus particularidades, todos poseían una serie de peculiaridades en común que se contrastaban con lo previsto por la teoría de la revolución permanente, aunque la hayan confirmado en algunos de sus aspectos más generales. Ellos tuvieron, como sujeto social principal, la fuerza de trabajo rural. A penas en algunos casos minoritarios el derrocamiento del poder burgués fue acompañado de insurrecciones por parte del proletariado urbano – y, aun en esos casos, se desempeñó un papel secundario en el proceso general. Esa fuerza rural era compuesta de forma heterogénea por el proletariado rural, por pequeños propietarios productores y por una abundante masa de productores arrendatarios y de ex-campesinos recién-expropiados y socialmente desarraigados por el avance de las relaciones capitalistas en el campo.12 Y tuvieron en cuanto sujetos políticos, a organizaciones que no defendían en sus estrategias algo además del programa nacional-democrático, por lo cual el referido sujeto social se movilizó.

Tales sujetos políticos fueron Partidos Comunistas, cuya lógica etapista los hacía atribuir un carácter “democrático-burgués” a las revoluciones que deberían ocurrir en la periferia capitalista, no poniendo al socialismo en el orden del día, o grupos que ni siquiera proclamaban adhesión formal a ideas socialistas y a la centralidad del proletariado como sujeto social revolucionario, teniendo carácter nacionalista y fuerte peso de la intelligentsia urbana de corte pequeño-burgués en sus filas y liderazgos (como en el caso de la Revolución Cubana). Además, en la mayoría de tales procesos no hubo institución de órganos de poder político / autogobierno de las clases dominadas (soviets), siendo que, en los casos en que esos surgieron en algún momento, fueron violentamente suprimidos por el liderazgo del proceso (como en Vietnam). Hay algunos casos (como en Cuba o Yugoslavia) donde fueron creados (de arriba para abajo) órganos que se han presentado como poder político de las masas, pero que no tenían poder real de (o sobre el) gobierno.

Al final, aquellos procesos que no fueron aplastados en su nacimiento, formaron, en el momento inmediatamente posterior a la destrucción del Estado burgués, gobiernos de coalición con representantes de la burguesía nativa y mantuvieron jurídicamente la propiedad privada. Pero, no obstante, aquellos que de hecho realizaron (algunas) de las tareas nacional-democráticas que se proponían – una minoría de los casos – sólo lo pudieron hacer a partir de la ruptura de esa coalición de colaboración de clases y de la expropiación de los capitales nativos e imperialistas – y aquí está la referida confirmación de algunos de los aspectos generales de la teoría de Trotski.

Al liquidar al capitalismo, dieron lugar a formaciones sociales que, en sus aspectos estructurales más generales, bien como en sus regímenes políticos, eran muy similares a la URSS. Y fue solamente en ese segundo momento del proceso revolucionario que los respectivos liderazgos adoptaron discursos socialistas, y no más nacional-democráticos o nacionalistas. Tales casos excepcionales tuvieron lugar en Yugoslavia (1944-48), Albania (1944-45, ignorada por los trotskistas de la época), China (1949-53), Corea del Norte (1946-49), Vietnam (1950-51 y 1975), Cuba (1959-60) y Laos (1975). A estos procesos, debe agregarse la expansión de la URSS en Este Europeo al final de la Segunda Guerra (1944-48), que transformó las relaciones sociales de la región de forma burocrático-militar, a través de la ocupación del Ejército Rojo / Soviético.13

 

Las secciones a seguir presentan un mapeo de cómo diferentes grupos del movimiento trotskista internacional reaccionaron a parte de esos eventos (aquellos comprendidos entre 1944-63) y cuáles fueron las (re) lecturas operadas por ellos para analizar, explicar y posicionarse ante los mismos.14

 

El sector mayoritario: transición gradual al socialismo y autorreforma  del stalinismo

 

De parte del sector mayoritario del movimiento trotskista – el SI y SU, liderados a lo largo del período aquí analizado por Pablo, Mandel, Pierre Frank y Livio Maitan, no conformando siempre un bloque unido15 – los principales análisis, explicaciones y posicionamientos para tales eventos giraron en torno a la introducción en el marco teórico-programático original de las nociones de la posibilidad de una transición gradual entre capitalismo y dictadura del proletariado y de que tal transición podría ser operada por sujetos políticos no marxistas (trotskistas).

Inicialmente (a lo largo de 1944-48), movida por la caracterización del stalinismo como intrínsecamente contrarrevolucionario, la mayoría de las direcciones de la Cuarta Internacional negaron que el Este Europeo hubiera dejado de ser capitalista, habiendo afirmado las tesis del 2º Congreso Mundial (1948), que tal región tenía una “estructura fundamentalmente capitalista”, siendo sus Estados burgueses y dotados de regímenes bonapartistas “en forma extrema”. Pero, desde la Conferencia Internacional de 1946 se encaraba que tal región pasaba por una transformación gradual de las relaciones sociales, las cuales (se decía) estaban siendo realizadas “burocráticamente a partir del tope, sin llamar a la conquista del poder por el proletariado”, a través de una integración “fría” de aquellos países a la Unión Soviética. A ese proceso se le nombró asimilación estructural.16

Esa tesis, de una alteración gradual que todavía no se había completado, sólo fue alterada a mediados del año 1950, a partir del entusiasmo que tomaron sectores de la Cuarta Internacional ante la “ruptura Tito-Stalin” (junio de 1948), expreso en el apoyo acrítico a Tito y su régimen17. Pues la mayoría del Comité Ejecutivo Internacional (CEI – órgano deliberativo del cual el SI era el brazo operativo), en especial Pablo, evaluó que tal ruptura significaba que el PC yugoslavo había dejado de ser un partido stalinista y se había tornado “centrista de izquierda”, evolucionando rumbo a tornarse revolucionario. Y después de intensa disputa en el interior del liderazgo, principalmente entre Pablo (que se tornó favorable a la mudanza de la caracterización) y Ernest Mandel (otro militante conducido a la dirección internacional por el SWP, que mantenía su evaluación sobre el supuesto proceso incompleto de “asimilación estructural”), se aprobó en el 8º Plenario del CEI, de abril de 1950, la caracterización de Yugoslavia como un Estado obrero y una dictadura del proletariado. Siguiendo a esa mudanza, se aprobó en el 9º Plenario, de noviembre de 1950, la resolución que reconocía la destrucción del capitalismo en el Este Europeo como un todo y clasificando las demás formaciones sociales de la región como Estados obreros burocráticamente deformados.18 

Pero la explicación final para la transformación del Este Europeo incorporó la tesis gradualista de la “asimilación estructural”, encarando que esta había ocurrido a lo largo del período de 1944-48. De forma semejante, se encaró que hubo un período intermediario entre capitalismo y dictadura del proletariado en Yugoslavia, entre 1944 y la ruptura con Moscú y con los representantes burgueses del gobierno provisorio, en 1948.19 Llevando en cuenta también la experiencia de la Revolución China, la mayoría del liderazgo internacional pasó a encarar que un PC que rompe con Moscú y / o va más allá de su programa nacional-reformador deja de ser contrarrevolucionario, tornándose centrista, y rumbo a tornarse revolucionario, debiendo ser apoyado críticamente por los trotskistas20.

Posteriormente, esa lógica de “apoyo crítico” fue extendida a grupos nacional-reformadores pequeños-burgueses con influencias de masas, como en los casos argelino y cubano. Y, a pesar del MNR boliviano (Movimiento Nacionalista Revolucionario), que asumió ser el poder a partir de la revolución de 1952, una formación claramente burguesa, aunque con un grupo con fuerte influencia sindical, fue así caracterizado por el liderazgo internacional para justificar el apoyo a su gobierno de la sección local.

Para sustentar analíticamente esas posiciones, Pablo, Mandel y el sector mayoritario del liderazgo internacional realizaron una relectura de la expresión “Gobierno Obrero y Campesino” para explicar los gobiernos de coalición con elementos burgueses formados en un primer momento de esos procesos revolucionarios. Así, ella fue utilizada para designar un “doble poder” al interior del Estado y para apuntar como tarea para los trotskistas el “apoyo crítico” a tales gobiernos, con la perspectiva de “empujarlos” a la destrucción del capitalismo y a la formación de Estados obreros21.

O sea, ellos transformaron lo que antes era un slogan de agitación (tradicionalmente utilizado en el léxico bolchevique y trotskista como un sinónimo para dictadura del proletariado22) en un concepto de régimen de transición entre capitalismo y dictadura del proletariado, que podría avanzar en la expropiación de la burguesía o retirarse para la consolidación del poder de esta. Además de eso, lo utilizaron como base para conferir apoyo político a regímenes diversos. En el referido caso de la Revolución Boliviana, el Partido Obrero Revolucionario puso su influencia dentro de la Central Obrera Boliviana a servicio del “ala izquierda” del gobierno del MNR, llevando a resultados trágicos)23.

En la guerra de la independencia de Argelia (1954-62), se apoyó la FLN (Front de Libération Nationale) y su gobierno24. Además de eso, en relación a los regímenes criados por los procesos yugoslavos y chinos, tal sector negó que hubiese en ellos una ausencia cualitativa de democracia, concluyendo que poseían solamente “deformaciones burocráticas”, que podrían ser reformadas a partir de presiones de izquierda sobre sus liderazgos – donde no haya defensa de una revolución política. De esa forma, descartaron la necesidad de construcción de un partido trotskista independiente, apuntando, a lo más, la perspectiva de formación de un “ala izquierda” al interior del partido al frente del régimen.25

La misma lógica, basada sobre la posibilidad de una “autorreforma” del stalinismo, fue después aplicada al caso cubano (1959)26.

Por fin, a pesar de haber reconocido la preponderancia de la fuerza de trabajo rural en esos tres procesos (definida de forma simplista como “campesina”), tal grupo mayoritario los consideró pura y simplemente como revoluciones proletarias, las cuales habrían confirmado plenamente la teoría de la revolución permanente, indicando no haber diferencia cualitativa entre los resultados deseados por los trotskistas y aquellos concretamente realizados. Así, dichos procesos fueron tomados como modelos para una vía más fácil al socialismo – a despecho de su excepcionalidad numérica ante varias otras situaciones explosivas que ocurrieron en el mismo período y de la ausencia de democracia proletaria y de orientación internacionalista de los regímenes criados.

Cabe destacar que, durante cierto tiempo (1951-54), predominó entre la mayoría del liderazgo internacional el análisis más particular desarrollada por Pablo, según la cual una inminente Tercera Guerra Mundial forzaría al stalinismo a operar un “giro revolucionario” mundo afuera, como forma de asegurar la sobrevivencia de la burocracia soviética. Además, esta supuestamente sería disuelta gradualmente luego de la revolución mundial, como fruto directo del desarrollo de las fuerzas productivas.

Luego, Pablo derivó la perspectiva de que el papel del trotskismo sería el de ser un “ala izquierda” de ese stalinismo tornado “objetivamente revolucionario”, inclusive adentrando los PCs a través del ocultamiento de partes de su programa y de su propia identidad trotskista (el “entrismo sui generis”, aplicado con resultados desastrosos en lugares como China).27

A pesar de que esas ideas más particulares de Pablo, comúnmente designadas por sus críticos del “revisionismo pablista”, hayan tenido vida corta (debido a la detención de mediados de los años 1950), ellas comparten el núcleo básico por detrás de las (re) lecturas operadas por ese sector mayoritario del movimiento. Núcleo caracterizado por la noción de que sujetos políticos “imperfectos” (stalinistas o “centristas”) pueden ser llevados a dirigir una revolución socialista, si son presionados por determinadas condiciones objetivas, debiendo los trotskistas apenas “guiarlos” y “empujarlos” para la izquierda, en lugar de intentar constituir un liderazgo alternativo de masas. Y también de que las burocracias de los Estados obreros de la posguerra podrían “autorreformarse” rumbo a una genuina democracia proletaria28.

Así, si no se puede hablar de “pablismo” para designar de forma precisa tal sector (una vez que las ideas más particulares de Pablo tuvieron vida corta), ciertamente se puede afirmar que él realizó una relectura de algunos de los puntos más esenciales de lo que era el trotskismo antes de la Segunda Guerra, originando una nueva estrategia. Esa estrategia fue formulada con base en la perspectiva de la posibilidad de que sujetos políticos “imperfectos” asciendan al poder vía movilizaciones de masas, formando “Gobiernos Obreros y Campesinos”, siendo “empujados” a crear Estados obreros. Ante lo que los trotskistas quedarían reducidos a un papel secundario, no deseando más el objetivo central de la Cuarta Internacional cuando refiere a su fundación – de ser la solución para la “crisis de dirección” del proletariado. Esa estrategia perduró hasta el giro reformista del SU, en los años 1980.

 

Los “anti-pablistas”: ausencia de análisis alternativos 

 

Los auto titulados “trotskistas ortodoxos”, o “anti-pablistas” – los sectores que inicialmente compusieron el Comité Internacional, como el SWP de los EEUU, la Socialist Labour League inglesa (SLL, nombre que asumió el The Club al dejar el Labour Party), el PCI-La Verité francés y el Secretariado Latinoamericano del Trotskismo Ortodoxo (SLATO) de Nahuel Moreno (pseudónimo de Hugo Bressano) – a pesar de su ruptura con los que los consideraban “revisionistas”, mantuvieron los mismos análisis desarrollados por ellos para explicar la transformación del Este Europeo y las Revoluciones Yugoslava y China. Esto es, PCs que dejaron de ser stalinistas por ir más allá de su programa nacional-reformista; existencia de regímenes transitorios entre capitalismo y dictadura del proletariado; posibilidad de revoluciones exitosas lideradas por sujetos políticos “imperfectos” y sujetos sociales no proletarios. Inclusive, compartieron momentáneamente el entusiasmo con Tito y el PC Yugoslavo (asunto acerca del cual los tres realizaron zigzags29). Por lo tanto, no contestaron de forma decisiva a la perspectiva de una nueva estrategia de transformación social gradual y liderada por no marxistas (trotskistas), adoptando posturas contradictorias sobre el tema. Pues, por un lado, no presentaron análisis alternativos a aquellos del sector mayoritario, por otro lado denunciaron, a partir de momentos diferentes, lo que veían como un “liquidacionismo” de los “pablistas” en relación al stalinismo, combatiendo la propuesta del “entrismo sui generis” y recusándose al “apoyo crítico” de los gobiernos chinos y yugoslavo, defendiendo, al contrario, la necesidad de una revolución política para instaurar una democracia proletaria, por considerar a ambos como Estados obreros burocráticamente deformados.

Fue esa la base de la formación del CI, en 1953 – sumada a la oposición a los métodos burocráticos de Pablo y de sus aliados (también se expresa a partir de momentos diferentes de cada uno).30 Mas algunos – como el SWP y SLATO – por no haber producido análisis alternativos para los casos del Este Europeo, Yugoslavia y China, llegaron a conclusiones semejantes a las de la mayoría del SI frente a procesos como el argelino – de “apoyo crítico” primero al MNA (“Movimiento Nacionalista Argelino”) y después a la FLN – y el cubano – de “apoyo crítico” al Movimiento 26 de Julio (M26J). Así, consideraron que tales fuerzas serían capaces de traer el socialismo a dichos países a partir de la construcción de “Gobiernos Obreros y Campesinos” que, posteriormente, se transformarían en Estados obreros. De ahí la reaproximación de esos sectores con el SI, que formó el SU en 1963.31

El SWP, bajo el liderazgo de Joseph Hansen en los años 1960, fue más allá, y se tornó cada vez más “castrista”, en el sentido de que su defensa de la Revolución Cubana y su apoyo político al régimen castrista se transformaron en su centro gravitacional, a punto que el partido paulatinamente haya abandonado a la defensa de una internacional trotskista y del propio trotskismo: a lo largo de la primera mitad de los años 1980, entonces bajo el liderazgo de Jack Barnes, el SWP pasó a defender la formación de una nueva internacional encabezada por las fuerzas castristas, a través del abandono de la teoría de la revolución permanente y su substitución por la perspectiva estratégica de construir “Gobiernos Obreros y Campesinos” en todo el mundo, como el primer paso necesario para la construcción de una dictadura del proletariado.32

Ya desde el SLATO, Nahuel Moreno realizó una síntesis que se presentaba como una revisión / actualización de la teoría de la revolución permanente y profesaba una estrategia de revolución en dos fases – una primera “inconsciente” (febrero) y una segunda “conscientemente socialista” (octubre). En la primera fase, marcada por el programa nacional-democrático y por la formación de gobiernos de coalición con la burguesía nativa, los trotskistas deberían apoyar los liderazgos “inconscientemente revolucionarios” del proceso e inclusive fundirse con ellos en la forma de un “Frente Único Revolucionario”, a fin de que fuesen más allá de su programa y rompiesen con la burguesía, permitiendo la transición para la segunda fase (socialista).33

Más tarde, a mediados de los años 1980, Moreno adjuntó a su revisión / actualización la noción de “revolución democrática triunfante”, según la cual la mudanza de régimen político dentro del Estado burgués constituye una “revolución de febrero” y, consecuentemente, puede ser la antesala de la revolución socialista. Siendo que tal proceso sería posible de tener como sujeto social a la burguesía liberal y como sujeto político a miembros del alto escalón del aparato militar burgués (como en el caso del General Bignone, en la transición argentina de 1983).34

A su vez, otros grupos del CI – como la SLL inglesa (liderada por Gerry Healy, Michael Banda y Cliff Slaughter) y el PCI-La Verité francés (liderado por Stéphane Just y Pierre Lambert) – a pesar de tampoco haber desarrollado análisis alternativos a aquellos heredados del período 1944-53, y de haber apoyado el MNA como siendo el “ala socialista” de la Revolución Argelina35, ante el caso cubano se contrapusieron a lo que vieron como una “capitulación” del SWP / SLATO / SI al M26J.

Ante la aproximación de sectores del CI con el SI, ellos pasaron a defender que la teoría de la revolución permanente significaba que una revolución sólo puede ocurrir bajo el liderazgo de un partido socialista revolucionario (trotskista). Sin embargo, el hecho de que ellos no desarrollaron explicaciones alternativas para los análisis gradualistas de los procesos revolucionarios anteriores hizo con que tuvieran dificultades en explicar el caso cubano, habiendo negado que ocurrieron mudanzas sociales cualitativas y afirmado que el país permanecía siendo una formación social capitalista. En ese sentido, la SLL caracterizó el gobierno del M26J como una “dictadura bonapartista capitalista” y el PCI como un “gobierno burgués fantasma” – siendo que ese modificó su caracterización después de casi dos décadas, en 1979, para “Estado obrero deformado”, cuyo origen fue explicado por la noción gradualista contenida en el nuevo concepto de “Gobierno Obrero y Campesino”.36 

 

Los análisis alternativos de algunos “anti-pablistas” olvidados

 

Existían otras posiciones entre los ni un poco homogéneos auto titulados “trotskistas ortodoxos” / “anti-pablistas”. Algunos sectores minoritarios – frecuentemente ignorados por la Historia – presentaron no sólo posicionamientos diferentes, sino que también análisis alternativos para las revoluciones de la posguerra. Fue el caso del sector mayoritario del Revolutionary Communist Party inglés (RCP), el único sector de la Cuarta Internacional que, en los años 1940, se enfrentó primero con la caracterización del Este Europeo como siendo capitalista y después con las nuevas tesis y relecturas desarrolladas para explicar la transformación de este y de Yugoslavia según una lógica gradualista (y también se enfrentó con el apoyo a Tito).

Luego de años de duros enfrentamientos con el liderazgo internacional, que demandaba un “entrismo profundo” del RCP en el Labour Party y que llegó a escisionar al grupo (desde ahí el origen del The Club), fue disuelto en 1949, tornándose parte del The Club, al interior del Labour Party, y tuvo su liderazgo original expurgado. Fue también el caso de dos tendencias que surgieron en momentos diferentes al interior del SWP de los EEUU, la “Tendencia Vern-Ryan” (del sectorial de Los Ángeles) y la “Tendencia Revolucionaria” (de los sectoriales de New York y de la Bay Area de San Francisco), que contestaron las credenciales “ortodoxas” y “anti-pablistas” del liderazgo del partido (James Cannon, Joseph Hansen, Murry Weiss, Farrel Dobbs). La primera, entre 1950-54, criticó la tesis gradualista utilizada para explicar los procesos del Este Europeo, Yugoslavia y China y el apoyo político dado a los dirigentes de esos dos últimos países, además de haberse opuesto a la línea adoptada ante la Revolución Boliviana, considerándola como “colaboración de clases”. Y la segunda, entre 1961-63, criticó el apoyo político al régimen cubano del M26J, la reaproximación acrítica del SWP con el SI y la política de no disputar el movimiento por los derechos civiles de los negros y negras y, al contrario, apoyar sus liderazgos no socialistas revolucionarios. No habiendo coexistido, lo que se puede afirmar, es que esos grupos gozaban de posicionamientos centrales en común, algunos de los cuales, inclusive, “heredados” de aquellos que los precedieron – posicionamientos que presentaban lecturas diferentes tanto de los trotskistas mayoritarios del SI / SU, como de los que supuestamente combatían el “revisionismo” de estos, desde una posición “ortodoxa” (SLL y PCI)37.

El RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” criticaron la idea – inicialmente defendida por Mandel en 1948-50 y, después, por los “anti-pablistas” en los años 1950 – de que el stalinismo sería intrínsecamente contrarrevolucionario, afirmando que esta era un abordaje “unilateral” y que era de ella que venía la “capitulación” por parte de los “pablistas” (por considerar que un PC que dirige una revolución deja “automáticamente” de ser contrarrevolucionario) y criticaron la negación – por parte de los supuestos “trotskistas ortodoxos” / “anti-pablistas” – de las mudanzas sociales que tuvieron lugar las revoluciones dirigidas por los stalinistas (por considerar que era imposible una revolución sin marxistas / trotskistas como su sujeto político). De forma semejante, la “Tendencia Revolucionaria” criticó la afirmación de los supuestos “ortodoxos” que permanecieron en el CI después del año 1963 de que no habían ocurrido cambios sociales cualitativos en consecuencia de la Revolución Cubana.

En contraposición, rescataban los análisis de Trotsky sobre el “carácter dual” de la burocracia soviética para explicar lo que había ocurrido en el Este Europeo. Ya para explicar las Revoluciones Yugoslava y China, la “Tendencia Vern-Ryan” extendió esa caracterización del stalinismo al plano internacional, considerándolo centrista, al paso que la “Tendencia Revolucionaria” simplemente apuntó la posibilidad excepcional de un partido no-socialista revolucionario con base de masas y dirección pequeño-burguesa para dirigir una revolución, conforme ya constaba en el Programa de Transición (1938). Además, el RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” negaron, vía la teoría de la revolución permanente, la posibilidad de existencia de regímenes sociales intermediarios entre capitalismo y dictadura del proletariado, apuntando que lo que ocurrió en las revoluciones de la posguerra fueron expropiaciones políticas “inconscientes” (no socialistas, mas deseosas de una conciliación imposible con la burguesía y el imperialismo), las cuales luego precisaron adentrarse en el terreno de las expropiaciones económicas para evitar la contrarrevolución (o fueran derrotadas por su vacilación en hacerlo). Y, aunque la “Tendencia Revolucionaria” haya recorrido al concepto de “Estado/régimen transitorio” para analizar el caso cubano, similar a la relectura de “Gobierno Obrero y Campesino” del sector mayoritario, los tres grupos negaron la posibilidad de transformaciones sociales anticapitalistas graduales. De esa manera, el RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” analizaron la transformación del Este Europeo como fruto de una expansión burocrático-militar de la URSS, que expropió políticamente a la burguesía ya en 1944, aunque a penas en 1948 la haya eliminado formalmente del gobierno.

Según sus análisis, habría ocurrido una transformación cualitativa luego del fin de la guerra, no un proceso gradual de mudanza social. Y, los tres grupos, consideraron los procesos yugoslavos, chinos y cubanos como casos excepcionales, en los cuales la lógica objetiva forzara liderazgos no socialistas revolucionarios a ir más allá de sus programas, pues necesitaron expropiar política y económicamente las burguesías nativas y capitales imperialistas no apenas como única forma de realizar las demandas nacional-democráticas deseadas por las masas, pero esencialmente como forma de asegurar su existencia física en un contexto de guerra civil. Sin embargo, encararon que los liderazgos de los procesos que efectivamente expropiaron la burguesía no deberían ser apoyadas por los trotskistas, pues ellas habrían originado Estados obreros burocráticamente deformados, con un liderazgo contrario a la expansión internacionalista de la revolución y, efectivamente, contrarrevolucionario en el plan internacional. En base a esto, defendían la perspectiva de formación de partidos marxistas (trotskistas) capaces de liderar una revolución política para la instauración de regímenes de genuina democracia proletaria. Y no veían tales procesos como un modelo o regla que demandase una nueva estrategia revolucionaria, habiendo apuntado a la existencia de otros numerosos casos donde el camino seguido fue lo contrario – esto es, de la conciliación con la burguesía y el imperialismo a cuesta de las demandas nacional-democráticas y, consecuentemente, del socialismo.

Además, la “Tendencia Vern-Ryan” señaló el caso de la Revolución Boliviana de 1952 como prueba de que los “anti-pablistas” compartían las mismas desviaciones metodológicas fundamentales de los “pablistas”, puesto que tuvieron la misma posición y tuvieron responsabilidad compartida por la línea del POR. De ahí que las convergencias prácticas que ellos han tenido acerca del “apoyo crítico” al gobierno de coalición formado por el MNR (e incluso de manera más abierta, al “ala izquierda” de ese partido), lo que hizo con que la lucha por el poder proletario eliminada del orden del día.38

A pesar de esas importantes diferencias con los autodenominados “trotskistas ortodoxos”, cabe resaltar que esos sectores no cuestionaron la noción de que los sujetos sociales de muchos procesos revolucionarios de la posguerra fueron “campesinos pobres”, habiendo fallado igualmente en detectar las importantes mudanzas por las cuales pasó la fuerza de trabajo rural como consecuencia de la profunda expansión de capitales imperialistas para la periferia capitalista en la posguerra. Y fallaron también en detectar la participación proletaria en eses procesos – participación esa reducida, pero presente en el momento crucial de las expropiaciones económicas.

 

Otros dos análisis: Ted Grant (RSL / IMT) y Tony Cliff (IST)

Por último, deben ser mencionadas otras dos (re) lecturas. La que desarrolló Ted Grant durante los años 1960-70, cuando estaba la Revolutionary Socialsit Legue inglesa (RSL, después de su expulsión del The Club, en la secuencia de la disolución del PCR), y mantenida durante los años 1990, cuando él fue expulsado de la RSL y creó la International Marxist Tendency (IMT). Abandonando el análisis y las explicaciones que se desarrolló cuando en el liderazgo del PCR, Grant explicó las revoluciones de la posguerra a través del concepto de bonapartismo proletario, según el cual las “guerras campesinas” ocurridas en los países semi-coloniales, si fueran triunfantes, crearían regímenes bonapartistas basados en los “ejércitos campesinos” utilizados contra el Estado colonial. Esos regímenes se enfrentarían, entonces, con dos alternativas: la lucha contra la burguesía nativa y el imperialismo para lograr las tareas nacionales-democráticas, originando “Estados obreros bonapartistas”, o la represión de sus bases en un pacto con esas fuerzas, originando “Estados burgueses bonapartistas”.39

Aunque Grant veía a esos “Estados obreros bonapartistas” como “aberraciones temporales” y defendía la necesidad de revoluciones políticas para implementar regímenes de democracia proletaria, la fragilidad de los criterios subyacentes a esta tesis (la idea de que es posible una transición hasta un “Estado obrero” por opción de una burocracia sin vínculos de clase) lo llevó a reconocer “Estados obreros bonapartistas” en varios casos diferentes de conflictos militares ocurridos en la periferia capitalista, como Siria, Camboya, Angola, Mozambique, Etiopía, Somalia, Myanmar, Afganistán… y la lista continúa.40

En épocas más recientes, esta tesis llevó al IMT a un gran entusiasmo con el llamado “socialismo bolivariano”, teniendo su figura principal, Alan Wood, sirviendo como “consultor político” de Hugo Chávez durante muchos años. Ya Tony Cliff (también ex miembro del RCP inglés, expulsado de la Cuarta Internacional en 1950) – y la actual International Socialist Tendency (IST), que reivindica su herencia política –rechazó el concepto de “Estado obrero” para definir a la URSS, caracterizándola, en 1947, como una formación social de tipo capitalista de Estado, y argumentó que reconocer que “Estados obreros” se originaron en la posguerra por una vía que no era la de “la auto-emancipación del proletariado” llevaría necesariamente al “liquidacionismo pablista”. Por lo tanto, a principios de los años 1960, Cliff desarrolló la tesis de la revolución permanente desviada para explicar las revoluciones de la posguerra – una reinterpretación / actualización de la teoría de la revolución permanente según la cual, en ausencia de un liderazgo socialista revolucionario y de una movilización del proletariado urbano, algunos procesos de “guerra campesina” liderados por una intelligentsia urbana pequeño-burguesa y “estatista” habrían originado Estados burgueses independientes del imperialismo y basados en un sistema de capitalismo de Estado. En otras palabras, revoluciones burguesas-democráticas peculiares, las cuales habrían sido posibles a causa de la pérdida de importancia de las colonias por el imperialismo bajo un régimen de acumulación capitalista de tipo “guerra permanente” y la debilidad política coyuntural del proletariado en esos países.41

 

Conclusión 

 

Ciertamente la historia del movimiento trotskista internacional no termina con la reunificación parcial de 1963 y la formación del SU – esa apenas encierra uno de sus capítulos y abre otro nuevo. Mas, a pesar de los debates y análisis tejidos por los diferentes grupos acerca de eventos posteriores (en especial los debates sobre la vía guerrillera), componer parte esencial de esa historia, el marco teórico-analítico y programático utilizado por ellos y aquí presentado, fue fundamental.

Salvo excepciones puntuales, los debates que van de 1963 al final de los años 1970 no son propiamente teóricos, mas son concernientes centralmente a cómo aplicarlo debidamente, en el transcurrir de intensos conflictos de clases, aquellas ideas anteriormente formuladas entre 1944-63. Los desarrollos posteriores de ese movimiento, que culminaron en su creciente división organizativa, también están menos ligados a debates nuevos que a viejos debates aplicados a nuevos casos, bastante similares a aquellos “originales”, que constituyeron las matrices interpretativas elaboradas por cada grupo / “tronco histórico”. Así, sin descartar la importancia del período que va desde la reunificación de 1963 a los nuevos eventos explosivos de los años 1980 – las contrarrevoluciones capitalistas dentro del “bloque soviético”, las cuales constituyen todavía un nuevo capítulo decisivo de la historia del trotskismo – se puede afirmar que lo esencial para comprender ese primer largo capítulo de la posguerra (1944 a fines de la década de 1970) se encuentra en los debates y disputas ocurridas a lo largo de los años 1940-1960.

Conforme se vio, las revoluciones de la posguerra ocasionaron entre los trotskistas de la época una serie de diferentes relecturas acerca del marco teórico-programático original del movimiento, las cuales no siempre fueron explícitas. Sin embargo, los dos polos principales que se formaron, los cuales acabaron por consolidarse en 1953 en la forma de una Cuarta Internacional desfalcada y de un débil Comité Internacional con supuestas funciones de fracción pública, estaban lejos de ser bloques homogéneos y defensores de análisis y posicionamientos diametralmente opuestos, como dan a entender las diferentes narrativas todavía predominantes hoy en día.

Bajo las diferentes y poderosas presiones de producir respuestas para eventos políticos inesperados, al mismo tiempo en que se encontraban altamente aislados ante las fuerzas que pudieron superarlos internacionalmente en términos de visibilidad e influencia, la mayor parte de los trotskistas acabó por distanciarse del sofisticado marco teórico-analítico heredado de la preguerra, en especial de las contribuciones personales de León Trotsky.

Bajo tales presiones, sumadas a las presiones particulares a que cada grupo trotskista estaba sometido en su país, ellos substituyeron la necesidad del “análisis concreto de la situación concreta” por la pronta aplicación de diferentes fórmulas casi mecánicas, enyesando así tal contenido. Sin tomar en cuenta esos diferentes análisis y posicionamientos, fruto de presiones diversas, mas, sobretodo, de la necesidad de comprender fenómenos inesperados y en cierta medida genuinamente nuevos, es imposible entender cómo el trotskismo acabó por fragmentarse en “troncos históricos” muy distintos unos de otros. En gran parte, es de esos análisis y posicionamientos que vienen los orígenes de buena parte de ellos. Pero el rescate de los debates ocurridos en el seno del movimiento trotskista internacional y el mapeo del aspecto teórico-programático de su trágica crisis representan apenas un primer paso para comprenderla. Se debe, pues, tener en mente que es imposible llegar a una comprensión más profunda acerca de esa crisis sin una dimensión social de la historia de ese movimiento, siendo el presente trabajo apenas una contribución para la tarea de rescatar el internacionalismo proletario que la Cuarta Internacional intentó concretizar. Rescate que, tanto del punto de vista historiográfico, como político, continúa siendo realizado. 

 

(Artículo tomado de la Revista Izquierdas: http://www.izquierdas.cl/images/pdf/2017/n36/art1.pdf)

 

(Imagen: manifestación del partido Comunista Revolucionario del Reino Unido, IV Internacional, 1947)

John Reed: la Rusia Soviética actual

La Rusia Soviética vive, en la actualidad, un mo mento hermoso. Se suceden, uno tras otros, claros días de sol. Los campos lucen magníficos con centenares de variedades de flores silvestres.

Por cualquier lugar que se pasa en tren, parece que cada pulgada del rico país estuviese cultivada. Desde la arruinada Estonia, dirigida por especuladores, donde los campos permanecen sin cultivo y las chimeneas de las fábricas se mantie nen sin humo, donde la gente harapienta corre junto al tren pidiendo limosnas. Cruzar la frontera hacia la Rusia Soviética es como entrar en una tierra fértil y bien administrada. Por todas partes crecen las verdes siembras, en ocasiones asciende el humo de la leña con que trabajan algunas fábricas, pero lo más significativo es el aspecto de la gente: nadie bien vestido, pero tampoco en harapos; nadie sobrealimentado, pero tampoco con la apariencia del que sufre. ¡Y los niños! Este es un país pa ra niños, fundamentalmente. En cada ciudad, en cada aldea, los niños tienen sus propios comedores públicos en los que la comida es mejor, y más abundante, que para los adultos. Sólo el Ejército Rojo recibe una alimentación tan buena. Los niños no pagan su comida; las ciudades los visten en forma gratuita; para ellos son las escuelas, las colonias infantiles, las mansiones de los terrate nientes dispersas sobre toda Rusia; para ellos son los teatros y conciertos: los in mensos y suntuosos teatros estatales, atestados de niños desde la platea hasta el paraíso.

La Rusia soviética por John Reed

En honor a ellos, Tsarkoye Selo —la aldea del Zar, la Aldea de los Palacios— ha sido rebautizada Dietskoye Selo, la Aldea de los Niños; cien mil pasan el verano allí. Las calles están llenas de niños felices.

Ahora los obreros de las fábricas reciben sus dos semanas de vacaciones con salario completo. Se realizan excursiones de trabajadores de una ciudad a otra para ver el país y confraternizar con sus camaradas. En la oficina de Melnichansky, se cretario de los sindicatos moscovitas, vi una delegación de obreros de Petrogrado que se hallaba de vacaciones y que venía a hacer los arreglos para visitar el Kremlin. En las islas situadas en la desembocadura del Neva, donde los millonarios y nobles poseían sus villas de veraneo —una especie de Newport petrogradense—, dieciséis casas palaciegas llenas de cuadros, tapices y esculturas, un casino-club, un teatro, y un embarcadero han pasado a ser un centro vacacional para los trabajadores de la ciudad. Estos cenan sobre manteles de damasco blanco y con servicio de plata. Los jardines están repletos de flores.

Esto no quiere decir que en la Rusia Soviética todo esté bien, que la gente no padezca hambre, que no haya miseria y enfermedades y una lucha de sesperada e interminable.

El invierno fue más terrible de lo que nadie pue da imaginarse. Nadie sabrá jamás lo que tuvo que pasar Rusia. En ocasiones el transporte quedó casi interrumpido, y la cantidad de locomotoras inutilizadas era cada vez mayor que las reparadas. De nuevo había, y hay, suficientes víveres en los almacenes provinciales para alimentar bien a todo el país por dos años, pero no podían transportarse. Petrogrado estuvo sin pan durante semanas y semanas. Lo mismo sucedió con el combustible, con las materias primas. El ejército de Denikin ocupaba las minas de carbón del Don y los pozos petroleros de Grosny y Bakú. El Volga, por supuesto, estaba congelado, y nevadas inusitadamente fuertes —siete pies de nieve en una tormenta— bloqueaban la vía férrea. El suministro de madera —único combustible de que se disponía— falló a principios del invierno: las razones que produjeron esta dificultad fueron varias: entre ellas, el hecho de que, bien por desorganización o por sabotaje, los troncos derribados no fue ron desplazados por los ríos en la primavera, sino que se mantuvieron amontonados en las orillas hasta que el agua tuvo muy poca profundidad.

La Rusia soviética por John ReedEn las grandes ciudades como Moscú y Petrogrado el resultado fue espantoso. Las casas carecieron de calefacción todo el invierno. Las personas se helaban en sus habitaciones. La luz eléctrica era intermitente —durante varias semanas en Moscú no hubo luces en las calles— y los tranvías se arrastraban con dificultad —en Moscú todos dejaron de funcionar al mismo tiempo. A Tchicherine se le congelaban las manos, ateridas, mien tras trabajaba en el Comisariado de Asuntos Exteriores, y Krassin laboraba en un cuarto con una ventana rota, enfundado en un abrigo de piel y con sombrero y guantes.

En enero fui a Serpukov, centro de una gran industria textil de la que hablaré en otra oportunidad. Serpukov es un esforzado pueblo rural, en el que existen enormes fábricas textiles y que se proyecta hacia el campo a través de una sucesión de aldeas en forma de cerco a cuyo alrededor hay otras textileras, a una distancia de treinta verstas.

La situación de los veinticinco o treinta mil obre ros textiles en Serpukov y sus alrededores resultaba increíble. El tifus azotaba la región; en la fábrica de Kontchin moría diariamente un trabajador. A fin de impedir la especulación por parte de los campesinos y centralizar e igualar la distribución de alimentos, en el verano se había promulgado un decreto en el que se le prohibía a la población de la ciudad que realizaran viajes particulares al campo en busca de comida; el gobierno se responsabilizaba de suministrar una ración de terminada para los trabajadores. Pero, con excepción de los niños, inválidos y empleados del Soviet, el gobierno había sido incapaz de facilitar pan al resto de la población de esta región por un período de seis meses. En el otoño, el Soviet local autorizó a cada una de las fábricas a que enviase una delegación, de noche, a las aldeas, y corrieran los riesgos de pasar provisiones a escondidas de los soldados de guardia.

Los obreros se desmayaban de debilidad junto a las máquinas.

Como yo era el primer comunista extranjero que visitaba Serpukov, el comité local del Partido convocó una reunión de los delegados de los comités de fábrica de toda la región, y me invitaron a hablar.

La Rusia soviética por John ReedLa reunión tuvo lugar en una gran sala pintada de blanco, que había sido el “Club de Nobles” y don de, en la actualidad, radicaban las oficinas centrales del Soviet. Una vieja lámpara de keroseno humeaba en la mesa del orador y arrojaba una luz tenue sobre los rostros y las ropas raídas de los asistentes. Algunos de ellos habían venido cami nando por la profunda nieve, con un panecillo en el bolsillo, desde fábricas situadas en el campo a veinte verstas de distancia. Sus pies se hallaban en vueltos en trapos. Una vez que la reunión hubie se concluido, retornarían a sus hogares igual que habían venido: andando en medio del cruento frío. Muy pocos eran miembros del Partido Comunista. Me dieron la bienvenida levantándose y cantando “La Internacional”; esta canción, en Rusia, no ha lle gado a convertirse en una ceremonia vacía; para ellos cada una de sus palabras tiene un significado verdadero, y cuando los saludaba en nombre de los revolucionarios norteamericanos, un joven delgado se puso de pie de un salto y gritó en forma apa sio nada:

—De los trabajadores de Serpukov llévele este mensaje a nuestros hermanos en América. Durante tres años los obreros rusos han es tado derramando su sangre por la Revolución; no por nuestra propia Revolución, sino por la Revolución Mundial. Dígales a nuestros camaradas norteamericanos que, día y noche, esperamos escuchar el sonido de sus pasos viniendo en nuestra ayuda. Pero dígales también que no importa lo mucho que tarden, nosotros nos mantendremos firmes. Los trabajadores rusos nunca desistirían de su Revolución. Morimos por el socialismo, al que tal vez jamás habremos de ver.

El tifus, la fiebre intermitente y la influenza pululaban entre los obreros y, entre los campesinos que no podían conseguir sal, la pelagra azotaba aldeas enteras. La constitución física de las personas, socavada por la semiinanición durante más de dos años, no podía resistir más. La política de bloqueo llevada a cabo de modo consciente por los Aliados contra Rusia en lo tocante a medicinas, causó la muerte de millares de personas. No obstante, el Comisariado del Pueblo encargado de la salud organizó un grandioso servicio de atención sanitaria, una red de departamentos de asistencia médica bajo el control de los soviets locales en toda Rusia, en lugares donde nunca había habido médicos —incluso médicos del Zemstvo. Cada municipio se enorgullece de contar, por lo menos, con un hospital nuevo; y por lo general con dos o tres. Los médicos eran y son movilizados para prestar este servicio que es, por supuesto, gratuito. Aparecen, por doquier, cientos de miles de carteles de brillantes colores que, por me dio de cuadros, le enseñan al pueblo cómo evitar las enfermedades, además de instarlo a mantener limpias sus casas, aldeas y sus propios cuerpos. En Moscú se inauguró una gran Exposición de Maternidad de todas la Rusias, dirigida a mostrarle a las mujeres cómo cuidar de su bebé durante el embarazo y después de su nacimiento. Posteriormente, esta exposición viajó por toda Rusia, hasta las aldeas más remotas. En cada pueblo y ciudad hay hospitales gratuitos de maternidad para las mujeres trabajadoras, en los que pasan las ocho semanas antes y después del parto, recibiendo el sueldo completo, y se les instruye acerca del cuidado de los niños. También en cada pueblo, además de los dispensarios gratuitos —cuyo número es alrededor del décuplo de los que existían bajo el zar—, hay consultas especiales para las mujeres lactantes. Allí se hace todo en favor de la infancia. En la se mi hambrienta Alemania los niños nacen raquíticos y crecen deformados; en la semihambrien ta Rusia, los niños son reyes.

La Rusia soviética por John ReedLa tarea más gigantesca de todas, mayor aún que la labor de construir, organizar, adiestrar, apertrechar, alimentar y transportar el Ejército Rojo, es la de educarlo, como jamás ha sido educado ejército alguno.

Existen escuelas para oficiales rojos, centenares de escuelas, en las que mediante un curso urgente de seis meses, en el caso de los soldados, y de un año, en el de los civiles, se preparan varios millares de “comandantes” jóvenes e inteligentes; en el Ejército Rojo existe un solo grado de oficial, el de Comandante, ya sea de una compañía o de un cuerpo de ejército. El grueso de estos oficiales cadetes está compuesto por obreros elegidos por sus organizaciones, o por campesinos jóvenes que son escogidos por sus aldeas.

Como es lógico, muchos de los instructores técnicos de estas escuelas son antiguos oficiales del zar, militares profesionales. En los ejercicios de graduación en la Academia del Estado Mayor General —todos los graduados de las escuelas para oficiales son miembros del Estado Mayor General— su cedió un incidente que no puede ocurrir en ninguna otra es cuela militar de la tierra. Uno de esos viejos profesores, mientras daba una charla acerca del “Arte de la Guerra”, alabó el militarismo al estilo de Treitschke.

Podvoisky, representante del Partido Comunista y del Comisariado de Guerra, se puso de pie inmediatamente.

—¡Camaradas estudiantes! —gritó—, me opongo al espíritu de la última frase. Es cierto, es necesario aprender el arte de la guerra, pero sólo para que ésta pueda desaparecer para siempre. El Ejército Rojo es un ejército de paz. Nuestra insignia, nuestra estrella roja con la hoz y el martillo, muestra cuál es nuestro propósito: la construcción, no la destrucción. Nosotros no hacemos soldados profesionales, no los que re mos en nuestro Ejército Rojo. Tan pronto hayamos aplastado la contrarrevolución, tan pronto la revolución internacional haya puesto un fin definitivo al imperialismo, entonces arrojaremos nuestras armas y espadas, se abolirán las fronteras y olvidaremos el arte de la guerra.

La parte más importante del Ejército Rojo es el departamento político cultural. Éste está integrado por comunistas, y se halla bajo la dirección del Partido Comunista. Todos los comisarios políticos pertenecen al Polit-Otdiel, como suele llamársele. Cada unidad cuenta con su comisario comunista, quien debe reportarle diariamente al comisario de la unidad superior un informe acerca de la moral de los soldados, las relaciones entre el ejército y la población civil, el trabajo de propaganda comunista en las filas, cualquier descontento entre los soldados, añadir las causas que lo motivan, etcétera. En cada unidad, los comunistas forman un grupo separado dentro de la compañía, regimiento o brigada; encabezan el combate, for talecen la moral de los soldados por medio de la propaganda y el ejemplo y educan a los soldados desde el punto de vista político. Además de toda esta labor, el Polit-Otdiel imparte clases de lectura y escritura y de educación técnica elemental, así como entrenamiento vocacional; es to se lle va a cabo hasta en las trincheras en las líneas del frente. Los actores y actrices del Gran Teatro, el Teatro de Arte, se trasladan al frente para que representen, ante los soldados, las obras maestras del drama ruso. También se llevan al frente los cuadros de las grandes galerías, y se efectúan exposiciones y conferencias en los círculos para soldados. A estos últimos se les proporcionan grandes cantidades de literatura. Se les enseñan juegos como el rugby. Los soldados, a su vez, están creando su propio movimiento teatral: escriben y representan obras realizadas por ellos mismos, principalmente acerca de la Revolución, que está llamada a convertirse en una epopeya nacional, en una especie de espectáculo vasto y eterno que se extiende por todas las aldeas de Rusia.

La Rusia soviética por John ReedLos resultados son notables. La mayor parte del ejército, como es natural, la integran campesinos más o menos ignorantes. El campesino, por lo general, entra en el ejército a regañadientes, a menos que viva en un lugar en el campo que hubiese estado ocupado por los guardias blancos, o lo bastante cerca del frente como para saber lo que están haciendo, en cuyo caso se presenta voluntariamente. Y en esas con diciones, como un rústico maldispuesto e ignorante, incapaz de leer y escribir, desconocedor de los motivos de la guerra pasa a formar parte de las filas. Seis meses después, por regla general, ya puede leer y escribir, sabe algo de teatro, literatura y arte rusos, comprende las razones por las que se lucha, combate con furia por la defensa de la “patria socialista” y entra cantando en las ciudades capturadas bajo las banderas rojas. En resumen, se ha desarrollado un revolucionario con conciencia de clase. Más del cuarenta por ciento del Ejército Rojo sabe leer y escribir, y toda la Marina Roja.

La derrota de Denikin, la determinación de la paz con Estonia, parecieron señalar el término de la Guerra Civil. Parecía que había llegado el momento de respiro tan ardientemente esperado, la oportunidad para la Rusia Soviética de lanzar todas sus fuerzas a la tarea de la reconstrucción económica.

En lugar de desmovilizar los ejércitos, los transformaron —y mantuvieron su organización intacta— en Ejércitos del Trabajo, y los pusieron a realizar diversas labores. Uno de ellos fue dedicado a la reparación de los puentes destruidos por Kolchak y a reconstruir las vías férreas que corrían rumbo al este; otro se ocupó de las líneas de transporte arruinadas por Yudenitch; un tercero asumió la responsabilidad de cortar y transportar madera en los bosques del norte; otro dirigió su atención al distrito industrial de los Urales, e incluso, otro más fue enviado a ayudar a los campesinos que habitan las márgenes del Volga en la preparación de las tierras para la siembra de primavera.

La Rusia soviética por John ReedEsta política no fue adoptada sin que mediara alguna oposición. Se discutió durante semanas en los soviets locales de todos los lugares, en las delegaciones sindicales y comités del Partido y en la prensa. Al principio hubo bastante resistencia al plan. Los soldados se hallaban agotados por dos años de continuo combate: querían regresar a sus hogares; los sindicatos tenían ciertos resabios de sentimientos contrarios al trabajo obligatorio militarizado. Fue necesaria la clara explicación del propio Lenin: que ésta no era una cuestión de la probable explotación de los trabajadores por parte de los intereses privados, sino simplemente un plan mediante el cual po dría concentrarse la fuerza de trabajo máxima para salvar la vida del pueblo ruso, para salvar los soviets, la Revolución. Y, al mismo tiempo, mantener intacta la organización del Ejército Rojo, a fin de estar prevenidos contra un posible ataque a traición; ataque que, de hecho, los polacos lanzaron poco después. De ahí que, a la postre, el plan fuese respaldado en todas partes, incluso en el ejército mismo. El Tercer Ejército, en los Urales, publicó una proclama dirigida a los obreros y campesinos en la que declaraba que su tarea militar había concluido y que se dirigía al “frente laboral”, y reclamaba el honor de ser llamado Primer Ejército Rojo del Tra bajo, con Trotsky como su presidente. Otros le siguieron. A la cabeza de esos ejércitos se situa ban los hombres más populares de Rusia. En cada reunión, en cada periódico, se hablaba de los hechos de los Ejércitos del Trabajo. La prensa publicaba a diario “comunicados del frente in cruento”, que daban a conocer la labor realizada. En una con versación que sostuve con Lenin, éste admitió que los Ejércitos del Trabajo eran un experimento y que si resultaban impopulares se desistiría de los mismos, ya que era imposible lograr que los hom bres hicieran un trabajo eficiente si no querían.

Pero donde le llevamos ventaja al resto del mundo —expresó— es en que podemos ex perimentar, podemos probar cual quier pro yecto que deseemos y, si no sirve, podemos cambiar de idea y probar cualquier otro. Los trabajadores saben que, al menos el Partido Comunista, que controla los soviets, es un partido revolucionario de la clase obrera, que lu cha contra la explotación capitalista en beneficio de ellos. Los trabajadores confían en nosotros.

Los Ejércitos del Trabajo realizaron una cantidad extraordinaria de tareas. En seis semanas reconstruyeron el gran puen te de acero sobre el río Kam, destruido por Kolchak, y con ello restablecieron la ruta directa hacia Siberia —se calcula que esa obra le habría llevado por lo menos tres o cuatro meses a un contratista burgués—. Trabajaban cantando, con un entusiasmo indescriptible, mientras una gran banda militar tocaba a la orilla del río. Repararon la vía férrea hasta Yamburg. Cortaron millones de pies de madera para las ciudades. Acometieron con tanta energía el restablecimiento del transporte que el número de locomotoras re paradas, que durante más de un año había estado descendiendo cada vez más en comparación con las defectuosas, pasó el punto “muerto” y comenzó a subir.

Las ciudades se habrían aprovisionado de víveres y madera para el invierno, la situación del transporte habría sido me jor que nunca antes, la cose cha habría llenado los graneros de Rusia hasta hacerlos reventar, si los polacos y Wrangel —respaldados por los Aliados— no hubiesen arrojado súbitamente sus ejércitos de nuevo contra Rusia, para exigirle el cese de toda reconstrucción de la vida económica, la dejación del trabajo de transporte, el abandono de ciudades a medio abastecer de alimentos y madera, la concentración en el frente —una vez más— de todas las fuerzas del exhausto país. Nadie puede concebir los horrores que tendrán lugar en Rusia este invierno, porque las naciones de la Entente lanzaron sus mercenarios sobre ese suelo este verano. Pero será el último invierno difícil: los polacos están aplastados, los checoslovacos mantienen una actitud neutral, casi ofensiva, los rumanos asumen una posición muy conciliatoria y los Aliados se encuentran en bancarrota. Y, a pesar de todo lo que ha sucedido, la Revolución vive, arde con llama inextinguible que lame la armazón seca, inflamable, de la sociedad capitalista europea.

Texto incluido en el libro Rojos y rojas

En el centenario de la Revolución de Octubre

por David North //

Hace cien años, en la mañana del 7 de noviembre de 1917, el Comité Militar Revolucionario del Sóviet de Petrogrado, encabezado por León Trotsky, proclamó lo siguiente a los ciudadanos de Rusia.

El Gobierno Provisional ha sido derrocado. El poder estatal ha pasado a manos del órgano del Sóviet de Petrogrado de los Diputados de Obreros y Soldados, el Comité Militar Revolucionario, el cual dirige al proletariado y a la guarnición de Petrogrado.

¡La causa por la que ha luchado el pueblo —la oferta inmediata de una paz democrática, la abolición de la propiedad de tierra de los terratenientes, el control obrero de la industria y la creación de un Gobierno de los sóviets— ha quedado asegurada!

¡Viva la revolución de los trabajadores, soldados y campesinos!

Vladimir Lenin

Esa misma tarde, Lenin, quien tres meses antes había sido denunciado por el Gobierno Provisional burgués como un criminal, recibió una ovación estruendosa cuando salió de su escondite y entró en el salón donde se encontraban congregados los delegados soviéticos. Siendo testigo de los extraordinarios eventos de ese día, el periodista socialista estadounidense, John Reed, dejó una memorable descripción del líder bolchevique, “amado y reverenciado como quizás pocos líderes en la historia”. Escribe que Lenin fue un “líder extrañamente popular, un líder en virtud puramente de su intelecto”, que poseía “el poder de explicar ideas profundas en términos simples, de analizar una situación concreta. En combinación con su perspicacia, la máxima audacia intelectual”.

Al llegar al podio, Lenin comenzó su discurso ante los delegados presentes: “Camaradas, la revolución de los trabajadores y campesinos, sobre cuya necesidad han hablado siempre los bolcheviques, ha sido alcanzada”.

Ya que Rusia todavía utilizaba el viejo calendario juliano, el derrocamiento del Gobierno Provisional entró en la historia como la Revolución de Octubre. Sin embargo, a pesar de que Rusia iba trece días atrás de Europa Occidental y América del Norte, la toma de poder por los bolcheviques catapultó a Rusia, en términos políticos al frente de la historia mundial. La insurrección liderada por los bolcheviques fue la culminación de una lucha política que había comenzado ocho meses antes, en febrero de 1917, con la deposición de la autocracia zarista que había gobernado Rusia por más de trescientos años.

Marcha de las mujeres durante la Revolución de Febrero

El levantamiento de febrero-marzo 1917 desencadenó una batalla prolongada por la perspectiva política y el significado histórico de la revolución que se había desatado en Rusia. Los kadetes burgueses (Partido Democrático Constitucional), los reformistas mencheviques y los socialrevolucionarios que se basaban en el campesinado vieron la revolución en términos principalmente nacionales. El derrocamiento del régimen zarista, insistían, no había sido nada más que una revolución democrática nacional. Las tareas de la revolución se confinaban al reemplazo del régimen zarista por algún tipo de república parlamentaria, basada en la de Francia o de Reino Unido y dedicada a promover el desarrollo de la economía rusa sobre fundamentos capitalistas.

En la práctica, los kadetes, temiendo un levantamiento revolucionario y aborreciendo a las masas, se opusieron a cualquier cambio en las estructuras sociales que amenazara sus riquezas. En lo que corresponde a los mencheviques y socialrevolucionarios, sus programas reformistas excluyeron cualquier avance significativo contra la propiedad capitalista. Para ellos, tomarían décadas de desarrollo capitalista antes de incluso considerar una transición al socialismo como una posibilidad.

Dentro del marco de esta perspectiva, rechazaron inequívocamente el derrocamiento político de la clase capitalista y la toma del poder por parte de la clase trabajadora. La subordinación política de la clase trabajadora al dominio burgués significó un apoyo a la continuación de la participación rusa en el baño de sangre de la guerra mundial imperialista que había comenzado en 1914.

Antes del regreso de Lenin del exilio en abril de 1917, los principales dirigentes bolcheviques en Petrogrado, Lev Kámenev y Iósif Stalin, habían consentido a la subordinación del sóviet (consejo) obrero, bajo una dirección menchevique, al Gobierno Provisional. A raíz de esto, Kámenev y Stalin aceptaron el argumento que, tras traerse abajo el régimen zarista, la participación de Rusia en la guerra imperialista se había convertido en un combate democrático contra la autocracia alemana que debía contar con el apoyo de la clase obrera. Por consiguiente, los patentes intereses imperialistas de la burguesía rusa fueron maquillados con frases hipócritas sobre una “paz democrática”.

El regreso de Lenin a Rusia el 16 de abril conllevó a un cambio dramático de orientación en el Partido Bolchevique. En oposición a los aliados del Gobierno Provisional en el Sóviet de Petrogrado, incluyendo a una facción substancial de la dirigencia bolchevique, Lenin hizo el llamamiento de transferir el poder a los sóviets. Los fundamentos de esta demanda revolucionaria, que sorprendió tanto a los mencheviques como a los camaradas de Lenin en la cúpula bolchevique, consistían en una concepción profundamente diferente del significado histórico de la Revolución Rusa.

Una manifestación de soldados en febrero de 1917

Desde que comenzó la guerra mundial imperialista en agosto de 1914, Lenin había insistido en que ésta marcaba el comienzo de una nueva etapa en la historia mundial. La masacre desatada por la guerra surgió de las contradicciones globales del imperialismo capitalista. Las contradicciones del sistema imperialista, las cuales buscaban resolver los regímenes capitalistas mediante la guerra, iban a incitar una respuesta revolucionaria por parte de la clase trabajadora internacional.

Esta comprensión del contexto histórico y mundial de la Revolución Rusa formó la base de las políticas que iban a guiar al Partido Bolchevique después del regreso de Lenin, quien insistió en que esta Revolución tenía que ser entendida como el comienzo de la revolución socialista mundial. En el Séptimo Congreso del Partido Bolchevique en abril de 1917, aseveró:

El gran honor de comenzar la revolución le ha tocado al proletariado ruso. Pero, el proletariado ruso no puede olvidar que su movimiento y su revolución son sólo una parte del movimiento revolucionario del proletariado mundial que, por ejemplo, en Alemania está tomando más ímpetu con cada día que pasa. Sólo desde este ángulo podremos definir nuestras taras.

En los meses de abril a octubre, Lenin escribió cuantiosos artículos con los que empapó y elevó la conciencia de los miembros del partido y decenas de miles de obreros que leían los panfletos, periódicos y folletos bolcheviques con un entendimiento del carácter internacional de la revolución. Aquellos que afirman que la revolución bolchevique fue un “golpe de Estado” orquestado en secreto están simplemente ignorando el hecho de que las apelaciones de Lenin por una revolución socialista estaban siendo leídas, estudiadas y debatidas en las fábricas, los cuarteles y en las calles de todas las principales ciudades de Rusia.

En setiembre, sólo un mes antes de la toma del poder, el Partido Bolchevique publicó el panfleto de Lenin titulado Las tareas del proletariado en la presente revolución. No había nada ambiguo, mucho menos subrepticio, en la presentación de Lenin del programa y las intenciones del Partido Bolchevique. Con un nivel extraordinario de consciencia histórica, Lenin explicó la necesidad objetiva expresada en las políticas bolcheviques:

La guerra no ha sido engendrada por la voluntad maligna de los bandidos capitalistas, aunque es indudable que se hace sólo en interés suyo y sólo a ellos enriquece. La guerra es el producto de medio siglo de desarrollo del capital mundial, de sus miles de millones de hilos y vínculos. Es imposible salir de la guerra imperialista, es imposibleconseguir una paz democrática, una paz no impuesta por la violencia, sin derribar el Poder del capital y sin que el Poder del Estado pase a manos de otra clase, del proletariado.

Con la revolución rusa de febrero—marzo de 1917— la guerra imperialista comenzó a transformarse en guerra civil. Esta revolución ha dado el primer paso hacia el cese de la guerra. Pero sólo un segundopaso puede asegurar ese cese, a saber, el paso del Poder del Estado a manos del proletariado. Eso será el comienzo de la “ruptura del frente” en todo el mundo, del frente de los intereses del capital; y sólo rompiendo ese frente puede el proletariado redimir a la humanidad de los horrores de la guerra y asegurarle el bien de la paz de forma duradera.

Durante el periodo que siguió a las “Jornadas de julio” —marcadas por una brutal represión de la clase obrera a manos del Gobierno Provisional—, Lenin se vio obligado a ocultarse. León Trotsky, quien había regresado a Rusia en mayo y se unió rápidamente a la dirección del Partido Bolchevique, fue encarcelado. No obstante, fue dejado libre en setiembre, como consecuencia del fallido golpe de Estado contrarrevolucionario del general Kornílov. Luego, fue electo presidente del Sóviet de Petrogrado. En las semanas próximas, Trotsky emergió como el principal líder de las masas y orador de la revolución. Desempeñó el papel decisivo en la planificación estratégica y organización de la insurrección bolchevique.

León Trotsky

Sin lugar a dudas, hubo un elemento de genio en el liderazgo de Trotsky de la insurrección bolchevique. Sin embargo, el rol de Trotsky en la Revolución de Octubre surgió, al igual que el de Lenin, a raíz de un análisis sobre el lugar que ocupaba la Revolución Rusa en la historia mundial. De hecho, Trotsky, en la elaboración de su Teoría de la Revolución Permanente, fue el primero en prever, tan temprano como 1905, que la revolución democrática contra la autocracia zarista en Rusia evolucionaría necesariamente a una revolución socialista que conduciría a la transferencia del poder a la clase obrera.

El análisis de Trotsky desafiaba las afirmaciones de que las tareas políticas de la clase obrera eran determinadas por el atraso económico de Rusia, y que por ende “no estaba lista” para una revolución socialista. “En un país atrasado económicamente —escribió en 1905— el proletariado puede llegar al poder antes de que en un país con el capitalismo más avanzado”.

No obstante, ¿cómo iba a poder sostener su revolución la clase obrera? Trotsky, un largo tiempo antes de los eventos de 1917, escribió que la clase trabajadora,

“no tendrá ninguna alternativa más que conectar el destino de su control político, y, por ende, el destino de la revolución rusa en su conjunto, con el destino de la revolución socialista en Europa. Ese enorme poder estatal y político otorgado por un conjunto de circunstancias temporales en la revolución burguesa en Rusia se fundirá en las escalas de la lucha de clases de todo el mundo capitalista. Con el poder estatal en sus manos, la contrarrevolución detrás de sí y la reacción europea adelante, clamará hacia sus camaradas del mundo entero el viejo llamamiento para un último ataque: ¡Proletariados de todos los países, uníos!”.

*****

Para el mes de octubre de 1917, la pesadilla de la Primera Guerra Mundial ya había cobrado la vida de millones de soldados. Las noticias acerca de la insurrección bolchevique recorrieron la conciencia de las masas como una gran descarga eléctrica. La Revolución de Febrero fue un evento ruso, pero la Revolución de Octubre fue un acontecimiento que cambió el mundo. Lo que era meramente un “espectro” en 1847, existía ahora como un Gobierno revolucionario que tomó el poder con base en una insurrección de la clase obrera.

Rosa Luxemburgo, cuando escuchó acerca de la Revolución estando en prisión, le relató a una amiga en una carta que buscaba impacientemente en los periódicos para saber más de lo que acontecía en Rusia. Expresó dudas acerca de si la revolución iba a poder sobrevivir ante la oposición armada del imperialismo mundial; sin embargo, no dudó la enormidad del evento revolucionario, expresando admiración hacia lo que habían logrado Lenin y Trotsky, camaradas que había conocido muchos años antes. La insurrección encabezada por los bolcheviques, escribió, “es un acto mundial e histórico, cuyo ejemplo vivirá por eones”.

Rosa Luxemburgo

Muchos años después, celebrando el vigésimo quinto aniversario de la Revolución de Octubre, el líder trotskista estadounidense, James P. Cannon, rememoró el impacto de 1917 en los socialistas alrededor del mundo:

Por primera vez, concentrada en una acción revolucionaria, tuvimos una demonstración acerca del verdadero significado del marxismo. Por primera vez, aprendimos del ejemplo y las enseñanzas de Lenin y Trotsky y los líderes de la revolución rusa el significado verdadero de un partido revolucionario. Aquellos que recuerdan ese momento, cuyas vidas fueron soldadas a la revolución rusa, deben contemplarla hoy como la fuerza más inspiradora y aleccionadora que la clase oprimida mundial haya conocido.

La Revolución de Octubre figura entre los eventos más importantes y progresistas de la historia mundial. Forma parte de una cadena de eventos históricos-mundiales, como la Reforma protestante, la Revolución Estadounidense, la Revolución Francesa, que fueron grandes hitos en el desarrollo de la civilización humana.

El impacto global de la Revolución de Octubre es incalculable. Fue un acontecimiento que prendió la chispa de un movimiento de la clase obrera y de todas las masas oprimidas contra la explotación imperialista y la opresión imperialista. Es imposible pensar en alguna conquista política o social significativa de la clase obrera en el siglo XX, en cualquier parte del mundo, que no le deba una parte substancial de su realización a la Revolución Bolchevique. El establecimiento del Estado soviético fue el primer gran logro de la Revolución de Octubre. La victoria de los bolcheviques demostró en la práctica la posibilidad de una conquista del poder estatal por parte de la clase obrera, poniendo fin al dominio de la clase capitalista y organizando a la sociedad sobre una base no capitalista, sino socialista.

Mientras que la formación de la Unión Soviética fue el producto inmediato de la insurrección encabezada por los bolcheviques, no cubre por sí sola el significado histórico completo de la Revolución de Octubre. El establecimiento del Estado soviético en octubre de 1917 fue tan sólo el primer episodio de una nueva época de la Revolución Socialista Mundial.

Esta distinción histórica entre un episodio y una época es crítica para poder entender el destino tanto de la Unión Soviética como del mundo contemporáneo. La disolución de la URSS en 1991 marcó el final del Estado fundado en 1917, pero no marcó la conclusión de la época de la revolución socialista mundial. Esta disolución fue el resultado del abandono que inició a principios de la década de 1920 de la perspectiva socialista internacional sobre la cual se basó la Revolución de Octubre. El programa estalinista de socialismo en un solo país, promulgada por Stalin y Bujarin en 1924 fue un punto de quiebre en la degeneración nacionalista de la Unión Soviética. Como advirtió Trotsky, el nacionalismo estalinista, el cual encontró un apoyo político en la cada vez más grande élite burocrática, separó el destino de la Unión Soviética de la lucha por el socialismo mundial. La Internacional Comunista, la cual fue fundada en 1919 como un instrumento de la revolución socialista mundial, fue degradada y convertida en un brazo para la política exterior contrarrevolucionaria de la URSS. Las políticas embaucadoras y desorientadores de Stalin conllevaron a derrotas devastadoras para la clase obrera en Alemania, Francia, España y muchos otros países.

En 1936, Stalin comenzó su Gran Purga, que al cabo de cuatro años ya había exterminado físicamente a prácticamente todos los dirigentes del internacionalismo revolucionario dentro de la clase obrera y de la intelectualidad socialista. Trotsky fue asesinado en México en 1940.

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La disolución de la URSS en 1991 fue celebrada como una victoria trascendental del capitalismo global. Por fin, el espectro del comunismo y el socialismo había sido erradicado. ¡La historia había llegado a su fin! ¡La Revolución de Octubre estaba en ruinas! Por supuesto, tales proclamas no se basaban en un análisis detenido de los últimos 74 años. No se le prestó ninguna consideración a los enormes logros de la Unión Soviética, los cuales fueron más allá de su papel central en la derrota de la Alemania Nazi en la Segunda Guerra Mundial, incluyendo inmensos avances en las condiciones sociales y culturales del pueblo soviético. Aparte de los esfuerzos para borrar de la memoria colectiva todos los logros soviéticos, la falsificación principal de la historia del siglo XX ha sido definir el futuro del socialismo con una narrativa nacionalista de la Revolución de Octubre, en la cual se presenta la toma de poder bolchevique como un evento aberrante, ilegítimo e, incluso, criminal en la historia de Rusia. Por ende, la concepción original bolchevique acerca de lo acontecido en octubre tiene que ser ridiculizada o ignorada. No se le puede atribuir ninguna relevancia histórica ni política a la Revolución de Octubre.

Una unidad de la Guardia Roja en la fábrica Vulcán de Petrogrado durante la revolución

La vigencia de esta versión reaccionaria de los hechos, la cual tiene como objeto restarle a la Revolución toda legitimidad, importancia y honor, depende de una pequeña cosa: que el sistema capitalista mundial haya podido resolver y trascender las contradicciones que dieron origen a las guerras y revoluciones de siglo XX.

Es precisamente en este punto que colapsan todos los esfuerzos para desacreditar la Revolución de Octubre y todas las luchas futuras por alcanzar el socialismo. El cuarto de siglo desde la disolución de la URSS se ha caracterizado por una serie continua y cada vez más profunda de crisis sociales, políticas y económicas. Vivimos en tiempos de guerras perpetuas. Desde la invasión inicial estadounidense de Irak en 1991, el número de vidas acabadas por bombas y misiles estadounidenses en dicho país supera el millón. Ante el recrudecimiento de los conflictos geopolíticos, el estallido de una tercera guerra mundial es percibido como algo cada vez más inevitable.

La crisis económica del 2008 expuso la fragilidad del sistema capitalista mundial. Las tensiones sociales aumentan contra el trasfondo de los niveles de desigualdad más altos en un siglo. A medida que las instituciones tradicionales de la democracia burguesa no puedan aguantar el peso de los conflictos sociales, las élites gobernantes recurrirán cada vez más abiertamente a formas autoritarias de gobierno. La administración Trump es meramente una manifestación repugnante del colapso universal de la democracia burguesa. El papel que desempeñan las agencias militares, policiales y de inteligencia en la gestión del Estado capitalista se ha vuelto cada vez más explícito.

A lo largo de este año marcando el centenario, innumerables artículos y libros han sido publicados a fin de desacreditar la Revolución de Octubre. No obstante, el mismo tono histérico que predomina en estas denuncias desmiente sus afirmaciones de la supuesta “irrelevancia” de octubre, 1917. La Revolución de Octubre no es abarcada como un evento histórico, sino como una amenaza perdurable y contemporánea.

El temor que subyace estos ataques fue evidenciado por un libro publicado recientemente por el líder especialista en las falsificaciones históricas, el profesor Sean McMeekin, quien escribe:

Al igual que con las armas nucleares que tuvieron su origen en la época ideológica iniciada en 1917, el triste hecho acerca del leninismo es que, una vez que fue inventado no se puede deshacer. La desigualdad social siempre estará con nosotros, junto con el impulso bien intencionado de los socialistas para erradicarla… Si debemos aprender algo de los últimos cien años es que debemos fortalecer nuestras defensas y resistir a los profetas armados que prometen la perfección social.

En un ensayo publicado en el diario New York Times en octubre, el columnista Bret Stephens advierte:

Los esfuerzos para criminalizar el capitalismo y los servicios financieros también tienen resultados predecibles… Un siglo después, el bacilo [del socialismo] no ha sido erradicado y nuestra inmunidad hacia él todavía sigue siendo dudosa.

La ansiedad expresada en estas declaraciones no es infundada. Una nueva encuesta publicada muestra que, en la generación de “Millenials” (menores de 28 años de edad), un porcentaje mayor de porcentaje de jóvenes prefiere vivir en una sociedad socialista o comunista que en una capitalista.

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Durante este centenario, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional ha celebrado el aniversario de la Revolución de Octubre estudiando y explicando sus orígenes y significado. Realizó un trabajo histórico importante, siendo la única tendencia política en el mundo que representa el programa del socialismo internacional en el que se basó la Revolución de Octubre. La defensa de este programa está enraizada históricamente en la lucha librada por Trotsky —primero como líder de la Oposición de Izquierda y luego como fundador de la Cuarta Internacional— contra la traición y perversión nacionalista del programa y los principios de la Revolución de Octubre a manos de la burocracia estalinista. Al mismo tiempo de la lucha por defender todo lo alcanzado dentro de la Unión Soviética como resultado de la Revolución de Octubre, nunca asumió la forma de una adaptación, mucho menos de una capitulación, a las políticas reaccionarias del régimen burocrático.

Consecuentemente, la Cuarta Internacional es la expresión contemporánea del programa de la Revolución Socialista Mundial. En el periodo actual, marcado por la irresoluble crisis capitalista, este programa vuelve a adquirir una vigencia sumamente intensa. La Revolución de Octubre no vive en la historia, sino en el presente.

Llamamos a los trabajadores y jóvenes alrededor del mundo a construir la lucha por el socialismo mundial.

¡Viva el ejemplo de la Revolución de Octubre!
¡Construyamos el Comité Internacional de la Cuarta Internacional!
¡Avancemos hacia la Revolución Socialista Mundial!

 

Lenin: cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial

Informe pronunciado ante el IV Congreso de la Internacional Comunista el 13 de noviembre de 1922

Camaradas: En la lista de oradores figuro como el informante principal, pero comprenderéis que, después de mi larga enfermedad, no estoy en condiciones de pronunciar un informe amplio. No podré hacer más que una introducción a los problemas de más importancia. Mi tema será muy limitado. El tema Cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial es demasiado amplio y grandioso para que pueda agotarlo un solo orador y en un solo discurso. Por eso tomo únicamente una pequeña parte del problema: la “nueva política económica”. Tomo deliberadamente sólo esta pequeña parte a fin de familiarizaros con este problema, de suma importancia hoy, al menos para mí, ya que me ocupo de él en la actualidad.Así pues, hablaré de cómo hemos iniciado la nueva política económica y de los resultados que hemos logrado con ella. Si me limito a este problema, tal vez pueda hacer un balance en líneas generales y dar una idea general de él.

Si he de deciros, para empezar, cómo nos decidimos a adoptar la nueva política económica, tendré que recordar un artículo mío escrito en 19184. En una breve polémica de comienzos de 1918 me referí precisamente a la actitud que debíamos adoptar ante el capitalismo de Estado.

Entonces escribí:

“El capitalismo de Estado sería un paso adelante en comparación con la situación existente hoy en nuestra República Soviética. Si dentro de unos seis meses se estableciera en nuestro país el capitalismo de Estado, eso sería un inmenso éxito y la más firme garantía de que, al cabo de un año, el socialismo se afianzaría definitivamente y se haría invencible”.

Esto lo dije, naturalmente, en una época en que éramos más torpes que hoy, pero no tanto como para no saber analizar semejantes cuestiones.

Balance de Lenin sobre la revolución rusa

Así pues, en 1918 yo sostenía la opinión de que el capitalismo de Estado constituía un paso adelante en comparación con la situación económica existente entonces en la República Soviética. Eso parecerá muy raro, y puede que hasta absurdo, pues nuestra república era ya entonces una república socialista; entonces adoptábamos cada día con el mayor apresuramiento –quizá con un apresuramiento excesivo- diversas medidas económicas nuevas, que no podían calificarse más que de medidas socialistas. Y, sin embargo, pensaba que el capitalismo de Estado suponía un paso adelante comparado con aquella situación económica de la República Soviética y explicaba más adelante esta idea, enumerando simplemente los elementos del régimen económico de Rusia.

Estos elementos eran, a mi juicio, los siguientes: “1) economía campesina patriarcal, es decir, natural en grado considerable; 2) pequeña producción mercantil (en ella se incluye la mayoría de los campesinos que venden cereales); 3) capitalismo privado; 4) capitalismo de Estado, y 5) socialismo”. Todos estos elementos económicos existían a la sazón en Rusia. Entonces me planteé la tarea de explicar las relaciones que existían entre esos elementos y si no sería oportuno considerar alguno de los elementos no socialistas, a saber, el capitalismo de Estado, superior al socialismo.

Repito: a todos les parece muy raro que un elemento no socialista sea apreciado en más y considerado superior al socialismo en una república que se proclama socialista. Pero comprenderéis la cuestión si recordáis que nosotros no considerábamos, ni mucho menos, el régimen económico de Rusia como algo homogéneo y altamente desarrollado, sino que teníamos plena conciencia de que, al lado de la forma socialista, existía en Rusia la agricultura patriarcal, es decir, la forma más primitiva de agricultura. ¿Qué papel podía desempeñar el capitalismo de Estado en semejante situación?

Luego me preguntaba: ¿cuál de estos elementos es el predominante? Es claro que en un ambiente pequeñoburgués predomina el elemento pequeñoburgués. Comprendía que este elemento era el predominante; era imposible pensar de otro modo. La pregunta que me hice entonces (se trataba de una polémica especial, que no guarda relación con el problema presente) fue ésta: ¿qué actitud adoptamos ante el capitalismo de Estado? Y me respondía: el Capitalismo de Estado, aunque no es una forma socialista, sería para nosotros y para Rusia una forma más ventajosa que la actual. ¿Qué significa esto? Significa que nosotros no sobrestimábamos ni las formas embrionarias, ni los principios de la economía socialista, a pesar de que habíamos hecho ya la revolución social; por el contrario, entonces reconocíamos ya, en cierto modo: sí, habría sido mejor implantar antes el capital

Debo subrayar particularmente este aspecto de la cuestión porque considero que sólo partiendo de él es posible, primero, explicar qué representa la actual política económica y, segundo, sacar de ello deducciones prácticas muy importantes también para la Internacional Comunista. No quiero decir que tuviésemos preparado de antemano el plan de repliegue. No había tal cosa. Esas breves líneas de carácter polémico en modo alguno significaban entonces un plan de repliegue. Ni siquiera se mencionaba un punto tan importante como es, por ejemplo, la libertad de comercio, que tiene una significación fundamental para el capitalismo de Estado. Sin embargo, con ello se daba ya la idea general, imprecisa, del repliegue.

Estimo que debemos prestar atención a este problema no sólo desde el punto de vista de un país que ha sido y continúa siendo muy atrasado en cuanto a la estructura de su economía, sino también desde el punto de vista de la Internacional Comunista y de los países adelantados de Europa Occidental. Ahora, por ejemplo, estamos redactando el programa. Mi opinión personal es que procederíamos mejor si discutiéramos ahora todos los programas sólo de un modo general, tras la primera lectura, por decirlo así, y los imprimiéramos, sin adoptar ahora, este año, ninguna decisión definitiva. ¿Por qué? Ante todo, porque, naturalmente, no creo que los hayamos estudiado todos bien. Y, además, porque casi no hemos analizado el problema de un posible repliegue y la manera de asegurarlo. Y este problema requiere sin falta que le prestemos atención en un momento en que se producen cambios tan radicales en el mundo entero como son el derrocamiento del capitalismo y la edificación del socialismo, con todas sus enormes dificultades.

No debemos saber únicamente cómo actuar en el momento en que pasamos a la ofensiva directa y, además, salimos vencedores. A fin de cuentas, en un período revolucionario eso no es tan difícil ni tan importante; por lo menos, no es lo más decisivo. Durante la revolución hay siempre momentos en que el enemigo pierde la cabeza, y si lo atacamos en uno de esos momentos, podemos triunfar con facilidad. Pero esto aún no quiere decir nada, puesto que nuestro enemigo, si posee suficiente dominio de sí mismo, puede agrupar con antelación sus fuerzas, etc. Entonces puede provocarnos con facilidad para que lo ataquemos, y después hacernos retroceder por muchos años. Por eso opino que la idea de que debemos prepararnos para un posible repliegue tiene suma importancia, y no sólo desde el punto de vista teórico. También desde el punto de vista práctico todos los partidos que se preparan para emprender en un futuro próximo la ofensiva directa contra el capitalismo deben pensar ya ahora también en cómo asegurarse el repliegue.

Balance de Lenin sobre la revolución rusa

Yo creo que si tenemos en cuenta esta enseñanza, así como todas las demás que nos brinda la experiencia de nuestra revolución, lejos de causarnos daño alguno, nos será, probablemente, muy útil en muchos casos.

Después de haber subrayado que ya en 1918 considerábamos el capitalismo de Estado como una posible línea de repliegue, paso a analizar los resultados de nuestra nueva política económica. Repito: entonces era una idea muy vaga todavía; pero en 1921, después de haber superado la etapa más importante de la guerra civil, y de haberla superado victoriosamente, nos enfrentamos con una gran crisis política interna -yo supongo que la mayor- de la Rusia Soviética. Esta crisis interna puso al desnudo el descontento no sólo de una parte considerable de los campesinos, sino también de los obreros. Fue la primera vez, y confío en que será la última en la historia de la Rusia Soviética, que grandes masas de campesinos estaban contra nosotros, no de modo consciente, sino instintivo, por su estado de ánimo.

¿A qué se debía esta situación tan original y, claro es, tan desagradable para nosotros? La causa consistía en que habíamos avanzado demasiado en nuestra ofensiva económica, en que no nos habíamos asegurado una base suficiente, en que las masas sentían lo que nosotros aún no supimos entonces formular de manera consciente, pero que muy pronto, unas semanas después, reconocimos: que el paso directo a formas puramente socialistas, a la distribución puramente socialista, era superior a las fuerzas que teníamos y que si no estábamos en condiciones de replegarnos, para limitarnos a tareas más fáciles, nos amenazaría la bancarrota.

La crisis comenzó, a mi parecer, en febrero de 1921. Ya en la primavera del mismo año decidimos unánimemente – en esta cuestión no he observado grandes discrepancias entre nosotros- pasar a la nueva política económica. Hoy, después de año y medio, a finales de 1922, estamos ya en condiciones de hacer algunas comparaciones. Y bien, ¿qué ha sucedido? ¿Cómo hemos vivido este año y medio? ¿Qué resultados hemos obtenido? ¿Nos ha proporcionado alguna utilidad este repliegue, y nos ha salvado en realidad, o se trata de un resultado confuso todavía? Esta es la pregunta principal que me hago y supongo que tiene también importancia primordial para todos los partidos comunistas, pues si la respuesta fuera negativa, todos estaríamos condenados a la bancarrota. Considero que todos nosotros podemos dar, con la conciencia tranquila, una respuesta afirmativa a esta pregunta, y precisamente en el sentido de que el año y medio transcurrido demuestra de manera positiva y absoluta que hemos salido airosos de esta prueba.

Trataré de demostrarlo. Para ello debo enumerar brevemente todas las partes integrantes de nuestra economía.

Me detendré, ante todo, en nuestro sistema financiero y en el famoso rublo ruso. Creo que se le puede calificar de famoso aunque sólo sea porque la cantidad de estos rublos supera ahora a mil billones. (Risas.) Esto ya es algo. Es una cifra astronómica. Estoy seguro de que no todos los que se encuentran aquí saben siquiera lo que esta cifra representa. (Hilaridad general.) Pero nosotros -y, además, desde el punto de vista de la ciencia económica- no concedemos demasiada importancia a estas cifras, pues los ceros pueden ser tachados. (Risas.) Ya hemos aprendido algo en este arte, que desde el punto de vista económico tampoco tiene ninguna importancia, y estoy seguro de que en el curso ulterior de los acontecimientos alcanzaremos en él mucha mayor maestría. Lo que tiene verdadera importancia es la estabilización del rublo. Para resolver este problema trabajamos, trabajan nuestras mejores fuerzas, y concedemos a esta tarea una importancia decisiva. Si conseguimos estabilizar el rublo por un plazo largo, y luego para siempre, habremos triunfado. Entonces, todas esas cifras astronómicas -todos esos billones y millares de billones- no significarán nada. Entonces podremos asentar nuestra economía sobre terreno firme y seguir desarrollándola sobre ese terreno.

Creo que puedo citaros hechos bastante importantes y decisivos sobre esta cuestión. En 1921, el período de estabilización del rublo papel duró menos de tres meses. Y en el corriente año de 1922, aunque no ha terminado todavía, el período de estabilización dura ya más de cinco meses. Supongo que ya es suficiente.Claro que no lo será si esperáis de nosotros una prueba científica de que en el futuro resolveremos por completo este problema. Pero, a mi juicio, es imposible, en general, demostrarlo por completo. Los datos citados prueban que desde el año pasado, en que empezamos a aplicar nuestra nueva política económica, hasta hoy, hemos aprendido ya a avanzar, Si hemos aprendido eso, estoy seguro de que sabremos lograr nuevos éxitos en este camino, siempre que no cometamos alguna estupidez extraordinaria.

Lo más importante, sin embargo, es el comercio, la circulación de mercancías, imprescindible para nosotros. Y si hemos salido airosos de esta prueba durante dos años, a pesar de que nos encontrábamos en estado de guerra (pues, como sabéis, hace sólo algunas semanas que hemos tomado a Vladivostok) y de que sólo ahora podemos iniciar nuestra actividad económica de un modo regular; si, a despecho de todo eso, hemos logrado que el período de estabilización del rublo papel se eleve de tres meses a cinco, creo tener motivo para atreverme a decir que podemos considerarnos satisfechos de eso. Porque estamos completamente solos. No hemos recibido ni recibimos ningún empréstito. No nos ha ayudado ninguno de esos poderosos Estados capitalistas que organizan de manera tan “brillante” su economía capitalista y que hasta hoy no saben adónde van. Con la paz de Versalles han creado tal sistema financiero que ni ellos mismos se entienden. Si esos grandes países capitalistas dirigen su economía de ese modo, opino que nosotros, atrasados e incultos, podemos estar satisfechos de haber alcanzado lo principal: las condiciones para estabilizar el rublo.

Esto lo prueba la práctica, y no un análisis teórico cualquiera, y soy del parecer de que la práctica es más importante que todas las discusiones teóricas del mundo. La práctica demuestra que, en este terreno, hemos logrado resultados decisivos: hemos comenzado a hacer avanzar nuestra economía hacia la estabilización del rublo, lo que tiene extraordinaria importancia para el comercio, para la libre circulación de mercancías, para los campesinos y para la inmensa masa de pequeños productores.

Balance de Lenin sobre la revolución rusa

Paso ahora a examinan nuestros objetivos sociales. Lo principal, naturalmente, son los campesinos. En 1921, el descontento de una parte inmensa del campesinado era un hecho indudable. Además, se declaró el hambre. Y esto implicó para los campesinos la prueba más dura. Y es completamente natural que todo el extranjero empezara a chillar: “Ahí tenéis los resultados de la economía socialista”. Es completamente natural, desde luego, que silenciaran que el hambre era, en realidad, una consecuencia monstruosa de la guerra civil. Todos los terratenientes y capitalistas, que se lanzaron sobre nosotros en 1918, presentaron las cosas como si el hambre fuera una consecuencia de la economía socialista. El hambre ha sido, en efecto, una inmensa y grave calamidad, una calamidad que amenazaba con destruir toda nuestra labor organizadora y revolucionaria.

Y yo pregunto ahora: luego de esta inusitada e inesperada calamidad, ¿cómo están las cosas hoy, después de haber implantado la nueva política económica, después de haber concedido a los campesinos la libertad de comercio? La respuesta, clara y evidente para todos, es la siguiente: en un año, los campesinos han vencido el hambre y, además, han abonado el impuesto en especie en tal cantidad que hemos recibido ya centenares de millones de puds, y casi sin aplicar ninguna medida coactiva. Los levantamientos de campesinos, que antes de 1921 constituían, por decirlo así, un fenómeno general en Rusia, han desaparecido casi por completo. Los campesinos están satisfechos de su actual situación. Lo podemos afirmar con toda tranquilidad. Consideramos que estas pruebas tienen mayor importancia que cualquier prueba estadística. Nadie duda que los campesinos son en nuestro país el factor decisivo. Y hoy se encuentran en tal situación que no debemos temer ningún movimiento suyo contra nosotros. Lo decimos con pleno conocimiento de causa y sin exagerar. Eso ya está conseguido. Los campesinos pueden sentir descontento por uno u otro aspecto de la labor de nuestro poder, y pueden quejarse de ello. Esto, naturalmente, es posible e inevitable, ya que nuestra administración y nuestra economía estatal son aún demasiado malas para poderlo evitar; pero, en todo caso, está excluido por completo cualquier descontento serio del campesinado en su totalidad contra nosotros. Lo hemos logrado en un solo año. Y opino que ya es mucho.

Paso a hablar ahora de la industria ligera. Precisamente en la industria debemos hacer diferencias entre la industria pesada y la ligera, pues ambas se encuentran en distintas condiciones. Por lo que se refiere a la industria ligera, puedo decir con tranquilidad que se observa en ella un incremento general. No me dejaré llevar por los detalles, por cuanto en mi plan no entra citar datos estadísticos. Pero esta impresión general se basa en hechos y puedo garantizar que en ella no hay nada equivocado ni inexacto. Tenemos un auge general en la industria ligera y, en relación con ello, cierto mejoramiento de la situación de los obreros tanto en Petrogrado como en Moscú. En otras zonas se observa en menor grado, ya que allí predomina la industria pesada; por eso no se debe generalizar. De todos modos, repito, la industria ligera acusa un ascenso indudable, y la mejora de la situación de los obreros de Petrogrado y de Moscú es innegable. En la primavera de 1921, en ambas ciudades reinaba el descontento entre los obreros. Hoy esto no existe en absoluto. Nosotros, que observamos día a día la situación y el estado de ánimo de los obreros, no nos equivocamos en este sentido.

La tercera cuestión se refiere a la industria pesada. Debo aclarar, a este respecto, que la situación es todavía difícil. En 1921-1922 se ha iniciado cierto viraje en esta situación. Podemos confiar, por tanto, en que mejorará en un futuro próximo. Hemos reunido ya, en parte, los medios necesarios para ello. En un país capitalista, para mejorar el estado de la industria pesada haría falta un empréstito de centenares de millones, sin los cuales esa mejora sería imposible. La historia de la economía de los países capitalistas demuestra que, en los países atrasados, sólo los empréstitos de centenares de millones de dólares o de rublos oro a largo plazo podrían ser el medio para elevar la industria pesada. Nosotros no hemos tenido esos empréstitos ni hemos recibido nada hasta ahora. Cuanto se escribe sobre la entrega de empresas en régimen de concesión, etc., no significa casi nada, excepto papel. En los últimos tiempos hemos escrito mucho de eso, sobre todo de la concesión Urquhart. No obstante, nuestra política concesionaria me parece muy buena. Mas, a pesar de ello, no tenemos aún una concesión rentable. Os ruego que no olvidéis esto.

Así pues, la situación de la industria pesada es una cuestión verdaderamente gravísima para nuestro atrasado país, ya que no hemos podido contar con empréstitos de los países ricos. Sin embargo, observamos ya una notable mejoría y vemos, además, que nuestra actividad comercial nos ha proporcionado ya algún capital, por ahora, ciertamente, muy modesto, poco más de veinte millones de rublos oro. Pero, sea como fuere, tenemos ya el comienzo: nuestro comercio nos proporciona medios que podemos utilizar para elevar la industria pesada. Lo cierto es que nuestra industria pesada aún se encuentra actualmente en una situación muy difícil. Pero supongo que lo decisivo es la circunstancia de que estamos ya en condiciones de ahorrar algo. Así lo seguiremos haciendo. Aunque a menudo se hace esto a costa de la población, hoy debemos, a pesar de lodo, economizar. Ahora nos dedicamos a reducir el presupuesto del Estado, a reducir la administración pública. Más adelante diré unas cuantas palabras sobre nuestra administración pública. En todo caso, debemos reducirla, debemos economizar cuanto sea posible. Economizamos en todo, hasta en las escuelas. Y esto debe ser así, pues sabemos que sin salvar la industria pesada, sin restablecerla, no podremos construir ninguna clase de industria, y sin ésta pereceremos del todo como país independiente. Lo sabemos de sobra.

Balance de Lenin sobre la revolución rusa

La salvación de Rusia no está sólo en una buena cosecha en el campo -esto no basta-; tampoco está sólo en el buen estado de la industria ligera, que abastece a los campesinos de artículos de consumo -esto tampoco basta-; necesitamos, además, una industria pesada. Pero, para ponerla en buenas condiciones, se precisarán varios años de trabajo.

La industria pesada necesita subsidios del Estado. Si no los encontramos, pereceremos como Estado civilizado, sin decir ya que también como Estado socialista. Por tanto, en este sentido hemos dado un paso decisivo. Hemos empezado a acumular los recursos necesarios para poner en pie la industria pesada. Es verdad que la suma que hemos reunido hasta la fecha apenas si pasa de veinte millones de rublos oro; pero, de todos modos, esa suma existe y está destinada exclusivamente a levantar nuestra industria pesada.

Creo que, como había prometido, he expuesto brevemente, a grandes rasgos, los principales elementos de nuestra economía nacional. Considero que de todo ello puede deducirse que la nueva política económica nos ha reportado ya beneficios. Hoy tenemos ya pruebas de que, como Estado, estamos en condiciones de ejercer el comercio, de conservar nuestras firmes posiciones en la agricultura y en la industria y de avanzar. Lo ha demostrado la práctica. Y pienso que, por el momento, esto es bastante para nosotros. Tendremos que aprender muchas cosas todavía y comprendemos qué necesitamos aprender. Hace cinco años que estamos en el poder, con la particularidad de que durante estos cinco años hemos vivido en estado de guerra permanente. Por tanto, hemos tenido éxitos.

Es natural, ya que nos seguían los campesinos. Es difícil dar mayores pruebas de adhesión que las mostradas por los campesinos. Comprendían que tras los guardias blancos se encuentran los terratenientes, a quienes odian más que a nada en el mundo. Y por eso, los campesinos nos han apoyado con todo entusiasmo, con toda lealtad. No fue difícil conseguir que nos defendieran de los guardias blancos. Los campesinos, que antes odiaban la guerra, apoyaron por todos los medios la guerra contra los guardias blancos, la guerra civil contra los terratenientes. Sin embargo, esto no era todo, porque, en el fondo, se trataba únicamente de si el poder quedaría en manos de los terratenientes o de los campesinos. Para nosotros, esto no era bastante.

Los campesinos comprenden que hemos conquistado el poder para los obreros y que nos planteamos el objetivo de crear el régimen socialista con ayuda de ese poder. Por eso, lo más importante para nosotros era preparar en el aspecto económico la economía socialista. No pudimos prepararla directamente y nos vimos obligados a hacerlo de manera indirecta. El capitalismo de Estado, tal como lo hemos implantado en nuestro país, es un capitalismo de Estado peculiar. No corresponde al concepto habitual del capitalismo de Estado. Tenemos en nuestras manos todos los puestos de mando, tenemos en nuestras manos la tierra, que pertenece al Estado. Esto es muy importante, aunque nuestros enemigos presentan la cosa como si no significara nada. No es cierto. El hecho de que la tierra pertenezca al Estado tiene extraordinaria importancia y, además, gran sentido práctico en el aspecto económico. Esto lo hemos logrado, y debo manifestar que toda nuestra actividad ulterior debe desarrollarse sólo dentro de ese marco.

Hemos conseguido ya que nuestros campesinos estén satisfechos y que la industria y el comercio se reanimen. He dicho antes que nuestro capitalismo de Estado se diferencia del capitalismo de Estado, comprendido literalmente, en que el Estado proletario tiene en sus manos no sólo la tierra, sino también las ramas más importantes de la industria. Ante todo, hemos entregado en arriendo sólo cierta parte de la industria pequeña y media; todo lo demás queda en nuestras manos. Por lo que se refiere al comercio, quiero destacar aún que tratamos de crear, y estamos creando ya, sociedades mixtas, es decir, sociedades en las que una parte del capital pertenece a capitalistas privados -por cierto, extranjeros la otra parte nos pertenece a nosotros. Primero, de esa manera aprendemos a comerciar, cosa que necesitamos, y, segundo, tenemos siempre la posibilidad de cerrar esas sociedades, si así lo creemos necesario. De modo que, por decirlo así, no arriesgamos nada. En cambio, aprendemos del capitalista privado y observamos cómo podemos elevarnos y qué errores cometemos. Me parece que puedo limitarme a cuanto queda dicho.

Balance de Lenin sobre la revolución rusa

Quisiera referirme todavía a algunos puntos de poca monta. Es indudable que hemos hecho y haremos aún muchísimas tonterías. Nadie puede juzgarlas mejor ni verlas más claro que yo. (Risas.) ¿Por qué hacemos tonterías? La razón es sencilla: primero, porque somos un país atrasado; segundo, porque la instrucción en nuestro país es mínima; tercero, porque no recibimos ninguna ayuda de fuera. Ni uno solo de los países civilizados nos ayuda. Por el contrario, todos obran en contra nuestra. Y cuarto, por culpa de nuestra administración pública. Hemos heredado la vieja administración pública, y ésta ha sido nuestra desgracia. Es muy frecuente que esta administración trabaje contra nosotros.

Ocurrió que en 1917, después de que tomamos el poder, los funcionarios públicos comenzaron a sabotearnos. Entonces nos asustamos mucho y les rogamos: “Por favor, vuelvan a sus puestos”. Todos volvieron, y ésta ha sido nuestra desgracia. Hoy poseemos una inmensidad de funcionarios, pero no disponemos de elementos con suficiente instrucción para poder dirigirlos de verdad. En la práctica sucede con harta frecuencia que aquí, arriba, donde tenemos concentrado el poder estatal, la administración funciona más o menos; pero en los puestos inferiores disponen ellos como quieren, de manera que muy a menudo contrarrestan nuestras medidas.

Hombres adictos, en las altas esferas, tenemos no sé exactamente cuántos, pero creo que, en todo caso, sólo varios miles, a lo sumo unas decenas de miles. Pero en los puestos inferiores se cuentan por centenares de miles los antiguos funcionarios que hemos heredado del régimen zarista y de la sociedad burguesa y que trabajan contra nosotros, unas veces de manera consciente, y otras inconsciente. Es indudable que, en este terreno, no se conseguirá nada a corto plazo. Tendremos que trabajar muchos años para perfeccionar la administración, renovarla y atraer nuevas fuerzas. Lo estamos haciendo a ritmo bastante rápido, quizá demasiado rápido. Hemos fundado escuelas soviéticas y facultades obreras; estudian varios centenares de miles de jóvenes; acaso estudien demasiado de prisa; pero, de todas maneras, la labor en este terreno ha comenzado y creo que nos dará sus frutos. Si no nos precipitamos demasiado en esta labor, dentro de algunos años tendremos una masa de jóvenes capaces de cambiar radicalmente nuestra administración.

He dicho que hemos hecho innumerables tonterías, pero debo decir también algo en este aspecto de nuestros adversarios. Si éstos nos reprochan y dicen que el propio Lenin reconoce que los bolcheviques han hecho muchísimas tonterías, yo quiero responder: es cierto, pero, a pesar de todo, nuestras tonterías son de un género completamente distinto que el de las vuestras. Nosotros no hacemos más que empezar a estudiar, pero estudiamos con tanta regularidad que estamos seguros de obtener buenos resultados. Pero si nuestros enemigos, es decir, los capitalistas y los héroes de la II Internacional, recalcan las tonterías que hemos hecho, me permitiré citar aquí, a título comparativo, las palabras de un famoso escritor ruso, que, modificándolas un poco, resultarían así: cuando los bolcheviques hacen tonterías, dicen: “Dos por dos, cinco”; pero cuando las hacen sus adversarios, es decir, los capitalistas y los héroes de la II Internacional, el resultado es: “Dos por dos, una vela de estearina”.

Esto no es difícil demostrarlo. Tomad, por ejemplo, el pacto con Kolchak que concertaron Norteamérica, Inglaterra, Francia y el Japón. Yo os pregunto: ¿existen en el mundo potencias más cultas y fuertes? ¿Y qué resultó? Se comprometieron a ayudar a Kolchak sin calcular, sin reflexionar, sin observar. Ha sido un fracaso incluso difícil de comprender, a juicio mío, desde el punto de vista de la razón humana.

Otro ejemplo más reciente y de mayor importancia: la paz de Versalles. Yo os pregunto: ¿qué han hecho, en este caso, las “grandes” potencias “cubiertas de gloria”? ¿Cómo podrán encontrar ahora la salida de este caos y de este absurdo? Creo que no exageraré si repito que nuestras tonterías no son nada en compa-ración con las que hacen juntos los Estados capitalistas, el mundo capitalista y la II Internacional. Por eso supongo que las perspectivas de la revolución mundial -tema que habré de tratar brevemente- son favorables. Y pienso que, si se da determinada condición, se harán más favorables todavía. Desearía decir algunas palabras sobre estas condiciones.

En 1921 aprobamos en el III Congreso una resolución sobre la estructura orgánica de los partidos comunistas y los métodos y el contenido de su labor5. La resolución es magnífica, pero es rusa casi hasta la médula; es decir, se basa en las condiciones rusas. Este es su aspecto bueno, pero también su punto flaco. Flaco porque estoy convencido de que casi ningún extranjero podrá leerla; yo la he releído antes de hacer esta afirmación. Primero, es demasiado larga, consta de cincuenta o más puntos. Por regla general, los extranjeros no pueden leer cosas así. Segundo, incluso si la leen, no la comprenderán precisamente porque es demasiado rusa. No porque esté escrita en ruso (ha sido magníficamente traducida a todos los idiomas), sino porque está sobresaturada de espíritu ruso. Y tercero, si, en caso excepcional, algún extranjero la llega a entender, no la podrá cumplir. Este es su tercer defecto.

Balance de Lenin sobre la revolución rusa

He conversado con algunos delegados extranjeros y confío en que podré conversar detenidamente con gran número de delegados de distintos países en el curso del congreso, aunque no participe personalmente en él, ya que, por desgracia, no me es posible. Tengo la impresión de que hemos cometido un gran error con esta resolución, es decir, que nosotros mismos hemos levantado una barrera en el camino de nuestro éxito futuro. Como ya he dicho, la resolución está excelentemente redactada, y yo suscribo todos sus cincuenta o más puntos. Pero no hemos comprendido cómo se debe llevar nuestra experiencia rusa a los extranjeros. Cuanto expone la resolución, ha quedado en letra muerta. Y si no comprendemos esto, no podremos seguir nuestro avance.

Considero que lo más importante para todos nosotros, tanto para los rusos como para los camaradas extranjeros, es que, después de cinco años de revolución rusa, debemos estudiar. Sólo ahora hemos obtenido la posibilidad de estudiar. Ignoro cuánto durará esta posibilidad. No sé durante cuánto tiempo nos concederán las potencias capitalistas la posibilidad de estudiar tranquilamente. Pero debemos aprovechar cada minuto libre de las ocupaciones militares, de la guerra, para estudiar, comenzando, además, por el principio.

El partido en su totalidad y todos los sectores de la población de Rusia lo demuestran con su afán de saber. Esta afición al estudio prueba que nuestra tarea más importante ahora es estudiar y estudiar. Pero también los camaradas extranjeros deben estudiar, no en el mismo sentido en que lo hacemos nosotros: leer, escribir y comprender lo leído, que es lo que todavía precisamos. Se discute si esto corresponde a la cultura proletaria o a la cultura burguesa. Dejo pendiente la cuestión. Pero de lo que no cabe ninguna duda es de que nosotros necesitamos, ante todo, aprender a leer, a escribir y a comprender lo que leemos. Los extranjeros no lo necesitan. Les hace falta ya algo más elevado: esto implica, primero, que comprendan también lo que hemos escrito acerca de la estructura orgánica de los partidos comunistas y que los camaradas extranjeros firmaron sin leerlo y sin comprenderlo. Esta debe ser su primera tarea. Es preciso llevar a la práctica esta resolución. Pero no puede hacerse de la noche a la mañana, eso sería completamente imposible.

La resolución es demasiado rusa: refleja la experiencia rusa. Por eso, los extranjeros no la comprenden en absoluto y no pueden conformarse con colocarla en un rincón como un icono y rezar ante ella. Así no se conseguirá nada. Lo que necesitan es asimilar parte de la experiencia rusa. No sé cómo lo harán. Puede que los fascistas de Italia, por ejemplo, nos presten un buen servicio, explicando a los italianos que no son todavía bastante cultos y que su país no está garantizado aún contra las centurias negras. Quizá esto sea muy útil. Nosotros, los rusos, debemos buscar también la forma de explicar a los extranjeros las bases de esta resolución, pues, de otro modo, se verán imposibilitados por completo para cumplirla. Estoy convencido de que, en este sentido, debemos decir no sólo a los camaradas rusos, sino también a los extranjeros, que lo más importante del período en que estamos entrando es estudiar. Nosotros estudiamos en sentido general. En cambio, los estudios de ellos deben tener un carácter especial para que lleguen a comprender realmente la organización, la estructura, el método y el contenido de la labor revolucionaria. Si se logra esto, las perspectivas de la revolución mundial, estoy convencido de ello, serán no solamente buenas, sino incluso magníficas.

Fuente: V.I. Lenin. Obras Completas, texto digitalizado por Marxists.org 

En el centenario de la Revolución de Octubre

por David North//

Hace cien años, en la mañana del 7 de noviembre de 1917, el Comité Militar Revolucionario del Sóviet de Petrogrado, encabezado por León Trotsky, proclamó lo siguiente a los ciudadanos de Rusia.

El Gobierno Provisional ha sido derrocado. El poder estatal ha pasado a manos del órgano del Sóviet de Petrogrado de los Diputados de Obreros y Soldados, el Comité Militar Revolucionario, el cual dirige al proletariado y a la guarnición de Petrogrado.

¡La causa por la que ha luchado el pueblo —la oferta inmediata de una paz democrática, la abolición de la propiedad de tierra de los terratenientes, el control obrero de la industria y la creación de un Gobierno de los sóviets— ha quedado asegurada!

¡Viva la revolución de los trabajadores, soldados y campesinos!

Vladimir Lenin

Esa misma tarde, Lenin, quien tres meses antes había sido denunciado por el Gobierno Provisional burgués como un criminal, recibió una ovación estruendosa cuando salió de su escondite y entró en el salón donde se encontraban congregados los delegados soviéticos. Siendo testigo de los extraordinarios eventos de ese día, el periodista socialista estadounidense, John Reed, dejó una memorable descripción del líder bolchevique, “amado y reverenciado como quizás pocos líderes en la historia”. Escribe que Lenin fue un “líder extrañamente popular, un líder en virtud puramente de su intelecto”, que poseía “el poder de explicar ideas profundas en términos simples, de analizar una situación concreta. En combinación con su perspicacia, la máxima audacia intelectual”.

Al llegar al podio, Lenin comenzó su discurso ante los delegados presentes: “Camaradas, la revolución de los trabajadores y campesinos, sobre cuya necesidad han hablado siempre los bolcheviques, ha sido alcanzada”.

Ya que Rusia todavía utilizaba el viejo calendario juliano, el derrocamiento del Gobierno Provisional entró en la historia como la Revolución de Octubre. Sin embargo, a pesar de que Rusia iba trece días atrás de Europa Occidental y América del Norte, la toma de poder por los bolcheviques catapultó a Rusia, en términos políticos al frente de la historia mundial. La insurrección liderada por los bolcheviques fue la culminación de una lucha política que había comenzado ocho meses antes, en febrero de 1917, con la deposición de la autocracia zarista que había gobernado Rusia por más de trescientos años.

Marcha de las mujeres durante la Revolución de Febrero

El levantamiento de febrero-marzo 1917 desencadenó una batalla prolongada por la perspectiva política y el significado histórico de la revolución que se había desatado en Rusia. Los kadetes burgueses (Partido Democrático Constitucional), los reformistas mencheviques y los socialrevolucionarios que se basaban en el campesinado vieron la revolución en términos principalmente nacionales. El derrocamiento del régimen zarista, insistían, no había sido nada más que una revolución democrática nacional. Las tareas de la revolución se confinaban al reemplazo del régimen zarista por algún tipo de república parlamentaria, basada en la de Francia o de Reino Unido y dedicada a promover el desarrollo de la economía rusa sobre fundamentos capitalistas.

En la práctica, los kadetes, temiendo un levantamiento revolucionario y aborreciendo a las masas, se opusieron a cualquier cambio en las estructuras sociales que amenazara sus riquezas. En lo que corresponde a los mencheviques y socialrevolucionarios, sus programas reformistas excluyeron cualquier avance significativo contra la propiedad capitalista. Para ellos, tomarían décadas de desarrollo capitalista antes de incluso considerar una transición al socialismo como una posibilidad.

Dentro del marco de esta perspectiva, rechazaron inequívocamente el derrocamiento político de la clase capitalista y la toma del poder por parte de la clase trabajadora. La subordinación política de la clase trabajadora al dominio burgués significó un apoyo a la continuación de la participación rusa en el baño de sangre de la guerra mundial imperialista que había comenzado en 1914.

Antes del regreso de Lenin del exilio en abril de 1917, los principales dirigentes bolcheviques en Petrogrado, Lev Kámenev y Iósif Stalin, habían consentido a la subordinación del sóviet (consejo) obrero, bajo una dirección menchevique, al Gobierno Provisional. A raíz de esto, Kámenev y Stalin aceptaron el argumento que, tras traerse abajo el régimen zarista, la participación de Rusia en la guerra imperialista se había convertido en un combate democrático contra la autocracia alemana que debía contar con el apoyo de la clase obrera. Por consiguiente, los patentes intereses imperialistas de la burguesía rusa fueron maquillados con frases hipócritas sobre una “paz democrática”.

El regreso de Lenin a Rusia el 16 de abril conllevó a un cambio dramático de orientación en el Partido Bolchevique. En oposición a los aliados del Gobierno Provisional en el Sóviet de Petrogrado, incluyendo a una facción substancial de la dirigencia bolchevique, Lenin hizo el llamamiento de transferir el poder a los sóviets. Los fundamentos de esta demanda revolucionaria, que sorprendió tanto a los mencheviques como a los camaradas de Lenin en la cúpula bolchevique, consistían en una concepción profundamente diferente del significado histórico de la Revolución Rusa.

Una manifestación de soldados en febrero de 1917

Desde que comenzó la guerra mundial imperialista en agosto de 1914, Lenin había insistido en que ésta marcaba el comienzo de una nueva etapa en la historia mundial. La masacre desatada por la guerra surgió de las contradicciones globales del imperialismo capitalista. Las contradicciones del sistema imperialista, las cuales buscaban resolver los regímenes capitalistas mediante la guerra, iban a incitar una respuesta revolucionaria por parte de la clase trabajadora internacional.

Esta comprensión del contexto histórico y mundial de la Revolución Rusa formó la base de las políticas que iban a guiar al Partido Bolchevique después del regreso de Lenin, quien insistió en que esta Revolución tenía que ser entendida como el comienzo de la revolución socialista mundial. En el Séptimo Congreso del Partido Bolchevique en abril de 1917, aseveró:

El gran honor de comenzar la revolución le ha tocado al proletariado ruso. Pero, el proletariado ruso no puede olvidar que su movimiento y su revolución son sólo una parte del movimiento revolucionario del proletariado mundial que, por ejemplo, en Alemania está tomando más ímpetu con cada día que pasa. Sólo desde este ángulo podremos definir nuestras taras.

En los meses de abril a octubre, Lenin escribió cuantiosos artículos con los que empapó y elevó la conciencia de los miembros del partido y decenas de miles de obreros que leían los panfletos, periódicos y folletos bolcheviques con un entendimiento del carácter internacional de la revolución. Aquellos que afirman que la revolución bolchevique fue un “golpe de Estado” orquestado en secreto están simplemente ignorando el hecho de que las apelaciones de Lenin por una revolución socialista estaban siendo leídas, estudiadas y debatidas en las fábricas, los cuarteles y en las calles de todas las principales ciudades de Rusia.

En setiembre, sólo un mes antes de la toma del poder, el Partido Bolchevique publicó el panfleto de Lenin titulado Las tareas del proletariado en la presente revolución. No había nada ambiguo, mucho menos subrepticio, en la presentación de Lenin del programa y las intenciones del Partido Bolchevique. Con un nivel extraordinario de consciencia histórica, Lenin explicó la necesidad objetiva expresada en las políticas bolcheviques:

La guerra no ha sido engendrada por la voluntad maligna de los bandidos capitalistas, aunque es indudable que se hace sólo en interés suyo y sólo a ellos enriquece. La guerra es el producto de medio siglo de desarrollo del capital mundial, de sus miles de millones de hilos y vínculos. Es imposible salir de la guerra imperialista, es imposibleconseguir una paz democrática, una paz no impuesta por la violencia, sin derribar el Poder del capital y sin que el Poder del Estado pase a manos de otra clase, del proletariado.

Con la revolución rusa de febrero—marzo de 1917— la guerra imperialista comenzó a transformarse en guerra civil. Esta revolución ha dado el primer paso hacia el cese de la guerra. Pero sólo un segundopaso puede asegurar ese cese, a saber, el paso del Poder del Estado a manos del proletariado. Eso será el comienzo de la “ruptura del frente” en todo el mundo, del frente de los intereses del capital; y sólo rompiendo ese frente puede el proletariado redimir a la humanidad de los horrores de la guerra y asegurarle el bien de la paz de forma duradera.

Durante el periodo que siguió a las “Jornadas de julio” —marcadas por una brutal represión de la clase obrera a manos del Gobierno Provisional—, Lenin se vio obligado a ocultarse. León Trotsky, quien había regresado a Rusia en mayo y se unió rápidamente a la dirección del Partido Bolchevique, fue encarcelado. No obstante, fue dejado libre en setiembre, como consecuencia del fallido golpe de Estado contrarrevolucionario del general Kornílov. Luego, fue electo presidente del Sóviet de Petrogrado. En las semanas próximas, Trotsky emergió como el principal líder de las masas y orador de la revolución. Desempeñó el papel decisivo en la planificación estratégica y organización de la insurrección bolchevique.

León Trotsky

Sin lugar a dudas, hubo un elemento de genio en el liderazgo de Trotsky de la insurrección bolchevique. Sin embargo, el rol de Trotsky en la Revolución de Octubre surgió, al igual que el de Lenin, a raíz de un análisis sobre el lugar que ocupaba la Revolución Rusa en la historia mundial. De hecho, Trotsky, en la elaboración de su Teoría de la Revolución Permanente, fue el primero en prever, tan temprano como 1905, que la revolución democrática contra la autocracia zarista en Rusia evolucionaría necesariamente a una revolución socialista que conduciría a la transferencia del poder a la clase obrera.

El análisis de Trotsky desafiaba las afirmaciones de que las tareas políticas de la clase obrera eran determinadas por el atraso económico de Rusia, y que por ende “no estaba lista” para una revolución socialista. “En un país atrasado económicamente —escribió en 1905— el proletariado puede llegar al poder antes de que en un país con el capitalismo más avanzado”.

No obstante, ¿cómo iba a poder sostener su revolución la clase obrera? Trotsky, un largo tiempo antes de los eventos de 1917, escribió que la clase trabajadora,

“no tendrá ninguna alternativa más que conectar el destino de su control político, y, por ende, el destino de la revolución rusa en su conjunto, con el destino de la revolución socialista en Europa. Ese enorme poder estatal y político otorgado por un conjunto de circunstancias temporales en la revolución burguesa en Rusia se fundirá en las escalas de la lucha de clases de todo el mundo capitalista. Con el poder estatal en sus manos, la contrarrevolución detrás de sí y la reacción europea adelante, clamará hacia sus camaradas del mundo entero el viejo llamamiento para un último ataque: ¡Proletariados de todos los países, uníos!”.

*****

Para el mes de octubre de 1917, la pesadilla de la Primera Guerra Mundial ya había cobrado la vida de millones de soldados. Las noticias acerca de la insurrección bolchevique recorrieron la conciencia de las masas como una gran descarga eléctrica. La Revolución de Febrero fue un evento ruso, pero la Revolución de Octubre fue un acontecimiento que cambió el mundo. Lo que era meramente un “espectro” en 1847, existía ahora como un Gobierno revolucionario que tomó el poder con base en una insurrección de la clase obrera.

Rosa Luxemburgo, cuando escuchó acerca de la Revolución estando en prisión, le relató a una amiga en una carta que buscaba impacientemente en los periódicos para saber más de lo que acontecía en Rusia. Expresó dudas acerca de si la revolución iba a poder sobrevivir ante la oposición armada del imperialismo mundial; sin embargo, no dudó la enormidad del evento revolucionario, expresando admiración hacia lo que habían logrado Lenin y Trotsky, camaradas que había conocido muchos años antes. La insurrección encabezada por los bolcheviques, escribió, “es un acto mundial e histórico, cuyo ejemplo vivirá por eones”.

Rosa Luxemburgo

Muchos años después, celebrando el vigésimo quinto aniversario de la Revolución de Octubre, el líder trotskista estadounidense, James P. Cannon, rememoró el impacto de 1917 en los socialistas alrededor del mundo:

Por primera vez, concentrada en una acción revolucionaria, tuvimos una demonstración acerca del verdadero significado del marxismo. Por primera vez, aprendimos del ejemplo y las enseñanzas de Lenin y Trotsky y los líderes de la revolución rusa el significado verdadero de un partido revolucionario. Aquellos que recuerdan ese momento, cuyas vidas fueron soldadas a la revolución rusa, deben contemplarla hoy como la fuerza más inspiradora y aleccionadora que la clase oprimida mundial haya conocido.

La Revolución de Octubre figura entre los eventos más importantes y progresistas de la historia mundial. Forma parte de una cadena de eventos históricos-mundiales, como la Reforma protestante, la Revolución Estadounidense, la Revolución Francesa, que fueron grandes hitos en el desarrollo de la civilización humana.

El impacto global de la Revolución de Octubre es incalculable. Fue un acontecimiento que prendió la chispa de un movimiento de la clase obrera y de todas las masas oprimidas contra la explotación imperialista y la opresión imperialista. Es imposible pensar en alguna conquista política o social significativa de la clase obrera en el siglo XX, en cualquier parte del mundo, que no le deba una parte substancial de su realización a la Revolución Bolchevique. El establecimiento del Estado soviético fue el primer gran logro de la Revolución de Octubre. La victoria de los bolcheviques demostró en la práctica la posibilidad de una conquista del poder estatal por parte de la clase obrera, poniendo fin al dominio de la clase capitalista y organizando a la sociedad sobre una base no capitalista, sino socialista.

Mientras que la formación de la Unión Soviética fue el producto inmediato de la insurrección encabezada por los bolcheviques, no cubre por sí sola el significado histórico completo de la Revolución de Octubre. El establecimiento del Estado soviético en octubre de 1917 fue tan sólo el primer episodio de una nueva época de la Revolución Socialista Mundial.

Esta distinción histórica entre un episodio y una época es crítica para poder entender el destino tanto de la Unión Soviética como del mundo contemporáneo. La disolución de la URSS en 1991 marcó el final del Estado fundado en 1917, pero no marcó la conclusión de la época de la revolución socialista mundial. Esta disolución fue el resultado del abandono que inició a principios de la década de 1920 de la perspectiva socialista internacional sobre la cual se basó la Revolución de Octubre. El programa estalinista de socialismo en un solo país, promulgada por Stalin y Bujarin en 1924 fue un punto de quiebre en la degeneración nacionalista de la Unión Soviética. Como advirtió Trotsky, el nacionalismo estalinista, el cual encontró un apoyo político en la cada vez más grande élite burocrática, separó el destino de la Unión Soviética de la lucha por el socialismo mundial. La Internacional Comunista, la cual fue fundada en 1919 como un instrumento de la revolución socialista mundial, fue degradada y convertida en un brazo para la política exterior contrarrevolucionaria de la URSS. Las políticas embaucadoras y desorientadores de Stalin conllevaron a derrotas devastadoras para la clase obrera en Alemania, Francia, España y muchos otros países.

En 1936, Stalin comenzó su Gran Purga, que al cabo de cuatro años ya había exterminado físicamente a prácticamente todos los dirigentes del internacionalismo revolucionario dentro de la clase obrera y de la intelectualidad socialista. Trotsky fue asesinado en México en 1940.

*****

La disolución de la URSS en 1991 fue celebrada como una victoria trascendental del capitalismo global. Por fin, el espectro del comunismo y el socialismo había sido erradicado. ¡La historia había llegado a su fin! ¡La Revolución de Octubre estaba en ruinas! Por supuesto, tales proclamas no se basaban en un análisis detenido de los últimos 74 años. No se le prestó ninguna consideración a los enormes logros de la Unión Soviética, los cuales fueron más allá de su papel central en la derrota de la Alemania Nazi en la Segunda Guerra Mundial, incluyendo inmensos avances en las condiciones sociales y culturales del pueblo soviético. Aparte de los esfuerzos para borrar de la memoria colectiva todos los logros soviéticos, la falsificación principal de la historia del siglo XX ha sido definir el futuro del socialismo con una narrativa nacionalista de la Revolución de Octubre, en la cual se presenta la toma de poder bolchevique como un evento aberrante, ilegítimo e, incluso, criminal en la historia de Rusia. Por ende, la concepción original bolchevique acerca de lo acontecido en octubre tiene que ser ridiculizada o ignorada. No se le puede atribuir ninguna relevancia histórica ni política a la Revolución de Octubre.

Una unidad de la Guardia Roja en la fábrica Vulcán de Petrogrado durante la revolución

La vigencia de esta versión reaccionaria de los hechos, la cual tiene como objeto restarle a la Revolución toda legitimidad, importancia y honor, depende de una pequeña cosa: que el sistema capitalista mundial haya podido resolver y trascender las contradicciones que dieron origen a las guerras y revoluciones de siglo XX.

Es precisamente en este punto que colapsan todos los esfuerzos para desacreditar la Revolución de Octubre y todas las luchas futuras por alcanzar el socialismo. El cuarto de siglo desde la disolución de la URSS se ha caracterizado por una serie continua y cada vez más profunda de crisis sociales, políticas y económicas. Vivimos en tiempos de guerras perpetuas. Desde la invasión inicial estadounidense de Irak en 1991, el número de vidas acabadas por bombas y misiles estadounidenses en dicho país supera el millón. Ante el recrudecimiento de los conflictos geopolíticos, el estallido de una tercera guerra mundial es percibido como algo cada vez más inevitable.

La crisis económica del 2008 expuso la fragilidad del sistema capitalista mundial. Las tensiones sociales aumentan contra el trasfondo de los niveles de desigualdad más altos en un siglo. A medida que las instituciones tradicionales de la democracia burguesa no puedan aguantar el peso de los conflictos sociales, las élites gobernantes recurrirán cada vez más abiertamente a formas autoritarias de gobierno. La administración Trump es meramente una manifestación repugnante del colapso universal de la democracia burguesa. El papel que desempeñan las agencias militares, policiales y de inteligencia en la gestión del Estado capitalista se ha vuelto cada vez más explícito.

A lo largo de este año marcando el centenario, innumerables artículos y libros han sido publicados a fin de desacreditar la Revolución de Octubre. No obstante, el mismo tono histérico que predomina en estas denuncias desmiente sus afirmaciones de la supuesta “irrelevancia” de octubre, 1917. La Revolución de Octubre no es abarcada como un evento histórico, sino como una amenaza perdurable y contemporánea.

El temor que subyace estos ataques fue evidenciado por un libro publicado recientemente por el líder especialista en las falsificaciones históricas, el profesor Sean McMeekin, quien escribe:

Al igual que con las armas nucleares que tuvieron su origen en la época ideológica iniciada en 1917, el triste hecho acerca del leninismo es que, una vez que fue inventado no se puede deshacer. La desigualdad social siempre estará con nosotros, junto con el impulso bien intencionado de los socialistas para erradicarla… Si debemos aprender algo de los últimos cien años es que debemos fortalecer nuestras defensas y resistir a los profetas armados que prometen la perfección social.

En un ensayo publicado en el diario New York Times en octubre, el columnista Bret Stephens advierte:

Los esfuerzos para criminalizar el capitalismo y los servicios financieros también tienen resultados predecibles… Un siglo después, el bacilo [del socialismo] no ha sido erradicado y nuestra inmunidad hacia él todavía sigue siendo dudosa.

La ansiedad expresada en estas declaraciones no es infundada. Una nueva encuesta publicada muestra que, en la generación de “Millenials” (menores de 28 años de edad), un porcentaje mayor de porcentaje de jóvenes prefiere vivir en una sociedad socialista o comunista que en una capitalista.

*****

Durante este centenario, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional ha celebrado el aniversario de la Revolución de Octubre estudiando y explicando sus orígenes y significado. Realizó un trabajo histórico importante, siendo la única tendencia política en el mundo que representa el programa del socialismo internacional en el que se basó la Revolución de Octubre. La defensa de este programa está enraizada históricamente en la lucha librada por Trotsky —primero como líder de la Oposición de Izquierda y luego como fundador de la Cuarta Internacional— contra la traición y perversión nacionalista del programa y los principios de la Revolución de Octubre a manos de la burocracia estalinista. Al mismo tiempo de la lucha por defender todo lo alcanzado dentro de la Unión Soviética como resultado de la Revolución de Octubre, nunca asumió la forma de una adaptación, mucho menos de una capitulación, a las políticas reaccionarias del régimen burocrático.

Consecuentemente, la Cuarta Internacional es la expresión contemporánea del programa de la Revolución Socialista Mundial. En el periodo actual, marcado por la irresoluble crisis capitalista, este programa vuelve a adquirir una vigencia sumamente intensa. La Revolución de Octubre no vive en la historia, sino en el presente.

Llamamos a los trabajadores y jóvenes alrededor del mundo a construir la lucha por el socialismo mundial.

¡Viva el ejemplo de la Revolución de Octubre!
¡Construyamos el Comité Internacional de la Cuarta Internacional!
¡Avancemos hacia la Revolución Socialista Mundial!

La revolución rusa como problema histórico

por Francisco Fernández Buey//

I

Se dice frecuentemente que la “cuestión rusa” se ha convertido en la piedra de toque del pensamiento marxista. Para hablar con propiedad habría que decir que tal cuestión ha sido siempre (al menos desde que empieza a utilizarse el término “marxismo”) motivo de investigación y también de apasionados debates entre los revolucionarios. La formación social rusa fue el objeto prioritario de los estudios del viejo Marx, y el análisis de la actual sociedad soviética sigue siendo el centro de atención de las principales corrientes en las que se ha ido fragmentando el movimiento comunista en las últimas décadas. La persistencia y la constancia con que en un lapso de tiempo tan dilatado reaparece el problema de la naturaleza de aquella revolución puede considerarse sin más como un factor demostrativo de que en este caso no se trata de una discusión académica o de escuela como ha habido tantas en el marxismo de los últimos tiempos. Ya el simple planteamiento del problema por el propio Marx refuerza la idea de que, por el contrario, se trata de uno de los nudos principales de la historia contemporánea.

La revolución rusa como problema históricoVale la pena recordar aquí, aunque sea sumariamente, las ideas del viejo Marx sobre Rusia porque todavía ahora se suelen olvidar con cierta frecuencia. Este olvido conduce a seguir planteando el tema simplemente como si se tratara de una contraposición entre lo que la revolución rusa ha sido en la realidad y el esquema de desarrollo histórico esbozado en El Capital, con la consecuencia implícita de tener que elegir entre la teoría supuesta y lo que es definido como “socialismo real”. Precisamente hace algo más de cien años, en una carta enviada al director de la Otetschestwennyi Sapiski, Karl Marx salía al paso de lo que consideraba como una infundada extensión al caso de Rusia del esquema histórico expuesto en El capital. Según esa abusiva generalización, mediante la cual –en palabras de Marx– se interpretaba el esbozo histórico de la génesis del capitalismo en Occidente como una teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino impondría a todo pueblo, la sociedad rusa tendría que pasar inevitablemente por los mismos traumas que la acumulación capitalista, la industria manufacturera y el desarrollo de la gran industria determinaron en Inglaterra y en otras sociedades de la Europa occidental. Marx rechazaba el carácter suprahistórico de esa conclusión y oponía a ella varias consideraciones particulares:

1.a Que el esquema histórico de El Capital tenía validez solamente para el caso de las sociedades que aquella obra había estudiado, esto es, para el caso de las sociedades del occidente europeo.

2.a Que el análisis histórico comparativo permite observar que sucesos muy similares pero que tienen lugar en medios diferentes conducen a resultados totalmente distintos.

3.a Que el caso de la formación social rusa, en la cual resaltaba la solidez y resistencia verdaderamente atípicas de la comuna aldeana tradicional, a diferencia de lo ocurrido y de lo que estaba ocurriendo en otras sociedades tanto de occidente como de oriente, exigía un estudio particularizado antes de definirse dogmáticamente acerca de la inevitabilidad de la etapa entendida en el sentido europeo-occidental.

Algunos años después, luego precisamente de haber profundizado en el estudio particular de la formación social rusa, el propio Marx llegaba a la conclusión (compartida con algunos teóricos del populismo ruso) de que la comuna aldeana tradicional constituía el punto de apoyo de la regeneración social en Rusia. ¿Quería decir esto que Rusia podía saltarse la etapa capitalista, la fase de proletarización de los agricultores, e ir hacia el comunismo desarrollando justamente los aspectos comunitarios de las relaciones que aún dominaban en buena parte del agro ruso? Esa era al menos la idea que parecía desprenderse de la carta escrita a Vera Zassulich el 8 de marzo de 1881, en un momento en el que las desgracias familiares y su propia enfermedad minaban ya definitivamente la salud de Marx.

Cierto es que su razonamiento en esas fechas está dirigido sobre todo a combatir el concepto de la inevitabilidad de un determinado decurso histórico válido para todos los países del mundo y, más concretamente, la idea de la repetición en el caso de Rusia de lo ya ocurrido en otros países de la Europa occidental. Pero, aún llegando a la conclusión de que el desarrollo del capitalismo no era inevitable en Rusia y creyendo, por el contrario, que existían elementos favorables suficientes para la conservación/transformación revolucionaria de la comuna aldeana, no se encontrarán tampoco en aquella carta afirmaciones absolutizadoras. Basta con comparar su redacción definitiva con el borrador (mucho más largo y elaborado) de la misma para darse cuenta de que Marx se niega a predecir el futuro ruso mediante aseveraciones tajantes. Por eso el razonamiento está salpicado de condicionales y disyuntivas. Aun así, sin embargo, la idea conclusiva era clara: “Gracias a una combinación de circunstancias únicas, la comuna aldeana, todavía establecida por toda la extensión del país, puede despojarse gradualmente de sus caracteres primitivos y desarrollarse directamente como elemento de la producción colectiva a escala nacional”.

Pero para ello eran necesarias, según Marx, dos condiciones. Primera, la revolución en Rusia. Pues sólo una actuación rápida y decidida de la voluntad de conservación/transformación de la comuna aldeana podía oponerse con éxito a los nada despreciables factores (internos y externos) de disolución de la misma. Segunda, la revolución proletaria en occidente. De tal manera que si la revolución rusa “daba la señal” para una revolución en el mundo capitalista desarrollado, complementándose ambas, la propiedad común de la tierra todavía resistente en Rusia sería el punto de partida de “una evolución comunista”.

Tal era en lo esencial la idea de Marx sobre el futuro ruso.

 

II

Los bolcheviques en general y Lenin en primer lugar recogieron una parte de ese razonamiento y obviaron la otra. Esto es, consideraron que la revolución rusa podría realizarse, mantenerse y profundizarse siempre que tuviera lugar también la revolución mundial, la revolución europea, o al menos la revolución socialista en el país en que parecían existir mayores posibilidades para el cambio (Alemania). Pero, por otra parte, abandonaron la idea de que era posible pasar al comunismo moderno desde el comunitarismo primitivo de la comuna aldeana. Al abandono de esta idea contribuyeron sin duda varias razones que es difícil resumir sin una referencia detallada a la evolución del contexto histórico ruso y europeo desde 1880 hasta 1917. Así y todo, y aun a sabiendas de que sin el detalle sobre esa evolución histórica se corre el peligro del esquematismo, pueden señalarse aquí algunas de esas razones. La más formal de ellas –pero tampoco despreciable– es que ninguno de los dirigentes bolcheviques llegó a conocer hasta muchos años después de la revolución de octubre la totalidad del razonamiento de Marx sobre la comuna aldeana (señaladamente no conocieron la carta a Vera Zassulich y la importante primera redacción de la misma). Ese desconocimiento afecta muy probablemente a las conclusiones de Lenin en El desarrollo del capitalismo enRusia en el sentido de que la revolución pendiente en el país era una revolución democrático-burguesa. En efecto, si esa obra se lee no desde el conocimiento de lo que ha pasado luego sino desde el conocimiento de la situación rusa en 1880/1890 es difícil sustraerse a la impresión (afirmada por varios estudios actuales del tema) de que Lenin hinchó los datos relativos al desarrollo capitalista de Rusia en aquel momento, exagerando con ello la existencia de factores semejantes a los europeo-occidentales y que conducían a la disolución inevitable de la comuna aldeana.

La revolución rusa como problema históricoCon todo, más importante que la existencia de ese factor de desconocimiento de la obra de Marx al respecto es, para explicar el por qué del abandono bolchevique de la idea de la posibilidad del paso de la comuna rural al comunismo moderno, el mismo desarrollo material de Rusia hasta 1917. Sobre esto no puede caber ninguna duda: el avance del capitalismo y la disolución de las relaciones precapitalistas agrarias fue un hecho. ¿Una necesidad histórica? Efectivamente, una necesidad histórica si se entiende por tal el objetivo de la base material de aquella sociedad + la voluntad de una parte importante de la población (por lo menos de la burguesía rusa, de sectores del campesinado y de la vanguardia política del proletariado industrial) en el sentido de transformar a Rusia en un país lo más parecido posible a los de la Europa occidental. No hará falta añadir, sin embargo, que esa coincidencia bastante general no implica necesariamente coincidencia en los proyectos político-sociales de los principales grupos que actuaban como portavoces de las varias clases en lucha.

Como argumento a favor de la corrección de la tesis de Lenin y en contra de las ideas del viejo Marx suele citarse el éxito del proyecto político bolchevique en octubre de 1917. Pero este es un argumento muy poco sólido. En primer lugar porque oculta la escasísima realidad social del partido bolchevique (escasísima sobre todo en el campo, y en un país en el que la población campesina seguía constituyendo el 80% de la población) entre 1903 y febrero de 1917, y porque olvida que el éxito bolchevique en octubre se debió sustancialmente a su buena captación de las repercusiones de la guerra imperialista en las varias clases sociales rusas. Y en segundo lugar porque no considera el hecho evidente de que la proletarización acelerada del campesinado ruso en los años treinta de este siglo es precisamente la continuación y consumación de las medidas disolventes de la comuna aldeana tradicional adoptadas con anterioridad por varios ministros de la época zarista.

Podría decirse, pues, que en esa necesidad histórica que refutó la prognosis del viejo Marx sobre Rusia tuvo también su papel (más importante de lo que suele decirse) la voluntad bolchevique de seguir en este aspecto el ejemplo de países como Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier caso, lo cierto es que el desconocimiento, el olvido (o el históricamente necesario abandono, como se prefiera) de la hipótesis de Karl Marx sobre la comuna aldeana obligó a Lenin a forzar la semejanza de la revolución en curso en Rusia con las revoluciones democrático-burguesas de la Europa occidental.

Si se tiene en cuenta la fuerza con que Marx acentuó la particularidad, la diferencia, de la formación social rusa por comparación con otras sociedades de la Europea occidental y si se piensan las implicaciones sociales de su hipótesis acerca del paso de la comuna aldeana tradicional al comunismo moderno, se comprende que no empleara el término de revolución democrático-burguesa para definir la revolución conservadora/transformadora de la comuna rural. Y se comprende también que, al emplearlo, Lenin se sintiera inmediatamente en una situación bastante embarazosa. En realidad una buena parte de la obra de Lenin entre 1905 y 1917 viene a ser en lo esencial un dar vueltas en torno a la explicación de la revolución democrático-burguesa rusa. Y no creo que sea desmerecer el genio político de Lenin el afirmar que, pese a las muchas veces que se refirió a ese tema, no logró tampoco dar una definición satisfactoria de la naturaleza de esa revolución democrático-burguesa rusa.

Así, ya en 1905/1906 la revolución popular rusa era para Lenin una revolución democrático-burguesa como nunca hubo otra en parte alguna, una revolución que si fracasaba, esto es, si el acuerdo entre la burguesía y el zarismo lograba abortar la insurrección, se parecería a las revoluciones democrático-burguesas de la Europa occidental (o sea, según sus propias palabras, sería un aborto), mientras que, en cambio, si salía triunfante daría lugar no a un poder burgués sino a la dictadura del proletariado y del campesinado. Después de la insurrección de febrero, entre marzo y octubre, Lenin mantuvo la opinión de que la revolución en ciernes era entonces proletaria y socialista. Pero en los últimos meses de su vida, al hacer historia comentando la crónica de Sujánov, afirmó que la revolución de octubre había sido por sus objetivos inmediatos una revolución democrático-burguesa desarrollada luego en un sentido socialista. Lenin era de los revolucionarios que no se detienen ante los nudos gordianos teóricos: ¿cómo, si en abril de 1917 se decía que la revolución en ciernes era proletario/socialista, afirmar en 1923 que en lo esencial había sido una revolución democrático-burguesa? El nudo que no se desata, se corta: “no hay ninguna muralla china entre ambas revoluciones.”

¿No hay ahí, en ese cortar el nudo gordiano, un intento de llegar a cuadrar formalmente el círculo de la peculiaridad, de la particularidad de la revolución rusa (asiática, oriental, pero vocacionalmente europea por decisión de sus protagonistas) con aquel esbozo histórico del Capital que se consideraba válido para el desarrollo de las sociedades occidentales? Lenin parece haber intuido esto cuando afirmó, al referirse temáticamente a la cuestión de la naturaleza de la revolución, que la revolución rusa introducía ciertas correcciones desde el punto de vista de la historia universal en el camino típico del desarrollo del capitalismo y de la democracia burguesa. Pero sobre todo cuando definió a la formación social rusa salida de la revolución de octubre como un capitalismo de estado diferente del capitalismo de estado conocido en el mundo occidental.

En suma, la dificultad de caracterización por Lenin de la revolución rusa (y sus constantes matizaciones) se explica por el hecho de que creyó conveniente y necesario analizar la situación de su país precisamente con aquellas categorías que el viejo Marx consideraba válidas para la Europa occidental. Y esa dificultad, que no es sólo, por supuesto, una dificultad de Lenin, explicaría también quizá el que cuando en abril de 1917 afirma por vez primera que la revolución en curso en Rusia es una revolución proletario/socialista casi nadie le entendiera. (A lo cual se podría añadir todavía la hipótesis de que la rapidez con que entendió Stalin –casi el único entre los dirigentes bolcheviques y además el menos teórico de ellos– ese giro de Lenin en abril de 1917 se debió a que el georgiano interpretó razonablemente que lo que estaba en juego en aquella circunstancia no era la redefinición de la naturaleza de la revolución en ciernes, sino meramente la cuestión del poder, de la toma del poder).

 

III

Perdidas las matizaciones teóricas de Lenin y derrotada la revolución proletaria en Hungría, en Alemania, en Austria y en Italia, la descripción de la revolución rusa que se impuso entre los bolcheviques y más en general en el movimiento comunista encuadrado en la III Internacional fue un esquema simplificado de las tesis de Vladímir Ilich. Dicho esquema, que se ha ido repitiendo una y otra vez sin mayores consideraciones, venía a decir lo siguiente: a) las varias insurrecciones proletario/campesinas de 1905/1906 habrían constituido una revolución democrático-burguesa abortada, inacabada; b) la insurrección de febrero de 1917 habría sido una revolución democrático-burguesa consumada con éxito por el hundimiento del régimen zarista, y, finalmente c) la insurrección de octubre de 1917 que dio el poder a los bolcheviques habría sido una revolución proletaria y socialista. En la década siguiente el propio Stalin redondearía ese esquema con la afirmación de que Rusia había superado ya la primera fase del comunismo (la llamada etapa socialista) y estaba a punto de entrar en la segunda, esto es, a punto de construir la sociedad comunista propiamente dicha.

La revolución rusa como problema históricoPero ya antes de que Stalin añadiera esa última nota altamente ideológica y justificadora de su propio poder al esquema histórico dominante, en la III Internacional habían manifestado serias dudas sobre su licitud y corrección varias corrientes comunistas, desde Gramsci a Bordiga, desde Korsch a Pannekoek, pasando por Mattick y los internacionalistas de Holanda. Así en 1920, defendiendo las conquistas de la revolución de octubre contra el mecanicismo de la socialdemocracia, Gramsci dudaba en cambio de que una revolución pudiera ser definida como socialista por el hecho de haber sido dirigida por el proletariado e incluso teniendo en cuenta la voluntad de transformación en un sentido socialista de sus protagonistas. Y con mayor radicalidad aún una década más tarde el grupo de comunistas internacionalistas de Holanda consideraba aquel esquema como un mero recubrimiento ideológico del jacobinismo de los bolcheviques; para ellos la idea de que la revolución de febrero era una revolución burguesa mientras que la de octubre se definía como proletario/socialista constituía “un absurdo”. Y esto por el hecho de que tal visión “supone que un desarrollo de siete meses habría sido suficiente para crear las bases económicas y sociales de una revolución proletaria en un país que apenas si acababa de entrar en la fase de su revolución burguesa”. La conclusión de esta crítica del esquema dominante era la concepción de las insurrecciones de febrero y de octubre como un proceso unitario de transformación burguesa de la sociedad rusa. En ese mismo sentido se manifestarían Pannekoek, Mattick y Kosch.

La perspectiva que dan los sesenta años cumplidos de la revolución rusa y el conocimiento del desarrollo de la formación social soviética desde 1917 permiten afirmar sin mayores dudas que tanto la crítica del esquema “canónico” por los comunistas internacionalistas como su descripción de los hechos como un proceso unitario de transformación burguesa eran acertadas en lo esencial. Tal vez desde esa misma perspectiva podrían añadirse algunas otras consideraciones:

1a  Que ese proceso unitario de transformación burguesa, acelerado luego desde el poder, tiene peculiaridades de desarrollo propias de un país en el límite entre Europa y Asia y se ha visto condicionado además, en su origen, por la implantación del imperialismo capitalista occidental, y, en su desarrollo, por la nueva división internacional del trabajo que lleva consigo la difusión del imperialismo. Esta complicación del esquema de los comunistas internacionalistas permite explicar la coincidencia, en la evolución de la Unión Soviética, de factores inicialmente tan contrapuestos como el asiatismo (en el plano político) y el taylorismo (en el plano económico y de organización del trabajo).

2a Que el mantenimiento del esquema ideológico interpretativo de la revolución rusa, dominante en la III Internacional, ha conducido a una hipostatización del concepto de revolución proletaria semejante a la que ya se había impuesto con respecto a la revolución burguesa (esto es, la consideración de la revolución francesa como revolución burguesa por antonomasia, cuando es precisamente la excepción). La generalización ahistórica de ese modelo esquemático es semejante, aunque contraria, a la que denunciara Marx para el caso de El Capital y ha llevado al movimiento comunista a varios errores de importancia. Uno en Oriente, al subvalorar el papel del campesinado por comparación con lo ocurrido en Rusia (de ahí la equivocación paralela de los proyectos políticos de Stalin y de Trotski para la China de los años veinte/treinta); otro en Occidente, al sobrevalorar los factores de atraso económico y cultural en países capitalistas desarrollados o por lo menos relativamente desarrollados (buscando todavía en fechas no muy lejanas el paralelo con la revolución democrático-burguesa rusa y repitiendo mecánicamente que no hay muralla china entre esa revolución y la proletaria).

Nota bibliográfica

  • V.I. Lenin. Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática. Traducción castellana en Obras Escogidas, tomo 1, pág 477 y siguientes.
  • V.I. Lenin. Con motivo del cuarto aniversario de la revolución de octubre. Traducción castellana en Obras Escogidas, tomo 3, Págs. 659-668.
  • V.I. Lenin, Nuestra revolución (A propósito de las notas de N. Sujánov). Traducción castellana en Obras escogidas, tomo 3, págs. 792-795.
  • Grupo de comunistas internacionalistas de Holanda “Tesis sobre el bolchevismo” en Pannekoek, Korsch. Mattick, Crítica del bolchevismo. Barcelona, Anagrama, 1976.
  • Rudi Dutschke, Lenin (Tentativas de poner a Lenin sobre los pies). Traducción castellana, en Icaria, Barcelona, 1977.

La era de la Revolución Rusa

por Maximiliano Cortés//

A 100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA

Lo que distingue a la Revolución Rusa [RR] de todas las que la precedieron fue su carácter de clase y sus objetivos socialistas. Es desde aquí que, lejos de perderse en sus particularidades, la RR abrió un marco histórico completamente nuevo en el desarrollo de la lucha de clases mundial. La certera orientación de la vanguardia proletaria con Lenin y Trotsky a la cabeza llevó a concretar la insurrección como arte dentro de un proceso revolucionario que comprimió las etapas de desarrollo de la Rusia rezagada, inaugurando “la gran época de la estrategia revolucionaria”.
La 1ra Guerra Mundial había acelerado las contradicciones de un capitalismo que superaba su etapa orgánica y pasaba a su fase crítica. Esto significa que el desarrollo capitalista, que nunca es evolutivo y siempre contradictorio, ya no podía ser un factor de progreso creciente de las fuerzas productivas y sociales. Este desarrollo de las fuerzas productivas se había visto limitado, encorsetado por la existencia de los Estado Nacionales que la burguesía venía recién consolidando como aparatos administra vos y coercitivos para la defensa de la propiedad privada. Es así que el capitalismo de la libre competencia es reemplazado por el capitalismo monopolista, por el imperialismo como política expansionista del capital financiero, que desencadenaría una lucha inter-imperialista por el reparto del mundo.

Con el advenimiento de la guerra y el posterior triunfo de la RR se remeció todo el andamiaje teórico y político de la socialdemocracia, que había forjado toda su actividad en una separación programática entre las actividades cotidianas de parlamentarismo y sindicalismo -ligada además al desarrollo del aparato estatal por intermedio de las capas superiores del proletariado- y una propaganda general sobre una futura y difusa sociedad socialista. La conquista del poder por el partido bolchevique acaudillando a las masas proletarias y arrastrando tras de sí a la masa de campesinos y soldados, liquidó para siempre esta separación y el carácter nacional de los programas revolucionarios, empujando al fango del oportunismo a aquellos que continuaron defendiendo la política de sus burguesías en la guerra y que defenestraron como “aventurerismo” la toma del poder en Rusia manteniéndose en el terreno de la democracia burguesa.

Una de las lecciones que les dejó a los revolucionarios la experiencia de Octubre fue la posibilidad concreta de que en los países atrasados o rezagados el proletariado puede llegar al poder antes que en los países avanzados del capitalismo. Esto rompió con el esquematismo reinante en amplios círculos marxistas que convertía en un absoluto la ley de desarrollo desigual, según la cual los países atrasados veían la imagen de su desarrollo futuro en los países avanzados y estaban destinados a repetir sus mismas fases de desarrollo. La maduración de las fuerzas de la economía capitalista mundial, su extensión a todos los rincones del planeta, el expansionismo del capital financiero, imprime en los países atrasados saltos en su desarrollo, que de una forma combinada e imbricada va a dar forma a otra ley complementaria que es la del desarrollo combinado. Es así que sin dejar de obstaculizar el desarrollo de las fuerzas productivas mediante la propiedad privada y los Estados nacionales, el capitalismo acerca sus distintas partes imprimiendo en los países coloniales y semicoloniales esa amalgama de formas arcaicas y modernas que son la base sobre la que se desarrolla y se forma el proletariado de estos países. El desarrollo del proletariado, económico pero también político, en la atrasada Rusia será la el expresión de esta ley.


Luego de la conquista del poder este mismo atraso y el deterioro económico momentáneo que produce todo proceso revolucionario (más aún en un país agotado por la guerra), dejaron como principal tarea a los revolucionarios la conquista del poder en los principales países desarrollados por el capitalismo (centralmente Alemania) donde un poderoso proletariado podría utilizar los recursos del capitalismo legados por la ciencia, la técnica aplicados a la producción como base del desarrollo de la planificación socialista mundial.

LAS TAREAS SOCIALISTAS Y LAS ETAPAS

La estructura semifeudal semicapitalista de Rusia fue la base combinada que permitió el salto de las etapas históricas que era tan resistido por amplios círculos marxistas. El pensamiento imperante era que Rusia debía pasar por un largo periodo de desarrollo capitalista y de democracia burguesa antes de llegar a plantearse tareas socialistas. “Es absurdo sostener que, en general, no se pueda saltar por alto una etapa. A través de las ‘etapas’ que se derivan de la división teórica del proceso de desarrollo enfocado en su conjunto, esto es, en su máxima plenitud, el proceso histórico vivo efectúa siempre saltos, y exige lo mismo de la política revolucionaria en los momento críticos” [1]. La misma conquista del poder por el proletariado dio inicio a una nueva era, la era de la revolución proletaria, dejando al descubierto descarnadamente el papel pérfido y contrarrevolucionario de la burguesía y de sus aliados.

Es efectivo que la RR consiguió superar el dilema teórico acerca del transcrecimiento de la revolución burguesa en la revolución proletaria. Es decir, llevar a cabo las tareas irresueltas o pendientes por la burguesía sin la intervención de esta sólo podían llevarse a cabo por el proletariado bajo la bandera de la revolución socialista. Es así que en la época imperialista de crisis, guerras y revoluciones, las tareas democráticas no resueltas, tales como la liberación nacional, liberar al campesinado del yugo feudal, realizar la democracia política, sólo pudieron llevarse a cabo bajo la dictadura del proletariado comprimiendo de forma acelerada la materialización de estas tareas históricas del desarrollo al tiempo que se ponía a la orden del día la expropiación de la burguesía y los métodos de la organización de la economía socialista.

Y este acontecimiento gigantesco que fue el acceso del proletariado al poder por primera vez en la historia, y las lecciones y métodos de la insurrección del Octubre, plantearon a los marxistas la actualización de la nueva era donde la política revolucionaria pasa a gravitar en el transcrecimiento entre la revolución proletaria y la mundial [2], y que así lo atestiguó la continuidad de la lucha en la construcción de la Internacional como el partido mundial de la revolución socialista.

La misma existencia del Estado Obrero significó, no la anulación de las leyes de la economía capitalista, pero sí la violación de la ley del valor, la interrupción momentánea de sus procesos automáticos, en definitiva, la injerencia socialista de este Estado en la sociedad capitalista.

EL SISTEMA SOVIÉTICO

Rusia pasó por dos revoluciones antes de alcanzar el triunfo en la tercera (1905, Febrero y Octubre 1917). Cada una legó a las masas obreras y campesinas y en particular a su vanguardia revolucionaria lecciones que serían aprendidas con la sangre. Así las masas en Febrero del 17 volvieron a poner en pie los soviets como organismos capaces de aglutinar a las masas obreras, a los campesinos y a los soldados, al tiempo que dejaban planteada una situación de doble poder que se trasladaba hacia otras formas orgánicas (como en su momento lo fueron las guardias rojas o el comité militar revolucionario). La dualidad de poder entonces excluye cualquier situación de equilibrio formal de poderes ya que no es un “hecho constitucional, sino revolucionario, que atestigua que la ruptura del equilibrio social ha roto ya la superestructura del Estado” [3]. Al decir de Lenin en la época actual la dualidad de poderes no expresa otra cosa que el enfrentamiento entre dos dictaduras, la del proletariado con la de la burguesía. En donde en cada etapa de lucha la revolución y la contrarrevolución intentarán imponerse una sobre la otra en el desarrollo de la misma guerra civil.

Antes de que se produzca la degeneración burocrática del Estado Obrero los Soviets serán la columna vertebral del nuevo estado, acercando a las masas a las tareas de la dictadura proletaria, y planteando una extensión de la revolución en lo que fue la URSS como una forma orgánica que permitiría, por su relación con las masas, avanzar en su extinción en la medida que fuera liquidado el capitalismo o que la dictadura del proletariado se conquistara a nivel mundial. “… Hemos creado un tipo soviético de estado y por esto hemos anunciado una nueva era en la historia del mundo, la era de la dominación política del proletariado, que superará la era de la dominación de la burguesía. Nadie puede privarnos de esto tampoco. Aunque el tipo soviético de Estado tendrá el toque final solamente con la ayuda de la experiencia práctica de la clase trabajadora de muchos países…” [4]

LA DEGENERACIÓN DE LA REVOLUCIÓN

Pese a haber liberado sus fuerzas productivas del parasitismo de la propiedad privada capitalista, lo que le permitió una base enorme para un desarrollo gigantesco de su aparato productivo, éstas estaban sometidas a las leyes de la economía mundial. Como planteara Lenin y Trotsky desde el albor mismo de la Revolución de Octubre, la conquista del poder por la clase obrera no podría subsistir por mucho más tiempo sino se extendía a la conquista de las fuerzas productivas de los principales centros capitalistas. “Vivimos no solamente en un Estado, sino en un sistema de Estados, y es inconcebible para la República Soviética existir al lado de los Estados imperialistas por un periodo prolongado de tiempo. Uno u otro deben triunfar” [5]. Sin embargo, este pronóstico no contemplaba la posibilidad de la de que se mantuvieran durante un buen tiempo las bases materiales conquistadas por la revolución aunque de forma contenida y aislada por la formación de una excrecencia parasitaria al mando del Estado Obrero.

La no extensión de la dictadura proletaria a nivel mundial, los procesos de purga y reacción internos llevados al interior de la URSS por la casta burocrática estalinista, la liquidación primero política y luego organizativa de la Internacional Comunista, en definitiva la liquidación del carácter revolucionario e internacionalista de los partidos comunistas en el mundo fueron la base sobre la que el proceso abierto con la RR se viera interrumpido. Contra esta burocracia dará una feroz lucha política, primero la Oposición de Izquierda y más tarde los militantes de la IV Internacional para regenerar las bases de la RR al tiempo que batallar por la victoria del proletariado mundial.

La continuidad de esta colosal tarea será dirigida hasta el fin de su vida por León Trotsky quien se dedicó a sintetizar todas las lecciones de este proceso revolucionario y de las conquistas programáticas de la labor internacional que tendrá su legado en la fundación de la IV Internacional como continuidad directa de la labor de los grandes revolucionarios.

LA DIRECCIÓN REVOLUCIONARIA

Para llevar adelante las tareas históricas que dejara planteada la RR es necesario forjar la dirección revolucionaria internacional. Sus cuadros revolucionarios deberán extraer los métodos y lecciones de Octubre, actualizando las lecciones de las luchas de nuestra clase del último siglo. La destrucción del aparato burocrático militar de la burguesía es un objetivo central de la clase obrera. Este objetivo, que incluye combatir a las tendencias a la adaptación a la democracia de los patrones, desarrollando en el seno del régimen burgués los elementos subversivos de la democracia proletaria, requiere una organización de militantes profesionales que se preparen para la toma del poder.


Como ya mencionamos Lenin dio una fuerte batalla en las vísperas de la revolución contra las tendencias que se adaptaban a las formas democráticas e incluso contra la confianza legalista en las instituciones soviéticas como garantía de triunfo de proletario.
“Para tratar la insurrección como marxistas, es decir, como un arte – escribía -, debemos al propio tiempo, sin perder un minuto, organizar un Estado Mayor de los destacamentos insurreccionales, repartir nuestras fuerzas, lanzar los regimientos fieles a los puntos más importantes, cercar el teatro Alejandra, ocupar la fortaleza de Pedro y Pablo, detener al Gran Estado Mayor y al gobierno, enviar contra los kadetes militares y la División Salvaje destacamentos prontos a sacrificarse hasta el último hombre antes que dejar penetrar al enemigo en los sitios céntricos de la ciudad; debemos movilizar a los obreros armados, convocarlos a la batalla suprema, ocupar simultáneamente el telégrafo y el teléfono, instalar nuestro Estado Mayor Insurrecto en la estación telefónica central, , ponerlo en comunicación por teléfono con todas las fábricas, con todos los regimientos, con todos los puntos donde se desarrolla la lucha armada, etc. Claro que todo ello no es más que aproximativo; pero insisto en probar cómo no se podría en el momento actual permanecer fiel al marxismo y a la revolución sin tratar la insurrección como arte” [6].

La RR hizo coincidir finalmente la convocatoria al II Congreso de los Soviets con la insurrección armada, y fue la labor determinante de la preparación consciente de la insurrección lo que posibilitó el triunfo. Y esta es una de las lecciones más importantes que nos deja la historia, y es que, a diferencia de la burguesía, el proletariado sólo puede adueñarse del poder por medio de un instrumento revolucionario que temple a la vanguardia obrera en una política de independencia de clase. “La fuerza motriz de la revolución burguesa era también la masa; pero mucho menos consciente y organizada que ahora. Su dirección estaba en manos de las diferentes fracciones de la burguesía, que disponía de la riqueza, de la instrucción y de la organización (municipios, universidades, prensa, etc) […]
“…en la revolución proletaria no sólo implica el proletariado la principal fuerza combativa, sino también la fuerza dirigente con la personalidad de la vanguardia. Su partido es el único que puede en la revolución proletaria desempeñar el papel que en la revolución burguesa desempeñaban la potencia de la burguesía, su instrucción, sus municipios y universidades…” [7]


Como mencionamos al principio “La gran época de la estrategia revolucionaria comienza en 1917, primero en Rusia y después en toda Europa” [8]. Los actuales cuadros revolucionarios no sólo deberán prepararse para la conquista del poder y la destrucción del Estado, sino que deberán forjarse en las tareas que implican la transición a la extinción de toda forma de Estado para superar “la era de la dominación política del proletariado”, de la dictadura mundial del proletariado la era de la emancipación de la Humanidad, hacia la era del verdadero Comunismo, de la verdadera historia de la Humanidad

NOTAS:
[1] Teoría de la Revolución Permanente, León Trotsky, 1928
[2] Sobre un debate de la Teoría de la Revolución Permanente y el transcrecimiento entre la revolución proletaria y la mundial, ver Perspectiva Marxista N°2, Revista Internacional de la COR Arg.
[3] Historia de la Revolución Rusa Tomo I, León Trotsky, 1932
[4] Vladimir Ilich Lenin, Obras Escogidas Tomo XXXIII
[5] Vladimir Ilich Lenin, Obras Escogidas Tomo XXIX
[6] Carta al CC del Par do Bolchevique, Septiembre 1917, Vladimir Ilich Lenin, Obras Completas, Tomo XXVI.
[7] Lecciones de Octubre, León Trotsky, 1924.
[8] Idem 7

( nota tomada de la revista El Nuevo Curso, de la Corriente Obrera Revolucionaria, COR)

 

 

 

 

 

León Trotsky: Cinco días (23-27 de febrero de 1917)

El 23 de febrero era el Día Internacional de la Mujer. Los elementos socialdemócratas se proponían festejarlo en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifiestos, etc. A nadie se le pasó por las mentes que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución. Ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día. La organización bolchevique más combativa de todas, el Comité de la barriada obrera de Viborg, aconsejó que no se fuese a la huelga. Las masas -como atestigua Kajurov, uno de los militantes obreros de la barriada- estaban excitadísimas: cada movimiento de huelga amenazaba convertirse en choque abierto. Y como el Comité entendiese que no había llegado todavía el momento de la acción, toda vez que el partido no era aún suficientemente fuerte ni estaba asegurado tampoco en las proporciones debidas el contacto de los obreros con los soldados, decidió no aconsejar la huelga, sino prepararse para la acción revolucionaria en un vago futuro. Tal era la posición del Comité, al parecer unánimemente aceptada, en vísperas del 23 de febrero. Al día siguiente, haciendo caso omiso de sus instrucciones, se declararon en huelga las obreras de algunas fábricas textiles y enviaron delegadas a los metalúrgicos pidiéndoles que secundaran el movimiento. Los bolcheviques -dice Kajurov- fueron a la huelga a regañadientes, secundados por los obreros mencheviques y socialrevolucionarios. Ante una huelga de masas no había más remedio que echar a la gente a la calle y ponerse al frente del movimiento. Tal fue la decisión de Kajurov, que el Comité de Viborg hubo de aceptar. “La idea de la acción había madurado ya en las mentes obreras desde hacía tiempo, aunque en aquel momento nadie suponía el giro que había de tomar.” Retengamos esta declaración de uno de los actores de los acontecimientos, muy importante para comprender la mecánica de su desarrollo.

Dábase por sentado, desde luego, que, en caso de manifestaciones obreras, los soldados serían sacados de los cuarteles contra los trabajadores. ¿A dónde se hubiera ido a parar con esto? Estábamos en tiempo de guerra y las autoridades no se mostraban propicias a gastar bromas. Pero, por otra parte, el “reservista” de los tiempos de guerra no era precisamente el soldado sumiso del ejército regular. ¿Era más o menos peligroso? Entre los elementos revolucionarios se discutía muchísimo ese tema, pero más bien de un modo abstracto, pues nadie, absolutamente nadie -como podemos afirmar categóricamente, basándonos en todos los datos que poseemos- pensaba en aquel entonces que el día 23 de febrero señalaría el principio de la ofensiva declarada contra el absolutismo. Tratábase -en la mente de los organizadores- de simples manifestaciones con perspectivas vagas, pero en todo caso sin gran trascendencia.

Es evidente, pues, que la Revolución de Febrero empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias; con la particularidad de que esta espontánea iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida y cohibida del proletariado: las obreras del ramo textil, entre las cuales hay que suponer que habría no pocas mujeres casadas con soldados. Las colas estacionadas a la puerta de las panaderías, cada vez mayores, se encargaron de dar el último empujón. El día 23 se declararon en huelga cerca de 90.000 obreras y obreros. Su espíritu combativo se exteriorizaba en manifestaciones, mítines y encuentros con la policía. El movimiento se inició en la barriada fabril de Viborg, desde donde se propagó a los barrios de Petersburgo. Según los informes de la policía, en las demás partes de la ciudad no hubo huelgas ni manifestaciones. Este día fueron llamados ya en ayuda de la policía destacamentos de tropa poco numerosos al parecer, pero sin que se produjesen choques entre ellos y los huelguistas. Manifestaciones de mujeres en que figuraban solamente obreras se dirigían en masa a la Duma municipal pidiendo pan. Era como pedir peras al olmo. Salieron a relucir en distintas partes de la ciudad banderas rojas, cuyas leyendas testimoniaban que los trabajadores quería pan, pero no querían, en cambio la autocracia ni la guerra. El Día de la Mujer transcurrió con éxito, con entusiasmo y sin víctimas. Pero ya había anochecido y nadie barruntaba aún lo que este día fenecido llevaba en su entraña.

Al día siguiente, el movimiento huelguístico, lejos de decaer, cobra mayor incremento: el 24 de febrero huelgan cerca de la mitad de los obreros industriales de Petrogrado. Los trabajadores se presentan por la mañana en las fábricas, pero se niegan a entrar al trabajo, organizan mítines y a la salida se dirigen en manifestación al centro de la ciudad. Nuevas barriadas y nuevos grupos de la población se adhieren al movimiento. El grito de “¡Pan!” desaparece o es arrollado por los de “¡Abajo la autocracia!” y “¡Abajo la guerra!” La perspectiva Nevski contempla un continuo desfilar de manifestaciones: son masas compactas de obreros cantando himnos revolucionarios; luego, una muchedumbre urbana abigarrada, entre la que se destacan las gorras azules de los estudiantes. “El público nos acogía con simpatía, y desde algunos lazaretos los soldados no saludaban agitando lo que tenían a mano.” ¿Eran muchos los que se daban cuenta de lo que significaban aquellas pruebas de simpatía de los soldados enfermos por los manifestantes obreros? Cierto es que los cosacos no cesaban de cargar constantemente, aunque sin gran dureza, contra la multitud; sus caballos estaban jadeantes. Los manifestantes se dispersaban y tornaban a reunirse. La multitud no sentía miedo. “Los cosacos prometen no disparar.” La frase corría de boca en boca. Por lo visto, los obreros habían parlamentado con algunos cosacos. Poco después aparecieron, medio borrachos, los dragones y se lanzaron sobre la multitud golpeando las cabezas con las lanzas. Pero los manifestantes no se disolvieron. “No dispararán.” En efecto, no dispararon.

Un senador liberal cuenta que vio en la calle tranvías parados -¿no sería acaso al día siguiente, confudiéndolo en la memoria?-, algunos con los cristales rotos, otros volcados sobre los raíles, y recordó las jornadas de julio de 1914, en vísperas de la guerra. “Parecía como si se repitiese la vieja tentativa.” La vista no le engañaba. La continuidad era evidente: la historia cogía los cabos del hilo revolucionario roto por la guerra y los volvía a empalmar.

Durante todo el día la muchedumbre se volcaba de unos barriosen otros. Veíase dispersada por la policía, contenida y rechazada por las fuerzas de Caballería y algunos destacamentos de Infantería. Con el grito de “¡Abajo la policía!” alternaban cada vez con más frecuencia los hurras a los cosacos. Era un detalle significativo. La multitud exteriorizaba un odio furioso contra la policía. La policía montada era acogida con silbidos, piedras, pedazos de hierro. Muy distinta era la actitud de los obreros respecto de los soldados. En los alrededores de los cuarteles, cerca de los centinelas y las patrullas, veíanse grupos de obreros y obreras que charlaban amistosamente con ellos. Era una nueva etapa que tomaban las huelgas en su desarrollo y un fruto del hecho de poner frente a frente al ejército y a las masas obreras. Esta etapa, inevitable en toda revolución, parece siempre nueva, y la verdad es que cada vez se plantea de un modo distinto. Los que han leído y escrito sobre ella no la reconocen.

En la Duma nacional se contaba el día 24 que una masa enorme de gente había invadido toda la plaza Snamenskaia, toda la perspectiva Nevski y las calles adyacentes, observándose un fenómeno nunca visto: una multitud revolucionaria y no patriótica que acompañaba con vítores a los cosacos y regimientos que avanzaban a los sones de músicas. Preguntando qué significaba aquello, un transeúnte contestó al diputado que le interrogaba: “Un policía ha dado un latigazo a una mujer; los cosacos se han puesto al lado de esta última y han ahuyentando a la policía.” Nadie se había tomado el trabajo de comprobar la verdad de aquello. A la multitud le bastaba con creerlo, con creer en su verosimilitud, y esta confianza no se había caído del cielo, sino que era el fruto de la experiencia, por eso tenía que convertirse necesariamente en garantía de triunfo.

Después de la reunión mañanera, los obreros de la fábrica de Erickson, una de las más avanzadas de la barriada de Viborg, se dirigieron en masa, con un contingente de unos 2.500 hombres, a la avenida de Sampsonievski, y en una calle estrecha tropezaron con los cosacos. Los primeros que hendieron en la multitud, abriéndose paso con el pecho de los caballos, fueron los oficiales. Tras ellos venían los cosacos galopando a toda la anchura de la avenida. ¡Momento decisivo! Pero los jinetes se deslizaron cautamente como una larga cinta por la brecha abierta por los oficiales. “Algunos -recuerda Kajurov- se sonreían, y uno de ellos guiñó el ojo maliciosamente a los obreros.” Aquella guiñada del cosaco tenía su porqué. Los obreros recibieron valientemente, aunque sin hostilidad, a los cosacos, y les contagiaron un poco de su valentía. Pese a las nuevas tentativas de los oficiales, los cosacos, sin infringir abiertamente la disciplina, no disolvieron por la fuerza a la multitud y, renunciando a dispersar a los obreros, apostaron a los jinetes a lo ancho de la calle para impedir que los manifestantes pasaran al centro. Pero tampoco esto sirvió de nada. Los cosacos montaban la guardia en sus puestos con todas las de la ley, pero no impedían que los obreros se deslizaran por entre los caballos. la revolución no escoge arbitrariamente sus caminos. Daba sus primeros pasos hacia la victoria bajo los vientres de los caballos de los cosacos. ¡Interesante episodio! ¡Y notable ojo el del narrador, a quien todas las incidencias de ese proceso se le quedaron grabadas en la memoria! Y, sin embargo, no tiene nada de sorprendente. El narrador era un caudillo al que seguían más de dos mil hombres: el ojo del comandante, atento a las balas o al látigo del enemigo, es siempre avizor.

El cambio esperado en el ejército puede observarse, sobre todo, en los cosacos, instrumento inveterado de represión. No quiere ello decir que los cosacos fueran más revolucionarios que los demás. Todo lo contrario: en estos terratenientes acomodados, celosos de sus privilegios de cosacos, que despreciaban a los sencillos campesinos y recelaban de los obreros, anidaban muchos elementos de conservadurismo. Precisamente por esto los cambios provocados por la guerra cobraban en ellos más relieve. Además, el zarismo echaba mano de ellos para todo, los mandaba a todas partes, los colocaba frente al pueblo, ponía sus nervios a prueba. Estaban ya hartos de todo esto; no pensaban ya más que en volver a sus casas, y guiñaban el ojo a los huelguistas como diciendo: “¡Andad, haced lo que queráis; allá vosotros; nosotros no nos meteremos en nada!” Sin embargo, todo esto no pasaba de ser síntomas; significativos, pero síntomas nada más. El ejército seguía siendo ejército, una masa de hombres atados por la disciplina y cuyos hilos principales estaban en manos de la monarquía. Las masas obreras no tenían armas. Sus dirigentes no pensaban siquiera en el desenlace decisivo.

En el orden del día del Consejo de Ministros celebrado el 24 figuraba entre otros puntos la cuestión de los desórdenes en la capital. ¿Huelgas? ¿Manifestaciones? ¡Bah! No era la primera vez. Todo estaba previsto. Se habían cursado instrucciones oportunas ¡A otra cosa!

¿En qué consistían concretamente las instrucciones circuladas? A pesar de que en el transcurso de los días 23 y 24 fueron agredidos veintidós policías, el jefe de las tropas de la región, general Jabalov, casi dictador, no creyó necesario recurrir al empleo de las armas de fuego, y no por bondad precisamente. Todo estaba previsto y señalado de antemano, y fijado el momento preciso para abrir fuego.

La revolución no sobrevino por torpeza más que en cuanto al momento. En términos generales puede decirse que ambos polos, el revolucionario y el gubernamental, venían preparándose concienzudamente para ella desde hacía muchos años. Por lo que a los bolcheviques se refiere, toda su actuación después de 1905 se redujo en puridad a preparar la segunda revolución. También la actuación del gobierno era en gran parte una serie de preparativos encaminados a aplastar la nueva revolución que se avecinaba. Este aspecto de la actividad gubernamental cobró en el otoño de 1916 un carácter bastante sistemático. Una comisión presidida por Jabalov terminó, a mediados de enero de 1917, un plan concienzudamente estudiado de represión de un nuevo alzamiento. La ciudad fue dividida en seis zonas, cada una de las cuales se dividía a su vez en varios distritos. Al frente de todas las fuerzas armadas se ponía al comandante de las fuerzas de la reserva de la Guardia, general Tebenikin. Los regimientos eran distribuidos por distritos. En cada una de las seis zonas la policía, la gendarmería y las tropas se colocaban bajo el mando de jefes y oficiales del Estado Mayor. La Caballería cosaca quedaba a las órdenes directas del propio Tebenikin para las operaciones de más monta. El desarrollo de la represión en orden al tiempo había de ajustarse a las siguientes normas: primero entraría en acción solamente la policía; luego saldrían a escena los cosacos con sus látigos, y sólo en caso de efectiva necesidad se echaría mano de las tropas, armadas con fusiles y ametralladoras. Y este plan, en el que se ponían a contribución, desarrollándolas, las experiencias de 1905, fue en efecto el que de hecho se ejecutó en las jornadas de febrero. La falla no estaba precisamente en la imprevisión ni en los defectos del plan trazado, sino en el material humano que había de ponerlo en acción. Aquí radicaba el gran peligro de que fallara el golpe.

Formalmente, el plan se apoyaba en toda la guarnición, que contaba con 150.000 soldados; pero en realidad sólo podía contar con unos 10.000. Aparte de la fuerza de policía, cuyo contingente era de 3.500 hombres, el gobierno confiaba firmemente en los alumnos de las escuelas militares. Esto se explica por el carácter de la guarnición petersburguesa de aquel entonces, compuesta casi exclusivamente por tropas de reserva, principalmente por los catorce batallones de reserva de los regimientos de la Guardia que se hallaban en el frente. Formaban parte, además, de la guarnición un regimiento de Infantería, un batallón de motociclistas y una división de la reserva y de automóviles blindados, fuerzas poco considerables de zapadores y de artilleros y dos batallones de cosacos del Don. Esto era mucho, demasiado acaso. Las tropas de reserva estaban integradas por una masa humana a la que no se había podido modelar apenas por la propaganda patriótica o que se había emancipado de ella. En realidad, era éste el estado en que se encontraba casi todo el ejército.

Jabalov se atuvo estrictamente a su plan. El primer día, el 23, sólo entró en acción la policía. el 24 salió a la calle principalmente la Caballería, pero sin emplear más que el látigo y la lanza. La Infantería y las armas de fuego se reservaron hasta ver el giro que tomaban las cosas. Éstas no se hicieron esperar.

El 25 la huelga cobró aún más incremento. Según los datos del gobierno, este día tomaron parte en ella 240.000 obreros. Los elementos más atrasados forman detrás de la vanguardia; ya secundan la huelga un número considerable de pequeñas empresas; se paran los tranvías, cierran los establecimientos comerciales. En el transcurso de este día se adhieren a la huelga los estudiantes universitarios. A mediodía afluyen a la catedral de Kazán y a las calles adyacentes millares de personas. Intentan organizarse mítines en las calles, se producen choques armados con la policía. Desde el monumento a Alejandro III dirigen la palabra al público los oradores. La policía montada abre el fuego. Un orador es herido. como consecuencia de los disparos que parten de la multitud, resulta muerto un comisario de la policía y heridos el jefe superior y algunos agentes. De la muchedumbre se arrojan a los gendarmes botellas, petardos y granadas de mano. La guerra había enseñado el arte de construirlas. Los soldados adoptan una actitud pasiva y a veces hostil a la policía; por entre la multitud corre con emoción la noticia de que cuando los policías empezaban a disparar cerca de la estatua de Alejandro III, los cosacos dispararon contra los “faraones montados” -así llamaba el pueblo a los guardias-, viéndose éstos obligados a retirarse. Por lo visto, no se trataba de una leyenda echada a rodar para infundir ánimos, porque la noticia se confirma, aunque en versiones diversas, por diferentes conductos.

El obrero bolchevique Kajurov, uno de los auténticos caudillos de estas jornadas, cuenta que en uno de los puntos de la ciudad, cuando los manifestantes, corridos a latigazos por la policía montada, se dispersaban pasando por junto a un destacamento de cosacos, Kajurov, seguido de algunos obreros que no habían imitado a los fugitivos, se acercaron a los cosacos y, quitándose las gorras, les dijeron: “Hermanos cosacos: Ayudad a los obreros en la lucha por sus demandas pacíficas: ya veis cómo nos tratan los “faraones” a nosotros, los obreros hambrientos. ¡Ayudadnos!” Aquel tono conscientemente humilde, aquellas gorras en las manos, ¡qué cálculo sicológico más sutil, qué inimitable gesto! Toda la historia de las luchas en las calles y de las victorias revolucionarias está llena de semejantes improvisaciones. Pero estos episodios desaparecen sin dejar huella en el torbellino de los grandes acontecimientos, y a los historiadores no les quedan más que las cáscaras de los lugares comunes. “Los cosacos -prosigue Kujarov- se miraron unos a otros de un modo extraño, y apenas habíamos tenido tiempo de retirarnos cuando se lanzaron a la pelea.” Minutos después, la multitud jubilosa alzaba en hombros, cerca de la estación, al cosaco que delante de sus ojos había derribado de un sablazo a un agente de policía. La policía no tardó en desaparecer completamente del mapa; es decir, se ocultó y empezó a maniobrar por debajo de cuerda. Vienen los soldados a ocupar su puesto; fusil al brazo. Los obreros les interrogan, inquietos: “¿Es posible, compañeros, que vengáis en ayuda de los gendarmes?” Como contestación, un grosero” ¡Sigue tu camino!” Una nueva tentativa de aproximación termina del mismo modo. Los soldados están sombríos; un gusano les roe por dentro y se irritan cuando la pregunta da en el clavo de sus propias inquietudes.

Entretanto, el desarme de los “faraones” se convierte en la divisa general. los gendarmes son el enemigo cruel, irreconciliable, odiado. No hay ni que pensar en ganarlos para la causa. No hay más remedio que azotarlos o matarlos. El ejército ya es otra cosa. La multitud rehuye con todas sus fuerzas los choques hostiles con ellos, busca el modo de ganarlo, de persuadirlo, de fundirlo con el pueblo. A pesar de los rumores favorables, acaso un poco exagerados, relativos a la conducta de los cosacos, la multitud sigue guardando una actitud circunspecta ante la Caballería. El soldado de Caballería se eleva por encima de la multitud, y su espíritu se halla separado del huelguista por las cuatro patas de la bestia. Una figura a la que hay que mirar de abajo arriba se representa siempre más amenazadora y terrible. La infantería está allí mismo, al lado, en el arroyo, más cercana y accesible. La masa se esfuerza en aproximarse a ella, en mirarle a los ojos, en envolverla con su aliento inflamado. La mujer obrera representa un gran papel en el acercamiento entre los obreros y los soldados. Más audazmente que el hombre, penetra en las filas de los soldados, coge con sus manos los fusiles, implora, casi ordena: “Desviad las bayonetas y venid con nosotros.” Los soldados se conmueven, se avergüenzan, se miran inquietos, vacilan; uno de ellos se decide: las bayonetas desaparecen, las filas se abren, estremece el aire un hurra entusiasta y agradecido; los soldados se ven rodeados de gente que discute, increpa e incita: la revolución ha dado otro paso hacia adelante.

Desde el Cuartel general, Nicolás II da a Jabalov la orden telegráfica de que acabe con los disturbios “mañana sin falta”. La orden del zar coincide con la fase siguiente del “plan” del general; el telegrama imperial no sirvió más que de impulso complementario. Maña tendrán la palabra las tropas. ¿No será ya tarde? Por ahora, no se podía decir. La cuestión estaba planteada, pero no resuelta, ni mucho menos. La benignidad de los cosacos, las vacilaciones que se percibían en algunas de las tropas de Infantería no eran más que episodios más o menos significativos, repetidos por mil ecos en la calle. Episodios que bastaban para enardecer a la multitud revolucionaria, pero que eran insuficientes para decidir el triunfo, tanto más cuanto que los había también de carácter hostil. Por la tarde de aquel mismo día, en el Gostini Dvor, un pelotón de dragones, como respuesta, según la versión oficial, a unos disparos de revólver que salieron de la multitud, abrió por primera vez el fuego contra los manifestantes; según el informe enviado por Jabalov al Cuartel general, resultaron tres muertos y diez heridos. ¡Seria advertencia! Al mismo tiempo, Jabalov amenazaba con mandar al frente a todos los obreros reclamados como reclutas si el 28 no reanudaban el trabajo. El general presentaba a las masas obreras un ultimátum de tres días; es decir, daba a la revolución un plazo mayor del que ésta necesitaba para derribar a Jabalov, y a la monarquía con él. Pero estas cosas sólo se saben después del triunfo. El 25 por la tarde nadie sabía aún lo que traería dentro el día siguiente.

Intentemos representarnos con más claridad la lógica interna del movimiento. El 23 de febrero se inicia, bajo la bandera del “Día de la Mujer”, la insurrección de las masas obreras de Petrogrado, latente desde hacía mucho tiempo y desde hacía mucho tiempo también contenida. El primer peldaño de la insurrección es la huelga. A lo largo de tres días, ésta va ganando terreno y se convierte de hecho en general. No hacía falta más para infundir confianza a las masas e impulsarlas a seguir. La huelga, que va tomando cada vez más decididamente carácter ofensivo, se combina con manifestaciones callejeras, que ponen en contacto a la masa revolucionaria con las tropas. Esto impulsa al objetivo del movimiento, en su conjunto, hacia un plano más elevado, donde el pleito se dirime por la fuerza de las armas. Los primeros días se señalan por una serie de éxitos parciales, aunque de carácter más sintomático que efectivo.

Un alzamiento revolucionario que dure varios días sólo se puede imponer y triunfar con tal de elevarse progresivamente de peldaño en peldaño, registrando todos los días nuevos éxitos. Una tregua en el desarrollo de los éxitos es peligrosa. Si el movimiento se detiene y patina, puede ser el fracaso. Pero tampoco los éxitos de por sí bastan; es menester que la masa se entere de ellos a su debido tiempo y aprecie antes de que sea tarde su importancia para no dejar pasar de largo el triunfo en momentos en que le bastaría alargar la mano para cogerle. En la historia se han dado casos de éstos.

Durante los tres primeros días, la lucha fue exacerbándose constantemente. Pero esto hizo precisamente que las cosas alcanzasen un nivel en que los éxitos sintomáticos ya no bastaban. Toda la masa activa se había echado a la calle. Con la policía liquidó eficazmente y sin grandes dificultades. En los últimos dos días hubieron de intervenir ya las tropas: en el segundo fue sólo la Caballería; al tercero, la Infantería también. Las tropas dispersaban a la gente o la contenían, manifestando a veces una condescendencia evidente y sin recurrir casi nunca a las armas de fuego. En las alturas no se apresuraban a modificar el plan represivo, en parte porque no daban a los acontecimientos toda la importancia que tenían -el error de visión de la reacción completaba simétricamente el de los caudillos revolucionarios-, y en parte porque no estaban seguros de las tropas. Al tercer día, constreñido por la fuerza de las cosas y por la de la orden telegráfica del zar, el gobierno no tiene más remedio, quiéralo o no, que echar mano de las tropas ya de una manera decidida. Los obreros lo comprendieron así, sobre todo los elementos más avanzados, tanto más cuanto que la víspera los dragones habían disparado sobre las masas. Ahora la cuestión se planteaba en toda su magnitud ante ambas partes.

En la noche del 26 de febrero fueron detenidas, en distintas partes de la ciudad, cerca de cien personas pertenecientes a las organizaciones revolucionarias, entre ellas cinco miembros del Comité bolchevique de Petrogrado. Esto daba a entender que el gobierno pasaba a la ofensiva. ¿Qué sucederá hoy? ¿Con qué temple se despertarán los obreros después de las descargas de ayer? Y, sobre todo, ¿cuál será la actitud de las tropas? El 26 de febrero amanece entre nieblas de incertidumbre y de inquietud.

Detenido el comité local, la dirección de todo el trabajo en la capital pasa a manos de la barriada de Viborg. Tal vez sea mejor así. La alta dirección del partido se retrasa desesperadamente. Hasta el día 25 por la mañana, la oficina del Comité central de los bolcheviques no se decidió a lanzar una hoja llamando a la huelga general en todo el país. En el momento de salir a la calle este manifiesto, si es que efectivamente salió, la huelga general de Petrogrado se apoyaba ya totalmente en el alzamiento armado. Los dirigentes observan desde lo alto, vacilan y se quedan atrás, es decir, no dirigen, sino que van a rastras del movimiento.

Cuanto más nos acercamos a las fábricas, mayor es la decisión. Sin embargo, hoy, día 26, también en los barrios obreros reina la inquietud. Hambrientos, cansados, ateridos de frío, con una inmensa responsabilidad histórica sobre sus hombros, los militantes del barrio de Viborg se reúnen en las afueras para cambiar impresiones acerca de la jornada y señalar de común acuerdo la ruta que se ha de seguir. Pero, ¿qué hacer? ¿Organizar una nueva manifestación? ¿Qué resultado puede dar una manifestación sin armas, si el gobierno ha decidido jugarse el todo por el todo? Esta pregunta tortura las conciencias. “Todo parecía indicar como la única conclusión posible que la insurrección se estaba liquidando.” Es la conocida voz de Kajurov la que nos habla, y a lo primero nos resistimos a creer que esta voz sea la suya. Tan bajo descendía el barómetro momentos antes de la tormenta.

En las horas en que la vacilación se adueñaba hasta de los revolucionarios que estaban más cerca de las masas, el movimiento había ido ya bastante más lejos en rigor de lo que se imaginaban los propios combatientes. Ya la víspera, al atardecer del 25 de febrero, el barrio de Viborg se hallaba por entero en manos de los rebeldes. Los comisarios de policía fueron saqueados, destruidos y algunos de los jefes de policía, muertos, aunque la mayoría había desaparecido. El general-gobernador había perdido el contacto con una parte enorme de la capital. El 26 por la mañana se puso de manifiesto que, además de la barriada de Viborg, se hallaban en poder de los revolucionarios el barrio de Peski, hasta muy cerca de la avenida de Liteini. Por lo menos, así pintaban la situación los informes de la policía. Y en cierto sentido era verdad, si bien es dudoso que los revolucionarios se dieran perfecta cuenta de ello. Indudablemente, en muchos casos los gendarmes abandonaban sus guaridas antes de verse amenazados por los obreros. Aparte de esto, el hecho de que los gendarmes evacuaran los barrios fabriles, no podía tener una importancia decisiva a los ojos de los obreros, y se comprende, pues las tropas no habían dicho aún su última palabra. La insurrección “se está liquidando”, pensaban los más decididos, cuando, en realidad, no hacía más que desarrollarse.

El 26 de febrero era domingo y las fábricas no trabajaban, lo cual impedía medir desde por la mañana la intensidad de presión de las masas por la intensidad de la huelga. Además, los obreros veíanse privados de la posibilidad de reunirse en las fábricas, como lo habían hecho en los días anteriores, y esto dificultaba la organización de manifestaciones. En la Nevski reinaba por la mañana la tranquilidad. “En la ciudad todo está tranquilo”, telegrafiaba la zarina al zar. Pero la tranquilidad no había de durar mucho. Los obreros van concentrándose poco a poco y se dirigen al centro desde todos los suburbios. No les dejan pasar por los puentes, pero atraviesan sobre el hielo; no hay que olvidar que estamos todavía en febrero, época en que el Neva está completamente helado. Los disparos hechos sobre la multitud que atraviesa el río no bastan para contenerla. La ciudad se ha transformado. Por todas partes circulan patrullas, piquetes de Caballería, por dondequiera se ven barreras de soldados. Las tropas vigilan sobre todos los caminos que conducen a la avenida Nevski. Suenan disparos que no se sabe de dónde salen. Aumenta el número de muertos y heridos. Corren en distintas direcciones los coches de las ambulancias sanitarias. No siempre se puede precisar quién dispara ni de dónde parten los tiros. Es indudable que los gendarmes, a quienes se ha dado una severa lección, han decidido no ofrecer más blanco y disparan desde las ventanas, a través de los postigos de los balcones, ocultándose detrás de las columnas, desde las azoteas. Se lanzan conjeturas que se convierten fácilmente en leyendas. Se corre que, para intimidar a los manifestantes, muchos soldados se han puesto capotes de gendarmes. Se dice que Protopopov ha mandado colocar numerosos puestos de ametralladoras en las azoteas de las casas. La comisión nombrada después de la revolución no pudo probar la existencia de estos puestos. Pero esto no quiere decir que no los hubiera. El hecho es que en esta jornada los gendarmes quedan relegados a segundo término. Ahora intervienen decisivamente las tropas, a quienes se da la orden de disparar, y los soldados, sobre todo los regimientos de las escuelas de suboficiales, disparan. Según los datos oficiales, en esta jornada los muertos llegaron a 40, contándose otros tantos heridos, sin incluir los que fueron retirados por la multitud. La lucha entra en su fase decisiva. ¿Se replegarán las masas ametralladas sobre sus suburbios? No; no se replegarán, pues quieren conseguir lo que les pertenece.

El Petersburgo burgués, burocrático, liberal, está asustado. El presidente de la Duma imperial, Rodzianko, exige que se envíen del frente tropas de confianza; luego “lo pensó mejor” y recomendó al ministro de la Guerra, Beliaiev, que dispersara a la multitud no con descargas, sino con mangas de riego, poniendo en acción al Cuerpo de bomberos. Beliaiev, después de consultar la cosa con el general Jabatov, contestó que el agua produciría resultados contraproducentes, “pues el agua lo que hace es excitar”. Véase cómo los elementos dirigentes liberalburocráticos policiacos se entretenían en debates acerca de la ducha fría y caliente para el pueblo insurreccionado. Los informes policiacos de este día demuestran que el agua no bastaba: “Durante los disturbios se observaba como fenómeno general la actitud extremadamente provocativa de los revoltosos frente a la fuerza pública, contra la cual la multitud arrojaba piedras y pedazos de hielo. Cuando las tropas hacían disparos al aire, la multitud no sólo no se dispersaba, sino que acogía las descargas con risas. Fue necesario disparar de veras para disolver los grupos, pero los revoltosos, en su mayoría, se escondían en los patios de las casas vecinas, y cuando cesaban las descargas salían otra vez a la calle.” Este informe policiaco atestigua la temperatura extraordinariamente alta de las masas en aquellos días. Es poco verosímil, sin embargo, que la multitud empezase por propia iniciativa a bombardear a las tropas con piedras y pedazos de hielo; esto contradice demasiado la sicología de los rebeldes y su táctica de prudencia con respecto a las tropas. El informe, atento a justificar las matanzas en masa, no describe las cosas tal y como sucedieron en la realidad. Pero el hecho fundamental está expresado con bastante exactitud y perfecta claridad: la masa no quiere ya retroceder, resiste con furor optimista, no abandona el campo ni aun después de las descargas y se agarra no a la vida, sino a las piedras, al hielo. La multitud exasperada demuestra una intrepidez loca. Esto se explica por el hecho de que, a pesar de las descargas, no pierde la confianza en las tropas. Tiene fe en el triunfo y quiere obtenerlo a toda costa.

La presión de los obreros sobre las tropas se intensifica conforme aumenta la presión sobre ella por las autoridades. La guarnición de Petrogrado se ve decididamente arrastrada por los acontecimientos. La fase de expectativa, que se mantuvo casi tres días y durante la cual el principal contingente de la guarnición puedo conservar una actitud de amistosa neutralidad ante los revolucionarios, tocaba a su fin: “¡Dispara sobre el enemigo!”, ordena la monarquía. “¡No dispares contra tus hermanos y hermanas!”, gritan los obreros y las obreras. Y no sólo esto, sino: “¡Únete a nosotros!” En las calles y en las plazas, en los puentes y en las puertas de los cuarteles, se desarrollaba una pugna ininterrumpida, a veces dramática y a veces imperceptible, pero siempre desesperada, en torno al alma del soldado. En esta pugna, en estos agudos contactos entre los obreros y obreras y los soldados, bajo el crepitar ininterrumpido de los fusiles y de las ametralladoras, se decidía el destino del poder, de la guerra y del país.

El ametrallamiento de los manifestantes acentúa la sensación de inseguridad en las filas de los dirigentes. Las proporciones que toma el movimiento empiezan a parecer peligrosas. En la reunión celebrada por el Comité de Viborg el día 26 por la tarde, es decir, doce horas antes de decidirse el triunfo, llegó a hablarse de sí no era venido el momento de aconsejar que se pusiese fin a la huelga. Esto podrá parecer sorprendente, pero no tiene nada de particular, pues en estos casos es mucho más fácil reconocer la victoria al día siguiente que la víspera. Además, el estado de ánimo sufre constantes alteraciones bajo la presión de los acontecimientos y de las noticias. Al decaimiento sucede rápidamente una exaltación de espíritu. De la valentía de un Kajurov o de un Chugurin no puede dudarse, pero en algunos momentos se sienten cohibidos por el sentimiento de responsabilidad para con las masas. Entre los obreros de filas hay menos vacilaciones. El agente de la Ocrana, Churkanov, que estaba bien informado, y que desempeñó un gran papel en la organización bolchevique, se expresa en los términos siguientes, en los informes que cursa a sus jefes, hablando del estado de ánimo de los obreros: “Comoquiera que las tropas no oponían obstáculo alguno a la multitud y en algunos casos se han convencido de su impunidad, y ahora, cuando, después de haber circulado sin obstáculos por las calles, los elementos revolucionarios han lanzado los gritos de “¡Abajo la guerra!” y “¡Abajo la autocracia!”, el pueblo tiene la certeza de que ha empezado la revolución, de que el triunfo de las masas está asegurado, de que la autoridad es impotente para aplastar el movimiento, puesto que las tropas están a su lado; de que el triunfo decisivo está próximo, ya que aquéllas se pondrán abiertamente, de un momento a otro, al lado de las fuerzas revolucionarias: de que el movimiento iniciado no irá a menos, sino que, lejos de eso, crecerá ininterrumpidamente, hasta lograr el triunfo completo e imponer el cambio de régimen.” Este resumen es notable por su concisión y elocuencia. El informe representa de por sí un documento histórico de gran valor, lo cual no obsta, naturalmente, para que los obreros triunfantes fusilen a su autor en cuanto lo cogen.

Los confidentes, cuyo número era enorme, sobre todo en Petrogrado, eran los que más temían el triunfo de la revolución. Estos elementos mantienen su política propia: en las reuniones bolcheviques, Churkanov sostiene la necesidad de emprender las acciones más radicales; en sus informes a la Ocrana, aconseja el empleo decidido de las armas. Es posible que Churkanov, persiguiendo este objetivo, tendiera incluso a exagerar la confianza de los obreros en el triunfo. Pero en lo esencial sus informes reflejaban la verdad, y pronto los acontecimientos vinieron a confirmar su apreciación.

Los dirigentes de ambos campos vacilaban y conjeturaban, pues nadie podía medir a priori la proporción de fuerzas. Los signos exteriores perdieron definitivamente su valor de criterios de medida: no hay que olvidar que uno de los rasgos principales de toda crisis revolucionaria consiste precisamente en la aguda contradicción entre la nueva conciencia y los viejos moldes de las relaciones sociales. La nueva correlación de fuerzas anidaba misteriosamente en la conciencia de los obreros y soldados. Pero precisamente el tránsito del gobierno a la ofensiva de las masas revolucionarias hizo que la nueva correlación de fuerzas pasara de su estado potencial a un estado real. El obrero miraba ávida e imperiosamente a los ojos del soldado, y éste rehuía, intranquilo e inseguro, su mirada: esto significaba que el soldado no respondía ya de sí. El obrero se acercaba a él valerosamente. El soldado, sombría, pero no hostilmente, más bien sintiéndose culpable, guardaba silencio, y, a veces, contestaba con una serenidad forzada para ocultar los latidos inquietos de su corazón. Está operándose en él una gran transformación. El soldado se libraba a todas luces del espíritu cuartelero sin que él mismo se diera cuenta de ello. Los jefes decían que el soldado estaba embriagado por la revolución; al soldado le parecía, por el contrario, que iba volviendo en sí de los efectos del opio del cuartel. Y así se iba preparando el día decisivo, el 27 de febrero.

Sin embargo, ya la víspera tuvo lugar un hecho que, a pesar de su carácter episódico, proyecta vivísima luz sobre los acontecimientos del 26 de febrero: al atardecer se sublevó la cuarta compañía del regimiento imperial de Pavlovski. En el informe dado por el inspector de policía se indica de un modo categórico la causa de la sublevación: “La indignación producida por el hecho de que un destacamento de alumnos del mismo regimiento, apostado en la Nevski, disparara contra la multitud.” ¿Quién informó de esto a la cuarta compañía? Por una verdadera casualidad, se han conservado datos acerca de esto. Cerca de las dos de la tarde acudió a los cuarteles del citado regimiento un grupo de obreros, que dieron cuenta atropelladamente a los soldados de las descargas de la Nevski. “Decid a los compañeros que los soldados del Pavlovski disparan también contra nosotros. Los hemos visto en la Nevski con vuestro uniforme.” Era un reproche cruel y un llamamiento inflamado. “Todos estaban desconcertados y pálidos.” La semilla cayó en tierra fértil. Hacia las seis de la tarde, la cuarta compañía abandonó, por iniciativa propia, el cuartel bajo el mando de un suboficial -¿quién era? Su nombre ha desaparecido, sin dejar huella, entre tantos otros cientos y miles de nombre heroicos- y se dirigió a la Nevski para retirar a los soldados que habían disparado. No estamos ante una sublevación de soldados provocada por el rancho, sino ante un acto de alta iniciativa revolucionaria. Durante el trayecto. la compañía tuvo una escaramuza con un escuadrón de gendarmes, contra el cual disparó, matando a un agente e hiriendo a otro. Desde aquí, ya no es posible seguir el rastro de la intervención de los soldados insurrectos en el torbellino de las calles. La compañía regresó al cuartel y puso en pie a todo el regimiento. Pero las armas habían sido escondidas; sin embargo, según algunos informes, los soldados lograron apoderarse de treinta fusiles. No tardaron en verse cercados por tropas del regimiento de Preobrajenski; diecinueve soldados fueron detenidos y encerrados en la fortaleza, los restantes se rindieron. Según otros informes, esa noche faltaron del cuartel veintiún soldados con fusiles. ¡Peligrosa escapada! Esos veintiún soldados buscarán durante toda la noche aliados y defensores. Sólo el triunfo de la revolución puede salvarlos. Seguramente que los obreros se enterarían por ellos de lo sucedido. Buen presagio para los combates del día siguiente. Nabokov, uno de los jefes liberales más destacados, cuyas verídicas Memorias parecen algunos pasajes el diario de su partido y de su clase, regresó a su casa a la una de la noche, a pie, por las calles oscuras e intranquilas, “alarmado y lleno de sombríos presentimientos”. Es posible que, en una de las encrucijadas, tropezara con un soldado fugitivo, y que, tanto el uno como el otro, se apresuraran a irse cada cual por su lado, puesto que nada tenían que decirse. En los barrios obreros y en los cuarteles, unos vigilaban o discutían la situación, otros dormían con el sueño ligero del vivac y presentían, en un delirio febril, el día de mañana, y allí entre los obreros, el soldado fugitivo halló refugio.

¡Qué pobreza la de las crónicas de las acciones de Febrero, aun comparada con los escasos documentos que poseemos de las jornadas de Octubre! En octubre, los revolucionarios actuaban capitaneados día tras día por el partido; en los artículos, manifiestos y actas del mismo aparece consignado, aunque no sea más que el curso externo de la lucha. No así en febrero. Las masas no están sometidas casi a ninguna dirección organizada. Los periódicos, con su personal en huelga, permanecieron mudos. Las masas hacían su historia, sin poder pararse a escribirla. Es casi imposible restablecer el cuadro vivo de los acontecimientos que se desarrollaron por aquellos días en las calles. Gracias que podamos reconstituir las líneas generales de su desarrollo exterior y esbozar sus leyes internas.

El gobierno, que aún no se había dejado arrebatar el aparato del poder, seguía los acontecimientos peor incluso que los partidos de izquierda, que, como sabemos, distaban mucho de estar a la altura de las circunstancias. Después de las “eficaces” descargas del 26, los ministros por un momento se tranquilizaron. En la madrugada del 27, Protopopov anunció que, según los informes recibidos, “una parte de los obreros se proponen reanudar el trabajo”. Los obreros no pensaban, ni por asomo, en reintegrarse a las fábricas. Las descargas y los fracasos de la víspera no han descorazonado a las masas. ¿Cómo se explica esto? Evidentemente, los factores negativos se han convertido en positivos. Las masas invaden las calles, establecen contacto con el enemigo, ponen amistosamente la mano en la espalda de los soldados, se deslizan por entre las patas de los caballos, atacan, se dispersan, dejan cadáveres tendidos en las bocacalles; de vez en cuando, se apoderan de armas, transmiten noticias, recogen rumores y se convierten en un ser colectivo dotado de innumerables ojos, oídos y tentáculos. Cuando por la noche, después de la lucha, vuelven a sus casas, a los barrios obreros, las masas hacen el resumen de las impresiones del día, y, dejando a un lado lo secundario y accidental, sacan de ellas las conclusiones correspondientes. En la noche del 26 al 27 estas conclusiones fueron, sobre poco más o menos, las notificadas a sus superiores por el confidente Churkanov.

Por la mañana del día siguiente los obreros afluyen nuevamente a las fábricas y, en asambleas generales, deciden proseguir la lucha. Se siguen destacando por su decisión, como siempre, los trabajadores de Viborg. También en los demás barrios transcurren en medio del mayor entusiasmo los mítines matinales. ¡Proseguir la lucha! Pero, ¿qué significa esto, hoy? La huelga general ha derivado en manifestaciones revolucionarias de masas inmensas, y las manifestaciones se han traducido en choques con las tropas. Seguir la lucha hoy equivale a proclamar el alzamiento armado. Pero este llamamiento no lo ha lanzado nadie, no ha sido puesto a la orden del día por el partido revolucionario: es una consecuencia inexorable de los propios acontecimientos.

El arte de conducir revolucionariamente a las masas en los momentos críticos consiste, en nueve décimas partes, en saber pulsar el estado de ánimo de las propias masas, y así como Kajurov observaba las guiñadas de los cosacos, la gran fuerza de Lenin consistía en su inseparable capacidad para tomar el pulso a la masa y saber cómo sentía. Pero Lenin no estaba aún en Petrogrado. Los estados mayores “socialistas” públicos y semipúblicos, los Kerenski, los Cheidse, los Skobelev y cuantos los rodeaban, preferían hacer amonestaciones de toda índole y resistir al movimiento. El estado mayor central bolchevista, compuesto por Schliapnikov, Zalutski y Mólotov, reveló en aquellos días una impotencia y una falta de iniciativa asombrosas. De hecho, las barriadas obreras y los cuarteles estaban abandonados a sí mismos. Hasta el día 26 no apareció el primer manifiesto a los soldados, lanzado por una de las organizaciones socialdemócratas, afín a los bolcheviques. Este manifiesto, que tenía un carácter muy indeciso y ni siquiera hacía un llamamiento a los soldados para que se pusieran al lado del pueblo, empezó a repartirse por todos los barrios el día 27 por la mañana. “Sin embargo -atestigua Fureniev, uno de los directivos de la organización-, los acontecimientos revolucionarios se desarrollaban con tal rapidez, que nuestras consignas llegaban ya con retraso. En el momento en que las hojas llegaban a manos de los soldados, éstos entraban ya en acción.”

Por lo que al centro bolchevique se refiere, conviene advertir que, hasta el día 27 por la mañana, Schliapnikov no se decidió a escribir, a instancias de Chugurin, uno de los mejores caudillos obreros de las jornadas de febrero, un manifiesto dirigido a los soldados. ¿Fue impreso ese manifiesto? En todo caso, vería la luz cuando su eficacia era ya nula. En modo alguno pudo tener influencia sobre los sucesos del día 27. No hay más remedio que dejar sentado que, por regla general, en aquellos días los dirigentes, cuanto más altos estaban, más a la zaga de las cosas iban.

Y, sin embargo, el alzamiento, a quien nadie llamaba por su nombre, estaba a la orden del día. Los obreros tenían concentrados todos sus pensamientos en las tropas. ¿Será posible que no logremos moverlas? Hoy, la agitación dispersa ya no basta. Los obreros de Viborg organizan un mitin en el cuartel del regimiento de Moscú. La empresa fracasa. A un oficial o a un sargento no le es difícil manejar una ametralladora. Un fuego graneado pone en fuga a los obreros. La misma tentativa se efectúa también sin éxito en el cuartel del regimiento de reserva. Entre los obreros y los soldados se interponen los oficiales apuntando con la ametralladora. Los caudillos obreros y los soldados, exasperados, buscan armas, se las piden al partido; éste les contesta: las armas las tienen los soldados, id a buscarlas allí. Esto ya lo saben ellos. Pero, ¿cómo conseguirlas? ¿No se echará todo a perder? Así, la lucha iba llegando a su punto crítico. O la ametralladora barre la insurrección, o la insurrección se apodera de la ametralladora. En sus Memorias, Schliapnikov, figura central en la organización bolchevique petersburguesa de aquel entonces, cuenta que cuando los obreros reclamaban armas, aunque no fuera más que revólveres, les contestaban con una negativa, mandándolos a los cuarteles. De este modo querían evitar choques sangrientos entre los obreros y los soldados, cifrando todas las esperanzas en la agitación, es decir, en la conquista de los soldados por la palabra y el ejemplo. No conocemos testimonios que confirmen o refuten esta declaración de uno de los caudillos preeminentes de aquellos días, y que más bien acredita miopía que clarividencia. Mucho más sencillo hubiera sido reconocer que los dirigentes no disponían de armas.

Es indudable que, al llegar a una determinada fase, el destino de toda revolución se resuelve por el cambio operado en la moral del ejército. Las masas populares inermes, o poco menos, no podrían arrancar el triunfo si hubiesen de luchar contra una fuerza militar numerosa, disciplinada, bien armada y diestramente dirigida. Pero toda profunda crisis nacional repercute, por fuerza, en grado mayor o menor, en el ejército; de este modo, a la par con las condiciones de una revolución realmente popular, se prepara asimismo la posibilidad -no la garantía, naturalmente- de su triunfo. Sin embargo, el ejército no se pasa nunca al lado de los revolucionarios por propio impulso, ni por obra de la agitación exclusivamente. El ejército es un conglomerado, y sus elementos antagónicos están atados por el terror de la disciplina. Aun en vísperas de la hora decisiva, los soldados revolucionarios ignoran la fuerza que representan y su posible influencia en la lucha. También son un conglomerado, naturalmente, las masas populares. Pero éstas tienen posibilidades incomparablemente mayores de someter a prueba la homogeneidad de sus filas en el proceso de preparación de la batalla decisiva. Las huelgas, los mítines, las manifestaciones, tienen tanto de actos de lucha como de medios para medir la intensidad de la misma. No toda la masa participa en el movimiento de huelga. No todos los huelguistas están dispuestos a dar la batalla. En los momentos más agudos, se echan a la calle los más decididos. Los vacilantes, los cansados, los conservadores, se quedan en casa. Aquí, la selección revolucionaria se efectúa orgánicamente, haciendo pasar a los hombres por el tamiz de los acontecimientos. En el ejército, las cosas no ocurren del mismo modo. Los soldados revolucionarios, los simpatizantes, los vacilantes, los hostiles, permanecen ligados por una disciplina impuesta, cuyos hilos se hallan concentrados, hasta el último momento, en manos de la oficialidad. En los cuarteles sigue pasándose revista diariamente a los soldados y se les cuenta, como siempre, por orden de las filas “primera y segunda”; pero no, pues sería imposible, por orden de filas “revoltosas” y “adictas”.

El momento psicológico en que los soldados se pasan a la revolución se halla preparado por un largo proceso molecular, el cual tiene, como los procesos naturales, su punto crítico. Pero, ¿cómo determinarlo? Cabe muy bien que las tropas estén perfectamente preparadas para unirse al pueblo, pero que no reciban el necesario impulso del exterior: los dirigentes revolucionarios no creen aún en la posibilidad de traer a su lado al ejército, y dejan pasar el momento del triunfo. Después de esta insurrección, que ha llegado a la madurez, pero que se ha malogrado, puede producirse en las tropas una reacción; los soldados pierden la esperanza que había alimentado su espíritu. Tienden nuevamente el cuello al yugo y a la disciplina y, al verse otra vez frente a los obreros, se manifiestan ya contra los sublevados, sobre todo a distancia. En este proceso entran muchos factores difícilmente ponderables, muchos puntos convergentes, numerosos elementos de sugestión colectiva y de autosugestión; pero de toda esa compleja trama de fuerzas materiales y psíquicas se deduce, con claridad inexorable, una conclusión: los soldados, en su gran mayoría, se siente tanto más capaces de desenvainar sus bayonetas y de ponerse con ellas al lado del pueblo, cuanto más persuadidos están de que los sublevados lo son efectivamente, de que no se trata de un simple simulacro, después del cual habrán de volver al cuartel y responder de los hechos, de que es efectivamente la lucha en que se juega el todo por el todo, de que el pueblo puede triunfar si se unen a él y de que su triunfo no sólo garantizará la impunidad, sino que mejorará la situación de todos. En otros términos, los revolucionarios sólo pueden provocar el cambio de moral de los soldados en el caso de que estén realmente dispuestos a conseguir el triunfo a cualquier precio, e incluso al precio de su sangre. Pero esta decisión suprema no puede ni quiere nunca aparecer inerme.

La hora crítica del contacto entre la masa que ataca y los soldados que le salen al paso tiene su minuto crítico: es cuando la masa gris no se ha dispersado aún, se mantiene firme y el oficial, jugándose la última carta, da la orden de fuego. Los gritos de la multitud, las exclamaciones de horror y las amenazas ahogan la voz de mando, pero sólo a medias. los fusiles se mueve. La multitud avanza. El oficial encañona con su revólver al soldado más sospechoso. Ha sonado el segundo decisivo del minuto decisivo. El soldado más valeroso, en quien tiene fijas sus miradas todos los demás, cae exánime; un suboficial dispara sobre la multitud con el fusil arrebatado al soldado muerto, se cierra la barrera de las tropas; los fusiles se disparan solos, barriendo la multitud hacia los callejones y los patios de las casas. Pero, ¡cuántas veces, desde 1905, las cosas pasaban de otro modo! En el instante crítico, cuando el oficial se dispone a apretar el gatillo, surge el disparo hecho desde la multitud, que tiene sus Kajurovs y sus Chugurins, y esto basta para decidir no sólo la suerte de aquel momento, sino tal vez el de toda la jornada y aun el de toda la insurrección.

El fin que se proponía Schliapnikov: evitar los choques de los obreros con las tropas no dando armas a los revoltosos, era irrealizable. Antes de que se llegara a los choques con las tropas tuvieron lugar innumerables encuentros con los gendarmes. La lucha en las calles se inició con el desarme de los odiados “faraones”, cuyos revólveres pasaban a las manos de los revolucionarios. En sí mismo, el revólver es un arma débil, casi de juguete, contra los fusiles, las ametralladoras y los cañones del enemigo. Pero, ¿estaban éstos realmente en sus manos? Para comprobarlo, los obreros exigían armas. Es ésta una cuestión que se resuelve en el terreno psicológico. Pero tampoco en las insurrecciones los procesos psicológicos son fácilmente separables de los materiales. El camino que conduce al fusil del soldado pasa por el revólver arrebatado al “faraón”.

La crisis psicológica por que atravesaban los soldados era, en aquellos momentos, menos activa, pero no menos profunda que la de los obreros. Recordemos nuevamente que la guarnición estaba formada principalmente por batallones compuestos de muchos miles de reservistas destinados a cubrir las bajas de los regimientos que se hallaban en el frente. Estos hombres, padres de familia en su mayoría, veíanse ante el trance de ir a las trincheras cuando la guerra estaba ya perdida y el país arruinado. Estos hombres no querían la guerra, anhelaban volver a sus casas, restituirse a sus quehaceres; sabían muy bien lo que pasaba en palacio y no sentían el menor afecto por la monarquía; no querían combatir contra los alemanes, y menos aún contra los obreros petersburgueses; odiaban a la clase dirigente de la capital, que se entregaba a los placeres durante la guerra; además, entre ellos había obreros con un pasado revolucionario que sabían dar una expresión concreta a este estado de espíritu.

La misión consistía en encauzar este descontento profundo, pero latente aún, de los soldados, hacia la acción revolucionaria, franca y abierta o, por lo menos, en un principio, hacia la neutralidad. El tercer día de lucha, los soldados perdieron definitivamente la posibilidad de mantenerse en una posición de benévola neutralidad ante la insurrección. Hasta nosotros llegaron únicamente reminiscencias secundarias de lo sucedido en aquellas dos horas, por lo que al contacto entre los obreros y los soldados se refiere. Hemos visto cómo la víspera los obreros fueron a quejarse amargamente ante los soldados del regimiento de Pavlovski, y la conducta de un destacamento de alumnos. Escenas, conversaciones, reproches y llamamientos análogos ocurrían en todos los ámbitos de la ciudad. Los soldados no podían seguir vacilantes. Ayer les habían obligado a disparar. Hoy volverían a obligarles a lo mismo. Los obreros no se rinden, no retroceden, quieren conseguir lo que les pertenece, aunque sea bajo una lluvia de plomo, y con ellos están las obreras, las esposas, las madres, las hermanas, las novias. ¿No es ésta, acaso, la hora aquella de que tan a menudo se hablaba, cuchicheando, en los rincones?: “Y si nos uniéramos todos?” Y en el momento de las torturas supremas, del miedo insuperable ante el día que se avecina, henchidos de odio contra aquellos que les imponen el papel de verdugos, resuenan en el cuartel las primeras voces de indignación manifiesta, y en estas voces anónimas todo el cuartel se ve retratado, aliviado y exaltado a sí mismo. Así amaneció sobre Rusia el día del derrumbamiento de la monarquía de los Romanov.

En la reunión celebrada por la mañana en casa del incansable Kajurov, a la cual acudieron hasta cuarenta representantes de las fábricas, la mayoría se pronunció por llevar adelante el movimiento. La mayoría, pero no todos. Es lástima que no se conserve testimonio de la proporción de votos. Pero no eran aquéllos momentos de actas. Por lo demás, el acuerdo llegó con retraso: la Asamblea se vio interrumpida por la noticia fascinadora de la sublevación de los soldados y de que habían sido abiertas las puertas de las cárceles. “Churkanov besó a todos los presentes.” Fue el beso de Judas, pero éste no precedía, por ventura, a una crucifixión.

Desde la mañana se fueron sublevando, uno tras otro, al ser sacados de los cuarteles, los batallones de reserva de la Guardia, continuando el movimiento que en la víspera había iniciado la cuarta compañía del regimiento de Pavlovski. Este grandioso acontecimiento de la historia humana sólo ha dejado una huella pálida y tenue en los documentos, crónicas y Memorias. Las masas oprimidas, aun cuando se leven hasta las cimas mismas de la creación histórica, cuentan poco de sí mismas y aún se acuerdan menos de consignar sus recuerdos por escrito. Y la exaltación del triunfo esfuma luego el trabajo de la memoria. Conformémonos con lo que hay.

Los primeros que se sublevaron fueron los soldados del regimiento de Volinski. Ya a las siete de la mañana, el comandante del batallón llamó a Jabalov por teléfono, para comunicarle la terrible noticia, el destacamento de alumnos, esto es, las fuerzas que se creían más adictas y se destinaban a sofocar el movimiento, se habían negado a salir; el jefe había sido muerto o se había suicidado antes los soldados: sin embargo, esta segunda versión fue abandonada en seguida. Quemando los puentes tras de sí, los soldados de Volinski se esforzaron en ampliar la base de la sublevación, que era lo único que podía salvarles. Con este fin se dirigieron a los cuarteles de los regimientos de Lituania y Preobrajenski, situados en las inmediaciones, “llevándose” a los soldados, del mismo modo que los huelguistas sacan a los obreros de las fábricas. Poco después, Jabalov recibía la noticia de que los soldados del regimiento de Volinski no sólo no entregaban los fusiles, como había ordenado el general, sino que, unidos a los soldados de los regimientos de Preobrajenski y de Lituania, y lo que era aún más terrible, “unidos a los obreros”, habían destruido el cuartel de la división de gendarmes. Esto atestigua que la experiencia por que habían pasado el día antes los soldados del regimiento de Pavlovski no había sido estéril: los sublevados habían encontrado caudillos y, al mismo tiempo, un plan de acción.

En las primeras horas de la mañana del día 27, los obreros se imaginaban la consecución de los fines de la insurrección mucho más lejana de lo que estaba en realidad. Para decirlo más exactamente, sólo veían la consecución de estos fines como una remota perspectiva, cuando en sus nueve décimas partes se hallaban ya alcanzados. La presión revolucionaria de los obreros sobre los cuarteles coincidió con el movimiento revolucionario de los soldados en las calles. En el transcurso del día, estas dos poderosas avalanchas se unen formando un todo, para arrastrar, primero el tejado, después los muros y luego los cimientos del viejo edificio. Chugurin fue uno de los primeros que se presentó en el local de los bolcheviques con un fusil en la mano y la espalda cruzada por una cartuchera, “sucio, pero radiante y triunfal”. ¡La cosa no era para menos! ¡Los soldados se pasan a nuestro lado con las armas en la mano! En algunos sitios, los obreros han conseguido unirse a los soldados, penetrar en los cuarteles, obtener fusiles y cartuchos. Los obreros de Viborg, y con ellos la parte más decidida de los soldados, han esbozado el plan de acción: apoderarse de las comisarías de policía, en las cuales se han concentrado los gendarmes armados, desarmar a todos los jefes de policía; liberar a los obreros detenidos y a los presos políticos encerrados en las cárceles; destruir los destacamentos gubernamentales de la ciudad, unirse a los soldados que no se han sublevado aún y a los obreros de las demás barriadas.

El regimiento de Moscú se adhirió a la insurrección, no sin luchas intestinas. Es sorprendente que estas luchas fueran tan poco considerables en otros regimientos. Los elementos monárquicos, impotentes, quedaban separados de la masa, se escondían por los rincones o se apresuraban a cambiar de casaca. “A las dos de la tarde -recuerda el obrero Koroliev-, al salir el regimiento de Moscú, nos armamos… Cogimos cada uno un revólver y un fusil, nos unimos a un grupo de soldados que se nos acercó (algunos de ellos rogaron que les mandáramos y les indicáramos que tenían que hacer), y nos dirigimos a la calle Tichvinskaya, para abrir el fuego contra la comisaría de policía.” Véase, pues, cómo los obreros indicaban a los soldados lo que tenían que hacer, sin un instante de vacilación.

Una tras otra, llegaba jubilosas noticias de victoria. ¡Los revolucionarios estaban en posesión de automóviles blindados! Con las banderas rojas desplegadas, estos autos sembraban el pánico entre los que aún no se habían sometido. Ahora ya no era necesario deslizarse por entre las patas de los caballos de los cosacos. La revolución está en pie en toda su magnitud.

Hacia el mediodía, Petrogrado vuelve a convertirse en un campo de operaciones: por todas partes se oyen disparos de fusilería y ametralladoras. No siempre es posible concretar quién dispara contra quién. Lo único que puede afirmarse es que se tirotean el pasado y el futuro. Es frecuente también el tiroteo sin objetivo: se disparaba, sencillamente, con los revólveres adquiridos inesperadamente. Ha sido saqueado el arsenal. “Se dice que se han repartido algunas decenas de miles de Brownings.” De la Audiencia y de las comisarías de policía incendiadas se elevan al cielo columnas de humo. En algunos puntos, las escaramuzas y los tiroteos se convierten en verdaderas batallas. En la perspectiva Sampsonovski, los obreros se acercan a las barracas ocupadas por los motociclistas, una parte de los cuales se agrupa en las puertas. “¿Qué hacéis aquí parados, compañeros?” Los soldados sonríen, “con una sonrisa que no promete nada bueno”, atestigua uno de los beligerantes, y permanecen callados. Los oficiales ordenan groseramente a los obreros que sigan su camino. Los motociclistas, lo mismo que los soldados de Caballería, fueron durante las revoluciones de Febrero y de Octubre los cuerpos más conservadores de todo el ejército. Pronto se agrupan ante la verja un tropel de obreros y soldados revolucionarios. ¡Hay que sacar de ahí al batallón sospechoso! Alguien comunica que ha sido pedido un automóvil blindado; de otro modo, es poco probable que se pueda sacar de su guarida a los motociclistas, que se han artillado apostando ametralladoras. Pero la masa no sabe esperar: se muestra impaciente e intranquila, y en su impaciencia tiene razón. Suenan los primeros tiros disparados por ambas partes, pero la valla de tablas que separa a lo soldados de la revolución, estorba. Los atacantes deciden destruirla. Un trozo es derribado, al resto le pegan fuego, Aparecen las barracas, que son cerca de una veintena. Los motociclistas se concentran en dos o tres. Las otras son inmediatamente incendiadas. Seis años después Kajurov registra el recuerdo: “Las barracas ardiendo y la valla que las rodeaba derribada, el fuego de las ametralladoras y los fusiles, los rostros agitados de los sitiadores, el camión lleno de revolucionarios armados que se acerca a toda marcha, y finalmente, el automóvil blindado que llega, con sus bruñidos cañones, ofrecían un espectáculo magnífico e inolvidable.” La vieja Rusia zarista, eclesiástico-policíaca, se consumía en el incendio de las barracas y las vallas, desaparecía entre el fuego y el humo, ahogándose en el tiroteo de las ametralladoras. ¿Cómo no habían de exaltarse los Kajurov, las decenas, los centenares, los miles de Kajurovs? El automóvil hizo algunos disparos de cañón contra la barraca en que se habían refugiado los oficiales y los motociclistas. El comandante de los sitiados resultó muerto; los oficiales, quitándose las charreteras y los emblemas, se fugaron por huertas adyacentes; los demás se rindieron. Fue probablemente la refriega más importante de la jornada.

Entretanto la sublevación militar tomaba un carácter epidémico. Las únicas que no la secundaban eran ya las fuerzas que no habían tenido tiempo de hacerlo. Al atardecer se sumaron al movimiento los soldados del regimiento de Semenov, famoso por la salvaje represión del alzamiento de Moscú, en 1905. ¡Los once años pasados desde entonces no habían pasado en vano! Los soldados del regimiento de Semenov, unidos a los cazadores, sacaron a la calle, ya entrada la noche, a los del regimiento de Ismail, a quienes los jefes mantenían encerrados en los cuarteles: este regimiento, que cercó y detuvo el 3 de diciembre de 1905 al primer soviet de Petrogrado, seguía siendo considerado como uno de los más reaccionarios. La guarnición del zar en la capital, que contaba con ciento cincuenta mil soldados, se iba fundiendo, derritiéndose, desaparecía por momentos. Por la noche, ya no existía.

Después de las noticias recibidas por la mañana acerca de la sublevación de los regimientos, Jabalov todavía intenta resistir, mandando contra los sublevados un destacamento formado por elementos diversos, de cerca de mil hombres, con las instrucciones más draconianas. Pero la suerte de este destacamento toma un giro misterioso. “En estos días sucede algo incomprensible -cuenta después de la revolución el incomparable Jabalov-, el destacamento avanza con oficiales valientes y decididos a la cabeza -alude al coronel Kutepov-; pero…¡sin resultado alguno!” Las compañías mandadas tras ese destacamento desaparecen también sin dejar huella. El general empieza a formar reservas en la plaza de Palacio, pero “faltaban cartuchos y no había de dónde sacarlos.” Entresacamos todo esto de las declaraciones de Jabalov ante la Comisión investigadora del gobierno provisional. Pero ¿dónde fueron a parar, en fin de cuentas, los destacamentos destinados a sofocar la insurrección? No es difícil adivinarlo: se vieron inmediatamente absorbidos por esta última. Los obreros, las mujeres, los muchachos, los soldados sublevados, rodeaban a los destacamentos de Jabalov por todos lados, considerándolos como suyos o esforzándose por conquistarlos, y no les daban la posibilidad de moverse como no fuera uniéndose a la inmensa multitud. Luchar con esta masa que se había adherido a los soldados, que ya no temía nada, que era inagotable, que se metía en todas partes, era tan imposible como batirse en medio de una masa de levadura.

Simultáneamente con las continuas informaciones relativas a las sublevaciones de nuevos regimientos, llegaban demandas de tropas de confianza para reprimir la insurrección, para guardar la central telefónica, el palacio de Lituania, el palacio de Marinski y otros sitios aún más sagrados, Jabalov pidió por teléfono que se mandaran tropas de confianza de Kronstadt, pero el comandante contestó que el mismo temía por la seguridad de la fortaleza. Jabalov ignoraba todavía que la sublevación se había extendido a las guarniciones vecinas. El general intentó o simuló intentar convertir el Palacio de Invierno en reducto, pero el plan hubo de abandonarse en seguida por irrealizable, y el último puñado de tropas “adictas” pasó al Almirantazgo. Allí, el dictador se preocupó, finalmente, de realizar la cosa más importante e inaplazable: imprimir, para ser publicado, los dos últimos decretos del gobierno, sobre la dimisión de Protopopov por “motivos de salud” y sobre la declaración del estado de sitio en Petrogrado. Este último decreto corría, en efecto, mucha prisa, pues pocas horas después, el ejército de Jabalov levantaba “el sitio” de Petrogrado y huía del Almirantazgo para refugiarse en sus casas. Sólo por desconocimiento de la realidad la revolución no detuvo el día 27 por la noche a aquel general dotado de atribuciones terribles, pero que ya no tenía nada de terrible. Se hizo al día siguiente, sin ninguna dificultad.

¿Pero es posible que sea ésta toda la resistencia que ofrezca la terrible Rusia zarista ante el peligro mortal? Sí, casi todo, a pesar de la gran experiencia acumulada en lo que a las represiones contra el pueblo se refería, y a pesar de los planes de represión, tan concienzudamente elaborados. Más tarde, los monárquicos, al volver en sí, explicaron la facilidad de la victoria del pueblo en Febrero, por el carácter especial de la guarnición de Petrogrado. Pero todo el curso ulterior de la revolución desmiente este razonamiento. Es verdad que, ya a principios del año fatal, la camarilla sugería al zar la conveniencia de renovar la guarnición de la capital. El zar se dejó convencer sin trabajo de que la caballería de la Guardia, que era considerada como muy adicta, había “permanecido bastante tiempo en el fuego” y merecía que se le diese descanso en sus cuarteles de Petrogrado. Sin embargo, accediendo a respetuosas indicaciones del frente, el zar sustituyó a los cuatro regimientos de la caballería de la Guardia por tres dotaciones de Marina de la Guardia. Según la versión de Protopopov, la sustitución se llevó a cabo sin el consentimiento del zar, con una intención pérfida por parte del mando. “Los marineros son, en su mayoría, obreros, y representan el elemento más revolucionario del ejército.” Pero esto es un absurdo evidente. Lo que ocurrió era, sencillamente, que la alta oficialidad de la Guardia, sobre todo la de caballería, hacía una carrera demasiado brillante en el frente para que tuviera ningún deseo de retornar al interior. Además, tenía que pensar, no sin miedo, en las funciones represivas que se les asignaba a la cabeza de regimientos que en el frente habían sufrido una completa transformación. Como no tardaron en demostrar los acontecimientos del frente, la Guardia montada no se distinguía ya, en aquel entonces, del resto de la Caballería, y los marinos de la Guardia trasladados a la capital no desempeñaron ningún papel activo en la revolución de Febrero. La verdadera causa estribaba en que la trama toda del régimen estaba podrida y no tenía ni un solo hilo sano…

En el transcurso del día 27 fueron puestos en libertad por la multitud, sin que hubiera ninguna víctima, los detenidos políticos de las numerosas cárceles de la capital, entre ellos el grupo patriótico del Comité industrial de guerra, detenido el 26 de enero, y los miembros del Comité petersburgués de los bolcheviques, encarcelados por Jabalov cuarenta horas antes. A las mismas puertas de la cárcel se dividen los caminos políticos: los patriotas mencheviques se dirigen hacia la Duma, donde se reparten los papeles y los cargos; los bolcheviques se van a las barriadas, al encuentro de los obreros y los soldados, a fin de dar cima con ellos a la conquista de la capital. No se puede dejar respiro al enemigo. Las revoluciones exigen, más que ninguna otra cosa, remate y coronación.

No se puede precisar quién sugirió la idea de conducir al palacio de Táurida a los regimientos sublevados. Esta ruta política era una consecuencia lógica de la situación. Todos los elementos radicales no incorporados a las masas sentíanse, naturalmente, atraídos hacia este palacio, en que se concentraban todos los informes de la oposición. Es muy verosímil que precisamente estos elementos, que sintieron súbitamente el día 27 la afluencia de fuerzas vitales, desempeñasen el papel de guías de la Guardia sublevada. Este papel era honroso y ya casi no ofrecía peligro alguno. El palacio de Potemkin, por su situación, era el más apropiado para servir de centro a la revolución. El jardín de Táurida sólo estaba separado por una calle de la población militar, en que se hallaban los cuarteles de la Guardia y una serie de instituciones militares. Durante muchos años, esta parte de la ciudad había sido considerada, tanto por el gobierno como por los revolucionarios, como el reducto militar de la monarquía. Y lo era efectivamente. Pero todo había cambiado. La sublevación militar surgió, precisamente, de este sector. Los sublevados no tenían más que atravesar la calle para llegar al jardín del palacio de Táurida, separado del Neva solamente por una manzana de casas. Del otro lado del Neva se extiende la barriada de Viborg, caldera de vapor de la revolución. Los obreros no tienen más que cruzar el puente de Alejandro, y , si éste ha sido levantado, por el río helado, para ir a parar a los cuarteles de la Guardia o al palacio de Táurida. He aquí cómo este triángulo heterogéneo y contradictorio por su origen, situado en el noroeste de Petersburgo: la Guardia, el palacio de Potemkin y las fábricas gigantescas, se convierte en la plaza de armas de la revolución.

En el edificio del palacio de Táurida surgen o empiezan a dibujarse ya los distintos centros, entre ellos el estado mayor de la insurrección. No se puede decir que éste tuviera un carácter muy serio. Los oficiales “revolucionarios”, esto es, los oficiales relacionados por su pasado con la revolución, aunque no fuera más que por equívoco, pero que habían dejado pasar la insurrección, se apresuran después de la victoria a recordar su existencia, o, respondiendo al llamamiento directo de los demás, se ponen “al servicio de la revolución”. Estos elementos examinan pedantescamente la situación y menean la cabeza con gesto pesimista. Claro está, dicen, que esa masa de soldados en fermentación, muchas veces desarmados, no tiene capacidad combativa alguna. No hay ni artillería, ni ametralladoras, ni jefes. El enemigo tendría bastante con un buen regimiento sólido. Ahora, es verdad que los regimientos revolucionarios impiden toda operación sistemática en las calles. Pero, por la noche, los obreros se irán a sus casas, el habitante neutral se acostará, la ciudad quedará desierta. Si Jabalov se presenta en los cuarteles con un regimiento de confianza, puede hacerse dueño de la situación. Con esta misma idea nos hemos de encontrar luego, con distintas variantes, a través de las varias etapas de la revolución. “Dadme un regimiento de confianza, dirán más de una vez los bravos coroneles, y en un cerrar y abrir de ojos barro yo toda esa porquería.” Algunos, como veremos, lo intentarán, pero todos tendrán que repetir las palabras de Jabalov: “El destacamento ha salido con un bravo oficial a la cabeza, pero… ¡sin resultado alguno!”

No podía ser de otro modo. Los policías y los gendarmes, y con ellos los destacamentos de alumnos de algunos regimientos, constituían una fuerza suficientemente firme, pero resultaron de una insignificancia lamentable ante la presión de las masas: como resultarán impotentes, ocho meses después, los batallones de Georgui y, en octubre, los alumnos de las escuelas militares. ¿De dónde iba a sacar la monarquía ese regimiento salvador dispuesto a entablar una lucha incesante y desesperada con una ciudad de dos millones de habitantes? La revolución les parece indefensa a los coroneles, verbalmente decididos, porque es aún terriblemente caótica: por dondequiera, movimientos sin objetivo, torrentes confluentes, torbellinos humanos, figuras asombradas, capotes desabrochados, estudiantes que gesticulan, soldados sin fusiles, fusiles sin soldados, muchachos que disparan al aire, clamor de millares de voces, torbellino de rumores desenfrenados, falsas alarmas, alegrías infundadas; parece que bastaría entrar sable en mano en ese caos para destruirlo todo sin dejar rastro. Pero es un torpe error de visión. El caos no es más que aparente. Bajo este caos se está operando una irresistible cristalización de las masas en un nuevo sentido. Estas muchedumbres innumerables no han determinado aún para sí, con suficiente claridad, lo que quieren; pero están impregnadas de un odio ardiente por lo que ya no quieren. A sus espaldas se ha producido un derrumbamiento histórico irreparable ya. No hay modo de volver atrás. Aun en el caso de que hubiera quien pudiese dispersarlos, una hora después se agruparían de nuevo y el segundo ataque sería más feroz y sangriento. En las jornadas de Febrero, la atmósfera de Petrogrado se torna tan incandescente, que cada regimiento hostil que cae en esa poderosa hoguera o que sólo se acerca a ella y respira su ardiente aliento, se transforma, pierde la confianza en sí mismo, se siente paralizado y se entrega sin lucha a merced del vencedor. De esto se convencerá mañana el general Ivanov, mandado por el zar desde el frente con el batallón de los Caballeros de Giorgui. Cinco meses después correrá la misma suerte el general Kornílov, y, ocho meses más tarde, Kerenski.

Durante los días anteriores, los cosacos parecían, en las calles, los más influenciables; era así porque se les traía muy ajetreados. Pero cuando el movimiento tomó el carácter de insurrección franca, la Caballería justificó, una vez más, su reputación conservadora. El 27 conservaba aún la apariencia de neutralidad expectante. Jabalov no confiaba ya en ella, pero la revolución aún la temía.

Seguía siendo un enigma la fortaleza de Pedro y Pablo, situada en el islote bañado por el Neva, frente al palacio de Invierno y los de los grandes duques. La guarnición se hallaba, o parecía hallarse, más protegida detrás de sus muros de las influencias del mundo circundante. En la fortaleza no había artillería permanente, a no ser el viejo cañón que anunciaba a los petersburgueses el medio día. Pero hoy se han colocado en los muros cañones de campaña enfilados sobre el puente. ¿Qué se prepara allí? En el estado mayor del palacio de Táurida, por la noche, la gente se quiebra la cabeza pensando qué hacer con Pedro y Pablo, y en la fortaleza se hallan torturados por la cuestión de saber lo que la revolución hará con ellos. Por la mañana se descifra el enigma: la fortaleza se rinde al palacio de Táurida “a condición de que se respete la seguridad personal de la oficialidad.” Orientándose en la situación, lo cual no era muy difícil, los oficiales de la fortaleza se apresuran a prevenir la marcha inevitable de los acontecimientos.

El 27, por la tarde, afluyen al palacio de Táurida soldados, obreros, estudiantes, simples ciudadanos, todos los cuales confían hallar aquí a los que lo saben todo y recibir informaciones e instrucciones. De distintos puntos de la ciudad llegan al palacio verdaderas gavillas de armas, que son amontonadas en una de las habitaciones, convertida en arsenal. Por la noche, el estado mayor revolucionario emprende el trabajo, manda fuerzas para vigilar las estaciones y patrullas a todos aquellos sitios de que se puede temer algún peligro. Los soldados cumplen las órdenes del nuevo poder de buena gana y sin rechistar, aunque de un modo extraordinariamente desordenado. Lo único que exigen cada vez es la orden escrita: probablemente, la iniciativa parte de lo que queda de mando en los regimientos o de los escribientes militares. Pero tienen razón: es preciso introducir inmediatamente un orden en aquel caos. El estado mayor revolucionario, lo mismo que el soviet que acaba de surgir, no disponen aún de ningún sello. La revolución tiene que preocuparse de establecer un orden burocrático. Andando el tiempo, ha de hacerlo, ¡ay!, con exceso.

La revolución empieza la búsqueda de enemigos; por toda la ciudad se efectúan detenciones; “detenciones arbitrarias” dirán en tono de censura los liberales. Pero toda revolución es arbitraria. En el palacio de Táurida hay un desfilar constante de detenidos: el presidente del Consejo de Estado, ministros, guardias de Seguridad, agentes de la Ocrana, una marquesa “germanófila”. Verdaderas nidadas de oficiales de gendarmería. Algunos altos funcionarios, tales como Protopopov, se presentan ellos mismos y se constituyen prisioneros: con ello, piensan salir ganando. Las paredes de la sala, que conservaban todavía el eco del absolutismo, no escuchan ahora más que suspiros y sollozos -relatará, más tarde, una marquesa puesta en libertad-. Un general detenido se deja caer exhausto en una silla, a su lado. Algunos miembros de la Duma le ofrecen amablemente una taza de té. Conmovido hasta el fondo del alma, el general dice con agitación: “Marquesa, ¡asistimos a la ruina de un gran país!”

El gran país, que no se disponía a morir, pasaba por delante de aquellos ex-hombres sin hacer caso de ellos, golpeando el suelo con las botas y las culatas de los fusiles, haciendo vibrar el aire con sus gritos y dando pisotones a todo lo que encontraban a su paso. La revolución se ha distinguido siempre por su falta de urbanidad: seguramente, porque las clases dominantes no se han preocupado a su tiempo de enseñar buenas maneras al pueblo.

El palacio de Táurida se convierte en el cuartel general, en el centro gubernamental, en el arsenal, en la cárcel de una revolución que no se ha secado aún la sangre de las manos ni el sudor de la frente. En este torbellino penetran también los enemigos audaces. Se descubre casualmente a un coronel de gendarmes, disfrazado, que toma sus notas en un rincón, no para la historia, sino para los consejos sumarísimos. Los soldados y los obreros quieren matarlo en el acto. Pero los hombres del “estado mayor” intervienen y libran fácilmente al gendarme de las garras de la multitud. En aquel entonces, la revolución era aún bondadosa, generosa y crédula. Sólo será implacable después de una prolongada serie de traiciones, engaños y pruebas sangrientas.

La primera noche de la revolución victoriosa está llena de inquietudes. Los comisarios improvisados de las estaciones y de otros puntos, intelectuales en su mayoría, ligados con la revolución por sus relaciones personales -los suboficiales, sobre todo los de origen obrero, eran incomparablemente más útiles-, empiezan a ponerse nerviosos, acechan peligros por dondequiera, comunican su nerviosidad a los soldados y telefonean constantemente al palacio de Táurida exigiendo refuerzos. Allí también están agitados; telefonean, manda refuerzos que casi nunca llegan a su destino. “Los que reciben órdenes -cuenta uno de los miembros del estado mayor nocturno-, no las cumplen, los que obran, lo hacen sin haber recibido orden alguna…”

También obran sin órdenes las barriadas proletarias. Los caudillos revolucionarios que habían sacado a los obreros de las fábricas, que se habían apoderado de las comisarías, que habían echado a los regimientos a la calle y destruido los refugios de la contrarrevolución, no se apresuran a ir al palacio de Táurida, al estado mayor, a los centros dirigentes; al revés, apuntan hacia aquel sitio con ironía e incredulidad: “Esos valientes se apresuran a repartirse la piel del oso que no han matado y aún colea.” Los obreros bolcheviques y los mejores elementos obreros de los demás partidos de izquierda se pasan el día en las calles y las noches en los estados mayores de barriada, mantienen el contacto con el cuartel, preparan el día de mañana. En la primera noche del triunfo prosiguen y desarrollan la labor realizada en el transcurso de las cinco jornadas. Son la columna vertebral de la revolución en sus comienzos.

El día 27, Nabokov, miembro, a quien ya conocemos, del centro de los kadetes, que era en ese momento un desertor legalizado en el Estado Mayor general, se fue, como de costumbre, a la oficina y permaneció en ella hasta las tres sin enterarse de nada. Al atardecer, sonaron disparos en la Morskaya -Nabokov los oyó desde su domicilio-; corrían los automóviles blindados; soldados y marinos, aislados, se arrimaban a las paredes-; el honorable liberal los observaba desde las ventanas. “El teléfono seguía funcionando, y me acuerdo de que mis amigos me comunicaron lo sucedido durante el día. Nos acostamos a la hora de costumbre.” Este hombre será pronto uno de los inspiradores del gobierno revolucionario (!) provisional, y su gerente. Al día siguiente, por la mañana, se le acercará en la calle un anciano desconocido, un oficinista cualquiera o acaso un maestro de escuela y, quitándose el sombrero, le dirá: “Muchas gracias por todo lo que han hecho ustedes por el pueblo.” El propio Nabokov nos lo cuenta con modesto orgullo.

(Capítulo VII de la Historia de la Revolución Rusa, 1929,1932)

Lenin: ¿Se debe participar en los parlamentos burgueses?

 
    Los comunistas “de izquierda” alemanes, con el mayor desprecio — y la mayor ligereza –, responden a esta pregunta negativamente. ¿Sus argumentos? En la cita que hemos reproducido más arriba leemos:

“. . . rechazar del modo más categórico todo retorno a los métodos de lucha parlamentarios, los cuales han caducado ya histórica y políticamente. . .”

Esto está dicho en un tono ridículo, de puro presuntuoso, y es una falsedad evidente. ¡”Retorno” al parlamentarismo! ¿Existe ya acaso en Alemania una República Soviética? Parece ser que no. ¿Cómo puede hablarse entonces de “retorno”? ¿No es esto una frase vacía?

El parlamentarismo “ha caducado históricamente”. Esto es cierto desde el punto de vista de la propaganda. Pero nadie ignora que de ahí a su superación práctica hay una distancia inmensa. Hace ya algunas décadas que podía decirse, con entera justicia, que el capitalismo había “caducado históricamente”, lo cual no impide, ni mucho menos, que nos veamos precisados a sostener una lucha muy prolongada y muy tenaz sobre el terreno del capitalismo. El parlamentarismo “ha caducado históricamente” desde un punto de vista histórico universal, es decir, la época del parlamentarismo burgués ha terminado, la época de la dictadura del proletariado ha empezado. Esto es indiscutible, pero en la historia universal se cuenta por décadas. Aquí diez o veinte años más o menos no tienen importancia, desde el punto de vista de la historia universal son una pequeñez, imposible de apreciar ni aproximadamente. Pero, precisamente por eso, remitirse en una cuestión de política práctica a la escala de la historia universal, es la aberración teórica más escandalosa.

    ¿Ha “caducado políticamente” el parlamentarismo? Esto es ya otra cuestión. Si fuese cierto, la posición de los “izquierdistas” sería sólida. Pero hay que probarlo por medio de un análisis serio, y los “izquierdistas” ni siquiera saben abordarlo. El análisis contenido en las “Tesis sobre el parlamentarismo”, publicadas en el número 1 del “Boletín de la Oficina Provisional de Amsterdam de la Internacional Comunista” (“Bulletin of the Provisional Bureau in Amsterdam of the Communist International”, February[16] 1920), y que expresan claramente las tendencias específicamente izquierdistas de los holandeses o las tendencias de izquierda específicamente holandesas, como veremos, no vale tampoco un comino.

En primer lugar, los comunistas “de izquierda” alemanes, como se sabe, ya en enero de 1919 consideraban el parlamentarismo como “políticamente caduco”, contra la opinión de dirigentes políticos tan eminentes como Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht. Como es sabido, los “izquierdistas” se equivocaron. Este hecho basta para destruir de golpe y radicalmente la tesis según la cual el parlamentarismo “ha caducado políticamente”. Los “izquierdistas” tienen el deber de demostrar por qué ese error indiscutible de entonces ha dejado de serlo hoy. Pero no aportan la menor sombra de prueba, ni pueden aportarla. La actitud de un partido político ante sus errores es una de las pruebas más importantes y más fieles de la seriedad de ese partido y del cumplimiento efectivo de sus deberes hacia su clase y hacia las masas trabajadoras. Reconocer abiertamente los errores, poner al descubierto sus causas, analizar la situación que los ha engendrado y examinar atentamente los medios de corre girlos: esto es lo que caracteriza a un partido serio, en esto es en lo que consiste el cumplimiento de sus deberes, esto es educar e instruir a la clase, primero, y, después, a las masas. Como no cumplen esa obligación suya, como no ponen toda la atención, todo el celo y cuidados necesarios para estudiar su error manifiesto, los “izquierdistas” de Alemania (y de Holanda) muestran que no son el partido de una clase, sino un círculo, que no son el partido de las masas, sino un grupo de intelectuales y un reducido número de obreros que imitan los peores rasgos de los intelectualoides.

En segundo lugar, en el mismo folleto del grupo “de izquierda” de Francfort, del que hemos dado citas detalladas más arriba, leemos:

“. . . los millones de obreros que siguen todavía la política del centro” (del Partido Católico del “Centro”) “son contrarrevolucionarios. Los proletarios del campo forman las legiones de los ejércitos contrarrevolucionarios” (pág. 3 del folleto citado).

Como se ve, todo esto está dicho con un énfasis y una exageración excesivos. Pero el hecho fundamental aquí referido es indiscutible, y su reconocimiento por los “izquierdistas” atestigua con particular evidencia su error. En efecto, ¡¿cómo se puede decir que el “parlamentarismo ha caducado políticamente”, si “millones” y “legiones” de proletarios son todavía, no sólo partidarios del parlamentarismo en general, sino hasta francamente “contrarrevolucionarios”?!

Es evidente que el parlamentarismo en Alemania no ha caducado aún políticamente. Es evidente que los “izquierdistas” de Alemania han tomado su deseo, su ideal político por una realidad objetiva. Este es el más peligroso de los errores para los revolucionarios. En Rusia, donde el yugo profundamente salvaje y cruel del zarismo engendró, durante un período sumamente prolongado y en formas particularmente variadas, revolucionarios de todos los matices, revolucionarios de una abnegación, de un entusiasmo, de un heroísmo, de una fuerza de voluntad asombrosos, en Rusia, hemos podido observar muy de cerca, estudiar con mucha atención, conocer a la perfección este error de los revolucionarios, y por esto lo apreciamos con especial claridad en los demás. Naturalmente, para los comunistas de Alemania el parlamentarismo “ha caducado políticamente”, pero se trata precisamente de no creer que lo que ha caducado para nosotros haya caducado para la clase, para la masa. Una vez más, vemos aquí que los “izquierdistas” no saben razonar, no saben conducirse como partido de clase, como partido de masas.Vuestro deber consiste en no descender hasta el nivel de las masas, hasta el nivel de los sectores atrasados de la clase. Esto es indiscutible. Tenéis el deber de de cirles la amarga verdad, de decirles que sus prejuicios democrático-burgueses y parlamentarios son eso, prejuicios, pero al mismo tiempo, debéis observar serenamente el estado real de conciencia y de preparación de la clase entera (y no sólo de su vanguardia comunista), de toda la masa trabajadora entera (y no sólo de sus individuos avanzados).

Aunque no fuesen “millones” y “legiones”, sino una simple minoría bastante importante de obreros industriales, la que siguiese a los curas católicos, y de obreros agrícolas, la que siguiera a los terratenientes y campesinos ricos (Grossbauern ), podría asegurarse ya sin dudar que el parlamentarismo en Alemania no había caducado todavía políticamente, que la participación en las elecciones parlamentarias y la lucha en la tribuna parlamentaria es obligatoria para el partido del proletariado revolucionario, precisamente para educar a los elementos atrasados de su clase, precisamente para despertar e ilustrar a la masa aldeana analfabeta, ignorante y embrutecida. Mientras no tengáis fuerza para disolver el parlamento burgués y cualquiera otra institución reaccionaria, estáis obligados a trabajar en el interior de dichas instituciones, precisamente porque hay todavía en ellas obreros idiotizados por el clero y por la vida en los rincones más perdidos del campo. De lo contrario, corréis el riesgo de convertiros en simples charlatanes.

En tercer lugar, los comunistas “de izquierda” nos colman de elogios a nosotros, los bolcheviques. A veces dan ganas de decirles: ¡alabadnos menos, pero compenetraos más con nuestra táctica, familiarizaos más con ella! Participamos, de septiembre a noviembre de 1917, en las elecciones al parlamento burgués de Rusia, a la Asamblea Constituyente. ¿Era acertada nuestra táctica o no? Si no lo era, hay que decirlo claramente y demostrarlo: es indispensable para elaborar la táctica justa del comunismo internacional. Si lo era, deben sacarse de ello las conclusiones que se imponen. Naturalmente, no se trata, ni mucho menos, de equiparar las condiciones de Rusia a las de la Europa occidental. Pero especialmente con respecto al significado de la idea de que el “parlamentarismo ha caducado políticamente”, hay que tener cuidadosamente en cuenta nuestra experiencia, pues si no se toma en consideración una experiencia concreta, estas ideas se convierten con excesiva facilidad en frases vacías. ¿Acaso no teníamos nosotros, los bolcheviques rusos, en aquel período, de septiembre a noviembre de 1917, más derecho que cualesquiera otros comunistas de Occidente a considerar que el parlamentarismo había caducado políticamente en Rusia? Lo teníamos, naturalmente, pues no se trata de si los parlamentos burgueses llevan mucho tiempo de existencia o existen desde hace poco, sino del grado de preparación (ideológica, política, práctica) de las grandes masas trabajadoras para aceptar el régimen soviético y disolver o admitir la disolución del parlamento democráticoburgués. Que en Rusia, de septiembre a noviembre de 1917, la clase obrera de las ciudades, los soldados y los campesinos estaban, en virtud de una serie de condiciones específicas, excepcionalmente dispuestos a aceptar el régimen soviético y a disolver el parlamento burgués más democrático, es un hecho histórico absolutamente indiscutible y plenamente demostrado. Y no obstante, los bolcheviques no boicotearon la Asamblea Constituyente, sino que participaron en las elecciones tanto antes como d e s p u é s de la conquista del Poder político por el proletariado. Que dichas elecciones han dado resultados políticos extraordinariamente valiosos (y excepcionalmente útiles para el proletariado), es un hecho que creo haber demostrado en el artículo citado más arriba, donde analizo detalladamente los resultados de las elecciones a la Asamblea Constituyente de Rusia.

La conclusión que de ello se deriva es absolutamente indiscutible: está probado que, aun unas semanas antes del triunfo de la República Soviética, aun después de este triunfo, la participación en un parlamento democráticoburgués, no sólo no perjudica al proletariado revolucionario, sino que le facilita la posibilidad de hacer ver a las masas atrasadas por qué semejantes parlamentos merecen ser disueltos, facilita el éxito de su disolución, facilita la “eliminación política” del parlamentarismo burgués. No tener en cuenta esta experiencia y pretender al mismo tiempo pertenecer a la Internacional Comunista, que debe elaborar internacionalmente su táctica (no una táctica estrecha o exclusivamente nacional, sino precisamente una táctica internacional), significa incurrir en el más profundo de los errores y precisamente apartarse de hecho del internacionalismo, aunque éste sea proclamado de palabra.

Consideremos ahora los argumentos “izquierdistas específicamente holandeses” en favor de la no participación en los parlamentos. He aquí la tesis 4, una de las más importantes tesis “holandesas” citadas más arriba, traducida del inglés:

“Cuando el sistema capitalista de producción es destrozado y la sociedad atraviesa un período revolucionario, la acción parlamentaria pierde poco a poco su valor, en comparación con la acción de las propias masas. Cuando en estas condiciones el parlamento se convierte en el centro y el órgano de la contrarrevolución, y, por otra parte, la clase obrera crea los instrumentos de su Poder en forma de Soviets, puede resultar incluso necesario renunciar a toda participación en la acción parlamentaria”.

La primera frase es evidentemente falsa, pues la acción de las masas, por ejemplo, una gran huelga, es siempre más importante que la acción parlamentaria, y no sólo durante la revolución o en una situación revolucionaria. Este argumento, de indudable inconsistencia histórica y políticamente falso, muestra sólo, con particular evidencia, que los autores no tienen para nada en cuenta ni la experiencia de toda Europa (de Francia en vísperas de las revoluciones de 1848 y 1870, de Alemania entre 1878 y 1890, etc.) ni de Rusia (véase más arriba) sobre la importancia de la combinación de la lucha legal con la ilegal. Esta cuestión tiene una importancia inmensa, tanto de un modo general como de un modo especial, porque en todos los países civilizados y adelantados se acerca a grandes pasos la época en que dicha combinación será — y lo es ya en parte — cada vez más obligatoria para el partido del proletariado revolucionario, a consecuencia de la maduración y de la proximidad de la guerra civil del proletariado con la burguesía, a consecuencia de las feroces persecuciones de los comunistas por los gobiernos republicanos y, en general, por los gobiernos burgueses, que violan constantemente la legalidad (como ejemplo de ello basta citar a los Estados Unidos), etc. Esta cuestión esencial es absolutamente incomprendida por los holandeses y los izquierdistas en general.

La segunda frase es, en primer término, falsa históricamente. Los bolcheviques hemos actuado en los parlamentos más contrarrevolucionarios, y la experiencia ha demostrado que semejante participación ha sido, no sólo útil, sino necesaria para el partido del proletariado revolucionario, precisamente después de la primera revolución burguesa en Rusia (1905) para preparar la segunda revolución burguesa (febrero de 1917) y luego la revolución socialista (octubre de 1917). En segundo lugar, dicha frase es de un ilogismo sorprendente. De que el parlamento se convierta en el órgano y “centro” (aunque dicho sea de paso, no ha sido nunca ni ha podido ser en realidad el “centro”) de la contrarrevolución y de que los obreros creen los instrumentos de su Poder en forma de Soviets, se sigue que los trabajadores deben prepararse ideológica, política y técnicamente para la lucha de los Soviets contra el parlamento, para la disolución del parlamento por los Soviets. Pero de esto no se deduce en modo alguno que semejante disolución sea obstaculizada, o

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no sea facilitada por la presencia de una oposición sovietista en el interior de un parlamento contrarrevolucionario. Jamás hemos notado durante nuestra lucha victoriosa contra Denikin y Kolchak que la existencia de una oposición proletaria, sovietista, en sus dominios, haya sido indiferente para nuestros triunfos. Sabemos perfectamente que la disolución de la Constituyente, llevada a cabo por nosotros el 5 de enero de 1918, lejos de ser dificultada, fue facilitada por la presencia dentro de la Constituyente contrarrevolucionaria que disolvíamos, tanto de una oposición sovietista consecuente, la bolchevique, como también de una oposición sovietista inconsecuente, la de los socialrevolucionarios de izquierda. Los autores de la tesis se han embrollado completamente y han olvidado la experiencia de una serie de revoluciones, si no de todas, experiencia que acredita los servicios especiales prestados, en tiempo de revolución, por la combinación de la acción de masas fuera del parlamento reaccionario y de una oposición simpatizante de la revolución (o mejor aun, que la defienda francamente) dentro del parlamento. Los holandeses y los “izquierdistas” en general razonan aquí como unos doctrinarios de la revolución que nunca han tomado parte en una revolución verdadera, o que jamás han reflexionado sobre la historia de las revoluciones o que toman ingenuamente la “negación” subjetiva de una cierta institución reaccionaria, por su destrucción efectiva mediante el conjunto de fuerzas de una serie de factores objetivos.

El medio más seguro de desacreditar una nueva idea política (y no solamente política) y perjudicarla, consiste en llevarla hasta el absurdo, so pretexto de defenderla. Pues toda verdad, si se la obliga a “sobrepasar los límites” (como decía Dietzgen padre), si se exagera, si se extiende más allá de los limites dentro de los cuales es realmente aplicable, puede ser llevada al absurdo, y, en las condiciones señaladas, se convierte infaliblemente en absurdo. Tal es el mal servicio que prestan los izquierdistas de Holanda y Alemania a la nueva verdad de la superioridad del Poder soviético sobre los parlamentos democráticoburgueses. Indudablemente, quien de un modo general siguiera sosteniendo la vieja afirmación de que abstenerse de participar en los parlamentos burgueses es inadmisible en todas las circunstancias, estaria en un error. No puedo intentar formular aquí las condiciones en que es útil el boicot, porque el objeto de este artículo es más modesto: se reduce sólo a analizar la experiencia rusa en relación con algunas cuestiones actuales de táctica comunista internacional. La experiencia rusa nos da una aplicación feliz y acertada (1905) y otra equivocada (1906) del boicot por los bolcheviques. Analizando el primer caso, vemos: los bolcheviques consiguieron impedir la convocatoria del parlamento reaccionario por el Poder reaccionario, en un momento en que la acción revolucionaria extraparlamentaria de las masas (particularmente las huelgas) crecía con excepcional rapidez, en que no había ni un solo sector del proletariado y de la clase campesina que pudiera sostener de ningún modo el Poder reaccionario, en que la influencia del proletariado revolucionario sobre la masa atrasada estaba asegurada por la lucha huelguistica y el movimiento agrario. Es por completo evidente que esta experiencia es inaplicable a las condiciones actuales europeas. Y es también evidente — en virtud de los argumentos expuestos más arriba — que la defensa, aunque condicional, de la renuncia a participar en los parlamentos, hecha por los holandeses y los “izquierdistas”, es radicalmente falsa y nociva para la causa del proletariado revolucionario. En Europa occidental y América, el parlamento se ha hecho extraordinariamente odioso a la vanguardia revolucionaria de la clase obrera. Es indiscutible. Y se comprende perfectamente, pues es difícil imaginarse algo más vil, más abyecto, más traidor que la conducta de la inmensa mayoría de los diputados socialistas y socialdemócratas en el parlamento durante la guerra y después de la misma. Pero seria no sólo irrazonable, sino francamente criminal dejarse llevar por estos sentimientos al decidir la cuestión de cómo se debe luchar contra el mal universalmente reconocido. En muchos países de la Europa occidental el sentimiento revolucionario puede decirse que es todavía una “novedad”, una “rareza” esperada demasiado tiempo, en vano, con impaciencia, y por esto se deja con tanta facilidad que este sentimiento predomine. Naturalmente, sin un estado de espíritu revolucionario de las masas, sin condiciones favorables para el desarrollo de dicho estado de espíritu, la táctica revolucionaria no se trocará en acción; pero a nosotros, en Rusia, una larga, dura y sangrienta experiencia nos ha convencido de que con el sentimiento revolucionario solo, es imposible crear una táctica revolucionaria. La táctica debe ser elaborada teniendo en cuenta, serenamente, y de un modo estrictamente objetivo, todas las fuerzas de clase del Estado de que se trate (y de los Estados que le rodean y de todos los Estados en escala mundial), así como la experiencia de los movimientos revolucionarios. Manifestar el “espíritu revolucionario” sólo con injurias al oportunismo parlamentario, únicamente condenando la participación en los parlamentos, resulta facilísimo; pero precisamente porque es facilísimo no es la solución de un problema difícil, de un problema dificilísimo. Es mucho más difícil en los parlamentos occidentales que en Rusia crear una fracción parlamentaria verdaderamente revolucionaria.

Desde luego. Pero esto no es sino un reflejo parcial de la verdad general de que a Rusia, en la situación histórica concreta, extraordinariamente original del año 1917, le fue fácil comenzar la revolución socialista; en cambio, continuarla y llevarla a término, le será a Rusia más difícil que a los países europeos. Ya a comienzos de 1918 hube de indicar esta circunstancia, y la experiencia de los dos años transcurridos desde entonces ha venido a confirmar la exactitud de aquella indicación. Condiciones específicas como fueron: 1) la posibilidad de hacer coincidir la revolución soviética con la terminación, gracias a ella, de la guerra imperialista, que había extenuado hasta lo indecible a los obreros y campesinos; 2) la posibilidad de aprovechar durante cierto tiempo la lucha a muerte en que estaban enzarzados los dos grupos mundiales más poderosos de tiburones imperialistas, grupos que no podían unirse contra el enemigo soviético; 3) la posibilidad de soportar una guerra civil relativamente larga, en parte por la gigantesca extensión del país y sus exiguos medios de comunicación; 4) la existencia de un movimiento revolucionario democráticoburgués de los campesinos, tan profundo, que el partido del proletariado hizo suyas las reivindicaciones revolucionarias del partido de los campesinos (del partido socialrevolucionario, profundamente hostil, en su mayoría, al bolchevismo), realizándolas inmediatamente, gracias a la conquista del Poder político por el proletariado; condiciones específicas como éstas no existen ahora en la Europa occidental, y la repetición de estas condiciones o de condiciones análogas no es muy fácil. He aquí por qué, entre otras cosas — pasando por alto una serie de otros motivos — , le es más difícil a la Europa occidental que a nosotros comenzar la revolución socialista. Tratar de “esquivar” esta dificultad, “saltando” por encima del arduo problema de utilizar los parlamentos reaccionarios para fines revolucionarios, es puro infantilismo. ¿Queréis crear una sociedad nueva? ¡Y teméis la dificultad de crear una buena fracción parlamentaria de comunistas convencidos, abnegados, heroicos, en un parlamento reaccionario! ¿Acaso no es esto infantilismo? Si C. Liebknecht en Alemania y Z. Höglund en Suecia han sabido hasta sin el apoyo de la masa desde abajo, dar un ejemplo de la utilización realmente revolucionaria de los parlamentos reaccionarios, ¡¿cómo un partido revolucionario de masas, que crece rápidamente con las desilusiones y la irritación de estas últimas, características de la postguerra, no puede forjar una fracción comunista en los peores parlamentos?! Precisamente porque las masas atrasadas de obreros, y más aún las de pequeños agricultores, están más imbuidas en Europa occidental que en Rusia de prejuicios democráticoburgueses y parlamentarios, precisamente por esto únicamente en el seno de instituciones como los parlamentos burgueses pueden (y deben) los comunistas sostener una lucha prolongada, tenaz, sin retroceder ante ninguna dificultad para denunciar, desvanecer y superar dichos prejuicios.

Los comunistas “de izquierda” de Alemania se quejan de los malos “jefes” de su partido y caen en la desesperación, llegando hasta incurrir en la ridiculez de “negar” a los ” jefes”. Pero en circunstancias que obligan a menudo a mantener a estos últimos en la clandestinidad, la formación de “jefes” buenos, seguros, probados, con autoridad, es particularmente difícil y triunfar de semejantes dificultades es imposible sin la combinación del trabajo legal con el ilegal, sin hacer pasar a los ” jefes “, entre otras pruebas, también por la del parlamento. La crítica — la más violenta, más implacable, más intransigente — debe dirigirse no contra el parlamentarismo o la acción parlamentaria, sino contra los jefes que no saben — y aún más contra los que no quieren — utilizar las elecciones parlamentarias y la tribuna parlamentaria a la manera revolucionaria, a la manera comunista. Sólo esta crítica — unida, naturalmente, a la expulsión de los jefes incapaces y a su sustitución por otros más capaces — constituirá un trabajo revolucionario útil y fecundo que educará a la vez a los “jefes” para que sean dignos de la clase obrera y de las masas trabajadoras, y a las masas para que aprendan a orientarse como es debido en la situación política y a comprender los problemas, a menudo sumamente complejos y embrollados, que resultan de semejante situación*.


* He tenido demasiado pocas posibilidades de conocer el comunismo “de izquierda” de Italia. Indudablemente el camarada Bordiga y su fracción de “comunistas abstencionistas” cometen un error al defender la no participación en el parlamento. Pero hay un punto en que me parece que tiene razón, por lo que yo puedo juzgar ateniéndome a dos números de su periódico “Il Soviet” (núms. 3 y 4 del 18. I. y del 1. II. 1920), a cuatro números de la excelente revista del camarada Serrati “Comunismo” (núms. 1-4. 1. X. 30. XI. 1919) y a distintos números de periódicos burgueses italianos que he podido ver. Precisamente el carnarada Bordiga y su fracción tienen razón cuando atacan a Turad y sus partidarios, que están en un partido que reconoce el Poder de los Soviets y la dictadura del proletariado, que siguen siendo miembros del parlamento y prosiguen su vieja y perjudicial política oportunista. En efecto, al consentir esto, el camarada Serrati y todo el Partido Socialista Italiano[17] incurren en un error tan preñado de amenazas y peligros como en Hungría, donde los señores Turati húngaros sabotearon desde el interior el Partido y el Poder de los Soviets. Esa actitud errónea. inconsecuente, que se distingue por su falta de carácter, con respecto a los parlamentarios oportunistas, de una parte, engendra el comunismo “de izquierda”, y de otra, justtifica basta cierto punto su existencia. El camarada Serrati es evidente que no tiene razón al acusar de “inconsecuencia” al diputado Turati (“Comunismo”, núm. 3), porque el único inconsecuente es el Parddo Socialista Italiano, que tolera en su seno a oportunistas parlamentarios como Turati y compañia.

 

(Capítulo VII de LA ENFERMEDAD INFANTIL DEL “IZQUIERDISMO” EN EL COMUNISMO)

Lenin: sobre el Estado

Camaradas, el tema de la charla de hoy, de acuerdo con el plan trazado por ustedes que me ha sido comunicado, es el Estado. Ignoro hasta qué punto están ustedes al tanto de este tema. Si no me equivoco, sus cursos acaban de iniciarse, y por primera vez abordarán sistemáticamente este tema. De ser así, puede muy bien ocurrir que en la primera conferencia sobre este tema tan difícil yo no consiga que mi exposición sea suficientemente clara y comprensible para muchos de mis oyentes. En tal caso, les ruego que no se preocupen, porque el problema del Estado es uno de los más complicados y difíciles, tal vez aquel en el que más confusión sembraron los eruditos, escritores y filósofos burgueses. No cabe esperar, por lo tanto, que se pueda llegar a una comprensión profunda del tema con una breve charla, en una sola sesión. Después de la primera charla sobre este tema, deberán tomar nota de los pasajes que no hayan entendido o que no les resulten claros, para volver sobre ellos dos, tres y cuatro veces, a fin de que más tarde se pueda completar y aclarar lo que no hayan entendido, tanto mediante la lectura como mediante diversas charlas y conferencias. Espero que podremos volver a reunirnos y que podremos entonces intercambiar opiniones sobre todos los puntos complementarios y ver qué es lo que ha quedado más oscuro. Espero tambien, que ademas de las charlas y conferencias dedicarán algún tiempo a leer, por lo menos, algunas de las obras más importantes de Marx y Engels. No cabe duda de que estas obras, las más importantes, han de encontrarse en la lista de libros recomendados y en los manuales que están disponibles en la biblioteca de ustedes para los estudiantes, de la escuela del Soviet y del partido; y aunque, una vez más, algunos de ustedes se sientan al principio, desanimados por la dificultad de la exposición, vuelvo a advertirles que no deben preocuparse por ello; lo que no resulta claro a la primera lectura, será claro a la segunda lectura, o cuando posteriormente enfoquen el problema desde otro ángulo algo diferente. Porque, lo repito una vez más, el problema es tan complejo y ha sido tan embrollado por los eruditos y escritores burgueses, que quien desee estudiarlo seriamente y llegar a dominarlo por cuenta propia, debe abordarlo varias veces, volver sobre él una y otra vez y considerarlo desde varios angulos, para poder llegar a una comprensión clara y definida de él. Porque es un problema tan fundamental, tan básico en toda política y porque, no sólo en tiempos tan turbulentos y revolucionarios como los que vivimos, sino incluso en los más pacíficos, se encontrarán con él todos los días en cualquier periódico, a propósito de cualquier asunto económico o político, será tanto más fácil volver sobre él. Todos los días, por uno u otro motivo, volverán ustedes a la pregunta: ¿que es el Estado, cuál es su naturaleza, cuál es su significación y cuál es la actitud de nuestro partido, el partido que lucha por el derrocamiento del capitalismo, el partido comunista, cuál es su actitud hacia el Estado? Y lo más importante es que, como resultado de las lecturas que realicen, como resultado de las charlas y conferencias que escuchen sobre el Estado, adquirirán la capacidad de enfocar este problema por sí mismos, ya que se enfrentarán con él en los más diversos motivos, en relación con las cuestiones más triviales, en los contextos más inesperados, y en discusiones y debates con adversarios. Y sólo cuando aprendan a orientarse por sí mismos en este problema sólo entonces podrán considerarse lo bastante firmes en sus convicciones y capaces para defenderlas con éxito contra cualquiera y en cualquier momento.

Luego de estas breves consideraciones, pasaré a tratar el problema en sí: qué es el Estado, cómo surgió y fundamentalmente, cuál debe ser la actitud hacia el Estado del partido de la clase obrera, que lucha por el total derrocamiento del capitalismo, el partido de los comunistas.

Ya he dicho que difícilmente se encontrará otro problema en que deliberada e inconcientemente, hayan sembrado tanta confusion los representantes de la ciencia, la filosofía, la jurisprudencia, la economiá política y el periodismo burgueses como en el problema del Estado. Todavía hoy es confundido muy a menudo con problemas religiosos; no sólo por los representantes de doctrinas religiosas (es completamente natural esperarlo de ellos), sino incluso personas que se consideran libres de prejuicios religiosos confunden muy a menudo la cuestión especifica del Estado con problemas religiosos y tratan de elaborar una doctrina — con frecuencia muy compleja, con un enfoque y una argumentación ideológicos y filosóficos — que pretende que el Estado es algo divino, algo sobrenatural, cierta fuerza, en virtud de la cual ha vivido la humanidad, que confiere, o puede conferir a los hombres, o que contiene en sí algo que no es propio del hombre, sino que le es dado de fuera: una fuerza de origen divino. Y hay que decir que esta doctrina está tan estrechamente vinculada a los intereses de las clases explotadoras — de los terratenientes y los capitalistas –, sirve tan bien sus intereses, impregnó tan profundamente todas las costumbres, las concepciones, la ciencia de los señores representantes de la burguesía, que se encontrarán ustedes con vestigios de ella a cada paso, incluso en la concepción del Estado que tienen los mencheviques y eseristas, quienes rechazan indignados la idea de que se hallan bajo el influjo de prejuicios religiosos y están convencidos de que pueden considerar el Estado con serenidad. Este problema ha sido tan embrollado y complicado porque afecta más que cualquier otro (cediendo lugar a este respecto solo a los fundamentos de la ciencia económica) los intereses de las clases dominantes. La teoría del Estado sirve para justificar los privilegios sociales, la existencia de la explotación, la existencia del capitalismo, razón por la cual sería el mayor de los errores esperar imparcialidad en este problema, abordarlo en la creencia de que quienes pretenden ser cientificos puedan brindarles a ustedes una concepción puramente cientifica del asunto. Cuando se hayan familiarizado con el problema del Estado, con la doctrina del Estado y con la teoría del Estado, y lo hayan profundizado suficientemente, descubrirán siempre la lucha entre clases diferentes, una lucha que se refleja o se expresa en un conflicto entre concepciones sobre el Estado, en la apreciación del papel y de la significación del Estado.

Para abordar este problema del modo más cientifico, hay que echar, por lo menos, una rápida mirada a la historia del Estado, a su surgimiento y evolución. Lo más seguro, cuando se trata de un problema de ciencia social, y lo más necesario para adquirir realmente el hábito de enfocar este problema en forma correcta, sin perdernos en un cumulo de detalles o en la inmensa variedad de opiniones contradictorias; lo más importante para abordar el problema cientificamente, es no olvidar el nexo histórico fundamental, analizar cada problema desde el punto de vista de cómo surgió en la historia el fenómeno dado y cuáles fueron las principales etapas de su desarrollo y, desde el punto de vista de su desarrollo, examinar en qué se ha convertido hoy.

Espero que al estudiar este problema del Estado se familia rizarán con la obra de Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Se trata de una de las obras fundamentales del socialismo moderno, cada una de cuyas frases puede aceptarse con plena confianza, en la seguridad de que no ha sido escrita al azar, sino que se basa en una abundante documentación histórica y política. Sin duda, no todas las partes de esta obra están expuestas en forma igualmente accesible y comprensible; algunas de ellas suponen un lector que ya posea ciertos conocimientos de historia y de economía. Pero vuelvo a repetirles que no deben preocuparse si al leer esta obra no la entienden inmediatamente. Esto le sucede a casi todo el mundo. Pero releyéndola más tarde, cuando estén interesados en el problema, lograrán entenderla en su mayor parte, si no en su totalidad. Cito este libro de Engels porque en el se hace un enfoque correcto del problema en el sentido mencionado. Comienza con un esbozo histórico de los orígenes del Estado.

Para tratar debidamente este problema, lo mismo que cualquier otro — por ejemplo el de los orígenes del capitalismo, la explotación del hombre por el hombre, el del socialismo, cómo surgió el socialismo, qué condiciones lo engendraron –, cualquiera de estos problemas sólo puede ser enfocado con seguridad y confianza si se echa una mirada a la historia de su desarrollo en conjunto. En relación con este problema hay que tener presente, ante todo, que no siempre existió el Estado. Hubo un tiempo en que no había Estado. Este aparece en el lugar y momento en que surge la división de la sociedad en clases, cuando aparecen los explotadores y los explotados.

Antes de que surgiera la primera forma de explotación del hombre por el hombre, la primera forma de la división en clases — propietarios de esdavos y esclavos –, existiá la familia patriarcal o, como a veces se la llama, la familia del clan (clan: gens; en ese entonces vivían juntas las personas de un mismo linaje u origen). En la vida de muchos pueblos primitivos subsisten huellas muy definidas de aquellos tiempos primitivos, y si se toma cualquier obra sobre la cultura primitiva, se tropezará con descripciones, indicaciones y reminiscencias más o menos precisas del hecho de que hubo una época más o menos similar a un comunismo primitivo, en la que aún no existiá la división de la sociedad en esclavistas y esclavos. En esa época no existiá el Estado, no había ningón aparato especial para el empleo sistemático de la fuerza y el sometimiento del pueblo por la fuerza. Ese aparato es lo que se llama Estado.

En la sociedad primitiva, cuando la gente vivía en pequeños grupos familiares y aún se hallaba en las etapas más bajas del desarrollo, en condiciones cercanas al salvajismo — época separada por varios miles de años de la moderna sociedad humana civilizada –, no se observan aún indicios de la existencia del Estado. Nos encontramos con el predominio de la costumbre, la autoridad, el respeto, el poder de que gozaban los ancianos del clan; nos encontramos con que a veces este poder era reconocido a las mujeres — la posición de las mujeres, entonces, no se parecía a la de opresión y falta de dere chos de las mujeres de hoy –, pero en ninguna parte encontramos una categoría especial de individuos diferenciados que gobiernen a los otros y que, en aras y con el fin de gobernar, dispongan sistemática y permanentemente de cierto aparato de coerción, de un aparato de violencia, tal como el que representan actualmente, como todos saben, los grupos especiales de hombres armados, las cárceles y demás medios para someter por la fuerza la voluntad de otros, todo lo que constituye la esencia del Estado.

Si dejamos de lado las llamadas doctrinas religiosas, las sutilezas, los argumentos filosóficos y las diversas opiniones erigidas por los eruditos burgueses, y procuramos llegar a la verdadera esencia del asunto, veremos que el Estado es en realidad un aparato de gobierno, separado de la sociedad humana. Cuando aparece un grupo especial de hombres de esta clase, dedicados exclusivamente a gobernar y que para gobernar necesitan de un aparato especial de coerción para someter la voluntad de otros por la fuerza — cárceles, grupos especiales de hombres, ejércitos, etc. –, es cuando aparece el Estado.

Pero hubo un tiempo en que no existiá el Estado, en que los vínculos generales, la sociedad misma, la disciplina y organización del trabajo se mantenian por la fuerza de la costumbre y la tradición, por la autoridad y el respeto de que gozaban los ancianos del clan o las mujeres — quienes en aquellos tiempos, no sólo gozaban de una posición social igual a la de los hombres, sino que, no pocas veces, gozaban incluso de una posición social superior –, y en que no había una categoría especial de personas que se especializaban en gobernar. La historia demuestra que el Estado, como aparato especial para la coerción de los hombres, surge solamente donde y cuando aparece la división de la sociedad en clases, o sea, la división en grupos de personas, algunas de las cuales se apropian permanentemente del trabajo ajeno, donde unos explotan a otros.

Y esta división de la sociedad en clases, a través de la historia, es lo que debemos tener siempre presente con toda claridad, como un hecho fundamental. El desarrollo de todas las sociedades humanas a lo largo de miles de años, en todos los países sin excepción, nos revela una sujeción general a leyes, una regularidad y consecuencia; de modo que tenemos, primero, una sociedad sin clases, la sociedad originaria, patriarcal, primitiva, en la que no existían aristócratas; luego una sociedad basada en la esclavitud, una sociedad esclavista. Toda la Europa moderna y civilizada pasó por esa etapa: la esclavitud reinó soberana hace dos mil años. Por esa etapa pasó también la gran mayoría de los pueblos de otros lugares del mundo. Todavía hoy se conservan rastros de la esclavitud entre los pueblos menos desarrollados; en Africa, por ejemplo, persiste todavía en la actualidad la institucion de la esclavitud. La división en propietarios de esclavos y esclavos fue la primera división de clases importante. El primer grupo no sólo poseía todos los medios de producción — la tierra y las herramientas, por muy primitivas que fueran en aquellos tiempos –, sino que poseía también los hombres. Este grupo era conocido como el de los propietarios de esclavos, mientras que los que trabajaban y suministraban trabajo a otros eran conocidos como esclavos.

Esta forma fue seguida en la historia por otra: el feudalismo. En la gran mayoría de los países, la esclavitud, en el curso de su desarrollo, evolucionó hacia la servidumbre. La división fundamental de la sociedad era: los terratenientes propietarios de siervos, y los campesinos siervos. Cambió la forma de las relaciones entre los hombres. Los poseedores de esclavos con sideraban a los esclavos como su propiedad; la ley confirmaba este concepto y consideraba al esclavo como un objeto que pertenecía íntegramente al propietario de esclavos. Por lo que se refiere al campesino siervo, subsistía la opresión de clase y la dependencia, pero no se consideraba que los campesinos fueran un objeto de propiedad del terrateniente propietario de siervos; éste sólo teniía derecho a apropiarse de su trabajo, a obligarlos a ejecutar ciertos servicios. En la practica, como todos ustedes saben, la servidumbre, sobre todo en Rusia, donde subsistío durante más tiempo y revistío las formas más brutales, no se diferenciaba en nada de la esclavitud.

Más tarde, con el desarrollo del comercio, la aparición del mercado mundial y el desarrollo de la circulación monetaria, dentro de la sociedad feudal surgió una nueva clase, la clase capitalista. De la mercancía, el intercambio de mercancías y la aparición del poder del dinero, surgió el poder del capital. Durante el siglo XVIII, o mejor dicho desde fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX, estallaron revoluciones en todo el mundo. El feudalismo fue abolido en todos los países de Europa Occidental. Rusia fue el último país donde ocurrió esto. En 1861 se produjo también en Rusia un cambio radical; como consecuencia de ello, una forma de sociedad fue remplazada por otra: el feudalismo fue remplazado por el capitalismo, bajo el cual siguió existiendo la división en clases, así como diversas huellas y supervivencias del régimen de ser vidumbre, pero fundamentalmente la división en clases asumió una forma diferente.

Los dueños del capital, los dueños de la tierra y los dueños de las fábricas constituían y siguen constituyendo, en todos los países capitalistas, una insignificante minoria de la población, que gobierna totalmente el trabajo de todo el pueblo, y, por consiguiente, gobierna, oprime y explota a toda la masa de trabajadores, la mayoría de los cuales son proletarios, trabajadores asalariados, que se ganan la vida en el proceso de producción, sólo vendiendo su mano de obra, su fuerza de trabajo. Con el paso al capitalismo, los campesinos, que habían sido divididos y oprimidos bajo el feudalismo, se convirtieron, en parte (la mayoría) en proletarios, y en parte (la minoría) en campesinos ricos, quienes a su vez contrataron trabajadores y constituyeron la burguesia rural.

Este hecho fundamental — el paso de la sociedad, de las formas primitivas de esclavitud al feudalismo, y por último al capitalismo — es el que deben ustedes tener siempre presente, ya que sólo recordando este hecho fundamental, encuadrando todas las doctrinas políticas en este marco fundamental, estarán en condiciones de valorar debidamente esas doctrinas y comprender qué se proponen. Pues cada uno de estos grandes periodos de la historia de la humanidad — el esclavista, el feudal y el capitalista — abarca decenas y centenares de siglos, y presenta una cantidad tal de formas políticas, una variedad tal de doctrinas políticas, opiniones y revoluciones, que sólo podremos llegar a comprender esta enorme diversidad y esta inmensa variedad — especialmente en relación con las doctrinas políticas, filosóficas y otras de los eruditos y políticos burgueses –, si sabemos aferrarnos firmemente, como a un hilo orientador fundamental, a esta división de la sociedad en clases, a esos cambios de las formas de la dominación de clases, y si analizamos, desde este punto de vista, todos los problemas sociales — económicos, políticos, espirituales, religiosos, etc.

Si ustedes consideran el Estado desde el punto de vista de esta división fundamental, verán que antes de la división de la sociedad en clases, como ya lo he dicho, no existía ningún Estado. Pero cuando surge y se afianza la división de la sociedad en clases, cuando surge la sociedad de clases, también surge y se afianza el Estado. La historia de la humanidad conoce decenas y cientos de paises que han pasado o están pasando en la actualidad por la esclavitud, el feudalismo y el capitalismo. En cada uno de ellos, pese a los enormes cambios históricos que han tenido lugar, pese a todas las vicisitudes políticas y a todas las revoluciones relacionadas con este desarrollo de la humanidad y con la transición de la esclavitud al capitalismo, pasando por el feudalismo, y hasta llegar a la actual lucha mundial contra el capitalismo, ustedes percibirán siempre el surgimiento del Estado. Este ha sido siempre determinado aparato al margen de la sociedad y consistente en un grupo de personas dedicadas exclusiva o casi exclusivamente o principalmente a gobernar. Los hombres se dividen en gobernados y en especialistas en gobernar, que se colocan por encima de la sociedad y son llamados gobernantes, representantes del Estado. Este aparato, este grupo de personas que gobiernan a otros, se apodera siempre de ciertos medios de coerción, de violencia física, ya sea que esta violencia sobre los hombres se exprese en la maza primitiva o en tipos más perfeccionados de armas, en la época de la esclavitud, o en las armas de fuego inventadas en la Edad Media o, por último, en las armas modernas, que en el siglo XX son verdaderas maravillas de la técnica y se basan íntegramente en los últimos lo gros de la tecnología moderna. Los métodos de violencia cambiaron, pero dondequiera existió un Estado, existió en cada sociedad, un grupo de personas que gobernaban, mandaban, dominaban, y que, para conservar su poder, disponían de un aparato de coerción física, de un aparato de violencia, con las armas que correspondían al nivel técnico de la época dada. Y sólo examinando estos fenómenos generales, preguntándonos por qué no existió ningún Estado cuando no había clases, cuando no había explotadores y explotados, y por que apareció cuando aparecieron las clases; sólo así encontraremos una respuesta definida a la pregunta de cuál es la esencia y la significación del Estado.

El Estado es una máquina para mantener la dominación de una clase sobre otra. Cuando no existían clases en la sociedad, cuando, antes de la época de la esclavitud, los hombres trabajaban en condiciones primitivas de mayor igualdad, en condiciones en que la productividad del trabajo era todavía muy baja y cuando el hombre primitivo apenas podía conseguir con dificultad los medios indispensables para la existencia más tosca y primitiva, entonces no surgió, ni podía surgir, un grupo especial de hombres separados especialmente para gobernar y dominar al resto de la sociedad. Sólo cuando apareció la primera forma de la división de la sociedad en clases, cuando apareció la esclavitud, cuando una clase determinada de hombres, al concentrarse en las formas más rudimentarias del trabajo agrícola, pudo producir cierto excedente, y cuando este excedente no resultó absolutamente necesario para la más mísera existencia del esclavo y pasó a manos del propietario de esclavos, cuando de este modo quedó asegurada la existencia de la clase de los propietarios de esclavos, entonces, para que ésta pudiera afianzarse era necesario que apareciera un Estado.

Y apareció el Estado esclavista, un aparato que dio poder a los propietarios de esclavos y les permitió gobernar a los esclavos. La sociedad y el Estado eran entonces mucho más reducidos que en la actualidad, poseían medios de comunicación incomparablemente más rudimentarios; no existían entonces los modernos medios de comunicación. Las montañas, los ríos y los mares eran obstáculos incomparablemente mayores que hoy, y el Estado se formó dentro de límites geográficos mucho más estrechos. Un aparato estatal técnicamente débil servía a un Estado confinado dentro de límites relativamente estrechos y con una esfera de acción limitada. Pero, de cualquier modo, existía un aparato que obligaba a los esclavos a permanecer en la esclavitud, que mantenía a una parte de la sociedad sojuzgada y oprimida por la otra. Es imposible obligar a la mayor parte de la sociedad a trabajar en forma sistemática para la otra parte de la sociedad sin un aparato permanente de coerción. Mientras no existieron clases, no hubo un aparato de este tipo. Cuando aparecieron las clases, siempre y en todas partes, a medida que la división crecía y se consolidaba, aparecía también una institución especial: el Estado. Las formas de Estado eran en extremo variadas. Ya durante el período de la esclavitud encontramos diversas formas de Estado en los países más adelantados, más cultos y civilizados de la época, por ejemplo en la antigua Grecia y en la antigua Roma, que se basaban integramente en la esclavitud. Ya había surgido en aquel tiempo una diferencia entre monarquía y república, entre aristocracia y democracia. La monarquía es el poder de una sola persona, la república es la ausencia de autoridades no elegidas; la aristocracia es el poder de una minoría relativamente pequeña, la democracia el poder del pueblo (democracia en griego, significa literalmente poder del pueblo). Todas estas diferencias sur gieron en la época de la esclavitud. A pesar de estas diferencias, el Estado de la epoca esclavista era un Estado esclavista, ya se tratara de una monarquía o de una república, aristocrática o democrática.

En todos los cursos de historia de la antigüedad, al escuchar la conferencia sobre este tema, les hablarán de la lucha librada entre los Estados monárquicos y los republicanos. Pero el hecho fundamental es que los esclavos no eran considerados seres humanos; no sólo no se los consideraba ciudadanos, sino que ni siquiera se los consideraba seres humanos. El derecho romano los consideraba como bienes. La ley sobre el homicidio, para no mencionar otras leyes de protección de la persona, no amparaba a los esclavos. Defendia sólo a los propietarios de esclavos, los únicos que eran reconocidos como ciudadanos con plenos derechos. Lo mismo daba que gobernara una monarquía o una república: tanto una como otra eran una república de los propietarios de esclavos o una monarquia de los propietarios de esclavos. Estos gozaban de todos los derechos, mientras que los esclavos, ante la ley, eran bienes; y contra el esclavo no sólo podía perpetrarse cualquier tipo de violencia, sino que incluso matar a un esclavo no era considerado delito. Las repúblicas esclavistas diferían en su organización interna: había repúblicas aristocráticas y repúblicas democráticas. En la república aristocrática participaba en las elecciones un reducido número de privilegiados; en la republica democrática participaban todos, pero siempre todos los propietarios de esclavos, todos, menos los esclavos. Debe tenerse en cuenta este hecho fundamental, pues arroja más luz que ningún otro sobre el problema del Estado, y pone claramente de manifiesto la naturaleza del Estado.

El Estado es una máquina para que una clase reprima a otra, una máquina para el sometimiento a una clase de otras clases, subordinadas. Esta máquina puede presentar diversas formas. El Estado esclavista podía ser una monarquía, una república aristocrática e incluso una república democrática. En realidad, las formas de gobierno variaban extraordinariamente, pero su esencia era siempre la misma: los esclavos no gozaban de ningún derecho y seguian siendo una clase oprimida; no se los consideraba seres humanos. Nos encontramos con lo mismo en el Estado feudal.

El cambio en la forma de explotación trasformó el Estado esclavista en Estado feudal. Esto tuvo una enorme importancia. En la sociedad esclavista, el esclavo no gozaba de ningún derecho y no era considerado un ser humano; en la sociedad feudal, el campesino se hallaba sujeto a la tierra. El principal rasgo de la servidumbre era que a los campesinos (y en aquel tiempo los campesinos constituían la mayoría, pues la población urbana era todavía muy poco desarrollada) se los consideraba sujetos a la tierra: de ahí se deriva este concepto mismo — la servidumbre. El campesino podía trabajar cierto número de días para si mismo en la parcela que le asignaba el señor feudal; los demás días el campesino siervo trabajaba para su señor. Subsistía la esencia de la sociedad de clases: la sociedad se basaba en la explotación de clase. Sólo los propietarios de la tierra gozaban de plenos derechos; los campesinos no tenían ningún derecho. En la práctica su situación no difería mucho de la situación de los esclavos en el Estado esclavista. Sin embargo, se había abierto un camino más amplio para su emancipación, para la emancipación de los campesinos, ya que el campesino siervo no era considerado propiedad directa del señor feudal. Podía trabajar una parte de su tiempo en su propia parcela; podía, por así decirlo, ser, hasta cierto punto, dueño de sí mismo; y al ampliarse las posibilidades de desarrollo del intercambio y de las relaciones comerciales, el sistema feudal se fue desintegrando progresivamente y se fueron ampliando progresivamente las posibilidades de emancipación del campesinado. La sociedad feudal fue siempre más compleja que la sociedad esclavista. Había un importante factor de desarrollo del comercio y la industria, cosa que, incluso en esa época, condujo al capitalismo. El feudalismo predominaba en la Edad Media. Y también aquí diferían las formas del Estado; también aquí encontramos la monarquía y la república, aunque esta última se manifestaba mucho más débilmente. Pero siempre se consideraba al señor feudal como el único gobernante. Los campesinos siervos ca recían totalmente de derechos políticos.

Ni bajo la esclavitud ni bajo el feudalismo podía una reducida minoría de personas dominar a la enorme mayoría sin recurrir a la coerción. La historia está llena de constantes intentos de las clases oprimidas por librarse de la opresión. La historia de la esclavitud nos habla de guerras de emancipación de los esclavos que duraron décadas enteras. El nombre de “espartaquistas”, entre parentesis, que han adoptado ahora los comunistas alemanes — el único partido aleman que realmente lucha contra el yugo del capitalismo –, lo adoptaron debido a que Espartaco fue el héroe más destacado de una de las más grandes sublevaciones de esclavos que tuvo lugar hace unos dos mil años. Durante varios años el Imperio romano, que parecía omnipotente y que se apoyaba por entero en la esclavitud, sufrió los golpes y sacudidas de un extenso levantamiento de esclavos, armados y agrupados en un vasto ejército, bajo la dirección de Espartaco. Al fin y al cabo fueron derrotados, capturados y torturados por los propietarios de esclavos. Guerras civiles como éstas jalonan toda la historia de la sociedad de clases. Lo que acabo de señalar es un ejemplo de la más importante de estas guerras civiles en la época de la esclavitud. Del mismo modo, toda la época del feudalismo se halla jalonada por constantes sublevaciones de los campesinos. En Alemania, por ejemplo, en la Edad Media, la lucha entre las dos clases — terratenientes y siervos — asumió amplias proporciones y se trasformó en una guerra civil de los campesinos contra los terratenientes. Todos ustedes conocen ejemplos similares de constantes levantamientos de los campesinos contra los terratenientes feudales en Rusia.

Para mantener su dominación y asegurar su poder, los señores feudales necesitaban de un aparato con el cual pudiesen sojuzgar a una enorme cantidad de personas y someterlas a ciertas leyes y normas; y todas esas leyes, en lo fundamental, se reducían a una sola cosa: el mantenimiento del poder de los señores feudales sobre los campesinos siervos. Tal era el Estado feudal, que en Rusia, por ejemplo, o en los países asiáticos muy atrasados (en los que aún impera el feudalismo) difería en su forma: era una república o una monarquía. Cuando el Estado era una monarquía se reconocía el poder de un individuo; cuando era una república, en uno u otro grado se reconocía la participación de representantes electos de la sociedad terrateniente; esto sucedía en la sociedad feudal. La sociedad feudal representaba una división en clases en la que la inmensa mayoría — los campesinos siervos — estaba totalmente sometida a una insignificante minoría, a los terratenientes, dueños de la tierra.

El desarrollo del comercio, el desarrollo del intercambio de mercancías, condujeron a la formación de una nueva clase, la de los capitalistas. El capital se conformo como tal al final de la Edad Media, cuando, después del descubrimiento de América, el comercio mundial adquirío un desarrollo enorme, cuando aumentó la cantidad de metales preciosos, cuando la plata y el oro se convirtieron en medios de cambio, cuando la circulación monetaria permitió a ciertos individuos acumular enormes riquezas. La plata y el oro fueron reconocidos como riqueza en todo el mundo. Declinó el poder económico de la clase terrateniente y creció el poder de la nueva clase, los representantes del capital. La sociedad se reorganizó de tal modo, que todos los ciudadanos parecían ser iguales, desapareció la vieja división en propietarios de esclavos y esclavos, y todos los individuos fueron considerados iguales ante la ley, independientemente del capital que poseyeran — propietarios de tierras o pobres hombres sin más propiedad que su fuerza de trabajo, todos eran iguales ante la ley. La ley protege a todos por igual; protege la propiedad de los que la tienen, contra los ataques de las masas que, al no poseer ninguna propiedad, al no poseer más que su fuerza de trabajo, se empobrecen y arruinan poco a poco y se convierten en proletarios. Tal es la sociedad capitalista.

No puedo detenerme a analizarlo en detalle. Ya volverán ustedes a ello cuando estudien el programa del partido: tendrán entonces una descripción de la sociedad capitalista. Esta sociedad fue avanzando contra la servidumbre, contra el viejo régimen feudal, bajo la consigna de la libertad. Pero era la libertad para los propietarios. Y cuando se desintegró el feudalismo, cosa que ocurrío a fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX — en Rusia ocurrió más tarde que en otros países, en 1861 –, el Estado feudal fue desplazado por el Estado capitalista, que proclama como consigna la libertad para todo el pueblo, que afirma que expresa la voluntad de todo el pueblo y niega ser un Estado de clase. Y en este punto se entabló una lucha entre los socialistas, que bregan por la libertad de todo el pueblo, y el Estado capitalista, lucha que condujo hoy a la creación de la República Socialista Soviética y que se está extendiendo al mundo entero.

Para comprender la lucha iniciada contra el capital mundial, para entender la esencia del Estado capitalista, debemos recordar que cuando ascendió el Estado capitalista contra el Estado feudal, entró en la lucha bajo la consigna de la libertad. La abolición del feudalismo significó la libertad para los representantes del Estado capitalista y sirvió a sus fines, puesto que la servidumbre se derrumbaba y los campesinos tenían la posibilidad de poseer en plena propiedad la tierra adquirida por ellos mediante un rescate o, en parte por el pago de un tributo; esto no interesaba al Estado; protegía la propiedad sin importarle su origen, pues el Estado se basaba en la propiedad privada. En todos los Estados civilizados modernos los campesinos se convirtieron en propietarios privados. Incluso cuando el terrateniente cedía parte de sus tierras a los campesinos, el Fstado protegía la propiedad privada, resarciendo al terrateniente con una indemnización, permitiéndole obtener dinero por la tierra. El Estado, por así decirlo, declaraba que ampararía totalmente la propiedad privada y le otorgaba toda clase de apoyo y protección. El Estado reconocía los derechos de propiedad de todo comerciante, fabricante e industrial. Y esta sociedad, basada en la propiedad privada, en el poder del capital, en la sujeción total de los obreros desposeidos y las masas trabajadoras del campesinado proclamaba que su régimen se basaba en la libertad. Al luchar contra el feudalismo, proclamó la libertad de propiedad y se sentía especialmente orgullosa de que el Estado hubiese dejado de ser, supuestamente, un Estado de clase.

Con todo, el Estado seguía siendo una máquina que ayudaba a los capitalistas a mantener sometidos a los campesinos pobres y a la clase obrera, aunque en su apariencia exterior fuese libre. Proclamaba el sufragio universal y, por intermedio de sus defensores, predicadores, eruditos y filosófos, que no era un Estado de clase. Incluso ahora, cuando las repúblicas socialistas soviéticas han comenzado a combatir el Estado, nos acusan de ser violadores de la libertad y de erigir un Estado basado en la coerción, en la represión de unos por otros, mientras que ellos representan un Estado de todo el pueblo, un Estado democrático. Y este problema, el problema del Estado, es ahora, cuando ha comenzado la revolución socialista mundial y cuando la revolución triunfa en algunos países, cuando la lucha contra el capital mundial se ha agudizado en extremo, un problema que ha adquirido la mayor importancia y puede decirse que se ha convertido en el problema más candente, en el foco de todos los problemas políticos y de todas las polémicas políticas del presente.

Cualquiera sea el partido que tomemos en Rusia o en cualquiera de los países más civilizados, vemos que casi todas las polémicas, discrepancias y opiniones políticas giran ahora en torno de la concepcion del Estado. ¿Es el Estado, en un país capitalista, en una república democrática — especialmente en repúblicas como Suiza o Norteamérica –, en las repúblicas democráticas más libres, la expresión de la voluntad popular, la resultante de la decisión general del pueblo, la expresión de la voluntad nacional, etc., o el Estado es una máquina que permite a los capitalistas de esos países conservar su poder sobre la clase obrera y el campesinado? Este es el problema fundamental en torno del cual giran todas las polémicas políticas en el mundo entero. ¿Qué se dice sobre el bolchevismo? La prensa burguesa lanza denuestos contra los bolcheviques. No encontrarán un solo periódico que no repita la acusación en boga de que los bolcheviques violan la soberanía del pueblo. Si nuestros mencheviques y eseristas, en su simpleza de espiritu (y quizá no sea simpleza, o quiza sea esa simpleza de la que dice el proverbio que es peor que la ruindad) piensan que han inventado y descubierto la acusación de que los bolcheviques han violado la libertad y la soberanía del pueblo, se equivocan en la forma más ridicula. Hoy, todos los periodicos más ricos de los países más ricos, que gastan decenas de millones en su difusión y diseminan mentiras burguesas y la política imperialista en decenas de millones de ejemplares, todos esos periódicos repiten esos argumentos y acusaciones fundamentales contra el bolchevismo, a saber: que Norteamérica, Inglaterra y Suiza son Estados avanzados, basados en la soberanía del pueblo, mientras que la república bolchevique es un Estado de bandidos en el que no se conoce la libertad y que los bolcheviques son violadores de la idea de la soberanía del pueblo e incluso llegaron al extremo de disolver la Asamblea Constituyente. Estas terribles acusaciones contra los bolcheviques se repiten en todo el mundo. Estas acusaciones nos conducen directamente a la pregunta: ¿que es el Estado? Para comprender estas acusaciones, para poder estudiarlas y adoptar hacia ellas una actitud plenamente conciente, y no examinarlas basándose en rumores, sino en una firme opinión propia, debemos tener una clara idea de lo que es el Estado. Tenemos ante nosotros Estados capitalistas de todo tipo y todas las teorías que en su defensa se elaboraron antes de la guerra. Para responder correctamente a la pregunta, debemos examinar con un enfoque crítico todas estas teorías y concepciones.

Ya les he aconsejado que recurran al libro de Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. En él se dice que todo Estado en el que existe la propiedad privada de la tierra y los medios de producción, en el que domina el capital, por democrático que sea, es un Estado capitalista, una máquina en manos de los capitalistas para el sojuzgamiento de la clase obrera y los campesinos pobres. Y el sufragio universal, la Asamblea Constituyente o el Parlamento son meramente una forma, una especie de pagaré, que no cambia la esencia del asunto.

Las formas de dominación del Estado pueden variar: el capital manifiesta su poder de un modo donde existe una forma y de otro donde existe otra forma, pero el poder está siempre, esencialmente, en manos del capital, ya sea que exista o no el voto restringido u otros derechos, ya sea que se trate de una república democrática o no; en realidad, cuanto más democrática es, más burda y cinica es la dominación del capitalismo. Una de las repúblicas más democráticas del mundo es Estados Unidos de Norteamérica, y sin embargo, en ninguna parte (y quienes hayan estado allí después de 1905 probablemente lo saben) es tan crudo y tan abiertamente corrompido como en Norteamérica el poder del capital, el poder de un puñado de multimillonarios sobre toda la sociedad. El capital, una vez que existe, domina la sociedad entera, y ninguna república democrática, ningún derecho electoral pueden cambiar la esencia del asunto.

La república democrática y el sufragio universal representaron un enorme progreso comparado con el feudalismo: permitieron al proletariado lograr su actual unidad y solidaridad y formar esas filas compactas y disciplinadas que libran una lucha sistemática contra el capital. No existió nada ni siquiera parecido a esto entre los campesinos siervos y ni que hablar ya entre los esclavos. Los esclavos, como sabemos se sublevaron, se amotinaron e iniciaron guerras civiles, pero no podian llegar a crear una mayoría consciente y partidos que dirigieran la lucha; no podían comprender claramente cuáles eran sus objetivos, e incluso en los momentos más revolucionarios de la historia fueron siempre peones en manos de las clases dominantes. La república burguesa, el Parlamento, el sufragio universal, todo ello constituye un inmenso progreso desde el punto de vista del desarrollo mundial de la sociedad. La humanidad avanzó hacia el capitalismo y fue el capitalismo solamente, lo que, gracias a la cultura urbana, permitió a la clase oprimida de los proletarios adquirir conciencia de si misma y crear el movimiento obrero mundial, los millones de obreros organizados en partidos en el mundo entero; los partidos socialistas que dirigen concientemente la lucha de las masas. Sin parlamentarismo, sin un sistema electoral, habría sido imposible este desarrollo de la clase obrera. Es por ello que todas estas cosas adquirieron una importancia tan grande a los ojos de las grandes masas del pueblo. Es por ello que parece tan dificil un cambio radical. No son sólo los hipócritas concientes, los sabios y los curas quienes sostienen y defienden la mentira burguesa de que el Estado es libre y que tiene por misión defender los intereses de todos; lo mismo hacen muchisimas personas atadas sinceramente a los viejos prejuicios y que no pueden entender la transición de la sociedad antigua, capitalista, al socialismo. Y no sólo las personas que dependen directamente de la burguesia, no sólo quienes vi ven bajo el yugo del capital o sobornados por el capital (hay gran cantidad de cientificos, artistas, sacerdotes, etc., de todo tipo al servicio del capital), sino incluso personas simplemente influidas por el prejuicio de la libertad burguesa, se han movilizado contra el bolchevismo en el mundo entero, porque cuando fue fundada la República Soviética rechazó estas mentiras burguesas y declaró abiertamente: ustedes dicen que su Estado es libre, cuando en realidad, mientras exista la propiedad privada, el Estado de ustedes, aunque sea una república democrática, no es más que una máquina en manos de los capitalistas para reprimir a los obreros, y mientras más libre es el Estado, con mayor claridad se manifiesta esto. Ejemplos de ello nos los brindan Suiza en Europa, y Estados Unidos en América. En ninguna parte domina el capital en forma tan cínica e implacable y en ninguna parte su dominación es tan ostensible como en estos países, a pesar de tratarse de repúblicas democráticas, por muy bellamente que se las pin te y por mucho que en ellas se hable de democracia del trabajo y de igualdad de todos los ciudadanos. El hecho es que en Suiza y en Norteamérica domina el capital, y cualquier intento de los obreros por lograr la menor mejora efectiva de su situación, provoca inmediatamente la guerra civil. En estos países hay pocos soldados, un ejército regular pequeño — Suiza cuenta con una milicia y todos los ciudadanos suizos tienen un fusil en su casa, mientras que en Estados Unidos, hasta hace poco, no existía un ejército regular –, de modo que cuando estalla una huelga, la burguesia se arma, contrata soldados y reprime la huelga; en ninguna parte la represión del movimiento obrero es tan cruel y feroz como en Suiza y en Estados Unidos, y en ninguna parte se manifiesta con tanta fuerza como en estos países la influencia del capital sobre el Parlamento. La fuerza del capital lo es todo, la Bolsa es todo, mientras que el Parla mento y las elecciones no son más que muñecos, marionetas. . . Pero los obreros van abriendo cada vez más los ojos y la idea del poder soviético va extendiéndose cada vez más. Sobre todo después de la sangrienta matanza por la que acabamos de pasar. La clase obrera advierte cada vez más la necesidad de luchar implacablemente contra los capitalistas.

Cualquiera sea la forma con que se encubra una república, por democrática que sea, si es una república burguesa, si conserva la propiedad privada de la tierra, de las fábricas, si el capital privado mantiene a toda la sociedad en la esclavitud asalariada, es decir, si la república no lleva a la práctica lo que se proclama en el programa de nuestro partido y en la Constitución soviética, entonces ese Estado es una máquina para que unos repriman a otros. Y debemos poner esta máquina en manos de la clase que habrá de derrocar el poder del capital. Debemos rechazar todos los viejos prejuicios acerca de que el Estado significa la igualdad universal; pues esto es un fraude: mientras exista explotación no podrá existir igualdad. El terrateniente no puede ser igual al obrero, ni el hombre hambriento igual al saciado. La máquina, llamada Estado, y ante la que los hombres se inclinaban con supersticiosa veneración, porque creian en el viejo cuento de que significa el Poder de todo el pueblo, el proletariado la rechaza y afirma: es una mentira burguesa. Nosotros hemos arrancado a los capitalistas esta máquina y nos hemos apoderado de ella. Utilizaremos esa máquina, o garrote, para liquidar toda explotación; y cuando toda posibilidad de explotación haya desaparecido del mundo, cuando ya no haya propietarios de tierras ni propietarios de fábricas, y cuando no exista ya una situación en la que unos estan saciados mientras otros padecen hambre, sólo cuando haya desaparecido por completo la posibilidad de esto, relegaremos esta máquina a la basura. Entonces no existir á Estado ni explotación. Tal es el punto de vista de nuestro partido comunista. Espero que volveremos a este tema en futuras conferencias, volveremos a él una y otra vez.

(Conferencia pronunciada en la Universidad Sverdlov*el 11 de julio de 1919)

El encuentro de Lenin y Trotsky: la célebre Tesis de Abril

por Ramón Sarmiento//

 Las tareas inmediatas de la revolución rusa eran de carácter democrático-burgués: instaurar una república democrática que pusiera las bases para un desarrollo avanzado de la industria y la cultura. Pero la burguesía rusa, débil, había llegado tarde al desarrollo histórico, constreñida en su avance por las burguesías más fuertes de Europa y Norteamérica.

 Tres concepciones de la revolución rusa

Era imprescindible realizar una reforma agraria que entregara la tierra a los campesinos, sin lo cual era imposible desarrollar un sólido mercado interno para los productos de la ciudad. La peculiaridad de la situación era que numerosos industriales también eran terratenientes, y gran parte de la tierra estaba hipotecada a los bancos que mantenían a una clase terrateniente rentista. La burguesía rusa estaba atada al viejo atraso del país.  Socia menor de las potencias imperialistas, no podía ponerse a la cabeza de la nación para terminar con la guerra, hacer la reforma agraria, desarrollar el país y abolir la monarquía.

Sólo la clase obrera, aliada al campesinado, podía ofrecer una alternativa. Eso implicaba vincular las tareas democráticas pendientes (incluido el derecho de autodeterminación para las naciones oprimidas del imperio ruso) con la toma del poder por la clase obrera y la adopción de medidas socialistas de expropiación de la tierra, la banca y la gran industria.

Esto no significaba que Rusia estuviera madura para el socialismo en 1917. Era necesario que una revolución socialista triunfante en los países más desarrollados de Europa, como Alemania, ayudara a Rusia a sacarla de su atraso, pero la revolución rusa podía actuar de acicate para impulsar la revolución en occidente, como efectivamente sucedió posteriormente.

Estas ideas fueron formuladas por primera vez en 1904 por el joven revolucionario León Trotsky con el nombre de teoría de la revolución permanente. Y se ajustaban plenamente a las tareas que debía consumar la revolución rusa para triunfar. Trotsky ya era una figura destacada entre los marxistas rusos, aunque no pertenecía formalmente a ninguna tendencia al comenzar la revolución. En la revolución de 1905 había llegado a ser presidente del Sóviet de San Petersburgo y fue encarcelado en Siberia, de donde escapó.

Sin embargo, para los dirigentes socialrevolucionarios (conocidos como “eseristas”, por las siglas de su partido) y mencheviques, la revolución rusa era de carácter burgués y debía dejarse a la burguesía a la cabeza de la misma, ejerciendo la clase obrera un papel de control y apoyo desde la izquierda.

El Partido Bolchevique, antes de la revolución, tenía una posición confusa. Defendía el carácter burgués de la revolución, pero calificaba a la burguesía de contrarrevolucionaria. Proponía una “dictadura democrática de obreros y campesinos” que proclamara la república y expropiara a los terratenientes, sin rebasar los límites del capitalismo. Esta fórmula era inconsistente; consideraba posible la coexistencia de la expropiación de los terratenientes con la gran propiedad burguesa y extranjera. Además, dada la incapacidad del campesinado para jugar un papel independiente en la revolución, un gobierno obrero-campesino sólo podía tomar forma real bajo la dominación del proletariado, lo que llevaría al enfrentamiento frontal con la burguesía.

El Gobierno Provisional

Las masas confiaban en las primeras semanas en los dirigentes obreros reformistas. Y estos últimos, como siempre, confiaban en el ala “liberal” de la burguesía, que a su vez se esforzaba desesperadamente por defender a la monarquía y poner fin a la revolución. Mientras tanto, entre bastidores, los generales reaccionarios preparaban un contragolpe.

El Gobierno Provisional que surgió de la Revolución de Febrero fue un gobierno de terratenientes y capitalistas que se autodenominaban “demócratas”. Como “concesión” a las masas se permitió la entrada en el gobierno a  Kerensky, como ministro de justicia,  un abogado laboralista próximo a los eseristas. El ministro de la guerra era el gran industrial de Moscú, Guchkov. El “liberal” y dirigente del partido burgués Kadete, Miliukov, se convirtió en ministro de Relaciones Exteriores.

Los activistas obreros desconfiaban mucho del gobierno. Pero entre la masa de la sociedad había una ola de euforia. Las masas tenían ilusiones en sus líderes y consideraban a Kerensky su portavoz en el gobierno.

La atmósfera predominante de euforia y unidad democrática afectó incluso a algunos dirigentes bolcheviques en Petrogrado, cuando Lenin todavía estaba en el exilio en Suiza. Los principales dirigentes de Petrogrado eran Kamenev y Stalin quienes, recién liberados de su internamiento en Siberia, sucumbieron a la presión de la “unidad”. Instintivamente, los bolcheviques de Petrogrado se manifestaron contra el Gobierno Provisional, al que caracterizaron correctamente como un gobierno contrarrevolucionario. Sin embargo, Kamenev y Stalin llevaron al partido a una alianza cercana con los eseristas y mencheviques, e incluso propusieron la reunificación con estos últimos.

Desde el exilio en Suiza, Lenin observó la situación con alarma. Sus primeros telegramas a Petrogrado eran totalmente intransigentes en tono y contenido: “Nuestra táctica: absoluta falta de confianza, ausencia de apoyo al nuevo gobierno, sospecha especialmente de Kerensky, armar al proletariado como única garantía, elecciones inmediatas al ayuntamiento de Petrogrado, ningún acercamiento a otros partidos”.

La llegada de Lenin y la Conferencia de abril

Lenin pudo llegar finalmente a Petrogrado a comienzos de abril, en compañía de otros exiliados políticos rusos, en un “tren blindado” procedente de Suiza. Después del regreso de Lenin, el Partido Bolchevique entró en una crisis. Esta es una ley en una situación revolucionaria, cuando la presión de las fuerzas de clase ajenas pesa sobre el partido y su dirección: la presión por la “unidad de la izquierda”, el miedo al aislamiento, etc.

En unas pocas semanas, y tras una sobria apreciación de los acontecimientos, Lenin rompió con la posición confusa anterior del partido y alcanzó las mismas conclusiones que Trotsky, siguiendo su propio razonamiento. La conclusión era clara, la etapa democrático-burguesa de la revolución se había consumado en febrero, y la revolución sólo podía triunfar como revolución socialista y con un gobierno de los Sóviets.

La tensión entre Lenin y la mayoría de los dirigentes fue tan grande que, inmediatamente después de su regreso, Lenin se vio obligado a publicar su análisis y propuestas acerca de la revolución, conocidas como Las Tesis de Abril, en el diario del partido Pravda, bajo su propia firma, ya que ninguno de los demás dirigentes las apoyaban.

A fines de abril se convocó la Conferencia del Partido Bolchevique, donde se produjo una lucha feroz. Lenin explicó que la revolución no había logrado sus objetivos centrales: que era necesario derrocar al gobierno provisional; que los obreros debían tomar el poder, aliados con la masa de campesinos pobres. Solamente por estos medios se podría terminar la guerra, dar la tierra a los campesinos y establecer las condiciones para una transición a un régimen socialista. La base del partido simpatizaba con la posición de Lenin, a la que se oponía una parte significativa de la dirección.

Las ideas de Lenin se impusieron. Sin embargo, los bolcheviques seguían siendo una minoría en los Soviets, y los dirigentes de los soviets –los eseristas y los mencheviques– respaldaban al Gobierno Provisional. Y aquí vemos las tácticas flexibles de Lenin, muy alejadas de las aventuras ultra-izquierdistas. En un momento en que la mayoría de los trabajadores apoyaba la posición de los dirigentes del Soviet, hubiera sido puro aventurerismo haber llamado al derrocamiento revolucionario del gobierno. Bajo la consigna de “explicar pacientemente”, Lenin instó a los bolcheviques a dirigirse a los trabajadores en los Soviets para que les plantearan exigencias a los dirigentes reformistas, demandarles hechos en vez de palabras: que publicaran los tratados secretos, que pusieran fin a la guerra, que rompieran con la burguesía y tomaran el poder en sus propias manos. Si ellos hacían estas cosas, como Lenin repitió muchas veces, entonces la lucha por el poder se reduciría a una lucha pacífica por alcanzar una mayoría en los Sóviets.

Tomar el poder

Sin embargo, los mencheviques y los dirigentes Social-Revolucionarios no tenían ninguna intención de romper con el Gobierno Provisional burgués. En realidad, estaban aterrorizados con tomar el poder y tenían más miedo de los obreros y campesinos que del cuartel general contrarrevolucionario.

La posición de mencheviques y eseristas nos resulta familiar. No importa la fuerza ni el coraje que despliegue la clase obrera, no importa lo lejos que llegue la acometida revolucionaria de las masas trabajadoras, para los dirigentes reformistas nunca se dan las condiciones para iniciar la revolución socialista. Este fue el caso de Rusia en 1917 como en Alemania en 1918, en España en 1931-37 o tras la muerte de Franco en 1976-77.

La verdad era que el Gobierno Provisional era una cáscara vacía. Sólo había dos poderes reales en el país, y uno o el otro tenía que ser derrocado. Por un lado, los sóviets de diputados obreros, soldados y campesinos; por otro lado, los restos del antiguo aparato estatal, agrupados en torno a la monarquía y al Estado Mayor, que bajo la sombra protectora del Gobierno Provisional se preparaba para un enfrentamiento con los sóviets.

Crecimiento explosivo

Una de las características principales de una situación revolucionaria es la brusquedad con que puede cambiar el estado de ánimo de las masas. Los trabajadores aprenden rápidamente sobre la base de los acontecimientos.

Así, una tendencia revolucionaria puede experimentar un crecimiento explosivo, pasando de una minúscula minoría a una fuerza decisiva, con una condición: que combine tácticas flexibles con firmeza implacable en todas las cuestiones políticas.

Al principio, sus oponentes se burlaban de Lenin por ser un “sectario” desesperado, condenado a la impotencia de mantenerse fuera de la “unidad de la izquierda”. Sin embargo, la marea pronto comenzó a fluir fuertemente en la dirección del bolchevismo.

En una revolución, escribió Trotsky: “el partido más extremo siempre reemplaza al menos extremo”. Los trabajadores llegan a comprender la corrección de las ideas de la tendencia revolucionaria agracias a su propia experiencia, especialmente en la escuela de los grandes acontecimientos.

Estos son absolutamente necesarios para que los trabajadores se convenzan de la necesidad de una transformación radical de la sociedad. Las diferentes etapas en el crecimiento de la conciencia de la clase se reflejan en el ascenso y la caída de los partidos políticos, de las tendencias, de los programas y de los dirigentes individuales.

El fracaso del gobierno provisional burgués para resolver ninguno de los problemas básicos de la sociedad provocó una aguda reacción en los principales centros obreros, especialmente en Petrogrado, donde al proletariado militante se sumaban los marineros revolucionarios (que, a diferencia de la infantería, eran por lo general de extracción proletaria y fabril, especialmente de entre los trabajadores cualificados).

El aumento constante de los precios, el recorte en las raciones de pan, etc. causaron un fermento de descontento. Y sobre todo la continuación de la guerra, elevó la temperatura social hasta el punto de ebullición. El gobierno pedía paciencia y proponía aplazar la resolución de todos los conflictos a la hipotética convocatoria de una Asamblea Constituyente, sin fecha a la vista.

Los trabajadores reaccionaron con una serie de manifestaciones de masas a partir de abril, que indicaban un cambio cada vez mayor hacia la izquierda en su estado de ánimo. En un movimiento paralelo, las fuerzas de la reacción intentaron movilizarse en las calles, dando lugar a una serie de enfrentamientos.

“Las jornadas de Abril” 

Los bolcheviques convocaron una manifestación en abril para presionar a los líderes reformistas y probar el estado de ánimo de la capital.

Las resoluciones de las fábricas y de los distritos de los trabajadores inundaron el seno del comité ejecutivo del sóviet de Petrogrado, exigiendo una ruptura con la burguesía. Los trabajadores acudieron a los comités locales preguntando cómo transferir su afiliación de los mencheviques a los bolcheviques.

A principios de mayo, los bolcheviques ya tenían al menos un tercio de los trabajadores en Petrogrado.

La clase dominante siempre busca presentar la revolución como un acontecimiento sanguinario. A los líderes reformistas les encanta presentarse como demócratas parlamentarios amantes de la paz. Pero la historia demuestra la falsedad de ambas afirmaciones. Las páginas más sangrientas de la historia de la lucha social ocurren cuando una dirección cobarde e inepta vacila en el momento decisivo y no logra poner fin a la crisis de la sociedad mediante una acción vigorosa. La iniciativa pasa entonces a las fuerzas contrarrevolucionarias que son invariablemente despiadadas, y dispuestas a desatar ríos de sangre para “darle a las masas una lección”.

En abril de 1917, los dirigentes reformistas de los Sóviets podrían haber tomado el poder “pacíficamente”, como Lenin les había invitado a hacer. No habría habido guerra civil. La autoridad de estos líderes era tal que los obreros y soldados les hubieran obedecido incondicionalmente. Los reaccionarios habrían sido generales sin ejército.

Como resultado de la presión de la manifestación, en lugar de tomar el poder, los dirigentes mencheviques y eseristas decidieron entrar en el Gobierno provisional, en un primer gobierno de coalición con los líderes burgueses.

Las masas, al principio, lo acogieron con agrado, creyendo que los ministros socialistas estaban allí para representar sus intereses. Una vez más, sólo los acontecimientos podrían provocar un cambio en la conciencia. Inevitablemente, los ministros socialistas se convirtieron en los peones de los terratenientes y capitalistas, y sobre todo del imperialismo anglo-francés, que impacientemente exigía una nueva ofensiva militar en el frente ruso.

Marx, Engels y el Romanticismo

 Por Michael Löwy

El tema sobre el cual me gustaría discutir con ustedes es el tema de la relación del pensamiento de Marx y Engels y del marxismo, de manera más amplia, con el romanticismo. Tengo que empezar explicando qué entiendo yo por romanticismo, porque si no, no queda claro por qué veo una relación muy importante, significativa, del pensamiento de Marx con el romanticismo.

Si uno abre un manual de historia de la literatura o del arte, se define como romanticismo a una escuela literaria de principios del siglo XIX en Francia, Alemania e Inglaterra. Esa me parece una visión muy estrecha. En realidad, el romanticismo es algo mucho más amplio, mucho más profundo, es una de las principales formas de la cultura moderna desde fines del siglo XVIII hasta hoy.

Para dar un ejemplo, si ustedes conocen las Obras completas de Lenin, saben que Lenin escribió un folleto que se llamó En contra del romanticismo económico. Entonces, aparentemente, existe no solamente un romanticismo literario, artístico, poético, sino también un romanticismo económico.

El romanticismo es, en realidad, un movimiento cultural que atraviesa todos los campos de la cultura humana –el arte, la literatura, la filosofía, la teología, la política, las ciencias sociales, la antropología, la economía–; está presente en todos esos terrenos. Y ese movimiento cultural empieza más o menos en la segunda mitad del siglo XVIII, y tiene su primer portavoz importante en el filósofo francés Jean Jacques Rousseau. Pero se va a desarrollar en el curso del siglo XIX. Y mi opinión, la tesis que yo tengo es que continúa desarrollándose también en el siglo XX, hasta hoy. Hasta hoy hay manifestaciones del romanticismo, aunque no se autodenominen necesariamente románticas.

Para esta afirmación yo me atengo a esa frase de Marx no muy conocida, aunque me parece muy significativa, en los Fundamentos de la crítica de economía política [Grundrisse], en donde dice: “La crítica romántica del capitalismo va a seguir acompañando al capitalismo como su sombra, hasta que llegue el día bendito en que se acabe con el capitalismo”. Así que hasta que no se acabe con el capitalismo, seguirá existiendo la crítica romántica al capitalismo; eso dice Marx.

¿En qué consiste entonces esa crítica? Esa es una manera de definir al romanticismo que tiene Marx. Para Marx el romanticismo no es solamente una escuela literaria, sino que es una protesta cultural en contra del capitalismo; o de una manera más amplia, en contra de la civilización industrial capitalista moderna. Ese es el corazón, digamos, el centro, la esencia del concepto, en el sentido hegeliano y marxista, del romanticismo: es una protesta cultural contra la civilización capitalista moderna, refiriéndose a valores sociales, culturales, políticos, religiosos, precapitalistas, o premodernos, o preindustriales. Entonces, en el romanticismo hay esos dos elementos: una crítica, una protesta, un rechazo muchas veces profundo, rotundo, radical, visceral, de la civilización capitalista moderna. Pero en nombre de valores de un pasado real o imaginario, un pasado precapitalista. Eso es la quintaesencia o el concepto de romanticismo. Para esa definición me apoyo sobre lo que dice Marx.

Y también en otros trabajos de sociología marxista, como los de György Lukács, y toda una serie de trabajos que toman esa definición, pero trato de resumir lo que me parece la esencia del romanticismo.

¿Cuál es la relación que tienen Marx y Engels con el romanticismo? La tendencia general del estudio sobre Marx y Engels es verlos a ambos como herederos de la filosofía de las Luces, del racionalismo, de la ideología del progreso. Eso es, un poco, lo contrario del romanticismo. Entonces, entre el romanticismo y la filosofía de las Luces hay una diferencia bastante nítida. Así se ve tradicionalmente al marxismo. Y muchas veces hasta el mismo Marx se refirió de manera muy positiva a la filosofía de las Luces, al materialismo, a la teoría científica y materialista de la filosofía de las Luces y al racionalismo moderno. Esa sería la vertiente esencial del marxismo. Y, sin dudas, lo es. Pero creo que esa manera de percibir las raíces filosóficas y teóricas del marxismo deja a un lado otro componente, otra dimensión, otro aspecto del pensamiento de Marx y de Engels, y después del marxismo, que me parece fundamental, que es el aspecto o la dimensión romántica. Que sí existe.

Y también muchas veces se dejan de lado las fuentes románticas del pensamiento de Marx y de Engels. Es decir, Marx y Engels se han inspirado no sólo en la filosofía del progreso, la filosofía de las Luces, el materialismo, la dialéctica hegeliana, etc., sino también en varios pensadores y escritores románticos. Ese es un primer aspecto que me gustaría subrayar: las fuentes románticas del pensamiento de Marx y de Engels. Luego voy a dar algunos ejemplos.

En el campo de la crítica de la economía política, tradicionalmente se ve la relación de Marx con los economistas clásicos: Adam Smith, David Ricardo, etc. Efectivamente, Marx se refiere a ellos en sus escritos, los critica, los discute, los utiliza, en parte adhiere a esa teoría clásica, y en parte es su principal crítico. Pero uno no percibe, inicialmente, que había otro tipo de economía política. Precisamente, la economía política romántica, que tenía su principal representante en un economista suizo que se llamaba Sismondi.

Marx empieza diciendo que Sismondi, que es el representante de ese socialismo pequeño burgués, fue el primer economista que hizo una verdadera crítica del capitalismo. Y Marx empieza a hacer una lista de las críticas que se hicieron del capitalismo, y vemos que son en buena parte las mismas que le hace Marx. Es decir, el capitalismo como pauperización de las clases populares, la enajenación del trabajador, el desempleo, las crisis económicas. Toda una serie de cosas que los economistas clásicos burgueses no hablan. No hablan de la crisis económica, de la enajenación del trabajador. Entonces, en esa sección de El Manifiesto Comunista hay un homenaje de Marx a Sismondi, un reconocimiento de una gran deuda intelectual y política a este economista. Toma la crítica pero no acepta las soluciones que propone. Sismondi propone volver atrás. Pero Marx no quiere volver atrás, quiere ir hacia el futuro. Pero sí utiliza la crítica que hace del capitalismo.

Y aquí vemos otro aspecto importante del romanticismo. Los románticos sólo son parte del rechazo del capitalismo por la nostalgia de un pasado real o imaginario. A partir de ahí se van a marcar dos corrientes dentro del romanticismo. Una que quiere volver al pasado, que es regresiva, pasadista, y en algunos casos reaccionaria. Y hay otra corriente del romanticismo, que considera que la vuelta al pasado es imposible, es una ilusión. No se trata, por lo tanto, de volver al pasado, sino de dar una vuelta por el pasado en dirección al futuro. Es decir, utilizar elementos que han quedado en el pasado pero para construir un futuro nuevo, utópico, revolucionario.

Entonces hay dos vertientes bastante distintas dentro del romanticismo. Una conservadora o tradicionalista. Otra utópica y revolucionaria. El aspecto romántico en Marx es parte de esa corriente del romanticismo utópico revolucionario. Pero en su reflexión Marx va a tomar aspectos y elementos de varios críticos románticos del capitalismo.

Tomaré sólo dos ejemplos que parecen dar interés a Marx y Engels. Uno es el escritor francés Honoré de Balzac, autor de La comedia humana. La comedia humana es un análisis de la civilización burguesa, un análisis crítico, y una crítica que es romántica –porque Balzac era un hombre que se identificaba con el pasado precapitalista–. Desde el punto de vista político era un conservador, quería volver a la monarquía. Pero eso le daba una distancia crítica hacia la civilización burguesa, y la veía por lo tanto en toda su desnudez.

Entonces, hay una frase de Engels sobre Balzac, que es muy interesante. Dice “yo aprendí más sobre lo que es la sociedad burguesa, el capitalismo, etc., leyendo las novelas de Balzac que con el conjunto de los historiadores, economistas e investigadores de estadísticas profesionales de su época”. Engels, el gran científico social, el gran crítico de la economía política, dice eso. Es muy interesante y bastante sorprendente esa afirmación. Generalmente la gente no se fija en eso, pero creo que es interesante. Es la obra de un escritor, un crítico romántico. Aunque fuera conservador y reaccionario, Balzac le dio instrumentos a Engels para entender, para criticar, para analizar la sociedad capitalista.

Y el otro ejemplo es una cita de Marx, que es muy semejante a la de Engels, cuando dice lo siguiente. Se refiere a un grupo de escritores ingleses del siglo XIX, sus contemporáneos, que son Charles Dickens y dos mujeres: Charlotte Brontë y Mrs. Gaskell. Marx se refiere a los tres, los define como “una espléndida cofradía de escritores de ficción ingleses, cuyas páginas elocuentes y vivas trajeron al mundo más alegatos sociales y políticos que todos los políticos, publicistas y moralistas profesionales juntos”. Es casi la misma cita. Es decir, Marx encontró en las novelas de esos autores un análisis y una crítica que son románticos, porque esos escritores son románticos, que han nutrido su conocimiento de cuáles son las contradicciones, las alienaciones y la parte deshumana de la civilización burguesa. De eso se trata en último análisis.

¿Cuáles son esos aspectos del romanticismo que encontramos en la teoría y el pensamiento histórico y social de Marx y de Engels? Yo voy a apuntar apenas algunos de los aspectos.

El primero es el interés muy grande de Marx y de Engels por ciertas formas de sociedad precapitalistas. No tanto la sociedad feudal sino las sociedades o comunidades primitivas. O como dicen ellos, el comunismo primitivo. Entonces, Marx y Engels van a utilizar los trabajos de una serie de antropólogos, muchos de ellos de inspiración romántica, que han estudiado las comunidades primitivas, o las formas comunitarias primitivas, y Marx y Engels se van a referir de manera muy frecuente a esos trabajos.

Para dar un ejemplo, una carta de Marx a Engels, de 1868, a propósito de un antropólogo e historiador alemán que se llama Georg L. von Maurer. Entonces, Marx dice que la primera crítica que se hizo de la sociedad moderna tenía una perspectiva romántica medieval. Pero ahora aparece un nuevo tipo de crítica de la sociedad burguesa, que corresponde a una orientación socialista. Y consiste en ir mucho más allá de la Edad Media, hacia la época primitiva de cada pueblo. Y uno queda muy sorprendido de encontrar que lo que es el más antiguo elemento. Sin embargo, es el más moderno, que es el principio de la igualdad social. Es decir, lo que encontramos en esas comunidades primitivas, rurales, precapitalistas, arcaicas son las ideas de la igualdad social, que para nosotros son muy modernas, porque precisamente son lo que queremos para la sociedad futura. Entonces, aquí vemos esa dialéctica entre el pasado y el futuro. La igualdad social que existía en el comunismo primitivo fue destruida por el aumento de la propiedad privada, del Estado, de la familia patriarcal, etc. Entonces, lo que fue por un lado el progreso, el desarrollo de los modos productivos, de la civilización y de la propiedad privada fue, también, desde el punto de vista social, una regresión. Se destruyó la igualdad, el espíritu comunitario, que existía en esas sociedades primitivas. Ese es el contenido de esta carta de Marx a Engels, de 1868.

Y más tarde Engels, en una carta a Marx, vuelve a esta problemática, también discutiendo los trabajos de Maurer. Y ahí dice lo siguiente: “Tenemos que superar el preconcepto de la filosofía de las Luces, del siglo XVIII, según el cual a partir de la Antigüedad, de la Edad Media, hubo un constante progreso para lo mejor. Esta visión nos impide ver el carácter contradictorio y antagonista del progreso real, y también los elementos de regresión social”. Yo creo que este pasaje de Engels es también muy interesante, porque tiene que ver con esta cuestión.

Primero, Engels rechaza la idea ingenua de un progreso lineal, que viene del comunismo primitivo, la esclavitud, el sistema feudal, el capitalismo, la sociedad industrial, el socialismo, todo como si fuera una línea de progreso constante. Entonces la rechaza como si fuera ingenua. Y en cambio habla del carácter contradictorio del progreso. El progreso en la historia siempre fue contradictorio. Es decir, del comunismo primitivo a la esclavitud hubo progreso, las fuerzas productivas se desarrollaron, la civilización griega y romana eran más avanzadas que el comunismo primitivo, pero es un progreso contradictorio, porque produjo una forma social inhumana, como era la esclavitud. Entonces, tenemos que ver el carácter contradictorio del progreso, y los elementos de regresión que están en el seno del llamado “progreso”. Es decir, necesitamos una visión dialéctica del progreso. El proceso histórico, los avances, por un lado son o pueden ser, al mismo tiempo, dialécticamente, regresiones.

Un libro en el que se desarrolla esa problemática romántica, filosofía romántica revolucionaria de la historia, es quizás el libro de Engels que se llama El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado. En ese libro, Engels se va a apoyar en el trabajo de dos grupos de antropólogos, de historiadores, como el mismo Maurer, pero también en otros como Lewis Henry Morgan –norteamericano– que ha estudiado las comunidades indígenas, las tribus indígenas norteamericanas, los cherokees en particular, en el curso del siglo XIX, antes de que fueran exterminadas por la civilización blanca norteamericana.

Entonces Engels se refiere mucho a esos trabajos, los utiliza, los interpreta a su manera. Y subraya las cualidades humanas, sociales, culturales que venían de esas comunidades indígenas, “atrasadas”, arcaicas, etc. Dice lo siguiente: “Qué constitución admirable tenía esa organización tribal. Sin soldados, sin guardias, sin policía, sin nobleza, sin reyes ni gobernantes, sin alcaldes, sin prisiones, sin procesos. Todo funciona de manera natural. Todos, en esa comunidad, son iguales y libres, incluyendo a las mujeres. Si comparamos la situación de esa comunidad, de ese comunismo primitivo, con la inmensa mayoría de lo civilizado de nuestros días –década de 1880, cuando escribe esto–, es enorme la distancia entre el proletario y el campesino de hoy y el antiguo miembro libre de esa comunidad”.

Todos los criterios que permiten a Engels hablar de una regresión social son entonces, la libertad, la igualdad, pero también una cierta degradación moral. Había una cierta ética comunitaria en esas comunidades que hacen a Engels hablar de una caída, una quiebra de las alturas de la inocencia y de la moralidad de esa vieja comunidad para la sociedad moderna, y una verdadera degradación ética.

Uno puede imaginar que ese planteamiento de Marx y de Engels es solamente histórico. Que cuando se refiere al comunismo primitivo constata que tenía una serie de cualidades humanas que se perdieron con el llamado progreso y la llamada civilización, simplemente por una cuestión histórica. Pero no es así. Para Marx y Engels es también una cuestión política, en la medida en que para ellos el comunismo moderno, la utopía socialista de una sociedad sin clases, debería reformular, retomar, vivir como una cierta forma de renacimiento –obviamente, bajo una forma nueva, moderna– de estas cualidades sociales, humanas, éticas, que existían en la sociedad primitiva. Entonces, para Marx y Engels aquí hay una relación entre el proyecto futuro, revolucionario, de la utopía comunista, y lo que se ha perdido en el desarrollo de la civilización y destruido en la comunidad.

Ahora lo más interesante de esa significación política concreta de la comunidad primitiva, y de esa concepción romántica de la historia en Marx y Engels, son los manuscritos de ellos sobre Rusia de fines del siglo XIX. En esa época, en Rusia se había desarrollado un movimiento muy importante, apoyado en los campesinos, el movimiento populista revolucionario, que planteaba la posibilidad o la esperanza de construir el socialismo en Rusia a partir de las tradiciones comunitarias, rurales, de los campesinos rusos. Era una revolución contra el zarismo que permitía la transición de Rusia al socialismo, sin pasar por todas las etapas del capitalismo que conoció Europa occidental.

Ese movimiento interesó mucho a Marx y a Engels. Los dos consideraron este punto de vista de los primeros revolucionarios rusos con bastante simpatía. Y una primera manifestación de eso es cuando Marx escribe una carta, en 1877, a un periódico revolucionario ruso donde dice lo siguiente: “El desarrollo futuro de Rusia no tiene necesariamente que pasar por todas las etapas que conoció Europa occidental. No hay un camino único en el proceso histórico. No hay ninguna razón para que Rusia tenga que pasar por todos los horrores de la revolución industrial, del desarrollo del capitalismo, de la explotación, de la destrucción del campesinado libre. El análisis que yo hice en El Capital del desarrollo del capitalismo, se refiere a Europa occidental, a Inglaterra, Francia, Alemania, no necesariamente se refiere a Rusia. Rusia puede, eventualmente, conocer otro camino y otro tipo de salida”. Esa es la primera afirmación de Marx, que es desde el punto de vista metodológico muy importante.

Pero más tarde escribe otros dos textos sobre Rusia que son muy interesantes. Uno es una respuesta a una simpatizante de Marx que vive en Rusia, llamada Vera Zasulich, después dirigente del partido socialdemócrata ruso, quien le preguntaba qué opinión tenía respecto de esa cuestión del desarrollo que puede tener Rusia, y el papel de la comunidad rural en ese contexto. Entonces Marx le contesta, y tenemos la carta, y los textos preparatorios, porque esa carta le dio mucho trabajo, hizo varios textos preparatorios, y tenemos todo ese material. Y la idea fundamental de Marx es la siguiente. Existe la posibilidad, tal vez, no es una seguridad, de que Rusia no deba atravesar todos los horrores del capitalismo que conocieron todos los pueblos de Europa occidental. Existe también la posibilidad de que Rusia pase casi directamente del sistema autoritario feudal, bárbaro, del zarismo, a una sociedad de tipo socialista; en la medida en que este proceso de transición al socialismo se pueda apoyar en las tradiciones comunitarias, rurales, que persisten a pesar de todo, del feudalismo, del capitalismo, entre los campesinos rusos. Tradiciones comunitarias antiguas, primitivas, atávicas, que vienen del pasado y que no han desaparecido. Y que pueden servir de punto de partida para un desarrollo en dirección al socialismo. Esa es un poco la idea, bastante heterodoxa, que desarrolla Marx en esas cartas.

Y poco después Marx vuelve a eso, que es en uno de sus escritos del año 1881, en un prefacio a la edición rusa de El Manifiesto Comunista. Y Marx y Engels, en ese prefacio dicen que existe la posibilidad de que la revolución en Europa no empiece en Alemania o Francia o Inglaterra como habían dicho muchas veces, sino en Rusia, porque es ahí donde la situación estaba más explosiva. Y en ese caso, la revolución de ellos se va a apoyar en esa tradición comunitaria, colectivista, de los campesinos rusos, para iniciar el proceso de transición al socialismo. Siempre y cuando esa revolución rusa sea acompañada por una revolución en el resto de Europa. Es decir, esa revolución sólo podría realmente triunfar si tuviera el apoyo de una revolución europea, de los otros países. Pero puede empezar en Rusia.

Esta discusión tiene consecuencias políticas para el marxismo. Y voy a dar un ejemplo que tiene que ver con la agresión del colonialismo. El siglo XIX es el siglo de la gran expansión comercial, y en particular es la época en que Inglaterra va a conquistar la India. Y al conquistar la India, va a implantar en India formas modernas de distribución capitalista, y de producción, va a desarrollar los ferrocarriles. Es decir, va a haber progreso capitalista para India. Pero a hierro y fuego.

La guerra imperialista

Entonces Marx, en los primeros tiempos, en los primeros textos sobre el colonialismo inglés en India, de 1853, tiene una visión del colonialismo que nos parece muy rara. Dice que “el colonialismo es mortal, es monstruoso, es infame, es asesino; pero trae progreso económico, trae formas modernas de producción, trae los ferrocarriles y eso es positivo”. Entonces en el último análisis el colonialismo juega un papel objetivamente progresista, y que conviene, porque trae la producción moderna para la India. Ese es el primer enfoque.

El segundo enfoque, años más tarde, corresponde a los ‘80. Marx va a tener un enfoque muy distinto, en el cual él ve las consecuencias del colonialismo fundamentalmente por su lado negativo. Entonces escribe lo siguiente en una carta del año 1881 [los borradores –inéditos– de la carta a Vera Zasulich. N.K.]:“Hablando de la India oriental, nadie puede ignorar, excepto siendo Henry Maine” –que era un aristócrata inglés reaccionario colonialista–, “y otras personas de la misma clase, que en la India la supresión por el colonialismo inglés de la unidad colectiva común de las tierras” –que era el sistema de producción tradicional de la India–, “no sólo fue un acto de vandalismo inglés, sino que empujó al pueblo de India no para adelante sino hacia atrás”. 

Entonces ahí no hay progreso objetivo de las fuerzas productivas. En lo esencial, lo que resultó del colonialismo fue una regresión social de la gente, del pueblo campesino, que vivía en sus comunidades, y que aun siendo pobres tenían una mínima garantía de subsistencia en sus comunidades. Son expulsados de sus comunidades, sus comunidades son destruidas, la propiedad comunal rural es sólo estatuida, y a partir de ahí se producen los fenómenos de grandes hambres colectivas que mueven a millones y millones de campesinos. Eso es lo que quiere decir Marx cuando dice que la colonización y la política económica de la colonización no empujó al pueblo de India para adelante sino para atrás.

Ahora ese enfoque yo diría hoy que es “romántico”, en el sentido de que rechaza la idea de un progreso lineal, y percibe todo lo que el comercio capitalista y el desarrollo productivo de la civilización produjo de regresión social. Y compara este hito de pauperización de la población campesina indígena con el estatuto que tenía en el pasado precapitalista que, por lo menos, les garantizaba su subsistencia. Obviamente, la perspectiva histórica de Marx no es volver a las formas tradicionales, rurales, precapitalistas. Obviamente no se trata de eso, no se trata de una restauración del pasado, sino de una perspectiva socialista para el futuro; pero partiendo de esa experiencia del pasado, de existencia comunitaria rural.

Ese es un aspecto del romanticismo del marxismo.

El otro aspecto que a mí me parece también muy importante, es el tipo de crítica que hacen Marx y Engels al capitalismo. Obviamente, esa crítica es la madre de toda una crítica de la explotación. En El Capital el tema principal es el de la explotación del trabajador por el capitalista. Pero la crítica de Marx es más amplia, no es únicamente el tema de la explotación. La crítica de Marx al capitalismo, a la infamia del capitalismo, no tiene únicamente la explotación como objeto sino también otros aspectos. Y es en esos otros aspectos en los que entran temas típicamente románticos.

Uno de esos temas, que aparece en toda la historia del romanticismo, es la crítica a la rentabilización, a la monetarización y a la cuantificación de todas las relaciones humanas y de todas las cualidades sociales por el capitalismo.

Es decir, el capitalismo destruye, diluye, disuelve todos los valores cualitativos –el amor, la amistad, la solidaridad, el honor, la fe–; todo eso es disuelto como en un ácido por el capitalismo, que lo sustituye por un único criterio, que es el cuantitativo. Ya no hay bueno ni malo, ni bello ni feo, sino que hay el que es 10.000, 1.000.000, 10.000.000 de libras, pesos, dólares, o lo que sea. Ese es un tema fundamental de crítica romántica al capitalismo, que Marx y Engels retoman en sus escritos, y que aparece de manera central en un escrito de Marx que todos ustedes conocen, que se llama Manuscritos económico-filosóficos de 1844.

Ahí Marx y Engels dicen que en la sociedad del pasado existía la posibilidad de un intercambio de honor por honor, amistad por amistad, amor por amor. En el capitalismo la tendencia cada vez más dominante es la de cambiar honor por dinero, amistad por dinero, amor por dinero. Entonces él dice eso del proceso de prostitución general de la sociedad. No sólo en la relación del amor, sino en todos los actos de los individuos que tienen por único objetivo la ficción del tener, del acumular capitales de dinero, de mercancía; y los valores cualitativos, las cualidades humanas, sociales, culturales, afectivas, eróticas, todo eso tiende a ser disuelto en el proceso de cantidad de mercancía, o del dinero. Hay muchos aspectos, no voy a citar todos, son bien conocidos por ustedes.

El otro tema parecido que aparece es la oposición que hace Marx, y ya en El Capital, entre el valor de cambio y el valor de uso. Y es un poco lo mismo, reformular el tema de la economía. ¿Qué es el valor de uso? Es el valor cualitativo que tiene una cosa, los objetos: un libro para leer, un caballo para transportarse, una silla para sentarse. Entonces los productos tienen un valor de uso. Y dicen Marx y Engels, sobre todo en El Capital, que en las sociedades precapitalistas, en la antigüedad y en el medioevo, o en las comunidades indígenas, o primitivas, etc., lo importante eran los valores de uso. Es decir, la gente producía objetos en función de su valor de uso, sobre todo.

En la sociedad capitalista, lo que importa es el valor de cambio, que es cuantitativo, es la cifra. Es el cambio que se hace de la mercancía por el dinero. Entonces hay una sustitución del valor de uso por el valor de cambio. El valor de uso ya no importa, sólo interesa en la medida en que pueden vender a la mercancía. Entonces tenemos productos y mercancías que tienen cada vez menos valor de uso y existen únicamente en función de su valor de cambio, en su transformación posible en dinero y en capital.

Entonces así se plantea esa oposición a la sociedad capitalista moderna fundada en la dominación casi exclusiva, total, abrumadora, del valor de cambio, en la que todo se vende por su valor de cambio; dicen Marx y Engels que cada cosa es llevada al mercado y cambiada en función a su valor de cambio, mientras que los valores de uso son excluidos o marginados, o sometidos a la ley del valor de cambio.

En tanto que en una sociedad socialista o poscapitalista –dicen Marx y Engels– otra vez la producción tendrá por objetivo la producción de valores de uso. Es decir, ya no se podrán considerar a las sillas o a los libros en función de su precio de venta, sino que se considerarán en función de su valor social, cultural, etc. Entonces, la sociedad comunista será una sociedad de producción de valores de uso. Ese es un tema central de la crítica marxista de la economía política que retoma en cierta manera una crítica romántica al capitalismo.

Puedo seguir dando otros ejemplos, pero me parece clara la idea fundamental que en la obra de Marx encontramos una vertiente, una dimensión, un aspecto, una sensibilidad romántica. Claro que no es el único aspecto, sino que es un aspecto importante. Y si lo dejamos de lado, si lo ignoramos, perdemos la riqueza de lo que es el pensamiento de Marx. Un pensamiento que es resultado de una síntesis dialéctica entre el pensamiento racionalista, materialista, científico, de la filosofía de las Luces y del gran idealismo alemán, con esta crítica de ese contexto romántico en tanto civilización burguesa. Es la síntesis de los dos y sintetiza la singularidad del pensamiento de Marx y de Engels. Pero generalmente se ve sólo un aspecto, sólo una vertiente, y se pierde una parte muy importante.

Quiero decir, en el poco tiempo que me queda, algo sobre la continuación de esta historia. Es decir, el desarrollo del componente romántico en la historia del marxismo en el siglo XX.

Voy a dar, simplemente, algunos ejemplos. Empezaré con una pensadora del marxismo clásico, que es Rosa Luxemburgo. Es autora de un libro que se llama Introducción a la economía política. Ahora bien, los libros de economía política marxista empiezan con la mercancía, con el capitalismo, etc. El libro de Rosa Luxemburgo empieza con el comunismo primitivo, y casi la mitad del libro es sólo el comunismo primitivo, es muy sorprendente. Y hace un análisis del comunismo primitivo, que es una forma de subsistir, no sólo de las tribus de América, de Alaska, sino también del pasado de Europa y en el mundo entero, que hubo una etapa de desarrollo social, que continúa existiendo, que es la del comunismo primitivo. Ella la analiza, siguiendo la tradición de Engels, subrayando todas sus cualidades humanas de igualdad, de democracia, de antiautoritarismo, etcétera.

Habla también de América Latina, eso es interesante. Habla del comunismo primitivo en el Imperio Inca, donde había toda una estructura burocrática y dictatorial, pero en la base funcionaban las comunidades. Y ella subraya ese elemento latinoamericano. Y Rosa Luxemburgo explica que el comunismo del futuro, obviamente, no es la vuelta al comunismo del pasado, pero que hay una cierta relación entre los dos. Y hay una fase en la que desde el punto de vista del futuro de la humanidad, cuando exista el nuevo comunismo moderno, del futuro, donde se va a decir que la historia de la propiedad privada fue un pequeño paréntesis entre miles de años de la historia del comunismo primitivo y miles de años del comunismo moderno. Entre los dos hubo un pequeño paréntesis que fue la historia de la propiedad privada, del capitalismo, etc. Eso es curioso.

Otra teoría muy interesante es la de que en los países del Tercer Mundo –Asia, Africa y América Latina–, están muy vivas las tradiciones comunitarias. El comunismo primitivo aún está presente, mucho más presente que en Europa o que en EE.UU. Entonces dice que tratemos de pensar una alianza del proletariado moderno de los países industriales, con los campesinos de las comunidades de los países del Tercer Mundo que representan aún la continuidad del comunismo primitivo. Entonces habría una alianza entre el comunismo moderno proletario, el comunismo tradicional campesino, como forma de la unidad antiimperialista entre trabajadores del centro y de la periferia.

Ahora esa temática la vamos a encontrar en un pensador latinoamericano pocos años después de ese libro de Rosa Luxemburgo. Un pensador latinoamericano que seguramente no conocía ese libro que fue publicado sólo en Alemania, que era muy poco conocido fuera. Pero lo vamos a encontrar bajo una forma un poco distinta, pero con una idea muy semejante. Quiero hablar de José Carlos Mariátegui. Es no sólo el más grande pensador marxista en América latina, sino que además también representa lo más típico del marxismo moderno. Y eso se manifiesta en muchos aspectos del pensamiento de Mariátegui, en la importancia que le da a la emoción, a la fe, al mito, a la mística. Todos esos elementos son característicos del romanticismo. Pero también en su concepción de la revolución peruana y latinoamericana, en la cual él subraya de manera muy semejante a Rosa Luxemburgo la persistencia de tradiciones comunitarias entre los campesinos peruanos, andinos y latinoamericanos.

Socialismo y comunismo moderno que, obviamente, no son una vuelta al comunismo inca. No queremos Incas, no queremos reyes dictadores. El comunismo moderno incluye el principio moderno de la libertad. Pero sí un retorno a la tradición comunitaria.

Entonces Mariátegui dice que nuestro socialismo, en América latina, no puede ser calco y copia de otras experiencias, sino que tiene que ser una creación heroica. Y él hablaba también en tanto futuro en América Latina, que también era la única respuesta posible a la dominación imperialista, un socialismo indoamericano, un socialismo enraizado en las tradiciones culturales de los pueblos de América latina.

Entonces Rosa Luxemburgo y Carlos Mariátegui. Y hay muchos otros, aunque no hay tiempo de analizar a todos, pero voy a nombrarlos. Está también el judío alemán Ernst Bloch, que se autodefinía como romántico profesional porque era también marxista. Los primeros escritos filosóficos de György Lukács, el filósofo marxista húngaro. Algunos de los representantes más importantes de lo que se llamaba la escuela de Frankfurt: Walter Benjamin, Adorno, Horkheimer, Marcuse, que son también parte de esa vertiente del marxismo romántico. Algunos pensadores franceses como André Breton –el fundador del surrealismo-, que es también un representante muy interesante de lo que es el marxismo romántico. El filósofo marxista francés Henri Lefevre, uno de los inspiradores del movimiento de Mayo del ‘68 en Francia, junto con Guy Debord, fundador del situacionismo, también un romántico marxista.

Y en Inglaterra tenemos toda una corriente de la historiografía inglesa, cuyo representante más conocido es el historiador E. P. Thompson, que también representa muy bien esa corriente romántica del marxismo.

Estos ejemplos muestran que siguió existiendo en el siglo XX una corriente del marxismo en el sentido amplio, no el marxismo ortodoxo únicamente, en el cual esa dimensión romántica, ese elemento romántico, esa protesta romántica en contra de la civilización industrial capitalista sigue muy presente. Y creo que este momento, entonces, es parte de la riqueza del pensamiento marxista desde Marx y Engels hasta hoy, es uno de los componentes importantes de la crítica actual y del rechazo social, ético, moral y político al capitalismo y del proyecto de una nueva sociedad: de la sociedad de la utopía comunista.

MICHAEL LÖWY